La satisfacción del éxito conjunto


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Así me ha recibido Galicia, con lluvia y nieve…

Aún dudaba qué hacer por la mañana, pero un pálpito irracional me pidió que siguiera el camino. Me hubiera gustado asentarme un rato, disfrutar más de las tierras del sur. Ahora me doy cuenta de que es un privilegio tener una casa allí abajo. Un lugar donde siempre puedes volver. Como el privilegio de poder ir a Barcelona o el poder asentarme de nuevo en esta pequeña cabaña. Aquí es donde estoy ahora tras diez horas de viaje.

En Galicia hace frío. Nada más entrar por los Ancares y el Courel las temperaturas descendieron de golpe. La nieve dibujaba un paisaje hermoso y la lluvia daba a la tierra su dosis de humedad. Me hubiera gustado desviarme en el camino a Portugal y encerrarme en alguna tienda de campaña en algún bosque perdido, pero el coche, de nuevo averiado, no anda para muchos trotes. Esto me recuerda que un caballero andante como yo no puede vivir sin un rocinante adecuado, así que intentaré ponerme al día con todo y volver a recuperar el galopar que tanto me caracteriza. Es extraña esta sensación de no poder viajar libremente como hacía antes. Debo recuperar esa oportunidad perdida.

Ahora ya no lo pongo en duda. Mi naturaleza más profunda necesita moverse, viajar constantemente, ver a unos y a otros, compartir, descubrir, mirar con asombro cada detalle del paisaje circundante. El viaje en sí mismo es un auténtico disfrute y aprendizaje. Puedes entrar en meditación continua, en trance, en comunión con todo. Cada metro andado es una forma de entender el mundo. Siempre diferente, siempre cambiante.

En unos días vendrá la Semana Santa y nueva gente nos acompañará en este lugar inspirador. La belleza fluorescente propia de la primavera empieza a entreverse en estas montañas y bosques del Courel. Las flores, los olores, los colores intensos prometen un año de bienes, de bonanza, de compartir. Este lugar es una invitación intensa para experimentar la vida. Y si esa invitación viene acompañada de cierta sensibilidad, la vida entonces se muestra radiante en todas sus manifestaciones, con todos sus mundos, con todas sus miríadas de vidas.

A pesar del cansancio de estos años, ahora tengo unas ganas tremendas de seguir descubriendo gente. Pero esta vez, solo para observarla silenciosamente. Verlos pasar, intentar imaginar sus inquietudes, descubrir sus almas, adivinar sus propósitos. Tengo ganas de sentarme un rato al borde del camino para reconciliarme de nuevo con la urgencia de actuar. Los descansos son necesarios, pero solo para entender el magno trabajo aún por hacer. No me refiero al trabajo egoísta de pensar en nosotros mismos, sino al trabajo de ser partícipes de aquello que nos configura como humanidad. Si tienes esa visión, la utilidad de hacer cosas se vuelve profunda y con sentido. Cuando uno logra éxitos para sí mismo siente cierto grado de satisfacción, pero cuando la conquista del éxito es para todo el conjunto, la satisfacción no tiene límites.

Al llegar esta tarde a este rincón del mundo, he sentido ese bienestar de estar cumpliendo con cierta tarea, con cierto propósito mayor a uno mismo. Y al llegar a la cabaña y encender el fuego para que se calentara un poco, he visto como de cada llama surgía un hermoso halo de agradecimiento. Cuando somos partícipes de algo mayor a nosotros, ganamos nosotros, pero también gana toda nuestra raza humana. No importa lo que hagas, no importa con quién lo hagas, lo importante es ayudar, compartir, crecer juntos. Uno siempre siente dudas, pero cada vez resulta más clara la luz que llega dentro de nosotros para entender el significado profundo de la existencia.

