La pulsión de unidad


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A veces encuentras seres excepcionales enclaustrados en sus vidas, que ven el mundo desde lejos, encerrados y hastiados en una nave que no avanza a pesar de que gira y gira, como si realmente fueran extraños a este planeta y todo lo que aquí acontece. Son auténticos genios que encierran su lámpara maravillosa debajo de la mesa, contradiciendo las indicaciones del Galileo. Así también me sentí a principios de esta semana. No como un ser excepcional o como un genio, sino como un ser enclaustrado. Intenté salir, dar un paseo, visitar amigos, genios y excepcionales que viven también en su propia nave nodriza, y volver de nuevo para atender obligaciones que van surgiendo. Dos días fuera, otra vez, para darme cuenta de que sigo excesivamente encerrado en mis adentros. No lo veo como algo malo, más bien como algo necesario para descansar y sanar, para reponer fuerzas y volver a la raíz de todo el asunto.

Después de mi escapada al Mediodía, no me veo aún con fuerzas de enfrentarme al mundo. En estos días debería estar participando en una conferencia en las Naciones Unidas, en Ginebra, donde había sido invitado para hablar de las utopías. O dando alguna charla en alguna universidad de Madrid, donde me han invitado para hablar de alguno de mis libros. También un reconocido escritor, premio Planeta y alguna cosa más, me invita a encerrarnos unos días para escribir un libro juntos. ¡Qué tentador resultan todas estas cosas si viviera en el mundo! Pero de momento sigo encerrado en mí, intentando dilucidar qué será de ese futuro que ahora me resulta inquieto e incierto, pero sobre todo, intentando descansar para calmar mi propia vida siempre agitada.

Estos días alguien me decía muy a propósito que lo único que nos sana es una conexión con el ser. El anhelo de estar con otro es el anhelo de abrazar al ser, al universo. Nuestra pulsión nos lleva a desterrar los antiguos patrones de entendimiento y buscar nuevas formas de abrazar al mundo. El vacío fértil del que habla el budismo nos permite crear algo real en la mirada ajena, en el compartir sincero. ¿Cómo manifestar la belleza en nuestras vidas si no es compartiendo? Debemos reclamar nuestra herencia como seres humanos y desvelar la luz en los otros. Todos somos inocentes de esas cargas que vamos acumulando en nuestro zurrón de viajeros. Debemos soltar la culpa y desapegarnos del pasado para profundizar en una nueva vida. ¿Por qué a veces nos sentimos tan pesados? Hay que soltar, nos repiten una y otra vez.

No debemos exigirnos cosas para las que no estamos preparados. Esa ha sido una gran reflexión estos meses. Lo hacemos lo mejor que podemos con las herramientas que la vida nos ha dado. Todos en alguna medida tenemos rabia, dolor, soledad, tristeza, miedo. No debemos abandonar todas esas cosas o esconderlas. Somos seres humanos y tenemos todo el derecho del mundo a mostrarnos como somos, con nuestras cosas buenas y las menos buenas. Estamos aprendiendo, hemos venido a esta hermosa escuela para aprender los unos de los otros y así acercarnos cada vez más a nuestra pulsión personal. Y profundizando en esta idea, lo que realmente nos mueve es la pulsión hacia la unidad. Algo profundo y complejo. Algo que nos llevará hacia un reencuentro con todo lo existente y una inevitable reconciliación con nosotros mismos.

Sí, habrá que descansar, con el único propósito de seguir la pulsión en el nuevo día, en la nueva aurora.

(Foto: En la India hace algunos años y como fondo de escritorio del ordenador de un buen amigo que con cariño me recuerda esa sonrisa del alma que nunca hay que perder… Gracias querido por el abrazo en el tiempo y por la pulsión de compartir con cariño y amistad)… 

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La reunión de los cuerpos celestes


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“En ese estado de tranquilidad de una mente que está de veras en silencio, hay amor. Y el amor es lo único que puede resolver todos nuestros problemas humanos”. Jiddu Krishnamurti

Decía Krishnamurti en su escrito sobre “la libertad primera y última” que la mente no puede resolver nuestros problemas, que solo el amor es capaz de llegar allí donde nosotros no podemos llegar con nuestro interrogatorio interior. La mente siempre se enreda intentando explicar lo que ocurre y por qué ocurre así o asá, pero no es capaz por sí sola de resolver los grandes conflictos que asolan a la humanidad y a nosotros mismos, precisamente porque no viene acompañada de ese sentimiento compasivo que es el amor. Encerrados en nuestros problemas, resulta complejo poder atisbar más luz de la que necesitamos. Encerrarnos en nuestros mundos, aislarnos de todo y de todos, no resuelve ninguna incógnita, ni nos hace mejores ni nos permite enfrentarnos directamente a los asuntos que debemos afrontar con valentía y amor.

