Cuando no sé qué camino de mi vida tomar: el viaje del héroe


Hace años que descubrí que el secreto de la felicidad no consistía en tener una vida cómoda, segura y cargada de riquezas. La felicidad ni tan siquiera era un camino. Encontrar la armonía en nuestras vidas, la paz interior, el punto de quietud, está completamente ligado a todo su contrario. Para encontrar paz interior primero has tenido que perder, arriesgar, enfrentarte a mil retos, mil fantasmas, mil guardianes en el umbral, cientos de enemigos que siempre están dentro de nosotros. Vencer el miedo es uno de los primeros obstáculos a atravesar. Sé que no soy feliz, que no tengo paz interior y no encuentro equilibrio en mi vida, pero por miedo, a veces incluso por pereza, no hago absolutamente nada para cambiar.

En la vida, lo único que permanece es el cambio. Cambiar nuestras vidas, nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestros estados de ánimo e incluso nuestro confort material debería ser algo constante. Cambiar amplía nuestra visión. La visión amplia facilita poder observar más caminos que antes ni siquiera existían en nuestro imaginario. Un viaje puede ampliar y ensanchar nuestra visión. Una ruptura, un trauma, incluso un accidente puede relativizar completamente nuestras vidas.

No estamos bien con nuestra pareja o nuestro trabajo, pero no hacemos nada para cambiar esa situación. Hay situaciones que son reflejo de nuestro interior. Aquello que hay dentro, se expresa fuera como un escenario inamovible, gris, mediocre. Entonces nace la pregunta: ¿qué debo cambiar en mí para que mi vida cambie radicalmente?

Volvamos a la felicidad para poder responder con cierta claridad. Decíamos que ser feliz no es un camino ni una meta. Más bien es una señal que nos indica que de alguna manera estamos en el camino correcto, en el verdadero camino, en nuestro propósito existencial. Todos tenemos un camino, todos hollamos una senda. Todos estamos vivos y por lo tanto de alguna manera todos caminamos juntos hacia alguna parte. Si sonreímos ante los paisajes de nuestro camino es que estamos haciendo y cumpliendo con nuestro don, con nuestro propósito vital. Si no lo hacemos, si no nace la sonrisa interior junto a nuestra pareja, en nuestros trabajos, en nuestro entorno, es que debemos cambiar algo.

Pero, ¿por dónde empezar? Quizás por un viaje, primero hacia fuera, luego hacia dentro, y viceversa. Los viajes, como el viaje del héroe descrito por Joseph Campbell, siempre nos ayudan a ampliar el campo de nuestra experiencia. Salir de nuestra zona de confort nos abre las puertas y nos da pistas sobre otras posibilidades. El viaje de todo héroe, y nosotros lo somos en nuestras propias vidas, siempre empieza por una llamada interior, normalmente nacida de una profunda insatisfacción, que nace en nuestro mundo ordinario.

Cuando la llamada es suficientemente fuerte nos atrevemos a dar el salto de fe, nos atrevemos a emprender el viaje. Empezamos ese viaje interior, hacia esa llamada, hasta que llega la primera prueba: el rechazo a la llamada. Esa primera prueba hará que vivamos durante años en el mismo círculo vicioso de insatisfacción hasta que un día consigamos vencerla, la omitamos, y continuemos el viaje.

Superado ese primer obstáculo, en algún momento te encuentras con un mentor, con alguien que te guía, que te anima y te protege en esa travesía. La figura del mentor, en el mito del viaje del héroe, siempre aparece representado por algún venerable anciano. En la vida real, ese mentor puede ser un amigo, una pareja, un familiar, o incluso un desconocido que de repente aparece en tu vida para empujar tu cambio.

Llega un momento que el mentor desaparece para que tú mismo, con tus fuerzas y esfuerzos, superes la segunda prueba: la travesía por el desierto, la soledad, la desesperación de no saber si has hecho bien o mal. Es cuando aparecen los miedos, los conocidos como guardianes del umbral, que intentarán que no abandones nunca tu zona de confort, tu mundo ordinario. Si consigues atravesar esta prueba, aparecerán los aliados, que como el mentor, te ayudarán a perseguir tus sueños. Y luego nuevas pruebas, algunos enemigos y nuevos guardianes.

En el mito del héroe, lo siguiente que sucede es conocido como el internamiento en la cueva más profunda. Es un momento de oscuridad, de muerte y resurrección. Es la propia odisea del cambio, la consumación del viaje. Atravesado este umbral, llega la recompensa, el elixir, el premio, la paz interior, la felicidad, el punto de quietud.

Habrá un retorno, una lucha final y a continuación, un compartir el elixir. Es el momento en el que, de alguna manera, te conviertes en mentor, en facilitador para que otros puedan encontrar también su felicidad. Es el momento de mayor felicidad porque te das cuenta de que la vida, en su significado más profundo, no está relacionada realmente con nuestro propio camino interior, sino con la realización del camino conjunto, grupal. Es ahí, ante esa revelación interior, cuando surge la verdadera realización. No éramos nosotros, sino la conexión de nosotros con el mundo, con los otros. Pero para llegar a ese lugar, a esa experimentación real, primero hemos tenido que perfeccionarnos, ser mejores, y solo en el camino real, en el camino del héroe, hemos podido conseguir esa hazaña.

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Lungta, el renacer del caballo de viento


 

Junto al trono hay estanterías llenas de libros. Se puede decir que todo este lugar es una gran biblioteca de saberes acumulados durante años y años. Quizás sea eso lo que me ha atrapado durante estos días, más de los imaginados. Un lugar perfecto para la reflexión, para la indagación y para la introspección. Miles de libros se amontonan por todas partes. Casi todos relacionados con la sabiduría perenne. Aquí me siento como en casa y me alegra mucho que el destino me haya brindado la oportunidad de permanecer aquí algunas jornadas más.

