Vivir en tiempos de incertidumbre


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© Michel Rajkovic

Hoy he intentando vivir con sosiego mi primer día de jubilación. Quería saber qué se siente cuando realmente dejas de trabajar para ganar dinero, y simplemente entras en esa fase de la vida en la que la contemplación, la complacencia y el mirar al otro con generosidad se convierten en la premisa general. Miraba hoy mi historial de vida y solo llevo cotizados algo más de trece años. Esos cómputos me resultan increíbles cuando aún recuerdo ese primer trabajo a los dieciséis años en una panadería en el centro de la ciudad condal.

Mi primer trabajo fue amasar pan. Allí supe que hay mundos que se esconden en lo más oculto pero realizan el milagro, como la levadura, oculta en la masa, de hacer crecer el alimento. Allí me di cuenta, amasando panes y más panes, que la vida requiere de esa levadura para que todo funcione de alguna manera, para que tengamos aspiraciones, visiones futuras, conclusiones acertadas sobre nuestra existencia. Ahí entendí la necesidad de ir descubriendo poco a poco el mundo oculto que todo lo encierra.

De las cosas que más me gustan de estos días es la de cuidar a la persona que está haciendo la experiencia de retiro de 21 días. Es oportuno poder hacer esta experiencia en un tiempo tan revuelto como este. La primera semana es de profundo silencio e interiorización. Mi misión como guía y facilitador es asegurarme de que no le falte de nada, que tenga su desayuno, su comida y su cena, algo de leña y cualquier cosa que requiera. De acompañarla en las meditaciones matutinas y vespertinas y de guiñarle el ojo con una sonrisa para hacer cómodo su silencio profundo. Supongo que cuando uno se jubila puede hacer cosas con júbilo. Me produce una sensación de alivio el hecho de poder ayudar a los demás en sus procesos, de acompañar a aquellos que desean dar un giro de tuerca a sus vidas y ver qué pasa. Empujar al mundo a que descubra su lado oculto, ese que hace crecer las cosas.

Nadie nos educa para vivir en la incertidumbre. Para mí fue una maestra desde los inicios de esta existencia. Nacer y vivir en una familia humilde me aproximó radicalmente a saber lo que era la escasez, el no saber si mañana las cosas irían bien. Realmente la infancia y la adolescencia fueron duras en ese sentido. Aprendí a crecer en la incertidumbre. Por eso con mi primer sueldo compré dos cosas: una bicicleta y mi primer Camino de Santiago. Allí la experiencia de la incertidumbre, en tiempos donde no había móviles, ni internet ni prácticamente albergues en el camino sucumbió en mi interior. Tardé dos años en preparar el Camino hasta cumplir la mayoría de edad. Pero esa preparación concienzuda mereció la pena.

Durante unos años la vida me trató bien. Después de los estudios universitarios comencé a trabajar y ahorrar. Compré mi primer apartamento, luego mi primera casa adosada con jardín y más tarde diseñé y construí mi hermosa casa de diseño. Eran años de bonanza que terminaron drásticamente con la crisis del 2008. Ahí lo perdí todo y volví de nuevo a la senda de la incertidumbre. Ese mismo año hice de nuevo el Camino de Santiago. Fue una experiencia dolorosa. Tardé casi una década en recuperarme de aquella experiencia traumática que pretendía revolverme, empujarme al verdadero camino que debería recorrer años más tarde.

Ahora la incertidumbre es diferente. La tomo con calma, con la seguridad interior de que por muy mal que vayan las cosas, siempre queda un reguero de esperanza a la que aferrarse. Quizás mucho de nosotros perdamos riquezas, trabajos, amigos, parejas e incluso parte de la salud en estos días. Casi diez mil personas han perdido la vida en nuestro país en estas semanas. Cada minuto que pasa alguien se marcha al otro lado. Por eso, en los agradecimientos antes de desayunar y comer, nos acordamos especialmente de aquellos que sufren y damos gracias por estar sanos y salvos, en salud, fuertes de momento, con alimentos abundantes.

Hoy contábamos los paquetes de pasta y legumbres que nos quedan. Tenemos para un mes aproximadamente. Hemos dejado de ingresar dinero, pero nos queda una gran reserva de patatas que el año pasado no pudimos recolectar. Podríamos vivir de ellas una gran temporada. El otro día sacamos unos dos metros cuadrados de patatas y estaban en perfecto estado de conservación. Las patatas son un gran alimento y la tierra es siempre milagrosa y generosa a partes iguales. También quedan algunas castañas en el suelo y estamos descubriendo hierbas que se pueden comer en ensaladas. Llevamos dos semanas sin salir a comprar y es preferible que sigamos aquí confinados el tiempo que haga falta.

