Se prendió la llama resplandeciente


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“Estamos todos en el mismo barco, en un mar tormentoso, y nos debemos los unos a los otros una lealtad enorme”. G. K. CHESTERTON

Ayer dormía en los arrayanes y hoy duermo en palacio. Justo en frente de la Biblioteca Nacional, ese lugar que frecuentaba todas las tardes con mi carné de investigador mientras redactaba en aquel tiempo la primera parte de la tesis. Al lado del exclusivo club donde enamoré a aquella hermosa embajadora mientras presentábamos un libro con el presidente de la comunidad de Cantabria y la gente nos paraba en el ascensor, para sorpresa de la enamorada aristócrata, saludándonos como quien saluda a un actor de cine. Admito que cuando conducía mi vida entre ese tipo de bambalinas ilusorias lo pasaba bien. El glamour es algo que nos gusta, que nos atrae por el halo de poder que nos otorga cuando desciframos sus secretos. El cuerpo se vuelve erguido, la frente parece más ancha, los pómulos se llenan de fuerza y el aura recuerda a la de los héroes que transitaban por encima de la vida y la muerte. Pero todo es ilusorio, ficticio, lugares comunes que nos alejan de nuestro camino. Ayer fui mendigo, hoy príncipe, y ninguno de los dos mentirosos estadios me domina. Ante las máscaras, disfruto del teatro de la vida como lo haría un alma capaz de disfrazarse de cualquier cosa.

Esta mañana ocurrió algo hermoso que tiene que ver con los círculos. Salí corriendo de los arrayanes y me fui a la zona más alta y rica de la gran ciudad. En un lugar impresionantemente hermoso que por alguna extraña razón me recuerda a Austria o Suiza, quizás a algún remoto lugar en mitad de los Alpes, me esperaban dos buenos hombres, sinceros, amables, hermosos, generosos. Cuando me di cuenta estábamos conspirando, configurando una nueva triada, un triángulo mágico, tan necesario para poder crear cualquier cosa que se acerque mínimamente a un punto de luz. De alguna forma se selló un pacto de colaboración mutua que nos anima a seguir persiguiendo el sueño utópico de una humanidad unida, silenciosa, contemplativa. La reunión duró algunas horas y detallamos algunos puntos a seguir. Me sentí afortunado por poder participar de esa conspiración que se proclama una y otra vez en todos los tiempos. Aún no puedo adelantar nada de lo que en esa reunión se trató, pero fue, a niveles interiores, una prueba más de que estamos haciendo algo bueno.

De repente pude cerrar los ojos internos, esos que ven más allá de las apariencias y entendí lo que estaba pasando. Somos los mismos aliados que siglo tras siglo se reúnen ante una mesa de castaño oscuro para plagar el mundo de fe y esperanza. Sentíamos cierta emoción contenida porque los ciclos se repiten, y entendemos que debemos seguir intentándolo una y otra vez. De repente, desde lo alto de aquellos papeles, de esas conversaciones, pude comprender el entramado, la red, las alianzas, los pactos que traíamos en nuestra carga anímica. Pude ver esa familia que se enfrenta a los tiempos, que discurren al llamado. Entendí también la frase: muchos serán llamados, pocos los elegidos. Sentimos la llamada, pero por miedo, por torpeza, por distracción, la abandonamos. Hasta que un día elegimos el camino y ya no hay vuelta atrás, porque la claridad llegó a nosotros y la luz prendió en nuestros adentros con la fuerza suficiente para disipar cualquier tiniebla. Por un momento sentí la fuerza de esa llamada poderosa.

Por eso en el mundo de las máscaras, ayer dormía en la mendicidad y hoy en un palacio. Porque la vida del alma es como un gran banquete donde todos disfrutan y comparten los dones de la vida, donde todos asimilan con alegría que la comunión es posible si somos capaces de sentir con fuerza nuestro compromiso y tenemos el coraje de llevarlo a cabo. Ya no hay duda. Cuando somos elegidos hacia el camino de la entrega, la palabra se convierte en verbo y el verbo en carne y la carne en espíritu viviente. La aurora viviente resplandece ante el llamado inequívoco del toque de clarín. Se prendió la llama resplandeciente y todo el camino aparece lúcido y bello. En el otoño se desprende lo innecesario y caen las hojas muertas. Pero también se siembra en la tierra húmeda y cálida la semilla que habrá de brotar en la próxima primavera. Lo milagroso está ocurriendo. Hoy ha sido un día milagroso.

