Rite de passage


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© Dorothée Machabert

 

Si hubiera estado firme y sereno, seguramente ahora mismo estaría viviendo en Francia una nueva vida. Pero mi pequeño ego se desmoronó, sentí miedo ante la llamada que la vida nos ofrecía y rompí interiormente el pacto. El miedo me alejó del amor, y al hacerlo, me desterró a una tierra de nadie. Es difícil revertir estas situaciones a pesar de que interiormente hayas podido observar el cúmulo de errores cometidos. De alguna forma, los errores también ayudaron a clarificar una relación que, al parecer, por una de las partes, no estaba del todo clara. La balanza se inclinó en todo momento hacia el miedo, el miedo provocó el caos y el caos la ruptura. Tres meses después vivo en un limbo, o como dicen algunos amigos, vivo en un mundo paralelo, sin querer aceptar la realidad y sin querer darme cuenta de que las cosas son así.

Repasando estos días la tesis doctoral sobre los análisis de los relatos mitológicos, en ellos se estudia el comienzo de la aventura iniciática con la “llamada”. Podría ser identificada como un rite de passage, según nos recordaba Van Gennep, entre una realidad antigua y caduca a otra nueva esfera de valores y procesos que tiene mucho que ver con los procesos iniciáticos y de conversión. No puede haber separación a la realidad antigua si no existe una “llamada” previa, un estímulo superior al propio individuo que le permita despertar a un nuevo pensamiento y a una nueva intención. De ahí que la conversión implique una transformación traducida en una nueva forma de vida. Esta transformación muchas veces implica una nueva manera de representar la vida propia de forma narrativa y en forma de testimonio de conversión.

Analizando con calma todo esto, veo que esa llamada no existe, excepto hacia mi realidad paralela, por eso no puede existir un rito de paso que me lleve correctamente a una nueva realidad. Mi llamada sigue estando anclada a un lugar irreal. La nueva realidad en la que ahora vivo de forma paralela, ha sido impuesta por la vida, no por una llamada ni una decisión propia. De ahí que no pueda aceptarla, ni reconocerla, ni adaptarme a ella. En mis sueños, todas las noches sin excepción, vivo en esa otra realidad en la que ahora debería estar viviendo si hubiera sido fuerte. En lo que llamamos realidad, sigo improvisando sobre los días que pasan lentos y sin sentido, con el agravante de que todo lo que le daba sentido anteriormente a mi vida, ahora ya no existe en mí, ni participo de ello.

Ayer, hablando con una buena amiga, me decía que estaba viviendo en otra dimensión, más cerca a los sueños de Avalón que a la propia realidad. Mi falta de aceptación y mi pérdida de sentido me hacen vivir en una especie de continua esperanza hacia una realidad que no se va a dar y que prácticamente es imposible que se de. Entre otras cosas porque es una realidad que depende de dos, y una de las partes está desaparecida. Podría decir, para complicar aún más el asunto, que se abrió una tercera brecha de realidad, pero también desapareció, se fulminó al instante, por lo tanto, mi vida tridimensional discurre entre lo deseado, lo irreal y lo real. Es en esta última dimensión donde me siento más perdido, más alejado, más desnudo y desprovisto.

Interiormente me di de plazo hasta la primavera para intentar reorientar mi vida y cohesionar todas las dimensiones en una. Admito que es como si me hubiera cogido un año sabático para pensar y reflexionar qué es lo que ahora toca, qué es lo que ahora debo hacer o a qué realidad debo entregarme. Tres meses después, sigo anclado en ese punto de inflexión donde todo debería haber seguido su curso normal pero donde todo se derrumbó de repente. Sigo atrapado a ese momento, a esa circunstancia, y nada ni nadie ha tenido el suficiente poder aún para sacarme de ese anclaje.

