La cinta de Möbius. El viaje hacia una vida no dividida


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Todos somos frágiles y vulnerables. Hay momentos que la vida nos golpea y a penas tenemos fuerza para levantarnos. Los que tienen suerte, acuden a los resortes de apoyo mutuo que surgen en nuestras redes, ya sean familiares o de proximidad. Otros necesitan ir más allá y acuden al tejido social que asume aquello que la vida privada no puede ofrecer, ya sea por carencia o nulidad. A veces nada de eso ocurre y nos vemos de repente solos ante los azotes, y es cuando la catástrofe, la tragedia, golpea con mayor fuerza y virulencia. Los cimientos que creíamos sólidos, de repente se derrumban y flaqueamos por todos los frentes.

Si acontece la muerte, el final, todo se diluye y acaba, pero si sobrevivimos al primer golpe, las secuelas pueden ser irreversibles. Si miramos con distancia la vida, todas nuestras vidas, vemos que dentro de nuestra fragilidad y vulnerabilidad hay siempre algo que nos mantiene alerta, al mismo tiempo que nos sostiene en el frágil equilibrio. Aprendemos con la experiencia que cuando recibimos un golpe, debemos estar preparados para el siguiente. Esa preparación nos hace, si estamos alertas, fijar nuestra atención hacia estacas de fortaleza interior que debemos consolidar una y otra vez como fuertes amarres que nos aten, emocional y psíquicamente, a una vida en plena ebullición.

El dolor que no se transforma es un dolor que se transmite. El sufrimiento que no hemos sido capaces de trascender, que se enquista dentro de nosotros, genera en el futuro rabia, recelo, rencor y más dolor. Cuando vivimos encerrados en nuestro mundo, ya sea aquello que encerremos nuestro mundo interior o nuestro mundo exterior, aislándonos o protegiéndonos de alguna manera de todo lo que nos rodea, estamos anulando realmente parte de nosotros. Eso nos protege, pero también evita que podamos manifestarnos plenamente. Cuando osamos con valentía compartir ambos mundos, el interior y el exterior, abiertamente, los errores son mayores, los riesgos se multiplican, pero la enseñanza emerge imparable. También nuestro ser, nuestro propósito y nuestro don.

No me di cuenta hasta ayer de que mis mayores maestros han sido precisamente esa colección de errores cometidos casi en cadena uno tras otro. Tampoco hasta ayer había llevado a la consciencia que eso es debido a que muestro abiertamente, participadamente, todo cuanto soy, en lo interior (a veces con esta escritura) o en lo exterior, en mi vida diaria.

Ayer C. me obsequió en su casa con numerosos regalos. La acogida y la sonrisa siempre son perlas que se guardan como tesoros ocultos en nuestro interior. Por eso soy consciente de que de alguna manera soy guardián de un gran tesoro (¿a cuántas almas acogemos y sonreímos todos los días allí en las montañas?). Llegaron más regalos que no detallaré por inmensos, pero como editor, escritor y pensador-sintiente, me agradó especialmente varios libros de Parker J. Palmer que ahora hojeo con esa ansiedad que nos posee cuando estamos al borde de descubrir algo luminoso.

Y la luz viene precisamente de esta reflexión. C. cogió una cartulina azul de su hermoso escritorio. Recortó una tira y me mostró sus dos caras. Jugando con ellas las unió por sus dos puntas dibujando un enrevesado símbolo del infinito. En ese momento solo podía describirlo así en mi mente, pero comprendí perfectamente lo que quería mostrar. Para construir una cinta de Möbius -así se llama-, se toma una tira de papel y se pegan los extremos dando media vuelta a uno de ellos antes de pegarlos. Esa es la explicación oficial y el nombre de lo que C. quería mostrarme. Palmer lo explica de forma hermosa:

En la cinta de Möbius no existe ni dentro ni fuera: las dos aparentes caras no dejan de crearse mutuamente. la mecánica de la cinta de Möbius es misteriosa, pero el mensaje es claro: lo que hay dentro de nosotros no deja de fluir constantemente hacia fuera para contribuir a formar, o deformar, el mundo; y lo que hay fuera de nosotros fluye constantemente hacia dentro para contribuir a formar, o deformar, nuestra vida. La cinta de Möbius es como la propia vida: en definitiva, solo hay una realidad”.

