Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa


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“Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa: Tu puedes aportar una estrofa. No dejes nunca de soñar, porque en sueños es libre el hombre. No caigas en el peor de los errores: el silencio”. Walt Whitman

Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa. Es un reto que había que afrontar. El evento de Emilio Carrillo el próximo verano, a tan solo seis meses, requiere cierto riesgo. Un primer presupuesto de trece mil euros para aislar la casa por fuera y recuperar algunos suelos y a la espera de un segundo presupuesto para terminar todo lo restante, dos habitaciones, dos estancias más, algún pasillo y ventanas. Aún no sabemos como lograremos ese dinero. Me he puesto a trabajar como loco en la editorial para buscar recursos y algo de dinero hemos podido adelantar gracias al apoyo de estas Navidades. Pero queda ahí el reto, arriesgado, pero necesario. Deseamos terminar este año la casa tras por fin terminar el tejado y la cocina nueva y queremos que para este verano los trabajos se centren en el aspecto armonía, el jardín, la huerta y las cabañas para acoger a más valientes que quieran expandir aquí su estancia y residencia. Ahora ya lo sabemos: con el tiempo se ordena todo.

Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa. El patio está quedando impresionante. Es la parte que mayor presupuesto se lleva de toda la obra junto al aislamiento de todo el perímetro de la casa. Estamos emocionados por ver como avanza todo a buen ritmo, algo inaudito ante lo difícil que es encontrar y comprometer a una cuadrilla de obreros que se pongan manos a la obra. Tres personas están contratadas para la tarea con la esperanza de que todo vaya sobre ruedas y podamos recuperar lo que resta de la casa. Cada día de trabajo, cada semana, es un reto.

Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa. Realmente es emocionante porque después de casi seis años de grandes esfuerzos, de mucho sacrificio personal y colectivo, con un poco de suerte la casa estará por fin terminada en menos de seis meses. Es un reto importante que nos dejará margen para respirar y para dedicar a partir de ahora todos nuestros recursos a mejorar la acogida, la alimentación y el bienestar general de todos. El hecho de tener el tejado terminado, una cocina nueva, tres habitaciones totalmente finalizadas y equipadas y próximamente todos los suelos de la casa y el resto de habitaciones, es algo que nos ilusiona especialmente.

Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa. Este año será por lo tanto, en nuestro sexto aniversario, el final de la gran obra, el final de la gran casa de acogida abierta para todos y disfrute de todos, una casa realizada y construida por todos los amigos de O Couso y de ahí su profundo valor y significado. Una muestra palpable, pedagógica y real de que entre todos podemos hacer muchas cosas, de que gracias al apoyo mutuo y la cooperación se puede restaurar una ruina medio derrumbada. Nos sentimos orgullosos por haber hecho posible este gran reto y nos sentimos felices de que todos podamos disfrutar de esta casa. Una casa abierta las veinticuatro horas del día los trescientos sesenta y cinco días del año que acoge a todo peregrino del Camino o del Alma sin pedir nada a cambio, sin esperar nada a cambio.

Estamos especialmente agradecidos a todos los que lo hacen posible y estamos especialmente agradecidos a todos los que nos ayudarán a dar este último empujón. Gracias de corazón, gracias por aportar una estrofa. Seguimos demostrando que otro mundo es posible con hechos. Seguimos trabajando para que la Gran Obra continúe, aunque el viento sople en contra.

Si queréis apoyar este último eslabón de la casa de acogida, aquí os comparto la cuenta de la Fundación Dharana:

ES54 1491 0001 2121 2237 2325

 

Tejado terminado, por fin…


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La terquedad es uno de los principios fundamentales para que cualquier cosa termine construyéndose. Más bien por terquedad y cabezonería, cinco años después, hemos logrado completar hoy mismo el tejado de la casa de acogida. Un tejado enorme, gigante, inabarcable, infinito, con más de cinco siglos de antigüedad que hoy por fin hemos terminado. Ha sido tan pesada la carga y el trabajo y los recursos necesarios para completarlo que lo hemos tenido que hacer en cuatro fases durante cinco años. La última ha sido la más pesada de todas, la más arriesgada y peligrosa porque nos decidimos a hacerlo nosotros mismos, y en unas condiciones prácticamente inhumanas, de frío extremo, a veces lluvia, nieve, viento y una lucha constante contra todos los elementos. Tres meses muy duros que ha minado más de un ánimo.

