Sin conexión


A pesar de todo, no tengo impulsos o intentos de escapar. Ni siquiera me quejo de nada. Solo observo, describo e intento averiguar qué se está tejiendo en los planos intangibles para que ocurran tantas cosas. No siento esa épica del temor a la muerte que pudo expresar en su agitada vida el rey sumerio Gilgamesh. El gran héroe de Uruk vivió una vida marcada por la locura, los sentimientos radicales, la ansiedad y el aislamiento. La búsqueda de la inmortalidad tiene sus cosas. En mi caso, es solo una cuestión de aturdimiento otoñal. No puedo quejarme de nada. La inmortalidad puede esperar.

Ayer por fin llegó el piano. Sentí cierta emoción al sentarme junto a él y ver cómo un viejo sueño se cumplía. El tener un piano, aunque sea digital, era uno de mis últimos sueños junto al de tener algún hijo. Lo de la descendencia ya casi lo descarto, a no ser que la vida de una sorpresa inesperada y pueda algún día ver crecer entre árboles y bosques algún pequeño niño salvaje. Recuerdo cuando aquella hermosa novia alemana me propuso vivir en un bosque y tener seis hijos. De haber seguido sus impulsos ahora sería un gracioso padre asalvajado, viviendo una vida extraña en los confines de la Baja Sajonia rodeado de niños y decenas de caballos. Qué raro me resulta años más tarde sentir esa llamada de la selva, y no por aquel entonces, cuando realmente los astros parecían conjurar para que se diera ese ideal.

Ayer también me dijeron que no tenían que operarme el hueso que me rompí hace unas semanas. Los cuidados de estos días han hecho efecto, el brazo está mejorando día a día y no hace falta intervención, solo una lenta recuperación acompañada de cierta rehabilitación. Aún así, desde la gran noticia de hace unos días, aquella que desplomó el ánimo bajo mínimos, parece que no hay manera de reconectar con el mundo. Es como si el otoño se hubiera adelantado unos días, o unas semanas, y hubiera calado en mi interior. Así que reposo, cansado, como un árbol sin conexión con la sagrada luz del sol y dejo que una a una todas aquellas hojas caducas vayan cayendo a la húmeda y oscura tierra. Allí todo se pudre y desaparece, creando el abono que alimentará la próxima primavera. Son los síntomas de los ciclos. Apreciarlos, incluso disfrutarlos, forman parte del paisaje de la vida.

Realmente está siendo una semana rara. Apareció una gotera encima de la biblioteca, nos quedamos sin luz en parte de la casa y perdí la electricidad en la cabaña durante unos días, hasta que encontramos la avería. Para más inri, volvió, cuatro semanas más tarde, nuestro querido ratón. Puntual, a las cuatro de la madrugada, empieza su atareada faena de hacer ruidos insoportables en toda la cabaña, despertándome desde hace tres días y sin poder pegar ojo en toda la noche. Así que arrastro algo de tristeza, cansancio y falta de ánimo por partes iguales.

Hoy también se estropeó el wifi de la cabaña. Estoy sin conexión, tirando improvisadamente de los datos del teléfono. Me da miedo despertarme mañana y comprobar que las cosas pueden seguir empeorando día tras día. Desconectar de la vida del alma, aunque sea por un instante, tiene sus riesgos. Y siento que de alguna manera ando despistado, desconectado, a pesar de la claridad mental y espiritual sobre lo que tengo y no tengo que hacer en este universo de caos y orden cósmico.

Siento como si Endiku, el gran amigo de Gilgamesh, hubiera muerto y yo mismo, imitando al cansado rey, me hubiera exiliado en la taberna del fin del mundo. De alguna forma siento que no encontraré en las inmensidades del océano la planta de la eterna juventud, de la inmortalidad añorada. Mortal, devengo en los porvenires de los astros, y dejo, con cierta ansiedad interior, que el otoño me provea de la podredumbre de las hojas muertas. Sí, ya es otoño aquí en los bosques. Y toca desnudarse de nuevo.

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El dilema de las emociones y el dolor


Hay cuatro caballos salvajes que tiran de nuestro carro anímico, de nuestra vida, de nuestra alma: el de las necesidades materiales, el de las necesidades anímicas, el de las necesidades emocionales y el de las necesidades mentales o intelectuales. El carro representa el cuerpo que sostiene al jinete, a nuestra alma. A veces ocurre que perdemos el control sobre esos caballos, o vemos cómo cada caballo tira para una dirección diferente. Es ahí cuando nace el dolor, la pena y la tristeza.

Miedo, inseguridad, ira, tristeza, amor, alegría, son solo emociones que nos hacen sentir vivos. Sentir es sabernos vivos. Se expresa muy bien en la película distópica Equilibrium: sentir es tan vital como el respirar. Sin amor, sin ira, sin tristeza, la vida es solo un reloj de arena. Y el dolor nos permite crecer, ampliar horizontes y discernir sobre aquello que nos conviene para nuestro progreso.

Los sentimientos son amplios y provocan sed. Esa sed solo podemos saciarla entregándonos a ella. Sin mesura y sin control las emociones son un caos. La posibilidad de abrazarlas, de gestionarlas, de poner cierto control sobre ellas sin intentar anularlas debería ser nuestro reto. Coger las riendas de nuestra vida y domar a nuestros cuatro caballos salvajes, insaciables, buceando para ello en nuestro propósito vital, es la proeza.

Hay un orden ético y moral en nuestras vidas, pero también hay un orden material, vital, emocional, mental y espiritual. A cada caballo hay que alimentarlo de diferente manera. Cuando uno siente una profunda depresión, una profunda tristeza, debe alimentar a su caballo anímico y emocional con especial atención. Debemos atender sus necesidades de igual forma que cuidamos de un niño. Con paciencia, amor incondicional y fortaleza interior para afrontar todo ese devenir disruptivo que nace de cada proceso existencial.

El dolor, el sufrimiento, la tristeza, son emociones que provocan un esfuerzo ascendente de aprendizaje, de contacto con la realidad, de reajuste de nuestras vidas. En este universo de incertidumbre y duda en el que vivimos, un universo cada vez más volátil y líquido, debemos aprender a reorientar nuestras emociones no como algo negativo o penoso, sino como algo que nos acerca a la continuidad del Logos, como una línea de mayor resistencia que nos empuja hacia la cima de lo que somos.

No hay que avergonzarse por estar triste o depresivo. La alegría y la paz interior, junto al amor y la empatía son emociones que siempre nos gusta compartir. Pero no debemos avergonzarnos de otras emociones que expresan dolor o depresión. Esas emociones son un proceso alquímico que mediante el fuego interior aprisionan y destruyen todo aquello que nos impide avanzar. El jugo de la existencia es encontrar aprendizaje donde otros solo ven decadencia, pérdida o ruina.

El dolor es como un arder en la hoguera para luego reinventarnos en la frescura del agua de la vida. El sufrimiento es como viajar a un país lejano donde nos vamos a encontrar de golpe con las riquezas de la eterna generosidad. El árbol sufre con la pérdida de las hojas marchitas, pero resucita en cada primavera para generar más vida y esplendor. Las emociones tienen sus ciclos, sus influencias astrales y estelares, sus ritmos. Identificarlos, abrazarlos y apaciguarlos con el aprendizaje nos ayuda a vencer y sentir la vida. La utilidad del dolor y el sufrimiento es muy útil para el alma humana.

Cuando caemos en barrena, en depresión, es una oportunidad para viajar de la oscuridad hacia la luz, de la esclavitud a la más sublime liberación y de la agonía, a la más sincera paz. El dolor es como un guardián que nos advierte de los peligros de la vida, que nos aleja de aspectos y personas indeseables para nosotros, provocando el rechazo automático hacia aquello que ya no resulta útil para nuestra evolución. El dolor, la pena, la tristeza, el sufrimiento, son agentes purificadores que liberan nuestra alma. Si lo miramos desde esta visión y lo abrazamos, estaremos preparados para volver a escalar hacia las cimas de nuestro espíritu.

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Habrá que esperar…


Corriendo por la playa’, obra de Joaquín Sorolla, 1908.

 

Hay tormenta en los bosques. Algo de viento que empieza a arrastrar las primeras hojas otoñales, aún sin ser aparentemente otoño. El verano se desliza poco a poco hacia su ocaso. Y en ese ocaso lo engulle todo. Las ilusiones, las esperanzas, los amores, la ternura, el aliento. Las parejas que se enamoraron en la playa volverán a sus ciudades. Con el paso del tiempo la mayoría olvidarán esos momentos inolvidables. Los abrazos, la devoción y el afecto con el que se besaban, los rincones secretos. Todo quedará en la matriz del recuerdo, tragados igualmente por otros y otros recuerdos entremezclados que con el paso del tiempo formarán parte de los ingredientes de nuestros sueños inconscientes. Los olores, los colores de aquellos atardeceres, la suave caricia entre sudores. Allí quedó todo, en el otro lado.

Los que no tuvimos tanta suerte no tendremos nada que contar, ni a ningún lugar donde volver. Algunos nos pasamos el verano trabajando, observando el disfrute de otros, soñando quizás con la posibilidad, aunque fuera remota, de zambullirnos en alguna hermosa historia de amor. Rozamos la ilusión, lamimos algunas antiguas heridas aún no fraguadas en las consignas del llanto. Permitimos alguna posibilidad, sin que la misma pudiera ser el resultado de algo exitoso. Más bien un fracaso, quizás por la falta de práctica o por la falta de aquello que dicen que hay que tener cuando la ambición de los caballos supera la fuerza de los dioses.

La escasez de apetencias es un síndrome extraño de la edad. Viene relacionado al número de engaños y decepciones pasadas. Cuantos más engaños y decepciones, menos apetencias. Es como fijar el rumbo hacia un norte que no promete nada y virar rápidamente en dirección contraria. Es como tener un deseo, a sabiendas de su poca posibilidad de éxito, y arremeter contracorriente con la frugalidad de todas las cosas. Todo es frágil y nada prometedor. Es la era acuática en la que vivimos. La era blanda, donde lo sólido ya no existe, y todo se reduce a píxeles de ficción.

El final del verano siempre resulta decepcionante por eso. Es volver a la rutina, a la callada amargura por no haber realizado nada especial excepto tumbarte durante algunos días, acariciar la panza torrada y disfrutar de la pesca, de haberla, en sordos compases. No hay forma de ahorrar tiempo para leer o para escuchar los sonidos perdidos del bosque o los ruidos del campo. Ya todo se va y ya todo se desliza hacia la rutina gris, tendenciosa, apagada.

La metáfora de nuestras vidas es que no somos capaces de estar nunca satisfechos, y queremos más, o lo queremos todo. Aquella persona afable y sonriente no es suficiente. Esperamos siempre algo más. Nos impacientan las limitaciones de nuestro trillado y obsoleto pensamiento consuetudinario. Nos creemos capaces de abarcarlo todo sin darnos cuenta de nuestras pobres limitaciones. Lo queremos todo, y lo perdemos todo.

Aquí en los bosques, ermitaño y estoico, templo la vida a falta de vida, de más vida. Apago las luces del deseo y perduro en la cuenta de lo inadmisible. Me encierro, cada día un poquito más, hacia el silencio abrumador. Ya no puedo ser vocero y actor de la verdad porque la verdad se cuela entre los límites de nuestra propia ficción. Hacemos un relato de nuestra vida que nada tiene que ver con lo envolvente.

Es solo un relato, a veces vacío, ensombrecido por un momento de decepción irrecuperable, y ataviado por la promesa de un mañana que nunca llega. Seguiremos esperando. Vamos a esperar. En pocos meses llegará el nuevo verano, con sus nuevas promesas, con sus nuevas aventuras inconclusas. Este año no hubo una gran cosecha. Habrá que preparar la nueva tierra, con su estiércol necesario, con su siembra irreductible. Esperaremos pacientes y leales como una roca arraigada al lecho de la tierra o como un roble que por su reciedumbre inconmovible, espera paciente el nuevo día. Sí, esperaremos… habrá que esperar…

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Dolce far niente


El placer de no hacer nada. Un placer extraño. Un talento extraño. Todo un arte. Algo bueno tiene que haber cuando la vida te inmoviliza. Podríamos estar quejándonos y llorando de dolor, de sufrimiento. Tan joven y tan inválido, invalido, invalidado. Uno se limita a ver pasar las horas. A saludar a unos y a otros, a echar de comer a los pájaros que reclaman sus propios regalos.

Un ratón se coló en la cabaña. Eso hace que lleve unos días sin dormir. Los primeros fueron dolorosos, los siguientes llenos de aceptación. No me puedo mover y no puedo dormir con el ruido casi insoportable del roedor.
Me gustaría asomarme a otras puertas, a otras ventanas, pero soy extremadamente tímido. Miro por la ventana y veo el anuncio: “dolce far niente”. Me saca una sonrisa porque imagino ese hermoso piano tocando a cualquier hora desde el placer de tocar solo por tocar, quizás ya sin ninguna fantasía que lo acompañe, pero con la ilusión de sentir cada nota escapar por cada poro del susurro existencial. Sonrío, amable, indulgente.

Soy tímido y entonces me encierro, me doblego. Dejo que el ratón haga de las suyas, dejo que el tiempo pase sin más, dejo que la vida se detenga y no pretenda asumir el rol valiente de aventuras imposibles. Dejo simplemente que todo pase, absorbiendo el gusto de los recuerdos, de esa emoción recién cosechada, de ese itinerario que fue de ida y vuelta, solo con una cima a la que llegar, una pequeña colina, un atardecer, un suspiro. Algo breve.

Todo cada vez es más corto y más breve. Lo digo simplemente porque ya no me gusta insistir, ni molestar, ni atormentar. Si surge bien, si vuela bien, si fluye bien, si se da bien. Pero si no surge, ni vuela ni fluye ni se da, abrimos el pecho y las manos y las canillas del alma dejando que todo pase, que todo se renueve en la pura impermanencia, en la línea de los ciclos, en las atalayas y las cimas del devenir. No tengo edad para luchar. No tengo mucho más que ofrecer.

A veces el no hacer nada es un placer. Ese punto de quietud en el que te vuelves el observador, el pasivo público, el admirador que derrama lágrimas y alegrías desde el otro lado del telón. Te caes, te rompes los huesos, te inmovilizan y la vida se para. Todo se para. El amor, la ternura, la emoción, el encuentro, lo secreto, la locura, la agitación interior y sublime. Sí, soy algo tímido, y cuando me cierran las puertas sin dejar rendijas me vuelvo pequeño y vulnerable, sensible, endeble, frágil. Y aprendo de la experiencia dulce del no hacer. Del estar quieto. Del ser, siendo.

Seguro que algún beneficio tiene que tener este de mirar desde la cama como pasa el tiempo, como transcurren los acontecimientos mundiales sin que nada te afecte, sin que nada perturbe la quietud asumida. No hay mayor estímulo que levantarte tras una dura noche sin dormir, mirar al bosque y esperar a que ocurra algo. Quietud ante la vida, timidez ante la vida, disfrute invisible, anónimo y placentero por el mero hecho de no hacer nada. El no hacer nada es un arte. Los italianos lo llaman “dolce far niente”. Los holandeses “niksen”. Nosotros… ¿cómo lo llamamos nosotros? Pasa el tiempo, pasan las horas, y aquí seguimos, esperando a que el ratón ponga su música. Buenas noches.

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La vocación ante una vida aparentemente quebrada



Durante estos últimos siete años recibí alguna queja ante la situación aparentemente angustiosa de mi vida. ¿Qué estás haciendo con tu vida? Era la pregunta más recurrente. Si basamos el éxito y el progreso individual en los paradigmas antiguos, es decir, en tener una buena posición social, un buen trabajo y una buena familia, podría decir que mi vida ha sido una quiebra en los últimos años.

