Reino Unido, un día triste


a

 

“Por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración; he visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea”. Stefan Zweig: El mundo de ayer, prefacio.

Pues adiós, pueblo soberbio como pocos. Tristeza, ríos de tristeza por la desunión, por el orgullo, por la nueva marea de nacionalismos y patriotismos que asolan nuestro ya viejo continente. Preocupación y tristeza por ver como triunfa la desconfianza y el miedo, la vanidad patria, lo nacional, lo mío contra lo tuyo, el egoísmo atroz de los pueblos que se ensalzan unos contra otros, pensando que su diferencia con respecto al otro les hace inmunes, superiores, diferentes.

Zweig lo llamó la peor de las pestes. No le faltaba razón a algo que envenena nuestra cultura, que nos divide, que nos vuelve de nuevo a las más profundas cavernas. No es una buena noticia que Reino Unido abandone la Unión Europea. El mundo requiere unidad, cooperación y apoyo mutuo ante los retos que se presentan. No, no es un día alegre para los que creen en la fraternidad humana por encima de todo.

Los corceles amarillentos del Apocalipsis parece que asoman de nuevo la cabeza. El temor de que hoy sea el preludio de una nueva edad oscura está en todos nosotros. Ahora Reino Unido, y mañana… ¿quién será el próximo en ahondar en la herida del nacionalismo?

No hay mucho más que decir. Debería ser para todos un día triste. Una advertencia. Tiempo al tiempo.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

El reloj del fin del mundo


a

© Sergey Novozhilov

“¿De qué sirven las antorchas, la luz o los anteojos si la gente no quiere ver?”                    En un grabado de Khunrath.

Mediodía en punto.
No nos hallamos maduros para la verdad. No somos tan sabios, ni tan inteligentes, ni conocemos tanto, nosotros los conocedores. Me di cuenta al llegar puntual a la estación destino a un nuevo viaje. Dejé a los obreros pagados y contentos. Siete días más y las obras continúan. A partir de la semana que viene todo será un reto o un complejo laberinto que deberé resolver con perseverancia y tenacidad. Sólo con eso podré vencer la complejidad de la empresa y la madurez para afrontar la Obra.

Ayer ejercí de Experto en la Gran Asamblea. Son oficios que me dan pereza, pero uno viene a servir, a ser útil, y hace lo que puede. Los trabajos no fueron justos y perfectos, todo hay que decirlo. Hay que destacar que de alguna manera se ha perdido un poco el buen oficio, el artifex, que lo llamaban los antiguos, algo mayor y más profundo a eso de ser un artesano o un artista. Todo se pierde en este marco de tinieblas y confusión.

Lo vivido ayer fue catastrófico desde un punto de vista conservador y tradicional. Se puede decir que la Tradición, lo pongo en mayúsculas, se pierde. El Oficio se pierde, y la esencia de lo que somos se va perdiendo entre máquinas, materialismo y consumismo de cosas, no importa qué tipo de cosas sean. En definitiva, el Ser Humano se pierde en este laberinto, distraído y alejado de su esencia, de aquello que define su naturaleza, del swadharma que decían en la tradición hindú, del verdadero cumplimiento por parte de cada ser de aquello que nace conforme a su propia naturaleza. Lo decía René Guenon en alguna parte, siempre crítico con la deriva que ya en su tiempo observaba, y siempre apelando a la necesidad de que los “burros” soporten y transporten el “tesoro” para preservar el secreto. Lo vivido ayer era un síntoma inequívoco de que la humanidad vive en un declive esencial, o al menos, nuestra sociedad y nuestro modelo contemporáneo. Ahí estábamos, como burros de carga, soportando la levedad del oficio perdido, intentando resguardar de lo profano aquello que por su naturaleza es sagrado.

Lo de ayer fue solo un reflejo de algo, un síntoma, un indicador, como decimos los antropólogos. En ese sentido, estamos viviendo en el Apocalipsis. Lo dicen prestigiosos científicos y estamentos que nos alertan de que estamos a cien segundos para la media noche, o lo que es lo mismo, rozando el fin de la existencia humana tal y como la conocemos. Incluso los Elders, los ancianos del mundo, afirman que estamos en un momento complejo. No sabría qué decir. Todos los habitantes de nuestro país podrían vivir perfectamente confinados en una pequeña provincia. El resto del territorio, casi un noventa por ciento, quedaría vacío. Somos muchos, es cierto, y cada vez más, pero la tierra es inmensa, y sus océanos, y sus cielos, y el Misterio que nos rodea.

Pienso en el tren balanceante en esa necesidad de despertar nuestras habilidades latentes. Observar con perseverancia nuestro estado consciente, nuestra habilidad para estar vivos. No podemos negar que somos una obra maestra que dormita en una penumbra cargada de velos. Si al menos pudiéramos conectar con algún tipo de esencia, con algún tipo de verdad, con eso que nos hace únicos e irrepetibles.

Tras el Oficio decidí mover la realidad y empujarla hacia otra parte. Soy un provocador, y me gusta provocar mundos paralelos, dimensiones cognitivas diferentes, así que, cambiándome de ropa en un bosque oscuro y profundo, me adentré en una línea de tiempo que no estaba a priori registrada. Había en el fondo del ancho horizonte divisado una pequeña luz dentro de una cueva y allí, sentada en reposo, una ermitaña hermosa que tejía realidades. Un armario, un ruido, un gallo sin patas, pero allí estaba el resplandor, la tejedora. Sentí alivio al verla. De alguna manera la soledad se esfumó y también la pesadumbre del fin de los tiempos. Me sentí arropado y acompañado ante el telar de las palabras, pero sobre todo, ante el telar del Verbo y su Misterio.

Compartimos un rato y antes de que sonara alguna campana o de que algún perro ladrara o algún gallo cantara, regresé a mi cabaña. No tenía miedo, no sufría miedo. La realidad había cambiado, pero la esencia, la estirpe y el contenido modélico del Oficio y la Tradición seguían intactos. El fin del mundo no puede con el anhelo. Los pequeños misterios siguen a cubierto para seguir transmitiendo, cueste lo que cueste, el estado primordial, la materia esencial de la Gran Obra que nos acercará poco a poco a los Grandes Misterios Mayores. Hay que restaurar la influencia espiritual que de alguna manera nos indica qué somos realmente. Un proverbio turco dice: “ata primero a tu burro y luego encomiéndalo a Dios”. Es algo profundo y urgente.

Tras ese hermoso rato con la tejedora de palabras llegué sano y salvo a casa. Había descubierto un velo. Había modificado la línea de tiempo. Había sanado una parte de la realidad.
Era medianoche en punto.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Aprendiendo a Ser junto al Ser


WhatsApp Image 2020-01-16 at 21.13.38

Las dos columnas que sostienen nuestro hogar: la fuerza y la sabiduría. Junto a ellas, a la derecha, casi invisible, espera la belleza. 

Acabo de encender la chimenea. He quemado en ella todos los virus de esta semana, algunos restos inidentificables, algunos manuscritos ya editados y cosas que uno encuentra ya sin valor. Me hubiera gustado mucho estar un poco más junto al fuego de la casa compartiendo conversaciones en inglés con la hermosa alemana y su hija que estos días nos acompañan. Pero no he querido cogerles cariño. Vienen con dos perros y se tienen que marchar en unos días. Es la ley. A pesar de que siempre intento ser flexible y hacer cientos de excepciones, es algo que no gusta. Así que intento no batallar, regirme al guion establecido sin mayor argumentación. El fuego en la casa ardía con fuerza, la conversación era amena, recordando viejos tiempos cuando vivía en el norte de Alemania, en la hermosa región de Wendland. Llueve como lo hacía en aquella añorada granja de caballos. Hace frío, pero el fuego arde.

Estoy feliz porque esta mañana hemos podido pagar una semana más a los tres obreros. Cada semana es un reto, y como dicen por aquí, haber si damos salido. Las obras avanzan deprisa y eso nos satisface. Personalmente no tengo fuerzas para seguir subido a tejados o haciendo cemento o poniendo suelos. Eso me ha envejecido demasiado. Ahora me siento torpe, casi sin energía, y la necesito para lo que ha de venir. Me declaro inútil, cansado e ineficaz para esas cosas de la materia densa. Casi seis años de grandes esfuerzos, de grandes sacrificios personales deben llegar a su fin. Prefiero endeudarme por un tiempo más que seguir sufriendo. Prefiero que por fin la casa se termine y que en los próximos años podamos dedicar nuestros esfuerzos al Jardín. Sí, como hacía Epicuro, y así convertirnos en los nuevos filósofos del Jardín, de un nuevo Jardín comprometido con nuestro tiempo, comprometido con el espíritu de esta época. Ya hemos pasado la fase en la que se ha podido construir la columna de la “fuerza”. Interiormente nos hemos llenado de fuerza y voluntad. Ahora toca construir la columna de la “sabiduría” para junto a la fuerza crear la tercera de las columnas de cualquier templo que se precie: la “belleza”. La belleza como símbolo inequívoco del amor.

Esa es la idea y comprendo que hacía falta esta pedagogía constructiva. Construir, cocrear entre todos era necesario plasmarlo en la acción, y no tan solo en el verbo. Uno puede hablar con mayor fuerza cuando ha experimentado la cosa en sí. Ya no habla en potencia, como muchos filósofos hacen, sino en acto, desde el acto, desde la acción. Cuando propongamos meditar desde la cocreación activa, sabremos de lo que hablamos. Habremos encontrado la fórmula para moldear la materia, para, como alquimistas, argumentar con suficiente detalle todo el proceso de transformación necesario.

La alquimia experimentada en los templos vivos, en la piedra viva, tiene mayor repercusión que la nominativa, la simbólica. El símbolo nos señala, pero el acto nos inicia. Uno puede pasarse toda la vida hablando de Dios, de la espiritualidad, pero esta tan solo se manifiesta inevitablemente en la acción: fuerza + sabiduría = belleza. La contemplación nos puede ayudar a comprender la necesaria tarea de transmitir, la urgente necesidad de ayudar allí donde haga falta. A veces al prójimo desconocido, como esa hermosa alemana y su hijo y sus dos perros que deambulan por el mundo sin un rumbo muy fijo, angustiados por los problemas que atraviesan. Me gustaría de nuevo saltarme a la tolera la ley y volver a hacer más excepciones. Pero eso crea desconcierto.
Así que antes de que se marchen intentaré, como hoy, dedicarles junto al fuego todo el tiempo que haga falta. Todo lo demás podrá esperar.

La fraternidad humana se construye a base de piedras vivas que arden junto al fuego, que comparten complicidades y futuros. Escuchar al otro, poder ofrecerle aunque sea por unos días algo de pan y cobijo, por muy distinto que sea, es una buena forma de espiritualizar el mundo, ya que de la escucha y el apoyo material y espiritual nace la empatía, la compasión, la fraternidad, la unidad, la cooperación. No podemos hablar de ser más humanos, de ser más espirituales si no aprendemos a estar con el otro, a ayudar al otro. De ahí el reto de crear comunidades abiertas, integrales. Es lo más espiritual que existe. Especialmente cuando te atreves a tener una casa abierta las veinticuatro horas del día y los trescientos sesenta y cinco días del año aprendiendo a Ser junto al Ser, aprendiendo a humanizarnos siendo cada vez más humanos. Y la humanidad, lo que nos hace verdaderamente humanos, solo puede ser entendido con el otro, junto al otro, junto el fuego, dando, siempre dando, como hace la llama, como hace el Sol y los cielos, sin esperar nunca nada a cambio.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Amigo de la mala suerte


a

© brunozbruna 

Recluto y acojo en esta pequeña cabaña el antojadizo destino. Me acaba de llegar el presupuesto de reparación del coche accidentado y la broma va a salir cara. Quizás debería dejar de tener vehículos. Haciendo cuentas, casi me saldría más económico el no tener nada y simplemente desplazarme caminando. Si tenía que pasar, si era algo inevitable, me alegro de que pasara con mi viejo amigo Prius. Si hubiera sido con otro el remordimiento hubiera sido mayor.

Miro por la ventana pensativo, asumiendo el devenir, lo inevitable, y observo como la niebla polvorea todo el paisaje. Es algo hechizante cuando el frío se entremezcla con los sabores inciertos del invierno. Hoy se fueron casi todos y el silencio abrigó el lugar. Aproveché la decadencia física, el cansancio acumulado, la tozudez de un resfriado que no termina de marcharse, el agotamiento casi existencial, para quedarme tumbado, sin hacer nada, como un espectro que flota tres metros sobre el suelo y se deja llevar por cualquier viento. Hago repaso y es como si la mala suerte se hubiera cruzado en mi camino. Al final me haré su amigo, y le pediré que no haga mucho ruido si quiere seguir acechando. Uno se cansa de tanta prueba donde todo son pérdidas y ninguna ganancia. Quizás debería permitirme el lujo de no hacer nada durante una larga temporada. Dejar que todo se despeje, que la niebla se diluya y salga el sol. Si pudiera me marchaba de vacaciones lejos de todo, pero esa palabra está lejos de mi diccionario.

La niebla siempre es pasajera, como nuestras vidas. La felicidad es un algoritmo que depende de muchas cosas. También la profundidad de nuestra mirada en cuanto a los acontecimientos que nos rodean. Vivir en una cabaña es algo extraño. Aquí estás en mitad de la nada, te sientes desahuciado de todo cuando rezuma a normalidad. El bosque está calmo ahí fuera. No se escucha nada. La temperatura no sube aquí dentro a más de ocho grados. Es un sueño vivir aquí, aunque a veces me sienta atrapado en el mismo. Fuera hace más frío.

Ha sido una semana intensa. Encintando la futura cocina y ayer montando y colocando muebles. En unos días tendremos algo decente. El grupo de amigos catalanes que ha estado esta semana ha sido especialmente trabajador. Me sorprende el sobresfuerzo que mucha gente aporta para que este sea un lugar cómodo y cálido. Pero cada vez me voy dando cuenta de que este lugar, quizás exceptuando algunos meses de verano, nunca será cómodo y cálido. Resulta difícil acomodar una casa de piedra construida en el siglo XVI, inabarcable, solo a base de buena voluntad. He arriesgado de nuevo y he comprometido una nueva obra mayor. Será muy caro aislar la casa para que el agua no entre, pero es necesario hacerlo. El riesgo forma parte de este proyecto.

De forma paralela y silenciosa sigo tratando con el arquitecto italiano que nos está diseñando la escuela. Será el objetivo para los siguientes siete años. Y para los otros siguientes siete, intentar crear un núcleo fuerte de comunidad. Eso es lo más difícil porque aquí no hay aguas milagrosas, ni apariciones marianas, ni un suculento negocio económico ni unas instalaciones apropiadas ni un entorno con un tiempo envidiable. El lugar carece de casi todo, así que el esfuerzo será mayor.

De momento solo hay niebla, soledad, algo de frío, invierno. Me pasaré el fin de semana descansando. Estoy agotado y solo me apetece leer y escribir, contemplar en silencio la vida, sus misterios, sus derroteros. La vida es misteriosa, pero en la naturaleza aún lo es más. Miras un árbol o la yedra que lo cubre y todo parece diferente. Observas los ciclos y cala en la epidermis un halo mistérico. La vida ejerce cierta victoria sobre la forma, al igual que el espíritu lo hace sobre la materia. Desde esta pequeña cabaña puedo evocar al fuego, nutrir las vidas menores y mantener así girando la rueda.

