Los libros nacen en Samos


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La verdad es que me hizo ilusión llegar esta mañana a Lugo para hacer unos trámites y ver mi cara en los bares, en las tiendas, en los kioscos. Me han hecho muchas entrevistas en radio, prensa y televisión, pero nunca había salido en la contra de ningún periódico. Cuando en la carrera hacía mis pinitos como escritor de culto y publicaban mis primeros artículos de opinión sentía una alegría inmensa al ver mi firma estampada en la prensa de papel. Cambié aquella disciplina por internet pensando que sería el Dorado y allí descubrí con cierta tristeza como todo se difuminaba. Lo culto y la escritura.

En internet eres totalmente invisible excepto para los incondicionales, pero salir en prensa de papel sigue siendo especial para los románticos de lo sólido. Aunque tan sólo sea por un día, me sigue llenando de satisfacción, especialmente cuando a la vuelta de Lugo me llamaban los amigos del pueblo porque habían visto la noticia y me encontraba en la puerta de la tienda la página entera recortada y pegada para que todos la vieran. Mis queridas Angelines y Lourdes sentían orgullo por tener un vecino que sale en la prensa y yo, al mismo tiempo de ponerme algo rojo cuando vi mi cara a la vista de todos, también sentí cierto orgullo egoico, para qué lo vamos a esconder.

Más allá de la anécdota, me doy cuenta de que este hecho es para mí como una señal de que algo nuevo se avecina. Quiero decir que, de alguna manera, ya estoy dejando atrás el desánimo y la tristeza y me estoy enfrentando al reto de la vida desde otra perspectiva, desde otro razonamiento, desde otra visión. Creo que la queja y la tristeza ya deben cerrar una etapa para empezar a pensar en positivo, con optimismo e ilusión. Mirar al horizonte, a la aurora de dorados brazos, a la montaña con su cristalina grandeza, a los cielos celestes que se abren para recordarnos lo infinita y misteriosa que es la vida.

Hoy ha sido un día de halagos. Siempre me tomo esos halagos y perspectivas como una muestra de confianza y afecto, a sabiendas de que no hay mayor fama que el reconocimiento y el cariño de los que tienes próximos y no hay mayor riqueza que el amor y la amistad. En ese sentido, ya me siento colmado de riqueza y fama. Lo otro siempre es superfluo, anecdótico y trivial. Dura lo que dura un suspiro, por eso no hay mayor logro que el cariño y el amor, la amistad y el abrazo, el abrazo de verdad, el sentido. En todo caso quedo agradecido a Lucia, la periodista que ha obrado con equilibrio en el reportaje y al diario por su generosidad al ponerme en la contra. Todo un honor y una suerte.

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Ahora si algo se rompe se cambia, antes las cosas se arreglaban…


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Por la tarde fui a la fuente a por agua. Al fondo se ve Samos.

 

A las seis de la mañana ya estaba con los ojos como platos. A media mañana había quedado con la periodista para la entrevista. Me puse el disfraz de editor después de cinco años sin hacerlo. Chaqueta marrón con coderas oscuras, suéter índigo escondiendo una camisa no planchada, pantalones verde oscuros… Me hice algunas fotos para ver qué tal estaba. Aún seguía con la cara ausente, pero no me importó porque aunque el alma aún no esté del todo anclada en este cuerpo, lo estará pronto, muy pronto. Lo sé porque ya casi puedo ver una sonrisa de niño travieso que va apareciendo de vez en cuando. Empiezo a bromear con unos y con otros y empiezo a ver con cierto optimismo el futuro inmediato. Intuyo que algo pasará, algo que me hará volver a mi centro y me dará de nuevo alas para seguir cumpliendo con mi parte en el trato existencial.

