Aprendiendo a Ser junto al Ser


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Las dos columnas que sostienen nuestro hogar: la fuerza y la sabiduría. Junto a ellas, a la derecha, casi invisible, espera la belleza. 

Acabo de encender la chimenea. He quemado en ella todos los virus de esta semana, algunos restos inidentificables, algunos manuscritos ya editados y cosas que uno encuentra ya sin valor. Me hubiera gustado mucho estar un poco más junto al fuego de la casa compartiendo conversaciones en inglés con la hermosa alemana y su hija que estos días nos acompañan. Pero no he querido cogerles cariño. Vienen con dos perros y se tienen que marchar en unos días. Es la ley. A pesar de que siempre intento ser flexible y hacer cientos de excepciones, es algo que no gusta. Así que intento no batallar, regirme al guion establecido sin mayor argumentación. El fuego en la casa ardía con fuerza, la conversación era amena, recordando viejos tiempos cuando vivía en el norte de Alemania, en la hermosa región de Wendland. Llueve como lo hacía en aquella añorada granja de caballos. Hace frío, pero el fuego arde.

Estoy feliz porque esta mañana hemos podido pagar una semana más a los tres obreros. Cada semana es un reto, y como dicen por aquí, haber si damos salido. Las obras avanzan deprisa y eso nos satisface. Personalmente no tengo fuerzas para seguir subido a tejados o haciendo cemento o poniendo suelos. Eso me ha envejecido demasiado. Ahora me siento torpe, casi sin energía, y la necesito para lo que ha de venir. Me declaro inútil, cansado e ineficaz para esas cosas de la materia densa. Casi seis años de grandes esfuerzos, de grandes sacrificios personales deben llegar a su fin. Prefiero endeudarme por un tiempo más que seguir sufriendo. Prefiero que por fin la casa se termine y que en los próximos años podamos dedicar nuestros esfuerzos al Jardín. Sí, como hacía Epicuro, y así convertirnos en los nuevos filósofos del Jardín, de un nuevo Jardín comprometido con nuestro tiempo, comprometido con el espíritu de esta época. Ya hemos pasado la fase en la que se ha podido construir la columna de la “fuerza”. Interiormente nos hemos llenado de fuerza y voluntad. Ahora toca construir la columna de la “sabiduría” para junto a la fuerza crear la tercera de las columnas de cualquier templo que se precie: la “belleza”. La belleza como símbolo inequívoco del amor.

Esa es la idea y comprendo que hacía falta esta pedagogía constructiva. Construir, cocrear entre todos era necesario plasmarlo en la acción, y no tan solo en el verbo. Uno puede hablar con mayor fuerza cuando ha experimentado la cosa en sí. Ya no habla en potencia, como muchos filósofos hacen, sino en acto, desde el acto, desde la acción. Cuando propongamos meditar desde la cocreación activa, sabremos de lo que hablamos. Habremos encontrado la fórmula para moldear la materia, para, como alquimistas, argumentar con suficiente detalle todo el proceso de transformación necesario.

La alquimia experimentada en los templos vivos, en la piedra viva, tiene mayor repercusión que la nominativa, la simbólica. El símbolo nos señala, pero el acto nos inicia. Uno puede pasarse toda la vida hablando de Dios, de la espiritualidad, pero esta tan solo se manifiesta inevitablemente en la acción: fuerza + sabiduría = belleza. La contemplación nos puede ayudar a comprender la necesaria tarea de transmitir, la urgente necesidad de ayudar allí donde haga falta. A veces al prójimo desconocido, como esa hermosa alemana y su hijo y sus dos perros que deambulan por el mundo sin un rumbo muy fijo, angustiados por los problemas que atraviesan. Me gustaría de nuevo saltarme a la tolera la ley y volver a hacer más excepciones. Pero eso crea desconcierto.
Así que antes de que se marchen intentaré, como hoy, dedicarles junto al fuego todo el tiempo que haga falta. Todo lo demás podrá esperar.