De ahí el título de su libro: “Una plenitud oculta. El viaje hacia una vida no dividida. Aceptar el alma y tejer la comunidad en un mundo herido” (Editorial Sirio).

Esto es una revelación maravillosa porque nos invita a presentarnos como realmente somos, y no como la sociedad quiere que nos presentemos, o no parcialmente, expresando nuestra superficialidad y ocultando nuestro interior. Es decir, nos invita (muchos se ofenden por ello), a que mostremos nuestra vulnerabilidad, nuestros errores, nuestra rabia, nuestro sentir, nuestros miedos, nuestro amor, nuestra felicidad. Lo privado y lo público se fusionan en una transparencia nueva, difícil de entender, pero hermosa en cuanto a la unidad que nos provoca como seres libres.

Es cierto que estamos en el país de la envidia y la crítica. No hay día que no sufra algún tipo de ataque inesperado por mostrar mi fragilidad, mis errores y aciertos, los menos. Pero cada día me importa menos. El trabajo de los círculos de consciencia, con el tiempo, nos ayuda a tomar la vida por montera. Lo experimentamos todos los días en los círculos de consciencia, cuando se realizan desde la más profunda sinceridad, y expresamos libremente todas las mañanas nuestro sentir, cogidos de las manos al otro, que a veces, la mayoría de las veces, es un desconocido. Desnudos de juicios, sin miedo al qué dirán, nos abrimos en canal mostrando, ya sea con los ojos abiertos o cerrados, eso que en ese momento somos, y no otra cosa. Es una práctica maravillosa porque en esos círculos de consciencia -Palmer los llama círculos de confianza- somos nosotros mismos, en lo bueno y en lo malo, pero nosotros. Siendo, sin más. Por eso nuestro viaje es un yoga, un Tao, un advaita que no divide sino que suma buscando la Unión, explorando siempre el paisaje interior de la vida plena. Gracias querida C. por mostrarme esos caminos…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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Caminar


Tres días en cama, con algo de fiebre y temblor es perfecto para poner al día mil cosas. Da tiempo para muchas resoluciones. Da tiempo para sentir, para exprimir el tiempo deslizante y bailar con su suave manto invisible. Hoy hablaba por teléfono con una amiga y me recordaba mis recesos cuando se acercaba mi revolución solar y me animaba a uno de ellos. El domingo será mi cuarentaiseisavo aniversario y siempre tengo por costumbre desaparecer en algún monasterio, convento, camino o viaje. Así que, tras meditarlo, me vino el impulso de hacer un trozo del Camino hasta donde pueda o aguante. Si el tiempo acompaña y mi cuerpo se ve con fuerzas, mañana, sin prisa, comenzaré a caminar, a volver a la senda, al Camino. Deseo que el domingo me alcance andando, reflexivo, en paz, en calma, fluyendo por los devenires de la vida, por sus misterios, por sus recovecos inexplorados. No sé si mi cuerpo resistirá los primeros pasos tras tres días ausente y enfermo, pero deseo levantarme, preparar una pequeña mochila con calma, otear el horizonte y caminar.

Esa sensación de libertad es única. Caminar, podría pasarme toda la vida caminando sin rumbo, solo por el deseo y el placer de sonreír paisajes, de respirar horizontes, de vaciar el llanto en los trémulos amaneceres. Caminar hacia el lejano Oeste, hacia Occidente siguiendo la guía del sol, de su luz, de su experiencia. No podemos permitirnos el lujo de detener nuestras vidas, tan pequeñas, tan frágiles. No podemos enmohecer, no podemos sucumbir a la pesada carga de nuestras vidas menguantes. Debemos levantarnos, aún frágiles, y caminar. Eso deseo, eso siento. Ahora recuerdo que no fui invitado en la última aventura y quedé encerrado entre libros, en una triste feria. Sentí que me moría por dentro de soledad, de pena, de franca ausencia. Me hubiera ido sin pensarlo a caminar a ciegas, a la aventura, sin un temblor de más me hubiera amarrado a sus ausencias. Pero el halo de su alma libre fraguó ante la inevitable rebeldía, y allí yació el piano, el baile, la música.