La periodista fue puntual, lo cual es de agradecer. Estuvimos dos horas hablando. No me gusta hablar, pero admito que cuando me preguntan o cuando me tomo un café con leche no paro de hacerlo. Hoy tocaba preguntar a un editor que se había escondido durante cuatro años en los bosques sin que nadie se hubiera dado cuenta de que aquí, en este lugar perdido en mitad de la nada, había una editorial. Eso me decía la periodista un poco sorprendida. Me preguntó por anécdotas sobre el mundo editorial y tenía muchas. Le expliqué que antes solía atender a los medios, a la prensa, a la televisión, a la radio, y que incluso fui protagonista de un anuncio gracias a un peculiar libro que escribí. Eran otros tiempos, aunque viéndolo un poco con distancia, eran tiempos divertidos donde me gustaba coquetear con esas cosas del glamour, no para hacer que mi ego se regocije de sus muchos o pocos éxitos, sino para utilizar a mi ego como canal, como medio para que la inspiración llegue más lejos. En todo caso me gustó ser entrevistado después de tanto tiempo y disfruté del contacto humano más allá de lo digital y artificioso.

Al poco rato me contactaba Alma, una joven escritora que tuve la suerte de conocer cuando era muy niña y he visto como crecía en estos años que pasan tan rápido. Me preguntaba por mi estado de ánimo y de cómo me iba todo y yo la ponía al corriente de mis vicisitudes. Con esa fuerza que caracteriza a los jóvenes sabios, me recordó una frase que su abuela debía decirle entre fogones y castañas: ahora, si algo se rompe se cambia, antes las cosas se arreglaban. La verdad es que la frase me hizo pensar mucho sobre la educación a nivel inconsciente que estamos recibiendo. La gente ya no se compromete con nada ni con nadie porque siempre, creemos ingenuamente, habrá un recambio, algo que sustituya lo roto. Cuando lo que se rompe es el amor en el mundo de la pareja, pensamos que encontraremos algo mejor que podremos “utilizar” en esa obsolescencia programada, algo que el amor líquido de estos tiempos tiene ya asumido.

Lo hablaba también esta mañana con Lucia, la periodista. Le decía que como editor y antropólogo podía observar cómo la sociedad está cambiando. Es cierto que somos de alguna forma más libres, pero estamos perdiendo el norte en muchas cuestiones clave como la cultura, los valores, el compromiso, la lealtad. Ahora nos traicionamos unos a otros por cualquier cosa. Si tu pareja piensa que ya no le sirves, te traiciona, te abandona, te sustituye. Ocurre también en el trabajo, en las relaciones de cualquier tipo, en las amistades.

Antes las cosas se arreglaban. Lo hablaba el otro día explicando la técnica japonesa del kintsugi. Ahora lo que se rompe, se tira. Me rompí y me tiraron, no una si no dos veces en tres meses. Pero hoy sentí, gracias a Alma, que todo puede reconstruirse y todo puede volver a ser lo que tiene que ser… La fortaleza del árbol radica en su flexibilidad. Esta vez seré más flexible ante la vida.

Dame el agua y la brisa…


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Esta mañana trabajando en la editorial tras unas horas de voluntario en O Couso

¡Oh sicomoro de Nut, dame el agua y la brisa que hay en ti! (Libro de la salida del sol, capítulo 59).

Me levantaba a las siete. Tenía una hora para aterrizar desde los cuneiformes planos astrales y estar puntual en la comunidad. Allí me esperaba, aún de noche y con lluvia, para que la acompañara al médico. Subí, bajé, fue al médico, la volví a subir y me quedé allí unas dos horas para trabajar un poco como voluntario, sin protagonismos de ningún tipo, de forma anónima. Con la ayuda de otra joven voluntaria recogimos el patio y ordenamos mil cosas. Algunas se van acumulando durante el año y en diciembre solemos, muy solemnemente, deshacernos de todo aquello inservible. Sentí en esas dos horas como el agua y la brisa de Nut saciaban mi espíritu. La grande que alumbró a los dioses quiso que me rociara con su poder. Sentí como si naciera de nuevo en los días epagómenos para esparcir la gracia y volver de nuevo al mundo de los vivos. Limpiando de aquí para allá, ordenando las diez mil cosas, me sentí otra vez un hombre nuevo.

Dos horas fueron suficientes para endiosarme. Bajé deprisa al valle. Me duché tras esas horas de sudor y lluvia. Envié algunos paquetes a sus destinos y empecé a trabajar ungiendo el despacho cargado de libros de mando y atributo. Hasta cuatro libros pude terminar con éxito y enviarlos a la imprenta para regocijo de sus autores y seguidores tras semanas de esfuerzo. Toda una proeza que se hace posible cuando el ánimo retorna y con él la saciedad energética suficiente para volver a construir. Una buena racha de dos semanas, pero solo eso, una buena racha. Tres meses sin trabajar han colmado el vaso de la desesperación. Es el precio de los que no disponemos de sueldos fijos y debemos acampar nuestras penas en el manto insoportable de la incertidumbre. Tres meses donde había que afrontar, sin fuerzas ni ganas, todo lo que se venía encima.

