Cerramos O Couso por Covid-19


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Estimados amigos,

La próxima primavera cumpliremos siete años de vida. En estos años hemos atendido sin descanso, los 365 días del año, las 24 horas del día, a todo aquel que ha querido llegar hasta aquí. Nunca se pidió nada a nadie y siempre hicimos un gran esfuerzo por mantener viva la llama de este lugar.

Durante estos años hemos cometido muchos errores, hemos provocado mal sabor de boca en algunas personas de buena voluntad que venían hasta aquí buscando una utopía y se encontraban con una ruina y algunos pocos voluntarios sosteniendo el proyecto. Hubo decepciones y buenas personas que se marcharon contrariadas, tristes, desilusionadas. A todos ellos queremos pedir perdón por nuestras torpezas, por no saber como hacerlo mejor a pesar del ánimo que siempre pusimos, por no encauzar del todo bien los conflictos que se generaron en la convivencia. Nunca fue fácil, y a todos ellos les debemos un gran reconocimiento por hacernos entender la necesidad de cambio, la posibilidad de mejora y la fortaleza para continuar.

Se termina un ciclo, el del Proyecto O Couso, y empieza uno nuevo que durante estos meses vamos a dibujar para ver como podemos aprender de todos los errores realizados en estos años y perfilar un lugar donde reine la paz y la tranquilidad. A pesar de nuestros errores, hubo muchos aciertos, especialmente por esa gran red de amigos que se conocieron aquí, por todas las historias de amor que aquí se vivieron y por todo el bien inspirador que el proyecto generó en la vida de muchas personas. Por todo eso y mucho más, el lugar y el esfuerzo mereció la pena.

En estos días que todos estamos viviendo con cierta incertidumbre, un pequeño grupo de voluntarios ha intentado sostener el lugar a pesar de la tensión que en todo el mundo se está viviendo. Lo hemos hecho lo mejor que hemos podido, pero al leer las condiciones para albergues y casas de acogida que el gobierno de la nación impone a este tipo de lugares, nos vemos imposibilitados para poder atenderlas.

Esto nos obliga a anular todos los eventos programados hasta el 21 de marzo de 2021. Incluye la anulación del primer encuentro Utópico que íbamos a realizar en julio, todas las experiencias programadas y cualquier otro programa de voluntariado o acogida. A no ser que todo mejore antes, el proyecto permanecerá completamente cerrado hasta el 21 de marzo de 2021. El encuentro utópico se desplaza hasta el 9 de julio de 2021 y todos los programas quedan anulados hasta nuevo aviso.

Este cierre obligado nos ayudará a repensar el lugar, a dar por finalizada la fase del proyecto O Couso, que pasará simplemente a llamarse “Casa de Acogida O Couso”, y a mejorar todas nuestras instalaciones para que el próximo año la acogida sea más cómoda y llevadera. Será un año de silencio, de introspección, de búsqueda de visión, que dará pie al comienzo de la segunda fase del proyecto, la Escuela, la Huerta y el Jardín.

Agradecemos desde este momento la comprensión y el esfuerzo de todos los que en estos últimos meses han hecho posible el sostenimiento del lugar. Gracias a los amigos anónimos que han provocado el que tengamos este receso para repensar el lugar. Gracias de corazón a todos, y hasta pronto.

 

15M, nueve años después


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Participando en una manifestación del 15M un año después

La noche del 15M de hace nueve años estaba cenando en Madrid con una catedrática de derecho, una embajadora y el que fue presidente de un importante banco español. Las dos parejas mirábamos la televisión mientras cenábamos plácidamente y a pesar de las paradojas de la vida, sentíamos ganas de salir a la calle y fusionarnos con aquella marea de gente que parecía entusiasmada por el éxito de la convocatoria. Nos faltó poco ante la emoción de los hechos, pero la pantomima del estatus, la reputación y esas cosas obligaba estar de espectadores pasivos.

Cuando decidí terminar con esa pantomima, dejé el barrio de Salamanca y me fui a vivir a Malasaña, un barrio más acorde con los tiempos revolucionarios que se avecinaban. Colgué el traje y la corbata y participé desde entonces en todas las manifestaciones habidas y por haber durante los siguientes meses y años. En 2014, tras haber sido candidato por el partido Pirata en las elecciones europeas de aquel año, llegué a cierto hartazgo interior. El movimiento indignado, en el fondo, luchaba por mejorar el sistema del que se quejaba, pero no mostraba alternativas realmente radicales al mismo. Los partidos que nacieron de aquellos movimientos terminaron disfrutando de las prebendas que el poder otorga. Incluso aquellos que se llenaban la boca hablando sobre la casta terminó mimetizándose en ella.