Estoy en Madrid, en un lugar maravilloso con seres maravillosos y únicos. Mañana la aventura continúa hacia el sur de Inglaterra. Mañana lo milagroso se expandirá inevitablemente.

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Desde el tren balanceante


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Esta mañana en la estación de Sarria

Tierna la música. El balanceo del tren. El otoño en los paisajes. La luz tenue, ligera, delgada. Tierna la presencia del silencio. El viaje interior al mismo tiempo que se viaja en los raíles de la vida. Los cantos angélicos se escuchan con mayor fuerza cuando la quietud y la alegría posan dentro. Buceo en los aledaños de lo intangible, me desprendo de las incomodidades de la personalidad, de sus miedos, de sus creencias, de sus sueños rotos e inacabados. En la distancia del pequeño vehículo, me siento a flote, con las manos extendidas al sol, imaginando un ondear, cayendo hacia los vientos que mecen y limpian la atmósfera.

El tren es lento. No hay prisa. No sabemos donde realmente vamos. La excusa siempre es un destino, una estación, pero entre medias pueden suceder mil cosas. Cuando te mueves, algo se mueve. Podemos ser conscientes de ello o podemos cegar la mirada hacia cuanto nos rodea. Pero si miramos, y si además de mirar somos capaces de ver, algo hermoso ocurre. Montañas, caminos, bosques, animalillos, nubes que susurran el eco de un tiempo hermoso. Universos enteros conviven cuando nos instalamos en la pura quietud. La excusa, un viaje. Próxima estación, Madrid.

El tren tiene un balanceo gracioso. Las nalgas intentan equilibrar de cualquier manera el pequeño rugir de los raíles. A mi izquierda una hermosa informática renueva una web. A mi derecha una firme empresaria calcula las nóminas mientras discute con los proveedores los pagos a noventa días. Me gusta mirar todos los rostros, interrogarme sobre sus vidas, bucear en sus almas. Detrás un joven polaco habla de su último trabajo y delante una jubilada come un bocadillo realizado unas horas antes en cualquier lugar. Las estaciones se abren paso una a una. Siempre desde el bullicio de la gente que viene y va, que viaja. El viaje es una atracción hermosa de aventura, de no saber qué puede pasar en el instante siguiente. La gente sube y baja en un hormiguero humano que no cesa. Somos maravillosos, a pesar de nuestras pequeñeces. Incluso los enemigos se ven, desde la distancia, como seres necesarios para nuestro camino, para nuestro crecimiento. Qué sería de nosotros sin sus enseñanzas tan profundas.

Hace unas horas estaba subido al tejado, terminando de colocar por fin el aislante del tejado. Desde allí recordé a mi compañero la promesa, a veces incumplida, del plan, del quehacer al que realmente venimos. ¿Por qué muchas veces lo olvidamos? ¿Por qué muchas veces nos dormimos debajo de la sombra de un almendro, en una caravana de distraído pasaje, en un lujoso coche que no lleva a ninguna parte? La vida nos distrae, forma parte del juego, para que al anhelo verdadero se confunda entre el ruido. A veces el ruido tiene forma de una mujer, de un trabajo, de una creencia, de un ideal nacido de la confusión. El grito del alma se acalla y se confunde entre el bullicio, entre las banderas de nuestra personalidad, entre las patrias de nuestra conquista humana. Pero el alma no es humana. Lo humano es limitante, es mediador, es una empresa inacabada. Por eso el alma grita cuando en su morada cósmica nadie escucha aquí abajo, o cuando las distracciones del día a día son más poderosas que nuestro propósito interior.

De ahí que, en la quietud, en el silencio, como alguien recordaba esta mañana en la meditación entre hermosas lágrimas, la vida nos cambia. Porque es en el silencio cuando podemos escuchar claramente a nuestra alma. ¿Cuánto silencio dedicamos a esa comunicación cósmica entre tanto ruido? Nunca tenemos tiempo de atender esa llamada. ¡Tenemos tantas cosas que hacer, tanto que programar, tanto futuro que ordenar, tanto pasado que añorar! Nunca paramos a escuchar lo que nuestra naturaleza real ha venido a decirnos. ¿Por qué no nos conocemos a nosotros mismos, nosotros los conocedores?