Las vidas siempre pueden ser evocadoras. Pueden evocar una idea, una emoción, un sentir, una acción determinada. Podemos invocar a los dioses y esperar a que todo se resuelva de alguna manera. Hasta que nos damos cuenta de que lo mejor es ser evocadores de vida, aspirando a que la misma crezca de forma pacífica y amorosa. Seguiré leyendo y escribiendo. Toca descansar mientras el misterio se despliega y la vida prosigue su caudal inagotable… ¡qué misterio! Abrazaré la mala suerte, no me queda otra, y ya vendrán tiempos mejores.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Ánimo viene de ánima


a

A pesar del accidente de ayer, no me tembló la voz, ni el ánimo. Esta mañana una buena amiga me preguntaba sobre el significado profundo de este accidente. En términos anímicos, hay circunstancias que se expresan en nuestras vidas para poner a prueba nuestro ánimo, nuestro propósito. Son los guardianes del umbral, aquellos cuya misión es impedir el paso del neófito hacia la nueva experiencia. En los mitos aparecen como figuras monstruosas que impiden el paso en el camino del héroe hacia la siguiente estancia de la aventura. En la vida extraordinaria, aquella que pretende responder a la intendencia lumínica de los despiertos, las pruebas del umbral suelen ser diversas.

A un nivel más psicológico, la vida ordinaria está llena de pruebas que pretenden expandir nuestra consciencia. Una ruptura, una enfermedad, un nacimiento, una muerte, un accidente… Ese tipo de hechos extraordinarios merecen una atención especial, pues guardan tras de sí un mensaje velado para que podamos descubrir su profundo significado.

Gracias a la pregunta de mi querida amiga, a media mañana me marché a meditar a un lugar apartado del bosque. Dejé el encintado de la cocina para profundizar en lo ocurrido ayer. Enseguida me vino una respuesta clara. Tenía que tomar una decisión con respecto al proyecto, una obra mayor que requiere de un gran capital y que estaba rezagando por la envergadura de la misma y su propia complejidad. Pero en la meditación lo vi claro. Este accidente pretendía provocar en mí miedo para así abortar la decisión. Sin embargo, no ocurrió eso. En cuanto lo entendí, sin disponer aún de los medios suficientes para dicha obra, llamé al constructor para dar el visto bueno al presupuesto y seguir adelante. Como siempre, la osadía y la valentía precedió al miedo, y ni el accidente, ni las anteriores vicisitudes sufridas en los meses anteriores, podrían apartarme del ánimo, del claro propósito, de la clara luz que me empuja a seguir adelante.

En julio tenemos un evento importante en el proyecto al que debemos atender con una casa lista para acoger a mucha gente y un entorno apropiado para que todo salga a la perfección. Ese reto es solo el inicio de una nueva etapa, también el final de la construcción de la casa de acogida y el comienzo de la construcción de la Escuela de Dones y Talentos. Por eso hoy me sentía lleno de ánimo. Llevé el coche al taller y puse en manos del destino todo lo demás, aventurando la incertidumbre a la certeza interior.

Ánimo viene de ánima, de alma, de espíritu. La fortaleza de ese espíritu guía cada uno de mis pasos, y el miedo o aquello que lo provoca no podrán hacerme retroceder ni un ápice lo que interiormente siento. El viejo Prius será resucitado y volveremos a practicar los caminos, como un Quijote andante que va en busca de justicia y paz.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

2019, el fin de una década


a

© Michel Rajkovic 

 

“Incluso la época de agobio es digna de respeto, pues es obra, no del hombre, sino de la Humanidad y, por lo tanto, de la naturaleza creadora, que puede ser dura, pero jamás absurda. Si es dura la época en que vivimos, tanto más debemos amarla, empaparla de nuestro amor, hasta que logremos desplazar las pesadas masas de materia que ocultan la luz que brilla al otro lado…” Walter Rathenau.

Algo se sumerge y remonta el vuelo sin mojarse las plumas, reza el Bhagavad Gita. Veníamos de una década difícil y esta no ha sido del todo fácil. Si los ciclos fueran altaneros, podríamos pensar que ahora entramos en una década prodigiosa, dónde la humanidad se une para avanzar en los retos comunes. Pero después de ver que los Leoneses se quieren separar de la ancha Castilla, uno ya no sabe qué pensar. Lo de la unión administrativa de los pueblos va a ser difícil, también lo de la unión fraternal.

Dos grandes retos nos esperan en esta próxima década: los nacionalismo y el cambio climático. El odio, o la ignorancia, en su defecto, campa a sus anchas, a veces escondido, disimulado en cosas abstractas. La unión fraternal aún está lejos. Esta nueva década que ahora nace no parece, aparentemente, muy esperanzadora en cuanto a afrontar juntos todo lo que nos viene. Vuelven los nacionalismos que dinamitaron la Europa en siglos pasados. Vuelve el egoísmo de los pueblos, que se ensalzan en ese ombliguismo enfermizo de pensar que lo nuestro siempre es mejor cuando no es nada cierto. Ni es mejor ni es diferente. Es solo un espejismo, un glamour inocente que desea separar, y no unir. Los seres humanos somos todos iguales por naturaleza. Sólo nos separa una visión corrupta marcada por hechos diferenciales mecidos en la cuna. Nuestra responsabilidad es vencer esas diferencias y unir todas nuestras fuerzas para combatir juntos los importantes retos climáticos que se avecinan. Si estamos entrando en una distopía, en un posible final de los tiempos, es mejor que estemos juntos.

A pesar de todo, si en esta década prodigiosa no hay guerras, habremos avanzado con respecto a siglos pasados. Europa ha mantenido la paz durante estos años y en el resto del mundo cada vez son menos los conflictos, al menos aparentemente. Visto así, no podemos quejarnos. Sí nuestros abuelos que vivieron guerras horribles. Nosotros, solo crisis materialistas por haber perdido algunas cosas que acumulamos ciegamente. El materialismo sigue avanzando cada vez con mayor virulencia. Pero habrá pronto una emancipación del mismo. Pronto entraremos en la época posmaterialista y la vida será diferente, al menos queremos que sea diferente, con nuevos valores, con una nueva ética viviente.

En lo personal no sabría como describir esta década. Puedo decir que he vivido, que ha sido apasionante y que básicamente he concentrado todas mis fuerzas en llevar a cabo una utopía. Como toda utopía tiende al fracaso, no puedo quejarme. Quiero decir que uno, optimista como es por dentro, sabía a ciencia cierta que el final de todo el invento sería una pérdida constante. Pero me queda el regusto interior de haberlo intentado, de haber conseguido crear unión fraternal entre seres dispares, diferentes, antagónicos, de haber creado un lugar inspirador quizás para próximas generaciones, no para la nuestra, que aún vive sumida en el egoísmo y la ceguera. El fracaso formaba parte de la victoria. Como cuando una semilla cae a la tierra y allí muere para que brote un gran árbol potencialmente lleno de frutos. Esa es la sensación de todo el esfuerzo de esta década. Una muerte en la tierra cálida y doliente.

Pero como en todo ciclo vital, algo se sumerge y remonta el vuelo. Si en esta década pasada nos hemos sumergido para que este lugar brotara, la próxima década debería ser un momento de remontar cierto vuelo. No sabemos aún hacia dónde. A nivel general, la tecnología avanza exponencialmente hacia lugares que aún desconocemos. Ahí tenemos la Inteligencia Artificial como protagonista que entrará en nuestras vidas muy pronto. Y también la robótica, a punto de revolucionarlo todo. Y nosotros empeñados en vivir una vida sencilla en los bosques, a contra corriente de todo lo que está pasando. Intentando ser amantes de la naturaleza para seducirla y para arrimar nuestros cuerpos frágiles y desnudos a sus pechos cargados de savia y dulzor.

Personalmente puedo decir que en esta década me emancipé materialmente, viví con energía la culminación de proyectos vitales como la utopía o la finalización de la tesis. También mi bagaje ha sido peculiar. Empecé la década viviendo plácido en las cálidas tierras del sur, en una bonita casa estilo bahaus demasiado grande para albergar a un solo hombre. De allí emigré a Madrid, dónde viví profundas experiencias que nunca olvidaré. Allí fui embajador consorte, disfruté de los placeres materiales y me vi envuelto en una vida de reconocimiento que culminó en las conclusiones en las que ahora me encuentro. Un recorrido vital desde el cálido mediodía al frío septentrión, donde ahora me encuentro.

Todo lo pasado estuvo muy bien, y quizás fue necesario para emprender el mayor de los viajes: el interior. Por eso decidí aligerar el peso del equipaje y enfrentarme a la vida desde la sencillez. Vivir en una cabaña en mitad de un bosque quizás haya sido la experiencia más increíble que he podido experimentar. Por eso, ahora que siento que este es mi verdadero palacio, me encantaría dedicar la próxima década a profundizar en ese viaje interior. Siento interiormente que lo que hasta ahora he experimentado ha sido tan solo un aperitivo. Ahora viene el viaje real, así hasta que logre desplazar las pesadas masas de materia que ocultan la luz que brilla al otro lado.

Feliz año nuevo a todos… feliz entrada a los prodigiosos años veinte.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Esa visión que nos anima


 

WhatsApp Image 2019-12-12 at 22.05.41

Últimos momentos con la familia…

Ha sido un alivio comprobar que no había goteras en la casa. Tras un día de lluvias intensas hemos podido ver que el tejado ha resultado efectivo. Ahora queda resolver las inundaciones que se producen en el patio desde que pusimos el suelo y el tejado. De alguna forma cortamos las vías de escape que los antiguos habitantes habían desarrollado de forma natural para que el agua escapara de una punta a otra de la casa. No lo tuvimos en cuenta y ahora el agua se acumula en balsas imposibles.

La sabiduría antigua hay que respetarla. La ignorancia acerca de la misma nos crea problemas e incertidumbres. ¡Es tan importante el conocimiento para la vida! El servicio, el amor, incluso la introspección o la meditación no pueden ser ciegos. Necesitan inevitablemente de una visión, de un conocimiento, de una sabiduría. ¡Es tan importante saber quiénes somos y qué hacemos aquí en la vida para poder comprenderla y servirla de la mejor manera! Conócete a ti mismo para conocer a los dioses y los universos.

Ayer se fue la familia que vino a pasar unos días y han estado casi tres meses con nosotros. La verdad es que ha sido un regalo del cielo el poder compartir estos meses con seres tan especiales. La niña-ángel ha sido toda una bendición. Hacía mucho tiempo que no encontraba un aura tan pura, una inteligencia tan brillante y una luz tan hermosa en un ser tan joven. La escuela de este lugar te enseña a practicar el desapego constante. Son tantas las almas que vienen y van que por dentro crece una enseñanza continua. Por eso no albergué tristeza cuando se marcharon, sino felicidad y agradecimiento infinito por haber disfrutado de ellos durante estos meses. Se llevan en sus corazones, especialmente la niña, una experiencia inolvidable. ¡Cuánta luz habrá arrojado este lugar en sus corazones! ¡Cuánta inspiración sembrada para sus futuros!

Hoy me daba cuenta que tras la defensa de la tesis y la tensión por terminar cuanto antes el tejado he tenido abandonada la empresa durante excesivo tiempo. Debería vivir bien si pudiera administrar con mayor sabiduría el tiempo y tuviera la editorial en forma como en los viejos tiempos. Pero es difícil servir a Dios y al César, por más que intento practicar ese noble sendero del medio del que nos hablaba Buda. A veces me dan ganas de volverme extremo y dejar al César para tiempos mejores, pero me doy cuenta de que editar libros también es una bonita forma de servir a Dios, así que vivo en esa dualidad mendicante y gestora, buscadora de verdad y compartir. Tengo muchas ganas de terminar la fase de construcción, el mito fundacional, para dedicar mi tiempo a mis talentos verdaderos.

En ese afán de servicio dedicamos el día a limpiar la catástrofe de estos meses sin tejado. Era tanto por hacer que no sabíamos por dónde empezar, especialmente ahora que todo el mundo se ha marchado de vacaciones antes de la Navidad y nos hemos quedado tan solo dos personas. Así que empezamos por una de las habitaciones, la cual nos ha costado todo el día limpiar y ordenar. Cuando te ves solo ante el peligro de intentar poner orden en el caos, hay dos fuerzas que se entremezclan dentro de uno.

Una de ellas es la desesperante sensación de no avanzar nada. A pesar de los logros de estos cinco años, cuando hemos visto las habitaciones inundadas aún por el agua y la humedad, las camas todas amontonadas, el suelo medio levantado, las piedras de la pared mojadas o manchadas por el hollín de la suciedad que el agua iba arrastrando o incluso algunos muebles que hemos tenido que tirar por haberse estropeado ante las inundaciones, la sensación ha sido un poco desesperante.

Luego viene la segunda de las fuerzas: la voluntad de trabajar para el bien, para una causa mayor, para un lugar que sirve de inspiración, de amistad, de fraternidad entre tantas y tantas personas. Eso nos impulsa a seguir a pesar de la dificultad, nos dota de una fuerza superior para proseguir con la labor. No es ordenar habitaciones, no es limpiar, no es poner orden, es crear un mundo más justo y verdadero, un lugar que reafirmar la necesidad de reencontrarnos en el lazo místico. Esa visión nos anima, nos empuja a seguir adelante. El lazo místico ya ha sido creado y ya hay una fuerza angélica que lo domina. Solo así se pueden explicar tantas y tantas cosas…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Saber, placer, necesidad


 

a

Hoy he agradecido que lloviera. Creo que todos lo hemos agradecido porque nos ha impedido subir al tejado cuando estábamos llegando al extremo del cansancio. De luz a luz subidos y cargando losas y clavándolas con sus respectivos martillazos en nuestros frágiles y delicados dedos, nada acostumbrados a este tipo de tareas que requieren una dureza especial. Los profesionales, en su infinita irresponsabilidad, dejaron de venir, así que aprendimos la técnica y nos pusimos sin miedo a poner las losas de pizarra. No teníamos ni idea, pero teníamos voluntad, ilusión por terminar y necesidad por hacerlo cuanto antes. No es un trabajo placentero, pero es necesario. La nueva cocina llegará al martes y tenemos ganas de montarla y que todo quede resguardado, protegido y ordenado. Y para eso es necesario que esté terminado el tejado y así deje de llover dentro de la casa.

Tener una casa lo más acogedora y acondicionada posible es una necesidad. También es una necesidad el comer, el dormir y descansar. Las necesidades que la inmensa mayoría de la humanidad tiene no distan mucho de las necesidades más básicas que todo animal precisa. En eso somos muy animales. O al menos somos muy homo-animales. Necesitamos comida, cobijo y sexo para que la especie siga adelante.

Más allá de la clasificación que Maslow hizo sobre nuestras necesidades, especialmente las necesidades fisiológicas, de seguridad, de afiliación, de reconocimiento y de autorrealización, hay algo sutil que nos diferencia de los animales. Es el añadir a esos componentes un marco de placer. La comida ha dejado de convertirse en una necesidad básica y ahora buscamos el placer de comer. El vestido ha dejado de ser algo imprescindible para conservar el calor que nos proporciona la comida y ahora buscamos el placer de la moda, el vestirnos para gustar. Ocurre lo mismo con todo lo demás. Incluso el sexo se ha convertido, ya no en una necesidad de reproducción, sino en un instante de placer, muchas veces sobrevalorado y excesivamente exagerado.

