Desde la isla de estevia

Desde la isla de estevia

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Desde el valle del Tiétar

Hace calor en las faldas de la Sierra de Gredos, junto al río Tiétar, en este paraje que en un tiempo no muy remoto estaba lleno de plantaciones de tabaco y pimiento. El mundo está cambiando y quizás en un futuro, en vez de tabaco, se siembren otro tipo de cultivos más enfocados en la construcción de la salud, y no en su destrucción. Es paradójico el cambio, pero con el tiempo, será real.

Ahora estoy en una de esas fincas que están apostando por ese cambio de paradigma. Lo que antes eran tierras dedicadas en exclusiva al tabaco, todo rodeado de secaderos, ahora se está plantando estevia ecológica. El problema de ser pioneros en cualquier cosa es que siempre tienes que avanzar y abrir camino. Eso tiene su precio, su desgaste, pero también su pasión. La estevia sustituye el azúcar, endulza ochenta veces más que el propio azúcar pero sin sus contraindicaciones. El tabaco ya sabemos todos que mata. También sabemos que algún día, la consciencia nos hará cambiar el paradigma sobre la salud. Y ahora que el 99 por ciento de la producción de tabaco nacional se concentra en esta región, la propia tierra y sus gentes deberán transformar sus cultivos y superar el miedo a lo nuevo. Algo se está sembrando en este lugar. Algo que algún día germinará.

El mundo está cambiando rápidamente. Los valores, las consignas, los modelos, los paradigmas que hasta ahora estaban bien arraigados en nuestra psique colectiva. Esta pandemia, real o no, está ayudando a empujar el proceso de cambio. Todos y cada uno de nosotros hemos cambiado algo en nosotros. Nuestra soberbia se ha difuminado un poco, nuestro orgullo ha sido gobernado por la humildad, nuestros deseos de victoria y triunfo se han amoldado a una realidad que nos ha superado colectivamente. Siempre he defendido que este tipo de cambios de paradigma son lentos. Siempre afirmo que el cambio que todos anhelamos, el cambio futuro, un mundo sin guerras, sin hambre, sin miseria existencial, ocurrirá algún día. Siempre predije que aún nos quedaban al menos quinientos años más por delante para trabajar en valores de igualdad, de solidaridad, de fraternidad humana. Pero quizás todo esté más cerca, y la humanidad algún día pueda emanciparse de todo aquello que ahora le hace sufrir, a veces innecesariamente.

En esta pequeña isla de estevia en la que ahora me encuentro se percibe ese cambio, esa ilusión, esas ganas de modificar en algo las mentes humanas. Lo veía en la ilusión que se desprendía en la reunión del patronato de la fundación que sostiene este proyecto, lo veía en la sincera fraternidad y camaradería a la hora de comer. En los agradables paseos junto al río, tranquilos, observando la naturaleza, su fuerza, su misterio, su deseo de vida.

Quizás no estemos tan lejos de ese cambio anhelado. Si miramos en nuestro interior, vamos a descubrir que el coraje de este tiempo nos ha cambiado, que la vida nos ha llenado de esperanza, de fe. Cuando caminas y sientes esa necesidad de colaborar con la creación entera, algo se despierta dentro de ti. Ya no vale refugiarse en tus creencias, en tus mundos. Ya no es una cuestión de creer o no. Llega un momento que uno sabe a ciencia cierta sobre cierta verdad. Y entonces, toda la vida se despliega para provocar el desarrollo de la misma. El mundo cambia cuando cambiamos por dentro. El mundo se transforma cuando interiormente asumimos una conquista. Esta isla algún día se extenderá por el ancho mundo. Un mundo más ecológico, más sano, más verdadero.

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Hacia la nueva normalidad

Hacia la nueva normalidad

 

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Hoy en el valle del Tiétar

Esta mañana, con mucha pereza, hacía una pequeña maleta. Algunas mudas, el ordenador, un libro sobre la historia de la primera Editorial Séneca para prologar otro libro que pronto sacaremos, y no mucho más. Esta era mi primera salida desde que la pandemia me pilló en Escocia y tuve que volver precipitadamente en el último vuelo hacia España. Un día más y mi historia personal hubiera cambiado por completo.

Uno se acomoda a cierta normalidad. El silencio de estos meses, la compañía apropiada y cómplice, el enclaustramiento en el pequeño bosque y la atadura a la tierra, propia de estas fechas donde el campo demanda tanto trabajo, había creado un estado del ser diferente, una quietud calma, una paz interior hermosa.

Cuando abandoné la finca dirección sur estuve durante un tiempo atento a los ruidos del motor, de las ruedas, de cualquier cosa que pudiera ser sospechoso de algo. Tanto tiempo sin coger el coche para trayectos largos requería cierta atención, especialmente después de los últimos avatares sufridos con él, desde que empezara el primer día del año con un accidente.

Pronto dejé el mundo celta atrás. La pequeña sierra de Édramo, el valle del Mao, la sierra del Courel y los increíbles Ancares. El mundo se fue despejando. Entré en Castilla y las vistas se ensanchaban. Al mismo tiempo ocurría en la propia mente. Lo bueno de viajar es que de repente empiezas a coger distancia de la rutina, de la vida ordinaria, y comienzas a ver todo de forma diferente. Especialmente aquellos vicios en los que sucumbes en el día a día, aquellos obstáculos que no te dejan crecer y avanzar. Los viajes siembran en la mente inquietudes nuevas, razonamientos diferentes. Es como si algo se despejara de repente. Los problemas se ven desde otra perspectiva y siempre se alcanza soluciones rápidas para atajarlos. Siempre que tuve alguna gran idea fue viajando. Todo se ve de forma radicalmente distinta.

Atravesé media Castilla y me adentré por la también increíble sierra de Gredos, por la zona amurallada de Ávila. Disfruté del nuevo paisaje montañoso, agreste, casi sin vegetación en algunos puntos. Así anduve hasta llegar a tierras del Tiétar y la Vera, donde me esperaba el amigo Carlos, el cual tuvo la gentileza de preparar un suculento plato con frutos recién recogidos de la tierra. Me alegró verlo en su nueva vida y me alegró haber sido puente de la misma. Siempre me gustó el oficio de enlazador de mundos. Es como pura magia. La excusa del viaje, una reunión con el patronato que dirige estas tierras, me anima a seguir la marcha hacia tierras del sur, ver a la familia, que quedó atrapada en la casa cordobesa, y disfrutar de este calor, casi asfixiante, que ya empiezo a sentir en los adentros.

Se me hace extraño este viaje. La nueva normalidad ya no es como antes. Ahora una visita puede ser motivo de desconfianza o recelo. Se ha roto en muchas partes con el ritual del saludo, del abrazo sentido. La gente te mira con suspicacia, especialmente si eres un extraño ajeno. Vi a los primeros peregrinos esta mañana, muy pocos y escasos para las fechas que son, y notaba cierta extrañeza en el ambiente. Tengo la sensación como si de alguna manera hubiéramos entrado colectivamente en un nuevo ciclo. No me refiero a una nueva era, pero sí a algo nuevo y extraño. Como no soy clarividente no sé qué podrá pasar a partir de ahora, qué clase de cosas ocurrirán en los próximos meses, pero siento interiormente cierto resquemor. Como si hubiera algo que no está del todo bien, como si esta nueva normalidad encerrara una especie de sorpresa no muy agradable.

Quizás por eso, y porque ya echo de menos los abrazos sentidos que todas las noches recibo en nuestra pequeña normalidad, tengo ya ganas de volver al bosque, a la pequeña cabaña. Por suerte volveré cargado de inspiración. Y eso provocará cambios, muchos cambios futuros que seguro mejorarán algunas cosas. Mañana alguna más aventura, pasado, Dios dirá.

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Relato de un náufrago

Relato de un náufrago

 

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A las cinco de la mañana sonó el despertador. Mis buenos amigos me llevaron muy temprano hasta el aeropuerto de Inverness. Aún tuve tiempo de ver algo de amanecer antes de marcharme de la hermosa Escocia. Sentí cierta angustia por todos los acontecimientos que se habían precipitado de repente. Era como si estuviéramos afrontando el inicio de la tercera guerra mundial y tuviera que volver precipitadamente a casa, al frente. Esa era más o menos la sensación que tenía por dentro. Llegué a Londres y cogí un autobús. Por un descuido, estuve casi seis horas subido en autobuses, recorriendo de forma graciosa tres aeropuertos londinenses. Por fin llegué a mi destino, donde iba viendo por las pantallas a medida que pasaban las horas como se iban cancelando los vuelos hacia Italia o España.

Por suerte mi vuelo no se canceló. Era el último avión para España y era de las últimas plazas que quedaban. En el avión había un ambiente excesivamente cargado. Todos habían dejado algo. No era un vuelo normal, y eso se percibía en el olor, en las caras angustiadas, a veces de miradas desconfiadas por si alguno fuera portador del coronavirus. El avión llegaba muy tarde a España y había pedido a varias personas que me recogieran a mi llegada. Pero había demasiado miedo a salir. Se había decretado el estado de queda y no era recomendable ningún tipo de desplazamiento. De repente me sentí como un náufrago perdido en una gran deriva. Solo ella se atrevió, atravesando media Galicia para ir en mi búsqueda. Cuando el avión aterrizó, una chica lloraba porque la policía había impedido a su novio ir a recogerla. El miedo se extendió entre los pasajeros porque no sabíamos qué nos esperaba a la llegada.

Quedé con ella a las afueras del aeropuerto. Tenía miedo de que la policía la interceptara y le impidiera llegar. A la salida había un control policial, pero tuve la sensación, al ver la sonrisa de los policías, que nos recibían como héroes. De alguna manera, habíamos renunciado a algo para estar entre los nuestros. Me alegró mucho el recibimiento policial, y la sonrisa amable y sincera, cómplice, de ese agente que nos atendía con cierto cariño mientras nos pedía la documentación. Hubo una bonita reconciliación humana.

Salí con algo de miedo a las afueras. No sabía qué me iba a encontrar y caminé con cierta ansiedad hasta la rotonda donde habíamos quedado. Ella apareció como una heroína que rescataba a un náufrago. De repente la miré y sentí un profundo agradecimiento, un profundo reconocimiento a su valentía, a su generosidad, a su valía. Alguien había arriesgado algo de sí misma en sacrificio por otro. Era solo un gesto, pero para mí, era algo más que eso. A los pocos kilómetros, ya aparentemente a salvos, paramos el coche en la cuneta y salimos para abrazarnos, como hacen esos enamorados que se besan con desesperación en tiempos de guerra. Fue un momento hermoso y emocionante, significativo, revelador.

Llegamos a las dos de la mañana después de casi veinte horas desesperadas para llegar a casa. Me embriagaba una sensación de cumplimiento con cierto deber, sin saber de qué deber se trataba. Al menos una sensación de alivio por estar en casa, en la pequeña cabaña, abrazado al destino que siempre une aquello que parece inevitable. Vivir un tiempo extraordinario, experimentar grupalmente una vivencia que jamás hubiéramos imaginado, resultaba algo más que sorpresivo.

Y ahora la incertidumbre. Hoy me tiré todo el día, aún con el cansancio bajo los pies, viendo la situación empresarial. Ni un solo pedido en días, ni un solo ingreso. Gasté lo último que quedaba en comida para un mes. A partir de ahora todo es incertidumbre, supongo que algo así como suspensión de todos los pagos y cancelación de todo tipo de compromisos económicos. Las obras en la casa quedaron sin terminar, los libros en el aire y la vida enseñándonos sobre lo esencial y verdaderamente importante.

Me quedo con el acompañamiento, con el abrazo a las afueras del aeropuerto, por el compromiso renovado, con la esperanza de que esto puede ser una oportunidad para hollar el mundo nuevo, o al menos, para poder imaginarlo, soñarlo. Me quedo con nuestra vulnerabilidad, con nuestros miedos, pero también con los actos heroicos de todas las personas que están dándolo todo estos días, me quedo con la esperanza. También con la sonrisa amable del agente de policía al recibirnos en el aeropuerto. Éramos quizás los últimos. Éramos los que preferían enfrentarse a lo que venga de frente, en casa. Me quedo, por supuesto, con el abrazo de mi particular héroe. Agradecido, eternamente agradecido.

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De vuelta a casa


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Estoy en Escocia. Llegué ayer a las Highland desde Ginebra. Los aviones estaban medio vacíos. En Londres parecía todo normal si no fuera porque el aeropuerto parecía un lugar tranquilo y apacible, sin las normales aglomeraciones. Un día antes, justamente cuando O Couso cumplía seis años de existencia, moría a los cien años Dorothy Maclean. Por un momento sentí que había venido a despedirla. Siempre he sentido mucha gratitud por los tres fundadores de la comunidad de Findhorn, y siempre sentí una gran alegría por haber podido compartir meditaciones con uno de ellos en vida. El lazo entre Findhorn y O Couso tiene que ver con La Resplandeciente, con el séptimo rayo, con S. G. y con muchas más cosas difíciles de explicar y entender.

No me dejaron entrar en el último autobús que llevaba a Findhorn. No sé si porque era español o porque el conductor tenía ganas de llegar pronto a casa. “Coge un taxi o vete andando”, me espetó con muy mala educación. Opté por la segunda opción. Anduve durante una hora desde Forres hasta casi el cruce con Kinloss rodeando toda la hermosa bahía. Allí María me encontró y me rescató de mi ya nocturna caminata. Nos abrazamos en la comunidad sin temor al corona-virus. Hablamos durante unas horas y nos fuimos a descansar.

Hoy fue un día de mucha intensidad. Fuimos a pasear a la bahía y contemplar las focas que posaban a lo ancho de la playa. El poder verlas y escucharlas fue todo un precioso espectáculo. Fue un paseo hermoso que hicimos tras la meditación en la sala de la comunidad. Comimos una focaccia en la bahía mientras volvíamos despacio hacia casa y recordaba viejos tiempos. Hacía trece años que vine aquí por primera vez en una época de muchos cambios y poderosas experiencias. En Findhorn cambió radicalmente mi vida hace ya más de una década.

No paraba de mirar las noticias. Estamos viviendo un momento excepcional. En teoría tenía mi vuelo de vuelta para finales de marzo, con la oportunidad de poder asistir a un hermoso ritual de equinoccio. De repente vi un video de un médico que explicaba a su manera la angustiosa situación que se está viviendo en los hospitales. Me sentí moralmente incómodo y decidí buscar un vuelo de vuelta inmediato.

Conseguí un vuelo con algunas extrañas escalas para mañana. Solo he estado en Findhorn, en Escocia, un día. Mañana regreso si resulta posible. Siento la necesidad de estar allí, con los míos, en casa, en estos momentos difíciles. Siento la obligación moral de ser útil donde más se necesite. Y si dentro de esta extraña ruleta toca morir, prefiero hacerlo allí. Nunca antes nos habíamos enfrentado a un reto social de tamaña magnitud, y sea o no sea todo una pura ilusión, deseo vivirla en primera persona en mi pequeña cabaña.