En el abundante desayuno que hemos compartido en una cafetería llena de abuelos, cerca de la estación, mi compañero portaba un hermoso libro sobre el Sermón de la Montaña. Realmente esas palabras no eran un sermón, eran un grito del alma. O mejor aún, era el canto amable de una gran alma. En el Sermón de la Montaña está condensada toda la verdadera realeza que debería erigirnos a las causas verdaderas. Lo demás es todo ruido. Ahora viajo, hacia fuera y hacia dentro. Estaré en silencio, siguiendo el dictamen de mi verdadero yo real. Próxima estación: la vida.

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Nacionalismos, patriotismos y marcianitos verdes


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Los nacionalismos y los patriotismos siempre son violentos porque tienen en su naturaleza el existir gracias al diferente. “Yo soy esto porque el otro es aquello”, y para existir, bendita paradoja, necesito del otro. Y el otro, a lo largo de la historia, siempre ha sido enemigo o extraño.  Este coche la Guardia Civil destruido resume este sentir. El otro es el español, el Guardia Civil o lo que sea que no sea de los nuestros. 

Esta mañana en el círculo de consciencia expresaba, a la víspera del 1 de octubre, próximamente fiesta nacional en Cataluña, que hacía tiempo que no hablaba de política. Me había prometido no hacerlo, es algo que ya no me motiva, que no me seduce, que no me altera. Ya sabéis los que me conocéis desde hace tiempo que siempre he sido muy visceral con el tema político, y excepcionalmente duro con los nacionalismos y los patriotismos de cualquier bando. Me fui huyendo de Cataluña hace quince años por no soportar lo que ya por entonces intuía que pasaría. Las esencias patrias de cualquier tipo me sobrepasan y respiro mejor entre fraternales humanos apátridas que ante poseedores de algún tipo de pureza de sangre (ya me estoy encendiendo, lo siento).
Bueno, todo esto viene porque nada más recordar que hacía tiempo que no hablaba ni participaba en política, especialmente desde que mi activismo político se reduce a la creación de un lugar utópico, sin patrias ni naciones y cuyo único vínculo político es la fraternidad humana y la tolerancia del diferente, he recibido justamente hoy dos mensajes que me invitaban a que hablara u opinara sobre la política de estos días. Los mensajes decían así:

Mensaje 1: Te voy a hacer una petición del “leyente”, si puede ser y si te apetece (me puedes decir que no tranquilamente). Me gustaría que escribieras sobre los separatismos. Cataluña, el Brexit… me da igual, en el fondo todo es lo mismo.

Mensaje 2: Javier, como nacido en Barcelona, ¿dónde te posicionas? No hace falta que me respondas aquí. Si quieres lo haces en privado pero a nivel mas trascendente me interesa tu corazón, qué te dice a la hora de valorar los nacionalismos, esa enfermedad de los pueblos que llevan a la sangre…

Ya he hablado mucho sobre política y especialmente sobre esa anomalía humana llamada nacionalismo o patriotismo (la diferencia entre unos y otros es la de tener o no un “estado”, pero el sentimiento es el mismo, “amor” al pueblo, a la nación, pero de forma excluyente, siempre en contra “de”). En el caso del Brexit es un nacionalismo no en contra de Europa, sino en contra de la emigración que viene de Europa vía África o Asia o América (la del sur, por supuesto) o la Europa del Este. En el caso de Cataluña son los descendientes occitanos que huyendo de mil batallas se establecieron hace mil años en parte de Iberia y se asimilaron con los nativos. Ahora, paradójicamente, esos occitanos se consideran los verdaderos nativos y, por lo tanto, desean separarse de la tierra que hace siglos los acogió. Los vascos, otra paradoja, que son los verdaderos supervivientes y los verdaderos nativos de Iberia, se quieren separar del resto, es decir, de los asimilados, de los conquistados y conquistadores que durante miles de años han atravesado esta tierra. Creo que los vascos son los únicos que podrían presumir de ser los verdaderos “españoles”, de ahí la paradoja. Todos los demás somos descendientes de celtas, cartaginenses, fenicios, griegos, romanos, judíos, bárbaros, musulmanes, etc…

Es cierto que no todo se puede reducir a algo tan simple como esta explicación. Habría que bucear en el sustrato, en el superestrato y en el adstrato de cada una de las culturas y lenguas que han influido en todo el territorio a lo largo de la historia. Pero la cuestión no es el origen de cada cual, sino el porqué basamos la convivencia presente en ese origen, y por lo tanto, centramos nuestra atención en aquello que nos separa, y no en aquello que realmente nos une. Porqué unos se creen más guapos que otros, o con más derechos, o más libres, o más ricos, o más lo que sea (no voy a entrar en motivos racistas o xenófobos, que haberlos haylos, por más que lo nieguen algunos en la plaza pública).

