El suelo en el suelo


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Esta mañana achicando agua de la casa de acogida

El mundo vive siempre entre esas dos fuerzas antagónicas que se repelen y se conjugan de diferentes formas. Orden y caos segregan sustancias capaces de construir o destruir. Hay caos en muchos lugares, incluso dentro de nuestros corazones. En O Couso parece que estemos saliendo de una batalla campal o de una guerra. El agua ha entrado por todas partes. El tejado sigue sin terminarse a la espera de que lleguen las losas de pizarra. Aquí todo funciona a destiempos. El salón ha desaparecido totalmente ante la decisión de poner el suelo en el suelo, porque antes estaba soportado por unas maderas casi podridas que sostenían un peligroso equilibrio.

El suelo en el suelo es lo que nos repetimos todas los días para darnos ánimos. Viendo el caos en prácticamente toda la casa, intentamos sonreír y llenarnos de optimismo. Las risas ayudan, pero faltan tantas cosas. Esta mañana intentaba respirar hondo e intentaba buscar soluciones rápidas a todo lo que se avecina. Primero las losas de pizarra, luego el salón, luego el calor, hay que buscar calor antes de que llegue el invierno o antes de que los ánimos minen las fuerzas de los que aquí estamos. Las primeras quejas empiezan a llegar: hay que mejorar los desayunos, hay que buscar un punto de calor, hay que buscar una poderosa solución para que el agua deje de entrar…

Por dentro me repito el mismo mantra: el suelo en el suelo. Me sirve para mirar las cosas con distancia, para no intentar ahogarme achicando agua, para no desfallecer ante los retos que se avecinan si la lluvia no cesa o si las losas de pizarra no llegan a tiempo antes del invierno. Respiro profundamente y procuro no desfallecer porque las fuerzas del caos son poderosas y nunca vienen solas. Lo vemos en Cataluña, lo vemos en otros países, lo vemos en nuestros corazones cuando las circunstancias nos llevan a extremos a veces insoportables.

El suelo en el suelo me repetía interiormente mientras veía como toda la familia sacaba afanosamente agua del patio. Por dentro sentía que era algo inútil. La experiencia me dice que a veces es imposible luchar contra los elementos. Ocurrió hace algunos años cuando un viento terrible llenó la casa de escombros y ramas de los árboles. No sabíamos por dónde empezar ante el destrozo de la casa y de toda la finca. Ocurrió cuando la nieve destrozó todo el bosque o cuando en estos días la lluvia está dejando toda la casa sin un solo lugar habitable, excepto la habitación dónde se refugian nuestros invitados.

El suelo en el suelo. Es cierto que poderosas energías se liberan en las fuerzas del caos. La destrucción a veces ayuda a crear algo nuevo. Miro una y otra vez como, según palabras de mi abogado, la mala fe de la parte demandante intenta apropiarse injustamente de algo que no le pertenece. Miro por dentro y no entiendo nada y me desconcierta todo lo que ocurre. Miro por fuera y veo exactamente lo mismo.

En Cataluña unos pocos se han apoderado del espectro lingüístico, cultural y paisajístico de un territorio compartido, -esa será su gran derrota futura-, por personas especialmente diferentes en sentir y pensar. Por eso todos los nacionalismos han fracasado a lo largo de la historia, especialmente cuando excluyen al resto, cuando no se los tiene en consideración y cuando en nombre de una mesiánica idea sobre cualquier cosa, ya sea un dios, una cultura o una lengua, se adueñan de todo lo existente. A largo plazo se está sembrando la semilla del fracaso, porque otros se levantarán de igual forma para reclamar cualquier otro dios, cualquier otra bandera, cualquier otra idea.

