Música


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© Paul MacPhail

Ven Jessica, contempla el firmamento / adornado con resplandecientes esferas doradas / en el no hay ni una sola estrella / que en su girar, no cante como un ángel /que no pertenezca al coro de los querubines / esta misma armonía está en nuestra alma / y solo cuando el triste harapo de la maldad / la cubre, somos incapaces de oírla.
William Shakespeare- El mercader de Venecia

No paramos de trabajar hasta que anocheció. Tenemos que aprovechar que no llueve para terminar como sea el tejado. Luego, cansados pero satisfechos, cenamos unas merecidas patatas fritas con huevos. Todo de nuestra huerta y corral. Pusimos música mientras cenábamos y cuando nos dimos cuenta, tras la cena, estábamos bailando bajo la noche fría y helada, bajo las estrellas, bajo el manto de la vida. Fue una escena excitante y divertida, salvaje y hermosa. Estábamos tan cansados que no podíamos parar de bailar.

La música tiene algo que nos comunica con nuestra esencia. Es el lenguaje que está más allá del lenguaje, o, como dice el poeta Eichendorff, la música es el lenguaje de las cosas, el que les da vida. Por todos es sabido que la música fue hecha desde el mundo angélico para que los seres humanos pudieran comunicarse directamente con los dioses. Aquellos sonidos refinados, angélicos, son los que de forma sublime nos llevan al éxtasis y nos capacitan para provocar en nosotros un estado diferente de las cosas.

Por eso, tras la meditación silenciosa de las mañanas, dedicamos veinte minutos al canto. Es una forma de llamar la atención de los seres invisibles, al mismo tiempo que equilibramos nuestros corazones con la alegría de la música, de la melodía, del ritmo. La ordenación en música de los sonidos trae lo divino hacia este mundo. Por eso, aún sin saberlo, la música es algo universal y gusta a todos. La música llena de vida nuestras vidas.

La música posee ritmo y tonalidad. El ritmo ordena el tiempo y la tonalidad ordena el sonido. Esos pequeños secretos son necesarios para entender la configuración celestial del universo musical, pero también su dimensión corpórea y moral. La danza siempre acompaña a la música. Cuando un tambor o una flauta suenan, nuestras piernas acompañan su sonido. Todo nuestro cuerpo se agita en éxtasis.

Todos las cosas tienen música. Las piedras suenan entre ellas cuando son arrastradas por los remolinos de un arroyo. La tierra cruje bajo nuestros pies. Los pájaros cantan, las nubes sueltan truenos centelleantes comunicando que el agua está cerca. Las flores y las plantas crean auténticos conciertos bajo el azote del viento. Qué decir de los planetas y las estrellas. Las órbitas celestes también tienen música. Para los pitagóricos el Universo entero manifiesta proporciones justas, establecidas por ritmos y números, que originan un canto armónico que todo lo atraviesa. Fuerzas y energías capaces de crear armónicos audibles para los justos.

Para el filósofo el mundo es un teatro, un concierto, un acorde. Estoy tan cansado que solo me apetecía cantar, bailar y hablar de música. Un pequeño acorde de música compartida. Mañana más y mejor.

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El camino arduo


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“La verdadera jungla no está fuera, quién sabe dónde, sino en la ciudad, en la metrópoli, en aquella compleja telaraña en que hemos transformado la vida, y que sólo sirve para limitar, estorbar o inhibir a los espíritus libres. Basta que un hombre crea en sí mismo y encontrará el camino de la existencia, a pesar de las barreras y de las tradiciones que lo aprisionan”. Henry Miller

Después de cuatro días sin salir de la cabaña ayer pude por fin, aprovechando unos rayos del sol, dar un pequeño paseo acompañado de los perros y Maia. Los bosques están cargados de humedad, de riachuelos que corren de un lado para otro intentando alcanzar algún lado. Las nieblas se juntan con las nubes, el sol aparece de repente y las gotas que aún caen desde lo más alto de los árboles golpean centelleantes sobre las hojas otoñales. La belleza está por todas partes. El verde oceánico, el azul cristalino de los ríos, el ocre de las veredas teñidas de los vestidos arbóreos.

