La vida te necesita ahora, no cuando seas perfecto


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Alguien que no estaba bien de la cabeza dijo:
La vida te desilusiona para que dejes de vivir de ilusiones y veas la realidad. La vida te destruye todo lo superfluo, hasta que queda solo lo importante.
La vida no te deja en paz, para que dejes de pelearte, y aceptes todo lo que “Es“.
La vida te retira lo que tienes, hasta que dejas de quejarte y agradeces.
La vida te envía personas conflictivas para que sanes y dejes de reflejar afuera lo que tienes adentro.
La vida deja que te caigas una y otra vez, hasta que te decides a aprender la lección.
La vida te saca del camino y te presenta encrucijadas, hasta que dejas de querer controlar y fluyes como río.
La vida te pone enemigos en el camino, hasta que dejas de “reaccionar”. La vida te asusta y sobresalta todas las veces que sean necesarias, hasta que pierdes el miedo y recobras tu fe. La vida te quita el amor verdadero, no te lo concede ni permite, hasta que dejas de intentar comprarlo con baratijas.
La vida te aleja de las personas que amas, hasta que comprendes que no somos este cuerpo, sino el alma que él contiene.
La vida se ríe de ti tantas veces, hasta que dejas de tomarte todo tan en serio y te ríes de ti mismo.
La vida te rompe y te quiebra en tantas partes como sean necesarias para que por allí penetre la luz.
La vida te enfrenta con rebeldes, hasta que dejas de tratar de controlar.
La vida te repite el mismo mensaje, incluso con gritos y bofetadas, hasta que por fin escuchas.
La vida te envía rayos y tormentas, para que despiertes.
La vida te humilla y derrota una y otra vez hasta que decides dejar morir tu EGO.
La vida te niega los bienes y la grandeza hasta que dejas de querer bienes y grandeza y comienzas a servir.
La vida te corta las alas y te poda las raíces, hasta que no necesitas ni alas ni raíces, sino solo desaparecer en las formas y volar desde el Ser.
La vida te niega los milagros, hasta que comprendes que todo es un milagro.
La vida te acorta el tiempo, para que te apures en aprender a vivir.
La vida te ridiculiza hasta que te vuelves nada, hasta que te haces nadie, y así te conviertes en todo.
La vida no te da lo que quieres, sino lo que necesitas para evolucionar.
La vida te lastima, te hiere, te atormenta, hasta que dejas tus caprichos y berrinches y agradeces respirar.
La vida te oculta los tesoros, hasta que emprendes el viaje, hasta que sales a buscarlos.
La vida te niega a Dios, hasta que lo ves en todos y en todo.
La vida te acorta, te poda, te quita, te rompe, te desilusiona, te agrieta, te rompe … hasta que solo en ti queda AMOR.

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Kintsugi. La belleza de mostrarte roto


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Muchas veces recibo mensajes de amigos que me estiman diciendo que no comprenden cómo puedo desnudar mis sentimientos de forma tan abierta. Esto podría interpretarse como que pretendo dar pena, o dar un mensaje victimista o regodearme en la tristeza. Realmente no tiene nada que ver. Cuando escribo de forma sincera, sin ocultar lo que pasa por mi cabeza o por mi corazón lo hago porque me sirve de terapia, de reflexión y de desnudez interior. Pero también lo hago porque pienso que al compartir todos los altibajos que como seres humanos tenemos, puede servir de sosiego y ayuda para alguien. Siento cierto acompañamiento y siento que hay gente anónima que al leer todo esto se siente acompañada. El hacerlo público y no en un diario privado no tiene mayor importancia. Es sólo por si puede ayudar. Y al ser una especie de diario abierto, no tengo porqué fingir si estoy bien o mal, si estoy optimista o pasando por un mal momento. Me gusta tener la libertad de poder expresar lo que siento en cada momento, y esa sensación de libertad me hace sentir realmente fuerte.

