Mía es la voz antigua de la tierra…


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… tuya es la hacienda, la casa, el caballo y la pistola. Mía es la voz antigua de la tierra.  Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante por el mundo… más yo te dejo mudo… ¡mudo! … ¿Y cómo vas a recoger el trigo y a alimentar el fuego si yo me llevo la canción? (León Felipe)

Siempre me repito a mí mismo que en la vida hay que hacer aquello que te haga sonreír. Cerrar los ojos, imaginar varios escenarios y observar con atención cuál de los escenarios posibles te saca una sincera sonrisa. Lo cierto es que ayer por la mañana me levanté temprano, a eso de las cinco. Estuve trabajando un poco en algunos libros, luego fui a los cantos de Taizé, más tarde a la meditación y tras un corto paseo por la comunidad, volví tranquilo, observando este precioso paisaje invernal en las Highlands escocesas. Desayuné, me puse al trabajo y así hasta la hora de comer. En toda esta perfección cotidiana, había algo interiormente que me incomodaba. Me daba cuenta de que mi espíritu aventurero no soporta la levedad del ser por mucho tiempo. Eso de estar en un lugar cómodo en una situación perfecta es algo que por dentro desespera. La aventura está ahí fuera, siempre guiada por los impulsos del corazón errante y vagabundo. Miré al horizonte, con cierta nostalgia, y sentí que dentro había una nueva canción, una melodía que gritaba al mundo y dejaba mudo el paisaje.

Así que cerré los ojos a media tarde con esa calma propia de la certeza y había una imagen que me hacía sonreír. Busqué en el interior y vi que había un destino que me llevaba a otro lugar del mapa, a otro territorio aún por explorar. No es un territorio físico, más bien emocional y psicológico al que necesito enfrentarme con calma y sutileza. Al menos eso es lo que me dicta ese corazón en su locura de voltear siempre las situaciones para seguir con máxima profundidad en el aprendizaje. Llevo dos semanas aquí, la mitad del tiempo que me había propuesto, pero ha sido suficiente para que mi mente se alineara de nuevo y prepara los asientos del alma para que pronto, muy pronto, vuelva de nuevo a su lugar. Para los que somos algo sensibles, Findhorn sigue siendo un acelerador de procesos, y he sabido aprovecharlo al máximo. Misión cumplida. Mente en su sitio, corazón amable, energía limpia y renovada, cuerpo sano y vigoroso de nuevo. Tras el alineamiento inevitable del cuaternario, vendrá el anclaje necesario con la triada. Pronto, muy pronto el Ser volverá a sus aposentos.

Dentro late un nuevo destino de incertidumbre pero que interiormente me calma. No sé qué pasará a partir de ahora. El viaje a Israel ha sido determinante, o al menos, ha habido una inflexión interior positiva. Así que auguro buenos propósitos para lo que tenga que venir a partir de ahora. Y si no es así, pues tendré que enfrentarme de nuevo a la máscara de la experiencia y sortear todo aquello por lo que debo aprender. Ya no tengo miedo. He tocado fondo, he bajado hasta lo más profundo del ser y he visto la manera de poder salir poco a poco, despacio, hacia arriba. Toda una experiencia, toda una hermosa noche oscura del alma…

Ahora veo luz, siento paz, admiro la belleza del paisaje y contemplo con auténtico desapego toda la experiencia. No me ato a mis obras, ni a todo lo creado hasta ahora. No me arrepiento de mis errores y torpezas. No hay nada que provoque en mí un aleteo de remordimiento. Siento esa paz de los ancianos que miran con nostalgia tiempos pasados. Al mismo tiempo que me enfrento como un recién nacido al mundo por descubrir y explorar. Con curiosidad, con ganas, con vida. Tuya es la hacienda, mía es la canción y la voz antigua de la tierra. Gracias por haberme dejado tan rico, quedándote tú tan pobre. Desnudo y errante por el mundo, seguiré avivando fuegos…

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Abrirse a la experiencia del amor


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© Susanne Washington

La ternura no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor… Jorge Bergoglio

