Viaje al primitivo barro


 

a

“El secreto, querida Alicia, es rodearte de personas que te hagan sonreír el corazón. Es entonces, solo entonces, que estarás en el País de las Maravillas”. Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas

 

He visto como del viejo barro, a veces húmedo, a veces seco, surge la luz. De su oscuro cobijo nacen las flores, pero también el perfume, la belleza, la sabiduría. Los arquitectos hicieron de algo burdo, un milagroso empeño de la evolución. Nosotros, que tenemos el color del barro, también formamos parte de ese milagro, de ese arquetipo de belleza. Nuestro perfume, aquello que nos distingue en la realeza del alma, es la sonrisa. También la música y la poesía, porque no todas las criaturas son capaces de ello, pero especialmente la sonrisa.

Son muchas las personas que nos hacen sonreír el corazón, aunque no siempre estemos despiertos para poder apreciarlo. Sin duda, el mejor viaje de todos, la mayor maravilla, es poder encontrar en la vida ese tipo de personas, rodearte de ellas, apreciarlas, cuidarlas, protegerlas, honrarlas. Al igual que esas flores que nacen en primavera para embellecer la creación, las personas que sonríen son capaces de elevar el universo a una dimensión más perfecta, más sublime. Estar al lado de alguien que sonríe, sin más, es el mejor de los viajes.

Del barro primitivo nacen muchas cosas. En nuestro caminar siempre tenemos la obligación de elegir qué deseamos para nuestras vidas. Podemos elegir entre la luz del sol o la luz de una antorcha en una helada noche de invierno. Los escenarios siempre dibujarán contornos diferentes, pero en nosotros siempre estará la opción de ir a la búsqueda del calor. La belleza es una luz para nuestra alma. Bajo nuestros pies está el barro primitivo, pero de ahí surge la promesa, el verbo, la palabra. Es nuestra guía circundante, nuestra atalaya humana.

La noche es oscura cuando nos sorprende lejos de casa, cuando olvidamos que nuestro verdadero hogar nunca fue la soledad, sino el amor. Pero ahí está la sonrisa que nos guía para poder seguir. Ahí está todo aquello que nos lleva hacia las orillas de la paz y cuya serenidad rebota en nuestras carnes ofrecidas al mundo. Ahí está también la espera, la esperanza, que nos lleva hacia lugares remotos, hacia países imposibles, hacia abrazos que se extienden más allá de cualquier verso.

Sí, el verdadero secreto es entender como esa estrella vespertina cae sobre el húmedo barro y allí guarda una promesa. Cae en la oscuridad y allí espera, reposa, recuerda. Es un camino solitario, lejos de casa, en un silencio quebrado y expectante. En esas sombras se vuela lejos cuando nace la sonrisa y más tarde el compartir. Allí la vida empieza a despegar y buscar la luz. Algo germina. Es la promesa, cuando se supera la noche, la que nace a la luz. Crees y encuentras tu camino. Crees y todo florece y se expande hacia la luz, hacia esa sonrisa permanente que ilumina para siempre nuestras vidas. Sí, el secreto es rodearse siempre de personas que te hagan sonreír el corazón. El secreto es germinar para abrazar la vida, el amor, el calor y hacer que nuestra bella alma resplandezca bajo el sol.

No es no


a

 

Dicen que hay un juez llamado tiempo que pone cada cosa en su lugar. El tiempo me ha puesto donde debería estar desde el principio, en la equidistancia, en la ignorancia más absoluta, en la pasividad, en la calma y la quietud. Dice un famoso lema feminista que insistir es acosar y acosar es agredir. Realmente no había sido consciente de ello hasta ahora. Romper una relación nunca es fácil para ninguna de las partes, especialmente cuando la ruptura viene dada de improviso, de golpe, sin esperarlo. Especialmente cuando todo parecía dulce y amable y amoroso y se proyectaba un bonito futuro y todo se derrumba, de repente, por un hecho casual, fortuito e inesperado.

