El arte de la fuga


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© Gabriel Guerrero

A pesar de que este título pertenece a un libro escrito por Bach, y también a una forma suya especial de hacer música, no vamos a hablar de melodías. Alguna vez en el pasado hablé del fugas mundi. Ahora, observante, atento, veo las cosas desde una perspectiva algo más amplia y diferente. Decía alguien que sólo desprecian la sociedad aquellos que no han conseguido sus favores. Los otros la aman, la abrazan con esa locura ciega que nos imbuye cuando el éxito invade nuestras vidas. Ser exitoso en nuestra sociedad pasa por sentirse miembro destacado de algún clan, de algún rango, estatus o clase. Si eres el primero entre los mediocres, puedes llegar a ser menos vulgar que el resto, aunque la vulgaridad siga siendo el sello de identidad.

El éxito ha pasado muchas veces por mi puerta. La última vez ayer mismo, ante una oferta que podría llevarme a ser uno de esos personajes que de forma ilustre manejan la vida de muchas personas. La oferta podría incluir el dirigir a más de cientos de personas en un ambicioso proyecto. Pero soy un artista de la fuga, y reconozco, a regañadientes a veces, que mi alma hace tiempo que dejó de estar en venta, aún a pesar de que tantas veces han intentado, sin éxito, comprarla una y otra vez.

Me interesa ver en estos días esos que son auténticos artistas en huir de la sociedad, eso sí, sin hacer nada especialmente notorio que los aleje realmente de ella. Se pasan el día quejándose, se pasan el tiempo aborreciendo y huyendo, pero reproduciendo allí donde van todas sus miserias y sus penas. Son auténticos depredadores de aquello que pueda ayudarles en la huida, sin dar nada a cambio, sin ofrecer nada a cambio y sin bucear realmente en un cambio radical.

Luego hay otro tipo de fuga, más allá de la social, que es la propia fuga psicológica. Nuestra sociedad actual está creando auténticos autistas antisociales que prefieren perderse en conversaciones absurdas que atraviesan todo tipo de telepantallas antes que poder dominar el arte de la sociabilidad.

Y también las fugas espirituales, esas que entonando profundos ommmmsss nos alejan de una realidad incómoda que no gusta atender. Lo decía ayer en la cena, con unos amigos que integran perfectamente el camino del medio. Hay personas que se creen espiritualmente avanzadas y, sin embargo, denotan uno de los extremos más permisivos de la espiritualidad: el egoísmo. Realmente solo piensan en sí mismos y en su salvación. Les importa un pito todo lo demás. Especialmente todo aquello que pueda afectar a su paz interior, a su consciencia aparentemente iluminada desde la que desgranan sutilmente vacíos existenciales, dolencias emocionales y simples anhelos de grandeza no consumados.

Es cierto que todos huimos de algo. Estos días de extremo cansancio ya no sabía dónde esconderme, ni durante cuánto tiempo. Me he cuidado, me he dado regalos, me he mimado, pero en el fondo solo deseaba huir. Al menos por unas horas, o unos días, o unas semanas, o unos meses con tal de descansar todo aquello que me gustaría descansar. Me hubiera gustado fugarme con esas hermosas chicas que hoy se dirigían rumbo a Francia. O con esa otra joven y bella alemana que anda buscando algún lugar donde aposentarse. Son tantos los que vienen y van en estos días, que dan ganas de marcharse con todos ellos, aunque solo sea un ratito, aunque solo sea para poder descansar en paz algún trozo minúsculo de tiempo. Espero con ganas el otoño. Espero con deseo un cambio radical en todo cuanto ahora manejo.

