La eterna aventura


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© Ilias Varelas

 

Difícil esto de congregar a la gente. Los vi reunidos, seguramente en sus propias realidades. Ellos en sus memorias piensan que hice como hacían los espartanos con sus enemigos: arrojar implacablemente a la nada a los que tenían el pie cojo o el pecho estrecho. Realmente pasó que pedían coherencia, e intenté ser coherente. Pero ellos no querían coherencia para sí mismos, sino que la exigían a los demás. De hecho, ellos echaron al abismo a los que les molestaban, a los que depredaban su tiempo y sus intereses. Ahora la vida les pagaba con la misma moneda, pero solo porque ellos así lo han querido. Nadie echó a nadie, ellos se fueron solos, buscando mejor fortuna en otros abismos. Les deseo de corazón lo mejor. Para mí ha sido una lección de vida, y de paso, una liberación. Aprender a no odiar incluso al que te desprecia. Aprender a lidiar con esas circunstancias que tan a plomo te ponen cuando todo resulta excesivamente complejo.

Mientras hoy hacía cemento para recubrir una nueva obra, me desahogaba diciendo sencillamente eso tan manido de que no tengo ningún interés personal en permanecer aquí, en sostener este ambicioso proyecto. Podría ahora estar tranquilamente en mi casa, o en una playa paradisiaca o en cualquier paraíso tranquilo. A nivel personal, a mi edad, se puede decir que tengo la vida resuelta, tanto personal como profesionalmente. No necesito, de verdad, estar aguantando todo lo insufrible de estas semanas. Los insultos, las traiciones, la oscuridad humana, la cobardía, la amenaza.

Sin embargo, algo me tira al monte, no sabría decir el qué. Podría llamarlo propósito, karma, destino, un sino existencial, quién sabe. Tal vez esa sensación interior de aventura eterna, que se repite en las edades, por los siglos de los siglos, con diferentes disfraces, con diferentes escaramuzas y batallas, pero siempre la misma historia, centuria tras centuria. Como si la herejía resurgiera época tras época y tiempo tras tiempo vinieran las fuerzas a quebrantar su luz. Lo cierto es que una fuerza mayor a mi propia voluntad me arrastra a hacer cemento, a aguantar insultos y a recibir como paga diaria el desagradecimiento de viles y villanos, de personas que te quemarían vivo en cualquier hoguera si no fuera por los tiempos que corren. Al mismo tiempo, y quizás porque quiero pensar que ese ruido espurio es anecdótico, la fuerza del resto, el agradecimiento de los demás, que son legión en comparación a esa minúscula realidad, me hace seguir adelante.

También estoy aprendiendo a decir no, y a decir basta, basta ya. Si no te gusta esta casa, si no te gusta lo que aquí hacemos, no eres bienvenido. Basta ya de abusar hasta la médula y luego pagar con insultos y desprecios. Basta ya de crear fantasmas y mancillar el buen nombre de mucha gente. Basta ya de hipocresía, de cobardía, de injuria gratuita. Si no fuera porque por dentro me siento fuerte y feliz, desapegado de todo eso, cerraba de una vez por todas y de verdad, me iba a vivir mi vida, plácido, tranquilo, sin dar explicaciones a nadie. Si no fuera porque por dentro me siento libre de culpa, con la consciencia tranquila y la fortaleza suficiente para aguantar nuevos envites, me las piraba plácidamente a cualquier fin del mundo que mereciera la pena.

Así que seguiré a lo mío, con la precaución de no seguir dejando entrar a mi vida personas y personajes que restan, que viven en la queja constante o que mancillan a la mínima de cambio. Lo siento, no tengo tiempo para esas cosas. Seguiré andante por esta eterna aventura y que Dios, o quien sea, reparta suerte.

