El arte de la decepción


© @__moonglow

 “El goce decepciona, pero la posibilidad no”, Kierkegaard

Nos vamos a decepcionar unos a otros. Eso no significa que algo vaya mal. Forma parte de la vida. Escuchaba hoy en la voz de una joven y vital anciana tras más de sesenta años con su pareja. Me he quedado en silencio, saboreando sus palabras, intentando resolver y comprender su significado oculto. Han llegado precisamente en un tiempo en el que estoy aprendiendo a permanecer en lo malo y en lo bueno ante circunstancias decepcionantes, muy decepcionantes. Lo veía en mí, pero al verlo reflejado en las palabras de esta joven anciana, algo importante se ha anclado dentro de mí.

Perdonad que lo escriba en primera persona, pero es muy sanador compartir esta reflexión desde los adentros. Cuántas y cuántas veces hemos decepcionado y nos han decepcionado al mismo tiempo sin entender que eso forma parte de la vida. No es que algo vaya mal, no es que esa persona o esa situación sea mala, es que forma parte de la vida. ¿Acaso la propia vida no nos resulta a veces completamente decepcionante? Y no por ello queremos abandonarla. Entendemos que toda crisis, que toda frustración, que todo dolor, que todo paréntesis en nuestra existencia aporta un valor primordial dentro de nosotros. Para algunos un halo de esperanza, para otros, el sabor imperecedero del perdón, para los demás, una oportunidad de amar incondicionalmente, en lo bueno y en lo malo.

Seamos conscientes que desde hoy mismo vamos a decepcionar a muchas personas. Seamos conscientes de que muchos nos verán como fracasados, como inválidos, como enemigos, como perdidos, como insolentes, como malvados, oscuros o acabados. Y mucha gente nos decepcionará por sus mentiras, por su odio, por su rencor, por sus miedos, por sus enredos, por su ceguera, por sus creencias o inmoralidad.

Pero, ¿y si aceptáramos eso como parte de la vida? ¿Y si fuéramos capaces de redimir esa sensación extraña que sentimos cuando algo o alguien nos decepciona? La desilusión forma parte de la vida. Los enamorados se desilusionan cuando dejan de sentir mariposillas en el estómago, sin entender que ese ciclo ya pasó, que eso forma parte de la vida y que ahora toca querer desde la responsabilidad y el compromiso, para algún día saber amar incondicionalmente. Pero nadie nos enseña la fuerza poderosa de los ciclos. La necesaria muerte de los tiempos para que nazcan otros nuevos, renovados, mejores, aumentados, perfeccionados. El amor verdadero triunfa cuando esa revelación se suma a la sabiduría, a la fuerza, a la comprensión de esa profunda impermanencia.

Nada nos decepcionaría si entendiéramos la verdadera pureza de los cambios, de los ciclos, de todo aquello a lo que no ponemos ni una mota de expectativa ni resistencia. No nos decepcionarían los errores del otro si entendiéramos que no nacen del mal, sino de la ignorancia o la propia provocación de la vida.

Nada nos desilusionaría si comprendiéramos que cuando la llama no late, ni brilla, ni se expande, es porque está muriendo para que algo nuevo renazca. Y la renovación de ese algo nuevo no es por sí mismo malo o doliente. Es necesario, es vida. Si el tiempo y sus ciclos es poderosamente acompañado por la honestidad y la lealtad, cualquier decepción pasará a ser simplemente una nueva forma de comunicarse, una nueva forma de afrontar los retos de la vida, una nueva forma de ser felices sin arraigar ningún tipo de expectativa o resultado. El arte de la decepción es precisamente eso: saber que forma parte de la vida, y que no tiene porqué ser algo malo. Dicho esto, siento mucho si este texto te ha decepcionado. Que pases un buen día… 🙂

Septiembre, volver a nacer… a una nueva vida


 

© Silvia Molas

«Recuerda que solo se está desmoronando lo falso. Lo real no puede venirse abajo».  Jeff Foster

Confía en la magia de los nuevos inicios, nos dice amablemente Silvia Molas en su hermosa acuarela. Septiembre tiene ese aire especial. Empiezan las copas de los árboles a desnudarse. El aire cada vez es más fresco y los pájaros acomodan el canto más a un silencio íntimo y estrecho. Es como volver a nacer a algo nuevo, renovador, necesario, mientras nos preparamos para el otoño. Es como morir a lo viejo y resucitar a un nuevo mundo.

“Nos vemos en la próxima vida”, me dijo al despedirse. “La próxima vida podría ser mañana”, le contesté. O podría ser cualquier septiembre, porque lo cierto es que cuando hace dos días miraba las estrellas y las lágrimas corrían dóciles ante el recuerdo, entendí que esa era también una hermosa forma de morir y nacer de nuevo. Un matiz necesario entre lo real y lo falso, entre lo que cae inevitablemente y lo que permanece. Y las lágrimas permanecen, porque lo que hay detrás de ellas es real.

Entre el Montseny y el Montnegre se encuentra el valle de Olzinelles. Aquí estoy, en una privilegiada casa de esas que tienen cuatro plantas y desean albergar una familia acomodada en el mundo del buen vivir. Con vistas al bosque, a la riera, a la antigua rectoría, es un espacio de naturaleza única donde poder morir y nacer de nuevo. Estos días que eran de fiesta patronal los pasamos de arriba para abajo con la “colla”, los amigos de toda la vida que se encuentran una y otra vez para celebrar cualquier cosa. He tenido que volver a hacer una inmersión lingüística para desempolvar mi oxidado catalán. Hacía años que no iba a un concierto y cuando rozaba las dos de la madrugada y escuchaba la música en esa soledad extraña que uno siente cuando está rodeado de tanta y tanta gente que vive en otra galaxia, miré el cielo estrellado y fue cuando detonó el llanto.

Supongo que hay cosas que se echan de menos, personas que se añoran e irremediablemente aparecen, a pesar de las continuas distracciones de estos días, cuando uno conecta con lo estelado, con lo celeste, con aquello que nos conecta a la vida invisible, a esos lazos que nos unen más allá de lo aparente. Uno puede distraerse exteriormente tantas veces como quiera, con unos y con otros, con aquello y con lo otro, pero interiormente, todo permanece.

La próxima vida podría ser mañana, o podría ser hoy, o podría ser septiembre. No deja de ser curioso el intentar embadurnar las emociones para no pensar en ellas, para intentar solaparlas con otros estímulos. Aquí en Cataluña pasa lo mismo. El ideal independentista se ha desinflado, pero el sentimiento profundo sigue ahí, latente, esperando nuevos tiempos, nuevas oportunidades para ser expresado. En estos días he entendido que esa expresión dará frutos cuando se haga desde el amor, y no desde el odio o la rabia o la frustración como ocurre ahora. Un pueblo no puede ser independiente de otro mientras no resuelva ese odio visceral. Y ese pueblo no se puede independizar de algo que está dentro suyo, que vive dentro del mismo territorio y la misma cultura. De ahí la frustración. El camino es el entendimiento y el sumar. ¿Para qué restar en nombre de la cultura o la política o cualquier emoción? ¿Por qué no sumamos?

Ocurre lo mismo con el amor. ¿Cómo podemos olvidar algo que fue puro y verdadero? ¿Cómo podemos, aunque hubiera un telón de fantasía que adornaba el escenario, deshacernos de ese sentir, de esa inevitable reminiscencia? No podemos, queda latente, queda ahí, esperando una nueva oportunidad, un escenario de rendición y verdad, de amor y alegría. Una suma que hubiera dado hermosos frutos. Un sueño que permanecerá con nosotros cada uno de nuestros días. Sí, habrá que morir en la frustración, el rencor y el miedo para que venza el amor, la familia, el sueño.

¿A qué vas a consagrar tu vida?


«Somos muchos los que buscamos darle algún sentido a la vida, pero la vida solo tiene sentido si somos capaces de cumplir estos tres propósitos: dar amor, recibirlo y saber perdonar. Todo lo demás es una pérdida de tiempo».

«El libro de los Baltimore», Joël Dicker

 

¿A qué se puede consagrar la vida? Creo que todos estamos de acuerdo que el amor, sea lo que sea eso tan indefinido y etérico, es lo que cohesiona el mundo, las relaciones, los universos. Es la fuerza de la gravedad de los planetas, y la elipse invisible de todos los universos. Hay una espiral de vida que nace de esa fuerza de atracción. Casi todos los que nacemos, vivimos y nos movemos en este gran ser llamado Tierra lo hacemos por esa inspiración profunda, sincera, amable. Las criaturas, cada una en su nivel de consciencia, expresa ese amor por la vida y por la necesidad de permanecer y transmitir la perpetuidad. Es aquello que aglutina el mundo de la forma con el mundo de la no-forma, lo esencial con lo superfluo, lo profundo con lo fútil. Amar es cohesionar. Es el adhesivo universal que lo une todo. Un fijador aglutinante capaz de crear mundos si viene acompañado de la fuerza de la voluntad y de la guía de la sabiduría. Es la triada universal que se intuye en todos los tiempos.

Es difícil, observando nuestra compleja naturaleza, saber a qué vamos a consagrar nuestras vidas. Podríamos argumentar, quedándonos tan anchos, que al amor. A eso que el universo en todas sus dimensiones visibles e invisibles promulga era tras era. Pero en nuestra complejidad, en nuestra falta de sencillez, eso resulta difícil. Estamos lejos de amar como ama un sol o una estrella, tan incondicionalmente. Y hemos olvidado por completo el amor natural de todas las cosas, como ese que se expresa en el canto de un ruiseñor o en el vuelo de una majestuosa águila.

Pero a todos nos gustaría, en el fondo, poder consagrar nuestras vidas a lo sencillo, al amor, y también al perdón. El perdón es algo increíblemente olvidado. Tiene que ver con la comprensión, con la tolerancia, con la compasión, con la misericordia. El perdón debería ser algo así como una medicina del alma. Una píldora que tomamos en nombre del amor incondicional cada vez que erramos o nos dañan, ese al que aspiramos, y que nos sana y nos permite abrazar con mayor fuerza la vida.

Deberíamos levantarnos en un día soleado como el de hoy, principios de septiembre, aún verano, aún calor, pero ya algo de fresquito cuando el sol está a dos luces, levantarnos y perdonar. Sin más. Consagrar nuestra vida a perdonar nuestros errores, nuestros maravillosos fracasos, nuestras sombras y nuestras locuras explosivas e irracionales. Consagrar nuestra vida al amor hacia uno mismo y hacia los demás, como si no hubiera un mañana, como si todo lo demás fuera superfluo e innecesario. Perdonar, ser perdonados, amar, ser amados.

En nombre del amor yo me levantaría todos los días y me arrodillaría de inmediato para recordar nuestra pequeñez, nuestra humilde condición humana. En nombre del amor perdonaría a todos los que me hicieron daño, consciente o inconscientemente, sin juicio, sin temor. Aún más. Ojalá algún día ese perdón pudiera realizarse mirando al otro a la cara, a los ojos, al alma, deseándole un feliz viaje por la vida. Sí. Si tuviera que consagrar mi vida a algo sería al amor. A dar amor, recibirlo y perdonar. Todo lo demás es una pérdida de tiempo.

A veces un abrazo es la palabra exacta


© @adso.cc

«A veces un abrazo es la palabra exacta». Nerea Delgado

Uno a veces se arrepiente de algunas cosas. Por ejemplo, al calcular mal el ángulo de tangencia energética del bosón de Higgs o al asumir que la poesía fue creada solo para los poetas. O como aquella vez que mi amada aristócrata embajadora me invitó a una recepción con el Rey y yo me negué a asistir arguyendo mi postura republicana. O aquella otra vez que el tren cerraba sus puertas para siempre y no me atreví a subir al último vagón por miedo a… ¿a qué? Nunca olvidaré aquella escena de amor y lágrimas. O esa otra vez que, en vez de ofrecer palabras dulces, quizás por cansancio o por advertencia, salió un agravio malsonante que lo destruyó todo. O aquella otra vez que no abracé, cuando sabía que un abrazo era la palabra exacta, lo único que cualquier situación extraña requiere para redimirse.

Quienes conocen el significado profundo de dar un sentido abrazo saben de lo que hablo. Un abrazo verdadero, de esos que duran una eternidad porque son sentidos y engullen a cualquier alma, son realmente pura sanación. No requieren palabras, no requieren excusas ni argumentos: solo un sentido y prolongado momento de amor.

A los que no nos educaron en la cultura del abrazo nos faltó algo. Es difícil de explicar, pero crecimos faltos, carentes, o con un sentido menos desarrollado, por supuesto, un sentido anímico, emocional. La cultura del abrazo en la infancia debería ser una asignatura obligatoria, tanto en el ámbito familiar como en el escolar. Los abrazos cumplen con una función social amable, reconciliadora y esperanzadora. Ante cualquier disputa, un abrazo sentido podría sanar las diferencias, los puntos de vista errantes, las locuras que se cometen cuando uno pierde todo sentido y percepción de la realidad. Uno dejaría de perder la razón ante un sentido abrazo. Resolver la falta de cariño evitaría seguramente muchos males de nuestra sociedad.

Un abrazo nos sanaría de la falsedad y la mentira, porque ahí no se puede uno ocultar ni esconder. Un abrazo sentido te desnuda, por eso quizás no es algo bien permitido en una sociedad tan mediocremente mentirosa. Al abrazar, al mirar profundamente al otro desde la percepción extrasensorial del abrazo, uno ve lo que hay y descarta inmediatamente todo aquello que no existe. En un abrazo se nota cuando hay trasparencia. En un abrazo se difumina toda la duda.

Toco a diario el piano e improviso melodías mientras observo atento todo lo que ocurre en el bosque. La música siempre acompaña y de alguna manera abraza nuestros instintos, nuestra consciencia, nuestra intuición. La música es como un abrazo sentido porque te transforma, te aligera, te llena de vida y esperanza. Ahora imagino esas notas de piano que se despliegan por los árboles de este pequeño bosque de robles y blancos abedules y viajan hacia ese lugar donde habita lo milagroso. Y me imagino que cada nota abraza aquello que mis manos no pueden abrazar. Imagino que cada octava supura esa transparencia que siempre anhelamos.

A veces un abrazo es la palabra exacta, el sonido necesario, la música de nuestras vidas. Un abrazo, un almabrazo, como decimos y practicamos por aquí tras los cantos y las meditaciones. Un suspiro del alma que alienta a otra alma. Un alimento que pocos comprenden, tan aislados en sus soledades y enredos, en sus abismos, en sus oscuras travesías por desiertos interminables. Aún hay fuego en las almas que abrazan, y vida en los sueños que despiertan sin miedo cada mañana.