Por eso ahora soy yo el que se levanta en rebeldía y me dejo llevar por la llama salvaje que nos revela el bendito canto del pájaro, el roce inevitable de las ramas primaverales, las flores rociadas con el clamor de la mañana. Si despierto en la noche oscura y empiezo a caminar, no palideceré. Caminaré a ciegas, pero caminaré. Practicaré los caminos, como decía el Buda, intentando entrecruzar mis andares con el resto de los peregrinos. Pero sin pisarlos, sin cruzarme en sus desvaríos, en sus pasos firmes y cansados.
Caminar también es una buena forma de olvidar al mismo tiempo que sanamos la complejidad del presente. Caminar nos vuelve inmortales ante la presencia de la quietud, del silencio, de la meditación que nace entre un guijarro y el canto de cualquier ruiseñor. Si fijamos la atención en todo lo que puede acontecer en un solo instante de camino, somos capaces de penetrar en la incesante corriente de vida que todo alberga. Si somos capaces de iluminar aquellas partes más oscuras de nosotros, entonces podremos resolver la sublime ecuación del misterio.

Sí, mañana caminaré. No sé cuánto ni sé hasta cuando. Solo caminaré, y si estás ahí, entre cruces, en algún lugar, podremos conversar, podremos caminar juntos, aunque tan solo sea por un instante. Si estás ahí, seas quien seas, podremos estrujar el latido de cada paso. No me busques, deja que nuestras vidas se encuentren y nazca de nuevo el milagro. Deja que la existencia milagrosa aliente la leve carga. Caminar… de nuevo. El Camino espera. Alabados los lugares que nos sirven de guía y amparo, la santidad que nos lleva por fe y esperanza a subliminar la vida. Alabados los caminos, porque de ellos surge la vida, la explosión de realidad disimulada en el sentir, la expansión de toda consciencia. Caminar eleva, caminar transforma. No dejes nunca de caminar, me repito una y otra vez. Soy peregrino, caballero, aliado de la más absoluta de las impermanencias. Caminando, camina el buen hallado camino.

Como vencer a la depresión…


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© Asier Garagarza

 

Tristeza, rabia, melancolía, infelicidad, abatimiento, frustración o derrumbe. Pasar por un mal momento es algo que nos ocurre a menudo. Eso puede provocar una pequeña depresión a la que, si no se le pone remedio, puede llegar a desembocar en una gran depresión o un trastorno depresivo persistente. Según la psicóloga, estoy ya rozando el trastorno, y podría ser que tuviera que medicarme si no cambio el rumbo de los acontecimientos. Como sugerencias me invitó a seguir en terapia mientras me cogía, al mismo tiempo, un año sabático para poder así reordenar mi vida, pero, sobre todo, reordenar mi psique y mis pensamientos. En ese año sabático no debía hacer nada excepto viajar y disfrutar de pequeños placeres diarios. Debía distraer mi mente con nuevos paisajes y experiencias.

Viendo el panorama, una buena amiga me ha invitado a pasar unos días a Tierra Santa. Estaré trece días intentando distraer mi mente con nuevos escenarios, con nuevas experiencias y nuevos lugares nunca vistos. Cuando termine este viaje estaré en Ginebra, por motivos de trabajo, unos días, y de ahí, me retiro un mes a la comunidad de Findhorn, en Escocia, para intentar desde allí reorganizar toda mi vida mientras espero la ansiada primavera. Exceptuando un compromiso en el mes de julio, el resto del tiempo, al menos hasta que salga de este trastorno depresivo, lo pasaré viajando o viviendo en lugares diferentes. La otra opción es ir a un psiquiatra para empezar a medicarme, y es algo que no me seduce nada.

Hoy empecé a tomar un nuevo remedio homeópata tras una hora de consulta con una buena amiga doctora que intenta ayudarme desde esa terapia. Y hoy toca otra consulta con otra amiga doctora para intentar buscar una guía alternativa a mis pensamientos recurrentes. El escribir también es terapéutico. De alguna forma me alivia el expresar en voz alta este sentir y el poder compartirlo con otros. La disciplina física que adquirí hace unos meses, la cual me obligaba a comer bien y hacer algo de deporte al aire libre hizo que mi ánimo de alguna manera se restableciera. También, aunque esta semana he tenido alguna recaída, hizo que el cuadro de ansiedad desapareciera. El socializar y el hacer cosas diferentes como ir a retiros, conciertos o comidas con amigos también han ayudado en la segunda etapa de mi recuperación.