Placer. Eso busca la mayoría de los seres humanos cuando han cumplido con la satisfacción de las necesidades más básicas. Por eso nuestro mundo, la mayoría del mundo, vive por placer, para el placer y con placer. Es el mundo ilusorio, el glamour, el maya, la lascivia que nace del sexo y se traslada a todos los componentes de la vida. Podríamos decir que vivimos en un mundo lascivo donde todo se regula por las bases más elementales del placer, un placer la mayoría de las veces inconsciente.

¿Pero qué ocurre cuando la comida, el sexo o el vestir ya no te producen placer? ¿Qué ocurre cuando se trasciende el placer, o simplemente no riges tu vida por el mismo? Ahí es cuando empieza a nacer lo inteligente, la necesidad de regir nuestras vidas por pensamientos, y no por simples deseos desbocados. La razón nos gobierna, nos eleva a otra visión diferente de las cosas. Podemos pasar la vida sin rozar el placer, o disfrutándolo de forma desapegada. No necesitamos un buen vino, o una buena comida en un buen restaurante, ni buen sexo continuado, ni buena ropa de marcas caras que nos den el placer del reconocimiento. Tampoco necesitamos demostrar nada por el placer de mendigar estima, cariño o calor.

Cuando se trasciende la necesidad y el placer, entramos en la esfera del saber. Primero el sabernos vivos, el saber que todo está vivo y por consiguiente, ordenar de forma racional el sufrimiento. Esto es un principio básico cuando se trasciende el placer y se racionaliza éticamente el sufrimiento. La dieta es una de las cosas que primero se ordenan en esta transición. Dejar de afligir sufrimiento a los animales por puro placer, ya ni siquiera necesidad, es una de las premisas de la inteligencia ética, esa que nace de una necesidad moral de coparticipar en un mundo vivo y sintiente.

A partir de ahí, lo que comemos, lo que vestimos, dónde vivimos, en qué trabajamos, como organizamos nuestro tiempo y con quién, empiezan a tomar una dimensión diferente. Nos dábamos cuenta de ello cuando poníamos el tejado para que otros puedan disfrutarlo. A pesar de la dureza del trabajo, del cansancio y el abatimiento, sentíamos alegría interior, trabajábamos con entusiasmo y esfuerzo para que personas, amigos y desconocidos, puedan disfrutar de un lugar seguro y cálido. Hacíamos algo por el bien común, más allá de nuestras necesidades o placeres individuales y egoísta. Es una visión diferente, es una forma diferente de ver el mundo. La necesidad es básica para sobrevivir. El placer es bueno para disfrutar la vida. La sabiduría es imprescindible para gobernar sabiamente nuestra existencia, sin que el placer ni la necesidad rijan nuestros designios.

Saber, placer, necesidad. Fijémonos cual de los tres rigen nuestras vidas.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Música


a

© Paul MacPhail

Ven Jessica, contempla el firmamento / adornado con resplandecientes esferas doradas / en el no hay ni una sola estrella / que en su girar, no cante como un ángel /que no pertenezca al coro de los querubines / esta misma armonía está en nuestra alma / y solo cuando el triste harapo de la maldad / la cubre, somos incapaces de oírla.
William Shakespeare- El mercader de Venecia

No paramos de trabajar hasta que anocheció. Tenemos que aprovechar que no llueve para terminar como sea el tejado. Luego, cansados pero satisfechos, cenamos unas merecidas patatas fritas con huevos. Todo de nuestra huerta y corral. Pusimos música mientras cenábamos y cuando nos dimos cuenta, tras la cena, estábamos bailando bajo la noche fría y helada, bajo las estrellas, bajo el manto de la vida. Fue una escena excitante y divertida, salvaje y hermosa. Estábamos tan cansados que no podíamos parar de bailar.

La música tiene algo que nos comunica con nuestra esencia. Es el lenguaje que está más allá del lenguaje, o, como dice el poeta Eichendorff, la música es el lenguaje de las cosas, el que les da vida. Por todos es sabido que la música fue hecha desde el mundo angélico para que los seres humanos pudieran comunicarse directamente con los dioses. Aquellos sonidos refinados, angélicos, son los que de forma sublime nos llevan al éxtasis y nos capacitan para provocar en nosotros un estado diferente de las cosas.

Por eso, tras la meditación silenciosa de las mañanas, dedicamos veinte minutos al canto. Es una forma de llamar la atención de los seres invisibles, al mismo tiempo que equilibramos nuestros corazones con la alegría de la música, de la melodía, del ritmo. La ordenación en música de los sonidos trae lo divino hacia este mundo. Por eso, aún sin saberlo, la música es algo universal y gusta a todos. La música llena de vida nuestras vidas.

La música posee ritmo y tonalidad. El ritmo ordena el tiempo y la tonalidad ordena el sonido. Esos pequeños secretos son necesarios para entender la configuración celestial del universo musical, pero también su dimensión corpórea y moral. La danza siempre acompaña a la música. Cuando un tambor o una flauta suenan, nuestras piernas acompañan su sonido. Todo nuestro cuerpo se agita en éxtasis.

Todos las cosas tienen música. Las piedras suenan entre ellas cuando son arrastradas por los remolinos de un arroyo. La tierra cruje bajo nuestros pies. Los pájaros cantan, las nubes sueltan truenos centelleantes comunicando que el agua está cerca. Las flores y las plantas crean auténticos conciertos bajo el azote del viento. Qué decir de los planetas y las estrellas. Las órbitas celestes también tienen música. Para los pitagóricos el Universo entero manifiesta proporciones justas, establecidas por ritmos y números, que originan un canto armónico que todo lo atraviesa. Fuerzas y energías capaces de crear armónicos audibles para los justos.

Para el filósofo el mundo es un teatro, un concierto, un acorde. Estoy tan cansado que solo me apetecía cantar, bailar y hablar de música. Un pequeño acorde de música compartida. Mañana más y mejor.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

El camino arduo


a

“La verdadera jungla no está fuera, quién sabe dónde, sino en la ciudad, en la metrópoli, en aquella compleja telaraña en que hemos transformado la vida, y que sólo sirve para limitar, estorbar o inhibir a los espíritus libres. Basta que un hombre crea en sí mismo y encontrará el camino de la existencia, a pesar de las barreras y de las tradiciones que lo aprisionan”. Henry Miller

Después de cuatro días sin salir de la cabaña ayer pude por fin, aprovechando unos rayos del sol, dar un pequeño paseo acompañado de los perros y Maia. Los bosques están cargados de humedad, de riachuelos que corren de un lado para otro intentando alcanzar algún lado. Las nieblas se juntan con las nubes, el sol aparece de repente y las gotas que aún caen desde lo más alto de los árboles golpean centelleantes sobre las hojas otoñales. La belleza está por todas partes. El verde oceánico, el azul cristalino de los ríos, el ocre de las veredas teñidas de los vestidos arbóreos.

Escoger el camino arduo nunca es fácil. Cuando atravieso el bosquecillo dirección a los Ancianos y el prado de las Hadas es inevitable pasar cerca de la casa de los vecinos. Sus tierras rodean todos los caminos y seguramente también los comentarios al vernos pasar. Pensaran que somos irreductibles, que hemos aguantado los peores inviernos cuando no apostaban nada por nosotros. Los saludamos con amabilidad y también con cierta complicidad. El compartir linderos nos obliga a llevarnos bien porque nunca se sabe cuando un vecino puede ayudarte o echarte una mano. Aquí la vida es dura, aislada, solitaria, y siempre viene bien un poco de charla. Especialmente en invierno.
Indicar el camino arduo es complejo, caminarlo es aún más embarazoso. Otros ya probaron de su sabor amargo y de su fatiga. Vivian bajo una convicción ciega. Ya no podían volver la mirada hacia atrás porque ya no les valía cualquier cosa. El camino arduo tiene esas cosas. Una vez lo has probado, ya no sientes deseos de seguir por otra vía. Te atrapa, te seduce, te hechiza con sus maravillas. Es arduo, es fatigoso, pero excita solo pensarlo.

La vida es fútil y absurda cuando entramos en el engranaje del sistema. Cuando nos damos cuenta nuestro tiempo ha desaparecido. Ya no nos pertenece. Creemos tener algo de calma y ocio, pero eso demuestra algo terrible. Es como cuando un preso sale al patio de la cárcel a dar su paseo diario y piensa, mirando el cielo, que aún guarda en sí mismo algún anhelo de libertad. Esos momentos de ocio son como ese patio, una ilusión de creernos libres mientras deambulamos en la gran cárcel que nos gobierna. Y además nos vigilan y nos censuran. Las normas y las costumbres no permiten que salgamos del camino porque los vecinos juegan un rol importante. Como los nuestros cuando nos ven deambular por las veredas. Nos miran, nos saludan, observan que todo está bien y buscan nuestra complicidad mientras piensan que somos irreductibles, extraños, diferentes.

Vivir una vida algo excéntrica aquí en los bosques puede ser revulsivo para los que nos observan desde lejos. Vivir en la naturaleza, al menos para nosotros, es vivir una vida rica y profunda. Los dudosos lujos y comodidades nos apartan de algo real: el contacto directo con la vida. “Las ocasiones de vivir disminuyen en la medida en que crecen los
llamados medios”, nos decía Thoreau. No le faltaba razón. Es en la humildad del contacto directo con la tierra, del charco, de la comunión con las aves o el bosque, del grito de la lechuza en mitad de la noche, el frío y la nieve, el agua y el viento, donde nace nuestra verdadera naturaleza. Aquí no solo existimos, aquí vivimos intensamente si nuestra sensibilidad nos permite comunicarnos realmente con las fuerzas naturales y sobrenaturales que nos envuelven. Si somos capaces de entender los mensajes arquetípicos de la creación, ancha y luminosa en cada paso que damos. Casi se puede vivir una vida virtuosa sin un exceso de esfuerzo.

Por eso nos mantenemos firmes en el camino arduo. Sin desfallecer, sin mirar atrás, sin desear nada mejor que esto. Desaparecidas todas las ambiciones, solo cabe esperar que mañana el contacto con la naturaleza sea aún más intenso, y así, desear un día más, ser poseídos por las fuerzas inextinguibles de la existencia. No hay mayor sabiduría y ejemplo que poder profundizar en el camino arduo, a sabiendas que la mayor conquista de todas es el poder respirar a cada paso y ser partícipe de toda la creación.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

¿Y ahora qué?


a

© David Frutos Egea 

Lo primero dar las gracias a María, doctora y profesora de universidad que estos días me ha estado cuidando como nadie. Mi mayor reconocimiento y agradecimiento por haber viajado hasta Córdoba para ayudarme a preparar la presentación y la defensa hasta el último detalle y por acogerme en su casa de Madrid tras el bajón postdoctoral. Sus cuidados y amor incondicional hasta en el más pequeño gesto han hecho que este tránsito haya sido lo más suave posible. Tener que soportar la tensión de estos días ha sido una prueba dura, de ahí que agradezca especialmente su infinita paciencia.

Esta mañana tenía una reunión en Madrid. Me hizo gracia que mi primer día como doctorcito hubiera pasado la noche en casa de una doctora, profesora de universidad, y comiera con un grupo de soñadores del adytum en el comedor del Centro Superior de Investigaciones Científicas. Esos guiños del destino, de la vida juguetona, que te van marcando los ritmos de la existencia.

¿Y ahora qué? Me preguntaban los doctores que evaluaron mi tesis y me preguntaba mi directora mientras me invitaba a dar alguna charla en algún máster o clase universitaria. Pues ahora no lo sé. Necesito celebrar todo esto y estar agradecido. Agradecido a la familia que ha cuidado de este lugar durante esta larga e intensa semana dónde ha pasado de todo. Me han recibido con un gran cartel que decía algo así como “Bienvenido Xavitxu Doctorcito”. Me ha hecho mucha ilusión y me ha llenado el corazón de alegría. Llegar y encontrar el calor de los “otros” es algo que no tiene precio.

¿Y ahora qué? Pues me encantaría poder dormir hasta muy tarde. Aquí en la cabaña se está bien y tengo un gran resfriado que he cogido tras el bajón posdoctoral. Pero mañana me espera el tejado y su culminación, así que, esté como esté, tendré que levantarme y volver a subir a los tejados. La motivación es la misma, porque si bien he culminado una gran etapa de mi vida, la vida sigue, y es bueno dejar todo en orden, acrecentar el deseo de que, aunque ahora me siento mucho más libre y liviano, debo seguir cumpliendo con mi parte.

Así que no tengo aún una clara respuesta a todo lo que me gustaría hacer a partir de ahora más allá de los planes que ya tenía. Pero sí me gustaría seguir aportando a la antropología, seguir cosiendo costuras para entender mejor al ser humano en todos sus contextos. Seguir siendo antropólogo, quizás con un perfil más divulgador, pero seguir siéndolo.

Por lo demás, poco más. Necesito dormir y descansar. Estoy malito. Mañana será otro día…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Los mundos se crean desde la quietud


geo y gaia

Geo y Gaia recién llegados a O Couso (primavera del 2014)

Estoy en un proceso liminal, de transición. Hoy soy un anónimo licenciado y si todo va bien, en unos días seré un anónimo doctor en antropología. Llevo tres días encerrado en esta habitación, ingiriendo mucho chocolate y algo de comida rápida para no pensar en esas cosas. La cabeza me va a estallar. Ayer escuchaba un video en el que daba una charla fresca y valiente sobre comunidades hace ahora seis años. Se me veía más joven, más risueño, con las ideas claras, fuerte, amable, hermoso, incluso con más pelo. Ahora, en los ensayos que hago cada tres horas, se me ve cansado, apagado, sin mucho que contar. Supongo que es la pesadez de estar quince años hablando de lo mismo, estudiando sobre lo mismo, pensando sobre lo mismo.

Mi mayor deseo tras este parto que ocurrirá el viernes en la antigua fábrica de tabacos de Sevilla, será sentarme junto a los patos, en el estanque, en los bosques. Últimamente lo hago mucho y entiendo ese deseo anciano de contemplar la vida con calidez, con curiosidad, sin esperar nada a cambio, con desapego. Me volví anciano demasiado joven. Ya de pequeño solía distorsionar la niñez contemplando a los otros niños. Los miraba jugar a la pelota en el patio y me preguntaba, a mi infantil edad, qué sentido tenía aquello. Nací silencioso y demasiado viejo. Siempre contemplando la vida sin participar del todo de la misma, al menos aparentemente. La riqueza interior que da la observación puede crear hilos allí donde se tejen los arquetipos. Y eso es otra forma de vida, otra forma de creación.

La contemplación es en sí misma una forma de vivir. Las constantes emocionales que nos arrebatan el pensamiento de un lado para otro, su observación, forma parte de la vida. Cuando te sientes querido por alguien cercano te gusta sentir su pecho contra el tuyo, en silencio, sin que medie nada excepto el calor y el cobijo de sentir la vida del otro a tu lado. Cuando eso te falta inventas mil cosas para distraer la marea, la mente, la vida. El calor del otro es un bálsamo, es un preciado bien. Dormir abrazado a otro ser, levantarte con un sonrisa ajena, despertar el día lleno de ese entusiasmo que nace del reto del compartir. Compartir es la fuente de vida, es la luz, el nacimiento. Por eso allí tenemos las puertas abiertas y cualquiera que lo desee puede sentarse junto al estanque. Quien pueda entender ese gran secreto de la vida podrá abrazar su infinitud.