Un fracaso, un aparente atolladero sin salida que simbólicamente se ha quebrado estos días con el pequeño accidente sufrido y la rotura de un hueso próximo al hombro. Los hombros son los que soportan la carga de toda nuestra vida, y era natural, ante toda la carga que me había impuesto en este tiempo, que algo se quebrara. El hombro quebrado es el símbolo de una quiebra.

Durante estos siete años me movió algo que no tiene que ver con ningún paradigma, modelo o ideal. Me moví única y exclusivamente por los impulsos y dictados de mi corazón, que podríamos identificar con eso que algunos llaman alma, consciencia o Ser indecible. Llegué a un pacto con la vida, llegué a una situación de total libertad para poder albergar en mi pecho el deseo de ser útil a un propósito ajeno a mis intereses personales. Esto es complejo de explicar y de entender bajo la normalizada aspiración de todo ser humano, pero fácil de aplicar para aquellos que emprenden el camino de la vocación, de cualquier vocación.

Cuando es la vocación lo que te mueve, lo que te impulsa, el mundo y la visión del mismo sufren un registro diferente, un cambio profundo. Ya nada que hasta ese mismo momento tenía algo de valor o sentido continúa teniéndolo. El dinero, las relaciones, el estatus, las propiedades, el trabajo, la familia… todo, absolutamente todo queda subordinado a la vocación.

La vocación nace de un impulso irracional. Siempre es un impulso transgresor, rompedor de moldes y modelos, apertura de visiones hacia aquello a lo que el ser humano debe caminar. Una llamada, una potente inspiración que sientes procedente de una fuente desconocida, con la profunda misión de llevar una forma de vida completamente diferente y ajena a lo que se considera normal, lógico o racional.

Posiblemente en el futuro me quebraré muchas más veces. Llegaré agotado a todos los lugares, exhausto y derrotado. Pero como todo guerrero vocacional, descansaré en alguna atalaya, en algún lugar cerca del camino, para luego volver a empezar. Esa es la condición del rebelde, de aquel que dice no, de aquel que se levanta una y otra vez a pesar de las pérdidas, de las derrotas continuas. Caeré mil veces y mil veces me romperé los huesos de puro cansancio. Pero mientras haya vida, habrá vocación, mientras haya vocación, seguiré caminando, hollando los senderos, una y otra vez.

En el camino vocacional ya no importa ganar o perder, tener o no tener, recibir o no la compasión de los otros, su cariño, su amistad, su amor. La obstinación por perseguir el sueño del Soñador, por comprender su profundo significado y por allanar los caminos que conducen al mismo nos hacen seguir adelante. Duele, claro que duele, pero así de desnudo es el camino de toda vocación.

Alegre en la mañana, con un gran gozo en el alma, nada tengo y camino, oh Gran Espíritu, hacia tu sempiterno propósito.

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Dame la perseverancia de las olas del mar


 

Dame la perseverancia de las olas del mar, que hacen de cada retroceso un punto de partida, para un nuevo avance. Gabriela Mistral.

Nunca pensé que jugar al pimpón fuera un deporte de alto riesgo. El resultado de una caída tonta fue la fractura del húmero proximal izquierdo. Romperse un hueso es muy doloroso. En diez días me dirán si me tienen que operar. Me esperan unos meses de recuperación y rehabilitación, de reposo, quietud y reflexión. Postrado en la cama es poco lo que se puede hacer. Estoy escribiendo este texto gracias al dictado del procesador de textos. Todo se hace difícil cuando la vida te pide quietud, y de alguna manera te obliga a ella.

Los amigos de este lugar me ayudan con todo. Me hacen las comidas, me ayudan con el aseo… Un autónomo no puede permitirse el lujo de dejar de trabajar. Pero en estos momentos me resulta casi imposible hacer cualquier tipo de trabajo. Hasta leer un simple libro resulta una tarea compleja. El dolor consume cualquier tipo de ánimo. Las noches se hacen eternas, sin poder dormir por el dolor y las molestias. Cambiando de postura cada diez minutos, soportando el peso de las horas, segundo a segundo, minuto a minuto.

Me pregunto qué ocurre con esas personas que están solas y no tienen a nadie que les ayude en momentos de enfermedad o crisis. Me pregunto qué ocurrirá con esta generación que no ha tenido hijos y me pregunto cómo envejecerá. Ahora que la institución familiar está desapareciendo, me inquieta pensar qué será de nuestras vidas cuando seamos mayores y nadie pueda hacerse cargo de nosotros. El movimiento de los singles se tendrá que enfrentar algún día a esa realidad.

Al igual que un faquir, me siento pobre en estos momentos. No tengo nada más que al Amado, como decían los sufís. De alguna forma, el absolutamente pobre, es el absolutamente rico. Siento ese tremendo desasimiento hacia todo aquello que no sea el pensar e indagar sobre el misterio. Ni buscaré las flores ni temeré las fieras, que decía San Juan de la Cruz. Quietud, dolor, paciencia, perseverancia.

La gnosis arquetípica de todo lo que nos ocurre es un misterio. La meta de todos es vaciarnos. Me siento pobre y vacío. Como una mariposa quemada por el abrazo de la llama. Reconozco en esta quietud a los verdaderos maestros que me rodean. El verdadero maestro es aquel que te recoge los zapatos y te prepara el té, es aquel que sirve en silencio y humildad. Siento que este retroceso será un nuevo punto de partida. Un nuevo avance hacia algo nuevo. Seré paciente y perseverante. Como las olas del mar, como las gacelas que pacen en los valles, como la piedra quebrada que yace junto al río.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura… y a este pobre inválido… 🙂

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Amar a los equilibristas


Se había roto una cadena del tractor. La miré compasivo, paciente, desapegado. Me acordé de esa hermosa madre con sus dos hijos, casi sin tiempo para vivir, para respirar, casi rota por dentro, como las cadenas, fijando siempre toda su atención y su existencia en sus hermosas criaturas. Había cierto reproche a la vida porque cuando eres madre te anulas y vives solo para ellos. Te trasciendes, te sacrificas para que los otros salgan adelante. En mi caso solo se trataba de unas cadenas. Unas tristes, frías y rotas cadenas. Cogí la moto, surqué los vientos hasta ese lugar donde venden tractores y cadenas. Pedí cuatro cadenas. Pensé que la vida podría resultar triste si basaba todo el reproche del día en esas cadenas rotas. Así que aproveché el viaje. Compré algunos aguacates, un par de dulces de chocolate y una horchata. Me fui al borde del Camino para ver pasar a los peregrinos. Es hermoso ver todas esas vidas pasar e imaginar alguna bonita historia de amor. Aparqué la moto silenciosa, eléctrica, moderna. Saqué los dulces y luego tomé la horchata mientras iba repitiendo con amabilidad eso de “buen camino” a unos y otros.

Sentado en ese inmenso prado, rodeado de árboles, viendo unas juguetonas cabras enanas comiendo las cortezas de los árboles, cerrando los ojos mientras escuchaba la ternura del momento, sentí ganas de llorar. Era una emoción extraña. Quizás muy cercana a esa que uno siente cuando se encuentra solo en el mundo, realizando mil malabares para que nada se derrumbe, para que todo esté bien, para que nadie sufra más de lo necesario. Me di cuenta por un momento de esa necesidad tan humana de la compañía, de la creación de una familia, de la necesidad de tener una complicidad profunda con alguien a quien abrazas todas las noches. Sentí cierta pena por no ahogar la vida en la creación de más vida. Sentí cierta sensación de fracaso por no haber proyectado una sana razón por la que levantarse todos los días, más allá de los sueños propios y egoístas, casi necesarios, casi imprescindibles para dotar de algún sentido a todo cuanto hacemos.

Tras el último trago de horchata me perdí por caminos imposibles. La moto me lanzaba a esa aventura de lo ilusorio, de la búsqueda, del imaginar encuentros imposibles capaces de derrotar al más profundo de los pesimismos. Miraba tras los árboles, en los lejanos prados cubiertos de manto verde, en las veredas, hacia el cielo. El sol se iba derrumbando sin que pasara nada. El teléfono callado, la música ausente, la vida pasando. Incluso me perdía en aldeas abandonadas, con los tejados caídos por el tiempo, con las paredes cubiertas de madreselvas, casi imposibles de salvar. Imaginaba la vida que siglos atrás recorrió esas aldeas y me vi reflejado en ellas. Una ruina, una casa que no fue capaz de soportar la vida y el tiempo, hasta caer, derrotada.

Se habían roto dos cadenas y compré cuatro, y dos dulces, y una horchata. Esa era mi forma de alimentar mis vacíos. Esa es la manera, no mía, sino de muchos, de llenar aquello que solo la vida puede llenar. De arriesgar aquello que solo el abrazo puede arriesgar, de soportar aquello que solo el amor puede soportar. La flor da perfumes, el árbol frutos. Ese es su sentido, su propósito. Nosotros ya no damos nada. Nos hemos convertido en equilibristas de la soledad, de la falta de sentido, de la ausencia de propósito. Por eso ya solo nos queda amar a los equilibristas. A esos que solitarios, desnudos, apagados, rompen sus cadenas día tras día y se escapan al borde del camino, mirando pasar la vida, llenando los vacíos con algún dulce, con alguna escena, con alguna ensoñación. Cuando hay falta de equilibrio, nacen los equilibristas, tan necesarios como urgentes. Tan verdaderos como falsa es la realidad que solo pueden vivir en sí mismos. Hoy se había roto una cadena del tractor, y con ella, otras muchas.

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No dejemos que un virus nos separe


© Pierre Pellegrini

 

Las enfermedades son crisis que nos paralizan y nos obligan a padecer, la mayoría de las veces, grandes sufrimientos, al mismo tiempo que grandes cambios interiores. El dolor, la pesadumbre y la angustia son inseparables compañeras de cualquier tipo de dolencia. Enfrentarnos a la enfermedad sin abusar de las recetas buenistas de intentar tratar la situación como una oportunidad de cambio es algo complejo. En primer lugar, porque cuando estás mal, no deseas hacer nada, ni siquiera cambiar algún aspecto de tu vida que quizás requiera algún tipo de reajuste o respuesta. Tampoco te quedan fuerzas para pensar, para reflexionar, para digerir situaciones o simplemente para cambiar.

El Covid ha tenido la facultad de aislarnos, de fastidiarnos, de obligarnos a paralizar media humanidad. Ha sido capaz de hacernos pensar que el mundo en sí mismo no merece la pena, que todo da asco, que todo podría estallar en mil pedazos y nada nos importaría. No solo ha sido un simple resfriado, sino que ha tenido la capacidad de sacar de nosotros aquello que más nos pesa: el pesimismo, la rabia, la impotencia, la tristeza, la angustia, la desilusión, la separación, el aislamiento.

Nos aísla y nos aparta de los demás, a veces físicamente, pero a veces también psicológicamente. No queremos ver a nadie y notamos al mismo tiempo que nadie se atreve a cuidarnos, a estar con nosotros, aunque sea con una llamada, un mensaje, un toque de ánimo. Aborrecemos la situación y al mismo tiempo aborrecemos cualquier tipo de atención, cualquier tipo de situación que intente englobar la suma de pesares.

La presión social está surgiendo efecto. Cada vez son menos los grupúsculos que quedan por vacunar. Incluso los más rebeldes sucumben a la primera, a la segunda, y seguramente, más adelante, a la tercera y a la cuarta dosis. Es posible que las vacunas se instalen en nuestras vidas para quedarse. Porque estos años será el Covid con sus múltiples variantes y de aquí a unos años más, será otra cosa. En ese sentido, creo sinceramente que deberíamos prepararnos interiormente para la que se avecina, y sentir hasta qué punto estamos dispuestos a ceder en todo a la falta de libertad y al chantaje emocional y grupal al que estaremos sometidos.

Interiormente también deberíamos enfrentarnos a nuestros demonios. Aguantar la enfermedad estoicamente, fijando la atención en nuestro carácter, en nuestra actitud, en nuestra fortaleza interior, sin que nuestro ánimo nos haga sucumbir. Esa fortaleza será la que nos ayude a soportar todo lo que pueda venir a partir de ahora y nos ayude a mantener relaciones sanas con las personas que apreciamos.

¿Qué clase de pruebas le espera a esta generación humana? Aún no lo sabemos. Tras el SIDA en los años ochenta, ahora nos toca enfrentarnos a este incómodo y molesto resfriado que nos hace pasar unos días totalmente desagradables a los más leves y complicaciones o muerte a los que tienen un sistema inmunológico débil. En todo caso, deberíamos prepararnos, exterior e interiormente, para lo que pueda venir. Y si nos toca padecer la enfermedad, fortalecer nuestros vínculos, aprovechar el aislamiento para provocar aquello que nuestra vida requiere, para sabernos valedores del existir. No dejemos que un resfriado nos aísle, nos atormente, nos aleje del otro. No dejemos que un virus nos separe.

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Sientepiensa


La estación Saint Lazare. Llegada de un tren. Claude Monet. 1877.

Aquella mañana extraña Sientepiensa besó a Serafín. De ese beso nació una promesa. La promesa se alargó indescriptiblemente. Un beso, una promesa. Dos besos, una vida. Besar es extraño. Es un acto ciego, una fe inquebrantable en el otro. Después vienen las caricias, los abrazos, y la compenetración inevitable. Sientepiensa besaba ardientemente por las mañanas y de forma más racional por las tardes. Serafín se adaptaba a los ritmos inocuos de cada mañana, de cada tarde, de cada anochecer. Un beso siempre es hermoso, no importa si es razonado o sentido. Un ser afín a todos siempre debe adaptar lo mejor de sí mismo al mundo circundante. Alguien que a veces piensa y otras siente, se desploma ante lo inevitable.

Aquella noche no hubo beso. Ni caricia, ni abrazo, ni compenetración. Era domingo, o lunes, no importa. Había niebla y Sientepiensa creyó escuchar una voz. Se levantó, cogió el camino más ancho y desapareció entre la niebla. Serafín pensó que volvería. Sientepiensa siempre había vuelto cuando las nieblas danzaban por las mañanas. Pero aquel día era de noche, y no volvió. Tampoco al siguiente, que no recuerdo si era lunes o martes. Nunca más volvió.

Un día cualquiera de no hace mucho Serafín iba irreprochable y elegantemente vestido. La chaqueta abrochada, guantes negros y un bastón en la mano. Sabía que Sientepiensa tenía predilección por la elegancia. Ese día se levantó decidido, esperanzado. Había pasado ya mucho tiempo. Buscó en el armario y se puso las mejores ropas. Andaba por la calle a grandes pasos y con aire resuelto. Se paraba entre las esquinas, giraba la cabeza hacia atrás presintiendo alguna presencia, buceaba en la lejanía por si hallaba algún rastro o pista de Sientepiensa.

Ese mismo día Sientepiensa había encontrado un nuevo trabajo. Estaba distraída y preocupada por lo bien que pudiera hacerlo. El trabajo era sencillo. Se trataba de contar unos boletos en la estación de tren. Uno, dos, tres, cuatro. Así todo el día. Miraba con atención los vagones. Rebuscaba entre las ventanas. Fijaba la mirada al cielo. Contar boletos no era un trabajo difícil. Aunque en esas largas horas no hubiera besos ni promesas, había encontrado una forma de poder aprender sobre el noble arte de contar boletos en la estación de tren.

Serafín empezó a leer un libro. Allí aparecía Dmitri Fiodorovitch junto a un tal Fiodor Pavlovitch. Entretenía las horas leyendo uno y otro relato, vestido elegantemente, supervisando que todo estuviera correcto y siendo bondadoso y amable con aquellos con los que se cruzaba. Caminando con el libro entre las manos, llegó hasta la estación de tren. Se le ocurrió que sería buena idea ir hasta la gran ciudad y dar un paseo con su nueva elegancia, con su aire resuelto, con su recuerdo y esperanza.