El suelo en el suelo, recito una y otra vez mientras visualizo el bajar el piso flotante que antes dividía la estancia en dos partes, un semisótano que hacía las veces de bodega en siglos pasados, y el salón. Hacer desaparecer las antiguas bodegas de la casa para crear un espacio totalmente diáfano será una tarea compleja y difícil. Ya hemos conseguido derrumbar en un acto de psicomagia el suelo divisor. Ahora toca construir el nuevo suelo a base de rellenar con escombros la antigua bodega y buscar soluciones para que el agua siga su flujo natural. Debería hacer lo mismo con mi vida, por eso estos meses son para mí de vital importancia. Cierro ciclos, muchos ciclos, para empezar la próxima primavera con un suelo más sólido, sin ningún tipo de división entre el cielo y la tierra. El suelo en el suelo, por eso me urge terminar la tesis, ser doctor, cerrar el asunto con mi ex de la mejor manera posible y terminar de una vez por todas la casa de acogida.

Quizás en Cataluña ocurra lo mismo cuando empecemos a recoger los escombros que ahora se acumulan en los sótanos de los nacionalismos. Un nuevo suelo se construirá sobre el que ahora se está derrumbando. Un suelo donde todos puedan disfrutar, como antaño, de la tierra común. Un suelo donde convivan ambas culturas y ambas lenguas, donde todos sean fraternalmente hermanos y hablen en la lengua que deseen. Si Franco no pudo extinguir el catalán en Cataluña ni su cultura, tampoco los nacionalistas de turno podrán extinguir el castellano en Cataluña ni su cultura. Esa será siempre la derrota de cualquier fascismo que intente imponer una idea sobre los otros. Esa es la desgracia o la grandeza de un territorio, el catalán, que vivirá por los siglos de los siglos en esa dualidad, solo superada por la unión fraternal de sus dos realidades. Esa será siempre la derrota de aquellos que se intenten adueñar de mala fe del espacio común.

 

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Aquí el acogedor salón que durante años se ha llenado de vida y calor derrumbado para empezar de nuevo, para construir de nuevo… 

 

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Todo es Mente


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La mente es compleja. Decía el Kybalion que todo es mente. Esta definición tiene su encanto. Cuando observamos la mente, valga la paradoja de la propia observación, nos damos cuenta de que la mente tiene finas capas que se aglutinan entre los pensamientos locos que vienen y van constantemente y aquellos más sutiles, que tienen que ver con esa voz interior, con ese intelecto elevado, con esa intuición profunda. Las primeras capas son superficiales y confusas. Tienden a la división, a ordenar las cosas según criterios subjetivos que se trasladan desde nuestros agudos sentidos. Todo lo que viene de ahí es pobre y superficial. Son estímulos que generan corrientes de pensamientos que fluyen unos tras otros. Pero si logramos acallar ese flujo, entramos en una corriente diferente, penetramos un velo más allá de la mente ordinaria.

Hay muchas moradas que ignoramos de nuestra propia existencia. Si pudiéramos acallar a nuestra mente, pronto observaríamos moradas diferentes a las que habitualmente habitamos. Primero entraríamos a observar una morada fría y dura donde el mundo se asemeja a una gran roca. Si continuáramos la observación, veríamos que más allá de esa roca existen millones de energías que interactúan. Es algo así como la vida que recorre todo el planeta, pero entendiendo la vida no como algo aislado, sino como una energía que vive en un continuo proceso. Entender la vida como un proceso es revelador, porque nos damos cuenta de que nuestra mente, habitante de un cuerpo que surge de las entrañas de la tierra, del cosmos infinito, también alberga un proceso vivificador que está en todas partes.

Si miramos un poco más hacia dentro vemos como esas energías se tiñen de fuerza, de color, de movimiento. Ahí hay una paleta de colores infinitos, de vivencias que se asemejan a un volcán que escupe lava de mil colores y formas. El torrente sanguíneo o el fluir de las aguas transformadas en arcoíris por la acción de la luz solar podría ser símbolo suficiente e inspirador para entender ese juego de existencia.