Cuando uno fracasa en la experiencia del amor, especialmente del amor pequeño, del amor minúsculo, del amor de pareja, se siente cierta frustración, cierta sensación de fracaso y derrota. La norma generada es que nos cerramos a esa experiencia al cosechar pérdidas consecutivas. Nos gusta indagar sobre la experiencia del amor porque junto a la vida y la muerte, es uno de los tres temas fundamentales de la existencia de todo ser. A pesar de todo lo vivido y experimentado, a pesar de todo lo indagado y escrito sobre este asunto, siempre notamos cierto verdor, como si cada día, la experiencia del amor fuera algo nuevo a lo que enfrentarse y de lo que aprender.

Hace unos días, una buena amiga me miraba con amor y dulzura en los ojos y me decía contundente que algún día mi alma encontraría a su alma amiga. Que más allá de los amores de la personalidad, siempre torpes, el alma enfocada en un propósito encuentra inevitablemente a esa otra alma que ayudará al mismo, ya que el propósito del alma nada tiene que ver con los pequeños propósitos de la personalidad, siempre egoístas e individuales. Por lo tanto, es inevitable que dos seres enfocados en un propósito de alma se encuentren para engrandecer esa experiencia. Otra cosa es que ambos se reconozcan como tal en esa vivencia cuántica, que brote la semilla del amor y que se expanda en ambos sentidos, en el sentido de amor de alma y en el sentido de amor de pareja terrenal.

Como experto saboteador de relaciones, siempre, a pesar del dolor que esto conlleva, un dolor siempre bilateral, donde ambas partes sufren, me he interrogado por ese afán de lanzarme a cualquier relación sin examinar a priori las consecuencias futuras. El amor debería ser inteligente, más allá de los impulsos primarios que nos hacen abrazar la experiencia humana de cualquier ser que se nos acerque y por el que sintamos un mínimo de atracción. Uno debería razonar si esa atracción primera está en acorde con el sentir más profundo, con la experiencia como almas libres que desean desarrollar un trabajo profundo, compartido y consciente en esta oportunidad de vida. Hay experiencias de amor en pareja que te separan totalmente de este propósito y hay otras que te elevan exponencialmente hacia la misma. El discernimiento, en este sentido, resulta ser una poderosa herramienta para saber elegir bien la persona que entrará en tu vida, que aminorará la marcha de tu evolución o la multiplicará en un acelerado compartir.

De ahí la prudencia de abrirse a la experiencia del amor. De hacerlo con calma, sin prisas, despacio. Conociendo bien a la otra persona y conociendo bien todo aquello que nos aporta y que nosotros aportamos a ella. Si perdemos el tiempo en señuelos de una noche de pasión, en tratos comerciales para pagar hipotecas y vivir una vida cómoda o en estimulantes relaciones que solo nos conducen a un vacío perpetuo, es mejor no hacer nada, es mejor esperar, es mejor estar atentos.

La prudente espera debe venir acompañada de un profundo anhelo. No todo el mundo desea arriesgar parte de su vida para afrontar el reto de la experiencia humana en compañía. Para muchos, la soledad también puede ser una llama, un camino, una vereda. Para otros, la comprensión de poder multiplicar la experiencia, acelerada inevitablemente ante el abrazo incondicional de otro ser, puede suponer un avance meteórico hacia la evolución. Si la soledad puede ser una llama, el amor en relación puede llegar a ser un fuego incombustible. Una vida tierna y amable, una vida rebosante de amor y atención es la mejor manera de comprender las fuerzas universales de la existencia. No una relación mediocre de interés mutuo, sino una verdadera apertura al amor incondicional, fuerza primera de todo lo que nos rodea, fuente primordial de todo cuanto existe.

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Ginebra, visiones desde el otro lado


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Al fondo, tras el umbral, la mezquita de Al-Aqsa, la mezquita lejana, inaccesible para nosotros por segunda vez, la mezquita más lejana en nuestro viaje nocturno. Lo intentaremos en el Buraq.

