Hollar el sendero


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© Richard Hunter

Cuando era embajador consorte y vivía en palacio con la aristocracia solía tener las camisas planchadas, el chófer en la puerta esperando nuestros paseos de uno a otro sarao y la vida cómodamente asentada en una ilusión provocada por el deseo de aprender y comprender. Cuando hoy fui a la oficina y cogí rápidamente una camisa para las reuniones de esta semana me di cuenta de que estaban todas sin planchar. Me las quedé mirando con cierta incredulidad. Acostumbrado a vivir a las bravas, sin un exceso de condicionantes sociales y alejado del bullicio, la prisa y la imagen que la sociedad siempre te impone, hay cosas que incluso las miro con extrañeza. Con delicada extrañeza.

Aún así intenté condensar, camisa incluida, todo el equipaje en una pequeña mochila que debe acompañarme durante casi un mes entre Madrid, Ginebra y Escocia. Viajes de trabajo que intento disfrutar como si de unas vacaciones se tratara. En Madrid buscaremos la manera de trasladar nuestra semana de experiencia a otro lugar y en otra fundación. En Ginebra disfrutaré encerrado en una oficina trabajando para editar en nuestros sellos editoriales las obras revisadas de AAB y en Escocia, además de una breve excusa ritualística, aprovecharé en mi encierro en la comunidad de Findhorn para poner al día cientos de asuntos de la fundación, la editorial y mis propios libros. Repasar la tercera edición de Creando Utopías en el lugar dónde vio la luz y rematar algunos capítulos del libro que estoy escribiendo junto a Emilio Carrillo. La distancia, la soledad y el aislamiento me ayudarán a concentrarme en decenas de asuntos que atender.

Hollar el camino. No se me ocurre mejor forma que viviendo tantas vidas en una, tantos encuentros, amigos, seres que vienen y van para formular la premisa básica de la existencia: la relación. Hollar el camino radiante, el de la vida compartida, el de la vida que nace y brota incansablemente dentro de nosotros. Algo así como la fórmula oculta de construir una casa iluminada para morar en ella. Convertir nuestra morada en una radiante expresión de nuestra parte más profunda. Permitir que nuestra vida irradie soberanía a nuestro hilo de consciencia, a nuestra plenitud máxima.

Cada uno debe ser testimonio vivo de su existencia. Puede mostrar lo mejor de sí mismo, puede volver bello aquello que anhela, aquello que brota en su sangre como una premisa imprescindible. Podrá gusta más o menos, pero tenemos el deber de sacar adelante toda nuestra empresa vital. Cada línea escrita por nosotros, primero desde el mundo de los sueños y luego desde la plasmación más absoluta en aquello que llamamos el mundo real, requiere ser compartida. Cada vez que compartimos un trozo de vida algo se enriquece dentro de nosotros. Cuanto más damos, más recibimos, inexorablemente.

Estamos llamados a dar luz, a ser una luminaria. La luz, en su terminología arquetípica, simboliza aquello que irradia dentro de nosotros. El viejo axioma nos decía que la luz es sustancial, y desde el punto de vista del espíritu es una sublimación o forma superior de sustancia material. Cuando elevamos nuestra mirada más allá de lo meramente material, estamos hollando un sendero más amplio, más extenso, más apasionante.

Por eso hoy me quedé atónito mirando la camisa arrugada. Puede parecer extraño, incluso algo absurdo, pero era un símbolo de que hay un mundo que se arruga a mis pies y otro nace limpio y bello en el corazón. Hay cosas que entorpecen nuestro camino y nuestra intuición. Hay cosas que ayudan y otras que requieren un severo discernimiento. Toca hollar el sendero, viajando, explorando, trabajando en aquello que hace que la transmisión de la luz siga su camino. Mañana empieza la aventura.