La mente  humana que navega entre lo concreto y lo abstracto la imagino de forma diferente. Esa morada, plagada de cientos de moradas, sería como esa sensación que te recorre cuando estás en la cima de una gran montaña nevada. La mente profunda susurra un aliento, unas fórmulas y arquetípicas ideas que se entremezclan con aquello que damos por llamar el misterio. Ahí se tejen puentes, antakaranas que nos han de conducir hacia lugares más remotos. En ese silencio podemos atisbar y comprender la expresión de que todo es Mente. Pero no me refiero a esa mente pequeñita que no para de hablar, de dirigir, de desear. Me refiero a esa mente profunda que es capaz de crear sueños, realidades, reflexiones y mundos. La mente del poeta, la mente del artista, del escritor, del soñador, del filósofo, del científico, del buscador que anhela toparse con una realidad superior, abarcante, profunda.

De ahí que la meditación resulte ser algo útil para aquellos que desean hollar el significado profundo de la Mente. Esa mente, que en algunas tradiciones es evocada como alma, es la mediadora entre el mundo tangible y el intangible. Esa mente que no somos nosotros pero que habita en nosotros es algo que, de ser comprendida, nos lleva hacia lugares inaccesibles, hacia experiencias inimaginables, hacia mundos soñados, hacia una visión y una consciencia diferente.

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Un otoño caliente


 

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La niña-ángel trabajando duro para mantener el gallinero limpio

Es maravilloso ver como caen las hojas secas de los árboles. Esta mañana intentaba sacar algunas del estanque, pero era imposible. Sacaba diez hojas y con la brisa otoñal, aún de cálida caricia, caían veinte. La niña-ángel que nos acompaña estos días se reía con las bromas. Nunca había visto un ser tan puro, tan alegre, tan bello por dentro y por fuera con tan solo seis años de edad. Habla como un maestro hablaría, con simpatía, con amor, con respeto, con gracia, con humildad, con tacto. Es la más trabajadora de todos, pero al trabajo le añade un alto grado de filosofía y consciencia. Hablamos en valenciano y en su mirada se dibuja a cada gesto un amplio halo de humanidad. Ha sido un regalo del cielo el haber podido conocer a un ser tan despierto e iluminado. Un verdadero destello para los corazones amables, un verdadero regalo para el espíritu sediento de almas puras. Cuando conoces a niños así, la vida te llena de esperanza, de fe, de fuerzas. Una niña ángel cargada de belleza, de luz, de esplendor, de lucidez. “Hoy ha sido el mejor día de mi vida“, decía ayer mientras limpiaba afanosa y entusiasmada el gallinero. “Hoy ha sido el segundo mejor día de mi vida“, decía hoy mientras sacábamos las hojas del estanque. O Couso y su sencillez sigue despertando este tipo de cosas.

Ahora veo a los pájaros comer en el comedero que aquella otra mujer-ángel instaló frente a la cabaña hace unos años. La recuerdo con amor, con dulzura. Me duele en el alma haber perdido la comunicación con ella. Sobre todo, me duele en el alma el que en pocos días tengamos que ir a juicio para una división de cosa común. No logro entender aún, un año después, como pudieron ocurrir las cosas de aquella manera. Como pudimos pasar del amor profundo, del respeto profundo, a la más completa de las ignorancias, la distancia, los recelos y la rabia. No sé porqué los corazones se rompen de forma tan frágil al primer viento.

Fue un golpe duro, muy duro, del cual aún guardo algunas secuelas. Este otoño se complicarán cuando volvamos de nuevo a reabrir esas heridas y de nuevo me enfrente a otra casi segura sangría por no haber resuelto amistosamente algo que en principio parecía fácil: mitad para ti y mitad para mí. Pero el todo o nada nos va a salir muy caro, y veremos como la vida nos ayuda a recuperarnos de este nuevo duro golpe. En fin, será un nuevo reto, una nueva prueba en el ascendente camino de aprendizaje. A ella le deseo siempre lo mejor, porque a pesar de todo, a pesar de la dureza de su partida, de su silencio y de su forma de solucionar “lo común”, para mí siempre será una “mujer-ángel” que vino a enseñarme la importancia del desapego emocional y de la necesidad de luchar por lo que a uno le corresponde. Lección aprendida. Primer juicio en breve.