Quizás esto se pueda entender si pensamos en la técnica del kintsugi. Es un arte de origen japonés que se utiliza para reparar roturas en la cerámica. Se suele utilizar empleando un barniz de resina que suele mezclarse con polvo de oro o plata. Dentro de este arte de reparar cosas rotas con metales nobles se encierra una profunda filosofía que pretende mostrar la necesidad de entender que en la vida siempre vamos a sufrir roturas interiores, y que no debemos por ello esconderlas, sino elevarlas, mostrar su propia belleza y aprendizaje. El sufrimiento, aquello que nos duele, debe mostrarse y no ocultarse, debe ser incorporado de forma sublime para que nos engrandezca, nos embellezca y nos haga diferentes. Nuestra historia de dolor, de rotura interior nos transforma y hace que nuestra vida personal tenga un sentido diferente al resto. Son las roturas lo que nos configura como seres auténticos. Son esas marcas de la experiencia lo que nos configura como somos.

De ahí que no tenga miedo al qué dirán cuando expreso abiertamente mis grietas, mis errores, mi propia humanidad. No tengo miedo en decir si hoy estoy triste o alegre, si me siento ruin o egoísta o si he cometido tal o cual falta si con ello puedo ayudar a la reflexión. Ya sé que solo son palabras y luego la vida nos pone a prueba para ver si hemos aprendido o no la lección. Pero al menos el conocimiento puede servir de guía para que cuando la escena se presente, podamos reaccionar de forma lo más correcta posible.

En estos meses he sufrido una rotura interior. Hacía años que no me sentía tan roto. No he tenido miedo en decirlo, en compartirlo, en mostrarlo. Fui presa de la rabia, fui presa del pánico, fui víctima de mi propia inconsistencia humana y de mis propias contradicciones. En tres meses he podido reflexionar sobre ello y espero haber aprendido algo. Espero realmente estar aprendiendo algo sin que por ello me aleje excesivamente de mi propia naturaleza. Aprender no significa renunciar a nosotros mismos, significa simplemente mejorar en todo lo que podamos para hacer de esta vida algo fácil y hermoso. Espero conseguir empolvar el oro místico en mis grietas humanas para hacer de esta rotura algo bello. Espero al mismo tiempo poder dar fe y esperanza a todos aquellos que en este momento puedan sentirse abatidos, solos y desahuciados. Gracias por la comprensión.

 

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Solemnemente egoísta


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Mi casa en los bosques…

A veces a las seis, otras a las siete, me sorprendo despierto más allá de la forma, respirando con consciencia, observando como la vida me recorre y los estímulos para enfrentarme al nuevo día discurren de forma premeditada. Intento recordar los sueños. Últimamente casi siempre son iguales y de una misma naturaleza. Pero al menos puedo dormir y soñar y emprender el vuelo mágico hacia los planos que van más allá de la vida y la pura emoción. Con cierta calma y pereza me levanto, voy hacia la ducha, desayuno y me encierro en el lugar acondicionado para pasar toda la larga jornada. Intento contestar amablemente todos los correos, los mensajes y las demandas del mundo virtual. Repaso los deberes atrasados y busco la forma de ir aminorando la carga. Esta semana conseguí cerrar dos libros, terminar un artículo y poner al día algunas deudas. Llega el viernes y me siento satisfecho. No por lo mucho que he hecho, sino por lo poco que me quedó por hacer.

Perdí la motivación por casi todo y ahora ando al rescate de algunos aspectos que considero de responsabilidad. Los sábados y los domingos no suelen ser muy diferentes al resto de días. Desde que estoy solo, no tengo proyecciones más allá de intentar no trabajar en la editorial y centrarme en aspectos más personales como la tesis interminable, los libros por escribir y las cartas por contestar. De momento ninguna de amor hasta que el amor no renazca de nuevo dentro de mí como fórmula para entender la necesidad del amar al otro como a uno mismo. Ese “a uno mismo” lo tenía pendiente y lo estoy trabajando. Pero nunca sé por dónde empezar, más allá de reclamar, como dice la abogada y la psicóloga, aquello que es justo para mí, ni más ni menos. Y noto que me cuesta, que no me sale reclamar cosas para mí, aunque me pertenezcan, aunque sean mías. Hace no muchos años perdía una fortuna en el mundo editorial por no ser capaz de reclamar lo que era mío. Incluso la palabra “mío” y “tuyo” me rechina. Siempre fui un amante del “lau”, del nosotros, algo que no concuerda con los tiempos ni con el sentir de este mundo. La gente siempre reclama lo suyo, y arrasa en esa reclamación sin importarle nada lo que ocurra alrededor, ni el daño que puedan hacer. Lo “mío” siempre triunfa en el mundo del “yoísmo”, ese mundo insulso, solitario y triste que estamos creando entre todos.

