Sabemos que en lo sucesivo nunca es demasiado tarde


 

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La casa de acogida, aún no muy acogedora, esta misma mañana

El desastre de Chernóbil creó un antes y un después en la conciencia ecológica y milenarista de nuestro tiempo. El reencuentro con los sentires actuales tiene mucho que ver con el escenario preapocalíptico en el que para algunos nos encontramos desde ese acontecimiento. Ya no son creencias que provengan tan solo de escenarios donde Armagedón, el mítico valle en el que tendrá lugar el enfrentamiento final entre el bien y el mal, se esté acercando inevitablemente. La propia ciencia y la comunidad internacional nos advierten repetidamente de que estamos en un momento delicado en nuestra historia humana. “O bien la revolución crea una sociedad ecológica, con nuevas ecotecnologías y ecocomunidades, o la humanidad y el mundo natural, tal y como lo conocemos hoy día perecerán”, nos dice Bookchin, fundador de la ecología social.

La bióloga Lynn Margulis es mucho más drástica. Nos advierte que una de las señales del colapso que afectará a nuestra especie es su rápida superpoblación. Algunos científicos creen que el éxito de nuestra colonización del planeta es un fenómeno que marca nuestra propia decadencia, las luces esplendorosas antes del final inevitable del espectáculo. Para economistas como Latouche, estamos ante el final de los tiempos. “Sabemos que en lo sucesivo es demasiado tarde”, nos dice. Según los datos más optimistas, se prevé un aumento de la temperatura global de un grado centígrado para el 2020 y de dos grados para el 2050. El cambio climático por efecto directo de la actuación del ser humano es ya un hecho probado y aceptado por la comunidad internacional. Una crisis ecológica aceptada por todos que está creando una situación compleja para todos.

Vivir en los bosques, en comunidad, propicia una mirada objetiva y alejada del ruido acostumbrado del mundo fabril, de la ciudad y sus prisas. Esa mirada limpia, a veces inocente e ingenua, provoca en nosotros una necesidad de reacción. El sólo hecho de apostar por vivir una vida alternativa, más ecológica y sostenible, resuelve en parte nuestra necesidad de activismo participativo. Pero vemos que no es suficiente, que nuestra reacción solo es una minúscula gota en este gran océano de contradicciones. A partir de aquí, solo nos cabe alentar, agitar las consciencias hasta que ese agitar contamine a unos y otros. No pensamos, a contrario de lo que piensa Latouche, que es demasiado tarde. Pensamos que el ser humano ha sobrevivido durante miles de años a todo tipo de retos naturales y que ahora, por primera vez, se tiene que enfrentar al mayor de los retos: el ser humano en sí mismo.

La vida en comunidad no es una huida, no es una utopía escapista o evasiva. No es una ensoñación ni la torpe descripción de un mundo ideal, fantástico, perfecto y paradisiaco. Nuestra utopía es constructiva, se centra en acciones concretas que pretenden explorar nuevas vías del desarrollo y convivencia humana. No estamos aquí para alejarnos del problema, sino para visionarlo con mayor profundidad, meditarlo, estudiarlo y buscar en la acción soluciones posibles. Es cierto que somos tan solo una pequeña gota en el océano. Pero creemos, y esta es nuestra fuerza y motor, nuestra esperanza, que en un futuro habrá muchas más gotas. Tantas que quizás provoquemos una ola de cambios inevitables.

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Creación de comunidades espirituales


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Miembros de la comunidad subjetiva de O Couso

Ayudar a dar a luz lo espiritual en la materia es una tarea compleja. Ni siquiera tenemos constancia del significado profundo de eso que damos por llamar mundo espiritual. Los filósofos y místicos de todos los tiempos se aproximaban bastante cuando hablaban del mundo de las ideas y los arquetipos. Aún no somos del todo conscientes, pero existe una comunidad de ideas y arquetipos que esperan manifestarse en la tierra, desean el parto para que se produzca el milagro que ocurre entre las nubes cuando las aguas se condensan en la atmósfera y se precipitan hacia el suelo fundando con ello fuentes, ríos y mares. Así funciona, de igual manera, el mundo intangible. Mediante la acción de ciertas fuerzas, las ideas se precipitan.