Por eso contemplar el estanque y los patos puede ser algo bueno. No tengo mayores aspiraciones personales. Si me llaman para que eche una mano en algo acudiré. Si me ofrecen un viaje a alguna parte viajaré. Pero ya sin deseo, sin ganas de demostrar nada, sin ganas de poseer nada excepto vida. Sentado en el estanque puedes esperar a que ocurra cualquier milagro, o puedes, bajo la mirada atenta, observar como se tejen los hilos de Ariadna de los que hoy hablábamos. Si me recuerdas, si aún guardas memoria de aquellos tiempos, sabrás descifrar esos hilos. Sentado, junto a los patos, uno puede percibir lo milagroso de cada expresión que nace de cada instante de atención. ¿A qué más se puede aspirar? Si puedes ver los arquetipos sentado junto a un estanque, puedes ser partícipe, miembro activo y creador de la existencia. Los mundos se crean desde la quietud. La vida fluye más deprisa si eres partícipe de sus fuentes.

En el video que veía deseaba, y así lo expresaba, incitar a todos los presentes para vivir en comunidad. Siempre fui una persona más de acción que de palabra. Ahora sería bonito que toda esa gente se diera cuenta de lo milagroso de vivir en la naturaleza, sentados junto a un estanque, contemplando los patos ir y venir entre las aguas. Si comprendieran la grandeza de ese gesto, entenderían que todo lo demás no es más que una distracción caprichosa de la vida, y que lo mejor que se puede hacer es dejarlo todo, abandonarlo todo y buscar ese rincón tranquilo. Sí, junto a los patos, junto al estanque, viendo caer las hojas en otoño, viendo la nieve cubrir la hierba en invierno, sintiendo lo milagroso de la primavera, donde las flores y el perfume lo envuelven todo. Y luego, el verano, el cálido verano lleno de gentes, de trajín, de vida, de amor. Compartiendo y celebrando sin cesar, porque el verano es la fiesta de la naturaleza, el festín, la ceremonia, el momento ideal para que el espíritu grupal se manifieste con fuerza.

Si pudiera convenceros de esta grandeza, entenderías porqué un día lo dejé todo y me marché al bosque. Y por qué ahora, terminando este gran ciclo vital de vida, lo que más deseo es sentarme al borde del camino para contemplar la vida, su grandeza, su misterio, su maravilla, sin más. Ya solo quedan dos días. Me duele la cabeza. Echo de menos los bosques, el frío, el estanque, los patos y el calor de vivir en un lugar que predica esperanza y teje, constantemente, la nueva buena. Tengo ganas de volver a casa, al hogar, y seguir tejiendo, junto a los patos.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

La piedra, la hoja, la puerta ignota


a.jpg

¡Paseo Geo!

A M., agradecido…

Cinco minutos de silencio transforman tu vida. Desnudo, perdido, los libros se amontonan en mis pupilas. Enciendo la barra de incienso y recuerdo las palabras de aquel poeta: la piedra, la hoja, la puerta ignota. Me gustó la película sobre Thomas Wolfe, pero especialmente por el papel de su editor y por la compañía. Los momentos ahora son recuerdos, pero los recuerdos también pueden ser una llama.

Las hojas se amontonan en los aledaños de los caminos. La vida se estruja en cada instante. Todo pasa rápido, todo lo engulle el tiempo. Sí, la vida pasa mientras paseo junto al río viendo como los frutos de otoño caen destrozando avenidas. Extraño todo. Extraño todo aquello que no puedo abarcar, todo aquello que ya será imposible arremolinar entre los sentidos.

Es siempre seductor un cuerpo desnudo. Está prohibido hablar sobre ello, pero cuando se desnuda la vida, podemos observar su fragilidad. El lector de cualquier libro puede danzar en su imaginación sobre pensamientos que engulle de esa prisión indecible e inexplicable que es este mundo. Frágil, vidrioso, quebradizo. La vida se replica, pero sabemos, aunque no queramos admitirlo, aunque vivamos ajenos a ello, que en cualquier momento despertará en nosotros el temor. Somos extranjeros de paso, estamos aquí, vivimos una experiencia humana y la abandonamos en cualquier instante. Erial de perplejidad, en los ardientes laberintos, nos decía el poeta. Perdidos, entre brillantes estrellas, en esta tediosísima ceniza, ¡perdidos! Nos replicaba. Recordando sobrecogidos, buscamos el gran lenguaje olvidado, el perdido sendero que conduce al cielo, una piedra, una hoja, una puerta ignota. ¿Dónde? ¿Cuándo? Se preguntaba.

Admitamos que no sabemos nada. Que vamos improvisando, que vamos arrastrando el alma de un lado para otro, pero sin caer en la cuenta que el alma muere en el soma, en el cuerpo que lo habita. El alma asfixia su propósito mientras que exploramos ciegos cualquier posibilidad, olvidando siempre la gran oportunidad que se nos dio para dar cobijo a la vida, a la expresión máxima de la existencia. Somos demiurgos de nuestra propia ignorancia. Somos presa del pánico que subyace en el olvido de nosotros mismos.

Miro las montañas de libros y me pregunto para qué sirvió tanto esfuerzo. Pero luego resulta que recibo un cariñoso saludo desde Uruguay y eso me abre el corazón, me parte el pecho. Y de madrugada, una mano roza el cabello mientras el bosque eriza su pesada carga. Y vuelvo a la vida reviviendo cada instante sin que me tiemble el suspiro. El perdido sendero que conduce al cielo se aproxima cuando observo que nada permanece. Todo está bien cuando se contempla desde la unidad que los gunas aportan en el estado sátvico. En la unidad del espíritu, la piedra, la hoja y la puerta ignota son una misma cosa. La grandeza del ser solo puede entenderse desde su sencillez, desde su humilde condición humana, desde el inacabado estado de consciencia despierta.

Batido por el viento deambulo de aquí para allá, intentando satisfacer las voces que reclaman agua en el desierto, los cantos sílbicos de aquellos que promulgan una palabra perdida, un verbo creador. La desnudez preñada de noche. La ausencia de luz no es producto de un acto reprochable. Son los ciclos. Debemos adaptarnos a cada nueva estación. Así es la vida. El sol viene y va, esperando nuestra generosa respuesta, muy parecida a ese entendimiento de sabernos dignos de la vida gracias a generaciones y generaciones de supervivientes que durante siglos anduvieron por estas tierras. Y esa generosidad se expande arrojando luz a los otros, a los que nos acompañan en el arrebatador viaje. Miramos el sol pero no comprendemos su grandeza. No es por la vida, es por la generosidad que expande día y noche. Incluso cuando todo resulta oscuro.

Llega el crepúsculo. En otoño es difícil adivinar qué tipo de luz vendrá cada noche. La oscuridad es diferente, cargada de ansiedad pero sosegada, viciada de estrellas pero temida al frío. Miro las estanterías y cientos de libros se amontonan unos sobre otros. No puedo parar de mirarlos. Miro el suelo y cajas y cajas enteras se apilan buscando salida honorífica a tan nobles letras. Aún guardo el adorable paisaje del amanecer mientras me pregunto como hará la luz para adentrarse entre tanta tiniebla. La piedra, la hoja, la puerta ignota. Sólo son fragmentos de una realidad esquiva, fragmentada, ilusoria. Si te instalas en el estado sátvico verás que la luz rodea por todas partes… le digo mientras la imagino caminando entre alamedas de asfalto. Aquí el bosque tiembla. Aquí el bosque se llena de luz.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Que el pasado no condicione nuestro presente


 

a

Hoy teníamos que tomar algunas decisiones que a priori, de haberlas dejado en manos de nuestra experiencia pasada, hubieran sin duda condicionado la respuesta a nuestro presente. Pero nos dábamos cuenta de que eso era un error. Lo pasado puede servir de experiencia, eso es indudable, pero no podemos tomar decisiones únicamente basadas en esas experiencias, especialmente si han sido erradas o negativas. Si nuestra última relación de pareja fue un fracaso cargado de rabia, eso no debe condicionar las futuras relaciones de pareja. Si tuvimos una experiencia negativa a la hora de mostrarnos generosos con algunas personas que respondieron a esa generosidad con envidia o rencor o abuso o avaricia, eso no debe condicionar nuestra naturaleza generosa. Por eso cuando hoy teníamos que tomar una decisión extraordinaria y excepcional con respecto a una situación que en el pasado no resultó ser muy positiva, no quisimos que esa experiencia condicionara el presente.

Por eso de alguna forma hemos sentido cierto alivio al pensar que la decisión tomada, algo incómoda, nacía desde lo más profundo del corazón. Sin miedo a expresarla, sin miedo a la contradicción, sin miedo al qué dirán. Lo único que nos preocupaba era el bienestar de las personas que ahora están aquí y única y exclusivamente hemos pensado en eso, sin condicionarnos por el pasado ni por el futuro.

Visto así, esto puede ser algo que nos libere, porque cada situación es justamente diferente al resto, y a veces, condicionar las decisiones por experiencias pasadas, por sentires pasados que tal vez ya no existan o no tengan vigencia puede suponer un punto de liberación. Esto se puede extrapolar a lo macro, a la política, a la economía, a las relaciones entre pueblos hermanos. Si no corrompemos el discurso con dialectos del pasado, si somos capaces de construir una metarealidad nueva que favorezca al conjunto y no a los intereses de unos cuantos, si somos capaces de verificar que los tiempos han cambiado y que, por lo tanto, la mirada también lo ha hecho, podemos tomar decisiones acertadas ajustadas a la nueva realidad, a la nueva experiencia.

Cambiar la óptica es complejo, arriesgarse a tomar decisiones que puedan cambiar las reglas es complejo. Lo que eleva la mirada es la visión de algo nuevo, no el repetir un nuevo patrón ya establecido. Es decir, no prometer algo nuevo cuando de lo que realmente estamos hablando es de replicar algo que ya es conocido por todos. Lo arriesgado de verdad es ofrecer una alternativa realmente liberadora pero que nace del conjunto de fuerzas implicadas, alejados de patrones, alejados de creencias preconcebidas, de amores hacia ideas que se han demostrado erróneas y aberrantes.

Lo revolucionario no es replicar lo que se está intentando destruir. Lo revolucionario es construir algo nuevo, enriquecedor para todos, dibujado desde una perspectiva diferente y extraordinaria, basada en la circunstancia presente, no en hipótesis futuras o en experiencias pasadas que ya nada tienen que ver en todo lo que ahora sucede. Si nuestro presente lo vamos a construir basado en las premisas del pasado, estamos buceando en un mismo circunloquio sin salida. De ahí la mirada fresca del momento presente, de ahí la necesaria revisión de cada uno de nuestros patrones condicionantes.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

El suelo en el suelo


WhatsApp Image 2019-10-19 at 10.56.17.jpeg

Esta mañana achicando agua de la casa de acogida

El mundo vive siempre entre esas dos fuerzas antagónicas que se repelen y se conjugan de diferentes formas. Orden y caos segregan sustancias capaces de construir o destruir. Hay caos en muchos lugares, incluso dentro de nuestros corazones. En O Couso parece que estemos saliendo de una batalla campal o de una guerra. El agua ha entrado por todas partes. El tejado sigue sin terminarse a la espera de que lleguen las losas de pizarra. Aquí todo funciona a destiempos. El salón ha desaparecido totalmente ante la decisión de poner el suelo en el suelo, porque antes estaba soportado por unas maderas casi podridas que sostenían un peligroso equilibrio.

El suelo en el suelo es lo que nos repetimos todas los días para darnos ánimos. Viendo el caos en prácticamente toda la casa, intentamos sonreír y llenarnos de optimismo. Las risas ayudan, pero faltan tantas cosas. Esta mañana intentaba respirar hondo e intentaba buscar soluciones rápidas a todo lo que se avecina. Primero las losas de pizarra, luego el salón, luego el calor, hay que buscar calor antes de que llegue el invierno o antes de que los ánimos minen las fuerzas de los que aquí estamos. Las primeras quejas empiezan a llegar: hay que mejorar los desayunos, hay que buscar un punto de calor, hay que buscar una poderosa solución para que el agua deje de entrar…

Por dentro me repito el mismo mantra: el suelo en el suelo. Me sirve para mirar las cosas con distancia, para no intentar ahogarme achicando agua, para no desfallecer ante los retos que se avecinan si la lluvia no cesa o si las losas de pizarra no llegan a tiempo antes del invierno. Respiro profundamente y procuro no desfallecer porque las fuerzas del caos son poderosas y nunca vienen solas. Lo vemos en Cataluña, lo vemos en otros países, lo vemos en nuestros corazones cuando las circunstancias nos llevan a extremos a veces insoportables.

El suelo en el suelo me repetía interiormente mientras veía como toda la familia sacaba afanosamente agua del patio. Por dentro sentía que era algo inútil. La experiencia me dice que a veces es imposible luchar contra los elementos. Ocurrió hace algunos años cuando un viento terrible llenó la casa de escombros y ramas de los árboles. No sabíamos por dónde empezar ante el destrozo de la casa y de toda la finca. Ocurrió cuando la nieve destrozó todo el bosque o cuando en estos días la lluvia está dejando toda la casa sin un solo lugar habitable, excepto la habitación dónde se refugian nuestros invitados.

El suelo en el suelo. Es cierto que poderosas energías se liberan en las fuerzas del caos. La destrucción a veces ayuda a crear algo nuevo. Miro una y otra vez como, según palabras de mi abogado, la mala fe de la parte demandante intenta apropiarse injustamente de algo que no le pertenece. Miro por dentro y no entiendo nada y me desconcierta todo lo que ocurre. Miro por fuera y veo exactamente lo mismo.

En Cataluña unos pocos se han apoderado del espectro lingüístico, cultural y paisajístico de un territorio compartido, -esa será su gran derrota futura-, por personas especialmente diferentes en sentir y pensar. Por eso todos los nacionalismos han fracasado a lo largo de la historia, especialmente cuando excluyen al resto, cuando no se los tiene en consideración y cuando en nombre de una mesiánica idea sobre cualquier cosa, ya sea un dios, una cultura o una lengua, se adueñan de todo lo existente. A largo plazo se está sembrando la semilla del fracaso, porque otros se levantarán de igual forma para reclamar cualquier otro dios, cualquier otra bandera, cualquier otra idea.

El suelo en el suelo, recito una y otra vez mientras visualizo el bajar el piso flotante que antes dividía la estancia en dos partes, un semisótano que hacía las veces de bodega en siglos pasados, y el salón. Hacer desaparecer las antiguas bodegas de la casa para crear un espacio totalmente diáfano será una tarea compleja y difícil. Ya hemos conseguido derrumbar en un acto de psicomagia el suelo divisor. Ahora toca construir el nuevo suelo a base de rellenar con escombros la antigua bodega y buscar soluciones para que el agua siga su flujo natural. Debería hacer lo mismo con mi vida, por eso estos meses son para mí de vital importancia. Cierro ciclos, muchos ciclos, para empezar la próxima primavera con un suelo más sólido, sin ningún tipo de división entre el cielo y la tierra. El suelo en el suelo, por eso me urge terminar la tesis, ser doctor, cerrar el asunto con mi ex de la mejor manera posible y terminar de una vez por todas la casa de acogida.