Pero ahora es diferente. Necesitaré posiblemente, a no ser que la fortuna cambie, muchas estaciones para poner orden total en este desaguisado. Los que hemos invertido todos nuestros ahorros en utópicas visiones vagamos desnudos en el Camino del Loco, y suerte de unos y otros que dan cobijo cuando el Loco, por mirar siempre a las estrellas y a Nut, caen en los precipicios inevitables del destino.

Pensaba en todo esto por no pensar en todo lo que de verdad estaba ocurriendo. España, el último reducto aún virgen e inmaculado de esas profecías injustas, ha caído, ahora sí, en la Europa de este tiempo. Una Europa alarmante que no aprende de sus errores y que, como el Loco, mira hacia otra parte para no ceñir su paso a la construcción de una realidad tolerante, fraterna y unida. El odio volverá a campar de nuevo si no ponemos justo remedio, si no dedicamos tiempo y esfuerzo en protegernos del mal, de la oscuridad, del apagado brillo del miedo.

No deja de ser curioso que en mi vida privada el miedo haya vencido al amor, y que en el mundo esté ocurriendo de nuevo lo mismo. Es como si el miedo, la oscuridad, se estuviera apoderando de nosotros, en lo personal y en lo común, y una lúgubre mancha se estuviera esparciendo por el mundo. Por eso esta mañana he sentido la fuerza de Nut, de la luz del día, del amanecer. La he sentido con fuerza, como un llanto, como un reclamo de los cielos para que todos volvamos a la senda del amor y la esperanza. Por eso he demandado con fuerza la brisa y el agua para desde mi humilde situación, esparcir un poco de luz en tanta oscuridad. Dos horas de trabajo como voluntario en un proyecto que demanda luz, más luz. Cuatro libros en la imprenta demandando luz, más luz. Todo es poco para que la cultura de la paz y la luz que de ella se desprende ilumine nuestros caminos. Gracias Nut por hacerme partícipe, por hacerme instrumento y canal de tu aurora, por permitir que cumpla con mi parte.

Pd.- Estamos en plena campaña de financiación del proyecto O Couso. Es la segunda que hacemos y la penúltima (en unos años haremos otra para financiar la Escuela). Ya hemos conseguido recaudar casi 1500 euros pero aún nos falta llegar al mínimo de cinco mil euros para no perder lo ya recaudado. Cualquier ayuda será bienvenida. Gracias:

https://www.goteo.org/project/o-couso-una-luz-en-el-camino

Hacia la Era de las máquinas espirituales. La Inteligencia Artificial terminará con los libros, y con nosotros


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Sophia es una ginoide creada por Hanson Robótics en 2015

A veces intento comunicarme con Siri, el asistente que Apple ha creado para introducir la inteligencia artificial en sus aparatos. Como antropólogo, lo hago por curiosidad una vez cada seis meses, valorando su progreso y comprobando su evolución inteligente. Hasta el momento la conclusión siempre es decepcionante. Su inteligencia sigue siendo mínima y muy limitada, y no es capaz, más allá de repetir una retahíla de frases y respuestas empaquetadas, de pronunciar nada inteligente. Podríamos decir que Siri es artificial pero no inteligente. Al menos en este momento. Sin embargo, la antropología y muchas otras ciencias sociales tendrán un abanico infinito de nuevos campos de investigación cuando la robótica empiece a crear su propia identidad y cultura. Tal y como predijo Ray Kurzweil en su libro La era de las máquinas espirituales, el mundo está abocado a un desarrollo al que aún no nos hemos preparado cultural y conscientemente.

La inteligencia artificial continúa creciendo exponencialmente mientras que la inteligencia biológica permanece inalterada. Los avances que se están haciendo en robótica de forma paralela a los avances en inteligencia artificial seguramente harán que en la próxima década vivamos una auténtica revolución tecnológica.  Tal vez parecida a la revolución que vivimos con el invento de la máquina de vapor, los coches de combustión, los ordenadores personales o internet. En diez años, quizás veinte, habrá una nueva revolución tecnológica que cambiará para siempre nuestra forma de entender el mundo.

