La sombra y el obstáculo


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© Moonglow

«Uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad» Carl Jung

Desde los tiempos de Carl Jung, padre de la psicología analítica, se ha escrito mucho sobre el arquetipo de la sombra, sobre ese lado oscuro de nuestra personalidad que de alguna u otra forma, todos poseemos. En muchas terapias actuales se nos habla insistentemente de la sombra, de nuestro lado oscuro. Normalmente como aquella parte tabú que todo ser posee, de la que somos incapaces de ver y que solo desde una sincera y objetiva mirada ajena, podemos acceder a ella. A veces resulta sanador encontrar a personas honestas, ya sean terapeutas o amigos sinceros, que nos hablan directamente de la misma, sin tapujos, sin miedos. También resulta sanador estar abiertos a la escucha, a que el otro nos hable tranquilamente de esa zona que a nadie gusta y que muchas veces no deseamos reconocer.

Sin embargo, resulta paradójico que no sepamos ir más allá de nuestros propios defectos, ni enfrentarnos a las causas de aquello que a veces ennegrece nuestras vidas. Toda sombra está producida por un obstáculo que la provoca. Cuando alguien nos dice que somos un ser oscuro, que tenemos rabia, rencor, egoísmo, narcisismo, vicio, o cualquier otra cosa que de cara al mundo virtuoso no sea algo agradable, debemos preguntarnos, -más allá de la ley del espejo donde el otro muchas veces solo ve en nosotros lo que tiene dentro, incluso magnificado-, qué es aquello que produce que en nuestro interior existan esas cosas.

El obstáculo que produce nuestras sombras a veces son cosas que quedaron encalladas en nuestra más tierna infancia. Algo que ahora en la edad adulta pueda ser nimio pero que cuando se estaba gestando en nosotros las emociones y los primeros racionamientos, pudo provocar una auténtica catástrofe interior. La muerte de un ser querido, la ofensa de alguien al que apreciamos, algún tipo de injusticia tan típica en los juegos infantiles, algo que quedó enquistado en nuestra psique y que, con el paso del tiempo, se volvió un auténtico obstáculo en nuestras vidas.

En ocasiones solo desde experiencias traumáticas podemos despertar no al análisis absorto de nuestra sombra, sino a la realidad de ese obstáculo que no podíamos ver. Aquello que se interponía entre nuestra luz virtuosa y nuestro ser esencial. Aquello que estaba ahí pero no podíamos ver, porque lo único que intuíamos era la presencia de la sombra, de la oscuridad, de la penumbra en nosotros, pero sin poder observar aquello que lo provocaba.

Estos meses de retiro obligado hemos tenido la oportunidad de darnos cuenta de cuantos obstáculos impiden que avancemos en nuestras vidas. Ya no analizando nuestras sombras, sino aquellos obstáculos persistentes que las provocan. ¿Por qué tenemos rabia? ¿Qué es aquello que nos la produce? ¿Por qué ese empeño de culpar al otro, o a lo otro, de todo aquello que nos pasa? ¿De dónde surgen nuestros recelos, nuestra ira, nuestros miedos, nuestra sensación de pensar que los otros nos van a fallar, cuando somos nosotros los que siempre elevamos excesivamente nuestras perspectivas sobre ellos? Si miramos al otro con honestidad, sin juicio, podremos ver maravillas de seres humanos en cada una de las personas que pasan por nuestras vidas. Si aceptamos que todas sus sombras son provocadas por algún obstáculo, por algo que entorpece que la luz llegue directamente a su vida, podremos amar siempre incondicionalmente, sin juicio, sin maldad, sin falsedad.

Cuando se llega a cierta paz interior, cuando uno descubre no ya sus sombras, sino los obstáculos que la provocan, deja de culpar al mundo, a los otros, de todo aquello que nos ocurre. Es entonces cuando, de forma inteligente y asertiva, empezamos a modular nuestra conducta, nuestra interpretación de las cosas, nuestra forma de afrontar la vida. Dejamos de tener expectativas, dejamos de culpar al otro de nuestros fracasos, dejamos de ver en aquel que nos ha mostrado nuestras sombras como a un enemigo a batir. Vivir en la luz perpetua es simplemente apartar de nuestras vidas los obstáculos pasados y presentes que no dejan penetrar lo verdadero. La vida está llena de obstáculos, conscientes e inconscientes, pero al tener presente esta máxima, esta realidad, podemos andar por ella con más cuidado, con más atención, con mayor tacto, y de paso, ir sanando por dentro, como un árbol que va creciendo reparando sus heridas.

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Oj, Šope, Šope


 

Los coros femeninos a capella son una de las riquezas más bellas del pueblo búlgaro. Aunque hay canciones tradicionales que se disputan serbios y búlgaros, sea de dónde sea, Oj, Šope, Šope fue para mí un bonito despertar en mi temprana juventud. Es cierto que la música te transporta siempre a alguna parte. No son solo movimientos, vibraciones lo que uno escucha. También son tonos, ritmos, melodías. Hay una magia numérica que aún no entendemos pero que la música expresa. ¡El Danubio es ancho, pero no profundo! Dice la canción. Un río que atraviesa pueblos diversos como Alemania, Austria, Eslovaquia, Hungría, Croacia, Serbia, Rumania, Bulgaria, Moldavia o Ucrania. Hay canciones que son como el Danubio, anchas, inmensas, inabarcables.

La música posee calidades afectivas. Esta en concreto me retrae a cuando era voluntario en la Cruz Roja y en Cáritas. Teníamos un pequeño grupo de teatro donde intentábamos, gracias a la ayuda de un actor profesional, quitarnos las vergüenzas que el actuar siempre trae consigo. Para prepararnos, recitábamos versos de Shakespeare que aprendíamos de memoria o emitíamos unos aullidos desde lo más profundo de nuestros pulmones con una luz tenue. Primero tímidos, casi apagados, y luego, con el ánimo del profesor, iban subiendo de tono y fuerza. Era como expulsar algo que se tiene dentro y que solo mediante la voz puede manifestarse y repeler hacia fuera. Luego, con los ojos cerrados y la luz apagada, el ejercicio consistía en escuchar el Oj, Šope, Šope y dejarnos llevar por su música. Al principio de nuevo de forma tímida, hasta que de repente, el alma de esa música tradicional se apoderaba de nosotros y el cuerpo fluía de forma libre. Era como si el propio Danubio entrara en nosotros y fluyera por cada una de nuestras cavidades. Pero no solo el Danubio, también su afluente, el río Iskar, y las montañas de Pirin y Vitosha.

Para los que éramos más tímidos y retraídos, este ejercicio era totalmente liberador. De alguna forma, y quizás por primera vez, podíamos vencer nuestros miedos más atávicos, podíamos romper con ese escudo protector que nos mancillaba y anegaba en la sepultura de nuestra seguridad. Podíamos lanzarnos al vacío y vencer nuestras limitaciones. De repente el cuerpo se expresaba de forma diferente, y cuando las luces se apagaban y la música empezaba a vibrar, una gran luz interior se encendía para demostrar al mundo de que no hay montaña más alta ni río más profundo que el que uno lleva consigo en su interior. La música nos liberaba, pero también nos engrandecía, ensanchaba, de alguna manera, toda nuestra alma. Los pulmones se llenaban de akasha, y al anima mundi vibraba incesante dentro de nosotros.

Si eres una persona extremadamente tímida o retraída, recomiendo encarecidamente el ejercicio, porque cuando uno se deja poseer por la música y por aquello que representa, es como si todo un egregor, toda una cultura, todo un tiempo, entrara de repente en nosotros, y dejando de un lado nuestra pequeña personalidad, nuestros miedos y turbaciones, pudiéramos entrever algo superior a nuestra pequeña existencia. Cerrar los ojos, apagar la luz y escuchar el Šope, Šope. Liberador.

Ej, Šope, Šope

Ej, Šope, Šope, našensko Šope !

1.
Ozdole idat Šopi ergenje,
oj, Šope, Šope, Šopi ergenje,
na glavi nosat ovči kalpaci,
oj, Šope, Šope, ovči kalpaci,
u râce dâržat gegi krivaci,
oj, Šope, Šope, gegi krivaci,
nozete im u svinski opinci,
oj, Šope, Šope, svinski opinci,

Oj, Šope, Šope, Oj, Šope, Šope !
Hej, hej, hej, hej !

2.
kato si ’odat, ’odat i ’okat,
oj, Šope, Šope, ’odat i ’okat,
če ot Vitoša po-visoko nema,
e pa nema, nema, e pa nema, nema,
če ot Iskaro po-dlâboko nema,
e pa nema, nema, e pa nema, nema.
če ot Vitoša po-visoko nema,
če ot Iskaro po-dlâboko nema,

3.
De gi začula moma Bojana,
vikom se provikna i na Šopi duma :
« Oj, Šope, Šope, opako Šope,
kako da nema, koga ima, ima !
E pa ima, ima, Pirin planina,
oj, Šope, Šope, Pirin planina,
Dunava ot Iskaro e po-dlâboka,
oj, Šope, Šope, e po-dlâboka. »

4.
Šopite ne čujat, sal edno si znajat,
sal edno si znajat, sâs jaziko câkat,
sâs jaziko câkat, i glavite klimat,
i glavite klimat, na Bojana dumat :
« Pirin e visoka, ama e daleko,
Dunav e široka, ma ne e dlâboka !
— Oj Šope, Šope, djavol si, Šope,
oj Šope, Šope, umen si, Šope. »

 

1)

Desde abajo viene Šope el soltero,
oh, Šope, Šope, Šope el soltero,
en su cabeza usa sombrero de piel de oveja,
oh, Šope, Šope, sombrero de piel de oveja,
en sus manos sostiene una azada de pastor,
oh, Šope, Šope, una azada de pastor,
en sus pies, zapatos de piel de cerdo,
oh, Šope, Šope, zapatos de piel de cerdo,

2)

Cuando camina, camina y grita,
oh, Šope, Šope, camina y grita
que no hay más alto que su montaña Vitosha,
oh no, no hay ninguna, oh no, no hay
que no hay más profundo que su río Iskar,
oh no, no hay, oh no, no hay
que no hay más alto que su montaña Vitosha,
que no hay más profundo que su río Iskar,

3)

Sucedió que la niña Boyana lo escuchó,
ella gritó tanto como pudo y dijo a Šope:
“Oh, Šope, Šope, Šope intratable,
¡cómo no hay ninguno, ya que los hay!
Sí, hay montaña de Pirin,
oh, Šope, Šope, montaña de Pirin,
y el Danubio es más profundo que el Iskar”.
oh, Šope, Šope, es más profundo.

4)

Pero Šope no escucha, persiste,
persiste, mueve la lengua,
agita su lengua y asiente,
asiente, habla con Boyana:
“El Pirin está alto, pero está lejos,
¡El Danubio es ancho, pero no es profundo!
– Oh, Šope, Šope, eres un demonio, Šope,
oh, Šope, Šope, eres inteligente, Šope. ”

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Asfixiado entre el polvo y el hollín


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© Susanne Washington

 

Debo admitir que sin haberlo empezado aún, el experimento de comunidad ha sido un fracaso. Como antropólogo me siento satisfecho por el experimento, pero triste por el resultado. Puedes ofrecer un entorno privilegiado, una vida privilegiada, una sincera oportunidad para transformar cualquier vida y para acoger al que más lo necesite, y el ser humano nunca estará satisfecho. Siempre buscará en el conflicto, en la crítica, en el reproche, cualquier aliciente para provocar la destrucción de todo cuanto existe. Uno casi puede entender porqué el Creador nos expulsó del Paraíso. No lo merecemos.

Como antropólogo, digo, doy por terminado el experimento. El ser humano cabalga a mitad de camino entre Rousseau y Hobbes, dependiendo de cómo se levante. No hay nada que hacer. La cuestión es, humanamente hablando, si continuar con el experimento, si darlo por finiquitado o modificar algunas de sus partes para buscar en otras variables algo que pueda enriquecer al mundo. Me he dado unos días de vacaciones para ver qué hacer. Quizás por cierto hartazgo ante el desagradecimiento continuo y desproporcionado, y quizás por las faltas de ganas de seguir aguantando la crítica fácil, insulsa e irresponsable ante aquellos que entregan su vida para que otros puedan vivir una experiencia inusual.

Aunque la parte negativa de todo sea a veces residual o anecdótica en comparación a todo el bien ofrecido, a veces la sombra pesa más que el cariño recibido en estos años. Los terapeutas nos animan a abrazar la sombra, a hacerla amiga y comprensiva, pero admito que a veces resulta insoportable. Hoy, que estoy más cerca de las tesis de Hobbes, deseo abrir el pecho puntiagudo y saciar mi necesidad humana. No es por malicia ni rencor, más bien es por un sentido profundo de necesidad, de desahogo algo visceral, sin mayor importancia.

Quizás sea por el cansancio de un día agotador. Pasar toda la mañana limpiando el estanque, con las manos sumergidas en un fango desagradable y maloliente. Y luego la tarde puliendo grandes vigas de madera de la casa antigua, asfixiado entre el polvo y el hollín, desesperado por respirar un poco de oxígeno cada cinco minutos. Y así seis años, entregando mi tiempo y esfuerzo y el fruto de mi trabajo para recibir críticas continuas, algunas de lo más imaginativas, otras hasta el punto de la censura o lo desagradable.

Intento no olvidar que somos humanos viviendo entre humanos, y como decía, a veces nos levantamos de una u otra manera. Y sé a consciencia que esas maneras, a veces maleducadas, otras rencorosas, otras inquietantes, no van a vencer mi necesidad de expresión libre, mi necesidad de equivocarme una y otra vez, mi hambre de levantarme cuantas veces haga falta para seguir adelante.

Estas vacaciones no son para no hacer nada. Son para hacer muchas cosas, todas diferentes, y mientras, alejado del ruido continuo, del murmullo constante, del susurro, pensar qué hacer. Algunos amigos me orientan y me animan a seguir, cambiando esto y lo otro, buscando la manera de que la gente esté aún más cómoda y feliz. Pero siento que es inútil. El que es feliz por dentro, lo será en cualquier circunstancia. Y el que no lo es, el que vive su propio infierno interior, vivirá ese infierno fuera de él. Haciendo un repaso generoso de estos seis años, aquí vinieron gente feliz y gente infeliz. Para los primeros este era un auténtico paraíso y para los segundos este era un campo de minas, un auténtico infierno. Ahora que vivo en una felicidad interior hermosa, relajada y pacífica a pesar de las circunstancias, siempre pasajeras y provisionales, la pregunta que me nace interiormente es ‘qué es realmente para mí’ este lugar y de qué manera puedo ser útil en el mismo.

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Elogio al fracaso


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© Benoit Pelletier 

El estricto sendero de la iluminación dice que, en la medida en que la dualidad es una ilusión, no merece la pena intentar perfeccionarla. Por tanto, el ego debe ser trascendido y visto como la ilusión que es. Ser una “buena persona” es digno de alabanza; pero eso, en sí mismo, no trae como consecuencia la iluminación. La posibilidad de alcanzar la iluminación se basa en una avanzada comprensión de la naturaleza de la consciencia. David R. Hawkins: El ojo del Yo

Mientras ella leía cartas de meditación ocultista bajo un gran cedro del Himalaya, allí en el Jardín del Morya, nosotros hablábamos sigilosamente sobre el fracaso. Lo hacíamos en susurro para no distorsionar la bella imagen de la mujer de largos cabellos que concentraba toda su atención en las enigmáticas páginas del libro azul. Su belleza, a veces insoportable para los ojos profanos, despedía rayos de luminiscencia a raudales. No es una mera exageración, es esa visión búdica que siempre ocurre cuando alguien concentra toda su atención bajo el cálido abrazo de un gran árbol. Hay un momento de brillo, de iluminación, de lucidez. Todo resplandece bajo la brisa y el sol.

