La construcción de nuestra realidad


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“Si has construido castillos en el aire, no es necesario que tu trabajo se pierda; es ahí donde deberían estar. Ahora, pon los cimientos debajo de ellos.” H.D. Thoreau

El mundo nunca fue un lugar objetivo. La realidad siempre se ha amoldado a la visión de aquellos que lo contemplan. La física cuántica ya ha podido demostrar que esto es así. Miramos un paisaje y este se modifica según seamos por dentro. Si interiormente sentimos dolor, el paisaje, lo de fuera, es un lugar doloroso. Si dentro hay rabia, la injusticia se apodera de nuestras vidas. Si dentro hay felicidad y amor, las posibilidades que entraña el espectro de realidad son infinitamente acordes con esa emoción.

Lo mismo ocurre con las personas que nos rodean. Pensamos que aquellos que se acercan a nuestras vidas nos quieren hacer daño. Somos de la creencia de que si alguien nos dice esto o lo otro nos puede llegar a perturbar. Pero realmente no es así. Todo aquello que nos perturba es porque existe dentro de nosotros. Nada es bochornoso o doloroso si eso no vive dentro de nosotros. Por lo tanto, las personas solo pueden dañarnos si se lo permitimos entregándoles nuestro poder.

La capacidad de construir realidades tiene mucho que ver con nuestra capacidad de empoderarnos interiormente. Podemos tener un rol de víctimas o un rol de poder. Si el primero es el que nos gobierna es muy probable que siempre estemos viviendo una existencia apática y cargada de sufrimiento. Seremos incapaces de sentir felicidad, de ser felices con nosotros mismos y con los otros. Resulta complejo darnos cuenta de que no debemos dar ese poder, un poder que solo nos pertenece a nosotros, a terceros o a circunstancias ajenas a nosotros mismos. Cuando nos acercamos con paciencia a esa verdad, descubrimos que nada de lo que hay ahí fuera puede bloquearnos, saturarnos o persuadirnos. Si somos fuertes, si consideramos que todo lo que nos afecta parte de una profunda raíz interior, entonces empezamos a caminar por la senda de la sanación, del empoderamiento, de la felicidad.

A veces hay situaciones o personas que por alguna razón extraña despierta en nosotros algún sentimiento, alguna emoción. No importa la calidad de la emoción. Lo importante es observar por qué ese reflejo de realidad, esa circunstancia cargada de personalidad puede afectar a nuestro equilibrio. Cuando descubrimos el epicentro de nuestro propio terremoto interior aceptamos con vehemencia que esa persona o circunstancia nada tiene que ver con nosotros, y nada de lo que diga puede afectarnos si comprendemos que todo nace de nuestra subjetiva realidad.

Esta es la sencilla teoría que hoy en una sobremesa hemos podido dilucidar de forma amable con ejemplos prácticos, con profesionales de la psicología que han descubierto en nosotros entornos erróneos, miradas equivocadas y visiones de la existencia erradas por circunstancias que a veces se remontan a una herencia psicológica de nuestro pasado familiar o a traumas no superados desde hace tiempo. Estamos profundamente agradecidos a la magia que esta tarde hemos podido compartir gracias al encuentro de almas bonitas que han querido disfrutarla en esta casa abierta y de todos.

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Como sobrevivir al desencanto


 

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Hay personas que viven en una constante huida. Aquí en los bosques es frecuente encontrarnos con gente que vive en un sumidero de conflictos, de malestar o de quiebra interior que intenta buscar un punto de luz, una salida loable a todo ese laberinto incómodo. La complejidad de cada carácter, observamos que tiene mucho que ver con la manera de construir la realidad, pero sobre todo, con la forma de interpretarla. Un mismo fenómeno, un mismo hecho, puede ser entendido como algo incómodo o como algo que no nos molesta dependiendo del sujeto observador. Si la estructura interior está proyectada desde la rabia o el dolor, todo lo que veamos ahí fuera nos va a incomodar. Si por dentro estamos bien, todo lo de fuera está bien. Nadie nos molesta, nadie nos incomoda, ni siquiera nuestro jefe o nuestro trabajo. Además, si estamos bien, tenemos la capacidad y la autoridad suficiente para cambiar las circunstancias.