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La casa de los cristales


Beatriz intentó comprarla hace unos años. Era la casa estilo bauhaus que impresionaba a todo el mundo. Allí en el pueblo la conocían como la casa de los cristales, o también como la casa del escritor, un tipo extraño que estuvo viviendo allí unos años y se le ocurrió hacer una casa siguiendo las directrices del número de oro y la geometría sagrada. La construcción aurea tuvo su apogeo en 2012, cuando, ante mis continuadas ausencias debido a mis viajes, cedía el espacio de forma gratuita a grupos de meditación. De ahí que se llenara todo de camas y los espacios tuviera ese aire newage que ayudaba a mantener un clima de equilibrio y relajación. El cálido sol del sur hacía el resto.

Eran tiempos divertidos, de mil aventuras y cientos de experiencias extrañas, diferentes, sutiles. Tener la editorial en el sótano y la vivienda encima de ella hacía que se crearan encuentros con gente de todo tipo que venía desde lejos o cerca para intercambiar algún tipo de relación. El principio del fin fue cuando me enamoré de una hermosa aristócrata y me marché a vivir a Madrid. A mi vuelta, tras el fin de la relación y en plena crisis económica, las cosas empezaron a marchar mal en todos los aspectos y tuve que deshacerme, con cierta pena, de la casa, de mis ahorros de toda la vida y de una etapa que terminaba con cierto sabor agridulce.

Años más tarde hemos editado un libro a Beatriz, la cual me contaba estos días en la feria del libro su amor por esa casa que estuvo a punto de comprar. Qué sincronías extrañas. La verdad es que al ver su brillo en los ojos me removió por dentro. Tanto esfuerzo en esas paredes, tantas ilusiones, toda una vida puesta en esos ladrillos en plena sierra andaluza. La práctica del desapego siempre está ahí, latente, hasta que hoy me escribió la actual dueña de la casa, Carmen, una hermosa mujer por dentro y por fuera que constantemente me invita a habitar esa casa que dice, sigue siendo mía, aunque los papeles digan lo contrario. Qué hermosa esa relación de desapego, la suya y la mía, y de generosidad absoluta.

Y luego la vida, y mis amigos abogados diciendo que tengo que terminar mi relación mercantil (la emocional ya terminó, por suerte) con las propiedades que aún tengo con mi ex muy cerca de Santiago. Como la sinrazón se apoderó de todo y de todos y no hay comunicación posible, me dicen los abogados que hay que ir a pleito, a juicio, y cuanto antes mejor. Supongo que los abogados saben de estas cosas, y no habrá más remedio que buscar ese juicio justo donde se reparta de forma justa el lote de pisos. La cosa común tiene que dejar de serlo si ya no hay ningún tipo de relación, ni interés por mantener ningún tipo de vínculo de ningún tipo, ni afectivo, ni mercantil ni de mera amabilidad, que digo yo, sería lo mínimo que una persona debería mantener con otra cuando durante un tiempo fueron casi almas gemelas. Como tengo que seguir practicando el desapego sobre los éxitos y las pérdidas, pues asumo el reto y delego a la vida lo que tenga que ser.

La conclusión de todo este proceso de equivocaciones continuas es que ya no tengo ánimo para más casas, ni para más relaciones de ningún tipo. Las traiciones sufridas en los últimos tiempos han sido ya suficientes para el ánimo y mi propio carácter. Darlo todo para recibir desprecio y egoísmos y traición ya no va conmigo. Me rindo. Viviré hasta donde pueda en la pequeña cabaña, escribiendo, paseando taciturno, solitario. Ya no deseo que me rescaten ni rescatar a nadie de esta soledad tan desolada. Solo deseo estar tranquilo, dándole de comer a los pájaros y viendo como la naturaleza sigue triunfando a pesar de todo. La casa de los cristales fue un error y un fracaso del cual no aprendí, viendo mi confianza en el ser humano y en el amor que puse estos últimos años en personas egoístas, desagradecidas y dolientes. No escarmiento. Ahora resulta que soy dueño de otras casas que no puedo habitar y de las cuales se está haciendo un uso abusivo, con la complacencia del egoísmo más absoluto. La cosa común, dicen. Pues nada, al César lo que es del César, y que sea lo que Bios quiera.