Un abrazo, en términos matemáticos, es la relación trigonométrica entre el lado adyacente y el lado opuesto de un triángulo rectángulo que contiene ese ángulo. Musicalmente es un Do sostenido atravesado por un Re mayor. Para un poeta, es la fusión de dos mundos atrapados por un isótopo de imposible tamaño. Como las puertas de aquel tren, o aquellas palabras que faltaron cuando no se podía decir nada más. Nuestra vida media es del orden de un zeptosegundo para el universo infinito. Abracemos cada instante. No hay tiempo para mucho más. Abracemos la vida, y sanemos con ello todo cuanto nos duela. Abracemos al próximo prójimo.

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¿Y ahora qué hacemos?


© @ccseyes

«Ponerse a querer a alguien es una hazaña. Se necesita una energía, una generosidad, una ceguera. Hasta hay un momento, al principio mismo, en que es preciso saltar un precipicio. Si uno reflexiona, no lo hace. Sé que nunca más saltaré». «La náusea», Jean-Paul Sartre

La madurez, decía John Houston, es la capacidad de aceptar la incertidumbre. Alguien también decía que la madurez era el comenzar a hacernos responsables de los hechos probables, de tomar decisiones y de comprometerse con sus resultados. Después de cuatro años huyendo de cierta realidad, hace cuatro meses decidí arriesgarlo todo a una y tomar una decisión arriesgada en medio de una gran incertidumbre. Al principio parecía que la decisión, el riesgo, había merecido la pena y había sido mágicamente acertado. Sentía que era justamente lo que tenía que suceder, casi diría que era algo inevitable, porque ya llevaba meses sintiéndolo. Pero al final resultó ser todo un auténtico fracaso, un auténtico fiasco, una de esas mentiras burdas de la vida.

Cuatro largos años esperando esta oportunidad para fracasar al primer intento después de descartar cientos de posibles oportunidades. He venido a pasar unas horas a la biblioteca de mi particular balneario porque hoy sentía que debía pensar sobre estas decisiones, sobre estas incertidumbres. ¿Debo ahora esperar otros cuatro años o debo apresurarme a vivir y salir a las calles en búsqueda de esa felicidad añorada? Desde que todo terminó hace casi tres semanas me han llovido todo tipo de ofertas, a cual más motivante. Podría elegir entre todas ellas alguna que pudiera distraer mi cabeza y mi corazón. Podría volver a arriesgar y ver qué pasa, o saltarme todas las reglas autoimpuestas y dejar de ser tan exquisito y pusilánime a la hora de elegir una u otra realidad.

Llega el verano y repaso uno por uno todos los sueños rotos en tan solo unos días. Sueños profundos, sueños locos, pero verdaderos. Los sueños rotos te crean una sensación extraña. Pensar que todo fue una fantasía o una mentira te crea de nuevo un escudo protector, una especie de defensa que te aleja de la vida.

Aún así, mi exigencia sigue en pie, y tiene que ver con el amor, la vida y la consciencia. ¿Cómo volver a retomar esa difícil tarea? Parecía todo tan fácil hace unas semanas. Y ahora, me parece todo tan complejo y difícil y arriesgado. Me dijo una amiga en un paseo reciente que cuando dejara de desearlo esa realidad se manifestaría. Pero a veces pienso que las cosas muchas veces suceden a base de desearlas. Que la realidad muchas veces se construye porque la imaginamos, porque la deseamos ardientemente, porque es algo que viene de un sentir profundo.

Intento sanar estas heridas distrayéndome con mil cosas. La experiencia me dice que es el tiempo el que lo cura todo. Pero ahora el tiempo apremia, porque uno ya no tiene veinte años, y sigo preguntándome porqué tardé cuatro años en dar estos pasos. ¿Qué me hizo esperar tanto, más allá de un dolor y un fracaso aún mucho más profundo que el actual? Interiormente siento que no puedo volver a esperar otros cuatro años.

La vida corre deprisa, y luego no habrá un después. Es ahora o nunca. Es hoy y no mañana. Es aquí y ahora. Así que supongo que, de nuevo la conclusión será, el volver a empezar, el volver a salir al mundo y no dejar pasar el tiempo. ¿Para qué esperar? Las heridas se irán sanando, pero hay que ponerse de nuevo el traje de guerrero y salir a esa batalla. Y lo que tenga que suceder, inevitablemente sucederá.

Dejar de mirar hacia atrás y hacia dentro y empezar a mirar hacia fuera y hacia adelante. Caminar, caminar, caminar siempre con fe y esperanza, acertemos o no. Así que adelante, sigamos nuestros sueños, una y otra vez, que las almas aguardan impacientes el momento de poder atravesar el portal de la vida, el amor y la consciencia. Sigamos, sin miedo, hacia adelante, porque no habrá un después. Saltemos a ese precipicio, ya no hay tiempo para otra cosa.

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Hacia una octava superior en la espiral


© @ninapapiorek

«Confié en ti… te dije mis debilidades, te mostré mis defectos, mis cicatrices, te conté mis recuerdos más dolorosos y tú… tomaste nota, y me golpeaste justo en esa herida que mil veces te dije cuánto me estaba costando sanar». Gilraen Earfalas

Nuestras vidas a veces se desarrollan en auténticos laberintos de los cuales no podemos escapar, o en auténticas espirales que nos impulsan cada día hacia una octava superior.

La sensación de estar en un laberinto sin salida es la de agobio, cansancio, desesperación, tristeza y agonía. A veces, cuando la situación es desesperante y tienes la intuición de que ese laberinto supera con creces tus fuerzas y expectativas, la vida te ofrece la posibilidad de torpedearlo. Cuando torpedeas un laberinto por su base de flotación todo se hunde de repente, y todo desaparece, descubriendo con ello que nada era real. Es doloroso, pero también nace una sensación de alivio y libertad. Un buen torpedo a tiempo hace que todo explote por los aires, y al hacerlo, algo se libera. Es punzante, sí, pero es necesario. La mentira, la ilusión y la fantasía, esas poderosas armas que nos llevan a laberintos sin salida que pueden durar semanas, meses o incluso años, requieren a veces de una implosión perfecta. Si esa implosión perfecta no produce ningún daño, es que era nuestra percepción la errónea, y todo permanece o se transforma para mejor.

Tener un momento de fuerza e iluminación nos permite romper con algo caduco, falso o innecesario en nuestras vidas. Ese instante de revelación a veces requiere destruir lo añejo para empezar a construir lo nuevo. Lo nuevo siempre revela la unicidad esencial que existe en todas las cosas. Es algo que nos conecta con el aspecto interno de la vida, del amor y de la consciencia, negando completamente la apariencia externa que nace de la separatividad. Cuando llegamos a este grado de comprensión en nuestras vidas, hacemos explotar y destruir todo aquello que ya no está en nuestra frecuencia de unidad, de amor, de vida, de consciencia. Trabajos que no nos aportan nada, relaciones tóxicas que nacen y se desarrollan en una continua mentira, situaciones de cualquier tipo que nos alejan de nuestra esencia y de nuestro ser…

Cuando ocurre ese momento de destello, logramos viajar y navegar lejos del laberinto, para subirnos a la ola de una nueva octava superior en la espiral de la vida. Nos agarramos con fuerza al hilo de Ariadna y buscamos a la tejedora que nos debe elevar hacia una nueva dimensión de experiencia y oportunidad. Si vencemos y aprendimos la lección, nos elevamos en la profundidad del ser y la experiencia vital. Si fracasamos, la experiencia volverá con mayor virulencia.

Este tipo de confusiones vitales, de laberintos de la vida, ocurren cuando no logramos separar el mero deseo de las cosas con respecto al profundo anhelo y propósito de nuestra alma. Cuando estamos con personas o en situaciones únicamente por la búsqueda de un deseo y su posibilidad de satisfacción, es posible que esto al final termine en un gran sentimiento de frustración. Si conseguimos lo deseado, nos vendrá una inevitable pregunta: ¿era esto lo que realmente deseaba nuestra alma, nuestra consciencia, o era tan solo un capricho, un deseo banal? Esa frustración nos conduce al laberinto del que hablamos, a una eventual pasividad en nuestras vidas, pareciendo todo depresivo o de una gran futilidad. La frustración nos puede llevar a una vida insulsa, sumisa, donde todo se acepta, incluso lo cruel o lo mentiroso. ¿Cuántas veces nos hemos sentido engañados, golpeados, maltratados cruelmente? Ahora cambiemos el sentido de la pregunta: ¿cuántas veces hemos dejado que nos engañaran, que nos golpearan, que nos maltrataran? ¿Y durante cuánto tiempo?

A veces esa frustración nos lleva a desesperantes caminos de escape, los cuales nos empujan a mundos ilusorios, de ensueño, mundos igualmente mentirosos y engañosos. Un encarnizado conflicto de esta naturaleza puede llevarnos a nuestra propia autodestrucción. Incluso el no querer ser moldeado por las circunstancias y el medio ambiente nacidos de ese deseo mal entendido pueden provocar una trágica ruptura con la vida.

Deseo estar con esa persona, deseo ese trabajo, deseo más dinero, deseo una vida tranquila, deseo una familia feliz… pero… ¿son esos deseos realmente reales, o son fruto de una fantasía, una necesidad o un trauma? ¿Cómo poder discernirlo?

Si nos hace sonreír, si nos aporta paz y alegría interior, ese es el camino, esa es la vía hacia una octava superior en la espiral de la vida, el amor y la consciencia. Somos expresión y existencia, actores dramáticos de una realidad increíble. Encontremos nuestra espiral, nuestra voz, nuestro camino y dejemos lejos de nosotros los laberintos sin salida. Absorbe, domina y utiliza toda tu fuerza para seguir avanzando y busca la felicidad merecida con situaciones merecidas y personas amables, sinceras, sanas y merecidas.

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Litha, un momento para quemarlo todo



Dice la tradición que algunas enseñanzas secretas sobrevivieron al gran diluvio. Algunos tuvieron la responsabilidad de mantener y conservar el Arca de la Antigua Sabiduría a través de todos los ciclos y todas las mareas del tiempo. Esos servidores de la humanidad, llamados por los sufíes el “círculo interno de la humanidad”, enseñaban que toda la sabiduría es una sustancia que se puede recolectar y almacenar como la miel. Un fuego secreto de los dioses capaz de sobrevivir en el tiempo. El conocimiento de la ley del siete y la doctrina del mantenimiento recíproco son siempre conservadas por aquellos que leen y portan la antorcha de la luz que impera en los mundos tenebrosos y oscuros.

Según relata la tradición órfico-pitagórica, una vez es liberada el alma por la muerte, asciende y entra al cielo por la Puerta o Solsticio de Cáncer, desde donde desciende a sufrir una nueva encarnación en el mundo de las formas.

En las tradiciones paganas, Litha, la noche más corta del año, es precedida por el sabbat conocido como Beltane. Es un momento donde la trayectoria del Sol, vista desde nuestra perspectiva, se detiene antes de invertir su dirección. A lo largo de toda la historia humana, las escuelas de misterios y los mitos enseñaban sobre los ciclos vitales de la vida. Ciclos de nacimiento, vida, muerte y resurrección, ejemplarizando lo que ocurre en toda la naturaleza, primero desde nuestro infantil temor, y más tarde desde la exploración consciente más audaz hacia la luz de la sabiduría. Es la luz, el calor y el fuego lo que resalta todo rito como símbolo de nuestra vida interior, de nuestra alma, de nuestro verdadero rostro ante la realidad confusa.

En la tierra que me vio nacer, esta noche de verbena, la de San Juan, es quizás una de las noches más importantes del año. También lo es para esa otra tierra simbólica en la que nací dos veces, siendo el solsticio de San Juan un punto de referencia, llamándose incluso ellos discípulos directos de San Juan, aquellos que trabajan en las logias de San Juan. Es decir, aquellos que trabajan en la luz, para con ello ahuyentar las tinieblas.

Lo importante de esta noche, que casi suele coincidir normalmente con el solsticio de verano, la noche más corta del año, es que es un tiempo para quemar en la hoguera de la purificación todo lo añejo, todo lo antiguo, todo lo que ya no vale o ya no nos pertenece. Es llevar hacia la luz purificadora todo aquello que con el tiempo se ha vuelto oscuridad.

Esta noche he sido invitado a un sarao para celebrar la noche con unas meigas muy especiales. Además de celebrar la adquisición de una finca que servirá de punto de luz en esta tierra celta, danzaremos alrededor del fuego para purificar nuestras almas y para resaltar lo importante de volver a empezar.

Las fiestas del fuego siempre son purificadoras y protectoras. Las hogueras que se encienden, simbolizando la bóveda celeste y una llamada de atención a los dioses para que protejan las cosechas, son también momentos para quemar aquello que ya no sirve, aquello que hay que abandonar y enterrar, para que de sus cenizas retoñe lo nuevo. Encender hogueras es dar fuerza al sol para que, en su declive, en ese menguar hasta el próximo solsticio, nunca se apague. Simbólicamente ocurre lo mismo con nuestro sol interior, con nuestra alma, con nuestra consciencia. Dotar de fuerza a la misma para que en el devenir de los días y las pruebas que surjan a partir de ahora, sean asumibles y exitosas. Quemar la mentira, en resumen, para que surja lo verdadero.

Esta primavera ha sido una de las más hermosas, al mismo tiempo que una de las más duras y difíciles que recuerdo en mucho tiempo. Por eso hoy es un día muy especial. Un día para dar gracias por todo lo aprendido, por todo lo sembrado y recolectado, por todo lo compartido y soñado. Y un día para quemar aquello que debe volar hacia otro destino, hacia otro merecido lugar.

Nunca como en estos meses había estado tan cerca de la última Thule, como la describía nuestro Séneca. Nunca había estado tan cerca de cumplir con los últimos sueños, un sueño individual pero también grupal. Nunca, en tanto tiempo, el amor se había abierto de forma tan clara y sincera hacia el camino de la vida y la consciencia.

La fórmula geométrica y mágica (1+1=8/9) que tanto poder e influencia ha ejercido en mi en estos meses debe quemarse en los anales del no tiempo. Romper con el hechizo, romper con el sueño, con la fantasía, para empezar de nuevo, esta vez más atento, más consciente, más despierto, desde lo Real, que diría Gurdjieff, porque la vida es real cuando yo soy. Sí, quemarlo todo, y quemarlo bien, para volver a empezar, y ser, en esencia, lo que somos.