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Las variables de la realidad


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© Kevin Holliday 

“El mundo está tan lleno de opiniones como lo está de personas. Y usted sabe qué es una opinión. Uno dice esto, y algún otro dice aquello. Cada cual tiene una opinión, pero la opinión no es la verdad; por lo tanto no escuche una mera opinión, no importa de quien sea, sino descubra por sí mismo qué es lo verdadero. La opinión puede cambiar de la noche a la mañana, pero no podemos cambiar la verdad”. Jiddu Krishnamurti 

La realidad no encaja, la realidad florece. Para las estrellas, los fugaces somos nosotros. Vivimos en una corta y fugaz instantánea que florece a cada instante. Por eso es bien difícil realizar un mosaico certero de la realidad. Si miramos a nuestro alrededor, lo que vemos no es objetivo, sino una interpretación nacida de nuestro marcado interior, tan limitado y frágil, tan divertidamente fugaz. Ese interior es complejo, y nunca es igual de un día para otro, por lo tanto, la realidad es plástica. Si nuestro cerebro es exagerado, es porque nuestra inteligencia tiende a asfixiarse en los límites de la realidad. Esto ocurre porque la realidad es múltiple y variada, y no una fotografía fija, sin matices, sin tonos.

La realidad, en verdad, es una caricatura de nuestro yo interior. De ahí que no debemos tomarnos muy en serio todo cuanto ocurre en ella, especialmente todo aquello que al parecer nos daña, nos atemoriza o nos atosiga. Todo es pura impermanencia. Todo es verdaderamente un chiste, una broma, una escena limitada, impermanente, frágil.

La vida es una narrativa, un diálogo constante entre nosotros y el resto. Es algo plástico y discontinuo, incomprensible, exagerado, cambiante. Dar excesiva importancia a la realidad es no saber dónde habita realmente lo importante. Esa parece la trampa. Si fijamos excesivamente la atención en todo aquello que nos rodea, nos estimula, nos divierte, nos distrae, estamos perdiendo el verdadero enfoque de la propia existencia.

Las distracciones son excesivas, y casi todas ellas fantasías que nacen de alguna parte inconexa con todo lo que nos circunda. Aquellos que tienen una mente privilegiada y son capaces de ver y observar los vórtices de la realidad, viven en una especie de panóptico imposible donde cada cosa adquiere un exceso de significados. Son capaces de adelantarse a los acontecimientos porque pueden ver, en un grado de inteligencia superior, aquello que escapa al común de los mortales. Pero esto les crea una sensación de incertidumbre constante, y también de prisión hacia lo limitado de la experiencia.

La vida también es literatura. Digamos que somos como esos narradores que detallan su obra, los personajes, las anécdotas, el día a día. Hoy ha sido un día desagradable con un encuentro desagradable con uno de esos vórtices que han venido a enseñarme, a mantenerme firme y constante. Pensaba que mi manera de interpretar el encuentro no era algo fortuito. Las cosas, en el mundo donde uno se puede sentir guionista, no pasan nunca por casualidad. Las señales se repiten constantemente, especialmente cuando estás alerta a todo cuanto ocurre, y especialmente cuando ves que si algo se retrasa, es porque algo tiene que ocurrir más adelante.

Siendo así, uno se da cuenta de que la realidad tiene muchas variables, muchas interpretaciones. Por eso es fácil, ante estos hechos, cambiar de opinión constantemente, entrar en contradicción constante, alinearse con cada instante para que sea único y diferente al anterior. Muchas veces me dicen que cambio rápidamente de opinión. Es totalmente cierto, porque considero que la realidad no es algo rígido e inamovible. Cambio de opinión porque la vida cambia constantemente. De lo que no cambio es de convicciones. Ni de conducta arraigada en la fidelidad, el amor y la necesidad de expandir otro tipo de visión del mundo. Es cierto que al estar expuesto cometo más errores que la media. También entro en mayor dominio de la sinrazón, porque visto objetivamente, uno puede pensar que llevar este tipo de vida no resulta algo muy cuerdo. Es cierto. La cordura es algo rígido, la realidad, en toda su profundidad, es una auténtica locura. Bienaventurados entonces los profundos, porque suyo será el reino de todos los cielos. Y bienvenidos los locos que hacen de la “realidad” algo prácticamente inservible.

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Siendo joven me siento viejo


 

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© Rolandas Kugauda 

Ya no busco a Brahman en los paisajes imposibles de la India. Dejé de rezar a los dioses en las iglesias y hace tiempo que no viajo buscando fuera todo aquello que siempre termino encontrando aquí dentro. No deseo crecer, ni ser reconocido, ni tener éxito o dinero, ni poseer cosas ni tener a nadie que no quiera estar conmigo. Dejé de bucear en las entrañas del Ser para intentar, cada día un poquito, Ser, sin más. Ya no amarro, sino que estoy aprendiendo a soltar. Y cuando se van sonrío, deseando para ellos el mejor de los mundos posibles. He aprendido a decir adiós, sin que me cueste el alma. Ya no atosigo, sino que dejo que cada cual disponga de su tiempo, de su espacio, de sus creencias, de sus absurdos tan parecidos, en el fondo, a los míos propios.

Ya no busco el amor, ni lo espero. No busco el talento ni el aprecio ni el cariño como cuando mendigaba en cualquier esquina un trozo de alabastro luminiscente, aún pensando que eso calmaría mis angustias más dolientes. No quiero nada, de verdad. Quizás tal vez un poco de salud, y con ese poco, que me baste para vivir dignamente, sin molestar a nadie, el resto de mis días. Cuando muera, ojalá sea en silencio, sin hacer mucho ruido, por eso de no molestar ni siquiera en el último aliento. Y si molesto, desearé morir en paz, con esa sensación que me acompaña de que hice lo que pude, y de que, dado el instrumento asignado, no aspiraba a mucho más.

Por eso no quiero nada, excepto un poco de salud para pasear y contemplar el paisaje. Eso es suficiente. Abrazar a unos y a otros, especialmente a los animalillos, que no te juzgan ni te hieren. A esos los abrazo siempre. Estén tumbados en la hierba o corriendo de un lado para otro buscando algo para comer. Me acerco a ellos, les hago alguna de mis pesadas bromas, les sonrío y los abrazo. Abrazo a mi perro y a mis gatos, a las gallinas y algún humano que aún, humilde y sincero, dejó de juzgar.

A esta edad hablo ya como los viejos, y me refiero a los viejos de antes, porque los de ahora, con tanta cirugía y estado del bienestar no parecen viejos. Ni siquiera la palabra viejo está bien vista. Ahora nadie quiere ser viejo y a mí me gustaría llegar a viejo. Tener arrugas en la cara, sentarme bajo la sombra de algún árbol y mirar tranquilo la vida, sonriendo, contemplando los pajarillos, en paz. Un poco como ahora, que siendo joven me siento viejo. Sin ganas de batallas, sin ganas de explicaciones, sin ganas de pensar excesivamente la vida. Solo sentirla, apreciarla, vivirla en paz y en gerundio, siempre en gerundio. Me siento viejo y extraño, como si ya no habitara en mí, como si ya no habitara realmente en este mundo, que cada día admiro más y cada día que pasa lo observo con mayor asombro.

Los viejos son como los niños, se maravillan de las cosas sencillas. Y eso hago cuando doy de comer a los pajarillos en ese comedero que hicimos con los restos de madera justo en frente de la cabaña. O cuando cambio el agua a los peces mientras hacemos su nueva casa y observo cómo aletean entre mis dedos. ¡Son seres tan frágiles! Y aún así son consumidos como si fueran cosas. Admiro a todos los seres sintientes que en su sensibilidad superior defienden y protegen a esos animales frágiles. ¡Es tan hermoso este mundo! Fijaros en todas sus maravillas, alegraos por todo cuanto recibimos sin pedir nada a cambio, sin esperar nada a cambio. ¡Hay tanta riqueza, tantos dones! Ya hablo como un viejo. Como aquellos de antes que tenían la cara llena de arrugas y miraban desde la plaza todo cuanto acontecía. Eso hago ahora, respirar, observar la plaza, y ver qué ocurre.

