Aspirantes, probacionistas y aceptados


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© Manu Roger

En los antiguos y remotos escritos se hablaba del sendero del discipulado. Dicho sendero era una vía intermedia de evolución, donde, según el nivel consciencial y evolutivo de cada individuo se podía considerar un aspirante al discipulado, un discípulo probacionista o un discípulo aceptado. Pasar de un grado a otro requería de un entrenamiento, una disciplina, una responsabilidad y un compromiso.

En el pasado, eran muy importantes las disciplinas físicas y emocionales como puerta de acceso a un progresivo programa de desarrollo espiritual. Las normas de pureza física, anímica y emocional eran requisitos previos antes de poder alcanzar un conocimiento mayor. Esto era debido a que muchos aspirantes a la senda del discipulado no habían desarrollado una fortaleza interior suficientes para luego enfrentarse a las crisis que vendrían con un mayor entrenamiento. Muchos aspirantes eran rechazados de las escuelas preparatorias por no poder contribuir a una mínima disciplina física y emocional.

Muchos aspirantes quedaban presos en la ilusión de sentirse especiales, abrumados por un orgullo espiritual que engullía sus aspiraciones al haber logrado pequeños éxitos mediante una estricta dieta vegetariana o un puritanismo excesivo, necesarios, a veces, pero no como fin en la senda, sino como comienzo de la misma. Muchos aspirantes quedaban rezagados en la enseñanza por perder excesivo tiempo en requisitos mínimos que deberían ser meros trámites, cosas naturales en su propia naturaleza.

Los probacionistas eran los que, una vez superadas las pruebas en ese primer nivel de entrenamiento físico, anímico y emocional, empezaban a entablar un mayor conocimiento de las fuerzas y las energías que se vuelcan en los planos de la mente. Aquí el trabajo tiene mucho que ver con ese primer contacto con el Ser Interno, puente inevitable para seguir hollando la senda espiritual. Es aquí cuando se tenía un primer contacto con las iniciaciones menores y los misterios que entrañan la propia estructura de una jerarquía espiritual determinada. Los antiguos escritos daban relevancia a los discípulos probacionitas como iniciadores de una nueva forma de entender la existencia, con sus propias pruebas y requisitos, con una visión enraizada en la meditación, el estudio y el servicio, más allá de las necesidades particulares.

Una vez el discípulo probacionista había realizado un correcto trabajo de control y disciplina mental, emocional, anímica y material, era aceptado en alguna de las doce escuelas preparatorias para el discipulado avanzado, participando así de la acción grupal, del trabajo en grupo y de la experiencia de experimentar la unidad de todas las cosas con seres esencialmente de su misma naturaleza. El discípulo aceptado empezaba un entrenamiento aún mayor, normalmente dirigido por iniciados de alto grado que mantenían una firme disciplina y una entrega de servicio absoluta.

El entrenamiento solía hacerse en lugares apartados a los que se accedía de forma compleja y donde el trabajo se volvía grupal, en comunidad. Conjuntamente se desarrollaban las virtudes que conducen a una vida de pureza, bondad y conducta recta, donde la aspiración altruista forma parte de la propia naturaleza del discípulo aceptado.
El trabajo grupal es complejo a la vez que gratificante. Ya no se trata de hollar el sendero desde la travesía del desierto que todo aspirante o probacionista vive dentro de sí en la soledad y en la confusión. Más bien es la hora de abrazar el fuego grupal para alinear las fuerzas vacilantes hacia un propósito común: el de la propia Unidad. Ya no hay duda, ya no hay incertezas, más bien una clara visión de hacia dónde dirigir las fuerzas, el ánimo y la propia vida. El contacto con el Ser Interno es claro y determinante, y en esa primera experiencia de Unidad, la vida empieza a cobrar un grato e impresionante nuevo significado.