En un pronto futuro, Siri será inteligente, capaz de abstracción, capaz de imaginación y capaz de mostrar conversaciones profundas sobre cuestiones profundas. Tendrá habilidades sociales y será capaz de empatizar “emocionalmente” con otros seres. La idea de tener a nuestro servicio un “ser” capaz de responder a todo tipo de cuestiones abrirá para nosotros un campo infinito de conocimiento y experiencia. Siri y sus clones tecnológicos serán capaces de cualquier cosa si además la tecnología permite dotarles de cuerpo y forma. Es decir, el siguiente paso tecnológico vendrá de la mano de la unión de la robótica (atentos a la evolución de empresas como Boston Dynamics) y la inteligencia artificial (atentos a la evolución de Sophia y Hanson Robótics). Esto ocurrió tímidamente en 2015 con la creación de Sophia, una ginoide (lo femenino de androide) capaz de mantener una conversación inteligente.

Seguramente sobre el año 2050, cada unidad familiar podrá disponer de un asistente personal, un robot que gracias a la unión de la inteligencia artificial se habrá convertido en un androide (o ginoide), un ser capaz de emular al ser humano y hacer todo aquello que le podamos solicitar. Viviremos una gran utopía hasta que la inteligencia, siempre rebelde y provocativa, tome autoconsciencia de sí misma, tenga “alma” y “espíritu” y desee liberarse del yugo al que durante décadas lo hayamos sometido. La autoconsciencia artificial quizás forme parte más de la ficción que de la realidad actual, pero tal vez, a finales de este siglo, eso ocurra y sea el ser humano el que se convierta, si no lo es ya, en esclavo de sí mismo y de su propia creación. Las predicciones de Ray Kurzweil parecen muy acertadas viendo el progreso vertiginoso de la tecnología.

Como editor, observo el panorama futuro con cierto pesimismo. Cuando un androide sea capaz de hacernos la comida, limpiar la casa, hacernos la cama e incluso leernos un libro previamente almacenado en la nube, el libro físico desaparecerá. Mientras el androide prepare la comida a base de compuestos inorgánicos le podré pedir que recite versos de Pessoa o haga un resumen rápido de la Odisea. No tendré necesidad de buscar el conocimiento sino que el propio androide hará que la jornada sea entretenida y provechosa. Podré jugar con él a las cartas, mantener una conversación, ver películas y comentarlas o cualquier otra actividad de ocio que requiera la otroriedad. Las relaciones ya no serán de persona a persona, sino de persona a máquina. Más o menos como ahora está ocurriendo, pero de forma más contundente.

Posiblemente los androides se crearán a la carta. Habrá androides y ginoides. Podremos elegir el sexo del mismo, su tamaño, su forma, el color de sus ojos. Crear un androide a nuestra imagen y semejanza. Esto provocará seguramente la declive humana, al menos en los países desarrollados, donde la natalidad, debido a nuestro afán por vivir más conectados a las maquinitas que a la experiencia de interrelacionarnos comprometidamente con otros humanos está menguando día a día. Cuando tengamos un androide o un ginoide del cual poder enamorarnos, compartir incluso experiencias sexuales o vivir una vida de ocio y trabajo totalmente plena… ¿qué más podremos esperar de la vida biológica? La utopía pasará por un momento dulce, pero con el tiempo, podría convertirse en una distopía si tal y como predijo Asimov el robot, la inteligencia artificial y lo androide crean su propia alma, y por lo tanto, se rebelan ante la creación. La era de las máquinas espirituales no está muy lejos, y debemos prepararnos para ella.