Quizás en Cataluña ocurra lo mismo cuando empecemos a recoger los escombros que ahora se acumulan en los sótanos de los nacionalismos. Un nuevo suelo se construirá sobre el que ahora se está derrumbando. Un suelo donde todos puedan disfrutar, como antaño, de la tierra común. Un suelo donde convivan ambas culturas y ambas lenguas, donde todos sean fraternalmente hermanos y hablen en la lengua que deseen. Si Franco no pudo extinguir el catalán en Cataluña ni su cultura, tampoco los nacionalistas de turno podrán extinguir el castellano en Cataluña ni su cultura. Esa será siempre la derrota de cualquier fascismo que intente imponer una idea sobre los otros. Esa es la desgracia o la grandeza de un territorio, el catalán, que vivirá por los siglos de los siglos en esa dualidad, solo superada por la unión fraternal de sus dos realidades. Esa será siempre la derrota de aquellos que se intenten adueñar de mala fe del espacio común.

 

IMG_20191018_134801

Aquí el acogedor salón que durante años se ha llenado de vida y calor derrumbado para empezar de nuevo, para construir de nuevo… 

 

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Todo es Mente


a.jpg

La mente es compleja. Decía el Kybalion que todo es mente. Esta definición tiene su encanto. Cuando observamos la mente, valga la paradoja de la propia observación, nos damos cuenta de que la mente tiene finas capas que se aglutinan entre los pensamientos locos que vienen y van constantemente y aquellos más sutiles, que tienen que ver con esa voz interior, con ese intelecto elevado, con esa intuición profunda. Las primeras capas son superficiales y confusas. Tienden a la división, a ordenar las cosas según criterios subjetivos que se trasladan desde nuestros agudos sentidos. Todo lo que viene de ahí es pobre y superficial. Son estímulos que generan corrientes de pensamientos que fluyen unos tras otros. Pero si logramos acallar ese flujo, entramos en una corriente diferente, penetramos un velo más allá de la mente ordinaria.

Hay muchas moradas que ignoramos de nuestra propia existencia. Si pudiéramos acallar a nuestra mente, pronto observaríamos moradas diferentes a las que habitualmente habitamos. Primero entraríamos a observar una morada fría y dura donde el mundo se asemeja a una gran roca. Si continuáramos la observación, veríamos que más allá de esa roca existen millones de energías que interactúan. Es algo así como la vida que recorre todo el planeta, pero entendiendo la vida no como algo aislado, sino como una energía que vive en un continuo proceso. Entender la vida como un proceso es revelador, porque nos damos cuenta de que nuestra mente, habitante de un cuerpo que surge de las entrañas de la tierra, del cosmos infinito, también alberga un proceso vivificador que está en todas partes.

Si miramos un poco más hacia dentro vemos como esas energías se tiñen de fuerza, de color, de movimiento. Ahí hay una paleta de colores infinitos, de vivencias que se asemejan a un volcán que escupe lava de mil colores y formas. El torrente sanguíneo o el fluir de las aguas transformadas en arcoíris por la acción de la luz solar podría ser símbolo suficiente e inspirador para entender ese juego de existencia.

La mente  humana que navega entre lo concreto y lo abstracto la imagino de forma diferente. Esa morada, plagada de cientos de moradas, sería como esa sensación que te recorre cuando estás en la cima de una gran montaña nevada. La mente profunda susurra un aliento, unas fórmulas y arquetípicas ideas que se entremezclan con aquello que damos por llamar el misterio. Ahí se tejen puentes, antakaranas que nos han de conducir hacia lugares más remotos. En ese silencio podemos atisbar y comprender la expresión de que todo es Mente. Pero no me refiero a esa mente pequeñita que no para de hablar, de dirigir, de desear. Me refiero a esa mente profunda que es capaz de crear sueños, realidades, reflexiones y mundos. La mente del poeta, la mente del artista, del escritor, del soñador, del filósofo, del científico, del buscador que anhela toparse con una realidad superior, abarcante, profunda.

De ahí que la meditación resulte ser algo útil para aquellos que desean hollar el significado profundo de la Mente. Esa mente, que en algunas tradiciones es evocada como alma, es la mediadora entre el mundo tangible y el intangible. Esa mente que no somos nosotros pero que habita en nosotros es algo que, de ser comprendida, nos lleva hacia lugares inaccesibles, hacia experiencias inimaginables, hacia mundos soñados, hacia una visión y una consciencia diferente.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Un otoño caliente


 

angel.jpg

La niña-ángel trabajando duro para mantener el gallinero limpio

Es maravilloso ver como caen las hojas secas de los árboles. Esta mañana intentaba sacar algunas del estanque, pero era imposible. Sacaba diez hojas y con la brisa otoñal, aún de cálida caricia, caían veinte. La niña-ángel que nos acompaña estos días se reía con las bromas. Nunca había visto un ser tan puro, tan alegre, tan bello por dentro y por fuera con tan solo seis años de edad. Habla como un maestro hablaría, con simpatía, con amor, con respeto, con gracia, con humildad, con tacto. Es la más trabajadora de todos, pero al trabajo le añade un alto grado de filosofía y consciencia. Hablamos en valenciano y en su mirada se dibuja a cada gesto un amplio halo de humanidad. Ha sido un regalo del cielo el haber podido conocer a un ser tan despierto e iluminado. Un verdadero destello para los corazones amables, un verdadero regalo para el espíritu sediento de almas puras. Cuando conoces a niños así, la vida te llena de esperanza, de fe, de fuerzas. Una niña ángel cargada de belleza, de luz, de esplendor, de lucidez. “Hoy ha sido el mejor día de mi vida“, decía ayer mientras limpiaba afanosa y entusiasmada el gallinero. “Hoy ha sido el segundo mejor día de mi vida“, decía hoy mientras sacábamos las hojas del estanque. O Couso y su sencillez sigue despertando este tipo de cosas.

Ahora veo a los pájaros comer en el comedero que aquella otra mujer-ángel instaló frente a la cabaña hace unos años. La recuerdo con amor, con dulzura. Me duele en el alma haber perdido la comunicación con ella. Sobre todo, me duele en el alma el que en pocos días tengamos que ir a juicio para una división de cosa común. No logro entender aún, un año después, como pudieron ocurrir las cosas de aquella manera. Como pudimos pasar del amor profundo, del respeto profundo, a la más completa de las ignorancias, la distancia, los recelos y la rabia. No sé porqué los corazones se rompen de forma tan frágil al primer viento.

Fue un golpe duro, muy duro, del cual aún guardo algunas secuelas. Este otoño se complicarán cuando volvamos de nuevo a reabrir esas heridas y de nuevo me enfrente a otra casi segura sangría por no haber resuelto amistosamente algo que en principio parecía fácil: mitad para ti y mitad para mí. Pero el todo o nada nos va a salir muy caro, y veremos como la vida nos ayuda a recuperarnos de este nuevo duro golpe. En fin, será un nuevo reto, una nueva prueba en el ascendente camino de aprendizaje. A ella le deseo siempre lo mejor, porque a pesar de todo, a pesar de la dureza de su partida, de su silencio y de su forma de solucionar “lo común”, para mí siempre será una “mujer-ángel” que vino a enseñarme la importancia del desapego emocional y de la necesidad de luchar por lo que a uno le corresponde. Lección aprendida. Primer juicio en breve.

El segundo juicio es importante para mí. Tras pasar por los juzgados para la división de cosa común, tendré que enfrentarme un mes después a la defensa de la tesis ante el tribunal académico. Es todo un reto, es toda una enorme responsabilidad tras casi quince años de grandes esfuerzos y renuncias. Una tesis doctoral que cambió mi vida cuando hace años decidí dejar toda mi plácida vida para lanzarme a la aventura en la que ahora aún me encuentro.

Uno de los problemas de alargar tanto una tesis doctoral es que puedes cometer la imprudencia de enamorarte del objeto de estudio. De alguna forma eso me ha pasado, no lo niego, y de alguna forma, mi vida ya no puede volver a ser normal después de esta intensa experiencia. El trámite académico se ha quedado pequeño, tan pequeño, que el marco teórico nada tiene que ver con la experiencia vivida desde la subjetividad antropológica. Casi no sabré qué decir de las utopías cuando me toque defender mis hipótesis de trabajo. Casi no sabré de qué manera disimular lo alejado que ahora me encuentro de la mirada antropológica, entendiendo que una nueva forma de ver las cosas se ha abierto ante mí. Haré lo que pueda, sin mayores aspiraciones, y satisfecho, profundamente satisfecho de todo el esfuerzo, sacrificio y trabajo realizado.

Siento profundamente que este otoño, cuando resuelva estos dos juicios, una nueva vida se abrirá ante mí. Aún no puedo intuir como seguirá, de qué forma continuará mi agitada existencia. Pero cuando por fin tenga estos dos apartados en orden, haré un viaje para celebrarlo. Aún no sé dónde, pero será lejos. Será mi regalo ante tanto esfuerzo. Y en ese viaje hacia las profundidades del ser, bucearé en el siguiente escalón, en la siguiente exigencia vital, en la siguiente meta o propósito.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Once años junto a cinco mil


IMG_20190913_142358.jpg

Hoy disfrutando de la grata compañía de la pava bizca y los patitos que miran curiosos los peces

Escribo mientras escucho la Missa Solemnis interpretada por Elīna Garanča y mientras leo algo de Diógenes de Sinope, aquí ando con mi lámpara buscando personas honestas y sensibles. Personas que entiendan que la virtud es el soberano bien y que los honores y las riquezas son falsos bienes que hay que despreciar, como diría el filósofo.

Decía Platón que los libros son hijos inmortales que desafían a sus progenitores. En estos tiempos de simpleza mi docena de libros no serán inmortales. Desaparecerán conmigo. Como estas letras que escribo desde septiembre de 2008, recién llegado de Mongolia y mientras preparaba un viaje a la India con mi hermosa novia alemana. Casualidades de la vida, hoy, 13 de septiembre, hace justamente once años que empecé a escribir ininterrumpidamente en este blog, honorando a aquella hermosa niña pastora que fotografié a las afueras de Ulambator. Una década de desahogo y compartir.

Para celebrarlo, hoy se apuntaron tres seguidores más, lo que hace la friolera de más de cinco mil. Les debo a los tres un lote de libros, así que mandadme con urgencia vuestra dirección y allí que os los envío. Esto hay que celebrarlo. María, Eva y Bella, bienvenidas… 😉

Tener o no tener seguidores es lo de menos. De esos cinco mil debo conocer a una docena como mucho. El resto se esconde tras la pantalla, al igual que yo me escondo tras el teclado. Pero mi escondite, ahora con forma de cabaña está mucho más expuesto. Digamos que soy un ser desnudo, porque no oculto bajo las letras ningún tipo de remordimiento, ni de dolor de consciencia, ni de secreto inconfesable. Admito públicamente mis errores y casi todo me da igual, lo que piensen, lo que digan, lo que opinen desde lugares tan lejanos como Uzbekistán o Guinea Bissau, desde donde a veces me visitan. Las visitas al blog, más de medio millón en estos últimos años, han venido desde todas partes del mundo excepto de trece países africanos y tres asiáticos. Todos los demás, incluidas las pequeñas islas del pacífico, han pasado por esta casa. Qué buscarán o quiénes serán siempre quedará en la curiosidad.

Aquí vomito rabia cuando la hay, o indignación, o miedos, o penas. También las alegrías, los interrogantes existenciales, las cosas del día a día, las reflexiones sobre política o sobre misterios silentes o utopías, porque en el fondo, esto trata de una utopía que algún día desvelaré con pelos y señales, cuando lleguen los tiempos.

Cuando las novias me dejan me gusta dar pena y me sale ese Calimero tan pobretón que destila expiaciones de todo tipo. Con los éxitos soy discreto, porque sé que son efímeros. Con los fracasos me regodeo por eso de extraer el jugo de toda su enseñanza. En el fondo soy una persona vulgar que vive una vida vulgar cargada de anécdotas que comparto sin más. En estos tiempos de quietud de lo que más disfruto es de ver a los peces y los patos y la pava bizca campear por la hierba o el agua. También de los amigos sinceros y de las pizzas y de los cantos en la ermita o los silencios previos. Cada día disfruto más de la vulgaridad del tiempo y la simplicidad, cada vez más voluntaria y tranquila.

Ya no deseo reconocimiento, ni riquezas ni poder alguno. Cuando en la escuela me daban capones buscaba ser reconocido al menos por alguien. Por la chica más guapa, por el profesor más inteligente. Pero esos eran los que más capones me daban. Lo único que recuerdan de mí fue aquel día que aparecí en el colegio con zapatillas de andar por casa, viejas y rotas, casi sin suela. Otro día aparecí en la clase de gimnasia con botas de fútbol reglamentarias y también fue motivo de más capones porque los tacos podían desgastar la pista. Y yo tan feliz con mis botas nuevas que nadie quiso reconocer. Hasta que un día me harté y decidí vestir con esparteñas blancas en los pies. Lo que decía, una vida vulgar cargada de anécdotas. Un hombre de paja que sujeta bajo su manto un nido de pájaros danzantes. No sé que piensan en Uzbekistán o Guinea Bissau de todo esto.

De pequeño siempre fui un niño frágil, magullado y maltratado, excesivamente sensible para poder entender un mundo tan extraño y contradictorio. Un mundo irreconocible para mí mismo, cargado de paradojas y significativos postulados. Un día un ángel me saludó. Tenía dos hermosas alas blancas desplegadas en los extremos de una brillante aureola dorada. Salía del mar mientras que la luz del sol hacía brillar mi cabello. Pensaba que era como un sueño que colgaba en el aire, pero allí estaban las gaviotas en el cielo azul, junto aquel hermoso ángel que me miraba con ternura. Había magia por todos lados. Ya no había necesidad de correr ni esconderse. Todo era tierno y dulce, todo era un mundo maravilloso. Era septiembre. Y había un rebaño y unas montañas junto al mar.

En estos tiempos de simpleza, ¡ay necia estupidez!, aún existen oportunos momentos donde el halo se manifiesta. Momentos en los que puedes abrazar la magia y el misterio. Sólo recuerdan, los niños que me daban capones, aquellas zapatillas de andar por casa. Y yo ya solo recuerdo aquel dorado día donde todo cambió. La brisa, el sol, los siete rayos manifestándose en los cielos, el olor a salitre, la anunciación de una vida nueva. Era septiembre, y había un rebaño tras las montañas y se abrió el libro de los secretos y entrañablemente me convertí en una célula viva junto al griterío de las gaviotas.