Una persona culta, inteligente y civilizada no debería ser patriota ni nacionalista. Podría ser ciudadano o aldeano, pero nunca se calificaría como próximo a ningún tipo de amor exacerbado hacia una nación o una patria. Menos aún hacia una bandera, un himno o unas fronteras delimitantes. Una persona culta, inteligente o civilizada puede creer en Dios, en los extraterrestres o en el final de los tiempos, pero siempre lo hará de forma discreta y privada. Lo mismo ocurre con los países y sus símbolos. Uno puede amar a su tierra, pero siempre de forma anónima, discreta, silenciosa, como se aman los verdaderos amantes.

¿Qué puede pensar una persona culta, inteligente y civilizada que vive en una aldea o en una ciudad y ve de repente a alguien empuñando una bandera o refregando en la plaza pública himnos y consignas patrióticas o nacionales? Pues simple y llanamente, y con todos mis respetos, que son unos auténticos estúpidos. Nadie sanamente culto, inteligente y civilizado cree en nuestros días en las naciones, las patrias o las fronteras. Nadie en su sano juicio tiene en estos tiempos necesidad de enarbolar fronteras que dividan, que separen. En la vida privada uno puede creer en lo que quiera, en los marcianitos verdes, en los duendes y las hadas, en el aberri eguna o en 1 de Octubre como el día de la independencia catalana. Cada cual puede vivir su peculiar sueño hipnótico, su peculiar fantasía anodina.

Lo triste de toda esta guerra de emociones viscerales es que si ganan los nacionalismos y los patriotismos Europa entera va a dar un giro visceral y cavernícola de cien años hacia el pasado. Volveremos al caos y al desmantelamiento del sueño de la fraternidad humana, al sueño de un mundo, una humanidad. Mezclar las creencias y las emociones con la política nunca trajo nada bueno. Por eso esa mezcla me parece estúpida. Que cada uno se sienta de dónde quiera, pero en lo privado. Mezclar lo emocional con lo político siempre trajo verdaderas catástrofes. En resumen, quien quiera creer en los marcianitos verdes que lo crea, pero por favor, en privado. Dejad de refregar por las narices más banderitas, patrias, himnos o lo que sea. Rezad al Dios que queráis, amad la tierra que queráis, creed en lo que os de la gana, pero en silencio.

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Preparación para el contacto con lo Real


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Somos conscientes de que estamos bajo la presión de un trabajo interior extenuante y exigente. Este experimento del servicio grupal sigue una secuencia orgánica de equilibrio, sensibilidad y flujo. Esa es la lógica interior, pero en la manifestación fenomenológica no siempre es así. De ahí que exista la necesidad de un aprendizaje mayor basado en el aplomo, el equilibrio y la serenidad. Sin duda es una prueba, un aprendizaje complejo donde hay que enfrentarse a múltiples egos y sus capas, sus manías, sus recelos, sus miedos. Son muchos espejos en los que mirarnos y aprender, y eso inevitablemente resta energía. De ahí la necesidad de aislamiento, de silencio, de preparación.

En el mundo de las ficciones en el que vivimos, resulta complejo y difícil desenmascarar el mundo que hemos creado a nuestra imagen y semejanza, y completar el ciclo que nos ha de acercar hacia la preparación para el contacto con lo Real. Pensamos, equivocadamente, que lo Real es lo que nos circunda, lo que creemos como cierto, nuestra máscara de seguridad que nos permite sobrevivir psicológicamente al devenir. Realmente no queremos enfrentarnos a esa mentira, a esa ilusión. El rico cree que es rico y el pobre cree que es pobre. El guapo cree ser guapo y el feo cree ser feo. Solo son máscaras, solo son capas superficiales de una epidérmica realidad. Nadie está dispuesto a ir desenmascarando esa vida impostora para enfrentarnos a la realidad, a lo Real.

La preparación es difícil. Debemos forjar el valor, la voluntad y el conocimiento que nos debe llevar a las puertas de las primeras pruebas. Valor para enfrentarnos a los que nos criticarán, a los que, sin comprender la fuerza del conjunto, intentarán derrumbar toda la obra. Voluntad para enfrentarnos a las fuerzas, tangibles e intangibles, que harán lo posible para detonar todo nuestro esfuerzo. Conocimiento para guiarnos prudentemente por las líneas acordes con la luz del corazón, el fuego ígneo que nos protege en la senda de la oscuridad brillante.