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Una belleza oculta


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© Nathan Wirth 

Hay muchas formas de mirar la vida. Uno puede mirar la existencia desde el enfado o desde la alegría, desde el rencor y la rabia o desde la gracia de sentirse vivo, útil, amable. La vida oculta una belleza arrolladora. Se expresa de mil maneras, aunque no siempre podemos captarla debido a nuestras preocupaciones, a nuestra forma de mirar, a nuestra forma de ver, que no siempre es amplia y extensa. Cuántas cosas nos perdemos en cada mirada por no saber ver. Cuántas cosas somos capaces de perdernos por no saber experimentar la vida desde una cordialidad presumida.

Hoy me he sobrecogido con esa belleza oculta. Lo hice al alba, en la pequeña ermita, mientras meditaba en silencio. Lo hice con los acordes que iban brotando de mis manos mientras tocaba melodías en la guitarra. En los paseos en el bosque. Acariciando y jugando con Geo. Tomando el té con la hermosa vecina y con la también hermosa María que ha venido a pasar unos días con nosotros. También en el breve rato que he podido compartir con la bella tejedora.

Encuentro también belleza en esta soledad compartida, libre, afanosamente libre de compartir el tiempo con el universo entero, sin restringirlo a nada ni nadie. Es una libertad extraña, especialmente cuando estás en consonancia con la naturaleza. Observo con asombro que aquí en los bosques, en la naturaleza, uno tiene mayor consciencia de la belleza, y, paradójicamente, también de la muerte, como algo natural, anexo a la vida. La muerte como la entendían los romanos, un ad plures ire, la experiencia de lo bello en un movimiento constante hacia el devenir.

Lo bello oculto también puede ser esa familiaridad con la que uno se siente cuando se relaciona desde la incondicionalidad. Amor es relación, amor es belleza en acción, lo bello, lo hermoso, se transmuta en vida cuando abrazamos al otro. Es como el canto de los pájaros en primavera, o el rugir de la nieve en su deshielo. Algo se quiebra, a veces el silencio, a veces una estructura, para formar algo mayor, algo mejor, algo más bello, como cualquier melodía que se atreve a morir y quebrar lo taciturno.

El amor siempre tan misterioso… me gusta poder amar sin necesidad de poseer… amar el mar y la vida y las montañas sin intentar atraparlas… ahora empiezo a entenderlo… amar sin poseer… Quizás solo había que entenderlo desde la pérdida. Cuando la desgarradora mañana amanece y perdemos los sueños de la noche. Cuando el aullido del alma nos recuerda la levedad de estar vivos. Esa es la belleza oculta. Por eso ahora puedo, en silencio, amar sin poseer, amar sin adueñarme de la vida del otro. En completo desapego, observando la belleza crecer en las montañas, en los bosques, en su mirada, en su telar, en lo oculto. Algo tan bello solo puede apreciarse calladamente. En silencio.

 

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¿Hacia dónde vas? Hacia mi destino…


 

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© Rich Kern 

Hay un devenir inevitable. Si uno empieza conscientemente a atar cabos que durante toda una vida parecían aislados y sujetos al azar, va viendo que hay partes de los mismos que encajan perfectamente con un destino trazado. Hay dos formas de entenderlo. Si vivimos una vida inconsciente basada únicamente en el individualismo y en la satisfacción de las necesidades de esa individualidad, el azar no deja de ser una suerte de acontecimientos que determinan programáticamente una vida. Producto de la suerte o la fortuna, todo parece inconexo. Pero si se eleva la mirada hacia una consciencia más allá de nuestra particularidad, se puede ver un tejido intangible que ata de cabo a rabo cada una de las circunstancias que nos llevan hacia una u otra vida. Supongo que esta segunda visión tiene que ver con algún tipo de apertura de consciencia, con alguna visión diferente de las cosas por la cual, todo acontecimiento está basado en un arquetipo que genera causas y efectos entrelazados en una multidimensionalidad compleja y sujeta a leyes que se coordinan unas con otras para generar realidades. Es lo que llamamos destino.