Todos los días no son iguales, porque nunca lo son para nadie. Sientepiensa andaba aquella tarde contando boletos, como siempre. Uno, dos, tres, cuatro. Así llevaba todo el día. El tren de las cuatro paró un instante. Bajó un joven elegante, hermoso, deslumbrante, con un libro en la mano y un bastón en la otra, agazapados en unos brillantes guantes negros. No pudo verle la cara, ni reconocer su rostro apagado entre la fina lluvia y el ruido del tren. Pero al ver su aura, su elegancia, por un momento sintió la necesidad de besar a ese desconocido. Un beso, una promesa, un abrazo, una vida. Un suspiro…

Serafín, que era afín a todos los seres, miró por la ventana y vio sentada una hermosa mujer contando boletos. Uno, dos, tres, cuatro. Casi podía tocarlos él mismo. De repente, sin saber porqué, sintió deseos de abrazarla. Amarla durante toda una vida. Tímido, bajó del vagón, miró hacia otra parte avergonzado y huyendo de aquel momento, entre la fina lluvia y la niebla, se alejó para siempre. Era un domingo, o un lunes, no importa.

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Martes y trece. Otro día duro


© Moonglow

Cuando hace dos años aquella hermosa mujer se marchó, tendría que haber construido un digno puente de plata. Mi reacción fue, por lo atípico e irracional de la situación, bastante severa, extrema y ridícula. Perdí mi centro y al hacerlo, lo perdí todo. Fue una gran lección donde aprendí, en los extremos de la desesperación, a luchar por la vida.

En mi enclaustramiento obligado en aquel hermoso balneario que yo mismo construí para sanarme, intentando emular al balneario de Hesse, leí de un tirón la Odisea. No fue casual que en aquel tiempo conociera a mi propia Palas Atenea, la cual me condujo sabiamente por todas las pruebas que tuve que pasar en mi propia y personal Odisea y de paso, me salvara de un final terrible. Como un modesto Ulises, siempre sentí la protección de aquella ave que iba y venía, sin ningún tipo de apego, a cual diosa con forma de pigargo. Siempre estuve profundamente agradecido a pesar del dolor en cada una de sus partidas.

Hace unas semanas se marchó de nuevo e interiormente sentía que, esta vez sí, debía dejarla libre, sin ataduras emocionales y sin apegos, por más que me doliera y por más amor que sintiera por ella. Tocaba de nuevo amar en silencio. Uno sabe reconocer cuando alguien está enamorado, y ella nunca lo estuvo, a pesar del cariño mutuo. Para mí ella siempre fue como una diosa. Yo para ella, un balancín. O te gusta o no te gusta, que diría Dolores, y si te gusta, tienes que estar ahí, entregando siempre el extra, el fuá. Así que quedamos hoy en el bosque sagrado de Lug, el dios celta también conocido como Samildanach. Lloviznaba en un día gris, triste y extraño. Por la mañana recogí sus cosas, incluido su cepillo de dientes, que aguardó días y semanas el retorno que nunca se produjo, y lo envolví todo en unas sacas.

La melancolía era inevitable. Lo llevé hasta el coche, nos vimos en la borda de aquel buque semi sumergido, intentando no mirarla a los ojos para así disimular mi dolor. Cerramos algunos asuntos pendientes y triste, muy triste interiormente, me marché rápido de nuevo a casa. A pesar de todo, me alegró verla feliz. Empieza pronto una nueva revolución solar, con un radical cambio de vida acompañado de una mejora material que le hará mucho bien. Mi deber era no repetir ninguna escena, y crear, esta vez sí, un hermoso puente de plata para liberarla y desearle todo lo mejor en su nueva vida. Cerré por un instante los ojos mientras la abrazaba y le deseé interiormente la mayor de las fortunas. Misión cumplida, pensé. Siempre envidié su estilo de vida y su libertad que ahora intento emular. Y ella siempre añoró aquello que yo tenía, y que a mí tanto me ata a las diez mil cosas, que diría el Tao. Si al menos hubiéramos encontrado la manera de complementar nuestros deseos. ¡Ay la vida y sus paradojas!

Por decir algo, siempre se quejaba de que vampirizaba la realidad con mi escritura. Eso le creaba cierta incomodidad. Pero es lo difícil de vivir con un escritor. Si fuera un escritor cargado de imaginación no haría falta tirar de la vida cotidiana para describir todo tipo de hechos. Pero mi vida no tiene tregua, y casi no necesito imaginar nada porque la misma realidad supera la ficción. Al escritor Emmanuel Carrère le llueven las críticas y los halagos precisamente por eso mismo. Novela su propia vida, a sabiendas que la vida, por sí sola, no necesita muchos registros imaginativos. El recurso del diario, de la narrativa entre la realidad mágica y el mundo ordinario a veces no necesita mucho más, con todo los riesgos que ello conlleva. No se trata de desnudar la realidad y con ello a los personajes que la atraviesan. Solo se trata de describir algunos hechos objetivos, los mínimos, para sustraer de ellos la narrativa emocional e invisible que los acompaña. Pensamientos, reflexiones o ideas que puedan inspirar o ayudar al otro. Cuando uno recorre cierto camino, es bueno indicar donde está los obstáculos, retirando las piedras que puedan estorbar a los que nos precedan. Ese es deber de todo peregrino.

Así que hoy también fue un día duro y difícil, de afrontar interiormente de nuevo la soledad y el desapego, con todo lo que eso conlleva a cierta edad, y de quedarme sin un hermoso relato, siempre inspirador, motivador, alarmante y vivo. Es cierto eso que dicen sobre la existencia de personas que son como musas, que se acercan a tu vida y logran inspirar las más bellas melodías. Ella sin duda lo es, además de diosa, musa, soplo, sugestión, proeza. No pasa nada realmente en esta deriva inevitable. En la vida peregrina de todo guerrero siempre está la pérdida como moneda de cambio. Las batallas no están para ganarlas, sino para vivirlas en cada uno de los naufragios. Y siempre podré decir eso de que esta vida la viví, intensamente, aunque fuera en barca, o en esa inevitable tabla de naufrago.

El invierno aguarda, nuevas hogueras se encenderán, una nueva vida espera ahí fuera para ambos. Amar en silencio siempre fue hermoso a falta de abrazos y cucharas. Ahora el calor será interior, bullirá desde lo más profundo de ese lugar desde el que deberé realizar el verdadero trabajo mágico del alma. Nuevos aliados vendrán, nuevos caminos se andarán. Nuevos dioses aguardarán las sendas de la aventura. ¡Qué le vamos a hacer! A enemigo que huye, puente de plata, que diría Dolores. Pero esta vez desde el amor más absoluto, la paz interior, el duelo silencioso, el coraje necesario. ¡Buen Camino Palas Atenea! ¡Boa vida y boa onda!

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Solo fue un mal día…


Ayer domingo andaba corrigiendo un libro de seiscientas páginas de densa lectura místico-espiritual. A veces este tipo de lecturas te alejan de la realidad, y por lo tanto, del verdadero campo de experiencia interior. Los domingos son como un día cualquiera, y aprovecho para trabajar y adelantar todo lo atrasado, a poder ser, en cosas de buen agrado, como lo era este libro.

Me pasé todo el día en la cama, en pijama. Me quería dar el gusto de vivir un domingo laboral diferente. No desayuné, comí algo y a media tarde fui a echarle de comer a Meiga, que exigía su ración diaria, esta vez descuidada por mi placentero día. Cuando iba, qué se yo, por la página doscientos treinta o doscientos treinta y uno, vi aparecer tres figuras humanas que poco a poco se iban colando por el “circulo-no-se-pasa” de mi humilde cabaña. De nuevo, como en los viejos tiempos, una visita inesperada, sin aviso previo, sin concertar. Suele ocurrir demasiado a menudo, por eso estoy buscando la manera, no con mucho éxito, de esconderme cada vez más en el bosque y no sufrir este tipo de atropellos a la intimidad.

Resulta que era buena gente que querían hacerme una entrevista. Los llevé hasta la casa de acogida, porque siendo tan tarde, la entrevista era mejor hacerla al día siguiente. Y mientras les enseñaba las habitaciones, me topé al inquilino que excepcionalmente habíamos permitido pasar aquí el invierno a pesar de tener la casa cerrada, fumando porros. Se me vino el alma al suelo. Todo aquel que desea venir a este lugar por el cual no se paga nada si no se tiene o no se puede o no se quiere (de todo hay en la viña del Señor), se le hace firmar un papel de responsabilidad y compromiso en el cual está conforme con nuestros tres únicos acuerdos, y uno de ellos, el no fumar ni tomar alcohol ni tomar drogas es casi como un mandamiento sagrado para nosotros. ¿Por qué lo había hecho dentro de la casa, aprovechando mi día de descanso?

Debo decir que el tipo me caía bien. Joven, sensible, educado, trabajador, atento, virtuoso, divertido, con un pasado duro y un presente confuso. Le había cogido cariño y se lo demostraba en las tareas compartidas por la mañana y en la obligada partida a ping pong que hacíamos todas las tardes después de comer. Lo cuidaba casi como a un hermano, intentando respetar siempre sus tiempos y espacios y procurando que no le faltara de nada.

En la casa de acogida he visto prácticamente de todo en estos últimos siete años. Nunca expulsé a nadie, y a lo máximo que he llegado, cuando alguien se desmadraba demasiado, era invitarlo a que se fuera de vacaciones unos días. Muchos, por vergüenza torera nunca volvían. Pero esta vez la vida me estaba poniendo a prueba. Todos los que me conocen saben que no sé decir que no, que soy excesivamente permisivo y flexible con toda la gente, y que esa flexibilidad excesiva ha sido luego el fruto de cientos de abusos de todo tipo y problemas personales. “Tienes que aprender a decir que no”, “tienes que aprender a proteger lo que es tuyo”, “tienes que aprender a poner límites”… Esa es la canción diaria desde que fui al psicólogo en mi última crisis emocional hace ya dos años y el propio profesional me decía que tenía que luchar por lo mío y dejar de ir regalando mi tiempo y mi dinero a quien no lo merece.

Conté la anécdota con personas cercanas al proyecto y todas coincidían: “tienes que invitarle a que se marche. No está respetando el proyecto ni a ti como guardián del mismo”. Se me vino el mundo abajo. Como digo, el chico que me caía bien y le tenía cariño. Pero de alguna forma sabía que era mi prueba de fuego, mi graduado en decir “basta ya de tanto abuso”. Así que esta mañana temprano me fui a la ermita. Encendí la vela, toqué el gon tres veces al empezar y tres veces al terminar. Cogí aire, mucho aire, me fui a pasear a los perros con cierta tristeza y angustia interior. Volví, me puse a trabajar desbrozando el terreno de la futura escuela y cuando apareció con su cara inocente y de buena gente se lo dije.

Fue un momento terrible, doloroso, amargo. Sé que interiormente lo tenía que hacer. Sé que de alguna forma tenía que aprender a decir no, basta, hasta aquí. El chico, educado como es, lo entendió e hizo sus maletas, recogió sus animales y compartió una última comida juntos. Es un mundo muy complejo esto de las relaciones humanas. Pero aún es peor cuando intentas ayudar al otro, le abres las puertas de tu casa y de tu corazón y el otro te responde de esta u otra manera. A veces pienso sinceramente que debería dejar atrás este rol de buen samaritano, de dador, de hacedor, de intentar siempre ayudar al otro. A veces pienso que debería volverme un poco más gris, más solitario aún, más huraño y egoísta. A veces lo pienso, pero solo me sale decir: fue un mal día. Solo fue un día duro. Fue un día difícil. A todos nos pasa.

Hasta siempre amigo… buena suerte en tu peregrinar…

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Paseo y bosque terapia, disciplinas para estar vivos


Hace dos años pasé por un mal momento y una buena amiga me recomendó tres cosas: comer bien, asearse todos los días y pasear, pasear mucho. Esas simples recomendaciones fueron la mejor terapia que recibí de todas las que probé. Estos días de complejidad máxima estoy volviendo a esa medicina. Intento alimentarme lo mejor que puedo. Hasta el punto de haber sustituido mis galletas por un rico guacamole en el desayuno, algo impensable en mí. También he cambiado mi rutina. Intento dormir todo lo que puedo, o todo lo que mi cuerpo me pide, a cambio de tres paseos diarios.

En estos paseos sanadores por el bosque he descubierto algo impresionante. Los paseos no duran más de veinte o treinta minutos cada uno. El primero después de la meditación y antes del desayuno. El segundo al mediodía, después de comer. Y el tercero, al alba, tras encerrar a las gallinas y los patos en su corral. Siempre los empiezo y los acabo con una corta pero intensa carrera de menos de un minuto. Es algo sensacional, y este es el descubrimiento, porque en ese pequeño maratón, siento como toda mi sangre empieza a fluir, a reconducirse, a volar por todo mi pequeño cuerpo de un lado para otro.

Es como si de repente se activara todo el cuerpo, provocando una explosión de energía y calor que quema todo tipo de sustancias estancadas, pensamientos estancados, emociones estancadas, ánimos estancados. Es como si se abrieran las compuertas de la vida y esta recorriera todo nuestro ser. Es una sensación maravillosa.

Al removerse la sangre, de alguna manera, se remueve también los estados de ánimo asociados a nuestro “chi”, a nuestro flujo de energía vital, a nuestro mundo etérico. Es como si todo ese cuerpo que nos envuelve con su radiación y energía, toda esa vida acumulada y radiante, se volviera más luminiscente y lúcida. Son como pequeños momentos centelleantes, de inspiración máxima, de sonrisa interior. No importa todos los avatares que por fuera estés sufriendo. Ese chute de energía vital aminora las preocupaciones, sean las que sean.

Recuerdo que cuando hace años estaba haciendo el master de pedagogía Waldorf en Madrid nos decían que si había un niño muy revoltoso, había que enseñarle a meditar para calmar su centro motor. Pero si había un niño excesivamente mental, como es mi caso, debía hacer todo tipo de deportes para equilibrar sus tres centros más importantes: el centro motor, el centro emocional y el centro mental. Estas semanas que han sido de mucho pensar, de mucha preocupación y alguna dosis deprimente, era necesario reordenar los cuerpos. Especialmente reorganizar las emociones, siempre tan convulsas.

Mi caso es privilegiado, porque vivir literalmente en un bosque es de por sí muy sanador. Una cabaña de madera rodeada de árboles y prados y montañas. Todo verde atlántico, todo belleza, color y vida salvaje. La sensación de vida, comparada a mis grises años en la oficina, es única e irrepetible. Es verdad que esta nunca será una buena carta de recomendación a la hora de entablar ningún tipo de relación afectiva, pero para mí es el mejor regalo que nunca haya recibido. Vivir en los bosques es vivir de verdad.

Así que apuntaros la fórmula, estéis donde estéis. Buena comida, a poder ser sin violencia añadida. Mucha agua, por fuera y por dentro. Paseos, muchos paseos con algo de tensión al principio y al final. Tres respiraciones conscientes y algo de meditación. Os aseguro que esto es sanador a todos los niveles. Especialmente ahora, que llega la falta de luz, las depresiones típicas de este tiempo y la falta de sentido al ver como todo lo que nos rodea se derrumba. Si a esto le podéis sumar la buena compañía de seres afines, o serafines, tanto monta, entonces ya no hay excusa para ser felices. No hay nada como la grata compañía de alguien capaz de leerte por dentro y descifrar todos tus secretos. No hay nada como la complicidad de almas que puedan descifrar tus códigos y abrazarlos como se abraza a algo tierno y delicado. Pero sí esto no estuviera, siempre nos quedará el bosque.