Aquel año, después de más de dos décadas de militancia activa en política, decidí colgar los hábitos y, congruente con lo que pensaba, aplicarme el cuento desde una militancia movilizada hacia la acción, y no hacia las palabras. Fue cuando decidí dejar la ciudad y marcharme a vivir a los bosques, con ideales propios del anarco-comunismo, aunque sin pretensión ideológica alguna.

¿Qué pienso de todo esto nueve años después? Por un lado, creo que la sociedad no ha avanzado mucho. Ninguna de las reclamaciones exigidas fue conseguida. La mística del populismo solo aborregó de uno a otro lado a una población incapaz de movilizarse por algo que no fuera el luchar y proteger lo que ya se posee. No hay revolución posible cuando lo que se pretende es proteger lo que de alguna manera nos da seguridad. Los movimientos nacionalistas que surgieron en esta época tampoco aportaron nada revolucionario, excepto la condición de proteger “la cosa nostra”.

Pensándolo fríamente, lo de venir al campo, a las montañas, a los bosques, tampoco tiene nada de revolucionario. Mis padres vivieron en condiciones peores en ese campo nostálgico, y aquello no era revolución, era una deplorable condición de vida. Las personas que hemos pasado por este lugar en el fondo veníamos buscando lo mismo que abandonamos en la ciudad: seguridad. La libertad esencial siempre queda relegada a un segundo plano cuando en esencia vemos que los recursos personales menguan una y otra vez.

Esta mañana veía las noticias y hubo una que, como pacifista e insumiso al servicio militar, me indignó profundamente. Tenía que ver con una partida de dos mil millones de euros para comprar unos cuatrocientos coches blindados para el ejército. La noticia me puso de mal humor y de nuevo se me encendió la chispa activista. Pero de repente de me di cuenta de un pensamiento que sí me pareció revolucionario: esa ya no es mi guerra. La única paz posible es la interior, y la otra, es pura manifestación de la primera. Pensando en ello, cerré las noticias y me fui a trabajar en la futura biblioteca de este lugar. Es lo más revolucionario que pude hacer. Ponerme al servicio de una causa mayor desde el más sentido y profundo estado de paz interior.

No quería hablar de política, hace años que no hablo. Pero hoy alguien me recordaba este aniversario y quería rememorar algunas sensaciones…

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Sin estructura en Utopía. Un nuevo campo de experimentación antropológica


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El ángelus, de Millet

“No tengas prisa, no te preocupes. Estás aquí para una corta visita. Así que asegúrate de parar y disfrutar del olor de las flores”. Walter Hagen

 

Uno de mis libros más polémicos es “Creando Utopías, el papel de la rebeldía ante el nuevo orden mundial”, del cual ando preparando la tercera edición. En él hablo de como la estructura en sus tres dimensiones posibles, la temporal -trabajo-, la espacial -propiedad privada- y la social, de alguna forma nos esclaviza a un sistema dominante, a un modelo que nos aleja de forma extrema de nuestro Ser esencial, de nuestro más profundo sentido de libertad humana. Esta experiencia pandémica y la forma en la que los gobiernos han resuelto manejarla ha demostrado que el individuo en colectividad es un ente, un espectro, un fantasma al que hay que colocar, por si no fueran pocas las que ya tiene, pesadas cadenas.

Hoy hablaba con Emilio Carrillo, dadas las circunstancias, sobre la posibilidad de anular el evento que teníamos programado para julio. Al final hemos decidido traspasarlo al año que viene. En estos días haremos un comunicado para explicar los motivos evidentes y para aclarar de paso los nuevos protocolos a seguir en el proyecto, dadas las exigencias de las autoridades competentes. No lo vemos como una renuncia, sino como una oportunidad, un reto, un rehacer lo hecho para seguir adelante.