Todo es incertidumbre. Y sin embargo, la vivimos con cierto desapego y desasosiego. En mi caso, como decía un poco más arriba, con absoluta tranquilidad y paz interior, como eso que uno debe sentir cuando se jubila habiendo hecho bien las cosas. La incertidumbre es una buena maestra. Nos enseña a vivir la vida en toda su intensidad. Nos enseña a vislumbrar una nueva forma de entender la existencia con fe, con esperanza, con paz interior.

Espero que estéis bien. Os deseo fuerza y salud a todos.

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La conspiración de la Tierra Entera


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© Joe Photos

«Poseerá cosas más altas que éstas: un país grande, la tierra entera… y una gran esperanza, todos los cielos». Víctor Hugo

Da gusto poder tener tiempo para leer más, para reflexionar más, para poder interiorizar tantas y tantas cosas. Sin duda, este confinamiento planetario creará una nueva mente, y por lo tanto, una especie de nuevo mundo. Al modificar nuestros patrones, nuestras ideas, nuestra forma de ver la vida, algo cambiará en nuestro interior y algo cambiará ahí fuera. El mundo está basado en patrones de pensamiento. Todo es mente, nos decía el Kybalion. Y si todo es mental, alguien está pensando el mundo. Nosotros, ahora que hemos podido parar nuestra actividad, ahora que disponemos de más tiempo para nosotros, estamos repensando la existencia, y al hacerlo, la estamos imaginando más grande, más ancha, más hermosa. De alguna forma, la profecía de Víctor Hugo se está haciendo realidad. Nuestro nuevo mundo, algún día, será la Tierra Entera.

¿De qué sirven ahora las fronteras? ¿De qué sirven los antiguos paradigmas basados en las naciones, en las guerras, en el egoísmo, en la separatividad? ¿De qué sirven ahora los antiguos dogmas? Esta experiencia, quizás por primera vez en la historia de la humanidad, está siendo global. Sólo el advenimiento de internet nos había dado esa sensación de Tierra Entera. Pero ahora es una Tierra más cercana al mismo tiempo que más grande. Y, sobre todo, ahí queda esa gran esperanza, la de todos los cielos.

Ya hay millones de residentes que habitan esa Tierra Entera. Eso nos decía Marilyn Ferguson en su ya clásico la “Conspiración de Acuario”. Ya hay cientos de miles de personas que cierran los ojos y meditan, que aman la vida en todas sus manifestaciones, cuidando de la misma con delicadeza y atención. Ya hay miles de personas que avalan una dieta vegana, sin dolor, sin sufrimiento animal, y que cuidan de los otros, de forma altruista, de forma generosa. Ya hay cientos de miles de personas que cuidan sus cuerpos, que es el producto de millones de años de evolución, y es la esperanza para las futuras generaciones. Cuerpos sanos, mentes sanas, corazones puros en intenciones. Toda esa suma de personas que piensan ese nuevo mundo lo están manifestando poco a poco. Con sus pequeños actos diarios, con sus pequeñas vocaciones interiores.

Ahora más que nunca nos estamos dando cuenta de que estamos aquí como ciudadanos planetarios. Lo que ocurre en China puede afectar en lo que ocurre en nuestras calles, en nuestros hogares. Somos vulnerables a nivel mundial, pero eso también nos hace fuertes. Las máscaras del antiguo mundo se irán rasgando poco a poco. Los velos se correrán y podremos pensar de forma diferente. Necesariamente tendrán que llegar nuevas alianzas, nuevas formas de apoyo, de cooperación entre los unos y los otros, pero especialmente, entre los que más tienen y los que menos tienen.

Ahora podemos volver a elegir. En este tiempo inaudito de pausa, de calma, de serenidad, podemos volver a elegir otro camino. Un camino con mayor sentido, con mayor plenitud, con mayor conexión con nuestras dimensiones más desconocidas. Somos una promesa silenciosa. Una semilla de aquello que debe venir. Aquello que nos hará mejores, al igual que en cada generación algo mejora en nosotros. Todos estamos llamados a esa vocación de mejora, de búsqueda de virtud, de siembra de algo nuevo y mejor. Estamos llamados a conspirar para engendrar esa nueva Tierra Entera, amplia, ancha, de todos, sin fronteras. Ese nuevo mundo amoroso al que todos aspiramos está aquí y ahora, pensándose, creando la simiente en nuestro interior.