No me molesta. Lo observo todo con curiosidad. Mi amiga, que me conoce desde hace muchos años, dice que jamás me había visto en una situación así, ni por nada ni por nadie. Yo sigo expectante, observante, viendo transcurrir las cosas o esperando a que el mundo milagroso actúe para por fin abandonar este estado de entresueños, de vida paralela, de atontamiento vital. Siento interiormente que no puedo volver hacia atrás, hacia mi vida anterior, pero no soy capaz de visualizar, excepto ese deseo oculto, cualquier otra alternativa. Seguiremos esperando, qué le vamos a hacer…

 

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Je est autre


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Esta semana creo que la noria me lleva hacia abajo… debe ser la luna o alguna mala configuración astral… no lo sé… pero subido a la noria miro a mi alrededor y sonrío… y me digo, “bueno, ahora toca bajar, agárrense que vienen curvas”… y sigo sonriendo viendo como caigo en la tristeza, en la melancolía, en la soledad. Son procesos inevitables con los que ahora intento convivir. Sí, hay una gran mejoría interior con respecto a meses anteriores, pero ahí está la noria, dando vueltas locamente de un lado para otro. Sinceramente, ya no me importa la noria, ahora disfruto del paisaje, sea otoñal, sea primaveral o sea como sea. Ya no importa. De verdad.

Decía Tolstoi en su Ana Karerina que todas las familias felices se asemejan y que cada familia infeliz, lo es a su modo. La infelicidad tiene esas cosas. Hace únicas las experiencias y producen un resultado asombroso y diferente en cada persona. Esta mañana, mientras paseaba acompañado por un tramo del camino de Santiago, a la altura de Sarria, expresaba esa necesidad de saberme infeliz, pero al mismo tiempo esperanzado. Quiero decir que puedo ser consciente de que estamos vivos, y que, por lo tanto, no hay que tener miedo a expresar abiertamente lo que uno siente. Se lo decía a mi interlocutora. Nos escuchábamos, sin conocernos de nada, compartiendo secretos anímicos, sin miedo, sin tratar de juzgar ni ser juzgados.

Creo que es hermoso desahogarse, ya sea en un paseo otoñal como el de hoy, ya sea con la escritura. Ya no me importa si me leen un millón de personas o cuatro. Yo simplemente me desahogo, por si ayuda en algo, o por si me ayuda a mí mismo. Mi acompañante, al desahogarse, al contarme su historia aún sin conocerme, me ha dado luz, me ha ayudado a comprender cosas que sin su mirada, sin su forma de entender la vida y de afrontarla, no hubiera nunca entendido. Estoy muy agradecido cuando quedas con un desconocido y abre su alma sin reparo. Cuando ves como caen lágrimas por su rostro sin miedo al juicio. Estoy francamente agradecido por el paseo, por la confianza y por el aprendizaje oculto.

Decía Rimbaud en sus “cartas videntes” que “je est autre”, algo así como ahora soy diferente o ya soy otro. Esa es una sensación en la que meditaba estos días. Observaba mi pasado no muy lejano y me miraba ahora y notaba ese cambio inevitable. He querido compartir esa buena nueva y he escrito otras de mis patéticas cartas. Pero esta vez no me importaba parecer patético. Me daba cuenta que era yo mismo, pero diferente, y por lo tanto, mejor. Mejor para afrontar la vida con valentía, sin miedo. Mejor por acercarme hacia lo que siento sin complejos y expresarlo abiertamente. Si no hay miedo, y esto es importante recordarlo siempre, hay amor. Ya lo sabemos, así que amemos sin miedo.

