Gracias por tu apoyo


manos

Estimado amigo,

hace tiempo que no sé de ti. Creando Utopías se creó para idear la utopía y poder diseñarla mediante escritos que sirvieran de inspiración. Gracias a tantos años trabajando incondicionalmente en estos escritos, pudimos hacer realidad la utopía. Entonces, ¿para qué hablar de ella si ahora la estamos construyendo con nuestras propias manos? Realmente no hemos dejarlo de hacerlo, pero sí es cierto que hemos cambiado la forma para poder, de forma incondicional, apoyar el sueño.

Me he dado cuenta de que construir la utopía requiere de mucho esfuerzo, quizás de muchas vidas en una. Es por eso que decidí buscar recursos adicionales para poder seguir adelante. Además de mi labor de editor, estoy intentando potenciar la labor de escritor para poder ingresar íntegramente todo lo que reciba al proyecto utópico en el que trabajo. El proyecto O Couso se está construyendo gracias al apoyo incondicional de mucha gente y por eso me atrevo a insistir en que me echéis una mano en su construcción para que la felicidad y la inspiración de un mundo mejor pueda alcanzar cada día a más gente.

Como ya sabéis, ahora escribo desde la plataforma de Patreon, un lugar donde se puede acceder a partir de un euro al mes, dinero que empleo íntegramente en el proyecto. Por favor, no dudéis en seguir leyendo sobre utopías y su complejidad en el siguiente enlace:

https://www.patreon.com/creandoutopias

Si queréis colaborar con el proyecto directamente, podéis hacerlo en el siguiente enlace con un euro al mes junto a casi cien personas que ya lo hacen:

https://www.teaming.net/proyectoocouso

Sea como sea, gracias de corazón por estar ahí y sigamos construyendo paso a paso un mundo mejor.

Un abrazo siempre sentido…

Javier

 

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Patreon, una nueva forma de ser más libre


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Estaba terminando hoy el prólogo a una edición especial del 500 aniversario del libro Utopía, de Tomás Moro, cuando pensaba en la difícil tarea de ser hoy día escritor, poeta, soñador o artista. Malvivir de los libros durante diez años, visto ahora con cierta perspectiva, ha sido toda una proeza. Quizás el destino de todo poeta, escritor o soñador que no destaque especialmente por nada sea precisamente eso, sobrevivir como se pueda. Es el precio, dicho sea de otra forma, de apostar por ese oficio mal pagado donde nunca se gana nada pero que, de alguna forma, dota tu vida de sentido y profundidad. Un amigo artista, pintor de fina brocha, de los mejores que he conocido a pesar de su obcecación por la oscuridad y el mundo de las emociones extremas, me lo decía una vez sentados en una sombra que nos resguardaba de un caluroso verano andaluz: no cambio esta vida por nada del mundo. Se refería a la vida de artista, a no saber si mañana tendría algún céntimo para comprar una barra de pan o para comprar si quiera algún pincel o pintura.

Viendo que el mundo de la edición va de capa caída, de mal en peor, cuando ya casi todas las distribuidoras han caído o lo están haciendo, cuando las librerías cierran una a una y los editores se quiebran ante la evidencia, me preguntaba qué sería de esta labor y qué podría hacer para sobrevivir, si no ya dignamente, sí al menos libremente.

El precio de la libertad es prudentemente caro. Incluso el precio de hablar libremente. Ambas cosas se han conjugado en un tiempo donde hace unos meses un amigo, Rafa, me ponía en la pista sobre una plataforma para autores y artistas que pretende la proeza de vivir o sobrevivir, tanto monta, con algún tipo de sustento material. Estos días me he atrevido a explorar la idea y el resultado aún no sé cómo encajarlo. Sin embargo, soy mucho de impulsos, de intuiciones, y quiero experimentar con un lugar resguardado, con una vasija de barro donde estemos aquellos que realmente queramos estar.