La fraternidad humana se construye a base de piedras vivas que arden junto al fuego, que comparten complicidades y futuros. Escuchar al otro, poder ofrecerle aunque sea por unos días algo de pan y cobijo, por muy distinto que sea, es una buena forma de espiritualizar el mundo, ya que de la escucha y el apoyo material y espiritual nace la empatía, la compasión, la fraternidad, la unidad, la cooperación. No podemos hablar de ser más humanos, de ser más espirituales si no aprendemos a estar con el otro, a ayudar al otro. De ahí el reto de crear comunidades abiertas, integrales. Es lo más espiritual que existe. Especialmente cuando te atreves a tener una casa abierta las veinticuatro horas del día y los trescientos sesenta y cinco días del año aprendiendo a Ser junto al Ser, aprendiendo a humanizarnos siendo cada vez más humanos. Y la humanidad, lo que nos hace verdaderamente humanos, solo puede ser entendido con el otro, junto al otro, junto el fuego, dando, siempre dando, como hace la llama, como hace el Sol y los cielos, sin esperar nunca nada a cambio.

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Amigo de la mala suerte


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© brunozbruna 

Recluto y acojo en esta pequeña cabaña el antojadizo destino. Me acaba de llegar el presupuesto de reparación del coche accidentado y la broma va a salir cara. Quizás debería dejar de tener vehículos. Haciendo cuentas, casi me saldría más económico el no tener nada y simplemente desplazarme caminando. Si tenía que pasar, si era algo inevitable, me alegro de que pasara con mi viejo amigo Prius. Si hubiera sido con otro el remordimiento hubiera sido mayor.

Miro por la ventana pensativo, asumiendo el devenir, lo inevitable, y observo como la niebla polvorea todo el paisaje. Es algo hechizante cuando el frío se entremezcla con los sabores inciertos del invierno. Hoy se fueron casi todos y el silencio abrigó el lugar. Aproveché la decadencia física, el cansancio acumulado, la tozudez de un resfriado que no termina de marcharse, el agotamiento casi existencial, para quedarme tumbado, sin hacer nada, como un espectro que flota tres metros sobre el suelo y se deja llevar por cualquier viento. Hago repaso y es como si la mala suerte se hubiera cruzado en mi camino. Al final me haré su amigo, y le pediré que no haga mucho ruido si quiere seguir acechando. Uno se cansa de tanta prueba donde todo son pérdidas y ninguna ganancia. Quizás debería permitirme el lujo de no hacer nada durante una larga temporada. Dejar que todo se despeje, que la niebla se diluya y salga el sol. Si pudiera me marchaba de vacaciones lejos de todo, pero esa palabra está lejos de mi diccionario.

La niebla siempre es pasajera, como nuestras vidas. La felicidad es un algoritmo que depende de muchas cosas. También la profundidad de nuestra mirada en cuanto a los acontecimientos que nos rodean. Vivir en una cabaña es algo extraño. Aquí estás en mitad de la nada, te sientes desahuciado de todo cuando rezuma a normalidad. El bosque está calmo ahí fuera. No se escucha nada. La temperatura no sube aquí dentro a más de ocho grados. Es un sueño vivir aquí, aunque a veces me sienta atrapado en el mismo. Fuera hace más frío.

Ha sido una semana intensa. Encintando la futura cocina y ayer montando y colocando muebles. En unos días tendremos algo decente. El grupo de amigos catalanes que ha estado esta semana ha sido especialmente trabajador. Me sorprende el sobresfuerzo que mucha gente aporta para que este sea un lugar cómodo y cálido. Pero cada vez me voy dando cuenta de que este lugar, quizás exceptuando algunos meses de verano, nunca será cómodo y cálido. Resulta difícil acomodar una casa de piedra construida en el siglo XVI, inabarcable, solo a base de buena voluntad. He arriesgado de nuevo y he comprometido una nueva obra mayor. Será muy caro aislar la casa para que el agua no entre, pero es necesario hacerlo. El riesgo forma parte de este proyecto.

De forma paralela y silenciosa sigo tratando con el arquitecto italiano que nos está diseñando la escuela. Será el objetivo para los siguientes siete años. Y para los otros siguientes siete, intentar crear un núcleo fuerte de comunidad. Eso es lo más difícil porque aquí no hay aguas milagrosas, ni apariciones marianas, ni un suculento negocio económico ni unas instalaciones apropiadas ni un entorno con un tiempo envidiable. El lugar carece de casi todo, así que el esfuerzo será mayor.

De momento solo hay niebla, soledad, algo de frío, invierno. Me pasaré el fin de semana descansando. Estoy agotado y solo me apetece leer y escribir, contemplar en silencio la vida, sus misterios, sus derroteros. La vida es misteriosa, pero en la naturaleza aún lo es más. Miras un árbol o la yedra que lo cubre y todo parece diferente. Observas los ciclos y cala en la epidermis un halo mistérico. La vida ejerce cierta victoria sobre la forma, al igual que el espíritu lo hace sobre la materia. Desde esta pequeña cabaña puedo evocar al fuego, nutrir las vidas menores y mantener así girando la rueda.