Si has vivido engañado o te sientes traicionado tardas tiempo en reaccionar, en darte cuenta de lo que realmente está pasando. La no aceptación es terrible. Muchas veces esto se puede volver en insistencia que puede terminar en acoso y, por lo tanto, casi sin darte cuenta, en agresión psíquica ante la falta de respuestas. Querer entender una situación y machacar insistentemente con ello te hace cómplice de una agresividad encubierta donde olvidas muchas cosas básicas de la elegancia, el respeto y la prudencia. No tan solo por una de las partes, porque la violencia psíquica siempre puede darse por hechos que acontecen de forma inexplicable, por silencios, por ausencias o por desprecios encubiertos. Uno se puede enfadar y decir groserías y llamar a eso violencia psíquica, pero los motivos que ocasionaron el enfado también habría que analizarlos con calma. No se puede arrasar la vida de los demás sin más y esperar que la respuesta sea un silencio o una sonrisa. Las personas, bien o mal, siempre reaccionan ante acontecimientos inexplicables.

No voy a entrar a juzgar los motivos de todo este embrollo. La situaciones de ruptura, vistas objetivamente, pueden llegar a ser totalmente surrealista. A veces una de las partes se siente acosada y la otra engañada y estafada o traicionada o humillada. El daño moral es a dos bandas y nace desde la inconsciencia más absoluta por no hacer o no querer hacer bien las cosas. Normalmente son experiencias a las que nunca nos hemos enfrentado, por lo tanto, la reacción suele surgir de la más torpe ignorancia acompañada de grandes dosis de rabia y frustración.

Los hombres tenemos mucho que aprender en cuanto al trato con las mujeres. Ayer leía un decálogo realizado por una asociación feminista que añadía algunas pautas para los hombres, más allá del no mates, no violes, no agredas, no acoses, no amenaces, no insultes a nadie y no insistas. Esta debería ser la única guía que tendrían que seguir al pie de la letra los hombres para acabar con la violencia machista, decían en el decálogo, pero iban mucho más allá. La empatía de dos géneros tan opuestos como son los hombres y mujeres requiere de grandes dosis de educación, por ello es necesario, ante nuestra propia experiencia, el hablar de ello en voz alta, para que tanto hombres y mujeres podamos aprender juntos.

A los hombres nos toca asumir, según el decálogo, que, en determinados contextos, la mera presencia de un hombre ya puede ser percibida como una amenaza. Los hombres ya somos, en general, una amenaza para las mujeres. Tenemos que reconocer, según el decálogo, que somos una mayoría opresora. Los hombres nunca somos conscientes de que, por el mero hecho de ser hombres, podemos dar miedo. El solo hecho de mirar a una mujer es intimidatorio y hay mujeres que pueden sufrirlo decenas de veces al día, nos dicen. También nos dicen que no existe el derecho a elogiar. Los hombres tienen que aprender a aceptar el rechazo y cuestionarse por qué a veces incluso erotizan el rechazo e incluso el miedo de una mujer. El decálogo continua con instrucciones precisas para cambiar de calle si vemos a una mujer sola y así evitar que sienta miedo o cambiar de vagón de metro si la mujer está sola para evitar que se sienta intimidada.

Viéndolo todo así, parece propio de una paranoia colectiva, pero sabiendo que las cosas son así -o quieren que así las creamos-, es decir, de que los hombres hemos sido educados por mujeres y por otros hombres que nos han convertido casi genéricamente en bestias, uno ya no sabe qué pensar. Lo que es evidente, y esa es la lección que deberíamos aprender todos sin excepción es que no es no. El problema a veces es cuando el no es un “depende” o “tengo que pensarlo” o se convierte en una vacilada donde mientras esperamos a la primavera me acuesto con todo lo que se menea porque yo soy libre y tú un idiota que vive en un mundo paralelo. El problema es cuando entramos en la confusión de las palabras y los hechos porque no somos del todo sinceros. Porque los hombres también necesitamos saber la verdad para también poder decir no. En el juego de la ambigüedad sexual o afectiva, también agradecemos no ser engañados, y si es no, es no, y así podemos retirarnos elegantemente, sin engaños y sin burlas a eso que antiguamente llamaban el honor, algo tan caduco y obsoleto que ya nadie lo toma en cuenta. Si es no, es no, para todos, por favor, sin engaños, sin burlas, sin vaciles, sin mentiras, sin humillaciones, sin traición.