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El virus del miedo


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© Lionel Orriols 

Ayer estuve un buen rato hablando con un buen amigo. De esos que a pesar de las circunstancias siempre están ahí, no importa cuántas brechas nos separen, ideológicas, sociales, de estatus. No importa ni siquiera el que juntos ganáramos y perdiéramos por partes iguales en aventuras comunes. El cariño permanece y la amistad perdura. Hoy me volvió a llamar para seguir recordando unos hechos que acaecieron hace casi una década. Me recordó cosas que ya casi había olvidado. Por ejemplo, aquella vez en la que hice enfadar a un ministro. El ministro, con el que había tenido algún tipo de buena relación durante un tiempo, terminó con un enfado monumental por hechos divergentes, de esos que no puedes controlar y de los que formas parte casi de forma colateral. Me reía con el recuerdo, porque el ministro era un buen ministro y, además, un buen hombre al que la mayoría admiraba.

Por el mismo tiempo, qué tiempos aquellos, también hice enfadar al que fuera un conocido presidente de un conocido banco. Ese era el estrecho vínculo que me unía en la conversación de ayer y de hoy, y que recordábamos con cariño, depurando de paso cualquier atisbo o arista que hubiera quedado mal curada. Y mientras hablaba y recordaba aquellos hechos, me preguntaba por qué hay personas que se enfadan y otras no, por qué hay personas con ese agudo grado de misericordia en sus adentros, capaces de mirar más allá de las anécdotas de la personalidad, capaces de bucear en la esencia, perdonando una y otra vez las torpezas del otro.

Pensaba en ello y creo que es una cuestión de miedo. El miedo nos hace tomar decisiones la mayoría de las veces, erróneas. El miedo nos conduce hasta la frustración, la rabia, la impotencia. Eso genera situaciones extremas, sin control. Es cierto que atávicamente el miedo era una especie de herramienta psicológica de protección. En aquellos tiempos en los que vivíamos en bosques o cuevas, el miedo podía protegernos de cualquier peligro. Pero en nuestros tiempos, ¿a qué tememos? ¿A qué deberíamos temer? No a los amigos, sin duda, que pueden equivocarse y errar. No tampoco a personas de reconocida bondad y buena voluntad.

En estos tiempos de vulnerabilidad psicológica, estamos viviendo una doble epidemia. La del coronavirus y la del miedo. Nunca una epidemia del miedo había provocado tal colapso a nivel mundial. Desde un punto de vista psicológico, se harán muchos estudios futuros sobre el acontecimiento inédito de tener a gran parte de la población mundial hacinada en sus casas durante semanas. El experimento social podría marcar un precedente peligroso, y de paso, poner a prueba la docilidad mundial.

Si la epidemia del miedo se alarga, podría extenderse en no mucho espacio de tiempo una nueva epidemia: la de la desesperación. No sabemos aún hasta qué punto nuestra psicología individual y colectiva está preparada para este tipo de enclaustramiento, de encierro forzado. Estos días, hablando con unos y con otros, especialmente con amigos que están viviendo estos acontecimientos en grandes ciudades, notaba cierto nerviosismo interior. Un nerviosismo sutil, casi imperceptible, a modo de llamada de auxilio interior que ahonda aún más en la incertidumbre.

Toca sin duda fortaleza. Como la fortaleza de esos que hacen de este encierro un momento único e irrepetible para cuidar a los suyos, para llenarlos de cariño y amor. Como la fortaleza de esos que viven solos y han creado su propia rutina de esfuerzo interior a base de lecturas, de yoga, de meditación. Como la fortaleza de aquellos que viendo peligrar su futuro económico empiezan a imaginar nuevas posibilidades. O como la fortaleza de aquellos que pudiendo no hacer nada, lo dan todo para ayudar al prójimo, para echar una mano, para apoyar y sostener todo aquello que merezca la pena.

El virus del miedo está ahí, latente, al acecho, esperando su oportunidad. Seamos fuertes, seamos capaces de vencer esta pandemia colectiva para ser mejores, para ser fieles a nuestra esencia, para ser visionarios del nuevo mundo, para crecer en humanidad, consciencia y bondad.

