No me conviertas en una proyección, abraza mi carne


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«No ser amado es una simple desventura. La verdadera desgracia es no saber amar» Albert Camus

Últimamente intento acércame amablemente al otro de forma multidimensional. Somos tan distintos entre nosotros, que muchas veces no nos damos cuenta de que el otro vive e interpreta la realidad desde otro plano, desde otros valores y dimensiones diferentes a las nuestras. Por eso es inútil la crítica. Cada uno libra su propia batalla. Cada uno ve la vida a su propia manera.

Me daba cuenta con la visita de Ana. Llegaba desde la suiza alemana tras seguir desde el principio el proyecto que tenemos en la montaña. Leía todo lo que escribimos, aportaba económicamente cuanto podía y tenía en su mesita de noche una foto de la finca, imaginándose, quien sabe en qué futuro, viviendo entre nosotros.

Pero cuando llegó hace unos días toda la imagen que se había hecho del lugar y de su gente terminó por los suelos. Es como si durante muchos años hubieras dedicado tiempo a construir un castillo de arena que desfallece en un instante. Ese es el peligro de proyectar, de imaginar cosas en nuestra mente para adaptar nuestras necesidades a nuestros deseos. Años soñando con estar aquí y solo dos días para compartir los sueños. Al tercero se marchó.

Eso es precisamente en lo que estamos convirtiendo las relaciones humanas en estos tiempos: en meras proyecciones. Capítulos inconexos que se evalúan diariamente a partir de interconexiones digitales. De alguna forma dejamos de ser lo que somos para convertirnos en una proyección, en algo irreal que cuando se contrasta con el original nos termina decepcionando.

Últimamente me empeño en la medida de lo posible en conocer a personas de carne y hueso. Cuando alguien me pide amistad cibernética hago el esfuerzo por intentar conocerla en el mundo real. Es una locura porque el mundo digital va a una velocidad de vértigo, pero me niego de alguna forma a convertirme en una proyección y a convertir al otro en un decálogo de necesidades encubiertas. Necesito, por pura necesidad humana, abrazar al otro, sentir sus carnes, su esqueleto, su aliento. Escuchar su voz, su tacto, su mirada, su rostro. Incluirme en su abrazo, en su esfera, en su aura. Desear entender su multidimensionalidad sin dañarle, sin ser excesivamente agresivo o torpe.

En el fondo me siento un privilegiado porque hasta este lugar donde ahora me encuentro no para de venir personas de carne y hueso. Seres con los que compartir un instante o una vida entera. Almas libres que peregrinan por ese propósito oculto que a todos nos une desde esa matriz invisible. Corazones que laten, pulmones que respiran y almas que suspiran al mismo tiempo. Respirar, conspirar. Abrazos de verdad, por favor. Abrazos sentidos de alma a alma… Aunque al darlos uno no lo resista por ser tan reales que den miedo, y terminen por huir. Buen viaje querida Ana.

¿Dónde está la nueva política?


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Ayer pude ver algo, por higiene moral, muy poco, sobre el debate de investidura. Casi se me saltaban las lágrimas de pena al ver como aquello que con ilusión había llegado hasta el Congreso en muy poco tiempo para provocar cierto cambio ya se había convertido en casta, en caspa y en algo peor e innombrable. Sentí cierta vergüenza ajena, y al mismo tiempo, me sentí muy ajeno a todo ese bochornoso espectáculo ombliguero donde todos hablaban de lo bien que lo hacen ellos y lo mal que lo hacen los demás. Era como estar en un circo, en el de siempre, donde de repente alguien se levantaba con cierta lucidez volviendo a decir aquello de que “no nos representan”.

Sentí cierta pena por todo aquel inmenso esfuerzo en las calles donde recibíamos palos y vergüenzas por defender cierta justicia social y ver que todo aquel esfuerzo se había convertido en un bochornoso panfleto de televisión. Por suerte la rabia que antes me producía todo esto había desaparecido. Sólo observaba con cierta tristeza como el sistema se ocupa de encasillar y posponer ningún tipo de cambio que pueda provocar un verdadero regreso al ser humano.

Así que dejé de seguir esa realidad que ya me resulta tan ajena y seguí profundizando en la política real, en la de la calle, en nuestro caso, en la de la pequeña comunidad donde estamos que pretende tener como vehículo político algo tan profundo y sencillo como el consenso. Cualquier cosa que hacemos, que proyectamos o que deseamos transformar debe pasar por el consenso que nace siempre del apoyo mutuo y la cooperación. El consenso se expresa con silencios, con propuestas calmadas, estudiadas hacia la generosidad, hacia el bien común, rechazando cualquier egoísmo personalista.

No somos ningún tipo de panacea pero sabemos que ya no queremos participar en las estructuras pasadas. Nos negamos a ser cómplices de ese bochorno social. Preferimos poner en práctica valores, sistemas y propuestas que sean útiles al ser humano, y no a sus estructuras. O mejor dicho, que sean útiles al ser humano y por añadidura también a sus sistemas y estructuras. Pero no al revés. Primero las personas, luego el resto. Eso es lo que estamos aprendiendo en este lugar. Por eso lo mejor es seguir en silencio, como hasta ahora, dejando esa política de salón para los políticos profesionales mientras nosotros, la sociedad civil, hacemos nuestras propias políticas al margen de ese circo confuso, mentiroso y mediático.

Construyamos una sociedad paralela hasta que la vieja sociedad se derrumbe por su propia inconsistencia. Sigamos construyendo el nuevo mundo aunque sea de forma humilde y anecdótica. Algunas semillas a veces están destinadas a crecer y dar mucho fruto.

(Foto: de politiqueo con los vecinos de las aldeas mientras buscábamos unas cabras perdidas. Nuestro pequeño congreso era amable, servicial y humano).

Hacer bien las cosas


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 «El único símbolo de superioridad que conozco es la bondad». L. Beethoven

Tras un vertiginoso viaje por toda España, acabo de llegar con una paz serena y una felicidad intensa al frío de la montaña. Siento cierta emoción interior por saber que las fuerzas conspiran para que las cosas ocurran. Por sentir como poco a poco estamos comprendiendo el mensaje de compartir, de ayudarnos los unos a los otros, de apoyar las causas que merecen la pena que existan.

Acabo de pagar una deuda de casi veinte mil euros que vencía el seis de marzo. El mérito no ha sido mío porque en el proceso de pago he recibido ayuda de buenos amigos. Pero para mi era importante cumplir con mi parte del trato, de la promesa, del acuerdo. No importa si por el camino tenía que sacrificar ciertas cosas o embarcarme en nuevas aventuras. Lo importante de todo, independientemente de la cantidad, era cumplir con la palabra.

Un amigo me enseñó en estos años a hacer bien las cosas. Es algo que aprendemos pero que a veces, por ignorancia o torpeza olvidamos. Nos cuesta mucho hacer bien las cosas. Hablar con serenidad, tener una escucha activa con el otro, cerrar bien las etapas, los compromisos, las rupturas, lo que sea que tengamos que cerrar. Ayudar al otro cuando lo necesite, ya sea de forma humilde, con nuestra compañía, o de forma poderosa. Sea lo que sea, es importante hacerlo bien para que todo quede limpio, sanado, hermoso.

Cuando alguien se enfada con nosotros a veces son por causas que se podrían resolver con un simple abrazo, con una llamada, con un poco de atención, tomando un café o paseando por un camino cargado de vida. Cuando hacemos un favor el mismo tiene que salir del corazón, asumiendo la pérdida inevitable del propio acto y esperanzado, confiado, en el buen hacer del otro. Cuando alguien deposita en nosotros un tesoro, nuestro deber moral y humano es cuidarlo, protegerlo, potenciarlo, dotarlo de eso que debería ser sagrado: la confianza.

Son cosas simples, que se pueden hacer sin mayor esfuerzo. Solo tenemos que prestar atención, medir nuestras capacidades de respuesta, asumir la responsabilidad del coste de cualquier empresa. Por eso hoy he aprendido esa gran lección al responder gracias al conjunto de fuerzas implicadas a mi deuda moral. Hacer bien las cosas, sin ruidos, sin distraimientos, sin excusas. Trabajar profundamente en las relaciones humanas para que sean cada día mejor, de mayor calidad, de mayor estrechez y confianza. Eso he aprendido en este tiempo. Por eso, en este viaje, he querido mirar a los ojos a aquellos que me debían alguna deuda y también a aquellos a los que yo debía algo. He querido a ambos por igual estrechar mis brazos sobre ellos y hablarles desde la sinceridad, el perdón y la esperanza.

Así somos, estrechamente frágiles, pero también con la posibilidad de ayudar al otro cuando las cosas lo requieren.

Un especial agradecimiento a todos los que estos días han cumplido con su parte. A todos los que han apostado por el ser humano más allá de los números y las cuentas de interés. A todos aquellos que ante la llamada han respondido en auxilio, de corazón, con belleza, con buen humor. Sí, hoy aprendí a hacer bien las cosas, y la magia se ha manifestado.

¿Somos coherentes?


 

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«Los hombres generosos y valientes tienen la mejor vida; no tienen ningún temor. Pero un cobarde le teme a todo. El avaro teme siempre a los regalos«. Hávamál, poema escandinavo.

Resulta difícil encontrar cierta sintonía entre lo que somos –el espacio del ser como una totalidad integrada-, lo que pensamos, lo que sentimos, lo que hablamos y lo que hacemos. Normalmente esta desalineación es producto de nuestras circunstancias personales, nuestros anhelos interiores y nuestras capacidades para llevarlos acabo en el entorno en el que estamos.

La coherencia total es una de las asignaturas más complejas a la que nos enfrentamos como individuos y sociedad. Lo vemos en las relaciones, en nuestras vidas diarias, en nuestras propias frustraciones. La explicación tiene que ver con esa pereza interior de afrontar el cambio que supone ser coherentes. Seguir los dictámenes de nuestro corazón siempre chocará frontalmente con la comodidad de nuestro espacio de seguridad, articulado por una mente que analiza cada riesgo, cada circunstancia como un posible escenario de pérdida. Nos cuesta comprender que la vida no es una balanza contable preestablecida, sino un campo multidimensional donde a veces la pérdida da como resultado una enorme ganancia.

Estamos acostumbrados a basar nuestra vida en valores materiales. Si pierdo una casa, si pierdo un trabajo o pierdo una relación mi vida será un fracaso. Sin embargo, si mirásemos la vida desde un escenario más flexible, pronto nos daríamos cuenta de que la casa, el trabajo o la pareja solo son circunstancias, no pilares fundamentales de nuestra existencia total. Una casa se puede convertir en una tumba en vida, un trabajo en una prisión y una pareja en un tormento desdichado. ¿Por qué no entonces modificar nuestros soportes vitales y analizar qué es lo que realmente queremos en nuestras vidas? Quizás nos demos de bruces con una realidad nueva, más vasta e insondable que hasta ahora había estado misteriosamente oculta ante nosotros. De repente nuestras perspectivas se pueden dilatar hasta el infinito, poniendo como único obstáculo nuestros miedos a navegar en ellas.

Si somos capaces de sonreír ante aquello que realmente nos hace felices, es posible que empecemos a dar nuestros primeros pasos hacia la plenitud y la coherencia. Es como si de repente pusiéramos al servicio de nuestra claridad interior todos nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestras acciones y palabras, creando un entorno próspero y alegre preparado para afrontar cualquier cambio. Cuando lo hacemos nos volvemos más saludables, más alegres, más joviales, más alineados con la vida.

Por eso la incoherencia no tiene sentido excepto cuando entendemos que nace de la comodidad, de la ignorancia o del miedo. Ser incoherentes es nuestra propia incapacidad para alinear toda nuestra vida en un propósito interior claro y contundente, en un sueño, deseo o visión que nace de una dimensión que pudiera ser la suma de todas nuestras aparentemente separadas partes.

Si es así, y de repente descubrimos que la coherencia no es más que seguir nuestro propio camino, la vida no puede medirse entonces en el balance de la pérdida y la ganancia, porque a veces, perder todo el esfuerzo de una vida no es más que liberar fuerzas superiores que estaban esperando ese cambio para ponerse a nuestro servicio. Entonces ya no hay pérdida. Sólo una ganancia superior, enmarcada en un hilo de vida que nos conducirá irremediablemente a un estado de plenitud y felicidad verdadera.

(Foto de Anna O’Hara, valle de Louzara, Samos, Galicia).

“Encuentros en tercera fase II”, Barcelona, Madrid y Granada


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De nuevo por motivos diversos me toca viajar, salir al mundo y de paso abrazarlo como ya hicimos en el primer encuentro en tercera fase donde pude conocer a gente maravillosa y compartir ratos inolvidables.

Vencer las barreras que nos separan, especialmente las virtuales, para conectar con el ser real, con la persona de carne y hueso que somos, derribando con ello los prejuicios, las diferencias, las formas, nuestras propias estructuras y miedos. No se trata de nada especial, solo de volver a convertirnos en seres humanos y compartir un trozo de tiempo juntos.

Esta vez estaré en Barcelona el próximo fin de semana (12-15 de febrero), pasaré por Madrid a mediados de semana y luego estaré el próximo finde por Granada (19-21 de febrero). Aunque esta vez voy algo justo de tiempo, estaré encantado de poder compartir un desayuno, comida, merienda, cena o paseo donde queráis. Podremos hablar de la vida, de la muerte, de la transmutación humana, del gran misterio de la vida, del porqué a los peces no les entra agua en los ojos o simplemente pasear en silencio en algún lugar sugerente.