Llegar a Ginebra ha sido como darme un baño de realidad tras trece días perdidos, nómadas, errantes. Decenas de correos por contestar, cientos de cuestiones que resolver y una necesaria vuelta a la disciplina del orden, el decoro y la racionalidad. Hace un frío que ya no recordaba tras vivir en una primavera mediterránea suave y hermosa durante semanas. Aquí mandan los Alpes y sus escarpadas cimas cargadas de nieve. Tanto tiempo junto al mar me hizo olvidar el frío y esa vocecita subterránea, esa melodía baja, medio capturada, medio evasiva que subyace en los contornos grises.

De todos los mensajes recibidos buscaba con cierta ansiedad uno significativo. Lo encontré tímido y deseado. Era escueto, corto, sin mayor emotividad. Más bien una descripción de lugar y tiempo sin ningún añadido. Intenté interpretarlo como lo hacen los poetas, indagando si su contenido oculto era un punto y seguido o un punto y final. Miré en el manual de instrucciones de las palomas mensajeras por si había algún capítulo al que dedicarle mayor atención en esto de la conquista alada. Pero el cansancio podía conmigo. Tras recoger las llaves del apartamento en la oficina, comprar algo de comida para pasar estos días y afeitarme, me tumbé abatido, feliz pero cansado, alegre pero añorante, deseoso de muchas cosas e instantes que ahora están aparentemente lejos, pero interiormente cercanos y vivos.

Hace tan solo unas horas estábamos sentados junto a la gran mezquita Al-Aqsa de Jerusalén, intentado por segunda vez e inútilmente acceder a ella, tomando un té caliente en sus calles laberínticas y multiculturales mientras aprovechábamos para limpiar el acceso sagrado a la misma de plásticos y basuras. Y un día después, andaba soñoliento, solitario, deambulando instintivamente por ordenadas calles, limpias y pulcras, cargadas de sofisticación y decoro. Del caos al orden, de lo nómada y errante a lo sedentario y rutinario. Del calor a la nieve.

Este lugar es como un puente que me llevará hasta Escocia. Un puente necesario, porque siempre uno tiene que tejer puentes entre una realidad y otra. Un lugar donde acomodar las nuevas energías, digerir la aventura antes de penetrar en el silencio y la reflexión profunda que me acompañará en las Tierras Altas. Un conector entre el pasado y el futuro, a sabiendas, según reflexionábamos estos días, de que ambos se tejen en un mismo instante separado únicamente por nuestro punto de anclaje y atención.

El trabajo todavía no ha sido consumado del todo. Lo que tiene que llegar inevitablemente es la nota de un probable logro. Todo lo que me queda por encontrar tiene que ver con ese profundo impulso interior y ese descontento nacido de aquello que algún día me alejó de mí mismo. Hay algo que gradualmente se vuelve tan fuerte que eleva al oculto y esforzado ser, fuera de su medio común, de su inestable condición humana. Todo este esfuerzo provoca el que podamos mirar a la vida como el aspirante más ferviente, aquel que no conoce descanso hasta que ha emergido fuera del agua y trepado constantemente hasta que se encuentra en las más altas cimas.

Añoro las risas y los abrazos, el cariño y esa sensación de sentirte seguro y alegre cuando alguien te acompaña en el camino. Es cierto que la vida se hace más cómoda y profunda cuando compenetras con alguien que te acompaña en los avatares de esta. Es como si la realidad pudiera ampliarse, porque ya no son tan sólo dos ojos los que ven, sino cuatro. Entonces todo se engrandece y ensancha a cada respiración compartida. Las experiencias parecen multiplicarse y la vida adquiere otro sentido diferente, amplio, dilatado por la visión compartida del otro. Uno puede vagar solo e irradiar aquello que pueda, pero descubro con este tipo de experiencias que cuando lo hace acompañado, con buena y cómplice compañía, la vida se vuelve intensa, sorprendente, excelsa. Esto es muy revelador, porque añade dosis de profundidad a todo cuanto nos ocurre.