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Ante vientos de incertidumbre, tormentas de esperanza


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© Windrides 

“El Sol, alcanzando la máxima altura sobre nuestro hemisferio, nos traza el camino: todo efecto liberador es cuestión de esfuerzo ascendente, de superación espiritual. No basta tallar la piedra bruta, sino conseguir después que sus facetas brillen como espejos, reflejando los rayos liberadores del espíritu. Nuestro cuerpo, puro y limpio, debe ser diáfano como el cristal, transparente a los mensajes de lo alto, instrumento dócil y dúctil para los impulsos de nuestra esencia inmortal, que es conciencia y amor. Y no hay más que el camino señalado por el orto solsticial de nuestro saber y nuestro sentir: siempre y por siempre, luz, luz y más luz”. Eduardo Alfonso

Disfrutar. Ahora toca disfrutar de lo sencillo, de lo pequeño, de lo simple. Si estamos solos, toca disfrutar de la soledad. Si estamos acompañados, toca disfrutar de la mirada tierna del otro. Toca llenarnos de silencio, de disciplina, de talento. Toca volcar en este momento todo nuestro ánimo, para no caer en la desidia o la tristeza. Nos toca ayudarnos imaginativamente, nos toca ser solidarios, nos toda ser oportunamente hermosos. Toca vencer, vencernos. Desapegarnos de aquellas cosas inútiles, superfluas. Desapegarnos de todo ese ruido, de todo ese mal humor, de toda esa rabia, de toda pérdida. Toca recuperarnos.

Ahora es tiempo, porque tenemos tiempo, de imaginar un mundo nuevo. Si estamos viviendo un tiempo de incertidumbre, de temor, debemos buscar corazas que nos aporten seguridad. No hay mayor coraza que aquella que es capaz de imaginar algo nuevo, una oportunidad, una misteriosa valía hacia algo diferente. Si vacilamos ante el dilema de lo que ocurrirá en los próximos días, quizás semanas, quizás meses, aprendamos a vivir simplemente, pero con el poder y el convencimiento de que seremos capaces de mostrar lo mejor de nosotros. Seamos amables, sepamos sonreír ahora que tanto se necesitan esas sonrisas. Miremos al mundo con simpatía y agradecimiento.

Quizás todo esto no sea más que una oportunidad. Tal vez podamos, ahora que la vida nos da esta experiencia única, ser capaces de parar y escuchar por fin el canto de los pájaros, de ver por fin puestas de sol y de saber apreciar todo aquello que antes parecía tan normal. Algo tan simple como abrir un grifo, como abrazar, como poder comer en la terraza de cualquier lugar. Algo tan simple como el poder salir a la calle, pasear y sabernos vivos. A lo mejor todo esto es para que despertemos a un nuevo nivel de consciencia. Un nivel amplio, ensanchado por la experiencia, avivado por las circunstancias. Podría ser que estemos ante un nuevo ciclo vital, una nueva forma de entender toda la existencia, una manera diferente de vernos y de ver el mundo.

Disfruta, seas quien seas, hagas lo que hagas. Disfruta de cada segundo. Embúllate de cada instante, penetra cada átomo, observa cada hilo de vida, cada pétalo de presencia. Puede ocurrir que el universo entero habite en ti, y puede ocurrir que con un poco de atención, puedas ver mundos y viajar a tierras lejanas. Con un grano de imaginación, podrías lanzarte a cualquier aventura insospechada. Volar por amaneceres selváticos o surcar grandes praderas. Imagíname aquí en mi pequeño bosque. Arde la chimenea, buceo entre mis libros, se escuchan ahí fuera el canto de los pajarillos primaverales, y el croar de las primeras ranas. El cielo lo cubre todo, el cielo y los cielos. Los visibles y los invisibles seres de la naturaleza penetran sigilosos este pequeño bosque. Puedes imaginarlo, y al hacerlo, estás invitado al calor del fuego, al adviento de cualquier instante. Te deseo salud, disfrute y esperanza, tormentas de esperanza en estos tiempos cargados de incertidumbre.

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¿Y si fuéramos nosotros la plaga?