La idea es que nos inspiremos, que compartamos, que aprendamos juntos, o simplemente que nos reconozcamos, que andemos un trozo de senda por alguna vereda, o nos sentemos al borde del camino para contar alguna cosa. Seguro que nos inspiramos, seguro que nos abrazamos, seguro que nos convertimos en un siendo continuo. Y si no, seguro que nos reímos un rato.

¿Por qué estos encuentros? Porque la vida humana no tiene sentido sin el compartir humano. Solo desde el otro podemos alcanzar el misterio de lo que somos. Solo con el otro podemos tejer juntos un mundo diferente, más armonioso, más tranquilo, más en paz. Compartir es el eje central del nuevo paradigma, y no solo se puede compartir desde la palabra, también desde el encuentro real, desde el verbo que se hace carne y nos penetra.

Así que os espero en cualquier rincón para echar unas risas. Si os apetece, escribir a: javier@dharana.org

Pd.- Como esta vez voy a viajar en coche, si os coinciden las fechas y queréis compartir el trayecto conmigo también estáis invitados.

(Foto: encuentros en tercera fase aquí en O Couso. Estáis invitados a venir cuando queráis. Aquí con los amigos Jorge y su esposa Margarita, Joaquin, José Luis, Rocío y Geo).

Cuerpos desnudos, almas inspiradas


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Ayer pasé un día hermoso con Lucía. Viajé hasta Gijón para conocernos ya que hacía años que andábamos saliendo juntos en la prensa pero no teníamos el gusto de saber de nosotros más allá de la vida virtual. Curiosamente hoy salía en un periódico un nuevo artículo que hablaba de ambos, así que nos fuimos a comer a un vegetariano para celebrar el encuentro y la noticia.

Lucía es de las pocas mujeres que en este país se declara abiertamente asexual. Siempre que piensas en ese tipo de sexualidad te imaginas a personas raras, con antenas en la cabeza o alguna especie de trauma insuperable. Pero lo que encontré fue un alma bella, una persona libre, sin tapujos, hermosa por dentro y por fuera, inteligente, sensual y atractiva. Un ser cariñoso, de esos que te abrazan y te compunjan el alma, de esas personas que envuelven cuerpos sin importar el como y además, inspiran almas.

Cuando volvía por la noche hasta la nevada montaña, me sentí afortunado por poder disfrutar abiertamente de esta libertad extraña. Sentí cierto agradecimiento por todas esas personas que he tenido la suerte de conocer en estos años y que tanto me han aportado como ser. Es una fortuna poder coger el coche e ir al encuentro de almas bellas capaces de transmitir una parte de su vida sin apenas conocerte. De compartir sus secretos más íntimos y reservados con humor y alegría.

Ayer, de forma consciente, descubrí lo hermoso que resulta poder abrazar cuerpos, no importa si están cubiertos de capas de pasado o andan desnudos. Ayer le contaba a Lucía la de tantas veces que había podido abrazar cuerpos desnudos sin buscar más allá que la intención de poder disponer de un trozo de alma, de estrechar el lazo místico que tanto nos une a todos por igual. El éxtasis de esa libertad va más allá de esa desnudez. Lo que realmente reclama el cuerpo desnudo es la inspiración del alma, la sencillez del encuentro sumado a la complejidad del momento único y verdadero. El cariño de seres que se encuentran, que se aman, que se abrazan sin tapujos y desean lo mejor para el otro sin esperar nada a cambio. Esa libertad en la expresión, ese poliamor sincero que se comparte sin tapujos ni estrecheces nos acerca siempre más y más a la realidad última, primigenia del ser.

No hay cárceles conceptuales, no hay rencillas ni desconfianzas, solo una plena confianza en el otro, asumiendo que su realidad forma parte del todo mayor, y por lo tanto, del nosotros. Salir al mundo desnudo, sin nada que esconder, sin nada que ocultar, solo con la sincera respuesta del abrazo mutuo, del amor mutuo. Libres, sin condicionamientos, sin prejuicios, sin reservas. Cuerpos desnudos, almas inspiradas.

Encuentros eleusinos


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Debo admitir que el experimento de los encuentros reales con personas de carne y hueso han sido todo un éxito. No han sido encuentros elitistas, especiales, exclusivos. La puerta estaba abierta y hemos entrado por ella sin prejuicios, cargados de tolerancia y amor hacia el otro, sin juzgarlo, sin mirar si era pobre o rico, mujer u hombre, anciano o joven. Hemos disfrutado del talento de sentirnos seres normales, con nuestra carga emotiva, con nuestra discursiva vida y experiencia, con nuestras manías y pensamientos. Lo más hermoso, lo más impresionante es que frente al otro hemos sabido ver al ser que habitamos, al invisible dueño de nuestras vidas. Por eso nos hemos desnudado sin temor al qué dirán, sin temor a lo que el otro pudiera pensar de nosotros, abrazando con amor la diferencia.

Me siento afortunado por esa libertad de no juzgar. Te permite estar con ladrones, prostitutas, con seres que para algunos podrían ser despreciables, auténticos monstruos. No ha sido eso lo que veía en el otro. Sólo veía humanidad en un mundo demasiado fugaz, en una cultura donde lo único que sirve es la rapidez de lo inmediato.

No he querido huir de la belleza. La he buscado incansablemente. Y la podía ver en esa generosidad de cualquier acto pequeño, en esa bondadosa capacidad para transmitir algo del nosotros. En un mundo que está siendo educado en la barbarie, no tenemos más que poner la tele y observar de qué nos alimentamos diariamente, descubrimos la necesidad de volver la mirada hacia dentro, de redescubrirnos como seres cargados de consciencia, de bondad, de amor. Pero sobre todo, tenemos que volver a mirar al otro de frente, tocarle, abrazarle, besarlo, apretar su pucho contra nuestro pecho.

Si juzgamos a la gente no tenemos tiempo para amarla. Seamos amables con el otro, intentemos descifrar y comprender su gran batalla. El yo divide, es su esencia, todo está bien o mal, todo es luz u oscuridad. Pero cuando vives en completa comunión con el otro, con la vida, con tu ser, descubres que la esencia nos une. Nuestros puntos ciegos empiezan a desaparecer y renace la unidad esencial de todas las cosas.

Por eso cuando alguien me pregunta con cierta extrañeza porqué me mezclo con tal o cual persona, con aquel o con aquel otro como si eso fuera algo terrible recuerdo aquella hermosa y profunda frase: “dejad que los niños se acerquen a mí”. Solo desde esa inocencia puedes vivir experiencias únicas, verdaderas, reconciliadoras. Sólo cuando nos quitamos los prejuicios sobre los otros y nos reconciliamos con nuestra parte ciega logramos vivir una vida plena e intensa. Sólo debemos pensar eso: somos vida. Solo debemos convencernos de que además, la vida no nos pertenece. Es algo prestado, algo que está en todas partes, también en nosotros. Esa es nuestra verdadera identidad, y por lo tanto, desde esa dimensión, desde ese descubrimiento, podemos reconciliarnos con la existencia, con el otro, con nosotros.

Ahí está el Misterio. Renace, se encarna, nos interroga. Gracias al Misterio, al continuo deambular de la duda, podemos entender que las cosas sencillas son las que mejor nos conducen al nosotros. La gran comunión, como dice el amigo Koldo, solo es posible ante el contacto real de seres humanos libres y vivos, consecuentes con las diferencias, capaces de amar y ser amados, capaces de tocarse sin juicio. Debemos reencantar a mundo, debemos volver a la magia del encuentro. Toquemos la flauta y bailemos esa música.

(Foto: perdonad que en esta serie de relatos haya aparecido excesivamente mi rostro. Sólo quería mostrar nuestra cara humana, compartir con vosotros momentos de carne y hueso. Aquí, con los amigos Ramiro Calle y Fernando Sánchez Dragó en los encuentros eleusinos).

Robando el fuego a los dioses


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Hay elementos suficientes para pensar que el conocimiento, la gnosis, no es suficiente para poder robar el fuego y la luz a los dioses. Hace falta algo más, algo que venga acompañado de fuerza, pero también de amor. Lo notaba cuando esta tarde, en mitad de la sierra de Madrid, podía abrazar a la dulce María, un bebé que se gestó muy cerca de nosotros y que nació para llenar nuestras vidas de esperanza. Ocurre en cada nueva generación. Es como si cada ser viniera con un mensaje de ejemplaridad, con una absoluta crítica a las convenciones en las que nos movemos. Como si quisieran gritarnos cierta necesidad de cambio, cierta necesidad de ser héroes de nuestro tiempo.

Tras pasar la mañana con Carlos y Sandra y su bella hija María comprendí ciertos misterios sobre nuestra mortalidad. Sentí esa tristeza de los melancólicos pechos que alimentaron nuestros primeros días, atravesé la idea de esa praxis del ejemplo concreto, de la forma de cómo poder inspirar a los otros sin dañarlos, sin hacerlos frágiles ante la palabra y el verbo nacido de la experiencia. Hemos aprendido que somos nosotros la verdadera escuela, pero eso solo es posible con nuestro ejemplo. Nuestro deber es inspirar confianza y ternura. Sabemos que nos sobran leyes y nos faltan ejemplos de personas sanas, libres y amorosas. Debemos pasar del estado estético al estado ético. Es irremediable y no podemos renunciar a ello.

Está bien sostener el mundo material, alimentarlo y empoderarlo para facilitar nuestras vidas. Pero debemos aprender a reorganizar nuestras prioridades. Debemos aprender a elevar nuestra dignidad humana y alejarnos de la corrupción, la decadencia y la destrucción. ¿De qué nos alimentamos realmente? ¿Qué entra y qué sale por nuestra boca, por nuestras emociones, por nuestros pensamientos y acciones? Ni siquiera lo sabemos porque ni siquiera abrazamos la oportunidad de parar un segundo para ver qué ocurre en nosotros, con nosotros.

Estamos enamorados de nuestras cadenas y nadie nos advierte de ese recelo por conservarlas. Nadie es capaz de agitar nuestras consciencias de forma suficientemente energética como para zambullirnos en otra realidad, en otra coordenada diferente. Sabemos que todo cambia, que todo se transforma, que todo es cíclico, pero no somos capaces de cambiar nosotros mismos.

De momento todo son palabras. Las palabras, si no vienen cargadas de gestos, no sirven para nada. Por eso tenemos que ir a los corazones humanos y seguir secuestrando su dulzura para compartirla, para seducir a los dioses y robarles sus fuegos. Solo de esta manera podremos seguir avanzando, transformando nuestras vidas y soñando que esa niña recién nacida viene para mostrarnos una nueva dimensión de las cosas. Mirar a María, tan frágil, tan bella, tan profunda, es sentir la esperanza en el rostro humano. Es pensar que todo cuanto ocurra a partir de ahora puede ser diferente.

Andar, siempre andar.


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Andar. Siempre andar. Como si la mañana no pudiera levantarse porque aún la noche no terminó. Como si el viento te llegara a la desnuda piel y pudiera hacerla enloquecer. Andar de un lado para otro hasta que llego a esa misteriosa ermita, encerrada entre bloques, oculta y recluyendo en su misterio esa imagen, otra vez, de San Miguel venciendo al dragón. Pero, ¿de verdad ha vencido?

Llegué puntual y ahí estaba él. Un hombre tímido pero cuya obra ha sido abalada por reyes y huérfanos, por pobres y ricos. Durante dos horas estuvimos conversando en ese hermoso salón de su casa palaciega. Me falta corazón, pero he tenido mucho dinero. Y ese dinero lo empleó no en sí mismo, sino en el otro, en ayudar a los demás, en prometer una vida digna para todos y conseguirlo. Claro que hay corazón, aunque en el timón de la obra hizo falta un creador, un gestor frío, distante, apartado, taciturno. Nadie juzgará su carácter, sino el poder de la obra, todo aquello que hizo por los demás. Por eso la admiración siempre se conserva. No todas las vías son las del corazón. El poder, el conocimiento, también pueden hacer mucho bien al ser humano.

Como cuando hoy he quedado en ese restaurante vegetariano y mi amigo se excusaba porque estaba enfermo. Realmente a veces ocurren cosas que son una bendición. Su enfermedad hizo posible encuentros con gente maravillosa que hacía años que no veía. Cerca de mi mesa me encontré con el todopoderoso Joan Melé, un banquero al que he podido saludar y charlar durante un rato. Pero no un banquero cualquiera, porque el cometido de Joan es crear consciencia en el dinero, en las transacciones, en el intercambio. La banca ética es posible, y un mundo más ético y humano también. La expresión del amor también puede llegar desde el conocimiento y el poder. Lo decíamos antes. Por eso tras estar un rato con Joan apareció Enmanuel. Parecía un milagro. Dos personas que no esperaba y de repente estaban ahí, compartiendo una comida. Al final la vida quiso que el mediodía fuera un continuo momento milagroso, de profunda y exquisita conversación, de oportuno encuentro para entender nudos gordianos que se han ido tejiendo durante mucho tiempo. Toda una revelación, todo un regalo.