El mundo se mueve


IMG_20181222_163301.jpg

Ayer junto al río, lugar donde se desveló la verdad

La indiferencia me hace imparable. El fuego que vive en nosotros se aviva ante los acontecimientos adversos que requieren enfrentarse a la realidad más allá de sus brumas y fantasías. Necesitaba saber una verdad que presentía desde hacía semanas y realicé un viaje largo hasta que ayer, encima de una montaña boscosa, junto al río, la misma se reveló. Se escuchaba el rumor del agua mientras las hojas otoñales rodeaban la penumbra que empezaba a esbozarse tras el sol que se apagaba. Decenas de volcanes apagados nos rodeaban en un entorno privilegiado, silencioso, apartado, oportuno. Nos agazapamos bajo unos árboles al borde del camino húmedo. Nos respiramos las auras para recordar quiénes éramos y qué hacíamos allí. Sentí agradecimiento y también cierta tristeza porque de alguna forma sabía las respuestas que iba a recibir a mis preguntas. Pero necesitaba esa brecha de sinceridad para que mi mundo y mis energías se pudieran ordenar. La verdad siempre nos hace libres, y en este momento de mi vida, tan cansado de mentiras e ilusiones, necesito dosis de realidad, de verdad, de autenticidad. Necesito a mi lado personas leales, sinceras, valientes, verdaderas, auténticas, honestas, creíbles. Sobre todo creíbles, de esas que te miran a los ojos y no te hacen dudar.

Tras unas breves palabras afloró la verdad y me liberé. Interiormente sentía como si algo se rompiera de nuevo al mismo tiempo que esa ruptura liberaba mis fuerzas ocultas. Anocheciendo, sin pensarlo, empecé a andar en mitad de la nada. Estábamos en la onda encantada del Caminante, así que aproveché su impulso con una seguridad interior transformadora. No quería mirar atrás, no podía despedirme. Sólo podía andar y andar sin reproches, con agradecimiento a la vida por efectuar el milagro. Más allá de las formas sentía cierto abatimiento, al mismo tiempo que una fuerza me empujaba inexorablemente por esa senda. No puedo dar explicaciones detalladas de todo lo que ese caminar significaba en mi interior, excepto que durante dos horas anduve entre bosques, entre la expansión de esa exitosa luna que iluminaba el día solsticial. Dos horas de amor solitario, de certeza, de firmeza y también de agradecimiento en una oscuridad donde solo podía ver mi propia luz. Era el comienzo del invierno en la noche más oscura del año. También era el comienzo, para mí, de algo nuevo dentro de la tierra húmeda y caliente.

Estaba lejos, muy lejos, de cualquier punto civilizado. Era tarde y no sabía qué ocurriría a partir de ese momento, pero interiormente sabía que cuando llegara a algún lugar habitable se obraría el milagro. Vi las primeras luces de la civilización y nada más llegar, unos amables y divertidos marroquíes que iban en un potente coche deportivo me recogieron. Les pregunté dónde estaba el tren más cercano y de forma generosa me acercaron hasta un lugar que estaba a una hora en coche. No me lo podía creer, pero tras más de cinco horas de aventura e incertidumbre, estaba ya en casa, sano y salvo.

Había un hermoso pacto que nos esperaba en la primavera. Pero al parecer todo formaba parte de la broma cósmica, de un juego, de otra ilusión. Siempre tengo la precaución de dejar algunas trampas para atrapar y alejar la ilusión y la mentira de mi vida y al parecer ambas cayeron irremediablemente en ellas. Al asomarme a su borde, ya no había tiempo que perder. Mejor caminar hacia el nuevo mundo, hacia la nueva vida sin perder ni un segundo más, sin cargar con la pesada tarea de rescatar almas perdidas y abandonadas a sí mismas que no desean conspirar. Mejor caminar y caminar y no parar de hacerlo hasta llegar donde el corazón me lleve. Mejor no mirar hacia atrás. Misión cumplida. Se cierra por fin un ciclo de cuatro meses intensos y se abre de nuevo la vida. Muerte y resurrección en un mundo que se mueve. Así son los solsticios interiores.