Pero la constancia ha merecido la pena. Levantar de la nada una ruina de más de setecientos metros de piedra, prácticamente sin recursos y levantada entre todos gracias al principio del apoyo mutuo y la cooperación, de la fe y la esperanza, ha sido todo un hito. El tejado no ha quedado perfecto, se nota que se ha ido haciendo poco a poco, en fases. Como la propia historia de la casa, que empezó a construirse en el siglo XVI y fue ampliándose a medida que iban pasando las centurias. Debe ser la idiosincrasia del propio edificio, una casa grande, gigantesca en muchos sentidos, que crece de forma orgánica a lo largo de los tiempos…

Ahora por dentro me siento satisfecho porque podremos dedicar los recursos que vayan llegando a embellecer el lugar, a llenarlo de armonía, belleza y calor. Ahora por fin podremos encender el fuego sin que se escape nada. Ahora por fin podremos seguir adelante con la seguridad de que el tejado no se nos caerá encima. Antes para nosotros esa idea era angustiosa, y creo que no pasó nada por puro milagro. Ahora me siento totalmente liberado, feliz, observando la vida con mayor paz.

También con muchas ganas, a pesar del extremo cansancio de estos últimos días, de ponerme con los siguientes retos. Falta mucho, y me he dado cuenta estos días, para que la casa sea realmente un lugar acogedor, pero estoy convencido de que poco a poco lo vamos a conseguir. Es cuestión de que la terquedad se vuelva sabia y prosiga con la batuta de la generosidad apostando por un mundo mejor. Entre todos se puede construir el nuevo mundo. Eso ya es un hecho y una realidad.

Estamos felices y satisfechos pensando en los próximos retos. Las fiestas de Navidad están ya próximas y aún queda mucho por hacer… La cocina, el salón, arreglar las habitaciones que han estado inundadas durante estos tres largos meses de intensas lluvias… Poco a poco… El calor del hogar está cada vez más cerca…

Solo me quedan palabras de infinito agradecimiento para todos los que han contribuido, ya fuera con recursos, tiempo, esfuerzo o trabajo, en que este milagro se produjera… Gracias, gracias, gracias infinitas a todos…

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La plaga humana. Patogénesis de un planeta enfermo


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© Maxwell Campbell 

Este era el título de una de las versiones de la tesis doctoral. Por supuesto no gustó y fue censurado. También las ideas que allí se planteaban o que querían poner el acento en este tipo de cuestiones. La disidencia e independencia intelectual no siempre es posible. Al menos que seas codependiente de las instituciones que albergan y protegen el conocimiento y sepas camuflarte o adherirte a sus causas. El estar por fin separado de las instituciones y poder ser crítico con ellas me permitirá hablar más abiertamente de asuntos importantes que nos afectan a todos. Lo paradójico es que, tras esa censura, las propias Naciones Unidas son las que plantean ideas de corte parecido, poniendo el acento en la alarma mundial que padecemos. Véanse los Objetivos para el desarrollo sostenible.

Es desesperante y frustrante gritar para advertir sobre lo que parece irreparable. Muchos pueden pensar que no hay marcha atrás, que estamos navegando felices hacia el iceberg que lo hará estallar todo por los aires. A veces el optimismo y el navegar contra corriente resultan parecerse a esos ídolos caídos. Al principio nos parecían felices soñadores, luego pasan de golpe a convertirse en seres narcisistas y egocéntricos. Los ídolos caen en cuanto adentramos la perspectiva a otros lugares menos fantasiosos.

Muchos ya están cansados de pregonar o de potenciar esa engorrosa necesidad de tener que aportar argumentos suficientes sobre lo que está pasando. Ya no se trata de explicar que el mundo se está agotando. Más bien estamos en el punto de tener que decidir drásticamente si deseamos ser partícipes o no de su destrucción. Esto encierra una especie de radicalidad exponencial que nos acercaría más a la hipocresía extrema o a la decisión de cambiar para siempre nuestras vidas.

Lo primero es sencillo, solo tenemos que fingir que no pasa nada. Podemos lavar nuestras consciencias con depósitos enteros de buenas intenciones diarias. Reciclar algún plástico, bajar el consumo de grasa animal, comprar productos bio o hacer algún donativo a proyectos alternativos. Todo eso en esa gran fiesta bucólica en la que todo es posible gracias al fingir que todo está bien.