Reflexionaba ante la visión y ante las palabras de mi anfitrión, amigo y hermano en la senda de la consciencia, que es aquella que nos indica vagamente qué somos realmente y qué es ilusión en nosotros. El fracaso estaría dentro de esta segunda categoría, si bien sería más bien un indicador exacto de que estamos invirtiendo fuerzas en algo alejado a nuestro verdadero propósito, a nuestro verdadero ser. Intentar perfeccionar la dualidad, el mundo del ego, el mundo ilusorio, es una equivocación. Nos aferramos la mayoría de veces a aquello que aparentemente da seguridad al ego, a veces material, a veces emocional, a veces social o cultural, pero olvidamos que el alma no requiere ningún tipo de seguridad. Solo necesita que sigamos el camino avanzado de nuestras aspiraciones más elevadas, de nuestra consciencia más profunda.

El cuerpo es un producto de la naturaleza, nuestro ánimo, nuestra energía o cuerpo vital es producto del cuidado que hacemos de esa naturaleza. Las emociones es algo que nace de nuestra construcción psicológica, muchas veces marcadas por la evolución de nuestra infancia. Al igual ocurre con nuestra mente y nuestros pensamientos, que no dejan de ser una construcción social, cultural y familiar. Si basamos nuestras vidas en esos pequeñas cuatro construcciones y en la satisfacción inmediata de sus necesidades infinitas, estamos errando nuestro camino hacia el verdadero Yo, y por lo tanto, estamos fracasando una y otra vez en nuestro propósito.

La vida a veces es dura en esto. Cuanto mayor es el grado de consciencia hacia nuestra verdadera identidad, mayores son las pruebas si en algún momento desviamos la atención sobre ella. Los fracasos siempre están relacionados con esa desviación. A veces son fracasos de índole material, pérdidas importantes, ruinas económicas o cualquier tipo de trastorno que nos indica que algo estamos haciendo mal. A veces también son pruebas a nivel etérico, con enfermedades que nos limitan la capacidad de acción y nos invitan a reflexionar. Otras veces los fracasos son de índole emocional, con duras rupturas de pareja, por poner un ejemplo. La mente también puede vivir sus propios calvarios.

A medida que nos vamos aproximando al camino iluminado de nuestra consciencia, se va haciendo evidente, prueba tras prueba, que el pequeño yo donde basamos todas nuestras creencias y vida entera, no es el verdadero Yo, aunque este lo incluya. Nuestra verdadera identidad no puede ser material, ni anímica, ni emocional ni mental por más empeño que pongamos en esas dimensiones del Ser. Nuestra verdadera naturaleza engloba todo eso, pero va más allá de todo eso. Por eso es importante analizar la raíz de nuestros fracasos e identificar su verdadera causa. No hay que renunciar a nada, solo seguir nuestra verdadera naturaleza, nuestro verdadero camino, y lo demás vendrá por añadidura. El único verdadero fracaso es dejar de intentar, hasta que por fin identificamos realmente nuestro verdadero camino, y más allá de eso, lo seguimos con seguridad, ánimo, alegría y plena consciencia.

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Sin techo con techo


 

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La hermosa perrita Lluna, recién adoptada en O Couso tras meses vagabundeando por los alrededores… Una sin techo ahora agradecida… Ya van dos perros y cuatro gatos adoptados…

El hecho de haber terminado el tejado me ha recordado muchas situaciones pasadas. Cuando hice trabajo social me especialicé en transeúntes y cuarto mundo, en personas sin hogar que no tenían un tejado que les cuidara, les diera calor y alimento. Estuve tres años de voluntario en una casa de acogida para transeúntes y personas sin hogar e hice mi trabajo de fin de carrera sobre esa problemática social. Mi experiencia terminó cuando me di cuenta de lo difícil que resulta ayudar a este tipo de personas. Siempre sentí una gran impotencia interior al ver cómo la calle arrebata el alma a las personas.

En los albergues para transeúntes en los que he trabajado a veces como voluntario y a veces como trabajador social siempre había un gran equipo humano, unas instalaciones adecuadas y recursos para atender dignamente a estas personas. Por desgracia, O Couso carece de los mínimos, humanos y materiales, para poder atender a personas que viven en la calle o tienen un problema de arraigo o de cualquier otro tipo.

Las personas desarraigadas no se adaptan al lugar y O Couso, con sus exigencias y filosofía, no está preparada ni pensada para ellos. Personas que consumen todo tipo de sustancias, que a veces vienen bebidos o drogados, que no colaboran en las tareas mínimas, que no creen en lo que aquí se hace y que vampirizan el proyecto todo lo que pueden, no pueden ser sostenidas. Les abrimos las puertas porque tenemos esa visión tan cristiana de la caridad, pero somos conscientes de que la experiencia nos sobrepasa.

Llevo pensando sobre esto mucho tiempo y me gustaría dar salida noble a esta problemática ya que hay mucha gente que pasa por aquí, no sabe dónde ir y vuelven de nuevo a la calle. Venden en Samos un edificio grande con muchas habitaciones… si algún día la fundación tuviera recursos lo compraría y dedicaríamos parte de nuestra misión social a este tipo de personas… al menos toda esa gente que viene perdida y desarraigada tendrían un lugar donde comer y dormir calientes. Me gustaría poder ayudarlos a todos, pero me doy cuenta de que me faltan manos, recursos y a veces hasta ánimos para atender tantos frentes. Estos días se presentan duros porque de nuevo me tengo que enfrentar a esta problemática y a veces siento como el cansancio se apodera de mi alma voluntariosa. Siempre me pregunto de dónde sacarían fuerzas personajes como la Madre Teresa de Calcuta o San Francisco…

Parece que el frío y el invierno atrae este tipo de experiencias. Y además llueve, no para de llover, y a pesar de que no respetan ni uno de los acuerdos suscritos, se me viene el alma abajo solo de pensar que deberían abandonar el calor del fuego, el calor humano y la compañía. No paran de comer, no paran de gastar recursos, no paran de transgredir los acuerdos mínimos y no paran de escurrir el bulto cuando hay que apretar el hombro. Es su idiosincrasia… su naturaleza. Ya la conozco, ya la he vivido muchas veces y la he podido sentir en mis carnes. Ahora me resulta agotador, pero no me veo con ánimo de invitar a la gente a que se marche a la calle… al frío… a la soledad… Respiro profundamente, a veces con desconcierto, intentando mostrarme fuerte para no decaer. No puedo hacerlo. No debo hacerlo. Así que haré lo que pueda, hasta donde pueda. Es la caridad… es el principio de amor incondicional, cueste lo que cueste…

 

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Sanando en la aventura


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Mi amiga D. siempre dice que mi vida es un gran Belén lleno de pastores. También me dice que si monto un circo me crecen los enanos. Su refranero es infinito cuando de mí se trata. La quiero y la aprecio, aunque siempre se queja de que no sigo sus consejos. En parte tiene razón. La vida a veces nos muestra caminos de aprendizaje que debemos recorrer por nosotros mismos para aprender algo. Y para darle gozo y satisfacción, esta vez he cambiado y voy a seguir sus indicaciones y consejos. He decidido cuidarme y ser feliz con las pequeñas cosas. Por eso de nuevo estoy viajando, ante la invitación irreductible y la propuesta de pasar un fin de semana diferente y especial. Deseo no negarme a la evidencia de que la vida a veces nos ofrece cosas que no esperabas, pero que pueden ser buenas, necesarias, hermosas. A veces hay que dejarse llevar, probar nuevas cosas, arriesgar los patrones que nos arraigan a nuestras ideas prefijadas. Con este viaje estoy rompiendo con muchos patrones, con muchas formas de pensar que limitaban mi realidad. Eso me crea un vínculo con la emoción de vivir, con la aventura se sentir nuevas cosas y potenciar así la capacidad de estar vivos. La vida se muestra de mil formas, y cuando elegimos una de ellas, se abre inevitablemente un abanico de posibilidades.

Mientras miraba el paisaje de las tierras castellanas por el tren, recibía un conmovedor mensaje de una personas que conocí hace algunos años en el proyecto. Me escribía porque me había tomado como una especie de referente en quien confiar. Eso me ruborizó porque sé que los referentes siempre terminan decepcionando cuando no se ajustan a nuestros ideales al milímetro, o cuando evolucionan o yerran. Por eso este viaje es un poco rebelde, porque desea romper con los prejuicios de lo perfecto, y alcanzar, en el error, en el riesgo, una forma de vida diferente.

Me atreví a contestarle algunas palabras, regodeándome de nuevo en mi inmediato pasado. No como una forma de pesadez existencial. Sino como una forma de desapego. Cuando más me regodeo en esa situación dolorosa, doy mayores pasos hacia mi propia sanación. Comparto un trozo de esa carta mientras sigo mirando el paisaje y me abandono a la aventura…

Querido F…

gracias de corazón por tus sentidas palabras… Me halaga saber que aún recuerdas a este humilde servidor, que hace lo que puede y sin predicar mucho, intenta labrar un mundo nuevo en esta tierra cada vez más convulsa. O Couso va progresando poco a poco… No hay prisa por nada… todo va a su propio ritmo… Vamos haciendo en silencio, compartiendo nuestra experiencia para que sirva a otros.

Deseo felicitarte por ese reto que habéis asumido dando vida y soporte a vuestra hija… es una alegría ver que nuevas almas vienen a este viaje conjunto… Tenemos ahora una hermosa familia en el Couso que lleva dos meses con nosotros y tienen una niña de siete años que es toda una maestra… Increíble la experiencia que vivimos con ella… Así que felicidades por asumir el reto de sostener una nueva vida que clama voz para el nuevo mundo.

Ante la pregunta de qué hago cuando algo me irrita… Es algo complejo… Creo que la vida me está dando algunas herramientas basadas en la experiencia que he podido soportar con respecto al desapego… especialmente en estos meses en los que me están ocurriendo mil cosas… Creo que llegaste a conocer a la hermosa N. Estuve con ello casi tres años. Estaba enamorado de ella hasta el punto que casi nos vamos a vivir juntos cerca de Santiago… Allí compramos unos apartamentos y nos pusimos unos anillos de compromiso… A los pocos meses de esa aventura, encontró un trabajo en Francia y decidió abandonar la relación y marcharse. En ese momento de irritación reaccioné mal. No pude entender qué pasaba y estuve nueve meses de baja por depresión. Nunca me había pasado algo así, al menos con tanta intensidad. Me había ilusionado con ella y con la idea de tener una familia juntos. Desapareció y nunca más supe de ella, excepto por un abogado que envió para resolver el tema de los apartamentos.

En ese momento pensé que todo ese proceso fue muy injusto y me irritó mucho. Siempre pensé que era necesario hacer bien las cosas, cerrar bien los ciclos. Pero para que eso ocurra tiene que existir un mínimo diálogo. Al no tener esa oportunidad de poder hablar, de poder expresarme, me ahogué por dentro. Ahora que ya ha pasado el juicio y parece que voy a perder mucho dinero y algo de salud con todo este proceso, puedo decir que la irritación va disminuyendo gracias a enfocar mi vida en otras cosas, en O Couso, en la tesis que defiendo en unos días, en nuevas ilusiones y proyectos que llegan a mi vida de forma insistente… Me está costando salir de esta irritación, pero de todo se sale. 

Quiero decir con todo esto que la vida, en cualquier momento, nos puede poner a prueba y nos puede cambiar de forma drástica. Pensaba que estaba curado de espanto, que ya había vivido muchas situaciones y que tendría herramientas suficientes para superarlas… Y debo decir amigo que esta prueba ha sido toda una sorpresa y una enseñanza. Nunca estamos preparados para según qué cosas, y entonces nos toca hacer lo que podamos, hasta donde podamos. Debo decir que tuve la suerte de tener a personas maravillosas a mi lado que me ayudaron como pudieron a salir del pozo. Y eso ahora lo valoro. Tener a seres queridos cerca es algo que no tiene precio.

No te agobies por lo tanto por la irritabilidad de las cosas. Intenta verlo todo desde el desapego, sin implicarte en exceso emocionalmente. Una mente fría a veces puede echar una mano. El temple, el famoso temple, es necesario ante momentos de tensión ineludibles. Los momentos difíciles siempre van a estar ahí. Eso nos enseña la vida. Siempre debemos estar alertas, esperando la siguiente prueba, la siguiente enseñanza. Así que tómatelo todo con calma, especialmente ahora que tienes una hija a la que atender. Fuerza, mucha fuerza y valor para esa obra. Ser el responsable de un alma es todo un reto. Requiere inevitables sacrificios, pero sobre todo, un exceso de amor incondicional, comprensión y paciencia.
Estoy convencido de que serás un buen referente para tu hija, y estoy convencido que tu luz y amor llegarán todo lo lejos que se merece. ¡Ánimo con esa gran obra!

un abrazo sentido,

Sentencia


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Hoy a las cinco de la madrugada me desperté totalmente despejado. Interiormente intuía que algo iba a pasar. Miré el móvil. Había un correo de mi abogado. Había llegado la sentencia del juez. En resumen: los tres pisos a subasta y yo me tengo que hacer cargo de las costas del juicio, unos veinte mil euros. Me parece surrealista.

Me levanto sereno. Voy a la ermita e intento no perder la calma. Medito en silencio y dejo que amanezca el día. Tocan a la puerta de la ermita. Es el taxista del pueblo que me informa que Geo está en la comisaría de la Guardia Civil. Sonrío por dentro. Recojo mis cosas y voy a buscarlo después de estar un día desaparecido. Se fue de parranda y terminó en el calabozo. El cabo del cuartel me entrega a Geo, el cual se pone contento al verme, pero con esa cara de circunstancia que pone cuando sabe que ha hecho algo que no está bien. Es la misma cara que tengo en este momento. Algo no hice bien, especialmente confiar en la gente, intentar ayudarla de forma tan desproporcionada, dejarme llevar por mi ingenuidad a la hora de enfrentarme a la vida. Me faltó equilibrio y ahora lo estoy pagando.

Subo a la editorial y leo con calma de nuevo la sentencia. Llamo a mi abogado. Me explica que es injusto y que deberíamos apelar. Me informa que los veinte mil euros se los queda el otro abogado, que de eso trata las “costas” de los juicios. Le digo que no entiendo nada, que no entiendo la “justicia” ni su funcionamiento ni porqué un abogado tiene que ganar tanto dinero a mi “costa”. Intento no implicarme emocionalmente. La depresión que sufrí a cuenta de todo esto me hizo fuerte y ya nada me afecta como antes. Sólo analizo los hechos para entenderlos.

Los hechos son objetivamente claros. Me compro iluso e ilusionado unos apartamentos con la persona con la que en ese momento deseaba compartir mi vida, vivir una vida juntos. No tenía necesidad de hacerlo, pero ella quería vivir a toda “costa” en aquel lugar. Cedí a sus deseos con la esperanza de pasar más tiempo juntos. A los pocos meses ella encuentra un trabajo en el extranjero y decide romper la relación, ocupando su familia los apartamentos. Caigo en depresión y la depresión me hace caer en bancarrota. En esa situación tremenda decide demandarme con la intención de quedarse con los tres apartamentos a cambio de nada. Lo quiere todo. Para la compra de esos apartamentos me endeudo con un amigo y con un banco para pagar la entrada y amueblar los pisos. Me endeudo con el abogado para hacer frente a la demanda de quererlo todo. Llega la sentencia y dice que los pisos van a subasta, por lo cual lo pierdo todo, los pisos y lo invertido en los pisos. Y además, así es la justicia, debo pagar cerca de veinte mil euros de costas. Me entero que las costas son los honorarios que se llevan los abogados, lo cual me resulta insultante. Es evidente que la justicia es solo para unos pocos. Porque si alguien que no tiene nada desea pelear por lo suyo, no sólo lo pierde, sino que además debe indemnizar a los avaros que buscan lucrarse ante la debilidad de los mismos. Estos hechos y su injusticia me alejan de la realidad. Es evidente que el mundo gira en un sentido extraño que no soy capaz de entender, ni atender.