Ver un atardecer al otro lado del mar junto a alguien que te aprieta con fuerza la mano mientras puedes escuchar el susurro de su respiración próxima y rítmica es una experiencia doblemente gratificante. No importa la implicación emocional que se tenga con esa persona. Ni siquiera importa el grado de compromiso adquirido, ya sea de colegueo, de amistad estrecha o de relación íntima de pareja consumada. Lo que importa es que al entrelazar las manos y mirar juntos el milagro de la vida, uno puede comprender con mayor asertividad los secretos ocultos de la realidad manifestada. Uno puede lidiar con mayor esperanza en todo aquello que se nos esconde, que se oculta tras los hechos observables. Uno, en definitiva, puede con mayor grado de implicación, responder ante la llamada misteriosa de la existencia, intentando descifrar qué desea de nosotros y cómo podemos atender a su llamada inevitable.
Nieva ahí fuera. Ginebra sigue igual de expectante. La vida continúa su curso inevitable.

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No son hombres, son asesinos…


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Laura, in memoriam

El terrible asesinato de Laura nos ha conmocionado a todos. No tan solo por su belleza y juventud, por toda esa vida de ilusión y por todo ese recorrido humano que quedaba por hacer. Es algo más que eso. Es la impotencia, es la rabia, es la frustración general de una sociedad hastiada de tanto horror.

Como hombre me siento perdido, desautorizado, diría que casi criminalizado. Me doy cuenta de que el crimen constante, año tras año, de personas que asesinan a sus parejas está poniendo en la punta de mira a todos nosotros. Lo noté en la mirada de pánico de mi ulterior pareja cuando nos despedimos por última vez. De alguna forma, ya todos los hombres somos peligrosos asesinos en potencia. Uno casi tiene miedo a enamorarse de nuevo, a tener una vida normal, aunque el expediente de violencia personal haya sido nulo e inexistente. Sí, alguna frustración, algún motivo de rabia por algún tipo de injusticia emocional, pero nada más que eso.

No puedo dejar de pensar en Laura y en todas las Lauras que han muerto a manos de hombres. Pero quiero pensar dentro de mí que los hombres no somos así, que esas personas no son hombres, son asesinos. Son seres despiadados, sin corazón, sin emociones, sin empatía hacia el género humano. Son seres perdidos en el mundo de las sombras, salvajes sin razón ni juicio. No son hombres, son asesinos.

La mala suerte y la casualidad hicieron que esa tarde de ilusión se convirtiera en una tragedia más. Y me pregunto hasta cuando. Quizás siempre fue así y quizás siempre sea así hasta que no rompamos de una vez nuestros valores, el cuidado de la infancia, la educación, los mensajes que nos envían escrupulosamente desde los medios, especialmente desde la televisión y las películas. Todo aquello que nos hace seres humanos con una cultura e identidad debemos empezar a deconstruirlo. Aún no somos conscientes del esfuerzo que como personas humanas tenemos que hacer para ese cambio. Pero tenemos que hacerlo con urgencia.

Como hombre, me doy cuenta de la gran responsabilidad que tenemos por delante para mejorar como género, como seres capaces de sensibilizarnos, de acomodar nuestras fuerzas ancestrales al nuevo mundo que se está tejiendo. No es solo un rechazo a la violencia, es también un rechazo a nuestro bagaje, a los roles que nos han enseñado desde pequeños, a esa estúpida necesidad ancestral de sentirnos “machos” para conseguir algún “trofeo”. No, eso ya no funciona, eso ya no sirve. Cambiemos los valores, cambiemos el paradigma. Seamos humanos, personas, seres sintientes y amorosos.

No son hombres, son asesinos. Me digo una y otra vez por dentro mientras lloro la muerte de Laura.

La importancia de sonreír


“Solo una mente educada puede entender un pensamiento diferente al suyo sin necesidad de aceptarlo”. Aristóteles.

Tanta tristeza produce hartazgo. Por eso cuando ves a alguien sonreír no puedes más que agradecer ese gesto. Dar gracias por aportar rayos de luz, por simplificar la vida en algo tan hermoso y tan profundo como sonreír. Es como un alegato, una reverencia desde lo más profundo del ser. Cerrar los ojos y empezar a visualizar el cosmos entero. La sonrisa es como la música, un idioma secreto que todos comprendemos, que todos anhelamos, que todos deseamos por su sencillez y profundidad. Si de verdad queremos hacer algo por el mundo, deberíamos sonreír a cada instante. Pero no de forma fingida, sino de forma sincera. Levantarnos todas las mañanas, mirar a la persona que nos acompaña en el lecho y simplemente sonreír. Ese despertar ya obra milagros.

Sonreír al mundo como terapia colectiva. Para dejar de fingir y empezar a vivir de verdad. Para dejar los enfados, las torpezas, las rabietas, los errores, los fracasos. Para poder pedir perdón y abrazar al otro con una sincera sonrisa. Sentir que cuando nos equivocamos el mundo no termina, sino que nos da la posibilidad de reconocer nuestras fallas y poder reconciliarnos con una sonrisa. Mirar al que se echa de menos, mirar al que dañamos, mirar al que dejamos, mirar al otro como si fuera un amanecer.
Realmente el otro, sea quien sea, tenga la posición que tenga, no deja de ser un reflejo de lo que nosotros somos. Es una posibilidad, un trozo de fe y esperanza, es un regalo del cielo que acompaña nuestros días, de ahí la necesidad de sonreírle con veneración, con el mayor de los respetos.

Estos días no me cansaba de buscar sonrisas. Quería contagiarme de ese idioma que no requiere mayor complejidad. Quería buscar en su sencillez la elevada visión de una vida plena. Nunca entendí nuestra necesidad de complicarnos la existencia, y por lo tanto, de buscar siempre razones para la discusión o el rechazo. Quizás sea por falta de mentes educadas en la sonrisa, en la empatía hacia el otro, en la incondicionalidad del amor hacia el otro. Amar al otro con respeto, sin juicio, sin daño. La cosa más difícil y compleja que existe. Por eso el mundo está necesitado de sonrisas. Sonrisas que sigan obrando el milagro de sabernos vivos, de sabernos agradecidos y capaces de ser constructores de puentes, de abrazos, de destinos hermosos, dulces y amables. Hoy te sonrío a pesar de la extrañeza. Me inclino ante ti con sumo respeto agradecido a la creación, seas quien seas, por estar ahí. Namaste…

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Gracias de corazón…

El amor convivido


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Os comparto este relato lúcido de un buen amigo que nos habla del amor en tiempos donde el amor es algo complejo y reducido a la mínima expresión. Es importante la reflexión para los que aman, para los que desean amar y para los que desean ser amados. Gracias querido Mario por tan hermoso texto. 

 

Todo en esta vida nace para sucumbir a la Ley Suprema. Por eso me fascina el ocaso, al que sigue la oscuridad que se desvanecerá con un nuevo alba.

¿Habéis escuchado la expresión amor imposible? Yo sí y recientemente y me parece un contrasentido porque amar a otra persona es siempre posible. Otra cosa es que ese amor sea o no correspondido.
Por tanto, amar a otra persona siempre es posible. Otra cosa es que ese amor sea, como digo, correspondido por la persona amada, pero la ausencia de reciprocidad no elimina la capacidad de amar. Nace entonces la categoría de amor no correspondido, que, en todo caso, sigue siendo amor, y posiblemente una forma especialmente pura de amar. ¿Podría decirse que ese tipo de amor sin correspondencia del amado es la esencia del amor platónico? Bueno, generalmente se entiende así, aunque Platón consideró que el verdadero amor era el que se dispensaba al Conocimiento y a la Sabiduría, algo que puede resultar singularmente patológico para muchos que en estos tiempos consideran a la Cultura, al Conocimiento y a la Sabiduría trastos obsoletos para ser arrojados al baúl de los recuerdos inútiles.
Pero en su acepción mas inmediasta, el amor platónico se caracteriza por un tal alto grado de pureza –por así decir— que no reclama la correspondencia. O, incluso, cuando de ella se dispone, su esencia es amar sin pedir nada a cambio al amado/a. Quien ama en esa forma es feliz por amar y lo es más si esa felicidad inunda el corazón del amado/a.
La idea es muy digna de ser valorada, pero, ¿es real? ¿Acaso en estos tiempos nuestros localizamos con frecuencia esa forma de amar? Me cuesta responder afirmativamente al interrogante. ¿Por qué? Pues porque somos un producto cosmológico destinado a convivir. ¿Y eso que implica? Pues todo o casi todo. Cuando se casó mi hija le dediqué un libro —vaya manía que tengo con los libros— en el que le explicaba que el verdadero amor, en términos gráficos, no son dos círculos tangentes, ni siquiera secantes. Incluso más: tampoco dos círculos concéntricos. Es un no-círculo, sin contornos definidos que reclama, no la fusión de dos en uno, sino en el Ninguno del hinduismo. Cuando dos personas se aman se desnudan de eso que el budismo llama personalidad para fundirse en un Todo en el que se desvanecen las individualidades. ¿Y eso ocurre con frecuencia? Pues en mi experiencia, no. ¿Por qué? Porque estamos educados en la individualidad a todo trance y ello implica un cultivo del ego con todos sus desperfectos que constituyen cánceres del alma como el exceso de amor propio, los sentimientos de inseguridad, de inferioridad o superioridad, los miedos, los pánicos, el exceso de los celos… En fin, todo ese equipaje en el que nos vemos obligados a convivir. Y, ¿quien se atreva a arrojar la primera piedra sosteniendo que se encuentra totalmente libre de tales desperfectos anímicos?
Y aquí quería llegar: un amor correspondido puede fenecer en el altar de la convivencia cuando por encima del amor se superponen los egos. Es así como el convivir se convierte en el arte de mayor envergadura y quizás en el mayor enemigo del amor cuando esos desperfectos se traducen en individualidades que se autoafirman a cualquier precio. ¿Nos han enseñado que convivir implica renunciar a esas parcelas inflacionadas del ego individual? Pues no estoy seguro. Pero he contemplado en mi vida como la convivencia fulmina el amor precisamente por esa no-renuncia.  Así que la gran asignatura pendiente del amor es, no solo ser correspondido, sino, sobre todo y por encima de todo, convivido.

M. C.

Gracias Fundación Ananta


 

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Desde hace algunos años venimos colaborando de formas diversas con la Fundación Ananta, y tanto la propia fundación como sus miembros siempre han apadrinado y apoyado de alguna forma nuestro proyecto. En el fondo, nos mueve la misma filosofía, que no es otra que tomar consciencia de que somos una sola humanidad, y de hacer un esfuerzo, desde la mayor toma de consciencia de este hecho fundamental, de la necesidad de hacer de un mundo bueno, un mundo mejor. Esto es un alto ideal que hay que perseguir constantemente no sólo desde grandes acciones grupales y hermosos ideales, sino también desde las pequeñas contribuciones individuales que cada uno de nosotros podamos hacer en el día a día.

Desde la fundación Dharana, nuestro empeño sigue siendo el de construir lugares donde podamos reunirnos y pensar juntos las mejores maneras de crear ese mundo nuevo, no sólo nuevo en las cuestiones materiales, haciendo especial hincapié en lo relacionado al cuidado de la madre naturaleza, sino también buscando fórmulas positivas para que la consciencia y la convivencia humana sean cada vez más equilibradas y armónicas. Por eso decimos que lo que promovemos son experimentos sociales donde se pueda profundizar en los valores que deberán marcar las próximas décadas, enfocando nuestra investigación práctica en la construcción real, y no sólo imaginada, de ese nuevo mundo. El proyecto O Couso pretende ser un primer ejemplo de todo ello, y ojalá tuviéramos fuerzas y recursos para que ese ejemplo se multiplicara en otros espacios y lugares.