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14.163


Esa es la ingente suma que el abogado de mi ex se llevará por diez minutos de trabajo. Ese es el precio, según el juez, que debo asumir por no enviar un fax a dicho abogado. Un diabólico festín, que diría Espronceda. Porque cómo es posible que la justicia funcione así, de esta manera, donde la parte rica demanda a la parte pobre para quedarse con todo y ser aún más rica y la parte pobre debe, ¡ay pobre diablo!, perder y pagar. Y después de semejante injusticia, aún hay gente, por llamarla de alguna manera, que duerme tranquila, con la conciencia tranquila.

Enjambre de vampiros y alimañas, mundo diabólico, materialista, egoísta, escuadrones taberneros que enjuagan la saliva relamiendo los trozos sobrantes. Y dígame usted, señor abogado, en qué posición queda uno, que es mísero, que vive en una triste cabaña de madera, cuando se le arrebata todo lo poco que tenía y además, una vez casi rematado, se le intenta chupar hasta la última gota de sangre. Dígame qué más sangre desean ustedes dos, el uno y el otro, que pueda satisfacer su insaciable avaricia.

¡Qué hartazgo! ¡En qué andaba yo pensando cuando dejé entrar en mi vida a tan semejante…! Qué fue lo que me atrajo hasta tan surrealista situación. Quizás los corceles mugientes, o los torrentes de lava. ¿Pero no se da cuenta que con ese dinero podría comprarme un habitáculo para vivir, aunque fuera una ruina? ¿No se da cuenta que el mundo se acaba y habrá que rendir cuentas? Supongo que no usted, que es un mandado, un pagado, sino quien le pagó tan traicionera demanda.

Pero el sapo siempre explota cuando su vientre no puede más. Y aquí explotarán todos, hasta el apuntador, que con sarna y suplicio reventó de tildes. A mí ya me tocó mi turno. Y así ando, que no levanto cabeza, aún. Ninguna lámpara sepulcral querrá alumbrar tan triste escena. Porque todos sabemos que hay otra justicia, esa ley que llaman karma, y que nadie escapa de ella. Y será ella, y no la toga estúpida y anacrónica, ciega y vapuleada, la que realmente ejerza su ley.

Ya le digo de antemano, a usted y a su ama, que no dispongo de ese dinero. Y que tendrán que echarme de esta cabaña para saciar su sed de venganza, y ponerse a vender en pública subasta mis libros, que es lo único que realmente poseo con celo y gracia. No habrá alaridos ni súplicas. Me lo tengo merecido por mi condición de hombre, excesivamente blandengue, que por no ver a una cría llorar, asumió sus caprichos y manías.

Eso sí, menuda bacanal montaré, cuando todo esto termine, porque si bien el dinero no es mi arma, lucharé con todas las palabras que hagan falta hasta que sacie mi desahogo. En eso no habrá tregua, entre otras cosas, para que la rabia acumulada vaya saliendo de alguna forma y no se enquiste en un mal mayor. No con pistolas ni duelos como se hacía antes, porque como eso del honor ya no es menester que se defienda, pues quedará al menos la libertad y el coraje del desahogo, aunque este sea sibilino, sagaz, mordaz, envenenado. Pero que fluya, que no se quede dentro, que salga todo. No quisiera morir de rabia, tan joven y con toda una vida por delante.

Y ahora a lo que iba. No se equivoquen los jóvenes enamorados. No confíen en la suerte ni en el mañana. En esta sociedad líquida, egoísta y enfermiza, ya no queda amor. Solo una suerte de pactos, entresijos, intereses, egoísmos y demás lista de desmanes que se rompen en cuanto una de las partes deja de ser interesante para la otra. Y cuando eso ocurre, uno de los dos caerá en desgracia. Su ruina está garantizada, ya no solo la material y la emocional, sino también la espiritual, porque entrando en sumo grado de locura, capaces son esos estúpidos en cometer las más atroces de las barbaridades.

Así que si inevitablemente se enamoran, háganlo con suma prudencia. No cometan la estupidez de aferrarse a algo tan efímero y fugaz como esa enajenación mental que a muchos llevan a la ruina. Desconfíen siempre de esa inmadurez, y atrévanse a amar desapegándose desde el minuto uno de cualquier lazo que conduzca a la locura. Amen, mejor, en silencio. Y si puede ser, a solas, que tal y como está el patio, mejor solo.

Catorce mil ciento sesenta y tres euros. Más la pérdida de salud durante nueve meses, más la ruina económica, más la pérdida de tres apartamentos y un coche nuevo recién comprado y no se sabe cuanto dinero más por el camino. Ese es el precio de la enajenación mental por enamorarnos siempre de la forma más estúpida ¡Que silbe Aquilón, y que el más bravo destino ponga orden en todo desmán! Que sea la vida, y no yo, quien juzgue. “No quiero hacerte daño”, fueron sus palabras tras el primer beso. ¡Ay! ¡Si es que hasta me avisó! ¡Ay, en qué andaba yo pensando!

Mézclate estrechamente con la vida


a
© Marc Marx

En el decálogo del escritor, Hemingway nos decía estas cosas:

1. Permanece enamorado
2. Esfuérzate en escribir
3. Mézclate estrechamente con la vida
4. Frecuenta a escritores consagrados
5. No pierdas el tiempo
6. Lee sin tregua
7. Escucha música y mira pintura
8. No intentes explicarte
9. Sigue el impulso de tu corazón
10. Calla. La palabra mata el instinto creador

Permanecer enamorado es imprescindible para seguir viviendo. Uno puede enamorarse estrechamente de una persona, pero es imprescindible estar enamorado de la vida. La vida en todo su conjunto es la suma de cientos de luminarias que revolotean a nuestro alrededor y que nosotros, con nuestra visión, damos forma y color. Es imprescindible estar enamorado y sentir cada instante como único. Incluso los instantes que te llenan de dolor. Incluso los tragos amargos que a veces debemos tomar para luego comprender la profundidad del dulzor toda la existencia en su conjunto. Incluso en el dolor, uno debe estar enamorado para así poder comprender la plenitud de ser.

Esforzarse en escribir es algo complejo. Uno puede considerarse realmente escritor si hace de ello su oficio. Esto requeriría la disciplina de escribir al menos entre ocho y diez horas diarias. Este sin duda es uno de mis grandes sueños. Es cierto que he escrito algunos libros (doce publicados hasta el momento y algunos a la espera de revisión), pero especialmente desde hace seis años, no encuentro tiempo para poder sentarme a realizar lo que más me gusta. Doce años escribiendo casi ininterrumpidamente en este blog no es motivo suficiente para autodenominarse escritor. Simplemente es un vago intento para que las neuronas sigan en forma. Un pequeño ejercicio diario para mantener el flujo vital de la escritura. En todo caso, pienso que todo el mundo debería esforzarse en escribir. Especialmente en escribir nuestras vidas. Cada verso, cada frase, puede cambiar radicalmente los acontecimientos de nuestra existencia. Incluso un grito ensordecedor puede reducir algo bello en un canto desesperado. Todos los días debemos escribir nuestro relato vital, y en la medida de lo posible, hacer que sea único y verdadero.

Mezclarse estrechamente con la vida es algo inevitable. Uno debe, incluso en el momento de mayor rabia, estrechar los lazos con la vida. No debemos dejarnos vencer por lo inanimado. Debemos, en la alegría y en la tristeza, vivir con intensidad cada carga, cada experiencia, cada tregua, cada prueba que se acerca hacia nosotros para mostrarnos una realidad diferente. La alianza con la vida debe gritar dentro de nosotros, desesperadamente. Debemos mezclarnos, debemos ser vida, embajadores de la existencia plena.

Frecuenta a escritores consagrados, ya sean aquellos que viven, o aquellos que se hicieron eternos en sus obras. Nunca juzgues su personalidad, ni sus actos, que muchas veces dejan mucho que desear. Sumérgete en la apasionada lectura de su obra y vive esa doble vida, esa existencia paralela que nace al leer un libro. Lee sin tregua, y de paso, escucha música y mira pintura como expresiones inherentes a la belleza. La vida debe ser bella, y debemos rodearnos de belleza, o en su caso, ayudar a crearla.

No pierdas el tiempo, y no hagas perder el tiempo al otro si en la comunión de las almas no hay disfrute y pasión, si todo se torna apático u oscuro, o nace la reunión simplemente por un interés sin más. Si el interés está por encima de la pasión, es mejor no que no perdamos el tiempo. Y esto vale para todas las cosas de la vida.

No intentes explicarte. Muchas veces intentamos explicar cosas de las que no se pueden hablar. ¿De qué sirve una vida justificada a cada instante? Si no estás a gusto en un lugar, esfúmate. Si no te gusta una compañía, desaparece. Sin mayor cortesía ni explicación. ¿Para qué proseguir con la farsa? A veces hacemos de nuestra vida una comedia, en vez de una experiencia vital. Vive la vida, no intentes explicarla. Y para ello, sigue siempre el impulso del corazón. Esto es quizás lo más importante. La vida debe vivirse con la pasión del que siente poder experimentar el jugo último de la existencia. Y cuando eso ocurra, calla. La palabra siempre mata el instinto creador. Guarda silencio sobre tu obra, y bucea desde ese silencio en lo más profundo del Ser. ¿Para qué explicar lo que me ocurre en estos momentos? Mejor estar callado, y luego, que la vida se entremezcle en nosotros si ese es su deseo, su pasión.

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La sombra y el obstáculo


a
© Moonglow

«Uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad» Carl Jung

Desde los tiempos de Carl Jung, padre de la psicología analítica, se ha escrito mucho sobre el arquetipo de la sombra, sobre ese lado oscuro de nuestra personalidad que de alguna u otra forma, todos poseemos. En muchas terapias actuales se nos habla insistentemente de la sombra, de nuestro lado oscuro. Normalmente como aquella parte tabú que todo ser posee, de la que somos incapaces de ver y que solo desde una sincera y objetiva mirada ajena, podemos acceder a ella. A veces resulta sanador encontrar a personas honestas, ya sean terapeutas o amigos sinceros, que nos hablan directamente de la misma, sin tapujos, sin miedos. También resulta sanador estar abiertos a la escucha, a que el otro nos hable tranquilamente de esa zona que a nadie gusta y que muchas veces no deseamos reconocer.

Sin embargo, resulta paradójico que no sepamos ir más allá de nuestros propios defectos, ni enfrentarnos a las causas de aquello que a veces ennegrece nuestras vidas. Toda sombra está producida por un obstáculo que la provoca. Cuando alguien nos dice que somos un ser oscuro, que tenemos rabia, rencor, egoísmo, narcisismo, vicio, o cualquier otra cosa que de cara al mundo virtuoso no sea algo agradable, debemos preguntarnos, -más allá de la ley del espejo donde el otro muchas veces solo ve en nosotros lo que tiene dentro, incluso magnificado-, qué es aquello que produce que en nuestro interior existan esas cosas.

El obstáculo que produce nuestras sombras a veces son cosas que quedaron encalladas en nuestra más tierna infancia. Algo que ahora en la edad adulta pueda ser nimio pero que cuando se estaba gestando en nosotros las emociones y los primeros racionamientos, pudo provocar una auténtica catástrofe interior. La muerte de un ser querido, la ofensa de alguien al que apreciamos, algún tipo de injusticia tan típica en los juegos infantiles, algo que quedó enquistado en nuestra psique y que, con el paso del tiempo, se volvió un auténtico obstáculo en nuestras vidas.

En ocasiones solo desde experiencias traumáticas podemos despertar no al análisis absorto de nuestra sombra, sino a la realidad de ese obstáculo que no podíamos ver. Aquello que se interponía entre nuestra luz virtuosa y nuestro ser esencial. Aquello que estaba ahí pero no podíamos ver, porque lo único que intuíamos era la presencia de la sombra, de la oscuridad, de la penumbra en nosotros, pero sin poder observar aquello que lo provocaba.

Estos meses de retiro obligado hemos tenido la oportunidad de darnos cuenta de cuantos obstáculos impiden que avancemos en nuestras vidas. Ya no analizando nuestras sombras, sino aquellos obstáculos persistentes que las provocan. ¿Por qué tenemos rabia? ¿Qué es aquello que nos la produce? ¿Por qué ese empeño de culpar al otro, o a lo otro, de todo aquello que nos pasa? ¿De dónde surgen nuestros recelos, nuestra ira, nuestros miedos, nuestra sensación de pensar que los otros nos van a fallar, cuando somos nosotros los que siempre elevamos excesivamente nuestras perspectivas sobre ellos? Si miramos al otro con honestidad, sin juicio, podremos ver maravillas de seres humanos en cada una de las personas que pasan por nuestras vidas. Si aceptamos que todas sus sombras son provocadas por algún obstáculo, por algo que entorpece que la luz llegue directamente a su vida, podremos amar siempre incondicionalmente, sin juicio, sin maldad, sin falsedad.

Cuando se llega a cierta paz interior, cuando uno descubre no ya sus sombras, sino los obstáculos que la provocan, deja de culpar al mundo, a los otros, de todo aquello que nos ocurre. Es entonces cuando, de forma inteligente y asertiva, empezamos a modular nuestra conducta, nuestra interpretación de las cosas, nuestra forma de afrontar la vida. Dejamos de tener expectativas, dejamos de culpar al otro de nuestros fracasos, dejamos de ver en aquel que nos ha mostrado nuestras sombras como a un enemigo a batir. Vivir en la luz perpetua es simplemente apartar de nuestras vidas los obstáculos pasados y presentes que no dejan penetrar lo verdadero. La vida está llena de obstáculos, conscientes e inconscientes, pero al tener presente esta máxima, esta realidad, podemos andar por ella con más cuidado, con más atención, con mayor tacto, y de paso, ir sanando por dentro, como un árbol que va creciendo reparando sus heridas.

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Oj, Šope, Šope


 

Los coros femeninos a capella son una de las riquezas más bellas del pueblo búlgaro. Aunque hay canciones tradicionales que se disputan serbios y búlgaros, sea de dónde sea, Oj, Šope, Šope fue para mí un bonito despertar en mi temprana juventud. Es cierto que la música te transporta siempre a alguna parte. No son solo movimientos, vibraciones lo que uno escucha. También son tonos, ritmos, melodías. Hay una magia numérica que aún no entendemos pero que la música expresa. ¡El Danubio es ancho, pero no profundo! Dice la canción. Un río que atraviesa pueblos diversos como Alemania, Austria, Eslovaquia, Hungría, Croacia, Serbia, Rumania, Bulgaria, Moldavia o Ucrania. Hay canciones que son como el Danubio, anchas, inmensas, inabarcables.

La música posee calidades afectivas. Esta en concreto me retrae a cuando era voluntario en la Cruz Roja y en Cáritas. Teníamos un pequeño grupo de teatro donde intentábamos, gracias a la ayuda de un actor profesional, quitarnos las vergüenzas que el actuar siempre trae consigo. Para prepararnos, recitábamos versos de Shakespeare que aprendíamos de memoria o emitíamos unos aullidos desde lo más profundo de nuestros pulmones con una luz tenue. Primero tímidos, casi apagados, y luego, con el ánimo del profesor, iban subiendo de tono y fuerza. Era como expulsar algo que se tiene dentro y que solo mediante la voz puede manifestarse y repeler hacia fuera. Luego, con los ojos cerrados y la luz apagada, el ejercicio consistía en escuchar el Oj, Šope, Šope y dejarnos llevar por su música. Al principio de nuevo de forma tímida, hasta que de repente, el alma de esa música tradicional se apoderaba de nosotros y el cuerpo fluía de forma libre. Era como si el propio Danubio entrara en nosotros y fluyera por cada una de nuestras cavidades. Pero no solo el Danubio, también su afluente, el río Iskar, y las montañas de Pirin y Vitosha.