El segundo juicio es importante para mí. Tras pasar por los juzgados para la división de cosa común, tendré que enfrentarme un mes después a la defensa de la tesis ante el tribunal académico. Es todo un reto, es toda una enorme responsabilidad tras casi quince años de grandes esfuerzos y renuncias. Una tesis doctoral que cambió mi vida cuando hace años decidí dejar toda mi plácida vida para lanzarme a la aventura en la que ahora aún me encuentro.

Uno de los problemas de alargar tanto una tesis doctoral es que puedes cometer la imprudencia de enamorarte del objeto de estudio. De alguna forma eso me ha pasado, no lo niego, y de alguna forma, mi vida ya no puede volver a ser normal después de esta intensa experiencia. El trámite académico se ha quedado pequeño, tan pequeño, que el marco teórico nada tiene que ver con la experiencia vivida desde la subjetividad antropológica. Casi no sabré qué decir de las utopías cuando me toque defender mis hipótesis de trabajo. Casi no sabré de qué manera disimular lo alejado que ahora me encuentro de la mirada antropológica, entendiendo que una nueva forma de ver las cosas se ha abierto ante mí. Haré lo que pueda, sin mayores aspiraciones, y satisfecho, profundamente satisfecho de todo el esfuerzo, sacrificio y trabajo realizado.

Siento profundamente que este otoño, cuando resuelva estos dos juicios, una nueva vida se abrirá ante mí. Aún no puedo intuir como seguirá, de qué forma continuará mi agitada existencia. Pero cuando por fin tenga estos dos apartados en orden, haré un viaje para celebrarlo. Aún no sé dónde, pero será lejos. Será mi regalo ante tanto esfuerzo. Y en ese viaje hacia las profundidades del ser, bucearé en el siguiente escalón, en la siguiente exigencia vital, en la siguiente meta o propósito.

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Once años junto a cinco mil


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Hoy disfrutando de la grata compañía de la pava bizca y los patitos que miran curiosos los peces

Escribo mientras escucho la Missa Solemnis interpretada por Elīna Garanča y mientras leo algo de Diógenes de Sinope, aquí ando con mi lámpara buscando personas honestas y sensibles. Personas que entiendan que la virtud es el soberano bien y que los honores y las riquezas son falsos bienes que hay que despreciar, como diría el filósofo.

Decía Platón que los libros son hijos inmortales que desafían a sus progenitores. En estos tiempos de simpleza mi docena de libros no serán inmortales. Desaparecerán conmigo. Como estas letras que escribo desde septiembre de 2008, recién llegado de Mongolia y mientras preparaba un viaje a la India con mi hermosa novia alemana. Casualidades de la vida, hoy, 13 de septiembre, hace justamente once años que empecé a escribir ininterrumpidamente en este blog, honorando a aquella hermosa niña pastora que fotografié a las afueras de Ulambator. Una década de desahogo y compartir.

Para celebrarlo, hoy se apuntaron tres seguidores más, lo que hace la friolera de más de cinco mil. Les debo a los tres un lote de libros, así que mandadme con urgencia vuestra dirección y allí que os los envío. Esto hay que celebrarlo. María, Eva y Bella, bienvenidas… 😉

Tener o no tener seguidores es lo de menos. De esos cinco mil debo conocer a una docena como mucho. El resto se esconde tras la pantalla, al igual que yo me escondo tras el teclado. Pero mi escondite, ahora con forma de cabaña está mucho más expuesto. Digamos que soy un ser desnudo, porque no oculto bajo las letras ningún tipo de remordimiento, ni de dolor de consciencia, ni de secreto inconfesable. Admito públicamente mis errores y casi todo me da igual, lo que piensen, lo que digan, lo que opinen desde lugares tan lejanos como Uzbekistán o Guinea Bissau, desde donde a veces me visitan. Las visitas al blog, más de medio millón en estos últimos años, han venido desde todas partes del mundo excepto de trece países africanos y tres asiáticos. Todos los demás, incluidas las pequeñas islas del pacífico, han pasado por esta casa. Qué buscarán o quiénes serán siempre quedará en la curiosidad.