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La inconveniencia de la existencia


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Hoy paseaba con Geo hollando los caminos habituales. Llevaba botas de agua ya que por la mañana había nevado, por la tarde había caído granizo y el cielo amenazaba con lluvia. Paseaba alegre y despreocupado cuando divisé una senda que nunca había caminado. Sentí deseos de explorarla, o al menos, de asomarme hasta el alto de una colina adyacente para ver qué se divisaba. Llegué a lo alto y las vistas eran impresionantes. Montañas, valles frondosos, ríos que corrían de un lado para otro. Se despertó en mí el deseo de explorar y seguí caminando durante horas. Hacía frío y de repente, perdí la orientación. Había llegado lejos, pero me vi atrapado en el curso de un pequeño arroyo. Hubo un momento de desesperación al ver que la noche se echaba encima y el cielo empezaba a chispear leves gotas que caían tímidas en el rostro. Tardé una eternidad en salir del lío y llegué agotado a la pequeña cabaña. Por un momento me di cuenta de lo fácil que es perderse en la vida, y de lo fácil que es, ante un error fatal, abandonarla. Las caídas y los caminos imposibles me enfrentaron de nuevo a la preocupante aventura.

Esta experiencia me recordó a mi primera etapa intelectual. En esa época siempre me consideré un existencialista. Citaba constantemente a autores que leía con pasión y utilizaba en mis artículos de prensa escrita. Devoraba los libros de Sartre y especialmente del incombustible Ciorán. Era un enamorado de Kierkegaard y Nietzsche. Luego llegaron Heidegger y Camus. Al igual que Ciorán, me liberé de los garrotes de la nacionalidad y de las ideas, de propias y ajenas. No tener nacionalidad era, en un sentido amplio, el mejor estatus posible para un intelectual, pero también, como más tarde descubrí, una liberación profunda. Como Juan Sin Tierra vagué de un lado para otro. Mi pensamiento se estremecía con la podredumbre, con la mirada gris y atónita ante la inconveniencia del vivir. Ser existencialista era una forma de sobrevivir a la razón. ¿Cómo si no cuestionar el mundo? Sólo desde el pesimismo se podía soportar la levedad del ser, la inconmensurable incógnita de la existencia. La vida era una tragedia, sin más.

Un día, en mis años universitarios, escalando una gran montaña, sentí el roce de la muerte cerca. Tanto tiempo cuestionándome la vida y de repente aparecía en escena la posibilidad de morir. Aquella experiencia fue como un rito de pasaje. De repente abandoné la intelectualidad, la razón pura, el mundo de las ideas, y quise vivir y entender profundamente la existencia desde una confortable y sincera reconciliación. El sufrimiento existencial enfrentado a la muerte fue el antídoto para resucitar a la vida. El pesimismo existencial desapareció para siempre y la vida entró en mí. De alguna manera, como ya ocurrió con los cínicos de otro tiempo, la amargura era sublimada por la ironía, inclusive, por el deseo de abrazar afanosamente la vida desde el humor.

Por eso hoy pensaba que la contemplación de la vida como método de autoexistencia es imprescindible. También organizar la acción de forma que cada instante sea motivo de alegría, de belleza, de sublimidad. Para ello descubrí tres metalenguajes que ayudan a mejorar nuestra existencia. Uno de ellos es el silencio, la mera contemplación, el mero contacto con nuestra parte más sutil. El silencio, la meditación, inclusive la oración, son momentos de regocijo para el alma. La otra es la música. La música es un lenguaje cuasi divino, diría que angélico. Si los arcángeles se relacionan entre sí mediante arquetipos, los ángeles lo hacen mediante música. Por eso muchas veces se representan con algún tipo de instrumento musical. Los pitagóricos entendía bien ese significado profundo. Cantar es hablar el idioma de los ángeles, y por lo tanto, aspirar y evocar su mundo. El tercer metalenguaje tiene que ver con el cuerpo, con el amor a aquello que sostiene nuestras vidas. Un cuerpo sano, vivo, sincero, embellece la creación entera.