Muchas veces elegimos estar solos precisamente por eso, por no querer participar de la vida y de sus complejidades. En nuestra soledad encontramos cierto refugio y seguridad. Allí nadie nos molesta, nada nos perturba, estamos a solas con nosotros mismos y no tenemos que dar explicaciones a nadie. Pero en esa soledad nos alejamos del amor, de la vida. El éxito de la era digital es que nos permite cierta organización y relación ficticia con un mundo que creamos a nuestra imagen y semejanza tras la soledad de las pantallas. En ese mundo elegimos con quien interactuar y cómo y cuándo hacerlo. Si algo nos molesta, lo eliminamos. Eso nos aleja del crecimiento, del enriquecimiento interior y de la fortuna del calor humano, ahora apartado por la fría interacción virtual.

De alguna forma todo está vinculado, inclusive las galaxias, las estrellas, los átomos, las células. Todo es una gran simbiosis que se vincula desde diferentes hilos multidimensionales. Como seres humanos, necesitamos del otro para poder corresponder con nuestra propia identidad. El mito de Robinson Crusoe murió cuando descubrimos que la vida humana requiere de otros humanos. En “el filósofo autodidacta”, de Ḥayy ibn Yaqẓān, ya se especula sobre la necesidad de pasar de la soledad al abrigo del mundo, donde todo es unidad y donde existe una reunión de todos los cuerpos celestes. Estar solos nos aleja de la vida y nos anula el sentido de la existencia.

Esa reunión inevitable se ha descrito en muchas leyendas, como el mítico Simorg, y nosotros estamos llamados a ser parte de esa reunión, de esa unidad, de ese abrigo. La soledad está bien si surge de una cualidad innata desde la cual podemos crecer, pero solo es útil si de esa soledad sacamos enseñanzas para luego ser compartidas con el resto. La soledad debería ser algo temporal, o en todo caso, una soledad compartida. Como cuerpos celestes encarnados, deberíamos reunirnos en la comunidad de almas, pero también en la pareja, en la familia, en la amistad. La pareja es el mayor reto al que nos enfrentamos para crecer y desarrollarnos. La familia es nuestra gran escuela y la amistad nos gradúa en el arte de la relación, es decir, todo en conjunto, es una expresión de aquello que entendemos como amor. La vida es amor. Amor es relación.

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Sobre mariposas y berberechos


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“Creo que una hoja de hierba es tan perfecta
como la jornada sideral de las estrellas,
y una hormiga,
un grano de arena…”

Walt Whitmann

En la alquimia, se asocia al planeta Saturno, al elemento plomo y a la Luna menguante todo el proceso llamado Nigredo. Esta fase puede asociarse a nuestras vidas como ese momento donde todo se descompone antes de poder obtener la materia pura que somos, o antes de alcanzar, en términos más profanos, nuestra plenitud como seres. El Nigredo es la noche oscura del alma donde el individuo se enfrenta inevitablemente a su sombra interior. Siguiendo con el símil, tras la noche oscura llega la introspección y el renacimiento, el Albedo en la alquimia. Luego viene el despertar, el Citrinitas para más tarde llegar al Rubedo, la perfección de lo que somos.

El camino siempre parece el mismo, o siempre parece claro. Pero todo es aparente porque a veces lo que para unos es claridad, para otros es tan solo oscuridad. En el mundo de las formas es francamente difícil alinearse con aquello que supera lo superfluo y aparente. De ahí la necesidad de entender la vida con cierto análisis alquímico, intentando elevar la mirada más allá de lo aparente.

Aparentemente, hay cosas que no pegan ni con cola, pero hay cosas que aún sin pegar requieren estar juntas. Hay fuerzas mayores que nos doblegan y hacen que una mariposa pueda abrazar a un berberecho. Pocos pueden entender esta frase, pero en el mundo de los arquetipos invisibles existe un berberecho viviendo en un mar profundo que alberga la esperanza de abrazar a una mariposa, un ser alado que voló tan alto que desapareció entre gigantes de viento, tan alto tan alto que se escondió entre palas figuradas que avanzan como manos hacia un futuro incierto. Puedo entender que un berberecho y una mariposa no albergan ninguna posibilidad en el mundo de los condicionantes, pero también puedo entender que más allá de esos condicionantes existen posibilidades infinitas que superan la razón.