Esto ha provocado, a su vez, que se rompiera un lazo que requería ritualizar la quiebra, el final, el renacer hacia otra experiencia. Aún no somos conscientes del poder que nuestro pensamiento ejercer sobre nuestra realidad. Cualquier pensamiento puede transformar todo nuestro entorno, interior y exterior. Quizás por ello esta noche apareciera el espíritu de Lungta, el caballo de viento que representa el alma humana, disfrazada de bella dama de largos cabellos negros ondeando oníricamente. Me ha sorprendido la visión, y ha sido significativa por todo su contenido simbólico. Había algo de despedida en ella, pero también algo de renovación. De ruptura con el pasado, pero de esperanza hacia la fortuna futura. De nuevo el pensamiento transformador. Vivimos en el mundo que somos capaces de imaginar. Por eso, en este nuevo renacer, ¿qué mundo vamos a imaginar?

Lungta quería decirme algo, advertirme sobre algo. El alma humana, el caballo de los vientos, la mujer de largos cabellos que aún se añora en las largas noches de insomnio. El caballo alado es el mensajero de los dioses. Por eso apuro las últimas horas en este palacio para brindarme la oportunidad de soñar, de imaginar otros mundos posibles. La sensación es extraña, pero nace en mí un deseo de soledad absoluta, de retiro, de alejamiento del ruido para centrarme en la voz del silencio. Son procesos, son mundos, son esa siempre despierta necesidad de servir al mundo del alma, olvidando cada vez más las pasiones pasajeras de la carne. Entre las necesidades de unos y de otros, hay una que evoca con fuerza el cometido de esta vida, y es ahí donde aparece Lungta para obligarnos a recordar nuestro destino.

El mundo, con sus hierofantes y adeptos, con sus maestros invisibles e iniciados que ayudan en la construcción de la vida humana, esculpe en el universo de los sueños aquello que puede servir para el logro y el éxito común. Despertar a esa realidad requiere sensibilidad, visión y contenido. Las enseñanzas secretas de todos los tiempos nos obligan a despertar y proteger lo sentido. Mañana, de vuelta a las tierras del norte, reflexionaré profundamente sobre esa necesidad de silencio, de reconexión con Lungta, con la vida del alma.

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Reyes vagabundos


 

Sigo en la ciudad fronteriza de Asta Regia, de origen tarteso y ahora dominada por grandes viñedos y campiñas exuberantes, palacios y colegiatas, catedrales y bodegas infinitas, alcázares y consulados honoríficos que inmortalizan tiempos de gloria. Evoca todo ello al recuerdo de que alguna vez, por amor o desamor, quien sabe, repudié el título de cónsul honorario y me conformé con el de embajador consorte, que aunque fuera menos pomposo, me desligaba de la tiranía de la obligación y la elegancia que todo cargo de honor requiere y demanda. Hombre libre y alejado de riquezas y títulos, prefiero los caminos a los palacios, aunque de vez en cuando haga posada en ellos.

Errante, vagabundo, persiguiendo ese camino del loco que tanto amo, pero ahora con cierta dosis y necesidad de parada y descanso, aquí permanezco. No pensé que este lugar fuera tan bello. En este pequeño palacio que yace junto a la exuberante iglesia de San Miguel, acogido por una aristócrata descendiente de la nobleza irlandesa, me siento bien y descansado, a pesar de combatir frecuentemente el síndrome que llaman de vagotismo. Ayer la noble me despertó del aposento con un bello regalo, desayuno incluido, para celebrar mi revolución solar, junto a unas bellas flores amarillas que decoraban el lugar. A veces, ante tanto mimo y cuidado, dan ganas de enamorarse, pero ni siquiera esta primavera es capaz de sacarme una mota de deseo. Apagado el apetito, solo puedo dar gracias por tanta acogida y reparo, por tanta hermandad y premio, hasta que pueda continuar andante, o errante, hacia la siguiente posada, morada o reino.

Ayer di por terminado el viaje sanador y terapéutico con una última visita a unos amigos, descendiente alguno del rey García, rodeados de nobles escuderos que, sin recordarlo, pertenecen a una saga de hidalgos perdida en los albores del tiempo. Era difícil entender la afiliación entre al-Mutámid, el último rey abadí, y aquellos nobles señores que provenían del norte. Pero ahí estaba, trepando en los planos etéricos, reminiscencias complejas de razonar y difícilmente explicables, intentando ser enlazadas con personas como Ibn Hazm u otros enlaces místicos de la época que aún permanecen, invisibles, en las ramificaciones del tiempo.

Hacía ya muchas jornadas que no veía a mi querido conde, aristócrata de los de antes, perfectamente peinado como siempre, elegante con esas camisas de puño doble bordadas con iniciales y gemelos personalizados con el escudo familiar. Agradable al trato, bromista y cariñoso, amigo de magos, vagabundos y reyes, sin distinción, a pesar de haber sido una de las personas más influyentes del siglo pasado. Sentí al abrazarnos, saltándonos cualquier protocolo de seguridad, que nada se había roto a pesar de disgustos pasados, y que el cariño, por suerte, permanece. Seguía siendo el mismo, a pesar de que ahora andaba despistado de sus labores mistéricas, pero imbuido en el amor y en la experiencia de saber vivir. Aunque no tuvimos tiempo de hablar como antaño de lo divino, repasamos lo humano después de tanto tiempo sin vernos, recordando esa frase que acompaña a uno de nuestros libros: “siendo, eso es todo”.

También me alegró compartir mesa redonda con mi querido “señorito”, descendiente, sin duda, de algún noble marquesado inglés cuya sangre azul le destiñe aún su piel blanca. Paseamos un rato, tras el encuentro, por la vieja judería, y sin él saberlo, había allí alguien más, o algo más, que nos unía en el inevitable lazo místico, invisible, intangible. A pesar de ser tan diferentes en lo epidérmico, hay una unión que traspasa lo sustancial y nos advierte de que algo extraño ocurre en los profundos aledaños de la consciencia y la hermandad. Nada es casual, ni siquiera las amistades que permanecen y se cultivan vida tras vida. Solo debemos recordar, aprender a recordar.