Por eso hace muchos años que dejé de pensar la vida y me aproximé al axioma existencial de vivirla, de aprender a vivirla. Tanto pensarla me agotaba, pero cuando empecé a experimentarla en todas sus complejidades y retos, empecé a entenderla realmente. Las dudas (existenciales) desaparecieron y entraron en escena respuestas contundentes. Empecé a entender el metalenguaje de la existencia, empecé a leer en los libros arquetípicos, empecé a saber sobre los susurros angélicos. Dejé de ser un intelectual, me rebelé ante lo inconmensurable y acerté a vivir viviendo.

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Fortaleza para persuadir al mundo


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© Antonio Gouveia 

La amiga Mayte Pascual, conocida reportera de televisión, me invita a ver su último trabajo para Documentos TV. Fortaleza, un reportaje de mucho trabajo sobre un espía español, de pseudónimo Garbo, que ayudó a vencer al ejército alemán en la Segunda Guerra Mundial. Viendo el reportaje uno se da cuenta de lo compleja que fue la vida en aquellos tiempos. Tan compleja, que uno se pregunta qué estamos haciendo las personas de este tiempo para mejorar aquello por lo que tanto lucharon nuestros antepasados. Vivimos una vida plácida gracias al esfuerzo y sacrificio de aquellos que muchas veces murieron en terribles situaciones. Honrando sus memorias, me pregunto una y otra vez cual es nuestra colaboración real para hacer de este mundo bueno, un mundo mejor.

Uno de los trabajos más difíciles de todos en nuestro presente es el de persuadir al mundo sobre la necesidad de la buena voluntad, de hacer el bien, de buscar la unión de todos. Persuadirlo para emprender los nuevos retos. Persuadirlo para insertar un nuevo código, una nueva interpretación de la existencia que se base en la virtud y en la cooperación. Demostrar firmemente que se pueden hacer las cosas de forma diferente, basadas en la búsqueda del bien por encima de todas las cosas. Crear una nueva ética viva, llena de acción, llena de entusiasmo para revolucionar el propio concepto de vida.

El bien debe seguir creciendo en el mundo. Debemos vivir fielmente bajo los auspicios de la virtud, del esfuerzo, bajo la amabilidad del agradecimiento por todos aquellos que alguna vez nos han ayudado en nuestras vidas. Tolstoi decía que, para poder llevar una vida de bien, es necesario saber lo que debemos y lo que no debemos hacer. Para saberlo, debemos entender qué somos nosotros mismos y qué es el mundo en el que vivimos. La tarea no es baladí. Hacer el bien a los otros es la mayor de las enseñanzas, porque al hacerlo, descubrimos la esencia de la verdadera vida: que todos somos almas que tienden a la unión con otras almas. Por lo tanto, si esa resulta ser la gran revelación que nos espera, nuestro deber inequívoco es hacer que el resto de seres que nos rodean gocen de nuestra ayuda y apoyo, de nuestra colaboración y cooperación desinteresada.

De ahí que se necesite de una gran fortaleza para persuadir al mundo sobre esta verdad, llevarla a la práctica de la forma más radical y urgente y vencer todos aquellos vicios y deslices que nos alejan de la misma. Nuestro deber como seres humanos capacitados para vivir en este tiempo es perseguir esa unión, ese requisito indispensable para poder entender la magnitud de la vida y la existencia hasta en sus últimos recovecos. Servir al mundo, servir a la humanidad, servirnos a nosotros mismos para servir mejor al otro. No podemos sospechar otra verdad que no pase por esta misma acción urgente. Con fortaleza, con seducción, con decisión, con esfuerzo, con trabajo. Una y otra vez.

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Y todo sucede


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© Samantha Lee Osner

La vida pide movimiento. De un lado a otro. Tras unos días en Madrid y en el Valle del Tiétar, de vuelta a la pequeña cabaña. Allí pasamos el fin de semana con la grata compañía de la familia de la Ecoaldea portuguesa La Espiral. Fue hermoso poder hablar con iguales sobre la llamada, sobre la necesidad de perseguir y hollar ese camino que se abre irremediablemente ante nosotros. La llamada siempre responde a algo irracional, al menos aparentemente.