Las ideas de suicidio, muy recurrentes cuando pasas por un estado depresivo, han desaparecido prácticamente. Este es un tema crucial, porque la gente suele obviarlo y esconderlo. Pero los que pasan por problemas de depresión profunda, lo que más sienten es un deseo intenso por desaparecer. Lo único que lo impide es la cobardía, la falta de fuerzas o de valor, o el arropo constante de amigos y familiares. Mi salvación fue una mezcla de todo, aunque de vez en cuando me sorprenda con esa idea en la cabeza. Los pensamientos siempre son nuestro peor enemigo en este estado de ánimo.

Cuando uno se encuentra así, es un repelente de personas. En mi caso, acostumbrado a empalmar una relación tras otra, esta vez lo miro como una ventaja. Me está permitiendo descartar por completo la posibilidad de tener pareja a corto y medio plazo, y me está ayudando a contemplar la posibilidad de vivir absolutamente solo en los próximos años. Viendo con franqueza el fracaso acumulado de todas mis relaciones pasadas, no tiene sentido seguir insistiendo y tengo que ser honesto conmigo mismo. No me acomodo a la moda actual de tener parejas pasajeras, con falta de compromiso y responsabilidad. Así que me decantaré, irremediablemente, por la vida en solitario, con la posibilidad de albergar espontáneas noches abrazado a alguna amante casual. Así que, lo que al principio veía como una derrota, ahora puedo verlo desde otra perspectiva más positiva intentando acomodarme a lo inevitable. Si por el camino algún día me vuelvo a enamorar perdidamente y pierdo de nuevo la cabeza, pues bienvenido sea el amor. Pero debo ser honesto y no entrar a engaños ni dejarme engañar de nuevo.

Así que en dos días me marcho de Barcelona hacia Jerusalén, sin mucho ánimo ni alegría, pero con la esperanza de que este ciclo de viajes continuo me ayude a reordenar todo mi mundo interior, y con ello, de paso e inevitablemente, reordenar todo mi mundo exterior. Quedo agradecido a todos los familiares y amigos que con su paciencia y apoyo me están ayudando en este proceso. También pido paciencia a los que les debo algo, sea lo que sea, para restablecer pronto mis compromisos. Ahora toca salvarme de este infortunio para poder seguir adelante. Ahora toca cuidarme, con mucha observación, para seguir avanzando.

Si alguien está pasando por una situación parecida y desea escribirme en privado estaré encantado de escucharle y contarle con mayor detalle mi experiencia, por si sirve de ayuda… (javier@dharana.org)

 

Reinterpretar nuestras vidas. No te has quedado solo, te has quedado libre


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© Jovana Rikalo 

Cuando nos abandonan, especialmente al principio, y durante algunos meses, la sensación que tenemos es la de habernos quedado solos, de que nos han despreciado de la forma más burda. Con el tiempo, en ese empoderamiento que la vida siempre da, la sensación cambia. De repente dejamos de sentirnos abandonados y solos, y comenzamos a sentirnos libres. El sabor de poder reinterpretar siempre nuestras vidas posee dentro de sí una fuerza inabarcable. Podemos y debemos interpretar todo el relato de forma diferente. Podemos y debemos poner nuestra atención a las enseñanzas recibidas gracias a ese poderoso maestro que es el dolor, y poner de paso en acción una nueva versión de nosotros mismos.

Reinterpretar las situaciones para reinventarse es una buena acción para mejorar como seres humanos. Siempre podemos ver la vida desde una posición pesimista y acabada. Quizás en algunos momentos de dolor intenso, eso sea necesario para desahogar la tensión que la rabia y la frustración puedan ocasionar en nosotros. Pero pasado un tiempo, es posible ver las cosas de forma diferente. Es posible y diría que necesario, poder sacar lo mejor de cada experiencia. Dar las gracias a la persona que nos abandonó porque esa experiencia dolorosa, amarga, nos permite ser mejores.

Si alguien nos abandona, por la causa que sea, debemos inclinarnos ante la grandeza de la vida por darnos la oportunidad de saborear la libertad de la que ahora disponemos. Si las cosas nos van mal, debemos agradecer la oportunidad de ser más ágiles, más inteligentes para mejorar todo aquello que necesitamos mejorar. Cuando las cosas van mal y pueden ir a peor, podemos recrearnos en esa situación o podemos buscar con inteligencia salidas y soluciones imaginativas para que todo se recomponga de alguna manera.