Cuando intuimos la idea del proyecto O Couso, sabíamos que de alguna manera teníamos que propiciar la caída desde el cielo de ese arquetipo. Ideamos un sistema sencillo. Primero creamos una triada. Tres personas son manifiestamente poderosas para crear y condensar arquetipos. Como es arriba es abajo. Luego buscamos un grupo de meditadores que se reunían todos los martes para crear el egregor, el espíritu grupal necesario para manifestar con ello “fuerzas” y “energías”. Eso hacíamos, elevar la mirada y estar más allá de nuestras pasiones humanas, de nuestros deseos y pensamientos. Mirábamos al cielo con ojos desapegados y brillantes, iluminados por la luz de la vida, con intuición y certeza de que estábamos trabajando para un bien superior. Las meditaciones grupales crearon un pequeño grupo de comunidad subjetivo que fue creciendo con en el tiempo hasta que la idea se precipitó. Lo demás vino por añadidura.

En 1905, Rudolf Steiner, teósofo y fundador de las Escuelas Waldorf, dio en Berlín una conferencia llamada “La Hermandad y la Lucha por Sobrevivir”. En esta conferencia habló de la necesidad de construir comunidades, y describió cómo los seres espirituales actúan a través de las comunidades y las personas que juntas trabajan hacia un mismo ideal. En esa conferencia dijo lo siguiente:

“La unión, la comunidad, trae a un ser superior que se manifiesta gracias a los miembros unidos. Es un principio universal de la vida; cinco personas que están juntas, que piensan y sienten juntos en armonía, son más que uno más uno más uno más… Entre estos cinco ahora hay un nuevo ser superior, también entre dos o tres: “Cuando dos o más se reúnan en mi nombre, estaré entre ellos”. No es el primero, ni el segundo, ni el tercero, pero algo totalmente nuevo que surge de la unión, y sin embargo sólo surge si el individuo vive en el otro, si el individuo obtiene su poder no sólo de él mismo, sino de los demás. Únicamente ocurre al vivir altruistamente en el otro. Por lo tanto, las comunidades humanas son lugares de misterio donde los seres espirituales elevados descienden para actuar a través de los seres humanos. Así como el alma se expresa en los miembros del cuerpo, uno no puede ver a estos espíritus que viven en las comunidades pero ahí están. Están ahí gracias al amor fraternal de las personas que en esa comunidad trabajan. Así como el cuerpo tiene un alma, una comunidad también tiene un alma. Lo repito y no lo digo como una alegoría o una metáfora, lo digo como una realidad”.

El parto de la luz requiere comunidades dónde seres intangibles puedan manifestarse y ayudar en la labor de crear un mundo nuevo. La unión de almas por un propósito común es posible si se hace desde la más absoluta consciencia, desde la intuición abierta y desde la fuerza de la voluntad al bien. Enfocar nuestras vidas, nuestros recursos, nuestras habilidades, dones y talentos a esta misión merece la pena. Steiner lo manifiesta de forma clara:

“Aquellos que trabajan juntos para ayudarse mutuamente son magos por que atraen a seres superiores. Si uno trabaja en una comunidad en verdadero ánimo fraternal no necesita usar técnicas del espiritismo. Los seres superiores ahí se manifiestan, y si nos rendimos a esta ayuda mutua, a este dar a la comunidad, nuestros órganos se fortalecen de manera muy poderosa. Al hablar o actuar como un miembro de esa comunidad, en nosotros habla y actúa no un alma individual, pero sí el espíritu entero de la comunidad. Este es el secreto del Progreso para el futuro de la humanidad: el trabajo en comunidades”.