Y luego con mi querida Ana y ese abrazo suyo, esa sonrisa esmeralda cargada de privilegios, de generosidad, de sinfonía. Ese ser limpio y angélico cuyo arquetipo siempre me inspira. No se puede ser más feliz que a su lado, ante su juventud , ante su majestuosa fuerza interior. Improvisamos de la nada una escapada al mundo de los miserables, allí donde anida la pobreza más absoluta, no tan solo la material, sino también la vergüenza de una sociedad que pretende esconder tras un bocadillo y un caldo caliente aquello que nunca debió existir. Nos sentimos agradecidos por la experiencia única, por consolar de alguna forma, aunque fuera mínima, la dignidad humana. Allí estaba la tercera vía, más allá del poder y el conocimiento. Allí estaban los cimientos del amor más allá de los postureos de los fariseos de nuestro tiempo. Allí estaba el ser humano hambriento, sediento, negado de toda dignidad. ¿Qué podíamos hacer nosotros ante la inmensidad de todo? Quizás poco, quizás nada, excepto estar ahí, ofreciendo ese caldo y bocadillo acompañado de una sonrisa profunda y sincera.

Andar. Siempre andar. Como hoy, sin dinero, sin calzado, absolutamente pobre y feliz ante poderosos, conocedores y servidores. Sin renunciar a toda nuestra condición humana, aún a pesar de la desdicha y el fracaso colectivo. Seguiremos andando mientras tengamos un halo de esperanza, un ápice de fe en todo cuanto somos.

Hoy me sentía un monje mendicante, como aquellos que iban labrando la nueva nueva sin nada, excepto la sonrisa.

Sabor de amor


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Con sus casi ochenta y cinco años fue despacio, muy despacio, hasta el café de la Luz. Preguntó por mi, pero nadie me conocía por ese nombre. Aunque aquella había sido casi una segunda casa, nunca tuve la apertura suficiente como para presentarme. Su marido Gregorio, con noventa y dos años también estuvo allí. Me pregunto qué hubiera ocurrido si nos hubiéramos cruzado.

Pero era hoy y no ayer cuando iba al café de la Luz, donde me esperaba mi querida Laura, mi hada madrina, mi ángel guardián en estos años locos de aventuras y desventuras. Es tanto el cariño y la estima que le tengo que el verla es como una especie de calmante para el alma. Saber que existen personas puras en las que podrías confiar toda una vida te llena el alma, te rebosa de emoción y alegría. Existen personas así, y merece la pena conservarlas como auténticos tesoros, como regalos que la vida te da en el momento más oportuno. Los ángeles son generosos, amables, sonrientes, alegres. Te tratan siempre con cariño, complicidad y respeto. Laura es un ángel.

Luego me fui corriendo hacia la otra punta de Madrid. Allí me esperaba un misterioso personaje cuya sombra nunca logro alcanzar, cuyo secreto nunca resuelvo. Es casi invisible, volátil, extraterrestre. Comimos en silencio algo ligero. Apenas hablamos porque entre nosotros no caben mayores cuestiones. Solo observamos, sigilosamente, el paso de la vida. Y aprendemos sobre la tolerancia, el respeto, la admiración del otro.

A las cuatro tenía una cita importante. Elvira me esperaba en su casa. Sentía cierto nerviosismo no solo por mi timidez, sino porque no todos los días tienes la oportunidad de conocer a alguien de anciana edad que lleva años leyendo tu blog. Sentía respeto y una alegría profunda a la vez. Aunque ayer no me encontró en el café de la Luz de alguna forma pudo contactarme por mail y acudí a su encuentro. Cuando la vi en el portal de su casa nos fundimos en un sentido y profundo abrazo. Tardaré mucho tiempo en olvidar ese momento tan cargado de amor y ternura. Entré en su casa y saludé a su marido Gregorio. Me impresionó la hermosura de sus ojos, la belleza de sus gestos bondadosos y amables. Empezamos a hablar intensamente y Elvira me enamoró. Por fin había encontrado a alguien que podía entenderme, que podía comprender todo cuanto he vivido. Abrió su corazón y me contó su historia de vida. Con sumo respeto y admiración la escuchaba, la atendía, la abrazaba con la mirada. Dos almas que se encuentran, se reconocen, se aman en ese silencio, en esa corta distancia de la palabra, del momento, de la ensoñación de poder sentirnos y expresarnos libremente aún sin conocernos. Siento tanto agradecimiento, siento tanto amor por esos seres que no conoces y que de repente abren su corazón y su vida. Gracias querida Elvira por tu aura bella, cargada de misterio y de plenitud. Gracias por darnos la oportunidad de compartir ese instante único.

De allí me fui hasta la plaza del Sol. Estaba radiante y feliz por el encuentro con Elvira y llegué puntual a la cita con la bella Jessica. Nos fuimos cogidos de la mano hablando sobre el Misterio, sobre la Palabra Perdida, sobre Su Gloria, hasta una hermosa iglesia donde nos esperaba nuestro querido Ilia, poeta y profesor, misterioso personaje de otra época, sabio, maestro, genio y figura. Estuvimos con su grupo de meditación, de conocimiento compartiendo algo sobre la luz. Un momento inolvidable cargado de poesía, música y belleza. Un punto de luz en una Madrid cada vez más necesitada de claridad. Tras terminar allí nos marchamos. Jessica compartía su entusiasmo por la vida, su necesidad de entender y comprender el Misterio desde una sensibilidad especial. Me entregué a ella en ese paseo que siempre se queda corto, donde siempre deseas más. Descubrimos en la belleza del encuentro humano el poder de la oración compartida, la sutileza del encuentro, del contacto, del amor. Puedo decir que amo a Jessica, aunque tan solo la haya visto media docena de veces. Puedo decir que hay personas que han nacido para ser amadas solo por su mágica presencia. Profundamente amadas. Gracias, gracias, gracias. Bonita idea esto de los encuentros en tercera fase.

Toquemos el violín…


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El primer día de contactos en tercera fase ha sido bello, emotivo, sincero, cargado de sorpresas, de compartir, de lágrimas, de alegría, de sentir, de esa inclinación natural a saborear al otro desde una posición multidimensional, sin juzgar, sin atosigar, de forma cómplice y libre. Por la mañana había quedado con Irene, una persona que me conocía desde hacía años pero de la cual no sabía absolutamente nada. Es cierto que al principio da un poco de corte cuando te encuentras con alguien que no conoces, especialmente si eres de naturaleza tímida. Pero de repente se abre una brecha, un rayo de luz y todo empieza a fluir. Como si esa persona llevara toda tu vida dentro de ti.

Irene ha sido un regalo, un maravilloso instante de revelación. Su sabiduría, su sinceridad, su intuición han servido para guiarme hacia lados profundos que desconocía de mí mismo. Casi no podía creer que en tres horas de intensa charla pudiera descubrir tantas y tantas cosas. Hay una frase suya que me ha cargado de especial emoción: el Titánic se está hundiendo pero debemos seguir tocando el violín. La carga emotiva, la vibración que acompañaban esas palabras venían de otra dimensión. Como si se tratara de un mensaje celeste, como si de repente una fuerza especial hubiera conectado con ese momento para transmitir una verdad inmanente. Gracias querida Irene por todo lo que has hecho en mí. Gracias por fluir y atreverte a conocer a este tímido loco.

A las tres había quedado en el Ritz con José Luis, el cual atendía una recepción de la embajada de la India. Por el camino me he parado para saludar a un viejo amigo que en estos meses se había convertido en un auténtico desconocido. Tras más de veinte años de profunda amistad no hemos sido capaces de reencontrarnos desde el corazón. Había como un muro creado por algún tipo de recelo, de desconfianza infranqueable. Pero me atreví a buscarle, mirarle a los ojos y sentir el gran amor que siempre perdura. Me atreví a estrujar pecho sobre pecho para entender que hay cosas que no pueden morir. Aún así no deja de ser curioso que en esos instantes recibiera dos mails algo duros. El primero, de una amiga escritora que decía algo así: “no puedo quedar contigo, prefiero ir a la peluquería”. El segundo: “no puedo quedar, estoy concentrada en mi profesión”. Mi afán reconciliador no es prudente para todo el mundo, ni necesario. Hay cosas que han muerto y es mejor dejarlas ir. Pero al menos, debía intentarlo.

En el Ritz me he encontrado con un ser excepcional. Fortalecido por la experiencia, inmóvil ante la dureza de la vida, con una capacidad de resistencia sobrehumana. Cuando te encuentras con personas así, hay algo que se fortalece dentro de uno. El poder y la voluntad forjada tras años de práctica meditativa han hecho de José Luis un hombre fuerte y valiente, capaz de resistir los aledaños de la existencia sin perturbarse un ápice. Su serenidad, su generosidad con los aspectos más crueles, han forjado en él un aura de héroe. Nada le turba, nada le espanta. Su secreto es la fe. Posee una de las mayores fuerzas del universo. Y por eso se mantiene amigo de sus amigos, fiel compañero generoso de todo cuanto crece cerca de su vida. Gracias siempre por tu ejemplo Josepe.

Tras la comida me marché caminando a mi antiguo barrio. Quería ver al que fue hasta hace poco el prior de un conocido convento con el cual mantengo una bonita amistad. Dejó la orden y se marcho a las órdenes del padre Ángel, trabajando a destajo en la impresionante iglesia de San Antón, en la calle Hortaleza. Víctor no estaba, pero me atendió amable y cercano el padre Ángel. Le estuve explicando cosas sobre el proyecto O Couso y durante dos horas disfruté de su presencia silenciosa, de su afán por ayudar al prójimo, de su sonrisa y entrega constante, iluminando y atendiendo a todo el que se le acerca con una paciencia infinita. Este encuentro ha sido revelador, y algún día hablaré sobre él con mucha calma. Gracias padre Ángel por mostrar al mundo que la humanidad y la bondad son posibles, necesarias e imprescindibles para el progreso humano.

Luego un hermoso y necesario reencuentro con María. Una reconexión de almas viejas que se reconocen, se respetan y se iluminan mutuamente para proseguir con la obra. Un encuentro de energías que entienden las claves de lo secreto, que se hablan en ese código oculto, en ese lenguaje de los pájaros que decían los antiguos. Un amor incondicional hacia un ser especial, un alma grande y pura que la vida quiso traer a mi mundo con una generosidad inusual. Hemos podido hablar de lo divino y de lo humano, pero sobre todo hemos podido seguir construyendo, conversando de esas cosas que son difíciles de explicar pero que a nosotros tanto nos gusta compartir. Hemos renacido y comprendido la ardua labor que nos queda por delante, y todos los sacrificios que dicha labor requiere. No nos importa, sabemos que el camino es largo y sabemos que esta vez nos ha tocado a nosotros convertirnos en guardianes de los caminos, constructores del nuevo templo, incansables servidores del amor en acción. Gracias María. Gracias por Ser.

Gracias también a Paloma, por estar desde el otro lado compartiendo ratos divertidos. Pronto nos damos ese paseo.

Y gracias también a todos los que habéis contactado para participar en estos encuentros en tercera fase. No he podido contestar a todos, pero estoy en ello. Gracias de corazón por vuestra paciencia y sigamos conectando corazones.

(Foto: con el padre Ángel de Mensajeros por la Paz)

Encuentros en tercera fase


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Este año me he puesto como propósito salir al mundo, conocer a personas, conectar con seres de carne y hueso más allá de la cómoda virtualidad a la que nos estamos acostumbrando. Este año me apetece conectar con la gente de verdad, la que llora, la que ríe, la que salta de alegría cuando te ve. Por eso voy a experimentar con mi estrecha timidez y me voy a lanzar a cierto vacío: quiero conocerte.

Esto significa que cada vez que viaje a alguna parte del planeta por el motivo que sea lo anunciaré para conocerte, pare reconocerte o para abrazar a todos esos amigos esparcidos por la faz de la tierra y que hace tiempo y memoria que no veo.

También aceptaré cualquier tipo de invitación a cualquier rincón del planeta. No me importará viajar siempre que los recursos me lo permitan con tal de darte un abrazo sentido.

Será una forma de comprometer mi experiencia, tiempo y recursos en la noble tarea de crear redes de relación real, amistades que se puedan tocar y se puedan recordar para siempre más allá de un aséptico “me gusta” en las redes sociales.

Así que empezaré esta misma semana aprovechando un viaje que tengo que realizar a Madrid. Si eres amigo o conocido o lo que sea nos vemos de martes a jueves en cualquier parte de Madrid que digas. Mi preferida es el café de la Luz, en Malasaña, pero como en el programa de televisión, podemos quedar en mi casa o en la tuya, a cualquier hora, con cualquier pretexto, para hablar de música, letras, poesía, espiritualidad, política, antropología, comunidades, extraterrestres, relaciones, amor, vida más allá de la vida… Lo que sea…

Si quieres quedar conmigo, si quieres dar un paseo, si quieres ir al cine, tomar algo o simplemente hablar de lo humano y lo divino, estaré dispuesto a hacerlo. Sólo tendrás que escribirme a javier@dharana.org y buscar un hueco en estos días.

Ya está, ya lo he dicho, quiero abrazar almas pero también siento la necesidad de experimentar más allá de mi interior, más allá de ese egoísmo que me encierra tras las teclas sin asumir la verdadera prueba de rozar al ser humano. Te espero en Madrid. Nos vemos.

Y también te espero aquí en esta tu casa, O Couso. Ven cuando quieras.

(Foto: En O Couso con tres buenos amigos).