Junto al mar, podemos ver la grandeza de la serenidad de las olas, y podemos comprobar la importancia de abonar la tierra para que lo que venga, sea siempre mejor. El secreto para conseguir algo bueno es preparar bien la base, abonar bien todo aquello que hará germinar lo que realmente deseamos. No basta con desearlo, debemos preparar el terreno para que todo germine y florezca y dé frutos sanos y provechosos. Debemos reinterpretar la narrativa de las cosas que nos pasan, la historia en su conjunto. Si alguien se marchó, es porque no éramos merecedores de eso, y debemos prepararnos para recibir algo mejor, para desear y de alguna forma exigir algo mejor. No esperar a que nos elijan, no esperar a que cualquier cosa entre en nuestras vidas, si no esperar a ser merecedores de la excelencia en cada momento.

Por eso, desde esa libertad de la que podemos disfrutar cuando nos abandonan, debemos sentir la necesidad de preparar el terreno, de abonarlo con calma y sembrar las semillas de lo que realmente deseamos cosechar en los próximos años. Sin prisa, sin necesidad de nada, libres, perfectamente libres y emancipados para poder elegir cuando realmente estemos preparados. Y a partir de ese momento no dejar que entre cualquier cosa a nuestras vidas. No dejar que nada ni nadie pueda aprovecharse de esta nueva versión de nosotros mismos, porque ya no será una versión de usar y tirar. Lo caduco se ha terminado. Lo rápido se ha terminado. Lo circunstancial se ha terminado. Nos debemos exigir a partir de ahora solo lo verdadero, lo real. Se acabó lo ilusorio. Se terminó la mentira y el autoengaño.

No nos hemos quedado solos, nos hemos quedado libres para ser mejores y desear lo mejor, dar siempre lo mejor de nosotros mismos.

La gestión de emociones. Dar una narrativa a nuestras vidas


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Es normal sentir miedo, rabia, angustia, ambivalencia, amargura, apatía, apego, cansancio, congoja, confusión, desidia, frustración, furia, desengaño, impotencia, ira, melancolía, turbación, tristeza y así hasta llegar a cientos de emociones con las que nos enfrentamos todos los días. Es difícil sopesar toda esa amalgama que nos recorre día sí y día no, hora tras hora. El grado de intensidad de cada emoción dependerá no sólo de la propia experiencia que hayamos padecido, sea objetiva o subjetivamente, sino también de nuestra capacidad de reacción hacia la misma y de nuestra capacidad de comprensión y adaptación a ese escenario con el que no contábamos. Conocer las emociones y sobre todo sus funciones es algo complejo. Pero debemos hacerlo. Conocerlas para reconocerlas y así poder gestionar todo lo que esa emoción nos pide. Hay que permitir que las emociones se expresen, pero también debemos educarnos para poder regularlas. Si sientes ira, rabia y frustración, es importante permitir que eso ocurra, pero más importante es aún el poder controlar y regular todas esas emociones, todas esas válvulas de escape que nuestro cuerpo diseña para poder soportar la presión de ciertos acontecimientos.

El tiempo nos permite, si existe un mínimo de trabajo y esfuerzo interior, reflexionar sobre cómo hemos reaccionado ante ciertas experiencias y cómo nuestras emociones han condicionado nuestra respuesta natural a las mismas. Un episodio de dolor intenso no es vivido de la misma forma por unos y por otros. Existen cientos de factores que condicionarán la respuesta. La gestión de las emociones ante graves conflictos es determinante para que en el futuro las cosas no empeoren y no terminen en catástrofe o en pérdida de salud física, emocional, psíquica o social. Dar respuestas adaptativas a todo lo que nos ocurre quizás sea una de las tareas más complejas, porque no siempre todo lo que ocurre es agradable. De ahí la importancia de estar alertas, de reflexionar sobre los avatares y experiencias que la vida nos pone como pruebas a superar, y sobre todo, reflexionar sobre nuestras respuestas hacia las mismas, para que en un futuro podamos mejorar dichas respuestas.