Son a esas posibilidades, las infinitas, a las que nos agarramos en la noche oscura. Soñamos con abrazar la esperanza, la fe, la posibilidad. Soñamos con entender las fuerzas que se aglutinan para condicionarnos y demostrar que hay cosas que no pegan ni con cola, que son diferentes, y por lo tanto, no merecen estar juntas. A veces el miedo opera sobre nuestra voluntad. A veces la ira o la cólera. A veces el creernos lo que unos dicen sobre la imposibilidad material de que una mariposa o un berberecho puedan abrazarse.

Pero hay una perfección para todo. Y es justamente en el corazón, en lo que nos dicta a cada momento, donde hayamos las más profundas verdades. Nuestro juicio siempre es dañino porque intenta clasificar, ordenar y entender cosas que muchas veces se escapan a la razón. Hay cosas que carecen de razón, de oportunidad de entendimiento. Simplemente hay que abrazarlas con paciencia, con amor, con delicadeza, como lo hace un berberecho a una mariposa en un mundo aparentemente imposible. En el Nigredo todo esto se aprecia bien. Es tanta la oscuridad que el entendimiento interior nace siempre lúcidamente, y desde allí, todos los opuestos pueden unirse, fusionarse, amarse. Todo lo que antes era imposible, se abraza, como lo hace un berberecho a una mariposa en cualquier orilla, junto al mar.

(Foto: en Medina Azahara hace unos días…)

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La vida de los idealistas es siempre dramática


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Escribir es desplazarse a lugares insospechados en los que el sueño es más seguro que la tierra firme”. Joseph Conrad

Amanecía todo nevado en este hermoso valle que ayer era verde otoñal y hoy se tiñó de blanco inmaculado. Ayer hicimos un repaso, ante el inminente frío invernal, de todo lo acontecido en estos meses. Especialmente sobre la fragilidad humana, sobre la falta de sentido ante la necesidad de encauzar nuestras vidas hacia lo milagroso. Me daba cuenta de que, en el fondo, estaba experimentando una especie de privilegio del que aún no soy del todo consciente y al que me tengo que enfrentar con optimismo y valentía. Escribir me ayuda especialmente a ello.

Marcel Proust decía que para escribir lo único que se necesita es soledad y silencio. En ese sentido me siento afortunado. Lo que más deseo en esta vida, en estos momentos, es escribir. Y la existencia ha querido ofrecerme la oportunidad de poder hacerlo en este solitario y silencioso balneario. Tengo sobrado un instinto narrativo que me empuja a amontonar palabras unas sobre otras, a veces sin ni siquiera pensarlas. Nunca le tengo miedo escénico a la página en blanco. Soy capaz de vomitar cualquier cosa y sería capaz de escribir cientos de libros si tuviera un mínimo de disciplina, cosa de lo cual carezco. Siempre me pregunto para qué sirve la escritura, al mismo tiempo que reconozco que no sería quien soy sin esos cientos de libros que he ido amontonando y leyendo en las estanterías de mi existencia.

Hace unos días, un amigo me animó a que dejara mi oficio de editor para imbuirme de una vez en lo que realmente me gusta, escribir. Me invitó a que volviera a escribir con mis amigos más famosos libros epistolares. En estos momentos estoy trabajando con el amigo Emilio Carrillo en un libro sobre la gestión del Misterio. Pero siguiendo los consejos de mi querido Jaime, escribí a otros amigos polémicos y conocidos. Empecé por Tardà, Dragó, Valls… Uno de ellos me llamó y estuvimos hablando cerca de una hora. Me dijo una frase que me llamó la atención por lo acertada y oportuna: la vida de los idealistas es siempre dramática.