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La supremacía cuántica


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“Moonshots. Objetivo la Luna”. Este es el nombre con el que en Google afrontan los retos y avances científicos que repercutirán a largo plazo los éxitos de la compañía. Saben que estos éxitos deben basarse en proyectos a muy largo plazo, por eso el objetivo principal es tener consciencia de que la inmediatez no es amiga del éxito, y que las carreras de fondo suelen ser más afectivas que aquellas que pretenden un beneficio rápido y, muchas veces, volátil. Pensar así es lo que nos permite cierta supervivencia psicológica a la hora de emprender cualquier proyecto cuyos beneficios, a veces no siempre tangibles, requieren una proyección a futuros, o cuyos beneficiarios no sólo serán unos pocos, sino el conjunto de la humanidad.

Los valientes y atrevidos exploradores que surcaban océanos y continentes enteros y desconocidos no lo hacían necesariamente por un beneficio material. Ocurre lo mismo con los que exploran la poesía, la mística, las artes o las ciencias. Hay algo mayor que les mueve, algo que surge de una certeza interior que les anima para mejorar la especie humana. En la religión tenemos ejemplos extremos, como el de Jesús, que no temió la muerte y se enfrentó a una vida errante con el único propósito de inyectar en la psique colectiva un mensaje de paz y amor.

Por eso los soñadores y visionarios son imprescindibles, a pesar de que muchas veces son poco valorados, estigmatizados, tachados de locos o fantasiosos. Los que sueñan con un mundo mejor y sacrifican sus vidas para que esto repercuta en beneficio de todos son personas aisladas y poco reconocidas. Normalmente crucificadas en el altar de la historia como desdichados en su tiempo, pero capaces de transformar algo de nuestra cultura o nuestra humanidad cuando otros, normalmente ya desaparecido el sujeto, reconocieron sus actos. De ahí que muchos autores, soñadores, poetas, científicos o artistas murieron en la pobreza más absoluta al ver cómo sus fortunas personales eran atropelladas por la incomprensión de los tiempos.

Vivimos una contemporaneidad extraordinaria y los descubrimientos cuánticos desvelarán aún mucho más los misterios de nuestro universo. Nunca la ciencia había llegado tan lejos en tan poco tiempo. Los avances son exponencialmente multiplicados por cien en todos los aspectos. Las películas que hasta hace poco resultaban ser de ciencia ficción se quedan anticuadas ante los avances y descubrimientos de nuestro presente. La supremacía cuántica que está logrando empresas como Google o IBM van a cambiar y acelerar aún más estos procesos revolucionarios.

Por desgracia, los hechos culturales no van a la par a los hechos tecnológicos. El ser humano no ha logrado aún adaptarse a los cambios que se avecinan, y el tejido social aún no está preparado para comprender la necesaria transformación que se dará en las próximas décadas. La ciencia y la tecnología abrazará a las artes y éstas, a su vez, se reconciliará con la naturaleza y su misterio. Ese misterio está tejiendo las redes necesarias para desvelarse poco a poco y comprender así, desde un sentido profundo y humano, lo que realmente somos, a lo que realmente hemos venido y la cuestión más imprescindible para nuestra supervivencia: qué debemos hacer a partir de ahora para albergar esperanza de futuro como raza y especie.

En este sentido, los soñadores y visionarios serán cada vez más necesarios, porque suya será la labor de esbozar con precisión, y desde una nueva cultura ética, cómo encauzar estos nuevos retos futuros en esta nueva era de síntesis. La era del saber, como lo llaman los místicos de nuestro tiempo, está empezando a nacer. La era de Acuario nos dará de beber no sólo de las fuentes primigenias del conocimiento, sino también de los ocultos afluentes que saldrán poco a poco a la luz de todos. Estemos atentos a las visiones. Estemos atentos a los sueños. El mundo avanza sin miedo, con esperanza, con fe, con necesidad de supervivencia.