Escoger el camino arduo nunca es fácil. Cuando atravieso el bosquecillo dirección a los Ancianos y el prado de las Hadas es inevitable pasar cerca de la casa de los vecinos. Sus tierras rodean todos los caminos y seguramente también los comentarios al vernos pasar. Pensaran que somos irreductibles, que hemos aguantado los peores inviernos cuando no apostaban nada por nosotros. Los saludamos con amabilidad y también con cierta complicidad. El compartir linderos nos obliga a llevarnos bien porque nunca se sabe cuando un vecino puede ayudarte o echarte una mano. Aquí la vida es dura, aislada, solitaria, y siempre viene bien un poco de charla. Especialmente en invierno.
Indicar el camino arduo es complejo, caminarlo es aún más embarazoso. Otros ya probaron de su sabor amargo y de su fatiga. Vivian bajo una convicción ciega. Ya no podían volver la mirada hacia atrás porque ya no les valía cualquier cosa. El camino arduo tiene esas cosas. Una vez lo has probado, ya no sientes deseos de seguir por otra vía. Te atrapa, te seduce, te hechiza con sus maravillas. Es arduo, es fatigoso, pero excita solo pensarlo.

La vida es fútil y absurda cuando entramos en el engranaje del sistema. Cuando nos damos cuenta nuestro tiempo ha desaparecido. Ya no nos pertenece. Creemos tener algo de calma y ocio, pero eso demuestra algo terrible. Es como cuando un preso sale al patio de la cárcel a dar su paseo diario y piensa, mirando el cielo, que aún guarda en sí mismo algún anhelo de libertad. Esos momentos de ocio son como ese patio, una ilusión de creernos libres mientras deambulamos en la gran cárcel que nos gobierna. Y además nos vigilan y nos censuran. Las normas y las costumbres no permiten que salgamos del camino porque los vecinos juegan un rol importante. Como los nuestros cuando nos ven deambular por las veredas. Nos miran, nos saludan, observan que todo está bien y buscan nuestra complicidad mientras piensan que somos irreductibles, extraños, diferentes.

Vivir una vida algo excéntrica aquí en los bosques puede ser revulsivo para los que nos observan desde lejos. Vivir en la naturaleza, al menos para nosotros, es vivir una vida rica y profunda. Los dudosos lujos y comodidades nos apartan de algo real: el contacto directo con la vida. “Las ocasiones de vivir disminuyen en la medida en que crecen los
llamados medios”, nos decía Thoreau. No le faltaba razón. Es en la humildad del contacto directo con la tierra, del charco, de la comunión con las aves o el bosque, del grito de la lechuza en mitad de la noche, el frío y la nieve, el agua y el viento, donde nace nuestra verdadera naturaleza. Aquí no solo existimos, aquí vivimos intensamente si nuestra sensibilidad nos permite comunicarnos realmente con las fuerzas naturales y sobrenaturales que nos envuelven. Si somos capaces de entender los mensajes arquetípicos de la creación, ancha y luminosa en cada paso que damos. Casi se puede vivir una vida virtuosa sin un exceso de esfuerzo.

Por eso nos mantenemos firmes en el camino arduo. Sin desfallecer, sin mirar atrás, sin desear nada mejor que esto. Desaparecidas todas las ambiciones, solo cabe esperar que mañana el contacto con la naturaleza sea aún más intenso, y así, desear un día más, ser poseídos por las fuerzas inextinguibles de la existencia. No hay mayor sabiduría y ejemplo que poder profundizar en el camino arduo, a sabiendas que la mayor conquista de todas es el poder respirar a cada paso y ser partícipe de toda la creación.

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¿Y ahora qué?


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© David Frutos Egea 

Lo primero dar las gracias a María, doctora y profesora de universidad que estos días me ha estado cuidando como nadie. Mi mayor reconocimiento y agradecimiento por haber viajado hasta Córdoba para ayudarme a preparar la presentación y la defensa hasta el último detalle y por acogerme en su casa de Madrid tras el bajón postdoctoral. Sus cuidados y amor incondicional hasta en el más pequeño gesto han hecho que este tránsito haya sido lo más suave posible. Tener que soportar la tensión de estos días ha sido una prueba dura, de ahí que agradezca especialmente su infinita paciencia.