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© Thomas Wegner

Ayer sembramos las primeras semillas y hoy nos poníamos a trabajar la huerta-mandala, uno de los primeros siete círculos programados para los siguientes siete años. Trabajar la tierra es duro, pero interiormente muy satisfactorio. Este era mi primer día en labrando la tierra. Estuve poco tiempo, pero terminé con un gran dolor de espalda que solo un reparador masaje pudo recomponer. Ella, más acostumbrada al sacho, trabajaba intensamente. Admiraba su fortaleza de mujer mientras cansado, de forma más relajada, aclaraba unos bancales de fresas. Su belleza mezclada entre sudor y campo hacían que el momento mereciera la pena. Es una gran intelectual, pero no tiene ningún reparo en remangarse las manos y dar todo de sí en el mundo tangible. Dos intelectuales en la huerta, intentando, mientras sachábamos el terreno, pensar el mundo, era algo peculiar de ver.

Nuestra filosofía parece acorde con cierta reivindicación sobre esa necesidad urgente que requiere un cambio profundo de nuestro estilo de vida. Podríamos estar tan solo intelectualizando el mundo, pensando el mundo desde nuestros cómodos sillones, pero preferimos ir a la huerta, al terreno, al campo, y poner en práctica ciertos valores. La economía del don, la simplicidad voluntaria y el decrecimiento solo son formas y estilos de vidas diferentes. Nosotros nos empeñamos en hollar sus sendas y ver sus resultados. Nuestra ilusión futura pasa por una Escuela donde se pueda hacer pedagogía de todo esto que estamos aprendiendo. Tenemos la praxis y tenemos herramientas suficientes para dar forma a ese conocimiento empírico, a esa experiencia vivida desde una perspectiva intelectual y práctica.

Es incómodo pensar el mundo cuando todo se viene abajo. Pero el hecho de que media humanidad esté encerrada en sus casas quizás sea un buen momento para hacernos algunas preguntas fundamentales, y pensar, sobre todo, en nuestro nivel de vida, en nuestro particular paradoja existencial, en los valores que lo sostienen. La primera pregunta que me venía mientras desojaba abatido las fresas era precisamente una enormemente incómoda, una que intenté colar en la tesis doctoral y que no tuvo mucho éxito: ¿y si fuéramos nosotros la plaga? Es evidente que estamos cohabitando un mundo que, al mismo tiempo, de forma irracional, por pura ceguera y egoísmo, estamos destrozando. No es algo consciente, y este es el asunto de mayor calado: no somos conscientes del perjuicio que estamos ocasionando.

En esa inconsciencia colectiva, diría que, en ese vicio colectivo, la parte destructora que nos atañe comienza a parecer irreversible al mismo tiempo que se diluye en la normalidad que vivimos. Resulta difícil que todos a la vez, ahora que estamos encerrados  en este particular panopticón y con tiempo para enfrentarnos a lo maravilloso que somos en nuestra esencia, podamos tomar consciencia de nuestra implicación directa en todo este desastre. Si fuera cierto que la Tierra es un organismo vivo, es evidente que ese organismo tratará de defenderse de alguna manera. El calentamiento global solo sería un primer síntoma, una especie de fiebre que está despertando en todo el planeta formas de defensa.

¿Qué sería entonces este virus? Por suerte, de momento, no es una pandemia como la que sufrimos en siglos pasados y donde murieron millones de personas. Vivimos en un tiempo diferente y el ser humano ha creado medios suficientes para protegerse de cualquier tipo de pandemia. Pero de alguna forma, a nivel también muy inconsciente, estamos viviendo en una particular alarma, en algo atávico que nos está despertando la necesidad de replantear nuestras vidas, nuestro sistema, nuestra necesidad de crecer a toda costa. Nunca habíamos estado tanto tiempo encerrados con la oportunidad de crear un nuevo relato de nuestras vidas. Aún no sabemos qué tipo de cuestionamientos grupales surgirán de esta experiencia, ni tampoco sabemos qué tipo de alianzas nacerán para que volvernos radicalmente aliados de la naturaleza. En todo caso, la vida nos está dando la oportunidad de parar, de reflexionar y de cambiar profundamente nuestros valores, nuestras vidas y nuestro futuro común. Ojalá tomemos nota y tengamos capacidad de reacción.