Y así permanezco, acomodado en este disfraz de vagabundo, como un mago que se caracteriza para permanecer invisible en los mundos profanos, no olvidando que, siendo rey, debo disimuladamente poner a prueba a todos los que alguna vez fueron aliados. Y es desde ese reinado, el de las almas emancipadas, el de la hermandad del espíritu libre, que seguimos intentando liberar a los presos del planeta. Entre ciénagas, entre claroscuros, disimuladamente.

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“Veo, y cuando el ojo está abierto, todo es luz”. Dejando penetrar la luz desde Jerez


“Soy uno con mis hermanos de grupo y todo lo que tengo les pertenece. Que el Amor que hay en mi alma afluya a ellos. Que la Fuerza que hay en mí los eleve y ayude. Que los pensamientos que mi alma crea les alcance y animen”.

No quisiéramos hablar desde una posición moral superior. Nunca es esa nuestra intención. Siempre preferimos ser agitadores de consciencias, aunque esto tuviera algún tipo de precio, antes que ser sibilinos encantadores de serpientes o flautistas de Hamelín, hechiceros y adormecedores de voluntades propias y ajenas que repiten una y otra vez aquello que la gente quiere escuchar. Preferimos agitar, despertar, incomodar antes que hipnotizar o embaucar con milongas a unos y a otros. Esto nos ha creado enemistades y recelos. Pero no importa. Somos uno con nuestros hermanos y todo lo que tenemos les pertenece.

Lo cierto es que tras unos días en la ciudad sentí cierta angustia por lo que aquí puedo ver ahora desde otros ojos, desde otra visión diferente. Decidí marcharme antes de terminar asfixiado o asfixiando a los demás con esa visión escurridiza e irreverente. Tuve la suerte de poder abrazar a algunos amigos, aunque no ha todos. No pude hacer las vacaciones que quería, pero al menos despejé mi mente y mi corazón y eso sanó parte de cualquier angustia que pudiera haber arraigado en tiempos pasados. Desde Barcelona me dejé deslizar por la costa hasta Alcora, donde pasé una noche sanando heridas invisibles. De ahí a Villareal, Ontinyent, Almería, Marbella, Málaga y algunos otros lugares hasta llegar a Jerez de la Frontera. En cada parada un amigo, un abrazo, una sanación.

Me gustaría hablar de cada uno de ellos, de todas las historias entrelazadas que surgieron en cada encuentro, algunos breves, otros necesarios, la mayoría reparadores. Quizás cada encuentro depara una historia, una idea, una reflexión para compartir peripecias o inspiraciones. De nuevo hice algo que llevaba tiempo sin hacer. Dormir en el coche. En plena pandemia no quería molestar a unos y otros, y sentía la necesidad de vivir un poco la vida de vagabundo que tanto me gusta. Es ahí cuando conecto realmente con la vida, con la incertidumbre, con la intemporalidad y la impermanencia. Es ahí cuando te das cuenta de que no necesitas nada, prácticamente nada para seguir adelante.

Me di especialmente cuenta en la ciudad. Observaba el ajetreo de unos y otros con esa extraña misión de acumular cosas, de comprar cosas. Ya no quiero nada. Solo lo justo para seguir comiendo algo, para seguir vagabundeando de vez en cuando, para seguir ayudando a unos y otros, para seguir inspirando irreverencia. Decidí, casi involuntariamente, parar en Jerez. Aquí una amiga del alma, estudiante arcana, me acoge y me deja una habitación llena de libros donde poder terminar de corregir el libro sobre los misterios. Por algún motivo que desconozco, aquí, en este pequeño palacio lleno de libros, cultura y espiritualidad, haré este año mi pequeño tránsito hacia la próxima revolución solar. Un cumpleaños diferente, improvisado, inesperado. Este pequeño palacio es como un monasterio donde se respira calma y hogar.

Aquí también celebramos esta mañana la meditación de la luna llena de Wesak. Con los ojos cerrados, recordando quienes somos desde nuestro Ser, uniendo las voluntades y propósitos del alma. Rodeados de libros azules, recordando que somos unos, entonando tres veces el om, permaneciendo en el centro de todo amor, resurgiendo como almas, trabajando desde el centro de la ley del servicio, dejando penetrar la luz del amor, la luz que nace de la fuente de la que venimos.

Creo que cuando uno hace un descubriendo de este calibre, el descubrimiento de que cierta visión nos penetra, lo mejor es guardarlo como un secreto hasta que dentro de nosotros nace la luz de la comprensión total. A veces no puedo decir nada, ni mostrar nada, porque en las cuestiones del alma somos recelosos, al menos hasta disponer de la prudencia y el tiempo necesario para desvelar los entresijos del Ser. Amar en silencio es mi especialidad, y reconocer a las almas forma parte de mi paciente labor… Todo lo mío les pertenece, todos somos Uno. Mañana es mi cumpleaños, mañana toca nacer de nuevo.

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Gent del barri


Tras casi dos años sin volver a la ciudad, penetrar en sus nieblas ha sido algo traumático. Nada más traspasar las últimas montañas se podía ver y oler a ciudad. En los bosques desarrollas cierta sensibilidad, cierta manera de ver y observar las cosas de forma diferente.

Ya desde lejos se veía la gran nube de contaminación. También la gran nube de luz que por la noche no deja espacio para poder ver las estrellas. Y los ruidos, muchos ruidos por todas partes. De coches, de personas, de fábricas, de trenes y aviones. Cuando llegué ya sentí el agotamiento invisible. La ciudad es como una losa soportada por el aura de todos sus habitantes. De repente sentí esa losa.