Ya soy otro. Tanto peor para la madera que se descubre violín”, rezaba la primera carta de Rimbaud. “Porque ya soy otro. Si el cobre se despierta convertido en corneta, la culpa no es en modo alguno suya”, decía la segunda. Eso es muy revelador, porque siempre hay algo que nos transforma y nos convierte en otra persona, en otro ser sin perder nuestra esencia de madera o de cobre, y no es culpa alguna de nadie si eso ocurre, de lo que antes éramos. Los hechos infelices o traumáticos tienen ese poder mediador entre lo que éramos y lo que ahora somos. En estos tres meses de profundo cambio he podido descubrir ese sanador lugar donde todo cambia cuando puedes sorprendente en una vida aparentemente tranquila y tras un hecho traumático, volver a nacer a otra existencia totalmente diferente.

¡Cuántas veces no habremos nacido una y otra vez! ¡Cuánto hemos cambiado sin darnos cuenta! Miramos nuestros recuerdos, nuestra memoria pasada y no nos reconocemos. Lo sorprendente es tener consciencia de ello cuando todo ha pasado de forma tan rápida. Mirar unos meses atrás, ver cómo hicimos las cosas y darnos cuenta de forma brusca y humilde de tantos y tantos errores. Mirarlos, reflexionarlos y aprender de ellos. Mirarte luego al espejo y ver que algo cambió dentro y fue hermoso. Eso es maravillosamente milagroso. Y valiente poder verlo y reconocerlo, poder admitir toda tu oscuridad y traspasar sus límites sin temor al que dirán. Amor, solo amor.

Descubro en esa mirada al niño saboteador, al adolescente que se declara con derecho a no ser estimado, al adulto impaciente y casi diría que al anciano provocador. Veo todos los ciclos juntos en uno solo y veo qué fácil resulta dejarse llevar por algo añejo cuando las circunstancias nos ponen a prueba. Lo mejor es no tener prejuicio en reconocerlo, ni siquiera públicamente, especialmente ahora cuando lo público y lo privado casi han dejado de existir como entidades propias.

Qué más da lo que hayamos hecho si nos ha servido para aprender, o mejor aún, para ser algo distinto y diferentes, para liberarnos de lo viejo y caduco. Aún no sabemos si el aprendizaje ha hecho una mejor versión de nosotros. Eso la experiencia futura lo dirá. Pero al menos ha gestado un cambio inevitable, un acierto de vida que clama movimiento y metamorfosis. Sí, ahora soy otro, qué le vamos a hacer.

(Foto: visita inesperada de mi querido amigo Geo aquí a mi lugar de retiro). 

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Huir por los caminos


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“Hay que dejar el mundo si deseamos seguir al Señor. Debemos dejarlo, digo, no como lugar, sino como modo de pensar; no huyendo por los caminos, sino avanzando en la fe.” Orígenes

Llueve. Y lloverá durante algunos días. Quizás ya no deje de llover hasta la primavera. Lluvia, incienso, música y soledad. Ingredientes perfectos para el otoño. Melancolía, añoranza, reposo, colores ocres y olores arrojadizos, pausados, melosos. Libros, muchos libros. Tantos como gotas de lluvia que no cesa. Palabras, conocimientos, historias, leyendas, mitos, frases que se amontonan como ríos en sus valles, con sus meandros, con sus lágrimas recogidas en un cauce. Uno podría crear mundos con estos elementos, imaginar realidades, sentir caminos.

Y ahí fuera la vida ahora pausada. Por la ventana veo las montañas y los bosques que abandoné hace unos meses. Allá arriba las cabañas ya deben oler a chimenea. Las castañas deben estar ya en el fuego asando el sabor único de la tierra. Las paredes están frías. La tarde se aposenta en el lecho nupcial que precede a la noche. La oscuridad llega pronto, sin sabores, sin alicientes especiales. Podría contar uno a uno los momentos y no dejarme nada por nombrar, porque son pocas las cosas que pasan. Casi prefiero que así sea. Los sobresaltos del ajetreo de antaño terminaron menguando las fuerzas. Tantos frentes abiertos que ahora resulta difícil ordenarlos, administrarlos con prudencia, con sabia respuesta a los tiempos. ¡Ay los tiempos!