Será un reto, porque en un primer momento, lo primero que nos venía a la cabeza era cerrar el proyecto hasta que todo este asunto resultara clarificado, pero luego hemos pensado que en vez de cerrarlo, se podría aprovechar esta circunstancia para experimentar nuevos modelos de convivencia. Se nos pasaba por la cabeza dejar el proyecto abierto, al menos la casa de acogida, pero sin rutinas, ni rituales, ni obligaciones algunas. Es decir, estar unos meses con la casa abierta para que las personas que lo necesiten puedan descansar y desconectar, pero sin mayor interacción que esa. Quizás con algunas propuestas de actividades como cuidar el jardín o la huerta, pero sin mayor compromiso que ese. Es decir, estar unos meses, aún no sabríamos decir cuantos, sin ningún tipo de apoyo ni estructura, y ver qué pasa.

Sería una especie de experimentación anarco-espiritual, como me recordaba hoy nuestro querido Román en su bello trabajo sobre O Couso. Una forma de volver al cristianismo primitivo, es decir, al mensaje revolucionario del Jesús del Sermón de la Montaña, donde paisaje y naturaleza se entremezclan con un sentido profundo de la espiritualidad. Un experimento que se basaría, al menos durante un tiempo, única y exclusivamente bajo el mandato del derecho natural, sobre la ética y la consciencia de cada individuo, sin estar gobernadas ni dirigidas por nadie ni por nada, de forma que, intuitivamente, los días se gobiernen por el sentir individual, interactuando con otros sentires en un espacio y en un tiempo sin orden social, sin estructura, sin gobernanza.

Sin juicio y sin jueces de la moral, tal vez el experimento sirva para dar un impulso diferente al lugar. Una forma hermosa de despedir los siete años de vida del proyecto O Couso y empezar a centrar las fuerzas y las energías en el siguiente periodo, en los siguientes siete años donde daremos fuerza y vigor a la Escuela, al Jardín y a la Huerta. El proyecto O Couso dejará de ser un proyecto y se convertirá en la Casa de Acogida de O Couso, una realidad gracias a las últimas obras realizadas en la misma.

Tras constatar la eficacia de la economía del don, de la cooperación y el apoyo mutuo, este nuevo experimento que fijará la atención en la libertad individual basada en valores universales, será realmente atrevido y revolucionario. También todo un reto para que las fuerzas del caos no se apoderen y todo termine hecho un fiasco.

Es necesario que el proyecto esté abierto porque habrá mucha gente que deseará escapar de la ciudad y respirar un aire diferente. Vemos en todo esto una oportunidad para dedicar el próximo año a mejorar y perfeccionar todo lo que se pueda este ya revolucionario lugar. En estos próximos meses sólo habrá campos, caminos para caminar y sonrisas para compartir. Veremos qué ocurre. Por nuestra parte, seguiremos creando utopías. Una y otra vez.

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Amor a viudas y huérfanas


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© Chandra Stevi De Kock

Somos islas silvestres. Agazapados en nuestros miedos. Apartados del mundo. Refugiados en nuestras selvas. El fuego reviste todas las formas. Si vibra interiormente, sacude cuanto abraza. Así en el pasado como en el presente como en el futuro, el fuego permanece siempre fijo en nuestro interior, en nuestro sol central, indicándonos el camino. Morimos todo el tiempo. A veces lo hacemos de forma consciente, iniciática, otras en las pequeñas cosas. Algo muere todos los días sin darnos cuenta. Algo queda en cada resurrección perenne. Algo siempre hay que salvar de nuestras islas remotas.

Cuando decidí dejar Madrid para venirme a vivir a los bosques pasaron muchas cosas. Desmantelé poco a poco la editorial. Tuve que cerrar la hermosa librería-editorial-centro de meditación que había en Malasaña. Tuve que despedirme de muchos colaboradores que hasta ese momento trabajaban en la editorial y tuve que volver a empezar de nuevo, de cero, con todo lo que eso supone de carga emotiva, de aventura, de incertidumbre, de alegría hacia lo nuevo y de tristeza por abandonar lo viejo. Rompí con lo tierno y abracé sin yo darme cuenta lo duro, lo extremo. En ese momento tuve que reducir la editorial a su mínima expresión. Coincidía que había tenido unos años de bonanza donde había editado y casi descubierto en primicia a autores como Suzanne Powell y Emilio Carrillo, que por esos entonces empezaban a despuntar y levantar el vuelo, con suculentas ganancias editoriales que invertí íntegramente en la compra y reconstrucción de este lugar donde ahora mi fuego habita. Un tiempo duro, muy duro. Una isla silvestre en mitad de la nada.