Desde entonces soy diferente, o mejor dicho, desde entonces soy yo, yo mismo, con mis imperfecciones, con mis ganas de provocar al personal, cosa que hago siempre con una excesiva carga de cinismo e insolencia, como hacían aquellos que pertenecían a la escuela socrática menor. Pero nadie entiende mi cinismo, menos aún si lo relacionamos con aquella escuela griega que pensaba que la civilización y esa extraña forma de vida era un mal y que la felicidad venía dada siguiendo una vida simple y acorde con la naturaleza. En eso soy cínicamente coherente. Me fui a los bosques a vivir una vida simple y así alejarme del mal de la civilización. Soy un cínico que aspira a ser un estoico y así combatir ese mal mediante la acción que nace de la virtud. Once años no es nada. Seguiremos adelante, cínicamente, estoicamente, para dar gloria también a los que nos visitan desde Uzbekistán o Guinea Bissau.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

Amigos de Uzbekistán y Guinea Bissau, también estáis invitados para seguir alumbrando desde mi tinaja…

donar

 Cosas, gentes, ideas


a

© Xavier Beaudoux

 

Debería opinar, sin ciencia, sobre el día de hoy. Pero hace tiempo que estoy alejado de la crítica política, y solo cuando realmente se despierta en mí algún tipo de deseo desbocado, como en años pasados, suelo hablar de lo que ocurre. Interiormente siento que ya no ocurre nada, que es más de lo mismo, que en una fecha tan señalada para algunos, hay poco de lo que opinar. Quizás sea por esa sensación de hartazgo, de falta de ilusión por ver que en lo político poco pasa. Falta liderazgo de verdad, faltan ideas integradoras, que unan y no que separen, que miren más allá de los ombligos.

Cuando las personas nos llenamos de cosas y vivimos en ese empacho constante, nos falta tiempo para las ideas. ¿Quién quiere hoy día fijarse en el mundo de las ideas?¿A quién le importa realmente en los tiempos vacuos que vivimos ápices de filosofía o pensamiento? La lucidez está arrebatada, escondida en los entresijos del silencio y la negrura. Las cosas han invadido el mundo, las ideas se han refugiado en lugares secretos e inhóspitos. Por eso estamos recogiendo los frutos de una política ciega, aturdida, egoísta.

Lo hermoso de vivir en la sencillez es que cada vez necesitas menos cosas, y por lo tanto, cada vez estás con mayor deseo de poseer ideas. Debo decir que ya son pocos los pensadores y los pensamientos que provoquen cierto regocijo. El mundo de hoy es un mundo aturdido, por eso no tenemos más remedio que refugiarnos una y otra vez en los clásicos de siempre, personas que, al parecer, vivían más cerca del misterio, de la incertidumbre, del pensamiento, del logos.

Me gustaría poder integrar una cuadrilla de librepensadores, pero de esos que andan desapegados inclusive de sus ideas. Que son capaces de sabotear cualquier condimento que pueda refutar cosas que parecían claras. Los lúcidos, los hermanos del espíritu libre, ya no campan alegremente como antes lo hacían. Pocas son las almas que hoy día puedan sorprendernos con algún atisbo de brillantez. Pocos los seres que puedas mirar con cierta admiración, a sabiendas de que viven en el mundo de la moral, que son intachables inclusive en la presencia que destilan, que dan ganas de enamorarse por la pura elegancia en la que viven.

En un mundo de exceso de cosas también faltan los valientes, aquellos que se radicalizan para demostrar cualquier asunto que pueda transformar el mundo, o al menos, algún tipo de visión del mundo. Las cosas nos acomodan, las diez mil cosas que decía el Tao. Las cosas ahora tienen más importancia que las personas, inclusive que las ideas. Ya no hay logias donde el pensamiento campe libremente, fraternalmente. Ahora solo hay los restos cadavéricos de cementerios dinosáuricos donde nadie arriesga ni un ápice por cambiar nada. Las cosas nos acomodan y nos encierran en una prisión invisible, dependiente, insulsa.

Sin embargo, aún siento cierta sensación de sorpresa en la naturaleza. Cuando veo cómo se teje la complejidad de la misma, puedo hallar ahí, en la más absoluta ausencia de cosas, personas e ideas, un campo inabarcable de inspiración y sosiego. Filtrar la mirada hacia la paleta de colores, hacia la intensidad de sombras y luces, hacia los sonidos naturales de un bosque o un río, me produce gran satisfacción. Sólo falta ese nefasto detalle de no poder compartir esa mirada mistérica con alguna lúcida visionaria cargada de ideas entrañables y profundas. Sólo hecho en falta eso cuando me maravillo ante la presencia del Dios intangible.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Por el sendero áspero, se llega a las estrellas


a

© Matin Maradona

Per aspera ad astra era una frase de Séneca que solía utilizar Paracelso para recordarnos lo difícil de cualquier empresa, especialmente si ésta tenía que ver con cosas del espíritu, es decir, sobre aquellas cosas que nos elevan de alguna forma de nuestra condición más humana. Las estrellas siempre han estado ahí, en esa reconocida y mística bóveda celeste que nos inspira fuerzas para seguir adelante, y sobre todo, para adentrarnos en los ásperos caminos del avance interior, del misterio, del interrogante. Estos meses han sido precisamente eso, un áspero camino, pero que ha servido para elevar aún más nuestra mirada hacia las estrellas.

En el camino Cátaro hubo un cambio en la perspectiva. Supongo que marcó el inicio de algo que aún no sé identificar, pero que en los próximos tiempos se va a desplegar de forma intensa. En estos meses conseguimos apoyos para terminar el tejado que queda de la casa de acogida, el cual empezaremos mañana mismo. Así que temprano, tras el desayuno y el círculo de consciencia, subiremos de nuevo a las alturas para seguir adelante. Si el dinero nos da, también intentaremos poner la calefacción central en la casa de acogida. Se está preparando un encuentro para Navidad y será hermoso que se pueda hacer de forma cálida. Ya tenemos los primeros bocetos de la futura escuela, llegados desde una comunidad de ética viviente, realizados por un arquitecto italiano que sabe desde lo profundo en qué consiste todo esto. Sentimos una gran emoción cuando estos días pudimos abrir el claro de la futura escuela. Parece como si la locomotora, que ha tardado cinco años en empezar a caminar, ahora empezara a coger cierto ritmo y velocidad.

Se presentan unos meses agitados, de muchos cambios. Hoy ya es septiembre y eso me anima, me gusta llegar al otoño con nuevas visiones, con ganas de cerrar ciclos pasados y poder así abrir ciclos futuros. Acaricio la soledad con cierto optimismo. Llegan seres amables, que se acercan con curiosidad, pero esquivo con cuidado, para no dañar, de forma desapegada. Sigo con deseos de disfrutar de este yermo aislamiento emocional. A veces tengo sueños que me recuerdan tiempos pasados, pero ahora los abrazo con dulzura, con amor, con desapego. La rabia ya está diluida, el amor llena todos esos huecos que hasta hace poco se llenaban de parches y huidas. La soledad también puede ser un tesoro. Eso decía el poeta. Mi tesoro es paradójico porque casi no me queda tiempo para disfrutar de la misma. Ni para pensarla. Ni para sentirla.

Estoy en el sendero áspero, pero ahora puedo ver las estrellas con mayor definición, con mayor claridad. Quiero decir que el empeño en seguir adelante, a pesar de todos los sacrificios sufridos, está mereciendo la pena. Ya no me importa la gente que se marcha, la gente que se ofende, que se enfada, que me anula para siempre. Ahora me importa más la gente que vuelve, la gente que abraza a pesar de todo, la gente que es capaz de reconciliar lo humano, la gente capaz de olvidar el pasado y trascender la miseria humana para alcanzar esas estrellas. Esta última semana ha sido una semana inolvidable, precisamente por todos esos que han vuelto a pesar de lo áspero del camino, y han tenido capacidad de abrazar con amor infinito, incondicional, hermoso y amable. Gracias de corazón por volver a esta increíble casa que siempre acoge, a pesar de todo.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

La retirada emprendedora. Hacia un exilio programado


a.jpg

Un momento de liberación de almas. Ayer, tras dirigir unas sentidas palabras en un círculo de sabiduría al grupo de pioneros de O Couso recibí uno de los abrazos más cálidos y sentidos de los que recuerde… Las lágrimas brotaban de nuestros corazones en señal de respeto, reconocimiento y amor… Gracias de corazón por tal hermoso regalo… Gracias por el coraje de seguir adelante… 

“Debe recordarse que cada campo de percepción constituye dentro de sus límites una prisión, y que el objetivo de todo trabajo de liberación es liberar la conciencia y expandir su campo de contactos”. (D.K.)

El filósofo italiano Paolo Virno nos decía que la mejor manera de combatir el estado presente era mediante la práctica de una retirada emprendedora, mediante el exilio, alejados de todo aquello a lo que se combate. La teoría del éxodo propone que la manera más efectiva de oponerse al Estado no es mediante la confrontación directa, sino mediante una defección en masa creando nuevas formas de comunidad. El escape y la evasión, la fuga y la huida, la deslealtad e infidelidad hacia todo aquello que participa en la destrucción diaria de nuestro ecosistema.

Las leyes nunca están terminadas. La vida nunca está terminada. Todo se complementa en una lucha constante que a veces deriva en una organización compleja determinada por las posiciones cotidianas de todos los elementos que participan en ella. Un bosque puede parecer un elemento perfecto. Los árboles crecen lentos, se dejan paso unos a otros para alcanzar la mayor cantidad de luz. El sotobosque revive las fuerzas y protege la vida, alimentando a cada organismo que, seducido por el nutriente, vive allí.
Pero a veces ocurre que hay un elemento perturbador. Ese elemento somos nosotros. Seres depredadores de todo tipo de riqueza, de todo aquello que antes se organizaba de forma equilibrada. Depredamos los suelos, el agua, la tierra, el aire. Depredamos los alimentos y generamos residuos. Pero, sobre todo, depredamos nuestro tiempo, más bien lo vendemos. El antropólogo Jonathan Friedman afirma que la esclavitud no es más que una versión antigua del capitalismo, otros antropólogos como David Graeber opinan que el capitalismo moderno es más bien una versión renovada de la esclavitud. Ya no hace falta un grupo de personas que trafiquen con otro grupo de personas, nosotros nos vendemos a nosotros mismos. El sistema de salario o el sistema asalariado es el más efectivo sistema de esclavitud existente.

Por eso vivir en el exilio es una forma de alejarnos de nuestra pequeña hipocresía diaria. Hablamos una y otra vez de formas de liberación, pero permanecemos esclavos de nosotros mismos. No somos coherentes. La coherencia es algo complejo, algo difícil de alcanzar. Por eso el alma, ante una puesta de sol, ante un abrazo, ante un momento íntimo de soledad, tiende a susurrarnos algo al oído. Algo indefinible, algo inaudible, un pequeño toque de clarín que a veces no identificamos. Pero ahí está, una y otra vez. En los bosques, en la naturaleza, ese toque es más intenso.

Es cierto que a veces tenemos miedo de liberarnos de todo aquello que nos acerca a la incertidumbre. La incertidumbre realmente no es tal cuando te dejas guiar en la noche oscura por la voz del alma, por el susurro de esa luz que se teje despacio en nuestro interior. Tomar consciencia de nuestra pequeña hipocresía personal, de hacer una cosa que no corresponde con lo que realmente sentimos, es un primer paso para entrar en la coherencia que la vida nos pide. Una retirada, una huida al exilio es una forma de dar un paso hacia cierta libertad interior, que no es más que un estado del Ser.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

La muerte es un instante


a.jpg

© Massimiliano Balò

Llegué el jueves a Galicia después de doce largas horas interminables en tren. Es cierto eso que dicen que allí está el fin de la tierra conocida. Más allá no hay nada y allí está todo. Al día siguiente repartíamos las tareas. Me asigné el limpiar los lavabos de la casa de acogida. Me puse los guantes y al poco rato de empezar a limpiar las letrinas recibí la noticia de que el hermano de mi madre estaba ya desplazando su vida hacia el otro lado. Una buena amiga me dejó su coche ya que el mío está también en tránsito. Me afeité las barbas, me duché y me enfilé con ropa limpia de nuevo a Barcelona. Estaba cansado y solo paré un rato para echar gasolina. No comí nada excepto algún trozo de bollería. Los ojos se me cerraban pero tenía que llegar como fuera antes de que terminara el velatorio.

Tras mi caminar por los Pirineos y la ruta cátara, días antes pude ver a mi tío con vida, bromeando como si la metástasis no fuera con él, lúcido como si la muerte fuera algo que había que soportar inevitablemente, pero sin mayor drama a pesar del cáncer terminal que sufría. Miraba con atención su coraje, su fortaleza interior, su dignidad. No quise saber nada de lo que había podido hacer en su pasado, fuera bueno o malo, fuera positivo o negativo. Sólo me interesó el estado valiente con el que aguardaba el momento final, aún siendo tan joven, aún estando en sus últimas horas.

Lo hermoso de la muerte es que une familias que hace años que no saben unos de otros. Si la muerte tiene algo hermoso, más allá de la propia regeneración de la vida, es que permite unificar, como el amor, a todos los que de alguna forma encierran dentro de sí algún tipo de lazo. Reconozco que mi familia y yo mismo somos peculiarmente desapegados, pero por un día, quizás dos, mientras ha durado el duelo y el velo, hemos podido estrechar algún abrazo, compartir alguna complicidad, mirarnos a los ojos y ver que, a pesar de nuestros aspectos ya cansados por la edad, seguimos siendo los mismos.
Mi padre fue el primero en marcharse, ahora mi tío materno, el único varón de la saga matriarcal. Supongo que ha medida que vas creciendo, la lista empieza a engrosar números incontables de seres queridos que empiezan a transitar al otro lado del espejo. Todos vamos muriendo, todos vamos directos a enfrentarnos con la inevitable verdad, con o sin consciencia de ella, y esto es lo importante de la tragedia en la que vivimos.

La muerte es un instante. Es silenciosa, excepto por los sollozos reprimidos de aquellos que se atreven a expresar abiertamente el dolor. La emoción de ver un cuerpo ahora sin vida cuando horas antes estaba tranquilamente bromeando sobre todo resulta siempre extraña. Especialmente si pensamos que a todos nos aguarda ese final. Primero morirá nuestro cuerpo físico. Se apagará como una flor que va despejando sus últimos pétalos. Luego nuestra energía, con el último suspiro, se diluirá en alguna parte, en alguna dimensión cuántica que de momento desconocemos. El cerebro se apaga, y también nuestro corazón, y con ellos, las emociones empiezan a diluirse. Y luego la mente, los pensamientos, hasta que ya no queda nada. Bueno, quizás sí, quizás la vida eterna, el alma, o el espíritu, o aquello que dicen nos hace inmortales. Sea lo que sea, la vida es un instante, algo breve, algo que se nos va de las manos sin darnos cuenta.

Hace calor en Barcelona. Mañana vuelvo a Galicia. Algo de mí también muere a pesar de las impresionantes ganas que ahora tengo de vivir. No sé como será mi final, pero es hermosa la tierna belleza de la muerte cuando es capaz de reunir a un grupo de lazos afectivos. Me gustaría poder hacer esto en vida. Veré cómo lo hago.

Feliz viaje querido Antonio. Otro Antonio de profundos ojos azules te estará esperando en el otro lado, allá en ese cielo soñado por todos.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Cuando la muerte roza las fronteras


IMG_20190820_221623

Balaguer es la capital de la comarca de la Noguera, en Lérida. En uno de esos hospitales concertados, de inversión privada, estaba el hermano de mi madre padeciendo una metástasis debido a un cáncer terminal de pulmón. Me sorprendió ver la lucidez de su mente en un cuerpo que afrontaba sus últimos suspiros. Me sorprendió ver cómo habían pasado tantos años sin saber el uno del otro y dándome cuenta de que la muerte no espera, está ahí, acechando a cada instante, en cada frontera y límite de nuestras vidas.