En la soledad algunos encuentran su palacio, su reino, su retiro. Esta soledad, la mía, es como vivir en el exilio, lejos de tu tierra, lejos de todos. Me doy cuenta en estos momentos lo que significa vivir en un país extranjero donde eres extraño hasta para ti mismo. Lejos de tu gente, de tu familia, de tus amigos. Lejos de todo aquello que te hizo como persona. Siempre lejos de todo y de todos. Pasear por las orillas del río es darse cuenta de lo lejos que puede llegar a estar uno de aquello que te hizo, de aquello que te dio forma y vida. Es otoño y la añoranza se acumula por tactos, por formas y tamaños. A veces vienen olores o recuerdos que se aíslan para tomar fuerza, para transportarnos a otras realidades posibles. Porque todo es posible, incluso volver atrás, incluso abrazar aquello que se marchó para siempre. ¿Cómo se puede marchar algo que estuvo tan sujeto a ti? ¿Cómo puede desaparecer ese abrazo profundo y cómplice?

Quizás debería dejar el mundo como modo de pensar, pero ahora me siento aliviado regodeándome en la otoñal estampa. Me alivia huir por sus caminos. Me calma no hacer nada, no pensar en nada excepto en aquello que alguna vez tuvo un sentido único y verdadero. Me regocija imaginar posibilidades ahora ya casi imposibles mientras la lluvia no cesa de caer. Todo amanece gris y pronto la oscuridad volverá a teñir los recovecos más secretos y ocultos. Así es el otoño. Triste, melancólico, expectante. Pero hay algo que todos sabemos, que todos intuimos. Pronto vendrá la primavera. Pronto vendrá el nuevo tiempo. Vamos a esperar, tranquilos. Vamos a esperar.

(Foto: © Bill Smith)

 

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La pulsión de unidad


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A veces encuentras seres excepcionales enclaustrados en sus vidas, que ven el mundo desde lejos, encerrados y hastiados en una nave que no avanza a pesar de que gira y gira, como si realmente fueran extraños a este planeta y todo lo que aquí acontece. Son auténticos genios que encierran su lámpara maravillosa debajo de la mesa, contradiciendo las indicaciones del Galileo. Así también me sentí a principios de esta semana. No como un ser excepcional o como un genio, sino como un ser enclaustrado. Intenté salir, dar un paseo, visitar amigos, genios y excepcionales que viven también en su propia nave nodriza, y volver de nuevo para atender obligaciones que van surgiendo. Dos días fuera, otra vez, para darme cuenta de que sigo excesivamente encerrado en mis adentros. No lo veo como algo malo, más bien como algo necesario para descansar y sanar, para reponer fuerzas y volver a la raíz de todo el asunto.

Después de mi escapada al Mediodía, no me veo aún con fuerzas de enfrentarme al mundo. En estos días debería estar participando en una conferencia en las Naciones Unidas, en Ginebra, donde había sido invitado para hablar de las utopías. O dando alguna charla en alguna universidad de Madrid, donde me han invitado para hablar de alguno de mis libros. También un reconocido escritor, premio Planeta y alguna cosa más, me invita a encerrarnos unos días para escribir un libro juntos. ¡Qué tentador resultan todas estas cosas si viviera en el mundo! Pero de momento sigo encerrado en mí, intentando dilucidar qué será de ese futuro que ahora me resulta inquieto e incierto, pero sobre todo, intentando descansar para calmar mi propia vida siempre agitada.

Estos días alguien me decía muy a propósito que lo único que nos sana es una conexión con el ser. El anhelo de estar con otro es el anhelo de abrazar al ser, al universo. Nuestra pulsión nos lleva a desterrar los antiguos patrones de entendimiento y buscar nuevas formas de abrazar al mundo. El vacío fértil del que habla el budismo nos permite crear algo real en la mirada ajena, en el compartir sincero. ¿Cómo manifestar la belleza en nuestras vidas si no es compartiendo? Debemos reclamar nuestra herencia como seres humanos y desvelar la luz en los otros. Todos somos inocentes de esas cargas que vamos acumulando en nuestro zurrón de viajeros. Debemos soltar la culpa y desapegarnos del pasado para profundizar en una nueva vida. ¿Por qué a veces nos sentimos tan pesados? Hay que soltar, nos repiten una y otra vez.

No debemos exigirnos cosas para las que no estamos preparados. Esa ha sido una gran reflexión estos meses. Lo hacemos lo mejor que podemos con las herramientas que la vida nos ha dado. Todos en alguna medida tenemos rabia, dolor, soledad, tristeza, miedo. No debemos abandonar todas esas cosas o esconderlas. Somos seres humanos y tenemos todo el derecho del mundo a mostrarnos como somos, con nuestras cosas buenas y las menos buenas. Estamos aprendiendo, hemos venido a esta hermosa escuela para aprender los unos de los otros y así acercarnos cada vez más a nuestra pulsión personal. Y profundizando en esta idea, lo que realmente nos mueve es la pulsión hacia la unidad. Algo profundo y complejo. Algo que nos llevará hacia un reencuentro con todo lo existente y una inevitable reconciliación con nosotros mismos.

Sí, habrá que descansar, con el único propósito de seguir la pulsión en el nuevo día, en la nueva aurora.

(Foto: En la India hace algunos años y como fondo de escritorio del ordenador de un buen amigo que con cariño me recuerda esa sonrisa del alma que nunca hay que perder… Gracias querido por el abrazo en el tiempo y por la pulsión de compartir con cariño y amistad)… 

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La reunión de los cuerpos celestes


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“En ese estado de tranquilidad de una mente que está de veras en silencio, hay amor. Y el amor es lo único que puede resolver todos nuestros problemas humanos”. Jiddu Krishnamurti

Decía Krishnamurti en su escrito sobre “la libertad primera y última” que la mente no puede resolver nuestros problemas, que solo el amor es capaz de llegar allí donde nosotros no podemos llegar con nuestro interrogatorio interior. La mente siempre se enreda intentando explicar lo que ocurre y por qué ocurre así o asá, pero no es capaz por sí sola de resolver los grandes conflictos que asolan a la humanidad y a nosotros mismos, precisamente porque no viene acompañada de ese sentimiento compasivo que es el amor. Encerrados en nuestros problemas, resulta complejo poder atisbar más luz de la que necesitamos. Encerrarnos en nuestros mundos, aislarnos de todo y de todos, no resuelve ninguna incógnita, ni nos hace mejores ni nos permite enfrentarnos directamente a los asuntos que debemos afrontar con valentía y amor.

Muchas veces elegimos estar solos precisamente por eso, por no querer participar de la vida y de sus complejidades. En nuestra soledad encontramos cierto refugio y seguridad. Allí nadie nos molesta, nada nos perturba, estamos a solas con nosotros mismos y no tenemos que dar explicaciones a nadie. Pero en esa soledad nos alejamos del amor, de la vida. El éxito de la era digital es que nos permite cierta organización y relación ficticia con un mundo que creamos a nuestra imagen y semejanza tras la soledad de las pantallas. En ese mundo elegimos con quien interactuar y cómo y cuándo hacerlo. Si algo nos molesta, lo eliminamos. Eso nos aleja del crecimiento, del enriquecimiento interior y de la fortuna del calor humano, ahora apartado por la fría interacción virtual.

De alguna forma todo está vinculado, inclusive las galaxias, las estrellas, los átomos, las células. Todo es una gran simbiosis que se vincula desde diferentes hilos multidimensionales. Como seres humanos, necesitamos del otro para poder corresponder con nuestra propia identidad. El mito de Robinson Crusoe murió cuando descubrimos que la vida humana requiere de otros humanos. En “el filósofo autodidacta”, de Ḥayy ibn Yaqẓān, ya se especula sobre la necesidad de pasar de la soledad al abrigo del mundo, donde todo es unidad y donde existe una reunión de todos los cuerpos celestes. Estar solos nos aleja de la vida y nos anula el sentido de la existencia.

Esa reunión inevitable se ha descrito en muchas leyendas, como el mítico Simorg, y nosotros estamos llamados a ser parte de esa reunión, de esa unidad, de ese abrigo. La soledad está bien si surge de una cualidad innata desde la cual podemos crecer, pero solo es útil si de esa soledad sacamos enseñanzas para luego ser compartidas con el resto. La soledad debería ser algo temporal, o en todo caso, una soledad compartida. Como cuerpos celestes encarnados, deberíamos reunirnos en la comunidad de almas, pero también en la pareja, en la familia, en la amistad. La pareja es el mayor reto al que nos enfrentamos para crecer y desarrollarnos. La familia es nuestra gran escuela y la amistad nos gradúa en el arte de la relación, es decir, todo en conjunto, es una expresión de aquello que entendemos como amor. La vida es amor. Amor es relación.

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Sobre mariposas y berberechos


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“Creo que una hoja de hierba es tan perfecta
como la jornada sideral de las estrellas,
y una hormiga,
un grano de arena…”

Walt Whitmann

En la alquimia, se asocia al planeta Saturno, al elemento plomo y a la Luna menguante todo el proceso llamado Nigredo. Esta fase puede asociarse a nuestras vidas como ese momento donde todo se descompone antes de poder obtener la materia pura que somos, o antes de alcanzar, en términos más profanos, nuestra plenitud como seres. El Nigredo es la noche oscura del alma donde el individuo se enfrenta inevitablemente a su sombra interior. Siguiendo con el símil, tras la noche oscura llega la introspección y el renacimiento, el Albedo en la alquimia. Luego viene el despertar, el Citrinitas para más tarde llegar al Rubedo, la perfección de lo que somos.

El camino siempre parece el mismo, o siempre parece claro. Pero todo es aparente porque a veces lo que para unos es claridad, para otros es tan solo oscuridad. En el mundo de las formas es francamente difícil alinearse con aquello que supera lo superfluo y aparente. De ahí la necesidad de entender la vida con cierto análisis alquímico, intentando elevar la mirada más allá de lo aparente.

Aparentemente, hay cosas que no pegan ni con cola, pero hay cosas que aún sin pegar requieren estar juntas. Hay fuerzas mayores que nos doblegan y hacen que una mariposa pueda abrazar a un berberecho. Pocos pueden entender esta frase, pero en el mundo de los arquetipos invisibles existe un berberecho viviendo en un mar profundo que alberga la esperanza de abrazar a una mariposa, un ser alado que voló tan alto que desapareció entre gigantes de viento, tan alto tan alto que se escondió entre palas figuradas que avanzan como manos hacia un futuro incierto. Puedo entender que un berberecho y una mariposa no albergan ninguna posibilidad en el mundo de los condicionantes, pero también puedo entender que más allá de esos condicionantes existen posibilidades infinitas que superan la razón.

Son a esas posibilidades, las infinitas, a las que nos agarramos en la noche oscura. Soñamos con abrazar la esperanza, la fe, la posibilidad. Soñamos con entender las fuerzas que se aglutinan para condicionarnos y demostrar que hay cosas que no pegan ni con cola, que son diferentes, y por lo tanto, no merecen estar juntas. A veces el miedo opera sobre nuestra voluntad. A veces la ira o la cólera. A veces el creernos lo que unos dicen sobre la imposibilidad material de que una mariposa o un berberecho puedan abrazarse.

Pero hay una perfección para todo. Y es justamente en el corazón, en lo que nos dicta a cada momento, donde hayamos las más profundas verdades. Nuestro juicio siempre es dañino porque intenta clasificar, ordenar y entender cosas que muchas veces se escapan a la razón. Hay cosas que carecen de razón, de oportunidad de entendimiento. Simplemente hay que abrazarlas con paciencia, con amor, con delicadeza, como lo hace un berberecho a una mariposa en un mundo aparentemente imposible. En el Nigredo todo esto se aprecia bien. Es tanta la oscuridad que el entendimiento interior nace siempre lúcidamente, y desde allí, todos los opuestos pueden unirse, fusionarse, amarse. Todo lo que antes era imposible, se abraza, como lo hace un berberecho a una mariposa en cualquier orilla, junto al mar.

(Foto: en Medina Azahara hace unos días…)

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La vida de los idealistas es siempre dramática


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Escribir es desplazarse a lugares insospechados en los que el sueño es más seguro que la tierra firme”. Joseph Conrad

Amanecía todo nevado en este hermoso valle que ayer era verde otoñal y hoy se tiñó de blanco inmaculado. Ayer hicimos un repaso, ante el inminente frío invernal, de todo lo acontecido en estos meses. Especialmente sobre la fragilidad humana, sobre la falta de sentido ante la necesidad de encauzar nuestras vidas hacia lo milagroso. Me daba cuenta de que, en el fondo, estaba experimentando una especie de privilegio del que aún no soy del todo consciente y al que me tengo que enfrentar con optimismo y valentía. Escribir me ayuda especialmente a ello.

Marcel Proust decía que para escribir lo único que se necesita es soledad y silencio. En ese sentido me siento afortunado. Lo que más deseo en esta vida, en estos momentos, es escribir. Y la existencia ha querido ofrecerme la oportunidad de poder hacerlo en este solitario y silencioso balneario. Tengo sobrado un instinto narrativo que me empuja a amontonar palabras unas sobre otras, a veces sin ni siquiera pensarlas. Nunca le tengo miedo escénico a la página en blanco. Soy capaz de vomitar cualquier cosa y sería capaz de escribir cientos de libros si tuviera un mínimo de disciplina, cosa de lo cual carezco. Siempre me pregunto para qué sirve la escritura, al mismo tiempo que reconozco que no sería quien soy sin esos cientos de libros que he ido amontonando y leyendo en las estanterías de mi existencia.

Hace unos días, un amigo me animó a que dejara mi oficio de editor para imbuirme de una vez en lo que realmente me gusta, escribir. Me invitó a que volviera a escribir con mis amigos más famosos libros epistolares. En estos momentos estoy trabajando con el amigo Emilio Carrillo en un libro sobre la gestión del Misterio. Pero siguiendo los consejos de mi querido Jaime, escribí a otros amigos polémicos y conocidos. Empecé por Tardà, Dragó, Valls… Uno de ellos me llamó y estuvimos hablando cerca de una hora. Me dijo una frase que me llamó la atención por lo acertada y oportuna: la vida de los idealistas es siempre dramática.

Manejar con fluidez el idioma, dominar los recursos estilísticos y familiarizarse con el lenguaje es la mejor forma de enfrentarse a esa vida dramática. Eficacia y originalidad a la hora de manejar el lenguaje es la forma de construir idealmente una vida avasallada por la experiencia, la aventura y la lucidez. El poeta no acota el mundo, lo expande, y al hacerlo con esa sustancia extraña que es el lenguaje, se recorre ese viaje, entre silencios y trajes rotos, esa inútil búsqueda en los recodos de la vida. Pensando en eso hoy, al despedirme de mi querida amiga de la infancia tras un fin de semana intenso en el diálogo y el compartir, se me cruzó el cable aventuresco e invité a alguien crucial en estos días de tímida resurrección, a realizar un viaje hacia los mares del sur. Mañana temprano nos marchamos, y que la aventura y la lucidez transformen nuestras vidas para siempre.

(Foto: así amaneció hoy el escenario que habito).

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