Uno se prepara fortaleciendo sus cuerpos. Volviendo sutiles las energías que derrama en el mundo, disipando todo aquello que le ata o detiene. Esperando afianzar su pequeño poder en la fe y la esperanza. Muchos pierden ese poder, lanzándose a la mentira del personaje, dejando la responsabilidad y el deber que adquirieron como pacto necesario para la labor vital. Por eso la fe y la esperanza son tan necesarias para guiarnos en la ciénaga de la ilusión, de la mentira, del ataque, del miedo. Si perdemos la fe, si perdemos la esperanza, nos hundimos para siempre.

La fuerza proviene del silencio, de la quietud, de la observación, de la concentración, de la apertura a la luz que nace de esa seguridad de que estamos alcanzando el verdadero sentido de lo Real. Desapegarnos del personaje y profundizar en ese aspecto sutil de nuestra naturaleza debe llevarnos por el arduo camino de la liberación. No hay verdadera liberación cuando nos identificamos con algo. Solo ante el poder del desapego de las ideas, de las personas, de las cosas y especialmente, de nosotros mismos, podemos aprender a dirigirnos victoriosos hacia lo Real.

El espíritu de servicio ardiente, el cáliz ígneo, se prepara para albergar la luz que ha de derramar en el mundo. La ayuda está asegurada cuando enfocamos toda nuestra vida a descubrir ese fuego que brota de nuestros corazones ardientes. Todo nos espera cuando emprendemos el peregrinaje hacia el mundo Real.

 

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¿Qué es la felicidad?


 

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La pequeña ermita en la comunidad que soporta nuestra búsqueda de sentido

La próxima semana participaré en un encuentro temático que se realizará en el The Krishnamurti Centre, en Brockwood Park, Alresford, cerca de Winchester, en el sur de Inglaterra, el cual versará sobre la felicidad. Una amiga tuvo la amabilidad de invitarme a este viaje para empezar a dilucidar qué tipo de pedagogía realizaremos una vez la futura Escuela de Dones y Talentos esté construida. La parte material nos llevará un tiempo, pero la parte pedagógica, el contenido que albergará el hermoso edificio que pretendemos construir, será la cuestión más profunda y costosa.

Después del encuentro marcharé a la comunidad de Findhorn, un hermoso lugar que también centra su misión en la pedagogía para esta nueva era a la que estamos inevitablemente abocados. Allí estaré retirado unos días mientras que comparto ideas con una de las fundadoras de nuestro proyecto y mientras dedico algo de tiempo a la preparación final de la defensa de la tesis. Es bueno terminar esta gran trayectoria en el mismo lugar dónde todo empezó. Casi quince años tras las utopías merecía un bonito cierre final.

A parte de la economía del don, aún no sabemos qué tipo de identidad o característica nos diferenciará de ambos centros. Tendremos cosas en común como la búsqueda de una vida mejor para todos en un entorno privilegiado de paz en un tiempo tan convulso. En los próximos meses, deberemos buscar aliados que puedan aportar ideas que deban ser desarrolladas en este nuevo reto. La casa de acogida se consolida, la escuela empieza a nacer y en el final del camino, una comunidad integral que pueda vivir armónicamente bajo los auspicios de la nueva cultura ética: la cultura de la ética viviente, una visión que pretende aportar felicidad al ser humano y al entorno donde desarrolle su actividad vital en perfecto equilibrio con la naturaleza.

Pero, ¿qué es la felicidad? En los párrafos anteriores describo entre líneas qué es la felicidad. Es cierto que hay muchos tipos de felicidad, sin embargo, podemos decir que la felicidad en sí misma no es un fin, ni siquiera un medio para llegar a ninguna parte. Me gusta la idea de ir a Inglaterra. Hoy me cogí el día “libre” para poner orden en la editorial y adelantar algo de trabajo antes de marcharme de viaje. Viajar me gusta, me ofrece una oportunidad placentera de conocer mundo y culturas y compartir con amigos. El hecho de ir a este viaje me hace feliz, pero no porque me guste viajar o me encante Reino Unido o vaya a un centro pedagógico de Krishnamurti, persona por la que siento cierta admiración. Este viaje me hace feliz porque está dentro de un propósito mayor, hay una causa que lo mueve, hay un sentido profundo que emerge en la superficie del mismo.