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Robar a los ricos para dárselo a los pobres


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© Luca Eugeni

Cuando subo en un coche que vale más de cien mil euros algo en mí se rompe por dentro. Si fuera eléctrico al menos pensaría que todo es por la causa, pero cuando el coche tiene más de quinientos caballos de potencia y hago cálculos de toda la gasolina que consume imagino todo lo que se podría hacer con ese dinero y me da un síncope moral importante. Las grandes ciudades están plagadas de este tipo de ostentación. Es evidente que uno puede hacer todo lo que quiera con su dinero, pero me pregunto qué pasaría si algún día todas las mentes pudieran alinearse en una causa común donde la riqueza pudiera entregarse para crear un mundo mejor, más allá de nuestros egos, y no un mundo cada vez más ostentoso y perdido.

Por eso me gusta venir a la ciudad. Me siento una especie de Robin Hood que desea “robar” a los ricos para entregárselo a los pobres. A veces lo que robo solo son ideas, inspiración, formas de hacer las cosas para luego entregarlas al mundo de aquellos que carecen de ideas, inspiración o voluntad firme para llevar a cabo proyectos o mejoras en sus vidas. A veces no deja de ser un robo simbólico, pero admito que siempre hay algo de sustracción cuando cada vez más de incógnito, hago sugerentes incursiones a la gran ciudad.

El mejor de los robos es el desechar aquellas cosas que imprimen carácter al mundo egoico pero que nos alejan inevitablemente, por mucho que endulcemos nuestras vidas, del verdadero camino del alma o la consciencia. Podemos creer que somos mejores por dejar de comer esto o aquello o por poner difíciles posturas. Pero la virtud no viene marcada por modelitos y postureos más o menos espirituales. La verdadera virtud vendrá por nuestra conducta, a veces errática, a veces imperfecta, pero siempre con una intención clara de mejora, de exquisita generosidad, de cuidadoso respeto. Sea como sea, entiendo que cada cual hace lo que puede en su nivel conciencial y evolutivo, y que al final estamos aquí para aprender, para mejorar, para mejorarnos, mejor dicho, entre todos. Cuando hago recuento de la de veces que me equivoco al cabo del día, mi ingenua visión sobre la existencia se reduce a un halo de pobreza interior que intenta resurgir victorioso en la idea de que al menos “lo estoy intentando”. La mejora versa sobre la audaz forma de soportar lo a veces insoportable, de entender que la vida puede ser hermosa o cruel según como miremos interiormente todo cuanto sucede.

La moral perdida que se abre camino en los campos nada tiene que ver con la moralina encubierta que se destila en la ciudad. Y hablo de la ciudad porque acabo de llegar de ella y aún no he conseguido recuperarme del impacto que esta vez, bajo el manto de la sensibilidad natural que nace en la salvaje naturaleza, he sufrido en mis carnes corpóreas y etéricas. Realmente empiezo a entender por qué nos empeñamos en vivir  hacinados en esa masa gris. Todos queremos dinero, todos queremos un apartamento porque en el fondo todos queremos ser como los pudientes que tienen la oportunidad de marcharse a la villa del campo. Esta es la gran paradoja. Los desarraigados que vienen del campo quieren hacer dinero para volver al campo. ¡Qué gran absurdo! Y en ese juego macabro pierden su conexión con la consciencia, con la moral, con la ética, con los valores, con uno mismo.

Tener dinero es lo único que importa porque tener dinero te permite tener cosas, y por lo tanto, te permite llenar los vacíos provocados por el abandono de nuestros sueños, por el abandono moral de nuestras vidas. El dinero no mata en sí mismo, nos mata la avaricia y el egoísmo que encierra su uso. Engrandece el ego pero empobrece el alma hasta matarla de hambre. Por supuesto no es un problema de dinero, sino de todo aquello que hacemos o no hacemos con el mismo. Es la avaricia y el egoísmo lo que nos pervierte. Uno puede ser rico en todos los sentidos al mismo tiempo que se inunda de amor hacia los demás. Pero la tendencia es la de acumular y acumular dejando al resto en cierta cuneta extraña, anónima, invisible ante esos ojos rojos de avaricia.