En este bloque de tan solo ocho vecinos, el lugar donde crecí desde muy pequeño, se captan más de treinta redes wifis. Otro tipo de contaminación invisible. Aquí cada vecino tiene su red wifi, su lavadora, su secadora, su lavavajillas, su, su, su… Es algo absurdo. Sería tan fácil poder organizarse y compartirlo todo, con todas las ventajas que eso supone.

Fuimos al parque, al gran parque de la ciudad, para intentar respirar algo. Un lugar donde antiguamente había un palacio abandonado entre un pequeño bosque cubierto todo de maleza. Ahora estaba limpio, ordenado, restaurado, con algunos árboles. Fuimos al lugar junto al pequeño estanque donde la gente suele ir a leer algún libro. El parque ahora estaba rodeado de grandes y lujosos edificios y grandes carreteras que lo circundaba. ¿Pero cómo puede nadie leer ahí con tanto ruido?

De repente, a pesar de haber nacido y crecido en la ciudad y tan solo llevar siete años fuera de ella, me sentía un poco aldeano, alejado de esta realidad, un extraño para todo. Sentí una gran necesidad de marcharme, de volver a la pequeña cabaña. Ha sido como bajar de repente a un infierno extraño donde la gente intenta vivir una vida igual de extraña.

Estuve paseando por el barrio. Ya casi no conocía a nadie. Es como si la “gent del barri” se hubiera esfumado, o como si ese pasado bucólico que uno siempre recuerda de la infancia ya no existiera. Los pocos que quedaban habían envejecido. Estaban casi irreconocibles. De mi quinta no quedaba nadie. Todos habían emigrado por la imposibilidad de costearse la vida en esta gran ciudad. La verdad es que venía con ilusión y cierta añoranza. Pero aquí todo se desploma. Todo es gris, todo es asfalto, todo es ruido.

Cuando nunca has vivido en el silencio, ese ruido no te molesta. Pero cuando has penetrado en los sigilosos rumores de la naturaleza, volver a este lugar es como volver a un mundo imposible. Quien sabe si de aquí a veinte o treinta años las ciudades serán más habitables. La revolución verde habrá llegado, los coches no serán contaminantes y ruidosos y quizás toda la vida aquí sea mejor. Aún así, el asfalto, las casas-madrigueras, la oscuridad de estos lugares y la masificación serán siempre un gran escollo para una vida más natural y verdadera. ¡Mucho ánimo a todos los que vivís en las ciudades! Mucho ánimo con todas esas comodidades que cuestan tanto poseer, conservar y proteger. Algo absurdo cuando sin tener nada, se puede vivir todo…

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Cómo romper con la figura del gurú


 “Porque en esto, ni hay docente, ni alumno, no hay líder, ni gurú, no hay maestro ni salvador. Tú mismo eres el profesor y el pupilo. Tú eres el maestro, el gurú y el líder…Tú lo eres todo. Y entender es transformar lo que existe”. Jiddu Krishnamurti

Es muy difícil hoy día no caer en la somnolencia producida por un gurú, un maestro o cualquier otro tipo de autoridad carismática. En muchas ocasiones, las necesidades no cubiertas de la infancia o las carencias que en ella se vivieron se reproducen de forma análoga en la inmediatez de la edad adulta. Hay muchas personas que encuentran en alguna ideología, creencia o dogma un sustituto perfecto para esos vacíos existenciales. Y si esas ideologías, creencias o dogmas vienen acompañadas de la mano de un ser carismático, el coctel es perfecto. Esto crea una dependencia emocional que a veces incluye una dependencia económica e intelectual, siendo guiados, sin darnos cuenta, hacia una nulidad de nuestra propia identidad y propósito personal.

Es muy frecuente que por la “Hermandad del Espíritu Libre” lleguen todo tipo de personas que van buscando ese tipo de figura. Por eso, cuando se identifica esa necesidad de dependencia personal, se rompe con el glamour de cualquiera que pudiera estar ejerciendo algún tipo de autoridad carismática. Estamos convencidos de que, en esta nueva era, la autoridad debe ser grupal, y nadie, por más que destaque, puede interferir en esa idea. De ahí nuestra insistencia en la emancipación personal y en la no afiliación a nada ni nadie, si no es expresamente realizada desde la más absoluta libertad, autonomía y emancipación.

Intentar “matar al Buda”, como dice el antiguo koan oriental, es imprescindible para poder ejercer nuestra libertad. Los cantos de sirena de unos y otros a veces nos hacen modificar nuestras vidas hacia los caprichos aleatorios de terceras personas que solo nos utilizan, la mayoría de las veces de forma inconsciente, para satisfacer sus propias necesidades de aceptación y admiración, reconocimiento y vacío. Nuestras brechas emocionales, nuestros anhelos incumplidos, nuestras decepciones vitales, nuestras rupturas o carencias son caldo de cultivo para caer en las redes invisibles de la dependencia, muchas veces encubierta y disfrazada de amabilidad, conocimiento o sensibilidad excesiva.

Cuando alguien se acerca con ese tipo de necesidades, mostramos todo nuestro abanico de imperfecciones, sacamos nuestra mejor versión del payaso que llevamos dentro y rompemos con cualquier tipo de autoridad que pudiera ejercerse de forma consciente o inconsciente. A continuación, llega repentinamente una gran decepción por parte de la persona que reclama a viva voz ser víctima de los tentáculos de cualquiera que se le cruce en el camino. Para nosotros, esa decepción es un acierto, porque de alguna manera deseamos insertar la idea de que las personas sean completamente libres, independientes y pensantes, autogobernadas y soberanas.

Muchas veces no somos del todo conscientes de esas redes de dependencia que creamos en otros, o que otros crean sobre nosotros. Están tan disfrazadas que resultan difícil poder reconocerlas. Son dependencias insanas, que a la larga provocan un colapso en la personalidad. Poseer poder, o carisma, es una responsabilidad que hay que administrar con sumo cuidado para no crear codependencia. Unos por necesidad de admiración y los otros por necesidad de estima. El ego no sujeto a los designios de la consciencia a veces es tentado y tentador. Romper ese fino hilo es tarea ardua.

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Como las fuerzas del mal ayudan a las fuerzas del bien


“Se mide la inteligencia de un individuo por la cantidad de incertidumbres que es capaz de soportar”. Immanuel Kant

La dualidad es algo humano. El mal solo es una energía mal situada. Realmente, no existe en los planos arquetípicos un “mal” consciente. Existen fuerzas mal situadas, energías mal situadas, errores en los procesos evolutivos, dualidades necesarias para que la creación mantenga dentro de sí todo su poder creador. Si nos fijamos con desapego de nuestra propia dualidad humana, de nuestra propia moral y nuestra ética, no podemos juzgar negativamente los ciclos, los procesos, la dualidad en la que vivimos y tenemos nuestro ser. La noche es consecuencia de la ausencia de luz. Podríamos juzgar todo eso como algo negativo, sin embargo, esa oscuridad nos permite descansar, reposar, reflexionar sobre las acciones del día. La dualidad noche/día tiene su propio sentido. Igual ocurre con los ciclos que compaginan los solsticios con los equinoccios. La vida se recrea con fuerza gracias a las estaciones. No es malo el invierno ni bueno el verano. Cada uno, a su manera, tiene una gran función creadora.

En el invierno todo muere. El propio ser humano vive sus ciclos invernales. La enfermedad y la muerte, el sufrimiento y el dolor, la pérdida y la decadencia, forman parte de la vida. Son fuerzas de regeneración, de renovación, de procreación. Lo viejo y añil muere para que lo nuevo pueda restablecerse. Recicla lo caduco, permite la nueva vida. Vemos la enfermedad como algo terrible y la muerte como un drama, pero desde la aceptación, podemos pensar que estamos ante el propio proceso de la vida y alinearnos con desapego a sus ciclos.

El mal que hemos sufrido nos ha ayudado a crecer. Si pensamos en todo el dolor que hemos soportado en nuestras vidas, nos damos cuenta que fortalecieron de alguna manera nuestras almas, nuestra presencia integradora, nuestra voluntad de ser útiles a la vida. No hay mal que por bien no venga. Es abrumador pensar que es así. Que todo lo padecido sirvió para algo. A veces algo que no logramos comprender, analizar, visionar. A veces tiene que ver con una enseñanza sutil, algo que nos permitirá desarrollar nuestros dones y talentos en un futuro, nuestra apuesta por generar riqueza para todos, para el mundo en su globalidad. Riqueza exterior que ayude a embellecer el mundo. Y también riqueza interior, que nos ayude a ser hermosos, sensibles, desapegados.

Las fuerzas del mal nos ayudan a ser mejores. Durante siglos hemos vivido en constantes guerras, pero la peor de ellas, la guerra mundial, nos hizo comprender que ya era hora de empezar a entendernos, a dialogar, a cooperar. La humanidad, en un momento de trauma colectivo, comprendió que debía apoyarse, hacerse amiga, valorar al otro. Eso se potenciará aún mucho más en cada crisis futura. El mal que ahora perdura nos ayudará a reinventar nuestra condición humana, a vaciar de contenido todo aquello que es perjudicial, y hará que cada día más, nuevos visionarios dibujen las líneas que deberán llevarnos hacia otro estado de cosas. Un estado amoroso, pacífico, cordial, amable, alegre. Un estado que nos hará vivir en paz y prosperidad continua.

Empecemos a pensar en cual será nuestro legado, aquello que haremos que este mundo sea más hermoso y pacífico cuando no estemos. Dejemos una hermosa huella. Hagamos que el mal que nos asola, haga de nosotros personas buenas y mejores. No luchemos contra el mal, aceptemos su enseñanza y utilicemos su fuerza mal situada para crear bien. Busquemos en el jugo de la vida todo aquello que debe ensalzar la vida. Alegres, diáfanos, fuertes, sigamos el curso del devenir.

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Gloria in excelsis Deo


Hoy contemplando la vida junto al antiguo monasterio de Samos

 

Miraba el reloj y parecía que no pasaban las horas allí justo en frente del antiguo monasterio. Junto al río, los árboles, ya brotados, ya verdes de nuevo, ya vestidos para la ocasión del renacer, miraban fijamente la escena. Allí no había tranvías ni ruidos. Solo una plácida brisa que se arremolinaba entre las copas. Nunca estuve en Dublín, por lo tanto nunca pude recorrer las estaciones de Blackrock ni Dalkey. Es curioso, porque una vez besé a una hermosa mujer irlandesa y recorrí casi todos los países europeos, pero siempre dejé para el final Irlanda. No es nada importante, pero hoy sentía como si de repente me hubiera mimetizado con los bosques y me hubiera convertido en una especie de elfo, o de duende/fauno, como hoy una conocida escritora me llamaba en el prólogo de un libro recién terminado. ¿Un duende/fauno? Quizás debería tocar alguna flauta y revelar el porvenir por medio de esas insospechadas voces que se escuchan en los bosques o a través de sueños.

Sí, las horas pasan. Los limpiabotas lo saben bien. Cada hora, cada instante, es un tapiz bermellón que se desgarra de nuestra cuenta vital. En ultramar tienen la costumbre de medir el tiempo de forma diferente. Pero si miramos a tientas el devenir, sabemos que estamos en una cuenta que se acaba, aunque no sepamos cuantos gramos de tiempo nos corresponden. En el fondo somos súbditos de todas esas limitaciones. Ya sabéis, el tiempo, el espacio y esa pequeña frustración por no sentirnos en todo momento libres. Siempre nos ata algo, algún reflejo, alguna emoción, algún pensamiento. Somos antorchas clavadas a una estaca en mitad de la noche. Un susurro imperceptible que ilumina centelleante en medio de una costosa nada. Como aquel estallido de sol que aparece al alba, para luego arrodillarse en el ocaso del día.