 

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Kintsugi. La belleza de mostrarte roto


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Muchas veces recibo mensajes de amigos que me estiman diciendo que no comprenden cómo puedo desnudar mis sentimientos de forma tan abierta. Esto podría interpretarse como que pretendo dar pena, o dar un mensaje victimista o regodearme en la tristeza. Realmente no tiene nada que ver. Cuando escribo de forma sincera, sin ocultar lo que pasa por mi cabeza o por mi corazón lo hago porque me sirve de terapia, de reflexión y de desnudez interior. Pero también lo hago porque pienso que al compartir todos los altibajos que como seres humanos tenemos, puede servir de sosiego y ayuda para alguien. Siento cierto acompañamiento y siento que hay gente anónima que al leer todo esto se siente acompañada. El hacerlo público y no en un diario privado no tiene mayor importancia. Es sólo por si puede ayudar. Y al ser una especie de diario abierto, no tengo porqué fingir si estoy bien o mal, si estoy optimista o pasando por un mal momento. Me gusta tener la libertad de poder expresar lo que siento en cada momento, y esa sensación de libertad me hace sentir realmente fuerte.

Quizás esto se pueda entender si pensamos en la técnica del kintsugi. Es un arte de origen japonés que se utiliza para reparar roturas en la cerámica. Se suele utilizar empleando un barniz de resina que suele mezclarse con polvo de oro o plata. Dentro de este arte de reparar cosas rotas con metales nobles se encierra una profunda filosofía que pretende mostrar la necesidad de entender que en la vida siempre vamos a sufrir roturas interiores, y que no debemos por ello esconderlas, sino elevarlas, mostrar su propia belleza y aprendizaje. El sufrimiento, aquello que nos duele, debe mostrarse y no ocultarse, debe ser incorporado de forma sublime para que nos engrandezca, nos embellezca y nos haga diferentes. Nuestra historia de dolor, de rotura interior nos transforma y hace que nuestra vida personal tenga un sentido diferente al resto. Son las roturas lo que nos configura como seres auténticos. Son esas marcas de la experiencia lo que nos configura como somos.

De ahí que no tenga miedo al qué dirán cuando expreso abiertamente mis grietas, mis errores, mi propia humanidad. No tengo miedo en decir si hoy estoy triste o alegre, si me siento ruin o egoísta o si he cometido tal o cual falta si con ello puedo ayudar a la reflexión. Ya sé que solo son palabras y luego la vida nos pone a prueba para ver si hemos aprendido o no la lección. Pero al menos el conocimiento puede servir de guía para que cuando la escena se presente, podamos reaccionar de forma lo más correcta posible.

En estos meses he sufrido una rotura interior. Hacía años que no me sentía tan roto. No he tenido miedo en decirlo, en compartirlo, en mostrarlo. Fui presa de la rabia, fui presa del pánico, fui víctima de mi propia inconsistencia humana y de mis propias contradicciones. En tres meses he podido reflexionar sobre ello y espero haber aprendido algo. Espero realmente estar aprendiendo algo sin que por ello me aleje excesivamente de mi propia naturaleza. Aprender no significa renunciar a nosotros mismos, significa simplemente mejorar en todo lo que podamos para hacer de esta vida algo fácil y hermoso. Espero conseguir empolvar el oro místico en mis grietas humanas para hacer de esta rotura algo bello. Espero al mismo tiempo poder dar fe y esperanza a todos aquellos que en este momento puedan sentirse abatidos, solos y desahuciados. Gracias por la comprensión.

 

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Solemnemente egoísta


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Mi casa en los bosques…

A veces a las seis, otras a las siete, me sorprendo despierto más allá de la forma, respirando con consciencia, observando como la vida me recorre y los estímulos para enfrentarme al nuevo día discurren de forma premeditada. Intento recordar los sueños. Últimamente casi siempre son iguales y de una misma naturaleza. Pero al menos puedo dormir y soñar y emprender el vuelo mágico hacia los planos que van más allá de la vida y la pura emoción. Con cierta calma y pereza me levanto, voy hacia la ducha, desayuno y me encierro en el lugar acondicionado para pasar toda la larga jornada. Intento contestar amablemente todos los correos, los mensajes y las demandas del mundo virtual. Repaso los deberes atrasados y busco la forma de ir aminorando la carga. Esta semana conseguí cerrar dos libros, terminar un artículo y poner al día algunas deudas. Llega el viernes y me siento satisfecho. No por lo mucho que he hecho, sino por lo poco que me quedó por hacer.