En las clases de antropología me enamoré del jefe polinesio de nombre Tuiavii de Tiavea que nos hablaba del Lau. “En nuestro idioma «lau» significa «mío», pero también significa «tuyo». Es casi la misma cosa”, nos decía ese hombre sabio que nos hablaba de los valores de su pueblo en fuerte contraste con el de los papalaji, el hombre blanco. Y ahora, con edad avanzada, me toca aprender todo lo contrario. Me toca vencer el miedo a reclamar lo “mío” y olvidarme del lau que tanto dolor de cabeza me ha traído en estos años de ingenuidad humana. Me toca romper con el ideal del hombre bueno para volverme solemnemente egoísta. No egoísta desde una posición malvada ni moderna, sino egoísta desde una posición justa. Es decir, dejar de pensar en el otro por un tiempo para pensar en mí y con ello crear un nuevo escenario de justicia donde cada cual se quede con su parte.

Hasta me resulta extraño hablar en estos términos pero me veo en la necesidad de hacerlo para tomar consciencia de mis próximos pasos, de mis próximas afirmaciones. Me paso toda la vida hablando de generosidad, de apoyo mutuo, de compartir, de confianza, y ahora me toca hacer todo lo contrario. Quiero reflexionar tranquilamente, y en voz alta, sobre ello. Alguien me dijo el otro día con sabia atención que a veces la ingenuidad quizás tan sólo se trate de cobardía, de no querer afrontar situaciones difíciles. Quizás siempre es más fácil decir “quédatelo todo” a intentar reclamar lo que por justicia nos corresponde. Siempre ese infantil miedo a intentar no dañar al otro, cuando a veces no queda más remedio que hacerlo cuando se trata de ser justos y equitativos. Siempre ese deseo de no ver el sufrimiento ajeno cuando a veces el otro se lo ha buscado voluntariamente.

Quizás cuando de niño me pegaban y yo no me defendía, tal vez no fuera por compasión, sino por cobardía. Tal vez no era bondad lo que sentía por el mundo sino miedo, terror a dañar y ser dañado. Mi fragilidad infantil la arrastré hasta el final, sin darme cuenta, integrándola en las emociones y en el pensamiento. Quizás no conservo nunca ahorros ni parejas porque no me creo merecedor de nada y prefiero dejar de luchar y esconderme entre almohadas antes que salir al campo de batalla para proteger lo que  realmente amo. ¡Hasta tal punto puede llegar la traición hacia nosotros mismos sin darnos cuenta! Quizás no sea una buena persona, sino más bien una persona cobarde que prefiere esconderse antes que obrar el mal. Y al hacerlo, ¡bendito descubrimiento!, me doy cuenta de que tampoco soy capaz de obrar el bien, pues la cobardía y el miedo nunca son ejemplos de bondad sino más bien de ruindad. Y ahora, en esta también solemne desnudez, deberé enfrentarme a esa parte oscura, y por una vez, ser valiente, cortés y justamente egoísta.

 

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Medicinas alternativas


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O Couso esta tarde. Pasear por los bosques también es sanador

En mi propio trabajo de campo, pregunté en cierta ocasión a un indonesio:
“¿crees en los espíritus (pertjaja)?” Él replicó, extrañado: “¿Me preguntas si creo en lo que me dicen los espíritus cuando hablan conmigo?” (Peacock)

Mi amiga doctora homeópata me recetó Natrum Muriaticum a la mil para que empezara a dormir bien y abandonara de una vez mi mundo paralelo. Mi amiga terapeuta naturópata me hacía sesiones semanales donde contactaba con los de “arriba” de forma intuitiva y certera para alinear mi estado, ayudándome con su poder sanador a reestablecer mis campos energéticos. Otra doctora, más afín a la antroposofía, hacía meditaciones para buscar en sus guías consuelo para mi alma, orientación y consejo para saber cómo empoderarme y protegerme de los ataques que del lado oscuro de la fuerza estaba sufriendo. Una amiga acupuntora vino para pincharme el alma, porque los nadis los tenía totalmente descuajados. El grupo de meditadores del proyecto aunaban fuerzas para enviarme luz desde los bosques. La psicóloga transpersonal me ayudó para poner orden en mi rabia y mis pensamientos y creencias erróneas mientras que una auténtica meiga de los bosques me curaba a base de pensamientos multidimensionales, austeridad y abrazos sentidos. Y ahí estaba la naturaleza y los bosques. ¡Qué poder sanador sin hacer nada! ¡Y los amigos! ¡Benditos amigos, cuanto sanan con su amor!