La vida te necesita ahora, no cuando seas perfecto


a.jpg

Alguien que no estaba bien de la cabeza dijo:
La vida te desilusiona para que dejes de vivir de ilusiones y veas la realidad. La vida te destruye todo lo superfluo, hasta que queda solo lo importante.
La vida no te deja en paz, para que dejes de pelearte, y aceptes todo lo que “Es“.
La vida te retira lo que tienes, hasta que dejas de quejarte y agradeces.
La vida te envía personas conflictivas para que sanes y dejes de reflejar afuera lo que tienes adentro.
La vida deja que te caigas una y otra vez, hasta que te decides a aprender la lección.
La vida te saca del camino y te presenta encrucijadas, hasta que dejas de querer controlar y fluyes como río.
La vida te pone enemigos en el camino, hasta que dejas de “reaccionar”. La vida te asusta y sobresalta todas las veces que sean necesarias, hasta que pierdes el miedo y recobras tu fe. La vida te quita el amor verdadero, no te lo concede ni permite, hasta que dejas de intentar comprarlo con baratijas.
La vida te aleja de las personas que amas, hasta que comprendes que no somos este cuerpo, sino el alma que él contiene.
La vida se ríe de ti tantas veces, hasta que dejas de tomarte todo tan en serio y te ríes de ti mismo.
La vida te rompe y te quiebra en tantas partes como sean necesarias para que por allí penetre la luz.
La vida te enfrenta con rebeldes, hasta que dejas de tratar de controlar.
La vida te repite el mismo mensaje, incluso con gritos y bofetadas, hasta que por fin escuchas.
La vida te envía rayos y tormentas, para que despiertes.
La vida te humilla y derrota una y otra vez hasta que decides dejar morir tu EGO.
La vida te niega los bienes y la grandeza hasta que dejas de querer bienes y grandeza y comienzas a servir.
La vida te corta las alas y te poda las raíces, hasta que no necesitas ni alas ni raíces, sino solo desaparecer en las formas y volar desde el Ser.
La vida te niega los milagros, hasta que comprendes que todo es un milagro.
La vida te acorta el tiempo, para que te apures en aprender a vivir.
La vida te ridiculiza hasta que te vuelves nada, hasta que te haces nadie, y así te conviertes en todo.
La vida no te da lo que quieres, sino lo que necesitas para evolucionar.
La vida te lastima, te hiere, te atormenta, hasta que dejas tus caprichos y berrinches y agradeces respirar.
La vida te oculta los tesoros, hasta que emprendes el viaje, hasta que sales a buscarlos.
La vida te niega a Dios, hasta que lo ves en todos y en todo.
La vida te acorta, te poda, te quita, te rompe, te desilusiona, te agrieta, te rompe … hasta que solo en ti queda AMOR.

Kintsugi. La belleza de mostrarte roto


a.jpg

Muchas veces recibo mensajes de amigos que me estiman diciendo que no comprenden cómo puedo desnudar mis sentimientos de forma tan abierta. Esto podría interpretarse como que pretendo dar pena, o dar un mensaje victimista o regodearme en la tristeza. Realmente no tiene nada que ver. Cuando escribo de forma sincera, sin ocultar lo que pasa por mi cabeza o por mi corazón lo hago porque me sirve de terapia, de reflexión y de desnudez interior. Pero también lo hago porque pienso que al compartir todos los altibajos que como seres humanos tenemos, puede servir de sosiego y ayuda para alguien. Siento cierto acompañamiento y siento que hay gente anónima que al leer todo esto se siente acompañada. El hacerlo público y no en un diario privado no tiene mayor importancia. Es sólo por si puede ayudar. Y al ser una especie de diario abierto, no tengo porqué fingir si estoy bien o mal, si estoy optimista o pasando por un mal momento. Me gusta tener la libertad de poder expresar lo que siento en cada momento, y esa sensación de libertad me hace sentir realmente fuerte.