 

 

Sobre el oficio de espantapájaros


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Esta tarde fui con el amigo Iván a trabajar sobre un naciente proyecto editorial a un nuevo espacio que han abierto aquí cerca, en Sarria, donde con mucho gusto han creado un lugar alternativo con productos ecológicos y libros con conciencia. Nos reíamos mucho porque no nos habíamos dado cuenta de que veníamos de los bosques con esas pintas de haber estado toda la mañana trabajando como fontaneros, granjeros, cavando zanjas y manchándonos de lodo todo el cuerpo. Pero nos sentíamos cómodos y ciertamente graciosos en ese rol de emprendedores que andaban buceando en la creatividad cibernética para ofrecer un buen producto al público que lo necesite al mismo tiempo que reíamos sobre lo surrealista que resulta vivir en una caravana mientras intentas cocrear cosas interesantes. Había cierto entusiasmo en todo, incluso en las pintas.

Una de las partes más divertidas ha sido cuando hemos empezados a hablar sobre el mundo de las relaciones, las parejas, el amor. Mientras repasábamos los últimos detalles del proyecto le contaba con cierta gracia que un chico que vive en una caravana en mitad de un bosque tenía pocas posibilidades de ligar o encontrar una pareja. Más tarde le escribía a una amiga sobre el oficio de espantapájaros. Cuando siento interés por una chica o veo que alguna pobre despistada lo siente por mí me pongo muchas veces el disfraz de espantapájaros.

Lo del espantapájaros viene de mis días de gloria material, por decir algo. Era fácil atraer parejas aparentemente nobles y duraderas cuando las cosas iban viento en popa. Si eres joven, con algo de dinero, alguna propiedad y un futuro de éxito la suerte en el mundo de las relaciones está garantizada. Pero descubrí con cierto sabor amargo que cuando lo pierdes todo, te arruinas un par de veces y te quedas sin nada las parejas (a veces también los «amigos») huyen despavoridas. Eso fue una gran lección de vida, y desde entonces decidí convertirme en un espantapájaros para evita futuros malentendidos. Así, cuando una chica se acerca, primero saco mi nariz de zanahoria y le recuerdo, como hacía Oliverio Girondo, que hay que saber volar. La profundidad del mensaje es encriptado, pero muy claro: soy un chico pobre, cargado de deudas que vive en una caravana en mitad de un bosque frío y helado y que además le importa un pito el sexo, excepto si la mujer tiene los senos como magnolias o un cutis de durazno y además sabe volar, donde, ante la tentativa de una belleza hermosa, uno puede hacer alguna vital excepción. Ante este expediente y expectativa, casi tengo un cien por cien garantizado que las chicas desaparezcan de forma instantánea, y además, rotundamente, sin oportunidad para al menos poder exhalar algún poema o llevarla a volar. ¿Para qué? ¿Quién querría estar con un elemento así? Mi éxito como espantapájaros está garantizado. Todas huyen.

Pero no es algo que me preocupe en exceso, aunque algunas noches admito, como la de ayer, que se siente cierta pena o cierta soledad extraña. Luego llega la mañana, uno se relame de todas las heridas y se pone a trabajar como fontanero, leñador, granjero, electricista o todo aquello que la comunidad requiera. Por la tarde, desaliñado y sin duchar, termino en un precioso lugar con el amigo Iván riendo de todo esto y viendo de paso pasar a todas aquellas chicas que nunca se acercarán a mi aliento insecticida, mi nariz de zanahoria o mi cutis de papel de lija. Como diría el poeta, si no saben volar pierden el tiempo conmigo. Así que sigamos disfrutando de ser un perfecto idiota, espantapájaros de profesión y altivo poeta insufrible.

De esas extrañas noches…


 

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Es tarde, lo sé. Pero a pesar de la grata compañía de la gata Gaia que duerme en mis pies y de la yegua Rocío, cuyo aliento aprecio detrás de mi ventana, he sentido cierta nostalgia, cierto sentimiento de soledad. Esta vez no era una soledad referente a tener o no tener compañía. Esa soledad siempre me acompaña, al menos siempre que estoy solo, como ahora. Pero la de hoy se sumaba a la primera con cierta emoción helada. Quizás porque no había lluvia y el viento casi no reclamaba atención. Hay algo en la atmósfera de este invierno que rezuma desierto, un halo yermo, iracundo, ausente. Lo cierto es que en la soledad de los bosques todo se amplifica. También las emociones.

Sé que estos momentos de intimidad son únicos. La caravana es un espacio lo suficientemente pequeño para no perderte en sus detalles. Centra tu atención en las ventanas, en el paisaje salvaje que hay detrás. Ya no me da miedo la idea de que cualquiera podría entrar en algún momento por su puerta. Vivir sin llaves, sin cerrojos en mitad del bosque ya no es algo que me atemorice. La sensación de estar expuesto a los peligros de la vida de alguna forma me hace fuerte. Todas estas noches han sido tranquilas. Es posible que en unas horas algún ruido extraño me despierte, o alguna sensación o necesidad por salir afuera, en la noche helada, con ese pijama de franela que me acompaña desde hace años. La noche tiene sus derivas. Puedo sentir cada aleteo, cada sueño inacabado. Es como si los seres que habitan en la oscuridad susurraran algún tipo de canción extraña, pero audible desde la soledad.

Pensaba que si escribía algunas letras, que si acompañaba a la noche con alguna emoción, esa soledad se difuminaría. Luego me acordé de la necesidad humana de estar en compañía por más que muchos esquivemos las relaciones pensando que solos seremos más felices. El tiempo te demuestra que la soledad puede ser un pretexto, un achaque de la edad, pero no algo con lo que deseamos convivir. Especialmente cuando la otra soledad, la inevitable, se apodera de nuestras vidas, te abandona al abismo de los acontecimientos que no puedes dominar y a veces, incluso a veces, te desprecia insolentemente, aludiendo la responsabilidad de servir a algún propósito. Un abrazo a veces puede salvar almas. Los cuerpos se desvían, se marchitan, pero las almas necesitan ser abrazadas.

Hoy le decía a alguien que si tuviera la casa en orden, si todo lo referente a los errores pasados hubieran sido ya amortizados, sentiría aún una libertad mayor. Quizás cogería algún camino, alguna vereda, y marcharía al encuentro de la sorpresa, de alguna de esas aventuras inacabadas que te recuerdan la urgencia de vivir. Pero el silencio de esta noche centra la atención en la insurgencia de las cadenas que siguen atándonos a circunstancias extrañas. Es como si un velo cegara la posibilidad. Como si una fuerza extraña me atara a este momento.

He pensado que quizás mañana vaya a comprar una de esas bolas que huelen a alcanfor. Sé que ese olor me transportará a una complicidad única, a un abrazo inolvidable, a un trozo de vida inacabado, incompleto, falto de un camino que nunca llegó a consumarse. Me da pena que el recuerdo de un olor pueda ofrecer aquello que la vida te arrebató. Pero los seres humanos somos así. Preferimos vivir de recuerdos o de esperanzas y despreciar al mismo tiempo todo lo que la luz te acerca.

También he pensado que esta soledad no debería ser rellenada con ficciones, ni tampoco con cualquier derivado o facsímil. Mejor seguir buceando en lo auténtico. Esperar la sorpresa, el amanecer, los tímidos rayos invernales que mañana volverán a resplandecer por la ventana de la ermita, mientras meditamos e intentamos conectar con la vida.

Es posible que esta noche sea diferente. No me importa. Solo observo, contemplo las grietas, invento alguna historia para bucear hacia los sueños y ver como se acomodan a la insatisfacción. El mundo onírico rezuma complacencia, y estoy convencido que en alguna parte rozará otra emoción. Será entonces cuando despierte y vea el bosque y las montañas y las nubes de una perspectiva mayor, desde un vacío inexpugnable. Estaré atento. Buenas noches.

Cooperar incondicionalmente con lo inevitable


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Estoy volviendo a casa en tren, a los bosques, con esa sensación de haber aprendido ante la derrota, haber ahondado en el error. A veces me gusta poner a prueba los acontecimientos. Ver si son capaces de resistir a la adversidad a sabiendas de que mi propia vida es un semillero de experiencias duras. Cuando alguien se aproxima, aunque sea de forma tímida, resulta imprescindible mostrarle esa dificultad añadida a una vida de por sí ya compleja. Es la única forma de saber si será capaz de estar ahí, no sólo en lo bueno, sino también en lo malo. Normalmente huyen. Nadie tiene ganas de pasarlo mal. Nadie tiene ganas de entender la grandeza del sacrificio o el aprendizaje ante la adversidad.

La experiencia nos dice que debemos practicar la resiliencia, esa capacidad para recuperarnos ante un dolor profundo o adaptarnos a situaciones adversas. En los bosques hemos tenido que practicar mucho la resiliencia, cooperar incondicionalmente con lo inevitable, con la dureza de situaciones complejas. Eso nos hace fuertes. Es como una especie de entrenamiento físico y psicológico que nos prepara para el dolor, para el sufrimiento, pero sobre todo, para sobreponernos ante lo adverso. Por eso cuando encontramos el punto de equilibrio enseguida retomamos con fuerza toda nuestra vida. No vagamos en el rencor, ni profundizamos en el dolor. Lo aceptamos y miramos hacia delante. Queremos caminar, y queremos hacerlo ligeros de equipaje, sopesando lo inevitable.

Los recuerdos nos sirven como bálsamos, pero no como atadura. Son como resinas perfumadas con ungüentos que nos recuerdan que el ayer mereció la pena. Al ser el producto de todo nuestro pasado, el futuro dependerá siempre de cómo apliquemos la enseñanza recolectada en esta siembra presente.

Cuando nos despojamos de todo lo que nos ataba, ya fuera un recuerdo, un dolor o aquellos tiempos buenos, cuando abandonamos toda esa carga semántica de acontecimientos que ya no existen, el universo entero se contrae y nos aporta una nueva fuente, un nuevo sendero de aprendizaje y relación. Nuevas personas, nuevas experiencias, nuevos caminos. Nada escapa a la idea de que somos entidades vivas y por lo tanto, con capacidad para experimentar nuevas experiencias. Si bombeamos vida desde dentro, con ilusión, esperanza, agradecimiento y generosidad, la vida nos traerá aquello que necesitamos para seguir adelante. Es una ley natural, una ley necesaria para que los organismos puedan continuar su bagaje existencial.

Es por eso que un pequeño reguero de felicidad recorre en estos momentos el paisaje adyacente. Cuando cooperas incondicionalmente con lo inevitable, el mundo se expresa a través de ti. No importa si padecemos una pérdida, una enfermedad, un dolor profundo. Si nos entregamos a lo irremediable, la vida continua de forma sorprendente. Cedamos en nuestro orgullo, en nuestra vanidad, en nuestra jactancia e hinchazón. Volvamos al camino humilde, sencillo, reconciliador. Y cooperemos.

 

Hacia el inevitable decrecimiento


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Todos los datos económicos, todo lo relativo al progreso de una nación y al bienestar de sus ciudadanos vienen medidos por el crecimiento de sus economías. El índice que se utiliza para medir dicho progreso suele ser el aumento del porcentaje del Producto Interior Bruto (PIB), el cual nos indica, si su crecimiento es positivo, que el país va bien. Esto choca frontalmente con la realidad de vivir en un mundo limitado con recursos limitados y circunscritos a una realidad finita, y de paso, con las repetidas advertencias que desde las Naciones Unidas se están liderando una y otra vez.

La paradoja es que para poder sostener este sistema de valores de crecimiento continuado es necesario:

  1. un consumo desenfrenado,
  2. una especulación financiera que lo haga posible y
  3. unos valores morales de baja calidad en nuestra sociedad.

El resultado es una insatisfacción continuada, una ansiedad progresiva y una casi adicción por el consumo, algo que parece no tener límites en la consciencia humana.

Ante esta impredecible deriva política y económica, en 1987 se creó por parte de la “Comisión Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo” de las Naciones Unidas un documento llamado el “Informe Brundtland”. En el documento, que originalmente se llamó Nuestro Futuro Común[1], se habló por primera vez de “desarrollo sostenible”. En este informe se ponía en duda nuestro modelo de desarrollo económico actual y la sostenibilidad ambiental del mismo, criticando y analizando el coste que supone las políticas de desarrollo a nivel mundial. El desarrollo sostenible fue definido en este informe como aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de las futuras generaciones. El informe, dentro de sus objetivos, propuso dos tipos de restricciones:

  1. a) una restricción ecológica, es decir, la conservación de nuestro planeta Tierra,
  2. b) y otra de tipo moral, la renuncia a los niveles de consumo a los que no todos los individuos puedan aspirar.

Una de las ambiciones de dicho informe fue la de “proponer unas estrategias medioambientales a largo plazo para alcanzar un desarrollo sostenido para el año 2000 y allende esta fecha” (página 10 del informe). El tiempo ha demostrado que este objetivo no sólo no se ha alcanzado, sino que estamos ante un nuevo escenario descrito con cierta angustia en el “Acuerdo de París” de diciembre de 2015 propiciado también por las Naciones Unidas. En este mismo acuerdo se recuerda la “Agenda 2030 para el desarrollo Sostenible”[2], donde los estados miembros aprobaron 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS)[3] para poner fin a la pobreza, luchar contra la desigualdad y la injusticia, y hacer frente al cambio climático. Las Naciones Unidas es consciente del peligro inminente que se está generando en torno al crecimiento desmedido. Tal es así, que lo expresa abiertamente en todos sus documentos e informes: “Conscientes de que el cambio climático representa una amenaza apremiante y con efectos potencialmente irreversibles para las sociedades humanas y el planeta y, por lo tanto, exige la cooperación más amplia posible de todos los países y su participación en una respuesta internacional efectiva y apropiada” (página 1 del Acuerdo de París).