Muchas veces perdemos por el camino amistades y relaciones profundas con otras personas por no haber sido capaces de adaptar nuestras respuestas a momentos críticos de la relación. Perdemos personas increíbles de nuestro lado por no saber adaptarnos a las crisis que todas las relaciones sufren tarde o temprano. Por eso es importante, una vez pasadas esas crisis, reflexionar sobre ellas, crear una narrativa para poder entender qué ha pasado, cómo ha pasado y de qué manera podemos mejorar. Es importante entender que las emociones deben expresarse, deben surgir de alguna manera y debemos comprender y aceptar como hemos gestionado, ya sea como adultos o como adultos no maduros, toda la experiencia. Narrar lo sucedido, enfrentarse a ello, es una forma de curarse, de sanarse por dentro y comprender de paso todo el relato de la historia. Nuestra gran campo de batalla, las emociones, está ahí para enseñarnos. Aquel que no se enfrenta a las mismas, que prefiere huir, desaparecer y obviar las situaciones críticas está condenado a repetirlas. Una y otra vez. Podrá cambiar el escenario, podrán cambiar las personas, pero seguiremos cometiendo los mismos errores por no querer enfrentarnos a la propia narrativa de la historia.

Gracias 2018…


Termina, por fin, este año. Mientras se sumerge el último día en su pequeño abismo, en su grandilocuente sencillez, en su olvido, recuerdo aún los sonidos celtas del concierto al que ayer asistía para despedir el año con música. Deseaba decir adiós de forma ordenada, justa, con cariño. Ella me acompañó y al final del concierto, después de un intenso abrazo, salían hermosas lágrimas de su alma. Lloraba porque realmente aquello era una despedida, no sólo de un año difícil, sino también de una experiencia, de un portal, de una aventura, de una línea de tiempo que no tuvo continuidad. Sus lágrimas sirvieron para sellar este año recordando que todo son encuentros, todo es un resurgir de almas que se recuerdan cuando se abrazan. Y por eso lloran cuando todo termina.

Mañana será otro día y empezará, simbólicamente, otro año, otro ciclo, otro recuerdo. Qué decir del anterior, del que ya no existe más que en la memoria. Miro hacia atrás con nostalgia, con pena, con cierta melancolía, pero también con fortaleza y agradecimiento. No puede ser de otra manera, porque eso es lo que realmente nos define como seres humanos completos, ser agradecidos. Así que este tiempo acabado lo termino acompañado en un concierto que engrandece el ancho campo de la experiencia. Que derriba los muros angostos que nos han separado y sepulta para siempre el aliento cansado del viajero.

Hay años donde todo se derrumba. Especialmente aquello que no es verdadero, que creció en una desmedida ficción deseada desde la ignorancia, la necesidad o el miedo. Hay años donde todo parece perecer irremediablemente, como si en verdad, lo ocurrido hubiera sido fraguado lejos de la autenticidad. Lo legítimo, lo valiente, es dejar que caiga, que todo aquello que fue ficción encuentre su caída libre. Y en ese alud, volver a empezar. Volver a peregrinar por las sendas de lo auténtico. Personas auténticas, caminos auténticos, proyectos auténticos. La autenticidad de un mundo más lento, más pausado, más calmo, más sencillo y humilde. La serenidad de saberte seguro bajo tus pies, de caminar en un ancho mar de emociones ricas, alegres, verdaderas, alejadas de la ilusión del aparentar, del tener, del desear inútiles formas.

Me engrandece la idea que soporta la oportunidad de volver a empezar de nuevo. De levantarte con fuerza y agradecimiento por lo aprendido y otear el horizonte con esa gracia de un recién nacido. Elevar la mirada a los cielos, contemplar la línea que separa lo de abajo con lo de arriba y querer alcanzar ambas con la sutiliza de esa magia vaporosa e invisible que todo lo anima. Abrir los brazos para que el pecho se expanda de nuevo. Abrir las canillas del llanto para que la emoción engrandezca nuestras vidas. Respirar profundamente mientras elevamos las más altas aspiraciones a esa entrega mistérica que nos protege. Suspirar por todo aquello que ya no está, y por todas aquellas almas que quedaron rezagadas en alguna posada.

