“Para nacer hay que destruir un mundo”


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Paisajes al ocaso, muy cerca de aquí

“Tienen mis deseos por término estas montañas y si de aquí salen, es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera”. El Quijote, Cervantes.

Para nacer, hay que destruir un mundo. Esta fue quizás una de las frases más conocidas de la obra Hesse, la cual aparecería en su libro Demian. No le faltaba razón. Ahora que he empezado la lectura compartida de su obra El Juego de los Abalorios, uno se da cuenta de la necesidad de morir a lo viejo para restaurar lo nuevo. Destruir un mundo, morir iniciáticamente a lo antiguo, siempre es necesario. En estos días sosegados, donde el síndrome de Stendhal se apodera de mi vida, disfruto plácidamente de todo tipo de lecturas.

Después de la práctica meditativa a eso de las ocho, el día se despliega con lecturas de Hesse, de Schlüter, de Dalio, de Dürckheim o Fortune. Voy alternando lecturas con trabajos manuales. Estamos haciendo una puerta nueva para la cabaña, sembramos aprovechando la luna algunas verduras, preparamos las vigas de la vieja casa para albergar la futura biblioteca y acomodamos nuevos espacios para algún día disfrute de todos. Es una conjunción hermosa, porque el trabajo manual, el labora en la tradición cristiana o el samu en la tradición budista o el karma yoga en la hinduista, compartido con la lectura y la oración, recrean en el ser un estado de profunda sintonía con la vida.

Por las tardes, un poco antes de invitar a las gallinas y patos al descanso nocturno, damos paseos en los que nos dejamos embriagar por toda la belleza primaveral de estos largos días. La hierba está alta y pronto formará parte de los silos de invierno. Toda la floresta embriaga por el cúmulo de flores que se expanden en las veredas de todos los caminos. A veces tenemos, ante el ansia exploratorio, que hollar sendas inexistentes, expandir nuestros pasos por remotas alamedas cargadas de agua y fango o disfrutar ante la sorpresiva belleza de lo inexpugnable.

Hemos acomodado alrededor de la cabaña algunos espacios para la lectura. Después de seis años de compartir intenso, me he dado cuenta de que no he sido capaz de disfrutar de ese bien preciado que llaman privacidad. La pandemia y la nula visita de peregrinos me está ayudando a reconciliarme con mi tiempo, a la vez que aprovecho para destruir las antiguas formas que en mi propia estructura había construido. Hemos sembrado algunos setos con la esperanza de que en el futuro la privacidad sea respetada.

Todo esto lo alterno con el trabajo en la editorial, mi otra pasión. Aunque la situación económica es compleja y difícil, no dejo de buscar ideas para seguir editando obras imprescindibles. Aún me toca lidiar con los restos del pasado, al mismo tiempo que perfilo en mi interior como serán las directrices y principios que gobernarán esta nueva vida. Ando creando el nuevo mapa, la nueva ruta ante la madurez de la vida.

Ayer hacíamos recuento de cuantas veces hemos renacido en esta vida, cuantas veces habíamos roto con nuestro pasado y habíamos vuelto a empezar en otros lugares, con otras personas, con otras culturas. En mi caso fueron siete grandes cambios. Andalucía, Barcelona, de nuevo Andalucía, Escocia y Alemania, Madrid y ahora Galicia. Rozando los cincuenta, no tengo más necesidad de exploración espacial. Me conformo con saber que seguiré viajando de un lugar a otro en pequeñas salidas al mundo, pero que siempre estará este lugar aguardándome. Sabemos que la vida da muchas vueltas, pero interiormente siento la necesidad de echar alguna raíz, aunque sea mínima, en este hermoso bosque.

Por eso el mundo que ahora destruyo es interior. Ya no existen movimientos vitales de un lugar a otro, ni vida nómada que valga. Hay algo dentro de mí que se quiebra para dejar nacer algo nuevo. Decía una amiga que me está costando vivir. Quizás vaya siendo hora de buscar en lo sencillo una forma de vida tranquila y desapasionada, dejándome arrollar por el éxtasis de la belleza sublime, por las sensaciones que uno percibe cuando contempla la bóveda celeste y se interroga por todos los misterios de la vida. Contemplar la hermosura del cielo. Aquí, donde la belleza es exuberante, no se necesita mucho más.