Antes de abandonar Madrid hice un curso presencial sobre maquetación en una prestigiosa academia que se dedicaba a los entresijos del mundo editorial. El trabajo de maquetación y de creación de portadas siempre los hacían terceros a los que pagaba según su trabajo. Como las cosas iban a cambiar, decidí prepararme y asumir yo mismo esos trabajos, a sabiendas de que en los próximos años cualquier ahorro serviría para potenciar el proyecto utópico. En ese curso fue cuando aprendí la diferencia entre viudas y huérfanas, y a cómo subsanar esos errores propios de la edición.

Ahora, visto con distancia, recuerdo que me desnudé por completo. Aposté todos mis ahorros, mi carrera, mi tiempo y mis esfuerzos a vivir una aventura impresionante, dedicando menos tiempo a mis viudas y huérfanas y focalizando todo mi trabajo en intentar que muros y tejados no cayeran encima de nadie. Seis años después me pregunto qué hubiera sido de mí si en vez de dedicar todos esos titánicos esfuerzos a esta empresa me hubiera quedado tranquilo y feliz en mi pequeño apartamento madrileño, en aquella pequeña selva oscura donde el fuego se avivaba con un fuelle posado en el más equilibrado de los haras .

En aquel tiempo también disfrutaba de la compañía de los hijos de la viuda. Estos me invitaban a eventos secretos, a logias encubiertas en escarpadas montañas lejanas, a ceremonias conjuradas con bellísimos rituales, a lugares que muchas veces eran desconocidos para los propios maestros del oficio, y a los que tan solo se llegaba si contabas con cierta reputación en los marcos más subjetivos de distinguidas relaciones. Recuerdo aquello como tiempos divertidos, de auténtica libertad, de esparcimiento y vocación, de curiosidad y osadía. Islas remotas. Músicas de otro tiempo, de otros templos.

¡Ay pero los tiempos cambian! Y hoy mismo andaba peleando con unas viudas de un interesante texto que trataba sobre la gobernanza del mundo. El oficio de editor, más contemplativo y recolector de los frutos sembrados, se cuestiona con calma qué hacer ahora con esos tan extremos esfuerzos realizados para que otros puedan disfrutar, alejados de la queja y el sosiego, de este espectacular lugar. Creo que, a partir de ahora, al igual que en su día reduje la editorial a su mínima expresión, haré lo mismo con mis intervenciones acogedoras, que muchas veces de nada sirven excepto para enfadar a unos y a otros que por diversas razones ven en mí cierta amenaza. Me centraré entonces en la profundidad de la Escuela, ese fuego que osa asomar de entre las brumas. Osaré dedicar mi tiempo a construir ese segundo proyecto para asentar las bases, aún no sé si sólidas o no, de todo el conjunto esotérico, de toda la mística profunda del fuego.

Seguiré eliminando viudas y huérfanas, integrándolas en los párrafos de la vida, en aquellas oleadas de existencia donde cada cual, según su vibración real, necesite estar. Ofreceré el cáliz y el agua de las fuentes, pero solo por un tiempo. Una vez saciados, los peregrinos deberán continuar su búsqueda estelar. También estaré más protegido, más sumido entre libros, entre relatos, entre estudios, escondido entre setos y rosales cargados de dulces rosas y puntiagudas espinas. Ya no subiré a los tejados como antaño, ni bajaré a más suelos que no sean aquellos que soporten con gracia todas las cuestiones profundas. Dejo el oficio de hospitalario y constructor y me sumerjo de nuevo en el aprendizaje de la maestría, en mis líos entre viudas y huérfanas, escondido en esas montañas escarpadas disfrutando de rituales y conjuras. En el centro de la tierra, en el agua media y por encima de los cielos, el fuego permanece oculto, protegido, a salvo.