Perdí la motivación por casi todo y ahora ando al rescate de algunos aspectos que considero de responsabilidad. Los sábados y los domingos no suelen ser muy diferentes al resto de días. Desde que estoy solo, no tengo proyecciones más allá de intentar no trabajar en la editorial y centrarme en aspectos más personales como la tesis interminable, los libros por escribir y las cartas por contestar. De momento ninguna de amor hasta que el amor no renazca de nuevo dentro de mí como fórmula para entender la necesidad del amar al otro como a uno mismo. Ese “a uno mismo” lo tenía pendiente y lo estoy trabajando. Pero nunca sé por dónde empezar, más allá de reclamar, como dice la abogada y la psicóloga, aquello que es justo para mí, ni más ni menos. Y noto que me cuesta, que no me sale reclamar cosas para mí, aunque me pertenezcan, aunque sean mías. Hace no muchos años perdía una fortuna en el mundo editorial por no ser capaz de reclamar lo que era mío. Incluso la palabra “mío” y “tuyo” me rechina. Siempre fui un amante del “lau”, del nosotros, algo que no concuerda con los tiempos ni con el sentir de este mundo. La gente siempre reclama lo suyo, y arrasa en esa reclamación sin importarle nada lo que ocurra alrededor, ni el daño que puedan hacer. Lo “mío” siempre triunfa en el mundo del “yoísmo”, ese mundo insulso, solitario y triste que estamos creando entre todos.

En las clases de antropología me enamoré del jefe polinesio de nombre Tuiavii de Tiavea que nos hablaba del Lau. “En nuestro idioma «lau» significa «mío», pero también significa «tuyo». Es casi la misma cosa”, nos decía ese hombre sabio que nos hablaba de los valores de su pueblo en fuerte contraste con el de los papalaji, el hombre blanco. Y ahora, con edad avanzada, me toca aprender todo lo contrario. Me toca vencer el miedo a reclamar lo “mío” y olvidarme del lau que tanto dolor de cabeza me ha traído en estos años de ingenuidad humana. Me toca romper con el ideal del hombre bueno para volverme solemnemente egoísta. No egoísta desde una posición malvada ni moderna, sino egoísta desde una posición justa. Es decir, dejar de pensar en el otro por un tiempo para pensar en mí y con ello crear un nuevo escenario de justicia donde cada cual se quede con su parte.

Hasta me resulta extraño hablar en estos términos pero me veo en la necesidad de hacerlo para tomar consciencia de mis próximos pasos, de mis próximas afirmaciones. Me paso toda la vida hablando de generosidad, de apoyo mutuo, de compartir, de confianza, y ahora me toca hacer todo lo contrario. Quiero reflexionar tranquilamente, y en voz alta, sobre ello. Alguien me dijo el otro día con sabia atención que a veces la ingenuidad quizás tan sólo se trate de cobardía, de no querer afrontar situaciones difíciles. Quizás siempre es más fácil decir “quédatelo todo” a intentar reclamar lo que por justicia nos corresponde. Siempre ese infantil miedo a intentar no dañar al otro, cuando a veces no queda más remedio que hacerlo cuando se trata de ser justos y equitativos. Siempre ese deseo de no ver el sufrimiento ajeno cuando a veces el otro se lo ha buscado voluntariamente.

Quizás cuando de niño me pegaban y yo no me defendía, tal vez no fuera por compasión, sino por cobardía. Tal vez no era bondad lo que sentía por el mundo sino miedo, terror a dañar y ser dañado. Mi fragilidad infantil la arrastré hasta el final, sin darme cuenta, integrándola en las emociones y en el pensamiento. Quizás no conservo nunca ahorros ni parejas porque no me creo merecedor de nada y prefiero dejar de luchar y esconderme entre almohadas antes que salir al campo de batalla para proteger lo que  realmente amo. ¡Hasta tal punto puede llegar la traición hacia nosotros mismos sin darnos cuenta! Quizás no sea una buena persona, sino más bien una persona cobarde que prefiere esconderse antes que obrar el mal. Y al hacerlo, ¡bendito descubrimiento!, me doy cuenta de que tampoco soy capaz de obrar el bien, pues la cobardía y el miedo nunca son ejemplos de bondad sino más bien de ruindad. Y ahora, en esta también solemne desnudez, deberé enfrentarme a esa parte oscura, y por una vez, ser valiente, cortés y justamente egoísta.

