Sanando en la aventura


a.jpg

Mi amiga D. siempre dice que mi vida es un gran Belén lleno de pastores. También me dice que si monto un circo me crecen los enanos. Su refranero es infinito cuando de mí se trata. La quiero y la aprecio, aunque siempre se queja de que no sigo sus consejos. En parte tiene razón. La vida a veces nos muestra caminos de aprendizaje que debemos recorrer por nosotros mismos para aprender algo. Y para darle gozo y satisfacción, esta vez he cambiado y voy a seguir sus indicaciones y consejos. He decidido cuidarme y ser feliz con las pequeñas cosas. Por eso de nuevo estoy viajando, ante la invitación irreductible y la propuesta de pasar un fin de semana diferente y especial. Deseo no negarme a la evidencia de que la vida a veces nos ofrece cosas que no esperabas, pero que pueden ser buenas, necesarias, hermosas. A veces hay que dejarse llevar, probar nuevas cosas, arriesgar los patrones que nos arraigan a nuestras ideas prefijadas. Con este viaje estoy rompiendo con muchos patrones, con muchas formas de pensar que limitaban mi realidad. Eso me crea un vínculo con la emoción de vivir, con la aventura se sentir nuevas cosas y potenciar así la capacidad de estar vivos. La vida se muestra de mil formas, y cuando elegimos una de ellas, se abre inevitablemente un abanico de posibilidades.

Mientras miraba el paisaje de las tierras castellanas por el tren, recibía un conmovedor mensaje de una personas que conocí hace algunos años en el proyecto. Me escribía porque me había tomado como una especie de referente en quien confiar. Eso me ruborizó porque sé que los referentes siempre terminan decepcionando cuando no se ajustan a nuestros ideales al milímetro, o cuando evolucionan o yerran. Por eso este viaje es un poco rebelde, porque desea romper con los prejuicios de lo perfecto, y alcanzar, en el error, en el riesgo, una forma de vida diferente.

Me atreví a contestarle algunas palabras, regodeándome de nuevo en mi inmediato pasado. No como una forma de pesadez existencial. Sino como una forma de desapego. Cuando más me regodeo en esa situación dolorosa, doy mayores pasos hacia mi propia sanación. Comparto un trozo de esa carta mientras sigo mirando el paisaje y me abandono a la aventura…

Querido F…

gracias de corazón por tus sentidas palabras… Me halaga saber que aún recuerdas a este humilde servidor, que hace lo que puede y sin predicar mucho, intenta labrar un mundo nuevo en esta tierra cada vez más convulsa. O Couso va progresando poco a poco… No hay prisa por nada… todo va a su propio ritmo… Vamos haciendo en silencio, compartiendo nuestra experiencia para que sirva a otros.

Deseo felicitarte por ese reto que habéis asumido dando vida y soporte a vuestra hija… es una alegría ver que nuevas almas vienen a este viaje conjunto… Tenemos ahora una hermosa familia en el Couso que lleva dos meses con nosotros y tienen una niña de siete años que es toda una maestra… Increíble la experiencia que vivimos con ella… Así que felicidades por asumir el reto de sostener una nueva vida que clama voz para el nuevo mundo.

Ante la pregunta de qué hago cuando algo me irrita… Es algo complejo… Creo que la vida me está dando algunas herramientas basadas en la experiencia que he podido soportar con respecto al desapego… especialmente en estos meses en los que me están ocurriendo mil cosas… Creo que llegaste a conocer a la hermosa N. Estuve con ello casi tres años. Estaba enamorado de ella hasta el punto que casi nos vamos a vivir juntos cerca de Santiago… Allí compramos unos apartamentos y nos pusimos unos anillos de compromiso… A los pocos meses de esa aventura, encontró un trabajo en Francia y decidió abandonar la relación y marcharse. En ese momento de irritación reaccioné mal. No pude entender qué pasaba y estuve nueve meses de baja por depresión. Nunca me había pasado algo así, al menos con tanta intensidad. Me había ilusionado con ella y con la idea de tener una familia juntos. Desapareció y nunca más supe de ella, excepto por un abogado que envió para resolver el tema de los apartamentos.