Pero la segunda opción es compleja. Requiere radicalidad y cambiar los fundamentos profundos de nuestras vidas. Y a eso no estamos dispuestos. Nadie está dispuesto a deconstruirse de repente, a no ser que haya tenido un arrebato de locura, o en el mejor de los casos, algún tipo de iluminación que le lleve hasta las puertas de la mismísima lucidez. ¿Quién dejaría hoy día el pescar peces para lanzarse a la compleja tarea de pescar almas? Elegir entre un mundo distópico o un ilusionante mundo utópico en el que albergar algún tipo de esperanza futura, esa es la cuestión. Lo primero podría parecer hipócrita y lo segundo, ingenuo.

Sería imposible imaginar que de repente las ciudades se despoblaran. Sería igualmente imposible imaginar que de repente, al menos la mitad de la población renunciara a los requisitos de consumo que hasta la fecha poseemos. Sería imposible imaginar que una gran parte de la humanidad decidiera abandonar el círculo vicioso de la ciudad -trabajo-consumo-más trabajo-más consumo- para albergar algún tipo de alternativa más natural, más en acorde con la naturaleza, y siempre, ante una tendencia decrecionista, donde menos es más y donde las cosas empiezan a cambiarse por las experiencias. La simplicidad voluntaria como camino alejados del crecimiento que nos inculcan desde los estamentos.

La patogénesis de la enfermedad que padece el planeta es bien clara: nosotros mismos confrontados a nuestra avaricia. Nos hemos convertido en una plaga que está envenenando todo cuanto tocamos. Ya somos más de siete mil millones de habitantes con deseos de crecer y crecer y crecer sin darnos cuenta de que vivimos en un planeta finito. Fingimos, en nuestra personal hipocresía, que todo está bien. Pero estamos incubando dentro de nosotros el final de los tiempos. Las alarmas crecen, el mundo está enfermo y no hay doctores suficientes capaces de diagnosticar y curar el cáncer que padecemos. El sistema doctrinal del que somos esclavos no nos permite ver con sinceridad y valentía lo que está ocurriendo. Tampoco nos permite actuar en consecuencia. Faltan grandes dosis de locura o lucidez. Tanto da cuando de lo que se trata es de salvar el mundo, y de paso, a nosotros mismos.

¿Cómo cambiar de paradigma? Por más que agito a mi alrededor nada cambia. Casi me cuesta una vida y un poco de locura el cambiarme a mí mismo. Sí, es cierto, me vine a vivir a los bosques y vivo en una pequeña cabaña de madera. Una locura. Pero insuficiente.

 

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Sabemos que en lo sucesivo nunca es demasiado tarde


 

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La casa de acogida, aún no muy acogedora, esta misma mañana

El desastre de Chernóbil creó un antes y un después en la conciencia ecológica y milenarista de nuestro tiempo. El reencuentro con los sentires actuales tiene mucho que ver con el escenario preapocalíptico en el que para algunos nos encontramos desde ese acontecimiento. Ya no son creencias que provengan tan solo de escenarios donde Armagedón, el mítico valle en el que tendrá lugar el enfrentamiento final entre el bien y el mal, se esté acercando inevitablemente. La propia ciencia y la comunidad internacional nos advierten repetidamente de que estamos en un momento delicado en nuestra historia humana. “O bien la revolución crea una sociedad ecológica, con nuevas ecotecnologías y ecocomunidades, o la humanidad y el mundo natural, tal y como lo conocemos hoy día perecerán”, nos dice Bookchin, fundador de la ecología social.

La bióloga Lynn Margulis es mucho más drástica. Nos advierte que una de las señales del colapso que afectará a nuestra especie es su rápida superpoblación. Algunos científicos creen que el éxito de nuestra colonización del planeta es un fenómeno que marca nuestra propia decadencia, las luces esplendorosas antes del final inevitable del espectáculo. Para economistas como Latouche, estamos ante el final de los tiempos. “Sabemos que en lo sucesivo es demasiado tarde”, nos dice. Según los datos más optimistas, se prevé un aumento de la temperatura global de un grado centígrado para el 2020 y de dos grados para el 2050. El cambio climático por efecto directo de la actuación del ser humano es ya un hecho probado y aceptado por la comunidad internacional. Una crisis ecológica aceptada por todos que está creando una situación compleja para todos.