Pienso en ello e intento hacerlo desde la serenidad. Intento descifrar este mundo del cual me deseo desprender poco a poco, pero es complejo poder abarcar algo así. Me llama una amiga y me dice que la gente mata por dinero, que yo vivo en otro tipo de mundo que supongo, no es real. Que la vida no es como yo la sueño. Que hay gente que desea hacer daño, y cuando lo hace, se regocija del mismo. No quiero creerlo, respiro profundo y sigo pensando, en el fondo, que el ser humano es bueno por naturaleza. Solo eso puede darme fe y esperanza para seguir adelante. Y solo por eso merece la pena seguir.

En fin… me toca pensar qué hacer mientras respiro profundamente, mientras intento encajar este nuevo golpe. Además de seguir pagando durante años el préstamo que pedí para comprar los pisos, además de ver como pierdo algo que también era mío, además de dejar que me embarguen lo poco que tengo para poder hacer frente a las injustas costas del juicio, además de no cometer ninguna estupidez que pueda empeorar las cosas, realmente no sé qué hacer, excepto respirar profundamente y dejar que la vida entre en mí. Quizás no deba hacer nada, solo respirar y respirar, preñarme de vida. Quizás deba abandonarlo todo, como cuando en alguna tragicomedia uno siempre se debate entre el ser y la nada, y decide la heroicidad de ser.

Al menos me toca felicitar al mal, que parece que va ganando batallas poco a poco… Algún día me tocará sellar todas sus puertas, las puertas dónde se halla el mal, y vencer todas estas batallas. Mientras, sigamos fortaleciendo el alma, sigamos aprendiendo, sigamos buscando luz, más luz…

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La cinta de Möbius. El viaje hacia una vida no dividida


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Todos somos frágiles y vulnerables. Hay momentos que la vida nos golpea y a penas tenemos fuerza para levantarnos. Los que tienen suerte, acuden a los resortes de apoyo mutuo que surgen en nuestras redes, ya sean familiares o de proximidad. Otros necesitan ir más allá y acuden al tejido social que asume aquello que la vida privada no puede ofrecer, ya sea por carencia o nulidad. A veces nada de eso ocurre y nos vemos de repente solos ante los azotes, y es cuando la catástrofe, la tragedia, golpea con mayor fuerza y virulencia. Los cimientos que creíamos sólidos, de repente se derrumban y flaqueamos por todos los frentes.

Si acontece la muerte, el final, todo se diluye y acaba, pero si sobrevivimos al primer golpe, las secuelas pueden ser irreversibles. Si miramos con distancia la vida, todas nuestras vidas, vemos que dentro de nuestra fragilidad y vulnerabilidad hay siempre algo que nos mantiene alerta, al mismo tiempo que nos sostiene en el frágil equilibrio. Aprendemos con la experiencia que cuando recibimos un golpe, debemos estar preparados para el siguiente. Esa preparación nos hace, si estamos alertas, fijar nuestra atención hacia estacas de fortaleza interior que debemos consolidar una y otra vez como fuertes amarres que nos aten, emocional y psíquicamente, a una vida en plena ebullición.

El dolor que no se transforma es un dolor que se transmite. El sufrimiento que no hemos sido capaces de trascender, que se enquista dentro de nosotros, genera en el futuro rabia, recelo, rencor y más dolor. Cuando vivimos encerrados en nuestro mundo, ya sea aquello que encerremos nuestro mundo interior o nuestro mundo exterior, aislándonos o protegiéndonos de alguna manera de todo lo que nos rodea, estamos anulando realmente parte de nosotros. Eso nos protege, pero también evita que podamos manifestarnos plenamente. Cuando osamos con valentía compartir ambos mundos, el interior y el exterior, abiertamente, los errores son mayores, los riesgos se multiplican, pero la enseñanza emerge imparable. También nuestro ser, nuestro propósito y nuestro don.

No me di cuenta hasta ayer de que mis mayores maestros han sido precisamente esa colección de errores cometidos casi en cadena uno tras otro. Tampoco hasta ayer había llevado a la consciencia que eso es debido a que muestro abiertamente, participadamente, todo cuanto soy, en lo interior (a veces con esta escritura) o en lo exterior, en mi vida diaria.

Ayer C. me obsequió en su casa con numerosos regalos. La acogida y la sonrisa siempre son perlas que se guardan como tesoros ocultos en nuestro interior. Por eso soy consciente de que de alguna manera soy guardián de un gran tesoro (¿a cuántas almas acogemos y sonreímos todos los días allí en las montañas?). Llegaron más regalos que no detallaré por inmensos, pero como editor, escritor y pensador-sintiente, me agradó especialmente varios libros de Parker J. Palmer que ahora hojeo con esa ansiedad que nos posee cuando estamos al borde de descubrir algo luminoso.

Y la luz viene precisamente de esta reflexión. C. cogió una cartulina azul de su hermoso escritorio. Recortó una tira y me mostró sus dos caras. Jugando con ellas las unió por sus dos puntas dibujando un enrevesado símbolo del infinito. En ese momento solo podía describirlo así en mi mente, pero comprendí perfectamente lo que quería mostrar. Para construir una cinta de Möbius -así se llama-, se toma una tira de papel y se pegan los extremos dando media vuelta a uno de ellos antes de pegarlos. Esa es la explicación oficial y el nombre de lo que C. quería mostrarme. Palmer lo explica de forma hermosa:

En la cinta de Möbius no existe ni dentro ni fuera: las dos aparentes caras no dejan de crearse mutuamente. la mecánica de la cinta de Möbius es misteriosa, pero el mensaje es claro: lo que hay dentro de nosotros no deja de fluir constantemente hacia fuera para contribuir a formar, o deformar, el mundo; y lo que hay fuera de nosotros fluye constantemente hacia dentro para contribuir a formar, o deformar, nuestra vida. La cinta de Möbius es como la propia vida: en definitiva, solo hay una realidad”.

De ahí el título de su libro: “Una plenitud oculta. El viaje hacia una vida no dividida. Aceptar el alma y tejer la comunidad en un mundo herido” (Editorial Sirio).

Esto es una revelación maravillosa porque nos invita a presentarnos como realmente somos, y no como la sociedad quiere que nos presentemos, o no parcialmente, expresando nuestra superficialidad y ocultando nuestro interior. Es decir, nos invita (muchos se ofenden por ello), a que mostremos nuestra vulnerabilidad, nuestros errores, nuestra rabia, nuestro sentir, nuestros miedos, nuestro amor, nuestra felicidad. Lo privado y lo público se fusionan en una transparencia nueva, difícil de entender, pero hermosa en cuanto a la unidad que nos provoca como seres libres.

Es cierto que estamos en el país de la envidia y la crítica. No hay día que no sufra algún tipo de ataque inesperado por mostrar mi fragilidad, mis errores y aciertos, los menos. Pero cada día me importa menos. El trabajo de los círculos de consciencia, con el tiempo, nos ayuda a tomar la vida por montera. Lo experimentamos todos los días en los círculos de consciencia, cuando se realizan desde la más profunda sinceridad, y expresamos libremente todas las mañanas nuestro sentir, cogidos de las manos al otro, que a veces, la mayoría de las veces, es un desconocido. Desnudos de juicios, sin miedo al qué dirán, nos abrimos en canal mostrando, ya sea con los ojos abiertos o cerrados, eso que en ese momento somos, y no otra cosa. Es una práctica maravillosa porque en esos círculos de consciencia -Palmer los llama círculos de confianza- somos nosotros mismos, en lo bueno y en lo malo, pero nosotros. Siendo, sin más. Por eso nuestro viaje es un yoga, un Tao, un advaita que no divide sino que suma buscando la Unión, explorando siempre el paisaje interior de la vida plena. Gracias querida C. por mostrarme esos caminos…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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Caminar


Tres días en cama, con algo de fiebre y temblor es perfecto para poner al día mil cosas. Da tiempo para muchas resoluciones. Da tiempo para sentir, para exprimir el tiempo deslizante y bailar con su suave manto invisible. Hoy hablaba por teléfono con una amiga y me recordaba mis recesos cuando se acercaba mi revolución solar y me animaba a uno de ellos. El domingo será mi cuarentaiseisavo aniversario y siempre tengo por costumbre desaparecer en algún monasterio, convento, camino o viaje. Así que, tras meditarlo, me vino el impulso de hacer un trozo del Camino hasta donde pueda o aguante. Si el tiempo acompaña y mi cuerpo se ve con fuerzas, mañana, sin prisa, comenzaré a caminar, a volver a la senda, al Camino. Deseo que el domingo me alcance andando, reflexivo, en paz, en calma, fluyendo por los devenires de la vida, por sus misterios, por sus recovecos inexplorados. No sé si mi cuerpo resistirá los primeros pasos tras tres días ausente y enfermo, pero deseo levantarme, preparar una pequeña mochila con calma, otear el horizonte y caminar.

Esa sensación de libertad es única. Caminar, podría pasarme toda la vida caminando sin rumbo, solo por el deseo y el placer de sonreír paisajes, de respirar horizontes, de vaciar el llanto en los trémulos amaneceres. Caminar hacia el lejano Oeste, hacia Occidente siguiendo la guía del sol, de su luz, de su experiencia. No podemos permitirnos el lujo de detener nuestras vidas, tan pequeñas, tan frágiles. No podemos enmohecer, no podemos sucumbir a la pesada carga de nuestras vidas menguantes. Debemos levantarnos, aún frágiles, y caminar. Eso deseo, eso siento. Ahora recuerdo que no fui invitado en la última aventura y quedé encerrado entre libros, en una triste feria. Sentí que me moría por dentro de soledad, de pena, de franca ausencia. Me hubiera ido sin pensarlo a caminar a ciegas, a la aventura, sin un temblor de más me hubiera amarrado a sus ausencias. Pero el halo de su alma libre fraguó ante la inevitable rebeldía, y allí yació el piano, el baile, la música.

Por eso ahora soy yo el que se levanta en rebeldía y me dejo llevar por la llama salvaje que nos revela el bendito canto del pájaro, el roce inevitable de las ramas primaverales, las flores rociadas con el clamor de la mañana. Si despierto en la noche oscura y empiezo a caminar, no palideceré. Caminaré a ciegas, pero caminaré. Practicaré los caminos, como decía el Buda, intentando entrecruzar mis andares con el resto de los peregrinos. Pero sin pisarlos, sin cruzarme en sus desvaríos, en sus pasos firmes y cansados.
Caminar también es una buena forma de olvidar al mismo tiempo que sanamos la complejidad del presente. Caminar nos vuelve inmortales ante la presencia de la quietud, del silencio, de la meditación que nace entre un guijarro y el canto de cualquier ruiseñor. Si fijamos la atención en todo lo que puede acontecer en un solo instante de camino, somos capaces de penetrar en la incesante corriente de vida que todo alberga. Si somos capaces de iluminar aquellas partes más oscuras de nosotros, entonces podremos resolver la sublime ecuación del misterio.

Sí, mañana caminaré. No sé cuánto ni sé hasta cuando. Solo caminaré, y si estás ahí, entre cruces, en algún lugar, podremos conversar, podremos caminar juntos, aunque tan solo sea por un instante. Si estás ahí, seas quien seas, podremos estrujar el latido de cada paso. No me busques, deja que nuestras vidas se encuentren y nazca de nuevo el milagro. Deja que la existencia milagrosa aliente la leve carga. Caminar… de nuevo. El Camino espera. Alabados los lugares que nos sirven de guía y amparo, la santidad que nos lleva por fe y esperanza a subliminar la vida. Alabados los caminos, porque de ellos surge la vida, la explosión de realidad disimulada en el sentir, la expansión de toda consciencia. Caminar eleva, caminar transforma. No dejes nunca de caminar, me repito una y otra vez. Soy peregrino, caballero, aliado de la más absoluta de las impermanencias. Caminando, camina el buen hallado camino.

Como vencer a la depresión…


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© Asier Garagarza

 

Tristeza, rabia, melancolía, infelicidad, abatimiento, frustración o derrumbe. Pasar por un mal momento es algo que nos ocurre a menudo. Eso puede provocar una pequeña depresión a la que, si no se le pone remedio, puede llegar a desembocar en una gran depresión o un trastorno depresivo persistente. Según la psicóloga, estoy ya rozando el trastorno, y podría ser que tuviera que medicarme si no cambio el rumbo de los acontecimientos. Como sugerencias me invitó a seguir en terapia mientras me cogía, al mismo tiempo, un año sabático para poder así reordenar mi vida, pero, sobre todo, reordenar mi psique y mis pensamientos. En ese año sabático no debía hacer nada excepto viajar y disfrutar de pequeños placeres diarios. Debía distraer mi mente con nuevos paisajes y experiencias.

Viendo el panorama, una buena amiga me ha invitado a pasar unos días a Tierra Santa. Estaré trece días intentando distraer mi mente con nuevos escenarios, con nuevas experiencias y nuevos lugares nunca vistos. Cuando termine este viaje estaré en Ginebra, por motivos de trabajo, unos días, y de ahí, me retiro un mes a la comunidad de Findhorn, en Escocia, para intentar desde allí reorganizar toda mi vida mientras espero la ansiada primavera. Exceptuando un compromiso en el mes de julio, el resto del tiempo, al menos hasta que salga de este trastorno depresivo, lo pasaré viajando o viviendo en lugares diferentes. La otra opción es ir a un psiquiatra para empezar a medicarme, y es algo que no me seduce nada.

Hoy empecé a tomar un nuevo remedio homeópata tras una hora de consulta con una buena amiga doctora que intenta ayudarme desde esa terapia. Y hoy toca otra consulta con otra amiga doctora para intentar buscar una guía alternativa a mis pensamientos recurrentes. El escribir también es terapéutico. De alguna forma me alivia el expresar en voz alta este sentir y el poder compartirlo con otros. La disciplina física que adquirí hace unos meses, la cual me obligaba a comer bien y hacer algo de deporte al aire libre hizo que mi ánimo de alguna manera se restableciera. También, aunque esta semana he tenido alguna recaída, hizo que el cuadro de ansiedad desapareciera. El socializar y el hacer cosas diferentes como ir a retiros, conciertos o comidas con amigos también han ayudado en la segunda etapa de mi recuperación.

Las ideas de suicidio, muy recurrentes cuando pasas por un estado depresivo, han desaparecido prácticamente. Este es un tema crucial, porque la gente suele obviarlo y esconderlo. Pero los que pasan por problemas de depresión profunda, lo que más sienten es un deseo intenso por desaparecer. Lo único que lo impide es la cobardía, la falta de fuerzas o de valor, o el arropo constante de amigos y familiares. Mi salvación fue una mezcla de todo, aunque de vez en cuando me sorprenda con esa idea en la cabeza. Los pensamientos siempre son nuestro peor enemigo en este estado de ánimo.

Cuando uno se encuentra así, es un repelente de personas. En mi caso, acostumbrado a empalmar una relación tras otra, esta vez lo miro como una ventaja. Me está permitiendo descartar por completo la posibilidad de tener pareja a corto y medio plazo, y me está ayudando a contemplar la posibilidad de vivir absolutamente solo en los próximos años. Viendo con franqueza el fracaso acumulado de todas mis relaciones pasadas, no tiene sentido seguir insistiendo y tengo que ser honesto conmigo mismo. No me acomodo a la moda actual de tener parejas pasajeras, con falta de compromiso y responsabilidad. Así que me decantaré, irremediablemente, por la vida en solitario, con la posibilidad de albergar espontáneas noches abrazado a alguna amante casual. Así que, lo que al principio veía como una derrota, ahora puedo verlo desde otra perspectiva más positiva intentando acomodarme a lo inevitable. Si por el camino algún día me vuelvo a enamorar perdidamente y pierdo de nuevo la cabeza, pues bienvenido sea el amor. Pero debo ser honesto y no entrar a engaños ni dejarme engañar de nuevo.

