El arte de la huida


© @byondrej
“No te tomes la vida tan en serio, al fin y al cabo, no saldrás vivo de ella”.
– Les Luthiers…

 

En agosto de hace tres años hablaba del “arte de la fuga” y unos meses antes había escrito sobre “la gran huida”. Hoy leía un bonito texto de una persona a la que estimo que habla del arte de la huida y me reconfortaba su lectura por ser tan parecida a mis propias reflexiones sobre este tema, tan recurrente en mi vida. Esta mañana había huido y llevaba días huyendo sin parar por miedo al dolor, por miedo a la pérdida, por miedo a que los sueños más profundos y verdaderos sean aplastados por una realidad incómoda. Luego miré un poco hacia atrás, cuando me tumbé abatido en la pequeña y sanadora biblioteca, y me di cuenta de que mi vida siempre había sido una continua huida. Huida de personas, de relaciones, de lugares, de trabajos, de responsabilidades, de compromisos. Me di cuenta de que, si en algo era especialmente bueno, era en el arte de huir. En huir y en sabotear lo bueno, lo merecido, lo verdadero.

En un par de días me marcho a Ucrania para llevar medicamentos y traer refugiados, pero sé que esta vez no lo hago para salvar vidas, ni para ayudar en algo como otras veces, sino para huir. Huir de mí mismo, huir de mi dolor, huir de mis fracasos, huir de la frustración, de la rabia, de la pena, de la tristeza, del intentar controlar casi de forma paranoica una realidad que no me pertenece, o de la que no me siento merecedor. De ahí la gran frustración de querer abrazar algo dentro del sentir del no merecimiento. ¿Por qué esa manía de no sentirnos merecedores de felicidad?

De lo que más huyo es de la sensación de vacío que produce la escapada libre. Uno de los deportes que más me gustan es el parapente. En el fondo es una huida hacia arriba, hacia lo alto, porque cuando estas volando, estás solo ante el mundo, estás huyendo hacia un imaginario imposible que se traduce en auténtica soledad, en auténtico vacío ante la inmensidad del cielo y las fuerzas de los vientos que te arrastran de un lado para otro siempre en bravío silencio. Volar es como flotar entre dos mundos, sin saber muy bien a cuál de ellos perteneces. Esa es la sensación que siempre me ha acompañado. Y quizás ese sea el motivo por el que un día decidí huir a las montañas. Aquí estoy cerca de lo verde y lo celeste, como entre dos mundos, abrazando el cielo liberador de las mañanas y aterrizando en la tierra doliente por las tardes. Vivir en los bosques, aunque me empeñe en decir lo contrario, es una forma de huir.

Los héroes de la antigüedad realmente eran unos temerosos que huían de su realidad. Les aburría la vida ordinaria y organizaban viajes épicos, auténticas huidas con todo tipo de peligros y purificaciones morales. La épica del héroe es la épica de la huida. Como la épica del hombre ordinario es huir al bar, a echar la partida, a beber una cerveza o un vino y medio borracho, volver a casa olvidando todas sus responsabilidades y compromisos. O huir a las discotecas, al baile, a los centros comerciales, porque esa será nuestra única y gran épica diaria. La otra gran épica, las vacaciones de verano, es aplastante.

De igual manera, el vuelo mágico de los místicos es también una huida. Algo que se contrapone al dominio ascético, a aquello que nos enfrenta a un mundo que nos desagrada. El fuga mundi de los antiguos tenía algo de verdadero y escambroso: adolecer ante el mundo mentiroso, huir de alguna manera hacia lo invisible, saturados de un mundo tangible abominable, cruento, monstruoso.

Mi huida actual sigue siendo psicológica y emocional. No pretende sanar nada porque todo estaba sanado. Requiere, quizás tal vez, restituir lo acordado, abrazar lo abrazado, emprender el sueño y ver hasta dónde llega su profundidad, su compromiso, su lealtad. Es una huida cansada, quizás porque por primera vez, sentí deseos de no huir, de estar ahí, de darlo todo, de entregar en rendición mi vida, en su vida. Ahí viene la gran paradoja. Ahora que no quería huir, como si el universo me ofreciera atrevido esta singularidad, huyo de la propia huida. Como decía el poeta, iré a descansar, al valle de los avasallados, y allí, como no me falta sentido del humor, reiré y reiré. No podemos tomarnos la vida tan en serio. No merece la pena.

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¿Por qué nos cuesta tanto la comunicación directa?


En estos tiempos que corren dónde todo es mentira, las redes, las relaciones, lo virtual, la televisión, a veces hasta nuestras propias vidas, es muy complejo encontrar fórmulas adecuadas de comunicación directa. Los antropólogos nos volvemos locos cuando queremos encontrar un atisbo de verdad. Tan dados que somos a buscar indicadores, los mismos siempre terminan por destripar las entrañas de lo cierto, lo real. Resulta difícil comprometerse con alguien a comunicarte de forma clara y honesta, abierta a la escucha, con respuestas sentidas desde el corazón, con amorosa aceptación y con delicadeza. Es algo de lo más complejo, y al mismo tiempo, cuando se consigue, es algo de lo más liberador y sanador.

Cuando sientes rabia, celos, soberbia, orgullo, dolor, tristeza, sufrimiento, enfado o cualquier otro tipo de emoción, es complejo realizar una autogestión soberana de dichas emociones. De igual forma, es aún más complejo transmitirlas, compartirlas para que no enquisten en futuras enfermedades, de forma prudente y amorosa. Cuando uno está enfadado, es complejo hablar desde la armonía y el autocontrol.

Sin embargo, aunque nos costara, deberíamos buscar espacios de responsabilidad y libertad dónde poder ser francos en cada momento. Si a uno le entra un ataque de celos paranoico, o un enfado monumental por haber sido herido, o cualquier otra cosa que nos pueda molestar del otro, sería maravilloso y fundamental poder encontrar el momento idóneo para expresar a cada momento nuestro sentir sin ser juzgados, sin ser calificados de esto o lo otro. Es difícil buscar la raíz de muchas de nuestras erróneas actitudes, pero puede llegar a ser fácil sanarlas si encontramos el apoyo suficiente.

Esos espacios de seguridad no existen hoy día. Cuando las cosas se enquistan precisamente por la falta de comunicación, todo termina explotando. Pero cuando lo que uno siente se expresa con completa autenticidad, sea lo que sea, las almas se liberan. Todo el problema de la mediación entre dos partes es la falta de escucha sincera. Para que exista escucha deben existir espacios de seguridad, donde sepas que todo lo que puedas decir al otro está en un entorno seguro. Expresar lo que uno siente y ser escuchado con franqueza es lo que evita malentendidos, enredos en las relaciones, búsquedas de huidas hacia adelante.

Si estás enfadado, dilo abiertamente. Si algo te ha molestado, ten la franqueza y la valentía de expresarlo. Siempre con cordialidad, siempre con respeto, siempre desde la libertad de ese espacio seguro de relaciones sanas y fructíferas. Escuchar a un hijo, a un padre, a una pareja, a un amigo, a un familiar, a un conocido, y luego acompañarle sin juzgar.

Si hay franqueza, transparencia y amor, lo que nos dolía desaparecerá. Los dolores del alma, de la mente, de las emociones, desaparecen cuando han tenido la oportunidad de ser expresados, de ser comunicados, de ser sostenidos por un ser querido, de ser sanados desde el cariño y el amor. El oficio de un cura era el de sostener antiguamente “los pecados”, al igual que ahora el oficio de un psicólogo equivale a sostener los problemas diarios de nuestra mente y nuestras emociones.

Nuestras parejas, nuestros hijos, nuestros padres, nuestros amigos, necesitan igualmente ese sostén cuando se sienten vulnerables o heridos, ese acompañamiento desde el amor franco. Necesitan ese silencio, esa escucha, esa empatía, esa delicadeza que damos a una persona que está enferma, entendiendo en esos momentos que la rabia, los celos, el orgullo o el sufrimiento, son enfermedades del alma. Muchas veces, un abrazo sincero bastan para sanarlos. No construyamos relaciones en base a fantasías o relatos mitológicos. Hagamos que la vida real se manifieste en cada instante, en cada momento, con aquellos que están realmente a tu lado.

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En tiempo de desolación, nunca hacer mudanza


© @swash63

Hoy me recordaba una excelente amiga la Quinta Regla de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, que dice así: «En tiempo de desolación nunca hacer mudanza, mas estar firme y constante en los propósitos y determinación en que estaba el día antecedente a la tal desolación, o en la determinación en que estaba en la antecedente consolación. Porque, así como en la consolación nos guía y aconseja más el buen espíritu, así en la desolación el malo, con cuyos consejos no podemos tomar camino para acertar«.

Es verdad que cuando uno está desolado, enfadado, rabioso, orgulloso, celoso, triste o desorientado no puede ni debe tomar ningún tipo de decisión, porque siempre puede ser desastrosa. Hoy era uno de esos días, uno de esos días en los que el ánimo desolado me empujaba e incitaba a tomar decisiones de las que quizás luego uno puede arrepentirse. Por suerte, alguien muy querido me vio en la calle deambulando, desorientado y cabizbajo, y me invitó a algo tan sanador como comer pizza. Estuvimos cinco horas hablando hasta que vino el camarero y nos preguntó si nos íbamos a quedar a cenar. Se nos fue el santo al cielo.

Mientras comíamos se nos acercó a charlar un rato Andoni Moreta, un clásico del Camino de Santiago. Andoni sale en muchos periódicos explicando su historia, e hizo lo mismo con nosotros en el ratito que nos acompañó. En un momento trágico de su vida, teniendo él como profesor de instituto una vida ejemplar, tomó una decisión fatal. Desde entonces, lleva perdido deambulando por los Caminos, viviendo en la calle, transitando de un lado para otro.

Cuando era trabajador social y trabajaba en los arrayanes de las ciudades en albergues de personas sin hogar podía darme cuenta todos los días de lo frágil que es la condición humana, y de cuántas personas viven una vida desolada por un puntual error fatal. De lo fácil que resulta perderse en la vida cuando por una crisis, depresión o circunstancia terrible uno pierde completamente el norte, el sentido de la vida, la ilusión por vivir. Nadie está salvo de esto.

Personas normales que llevaban una vida normal, ejemplar, como Andoni, pueden de repente girarse y volverse locos, perder totalmente el centro y caer en cualquier tipo de circunstancia horrible. Andoni lo decía con una tristeza terrible en sus ojos, catorce años después: “solo quise abrir la ventana para que entrara un poco de aire fresco”. Su testimonio, relatado en los medios, es francamente conmovedor. Un pequeño gesto, un pequeño error en tu vida, y todo se va al traste.

Tengamos cuidado, estemos atentos, marquemos bien cada uno de nuestros pasos. Siempre, siempre, siempre, cerrar los ojos e intentar ser guiados por nuestra alma, por nuestra fortaleza interior. Respirar, respirar, respirar y hacer siempre el bien con nosotros mismos y con nuestro entorno. Siempre firmeza y constancia en nuestros propósitos. Siempre recordar quienes somos y a qué hemos venido. Estemos alertas. Estemos atentos. Seamos fuertes pilares para no derrumbarnos al primer soplo. Y cuando los soplos venga, restituyamos hasta que volvamos al momento, al instante anterior de esplendor y belleza.

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Cuando lo verdadero es Real, permanece


© @mathieu_dalle

«Hay ocasiones en que estoy convencido de que no soy apto para ninguna relación humana«. Franz Kafka

Decía uno de los cuatro acuerdos eso de que no te tomes nada personal. De que la realidad en la que vivimos dista mucho de la percepción que los otros tienen sobre la misma. Uno puede ser o parecer alto o bajo, gordo o flaco, feo o guapo, pero la realidad es que todos nos verán de formas diferentes dependiendo de la ficción y las creencias que cada cual tenga en su mente, en su construcción mental. Todo eso a veces se vuelve complejo. A veces sufrimos todo tipo de posesiones o circunstancias extremas que distorsionan nuestra realidad. El mal acecha en todas partes, nos posee, nos manipula, nos hace perder el centro.

Cuando de repente dejamos de hacer lo que somos, cuando de repente nuestro comportamiento difiere, perdemos nuestro centro y actuamos de forma diferente, debemos pensar o sospechar que quizás algún tipo de fuerza nos está manipulando o invadiendo. Ya sea a nosotros o a nuestros seres queridos. A veces hacemos cosas o decimos cosas que no nos pertenecen. A veces sale de nosotros una maldad, o una inconsciencia, que no es nuestra. No podemos sospechar su naturaleza. Unos afirman que viene de nuestros ancestros, otros de fuerzas invisibles, otros de entidades que desde otra dimensión se empeñan en manipularnos y hacernos daño. Entidades que nos aíslan, que nos hacen decir y hacer cosas que estando en un estado normal nunca haríamos ni diríamos.

¿Cómo saber si estamos siendo manipulados por algún tipo de fuerza extraña? Cuando notamos que hemos perdido el centro y no sabemos hacia dónde dirigirnos y tendemos al aislamiento. ¿Cómo salir de esa influencia? Agarrándonos con fuerza a esas personas que siempre han hecho o querido el bien en nuestras vidas. Nuestros amigos, nuestra pareja, nuestra familia, son los guardianes que nos avisan de que estamos perdiendo cierto norte, cierto sentido. Y cuando eso ocurre, lo que nunca debemos hacer es aislarnos, sino pedir ayuda, abrazar con fuerza al otro, a nuestro ser más querido.

Más allá del glamour o más allá de esas fuerzas o energías que a veces nos influyen o manipulan, cuando lo verdadero es Real, permanece. La realidad está compuesta por una parte fantasiosa, producto de nuestra imaginación, y una parte real, objetiva, que mantiene la paradoja de mostrarse de mil formas. Una emoción puede ser real, pero puede estar al mismo tiempo influenciada por mil cosas. Un pensamiento puede ser real pero puede atrofiarse por la influencia de otros pensamientos ajenos a nosotros. Una buena acción puede ser real pero puede desviarse por influyo o proyección de otras fuerzas.

¿Cómo discernir entonces? ¿Cómo saber si estamos siendo nosotros los que dirigimos nuestras vidas de forma real o nos estamos dejando manipular por otro tipo de entidades, energías, personas o circunstancias? La respuesta es compleja. Podemos tener un problema con alguien, un malentendido por decir algo, y podemos mirar una foto suya o un recuerdo suyo. Si al cerrar los ojos, su imagen nos hace sonreír, la añoramos de alguna manera, quizás se trate de eso, de un malentendido, de una influencia ajena a nosotros. Si por el contrario miramos esa imagen de forma desapegada y sentimos algún tipo de rechazo profundo, quizás esa sea la verdadera respuesta.