Como vemos, existen un montón de acuerdos cargados de buenas intenciones que resultan, debido a la propia dinámica de crecimiento y moral de los países miembros en cuanto a la imprescindible necesidad de crecimiento, imposible llevar a cabo. Este fracaso global provoca reacciones de todo tipo. La más conocida es una teoría que desde los años sesenta va ganando fuerza: el decrecimiento. Sus defensores creen que el “desarrollo sostenible” es insuficiente para poder detener el colapso ecológico en el que nos encontramos y son necesarias medidas más drásticas e inmediatas.

Uno de los defensores de la teoría del decrecimiento es el economista francés Serge Latouche, del cual ya hemos hablado alguna vez. El autor insiste en que lo único que nos queda por hacer es poner en práctica todas las recetas posibles, pasando por reducir la jornada de trabajo, consumir menos y provocar un necesario respeto por el medio ambiente. Es decir, lo deseable no sería esperar respuestas a nivel global o de nuestros propios gobiernos, sino aplicar nosotros mismos una vida de austeridad voluntaria, viviendo mejor con menos. La llamada simplicidad voluntaria nos ofrecería un mayor tiempo de ocio y una vida social más plena, alejada del consumo compulsivo e irracional y un estilo de vida competitivo, de todos contra todos, ajeno a las nuevas propuestas y las tesis del apoyo mutuo y la cooperación.

Serge Latouche propone algunas soluciones prácticas como las llamadas las 8 R: Revaluar (nuestros valores), Recontextualizar (la construcción social), Reestructurar (los aparatos económicos y productivos), Relocalizar (consumiendo sólo lo que se produce localmente), Redistribuir (el acceso a los recursos naturales y a la riqueza), Reducir (el consumo y el gasto energético), Reutilizar y Reciclar (todos los objetos, en cualquier actividad).

En definitiva, está en nuestras manos y no en las manos de los poderosos sistemas de interés el poder revertir este ciclo de autodestrucción en el que nos encontramos. Seamos conscientes y empecemos a buscar soluciones prácticas, individuales y colectivas, para poder vivir mejor con menos, ser felices y hacer feliz al planeta que nos acoge.

 

[1] Ver el documento en el siguiente enlace: http://www.un.org/es/comun/docs/?symbol=A/42/427

[2] Puede consultarse la misma en el siguiente enlace: http://www.cooperacionespanola.es/sites/default/files/agenda_2030_desarrollo_sostenible_cooperacion_espanola_12_ago_2015_es.pdf

[3] Los 17 objetivos son: 1. Poner fin a la pobreza en todas sus formas en todo el mundo. 2. Poner fin al hambre, lograr la seguridad alimentaria y la mejora de la nutrición y promover la agricultura sostenible. 3. Garantizar una vida sana y promover el bienestar para todos en todas las edades. 4. Garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad y promover oportunidades de aprendizaje durante toda la vida para todos. 5. Lograr la igualdad entre los géneros y empoderar a todas las mujeres y las niñas. 6. Garantizar la disponibilidad de agua y su gestión sostenible y el saneamiento para todos. 7. Garantizar el acceso a una energía asequible, segura, sostenible y moderna para todos. 8. Promover el crecimiento económico sostenido, inclusivo y sostenible, el empleo pleno y productivo y el trabajo decente para todos. 9. Construir infraestructuras resilientes, promover la industrialización inclusiva y sostenible y fomentar la innovación. 10. Reducir la desigualdad en y entre los países. 11. Lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles. 12. Garantizar modalidades de consumo y producción sostenibles. 13. Adoptar medidas urgentes para combatir el cambio climático y sus efectos. 14. Conservar y utilizar en forma sostenible los océanos, los mares y los recursos marinos para el desarrollo sostenible. 15. Proteger, restablecer y promover el uso sostenible de los ecosistemas terrestres, gestionar los bosques de forma sostenible, luchar contra la desertificación, detener e invertir la degradación de las tierras y poner freno a la pérdida de la diversidad biológica. 16. Promover sociedades pacíficas e inclusivas para el desarrollo sostenible, facilitar el acceso a la justicia para todos y crear instituciones eficaces, responsables e inclusivas a todos los niveles. 17. Fortalecer los medios de ejecución y revitalizar la Alianza Mundial para el Desarrollo Sostenible.

 

(Foto: trabajando juntos en el Proyecto O Couso para hacer de la austeridad y el decrecimiento una virtud de compartir y felicidad).

Cuando la muerte nos sorprende


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Hace no mucho llegó una mujer a nuestra casa. Tenía un aspecto cansado y venía aconsejada por un amigo sacerdote de Madrid. Se pasó toda la mañana durmiendo y al despertar, tras comer algo y compartir una intensa charla nos pidió si le podíamos acompañar a la estación de autobuses para volver a su casa. Como no tenía dinero le compramos el billete y la acompañamos hasta la estación. Antes de marcharse nos contó su historia. Algunos intentos de suicidio fallidos y el último recientemente en el Retiro de Madrid, donde algo, de nuevo falló, la sangre no corrió lo suficiente e hizo que permaneciera entre nosotros un tiempo más. Quisimos profundizar sobre su deseo de muerte y tuvimos una charla intensa sobre todo lo ocurrido. Una mujer sola tras varios divorcios, con un hijo que la odiaba, con deudas que le asfixiaban y un futuro desesperante. Sentimos una gran impotencia ante el panorama, un gran dolor ante esa crisis humana a la que nunca sabemos como enfrentarnos. En ese momento sentimos que aquel lugar debía ofrecer consuelo, que nosotros debíamos poder dedicarle todo el tiempo del mundo para estar con ella. Hubiéramos deseado que la casa alcanzara ciertos mínimos, con un poco de comodidad, con al menos una ducha y un servicio para que esa mujer hubiera sentido cierto consuelo y alivio entre nosotros más allá de aquel plato de comida y aquella acogida humana. Haber dispuesto de más recursos para ayudarla y acompañarla en todo en un momento extremadamente difícil.

Hace unos días nos vino a visitar la Guardia Civil por la desaparición de una mujer que habíamos conocido en el monasterio. Hacía tan solo tres meses que había muerto su marido y decidió retirarse un tiempo, refugiándose en la soledad de la vida contemplativa y el alcohol para remediar su intenso dolor. La tristeza por la pérdida de su pareja la consumió hasta el punto de que ayer mismo la encontraron muerta, acurrucada en el portal de una casa abandonada, con una sonrisa a punto de estallar, mitad desesperación, mitad viaje hacia la nada. Una imagen de una muerte incomprensible e innecesaria que deja un dolor insoportable a una hija abandonada. Nadie pudo hacer nada por ella. Murió sola, murió asfixiada por una vida que se le presentaba insoportable.

Es difícil digerir estas escenas, y más difícil aún el pensar y razonar porqué a veces la vida nos consume hasta el punto de querer dejar de abrazarla. Todos hemos vivido momentos complejos, indeseables, difíciles, y todos alguna vez hemos deseado morir como única salida posible a un dolor insoportable. Pero la experiencia también nos dice que siempre merece la pena resistir, agarrarnos con fuerza al hilo de vida y esperar pacientes a que pase la mala racha, a que sucedan acontecimientos que nos llenen de nuevo de vida y esperanza, que nos llenen de amor y reconciliación con todo.

Cuando pensamos en estas dos personas que tanto sufrimiento han arrastrado, nos interrogamos sobre todos los que están pasando por un momento terrible y no desean otra cosa que morir. Nos preguntamos cuantas personas anónimas habrá ahora en este instante cuya única esperanza y salida sea el final. También nos preguntamos en cuantos ángeles anónimos habrá en el mundo que tienden una mano, intuyan lo que pasa y rescaten de ese abismo a esa desesperada alma. No siempre el miedo nos vence. No siempre la oscuridad puede con nosotros.

Después de lo pasado solo nos queda estar aún más atentos. Es posible que la desesperación llame muchas más veces a nuestra casa, y quizás una simple sonrisa pueda salvarles del abismo. A veces no somos conscientes de lo que un plato de comida caliente, un abrazo y la sola compañía pueden obrar en el otro. A veces se nos escapa que el amor puede vencer siempre al miedo.

Descanse en paz.

(Foto: atardecer en O Couso, de Helena S.)

No somos spam, reivindícate como ser humano


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Las relaciones humanas se están reduciendo a un “me gusta” en perfiles que nos deshumanizan, que nos alejan del calor real del otro, que esconden la verdadera naturaleza de nuestro ser. No se trata de un comportamiento adolescente, sino de una situación profundamente dolorosa. Nos hemos convertido en una fría piedra virtual. En una máquina, en un perfil de redes.

Pero no somos objetos estanco, sino sujetos cargados de emociones. Eso nos hace humanos y nos aleja, por suerte, de ser frías máquinas que ordenan datos. Como diría Unamuno, somos personas de carne y hueso, seres sintientes (que sienten, que experimentan emociones, muchas emociones).

En el mundo real no puedes entrar en la vida de una persona, decirle que quieres tener hijos con ella y luego desaparecer durante un tiempo sin decir nada. Eso solo puede ocurrir virtualmente. Sin mirarnos a los ojos, sin escuchar la voz temblorosa, con su carga semántica y viva, sin rozar nuestras carnes, no se pueden tejer relaciones verdaderas. El aliento, el olor, la mirada, la aventura, la risa, la alegría, no son cosas que se pueden transmitir totalmente desde una red social.

No es ni normal ni justo la reducción de un ser humano a un “like”, entre otras cosas porque la otra persona, de alguna forma, enloquece de miedo, de sufrimiento o de desconcierto, pero sobre todo, de auténtica soledad. Se protege en una inteligencia reducida, mancillada, en una lucidez que desaparece y da paso a la mentira de la complacencia. Las habilidades sociales se convierten en habilidades virtuales, donde todo es engaño y mentira.

En el mundo real, cuando rozas la piel de otra persona, cuando haces el amor con esa persona como nunca lo habías hecho con nadie, no puedes utilizarla como si fuera un spam. No puedes amar y luego dejar de hacerlo, como si nada. No puedes obviar ese flujo de energías visibles e invisibles que te atraviesan con su contacto.

El mundo virtual solo ha servido para que en nuestras cabezas ordenáramos datos y más datos y configuráramos una reacción programada de a+b=c. Pero el ser humano no es así. Es mucho más complejo, mucho más maravilloso, mucho más increíble. No se puede reducir a una ecuación, ni a un dato, ni a un programa lógico. Ni siquiera se puede reducir una persona a un mal momento, o a una mala reacción, o a una foto manipulada por internet. No somos un mapa de bits ni somos un algoritmo plano.

Estamos perdiendo el sentido de la vida, dejamos de tener conversaciones de adultos en un entorno real para aparecer como seres de paja en esta virtualidad donde nos gusta escondernos. Ahí nos disfrazamos de héroes o villanos pero escondemos nuestra verdadera cara, nuestro brillo en los ojos, nuestro efluvio humano. Forjamos una imagen distorsionada. Forjamos el mito de algo que no somos.

Durante todo este tiempo estamos utilizando el infame mail, el divertido chat o los mensajes de todo calado para escondernos, para justificar la cobardía de no querer afrontar un encuentro real, de seres humanos que sufren, que lloran, que aman. Estamos perdiendo la capacidad de abrazar la naturaleza que somos para dejarnos caer por el precipicio de la conexión. Sí, estamos conectados, tenemos cientos y miles de amigos que jamás darían un minuto de su vida para dar un paseo a tu lado. Sí, cada vez recibimos más “me gusta” en un mundo alejado de la belleza de lo imperfecto. Ya nadie quiere seres inconclusos, inacabados. Ahora deseamos la perfección virtual. Ahora queremos la soledad de la pantalla.

Hoy me han desechado. Me han enviado a la papelera de reciclaje, me han convertido en un spam. Hoy he sentido de nuevo el aullido de la selva, la vuelta al bosque animado y salvaje.

(Foto: en el bosque con bellos seres de carne y hueso)

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¿Qué hacemos ante el futuro incierto?


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Según los datos más optimistas, se prevé un aumento de la temperatura global de un grado centígrado para el 2020 y de dos grados para el 2050. El cambio climático por efecto directo de la actuación del ser humano es ya un hecho probado y aceptado por la comunidad internacional.

El crecimiento de la población mundial en la segunda mitad del siglo XX fue de aproximadamente un 141%, lo cual nos situó en siete millones de habitantes en el 2011. La población mundial, que actualmente cuenta con unos 7.349 millones de habitantes, alcanzará los 8.501 millones en 2030 y los 9.725 millones en 2050, superando para el 2100 los 11.213 millones según el informe “Revisión de las Perspectivas de Población Mundial” de las Naciones Unidas.

La superpoblación proviene de la superación por una especie animal de los límites de sostenibilidad del biotopo que habita. De alguna forma, el ser humano se está convirtiendo en una especie de plaga para el planeta. El Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria (en inglés Voluntary Human Extinction Movement o VHEMT, en sus siglas en inglés) hace un llamado para abstenerse de la reproducción y causar así la extinción gradual y voluntaria de la humanidad. Otros movimientos como el Population Matters (Cuestiones Demográficas o Asuntos de Población), anteriormente conocido como el Optimum Population Trust (OPT, Organización para la población óptima), es una asociación que promueve la reflexión sobre el impacto del crecimiento de la población en el medio ambiente, indicando que la población óptima mundial estaría entre 2.700 a 5.100 millones de habitantes.