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Cumplamos con todo nuestro deber


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“No es oro todo lo que reluce; no todos los que vagan están perdidos; lo viejo, si vigoroso, no se marchita; a las raíces profundas no les afecta la helada.” J. R. R. Tolkien

Estos días me he unido subjetivamente a un grupo global de meditadores que se esfuerzan para que la paz penetre cada vez más en nuestros mundos. La meditación es importante por muchos motivos. Sirve de guía, de contacto con nuestro ser interior, de momento de desconexión de todas nuestras preocupaciones y sirve para construir un puente que nos una cada vez más hacia la parte más profunda de aquello que llamamos el misterio. Cuando meditas, algo se vuelve vigoroso dentro de ti, algo que enraíza profundamente y te mantiene sujeto a un ideal, a una vida que se expresa y se expande.

Esta mañana tuve una pequeña lesión muscular. Aprovechando que el estado de alarma se había suavizado un poco, nos aventuramos a viajar por las profundidades de la provincia hasta Tierra Cha, la tierra plana que se extiende por el centro de este país celta tan hermoso. Era nuestra primera excursión después de este largo encierro. Los paisajes eran inspiradores hasta que llegamos a uno de los viveros más grandes de Galicia. La idea era mirar un poco qué se podía hacer para empezar de aquí a un año con el segundo tramo de siete años de la experiencia utópica, la cual basaría sus esfuerzos en la construcción de la Escuela y el Jardín, antes de empezar con el tercer tramo, el de la comunidad, siete años después. Al final compramos algunos rosales, algunos árboles frutales y algunos setos. Fue cargando estos últimos cuando sentí un dolor profundo en mi espalda.

Al volver a casa, ante la idea de acercar todo lo posible las nuevas adquisiciones hasta las cabañas, tuve la mala suerte de encallar el coche en mitad de la finca, en un barrizal junto a la huerta del que no pude salir. Allí se quedó a la espera de que el tiempo amaine, la tierra se seque y pueda sacar el coche. Y así estoy yo, encallado en el lecho, sufriendo este agudo dolor e intentando que su intensidad amaine mientras suspiro profundamente y reflexiono sobre los últimos acontecimientos vividos.

Cuando la vida te para de esta manera, así, de repente, uno tiene tiempo de cerrar los ojos y contemplar la existencia desde una dimensión diferente. Así lo hice esta tarde durante un tiempo. Cerré los ojos justo al atardecer, como hacen los sacerdotes brahmanes de la India, y recité el hermoso Gayatri: ‘Oh Tú, sustentador del Universo, de Quien todas las cosas proceden, a Quien todas las cosas retornan, revélanos el rostro del verdadero Sol Espiritual, oculto por un disco de luz dorada, para que conozcamos la verdad, y cumplamos con todo nuestro deber, mientras nos encaminamos hacia Tus sagrados pies’.

El silencio se apoderó durante un tiempo mientras observaba como, bajo la lluvia, ella plantaba setos y rosales junto a la cabaña, desbrozando y preparando antes la tierra, con una fuerza admirable a pesar de sus largos días de ayuno de 24 horas. La idea es crear un entorno de mayor privacidad, porque hemos descubierto que llevo seis años expuesto al mundo, sin disfrutar de un espacio propio, privado, de silencio, de intimidad. Ella trabaja así, en silencio, sin molestar a nadie, llevando a raja tabla sus prácticas espirituales y sin necesidad de que nadie vea lo que hace día tras día. Ella cumple con su deber interior y anima al mundo con ello. Se desprende de todo y en su simplicidad exterior crea complejos sistemas interiores.

Sentí en su ejemplo cierto alivio. De alguna forma me gustaría ser una especie de sombre anónima, un ejemplo invisible que susurra a los vientos y trabaja en silencio. Conocer la verdad es algo complejo. Cada uno tiene una visión de las cosas que dependen sustancialmente de lo que otros dicen, de lo que uno siente sobre lo que otros dicen, de lo que uno ve y observa, de lo que uno ve y observa y discrimina y discierne. Cuando uno siente cierta frustración interior, a veces determinada por hechos del pasado, y otras por no alcanzar expectativas de futuro, tiende a culpar a los demás de dichas frustraciones. A veces, si no se encuentran culpables objetivos, solemos verter nuestra cólera sobre los gobernantes, sobre el mundo entero o la existencia entera.