Esta mañana tenía una reunión en Madrid. Me hizo gracia que mi primer día como doctorcito hubiera pasado la noche en casa de una doctora, profesora de universidad, y comiera con un grupo de soñadores del adytum en el comedor del Centro Superior de Investigaciones Científicas. Esos guiños del destino, de la vida juguetona, que te van marcando los ritmos de la existencia.

¿Y ahora qué? Me preguntaban los doctores que evaluaron mi tesis y me preguntaba mi directora mientras me invitaba a dar alguna charla en algún máster o clase universitaria. Pues ahora no lo sé. Necesito celebrar todo esto y estar agradecido. Agradecido a la familia que ha cuidado de este lugar durante esta larga e intensa semana dónde ha pasado de todo. Me han recibido con un gran cartel que decía algo así como “Bienvenido Xavitxu Doctorcito”. Me ha hecho mucha ilusión y me ha llenado el corazón de alegría. Llegar y encontrar el calor de los “otros” es algo que no tiene precio.

¿Y ahora qué? Pues me encantaría poder dormir hasta muy tarde. Aquí en la cabaña se está bien y tengo un gran resfriado que he cogido tras el bajón posdoctoral. Pero mañana me espera el tejado y su culminación, así que, esté como esté, tendré que levantarme y volver a subir a los tejados. La motivación es la misma, porque si bien he culminado una gran etapa de mi vida, la vida sigue, y es bueno dejar todo en orden, acrecentar el deseo de que, aunque ahora me siento mucho más libre y liviano, debo seguir cumpliendo con mi parte.

Así que no tengo aún una clara respuesta a todo lo que me gustaría hacer a partir de ahora más allá de los planes que ya tenía. Pero sí me gustaría seguir aportando a la antropología, seguir cosiendo costuras para entender mejor al ser humano en todos sus contextos. Seguir siendo antropólogo, quizás con un perfil más divulgador, pero seguir siéndolo.

Por lo demás, poco más. Necesito dormir y descansar. Estoy malito. Mañana será otro día…

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Los mundos se crean desde la quietud


geo y gaia

Geo y Gaia recién llegados a O Couso (primavera del 2014)

Estoy en un proceso liminal, de transición. Hoy soy un anónimo licenciado y si todo va bien, en unos días seré un anónimo doctor en antropología. Llevo tres días encerrado en esta habitación, ingiriendo mucho chocolate y algo de comida rápida para no pensar en esas cosas. La cabeza me va a estallar. Ayer escuchaba un video en el que daba una charla fresca y valiente sobre comunidades hace ahora seis años. Se me veía más joven, más risueño, con las ideas claras, fuerte, amable, hermoso, incluso con más pelo. Ahora, en los ensayos que hago cada tres horas, se me ve cansado, apagado, sin mucho que contar. Supongo que es la pesadez de estar quince años hablando de lo mismo, estudiando sobre lo mismo, pensando sobre lo mismo.

Mi mayor deseo tras este parto que ocurrirá el viernes en la antigua fábrica de tabacos de Sevilla, será sentarme junto a los patos, en el estanque, en los bosques. Últimamente lo hago mucho y entiendo ese deseo anciano de contemplar la vida con calidez, con curiosidad, sin esperar nada a cambio, con desapego. Me volví anciano demasiado joven. Ya de pequeño solía distorsionar la niñez contemplando a los otros niños. Los miraba jugar a la pelota en el patio y me preguntaba, a mi infantil edad, qué sentido tenía aquello. Nací silencioso y demasiado viejo. Siempre contemplando la vida sin participar del todo de la misma, al menos aparentemente. La riqueza interior que da la observación puede crear hilos allí donde se tejen los arquetipos. Y eso es otra forma de vida, otra forma de creación.

La contemplación es en sí misma una forma de vivir. Las constantes emocionales que nos arrebatan el pensamiento de un lado para otro, su observación, forma parte de la vida. Cuando te sientes querido por alguien cercano te gusta sentir su pecho contra el tuyo, en silencio, sin que medie nada excepto el calor y el cobijo de sentir la vida del otro a tu lado. Cuando eso te falta inventas mil cosas para distraer la marea, la mente, la vida. El calor del otro es un bálsamo, es un preciado bien. Dormir abrazado a otro ser, levantarte con un sonrisa ajena, despertar el día lleno de ese entusiasmo que nace del reto del compartir. Compartir es la fuente de vida, es la luz, el nacimiento. Por eso allí tenemos las puertas abiertas y cualquiera que lo desee puede sentarse junto al estanque. Quien pueda entender ese gran secreto de la vida podrá abrazar su infinitud.

