Aprendiendo a amar los sueños


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O Couso es un experimento. Primero fue un vago sueño. Un sueño que se tejió hace muchos años. Luego fue un estudio que se prolongó durante años y ahora es una realidad compleja que crece a medida que el experimento va fraguando de una y otra manera. De alguna forma estamos tanteando la realidad que debería ser futura. Es como si buscáramos la fórmula adecuada para intentar que el ser humano entre en un estado de paz y de consciencia. Pero es difícil, complejo, arduo. Los grupos crecen, se consolidan y caen cuando la estructura que llevan dentro intenta imponerse a las sencillas bases de la esencia del mismo. El interés egoísta, o la interpretación de la realidad y esa manía nuestra de intentar impregnar a la misma con nuestra esencia, obviando la esencia de los demás, hace que los grupos caigan uno tras otro.

Por suerte, a diferencia de otros experimentos, de momento éste ha sobrevivido a todos los envites. Hay proyectos que nunca han sobrevivido porque estaban supeditados a la fragilidad de sus componentes. Este sobrevive a pesar de ella, a pesar de los errores cometidos una y otra vez, pero afianzado a la fuerza de unos pilares sencillos, pero inamovibles, que de momento han aguantado todos los terremotos. Si los pilares de un edificio permanecen intactos, se podrán caer las paredes, pero el edificio permanecerá. Por eso los guardianes del proyecto fijan su misión en proteger los pilares del mismo. Y la misión del resto es la de proteger a los guardianes para que estos no caigan a su vez. Si los guardianes caen, el proyecto cae por esa necesidad humana de transformarlo todo a nuestra imagen y semejanza. Pero si se mantiene firme y fuerte la base, y los propios guardianes se mantienen firmes y fuertes ante los envites, la supervivencia está garantizada y el experimento puede continuar.

¿Cuáles son las bases del experimento? Profundizar en algunos valores básicos como la convivencia fraternal, la experiencia de vivir libres sin exceso de ataduras y todos en igualdad de condiciones, partiendo de una base común que nace de la cooperación, el apoyo mutuo, la colaboración y el respeto hacia nuestros cuerpos, hacia los seres sintientes y hacia el entorno natural en el que vivimos. Todo ello con unas sencillas pautas de convivencia y con una actividad colaborativa que procura despertar en nosotros una nueva forma de entender y experimentar la vida

Parece, en teoría, algo sencillo, pero es una de las pruebas y experiencias más complejas que he experimentado nunca. De hecho, el modelo sigue siendo un auténtico fracaso. Los grupos humanos terminan autodestruyéndose, terminan minando todo cuanto se hace, ya sea mediante la crítica, ya sea mediante lo complejo de entrar en coherencia con el experimento, o ya sea simplemente por intereses espurios que nada tienen que ver con el proyecto y sí con un egoísmo que al final termina por afectar al conjunto. Pero a pesar del sonado fracaso aparente, estamos aprendiendo a amar el sueño. El sueño como algo vago y lejano, como un matiz de esperanza hacia la propia humanidad, como un acto de fe, o un salto de fe hacia aquello que debería unirnos.

En lo personal siento cierta decepción, pero también mucha alegría. Decepción por las continuas traiciones, por esa manía nuestra de criticar y mancillar lo logrado. Pero también alegría inmensa por todos aquellos que, a pesar de las complejidades y los desafíos, siguen creyendo en la utopía, en la esperanza, en la fe y en el ser humano. Por eso, interiormente, a pesar de las continuas decepciones, estoy aprendiendo a amar el sueño. Y al hacerlo, también estoy aprendiendo a buscar las mejores fórmulas para aprender con ello a amar al prójimo próximo, aunque éste, en algún momento, se vuelva un cómplice enemigo del cual, siempre, con paciencia y amor incondicional, seguir aprendiendo.