Y dar gracias, siempre dar gracias. Incluso a la dureza del camino. Incluso al tremendo año que dejamos atrás. Dar sinceras gracias por lo aprendido, y pedir perdón por las torpezas. Guiñar al destino y seguir luchando, pero esta vez en son de paz, sin agravios, sin prisa, sin miedo. Un regalo musical para el nuevo año… Agradecido de corazón por todo lo que nos has dado… Gracias siempre por estar ahí, en lo bueno y en lo malo, en la riqueza y en la pobreza… Gracias por elevar el significado profundo del abrazo a su máxima potencia… gracias por inspirar tan bellas tardes con tan sencillos gestos… un abrazo grande y sentido con el cariño de siempre… Gracias a los que continuáis a mi lado. Y gracias sinceras y agradecidas a los que se fueron… Sin ellos, no sería lo que ahora soy… Gracias 2018 por todo lo que me diste y todo lo que me quitaste… Tus razones habrás tenido, aunque nunca logre comprenderlo… Bienvenido 2019… Feliz año nuevo a todos…

Momento transicional…


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Ayer paseando por la playa

 

Tomamos una taza de chocolate caliente y nos fuimos al mar. Caminamos por la orilla escuchando el oleaje, meciéndonos con su música, saboreando la sal que cortaba nuestros labios. Caminar y caminar y caminar mientras nos mecía el agua. Era de noche y el horizonte se dibujaba entre señuelos de algodón, entre aventuras marinas que no podíamos alcanzar con la mirada. Al día siguiente volví al mar, pero algo más al norte. Volvimos a caminar mientras el concierto salado resumía nuestro propio oleaje interior. Cansancio, pero también esperanza. Terminamos en su casa y tocó, de nuevo, una taza de chocolate caliente. Las horas pasaban sin que se esgrimiera un gran relato, pero no importaba. Era el placer de disfrutar, desde la complejidad del momento, de las cosas sencillas. Un paseo, una taza caliente, la amistad, la hermandad, el aplomo de sonreír al atardecer, la justa visión de las cosas a pesar de la distorsión interior.

Sigo anclado en el Mediterráneo, en el agua entre dos tierras. Aún no sé, más allá de los postulados propios de estas fechas, qué más puede atarme a este lugar. Oteo el horizonte y me gustaría seguir viajando. Quizás algo más al norte, quizás hacia el sur. No importa con tal de viajar lejos de este año que no ha sido bueno. Aunque esto es una percepción irreal. Quizás algún día lo valore de forma diferente, apreciando que eso que al parecer fue malo, en realidad solo fue una liberación para encontrar algo mejor. El tiempo lo dirá, y los viajes, y la vida en general. Mejor no juzgar. Mejor solo respirar profundamente y pensar en el instante presente que es lo único que importa. En el mar, en los paseos diarios junto a la orilla, en la taza de chocolate caliente, en la buena compañía. Mejor permanecer agradecido, aunque ahora cueste tanto.

Ella me decía que ando en un momento de transición. Que debo ser fuerte para poder anclar en mí todo aquello que ha de llegar. El devenir despejará mis dudas sobre el camino a tomar. Las dos fuerzas que ahora mecen todo este cúmulo de sensaciones dejarán de luchar y la vía se abrirá clara para que encuentre la puerta deseada. Angosta, estrecha, pero hacia un cielo ancho e infinito. Mientras, debo observar como el juego se desarrolla, sin dejarme engañar por lo aparente, por lo irreal. Todo eso caerá con su pesada carga de fantasía. Solo debo aferrarme a lo verdadero. A gente verdadera, lejos de hipocresía y engaño. A momentos sinceros. A seres en los que confiar tu vida, a sabiendas de su futilidad.

Me gusta esta sensación que poco a poco se va vislumbrando como obsequio. La agradable brisa casi primaveral en este cálido invierno resulta ser una señal inequívoca de que en el interior algo está obrando. Como es adentro es afuera, por eso el caos aparente, circundante, solo pretende dar respuesta a un movimiento que se está gestando. Por eso a mi vera estaba el mar. Tranquilo, calmo, brillante. Con sus olas que mecían mi alma, con su viento que frotaba en nuestras mejillas salados momentos. Y más allá del mar el horizonte, oteado con curiosidad por las aves marinas, por el chapoteo del perro que corría de la arena al agua. La curiosidad me invade. Presiento que están ocurriendo cosas que aún no logro desentrañar del todo. Pero ahí están de nuevo las señales. Sí, ahí está el mar que por dos días me ha llevado hasta las orillas de este momento. Ahí está la música. Ahí está la experiencia única de sentir como la vida obra su milagro. La primavera está cerca. Las flores pronto germinarán.