Por eso contemplar el estanque y los patos puede ser algo bueno. No tengo mayores aspiraciones personales. Si me llaman para que eche una mano en algo acudiré. Si me ofrecen un viaje a alguna parte viajaré. Pero ya sin deseo, sin ganas de demostrar nada, sin ganas de poseer nada excepto vida. Sentado en el estanque puedes esperar a que ocurra cualquier milagro, o puedes, bajo la mirada atenta, observar como se tejen los hilos de Ariadna de los que hoy hablábamos. Si me recuerdas, si aún guardas memoria de aquellos tiempos, sabrás descifrar esos hilos. Sentado, junto a los patos, uno puede percibir lo milagroso de cada expresión que nace de cada instante de atención. ¿A qué más se puede aspirar? Si puedes ver los arquetipos sentado junto a un estanque, puedes ser partícipe, miembro activo y creador de la existencia. Los mundos se crean desde la quietud. La vida fluye más deprisa si eres partícipe de sus fuentes.

En el video que veía deseaba, y así lo expresaba, incitar a todos los presentes para vivir en comunidad. Siempre fui una persona más de acción que de palabra. Ahora sería bonito que toda esa gente se diera cuenta de lo milagroso de vivir en la naturaleza, sentados junto a un estanque, contemplando los patos ir y venir entre las aguas. Si comprendieran la grandeza de ese gesto, entenderían que todo lo demás no es más que una distracción caprichosa de la vida, y que lo mejor que se puede hacer es dejarlo todo, abandonarlo todo y buscar ese rincón tranquilo. Sí, junto a los patos, junto al estanque, viendo caer las hojas en otoño, viendo la nieve cubrir la hierba en invierno, sintiendo lo milagroso de la primavera, donde las flores y el perfume lo envuelven todo. Y luego, el verano, el cálido verano lleno de gentes, de trajín, de vida, de amor. Compartiendo y celebrando sin cesar, porque el verano es la fiesta de la naturaleza, el festín, la ceremonia, el momento ideal para que el espíritu grupal se manifieste con fuerza.

Si pudiera convenceros de esta grandeza, entenderías porqué un día lo dejé todo y me marché al bosque. Y por qué ahora, terminando este gran ciclo vital de vida, lo que más deseo es sentarme al borde del camino para contemplar la vida, su grandeza, su misterio, su maravilla, sin más. Ya solo quedan dos días. Me duele la cabeza. Echo de menos los bosques, el frío, el estanque, los patos y el calor de vivir en un lugar que predica esperanza y teje, constantemente, la nueva buena. Tengo ganas de volver a casa, al hogar, y seguir tejiendo, junto a los patos.

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La piedra, la hoja, la puerta ignota


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¡Paseo Geo!

A M., agradecido…

Cinco minutos de silencio transforman tu vida. Desnudo, perdido, los libros se amontonan en mis pupilas. Enciendo la barra de incienso y recuerdo las palabras de aquel poeta: la piedra, la hoja, la puerta ignota. Me gustó la película sobre Thomas Wolfe, pero especialmente por el papel de su editor y por la compañía. Los momentos ahora son recuerdos, pero los recuerdos también pueden ser una llama.

Las hojas se amontonan en los aledaños de los caminos. La vida se estruja en cada instante. Todo pasa rápido, todo lo engulle el tiempo. Sí, la vida pasa mientras paseo junto al río viendo como los frutos de otoño caen destrozando avenidas. Extraño todo. Extraño todo aquello que no puedo abarcar, todo aquello que ya será imposible arremolinar entre los sentidos.