Me he sentido extraño en la ciudad. Nací en una gran ciudad, me crié en una gran ciudad y ahora llevo nada más que cinco años viviendo en las montañas y sus bosques. Y a pesar de todo, sé que no podría volver a esa masa gris, con sus grandes coches contaminantes, con sus ruidos, con su tristeza. Sí, seguiré robando a los ricos sus ideas para dársela a los pobres, a esos pobres que vivimos aquí, perdidos en los campos, entre árboles, disfrutando amablemente de la grandeza natural. Pobres que no tienen nada. Pobres que solo esperan el próximo amanecer.

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Entre el colapso y la transición


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Ayer viendo el atardecer en la noche mágica de San Juan

 

Una de las mayores fortunas de este país me invita a dormir en su casa, en Madrid. También una conocida periodista, presentadora de televisión. Dispongo de un hotel de cuatro estrellas a mi entera disposición y casas por doquier en la capital del reino. Me siento tan afortunado y agradecido que decido marcharme a Vallecas, a uno de los hotelitos más baratos que encuentro con tal de no hacer ruido, de permanecer solo unos instantes en esta vorágine que es la gran ciudad.

Desayunos, comidas, meriendas y cenas una tras de otra. Algunas de trabajo y la mayoría por el placer de pasar un buen rato con buenos amigos. Amo a Madrid pero admito que cada vez me cuesta más estar entre tanto ruido, contaminación y gente. En la montaña, en la vida salvaje, perdí esa especie de capa opaca que nos inmuniza a todo esto. En la naturaleza te vuelves sensible. Los sentidos desarrollan una capacidad extraordinaria de asimilación de los contornos suaves, de las líneas maleables que se tejen en todo el espectro de color, sabor, olor, sonidos y tactos tan diversos y variables. En la ciudad solo hay un ruido ensordecedor, solo un color, normalmente gris, solo un olor como a cloaca o a colilla recién apagada. Solo hay un sabor amargo a amianto o a dióxido y monóxido de carbono.

Me duele la cabeza y solo llevo aquí un día. Deseo marcharme. Lo haría si no fuera por los compromisos adquiridos. Volvería al bosque, volvería de inmediato a la vida salvaje sin pensarlo. Ahora sé que no podría volver a eso que llamamos vida civilizada. Realmente esto me parece atroz, endemoniado. No es una crítica sin más. Es una realidad. La ciudad deshumaniza, intoxica nuestras almas, nos separa de la vida.

El fin de semana ha sido muy intenso e interesante. Tuvimos la gran suerte de disfrutar de una hermosa Ola que llegó suave desde la inmensidad del océano. Me sorprendió la profundidad de su mirada, la belleza hipnotizante de sus profundos ojos verdes. Cuando algo o alguien es bello te gusta contemplarlo anestesiado. A veces admito que siento cierto pudor al hacerlo, de ahí que tenga que disimular el amor hacia lo bello. Un amor sano, desapegado, maravillado. Un amor libre, pausado, tranquilo, maduro. Este amor por la belleza vino acompañado por un amor a la inteligencia y la elegancia. Llegó desde la capital de Europa un alto directivo, una persona exquisita, cortés, inteligente, educada, bello por dentro y por fuera, un enlazador de mundos. Con grandes inquietudes que me hizo coger notas de casi todo lo que hablaba. Eso me maravilló porque no siempre puedes tener la oportunidad de mantener conversaciones inteligentes, interesantes y que ayudan a pensar, a expandir la consciencia, a interrogarte sobre todas las cosas.

Así que esa doble belleza pudo pasear en la noche de San Juan por caminos y sendas que nos recordaban la importancia de la resilencia, de la renuncia, de la restauración, de la reconciliación entre lo humano y lo natural. Nos habló de la adaptación profunda que como especie necesitamos para no sucumbir. Nos habló del paseo del tiempo profundo, de lo insignificante que somos en comparación a la edad de la Tierra y de todo el daño que estamos ocasionando en tan solo doscientos años de locura tecnológica. Entre el colapso y la transición era el tema candente que nos hacía pensar sobre si aún estamos o no a tiempo de salvar el planeta, si se trata tan sólo de un pequeño resfriado, un estornudo cósmico, o de algo más grave y severo.