En estos últimos cuatro años, no sin dificultad, hemos logrado hitos de convivencia, de valores y de nueva consciencia. Hemos reconstruido con esfuerzo y empeño un lugar que adolecía de abandono y deterioro. Con nuestras actuaciones estamos revitalizando una zona endémica, despoblada y con urgente necesidad de actividad y promoción. Nuestra humilde aportación local se extiende inevitablemente a internacionalizar un proyecto que ya es conocido en muchos confines de la geografía mundial. Las recetas que intentamos aplicar, siempre en continua revisión, pretenden formar nuestro potencial humano en realidades palpables bajo la atenta realización de la belleza, la armonía y el bienestar.

El Proyecto O Couso sigue siendo un reto importante. La casa de acogida intenta dar cobijo y comida a todo aquel que venga hasta el proyecto basados en la hospitalidad de los antiguos hospicios del camino de Santiago, cuyo lema era “deja lo que puedas y coge lo que necesites”. En tiempos modernos, lo que pretendemos con este mensaje es hacer énfasis en la economía del don como nuevo modelo experimental de compartir bienes y servicios y de la recuperación de los trabajos antiguos de hospitaleros del camino de Santiago, ampliando este concepto, el de Camino, hacia todos los caminos del espíritu que requieren llegar simbólicamente a alguna parte. En estos cuatro años hemos dado unos sesenta y cinco mil platos de comida (entre desayunos, comidas y cenas: 3 comidas por 365 días al año por una media de 15 personas al día por 4 años) y hemos alojado a unas cuatro mil personas, entre voluntarios y peregrinos. Todo esto sin que la casa esté terminada y sin que el proyecto esté oficialmente abierto. Toda una proeza.

Además de la casa de Acogida, tenemos dos proyectos en marcha: el de la comunidad (ya tenemos tres cabañas terminadas y estamos trabajando en otras tres), donde ya somos unas quince personas viviendo de forma estable; y el proyecto de una escuela de dones y talentos, corazón principal que da sentido a todo lo demás y cuyas bases materiales estamos ya planteando. Todo esto en un contexto y entorno hermoso a tres kilómetros del camino.

Por eso estamos enormemente agradecidos a la Fundación Ananta y su patronato por haber donado en estos días una aportación de 3.333 euros, los cuales ayudarán a poner en marcha la primera fase de la construcción del nuevo tejado de la casa de acogida. Gracias a su aportación podremos empezar con la primera fase, donde ya hemos podido conseguir algunos materiales y donde podremos proteger, si todo va bien, la casa del siglo XVI que espera ansiosa una profunda renovación. Ya tenemos los primeros troncos que hemos podido limpiar para en unos días poder colocar en el tejado. Luego tendremos que pasar a la fase de entablado y aislamiento y por último la compra de losas de pizarra para poder culminar esta parte del tejado. Es un reto, un gesto, una prueba más de que podemos seguir avanzando para ofrecer cada día más lo mejor de nosotros.

Dar y recibir es una constante universal, una fuerza que mueve el mundo y el universo, y que también contagia energías suficientes para movilizarnos como seres humanos. En el Proyecto O Couso nuestra constante es dar, dar y dar más. Por eso, cuando recibimos, nos sentimos profundamente agradecidos por obrar la obra y el milagro. Nuestro empeño continua. Fieles a nuestro mandato, seguiremos construyendo este nuevo mundo, materialmente, y también humana y consciencialmente.

Gracias Fundación Anananta por vuestra aportación, esperando poder ser útiles también a vuestra causa.

Pd. Si deseas ayudarnos a reconstruir y culminar las obras del tejado, puedes hacerlo de múltiples formas. Puedes venir de voluntario, formar parte del patronato de la fundación y apoyar con ello de forma más comprometida el proyecto. También puedes venir una temporada para vivir con nosotros y así contagiarte de la difícil tarea de convivencia y reto humano. Hacen faltan responsables para todos los departamentos. También puedes echarnos una mano desde donde estés, con un ingreso a la fundación Dharana, proyecto O Couso, número de cuenta o a nuestra cuenta de Paypal:

info@dharana.org

Cuenta Triodos Bank: ES54 1491 0001 2121 2237 2325

Gracias de corazón por cualquier granito que ayude a soportar esta hermosa obra.