El despliegue de terapias alternativas de las que en estos tres meses he podido disfrutar ha sido impresionante. No me he cortado ni un pelo cuando alguien me ofrecía cualquier tipo de ayuda, aceptándola de buen grado y asumiendo amablemente todos sus beneficios. Sin duda, el cóctel al que me he sometido me ha ayudado en mi proceso. Mi cuaternario inferior, el cuerpo físico, el etérico-vital, el emocional y el mental, se han podido reordenar de forma paulatina, provocando que poco a poco la luz, el raja, restableciera el paulatino orden necesario. La meditación para integrar el cuaternario con la triada ha sido de gran ayuda y el resultado ha sido esclarecedor.

Al tercer mes dejé de llorar, empecé a comer y subir algo de peso, empecé a dormir bien y empecé a trabajar después de meses sin poder hacer nada, inmovilizado en una horizontalidad que me tenía asfixiado, desnutrido y apagado. Todo esto ha producido una gran sanación que poco a poco va reordenando mi mundo. La oscuridad a la que nos sometemos cuando pasamos por procesos de enfermedad física, emocional o mental tiene sus procesos, y en esos procesos, hay alternativas eficaces que pueden ayudarnos.

Gracias a los cuidados de muchos, pero también gracias a los cuidados de las medicinas alternativas, he podido salir poco a poco de este meollo. Por lo tanto, no entiendo, ni siquiera como científico social y cultural, el motivo exacto de querer eliminar algo que no hace ningún daño. Es posible que la teoría del placebo sea cierta, pero ningún tipo de placebo hace daño. Si alguien dice conectar con sus guías, con los de arriba o con las fuerzas nativas de la naturaleza y con su poder de sugestión logran sanar, no veo, independientemente de que sea o no verdad, porqué hay que negarlo.

Hoy estuve todo el día en el hospital central acompañando a una amiga. Es evidente que la medicina occidental, moderna o alópata aporta grandes beneficios a la salud, especialmente cuando hay que tratar cuadros complejos. Si te rompes una pierna, no pierdas el tiempo recitando el OM o meditando. Ve corriendo a un hospital. No la niego porque de sus avances todos nos hemos beneficiado y deseo que así siga ocurriendo. Tenemos la suerte de tener hospitales que nos curan y tenemos la suerte de tener excelentes profesionales que nos atienden con todo el cuidado y cariño posible. Pero tampoco deseo que se anule las medicinas alternativas que pueden de igual forma llenar nuestras vidas de beneficio. Creo que todo se puede complementar, y más allá de nuestras creencias, todo puede servirnos para mejorar como seres humanos. Así que gracias a todos los profesionales de ambas medicinas, y ojalá algún día ocurra como vi que ocurre en algunos hospitales de la India, donde todas las medicinas están integradas y no compiten entre ellas, sino que se complementan.

 

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Sonreír en la oscuridad. Algunas formas de cultivar la tristeza


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© Florian Schmidt

“Los hombres generosos y valientes tienen la mejor vida; no tienen ningún temor. Pero un cobarde le teme a todo. El avaro teme siempre a los regalos”.

Hávamál, poema escandinavo.

Cuantas veces habremos pasado por momentos oscuros y cuantas veces nos tocará pasarlos. En un mundo artificial donde todo parece alegría, siempre nos olvidamos de los tristes. A nadie le gusta estar en compañía de alguien que lo está pasando mal. La tristeza es contagiosa, pegadiza. Nadie quiere estar del bando de los perdedores, de los pobres, de los desahuciados. En estos meses, por segunda vez en diez años, he visto la estampida de aquellos que desaparecen cuando las cosas no van bien, no son convenientes o no les favorece. Pero esta vez han sido más los que se han quedado. Supongo que estos ciclos de mala suerte sirven de purga, y solo quedan los reales.