Así que en dos días me marcho de Barcelona hacia Jerusalén, sin mucho ánimo ni alegría, pero con la esperanza de que este ciclo de viajes continuo me ayude a reordenar todo mi mundo interior, y con ello, de paso e inevitablemente, reordenar todo mi mundo exterior. Quedo agradecido a todos los familiares y amigos que con su paciencia y apoyo me están ayudando en este proceso. También pido paciencia a los que les debo algo, sea lo que sea, para restablecer pronto mis compromisos. Ahora toca salvarme de este infortunio para poder seguir adelante. Ahora toca cuidarme, con mucha observación, para seguir avanzando.

Si alguien está pasando por una situación parecida y desea escribirme en privado estaré encantado de escucharle y contarle con mayor detalle mi experiencia, por si sirve de ayuda… (javier@dharana.org)

 

Reinterpretar nuestras vidas. No te has quedado solo, te has quedado libre


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© Jovana Rikalo 

Cuando nos abandonan, especialmente al principio, y durante algunos meses, la sensación que tenemos es la de habernos quedado solos, de que nos han despreciado de la forma más burda. Con el tiempo, en ese empoderamiento que la vida siempre da, la sensación cambia. De repente dejamos de sentirnos abandonados y solos, y comenzamos a sentirnos libres. El sabor de poder reinterpretar siempre nuestras vidas posee dentro de sí una fuerza inabarcable. Podemos y debemos interpretar todo el relato de forma diferente. Podemos y debemos poner nuestra atención a las enseñanzas recibidas gracias a ese poderoso maestro que es el dolor, y poner de paso en acción una nueva versión de nosotros mismos.

Reinterpretar las situaciones para reinventarse es una buena acción para mejorar como seres humanos. Siempre podemos ver la vida desde una posición pesimista y acabada. Quizás en algunos momentos de dolor intenso, eso sea necesario para desahogar la tensión que la rabia y la frustración puedan ocasionar en nosotros. Pero pasado un tiempo, es posible ver las cosas de forma diferente. Es posible y diría que necesario, poder sacar lo mejor de cada experiencia. Dar las gracias a la persona que nos abandonó porque esa experiencia dolorosa, amarga, nos permite ser mejores.

Si alguien nos abandona, por la causa que sea, debemos inclinarnos ante la grandeza de la vida por darnos la oportunidad de saborear la libertad de la que ahora disponemos. Si las cosas nos van mal, debemos agradecer la oportunidad de ser más ágiles, más inteligentes para mejorar todo aquello que necesitamos mejorar. Cuando las cosas van mal y pueden ir a peor, podemos recrearnos en esa situación o podemos buscar con inteligencia salidas y soluciones imaginativas para que todo se recomponga de alguna manera.

Junto al mar, podemos ver la grandeza de la serenidad de las olas, y podemos comprobar la importancia de abonar la tierra para que lo que venga, sea siempre mejor. El secreto para conseguir algo bueno es preparar bien la base, abonar bien todo aquello que hará germinar lo que realmente deseamos. No basta con desearlo, debemos preparar el terreno para que todo germine y florezca y dé frutos sanos y provechosos. Debemos reinterpretar la narrativa de las cosas que nos pasan, la historia en su conjunto. Si alguien se marchó, es porque no éramos merecedores de eso, y debemos prepararnos para recibir algo mejor, para desear y de alguna forma exigir algo mejor. No esperar a que nos elijan, no esperar a que cualquier cosa entre en nuestras vidas, si no esperar a ser merecedores de la excelencia en cada momento.

Por eso, desde esa libertad de la que podemos disfrutar cuando nos abandonan, debemos sentir la necesidad de preparar el terreno, de abonarlo con calma y sembrar las semillas de lo que realmente deseamos cosechar en los próximos años. Sin prisa, sin necesidad de nada, libres, perfectamente libres y emancipados para poder elegir cuando realmente estemos preparados. Y a partir de ese momento no dejar que entre cualquier cosa a nuestras vidas. No dejar que nada ni nadie pueda aprovecharse de esta nueva versión de nosotros mismos, porque ya no será una versión de usar y tirar. Lo caduco se ha terminado. Lo rápido se ha terminado. Lo circunstancial se ha terminado. Nos debemos exigir a partir de ahora solo lo verdadero, lo real. Se acabó lo ilusorio. Se terminó la mentira y el autoengaño.

No nos hemos quedado solos, nos hemos quedado libres para ser mejores y desear lo mejor, dar siempre lo mejor de nosotros mismos.

La gestión de emociones. Dar una narrativa a nuestras vidas


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Es normal sentir miedo, rabia, angustia, ambivalencia, amargura, apatía, apego, cansancio, congoja, confusión, desidia, frustración, furia, desengaño, impotencia, ira, melancolía, turbación, tristeza y así hasta llegar a cientos de emociones con las que nos enfrentamos todos los días. Es difícil sopesar toda esa amalgama que nos recorre día sí y día no, hora tras hora. El grado de intensidad de cada emoción dependerá no sólo de la propia experiencia que hayamos padecido, sea objetiva o subjetivamente, sino también de nuestra capacidad de reacción hacia la misma y de nuestra capacidad de comprensión y adaptación a ese escenario con el que no contábamos. Conocer las emociones y sobre todo sus funciones es algo complejo. Pero debemos hacerlo. Conocerlas para reconocerlas y así poder gestionar todo lo que esa emoción nos pide. Hay que permitir que las emociones se expresen, pero también debemos educarnos para poder regularlas. Si sientes ira, rabia y frustración, es importante permitir que eso ocurra, pero más importante es aún el poder controlar y regular todas esas emociones, todas esas válvulas de escape que nuestro cuerpo diseña para poder soportar la presión de ciertos acontecimientos.

El tiempo nos permite, si existe un mínimo de trabajo y esfuerzo interior, reflexionar sobre cómo hemos reaccionado ante ciertas experiencias y cómo nuestras emociones han condicionado nuestra respuesta natural a las mismas. Un episodio de dolor intenso no es vivido de la misma forma por unos y por otros. Existen cientos de factores que condicionarán la respuesta. La gestión de las emociones ante graves conflictos es determinante para que en el futuro las cosas no empeoren y no terminen en catástrofe o en pérdida de salud física, emocional, psíquica o social. Dar respuestas adaptativas a todo lo que nos ocurre quizás sea una de las tareas más complejas, porque no siempre todo lo que ocurre es agradable. De ahí la importancia de estar alertas, de reflexionar sobre los avatares y experiencias que la vida nos pone como pruebas a superar, y sobre todo, reflexionar sobre nuestras respuestas hacia las mismas, para que en un futuro podamos mejorar dichas respuestas.

Muchas veces perdemos por el camino amistades y relaciones profundas con otras personas por no haber sido capaces de adaptar nuestras respuestas a momentos críticos de la relación. Perdemos personas increíbles de nuestro lado por no saber adaptarnos a las crisis que todas las relaciones sufren tarde o temprano. Por eso es importante, una vez pasadas esas crisis, reflexionar sobre ellas, crear una narrativa para poder entender qué ha pasado, cómo ha pasado y de qué manera podemos mejorar. Es importante entender que las emociones deben expresarse, deben surgir de alguna manera y debemos comprender y aceptar como hemos gestionado, ya sea como adultos o como adultos no maduros, toda la experiencia. Narrar lo sucedido, enfrentarse a ello, es una forma de curarse, de sanarse por dentro y comprender de paso todo el relato de la historia. Nuestra gran campo de batalla, las emociones, está ahí para enseñarnos. Aquel que no se enfrenta a las mismas, que prefiere huir, desaparecer y obviar las situaciones críticas está condenado a repetirlas. Una y otra vez. Podrá cambiar el escenario, podrán cambiar las personas, pero seguiremos cometiendo los mismos errores por no querer enfrentarnos a la propia narrativa de la historia.

Gracias 2018…


Termina, por fin, este año. Mientras se sumerge el último día en su pequeño abismo, en su grandilocuente sencillez, en su olvido, recuerdo aún los sonidos celtas del concierto al que ayer asistía para despedir el año con música. Deseaba decir adiós de forma ordenada, justa, con cariño. Ella me acompañó y al final del concierto, después de un intenso abrazo, salían hermosas lágrimas de su alma. Lloraba porque realmente aquello era una despedida, no sólo de un año difícil, sino también de una experiencia, de un portal, de una aventura, de una línea de tiempo que no tuvo continuidad. Sus lágrimas sirvieron para sellar este año recordando que todo son encuentros, todo es un resurgir de almas que se recuerdan cuando se abrazan. Y por eso lloran cuando todo termina.

Mañana será otro día y empezará, simbólicamente, otro año, otro ciclo, otro recuerdo. Qué decir del anterior, del que ya no existe más que en la memoria. Miro hacia atrás con nostalgia, con pena, con cierta melancolía, pero también con fortaleza y agradecimiento. No puede ser de otra manera, porque eso es lo que realmente nos define como seres humanos completos, ser agradecidos. Así que este tiempo acabado lo termino acompañado en un concierto que engrandece el ancho campo de la experiencia. Que derriba los muros angostos que nos han separado y sepulta para siempre el aliento cansado del viajero.

Hay años donde todo se derrumba. Especialmente aquello que no es verdadero, que creció en una desmedida ficción deseada desde la ignorancia, la necesidad o el miedo. Hay años donde todo parece perecer irremediablemente, como si en verdad, lo ocurrido hubiera sido fraguado lejos de la autenticidad. Lo legítimo, lo valiente, es dejar que caiga, que todo aquello que fue ficción encuentre su caída libre. Y en ese alud, volver a empezar. Volver a peregrinar por las sendas de lo auténtico. Personas auténticas, caminos auténticos, proyectos auténticos. La autenticidad de un mundo más lento, más pausado, más calmo, más sencillo y humilde. La serenidad de saberte seguro bajo tus pies, de caminar en un ancho mar de emociones ricas, alegres, verdaderas, alejadas de la ilusión del aparentar, del tener, del desear inútiles formas.

Me engrandece la idea que soporta la oportunidad de volver a empezar de nuevo. De levantarte con fuerza y agradecimiento por lo aprendido y otear el horizonte con esa gracia de un recién nacido. Elevar la mirada a los cielos, contemplar la línea que separa lo de abajo con lo de arriba y querer alcanzar ambas con la sutiliza de esa magia vaporosa e invisible que todo lo anima. Abrir los brazos para que el pecho se expanda de nuevo. Abrir las canillas del llanto para que la emoción engrandezca nuestras vidas. Respirar profundamente mientras elevamos las más altas aspiraciones a esa entrega mistérica que nos protege. Suspirar por todo aquello que ya no está, y por todas aquellas almas que quedaron rezagadas en alguna posada.

Y dar gracias, siempre dar gracias. Incluso a la dureza del camino. Incluso al tremendo año que dejamos atrás. Dar sinceras gracias por lo aprendido, y pedir perdón por las torpezas. Guiñar al destino y seguir luchando, pero esta vez en son de paz, sin agravios, sin prisa, sin miedo. Un regalo musical para el nuevo año… Agradecido de corazón por todo lo que nos has dado… Gracias siempre por estar ahí, en lo bueno y en lo malo, en la riqueza y en la pobreza… Gracias por elevar el significado profundo del abrazo a su máxima potencia… gracias por inspirar tan bellas tardes con tan sencillos gestos… un abrazo grande y sentido con el cariño de siempre… Gracias a los que continuáis a mi lado. Y gracias sinceras y agradecidas a los que se fueron… Sin ellos, no sería lo que ahora soy… Gracias 2018 por todo lo que me diste y todo lo que me quitaste… Tus razones habrás tenido, aunque nunca logre comprenderlo… Bienvenido 2019… Feliz año nuevo a todos…

Momento transicional…


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Ayer paseando por la playa

 

Tomamos una taza de chocolate caliente y nos fuimos al mar. Caminamos por la orilla escuchando el oleaje, meciéndonos con su música, saboreando la sal que cortaba nuestros labios. Caminar y caminar y caminar mientras nos mecía el agua. Era de noche y el horizonte se dibujaba entre señuelos de algodón, entre aventuras marinas que no podíamos alcanzar con la mirada. Al día siguiente volví al mar, pero algo más al norte. Volvimos a caminar mientras el concierto salado resumía nuestro propio oleaje interior. Cansancio, pero también esperanza. Terminamos en su casa y tocó, de nuevo, una taza de chocolate caliente. Las horas pasaban sin que se esgrimiera un gran relato, pero no importaba. Era el placer de disfrutar, desde la complejidad del momento, de las cosas sencillas. Un paseo, una taza caliente, la amistad, la hermandad, el aplomo de sonreír al atardecer, la justa visión de las cosas a pesar de la distorsión interior.

Sigo anclado en el Mediterráneo, en el agua entre dos tierras. Aún no sé, más allá de los postulados propios de estas fechas, qué más puede atarme a este lugar. Oteo el horizonte y me gustaría seguir viajando. Quizás algo más al norte, quizás hacia el sur. No importa con tal de viajar lejos de este año que no ha sido bueno. Aunque esto es una percepción irreal. Quizás algún día lo valore de forma diferente, apreciando que eso que al parecer fue malo, en realidad solo fue una liberación para encontrar algo mejor. El tiempo lo dirá, y los viajes, y la vida en general. Mejor no juzgar. Mejor solo respirar profundamente y pensar en el instante presente que es lo único que importa. En el mar, en los paseos diarios junto a la orilla, en la taza de chocolate caliente, en la buena compañía. Mejor permanecer agradecido, aunque ahora cueste tanto.

Ella me decía que ando en un momento de transición. Que debo ser fuerte para poder anclar en mí todo aquello que ha de llegar. El devenir despejará mis dudas sobre el camino a tomar. Las dos fuerzas que ahora mecen todo este cúmulo de sensaciones dejarán de luchar y la vía se abrirá clara para que encuentre la puerta deseada. Angosta, estrecha, pero hacia un cielo ancho e infinito. Mientras, debo observar como el juego se desarrolla, sin dejarme engañar por lo aparente, por lo irreal. Todo eso caerá con su pesada carga de fantasía. Solo debo aferrarme a lo verdadero. A gente verdadera, lejos de hipocresía y engaño. A momentos sinceros. A seres en los que confiar tu vida, a sabiendas de su futilidad.

Me gusta esta sensación que poco a poco se va vislumbrando como obsequio. La agradable brisa casi primaveral en este cálido invierno resulta ser una señal inequívoca de que en el interior algo está obrando. Como es adentro es afuera, por eso el caos aparente, circundante, solo pretende dar respuesta a un movimiento que se está gestando. Por eso a mi vera estaba el mar. Tranquilo, calmo, brillante. Con sus olas que mecían mi alma, con su viento que frotaba en nuestras mejillas salados momentos. Y más allá del mar el horizonte, oteado con curiosidad por las aves marinas, por el chapoteo del perro que corría de la arena al agua. La curiosidad me invade. Presiento que están ocurriendo cosas que aún no logro desentrañar del todo. Pero ahí están de nuevo las señales. Sí, ahí está el mar que por dos días me ha llevado hasta las orillas de este momento. Ahí está la música. Ahí está la experiencia única de sentir como la vida obra su milagro. La primavera está cerca. Las flores pronto germinarán.