Las vidas siempre pueden ser evocadoras. Pueden evocar una idea, una emoción, un sentir, una acción determinada. Podemos invocar a los dioses y esperar a que todo se resuelva de alguna manera. Hasta que nos damos cuenta de que lo mejor es ser evocadores de vida, aspirando a que la misma crezca de forma pacífica y amorosa. Seguiré leyendo y escribiendo. Toca descansar mientras el misterio se despliega y la vida prosigue su caudal inagotable… ¡qué misterio! Abrazaré la mala suerte, no me queda otra, y ya vendrán tiempos mejores.

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Ánimo viene de ánima


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A pesar del accidente de ayer, no me tembló la voz, ni el ánimo. Esta mañana una buena amiga me preguntaba sobre el significado profundo de este accidente. En términos anímicos, hay circunstancias que se expresan en nuestras vidas para poner a prueba nuestro ánimo, nuestro propósito. Son los guardianes del umbral, aquellos cuya misión es impedir el paso del neófito hacia la nueva experiencia. En los mitos aparecen como figuras monstruosas que impiden el paso en el camino del héroe hacia la siguiente estancia de la aventura. En la vida extraordinaria, aquella que pretende responder a la intendencia lumínica de los despiertos, las pruebas del umbral suelen ser diversas.

A un nivel más psicológico, la vida ordinaria está llena de pruebas que pretenden expandir nuestra consciencia. Una ruptura, una enfermedad, un nacimiento, una muerte, un accidente… Ese tipo de hechos extraordinarios merecen una atención especial, pues guardan tras de sí un mensaje velado para que podamos descubrir su profundo significado.

Gracias a la pregunta de mi querida amiga, a media mañana me marché a meditar a un lugar apartado del bosque. Dejé el encintado de la cocina para profundizar en lo ocurrido ayer. Enseguida me vino una respuesta clara. Tenía que tomar una decisión con respecto al proyecto, una obra mayor que requiere de un gran capital y que estaba rezagando por la envergadura de la misma y su propia complejidad. Pero en la meditación lo vi claro. Este accidente pretendía provocar en mí miedo para así abortar la decisión. Sin embargo, no ocurrió eso. En cuanto lo entendí, sin disponer aún de los medios suficientes para dicha obra, llamé al constructor para dar el visto bueno al presupuesto y seguir adelante. Como siempre, la osadía y la valentía precedió al miedo, y ni el accidente, ni las anteriores vicisitudes sufridas en los meses anteriores, podrían apartarme del ánimo, del claro propósito, de la clara luz que me empuja a seguir adelante.

En julio tenemos un evento importante en el proyecto al que debemos atender con una casa lista para acoger a mucha gente y un entorno apropiado para que todo salga a la perfección. Ese reto es solo el inicio de una nueva etapa, también el final de la construcción de la casa de acogida y el comienzo de la construcción de la Escuela de Dones y Talentos. Por eso hoy me sentía lleno de ánimo. Llevé el coche al taller y puse en manos del destino todo lo demás, aventurando la incertidumbre a la certeza interior.

Ánimo viene de ánima, de alma, de espíritu. La fortaleza de ese espíritu guía cada uno de mis pasos, y el miedo o aquello que lo provoca no podrán hacerme retroceder ni un ápice lo que interiormente siento. El viejo Prius será resucitado y volveremos a practicar los caminos, como un Quijote andante que va en busca de justicia y paz.

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2019, el fin de una década


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© Michel Rajkovic 

 

“Incluso la época de agobio es digna de respeto, pues es obra, no del hombre, sino de la Humanidad y, por lo tanto, de la naturaleza creadora, que puede ser dura, pero jamás absurda. Si es dura la época en que vivimos, tanto más debemos amarla, empaparla de nuestro amor, hasta que logremos desplazar las pesadas masas de materia que ocultan la luz que brilla al otro lado…” Walter Rathenau.