En ese momento pensé que todo ese proceso fue muy injusto y me irritó mucho. Siempre pensé que era necesario hacer bien las cosas, cerrar bien los ciclos. Pero para que eso ocurra tiene que existir un mínimo diálogo. Al no tener esa oportunidad de poder hablar, de poder expresarme, me ahogué por dentro. Ahora que ya ha pasado el juicio y parece que voy a perder mucho dinero y algo de salud con todo este proceso, puedo decir que la irritación va disminuyendo gracias a enfocar mi vida en otras cosas, en O Couso, en la tesis que defiendo en unos días, en nuevas ilusiones y proyectos que llegan a mi vida de forma insistente… Me está costando salir de esta irritación, pero de todo se sale. 

Quiero decir con todo esto que la vida, en cualquier momento, nos puede poner a prueba y nos puede cambiar de forma drástica. Pensaba que estaba curado de espanto, que ya había vivido muchas situaciones y que tendría herramientas suficientes para superarlas… Y debo decir amigo que esta prueba ha sido toda una sorpresa y una enseñanza. Nunca estamos preparados para según qué cosas, y entonces nos toca hacer lo que podamos, hasta donde podamos. Debo decir que tuve la suerte de tener a personas maravillosas a mi lado que me ayudaron como pudieron a salir del pozo. Y eso ahora lo valoro. Tener a seres queridos cerca es algo que no tiene precio.

No te agobies por lo tanto por la irritabilidad de las cosas. Intenta verlo todo desde el desapego, sin implicarte en exceso emocionalmente. Una mente fría a veces puede echar una mano. El temple, el famoso temple, es necesario ante momentos de tensión ineludibles. Los momentos difíciles siempre van a estar ahí. Eso nos enseña la vida. Siempre debemos estar alertas, esperando la siguiente prueba, la siguiente enseñanza. Así que tómatelo todo con calma, especialmente ahora que tienes una hija a la que atender. Fuerza, mucha fuerza y valor para esa obra. Ser el responsable de un alma es todo un reto. Requiere inevitables sacrificios, pero sobre todo, un exceso de amor incondicional, comprensión y paciencia.
Estoy convencido de que serás un buen referente para tu hija, y estoy convencido que tu luz y amor llegarán todo lo lejos que se merece. ¡Ánimo con esa gran obra!

un abrazo sentido,

Sentencia


a

Hoy a las cinco de la madrugada me desperté totalmente despejado. Interiormente intuía que algo iba a pasar. Miré el móvil. Había un correo de mi abogado. Había llegado la sentencia del juez. En resumen: los tres pisos a subasta y yo me tengo que hacer cargo de las costas del juicio, unos veinte mil euros. Me parece surrealista.

Me levanto sereno. Voy a la ermita e intento no perder la calma. Medito en silencio y dejo que amanezca el día. Tocan a la puerta de la ermita. Es el taxista del pueblo que me informa que Geo está en la comisaría de la Guardia Civil. Sonrío por dentro. Recojo mis cosas y voy a buscarlo después de estar un día desaparecido. Se fue de parranda y terminó en el calabozo. El cabo del cuartel me entrega a Geo, el cual se pone contento al verme, pero con esa cara de circunstancia que pone cuando sabe que ha hecho algo que no está bien. Es la misma cara que tengo en este momento. Algo no hice bien, especialmente confiar en la gente, intentar ayudarla de forma tan desproporcionada, dejarme llevar por mi ingenuidad a la hora de enfrentarme a la vida. Me faltó equilibrio y ahora lo estoy pagando.

Subo a la editorial y leo con calma de nuevo la sentencia. Llamo a mi abogado. Me explica que es injusto y que deberíamos apelar. Me informa que los veinte mil euros se los queda el otro abogado, que de eso trata las “costas” de los juicios. Le digo que no entiendo nada, que no entiendo la “justicia” ni su funcionamiento ni porqué un abogado tiene que ganar tanto dinero a mi “costa”. Intento no implicarme emocionalmente. La depresión que sufrí a cuenta de todo esto me hizo fuerte y ya nada me afecta como antes. Sólo analizo los hechos para entenderlos.