Viendo esta gran ciudad y todos sus avatares uno se vuelve grotescamente más a favor de las teorías del colapso al que estamos inevitablemente abocados. Pero cuando recuerdo el bosque, la pequeña cabaña, las montañas, los pajarillos y la belleza de cualquier puesta de sol, vuelve a mí la esperanza, la fe, la nueva buena. Me siento entonces pleno y glorioso y veo claramente que un nuevo mundo es posible. Muchas veces me pregunta por qué, pudiendo elegir entre la riqueza, decidí elegir la simplicidad voluntaria. Ahora lo entiendo mucho mejor. Si todos de repente lo hiciéramos, si dejáramos de consumir cosas y empezáramos a consumir atardeceres como el de ayer, experiencias, la vida de todo el planeta cambiaría para siempre. Esa es la apuesta, ese es el camino, cumplamos en la medida de nuestras posibilidades con nuestra parte. Hacer la vida más simple y sencilla es hacer la vida más bella y plena.

Gracias hermosas almas, gracias Cris y Fernando por tan hermosos paseos. Gracias por hacer la vida más bella con algo tan sencillo.

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Cuando os hablo de mí, os hablo de vosotros


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© William Smith

«Cuando les hablo de mí, les hablo de ustedes.
¿Cómo no se dan cuenta?»   Victor Hugo

Más allá de la escritura, herramienta que suelo utilizar para cierto desahogo intelectual, emocional o visceral, no me gusta habla de mí. Soy por naturaleza reservado, callado, tímido. No suelo exprimir la sien con grandes conversaciones excepto con aquellos que me conocen desde hace muchos años y ya no hay forma de engañarlos. Desde hace una semana estoy aprendiendo a hablar claramente y con transparencia con desconocidos. Desconocidos son todos aquellos a los que aún no he abierto el corazón, no importa si llevan años viviendo con uno o más de una vida intentando acercar posturas irreconciliables. Ahora ando descubriendo eso tan lejano en mí como es lo de luchar por cada segundo de vida, por exigir lo que a uno en justicia le pertenece o eso no tan claro de aprender a decir no, esa palabra que a veces uno intenta dulcificar con exceso de excusas para no dañar los corazones rotos.

Uno se hace fuerte con la experiencia, con las pruebas de la vida. Ya no siento una especial infelicidad, empiezo a disfrutar del mundo en el que estoy viviendo, el mejor de los mundos posibles, el mejor de los regalos. Y me doy cuenta de que todo, los paisajes, los escenarios, las personas, son como puentes que se dibujan en una realidad que sirve para aprender, para avanzar, para hacernos mejores. Una realidad que se teje en sueños y que nunca sabemos nada sobre su misteriosa naturaleza.

Por eso, de alguna manera, cuando hablo de mí y de mis cosas, realmente estoy hablando del otro, de aquello que circunda mi realidad y la compone. Lo decía Víctor Hugo y no se equivocaba. Lo decían también en la Polinesia con aquello de que soy otro tú, y por lo tanto, cuando hablo de mí, estoy hablando de ti, y algo dentro se refleja, algo dentro palpita cuando subo escarpadas cumbres o cuando bajo diáfano hasta los valles y puedo contarlo con felicidad o amargura, con delicadeza o arrebatamiento.

Últimamente no tengo mucho que contar porque estoy bien. Quiero decir que ocurren cientos de cosas como suele siempre ocurrir en la vida de aquellos que se exponen excesivamente, pero ahora ya no me afectan como antes. No es que sienta que esté por encima del bien o del mal, pero sí observo los acontecimientos con cierto desapego. Miro todo lo que pasa con distancia, sufro menos y por lo tanto puedo dedicar más tiempo a la contemplación, a la búsqueda de la felicidad en las cosas sencillas. En lo sencillo descubro lo verdadero, y en lo complejo descubro la síntesis, la fórmula maestra para salir de cualquier laberinto.

Ya no tengo miedo a la oscuridad humana, solo intento ver luz allí donde otros ven sombras. Y ahora veo luz en todo, incluso en lo grotesco, en la huida, en la miseria, en la ignorancia. Incluso puedo ver luz en mis propias sombras, que no son más que el reflejo de las sombras que todos tenemos. Y esta visión me reconforta, me reconcilia, me anima. Por eso, cuando os hablo de mí, os hablo de vosotros.

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Qué valiente te ves temblando de miedo


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© Ilias Varelas 

“Qué valiente te ves temblando de miedo, pero arriesgándote a vivirlo” J. Guerrero

Me estoy acostumbrando a perder. A perder amores, a perder amigos, a perder cosas, muchas cosas, a perder dinero, a perder honores, a perder credibilidad, a perder verdades, a perder cariño, sensibilidad, orgullo, a perder, sobre todo, vida, mucha vida. Cada vez me cuesta menos perder. Miro las pérdidas y veo que son siempre mayores que las ganancias. Intento preguntarme por qué algo que debería multiplicar, cualquier cosa, últimamente está entrando en receso. Quizás tenga que ver con esa arriesgada mirada hacia la vida, con esa necesidad de vivirla en toda su profundidad manifiesta. Realmente tiemblo de miedo cuando me tengo que enfrentar a tanta pérdida. Una tras otra, acumuladas en una montaña que cada vez se hace más pesada, más tremenda y temeraria. Hay personas que tienen la facilidad de multiplicar y otras que tenemos la facilidad de perder. Hay magos de la pérdida, auténticos aventajados del quebranto, de la merma, hay valientes que arriesgan tanto que tiemblan de miedo.

Así me encuentro ahora, con necesidad de seguir arriesgando vida, a sabiendas, y lo digo temblando de miedo, que habrá muchas más posibilidades de pérdida que de ganancia. Pero lo intento una y otra vez, me tiro al fango, disfruto de la suciedad que cualquier camino acumula en las botas. Produzco sueños imposibles e intento avanzar hacia ellos. Sí, seguramente todo será pérdida, pero qué gran ganancia supone el haberlo intentando, una y otra vez, sin miedo a perderlo todo. Intentar cosas una y otra vez es fracasar una y otra vez, pero el fracaso encierra siempre algo de verdad, algo de ternura, algo de ganancia. Uno puede temblar de miedo, pero no dejar de intentarlo. Y si lo intenta es porque guarda interiormente la fe y la esperanza de que pueda ocurrir algo milagroso, algo diferente, algún tipo de conquista interior.

La valentía consiste en eso, en ser osados, en arriesgar, aunque por dentro sientas auténtico pavor. Es mirar el horizonte, otear el destino sintiendo la vida recorrer nuestro interior más profundo. Uno nunca sabe cuando será la hora de la extinción. Hacemos planes con cierto optimismo, como si en verdad fuéramos eternos y la partida en la que nos encontramos fuera a durar toda la existencia. Pero los valientes que por dentro tiemblan saben que en cualquier momento puede llegar el final. El final de todo, o el final de algo. En eso consiste la pérdida, en terminar algo, en acabar algo, en arrodillarnos, cuanto más crecemos hacia lo alto, con humilde inclinación.

Es la enseñanza del bambú. Cuanto más crece, mayor es su inclinación humilde. Uno puede crecer y acometer retos, pero mayor deberá ser su humildad para que los vientos no terminen por quebrar la obra. De ahí el miedo valiente, de ahí la osada predisposición a seguir adelante. Sí, seguiremos perdiendo, pero al hacerlo, algo quedará dentro, alguna enseñanza, algún amor, algún abrazo sentido y sincero. Algo quedó de todo, de ahí mi mayor agradecimiento a todas las pérdidas sufridas. De ahí mi ganancia.

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