Esta noche dormí ensimismado en la belleza, en el centro del pequeño paraíso que nace de las fuentes de lo incognoscible. Por la mañana de nuevo me puse en ruta hasta el ancho océano. Temas de empresa y búsqueda de nuevos recursos me empujan a la carretera, a las reuniones, a las comidas. Pensé que esta semana terminarían las obras, pero observo que aún queda mucho por hacer. El parking no quedó del todo como deseamos y se tendrá que mejorar. Las habitaciones ya tienen los suelos terminados pero falta algún lavabo y preparar las paredes con sus nuevas ventanas. Respiro profundamente. Esta semana saldremos adelante. La siguiente, de nuevo nos entregaremos a la vida. Seguimos confiando, seguimos entregados.

A la vuelta, el coche se avería. Lo llevo al taller como puedo. Allí lo dejo y empiezo a caminar durante una hora hasta la estación de autobuses. Llego de milagro a la cabaña. Lo hago feliz, risueño. Han sido siete hermosos días y a pesar de la gravedad de la nueva avería y el nuevo coste añadido, intento infundir ánimos a mis adentros. Tengo motivos suficientes. Como decíamos este fin de semana, por dentro arde con fuerza la respuesta a la llamada. Y siento que quizás pronto otros la sentirán con la misma fuerza y entregarán sus vidas a la misma. Vivimos un tiempo acelerado, un tiempo de discernimiento, de decisión, de acción urgente. Es justo determinar nuestro propósito con sabiduría, amor y convicción. La convicción te lleva hasta la acción, una y otra vez.

En esa convicción de repente aparecen los iguales, esas almas gemelas que aterrizan en nuestras vidas para fusionar los campos áureos. A veces se cruzan de repente, y es tanto el espanto al vernos reconocidos en el otro, que se entregan al miedo o la huida. Pero luego queda esa llama, esa pequeña llamada de haber encontrado a otro igual, y en alguna parte germina, y vuelve, una y otra vez, hasta que se asienta y se convence de que no habrá casa mejor que aquella cuyo calor pueda abrazar sin juicio al otro. Entonces se prende la llama. Llama y llamada. No es solo un juego de palabras. Hay algo oculto en esa polisemia. Emoción y vibración.

Utilizando una fórmula oculta: el fuego que consume ha de trabajar para el fuego que construye. Los iguales se reencuentran una y otra vez. Su trabajo interior es poder reconocerse y sumar sus fuerzas para el trabajo Uno. Es una tarea que no se puede descuidar, ni abandonar, porque el siguiente paso tras la travesía del desierto y el caminar sobre las aguas es la fusión con el fuego. Y el fuego se reconoce precisamente en el reencuentro con iguales, pues las brasas arden con mayor fuerza cuando las ascuas se juntan. La lumbre resucita en la unión inevitable. Resulta complejo explicitar las cosas de forma más clara.

Por eso reconozco cierta emoción interior. Ver a un igual, abrazarlo y fusionar el campo de fuego cósmico para lograr la llama. Y todo en siete pasos, en siete abrazos consumados desde la más pura inocencia. Discretamente todo se ordena. Podremos sentir miedo, podremos huir una y otra vez, pero la vida siempre nos arrastra hacia su flujo, hacia su cauce. El vasto océano de la experiencia nos espera impaciente. Nuestras vidas se dilatan, se amplifican, se conectan de repente con el campo áureo. La telepatía de las cosas empieza a manifestarse. Es necesaria cierta liberación. Una vez libres, podemos elegir nuestro destino, desde el amor y el discernimiento, desde la entrega y la buena voluntad, desde la cooperación y el bienestar común. Y comprender en ese camino que el destino de cada cual siempre refleja una parte importante del destino de todos. Cuanto antes lo entendamos, antes podremos cumplir con nuestra parte. Y cuando eso ocurre, todo sucede, inevitablemente.