Los hechos son objetivamente claros. Me compro iluso e ilusionado unos apartamentos con la persona con la que en ese momento deseaba compartir mi vida, vivir una vida juntos. No tenía necesidad de hacerlo, pero ella quería vivir a toda “costa” en aquel lugar. Cedí a sus deseos con la esperanza de pasar más tiempo juntos. A los pocos meses ella encuentra un trabajo en el extranjero y decide romper la relación, ocupando su familia los apartamentos. Caigo en depresión y la depresión me hace caer en bancarrota. En esa situación tremenda decide demandarme con la intención de quedarse con los tres apartamentos a cambio de nada. Lo quiere todo. Para la compra de esos apartamentos me endeudo con un amigo y con un banco para pagar la entrada y amueblar los pisos. Me endeudo con el abogado para hacer frente a la demanda de quererlo todo. Llega la sentencia y dice que los pisos van a subasta, por lo cual lo pierdo todo, los pisos y lo invertido en los pisos. Y además, así es la justicia, debo pagar cerca de veinte mil euros de costas. Me entero que las costas son los honorarios que se llevan los abogados, lo cual me resulta insultante. Es evidente que la justicia es solo para unos pocos. Porque si alguien que no tiene nada desea pelear por lo suyo, no sólo lo pierde, sino que además debe indemnizar a los avaros que buscan lucrarse ante la debilidad de los mismos. Estos hechos y su injusticia me alejan de la realidad. Es evidente que el mundo gira en un sentido extraño que no soy capaz de entender, ni atender.

Pienso en ello e intento hacerlo desde la serenidad. Intento descifrar este mundo del cual me deseo desprender poco a poco, pero es complejo poder abarcar algo así. Me llama una amiga y me dice que la gente mata por dinero, que yo vivo en otro tipo de mundo que supongo, no es real. Que la vida no es como yo la sueño. Que hay gente que desea hacer daño, y cuando lo hace, se regocija del mismo. No quiero creerlo, respiro profundo y sigo pensando, en el fondo, que el ser humano es bueno por naturaleza. Solo eso puede darme fe y esperanza para seguir adelante. Y solo por eso merece la pena seguir.

En fin… me toca pensar qué hacer mientras respiro profundamente, mientras intento encajar este nuevo golpe. Además de seguir pagando durante años el préstamo que pedí para comprar los pisos, además de ver como pierdo algo que también era mío, además de dejar que me embarguen lo poco que tengo para poder hacer frente a las injustas costas del juicio, además de no cometer ninguna estupidez que pueda empeorar las cosas, realmente no sé qué hacer, excepto respirar profundamente y dejar que la vida entre en mí. Quizás no deba hacer nada, solo respirar y respirar, preñarme de vida. Quizás deba abandonarlo todo, como cuando en alguna tragicomedia uno siempre se debate entre el ser y la nada, y decide la heroicidad de ser.

Al menos me toca felicitar al mal, que parece que va ganando batallas poco a poco… Algún día me tocará sellar todas sus puertas, las puertas dónde se halla el mal, y vencer todas estas batallas. Mientras, sigamos fortaleciendo el alma, sigamos aprendiendo, sigamos buscando luz, más luz…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

La cinta de Möbius. El viaje hacia una vida no dividida


IMG_20190908_221504.jpg
Todos somos frágiles y vulnerables. Hay momentos que la vida nos golpea y a penas tenemos fuerza para levantarnos. Los que tienen suerte, acuden a los resortes de apoyo mutuo que surgen en nuestras redes, ya sean familiares o de proximidad. Otros necesitan ir más allá y acuden al tejido social que asume aquello que la vida privada no puede ofrecer, ya sea por carencia o nulidad. A veces nada de eso ocurre y nos vemos de repente solos ante los azotes, y es cuando la catástrofe, la tragedia, golpea con mayor fuerza y virulencia. Los cimientos que creíamos sólidos, de repente se derrumban y flaqueamos por todos los frentes.

Si acontece la muerte, el final, todo se diluye y acaba, pero si sobrevivimos al primer golpe, las secuelas pueden ser irreversibles. Si miramos con distancia la vida, todas nuestras vidas, vemos que dentro de nuestra fragilidad y vulnerabilidad hay siempre algo que nos mantiene alerta, al mismo tiempo que nos sostiene en el frágil equilibrio. Aprendemos con la experiencia que cuando recibimos un golpe, debemos estar preparados para el siguiente. Esa preparación nos hace, si estamos alertas, fijar nuestra atención hacia estacas de fortaleza interior que debemos consolidar una y otra vez como fuertes amarres que nos aten, emocional y psíquicamente, a una vida en plena ebullición.