Aquí vomito rabia cuando la hay, o indignación, o miedos, o penas. También las alegrías, los interrogantes existenciales, las cosas del día a día, las reflexiones sobre política o sobre misterios silentes o utopías, porque en el fondo, esto trata de una utopía que algún día desvelaré con pelos y señales, cuando lleguen los tiempos.

Cuando las novias me dejan me gusta dar pena y me sale ese Calimero tan pobretón que destila expiaciones de todo tipo. Con los éxitos soy discreto, porque sé que son efímeros. Con los fracasos me regodeo por eso de extraer el jugo de toda su enseñanza. En el fondo soy una persona vulgar que vive una vida vulgar cargada de anécdotas que comparto sin más. En estos tiempos de quietud de lo que más disfruto es de ver a los peces y los patos y la pava bizca campear por la hierba o el agua. También de los amigos sinceros y de las pizzas y de los cantos en la ermita o los silencios previos. Cada día disfruto más de la vulgaridad del tiempo y la simplicidad, cada vez más voluntaria y tranquila.

Ya no deseo reconocimiento, ni riquezas ni poder alguno. Cuando en la escuela me daban capones buscaba ser reconocido al menos por alguien. Por la chica más guapa, por el profesor más inteligente. Pero esos eran los que más capones me daban. Lo único que recuerdan de mí fue aquel día que aparecí en el colegio con zapatillas de andar por casa, viejas y rotas, casi sin suela. Otro día aparecí en la clase de gimnasia con botas de fútbol reglamentarias y también fue motivo de más capones porque los tacos podían desgastar la pista. Y yo tan feliz con mis botas nuevas que nadie quiso reconocer. Hasta que un día me harté y decidí vestir con esparteñas blancas en los pies. Lo que decía, una vida vulgar cargada de anécdotas. Un hombre de paja que sujeta bajo su manto un nido de pájaros danzantes. No sé que piensan en Uzbekistán o Guinea Bissau de todo esto.

De pequeño siempre fui un niño frágil, magullado y maltratado, excesivamente sensible para poder entender un mundo tan extraño y contradictorio. Un mundo irreconocible para mí mismo, cargado de paradojas y significativos postulados. Un día un ángel me saludó. Tenía dos hermosas alas blancas desplegadas en los extremos de una brillante aureola dorada. Salía del mar mientras que la luz del sol hacía brillar mi cabello. Pensaba que era como un sueño que colgaba en el aire, pero allí estaban las gaviotas en el cielo azul, junto aquel hermoso ángel que me miraba con ternura. Había magia por todos lados. Ya no había necesidad de correr ni esconderse. Todo era tierno y dulce, todo era un mundo maravilloso. Era septiembre. Y había un rebaño y unas montañas junto al mar.

En estos tiempos de simpleza, ¡ay necia estupidez!, aún existen oportunos momentos donde el halo se manifiesta. Momentos en los que puedes abrazar la magia y el misterio. Sólo recuerdan, los niños que me daban capones, aquellas zapatillas de andar por casa. Y yo ya solo recuerdo aquel dorado día donde todo cambió. La brisa, el sol, los siete rayos manifestándose en los cielos, el olor a salitre, la anunciación de una vida nueva. Era septiembre, y había un rebaño tras las montañas y se abrió el libro de los secretos y entrañablemente me convertí en una célula viva junto al griterío de las gaviotas.

Desde entonces soy diferente, o mejor dicho, desde entonces soy yo, yo mismo, con mis imperfecciones, con mis ganas de provocar al personal, cosa que hago siempre con una excesiva carga de cinismo e insolencia, como hacían aquellos que pertenecían a la escuela socrática menor. Pero nadie entiende mi cinismo, menos aún si lo relacionamos con aquella escuela griega que pensaba que la civilización y esa extraña forma de vida era un mal y que la felicidad venía dada siguiendo una vida simple y acorde con la naturaleza. En eso soy cínicamente coherente. Me fui a los bosques a vivir una vida simple y así alejarme del mal de la civilización. Soy un cínico que aspira a ser un estoico y así combatir ese mal mediante la acción que nace de la virtud. Once años no es nada. Seguiremos adelante, cínicamente, estoicamente, para dar gloria también a los que nos visitan desde Uzbekistán o Guinea Bissau.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

Amigos de Uzbekistán y Guinea Bissau, también estáis invitados para seguir alumbrando desde mi tinaja…

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 Cosas, gentes, ideas


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© Xavier Beaudoux

 

Debería opinar, sin ciencia, sobre el día de hoy. Pero hace tiempo que estoy alejado de la crítica política, y solo cuando realmente se despierta en mí algún tipo de deseo desbocado, como en años pasados, suelo hablar de lo que ocurre. Interiormente siento que ya no ocurre nada, que es más de lo mismo, que en una fecha tan señalada para algunos, hay poco de lo que opinar. Quizás sea por esa sensación de hartazgo, de falta de ilusión por ver que en lo político poco pasa. Falta liderazgo de verdad, faltan ideas integradoras, que unan y no que separen, que miren más allá de los ombligos.

Cuando las personas nos llenamos de cosas y vivimos en ese empacho constante, nos falta tiempo para las ideas. ¿Quién quiere hoy día fijarse en el mundo de las ideas?¿A quién le importa realmente en los tiempos vacuos que vivimos ápices de filosofía o pensamiento? La lucidez está arrebatada, escondida en los entresijos del silencio y la negrura. Las cosas han invadido el mundo, las ideas se han refugiado en lugares secretos e inhóspitos. Por eso estamos recogiendo los frutos de una política ciega, aturdida, egoísta.

Lo hermoso de vivir en la sencillez es que cada vez necesitas menos cosas, y por lo tanto, cada vez estás con mayor deseo de poseer ideas. Debo decir que ya son pocos los pensadores y los pensamientos que provoquen cierto regocijo. El mundo de hoy es un mundo aturdido, por eso no tenemos más remedio que refugiarnos una y otra vez en los clásicos de siempre, personas que, al parecer, vivían más cerca del misterio, de la incertidumbre, del pensamiento, del logos.

Me gustaría poder integrar una cuadrilla de librepensadores, pero de esos que andan desapegados inclusive de sus ideas. Que son capaces de sabotear cualquier condimento que pueda refutar cosas que parecían claras. Los lúcidos, los hermanos del espíritu libre, ya no campan alegremente como antes lo hacían. Pocas son las almas que hoy día puedan sorprendernos con algún atisbo de brillantez. Pocos los seres que puedas mirar con cierta admiración, a sabiendas de que viven en el mundo de la moral, que son intachables inclusive en la presencia que destilan, que dan ganas de enamorarse por la pura elegancia en la que viven.

En un mundo de exceso de cosas también faltan los valientes, aquellos que se radicalizan para demostrar cualquier asunto que pueda transformar el mundo, o al menos, algún tipo de visión del mundo. Las cosas nos acomodan, las diez mil cosas que decía el Tao. Las cosas ahora tienen más importancia que las personas, inclusive que las ideas. Ya no hay logias donde el pensamiento campe libremente, fraternalmente. Ahora solo hay los restos cadavéricos de cementerios dinosáuricos donde nadie arriesga ni un ápice por cambiar nada. Las cosas nos acomodan y nos encierran en una prisión invisible, dependiente, insulsa.