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Distopía, utopía, entropía


 

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© David Burdeny

Es medianoche en punto y debería estar ya durmiendo, pero hace una noche plácida, la gata Meiga no ha vuelto de su ronda nocturna y las baterías aún dan un poco más de luz en esta cabaña perdida en los bosques. Sentía una necesidad de decir algo en voz alta. Algo así como “lo estoy consiguiendo” o “ya me queda poco”. Venía a colofón porque al darme cuenta de que la segunda edición del librito que escribí en 2007 en la bahía de Findhorn está agotado, andaba preparando ya la tercera y releyendo sus páginas.

“Creando Utopías” fue un libro profético, como un mapa que me estaba escribiendo para indicarme el camino futuro. Aún no sé cómo en ese año, cuando sólo contaba treinta y tres años, podía divisar con tanta lucidez aquello por lo que tendría que luchar el resto de mi vida. Mi segunda decisión radical de dejarlo todo para perseguir mis sueños me costó muy caro. En ese momento aún no era consciente. Tenía ahorros suficientes para sobrevivir algunos años y nada sabía de la crisis que un año después pondría a prueba todas mis hipótesis. Ese libro fue premonitorio.

Releyendo sus páginas me doy cuenta de que ser coherentes con ciertos sueños tiene un coste relevante. Me doy cuenta de que esa obsesión mía por las utopías tiene también algo de distopía y de entropía. La utopía es compleja, requiere de un alto grado de sacrificio personal, de una alta idealización, a veces inteligente, otras torpe e ingenua. Requiere coraje, un añadido de locura y mucha fuerza para resistir a esa estructura que tanto describo en ese librito. Pero de alguna forma lo estoy consiguiendo. No en un estado puro ni absoluto porque la coherencia en este mundo tan complejo resulta casi una entelequia. Pero algo estamos andando.

Lo noto especialmente cuando veo que los “perros ladran”, como decía Sancho al Hidalgo Caballero. “Señal de que avanzamos”, respondía el gañán Quijote. Ahí está la sonrisa interior. Algo se está avanzando. Quizás algo minúsculo, casi ridículo, pero algo se mueve. Lo noto cuando la inteligencia está reñida con lo mediocre. Hay fuerzas mediocres que intentan una y otra vez arrebatar la lucidez, mancillarla, atosigarla con insignificantes pero puntiagudas agujas de dolor. Se clavan en la sien, en lo más profundo de ese lugar donde la luz alcanza a brillar. Es un dolor agudo que puede volverte loco si lo dejas excesivamente a su aire. Por eso ahora estoy aprendiendo a defenderme con cierta calma interior. No dejo que la estupidez o lo mediocre tenga fuerza. Simplemente lo ignoro, lo dejo pasar, esperando que la brillantez vuelva a relucir y a llenar el mundo con cierto colorido, alegría y amor. Eso sí, cuando la crítica se cierne de forma destructiva, la zanjo de forma drástica. Ya no tengo miedo al qué dirán, ya no temo, creo que nunca lo hice, a aquello que no gusta por el hecho de ser diferente y discordante al resto.

Si la rebeldía me ha servido para algo es para saber en cada momento que podía confiar en mí. Que no importaba cuantas veces me equivocara. Lo que importa del Camino es andarlo, sin prisa, y ver qué ocurre. Lo importante es caminar, practicar los caminos, abrir brecha sin miedo a equivocarse porque el equivocarse, el perderse, forma parte de la aventura del caminar. Hay algo de rebelde a estas horas, en este lugar. Es cierto que ahora tengo ciertas comodidades. Un tejado verde firme, una cama apoyada en ocho pilares, algo de luz. También la compañía de la gata Meiga que hoy ha decidido seguir su ronda nocturna. No hay mucho mérito en vivir en una cabaña en mitad de la nada. El mérito, el verdadero mérito es hacerlo porque realmente eso es lo que sientes y eliges libremente que debes hacer. La rebeldía, en un mundo de esclavos, consiste en poder elegir. Esa es la rebeldía, la utopía, la sensación sensata de poder construir lo que realmente percibes desde dentro. Y eso nadie me lo podrá negar, ni siquiera aquellos que ladran una y otra vez. Señal de que avanzamos, sin duda.