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Cooperar para experimentar valores y vivir ideas


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© Jefflin Ling

Según el calendario Tzolkin, hoy es el día del Sol Cristal Amarillo de la Onda Encantada de la Luna. Este kin representa la cooperación con la luz con el propósito de purificar. La cooperación siempre es imprescindible en todos los ámbitos de la vida. Cooperar equivale a hacer juntos lo que solo no podríamos. A ayudarnos los unos a los otros para un bien mayor, para una mejora de todo y de todos. Cooperar es cuidar del otro, ser amable, comprensivo, especialmente atento con cada detalle. Cooperar juntos es experimentar los valores y vivir las ideas. No es hablar de valores e ideales, sino experimentarlos profundamente junto al otro.

Esta es una tarea siempre pendiente. Nos pasamos la vida investigando, estudiando, valorando ideas y pensamientos, estructuras y esquemas que podrían resultar útiles. El estudio siempre ha sido un pilar importante para cada civilización, pero esta muere de inacción cuando dichos ideales son incapaces de plasmarse. Ocurre lo mismo en el mundo de las creencias, siempre tan sutil y peligrosamente abstracto. Podemos creer en unas aspiraciones, es unos ideales más o menos espirituales, en una ética y en una moral a prueba de bombas. Pero si no somos capaces de perpetuar dichas visiones en la práctica, jamás habremos conocido realmente nada. Buda lo dijo claramente: práctica los caminos. Uno puede hablar eternamente sobre los caminos, pero de nada le servirá esa teoría si no es capaz de llevarla a cabo. La diferencia entre conocer y poseer sabiduría es precisamente esa capacidad de llevar a la experiencia todas las ideas propuestas, imaginadas o pensadas en nuestro interior. No importa si a veces erramos en el empeño, pero al menos, nunca dejar de intentarlo, una y otra vez.

La cooperación puede empezar en lo más pequeño. Con nuestra pareja, con nuestros amigos, con nuestra familia, con nuestro entorno. La correcta conducta, siempre tan compleja de conseguir, debe basarse en la búsqueda de la felicidad del otro mediante la culminación de nuestra propia felicidad. De ahí la importancia del autocuidado, de procurarnos siempre lo mejor a nosotros mismos con el sano deseo de procurar siempre lo mejor al otro. Si nosotros estamos bien, tendremos mayor capacidad para hacer el bien. Si nosotros gozamos de salud, de alegría, de amor incondicional, tendremos mayor capacidad para provocar bienestar a nuestro entorno.

En la vida debemos esforzarnos para pulir nuestra piedra bruta, siempre tan llena de aristas. Con ello podemos construir un hermoso templo social, comunal o familiar. Nuestra piedra debe encajar perfectamente en ese edificio construido gracias a los valores de la cooperación, el apoyo mutuo, la fraternidad, el amor incondicional, la generosidad, la oportunidad de servir y ser útil. Cuando eso ocurre, algo trascendente ocurre. Obramos el milagro de encajar perfectamente en el propósito de la vida, en la belleza profunda que nace de la obra bien hecha. Ser cooperantes con la vida es tener una relación estrecha con la existencia, y de paso, con toda su trascendencia.

Podremos siempre equivocarnos, lo haremos muchas veces a lo largo de nuestras vidas. Podemos a veces incluso obrar de forma torpe o ignorante. Pero eso debe servirnos para mejorar una y otra vez. Para despejar todas las dudas sobre nuestra verdadera naturaleza, sobre nuestra verdadera necesidad de obrar el bien, de cooperar con la existencia. Los lirios del campo cooperan, la brisa coopera, los ríos que nacen salvajes en las cumbres de las anchas montañas cooperan. Todo cuanto existen coopera para que el orden se establezca en toda naturaleza. Las nubes, la luz del sol, la savia de los árboles. Cooperar obrando el bien es una forma de experimentar los valores y de vivir las ideas. Cooperar una y otra vez, cooperar siempre, para ser activos partícipes de toda la creación.