Es siempre seductor un cuerpo desnudo. Está prohibido hablar sobre ello, pero cuando se desnuda la vida, podemos observar su fragilidad. El lector de cualquier libro puede danzar en su imaginación sobre pensamientos que engulle de esa prisión indecible e inexplicable que es este mundo. Frágil, vidrioso, quebradizo. La vida se replica, pero sabemos, aunque no queramos admitirlo, aunque vivamos ajenos a ello, que en cualquier momento despertará en nosotros el temor. Somos extranjeros de paso, estamos aquí, vivimos una experiencia humana y la abandonamos en cualquier instante. Erial de perplejidad, en los ardientes laberintos, nos decía el poeta. Perdidos, entre brillantes estrellas, en esta tediosísima ceniza, ¡perdidos! Nos replicaba. Recordando sobrecogidos, buscamos el gran lenguaje olvidado, el perdido sendero que conduce al cielo, una piedra, una hoja, una puerta ignota. ¿Dónde? ¿Cuándo? Se preguntaba.

Admitamos que no sabemos nada. Que vamos improvisando, que vamos arrastrando el alma de un lado para otro, pero sin caer en la cuenta que el alma muere en el soma, en el cuerpo que lo habita. El alma asfixia su propósito mientras que exploramos ciegos cualquier posibilidad, olvidando siempre la gran oportunidad que se nos dio para dar cobijo a la vida, a la expresión máxima de la existencia. Somos demiurgos de nuestra propia ignorancia. Somos presa del pánico que subyace en el olvido de nosotros mismos.

Miro las montañas de libros y me pregunto para qué sirvió tanto esfuerzo. Pero luego resulta que recibo un cariñoso saludo desde Uruguay y eso me abre el corazón, me parte el pecho. Y de madrugada, una mano roza el cabello mientras el bosque eriza su pesada carga. Y vuelvo a la vida reviviendo cada instante sin que me tiemble el suspiro. El perdido sendero que conduce al cielo se aproxima cuando observo que nada permanece. Todo está bien cuando se contempla desde la unidad que los gunas aportan en el estado sátvico. En la unidad del espíritu, la piedra, la hoja y la puerta ignota son una misma cosa. La grandeza del ser solo puede entenderse desde su sencillez, desde su humilde condición humana, desde el inacabado estado de consciencia despierta.

Batido por el viento deambulo de aquí para allá, intentando satisfacer las voces que reclaman agua en el desierto, los cantos sílbicos de aquellos que promulgan una palabra perdida, un verbo creador. La desnudez preñada de noche. La ausencia de luz no es producto de un acto reprochable. Son los ciclos. Debemos adaptarnos a cada nueva estación. Así es la vida. El sol viene y va, esperando nuestra generosa respuesta, muy parecida a ese entendimiento de sabernos dignos de la vida gracias a generaciones y generaciones de supervivientes que durante siglos anduvieron por estas tierras. Y esa generosidad se expande arrojando luz a los otros, a los que nos acompañan en el arrebatador viaje. Miramos el sol pero no comprendemos su grandeza. No es por la vida, es por la generosidad que expande día y noche. Incluso cuando todo resulta oscuro.

Llega el crepúsculo. En otoño es difícil adivinar qué tipo de luz vendrá cada noche. La oscuridad es diferente, cargada de ansiedad pero sosegada, viciada de estrellas pero temida al frío. Miro las estanterías y cientos de libros se amontonan unos sobre otros. No puedo parar de mirarlos. Miro el suelo y cajas y cajas enteras se apilan buscando salida honorífica a tan nobles letras. Aún guardo el adorable paisaje del amanecer mientras me pregunto como hará la luz para adentrarse entre tanta tiniebla. La piedra, la hoja, la puerta ignota. Sólo son fragmentos de una realidad esquiva, fragmentada, ilusoria. Si te instalas en el estado sátvico verás que la luz rodea por todas partes… le digo mientras la imagino caminando entre alamedas de asfalto. Aquí el bosque tiembla. Aquí el bosque se llena de luz.

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Que el pasado no condicione nuestro presente


 

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Hoy teníamos que tomar algunas decisiones que a priori, de haberlas dejado en manos de nuestra experiencia pasada, hubieran sin duda condicionado la respuesta a nuestro presente. Pero nos dábamos cuenta de que eso era un error. Lo pasado puede servir de experiencia, eso es indudable, pero no podemos tomar decisiones únicamente basadas en esas experiencias, especialmente si han sido erradas o negativas. Si nuestra última relación de pareja fue un fracaso cargado de rabia, eso no debe condicionar las futuras relaciones de pareja. Si tuvimos una experiencia negativa a la hora de mostrarnos generosos con algunas personas que respondieron a esa generosidad con envidia o rencor o abuso o avaricia, eso no debe condicionar nuestra naturaleza generosa. Por eso cuando hoy teníamos que tomar una decisión extraordinaria y excepcional con respecto a una situación que en el pasado no resultó ser muy positiva, no quisimos que esa experiencia condicionara el presente.