Lo mismo ocurre con las proyecciones. Vemos como mucha gente se acerca a este lugar proyectando una especie de paraíso utópico cargado de un vergel semiótico liberador. El escenario dibujado realmente podría ser así, pero si interiormente albergamos un infierno, todo lo que veamos fuera será igualmente infernal.

El otro día alguien me preguntaba extrañada si era feliz viviendo en una caravana, pasando frío y sin ningún tipo de comodidad. La respuesta me pareció sencilla. Si por dentro estás bien, las circunstancias ajenas no deberían dañarme, ni tan siquiera preocuparme. Cuando interiormente tienes la fortaleza suficiente para afrontar cualquier circunstancia, lo que importa de ese instante o momento de tu vida es la visión conjunta de la existencia. Realmente no estoy viviendo en una caravana donde paso frío, estoy construyendo un bonito y profundo sentido a mi vida. Esa segunda visión arrastra por completo a la primera. La idea de construir un proyecto vital tiene más fuerza que la sola idea de estar en una caravana pasando frío. Por eso el frío queda como algo anecdótico ante el acontecimiento de sentirme partícipe de algo mayor, de algo más grande y generoso.

Esa visión de conjunto es importante para adentrarnos en la idea del desencanto. Muchas veces vivimos tristes o amargados porque hemos perdido el rumbo de nuestras vidas. Vemos como si nada tuviera sentido y como si el morir pudiera ser no tan solo una solución, sino la salida natural a ese estado anímico. Las situaciones de pérdida suelen ayudar a construir en nosotros un estado de rabia, de tristeza o de amargura interior que no nos deja ver el conjunto de nuestra existencia. De ahí que debamos acudir a algún tipo de fórmula para reencantar nuestras vidas, para sabernos útiles y valiosos, para sentir que merece la pena seguir adelante. La visión de conjunto, el estirar nuestra mirada más allá de nuestro infortunio presente, siempre será imprescindible para acometer el reencanto.

Vivir desencantados es morir antes de morir. Por eso debemos buscar un profundo sentido a nuestras vidas que sirva de motor verdadero, de combustible para seguir. Cualquier pequeño objetivo, por simple que parezca, nos servirá de impulso para seguir adelante. Cambiar de trabajo, de pareja, de vida, de lugar, de proyectos, pero sobre todo, cambiar la perspectiva, la visión, los pensamientos, las emociones, los ritmos, los hábitos, los acuerdos inconscientes a los que hemos llegado con nosotros mismos para sobrevivir psicológica y emocionalmente a situaciones pasadas que ya no nos corresponden. Debemos aprender a enterrar todo aquello que nos obstaculiza, que nos oprime, y situarlo en su debido lugar. También debemos aprender que si no cambiamos nuestro escenario interior no importa lo que hagamos exteriormente. La misma película nos seguirá allá donde vayamos.

La vida despierta todos los días con un nuevo amanecer. Esa es la señal del cambio, de la oportunidad. Es el momento para girar rumbo a un nuevo lugar donde posicionar nuestra poderosa visión. Es el momento para despertar a nuestro héroe interior y caminar hacia la aventura de la vida. Respirando silenciosamente y explorando nuestro interior. Ese es el primer paso. Todo lo demás solo son escenarios que proyectamos desde nuestros condicionantes.

Querido Ego, te amo


 

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Alguien muy sabio dijo que teníamos que amar a nuestros enemigos. Y de todos ellos, el peor enemigo es nuestro propio ego. Es algo que tardé en entender. Me refiero a lo de amar a los enemigos y también me refiero a eso de que nosotros seamos nuestro peor enemigo. Primero porque es difícil amar. Casi nadie nos enseña a hacerlo y cuando crees que has alcanzado cierto grado de madurez en cuanto al amor, te das cuenta de que el mismo se escurre entre las manos. Creemos que amamos, pero resulta difícil hacerlo.

De igual modo, resulta difícil conocer al ego. O lo que es lo mismo, adentrarnos en los espacios infinitos del Templo de Delfos para conocernos a nosotros mismos. Me encanta esa sentencia rotunda de Nietzsche cuando decía eso de “no nos conocemos a nosotros mismos, nosotros los conocedores”. Por eso, la doble causa de amar a nuestros enemigos y amarnos de paso a nosotros mismos, es decir, a nuestro ego escurridizo y oscuro parece misión imposible.

Aún así debemos intentarlo. Debemos abrazar nuestra imperfección, nuestros bajos deseos, nuestras carencias materiales, nuestras enfermedades vitales y existenciales. Debemos sostener con impasividad y sosiego nuestros delirios, nuestras pasiones infernales, nuestras máscaras continuas, nuestros egoísmos y otras enfermedades del alma. También nuestra crítica a todo lo que se nos acerque, nuestra forma de dividir y clasificarlo todo. Debemos enfrentarnos a esa manía nuestra de mentir, de mentirnos, de ocultar, de encerrarnos, de vacilar ante todo, de despreciarlo todo, de no asumir nuestra humana y mezquina condición.

Ya no me ofende cuando alguien insulta a mi ego, o me dice que tengo mucho ego o pretende identificar algún error, imperfección o tara de mi ser encarnado. No me importa, de verdad, porque sé que quien dice eso no eres tú, sino tu otro ego, el divisor, el clasificador, el oscuro. Al que de paso también me esfuerzo en amar porque en el fondo, el ego es como ese niño que nace enfermo y necesita de un exceso de cuidados. Es esa parte nuestra que nos ayuda a vivir en esta dimensión humana y nos protege, como la capa de ozono, de un exceso de luz. Por eso debemos cuidarlo y abrazarlo, debemos sanar sus heridas para que cada día más se parezca a nosotros, me refiero a nuestro ser encarnado, a nuestra esencia primera.

Nuestra misión es amar al ego para apreciar ese amor hacia el otro, los otros. Para bucear más tarde en la esencia que encumbra las máscaras y dedicar tiempo y recursos a ahondar en el ser, en la chispa que nos da vida y consciencia. Descubro que cuando soy capaz de mirar al otro desde su esencia, una fuente de amor brota desde dentro y se expande. Cuando miro al otro desde el ego, solo nace de mí cierto grado inequívoco de mezquindad.

Por eso querido ego, ahora que estás tan de moda, ahora que te han descubierto y desean aborrecerte como si fueras un auténtico jinete del apocalipsis, te abrazo con ternura, te respeto y te amo. Sé que lo que haces es fruto del miedo que todo lo paraliza y divide. Sé que tus errores, que tus temores, no son más que producto de ese vacío que se siente cuando sabes que vas a morir como entidad finita. Y tú, querido ego, tarde o temprano lo harás. Dejarás de ser lo que eres para dar paso a la esencia infinita que te da vida. Por eso te amo, porque sé de tu fragilidad.

No tengas miedo


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De pequeñito me daba miedo casi todo. Me pasaba todo el día llorando. Cualquier sombra, cualquier ruido, mi imaginación lo transformaba en terribles bestias de la noche. No soportaba la soledad, pero tampoco la compañía. Si alguien me hablaba en un tono no muy apropiado, saltaban las lágrimas. Si salía a la calle, todo me temblaba. Mi primer día de colegio, y los sucesivos durante mucho tiempo, se convirtieron en una pesadilla. Tuve miedo a todo. A las relaciones, a la gente, a los amigos, a los animales, a la vida. Tuve miedo a las parejas, al sexo, a los compromisos, a tener familia, hijos, dinero, éxito.

Por miedo desaparecía en las fiestas, en los cumpleaños, en las clases, en las citas con chicas que me gustaban, en las competiciones, en los juegos. Tenía miedo a ir al cine, meterme en el metro, hablar con desconocidos. Tenía miedo a ganar y a perder, miedo a la recompensa y a la pérdida. Veía un precipicio y me aterraba, veía una altura y temblaba. Cualquier valla era algo inalcanzable. Las normas me daban miedo, la autoridad me daba miedo, hasta la comida, por temor a hacer daño a la vaca, el pollo o el pescado. Hasta las miradas, por miedo a que vieran mi tembloroso interior.

Un día alguien me dio la mano, me miró a los ojos y me dijo: no tengas miedo. Nunca tendré palabras suficientes de agradecimiento para esa mano tendida. De repente sentí que podía hacer cosas inimaginables, como si algo me levantara, como si una fuerza diferente naciera de mí. Hasta ese momento no me di cuenta de todo lo que el miedo me había imposibilitado. De todo lo que el miedo me había paralizado. Por miedo había dejado de vivir, de sentir, de soñar, de besar, de abrazar, de reír. Pero aquel día me levanté, y empecé a hacer cosas que jamás hubiera soñado poder haber hecho.

Perdí el miedo a las alturas haciendo parapente. De repente me vi volando entre montañas y nubes y pensé que la vida era mucho más grande de lo que había imaginado. Empecé a salir con chicas, a besarlas, a desnudarme ante ellas. Hice un viaje de seis mil kilómetros en coche solo para besar un amor. Empecé a tener dinero y propiedades y carreras y estudios y dejé de tener miedo a perder. Empecé a dejar de tener miedo a comunicarme y di mis primeras clases en un instituto y en una universidad como profesor. Escribí mis primeros libros, di mis primeras conferencias, las primeras palabras en la radio, en entrevistas, sin miedo. Empecé a viajar y perdí el miedo a la noche, a la oscura noche del alma, empecé a sentir que perdía el miedo a la libertad, al misterio, al espíritu, a los tiempos, a despertar.

Dejé de votar siempre al mismo partido. Incluso dejé de militar siempre en el mismo ideario. Dejé mi barrio, mi ciudad, mi familia, mi trabajo. Rompí las cadenas de mis emociones, de mis pensamientos, de mi propia construcción filosófica de la vida. Perdí el miedo a mí mismo, a la victoria y a la derrota, a la humillación y a las cadenas que nos atan a casi todo. Entonces perdí la casa, el dinero, las riquezas, el prestigio. Lo perdí todo una y otra vez, una y otra vez, hasta verme sin nada.

Un día incluso conocí a un ser extraordinario y perdí el miedo a tener hijos, a formar una familia. Ese día, por primera vez, sentí una liberación, sentí el tributo a la vida en toda su más impresionante expresión. Sentí un agradecimiento y una regeneración interior. Pero ese día, tristemente, me quedé solo. Fue entonces cuando también le perdí el miedo a la soledad, al vacío, a la tristeza.

(Fotografía: © David Keochkerian photographie)

¿Se puede sanar un trauma?


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Ayer, en el flujo intenso de la meditación, reflexionaba sobre los traumas. Realmente es algo que nos condiciona de por vida, y es algo tan oculto y oscuro que nunca somos conscientes de cuanto ese trauma nos está afectando en la vida diaria.

La infancia y partes de nuestra incipiente adolescencia y juventud está plagado de traumas. Son experiencias que de alguna forma nos han querido ayudar a madurar psicológicamente aspectos de la vida que a veces, ya sea por accidente fortuito o por las propias circunstancias del individuo nos han atravesado de forma intensa y dura. Si ese trauma no se supera, de alguna forma se enquista en nuestro interior perjudicando gravemente toda nuestra evolución posterior.

La mayoría de los traumas tienen que ver con experiencias sexuales, emocionales o psicológicas de calado profundo. Una violación o abuso en nuestra infancia, a veces conscientes o no de ello, un ingenuo acercamiento a la sexualidad que luego no supimos organizar en nuestro interior. El caso de hermanos con hermanas o primos con primas o vecinos con vecinas que de forma consentida por ambos lados empiezan a experimentar sus primeros impulsos sexuales entre las personas más cercanas a su entorno, a veces de forma ingenua e inocente, como un juego o una búsqueda de roles y otras, por el mismo impulso, de forma agresiva, sin entender o saber gestionar, en ambos casos, la propia experiencia de aprendizaje sexual.

A veces nacen por inseguridades emocionales o psicológicas, por abusos afectivos, por relaciones tóxicas de todo tipo, normalmente entre padres e hijas o madres e hijos o entre hermanos que no terminan de entenderse. Y luego las primeras relaciones fuera del entorno de seguridad de la familia, normalmente entre los primeros amigos y la escuela, donde asistimos a todo tipo de abusos que no siempre somos capaces de verbalizar.

Otras veces la simple pérdida de un ser querido que no hemos sabido gestionar ni madurar. O las pérdidas materiales, que en algunos casos han llevado incluso al propio suicidio.

Lo cierto es que todos esos traumas, todas esas experiencias están ahí y afectan día a día a nuestras relaciones presentes y futuras y al que debería ser nuestro sano compartir diario.

La pregunta en la reflexión meditativa fue clara: ¿cómo resolver un trauma? ¿Se puede curar una dolencia afectiva, emocional, psicológica, traumática? La respuesta fue contundente. Un trauma es una huella profunda que afecta a esos otros cuerpos, el emocional y el psicológico, de forma profunda. Si la pregunta fuera, ¿cómo curar o resolver una mutilación debida a un accidente físico? La respuesta sería clara. No se puede. Si una persona se queda sin un brazo o pierde una pierna eso quedará de por vida. Lo primero que se puede hacer es aceptar esa nueva realidad y abrazar su existencia. Lo segundo, adaptar nuestra vida a esa realidad, buscando aquellas herramientas que nos permitan seguir adelante a pesar de los obstáculos. El reto de la superación personal siempre estará presente y vivo.

En los traumas emocionales o psicológicos ocurre lo mismo. Es una huella tan profunda que sería complejo que pudiera desaparecer de nosotros. Lo único que podemos hacer es abrazarla, reconciliarnos con esa experiencia, con esa sombra y su aprendizaje y adaptar nuestras vidas con amor y compasión para poder seguir adelante. Tan complejo es aceptar que hemos perdido alguna extremidad o capacidad como aceptar que hemos perdido una parte de nosotros mismos a niveles emocionales o psicológicos.

Los profesionales terapéuticos nos deben ayudar a bucear en esa reconciliación con la experiencia y dedicar tiempo a la búsqueda de herramientas que fortalezcan nuestra adaptación a esa realidad, sin que ello dificulte nuestras correctas relaciones con el entorno y con el resto de personas. Las experiencias no deben dificultar nuestra realidad, sólo deben servir de aprendizaje para fortalecerla. Nuestra actitud y reacción ante ellas será lo que nos haga mantener una vida sana y feliz en el futuro. Por lo tanto, la propia sanación parte de la aceptación, la reconciliación y la adaptación a esta circunstancia.

El vino como sustento de una vida inútil


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Veníamos hoy en el coche discutiendo sobre la catástrofe que supone una sola copa de vino para aquellos que intentan llevar una vida lo más saludable posible. No tanto a nivel físico como a otros niveles que aún no estamos preparados para entender. Aún así esto no afecta realmente a la vida ordinaria. Sólo resulta peligroso cuando de alguna manera queremos practicar en nuestra vida disciplinas meditativas que pretenden conectarnos con una energía más sutil y provechosa para esas tareas que los místicos de todos los tiempos llamaban extraordinarias. La vida milagrosa, usando una terminología más esotérica, navega pausadamente entre dos orillas difíciles de entender. Algunos sensitivos comprenden el daño irreparable que se ejerce sobre la vida cuando se toma algunas sustancias o alimentos que afectan al progreso del yogui moderno. No podemos distraernos de estas atenciones porque el cuidado de estas leyes inmanentes con respecto a las fuerzas y energías que se mueven en todos los planos requiere de un estudio especial para no cometer imprudencias innecesarias.

Cometemos auténticos disparates con nuestros cuerpos sin darnos cuenta. Obviamos los mecanismos que regulan la salud y entramos constantemente en desequilibrio y enfermedad por culpa de estos previos abusos. La propia sociedad se ha constituido de tal forma que sólo tomando estas substancias que de alguna forma nos atontan e idiotizan podemos soportar el peso de la vida común. ¿De qué otra forma íbamos a soportar la idea de que trabajamos una media de ocho o doce horas diarias única y exclusivamente para sostener unas cosas de las que luego no podremos disfrutar por falta de tiempo, salud o vida? Sólo una sociedad narcotizada, drogada, puede enfrentarse a esa idea.

Realmente no es malo el beber vino, el fumar, el comer carne como si fuéramos auténticos depredadores, el consumir televisión desde la mañana a la noche o el recurrir constantemente a medicamentos para equilibrar algo difícilmente equilibrante. Ni siquiera somos conscientes cuando nos levantamos de lo perjudicial del constante ruido de la ciudad y de los humos de sus coches. No existe el bien o el mal en estos estímulos que nos ayudan a sobrevivir en esta carga. Al fin y al cabo, se trata de una elección libre, a veces por falta de conocimiento y otras por falta de valor o por miedo a perder cierta comodidad adquirida.

Muchas veces, en momentos de lucidez, solemos despertar de ese sueño y de repente nos embarga una gran sensación de vacío. Vemos como si nuestra vida hubiera sido un cúmulo de actos inútiles. Sentimos como si toda nuestra existencia hubiera sido un derroche continuo, difícil de justificar por nuestros actos cotidianos. Somos tan frágiles que nunca nos cuestionamos qué efectos produce en nuestras vidas esa copita de vino, esa calada, esa ingesta de carne o drogas. Nunca nos paramos a pensar en ningún tipo de consecuencia presente o futura porque siempre nos han inculcado que eso era lo correcto para sobrellevar esta vida estéril y hueca.

Cuando se despierta a cierta consciencia, es fácil ver como cuerpos aparentemente sanos empiezan a enfermar ante la ingesta de algunas sustancias que pueden parecer aparentemente inofensivas. Pueden aparecer enfermedades nerviosas, las cuales se pueden deber a la necesidad de expresión de esa nueva consciencia en cuerpos obstruidos por la ingesta de productos como la carne o la ingesta de alcohol, tabaco, café o incluso té de forma continuada. De ahí que el equilibrio siempre resulte difícil si antes no se ha estudiado de forma contundente estas cosas y no se han experimentado al mismo tiempo en nuestros cuerpos.

Sigamos pues deprimidos y narcotizados, pero si algún día deseamos salir de este estado de vital apatía pongamos mucha atención a todo aquello que ingerimos en la vida cotidiana.

(Foto:© Francesco Tarantini )

¿Por qué te quieres suicidar?


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Supongo que todos, o la mayoría, hemos considerado alguna vez el poder esfumarnos, desaparecer, evaporarnos de la vida, alejarnos de ella y dormir el sueño eterno para siempre. Los momentos de grandes crisis personales, ya sea por traumas irreconciliables de la infancia, por pérdidas irrecuperables, por rupturas de todo tipo o por momentos francamente terribles han hecho buscar de forma desesperada ese flechazo hacia la muerte.

Los más valientes lo han incluso intentado, a veces con más o menos éxito. Otros sólo soñaron con la intentiva, viendo en esa posibilidad una solución a todos los problemas. Los hay que se suicidan en módicos plazos, como aquellos que fuman o beben creyendo vagamente que la vida es eterna y que los tumores y los cánceres de turno no va con ellos. Es una forma de suicidio colectivo inconsciente, porque la mayoría abusamos en nuestras vidas de algo que de alguna forma sabemos que nos daña. ¡Somos tan inocentes e ingenuos!

Pero cuando alguien llega muy seriamente a tu vida y te plantea la posibilidad del suicidio es difícil enfrentarte a la responsabilidad de convertirte en un salvavidas, en su última tabla de náufrago o en la desesperada esperanza que en un momento de lucidez nace como solución. Me ha pasado más de una vez el tener que enfrentarme a situaciones de este tipo. Normalmente con adolescentes que veían en mi persona algún tipo de locura inquietante que podría distraer sus ganas y necesidad de ir al otro barrio. Os aseguro que cuando veo el panorama una cierta necesidad de enfundarme el traje de faena surge en mí, pero también de responsabilidad dura, muy dura.

Cada caso es único e irrepetible aunque en la adolescencia, en ese proceso de duelo que todos tenemos que pasar para “matar a papá y mamá” y encontrar por fin nuestra identidad psicológica, es donde mayores casos he encontrado. Muchos no quieren enfrentarse a esa ruptura, a veces por problemas de emancipación económica, otras por abusos de todo tipo, otras por dependencias emocionales irrenunciables. Hay cientos de casos donde el vínculo ancestral se pierde y nos pierde, inutilizando la posibilidad de reencontrarnos con nuestro verdadero yo, con nuestra verdadera identidad, con nuestro verdadero propósito existencial. Entonces acudimos a la macabra solución del suicidio.

Hay otro tipo de suicidios, como aquellos que nacen de la posición filosófica de la eutanasia. Esta es una inmolación consciente y razonada, quizás alejada de esa adolescente desesperación. No vamos a entrar en ella porque partimos a otro debate. Pero es buena tenerla presente y separarla del resto, ahora que está tan de moda por el caso de Brittany Maynard, esa hermosa norteamericana que se marchó recientemente.

¿Por qué te quieres suicidar? Preguntaba estos días a una persona que había intentado hacerlo sin mucho éxito pero que de nuevo le acechaba la tentativa. La respuesta siempre es compleja porque parte de una pérdida de sentido vital. No encontrar sentido a la vida, ningún tipo de sentido, por muy minúsculo que sea, es detonante suficiente para la huida desesperada. Morir, o dejarse morir, como solución final.

Una de las reflexiones más apasionantes de la vida es que cada segundo que pasa resta en la cuenta. Es decir, nos abocamos irremediablemente hacia el final. La muerte, aunque no seamos conscientes de ello, es algo irremediable que nos aguarda paciente. De alguna forma nuestros cuerpos se suicidan de forma programada, cíclica. Es una especie de mecanismo higiénico que permite que la vida siempre sea saludable, renovada, evolutiva. ¿Para qué entonces adelantar ese proceso? Cuando alguien se acerca con esa innecesaria carga de pesimismo interior intento inyectarle dosis de vitalismo. Es un proceso complejo pero a veces resulta efectivo. La vitalidad no es un sistema filosófico, es algo que debe ser inyectado en vena, que debe partir de un requisito previo: la experimentación. Y uno sólo puede reencontrarse con la vida cuando la vive, cuando la abraza, cuando cada experiencia resulta diferente y emotiva.

Es cierto que la vida es compleja. Pero también es cierto que merece ser vivida. Si te estás planteando quitarte de en medio, antes de hacerlo date una vuelta por el mundo. Si es por desamor enamórate, si es por pérdida material abandona incluso tus vestiduras y camina desnudo. Si es por enfermedad, abraza sus enseñanzas y compártales con el otro que las pueda necesitar. Experimenta con la salud y sánate a cual Lázaro que se levanta de su tumba. Ahí nos queda siempre la esperanza, la vida, el amor, el abrazo inmortal del espíritu para reencontrarnos con algún sentido vital. La existencia es amplia y la muerte sólo un ápice de experiencia. ¿Para qué adelantar su llegada?

(Foto: © Josh Separzadeh)