Gracias de corazón


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Es difícil expresar con palabras esos sentimientos de agradecimiento que se apoderan de nosotros tras la cena de la que pudimos disfrutar el pasado viernes en Madrid. No sólo por la generosidad expresada por aquellas sesenta personas que estuvieron con nosotros cuando al principio pensábamos, con claro optimismo, que no seríamos más de veinte o treinta amigos. También por aquellas que sin estar quisieron desde lo más lejos apoyar el evento aportando su granito de arena y echando una mano en todo lo que han podido. Un especial reconocimiento al impulsor de la iniciativa, nuestro querido Manuel Jesús, y a la ayuda incondicional de Ana y Laura las cuales han estado dándolo todo para que el evento saliera bien.

La cena fue especialmente hermosa en un espacio que enseguida se nos hizo pequeño pero también cálido. Casi no nos dio tiempo a nada pues a medida que ibas saludando a unos y otros el tiempo pasaba deprisa. Eran pocos los abrazos sentidos en comparación con la anchura de nuestros corazones y almas. Teníamos ganas de estar con todos, de dedicar todo el tiempo del mundo para envolver a unos y otros. Llegamos a la conclusión de que eso sería muy difícil en tan poco espacio de tiempo, así que nos animamos a compartir más momentos como este en nuevos eventos, nuevos espacios, nuevos tiempos. Así que nos abrimos a acoger nuevas propuestas que nos pongan en contacto más directo con esa otra comunidad que nos protege desde la distancia, que se hace una cuando nos vemos y nos reunimos incluso en lugares tan lejanos. Personas que ni siquiera han pisado O Couso pero que lo sienten muy dentro. Seres con ganas de seguir apostando por un cambio de paradigma posible, realizable, configurado en el cariño y la amistad.

Llegaron amigos desde muchas partes de España y algunos recién llegados de lugares tan lejanos como Inglaterra o las islas Canarias o Argentina. Vimos que éramos todos muy distintos. El entrañable Luis el Polaco estaba feliz porque descubrió de repente que todos los que van a Couso no son precisamente hippies, sino que también hay empresarios, profesores, médicos, ingenieros, periodistas, anónimos o famosos, ricos y pobres, de izquierdas y de derechas, creyentes y no creyentes. De alguna forma, conseguimos unir en un solo círculo una diversidad plagada de entrega y amor.

Esa es una de las grandezas de O Couso. La casa de acogida, que esperamos que este año sea aún más cómoda que el anterior, está abierta a todo tipo de alma peregrina que desee pasar con nosotros un instante, o toda una vida. Bienvenidos peregrinos, bienvenidas almas buenas. Sigamos reencontrándonos en nuevos encuentros. Alguien ya dijo de llamarlos “encuentros peregrinos”. Su doble significado quizás merezca nuestra atención.

Gracias de corazón por todo, gracias de corazón por creer en un mundo mejor, y hacerlo posible.

Pd. Si queréis organizar algún evento solidario para apoyar el proyecto por favor ponte en contacto con nosotros en info@dharana.org   Será un placer poder viajar a cualquier parte para compartir.

(Texto extraído de http://www.proyectocouso.org)

 

Mesa cero, cena de O Couso


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Estimadas amigas, estimados amigos,

Queremos expresar nuestro más profundo agradecimiento por la acogida que nos vamos a dar todos en la cena a favor del Proyecto O Couso. A unos días del evento hemos cubierto casi totalmente el aforo de setenta personas que nos vamos a juntar para celebrar todas las cosas buenas que hemos vivido juntos.

Por desgracia tenemos que cerrar hoy las plazas de inscripción pero tomamos buena nota para próximos años, si todo marcha bien y se repite, para intentar buscar un lugar con mayor aforo y así dar cabida a todos.

Para todos los que no podáis venir y queráis colaborar con el proyecto, podéis hacerlo en la “mesa cero” a la siguiente cuenta de la fundación:

FUNDACIÓN DHARANA. BANCO ÉTICO TRIODOS BANK:

ES54 1491 0001 2121 2237 2325

El viernes nos vemos y disfrutamos de la compañía y el reencuentro. A los demás, os esperamos aquí en O Couso o en cualquier otra parte del mundo… ¿os animáis a organizar más cenas, encuentros o eventos solidarios para darle un empujón al proyecto O Couso? Desde aquí estaremos encantados y lo recibiremos con alegría.