Algo se sumerge y remonta el vuelo sin mojarse las plumas, reza el Bhagavad Gita. Veníamos de una década difícil y esta no ha sido del todo fácil. Si los ciclos fueran altaneros, podríamos pensar que ahora entramos en una década prodigiosa, dónde la humanidad se une para avanzar en los retos comunes. Pero después de ver que los Leoneses se quieren separar de la ancha Castilla, uno ya no sabe qué pensar. Lo de la unión administrativa de los pueblos va a ser difícil, también lo de la unión fraternal.

Dos grandes retos nos esperan en esta próxima década: los nacionalismo y el cambio climático. El odio, o la ignorancia, en su defecto, campa a sus anchas, a veces escondido, disimulado en cosas abstractas. La unión fraternal aún está lejos. Esta nueva década que ahora nace no parece, aparentemente, muy esperanzadora en cuanto a afrontar juntos todo lo que nos viene. Vuelven los nacionalismos que dinamitaron la Europa en siglos pasados. Vuelve el egoísmo de los pueblos, que se ensalzan en ese ombliguismo enfermizo de pensar que lo nuestro siempre es mejor cuando no es nada cierto. Ni es mejor ni es diferente. Es solo un espejismo, un glamour inocente que desea separar, y no unir. Los seres humanos somos todos iguales por naturaleza. Sólo nos separa una visión corrupta marcada por hechos diferenciales mecidos en la cuna. Nuestra responsabilidad es vencer esas diferencias y unir todas nuestras fuerzas para combatir juntos los importantes retos climáticos que se avecinan. Si estamos entrando en una distopía, en un posible final de los tiempos, es mejor que estemos juntos.

A pesar de todo, si en esta década prodigiosa no hay guerras, habremos avanzado con respecto a siglos pasados. Europa ha mantenido la paz durante estos años y en el resto del mundo cada vez son menos los conflictos, al menos aparentemente. Visto así, no podemos quejarnos. Sí nuestros abuelos que vivieron guerras horribles. Nosotros, solo crisis materialistas por haber perdido algunas cosas que acumulamos ciegamente. El materialismo sigue avanzando cada vez con mayor virulencia. Pero habrá pronto una emancipación del mismo. Pronto entraremos en la época posmaterialista y la vida será diferente, al menos queremos que sea diferente, con nuevos valores, con una nueva ética viviente.

En lo personal no sabría como describir esta década. Puedo decir que he vivido, que ha sido apasionante y que básicamente he concentrado todas mis fuerzas en llevar a cabo una utopía. Como toda utopía tiende al fracaso, no puedo quejarme. Quiero decir que uno, optimista como es por dentro, sabía a ciencia cierta que el final de todo el invento sería una pérdida constante. Pero me queda el regusto interior de haberlo intentado, de haber conseguido crear unión fraternal entre seres dispares, diferentes, antagónicos, de haber creado un lugar inspirador quizás para próximas generaciones, no para la nuestra, que aún vive sumida en el egoísmo y la ceguera. El fracaso formaba parte de la victoria. Como cuando una semilla cae a la tierra y allí muere para que brote un gran árbol potencialmente lleno de frutos. Esa es la sensación de todo el esfuerzo de esta década. Una muerte en la tierra cálida y doliente.

Pero como en todo ciclo vital, algo se sumerge y remonta el vuelo. Si en esta década pasada nos hemos sumergido para que este lugar brotara, la próxima década debería ser un momento de remontar cierto vuelo. No sabemos aún hacia dónde. A nivel general, la tecnología avanza exponencialmente hacia lugares que aún desconocemos. Ahí tenemos la Inteligencia Artificial como protagonista que entrará en nuestras vidas muy pronto. Y también la robótica, a punto de revolucionarlo todo. Y nosotros empeñados en vivir una vida sencilla en los bosques, a contra corriente de todo lo que está pasando. Intentando ser amantes de la naturaleza para seducirla y para arrimar nuestros cuerpos frágiles y desnudos a sus pechos cargados de savia y dulzor.

Personalmente puedo decir que en esta década me emancipé materialmente, viví con energía la culminación de proyectos vitales como la utopía o la finalización de la tesis. También mi bagaje ha sido peculiar. Empecé la década viviendo plácido en las cálidas tierras del sur, en una bonita casa estilo bahaus demasiado grande para albergar a un solo hombre. De allí emigré a Madrid, dónde viví profundas experiencias que nunca olvidaré. Allí fui embajador consorte, disfruté de los placeres materiales y me vi envuelto en una vida de reconocimiento que culminó en las conclusiones en las que ahora me encuentro. Un recorrido vital desde el cálido mediodía al frío septentrión, donde ahora me encuentro.

Todo lo pasado estuvo muy bien, y quizás fue necesario para emprender el mayor de los viajes: el interior. Por eso decidí aligerar el peso del equipaje y enfrentarme a la vida desde la sencillez. Vivir en una cabaña en mitad de un bosque quizás haya sido la experiencia más increíble que he podido experimentar. Por eso, ahora que siento que este es mi verdadero palacio, me encantaría dedicar la próxima década a profundizar en ese viaje interior. Siento interiormente que lo que hasta ahora he experimentado ha sido tan solo un aperitivo. Ahora viene el viaje real, así hasta que logre desplazar las pesadas masas de materia que ocultan la luz que brilla al otro lado.

Feliz año nuevo a todos… feliz entrada a los prodigiosos años veinte.

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Esa visión que nos anima


 

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Últimos momentos con la familia…

Ha sido un alivio comprobar que no había goteras en la casa. Tras un día de lluvias intensas hemos podido ver que el tejado ha resultado efectivo. Ahora queda resolver las inundaciones que se producen en el patio desde que pusimos el suelo y el tejado. De alguna forma cortamos las vías de escape que los antiguos habitantes habían desarrollado de forma natural para que el agua escapara de una punta a otra de la casa. No lo tuvimos en cuenta y ahora el agua se acumula en balsas imposibles.

La sabiduría antigua hay que respetarla. La ignorancia acerca de la misma nos crea problemas e incertidumbres. ¡Es tan importante el conocimiento para la vida! El servicio, el amor, incluso la introspección o la meditación no pueden ser ciegos. Necesitan inevitablemente de una visión, de un conocimiento, de una sabiduría. ¡Es tan importante saber quiénes somos y qué hacemos aquí en la vida para poder comprenderla y servirla de la mejor manera! Conócete a ti mismo para conocer a los dioses y los universos.

Ayer se fue la familia que vino a pasar unos días y han estado casi tres meses con nosotros. La verdad es que ha sido un regalo del cielo el poder compartir estos meses con seres tan especiales. La niña-ángel ha sido toda una bendición. Hacía mucho tiempo que no encontraba un aura tan pura, una inteligencia tan brillante y una luz tan hermosa en un ser tan joven. La escuela de este lugar te enseña a practicar el desapego constante. Son tantas las almas que vienen y van que por dentro crece una enseñanza continua. Por eso no albergué tristeza cuando se marcharon, sino felicidad y agradecimiento infinito por haber disfrutado de ellos durante estos meses. Se llevan en sus corazones, especialmente la niña, una experiencia inolvidable. ¡Cuánta luz habrá arrojado este lugar en sus corazones! ¡Cuánta inspiración sembrada para sus futuros!

Hoy me daba cuenta que tras la defensa de la tesis y la tensión por terminar cuanto antes el tejado he tenido abandonada la empresa durante excesivo tiempo. Debería vivir bien si pudiera administrar con mayor sabiduría el tiempo y tuviera la editorial en forma como en los viejos tiempos. Pero es difícil servir a Dios y al César, por más que intento practicar ese noble sendero del medio del que nos hablaba Buda. A veces me dan ganas de volverme extremo y dejar al César para tiempos mejores, pero me doy cuenta de que editar libros también es una bonita forma de servir a Dios, así que vivo en esa dualidad mendicante y gestora, buscadora de verdad y compartir. Tengo muchas ganas de terminar la fase de construcción, el mito fundacional, para dedicar mi tiempo a mis talentos verdaderos.

En ese afán de servicio dedicamos el día a limpiar la catástrofe de estos meses sin tejado. Era tanto por hacer que no sabíamos por dónde empezar, especialmente ahora que todo el mundo se ha marchado de vacaciones antes de la Navidad y nos hemos quedado tan solo dos personas. Así que empezamos por una de las habitaciones, la cual nos ha costado todo el día limpiar y ordenar. Cuando te ves solo ante el peligro de intentar poner orden en el caos, hay dos fuerzas que se entremezclan dentro de uno.

Una de ellas es la desesperante sensación de no avanzar nada. A pesar de los logros de estos cinco años, cuando hemos visto las habitaciones inundadas aún por el agua y la humedad, las camas todas amontonadas, el suelo medio levantado, las piedras de la pared mojadas o manchadas por el hollín de la suciedad que el agua iba arrastrando o incluso algunos muebles que hemos tenido que tirar por haberse estropeado ante las inundaciones, la sensación ha sido un poco desesperante.

Luego viene la segunda de las fuerzas: la voluntad de trabajar para el bien, para una causa mayor, para un lugar que sirve de inspiración, de amistad, de fraternidad entre tantas y tantas personas. Eso nos impulsa a seguir a pesar de la dificultad, nos dota de una fuerza superior para proseguir con la labor. No es ordenar habitaciones, no es limpiar, no es poner orden, es crear un mundo más justo y verdadero, un lugar que reafirmar la necesidad de reencontrarnos en el lazo místico. Esa visión nos anima, nos empuja a seguir adelante. El lazo místico ya ha sido creado y ya hay una fuerza angélica que lo domina. Solo así se pueden explicar tantas y tantas cosas…

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Saber, placer, necesidad


 

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Hoy he agradecido que lloviera. Creo que todos lo hemos agradecido porque nos ha impedido subir al tejado cuando estábamos llegando al extremo del cansancio. De luz a luz subidos y cargando losas y clavándolas con sus respectivos martillazos en nuestros frágiles y delicados dedos, nada acostumbrados a este tipo de tareas que requieren una dureza especial. Los profesionales, en su infinita irresponsabilidad, dejaron de venir, así que aprendimos la técnica y nos pusimos sin miedo a poner las losas de pizarra. No teníamos ni idea, pero teníamos voluntad, ilusión por terminar y necesidad por hacerlo cuanto antes. No es un trabajo placentero, pero es necesario. La nueva cocina llegará al martes y tenemos ganas de montarla y que todo quede resguardado, protegido y ordenado. Y para eso es necesario que esté terminado el tejado y así deje de llover dentro de la casa.

Tener una casa lo más acogedora y acondicionada posible es una necesidad. También es una necesidad el comer, el dormir y descansar. Las necesidades que la inmensa mayoría de la humanidad tiene no distan mucho de las necesidades más básicas que todo animal precisa. En eso somos muy animales. O al menos somos muy homo-animales. Necesitamos comida, cobijo y sexo para que la especie siga adelante.

Más allá de la clasificación que Maslow hizo sobre nuestras necesidades, especialmente las necesidades fisiológicas, de seguridad, de afiliación, de reconocimiento y de autorrealización, hay algo sutil que nos diferencia de los animales. Es el añadir a esos componentes un marco de placer. La comida ha dejado de convertirse en una necesidad básica y ahora buscamos el placer de comer. El vestido ha dejado de ser algo imprescindible para conservar el calor que nos proporciona la comida y ahora buscamos el placer de la moda, el vestirnos para gustar. Ocurre lo mismo con todo lo demás. Incluso el sexo se ha convertido, ya no en una necesidad de reproducción, sino en un instante de placer, muchas veces sobrevalorado y excesivamente exagerado.

Placer. Eso busca la mayoría de los seres humanos cuando han cumplido con la satisfacción de las necesidades más básicas. Por eso nuestro mundo, la mayoría del mundo, vive por placer, para el placer y con placer. Es el mundo ilusorio, el glamour, el maya, la lascivia que nace del sexo y se traslada a todos los componentes de la vida. Podríamos decir que vivimos en un mundo lascivo donde todo se regula por las bases más elementales del placer, un placer la mayoría de las veces inconsciente.

¿Pero qué ocurre cuando la comida, el sexo o el vestir ya no te producen placer? ¿Qué ocurre cuando se trasciende el placer, o simplemente no riges tu vida por el mismo? Ahí es cuando empieza a nacer lo inteligente, la necesidad de regir nuestras vidas por pensamientos, y no por simples deseos desbocados. La razón nos gobierna, nos eleva a otra visión diferente de las cosas. Podemos pasar la vida sin rozar el placer, o disfrutándolo de forma desapegada. No necesitamos un buen vino, o una buena comida en un buen restaurante, ni buen sexo continuado, ni buena ropa de marcas caras que nos den el placer del reconocimiento. Tampoco necesitamos demostrar nada por el placer de mendigar estima, cariño o calor.

Cuando se trasciende la necesidad y el placer, entramos en la esfera del saber. Primero el sabernos vivos, el saber que todo está vivo y por consiguiente, ordenar de forma racional el sufrimiento. Esto es un principio básico cuando se trasciende el placer y se racionaliza éticamente el sufrimiento. La dieta es una de las cosas que primero se ordenan en esta transición. Dejar de afligir sufrimiento a los animales por puro placer, ya ni siquiera necesidad, es una de las premisas de la inteligencia ética, esa que nace de una necesidad moral de coparticipar en un mundo vivo y sintiente.