Quizás esto se pueda entender si pensamos en la técnica del kintsugi. Es un arte de origen japonés que se utiliza para reparar roturas en la cerámica. Se suele utilizar empleando un barniz de resina que suele mezclarse con polvo de oro o plata. Dentro de este arte de reparar cosas rotas con metales nobles se encierra una profunda filosofía que pretende mostrar la necesidad de entender que en la vida siempre vamos a sufrir roturas interiores, y que no debemos por ello esconderlas, sino elevarlas, mostrar su propia belleza y aprendizaje. El sufrimiento, aquello que nos duele, debe mostrarse y no ocultarse, debe ser incorporado de forma sublime para que nos engrandezca, nos embellezca y nos haga diferentes. Nuestra historia de dolor, de rotura interior nos transforma y hace que nuestra vida personal tenga un sentido diferente al resto. Son las roturas lo que nos configura como seres auténticos. Son esas marcas de la experiencia lo que nos configura como somos.

De ahí que no tenga miedo al qué dirán cuando expreso abiertamente mis grietas, mis errores, mi propia humanidad. No tengo miedo en decir si hoy estoy triste o alegre, si me siento ruin o egoísta o si he cometido tal o cual falta si con ello puedo ayudar a la reflexión. Ya sé que solo son palabras y luego la vida nos pone a prueba para ver si hemos aprendido o no la lección. Pero al menos el conocimiento puede servir de guía para que cuando la escena se presente, podamos reaccionar de forma lo más correcta posible.

En estos meses he sufrido una rotura interior. Hacía años que no me sentía tan roto. No he tenido miedo en decirlo, en compartirlo, en mostrarlo. Fui presa de la rabia, fui presa del pánico, fui víctima de mi propia inconsistencia humana y de mis propias contradicciones. En tres meses he podido reflexionar sobre ello y espero haber aprendido algo. Espero realmente estar aprendiendo algo sin que por ello me aleje excesivamente de mi propia naturaleza. Aprender no significa renunciar a nosotros mismos, significa simplemente mejorar en todo lo que podamos para hacer de esta vida algo fácil y hermoso. Espero conseguir empolvar el oro místico en mis grietas humanas para hacer de esta rotura algo bello. Espero al mismo tiempo poder dar fe y esperanza a todos aquellos que en este momento puedan sentirse abatidos, solos y desahuciados. Gracias por la comprensión.

 

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Solemnemente egoísta


IMG_20181129_163302.jpg

Mi casa en los bosques…

A veces a las seis, otras a las siete, me sorprendo despierto más allá de la forma, respirando con consciencia, observando como la vida me recorre y los estímulos para enfrentarme al nuevo día discurren de forma premeditada. Intento recordar los sueños. Últimamente casi siempre son iguales y de una misma naturaleza. Pero al menos puedo dormir y soñar y emprender el vuelo mágico hacia los planos que van más allá de la vida y la pura emoción. Con cierta calma y pereza me levanto, voy hacia la ducha, desayuno y me encierro en el lugar acondicionado para pasar toda la larga jornada. Intento contestar amablemente todos los correos, los mensajes y las demandas del mundo virtual. Repaso los deberes atrasados y busco la forma de ir aminorando la carga. Esta semana conseguí cerrar dos libros, terminar un artículo y poner al día algunas deudas. Llega el viernes y me siento satisfecho. No por lo mucho que he hecho, sino por lo poco que me quedó por hacer.