Gracias, gracias, gracias…

(Texto extraído de la web: www.proyectocouso.org)

Homenaje a los voluntarios


Aquí compartimos un pequeño recuerdo de nuestro voluntariado en la isla de Chios, Grecia. Esto es solo una pequeña muestra de lo que muchos voluntarios están haciendo por acompañar a personas que lo han perdido todo en la guerra. Sirva como homenaje a todos los voluntarios anónimos que trabajan día y noche por un mundo mejor.

Fue una experiencia dura el saber que muchos de ellos nunca llegan a tierra, son engullidos por el mar o desaparecen entre campos y bosques. Nunca sabremos las cifras exactas de todos aquellos que murieron sin tener ni tan siquiera la esperanza de un mañana mejor. Tampoco de los que terminaron bajo los escombros de la guerra, destripados entre sangre y alaridos.

Personas que lo han perdido todo solo se merecen nuestra atención y cuidado. No podemos responsabilizarlos a ellos de algo que supera cualquier dolor. Solo podemos ayudarles en su tránsito, en su esperanza, en su acogida con paciente servicio y amor.

No se merecen nuestra arrogancia, nuestro desprecio o nuestra ignorancia. Ni siquiera se merecen ningún tipo de exigencia. Cuando lo pierdes todo estás abatido, derrumbado, sin fuerzas anímicas para nada. Sólo deseas estar acompañado, protegido, querido, cuidado. Cuando lo pierdes todo no tienes capacidad de reacción. Sólo de huida hacia ese futuro que todos soñamos como esperanzador.

Estas gentes solo piden eso, algo de calor y apoyo hasta que algún día puedan recuperar sus tierras, sus casas, su identidad, su país, sus familias, su propia dignidad. Hasta que algún día puedan reconstruir en paz toda su existencia y alcanzar eso que vagamente llamamos felicidad.

Mi mayor reconocimiento hacia todos esos cientos de voluntarios que dan su tiempo y recursos para apoyar a esta gente.

Mi mayor desprecio hacia los culpables de esta desgracia humana. Y no me refiero a cada uno de nosotros que vivimos una vida plácida y cómoda en la seguridad de nuestros mundos. Hablo de aquellos que fabrican armas, de aquellos que lo permiten, de aquellos que las venden y de aquellos que legislan para que esto sea posible y lleguen a manos de terceros sin escrúpulos. Mi mayor repudia a los que consienten todo esto y lo permiten desde una doble moral despreciable.

El lado oscuro del corazón


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Ayer mientras volvíamos por las arqueadas carreteras de Galicia sentíamos interiormente cierto alivio. De alguna forma habíamos sobrevivido, física y psicológicamente, a la experiencia de estar en un campo de refugiados. Escuchábamos en silencio contemplativo algunos fragmentos de la película “El lado oscuro del corazón” mientras fijábamos la mirada en un infinito que se perdía entre el verde intenso de la naturaleza y los recuerdos amontonados de esas caras desvalidas y sin futuro. Estábamos cansados tras unos días de travesía en barco y aviones. Cerrábamos los ojos y aún sentíamos el zumbido de la marea. Apagábamos la luz y creíamos ver otra barca cargada de refugiados allá a lo lejos.

Recordaba como intentábamos refugiarnos del dolor en la broma o el chiste fácil, en la crítica filibustera sobre todo lo que veíamos, en la queja, la lágrima o el sopor. El últimos día, ya casi de noche, nos fuimos a las orillas del mar Egeo y nos dimos un baño con la mar brava y un frío inusual. Fue nuestra pequeña terapia de choque, nuestro alivio balsámico ante el dolor. Nuestro bautismo hacia un nuevo estadio del ser.

Nos dimos cuenta de que cada uno había vivido la experiencia a su antojo, dependiendo a su vez de nuestra particular experiencia vital. Los que habíamos tenido una infancia dura sentíamos mucha rabia acumulada. Los que habíamos tenido una infancia dulce veíamos todo aquello como parte de un juego de roles donde cada uno interpreta con ligereza su papel asignado. El policía haciendo de policía, el militar de militar, el voluntario de voluntario y el refugiado de víctima de toda la obra dramática. Una obra de teatro que se tejía bajo el manto del sufrimiento humano. Una obra cuya banda sonora era interpretada por los acordes de la sinrazón.