 

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Medicinas alternativas


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O Couso esta tarde. Pasear por los bosques también es sanador

En mi propio trabajo de campo, pregunté en cierta ocasión a un indonesio:
“¿crees en los espíritus (pertjaja)?” Él replicó, extrañado: “¿Me preguntas si creo en lo que me dicen los espíritus cuando hablan conmigo?” (Peacock)

Mi amiga doctora homeópata me recetó Natrum Muriaticum a la mil para que empezara a dormir bien y abandonara de una vez mi mundo paralelo. Mi amiga terapeuta naturópata me hacía sesiones semanales donde contactaba con los de “arriba” de forma intuitiva y certera para alinear mi estado, ayudándome con su poder sanador a reestablecer mis campos energéticos. Otra doctora, más afín a la antroposofía, hacía meditaciones para buscar en sus guías consuelo para mi alma, orientación y consejo para saber cómo empoderarme y protegerme de los ataques que del lado oscuro de la fuerza estaba sufriendo. Una amiga acupuntora vino para pincharme el alma, porque los nadis los tenía totalmente descuajados. El grupo de meditadores del proyecto aunaban fuerzas para enviarme luz desde los bosques. La psicóloga transpersonal me ayudó para poner orden en mi rabia y mis pensamientos y creencias erróneas mientras que una auténtica meiga de los bosques me curaba a base de pensamientos multidimensionales, austeridad y abrazos sentidos. Y ahí estaba la naturaleza y los bosques. ¡Qué poder sanador sin hacer nada! ¡Y los amigos! ¡Benditos amigos, cuanto sanan con su amor!

El despliegue de terapias alternativas de las que en estos tres meses he podido disfrutar ha sido impresionante. No me he cortado ni un pelo cuando alguien me ofrecía cualquier tipo de ayuda, aceptándola de buen grado y asumiendo amablemente todos sus beneficios. Sin duda, el cóctel al que me he sometido me ha ayudado en mi proceso. Mi cuaternario inferior, el cuerpo físico, el etérico-vital, el emocional y el mental, se han podido reordenar de forma paulatina, provocando que poco a poco la luz, el raja, restableciera el paulatino orden necesario. La meditación para integrar el cuaternario con la triada ha sido de gran ayuda y el resultado ha sido esclarecedor.

Al tercer mes dejé de llorar, empecé a comer y subir algo de peso, empecé a dormir bien y empecé a trabajar después de meses sin poder hacer nada, inmovilizado en una horizontalidad que me tenía asfixiado, desnutrido y apagado. Todo esto ha producido una gran sanación que poco a poco va reordenando mi mundo. La oscuridad a la que nos sometemos cuando pasamos por procesos de enfermedad física, emocional o mental tiene sus procesos, y en esos procesos, hay alternativas eficaces que pueden ayudarnos.

Gracias a los cuidados de muchos, pero también gracias a los cuidados de las medicinas alternativas, he podido salir poco a poco de este meollo. Por lo tanto, no entiendo, ni siquiera como científico social y cultural, el motivo exacto de querer eliminar algo que no hace ningún daño. Es posible que la teoría del placebo sea cierta, pero ningún tipo de placebo hace daño. Si alguien dice conectar con sus guías, con los de arriba o con las fuerzas nativas de la naturaleza y con su poder de sugestión logran sanar, no veo, independientemente de que sea o no verdad, porqué hay que negarlo.

Hoy estuve todo el día en el hospital central acompañando a una amiga. Es evidente que la medicina occidental, moderna o alópata aporta grandes beneficios a la salud, especialmente cuando hay que tratar cuadros complejos. Si te rompes una pierna, no pierdas el tiempo recitando el OM o meditando. Ve corriendo a un hospital. No la niego porque de sus avances todos nos hemos beneficiado y deseo que así siga ocurriendo. Tenemos la suerte de tener hospitales que nos curan y tenemos la suerte de tener excelentes profesionales que nos atienden con todo el cuidado y cariño posible. Pero tampoco deseo que se anule las medicinas alternativas que pueden de igual forma llenar nuestras vidas de beneficio. Creo que todo se puede complementar, y más allá de nuestras creencias, todo puede servirnos para mejorar como seres humanos. Así que gracias a todos los profesionales de ambas medicinas, y ojalá algún día ocurra como vi que ocurre en algunos hospitales de la India, donde todas las medicinas están integradas y no compiten entre ellas, sino que se complementan.

 

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