Vivir en los bosques, en comunidad, propicia una mirada objetiva y alejada del ruido acostumbrado del mundo fabril, de la ciudad y sus prisas. Esa mirada limpia, a veces inocente e ingenua, provoca en nosotros una necesidad de reacción. El sólo hecho de apostar por vivir una vida alternativa, más ecológica y sostenible, resuelve en parte nuestra necesidad de activismo participativo. Pero vemos que no es suficiente, que nuestra reacción solo es una minúscula gota en este gran océano de contradicciones. A partir de aquí, solo nos cabe alentar, agitar las consciencias hasta que ese agitar contamine a unos y otros. No pensamos, a contrario de lo que piensa Latouche, que es demasiado tarde. Pensamos que el ser humano ha sobrevivido durante miles de años a todo tipo de retos naturales y que ahora, por primera vez, se tiene que enfrentar al mayor de los retos: el ser humano en sí mismo.

La vida en comunidad no es una huida, no es una utopía escapista o evasiva. No es una ensoñación ni la torpe descripción de un mundo ideal, fantástico, perfecto y paradisiaco. Nuestra utopía es constructiva, se centra en acciones concretas que pretenden explorar nuevas vías del desarrollo y convivencia humana. No estamos aquí para alejarnos del problema, sino para visionarlo con mayor profundidad, meditarlo, estudiarlo y buscar en la acción soluciones posibles. Es cierto que somos tan solo una pequeña gota en el océano. Pero creemos, y esta es nuestra fuerza y motor, nuestra esperanza, que en un futuro habrá muchas más gotas. Tantas que quizás provoquemos una ola de cambios inevitables.

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Creación de comunidades espirituales


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Miembros de la comunidad subjetiva de O Couso

Ayudar a dar a luz lo espiritual en la materia es una tarea compleja. Ni siquiera tenemos constancia del significado profundo de eso que damos por llamar mundo espiritual. Los filósofos y místicos de todos los tiempos se aproximaban bastante cuando hablaban del mundo de las ideas y los arquetipos. Aún no somos del todo conscientes, pero existe una comunidad de ideas y arquetipos que esperan manifestarse en la tierra, desean el parto para que se produzca el milagro que ocurre entre las nubes cuando las aguas se condensan en la atmósfera y se precipitan hacia el suelo fundando con ello fuentes, ríos y mares. Así funciona, de igual manera, el mundo intangible. Mediante la acción de ciertas fuerzas, las ideas se precipitan.

Cuando intuimos la idea del proyecto O Couso, sabíamos que de alguna manera teníamos que propiciar la caída desde el cielo de ese arquetipo. Ideamos un sistema sencillo. Primero creamos una triada. Tres personas son manifiestamente poderosas para crear y condensar arquetipos. Como es arriba es abajo. Luego buscamos un grupo de meditadores que se reunían todos los martes para crear el egregor, el espíritu grupal necesario para manifestar con ello “fuerzas” y “energías”. Eso hacíamos, elevar la mirada y estar más allá de nuestras pasiones humanas, de nuestros deseos y pensamientos. Mirábamos al cielo con ojos desapegados y brillantes, iluminados por la luz de la vida, con intuición y certeza de que estábamos trabajando para un bien superior. Las meditaciones grupales crearon un pequeño grupo de comunidad subjetivo que fue creciendo con en el tiempo hasta que la idea se precipitó. Lo demás vino por añadidura.

En 1905, Rudolf Steiner, teósofo y fundador de las Escuelas Waldorf, dio en Berlín una conferencia llamada “La Hermandad y la Lucha por Sobrevivir”. En esta conferencia habló de la necesidad de construir comunidades, y describió cómo los seres espirituales actúan a través de las comunidades y las personas que juntas trabajan hacia un mismo ideal. En esa conferencia dijo lo siguiente:

“La unión, la comunidad, trae a un ser superior que se manifiesta gracias a los miembros unidos. Es un principio universal de la vida; cinco personas que están juntas, que piensan y sienten juntos en armonía, son más que uno más uno más uno más… Entre estos cinco ahora hay un nuevo ser superior, también entre dos o tres: “Cuando dos o más se reúnan en mi nombre, estaré entre ellos”. No es el primero, ni el segundo, ni el tercero, pero algo totalmente nuevo que surge de la unión, y sin embargo sólo surge si el individuo vive en el otro, si el individuo obtiene su poder no sólo de él mismo, sino de los demás. Únicamente ocurre al vivir altruistamente en el otro. Por lo tanto, las comunidades humanas son lugares de misterio donde los seres espirituales elevados descienden para actuar a través de los seres humanos. Así como el alma se expresa en los miembros del cuerpo, uno no puede ver a estos espíritus que viven en las comunidades pero ahí están. Están ahí gracias al amor fraternal de las personas que en esa comunidad trabajan. Así como el cuerpo tiene un alma, una comunidad también tiene un alma. Lo repito y no lo digo como una alegoría o una metáfora, lo digo como una realidad”.