La irreparabilidad del pasado nos hace permanecer callados, contemplativos, silenciosos. Como si fuéramos responsables de todos nuestros errores y como si esos errores paralizaran toda nuestra vida. ¡Ay esos insensatos remordimientos! A cada nueva decepción, nos deprimimos aún más. En vez de gritar y liberarnos de esos grilletes que somos nosotros mismos, despejar la cuenta del mañana y saltar libres ante el indecoroso porvenir. Digo todo esto mientras escucho un canto en arameo, mientras tiro una moneda al aire y mientras bendigo la desigualdad de cada día, de cada pequeño fragmento de vida, recordando aún la tarde junto al monasterio.

Hoy es una noche extraña. Con voz baja y limitada intento comprender el aullido interior, la somnolencia de todo cuanto ocurre. Me he acordado de repente de Zoe. La vi solo una vez mientras cantamos salmos en una pequeña ermita. Su sonrisa era inolvidable, su alma exquisita. Era primavera en las altas planicies de Escocia, junto al mar, en la bahía. Aún hacía ese frío polar que arruga el alma, pero allí estaba su sonrisa inmortal. Bastaron veinte minutos de canto y cinco de paseo compartido para que su nombre y su mirada quedaran grabadas para siempre. A veces desearía tener ese poder sobre los otros. Un poder balsámico, complaciente, mágico. Sonreír y que ya nadie pudiera olvidarte, como ese evanescente reino de los olores que Jean-Baptiste Grenouille pudo crear alguna vez. A veces me pregunto si Zoe alguna vez existió, o fue producto de uno de esos inolvidables sueños. Veinte minutos de canto, cinco minutos de paseo. ¿Cómo te llamas? Le pregunté: Zoe, me respondió con esa inmortal sonrisa. Nunca más supe de ella, pero no importa, porque ella permanece.

También recordé aquel concierto donde la batuta parecía protagonista. Los recuerdos se amontonan en cada sintonía. Los tiempos han cambiado y ahora no sé cuando podré ir a Dublín. “Gloria in excelsis Deo”, era la canción. ¡Kyrie eleison!, me repito interiormente. La vida son instantes, instantes aquietados, de esos que van y vienen y se posan en tus rodillas para luego emprender el vuelo. No hay tiempo que perder, porque la cuenta sigue. Parece que no pasen las horas cuando te plantas en frente de los árboles. Pero algo nos dice que pronto o tarde, algún día, todo terminará. ¡Tu solus altissimus! ¡Cum sancto Spiritu!  Aún respiran las piedras del monasterio dentro de mí. Aún deseo vivir, y saberme inmortal, como Zoe.

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Impermanencia estética


Pero mientras uno mismo no alcanza la profunda convicción de que este mundo fenoménico es irreal, no puede comprender su naturaleza, ni por ende librarse del sufrimiento. Y esa profunda convicción, que algunos llaman realización, solo surge después de estudiar las escrituras con suma atención y diligencia hasta llegar a comprender que el mundo objetivo es una confusión entre lo real y lo irreal.
Yoga Vasishtha

Llega la primavera con fuerza y la vida se manifiesta de mil formas. El suelo se llena de miles de insectos que corren ajetreados de un lugar a otro. Los aires se expanden con el canto de los pájaros y las flores empiezan a retoñar un año más. Empecé la primavera con un fuerte dolor en el pecho, con un parto doloroso. Fui a urgencias y me recomendaron unas vacaciones. Por suerte no fue nada. Solo un susto primaveral. Llevo días mirando a ver dónde ir de vacaciones para descansar y seguir la prescripción médica, pero me doy cuenta de que nunca hice vacaciones, sin más. Mis viajes siempre tuvieron algún sentido o propósito, y en ese trajín, olvidé descansar, desconectar… ¿A dónde ir en plena pandemia?
Pensé en recorrer las islas Canarias las cuales no conozco, o marcharme en coche por toda la costa ibérica, o hacer el Camino de Santiago por cuarta vez… No sé aún a dónde ir, a qué lugar marcharme para descansar… Si es que eso es posible para mí, porque viendo la lista de tareas siempre pendientes y todo lo que hay siempre por hacer, me resulta difícil pensar en marcharme a algún lugar que me permita cierto silencio interior.
Al menos esta semana pude terminar el libro que llevaba escribiendo desde hacía dos años con Emilio Carrillo. Hoy escribí las últimas palabras de “La Gestión del Misterio”, con la esperanza de que su venta pueda ayudar a conseguir algún dinero para la construcción de la futura escuela. Siento cierta convicción interior en la necesidad, no personal, sino colectiva, de apoyar esta causa. Siento eso que algunos dan por llamar llamada, y siento la necesidad de sacrificio a la hora de hacerlo. Por eso me cuesta pensar en vacaciones, a pesar de que esta vez el cuerpo me empieza a avisar de que requiero ciertos reajustes y descanso.
Mirando interiormente, admito que ciertas ganas de aventura tengo, a pesar de la pereza que cualquier movimiento vital suponga. Aventura material, pero también emocional e intelectual. No sé si estoy preparado para volver a enamorarme, pero a veces no descarto esa descabellada idea. Al menos, el poder compartir algún tipo de locura, aventura o complicidad, aunque esta fuera tan sólo mística o intelectual. La primavera explota también en nuestros adentros y nos llena de vida y deseo. Forma parte de la experiencia humana y nos empuja a brillar de forma especial.
Por si acaso al final me marchara a caminar por los caminos, me corté el pelo al rape. Llevaba ya muchos meses con el pelo largo y tocaba renovación, cambio, impermanencia estética. Una forma de alejarnos radicalmente de lo irreal de las formas y empatizar con la convicción de lo profundo. Lo epidérmico también tiene sus cosas bellas. Pero lo profundo nos llena la vida. ¿Y cómo compartir, o con quién, el bagaje profundo? En ese sentido me siento algo huérfano, al mismo tiempo que privilegiado por haberme reconciliado por fin con la soledad y el deseo de abrirme de nuevo a lo que surja, si es que tiene que surgir algo, sin añoranzas, sin rencores pasados, sin arbitrariedad ni perspectiva ninguna. Estoy aprendiendo a sembrar sin esperar fruto ninguno de la siembra. Alejado del resultado, cultivo un huerto hermoso, interior, a la espera de que la vida y la verdad se expresen en todo el camino.