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Aprendiendo a amar los sueños


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O Couso es un experimento. Primero fue un vago sueño. Un sueño que se tejió hace muchos años. Luego fue un estudio que se prolongó durante años y ahora es una realidad compleja que crece a medida que el experimento va fraguando de una y otra manera. De alguna forma estamos tanteando la realidad que debería ser futura. Es como si buscáramos la fórmula adecuada para intentar que el ser humano entre en un estado de paz y de consciencia. Pero es difícil, complejo, arduo. Los grupos crecen, se consolidan y caen cuando la estructura que llevan dentro intenta imponerse a las sencillas bases de la esencia del mismo. El interés egoísta, o la interpretación de la realidad y esa manía nuestra de intentar impregnar a la misma con nuestra esencia, obviando la esencia de los demás, hace que los grupos caigan uno tras otro.

Por suerte, a diferencia de otros experimentos, de momento éste ha sobrevivido a todos los envites. Hay proyectos que nunca han sobrevivido porque estaban supeditados a la fragilidad de sus componentes. Este sobrevive a pesar de ella, a pesar de los errores cometidos una y otra vez, pero afianzado a la fuerza de unos pilares sencillos, pero inamovibles, que de momento han aguantado todos los terremotos. Si los pilares de un edificio permanecen intactos, se podrán caer las paredes, pero el edificio permanecerá. Por eso los guardianes del proyecto fijan su misión en proteger los pilares del mismo. Y la misión del resto es la de proteger a los guardianes para que estos no caigan a su vez. Si los guardianes caen, el proyecto cae por esa necesidad humana de transformarlo todo a nuestra imagen y semejanza. Pero si se mantiene firme y fuerte la base, y los propios guardianes se mantienen firmes y fuertes ante los envites, la supervivencia está garantizada y el experimento puede continuar.

¿Cuáles son las bases del experimento? Profundizar en algunos valores básicos como la convivencia fraternal, la experiencia de vivir libres sin exceso de ataduras y todos en igualdad de condiciones, partiendo de una base común que nace de la cooperación, el apoyo mutuo, la colaboración y el respeto hacia nuestros cuerpos, hacia los seres sintientes y hacia el entorno natural en el que vivimos. Todo ello con unas sencillas pautas de convivencia y con una actividad colaborativa que procura despertar en nosotros una nueva forma de entender y experimentar la vida

Parece, en teoría, algo sencillo, pero es una de las pruebas y experiencias más complejas que he experimentado nunca. De hecho, el modelo sigue siendo un auténtico fracaso. Los grupos humanos terminan autodestruyéndose, terminan minando todo cuanto se hace, ya sea mediante la crítica, ya sea mediante lo complejo de entrar en coherencia con el experimento, o ya sea simplemente por intereses espurios que nada tienen que ver con el proyecto y sí con un egoísmo que al final termina por afectar al conjunto. Pero a pesar del sonado fracaso aparente, estamos aprendiendo a amar el sueño. El sueño como algo vago y lejano, como un matiz de esperanza hacia la propia humanidad, como un acto de fe, o un salto de fe hacia aquello que debería unirnos.

En lo personal siento cierta decepción, pero también mucha alegría. Decepción por las continuas traiciones, por esa manía nuestra de criticar y mancillar lo logrado. Pero también alegría inmensa por todos aquellos que, a pesar de las complejidades y los desafíos, siguen creyendo en la utopía, en la esperanza, en la fe y en el ser humano. Por eso, interiormente, a pesar de las continuas decepciones, estoy aprendiendo a amar el sueño. Y al hacerlo, también estoy aprendiendo a buscar las mejores fórmulas para aprender con ello a amar al prójimo próximo, aunque éste, en algún momento, se vuelva un cómplice enemigo del cual, siempre, con paciencia y amor incondicional, seguir aprendiendo.