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El triunfo de los imbéciles


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© Vassilis Tangoulis 

Había en mi estantería un libro de Álvaro de Laiglesia que siempre me llamaba la atención por su peculiar título: “Dios le ampare, imbécil”. Siempre me consideré a lo largo de mi vida un poco imbécil por mi falta de inteligencia o habilidad. Decía Balzac que un imbécil que no tiene más que una idea en la cabeza es más fuerte que un hombre de talento que tiene millares. Hay muchas historias de imbéciles que tuvieron algún tipo de éxito en la vida, quizás precisamente por esa obstinación por llegar a alguna parte, con una sola idea fija en su cabeza.

A veces el éxito profesional viene de la mano del éxito personal, y entonces, la vida parece una feria plagada de alegrías y victorias. Por supuesto, no todos los imbéciles triunfan. Yo soy del grupo de los que siempre iban, de cara a los demás, a la cola en todo. De los que suspendían, de los que era mal estudiante, malo en los trabajos y un pésimo compañero sentimental. Mi vida social, profesional y personal siempre fue un desastre. Un completo imbécil que jamás triunfó en nada.

No es esta una sensación que me abrume. Hace años comprendí que nuestras limitaciones están ahí para ponernos a prueba, y lo mejor es, una vez puestas en consciencia, hacer lo que se pueda. Fracasar una y otra vez nos ayuda a mejorar cuando la inteligencia o la habilidad no da para mucho. La inteligencia es un recurso al que no todos podemos acceder. Y no pasa nada. Ser más o menos inteligente no es garantía de ningún éxito. He conocido a lo largo de mi vida decenas de personas excesivamente inteligentes cuyas vidas han sido siempre un continuo preludio de fracasos.

Ray Dalio, una de las personas más influyentes y ricas del mundo vivió una vida plagada de fracasos. Leyendo su autobiografía titulada “Principios”, me asombra que él mismo se considere un auténtico imbécil. Eso le honra. “Antes de empezar a contarte mis creencias, quiero dejar claro que soy un completo imbécil que ignora mucho de lo que necesita conocer”. Así empieza su libro de casi seiscientas páginas plagadas de vivencias, creencias y experiencias que le ayudaron a pasar del fracaso más absoluto a una vida de éxito y dinero. Me llamó la atención su biografía por la facilidad de explicar la economía, sus ciclos, sus crisis, pero especialmente, por su afición a la práctica de la meditación.

Dalio llega a un punto en la vida en la que ya no busca éxito. Deseo “transmitir estos principios porque me hallo en una etapa de la vida en la que quiero ayudar a que los demás tengan éxito, más que intentar buscarlo para mí mismo”, nos dice. Éxito es una palabra escurridiza. Para mí el mayor éxito existencial ha sido descubrir la profunda libertad que da el vivir en una cabaña situada en mitad de un pequeño bosque. No me siento exitoso por haber sacado dos carreras, o un doctorado, o haberme ganado la vida con una editorial bastante peculiar.

Visto con perspectiva, quizás mis pacientes maestros no hubieran dado ni un céntimo por esa carrera tan inusual en un imbécil que de pequeño no sabía distinguir las palabras unas de otras, quizás por alguna atípica dislexia no detectada a tiempo, o por una incapacidad mental para analizar y discernir los significados correctos del mundo envolvente. Mi futuro estaba condenado al trabajo fabril. Pero algo se torció gracias quizás a la práctica de la meditación o al consuelo de aceptar que no había nacido para adaptarme del todo a este mundo. Por eso, el éxito puede ser muy relativo, aunque la sociedad lo tenga muy determinado y marcado en cuestión de “tanto tienes, tanto vales”. Socialmente no valgo nada porque no tengo nada. Interiormente me siento rico por haber llegado a este pequeño estado de ataraxia. Vivir sin deseos y sin temores es lo más parecido a la felicidad. La lectura de un buen libro, un paseo, echar de comer a los pajarillos del bosque y disfrutar con su disfrute… No pido mucho más.