Sin embargo, aún siento cierta sensación de sorpresa en la naturaleza. Cuando veo cómo se teje la complejidad de la misma, puedo hallar ahí, en la más absoluta ausencia de cosas, personas e ideas, un campo inabarcable de inspiración y sosiego. Filtrar la mirada hacia la paleta de colores, hacia la intensidad de sombras y luces, hacia los sonidos naturales de un bosque o un río, me produce gran satisfacción. Sólo falta ese nefasto detalle de no poder compartir esa mirada mistérica con alguna lúcida visionaria cargada de ideas entrañables y profundas. Sólo hecho en falta eso cuando me maravillo ante la presencia del Dios intangible.

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Por el sendero áspero, se llega a las estrellas


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© Matin Maradona

Per aspera ad astra era una frase de Séneca que solía utilizar Paracelso para recordarnos lo difícil de cualquier empresa, especialmente si ésta tenía que ver con cosas del espíritu, es decir, sobre aquellas cosas que nos elevan de alguna forma de nuestra condición más humana. Las estrellas siempre han estado ahí, en esa reconocida y mística bóveda celeste que nos inspira fuerzas para seguir adelante, y sobre todo, para adentrarnos en los ásperos caminos del avance interior, del misterio, del interrogante. Estos meses han sido precisamente eso, un áspero camino, pero que ha servido para elevar aún más nuestra mirada hacia las estrellas.

En el camino Cátaro hubo un cambio en la perspectiva. Supongo que marcó el inicio de algo que aún no sé identificar, pero que en los próximos tiempos se va a desplegar de forma intensa. En estos meses conseguimos apoyos para terminar el tejado que queda de la casa de acogida, el cual empezaremos mañana mismo. Así que temprano, tras el desayuno y el círculo de consciencia, subiremos de nuevo a las alturas para seguir adelante. Si el dinero nos da, también intentaremos poner la calefacción central en la casa de acogida. Se está preparando un encuentro para Navidad y será hermoso que se pueda hacer de forma cálida. Ya tenemos los primeros bocetos de la futura escuela, llegados desde una comunidad de ética viviente, realizados por un arquitecto italiano que sabe desde lo profundo en qué consiste todo esto. Sentimos una gran emoción cuando estos días pudimos abrir el claro de la futura escuela. Parece como si la locomotora, que ha tardado cinco años en empezar a caminar, ahora empezara a coger cierto ritmo y velocidad.

Se presentan unos meses agitados, de muchos cambios. Hoy ya es septiembre y eso me anima, me gusta llegar al otoño con nuevas visiones, con ganas de cerrar ciclos pasados y poder así abrir ciclos futuros. Acaricio la soledad con cierto optimismo. Llegan seres amables, que se acercan con curiosidad, pero esquivo con cuidado, para no dañar, de forma desapegada. Sigo con deseos de disfrutar de este yermo aislamiento emocional. A veces tengo sueños que me recuerdan tiempos pasados, pero ahora los abrazo con dulzura, con amor, con desapego. La rabia ya está diluida, el amor llena todos esos huecos que hasta hace poco se llenaban de parches y huidas. La soledad también puede ser un tesoro. Eso decía el poeta. Mi tesoro es paradójico porque casi no me queda tiempo para disfrutar de la misma. Ni para pensarla. Ni para sentirla.

Estoy en el sendero áspero, pero ahora puedo ver las estrellas con mayor definición, con mayor claridad. Quiero decir que el empeño en seguir adelante, a pesar de todos los sacrificios sufridos, está mereciendo la pena. Ya no me importa la gente que se marcha, la gente que se ofende, que se enfada, que me anula para siempre. Ahora me importa más la gente que vuelve, la gente que abraza a pesar de todo, la gente que es capaz de reconciliar lo humano, la gente capaz de olvidar el pasado y trascender la miseria humana para alcanzar esas estrellas. Esta última semana ha sido una semana inolvidable, precisamente por todos esos que han vuelto a pesar de lo áspero del camino, y han tenido capacidad de abrazar con amor infinito, incondicional, hermoso y amable. Gracias de corazón por volver a esta increíble casa que siempre acoge, a pesar de todo.