Y de repente me vi yo mismo en esa cama, tumbado, recibiendo a unos y a otros, despidiéndome, quizás con mis pesadas bromas cínicas, de aquellos que resistieron el paso del tiempo. Pero lo aterrador de la imagen era más bien la de todos aquellos que no estarían en ese futuro en esa cama, apoyando el último aliento, la última frontera.

Eso me hace pensar que todos los días morimos de alguna forma. Morimos para esas parejas que nos abandonan, para esos amigos que dejan un día de serlo, para esos conocidos que de repente viven unos instantes profundos a tu lado y luego desaparecen para siempre. La muerte está ahí, a cada instante, porque cada vez que alguien se va, alguien se marcha de nuestro lado, algo muere. Al mismo tiempo, cuando alguien que murió, de repente se pone en contacto contigo para saludarte o para preguntarte qué tal estás, algo revive, algo resucita. Desearía poder reconciliarme con todos aquellos que se fueron, que de alguna forma murieron en nuestras vidas. Recuerdo a los más recientes y me surge un gran deseo de abrazarlos, de besarlos.

Me marché de la sala del hospital silencioso. Deseaba discernir, aprender a discernir la delgada línea entre la vida y la muerte, entre la fe y la esperanza, entre el misterio y lo que se teje tras el velo que nos envuelve, entre lo que somos, lo que nos constituye, y lo que realmente deberíamos ser. El discernimiento es profundo y necesario para saber si nos estamos dejando llevar por las voces de nuestro ego o por, verdaderamente, una voluntad mayor. Dicen que existen algunas herramientas imprescindibles para saber si estamos en la senda correcta. La herramienta esotérica que utilizan en algunas escuelas se llama “COMO SÍ”. No somos perfectos, no somos puros, pero debemos esforzarnos “como si” realmente lo fuéramos. Pulir nuestra piedra, devastarla, como dirían los masones, para que encaje perfectamente en el edificio espiritual.

Si el camino emprendido nos hace sonreír desde lo más profundo del alma, esa también es una buena herramienta de discernimiento. La otra es aquella que beneficia al grupo. Si hacemos cosas para los demás (los cátaros lo llamaban la pura caridad), entonces sabemos que estamos en el Camino correcto. Es complejo el discernimiento, pero sabemos que hay una fuerza mayor, la fe, que nos arrastra hacia el mismo. Fe y esperanza como motores que nos arrastran cada día más hacia la vida profunda, hacia la ética viviente que nos acerca a la vida en mayúsculas.

Sólo se me ocurren estas cosas ante la inevitable tragedia. Discernir la vida, disfrutarla, vivirla de la mejor forma posible mientras dure esta parodia, este juego, este camino. Estos días muere un trozo de mi propia estirpe. Estos días la muerte roza todas las fronteras y eso requiere estar más atento a la vida. Si me lees y hace tiempo que algo mío murió en ti, quiero que sepas sobre mi deseo de resucitar en vida. Cuando me marche, cuando todos nos marchemos, la común unión será ya en el mundo del espíritu. Y quizás allí ya no seamos ni tú ni yo, y por lo tanto, quizás tampoco podamos reconocernos.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Desafiar al infierno


WhatsApp Image 2019-08-07 at 23.39.31

Me encantan estas mujeres jóvenes y valientes que cambian con sus actos el mundo.

Llueve en esta noche que parece otoñal. He puesto algo de música. Miro la gata Meiga dormir, como de costumbre, a mis pies. Hace algo de frío en la cabaña. Es verano pero aún no he quitado las sábanas de franela. Sólo retiré el pijama, pero apetece meterse debajo del edredón y no levantarse hasta que las nubes no den paso al reluciente sol. Vivir en una cabaña, en mitad de un bosque, en las montañas, con una gata y cien metros más arriba, una casa de acogida abierta a todo el mundo, llena de gente que viene y que va, que trasiega por la vida buscando inspiración. Escucho la música en esta soledad, en este previo descanso, porque escribir es como descansar de todo lo demás.

Hoy nos llamaban locos por estar soportando este proyecto. Lo decían entre lágrimas, sollozos puros e inocentes, trozos de alma que caían sobre la mesa mientras un tipo de admiración surgía en el ambiente de despedida. Al principio nos creíamos algún tipo de héroes, pero la conclusión es que esto es más propio de locos. Locos que desafían los tiempos, los placeres mundanos, las infamias, inclusive al propio infierno. Para mí, sin embargo, no tiene un excesivo mérito. Al menos ahora ha dejado de tenerlo. Me merece más respeto el padre y la madre que incondicionalmente alimentan la vida de un hijo. Un hijo es para toda la vida. Un hijo está ahí para siempre. Nosotros solo hacemos lo que podemos en este juego extraño.

No paran de venir personas hermosas. Algunas me llaman la atención. Las abrazo en la melancolía propia de cualquier soledad, admiro sus miradas limpias, su fortaleza, sus contradicciones. Las miradas se cruzan, pero mi ánimo deambula ciego, sin pretensión de aventura. Me siento extraño viendo como pasan las horas sin poseer ningún tipo de estímulo por compartir algo íntimo. Ni siquiera la añoranza del pasado puede poseerme. Menos aún la esperanza de ningún futuro. Vivo en un presente extraño donde intento cumplir con mi parte. Hoy me planteaba de nuevo muchas cosas con respecto a muchas otras cosas. Pero luego uno llega a la conclusión de que tan solo son eso, cosas. Y desearía vivir experiencias únicas y primigenias, o conocer a personas únicas y primigenias, de esas que te prenden la llama, pero me veo lejano a todo eso, ausente.

Hobbes decía eso de que ni siquiera la propia voluntad es libre y reducía al ser humano a la autoconservación y, por lo tanto, a un impulso meramente diabólico basado en el miedo y el poder. Me doy cuenta de que, más allá del puro cansancio, ya no siento miedo, ni deseo poder. No significa eso que esté llegando a ningún tipo de santidad. Ni siquiera que esté encarnando ningún tipo de modelo celestial que nos aproxime a un entorno divino. Significa que me desprendo poco a poco de todo y penetro sensiblemente a ese modo de vida que requiere caminar con cierta desenvoltura. En todo caso, esa forma peregrina de ver la vida es un desafío a las teorías de Hobbes, y por lo tanto, es un desafío al infierno. No seguir sus reglas, no tener miedo ni deseos de poder e intentar llevar una vida liviana, alejada de los estímulos propios de la materia, es una auténtica provocación a Leviatán.

Hay algo que empiezo a admirar del otro. No la capacidad que tiene de hablar de cosas profundas, sino de esa capacidad innata de llevar una vida profunda, es decir, una vida basada en una coherencia prudente, pero eficaz. Una profundidad no tan sólo en sus actos, que parten siempre de una indisoluble buena voluntad, sino también de su poderosa energía, de sus nobles emociones, de una sabia mente capaz de discernir más allá del bien o del mal, pero sobre todo, un espíritu puro, de esos que brillan con luz propia. A veces he conocido a seres humanos así, pero admito que cada vez me resulta más complejo admirar silenciosamente a ese enjambre de criaturas celestes. Excepto cuando de repente aparecen en escena, ya sea detrás de unos profundos ojos azules, de una gran melena salvaje o de una sonrisa explosiva y de repente cierto aliento nos llene a todos de vida, de paz, de amor, de fuerza para seguir adelante. Sí, vivimos en un desafío constante. Y no somos héroes, somos locos… muy locos…

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Reconstruirse una y otra vez


a.jpg

© Tony Hunter

Schiller describió con afinada tinta la historia romántica de Guillermo Tell. “Cuando el oprimido no tiene derecho a nada -nos decía el poeta-, cuando la carga se le hace insoportable, toma todo el coraje del cielo e impone en la tierra sus derechos eternos”. Hoy me llenaba de coraje y dignidad y marchaba hasta León. La humillación siempre desencadena un movimiento de fortaleza espiritual, como ese amor liberado de cualquier deber que se ensancha en cada travesía. El viaje no era hacia fuera, sino hacia dentro. De alguna forma, debía, debo, más bien, reconstruir esa dignidad atropellada por el tirano que representa todo ese cúmulo de ignorancia y desdicha.

Me he dado cuenta de que durante este último año algo de mí había caído al suelo. Era algo sutil, intangible, algo que tiene que ver con el sostén espiritual, con la mirada profunda de las cosas. Era algo que requería cuidados, mimos, atenciones. Así que temprano, con la fiel compañía de un buen escudero, llegamos galopando hasta los confines del abismo. Allí esperaba una joven y hermosa mujer que nos atendió con el mayor de las atenciones. Una mañana sirvió para poner en movimiento el primer trazo hacia esa conquista, hacia ese valor consumado en los hechos, en los actos, en la conducta, en la vuelta a la dignidad. Volvimos satisfechos tras la hazaña y ya solo queda esperar el resultado de la apuesta.

Tras el viaje llego cansado, pero un trozo de alma, independientemente de lo que ocurra en los próximos días, ha vuelto a su lugar. No importan los resultados, no importa si esta pequeña empresa tendrá éxito o fracaso. Lo que importa es que algo se ha puesto en movimiento, y que algo se está moviendo dentro, y por lo tanto, tendrá sus consecuencias ahí fuera. Ese es el valor de agarrarse a un navío a punto de naufragar tal y como hizo valientemente Guillermo Tell, demostrando a la tiranía que las flechas que salen desde lo más profundo del corazón puede vencer toda injusticia.

Reconstruirse una y otra vez es algo que ya tengo interiormente asumido. No sólo materialmente, sino también vitalmente, emocionalmente, intelectualmente, espiritualmente. El ser humano es digno por naturaleza. Lucha interiormente por mantener un mínimo de decoro y merecimiento. Al igual que ocurre en la parábola de la tercera historia del Decamerón de Boccaccio, de los tres anillos que gobiernan nuestras vidas, el auténtico es aquel que gracias a la fuerza de la joya, nos hace llevar una vida ejemplar. En ese sentido, todos podemos demostrar a lo largo de nuestras vidas que nuestra dignidad puede ir acompañada de una ejemplaridad a prueba de todo. Es cierto que en el camino tropezaremos, erraremos y cientos de situaciones nos pondrán a prueba. Especialmente a aquellos que exponen su vida continuamente a la vista de todos, que se presentan abiertamente a la atenta mirada crítica del otro. Pero nada importa si una y otra vez tomamos todo el coraje del cielo e imponemos en la tierra, sin miedo alguno, sus derechos eternos.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

El arte de la fuga


a.jpg

© Gabriel Guerrero

A pesar de que este título pertenece a un libro escrito por Bach, y también a una forma suya especial de hacer música, no vamos a hablar de melodías. Alguna vez en el pasado hablé del fugas mundi. Ahora, observante, atento, veo las cosas desde una perspectiva algo más amplia y diferente. Decía alguien que sólo desprecian la sociedad aquellos que no han conseguido sus favores. Los otros la aman, la abrazan con esa locura ciega que nos imbuye cuando el éxito invade nuestras vidas. Ser exitoso en nuestra sociedad pasa por sentirse miembro destacado de algún clan, de algún rango, estatus o clase. Si eres el primero entre los mediocres, puedes llegar a ser menos vulgar que el resto, aunque la vulgaridad siga siendo el sello de identidad.

El éxito ha pasado muchas veces por mi puerta. La última vez ayer mismo, ante una oferta que podría llevarme a ser uno de esos personajes que de forma ilustre manejan la vida de muchas personas. La oferta podría incluir el dirigir a más de cientos de personas en un ambicioso proyecto. Pero soy un artista de la fuga, y reconozco, a regañadientes a veces, que mi alma hace tiempo que dejó de estar en venta, aún a pesar de que tantas veces han intentado, sin éxito, comprarla una y otra vez.

Me interesa ver en estos días esos que son auténticos artistas en huir de la sociedad, eso sí, sin hacer nada especialmente notorio que los aleje realmente de ella. Se pasan el día quejándose, se pasan el tiempo aborreciendo y huyendo, pero reproduciendo allí donde van todas sus miserias y sus penas. Son auténticos depredadores de aquello que pueda ayudarles en la huida, sin dar nada a cambio, sin ofrecer nada a cambio y sin bucear realmente en un cambio radical.

Luego hay otro tipo de fuga, más allá de la social, que es la propia fuga psicológica. Nuestra sociedad actual está creando auténticos autistas antisociales que prefieren perderse en conversaciones absurdas que atraviesan todo tipo de telepantallas antes que poder dominar el arte de la sociabilidad.

Y también las fugas espirituales, esas que entonando profundos ommmmsss nos alejan de una realidad incómoda que no gusta atender. Lo decía ayer en la cena, con unos amigos que integran perfectamente el camino del medio. Hay personas que se creen espiritualmente avanzadas y, sin embargo, denotan uno de los extremos más permisivos de la espiritualidad: el egoísmo. Realmente solo piensan en sí mismos y en su salvación. Les importa un pito todo lo demás. Especialmente todo aquello que pueda afectar a su paz interior, a su consciencia aparentemente iluminada desde la que desgranan sutilmente vacíos existenciales, dolencias emocionales y simples anhelos de grandeza no consumados.

Es cierto que todos huimos de algo. Estos días de extremo cansancio ya no sabía dónde esconderme, ni durante cuánto tiempo. Me he cuidado, me he dado regalos, me he mimado, pero en el fondo solo deseaba huir. Al menos por unas horas, o unos días, o unas semanas, o unos meses con tal de descansar todo aquello que me gustaría descansar. Me hubiera gustado fugarme con esas hermosas chicas que hoy se dirigían rumbo a Francia. O con esa otra joven y bella alemana que anda buscando algún lugar donde aposentarse. Son tantos los que vienen y van en estos días, que dan ganas de marcharse con todos ellos, aunque solo sea un ratito, aunque solo sea para poder descansar en paz algún trozo minúsculo de tiempo. Espero con ganas el otoño. Espero con deseo un cambio radical en todo cuanto ahora manejo.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

En el centro de todo, permanezco


a

© Jiří Šebek 

Escuchar música sacra medieval ante la imponente voz de sor Marie Keyrouz es disfrutar de un instante de difícil explicación. Ante su música y su voz, sigo encerrado en la cueva, rodeado de libros, de inmemorables recuerdos que cohabitan en las estanterías y en la sed de mi alma. Observo atento, buscando paz y sosiego, subrayo cada minúsculo átomo de emoción que envuelve el aura de cada objeto. Veo Copenhague y su jardín botánico metido todo en un pequeño frasco, saboreo los tumultos de tundra escocesa y sus Tierras Altas, las conchas del Atlántico que precedieron tantos y tantos peregrinajes, y Taizé, muy cerca de la vieja Clunny, donde sus cantos se cuelan todas las mañanas en la pequeña ermita. Al otro lado de la estantería, junto a los tratados de antropología, Mongolia y la India con un Buda abrazando a un San Javier que mirando al cielo clama misericordia. También los inviernos de Alemania e Israel y todo el Mediterráneo adumbrado por destellos que relucen bajo velas, cuadros soleados y alguna luna veraniega.