 

 

Vivir los abismos


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© Sergey Novozhilov

 

Entre la fe y la esperanza siempre hay trozos de tierra que se asoman al abismo. Es entonces cuando empiezas a leer a Heidegger o Wittgenstein y recuerdas la importancia del conocimiento para poder entender el mundo de forma más profunda, y sobre todo, para saber guiarnos por él. Pero no puedes olvidar la mística, la inteligencia que nos eleva hacia otras dimensiones menos exploradas, pero no por ello menos importantes. Poseer experiencias místicas o tentar una mirada elevada y profunda te llevan a observar el mundo de forma más amplia, y por lo tanto, más generosa. Eso permite no vivir una vida tan solo material y anodina, sino excitante y plagada de aventuras, donde lo importante no se reduce tan solo a tener algunas necesidades básicas cubiertas y a pocos más estímulos que no sean aquellos plagados al consumismo de superficialidad y materia. De hecho, esa simplicidad es una forma de degradar la materia, lo material, porque en términos amplios de consciencia, la materia también se puede consagrar, elevar, subliminar, siempre y cuando no estemos sometidos a sus dictámenes. Vivir una vida amplia, abarcando todas sus dimensiones, es vivir una vida inmensamente intensa llena de abismos.

Por eso es importante tener fe. Fe en algo más elevado a nuestra pobre percepción. Fe para poder mirar con entusiasmo la vida, abrazarla en todo su misterio y aceptar, sea lo que sea, aquello que nos presenta para nuestro aprendizaje. El salto de fe es importante cuando lo que tienes ante ti es un poderoso abismo. Los abismos dan miedo, a veces pánico, tanto que nos hace retroceder, volver a nuestra casilla de salida y no avanzar. Preferimos la seguridad de lo conocido y olvidamos que el universo es acción y movimiento continuo, es evolución constante hacia una emancipación poderosa. Los tiempos claros son complejos ante la decisión de seguir o volver al reducto seguro. Saltar, saltar y volar en esa fe que nos permite continuar nuestro camino es estar en sintonía con la sincrónica y mistérica vida.

La fe te mueve hacia esos caminos cargados de abismos, y la esperanza nos anima a seguir adelante una vez superadas todas las pruebas hercúleas que puedan aparecer en la senda. La esperanza de un mundo mejor. La esperanza de profundizar en la generosidad, en la pasión, en el cariño, en el amor, en la vida en su más amplia expresión. La esperanza de poder compartir todo eso con alguien capaz de volar hacia esas dimensiones desconocidas. La fe es aquí y ahora y la esperanza es el futuro. La fe nos empuja para movernos irremediablemente en aquello que no se ve, que no se puede entender. La esperanza es la motivación para ese movimiento crucial. La fe le da a nuestra esperanza sustancia para poder acercarnos a los secretos de nuestro interior, para poder traer al mundo natural, todos los misterios del mundo sobrenatural.

No hay que tener miedo si tenemos fe y esperanza. Solo hay que saber vivir los abismos, vivir entre los mismos, sabiendo que cuando esto ocurre, es porque nos espera siempre algo mejor. Y eso mejor siempre llega si mantenemos la mirada alta, el corazón limpio y afianzamos en los errores la prueba de que no todo es perfecto ni todo es perdurable. Sólo son pruebas, trabajos, tentativas para medir nuestra capacidad, nuestra fe, nuestra esperanza… Si se ama con conocimiento, con inteligencia, el miedo desaparece, el camino se abre ante nosotros y la vida continua su danza invisible y secreta.

Viaje al primitivo barro


 

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“El secreto, querida Alicia, es rodearte de personas que te hagan sonreír el corazón. Es entonces, solo entonces, que estarás en el País de las Maravillas”. Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas

 

He visto como del viejo barro, a veces húmedo, a veces seco, surge la luz. De su oscuro cobijo nacen las flores, pero también el perfume, la belleza, la sabiduría. Los arquitectos hicieron de algo burdo, un milagroso empeño de la evolución. Nosotros, que tenemos el color del barro, también formamos parte de ese milagro, de ese arquetipo de belleza. Nuestro perfume, aquello que nos distingue en la realeza del alma, es la sonrisa. También la música y la poesía, porque no todas las criaturas son capaces de ello, pero especialmente la sonrisa.

Son muchas las personas que nos hacen sonreír el corazón, aunque no siempre estemos despiertos para poder apreciarlo. Sin duda, el mejor viaje de todos, la mayor maravilla, es poder encontrar en la vida ese tipo de personas, rodearte de ellas, apreciarlas, cuidarlas, protegerlas, honrarlas. Al igual que esas flores que nacen en primavera para embellecer la creación, las personas que sonríen son capaces de elevar el universo a una dimensión más perfecta, más sublime. Estar al lado de alguien que sonríe, sin más, es el mejor de los viajes.

Del barro primitivo nacen muchas cosas. En nuestro caminar siempre tenemos la obligación de elegir qué deseamos para nuestras vidas. Podemos elegir entre la luz del sol o la luz de una antorcha en una helada noche de invierno. Los escenarios siempre dibujarán contornos diferentes, pero en nosotros siempre estará la opción de ir a la búsqueda del calor. La belleza es una luz para nuestra alma. Bajo nuestros pies está el barro primitivo, pero de ahí surge la promesa, el verbo, la palabra. Es nuestra guía circundante, nuestra atalaya humana.

La noche es oscura cuando nos sorprende lejos de casa, cuando olvidamos que nuestro verdadero hogar nunca fue la soledad, sino el amor. Pero ahí está la sonrisa que nos guía para poder seguir. Ahí está todo aquello que nos lleva hacia las orillas de la paz y cuya serenidad rebota en nuestras carnes ofrecidas al mundo. Ahí está también la espera, la esperanza, que nos lleva hacia lugares remotos, hacia países imposibles, hacia abrazos que se extienden más allá de cualquier verso.

Sí, el verdadero secreto es entender como esa estrella vespertina cae sobre el húmedo barro y allí guarda una promesa. Cae en la oscuridad y allí espera, reposa, recuerda. Es un camino solitario, lejos de casa, en un silencio quebrado y expectante. En esas sombras se vuela lejos cuando nace la sonrisa y más tarde el compartir. Allí la vida empieza a despegar y buscar la luz. Algo germina. Es la promesa, cuando se supera la noche, la que nace a la luz. Crees y encuentras tu camino. Crees y todo florece y se expande hacia la luz, hacia esa sonrisa permanente que ilumina para siempre nuestras vidas. Sí, el secreto es rodearse siempre de personas que te hagan sonreír el corazón. El secreto es germinar para abrazar la vida, el amor, el calor y hacer que nuestra bella alma resplandezca bajo el sol.

No es no


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Dicen que hay un juez llamado tiempo que pone cada cosa en su lugar. El tiempo me ha puesto donde debería estar desde el principio, en la equidistancia, en la ignorancia más absoluta, en la pasividad, en la calma y la quietud. Dice un famoso lema feminista que insistir es acosar y acosar es agredir. Realmente no había sido consciente de ello hasta ahora. Romper una relación nunca es fácil para ninguna de las partes, especialmente cuando la ruptura viene dada de improviso, de golpe, sin esperarlo. Especialmente cuando todo parecía dulce y amable y amoroso y se proyectaba un bonito futuro y todo se derrumba, de repente, por un hecho casual, fortuito e inesperado.

Si has vivido engañado o te sientes traicionado tardas tiempo en reaccionar, en darte cuenta de lo que realmente está pasando. La no aceptación es terrible. Muchas veces esto se puede volver en insistencia que puede terminar en acoso y, por lo tanto, casi sin darte cuenta, en agresión psíquica ante la falta de respuestas. Querer entender una situación y machacar insistentemente con ello te hace cómplice de una agresividad encubierta donde olvidas muchas cosas básicas de la elegancia, el respeto y la prudencia. No tan solo por una de las partes, porque la violencia psíquica siempre puede darse por hechos que acontecen de forma inexplicable, por silencios, por ausencias o por desprecios encubiertos. Uno se puede enfadar y decir groserías y llamar a eso violencia psíquica, pero los motivos que ocasionaron el enfado también habría que analizarlos con calma. No se puede arrasar la vida de los demás sin más y esperar que la respuesta sea un silencio o una sonrisa. Las personas, bien o mal, siempre reaccionan ante acontecimientos inexplicables.

No voy a entrar a juzgar los motivos de todo este embrollo. La situaciones de ruptura, vistas objetivamente, pueden llegar a ser totalmente surrealista. A veces una de las partes se siente acosada y la otra engañada y estafada o traicionada o humillada. El daño moral es a dos bandas y nace desde la inconsciencia más absoluta por no hacer o no querer hacer bien las cosas. Normalmente son experiencias a las que nunca nos hemos enfrentado, por lo tanto, la reacción suele surgir de la más torpe ignorancia acompañada de grandes dosis de rabia y frustración.

Los hombres tenemos mucho que aprender en cuanto al trato con las mujeres. Ayer leía un decálogo realizado por una asociación feminista que añadía algunas pautas para los hombres, más allá del no mates, no violes, no agredas, no acoses, no amenaces, no insultes a nadie y no insistas. Esta debería ser la única guía que tendrían que seguir al pie de la letra los hombres para acabar con la violencia machista, decían en el decálogo, pero iban mucho más allá. La empatía de dos géneros tan opuestos como son los hombres y mujeres requiere de grandes dosis de educación, por ello es necesario, ante nuestra propia experiencia, el hablar de ello en voz alta, para que tanto hombres y mujeres podamos aprender juntos.

A los hombres nos toca asumir, según el decálogo, que, en determinados contextos, la mera presencia de un hombre ya puede ser percibida como una amenaza. Los hombres ya somos, en general, una amenaza para las mujeres. Tenemos que reconocer, según el decálogo, que somos una mayoría opresora. Los hombres nunca somos conscientes de que, por el mero hecho de ser hombres, podemos dar miedo. El solo hecho de mirar a una mujer es intimidatorio y hay mujeres que pueden sufrirlo decenas de veces al día, nos dicen. También nos dicen que no existe el derecho a elogiar. Los hombres tienen que aprender a aceptar el rechazo y cuestionarse por qué a veces incluso erotizan el rechazo e incluso el miedo de una mujer. El decálogo continua con instrucciones precisas para cambiar de calle si vemos a una mujer sola y así evitar que sienta miedo o cambiar de vagón de metro si la mujer está sola para evitar que se sienta intimidada.

Viéndolo todo así, parece propio de una paranoia colectiva, pero sabiendo que las cosas son así -o quieren que así las creamos-, es decir, de que los hombres hemos sido educados por mujeres y por otros hombres que nos han convertido casi genéricamente en bestias, uno ya no sabe qué pensar. Lo que es evidente, y esa es la lección que deberíamos aprender todos sin excepción es que no es no. El problema a veces es cuando el no es un “depende” o “tengo que pensarlo” o se convierte en una vacilada donde mientras esperamos a la primavera me acuesto con todo lo que se menea porque yo soy libre y tú un idiota que vive en un mundo paralelo. El problema es cuando entramos en la confusión de las palabras y los hechos porque no somos del todo sinceros. Porque los hombres también necesitamos saber la verdad para también poder decir no. En el juego de la ambigüedad sexual o afectiva, también agradecemos no ser engañados, y si es no, es no, y así podemos retirarnos elegantemente, sin engaños y sin burlas a eso que antiguamente llamaban el honor, algo tan caduco y obsoleto que ya nadie lo toma en cuenta. Si es no, es no, para todos, por favor, sin engaños, sin burlas, sin vaciles, sin mentiras, sin humillaciones, sin traición.

El mundo se mueve


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Ayer junto al río, lugar donde se desveló la verdad

La indiferencia me hace imparable. El fuego que vive en nosotros se aviva ante los acontecimientos adversos que requieren enfrentarse a la realidad más allá de sus brumas y fantasías. Necesitaba saber una verdad que presentía desde hacía semanas y realicé un viaje largo hasta que ayer, encima de una montaña boscosa, junto al río, la misma se reveló. Se escuchaba el rumor del agua mientras las hojas otoñales rodeaban la penumbra que empezaba a esbozarse tras el sol que se apagaba. Decenas de volcanes apagados nos rodeaban en un entorno privilegiado, silencioso, apartado, oportuno. Nos agazapamos bajo unos árboles al borde del camino húmedo. Nos respiramos las auras para recordar quiénes éramos y qué hacíamos allí. Sentí agradecimiento y también cierta tristeza porque de alguna forma sabía las respuestas que iba a recibir a mis preguntas. Pero necesitaba esa brecha de sinceridad para que mi mundo y mis energías se pudieran ordenar. La verdad siempre nos hace libres, y en este momento de mi vida, tan cansado de mentiras e ilusiones, necesito dosis de realidad, de verdad, de autenticidad. Necesito a mi lado personas leales, sinceras, valientes, verdaderas, auténticas, honestas, creíbles. Sobre todo creíbles, de esas que te miran a los ojos y no te hacen dudar.

Tras unas breves palabras afloró la verdad y me liberé. Interiormente sentía como si algo se rompiera de nuevo al mismo tiempo que esa ruptura liberaba mis fuerzas ocultas. Anocheciendo, sin pensarlo, empecé a andar en mitad de la nada. Estábamos en la onda encantada del Caminante, así que aproveché su impulso con una seguridad interior transformadora. No quería mirar atrás, no podía despedirme. Sólo podía andar y andar sin reproches, con agradecimiento a la vida por efectuar el milagro. Más allá de las formas sentía cierto abatimiento, al mismo tiempo que una fuerza me empujaba inexorablemente por esa senda. No puedo dar explicaciones detalladas de todo lo que ese caminar significaba en mi interior, excepto que durante dos horas anduve entre bosques, entre la expansión de esa exitosa luna que iluminaba el día solsticial. Dos horas de amor solitario, de certeza, de firmeza y también de agradecimiento en una oscuridad donde solo podía ver mi propia luz. Era el comienzo del invierno en la noche más oscura del año. También era el comienzo, para mí, de algo nuevo dentro de la tierra húmeda y caliente.

Estaba lejos, muy lejos, de cualquier punto civilizado. Era tarde y no sabía qué ocurriría a partir de ese momento, pero interiormente sabía que cuando llegara a algún lugar habitable se obraría el milagro. Vi las primeras luces de la civilización y nada más llegar, unos amables y divertidos marroquíes que iban en un potente coche deportivo me recogieron. Les pregunté dónde estaba el tren más cercano y de forma generosa me acercaron hasta un lugar que estaba a una hora en coche. No me lo podía creer, pero tras más de cinco horas de aventura e incertidumbre, estaba ya en casa, sano y salvo.

Había un hermoso pacto que nos esperaba en la primavera. Pero al parecer todo formaba parte de la broma cósmica, de un juego, de otra ilusión. Siempre tengo la precaución de dejar algunas trampas para atrapar y alejar la ilusión y la mentira de mi vida y al parecer ambas cayeron irremediablemente en ellas. Al asomarme a su borde, ya no había tiempo que perder. Mejor caminar hacia el nuevo mundo, hacia la nueva vida sin perder ni un segundo más, sin cargar con la pesada tarea de rescatar almas perdidas y abandonadas a sí mismas que no desean conspirar. Mejor caminar y caminar y no parar de hacerlo hasta llegar donde el corazón me lleve. Mejor no mirar hacia atrás. Misión cumplida. Se cierra por fin un ciclo de cuatro meses intensos y se abre de nuevo la vida. Muerte y resurrección en un mundo que se mueve. Así son los solsticios interiores.