Manejar con fluidez el idioma, dominar los recursos estilísticos y familiarizarse con el lenguaje es la mejor forma de enfrentarse a esa vida dramática. Eficacia y originalidad a la hora de manejar el lenguaje es la forma de construir idealmente una vida avasallada por la experiencia, la aventura y la lucidez. El poeta no acota el mundo, lo expande, y al hacerlo con esa sustancia extraña que es el lenguaje, se recorre ese viaje, entre silencios y trajes rotos, esa inútil búsqueda en los recodos de la vida. Pensando en eso hoy, al despedirme de mi querida amiga de la infancia tras un fin de semana intenso en el diálogo y el compartir, se me cruzó el cable aventuresco e invité a alguien crucial en estos días de tímida resurrección, a realizar un viaje hacia los mares del sur. Mañana temprano nos marchamos, y que la aventura y la lucidez transformen nuestras vidas para siempre.

(Foto: así amaneció hoy el escenario que habito).

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La gran revelación


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Esta mañana le pregunté qué desayunaba ante su inmediata visita. Me dijo cosas muy raras hechas con coco y avena. Desde que se hizo vegetariana está insoportable con la comida. Le dije que aquí en el Balneario sería difícil encontrar esas cosas. Fui a la tienda y tenían leche de arroz y galletas de avena. Como nos conocemos desde los siete años, la confianza hace que podamos hablar abiertamente de cualquier cosa sin prejuicio previo. Ella me conoce bien y nunca me juzga. Me quiere tal como soy, con mis aciertos y mis fracasos. Este fin de semana viene para acompañarme, para confirmar los lazos de amistad que han sobrevivido al tiempo desde que éramos niños. Una amistad a prueba de todo. Sincera, noble, verdadera.

Bien temprano hacía una temperatura agradable a pesar de que la niebla se extendía por todo el valle humeando el impresionante monasterio que da fama al lugar. Mañana las temperaturas no pasarán de cero grados y es posible que de lluvia y nieve, así que pasaremos todo el fin de semana encerrados en el ágora recordando viejos tiempos. Puse algo de incienso y marché a la tienda a ver qué podía encontrar que fuera raro y nutricional para el desayuno. Ante la ausencia de mi querida Lourdes, uno de los seres más angélicos y cariñosos que he conocido en este mundo, hablé un poco con su jefa, la buena de Angelines, la dueña de la tienda. El tema principal siempre es el tiempo, pero a veces también hablamos de política o de cómo se dice una palabra en inglés, si así o asá. Como vienen muchos peregrinos, fuente principal de ingresos de los comerciantes de este lugar, saber algunas palabras siempre viene bien para atender correctamente a la clientela. Miró mi leche de arroz y mis galletas de avena y se extrañó. “Viene una amiga que come raro“. Le dije. Eché de menos a Lourdes que anda de vacaciones. Ir a la tienda cuando está Lourdes es una bendición. ¿Os imagináis ir todos los días a por el pan y que la tendera te de un impresionante abrazo de bienvenida y despedida? Eso ocurre aquí, y uno siempre empieza agradecido el día por estos regalos.

La segunda visita obligada fue para Carmen, la directora de la oficina de Correos. Debido a mi actividad editorial, soy su mejor cliente y me trata con cariño y alegría. Todos los días tengo algún paquete que vuela hacia cualquier parte del mundo. Hoy tocaba Andalucía. Cuando las cajas son muy grandes, cierra la oficina y sube hasta el pequeño ágora para ayudarme con ellas. El trato en estos lugares siempre es exquisito, tan lejano de la frialdad con la que a veces nos atienden en las grandes ciudades. A Carmen siempre se la ve feliz y alegre, y mis dos puntos neurálgicos en este pequeño núcleo rural de no más de ochenta vecinos, la oficina de correos y la tienda del pueblo, son como puntos de luz en mi vida sosegada.

Pero han pasado muchas cosas en dos días. Quizás porque ya atravesamos el tránsito de la luna llena de tauro y parece que las energías empiezan a reorganizarse de nuevo. Ayer, tras tres meses sin subir a la finca, fui a llevar alguna cosa. Aproveché la ausencia de la gente para dar un paseo con el amigo Geo. Noté cierto caos en los espacios comunes y sufrí añoranzas que me hicieron llorar cada vez que me cruzaba con la gata Gaia, el gato Merlín, con Meiga y Chip… Llegué con Geo hasta la cabaña en las entrañas de nuestro pequeño bosquecillo, ahora tan coqueto y otoñal. Todo lo que allí vi me parecía desolado y triste. Entré dentro, me senté en mi sillón de reflexión y no podía parar de llorar en la que hasta hace poco había sido mi casa, mi pequeño hogar en el bosque. Aquella cabaña la había construido con ella, con una alegría y una emoción inmensa, y ahora ella ya no estaba. Vi que aún no me sentía preparado para volver a los bosques y menos aún a esa cabaña que tantos recuerdos me ofrecía. Geo se acercaba y me lamía las manos con cariño. Me levanté casi sin fuerzas y nos adentramos entre los árboles para dar un largo paseo pensando si ahora tenía sentido volver a vivir en una cabaña como antes. Algo dentro de mí está muy revuelvo para poder contestar esa cuestión.