Para los que éramos más tímidos y retraídos, este ejercicio era totalmente liberador. De alguna forma, y quizás por primera vez, podíamos vencer nuestros miedos más atávicos, podíamos romper con ese escudo protector que nos mancillaba y anegaba en la sepultura de nuestra seguridad. Podíamos lanzarnos al vacío y vencer nuestras limitaciones. De repente el cuerpo se expresaba de forma diferente, y cuando las luces se apagaban y la música empezaba a vibrar, una gran luz interior se encendía para demostrar al mundo de que no hay montaña más alta ni río más profundo que el que uno lleva consigo en su interior. La música nos liberaba, pero también nos engrandecía, ensanchaba, de alguna manera, toda nuestra alma. Los pulmones se llenaban de akasha, y al anima mundi vibraba incesante dentro de nosotros.

Si eres una persona extremadamente tímida o retraída, recomiendo encarecidamente el ejercicio, porque cuando uno se deja poseer por la música y por aquello que representa, es como si todo un egregor, toda una cultura, todo un tiempo, entrara de repente en nosotros, y dejando de un lado nuestra pequeña personalidad, nuestros miedos y turbaciones, pudiéramos entrever algo superior a nuestra pequeña existencia. Cerrar los ojos, apagar la luz y escuchar el Šope, Šope. Liberador.

Ej, Šope, Šope

Ej, Šope, Šope, našensko Šope !

1.
Ozdole idat Šopi ergenje,
oj, Šope, Šope, Šopi ergenje,
na glavi nosat ovči kalpaci,
oj, Šope, Šope, ovči kalpaci,
u râce dâržat gegi krivaci,
oj, Šope, Šope, gegi krivaci,
nozete im u svinski opinci,
oj, Šope, Šope, svinski opinci,

Oj, Šope, Šope, Oj, Šope, Šope !
Hej, hej, hej, hej !

2.
kato si ’odat, ’odat i ’okat,
oj, Šope, Šope, ’odat i ’okat,
če ot Vitoša po-visoko nema,
e pa nema, nema, e pa nema, nema,
če ot Iskaro po-dlâboko nema,
e pa nema, nema, e pa nema, nema.
če ot Vitoša po-visoko nema,
če ot Iskaro po-dlâboko nema,

3.
De gi začula moma Bojana,
vikom se provikna i na Šopi duma :
« Oj, Šope, Šope, opako Šope,
kako da nema, koga ima, ima !
E pa ima, ima, Pirin planina,
oj, Šope, Šope, Pirin planina,
Dunava ot Iskaro e po-dlâboka,
oj, Šope, Šope, e po-dlâboka. »

4.
Šopite ne čujat, sal edno si znajat,
sal edno si znajat, sâs jaziko câkat,
sâs jaziko câkat, i glavite klimat,
i glavite klimat, na Bojana dumat :
« Pirin e visoka, ama e daleko,
Dunav e široka, ma ne e dlâboka !
— Oj Šope, Šope, djavol si, Šope,
oj Šope, Šope, umen si, Šope. »

 

1)

Desde abajo viene Šope el soltero,
oh, Šope, Šope, Šope el soltero,
en su cabeza usa sombrero de piel de oveja,
oh, Šope, Šope, sombrero de piel de oveja,
en sus manos sostiene una azada de pastor,
oh, Šope, Šope, una azada de pastor,
en sus pies, zapatos de piel de cerdo,
oh, Šope, Šope, zapatos de piel de cerdo,

2)

Cuando camina, camina y grita,
oh, Šope, Šope, camina y grita
que no hay más alto que su montaña Vitosha,
oh no, no hay ninguna, oh no, no hay
que no hay más profundo que su río Iskar,
oh no, no hay, oh no, no hay
que no hay más alto que su montaña Vitosha,
que no hay más profundo que su río Iskar,

3)

Sucedió que la niña Boyana lo escuchó,
ella gritó tanto como pudo y dijo a Šope:
“Oh, Šope, Šope, Šope intratable,
¡cómo no hay ninguno, ya que los hay!
Sí, hay montaña de Pirin,
oh, Šope, Šope, montaña de Pirin,
y el Danubio es más profundo que el Iskar”.
oh, Šope, Šope, es más profundo.

4)

Pero Šope no escucha, persiste,
persiste, mueve la lengua,
agita su lengua y asiente,
asiente, habla con Boyana:
“El Pirin está alto, pero está lejos,
¡El Danubio es ancho, pero no es profundo!
– Oh, Šope, Šope, eres un demonio, Šope,
oh, Šope, Šope, eres inteligente, Šope. ”

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Asfixiado entre el polvo y el hollín


a
© Susanne Washington

 

Debo admitir que sin haberlo empezado aún, el experimento de comunidad ha sido un fracaso. Como antropólogo me siento satisfecho por el experimento, pero triste por el resultado. Puedes ofrecer un entorno privilegiado, una vida privilegiada, una sincera oportunidad para transformar cualquier vida y para acoger al que más lo necesite, y el ser humano nunca estará satisfecho. Siempre buscará en el conflicto, en la crítica, en el reproche, cualquier aliciente para provocar la destrucción de todo cuanto existe. Uno casi puede entender porqué el Creador nos expulsó del Paraíso. No lo merecemos.

Como antropólogo, digo, doy por terminado el experimento. El ser humano cabalga a mitad de camino entre Rousseau y Hobbes, dependiendo de cómo se levante. No hay nada que hacer. La cuestión es, humanamente hablando, si continuar con el experimento, si darlo por finiquitado o modificar algunas de sus partes para buscar en otras variables algo que pueda enriquecer al mundo. Me he dado unos días de vacaciones para ver qué hacer. Quizás por cierto hartazgo ante el desagradecimiento continuo y desproporcionado, y quizás por las faltas de ganas de seguir aguantando la crítica fácil, insulsa e irresponsable ante aquellos que entregan su vida para que otros puedan vivir una experiencia inusual.

Aunque la parte negativa de todo sea a veces residual o anecdótica en comparación a todo el bien ofrecido, a veces la sombra pesa más que el cariño recibido en estos años. Los terapeutas nos animan a abrazar la sombra, a hacerla amiga y comprensiva, pero admito que a veces resulta insoportable. Hoy, que estoy más cerca de las tesis de Hobbes, deseo abrir el pecho puntiagudo y saciar mi necesidad humana. No es por malicia ni rencor, más bien es por un sentido profundo de necesidad, de desahogo algo visceral, sin mayor importancia.

Quizás sea por el cansancio de un día agotador. Pasar toda la mañana limpiando el estanque, con las manos sumergidas en un fango desagradable y maloliente. Y luego la tarde puliendo grandes vigas de madera de la casa antigua, asfixiado entre el polvo y el hollín, desesperado por respirar un poco de oxígeno cada cinco minutos. Y así seis años, entregando mi tiempo y esfuerzo y el fruto de mi trabajo para recibir críticas continuas, algunas de lo más imaginativas, otras hasta el punto de la censura o lo desagradable.

Intento no olvidar que somos humanos viviendo entre humanos, y como decía, a veces nos levantamos de una u otra manera. Y sé a consciencia que esas maneras, a veces maleducadas, otras rencorosas, otras inquietantes, no van a vencer mi necesidad de expresión libre, mi necesidad de equivocarme una y otra vez, mi hambre de levantarme cuantas veces haga falta para seguir adelante.

Estas vacaciones no son para no hacer nada. Son para hacer muchas cosas, todas diferentes, y mientras, alejado del ruido continuo, del murmullo constante, del susurro, pensar qué hacer. Algunos amigos me orientan y me animan a seguir, cambiando esto y lo otro, buscando la manera de que la gente esté aún más cómoda y feliz. Pero siento que es inútil. El que es feliz por dentro, lo será en cualquier circunstancia. Y el que no lo es, el que vive su propio infierno interior, vivirá ese infierno fuera de él. Haciendo un repaso generoso de estos seis años, aquí vinieron gente feliz y gente infeliz. Para los primeros este era un auténtico paraíso y para los segundos este era un campo de minas, un auténtico infierno. Ahora que vivo en una felicidad interior hermosa, relajada y pacífica a pesar de las circunstancias, siempre pasajeras y provisionales, la pregunta que me nace interiormente es ‘qué es realmente para mí’ este lugar y de qué manera puedo ser útil en el mismo.

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Elogio al fracaso


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© Benoit Pelletier 

El estricto sendero de la iluminación dice que, en la medida en que la dualidad es una ilusión, no merece la pena intentar perfeccionarla. Por tanto, el ego debe ser trascendido y visto como la ilusión que es. Ser una “buena persona” es digno de alabanza; pero eso, en sí mismo, no trae como consecuencia la iluminación. La posibilidad de alcanzar la iluminación se basa en una avanzada comprensión de la naturaleza de la consciencia. David R. Hawkins: El ojo del Yo

Mientras ella leía cartas de meditación ocultista bajo un gran cedro del Himalaya, allí en el Jardín del Morya, nosotros hablábamos sigilosamente sobre el fracaso. Lo hacíamos en susurro para no distorsionar la bella imagen de la mujer de largos cabellos que concentraba toda su atención en las enigmáticas páginas del libro azul. Su belleza, a veces insoportable para los ojos profanos, despedía rayos de luminiscencia a raudales. No es una mera exageración, es esa visión búdica que siempre ocurre cuando alguien concentra toda su atención bajo el cálido abrazo de un gran árbol. Hay un momento de brillo, de iluminación, de lucidez. Todo resplandece bajo la brisa y el sol.

Reflexionaba ante la visión y ante las palabras de mi anfitrión, amigo y hermano en la senda de la consciencia, que es aquella que nos indica vagamente qué somos realmente y qué es ilusión en nosotros. El fracaso estaría dentro de esta segunda categoría, si bien sería más bien un indicador exacto de que estamos invirtiendo fuerzas en algo alejado a nuestro verdadero propósito, a nuestro verdadero ser. Intentar perfeccionar la dualidad, el mundo del ego, el mundo ilusorio, es una equivocación. Nos aferramos la mayoría de veces a aquello que aparentemente da seguridad al ego, a veces material, a veces emocional, a veces social o cultural, pero olvidamos que el alma no requiere ningún tipo de seguridad. Solo necesita que sigamos el camino avanzado de nuestras aspiraciones más elevadas, de nuestra consciencia más profunda.

El cuerpo es un producto de la naturaleza, nuestro ánimo, nuestra energía o cuerpo vital es producto del cuidado que hacemos de esa naturaleza. Las emociones es algo que nace de nuestra construcción psicológica, muchas veces marcadas por la evolución de nuestra infancia. Al igual ocurre con nuestra mente y nuestros pensamientos, que no dejan de ser una construcción social, cultural y familiar. Si basamos nuestras vidas en esos pequeñas cuatro construcciones y en la satisfacción inmediata de sus necesidades infinitas, estamos errando nuestro camino hacia el verdadero Yo, y por lo tanto, estamos fracasando una y otra vez en nuestro propósito.

La vida a veces es dura en esto. Cuanto mayor es el grado de consciencia hacia nuestra verdadera identidad, mayores son las pruebas si en algún momento desviamos la atención sobre ella. Los fracasos siempre están relacionados con esa desviación. A veces son fracasos de índole material, pérdidas importantes, ruinas económicas o cualquier tipo de trastorno que nos indica que algo estamos haciendo mal. A veces también son pruebas a nivel etérico, con enfermedades que nos limitan la capacidad de acción y nos invitan a reflexionar. Otras veces los fracasos son de índole emocional, con duras rupturas de pareja, por poner un ejemplo. La mente también puede vivir sus propios calvarios.

A medida que nos vamos aproximando al camino iluminado de nuestra consciencia, se va haciendo evidente, prueba tras prueba, que el pequeño yo donde basamos todas nuestras creencias y vida entera, no es el verdadero Yo, aunque este lo incluya. Nuestra verdadera identidad no puede ser material, ni anímica, ni emocional ni mental por más empeño que pongamos en esas dimensiones del Ser. Nuestra verdadera naturaleza engloba todo eso, pero va más allá de todo eso. Por eso es importante analizar la raíz de nuestros fracasos e identificar su verdadera causa. No hay que renunciar a nada, solo seguir nuestra verdadera naturaleza, nuestro verdadero camino, y lo demás vendrá por añadidura. El único verdadero fracaso es dejar de intentar, hasta que por fin identificamos realmente nuestro verdadero camino, y más allá de eso, lo seguimos con seguridad, ánimo, alegría y plena consciencia.

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Sin techo con techo


 

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La hermosa perrita Lluna, recién adoptada en O Couso tras meses vagabundeando por los alrededores… Una sin techo ahora agradecida… Ya van dos perros y cuatro gatos adoptados…

El hecho de haber terminado el tejado me ha recordado muchas situaciones pasadas. Cuando hice trabajo social me especialicé en transeúntes y cuarto mundo, en personas sin hogar que no tenían un tejado que les cuidara, les diera calor y alimento. Estuve tres años de voluntario en una casa de acogida para transeúntes y personas sin hogar e hice mi trabajo de fin de carrera sobre esa problemática social. Mi experiencia terminó cuando me di cuenta de lo difícil que resulta ayudar a este tipo de personas. Siempre sentí una gran impotencia interior al ver cómo la calle arrebata el alma a las personas.

En los albergues para transeúntes en los que he trabajado a veces como voluntario y a veces como trabajador social siempre había un gran equipo humano, unas instalaciones adecuadas y recursos para atender dignamente a estas personas. Por desgracia, O Couso carece de los mínimos, humanos y materiales, para poder atender a personas que viven en la calle o tienen un problema de arraigo o de cualquier otro tipo.

Las personas desarraigadas no se adaptan al lugar y O Couso, con sus exigencias y filosofía, no está preparada ni pensada para ellos. Personas que consumen todo tipo de sustancias, que a veces vienen bebidos o drogados, que no colaboran en las tareas mínimas, que no creen en lo que aquí se hace y que vampirizan el proyecto todo lo que pueden, no pueden ser sostenidas. Les abrimos las puertas porque tenemos esa visión tan cristiana de la caridad, pero somos conscientes de que la experiencia nos sobrepasa.

Llevo pensando sobre esto mucho tiempo y me gustaría dar salida noble a esta problemática ya que hay mucha gente que pasa por aquí, no sabe dónde ir y vuelven de nuevo a la calle. Venden en Samos un edificio grande con muchas habitaciones… si algún día la fundación tuviera recursos lo compraría y dedicaríamos parte de nuestra misión social a este tipo de personas… al menos toda esa gente que viene perdida y desarraigada tendrían un lugar donde comer y dormir calientes. Me gustaría poder ayudarlos a todos, pero me doy cuenta de que me faltan manos, recursos y a veces hasta ánimos para atender tantos frentes. Estos días se presentan duros porque de nuevo me tengo que enfrentar a esta problemática y a veces siento como el cansancio se apodera de mi alma voluntariosa. Siempre me pregunto de dónde sacarían fuerzas personajes como la Madre Teresa de Calcuta o San Francisco…

Parece que el frío y el invierno atrae este tipo de experiencias. Y además llueve, no para de llover, y a pesar de que no respetan ni uno de los acuerdos suscritos, se me viene el alma abajo solo de pensar que deberían abandonar el calor del fuego, el calor humano y la compañía. No paran de comer, no paran de gastar recursos, no paran de transgredir los acuerdos mínimos y no paran de escurrir el bulto cuando hay que apretar el hombro. Es su idiosincrasia… su naturaleza. Ya la conozco, ya la he vivido muchas veces y la he podido sentir en mis carnes. Ahora me resulta agotador, pero no me veo con ánimo de invitar a la gente a que se marche a la calle… al frío… a la soledad… Respiro profundamente, a veces con desconcierto, intentando mostrarme fuerte para no decaer. No puedo hacerlo. No debo hacerlo. Así que haré lo que pueda, hasta donde pueda. Es la caridad… es el principio de amor incondicional, cueste lo que cueste…

 

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Sanando en la aventura


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Mi amiga D. siempre dice que mi vida es un gran Belén lleno de pastores. También me dice que si monto un circo me crecen los enanos. Su refranero es infinito cuando de mí se trata. La quiero y la aprecio, aunque siempre se queja de que no sigo sus consejos. En parte tiene razón. La vida a veces nos muestra caminos de aprendizaje que debemos recorrer por nosotros mismos para aprender algo. Y para darle gozo y satisfacción, esta vez he cambiado y voy a seguir sus indicaciones y consejos. He decidido cuidarme y ser feliz con las pequeñas cosas. Por eso de nuevo estoy viajando, ante la invitación irreductible y la propuesta de pasar un fin de semana diferente y especial. Deseo no negarme a la evidencia de que la vida a veces nos ofrece cosas que no esperabas, pero que pueden ser buenas, necesarias, hermosas. A veces hay que dejarse llevar, probar nuevas cosas, arriesgar los patrones que nos arraigan a nuestras ideas prefijadas. Con este viaje estoy rompiendo con muchos patrones, con muchas formas de pensar que limitaban mi realidad. Eso me crea un vínculo con la emoción de vivir, con la aventura se sentir nuevas cosas y potenciar así la capacidad de estar vivos. La vida se muestra de mil formas, y cuando elegimos una de ellas, se abre inevitablemente un abanico de posibilidades.