El parto de la luz requiere comunidades dónde seres intangibles puedan manifestarse y ayudar en la labor de crear un mundo nuevo. La unión de almas por un propósito común es posible si se hace desde la más absoluta consciencia, desde la intuición abierta y desde la fuerza de la voluntad al bien. Enfocar nuestras vidas, nuestros recursos, nuestras habilidades, dones y talentos a esta misión merece la pena. Steiner lo manifiesta de forma clara:

“Aquellos que trabajan juntos para ayudarse mutuamente son magos por que atraen a seres superiores. Si uno trabaja en una comunidad en verdadero ánimo fraternal no necesita usar técnicas del espiritismo. Los seres superiores ahí se manifiestan, y si nos rendimos a esta ayuda mutua, a este dar a la comunidad, nuestros órganos se fortalecen de manera muy poderosa. Al hablar o actuar como un miembro de esa comunidad, en nosotros habla y actúa no un alma individual, pero sí el espíritu entero de la comunidad. Este es el secreto del Progreso para el futuro de la humanidad: el trabajo en comunidades”.

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La supremacía cuántica


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“Moonshots. Objetivo la Luna”. Este es el nombre con el que en Google afrontan los retos y avances científicos que repercutirán a largo plazo los éxitos de la compañía. Saben que estos éxitos deben basarse en proyectos a muy largo plazo, por eso el objetivo principal es tener consciencia de que la inmediatez no es amiga del éxito, y que las carreras de fondo suelen ser más afectivas que aquellas que pretenden un beneficio rápido y, muchas veces, volátil. Pensar así es lo que nos permite cierta supervivencia psicológica a la hora de emprender cualquier proyecto cuyos beneficios, a veces no siempre tangibles, requieren una proyección a futuros, o cuyos beneficiarios no sólo serán unos pocos, sino el conjunto de la humanidad.

Los valientes y atrevidos exploradores que surcaban océanos y continentes enteros y desconocidos no lo hacían necesariamente por un beneficio material. Ocurre lo mismo con los que exploran la poesía, la mística, las artes o las ciencias. Hay algo mayor que les mueve, algo que surge de una certeza interior que les anima para mejorar la especie humana. En la religión tenemos ejemplos extremos, como el de Jesús, que no temió la muerte y se enfrentó a una vida errante con el único propósito de inyectar en la psique colectiva un mensaje de paz y amor.

Por eso los soñadores y visionarios son imprescindibles, a pesar de que muchas veces son poco valorados, estigmatizados, tachados de locos o fantasiosos. Los que sueñan con un mundo mejor y sacrifican sus vidas para que esto repercuta en beneficio de todos son personas aisladas y poco reconocidas. Normalmente crucificadas en el altar de la historia como desdichados en su tiempo, pero capaces de transformar algo de nuestra cultura o nuestra humanidad cuando otros, normalmente ya desaparecido el sujeto, reconocieron sus actos. De ahí que muchos autores, soñadores, poetas, científicos o artistas murieron en la pobreza más absoluta al ver cómo sus fortunas personales eran atropelladas por la incomprensión de los tiempos.

Vivimos una contemporaneidad extraordinaria y los descubrimientos cuánticos desvelarán aún mucho más los misterios de nuestro universo. Nunca la ciencia había llegado tan lejos en tan poco tiempo. Los avances son exponencialmente multiplicados por cien en todos los aspectos. Las películas que hasta hace poco resultaban ser de ciencia ficción se quedan anticuadas ante los avances y descubrimientos de nuestro presente. La supremacía cuántica que está logrando empresas como Google o IBM van a cambiar y acelerar aún más estos procesos revolucionarios.

Por desgracia, los hechos culturales no van a la par a los hechos tecnológicos. El ser humano no ha logrado aún adaptarse a los cambios que se avecinan, y el tejido social aún no está preparado para comprender la necesaria transformación que se dará en las próximas décadas. La ciencia y la tecnología abrazará a las artes y éstas, a su vez, se reconciliará con la naturaleza y su misterio. Ese misterio está tejiendo las redes necesarias para desvelarse poco a poco y comprender así, desde un sentido profundo y humano, lo que realmente somos, a lo que realmente hemos venido y la cuestión más imprescindible para nuestra supervivencia: qué debemos hacer a partir de ahora para albergar esperanza de futuro como raza y especie.