Ser una persona tímida y retraída me llevó a todo tipo de fracasos en las relaciones personales. Amigos que se fueron, otros que aguantaron por pura compasión y aquellos que perdieron la paciencia con mi peculiar forma de entender la vida y salieron cabreados de mi presencia. Con las parejas no tuve ningún éxito, en principio por mis propias rarezas, y en parte, por ser huraño hasta el extremo. Me rodee de personas maravillosas que terminaron hastiadas y cansadas de alguien tan extremadamente exhausto y perdido. No lo digo con ánimo de dar pena ni con intención de crear un sentimiento de martirio constante. Ser un desastre con las relaciones es fácil. Lo complejo es tener éxito con los demás sin rozar cierto grado de hipocresía constante.

Mi orgullo y excesivas dosis de narcisismo, esa creencia profunda de sentirte siempre un poco rarito ante los demás, viendo que los demás triunfan y uno simplemente se esfuerza para aparentar ser poco imbécil, me hace sentir de esta manera. Pero como digo, lo llevo con comodidad y cierto orgullo. Vivir en una cabaña de veinte metros cuadrados puede resultar un fracaso a la vista de la mayoría, pero para mí, y para mi pequeño ego vanidoso, es un gran triunfo.

Así que, de alguna manera, me considero personalmente un imbécil triunfante. Mis triunfos son modestos y muy personales, claro. Una pequeña cabaña, una estantería llena de libros para leer una y otra vez y la naturaleza. Quizás el mayor de los triunfos de mi vida haya sido precisamente descubrir la naturaleza en su estado “salvaje”, que sería como decir algo así como haber descubierto a Dios en su estado más puro y directo. En eso me siento triunfante y príncipe de mi pequeño reino. Y en estas andamos. Si te sientes un fracasado, “Dios te ampare, imbécil”. Pero no te lo tomes a mal, disfruta de la riqueza y la libertad de no tener nada.

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El mérito de estar callados


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© Laurent Baheux 

¨El Ser es lo que Es y no se perfecciona más que siguiendo las leyes reales del Ser. Observemos, no prejuzguemos; ejercitemos nuestras facultades, no la falseemos; ensanchemos el dominio de la vida; ¡veamos la verdad en la verdad! Todo es posible a aquel que quiere solamente lo que es verdadero. ¡Permaneced en la naturaleza, estudiad, sabed y después osad; osad querer y callaos!¨. Eliphas Levi

Los gnósticos de todos los tiempos asumían como suya la plegaria zoroastrista del saber, querer, osar y callar. El silencio siempre fue un signo de distinción entre los cultos, los elevados y los venerables de todos los tiempos. Los que se presentan con la frente erguida, la mayoría de nosotros, solemos ser personas ruidosas, extremamente estridentes. El silencio viene asociado a la humildad y junto a la belleza, suele ser un síntoma inequívoco de sabiduría.

Trabajar sin que la mano derecha vea lo que hace la mano izquierda, aunque esto a veces pueda resultar desagradable o pueda generar desconfianza, es algo complejo. Muchos confunden el trabajo del pequeño ego con el trabajo del Ser esencial, del Alma. Muchos confunden ambas dimensiones, cuando son disparatadamente diferentes hasta que la verdadera integración de una con la otra es real. La verdad de las cosas, desde lo subjetivo de lo que uno siente a lo objetivo de lo que otros opinan, varía en todos los sentidos posibles como una transfiguración de personajes y situaciones a veces irreconocibles. Por eso, hablar de la “verdad” siempre resulta osado, excepto para el dogmático, el fanático y el exaltado. La verdad sobre un elefante no es la pierna que en nuestra limitada capacidad, siguiendo con el conocido juego de la percepción, podamos ver o percibir. El elefante real, siempre será mucho más grande y majestuoso.