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Desnudarnos danzantes ante ella


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© Ozkan Konu

La decisión de participar en el mundo viviente es un paso importante, atrevido, osado. Uno no decide encarnar en un mundo tan increíble y maravilloso para quedarse encerrado en un estado de aislamiento, sino para participar en la fiesta a la que ha sido invitado por un tiempo prudente y limitado. Uno no viene aquí a endurecer su concepción sobre el cosmos, sino que viene a experimentarlo, a vivirlo, a compartirlo con sus congéneres.

No venimos a ver las sombras del mundo, venimos a exprimir cada instante de sol, de luz, de claridad. La noche espera la exploración onírica, mientras que el día prospera como campo de experimentación y conocimiento vivencial. Vivir es salir al mundo, al campo, a la existencia que no para de fluir, de moverse, de incorporarse a nuevos avatares diarios. Las sombras son un mal sustituto de la mirada directa del mundo.

Somos una pequeña estrofa, pero la vida no podría entenderse sin la suma total y absoluta de todas sus estrofas. El aislamiento personal tiene sus peligros. Nos perdemos la vida, nos perdemos el desenlace de cientos de historias que nunca sucedieron. Nos perdemos la senda de la aspiración más noble, la expansiva llama de la experiencia. El estar vivos debería representar en nosotros un sentido de vitalidad y urgencia. Mover nuestro mundo a través del mundo, destripar las entrañas de los misterios que nos rodean, vociferar los cantos angélicos de cada una de las auroras vividas. Es urgente sentir la vida en nosotros, y desnudarnos danzantes ante ella.

Si hemos venido a esta fiesta, que sea para disfrutarla, amansar alegría, bienestar, paz, amor, cariño, humor. Si estamos aquí, si hemos atravesado tiempos y espacios infinitos para encarnar en este instante, que sea para abrazar al otro, llevarlo hasta los límites, permutar en cada instante talentos y suspiros, susurros y alientos. No perdamos el tiempo en amasar fortuna, excepto aquella que requiere de un total desapego y compartir constante.

A ambos lados del río existen caminos, sendas que se adentran entre campos de cebada y bosques frondosos de interminables sauces. Visten el mundo entre cielos de celeste presencia. Los ríos tiemblan con sus aguas frías, el universo entero tiembla en un latir suave y sencillo. Hay surcos en la tierra a ambos lados, espesuras, desiertos, montañas, valles que encierran algún tipo de puerta secreta. La vida es urgente porque algún día marchará a otra parte y dejará inerte todo aquello que amasamos.

Hay un pergamino escrito. Allí está trazada la aventura. Allí esta la invitación a la fiesta. Podemos o no participar en ella. Podemos encerrarnos o no en nuestra torre allá en la isla. Podemos tejer una y otra vez en el telar del aislamiento y mirar la vida desde un espejo que refleja solo sombras. Pero podemos romper esa maldición, podemos volver a la vida, agarrar la barca y cruzar todos los ríos, navegar por todas las sendas. Morir a la ilusión para abrazar la vida real, aquella que se presenta cuando somos realmente actores principales, y no solo sombras. Debemos respirar la urgencia. La vida no siempre estará con nosotros. La decisión de participar en el mundo siempre será nuestra. Y pasados los años, lamentaremos al recordar que fuimos invitados, y preferimos contemplar la existencia desde el espejo. Desnudo mi alma, salgo de mi isla y atravieso los mundos. Y en ellos, me entrego despierto y bullicioso al porvenir.

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El camino de aquellos que no se extravían


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O Couso, hace cinco años. Las caravanas fueron mi hogar por tres años

Hoy veía unas fotos de hace cinco años, de nuestro primer invierno en O Couso. No daba crédito ante la amnesia que uno sufre tras tantas y tantas aventuras. Una de las fotos que acompaño a este escrito aparecen las caravanas cubiertas completamente de nieve. En esas caravanas estuve viviendo durante tres años, antes de culminar, gracias al esfuerzo y la constancia de mi querida y añorada Noelia, la construcción de la cabaña desde la que ahora escribo. Viendo la foto, recuerdo la dureza de aquellos días. Debo decir que esa experiencia estaba a camino entre la valentía, la osadía y la locura. Nuestro empeño por demostrar que se podían hacer las cosas de forma diferente rozaba todos los límites. Viendo las caravanas en las que viví, primero dos años en la blanca y más tarde un año en la caravana azul, me doy cuenta de que vivir en esta cabaña es todo un lujo y privilegio.