La felicidad es un síntoma, un metalenguaje que nos indica que aquello que nos hace sonreír y nos hace feliz está totalmente alineado con nuestro propósito interior. Esta es la complejidad del viaje interior y por lo tanto, de la felicidad como metalenguaje. Si nuestra inteligencia se acalla, entra en silencio, se contagia de naturaleza en estado puro y se vacía de prejuicios, puede llegar a percibir una nota clave, un sonido interior que nos alienta a seguir uno u otro camino. Al principio pensamos que ese camino es “nuestro” camino, pero en verdad, es sólo una excusa, un pequeño arroyuelo cuya misión será fusionarse con un río mayor y éste, a su vez, con un gran océano. Realmente nosotros solo somos unas insignificantes gotas que deambulan torpemente por este azar de corriente. En el silencio profundo, podemos percibir nuestra esencia, nuestra finalidad. Y es ahí cuando surge la sonrisa, cuando la felicidad nos embriaga.

En términos espirituales, uno es feliz cuando sigue por la senda inequívoca de su Camino, del Camino. En términos psicológicos uno es feliz cuando hace aquello que cree que ha venido a hacer, sea lo que sea según su grado consciencial y evolutivo. Uno puede tener anclada su consciencia en lo material, y puede que su misión sea cumplir con los requisitos básicos que el limitado mundo material nos demanda. Otros pueden tener la existencia anclada en el mundo intangible de las energías, de la vida y sus corrientes anímicas. Podemos pensar que nuestra misión está centrada en la investigación y aplicación práctica de esas corrientes que van más allá de lo meramente material. De aquello que “anima” a la materia. Otros pensarán que su centro de gravedad gira en torno a las emociones, y que su particular misión es la de desentrañar las causas del sufrimiento y de cómo atajarlas. Habrá otros que se lanzarán a la misión intelectual de entender el mundo y no dejarán de bucear en todos sus misterios e incógnitas desde cualquier disciplina. Y otros, los menos, centrarán su vida en ampliar el horizonte de lo intangible, entregando, posiblemente, toda su existencia a esa obra espiritual basada en la fe y la esperanza.

No importa realmente el lugar donde cada uno se posicione en esta escala evolutiva, de consciencia, de mirada, de visión. Todo está bien porque cada uno está experimentando la vida según su grado de ebullición en la gran caldera vital. Lo importante es saber situarse y saber perseguir y profundizar en lo que realmente se desea, se expresa desde lo más recóndito de nuestro Ser. Si sabemos centrar nuestra mirada ahí dentro, en poco tiempo, quizás en una, dos o tres semanas, empezará a brotar un manantial de agua fresca y limpia que nos conducirá inevitablemente hacia nuestro propósito vital. Eso, y no otra cosa, será lo que nos haga felices, cueste lo que cueste.
Por eso estos días pasando calamidades bajo la lluvia encima de un tejado no me desmayaba de cansancio o temor o apatía. Por eso la próxima semana voy feliz y alegre a este viaje, a sabiendas que ambos hechos aislados están interconectados en un propósito mayor que le da sentido a todo. Trabajar en un tejado para ayudar a crear una casa de acogida y acudir a la defensa de una tesis doctoral que me ha llevado quince años al mismo tiempo que ayudo a construir una escuela de dones y talentos mientras en los ratos libres edito libros que hablan de consciencia a las puertas de un viaje a Inglaterra y Escocia son hechos en sí mismos que están interrelacionados. Es un proceso que da sentido a toda una vida. Y viendo la vida como una sucesión de hechos interconectados entre sí, fija inevitablemente en la memoria un halo de felicidad, una señal, nada más que una señal, de que vamos por buen camino. Por el Camino.

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Morir de éxito: somos una especie en peligro de extinción


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Desde mi pequeña cabaña en los bosques observo atento el devenir natural. La Naturaleza se expande en armonía mientras que nosotros intentamos interpretarla, ser parte de ella, participar de su equilibrio. Desde la renuncia, desde la simplicidad voluntaria y el decrecimiento, intentamos llevar una vida lo más coherente posible

 

Sin duda nuestra especie es una especie de éxito. Ha sobrevivido a cientos de hecatombes y se ha erigido como soberana de toda la Tierra. “Somos una especie en peligro de extinguirlo todo”, rezaban los lemas de la manifestación de hoy para salvar el planeta. Me resulta paradójico nuestro egocentrismo, nuestra imponente salvedad de pensar que somos los que estamos llevando a cabo uno de los mayores genocidios a escala mundial. Realmente creo que la Tierra no está en peligro. Observo atentamente a la Naturaleza desde hace cinco años de vida en los bosques y mi conclusión es que el que está realmente en peligro de extinción es el propio ser humano. Miro con detalle lo que aquí ocurre entre árboles y vida salvaje y a los que vienen desde fuera con algún tipo de inclinación milenarista, con deseos de salvar el mundo. Pero veo con cierta tristeza las continúas paradojas, las incoherencias, la insuficiencia y la ceguera que nos envuelve. Nosotros no vamos a salvar al Planeta, el Planeta se salvará de nosotros. Eso es lo que ocurrirá si no existe un radical y universal cambio de conciencia.