Los egos estaban ahí, algunos cargados de ira, otros cargados de tristeza y otros de debilidad ante la impotencia de cuanto veíamos. Muy pocos, y en pocas ocasiones, teníamos tiempo de sentir algo de compasión. Estábamos tan distraídos por nuestra propia supervivencia psicológica ante la magnitud de lo que presenciábamos que perdimos en muchas ocasiones la disciplina de la entereza, de la entrega, del verdadero objetivo del viaje. Personalmente se me hacía difícil robar sonrisas. Un día me levanté tan abatido que pedí apearme, sentarme en un segundo plano, volver al chiste fácil de meterme con los vascos o refugiarme en los abrazos del ser amado mientras intentaba mirar a otro lado. Admito que la cobardía y el temor se apoderaron de mi alma y sentí la necesidad de refugiarme. De alguna forma sentía hambre por ser otro refugiado buscando el abrigo y la comprensión de un mundo que se empeña en rechazarlos, arrinconarlos, olvidarlos a su suerte. Me creía deportado como ellos. Un damnificado sin hogar, sin tierra, sin familia, sin dinero, sin futuro.

Resulta curioso decir estas cosas recién llegado a un lugar seguro, cálido y amable. Sentado en un cómodo sillón, con un exquisito pijama y unas vistas impresionantes a estas montañas y bosques celtas me veo con la necesidad de autocurarme, de hacerme un profundo examen de consciencia para deglutir toda la miseria interior que nos rodea, toda la oscuridad de la que estoy hecho. Tardaré semanas, quizás meses en retomar el hilo de aquel halo de luz que durante meses me guiaba. Tardaré años en difuminar en la memoria los rostros de los refugiados, viendo en ellos todo lo que nos hace oscuros y todo lo que nos empuja a la cobardía más absoluta.

A pesar de todo, dentro de mí bombea con fuerza una poderosa llama de esperanza. No es algo que pueda entender aún, pero sí es algo a lo que me agarraré con fuerza en los próximos días, meses y años. Sólo puedo hacer eso para poder continuar serenamente en esta vida compleja. Más allá de la cobardía de estos días, del temor a que esto que hemos vivido en primera persona ocurra alguna vez entre los nuestros. Más allá incluso de la debilidad de sacar en los momentos difíciles nuestro lado oscuro, prefiero pensar que un germen de amor y compasión se ha sembrado dentro de nosotros. Prefiero pensar que a partir de ahora nos esforzaremos en ser mejores personas, en no mirar tanto nuestro pequeño ombligo y así poder erguirnos para ayudar al otro de verdad, de corazón, sin miedo.

One line


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Estábamos haciendo fotos a la barcaza que desembarcó a los últimos refugiados cuando dos militares nos increparon diciendo que estábamos realizando una acción ilegal. Esa palabra, ilegal, se revolvió dentro de mi con un olor térreo junto con una sensación que provenía de un estadio antediluviano.

Hacer una foto no me pareció un acto ilegal. Si me pareció ilegal el considerar ilegales a personas que huyen de una guerra. O hacinarlos como ganado en un suelo duro sin futuro ni esperanza. Me pareció ilegal los pliegues de horror en algunos rostros, las figuras con miradas perdidas que observaban atentos el oleaje en los muelles esperando falsamente un barco que les lleve a otra tierra. Ilegal me parecía la supremacía egoica de aquellos que dábamos globos, caramelos o comida intentando ordenar la desesperación de los que lo han perdido todo en &one line&, esa maldita expresión que nos empodera como seres altamente civilizados mientras tratamos al otro como a un salvaje y primitivo, carente de alma o sentido existencial. One line no sólo era una expresión injusta y denigrante, sino también la expresión de un fracaso colectivo, de una amañada e improvisada tirita epidérmica ante una herida desesperadamente profunda. Un claro síntoma de nuestro fracaso como colectivo humano, como seres carentes de compasión. Sí, one line, cómoda, uniforme, desprovista de vida, carente de sensibilidad hacia aquellos que han perdido la linea y el hilo de sus vidas. One line para poder dar de forma ordenada un trozo escaso de comida mientras arrebatamos al mismo tiempo lo que aún les queda de dignidad. One line para recordarles lo que son para nosotros, refugiados que huyen, números que escapan de las estadísticas de la legalidad, un futuro problema que ya estamos sembrando en esa perversa one line.

Ilegales me parecian esos militares con sus armas de asalto y sus buques de destrucción masiva que todos pagamos con el sudor de nuestros impuestos. O las banderas que ondeaban orgullosas en buques de guerra o incluso en la cocina solidaria, como si los mismos que intentan ayudar en la tragedia humana olvidaran que ésta nace precisamente de toda la arquitectura racial y cultural que dichas banderas encierran. Fronteras, banderas, naciones, eso sí me parece altamente ilegal.

Ilegales también me parecían esos barracones insolubles donde no existía nada de todo aquello que a los civilizados nos piden para que una vivienda sea legal. Ni luz, ni agua, ni paredes consistentes, ni nada que tenga que ver con un mínimo de dignidad para vivir. Tampoco me parecía legal que de repente te metieran en un barco sin saber si te van a extraditar de nuevo a tu país en guerra, a una isla aún más lejana o a saber qué otro lugar. Porque si ilegal es hacer una foto, aún lo es más no tener papeles, ni nada parecido que pueda identificarte como a un ser humano legal.

Los expertos en legalidad deberían empezar a preguntarse sobre las causas de esta desesperante desgracia humana. Me refiero a si es legal que existan fábricas que fabrican armas. Si es legal a su vez que esas armas sean vendidas por países legales y civilizados a países en guerra. Si es legal que esos mismos países que facilitan la guerra luego se desentiendan de los problemas causados a golpe de talón, olvidando que en su estúpida one line hay cientos de tragedías esperando un futuro, una esperanza.

De todo cuanto hemos vivido, solo he visto un verdadero acto legal. Un día antes de abandonar la isla, nos volvimos a reencontrar con los refugiados que aquella madrugada pudimos atender. Nos vieron de nuevo en la one line mientras aguardaban turno entre empujones y ansiedad para recoger un trozo de pan y nos saludaron efusivamente, alegres y felices por el reencuentro. La mujer de profundos ojos azules que un día antes lloraba desesperada nos abrazó con su mirada de agradecimiento y cariño. Sí, eso y los abrazos generosos de los niños era lo único legal de toda esta terrible situación. Me quedo con esa última mirada que se clavó en un alma destrozada por no comprender del todo la magnitud de tanta tragedia. Una mirada que parecía pedir perdón por ser ilegal en este absurdo mundo. Una mirada dulce que a modo de guiño suspiraba un halo de dignidad futura.

Vergüenza en el Egeo


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Welcome to Europe?

Sobre las tres de la madrugada sonaba el despertador. Hoy nos tocaba turno de vigilancia nocturna en el puerto de Chios. Horas antes habíamos preparado el coche con enseres diversos y alimentos en el &ware house&, el centro de operaciones de los voluntarios de la isla. Cuando los refugiados desembarcan en la costa, o a veces a unos metros de la orilla, suelen llegar empapados. El ware house es como un gran almacén de ropa y cosas útiles que pueden servir en un primer auxilio. Desde el centro de voluntarios nos dieron instrucciones precisas de que hacer si lcurría algo. Desde que se puso en marcha el acuerdo con Turquía, país que divisamos muy cerca de aquí todos los días, los desembarcos habían menguado considerablemente. Hacía una semana que no llegaba ninguna patera y nada hacía presagiar que justo en nuestro turno fuera a pasar nada.

Cuando estábamos de madrugada en el puerto sentimos cierto desprecio y trato vegatorio de las autoridades hacia nosotros, meros voluntarios que solo pretenden echar una mano. A eso de las seis de la mañana, apuntando el alba, y para nuestro asombro y sorpresa, llegó una patera con unas veinticinco personas a bordo. Había en ella unas tres familias con siete niños y un bebé de algunos meses. Una mujer de produndos ojos azules, embarazada y asustada, como casi el resto, se escondía de nosotros cuando le acercábamos alguna manta o algo para comer. La autoridad pertinente nos pidió que lleváramos a los refugiados a un lugar lúgubre y sucio, alejado de las vistas de los turistas que desembarcan en lujosos cruceros. Una vez allí quedaron abandonados a la suerte de los voluntarios.

Llegó el servicio médico que unos voluntarios españoles tienen en la isla e hicieron una primera revisión para comprobar que todos estuvieran bien. Los que tenían la ropa mojada eran cambiados allí mismo, tras unas barracas de madera. Nosotros hacíamos lo que podíamos. Ellos intentaban felices mostrarnos direcciones de parientes o amigos que tienen en Alemania, pensando que al estar en Europa habían llegado al paraíso. Nosotros empezamos a mirarnos comprendiendo que la verdadera tragedia empezaba ahora. Estos refugiados eran personas normales, de clase media, seguramente con una vida acomodada antes de la guerra. Llevaban móviles y habian tenido dinero para pagar la patera que les traería a Europa.

Pero jamás imaginarian que el recibimiento europeo consiste en una manta, alguna magdalena y un zumo en un lugar maloliente y apartado. Aún así lo peor no había llegado. Cuando decidieron a qué campo les tocaba ir, les acompañamos andando hasta el mismo. Ante el acinamiento de los mismos, se les recibió en la entrada del campo de Souda, un trozo de tierra abandonada junto a la muralla de la ciudad. Allí el Acnur había instalado algunas carpas y tiendas que gestionaban voluntarios de organizaciones como Samaritan Purse, los cuales se encargan de etiquetar a los refugiados con pulseras de colores y a darles una manta para refugiarse del frío. Todos los voluntarios se quejan de que los gobiernos o las grandes organizaciones como el Acnur están desaparecidos, quedando en manos de los voluntarios de pequeñas Ongs la suerte de los miles de refugiados.

Uno de los peores momentos que hemos vivido en estos días de locura e impotencia ha sido cuando hemos acompañado a los recien llegados a su nuevo hogar, una gran carpa maloliente donde tendrían que compartir suelo con decenas de personas. De repente, indignados por la visión, por la Europa prometida, arrancaron a llorar y sacaros sus cosas buscando algún espacio libre en el suelo, a la intemperie, entre los demás barracones. Nosotros mismos terminamos rotos por la escena y les acompañamos en un llanto cargado de rabia, dolor e impotencia. En ese instante nos dimos cuenta de que terminaba el sueño y empezaba una nueva pesadilla para ellos. La mujer embarazada de profundos ojos azules lloraba desconsolada suplicando por volver a Turquía. Nosotros, avergonzados, queríamos morir por dentro.

Nunca pensé que fuera tan fácil tratar al ser humano como a cosas o como a ganado. Nunca pensé que la dignidad humana, lo único que nos queda cuando lo perdemos todo, pudiera ser arrancada de las oquedades del ser de forma tan miserable. Me pregunto en qué se gastan los miles de millones de euros las autoridades que tan vejatoriamente tratan a los  voluntarios y refugiados para que veinticinco personas no tuvieran ni una simple tienda de campaña donde refugiarse esta noche. Supongo que en la docena de buques de guerra que estos meses patrullan las costas de esta minúscula isla del Egeo para impedir la llegada de más refugiados. Supongo que en los once mil millones de euros que ha costado el tratado de Turquía. O en los chalets y coches que un Acnur ausente, excepto en su propaganda de plástico, se gasta estúpidamente.

Hoy hemos sentido una gran impotencia, pero sobre todo, hoy nos hemos avergonzado profundamente de ser europeos. Mañana veremos a estas familias de recién llegados en las interminables colas de comida. Les daremos un huevo y un trozo de patata y ahora sabemos que no podremos mirarles a los ojos. Seremos nosotros los que busquemos desconsolados refugio en sus almas.

Cuando el alma se desborda


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La personalidad, el ego, realmente no ve nada. Finge que todo está bien, que la vida es así y que no existe más tragedia que la de soportar el peso de la propia existencia. Nos levantamos, desayunamos de forma mecánica, preparamos la comida para miles de refugiados, soportamos la tensión a la hora de reparirla y luego el día transcurre con mayor o menor gloria. Pero más allá de esa vida mecánica cuya venda desea ignorar la magnitud de lo que nos rodea hay algo que interiormente nos remueve. Algo que no nos atrevemos a desvelar por temor a quebrarnos en cualquier momento.

En estos días habremos cruzado la mirada con más de dos mil refugiados de los cerca de cincuenta mil cuyo destino a día de hoy sigue siendo incierto. Grecia vive una de sus peores crisis al mismo tiempo que en frías oficinas y despachos institucionales de instancias europeas se decide el futuro de tantas almas. En esas oficinas no se huele la tensión de las filas de comida, ni se respira la violencia que algunas tardes deambula a sus anchas entre los refugiados de uno u otro país. Nadie quiere afrontar la responsabilidad humana de lo que aquí ocurre. Nadie quiere aprovechar este momento crucial para poner a prueba soluciones globales.

Por dentro me siento roto. Hoy he anunciado que mañana no saldré con la máscara de payaso para robar sonrisas. No me veo con fuerzas ni me siento preparado para tamaña responsabilidad. Tengo el alma rota. Me siento completamente desbordado. Como si toda esa marea de gente que acude todos los días a la cola de la comida hubieran entrado en mí con toda su tragedia humana.

Hemos venido hasta aquí en silencio. No hemos pedido nada a nadie. Nos hemos pagado el  pasaje y la estancia a pesar de que hay ONGs que te lo pagan todo. No queríamos molestar ni quitar ningún tipo de recursos a los que más lo necesitan. Y aún así, sentimos que nunca es suficiente.  Sentimos que queda mucho aún para que algún día desaparezcan las guerras y los campos de refugiados. Mientras eso llegue, seguiremos llorando como alma grupal. Mientras eso ocurre, esta noche nos toca hacer guardia en las costas para ayudar a las familias que escapan de la guerra y esperan aquí un mundo mejor. Los que están en el otro lado no saben que aquí, en esta pequeña isla del Egeo, se está librando otra batalla.