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La retirada emprendedora. Hacia un exilio programado


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Un momento de liberación de almas. Ayer, tras dirigir unas sentidas palabras en un círculo de sabiduría al grupo de pioneros de O Couso recibí uno de los abrazos más cálidos y sentidos de los que recuerde… Las lágrimas brotaban de nuestros corazones en señal de respeto, reconocimiento y amor… Gracias de corazón por tal hermoso regalo… Gracias por el coraje de seguir adelante… 

“Debe recordarse que cada campo de percepción constituye dentro de sus límites una prisión, y que el objetivo de todo trabajo de liberación es liberar la conciencia y expandir su campo de contactos”. (D.K.)

El filósofo italiano Paolo Virno nos decía que la mejor manera de combatir el estado presente era mediante la práctica de una retirada emprendedora, mediante el exilio, alejados de todo aquello a lo que se combate. La teoría del éxodo propone que la manera más efectiva de oponerse al Estado no es mediante la confrontación directa, sino mediante una defección en masa creando nuevas formas de comunidad. El escape y la evasión, la fuga y la huida, la deslealtad e infidelidad hacia todo aquello que participa en la destrucción diaria de nuestro ecosistema.

Las leyes nunca están terminadas. La vida nunca está terminada. Todo se complementa en una lucha constante que a veces deriva en una organización compleja determinada por las posiciones cotidianas de todos los elementos que participan en ella. Un bosque puede parecer un elemento perfecto. Los árboles crecen lentos, se dejan paso unos a otros para alcanzar la mayor cantidad de luz. El sotobosque revive las fuerzas y protege la vida, alimentando a cada organismo que, seducido por el nutriente, vive allí.
Pero a veces ocurre que hay un elemento perturbador. Ese elemento somos nosotros. Seres depredadores de todo tipo de riqueza, de todo aquello que antes se organizaba de forma equilibrada. Depredamos los suelos, el agua, la tierra, el aire. Depredamos los alimentos y generamos residuos. Pero, sobre todo, depredamos nuestro tiempo, más bien lo vendemos. El antropólogo Jonathan Friedman afirma que la esclavitud no es más que una versión antigua del capitalismo, otros antropólogos como David Graeber opinan que el capitalismo moderno es más bien una versión renovada de la esclavitud. Ya no hace falta un grupo de personas que trafiquen con otro grupo de personas, nosotros nos vendemos a nosotros mismos. El sistema de salario o el sistema asalariado es el más efectivo sistema de esclavitud existente.

Por eso vivir en el exilio es una forma de alejarnos de nuestra pequeña hipocresía diaria. Hablamos una y otra vez de formas de liberación, pero permanecemos esclavos de nosotros mismos. No somos coherentes. La coherencia es algo complejo, algo difícil de alcanzar. Por eso el alma, ante una puesta de sol, ante un abrazo, ante un momento íntimo de soledad, tiende a susurrarnos algo al oído. Algo indefinible, algo inaudible, un pequeño toque de clarín que a veces no identificamos. Pero ahí está, una y otra vez. En los bosques, en la naturaleza, ese toque es más intenso.

Es cierto que a veces tenemos miedo de liberarnos de todo aquello que nos acerca a la incertidumbre. La incertidumbre realmente no es tal cuando te dejas guiar en la noche oscura por la voz del alma, por el susurro de esa luz que se teje despacio en nuestro interior. Tomar consciencia de nuestra pequeña hipocresía personal, de hacer una cosa que no corresponde con lo que realmente sentimos, es un primer paso para entrar en la coherencia que la vida nos pide. Una retirada, una huida al exilio es una forma de dar un paso hacia cierta libertad interior, que no es más que un estado del Ser.

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