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En el centro de todo, permanezco


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© Jiří Šebek 

Escuchar música sacra medieval ante la imponente voz de sor Marie Keyrouz es disfrutar de un instante de difícil explicación. Ante su música y su voz, sigo encerrado en la cueva, rodeado de libros, de inmemorables recuerdos que cohabitan en las estanterías y en la sed de mi alma. Observo atento, buscando paz y sosiego, subrayo cada minúsculo átomo de emoción que envuelve el aura de cada objeto. Veo Copenhague y su jardín botánico metido todo en un pequeño frasco, saboreo los tumultos de tundra escocesa y sus Tierras Altas, las conchas del Atlántico que precedieron tantos y tantos peregrinajes, y Taizé, muy cerca de la vieja Clunny, donde sus cantos se cuelan todas las mañanas en la pequeña ermita. Al otro lado de la estantería, junto a los tratados de antropología, Mongolia y la India con un Buda abrazando a un San Javier que mirando al cielo clama misericordia. También los inviernos de Alemania e Israel y todo el Mediterráneo adumbrado por destellos que relucen bajo velas, cuadros soleados y alguna luna veraniega.

Si ahora pudiera buscaba un caballo y me marchaba, como antaño, a proteger a los peregrinos. Pero en los Caminos, practicando sus sendas. La vida aposentada, labriega, ciertamente consume mis ansias de exploración. No he nacido para labrar la tierra, ni para la vida sedentaria. Lo mío son los caminos. Ahora lo sé. Por eso en este tiempo de sedentarismo extremo siento como si algo que nace desde lo más hondo fuera a explotar. Las imágenes de países exóticos se acumulan, y junto a ellos, cierta sensación de impotencia. En la sección de metafísica un elemento de Marruecos y sus zocos. Más arriba algo que vino desde California. Un peldaño más hacia lo alto los cientos de libros sobre masonería y en frente, miles de libros sobre espiritualidad, esoterismo y nueva consciencia. Y mientras los miro me imagino ya en otro lado, en algún otro país, deseando volver, porque lo bonito de viajar es ese sentimiento que te envuelve, esa emoción de querer retornar a un lugar tranquilo, a un cuartel general o hacienda donde descansar.

Veo obras antiguas y si alzo la mirada, ahí están los pasillos y el resto de las habitaciones cargadas de libros y libros y más libros que se acumulan en este oficio que se pierde. Ser editor en los tiempos que corren es algo complejo. La gente ya no decora las estancias con libros. Ni siquiera como objeto de culto. Se siguen vendiendo algunos, pero cada vez menos. Por eso cada mes es un milagro. Miro de nuevo a San Javier. Nadie daría crédito de su origen. Nadie daría crédito si pudiera contar libremente tantas y tantas historias sucedidas que ahora quedan registradas en las estanterías.

He conseguido, en estos dos días, extirpar de la bandeja de entrada el noventa por ciento de los mails que se habían acumulado. Pero me falta aún ese diez por ciento tan difícil de contestar, tan extrañamente complejo. Cuando el mundo vivía sin mails todo era más lento. Recuerdo que se acumulaban las cartas, pues siempre fui avispado en eso de escribir y contestar largas misivas a todo lo largo y ancho del mundo. A escritores mexicanos, a poetas argentinos o científicos alemanes. El mundo siempre fue un cúmulo de curiosidades por explorar. El mundo siempre tan grande, y nuestras vidas siempre tan cortas. ¿Cómo conocer todo cuanto hay por conocer? ¿Cómo albergar la esperanza de que algún día todo estará en nuestra palma de la mano, sin fronteras, sin burocracia, incluso sin mails que atender?

Aún me duele la cabeza. Hoy llega una caravana de peregrinos. Mañana un buen amigo con su esposa desde las entrañas de Madrid. El verano es así, un trasiego de almas. Por eso es prudente, cada cierto tiempo, protegerse, esconderse, trabajar entre libros. Estoy buscando el equilibrio entre lo de fuera y lo de dentro. Estoy buscando el equilibrio entre lo de arriba y lo de abajo. Y en el centro de todo, como una realidad moldeable y plástica, permanezco.

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El hombre-mono y la mujer es mona


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Los isabelinos imaginaban el cielo como una esfera cristalina desde donde los ángeles contemplaban las muecas del hombre-mono, más cercano a ese traje vanidoso y esa mirada altiva propia de los grandes primates que con sus muecas parecen juguetones en los bosques y las selvas. El hombre mono y la mujer mona se miran siempre con cierto afecto, con desconfianza a veces, con sensación de pertenecer a un mundo intermedio, ese que se encuentra a mitad de caballo entre lo animal y lo divino. El ser humano no existe aún, se está haciendo. Lo noto aquí en los bosques cuando comparto con unos y con otros. Veo el esfuerzo por alejarnos, a veces con mayor o menor éxito, de esos instintos, tan básicos y primarios, que aún atraviesan nuestra espina dorsal.