No sabemos qué va a pasar a partir de mañana cuando todo cierre. No sabemos de qué vamos a vivir si dejamos de recibir ingresos, si las empresas empiezan a cerrar en cadena. No sabemos cuánto se puede alargar esta situación y hasta cuánto podremos resistir en la incertidumbre. Ahora toca ser valientes, toca estar a la altura de las circunstancias y toca afrontar esta situación con dignidad y esperanza.

Juntos podremos afrontar el reto que se nos presenta. Una oportunidad para analizar profundamente la debilidad de nuestra sociedad, pero también la fortaleza de aquello que más nos une. Seamos fuertes y valientes, solidarios y cooperantes. Todo un país, todo un continente, todo un mundo se enfrenta a una nueva amenaza. La enseñanza que saquemos de esto será nuestra propia salvación futura. De alguna manera, la vida nos empieza a preparar para lo que se pueda avecinar próximamente. Estemos atento al aprendizaje.

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Barcos de libertad

Barcos de libertad

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A media noche hacía frío en la estación de tren. No había ningún pasajero, y a veces dudaba de que el tren llegara en algún momento. Miraba el reloj con insistencia. Cada segundo se hacía interminable. La soledad de invierno, el silencio de unas vías sin pasajeros, de una estación vacía, triste, desolada. Llegó el tren sinuoso con algunos minutos de retraso. Tenía el vagón número 25 pero la pesada máquina a gasoil solo traía dos vagones. No fue difícil averiguar cual me pertenecía. Entré en el vagón oscuro. Había unos siete pasajeros más. El revisor me pidió el billete, como si alguien más, quizás algún fantasma, se hubiera subido conmigo. Para ser un tren nocturno no parecía muy cómodo. Los asientos no se echaban para atrás, el vagón estaba sucio y era muy antiguo, quizás algún remanente sacado de algún cementerio de trenes. La imagen era desalentadora, diría que dantesca. Apoyé como pude la cabeza entre la ventana y el asiento y me dormí a ratos, despertando cada media hora por la incomodidad y el frío del lugar.

El tren llegó a la estación de Chamartín. Ayer noche, antes de marcharme, vi que habían hecho un pedido que debía ser entregado en el Paseo de la Habana, muy cerca de la estación. El pedido lo habían hecho a eso de las once de la noche de un domingo y a eso de las nueve de la mañana del lunes ya había sido entregado. El libro en cuestión estaba siendo muy comprado por personas de extrema izquierda pero para mi sorpresa, fue entregado en una organización de extrema derecha. Supongo que por eso de conocer al enemigo. La persona que lo compró, un conocido defensor de valores ultracatólicos, alucinaría por la rapidez del servicio. Algo nunca visto. De qué manera explicarle que se lo había entregado el propio editor de la editorial que además había prologado el libro que había comprado. El Paseo de la Habana está cerca de Pio XII y de la calle Triana. Pasé por la puerta de la casa que antaño tanto frecuentaba. Miré la ventana de la que había sido mi habitación en muchas ocasiones. Sentía algún tipo de nostalgia, como si en estos años hubiera ganado muchas cosas que, a su vez, había perdido. Tanta gente que viene y que va. Me gustaría que nadie se fuera, que todos permanecieran de alguna manera. Pero la vida es pura impermanencia, solo quedan los valientes, los auténticos, los verdaderos.

Como no quería molestar a nadie con esta tos bronca que tengo desde hace casi un mes busqué el hotel barato que frecuento últimamente. En la periferia la gente es peculiar. Viven agotados, con caras cansadas, grises, desfiguradas, imbuidas entre pantallas y miradas perdidas. Me dio tiempo a asearme un poco, afeitarme y encaminarme hacia esos barrios de la alta alcurnia. En ambos me siento bien. No tengo apegos, ni sobre la riqueza ni sobre la pobreza. Puedo deslizarme de un lado para otro sin mayor complejidad. Ser rico o ser pobre es una cuestión de suerte. Sin embargo, la aristocracia y la nobleza interior es algo muy diferente. He conocido a auténticos mendigos con un halo aristócrata y a auténticos aristócratas que viven una vida miserable. La elegancia es algo que ennoblece el espíritu, pero no tiene porqué venir asociada a la riqueza o a la pobreza. Ser un príncipe nada tiene que ver hoy día con tener dinero o títulos. Especialmente para aquellos cuyos reinos no son de este mundo.

Antes de la reunión en la calle Serrano, en esa hermosa casa que me trae algún recuerdo lejano, comimos en la histórica Residencia de Estudiantes, lugar frecuentado por ilustres personajes que decoraron sus paredes a principios del siglo pasado alrededor del movimiento pedagógico que se creó en la Institución Libre de Enseñanza. No caí en la cuenta del lugar emblemático en el que nos encontrábamos hasta que nuestro anfitrión nos dio alguna pista. De repente me sentí acogido y abrazado por la historia, afortunado por estar allí, tantas y tantas veces, sin saber que estaba “allí”. Qué paradoja. A veces me pregunto todas las cosas que me estoy perdiendo por haber reducido mi vida a pervivir en una cabaña perdida en los bosques. A veces se me llena el alma de acción y desearía estar entre el ruido y las gentes haciendo “cosas”. Son ramalazos que me dan cuando vuelvo a estos lugares y recuerdo mi pasado de acción y acción en esas “cosas”. Ahora la vida me pide otras cosas. O eso creo yo. Aún ando revisando mi existencia y preguntándome, sin perder ni un ápice de fe, porqué me ha dado por esta vida tan radical.

Después de comer y antes de la reunión que teníamos a las cuatro nos dio tiempo de visitar una exposición sobre los barcos que llevaron hasta México a miles de exiliados españoles que huyeron de la Guerra Civil. Leer sus testimonios y ver sus caras era impresionante. Cuantas cosas se perdieron en esa guerra. Cuantas gentes se marcharon. Cuantas familias rotas. La vida y sus ciclos migratorios. La vida y sus complejas contradicciones. Hijo de emigrantes, apátrida como pocos, sentí cierta nostalgia por esos barcos de libertad. El no tener tierra ni raíces, terrestres y celestes, te hace vivir en una constante nostalgia cuyo horizonte siempre, inevitablemente, se halla en el infinito.

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Sol invictus


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Mientras terminaba de ingerir mi hamburguesa vegetariana, llegaron desde Italia los planos provisionales de la futura Escuela. Sentí mucha emoción que apenas pude administrar como se merecía. La emoción me embriagaba, pero también, con la misma proporcionalidad, la carga de la responsabilidad inevitable.

Cabalgando sobre la borrasca Elsa me fui volando hacia Madrid con los planos aún en mente. Después del bofetón en el tejado y la salvaguarda de algún ángel custodio que me salvó de la catástrofe, se sucedieron una serie de cosas a cual más surrealista. Estaba con los ánimos por los suelos y deseaba algún tipo de calor, pero sin saber cómo, terminé durmiendo en el coche, como en los viejos tiempos, intentando dar rienda suelta a esa sensación de libertad que esa experiencia transmite. El día siguiente fue de vértigo. Comí con el amigo Joaquín, merendé con la amiga María y cené con mi otra querida amiga María. Esa noche la pasé en la habitación de un hotel barato, agotado, pero intentando refrescar la memoria de porqué siempre ando metido en todo tipo de líos.

Al día siguiente hermosa reunión en la fundación que me nombra patrono de la misma. Me ruborizo interiormente ante estos reconocimientos, no sé si merecidos, pero al menos, hermosos por ver como los demás te reconocen de alguna forma y ese reconocimiento siempre es gratificante. Estuvimos toda la mañana y después de comer marché de nuevo cabalgando sobre la borrasca Elsa hacia Galicia. Quedo felizmente agradecido, muy agradecido y honrado por ver como una de las fundaciones más grandes de Madrid honra mi presencia.

Llegué tarde, muy tarde. La casa de acogida estaba toda inundada. El agua de la borrasca y los vientos habían hecho sus destrozos. Llegar a la cabaña fue una odisea de agua y ramas caídas por los fuertes vientos. Apenas tuve tiempo de mucho más. Dormí unas horas y a las seis y media de esta misma mañana estaba de nuevo en pie. Llevé a uno de los huéspedes hasta Orense, esta vez cabalgando sobre la borrasca Fabien, aún más virulenta y peligrosa que la anterior. El coche se movía para todos lados, pero yo seguía firme en mi propósito de dejar el huésped en Orense y seguir camino hasta Vigo, donde íbamos a celebrar con los hijos de la viuda el ritual del solsticio de invierno, del Sol Invictus.

Me detuve en mitad del camino por la virulencia del viento. Aproveché para echar gasolina y cambiarme el disfraz. Pasé de índigo informal a negro ritualístico. La corbata me apretaba, me notaba hinchado por todas partes. No estoy acostumbrado a comer tanto pero la ansiedad de estos viajes llenos de borrascas me hacía ingerir de todo.

Llegué puntual a la ceremonia. No puedo desvelar mucho más porque se suponen que son ceremonias discretas, solo para los hijos de la gran viuda, los hermanos del espíritu libre o los que profesan el lazo místico. Allí estaban todos los talleres de Galicia y allí estaba un servidor, humilde, silencioso, responsable con la luz del sol, observante.

Tras terminar me fui corriendo dirección a Vilagarcía de Arousa. Allí me esperaba la hermosa Natalia, un auténtico ángel encarnado en la tierra. Quedamos en la cafetería la Ola, desde la que veíamos el mar y toda la borrasca en su pleno apogeo. Los coches se movían de un lado para otro, el viento lanzaba todo tipo de objetos por los aires y las ramas volaban como si fueran cometas. Pero nosotros a lo nuestro, como si ese apocalipsis exterior no afectara para nada nuestra paz interior.

Hacía exactamente un año que no la veía y teníamos que ponernos al día de muchas cosas. Estaba radiante, cambiada, mejorada con el tiempo. Me alegré mucho por su proceso de sanación, por su nueva vida, por su forma de encarar los nuevos retos. Hay personas que despiertan en ti la fuerza suficiente para seguir adelante, que desentraña con su intuición espiritual toda la madeja de los fenómenos que acontecen. Siento alivio por verme rodeado de estos ángeles. Siento paz interior por ver que a pesar de la peculiar travesía del desierto de este año, hay seres que sostienen con fuerza los lazos que nos unen. Me sentí muy agradecido por su mágica presencia, y por ver cómo entre los dos se desvelaban los secretos de nuestra unión. El lazo místico nos une, inevitablemente, pero también la complicidad de reencontrarnos y reconocernos.

Agotado, acabo de llegar a la cabaña. Escribo deprisa antes de que se agote la batería del ordenador. Cuando los días son grises las baterías no se cargan con las escasas cinco placas que tenemos. Tendremos que aumentar pronto la potencia para seguir trabajando.

Antes de que la oscuridad se apodere totalmente de este pequeño y frío recinto, pongo al día de forma alborotado mil ideas. A partir de hoy los días serán más largos. El sol habrá vencido, una vez más, a la oscuridad. A partir de hoy, el cielo radiante, la bóveda celeste, creará en nosotros la oportunidad del vasto dominio de la experiencia. Aprovechémosla mientras sigamos vivos. Ahora iré a descansar. Mañana toca recuento de daños de sendas borrascas.

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Desde la comunidad de Findhorn

Desde la comunidad de Findhorn

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En 2005, en una absoluta prueba de desapego, vendimos nuestra hermosa casa de tres plantas con jardín en Barcelona, dejamos nuestra vida acomodada y nuestros trabajos y nos lanzamos a la aventura en un salto de fe basado en la persecución de nuestros sueños y anhelos. En lo particular, mi aventura trataba de una tesis doctoral que programaba terminar en tres o cuatro años para luego dedicarme a la docencia. Ayer recibí la buena noticia de que por fin, y tras casi quince años de duro trabajo, de aventuras y desventuras, a finales de noviembre defiendo ante el tribunal académico una tesis doctoral descomunal.

Al principio de toda esta aventura, gracias a la venta de la casa y a nuestros trabajos, teníamos ahorros suficientes para desplegar con calma nuestros sueños durante casi una década. Esa sensación de libertad y seguridad futura fue hermosa y excitante. En los primeros años asistía por las tardes a las clases de doctorado en Sevilla, mientras que por las mañanas me sacaba el título de profesor de instituto en la rama de historia bajo los auspicios del Curso de Adaptación Pedagógica que se hacía en Córdoba. Los fines de semana, como aún sobraba algo de tiempo, asistía en Madrid a un máster de pedagogía Waldorf. La primera escuela Waldorf se fundó en 1919 en Stuttgart, Alemania, hace ahora justamente cien años. En el segundo año dediqué gran parte del tiempo a dar docencia en prácticas en la universidad como profesor de antropología y en un instituto como profesor de historia. En los ratos libres, me dio tiempo de fundar con unos amigos la mítica Editorial Séneca, seguir viajando, que es mi otra pasión y volver a escribir de nuevo, después de unos años de silencio.

Dos años después, en 2007, hice un segundo salto de fe y decidí marcharme por uno o dos años al norte de Escocia, a la comunidad de Findhorn, desde donde ahora escribo. La idea era hacer mi trabajo de campo en esta comunidad y completar así mis estudios de doctorado en uno o dos años más. Así que por segunda vez me lancé a una nueva aventura. A los pocos meses de estar en Findhorn conocí a una simpática persona que me invitó a viajar a su país natal, Alemania, con la promesa de conocer otro tipo de comunidades y otra cultura. La aventura en Alemania duró dos apasionantes años que nunca podré olvidar, hasta que decidí volver a España.

Desde aquellos primeros años, nunca he dejado de venir a Findhorn y nunca he dejado de profundizar en la tesis doctoral, en las comunidades y en las utopías. Tuve la oportunidad de conocer a una de sus fundadoras, Dorothy, que inicialmente fundó la comunidad junto a Eileen y Peter Caddy. De ser generosos, tendríamos que agradecer la figura de Sheena Govan, que durante un tiempo fue maestra espiritual de los tres protagonistas y fundadores de la comunidad de Findhorn. También a las corrientes sufistas, teosóficas (Escuela Arcana), rosacruces y masónicas que influyeron en las bases de la construcción filosófica y espiritual del proyecto. A nivel visual, podría decir muchas cosas hermosas de Findhorn. Con el paso de los años se ha convertido en una importante ecoaldea que ha inspirado a cientos de proyectos. El trabajo de estos cincuenta años de historia ha merecido la pena y sigue siendo fuente de inspiración para miles de personas que acuden a este lugar.

A nivel interior, Findhorn nació con un propósito espiritual determinado. A pequeña escala, ese propósito, aunque persiste, se va difuminando en parte con el paso de los años. A veces siento cierta tristeza cuando veo cómo la genialidad humana es capaz de transformar los propósitos y los anhelos. Lo he visto en mi vida propia, resumida en los primeros párrafos anteriores. Ocurre también con los proyectos grupales. Cada vez entiendo mejor la necesidad humana de buscar seguridad material, reconocimiento y cierta necesidad de estatus e identificación, ya sea grupal, racial o nacional. Y como a veces esa necesidad arrasa con todo. Los anhelos puros a veces son arrastrados por inseguridades, por egoísmos, por ceguera, por fijaciones.

Findhorn, como muchos lugares, requiere una nueva reinterpretación. No me atrevería a decir que requiere de un nuevo revival. Quizás su papel ya terminó, quizás se trataba sólo de inspirar a otros hasta terminar convirtiéndose, por muerte natural, en una especie de cohousing para personas que desean vivir tranquilos. Pero entonces veo el ingente esfuerzo humano y espiritual aquí gastado y me pregunto de qué manera se puede poner en valor todo esto. Es una reflexión que me hago estando aquí, viendo lo que aquí ocurre desde hace más de una década de continuadas visitas y vivencias e imaginando cómo puede desarrollarse su futuro inmediato. Sea como sea, es un privilegio que este lugar siga existiendo y que otros vayan siendo inspirados por el mismo.

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Visitando el Brockwood Park School


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Ora, lege, relege et labora. Potentia magna, sapientia est. Sapientia, fides et anima!

Este año el Brockwood Park School cumple cincuenta años de historia. Fue fundado por Jiddu Krishnamurti en 1969 y desde entonces intenta ofrecer una educación integral a jóvenes de entre catorce y diecinueve años. La idea de venir aquí era para inspirarnos en un modelo que lleva medio siglo de experiencia y el cual podría aportarnos ideas para nuestra futura escuela de dones y talentos. En Brockwood dan mucha importancia a los valores que nosotros queremos mostrar y compartir. En la escuela residen unos 75 alumnos que comparten una dieta vegetariana como algo normalizado, estudian sobre cooperación, desarrollo personal, creatividad, integridad y afecto. Paseando por las aulas y por el maravilloso edificio que alberga al alumnado podíamos entender el precio de la excelencia: casi veinticinco mil euros por alumno y año.

Democratizar este tipo de excelencia y nueva cultura ética es una de las misiones de la Fundación Dharana y su futura Escuela de Dones y Talentos. Poder ofrecer la oportunidad de vivir una experiencia única e inolvidable que pueda marcar positivamente la trayectoria de las personas que pasen por esa escuela, y todo ello bajo la economía del don, es el reto al que nos queremos enfrentar en los próximos años. La idea que barajamos es poder ofrecer en invierno un año de estudio integral a aquellos alumnos que acaban de terminar los estudios de secundaria y desean indagar desde la consciencia cual puede ser su verdadero don y por lo tanto, cómo desarrollar su talento en el mejor de los caminos curriculares y también en el mejor de los caminos interiores. Lo mismo, y ya en verano, poder ofrecer ese espacio para personas que, llegada a una madurez, desean dar un giro positivo a sus vidas y necesitan un espacio de reaprendizaje y reconexión con su interior para poder guiar sus vidas hacia un sentido más amplio, hacia una visión más profunda de la vida, participando activamente del flujo que nace de nuestro ser real.

Inculcar e inspirar los valores de la nueva cultura ética requiere un trabajo intenso, un espacio único y adaptado al nuevo ciclo de las cosas que están por venir, unos facilitadores sensibles a los nuevos requerimientos que nacen de la urgente necesidad de empezar a actuar como seres reales, y no únicamente como meras marionetas de un destino antojadizo. La libertad del verdadero ser sólo puede expresarse si damos oportunidad, mediante el silencio y la reconexión con la naturaleza, a ese verdadero propósito. De ahí que la pedagogía de la futura escuela estará centrada en poder elevar la frecuencia de nuestras vidas (materiales, vitales, emocionales y mentales) para poder así conectar con las fuerzas de lo que verdaderamente somos.

Las bases de la escuela serán las mismas que las bases del proyecto: un lugar donde se posibilite la meditación, el estudio y el servicio. La meditación como punto focal, de fuerza, de inclinación hacia una vida más integral y conectada en la frecuencia de nuestro ser más profundo. El estudio como medio para lograr esa conexión en una práctica metodológica, aplicando herramientas necesarias para que la integración de todos nuestros vehículos se consiga de forma correcta y adecuada. Y el servicio como única y verdadera expresión de aquello que somos. Servir desde nuestros dones y talentos es la mayor muestra de reconexión entre el mundo y nuestro mundo, entre lo tangible y lo intangible, entre lo aparente y el misterio envolvente.

La labor pedagógica que realiza el Brockwood Park School es imprescindible en este mundo que habitamos. Hacer de personas buenas personas mejores, despiertas, sensibles a la naturaleza y cocreadores del bien es una de las más bellas misiones a las que alguien se puede dedicar. Ayudar a que esto se realice no tan sólo en esta hermosa extensión de la campiña inglesa sino además en todos aquellos rincones que podamos alcanzar es una misión que merece la pena. Nosotros inclinamos nuestras vidas a ese propósito, y deseamos poder culminar esa bella frecuencia a los pies del Camino de Santiago, allá en el Proyecto O Couso, dónde se está creando en estos momentos una Casa de Acogida para peregrinos del alma (servicio), una Escuela de Dones y Talentos (estudio) y una comunidad espiritual (meditación). El Ora et Labora et Sapientia de los antiguos manifestado en un nuevo tiempo y una nueva era que se abre poco a poco ante nosotros. Quiero dar las gracias a las personas que han facilitado el que estos días pueda disfrutar de las enseñanzas de este hermoso lugar y quiero honrar la memoria de aquellos que lograron su existencia, tanto a los visionarios que captaron la luz del momento como los constructores que lo hicieron posible. Gracias especialmente a Jiddu Krishnamurti por tener el coraje y la voluntad de inspirar lugares así.

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Desde el Krishnamurti Centre

Desde el Krishnamurti Centre

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Nuestra conciencia no es realmente suya o mía, es la conciencia de la humanidad evolucionada, desarrollada, acumulada a través de muchos, muchos siglos … cuando uno se da cuenta de esto, nuestra responsabilidad se vuelve extraordinariamente importante. Krishnamurti

Acabamos de llegar al Krishnamurti Centre, situado en el Brockwood Park, un lugar paradisíaco en el sur de Inglaterra dónde vamos a profundizar en la vida transpersonal e interior, en la consciencia de los nuevos tiempos y en todo aquello que pueda servir de inspiración para lo que ha de acontecer en nuestros propios proyectos vitales. Situado en la hermosa campiña de Hampshire, el lugar es precioso, limpio, hecho con ese refinado gusto inglés y plagado de detalles que lo hacen totalmente acogedor. Me ha tocado dormir en una de las habitaciones más bonitas y espaciosas, con un gran ventanal que asoma a la campiña y los bosques.

Hemos tardado casi dos horas desde el aeropuerto de Londres y hemos llegado justo para la cena, totalmente vegetariana y sabrosa, decorada con flores en un salón cálido y tranquilo. Me doy cuenta, cada vez más, de lo necesario de estos lugares, de la inmensa fortuna que tenemos aquellos que los hemos podido conocer y disfrutar. Me doy cuenta también de lo necesario, cada vez más, de que existan este tipo de espacios y que funcionen con la economía del don para que todo el mundo pueda disfrutar de islas de paz, amor y armonía sin ningún tipo restricción o barrera.

Los sueños se fortalecen ante la inspiración de estos centros. Observo cada detalle para luego intentar acomodar cada uno de ellos en la futura casa de acogida y en la futura escuela. El jarrón de flores en cada mesa, los productos ecológicos, la variedad de alimentos en la cena, todo vegetariano, la calidez de los lugares, la sensación de estar en un cálido hogar, el orden, el decoro, la exquisitez, la delicadeza de cada rincón, la sonrisa de los voluntarios, la amistad que me acompaña… Hay cientos de cosas que siempre se aprenden cuando tienes la mirada observante y deseas mejorar aquello que ya estás haciendo.

Es todo un regalo poder estar aquí diez años después de haber estado en el lugar donde Krishnamurti pasó sus últimos días, en Ojai, California. Seguir aprendiendo, especialmente a sabiendas que este fue también un lugar fundado por Krishnamurti y todo lo que lleva de carga, enseñanza y liberación, es algo que me emociona especialmente. Hay tanto que aprender siempre. El conocimiento es una herramienta útil que nos libera de la esclavitud de la ignorancia. Es una fortaleza imprescindible para que la inteligencia, acompañada de la correcta voluntad, de una fuerza comedida, produzca la belleza que este mundo necesita. En este lugar se perfila ese equilibrio. En este lugar se sembrará un trozo del milagro.

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Se prendió la llama resplandeciente

Se prendió la llama resplandeciente

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“Estamos todos en el mismo barco, en un mar tormentoso, y nos debemos los unos a los otros una lealtad enorme”. G. K. CHESTERTON

Ayer dormía en los arrayanes y hoy duermo en palacio. Justo en frente de la Biblioteca Nacional, ese lugar que frecuentaba todas las tardes con mi carné de investigador mientras redactaba en aquel tiempo la primera parte de la tesis. Al lado del exclusivo club donde enamoré a aquella hermosa embajadora mientras presentábamos un libro con el presidente de la comunidad de Cantabria y la gente nos paraba en el ascensor, para sorpresa de la enamorada aristócrata, saludándonos como quien saluda a un actor de cine. Admito que cuando conducía mi vida entre ese tipo de bambalinas ilusorias lo pasaba bien. El glamour es algo que nos gusta, que nos atrae por el halo de poder que nos otorga cuando desciframos sus secretos. El cuerpo se vuelve erguido, la frente parece más ancha, los pómulos se llenan de fuerza y el aura recuerda a la de los héroes que transitaban por encima de la vida y la muerte. Pero todo es ilusorio, ficticio, lugares comunes que nos alejan de nuestro camino. Ayer fui mendigo, hoy príncipe, y ninguno de los dos mentirosos estadios me domina. Ante las máscaras, disfruto del teatro de la vida como lo haría un alma capaz de disfrazarse de cualquier cosa.

Esta mañana ocurrió algo hermoso que tiene que ver con los círculos. Salí corriendo de los arrayanes y me fui a la zona más alta y rica de la gran ciudad. En un lugar impresionantemente hermoso que por alguna extraña razón me recuerda a Austria o Suiza, quizás a algún remoto lugar en mitad de los Alpes, me esperaban dos buenos hombres, sinceros, amables, hermosos, generosos. Cuando me di cuenta estábamos conspirando, configurando una nueva triada, un triángulo mágico, tan necesario para poder crear cualquier cosa que se acerque mínimamente a un punto de luz. De alguna forma se selló un pacto de colaboración mutua que nos anima a seguir persiguiendo el sueño utópico de una humanidad unida, silenciosa, contemplativa. La reunión duró algunas horas y detallamos algunos puntos a seguir. Me sentí afortunado por poder participar de esa conspiración que se proclama una y otra vez en todos los tiempos. Aún no puedo adelantar nada de lo que en esa reunión se trató, pero fue, a niveles interiores, una prueba más de que estamos haciendo algo bueno.

De repente pude cerrar los ojos internos, esos que ven más allá de las apariencias y entendí lo que estaba pasando. Somos los mismos aliados que siglo tras siglo se reúnen ante una mesa de castaño oscuro para plagar el mundo de fe y esperanza. Sentíamos cierta emoción contenida porque los ciclos se repiten, y entendemos que debemos seguir intentándolo una y otra vez. De repente, desde lo alto de aquellos papeles, de esas conversaciones, pude comprender el entramado, la red, las alianzas, los pactos que traíamos en nuestra carga anímica. Pude ver esa familia que se enfrenta a los tiempos, que discurren al llamado. Entendí también la frase: muchos serán llamados, pocos los elegidos. Sentimos la llamada, pero por miedo, por torpeza, por distracción, la abandonamos. Hasta que un día elegimos el camino y ya no hay vuelta atrás, porque la claridad llegó a nosotros y la luz prendió en nuestros adentros con la fuerza suficiente para disipar cualquier tiniebla. Por un momento sentí la fuerza de esa llamada poderosa.

Por eso en el mundo de las máscaras, ayer dormía en la mendicidad y hoy en un palacio. Porque la vida del alma es como un gran banquete donde todos disfrutan y comparten los dones de la vida, donde todos asimilan con alegría que la comunión es posible si somos capaces de sentir con fuerza nuestro compromiso y tenemos el coraje de llevarlo a cabo. Ya no hay duda. Cuando somos elegidos hacia el camino de la entrega, la palabra se convierte en verbo y el verbo en carne y la carne en espíritu viviente. La aurora viviente resplandece ante el llamado inequívoco del toque de clarín. Se prendió la llama resplandeciente y todo el camino aparece lúcido y bello. En el otoño se desprende lo innecesario y caen las hojas muertas. Pero también se siembra en la tierra húmeda y cálida la semilla que habrá de brotar en la próxima primavera. Lo milagroso está ocurriendo. Hoy ha sido un día milagroso.

Estoy en Madrid, en un lugar maravilloso con seres maravillosos y únicos. Mañana la aventura continúa hacia el sur de Inglaterra. Mañana lo milagroso se expandirá inevitablemente.

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Desde el tren balanceante

Desde el tren balanceante

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Esta mañana en la estación de Sarria

Tierna la música. El balanceo del tren. El otoño en los paisajes. La luz tenue, ligera, delgada. Tierna la presencia del silencio. El viaje interior al mismo tiempo que se viaja en los raíles de la vida. Los cantos angélicos se escuchan con mayor fuerza cuando la quietud y la alegría posan dentro. Buceo en los aledaños de lo intangible, me desprendo de las incomodidades de la personalidad, de sus miedos, de sus creencias, de sus sueños rotos e inacabados. En la distancia del pequeño vehículo, me siento a flote, con las manos extendidas al sol, imaginando un ondear, cayendo hacia los vientos que mecen y limpian la atmósfera.

El tren es lento. No hay prisa. No sabemos donde realmente vamos. La excusa siempre es un destino, una estación, pero entre medias pueden suceder mil cosas. Cuando te mueves, algo se mueve. Podemos ser conscientes de ello o podemos cegar la mirada hacia cuanto nos rodea. Pero si miramos, y si además de mirar somos capaces de ver, algo hermoso ocurre. Montañas, caminos, bosques, animalillos, nubes que susurran el eco de un tiempo hermoso. Universos enteros conviven cuando nos instalamos en la pura quietud. La excusa, un viaje. Próxima estación, Madrid.

El tren tiene un balanceo gracioso. Las nalgas intentan equilibrar de cualquier manera el pequeño rugir de los raíles. A mi izquierda una hermosa informática renueva una web. A mi derecha una firme empresaria calcula las nóminas mientras discute con los proveedores los pagos a noventa días. Me gusta mirar todos los rostros, interrogarme sobre sus vidas, bucear en sus almas. Detrás un joven polaco habla de su último trabajo y delante una jubilada come un bocadillo realizado unas horas antes en cualquier lugar. Las estaciones se abren paso una a una. Siempre desde el bullicio de la gente que viene y va, que viaja. El viaje es una atracción hermosa de aventura, de no saber qué puede pasar en el instante siguiente. La gente sube y baja en un hormiguero humano que no cesa. Somos maravillosos, a pesar de nuestras pequeñeces. Incluso los enemigos se ven, desde la distancia, como seres necesarios para nuestro camino, para nuestro crecimiento. Qué sería de nosotros sin sus enseñanzas tan profundas.

Hace unas horas estaba subido al tejado, terminando de colocar por fin el aislante del tejado. Desde allí recordé a mi compañero la promesa, a veces incumplida, del plan, del quehacer al que realmente venimos. ¿Por qué muchas veces lo olvidamos? ¿Por qué muchas veces nos dormimos debajo de la sombra de un almendro, en una caravana de distraído pasaje, en un lujoso coche que no lleva a ninguna parte? La vida nos distrae, forma parte del juego, para que al anhelo verdadero se confunda entre el ruido. A veces el ruido tiene forma de una mujer, de un trabajo, de una creencia, de un ideal nacido de la confusión. El grito del alma se acalla y se confunde entre el bullicio, entre las banderas de nuestra personalidad, entre las patrias de nuestra conquista humana. Pero el alma no es humana. Lo humano es limitante, es mediador, es una empresa inacabada. Por eso el alma grita cuando en su morada cósmica nadie escucha aquí abajo, o cuando las distracciones del día a día son más poderosas que nuestro propósito interior.

De ahí que, en la quietud, en el silencio, como alguien recordaba esta mañana en la meditación entre hermosas lágrimas, la vida nos cambia. Porque es en el silencio cuando podemos escuchar claramente a nuestra alma. ¿Cuánto silencio dedicamos a esa comunicación cósmica entre tanto ruido? Nunca tenemos tiempo de atender esa llamada. ¡Tenemos tantas cosas que hacer, tanto que programar, tanto futuro que ordenar, tanto pasado que añorar! Nunca paramos a escuchar lo que nuestra naturaleza real ha venido a decirnos. ¿Por qué no nos conocemos a nosotros mismos, nosotros los conocedores?

En el abundante desayuno que hemos compartido en una cafetería llena de abuelos, cerca de la estación, mi compañero portaba un hermoso libro sobre el Sermón de la Montaña. Realmente esas palabras no eran un sermón, eran un grito del alma. O mejor aún, era el canto amable de una gran alma. En el Sermón de la Montaña está condensada toda la verdadera realeza que debería erigirnos a las causas verdaderas. Lo demás es todo ruido. Ahora viajo, hacia fuera y hacia dentro. Estaré en silencio, siguiendo el dictamen de mi verdadero yo real. Próxima estación: la vida.

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Cuando el fruto maduro cae, su dulzura destila y permea las venas de la tierra

Cuando el fruto maduro cae, su dulzura destila y permea las venas de la tierra

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Esta mañana, paseando entre cultivos de estevia en el valle del Tiétar, con la impresionante sierra de Gredos al fondo.

Me encantó hacer el viaje con mi ex, en mi ex coche, hacia un lugar que determinó para siempre mi vida cuando decidí, ante una sugerente oferta de trabajo, buscar silencio en un retiro vipassana en el valle del Tiétar para reflexionar sobre la misma. En el retiro olvidé pronto la oferta y desde dentro solo podía sentir una cosa: Camino de Santiago. Y allí empezó todo. Practicando los caminos, los caminos me vuelven a traer al punto de inicio. Cosas del Camino.

Anoche llegamos y pude dormir en casa de la familia de Ana, mi querida Ana, que tanto amor incondicional le tengo desde que nos conocimos en las cimas y crestas de tiempos pletóricos. Y allí dormí y luego, en el plenilunio del nuevo día, me fui dos pueblos más allá, siguiendo la hermosa sierra de Gredos, desayunando con esa otra familia espiritual que más allá de los convencionalismos, se crea en los planos internos.

Más tarde paseábamos por la finca que pretende resurgir, que desciende por el valle para crear un nuevo punto de luz. Y mientras paseábamos por las alamedas y los cultivos ecológicos de estevia me preguntaba cómo se podía activar ese punto de luz que quiere nacer. Y me acordaba de las frías mañanas en la ermita, allá en el septentrión, cuando solo una vela acompañada de nuestra fe y esperanza creaba el “anclaje” en las cimas de la meditación. Sólo atrayendo luz se puede crear un punto de luz. Sólo mediante la fuerza del silencio, de la meditación constante, del coraje por seguir adelante, de la intención que acompaña a todo propósito interior, puede crearse algo diferente, algo luminoso. Sólo la luz constante que se crea en el silencio puede atraer más luz. Esa es la clave firme para seguir avanzando. Ese es el secreto para que la llama continue.

Alguien murió y tuvimos que regresar corriendo a Madrid. Entré en el hogar lleno de libros y me sentí como en casa. Libros de Atalanta, de Steiner, incluso libros de Nous y de este menda. Libros por todas partes que intentan guiar nuestra mente, nuestras emociones, nuestras vidas y nuestros cuerpos por la senda de la unión, en el intervalo que desea integrar el cuaternario con la triada.

En la corrección del nuevo libro se compartió un verso de Lawrence: “Cuando el fruto maduro cae, su dulzura destila y permea las venas de la tierra”. Cansado por tanto viaje, me quedé fijamente mirando las letras, el verso entero, mientras yo mismo sentía que caía hacia abajo, como si de alguna forma mi cuerpo se adentrara en la tierra. Seguíamos corrigiendo el libro en este hermoso despacho cargado de madera y libros, pero yo seguía fijando el corazón en los versos: “Cuando mueren las personas realizadas, el aceite esencial de su experiencia entra en las venas del espacio viviente y agrega un destello al átomo, al cuerpo inmortal del caos”.

De repente me sentí realizado y comprendí el caos, comprendí todo el desorden de este tiempo, y vi como el aceite esencial había penetrado en el espacio viviente cuando el tarro que lo sostenía se quebró. Entendí todo, es como si de repente la vida se hubiera ordenado en un sentido superior, más amplio, como si de alguna forma, al igual que hiciera Roberto Plá, también hubiera llegado a la otra orilla, y desde allí, las cosas se vieran de forma diferente.

Y seguía leyendo apresurado, como si algún tipo de revelación hubiera inundado todo el ser, toda la experiencia, toda mi insignificante y ridícula vida: “Porque el espacio está vivo y se mueve como un cisne cuyas plumas relucen sedosas con el aceite esencial de la experiencia destilada”.

Sonó entonces música de Max Richter y entré en ese éxtasis sedoso, seducido por la experiencia de la vida, por la unidad de las cosas, por no querer, ya nunca más, entrar en la disputa, en el rencor, en la envidia, en el celo, en la desdicha. Sonaba el piano mientras caía como fruto maduro al vacío de la existencia y solo podía sentir paz. Como si la luz del pequeño “yo” se hubiera difuminado y algo nuevo naciera desde adentro.

Allí, en las venas de la tierra, uno siente el fluir de la savia, de todo aquello que se desliza en los planos invisibles, en la verdadera ecuación de un mundo diferente, atractivo, imprescindible. Ese mundo que alimenta al resto sin darnos cuenta, trabajando a cada instante para que los sabores, la belleza, la inspiración, sigan existiendo. Ese mundo al que se accede en el silencio, junto a una vela.

Ahora soy testigo de un mundo diferente. Sigo siendo insignificante, ridículo ante la inmensidad, cargado de errores, pero testigo de algo que muestra la vida amplia y deseo, como siempre, seguir compartiendo. Ya no importa lo que digan, ya no importa lo que piensen, si están o no de acuerdo. Ya nada importa, porque el fruto ha caído y el aceite se desliza en las venas de la tierra.

Estoy en Madrid, dormiré en esta hermosa casa. Mañana viajo al sur, al mediodía. Queda dicho.

 

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Pasado el umbral

Pasado el umbral

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Pasado el umbral del sufrimiento, todo transcurre como en una especie de hipnosis donde el estado de vigilia se transforma en estado de impermanencia. Ocurrió lo mismo cuando el año pasado atravesé esa gran crisis que derivó en depresión. Llegó un momento en el que ya el dolor formaba parte del paisaje, y por lo tanto, había dejado de tener importancia. Ahora ocurre lo mismo. El dolor se integra, forma parte de uno, y solo necesitas mirar concentradamente a cada paso para no cometer un error, no caer por un precipicio, en un río, o en cualquier lugar que pueda ser motivo de final del recorrido.

Me doy cuenta, ahora que estoy intentando reflexionar por última vez sobre lo ocurrido el año pasado, que el sufrimiento es incontrolable. Está ahí y a veces te puede hacer cometer cosas estúpidas. Durante los tres primeros días, antes de atravesar el umbral del dolor, a cada instante pensaba en abandonar esta aventura. Había, siempre lo hay, una fuerza que me arrastraba a seguir adelante. A partir del tercer día los paisajes cambiaron, el dolor se integró, hasta que llegamos al quinto día y todo se difuminó. Ahora, casi como un autómata, camino las sendas, subimos montañas imposibles, luego las bajamos, hasta que nos perdemos y tenemos que volver al punto de partida y los ánimos menguan, o hasta que nos quedamos sin comida o sin agua y tenemos que buscar la forma de sobrevivir.

Las jornadas, a diferencia del Camino de Santiago, donde a medio día ya estás descansando en algún ahora añorado albergue, son interminables. Nos levantamos a eso de las seis o las siete. Comemos algo tras recoger la tienda y tras estirar la espalda tras una noche, normalmente, fría e incómoda. Y luego caminar y caminar hasta que se pone el sol, con los pies molidos, la espalda curvada y el mundo todo por delante. Los Pirineos es duro, más duro de lo que llegué a pensar. Acostumbrado en mis tiempos mozos a caminar por lugares imposibles, noto el peso de la edad, y noto, sobre todo, el no tener un cuerpo en forma, ágil, fuerte. Voy a tener que ponerme a trabajar a partir de ahora en él, para él.

Hemos pasado el umbral. Ya solo quedan cuatro jornadas y seguir reflexionando sobre la herejía, el dolor y los Caminos… Los buenos hombres y las buenas mujeres seguirán en la memoria de todos. Sirva este camino para honrarla.

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Agitador de consciencias

Agitador de consciencias

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Ayer en el Pedraforca

Cuarta jornada. Hemos conseguido llegar hasta Bellver de Cerdanya. Aquí comeremos algún bocadillo y esta tarde seguiremos la subida que nos llevará hasta la frontera con Francia, la cual atravesaremos, si todo va bien, mañana. Estamos cansados y empiezan a mostrarse las debilidades del cuerpo físico. Dormir a la intemperie refugiados en una pequeña tienda de campaña no es lo ideal de travesía. Los huesos se resienten por la noche en esos suelos duros tupidos a veces por una fina capa de hierba. Los pies destrozados, la espalda doblada, la cabeza girando para todas partes cuando pega el sol…

Nos hacemos mayores para estas cosas, pero hay algo más fuerte que nosotros que nos empuja a seguir. El sufrimiento encuentra siempre algún tipo de justificación o recompensa. La vida se aprecia más, la existencia cobra otro sentido. La naturaleza, siempre tan impresionante, te hace vivir con humildad y agradecimiento. Nos cuestionamos todo nuestro campo vital en las largas travesías silenciosas. Por dentro todo se agita. Me doy cuenta de que este año mi campo emocional murió y dio paso a otro más amplio y maduro, pero ahora, con cierto temor, noto que también debe morir mi campo mental, al menos el mono que no para de hablar, que no para de pensar, que no para de dividir.

Ahora sé, que todo eso terminará también. Especialmente cuando, justamente ahora, me llegan los análisis genéticos que pedí a un laboratorio norteamericano y me confirman mis sospechas. Tengo un importante riesgo de enfrentarme en unos años a la enfermedad de Alzheimer. No es algo que me de miedo, pues sentía interiormente que mi cabeza nunca fue al ritmo normal del resto, pero ahora esto confirma las sospechas y me lleva al límite de todo. No sé, dicho así a voz de pronto, cuantos años de vida útil me quedan por delante. Es cierto que aún no he terminado eso que venía a hacer, esa misión tan mía y tan propia de agitar las consciencias. Pero intentaré estar alerta para que esa agitación vaya tomando fuerza a medida que la vida se vaya apagando. Seguramente eso provocará que la gente me aguante cada vez menos, porque eso de agitar no gusta. Nadie quiere estar al lado de un agitador de consciencias. No importa. Es lo que toca, es lo que debo hacer. Y en este viaje, me agitaré fuertemente, para seguir adelante…

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En la ruta cátara

En la ruta cátara

 

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Acabamos de llegar a Bagà. Llevamos tres días de ruta. Estamos cansados. Por la noche, entre el frío y la lluvia, refugiados en una pequeña tienda de campaña, es difícil dormir. Por el día, subidas y bajadas infinitas. Lo único que nos anima es la introspección, el silencio y especialmente, los paisajes impresionantes de montañas infinitas. El mundo se reduce a los caminos, y los caminos siempre son infinitos. Los caminos del ser humano, los caminos de la naturaleza, los caminos inmortales del alma. A diferencia del Camino de Santiago, vagamos prácticamente solos en toda la jornada. A veces tropezamos con algún despistado que va buscando sendas perdidas. Pero haciendo la ruta, lo que es la ruta de los Cátaros, estamos solos. Es el precio de la herejía, de la de antes y la de ahora. Soledad.

De alguna forma me daba pereza hacer este viaje. Ahora a la pereza se le suma el cansancio. La soledad. La distancia hacia todas las cosas, hacia todos los rincones. Quizás mi cuerpo lo que necesitaba para estos días era una tumbona en alguna playa perdida, o ahora, con cierta añoranza, en algún jardín de alguna aldea perdida. Pero siempre esa manía mía de buscar en el sacrificio algún tipo de satisfacción. En este caso, la satisfacción de comprender la dureza de nuestros ancestros, especialmente de aquellos que huían de la tiranía o la incomprensión. Me niego a idealizar el pasado. Sólo siento pena por la extinción a fuego de aquellos “bons homes”, de aquellos que, siguiendo votos estrictos, dejaron de comer carne y dejaron de abrazar los bienes materiales. No quiero idealizarlos, pero fueron quemados por ser diferentes, y algunos pocos, huyeron por las montañas escarpadas en un tiempo donde no había rutas, ni señalizaciones, ni comida abundante como ahora, ni nada que se le parezca.

No sé como lo hacían, viendo mi cansancio, mi pereza, mis pocas ganas de seguir adelante si no fuera por esa especie de fuerza interior que a veces nos arrastra a realizar empresas complejas. Por algún motivo especial, en esta travesía, tengo muy presente el viaje a Israel de principios de año. Aquella aventura fue hermosa, profunda, inolvidable. Me refugio en ella, y me adelanto a los acontecimientos de intentar, quizás pronto, ese tipo de caminos. Ya sin sufrimiento, ya sin dolor en las piernas.

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Hacia el Camí dels Bons Homes

Hacia el Camí dels Bons Homes

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El intento de conseguir una cabalgadura ha fracasado. Casi veinte mil euros de pérdidas el año pasado no dan para muchas alegrías. Y a los sórdidos de las finanzas tampoco provoca gran perspectiva de seguridad dichas situaciones inestables. Realmente no me importa. Ya casi nada me importa, al menos nada que tenga que ver con el mundo de la posesión material. En ese sentido estoy demostrando cada día más que la herejía me atraviesa como a los antiguos que vivían en la dualidad de vencer lo material para alcanzar lo divino, entendiendo, en la conclusión final, que ambas cosas forman parte de un mismo todo. Luchar por lo que es de uno sí, apegarse a ello no. Al final todos morimos, y al final nada permanece, excepto el cambio. La vida es pura impermanencia.

Desnudo por la verdad no me siento triste, más bien distante ante los estímulos que el éxito o el fracaso pueda ocasionar en la psique. Acostumbrado a ganar y a perder batallas, esta es solo una más, otra que me aproxima siempre hacia la balanza de la bondad, del camino de la ausencia. Así que, sin cabalgadura, viajo ahora a lomos de un carruaje moderno y lleno de vasallos de la movilidad hacia tierras occitanas. El tren es lento pero placentero. Los paisajes, hasta hace poco verdes y frondosos, se han convertido en un secarral dorado, cubierto a veces por tímidos molinos de viento que ahora miro con cierta distancia y desazón, no como hace un año, que me parecían auténticos gigantes. Mi viaje es uno de los más largos, del extremo más occidental al más oriental, viendo como pasajeros suben y bajan constantemente mientras yo permanezco. Y de nuevo a Francia, para cerrar así una etapa ya no desde la rabia, sino desde el perdón, la reconciliación y el amor incondicional. Ahora que ya voló para siempre, amo esa mariposa libre, amo ese pequeño berberecho de los profundos océanos, y le deseo lo mejor de la vida. Hace un año, justamente un año, viajaba perdido por Francia, sin rumbo, sin tener dónde agarrarme, frágil, dolido. Ahora vuelo de nuevo fuerte y aferrado a la vida, indemne y capaz.

Si todo va bien, esta noche llegaré a Barcelona, mi tierra natal, dónde me nacieron, y mañana empezaremos la ruta cátara desde Berga, recorriendo a la inversa, desde el escarpado Santuario de Queralt hasta más allá del Castillo de Montségur toda la ruta de peregrinaje que siglos pasados hiciera la herejía de los “perfectos”. Siguiendo la senda del GR-107 por el Camí dels Bons Homes, enfilaremos los Pirineos hacia el norte por las comarcas de Berguedà, la Cerdanya, Alt Urgell y Arieja. Allí nos esperan las escabrosas montañas, el frío y la soledad hasta llegar al Mediodía francés, a tierras del Languedoc, en la histórica Occitania. Descansar en Montsegur y en el Prat dels Cremats será toda una reconciliación con el pasado hereje. Me han invitado a continuar hacia Marsella y de allí hacia Burdeos. Si las obligaciones profanas no me obligaran a retornar en breve, iría de sin duda en búsqueda de más aventuras.

A partir de mañana espera dificultad alta de montaña, con un desnivel acumulado de más de cinco mil metros, diez días de caminos y pernoctación en la intemperie o refugios de montaña si los encontramos. Me acompaña un amigo de la infancia, un hermano que ha sobrevivido a los lazos del afecto durante décadas. Hacía tiempo que no teníamos una aventura juntos y aprovechando que él se ha casado y yo soy soltero de hojalata, compartiremos aventura, noches estrelladas, dolores de todo tipo, sacrificio y satisfacción por conquistar cuantas cimas se nos presenten.

Siento cierta sensación de libertad interior, de que algo nuevo se abrirá tras las montañas, tras los caminos, tras el cierre y la renovación inevitable. Ya se está formando el consejo de siete sabios para respaldar a los tres ancianos bajo la custodia de los veintiún guardianes. Ya se están creando las bases de esa primavera que pronto resurgirá. Y este camino es solo un preludio personal para aquello que ha de venir aún. Herejes de todos los tiempos, hermanos del espíritu libre, sigamos caminando… practiquemos, en la medida de lo posible, los caminos…

Pd.- Si tengo cobertura, seguiré escribiendo y colgando algunas fotos en:

https://www.instagram.com/jxavierleongomez

 

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Cosas del Camino. Primera etapa: O Couso-Sarria

Cosas del Camino. Primera etapa: O Couso-Sarria

 

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Con el frío que hacía, me costaba enormemente desapegarme de las sábanas de franela. A las siete acaricié a la gata Meiga que reposaba en alguna parte de la cama mientras amanecía de forma lenta y pausada. Estuvo estos nueve meses viviendo en la cabaña y ahora que he regresado se pasa todo el día haciéndome compañía. En estos momentos de solitud, de lugar desierto, la agradezco sinceramente. La compañía siempre es gata-grata. A las ocho encendí la vela en la pequeña ermita. Excepto los espíritus guardianes y mi tímida presencia, no había nadie más. Es como si del lugar hubiera desaparecido la parte humana, y eso hiciera de ese momento único un abanico respirable. Los humanos, incluso cuando estamos en silencio, meditando, somos muy ruidosos. Así que cerré los ojos, miré dentro, en el océano profundo del interior, e intenté navegar hacia el insondable universo íntimo. Tras el alineamiento, llegó el intervalo superior de Dharana, dhyana y samadhi.

Fui a la casa-hospital de peregrinos y desayuné algo caliente. Me impactó ver como la nueva luz de la nueva cocina era capaz de iluminar de forma tan precisa cada detalle de las piedras de sus paredes, de la madera añeja, de los filtros esmeralda que se acompasan en los éteres de la estancia. Sentí que esa morada, que toda la casa en su conjunto, con un poco más de luz, podría transformarse en alguna especie de nave nodriza capaz de surcar cualquier cielo. Las casas son viajeras, saben sobre la profundidad del cosmos. Son alimentadas por el calor (fogar-hogar) y ese calor hace que las flamas astrales viajen de un lado para otro, propulsando cada misterioso momento hacia el infinito. Si fuéramos del todo conscientes, podríamos hacer de cada casa una nave espacial de propulsión electromagnética. Las casas, como nuestros cuerpos, se mueven siempre entre el intervalo cósmico que separa lo finito de lo infinito. Solo hay que estar atentos, solo hay que estar despiertos a ese metalenguaje de las cosas vivas. Y las casas, como nosotros, están vivas. Sienten, albergan, expresan.

Faltando un cuarto de hora para las nueve empecé a caminar dirección al santo sepulcro de Santiago, tierra santa, lugar protegido, lugar de peregrinaje. A pesar de mi resfriado aún no curado, ayer pensé que si dedicaba unos días a sudar en el camino quizás mi recuperación sería más rápida. Espero no haberme equivocado, máxime cuando al poco tiempo de salir a caminar, empezó a llover a pesar de que la previsión daba buen tiempo. No me importó mucho. La lluvia engrandecía el camino, lo dificultaba y aromatizaba con ese olor hermoso a tierra húmeda. Hay algo que se educa cuando se camina sin prisa, en la calma de cada paso, en el traslado inhóspito de cada instante. El cuerpo se aposenta en cada orilla del camino, dependiendo de si los obstáculos son líquidos, tales como charcos, ríos improvisados, o sólidos, administrados por piedras, chinas y otras reliquias maravillosas con mil formas que se encuentran en todo su cordial recorrido. Hay que estar atento para no tropezar, especialmente cuando el camino se convierte en un lodazal o en un río poderoso.

En algunos tramos he tenido que improvisar puentes levadizos, acueductos y estructuras complejas para poder atravesar de un lado a otro. Caminar ha sido toda una conquista contra los elementos. Los peregrinos más avispados, viendo la previsión, han optado por circundar por la carretera, pero yo, que soy un peregrino ortodoxo, no me he desviado ni un ápice del barro y la ciénaga. Al llegar al albergue municipal parecía un lodo andante. Me duché, me acomodé en mi litera, la número once, y me fui a comer tras descansar un rato. La limpieza y la rutina higiénica son importantes en el Camino, en cualquier camino. Hay que estar siempre limpios, porque la limpieza, como la belleza, son tesoros espirituales que hay que conquistar día a día. Este camino es mi regalo de cumpleaños, así que pienso disfrutar todo lo que pueda, cueste lo que cueste. Cosas del Camino.

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Andaremos y veremos

Andaremos y veremos

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Esta tarde caminando por las Highlands escocesas…

Así ha sido en los últimos meses. Pasos tímidos, pero necesarios. Destinos que se iban desvelando poco a poco, sin mayor plazo que el de la inmediatez. Todo tejido desde un misterioso vaivén de nodos y líneas de tiempo que se iban superponiendo unas sobre otras. Andaremos y veremos. Porque es en el movimiento rítmico dónde se desvelan los secretos. Es en esa quietud interior desde dónde nace la acción oportuna, el movimiento, la impermanencia que nos dirige inevitablemente hacia nuestro destino. Los peregrinos del alma solo se detienen al borde del camino para tomar aire y seguir adelante. Ahora lo puedo entender, de ahí mi afán para ir de allí para acá con la nueva buena.

Así lo estoy viviendo desde hace unos meses con cierta intensidad añadida. Hoy mismo era prueba de ello, casi un puro reflejo de toda mi vida errante, vagabunda. Me levantaba temprano en Petit Lancy, a las afueras de Ginebra. Hacía frío y caían suaves copos de nieve. Ordené como pude el apartamento. Dejé las llaves en el lugar acordado. Entré en el tranvía hasta la estación de tren, la famosa Cornavin. Allí cogí un tren hasta el aeropuerto, de allí un avión hasta Londres. Pasé unas horas, comí algo y un nuevo vuelo hacia Inverness, la capital de las Highlands, las tierras altas de Escocia. El aeropuerto en este lugar desolado es algo así como un lugar desaliñado en medio de prados y bosques. De no ser por el ruido de los aviones, nadie diría que estamos ante un lugar de tránsito.

Al pisar el suelo noté el frío polar de estos lugares tan cercanos al Ártico. El próximo autobús pasaba en una hora, así que preferí salir a caminar. Andaremos y veremos, pensé para mis adentros. Cuando llevaba algo más de una hora andando por una gélida carretera ya no podía más. El frío me había colapsado. Busqué en el navegador la parada de autobús más cercana. Por suerte estaba cerca y por suerte el autobús no tardó en aparecer. Tuve que coger dos antes de llegar a la iglesia de St. Leonard’s, en Forres, donde una hermosa y joven anfitriona vendría a recogerme. Por suerte ella habla español, lo que me impedirá practicar mi pobre inglés, pero a cambio me permitirá tener conversaciones más profundas sobre la comunidad de Findhorn, que es dónde ahora me encuentro y dónde espero estar al menos durante el próximo mes. Luego andaremos y veremos, porque estoy convencido de que en las próximas semanas se revelarán los próximos pasos, el próximo peregrinaje.

Así que aquí estoy, en una bonita casa, en una acogedora habitación en un lugar privilegiado para buscar inspiración y visión. En este bello lugar podré trabajar, podré centrarme en cuestiones cruciales, indagaré en aquellos aspectos que puedan ayudar a mejorar como persona y bucearé, inevitablemente, en los aspectos más profundos de la inteligencia humana. Intentaré seguir cierta rutina que no entorpezca mucho a la rutina de mi anfitriona. Seré sigiloso e invisible. Sí, andaremos y veremos. Con calma, con desasosiego, con paz interior. Hay mucha vida ahí fuera por descubrir. Hay mucha experiencia que abarcar también en nuestros adentros. El mundo se ensancha cuando lo respiras, cuando en los caminos gélidos deseas continuar para encontrar visión. Me siento un privilegiado. Me alegra saber que hay vida más allá de nosotros. Andaremos y veremos, ojalá, junto a otra alma errante, porque queda demostrado que así la vida se amplía hasta cuotas inimaginables.

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Ginebra, visiones desde el otro lado

Ginebra, visiones desde el otro lado

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Al fondo, tras el umbral, la mezquita de Al-Aqsa, la mezquita lejana, inaccesible para nosotros por segunda vez, la mezquita más lejana en nuestro viaje nocturno. Lo intentaremos en el Buraq.

Llegar a Ginebra ha sido como darme un baño de realidad tras trece días perdidos, nómadas, errantes. Decenas de correos por contestar, cientos de cuestiones que resolver y una necesaria vuelta a la disciplina del orden, el decoro y la racionalidad. Hace un frío que ya no recordaba tras vivir en una primavera mediterránea suave y hermosa durante semanas. Aquí mandan los Alpes y sus escarpadas cimas cargadas de nieve. Tanto tiempo junto al mar me hizo olvidar el frío y esa vocecita subterránea, esa melodía baja, medio capturada, medio evasiva que subyace en los contornos grises.

De todos los mensajes recibidos buscaba con cierta ansiedad uno significativo. Lo encontré tímido y deseado. Era escueto, corto, sin mayor emotividad. Más bien una descripción de lugar y tiempo sin ningún añadido. Intenté interpretarlo como lo hacen los poetas, indagando si su contenido oculto era un punto y seguido o un punto y final. Miré en el manual de instrucciones de las palomas mensajeras por si había algún capítulo al que dedicarle mayor atención en esto de la conquista alada. Pero el cansancio podía conmigo. Tras recoger las llaves del apartamento en la oficina, comprar algo de comida para pasar estos días y afeitarme, me tumbé abatido, feliz pero cansado, alegre pero añorante, deseoso de muchas cosas e instantes que ahora están aparentemente lejos, pero interiormente cercanos y vivos.

Hace tan solo unas horas estábamos sentados junto a la gran mezquita Al-Aqsa de Jerusalén, intentado por segunda vez e inútilmente acceder a ella, tomando un té caliente en sus calles laberínticas y multiculturales mientras aprovechábamos para limpiar el acceso sagrado a la misma de plásticos y basuras. Y un día después, andaba soñoliento, solitario, deambulando instintivamente por ordenadas calles, limpias y pulcras, cargadas de sofisticación y decoro. Del caos al orden, de lo nómada y errante a lo sedentario y rutinario. Del calor a la nieve.

Este lugar es como un puente que me llevará hasta Escocia. Un puente necesario, porque siempre uno tiene que tejer puentes entre una realidad y otra. Un lugar donde acomodar las nuevas energías, digerir la aventura antes de penetrar en el silencio y la reflexión profunda que me acompañará en las Tierras Altas. Un conector entre el pasado y el futuro, a sabiendas, según reflexionábamos estos días, de que ambos se tejen en un mismo instante separado únicamente por nuestro punto de anclaje y atención.

El trabajo todavía no ha sido consumado del todo. Lo que tiene que llegar inevitablemente es la nota de un probable logro. Todo lo que me queda por encontrar tiene que ver con ese profundo impulso interior y ese descontento nacido de aquello que algún día me alejó de mí mismo. Hay algo que gradualmente se vuelve tan fuerte que eleva al oculto y esforzado ser, fuera de su medio común, de su inestable condición humana. Todo este esfuerzo provoca el que podamos mirar a la vida como el aspirante más ferviente, aquel que no conoce descanso hasta que ha emergido fuera del agua y trepado constantemente hasta que se encuentra en las más altas cimas.

Añoro las risas y los abrazos, el cariño y esa sensación de sentirte seguro y alegre cuando alguien te acompaña en el camino. Es cierto que la vida se hace más cómoda y profunda cuando compenetras con alguien que te acompaña en los avatares de esta. Es como si la realidad pudiera ampliarse, porque ya no son tan sólo dos ojos los que ven, sino cuatro. Entonces todo se engrandece y ensancha a cada respiración compartida. Las experiencias parecen multiplicarse y la vida adquiere otro sentido diferente, amplio, dilatado por la visión compartida del otro. Uno puede vagar solo e irradiar aquello que pueda, pero descubro con este tipo de experiencias que cuando lo hace acompañado, con buena y cómplice compañía, la vida se vuelve intensa, sorprendente, excelsa. Esto es muy revelador, porque añade dosis de profundidad a todo cuanto nos ocurre.

Ver un atardecer al otro lado del mar junto a alguien que te aprieta con fuerza la mano mientras puedes escuchar el susurro de su respiración próxima y rítmica es una experiencia doblemente gratificante. No importa la implicación emocional que se tenga con esa persona. Ni siquiera importa el grado de compromiso adquirido, ya sea de colegueo, de amistad estrecha o de relación íntima de pareja consumada. Lo que importa es que al entrelazar las manos y mirar juntos el milagro de la vida, uno puede comprender con mayor asertividad los secretos ocultos de la realidad manifestada. Uno puede lidiar con mayor esperanza en todo aquello que se nos esconde, que se oculta tras los hechos observables. Uno, en definitiva, puede con mayor grado de implicación, responder ante la llamada misteriosa de la existencia, intentando descifrar qué desea de nosotros y cómo podemos atender a su llamada inevitable.
Nieva ahí fuera. Ginebra sigue igual de expectante. La vida continúa su curso inevitable.

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El milagro de la transfiguración

El milagro de la transfiguración

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Por fin volvió la sonrisa

Escribo, ya finalizada la aventura por Israel y Palestina, desde el aeropuerto, esperando coger un avión hasta Ginebra, donde estaré unos días trabajando en los libros azules. Mi querida compañera de viajes, la bella nómada que tuvo la certeza y valentía de soñar con esta aventura, vuela dirección Barcelona. Su intuición y su magia, su poder y dominio sobre los fractales invisibles, hizo que se obrara el milagro de la transfiguración. Lo hermoso de poder viajar con auténticos magos es que logran obrar en ti el milagro que tanto se anhela, el cambio que tanto necesitamos para impulsarnos hacia una nueva realidad. Te obligan, de alguna manera, a experimentar, en silencio desapegado, la alquimia transformadora. Por segunda vez en todo este proceso, con su calma y su radiante mirada, ha logrado elevarme a las cumbres más hermosas. Nunca encontraré palabras suficientes para agradecer todo lo que ha hecho en mí. Gracias de nuevo querida namada. Has entrado en mí de forma hermosa y has conseguido obrar lo milagroso.

Llevaba meses buscando que ocurriera ese milagro. Algo capaz de cambiar por fin la visión del mundo, algo con la suficiente fuerza, coraje y decisión para arrojarme a otra dimensión, a otro lugar, a otro estado de cosas. No sé exactamente en qué momento ocurrió. Ahora, con el paso de los días y ya con la añoranza como compañera, tengo vagos recuerdos que se acumulan uno tras otro, intentando ordenar tantas y tantas experiencias, tantos y tantos momentos intensos, únicos e irrepetibles.

Lo cierto es que tras nuestro viaje por el norte del país, llegamos a Nazaret y sentimos una gran decepción y un gran agobio. La ciudad que teníamos en nuestra mente infantil, en aquellos relatos que recordamos de nuestra infancia, nada tenía que ver con el paisaje que se dibujaba ante nosotros. Hubo un momento que tuvimos que retirarnos a un lugar apartado, cerca de un pequeño bosque, para poder respirar y tomar aire. Nos abrazamos con intensidad, algo confundidos por los acontecimientos y estuvimos allí un rato indeterminado. Hicimos, tras cambiar nuestra visión de las cosas, un nuevo intento para entrar en la ciudad y buscar alguna respuesta a ese momento extraño.

De repente, encontramos la fuente donde dice la tradición que María, la madre de Jesús, recibió la anunciación por parte del ángel Gabriel. Suerte o coincidencia, aparcamos el coche junto al conocido como “Pozo de María”. Fue allí donde empezaron las señales, lo milagroso que nos acompañaría durante el resto del viaje. De repente nos cruzamos con un pequeño grupo de franciscanos españoles capitaneados de forma simpática por Fernando. El monje nos invitó a que les siguiéramos hasta la impresionante basílica de la Anunciación. Fue toda una suerte encontrarnos con este agradable grupo de monjes que nos permitieron acompañarles por lugares que de otra forma nunca hubiéramos visto ni entendido. Pasamos toda la tarde con ellos hasta que el propio monje nos invitó a que visitáramos el Monte Tabor. Sin dudarlo, nos dejamos guiar por las indicaciones.

Llegamos de noche y tuvimos la gran suerte de dormir en la cumbre de la montaña, justo al lado de la Basílica de la Transfiguración. Fue allí donde cuenta la tradición que Jesús se iluminó irradiando luz y se transfiguró. De alguna forma, para nosotros también significó algo parecido. Interiormente hubo una transfiguración, un cambio, algo que nos embriagó por la belleza del lugar y por toda su simbología. Pudimos encontrar en una hermosa excursión lugares ocultos y secretos, sendas pedregosas entre los bosques que nos llevaron a imaginar preciosas escenas.

Tras una hermosa noche y una bonita mañana en Tabor, empezamos de nuevo a viajar hacia el sur, dirección Belén, en territorio palestino. Poder bajar hasta las entrañas del mítico portal de Belén fue también una experiencia extraña. Allí no había musgo como dice la tradición popular, ni tampoco la apariencia, totalmente humilde en una gruta oscura, se parece en nada al ideal que guardamos de ese espacio donde María dio a luz a Jesús. Tras una larga espera, permanecimos un rato en silencio junto al portal, esperando bucear en las reminiscencias pasadas. Silenciosos, tras un rato de adoración imaginada, emprendimos de nuevo el viaje.

A modo de despedida de Israel, decidimos pasar el día siguiente en la playa tras tres intentos vacuos de entrar al territorio de Gaza. Aislados por tierra, mar y aire, aprovechamos que era Sabat para intentar colarnos en la zona fronteriza. Tras traspasar algunas barreras y meternos por caminos impracticables y prohibidos conseguimos llegar a la zona militarizada. De alguna forma fuimos algo inconscientes, pero no sabíamos que los tres accesos posibles hasta Gaza habían sido cerrados y militarizados hasta que una patrulla nos interceptó. La escena fue dantesca e interiormente divertida, ya que pusimos la excusa de que queríamos visitar las playas de Gaza. Tras una bronca monumental, los despistados españolitos fueron escoltados hasta zona segura. Cuando salimos de allí no paramos de reír por lo surrealista de la situación, a la cual le dedicaré unas letras con sumo detalle en próximos escritos.

Por la tarde aparcamos el coche en un lugar remoto donde por la noche no había nadie. Nos pudimos bañar en pleno invierno y desnudos en una playa paradisíaca. Ese baño fue totalmente liberador, reparador y anunciador de algo nuevo, bello y profundo. Ese momento y lugar de profunda compenetración con la naturaleza salvaje fue el inicio de un nuevo nodo, de una nueva vida que ya irradiaba dentro.

 

Desde los Altos del Golán

Desde los Altos del Golán

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Ayer en los hermosos Altos del Golán

Pasamos toda la tarde rodeando el mar de Galilea hasta llegar a la montaña de las bienaventuranzas, el lugar donde Jesús el Cristo había predicado el Sermón de la Montaña. El lugar es hermoso, verde como toda la parte norte de Israel, rodeado de montañas y paisajes hermosos. El mar de Galilea es realmente un pequeño lago, algo más pequeño que el lago Lemand, en Suiza. Desde cualquier parte del mismo se puede divisar toda su superficie. Mientras paseábamos por sus orillas intentábamos recordar los pasajes bíblicos donde Jesús andaba buscando a sus futuros pescadores de hombres. Intentamos buscar en la solemnidad del lugar las reminiscencias de aquellos tiempos, mojando nuestras caras con sus aguas y buceando en sus profundos misterios. Siempre teniendo en mente lugares secos, se nos hacía extraño ver tanta vegetación y verdor.

Este verdor iba aumentando en belleza a medida que viajábamos hacia el norte, hasta los Altos del Golán, tras visitar el que fue el primer kibutz del país, el Degania. Israel es totalmente diferente en esta región fronteriza con Siria y Líbano. Llegamos hasta ambas fronteras tras pasar una tarde en la cuna de la Cábala, en Safed, una ciudad antigua que aún guarda destellos de otro tiempo. Llegamos hasta lo más alto del país, hasta Metula y el impresionante y nevado monte Hermon. Y de allí cruzamos junto a la frontera de Líbano todo el norte hasta llegar a Acre, uno de los últimos bastiones de los cruzados en Tierra Santa.

Nos quedan pocos días de viaje. Interiormente me siento fuerte y por fin la sonrisa ha vuelto dentro de mí. El viaje y la excelente compañía con la que he podido compartir esta aventura han reavivado en mí la fuerza necesaria para seguir adelante. Siento ganas renovadas de seguir caminando en la senda de la vida, de seguir buceando en sus misterios y de seguir amando todo aquello por lo que he luchado estos años. Ya no hay tristeza, ni rabia, ni melancolía. Ahora solo quedan momentos para la fe y la esperanza renovada. Solo deseos de poder seguir colaborando humildemente en la necesaria construcción de un mundo nuevo y mejor. El cambio constante de escenarios ha provocado que mi mente, por fin, volviera a su centro, que mis pensamientos se alinearan con el aquí y el ahora, que la vida vuelva a tener un sentido renovado.

Ahora solo toca disfrutar, vivir lo mejor que se pueda, en paz con todos y con todo. Toca mirar hacia adelante con fortaleza, con mimo, con gracia, con alegría y sobre todo, tal y como ha ocurrido en este hermoso e inolvidable viaje, con buen humor. Todos los retos que debo afrontar en los próximos meses estoy convencido de que surtirán efecto, de que encontrarán una vía justa y necesaria para poder reordenar todo lo que hasta ahora se ha hecho con amor y constancia. Estoy agradecido a este bello país y especialmente a la bella compañía por su generosidad y por su magia, por haber hecho posible este cambio. Gracias querida namada por lo que has hecho en mí. Gracias por tu buen humor, por tu infinita generosidad, por haber sido capaz de viajar de forma austera por todo este entramado de realidades. Gracias por haber recepcionado a esta nueva persona que está naciendo.

Predicando en el desierto

Predicando en el desierto

 

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Ya casi no recuerdo nada de todo lo vivido, por un cúmulo exagerado de experiencias que me están ayudando a centrar la atención en todo lo que ocurre en el aquí y ahora sin prestar mayor apoyo al pasado ni al futuro. Viajar por el desierto desde el mar Rojo hasta el mar de Galilea, previa parada nocturna frente al mar Muerto está siendo toda una hermosa experiencia. Tuvimos la suerte de pasar una tranquila tarde en Eliat y dormir justo frente al mar. Esa noche no hizo frío y pudimos dormir tranquilos, sin ningún tipo de sobresaltos a la orilla del mar. Cuando nos levantamos emprendimos el viaje hacia el norte, dirección Galilea.

Antes de llegar al hermoso lugar de Neguev, nos desviamos en un lugar perdido para hacer una pequeña parada en el desierto. Empezamos a caminar en silencio, mirando hacia el horizonte que se abría infinito, misterioso. Cuando miras a paisajes que no están en tu psique, es como si algún tipo de ventana interior se abriera al mismo tiempo. Nos sentamos al borde de una colina protegida por rocas que parecían haber nacido al principio de la creación. Una brisa rozaba nuestros cuerpos y nos recordaba la infinitud de la que estamos hechos. No hay mayor inspiración que la visión del desierto para combatir, en ese silencio, con todos nuestros demonios.

Tras el paseo, seguimos la ruta hasta el mar Muerto. Allí intentamos acceder hasta la inexpugnable Massada, pero nos fue imposible. Nos quedamos en las faldas de las montañas. Luego penetramos en el hermoso kibutz de Kalya, situado en mitad de la nada. Paseamos por ese pequeño paraíso creado en el desierto donde sus gentes, protegidas por alambradas y alta seguridad, parecía vivir una vida feliz. Nos marchamos y acampamos el coche justo debajo de Qumrán, frente al mar Muerto, y justo donde encontraron los famosos manuscritos.

En esa noche inolvidable nos pasó de todo. La luna llena iluminaba todo el paisaje entre las impresionantes montañas del desierto. El mar muerto al fondo, Qumrán a nuestra espalda, el mundo y la vida interaccionando ante nuestro asombro y sorpresa. El pasado diluido entre vagos recuerdos, recordando esos rollos de papiro que aparecieron como aromas de una primavera que nunca llegó. El periodo de sanación haciendo efecto y el mundo por delante, esperando señales o esferas que puedan ser interpretadas para seguir el camino. Temprano llegamos hasta el Mar de Galilea, y aquí permaneceremos, buscando pescadores de hombres, a cual galileo buscando un ejército para expandir bajo el manto de la sencillez un mundo amoroso.

Palestina, Luna hiena, Mar Rojo…


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El Mar Rojo al fondo 

 

 

Salimos tarde de Jerusalén. De alguna forma, nos habíamos familiarizado en tan solo dos días con su energía, con su gente, con su mezcolanza, con su multiculturalidad e interreligiosidad. Cogimos el coche, amplio para poder dormir en él, y empezamos a bajar hacia el sur, hacia los relatos que tanto habíamos leído del Antiguo Testamento.

La primera parte del viaje lo hicimos por territorio palestino. Fue un impacto total. Acostumbrados al orden y la limpieza de Israel, el caos reinaba en Palestina. Pero era un caos hermoso, lleno de vida, de niños en las calles, de alegría, a pesar de las continuas advertencias que veíamos por todas las carreteras de que, por favor, nos abstuviéramos de viajar por allí por ser un lugar peligroso.