A partir de ahí, lo que comemos, lo que vestimos, dónde vivimos, en qué trabajamos, como organizamos nuestro tiempo y con quién, empiezan a tomar una dimensión diferente. Nos dábamos cuenta de ello cuando poníamos el tejado para que otros puedan disfrutarlo. A pesar de la dureza del trabajo, del cansancio y el abatimiento, sentíamos alegría interior, trabajábamos con entusiasmo y esfuerzo para que personas, amigos y desconocidos, puedan disfrutar de un lugar seguro y cálido. Hacíamos algo por el bien común, más allá de nuestras necesidades o placeres individuales y egoísta. Es una visión diferente, es una forma diferente de ver el mundo. La necesidad es básica para sobrevivir. El placer es bueno para disfrutar la vida. La sabiduría es imprescindible para gobernar sabiamente nuestra existencia, sin que el placer ni la necesidad rijan nuestros designios.

Saber, placer, necesidad. Fijémonos cual de los tres rigen nuestras vidas.

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Música


a

© Paul MacPhail

Ven Jessica, contempla el firmamento / adornado con resplandecientes esferas doradas / en el no hay ni una sola estrella / que en su girar, no cante como un ángel /que no pertenezca al coro de los querubines / esta misma armonía está en nuestra alma / y solo cuando el triste harapo de la maldad / la cubre, somos incapaces de oírla.
William Shakespeare- El mercader de Venecia

No paramos de trabajar hasta que anocheció. Tenemos que aprovechar que no llueve para terminar como sea el tejado. Luego, cansados pero satisfechos, cenamos unas merecidas patatas fritas con huevos. Todo de nuestra huerta y corral. Pusimos música mientras cenábamos y cuando nos dimos cuenta, tras la cena, estábamos bailando bajo la noche fría y helada, bajo las estrellas, bajo el manto de la vida. Fue una escena excitante y divertida, salvaje y hermosa. Estábamos tan cansados que no podíamos parar de bailar.

La música tiene algo que nos comunica con nuestra esencia. Es el lenguaje que está más allá del lenguaje, o, como dice el poeta Eichendorff, la música es el lenguaje de las cosas, el que les da vida. Por todos es sabido que la música fue hecha desde el mundo angélico para que los seres humanos pudieran comunicarse directamente con los dioses. Aquellos sonidos refinados, angélicos, son los que de forma sublime nos llevan al éxtasis y nos capacitan para provocar en nosotros un estado diferente de las cosas.

Por eso, tras la meditación silenciosa de las mañanas, dedicamos veinte minutos al canto. Es una forma de llamar la atención de los seres invisibles, al mismo tiempo que equilibramos nuestros corazones con la alegría de la música, de la melodía, del ritmo. La ordenación en música de los sonidos trae lo divino hacia este mundo. Por eso, aún sin saberlo, la música es algo universal y gusta a todos. La música llena de vida nuestras vidas.

La música posee ritmo y tonalidad. El ritmo ordena el tiempo y la tonalidad ordena el sonido. Esos pequeños secretos son necesarios para entender la configuración celestial del universo musical, pero también su dimensión corpórea y moral. La danza siempre acompaña a la música. Cuando un tambor o una flauta suenan, nuestras piernas acompañan su sonido. Todo nuestro cuerpo se agita en éxtasis.

Todos las cosas tienen música. Las piedras suenan entre ellas cuando son arrastradas por los remolinos de un arroyo. La tierra cruje bajo nuestros pies. Los pájaros cantan, las nubes sueltan truenos centelleantes comunicando que el agua está cerca. Las flores y las plantas crean auténticos conciertos bajo el azote del viento. Qué decir de los planetas y las estrellas. Las órbitas celestes también tienen música. Para los pitagóricos el Universo entero manifiesta proporciones justas, establecidas por ritmos y números, que originan un canto armónico que todo lo atraviesa. Fuerzas y energías capaces de crear armónicos audibles para los justos.

Para el filósofo el mundo es un teatro, un concierto, un acorde. Estoy tan cansado que solo me apetecía cantar, bailar y hablar de música. Un pequeño acorde de música compartida. Mañana más y mejor.

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