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Suerte con el examen de mañana…


 

Nunca. Más. Nos dice el miedo. Vale, dice el amor resignado. Y entre medias, ahí está la existencia para recordarnos algunas cosas. Dicen que en el devenir nada se conquista definitivamente. A veces tenemos la sensación de que estamos en una continua lucha como Sísifo, arrastrando la vida hacia arriba en una desesperante e inútil tarea cuesta arriba. Otros días nos sentimos agotados en esos infinitos trabajos herculianos o viajando hacia ninguna parte en una odisea donde, día sí y día no, nos convertimos en un heroico Ulises. Lo cierto es que todo son pruebas, exámenes, ensayos, intentos, tentativas, experiencias, aprendizajes.  No tan solo doce trabajos como los de Hércules, sino infinitas pruebas día y noche que pretenden hacer de personas buenas, personas mejores.

Mañana tendrás un examen importante. No lo dudes. Es importante porque este día marca una decisión que lleva consigo algunos sacrificios, algunas prioridades, algún discernir entre lo prioritario y lo secundario. La vida toma buena nota de todo. No es un examen formal, donde alguien te hace unas preguntas a cambio de unas respuestas. Te examina la vida porque ante ese hecho, tuviste que elegir unas cosas y sacrificar otras.

La vida siempre es así. Nos hace elegir constantemente para poner a prueba nuestra capacidad de discernimiento, de complejidad, de acierto, de visión en espiral, circular o lineal. La vida nos mira con lupa para luego cobrarse sus deudas. Una a una. Siempre. De ahí que cada examen vital tenga sus propias trampas, sus recovecos, sus ilusorias salidas. Todo un laberinto donde aprendemos y desaprendemos.

Por eso, en verdad, cada día es un examen. Un examen que nos ata o nos libera, una prueba en la que, al amanecer, damos gracias por seguir respirando, y al anochecer, nos inclinamos humildes por seguir vivos. Cada día es un bendito acontecimiento, un milagroso advenimiento que nos recuerda la urgencia de vivir.

¿Qué hemos elegido hoy sembrar para recolectar en el mañana? ¿Hemos sembrado amor o discordia? ¿Hemos sembrado generosidad o egoísmo? ¿Hemos sembrado empatía o narcisismo? ¿Hemos sembrado dolor o sanación? ¿Alegría o tristeza? ¿Coraje o temor? ¿Verdades o mentiras? He ahí el examen al que nos enfrentamos hoy, y mañana, y todos los días.

Pero el de mañana es especial, porque hoy ya estamos cansados, aturdidos, melancólicos. ¿Pero qué pasa con mañana? ¿Qué peculiaridad especial tiene el acontecimiento de despertar de nuevo como si hubiéramos vuelto a nacer? Cada día trae su afán, y es una buena oportunidad para enfrentarnos a una evaluación completa, atenta, generosa. ¿Obraremos el bien en esta nueva jornada? ¿Seremos dóciles pero justos? ¿Obedeceremos los mandatos de nuestra alma y su mediadora, el corazón, o nos dejaremos llevar por los ridículos análisis de nuestra mente, siempre divisora y excesivamente precavida, cobarde, mentirosa?

Mañana es un gran día. La vida te pone a prueba, te evalúa. Mucha suerte en tu examen. Mucha suerte en la vida. Que seas siempre feliz y abundante, generosa, real, auténtica, leal a tus sueños y a los tuyos, y siempre empática y cándida con el resto. Buena suerte, feliz vida.

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Ahí fallaste


“El que no ama siempre tiene la razón. Es lo único que tiene”. Antonio Gala

Las personas se definen por muchas cosas, especialmente por su manera de quedarse. Pero, sobre todo, por su manera de irse. Admitamos sin miedo que fallamos muchas veces. Sepamos reconocerlo, sin avergonzarnos, si al hacerlo somos capaces de perdonar y sentirnos perdonados. El cometer errores forma parte de nuestra existencia. Nos define como humanos, y define a los demás ante nosotros. Cada vez que cometemos un error, podemos ver en el otro su capacidad de amor, su incondicionalidad, su verdadero rostro. El equivocarnos es un test, una prueba, para saber quienes son los imprescindibles, esos que sabes que siempre estarán a tu lado, en lo bueno y en lo malo.

Ahí fallaste, como tantas otras veces haremos a lo largo de nuestra vida. Fallamos cada vez que nos encerramos en nuestro diálogo interno, sin apreciar el mundo externo. Fallamos cuando en vez de una sonrisa, ofrecemos tristeza y apatía. Fallamos cada vez que nos levantamos malhumorados, sin ganas de absolutamente nada, por el simple hecho de abrir los ojos. Fallamos cada vez que huimos sin enfrentarnos valientes y con coraje a los retos del día a día.

Fallamos al otro constantemente, sin saberlo, sin adivinarlo. Y ellos nos fallan constantemente, sin juzgarlos, sin pretender hacer cizaña de sus errores. Nos fallan día tras día cada vez que ante el dolor o el sufrimiento adolecen o desaparecen. Tan acostumbrados a estar en lo bueno, se vuelven invisibles en la decadencia y la enfermedad, ya sea esta del cuerpo o del alma.

Fallamos a nuestros cuerpos con la dejadez, con el descuido, con la falta de sensibilidad hacia esta máquina casi perfecta. La envenenamos todos los días con todo tipo de sustancias, con todo tipo de alimentación, sin importarnos lo más mínimo que efectos provocará en nuestro futuro. Cuando la máquina falla por mal mantenimiento, enfermamos y nos quejamos, olvidando los abusos pasados. Ahí fallamos, fallamos todos los días.

Fallamos en el amor porque no sabemos amar. Pensamos que el amor es algo que se da espontáneamente, pero fallamos cuando olvidamos que el amor, como cualquier tipo de fuerza o energía, requiere de un disciplinado cuidado. Se ama o no se ama, pero si se ama, hay que entregar el extra, en toda circunstancia, en todo momento. Tenemos el mejor ejemplo en el cuidado y la crianza de los hijos. No se pueden dejar de amar ni un instante, no se puede descuidar el amor hacia ellos ni un solo segundo del día. Esa incondicionalidad que aprendemos cuando hemos tenido que criar a un ser frágil, debemos aplicarla a todo tipo de amor: familiar, relacional, amistoso. El amor no es un objeto de usar y tirar, el amor es la más grande de las fuerzas del universo, y debemos honrarla como se merece. Si fallamos en el amor, fallamos en la vida.

Sí, fallamos a la vida cuando nos alejamos de nuestros sueños, cuando damos por supuesto que ya solo nos queda ir improvisando día tras día hasta que todo termine. Fallamos cada vez que nos alejamos de nuestro propósito vital, sea el que sea, y cuando por pereza o cansancio dejamos de hollar nuestro sendero, olvidando siempre el lazo que nos une a la existencia. Fallamos cuando nos alejamos de nuestra alma, de nuestra consciencia, de nuestro espíritu más profundo, y al hacerlo, nos alejamos, sin darnos cuenta, del misterioso devenir.

Fallamos cada vez que queremos tener la razón por encima de todas las cosas, y sí, tendremos o no razón, pero será lo único que nos quede. Tendremos razón en el hecho de que el otro nos falló, pero nos quedaremos solos con esa razón, porque el otro, ante el injusto o desproporcionado ataque, se marchará. Tendremos siempre razón en todo, pero será una razón que solo nos servirá a nosotros, porque al final de nuestros días, nos quedaremos a solas con ella.

Sí, fallamos en todo, todos los días. Y ahí está nuestra capacidad para volver a empezar. Para pedir disculpas cada vez que fallemos, para perdonar al otro cuando nos falle, para remendar lo roto, para reconstruir los sueños, para volver a empezar, una y otra vez. Sanar no es más que curar las heridas cada vez que fallamos, en lo material, en lo anímico, en lo emocional, en lo mental y en lo espiritual. Fallaremos, una y otra vez, pero podemos sanar, curar, restituir.

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Mi alma tiene prisa


© @byondrej

«Hay personas inolvidables. Y no hay cura.» — Charles Bukowski.

«Mi alma tiene prisa. Conté mis años y descubrí, que tengo menos tiempo para vivir de aquí en adelante que el que viví hasta ahora. Me siento como aquel niño que ganó un paquete de dulces: los primeros los comió con agrado, pero cuando percibió que quedaban pocos, comenzó a saborearlos profundamente. Ya no tengo tiempo para reuniones interminables, donde se discuten estatutos, normas, procedimientos y reglamentos internos, sabiendo que no se va a lograr nada. Ya no tengo tiempo para soportar a personas absurdas que, a pesar de su edad cronológica, no han crecido.

Ya no tengo tiempo para lidiar con mediocridades. No quiero estar en reuniones donde desfilan egos inflados. No tolero a manipuladores y oportunistas. Me molestan los envidiosos, que tratan de desacreditar a los más capaces, para apropiarse de sus lugares, talentos y logros. Las personas no discuten contenidos, apenas los títulos.

Mi tiempo es escaso como para discutir títulos. Quiero la esencia, mi alma tiene prisa. sin muchos dulces en el paquete. Quiero vivir al lado de gente humana, muy humana. Que sepa reír de sus errores. Que no se envanezca con sus triunfos. Que no se considere electa antes de hora. Que no huya de sus responsabilidades. Que defienda la dignidad humana. Y que desee tan sólo andar del lado de la verdad y la honradez.

Lo esencial es lo que hace que la vida valga la pena. Quiero rodearme de gente, que sepa tocar el corazón de las personas. Gente a quien los golpes duros de la vida, le enseñó a crecer con toques suaves en el alma. Sí, tengo prisa por vivir con la intensidad que solo la madurez puede dar. Pretendo no desperdiciar parte alguna de los dulces que me quedan. Estoy segura que serán más exquisitos que los que hasta ahora he comido. Mi meta es llegar al final satisfecha y en paz con mis seres queridos y con mi conciencia. Tenemos dos vidas y la segunda comienza cuando te das cuenta de que solo tienes una».

Mario de Andrade

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Redención


© @gabrielevinci

«Todos mis días he anhelado por igual viajar por el camino correcto y tomar mi propio camino errante». Sigrid Undset

Siempre pensé, como buen soñador, que el mundo podría redimirse. Que el ser humano, en su naturaleza más pura, tenía capacidad de cambiar hacia una consciencia mayor. Me aferro a la redención, a la esperanza, hasta el último instante, hasta el último aliento. Quizás por ello me aferro a la utopía, intento crearlas, intento, a pesar del sufrimiento a veces irracional y gratuito, llevarlas hasta el último extremo. Me ocurre en la vida, me ocurre en el amor.

Es una especie de compromiso con el alma. Sabemos que nuestra naturaleza humana está errada, cargada de errores de fabricación, de piezas estropeadas por millones de años de involución perturbadora. Nuestros antepasados sobrevivieron a todo tipo de maldades, guerras, violaciones, hambrunas, enfermedades. Nosotros somos el resultado de todos esos traumas no sanados, traumas que de alguna manera impregnan nuestra naturaleza, nuestra propia herencia. De ahí nacen nuestra rabia, nuestra inquina, nuestra sinrazón, nuestras noches oscuras.

No importan los escenarios. Lo importante es intentarlo una y otra vez. Cambiamos de vida, cambiamos de trabajo, cambiamos de parejas, pero la esencia es la misma. La batalla no es contra los otros, sino contra nosotros mismos. Cuando descubrimos eso, también descubrimos que la batalla del otro es consigo mismo. De ahí la imaginaria y necesaria necesidad de redención. Redimirnos a nosotros mismos para redimir a su vez la naturaleza humana, y redimir al otro.

Cuando algo fracasa exteriormente es porque algo ha fracasado interiormente. Especialmente la visión errónea de creernos a salvo de todo ese trauma heredado. Lidiar con nuestras imperfecciones y encontrar a alguien capaz de lidiar con las suyas sin salir huyendo quizás sea lo más complejo de todo. He conocido personas felices que provienen de entornos felices que igualmente han padecido el sufrimiento humano. Y de igual manera, he conocido a personas desdichadas e infelices que en algún momento acariciaron la paz. Quizás fue un momento leve, mirando el verde de  una colina, un atardecer, abrazada a un ser querido, en una noche de pasión y afecto, pero ahí estaba la chispa, el anhelo de amor, el deseo de redención y esperanza. Una luz que brilla en todos nuestros caminos, un faro que desea alimentar nuestras vidas hacia un futuro digno y noble.

Debemos siempre perseguir lo que excede a nuestra comprensión. Somos limitados y la tribu, con sus modas y sus desmanes, intenta dirigir nuestras vidas hacia una premisa, hacia un destino común. Nuestro propio camino errante a veces difiere del camino correcto. A veces el dolor y el sufrimiento es la consigna que nos indica que estamos vivos, y que estamos caminando hacia alguna parte. Encerrarnos cobardes en los deseos del camino correcto, del camino que la tribu desea para nosotros, es abocarnos a la insensatez paralizante de huir de nosotros mismos, de nuestro centro, de nuestro corazón. ¿Qué reclama nuestra alma, cual es nuestro secreto deseo?

Estos días pasados he muerto de rabia y desesperación, de dolor y sufrimiento. He sentido una insoportable angustia. Por las noches, desnudo ante la inmensidad del infinito, me miraba, me abrazaba, y deseaba profundamente redimirme. No por mis errores, no por mis frecuentes exigencias inútiles, faltas, tropiezos, omisiones, deslices, o descuidos. La naturaleza humana, cuando se mueve y no se estanca, tiende al error, al caos. Deseaba redimirme para no perder la esperanza. Para seguir adelante en lo bueno y en lo malo. Para seguir soñando a pesar de todo, y seguir abrazando con fuerza la dulce y bella sonrisa de la alborada. No te rindas. No me rindo.

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El alma reclama su propio camino


© @itsreuben

«Mejor que perdonar, es sanar la imaginaria herida, que el imaginario agravio abrió en el herido ego, del aparente yo». Aldous Huxley

¡Ay qué poca cosa somos! El mundo se desmorona, y nosotros tan apegados siempre a nuestros pequeños dolores, dolores que terminan, paradójicamente, convirtiéndose en todo un mundo. Y allí arriba las estrellas colapsan unas con otras, soportando el caos universal, mejorando en lo posible el misterio de las leyes de la termodinámica. Y nosotros viviendo en la queja, en la insoportable levedad de nuestro ridículo ser. Mientras que un poco más allá, no tan lejos, se extinguen especies, se contaminan los mares, se agotan los recursos, se masacra culturas y se aniquilan hermanos contra hermanos en guerras que nunca acaban.