Siendo así, si somos capaces de llevar una vida más allá de la satisfacción de las necesidades individuales, podemos entonces decir abiertamente y sin pudor que andamos caminando hacia nuestro destino. Esta es una complejidad en sí misma, a sabiendas que eso que vagamente llamamos destino nace de un compromiso, de una responsabilidad y de una consecuente entrega. Es la entrega, como resultado final, lo que va tejiendo ese destino, o mejor dicho, es en esa entrega donde la vida se desliza inevitablemente hacia el guion trazado.

Podría ocurrir que, tras un halo de inspiración, volviéramos de nuevo a la inconsciencia. Es lo que los antiguos llamaban el toque de clarín de nuestra alma. Podemos sentir durante un breve periodo de tiempo ese toque de clarín, ese destello de iluminación, esa señal inevitable. Y ahí surge la prueba: seguir o no seguir a esa llamada. De hacerlo, entonces comienzan las pruebas, que no es más que una crisis continua de reajuste entre las necesidades del alma y las necesidades de la personalidad. Cuanto mayor es el conflicto entre ambas, mayores son las pruebas, y por consiguiente, las crisis. De alguna forma, las crisis son importantes en la confrontación de nuestras vidas con nuestro destino. Las crisis nos avisan, nos guían de alguna manera, a cuál enseñanza, de todo aquello que debemos reajustar. En ese reajuste, una nueva consciencia nace, una nueva visión e intuición que nos acerca cada vez con mayor fuerza y claridad hacia la tarea a realizar.

Los forjadores de destino comprenden la importancia de ese reajuste y aceptan las crisis que se desprenden del mismo. No deja de ser complejo el poseer visión propia sobre nuestras vidas, nuestro destino. ¿Qué hacemos aquí? ¿Para qué estamos viviendo? ¿A qué o quién servimos? ¿A un alto ideal, a una creencia, a un egoísmo, a una necesidad, a una carencia? Si nos planteamos con rigor toda nuestra vida, podemos sacar conclusiones sobre estas cuestiones. Si nos paramos a pensar un rato sobre hechos que hemos soportado, podemos comprender cual es nuestro lugar en el mundo, y a qué causa nos debemos. Sólo tenemos que echar un vistazo a qué dedicamos, por poner un solo ejemplo, todo el dinero que ganamos. Si vemos el destino de ese dinero, sabremos a qué causa estamos sirviendo, y de paso, a qué Señor.

Hay una ciencia exacta para todo esto, hay un orden, un misterioso y complejo plan cuya arquitectura es posible dilucidar con un poco de paciencia y estudio. Hay una enseñanza, a veces oculta, a veces sesgada, a veces compleja, que nos adentra en las variables necesarias para atrevernos a seguir nuestro destino. Es un camino largo y angosto cuyo resultado es siempre sorprendente: al no existir realmente individualidad (lo individual es siempre un espejismo), nuestro destino no nos pertenece, sino que lo entregamos a una fuerza mayor, a una causa que engloba unas potencias que escapan a nuestro entendimiento. Al seguir concienzudamente nuestro destino, descubres que estás siguiendo realmente el destino de algo que no te pertenece, de algo imposible de describir. ¿Cual es el destino de una gota de rocío que cae precipitada a las fuerzas que arrastra un inmenso río? La gota de funde con el destino inevitable y se deja llevar por el mismo flujo hacia ese Océano que espera impasible y profundo. Al caminar por la senda trazada, te descubres siendo Senda. ¿Hacia dónde vas? Hacia el Destino…

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El camino de aquellos que no se extravían


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O Couso, hace cinco años. Las caravanas fueron mi hogar por tres años

Hoy veía unas fotos de hace cinco años, de nuestro primer invierno en O Couso. No daba crédito ante la amnesia que uno sufre tras tantas y tantas aventuras. Una de las fotos que acompaño a este escrito aparecen las caravanas cubiertas completamente de nieve. En esas caravanas estuve viviendo durante tres años, antes de culminar, gracias al esfuerzo y la constancia de mi querida y añorada Noelia, la construcción de la cabaña desde la que ahora escribo. Viendo la foto, recuerdo la dureza de aquellos días. Debo decir que esa experiencia estaba a camino entre la valentía, la osadía y la locura. Nuestro empeño por demostrar que se podían hacer las cosas de forma diferente rozaba todos los límites. Viendo las caravanas en las que viví, primero dos años en la blanca y más tarde un año en la caravana azul, me doy cuenta de que vivir en esta cabaña es todo un lujo y privilegio.