La vida te necesita ahora, no cuando seas perfecto


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Alguien que no estaba bien de la cabeza dijo:
La vida te desilusiona para que dejes de vivir de ilusiones y veas la realidad. La vida te destruye todo lo superfluo, hasta que queda solo lo importante.
La vida no te deja en paz, para que dejes de pelearte, y aceptes todo lo que “Es“.
La vida te retira lo que tienes, hasta que dejas de quejarte y agradeces.
La vida te envía personas conflictivas para que sanes y dejes de reflejar afuera lo que tienes adentro.
La vida deja que te caigas una y otra vez, hasta que te decides a aprender la lección.
La vida te saca del camino y te presenta encrucijadas, hasta que dejas de querer controlar y fluyes como río.
La vida te pone enemigos en el camino, hasta que dejas de “reaccionar”. La vida te asusta y sobresalta todas las veces que sean necesarias, hasta que pierdes el miedo y recobras tu fe. La vida te quita el amor verdadero, no te lo concede ni permite, hasta que dejas de intentar comprarlo con baratijas.
La vida te aleja de las personas que amas, hasta que comprendes que no somos este cuerpo, sino el alma que él contiene.
La vida se ríe de ti tantas veces, hasta que dejas de tomarte todo tan en serio y te ríes de ti mismo.
La vida te rompe y te quiebra en tantas partes como sean necesarias para que por allí penetre la luz.
La vida te enfrenta con rebeldes, hasta que dejas de tratar de controlar.
La vida te repite el mismo mensaje, incluso con gritos y bofetadas, hasta que por fin escuchas.
La vida te envía rayos y tormentas, para que despiertes.
La vida te humilla y derrota una y otra vez hasta que decides dejar morir tu EGO.
La vida te niega los bienes y la grandeza hasta que dejas de querer bienes y grandeza y comienzas a servir.
La vida te corta las alas y te poda las raíces, hasta que no necesitas ni alas ni raíces, sino solo desaparecer en las formas y volar desde el Ser.
La vida te niega los milagros, hasta que comprendes que todo es un milagro.
La vida te acorta el tiempo, para que te apures en aprender a vivir.
La vida te ridiculiza hasta que te vuelves nada, hasta que te haces nadie, y así te conviertes en todo.
La vida no te da lo que quieres, sino lo que necesitas para evolucionar.
La vida te lastima, te hiere, te atormenta, hasta que dejas tus caprichos y berrinches y agradeces respirar.
La vida te oculta los tesoros, hasta que emprendes el viaje, hasta que sales a buscarlos.
La vida te niega a Dios, hasta que lo ves en todos y en todo.
La vida te acorta, te poda, te quita, te rompe, te desilusiona, te agrieta, te rompe … hasta que solo en ti queda AMOR.

Kintsugi. La belleza de mostrarte roto


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Muchas veces recibo mensajes de amigos que me estiman diciendo que no comprenden cómo puedo desnudar mis sentimientos de forma tan abierta. Esto podría interpretarse como que pretendo dar pena, o dar un mensaje victimista o regodearme en la tristeza. Realmente no tiene nada que ver. Cuando escribo de forma sincera, sin ocultar lo que pasa por mi cabeza o por mi corazón lo hago porque me sirve de terapia, de reflexión y de desnudez interior. Pero también lo hago porque pienso que al compartir todos los altibajos que como seres humanos tenemos, puede servir de sosiego y ayuda para alguien. Siento cierto acompañamiento y siento que hay gente anónima que al leer todo esto se siente acompañada. El hacerlo público y no en un diario privado no tiene mayor importancia. Es sólo por si puede ayudar. Y al ser una especie de diario abierto, no tengo porqué fingir si estoy bien o mal, si estoy optimista o pasando por un mal momento. Me gusta tener la libertad de poder expresar lo que siento en cada momento, y esa sensación de libertad me hace sentir realmente fuerte.

Quizás esto se pueda entender si pensamos en la técnica del kintsugi. Es un arte de origen japonés que se utiliza para reparar roturas en la cerámica. Se suele utilizar empleando un barniz de resina que suele mezclarse con polvo de oro o plata. Dentro de este arte de reparar cosas rotas con metales nobles se encierra una profunda filosofía que pretende mostrar la necesidad de entender que en la vida siempre vamos a sufrir roturas interiores, y que no debemos por ello esconderlas, sino elevarlas, mostrar su propia belleza y aprendizaje. El sufrimiento, aquello que nos duele, debe mostrarse y no ocultarse, debe ser incorporado de forma sublime para que nos engrandezca, nos embellezca y nos haga diferentes. Nuestra historia de dolor, de rotura interior nos transforma y hace que nuestra vida personal tenga un sentido diferente al resto. Son las roturas lo que nos configura como seres auténticos. Son esas marcas de la experiencia lo que nos configura como somos.

De ahí que no tenga miedo al qué dirán cuando expreso abiertamente mis grietas, mis errores, mi propia humanidad. No tengo miedo en decir si hoy estoy triste o alegre, si me siento ruin o egoísta o si he cometido tal o cual falta si con ello puedo ayudar a la reflexión. Ya sé que solo son palabras y luego la vida nos pone a prueba para ver si hemos aprendido o no la lección. Pero al menos el conocimiento puede servir de guía para que cuando la escena se presente, podamos reaccionar de forma lo más correcta posible.

En estos meses he sufrido una rotura interior. Hacía años que no me sentía tan roto. No he tenido miedo en decirlo, en compartirlo, en mostrarlo. Fui presa de la rabia, fui presa del pánico, fui víctima de mi propia inconsistencia humana y de mis propias contradicciones. En tres meses he podido reflexionar sobre ello y espero haber aprendido algo. Espero realmente estar aprendiendo algo sin que por ello me aleje excesivamente de mi propia naturaleza. Aprender no significa renunciar a nosotros mismos, significa simplemente mejorar en todo lo que podamos para hacer de esta vida algo fácil y hermoso. Espero conseguir empolvar el oro místico en mis grietas humanas para hacer de esta rotura algo bello. Espero al mismo tiempo poder dar fe y esperanza a todos aquellos que en este momento puedan sentirse abatidos, solos y desahuciados. Gracias por la comprensión.

 

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Solemnemente egoísta


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Mi casa en los bosques…

A veces a las seis, otras a las siete, me sorprendo despierto más allá de la forma, respirando con consciencia, observando como la vida me recorre y los estímulos para enfrentarme al nuevo día discurren de forma premeditada. Intento recordar los sueños. Últimamente casi siempre son iguales y de una misma naturaleza. Pero al menos puedo dormir y soñar y emprender el vuelo mágico hacia los planos que van más allá de la vida y la pura emoción. Con cierta calma y pereza me levanto, voy hacia la ducha, desayuno y me encierro en el lugar acondicionado para pasar toda la larga jornada. Intento contestar amablemente todos los correos, los mensajes y las demandas del mundo virtual. Repaso los deberes atrasados y busco la forma de ir aminorando la carga. Esta semana conseguí cerrar dos libros, terminar un artículo y poner al día algunas deudas. Llega el viernes y me siento satisfecho. No por lo mucho que he hecho, sino por lo poco que me quedó por hacer.

Perdí la motivación por casi todo y ahora ando al rescate de algunos aspectos que considero de responsabilidad. Los sábados y los domingos no suelen ser muy diferentes al resto de días. Desde que estoy solo, no tengo proyecciones más allá de intentar no trabajar en la editorial y centrarme en aspectos más personales como la tesis interminable, los libros por escribir y las cartas por contestar. De momento ninguna de amor hasta que el amor no renazca de nuevo dentro de mí como fórmula para entender la necesidad del amar al otro como a uno mismo. Ese “a uno mismo” lo tenía pendiente y lo estoy trabajando. Pero nunca sé por dónde empezar, más allá de reclamar, como dice la abogada y la psicóloga, aquello que es justo para mí, ni más ni menos. Y noto que me cuesta, que no me sale reclamar cosas para mí, aunque me pertenezcan, aunque sean mías. Hace no muchos años perdía una fortuna en el mundo editorial por no ser capaz de reclamar lo que era mío. Incluso la palabra “mío” y “tuyo” me rechina. Siempre fui un amante del “lau”, del nosotros, algo que no concuerda con los tiempos ni con el sentir de este mundo. La gente siempre reclama lo suyo, y arrasa en esa reclamación sin importarle nada lo que ocurra alrededor, ni el daño que puedan hacer. Lo “mío” siempre triunfa en el mundo del “yoísmo”, ese mundo insulso, solitario y triste que estamos creando entre todos.

En las clases de antropología me enamoré del jefe polinesio de nombre Tuiavii de Tiavea que nos hablaba del Lau. “En nuestro idioma «lau» significa «mío», pero también significa «tuyo». Es casi la misma cosa”, nos decía ese hombre sabio que nos hablaba de los valores de su pueblo en fuerte contraste con el de los papalaji, el hombre blanco. Y ahora, con edad avanzada, me toca aprender todo lo contrario. Me toca vencer el miedo a reclamar lo “mío” y olvidarme del lau que tanto dolor de cabeza me ha traído en estos años de ingenuidad humana. Me toca romper con el ideal del hombre bueno para volverme solemnemente egoísta. No egoísta desde una posición malvada ni moderna, sino egoísta desde una posición justa. Es decir, dejar de pensar en el otro por un tiempo para pensar en mí y con ello crear un nuevo escenario de justicia donde cada cual se quede con su parte.

Hasta me resulta extraño hablar en estos términos pero me veo en la necesidad de hacerlo para tomar consciencia de mis próximos pasos, de mis próximas afirmaciones. Me paso toda la vida hablando de generosidad, de apoyo mutuo, de compartir, de confianza, y ahora me toca hacer todo lo contrario. Quiero reflexionar tranquilamente, y en voz alta, sobre ello. Alguien me dijo el otro día con sabia atención que a veces la ingenuidad quizás tan sólo se trate de cobardía, de no querer afrontar situaciones difíciles. Quizás siempre es más fácil decir “quédatelo todo” a intentar reclamar lo que por justicia nos corresponde. Siempre ese infantil miedo a intentar no dañar al otro, cuando a veces no queda más remedio que hacerlo cuando se trata de ser justos y equitativos. Siempre ese deseo de no ver el sufrimiento ajeno cuando a veces el otro se lo ha buscado voluntariamente.

Quizás cuando de niño me pegaban y yo no me defendía, tal vez no fuera por compasión, sino por cobardía. Tal vez no era bondad lo que sentía por el mundo sino miedo, terror a dañar y ser dañado. Mi fragilidad infantil la arrastré hasta el final, sin darme cuenta, integrándola en las emociones y en el pensamiento. Quizás no conservo nunca ahorros ni parejas porque no me creo merecedor de nada y prefiero dejar de luchar y esconderme entre almohadas antes que salir al campo de batalla para proteger lo que  realmente amo. ¡Hasta tal punto puede llegar la traición hacia nosotros mismos sin darnos cuenta! Quizás no sea una buena persona, sino más bien una persona cobarde que prefiere esconderse antes que obrar el mal. Y al hacerlo, ¡bendito descubrimiento!, me doy cuenta de que tampoco soy capaz de obrar el bien, pues la cobardía y el miedo nunca son ejemplos de bondad sino más bien de ruindad. Y ahora, en esta también solemne desnudez, deberé enfrentarme a esa parte oscura, y por una vez, ser valiente, cortés y justamente egoísta.

 

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Medicinas alternativas


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O Couso esta tarde. Pasear por los bosques también es sanador

En mi propio trabajo de campo, pregunté en cierta ocasión a un indonesio:
“¿crees en los espíritus (pertjaja)?” Él replicó, extrañado: “¿Me preguntas si creo en lo que me dicen los espíritus cuando hablan conmigo?” (Peacock)

Mi amiga doctora homeópata me recetó Natrum Muriaticum a la mil para que empezara a dormir bien y abandonara de una vez mi mundo paralelo. Mi amiga terapeuta naturópata me hacía sesiones semanales donde contactaba con los de “arriba” de forma intuitiva y certera para alinear mi estado, ayudándome con su poder sanador a reestablecer mis campos energéticos. Otra doctora, más afín a la antroposofía, hacía meditaciones para buscar en sus guías consuelo para mi alma, orientación y consejo para saber cómo empoderarme y protegerme de los ataques que del lado oscuro de la fuerza estaba sufriendo. Una amiga acupuntora vino para pincharme el alma, porque los nadis los tenía totalmente descuajados. El grupo de meditadores del proyecto aunaban fuerzas para enviarme luz desde los bosques. La psicóloga transpersonal me ayudó para poner orden en mi rabia y mis pensamientos y creencias erróneas mientras que una auténtica meiga de los bosques me curaba a base de pensamientos multidimensionales, austeridad y abrazos sentidos. Y ahí estaba la naturaleza y los bosques. ¡Qué poder sanador sin hacer nada! ¡Y los amigos! ¡Benditos amigos, cuanto sanan con su amor!

El despliegue de terapias alternativas de las que en estos tres meses he podido disfrutar ha sido impresionante. No me he cortado ni un pelo cuando alguien me ofrecía cualquier tipo de ayuda, aceptándola de buen grado y asumiendo amablemente todos sus beneficios. Sin duda, el cóctel al que me he sometido me ha ayudado en mi proceso. Mi cuaternario inferior, el cuerpo físico, el etérico-vital, el emocional y el mental, se han podido reordenar de forma paulatina, provocando que poco a poco la luz, el raja, restableciera el paulatino orden necesario. La meditación para integrar el cuaternario con la triada ha sido de gran ayuda y el resultado ha sido esclarecedor.

Al tercer mes dejé de llorar, empecé a comer y subir algo de peso, empecé a dormir bien y empecé a trabajar después de meses sin poder hacer nada, inmovilizado en una horizontalidad que me tenía asfixiado, desnutrido y apagado. Todo esto ha producido una gran sanación que poco a poco va reordenando mi mundo. La oscuridad a la que nos sometemos cuando pasamos por procesos de enfermedad física, emocional o mental tiene sus procesos, y en esos procesos, hay alternativas eficaces que pueden ayudarnos.

Gracias a los cuidados de muchos, pero también gracias a los cuidados de las medicinas alternativas, he podido salir poco a poco de este meollo. Por lo tanto, no entiendo, ni siquiera como científico social y cultural, el motivo exacto de querer eliminar algo que no hace ningún daño. Es posible que la teoría del placebo sea cierta, pero ningún tipo de placebo hace daño. Si alguien dice conectar con sus guías, con los de arriba o con las fuerzas nativas de la naturaleza y con su poder de sugestión logran sanar, no veo, independientemente de que sea o no verdad, porqué hay que negarlo.

Hoy estuve todo el día en el hospital central acompañando a una amiga. Es evidente que la medicina occidental, moderna o alópata aporta grandes beneficios a la salud, especialmente cuando hay que tratar cuadros complejos. Si te rompes una pierna, no pierdas el tiempo recitando el OM o meditando. Ve corriendo a un hospital. No la niego porque de sus avances todos nos hemos beneficiado y deseo que así siga ocurriendo. Tenemos la suerte de tener hospitales que nos curan y tenemos la suerte de tener excelentes profesionales que nos atienden con todo el cuidado y cariño posible. Pero tampoco deseo que se anule las medicinas alternativas que pueden de igual forma llenar nuestras vidas de beneficio. Creo que todo se puede complementar, y más allá de nuestras creencias, todo puede servirnos para mejorar como seres humanos. Así que gracias a todos los profesionales de ambas medicinas, y ojalá algún día ocurra como vi que ocurre en algunos hospitales de la India, donde todas las medicinas están integradas y no compiten entre ellas, sino que se complementan.

 

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Sonreír en la oscuridad. Algunas formas de cultivar la tristeza


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© Florian Schmidt

“Los hombres generosos y valientes tienen la mejor vida; no tienen ningún temor. Pero un cobarde le teme a todo. El avaro teme siempre a los regalos”.

Hávamál, poema escandinavo.

Cuantas veces habremos pasado por momentos oscuros y cuantas veces nos tocará pasarlos. En un mundo artificial donde todo parece alegría, siempre nos olvidamos de los tristes. A nadie le gusta estar en compañía de alguien que lo está pasando mal. La tristeza es contagiosa, pegadiza. Nadie quiere estar del bando de los perdedores, de los pobres, de los desahuciados. En estos meses, por segunda vez en diez años, he visto la estampida de aquellos que desaparecen cuando las cosas no van bien, no son convenientes o no les favorece. Pero esta vez han sido más los que se han quedado. Supongo que estos ciclos de mala suerte sirven de purga, y solo quedan los reales.

Ahí están los imprescindibles, los verdaderos, los que te soportan en lo bueno y en lo malo, los que te atizan para seguir adelante. Hoy me contactó una conocida presentadora de televisión y ayer un conocido diputado de las Cortes. Son ejemplos públicos de personas públicas y notorias que tengo la suerte de conocer y que están ahí en lo bueno y en lo malo, que buscan un momento en su apretada agenda para darte ánimos. Pero luego está la gente anónima, los que nadie conoce y de forma sigilosa susurran todos los días unas palabras de aliento. Ellos suman superpoderes que se van agregando al egregor de la amistad y que fortalecen los lazos invisibles que nos dan vida y sostén. Los que en la más oscura noche te hacen sonreír y los que sabes que, cuando todo pase, seguirán ahí, esperando el abrazo y la risa, la broma y el cariño. No les importa como estás, solo les importa tu alma. Y en el alma uno ve la nobleza, la aristocracia real del ser.

En estas batallas de tristeza no se libra nadie, ni ricos ni pobres, ni altos ni bajos, ni guapos ni feos. Todos tenemos alguna vez una pérdida de sentido, un trauma que soportar, una desgracia que sufrir, una tristeza que abrazar. No importa la índole ni su naturaleza, pero el mal y el sufrimiento nos acecha a cada instante. Ahora que estoy en esta enseñanza, me gusta sonreír interiormente y disfrutar, de alguna manera, de todo lo que se aprende sobre la vida cuando naufragas. No hay nada como arruinarse para ver el desfile de los interesados del capital caminando rápidos uno a uno hacia la puerta de salida. No hay nada como el abandono más humillante para ver hasta donde aguantan los que superficialmente estaban a tu lado por puro interés. Y sobre todo, es hermoso ver como aquellos que por algún motivo te odian, ahora se mofan de tu mala suerte y se aprovechan de la misma. Esto es lo más sorprendente, y de lo que más aprendo. El odio tiene máscaras que resultan complejas desvelar.

Pero todos sabemos que la vida es cíclica y que nos pone a prueba para comprobar nuestras reaccionamos ante nuestra desgracia y la desgracia ajena. Todos sabemos que hoy estamos aquí y mañana allí, y que la existencia nos da la oportunidad del aprendizaje afilado, sutil, íntegro. Esa idea me hace sonreír, especialmente recordando los malos tiempos y comparándolos con estos. Me doy cuenta de que de aquí se sale, siempre lo hemos hecho, nosotros, nuestros antepasados, nuestros más primitivos ancestros. Todos salieron de los momentos difíciles y como resultado queda nuestro testigo vital.

La infelicidad es un instante si sabemos ser agradecidos y podemos ver con cierta inteligencia todo cuanto ocurre. Se puede sonreír en la oscuridad y cultivar la tristeza con paciencia para extraer de ella toda su enseñanza. Se puede estar uno quieto, viendo lo que ocurre, viendo como ocurre, a sabiendas de que pronto o tarde, la suerte cambia, la fortuna llega y volvemos a empezar, esta vez con más serenidad, con más sabiduría, con más detalle a la hora de obrar. Por eso ya no hay desesperación, solo proximidad hacia el cariño de los demás y alejamiento inevitable hacia los que pretenden hacer leña del árbol caído. Sí, llegó el otoño y pronto el invierno, cayeron las hojas y quedé desnudo… Pero las raíces siguen creciendo profundamente hacia adentro. Esa es la sonrisa que provoca este momento. Esa es la complicidad inevitable con los ciclos. Resiste, perdura, fortalece las raíces para que nada te derrumbe. Y deja que las ramas rocen las ramas de los que te quieren siempre, siempre, siempre.

 

 

No te dejes humillar


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Hoy recibía un escrito que me parecía verdaderamente humillante. Lo tuve que leer dos veces para comprobar su veracidad y luego, tuve que parar el coche en mitad de la nada para cerciorarme de que no estaba viviendo en una realidad paralela. Busqué un área de servicio antes de llegar a Galicia tras muchas horas conduciendo para tomar algo. Volví a leer el escrito con más calma y pensé, casi con una sonrisa en la cara, que no hay humillación posible si no dejamos que eso ocurra. Así que le resté importancia al escrito y seguí adelante pensando, algo asombrado y perplejo, sobre la naturaleza humana.

Quizás sea algo de lo que no somos conscientes. Quiero decir que muchas veces actuamos de forma que humillamos al otro, le robamos su dignidad y avasallamos sus vidas de manera involuntaria. Sólo así se pueden explicar ciertos comportamientos. Si fueran actitudes conscientes simplemente no existirían, por lo tanto, me cabe pensar que muchas veces actuamos inconscientemente desde el miedo o la pura ignorancia. Sin darnos cuenta realmente del daño que hacemos al otro. Por exceso o por defecto. Realmente es como si lo más difícil fuera comportarnos de forma digna, educada, amable, sincera, amorosa. Cuando debería ser, al menos por educación o respeto, lo más sensato.

Estos días hablaba con alguien sobre la necesidad de buscar un acuerdo justo sobre un asunto que aún nos ata. Es asombroso como cada cual entiende la justicia dependiendo de si eso que aparentemente es justo le beneficia más o menos. Si es beneficioso para uno mismo es justo, de la otra forma, sin importar lo que le ocurra al otro o en qué lugar quede, es injusto. Pero la justicia en ese tipo de términos es parcial y siempre que se trata de ajustar cuentas con otro, alguien parece que saldrá perdiendo. Es evidente que hay que valorar si hay daño, y quien lo ha producido, y quien debería obrar con mayor justicia o generosidad si ha ocasionado dolor al otro. Compensar de alguna forma la falta, el abandono, el egoísmo, la traición. Pero no cometer cualquier tipo de delito y encima demandar justicia para uno mismo, y de paso, todo el beneficio.

De ahí la humillación hacia el otro, hacia el perdedor, hacia el que ha sido abandonado, traicionado o injustamente tratado, especialmente si el otro siempre se ha comportado de forma ejemplar, aunque en algún momento hubiera cometido el delito de la debilidad tras verse en situaciones críticas.

No sé si habrá o no una justicia invisible que restablezca todos estos agravios. Eso que llaman karma. Sea como sea, una persona lo único que le queda cuando ha perdido todo es la dignidad, y ante ella, solo le puede luchar para conservarla. Si perdemos la dignidad, si nos dejamos humillar, dejamos de ser personas y nos convertimos en animales de paso.

En fin… un viaje largo desde Barcelona a Galicia, pero con la recompensa de salir fortalecido de una prueba más. Ahora volvemos al Balneario, a este cómodo lugar donde deberé seguir ese proceso de sanación mientras todo se restablece poco a poco.

En el balneario


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Hoy hace justamente tres meses que conocimos la fatídica noticia que nos separaría para siempre. Estábamos en el hospital abrazados mientras extirpaban el estómago a un buen amigo. Nunca pensamos que esa llamada en ese instante iba a ocasionar tanto dolor. Ella se marchaba a Francia y yo al Limbo. Imposible reconciliar realidades tan dispares.

Tres meses de dolor, de sufrimiento y de llanto. Tres meses difíciles donde todo parecía derrumbarse de golpe, como si realmente hubiera vivido durante los últimos años, en un castillo de naipes. Lo irreal desaparece, dicen en un Curso de Milagros. Solo lo real permanece. Y lo real, lo único real a lo que me aferro es a este momento esculpido entre estas paredes, rodeado de libros y montañas y un río que contemplo desde la ventana. Al lugar lo he bautizado con el nombre simbólico de el Balneario. El nombre tiene que ver con alguna lectura de juventud de la mano de Hesse, pero también con la sensación de estar en un lugar retirado a solas para poder sanar. Un lugar donde las aguas discurren rozando cada cauce sinuoso, donde los árboles crecen hacia unas alturas imposibles, donde la vida se contempla de forma pausada, diferente, tranquila, mientras contemplo desde la ventana el paso lento y difícil de peregrinos cansados.

Me había propuesto no escribir en mucho tiempo, pero la fecha merecía unas letras, y quizás también el inicio de un comienzo esperado, anhelado. Uno no puede pasarse toda la vida en la ilusión de la espera, quizás creyendo que lo ilusorio realmente era el derrumbe, y no la montaña. Que cada grano de arena, por pequeño que fuera, volvería a su lugar correspondiente. Es esa esperanza a la que siempre nos agarramos con fuerza mientras las emociones siguen su curso en la empalizada del sentir. El carrusel provoca esas angustias y deambulamos inevitablemente en sus aguas. Son cosas del autoengaño que se van diluyendo cuando cuento los pasos, uno a uno, de todos los peregrinos que pasan junto al río.

La observación y la experiencia pueden convertirse en vías de acceso a un mundo diferente. Llevo tres meses observándome en esta experiencia. Observando mi ira, mi rabia, mi dolor. Al principio desgranaba todo ese fuego en cartas que nunca debieron existir. No es bueno controlar la ira, o intentar domeñarla, pero tampoco es correcto vomitarla encima de nadie. Uno debería irse al campo y soltar allí, en solitario, todo ese dolor desesperado. O debería marcharse a un balneario como en el que ahora estoy para sanar con paciencia todo ese sufrimiento. Pero nunca, jamás, deberíamos vomitarlo sobre nadie. No está bien, hace daño y es innecesario. Pedir perdón cuando uno se equivoca no sirve de nada. El dolor está hecho, y sus consecuencias han sido devastadoras. No supe hacerlo de otra manera. No en ese momento desesperado.

Siendo un experto en sabotear relaciones, quizás la ira sirvió de estímulo para salir huyendo, para abandonar el barco, para romper con todo aquello que se escapaba de las manos, para, de paso, obligar al otro a que saltara también y no quisiera saber de mí en mucho tiempo. La artimaña dio resultado, y siempre me preguntaré porqué me especializo en creerme no merecer ser feliz junto a alguien. La vida nos pone a prueba constantemente, nos deleita con suma facilidad para ver hasta dónde somos capaces de soportar. Admito que esta vez la prueba fue dura. Excesivamente dura. Tanto que temí por el hilo de vida, por el hilo de consciencia que me sujeta al mundo. Tanto que temí romperme para siempre sin posibilidad de colocar cada una de las piezas en su lugar. Al no merecer ser feliz, dinamité con fuerza todo el edificio.

Por suerte ocurrió algún milagro y aparecieron los ángeles custodios. Un especial agradecimiento a B. y D. que agarraron mi mano en el último instante antes de que todo terminara en la devastación. Un especial agradecimiento a todos aquellos que en estos tres meses, como enfermeros del alma, estuvieron ahí, cuidando de mis heridas, lamiendo una por una cada llaga sin temor a contagio, sin reproches, sin juicios, sin culpas.

B. me abrazó tan intensamente que me rescató del abismo. Su amor y cariño, su paciencia en ese momento tan oscuro nunca podré olvidarlo. Me ofreció su palacio cuando no sabía donde ir, a quien acudir, a qué puerta llamar. Me agarró con fuerza medio moribundo. Lamió cada herida, me dio de beber y de comer día y noche, sanó un trozo de mi alma ausente. Cada vendaje, sin ella saberlo, iba recomponiendo ese crisol roto, desvalido, apagado. ¡Como agradecer lo que hizo en mí cuando me rescató de golpe de la noche oscura!

D. amasó fielmente la promesa de visitarme cada mañana y cada noche para que no desmayara en el camino. Nunca podré pagar lo que hizo en mí. Nunca había visto una fidelidad tan a prueba de bombas. Su paciencia, su constancia diaria, puntual y su viaje para estar toda una semana entera cuidando al enfermo obraron el milagro que faltaba para la resurrección. Su mensaje simulado fue claro: “levántate y anda”. Y eso hice. Dejé de tener pesadillas, empecé a dormir bien, a comer bien, a retomar los hábitos, empecé a sonreír de nuevo.

Y el resto estuvo ahí, de forma intermitente pero constante, animando al moribundo en su resurrección, con suma paciencia. No puedo estar más agradecido, especialmente por aquellos que, después de tanto tiempo sin saber de ellos, ante la dura prueba, reaparecieron para sujetarme firme, para evitar que mi llama se apagara. Habéis sido tantos que no tengo espacio suficiente para nombraros uno a uno.

También estoy agradecido al Balneario. Un lugar sanador cuyo refugio y calma hace de estos momentos un tiempo irrepetible. Un lugar que me acogerá, al menos, hasta la próxima primavera, tiempo suficiente para haber sanado y tiempo suficiente para reorientar el propósito que la vida exige.

A los que hice daño, pido perdón con sumo respeto. Especialmente a ti, querida N. Nunca encontraré forma alguna de compensar todo lo que hiciste en mí, porque al romperme, me hiciste nuevo.

(Foto: El balneario, al fondo, hace unos días). 

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La construcción de nuestra realidad


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“Si has construido castillos en el aire, no es necesario que tu trabajo se pierda; es ahí donde deberían estar. Ahora, pon los cimientos debajo de ellos.” H.D. Thoreau

El mundo nunca fue un lugar objetivo. La realidad siempre se ha amoldado a la visión de aquellos que lo contemplan. La física cuántica ya ha podido demostrar que esto es así. Miramos un paisaje y este se modifica según seamos por dentro. Si interiormente sentimos dolor, el paisaje, lo de fuera, es un lugar doloroso. Si dentro hay rabia, la injusticia se apodera de nuestras vidas. Si dentro hay felicidad y amor, las posibilidades que entraña el espectro de realidad son infinitamente acordes con esa emoción.

Lo mismo ocurre con las personas que nos rodean. Pensamos que aquellos que se acercan a nuestras vidas nos quieren hacer daño. Somos de la creencia de que si alguien nos dice esto o lo otro nos puede llegar a perturbar. Pero realmente no es así. Todo aquello que nos perturba es porque existe dentro de nosotros. Nada es bochornoso o doloroso si eso no vive dentro de nosotros. Por lo tanto, las personas solo pueden dañarnos si se lo permitimos entregándoles nuestro poder.

La capacidad de construir realidades tiene mucho que ver con nuestra capacidad de empoderarnos interiormente. Podemos tener un rol de víctimas o un rol de poder. Si el primero es el que nos gobierna es muy probable que siempre estemos viviendo una existencia apática y cargada de sufrimiento. Seremos incapaces de sentir felicidad, de ser felices con nosotros mismos y con los otros. Resulta complejo darnos cuenta de que no debemos dar ese poder, un poder que solo nos pertenece a nosotros, a terceros o a circunstancias ajenas a nosotros mismos. Cuando nos acercamos con paciencia a esa verdad, descubrimos que nada de lo que hay ahí fuera puede bloquearnos, saturarnos o persuadirnos. Si somos fuertes, si consideramos que todo lo que nos afecta parte de una profunda raíz interior, entonces empezamos a caminar por la senda de la sanación, del empoderamiento, de la felicidad.

A veces hay situaciones o personas que por alguna razón extraña despierta en nosotros algún sentimiento, alguna emoción. No importa la calidad de la emoción. Lo importante es observar por qué ese reflejo de realidad, esa circunstancia cargada de personalidad puede afectar a nuestro equilibrio. Cuando descubrimos el epicentro de nuestro propio terremoto interior aceptamos con vehemencia que esa persona o circunstancia nada tiene que ver con nosotros, y nada de lo que diga puede afectarnos si comprendemos que todo nace de nuestra subjetiva realidad.

Esta es la sencilla teoría que hoy en una sobremesa hemos podido dilucidar de forma amable con ejemplos prácticos, con profesionales de la psicología que han descubierto en nosotros entornos erróneos, miradas equivocadas y visiones de la existencia erradas por circunstancias que a veces se remontan a una herencia psicológica de nuestro pasado familiar o a traumas no superados desde hace tiempo. Estamos profundamente agradecidos a la magia que esta tarde hemos podido compartir gracias al encuentro de almas bonitas que han querido disfrutarla en esta casa abierta y de todos.

Como sobrevivir al desencanto


 

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Hay personas que viven en una constante huida. Aquí en los bosques es frecuente encontrarnos con gente que vive en un sumidero de conflictos, de malestar o de quiebra interior que intenta buscar un punto de luz, una salida loable a todo ese laberinto incómodo. La complejidad de cada carácter, observamos que tiene mucho que ver con la manera de construir la realidad, pero sobre todo, con la forma de interpretarla. Un mismo fenómeno, un mismo hecho, puede ser entendido como algo incómodo o como algo que no nos molesta dependiendo del sujeto observador. Si la estructura interior está proyectada desde la rabia o el dolor, todo lo que veamos ahí fuera nos va a incomodar. Si por dentro estamos bien, todo lo de fuera está bien. Nadie nos molesta, nadie nos incomoda, ni siquiera nuestro jefe o nuestro trabajo. Además, si estamos bien, tenemos la capacidad y la autoridad suficiente para cambiar las circunstancias.

Lo mismo ocurre con las proyecciones. Vemos como mucha gente se acerca a este lugar proyectando una especie de paraíso utópico cargado de un vergel semiótico liberador. El escenario dibujado realmente podría ser así, pero si interiormente albergamos un infierno, todo lo que veamos fuera será igualmente infernal.

El otro día alguien me preguntaba extrañada si era feliz viviendo en una caravana, pasando frío y sin ningún tipo de comodidad. La respuesta me pareció sencilla. Si por dentro estás bien, las circunstancias ajenas no deberían dañarme, ni tan siquiera preocuparme. Cuando interiormente tienes la fortaleza suficiente para afrontar cualquier circunstancia, lo que importa de ese instante o momento de tu vida es la visión conjunta de la existencia. Realmente no estoy viviendo en una caravana donde paso frío, estoy construyendo un bonito y profundo sentido a mi vida. Esa segunda visión arrastra por completo a la primera. La idea de construir un proyecto vital tiene más fuerza que la sola idea de estar en una caravana pasando frío. Por eso el frío queda como algo anecdótico ante el acontecimiento de sentirme partícipe de algo mayor, de algo más grande y generoso.

Esa visión de conjunto es importante para adentrarnos en la idea del desencanto. Muchas veces vivimos tristes o amargados porque hemos perdido el rumbo de nuestras vidas. Vemos como si nada tuviera sentido y como si el morir pudiera ser no tan solo una solución, sino la salida natural a ese estado anímico. Las situaciones de pérdida suelen ayudar a construir en nosotros un estado de rabia, de tristeza o de amargura interior que no nos deja ver el conjunto de nuestra existencia. De ahí que debamos acudir a algún tipo de fórmula para reencantar nuestras vidas, para sabernos útiles y valiosos, para sentir que merece la pena seguir adelante. La visión de conjunto, el estirar nuestra mirada más allá de nuestro infortunio presente, siempre será imprescindible para acometer el reencanto.

Vivir desencantados es morir antes de morir. Por eso debemos buscar un profundo sentido a nuestras vidas que sirva de motor verdadero, de combustible para seguir. Cualquier pequeño objetivo, por simple que parezca, nos servirá de impulso para seguir adelante. Cambiar de trabajo, de pareja, de vida, de lugar, de proyectos, pero sobre todo, cambiar la perspectiva, la visión, los pensamientos, las emociones, los ritmos, los hábitos, los acuerdos inconscientes a los que hemos llegado con nosotros mismos para sobrevivir psicológica y emocionalmente a situaciones pasadas que ya no nos corresponden. Debemos aprender a enterrar todo aquello que nos obstaculiza, que nos oprime, y situarlo en su debido lugar. También debemos aprender que si no cambiamos nuestro escenario interior no importa lo que hagamos exteriormente. La misma película nos seguirá allá donde vayamos.

La vida despierta todos los días con un nuevo amanecer. Esa es la señal del cambio, de la oportunidad. Es el momento para girar rumbo a un nuevo lugar donde posicionar nuestra poderosa visión. Es el momento para despertar a nuestro héroe interior y caminar hacia la aventura de la vida. Respirando silenciosamente y explorando nuestro interior. Ese es el primer paso. Todo lo demás solo son escenarios que proyectamos desde nuestros condicionantes.

Querido Ego, te amo


 

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Alguien muy sabio dijo que teníamos que amar a nuestros enemigos. Y de todos ellos, el peor enemigo es nuestro propio ego. Es algo que tardé en entender. Me refiero a lo de amar a los enemigos y también me refiero a eso de que nosotros seamos nuestro peor enemigo. Primero porque es difícil amar. Casi nadie nos enseña a hacerlo y cuando crees que has alcanzado cierto grado de madurez en cuanto al amor, te das cuenta de que el mismo se escurre entre las manos. Creemos que amamos, pero resulta difícil hacerlo.

De igual modo, resulta difícil conocer al ego. O lo que es lo mismo, adentrarnos en los espacios infinitos del Templo de Delfos para conocernos a nosotros mismos. Me encanta esa sentencia rotunda de Nietzsche cuando decía eso de “no nos conocemos a nosotros mismos, nosotros los conocedores”. Por eso, la doble causa de amar a nuestros enemigos y amarnos de paso a nosotros mismos, es decir, a nuestro ego escurridizo y oscuro parece misión imposible.

Aún así debemos intentarlo. Debemos abrazar nuestra imperfección, nuestros bajos deseos, nuestras carencias materiales, nuestras enfermedades vitales y existenciales. Debemos sostener con impasividad y sosiego nuestros delirios, nuestras pasiones infernales, nuestras máscaras continuas, nuestros egoísmos y otras enfermedades del alma. También nuestra crítica a todo lo que se nos acerque, nuestra forma de dividir y clasificarlo todo. Debemos enfrentarnos a esa manía nuestra de mentir, de mentirnos, de ocultar, de encerrarnos, de vacilar ante todo, de despreciarlo todo, de no asumir nuestra humana y mezquina condición.

Ya no me ofende cuando alguien insulta a mi ego, o me dice que tengo mucho ego o pretende identificar algún error, imperfección o tara de mi ser encarnado. No me importa, de verdad, porque sé que quien dice eso no eres tú, sino tu otro ego, el divisor, el clasificador, el oscuro. Al que de paso también me esfuerzo en amar porque en el fondo, el ego es como ese niño que nace enfermo y necesita de un exceso de cuidados. Es esa parte nuestra que nos ayuda a vivir en esta dimensión humana y nos protege, como la capa de ozono, de un exceso de luz. Por eso debemos cuidarlo y abrazarlo, debemos sanar sus heridas para que cada día más se parezca a nosotros, me refiero a nuestro ser encarnado, a nuestra esencia primera.

Nuestra misión es amar al ego para apreciar ese amor hacia el otro, los otros. Para bucear más tarde en la esencia que encumbra las máscaras y dedicar tiempo y recursos a ahondar en el ser, en la chispa que nos da vida y consciencia. Descubro que cuando soy capaz de mirar al otro desde su esencia, una fuente de amor brota desde dentro y se expande. Cuando miro al otro desde el ego, solo nace de mí cierto grado inequívoco de mezquindad.

Por eso querido ego, ahora que estás tan de moda, ahora que te han descubierto y desean aborrecerte como si fueras un auténtico jinete del apocalipsis, te abrazo con ternura, te respeto y te amo. Sé que lo que haces es fruto del miedo que todo lo paraliza y divide. Sé que tus errores, que tus temores, no son más que producto de ese vacío que se siente cuando sabes que vas a morir como entidad finita. Y tú, querido ego, tarde o temprano lo harás. Dejarás de ser lo que eres para dar paso a la esencia infinita que te da vida. Por eso te amo, porque sé de tu fragilidad.

No tengas miedo


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De pequeñito me daba miedo casi todo. Me pasaba todo el día llorando. Cualquier sombra, cualquier ruido, mi imaginación lo transformaba en terribles bestias de la noche. No soportaba la soledad, pero tampoco la compañía. Si alguien me hablaba en un tono no muy apropiado, saltaban las lágrimas. Si salía a la calle, todo me temblaba. Mi primer día de colegio, y los sucesivos durante mucho tiempo, se convirtieron en una pesadilla. Tuve miedo a todo. A las relaciones, a la gente, a los amigos, a los animales, a la vida. Tuve miedo a las parejas, al sexo, a los compromisos, a tener familia, hijos, dinero, éxito.

Por miedo desaparecía en las fiestas, en los cumpleaños, en las clases, en las citas con chicas que me gustaban, en las competiciones, en los juegos. Tenía miedo a ir al cine, meterme en el metro, hablar con desconocidos. Tenía miedo a ganar y a perder, miedo a la recompensa y a la pérdida. Veía un precipicio y me aterraba, veía una altura y temblaba. Cualquier valla era algo inalcanzable. Las normas me daban miedo, la autoridad me daba miedo, hasta la comida, por temor a hacer daño a la vaca, el pollo o el pescado. Hasta las miradas, por miedo a que vieran mi tembloroso interior.

Un día alguien me dio la mano, me miró a los ojos y me dijo: no tengas miedo. Nunca tendré palabras suficientes de agradecimiento para esa mano tendida. De repente sentí que podía hacer cosas inimaginables, como si algo me levantara, como si una fuerza diferente naciera de mí. Hasta ese momento no me di cuenta de todo lo que el miedo me había imposibilitado. De todo lo que el miedo me había paralizado. Por miedo había dejado de vivir, de sentir, de soñar, de besar, de abrazar, de reír. Pero aquel día me levanté, y empecé a hacer cosas que jamás hubiera soñado poder haber hecho.

Perdí el miedo a las alturas haciendo parapente. De repente me vi volando entre montañas y nubes y pensé que la vida era mucho más grande de lo que había imaginado. Empecé a salir con chicas, a besarlas, a desnudarme ante ellas. Hice un viaje de seis mil kilómetros en coche solo para besar un amor. Empecé a tener dinero y propiedades y carreras y estudios y dejé de tener miedo a perder. Empecé a dejar de tener miedo a comunicarme y di mis primeras clases en un instituto y en una universidad como profesor. Escribí mis primeros libros, di mis primeras conferencias, las primeras palabras en la radio, en entrevistas, sin miedo. Empecé a viajar y perdí el miedo a la noche, a la oscura noche del alma, empecé a sentir que perdía el miedo a la libertad, al misterio, al espíritu, a los tiempos, a despertar.

Dejé de votar siempre al mismo partido. Incluso dejé de militar siempre en el mismo ideario. Dejé mi barrio, mi ciudad, mi familia, mi trabajo. Rompí las cadenas de mis emociones, de mis pensamientos, de mi propia construcción filosófica de la vida. Perdí el miedo a mí mismo, a la victoria y a la derrota, a la humillación y a las cadenas que nos atan a casi todo. Entonces perdí la casa, el dinero, las riquezas, el prestigio. Lo perdí todo una y otra vez, una y otra vez, hasta verme sin nada.

Un día incluso conocí a un ser extraordinario y perdí el miedo a tener hijos, a formar una familia. Ese día, por primera vez, sentí una liberación, sentí el tributo a la vida en toda su más impresionante expresión. Sentí un agradecimiento y una regeneración interior. Pero ese día, tristemente, me quedé solo. Fue entonces cuando también le perdí el miedo a la soledad, al vacío, a la tristeza.

(Fotografía: © David Keochkerian photographie)

¿Se puede sanar un trauma?


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Ayer, en el flujo intenso de la meditación, reflexionaba sobre los traumas. Realmente es algo que nos condiciona de por vida, y es algo tan oculto y oscuro que nunca somos conscientes de cuanto ese trauma nos está afectando en la vida diaria.

La infancia y partes de nuestra incipiente adolescencia y juventud está plagado de traumas. Son experiencias que de alguna forma nos han querido ayudar a madurar psicológicamente aspectos de la vida que a veces, ya sea por accidente fortuito o por las propias circunstancias del individuo nos han atravesado de forma intensa y dura. Si ese trauma no se supera, de alguna forma se enquista en nuestro interior perjudicando gravemente toda nuestra evolución posterior.

La mayoría de los traumas tienen que ver con experiencias sexuales, emocionales o psicológicas de calado profundo. Una violación o abuso en nuestra infancia, a veces conscientes o no de ello, un ingenuo acercamiento a la sexualidad que luego no supimos organizar en nuestro interior. El caso de hermanos con hermanas o primos con primas o vecinos con vecinas que de forma consentida por ambos lados empiezan a experimentar sus primeros impulsos sexuales entre las personas más cercanas a su entorno, a veces de forma ingenua e inocente, como un juego o una búsqueda de roles y otras, por el mismo impulso, de forma agresiva, sin entender o saber gestionar, en ambos casos, la propia experiencia de aprendizaje sexual.

A veces nacen por inseguridades emocionales o psicológicas, por abusos afectivos, por relaciones tóxicas de todo tipo, normalmente entre padres e hijas o madres e hijos o entre hermanos que no terminan de entenderse. Y luego las primeras relaciones fuera del entorno de seguridad de la familia, normalmente entre los primeros amigos y la escuela, donde asistimos a todo tipo de abusos que no siempre somos capaces de verbalizar.

Otras veces la simple pérdida de un ser querido que no hemos sabido gestionar ni madurar. O las pérdidas materiales, que en algunos casos han llevado incluso al propio suicidio.

Lo cierto es que todos esos traumas, todas esas experiencias están ahí y afectan día a día a nuestras relaciones presentes y futuras y al que debería ser nuestro sano compartir diario.

La pregunta en la reflexión meditativa fue clara: ¿cómo resolver un trauma? ¿Se puede curar una dolencia afectiva, emocional, psicológica, traumática? La respuesta fue contundente. Un trauma es una huella profunda que afecta a esos otros cuerpos, el emocional y el psicológico, de forma profunda. Si la pregunta fuera, ¿cómo curar o resolver una mutilación debida a un accidente físico? La respuesta sería clara. No se puede. Si una persona se queda sin un brazo o pierde una pierna eso quedará de por vida. Lo primero que se puede hacer es aceptar esa nueva realidad y abrazar su existencia. Lo segundo, adaptar nuestra vida a esa realidad, buscando aquellas herramientas que nos permitan seguir adelante a pesar de los obstáculos. El reto de la superación personal siempre estará presente y vivo.

En los traumas emocionales o psicológicos ocurre lo mismo. Es una huella tan profunda que sería complejo que pudiera desaparecer de nosotros. Lo único que podemos hacer es abrazarla, reconciliarnos con esa experiencia, con esa sombra y su aprendizaje y adaptar nuestras vidas con amor y compasión para poder seguir adelante. Tan complejo es aceptar que hemos perdido alguna extremidad o capacidad como aceptar que hemos perdido una parte de nosotros mismos a niveles emocionales o psicológicos.

Los profesionales terapéuticos nos deben ayudar a bucear en esa reconciliación con la experiencia y dedicar tiempo a la búsqueda de herramientas que fortalezcan nuestra adaptación a esa realidad, sin que ello dificulte nuestras correctas relaciones con el entorno y con el resto de personas. Las experiencias no deben dificultar nuestra realidad, sólo deben servir de aprendizaje para fortalecerla. Nuestra actitud y reacción ante ellas será lo que nos haga mantener una vida sana y feliz en el futuro. Por lo tanto, la propia sanación parte de la aceptación, la reconciliación y la adaptación a esta circunstancia.