¡Ay que ridículos que somos! Siempre padeciendo por cualquier cosa. Por un mal de amores, como es el caso, por una incertidumbre de ahora qué hacer, sin saber cómo sanar la imaginaria herida de ese imaginario agravio de ese pequeño y risible ego, del aparente yo.

Es cierto, lo admito, no tengo nada que perdonar. Nada me hicieron que no me dejara hacer. Ahora que amar se ha convertido casi en un delito, nada hice contra la nueva ley, esa ley social donde todo lo que es real es mentira, y todo lo que es mentira es real.

Y ahora que admito que ya no tengo nada que perdonar, y que por lo tanto, a mi pequeño ego herido lo puedo mandar a hacer puñetas, me dan ganas de salir al mundo y de buscar algo real, algo de carne y hueso, algo delictivo como es amar. Sí, no sé si porque llevo mucho tiempo durmiendo, algo ha nacido esta mañana, recién levantado, que me empuja a transgredir, a desobedecer el orden establecido, el orden de la mentira.

No sé qué me pasa, que ahora que siento haber vivido una gran mentira, tengo ganas de compensar viviendo una gran verdad. Salir al mundo, a los caminos, enamorarme de nuevo, furtivamente, quebrantando el duelo, sustituyendo la quimera y el disimulo por una gran historia real. Salir y encontrar a alguien que quiera vivir una gran aventura de amor. Alguien lo suficientemente cuerda y verdadera que desee alejarse del mundo mentiroso, que desee abrazar una vida bucólica en las montañas, viviendo en una humilde cabaña, creando una salvaje y filosófica familia. Estoy convencido de que ahí fuera hay alguien que desea vivir la vida buena, la vida feliz, la vida real. Estoy convencido que alguien sin miedo, será capaz de entregarse a la Vida, la Consciencia y el Amor en una nueva primavera humana…

Así que sanaré la imaginaria herida con dosis de realidad. Me lanzaré a cualquier aventura, a cualquier camino, y que sea lo que las estrellas en su maravillosa composición deseen para nosotros. La herida supurará, todo se sanará, el equilibrio se restablecerá, y lo que tenga que suceder, inevitablemente sucederá. Adiós aparente ego, ridículo yo. El alma reclama su propio camino, y a él me debo y me entrego. El camino del loco, que decían los antiguos, me espera. No habrá más duelos, amaré en silencio, como siempre, y dejaré que el sometimiento de la tribu mentirosa no pervierta nunca más mi propio camino…

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Camino hacia la esperanza


Seguimos viajando, hoy ya por tierras de Francia. Anoche de nuevo dormimos tan solo tres horas. Estamos todos completamente agotados, excepto los niños que no paran de jugar unos con otros, ignorando el periplo en el que están participando. No entienden de geopolítica. No entienden de invasiones ni de guerras. Solo juegan. Quizás de mayores recuerden nuestros rostros, el viaje, el exilio, el sentirse refugiados, el sentirse de ninguna parte. Eso es lo que ocurre cuando emigras, o cuando eres hijo de emigrantes. Eso es lo que sientes cuando pierdes de alguna manera todas tus raíces.

Hoy en la comida alguien puso el himno de Ucrania y todos pasaron un mal momento. La anciana del gato se marchó a llorar a una de las furgonetas. Le pedimos perdón por la torpeza. Se removió todo de repente. Lo que parecía una bonita comida compartida en mitad de la nada se convirtió en un momento agrio y complejo, triste, amargo. Tanto sacrificio, toda una vida, para perderlo todo de repente. Empatizo mucho con esa idea. La he vivido muchas veces en mis carnes y es una sensación de vacío tremenda, de pérdida de sentido, de muerte en vida.

Te esfuerzas por construir una vida, un espacio, una intimidad, y de repente todo eso desaparece. Por una guerra, por una ruptura emocional, por una crisis económica, por una enfermedad, por alguna torpeza existencial. La vida se muestra con esa crueldad a veces. Lo veo en los rostros de esta gente. Ahora no tienen nada, excepto su pequeña maleta con cuatro cosas y la esperanza de que todo irá bien en el futuro. Pero ahí está el miedo, la terrible sensación que les acompañará por el resto de sus vidas.

El miedo siempre es paralizante. El camino, los caminos, están llenos de peligros y amenazas. El corazón nos dice una cosa pero la mente recula y nos advierte. No hagas esto, no hagas lo otro, nos dice constantemente. Es paralizante, es su función: ordenar y advertirnos. Esta gente no ha tenido más remedio que salvar sus vidas más allá de salvar sus cosas. Quizás si se hubieran aferrado a las mismas ahora estarían muertos. La vida siempre es más importante. Las cosas se recuperan. La vida no.

Siento algo de pena por todo. Mañana ya no estaré con ellos. Les coges cariño, sientes compasión, brota amor, te vuelves humano y de alguna manera te olvidas de ti mismo para entregarte al otro. En el fondo, la vida, la verdadera vida, es algo parecido a lo que ahora siento. Una gran necesidad de entrega hacia el otro. A otro que no conozco, con el que tan solo hemos compartido un relato épico, un viaje, una salvación, unas horas cansadas de un trayecto agotador e interminable. Me gustaría poder verlos en el futuro y saber cómo les ha ido. Como aquella familia de refugiados sirios que conocí en la isla de Chios y a la que rescatamos de una lancha neumática en mitad de la nada. Nuestra labor fue atenderlas en el puerto, acompañarlas hasta el campo de refugiados, brindarles ese primer apoyo emocional y humano. Nunca olvidaré los rostros de aquellas personas, como nunca olvidaré la sonrisa y el corazón de estos ucranianos.

Esta experiencia, única e irrepetible, me recuerda lo impermanente que es todo. Queremos aferrarnos a la vida pero la vida nos suelta una y otra vez. El miedo, los miedos, nos recuerdan la dureza y los peligros del camino. El amor fortalece nuestra decisión de seguir adelante, a pesar de ellos. Si no hay miedo, hay camino. Si hay camino, hay esperanza. Si hay esperanza, hay vida, mucha vida por vivir. Siempre es así, una y otra vez. Cuando el miedo avanza, la vida se paraliza y muere. Cuando es la esperanza la que aviva nuestro sentir, el camino se abre, la experiencia humana se enriquece, todo se ensancha. Inevitablemente.

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El arte de la huida


© @byondrej
“No te tomes la vida tan en serio, al fin y al cabo, no saldrás vivo de ella”.
– Les Luthiers…

 

En agosto de hace tres años hablaba del “arte de la fuga” y unos meses antes había escrito sobre “la gran huida”. Hoy leía un bonito texto de una persona a la que estimo que habla del arte de la huida y me reconfortaba su lectura por ser tan parecida a mis propias reflexiones sobre este tema, tan recurrente en mi vida. Esta mañana había huido y llevaba días huyendo sin parar por miedo al dolor, por miedo a la pérdida, por miedo a que los sueños más profundos y verdaderos sean aplastados por una realidad incómoda. Luego miré un poco hacia atrás, cuando me tumbé abatido en la pequeña y sanadora biblioteca, y me di cuenta de que mi vida siempre había sido una continua huida. Huida de personas, de relaciones, de lugares, de trabajos, de responsabilidades, de compromisos. Me di cuenta de que, si en algo era especialmente bueno, era en el arte de huir. En huir y en sabotear lo bueno, lo merecido, lo verdadero.

En un par de días me marcho a Ucrania para llevar medicamentos y traer refugiados, pero sé que esta vez no lo hago para salvar vidas, ni para ayudar en algo como otras veces, sino para huir. Huir de mí mismo, huir de mi dolor, huir de mis fracasos, huir de la frustración, de la rabia, de la pena, de la tristeza, del intentar controlar casi de forma paranoica una realidad que no me pertenece, o de la que no me siento merecedor. De ahí la gran frustración de querer abrazar algo dentro del sentir del no merecimiento. ¿Por qué esa manía de no sentirnos merecedores de felicidad?

De lo que más huyo es de la sensación de vacío que produce la escapada libre. Uno de los deportes que más me gustan es el parapente. En el fondo es una huida hacia arriba, hacia lo alto, porque cuando estas volando, estás solo ante el mundo, estás huyendo hacia un imaginario imposible que se traduce en auténtica soledad, en auténtico vacío ante la inmensidad del cielo y las fuerzas de los vientos que te arrastran de un lado para otro siempre en bravío silencio. Volar es como flotar entre dos mundos, sin saber muy bien a cuál de ellos perteneces. Esa es la sensación que siempre me ha acompañado. Y quizás ese sea el motivo por el que un día decidí huir a las montañas. Aquí estoy cerca de lo verde y lo celeste, como entre dos mundos, abrazando el cielo liberador de las mañanas y aterrizando en la tierra doliente por las tardes. Vivir en los bosques, aunque me empeñe en decir lo contrario, es una forma de huir.

Los héroes de la antigüedad realmente eran unos temerosos que huían de su realidad. Les aburría la vida ordinaria y organizaban viajes épicos, auténticas huidas con todo tipo de peligros y purificaciones morales. La épica del héroe es la épica de la huida. Como la épica del hombre ordinario es huir al bar, a echar la partida, a beber una cerveza o un vino y medio borracho, volver a casa olvidando todas sus responsabilidades y compromisos. O huir a las discotecas, al baile, a los centros comerciales, porque esa será nuestra única y gran épica diaria. La otra gran épica, las vacaciones de verano, es aplastante.

De igual manera, el vuelo mágico de los místicos es también una huida. Algo que se contrapone al dominio ascético, a aquello que nos enfrenta a un mundo que nos desagrada. El fuga mundi de los antiguos tenía algo de verdadero y escambroso: adolecer ante el mundo mentiroso, huir de alguna manera hacia lo invisible, saturados de un mundo tangible abominable, cruento, monstruoso.

Mi huida actual sigue siendo psicológica y emocional. No pretende sanar nada porque todo estaba sanado. Requiere, quizás tal vez, restituir lo acordado, abrazar lo abrazado, emprender el sueño y ver hasta dónde llega su profundidad, su compromiso, su lealtad. Es una huida cansada, quizás porque por primera vez, sentí deseos de no huir, de estar ahí, de darlo todo, de entregar en rendición mi vida, en su vida. Ahí viene la gran paradoja. Ahora que no quería huir, como si el universo me ofreciera atrevido esta singularidad, huyo de la propia huida. Como decía el poeta, iré a descansar, al valle de los avasallados, y allí, como no me falta sentido del humor, reiré y reiré. No podemos tomarnos la vida tan en serio. No merece la pena.

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¿Por qué nos cuesta tanto la comunicación directa?


En estos tiempos que corren dónde todo es mentira, las redes, las relaciones, lo virtual, la televisión, a veces hasta nuestras propias vidas, es muy complejo encontrar fórmulas adecuadas de comunicación directa. Los antropólogos nos volvemos locos cuando queremos encontrar un atisbo de verdad. Tan dados que somos a buscar indicadores, los mismos siempre terminan por destripar las entrañas de lo cierto, lo real. Resulta difícil comprometerse con alguien a comunicarte de forma clara y honesta, abierta a la escucha, con respuestas sentidas desde el corazón, con amorosa aceptación y con delicadeza. Es algo de lo más complejo, y al mismo tiempo, cuando se consigue, es algo de lo más liberador y sanador.

Cuando sientes rabia, celos, soberbia, orgullo, dolor, tristeza, sufrimiento, enfado o cualquier otro tipo de emoción, es complejo realizar una autogestión soberana de dichas emociones. De igual forma, es aún más complejo transmitirlas, compartirlas para que no enquisten en futuras enfermedades, de forma prudente y amorosa. Cuando uno está enfadado, es complejo hablar desde la armonía y el autocontrol.

Sin embargo, aunque nos costara, deberíamos buscar espacios de responsabilidad y libertad dónde poder ser francos en cada momento. Si a uno le entra un ataque de celos paranoico, o un enfado monumental por haber sido herido, o cualquier otra cosa que nos pueda molestar del otro, sería maravilloso y fundamental poder encontrar el momento idóneo para expresar a cada momento nuestro sentir sin ser juzgados, sin ser calificados de esto o lo otro. Es difícil buscar la raíz de muchas de nuestras erróneas actitudes, pero puede llegar a ser fácil sanarlas si encontramos el apoyo suficiente.

Esos espacios de seguridad no existen hoy día. Cuando las cosas se enquistan precisamente por la falta de comunicación, todo termina explotando. Pero cuando lo que uno siente se expresa con completa autenticidad, sea lo que sea, las almas se liberan. Todo el problema de la mediación entre dos partes es la falta de escucha sincera. Para que exista escucha deben existir espacios de seguridad, donde sepas que todo lo que puedas decir al otro está en un entorno seguro. Expresar lo que uno siente y ser escuchado con franqueza es lo que evita malentendidos, enredos en las relaciones, búsquedas de huidas hacia adelante.

Si estás enfadado, dilo abiertamente. Si algo te ha molestado, ten la franqueza y la valentía de expresarlo. Siempre con cordialidad, siempre con respeto, siempre desde la libertad de ese espacio seguro de relaciones sanas y fructíferas. Escuchar a un hijo, a un padre, a una pareja, a un amigo, a un familiar, a un conocido, y luego acompañarle sin juzgar.

Si hay franqueza, transparencia y amor, lo que nos dolía desaparecerá. Los dolores del alma, de la mente, de las emociones, desaparecen cuando han tenido la oportunidad de ser expresados, de ser comunicados, de ser sostenidos por un ser querido, de ser sanados desde el cariño y el amor. El oficio de un cura era el de sostener antiguamente “los pecados”, al igual que ahora el oficio de un psicólogo equivale a sostener los problemas diarios de nuestra mente y nuestras emociones.

Nuestras parejas, nuestros hijos, nuestros padres, nuestros amigos, necesitan igualmente ese sostén cuando se sienten vulnerables o heridos, ese acompañamiento desde el amor franco. Necesitan ese silencio, esa escucha, esa empatía, esa delicadeza que damos a una persona que está enferma, entendiendo en esos momentos que la rabia, los celos, el orgullo o el sufrimiento, son enfermedades del alma. Muchas veces, un abrazo sincero bastan para sanarlos. No construyamos relaciones en base a fantasías o relatos mitológicos. Hagamos que la vida real se manifieste en cada instante, en cada momento, con aquellos que están realmente a tu lado.

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En tiempo de desolación, nunca hacer mudanza


© @swash63

Hoy me recordaba una excelente amiga la Quinta Regla de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, que dice así: «En tiempo de desolación nunca hacer mudanza, mas estar firme y constante en los propósitos y determinación en que estaba el día antecedente a la tal desolación, o en la determinación en que estaba en la antecedente consolación. Porque, así como en la consolación nos guía y aconseja más el buen espíritu, así en la desolación el malo, con cuyos consejos no podemos tomar camino para acertar«.

Es verdad que cuando uno está desolado, enfadado, rabioso, orgulloso, celoso, triste o desorientado no puede ni debe tomar ningún tipo de decisión, porque siempre puede ser desastrosa. Hoy era uno de esos días, uno de esos días en los que el ánimo desolado me empujaba e incitaba a tomar decisiones de las que quizás luego uno puede arrepentirse. Por suerte, alguien muy querido me vio en la calle deambulando, desorientado y cabizbajo, y me invitó a algo tan sanador como comer pizza. Estuvimos cinco horas hablando hasta que vino el camarero y nos preguntó si nos íbamos a quedar a cenar. Se nos fue el santo al cielo.

Mientras comíamos se nos acercó a charlar un rato Andoni Moreta, un clásico del Camino de Santiago. Andoni sale en muchos periódicos explicando su historia, e hizo lo mismo con nosotros en el ratito que nos acompañó. En un momento trágico de su vida, teniendo él como profesor de instituto una vida ejemplar, tomó una decisión fatal. Desde entonces, lleva perdido deambulando por los Caminos, viviendo en la calle, transitando de un lado para otro.

Cuando era trabajador social y trabajaba en los arrayanes de las ciudades en albergues de personas sin hogar podía darme cuenta todos los días de lo frágil que es la condición humana, y de cuántas personas viven una vida desolada por un puntual error fatal. De lo fácil que resulta perderse en la vida cuando por una crisis, depresión o circunstancia terrible uno pierde completamente el norte, el sentido de la vida, la ilusión por vivir. Nadie está salvo de esto.

Personas normales que llevaban una vida normal, ejemplar, como Andoni, pueden de repente girarse y volverse locos, perder totalmente el centro y caer en cualquier tipo de circunstancia horrible. Andoni lo decía con una tristeza terrible en sus ojos, catorce años después: “solo quise abrir la ventana para que entrara un poco de aire fresco”. Su testimonio, relatado en los medios, es francamente conmovedor. Un pequeño gesto, un pequeño error en tu vida, y todo se va al traste.

Tengamos cuidado, estemos atentos, marquemos bien cada uno de nuestros pasos. Siempre, siempre, siempre, cerrar los ojos e intentar ser guiados por nuestra alma, por nuestra fortaleza interior. Respirar, respirar, respirar y hacer siempre el bien con nosotros mismos y con nuestro entorno. Siempre firmeza y constancia en nuestros propósitos. Siempre recordar quienes somos y a qué hemos venido. Estemos alertas. Estemos atentos. Seamos fuertes pilares para no derrumbarnos al primer soplo. Y cuando los soplos venga, restituyamos hasta que volvamos al momento, al instante anterior de esplendor y belleza.

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Cuando lo verdadero es Real, permanece


© @mathieu_dalle

«Hay ocasiones en que estoy convencido de que no soy apto para ninguna relación humana«. Franz Kafka

Decía uno de los cuatro acuerdos eso de que no te tomes nada personal. De que la realidad en la que vivimos dista mucho de la percepción que los otros tienen sobre la misma. Uno puede ser o parecer alto o bajo, gordo o flaco, feo o guapo, pero la realidad es que todos nos verán de formas diferentes dependiendo de la ficción y las creencias que cada cual tenga en su mente, en su construcción mental. Todo eso a veces se vuelve complejo. A veces sufrimos todo tipo de posesiones o circunstancias extremas que distorsionan nuestra realidad. El mal acecha en todas partes, nos posee, nos manipula, nos hace perder el centro.

Cuando de repente dejamos de hacer lo que somos, cuando de repente nuestro comportamiento difiere, perdemos nuestro centro y actuamos de forma diferente, debemos pensar o sospechar que quizás algún tipo de fuerza nos está manipulando o invadiendo. Ya sea a nosotros o a nuestros seres queridos. A veces hacemos cosas o decimos cosas que no nos pertenecen. A veces sale de nosotros una maldad, o una inconsciencia, que no es nuestra. No podemos sospechar su naturaleza. Unos afirman que viene de nuestros ancestros, otros de fuerzas invisibles, otros de entidades que desde otra dimensión se empeñan en manipularnos y hacernos daño. Entidades que nos aíslan, que nos hacen decir y hacer cosas que estando en un estado normal nunca haríamos ni diríamos.

¿Cómo saber si estamos siendo manipulados por algún tipo de fuerza extraña? Cuando notamos que hemos perdido el centro y no sabemos hacia dónde dirigirnos y tendemos al aislamiento. ¿Cómo salir de esa influencia? Agarrándonos con fuerza a esas personas que siempre han hecho o querido el bien en nuestras vidas. Nuestros amigos, nuestra pareja, nuestra familia, son los guardianes que nos avisan de que estamos perdiendo cierto norte, cierto sentido. Y cuando eso ocurre, lo que nunca debemos hacer es aislarnos, sino pedir ayuda, abrazar con fuerza al otro, a nuestro ser más querido.

Más allá del glamour o más allá de esas fuerzas o energías que a veces nos influyen o manipulan, cuando lo verdadero es Real, permanece. La realidad está compuesta por una parte fantasiosa, producto de nuestra imaginación, y una parte real, objetiva, que mantiene la paradoja de mostrarse de mil formas. Una emoción puede ser real, pero puede estar al mismo tiempo influenciada por mil cosas. Un pensamiento puede ser real pero puede atrofiarse por la influencia de otros pensamientos ajenos a nosotros. Una buena acción puede ser real pero puede desviarse por influyo o proyección de otras fuerzas.

¿Cómo discernir entonces? ¿Cómo saber si estamos siendo nosotros los que dirigimos nuestras vidas de forma real o nos estamos dejando manipular por otro tipo de entidades, energías, personas o circunstancias? La respuesta es compleja. Podemos tener un problema con alguien, un malentendido por decir algo, y podemos mirar una foto suya o un recuerdo suyo. Si al cerrar los ojos, su imagen nos hace sonreír, la añoramos de alguna manera, quizás se trate de eso, de un malentendido, de una influencia ajena a nosotros. Si por el contrario miramos esa imagen de forma desapegada y sentimos algún tipo de rechazo profundo, quizás esa sea la verdadera respuesta.

En todo caso, cuando lo Real es verdadero, siempre permanece, de alguna manera u otra. Cuántas veces habremos discutido con nuestra familia, con nuestros amigos o con nuestra pareja por mil motivos, y siempre hemos permanecido ahí, en lo bueno y en lo malo, porque sabemos y sentimos que los lazos que nos unen son reales. Si ese lazo se rompe a la primera discusión, al primer contratiempo, es que lo que se sentía no era real, sino una ficción de nuestra mente o una profunda distorsión de nuestras emociones.

Franz Kafka tenía un gran problema a la hora de relacionarse con el mundo y con las personas precisamente porque él mismo pensaba de sí que era una gran cucaracha. Esa distorsión de su pensamiento le impedía mantener relaciones sanas con los demás. Cualquier tipo de distorsión en nosotros, venga de nuestros ancestros, de nuestros traumas, de entidades o fuerzas ajenas a nosotros, de la conjunción astral de los planetas o de circunstancias difíciles, pueden pervertir nuestra realidad y pueden destruir todo cuanto queremos. Estemos atentos, busquemos discernimiento y abracemos aquello que nos haga sonreír, pase lo que pase. Cuidado con la pérdida de centro, con el consiguiente aislamiento y con la posterior autodestrucción que todo eso conlleva. Destrucción de lo que queremos, de lo que anhelamos, de nuestros sueños, de nuestras personas queridas, de nuestro propósito o misión-labor. Destrucción de todo, incluso de nosotros mismos.

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El para siempre está hecho de muchos ahoras


© @ilonaheinrich60

«Amar significa amar lo desagradable. Perdonar significa perdonar lo imperdonable. Fe significa creer en lo increíble. Esperanza significa esperar cuando todo parece perdido” G. K. Chesterton

El «para siempre” está hecho de muchos “ahoras”, decía Emily Dickinson. Si se descuidan esos pequeños ahoras, el para siempre desaparece. Algo así sentimos ayer cuando los celos y la rabia de uno sumado al orgullo del otro vencieron de nuevo la batalla. Admito que tuve un mal día. El suicidio de aquel hombre, la incomprensión de cómo todo se estaba desarrollando en el plano emocional, la tensión por los grupos que venían y ahora otros retos difíciles de enumerar crearon un auténtico campo de minas. De nuevo incomprensiblemente todo explotó. El miedo y el cansancio vencieron al amor. Otra batalla perdida, otro momento de expansión desaprovechado.

Por la noche tuve un sueño extraño, una de esas pesadillas que nunca sabes si son reales o son producto de un momento agotador. En el sueño me sentía cansado, muy cansado. Había apagado el teléfono, pero algo me despertó a media noche de ese mismo sueño. Lo encendí y hacía diez minutos que había llegado el mensaje. Fui corriendo con la esperanza de abrazar un corazón roto, dolido, apagado. Pero el corazón quedó escondido debajo de un macetero. Lo cogí casi llorando. Había en todo ese lugar un olor inconfundible, un olor que deseaba abrazar con desesperación. Corrí hacia arriba con algún tipo de esperanza. Luego por todas las calles y luego por los pueblos de alrededor, incluso por todos esos universos que se desarrollan de forma paralela en todo sueño. Es desesperante ver como el miedo o el orgullo vencen al amor. Y en ese sueño, la derrota era inevitable.

No dormí en toda la noche hasta las cinco de la mañana pensando en ello. Luego a las siete ya estaba de pie. Tenía que acompañar a un grupo de treinta personas por la etapa del Camino de Santiago que va desde Triacastela a Samos y de ahí al Couso. El caminar me vino bien. A cada paso sentía el olor del sueño de la noche anterior. Casi me daba un parraque recordándolo. Deseaba tanto poder abrazar ese olor.

Esos malos sueños son producto del miedo. Quizás en la vida todo sería más  fácil si pudiéramos compartir nuestros miedos desde un lugar más calmo y amoroso, mirando siempre de frente al otro, viendo su rostro, su alma, su mirada. Las tecnologías nos han separado de todo eso: de los olores, de la mirada, del alma. Esas son las trampas del camino de nuestro tiempo. El miedo, el orgullo, los guardianes del umbral, nos ponen constantemente a prueba para comprobar si el amor es real o solo una ilusión pasajera, un capricho o un juego. Cuando no puedes hablar con el otro mirándole a los ojos, no puedes entablar un diálogo sano con su alma. Amor es relación, y la relación nunca puede estar mediada por un aparato o una lejanía. Eso nos desconecta completamente de la situación real, de las emociones del otro, del alma del otro.

En la caminata de esta mañana me daba cuentas de muchas cosas. El ser humano tiene una media de casi sesenta mil pensamientos diarios. Es para volverse loco. Si esos pensamientos vienen acompañados de miedos, de pasado, de experiencia, la multiplicación es exponencial. Si no tenemos un propósito claro, la deriva está garantizada. Por eso el zen insiste mucho en la concentración. El dominio de los pensamientos divergentes es fundamental para tener una vida sana. Al igual que el dominio sobre la ira, la rabia, el orgullo.

Cuando estamos cargados de los mismos, no damos espacio al amor. Dicen los expertos que nuestra vida está regida por cuatro emociones básicas: el miedo, la rabia, la alegría y la tristeza, y por algunas secundarias. La vida es excitación y perturbación y cada emoción nos predispone a llevar algún tipo de respuesta. Las respuestas viscerales nos alejan de nuestro yo, de nuestra consciencia, y nos hacen actuar ciegamente, a veces, incluso, dañando a terceros. Si esas respuestas no se realizan desde el contacto humano, nos convertimos en máquinas irracionales.

Cuando dañamos a terceros es difícil tener la empatía suficiente para pedir perdón, para sentir remordimiento o para sentir algún tipo de sincera respuesta. A veces, cuando dañamos a terceros, aunque nosotros creamos que nuestras actuaciones son justas, no tenemos en consideración ese daño, y muchas veces, arrastrados por el orgullo o la ira, nos negamos a reconocerlo, o al menos, cuidar y acompañar al que se ha sentido herido. Ocurre que a veces, el que se siente herido responde con cólera, ira o rabia. Y eso provoca en nosotros aún más rechazo y separación.

El para siempre está hecho de muchos ahoras. Esos pequeños ahoras están condicionados por cientos de experiencias y circunstancias a las que tenemos que estar preparados, en lo bueno y en lo malo. En lo bueno porque crecemos en alegría, y en lo malo porque crecemos en bondad y consciencia. Debemos valorar siempre cuantos ahoras buenos existen, y cuánta fuerza le damos a los malos ahora. A veces un mal ahora puede estropear el trabajo de semanas, de meses, de años. Un mal momento puede mandar todo a un pozo sin fondo.

Si huimos de las incomodidades de los muchos ahoras, nunca creceremos como personas. Cada relación que se precie está llena de crisis. Son esas crisis las que nos hacen crecer, tomar consciencia, conocer al otro. Y cuando entendemos esa máxima que dice en lo bueno y en lo malo, en los errores y en la virtud, es cuando se manifiesta realmente el amor.

Eso sentía esta mañana caminando, un amor infinito, una paz infinita, un estado de liberación por haber podido ser sincero y expresar rabia, error y orgullo, y luego tener la capacidad de verlo como algo equivocado, innecesario y doliente. Ojalá siempre el amor triunfe, a pesar de las dificultades, y los muchos ahoras sean cada vez más alegres y felices. Ojalá los pequeños e insensatos ahora dañinos no tengan nunca más fuerza que el deseo de abrazar y amar al otro. Tengo esperanza, aún sintiendo que ahora pudiera estar todo perdido. A pesar de todo, tengo paz, tengo amor, tengo centro.

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Ethos ascético


© @kingsandsailors

“A veces me parece como si el Señor respirara sobre esta pobre brasa gris de la Creación y la volviera resplandeciente por un momento, o por un año o durante el lapso de una vida. Y luego se hunde de nuevo en sí misma, y al mirarla nadie sabría que tenía algo que ver con el fuego o con la luz… Dondequiera que vuelvas tus ojos, el mundo puede brillar como una transfiguración. No tienes que agregarle nada, excepto un poco de voluntad para ver”. Marilynne Robinson

He buceado un poco por las profundidades, por el abismo, pero he decidido subir hacia la luz, hacia la orilla, y de allí hacia la montaña. La vida me ha concedido la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar. Valor para cambiar las cosas que puedo. Sabiduría para saber discernir entre ellas, entre lo que no puedo cambiar y lo que sí se puede. La vida nos hace navegar entre aguas, por barrizales, precisamente para poder discernir dónde merece la pena caminar y qué estamos dispuestos a hacer para ello. Ya no soy como antes, donde todo se hundía bajo los pies. Ahora puedo caminar sereno entre el hundimiento abismal y la tierra firme.

Esta mañana amaneció lluviosa. No pegué ojo en toda la noche. Me levanté a otro ritmo. Decidí quedarme a solas en la pequeña cabaña, meditando con el sonido del agua. En silencio, observando los pajarilllos venir cada vez con más frecuencia al comedero. Entre nubes, de vez en cuando aparecía un rayo de luz. Me detuve en uno de ellos. Cuando todo el cielo está gris y golpea la llovizna, de repente aparece la luz.

Di de comer al gato vagabundo que se ha instalado en los bajos de la cabaña. Es tímido, pero ha aprendido a pedir comida cuando esta falta. Me da pena entender algo tan obvio, al mismo tiempo que cuesta entender toda la complejidad humana. Los humanos no solemos ser tan claros en nuestras peticiones. Enredamos, a veces mentimos, disimulamos, obviamos, nos enfadamos, gruñimos. Ayer me pasé todo el día gruñendo y ahora me da risa. Ayer no supe, no quise, aceptar aquello que no podía cambiar.

Nos cuesta hablar con transparencia y claridad, y cuando alguien lo hace, solemos huir, tan poco acostumbrados a la verdad, a la sinceridad absoluta, aunque esta duela. No nos gusta la gente clara y transparente. Preferimos las mentiras, los enredos, fantasear con cosas que no son y nunca serán. En la naturaleza todo es más simple. Unos piden y otros dan. Sin falsos añadidos. Ayer no supe verlo. No supe ver, no quise ver, no quería aceptar.

Así que acepto las cosas que no puedo cambiar. Miro el bosque, la primavera. Es maravilloso vivir aquí. Desearía poder compartir este lugar y crear aquí una familia. Me parece un milagro constante vivir en un sitio como este. Me entristece el egoísmo de no saber abrir las canillas del llanto para poder compartir aún más este paraíso. Aquí vivo en un ethos ascético y olvido que el mundo desea vivir en la abundancia constante. Aquí existe una conexión entre la metamorfosis y la teofanía, un rumor constante que consagra la vida en cada una de sus dificultades. Veo amplitud y profundidad cuando observo trepar la madreselva por los delgados abedules. El trinar de los pájaros es como un constante murmullo que nace de la profundidad de un cosmos incognoscible.

Quiero orientarme de nuevo para ser un instrumento de paz y de vida. No deseo más batallas, no deseo más ruido. Solo silencio, amor, serenidad. Agradezco la sabiduría para poder discernir. Para saber aquello que puedo y no puedo cambiar. Para aceptar con indulgencia los devenires de la existencia. No se puede forzar el amor, no se puede forzar la compañía, no se puede forzar los acontecimientos. Que lo inteligente atraiga a lo inteligente, y el amor, al amor. Todo discurre sin que tengamos que agregar nada, excepto un poco de voluntad para poder ver.

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El viaje más largo siempre es hacia uno mismo


© @henrylohmeyer

El viaje más largo siempre es el que atravesamos desde nuestro corazón a nuestra cabeza. Es un viaje pesado y angustioso que requiere mucha certeza, seguridad y fortaleza. A veces ese viaje se interrumpe por algún hecho, por alguna circunstancia. A veces eso resulta desquiciante. Es fácil dañarnos y dañar al otro. Es fácil provocar en nosotros un túnel de pérdida y sin sentido.

Estos días me he sentido algo desconectado de mí mismo. Mi corazón, por un lado, mi realidad por otra, mi cabeza más allá, mi alma ausente y alejada. Cuando entro en este caos interno tengo facilidad para dejar salir a mis demonios. El déspota, el niño abandonado, el narcisista que todos llevamos dentro, el controlador, el pequeño dictador, el frío y calculador ausente. Salen nuestros demonios y también los demonios de nuestros ancestros, que aprovechan la desconexión para provocar derrumbes importantes en nuestra vida. El caos y la destrucción campan a sus anchas.

La técnica infalible de desconectar la máquina de pensar a veces no es suficiente. Hay cosas insufribles como la derrota, la desesperación, el sufrimiento por la pérdida, la enfermedad. Hay cosas que están por encima de nuestras fuerzas y límites. Cosas de fuerza mayor como una guerra o como el derrumbe psicológico de todas nuestras creencias. Una persona amable y sincera es capaz de convertirse de repente en un monstruo descontrolado incapaz de razonar. Una persona poseída por sus demonios, que escupe azufre en cada palabra y hiere sin darse cuenta todo lo que toca. Así me he sentido estos días tan alejado de mí mismo.

A veces me da pena cuando pierdo el centro y siento como la deriva me absorbe sin ser capaz de remar lejos del abismo. Me da pena ver como todo se derrumba por no saber mantenerme inmóvil, en ese punto de quietud del que tanto he aprendido, pero del que tan lejano a veces me siento. Me da pena ver como el niño herido que todos llevamos dentro se apodera de situaciones que requieren de un adulto completo y firme.

No me importa la vulnerabilidad. La acepto, la acojo, y observo de nuevo como todo se derrumba. No me importa desnudarme tantas veces como haga falta si con eso me siento humanamente digno. La dignidad es lo que nunca deberíamos perder. Aferrarse a ella es aferrarse a lo poco que nos queda cuando lo perdemos todo. Nunca debemos perderla y nunca deberíamos hacerla perder al otro. Esa es aún mayor aberración. Por eso cuando detecto que rozo ese límite, me arrodillo, pido perdón e imploro suplicante redimirme. Nunca, nunca, nunca deberíamos hacer perder la dignidad al otro.

Perpetuar la Vida, el Amor y la Consciencia quizás sea una de las empresas más complejas que existan en este momento histórico. Los guardianes de este tiempo, que es un tiempo oscuro y perverso, están al acecho para impedir que la luz se manifieste. A pesar de haberme protegido durante años, en este tiempo he podido ver y comprender la fuerza del mal. De como es capaz de golpearnos sutilmente, inteligentemente, en los puntos más débiles de nuestra constitución humana. Saben cual es tu debilidad, tu vulnerabilidad, y allí golpean no una, sino tantas veces como puedan para así terminar exitosamente con tu destrucción.

Pero esos guardianes, aún en la aparente derrota, ignoran algo poderoso. Ignoran que el cáliz ya está preparado para la próxima anunciación, y que la fuerza que nos hace resistir a todos los envites es la misma fuerza que perpetuará la Vida en todas sus esferas. No podrán, por más que se empecinen, abortar la misión para la que hemos venido. No podrán frustrar los sueños por los que hemos vivido todo este tiempo.

Así que ahora estoy aquí, en este oscuro desierto, observando todos los demonios, cada uno con su rostro sin voz, acechando, esperando una nueva debilidad. Los observo impasible, viendo como alguno ha cosechado alguna victoria. Los miro paciente y respiro hondo. No voy a huir, no me voy a marchar lejos, voy a permanecer inmutable frente a mí, valiente, fuerte, poderoso luchando por lo que quiero y deseo profundamente, ardientemente, inevitablemente. No dejaré que ninguno de ellos pueda derrumbar el hilo de vida que me atraviesa. Seré paciente, hasta que el amor, la consciencia y la vida triunfen por fin. No huiré, no me marcharé, perseveraré.

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Cuando la herida es más grande que la perseverancia


© @vulture_labs

La cicatriz es el lugar por donde entra la luz. Rumi

Hoy en el viaje de cinco horas alguien me decía que cuando la herida es más grande que la perseverancia, entonces uno deja de perseverar. Rumi decía que cada cicatriz es el lugar por donde entra la luz. Ambos mensajes me llegaron casi al mismo tiempo por personas distintas.

Luego llegué a la ciudad y empezó a dolerme todo. El cuerpo, el alma, el corazón. La ciudad es gris, ruidosa. Veo a niños deambular tristes y agazapados. Los miro con compasión porque muchos de ellos ya se sienten rechazados, abandonados, tristes, incomprendidos. Es la gran herida de nuestra humanidad. Es esa brecha que nos aleja de la completa felicidad. Esos niños que nunca crecieron saludables, alegres, equilibrados. Esos niños perdidos que luego se convertirán en adultos perdidos.

El hotel es barato e incómodo, con sus paredes rotas y esa televisión que parece mirar tus vacíos con deseos de atraparlos. Mañana una reunión y de vuelta a las montañas. En la vuelta miraré la brecha, para ver si se ha hecho más grande, o más insoportable, y cuánta luz puede entrar en ella. A mayor luz, mayor claridad, mayor discernimiento, mayor dolor, pero también mayor certeza. A veces una herida nos recuerda que estamos vivos, y más vale vivos y dolidos que dormidos como hasta ahora, que decía el poeta.

Aquí me siento desubicado. Estoy viviendo una anomalía, una distorsión profunda. Uno se pierde en la gran ciudad, sumando a ese triple abandono una sensación extraña. Uno sabe que en condiciones normales no debería estar aquí, sino allí, en el otro lado, abrazando al sueño, anhelando el nuevo día, suspirando entre abrazos reales, tangibles, derramándose en ese sudor de más que tiñe las noches cuando no sabes qué camino de tu vida tomar.

Aquí no escucho el trino de los pájaros. Solo veo edificios horrendos, de esos de ladrillos rojizos realizados con prisa para albergar oficinas, talleres, fábricas. Antenas, tubos grises, esbeltas sombras que esconden miedos y fracasos. Una vez el ser humano perdió la conexión con la tierra y todo se volvió tibio y melancólico. Aquí no hay flores, excepto esas de plástico con su etiquetita dorada made in Hong Kong. Aquí todo es mentira, falsedad, artificio.

No sé si darle una oportunidad a la esperanza o cerrar los ojos hasta mañana. Creo que vine a una reunión, o quizás vine para ver. Para ver la herida, la realidad, a esos niños que deambulan rechazados, tristes, abandonados. Niños que nunca serán socorridos ni atendidos. Niños que crecerán solos, casi miserables, harapientos, siempre con sed y hambre de justicia. Quizás en el fondo solo vine para ver cuánto de grande es la herida, y dejar con ello penetrar su luz.

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La prueba del laberinto


«Es necesario reivindicar el derecho de soñar. Quizá pueda parecer un derecho sin importancia. Pero, si se reflexiona sobre ello, aparecerá como una gran prerrogativa. Si el hombre es capaz todavía de nutrir ilusiones ese hombre es aún un hombre libre».  Antonio Tabucchi

No importa lo que ocurra. Seguiré soñando. Ese factor es lo que me permite sentirme libre y dichoso. Podrán derrumbarse los mundos y podrán las trompetas tocar su último canto, pero nada dejará que deje de soñar.

Digamos que la vida humana es un laberinto lleno de pruebas. Hay cruces de camino, desvíos, equívocos, huidas, temblores y terremotos capaces de derrumbar lo más sublime. Ese laberinto tiene su propio centro. De allí pende un fino hilo sujetado por la tejedora Ariadna.

Uno puede prostituir su vida y traicionarla una y otra vez. Puede abandonar sus sueños, sus anhelos. Puede engordar su estrecha visión con el fin de olvidarse de sí mismo. Entonces se vuelve esclavo de la apariencia, del qué dirán, de los otros. Marioneta de cada circunstancia, de cada situación que desee pervertir nuestro devenir. Títere de cada una de las falsedades de la existencia.

Por eso es necesario reivindicar el derecho a soñar. Soñar es como atravesar ese laberinto humano sin importarnos nada la pérdida, la dureza de cada prueba, las iniciaciones oportunas que nos harán crecer en cada travesía, en cada recoveco, en cada vuelta cuando pensamos que verdaderamente estamos perdidos. Ese seguir soñando a pesar de todo nos hace libres y fuertes, personas llenas de sentido y autenticidad. Personas con anhelos de luz y lucidez. Amantes de lo verdadero, de la Verdad y su compañera la Justicia.

Soñar es reivindicativo porque de alguna manera te acerca al corazón, a aquello que grita fuerte desde dentro de nosotros. Te permite ver por encima del laberinto y agarrarte al hilo, al fino pero inquebrantable hilo de la esperanza. Al agarrarte a él hay algo que te eleva en una gran espiral. Esa espiral es impresionantemente maravillosa. Desde ella, los laberintos humanos se ven pequeños, ridículos, minúsculos. Como un retrato caprichoso de una sombra que mengua al atardecer. El vuelo mágico, tan preciado por magos y soñadores, se torna realidad al encontrar el centro, la gran prueba.

Pero ahí está el miedo. Ese terrible miedo que tanto nos aleja del amor, de nuestro corazón, de nuestro destino. Ese miedo atroz que es capaz de lo peor. Ese miedo que provoca guerras y sufrimiento innecesario por no querer afrontar lo verdadero que hay siempre en nosotros. Y eso verdadero siempre, siempre, siempre es bondadoso, dichoso, virtuoso, valiente, atrevido, osado. Lo que nuestro corazón encierra es el mayor tesoro jamás sembrado, cosechado, almacenado en la alacena del alma. El amor, eso que nos une al mundo, a los otros, a la vida del espíritu para aquellos que aún creen que la vida es tan misteriosa y extensa e inabarcable. Amor y consciencia y vida. Ese es el gran descubrimiento del hilo de Ariadna, tejido con tres cordeles que conectan nuestra vida, con la Vida.

No tengas miedo. Supera todas las pruebas del laberinto. Busca su centro que es tu centro. Sujeta con fuerza el triple hilo y déjate llevar por ese viento espiral que contempla el universo desde su visión amplia y sempiterna. Sé osada en cada prueba. Sé libre y soñadora. Sé, en definitiva, esa gran espiral que todo lo puede y atraviesa. Sé libre, no hay jaula que merezca nunca la pena.

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Llevo en la frente una estrella, y en los labios una música que cantar


Ayer le escribí una carta a Magalí pidiéndole disculpas. Sé que llevaba mucho tiempo esperando, aguardando para poder llegar por fin a su destino. Se abrió una grieta, una posibilidad, una oportunidad única. Ayudó en los preparativos, en los encuentros, en las sincronías para que pudiéramos tener visión de todo. Pero su esfuerzo fue aparentemente inútil. Los miedos, las inseguridades, la falsedad a veces y la confusión otras fueron más poderosas.

Sin embargo, Magalí es perseverante. Lo noto en la falta de desgarro, en su empeño por sujetar y apretar fuerte aquello en lo que cree. Mira el bosque a través de mis ojos, siente el verde de los prados a través de mi carne. Y no desespera. Aprieta fuerte el nudo para evitar que deshaga. Puedo notarlo, puedo sentirlo. Lleva haciéndolo centurias, lleva haciéndolo eones de tiempo.

El reino de la fantasía es bello. Alicia en el país de las maravillas solo fue un preludio que nos animaba a imaginar mundos, reinos, paisajes, posibilidades infinitas. La fantasía es una buena aliada para crear cosas, para perseguir sueños. Soñamos con estos prados, soñamos con un hogar en los bosques, soñamos con aquella familia consciente, salvaje, viva.

Pero cuando crees poder alcanzar los sueños, ahí están poderosos los guardianes del umbral. Cuanto mayor sea el sueño, cuanto mayor la esperanza, más poderosos serán esos guardianes. Nos pondrán pruebas, derrumbarán sueños y caminos, harán que todo tambalee bajo nuestros pies. Lo advirtió Kavafis en su hermoso poema: no temas a los lestrigones ni a los cíclopes ni al colérico Poseidón, seres tales jamás hallarás en tu camino, si tu pensar es elevado, si selecta es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.

Quizás ese fue el secreto de los dioses creadores. Advirtieron que el pensar elevado y la selecta emoción podría derribar cualquier obstáculo, cualquier muro, cualquier impedimento que nos apartara de nuestra misión-labor. Quizás nos faltó elevar aún más la visión, perseguir con mayor fuerza esa emoción pura y sencilla.

Por eso siento como si Magalí siguiera susurrando, siguiera sujetando fuertemente ese nudo, ese lazo que une almas viejas. Ella siempre se enfada y me susurra: no me llamo Magalí, me llamo Magari. Le guiño el ojo y suspiro profundamente. No importa el nombre, no importa la fantasía, no importa los guardianes del umbral, lo que tenga que suceder, inevitablemente sucederá.

Llevo en la frente una estrella, y en los labios una música que cantar. Así es el destino, así es la vida. Solo tenemos que seguir nuestra estrella y cantar la música que Dios nos otorgó profundamente, en susurro. Solo tenemos que recordar y perseguir nuestros sueños, aunque rezumen a fantasía. Solo debemos esperar a reencontrar en el laberinto humano, todo nuestro más puro centro. Y desde allí, perseverar.

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Equinoccio de primavera. Muerte y resurrección


© @adele_spencer

El invierno es un momento de pausa, de muerte, de retorno al silencio. Algo muere en cada invierno. Algo muere inevitablemente para que se pueda regenerar la vida. Ahí está la gran paradoja de nuestro universo, de nuestro cosmos, de nuestra naturaleza. Muerte y resurrección vienen de la mano, y de ahí surge el ciclo vital de la Vida. Morir para nacer, nacer para morir.

Ayer algo murió, hoy, con el equinoccio, algo renace. Es hora de emprender la tarea de fecundar la madre tierra, de fecundar nuestras vidas desde la realización, desde la resurrección. Es hora de fecundar nuestros corazones y fertilizar el amor que está dentro de nosotros.

Son días para preparar la tierra, para seleccionar las semillas, esperando que la luna menguante nos ayude a utilizar el vigor y las mareas planetarias para que la vida pueda integrarse en la tierra y lograr así todos los beneficios posibles. Es momento de discernimiento, de emprender la tarea de la siembra y observar pacientes cómo la vida se abre paso desde la más absoluta oscuridad, siempre húmeda y doliente. Ahí de nuevo el milagro. La semilla muere, y con su muerte, permite la nueva vida. Así morimos nosotros simbólicamente. Algo muere en nuestra mente, en nuestro corazón, para poder renacer de nuevo y ofrecer más y más vida. Algo murió ayer, algo nace hoy.

La fecundación de la madre tierra, así como la fecundación de nuestras vidas, se convierte en un gran misterio, en algo que nos resulta indescifrable, enigmático y místico. Miramos la tierra preparada y abonada en invierno. Observamos como todo ese trabajo duro y pesado ahora requiere una atención diferente. Ahora requiere sembrar, sembrar, sembrar. El significado oculto de este acontecimiento genera en nosotros curiosidad, expectación, esperanza. De cada semilla, saldrán frutos. Quizás seis, quizás siete, quizás infinitos frutos futuros que sobrevivirán de generación a generación.

La consciencia humana ha aprendido a observar todo cuanto ocurre en la naturaleza. Aprende a regenerarse, a luchar por lo que quiere, a sobrevivir a todo tipo de tempestad. Los principios ocultos son claros: lo que muere debe nacer, lo que nace debe morir. Es un sistema profundo, una filosofía natural, algo que trasciende nuestra comprensión. En nuestras vidas ocurre y se manifiesta con el mismo principio. Todos los días algo muere y algo nace. Todos los días tenemos la oportunidad de mejorarnos, de pulir nuestras vidas con acciones valientes, con osadas manifestaciones de bondad y amor. Todos los días podemos ser una mejor versión de nosotros mismos, al igual que la naturaleza, en su majestuoso ejemplo y misterio, renace y se mejora en cada estación.

El fruto llegará. El fruto es la manifestación, el regalo, el don de una naturaleza agradecida cuando se ha cultivado la tierra, se ha seleccionado la semilla y se ha cuidado día a día, sin descanso, cada uno de sus crecimientos. Ese es el gran secreto de nuestra vida psicológica. Si preparamos nuestras vidas con esmero, si sembramos amor en ellas, si cuidamos de ese amor día a día, al final, nacen los frutos. Quizás seis, quizás siete, quizás infinitos generación tras generación.

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No tengas miedo


© @thomasfilke

Hoy hemos hecho una meditación grupal para identificar el egregor del miedo. El miedo es una fuente de espejismo e ilusión. Nos aleja de nuestro camino, tanto individual como colectivo. El miedo es lo opuesto al amor. Todo lo que se realiza desde el miedo nos separa y nos destruye, nos aísla y nos aleja de nuestro propósito vital. El miedo es como un morador del umbral, un guardián que pretende asustarnos y alejarnos de nuestro camino. Es fácilmente identificable. Nos aturde, nos confunde, nos desalienta, nos abruma, nos delata, nos irrita, nos cansa.

El amor, sin embargo, es siempre más simple y más profundo. Es ese motor que nos hace avanzar hacia la unión, hacia el abrazo, hacia el cariño, hacia la responsabilidad de acoger algún tipo de esperanza. El miedo nos inmoviliza o nos hace huir lejos de nuestro camino. El amor nos afianza en lo que creemos, en nuestro alto ideal, y nos mantiene firmes en ese camino complejo, pero necesario. El miedo es una línea recta estrepitosa, un círculo cerrado y excluyente. El amor actúa como una espiral poderosa que abarca y abraza todos los caminos.

En la meditación grupal, me acercaba tímidamente al egregor que durante estos años de pandemia hemos creado. Era un gran egregor mundial basado en el miedo. Su espiral ascendente se unía vertiginosamente con este nuevo terror que está asolando al planeta: la posibilidad de una tercera guerra mundial. Veía a ciertos mandatarios completamente poseídos por ese miedo, actuando ciegamente hacia la huida o la inmovilización, alejándonos como humanidad del principio necesario de fraternidad y tolerancia. Hay algo de mí que se asustó ante esa gigantesca imagen. También algo de mí reaccionó desde el más profundo amor.

El amor me empuja a actuar. A no quedarme inmóvil al borde del camino, a no meter la cabeza en un agujero profundo para no ver nada, a no huir despavorido buscando solo un rincón tranquilo. Actuar desde el amor me hizo afrontar la posibilidad personal de acoger al menos a veinte refugiados. Me empuja a luchar por lo que quiero y amo para abrazarlo con urgencia. ¡Vámonos hacia el amor! Grito despavorido todas las noches de insomnio… ¡¡¡Ven amor mío!!! Replico a cada despertar. Esa constante lucha no es solo para confiar en el amor, sino para que ese amor despeje la ilusión y la fuente del espejismo. Amar en tiempos de guerra, amar en tiempos de pandemia, amar ante los retos de la vida, sean los que sean. Amar y amor por delante. Como personas, como individuos, como parejas, como grupo, como colectividad, como humanidad. Solo nos queda amar para salvarnos, para mantener la vida constante en el pulsar de la vida. El amor une, el miedo separa, aísla, nos enmudece.

No tengas miedo, me repito y le repito y nos repetimos. Cesemos nuestras batallas personales, encontremos la paz dentro de nosotros y actuemos para que se encarne la paz mundial. Cada batalla librada en nuestro ego solo crea más guerra allá fuera. El egregor del miedo se alimenta de nuestros miedos, y crece, y crece, y crece. Si por el contrario, empezamos a amar, desde ya, no desde ayer o desde mañana, si empezamos a colaborar juntos, a crecer juntos, a apoyarnos conjuntamente en estos momentos difíciles para ti y también difíciles para la humanidad, podremos demostrar que otro mundo es posible. No nos dejemos guiar por el miedo. Que el amor sea siempre nuestra bandera, sin aplazamientos, sin espera, sin miedo. No te salves, ahora ni nunca, no te salves…

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Dos fórmulas para apaciguar las emociones


© @christophermphoto

Recordaba hoy cuando de estudiante repartía pizzas para sacar algo de dinero y acabar con cierta dignidad mi primera carrera. Mis padres me estuvieron ayudando durante tres años muy difíciles para ellos y el cuarto intenté costearlo trabajando de todo lo que pude. Tiempo atrás también había trabajado buzoneando todo tipo de propaganda o incluso de guarda de seguridad. Llegué a trabajar en una caja de ahorros, vestido con mis inolvidables Martinelli, con aquel traje verde de la época y mi corbata cargadita de primaverales florecillas. Me encantaba aquella corbata a juego con todo lo demás. Eran tiempos de apocalipsis porque, según Nostradamus, el final de los tiempos estaba cerca, así que vivíamos la vida con una intensidad desmesurada. Las diferentes quiebras que a lo largo de la vida fuimos sufriendo nos ayudó a pensar que el final de los tiempos nunca llegaría, que todo ese miedo era un producto más de Hollywood, la cual alimentaba sus arcas a base de películas gore llenas de sangre y guerra.

En estos momentos hay más de sesenta guerras activas en todo el planeta. Es algo espeluznante. Pero el hecho de que Rusia, una potencia nuclear, se haya metido a hacer la guerra tan cerca del mundo occidental nos da cierto temor. De momento ya estamos viendo los efectos de la guerra en el plano material, pero también empieza a hacer estragos en el plano emocional. Tenemos miedo, vivimos en el miedo. Tras el miedo y el pavor sufridos en tiempos de pandemia, ahora una potencia nuclear amenaza al mundo conocido de forma reiterada. En las redes sociales hacen broma porque nos hemos quedado sin aceite de girasol y la gasolina está por las nubes. Pero no tiene nada de gracia. Millones de personas han perdido su hogar y miles de niños deambulan perdidos buscando un lugar seguro.

Nuestra casa de acogida se está preparando interiormente para lo que venga. Acoger refugiados ucranianos será toda una prueba de fuego. Es lo mínimo que podemos hacer. Yo mismo me he retirado unos días para poder gestionar bien mis emociones, el reto que esto supone, la tensión de todo lo que hay que movilizar para poder acoger material y psicológicamente a todas estas personas. La soledad apabullante que uno siente interiormente ante este tipo de retos es enorme, y la gestión de todas esas emociones descontroladas a veces nos superan. Por eso estos días he optado por el silencio, por el retiro, trabajando en la editorial todo lo que puedo para dejar al día algunas cosas antes de que venga la gran prueba.

La guerra me ha traído sensaciones extrañas. Melancolía, tristeza, abatimiento, congoja, ahogo, pesimismo. Me siento egoísta hablando de estas cosas mientras cientos de personas mueren de la forma más terrible. Me avergüenzo incluso de dedicar un solo segundo de tiempo a escribir mientras todo esto ocurre. Pero necesito, al mismo tiempo, desahogarme y empatizar con todos aquellos que sienten lo mismo. Me refugio en la escritura y me refugio en la posibilidad de buscar luz en tanta oscuridad.

Además de estos refugios etéricos, calmo mis emociones con dos fórmulas infalibles: con actividad y con correcta concentración en el plano mental. La primera fórmula, la actividad, me mantiene activo y alerta. Hacer mil cosas puede crear un ambiente diferente que apacigüe las emociones más pesadas. La correcta concentración hace, desde el plano mental, que todo cuanto hacemos desde la actividad tenga algún sentido positivo. No vale hacer por hacer, hay que hacer algo inteligente, auténtico y efectivo.

Aunque no se hable mucho de esto, a su vez, la actividad, la emoción y el pensamiento deberían ser guiados por lo que algunos llaman consciencia, alma o propósito mayor. Las emociones de melancolía y tristeza pueden ser reorientadas hacia una actividad inteligente, pero, también pueden ser dirigidas desde lo más profundo del alma. El alma es aquello que puede divisar el panorama con perspectiva mayor, y por lo tanto, su guía siempre será más sabia que lo que pueda ejecutar una mente entrenada o una voluntad férrea. El ideal es que todos nuestros instrumentos de actividad material, de estados de ánimo, de emociones y pensamientos se pongan al servicio de nuestra consciencia. Será ella la que nos alineará hacia un profundo sentido, incluso en tiempos tan complejos como los de ahora. Que el miedo no nos venza, que la tristeza de la guerra no pueda con nosotros. Tenemos que trabajar para construir la paz, cumpliendo siempre con nuestra parte en el propósito.