En el amable pero doloroso paseo tuve una revelación. Todo el caos que veo a mi alrededor es solo algo que ha nacido de mis adentros. Es decir, no es que todo se esté derrumbando a mi alrededor y por eso yo me he derrumbado. Más bien al contrario, todo se ha derrumbado a mi alrededor porque algo se ha roto desde dentro.

Nunca hasta ayer fui consciente de este hecho. Al menos nunca de la manera en la que ayer lo pude entender todo. El universo ante mí, el escenario, se reorganizó ante el caos que empezaba a experimentar en silencio, ante la confusión en la que yo mismo me vi envuelto. Entré en una profunda crisis y todo lo que era irreal empezó a desvanecerse, a desaparecer, a huir.  Empezó a desaparecer todo como en una carta de naipes que se desmorona ante el primer soplido.

Tres meses después de eso, solo ha permanecido lo verdadero. Los amigos, especialmente los amigos, y poco más. Mañana volveremos a confirmarlo.

 

(Foto: paseando con Geo ayer por la tarde en los hermosos bosques gallegos).

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Ninguna noche es infinita


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Ayer me pasé todo el día en la horizontalidad, mirando hacia el cielo simbólico y suplicando a los inmortales dioses que fueran benévolos. La comida no es abundante en el Balneario y las ganas de cocinar han sido sustituidas por manjares imaginarios acompañados por flautas que deleitan los banquetes etéricos. Busco en el anchuroso cielo, ahora de lisas paredes, inalcanzable para cualquier mortal, respuestas a los desvanes que asolan la tierra. Si suplicara a la tradición, solo encontraría respuestas en Shiva, uno de los dioses de la Trimurti, el cual representa el papel del dios que destruye el universo, junto con Brahmá, el dios que lo crea y Visnú, el dios que lo preserva. Shiva se ha encolerizado, y por lo que me dicen, son bastantes los que padecen en este tiempo su ira.

Muchos están sufriendo la devastadora energía que todo lo destruye para que la vida se regenere en cuanto no quede ni un edificio de irrealidad suspendido en los avatares del tiempo. La destrucción, empiezo a entender a pesar del dolor que provoca, sirve para regenerar, para separar lo irreal de lo real. Así también en los plácidos atardeceres otoñales, donde todo empieza a morir para dar paso al angosto invierno, donde la muerte se manifiesta con virulencia. Es el ciclo de la vida, y es complejo entenderlo si lo miramos todo desde una dimensionalidad finita. De ahí la necesaria visión multidimensional. Sí, lo estoy pasando mal, pero todo responde a un porqué y a un para qué que pronto se desvelará.

Si lo entendemos así, debemos soportar los envites, respirar hondo y comprobar con cierta alegría y optimismo como en un pronto futuro podremos construir de nuevo algo más real y auténtico para nuestras vidas. Con la ayuda de Brahmá, podremos edificar con sólidas estructuras algo nuevo y diferente. Al menos esto me ha recordado mi querido Jaime, que me llama desde el sur para animarme, con esa gracia y alegría andaluza, a que respire nuevos aires. “Siempre has sido un alma libre incluso en los peores momentos”, me decía mientras escuchaba atento sus palabras en este hermoso ágora donde me encuentro. Respiré el olor a incienso, sus melodiosas palabras y recordé mis años de vida en Andalucía, en aquellos valles y montañas plagados de luz, olor y color.

Quizás le haga caso. He invitado a una amiga a dar un paseo por eso de compartir las aventuras, y viajaremos hacia el mediodía para cambiar la perspectiva, para comprobar que hay más vida después de todo derrumbe y para darme cuenta, como ayer decía cariñosamente Cristina (gracias querida por tu carta), de que ninguna noche es infinita. Así que gracias queridos amigos por vuestra inspiración. Toca mirar adelante, viajar y seguir saboreando los placeres del alma libre compartiendo con aquellos seres reales que se sujetan a la amistad incondicional, en lo bueno y en lo malo.

(Foto: ayer reflexionando en la horizontalidad sobre los devenires de la vida. Siento, ahora que todo se derrumba, que mi sueño de ser escritor quizás esté próximo y sea realidad. Especialmente en este año, cuando hace ahora una década que empecé a escribir en este blog).

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¿Qué hacer cuando todo se derrumba?


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La inteligencia en movimiento es el universo, decía Jiddu Krishnamurti en su segundo diario. La habilidad de la inteligencia es poner al conocimiento en su justo lugar. El universo, el propio cosmos, es un proceso, decía el Noumicon. Alguien me dijo que en estos días el estado lunar cambia y entramos en un nuevo ciclo astrológico que durará seis meses. Digamos que habrá un cambio desde la inteligencia universal que afectará inevitablemente al proceso en el que ahora nos encontramos, con la confianza de que todo se volverá a ordenar para poner al conocimiento, y de paso a las personas que lo albergan, en su justo lugar.

Tras tres meses de catástrofes personales y profesionales sin tregua, estoy deseando que la luna, los astros o los mercurios retrógrados de turno cambien de una vez y la inteligencia y los procesos se apiaden de esta frágil vida humana. Ayer recibí otra nueva noticia catastrófica que cambia de nuevo mi vida y un trabajo continuo de doce años para siempre. No hay tregua en este derrumbe. Miro a mi alrededor y es como si un ciclón hubiera arrasado con todo, o mejor dicho, como si estuviera arrasando con todo y yo permaneciera inmóvil contemplando el paisaje devastador sin mucho margen de maniobra. Por eso tengo ganas de experimentar lo nuevo desde el vacío vertiginoso en el que ahora me encuentro y esperar que el reordenamiento de la inteligencia ponga en marcha una nueva onda encantada, un nuevo proceso.

Las malas noticias de estos días me hicieron reaccionar, en un primer momento, tras unos días de calma, con cierta virulencia. Ayer me desperté a las cinco de la mañana y no pude hacer nada en todo el día, excepto enviar algunos libros a las américas. Permanecí inmóvil, colapsado, atravesado por la realidad. La palabra es una manifestación de un conocimiento, o es un recipiente del mismo… pero la inteligencia y lo sagrado de la misma es una experiencia. En estos momentos estoy siendo testigo de la experiencia de vivir el vaciado de lo hasta ahora conocido para enfrentarme a una nueva realidad, un nuevo enfoque, a una nueva experiencia que la inteligencia desea que experimente. La sensación es de vértigo acompañada de una serenidad extraña, quizás nacida cuando ya todo te supera.

¿Qué hacer cuando todo se derrumba? Sin duda, tras los primeros envites cargados de rabia, he intentando poner el foco en la quietud. En no hacer nada, en esperar acontecimientos o milagros que resolvieran el nudo gordiano donde me encuentro. Pero no hay día que no traiga una mala noticia, una nueva catástrofe. Además, sumo la pesadez de descubrir engaños, burla, insensatez y desproporción. ¿Cómo es posible el poder vivir engañados? ¿Cómo es posible que las personas aún nos autoengañemos o engañemos a los seres supuestamente queridos que nos rodean? Así, lo único que se puede hacer es plantarte humilde ante los acontecimientos, contemplar tu pequeñez ante la tragedia inevitable, respirar hondo ante cada error y torpeza que cometes, suplicar entendimiento para valorar el daño, permanecer inamovible en los pilares básicos de nuestra vida y emprender un camino generoso hacia nosotros mismos y el resto.

Si la inteligencia en movimiento nos ha llevado hasta este lugar, hasta esta situación, es porque algo importante quiere de nosotros. Algo que debemos analizar con cautela, con calma, con proporción. Algo que nos aproxime a la verdadera esencia de lo que somos, y nos aleje cuanto antes de la mentira y la hipocresía. Quizás tan solo lo que se está derrumbando sea eso mismo. Lo ilusorio, y cuando todo acabe, en la próxima revolución estelar, únicamente permanecerá lo verdadero. Lo verdadero siempre persiste, sean las circunstancias que sean. Lo falso se desploma, desaparece, huye, se esconde y con el tiempo, se olvida.

(Foto: paseando hace unos días por las ruinas del parador de Santo Estevo, en la Ribeira Sacra. El reflejo de las ruinas que permanecen con el tiempo es equiparable a todo aquello que se construye con fortaleza y amor verdadero. Pasa el tiempo pero el edificio permanece).

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