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Salto de fe


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Siempre hay un momento de angustia entre lo viejo y lo nuevo. Digamos que uno cierra los ojos, se lanza al vacío y siente como si de repente entrara en un estado donde no hay ni tiempo ni espacio, donde todo es calma entremezclada con un sentimiento de incertidumbre. Algo ocurre en ese estado liminal donde naces a una nueva vida, al menos, hacia una nueva percepción interior, una nueva consciencia, una nueva aventura vital. Eso debió pensar el voluntario que, tras catorce meses de vida comunitaria, ha decidido subir el grado de compromiso y responsabilidad con la vida utópica. Uno puede pensar que todos los compromisos tienden a atarnos a alguna cosa. Esas ataduras casi siempre son invisibles, pero están ahí. Elegir entre una cosa u otra siempre nos ata a una experiencia u otra.

Vivir en comunidad es dar un salto de fe. Digamos que renuncias a algunos aspectos importantes del individuo en sociedad. Para empezar, renuncias a vivir hacinado en un pequeño apartamento o habitación en esa colmena ruidosa y contaminada que llamamos ciudad para así poder abrazar la vida salvaje en plena naturaleza. Por más que nos cueste admitirlo, también renunciamos a la esclavitud, a cierta esclavitud, de vivir apresados a un trabajo, a un salario, a un horario, a unos jefes, a unas empresas con sus doctrinas, con sus exigencias, con sus normas, a cambio de vivir en un tiempo kairos, donde las cosas se miden por las experiencias, y no por los ritmos impuestos de la ciudad. A cambio, es cierto, en la ciudad recibimos algo de dinero que debemos repartir entre el Estado, el cual con ello garantiza algunos de nuestros derechos esenciales (educación y sanidad, por ejemplo) y nuestros gastos más elementales para sustentar nuestro cobijo, vestir, alimentación y placer. El placer es mínimo, pero está plagado de estímulos, tangibles e intangibles, y sobre todo de cosas, muchas cosas.

Una de nuestras mayores renuncias cuando elegimos vivir en comunidad es renunciar a cierto individualismo, a cierto egoísmo endémico que crece en nuestras vidas sociales. La comunidad exige un alto grado de compromiso con la vida en común, estrecha. Esto es una experiencia única que sólo los más fuertes o hábiles pueden soportar. La vida en comunidad es muy exigente y no todo el mundo está dispuesto a renunciar a las cosas buenas del mundo de la sociedad, por mucho que sea el grado de vasallaje que la misma nos exija. Cuando das el salto de fe hacia una vida diferente tienes que tener muy presente y hacer muy consciente qué es aquello a lo que renuncias y qué es aquello que ganas. La vida en comunidad, aparentemente, te ofrece más tiempo, más desapego hacia las cosas y una riqueza diaria de experiencias únicas e irrepetibles. Pero también un alto compromiso por el ideal, por la visión y el sentido que este tipo de vida requiere para ser soportada. ¿Merece la pena vivirla? Dependerá mucho de nuestros condicionantes, de nuestras aspiraciones interiores, de nuestra visión del mundo, de nuestro compromiso y responsabilidad a la hora de hacer de un mundo bueno, un mundo mejor.

Los experimentos utópicos que pretenden guiarnos hacia una visión más respetuosa para el planeta, hacia un mundo más virtuoso y agradable, tiene sus propios riesgos. Por eso hay que dar un salto de fe hacia este experimento vivo donde todos los días aprendemos algo nuevo que nos hace mejores. Por eso hay que creer, en cierta manera, en la necesidad urgente de actuar. Sólo desde la acción individual y comprometida lograremos que el mundo reviva hacia su propia salvación. Y esto no es un pensamiento mesiánico. Es una evidencia cada día más tangible. De ahí la urgencia de actuar. De ahí la necesidad de lanzarnos al vacío a golpe de fe y esperanza. Fe en seguir construyendo un mundo bueno y mejor todos los días y esperanza para que el futuro sea hermoso, sabio y llevadero.