Ahí están los imprescindibles, los verdaderos, los que te soportan en lo bueno y en lo malo, los que te atizan para seguir adelante. Hoy me contactó una conocida presentadora de televisión y ayer un conocido diputado de las Cortes. Son ejemplos públicos de personas públicas y notorias que tengo la suerte de conocer y que están ahí en lo bueno y en lo malo, que buscan un momento en su apretada agenda para darte ánimos. Pero luego está la gente anónima, los que nadie conoce y de forma sigilosa susurran todos los días unas palabras de aliento. Ellos suman superpoderes que se van agregando al egregor de la amistad y que fortalecen los lazos invisibles que nos dan vida y sostén. Los que en la más oscura noche te hacen sonreír y los que sabes que, cuando todo pase, seguirán ahí, esperando el abrazo y la risa, la broma y el cariño. No les importa como estás, solo les importa tu alma. Y en el alma uno ve la nobleza, la aristocracia real del ser.

En estas batallas de tristeza no se libra nadie, ni ricos ni pobres, ni altos ni bajos, ni guapos ni feos. Todos tenemos alguna vez una pérdida de sentido, un trauma que soportar, una desgracia que sufrir, una tristeza que abrazar. No importa la índole ni su naturaleza, pero el mal y el sufrimiento nos acecha a cada instante. Ahora que estoy en esta enseñanza, me gusta sonreír interiormente y disfrutar, de alguna manera, de todo lo que se aprende sobre la vida cuando naufragas. No hay nada como arruinarse para ver el desfile de los interesados del capital caminando rápidos uno a uno hacia la puerta de salida. No hay nada como el abandono más humillante para ver hasta donde aguantan los que superficialmente estaban a tu lado por puro interés. Y sobre todo, es hermoso ver como aquellos que por algún motivo te odian, ahora se mofan de tu mala suerte y se aprovechan de la misma. Esto es lo más sorprendente, y de lo que más aprendo. El odio tiene máscaras que resultan complejas desvelar.

Pero todos sabemos que la vida es cíclica y que nos pone a prueba para comprobar nuestras reaccionamos ante nuestra desgracia y la desgracia ajena. Todos sabemos que hoy estamos aquí y mañana allí, y que la existencia nos da la oportunidad del aprendizaje afilado, sutil, íntegro. Esa idea me hace sonreír, especialmente recordando los malos tiempos y comparándolos con estos. Me doy cuenta de que de aquí se sale, siempre lo hemos hecho, nosotros, nuestros antepasados, nuestros más primitivos ancestros. Todos salieron de los momentos difíciles y como resultado queda nuestro testigo vital.

La infelicidad es un instante si sabemos ser agradecidos y podemos ver con cierta inteligencia todo cuanto ocurre. Se puede sonreír en la oscuridad y cultivar la tristeza con paciencia para extraer de ella toda su enseñanza. Se puede estar uno quieto, viendo lo que ocurre, viendo como ocurre, a sabiendas de que pronto o tarde, la suerte cambia, la fortuna llega y volvemos a empezar, esta vez con más serenidad, con más sabiduría, con más detalle a la hora de obrar. Por eso ya no hay desesperación, solo proximidad hacia el cariño de los demás y alejamiento inevitable hacia los que pretenden hacer leña del árbol caído. Sí, llegó el otoño y pronto el invierno, cayeron las hojas y quedé desnudo… Pero las raíces siguen creciendo profundamente hacia adentro. Esa es la sonrisa que provoca este momento. Esa es la complicidad inevitable con los ciclos. Resiste, perdura, fortalece las raíces para que nada te derrumbe. Y deja que las ramas rocen las ramas de los que te quieren siempre, siempre, siempre.

 

 

No te dejes humillar


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Hoy recibía un escrito que me parecía verdaderamente humillante. Lo tuve que leer dos veces para comprobar su veracidad y luego, tuve que parar el coche en mitad de la nada para cerciorarme de que no estaba viviendo en una realidad paralela. Busqué un área de servicio antes de llegar a Galicia tras muchas horas conduciendo para tomar algo. Volví a leer el escrito con más calma y pensé, casi con una sonrisa en la cara, que no hay humillación posible si no dejamos que eso ocurra. Así que le resté importancia al escrito y seguí adelante pensando, algo asombrado y perplejo, sobre la naturaleza humana.