Siento que mi vida es algo compleja. Esa complejidad crea en algunos desconfianza y en otros admiración. Ambas son realidades mentirosas porque solo ven una parte del conjunto. Ciertamente, cuando la desconfianza comienza a volverse tóxica, intento enfocar mi mirada en aquello que pueda producir paz. Cierro los ojos, medito en silencio y procuro no verter negatividad en todo cuanto ocurre. A veces me llegan injurias, otras veces ataques e insultos de forma indiscriminada. Por norma soy una persona tranquila, que trabaja intensamente y no se mete en la vida de nadie. A veces se me echa en cara esa forma huraña de vivir. Y con la edad estoy descubriendo que ya solo me apetece compartir silencios y abrazos con personas equilibradas, amables y alegres.

Estos próximos siete años intentaré centrarme, desde el silencio y el anonimato, la privacidad y la intimidad más absoluta, en la construcción de un bonito jardín y una hermosa escuela. Estos serán lugares para el disfrute de todos. Yo habré cumplido con mi parte, y si para entonces dispongo de salud y fuerza suficiente, iré a descansar al valle de los avasallados. Mi único deseo es cumplir con todo mi deber, aquello que me dicta el corazón y mi mente guía. Aquello que mi alma suspira cuando me aquieto, y en silencio, medito.

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La libertad de lo cotidiano


 

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© Pierre Pellegrini 

Viajé hasta la ciudad cercana. Veía a la gente feliz en las terrazas de los bares, paseando, comprando, en las colas de los bancos, recogiendo flores en las veredas, apilando instantes cotidianos que ahora parecían extraordinarios. Era como estar viviendo la profecía celestina, inmersos en la energía de las cosas, en su arrolladora fuerza. Es como si el mundo de repente hubiera despertado de un sueño. Me imagino cómo debían ser esos días donde se anunciaba la paz, con victoria o derrota, después de años de guerra.

Una sensación de alivio, de libertad interior, de paz, pero sobre todo, de esperanza.
Toca construir el futuro. Muchos tendrán la oportunidad de inventarse de nuevo, de volver a empezar, de hacer las cosas de forma diferente. Podría ser el comienzo de algo, o el final de algo. Podría ser la oportunidad para soltar amarras, para desplegar las velas, para aspirar a una especie de vuelo mágico, algún tipo de alquimia interior, algo que, tras el silencio, nos haga despertar a un mundo diferente.

Ahora lo cotidiano ha tomado otro valor. Los pequeños gestos diarios serán vistos durante mucho tiempo como algo extraordinario. Veremos en las pequeñas cosas un sublime canto a la vida, una maravillosa oportunidad para sentirnos vivos a cada instante. Los más intuitivos se acercarán a verdades hasta ahora desconocidas. Los más videntes podrán observar el despliegue de todas esas dimensiones hasta ahora veladas.

Será un tiempo de despertar para muchos. También de sensibilidad. Veremos en el dolor ajeno, en el sufrimiento del otro, una oportunidad para expresar con fuerza nuestra capacidad de amar. Estoy convencido de que seremos capaces de encontrar en el otro aquello que necesitamos para expresar la inevitable unicidad de las cosas. Ya no tendremos esa sensación de ser seres disgregados, sino que una comunión nacerá en nuestro inconsciente colectivo.

Cuando he visto a toda esa gente con esa emoción excitante sentía un alivio interior. La vida continua a la espera de la siguiente prueba. En la angustia de ese vacío entre prueba y prueba podremos manifestar nuestra plenitud más extensa. ¿Qué será lo próximo? Aún no lo sabemos, pero sí sabemos que algo vendrá, que algo ocurrirá y tendremos que estar preparados. Preparados en cuanto a la ordenación de nuestras vidas ordinarias, pero también preparados en cuanto a la construcción interior de nuestro ser. Esa construcción inevitable nos dará fuerza, templanza, arraigo en momentos difíciles.

Nuestro éxito como humanidad vendrá de la mano de nuestra construcción espiritual. Cuánto más tiempo dediquemos a profundizar en ello, mayor será nuestra victoria. Esta de ahora ha sido una pequeña prueba, un experimento piloto que de alguna forma nos ha demostrado nuestra capacidad de resistencia. Vendrán más pruebas. Mientras llegan, disfrutemos intensamente de la libertad de lo cotidiano, de lo extraordinario de estar vivos.

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El himno a las musas


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Urania. Mosaico de Rafael en el techo de la Stanza della Segnatura,
Palacios Pontificios, Vaticano.