El dolor que no se transforma es un dolor que se transmite. El sufrimiento que no hemos sido capaces de trascender, que se enquista dentro de nosotros, genera en el futuro rabia, recelo, rencor y más dolor. Cuando vivimos encerrados en nuestro mundo, ya sea aquello que encerremos nuestro mundo interior o nuestro mundo exterior, aislándonos o protegiéndonos de alguna manera de todo lo que nos rodea, estamos anulando realmente parte de nosotros. Eso nos protege, pero también evita que podamos manifestarnos plenamente. Cuando osamos con valentía compartir ambos mundos, el interior y el exterior, abiertamente, los errores son mayores, los riesgos se multiplican, pero la enseñanza emerge imparable. También nuestro ser, nuestro propósito y nuestro don.

No me di cuenta hasta ayer de que mis mayores maestros han sido precisamente esa colección de errores cometidos casi en cadena uno tras otro. Tampoco hasta ayer había llevado a la consciencia que eso es debido a que muestro abiertamente, participadamente, todo cuanto soy, en lo interior (a veces con esta escritura) o en lo exterior, en mi vida diaria.

Ayer C. me obsequió en su casa con numerosos regalos. La acogida y la sonrisa siempre son perlas que se guardan como tesoros ocultos en nuestro interior. Por eso soy consciente de que de alguna manera soy guardián de un gran tesoro (¿a cuántas almas acogemos y sonreímos todos los días allí en las montañas?). Llegaron más regalos que no detallaré por inmensos, pero como editor, escritor y pensador-sintiente, me agradó especialmente varios libros de Parker J. Palmer que ahora hojeo con esa ansiedad que nos posee cuando estamos al borde de descubrir algo luminoso.

Y la luz viene precisamente de esta reflexión. C. cogió una cartulina azul de su hermoso escritorio. Recortó una tira y me mostró sus dos caras. Jugando con ellas las unió por sus dos puntas dibujando un enrevesado símbolo del infinito. En ese momento solo podía describirlo así en mi mente, pero comprendí perfectamente lo que quería mostrar. Para construir una cinta de Möbius -así se llama-, se toma una tira de papel y se pegan los extremos dando media vuelta a uno de ellos antes de pegarlos. Esa es la explicación oficial y el nombre de lo que C. quería mostrarme. Palmer lo explica de forma hermosa:

En la cinta de Möbius no existe ni dentro ni fuera: las dos aparentes caras no dejan de crearse mutuamente. la mecánica de la cinta de Möbius es misteriosa, pero el mensaje es claro: lo que hay dentro de nosotros no deja de fluir constantemente hacia fuera para contribuir a formar, o deformar, el mundo; y lo que hay fuera de nosotros fluye constantemente hacia dentro para contribuir a formar, o deformar, nuestra vida. La cinta de Möbius es como la propia vida: en definitiva, solo hay una realidad”.

De ahí el título de su libro: “Una plenitud oculta. El viaje hacia una vida no dividida. Aceptar el alma y tejer la comunidad en un mundo herido” (Editorial Sirio).

Esto es una revelación maravillosa porque nos invita a presentarnos como realmente somos, y no como la sociedad quiere que nos presentemos, o no parcialmente, expresando nuestra superficialidad y ocultando nuestro interior. Es decir, nos invita (muchos se ofenden por ello), a que mostremos nuestra vulnerabilidad, nuestros errores, nuestra rabia, nuestro sentir, nuestros miedos, nuestro amor, nuestra felicidad. Lo privado y lo público se fusionan en una transparencia nueva, difícil de entender, pero hermosa en cuanto a la unidad que nos provoca como seres libres.

Es cierto que estamos en el país de la envidia y la crítica. No hay día que no sufra algún tipo de ataque inesperado por mostrar mi fragilidad, mis errores y aciertos, los menos. Pero cada día me importa menos. El trabajo de los círculos de consciencia, con el tiempo, nos ayuda a tomar la vida por montera. Lo experimentamos todos los días en los círculos de consciencia, cuando se realizan desde la más profunda sinceridad, y expresamos libremente todas las mañanas nuestro sentir, cogidos de las manos al otro, que a veces, la mayoría de las veces, es un desconocido. Desnudos de juicios, sin miedo al qué dirán, nos abrimos en canal mostrando, ya sea con los ojos abiertos o cerrados, eso que en ese momento somos, y no otra cosa. Es una práctica maravillosa porque en esos círculos de consciencia -Palmer los llama círculos de confianza- somos nosotros mismos, en lo bueno y en lo malo, pero nosotros. Siendo, sin más. Por eso nuestro viaje es un yoga, un Tao, un advaita que no divide sino que suma buscando la Unión, explorando siempre el paisaje interior de la vida plena. Gracias querida C. por mostrarme esos caminos…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Caminar


Tres días en cama, con algo de fiebre y temblor es perfecto para poner al día mil cosas. Da tiempo para muchas resoluciones. Da tiempo para sentir, para exprimir el tiempo deslizante y bailar con su suave manto invisible. Hoy hablaba por teléfono con una amiga y me recordaba mis recesos cuando se acercaba mi revolución solar y me animaba a uno de ellos. El domingo será mi cuarentaiseisavo aniversario y siempre tengo por costumbre desaparecer en algún monasterio, convento, camino o viaje. Así que, tras meditarlo, me vino el impulso de hacer un trozo del Camino hasta donde pueda o aguante. Si el tiempo acompaña y mi cuerpo se ve con fuerzas, mañana, sin prisa, comenzaré a caminar, a volver a la senda, al Camino. Deseo que el domingo me alcance andando, reflexivo, en paz, en calma, fluyendo por los devenires de la vida, por sus misterios, por sus recovecos inexplorados. No sé si mi cuerpo resistirá los primeros pasos tras tres días ausente y enfermo, pero deseo levantarme, preparar una pequeña mochila con calma, otear el horizonte y caminar.

Esa sensación de libertad es única. Caminar, podría pasarme toda la vida caminando sin rumbo, solo por el deseo y el placer de sonreír paisajes, de respirar horizontes, de vaciar el llanto en los trémulos amaneceres. Caminar hacia el lejano Oeste, hacia Occidente siguiendo la guía del sol, de su luz, de su experiencia. No podemos permitirnos el lujo de detener nuestras vidas, tan pequeñas, tan frágiles. No podemos enmohecer, no podemos sucumbir a la pesada carga de nuestras vidas menguantes. Debemos levantarnos, aún frágiles, y caminar. Eso deseo, eso siento. Ahora recuerdo que no fui invitado en la última aventura y quedé encerrado entre libros, en una triste feria. Sentí que me moría por dentro de soledad, de pena, de franca ausencia. Me hubiera ido sin pensarlo a caminar a ciegas, a la aventura, sin un temblor de más me hubiera amarrado a sus ausencias. Pero el halo de su alma libre fraguó ante la inevitable rebeldía, y allí yació el piano, el baile, la música.

Por eso ahora soy yo el que se levanta en rebeldía y me dejo llevar por la llama salvaje que nos revela el bendito canto del pájaro, el roce inevitable de las ramas primaverales, las flores rociadas con el clamor de la mañana. Si despierto en la noche oscura y empiezo a caminar, no palideceré. Caminaré a ciegas, pero caminaré. Practicaré los caminos, como decía el Buda, intentando entrecruzar mis andares con el resto de los peregrinos. Pero sin pisarlos, sin cruzarme en sus desvaríos, en sus pasos firmes y cansados.
Caminar también es una buena forma de olvidar al mismo tiempo que sanamos la complejidad del presente. Caminar nos vuelve inmortales ante la presencia de la quietud, del silencio, de la meditación que nace entre un guijarro y el canto de cualquier ruiseñor. Si fijamos la atención en todo lo que puede acontecer en un solo instante de camino, somos capaces de penetrar en la incesante corriente de vida que todo alberga. Si somos capaces de iluminar aquellas partes más oscuras de nosotros, entonces podremos resolver la sublime ecuación del misterio.

Sí, mañana caminaré. No sé cuánto ni sé hasta cuando. Solo caminaré, y si estás ahí, entre cruces, en algún lugar, podremos conversar, podremos caminar juntos, aunque tan solo sea por un instante. Si estás ahí, seas quien seas, podremos estrujar el latido de cada paso. No me busques, deja que nuestras vidas se encuentren y nazca de nuevo el milagro. Deja que la existencia milagrosa aliente la leve carga. Caminar… de nuevo. El Camino espera. Alabados los lugares que nos sirven de guía y amparo, la santidad que nos lleva por fe y esperanza a subliminar la vida. Alabados los caminos, porque de ellos surge la vida, la explosión de realidad disimulada en el sentir, la expansión de toda consciencia. Caminar eleva, caminar transforma. No dejes nunca de caminar, me repito una y otra vez. Soy peregrino, caballero, aliado de la más absoluta de las impermanencias. Caminando, camina el buen hallado camino.

Como vencer a la depresión…


a

© Asier Garagarza

 

Tristeza, rabia, melancolía, infelicidad, abatimiento, frustración o derrumbe. Pasar por un mal momento es algo que nos ocurre a menudo. Eso puede provocar una pequeña depresión a la que, si no se le pone remedio, puede llegar a desembocar en una gran depresión o un trastorno depresivo persistente. Según la psicóloga, estoy ya rozando el trastorno, y podría ser que tuviera que medicarme si no cambio el rumbo de los acontecimientos. Como sugerencias me invitó a seguir en terapia mientras me cogía, al mismo tiempo, un año sabático para poder así reordenar mi vida, pero, sobre todo, reordenar mi psique y mis pensamientos. En ese año sabático no debía hacer nada excepto viajar y disfrutar de pequeños placeres diarios. Debía distraer mi mente con nuevos paisajes y experiencias.

Viendo el panorama, una buena amiga me ha invitado a pasar unos días a Tierra Santa. Estaré trece días intentando distraer mi mente con nuevos escenarios, con nuevas experiencias y nuevos lugares nunca vistos. Cuando termine este viaje estaré en Ginebra, por motivos de trabajo, unos días, y de ahí, me retiro un mes a la comunidad de Findhorn, en Escocia, para intentar desde allí reorganizar toda mi vida mientras espero la ansiada primavera. Exceptuando un compromiso en el mes de julio, el resto del tiempo, al menos hasta que salga de este trastorno depresivo, lo pasaré viajando o viviendo en lugares diferentes. La otra opción es ir a un psiquiatra para empezar a medicarme, y es algo que no me seduce nada.

Hoy empecé a tomar un nuevo remedio homeópata tras una hora de consulta con una buena amiga doctora que intenta ayudarme desde esa terapia. Y hoy toca otra consulta con otra amiga doctora para intentar buscar una guía alternativa a mis pensamientos recurrentes. El escribir también es terapéutico. De alguna forma me alivia el expresar en voz alta este sentir y el poder compartirlo con otros. La disciplina física que adquirí hace unos meses, la cual me obligaba a comer bien y hacer algo de deporte al aire libre hizo que mi ánimo de alguna manera se restableciera. También, aunque esta semana he tenido alguna recaída, hizo que el cuadro de ansiedad desapareciera. El socializar y el hacer cosas diferentes como ir a retiros, conciertos o comidas con amigos también han ayudado en la segunda etapa de mi recuperación.

Las ideas de suicidio, muy recurrentes cuando pasas por un estado depresivo, han desaparecido prácticamente. Este es un tema crucial, porque la gente suele obviarlo y esconderlo. Pero los que pasan por problemas de depresión profunda, lo que más sienten es un deseo intenso por desaparecer. Lo único que lo impide es la cobardía, la falta de fuerzas o de valor, o el arropo constante de amigos y familiares. Mi salvación fue una mezcla de todo, aunque de vez en cuando me sorprenda con esa idea en la cabeza. Los pensamientos siempre son nuestro peor enemigo en este estado de ánimo.

Cuando uno se encuentra así, es un repelente de personas. En mi caso, acostumbrado a empalmar una relación tras otra, esta vez lo miro como una ventaja. Me está permitiendo descartar por completo la posibilidad de tener pareja a corto y medio plazo, y me está ayudando a contemplar la posibilidad de vivir absolutamente solo en los próximos años. Viendo con franqueza el fracaso acumulado de todas mis relaciones pasadas, no tiene sentido seguir insistiendo y tengo que ser honesto conmigo mismo. No me acomodo a la moda actual de tener parejas pasajeras, con falta de compromiso y responsabilidad. Así que me decantaré, irremediablemente, por la vida en solitario, con la posibilidad de albergar espontáneas noches abrazado a alguna amante casual. Así que, lo que al principio veía como una derrota, ahora puedo verlo desde otra perspectiva más positiva intentando acomodarme a lo inevitable. Si por el camino algún día me vuelvo a enamorar perdidamente y pierdo de nuevo la cabeza, pues bienvenido sea el amor. Pero debo ser honesto y no entrar a engaños ni dejarme engañar de nuevo.

Así que en dos días me marcho de Barcelona hacia Jerusalén, sin mucho ánimo ni alegría, pero con la esperanza de que este ciclo de viajes continuo me ayude a reordenar todo mi mundo interior, y con ello, de paso e inevitablemente, reordenar todo mi mundo exterior. Quedo agradecido a todos los familiares y amigos que con su paciencia y apoyo me están ayudando en este proceso. También pido paciencia a los que les debo algo, sea lo que sea, para restablecer pronto mis compromisos. Ahora toca salvarme de este infortunio para poder seguir adelante. Ahora toca cuidarme, con mucha observación, para seguir avanzando.

Si alguien está pasando por una situación parecida y desea escribirme en privado estaré encantado de escucharle y contarle con mayor detalle mi experiencia, por si sirve de ayuda… (javier@dharana.org)

 

Reinterpretar nuestras vidas. No te has quedado solo, te has quedado libre


a

© Jovana Rikalo 

Cuando nos abandonan, especialmente al principio, y durante algunos meses, la sensación que tenemos es la de habernos quedado solos, de que nos han despreciado de la forma más burda. Con el tiempo, en ese empoderamiento que la vida siempre da, la sensación cambia. De repente dejamos de sentirnos abandonados y solos, y comenzamos a sentirnos libres. El sabor de poder reinterpretar siempre nuestras vidas posee dentro de sí una fuerza inabarcable. Podemos y debemos interpretar todo el relato de forma diferente. Podemos y debemos poner nuestra atención a las enseñanzas recibidas gracias a ese poderoso maestro que es el dolor, y poner de paso en acción una nueva versión de nosotros mismos.

Reinterpretar las situaciones para reinventarse es una buena acción para mejorar como seres humanos. Siempre podemos ver la vida desde una posición pesimista y acabada. Quizás en algunos momentos de dolor intenso, eso sea necesario para desahogar la tensión que la rabia y la frustración puedan ocasionar en nosotros. Pero pasado un tiempo, es posible ver las cosas de forma diferente. Es posible y diría que necesario, poder sacar lo mejor de cada experiencia. Dar las gracias a la persona que nos abandonó porque esa experiencia dolorosa, amarga, nos permite ser mejores.

Si alguien nos abandona, por la causa que sea, debemos inclinarnos ante la grandeza de la vida por darnos la oportunidad de saborear la libertad de la que ahora disponemos. Si las cosas nos van mal, debemos agradecer la oportunidad de ser más ágiles, más inteligentes para mejorar todo aquello que necesitamos mejorar. Cuando las cosas van mal y pueden ir a peor, podemos recrearnos en esa situación o podemos buscar con inteligencia salidas y soluciones imaginativas para que todo se recomponga de alguna manera.

Junto al mar, podemos ver la grandeza de la serenidad de las olas, y podemos comprobar la importancia de abonar la tierra para que lo que venga, sea siempre mejor. El secreto para conseguir algo bueno es preparar bien la base, abonar bien todo aquello que hará germinar lo que realmente deseamos. No basta con desearlo, debemos preparar el terreno para que todo germine y florezca y dé frutos sanos y provechosos. Debemos reinterpretar la narrativa de las cosas que nos pasan, la historia en su conjunto. Si alguien se marchó, es porque no éramos merecedores de eso, y debemos prepararnos para recibir algo mejor, para desear y de alguna forma exigir algo mejor. No esperar a que nos elijan, no esperar a que cualquier cosa entre en nuestras vidas, si no esperar a ser merecedores de la excelencia en cada momento.

Por eso, desde esa libertad de la que podemos disfrutar cuando nos abandonan, debemos sentir la necesidad de preparar el terreno, de abonarlo con calma y sembrar las semillas de lo que realmente deseamos cosechar en los próximos años. Sin prisa, sin necesidad de nada, libres, perfectamente libres y emancipados para poder elegir cuando realmente estemos preparados. Y a partir de ese momento no dejar que entre cualquier cosa a nuestras vidas. No dejar que nada ni nadie pueda aprovecharse de esta nueva versión de nosotros mismos, porque ya no será una versión de usar y tirar. Lo caduco se ha terminado. Lo rápido se ha terminado. Lo circunstancial se ha terminado. Nos debemos exigir a partir de ahora solo lo verdadero, lo real. Se acabó lo ilusorio. Se terminó la mentira y el autoengaño.

No nos hemos quedado solos, nos hemos quedado libres para ser mejores y desear lo mejor, dar siempre lo mejor de nosotros mismos.

La gestión de emociones. Dar una narrativa a nuestras vidas


a

 

Es normal sentir miedo, rabia, angustia, ambivalencia, amargura, apatía, apego, cansancio, congoja, confusión, desidia, frustración, furia, desengaño, impotencia, ira, melancolía, turbación, tristeza y así hasta llegar a cientos de emociones con las que nos enfrentamos todos los días. Es difícil sopesar toda esa amalgama que nos recorre día sí y día no, hora tras hora. El grado de intensidad de cada emoción dependerá no sólo de la propia experiencia que hayamos padecido, sea objetiva o subjetivamente, sino también de nuestra capacidad de reacción hacia la misma y de nuestra capacidad de comprensión y adaptación a ese escenario con el que no contábamos. Conocer las emociones y sobre todo sus funciones es algo complejo. Pero debemos hacerlo. Conocerlas para reconocerlas y así poder gestionar todo lo que esa emoción nos pide. Hay que permitir que las emociones se expresen, pero también debemos educarnos para poder regularlas. Si sientes ira, rabia y frustración, es importante permitir que eso ocurra, pero más importante es aún el poder controlar y regular todas esas emociones, todas esas válvulas de escape que nuestro cuerpo diseña para poder soportar la presión de ciertos acontecimientos.

El tiempo nos permite, si existe un mínimo de trabajo y esfuerzo interior, reflexionar sobre cómo hemos reaccionado ante ciertas experiencias y cómo nuestras emociones han condicionado nuestra respuesta natural a las mismas. Un episodio de dolor intenso no es vivido de la misma forma por unos y por otros. Existen cientos de factores que condicionarán la respuesta. La gestión de las emociones ante graves conflictos es determinante para que en el futuro las cosas no empeoren y no terminen en catástrofe o en pérdida de salud física, emocional, psíquica o social. Dar respuestas adaptativas a todo lo que nos ocurre quizás sea una de las tareas más complejas, porque no siempre todo lo que ocurre es agradable. De ahí la importancia de estar alertas, de reflexionar sobre los avatares y experiencias que la vida nos pone como pruebas a superar, y sobre todo, reflexionar sobre nuestras respuestas hacia las mismas, para que en un futuro podamos mejorar dichas respuestas.

Muchas veces perdemos por el camino amistades y relaciones profundas con otras personas por no haber sido capaces de adaptar nuestras respuestas a momentos críticos de la relación. Perdemos personas increíbles de nuestro lado por no saber adaptarnos a las crisis que todas las relaciones sufren tarde o temprano. Por eso es importante, una vez pasadas esas crisis, reflexionar sobre ellas, crear una narrativa para poder entender qué ha pasado, cómo ha pasado y de qué manera podemos mejorar. Es importante entender que las emociones deben expresarse, deben surgir de alguna manera y debemos comprender y aceptar como hemos gestionado, ya sea como adultos o como adultos no maduros, toda la experiencia. Narrar lo sucedido, enfrentarse a ello, es una forma de curarse, de sanarse por dentro y comprender de paso todo el relato de la historia. Nuestra gran campo de batalla, las emociones, está ahí para enseñarnos. Aquel que no se enfrenta a las mismas, que prefiere huir, desaparecer y obviar las situaciones críticas está condenado a repetirlas. Una y otra vez. Podrá cambiar el escenario, podrán cambiar las personas, pero seguiremos cometiendo los mismos errores por no querer enfrentarnos a la propia narrativa de la historia.