Este contexto mundial es un caldo de cultivo perfecto para que alarmistas de toda índole, movimientos milenaristas y activistas de todas las esferas, inclusive la económica, se hayan puesto manos a la obra para intentar, al menos paliar, las causas de esta aparente irreversible situación. La crisis de valores y el colapso del modelo actual han provocado la creación de experimentos alternativos que han crecido a medida que la demanda de un nuevo modelo ético iba aumentando. Sin duda, uno de los modelos alternativos más demandados ha sido el de las comunidades utópicas, un movimiento global que pretende transformar la sociedad humana desde la práctica diaria.

Realmente no sabemos qué va a ocurrir en los próximos veinte años. Quizás estemos a las puertas de una revolución tecnológica que mejore radicalmente todo el gris panorama que se nos presenta. Mientras eso ocurre, resulta imprescindible una nueva pedagogía, una provocación, un aumento de la alarma social para que tomemos consciencia de algo complejo y difícil para todos. Debemos concienciarnos unos a otros sobre nuestro comportamiento diario, sobre nuestros hábitos más elementales. La comida, el consumismo, la necesidad de crecimiento. Son cuestiones básicas y fundamentales que deberíamos considerar todos los días. Sólo cambiando nuestro paradigma personal podremos albergar alguna esperanza futura.

Aceptando la realidad


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“Someterte al qué dirán es una forma de esclavitud socialmente aceptada”. Walter Riso

Ayer fui al cine con botas de agua y con la indumentaria que suelo usar para trabajar aquí en el bosque. Nunca me doy cuenta de las pintas que llevo hasta que el mundo civilizado empieza a mirarme con cierta desconfianza o curiosidad. La cara de muchos es un poema. Realmente es algo que no me molesta. Me siento bien con esta despreocupación sobre el qué dirán, sobre el cómo debo vestir, sobre si un color pega más que el otro o una camisa conjuga bien con un pantalón. No sé si pertenezco a algún tipo de moda que pueda ser catalogada o simplemente soy un dejado, un egoísta que no piensa en la paz y tranquilidad del otro, o en el necesario decoro, equilibrio y armonía necesarias para mostrarse en sociedad. En todo caso, en mí prevalece la higiene sobre la moda, y no dispongo de mucho tiempo al día para remilgos o cursilerías. Ya no recuerdo la última vez que me puse un perfume ni la última vez que planché alguna camisa. La apariencia, que es algo importante para conservar cierto estatus dentro del mundo del decoro, es algo que dejó de importarme en la montaña.

Algunos pensarán que con toda la que está cayendo ya podría estar hablando de política, de nacionalismos, de derechos a decidir y toda esa milonga que ahora parece ser tan importante para muchos. Realmente, de forma muy sutil, lo estoy haciendo en cada escrito. Es tan sutil que la mofa solo perturba al más ágil. Cuando vives anclado y sujeto a las leyes del sistema no tienes más remedio que poner cara de preocupación ante la que se avecina. Pero aquí en el bosque el sistema casi no llega. Los tentáculos del estado, de las ideologías, de los nacionalismos, de las mentiras, de las fronteras, de las razas, de los estatus, de las leyes, de las modas… Todo eso queda aparcado a tres kilómetros hacia abajo por la ladera. Entre castaños y prados la única ley, la única ideología que nos vale es la del sol, la lluvia, el viento, los ciclos, la naturaleza, el agua, la tierra. A la yegua Rocío no le importa si hoy visto de azul índigo o de violeta merengado o de si soy de izquierdas o de derechas. Le basta con un saludo de buenos días y un abrazo mañanero. Lo mismo le ocurre a las gatas y al perro Geo, al cual le encanta que lleve botas de agua porque eso es sinónimo de largo paseo por prados encharcados y ríos bravos.

Ayer fui al cine porque quería celebrar un mes de silencio. No el mío que de por sí ya es recurrente, sino el de una persona que necesitaba respirar lejos de mí y que de repente desapareció del mapa, como si la tierra se la hubiera tragado. La celebración tenía que ver con cierta toma de realidad por mi parte. Por apagar de alguna forma eso que llaman el hilo de esperanza y retomar las riendas de lo que existe, de lo visible, de lo tangible, de lo que se puede tocar de verdad.

Andaba en esa reflexión cuando recibí el cálido mail de una amiga que me preguntaba sobre el miedo. “¡Ay!” Pensé, yo soy especialista en miedos. Quizás por eso sentí con cierto alivio que esa fragilidad del momento era mucho más real que todo lo demás. Y que por lo tanto, lo más sensato sería olvidarme de la gente que mira mis botas de agua con cierto desconcierto y abrazar la posibilidad de aquellos que me ven como soy, me aceptan y me abrazan de igual forma. Es decir, de aquellos que comprenden y respetan que ando liado en un bosque, lejos del sistema, vestido y preparado para la vida salvaje, pero con pocas ganas de andar discutiendo sobre si las botas me quedan bien o mal o sobre si es necesario ser de una u otra forma. Aquí, ante la intensa lluvia, no me queda otra que aceptar la realidad envolvente, y de paso, aceptarme a mí mismo y a los demás tal y como son.

La plaga humana


 

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«Por mi parte, después de dos años viviendo en una apartada comunidad en mitad de un perdido bosque en una pequeña y modesta caravana, algo he sido influenciado sobre la idea utópica. Creo que es cierto que la humanidad se ha convertido en una plaga y creo que me será muy difícil volver a ella. Aquí, en los bosques, cierta rebeldía se apodera de mi vida. Incesantemente«. (Frase final de mi tesis doctoral).

 

Esta mañana he dado un solitario paseo desde la caravana hasta el pueblo. Al menos más de una hora andando silencioso bajo la lluvia, el viento y el frío para conseguir algo de electricidad. Al parecer la placa solar en invierno se resiste a darnos algo de luz imprescindible para seguir trabajando en los planos académicos. Un pequeño tributo por vivir desconectado de casi todo.

La recompensa ha sido el disfrute y contemplación de los majestuosos decorados y paisajes de invierno. Algo salvaje se despierta cuando la mirada se adentra entre el bosque, el frondoso verdor de los prados y los riachuelos que nacen entre las rocas para derramarse en las veredas. Lejos del refugio del hogar, ahí fuera se respira un aire diferente, salvaje, subversivo, inquietante.

Admito que me gustan las cosas buenas de la civilización. El papel higiénico o el calor de la chimenea, la cómoda ropa que nos protege y los suculentos alimentos que podemos comprar en el supermercado son cosas a las que me costaría renunciar. Pero me pregunto cual ha sido el precio de todo ello, y de qué manera podría participar en un mundo que retrocediera a ciertos orígenes salvajes en cuanto al trato con la naturaleza, sin que esta fuera dañada, insultada o destruida y sin que nosotros sufriéramos en exceso por ello.

A estas alturas, tras años investigando formas alternativas de vida, no he podido encontrar la solución. Al menos sí algunos indicadores del fallo humano, del producto que somos como especie, una entidad totalmente extraterrestre que ha sido invadida por valores ajenos a la propia naturaleza de este hermoso y bello planeta. Cuando observo al ser humano, sus contradicciones, sus empresas y avatares, me doy cuenta de que algo fuertemente arraigado a su ser está fallando. No me atrevería a describir la esencia de ese fallo, ni tampoco a catalogar posibles soluciones para el error que somos. Yo mismo, a pesar de los esfuerzos por mejorar, me doy cuenta de lo inútil de la empresa. Cuando tomas consciencia de que formas parte de una plaga imparable y destructiva pocas recetas puedes aplicar para contener esa macabra idea.

No encuentro ninguna fórmula, excepto ese ya manido cambia tu mundo para poder cambiar el mundo. Pero es tan costoso cambiarse a uno mismo. Aquí en los bosques hacemos grandes esfuerzos para que nuestro impacto sea el mínimo, para que nuestra huella sea lo más positiva posible. Pero siempre hay un sentimiento de fracaso, de derrumbe, precedido y dominado siempre por un arrebato inevitable de optimismo, fuerza y resistencia. Ese optimismo es necesario para continuar y no caer en la tentativa del suicidio colectivo como única solución para acabar con la plaga. Pero nunca sabemos si será suficiente.

Tras terminar la tesis doctoral, o al menos el primer borrador sobre la vida alternativa en comunidades como medio de aplacar este azote humano del que somos partícipes, lo único que se me ocurre es seguir viviendo en esta rebeldía. Todo lo demás ya no me sirve. Aún en la derrota de no poder cambiarme, aún en la desesperada visión de lo que somos, guardo cierta esperanza, cierto optimismo interior. Quizás sea por supervivencia. Quizás sea porque más allá de todo este telón exista mucha más vida de la imaginada. Sea como sea, la vida salvaje me llama. Incesantemente.

¿Para qué hemos venido?


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Ayer disfruté con Ana, la periodista, y Miguel, el cámara, de una larga tarde de preguntas y respuestas donde intentábamos explorar en la complejidad humana. Me marché agradecido tras más de cuatro horas intensas. Me hubiera gustado alargar la noche y seguir destruyendo creencias, estructuras y formas anquilosadas en nuestra psique interior que nos provoca vivir de una forma y no de otra. La periodista de Antena 3 decía que quizás era mejor no pensar tanto, y dejar que la complejidad de la propia vida se diluyera en el día a día. Pero me quedé un momento pensativo y me salió un inocente: “pero entonces, ¿para qué hemos venido?”

La respuesta vino cuando al regresar me llegó la foto de Meiga y Geo. Los dos rozando sus vidas con sus finas patitas animales, disfrutando del calor del hogar, ahogados en un sueño continuo que no espera nada, excepto el disfrute de ese momento vital. Me colmé de alivio y felicidad al ver que las respuestas siempre están en lo más sencillo y cercano. No necesitamos grandes mensajes, grandes revelaciones ni una gran dosis de despertar. Solo pequeños gramos de lucidez, solo pequeños momentos de visión para darnos cuenta de todo.

¿Para qué hemos venido? Quizás solo hemos venido para amar, aunque ese amor sea un instante, o surja de una mirada. Ayer hubo un diminuto lapso de tiempo, quizás minúsculo e imperceptible, en el que sentía como amaba a esa desconocida periodista. Me preguntó algo sobre el amor y solo se me ocurrió contestar con algún balbuceo y una mirada más allá de la retina. Quise entender que la respuesta solo podía nacer de un sentimiento, de una emoción, de un derrame de energía capaz de atravesarlo todo. No sé del todo si eso se puede conseguir, pero valió la pena intentarlo. Amar amando, en silencio, a todo aquel que se preste a mirarte, a todo aquel capaz de permanecer en silencio sin exigir nada, solo cooperando con el instante de intercambio, solo aplaudiendo la caricia, el beso pausado, sin mayor pretensión que el disfrute de ese roce invisible. Un amor desapegado, pero intenso.

Sentí agradecimiento y alegría. Sentí que al desnudarme de forma libre podía amasar algún sentido con respecto a la vida y su existencia. La libertad tiene que ver con esa desnudez, con ese despojarnos de juicios y prejuicios y atravesar las fronteras del qué dirán.

Para la sociedad, un perro y un gato necesariamente se tienen que llevar mal. Eso no ocurre aquí, en esta pequeña familia. Lo podemos ver en esas dos patitas que se rozan. En ese otro compartir, en esa dimensión desconocida. Ellos se aman a su manera. Han aprendido a desprenderse de sus creencias, de sus miradas, de sus estructuras. Se han desnudado y pueden compartir una vida juntos sin miedo, sin ataduras, sin exigencias. Ellos se aman, y al hacerlo, de alguna forma, saben para qué han venido aquí.

Gracias Miguel y Ana por la divertida tarde de ayer. Aprendimos algo de la condición humana, y de alguna forma, compartimos un trozo de nosotros. Eso también es amor.

Despertando al regalo de la vida


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Con especial agradecimiento a Ángela, a las niñas Nora y Nadia y a Dolores y Pepe por sus maravillosos regalos.

 

Estos días han sido un regalo hermoso. Hemos pasado de la mendicidad a la realeza gracias a las niñas Nora y Nadia, que han llenado de amor y sorpresa toda la casa. Un halo de esperanza y alegría recorría todos los rincones. Como si la inocencia de la edad nos recordara la urgencia de vivir. Como si cada broma y juego nos trasladara a esa infancia donde lo bueno y útil puede ser tan solo una sonrisa. Y luego esas casi quince personas bonitas que han estado acompañándonos estos días en el frío del lugar, llenando de calor con sus abrazos y compañía cada instante vivido. En estos encuentros nos damos cuenta de la importancia de vivir en familia, de estar acompañados, de estar compartiendo. Te das cuenta de que cuando abrazas a otro ser, cuando compartes momentos y sonrisas, la vida cobra todo el sentido.