Si ahora pudiera buscaba un caballo y me marchaba, como antaño, a proteger a los peregrinos. Pero en los Caminos, practicando sus sendas. La vida aposentada, labriega, ciertamente consume mis ansias de exploración. No he nacido para labrar la tierra, ni para la vida sedentaria. Lo mío son los caminos. Ahora lo sé. Por eso en este tiempo de sedentarismo extremo siento como si algo que nace desde lo más hondo fuera a explotar. Las imágenes de países exóticos se acumulan, y junto a ellos, cierta sensación de impotencia. En la sección de metafísica un elemento de Marruecos y sus zocos. Más arriba algo que vino desde California. Un peldaño más hacia lo alto los cientos de libros sobre masonería y en frente, miles de libros sobre espiritualidad, esoterismo y nueva consciencia. Y mientras los miro me imagino ya en otro lado, en algún otro país, deseando volver, porque lo bonito de viajar es ese sentimiento que te envuelve, esa emoción de querer retornar a un lugar tranquilo, a un cuartel general o hacienda donde descansar.

Veo obras antiguas y si alzo la mirada, ahí están los pasillos y el resto de las habitaciones cargadas de libros y libros y más libros que se acumulan en este oficio que se pierde. Ser editor en los tiempos que corren es algo complejo. La gente ya no decora las estancias con libros. Ni siquiera como objeto de culto. Se siguen vendiendo algunos, pero cada vez menos. Por eso cada mes es un milagro. Miro de nuevo a San Javier. Nadie daría crédito de su origen. Nadie daría crédito si pudiera contar libremente tantas y tantas historias sucedidas que ahora quedan registradas en las estanterías.

He conseguido, en estos dos días, extirpar de la bandeja de entrada el noventa por ciento de los mails que se habían acumulado. Pero me falta aún ese diez por ciento tan difícil de contestar, tan extrañamente complejo. Cuando el mundo vivía sin mails todo era más lento. Recuerdo que se acumulaban las cartas, pues siempre fui avispado en eso de escribir y contestar largas misivas a todo lo largo y ancho del mundo. A escritores mexicanos, a poetas argentinos o científicos alemanes. El mundo siempre fue un cúmulo de curiosidades por explorar. El mundo siempre tan grande, y nuestras vidas siempre tan cortas. ¿Cómo conocer todo cuanto hay por conocer? ¿Cómo albergar la esperanza de que algún día todo estará en nuestra palma de la mano, sin fronteras, sin burocracia, incluso sin mails que atender?

Aún me duele la cabeza. Hoy llega una caravana de peregrinos. Mañana un buen amigo con su esposa desde las entrañas de Madrid. El verano es así, un trasiego de almas. Por eso es prudente, cada cierto tiempo, protegerse, esconderse, trabajar entre libros. Estoy buscando el equilibrio entre lo de fuera y lo de dentro. Estoy buscando el equilibrio entre lo de arriba y lo de abajo. Y en el centro de todo, como una realidad moldeable y plástica, permanezco.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

El hombre-mono y la mujer es mona


a.jpg

Los isabelinos imaginaban el cielo como una esfera cristalina desde donde los ángeles contemplaban las muecas del hombre-mono, más cercano a ese traje vanidoso y esa mirada altiva propia de los grandes primates que con sus muecas parecen juguetones en los bosques y las selvas. El hombre mono y la mujer mona se miran siempre con cierto afecto, con desconfianza a veces, con sensación de pertenecer a un mundo intermedio, ese que se encuentra a mitad de caballo entre lo animal y lo divino. El ser humano no existe aún, se está haciendo. Lo noto aquí en los bosques cuando comparto con unos y con otros. Veo el esfuerzo por alejarnos, a veces con mayor o menor éxito, de esos instintos, tan básicos y primarios, que aún atraviesan nuestra espina dorsal.

El hombre se comporta como un mono ante la mujer mona, y hacen monerías de rama en rama, de bosque en bosque. Se alejan por caminos turbios, entre las nieblas, entre los árboles. Se miran coquetos y desfilan abrazos y caricias a media noche, serpenteados por la mirada atenta de aquellos alados seres que desde arriba observan la escena, tan mona ella.

Nos sentimos con cierta autoridad ante la vida, como si fuéramos realmente importantes. La escisión entre la mónada que nos anima y lo que representamos con nuestro traje de autoridad no es más que un aleteo frágil ante la inminente presencia del infinito. Aún así, pensamos como dioses siendo aún tan monos, tan primitivos, tan afanosamente animales. Somos muy monos cuando aún, a estas alturas de nuestra divinidad, seguimos comiendo carne. Somos muy monos, y con perdón de los civilizados monos, cuando arrebatamos en violencia, matamos cruelmente, o justificadamente según los cánones de la guerra, o simplemente cuando dejamos morir de hambre al prójimo próximo.

Seguimos empeñados, tan animalescamente, en pensar en territorios. Los marcamos con fronteras, que es algo sofisticado, porque eso de ir meando por las esquinas es algo primitivo. Pero la esencia sigue siendo la misma. La bandera, cualquier bandera, es el símbolo más sofisticado de cualquier meada perruna. Pero nosotros somos monos, monos avanzados, y pensamos que una bandera ya nos sirve para decir que esto y aquello es mío, que esta y aquella es mi casa, o mi patria, o mi nación, esperpentos inventos para trapichear de forma civilizada con nuestra peculiar forma de posesión.

El mundo es un escenario. Y cuando hoy salía majestuoso el arco iris sentíamos que nos curábamos de todos los males. Nos curó la depresión y de la tristeza, sentimos la gloria de Dios, por decir algo, en esa magia del instante presente. Saltábamos enloquecidos, como monos que de repente piensan que la mejor manera de celebrar el acontecimiento es chillando y brincando de un lado para otro. A nuestra izquierda había un joven alemán. Ya sabemos que los alemanes son más cautos a la hora de expresar emociones. Estaba sentado en la hierba y lloraba ante el espectáculo. Lo hacía en silencio, sin que nadie notara su presencia y su emoción. Pero pude verlo, como cuando los ángeles nos miran para ver si nuestra mónada mejora y progresa. Y veía en su silencio cierta maravilla, cierto avance, porque podía disfrutar de algo tan espectacular desde su cómoda y sigilosa butaca. El hombre es mono y la mujer es mona. Y allí estaban el arcoíris, y el alemán, y el perro Geo que no entendía nada pero disfrutaba de nuestra arrebatada alegría. Y abajo, mientras mirábamos la esfera cristalina ahora cargada de los siete rayos, nos imaginábamos seres más completos, mónadas más inspiradas, hombres y mujeres más llenos de gracia. Seres humanos vivos, que no hay mayor grandeza que siendo lo que somos, estemos vivos, y sepamos apreciarlo.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Lo hermoso de ser útil


a

Quiero dar las gracias a este hermoso ser que vino desde Uruguay y ha estado todo un mes con nosotros, siendo ejemplo de honestidad, responsabilidad y compromiso. Gracias querida Vero por todo lo que has dado y gracias por tu ejemplo y entrega. Feliz viaje de vuelta… 

Escribir es una forma de recolectar experiencias sociales, humanas, personales. Compartir emociones, expresar ideas, atreverse a desnudarse ante el mundo bajo la atenta mirada del criticón, del inconformista, del cotilla, del hacedor de males, de los que imaginan, de los que indagan, de los que intentan penetrarte, incluso de aquellos que te odian tanto que te leen para ver de qué manera pueden odiarte más. Como decía Pirandello, es una forma de correr hacia la locura, de intentar bajo una argumentación que a veces roza el paroxismo, contar cosas que simplemente son eso, cosas.

La vehemencia puede ser estúpida si uno se toma la vida excesivamente en serio. No sé por qué darle tanta importancia a cosas y hechos que no la tienen. Al fin y al cabo, escribir es solo eso, escribir, no tiene mayor importancia. Ni siquiera escribo para que me lean, ni para que hagan de esta escritura un uso oscuro y pueril. Sólo lo hago porque me gusta, y porque a veces, en muy contadas ocasiones, la lucidez me atraviesa por dentro y soy capaz de compartir algo bueno. Lo demás son solo adornos, vómitos emocionales que atosigan al desesperado, al aburrido o al que protesta constantemente ante la infelicidad de sus vidas.

Pero a veces, y eso es lo que me motiva desde hace más de diez años, pienso que esta escritura puede ser útil. Y entonces lo veo como un medio de servicio, de apoyo mutuo, de cooperación, de acompañamiento al otro en su soledad, en su duda, en su desesperación. Ser útil es algo que a todos nos gusta. Ser útil a uno mismo, ser útil a los demás. Dicho de otra forma, a nadie le gusta ser un inútil, o algo peor, un auténtico inútil. De pequeño siempre había un mantra que se repetía por mi peculiaridad débil y trasnochada: eres un inútil, me decían unos y otros. En la familia, en el colegio, en la calle jugando al balón. La inutilidad es algo que te marca de por vida, por eso, ya de mayor, uno siempre intenta hacer las cosas lo mejor que puede. Ser útil, ser un verdadero ser completo y ventajoso en cuanto a esa visión de servicio.

A pesar de que esta ha sido unas de las semanas más duras de este verano por no saber encajar aún del todo los abusos de unos y de otros, puedo decir que por dentro me siento sanamente feliz. La parte tosca y tóxica de aquello que durante meses me ha atormentado se diluyó como un azucarillo lo hace a intervalos. Las interpretaciones delirantes de unos y otros que necesitan justificar sus actos a golpe de culpabilidad se convirtieron en un mantillo suave, inofensivo. Aún me siguen llegando ecos, críticas y recelos. Pero estoy aprendiendo a no darles poder, estoy aprendiendo a levantarme sobre los mismos y mirarlos con la grandeza de aquel que se levantó del lado inútil de la vida y alzó su mirada hacia el poder de ser válido, de hacer cosas buenas, de intentar ayudar a unos y a otros sin buscar recompensa alguna.

Por eso pienso que escribir debería ser un acto heroico de obligado cumplimiento. Todos deberíamos tener la capacidad de hablar, de contar las cosas, de compartir aquello en lo que dudamos, aquello que nos aflige o desalienta. Lo rígido, lo repetitivo y lo mecánico conforma gran parte de nuestra sociedad. Por eso cuando algo resulta excesivamente diferente, inteligente o lúcido puede llegar a dar miedo. Y ante el miedo uno siempre reacciona de forma brusca y alarmante. Tengo miedo y por lo tanto hago daño.

Los lúcidos tienden a callar, por eso me gusta abrazar a las personas inteligentes. Por norma son seres angélicos, silenciosos, sigilosos, como esos que vemos en los museos y que en silencio disfrutan del arte y la cultura que los embriaga. La misma postura tienen en los templos, donde miran maravillados la paz que otorga aquello que intentan albergar, siempre de forma torpe, un símil del Misterio. Los lúcidos no tienen miedo, navegan en sus mundos y transforman su vida en algo útil… útil para sí mismos, útil para los que los rodean, útil para el universo… A eso lo llaman servicio… Transitar al otro lado en paz, donde la noche espera, donde la vida nos rodea y envuelve. El sol pronto llamará a nuestras puertas de nuevo, embriagado de luz… Y allí nos veremos en el templo silencioso, en el callar de una vela y la sonrisa de una canción… en el vasto campo de la experiencia que nos guiará hacia la utilidad más absoluta, la de ser humanamente amantes de la vida, amantes de todo cuanto nos rodea, humanamente agradecidos por todo cuanto la existencia nos regala… como esos rayos que mañana iluminarán el nuevo día… hasta mañana pues…

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

La eterna aventura


a.jpg

© Ilias Varelas

 

Difícil esto de congregar a la gente. Los vi reunidos, seguramente en sus propias realidades. Ellos en sus memorias piensan que hice como hacían los espartanos con sus enemigos: arrojar implacablemente a la nada a los que tenían el pie cojo o el pecho estrecho. Realmente pasó que pedían coherencia, e intenté ser coherente. Pero ellos no querían coherencia para sí mismos, sino que la exigían a los demás. De hecho, ellos echaron al abismo a los que les molestaban, a los que depredaban su tiempo y sus intereses. Ahora la vida les pagaba con la misma moneda, pero solo porque ellos así lo han querido. Nadie echó a nadie, ellos se fueron solos, buscando mejor fortuna en otros abismos. Les deseo de corazón lo mejor. Para mí ha sido una lección de vida, y de paso, una liberación. Aprender a no odiar incluso al que te desprecia. Aprender a lidiar con esas circunstancias que tan a plomo te ponen cuando todo resulta excesivamente complejo.

Mientras hoy hacía cemento para recubrir una nueva obra, me desahogaba diciendo sencillamente eso tan manido de que no tengo ningún interés personal en permanecer aquí, en sostener este ambicioso proyecto. Podría ahora estar tranquilamente en mi casa, o en una playa paradisiaca o en cualquier paraíso tranquilo. A nivel personal, a mi edad, se puede decir que tengo la vida resuelta, tanto personal como profesionalmente. No necesito, de verdad, estar aguantando todo lo insufrible de estas semanas. Los insultos, las traiciones, la oscuridad humana, la cobardía, la amenaza.

Sin embargo, algo me tira al monte, no sabría decir el qué. Podría llamarlo propósito, karma, destino, un sino existencial, quién sabe. Tal vez esa sensación interior de aventura eterna, que se repite en las edades, por los siglos de los siglos, con diferentes disfraces, con diferentes escaramuzas y batallas, pero siempre la misma historia, centuria tras centuria. Como si la herejía resurgiera época tras época y tiempo tras tiempo vinieran las fuerzas a quebrantar su luz. Lo cierto es que una fuerza mayor a mi propia voluntad me arrastra a hacer cemento, a aguantar insultos y a recibir como paga diaria el desagradecimiento de viles y villanos, de personas que te quemarían vivo en cualquier hoguera si no fuera por los tiempos que corren. Al mismo tiempo, y quizás porque quiero pensar que ese ruido espurio es anecdótico, la fuerza del resto, el agradecimiento de los demás, que son legión en comparación a esa minúscula realidad, me hace seguir adelante.

También estoy aprendiendo a decir no, y a decir basta, basta ya. Si no te gusta esta casa, si no te gusta lo que aquí hacemos, no eres bienvenido. Basta ya de abusar hasta la médula y luego pagar con insultos y desprecios. Basta ya de crear fantasmas y mancillar el buen nombre de mucha gente. Basta ya de hipocresía, de cobardía, de injuria gratuita. Si no fuera porque por dentro me siento fuerte y feliz, desapegado de todo eso, cerraba de una vez por todas y de verdad, me iba a vivir mi vida, plácido, tranquilo, sin dar explicaciones a nadie. Si no fuera porque por dentro me siento libre de culpa, con la consciencia tranquila y la fortaleza suficiente para aguantar nuevos envites, me las piraba plácidamente a cualquier fin del mundo que mereciera la pena.

Así que seguiré a lo mío, con la precaución de no seguir dejando entrar a mi vida personas y personajes que restan, que viven en la queja constante o que mancillan a la mínima de cambio. Lo siento, no tengo tiempo para esas cosas. Seguiré andante por esta eterna aventura y que Dios, o quien sea, reparta suerte.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar