Somos Uno


 

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A las cuatro de la mañana las temperaturas eran bajo cero. Algo me hizo despertar antes de tiempo. Quizás las ganas de lanzarme de nuevo a la aventura, las ganas también de estrechar mis brazos entre abrazos afines. A esas horas no se ve nada excepto la magia lunar que entra por los vórtices de las tres ventanas. Cerré los ojos un instante antes de marcharme. Quería dar las gracias por el nuevo día y desearme un buen viaje a sabiendas de lo peligroso que resulta viajar. Tardé más de hora y media en atravesar los puertos de montañas, las tierras que separan el mundo celta de las tierras castellanas. Había mucha nieve y no habían pasado aún las máquinas que despejan las carreteras. Iba con sumo cuidado advirtiendo que cualquier descuido podía ser fatídico.

A las once ya estaba en Madrid. Me esperaban largas colas burocráticas pues tenía que entregar unos documentos. Tras ejercer mi responsabilidad, terminé en casa de una nueva amiga, una hermosa autora a la que acabamos de editar un libro. Una interesante persona que percibe la vida de forma amplia, sin estrecheces ni egoísmos, generosa, dispuesta a ayudar a cualquiera sin importar su necesidad. Hablando de amigos en común me dijo algo que llamó mi atención: somos uno. Miraba su lujosa casa en pleno barrio de Salamanca, justo frente a la biblioteca Nacional, lugar por mí tantas veces transcurrido en otros tiempos. Observaba todos sus libros, su mesa ancha y grande, sus sillones grandilocuentes. Veía en la belleza y esplendor de su lujo un halo de sencillez y ternura. Realmente, independientemente del escenario, sentíamos que realmente éramos uno. No había más palabras que añadir.

A las cuatro, tres calles más abajo, no muy lejos de donde estaba me aguardaba una persona querida. Una persona a la que tan sólo había visto una vez en mi vida pero de la cual tenía un grato recuerdo. Me recibió con ese amor y cariño tan especial de la gente que admiras y te admira. Aunque tú no me conozcas, yo conozco toda tu vida, me decía una y otra vez. Estuvimos hablando durante dos generosas horas donde expresábamos la admiración mutua. En algún momento de la conversación, llegamos a decir algo que ya resonaba en mí. Somos uno en la diversidad, somos uno en la unidad.

Esa frase me acompañó toda la tarde y noche. Cuando nos reunimos en el lugar donde iba a dar comienzo la cena veía como uno a uno iban entrando los comensales. Todos tan diferentes, todos tan heterogéneos e incomparables, y sin embargo, todos allí, unidos por un mismo propósito, por una misma visión, por ese gran abrazo colectivo.

Cuando me tocó hablar para agradecer la presencia de tantas personas que habían venido desde tan lejos para estrechar los lazos de esa comunidad invisible, sólo se me ocurrió decir lo que antes había escuchado por dos veces: somos uno. No importa nuestras diferencias, nuestra procedencia, nuestra cultura o creencias. Realmente somos una familia fraternal que aspira, a pesar de todo, a unir sus corazones, a pensar en el bien ajeno como en el propio, que desea un mundo en paz lleno de felicidad y desapego.

Es complejo tener esa visión unitaria. Pero a veces, cuando sales lejos de ti, cuando te atreves a penetrar en los caminos añejos, descubres que, por muy diferentes que seamos los unos de los otros, hay algo inmanente que nos une.

Antes de marcharme a media noche para volver a tierras celtas, ella se acercó, me abrazó con un cariño inusual y con voz dulce y amoroso me dijo un “te quiero”. Fue uno de los abrazos más intensos y hermosos que recuerdo. Por un instante me sentí afortunado y dichoso. Somos uno, me repetía a mí mismo en ese momento indescriptible. Somos un mismo ser manifestándose en diferentes experiencias, enriqueciendo su alma y su espíritu con miradas diferentes. Somos uno, y algún día, con cualquier excusa, nos daremos cuenta de ello.

Esa tenue luz


 

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La tenue luz que ilumina este instante es aún más frágil que la luminiscencia de una pequeña vela. Es suficiente para saberme no del todo aislado en la tiniebla, como si su pequeño halo fuera capaz de soportar toda la responsabilidad poética de este momento. Realmente estar aquí es como estar protegido dentro de algo cotidiano en otro plano, como si este lugar siempre hubiera existido en alguna parte y tan sólo la realidad estaba esperando su manifestación. Es la sensación que tengo cada vez que, desde hace tan solo un mes, camino por la senda llena de hojas otoñales y llego hasta la puerta órfica de la cabaña. Es como si todas esas cosas que nacieron del apeiron volvieran a él. Como si las eternas manifestaciones del cosmos se resolvieran en esos procesos de philia y neikos, creación y destrucción constantes.

He consagrado el día a barnizar la nueva estantería que ya, a estas horas de la noche, alberga los primeros libros. Es un gozo indescriptible el volver a tener un espacio ordenado para los textos que siempre me acompañan. También tuve tiempo de barnizar parte de las paredes exteriores de la cabaña en una jornada otoñal con buena temperatura. Es mi compromiso para que el ejemplo de la misma pueda inspirar a nuevas luminarias y dar cobijo, en un futuro, a una posible comunidad.

De momento sirva mitad ermita ofrendada a la cultura espiritual y mitad nuevo lugar de trabajo al mismo tiempo que hace de hogar humilde y recogido, apartado de cualquier ruido excepto el de los habitantes del bosque, muchos de ellos invisibles al ojo común.

En la soledad de la jornada, mientras hay algo de luz, aprovecho para terminar los acabados de este primer refugio. Cuando a hora temprana la luz se marcha por occidente, aprovecho para desvelar lo que reste de día en los asuntos editoriales. Desde las siete de la mañana hasta medianoche en punto el trabajo es la nota musical que engendra cada día. Al ser tareas agradables, trabajos que hago porque considero que es lo que realza el espíritu, los días se vuelven alegres y seductores. Siempre intento vivir en el momento de la ocasión, afanándome porque la vida corre deprisa y son muchos los frentes a los que hay que atender. Es esa sensación de pensar que la vida es una jornada de trabajo fugaz y hay que aspirar a disfrutar hasta el último segundo. Y haciendo cuentas, ya tan sólo me quedan, en el mejor de los casos, cuatro horas de disfrute. Terminé la primera media jornada y la próxima, la más cercana a la madurez y el sentido de la existencia, el ocaso, promete, en el mejor de los casos, pasar raudamente.

Entre brocha y brocha o libro y libro me sentía como un auténtico monje mendicante. Este lugar, y siempre así lo hemos creído, es para nosotros como una especie de monasterio vestido de modernidad. Nuestro claustro es el bosque y nuestra pequeña ermita obedece a las grandes construcciones que en otros tiempos albergaban centenares de monjes. A diferencia de otros tiempos, en este pequeño monacato somos pocos porque el sentido de humildad, de resignación, de entrega, de servicio, de austeridad, de generosidad máxima hacia la contemplación de los misterios de la vida está cayendo en desuso. Digamos que el sufrimiento colectivo se administra como píldoras analgésicas, sin procurar, en la sanación espiritual, buscar otro tipo de consuelo. Los vacíos se llenan con cosas y la soledad con ficticias relaciones imaginadas tras una pantalla. Es como si el demiurgo de este tiempo hubiera alcanzado su perfección en cuanto al hechizo común. Todos en duermevela, como viviendo una vida de ensoñación.

Por eso esta tenue luz me recuerda la urgencia de actuar. Aún no se me ocurre cómo después de haberlo hecho casi todo. No hablo tan solo de esta fugaz existencia y no hablo ni tan siquiera de mí. Hablo de la regeneración natural de las cosas, de ese urgente hecho que hace posible la vida. La luz me recuerda la esperanza, por eso me afano, aún con los errores propios de la carne, en respirar albor celestial. Sólo encuentro verdadero refugio en el silencio y en la comprensión profunda de la existencia. El misterio y su naturaleza son, en definitiva, el motor que me impulsa a actuar. Una brocha, un libro, un pensamiento. Halos de luz, halos de reminiscencias.

 

La luz del verdadero hogar


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Cuando tras cenar algo volvía a la pequeña cabaña recién estrenada al borde del bosque sentía como la nueva distancia a recorrer se hacía apabullante y misteriosa entre la niebla. Dejaba atrás la gran casa de piedra y las pequeñas caravanas que apenas ya se distinguían entre la oscuridad otoñal mientras me adentraba sigiloso, con miedo a molestar a las criaturas nocturnas, entre los árboles. Al fondo se veía la tenue luz alimentada por las baterías solares. Parecía, con esa cúpula ovoide que todo lo refleja, como si una nave extraterrestre hubiera aterrizado en el bosquecillo. Es hermosa y profunda la sensación de andar hasta tu propio hogar, ser recibido como un importante huésped por tu propia cama, la mesa de trabajo y los libros por doquier. No recordaba, tras una vida de peregrinaje sin hogar, lo que significaba eso de volver a casa. Es cierto que es una casa humilde, pero tiene paredes, suelo, tejado, ventanas y una puerta sin cerrojo que se abre milagrosamente para dar cabida al recinto.

Mientras esta tarde corregíamos las galeradas del Manifiesto profesaba cierta pena por la aberración que Marx y Engels sentían por eso a los que despectivamente llamaban socialistas utópicos. Incluso llegaron a asimilarlos con sectas agonizantes que no tuvieron ningún tipo de éxito en cuanto a la transformación social. Para mí esos utópicos son, sin embargo, el ejemplo vivo e inspirador de que es posible hacer las cosas de forma diferente en este mundo convulso, en este idolatrado paraíso de las cosas y el tener.

Hoy la generosa mano de alguien a quien aprecio considerablemente ha hecho posible que esta cabaña sea el vivo ejemplo de que se puede vivir cómodamente, felizmente, con poco. Esta mano amiga ha tendido sobre estas ocho peculiares paredes la posibilidad de que el fuego arda, no solo para calentar el recinto, sino también para esparcir en la memoria colectiva la necesaria esperanza de que otro mundo siempre es posible. No hacen falta grandes revoluciones como reclamaban Engels y Marx. No hace falta grandes transformaciones en los sistemas de opresión que se han ido repitiendo a lo largo de la historia como un mantra circundante. Los siervos de la gleba, los esclavos, los villanos de las ciudades, la clase obrera… No importa como entendamos el curso de la historia y sus dualidades si no somos capaces de comprender los cambios que debemos hacer, humano por humano, dentro de nosotros mismos.

Abrazar al ser desde la vida verdadera no requiere de grandes logros, sino de una respuesta humilde ante los acontecimientos de la vida. En el mundo de las causas existe un remedio eficaz ante la pérdida de sentido: la entrega, la renuncia, la voluntad de obrar ya no según un instinto primitivo y egoísta, sino tras una sublime aproximación al dar como respuesta interior al inexorable propósito vital.

Cuando no esperamos nada de la vida excepto aquello que yace profundo en los anales del misterio, algo nos transforma hacia un cambio inexorable. Ese cambio, esa transformación puede ocurrir en cualquier momento. En una conversación, en un paseo, con la lectura de un libro (por favor leed, leed, leed), bajo el calor de una chimenea que ya llega. Esa transformación que nos llevará de la mano hacia una vida plena, sencilla, humilde, carente de necesidades y cargada de experiencias inolvidables, milagros constantes que nos llevarán a fundirnos con la realidad una.

Sí, estoy feliz, por fin tengo un lugar donde poder sentirme en casa. Este instante, este paseo entre la niebla hasta llegar aquí, es resultado inequívoco de un cambio posible hecho por muchos. No es mejor ni peor que los otros cambios, ha sido tan solo un cambio, una reorientación necesaria para alejarnos un poco más de las sombras y aproximar la necesidad del ser a la vida del ser. El ego, pobre, seguirá su camino de sostén al trabajo de servicio. Pero el ser se agitará irremediablemente para provocar más cambios, más paseos otoñales entre árboles y niebla hasta encontrar la luz del verdadero hogar.

Gracias querida C. por el regalo de hoy. El fuego avivará muchas noches como esta y serán recordados los hechos que encerrarán todo lo que desde aquí se produzca. Por siempre, tuyo.

La puerta


 

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“Sólo hay una receta: preocuparse muchísimo por la cocina”. Henry James

Si comparamos las pinturas de un desconocido como John Ruskin o un célebre Tintoretto quizás podamos ver en sus trazos y sombras similitudes asombrosas. Descubrimos que cuando el observador agudiza el talento sobre lo que ve, la realidad de alguna forma se transforma, se perfila de forma diferente, se construye de otra manera. La termodinámica nos sorprendió con sus principios imposibles y ahora la física cuántica redescubre las intuiciones de místicos reconciliados con el misterio. La realidad puede ser una ficción y viceversa. Lo único que hará realidad una visión será nuestra forma de mirar, de acercarnos al mundo a través de nuestros ojos.

Mientras alguien ponía las ventanas en la cabaña nosotros nos empeñábamos en hacer la puerta. Había que coger medidas, pensar que no quedara ni muy estrecha ni muy ancha, que fuera algo equilibrado al mismo tiempo que los marcos y columnas debían quedar todos a nivel. La ciencia de la construcción tiene sus propios secretos, sus tecnicismos, su tecnología. La cabaña, sin embargo, deseaba seguir empeñada en ese estilo orgánico donde las líneas rectas no existen y donde todo, aunque parece torcido y caótico, guarda cierta sintonía. Como no podía ser de otra manera, la puerta también quiso retorcer la realidad a una ficción insondable y bombear fantasía a los que, a partir de ahora, la atraviesen.

Hay un mundo de normas, de medida, de precisión, y luego hay un mundo de caos, de transgresión. Esta cabaña, y su puerta, pertenecen a este segundo mundo. Sin embargo, es posible conciliar ambas posturas si alzamos la mirada y volvemos a Ruskin y Tintoretto con sus pinturas. En el fondo de sus trazos y sombras, la cabaña, lo transgresor, advierte un orden superior, una destreza que emana un propósito que desea la excelencia. La puerta y la cabaña en su conjunto solo desean una cosa: albergar vida, crear un hogar, proteger el calor que derrama el ser. En ese sentido, su diseño caótico podrá parecer más o menos seguro, más o menos armonioso, más o menos dentro de una estética asumible. Pero la función última será plasmada en el regocijo de aquel que albergue sus ocho paredes.

Hay un mensaje subterráneo en toda creación. Los detalles pueden ser importantes, es cierto que deberíamos dedicar más tiempo a los mismos. Tan cierto como el sentido que pueda contener la construcción de cualquier cosa. Al menos el sentido último. Mimar los detalles sin caer en la tentación de perfeccionar los mismos al mismo tiempo que abrazamos la voluntad que mueve la empresa. Ocurre en las relaciones, en cualquier relación que se aprecie. A veces puedes tener un malentendido con un amigo, un enfado, una queja. Es un detalle a tener en cuenta. Pero cuando el detalle es más importante que el objeto final de la relación, la propia amistad, hay algo en la visión que está fallando.

Es posible que la puerta esté torcida, que una viga sea más o menos bonita. Pero la visión del conjunto siempre deberá ser mayor que la queja de esa aparente imperfección. No es una puerta, ni una cabaña, sino el símbolo emancipatorio y transgresor que supone, dentro de un proyecto pedagógico mayor, el haber podido ser creada.

Hay un código en todas las cosas. Lo importante, por lo tanto, es saber interpretarlo, acercarnos a esos trazos de verdad objetiva que siempre se entremezcla con nuestra visión subjetiva. Y más allá de ambas, el logos, la puerta de todo misterio. De ahí que esta pequeña y retorcida puerta esté llena de carga simbólica. No es una puerta, sino el alma que es capaz de atravesarla y llenarla, en el vacío que alberga, de vida y calor. Sí, abriendo puertas para que entren almas. No es solo un trozo de madera. Es todo aquello que el símbolo arrastra ante la visión profunda.

La idea que nos mueve


 

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Este silencio responde a una necesidad. Nadie posee la fórmula para satisfacer todo deseo, todo anhelo, todo aquello que a veces la vida demanda con insistencia. Un puente aparentemente indestructible puede quebrarse por un pequeño olvido, por descuido a la hora de colocar bajo el pilar una base consistente. A veces simplemente es como si no tuvieras ganas de batallar día tras día contra tanta ignorancia o dolor. Como si las fuerzas externas, aquellas que deberían estar ahí para hacernos fuertes, se volvieran contra el mundo entero, arrastrando de paso la frágil tarea de la vida.

Vemos las grises nubes sobre el horizonte y nos preguntamos con insistencia sobre el sentido de muchas cosas. Intentamos arrebatar al tiempo algún minuto de más ahora que la consciencia de lo limitado nos arrastra de nuevo hacia esa tragedia del sabernos finitos, restringidos a un tiempo que será siempre poco en comparación a todas esas cosas que habría que hacer en un mundo tan amplio como el nuestro.

Cada segundo golpea fuerte el tímpano temporal de la existencia. Algunos desean morir porque ya no ven más esperanza ahí fuera, y otros, aferrados a la urgencia vital, solo desean que los minutos se alarguen como esos atardeceres que se acompañan en el ritual del amor escondido. Hay un grito de dolor entre unos y otros. Unos piden vida, más vida, otros muerte.

El mundo sigue mostrando su complejidad. Es algo misterioso, enigmático, un secreto aún por desvelar. La vida se puede ver desde miles de perspectivas. Se podría elaborar un catálogo infinito de posibilidades. La sensación de finitud es a veces desesperante, otras irremediable y otras, las más pocas, tranquilizadora. Si nuestra consciencia es finita significa que una gran parte de nosotros desaparecerá. Pero otra muy sutil, casi imperceptible, carente de yo, y por lo tanto, de ego, permanecerá en el logos inmutable. Es a esa parte a la que los místicos de todos los tiempos se aferran para dotar de esperanza y alivio a lo trágico de la existencia.

Es especialmente importante la anotación que nos habla sobre la construcción del puente por medio del cual un centro seductor nace en nosotros, un foco que instruye los lazos que nacen de las relaciones impersonales entre la consciencia individual y la Consciencia Universal. Esto nos hace comprender que la relación especial entre los seres debería estrecharse, comprendiendo que todo lo que hacemos debe estar presente en esas cosas que nos permiten trabajar juntos para un mismo propósito. El propósito, llámese vida o causa humana, debería dotarnos al menos de una cómplice paz interior, de un sosiego, de una fortaleza inmanente. Algunos se esfuerzan día y noche por construir silenciosamente esos vínculos invisibles. A pesar del cansancio, del tedio, de los malos momentos, algunos trabajan entregados a la causa humana.

Lo hemos podido ver con nuestros propios ojos. Incluso a aquellos que desesperados lloraban por no saber qué más hacer, qué otra cosa poner sobre la vida para dignificar al otro. Hemos visto el esfuerzo continuo de aquellos cuya tarea inmediata es movilizar todas esas fuerzas y energías que han de proporcionar los cables e hilos destinados a identificar, sólidamente, el Puente entre los mundos de nuestra existencia cotidiana y ese reino invisible dueño de nuestras vidas. Es de esa idea desde donde podremos extraer fuerza y sostén para seguir adelante. Es esa esperanza que nos dota de inquietud para seguir adelante.

 

 

El bello júbilo floreciente


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«Realmente me darás una de las más jóvenes Cárites».Discurso de Hipnos

En un mundo acostumbrado a la palabra burda y mentirosa resulta difícil reencontrarnos con los principios mistéricos de las tres gracias. Solo cuando deámbulas solitario por un páramo cargado de naturaleza se puede admirar con detalle la belleza exuberante, la alegría en el trinar de los pájaros. El encanto, la elegancia, la creatividad, la fertilidad, el júbilo floreciente de un mundo que sigue encerrando en sí mismo todos los misterios.

En la ciudad ya no queda resquicio del piramús, esa torta de miel que se comía en la “charistía”. Se ha perdido el contacto con la gracia, con el honor, con la dulzura. Se ha perdido el contacto con el silencio, con la profunda conexión que resulta del abrazo inevitable entre la belleza, el amor y la sabiduría. La voluntad del encanto, la presencia casi divina de todo aquello que nos hace únicos desaparece a cambio de griterío, cosas, putrefacción, esclavitud.

No nos damos cuenta pero hemos convertido nuestras vidas en una estrecha y delicada mentira que no queremos ver, que no queremos comprender, que no queremos analizar. Esa mentira se alimenta de la ilusión de creernos felices, se empodera a golpe de crédito que se valoriza en cosas inútiles que tan solo satisfacen nuestro egóico deseo de posesión.

Poseemos orgullo, vanidad, egoísmo e individualismo a golpe de esclavizar nuestras vidas a un contrato que nos sujeta a un tiempo jornalero. Dedicamos nuestro mayor bien en una copla sin sentido que nos embelesa y nos promete la última novedad de la última cosa inútil de turno. Todo a cambio de mayor velocidad, de una mayor experiencia en la ficción alarmante de lo nefasto y tosco.

La moneda de cambio es costosa. Nuestra jaula de grillos nos ha alejado de la esencia, de lo útil de la vida que no es más que el amor y el compartir con diligencia y sosiego. Lo burdo se apodera de las parcelas y la vida se corrompe de un vacío esperpéntico.

El purismo renace como una opción extremista. Un purismo hipócrita que se azota los costados mientras enarbola al dios mentiroso. Nos vendemos al mejor postor y ahí se terminan los principios, los valores, el honor de ser fieles a nosotros mismos. La fiesta ya no es muda, ahora se celebra despiadada. 

Hoy la música nos recordaba que la belleza debe gobernar de nuevo nuestras vidas. Nos urgía a resucitar el arte, la cultura, las tres gracias. El profundo halo de libertad que se escucha en la cima de un monte encumbrado nos eleva a ese resplandor profundo de magia necesaria. Recobrar la naturaleza, reencontrarnos con ella, elevarnos en su fragancia perfumada por avisos del cielo. Ese azul, ese verde profundo de montañas arrojadas a la suerte humana. Ese aire que aún brota desde los confines oceánicos. Ese volcán que explota dentro de nosotros mismos como un aviso urgente. Ese baile necesario, desnudo, secreto.

Aglaya, Eufrósine, Talia. El bello júbilo floreciente. Las tres diosas que deberán ser resucitadas en esta mundo de guerra y frío, de soledad y espanto, de desgarre apocalíptico. Los poetas y los románticos siempre se enzarzaban en ese caprichoso delirio llamado esperanza. La esperanza siempre de un mundo nuevo, calmado, amoroso. Muchos terminaban, ante el fracaso, en suicidio. Otros, empeñados en cambiar al menos un ápice nuestra naturaleza humana, encerraban su codicia y despertaban de nuevo el anhelo del trabajo silencioso, respetuoso y cargado de esfuerzo en el compartir. La realeza de sus acciones, y no de sus palabras, es lo que sigue inspirando a la nueva ola de servidores del mundo. La Belleza, el Júbilo y la Floreciente vida nos espera.

Decrecimiento personal


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Fijaros como pasa el tiempo. No somos dueños de su devenir. Apenas podemos atrapar algo tan pequeño como un segundo. Todo se escurre, lo dejamos pasar, lo dejamos caer en acciones absurdas, cosas que distraen nuestra atención y nos alejan de la vida, de la consciencia, del nosotros.

Hemos hablado muchas veces del necesario decrecimiento material para que las futuras generaciones puedan tener un planeta lo más sostenible posible. Tal y como está el mundo constituido hoy día, donde la avaricia y el egoísmo son los protagonistas de nuestras vidas, el planeta tierra y la vida humana tienen los días contados.

Resulta difícil pensar que estas claras ideas sobre la necesidad decreciente contraste repetidamente con los mensajes antinaturales que nos vienen día a día sobre la necesidad de crecer, crecer y crecer.

Hoy, gracias a la ingeniosa interpretación de una persona que nos visita estos días, nos dábamos cuenta de la necesidad de decrecer también desde los planos del ego, como personas. Decrecer en ruido, en ambiciones, en egoísmos, en búsquedas estériles, en recursos, en emociones tristes, en pensamientos caducos, en miradas engañosas.

Quizás tengamos que expresar la vida desde otro contexto, pero entiendo que esto nos puede resultar imposible. ¿Cómo cambiar tantos y tantos patrones insertados con sangre y fuego durante miles de años en nuestra psique? ¿Cómo decrecer si eso nos puede llegar a pensar que somos vulnerables o débiles ante los demás?

El decrecimiento lo podemos experimentar de forma material, pero admitamos que resulta excesivamente complejo aplicarlo a nuestra psique, a nuestras emociones. De alguna manera, siempre queremos más de algo. Más abrazos, más cariño, más consuelo, más alegría, más pasión, más aventura, más esperanza, más amor, más prosperidad, más, más y más.

Resulta muy difícil decrecer personalmente, buscar una vida sencilla tejida por unas emociones equilibradas y una lúcida esfera de pensamiento. Es complejo vivir una vida plenamente tranquila. Es difícil saborear la paz de no hacer nada mientras el tiempo se escurre por entre los dedos. La vida se apaga, pero en nuestra distracción continua, deseamos crecer. Es como el universo que se expande hasta el infinito. Es una metáfora interesante, aunque quizás olvidemos que el universo respira… pero también inspira…