También me doy cuenta de que esos primeros momentos fueron como una especie de temeraria preparación. Desde entonces, y ya no tanto por los propios envites de la naturaleza si no más bien por la propia naturaleza del proyecto, se muestran día sí y día también diferentes pruebas que plantean cada vez más complejas decisiones. Supongo que todo esto debe ser algún tipo de entrenamiento para algo. Cuando miro hacia atrás con cierto desapego, la única razón de ser es que me estoy preparando para la ecuanimidad, para la equidistancia, para el desapego, para la quietud. Ahora siento mayor quietud ante los retos que se presentan. Lo observo en la gran obra que estamos realizando. Cada día es un reto importante y cada día es una oportunidad para que se revele algo hermoso. Ando como intentando desapegarme de todo cuanto ocurre, e intentando obrar la magia para aliviar cada prueba.

Mientras me enfrento a difíciles avatares, me doy cuenta como pasan los días, rápidos, veloces. A veces siento que me falta el aire y que todo terminará de un momento a otro. “Muéstranos el camino de aquellos que no se extravían“, prescribía el Profeta a los que practican la oración. A veces cierro los ojos e imagino ese camino, sin desvíos, sin atajos, en silencio, orando. También lo imagino acompañado, de alguna manera, de cualquier manera, porque la soledad profética siempre se endurece con las pruebas. Pero me doy cuenta de que es completamente imposible encontrar a alguien de tal naturaleza, alguien capaz de soportar la dureza de esta vida a la vez que explora la majestuosidad del misterio.

Cada revelación de la naturaleza es una oración. Ver volar a los patos que viven con nosotros, ver los rojos atardeceres, el verde de los campos, el canto de los pájaros en estos días de primavera, observar como los gatos salen a tomar el sol sobre el tronco partido o ver al viejo nogal junto a la ermita edificar su semblante con arrojo y poderío.
La vida es un milagro. Observo el milagro de mi cuerpo, de la energía que lo recorre, de sus emociones y pensamientos. Las ataduras del cuerpo son múltiples y variadas. Me pregunto como serán los cuerpos de aquellos que no se extravían, que siguen firmes y enteros en sus vidas ejemplares. He provocado en mí todas las disciplinas virtuosas posibles. Nada de comer carne, nada de ingerir ningún tipo de droga, tabaco o alcohol, ni siquiera en cálidos momentos festivos. Soy consciente de que eso solo son primeros pasos para alcanzar la virtud, por eso observo con sumo detalle la vida de los que no se extravían.

Me he vuelto disciplinado en cuanto a sencillez. He comprendido que el ser humano puede llevar una vida digna prácticamente sin poseer nada. Lo poco que poseo lo comparto con generosidad, y busco la manera de ayudar siempre al otro, a sabiendas de que otros antes me han ayudado desinteresadamente. De ahí mi voluntad agradecida, extrema y desapegada, y la necesidad de buscar almas extraviadas a las que asistir, a las que apoyar, a las que abrazar en silencio.

Al hacer todas estas cosas, el fenómeno que se observa es ver como todo el cuerpo respira con alegría y parece como si viviera más liviano, y ver como el alma se acerca despacio para rozar con sus pupilas infladas de luz nuestra sombra más oscura. El alma se acerca, ante la disciplina y el desapego, sigilosamente. Entonces nos inspira confianza y nos susurra algún detalle de aquello para lo que nos viene preparando. Y es ahí de donde surge la fortaleza, el valor y la hazaña, el aquae vitae de los alquimistas que sacia nuestra sed más profunda, nuestra Unio Mystica. Es de ahí de donde surge la certeza y el valor para seguir adelante.

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Tiny House. Una solución futura


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Primera plantilla de las primeras cabañas en O Couso. Primer grupo de apoyo mutuo y cooperación que participó en la construcción de la primera cabaña

Hoy recibo dos llamadas desde África. La primera de una amiga doctora que está en Marruecos ayudando a los emigrantes que sueñan con venir a Europa. La segunda, paradojas de la vida, de una hermosa tunecina, doctora en biotecnología, que habla cinco idiomas, profesora de universidad en paro y que vive como puede en algún remoto lugar del norte de África. Ambas me cuentan la situación que están viviendo casi al mismo tiempo, en un intervalo muy corto. Amo las sincronías. Y una me habla de la situación que de alguna forma está sufriendo la otra, sin conocerse. Una es de Barcelona y la otra estuvo tres meses en Barcelona, pero ahora desea viajar a Alemania para buscar trabajo. Ambas valientes, guerreras, sabias…

Estas conversaciones me recuerda que hay personas, seres humanos, que están viviendo situaciones difíciles. Me recuerda cuando estuve en la perdida isla de Chios, frente a las costas turcas, ayudando en lo que podíamos con los refugiados que llegaban con el sueño de pisar Europa. Todo esto me recuerda que no tenemos derecho a quejarnos por muy difíciles que se presenten las pruebas. En Europa estamos viviendo la utopía material, pero debemos hacer un gran esfuerzo para retomar la utopía espiritual, la utopía de Jesús, o aquella de la que hablaba cuando se refería al Reino de los Cielos.

Sigo pensando que la ambición humana podría gestionarse de mejor forma. Sigo pensando que vivir en una pequeña cabaña puede ser una solución digna para cualquier persona que requiera algo de calor y cobijo. Las Tiny House, por poner un ejemplo sencillo, puede ser una solución de futuro para todas aquellas personas que andan perdidas en el mundo buscando un refugio. Una pequeña casa basada en la sencillez y en la dignidad de pensar que menos puede llegar ser más.

Llevo seis años viviendo entre humildes caravanas y cabañas construidas con mis propias manos y no he perdido por ello ningún tipo de prestigio social, ni de riqueza, ni me siento degradado en una sociedad cuyos valores, por suerte, están cambiando. La simplicidad voluntaria, consciente y armónica con el medio, es un acto de rebeldía, pero también es un acto de responsabilidad. También es una solución sencilla, barata y fácil para dar respuesta a toda esa gente que no tiene un cobijo, que no tiene una casa, que no tiene absolutamente nada. Las Tiny House, el movimiento de casas pequeñas, es una gran idea que ya esbozó en su día Sarah Susanka en su libro The Not So Big House (Una casa no tan grande).

En estos no más de veinte metros cuadrados en los que ahora vivo se vive bien. Es fácil de calentar en invierno, no se consume nada de electricidad excepto la que proviene de la luz del sol y el agua nace de fuentes subterráneas que bombeamos con energía solar. Los residuos se reciclan y retornan a la naturaleza de forma natural y su mantenimiento es mínimo. Es evidente que esta pequeña cabaña podría mejorar aún mucho, pero la poderosa realización que uno siente al habitar la vivienda que ha construido con sus manos no tiene precio. Es algo revelador y bello. Es algo que solo puede experimentarse cuando los inviernos se intercalan con el canto primaveral y resuena la música de los bosques bombeando cada rincón.

Así que cuando hablaba con mis amigas desde el norte de África, imaginaba todo ese continente lleno de pequeñas casas construidas gracias a la fuerza y el poder del apoyo mutuo y la cooperación. Y luego imaginaba a los pueblos emancipados de esa necesidad tan básica y primordial que es la de tener un tejado donde resguardarse.

Cuando imaginamos el proyecto O Couso, pensábamos en ese sueño. Un lugar donde las necesidades más elementales pudieran estar cubiertas para poder así abrazar otro tipo de utopías. Un lugar donde el sueño y la utopía material empezara a abrazar, una vez satisfecho, al sueño de la utopía espiritual. Se trata de eso. Estar bien materialmente para poder soñar espiritualmente. Ese es el anhelo, ese es el sueño a seguir.

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Imbolc


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Triángulo fundacional de la futura Escuela

Sabemos que los rituales son importantes. Generan un clima apropiado para interaccionar con las fuerzas sobrenaturales. Se hizo un pequeño ritual y se creó un triángulo en la base de la futura Escuela. Hoy me sorprendió ver una fotografía antigua de sus inicios, creados por la tejedora de palabras junto a una amiga.

A pesar de la importancia del ritual y la celebración posterior, nuestra forma de festejar la fiesta celta de Imbolc ha sido sentados en la hierba, desgranando ocurrencias frente al prado verde y disfrutando de esta extraña primavera en pleno invierno. La tejedora de palabras recurre a universos simbólicos nada ordinarios para describir la realidad. Me gusta su visión de las cosas, su absoluto desapego hacia cualquier elemento que constituya alguna piedra en la construcción de lo ordinario. Su elegancia vespertina produce vértigo. Escucharla es como trasladar la psique a otro modo de entender la realidad, más impregnada por el argumento mágico de que todo es posible, inclusive el poder celebrar una fiesta sin hacer nada, excepto mirar al horizonte.

Como ni ella ni yo somos muy festivos, nos limitábamos a compartir cualquier momento. Me gusta esa confianza de no tener que hacer nada, de no tener que demostrar nada, de relajarse frente a un prado tan verde aquí en el norte y disfrutar de las miríadas de elementos y elementales que la propia imaginación adivina. Nuestra falta de apetito hacia lo banal es mutuo, así que podríamos pasar una eternidad sin necesitar nada, sin esperar nada a cambio excepto bucear en la contemplación, en el misterio.

No tenemos ningún éxito que celebrar. No alardeamos de ninguna conquista. Ambos somos monjes mendicantes, ambos seguimos bajo los votos de pobreza, obediencia y castidad. Ambos abrazamos la regla de oro, y subliminamos el llanto amoroso a la propia inquietud existencial. De alguna forma necesitaba verla a modo de tener un aliado cerca. El viernes de nuevo recibí una mala noticia que se suma a la tragicomedia en la que ando metido desde hace unos meses y sentía la necesidad de compartir la inquietud de este tiempo con alguien de confianza. Así que me agarré a su invitación como un clavo ardiendo, saboreando la oportunidad de sentir la alianza de los mudos.

Esta vez me tomé la noticia como un reto. No quise arrastrarme hacia ninguna parte. La miré impasible, a sabiendas de que era una prueba más en el camino y a la que debía hacer frente con fuerza y valentía. Pienso, ahora con mucho desapego, que este tipo de proyectos está lleno de retos. Especialmente cuando la visión es fuerte pero los medios materiales son pocos o ninguno. Ahora entiendo que necesitaré mayor fortaleza para el próximo ciclo que se avecina. Ahora entiendo que este primer septenario solo ha sido un ciclo de pruebas para fortalecer con endereza lo que ha de venir.

Por eso me sentó bien pasar la tarde con una buena amiga a la que estimo profundamente. Ahora sabemos, tras las pruebas sufridas, que nuestra amistad nace del lazo místico, y que desde allí, no nos queda otro remedio que colaborar mutuamente en cualquier empresa. Es esa sensación que uno siente cuando se encuentra con su familia etérica. Hay elementos en la vida que se unen para, juntando visiones, tener un mayor panorama de todo cuanto ocurre en este misterio cósmico. Sólo nos queda averiguar de qué forma ser útiles a la causa mayor que siempre abrazamos, vida tras vida.

Celebrar el punto medio entre el solsticio de invierno y el equinoccio de primavera con buena compañía es un regalo. El Sol alcanzaba hoy quince grados en Acuario, y se podría decir que el mundo de la fertilidad empieza a prepararse para la primavera. No se esperan grandes cosechas para este año, pero como siempre ocurre, seguiremos sembrando hasta que llegue el buen tiempo. Los vientos que arrecian, seguiremos soportándolos con endereza, con fortaleza, desde la virtud.

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Gran cónclave


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El himno de apertura era una mezcla entre el Coro de los pescadores de Bizet y el Coro de los peregrinos de Tannhäuser de Wagner. Así lo podías imaginar si cerrabas los ojos y trasladabas la imaginación a los antiguos templos, resguardados al mundo profano por temibles guardas que, espada en mano, protegían los secretos. En la entrada, dos grandes columnas con sendas granadas. Dentro del tabernáculo, inevitablemente, la experiencia de lo sagrado, del lazo místico, aunque hoy día esa experiencia solo sea posible cuando se ha pasado de la iniciación humana a la solar, adecuando cada práctica a los designios de los misterios de Sirio, la estrella de la iniciación. Los antiguos sabeos conocían algo de esta trilogía que terminaba siendo septenaria en su compendio angélico. Siete son los rayos-ángeles que portan la fuerza suficiente para administrar todas las energías del universo, todas aquellas que el Gran Arquitecto conserva para diseñar en nuestro mundo los planos pertinentes.

Tras el himno, la apertura de trabajos que terminaron en tercer grado una vez todos los oficiales estaban en sus puestos, deseosos de convertir el momento en un tiempo sin tiempo y un espacio, por lo tanto, sagrado. Se encienden las tres luces. Al Oriente, en el Mediodía y en Occidente, dejando el frío septentrión para el silencio de los aprendices, ausentes en la ceremonia. Sabiduría, fuerza y belleza, son las consignas para cualquier construcción. La luz siempre es un elemento recurrente, porque el cosmos es oscuro y entre tanta tiniebla, necesitamos las luminarias que puedan guiarnos en esa oscuridad brillante.

Una vez introducidos en el espacio sagrado, se tocan temas relevantes. Uno se sumerge en la atmósfera de saberse transmisor de un conocimiento, de un rito, de una tradición perenne. Los burros somos necesarios para portar el tesoro que es transmitido desde una dimensión a otra, con torpes interpretaciones, pero con certeras costumbres. En el fondo lo que se hace es una representación más o menos acertada de la creación del mundo. Cosmos, cielo y tierra representados con símbolos que recuerdan el orden, la pertenencia a una causa mayor, a un propósito que es necesario conocer, reconocer y servir.

Pasaron los trabajos y hubo un himno de cierre. La música siempre adornando con belleza todo templo. No se puede entender un templo sin música, que, además de representar el Verbo creador, anima a los espíritus en su peregrinar. Cierre de los trabajos y el velo se cierne de nuevo hasta que poco a poco la luz vaya minando por dentro nuestro cuaternario, uniendo bajo la mágica presencia, el terciario necesario para que la luz se manifieste en nuestro interior. En los trabajos de Hércules se dan pistas de como conseguir esa chispa necesaria, ese ardor por conocer los misterios que nos han de guiar hacia la puerta estrecha. Ya no se trata de iniciaciones menores, humanas, si no de índole solar, verdaderas ofrendas que se encasillan en los misterios menores para adentrarnos, poco a poco, y con gran esfuerzo, en los misterios mayores.
La luz tenue se vislumbra a lo lejos, pero siempre queda mucho por hacer para entender del todo la Gran Obra. Se cierran los trabajos, y aún nos queda mucho por descubrir. Viaje de ida y vuelta, solo con el propósito final de recordarnos quienes somos realmente y obrar en consecuencia. Como pescadores o peregrinos, según seamos más dignos de un Bizet o un Wagner. Termina el gran cónclave, todo queda bajo llave, en secreto.

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