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Construir utopías


 

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Esta mañana feliz construyendo un estanque para Willy

Me hizo muy feliz la visita de esta semana de Manu y su familia. Nos habíamos conocido en aquellos años locos de carrera donde casualmente él, venido desde Euskadi y yo, de Barcelona, coincidimos en un mar de olivos en el sur del país. Nos hicimos uña y carne durante tres años inolvidables. A pesar del tiempo transcurrido el amor y el cariño permanecen intactos. Son de esas personas que te aceptan, que no te juzgan, que te aman incondicionalmente y viceversa. Hay seres que llegan a nuestras vidas para quedarse. Ayer su pareja lloraba mientras nos abrazábamos en la despedida. Sentía ese amor extraño hacia seres que de alguna forma sientes que son parte de algún tipo de familia, o de algún tipo de reminiscencia pasada, de otros tiempos pletóricos. Como si en otras vidas hubiéramos sido aliados y hubiéramos construido otros edificios, otros templos, otras utopías.

Hoy cogía la paleta de albañil y me ponía manos a la obra. Hacía tiempo que no mezclaba cemento y arena. Disfruté mucho con Joan mientras construíamos el nuevo estanque para los peces. Nos sentimos tan empujados a soñar que pensamos que, si éramos capaces de hacer el estanque, cuando terminemos de acondicionar la casa de acogida, seremos capaces de construir con nuestras manos la futura escuela de dones y talentos. Había una cierta emoción en el ambiente mientras poníamos cemento. Sentíamos que realmente no estábamos construyendo un pequeño estanque para peces de colores, sino algo más grande, algo más hermoso y profundo.

Nos dimos cuenta de que realmente estábamos construyendo una hermosa utopía, algo atemporal, algo venido de otras dimensiones. Hoy un estanque, mañana una cabaña, pasado una huerta con forma de mandala… Pequeños hitos que vamos haciendo mientras decenas de personas se acercan para ver qué está ocurriendo, qué se está creando, qué es eso que a todos nos conmueve por dentro y por fuera.

Mientras ponía cemento recordaba las lágrimas de mis amigos. Había una emoción extraña, la misma que sentíamos hoy en el círculo de consciencia. Cinco años haciendo lo mismo y sintiendo la misma emoción. En la meditación, en los cantos devocionales, en el yoga matutino. En el desayuno, en los círculos, en el compartir.

Los peces, mientras construimos su nuevo hogar, están a salvo en la cabaña. De nuevo reconstruyendo la triada simbólica. Willy, el gran pez, sobrevivió a todos los avatares que este último mes había sufrido. Por un momento pensé que lo expulsarían, que se marcharía para siempre, y simbólicamente, pensé que yo tendría que marcharme también. Pero entendí algo muy profundo, algo que hace doce años me recordaron en la comunidad de Findhorn, en Escocia: el proyecto está dentro del corazón. Si yo me marchaba, el proyecto desaparecería, al menos hasta que el proyecto esté también dentro del corazón de la gente que tendrá que soportarlo en el futuro. Gente que respetará su esencia, su intención, su labrado nacimiento en el corazón.
Por eso cuando vienen los aliados y se alinean con ese latir, siento una gran paz interior, una gran serenidad. La misma que siento cuando las piedras del camino se marchan y desaparecen. Hay mucho por hacer, y siento que hay que seguir construyendo la utopía, cueste lo que cueste. Gracia a todos los que la hacen posible…

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Los Estados Unidos de Europa, hacia la fraternidad humana