Aprovechando una entrevista en televisión que tendré en Antena 3 en Madrid, acompañé a Ángela hasta su tierra andaluza. Necesitaba salir al mundo y ese paseo también iba a ser un regalo. Hemos podido pasar dos días profundizando en la enseñanza que nos da la vida, en el despertar de la consciencia hacia nuevas dimensiones, hacia nuevas pruebas que nos acercan poco a poco al camino, al propósito, a la búsqueda continua de sentido. El viaje nos ha servido no sólo de acercamiento para dos almas que se reconocen, sino de terapia común para enterrar pasados que ya no existen y promesas incumplidas. Nos ha servido para mirar de frente el instante presente y disfrutar de lo sencillo del ahora. ¿Para qué preocuparnos de la ilusión, de nuestros deseos ficticios que nos alejan de la realidad? ¿Cuál es la realidad actual? ¿Qué es lo que acontece en estos instantes? Gracias Ángela por recordarme tantas cosas, y por todo lo que has hecho en mí. Las almas se encuentran y a veces se acompañan un ratito o toda una vida. Sea como sea, ahí estamos para seguir experimentando la magia del instante.

Cuando me despedí de ella en el barrio malagueño del Limonar, terminé en el centro de la ciudad, aparcando por pura suerte en la misma puerta de Pepe y Dolores. No me esperaban ni yo esperaba estar en la noche de reyes en su casa. Llamé por teléfono por si estaban en casa, por amortizar esa manía mía de siempre ir a los sitios sin avisar, pero nadie contestaba. Tras esperar un rato, y cuando ya me iba a marchar, vi a Dolores en la calle. Me acerqué a ella y nos dimos un fuerte abrazo. Dolores empezó a llorar de la emoción pues están atravesando unos momentos difíciles y la sorpresa de verme allí, entero tras estas semanas de sufrimiento infinito nos sirvió a los dos de alivio compartido. Ya en la casa, calentitos bajo el brasero, con Pepe acompañándonos, hablamos del tránsito, de las cosas de la vida, del cáncer de Pepe y su metástasis compleja. Pero sobre todo reímos con la vida, aceptando las cosas inevitables y llenando los recintos interiores de esperanza y cariño. La vida y sus complejidades, la vida y sus misterios, la vida y todas sus múltiples dimensiones. La fortaleza de Pepe, su siempre elegancia y buen humor aún en los peores momentos han sido para mí el mayor regalo de reyes. El amor incondicional de Dolores hacia la persona que le acompaña desde toda la vida es un ejemplo imborrable y envidiable para el corazón sensible.

Anoche sentí que despertaba de nuevo al regalo de la vida, a las eternas moradas de la existencia. Un regalo multidimensional, que no se colapsa, que no se oprime, que no se puede secuestrar, olvidar, apartar, distorsionar, que nos sorprende a cada instante. La vida en el aquí y ahora, la vida presente, la vida continua, aún más allá de nuestra limitada percepción vital. Gracias de corazón por este despertar mágico, bello, necesario. Gracias Dolores y Pepe por vuestro gran ejemplo de superación y amor incondicional. Gracias siempre a la vida y su misterio.

10º ANIVERSARIO. EDITORIAL SÉNECA


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Estimados amigos, estimados autores, 

En 2016 celebraremos nuestro décimo aniversario. En septiembre de 2006 nació Editorial Séneca, un proyecto ilusionante que pretendía varias cosas: por un lado dar voz a los autores noveles que por motivos comerciales nunca son editados. Dar voz a los pueblos y a sus gentes en una amplia e intensa labor etnográfica que nos ha llevado a rescatar historias de vida y textos salvados del olvido. En 2008 esta labor se amplió con Editorial Nous, donde intentamos editar obras especializadas dentro del mundo de la nueva consciencia y la nueva cultura ética. Y años más tarde, esta triada se completó con Editorial Dharana, la voz crítica y social de este proyecto editorial.

En diez años han pasado muchas cosas. En primer lugar, queremos realizar un sentido reconocimiento a los autores que ya no están entre nosotros. Un especial recuerdo para Antonio Gómez-Guillamón, Antonio Moreno, José Hernández, Manuel Palencia e Isidro Escote. Todos ellos se fueron pero dejaron una parte de sí mismos entre nosotros: sus obras. También para aquellos que fueron parte capital del proyecto, y que sin ellos, Séneca no existiría. Un especial y profundo agradecimiento a Sara, Oscar, Mario, Luis, César, Julia, Xiomara, Carlos, Laura… Sus espíritus, fuerza y talento siguen con nosotros. También un sentido recuerdo a nuestros colegas comerciales, los cuales siempre estuvieron ahí en lo bueno y en lo malo. Un especial abrazo a Pilar y Antonio, de Editorial Sirio, por haber estado siempre ahí. 

En estos años también hemos visto la evolución del sector editorial, el cual, por desgracia, está en plena crisis. Por un lado la crisis financiera que todos hemos sufrido. Por otro, la propia crisis del sector sumada a la crisis tecnológica ante los nuevos soportes de transmisión de las letras. Nuestra editorial sobrevivió a todos los envites que hemos ido sufriendo. Primero a la quiebra sistemática del mundo de la distribución, segundo a la puesta al día de las nuevas tecnologías ofreciendo los libros en formato epub y siguiendo con los constantes cambios y transformaciones que la gestión diaria ha tenido que sufrir para adaptarse a los nuevos tiempos. 

La misión de nuestro proyecto nunca fue el de ganar dinero, ni siquiera el de crecer o formar parte de ningún espectro comercial o empresarial. Siempre tuvimos presente la forma familiar y artesanal en la construcción de nuestro catálogo, y además, la libertad de hacerlo a nuestro antojo, sin presiones, sin influencias. Para nosotros los autores nunca fueron números, siempre amigos con los que, a pesar de las dificultades y los plazos infinitos, labrábamos la aventura de la edición. Si bien la editorial nunca fue rentable en cuanto a finanzas, siempre lo fue en cuanto a las experiencias y la calidad humana de todos sus autores. 

Es a vosotros, a quien va dirigida esta carta, a los que queremos agradecer especialmente estos diez años de relación, de apoyo y de mutuo reconocimiento. Gracias a los que conseguisteis éxito editorial y gracias a los anónimos poetas que si bien no vendieron muchos libros, llenaron nuestro espíritu de vida. Queremos aprovechar para pedir disculpas por nuestras torpezas, por nuestros errores y por nuestros propios aprendizajes. Al mismo tiempo, agradecer siempre vuestra paciencia y generosidad con el mantenimiento de este proyecto cultural. 

Nuestro compromiso siempre fue la cultura, la expansión de la nueva cultura ética y sus valores. Nuestra visión de las cosas han hecho que nos implicáramos de lleno en la construcción de una futura Escuela de Dones y Talentos, donde la escritura y los escritores tendrán un gran protagonismo. Por ello, estamos apoyando al cien por cien al Proyecto O Couso (www.proyectocouso.org), el cual nació de la mano de este proyecto cultural y editorial y que ha pasado el relevo a la Fundación Dharana (www.dharana.org).

Somos conscientes de que esta nuestra/vuestra editorial forma parte de un proyecto extraordinario y poco común del cual nos sentimos profundamente orgullosos. A pesar de los tiempos difíciles, queremos seguir apostando por dar voz a los autores noveles, por seguir compartiendo consciencia y valores y por llevar a la sociedad un mensaje crítico y constructivo con la realidad. Somos más que una editorial. Somos una parte del compromiso del espíritu de nuestro tiempo. 

Por todo ello, te damos las gracias de corazón y te felicitamos por este recorrido juntos. Diez años de vida es todo un logro. Esperemos que los próximos diez años nos colmen de retos y alegrías. Que así sea.

Disfrutad de las fiestas y que este nuevo año 2016 sea una profunda revelación. 

 

Javier León

Editor 

 

Pd.- Este año ha sido complejo, muy complejo. Pero seguimos aquí. Si quieres colaborar activamente con el proyecto editorial y con la futura Escuela de Dones y Talentos, por favor, no dudes en recomendar tu obra, o incluso, si tuvieras oportunidad, comprar con el descuento de autor cuantos ejemplares desees. Para nosotros será una ayuda inestimable. 

(Foto: una de las primeras reuniones de la Editorial Séneca en la Montaña de los Ángeles).

Amor desleal


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En estas fechas tan señaladas para la cultura cristiana siempre siento cierta desazón, una especie de amargura interior que a veces resulta casi insoportable. Tiene mucho que ver con esas contradicciones propias de la estética secular, con esa hipocresía ciega y repetitiva que durante dos mil años se ha gesticulado alrededor de un mensaje potente, hermoso, profundo, pero totalmente mancillado y vilipendiado por unos y otros.

No puedo evitar cierta vergüenza interior al ver como la deslealtad se apodera de estos días. Schiller ya apuntaba sobre la necesidad de una educación hacia la sensibilidad. Inevitablemente la estética nos debería llevar hacia un concepto de belleza, hacia una lealtad amorosa sobre todo cuanto somos y queremos ser. Pero en estos días se ve claramente como esa estética pasa por lo horterada más sublime, adornada con objetos luminosos, chillones, con canciones estereotipadas, cutres hasta la médula, que pretenden adornar superficialmente algo tan importante como el nacimiento de un mensaje de esperanza y amor.

La Navidad no sólo se ha convertido en algo hortera e hipócrita, sino en una excusa perfecta para representar el papel y el rol que nos corresponde socialmente de forma educada y hasta cierto punto de forma obligada. Cuando la jornada termine, volveremos a arrinconarnos en nuestros egoísmos, en nuestras deslealtades continuas hacia unos y otros, volveremos inevitablemente al ruido del que venimos, a la jungla que amamos y aborrecemos por partes iguales.

Lo que debería ser un día de luz se ha convertido en un reino de sombras. Por eso desde hace años me escondo, me acurruco dolorido en algún rincón donde no pueda hacer daño, donde no pueda ser cómplice de esta compleja falsedad. Y cuento una por una todas las deslealtades sufridas a lo largo del año, para entender así de forma global, cuan sola se haya el alma, cuan perdida se encuentra la plaga en la que nos hemos convertido. Una deslealtad tras otra. Un continuo de putrefactas mentiras que se inyectan en la sangre hasta envenenar el deseo de pureza.

Nadie escapa de esa máscara. Ni siquiera los orgullosos y vanidosos que pretenden haberla descubierto. Es tal el miedo a arrancarla o a ser delatados que ocultamos la mirada, nos alejamos en las esquinas sombrías y callamos con tal de no herir la gran fiesta. Ya no hay poesía ni verdad, ya no hay divinidad en el corazón humano, ni anhelo, ni fe, ni esperanza. Sólo un cúmulo de cosas que se suman a la experiencia de poseer, de engrandecer la jactancia y la pedantería. No existe ya valentía ni belleza. Ya no somos sinceros, ni verdaderos, ni sublimes.

Somos desleales. A nosotros mismos, a nuestra alma y sus anhelos, a la pureza de nuestro espíritu, desleales a la vida y al amor, que son conjunciones dinámicas de una misma fuerza y fuente. Somos desleales al otro, a nuestra propia naturaleza y a la Naturaleza. Lo somos ante las oportunidades, ante los retos, ante los amigos, ante la misericordia, ante la razón, ante la consciencia. Somos desleales a nuestra inteligencia, a los sabios que nos advierten, a los filósofos que razonan, a los pensadores que nos guían, a las almas bellas que decoran el espectro de nuestra raza. No nos damos cuenta porque preferimos simular e inventar una alegría hueca y vacía. No nos damos cuenta de esta gran traición. Así somos, con nuestras miserias adornadas con bolas y estrellas luminosas que intentan imitar la verdadera luz.

Estoy cansado de tanta deslealtad. Estoy cansado de tanta traición.

(Ilustración: Melancholy, 1874, Edgar Degas)

Un lado luminoso


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No hay puerta en el pequeño salón y el frío del invierno roza nuestros rostros que son al mismo tiempo caldeados por una pequeña estufa. Algunas velas decoran el salón. Dos personas, el perro Geo, las gatitas, la yegua Rocío, las gallinas, los conejos y ahora también cinco peces que viven una nueva vida en un pequeño estanque que sirve a la vez de abrevadero.

La cena ha sido de lo más humilde: una sopa de fideos. Hemos recibido algunas llamadas, algunos mensajes, pero sobre todo, el silencio está reinando en esta noche solitaria. Nos hemos rendido a lo manso, a lo tranquilo, al silencio. No queríamos que una noche tan cargada de significado fuera atropellada por el ruido. Aquí en los bosques, confraternizamos con lo sublime de la naturaleza, invitados a la gran fiesta del amor invisible.

Desde el gran ventanal del salón, y gracias a una espléndida luna llena, podemos divisar el bosque, con sus árboles desnudos y el fondo de la noche atravesada por el sonido del viento. Nos sentimos privilegiados, afortunados. Nos ha tocado ser guardianes del lugar, pero también del símbolo. El amor no es tan sólo un ajetreo de complaceres. Es también un instante de quietud, de añoranza, de fortaleza.

El frío no nos puede porque por dentro ardemos de esperanza, de fe en el mañana. No tenemos miedo a la noche. Nos protege la complicidad y el amor que sentimos hacia todo cuanto existe. El deseo luminoso de servir en silencio, a pesar de que en ese servicio nos equivoquemos una y otra vez, e incluso cree enemistad en aquellos que débiles no soportan el devenir diario, es nuestra llama, nuestra guía.

Hay un lado luminoso en todo. Y esta noche tan especial, nacimiento simbólico del amor como esperanza futura para la raza humana, queremos ser llamitas flameantes en la noche oscura, como estas velas que tímidas aportan un resquicio de anhelo y vaporosa confianza en este instante.