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Guíanos luz en la oscuridad brillante


«El que sabe pensar, pero no sabe expresar lo que piensa, está al mismo nivel del que no sabe pensar». Pericles

Hay seres que desprenden luz, mucha luz. La tejen a su alrededor, la expresan, la comparten. A veces olvidan lo difícil que resulta gestionar esa luz, administrarla con sabiduría. En ocasiones esa luz puede provocar grandes sombras en aquellos que no saben recibirla. La responsabilidad de la luz es ser conocedores de su poder, de su radiación, de su intensidad. Una luz mal gestionada, es una luz desperdiciada. La luz es también sabiduría, al mismo tiempo que es compasiva, amorosa. La luz requiere fuerza, al mismo tiempo que es una energía que dirigimos hacia dentro y hacia fuera. ¡Luz, más luz! Decía Goethe antes de morir. Una expresión propia de los hijos de la viuda, de la cual se apropiaría en su logia Amalia.

Luz en tiempos de oscuridad. Luz en tiempos de incertidumbre, de escalada de tensión mundial, de guerra inútil, de desesperación. Luz y lucidez, como esa capa de nieve que se posa sobre la verde hierba, de forma delicada, suave, tierna, amasando el paisaje con un blanco inmaculado que luego dará fruto. Luz para ver, luz para soñar, luz para crear, luz para vencer todo aquello que impide la vida. Luz para avanzar en la consciencia humana, pacífica, amorosa.

La última frontera de la luz somos nosotros. Si el mundo está oscuro, nosotros podemos encender nuestra vela. Si la noche cae tenebrosa, nosotros podemos ejercer el poder de iluminar al mundo. El primitivo barro no puede mancillar nuestra luz. Debemos encender el fuego de la vida, la llama del amor, la vibrante sinfonía que todo lo ilumina. La luz es poderosa y ejerce consciencia a todo aquello que roza con su éxtasis silencioso. Luz del sol, luz de aquella antorcha tenue, de aquella vela invisible asentada en una pequeña ermita como símbolo de esperanza. Luz de las estrellas, de los átomos musicales, hilozoísta luz.

Luces de neón, incandescentes fuegos en la noche. Luces somos cuando la llama interior se expande en nosotros. Luz, más luz en la tenebrosa noche. Luces que inevitablemente nos alejan de la oscuridad de nuestras cavernas, dejando los miedos, la incertidumbre y la sinrazón apartadas del nosotros. Grandes luces para los juegos nocturnos de cualquier campo de batalla. Luz en la guerra, luz en la miseria, luz en la pobreza, más luz en todos los corazones. Luz en esas pequeñas lamparitas nocturnas que nos permiten acercarnos a la otra luz, a la de los libros, a la del conocimiento, a la de la lucidez inmediata. La luz es una metáfora de la vida, de la consciencia, del amor.

Tu palabra es una lámpara bajo mis pies y una luz en el camino, diría a la enamorada. Guíame hacia el encuentro, hacia ese momento acurrucado bajo las mantas soñadas. Guíame en la larga espera, adueñados de esa perseverancia que solo la luz puede sostener. Guía la brillante luz a través de la oscuridad circundante, guíame tú para seguir hacia adelante en esta oscuridad pesada, áspera, insoportable. La noche es oscura y estoy lejos del Hogar. Guíame tú para seguir. Despierta y brilla, porque tu luz está aquí, que decía el poeta. La luz es calor, contacto, abrazo, encuentro. La luz es conocimiento, la luz es vida, la luz es…. luz. ¡Ira, ira contra la muerte de la luz!

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Atmosphere


© @bensirda

Di lo que sientes o esos silencios te harán ruido toda la vida, ponía en alguna parte. Pues a eso iba, mirando hacia dentro, hacia fuera, conspirando con la respiración a cada instante con el ser amado, imaginando ese abrazo impaciente, provocando en mí la sustancia de la vida, para perpetuar la esperanza humana.

Y en el otro lado, Ucrania está en guerra. Cierro los ojos. En estos momentos suena Atmosphere, de Joy Division. Me trae recuerdos de otros tiempos en los que había paz, por fuera y por dentro. El día gris, como tantas veces. Interiormente hay luz y amor, mucho amor, felicidad, primavera y todas esas expresiones que nacen desde lo más profundo del espíritu. Por fuera guerra, otra guerra, en Ucrania, en la consciencia humana, otra grieta en las puertas del mal.

Bajé a atender cosas de la editorial a la oficina. La atmósfera no era propicia para construir el nuevo mundo. Puse las noticias, y allí estaban los muertos, los refugiados, la sinrazón. Aproveché para ducharme mientras escuchaba algún trueno, me miré al espejo y no entendía la complejidad del rostro humano. Esos estúpidos humanos pelándose todo el día. Por los colores de la cortina, por la leña, porque hace frío o calor, porque no me esperaste o porque te fuiste, que decían aquellos jóvenes ignorando el mundo. Y allí en Ucrania, por cualquier otra estupidez humana, muertos, miedo, sinrazón, sangre, de nuevo sangre.

Hemos puesto el proyecto al servicio de los refugiados. Tenemos una casa de acogida, pero siento que no es suficiente. Cuando terminaron las noticias, un gran impulso se apoderó de mí. Quería levantarme, coger el coche e ir hasta Ucrania. Hacer algo, lo que fuera, aunque solo fuera dar consuelo, como hacíamos en la isla de Chios con los refugiados sirios, o en Etiopía con los últimos desheredados de la Tierra. Me retuvo el amor, el amor que está naciendo, el amor que ahora brota y tengo que cuidar, proteger, abrazar. Perseverancia, perseverancia, perseverancia, me repetía a mí mismo.

Caminar en silencio. Alejarse del espíritu humano en silencio. En la confusión, entre la ilusión, en la desesperación profunda por la lejanía de todo… De los refugiados, del amor, del mundo. Camino en el aire de la incertidumbre. Un mundo abandonado demasiado pronto. No hay debido cuidado que pueda soportar la lejanía… la separación… De Ucrania, y del Amor.

Frustración, impotencia, incluso a veces pequeñas dosis de rabia. Porque hace frío, porque el día está gris, aunque por dentro florezca la más radiante de todas mis primaveras. Me quejo porque en la cabaña hace cinco grados. Pero en la guerra se están congelando. Niños, ancianos, mujeres, hombres desvalidos que lloran a escondidas para que la vergüenza no termine con su esperanza. Esa es la atmósfera. Por dentro y por fuera.

Luz, oscuridad. Luz por dentro, oscuridad por fuera. La sala de meditación vacía. La sala del desayuno vacía. Los responsables y comprometidos durmiendo mientras se gesta una nueva guerra a pocos kilómetros de nosotros. A tres mil kilómetros exactamente. A dos días de viaje. Miro el coche de nuevo, pero me retengo. No, ahora no. Ahora toca amor. Toca amor. Toca amor, me repito una y otra vez. Esa es la atmósfera. Este era mi silencio.

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Liberar a los prisioneros astrales. Algunas reflexiones sobre el espejismo


Hay personas que son presas de otras. A veces presas por asuntos económicos, a veces por asuntos anímicos, y la mayoría, por asuntos emocionales. La mayoría de las veces no nos damos cuenta de que somos carceleros de almas errantes que vagan por nuestro círculo-no-se-pasa particular. Están orbitando como satélites esperando la mínima oportunidad para beber algo de nosotros. Vampirizan de alguna manera nuestras energías y se alimentan de la proyección astral que ilusoriamente crean en sus mentes fantasiosas.

Esto es complejo de detectar y es complejo de liberar. Nunca sabemos cuales son los motivos por los que muchas personas crean lazos de dependencia psíquica o emocional hacia nosotros. O nosotros hacia ellos. A veces incluso se crean dramas complejos de control emocional que impiden que las relaciones sean honestas y claras. Los dramas de control son las peores cárceles que podemos soportar.

Distracciones. Vivimos en un mundo lleno de distracciones porque no nos han enseñado a discernir, a buscar y diferenciar lo esencial. Las personas hacen de esas distracciones un poderoso elemento de control, de absorción. Cuando nos damos cuenta, estamos rodeados de energías que no nos corresponden, que no nos pertenecen. De ahí la complejidad de llegar a la síntesis, al discernimiento, a la no distracción.

¡Cuántas parejas o amistades o empresas fracasan por esas distracciones! Por esos lazos que no hemos sabido cortar, por esos fantasmas que se empeñan en saciar sus necesidades a base de nuestro tiempo o atención. Ilusorios castillos de arena debemos derrumbar antes de poder encontrar la síntesis, la verdadera Unión, el verdadero camino del discernimiento, el verdadero amor.

No podemos permitir que las personas caigan en redes ilusorias que no estén basadas en la amistad o el amor incondicional. Cuando alguien queda atrapada en el glamour, en el espejismo, debemos liberarla. Debemos desarrollar el poder de visualizar correctamente la vida, entrenar nuestras mentes para ver realmente la realidad e interpretar fielmente lo que se vemos.

En la tradición perenne se habla de cinco espejismos que esclavizan a la humanidad. El espejismo del materialismo, el espejismo del sentimiento, el espejismo de la devoción, el espejismo de la separatividad y el espejismo del Sendero.

El espejismo del sentimiento esclaviza a la gente buena del mundo. A veces, para mucha gente, el amor no es realmente amor, sino deseo de amar y deseo de ser amado. En ese deseo, en ese espejismo, nacen los lazos que nos unen a la necesidad, y de ahí, se crean las redes que nos atan a personas que de igual manera viven desde la necesidad y el deseo, y no del amor sincero e incondicional. Realmente estamos hablando de un pseudoamor, de algo que nace de la desesperación, de la necesidad, de la carencia, y no de un amor verdadero. De ahí nuestra obligación moral de liberar a aquellos que se acercan a nosotros desde la necesidad, y no desde la amistad o el amor sincero.

El amor del alma, es verdaderamente libre, y libera al resto. El espejismo del sentimiento aprisiona a la gente buena, imponiéndose obligaciones que no existen o no le corresponde. No debemos aprisionarnos ni confundir amor con deseo, libertad con necesidad. Los atributos del alma deben disipar esa densa bruma astral que atrapa y aprisiona al resto. Nuestra obligación moral es hollar la senda del amor verdadero, aunque este amor sea doloroso a la hora de romper los espejos de la ilusión, las brumas astrales del deseo y la necesidad.

Amar al otro es también liberarlo, aunque esa liberación suponga una ruptura inicial, una sensación de abandono o una incómoda respuesta dolorosa. Los gurús, los que se consideran a ellos mismos maestros espirituales y los líderes carismáticos tienen una gran responsabilidad en esto. Tienen la obligación de matar al Buda, de disipar las nieblas de sus acólitos y de liberarlos para que puedan expresar un amor verdadero y libre, y no una trampa de deseo y necesidad. Ocurre también en el amor no correspondido. Debemos ser contundentes, claros y trasparentes en todo momento. Debemos liberar a los prisioneros del planeta.

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Sin conexión


A pesar de todo, no tengo impulsos o intentos de escapar. Ni siquiera me quejo de nada. Solo observo, describo e intento averiguar qué se está tejiendo en los planos intangibles para que ocurran tantas cosas. No siento esa épica del temor a la muerte que pudo expresar en su agitada vida el rey sumerio Gilgamesh. El gran héroe de Uruk vivió una vida marcada por la locura, los sentimientos radicales, la ansiedad y el aislamiento. La búsqueda de la inmortalidad tiene sus cosas. En mi caso, es solo una cuestión de aturdimiento otoñal. No puedo quejarme de nada. La inmortalidad puede esperar.

Ayer por fin llegó el piano. Sentí cierta emoción al sentarme junto a él y ver cómo un viejo sueño se cumplía. El tener un piano, aunque sea digital, era uno de mis últimos sueños junto al de tener algún hijo. Lo de la descendencia ya casi lo descarto, a no ser que la vida de una sorpresa inesperada y pueda algún día ver crecer entre árboles y bosques algún pequeño niño salvaje. Recuerdo cuando aquella hermosa novia alemana me propuso vivir en un bosque y tener seis hijos. De haber seguido sus impulsos ahora sería un gracioso padre asalvajado, viviendo una vida extraña en los confines de la Baja Sajonia rodeado de niños y decenas de caballos. Qué raro me resulta años más tarde sentir esa llamada de la selva, y no por aquel entonces, cuando realmente los astros parecían conjurar para que se diera ese ideal.

Ayer también me dijeron que no tenían que operarme el hueso que me rompí hace unas semanas. Los cuidados de estos días han hecho efecto, el brazo está mejorando día a día y no hace falta intervención, solo una lenta recuperación acompañada de cierta rehabilitación. Aún así, desde la gran noticia de hace unos días, aquella que desplomó el ánimo bajo mínimos, parece que no hay manera de reconectar con el mundo. Es como si el otoño se hubiera adelantado unos días, o unas semanas, y hubiera calado en mi interior. Así que reposo, cansado, como un árbol sin conexión con la sagrada luz del sol y dejo que una a una todas aquellas hojas caducas vayan cayendo a la húmeda y oscura tierra. Allí todo se pudre y desaparece, creando el abono que alimentará la próxima primavera. Son los síntomas de los ciclos. Apreciarlos, incluso disfrutarlos, forman parte del paisaje de la vida.

Realmente está siendo una semana rara. Apareció una gotera encima de la biblioteca, nos quedamos sin luz en parte de la casa y perdí la electricidad en la cabaña durante unos días, hasta que encontramos la avería. Para más inri, volvió, cuatro semanas más tarde, nuestro querido ratón. Puntual, a las cuatro de la madrugada, empieza su atareada faena de hacer ruidos insoportables en toda la cabaña, despertándome desde hace tres días y sin poder pegar ojo en toda la noche. Así que arrastro algo de tristeza, cansancio y falta de ánimo por partes iguales.

Hoy también se estropeó el wifi de la cabaña. Estoy sin conexión, tirando improvisadamente de los datos del teléfono. Me da miedo despertarme mañana y comprobar que las cosas pueden seguir empeorando día tras día. Desconectar de la vida del alma, aunque sea por un instante, tiene sus riesgos. Y siento que de alguna manera ando despistado, desconectado, a pesar de la claridad mental y espiritual sobre lo que tengo y no tengo que hacer en este universo de caos y orden cósmico.

Siento como si Endiku, el gran amigo de Gilgamesh, hubiera muerto y yo mismo, imitando al cansado rey, me hubiera exiliado en la taberna del fin del mundo. De alguna forma siento que no encontraré en las inmensidades del océano la planta de la eterna juventud, de la inmortalidad añorada. Mortal, devengo en los porvenires de los astros, y dejo, con cierta ansiedad interior, que el otoño me provea de la podredumbre de las hojas muertas. Sí, ya es otoño aquí en los bosques. Y toca desnudarse de nuevo.

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