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Shraddha


Krishna y Radha, la pareja cósmica… 

 

“Tu verdadera preocupación solo debe ser la acción del deber, no los frutos de la acción. Arroja de ti todo deseo y miedo por los frutos y lleva a cabo lo que es tu deber”. Krishna a Arjuna en el Bhagavad Gita.

Llega la primavera y dan ganas de enamorarse. Iríamos hasta el fin de la tierra si hiciera falta, hasta los límites de lo insospechado si se diera un solo resquicio de oportunidad. Pero luego recordamos en qué mundo vivimos y en la imposibilidad de mirarnos al espejo y no salir corriendo, y desistimos. Ya no vamos buscando por ahí una hembra exuberante como la que Bloom describía en el Ulises de Joyce. A ciertas edades, no se trata de belleza exterior lo que se busca. Más bien de complicidad, pero no de cualquier complicidad, ni a cualquier precio. La complicidad de la que hablamos tiene que ver con la shraddha oriental, la fe perfecta, la que practicaban los antiguos upāsakas y upāsikās. Es algo aún incomprensible, pero confiamos que alguna vez, tras el final de los tiempos, tras el final de la tierra, se dará.

La primavera tiene estas cosas. Ese impulso de vida exuberante, esa brillantez radiante en cada atardecer infinito. Los soles que adumbran una y otra vez en estas fechas traen consigo la resplandeciente esperanza de la vida. Añoramos aquel tiempo, ya casi pletórico, en el que la primavera era potencialmente significativa para el olfato, para el deseo, para la explosión vital. Desistir a la aventura, a sabiendas de las consecuencias finales, nos vuelve prudentes, casi diríamos que disidentes en cuanto a contingencias incontroladas. Sí, dan ganas de dejarse llevar por cualquier oportunidad volcánica, por cualquier erupción nocturna, hechicera, cargada de fuego y lava. Dan ganas de abrirse al despecho descontrolado y sofocar a base de agua y lagrimal todo cuando explote en las manos. Sí, llega la primavera y dan ganas de volver a enamorarse… pero esta vez con shraddha.

Pero luego, luego miramos el mundo… La ambiciosa meditación nos aparta de nuestra propia naturaleza y sus placeres. Nos aleja de la idea incomprendida aún de que quizás pudiéramos de nuevo enamorarnos o ser conquistados por la belleza extenuante de una ráfaga inmortal. Podríamos pensar que tras el velo de cualquier portal andará de nuevo la semilla esperando, el porvenir de la raza, el encanto de sabernos un dios al transmitir vida tras vida la inmortalidad. La saga imperecedera de la carne, interrumpida por este mundo actual, por estos tiempos, parece morir hambrienta. De forma contundente lo decía Daniel: “y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, estos para la vida eterna, aquellos para oprobio, para eterna ignominia”. Es una profecía zoroástrica sobre el fin de los tiempos, el fin de la tierra, la finisterra. Un tiempo en el que la primavera dejará para siempre de inocular vida, volcán y fuego en los amantes sempiternos, alejados para siempre de la shraddha.

Estamos de nuevo como en el final de una era caballeresca védico-aria. Un final de los tiempos donde el amor ha dejado de expresarse y de tener valor. Un momento de dolor, de cierre, de estreñimiento. Terminó la era del uncir, del verdadero yoga, del acoplar una cosa con la otra. Buda expulsó al testigo y nos llevó hacia la era del conocimiento puro, donde el amor primaveral ya no tiene sentido. El gran santo indio Ramakrishna contaba que una mujer se le acercó una vez para confesarle que había dejado de amar a Dios. “¿Entonces, no hay nada que usted ame?”, le preguntó él. Ella respondió que amaba a su pequeño sobrino, y él le respondió: “ahí, ahí está su Krishna, su ser amado. Al servir a esa criatura, estás sirviendo a Dios”. De igual forma cuenta la leyenda que el pequeño Krishna nos hizo venerar a las vacas, porque allí, en ellas, también estaba Dios.

Quizás en estos tiempos de confusión, de falta de primaveras, de volcanes y erupciones, tengamos que empezar amando lo sencillo. Todo aquello que nos rodee y produzca auténtica devoción. Y podríamos con ello pensar que, empezando de nuevo, como los antaños caballeros de la era védico-aria, quizás podamos aprender a amar, aprender a explosionar con la primavera, y llenar nuestras vidas, de vida, de shraddha.

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Siembra


El sembrador, Jean-Francois Millet

 

Siembra antes de que la tierra se vuelva infértil. Cuida lo sembrado, no importa si siembras una familia, una causa, una soledad, una amistad, un porvenir. Riega de a poquito, sin excesos, pero que nunca falte el agua. Busca luz para tu siembra, algún día la necesitará, al igual que ahora te cuidaste de preparar la tierra, de abonarla pacientemente y de comprobar que las fases de la luna eran propicias para diseminar la semilla. Siembra un hijo, siembra un pensamiento, una idea, un libro, un árbol, un fruto. Siembra amor, al menos una sonrisa amable. Siembra una mirada sincera, una tierna caricia inesperada o ese profundo abrazo mañanero al primero que ose rodearse entre tus brazos. Siembra una burla, una broma, un cosquilleo, nunca sabes el bien que puede hacer.

