Qué valiente te ves temblando de miedo


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© Ilias Varelas 

“Qué valiente te ves temblando de miedo, pero arriesgándote a vivirlo” J. Guerrero

Me estoy acostumbrando a perder. A perder amores, a perder amigos, a perder cosas, muchas cosas, a perder dinero, a perder honores, a perder credibilidad, a perder verdades, a perder cariño, sensibilidad, orgullo, a perder, sobre todo, vida, mucha vida. Cada vez me cuesta menos perder. Miro las pérdidas y veo que son siempre mayores que las ganancias. Intento preguntarme por qué algo que debería multiplicar, cualquier cosa, últimamente está entrando en receso. Quizás tenga que ver con esa arriesgada mirada hacia la vida, con esa necesidad de vivirla en toda su profundidad manifiesta. Realmente tiemblo de miedo cuando me tengo que enfrentar a tanta pérdida. Una tras otra, acumuladas en una montaña que cada vez se hace más pesada, más tremenda y temeraria. Hay personas que tienen la facilidad de multiplicar y otras que tenemos la facilidad de perder. Hay magos de la pérdida, auténticos aventajados del quebranto, de la merma, hay valientes que arriesgan tanto que tiemblan de miedo.

Así me encuentro ahora, con necesidad de seguir arriesgando vida, a sabiendas, y lo digo temblando de miedo, que habrá muchas más posibilidades de pérdida que de ganancia. Pero lo intento una y otra vez, me tiro al fango, disfruto de la suciedad que cualquier camino acumula en las botas. Produzco sueños imposibles e intento avanzar hacia ellos. Sí, seguramente todo será pérdida, pero qué gran ganancia supone el haberlo intentando, una y otra vez, sin miedo a perderlo todo. Intentar cosas una y otra vez es fracasar una y otra vez, pero el fracaso encierra siempre algo de verdad, algo de ternura, algo de ganancia. Uno puede temblar de miedo, pero no dejar de intentarlo. Y si lo intenta es porque guarda interiormente la fe y la esperanza de que pueda ocurrir algo milagroso, algo diferente, algún tipo de conquista interior.

La valentía consiste en eso, en ser osados, en arriesgar, aunque por dentro sientas auténtico pavor. Es mirar el horizonte, otear el destino sintiendo la vida recorrer nuestro interior más profundo. Uno nunca sabe cuando será la hora de la extinción. Hacemos planes con cierto optimismo, como si en verdad fuéramos eternos y la partida en la que nos encontramos fuera a durar toda la existencia. Pero los valientes que por dentro tiemblan saben que en cualquier momento puede llegar el final. El final de todo, o el final de algo. En eso consiste la pérdida, en terminar algo, en acabar algo, en arrodillarnos, cuanto más crecemos hacia lo alto, con humilde inclinación.

Es la enseñanza del bambú. Cuanto más crece, mayor es su inclinación humilde. Uno puede crecer y acometer retos, pero mayor deberá ser su humildad para que los vientos no terminen por quebrar la obra. De ahí el miedo valiente, de ahí la osada predisposición a seguir adelante. Sí, seguiremos perdiendo, pero al hacerlo, algo quedará dentro, alguna enseñanza, algún amor, algún abrazo sentido y sincero. Algo quedó de todo, de ahí mi mayor agradecimiento a todas las pérdidas sufridas. De ahí mi ganancia.

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Un mundo en espiral


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Llega un momento en que es necesario abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo y olvidar los caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares. Es el momento de la travesía. Y, si no osamos emprenderla, nos habremos quedado para siempre al margen de nosotros mismos. (Fernando Pessoa)

Ese momento está llegando. La travesía espera conmovida los pasos que deberán llevarme hacia otros lares, hacia otras perspectivas y otras visiones. Me di cuenta en el último viaje al que me invitaron tras aterrizar de Ginebra. Hacía mucho tiempo que nadie me invitaba a viajar sin que tuviera que preocuparme de nada. Lo vi como una señal cuando no tuve que pensar ni adivinar hacia dónde nos llevaría la vida. Sólo subir al coche y disfrutar de los paisajes, de los nuevos caminos. No tenía que cavilar ni organizar, no tenía que detenerme sobre los detalles ni sobre el coste del mismo. Sólo buscar a ese niño interior y dejarlo disfrutar de todo cuanto ocurriera. Así lo hice. Fue tal el olvido que solo me acordé de meter en la mochila un saco de dormir y un pijama de franela. Olvidé el cepillo de dientes y la linterna. Olvidé incluso quién era y hacia dónde iba. Me olvidé de todo hasta el punto de que parecía otro.

Los campos verdes estaban protegidos por decenas de montañas que se entreabrían a nuestro caminar. Pronto llegamos a la frontera con Portugal y de allí seguimos algo más hacia el sur siguiendo las indicaciones. Allí estaba la Ecoaldea Espiral, un paraíso lleno de montañas, cascadas impresionantes, ríos con pozas cristalinas, arroyuelos que descargaban agua por todas partes. Plantas y árboles de mil formas y colores, animalillos que se cruzaban por las decenas de senderos que afanosamente cuidaban para que la naturaleza no engullera sus direcciones. Unos amables duendes cuidaban de toda esa exuberante belleza. Se habían convertido en guardianes del lugar, en protectores de un hermoso jardín que crecía asilvestrado por la fuerza del sol, del agua, de la tierra y del aire que golpeaba cada surco de realidad.

Es tanto el olvido hacia mí mismo que hacía tiempo que no escribía, que no me acordaba de seguir adelante con la aventura, con el espectáculo vital de la existencia. Pero en ese olvido ocurre el milagro del recuerdo del otro lado del nosotros, de ese halo invisible que resulta del contacto de nuestra alma con nuestra naturaleza más prístina. En ese recuerdo nos sentábamos junto al río, cerca de las pozas cristalinas, observando cada detalle de ese paisaje sublime. Luego cerrábamos los ojos y nos tumbábamos en cualquier roca labrada por el cincel invisible del agua chocando en la roca. El canto de los pájaros era pura poesía. El verde del musgo, la brisa recorriendo las minúsculas partículas de vida, el fuego que se aviva cuando emprendes la promesa de un mundo nuevo. Sólo debíamos dejar que la vida nos atravesara, sin intervenir, sin juzgar, sin pensar. Sólo dejar que los sentidos se deleitaran por un instante, sintiendo el placer de estar vivos, de estar despiertos al esplendor de la existencia. Siendo, sin hacer.

Era el momento de dejar allí las ropas antiguas. De olvidar el rencor, la miseria, la discordia, lo que quedara de rabia y desconfianza. Era el momento de emprender desnudo un nuevo viaje cargado de desapego, de disfrute, de alegría, de pasión, despreocupado. Era el momento de mirar hacia otra parte, de mecernos hacia un mundo desconocido pero nuevo. Se olvidaron los márgenes y osamos emprender el camino. El nuevo mundo se abre ahora a la aventura. Caminar, emprender, disfrutar. Ser en ese mundo de espiral que nos lleva de un lado para otro inevitablemente.

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La luna, un mundo moribundo y decadente


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Oh Tú, sustentador del Universo,
De Quien todas las cosas proceden,
A Quien todas las cosas retornan,
Revélanos el rostro del verdadero Sol Espiritual,
Oculto por un disco de luz dorada,
Para que conozcamos la verdad,
Y cumplamos con todo nuestro deber,
Mientras nos encaminamos hacia Tus sagrados pies.
(Gayatri)

Hay muchas personas que centran su atención en la luna. De hecho, hay muchos lunáticos que la defienden a capa y espada, que la adoran, que subyacen a su encanto poderoso y lumínico aferrándose a esa temeridad de entregar nuestras consciencias a lo desconocido. En ese arrebato de sincera entrega, olvidan la naturaleza propia de la luna, un astro moribundo y decadente, un lugar habitado por la muerte y lo oscuro. Esa fijación por adorar a la luna tiene mucho que ver con cierto mundo moribundo y decadente que vive entre nosotros. Me refiero al mundo materialista, al mundo egoísta donde lo que más importa, o diría que, lo único que importa, somos nosotros.

Olvidamos en estas añoranzas nocturnas todo lo que la Tierra y el Sol ofrecen de forma generosa, irradian de forma altruista y desprendida. La primera no sólo sostiene nuestras vidas, sino que las alimenta con alegría y las mantiene de forma extremadamente magnánima. Si nos fijamos, la Tierra entera es rica en todo tipo de suculentos manjares, vida y color. Ocurre lo mismo, a otro nivel, con el Sol, dador de vida, luz y calor. ¿Qué podemos decir sobre ese ser que ilumina a todos por igual, de forma totalmente incondicional, sin fijar su atención sobre nuestras miserias humanas? ¿Acaso no es ejemplo de mayor y superior generosidad? ¿Entonces por qué nos aferramos a mirar lo que está muerto?

Esto es solo una disección arquetípica. Si fijamos la atención en nuestra vida cotidiana, siempre damos importancia a cosas que están muertas, que carecen de vida, que no construyen nada positivo en nosotros. La lista sería interminable y no queremos entrar en detalles. Pero sí deberíamos, con suma atención, mirar donde condensamos nuestras energías, nuestras fuerzas. Más allá de nosotros mismos, hay un mundo por explorar que muchas veces reducimos a lo inmediato y lo cotidiano. Pero hay algo mayor a nosotros mismos, algo que viene de las entrañas de la propia vida, ese verdadero Sol Espiritual del que nos habla el Gayatri.

¿Qué tiempo dedicamos a esa verdad? ¿Qué tiempo de nuestras vidas dedicamos a observar algo que no sea nuestro propio ombligo? Hagamos la prueba desde que nos levantamos hasta que nos acostemos. Fijemos la atención. ¿Cuánto tiempo dedicamos, por poner algún torpe ejemplo, a mirar una flor, a hacer el bien a un desconocido, a abrazar lo que más amamos, a pararnos a escuchar música o simplemente a leer algún libro que nos ilumine algún tipo de curiosidad por algo superior o diferente?
Si nos observamos con detalle, solo pensamos en nosotros mismos. Nuestras conversaciones giran en torno a qué será lo próximo que vamos a comprar, o lo próximo que vamos a comer o vestir. Más allá de ese ámbito cotidiano, nuestras mentes cavilan, y para ordenar y comprender la vida reducida a ese mandato, miramos perturbados a la luna.

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Post Tenebras, Lux


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Aprende en el espacio de luz”, se nos dice con frecuencia. “Después de la oscuridad, espero luz“, me repito interiormente, como la frase latina que da lema a la ciudad de Ginebra, donde ahora me encuentro. Esto tiene que ver con la cualidad de nuestro interior, con aquello que brilla dentro de nosotros. Hoy paseaba por la hermosa rue de Marché y a la altura de la Place du Molard, junto al café de Longchamp, me detenía para observar al mundo. Me sentía como algo invisible, conservando la tenue luz que brilla dentro de mí, y observando detenidamente la luz brillante de los demás. Hay un farolillo dentro de nosotros. Esto es fácil de comprender si sopesamos aquello que nos diferencia con frecuencia de otros reinos. La consciencia nos hace discernir, pero también crear, reflexionar sobre la propia existencia, iluminar más allá de cualquier oscuridad. Esto es considerablemente una puerta hacia algo mayor.

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En la pequeña bahía del lago Lemán, frente a la pequeña isla de Rousseau, navegaba un hermoso barco de época, el Savoine. Puedes degustar un sabroso menú mientras surcas las orillas del gran lago suizo. Me hubiera gustado subir y flotar sobre las aguas dulces y transparentes. En Ginebra todo parece idóneo. Las gentes visten bonitas ropas, llevan suculentos vehículos y miran constantemente en los espejos de móviles de última generación. Parecen felices en este espejismo glamuroso del tener cuando tras una larga jornada deciden parar para tomar algo junto al lago. Sus rostros parecen perfectos mientras fuman algún pitillo. Son ideales en cuanto a la exquisitez material. Pero miraba sus lámparas escondidas y éstas brillaban tenuemente, de forma parpadeante. Lo idóneo exterior enterraba la luz interior. Por eso la meta-idoneidad tiene que venir en un sentido de justicia y equilibrio, debe abordar todos los aspectos humanos sin descuidar ninguno de ellos. La perfección material debe venir acompañada de una perfección moral en el cuidado de la vida, de las emociones, de los pensamientos, también de nuestra naturaleza superior, esa que nos conecta inevitablemente con el Misterio, con lo inalcanzable. De esa manera, la consciencia se siente calma, pero sobre todo, útil.

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Continué el paseo de un lado para otro, observando toda la belleza exterior e inundando mi mirada de aquellas montañas que se veían verdes al fondo. Mantener los pensamientos puros es el mejor desinfectante y el mejor tonificador para una vida dulce y amable. Mirar las montañas, respirarlas, forma parte de esa depuración. Un corazón noble pide ansiosamente dar un paseo por entre bosques y ríos. Por eso apresuré mi marcha hacia el bosque que separa las oficinas del apartamento donde ahora resido. En el bosque paré un rato, respirando profundamente el mantra de la naturaleza. Mi cuerpo sentía cierto equilibrio, cierta salud al penetrar la belleza natural. En la naturaleza uno puede predecir mejor su destino. Y el mío está interconectado con muchos lugares verdes, con bosques, ríos y montañas. Es el destino de todo peregrino del alma, de todo aquel que más allá de las formas y las distracciones, enfoca parte de su vida hacia las cosas de la lámpara maravillosa, de la vida milagrosa, del arte de vivir en paz con la consciencia que dicta convencimiento y aspiración.

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Tras las tinieblas viene la luz. Es el lema de esta ciudad. Es hermoso entenderlo cuando atraviesas un momento de oscuridad y de repente ves el mundo lleno de luz y esperanza. Me siento así, en esta hermosa metanoia que está cambiando positivamente mi vida. Ginebra me recuerda ese paseo doloroso por las tinieblas más oscuras, pero también me anima a seguir trabajando en pos de un mundo mejor. La música de los pitagóricos al amanecer renace de nuevo. La luz se manifiesta de forma consistente en todo aquello que atraviesa los nuevos jardines humanos. La luz siempre vence. La luz siempre nos alcanza. Luz, más luz, se reza en todos los templos. Y Goethe lo reclamó antes de morir. Y así lo reclaman los que mueren dos veces en vida. Luz, más luz, siempre luz.

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¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?


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“Estad atentos y vigilad, porque ignoráis cuándo será el momento. Al igual que el hombre que se ausenta: deja su casa, da atribuciones a sus siervos, a cada uno su trabajo, y ordena al portero que vigile. Velad, por tanto, ya que no sabéis cuándo viene el dueño de la casa, si al atardecer o a media noche, o al cantar el gallo o de madrugada. No sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos. Lo que a vosotros digo, a todos digo: ¡Velad!”. Mc. 13, 33-37.

Decían los antiguos que la primera iniciación era claramente identificable. La alcanzaban de forma real todos aquellos que de alguna forma tenían pleno dominio sobre la materia y el cuerpo. No les era difícil renunciar a todo, practicar profundamente el desapego y vivir una vida completamente desarraigada. Los votos de castidad, pobreza y obediencia eran algo común en ellos. Tenían pleno dominio sobre aquellos aspectos de la vida que al común de los mortales les mantenían distraídos, atrapados, cegados en la caverna del tener. Por eso en la simbología, el nacimiento en la cueva quiere expresar este aspecto de dominio sobre lo tosco y lo oscuro. El Camino Rojo empieza aquí su andadura, atrayendo a las mieles del desapego y al amor por la naturaleza como principio resultante de la búsqueda de lo sutil, de lo etéreo, del aspecto vida.

Desde las profundidades del Camino Rojo vino un ser de la tierra. Se les reconoce porque hablan muchas lenguas y allí, junto a las aguas del Jordán y del Mar Muerto, entre Galilea y el Desierto, vino a mi rescate. Con su mano arraigada penetró lo más oscuro y me alzó hasta un lugar seguro. Ese ser que habla las lenguas, hija del Camino Rojo, aquellos que aún adoran los dioses lunares, me sacó de la oscuridad y me llevó frente a la estrella flamígera. Refulgente, llameante, me marché del desierto. La primera prueba, la de la oscura tierra había terminado, y rodeado de mares, tocaban las siguientes.

La sacerdotisa del Camino Rojo, el Camino de la Tierra, desapareció. Se la tragó la oscuridad del bosque y no volví a saber más de ella. El inframundo del que venía la atrapó en su calendario lunar y allí encontró la luz ilusoria donde las tinieblas se pueden fácilmente apoderar de uno. Ella me rescató, cumplió con su parte del plan y se marchó. Así que, abandonando el desierto, cubrí con mi capa la invisible enseña y fui a por la siguiente prueba. Llegué hasta las frías tierras del Norte y allí me esperaba la segunda sacerdotisa, esta vez, miembro activo del Camino Naranja, el Camino del Aire, de la vida, de lo etérico.

Con ungüentos de flores y plantas estabilizó mi campo etérico. Con sus cuidados y en las profundidades del hogar consiguió calmar esa vida que reclamaba paz y serenidad. Encontré cierto equilibrio en la prueba del aire hasta que decidí volver al Mediodía.
Anduve por el Camino durante días y noches hasta que la muerte iniciática me sobrevino en algún lugar. Muerte y resurrección. En ese instante el silencio se apoderó de mí mientras las aguas se calmaron. La tierra, el aire y el agua, consolidadas y rescatadas, me pedían silencio, y así lo hice hasta que apareció la tercera sacerdotisa, la del Camino Amarillo, la del Camino del Agua, y la segunda iniciación tuvo lugar.

Descendiente de la tribu de los Esenios y discípula directa de aquel que bautizaba a los ungidos, decidió llevarme hasta la cascada y el río para purificarme con esta tercera prueba. La prueba del agua fue hermosa y profunda. Caminé sobre ellas tras desprenderme del tedioso fango. Tras el bautismo, la calma y la serenidad, el equilibrio y la armonía volvieron a reinar dentro de mí. El campo de deseos y las emociones volvieron a su centro y todo empezó a integrarse en su correcto lugar.

Tras un largo mes de silencio, vuelvo de nuevo para seguir cumpliendo con mi parte, para seguir llevando de la mano a ese niño dorado que espera la luz del nuevo día. Me adentro en el Camino Verde cargado de paciencia, humildad y paz. Muerte hermosa y resurrección. El Camino será largo, pero ahora el caminar será bello, fuerte y sabio. En la serenidad de Ginebra, desde donde ahora escribo, me encuentro feliz y recuerdo aquellas palabras: La muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?

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Muerte y resurrección en el Camino. Segundo día. Sarria-Portomarín


 

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No se puede hablar del mundo si no se sale al mundo. No se puede hablar de la miseria si no has sentido miseria, ni de la riqueza si algún día no abrazaste la fortuna. No se puede escribir sobre una flor si nunca te has detenido a observarlas al borde de cualquier camino. Me atrevo a compartir las experiencias que vivo no porque las invente, como hacen magistralmente los literatos, más bien porque las vivo, las siento, y si hablo de una estrella, me permito hacerlo porque antes estuve observándola en cualquier cielo, detalladamente, sigilosamente, en silencio.

Y ahora, siguiendo la estela pasada, sigo practicando los Caminos, porque no es lo mismo hablar del Camino desde cualquier butaca que hacerlo cuando aún tienes los pies doloridos, cuando estás recién llegado tras sortear la aventura de caminar, a veces con cierto desmayo, entre bosques, montañas, valles y sendas mágicas. Me atrevo a compartir en palabras el jugo y el néctar del aliento, del silencio, de la brisa cuando golpea el rocío de una cara cansada. Me arriesgo a veces a equivocarme, o a no caer bien a unos y a otros cuando lo que expreso lo hago desde el dolor o la rabia, desde la discrepancia o la inteligencia acomodada a la rebeldía. Disiento, normalmente, por naturaleza, ante la hipócrita posición de no arriesgarnos por pudor, por cobardía, por el qué dirán. Disiento ante la vida que no se vive, por eso peregrino, me lanzo a los caminos, para decir por ahí que hay más vida de la que podemos abarcar, que hay una sublime urgencia de actuar, de vivir.

Hoy era mi segunda jornada, hoy es la previa transición a mi propia revolución solar. Era una jornada de reflexión, de recordatorio de las lecciones aprendidas en este duro año, quizás uno de los años más duros que recuerdo. Ha existido una muerte real, quizás una muerte enclavada en el cuerpo emocional, una especie de profunda iniciación. Sentir las diferentes formas de muerte puede ser un buen ejercicio para enfrentarnos conscientemente a la prueba final, esa ineludible prueba a la que nos enfrentaremos todos tarde o temprano, por motivos de azar, de la mala suerte o de prudente y necesaria higiene vital. La muerte siempre es regeneradora. Y admito que interiormente, me siento resucitado, regenerado. Bajar a los infiernos, como hizo el del madero cuando fue clavado y asesinado por la turba, es algo que se puede sentir en vida. Subir y ascender también es posible, y en este Camino que emprendo en esta nueva revolución solar quizás sea un ascenso hacia cuotas de visión mayor, de profunda renovación interior.

En esta segunda etapa he sentido el dolor. Por un lado, el dolor al recordar, al hacer balance, de todo este periplo ingenuo. Visto con distancia, me alejé excesivamente de mí mismo y he pagado un duro precio. Luego sentía el dolor físico, las lesiones pasadas que de nuevo aparecen una y otra vez para recordarnos que los daños sufridos siempre quedan ahí, a la espera de una siguiente prueba. No deja de ser curioso que las lesiones por diferentes motivos que sufrí en mis aventuras de mis tres últimos Caminos de repente sobresalgan para recordarme sus enseñanzas, para infringirme la desdichada condición de la experiencia.

Este camino es solitario. Observo a las almas bonitas pasar. Me siento a su lado, pero siempre en silencio. Luego las dejo marchar sin mediar palabra, solo una agradable sonrisa cómplice. Observo que hay muchas almas errantes, que van y vienen buscando el sentido a la vida. Observo con cariño el sentido profundo del peregrinaje que algunos emprenden en sus vidas. Y con respeto y admiración abrazo todos sus caminos, todas sus pruebas, todo cuanto surge desde sus dimensiones secretas. La soledad también es una llama y a ella me debo en esta experiencia. Muerte y resurrección. Mañana será un día importante en mi biografía personal. Vuelvo a morir, vuelvo a nacer. ¡Buen camino le deseo al ser que se exprese en este nuevo año!

  • Mañana es mi cumple, se aceptan regalos aquí abajo. Un café, un almuerzo, cualquier cosa que sirva para seguir adelante. Gracias de corazón. 

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Resurrección


 

Ayer no pude ir a ninguna feria del libro para firmar libros. Estoy en cama, con algo de fiebre, y con pocas ganas de casi nada excepto de dormir, descansar y ayunar. Después de estos días intensos de amistad y celebración, supongo que los cambios de temperatura (ayer estuvimos a cero grados y hoy no subimos de cuatro) y el cansancio han hecho mella en mi cuerpo. Aún así me encuentro feliz por haber estado con tantos amigos que vinieron para pasar un tiempo juntos. Ahora con esa extraña sensación de soledad cuando todos se han marchado y de nuevo, ese constante enfrentamiento al reto de seguir adelante. Como decía, no podré estar en ninguna feria del libro pero os puedo enviar un libro firmado de mi autoría. Ya sea para vosotros o para un amigo y así puedo decir eso de que he venido a hablar de mi libro. En este enlace podréis encontrar todos mis libros:

http://www.editorialdharana.com/autores/leon-gomez-javier?sello=nous

La primavera es resurrección. Por eso en la tradición cristiana se recupera ese mensaje de esperanza que siempre transcurre en estas fechas en las que la vida vuelve a presentarse triunfante y majestuosa. Desde la ventana de esta pequeña cabaña puedo ver como los árboles se visten de verde, como las flores se ponen sus mejores galas y como la tierra salpica de vida cada rincón. La muerte del frío invierno es vencida, una vez más, por la vida eterna. El mensaje crístico desenmascara simbólicamente esa ilusión mortal, elevando nuestra visión hasta las altas cumbres, hacia nuestra parte divina, hacia nuestra esencia más espiritual.

Decía Platón en su Stollicae: “Conoce aquello a lo que has llegado, después considera mediante el intelecto lo que has adquirido”. Pensándolo con calma, puedo decir que he llegado a una primavera fría, al menos en lo que respecta al plano emocional. Han pasado estos días hermosos seres capaces de subliminar la vida del más despistado de todos, pero notaba que mi corazón estaba lleno de frialdad, de miedo, de cerrazón, distante, apagado. No tengo ganas de abrirme al amor, ni al deseo, ni a la complacencia del compartir íntimo. Tras los traumáticos hechos vividos en este frío invierno de auténtica muerte personal, he adquirido cierta experiencia que ahora debo reflexionar con calma y distancia. Y aunque por un momento pensé que en la primavera estaría preparado para albergar la esperanza del amor, me doy cuenta de que eso en este instante no es posible. Ni tampoco especialmente deseable. Me siento bien así, en soledad, tranquilo, en paz. Sin tener que demostrar nada, sin tener que aparentar nada, sin tener que hacer nada especial. Si el amor tiene que llegar, llegará, pero nunca más lo forzaré, ni me dejaré llevar por ningún acontecimiento caprichoso. Creo que el mundo de las relaciones es suficientemente complejo como para dejarlos de la mano de un calentón, de un momento de ilusión o de una estúpida decisión que luego pueda acarrear tanto disgusto. Calma, serenidad, distancia. La soledad también puede ser una llama, como decía el poeta.

Mi resurrección personal, por lo tanto, para este año, supongo que pasará por intentar reordenar todo el caos de este invierno, especialmente en el plano material. Intentaré, con fuerza y contundencia, recuperar lo que me pertenece sin afligirme ante el chantaje, el abuso o el egoísmo que estoy recibiendo. Mi gran enseñanza está en proteger lo que me pertenece, en luchar por lo que tanto me ha costado conseguir. Necesito ordenar mi vida económica y para ello lucharé hasta el último céntimo. Mi generosidad ha sido excesiva y ahora estoy viviendo en mis carnes sus consecuencias. Los que he dejado que abusaran de mi exceso de generosidad comprenderán que he cambiado, y a partir de ahora, seré más prudente y contundente conmigo mismo y comedido con los demás. Me causa mucha tristeza ver como mi generosidad se traduce en abuso, en crítica y en destrucción. No puedo consentirlo, excepto con los corazones agradecidos, aquellos que se arrodillan ante la inmensidad y dan siempre gracias.

La resurrección también es espiritual. Quiero alejarme del egoísmo y vencer los miedos que ahora me susurran como fantasmas del pasado. Seguiré trabajando, ocultando y protegiendo junto al dios Apolo nuestra parte más divina, para evitar así que el mundo sea devastado por la ignorancia, el miedo y el egoísmo. No me cansaré de recordar una y otra vez la frase que albergan muchos templos consagrados a la vida: «Dios estableció en la fuerza, sólidamente, el templo». Es a esa fuerza a la que debo aferrarme ahora, en este momento de fragilidad, para seguir adelante, una y otra vez. Resurrección.

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