Hablar de lo que no se habla, de aquello que a veces es tabú, sólo tiene mérito cuando nace de la voz de la maestría. A los demás, ya nos valdría estar callados, en silencio, sin hacer mucho ruido. Si no fuera por ese ser exacerbado, por esa continua necesidad de describir y escribir sobre la vida, mantendría un absoluto silencio.

Es cierto que, exceptuando estos veinte minutos de relato casi epistolar, el resto del día lo paso en silencio. No soy hombre de palabra. Prefiero la escucha o la contemplación, el pasear desnudo, sin mucho que decir, observante, pasivo ante los acontecimientos diarios. Estas palabras forman parte de un testimonio literario, a veces exagerado por la imaginación, a veces excesivamente descriptivo con los acontecimientos diarios. A veces simpático y otras desagradable. La vida misma, con sus norias, con sus vaivenes, con su misteriosa plenitud y expresión. Un trozo de pierna elefantina, sin más.

Suscribirse a los hechos no deja de ser una forma de mirar al mundo. Compartir esa mirada no deja de ser un acto de generosidad. Guste más o guste menos, el resultado no importa en absoluto. El filósofo Lessing se cuestionaba sobre la virtud de las creencias o del propio patriotismo. No hay patria ni creencia en todo cuanto aquí se relata. Sólo una expresión libre de los acontecimientos vividos subjetivamente. No hay mucho que esconder, ni mucho que relatar más allá de la deriva de mi propia imaginación, plasmada con anécdotas sin importancia. A veces hay deseos reprimidos que no encuentran palabras y otras, esos deseos son expresados atávicamente con el poder y la fuerza de un huracán encerrado en una botella que fuera lanzada al infinito océano de la sinrazón. Si esto ayuda a alguien, bienvenido sea. Si no ayuda, no pierdan el tiempo conmigo. No merece la pena.

Estar callados, en silencio, no es solo el dejar de hablar. Es también esa virtud de transmitir paz a los lugares y las personas que nos rodean. Esto es algo complejo, porque a veces, cierta incertidumbre nos apodera cuando vemos como las cosas requieren orden y perseverancia. El propio Jesús lo dijo de esta manera: “No creáis que he venido a traer paz a la tierra. No vine a traer paz, sino espada”. Más tarde, látigo en mano, sacudió a los mercaderes del templo diciendo: “¿Cómo se atreven a convertir la casa de mi Padre en un mercado?

El templo es un lugar de oración, de meditación, de contemplación, y por lo tanto, de silencio. Cuando el ruido se apodera del templo, cuando los mercaderes hacen de sus paredes sombra para cobijar sus bueyes y ovejas, entonces, hay que levantar el ánimo, látigo en mano, y expulsar el ruido. Es una tarea compleja, porque el ruido que está fuera suele ser una manifestación psíquica y cuántica del ruido que albergamos dentro. Pulir virtuosamente nuestro ruido es una forma franca de traer paz al mundo. Por eso el silencio es un mérito. Es la cosa más difícil del mundo, y solo los virtuosos venerables consiguen esa paz profunda.

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Alcanzar la plenitud de la manera más perfecta posible


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© Gabriel Guerrero Caroca 

“Las buenas influencias no existen, señor Gray. Toda influencia es inmoral; inmoral desde el punto de vista científico. Influir en una persona es darle la propia alma. Esa persona deja de pensar sus propias ideas y de arder con sus pasiones. Sus virtudes dejan de ser reales. Sus pecados, si es que los pecados existen, son prestados. Se convierte en eco de la música de otro, en un actor que interpreta un papel que no se ha escrito para él. La finalidad de la vida es el propio desarrollo. Alcanzar la plenitud de la manera más perfecta posible, para eso estamos aquí”. Oscar Wilde. El Retrato de Dorian Gray

Oscar Wilde decía que la vida no puede escribirse, solo puede vivirse. Escribía cuando no conocía la vida, y cuando entendió su significado, dejó de escribir. Me ocurre algo parecido. Escribo a modo de diario íntimo, una forma de recordar, ante mi falta de memoria, todos los acontecimientos e ideas vividas. Porque las ideas también se viven, no solo de pan vive el ser humano.