La Naturaleza tiene una impactante capacidad de regeneración. Se expande, se equilibra, sobrevive a todo tipo de cambios. Lo puedo ver aquí en los bosques. Hemos intentado no intervenir más que lo imprescindible dejando que la Naturaleza creciera a sus anchas. Es impresionante como lo hace. Hay una sabiduría innata en todo lo que ocurre. Todo vive en plena armonía, en pleno equilibrio, todo, absolutamente todo, se regenera con el pasar del tiempo y una exquisita paciencia. Los ritmos de la naturaleza son diferentes a los nuestros.

Hace unos años intenté llamar a mi tesis doctoral algo así como “La plaga humana, proyectos comunitarios ante la patogénesis planetaria”. Por supuesto mi directora se negó rotundamente. En noviembre defiendo la tesis y lo haré con cierto disgusto interior porque ahora se está demostrando que algo va mal en el ecosistema, algo que los ecologistas y los proyectos comunitarios alternativos como las ecoaldeas llevan advirtiendo desde hace décadas mientras que nadie, absolutamente nadie, ha hecho nada al respecto. Mi denuncia académica no servirá de nada, pero ahí quedó escrito el intento.

De los miles que hoy han salido a la calle a protestar pocos han cambiado su dieta, pocos consumen productos ecológicos, pocos o ninguno renuncia a su propio crecimiento material, pocos practican el decrecimiento, pocos buscan una radical alternativa a su estilo de vida consumista y pocos o ninguno se ha marchado a vivir una vida simple o compartida en comunidad responsable y activista que permita reducir considerablemente la huella ecológica. Y de todos ellos, pocos se dan cuenta de que lo que verdaderamente está en peligro es el propio sistema, la propia cultura y estructura humana. No, el Planeta no está en peligro, el Planeta se regulará como siempre hace. Podría haber una extinción masiva, algo así como un nuevo diluvio universal, o una nueva extinción de dinosaurios, pero la Naturaleza volverá a triunfar. Quizás unos pocos se salven de una inminente catástrofe, de una inminente sexta extinción. Quizás ahora estemos bailando el último compás de un Titanic que inevitablemente va a la deriva. No estoy completamente seguro de ello, pero al menos, en mi consciencia personal, siento que estamos haciendo lo que podemos e invito abiertamente al resto a que cumpla con su parte desde la responsabilidad, el compromiso y la urgencia que los tiempos requieren.

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Dos antropólogos en Marte


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Esta mañana trabajando en los tejados de la casa de acogida. Aquí se aprenden todos los oficios. No puedo desvelar quién hizo la foto, pero si os sirve de consuelo, diré que es de Plutón

Es una suerte compartir trabajos con colegas. Los antropólogos somos extraños y una raza en extinción por eso es toda una sorpresa el encontrarte con uno, y además, con alguien que está haciendo un trabajo de investigación sobre el tema que se ha saldado con casi quince años de mi vida. A su compañera de vida les gusta llamarnos “antropolocos”. No le falta razón. A base de estudiar al ser humano en todos sus contextos culturales, uno se vuelve raro, extraño, extraterrestre.

Esta mañana nos dábamos cuenta cuando subidos al tejado relatábamos anécdotas de la profesión, de nuestras carreras como observadores participantes, como activistas del género humano. Le confesé que estaba enamorado de mi objeto de estudio, y de tanto cortejar a unos y otros, terminé contaminado, asimilado, vacilando entre si dar rienda suelta a mis delirios académicos o ceñirme a la vivencia, a la praxis, desde aquello tan manido de la acción-participación. Admito que el “campo” epistemológico en el que me encuentro no tiene desperdicio y de que pocas cosas serían capaces de apartarme de este lugar. Eso me hace pensar, ahora desde la más absoluta de las serenidades, que mi camino seguramente será en solitario. Nadie en su sano juicio se vendría a pilotar una nave marciana dónde lo más normal que puede divisarse son algunos árboles y montañas. El resto es tremendamente extraño.

Si hubiese marcianos creo que los primeros que tendrían que ir en misión especial para comprender al “otro”, al “extraño”, al “exótico”, deberían ser los antropólogos. Me apuntaría de inmediato a la misión de intentar contactar con mentes diferentes, culturas ajenas a las terráqueas. Si algún día hubiera un contacto masivo los antropólogos deberían interaccionar con los alienígenas, porque somos de los pocos científicos sociales que podríamos persuadir a los otros para que no nos invadieran, o para que no nos exterminaran por ser, al parecer, una especie de plaga para el ecosistema de nuestro hermoso planeta. Los antropólogos tenemos una sensibilidad diferente a la hora de tratar con el mundo. Nuestra vida está llena de relativismos, de cinismo, de incoherencias, de pesadas bromas a deshoras que nadie entiende y que aburren o se hacen pesadas. Por eso creo que podríamos tratar de tú a tú con marcianos. Ellos, como los niños, que son inocentes, captarían enseguida nuestro modus operandi y sin juzgarnos, se pondrían con nosotros a filosofar sobre la vida encima de los tejados.

Hablamos tanto en el tejado sobre cuestiones metafísicas y profanas, que la faena iba a un ritmo diferente. Eso me alivió, porque el otro día, bajo la lluvia, terminé dolido por todas partes. Así que el trabajo amenizado con la charla filosófica y antropológica nos hizo poder estar allí arriba, en las alturas, disfrutando de los paisajes otoñales mientras clavábamos tablas a medida. Para compensar un poco el relajado ritmo de la mañana estuvimos hasta media tarde subidos a los tejados, hasta las seis. Luego tomamos una infusión y el tiempo pasó volando ante la hermosa y emocionante noticia de que el núcleo familiar se queda un tiempo más.

A veces me preocupa la fase de enamoramiento de este tipo de proyectos que siempre es hermosa y emocionante. Luego viene la rutina, el frío, las pruebas incontables. Un antropólogo que tiene la cabeza en marte puede asumir la dureza de este oficio en entornos salvajes y anárquicos como este. Pero me doy cuenta de que las condiciones son duras, y quizás sea eso lo que me atraiga de este lugar al mismo tiempo que hace que mis potenciales novias salgan huyendo de aquí. La dureza hace que interiormente te fortalezcas, que veas la vida con total desapego, con una visión más amplia, al mismo tiempo que requiere de sacrificios incontables difíciles de entender por la media de los mortales.

Esta visión bucólica del trabajo de campo experimentado y entremezclado desde la vida personal choca frontalmente con lo académico. Me doy cuenta de que el haber estado quince años investigando las comunidades no tiene nada que ver a estar unos años viviendo y participando activamente en una de ellas. Son mundos diferentes, y por eso no es de extrañar que la ciencia sufra de atrasos importantes. Es complejo poder tener una mente abierta y holística más allá de los corsés académicos y sus ortodoxias endogámicas.

La vida es compleja, pero la vida observada lo es aún más. Si te interrogas sobre la vida y sus fenómenos llegas a conclusiones inexactas, pero si además te empeñas en experimentar la vida desde su más profundo embrollo, ahí todo se complica. Uno puede intentar teorizar sobre el amor, pero nunca podrá explicar la sensación que uno siente cuando alguien a quien amas profundamente te besa los labios, te mira con profundidad o te acaricia el pelo en una tarde de otoño. Se podrá hablar sobre las cosas, pero experimentarlas y vivirlas en carnes propias es bien diferente. Me resultaría complejo explicar la sensación de libertad y amplitud que sentía esta mañana subido en los tejados, clavando maderas con un colega antropólogo y divagando sobre la vida y sus misterios. Nadie que no haya podido experimentar eso puede entenderlo.

Es cierto que podría estar haciendo miles de cosas, pero nadie podría entender la felicidad interior que siento al saberme partícipe de una gran obra. Los antropólogos entendemos mucho de relatividad. Más allá de la superficie, la línea y el cuerpo, no está, lo siento querido Einstein, el tiempo. Más allá de todo eso está el observador, y si me apuran, lo observado en sus procesos. Lo marco en plural, porque no hay un proceso que se pueda captar en cámara fija. Existen múltiples procesos que determinarán cada decisión que tomemos, a la vez que esa decisión determinará para siempre todo lo demás. Estar encima de un tejado es como estar en Marte. Desde allí se pueden ver los procesos, los arquetipos, en definitiva, se puede sentir la Gran Obra palpitando dentro de un compás de maravillosa realidad.

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