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Humanos en tiempos de crisis


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© Fabienne Bonnet

«Decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los humanos más cosas dignas de admiración que de desprecio». Camus

El miedo se apodera de todo. Lo estamos viendo en estos momentos de crisis, de plaga. Me pregunto qué hubiera pasado si esta misma plaga, en vez de matar un cinco por ciento de los afectados, el porcentaje se hubiera disparado hasta el cincuenta por ciento. Nadie estaría a salvo del terror inoculado en nuestra psique, y por lo tanto, todo se autodestruiría por sí solo. Algo así nos decía Camus en su obra Calígula: “No se puede destruir todo sin destruirse a sí mismo”. La autodestrucción ocurre con demasiada frecuencia. El cuidado y alimento de las emociones es tan importante como el cuidado y alimento del cuerpo físico. El cuerpo físico se ha convertido en un templo, desdeñando el resto de los soportes que nos permiten convivir en vigilia en la vida real. Pocos se ocupan de cuidar la vida, la vida que nos rodea, su campo vital y etérico, su radiación mistérica. Pocos se ocupan de alimentar las emociones, de crear buenas ondas, irradiar amor y cariño, cuidados y alegría. Pocos cultivan y alimentan nuestros pensamientos acordes con una consciencia lúcida y definida, palpable en los elementos más abstractos de la existencia. Pero menos aún, pocos cuidan y alimentan nuestra moral, nuestros valores, nuestra virtud. Aquello que nos hace valerosamente humanos.

Nos hemos convertido, nos guste o no decirlo, en una plaga para la naturaleza, para todo el planeta. Revertir la situación creada será francamente complicado. Quizás por ello la naturaleza, ante el hartazgo que supone soportarnos, busca remedios para atajar la plaga que está viviendo. El corona virus podría ser simplemente un pequeño detonante de algo que podría agravarse en pocos años. Estamos ante las consecuencias de la civilización nihilista. Cuando rechazamos todos los principios, ya sea estos espirituales o morales, entramos en la espiral de que nada en la vida tiene sentido. Esto crea un problema de fondo. Todo radica en la pérdida progresiva de sentido la cual aboca en la obcecación por lo abstracto. “Si nada tiene sentido, todo está permitido”, advierte Camus en Calígula. Incluso está permitida la mala educación, el egoísmo más feroz, la anulación del otro sin mayor compasión ni reparo. La verdadera desesperación nace de no saber a qué atenernos. Por eso la plaga provoca pérdida de sentido. Miedo a perderlo todo, inclusive nuestra vida aparentemente insulsa y sin valor.

Permanecer cerca de los seres y las cosas que nos rodean podría ser una vuelta a la realidad, una vuelta al sentido de la vida. El otro, el que tenemos cerca, el que tenemos al lado, deja de ser una entidad abstracta y se convierte en una entidad real, de carne y hueso, del cual se puede esperar siempre lo mejor. Quizás este tipo de crisis nos humanice hasta el punto de que nos volvamos más conscientes de poderosas virtudes.

Volver a la felicidad personal y compartida podría ser un buen camino para afrontar la que se avecina. No como un camino ingenuo o cursi, sino como una vía necesaria para la supervivencia humana. Decía Camus que la abstracción es el mal, porque de alguna forma nos aleja de la realidad. “Nos asfixia esa gente que cree tener la razón absoluta, ya sea con sus máquinas o con sus ideas”, decía. Nos aleja del otro cuando el pánico y el miedo, el rencor y el abismo entra en nosotros. Abstraerse de la vida es perderse la vida. No podemos cortar bajo teorías abstractas aquellas raíces que nos unen a la vida y la naturaleza, al otro sintiente. No podemos cortar el diálogo y la seducción con el otro en nombre de totalizantes ideas o creencias personales. Ese es el verdadero fracaso de nuestra naturaleza. Debemos reaprender a seducirnos, a cotejarnos y romper así con nuestra propia ensoñación personal.

Decía Camus que vivimos en el terror porque ya no es posible la persuasión, porque ya no podemos volver hacia esa parte de nosotros mismos que se reencuentra ante la belleza del mundo y de los rostros. Debemos abrazar de nuevo los corazones para que sean dignos de felicidad sin necesidad de agazaparnos al dolor o la servidumbre. Debemos lograr transformar nuestra humanidad en un verso apacible, en un canto real humano.