En resumen, se trataría de cobrar por mi oficio, el de escritor, renunciando cada día más a un trabajo, el de editor, que va muriendo poco a poco, centrando quizás unas pocas ediciones anuales, hechas con cariño y sin prisas, casi de forma artesanal, a la espera de tiempos mejores. Viendo la dificultad que he tenido para vender las editoriales y así por lo menos poner en orden mis cuentas, voy a probar con una fórmula donde pueda escribir ya no de forma tan seria como últimamente iba haciendo, sino de forma más natural, donde todo quede en familia, entre amigos, y donde pueda expresar nombres, situaciones e inquietudes sin símbolos, sin oscuras dilataciones, sin máscaras. Un lugar donde pueda hablar sin cortapisas, donde pueda de nuevo colgar fotos desnudo cagando en un bosque mientras nieva o lo que sea con tal de reencontrarme de nuevo con esa espontaneidad que ciertas circunstancias me han arrebatado.

Posiblemente el éxito será menor. Posiblemente pasaré de los más de cinco mil seguidores actuales a una docena, quizás menos. No me importa, quiero experimentar esa libertad y esa responsabilidad de escribir de forma más libre y más cercana, de forma diferente, de forma casi anónima.

Después de más de ocho años escribiendo en este espacio libre para todos, llega un tiempo de recogimiento, de estar más en familia, un lugar donde poder discutir de forma más cercana con aquellos que, más allá del propio derecho a saber, sienten la responsabilidad de acompañar este proyecto utópico de forma más estrecha y comprometida.

A partir de hoy, me podréis encontrar en este nuevo espacio. El precio será barato, lo que pueda costar el invitarme una vez al mes a tomar un café. No es mucho lo que se pide. No sé si algún día conseguiré vivir de la escritura, pero creo que este será un primer paso importante hacia ese propósito.

Gracias de corazón a los que siempre habéis estado ahí sin pedir nada a cambio, de forma incondicional. Gracias igualmente a los que ahora quieran tomar un café en vivo y en directo con este vuestro siempre amigo.

Nos vemos aquí, a partir de ahora. Desde este espacio relataré mi primera Nochevieja en soledad aquí en la cabaña, con mi tradicional plátano, y todos los encuentros que se vayan produciendo de forma directa y clara con gente interesante, ahora sí, con fotos, nombres y apellidos. También anotaré cosas muy personales que solo se pueden contar a amigos y conocidos, y si todo va bien, podré desnudar tranquilamente algún secreto de estado sin que por ello me metan en ninguna oscura cárcel. Una nueva etapa, una nueva vida de escritor, un nuevo relato. Año nuevo, vida nueva. Gracias, gracias, gracias…

 

https://www.patreon.com/creandoutopias

 

 

 

La importancia de la herejía


hereje

Abecedarianismo (Siglo XVI), Adamismo (siglo II), Adopcionismo (siglo II), Agnoetismo (siglo VI), Anabaptismo (siglo XVI), Antinomismo (siglo XVI), Apolinarismo (siglo IV), Arrianismo (siglo IV), Calvinismo o Hugonotes (siglo XVI), Albigenses o Catarismo (siglo XI), Docetismo (siglo I), Donatismo (siglo IV), Dulcinianismo (siglo XIII), Encratismo (siglo II), Espirituales (siglo XIII), Ebionismo (siglo II), Eutiquianismo (siglo V), Febronianismo (siglo XVIII), Fideísmo (siglo XIX), Frailes apostólicos (siglo XII),  Fraticelos (siglo XII), Gnosticismo (siglo II), Hermanos del espíritu libre (siglo XII), Hermanos moravianos (siglo XV), Husitas (siglo XV), Iconoclastas (siglo VIII), Jansenismo (siglo XVII), Joaquinitas (siglo XII), Luteranismo (siglo XVI), Macedonianismo (siglo IV), Maniqueísmo (siglo III), Marcionismo (siglo II), Modalismo (siglo III), Modernismo (siglo XIX), Monarquianismo (siglo II), Monofisismo (siglo V), Monotelismo (siglo VII), Montanismo (siglo II), Nestorianismo (siglo V), Nicolaísmo (siglo II), Ofitas (siglo II), Orebitas (siglo XV), Pelagianismo (siglo V), Pragueros (siglo XII), Priscilianismo (siglo IV), Protestantismo (Siglo XVI), Quietismo (siglo XVII), Sabelianismo o Patripasianismo (siglo III), Socinianismo (siglo XVI), Subordinacionismo (siglo III), Simonianismo (siglo I), Taborismo (siglo XV), Utraquismo (siglo XV), Unitarismo (siglo XVI), Valdenses (siglo XII), Wiclefitas (siglo XIV)…

La lista de herejías de todos los tiempos es infinitamente larga. Podríamos añadir, con cierta modestia, a los ocousianos del siglo XXI, una pequeña herejía aún naciente que pretende abolir la propiedad privada, la avaricia mercantilista y convivir en paz y hermandad con el prójimo y la naturaleza desde una visión integral y abierta. Son rasgos comunes en muchas utopías de viejo cuño. Realmente no hay novedad en las proclamas, sí en la fuerza de regeneración, en la energía empleada en perseguir, a sabiendas de su futuro fracaso, la esperanza de un mundo nuevo.

Podríamos decir que la herejía nace para instaurar un diálogo diferente a la norma, una misiva que parte de renglones torcidos y que pretende restaurar el origen común de hermandad humana. Es algo complejo porque desde que la fábrica inventó la ciudad, el ser humano se parceló y dividió así mismo para crear una masa uniforme sin ideas ni autonomía. La emancipación humana, la interior y la exterior, se ha vuelto la obsesión de las nuevas herejías.

Cuando nació la ciudad y se abolió la tierra comunal se gestó el final de la comunidad y el bien común para instalar la idea de propiedad. El tema de la abolición de la propiedad privada es recurrente en la historia herética. Para algunos es el origen del mal moderno, de la modernización, del poder acumulado en manos de unos pocos que gobiernan, bajo el manto de sus vanidosas manos, el destino humano. Viendo lo que ocurre en las oligarquías podríamos pensar, desde un pensamiento intelectual y filosófico, que lo que sucede es realmente  bastante patético. Existe una organización cerrada de apoyo mutuo y cooperación entre los oligarcas donde se ayudan, gracias a la política mercenaria, para sobrevivir en la vorágine del mercado. Las empresas que manejan no suelen ser casi nunca rentables porque viven bajo el mantra de la deuda. Algo que nace con deuda y que vive de la misma no puede ser rentable ni puede ser realmente satisfactorio, a no ser que esa deuda sirva para impulsar un proyecto y luego para ser honrosamente devuelta sin exceso de aprovechamiento.

La tiranía de la avaricia a veces no responde a las lógicas del orden y el decoro y descubre con asombro que la deuda es una buena herramienta para garantizar un ritmo de vida desorbitado e insultante. Por eso muchas herejías, ante el pasotismo social imperante y la aceptación de estas normas de injusticia beneplácita, nacen con la única misión de advertirnos de que hay algo que no estamos haciendo bien. En la actualidad la evidencia es palpable en cuanto al cambio climático, porque la avaricia no es algo que acecha tan solo a una pequeña oligarquía, sino que se instala en aquellos que de alguna forma aspiran a ser parte de ella. Siempre queremos más, es nuestra naturaleza más inferior. Más y mejor, más grande y más potente y más fuerte y más poderoso.

Vaga es la idea de aquellos que renuncian a esa extrema experiencia del querer más y más y se abocan a una realidad paralela que pueda restaurar una naturaleza de miras más elevadas y sensatez más altiva. Son los valores los dueños de nuestras creencias y acciones. Es en los valores donde la herejía, la nueva herejía, deberá reunir todos sus esfuerzos. El resultado nunca será inmediato, pero formarán parte de ese núcleo, de esa lista de impulsores que pretendieron un cambio de paradigma y que, si todo va bien, algún día deberá implementarse.

Herejía deriva del griego hairein, una de cuyas acepciones es escoger y hairesis, por derivación, equivale a opinión. Por lo tanto, el hereje es el que escoge, el que opina. La herejía parte de esa sublevación por opinar diferente, por pensar diferente y de paso, por emanciparse de aquello que se torna norma. De ahí la importancia de la herejía. De ahí la importancia de alimentarla, cuidarla y protegerla. Sólo aquellos que se atreven a mirar de forma diferente al mundo podrán originar el cambio que necesita.

 

 

 

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Las piedras del solsticio


 

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“Mirad cuán bueno y cuán agradable es que los hermanos habiten juntos en armonía. Es como el óleo precioso sobre la cabeza, el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón, que desciende hasta el borde de sus vestiduras. Es como el rocío de Hermón, que desciende sobre los montes de Sion; porque allí mandó el Señor la bendición, la vida para siempre”. Salmo 133

Las piedras no olvidan jamás el resquemor del tiempo. Sumadas unas a otras crean paredes, templos, oficios y hogares. Los jóvenes que se entregan a las costumbres temporales suelen abrigar entre sus paredes tesoros ocultos. La abnegación de esa dulce y hermosa caballería invisible por cuidar cada piedra, arrebatarla de musgos y líquenes, desbrozarla de helechos y zarzas que crecen en sus recovecos antiguos, es algo que con el tiempo se agradece. No hay reproches en aquellos que salvaguardan la intimidad, aquellos que sostienen la frágil memoria de una cultura que necesita ser alimentada por conocimiento y calor.

No existe espíritu de intriga en los valerosos que en silencio reconstruyen, siglo tras siglo, las pobladas oquedades del espíritu. Se sumen en una callada y sórdida melancolía que no terminan de entender. Se esfuerzan día y noche, bajo el mando de la quietud y la intuición, esmerándose en preparar lo mejor de sí. Pulen las piedras del camino al mismo tiempo que hacen de sí mismos una talla, una columna recta y perfeccionada día a día con sudor y trabajo.

A veces se reúnen en sigiloso y taciturno paso. Intentan honrar el tiempo en sus misteriosos traspasos de poder. Cuando el otoño se retira y aparece el invierno, la fiesta gira junto al fuego en la noche más larga. Las hogueras pretenden simbolizar la luz que renace, que se esconde para brillar más fuerte, aquella que mimosamente es cuidada para proteger y guiar al alma peregrina. Dar cobijo, preparar el pan, alimentar el alma, resucitar el espíritu invisible. Esa es la tarea.

Las fuerzas que se acumulan en cada interior son utilizadas durante el resto del año para procrear la vida y su sentido más profundo. Las semillas son albergadas en recintos oscuros y protegidos aguardando el resplandor y la explosión primigenia del tiempo vital. La noche oscura sirve para proteger y consolar, desde el frío halo, todo aquello que necesita reposo.

Entre el fuego se relatan los hechos antiguos. Se expresan las ideas para el nuevo año y se administra con sabiduría las proezas que deberán hacer aún más grande toda la obra. La imaginación intacta y febril provoca sueños que deberán tejerse en el resplandor de la luz matinal. Es esa la labor de todo tejedor, crear las consignas para el nuevo tiempo, manipular con su fuerza aquellas energías redentoras que deberán tejer las nuevas ideas, los nuevos edificios que piedra tras piedra serán construidos para la memoria colectiva.

Las piedras no olvidan jamás, por eso, tras el secreto alumbramiento de la luz, los constructores seguirán desbrozando, tallando, apilando una a una, tiempo a tiempo, todo cuanto saben. Los destinos ordinarios dejarán paso a la promesa de los hechos extraordinarios. La impronta de aquellos que antes que nosotros hicieron sus propias proezas sirven de inspiración para seguir adelante, para luchar contra el tedio mientras se resucita el espíritu precursor.

Siempre hubo una fascinación por lo desconocido. Por eso, en estas fechas señaladas, nos reunimos para acomodar el fuego a las historias que han de descifrar los entresijos de la vida. Los misterios serán relatados con símbolos, toques y señas ininteligibles. El secreto allanará el curso de la conversación mientras que el silencio se abrirá paso en el momento de la creación conjunta.

El egoísmo y la vanidad de los grandes se diluye en generosidad entre la caballería errante. Las glorias pasadas sirven de telón para producir nuevas oportunidades. La hermandad invisible se congrega nuevamente ante la vehemencia y el ardor del encuentro programado. Pronto será media noche en punto y empezará la fiesta solsticial. Feliz solsticio. Dad pan al que no tiene, hambre y sed de justicia al que tu colmaste.