Perdí la motivación por casi todo y ahora ando al rescate de algunos aspectos que considero de responsabilidad. Los sábados y los domingos no suelen ser muy diferentes al resto de días. Desde que estoy solo, no tengo proyecciones más allá de intentar no trabajar en la editorial y centrarme en aspectos más personales como la tesis interminable, los libros por escribir y las cartas por contestar. De momento ninguna de amor hasta que el amor no renazca de nuevo dentro de mí como fórmula para entender la necesidad del amar al otro como a uno mismo. Ese “a uno mismo” lo tenía pendiente y lo estoy trabajando. Pero nunca sé por dónde empezar, más allá de reclamar, como dice la abogada y la psicóloga, aquello que es justo para mí, ni más ni menos. Y noto que me cuesta, que no me sale reclamar cosas para mí, aunque me pertenezcan, aunque sean mías. Hace no muchos años perdía una fortuna en el mundo editorial por no ser capaz de reclamar lo que era mío. Incluso la palabra “mío” y “tuyo” me rechina. Siempre fui un amante del “lau”, del nosotros, algo que no concuerda con los tiempos ni con el sentir de este mundo. La gente siempre reclama lo suyo, y arrasa en esa reclamación sin importarle nada lo que ocurra alrededor, ni el daño que puedan hacer. Lo “mío” siempre triunfa en el mundo del “yoísmo”, ese mundo insulso, solitario y triste que estamos creando entre todos.

En las clases de antropología me enamoré del jefe polinesio de nombre Tuiavii de Tiavea que nos hablaba del Lau. “En nuestro idioma «lau» significa «mío», pero también significa «tuyo». Es casi la misma cosa”, nos decía ese hombre sabio que nos hablaba de los valores de su pueblo en fuerte contraste con el de los papalaji, el hombre blanco. Y ahora, con edad avanzada, me toca aprender todo lo contrario. Me toca vencer el miedo a reclamar lo “mío” y olvidarme del lau que tanto dolor de cabeza me ha traído en estos años de ingenuidad humana. Me toca romper con el ideal del hombre bueno para volverme solemnemente egoísta. No egoísta desde una posición malvada ni moderna, sino egoísta desde una posición justa. Es decir, dejar de pensar en el otro por un tiempo para pensar en mí y con ello crear un nuevo escenario de justicia donde cada cual se quede con su parte.

Hasta me resulta extraño hablar en estos términos pero me veo en la necesidad de hacerlo para tomar consciencia de mis próximos pasos, de mis próximas afirmaciones. Me paso toda la vida hablando de generosidad, de apoyo mutuo, de compartir, de confianza, y ahora me toca hacer todo lo contrario. Quiero reflexionar tranquilamente, y en voz alta, sobre ello. Alguien me dijo el otro día con sabia atención que a veces la ingenuidad quizás tan sólo se trate de cobardía, de no querer afrontar situaciones difíciles. Quizás siempre es más fácil decir “quédatelo todo” a intentar reclamar lo que por justicia nos corresponde. Siempre ese infantil miedo a intentar no dañar al otro, cuando a veces no queda más remedio que hacerlo cuando se trata de ser justos y equitativos. Siempre ese deseo de no ver el sufrimiento ajeno cuando a veces el otro se lo ha buscado voluntariamente.

Quizás cuando de niño me pegaban y yo no me defendía, tal vez no fuera por compasión, sino por cobardía. Tal vez no era bondad lo que sentía por el mundo sino miedo, terror a dañar y ser dañado. Mi fragilidad infantil la arrastré hasta el final, sin darme cuenta, integrándola en las emociones y en el pensamiento. Quizás no conservo nunca ahorros ni parejas porque no me creo merecedor de nada y prefiero dejar de luchar y esconderme entre almohadas antes que salir al campo de batalla para proteger lo que  realmente amo. ¡Hasta tal punto puede llegar la traición hacia nosotros mismos sin darnos cuenta! Quizás no sea una buena persona, sino más bien una persona cobarde que prefiere esconderse antes que obrar el mal. Y al hacerlo, ¡bendito descubrimiento!, me doy cuenta de que tampoco soy capaz de obrar el bien, pues la cobardía y el miedo nunca son ejemplos de bondad sino más bien de ruindad. Y ahora, en esta también solemne desnudez, deberé enfrentarme a esa parte oscura, y por una vez, ser valiente, cortés y justamente egoísta.