Reforzar la dignidad humana en estos tiempos puede ser una clave para, dentro del caos razonable en el que nos movemos, sigamos avanzando. No hay mayor valor y avance que comprometerse con la realidad, con el otro. No hay mayor bien que luchar una y otra vez, aún con el peligro de quedarnos solos, por aquello que nos humaniza. No debemos convertir nuestras vidas en un desierto por temor a equivocarnos, o en una idea abstracta que nos aleja de lo real. Debemos equivocarnos y al hacerlo, aprender, volver la mirada una y otra vez, sonreír ante el tropiezo. La virtud, la búsqueda de los valores, no implica perfección. Implica tropiezo, constante tropiezo cuando se escala tan sublime montaña. Y al hacerlo, nos volvemos valerosos, y sobre todo, verdaderos humanos.

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La realidad como un simulacro virtual


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© Michael Schlegel

 

La diferencia entre el mundo virtual y el mundo de la virtud nos lleva a la cuestión de cómo llegar al salto definitivo entre el pequeño mundo del ego y el amplio mundo de la mente, si entendemos mente desde una visión amplia y estrechamente relacionada con aquello que llamamos alma. El alma habita en esa interconexión que nace entre el corazón y la razón. Ser espontáneos para tantear la verdad encriptada de este universo, a sabiendas de que la verdad está fraccionada en millones de pequeños fragmentos donde nos vemos reflejados desde nuestros limitantes parámetros de percepción, no siempre es suficiente. Necesitamos siempre de una poderosa guía ante esta situación compleja. Es como si quitáramos una capa de espesura esperando hallar algo de luz y encontráramos una aún mayor, más opaca, grande y espesa. Nuestro pequeño ego nos impide ver más allá, de ahí que vivamos la mayoría de nuestro tiempo en una realidad virtual, privada de esencia, verdad y vida.

La realidad material puede entenderse como un pequeño purgatorio si no somos capaces de elevar nuestra mirada hacia la trascendencia, más allá de la dualidad de lo que percibimos. Hilar estas cuestiones como si fuéramos auténticos tejedores de realidad es una cuestión profunda. Podemos ver la vida según nuestra mirada, pero también podemos ampliar la visión según la mirada de los otros. O inclusive, según la mirada ampliada de nuestra propia mente iluminada por algún tipo de conexión verdadera, atisbo de lucidez, esplendor momentáneo.

No existe en el universo la generación espontánea. Pasar de un mundo a otro, de una aparente virtualidad a un espacio de virtud, requiere de esfuerzo. Primero hay que adelgazar al pequeño yo, al ego. No darle tanta importancia a cosas banales. Lo fútil no puede tener más fuerza que lo trascendental. Lo significativo de nuestras vidas es que somos portadores de una poderosa realidad, velada ante nuestra ignorancia, pero con la posibilidad de poder avistar las mieles de la misma. Podemos ver pasar la vida una y otra vez ante nosotros sin prestar mayor atención a cuestiones profundas. Podemos ver cómo quemamos una tras otra las horas de nuestra existencia encerrándonos en nuestro pequeño ego y sus necesidades. Pero también podemos dar un salto cuántico y desplazar nuestra consciencia hacia niveles de superación, de virtud, de belleza.

Todo es cuestión de enfoque. Podemos enfocar nuestra existencia hacia nuestros pies y sus necesidades o hacia el vuelo aritmético de nuestra alma, su expansión infinita y su interrelación con la infinitud. Entre lo finito y la infinito, existe un abismo que separa lo virtual de lo real.

La vida es un proceso, en ese proceso existen variables que aún desconocemos, dimensiones inexploradas que esperan nuestra mirada atenta. El mundo se desplaza ante nosotros a una velocidad de vértigo. La vida no se detiene, se manifiesta a diferentes ritmos, en diferentes aspectos. Y nosotros, tan ensimismados en nuestra propia virtualidad, no somos capaces de percibir la amplitud.

Solo cuando dejemos de mirar nuestros ombligos y dejemos de estar tan narcisistamente enamorados de nuestras cuestiones y mundos seremos capaces de mirar al otro fijamente a los ojos para empezar a construir entre todos, parcelas más amplias de realidad. Mirar dentro de nosotros está bien, pero crea un mundo ficticio si no somos capaces de contrastar nuestra enriquecida vida interior con las vidas de los otros. Mirar a los otros con generosidad y compasión es el amplio propósito de nuestra verdadera existencia. Con el otro, junto al otro, no solo nos expandimos inevitablemente, sino que ayudamos a expandir al propio universo y ayudamos a que la vida se manifieste desde la verdad más pura.

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