 

Somos Uno


 

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A las cuatro de la mañana las temperaturas eran bajo cero. Algo me hizo despertar antes de tiempo. Quizás las ganas de lanzarme de nuevo a la aventura, las ganas también de estrechar mis brazos entre abrazos afines. A esas horas no se ve nada excepto la magia lunar que entra por los vórtices de las tres ventanas. Cerré los ojos un instante antes de marcharme. Quería dar las gracias por el nuevo día y desearme un buen viaje a sabiendas de lo peligroso que resulta viajar. Tardé más de hora y media en atravesar los puertos de montañas, las tierras que separan el mundo celta de las tierras castellanas. Había mucha nieve y no habían pasado aún las máquinas que despejan las carreteras. Iba con sumo cuidado advirtiendo que cualquier descuido podía ser fatídico.

A las once ya estaba en Madrid. Me esperaban largas colas burocráticas pues tenía que entregar unos documentos. Tras ejercer mi responsabilidad, terminé en casa de una nueva amiga, una hermosa autora a la que acabamos de editar un libro. Una interesante persona que percibe la vida de forma amplia, sin estrecheces ni egoísmos, generosa, dispuesta a ayudar a cualquiera sin importar su necesidad. Hablando de amigos en común me dijo algo que llamó mi atención: somos uno. Miraba su lujosa casa en pleno barrio de Salamanca, justo frente a la biblioteca Nacional, lugar por mí tantas veces transcurrido en otros tiempos. Observaba todos sus libros, su mesa ancha y grande, sus sillones grandilocuentes. Veía en la belleza y esplendor de su lujo un halo de sencillez y ternura. Realmente, independientemente del escenario, sentíamos que realmente éramos uno. No había más palabras que añadir.

A las cuatro, tres calles más abajo, no muy lejos de donde estaba me aguardaba una persona querida. Una persona a la que tan sólo había visto una vez en mi vida pero de la cual tenía un grato recuerdo. Me recibió con ese amor y cariño tan especial de la gente que admiras y te admira. Aunque tú no me conozcas, yo conozco toda tu vida, me decía una y otra vez. Estuvimos hablando durante dos generosas horas donde expresábamos la admiración mutua. En algún momento de la conversación, llegamos a decir algo que ya resonaba en mí. Somos uno en la diversidad, somos uno en la unidad.

Esa frase me acompañó toda la tarde y noche. Cuando nos reunimos en el lugar donde iba a dar comienzo la cena veía como uno a uno iban entrando los comensales. Todos tan diferentes, todos tan heterogéneos e incomparables, y sin embargo, todos allí, unidos por un mismo propósito, por una misma visión, por ese gran abrazo colectivo.

Cuando me tocó hablar para agradecer la presencia de tantas personas que habían venido desde tan lejos para estrechar los lazos de esa comunidad invisible, sólo se me ocurrió decir lo que antes había escuchado por dos veces: somos uno. No importa nuestras diferencias, nuestra procedencia, nuestra cultura o creencias. Realmente somos una familia fraternal que aspira, a pesar de todo, a unir sus corazones, a pensar en el bien ajeno como en el propio, que desea un mundo en paz lleno de felicidad y desapego.

Es complejo tener esa visión unitaria. Pero a veces, cuando sales lejos de ti, cuando te atreves a penetrar en los caminos añejos, descubres que, por muy diferentes que seamos los unos de los otros, hay algo inmanente que nos une.

Antes de marcharme a media noche para volver a tierras celtas, ella se acercó, me abrazó con un cariño inusual y con voz dulce y amoroso me dijo un “te quiero”. Fue uno de los abrazos más intensos y hermosos que recuerdo. Por un instante me sentí afortunado y dichoso. Somos uno, me repetía a mí mismo en ese momento indescriptible. Somos un mismo ser manifestándose en diferentes experiencias, enriqueciendo su alma y su espíritu con miradas diferentes. Somos uno, y algún día, con cualquier excusa, nos daremos cuenta de ello.