 

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Medicinas alternativas


a.jpg

O Couso esta tarde. Pasear por los bosques también es sanador

En mi propio trabajo de campo, pregunté en cierta ocasión a un indonesio:
“¿crees en los espíritus (pertjaja)?” Él replicó, extrañado: “¿Me preguntas si creo en lo que me dicen los espíritus cuando hablan conmigo?” (Peacock)

Mi amiga doctora homeópata me recetó Natrum Muriaticum a la mil para que empezara a dormir bien y abandonara de una vez mi mundo paralelo. Mi amiga terapeuta naturópata me hacía sesiones semanales donde contactaba con los de “arriba” de forma intuitiva y certera para alinear mi estado, ayudándome con su poder sanador a reestablecer mis campos energéticos. Otra doctora, más afín a la antroposofía, hacía meditaciones para buscar en sus guías consuelo para mi alma, orientación y consejo para saber cómo empoderarme y protegerme de los ataques que del lado oscuro de la fuerza estaba sufriendo. Una amiga acupuntora vino para pincharme el alma, porque los nadis los tenía totalmente descuajados. El grupo de meditadores del proyecto aunaban fuerzas para enviarme luz desde los bosques. La psicóloga transpersonal me ayudó para poner orden en mi rabia y mis pensamientos y creencias erróneas mientras que una auténtica meiga de los bosques me curaba a base de pensamientos multidimensionales, austeridad y abrazos sentidos. Y ahí estaba la naturaleza y los bosques. ¡Qué poder sanador sin hacer nada! ¡Y los amigos! ¡Benditos amigos, cuanto sanan con su amor!

El despliegue de terapias alternativas de las que en estos tres meses he podido disfrutar ha sido impresionante. No me he cortado ni un pelo cuando alguien me ofrecía cualquier tipo de ayuda, aceptándola de buen grado y asumiendo amablemente todos sus beneficios. Sin duda, el cóctel al que me he sometido me ha ayudado en mi proceso. Mi cuaternario inferior, el cuerpo físico, el etérico-vital, el emocional y el mental, se han podido reordenar de forma paulatina, provocando que poco a poco la luz, el raja, restableciera el paulatino orden necesario. La meditación para integrar el cuaternario con la triada ha sido de gran ayuda y el resultado ha sido esclarecedor.

Al tercer mes dejé de llorar, empecé a comer y subir algo de peso, empecé a dormir bien y empecé a trabajar después de meses sin poder hacer nada, inmovilizado en una horizontalidad que me tenía asfixiado, desnutrido y apagado. Todo esto ha producido una gran sanación que poco a poco va reordenando mi mundo. La oscuridad a la que nos sometemos cuando pasamos por procesos de enfermedad física, emocional o mental tiene sus procesos, y en esos procesos, hay alternativas eficaces que pueden ayudarnos.

Gracias a los cuidados de muchos, pero también gracias a los cuidados de las medicinas alternativas, he podido salir poco a poco de este meollo. Por lo tanto, no entiendo, ni siquiera como científico social y cultural, el motivo exacto de querer eliminar algo que no hace ningún daño. Es posible que la teoría del placebo sea cierta, pero ningún tipo de placebo hace daño. Si alguien dice conectar con sus guías, con los de arriba o con las fuerzas nativas de la naturaleza y con su poder de sugestión logran sanar, no veo, independientemente de que sea o no verdad, porqué hay que negarlo.

Hoy estuve todo el día en el hospital central acompañando a una amiga. Es evidente que la medicina occidental, moderna o alópata aporta grandes beneficios a la salud, especialmente cuando hay que tratar cuadros complejos. Si te rompes una pierna, no pierdas el tiempo recitando el OM o meditando. Ve corriendo a un hospital. No la niego porque de sus avances todos nos hemos beneficiado y deseo que así siga ocurriendo. Tenemos la suerte de tener hospitales que nos curan y tenemos la suerte de tener excelentes profesionales que nos atienden con todo el cuidado y cariño posible. Pero tampoco deseo que se anule las medicinas alternativas que pueden de igual forma llenar nuestras vidas de beneficio. Creo que todo se puede complementar, y más allá de nuestras creencias, todo puede servirnos para mejorar como seres humanos. Así que gracias a todos los profesionales de ambas medicinas, y ojalá algún día ocurra como vi que ocurre en algunos hospitales de la India, donde todas las medicinas están integradas y no compiten entre ellas, sino que se complementan.

 

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar