Cuando la muerte roza las fronteras


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Balaguer es la capital de la comarca de la Noguera, en Lérida. En uno de esos hospitales concertados, de inversión privada, estaba el hermano de mi madre padeciendo una metástasis debido a un cáncer terminal de pulmón. Me sorprendió ver la lucidez de su mente en un cuerpo que afrontaba sus últimos suspiros. Me sorprendió ver cómo habían pasado tantos años sin saber el uno del otro y dándome cuenta de que la muerte no espera, está ahí, acechando a cada instante, en cada frontera y límite de nuestras vidas.

Y de repente me vi yo mismo en esa cama, tumbado, recibiendo a unos y a otros, despidiéndome, quizás con mis pesadas bromas cínicas, de aquellos que resistieron el paso del tiempo. Pero lo aterrador de la imagen era más bien la de todos aquellos que no estarían en ese futuro en esa cama, apoyando el último aliento, la última frontera.

Eso me hace pensar que todos los días morimos de alguna forma. Morimos para esas parejas que nos abandonan, para esos amigos que dejan un día de serlo, para esos conocidos que de repente viven unos instantes profundos a tu lado y luego desaparecen para siempre. La muerte está ahí, a cada instante, porque cada vez que alguien se va, alguien se marcha de nuestro lado, algo muere. Al mismo tiempo, cuando alguien que murió, de repente se pone en contacto contigo para saludarte o para preguntarte qué tal estás, algo revive, algo resucita. Desearía poder reconciliarme con todos aquellos que se fueron, que de alguna forma murieron en nuestras vidas. Recuerdo a los más recientes y me surge un gran deseo de abrazarlos, de besarlos.

Me marché de la sala del hospital silencioso. Deseaba discernir, aprender a discernir la delgada línea entre la vida y la muerte, entre la fe y la esperanza, entre el misterio y lo que se teje tras el velo que nos envuelve, entre lo que somos, lo que nos constituye, y lo que realmente deberíamos ser. El discernimiento es profundo y necesario para saber si nos estamos dejando llevar por las voces de nuestro ego o por, verdaderamente, una voluntad mayor. Dicen que existen algunas herramientas imprescindibles para saber si estamos en la senda correcta. La herramienta esotérica que utilizan en algunas escuelas se llama “COMO SÍ”. No somos perfectos, no somos puros, pero debemos esforzarnos “como si” realmente lo fuéramos. Pulir nuestra piedra, devastarla, como dirían los masones, para que encaje perfectamente en el edificio espiritual.

Si el camino emprendido nos hace sonreír desde lo más profundo del alma, esa también es una buena herramienta de discernimiento. La otra es aquella que beneficia al grupo. Si hacemos cosas para los demás (los cátaros lo llamaban la pura caridad), entonces sabemos que estamos en el Camino correcto. Es complejo el discernimiento, pero sabemos que hay una fuerza mayor, la fe, que nos arrastra hacia el mismo. Fe y esperanza como motores que nos arrastran cada día más hacia la vida profunda, hacia la ética viviente que nos acerca a la vida en mayúsculas.

Sólo se me ocurren estas cosas ante la inevitable tragedia. Discernir la vida, disfrutarla, vivirla de la mejor forma posible mientras dure esta parodia, este juego, este camino. Estos días muere un trozo de mi propia estirpe. Estos días la muerte roza todas las fronteras y eso requiere estar más atento a la vida. Si me lees y hace tiempo que algo mío murió en ti, quiero que sepas sobre mi deseo de resucitar en vida. Cuando me marche, cuando todos nos marchemos, la común unión será ya en el mundo del espíritu. Y quizás allí ya no seamos ni tú ni yo, y por lo tanto, quizás tampoco podamos reconocernos.

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Desafiar al infierno


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Me encantan estas mujeres jóvenes y valientes que cambian con sus actos el mundo.

Llueve en esta noche que parece otoñal. He puesto algo de música. Miro la gata Meiga dormir, como de costumbre, a mis pies. Hace algo de frío en la cabaña. Es verano pero aún no he quitado las sábanas de franela. Sólo retiré el pijama, pero apetece meterse debajo del edredón y no levantarse hasta que las nubes no den paso al reluciente sol. Vivir en una cabaña, en mitad de un bosque, en las montañas, con una gata y cien metros más arriba, una casa de acogida abierta a todo el mundo, llena de gente que viene y que va, que trasiega por la vida buscando inspiración. Escucho la música en esta soledad, en este previo descanso, porque escribir es como descansar de todo lo demás.

Hoy nos llamaban locos por estar soportando este proyecto. Lo decían entre lágrimas, sollozos puros e inocentes, trozos de alma que caían sobre la mesa mientras un tipo de admiración surgía en el ambiente de despedida. Al principio nos creíamos algún tipo de héroes, pero la conclusión es que esto es más propio de locos. Locos que desafían los tiempos, los placeres mundanos, las infamias, inclusive al propio infierno. Para mí, sin embargo, no tiene un excesivo mérito. Al menos ahora ha dejado de tenerlo. Me merece más respeto el padre y la madre que incondicionalmente alimentan la vida de un hijo. Un hijo es para toda la vida. Un hijo está ahí para siempre. Nosotros solo hacemos lo que podemos en este juego extraño.

No paran de venir personas hermosas. Algunas me llaman la atención. Las abrazo en la melancolía propia de cualquier soledad, admiro sus miradas limpias, su fortaleza, sus contradicciones. Las miradas se cruzan, pero mi ánimo deambula ciego, sin pretensión de aventura. Me siento extraño viendo como pasan las horas sin poseer ningún tipo de estímulo por compartir algo íntimo. Ni siquiera la añoranza del pasado puede poseerme. Menos aún la esperanza de ningún futuro. Vivo en un presente extraño donde intento cumplir con mi parte. Hoy me planteaba de nuevo muchas cosas con respecto a muchas otras cosas. Pero luego uno llega a la conclusión de que tan solo son eso, cosas. Y desearía vivir experiencias únicas y primigenias, o conocer a personas únicas y primigenias, de esas que te prenden la llama, pero me veo lejano a todo eso, ausente.

Hobbes decía eso de que ni siquiera la propia voluntad es libre y reducía al ser humano a la autoconservación y, por lo tanto, a un impulso meramente diabólico basado en el miedo y el poder. Me doy cuenta de que, más allá del puro cansancio, ya no siento miedo, ni deseo poder. No significa eso que esté llegando a ningún tipo de santidad. Ni siquiera que esté encarnando ningún tipo de modelo celestial que nos aproxime a un entorno divino. Significa que me desprendo poco a poco de todo y penetro sensiblemente a ese modo de vida que requiere caminar con cierta desenvoltura. En todo caso, esa forma peregrina de ver la vida es un desafío a las teorías de Hobbes, y por lo tanto, es un desafío al infierno. No seguir sus reglas, no tener miedo ni deseos de poder e intentar llevar una vida liviana, alejada de los estímulos propios de la materia, es una auténtica provocación a Leviatán.

Hay algo que empiezo a admirar del otro. No la capacidad que tiene de hablar de cosas profundas, sino de esa capacidad innata de llevar una vida profunda, es decir, una vida basada en una coherencia prudente, pero eficaz. Una profundidad no tan sólo en sus actos, que parten siempre de una indisoluble buena voluntad, sino también de su poderosa energía, de sus nobles emociones, de una sabia mente capaz de discernir más allá del bien o del mal, pero sobre todo, un espíritu puro, de esos que brillan con luz propia. A veces he conocido a seres humanos así, pero admito que cada vez me resulta más complejo admirar silenciosamente a ese enjambre de criaturas celestes. Excepto cuando de repente aparecen en escena, ya sea detrás de unos profundos ojos azules, de una gran melena salvaje o de una sonrisa explosiva y de repente cierto aliento nos llene a todos de vida, de paz, de amor, de fuerza para seguir adelante. Sí, vivimos en un desafío constante. Y no somos héroes, somos locos… muy locos…

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Reconstruirse una y otra vez


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© Tony Hunter

Schiller describió con afinada tinta la historia romántica de Guillermo Tell. “Cuando el oprimido no tiene derecho a nada -nos decía el poeta-, cuando la carga se le hace insoportable, toma todo el coraje del cielo e impone en la tierra sus derechos eternos”. Hoy me llenaba de coraje y dignidad y marchaba hasta León. La humillación siempre desencadena un movimiento de fortaleza espiritual, como ese amor liberado de cualquier deber que se ensancha en cada travesía. El viaje no era hacia fuera, sino hacia dentro. De alguna forma, debía, debo, más bien, reconstruir esa dignidad atropellada por el tirano que representa todo ese cúmulo de ignorancia y desdicha.

Me he dado cuenta de que durante este último año algo de mí había caído al suelo. Era algo sutil, intangible, algo que tiene que ver con el sostén espiritual, con la mirada profunda de las cosas. Era algo que requería cuidados, mimos, atenciones. Así que temprano, con la fiel compañía de un buen escudero, llegamos galopando hasta los confines del abismo. Allí esperaba una joven y hermosa mujer que nos atendió con el mayor de las atenciones. Una mañana sirvió para poner en movimiento el primer trazo hacia esa conquista, hacia ese valor consumado en los hechos, en los actos, en la conducta, en la vuelta a la dignidad. Volvimos satisfechos tras la hazaña y ya solo queda esperar el resultado de la apuesta.

Tras el viaje llego cansado, pero un trozo de alma, independientemente de lo que ocurra en los próximos días, ha vuelto a su lugar. No importan los resultados, no importa si esta pequeña empresa tendrá éxito o fracaso. Lo que importa es que algo se ha puesto en movimiento, y que algo se está moviendo dentro, y por lo tanto, tendrá sus consecuencias ahí fuera. Ese es el valor de agarrarse a un navío a punto de naufragar tal y como hizo valientemente Guillermo Tell, demostrando a la tiranía que las flechas que salen desde lo más profundo del corazón puede vencer toda injusticia.

Reconstruirse una y otra vez es algo que ya tengo interiormente asumido. No sólo materialmente, sino también vitalmente, emocionalmente, intelectualmente, espiritualmente. El ser humano es digno por naturaleza. Lucha interiormente por mantener un mínimo de decoro y merecimiento. Al igual que ocurre en la parábola de la tercera historia del Decamerón de Boccaccio, de los tres anillos que gobiernan nuestras vidas, el auténtico es aquel que gracias a la fuerza de la joya, nos hace llevar una vida ejemplar. En ese sentido, todos podemos demostrar a lo largo de nuestras vidas que nuestra dignidad puede ir acompañada de una ejemplaridad a prueba de todo. Es cierto que en el camino tropezaremos, erraremos y cientos de situaciones nos pondrán a prueba. Especialmente a aquellos que exponen su vida continuamente a la vista de todos, que se presentan abiertamente a la atenta mirada crítica del otro. Pero nada importa si una y otra vez tomamos todo el coraje del cielo e imponemos en la tierra, sin miedo alguno, sus derechos eternos.

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El arte de la fuga


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© Gabriel Guerrero

A pesar de que este título pertenece a un libro escrito por Bach, y también a una forma suya especial de hacer música, no vamos a hablar de melodías. Alguna vez en el pasado hablé del fugas mundi. Ahora, observante, atento, veo las cosas desde una perspectiva algo más amplia y diferente. Decía alguien que sólo desprecian la sociedad aquellos que no han conseguido sus favores. Los otros la aman, la abrazan con esa locura ciega que nos imbuye cuando el éxito invade nuestras vidas. Ser exitoso en nuestra sociedad pasa por sentirse miembro destacado de algún clan, de algún rango, estatus o clase. Si eres el primero entre los mediocres, puedes llegar a ser menos vulgar que el resto, aunque la vulgaridad siga siendo el sello de identidad.

El éxito ha pasado muchas veces por mi puerta. La última vez ayer mismo, ante una oferta que podría llevarme a ser uno de esos personajes que de forma ilustre manejan la vida de muchas personas. La oferta podría incluir el dirigir a más de cientos de personas en un ambicioso proyecto. Pero soy un artista de la fuga, y reconozco, a regañadientes a veces, que mi alma hace tiempo que dejó de estar en venta, aún a pesar de que tantas veces han intentado, sin éxito, comprarla una y otra vez.

Me interesa ver en estos días esos que son auténticos artistas en huir de la sociedad, eso sí, sin hacer nada especialmente notorio que los aleje realmente de ella. Se pasan el día quejándose, se pasan el tiempo aborreciendo y huyendo, pero reproduciendo allí donde van todas sus miserias y sus penas. Son auténticos depredadores de aquello que pueda ayudarles en la huida, sin dar nada a cambio, sin ofrecer nada a cambio y sin bucear realmente en un cambio radical.

Luego hay otro tipo de fuga, más allá de la social, que es la propia fuga psicológica. Nuestra sociedad actual está creando auténticos autistas antisociales que prefieren perderse en conversaciones absurdas que atraviesan todo tipo de telepantallas antes que poder dominar el arte de la sociabilidad.

Y también las fugas espirituales, esas que entonando profundos ommmmsss nos alejan de una realidad incómoda que no gusta atender. Lo decía ayer en la cena, con unos amigos que integran perfectamente el camino del medio. Hay personas que se creen espiritualmente avanzadas y, sin embargo, denotan uno de los extremos más permisivos de la espiritualidad: el egoísmo. Realmente solo piensan en sí mismos y en su salvación. Les importa un pito todo lo demás. Especialmente todo aquello que pueda afectar a su paz interior, a su consciencia aparentemente iluminada desde la que desgranan sutilmente vacíos existenciales, dolencias emocionales y simples anhelos de grandeza no consumados.

Es cierto que todos huimos de algo. Estos días de extremo cansancio ya no sabía dónde esconderme, ni durante cuánto tiempo. Me he cuidado, me he dado regalos, me he mimado, pero en el fondo solo deseaba huir. Al menos por unas horas, o unos días, o unas semanas, o unos meses con tal de descansar todo aquello que me gustaría descansar. Me hubiera gustado fugarme con esas hermosas chicas que hoy se dirigían rumbo a Francia. O con esa otra joven y bella alemana que anda buscando algún lugar donde aposentarse. Son tantos los que vienen y van en estos días, que dan ganas de marcharse con todos ellos, aunque solo sea un ratito, aunque solo sea para poder descansar en paz algún trozo minúsculo de tiempo. Espero con ganas el otoño. Espero con deseo un cambio radical en todo cuanto ahora manejo.

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En el centro de todo, permanezco


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© Jiří Šebek 

Escuchar música sacra medieval ante la imponente voz de sor Marie Keyrouz es disfrutar de un instante de difícil explicación. Ante su música y su voz, sigo encerrado en la cueva, rodeado de libros, de inmemorables recuerdos que cohabitan en las estanterías y en la sed de mi alma. Observo atento, buscando paz y sosiego, subrayo cada minúsculo átomo de emoción que envuelve el aura de cada objeto. Veo Copenhague y su jardín botánico metido todo en un pequeño frasco, saboreo los tumultos de tundra escocesa y sus Tierras Altas, las conchas del Atlántico que precedieron tantos y tantos peregrinajes, y Taizé, muy cerca de la vieja Clunny, donde sus cantos se cuelan todas las mañanas en la pequeña ermita. Al otro lado de la estantería, junto a los tratados de antropología, Mongolia y la India con un Buda abrazando a un San Javier que mirando al cielo clama misericordia. También los inviernos de Alemania e Israel y todo el Mediterráneo adumbrado por destellos que relucen bajo velas, cuadros soleados y alguna luna veraniega.

Si ahora pudiera buscaba un caballo y me marchaba, como antaño, a proteger a los peregrinos. Pero en los Caminos, practicando sus sendas. La vida aposentada, labriega, ciertamente consume mis ansias de exploración. No he nacido para labrar la tierra, ni para la vida sedentaria. Lo mío son los caminos. Ahora lo sé. Por eso en este tiempo de sedentarismo extremo siento como si algo que nace desde lo más hondo fuera a explotar. Las imágenes de países exóticos se acumulan, y junto a ellos, cierta sensación de impotencia. En la sección de metafísica un elemento de Marruecos y sus zocos. Más arriba algo que vino desde California. Un peldaño más hacia lo alto los cientos de libros sobre masonería y en frente, miles de libros sobre espiritualidad, esoterismo y nueva consciencia. Y mientras los miro me imagino ya en otro lado, en algún otro país, deseando volver, porque lo bonito de viajar es ese sentimiento que te envuelve, esa emoción de querer retornar a un lugar tranquilo, a un cuartel general o hacienda donde descansar.

Veo obras antiguas y si alzo la mirada, ahí están los pasillos y el resto de las habitaciones cargadas de libros y libros y más libros que se acumulan en este oficio que se pierde. Ser editor en los tiempos que corren es algo complejo. La gente ya no decora las estancias con libros. Ni siquiera como objeto de culto. Se siguen vendiendo algunos, pero cada vez menos. Por eso cada mes es un milagro. Miro de nuevo a San Javier. Nadie daría crédito de su origen. Nadie daría crédito si pudiera contar libremente tantas y tantas historias sucedidas que ahora quedan registradas en las estanterías.

He conseguido, en estos dos días, extirpar de la bandeja de entrada el noventa por ciento de los mails que se habían acumulado. Pero me falta aún ese diez por ciento tan difícil de contestar, tan extrañamente complejo. Cuando el mundo vivía sin mails todo era más lento. Recuerdo que se acumulaban las cartas, pues siempre fui avispado en eso de escribir y contestar largas misivas a todo lo largo y ancho del mundo. A escritores mexicanos, a poetas argentinos o científicos alemanes. El mundo siempre fue un cúmulo de curiosidades por explorar. El mundo siempre tan grande, y nuestras vidas siempre tan cortas. ¿Cómo conocer todo cuanto hay por conocer? ¿Cómo albergar la esperanza de que algún día todo estará en nuestra palma de la mano, sin fronteras, sin burocracia, incluso sin mails que atender?

Aún me duele la cabeza. Hoy llega una caravana de peregrinos. Mañana un buen amigo con su esposa desde las entrañas de Madrid. El verano es así, un trasiego de almas. Por eso es prudente, cada cierto tiempo, protegerse, esconderse, trabajar entre libros. Estoy buscando el equilibrio entre lo de fuera y lo de dentro. Estoy buscando el equilibrio entre lo de arriba y lo de abajo. Y en el centro de todo, como una realidad moldeable y plástica, permanezco.

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El hombre-mono y la mujer es mona


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Los isabelinos imaginaban el cielo como una esfera cristalina desde donde los ángeles contemplaban las muecas del hombre-mono, más cercano a ese traje vanidoso y esa mirada altiva propia de los grandes primates que con sus muecas parecen juguetones en los bosques y las selvas. El hombre mono y la mujer mona se miran siempre con cierto afecto, con desconfianza a veces, con sensación de pertenecer a un mundo intermedio, ese que se encuentra a mitad de caballo entre lo animal y lo divino. El ser humano no existe aún, se está haciendo. Lo noto aquí en los bosques cuando comparto con unos y con otros. Veo el esfuerzo por alejarnos, a veces con mayor o menor éxito, de esos instintos, tan básicos y primarios, que aún atraviesan nuestra espina dorsal.

El hombre se comporta como un mono ante la mujer mona, y hacen monerías de rama en rama, de bosque en bosque. Se alejan por caminos turbios, entre las nieblas, entre los árboles. Se miran coquetos y desfilan abrazos y caricias a media noche, serpenteados por la mirada atenta de aquellos alados seres que desde arriba observan la escena, tan mona ella.

Nos sentimos con cierta autoridad ante la vida, como si fuéramos realmente importantes. La escisión entre la mónada que nos anima y lo que representamos con nuestro traje de autoridad no es más que un aleteo frágil ante la inminente presencia del infinito. Aún así, pensamos como dioses siendo aún tan monos, tan primitivos, tan afanosamente animales. Somos muy monos cuando aún, a estas alturas de nuestra divinidad, seguimos comiendo carne. Somos muy monos, y con perdón de los civilizados monos, cuando arrebatamos en violencia, matamos cruelmente, o justificadamente según los cánones de la guerra, o simplemente cuando dejamos morir de hambre al prójimo próximo.

Seguimos empeñados, tan animalescamente, en pensar en territorios. Los marcamos con fronteras, que es algo sofisticado, porque eso de ir meando por las esquinas es algo primitivo. Pero la esencia sigue siendo la misma. La bandera, cualquier bandera, es el símbolo más sofisticado de cualquier meada perruna. Pero nosotros somos monos, monos avanzados, y pensamos que una bandera ya nos sirve para decir que esto y aquello es mío, que esta y aquella es mi casa, o mi patria, o mi nación, esperpentos inventos para trapichear de forma civilizada con nuestra peculiar forma de posesión.

El mundo es un escenario. Y cuando hoy salía majestuoso el arco iris sentíamos que nos curábamos de todos los males. Nos curó la depresión y de la tristeza, sentimos la gloria de Dios, por decir algo, en esa magia del instante presente. Saltábamos enloquecidos, como monos que de repente piensan que la mejor manera de celebrar el acontecimiento es chillando y brincando de un lado para otro. A nuestra izquierda había un joven alemán. Ya sabemos que los alemanes son más cautos a la hora de expresar emociones. Estaba sentado en la hierba y lloraba ante el espectáculo. Lo hacía en silencio, sin que nadie notara su presencia y su emoción. Pero pude verlo, como cuando los ángeles nos miran para ver si nuestra mónada mejora y progresa. Y veía en su silencio cierta maravilla, cierto avance, porque podía disfrutar de algo tan espectacular desde su cómoda y sigilosa butaca. El hombre es mono y la mujer es mona. Y allí estaban el arcoíris, y el alemán, y el perro Geo que no entendía nada pero disfrutaba de nuestra arrebatada alegría. Y abajo, mientras mirábamos la esfera cristalina ahora cargada de los siete rayos, nos imaginábamos seres más completos, mónadas más inspiradas, hombres y mujeres más llenos de gracia. Seres humanos vivos, que no hay mayor grandeza que siendo lo que somos, estemos vivos, y sepamos apreciarlo.

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Lo hermoso de ser útil


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Quiero dar las gracias a este hermoso ser que vino desde Uruguay y ha estado todo un mes con nosotros, siendo ejemplo de honestidad, responsabilidad y compromiso. Gracias querida Vero por todo lo que has dado y gracias por tu ejemplo y entrega. Feliz viaje de vuelta… 

Escribir es una forma de recolectar experiencias sociales, humanas, personales. Compartir emociones, expresar ideas, atreverse a desnudarse ante el mundo bajo la atenta mirada del criticón, del inconformista, del cotilla, del hacedor de males, de los que imaginan, de los que indagan, de los que intentan penetrarte, incluso de aquellos que te odian tanto que te leen para ver de qué manera pueden odiarte más. Como decía Pirandello, es una forma de correr hacia la locura, de intentar bajo una argumentación que a veces roza el paroxismo, contar cosas que simplemente son eso, cosas.

La vehemencia puede ser estúpida si uno se toma la vida excesivamente en serio. No sé por qué darle tanta importancia a cosas y hechos que no la tienen. Al fin y al cabo, escribir es solo eso, escribir, no tiene mayor importancia. Ni siquiera escribo para que me lean, ni para que hagan de esta escritura un uso oscuro y pueril. Sólo lo hago porque me gusta, y porque a veces, en muy contadas ocasiones, la lucidez me atraviesa por dentro y soy capaz de compartir algo bueno. Lo demás son solo adornos, vómitos emocionales que atosigan al desesperado, al aburrido o al que protesta constantemente ante la infelicidad de sus vidas.

Pero a veces, y eso es lo que me motiva desde hace más de diez años, pienso que esta escritura puede ser útil. Y entonces lo veo como un medio de servicio, de apoyo mutuo, de cooperación, de acompañamiento al otro en su soledad, en su duda, en su desesperación. Ser útil es algo que a todos nos gusta. Ser útil a uno mismo, ser útil a los demás. Dicho de otra forma, a nadie le gusta ser un inútil, o algo peor, un auténtico inútil. De pequeño siempre había un mantra que se repetía por mi peculiaridad débil y trasnochada: eres un inútil, me decían unos y otros. En la familia, en el colegio, en la calle jugando al balón. La inutilidad es algo que te marca de por vida, por eso, ya de mayor, uno siempre intenta hacer las cosas lo mejor que puede. Ser útil, ser un verdadero ser completo y ventajoso en cuanto a esa visión de servicio.

A pesar de que esta ha sido unas de las semanas más duras de este verano por no saber encajar aún del todo los abusos de unos y de otros, puedo decir que por dentro me siento sanamente feliz. La parte tosca y tóxica de aquello que durante meses me ha atormentado se diluyó como un azucarillo lo hace a intervalos. Las interpretaciones delirantes de unos y otros que necesitan justificar sus actos a golpe de culpabilidad se convirtieron en un mantillo suave, inofensivo. Aún me siguen llegando ecos, críticas y recelos. Pero estoy aprendiendo a no darles poder, estoy aprendiendo a levantarme sobre los mismos y mirarlos con la grandeza de aquel que se levantó del lado inútil de la vida y alzó su mirada hacia el poder de ser válido, de hacer cosas buenas, de intentar ayudar a unos y a otros sin buscar recompensa alguna.

Por eso pienso que escribir debería ser un acto heroico de obligado cumplimiento. Todos deberíamos tener la capacidad de hablar, de contar las cosas, de compartir aquello en lo que dudamos, aquello que nos aflige o desalienta. Lo rígido, lo repetitivo y lo mecánico conforma gran parte de nuestra sociedad. Por eso cuando algo resulta excesivamente diferente, inteligente o lúcido puede llegar a dar miedo. Y ante el miedo uno siempre reacciona de forma brusca y alarmante. Tengo miedo y por lo tanto hago daño.

Los lúcidos tienden a callar, por eso me gusta abrazar a las personas inteligentes. Por norma son seres angélicos, silenciosos, sigilosos, como esos que vemos en los museos y que en silencio disfrutan del arte y la cultura que los embriaga. La misma postura tienen en los templos, donde miran maravillados la paz que otorga aquello que intentan albergar, siempre de forma torpe, un símil del Misterio. Los lúcidos no tienen miedo, navegan en sus mundos y transforman su vida en algo útil… útil para sí mismos, útil para los que los rodean, útil para el universo… A eso lo llaman servicio… Transitar al otro lado en paz, donde la noche espera, donde la vida nos rodea y envuelve. El sol pronto llamará a nuestras puertas de nuevo, embriagado de luz… Y allí nos veremos en el templo silencioso, en el callar de una vela y la sonrisa de una canción… en el vasto campo de la experiencia que nos guiará hacia la utilidad más absoluta, la de ser humanamente amantes de la vida, amantes de todo cuanto nos rodea, humanamente agradecidos por todo cuanto la existencia nos regala… como esos rayos que mañana iluminarán el nuevo día… hasta mañana pues…

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