“¡Un día vendrá en el que las armas se os caigan de los brazos, a vosotros también! Un día vendrá en el que la guerra parecerá también absurda y será también imposible entre París y Londres, entre San Petersburgo y Berlín, entre Viena y Turín, como es imposible y parece absurda hoy entre Ruan y Amiens, entre Boston y Filadelfia. Un día vendrá en el que vosotras, Francia, Rusia, Italia, Inglaterra, Alemania, todas vosotras, naciones del continente, sin perder vuestras cualidades distintivas y vuestra gloria individual, os fundiréis estrechamente en una unidad superior y constituiréis la fraternidad europea, exactamente como Normandía, Bretaña, Borgoña, Lorena, Alsacia, todas nuestras provincias, se funden en Francia. Un día vendrá en el que no habrá más campos de batalla que los mercados que se abran al comercio y los espíritus que se abran a las ideas. – Un día vendrá en el que las balas y las bombas serán reemplazadas por los votos, por el sufragio universal de los pueblos, por el venerable arbitraje de un gran senado soberano que será en Europa lo que el parlamento en Inglaterra, lo que la dieta en Alemania, ¡lo que la Asamblea Legislativa en Francia! (Aplausos). Un día vendrá en el que se mostrará un cañón en los museos como ahora se muestra un instrumento de tortura, ¡asombrándonos de que eso haya existido! (Risas y aplausos). Un día vendrá en el que veremos estos dos grupos inmensos, los Estados Unidos de América y los Estados Unidos de Europa (Aplausos), situados en frente uno de otro, tendiéndose la mano sobre los mares, intercambiando sus productos, su comercio, su industria, sus artes, sus genios, limpiando el planeta, colonizando los desiertos, mejorando la creación bajo la mirada del Creador, y combinando juntos, para lograr el bienestar de todos, estas dos fuerzas infinitas, la fraternidad de los hombres y el poder de Dios”. (Víctor Hugo)

La utopía hugoliana de una Europa unida se puede resumir en esta frase: “se llamará Europa en el siglo XX y, en los siglos siguientes, más transfigurada entonces, se llamará Humanidad”. Resulta hermosa la idea de una Europa unida que aspira con los siglos a una humanidad unida. Un ejemplo de cómo las naciones pueden convivir en paz y equilibrio, tal y como ocurre en España, donde pueblos singulares han sido capaces de convivir durante siglos. Es cierto que esta convivencia, como ha ocurrido en Europa, a veces ha sido dramática, de ahí que el reto de las próximas generaciones sea encontrar un encaje positivo en la convivencia unida de los pueblos, cada uno con su idiosincrasia, cada cual con su propia manera de entender la existencia. Pero unidos para el bien mayor, el de la fraternidad entre los pueblos, en el amor y respeto de las singularidades.

Unidos también en Europa, donde los egoísmos nacionales y los orgullos patrios dejan paso a la fraternidad que algún día aspira a ser planetaria. Es cierto que aún estamos lejos de esa unidad fraternal, pero esa es la gran utopía. La vida singular en un planeta unido, libre de fronteras donde todo ser humano pueda vivir fraternalmente más allá de sus creencias, sus naciones y sus patrias. La aspiración está ahí, debemos dar pequeños pasos hacia esa idea fraterna y convivir bajo esa esperanza de paz y amor fraternal.

Todo aquello que divide nos aleja de ese anhelo. Por eso, ante los retos que se presentan, especialmente los retos climáticos y ecológicos, es necesario unirnos en poderosa fraternidad para afrontar juntos cada uno de los problemas que la humanidad arrastra desde hace siglos, y especialmente, aquellos que ahora hacen peligrar la vida en el planeta. No podemos seguir perdiendo el tiempo mirando nuestro particular ombligo, nuestro peculiar orgullo nacional. Llega el tiempo de ceder en amistad, en amor hacia el otro, en cariño hacia la diferencia para lograr esculpir esa humanidad unida que todos anhelamos. El discurso del político belga Verhofstadt que aquí se acompaña nos da pista de hacia dónde dirigir nuestros pasos.

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Esa media caravana


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“El corazón del hombre es un instrumento musical, contiene una música grandiosa. Dormida, pero está allí, esperando el momento apropiado para ser interpretada, expresada, cantada, danzada. Y es a través del amor que el momento llega”. Rumi.

Nadie comprende con exactitud la grandeza de unir corazones tan distantes y diferentes en una misma mesa. Nadie puede expresar el laborioso esfuerzo de poder congregar en un mismo concierto a instrumentos tan dispares. Esa profunda magia de la armonía, de la música, de la danza, solo puede entenderse desde la profundidad de ese momento que llega a través del amor. Aunque sea un amor inconsciente, un amor no comprendido, puede manifestarse de mil maneras en una sola nota clave. Sólo los que han sido bautizados bajo el fuego de la espada, bajo las hazañas del compás y la escuadra, pueden entender o atisbar la melodiosa y poderosa fuerza de la tolerancia, del amor que se manifiesta ante lo radicalmente diferente.

Hoy en la mesa éramos infinitamente distintos. Dispares. Antagónicos en muchos aspectos. Pero había una música de fondo que nos unía. Un lazo que desea vivir más allá de nosotros, con intensa belleza y fortaleza. Los que se consideran puros y solo buscan la pureza de sus iguales, olvidan la belleza de la diversidad. Olvidan que en un concierto melodioso existen tambores que retumban fuerte, flautas que hipnotizan con su brillo, violines que danzan entre trompetas y pianos. Son tantos los instrumentos que pueden brillar con voz propia en un concierto que olvidamos ese milagro misterioso. Lo importante de cada instrumento es que esté bien afinado, y así obrar el milagro armónico.

Celebrar cinco años de un proyecto tan polifónico es toda una grandeza. Especialmente cuando hoy llegaron desde tan lejos los amigos que donaron la primera caravana del proyecto. La grandeza de seguir unidos a pesar de los avatares, a pesar de que cada instrumento toca su nota clave, se ha manifestado hoy de forma hermosa. La humildad de expresarnos como podemos, como sabemos, como nuestros pequeños egos nos permiten, forma parte del ritual del compartir. La mesa repleta de alimentos, las manos cogidas en silencio, las almas respirando y conspirando.

Sobre todo teníamos especial memoria para todos aquellos que ya no estaban con nosotros. En mi haber había dos personas que sin ellas el proyecto no hubiera existido y que ya no están entre nosotros. German y Antonio. De alguna forma, en el conspirar silencioso allí estaban, sentados en esos dos asientos que habían quedado vacíos en su honor y memoria. También estaban vacíos para María y Laura, para que sus almas poderosas pudieran sentarte junto a nosotros. Y para todos aquellos que han sufrido, que han vivido con pena y dolor el sacrificio grupal.

Desde dentro he guardado la memoria de todos aquellos que durante estos largos cinco años han formado parte de este concierto. Ni siquiera me ha molestado cuando la oscuridad ha intentando invadir el espacio con sus torpezas. En el fondo la llama seguía viva. Quizás tenue, temblorosa, pero viva. Fe y esperanza. Amor.

Gracias querida Filo y Paco por venir desde tan lejos. Gracias de corazón por esa “media caravana” que tanto calor nos ha dado y que sumaron en el amoroso acto de la generosidad, de la desmedida entrega sin condicionantes. Gracias por acompañarnos en la mesa donde los tambores sonaban junto a la flauta, donde los corazones palpitaban en un solo tono. Alegría de que hoy podáis descansar en la cabaña que con tanto esfuerzo ayudasteis a construir. Cinco años no es nada… La gran obra continua… todo momento llega tarde o temprano…

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Quinto aniversario del proyecto O Couso


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Primer grupo de voluntarios hace cinco años…

“El mundo se ha vuelto demasiado peligroso para cualquier cosa que no sea una utopía”.  John R. Piatt

In Memorian Antonio el “Alquimista”, guía y mentor…

Mañana día doce de marzo hará cinco años que unos jóvenes ingenuos y decididos emprendieron la aventura de intentar recrear en la tierra un trozo de cielo. Desde ese primer día en el que pudimos desembarcar en las tierras de O Couso, apenas cuatro hectáreas de terreno en un paraje inhóspito rodeado de bosques y montañas, muchos amigos se unieron con ilusión a un proyecto que pretendía, de forma modesta, crear un nuevo paradigma utópico, alternativo y de convivencia armónica. Desde esos primeros días en los que teníamos que dormir en modestas caravanas cedidas por amigos hasta el día de hoy han pasado muchas cosas.