 

“Cantemos la luz que lleva por el camino del retorno a los humanos”. Orfeo

Llueve. Truena. La noche del Wesak la pasamos sin pegar ojo. Una tormenta de truenos y cientos de centellas iluminaba el cielo nocturno. Ayer era Tormenta Cósmica según el tzolkin, además de una de las fiestas más importantes del Budismo. Para la tradición hinduista estamos atravesando, dentro del ciclo humano del Manvantara, la edad del Kali-Yuga, la edad del hierro, también conocida como la ‘edad sombría’. A pesar de la tormenta exterior, siento una gran calma interior. Noto movimientos, cosas que inevitablemente cambian, por eso de que lo único que permanece es el cambio. Todo es transformación, pero dentro, hay quietud. A nivel de personalidad uno puede sufrir subidas y bajadas, pero cuando el alma cada vez se apodera con mayor fuerza de la personalidad, esos ciclos lunares ya no afectan a la luz diurna. Estos días están siendo especialmente duros, pero intento concentrar la energía en el centro, en la fuente, en el silencio.

Los guardianes de los templos tenían por costumbre impedir el paso a aquellos que vivían en exceso la vida profana. Lo sagrado estaba siempre reservado a los que de forma humilde se arrodillaban ante la inmensidad de lo infinito en sumo silencio y respeto. Los guardianes siempre tuvieron mala prensa en el mundo profano y tendían a recibir todo tipo de blasfemias e indolencias. Despertaban odios y recelos ante el orgullo y la ceguera. Hoy leía encantado el himno a las musas, el cual es elocuente y lúcido. ‘Por la virtud de las puras iniciaciones que provienen de los libros, despertadores de inteligencia, arrancan de los dolorosos sufrimientos de la tierra, a las almas que erran en el fondo de los pozos de la vida, enseñándolas a ocuparse con celo de buscar y seguir un camino sobre las corrientes y profundas olas del olvido’.

Desde la época de los últimos Zoroastros, cuando el mazdeísmo figuraba como reclamo y esencia en las tradiciones persas, el mundo ha cambiado considerablemente y se ha sumido prontamente en las profundas olas del olvido. Desde que desapareciera la tradición hiperbórea, la cadena áurea, y en ella el mundo iniciático capaz de aproximarnos más o menos con cierto éxito hasta las puertas del Misterio, ha sufrido épocas de oscuridad . Esta en la que nos encontramos es sin duda una de ellas. El Misterio ha dejado de tenerse como algo importante, y soezmente, suele ser mancillado en manos de obreros incapaces de reconocer la verdadera importancia de nuestro ciclo humano. En vez de construir un hermoso templo, de decorar sus columnas, de afrontar con fortaleza la sabiduría de las mismas, destrozan todo cuanto tocan, vociferando siempre que la culpa es del maestro Hiram, al cual intentan una y otra vez dar muerte.

Sigue el himno a las musas de la siguiente manera: ‘Que la raza humana que sólo siente miedo hacia Dios no me aparte de los caminos divinos, ¡deslumbrantes y llenos de luminosos frutos! De lo profundo del caos, perdida por el devenir en mil caminos errados, atraed a mi alma que busca sin cesar la pura luz; y, llenándola de vuestras gracias, que poseen el poder de aumentar la inteligencia, dadle la gracia de poseer para siempre el glorioso privilegio de pronunciar con facilidad las elocuentes palabras ¡que seducen los corazones!’

Decía Réne Guénon que para restaurar la tradición perdida, para revivificarla verdaderamente, es menester el contacto con el espíritu tradicional vivo. Tanto intelectual como socialmente vivimos en una ausencia de principios. Cualquier empresa que desee restablecer los principales pilares de la ética viviente está llamada al fracaso si no se ejerce una viva presión de resistencia, una oportuna y vigorosa vigilancia. Falta el rigor, la seriedad y el compromiso para poder guiarnos hacia las esencias de lo sublime, de lo etérico, hacia el abrazo del logos y la mónada. Los groseros bienes de la materia nos tienen atrapados. Sólo el interés nos permite establecer relaciones, y no el puro afán por caminar, cueste lo que cueste, por los abismos de la luz. Quizás por ello sea tiempo de erigir nuevos templos capaces de separar lo profano de lo sagrado, aquello que nos aproxima a la dignidad y la luz, separado de lo que nos degrada en lo superfluo y epidérmico. Nuevos templos y guardianes capaces de impedir el paso a los destructores del Adytum.

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