En todo caso, cuando lo Real es verdadero, siempre permanece, de alguna manera u otra. Cuántas veces habremos discutido con nuestra familia, con nuestros amigos o con nuestra pareja por mil motivos, y siempre hemos permanecido ahí, en lo bueno y en lo malo, porque sabemos y sentimos que los lazos que nos unen son reales. Si ese lazo se rompe a la primera discusión, al primer contratiempo, es que lo que se sentía no era real, sino una ficción de nuestra mente o una profunda distorsión de nuestras emociones.

Franz Kafka tenía un gran problema a la hora de relacionarse con el mundo y con las personas precisamente porque él mismo pensaba de sí que era una gran cucaracha. Esa distorsión de su pensamiento le impedía mantener relaciones sanas con los demás. Cualquier tipo de distorsión en nosotros, venga de nuestros ancestros, de nuestros traumas, de entidades o fuerzas ajenas a nosotros, de la conjunción astral de los planetas o de circunstancias difíciles, pueden pervertir nuestra realidad y pueden destruir todo cuanto queremos. Estemos atentos, busquemos discernimiento y abracemos aquello que nos haga sonreír, pase lo que pase. Cuidado con la pérdida de centro, con el consiguiente aislamiento y con la posterior autodestrucción que todo eso conlleva. Destrucción de lo que queremos, de lo que anhelamos, de nuestros sueños, de nuestras personas queridas, de nuestro propósito o misión-labor. Destrucción de todo, incluso de nosotros mismos.

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El para siempre está hecho de muchos ahoras


© @ilonaheinrich60

«Amar significa amar lo desagradable. Perdonar significa perdonar lo imperdonable. Fe significa creer en lo increíble. Esperanza significa esperar cuando todo parece perdido” G. K. Chesterton

El «para siempre” está hecho de muchos “ahoras”, decía Emily Dickinson. Si se descuidan esos pequeños ahoras, el para siempre desaparece. Algo así sentimos ayer cuando los celos y la rabia de uno sumado al orgullo del otro vencieron de nuevo la batalla. Admito que tuve un mal día. El suicidio de aquel hombre, la incomprensión de cómo todo se estaba desarrollando en el plano emocional, la tensión por los grupos que venían y ahora otros retos difíciles de enumerar crearon un auténtico campo de minas. De nuevo incomprensiblemente todo explotó. El miedo y el cansancio vencieron al amor. Otra batalla perdida, otro momento de expansión desaprovechado.

Por la noche tuve un sueño extraño, una de esas pesadillas que nunca sabes si son reales o son producto de un momento agotador. En el sueño me sentía cansado, muy cansado. Había apagado el teléfono, pero algo me despertó a media noche de ese mismo sueño. Lo encendí y hacía diez minutos que había llegado el mensaje. Fui corriendo con la esperanza de abrazar un corazón roto, dolido, apagado. Pero el corazón quedó escondido debajo de un macetero. Lo cogí casi llorando. Había en todo ese lugar un olor inconfundible, un olor que deseaba abrazar con desesperación. Corrí hacia arriba con algún tipo de esperanza. Luego por todas las calles y luego por los pueblos de alrededor, incluso por todos esos universos que se desarrollan de forma paralela en todo sueño. Es desesperante ver como el miedo o el orgullo vencen al amor. Y en ese sueño, la derrota era inevitable.

No dormí en toda la noche hasta las cinco de la mañana pensando en ello. Luego a las siete ya estaba de pie. Tenía que acompañar a un grupo de treinta personas por la etapa del Camino de Santiago que va desde Triacastela a Samos y de ahí al Couso. El caminar me vino bien. A cada paso sentía el olor del sueño de la noche anterior. Casi me daba un parraque recordándolo. Deseaba tanto poder abrazar ese olor.

Esos malos sueños son producto del miedo. Quizás en la vida todo sería más  fácil si pudiéramos compartir nuestros miedos desde un lugar más calmo y amoroso, mirando siempre de frente al otro, viendo su rostro, su alma, su mirada. Las tecnologías nos han separado de todo eso: de los olores, de la mirada, del alma. Esas son las trampas del camino de nuestro tiempo. El miedo, el orgullo, los guardianes del umbral, nos ponen constantemente a prueba para comprobar si el amor es real o solo una ilusión pasajera, un capricho o un juego. Cuando no puedes hablar con el otro mirándole a los ojos, no puedes entablar un diálogo sano con su alma. Amor es relación, y la relación nunca puede estar mediada por un aparato o una lejanía. Eso nos desconecta completamente de la situación real, de las emociones del otro, del alma del otro.

En la caminata de esta mañana me daba cuentas de muchas cosas. El ser humano tiene una media de casi sesenta mil pensamientos diarios. Es para volverse loco. Si esos pensamientos vienen acompañados de miedos, de pasado, de experiencia, la multiplicación es exponencial. Si no tenemos un propósito claro, la deriva está garantizada. Por eso el zen insiste mucho en la concentración. El dominio de los pensamientos divergentes es fundamental para tener una vida sana. Al igual que el dominio sobre la ira, la rabia, el orgullo.

Cuando estamos cargados de los mismos, no damos espacio al amor. Dicen los expertos que nuestra vida está regida por cuatro emociones básicas: el miedo, la rabia, la alegría y la tristeza, y por algunas secundarias. La vida es excitación y perturbación y cada emoción nos predispone a llevar algún tipo de respuesta. Las respuestas viscerales nos alejan de nuestro yo, de nuestra consciencia, y nos hacen actuar ciegamente, a veces, incluso, dañando a terceros. Si esas respuestas no se realizan desde el contacto humano, nos convertimos en máquinas irracionales.

Cuando dañamos a terceros es difícil tener la empatía suficiente para pedir perdón, para sentir remordimiento o para sentir algún tipo de sincera respuesta. A veces, cuando dañamos a terceros, aunque nosotros creamos que nuestras actuaciones son justas, no tenemos en consideración ese daño, y muchas veces, arrastrados por el orgullo o la ira, nos negamos a reconocerlo, o al menos, cuidar y acompañar al que se ha sentido herido. Ocurre que a veces, el que se siente herido responde con cólera, ira o rabia. Y eso provoca en nosotros aún más rechazo y separación.

El para siempre está hecho de muchos ahoras. Esos pequeños ahoras están condicionados por cientos de experiencias y circunstancias a las que tenemos que estar preparados, en lo bueno y en lo malo. En lo bueno porque crecemos en alegría, y en lo malo porque crecemos en bondad y consciencia. Debemos valorar siempre cuantos ahoras buenos existen, y cuánta fuerza le damos a los malos ahora. A veces un mal ahora puede estropear el trabajo de semanas, de meses, de años. Un mal momento puede mandar todo a un pozo sin fondo.

Si huimos de las incomodidades de los muchos ahoras, nunca creceremos como personas. Cada relación que se precie está llena de crisis. Son esas crisis las que nos hacen crecer, tomar consciencia, conocer al otro. Y cuando entendemos esa máxima que dice en lo bueno y en lo malo, en los errores y en la virtud, es cuando se manifiesta realmente el amor.

Eso sentía esta mañana caminando, un amor infinito, una paz infinita, un estado de liberación por haber podido ser sincero y expresar rabia, error y orgullo, y luego tener la capacidad de verlo como algo equivocado, innecesario y doliente. Ojalá siempre el amor triunfe, a pesar de las dificultades, y los muchos ahoras sean cada vez más alegres y felices. Ojalá los pequeños e insensatos ahora dañinos no tengan nunca más fuerza que el deseo de abrazar y amar al otro. Tengo esperanza, aún sintiendo que ahora pudiera estar todo perdido. A pesar de todo, tengo paz, tengo amor, tengo centro.

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Ethos ascético


© @kingsandsailors

“A veces me parece como si el Señor respirara sobre esta pobre brasa gris de la Creación y la volviera resplandeciente por un momento, o por un año o durante el lapso de una vida. Y luego se hunde de nuevo en sí misma, y al mirarla nadie sabría que tenía algo que ver con el fuego o con la luz… Dondequiera que vuelvas tus ojos, el mundo puede brillar como una transfiguración. No tienes que agregarle nada, excepto un poco de voluntad para ver”. Marilynne Robinson

He buceado un poco por las profundidades, por el abismo, pero he decidido subir hacia la luz, hacia la orilla, y de allí hacia la montaña. La vida me ha concedido la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar. Valor para cambiar las cosas que puedo. Sabiduría para saber discernir entre ellas, entre lo que no puedo cambiar y lo que sí se puede. La vida nos hace navegar entre aguas, por barrizales, precisamente para poder discernir dónde merece la pena caminar y qué estamos dispuestos a hacer para ello. Ya no soy como antes, donde todo se hundía bajo los pies. Ahora puedo caminar sereno entre el hundimiento abismal y la tierra firme.

Esta mañana amaneció lluviosa. No pegué ojo en toda la noche. Me levanté a otro ritmo. Decidí quedarme a solas en la pequeña cabaña, meditando con el sonido del agua. En silencio, observando los pajarilllos venir cada vez con más frecuencia al comedero. Entre nubes, de vez en cuando aparecía un rayo de luz. Me detuve en uno de ellos. Cuando todo el cielo está gris y golpea la llovizna, de repente aparece la luz.

Di de comer al gato vagabundo que se ha instalado en los bajos de la cabaña. Es tímido, pero ha aprendido a pedir comida cuando esta falta. Me da pena entender algo tan obvio, al mismo tiempo que cuesta entender toda la complejidad humana. Los humanos no solemos ser tan claros en nuestras peticiones. Enredamos, a veces mentimos, disimulamos, obviamos, nos enfadamos, gruñimos. Ayer me pasé todo el día gruñendo y ahora me da risa. Ayer no supe, no quise, aceptar aquello que no podía cambiar.

Nos cuesta hablar con transparencia y claridad, y cuando alguien lo hace, solemos huir, tan poco acostumbrados a la verdad, a la sinceridad absoluta, aunque esta duela. No nos gusta la gente clara y transparente. Preferimos las mentiras, los enredos, fantasear con cosas que no son y nunca serán. En la naturaleza todo es más simple. Unos piden y otros dan. Sin falsos añadidos. Ayer no supe verlo. No supe ver, no quise ver, no quería aceptar.

Así que acepto las cosas que no puedo cambiar. Miro el bosque, la primavera. Es maravilloso vivir aquí. Desearía poder compartir este lugar y crear aquí una familia. Me parece un milagro constante vivir en un sitio como este. Me entristece el egoísmo de no saber abrir las canillas del llanto para poder compartir aún más este paraíso. Aquí vivo en un ethos ascético y olvido que el mundo desea vivir en la abundancia constante. Aquí existe una conexión entre la metamorfosis y la teofanía, un rumor constante que consagra la vida en cada una de sus dificultades. Veo amplitud y profundidad cuando observo trepar la madreselva por los delgados abedules. El trinar de los pájaros es como un constante murmullo que nace de la profundidad de un cosmos incognoscible.

Quiero orientarme de nuevo para ser un instrumento de paz y de vida. No deseo más batallas, no deseo más ruido. Solo silencio, amor, serenidad. Agradezco la sabiduría para poder discernir. Para saber aquello que puedo y no puedo cambiar. Para aceptar con indulgencia los devenires de la existencia. No se puede forzar el amor, no se puede forzar la compañía, no se puede forzar los acontecimientos. Que lo inteligente atraiga a lo inteligente, y el amor, al amor. Todo discurre sin que tengamos que agregar nada, excepto un poco de voluntad para poder ver.

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El viaje más largo siempre es hacia uno mismo


© @henrylohmeyer

El viaje más largo siempre es el que atravesamos desde nuestro corazón a nuestra cabeza. Es un viaje pesado y angustioso que requiere mucha certeza, seguridad y fortaleza. A veces ese viaje se interrumpe por algún hecho, por alguna circunstancia. A veces eso resulta desquiciante. Es fácil dañarnos y dañar al otro. Es fácil provocar en nosotros un túnel de pérdida y sin sentido.

Estos días me he sentido algo desconectado de mí mismo. Mi corazón, por un lado, mi realidad por otra, mi cabeza más allá, mi alma ausente y alejada. Cuando entro en este caos interno tengo facilidad para dejar salir a mis demonios. El déspota, el niño abandonado, el narcisista que todos llevamos dentro, el controlador, el pequeño dictador, el frío y calculador ausente. Salen nuestros demonios y también los demonios de nuestros ancestros, que aprovechan la desconexión para provocar derrumbes importantes en nuestra vida. El caos y la destrucción campan a sus anchas.

La técnica infalible de desconectar la máquina de pensar a veces no es suficiente. Hay cosas insufribles como la derrota, la desesperación, el sufrimiento por la pérdida, la enfermedad. Hay cosas que están por encima de nuestras fuerzas y límites. Cosas de fuerza mayor como una guerra o como el derrumbe psicológico de todas nuestras creencias. Una persona amable y sincera es capaz de convertirse de repente en un monstruo descontrolado incapaz de razonar. Una persona poseída por sus demonios, que escupe azufre en cada palabra y hiere sin darse cuenta todo lo que toca. Así me he sentido estos días tan alejado de mí mismo.

A veces me da pena cuando pierdo el centro y siento como la deriva me absorbe sin ser capaz de remar lejos del abismo. Me da pena ver como todo se derrumba por no saber mantenerme inmóvil, en ese punto de quietud del que tanto he aprendido, pero del que tan lejano a veces me siento. Me da pena ver como el niño herido que todos llevamos dentro se apodera de situaciones que requieren de un adulto completo y firme.

No me importa la vulnerabilidad. La acepto, la acojo, y observo de nuevo como todo se derrumba. No me importa desnudarme tantas veces como haga falta si con eso me siento humanamente digno. La dignidad es lo que nunca deberíamos perder. Aferrarse a ella es aferrarse a lo poco que nos queda cuando lo perdemos todo. Nunca debemos perderla y nunca deberíamos hacerla perder al otro. Esa es aún mayor aberración. Por eso cuando detecto que rozo ese límite, me arrodillo, pido perdón e imploro suplicante redimirme. Nunca, nunca, nunca deberíamos hacer perder la dignidad al otro.

Perpetuar la Vida, el Amor y la Consciencia quizás sea una de las empresas más complejas que existan en este momento histórico. Los guardianes de este tiempo, que es un tiempo oscuro y perverso, están al acecho para impedir que la luz se manifieste. A pesar de haberme protegido durante años, en este tiempo he podido ver y comprender la fuerza del mal. De como es capaz de golpearnos sutilmente, inteligentemente, en los puntos más débiles de nuestra constitución humana. Saben cual es tu debilidad, tu vulnerabilidad, y allí golpean no una, sino tantas veces como puedan para así terminar exitosamente con tu destrucción.

Pero esos guardianes, aún en la aparente derrota, ignoran algo poderoso. Ignoran que el cáliz ya está preparado para la próxima anunciación, y que la fuerza que nos hace resistir a todos los envites es la misma fuerza que perpetuará la Vida en todas sus esferas. No podrán, por más que se empecinen, abortar la misión para la que hemos venido. No podrán frustrar los sueños por los que hemos vivido todo este tiempo.

Así que ahora estoy aquí, en este oscuro desierto, observando todos los demonios, cada uno con su rostro sin voz, acechando, esperando una nueva debilidad. Los observo impasible, viendo como alguno ha cosechado alguna victoria. Los miro paciente y respiro hondo. No voy a huir, no me voy a marchar lejos, voy a permanecer inmutable frente a mí, valiente, fuerte, poderoso luchando por lo que quiero y deseo profundamente, ardientemente, inevitablemente. No dejaré que ninguno de ellos pueda derrumbar el hilo de vida que me atraviesa. Seré paciente, hasta que el amor, la consciencia y la vida triunfen por fin. No huiré, no me marcharé, perseveraré.

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Cuando la herida es más grande que la perseverancia


© @vulture_labs

La cicatriz es el lugar por donde entra la luz. Rumi

Hoy en el viaje de cinco horas alguien me decía que cuando la herida es más grande que la perseverancia, entonces uno deja de perseverar. Rumi decía que cada cicatriz es el lugar por donde entra la luz. Ambos mensajes me llegaron casi al mismo tiempo por personas distintas.

Luego llegué a la ciudad y empezó a dolerme todo. El cuerpo, el alma, el corazón. La ciudad es gris, ruidosa. Veo a niños deambular tristes y agazapados. Los miro con compasión porque muchos de ellos ya se sienten rechazados, abandonados, tristes, incomprendidos. Es la gran herida de nuestra humanidad. Es esa brecha que nos aleja de la completa felicidad. Esos niños que nunca crecieron saludables, alegres, equilibrados. Esos niños perdidos que luego se convertirán en adultos perdidos.

El hotel es barato e incómodo, con sus paredes rotas y esa televisión que parece mirar tus vacíos con deseos de atraparlos. Mañana una reunión y de vuelta a las montañas. En la vuelta miraré la brecha, para ver si se ha hecho más grande, o más insoportable, y cuánta luz puede entrar en ella. A mayor luz, mayor claridad, mayor discernimiento, mayor dolor, pero también mayor certeza. A veces una herida nos recuerda que estamos vivos, y más vale vivos y dolidos que dormidos como hasta ahora, que decía el poeta.

Aquí me siento desubicado. Estoy viviendo una anomalía, una distorsión profunda. Uno se pierde en la gran ciudad, sumando a ese triple abandono una sensación extraña. Uno sabe que en condiciones normales no debería estar aquí, sino allí, en el otro lado, abrazando al sueño, anhelando el nuevo día, suspirando entre abrazos reales, tangibles, derramándose en ese sudor de más que tiñe las noches cuando no sabes qué camino de tu vida tomar.

Aquí no escucho el trino de los pájaros. Solo veo edificios horrendos, de esos de ladrillos rojizos realizados con prisa para albergar oficinas, talleres, fábricas. Antenas, tubos grises, esbeltas sombras que esconden miedos y fracasos. Una vez el ser humano perdió la conexión con la tierra y todo se volvió tibio y melancólico. Aquí no hay flores, excepto esas de plástico con su etiquetita dorada made in Hong Kong. Aquí todo es mentira, falsedad, artificio.

No sé si darle una oportunidad a la esperanza o cerrar los ojos hasta mañana. Creo que vine a una reunión, o quizás vine para ver. Para ver la herida, la realidad, a esos niños que deambulan rechazados, tristes, abandonados. Niños que nunca serán socorridos ni atendidos. Niños que crecerán solos, casi miserables, harapientos, siempre con sed y hambre de justicia. Quizás en el fondo solo vine para ver cuánto de grande es la herida, y dejar con ello penetrar su luz.

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La prueba del laberinto


«Es necesario reivindicar el derecho de soñar. Quizá pueda parecer un derecho sin importancia. Pero, si se reflexiona sobre ello, aparecerá como una gran prerrogativa. Si el hombre es capaz todavía de nutrir ilusiones ese hombre es aún un hombre libre».  Antonio Tabucchi

No importa lo que ocurra. Seguiré soñando. Ese factor es lo que me permite sentirme libre y dichoso. Podrán derrumbarse los mundos y podrán las trompetas tocar su último canto, pero nada dejará que deje de soñar.

Digamos que la vida humana es un laberinto lleno de pruebas. Hay cruces de camino, desvíos, equívocos, huidas, temblores y terremotos capaces de derrumbar lo más sublime. Ese laberinto tiene su propio centro. De allí pende un fino hilo sujetado por la tejedora Ariadna.

Uno puede prostituir su vida y traicionarla una y otra vez. Puede abandonar sus sueños, sus anhelos. Puede engordar su estrecha visión con el fin de olvidarse de sí mismo. Entonces se vuelve esclavo de la apariencia, del qué dirán, de los otros. Marioneta de cada circunstancia, de cada situación que desee pervertir nuestro devenir. Títere de cada una de las falsedades de la existencia.

Por eso es necesario reivindicar el derecho a soñar. Soñar es como atravesar ese laberinto humano sin importarnos nada la pérdida, la dureza de cada prueba, las iniciaciones oportunas que nos harán crecer en cada travesía, en cada recoveco, en cada vuelta cuando pensamos que verdaderamente estamos perdidos. Ese seguir soñando a pesar de todo nos hace libres y fuertes, personas llenas de sentido y autenticidad. Personas con anhelos de luz y lucidez. Amantes de lo verdadero, de la Verdad y su compañera la Justicia.

Soñar es reivindicativo porque de alguna manera te acerca al corazón, a aquello que grita fuerte desde dentro de nosotros. Te permite ver por encima del laberinto y agarrarte al hilo, al fino pero inquebrantable hilo de la esperanza. Al agarrarte a él hay algo que te eleva en una gran espiral. Esa espiral es impresionantemente maravillosa. Desde ella, los laberintos humanos se ven pequeños, ridículos, minúsculos. Como un retrato caprichoso de una sombra que mengua al atardecer. El vuelo mágico, tan preciado por magos y soñadores, se torna realidad al encontrar el centro, la gran prueba.

Pero ahí está el miedo. Ese terrible miedo que tanto nos aleja del amor, de nuestro corazón, de nuestro destino. Ese miedo atroz que es capaz de lo peor. Ese miedo que provoca guerras y sufrimiento innecesario por no querer afrontar lo verdadero que hay siempre en nosotros. Y eso verdadero siempre, siempre, siempre es bondadoso, dichoso, virtuoso, valiente, atrevido, osado. Lo que nuestro corazón encierra es el mayor tesoro jamás sembrado, cosechado, almacenado en la alacena del alma. El amor, eso que nos une al mundo, a los otros, a la vida del espíritu para aquellos que aún creen que la vida es tan misteriosa y extensa e inabarcable. Amor y consciencia y vida. Ese es el gran descubrimiento del hilo de Ariadna, tejido con tres cordeles que conectan nuestra vida, con la Vida.

No tengas miedo. Supera todas las pruebas del laberinto. Busca su centro que es tu centro. Sujeta con fuerza el triple hilo y déjate llevar por ese viento espiral que contempla el universo desde su visión amplia y sempiterna. Sé osada en cada prueba. Sé libre y soñadora. Sé, en definitiva, esa gran espiral que todo lo puede y atraviesa. Sé libre, no hay jaula que merezca nunca la pena.

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Llevo en la frente una estrella, y en los labios una música que cantar


Ayer le escribí una carta a Magalí pidiéndole disculpas. Sé que llevaba mucho tiempo esperando, aguardando para poder llegar por fin a su destino. Se abrió una grieta, una posibilidad, una oportunidad única. Ayudó en los preparativos, en los encuentros, en las sincronías para que pudiéramos tener visión de todo. Pero su esfuerzo fue aparentemente inútil. Los miedos, las inseguridades, la falsedad a veces y la confusión otras fueron más poderosas.

Sin embargo, Magalí es perseverante. Lo noto en la falta de desgarro, en su empeño por sujetar y apretar fuerte aquello en lo que cree. Mira el bosque a través de mis ojos, siente el verde de los prados a través de mi carne. Y no desespera. Aprieta fuerte el nudo para evitar que deshaga. Puedo notarlo, puedo sentirlo. Lleva haciéndolo centurias, lleva haciéndolo eones de tiempo.

El reino de la fantasía es bello. Alicia en el país de las maravillas solo fue un preludio que nos animaba a imaginar mundos, reinos, paisajes, posibilidades infinitas. La fantasía es una buena aliada para crear cosas, para perseguir sueños. Soñamos con estos prados, soñamos con un hogar en los bosques, soñamos con aquella familia consciente, salvaje, viva.

Pero cuando crees poder alcanzar los sueños, ahí están poderosos los guardianes del umbral. Cuanto mayor sea el sueño, cuanto mayor la esperanza, más poderosos serán esos guardianes. Nos pondrán pruebas, derrumbarán sueños y caminos, harán que todo tambalee bajo nuestros pies. Lo advirtió Kavafis en su hermoso poema: no temas a los lestrigones ni a los cíclopes ni al colérico Poseidón, seres tales jamás hallarás en tu camino, si tu pensar es elevado, si selecta es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.

Quizás ese fue el secreto de los dioses creadores. Advirtieron que el pensar elevado y la selecta emoción podría derribar cualquier obstáculo, cualquier muro, cualquier impedimento que nos apartara de nuestra misión-labor. Quizás nos faltó elevar aún más la visión, perseguir con mayor fuerza esa emoción pura y sencilla.

Por eso siento como si Magalí siguiera susurrando, siguiera sujetando fuertemente ese nudo, ese lazo que une almas viejas. Ella siempre se enfada y me susurra: no me llamo Magalí, me llamo Magari. Le guiño el ojo y suspiro profundamente. No importa el nombre, no importa la fantasía, no importa los guardianes del umbral, lo que tenga que suceder, inevitablemente sucederá.

Llevo en la frente una estrella, y en los labios una música que cantar. Así es el destino, así es la vida. Solo tenemos que seguir nuestra estrella y cantar la música que Dios nos otorgó profundamente, en susurro. Solo tenemos que recordar y perseguir nuestros sueños, aunque rezumen a fantasía. Solo debemos esperar a reencontrar en el laberinto humano, todo nuestro más puro centro. Y desde allí, perseverar.

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Equinoccio de primavera. Muerte y resurrección


© @adele_spencer

El invierno es un momento de pausa, de muerte, de retorno al silencio. Algo muere en cada invierno. Algo muere inevitablemente para que se pueda regenerar la vida. Ahí está la gran paradoja de nuestro universo, de nuestro cosmos, de nuestra naturaleza. Muerte y resurrección vienen de la mano, y de ahí surge el ciclo vital de la Vida. Morir para nacer, nacer para morir.

Ayer algo murió, hoy, con el equinoccio, algo renace. Es hora de emprender la tarea de fecundar la madre tierra, de fecundar nuestras vidas desde la realización, desde la resurrección. Es hora de fecundar nuestros corazones y fertilizar el amor que está dentro de nosotros.

Son días para preparar la tierra, para seleccionar las semillas, esperando que la luna menguante nos ayude a utilizar el vigor y las mareas planetarias para que la vida pueda integrarse en la tierra y lograr así todos los beneficios posibles. Es momento de discernimiento, de emprender la tarea de la siembra y observar pacientes cómo la vida se abre paso desde la más absoluta oscuridad, siempre húmeda y doliente. Ahí de nuevo el milagro. La semilla muere, y con su muerte, permite la nueva vida. Así morimos nosotros simbólicamente. Algo muere en nuestra mente, en nuestro corazón, para poder renacer de nuevo y ofrecer más y más vida. Algo murió ayer, algo nace hoy.

La fecundación de la madre tierra, así como la fecundación de nuestras vidas, se convierte en un gran misterio, en algo que nos resulta indescifrable, enigmático y místico. Miramos la tierra preparada y abonada en invierno. Observamos como todo ese trabajo duro y pesado ahora requiere una atención diferente. Ahora requiere sembrar, sembrar, sembrar. El significado oculto de este acontecimiento genera en nosotros curiosidad, expectación, esperanza. De cada semilla, saldrán frutos. Quizás seis, quizás siete, quizás infinitos frutos futuros que sobrevivirán de generación a generación.

La consciencia humana ha aprendido a observar todo cuanto ocurre en la naturaleza. Aprende a regenerarse, a luchar por lo que quiere, a sobrevivir a todo tipo de tempestad. Los principios ocultos son claros: lo que muere debe nacer, lo que nace debe morir. Es un sistema profundo, una filosofía natural, algo que trasciende nuestra comprensión. En nuestras vidas ocurre y se manifiesta con el mismo principio. Todos los días algo muere y algo nace. Todos los días tenemos la oportunidad de mejorarnos, de pulir nuestras vidas con acciones valientes, con osadas manifestaciones de bondad y amor. Todos los días podemos ser una mejor versión de nosotros mismos, al igual que la naturaleza, en su majestuoso ejemplo y misterio, renace y se mejora en cada estación.

El fruto llegará. El fruto es la manifestación, el regalo, el don de una naturaleza agradecida cuando se ha cultivado la tierra, se ha seleccionado la semilla y se ha cuidado día a día, sin descanso, cada uno de sus crecimientos. Ese es el gran secreto de nuestra vida psicológica. Si preparamos nuestras vidas con esmero, si sembramos amor en ellas, si cuidamos de ese amor día a día, al final, nacen los frutos. Quizás seis, quizás siete, quizás infinitos generación tras generación.

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No tengas miedo


© @thomasfilke

Hoy hemos hecho una meditación grupal para identificar el egregor del miedo. El miedo es una fuente de espejismo e ilusión. Nos aleja de nuestro camino, tanto individual como colectivo. El miedo es lo opuesto al amor. Todo lo que se realiza desde el miedo nos separa y nos destruye, nos aísla y nos aleja de nuestro propósito vital. El miedo es como un morador del umbral, un guardián que pretende asustarnos y alejarnos de nuestro camino. Es fácilmente identificable. Nos aturde, nos confunde, nos desalienta, nos abruma, nos delata, nos irrita, nos cansa.

El amor, sin embargo, es siempre más simple y más profundo. Es ese motor que nos hace avanzar hacia la unión, hacia el abrazo, hacia el cariño, hacia la responsabilidad de acoger algún tipo de esperanza. El miedo nos inmoviliza o nos hace huir lejos de nuestro camino. El amor nos afianza en lo que creemos, en nuestro alto ideal, y nos mantiene firmes en ese camino complejo, pero necesario. El miedo es una línea recta estrepitosa, un círculo cerrado y excluyente. El amor actúa como una espiral poderosa que abarca y abraza todos los caminos.

En la meditación grupal, me acercaba tímidamente al egregor que durante estos años de pandemia hemos creado. Era un gran egregor mundial basado en el miedo. Su espiral ascendente se unía vertiginosamente con este nuevo terror que está asolando al planeta: la posibilidad de una tercera guerra mundial. Veía a ciertos mandatarios completamente poseídos por ese miedo, actuando ciegamente hacia la huida o la inmovilización, alejándonos como humanidad del principio necesario de fraternidad y tolerancia. Hay algo de mí que se asustó ante esa gigantesca imagen. También algo de mí reaccionó desde el más profundo amor.

El amor me empuja a actuar. A no quedarme inmóvil al borde del camino, a no meter la cabeza en un agujero profundo para no ver nada, a no huir despavorido buscando solo un rincón tranquilo. Actuar desde el amor me hizo afrontar la posibilidad personal de acoger al menos a veinte refugiados. Me empuja a luchar por lo que quiero y amo para abrazarlo con urgencia. ¡Vámonos hacia el amor! Grito despavorido todas las noches de insomnio… ¡¡¡Ven amor mío!!! Replico a cada despertar. Esa constante lucha no es solo para confiar en el amor, sino para que ese amor despeje la ilusión y la fuente del espejismo. Amar en tiempos de guerra, amar en tiempos de pandemia, amar ante los retos de la vida, sean los que sean. Amar y amor por delante. Como personas, como individuos, como parejas, como grupo, como colectividad, como humanidad. Solo nos queda amar para salvarnos, para mantener la vida constante en el pulsar de la vida. El amor une, el miedo separa, aísla, nos enmudece.

No tengas miedo, me repito y le repito y nos repetimos. Cesemos nuestras batallas personales, encontremos la paz dentro de nosotros y actuemos para que se encarne la paz mundial. Cada batalla librada en nuestro ego solo crea más guerra allá fuera. El egregor del miedo se alimenta de nuestros miedos, y crece, y crece, y crece. Si por el contrario, empezamos a amar, desde ya, no desde ayer o desde mañana, si empezamos a colaborar juntos, a crecer juntos, a apoyarnos conjuntamente en estos momentos difíciles para ti y también difíciles para la humanidad, podremos demostrar que otro mundo es posible. No nos dejemos guiar por el miedo. Que el amor sea siempre nuestra bandera, sin aplazamientos, sin espera, sin miedo. No te salves, ahora ni nunca, no te salves…

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Dos fórmulas para apaciguar las emociones


© @christophermphoto

Recordaba hoy cuando de estudiante repartía pizzas para sacar algo de dinero y acabar con cierta dignidad mi primera carrera. Mis padres me estuvieron ayudando durante tres años muy difíciles para ellos y el cuarto intenté costearlo trabajando de todo lo que pude. Tiempo atrás también había trabajado buzoneando todo tipo de propaganda o incluso de guarda de seguridad. Llegué a trabajar en una caja de ahorros, vestido con mis inolvidables Martinelli, con aquel traje verde de la época y mi corbata cargadita de primaverales florecillas. Me encantaba aquella corbata a juego con todo lo demás. Eran tiempos de apocalipsis porque, según Nostradamus, el final de los tiempos estaba cerca, así que vivíamos la vida con una intensidad desmesurada. Las diferentes quiebras que a lo largo de la vida fuimos sufriendo nos ayudó a pensar que el final de los tiempos nunca llegaría, que todo ese miedo era un producto más de Hollywood, la cual alimentaba sus arcas a base de películas gore llenas de sangre y guerra.

En estos momentos hay más de sesenta guerras activas en todo el planeta. Es algo espeluznante. Pero el hecho de que Rusia, una potencia nuclear, se haya metido a hacer la guerra tan cerca del mundo occidental nos da cierto temor. De momento ya estamos viendo los efectos de la guerra en el plano material, pero también empieza a hacer estragos en el plano emocional. Tenemos miedo, vivimos en el miedo. Tras el miedo y el pavor sufridos en tiempos de pandemia, ahora una potencia nuclear amenaza al mundo conocido de forma reiterada. En las redes sociales hacen broma porque nos hemos quedado sin aceite de girasol y la gasolina está por las nubes. Pero no tiene nada de gracia. Millones de personas han perdido su hogar y miles de niños deambulan perdidos buscando un lugar seguro.

Nuestra casa de acogida se está preparando interiormente para lo que venga. Acoger refugiados ucranianos será toda una prueba de fuego. Es lo mínimo que podemos hacer. Yo mismo me he retirado unos días para poder gestionar bien mis emociones, el reto que esto supone, la tensión de todo lo que hay que movilizar para poder acoger material y psicológicamente a todas estas personas. La soledad apabullante que uno siente interiormente ante este tipo de retos es enorme, y la gestión de todas esas emociones descontroladas a veces nos superan. Por eso estos días he optado por el silencio, por el retiro, trabajando en la editorial todo lo que puedo para dejar al día algunas cosas antes de que venga la gran prueba.

La guerra me ha traído sensaciones extrañas. Melancolía, tristeza, abatimiento, congoja, ahogo, pesimismo. Me siento egoísta hablando de estas cosas mientras cientos de personas mueren de la forma más terrible. Me avergüenzo incluso de dedicar un solo segundo de tiempo a escribir mientras todo esto ocurre. Pero necesito, al mismo tiempo, desahogarme y empatizar con todos aquellos que sienten lo mismo. Me refugio en la escritura y me refugio en la posibilidad de buscar luz en tanta oscuridad.

Además de estos refugios etéricos, calmo mis emociones con dos fórmulas infalibles: con actividad y con correcta concentración en el plano mental. La primera fórmula, la actividad, me mantiene activo y alerta. Hacer mil cosas puede crear un ambiente diferente que apacigüe las emociones más pesadas. La correcta concentración hace, desde el plano mental, que todo cuanto hacemos desde la actividad tenga algún sentido positivo. No vale hacer por hacer, hay que hacer algo inteligente, auténtico y efectivo.

Aunque no se hable mucho de esto, a su vez, la actividad, la emoción y el pensamiento deberían ser guiados por lo que algunos llaman consciencia, alma o propósito mayor. Las emociones de melancolía y tristeza pueden ser reorientadas hacia una actividad inteligente, pero, también pueden ser dirigidas desde lo más profundo del alma. El alma es aquello que puede divisar el panorama con perspectiva mayor, y por lo tanto, su guía siempre será más sabia que lo que pueda ejecutar una mente entrenada o una voluntad férrea. El ideal es que todos nuestros instrumentos de actividad material, de estados de ánimo, de emociones y pensamientos se pongan al servicio de nuestra consciencia. Será ella la que nos alineará hacia un profundo sentido, incluso en tiempos tan complejos como los de ahora. Que el miedo no nos venza, que la tristeza de la guerra no pueda con nosotros. Tenemos que trabajar para construir la paz, cumpliendo siempre con nuestra parte en el propósito.

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Guíanos luz en la oscuridad brillante


«El que sabe pensar, pero no sabe expresar lo que piensa, está al mismo nivel del que no sabe pensar». Pericles

Hay seres que desprenden luz, mucha luz. La tejen a su alrededor, la expresan, la comparten. A veces olvidan lo difícil que resulta gestionar esa luz, administrarla con sabiduría. En ocasiones esa luz puede provocar grandes sombras en aquellos que no saben recibirla. La responsabilidad de la luz es ser conocedores de su poder, de su radiación, de su intensidad. Una luz mal gestionada, es una luz desperdiciada. La luz es también sabiduría, al mismo tiempo que es compasiva, amorosa. La luz requiere fuerza, al mismo tiempo que es una energía que dirigimos hacia dentro y hacia fuera. ¡Luz, más luz! Decía Goethe antes de morir. Una expresión propia de los hijos de la viuda, de la cual se apropiaría en su logia Amalia.

Luz en tiempos de oscuridad. Luz en tiempos de incertidumbre, de escalada de tensión mundial, de guerra inútil, de desesperación. Luz y lucidez, como esa capa de nieve que se posa sobre la verde hierba, de forma delicada, suave, tierna, amasando el paisaje con un blanco inmaculado que luego dará fruto. Luz para ver, luz para soñar, luz para crear, luz para vencer todo aquello que impide la vida. Luz para avanzar en la consciencia humana, pacífica, amorosa.

La última frontera de la luz somos nosotros. Si el mundo está oscuro, nosotros podemos encender nuestra vela. Si la noche cae tenebrosa, nosotros podemos ejercer el poder de iluminar al mundo. El primitivo barro no puede mancillar nuestra luz. Debemos encender el fuego de la vida, la llama del amor, la vibrante sinfonía que todo lo ilumina. La luz es poderosa y ejerce consciencia a todo aquello que roza con su éxtasis silencioso. Luz del sol, luz de aquella antorcha tenue, de aquella vela invisible asentada en una pequeña ermita como símbolo de esperanza. Luz de las estrellas, de los átomos musicales, hilozoísta luz.

Luces de neón, incandescentes fuegos en la noche. Luces somos cuando la llama interior se expande en nosotros. Luz, más luz en la tenebrosa noche. Luces que inevitablemente nos alejan de la oscuridad de nuestras cavernas, dejando los miedos, la incertidumbre y la sinrazón apartadas del nosotros. Grandes luces para los juegos nocturnos de cualquier campo de batalla. Luz en la guerra, luz en la miseria, luz en la pobreza, más luz en todos los corazones. Luz en esas pequeñas lamparitas nocturnas que nos permiten acercarnos a la otra luz, a la de los libros, a la del conocimiento, a la de la lucidez inmediata. La luz es una metáfora de la vida, de la consciencia, del amor.

Tu palabra es una lámpara bajo mis pies y una luz en el camino, diría a la enamorada. Guíame hacia el encuentro, hacia ese momento acurrucado bajo las mantas soñadas. Guíame en la larga espera, adueñados de esa perseverancia que solo la luz puede sostener. Guía la brillante luz a través de la oscuridad circundante, guíame tú para seguir hacia adelante en esta oscuridad pesada, áspera, insoportable. La noche es oscura y estoy lejos del Hogar. Guíame tú para seguir. Despierta y brilla, porque tu luz está aquí, que decía el poeta. La luz es calor, contacto, abrazo, encuentro. La luz es conocimiento, la luz es vida, la luz es…. luz. ¡Ira, ira contra la muerte de la luz!

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Atmosphere


© @bensirda

Di lo que sientes o esos silencios te harán ruido toda la vida, ponía en alguna parte. Pues a eso iba, mirando hacia dentro, hacia fuera, conspirando con la respiración a cada instante con el ser amado, imaginando ese abrazo impaciente, provocando en mí la sustancia de la vida, para perpetuar la esperanza humana.

Y en el otro lado, Ucrania está en guerra. Cierro los ojos. En estos momentos suena Atmosphere, de Joy Division. Me trae recuerdos de otros tiempos en los que había paz, por fuera y por dentro. El día gris, como tantas veces. Interiormente hay luz y amor, mucho amor, felicidad, primavera y todas esas expresiones que nacen desde lo más profundo del espíritu. Por fuera guerra, otra guerra, en Ucrania, en la consciencia humana, otra grieta en las puertas del mal.

Bajé a atender cosas de la editorial a la oficina. La atmósfera no era propicia para construir el nuevo mundo. Puse las noticias, y allí estaban los muertos, los refugiados, la sinrazón. Aproveché para ducharme mientras escuchaba algún trueno, me miré al espejo y no entendía la complejidad del rostro humano. Esos estúpidos humanos pelándose todo el día. Por los colores de la cortina, por la leña, porque hace frío o calor, porque no me esperaste o porque te fuiste, que decían aquellos jóvenes ignorando el mundo. Y allí en Ucrania, por cualquier otra estupidez humana, muertos, miedo, sinrazón, sangre, de nuevo sangre.

Hemos puesto el proyecto al servicio de los refugiados. Tenemos una casa de acogida, pero siento que no es suficiente. Cuando terminaron las noticias, un gran impulso se apoderó de mí. Quería levantarme, coger el coche e ir hasta Ucrania. Hacer algo, lo que fuera, aunque solo fuera dar consuelo, como hacíamos en la isla de Chios con los refugiados sirios, o en Etiopía con los últimos desheredados de la Tierra. Me retuvo el amor, el amor que está naciendo, el amor que ahora brota y tengo que cuidar, proteger, abrazar. Perseverancia, perseverancia, perseverancia, me repetía a mí mismo.

Caminar en silencio. Alejarse del espíritu humano en silencio. En la confusión, entre la ilusión, en la desesperación profunda por la lejanía de todo… De los refugiados, del amor, del mundo. Camino en el aire de la incertidumbre. Un mundo abandonado demasiado pronto. No hay debido cuidado que pueda soportar la lejanía… la separación… De Ucrania, y del Amor.

Frustración, impotencia, incluso a veces pequeñas dosis de rabia. Porque hace frío, porque el día está gris, aunque por dentro florezca la más radiante de todas mis primaveras. Me quejo porque en la cabaña hace cinco grados. Pero en la guerra se están congelando. Niños, ancianos, mujeres, hombres desvalidos que lloran a escondidas para que la vergüenza no termine con su esperanza. Esa es la atmósfera. Por dentro y por fuera.

Luz, oscuridad. Luz por dentro, oscuridad por fuera. La sala de meditación vacía. La sala del desayuno vacía. Los responsables y comprometidos durmiendo mientras se gesta una nueva guerra a pocos kilómetros de nosotros. A tres mil kilómetros exactamente. A dos días de viaje. Miro el coche de nuevo, pero me retengo. No, ahora no. Ahora toca amor. Toca amor. Toca amor, me repito una y otra vez. Esa es la atmósfera. Este era mi silencio.

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Liberar a los prisioneros astrales. Algunas reflexiones sobre el espejismo


Hay personas que son presas de otras. A veces presas por asuntos económicos, a veces por asuntos anímicos, y la mayoría, por asuntos emocionales. La mayoría de las veces no nos damos cuenta de que somos carceleros de almas errantes que vagan por nuestro círculo-no-se-pasa particular. Están orbitando como satélites esperando la mínima oportunidad para beber algo de nosotros. Vampirizan de alguna manera nuestras energías y se alimentan de la proyección astral que ilusoriamente crean en sus mentes fantasiosas.

Esto es complejo de detectar y es complejo de liberar. Nunca sabemos cuales son los motivos por los que muchas personas crean lazos de dependencia psíquica o emocional hacia nosotros. O nosotros hacia ellos. A veces incluso se crean dramas complejos de control emocional que impiden que las relaciones sean honestas y claras. Los dramas de control son las peores cárceles que podemos soportar.

Distracciones. Vivimos en un mundo lleno de distracciones porque no nos han enseñado a discernir, a buscar y diferenciar lo esencial. Las personas hacen de esas distracciones un poderoso elemento de control, de absorción. Cuando nos damos cuenta, estamos rodeados de energías que no nos corresponden, que no nos pertenecen. De ahí la complejidad de llegar a la síntesis, al discernimiento, a la no distracción.

¡Cuántas parejas o amistades o empresas fracasan por esas distracciones! Por esos lazos que no hemos sabido cortar, por esos fantasmas que se empeñan en saciar sus necesidades a base de nuestro tiempo o atención. Ilusorios castillos de arena debemos derrumbar antes de poder encontrar la síntesis, la verdadera Unión, el verdadero camino del discernimiento, el verdadero amor.

No podemos permitir que las personas caigan en redes ilusorias que no estén basadas en la amistad o el amor incondicional. Cuando alguien queda atrapada en el glamour, en el espejismo, debemos liberarla. Debemos desarrollar el poder de visualizar correctamente la vida, entrenar nuestras mentes para ver realmente la realidad e interpretar fielmente lo que se vemos.

En la tradición perenne se habla de cinco espejismos que esclavizan a la humanidad. El espejismo del materialismo, el espejismo del sentimiento, el espejismo de la devoción, el espejismo de la separatividad y el espejismo del Sendero.

El espejismo del sentimiento esclaviza a la gente buena del mundo. A veces, para mucha gente, el amor no es realmente amor, sino deseo de amar y deseo de ser amado. En ese deseo, en ese espejismo, nacen los lazos que nos unen a la necesidad, y de ahí, se crean las redes que nos atan a personas que de igual manera viven desde la necesidad y el deseo, y no del amor sincero e incondicional. Realmente estamos hablando de un pseudoamor, de algo que nace de la desesperación, de la necesidad, de la carencia, y no de un amor verdadero. De ahí nuestra obligación moral de liberar a aquellos que se acercan a nosotros desde la necesidad, y no desde la amistad o el amor sincero.

El amor del alma, es verdaderamente libre, y libera al resto. El espejismo del sentimiento aprisiona a la gente buena, imponiéndose obligaciones que no existen o no le corresponde. No debemos aprisionarnos ni confundir amor con deseo, libertad con necesidad. Los atributos del alma deben disipar esa densa bruma astral que atrapa y aprisiona al resto. Nuestra obligación moral es hollar la senda del amor verdadero, aunque este amor sea doloroso a la hora de romper los espejos de la ilusión, las brumas astrales del deseo y la necesidad.

Amar al otro es también liberarlo, aunque esa liberación suponga una ruptura inicial, una sensación de abandono o una incómoda respuesta dolorosa. Los gurús, los que se consideran a ellos mismos maestros espirituales y los líderes carismáticos tienen una gran responsabilidad en esto. Tienen la obligación de matar al Buda, de disipar las nieblas de sus acólitos y de liberarlos para que puedan expresar un amor verdadero y libre, y no una trampa de deseo y necesidad. Ocurre también en el amor no correspondido. Debemos ser contundentes, claros y trasparentes en todo momento. Debemos liberar a los prisioneros del planeta.

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Sin conexión


A pesar de todo, no tengo impulsos o intentos de escapar. Ni siquiera me quejo de nada. Solo observo, describo e intento averiguar qué se está tejiendo en los planos intangibles para que ocurran tantas cosas. No siento esa épica del temor a la muerte que pudo expresar en su agitada vida el rey sumerio Gilgamesh. El gran héroe de Uruk vivió una vida marcada por la locura, los sentimientos radicales, la ansiedad y el aislamiento. La búsqueda de la inmortalidad tiene sus cosas. En mi caso, es solo una cuestión de aturdimiento otoñal. No puedo quejarme de nada. La inmortalidad puede esperar.

Ayer por fin llegó el piano. Sentí cierta emoción al sentarme junto a él y ver cómo un viejo sueño se cumplía. El tener un piano, aunque sea digital, era uno de mis últimos sueños junto al de tener algún hijo. Lo de la descendencia ya casi lo descarto, a no ser que la vida de una sorpresa inesperada y pueda algún día ver crecer entre árboles y bosques algún pequeño niño salvaje. Recuerdo cuando aquella hermosa novia alemana me propuso vivir en un bosque y tener seis hijos. De haber seguido sus impulsos ahora sería un gracioso padre asalvajado, viviendo una vida extraña en los confines de la Baja Sajonia rodeado de niños y decenas de caballos. Qué raro me resulta años más tarde sentir esa llamada de la selva, y no por aquel entonces, cuando realmente los astros parecían conjurar para que se diera ese ideal.

Ayer también me dijeron que no tenían que operarme el hueso que me rompí hace unas semanas. Los cuidados de estos días han hecho efecto, el brazo está mejorando día a día y no hace falta intervención, solo una lenta recuperación acompañada de cierta rehabilitación. Aún así, desde la gran noticia de hace unos días, aquella que desplomó el ánimo bajo mínimos, parece que no hay manera de reconectar con el mundo. Es como si el otoño se hubiera adelantado unos días, o unas semanas, y hubiera calado en mi interior. Así que reposo, cansado, como un árbol sin conexión con la sagrada luz del sol y dejo que una a una todas aquellas hojas caducas vayan cayendo a la húmeda y oscura tierra. Allí todo se pudre y desaparece, creando el abono que alimentará la próxima primavera. Son los síntomas de los ciclos. Apreciarlos, incluso disfrutarlos, forman parte del paisaje de la vida.

Realmente está siendo una semana rara. Apareció una gotera encima de la biblioteca, nos quedamos sin luz en parte de la casa y perdí la electricidad en la cabaña durante unos días, hasta que encontramos la avería. Para más inri, volvió, cuatro semanas más tarde, nuestro querido ratón. Puntual, a las cuatro de la madrugada, empieza su atareada faena de hacer ruidos insoportables en toda la cabaña, despertándome desde hace tres días y sin poder pegar ojo en toda la noche. Así que arrastro algo de tristeza, cansancio y falta de ánimo por partes iguales.

Hoy también se estropeó el wifi de la cabaña. Estoy sin conexión, tirando improvisadamente de los datos del teléfono. Me da miedo despertarme mañana y comprobar que las cosas pueden seguir empeorando día tras día. Desconectar de la vida del alma, aunque sea por un instante, tiene sus riesgos. Y siento que de alguna manera ando despistado, desconectado, a pesar de la claridad mental y espiritual sobre lo que tengo y no tengo que hacer en este universo de caos y orden cósmico.

Siento como si Endiku, el gran amigo de Gilgamesh, hubiera muerto y yo mismo, imitando al cansado rey, me hubiera exiliado en la taberna del fin del mundo. De alguna forma siento que no encontraré en las inmensidades del océano la planta de la eterna juventud, de la inmortalidad añorada. Mortal, devengo en los porvenires de los astros, y dejo, con cierta ansiedad interior, que el otoño me provea de la podredumbre de las hojas muertas. Sí, ya es otoño aquí en los bosques. Y toca desnudarse de nuevo.

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El dilema de las emociones y el dolor


Hay cuatro caballos salvajes que tiran de nuestro carro anímico, de nuestra vida, de nuestra alma: el de las necesidades materiales, el de las necesidades anímicas, el de las necesidades emocionales y el de las necesidades mentales o intelectuales. El carro representa el cuerpo que sostiene al jinete, a nuestra alma. A veces ocurre que perdemos el control sobre esos caballos, o vemos cómo cada caballo tira para una dirección diferente. Es ahí cuando nace el dolor, la pena y la tristeza.

Miedo, inseguridad, ira, tristeza, amor, alegría, son solo emociones que nos hacen sentir vivos. Sentir es sabernos vivos. Se expresa muy bien en la película distópica Equilibrium: sentir es tan vital como el respirar. Sin amor, sin ira, sin tristeza, la vida es solo un reloj de arena. Y el dolor nos permite crecer, ampliar horizontes y discernir sobre aquello que nos conviene para nuestro progreso.

Los sentimientos son amplios y provocan sed. Esa sed solo podemos saciarla entregándonos a ella. Sin mesura y sin control las emociones son un caos. La posibilidad de abrazarlas, de gestionarlas, de poner cierto control sobre ellas sin intentar anularlas debería ser nuestro reto. Coger las riendas de nuestra vida y domar a nuestros cuatro caballos salvajes, insaciables, buceando para ello en nuestro propósito vital, es la proeza.

Hay un orden ético y moral en nuestras vidas, pero también hay un orden material, vital, emocional, mental y espiritual. A cada caballo hay que alimentarlo de diferente manera. Cuando uno siente una profunda depresión, una profunda tristeza, debe alimentar a su caballo anímico y emocional con especial atención. Debemos atender sus necesidades de igual forma que cuidamos de un niño. Con paciencia, amor incondicional y fortaleza interior para afrontar todo ese devenir disruptivo que nace de cada proceso existencial.

El dolor, el sufrimiento, la tristeza, son emociones que provocan un esfuerzo ascendente de aprendizaje, de contacto con la realidad, de reajuste de nuestras vidas. En este universo de incertidumbre y duda en el que vivimos, un universo cada vez más volátil y líquido, debemos aprender a reorientar nuestras emociones no como algo negativo o penoso, sino como algo que nos acerca a la continuidad del Logos, como una línea de mayor resistencia que nos empuja hacia la cima de lo que somos.

No hay que avergonzarse por estar triste o depresivo. La alegría y la paz interior, junto al amor y la empatía son emociones que siempre nos gusta compartir. Pero no debemos avergonzarnos de otras emociones que expresan dolor o depresión. Esas emociones son un proceso alquímico que mediante el fuego interior aprisionan y destruyen todo aquello que nos impide avanzar. El jugo de la existencia es encontrar aprendizaje donde otros solo ven decadencia, pérdida o ruina.

El dolor es como un arder en la hoguera para luego reinventarnos en la frescura del agua de la vida. El sufrimiento es como viajar a un país lejano donde nos vamos a encontrar de golpe con las riquezas de la eterna generosidad. El árbol sufre con la pérdida de las hojas marchitas, pero resucita en cada primavera para generar más vida y esplendor. Las emociones tienen sus ciclos, sus influencias astrales y estelares, sus ritmos. Identificarlos, abrazarlos y apaciguarlos con el aprendizaje nos ayuda a vencer y sentir la vida. La utilidad del dolor y el sufrimiento es muy útil para el alma humana.

Cuando caemos en barrena, en depresión, es una oportunidad para viajar de la oscuridad hacia la luz, de la esclavitud a la más sublime liberación y de la agonía, a la más sincera paz. El dolor es como un guardián que nos advierte de los peligros de la vida, que nos aleja de aspectos y personas indeseables para nosotros, provocando el rechazo automático hacia aquello que ya no resulta útil para nuestra evolución. El dolor, la pena, la tristeza, el sufrimiento, son agentes purificadores que liberan nuestra alma. Si lo miramos desde esta visión y lo abrazamos, estaremos preparados para volver a escalar hacia las cimas de nuestro espíritu.

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Habrá que esperar…


Corriendo por la playa’, obra de Joaquín Sorolla, 1908.

 

Hay tormenta en los bosques. Algo de viento que empieza a arrastrar las primeras hojas otoñales, aún sin ser aparentemente otoño. El verano se desliza poco a poco hacia su ocaso. Y en ese ocaso lo engulle todo. Las ilusiones, las esperanzas, los amores, la ternura, el aliento. Las parejas que se enamoraron en la playa volverán a sus ciudades. Con el paso del tiempo la mayoría olvidarán esos momentos inolvidables. Los abrazos, la devoción y el afecto con el que se besaban, los rincones secretos. Todo quedará en la matriz del recuerdo, tragados igualmente por otros y otros recuerdos entremezclados que con el paso del tiempo formarán parte de los ingredientes de nuestros sueños inconscientes. Los olores, los colores de aquellos atardeceres, la suave caricia entre sudores. Allí quedó todo, en el otro lado.

Los que no tuvimos tanta suerte no tendremos nada que contar, ni a ningún lugar donde volver. Algunos nos pasamos el verano trabajando, observando el disfrute de otros, soñando quizás con la posibilidad, aunque fuera remota, de zambullirnos en alguna hermosa historia de amor. Rozamos la ilusión, lamimos algunas antiguas heridas aún no fraguadas en las consignas del llanto. Permitimos alguna posibilidad, sin que la misma pudiera ser el resultado de algo exitoso. Más bien un fracaso, quizás por la falta de práctica o por la falta de aquello que dicen que hay que tener cuando la ambición de los caballos supera la fuerza de los dioses.

La escasez de apetencias es un síndrome extraño de la edad. Viene relacionado al número de engaños y decepciones pasadas. Cuantos más engaños y decepciones, menos apetencias. Es como fijar el rumbo hacia un norte que no promete nada y virar rápidamente en dirección contraria. Es como tener un deseo, a sabiendas de su poca posibilidad de éxito, y arremeter contracorriente con la frugalidad de todas las cosas. Todo es frágil y nada prometedor. Es la era acuática en la que vivimos. La era blanda, donde lo sólido ya no existe, y todo se reduce a píxeles de ficción.

El final del verano siempre resulta decepcionante por eso. Es volver a la rutina, a la callada amargura por no haber realizado nada especial excepto tumbarte durante algunos días, acariciar la panza torrada y disfrutar de la pesca, de haberla, en sordos compases. No hay forma de ahorrar tiempo para leer o para escuchar los sonidos perdidos del bosque o los ruidos del campo. Ya todo se va y ya todo se desliza hacia la rutina gris, tendenciosa, apagada.

La metáfora de nuestras vidas es que no somos capaces de estar nunca satisfechos, y queremos más, o lo queremos todo. Aquella persona afable y sonriente no es suficiente. Esperamos siempre algo más. Nos impacientan las limitaciones de nuestro trillado y obsoleto pensamiento consuetudinario. Nos creemos capaces de abarcarlo todo sin darnos cuenta de nuestras pobres limitaciones. Lo queremos todo, y lo perdemos todo.

Aquí en los bosques, ermitaño y estoico, templo la vida a falta de vida, de más vida. Apago las luces del deseo y perduro en la cuenta de lo inadmisible. Me encierro, cada día un poquito más, hacia el silencio abrumador. Ya no puedo ser vocero y actor de la verdad porque la verdad se cuela entre los límites de nuestra propia ficción. Hacemos un relato de nuestra vida que nada tiene que ver con lo envolvente.

Es solo un relato, a veces vacío, ensombrecido por un momento de decepción irrecuperable, y ataviado por la promesa de un mañana que nunca llega. Seguiremos esperando. Vamos a esperar. En pocos meses llegará el nuevo verano, con sus nuevas promesas, con sus nuevas aventuras inconclusas. Este año no hubo una gran cosecha. Habrá que preparar la nueva tierra, con su estiércol necesario, con su siembra irreductible. Esperaremos pacientes y leales como una roca arraigada al lecho de la tierra o como un roble que por su reciedumbre inconmovible, espera paciente el nuevo día. Sí, esperaremos… habrá que esperar…

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Dolce far niente


El placer de no hacer nada. Un placer extraño. Un talento extraño. Todo un arte. Algo bueno tiene que haber cuando la vida te inmoviliza. Podríamos estar quejándonos y llorando de dolor, de sufrimiento. Tan joven y tan inválido, invalido, invalidado. Uno se limita a ver pasar las horas. A saludar a unos y a otros, a echar de comer a los pájaros que reclaman sus propios regalos.

Un ratón se coló en la cabaña. Eso hace que lleve unos días sin dormir. Los primeros fueron dolorosos, los siguientes llenos de aceptación. No me puedo mover y no puedo dormir con el ruido casi insoportable del roedor.
Me gustaría asomarme a otras puertas, a otras ventanas, pero soy extremadamente tímido. Miro por la ventana y veo el anuncio: “dolce far niente”. Me saca una sonrisa porque imagino ese hermoso piano tocando a cualquier hora desde el placer de tocar solo por tocar, quizás ya sin ninguna fantasía que lo acompañe, pero con la ilusión de sentir cada nota escapar por cada poro del susurro existencial. Sonrío, amable, indulgente.

Soy tímido y entonces me encierro, me doblego. Dejo que el ratón haga de las suyas, dejo que el tiempo pase sin más, dejo que la vida se detenga y no pretenda asumir el rol valiente de aventuras imposibles. Dejo simplemente que todo pase, absorbiendo el gusto de los recuerdos, de esa emoción recién cosechada, de ese itinerario que fue de ida y vuelta, solo con una cima a la que llegar, una pequeña colina, un atardecer, un suspiro. Algo breve.

Todo cada vez es más corto y más breve. Lo digo simplemente porque ya no me gusta insistir, ni molestar, ni atormentar. Si surge bien, si vuela bien, si fluye bien, si se da bien. Pero si no surge, ni vuela ni fluye ni se da, abrimos el pecho y las manos y las canillas del alma dejando que todo pase, que todo se renueve en la pura impermanencia, en la línea de los ciclos, en las atalayas y las cimas del devenir. No tengo edad para luchar. No tengo mucho más que ofrecer.

A veces el no hacer nada es un placer. Ese punto de quietud en el que te vuelves el observador, el pasivo público, el admirador que derrama lágrimas y alegrías desde el otro lado del telón. Te caes, te rompes los huesos, te inmovilizan y la vida se para. Todo se para. El amor, la ternura, la emoción, el encuentro, lo secreto, la locura, la agitación interior y sublime. Sí, soy algo tímido, y cuando me cierran las puertas sin dejar rendijas me vuelvo pequeño y vulnerable, sensible, endeble, frágil. Y aprendo de la experiencia dulce del no hacer. Del estar quieto. Del ser, siendo.

Seguro que algún beneficio tiene que tener este de mirar desde la cama como pasa el tiempo, como transcurren los acontecimientos mundiales sin que nada te afecte, sin que nada perturbe la quietud asumida. No hay mayor estímulo que levantarte tras una dura noche sin dormir, mirar al bosque y esperar a que ocurra algo. Quietud ante la vida, timidez ante la vida, disfrute invisible, anónimo y placentero por el mero hecho de no hacer nada. El no hacer nada es un arte. Los italianos lo llaman “dolce far niente”. Los holandeses “niksen”. Nosotros… ¿cómo lo llamamos nosotros? Pasa el tiempo, pasan las horas, y aquí seguimos, esperando a que el ratón ponga su música. Buenas noches.

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La vocación ante una vida aparentemente quebrada



Durante estos últimos siete años recibí alguna queja ante la situación aparentemente angustiosa de mi vida. ¿Qué estás haciendo con tu vida? Era la pregunta más recurrente. Si basamos el éxito y el progreso individual en los paradigmas antiguos, es decir, en tener una buena posición social, un buen trabajo y una buena familia, podría decir que mi vida ha sido una quiebra en los últimos años.

Un fracaso, un aparente atolladero sin salida que simbólicamente se ha quebrado estos días con el pequeño accidente sufrido y la rotura de un hueso próximo al hombro. Los hombros son los que soportan la carga de toda nuestra vida, y era natural, ante toda la carga que me había impuesto en este tiempo, que algo se quebrara. El hombro quebrado es el símbolo de una quiebra.

Durante estos siete años me movió algo que no tiene que ver con ningún paradigma, modelo o ideal. Me moví única y exclusivamente por los impulsos y dictados de mi corazón, que podríamos identificar con eso que algunos llaman alma, consciencia o Ser indecible. Llegué a un pacto con la vida, llegué a una situación de total libertad para poder albergar en mi pecho el deseo de ser útil a un propósito ajeno a mis intereses personales. Esto es complejo de explicar y de entender bajo la normalizada aspiración de todo ser humano, pero fácil de aplicar para aquellos que emprenden el camino de la vocación, de cualquier vocación.

Cuando es la vocación lo que te mueve, lo que te impulsa, el mundo y la visión del mismo sufren un registro diferente, un cambio profundo. Ya nada que hasta ese mismo momento tenía algo de valor o sentido continúa teniéndolo. El dinero, las relaciones, el estatus, las propiedades, el trabajo, la familia… todo, absolutamente todo queda subordinado a la vocación.

La vocación nace de un impulso irracional. Siempre es un impulso transgresor, rompedor de moldes y modelos, apertura de visiones hacia aquello a lo que el ser humano debe caminar. Una llamada, una potente inspiración que sientes procedente de una fuente desconocida, con la profunda misión de llevar una forma de vida completamente diferente y ajena a lo que se considera normal, lógico o racional.

Posiblemente en el futuro me quebraré muchas más veces. Llegaré agotado a todos los lugares, exhausto y derrotado. Pero como todo guerrero vocacional, descansaré en alguna atalaya, en algún lugar cerca del camino, para luego volver a empezar. Esa es la condición del rebelde, de aquel que dice no, de aquel que se levanta una y otra vez a pesar de las pérdidas, de las derrotas continuas. Caeré mil veces y mil veces me romperé los huesos de puro cansancio. Pero mientras haya vida, habrá vocación, mientras haya vocación, seguiré caminando, hollando los senderos, una y otra vez.

En el camino vocacional ya no importa ganar o perder, tener o no tener, recibir o no la compasión de los otros, su cariño, su amistad, su amor. La obstinación por perseguir el sueño del Soñador, por comprender su profundo significado y por allanar los caminos que conducen al mismo nos hacen seguir adelante. Duele, claro que duele, pero así de desnudo es el camino de toda vocación.

Alegre en la mañana, con un gran gozo en el alma, nada tengo y camino, oh Gran Espíritu, hacia tu sempiterno propósito.

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Dame la perseverancia de las olas del mar


 

Dame la perseverancia de las olas del mar, que hacen de cada retroceso un punto de partida, para un nuevo avance. Gabriela Mistral.

Nunca pensé que jugar al pimpón fuera un deporte de alto riesgo. El resultado de una caída tonta fue la fractura del húmero proximal izquierdo. Romperse un hueso es muy doloroso. En diez días me dirán si me tienen que operar. Me esperan unos meses de recuperación y rehabilitación, de reposo, quietud y reflexión. Postrado en la cama es poco lo que se puede hacer. Estoy escribiendo este texto gracias al dictado del procesador de textos. Todo se hace difícil cuando la vida te pide quietud, y de alguna manera te obliga a ella.

Los amigos de este lugar me ayudan con todo. Me hacen las comidas, me ayudan con el aseo… Un autónomo no puede permitirse el lujo de dejar de trabajar. Pero en estos momentos me resulta casi imposible hacer cualquier tipo de trabajo. Hasta leer un simple libro resulta una tarea compleja. El dolor consume cualquier tipo de ánimo. Las noches se hacen eternas, sin poder dormir por el dolor y las molestias. Cambiando de postura cada diez minutos, soportando el peso de las horas, segundo a segundo, minuto a minuto.

Me pregunto qué ocurre con esas personas que están solas y no tienen a nadie que les ayude en momentos de enfermedad o crisis. Me pregunto qué ocurrirá con esta generación que no ha tenido hijos y me pregunto cómo envejecerá. Ahora que la institución familiar está desapareciendo, me inquieta pensar qué será de nuestras vidas cuando seamos mayores y nadie pueda hacerse cargo de nosotros. El movimiento de los singles se tendrá que enfrentar algún día a esa realidad.

Al igual que un faquir, me siento pobre en estos momentos. No tengo nada más que al Amado, como decían los sufís. De alguna forma, el absolutamente pobre, es el absolutamente rico. Siento ese tremendo desasimiento hacia todo aquello que no sea el pensar e indagar sobre el misterio. Ni buscaré las flores ni temeré las fieras, que decía San Juan de la Cruz. Quietud, dolor, paciencia, perseverancia.

La gnosis arquetípica de todo lo que nos ocurre es un misterio. La meta de todos es vaciarnos. Me siento pobre y vacío. Como una mariposa quemada por el abrazo de la llama. Reconozco en esta quietud a los verdaderos maestros que me rodean. El verdadero maestro es aquel que te recoge los zapatos y te prepara el té, es aquel que sirve en silencio y humildad. Siento que este retroceso será un nuevo punto de partida. Un nuevo avance hacia algo nuevo. Seré paciente y perseverante. Como las olas del mar, como las gacelas que pacen en los valles, como la piedra quebrada que yace junto al río.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura… y a este pobre inválido… 🙂

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Amar a los equilibristas


Se había roto una cadena del tractor. La miré compasivo, paciente, desapegado. Me acordé de esa hermosa madre con sus dos hijos, casi sin tiempo para vivir, para respirar, casi rota por dentro, como las cadenas, fijando siempre toda su atención y su existencia en sus hermosas criaturas. Había cierto reproche a la vida porque cuando eres madre te anulas y vives solo para ellos. Te trasciendes, te sacrificas para que los otros salgan adelante. En mi caso solo se trataba de unas cadenas. Unas tristes, frías y rotas cadenas. Cogí la moto, surqué los vientos hasta ese lugar donde venden tractores y cadenas. Pedí cuatro cadenas. Pensé que la vida podría resultar triste si basaba todo el reproche del día en esas cadenas rotas. Así que aproveché el viaje. Compré algunos aguacates, un par de dulces de chocolate y una horchata. Me fui al borde del Camino para ver pasar a los peregrinos. Es hermoso ver todas esas vidas pasar e imaginar alguna bonita historia de amor. Aparqué la moto silenciosa, eléctrica, moderna. Saqué los dulces y luego tomé la horchata mientras iba repitiendo con amabilidad eso de “buen camino” a unos y otros.

Sentado en ese inmenso prado, rodeado de árboles, viendo unas juguetonas cabras enanas comiendo las cortezas de los árboles, cerrando los ojos mientras escuchaba la ternura del momento, sentí ganas de llorar. Era una emoción extraña. Quizás muy cercana a esa que uno siente cuando se encuentra solo en el mundo, realizando mil malabares para que nada se derrumbe, para que todo esté bien, para que nadie sufra más de lo necesario. Me di cuenta por un momento de esa necesidad tan humana de la compañía, de la creación de una familia, de la necesidad de tener una complicidad profunda con alguien a quien abrazas todas las noches. Sentí cierta pena por no ahogar la vida en la creación de más vida. Sentí cierta sensación de fracaso por no haber proyectado una sana razón por la que levantarse todos los días, más allá de los sueños propios y egoístas, casi necesarios, casi imprescindibles para dotar de algún sentido a todo cuanto hacemos.

Tras el último trago de horchata me perdí por caminos imposibles. La moto me lanzaba a esa aventura de lo ilusorio, de la búsqueda, del imaginar encuentros imposibles capaces de derrotar al más profundo de los pesimismos. Miraba tras los árboles, en los lejanos prados cubiertos de manto verde, en las veredas, hacia el cielo. El sol se iba derrumbando sin que pasara nada. El teléfono callado, la música ausente, la vida pasando. Incluso me perdía en aldeas abandonadas, con los tejados caídos por el tiempo, con las paredes cubiertas de madreselvas, casi imposibles de salvar. Imaginaba la vida que siglos atrás recorrió esas aldeas y me vi reflejado en ellas. Una ruina, una casa que no fue capaz de soportar la vida y el tiempo, hasta caer, derrotada.

Se habían roto dos cadenas y compré cuatro, y dos dulces, y una horchata. Esa era mi forma de alimentar mis vacíos. Esa es la manera, no mía, sino de muchos, de llenar aquello que solo la vida puede llenar. De arriesgar aquello que solo el abrazo puede arriesgar, de soportar aquello que solo el amor puede soportar. La flor da perfumes, el árbol frutos. Ese es su sentido, su propósito. Nosotros ya no damos nada. Nos hemos convertido en equilibristas de la soledad, de la falta de sentido, de la ausencia de propósito. Por eso ya solo nos queda amar a los equilibristas. A esos que solitarios, desnudos, apagados, rompen sus cadenas día tras día y se escapan al borde del camino, mirando pasar la vida, llenando los vacíos con algún dulce, con alguna escena, con alguna ensoñación. Cuando hay falta de equilibrio, nacen los equilibristas, tan necesarios como urgentes. Tan verdaderos como falsa es la realidad que solo pueden vivir en sí mismos. Hoy se había roto una cadena del tractor, y con ella, otras muchas.

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No dejemos que un virus nos separe


© Pierre Pellegrini

 

Las enfermedades son crisis que nos paralizan y nos obligan a padecer, la mayoría de las veces, grandes sufrimientos, al mismo tiempo que grandes cambios interiores. El dolor, la pesadumbre y la angustia son inseparables compañeras de cualquier tipo de dolencia. Enfrentarnos a la enfermedad sin abusar de las recetas buenistas de intentar tratar la situación como una oportunidad de cambio es algo complejo. En primer lugar, porque cuando estás mal, no deseas hacer nada, ni siquiera cambiar algún aspecto de tu vida que quizás requiera algún tipo de reajuste o respuesta. Tampoco te quedan fuerzas para pensar, para reflexionar, para digerir situaciones o simplemente para cambiar.

El Covid ha tenido la facultad de aislarnos, de fastidiarnos, de obligarnos a paralizar media humanidad. Ha sido capaz de hacernos pensar que el mundo en sí mismo no merece la pena, que todo da asco, que todo podría estallar en mil pedazos y nada nos importaría. No solo ha sido un simple resfriado, sino que ha tenido la capacidad de sacar de nosotros aquello que más nos pesa: el pesimismo, la rabia, la impotencia, la tristeza, la angustia, la desilusión, la separación, el aislamiento.

Nos aísla y nos aparta de los demás, a veces físicamente, pero a veces también psicológicamente. No queremos ver a nadie y notamos al mismo tiempo que nadie se atreve a cuidarnos, a estar con nosotros, aunque sea con una llamada, un mensaje, un toque de ánimo. Aborrecemos la situación y al mismo tiempo aborrecemos cualquier tipo de atención, cualquier tipo de situación que intente englobar la suma de pesares.

La presión social está surgiendo efecto. Cada vez son menos los grupúsculos que quedan por vacunar. Incluso los más rebeldes sucumben a la primera, a la segunda, y seguramente, más adelante, a la tercera y a la cuarta dosis. Es posible que las vacunas se instalen en nuestras vidas para quedarse. Porque estos años será el Covid con sus múltiples variantes y de aquí a unos años más, será otra cosa. En ese sentido, creo sinceramente que deberíamos prepararnos interiormente para la que se avecina, y sentir hasta qué punto estamos dispuestos a ceder en todo a la falta de libertad y al chantaje emocional y grupal al que estaremos sometidos.

Interiormente también deberíamos enfrentarnos a nuestros demonios. Aguantar la enfermedad estoicamente, fijando la atención en nuestro carácter, en nuestra actitud, en nuestra fortaleza interior, sin que nuestro ánimo nos haga sucumbir. Esa fortaleza será la que nos ayude a soportar todo lo que pueda venir a partir de ahora y nos ayude a mantener relaciones sanas con las personas que apreciamos.

¿Qué clase de pruebas le espera a esta generación humana? Aún no lo sabemos. Tras el SIDA en los años ochenta, ahora nos toca enfrentarnos a este incómodo y molesto resfriado que nos hace pasar unos días totalmente desagradables a los más leves y complicaciones o muerte a los que tienen un sistema inmunológico débil. En todo caso, deberíamos prepararnos, exterior e interiormente, para lo que pueda venir. Y si nos toca padecer la enfermedad, fortalecer nuestros vínculos, aprovechar el aislamiento para provocar aquello que nuestra vida requiere, para sabernos valedores del existir. No dejemos que un resfriado nos aísle, nos atormente, nos aleje del otro. No dejemos que un virus nos separe.

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Sientepiensa


La estación Saint Lazare. Llegada de un tren. Claude Monet. 1877.

Aquella mañana extraña Sientepiensa besó a Serafín. De ese beso nació una promesa. La promesa se alargó indescriptiblemente. Un beso, una promesa. Dos besos, una vida. Besar es extraño. Es un acto ciego, una fe inquebrantable en el otro. Después vienen las caricias, los abrazos, y la compenetración inevitable. Sientepiensa besaba ardientemente por las mañanas y de forma más racional por las tardes. Serafín se adaptaba a los ritmos inocuos de cada mañana, de cada tarde, de cada anochecer. Un beso siempre es hermoso, no importa si es razonado o sentido. Un ser afín a todos siempre debe adaptar lo mejor de sí mismo al mundo circundante. Alguien que a veces piensa y otras siente, se desploma ante lo inevitable.

Aquella noche no hubo beso. Ni caricia, ni abrazo, ni compenetración. Era domingo, o lunes, no importa. Había niebla y Sientepiensa creyó escuchar una voz. Se levantó, cogió el camino más ancho y desapareció entre la niebla. Serafín pensó que volvería. Sientepiensa siempre había vuelto cuando las nieblas danzaban por las mañanas. Pero aquel día era de noche, y no volvió. Tampoco al siguiente, que no recuerdo si era lunes o martes. Nunca más volvió.

Un día cualquiera de no hace mucho Serafín iba irreprochable y elegantemente vestido. La chaqueta abrochada, guantes negros y un bastón en la mano. Sabía que Sientepiensa tenía predilección por la elegancia. Ese día se levantó decidido, esperanzado. Había pasado ya mucho tiempo. Buscó en el armario y se puso las mejores ropas. Andaba por la calle a grandes pasos y con aire resuelto. Se paraba entre las esquinas, giraba la cabeza hacia atrás presintiendo alguna presencia, buceaba en la lejanía por si hallaba algún rastro o pista de Sientepiensa.

Ese mismo día Sientepiensa había encontrado un nuevo trabajo. Estaba distraída y preocupada por lo bien que pudiera hacerlo. El trabajo era sencillo. Se trataba de contar unos boletos en la estación de tren. Uno, dos, tres, cuatro. Así todo el día. Miraba con atención los vagones. Rebuscaba entre las ventanas. Fijaba la mirada al cielo. Contar boletos no era un trabajo difícil. Aunque en esas largas horas no hubiera besos ni promesas, había encontrado una forma de poder aprender sobre el noble arte de contar boletos en la estación de tren.

Serafín empezó a leer un libro. Allí aparecía Dmitri Fiodorovitch junto a un tal Fiodor Pavlovitch. Entretenía las horas leyendo uno y otro relato, vestido elegantemente, supervisando que todo estuviera correcto y siendo bondadoso y amable con aquellos con los que se cruzaba. Caminando con el libro entre las manos, llegó hasta la estación de tren. Se le ocurrió que sería buena idea ir hasta la gran ciudad y dar un paseo con su nueva elegancia, con su aire resuelto, con su recuerdo y esperanza.

Todos los días no son iguales, porque nunca lo son para nadie. Sientepiensa andaba aquella tarde contando boletos, como siempre. Uno, dos, tres, cuatro. Así llevaba todo el día. El tren de las cuatro paró un instante. Bajó un joven elegante, hermoso, deslumbrante, con un libro en la mano y un bastón en la otra, agazapados en unos brillantes guantes negros. No pudo verle la cara, ni reconocer su rostro apagado entre la fina lluvia y el ruido del tren. Pero al ver su aura, su elegancia, por un momento sintió la necesidad de besar a ese desconocido. Un beso, una promesa, un abrazo, una vida. Un suspiro…

Serafín, que era afín a todos los seres, miró por la ventana y vio sentada una hermosa mujer contando boletos. Uno, dos, tres, cuatro. Casi podía tocarlos él mismo. De repente, sin saber porqué, sintió deseos de abrazarla. Amarla durante toda una vida. Tímido, bajó del vagón, miró hacia otra parte avergonzado y huyendo de aquel momento, entre la fina lluvia y la niebla, se alejó para siempre. Era un domingo, o un lunes, no importa.

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Martes y trece. Otro día duro


© Moonglow

Cuando hace dos años aquella hermosa mujer se marchó, tendría que haber construido un digno puente de plata. Mi reacción fue, por lo atípico e irracional de la situación, bastante severa, extrema y ridícula. Perdí mi centro y al hacerlo, lo perdí todo. Fue una gran lección donde aprendí, en los extremos de la desesperación, a luchar por la vida.

En mi enclaustramiento obligado en aquel hermoso balneario que yo mismo construí para sanarme, intentando emular al balneario de Hesse, leí de un tirón la Odisea. No fue casual que en aquel tiempo conociera a mi propia Palas Atenea, la cual me condujo sabiamente por todas las pruebas que tuve que pasar en mi propia y personal Odisea y de paso, me salvara de un final terrible. Como un modesto Ulises, siempre sentí la protección de aquella ave que iba y venía, sin ningún tipo de apego, a cual diosa con forma de pigargo. Siempre estuve profundamente agradecido a pesar del dolor en cada una de sus partidas.

Hace unas semanas se marchó de nuevo e interiormente sentía que, esta vez sí, debía dejarla libre, sin ataduras emocionales y sin apegos, por más que me doliera y por más amor que sintiera por ella. Tocaba de nuevo amar en silencio. Uno sabe reconocer cuando alguien está enamorado, y ella nunca lo estuvo, a pesar del cariño mutuo. Para mí ella siempre fue como una diosa. Yo para ella, un balancín. O te gusta o no te gusta, que diría Dolores, y si te gusta, tienes que estar ahí, entregando siempre el extra, el fuá. Así que quedamos hoy en el bosque sagrado de Lug, el dios celta también conocido como Samildanach. Lloviznaba en un día gris, triste y extraño. Por la mañana recogí sus cosas, incluido su cepillo de dientes, que aguardó días y semanas el retorno que nunca se produjo, y lo envolví todo en unas sacas.

La melancolía era inevitable. Lo llevé hasta el coche, nos vimos en la borda de aquel buque semi sumergido, intentando no mirarla a los ojos para así disimular mi dolor. Cerramos algunos asuntos pendientes y triste, muy triste interiormente, me marché rápido de nuevo a casa. A pesar de todo, me alegró verla feliz. Empieza pronto una nueva revolución solar, con un radical cambio de vida acompañado de una mejora material que le hará mucho bien. Mi deber era no repetir ninguna escena, y crear, esta vez sí, un hermoso puente de plata para liberarla y desearle todo lo mejor en su nueva vida. Cerré por un instante los ojos mientras la abrazaba y le deseé interiormente la mayor de las fortunas. Misión cumplida, pensé. Siempre envidié su estilo de vida y su libertad que ahora intento emular. Y ella siempre añoró aquello que yo tenía, y que a mí tanto me ata a las diez mil cosas, que diría el Tao. Si al menos hubiéramos encontrado la manera de complementar nuestros deseos. ¡Ay la vida y sus paradojas!

Por decir algo, siempre se quejaba de que vampirizaba la realidad con mi escritura. Eso le creaba cierta incomodidad. Pero es lo difícil de vivir con un escritor. Si fuera un escritor cargado de imaginación no haría falta tirar de la vida cotidiana para describir todo tipo de hechos. Pero mi vida no tiene tregua, y casi no necesito imaginar nada porque la misma realidad supera la ficción. Al escritor Emmanuel Carrère le llueven las críticas y los halagos precisamente por eso mismo. Novela su propia vida, a sabiendas que la vida, por sí sola, no necesita muchos registros imaginativos. El recurso del diario, de la narrativa entre la realidad mágica y el mundo ordinario a veces no necesita mucho más, con todo los riesgos que ello conlleva. No se trata de desnudar la realidad y con ello a los personajes que la atraviesan. Solo se trata de describir algunos hechos objetivos, los mínimos, para sustraer de ellos la narrativa emocional e invisible que los acompaña. Pensamientos, reflexiones o ideas que puedan inspirar o ayudar al otro. Cuando uno recorre cierto camino, es bueno indicar donde está los obstáculos, retirando las piedras que puedan estorbar a los que nos precedan. Ese es deber de todo peregrino.

Así que hoy también fue un día duro y difícil, de afrontar interiormente de nuevo la soledad y el desapego, con todo lo que eso conlleva a cierta edad, y de quedarme sin un hermoso relato, siempre inspirador, motivador, alarmante y vivo. Es cierto eso que dicen sobre la existencia de personas que son como musas, que se acercan a tu vida y logran inspirar las más bellas melodías. Ella sin duda lo es, además de diosa, musa, soplo, sugestión, proeza. No pasa nada realmente en esta deriva inevitable. En la vida peregrina de todo guerrero siempre está la pérdida como moneda de cambio. Las batallas no están para ganarlas, sino para vivirlas en cada uno de los naufragios. Y siempre podré decir eso de que esta vida la viví, intensamente, aunque fuera en barca, o en esa inevitable tabla de naufrago.

El invierno aguarda, nuevas hogueras se encenderán, una nueva vida espera ahí fuera para ambos. Amar en silencio siempre fue hermoso a falta de abrazos y cucharas. Ahora el calor será interior, bullirá desde lo más profundo de ese lugar desde el que deberé realizar el verdadero trabajo mágico del alma. Nuevos aliados vendrán, nuevos caminos se andarán. Nuevos dioses aguardarán las sendas de la aventura. ¡Qué le vamos a hacer! A enemigo que huye, puente de plata, que diría Dolores. Pero esta vez desde el amor más absoluto, la paz interior, el duelo silencioso, el coraje necesario. ¡Buen Camino Palas Atenea! ¡Boa vida y boa onda!

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Solo fue un mal día…


Ayer domingo andaba corrigiendo un libro de seiscientas páginas de densa lectura místico-espiritual. A veces este tipo de lecturas te alejan de la realidad, y por lo tanto, del verdadero campo de experiencia interior. Los domingos son como un día cualquiera, y aprovecho para trabajar y adelantar todo lo atrasado, a poder ser, en cosas de buen agrado, como lo era este libro.

Me pasé todo el día en la cama, en pijama. Me quería dar el gusto de vivir un domingo laboral diferente. No desayuné, comí algo y a media tarde fui a echarle de comer a Meiga, que exigía su ración diaria, esta vez descuidada por mi placentero día. Cuando iba, qué se yo, por la página doscientos treinta o doscientos treinta y uno, vi aparecer tres figuras humanas que poco a poco se iban colando por el “circulo-no-se-pasa” de mi humilde cabaña. De nuevo, como en los viejos tiempos, una visita inesperada, sin aviso previo, sin concertar. Suele ocurrir demasiado a menudo, por eso estoy buscando la manera, no con mucho éxito, de esconderme cada vez más en el bosque y no sufrir este tipo de atropellos a la intimidad.

Resulta que era buena gente que querían hacerme una entrevista. Los llevé hasta la casa de acogida, porque siendo tan tarde, la entrevista era mejor hacerla al día siguiente. Y mientras les enseñaba las habitaciones, me topé al inquilino que excepcionalmente habíamos permitido pasar aquí el invierno a pesar de tener la casa cerrada, fumando porros. Se me vino el alma al suelo. Todo aquel que desea venir a este lugar por el cual no se paga nada si no se tiene o no se puede o no se quiere (de todo hay en la viña del Señor), se le hace firmar un papel de responsabilidad y compromiso en el cual está conforme con nuestros tres únicos acuerdos, y uno de ellos, el no fumar ni tomar alcohol ni tomar drogas es casi como un mandamiento sagrado para nosotros. ¿Por qué lo había hecho dentro de la casa, aprovechando mi día de descanso?

Debo decir que el tipo me caía bien. Joven, sensible, educado, trabajador, atento, virtuoso, divertido, con un pasado duro y un presente confuso. Le había cogido cariño y se lo demostraba en las tareas compartidas por la mañana y en la obligada partida a ping pong que hacíamos todas las tardes después de comer. Lo cuidaba casi como a un hermano, intentando respetar siempre sus tiempos y espacios y procurando que no le faltara de nada.

En la casa de acogida he visto prácticamente de todo en estos últimos siete años. Nunca expulsé a nadie, y a lo máximo que he llegado, cuando alguien se desmadraba demasiado, era invitarlo a que se fuera de vacaciones unos días. Muchos, por vergüenza torera nunca volvían. Pero esta vez la vida me estaba poniendo a prueba. Todos los que me conocen saben que no sé decir que no, que soy excesivamente permisivo y flexible con toda la gente, y que esa flexibilidad excesiva ha sido luego el fruto de cientos de abusos de todo tipo y problemas personales. “Tienes que aprender a decir que no”, “tienes que aprender a proteger lo que es tuyo”, “tienes que aprender a poner límites”… Esa es la canción diaria desde que fui al psicólogo en mi última crisis emocional hace ya dos años y el propio profesional me decía que tenía que luchar por lo mío y dejar de ir regalando mi tiempo y mi dinero a quien no lo merece.

Conté la anécdota con personas cercanas al proyecto y todas coincidían: «tienes que invitarle a que se marche. No está respetando el proyecto ni a ti como guardián del mismo». Se me vino el mundo abajo. Como digo, el chico que me caía bien y le tenía cariño. Pero de alguna forma sabía que era mi prueba de fuego, mi graduado en decir «basta ya de tanto abuso». Así que esta mañana temprano me fui a la ermita. Encendí la vela, toqué el gon tres veces al empezar y tres veces al terminar. Cogí aire, mucho aire, me fui a pasear a los perros con cierta tristeza y angustia interior. Volví, me puse a trabajar desbrozando el terreno de la futura escuela y cuando apareció con su cara inocente y de buena gente se lo dije.

Fue un momento terrible, doloroso, amargo. Sé que interiormente lo tenía que hacer. Sé que de alguna forma tenía que aprender a decir no, basta, hasta aquí. El chico, educado como es, lo entendió e hizo sus maletas, recogió sus animales y compartió una última comida juntos. Es un mundo muy complejo esto de las relaciones humanas. Pero aún es peor cuando intentas ayudar al otro, le abres las puertas de tu casa y de tu corazón y el otro te responde de esta u otra manera. A veces pienso sinceramente que debería dejar atrás este rol de buen samaritano, de dador, de hacedor, de intentar siempre ayudar al otro. A veces pienso que debería volverme un poco más gris, más solitario aún, más huraño y egoísta. A veces lo pienso, pero solo me sale decir: fue un mal día. Solo fue un día duro. Fue un día difícil. A todos nos pasa.

Hasta siempre amigo… buena suerte en tu peregrinar…

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Paseo y bosque terapia, disciplinas para estar vivos


Hace dos años pasé por un mal momento y una buena amiga me recomendó tres cosas: comer bien, asearse todos los días y pasear, pasear mucho. Esas simples recomendaciones fueron la mejor terapia que recibí de todas las que probé. Estos días de complejidad máxima estoy volviendo a esa medicina. Intento alimentarme lo mejor que puedo. Hasta el punto de haber sustituido mis galletas por un rico guacamole en el desayuno, algo impensable en mí. También he cambiado mi rutina. Intento dormir todo lo que puedo, o todo lo que mi cuerpo me pide, a cambio de tres paseos diarios.

En estos paseos sanadores por el bosque he descubierto algo impresionante. Los paseos no duran más de veinte o treinta minutos cada uno. El primero después de la meditación y antes del desayuno. El segundo al mediodía, después de comer. Y el tercero, al alba, tras encerrar a las gallinas y los patos en su corral. Siempre los empiezo y los acabo con una corta pero intensa carrera de menos de un minuto. Es algo sensacional, y este es el descubrimiento, porque en ese pequeño maratón, siento como toda mi sangre empieza a fluir, a reconducirse, a volar por todo mi pequeño cuerpo de un lado para otro.

Es como si de repente se activara todo el cuerpo, provocando una explosión de energía y calor que quema todo tipo de sustancias estancadas, pensamientos estancados, emociones estancadas, ánimos estancados. Es como si se abrieran las compuertas de la vida y esta recorriera todo nuestro ser. Es una sensación maravillosa.

Al removerse la sangre, de alguna manera, se remueve también los estados de ánimo asociados a nuestro “chi”, a nuestro flujo de energía vital, a nuestro mundo etérico. Es como si todo ese cuerpo que nos envuelve con su radiación y energía, toda esa vida acumulada y radiante, se volviera más luminiscente y lúcida. Son como pequeños momentos centelleantes, de inspiración máxima, de sonrisa interior. No importa todos los avatares que por fuera estés sufriendo. Ese chute de energía vital aminora las preocupaciones, sean las que sean.

Recuerdo que cuando hace años estaba haciendo el master de pedagogía Waldorf en Madrid nos decían que si había un niño muy revoltoso, había que enseñarle a meditar para calmar su centro motor. Pero si había un niño excesivamente mental, como es mi caso, debía hacer todo tipo de deportes para equilibrar sus tres centros más importantes: el centro motor, el centro emocional y el centro mental. Estas semanas que han sido de mucho pensar, de mucha preocupación y alguna dosis deprimente, era necesario reordenar los cuerpos. Especialmente reorganizar las emociones, siempre tan convulsas.

Mi caso es privilegiado, porque vivir literalmente en un bosque es de por sí muy sanador. Una cabaña de madera rodeada de árboles y prados y montañas. Todo verde atlántico, todo belleza, color y vida salvaje. La sensación de vida, comparada a mis grises años en la oficina, es única e irrepetible. Es verdad que esta nunca será una buena carta de recomendación a la hora de entablar ningún tipo de relación afectiva, pero para mí es el mejor regalo que nunca haya recibido. Vivir en los bosques es vivir de verdad.

Así que apuntaros la fórmula, estéis donde estéis. Buena comida, a poder ser sin violencia añadida. Mucha agua, por fuera y por dentro. Paseos, muchos paseos con algo de tensión al principio y al final. Tres respiraciones conscientes y algo de meditación. Os aseguro que esto es sanador a todos los niveles. Especialmente ahora, que llega la falta de luz, las depresiones típicas de este tiempo y la falta de sentido al ver como todo lo que nos rodea se derrumba. Si a esto le podéis sumar la buena compañía de seres afines, o serafines, tanto monta, entonces ya no hay excusa para ser felices. No hay nada como la grata compañía de alguien capaz de leerte por dentro y descifrar todos tus secretos. No hay nada como la complicidad de almas que puedan descifrar tus códigos y abrazarlos como se abraza a algo tierno y delicado. Pero sí esto no estuviera, siempre nos quedará el bosque.

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14.163


Esa es la ingente suma que el abogado de mi ex se llevará por diez minutos de trabajo. Ese es el precio, según el juez, que debo asumir por no enviar un fax a dicho abogado. Un diabólico festín, que diría Espronceda. Porque cómo es posible que la justicia funcione así, de esta manera, donde la parte rica demanda a la parte pobre para quedarse con todo y ser aún más rica y la parte pobre debe, ¡ay pobre diablo!, perder y pagar. Y después de semejante injusticia, aún hay gente, por llamarla de alguna manera, que duerme tranquila, con la conciencia tranquila.

Enjambre de vampiros y alimañas, mundo diabólico, materialista, egoísta, escuadrones taberneros que enjuagan la saliva relamiendo los trozos sobrantes. Y dígame usted, señor abogado, en qué posición queda uno, que es mísero, que vive en una triste cabaña de madera, cuando se le arrebata todo lo poco que tenía y además, una vez casi rematado, se le intenta chupar hasta la última gota de sangre. Dígame qué más sangre desean ustedes dos, el uno y el otro, que pueda satisfacer su insaciable avaricia.

¡Qué hartazgo! ¡En qué andaba yo pensando cuando dejé entrar en mi vida a tan semejante…! Qué fue lo que me atrajo hasta tan surrealista situación. Quizás los corceles mugientes, o los torrentes de lava. ¿Pero no se da cuenta que con ese dinero podría comprarme un habitáculo para vivir, aunque fuera una ruina? ¿No se da cuenta que el mundo se acaba y habrá que rendir cuentas? Supongo que no usted, que es un mandado, un pagado, sino quien le pagó tan traicionera demanda.

Pero el sapo siempre explota cuando su vientre no puede más. Y aquí explotarán todos, hasta el apuntador, que con sarna y suplicio reventó de tildes. A mí ya me tocó mi turno. Y así ando, que no levanto cabeza, aún. Ninguna lámpara sepulcral querrá alumbrar tan triste escena. Porque todos sabemos que hay otra justicia, esa ley que llaman karma, y que nadie escapa de ella. Y será ella, y no la toga estúpida y anacrónica, ciega y vapuleada, la que realmente ejerza su ley.

Ya le digo de antemano, a usted y a su ama, que no dispongo de ese dinero. Y que tendrán que echarme de esta cabaña para saciar su sed de venganza, y ponerse a vender en pública subasta mis libros, que es lo único que realmente poseo con celo y gracia. No habrá alaridos ni súplicas. Me lo tengo merecido por mi condición de hombre, excesivamente blandengue, que por no ver a una cría llorar, asumió sus caprichos y manías.

Eso sí, menuda bacanal montaré, cuando todo esto termine, porque si bien el dinero no es mi arma, lucharé con todas las palabras que hagan falta hasta que sacie mi desahogo. En eso no habrá tregua, entre otras cosas, para que la rabia acumulada vaya saliendo de alguna forma y no se enquiste en un mal mayor. No con pistolas ni duelos como se hacía antes, porque como eso del honor ya no es menester que se defienda, pues quedará al menos la libertad y el coraje del desahogo, aunque este sea sibilino, sagaz, mordaz, envenenado. Pero que fluya, que no se quede dentro, que salga todo. No quisiera morir de rabia, tan joven y con toda una vida por delante.

Y ahora a lo que iba. No se equivoquen los jóvenes enamorados. No confíen en la suerte ni en el mañana. En esta sociedad líquida, egoísta y enfermiza, ya no queda amor. Solo una suerte de pactos, entresijos, intereses, egoísmos y demás lista de desmanes que se rompen en cuanto una de las partes deja de ser interesante para la otra. Y cuando eso ocurre, uno de los dos caerá en desgracia. Su ruina está garantizada, ya no solo la material y la emocional, sino también la espiritual, porque entrando en sumo grado de locura, capaces son esos estúpidos en cometer las más atroces de las barbaridades.

Así que si inevitablemente se enamoran, háganlo con suma prudencia. No cometan la estupidez de aferrarse a algo tan efímero y fugaz como esa enajenación mental que a muchos llevan a la ruina. Desconfíen siempre de esa inmadurez, y atrévanse a amar desapegándose desde el minuto uno de cualquier lazo que conduzca a la locura. Amen, mejor, en silencio. Y si puede ser, a solas, que tal y como está el patio, mejor solo.

Catorce mil ciento sesenta y tres euros. Más la pérdida de salud durante nueve meses, más la ruina económica, más la pérdida de tres apartamentos y un coche nuevo recién comprado y no se sabe cuanto dinero más por el camino. Ese es el precio de la enajenación mental por enamorarnos siempre de la forma más estúpida ¡Que silbe Aquilón, y que el más bravo destino ponga orden en todo desmán! Que sea la vida, y no yo, quien juzgue. «No quiero hacerte daño», fueron sus palabras tras el primer beso. ¡Ay! ¡Si es que hasta me avisó! ¡Ay, en qué andaba yo pensando!

Mézclate estrechamente con la vida


a
© Marc Marx

En el decálogo del escritor, Hemingway nos decía estas cosas:

1. Permanece enamorado
2. Esfuérzate en escribir
3. Mézclate estrechamente con la vida
4. Frecuenta a escritores consagrados
5. No pierdas el tiempo
6. Lee sin tregua
7. Escucha música y mira pintura
8. No intentes explicarte
9. Sigue el impulso de tu corazón
10. Calla. La palabra mata el instinto creador

Permanecer enamorado es imprescindible para seguir viviendo. Uno puede enamorarse estrechamente de una persona, pero es imprescindible estar enamorado de la vida. La vida en todo su conjunto es la suma de cientos de luminarias que revolotean a nuestro alrededor y que nosotros, con nuestra visión, damos forma y color. Es imprescindible estar enamorado y sentir cada instante como único. Incluso los instantes que te llenan de dolor. Incluso los tragos amargos que a veces debemos tomar para luego comprender la profundidad del dulzor toda la existencia en su conjunto. Incluso en el dolor, uno debe estar enamorado para así poder comprender la plenitud de ser.

Esforzarse en escribir es algo complejo. Uno puede considerarse realmente escritor si hace de ello su oficio. Esto requeriría la disciplina de escribir al menos entre ocho y diez horas diarias. Este sin duda es uno de mis grandes sueños. Es cierto que he escrito algunos libros (doce publicados hasta el momento y algunos a la espera de revisión), pero especialmente desde hace seis años, no encuentro tiempo para poder sentarme a realizar lo que más me gusta. Doce años escribiendo casi ininterrumpidamente en este blog no es motivo suficiente para autodenominarse escritor. Simplemente es un vago intento para que las neuronas sigan en forma. Un pequeño ejercicio diario para mantener el flujo vital de la escritura. En todo caso, pienso que todo el mundo debería esforzarse en escribir. Especialmente en escribir nuestras vidas. Cada verso, cada frase, puede cambiar radicalmente los acontecimientos de nuestra existencia. Incluso un grito ensordecedor puede reducir algo bello en un canto desesperado. Todos los días debemos escribir nuestro relato vital, y en la medida de lo posible, hacer que sea único y verdadero.

Mezclarse estrechamente con la vida es algo inevitable. Uno debe, incluso en el momento de mayor rabia, estrechar los lazos con la vida. No debemos dejarnos vencer por lo inanimado. Debemos, en la alegría y en la tristeza, vivir con intensidad cada carga, cada experiencia, cada tregua, cada prueba que se acerca hacia nosotros para mostrarnos una realidad diferente. La alianza con la vida debe gritar dentro de nosotros, desesperadamente. Debemos mezclarnos, debemos ser vida, embajadores de la existencia plena.

Frecuenta a escritores consagrados, ya sean aquellos que viven, o aquellos que se hicieron eternos en sus obras. Nunca juzgues su personalidad, ni sus actos, que muchas veces dejan mucho que desear. Sumérgete en la apasionada lectura de su obra y vive esa doble vida, esa existencia paralela que nace al leer un libro. Lee sin tregua, y de paso, escucha música y mira pintura como expresiones inherentes a la belleza. La vida debe ser bella, y debemos rodearnos de belleza, o en su caso, ayudar a crearla.

No pierdas el tiempo, y no hagas perder el tiempo al otro si en la comunión de las almas no hay disfrute y pasión, si todo se torna apático u oscuro, o nace la reunión simplemente por un interés sin más. Si el interés está por encima de la pasión, es mejor no que no perdamos el tiempo. Y esto vale para todas las cosas de la vida.

No intentes explicarte. Muchas veces intentamos explicar cosas de las que no se pueden hablar. ¿De qué sirve una vida justificada a cada instante? Si no estás a gusto en un lugar, esfúmate. Si no te gusta una compañía, desaparece. Sin mayor cortesía ni explicación. ¿Para qué proseguir con la farsa? A veces hacemos de nuestra vida una comedia, en vez de una experiencia vital. Vive la vida, no intentes explicarla. Y para ello, sigue siempre el impulso del corazón. Esto es quizás lo más importante. La vida debe vivirse con la pasión del que siente poder experimentar el jugo último de la existencia. Y cuando eso ocurra, calla. La palabra siempre mata el instinto creador. Guarda silencio sobre tu obra, y bucea desde ese silencio en lo más profundo del Ser. ¿Para qué explicar lo que me ocurre en estos momentos? Mejor estar callado, y luego, que la vida se entremezcle en nosotros si ese es su deseo, su pasión.

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