Mientras miraba el paisaje de las tierras castellanas por el tren, recibía un conmovedor mensaje de una personas que conocí hace algunos años en el proyecto. Me escribía porque me había tomado como una especie de referente en quien confiar. Eso me ruborizó porque sé que los referentes siempre terminan decepcionando cuando no se ajustan a nuestros ideales al milímetro, o cuando evolucionan o yerran. Por eso este viaje es un poco rebelde, porque desea romper con los prejuicios de lo perfecto, y alcanzar, en el error, en el riesgo, una forma de vida diferente.

Me atreví a contestarle algunas palabras, regodeándome de nuevo en mi inmediato pasado. No como una forma de pesadez existencial. Sino como una forma de desapego. Cuando más me regodeo en esa situación dolorosa, doy mayores pasos hacia mi propia sanación. Comparto un trozo de esa carta mientras sigo mirando el paisaje y me abandono a la aventura…

Querido F…

gracias de corazón por tus sentidas palabras… Me halaga saber que aún recuerdas a este humilde servidor, que hace lo que puede y sin predicar mucho, intenta labrar un mundo nuevo en esta tierra cada vez más convulsa. O Couso va progresando poco a poco… No hay prisa por nada… todo va a su propio ritmo… Vamos haciendo en silencio, compartiendo nuestra experiencia para que sirva a otros.

Deseo felicitarte por ese reto que habéis asumido dando vida y soporte a vuestra hija… es una alegría ver que nuevas almas vienen a este viaje conjunto… Tenemos ahora una hermosa familia en el Couso que lleva dos meses con nosotros y tienen una niña de siete años que es toda una maestra… Increíble la experiencia que vivimos con ella… Así que felicidades por asumir el reto de sostener una nueva vida que clama voz para el nuevo mundo.

Ante la pregunta de qué hago cuando algo me irrita… Es algo complejo… Creo que la vida me está dando algunas herramientas basadas en la experiencia que he podido soportar con respecto al desapego… especialmente en estos meses en los que me están ocurriendo mil cosas… Creo que llegaste a conocer a la hermosa N. Estuve con ello casi tres años. Estaba enamorado de ella hasta el punto que casi nos vamos a vivir juntos cerca de Santiago… Allí compramos unos apartamentos y nos pusimos unos anillos de compromiso… A los pocos meses de esa aventura, encontró un trabajo en Francia y decidió abandonar la relación y marcharse. En ese momento de irritación reaccioné mal. No pude entender qué pasaba y estuve nueve meses de baja por depresión. Nunca me había pasado algo así, al menos con tanta intensidad. Me había ilusionado con ella y con la idea de tener una familia juntos. Desapareció y nunca más supe de ella, excepto por un abogado que envió para resolver el tema de los apartamentos.

En ese momento pensé que todo ese proceso fue muy injusto y me irritó mucho. Siempre pensé que era necesario hacer bien las cosas, cerrar bien los ciclos. Pero para que eso ocurra tiene que existir un mínimo diálogo. Al no tener esa oportunidad de poder hablar, de poder expresarme, me ahogué por dentro. Ahora que ya ha pasado el juicio y parece que voy a perder mucho dinero y algo de salud con todo este proceso, puedo decir que la irritación va disminuyendo gracias a enfocar mi vida en otras cosas, en O Couso, en la tesis que defiendo en unos días, en nuevas ilusiones y proyectos que llegan a mi vida de forma insistente… Me está costando salir de esta irritación, pero de todo se sale. 

Quiero decir con todo esto que la vida, en cualquier momento, nos puede poner a prueba y nos puede cambiar de forma drástica. Pensaba que estaba curado de espanto, que ya había vivido muchas situaciones y que tendría herramientas suficientes para superarlas… Y debo decir amigo que esta prueba ha sido toda una sorpresa y una enseñanza. Nunca estamos preparados para según qué cosas, y entonces nos toca hacer lo que podamos, hasta donde podamos. Debo decir que tuve la suerte de tener a personas maravillosas a mi lado que me ayudaron como pudieron a salir del pozo. Y eso ahora lo valoro. Tener a seres queridos cerca es algo que no tiene precio.

No te agobies por lo tanto por la irritabilidad de las cosas. Intenta verlo todo desde el desapego, sin implicarte en exceso emocionalmente. Una mente fría a veces puede echar una mano. El temple, el famoso temple, es necesario ante momentos de tensión ineludibles. Los momentos difíciles siempre van a estar ahí. Eso nos enseña la vida. Siempre debemos estar alertas, esperando la siguiente prueba, la siguiente enseñanza. Así que tómatelo todo con calma, especialmente ahora que tienes una hija a la que atender. Fuerza, mucha fuerza y valor para esa obra. Ser el responsable de un alma es todo un reto. Requiere inevitables sacrificios, pero sobre todo, un exceso de amor incondicional, comprensión y paciencia.
Estoy convencido de que serás un buen referente para tu hija, y estoy convencido que tu luz y amor llegarán todo lo lejos que se merece. ¡Ánimo con esa gran obra!

un abrazo sentido,

Sentencia


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Hoy a las cinco de la madrugada me desperté totalmente despejado. Interiormente intuía que algo iba a pasar. Miré el móvil. Había un correo de mi abogado. Había llegado la sentencia del juez. En resumen: los tres pisos a subasta y yo me tengo que hacer cargo de las costas del juicio, unos veinte mil euros. Me parece surrealista.

Me levanto sereno. Voy a la ermita e intento no perder la calma. Medito en silencio y dejo que amanezca el día. Tocan a la puerta de la ermita. Es el taxista del pueblo que me informa que Geo está en la comisaría de la Guardia Civil. Sonrío por dentro. Recojo mis cosas y voy a buscarlo después de estar un día desaparecido. Se fue de parranda y terminó en el calabozo. El cabo del cuartel me entrega a Geo, el cual se pone contento al verme, pero con esa cara de circunstancia que pone cuando sabe que ha hecho algo que no está bien. Es la misma cara que tengo en este momento. Algo no hice bien, especialmente confiar en la gente, intentar ayudarla de forma tan desproporcionada, dejarme llevar por mi ingenuidad a la hora de enfrentarme a la vida. Me faltó equilibrio y ahora lo estoy pagando.

Subo a la editorial y leo con calma de nuevo la sentencia. Llamo a mi abogado. Me explica que es injusto y que deberíamos apelar. Me informa que los veinte mil euros se los queda el otro abogado, que de eso trata las “costas” de los juicios. Le digo que no entiendo nada, que no entiendo la “justicia” ni su funcionamiento ni porqué un abogado tiene que ganar tanto dinero a mi “costa”. Intento no implicarme emocionalmente. La depresión que sufrí a cuenta de todo esto me hizo fuerte y ya nada me afecta como antes. Sólo analizo los hechos para entenderlos.

Los hechos son objetivamente claros. Me compro iluso e ilusionado unos apartamentos con la persona con la que en ese momento deseaba compartir mi vida, vivir una vida juntos. No tenía necesidad de hacerlo, pero ella quería vivir a toda “costa” en aquel lugar. Cedí a sus deseos con la esperanza de pasar más tiempo juntos. A los pocos meses ella encuentra un trabajo en el extranjero y decide romper la relación, ocupando su familia los apartamentos. Caigo en depresión y la depresión me hace caer en bancarrota. En esa situación tremenda decide demandarme con la intención de quedarse con los tres apartamentos a cambio de nada. Lo quiere todo. Para la compra de esos apartamentos me endeudo con un amigo y con un banco para pagar la entrada y amueblar los pisos. Me endeudo con el abogado para hacer frente a la demanda de quererlo todo. Llega la sentencia y dice que los pisos van a subasta, por lo cual lo pierdo todo, los pisos y lo invertido en los pisos. Y además, así es la justicia, debo pagar cerca de veinte mil euros de costas. Me entero que las costas son los honorarios que se llevan los abogados, lo cual me resulta insultante. Es evidente que la justicia es solo para unos pocos. Porque si alguien que no tiene nada desea pelear por lo suyo, no sólo lo pierde, sino que además debe indemnizar a los avaros que buscan lucrarse ante la debilidad de los mismos. Estos hechos y su injusticia me alejan de la realidad. Es evidente que el mundo gira en un sentido extraño que no soy capaz de entender, ni atender.

Pienso en ello e intento hacerlo desde la serenidad. Intento descifrar este mundo del cual me deseo desprender poco a poco, pero es complejo poder abarcar algo así. Me llama una amiga y me dice que la gente mata por dinero, que yo vivo en otro tipo de mundo que supongo, no es real. Que la vida no es como yo la sueño. Que hay gente que desea hacer daño, y cuando lo hace, se regocija del mismo. No quiero creerlo, respiro profundo y sigo pensando, en el fondo, que el ser humano es bueno por naturaleza. Solo eso puede darme fe y esperanza para seguir adelante. Y solo por eso merece la pena seguir.

En fin… me toca pensar qué hacer mientras respiro profundamente, mientras intento encajar este nuevo golpe. Además de seguir pagando durante años el préstamo que pedí para comprar los pisos, además de ver como pierdo algo que también era mío, además de dejar que me embarguen lo poco que tengo para poder hacer frente a las injustas costas del juicio, además de no cometer ninguna estupidez que pueda empeorar las cosas, realmente no sé qué hacer, excepto respirar profundamente y dejar que la vida entre en mí. Quizás no deba hacer nada, solo respirar y respirar, preñarme de vida. Quizás deba abandonarlo todo, como cuando en alguna tragicomedia uno siempre se debate entre el ser y la nada, y decide la heroicidad de ser.

Al menos me toca felicitar al mal, que parece que va ganando batallas poco a poco… Algún día me tocará sellar todas sus puertas, las puertas dónde se halla el mal, y vencer todas estas batallas. Mientras, sigamos fortaleciendo el alma, sigamos aprendiendo, sigamos buscando luz, más luz…

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La cinta de Möbius. El viaje hacia una vida no dividida


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Todos somos frágiles y vulnerables. Hay momentos que la vida nos golpea y a penas tenemos fuerza para levantarnos. Los que tienen suerte, acuden a los resortes de apoyo mutuo que surgen en nuestras redes, ya sean familiares o de proximidad. Otros necesitan ir más allá y acuden al tejido social que asume aquello que la vida privada no puede ofrecer, ya sea por carencia o nulidad. A veces nada de eso ocurre y nos vemos de repente solos ante los azotes, y es cuando la catástrofe, la tragedia, golpea con mayor fuerza y virulencia. Los cimientos que creíamos sólidos, de repente se derrumban y flaqueamos por todos los frentes.

Si acontece la muerte, el final, todo se diluye y acaba, pero si sobrevivimos al primer golpe, las secuelas pueden ser irreversibles. Si miramos con distancia la vida, todas nuestras vidas, vemos que dentro de nuestra fragilidad y vulnerabilidad hay siempre algo que nos mantiene alerta, al mismo tiempo que nos sostiene en el frágil equilibrio. Aprendemos con la experiencia que cuando recibimos un golpe, debemos estar preparados para el siguiente. Esa preparación nos hace, si estamos alertas, fijar nuestra atención hacia estacas de fortaleza interior que debemos consolidar una y otra vez como fuertes amarres que nos aten, emocional y psíquicamente, a una vida en plena ebullición.

El dolor que no se transforma es un dolor que se transmite. El sufrimiento que no hemos sido capaces de trascender, que se enquista dentro de nosotros, genera en el futuro rabia, recelo, rencor y más dolor. Cuando vivimos encerrados en nuestro mundo, ya sea aquello que encerremos nuestro mundo interior o nuestro mundo exterior, aislándonos o protegiéndonos de alguna manera de todo lo que nos rodea, estamos anulando realmente parte de nosotros. Eso nos protege, pero también evita que podamos manifestarnos plenamente. Cuando osamos con valentía compartir ambos mundos, el interior y el exterior, abiertamente, los errores son mayores, los riesgos se multiplican, pero la enseñanza emerge imparable. También nuestro ser, nuestro propósito y nuestro don.

No me di cuenta hasta ayer de que mis mayores maestros han sido precisamente esa colección de errores cometidos casi en cadena uno tras otro. Tampoco hasta ayer había llevado a la consciencia que eso es debido a que muestro abiertamente, participadamente, todo cuanto soy, en lo interior (a veces con esta escritura) o en lo exterior, en mi vida diaria.

Ayer C. me obsequió en su casa con numerosos regalos. La acogida y la sonrisa siempre son perlas que se guardan como tesoros ocultos en nuestro interior. Por eso soy consciente de que de alguna manera soy guardián de un gran tesoro (¿a cuántas almas acogemos y sonreímos todos los días allí en las montañas?). Llegaron más regalos que no detallaré por inmensos, pero como editor, escritor y pensador-sintiente, me agradó especialmente varios libros de Parker J. Palmer que ahora hojeo con esa ansiedad que nos posee cuando estamos al borde de descubrir algo luminoso.

Y la luz viene precisamente de esta reflexión. C. cogió una cartulina azul de su hermoso escritorio. Recortó una tira y me mostró sus dos caras. Jugando con ellas las unió por sus dos puntas dibujando un enrevesado símbolo del infinito. En ese momento solo podía describirlo así en mi mente, pero comprendí perfectamente lo que quería mostrar. Para construir una cinta de Möbius -así se llama-, se toma una tira de papel y se pegan los extremos dando media vuelta a uno de ellos antes de pegarlos. Esa es la explicación oficial y el nombre de lo que C. quería mostrarme. Palmer lo explica de forma hermosa:

En la cinta de Möbius no existe ni dentro ni fuera: las dos aparentes caras no dejan de crearse mutuamente. la mecánica de la cinta de Möbius es misteriosa, pero el mensaje es claro: lo que hay dentro de nosotros no deja de fluir constantemente hacia fuera para contribuir a formar, o deformar, el mundo; y lo que hay fuera de nosotros fluye constantemente hacia dentro para contribuir a formar, o deformar, nuestra vida. La cinta de Möbius es como la propia vida: en definitiva, solo hay una realidad”.

De ahí el título de su libro: “Una plenitud oculta. El viaje hacia una vida no dividida. Aceptar el alma y tejer la comunidad en un mundo herido” (Editorial Sirio).