El hombre se comporta como un mono ante la mujer mona, y hacen monerías de rama en rama, de bosque en bosque. Se alejan por caminos turbios, entre las nieblas, entre los árboles. Se miran coquetos y desfilan abrazos y caricias a media noche, serpenteados por la mirada atenta de aquellos alados seres que desde arriba observan la escena, tan mona ella.

Nos sentimos con cierta autoridad ante la vida, como si fuéramos realmente importantes. La escisión entre la mónada que nos anima y lo que representamos con nuestro traje de autoridad no es más que un aleteo frágil ante la inminente presencia del infinito. Aún así, pensamos como dioses siendo aún tan monos, tan primitivos, tan afanosamente animales. Somos muy monos cuando aún, a estas alturas de nuestra divinidad, seguimos comiendo carne. Somos muy monos, y con perdón de los civilizados monos, cuando arrebatamos en violencia, matamos cruelmente, o justificadamente según los cánones de la guerra, o simplemente cuando dejamos morir de hambre al prójimo próximo.

Seguimos empeñados, tan animalescamente, en pensar en territorios. Los marcamos con fronteras, que es algo sofisticado, porque eso de ir meando por las esquinas es algo primitivo. Pero la esencia sigue siendo la misma. La bandera, cualquier bandera, es el símbolo más sofisticado de cualquier meada perruna. Pero nosotros somos monos, monos avanzados, y pensamos que una bandera ya nos sirve para decir que esto y aquello es mío, que esta y aquella es mi casa, o mi patria, o mi nación, esperpentos inventos para trapichear de forma civilizada con nuestra peculiar forma de posesión.

El mundo es un escenario. Y cuando hoy salía majestuoso el arco iris sentíamos que nos curábamos de todos los males. Nos curó la depresión y de la tristeza, sentimos la gloria de Dios, por decir algo, en esa magia del instante presente. Saltábamos enloquecidos, como monos que de repente piensan que la mejor manera de celebrar el acontecimiento es chillando y brincando de un lado para otro. A nuestra izquierda había un joven alemán. Ya sabemos que los alemanes son más cautos a la hora de expresar emociones. Estaba sentado en la hierba y lloraba ante el espectáculo. Lo hacía en silencio, sin que nadie notara su presencia y su emoción. Pero pude verlo, como cuando los ángeles nos miran para ver si nuestra mónada mejora y progresa. Y veía en su silencio cierta maravilla, cierto avance, porque podía disfrutar de algo tan espectacular desde su cómoda y sigilosa butaca. El hombre es mono y la mujer es mona. Y allí estaban el arcoíris, y el alemán, y el perro Geo que no entendía nada pero disfrutaba de nuestra arrebatada alegría. Y abajo, mientras mirábamos la esfera cristalina ahora cargada de los siete rayos, nos imaginábamos seres más completos, mónadas más inspiradas, hombres y mujeres más llenos de gracia. Seres humanos vivos, que no hay mayor grandeza que siendo lo que somos, estemos vivos, y sepamos apreciarlo.

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Lo hermoso de ser útil


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Quiero dar las gracias a este hermoso ser que vino desde Uruguay y ha estado todo un mes con nosotros, siendo ejemplo de honestidad, responsabilidad y compromiso. Gracias querida Vero por todo lo que has dado y gracias por tu ejemplo y entrega. Feliz viaje de vuelta… 

Escribir es una forma de recolectar experiencias sociales, humanas, personales. Compartir emociones, expresar ideas, atreverse a desnudarse ante el mundo bajo la atenta mirada del criticón, del inconformista, del cotilla, del hacedor de males, de los que imaginan, de los que indagan, de los que intentan penetrarte, incluso de aquellos que te odian tanto que te leen para ver de qué manera pueden odiarte más. Como decía Pirandello, es una forma de correr hacia la locura, de intentar bajo una argumentación que a veces roza el paroxismo, contar cosas que simplemente son eso, cosas.

La vehemencia puede ser estúpida si uno se toma la vida excesivamente en serio. No sé por qué darle tanta importancia a cosas y hechos que no la tienen. Al fin y al cabo, escribir es solo eso, escribir, no tiene mayor importancia. Ni siquiera escribo para que me lean, ni para que hagan de esta escritura un uso oscuro y pueril. Sólo lo hago porque me gusta, y porque a veces, en muy contadas ocasiones, la lucidez me atraviesa por dentro y soy capaz de compartir algo bueno. Lo demás son solo adornos, vómitos emocionales que atosigan al desesperado, al aburrido o al que protesta constantemente ante la infelicidad de sus vidas.

Pero a veces, y eso es lo que me motiva desde hace más de diez años, pienso que esta escritura puede ser útil. Y entonces lo veo como un medio de servicio, de apoyo mutuo, de cooperación, de acompañamiento al otro en su soledad, en su duda, en su desesperación. Ser útil es algo que a todos nos gusta. Ser útil a uno mismo, ser útil a los demás. Dicho de otra forma, a nadie le gusta ser un inútil, o algo peor, un auténtico inútil. De pequeño siempre había un mantra que se repetía por mi peculiaridad débil y trasnochada: eres un inútil, me decían unos y otros. En la familia, en el colegio, en la calle jugando al balón. La inutilidad es algo que te marca de por vida, por eso, ya de mayor, uno siempre intenta hacer las cosas lo mejor que puede. Ser útil, ser un verdadero ser completo y ventajoso en cuanto a esa visión de servicio.

A pesar de que esta ha sido unas de las semanas más duras de este verano por no saber encajar aún del todo los abusos de unos y de otros, puedo decir que por dentro me siento sanamente feliz. La parte tosca y tóxica de aquello que durante meses me ha atormentado se diluyó como un azucarillo lo hace a intervalos. Las interpretaciones delirantes de unos y otros que necesitan justificar sus actos a golpe de culpabilidad se convirtieron en un mantillo suave, inofensivo. Aún me siguen llegando ecos, críticas y recelos. Pero estoy aprendiendo a no darles poder, estoy aprendiendo a levantarme sobre los mismos y mirarlos con la grandeza de aquel que se levantó del lado inútil de la vida y alzó su mirada hacia el poder de ser válido, de hacer cosas buenas, de intentar ayudar a unos y a otros sin buscar recompensa alguna.

Por eso pienso que escribir debería ser un acto heroico de obligado cumplimiento. Todos deberíamos tener la capacidad de hablar, de contar las cosas, de compartir aquello en lo que dudamos, aquello que nos aflige o desalienta. Lo rígido, lo repetitivo y lo mecánico conforma gran parte de nuestra sociedad. Por eso cuando algo resulta excesivamente diferente, inteligente o lúcido puede llegar a dar miedo. Y ante el miedo uno siempre reacciona de forma brusca y alarmante. Tengo miedo y por lo tanto hago daño.

Los lúcidos tienden a callar, por eso me gusta abrazar a las personas inteligentes. Por norma son seres angélicos, silenciosos, sigilosos, como esos que vemos en los museos y que en silencio disfrutan del arte y la cultura que los embriaga. La misma postura tienen en los templos, donde miran maravillados la paz que otorga aquello que intentan albergar, siempre de forma torpe, un símil del Misterio. Los lúcidos no tienen miedo, navegan en sus mundos y transforman su vida en algo útil… útil para sí mismos, útil para los que los rodean, útil para el universo… A eso lo llaman servicio… Transitar al otro lado en paz, donde la noche espera, donde la vida nos rodea y envuelve. El sol pronto llamará a nuestras puertas de nuevo, embriagado de luz… Y allí nos veremos en el templo silencioso, en el callar de una vela y la sonrisa de una canción… en el vasto campo de la experiencia que nos guiará hacia la utilidad más absoluta, la de ser humanamente amantes de la vida, amantes de todo cuanto nos rodea, humanamente agradecidos por todo cuanto la existencia nos regala… como esos rayos que mañana iluminarán el nuevo día… hasta mañana pues…

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La eterna aventura


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© Ilias Varelas

 

Difícil esto de congregar a la gente. Los vi reunidos, seguramente en sus propias realidades. Ellos en sus memorias piensan que hice como hacían los espartanos con sus enemigos: arrojar implacablemente a la nada a los que tenían el pie cojo o el pecho estrecho. Realmente pasó que pedían coherencia, e intenté ser coherente. Pero ellos no querían coherencia para sí mismos, sino que la exigían a los demás. De hecho, ellos echaron al abismo a los que les molestaban, a los que depredaban su tiempo y sus intereses. Ahora la vida les pagaba con la misma moneda, pero solo porque ellos así lo han querido. Nadie echó a nadie, ellos se fueron solos, buscando mejor fortuna en otros abismos. Les deseo de corazón lo mejor. Para mí ha sido una lección de vida, y de paso, una liberación. Aprender a no odiar incluso al que te desprecia. Aprender a lidiar con esas circunstancias que tan a plomo te ponen cuando todo resulta excesivamente complejo.

Mientras hoy hacía cemento para recubrir una nueva obra, me desahogaba diciendo sencillamente eso tan manido de que no tengo ningún interés personal en permanecer aquí, en sostener este ambicioso proyecto. Podría ahora estar tranquilamente en mi casa, o en una playa paradisiaca o en cualquier paraíso tranquilo. A nivel personal, a mi edad, se puede decir que tengo la vida resuelta, tanto personal como profesionalmente. No necesito, de verdad, estar aguantando todo lo insufrible de estas semanas. Los insultos, las traiciones, la oscuridad humana, la cobardía, la amenaza.

Sin embargo, algo me tira al monte, no sabría decir el qué. Podría llamarlo propósito, karma, destino, un sino existencial, quién sabe. Tal vez esa sensación interior de aventura eterna, que se repite en las edades, por los siglos de los siglos, con diferentes disfraces, con diferentes escaramuzas y batallas, pero siempre la misma historia, centuria tras centuria. Como si la herejía resurgiera época tras época y tiempo tras tiempo vinieran las fuerzas a quebrantar su luz. Lo cierto es que una fuerza mayor a mi propia voluntad me arrastra a hacer cemento, a aguantar insultos y a recibir como paga diaria el desagradecimiento de viles y villanos, de personas que te quemarían vivo en cualquier hoguera si no fuera por los tiempos que corren. Al mismo tiempo, y quizás porque quiero pensar que ese ruido espurio es anecdótico, la fuerza del resto, el agradecimiento de los demás, que son legión en comparación a esa minúscula realidad, me hace seguir adelante.

También estoy aprendiendo a decir no, y a decir basta, basta ya. Si no te gusta esta casa, si no te gusta lo que aquí hacemos, no eres bienvenido. Basta ya de abusar hasta la médula y luego pagar con insultos y desprecios. Basta ya de crear fantasmas y mancillar el buen nombre de mucha gente. Basta ya de hipocresía, de cobardía, de injuria gratuita. Si no fuera porque por dentro me siento fuerte y feliz, desapegado de todo eso, cerraba de una vez por todas y de verdad, me iba a vivir mi vida, plácido, tranquilo, sin dar explicaciones a nadie. Si no fuera porque por dentro me siento libre de culpa, con la consciencia tranquila y la fortaleza suficiente para aguantar nuevos envites, me las piraba plácidamente a cualquier fin del mundo que mereciera la pena.

Así que seguiré a lo mío, con la precaución de no seguir dejando entrar a mi vida personas y personajes que restan, que viven en la queja constante o que mancillan a la mínima de cambio. Lo siento, no tengo tiempo para esas cosas. Seguiré andante por esta eterna aventura y que Dios, o quien sea, reparta suerte.

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Las variables de la realidad


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© Kevin Holliday 

“El mundo está tan lleno de opiniones como lo está de personas. Y usted sabe qué es una opinión. Uno dice esto, y algún otro dice aquello. Cada cual tiene una opinión, pero la opinión no es la verdad; por lo tanto no escuche una mera opinión, no importa de quien sea, sino descubra por sí mismo qué es lo verdadero. La opinión puede cambiar de la noche a la mañana, pero no podemos cambiar la verdad”. Jiddu Krishnamurti 

La realidad no encaja, la realidad florece. Para las estrellas, los fugaces somos nosotros. Vivimos en una corta y fugaz instantánea que florece a cada instante. Por eso es bien difícil realizar un mosaico certero de la realidad. Si miramos a nuestro alrededor, lo que vemos no es objetivo, sino una interpretación nacida de nuestro marcado interior, tan limitado y frágil, tan divertidamente fugaz. Ese interior es complejo, y nunca es igual de un día para otro, por lo tanto, la realidad es plástica. Si nuestro cerebro es exagerado, es porque nuestra inteligencia tiende a asfixiarse en los límites de la realidad. Esto ocurre porque la realidad es múltiple y variada, y no una fotografía fija, sin matices, sin tonos.

La realidad, en verdad, es una caricatura de nuestro yo interior. De ahí que no debemos tomarnos muy en serio todo cuanto ocurre en ella, especialmente todo aquello que al parecer nos daña, nos atemoriza o nos atosiga. Todo es pura impermanencia. Todo es verdaderamente un chiste, una broma, una escena limitada, impermanente, frágil.

La vida es una narrativa, un diálogo constante entre nosotros y el resto. Es algo plástico y discontinuo, incomprensible, exagerado, cambiante. Dar excesiva importancia a la realidad es no saber dónde habita realmente lo importante. Esa parece la trampa. Si fijamos excesivamente la atención en todo aquello que nos rodea, nos estimula, nos divierte, nos distrae, estamos perdiendo el verdadero enfoque de la propia existencia.

Las distracciones son excesivas, y casi todas ellas fantasías que nacen de alguna parte inconexa con todo lo que nos circunda. Aquellos que tienen una mente privilegiada y son capaces de ver y observar los vórtices de la realidad, viven en una especie de panóptico imposible donde cada cosa adquiere un exceso de significados. Son capaces de adelantarse a los acontecimientos porque pueden ver, en un grado de inteligencia superior, aquello que escapa al común de los mortales. Pero esto les crea una sensación de incertidumbre constante, y también de prisión hacia lo limitado de la experiencia.

La vida también es literatura. Digamos que somos como esos narradores que detallan su obra, los personajes, las anécdotas, el día a día. Hoy ha sido un día desagradable con un encuentro desagradable con uno de esos vórtices que han venido a enseñarme, a mantenerme firme y constante. Pensaba que mi manera de interpretar el encuentro no era algo fortuito. Las cosas, en el mundo donde uno se puede sentir guionista, no pasan nunca por casualidad. Las señales se repiten constantemente, especialmente cuando estás alerta a todo cuanto ocurre, y especialmente cuando ves que si algo se retrasa, es porque algo tiene que ocurrir más adelante.

Siendo así, uno se da cuenta de que la realidad tiene muchas variables, muchas interpretaciones. Por eso es fácil, ante estos hechos, cambiar de opinión constantemente, entrar en contradicción constante, alinearse con cada instante para que sea único y diferente al anterior. Muchas veces me dicen que cambio rápidamente de opinión. Es totalmente cierto, porque considero que la realidad no es algo rígido e inamovible. Cambio de opinión porque la vida cambia constantemente. De lo que no cambio es de convicciones. Ni de conducta arraigada en la fidelidad, el amor y la necesidad de expandir otro tipo de visión del mundo. Es cierto que al estar expuesto cometo más errores que la media. También entro en mayor dominio de la sinrazón, porque visto objetivamente, uno puede pensar que llevar este tipo de vida no resulta algo muy cuerdo. Es cierto. La cordura es algo rígido, la realidad, en toda su profundidad, es una auténtica locura. Bienaventurados entonces los profundos, porque suyo será el reino de todos los cielos. Y bienvenidos los locos que hacen de la “realidad” algo prácticamente inservible.

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Siendo joven me siento viejo


 

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© Rolandas Kugauda 

Ya no busco a Brahman en los paisajes imposibles de la India. Dejé de rezar a los dioses en las iglesias y hace tiempo que no viajo buscando fuera todo aquello que siempre termino encontrando aquí dentro. No deseo crecer, ni ser reconocido, ni tener éxito o dinero, ni poseer cosas ni tener a nadie que no quiera estar conmigo. Dejé de bucear en las entrañas del Ser para intentar, cada día un poquito, Ser, sin más. Ya no amarro, sino que estoy aprendiendo a soltar. Y cuando se van sonrío, deseando para ellos el mejor de los mundos posibles. He aprendido a decir adiós, sin que me cueste el alma. Ya no atosigo, sino que dejo que cada cual disponga de su tiempo, de su espacio, de sus creencias, de sus absurdos tan parecidos, en el fondo, a los míos propios.

Ya no busco el amor, ni lo espero. No busco el talento ni el aprecio ni el cariño como cuando mendigaba en cualquier esquina un trozo de alabastro luminiscente, aún pensando que eso calmaría mis angustias más dolientes. No quiero nada, de verdad. Quizás tal vez un poco de salud, y con ese poco, que me baste para vivir dignamente, sin molestar a nadie, el resto de mis días. Cuando muera, ojalá sea en silencio, sin hacer mucho ruido, por eso de no molestar ni siquiera en el último aliento. Y si molesto, desearé morir en paz, con esa sensación que me acompaña de que hice lo que pude, y de que, dado el instrumento asignado, no aspiraba a mucho más.

Por eso no quiero nada, excepto un poco de salud para pasear y contemplar el paisaje. Eso es suficiente. Abrazar a unos y a otros, especialmente a los animalillos, que no te juzgan ni te hieren. A esos los abrazo siempre. Estén tumbados en la hierba o corriendo de un lado para otro buscando algo para comer. Me acerco a ellos, les hago alguna de mis pesadas bromas, les sonrío y los abrazo. Abrazo a mi perro y a mis gatos, a las gallinas y algún humano que aún, humilde y sincero, dejó de juzgar.

A esta edad hablo ya como los viejos, y me refiero a los viejos de antes, porque los de ahora, con tanta cirugía y estado del bienestar no parecen viejos. Ni siquiera la palabra viejo está bien vista. Ahora nadie quiere ser viejo y a mí me gustaría llegar a viejo. Tener arrugas en la cara, sentarme bajo la sombra de algún árbol y mirar tranquilo la vida, sonriendo, contemplando los pajarillos, en paz. Un poco como ahora, que siendo joven me siento viejo. Sin ganas de batallas, sin ganas de explicaciones, sin ganas de pensar excesivamente la vida. Solo sentirla, apreciarla, vivirla en paz y en gerundio, siempre en gerundio. Me siento viejo y extraño, como si ya no habitara en mí, como si ya no habitara realmente en este mundo, que cada día admiro más y cada día que pasa lo observo con mayor asombro.

Los viejos son como los niños, se maravillan de las cosas sencillas. Y eso hago cuando doy de comer a los pajarillos en ese comedero que hicimos con los restos de madera justo en frente de la cabaña. O cuando cambio el agua a los peces mientras hacemos su nueva casa y observo cómo aletean entre mis dedos. ¡Son seres tan frágiles! Y aún así son consumidos como si fueran cosas. Admiro a todos los seres sintientes que en su sensibilidad superior defienden y protegen a esos animales frágiles. ¡Es tan hermoso este mundo! Fijaros en todas sus maravillas, alegraos por todo cuanto recibimos sin pedir nada a cambio, sin esperar nada a cambio. ¡Hay tanta riqueza, tantos dones! Ya hablo como un viejo. Como aquellos de antes que tenían la cara llena de arrugas y miraban desde la plaza todo cuanto acontecía. Eso hago ahora, respirar, observar la plaza, y ver qué ocurre.

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