También me doy cuenta de que esos primeros momentos fueron como una especie de temeraria preparación. Desde entonces, y ya no tanto por los propios envites de la naturaleza si no más bien por la propia naturaleza del proyecto, se muestran día sí y día también diferentes pruebas que plantean cada vez más complejas decisiones. Supongo que todo esto debe ser algún tipo de entrenamiento para algo. Cuando miro hacia atrás con cierto desapego, la única razón de ser es que me estoy preparando para la ecuanimidad, para la equidistancia, para el desapego, para la quietud. Ahora siento mayor quietud ante los retos que se presentan. Lo observo en la gran obra que estamos realizando. Cada día es un reto importante y cada día es una oportunidad para que se revele algo hermoso. Ando como intentando desapegarme de todo cuanto ocurre, e intentando obrar la magia para aliviar cada prueba.

Mientras me enfrento a difíciles avatares, me doy cuenta como pasan los días, rápidos, veloces. A veces siento que me falta el aire y que todo terminará de un momento a otro. “Muéstranos el camino de aquellos que no se extravían“, prescribía el Profeta a los que practican la oración. A veces cierro los ojos e imagino ese camino, sin desvíos, sin atajos, en silencio, orando. También lo imagino acompañado, de alguna manera, de cualquier manera, porque la soledad profética siempre se endurece con las pruebas. Pero me doy cuenta de que es completamente imposible encontrar a alguien de tal naturaleza, alguien capaz de soportar la dureza de esta vida a la vez que explora la majestuosidad del misterio.

Cada revelación de la naturaleza es una oración. Ver volar a los patos que viven con nosotros, ver los rojos atardeceres, el verde de los campos, el canto de los pájaros en estos días de primavera, observar como los gatos salen a tomar el sol sobre el tronco partido o ver al viejo nogal junto a la ermita edificar su semblante con arrojo y poderío.
La vida es un milagro. Observo el milagro de mi cuerpo, de la energía que lo recorre, de sus emociones y pensamientos. Las ataduras del cuerpo son múltiples y variadas. Me pregunto como serán los cuerpos de aquellos que no se extravían, que siguen firmes y enteros en sus vidas ejemplares. He provocado en mí todas las disciplinas virtuosas posibles. Nada de comer carne, nada de ingerir ningún tipo de droga, tabaco o alcohol, ni siquiera en cálidos momentos festivos. Soy consciente de que eso solo son primeros pasos para alcanzar la virtud, por eso observo con sumo detalle la vida de los que no se extravían.

Me he vuelto disciplinado en cuanto a sencillez. He comprendido que el ser humano puede llevar una vida digna prácticamente sin poseer nada. Lo poco que poseo lo comparto con generosidad, y busco la manera de ayudar siempre al otro, a sabiendas de que otros antes me han ayudado desinteresadamente. De ahí mi voluntad agradecida, extrema y desapegada, y la necesidad de buscar almas extraviadas a las que asistir, a las que apoyar, a las que abrazar en silencio.

Al hacer todas estas cosas, el fenómeno que se observa es ver como todo el cuerpo respira con alegría y parece como si viviera más liviano, y ver como el alma se acerca despacio para rozar con sus pupilas infladas de luz nuestra sombra más oscura. El alma se acerca, ante la disciplina y el desapego, sigilosamente. Entonces nos inspira confianza y nos susurra algún detalle de aquello para lo que nos viene preparando. Y es ahí de donde surge la fortaleza, el valor y la hazaña, el aquae vitae de los alquimistas que sacia nuestra sed más profunda, nuestra Unio Mystica. Es de ahí de donde surge la certeza y el valor para seguir adelante.

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