Nos sorprendió las casas que veíamos en la zona Palestina. No vimos pobreza en la forma de construir, más bien todo lo contrario. No vimos chabolas o esa idea que a veces tenemos de países en conflicto. Si bien las carreteras estaban descuidadas y algunos barrios eran caóticos, había un gran número de viviendas unifamiliares impecables, recién construidas, como si de repente todo palestino tuviera derecho a una vivienda digna. Los almacenes de chatarra, mecánicos en cada esquina y tiendas de fruta colorida contrastaban con esas casas elegantes entre olivos. Nos sorprendió con mucha pena el gran muro que divide Israel de Palestina. Es algo incomprensible en los tiempos que corren y pensamos que quizás en unos años, todos esos muros que ahora separan al ser humano por fin caerían.

Nos paramos en algún borde y comimos generosamente una lata de alubias con tomate que nos supieron a gloria. Tras abandonar tierra palestina y tras unos hermosos paisajes montañosos cargados de bosques, enseguida nos adentramos en el desierto de Israel, dirección sur. Allí nos esperaba el gran Cañón de Ramón, una impresionante meseta excavada en la profundidad del desierto. Buscamos durante un tiempo el lugar ideal para dormir. Nos adentramos hasta muy cerca de la frontera con Egipto, pero en esa zona, estaba prohibido, por la supuesta peligrosidad fronteriza, pode aparcar a los bordes del camino. Una inmensa luna llena iluminaba el pedregoso paisaje hasta que conseguimos llegar a un pequeño pinar en mitad de la nada donde nos sentimos seguros. Nada más llegar, y esta visión fue espectacular, nos encontramos con una gran hiena. Nunca pensamos que ese animal pudiera ser tan grande, y su mirada amenazante y su forma de rodear nuestro coche nos hizo agudizar las precauciones. De ahí surgió la broma de luna-hiena que duró toda la noche. En el desierto hace mucho frío, así que fue una noche muy movida por la incomodidad de dormir en un coche y por no estar del todo preparados para esas temperaturas. Pudimos ver liebres, hienas, zorros y una especie de cabra salvaje a la que pudimos dar de comer de la mano en las aristas del cañón.

Al día siguiente nos levantamos al alba, muy temprano. Tras unas compras y algún café caliente para entrar en calor, nos sentamos al borde del gran cañón, en silencio, dando gracias por poder apreciar tanta maravilla que la austeridad de la roca podía ofrecer. Tras un rato de contemplativa meditación por la anestesia de lo bello y natural, continuamos junto a la frontera egipcia viajando hacia la ciudad más lejana, Eilat. El camino por el desierto que tanto nos recordaba a los relatos bíblicos fue tranquilo. Nuestra idea era poder mojar nuestros pies en el Mar Rojo, no con la esperanza de que se abrieran las aguas, pero sí quizás con la esperanza de que algo interiormente pudiera abrirse. Había en mi interior una necesidad imperiosa de que pudiera abrirse una nueva puerta. Habíamos traspasado ya tantas, que en este viaje de ascesis, deseaba continuar atravesando las puertas estrechas del camino. De ahí pensamos dar un salto hasta Petra, pero a pesar de la cercanía, no nos llegaba nuestra humilde economía. Unos días largos e intensos, lleno de anécdotas, risas y buen humor que nos ha llevado hasta el mítico mar Rojo y sus impresionantes montañas rojas que lo rodean en ambos lados de esta extraña orilla. Jordania a nuestra derecha, Egipto a nuestra izquierda y nosotros aquí, inmóviles en el centro, buceando en los misterios de Israel y Palestina.

De la verdadera y perfecta alegría

De la verdadera y perfecta alegría

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En la entrada al templo del Santo Sepulcro, tocando con calma sus piedras e intentando recordar toda su historia.

 

Más conocido como Perfecta Letitia, se explica el episodio en el que Francisco, el bueno de Asís, no fue reconocido a las puertas de un convento fundado por él mismo y al que, al intentar, en una noche gélida, buscar cobijo, sus propios frailes lo rechazaron. Él explicaba que allí, en ese episodio doliente, encontró la verdadera y perfecta alegría. Hoy, por dos veces, sufrimos en diferentes templos algo parecido. No nos dejaron entrar, sin embargo, sentimos por dentro el significado profundo de lo que Francisco quería mostrarnos cuando hablaba desde su humildad característica de la Perfecta Letitia.

Paseando una y otra vez por este laberinto de calles que es Jerusalén, nos damos cuenta de que todo este lío, todo este mundo se creó en torno a un mensaje muy sencillo: amaros los unos a los otros. No hay discusión ante el hecho de que ese mensaje fue olvidado y, como ya pasó hace dos mil años junto al Templo de Herodes, látigo en mano, habría que sacudir de nuevo las consciencias para preguntarnos qué hemos olvidado por el camino. Realmente no ha cambiado nada. El mundo de los mercaderes, que simbólicamente es el mundo del miedo, invade cualquier espacio, y el espíritu que dio luz a todo esto luce por su ausencia, excepto en aquellos que, al igual que de forma humilde hizo el bueno de Francisco, entienden el profundo significado de la alegría.

Culturalmente hablando Jerusalén es un lugar que hay que visitar. El poder dormir dentro de las murallas, justo al lado de la vía Dolorosa, es realmente un privilegio por la historia que rodea a los muros de todas estas casas de piedra caliza. Llega un momento, aún cuando llevas poco tiempo por estas calles infinitas, que sientes una sensación de familiaridad con todo. La gente siempre es amable, no importa si son judíos, musulmanes o cristianos, y el ajetreado vaivén entre turistas, curiosos, creyentes y nativos tiene su propia gracia.

Espiritualmente hablando la sensación es extraña. Anochece muy pronto y en unas horas no hay nadie en las calles. Es cuando preferimos salir a pasear, y así poder ver todo con mayor detalle. Cuando llegamos por segunda vez al Santo Sepulcro, nos quedamos de nuevo hasta el último minuto. Pudimos ver el ritual del cierre de las puertas y permanecimos un rato indefinido en la placita que hay justo a la entrada del templo. Cuando ya casi todo el mundo se había marchado y el sigilo adornó el lugar, pudimos orar, rezar el padre nuestro, permanecer en silencio. Ella se acercó y empezó a susurrar la melodía tal y como lo hacen en arameo. Fue un momento emotivo, de hermosa comunión con todo este instante de sanación. Quizás esa melodía fue lo más espiritual del viaje, más allá de la fenomenología de los lugares santos visitados. Cerrar los ojos justo ante la puerta del Santo Sepulcro, en el antiguo Gólgota, volar dos mil años atrás y escuchar esa melodía fue reconocer el misterio de la perfecta alegría.

De noche dimos un largo paseo hasta el Monte de los Olivos, algo apartado de la ciudad vieja y nada que ver con la visión bucólica que solemos tener de ese lugar. Encontramos justo en la cima un antiguo olivo que abrazamos por unos momentos. Al bajar por el inmenso e impresionante cementerio judío, recordaba de nuevo la simplicidad de la vida y la importancia del mensaje universal que hace dos mil años nos transmitieron de forma clara y concisa: amaros los unos a los otros.

Bajamos inocentes y llegamos hasta la ciudad vieja. De nuevo un paseo por sus calles mientras soñábamos con las próximas aventuras. Mañana toca ir hasta el desierto, hasta el mar Rojo, hasta la frontera con Egipto y Jordania, donde todo empezó. Mañana un nuevo día, una vuelta de tuerca en esta hermosa fuga. Una fuga que ya me está permitiendo, tras meses de profunda tristeza, hablar abiertamente de pequeña alegría. Así que ya por esto, por ese instante de hermoso susurro, el viaje ha merecido la pena. Gracias de corazón a los obradores de tal milagro, y gracias de corazón a su mensajera más fiel.

Desde Jerusalén

Desde Jerusalén

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El Santo Sepulcro, en Jerusalén, esta tarde

Cuando estás en otro fractal, en otra realidad, es como si el tiempo pasara de forma diferente. Es como si de repente entraras en otra dimensión y todo lo demás que hasta ahora te atosigaba o te molestaba o te distraía volviera a otro estado de cosas. Cuando viajas a mundos tan diferentes, la distracción y la impresión de todo lo que ves, de todos esos escenarios, juegan un papel importante. Como se trataba de huir de una realidad excesivamente tóxica y de intentar, a base de otros escenarios, poder reconfigurar el mundo interior, los primeros días ya están ejerciendo un poderoso efecto sobre esa intención. Los problemas se vuelven menores y se disuelven a medida que va pasando el tiempo y el pasado se va marchitando para dar vida al presente y al esperanzador futuro. Viajar es un buen antídoto para volver a empezar de nuevo.

Ayer llegamos, previas anécdotas en Estambul, al hermoso aeropuerto de Tel Aviv. El recibimiento no pudo ser más hermoso ya que desde el avión que aterrizaba podíamos ver como caían rayos y truenos en los paisajes de Israel. Llegamos tarde a todas partes. Tuvimos que buscarnos la vida entre trenes y autobuses nocturnos, entre paseos a media noche por calles desconocidas y sacadas de otra realidad. Deambulamos de un lado para otro hasta que conseguimos llegar al lugar que nos acogería la primera noche. De nuevo el insomnio se apoderó de mí, esta vez de forma alarmante, porque a pesar de todos los acontecimientos del día y a pesar de los cambios de escenario y el cansancio, tardé muchas horas en poder dormir.

Hoy fue un día de paseos entre la hermosa ciudad vieja de Jaffa y la ciudad vieja de Jerusalén. Lo que más nos sorprendió de este país es la mezcla de culturas y religiones, y la aparente normalidad con la que se entienden judíos, árabes y cristianos. Todo muy lejos de esa imagen de violencia y estado de guerra en la que siempre parecen vivir. Al menos, en ningún momento, a pesar de toda la policía y el ejército que hay por todas partes, tuvimos sensación de agobio o miedo. Ni siquiera cuando hemos deambulado a altas horas por barrios desolados y perdidos.

Jerusalén es una ciudad única y sorprendente. Pudimos pasear por los cuatro barrios que dividen la ciudad: el armenio, el cristiano, el judío y el musulmán. En el barrio cristiano, que es donde pasaremos las próximas dos noches, pudimos visitar entre los zocos y la multitud de gente que a pesar del frío y ser temporada baja hay por todas partes, el impresionante Santo Sepulcro, en el monte del Gólgota. El lugar donde dice la tradición que fue crucificado, enterrado y resucitado el Cristo Jesús. También pudimos orar en el muro de las lamentaciones judío, y ver, en una cámara donde se reúnen para rezar todos juntos, como la religión se convierte en la vida de muchos.

Israel es un país que tiene como reto derrumbar los muros que los separan y convivir entre las diferencias, sin importar si unos le rezan a un muro, a una imagen o una palabra. Esta analogía me recordaba todos los muros que aún los seres humanos debemos derrumbar poco a poco. Ahora me doy cuenta de la importancia que supuso para Europa y los europeos el derrumbe del muro de Berlín, y lo que supondrá, para las próximas generaciones, el derrumbe de los muros que separan a Oriente Medio. Todo esto lo veo con optimismo ahora que escribo desde la pequeña ciudad vieja de Jerusalén, donde tantas y tantas diferencias se juntan para rezar al que en definitiva, es un único Dios.

Nunca más, con prisa…

Nunca más, con prisa…

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© Marandmar Photography

Mañana empieza la aventura. No sé si podré volver a escribir de nuevo hasta mi regreso a Ginebra o Escocia. Los tres primeros días están organizados en Jerusalén. Luego alquilamos un coche que nos llevará por todo el país de norte a sur y de este a oeste de forma bastante improvisada. Es más barato dormir en un coche de alquiler que hacerlo en hoteles. Al final no viajaré solo, lo cual es un alivio y una suerte. Una joven y hermosa dama me acompaña y ambos tendremos que hacer el gran esfuerzo de soportar la presión del viaje y las condiciones interiores tan revueltas que se avecinan. Viajar con amigos es hermoso, y también una forma extrema de conocer al otro. Como no hay expectativas de nada ni ningún tipo de presión, eso nos dará libertad para ser como somos sin fingir lo que no somos.

Así que se presentan trece días difíciles en Israel y Palestina, complejos y en teoría, de disfrute, de cambio de escenarios, de intentar, en un lugar de mucha fuerza, volver a ordenar las dos líneas de tiempo que se separaron y se atascaron hace seis meses. Ese será el trabajo mágico, o el trabajo interior que debo hacer en este primer viaje. Reordenar los dos tiempos y poner cada cosa en su lugar, en su correcto fractal cuántico. El segunda viaje en Ginebra, junto al poder del impresionante lago Leman y los Alpes, será para visionar el nuevo tiempo con la práctica del raja yoga y el poder grupal. El tercero, en Escocia, para trabajar esa visión y consolidarla en la hermosa y calmada bahía de Findhorn. No son casuales, ni lugares elegidos al azar, sino que cada uno, con su propia impregnación y energía, ayudarán a acelerar los tres procesos en los que estoy envuelto. Esa es la perspectiva y la idea, luego la realidad enviará sus propias enseñanzas y sus propios regalos y aconteceres.

El desierto jugará un papel importante en todo esto y espero poder disfrutar del mismo desde la serenidad y la paz interior que ahora no tengo. También las Tierras Altas de Escocia, la hermosa bahía de Findhorn y el mar del Norte servirán de apoyo. Será un tiempo de reconciliación, de perdón y de esperanza. Será un tiempo de fe y vuelta al centro que nunca debí abandonar. Será un tiempo de trabajo interior que me llevará inevitablemente a la victoria contra las sombras. También una etapa para abrirme por fin a lo milagroso de la existencia. Tan encerrado en mí mismo todos estos meses, aún no he tenido tiempo de mirar la vida, de enfrentarme a ella, de observar todo lo que ocurre a mi alrededor de forma generosa y expansiva. Será tiempo de arrodillarme cuando la arena roce la mirada, hincar las rodillas al suelo y reverenciar la grandeza de la creación con sumo agradecimiento. Dar gracias a la vida nunca es suficiente. Pero tras seis meses ignorándola, es hora de abrazar sus secretos, sus misterios y su grandeza.

Soy consciente de que solo cambio de escenario. Pero también soy consciente de que una fuerza interior ha nacido para poder hacerlo y enfrentarlo. Hasta hace poco tiempo estos pasos eran impensables. Ahora una voluntad interior me lleva a ello, siguiendo los pasos de la intuición que poco a poco van desvelando el camino.

Agradezco infinitamente a mi acompañante la valentía de querer emprender este viaje significativo juntos y agradezco su infinita generosidad por todo lo que ha hecho para que fuera posible. También agradezco la oportunidad de no tener coche y permitirme disfrutar más de los lugares. El hecho de haber estado casi un mes en Barcelona me ha permitido reconciliarme con muchas cosas que quedaron aquí abiertas. Así que me marcho en paz y tranquilo, a sabiendas de que se quedan cosas ordenadas a muchos niveles. Tanto tiempo cantando la canción de que “nunca más con prisas”, y es ahora cuando empiezo a experimentarlo dentro de mí. Que la fuerza y la suerte nos acompañen en esta nueva travesía…

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Encuentros angélicos

Encuentros angélicos

Esta tarde cerca de Olot…

No sé como llegué a ella, pero su música a base de mantras me ayudó. Durante días escuchaba sus sonidos y era como si la conociera de toda la vida. Sanaba mis heridas con su delicada vibración, con esa luz que viene de arriba y que llega a nosotros mediante melodías que nos transforman y nos elevan. Nunca pensé que unas semanas más tarde estaría abrazando a esa hermosa mujer en algún rincón de Barcelona. Tras su concierto, al día siguiente nos pasamos la mañana danzando y cantando. Fue sanador y un regalo. Mientras miraba sus ojos oceánicos con delicada atención, sentía cierta reminiscencia. Quizás nos cruzamos alguna vez en Mount Abu, en la India. Ella estuvo allí en varias ocasiones y yo también. O quizás fue solo un recuerdo futuro. Sea como sea, me encantó su alegría, su buen humor, su forma de bromear con la realidad. Me di cuenta de que era un ángel disimuladamente convertido en persona. Y me alegró cruzarme con su alada vida. Sin más.

En otro escenario estaba paseando por el mar, en la costa Brava. La excusa era vernos y dar un paseo, pero surgieron muchas más cosas. De nuevo el mundo angélico. De nuevo saberme afortunado por rodearme de personas que comprenden el verdadero significado de la vida, que no lo cuestionan, sino que aplican sus leyes. Unos con la música, otros con la sanación. Mirando el cielo como preñaba al mar, me daba cuenta de que los ángeles encarnados viven a medias entre dos mundos. Ella posaba todo su amor sobre mi alma calimera y yo revivía, volvía de entre los muertos para sobrevolar las circunstancias. Sentía renacer, sentía como podía volver a mí mismo por la mágica acción de la amistad, del amor, del compartir. El roce de ese amor es inmortal. No requiere nada. No espera nada. Solo se da, sin más y todo lo demás ocurre.

Tras el mar vino la montaña. Entre cientos de volcanes se alzaba un pequeño punto de luz que pretende servir de referencia e inspiración. Me alegra saber de estos lugares. Me alegra compartir,a pesar de mi timidez, momentos con desconocidos que de repente se convierten casi en familia. Una chimenea, una guitarra, algo de comida y buena compañía para sentir que estamos vivos. La maga me llevó hasta allí y desplegó toda su belleza para compartir ese espacio. Disfruté durante horas descubriendo parte de su vida, de sus recuerdos. Los elementos me querían atrapar para que no me marchara. El fuego, el agua, la tierra y el aire conspiraron para alargar la jornada. Pero los vientos soplan fuertes y tenía que regresar ante el nuevo reto que representa que el caballero se vuelva a quedar, por motivos del nuevo guion, sin caballo. Qué le vamos a hacer.

Es evidente que debo descansar, dejar de viajar de un lado para otro y regocijarme en el recuerdo,durante un tiempo, de esos abrazos angélicos. Toca reposar, ahorrar energías,mirar los balances con detalle para que todo cuadre, deshacerme una a una de todas las deudas pasadas hasta que pueda volver a encontrar cierto equilibrio. Toca pérdida,mucha pérdida, para en un futuro volver a remontar. Así que toca de nuevo desapego, deshacerme de todo aquello que más quiero para poder, bajo mínimos,seguir adelante. Toca respirar profundamente y llenarme de calma. En los próximos días, recordaré los momentos vividos aquí en mi querida Barcelona. Me servirá de aliciente para seguir adelante, para recordar la importancia de esta broma cósmica y hacer como hacen sus ángeles: cantar, bromear, abrazar. Eso ya me provoca una hermosa sonrisa. Guardaré todos los secretos de estos días para que me llenen de fuerza y valor. Cerraré los ojos y agradecido, invocaré al mundo angélico. 

En busca de nuevos paisajes

En busca de nuevos paisajes

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“El auténtico viaje de descubrimiento no consiste tanto en buscar nuevos paisajes como en contemplar los viejos con ojos nuevos.” Jon Kabat-Zinn

Hice ambas cosas. Intenté descubrir nuevos paisajes y contemplar los viejos con nuevos ojos. Pero la fatalidad quiso que descubriera algo aún más importante: ningún paisaje exterior puede modificar el interior. Aún así, intenté esforzarme en cambiar de escenario pensando ingenuamente que algo cambiaría dentro. Hice mi pequeña mochila, me monté en el coche con buena compañía y viajamos hacia el sur alejándonos del frío y la nieve.

Lo bonito de viajar acompañado es que todo se hace más humano y ameno. Al compartir, diría que al compartir cualquier cosa, aunque sean silencios, la vida resulta más sencilla, misteriosa y profunda. Amor es relación, y sin relaciones, el ser humano carece de sentido. La soledad deprime los corazones humanos y los aleja de su verdadero sentido. Pensando sobre estas cosas, paramos en la hermosa Toledo para dar un breve paseo. Esa ciudad siempre me resultó inspiradora. Ya de noche, llegamos el sur donde no hacía tanto frío. Allí todo pasó rápido, casi como un suspiro. Cuando quise darme cuenta estábamos en Cádiz y en Córdoba y de vuelta de nuevo al septentrión. Cuatro días de vértigo para descubrir que nada cambia si uno sigue, por dentro, metido en su propia historia.

Pasear por las calles de Cádiz siempre se antoja hermoso, como un recorrido hacia un pasado anclado en la psique invisible de la ciudad. Fue un placer poder abrazar a un escritor de verdad, a Sergi Bellver, un nómada que vive prácticamente sin nada de un lugar para otro con la única intención de poder dedicarse a lo que más le gusta: viajar y escribir. Admiro su valentía. Soy un enamorado de ambas cosas, pero siempre necesito de un cuartel general donde descansar de tanta batalla. En eso puedo decir que soy un privilegiado porque puedo disfrutar de ello, aunque no tenga la capacidad de poder apreciarlo. Me gusta esa sensación de algunos de no poseer nada, pero al mismo tiempo, de no deber nada. Quizás la sensación de soledad y de deber algo a alguien sean mis campos de batalla. Ahora sé que no quiero estar solo, a pesar de los beneficios de poder hacerlo, y sé que no quiero deber nada a nadie, a pesar de que a veces algunas deudas te permitan hacer grandes cosas.

Me conmovió mucho volver a la que fue mi casa de diseño cordobesa, en plena sierra, con unos paisajes y un entorno privilegiado. Tuve una suerte inmensa al poder vivir allí unos años, al mismo tiempo que reconozco que fueron años muy difíciles, de complejo olvido. Casi tan difíciles como los que ahora estoy experimentando. De hecho, creo que el significado profundo de este viaje tiene que ver con mirar con otros ojos ese pasado, visitar mi antigua casa, conocer a su nueva inquilina, Carmen, una hermosa y sensible mujer que me acogió como si la casa aún fuera mía. Contemplar todo ese escenario reconciliándome con él junto con personajes que pertenecieron a esa realidad pasada, como le Petit Editor, fue un lujo indescriptible. Pude valorar todo el esfuerzo allí presente, al mismo tiempo que me topaba con la verdad de que no somos inmortales, de que todo se termina tarde o temprano a no ser que abraces la vida del alma o a no ser que dediques el resto de tus días a abrazar los corazones humanos.

Pude darme cuenta, como decía Carmen, de que todo se supera, de que de todo se sale, por muy duro que parezca en nuestro presente. Supongo que me deberé llenar de coraje, de fuerza y especialmente de paciencia, porque noto, aún, que por mucho que ahora viaje, por mucho que pueda salir de mi escenario trágico, la batalla sigue estando dentro. Prueba de ello es que aún no soy capaz de hablar de otra cosa, no soy capaz de alzar la mirada hacia otros horizontes, no soy capaz de abrazar otras realidades que las interiores. Poco a poco. No me canso de decirlo para animarme. Poco a poco.

(Foto: mientras viajábamos pudimos rescatar a esta peregrina que estaba siendo comida por las nieves. La dejamos sana y salva en O Cebreiro). 

 

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Aldeas abandonadas


 

Estamos dedicando estos meses algo de tiempo a conocer en profundidad los secretos de esta tierra celta que tanto nos enamora. Hace unos días tuvimos la suerte de descubrir dos pueblos abandonados: Arufe y Vichocuntín, en la gallega provincia de Pontevedra.

Resultaba increíble descubrir entre frondosos bosques piedras totalmente pulidas y edificios enteros de gran nobleza y belleza totalmente asfixiados por la vegetación. Sentíamos cierta pena por ver casas tan perfectas y hermosas totalmente abandonadas, pueblos enteros perdidos entre la niebla y el musgo que resbalaba por todos esos impenetrables caminos. Allí había, en cada piedra, en cada rincón, en cada plaza ya inexistente, una historia, cientos de relatos, de vidas, de hombres y mujeres, de ancianos, de niños que ya no juegan ni viven allí. Sólo la poderosa presencia de los fantasmas del tiempo nos hacía poner la carne de gallina, los recuerdos allí encerrados, las visiones de vidas pasadas, de relatos, de historias que quedaron atrapadas en un tiempo ya inexistente. Solo en lo akásico, en sus archivos, podíamos comprender algo de tan impresionante soledad.

No entendíamos como el “feísmo” de nuestro tiempo había podido perdurar dejando atrás esas impresionantes ciudades de piedra, bellas, tan bien esculpidas, resistentes, esbeltas. Los árboles habían crecido entre las habitaciones, las cocinas y los antiguos salones de auténticos palacios abandonados. Los tejados se habían caído en su mayoría pero aún quedaban perfectas paredes que no cedían al tiempo, cobijos que hacían de hogar a musgos, hongos y helechos.

Nos preguntábamos porqué en los tiempos que corren preferimos vivir en auténticas conejeras oscuras, inertes, apagadas, mientras que esos preciosos edificios permanecen abandonados. Nos preguntábamos porqué el ser humano se ha alejado tanto de la naturaleza para abrazar la frialdad del asfalto, de lo gris, del ruido.

Los más sensibles a este mundo de abandono se sienten tristes, apenados, cargados de angustia. Muchos hombres y mujeres renunciaron a estas verdes y hermosas tierras. Sus nietos se quejan de que muchos no supieron apreciar el impresionante esplendor de estos lugares. Ellos, en una época difícil, buscaban nuevas vidas en sitios lejanos donde pudieran dar de comer a sus familias. Eran otros tiempos, y ahora, cuando intentan regresar, ya es demasiado tarde para todo. Los ancestros que protegían esos lugares ya no están. Los guardianes fueron desterrados.

Las casas, las aldeas encerradas entre perdidos valles y montañas esperan ser de nuevo habitadas. Nos sentimos orgullosos de poder ser partícipes de esa reconquista, de poder dar vida de nuevo a un edificio emblemático del siglo XVI que estaba totalmente abandonado, de poder calentar de nuevo sus piedras, tejer un nuevo tejado, llenarlo de vida agradecida y amable, dotarlo de nuevo de esplendor al mismo tiempo que animamos a otros a que den ese paso. Volver al campo, a los bosques, a los valles, nos humaniza, nos hace más sensibles, nos vuelve más amables.

Ojalá algún día esos pueblos vuelvan a la vida. Sus piedras lo anhelan. Sus valles y bosques recuperarán una vida plena y un nuevo sentido humano. Rehabilitar estos lugares responde a un sentido profundo: el sentido de la vida compartida, llena, profunda. El propósito esencial de reconciliarnos con la naturaleza nuestro palpitar humano.

Luna llena de Piscis en la comunidad de Findhorn


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“No son casuales estos viajes. Si te fijas en el ritual, se suelen hacer viajes simbólicos alrededor de las tres luces y a medida que avanzas de grado, pasas de trabajar con unas figuras a otras. Pasamos del triángulo al cuadrado, etc… hasta completar figuras geométricas cada vez más complejas. Cuando hacemos estos movimientos, dibujamos dichas figuras geométricas y con ello, realizamos cierta “magia”. A otros niveles, hacemos lo mismo en el plano físico. Cada viaje enclava un punto energético, que al ser unido por otro, recrea una figura geométrica específica, provocando la “magia” necesaria. Nada es casual. Esa figura es representada en la mente, y al contacto con la luz, recibe un tono de onda especial, una musicalidad que atrae ciertas energías y repele otras”.

Estas palabras fueron escritas allá por el año 2006 a un amigo. Forma parte de una serie de cartas que vamos a editar próximamente y que entrañan claves y propósitos que a veces resultan, como mínimo, curiosos. Cuando siento la necesidad imperiosa de viajar en los planos materiales de alguna forma intuyo que es porque está surgiendo un movimiento interior, algo que quiere cobrar vida y necesita de cierto distanciamiento para poder provocar su parto. Cuando ayer llegué por fin a la bahía de Findhorn tras casi una semana de espacioso viaje sentí que eso es lo que estaba ocurriendo. Un leve movimiento en un plano, pero una matriz que nace desde la horizontalidad a la verticalidad cumpliendo con el proceso mágico de crear un nuevo tono, una nueva onda.

Me sorprendió los pocos que éramos hoy en la meditación de luna llena. Es evidente que la comunidad de Findhorn está cambiando. Hoy mismo una de sus miembros lo decía abiertamente. La gente ya no viene buscando una llamada, sino una comodidad. Es lo que nos ocurre cuando creemos que la vida está hecha para buscar un merecido descanso. Olvidamos que el alma, el impulso vital que nos gobierna no puede descansar. Su propósito es transmitir eso que vagamente llamamos vida, y la esencia de esa vida discurre en una unidad universal que no somos capaces de percibir. En esa vida Una, somos sólo una pequeña parte, un microtrozo de algo que no puede parar, que no puede descansar, que ha nacido para sacrificar su existencia hacia la propia resurrección vital. Sin embargo, olvidamos esto tan crucial, y al hacerlo, de alguna forma empezamos a morir. Queremos descansar, dormir más, trabajar menos, tener una bonita casa donde poder pasar las horas sin hacer nada. Realmente eso es una forma de morir, una forma de darle la espalda al impulso vital, a la propia vida.

De alguna forma abandonamos el hogar del sujeto que nos da vida para morir, para perder el propósito. Y la vida es geometría pura, debemos dejar de ser un punto para convertirnos en un triángulo, y luego ir progresivamente expandiendo nuestro árbol interior, como el que dibujó Pitágoras en análoga experiencia. Debemos estar vivos, debemos reflejar vida, debemos seguir buscando si no hemos encontrado y debemos seguir trabajando si tenemos clara nuestra misión, nuestro propósito como minúscula mota de vida. Debemos renacer a la vida, de forma desesperada, de forma urgente. O moriremos dos veces.