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Distopía, utopía, entropía


 

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© David Burdeny

Es medianoche en punto y debería estar ya durmiendo, pero hace una noche plácida, la gata Meiga no ha vuelto de su ronda nocturna y las baterías aún dan un poco más de luz en esta cabaña perdida en los bosques. Sentía una necesidad de decir algo en voz alta. Algo así como “lo estoy consiguiendo” o “ya me queda poco”. Venía a colofón porque al darme cuenta de que la segunda edición del librito que escribí en 2007 en la bahía de Findhorn está agotado, andaba preparando ya la tercera y releyendo sus páginas.

“Creando Utopías” fue un libro profético, como un mapa que me estaba escribiendo para indicarme el camino futuro. Aún no sé cómo en ese año, cuando sólo contaba treinta y tres años, podía divisar con tanta lucidez aquello por lo que tendría que luchar el resto de mi vida. Mi segunda decisión radical de dejarlo todo para perseguir mis sueños me costó muy caro. En ese momento aún no era consciente. Tenía ahorros suficientes para sobrevivir algunos años y nada sabía de la crisis que un año después pondría a prueba todas mis hipótesis. Ese libro fue premonitorio.

Releyendo sus páginas me doy cuenta de que ser coherentes con ciertos sueños tiene un coste relevante. Me doy cuenta de que esa obsesión mía por las utopías tiene también algo de distopía y de entropía. La utopía es compleja, requiere de un alto grado de sacrificio personal, de una alta idealización, a veces inteligente, otras torpe e ingenua. Requiere coraje, un añadido de locura y mucha fuerza para resistir a esa estructura que tanto describo en ese librito. Pero de alguna forma lo estoy consiguiendo. No en un estado puro ni absoluto porque la coherencia en este mundo tan complejo resulta casi una entelequia. Pero algo estamos andando.

Lo noto especialmente cuando veo que los “perros ladran”, como decía Sancho al Hidalgo Caballero. “Señal de que avanzamos”, respondía el gañán Quijote. Ahí está la sonrisa interior. Algo se está avanzando. Quizás algo minúsculo, casi ridículo, pero algo se mueve. Lo noto cuando la inteligencia está reñida con lo mediocre. Hay fuerzas mediocres que intentan una y otra vez arrebatar la lucidez, mancillarla, atosigarla con insignificantes pero puntiagudas agujas de dolor. Se clavan en la sien, en lo más profundo de ese lugar donde la luz alcanza a brillar. Es un dolor agudo que puede volverte loco si lo dejas excesivamente a su aire. Por eso ahora estoy aprendiendo a defenderme con cierta calma interior. No dejo que la estupidez o lo mediocre tenga fuerza. Simplemente lo ignoro, lo dejo pasar, esperando que la brillantez vuelva a relucir y a llenar el mundo con cierto colorido, alegría y amor. Eso sí, cuando la crítica se cierne de forma destructiva, la zanjo de forma drástica. Ya no tengo miedo al qué dirán, ya no temo, creo que nunca lo hice, a aquello que no gusta por el hecho de ser diferente y discordante al resto.

Si la rebeldía me ha servido para algo es para saber en cada momento que podía confiar en mí. Que no importaba cuantas veces me equivocara. Lo que importa del Camino es andarlo, sin prisa, y ver qué ocurre. Lo importante es caminar, practicar los caminos, abrir brecha sin miedo a equivocarse porque el equivocarse, el perderse, forma parte de la aventura del caminar. Hay algo de rebelde a estas horas, en este lugar. Es cierto que ahora tengo ciertas comodidades. Un tejado verde firme, una cama apoyada en ocho pilares, algo de luz. También la compañía de la gata Meiga que hoy ha decidido seguir su ronda nocturna. No hay mucho mérito en vivir en una cabaña en mitad de la nada. El mérito, el verdadero mérito es hacerlo porque realmente eso es lo que sientes y eliges libremente que debes hacer. La rebeldía, en un mundo de esclavos, consiste en poder elegir. Esa es la rebeldía, la utopía, la sensación sensata de poder construir lo que realmente percibes desde dentro. Y eso nadie me lo podrá negar, ni siquiera aquellos que ladran una y otra vez. Señal de que avanzamos, sin duda.

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Salto de fe


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Siempre hay un momento de angustia entre lo viejo y lo nuevo. Digamos que uno cierra los ojos, se lanza al vacío y siente como si de repente entrara en un estado donde no hay ni tiempo ni espacio, donde todo es calma entremezclada con un sentimiento de incertidumbre. Algo ocurre en ese estado liminal donde naces a una nueva vida, al menos, hacia una nueva percepción interior, una nueva consciencia, una nueva aventura vital. Eso debió pensar el voluntario que, tras catorce meses de vida comunitaria, ha decidido subir el grado de compromiso y responsabilidad con la vida utópica. Uno puede pensar que todos los compromisos tienden a atarnos a alguna cosa. Esas ataduras casi siempre son invisibles, pero están ahí. Elegir entre una cosa u otra siempre nos ata a una experiencia u otra.

Vivir en comunidad es dar un salto de fe. Digamos que renuncias a algunos aspectos importantes del individuo en sociedad. Para empezar, renuncias a vivir hacinado en un pequeño apartamento o habitación en esa colmena ruidosa y contaminada que llamamos ciudad para así poder abrazar la vida salvaje en plena naturaleza. Por más que nos cueste admitirlo, también renunciamos a la esclavitud, a cierta esclavitud, de vivir apresados a un trabajo, a un salario, a un horario, a unos jefes, a unas empresas con sus doctrinas, con sus exigencias, con sus normas, a cambio de vivir en un tiempo kairos, donde las cosas se miden por las experiencias, y no por los ritmos impuestos de la ciudad. A cambio, es cierto, en la ciudad recibimos algo de dinero que debemos repartir entre el Estado, el cual con ello garantiza algunos de nuestros derechos esenciales (educación y sanidad, por ejemplo) y nuestros gastos más elementales para sustentar nuestro cobijo, vestir, alimentación y placer. El placer es mínimo, pero está plagado de estímulos, tangibles e intangibles, y sobre todo de cosas, muchas cosas.

Una de nuestras mayores renuncias cuando elegimos vivir en comunidad es renunciar a cierto individualismo, a cierto egoísmo endémico que crece en nuestras vidas sociales. La comunidad exige un alto grado de compromiso con la vida en común, estrecha. Esto es una experiencia única que sólo los más fuertes o hábiles pueden soportar. La vida en comunidad es muy exigente y no todo el mundo está dispuesto a renunciar a las cosas buenas del mundo de la sociedad, por mucho que sea el grado de vasallaje que la misma nos exija. Cuando das el salto de fe hacia una vida diferente tienes que tener muy presente y hacer muy consciente qué es aquello a lo que renuncias y qué es aquello que ganas. La vida en comunidad, aparentemente, te ofrece más tiempo, más desapego hacia las cosas y una riqueza diaria de experiencias únicas e irrepetibles. Pero también un alto compromiso por el ideal, por la visión y el sentido que este tipo de vida requiere para ser soportada. ¿Merece la pena vivirla? Dependerá mucho de nuestros condicionantes, de nuestras aspiraciones interiores, de nuestra visión del mundo, de nuestro compromiso y responsabilidad a la hora de hacer de un mundo bueno, un mundo mejor.

Los experimentos utópicos que pretenden guiarnos hacia una visión más respetuosa para el planeta, hacia un mundo más virtuoso y agradable, tiene sus propios riesgos. Por eso hay que dar un salto de fe hacia este experimento vivo donde todos los días aprendemos algo nuevo que nos hace mejores. Por eso hay que creer, en cierta manera, en la necesidad urgente de actuar. Sólo desde la acción individual y comprometida lograremos que el mundo reviva hacia su propia salvación. Y esto no es un pensamiento mesiánico. Es una evidencia cada día más tangible. De ahí la urgencia de actuar. De ahí la necesidad de lanzarnos al vacío a golpe de fe y esperanza. Fe en seguir construyendo un mundo bueno y mejor todos los días y esperanza para que el futuro sea hermoso, sabio y llevadero.

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Construir utopías


 

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Esta mañana feliz construyendo un estanque para Willy

Me hizo muy feliz la visita de esta semana de Manu y su familia. Nos habíamos conocido en aquellos años locos de carrera donde casualmente él, venido desde Euskadi y yo, de Barcelona, coincidimos en un mar de olivos en el sur del país. Nos hicimos uña y carne durante tres años inolvidables. A pesar del tiempo transcurrido el amor y el cariño permanecen intactos. Son de esas personas que te aceptan, que no te juzgan, que te aman incondicionalmente y viceversa. Hay seres que llegan a nuestras vidas para quedarse. Ayer su pareja lloraba mientras nos abrazábamos en la despedida. Sentía ese amor extraño hacia seres que de alguna forma sientes que son parte de algún tipo de familia, o de algún tipo de reminiscencia pasada, de otros tiempos pletóricos. Como si en otras vidas hubiéramos sido aliados y hubiéramos construido otros edificios, otros templos, otras utopías.

Hoy cogía la paleta de albañil y me ponía manos a la obra. Hacía tiempo que no mezclaba cemento y arena. Disfruté mucho con Joan mientras construíamos el nuevo estanque para los peces. Nos sentimos tan empujados a soñar que pensamos que, si éramos capaces de hacer el estanque, cuando terminemos de acondicionar la casa de acogida, seremos capaces de construir con nuestras manos la futura escuela de dones y talentos. Había una cierta emoción en el ambiente mientras poníamos cemento. Sentíamos que realmente no estábamos construyendo un pequeño estanque para peces de colores, sino algo más grande, algo más hermoso y profundo.

Nos dimos cuenta de que realmente estábamos construyendo una hermosa utopía, algo atemporal, algo venido de otras dimensiones. Hoy un estanque, mañana una cabaña, pasado una huerta con forma de mandala… Pequeños hitos que vamos haciendo mientras decenas de personas se acercan para ver qué está ocurriendo, qué se está creando, qué es eso que a todos nos conmueve por dentro y por fuera.

Mientras ponía cemento recordaba las lágrimas de mis amigos. Había una emoción extraña, la misma que sentíamos hoy en el círculo de consciencia. Cinco años haciendo lo mismo y sintiendo la misma emoción. En la meditación, en los cantos devocionales, en el yoga matutino. En el desayuno, en los círculos, en el compartir.

Los peces, mientras construimos su nuevo hogar, están a salvo en la cabaña. De nuevo reconstruyendo la triada simbólica. Willy, el gran pez, sobrevivió a todos los avatares que este último mes había sufrido. Por un momento pensé que lo expulsarían, que se marcharía para siempre, y simbólicamente, pensé que yo tendría que marcharme también. Pero entendí algo muy profundo, algo que hace doce años me recordaron en la comunidad de Findhorn, en Escocia: el proyecto está dentro del corazón. Si yo me marchaba, el proyecto desaparecería, al menos hasta que el proyecto esté también dentro del corazón de la gente que tendrá que soportarlo en el futuro. Gente que respetará su esencia, su intención, su labrado nacimiento en el corazón.
Por eso cuando vienen los aliados y se alinean con ese latir, siento una gran paz interior, una gran serenidad. La misma que siento cuando las piedras del camino se marchan y desaparecen. Hay mucho por hacer, y siento que hay que seguir construyendo la utopía, cueste lo que cueste. Gracia a todos los que la hacen posible…

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