Alcanzar la plenitud de la manera más perfecta posible requiere dejar de influenciar al otro. Por eso, de alguna manera, me siento estos días liberado. No deseo seguir condicionando la vida de otros. A veces, imponiendo ciertas reglas que no son del todo integradas por otros, estoy cometiendo una inmoralidad. Resulta difícil encontrar el punto de equilibrio entre ese afán de intentar mejorar las cosas y ese otro de ejercer control sobre las mismas. Por eso el cierre de este lugar, aunque sea de forma temporal, es liberador. Es liberador porque deja de condicionar la vida de terceros. Es liberador porque esos terceros dejan de condicionar mi propia vida .

Realmente descubro con cierta decepción que cuando no hay obligación, nadie atiende a lo más mínimo. El mundo a veces requiere de normas, de estamentos, de obligaciones para que de alguna forma sobreviva. Las excepciones nacen cuando el sentir personal está por encima de cualquier norma, y por lo tanto, las cosas fluyen sin necesidad de forzarlas. Como digo, esto podría ser lo excepcional.

Ahora que todo ha cambiado, que los tiempos han cambiado y que de alguna forma nosotros hemos cambiado con ellos, me pregunto qué será lo siguiente a perfeccionar para dejar de influenciar y dejar que cada cual viva sus propias pasiones. Es algo difícil. Jesús decía aquello de que el candil había que ponerlo encima de la mesa. Que había que salar el mundo. Que, de alguna forma, tal y como decía el Buda, hay que practicar los caminos. Pero, ¿cómo hacerlo sin coartar la libertad del otro, sin influenciar ni prestar nada al otro? Aún no se me ocurre como hacerlo.

Alcanzar la plenitud es algo complejo. Todos deberíamos tener la oportunidad de poder hacerlo alguna vez en nuestras vidas. Siento que este año será muy revelador. De alguna forma, en este tiempo de contemplación y retiro, siento una gran paz interior. Solo deseo no deber nada a nadie, y espero que en los próximos años esto se haga una realidad.

 

 

Paz y silencio


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© Selvy Ngantung

Decisiones difíciles la de estos días, pero al mismo tiempo, liberadoras. Es complejo explicar todo el cúmulo de sensaciones. No sabría cómo ordenarlas. Tras conversaciones con unos y con otros, y viendo la dificultad de seguir los protocolos del Covid-19 y ajustarnos a las medidas de higiene mínimas, decidimos cerrar el proyecto O Couso durante al menos un año. Egoístamente, esa decisión me liberó. Me resultaba difícil entablar una comunicación real con el proyecto en las nuevas condiciones establecidas.

Entendí esta dificultad como una oportunidad de cambio, de transformación. Llevábamos días hablando de que la palabra “proyecto” ya no era necesaria. Efectivamente, el proyecto O Couso ya es una realidad, y había que encajarlo a su nueva dimensión y pasar, al mismo tiempo, a la segunda fase de toda la visión, de todo el conjunto.

Así que se nos presenta un año por delante, un año de reflexión, de movimientos, de cambios. O Couso pasa a ser una casa de acogida, y se le relega el protagonismo que hasta ahora había tenido para dárselo a la Escuela. Quizás se llame Escuela de Samos, sin más añadidos, un lugar dónde practicar la meditación, el estudio y el servicio pero ahora desde un compromiso mayor, desde una perspectiva diferente. Serán siete años para desarrollar esa Escuela, que pretende ser una Escuela de vivencia y experiencia, no tan solo de “estudio” intelectual. La experiencia espiritual solo tiene sentido si hay una práctica espiritual, especialmente una práctica que nace desde lo cotidiano, desde las ollas de la cocina, la huerta, la limpieza, el jardín.

Todas estas reflexiones se organizan con una necesidad de silencio exterior e interior. Por eso durante una temporada he decidido ausentarme de las redes, poner este blog en cuarentena privada, solo acto para amigos que tengan la paciencia o el cariño de poder leer estas reflexiones sin juicio, sin prejuzgar. No tengo más ganas de seguir recibiendo anónimos insultantes ni desprecios de ningún tipo. Necesito silencio. Paz interior. Un tiempo para pensar en mí, en mi bienestar, en mi descanso, en mi vida privada, que acabo de descubrir que durante estos últimos seis años he carecido de ella.

En fin, ganas de estar tranquilo, ganas de disfrutar de este hermoso lugar y ganas de seguir buscando fórmulas para que este espacio pueda seguir siendo compartido y disfrutado por todos. Vamos a ver qué se teje en los próximos meses. De momento, seguiré escribiendo como hasta ahora, a modo de recapitulación vespertina. Y seguiré mejorando en todo lo que pueda para ofrecer mi humilde impulso, mi pequeño y minúsculo servicio a la causa de la luz.

 

 

Amor a viudas y huérfanas


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© Chandra Stevi De Kock

Somos islas silvestres. Agazapados en nuestros miedos. Apartados del mundo. Refugiados en nuestras selvas. El fuego reviste todas las formas. Si vibra interiormente, sacude cuanto abraza. Así en el pasado como en el presente como en el futuro, el fuego permanece siempre fijo en nuestro interior, en nuestro sol central, indicándonos el camino. Morimos todo el tiempo. A veces lo hacemos de forma consciente, iniciática, otras en las pequeñas cosas. Algo muere todos los días sin darnos cuenta. Algo queda en cada resurrección perenne. Algo siempre hay que salvar de nuestras islas remotas.

Cuando decidí dejar Madrid para venirme a vivir a los bosques pasaron muchas cosas. Desmantelé poco a poco la editorial. Tuve que cerrar la hermosa librería-editorial-centro de meditación que había en Malasaña. Tuve que despedirme de muchos colaboradores que hasta ese momento trabajaban en la editorial y tuve que volver a empezar de nuevo, de cero, con todo lo que eso supone de carga emotiva, de aventura, de incertidumbre, de alegría hacia lo nuevo y de tristeza por abandonar lo viejo. Rompí con lo tierno y abracé sin yo darme cuenta lo duro, lo extremo. En ese momento tuve que reducir la editorial a su mínima expresión. Coincidía que había tenido unos años de bonanza donde había editado y casi descubierto en primicia a autores como Suzanne Powell y Emilio Carrillo, que por esos entonces empezaban a despuntar y levantar el vuelo, con suculentas ganancias editoriales que invertí íntegramente en la compra y reconstrucción de este lugar donde ahora mi fuego habita. Un tiempo duro, muy duro. Una isla silvestre en mitad de la nada.

Antes de abandonar Madrid hice un curso presencial sobre maquetación en una prestigiosa academia que se dedicaba a los entresijos del mundo editorial. El trabajo de maquetación y de creación de portadas siempre los hacían terceros a los que pagaba según su trabajo. Como las cosas iban a cambiar, decidí prepararme y asumir yo mismo esos trabajos, a sabiendas de que en los próximos años cualquier ahorro serviría para potenciar el proyecto utópico. En ese curso fue cuando aprendí la diferencia entre viudas y huérfanas, y a cómo subsanar esos errores propios de la edición.

Ahora, visto con distancia, recuerdo que me desnudé por completo. Aposté todos mis ahorros, mi carrera, mi tiempo y mis esfuerzos a vivir una aventura impresionante, dedicando menos tiempo a mis viudas y huérfanas y focalizando todo mi trabajo en intentar que muros y tejados no cayeran encima de nadie. Seis años después me pregunto qué hubiera sido de mí si en vez de dedicar todos esos titánicos esfuerzos a esta empresa me hubiera quedado tranquilo y feliz en mi pequeño apartamento madrileño, en aquella pequeña selva oscura donde el fuego se avivaba con un fuelle posado en el más equilibrado de los haras .

En aquel tiempo también disfrutaba de la compañía de los hijos de la viuda. Estos me invitaban a eventos secretos, a logias encubiertas en escarpadas montañas lejanas, a ceremonias conjuradas con bellísimos rituales, a lugares que muchas veces eran desconocidos para los propios maestros del oficio, y a los que tan solo se llegaba si contabas con cierta reputación en los marcos más subjetivos de distinguidas relaciones. Recuerdo aquello como tiempos divertidos, de auténtica libertad, de esparcimiento y vocación, de curiosidad y osadía. Islas remotas. Músicas de otro tiempo, de otros templos.

¡Ay pero los tiempos cambian! Y hoy mismo andaba peleando con unas viudas de un interesante texto que trataba sobre la gobernanza del mundo. El oficio de editor, más contemplativo y recolector de los frutos sembrados, se cuestiona con calma qué hacer ahora con esos tan extremos esfuerzos realizados para que otros puedan disfrutar, alejados de la queja y el sosiego, de este espectacular lugar. Creo que, a partir de ahora, al igual que en su día reduje la editorial a su mínima expresión, haré lo mismo con mis intervenciones acogedoras, que muchas veces de nada sirven excepto para enfadar a unos y a otros que por diversas razones ven en mí cierta amenaza. Me centraré entonces en la profundidad de la Escuela, ese fuego que osa asomar de entre las brumas. Osaré dedicar mi tiempo a construir ese segundo proyecto para asentar las bases, aún no sé si sólidas o no, de todo el conjunto esotérico, de toda la mística profunda del fuego.

Seguiré eliminando viudas y huérfanas, integrándolas en los párrafos de la vida, en aquellas oleadas de existencia donde cada cual, según su vibración real, necesite estar. Ofreceré el cáliz y el agua de las fuentes, pero solo por un tiempo. Una vez saciados, los peregrinos deberán continuar su búsqueda estelar. También estaré más protegido, más sumido entre libros, entre relatos, entre estudios, escondido entre setos y rosales cargados de dulces rosas y puntiagudas espinas. Ya no subiré a los tejados como antaño, ni bajaré a más suelos que no sean aquellos que soporten con gracia todas las cuestiones profundas. Dejo el oficio de hospitalario y constructor y me sumerjo de nuevo en el aprendizaje de la maestría, en mis líos entre viudas y huérfanas, escondido en esas montañas escarpadas disfrutando de rituales y conjuras. En el centro de la tierra, en el agua media y por encima de los cielos, el fuego permanece oculto, protegido, a salvo.

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Cumplamos con todo nuestro deber


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“No es oro todo lo que reluce; no todos los que vagan están perdidos; lo viejo, si vigoroso, no se marchita; a las raíces profundas no les afecta la helada.” J. R. R. Tolkien

Estos días me he unido subjetivamente a un grupo global de meditadores que se esfuerzan para que la paz penetre cada vez más en nuestros mundos. La meditación es importante por muchos motivos. Sirve de guía, de contacto con nuestro ser interior, de momento de desconexión de todas nuestras preocupaciones y sirve para construir un puente que nos una cada vez más hacia la parte más profunda de aquello que llamamos el misterio. Cuando meditas, algo se vuelve vigoroso dentro de ti, algo que enraíza profundamente y te mantiene sujeto a un ideal, a una vida que se expresa y se expande.

Esta mañana tuve una pequeña lesión muscular. Aprovechando que el estado de alarma se había suavizado un poco, nos aventuramos a viajar por las profundidades de la provincia hasta Tierra Cha, la tierra plana que se extiende por el centro de este país celta tan hermoso. Era nuestra primera excursión después de este largo encierro. Los paisajes eran inspiradores hasta que llegamos a uno de los viveros más grandes de Galicia. La idea era mirar un poco qué se podía hacer para empezar de aquí a un año con el segundo tramo de siete años de la experiencia utópica, la cual basaría sus esfuerzos en la construcción de la Escuela y el Jardín, antes de empezar con el tercer tramo, el de la comunidad, siete años después. Al final compramos algunos rosales, algunos árboles frutales y algunos setos. Fue cargando estos últimos cuando sentí un dolor profundo en mi espalda.

Al volver a casa, ante la idea de acercar todo lo posible las nuevas adquisiciones hasta las cabañas, tuve la mala suerte de encallar el coche en mitad de la finca, en un barrizal junto a la huerta del que no pude salir. Allí se quedó a la espera de que el tiempo amaine, la tierra se seque y pueda sacar el coche. Y así estoy yo, encallado en el lecho, sufriendo este agudo dolor e intentando que su intensidad amaine mientras suspiro profundamente y reflexiono sobre los últimos acontecimientos vividos.

Cuando la vida te para de esta manera, así, de repente, uno tiene tiempo de cerrar los ojos y contemplar la existencia desde una dimensión diferente. Así lo hice esta tarde durante un tiempo. Cerré los ojos justo al atardecer, como hacen los sacerdotes brahmanes de la India, y recité el hermoso Gayatri: ‘Oh Tú, sustentador del Universo, de Quien todas las cosas proceden, a Quien todas las cosas retornan, revélanos el rostro del verdadero Sol Espiritual, oculto por un disco de luz dorada, para que conozcamos la verdad, y cumplamos con todo nuestro deber, mientras nos encaminamos hacia Tus sagrados pies’.

El silencio se apoderó durante un tiempo mientras observaba como, bajo la lluvia, ella plantaba setos y rosales junto a la cabaña, desbrozando y preparando antes la tierra, con una fuerza admirable a pesar de sus largos días de ayuno de 24 horas. La idea es crear un entorno de mayor privacidad, porque hemos descubierto que llevo seis años expuesto al mundo, sin disfrutar de un espacio propio, privado, de silencio, de intimidad. Ella trabaja así, en silencio, sin molestar a nadie, llevando a raja tabla sus prácticas espirituales y sin necesidad de que nadie vea lo que hace día tras día. Ella cumple con su deber interior y anima al mundo con ello. Se desprende de todo y en su simplicidad exterior crea complejos sistemas interiores.

Sentí en su ejemplo cierto alivio. De alguna forma me gustaría ser una especie de sombre anónima, un ejemplo invisible que susurra a los vientos y trabaja en silencio. Conocer la verdad es algo complejo. Cada uno tiene una visión de las cosas que dependen sustancialmente de lo que otros dicen, de lo que uno siente sobre lo que otros dicen, de lo que uno ve y observa, de lo que uno ve y observa y discrimina y discierne. Cuando uno siente cierta frustración interior, a veces determinada por hechos del pasado, y otras por no alcanzar expectativas de futuro, tiende a culpar a los demás de dichas frustraciones. A veces, si no se encuentran culpables objetivos, solemos verter nuestra cólera sobre los gobernantes, sobre el mundo entero o la existencia entera.

Siento que mi vida es algo compleja. Esa complejidad crea en algunos desconfianza y en otros admiración. Ambas son realidades mentirosas porque solo ven una parte del conjunto. Ciertamente, cuando la desconfianza comienza a volverse tóxica, intento enfocar mi mirada en aquello que pueda producir paz. Cierro los ojos, medito en silencio y procuro no verter negatividad en todo cuanto ocurre. A veces me llegan injurias, otras veces ataques e insultos de forma indiscriminada. Por norma soy una persona tranquila, que trabaja intensamente y no se mete en la vida de nadie. A veces se me echa en cara esa forma huraña de vivir. Y con la edad estoy descubriendo que ya solo me apetece compartir silencios y abrazos con personas equilibradas, amables y alegres.

Estos próximos siete años intentaré centrarme, desde el silencio y el anonimato, la privacidad y la intimidad más absoluta, en la construcción de un bonito jardín y una hermosa escuela. Estos serán lugares para el disfrute de todos. Yo habré cumplido con mi parte, y si para entonces dispongo de salud y fuerza suficiente, iré a descansar al valle de los avasallados. Mi único deseo es cumplir con todo mi deber, aquello que me dicta el corazón y mi mente guía. Aquello que mi alma suspira cuando me aquieto, y en silencio, medito.

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