Gracias de corazón por todos los que hoy os habéis acordado de nosotros. Gracias de corazón por mantener viva la llama de un futuro mejor. O Couso mañana se despertará cargada de regalos. El rocío, el viento, la lluvia, algún perdido rayo de sol. Cualquier cosa será suficiente para demostrarnos que en lo sencillo, en el misterio de las cosas simples, se encuentra la mayor enseñanza, el mayor de los secretos. Que el Ser Invisible os ilumine a todos. Que el Amor nazca esta noche en vuestros corazones. Feliz Natividad.

Pd.- Un especial recuerdo para todos los que hoy estáis lejos. Un especial abrazo sentido cargado de amor y cariño, de luz, de mucha luz en vuestra ausencia.

(Foto: nuestra cena de nochebuena: una sopa de fideos acompañada de un magnífico plátano).

En la próxima estación


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Salí nervioso del tren. Doce horas dan tiempo suficiente para imaginar cientos de escenarios. El mío parecía perfecto. Bajaría a la estación y allí estaría, esperando, como siempre. Los andenes modernos son fríos y grises, pero yo los imaginaba como un valle verde rodeado de frondosos bosques. Al fondo, junto a un río, la salida. Fui nervioso hasta allí y veía abrazos, saltos de alegría, momentos irrepetibles en los anales de cualquier historia personal.

Pero de repente el tren se detuvo. La estación volvió a su color habitual. Subí tembloroso las escaleras y la estación estaba vacía. “Llegará tarde”, pensé. Ella siempre llega tarde. Así que esperé. Fui de un lado hacia otro, mirando por todas partes por si encontraba sus peculiares pasos que llegaban hasta mi. La espera fue larga, triste. Pero soy un poeta, así que imaginé otro hermoso escenario. Estaría esperando en la entrada del metro, junto a una banda de música celestial decorada por violines y unicornios blancos. Fui impaciente hasta la entrada y de nuevo vacío y desolación. Quizás esté en la estación, escondida para darme una sorpresa. Corrí impaciente porque esa posibilidad también existía. Vacío.

Aún guardaba esperanza. Seguro que estaría esperando en casa con algún turrón de chocolate de esos que tanto me gustan. Ese tipo de esperanza disparó de nuevo el ánimo, la música, el concierto. Las estrellas empezaron a trabajar para que mi paz interior se desenvolviera en el sueño mágico. Aceleré el paso, miré por todas partes por si estaba escondida en alguna calle, tras algún árbol. Corrí y toqué el timbre impaciente. Fui corriendo hasta la habitación. No había nadie.

Esperé así uno y dos y tres días. Mirando cada tres segundos el móvil por si había alguna señal, algún aviso. Las montañas volvían, los acordes sonaban en cuanto la desesperación se volvía unísona con ese cosmos inventado. Al fin y al cabo había aprendido a amar con desesperación. Había aprendido a cumplir mi parte, aunque eso nunca fuera lo que la otra persona espera.

A la vuelta empecé a mirar el paisaje que el tren ofrecía. Allí estaban las montañas, los bosques y los ríos. Estos verdaderos. Paisajes majestuosos que acariciaban el alma, que resolvían en la realidad todos los conflictos imaginados. Acepté esos montes, acepté las nubes flotando en el azul infinito. Acepté el silencio. Acepté el vacío y el dolor. Acepté también el grito. Un grito sordo. Un grito vencido.

Miré de nuevo y pensé que merecía la pena seguir viajando. La belleza está escrita en cada palmo de realidad. Los mundos se suceden de forma misteriosa en todas las esferas posibles. Quizás en la próxima estación no haya nadie. O quizás esté repleta de música…

(Fotografía: © David Keochkerian photographie)

Apoyando a la Fundación Dharana y su Proyecto O Couso


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Estimados,

como sabéis, llevo trabajando como voluntario más de un año en la fundación Dharana y su proyecto O Couso. Os dejo estas líneas por si alguien desea participar de este ambicioso proyecto el cual renace cada día para mejorar e inspirar.

La Fundación Dharana y la comunidad que se está gestando en O Couso pretende ser un lugar de transformación personal y planetaria, construida sobre los principios del amor y la confianza, del apoyo mutuo y la cooperación. A lo largo de este tiempo, el crecimiento de nuestro ideal ha sido un camino de generosidad, donde muchas de nuestras necesidades se han cumplido gracias a las aportaciones inesperadas de un amplio círculo de amigos con un profundo compromiso por este ideal y la experiencia transformadora que proporciona.

Queremos compartir nuestra más sincera gratitud agradecidos por la bondad y generosidad recibidas en este tiempo, la cual ha podido ayudarnos en toda esta labor de construcción, financiando los elementos esenciales que sustentan la propia comunidad, sus estructuras y servicios. Sin esta contribución vital el proyecto no podría continuar para prosperar.

Ahora te invitamos a profundizar en tu relación personal con la Fundación Dharana y formar parte de nuestra Red de Amigos. Como parte de la Red de Amigos estarás contribuyendo a la obra transformadora del proyecto, a medida que seguimos para abrir los corazones y las mentes, transformar y buscar nuevas formas de vida para un futuro positivo y sostenible.

Entrar a formar parte de nuestra Red de Amigos es otra manera en la que puedes permanecer conectado a la Fundación y co-crear con nosotros. Tu contribución es fundamental para la eficacia de toda esta hermosa experiencia compartida y la visión en la que juntos buscamos fomentar:

– la escucha interior y el autoconocimiento a través de ofrecer un entorno propicio en el que la consciencia y la forma de ser se pueden desarrollar para lograr una mayor comprensión de la finalidad y la naturaleza profunda de la vida.

– el amor en acción mediante la participación de un espíritu bondadoso en nuestras actividades cotidianas y a través de la demostración de la alegría de estar al servicio de la totalidad.

– la cooperación con la naturaleza y la sostenibilidad en todos los niveles, informando, inspirando y permitiendo a los individuos y grupos para experimentar y practicar formas sostenibles en armonía con toda la vida.

Para formar parte de la Red de la Fundación de Amigos de Dharana, puedes hacerlo de la siguiente forma:

 

FORMAS DE COLABORAR CON O COUSO

  1. MIEMBRO DE LA COMUNIDAD  
  2. VOLUNTARIO  
  3. AMIGOS DE O COUSO
  1. MIEMBROS DE LA COMUNIDAD  

Son personas que viven en la comunidad o están realizando algún programa con vistas a vivir en ella.

  1. VOLUNTARIOS

Personas atraídas por los principios del proyecto que vienen a vivir una experiencia de voluntariado por un máximo de doce meses.

  1. AMIGOS DE O COUSO

Personas que han vivido una semana de experiencia y se sienten vinculados al proyecto, apoyándolo desde sus lugares de origen y trabajando en el mismo con diferentes iniciativas. También pueden hacerlo sosteniendo el trabajo mediante aportaciones voluntarias:

a) Haciendo una aportación directa en la siguiente cuenta:

TRIODOS BANK (BANCA ÉTICA): ES54 1491 0001 2121 2237 2325

b) Mediante una donación directamente aquí:

donar

c) Mediante una aportación mensual:

Opciones mensuales
Aportacion 30€ : €30,00 EUR – mensualmente
Aportacion 50€ : €50,00 EUR – mensualmente
Aportacion 100€ : €100,00 EUR – mensualmente
Aportacion 200€ : €200,00 EUR – mensualmente

d) Aportando un euro al mes en nuestra cuenta de Teaming:

https://www.teaming.net/proyectoocouso

 

Voy a vivir


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Las danzas tribales de los maorí de Nueva Zelanda me acompañaban en el trayecto. También los poemas de Pablo Neruda cantados por Mikis Theodorakis. Fueron diez días hermosos de aventura donde el espíritu se expande y se derrama para compartir momentos pasajeros, pero siempre perennes en los registros de akasha.

Sin embargo, algo sucedió. No puedo decir qué o cómo o porqué con exactitud. Hay realidades que no se pueden gestionar. A veces por un exceso de orgullo. Otras por un desbordamiento de ignorancia. Pero ahí estaban los hechos, las pruebas, como impuestas, para que aprendamos, para que maduremos, para que cedamos una parte de nosotros.

En ese momento podríamos haber escogido cientos de caminos. El de la compasión, el de la broma, el de la complicidad, el del amor, el del cariño. Sin embargo, preferimos el del orgullo y la vanidad, el de la miseria y el desprecio. ¿Por qué cuando la vida nos pone firmes ante la elección siempre erramos? Es nuestra miserable naturaleza. Es nuestro grado de humanidad alcanzado. No es algo baladí. Está todo escrito en nuestra genética animal, incapaz de haber sido humanizada hasta el escarmiento.

Preferimos vencer a ceder. Preferimos odiar a amar. Ni siquiera nos vale un camino medio. Nos vamos al otro extremo, a la chapuza, al descontrol, al caos. Un caos siempre egoísta porque arrasa con todo, no importa cuanto se haya construido, cuanto se haya alcanzando. Todo se derrumba en esa tormenta perfecta.

Ocurre todos los días porque todos los días nos autodestruimos. A veces lo hacemos de forma consciente, otras de forma fortuita. Pero siempre apretamos sutilmente alguna tecla que consume un halo de vida, un trozo de esperanza. Incluso cuando comemos algo de nosotros se extingue.

Todo esto ocurre cuando por cualquier circunstancia nos alejamos de nuestro centro, de nuestro yo real, de nuestra alma verdadera, llamémosle como queramos. Ocurre cuando nuestro ser narcisista (porque en el fondo todos tenemos algo de eso) se apodera del curso de los acontecimientos y nos deja desnudo ante el huracán. Ocurre cuando nuestra animalidad más primitiva se hace cargo de todo cuanto hacemos, haciéndonos totalmente insensibles al dolor ajeno.

Pero el alma quiere vivir. Busca siempre grietas, hendiduras por donde colarse. A veces lo hace de forma vaga, otras con la fuerza de un ciclón. A veces le evitamos el paso, otras lo consigue y resucitamos de repente. Entonces, cuando eso ocurre, te sientas en el ojo del huracán observando el caos y diciendo eso tan new age de “yo soy, y permanezco”. Y permanecer significa que hemos aprendido algo, aunque sea leve, y que algo tendremos que ofrecer tras la experiencia. También significa que la vida sigue, que todo pasa, que todo se permuta por algo que no comprendemos pero que posee un profundo significado. Voy a vivir, proclama el alma. Voy a vivir la vida eterna.

Mantente firme en el dolor


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Ya sé que es una frase extraña. A veces todo duele tanto que solo nos queda como soporte la firmeza. Una firmeza que nace a veces de la desesperación o de la pura necesidad de supervivencia. Cuando las cosas duelen hasta el extremo llega un momento que el sistema se colapsa. Es en ese colapso, en ese momento de no retorno, cuando has perdido ya todas las fuerzas, que algo nace de dentro para mantenerte firme.

Esta mañana uno de los conejos yacía muerto y descuartizado en medio de los pastos. Era la señal de que hoy no iba a ser un buen día. Era el momento de colapso a una semana terrible.

El mundo es singular y complejo. Se encarga de elevarnos hacia lo más alto para luego dejarte desnudo y lanzarte en medio de un océano de dudas, de sufrimiento, de dolor. Un momento súbito de alegría puede ser transformado por las fuerzas centrífugas en un tiempo de contradicción, de fracaso, de tristeza profunda. Alguien puede interpretar un momento de felicidad con una mentira, con una exaltación del ego, con una traición a los ideales, principios o valores que nos conforman. Y eso puede desencadenar en una maraña de malentendidos, de reproches y de locura compartida. Lo que pareció algo bonito se transformó en un segundo en un infierno. De repente te conviertes en diana de ataques. Algunos totalmente fundados en verdades, pero al fin y al cabo ataques innecesarios, que no suman nada, que no aportan más que sufrimiento y dolor. Cuando intentas construir puentes, uno a uno son dinamitados con una pólvora de amargo sabor.

¿Qué hacer ante algo así? ¿Cómo gestionar ese dolor, esa insensata forma de destruir al otro?

Los escritores tenemos ese don del maniqueísmo, de la ilusión. Somos liantes por naturaleza, nos encanta manipular el lenguaje, modificarlo, transformarlo. Forma parte de nuestro arte. De nuestro don. Hay algo dentro de nosotros que nos incita a modificar el mundo, a veces con palabras, a veces con injusticias, a veces incluso provocando guerras virtuales. Todo eso es una siembra que desemboca en una terrible cosecha. La ficción nunca soporta los resortes de la realidad, a no ser que seas poderoso y con capacidad de transformarla. Si eres mediocre, como es mi caso, solo cosechas mediocridad. Si eres un escritor torpe y manipulador solo cosechas una carrera de tristeza continuada, incapaz de mantener una sana relación con el otro, incapaz de cimentar desde la realidad una relación pura.

Si el amor es relación, he fracasado en ambas cosas. Posiblemente por egoísta, por ser un intruso o un extraño en este mundo grupal. Posiblemente por ser un miserable errante que merece ser ahorcado en el palo de la justicia. Ahora mismo, cuando el dolor es insoportable, solo me queda mantenerme firme y levantarme sobre mis propias miserias para que algún día, en algún lejano bosque, solo e inofensivo, sea capaz de no hacer daño.

Escribir es una forma de mantenerme firme en el dolor. Volver a mi ser, sea como sea ese ser, enfermizo, egoísta, manipulador o lo que sea, es también una forma de redimirme.

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