(Hoy me he encontrado este video de la Casa de los Cristales que me ha rememorado viejos tiempos). 

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La gran huida


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La lectura es una buena fórmula de evasión

“La libertad, al fin y al cabo, no es sino la capacidad de vivir con las consecuencias de nuestras propias decisiones”. James Mullen

Siempre he sido un gran aficionado a las fugas. Me he fugado de muchas cosas, de muchos lugares y de muchas personas. A veces, de forma consciente, otras, de forma loca, sin razonar, con sus consecuencias. Mi primera gran huida, mi primera gran fuga fue del ejército. Me declaré primero objetor de consciencia y más tarde insumiso al servicio militar por motivos éticos. Estuve cuatro años en caza y captura, así que me fugué al sur de España, donde cada pocos meses cambiaba de domicilio para evitar los dos años, cuatro meses y un día de cárcel por el delito de rebelión. De los diferentes grados de insumisión que había según la estrategia a seguir, yo pertenecía al grupo conocido a veces como los “invisibles”, el cual se declaraba insumiso a los tribunales y no acudía a las citaciones y mucho menos a las órdenes de ingreso en prisión. Sobrevivíamos en la clandestinidad con órdenes de busca y captura pesando sobre nosotros hasta que en ocasiones éramos localizados y detenidos. Mis cuatro años escondido en el sur de España evitó la captura y la prisión hasta que se declaró la gran amnistía. La insumisión de aquellos días fue un importante movimiento de desobediencia civil al que tuve el honor de pertenecer. Eran otros tiempos.

Mi segunda gran huida tuvo que ver con el trabajo. Mi excesivo espíritu libre me impedía mantener una relación normal con el ámbito del trabajo asalariado. No soportaba las injusticias, ni la explotación, ni el abuso, así que duraba poco en las empresas. Creo que mi récord estuvo en dos años continuos, tiempo suficiente para darme cuenta de que lo mejor que podía hacer era ser mi propio jefe. Por eso me hice autónomo o pequeño empresario. Así solo tenía que rendir cuentas a mí mismo. Sin amo, sin patria y sin Dios. Esas cosas que uno piensa cuando se vuelve existencialista.

Mi tercera gran huida siempre ha sido con las relaciones de pareja. Normalmente, cuando notaba que la otra parte recelaba, o dejaba de estar enamorada, solía huir, desaparecer. Nunca fui capaz de pasar a la fase de responsabilidad y de compromiso que todo proyecto a largo plazo requiere, inclusive el emocional. Nunca fui capaz, quizás por orgullo o decepción, de abordar una relación con cierta seriedad. Y cuando lo he intentado, he fracasado estrepitosamente. Por eso nunca tengo relaciones estables ni duraderas en el tiempo. ¿Quién iba a soportar a alguien que siempre huye de los anillos de compromiso y las servidumbres maritales? Mi especialidad es hacer creer al otro que son ellos los que huyen. Como gran saboteador de relaciones, no son ellas, soy yo. Me marcho, desaparezco mientras que los otros creen que son ellos los huidos. Pido perdón a las fugadas. Lo siento, pero soy irreductible.

La otra gran huida es espiritual. Tiene que ver con ese “fuga mundi” o “contemptus mundi”, ese claro desprecio hacia las cosas mundanas, esa búsqueda constante de cierta serenidad interior sin trabas y sin ningún tipo de distracciones con los apetitos materiales y las conexiones emocionales febriles. La espiritualidad, para muchos, nos sirve como acicate para no adentrarnos como personas adultas y responsables en los asuntos de la materia. Por eso también huimos de la familia, de las patrias o de cualquier cosa que nos ate a algún tipo de estatus, ideología o creencia. Mi espiritualidad en ese sentido es un poco ácrata. Se revela de forma hilozoista, invisible, energética, pero no sólo hacia fuera, sino también hacia dentro, y viceversa. Sin credo, sin Dios determinado, sin obispado al que rendir cuentas. A mi aire, en el aire. Sutil y manejable solo desde lo más esotérico. Desde lo más inaccesible. Lo arquetípico, lo oculto, lo mistérico.

Sea como sea, observo que mi vida se podría resumir en una gran huida. Siempre huyendo de las responsabilidades, de los compromisos, de los retos, de los problemas y circunstancias que esta maraña de enjundias crea en nuestra realidad. Por eso me gusta tanto viajar, porque es vivir en esa constante huida. Por eso me gusta ir a mi bola, esconderme en una meditación constante sin tener que dar la cara ahí fuera. Por eso mi refugio en los bosques y por eso mi afán por no tener dinero, así no tengo que acarrear con las diez mil cosas con el que el dinero te compensa inevitablemente.

Pocas cosas son capaces de atarme. Pocas cosas son capaces de llenarme de compromiso y responsabilidad. Pocas personas han sido capaces de entender la importancia suprema de permanecer en lo bueno y en lo malo en este constante espíritu libre. Por eso, cuando en lo malo alguien huye, se abren las puertas del campo y se tienden puentes de plata. Y a aquellas que pese todo han conseguido permanecer, y no han huido, encuentran entonces la eterna recompensa en el lazo místico. Allí nos vemos, valientes. A los huidizos, los comprendo y les doy alas. Que les vaya bonito.

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Luces del sur… o el régimen del solitario


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Ese hijo de plateros también pensó en la utopía. Ibn Bayya expuso su utopía social y filosófica en un tratado que llamó El Régimen del Solitario, describiendo una ciudad ideal, al-madina al-fadila, nacida de una clara inspiración platónica. La utopía tiene mil sabores y lugares. Es como esa luz del mediodía, tan próxima a ese especial paralelo donde los rayos etéricos tienen mayor efecto en los contornos sensibles. Cuanto más te acercas a ese mediodía, a ese paralelo, mayores son las luminarias, la clara luz, la belleza etérica del mundo invisible manifestado en la belleza natural de los paisajes. En estas fechas, a la luz hay que añadirle el olor a azahar de estas tierras. Es un olor hechicero, sublime, seductor. Cuando paseas por los pueblos blancos, en la sierra teñida por talentosos morenos que deambulan de aquí para allá, percibes que este lugar es diferente al resto de lugares. Es en sí misma una utopía, un lugar ideal.

Apenas llevo un día y el alma se esmera por ordenar todos los recuerdos. Sin darme cuenta descubro que aquí he pasado parte de mi vida. Mis orígenes sureños me trajeron por casualidades de la vida a vivir en dos ocasiones por estos lugares. A pesar de los orígenes, siempre me sentí un extranjero, un extraño, un incómodo habitante con ideas de ciudad cosmopolita y norteña que intentaba inculcar otras formas de ver el paisaje, de sentir su luz, de percibir a sus gentes. Siempre me sentí un solitario, algo incómodo e incomprendido en todas las tierras donde viví. Algo que no gusta, que crea desconfianza por esas ideas tan diferentes a los contornos nativos.

Nacido en tierras mediterráneas, en Barcelona, de familia originaria de Sierra Morena, vivo en el septentrión galaico y convivo siempre con el corazón entre Malasaña, las Highlands escocesas y los campos del valle del río Elba. Una mezcla extraña que discurre estacionalmente entre siete entidades intangibles, entre siete estados del ser que se identifican cada uno con un territorio determinado, arquetípico. El séptimo aún no ha llegado, pero lo intuyo en alguna planicie futura, en algún régimen solitario.

Alguien diría que tengo sangre gitana, más ahora que empieza mi andadura de feriante, o de feria en feria con tal de liquidar el gran stock de libros que llevo acumulando desde hace más de una década (por favor comprad libros para aligerar mi marcha). Algo de nómada tengo, pero siempre me identifiqué más con la figura del peregrino. Ese que sabe a dónde va, porque tiene una fe y una esperanza de besar alguna tierra santa, ya sea esta simbólica o real. Peregrinar siempre me mantuvo vivo. Deambular como un vagabundo de un lado para otro siempre fue una especie de entrenamiento para adentrarme en los confines del misterio, de la impermanencia, de la carencia de sujeción a un territorio fijo y determinado. Volátil, nada ni nadie me puede atrapar cuando me dejo persuadir por el Camino. Loco de atar, angosto, desquiciado por emprender cualquier marcha, floto a medio metro del suelo al mismo tiempo que camino con un farol mistérico cuya luz desprende luminarias a doquier.

Por eso no soy capaz de adorar a un dios determinado, ni a una tierra, ni a una nación, ni sublevo mi espíritu libre a ningún rey, señor o bandera. Hilozoista por naturaleza, no tengo amo ni reino, ni idea que defender ante ninguna tribu adormecida en los albores de la cueva de cualquier Shaddai, excepto aquella que pueda entender que la materia, en todas sus manifestaciones, está plena de vida. Por eso ahora soy capaz de deleitarme de las luces del sur y mañana quedar enamorado de las sombras, las lluvias y los grises melancólicos del norte. De tanto dar vueltas de un lado para otro descubro que la tierra no puede ser plana. Es más bien una bola de fuego ardiendo que por pura atracción, sigue atrapada a una luminaria mayor. Una procesión ígnea que pretende, en su grado y condición, desarrollar su propia evolución. Un régimen solitario el mío. Aquí, sentado, contemplando las luces del sur, su luz, su magnetismo, su energía. La divina Siquis que respira cerca, tan cerca que la siento dentro.

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Esa vida onírica


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Ayer tocó desatascar tuberías y hoy reparar un molino de viento. Parece que en el mundo arquetípico todo está relacionado y todo está lleno de símbolos. Estos días en los bosques han sido un poco de locos. Aquí el tiempo es diferente. Se podría decir que no hay tiempo, ni orden aparente, ni programación normal sobre lo que podría ser una jornada tranquila o cualquiera. Todo discurre, sin más. Y la mente analítica debe adaptarse a ese fluir inexacto, expresivo, incandescente. El tiempo de la ocasión es impermeable. Uno se desliza ante la suave atmósfera. La sensación es como si estuvieras contemplando el curso de un río desde fuera y de repente te lanzas a sus aguas dejándote llevar por su fuerza. No sabes hasta qué orilla, ni siquiera sabes qué ocurre o ocurrirá mientras flotas en la intemperie. Pero te dejas llevar mientras ríes de emoción.

Esto es realmente apasionante. Si no fuera por todo el trabajo que se empieza a acumular, por la falta de medios para intentar abarcarlo todo, por no tener casi de nada y aún así vivir una vida rica en experiencias. Y el río sigue arrastrándome con su fuerza, con su ímpetu, disfrutando de los paisajes, sin expectativas, sin mayores dramas que el fluir. Ahora ya no me cuestiono las cosas del pasado o del futuro. Ni siquiera me cuestiono las cosas del presente, como si estuviera viviendo en un ciclo natural, en un proceso supraconsciente que predomina en una psique demasiado acostumbrada a atar las cosas, a controlar las cosas.

Con el tiempo uno descubre que nada se puede controlar, que la vida se muestra caprichosa o milagrosa dependiendo de nuestra propia inclinación interior. Uno se levanta por las mañanas y decide realmente cómo será el día dependiendo del escenario que dibujemos en nuestra mente. Si miramos la vida con alegría, solo pueden ocurrir escenarios hermosos. Si miramos con tristeza, casi seguro que lloverá. Y no lo digo porque la lluvia sea algo triste en sí misma. Más bien es una alegoría de la corriente de agua que corre dentro de nosotros cuando nuestras emociones deambulan hacia las esferas acuáticas.

La vida es onírica. Se supedita a los sueños y estos a nuestra labor como creadores. Cuando el arte recorre nuestras venas, la vida puede llenarse de tonos impresionantes, sacados de otros mundos. Cuando vagamos ante la premisa del tedio, lo gris se manifiesta inevitablemente. Mañana, cuando amanezca, miraré el bosque, escucharé el canto mañanero de los pajarillos ya disfrazados de primavera. Intentaré sopesar qué merece la pena pensar, sentir y hacer. Me guiaré por cada acontecimiento, por cada nueva experiencia que se presente. Seguiré aprendiendo, como un niño que mira con atención y curiosidad el nuevo mundo. Suspiraré por todo aquello que me gustaría abrazar e intentaré que el lazo místico se manifieste con profundidad. Me siento bien, ya alejado de la tempestad, y ahora más preparado para las siguientes pruebas. Mientras, río en el río… Qué paradojas…

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Volver a los bosques. Rite de passage


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La lechuza de mi última revolución solar observa atenta en este bosque de aliento. Tras nueve meses de ausencia, volver a la cabaña, a los bosques, a las montañas, a la vida en comunidad, está siendo una experiencia intensa. Se lo debo en parte a Sergi, escritor de oficio, nómada y buena gente que vino a pasar unas semanas al balneario y eso me obligó a una mudanza precipitada a mi otro hogar. Dejar mi refugio entre libros y ríos allá en el valle y subir a la montaña con el corazón por fin tranquilo, la mente ligera y el espíritu con deseos de vida ha sido algo hermoso, intenso e interiormente deseado.

Hoy éramos siete personas y el ambiente no podía ser más amoroso, equilibrado y afinado. Fuimos de excursión a lugares de una belleza impresionante, que siempre han estado ahí y que, en mis cinco años de excursiones y exploraciones por estos lares, nunca había sido capaz de descubrir. Lo cual ha sido como una especie de rite de passage antes de entrar de nuevo a esta realidad, a este mundo mistérico que se está tejiendo desde los planos más etéricos. Un rito que me ha permitido ver con paciente calma todo lo hermoso que aquí se está tejiendo.

En la cabaña, rodeado de árboles y montañas, de soledad y sosiego, se respira algo especial. El amigo Geo respira a mi lado. La gata Meiga merodea por los alrededores. Desde que me marché, ha sido fiel y se ha mantenido firme como una guardiana viviendo en la cabaña, esperando mi regreso y protegiendo el lugar. Ahora tendré que acomodar de nuevo la decoración original, mis enseres personales y mi nueva forma de ver la vida y el sentido de todo. Por suerte pude entrar en este recinto de forma tranquila, sosegada, sin lágrimas ni deseos extraños. Ahora solo con un manto de agradecimiento, con una sonrisa alegre tras comprobar todo lo que aquí se hizo de forma bella y desapegada. Estoy bien, me siento bien, lleno de agradecimiento y con ganas de empezar de nuevo después de tanto tiempo de dureza y ausencias.

Ahora me encuentro preparado para ir entrando poco a poco a la segunda fase del proyecto: “el jardín de Epicuro”. Si la primera parte podríamos llamarla como de mito fundacional o la reconstrucción de la pequeña Porciúncula para albergar la idea de que el reino de los cielos se está acercando, ahora toca bucear en la parte etérica del proyecto y profundizar en nuestra relación con la madre naturaleza. Como ya hicieron cerca de El Pireo los “filósofos del jardín” o “aquellos del jardín”, nos toca a nosotros manifestar la parte celeste en la belleza natural de la vida tal y como lo hiciera Epicuro de Samos. Los placeres espirituales y la ataraxia debería ser el próximo objetivo primordial.

Perder el tiempo en el dolor y el sufrimiento no tiene sentido. Perder el tiempo en la violencia y la rabia no nos conduce a nada. De ahí la necesidad de conseguir tranquilidad, serenidad e imperturbabilidad buscando una correcta y sana relación con el alma, la razón y los sentimientos, con el otro y lo otro, con la vida y el misterio. No merece la pena sufrir. No merece la pena gritar, expandir odio, rabia, frustración, miedo, inseguridad, arrebato o violencia. Es necesario volver a la paz interior, al refugio del alma, a la felicidad y la alegría. Eso es lo que deseo interiormente y ese será mi esfuerzo para los próximos tiempos. Luz, paz y amor para todos.

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El secreto es el vacío de todos los fenómenos


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© Pintura de Caspar David Friedrich

 

Hoy ha sido un día difícil en cuanto a la administración del tiempo. Sin embargo, he descubierto esa manera tranquila de sortear de la mejor manera todos los compromisos. En el fondo, había cierta emoción en aquello que sucedía y acontecía. Como si todo estuviera ordenado, como si todo estuviera en su sitio, como si de repente hubiera un cambio imprescindible en la percepción de todo. Una luz primaveral, un sentir riguroso de lo intangible, de lo perenne, de lo sensible al palpitar de la existencia.

Descubro un poco tarde que no se pueden forzar las cosas y que en estos últimos años he forzado en exceso algunos acontecimientos. No puedes provocar que la primavera se adelante. No puedes obligar a que la gente permanezca a tu lado si lo que desea es estar en comunión plena consigo misma, a solas, en silencio. No puedes marcar los ritmos cuando los ciclos tienen vida propia. Lo que se expande y se contrae no depende de nosotros. En nuestro haber, solo podemos arrodillarnos ante la inmensidad, humildemente, y aceptar los acontecimientos. Si alguien quiere estar a nuestro lado, vendrá. Si algo tiene que suceder, inevitablemente sucederá. Podemos desearlo, pero no forzarlo, porque la música tiene sus propios ritmos y nuestro tono, mayor o menor, debe encajar en cada concierto en el que participemos de forma siempre equilibrada y armónica.

Mientras pienso en todo esto, empiezo a comprender el secreto que existe como vacío de todos los fenómenos. Es como si todo lo que ocurre estuviera envuelto en un misterio que tiene su propia lógica. Nada ocurre al azar, ninguna brizna cae sin una historia que la envuelve y dota de sentido ese instante. Los fenómenos responden ante un vacío inconmensurable cargado de sinergias que se expanden hacia un exacto y meticuloso propósito. Todo encierra una intención que no sabemos interpretar. Por eso interiormente hoy sentía, ante todo lo que ocurría casi de forma inevitable, cierta paz interior. Respiraba con la confianza de saber que lo que tenga que suceder, sucederá.

Así que, aunque hoy haya sido un día intenso y mañana parece que también lo será, siento ese equilibrio de las cosas invisibles, siento la fuerza de todo aquello que se sujeta en ese cambio constante. Puedo ver los acontecimientos encadenados unos con otros y percibir el sentido de todas las cosas en paz, con calma, con sosiego. Es como si las puertas cósmicas se empezaran a abrir para penetrar en la consistencia del misterio, de todo aquello que alberga el sentido de la vida.

La soledad nos permite ver el entresijo de la vida de forma diferente. Y si la soledad es acompañada por la música de la propia existencia, entonces todo se ordena. El bosque crece, el río empuja el agua, las montañas entablan comunicación con los valles y las flores empiezan a preparar el néctar que pronto repartirán en toda la naturaleza. Así son los ciclos. Y así entiendo que debemos vivir. Si ahora toca soledad, ya vendrán tiempos de compartir, de volver a las risas, de volver a la exploración conllevada. Si ahora toca mirar con nostalgia los tiempos pasados, ya vendrán tiempos en los que volvamos de nuevo a la intrínseca aventura. El misterio seguirá ahí, y los mundos. Y lo más increíble de todo: el secreto seguirá siendo el vacío de todos los fenómenos.

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