Esto es una revelación maravillosa porque nos invita a presentarnos como realmente somos, y no como la sociedad quiere que nos presentemos, o no parcialmente, expresando nuestra superficialidad y ocultando nuestro interior. Es decir, nos invita (muchos se ofenden por ello), a que mostremos nuestra vulnerabilidad, nuestros errores, nuestra rabia, nuestro sentir, nuestros miedos, nuestro amor, nuestra felicidad. Lo privado y lo público se fusionan en una transparencia nueva, difícil de entender, pero hermosa en cuanto a la unidad que nos provoca como seres libres.

Es cierto que estamos en el país de la envidia y la crítica. No hay día que no sufra algún tipo de ataque inesperado por mostrar mi fragilidad, mis errores y aciertos, los menos. Pero cada día me importa menos. El trabajo de los círculos de consciencia, con el tiempo, nos ayuda a tomar la vida por montera. Lo experimentamos todos los días en los círculos de consciencia, cuando se realizan desde la más profunda sinceridad, y expresamos libremente todas las mañanas nuestro sentir, cogidos de las manos al otro, que a veces, la mayoría de las veces, es un desconocido. Desnudos de juicios, sin miedo al qué dirán, nos abrimos en canal mostrando, ya sea con los ojos abiertos o cerrados, eso que en ese momento somos, y no otra cosa. Es una práctica maravillosa porque en esos círculos de consciencia -Palmer los llama círculos de confianza- somos nosotros mismos, en lo bueno y en lo malo, pero nosotros. Siendo, sin más. Por eso nuestro viaje es un yoga, un Tao, un advaita que no divide sino que suma buscando la Unión, explorando siempre el paisaje interior de la vida plena. Gracias querida C. por mostrarme esos caminos…

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Caminar


Tres días en cama, con algo de fiebre y temblor es perfecto para poner al día mil cosas. Da tiempo para muchas resoluciones. Da tiempo para sentir, para exprimir el tiempo deslizante y bailar con su suave manto invisible. Hoy hablaba por teléfono con una amiga y me recordaba mis recesos cuando se acercaba mi revolución solar y me animaba a uno de ellos. El domingo será mi cuarentaiseisavo aniversario y siempre tengo por costumbre desaparecer en algún monasterio, convento, camino o viaje. Así que, tras meditarlo, me vino el impulso de hacer un trozo del Camino hasta donde pueda o aguante. Si el tiempo acompaña y mi cuerpo se ve con fuerzas, mañana, sin prisa, comenzaré a caminar, a volver a la senda, al Camino. Deseo que el domingo me alcance andando, reflexivo, en paz, en calma, fluyendo por los devenires de la vida, por sus misterios, por sus recovecos inexplorados. No sé si mi cuerpo resistirá los primeros pasos tras tres días ausente y enfermo, pero deseo levantarme, preparar una pequeña mochila con calma, otear el horizonte y caminar.

Esa sensación de libertad es única. Caminar, podría pasarme toda la vida caminando sin rumbo, solo por el deseo y el placer de sonreír paisajes, de respirar horizontes, de vaciar el llanto en los trémulos amaneceres. Caminar hacia el lejano Oeste, hacia Occidente siguiendo la guía del sol, de su luz, de su experiencia. No podemos permitirnos el lujo de detener nuestras vidas, tan pequeñas, tan frágiles. No podemos enmohecer, no podemos sucumbir a la pesada carga de nuestras vidas menguantes. Debemos levantarnos, aún frágiles, y caminar. Eso deseo, eso siento. Ahora recuerdo que no fui invitado en la última aventura y quedé encerrado entre libros, en una triste feria. Sentí que me moría por dentro de soledad, de pena, de franca ausencia. Me hubiera ido sin pensarlo a caminar a ciegas, a la aventura, sin un temblor de más me hubiera amarrado a sus ausencias. Pero el halo de su alma libre fraguó ante la inevitable rebeldía, y allí yació el piano, el baile, la música.

Por eso ahora soy yo el que se levanta en rebeldía y me dejo llevar por la llama salvaje que nos revela el bendito canto del pájaro, el roce inevitable de las ramas primaverales, las flores rociadas con el clamor de la mañana. Si despierto en la noche oscura y empiezo a caminar, no palideceré. Caminaré a ciegas, pero caminaré. Practicaré los caminos, como decía el Buda, intentando entrecruzar mis andares con el resto de los peregrinos. Pero sin pisarlos, sin cruzarme en sus desvaríos, en sus pasos firmes y cansados.
Caminar también es una buena forma de olvidar al mismo tiempo que sanamos la complejidad del presente. Caminar nos vuelve inmortales ante la presencia de la quietud, del silencio, de la meditación que nace entre un guijarro y el canto de cualquier ruiseñor. Si fijamos la atención en todo lo que puede acontecer en un solo instante de camino, somos capaces de penetrar en la incesante corriente de vida que todo alberga. Si somos capaces de iluminar aquellas partes más oscuras de nosotros, entonces podremos resolver la sublime ecuación del misterio.

Sí, mañana caminaré. No sé cuánto ni sé hasta cuando. Solo caminaré, y si estás ahí, entre cruces, en algún lugar, podremos conversar, podremos caminar juntos, aunque tan solo sea por un instante. Si estás ahí, seas quien seas, podremos estrujar el latido de cada paso. No me busques, deja que nuestras vidas se encuentren y nazca de nuevo el milagro. Deja que la existencia milagrosa aliente la leve carga. Caminar… de nuevo. El Camino espera. Alabados los lugares que nos sirven de guía y amparo, la santidad que nos lleva por fe y esperanza a subliminar la vida. Alabados los caminos, porque de ellos surge la vida, la explosión de realidad disimulada en el sentir, la expansión de toda consciencia. Caminar eleva, caminar transforma. No dejes nunca de caminar, me repito una y otra vez. Soy peregrino, caballero, aliado de la más absoluta de las impermanencias. Caminando, camina el buen hallado camino.

Como vencer a la depresión…


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© Asier Garagarza

 

Tristeza, rabia, melancolía, infelicidad, abatimiento, frustración o derrumbe. Pasar por un mal momento es algo que nos ocurre a menudo. Eso puede provocar una pequeña depresión a la que, si no se le pone remedio, puede llegar a desembocar en una gran depresión o un trastorno depresivo persistente. Según la psicóloga, estoy ya rozando el trastorno, y podría ser que tuviera que medicarme si no cambio el rumbo de los acontecimientos. Como sugerencias me invitó a seguir en terapia mientras me cogía, al mismo tiempo, un año sabático para poder así reordenar mi vida, pero, sobre todo, reordenar mi psique y mis pensamientos. En ese año sabático no debía hacer nada excepto viajar y disfrutar de pequeños placeres diarios. Debía distraer mi mente con nuevos paisajes y experiencias.

Viendo el panorama, una buena amiga me ha invitado a pasar unos días a Tierra Santa. Estaré trece días intentando distraer mi mente con nuevos escenarios, con nuevas experiencias y nuevos lugares nunca vistos. Cuando termine este viaje estaré en Ginebra, por motivos de trabajo, unos días, y de ahí, me retiro un mes a la comunidad de Findhorn, en Escocia, para intentar desde allí reorganizar toda mi vida mientras espero la ansiada primavera. Exceptuando un compromiso en el mes de julio, el resto del tiempo, al menos hasta que salga de este trastorno depresivo, lo pasaré viajando o viviendo en lugares diferentes. La otra opción es ir a un psiquiatra para empezar a medicarme, y es algo que no me seduce nada.

Hoy empecé a tomar un nuevo remedio homeópata tras una hora de consulta con una buena amiga doctora que intenta ayudarme desde esa terapia. Y hoy toca otra consulta con otra amiga doctora para intentar buscar una guía alternativa a mis pensamientos recurrentes. El escribir también es terapéutico. De alguna forma me alivia el expresar en voz alta este sentir y el poder compartirlo con otros. La disciplina física que adquirí hace unos meses, la cual me obligaba a comer bien y hacer algo de deporte al aire libre hizo que mi ánimo de alguna manera se restableciera. También, aunque esta semana he tenido alguna recaída, hizo que el cuadro de ansiedad desapareciera. El socializar y el hacer cosas diferentes como ir a retiros, conciertos o comidas con amigos también han ayudado en la segunda etapa de mi recuperación.

Las ideas de suicidio, muy recurrentes cuando pasas por un estado depresivo, han desaparecido prácticamente. Este es un tema crucial, porque la gente suele obviarlo y esconderlo. Pero los que pasan por problemas de depresión profunda, lo que más sienten es un deseo intenso por desaparecer. Lo único que lo impide es la cobardía, la falta de fuerzas o de valor, o el arropo constante de amigos y familiares. Mi salvación fue una mezcla de todo, aunque de vez en cuando me sorprenda con esa idea en la cabeza. Los pensamientos siempre son nuestro peor enemigo en este estado de ánimo.

Cuando uno se encuentra así, es un repelente de personas. En mi caso, acostumbrado a empalmar una relación tras otra, esta vez lo miro como una ventaja. Me está permitiendo descartar por completo la posibilidad de tener pareja a corto y medio plazo, y me está ayudando a contemplar la posibilidad de vivir absolutamente solo en los próximos años. Viendo con franqueza el fracaso acumulado de todas mis relaciones pasadas, no tiene sentido seguir insistiendo y tengo que ser honesto conmigo mismo. No me acomodo a la moda actual de tener parejas pasajeras, con falta de compromiso y responsabilidad. Así que me decantaré, irremediablemente, por la vida en solitario, con la posibilidad de albergar espontáneas noches abrazado a alguna amante casual. Así que, lo que al principio veía como una derrota, ahora puedo verlo desde otra perspectiva más positiva intentando acomodarme a lo inevitable. Si por el camino algún día me vuelvo a enamorar perdidamente y pierdo de nuevo la cabeza, pues bienvenido sea el amor. Pero debo ser honesto y no entrar a engaños ni dejarme engañar de nuevo.

Así que en dos días me marcho de Barcelona hacia Jerusalén, sin mucho ánimo ni alegría, pero con la esperanza de que este ciclo de viajes continuo me ayude a reordenar todo mi mundo interior, y con ello, de paso e inevitablemente, reordenar todo mi mundo exterior. Quedo agradecido a todos los familiares y amigos que con su paciencia y apoyo me están ayudando en este proceso. También pido paciencia a los que les debo algo, sea lo que sea, para restablecer pronto mis compromisos. Ahora toca salvarme de este infortunio para poder seguir adelante. Ahora toca cuidarme, con mucha observación, para seguir avanzando.

Si alguien está pasando por una situación parecida y desea escribirme en privado estaré encantado de escucharle y contarle con mayor detalle mi experiencia, por si sirve de ayuda… (javier@dharana.org)

 

Reinterpretar nuestras vidas. No te has quedado solo, te has quedado libre


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© Jovana Rikalo 

Cuando nos abandonan, especialmente al principio, y durante algunos meses, la sensación que tenemos es la de habernos quedado solos, de que nos han despreciado de la forma más burda. Con el tiempo, en ese empoderamiento que la vida siempre da, la sensación cambia. De repente dejamos de sentirnos abandonados y solos, y comenzamos a sentirnos libres. El sabor de poder reinterpretar siempre nuestras vidas posee dentro de sí una fuerza inabarcable. Podemos y debemos interpretar todo el relato de forma diferente. Podemos y debemos poner nuestra atención a las enseñanzas recibidas gracias a ese poderoso maestro que es el dolor, y poner de paso en acción una nueva versión de nosotros mismos.

Reinterpretar las situaciones para reinventarse es una buena acción para mejorar como seres humanos. Siempre podemos ver la vida desde una posición pesimista y acabada. Quizás en algunos momentos de dolor intenso, eso sea necesario para desahogar la tensión que la rabia y la frustración puedan ocasionar en nosotros. Pero pasado un tiempo, es posible ver las cosas de forma diferente. Es posible y diría que necesario, poder sacar lo mejor de cada experiencia. Dar las gracias a la persona que nos abandonó porque esa experiencia dolorosa, amarga, nos permite ser mejores.

Si alguien nos abandona, por la causa que sea, debemos inclinarnos ante la grandeza de la vida por darnos la oportunidad de saborear la libertad de la que ahora disponemos. Si las cosas nos van mal, debemos agradecer la oportunidad de ser más ágiles, más inteligentes para mejorar todo aquello que necesitamos mejorar. Cuando las cosas van mal y pueden ir a peor, podemos recrearnos en esa situación o podemos buscar con inteligencia salidas y soluciones imaginativas para que todo se recomponga de alguna manera.

Junto al mar, podemos ver la grandeza de la serenidad de las olas, y podemos comprobar la importancia de abonar la tierra para que lo que venga, sea siempre mejor. El secreto para conseguir algo bueno es preparar bien la base, abonar bien todo aquello que hará germinar lo que realmente deseamos. No basta con desearlo, debemos preparar el terreno para que todo germine y florezca y dé frutos sanos y provechosos. Debemos reinterpretar la narrativa de las cosas que nos pasan, la historia en su conjunto. Si alguien se marchó, es porque no éramos merecedores de eso, y debemos prepararnos para recibir algo mejor, para desear y de alguna forma exigir algo mejor. No esperar a que nos elijan, no esperar a que cualquier cosa entre en nuestras vidas, si no esperar a ser merecedores de la excelencia en cada momento.

Por eso, desde esa libertad de la que podemos disfrutar cuando nos abandonan, debemos sentir la necesidad de preparar el terreno, de abonarlo con calma y sembrar las semillas de lo que realmente deseamos cosechar en los próximos años. Sin prisa, sin necesidad de nada, libres, perfectamente libres y emancipados para poder elegir cuando realmente estemos preparados. Y a partir de ese momento no dejar que entre cualquier cosa a nuestras vidas. No dejar que nada ni nadie pueda aprovecharse de esta nueva versión de nosotros mismos, porque ya no será una versión de usar y tirar. Lo caduco se ha terminado. Lo rápido se ha terminado. Lo circunstancial se ha terminado. Nos debemos exigir a partir de ahora solo lo verdadero, lo real. Se acabó lo ilusorio. Se terminó la mentira y el autoengaño.

No nos hemos quedado solos, nos hemos quedado libres para ser mejores y desear lo mejor, dar siempre lo mejor de nosotros mismos.

La gestión de emociones. Dar una narrativa a nuestras vidas


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Es normal sentir miedo, rabia, angustia, ambivalencia, amargura, apatía, apego, cansancio, congoja, confusión, desidia, frustración, furia, desengaño, impotencia, ira, melancolía, turbación, tristeza y así hasta llegar a cientos de emociones con las que nos enfrentamos todos los días. Es difícil sopesar toda esa amalgama que nos recorre día sí y día no, hora tras hora. El grado de intensidad de cada emoción dependerá no sólo de la propia experiencia que hayamos padecido, sea objetiva o subjetivamente, sino también de nuestra capacidad de reacción hacia la misma y de nuestra capacidad de comprensión y adaptación a ese escenario con el que no contábamos. Conocer las emociones y sobre todo sus funciones es algo complejo. Pero debemos hacerlo. Conocerlas para reconocerlas y así poder gestionar todo lo que esa emoción nos pide. Hay que permitir que las emociones se expresen, pero también debemos educarnos para poder regularlas. Si sientes ira, rabia y frustración, es importante permitir que eso ocurra, pero más importante es aún el poder controlar y regular todas esas emociones, todas esas válvulas de escape que nuestro cuerpo diseña para poder soportar la presión de ciertos acontecimientos.

El tiempo nos permite, si existe un mínimo de trabajo y esfuerzo interior, reflexionar sobre cómo hemos reaccionado ante ciertas experiencias y cómo nuestras emociones han condicionado nuestra respuesta natural a las mismas. Un episodio de dolor intenso no es vivido de la misma forma por unos y por otros. Existen cientos de factores que condicionarán la respuesta. La gestión de las emociones ante graves conflictos es determinante para que en el futuro las cosas no empeoren y no terminen en catástrofe o en pérdida de salud física, emocional, psíquica o social. Dar respuestas adaptativas a todo lo que nos ocurre quizás sea una de las tareas más complejas, porque no siempre todo lo que ocurre es agradable. De ahí la importancia de estar alertas, de reflexionar sobre los avatares y experiencias que la vida nos pone como pruebas a superar, y sobre todo, reflexionar sobre nuestras respuestas hacia las mismas, para que en un futuro podamos mejorar dichas respuestas.

Muchas veces perdemos por el camino amistades y relaciones profundas con otras personas por no haber sido capaces de adaptar nuestras respuestas a momentos críticos de la relación. Perdemos personas increíbles de nuestro lado por no saber adaptarnos a las crisis que todas las relaciones sufren tarde o temprano. Por eso es importante, una vez pasadas esas crisis, reflexionar sobre ellas, crear una narrativa para poder entender qué ha pasado, cómo ha pasado y de qué manera podemos mejorar. Es importante entender que las emociones deben expresarse, deben surgir de alguna manera y debemos comprender y aceptar como hemos gestionado, ya sea como adultos o como adultos no maduros, toda la experiencia. Narrar lo sucedido, enfrentarse a ello, es una forma de curarse, de sanarse por dentro y comprender de paso todo el relato de la historia. Nuestra gran campo de batalla, las emociones, está ahí para enseñarnos. Aquel que no se enfrenta a las mismas, que prefiere huir, desaparecer y obviar las situaciones críticas está condenado a repetirlas. Una y otra vez. Podrá cambiar el escenario, podrán cambiar las personas, pero seguiremos cometiendo los mismos errores por no querer enfrentarnos a la propia narrativa de la historia.

Gracias 2018…


Termina, por fin, este año. Mientras se sumerge el último día en su pequeño abismo, en su grandilocuente sencillez, en su olvido, recuerdo aún los sonidos celtas del concierto al que ayer asistía para despedir el año con música. Deseaba decir adiós de forma ordenada, justa, con cariño. Ella me acompañó y al final del concierto, después de un intenso abrazo, salían hermosas lágrimas de su alma. Lloraba porque realmente aquello era una despedida, no sólo de un año difícil, sino también de una experiencia, de un portal, de una aventura, de una línea de tiempo que no tuvo continuidad. Sus lágrimas sirvieron para sellar este año recordando que todo son encuentros, todo es un resurgir de almas que se recuerdan cuando se abrazan. Y por eso lloran cuando todo termina.

Mañana será otro día y empezará, simbólicamente, otro año, otro ciclo, otro recuerdo. Qué decir del anterior, del que ya no existe más que en la memoria. Miro hacia atrás con nostalgia, con pena, con cierta melancolía, pero también con fortaleza y agradecimiento. No puede ser de otra manera, porque eso es lo que realmente nos define como seres humanos completos, ser agradecidos. Así que este tiempo acabado lo termino acompañado en un concierto que engrandece el ancho campo de la experiencia. Que derriba los muros angostos que nos han separado y sepulta para siempre el aliento cansado del viajero.

Hay años donde todo se derrumba. Especialmente aquello que no es verdadero, que creció en una desmedida ficción deseada desde la ignorancia, la necesidad o el miedo. Hay años donde todo parece perecer irremediablemente, como si en verdad, lo ocurrido hubiera sido fraguado lejos de la autenticidad. Lo legítimo, lo valiente, es dejar que caiga, que todo aquello que fue ficción encuentre su caída libre. Y en ese alud, volver a empezar. Volver a peregrinar por las sendas de lo auténtico. Personas auténticas, caminos auténticos, proyectos auténticos. La autenticidad de un mundo más lento, más pausado, más calmo, más sencillo y humilde. La serenidad de saberte seguro bajo tus pies, de caminar en un ancho mar de emociones ricas, alegres, verdaderas, alejadas de la ilusión del aparentar, del tener, del desear inútiles formas.

Me engrandece la idea que soporta la oportunidad de volver a empezar de nuevo. De levantarte con fuerza y agradecimiento por lo aprendido y otear el horizonte con esa gracia de un recién nacido. Elevar la mirada a los cielos, contemplar la línea que separa lo de abajo con lo de arriba y querer alcanzar ambas con la sutiliza de esa magia vaporosa e invisible que todo lo anima. Abrir los brazos para que el pecho se expanda de nuevo. Abrir las canillas del llanto para que la emoción engrandezca nuestras vidas. Respirar profundamente mientras elevamos las más altas aspiraciones a esa entrega mistérica que nos protege. Suspirar por todo aquello que ya no está, y por todas aquellas almas que quedaron rezagadas en alguna posada.

Y dar gracias, siempre dar gracias. Incluso a la dureza del camino. Incluso al tremendo año que dejamos atrás. Dar sinceras gracias por lo aprendido, y pedir perdón por las torpezas. Guiñar al destino y seguir luchando, pero esta vez en son de paz, sin agravios, sin prisa, sin miedo. Un regalo musical para el nuevo año… Agradecido de corazón por todo lo que nos has dado… Gracias siempre por estar ahí, en lo bueno y en lo malo, en la riqueza y en la pobreza… Gracias por elevar el significado profundo del abrazo a su máxima potencia… gracias por inspirar tan bellas tardes con tan sencillos gestos… un abrazo grande y sentido con el cariño de siempre… Gracias a los que continuáis a mi lado. Y gracias sinceras y agradecidas a los que se fueron… Sin ellos, no sería lo que ahora soy… Gracias 2018 por todo lo que me diste y todo lo que me quitaste… Tus razones habrás tenido, aunque nunca logre comprenderlo… Bienvenido 2019… Feliz año nuevo a todos…

Momento transicional…


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Ayer paseando por la playa

 

Tomamos una taza de chocolate caliente y nos fuimos al mar. Caminamos por la orilla escuchando el oleaje, meciéndonos con su música, saboreando la sal que cortaba nuestros labios. Caminar y caminar y caminar mientras nos mecía el agua. Era de noche y el horizonte se dibujaba entre señuelos de algodón, entre aventuras marinas que no podíamos alcanzar con la mirada. Al día siguiente volví al mar, pero algo más al norte. Volvimos a caminar mientras el concierto salado resumía nuestro propio oleaje interior. Cansancio, pero también esperanza. Terminamos en su casa y tocó, de nuevo, una taza de chocolate caliente. Las horas pasaban sin que se esgrimiera un gran relato, pero no importaba. Era el placer de disfrutar, desde la complejidad del momento, de las cosas sencillas. Un paseo, una taza caliente, la amistad, la hermandad, el aplomo de sonreír al atardecer, la justa visión de las cosas a pesar de la distorsión interior.

Sigo anclado en el Mediterráneo, en el agua entre dos tierras. Aún no sé, más allá de los postulados propios de estas fechas, qué más puede atarme a este lugar. Oteo el horizonte y me gustaría seguir viajando. Quizás algo más al norte, quizás hacia el sur. No importa con tal de viajar lejos de este año que no ha sido bueno. Aunque esto es una percepción irreal. Quizás algún día lo valore de forma diferente, apreciando que eso que al parecer fue malo, en realidad solo fue una liberación para encontrar algo mejor. El tiempo lo dirá, y los viajes, y la vida en general. Mejor no juzgar. Mejor solo respirar profundamente y pensar en el instante presente que es lo único que importa. En el mar, en los paseos diarios junto a la orilla, en la taza de chocolate caliente, en la buena compañía. Mejor permanecer agradecido, aunque ahora cueste tanto.

Ella me decía que ando en un momento de transición. Que debo ser fuerte para poder anclar en mí todo aquello que ha de llegar. El devenir despejará mis dudas sobre el camino a tomar. Las dos fuerzas que ahora mecen todo este cúmulo de sensaciones dejarán de luchar y la vía se abrirá clara para que encuentre la puerta deseada. Angosta, estrecha, pero hacia un cielo ancho e infinito. Mientras, debo observar como el juego se desarrolla, sin dejarme engañar por lo aparente, por lo irreal. Todo eso caerá con su pesada carga de fantasía. Solo debo aferrarme a lo verdadero. A gente verdadera, lejos de hipocresía y engaño. A momentos sinceros. A seres en los que confiar tu vida, a sabiendas de su futilidad.

Me gusta esta sensación que poco a poco se va vislumbrando como obsequio. La agradable brisa casi primaveral en este cálido invierno resulta ser una señal inequívoca de que en el interior algo está obrando. Como es adentro es afuera, por eso el caos aparente, circundante, solo pretende dar respuesta a un movimiento que se está gestando. Por eso a mi vera estaba el mar. Tranquilo, calmo, brillante. Con sus olas que mecían mi alma, con su viento que frotaba en nuestras mejillas salados momentos. Y más allá del mar el horizonte, oteado con curiosidad por las aves marinas, por el chapoteo del perro que corría de la arena al agua. La curiosidad me invade. Presiento que están ocurriendo cosas que aún no logro desentrañar del todo. Pero ahí están de nuevo las señales. Sí, ahí está el mar que por dos días me ha llevado hasta las orillas de este momento. Ahí está la música. Ahí está la experiencia única de sentir como la vida obra su milagro. La primavera está cerca. Las flores pronto germinarán.

 

 

Vivir los abismos


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© Sergey Novozhilov

 

Entre la fe y la esperanza siempre hay trozos de tierra que se asoman al abismo. Es entonces cuando empiezas a leer a Heidegger o Wittgenstein y recuerdas la importancia del conocimiento para poder entender el mundo de forma más profunda, y sobre todo, para saber guiarnos por él. Pero no puedes olvidar la mística, la inteligencia que nos eleva hacia otras dimensiones menos exploradas, pero no por ello menos importantes. Poseer experiencias místicas o tentar una mirada elevada y profunda te llevan a observar el mundo de forma más amplia, y por lo tanto, más generosa. Eso permite no vivir una vida tan solo material y anodina, sino excitante y plagada de aventuras, donde lo importante no se reduce tan solo a tener algunas necesidades básicas cubiertas y a pocos más estímulos que no sean aquellos plagados al consumismo de superficialidad y materia. De hecho, esa simplicidad es una forma de degradar la materia, lo material, porque en términos amplios de consciencia, la materia también se puede consagrar, elevar, subliminar, siempre y cuando no estemos sometidos a sus dictámenes. Vivir una vida amplia, abarcando todas sus dimensiones, es vivir una vida inmensamente intensa llena de abismos.

Por eso es importante tener fe. Fe en algo más elevado a nuestra pobre percepción. Fe para poder mirar con entusiasmo la vida, abrazarla en todo su misterio y aceptar, sea lo que sea, aquello que nos presenta para nuestro aprendizaje. El salto de fe es importante cuando lo que tienes ante ti es un poderoso abismo. Los abismos dan miedo, a veces pánico, tanto que nos hace retroceder, volver a nuestra casilla de salida y no avanzar. Preferimos la seguridad de lo conocido y olvidamos que el universo es acción y movimiento continuo, es evolución constante hacia una emancipación poderosa. Los tiempos claros son complejos ante la decisión de seguir o volver al reducto seguro. Saltar, saltar y volar en esa fe que nos permite continuar nuestro camino es estar en sintonía con la sincrónica y mistérica vida.

La fe te mueve hacia esos caminos cargados de abismos, y la esperanza nos anima a seguir adelante una vez superadas todas las pruebas hercúleas que puedan aparecer en la senda. La esperanza de un mundo mejor. La esperanza de profundizar en la generosidad, en la pasión, en el cariño, en el amor, en la vida en su más amplia expresión. La esperanza de poder compartir todo eso con alguien capaz de volar hacia esas dimensiones desconocidas. La fe es aquí y ahora y la esperanza es el futuro. La fe nos empuja para movernos irremediablemente en aquello que no se ve, que no se puede entender. La esperanza es la motivación para ese movimiento crucial. La fe le da a nuestra esperanza sustancia para poder acercarnos a los secretos de nuestro interior, para poder traer al mundo natural, todos los misterios del mundo sobrenatural.

No hay que tener miedo si tenemos fe y esperanza. Solo hay que saber vivir los abismos, vivir entre los mismos, sabiendo que cuando esto ocurre, es porque nos espera siempre algo mejor. Y eso mejor siempre llega si mantenemos la mirada alta, el corazón limpio y afianzamos en los errores la prueba de que no todo es perfecto ni todo es perdurable. Sólo son pruebas, trabajos, tentativas para medir nuestra capacidad, nuestra fe, nuestra esperanza… Si se ama con conocimiento, con inteligencia, el miedo desaparece, el camino se abre ante nosotros y la vida continua su danza invisible y secreta.

Viaje al primitivo barro


 

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“El secreto, querida Alicia, es rodearte de personas que te hagan sonreír el corazón. Es entonces, solo entonces, que estarás en el País de las Maravillas”. Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas

 

He visto como del viejo barro, a veces húmedo, a veces seco, surge la luz. De su oscuro cobijo nacen las flores, pero también el perfume, la belleza, la sabiduría. Los arquitectos hicieron de algo burdo, un milagroso empeño de la evolución. Nosotros, que tenemos el color del barro, también formamos parte de ese milagro, de ese arquetipo de belleza. Nuestro perfume, aquello que nos distingue en la realeza del alma, es la sonrisa. También la música y la poesía, porque no todas las criaturas son capaces de ello, pero especialmente la sonrisa.

Son muchas las personas que nos hacen sonreír el corazón, aunque no siempre estemos despiertos para poder apreciarlo. Sin duda, el mejor viaje de todos, la mayor maravilla, es poder encontrar en la vida ese tipo de personas, rodearte de ellas, apreciarlas, cuidarlas, protegerlas, honrarlas. Al igual que esas flores que nacen en primavera para embellecer la creación, las personas que sonríen son capaces de elevar el universo a una dimensión más perfecta, más sublime. Estar al lado de alguien que sonríe, sin más, es el mejor de los viajes.

Del barro primitivo nacen muchas cosas. En nuestro caminar siempre tenemos la obligación de elegir qué deseamos para nuestras vidas. Podemos elegir entre la luz del sol o la luz de una antorcha en una helada noche de invierno. Los escenarios siempre dibujarán contornos diferentes, pero en nosotros siempre estará la opción de ir a la búsqueda del calor. La belleza es una luz para nuestra alma. Bajo nuestros pies está el barro primitivo, pero de ahí surge la promesa, el verbo, la palabra. Es nuestra guía circundante, nuestra atalaya humana.

La noche es oscura cuando nos sorprende lejos de casa, cuando olvidamos que nuestro verdadero hogar nunca fue la soledad, sino el amor. Pero ahí está la sonrisa que nos guía para poder seguir. Ahí está todo aquello que nos lleva hacia las orillas de la paz y cuya serenidad rebota en nuestras carnes ofrecidas al mundo. Ahí está también la espera, la esperanza, que nos lleva hacia lugares remotos, hacia países imposibles, hacia abrazos que se extienden más allá de cualquier verso.

Sí, el verdadero secreto es entender como esa estrella vespertina cae sobre el húmedo barro y allí guarda una promesa. Cae en la oscuridad y allí espera, reposa, recuerda. Es un camino solitario, lejos de casa, en un silencio quebrado y expectante. En esas sombras se vuela lejos cuando nace la sonrisa y más tarde el compartir. Allí la vida empieza a despegar y buscar la luz. Algo germina. Es la promesa, cuando se supera la noche, la que nace a la luz. Crees y encuentras tu camino. Crees y todo florece y se expande hacia la luz, hacia esa sonrisa permanente que ilumina para siempre nuestras vidas. Sí, el secreto es rodearse siempre de personas que te hagan sonreír el corazón. El secreto es germinar para abrazar la vida, el amor, el calor y hacer que nuestra bella alma resplandezca bajo el sol.