Los primeros años fueron muy duros. Nos enfrentamos casi sin recursos ni medios a un entorno hostil, desconocido. Teníamos ante nosotros una ruina que pretendíamos reconstruir piedra a piedra con nuestras manos. La idea era repetir la hazaña del humilde Francisco de Asís: reconstruir el espíritu de los tiempos con el ejemplo de la humildad, el trabajo grupal y el cariño compartido. Por eso empezamos la reconstrucción en la pequeña ermita, aún cuando no teníamos ni luz ni agua ni conocimientos sobre nada. El poder tener al menos un lugar de retiro, de recogimiento, de interiorización donde imaginar el resto de la gran obra nos seducía y nos atrajo. Allí hicimos nuestras primeras meditaciones, nuestros primeros acuerdos y desde allí buscamos la magia que debería ayudarnos a seguir adelante. Aún guardamos vivos los recuerdos del frío helado en los inviernos que nos acecharían con crudeza extrema. Aún recordamos el momento en el que pasamos nuestras primeras Navidades rodeados de amigos que se congelaban al ritmo de la celebración improvisada en la gran ruina.

Pero poco a poco, a pesar de las calamidades y los esfuerzos, a pesar de las crisis personales y grupales, persistimos. Nuestra guía era la fe y la esperanza que empujaban nuestros corazones a seguir adelante. Así hasta que conseguimos nuestra primera habitación, nuestra primera ventana, nuestro primer tejado, nuestra primera puerta, nuestro primer reguero de agua, nuestra primera estufa, nuestras primeras sillas y mesas y luego sillones, nuestra primera chimenea y el primer grifo y la primera ducha y el primer lavabo y la luz… por fin la luz…

Cinco años es casi toda una vida en un esfuerzo titánico como es el trabajo en comunidad. Podemos decir que la persistencia concienzuda del trabajo colectivo ha provocado que el proyecto perviva, siga vivo y siga palpitando en nuestros corazones. Podemos decir que O Couso ha sobrevivido a todo tipo de avatares y sus gentes, presentes o no en el lugar, han logrado desde el lazo místico llevar el calor de los corazones hasta lo más alto. Se ha creado una llama inmortal, un punto de luz en un planeta que merece ser cuidado desde la atención y la vigilia, desde nuevos paradigmas que profundicen en la cocreación con la naturaleza, en el apoyo mutuo, en la cooperación entre iguales, entre personas libres y fraternas. Este mundo bueno merece potenciar la belleza entre lo posible y lo imposible como lazos que unen puentes indestructibles. Este mundo bueno merece ser mejor cada día con el esfuerzo continuado de todos… Por eso persistimos…

Mañana cumplimos cinco años y lo celebraremos con una humilde comida, congregados ante el fuego y la llama de nuestros corazones. Estás invitado a unirte, en lo tangible o desde lo intangible, a esta nueva fiesta. Celebraremos la unión, la persistencia, el coraje, la valentía, la posibilidad de equivocarnos, de levantarnos una y otra vez, nuestras contradicciones y paradojas, nuestros errores y aciertos… Persistimos un año más ante el reto de experimentar la vida de forma intensa y única, agradecidos de corazón a todos los que habéis hecho posible este sueño que ya es vuestro, y de todos. Gracias sinceras almas bellas por seguir uniendo vuestros latidos al conspirar universal del amor. Gracias por hacer posible que la vida se manifieste en el plano humano de forma amable y sencilla.

Queremos mostrar un especial mensaje de agradecimiento a Antonio el Alquimista, el cual nos ha dejado recientemente. Sin su guía e intuición seguramente el proyecto nunca hubiera existido. Nos puso, desde su portal en el Camino, tras la pista de lo que ahora existe. Gracias por todo tu amor y cariño y gracias por iluminarnos ahora desde el otro lado.