Quizás sea algo de lo que no somos conscientes. Quiero decir que muchas veces actuamos de forma que humillamos al otro, le robamos su dignidad y avasallamos sus vidas de manera involuntaria. Sólo así se pueden explicar ciertos comportamientos. Si fueran actitudes conscientes simplemente no existirían, por lo tanto, me cabe pensar que muchas veces actuamos inconscientemente desde el miedo o la pura ignorancia. Sin darnos cuenta realmente del daño que hacemos al otro. Por exceso o por defecto. Realmente es como si lo más difícil fuera comportarnos de forma digna, educada, amable, sincera, amorosa. Cuando debería ser, al menos por educación o respeto, lo más sensato.

Estos días hablaba con alguien sobre la necesidad de buscar un acuerdo justo sobre un asunto que aún nos ata. Es asombroso como cada cual entiende la justicia dependiendo de si eso que aparentemente es justo le beneficia más o menos. Si es beneficioso para uno mismo es justo, de la otra forma, sin importar lo que le ocurra al otro o en qué lugar quede, es injusto. Pero la justicia en ese tipo de términos es parcial y siempre que se trata de ajustar cuentas con otro, alguien parece que saldrá perdiendo. Es evidente que hay que valorar si hay daño, y quien lo ha producido, y quien debería obrar con mayor justicia o generosidad si ha ocasionado dolor al otro. Compensar de alguna forma la falta, el abandono, el egoísmo, la traición. Pero no cometer cualquier tipo de delito y encima demandar justicia para uno mismo, y de paso, todo el beneficio.

De ahí la humillación hacia el otro, hacia el perdedor, hacia el que ha sido abandonado, traicionado o injustamente tratado, especialmente si el otro siempre se ha comportado de forma ejemplar, aunque en algún momento hubiera cometido el delito de la debilidad tras verse en situaciones críticas.

No sé si habrá o no una justicia invisible que restablezca todos estos agravios. Eso que llaman karma. Sea como sea, una persona lo único que le queda cuando ha perdido todo es la dignidad, y ante ella, solo le puede luchar para conservarla. Si perdemos la dignidad, si nos dejamos humillar, dejamos de ser personas y nos convertimos en animales de paso.

En fin… un viaje largo desde Barcelona a Galicia, pero con la recompensa de salir fortalecido de una prueba más. Ahora volvemos al Balneario, a este cómodo lugar donde deberé seguir ese proceso de sanación mientras todo se restablece poco a poco.

En el balneario


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Hoy hace justamente tres meses que conocimos la fatídica noticia que nos separaría para siempre. Estábamos en el hospital abrazados mientras extirpaban el estómago a un buen amigo. Nunca pensamos que esa llamada en ese instante iba a ocasionar tanto dolor. Ella se marchaba a Francia y yo al Limbo. Imposible reconciliar realidades tan dispares.

Tres meses de dolor, de sufrimiento y de llanto. Tres meses difíciles donde todo parecía derrumbarse de golpe, como si realmente hubiera vivido durante los últimos años, en un castillo de naipes. Lo irreal desaparece, dicen en un Curso de Milagros. Solo lo real permanece. Y lo real, lo único real a lo que me aferro es a este momento esculpido entre estas paredes, rodeado de libros y montañas y un río que contemplo desde la ventana. Al lugar lo he bautizado con el nombre simbólico de el Balneario. El nombre tiene que ver con alguna lectura de juventud de la mano de Hesse, pero también con la sensación de estar en un lugar retirado a solas para poder sanar. Un lugar donde las aguas discurren rozando cada cauce sinuoso, donde los árboles crecen hacia unas alturas imposibles, donde la vida se contempla de forma pausada, diferente, tranquila, mientras contemplo desde la ventana el paso lento y difícil de peregrinos cansados.

Me había propuesto no escribir en mucho tiempo, pero la fecha merecía unas letras, y quizás también el inicio de un comienzo esperado, anhelado. Uno no puede pasarse toda la vida en la ilusión de la espera, quizás creyendo que lo ilusorio realmente era el derrumbe, y no la montaña. Que cada grano de arena, por pequeño que fuera, volvería a su lugar correspondiente. Es esa esperanza a la que siempre nos agarramos con fuerza mientras las emociones siguen su curso en la empalizada del sentir. El carrusel provoca esas angustias y deambulamos inevitablemente en sus aguas. Son cosas del autoengaño que se van diluyendo cuando cuento los pasos, uno a uno, de todos los peregrinos que pasan junto al río.