En este sentido, los soñadores y visionarios serán cada vez más necesarios, porque suya será la labor de esbozar con precisión, y desde una nueva cultura ética, cómo encauzar estos nuevos retos futuros en esta nueva era de síntesis. La era del saber, como lo llaman los místicos de nuestro tiempo, está empezando a nacer. La era de Acuario nos dará de beber no sólo de las fuentes primigenias del conocimiento, sino también de los ocultos afluentes que saldrán poco a poco a la luz de todos. Estemos atentos a las visiones. Estemos atentos a los sueños. El mundo avanza sin miedo, con esperanza, con fe, con necesidad de supervivencia.

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Aprendiendo a amar los sueños


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O Couso es un experimento. Primero fue un vago sueño. Un sueño que se tejió hace muchos años. Luego fue un estudio que se prolongó durante años y ahora es una realidad compleja que crece a medida que el experimento va fraguando de una y otra manera. De alguna forma estamos tanteando la realidad que debería ser futura. Es como si buscáramos la fórmula adecuada para intentar que el ser humano entre en un estado de paz y de consciencia. Pero es difícil, complejo, arduo. Los grupos crecen, se consolidan y caen cuando la estructura que llevan dentro intenta imponerse a las sencillas bases de la esencia del mismo. El interés egoísta, o la interpretación de la realidad y esa manía nuestra de intentar impregnar a la misma con nuestra esencia, obviando la esencia de los demás, hace que los grupos caigan uno tras otro.

Por suerte, a diferencia de otros experimentos, de momento éste ha sobrevivido a todos los envites. Hay proyectos que nunca han sobrevivido porque estaban supeditados a la fragilidad de sus componentes. Este sobrevive a pesar de ella, a pesar de los errores cometidos una y otra vez, pero afianzado a la fuerza de unos pilares sencillos, pero inamovibles, que de momento han aguantado todos los terremotos. Si los pilares de un edificio permanecen intactos, se podrán caer las paredes, pero el edificio permanecerá. Por eso los guardianes del proyecto fijan su misión en proteger los pilares del mismo. Y la misión del resto es la de proteger a los guardianes para que estos no caigan a su vez. Si los guardianes caen, el proyecto cae por esa necesidad humana de transformarlo todo a nuestra imagen y semejanza. Pero si se mantiene firme y fuerte la base, y los propios guardianes se mantienen firmes y fuertes ante los envites, la supervivencia está garantizada y el experimento puede continuar.

¿Cuáles son las bases del experimento? Profundizar en algunos valores básicos como la convivencia fraternal, la experiencia de vivir libres sin exceso de ataduras y todos en igualdad de condiciones, partiendo de una base común que nace de la cooperación, el apoyo mutuo, la colaboración y el respeto hacia nuestros cuerpos, hacia los seres sintientes y hacia el entorno natural en el que vivimos. Todo ello con unas sencillas pautas de convivencia y con una actividad colaborativa que procura despertar en nosotros una nueva forma de entender y experimentar la vida

Parece, en teoría, algo sencillo, pero es una de las pruebas y experiencias más complejas que he experimentado nunca. De hecho, el modelo sigue siendo un auténtico fracaso. Los grupos humanos terminan autodestruyéndose, terminan minando todo cuanto se hace, ya sea mediante la crítica, ya sea mediante lo complejo de entrar en coherencia con el experimento, o ya sea simplemente por intereses espurios que nada tienen que ver con el proyecto y sí con un egoísmo que al final termina por afectar al conjunto. Pero a pesar del sonado fracaso aparente, estamos aprendiendo a amar el sueño. El sueño como algo vago y lejano, como un matiz de esperanza hacia la propia humanidad, como un acto de fe, o un salto de fe hacia aquello que debería unirnos.

En lo personal siento cierta decepción, pero también mucha alegría. Decepción por las continuas traiciones, por esa manía nuestra de criticar y mancillar lo logrado. Pero también alegría inmensa por todos aquellos que, a pesar de las complejidades y los desafíos, siguen creyendo en la utopía, en la esperanza, en la fe y en el ser humano. Por eso, interiormente, a pesar de las continuas decepciones, estoy aprendiendo a amar el sueño. Y al hacerlo, también estoy aprendiendo a buscar las mejores fórmulas para aprender con ello a amar al prójimo próximo, aunque éste, en algún momento, se vuelva un cómplice enemigo del cual, siempre, con paciencia y amor incondicional, seguir aprendiendo.

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