Por eso de alguna forma hemos sentido cierto alivio al pensar que la decisión tomada, algo incómoda, nacía desde lo más profundo del corazón. Sin miedo a expresarla, sin miedo a la contradicción, sin miedo al qué dirán. Lo único que nos preocupaba era el bienestar de las personas que ahora están aquí y única y exclusivamente hemos pensado en eso, sin condicionarnos por el pasado ni por el futuro.

Visto así, esto puede ser algo que nos libere, porque cada situación es justamente diferente al resto, y a veces, condicionar las decisiones por experiencias pasadas, por sentires pasados que tal vez ya no existan o no tengan vigencia puede suponer un punto de liberación. Esto se puede extrapolar a lo macro, a la política, a la economía, a las relaciones entre pueblos hermanos. Si no corrompemos el discurso con dialectos del pasado, si somos capaces de construir una metarealidad nueva que favorezca al conjunto y no a los intereses de unos cuantos, si somos capaces de verificar que los tiempos han cambiado y que, por lo tanto, la mirada también lo ha hecho, podemos tomar decisiones acertadas ajustadas a la nueva realidad, a la nueva experiencia.

Cambiar la óptica es complejo, arriesgarse a tomar decisiones que puedan cambiar las reglas es complejo. Lo que eleva la mirada es la visión de algo nuevo, no el repetir un nuevo patrón ya establecido. Es decir, no prometer algo nuevo cuando de lo que realmente estamos hablando es de replicar algo que ya es conocido por todos. Lo arriesgado de verdad es ofrecer una alternativa realmente liberadora pero que nace del conjunto de fuerzas implicadas, alejados de patrones, alejados de creencias preconcebidas, de amores hacia ideas que se han demostrado erróneas y aberrantes.

Lo revolucionario no es replicar lo que se está intentando destruir. Lo revolucionario es construir algo nuevo, enriquecedor para todos, dibujado desde una perspectiva diferente y extraordinaria, basada en la circunstancia presente, no en hipótesis futuras o en experiencias pasadas que ya nada tienen que ver en todo lo que ahora sucede. Si nuestro presente lo vamos a construir basado en las premisas del pasado, estamos buceando en un mismo circunloquio sin salida. De ahí la mirada fresca del momento presente, de ahí la necesaria revisión de cada uno de nuestros patrones condicionantes.

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El suelo en el suelo


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Esta mañana achicando agua de la casa de acogida

El mundo vive siempre entre esas dos fuerzas antagónicas que se repelen y se conjugan de diferentes formas. Orden y caos segregan sustancias capaces de construir o destruir. Hay caos en muchos lugares, incluso dentro de nuestros corazones. En O Couso parece que estemos saliendo de una batalla campal o de una guerra. El agua ha entrado por todas partes. El tejado sigue sin terminarse a la espera de que lleguen las losas de pizarra. Aquí todo funciona a destiempos. El salón ha desaparecido totalmente ante la decisión de poner el suelo en el suelo, porque antes estaba soportado por unas maderas casi podridas que sostenían un peligroso equilibrio.

El suelo en el suelo es lo que nos repetimos todas los días para darnos ánimos. Viendo el caos en prácticamente toda la casa, intentamos sonreír y llenarnos de optimismo. Las risas ayudan, pero faltan tantas cosas. Esta mañana intentaba respirar hondo e intentaba buscar soluciones rápidas a todo lo que se avecina. Primero las losas de pizarra, luego el salón, luego el calor, hay que buscar calor antes de que llegue el invierno o antes de que los ánimos minen las fuerzas de los que aquí estamos. Las primeras quejas empiezan a llegar: hay que mejorar los desayunos, hay que buscar un punto de calor, hay que buscar una poderosa solución para que el agua deje de entrar…

Por dentro me repito el mismo mantra: el suelo en el suelo. Me sirve para mirar las cosas con distancia, para no intentar ahogarme achicando agua, para no desfallecer ante los retos que se avecinan si la lluvia no cesa o si las losas de pizarra no llegan a tiempo antes del invierno. Respiro profundamente y procuro no desfallecer porque las fuerzas del caos son poderosas y nunca vienen solas. Lo vemos en Cataluña, lo vemos en otros países, lo vemos en nuestros corazones cuando las circunstancias nos llevan a extremos a veces insoportables.