La observación y la experiencia pueden convertirse en vías de acceso a un mundo diferente. Llevo tres meses observándome en esta experiencia. Observando mi ira, mi rabia, mi dolor. Al principio desgranaba todo ese fuego en cartas que nunca debieron existir. No es bueno controlar la ira, o intentar domeñarla, pero tampoco es correcto vomitarla encima de nadie. Uno debería irse al campo y soltar allí, en solitario, todo ese dolor desesperado. O debería marcharse a un balneario como en el que ahora estoy para sanar con paciencia todo ese sufrimiento. Pero nunca, jamás, deberíamos vomitarlo sobre nadie. No está bien, hace daño y es innecesario. Pedir perdón cuando uno se equivoca no sirve de nada. El dolor está hecho, y sus consecuencias han sido devastadoras. No supe hacerlo de otra manera. No en ese momento desesperado.

Siendo un experto en sabotear relaciones, quizás la ira sirvió de estímulo para salir huyendo, para abandonar el barco, para romper con todo aquello que se escapaba de las manos, para, de paso, obligar al otro a que saltara también y no quisiera saber de mí en mucho tiempo. La artimaña dio resultado, y siempre me preguntaré porqué me especializo en creerme no merecer ser feliz junto a alguien. La vida nos pone a prueba constantemente, nos deleita con suma facilidad para ver hasta dónde somos capaces de soportar. Admito que esta vez la prueba fue dura. Excesivamente dura. Tanto que temí por el hilo de vida, por el hilo de consciencia que me sujeta al mundo. Tanto que temí romperme para siempre sin posibilidad de colocar cada una de las piezas en su lugar. Al no merecer ser feliz, dinamité con fuerza todo el edificio.

Por suerte ocurrió algún milagro y aparecieron los ángeles custodios. Un especial agradecimiento a B. y D. que agarraron mi mano en el último instante antes de que todo terminara en la devastación. Un especial agradecimiento a todos aquellos que en estos tres meses, como enfermeros del alma, estuvieron ahí, cuidando de mis heridas, lamiendo una por una cada llaga sin temor a contagio, sin reproches, sin juicios, sin culpas.

B. me abrazó tan intensamente que me rescató del abismo. Su amor y cariño, su paciencia en ese momento tan oscuro nunca podré olvidarlo. Me ofreció su palacio cuando no sabía donde ir, a quien acudir, a qué puerta llamar. Me agarró con fuerza medio moribundo. Lamió cada herida, me dio de beber y de comer día y noche, sanó un trozo de mi alma ausente. Cada vendaje, sin ella saberlo, iba recomponiendo ese crisol roto, desvalido, apagado. ¡Como agradecer lo que hizo en mí cuando me rescató de golpe de la noche oscura!

D. amasó fielmente la promesa de visitarme cada mañana y cada noche para que no desmayara en el camino. Nunca podré pagar lo que hizo en mí. Nunca había visto una fidelidad tan a prueba de bombas. Su paciencia, su constancia diaria, puntual y su viaje para estar toda una semana entera cuidando al enfermo obraron el milagro que faltaba para la resurrección. Su mensaje simulado fue claro: “levántate y anda”. Y eso hice. Dejé de tener pesadillas, empecé a dormir bien, a comer bien, a retomar los hábitos, empecé a sonreír de nuevo.

Y el resto estuvo ahí, de forma intermitente pero constante, animando al moribundo en su resurrección, con suma paciencia. No puedo estar más agradecido, especialmente por aquellos que, después de tanto tiempo sin saber de ellos, ante la dura prueba, reaparecieron para sujetarme firme, para evitar que mi llama se apagara. Habéis sido tantos que no tengo espacio suficiente para nombraros uno a uno.

También estoy agradecido al Balneario. Un lugar sanador cuyo refugio y calma hace de estos momentos un tiempo irrepetible. Un lugar que me acogerá, al menos, hasta la próxima primavera, tiempo suficiente para haber sanado y tiempo suficiente para reorientar el propósito que la vida exige.

A los que hice daño, pido perdón con sumo respeto. Especialmente a ti, querida N. Nunca encontraré forma alguna de compensar todo lo que hiciste en mí, porque al romperme, me hiciste nuevo.

(Foto: El balneario, al fondo, hace unos días). 

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