El suelo en el suelo me repetía interiormente mientras veía como toda la familia sacaba afanosamente agua del patio. Por dentro sentía que era algo inútil. La experiencia me dice que a veces es imposible luchar contra los elementos. Ocurrió hace algunos años cuando un viento terrible llenó la casa de escombros y ramas de los árboles. No sabíamos por dónde empezar ante el destrozo de la casa y de toda la finca. Ocurrió cuando la nieve destrozó todo el bosque o cuando en estos días la lluvia está dejando toda la casa sin un solo lugar habitable, excepto la habitación dónde se refugian nuestros invitados.

El suelo en el suelo. Es cierto que poderosas energías se liberan en las fuerzas del caos. La destrucción a veces ayuda a crear algo nuevo. Miro una y otra vez como, según palabras de mi abogado, la mala fe de la parte demandante intenta apropiarse injustamente de algo que no le pertenece. Miro por dentro y no entiendo nada y me desconcierta todo lo que ocurre. Miro por fuera y veo exactamente lo mismo.

En Cataluña unos pocos se han apoderado del espectro lingüístico, cultural y paisajístico de un territorio compartido, -esa será su gran derrota futura-, por personas especialmente diferentes en sentir y pensar. Por eso todos los nacionalismos han fracasado a lo largo de la historia, especialmente cuando excluyen al resto, cuando no se los tiene en consideración y cuando en nombre de una mesiánica idea sobre cualquier cosa, ya sea un dios, una cultura o una lengua, se adueñan de todo lo existente. A largo plazo se está sembrando la semilla del fracaso, porque otros se levantarán de igual forma para reclamar cualquier otro dios, cualquier otra bandera, cualquier otra idea.

El suelo en el suelo, recito una y otra vez mientras visualizo el bajar el piso flotante que antes dividía la estancia en dos partes, un semisótano que hacía las veces de bodega en siglos pasados, y el salón. Hacer desaparecer las antiguas bodegas de la casa para crear un espacio totalmente diáfano será una tarea compleja y difícil. Ya hemos conseguido derrumbar en un acto de psicomagia el suelo divisor. Ahora toca construir el nuevo suelo a base de rellenar con escombros la antigua bodega y buscar soluciones para que el agua siga su flujo natural. Debería hacer lo mismo con mi vida, por eso estos meses son para mí de vital importancia. Cierro ciclos, muchos ciclos, para empezar la próxima primavera con un suelo más sólido, sin ningún tipo de división entre el cielo y la tierra. El suelo en el suelo, por eso me urge terminar la tesis, ser doctor, cerrar el asunto con mi ex de la mejor manera posible y terminar de una vez por todas la casa de acogida.

Quizás en Cataluña ocurra lo mismo cuando empecemos a recoger los escombros que ahora se acumulan en los sótanos de los nacionalismos. Un nuevo suelo se construirá sobre el que ahora se está derrumbando. Un suelo donde todos puedan disfrutar, como antaño, de la tierra común. Un suelo donde convivan ambas culturas y ambas lenguas, donde todos sean fraternalmente hermanos y hablen en la lengua que deseen. Si Franco no pudo extinguir el catalán en Cataluña ni su cultura, tampoco los nacionalistas de turno podrán extinguir el castellano en Cataluña ni su cultura. Esa será siempre la derrota de cualquier fascismo que intente imponer una idea sobre los otros. Esa es la desgracia o la grandeza de un territorio, el catalán, que vivirá por los siglos de los siglos en esa dualidad, solo superada por la unión fraternal de sus dos realidades. Esa será siempre la derrota de aquellos que se intenten adueñar de mala fe del espacio común.

 

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Aquí el acogedor salón que durante años se ha llenado de vida y calor derrumbado para empezar de nuevo, para construir de nuevo… 

 

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