Siembra una emoción dulce, un velo oculto, un misterio. Siembra duda allí donde la certeza se torna dogma. Siembra espíritu allí donde solo hay materia y siembra alma allí donde todo es inerte. Siembra vida en la roca, siembra ardor en lo tenue. Siembra melodía en el silencio y silencio en el ruido. Siembra rumor en la noche y suspiros cuando eches de menos a aquella persona que te dejó. No dejes nunca de sembrar, ni siquiera tan solo para tu causa. Siembra para otras causas sin esperar fruto. Siembra por todas partes aquello que puedas. A veces fuerza, a veces dinero, a veces apoyo, a veces simplemente un mensaje alentador. Siembra como el sabio que planta árboles, no para refugiarse en sus sombras futuras, sino con la esperanza de que las futuras generaciones lo hagan. Siembra lucidez, pasión, verso. Siembra poesía y siembra sed de justicia. Siembra esas semillas anónimas que recibes para que den buen fruto. Siembra en ellas intención y amor.

Siembra oración. Nunca sabemos qué habrá más allá, cuando todo palidezca y se marchite. Siembra esperanza y fe, no vaya a ser que luego hubiera otro amanecer, otro despertar, otra jornada nueva de cien años. Siembra siempre pensando no en el ahora, sino en el mañana, en los otros. Siembra a sabiendas que no todo germinará, y que muchas de las semillas caerán en tierra inerte, o serán arrasadas por las heladas nocturnas, o por la insoportable sequía de un mal año. Siembra a sabiendas que quizás en uno o diez años no cosecharás nada, porque hay fruto que tarda en madurar. Sé consciente de los ciclos, y sé consciente de aquello que siembras y para qué lo haces. Cuanto más desapegada sea la intención, mayor disfrute habrá el día de la cosecha.

¿Recuerdas aquellas tardes de plácido verano, cuando dormías plácida a media tarde y de fondo se escuchaba la música de la cosecha? Melodías inolvidables que indicaban que era tiempo de disfrute y sobre todo, de pensar en la nueva siembra. Aquellos paseos inolvidables por los campos dorados, aquellas risas felices de tiempo despreocupado. ¿Recuerdas cuando aún jóvenes, había deseos inmensos de vida, de aventura, de conocimiento? Sin darnos cuenta, el tiempo pasa, pero eso ya no importa. No olvidemos los ciclos. No olvidemos seguir sembrando, nunca se sabe qué frutos nos aguardan.

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Truskun Puskun


 

No puedo descifrar el verdadero significado de estas palabras. Digamos que es secreto. O digamos que es algo encriptado, oculto, irrelevante para quien no pueda entenderlo. Pero se convirtió en grito de guerra en el consejo de ancianos, donde llegamos cansados y del que nos fuimos aún más cansados tras días inolvidables. Llevábamos credenciales pero a la vuelta, viajé con el pijama de rayas, porque era lo único limpio que me quedaba. Como vivimos en un tiempo extraño, la policía me dejó pasar ante la ocurrencia, y en las gasolineras donde paraba para repostar, ni siquiera notaban mi peculiar vestimenta. Fue hermoso ver África justo en frente, a pesar de las durezas de los mensajes que iban llegando a cuenta gotas.

Así que diez años después, como si de un maleficio se tratara, vuelvo a perderlo todo. Propiedades, coches, dinero. Todo en un conjunto, como si la vida me quisiera enterrar por tercera vez en vida. Pero esta vez con una diferencia circunstancial: Truskun Puskun. Un gran desapego que viene de la experiencia y un dolor que observo con cierto grado de inofensividad, a pesar de que como ser humano pueda sufrir ante lo que se avecine, irremediablemente. Al menos recibí la noticia lejos, en un largo viaje, rodeado de gente bonita y de abrazos hermosos que me hicieron olvidar la agonía. Mientas unos se empeñan en destruir el mundo, y en ese mundo me incluyo como parte del derribo, otros nos empeñamos en construirlo, en intentar basar nuestras vidas en formatos que carguen la existencia de esperanza, de aliento, de sensatez. Así son las tres grandes fuerzas del universo. Unos destruyen, otros construyen y otros mantienen y conservan lo construido hasta que vuelven una y otra vez esos destructores inagotables.

A pesar de todo, en las horas bajas, siempre me viene el primer verso que aprendí con dureza en las clases de teatro. Era de Shakespeare y decía aquello tan molido de ¡Ser o no ser, esa es la cuestión! ¿Qué es más noble para el espíritu, sufrir los golpes y dardos de la insultante fortuna, o tomar armas contra un océano de calamidades y, haciéndoles frente, acabarlas? Morir… dormir: no más… Y si se advierte que con sólo dormir ponemos fin al pesar del corazón y a los mil naturales conflictos de los que la carne es heredera, tal extinción resulta digna de ser devotamente deseada. Morir… dormir; dormir… ¡tal vez soñar! Sí, he ahí el obstáculo…

Y, sin embargo, aún cuando mi pobre personalidad se revuelve, lo recuerdo todo de otra manera: ¿qué es más noble para el corazón, dar los golpes recibidos o aguantarse y resignarse hasta morir? ¡Vencer, sufrir! Por eso respiro hondo a cada paso, y en el retorno, observo como llega la tenue primavera, aún gélida, pero con algunas florecillas que ya van naciendo en los campos. Y eso reconforta, y suspiro, y expreso el Truskun Puskun que me alivia como si se tratara de algo bueno. Así que ahora seré más libre aún para enfrentarme al fatal destino, porque no teniendo nada, despojado de toda riqueza otra vez, de todo afán, de toda posesión, mi alma vagará más ligera, aún a pesar de tamaña injusticia y aún a pesar de tamaño descalabro. De tenerlo todo a no tener nada, y todo, de nuevo, por un desamor. ¡O cómo llamar a esa región de cuyos oscuros confines ningún noble viajero retorna!

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Construyendo el paisaje interior


 

“Siento que bulle y que se agita, lleno de ideas y de anhelos de un vivir nuevo y fecundo, transparente y amplio un mundo hermoso, bello y noble en mí”. Alejandro Urrutia Cabezón, en Amanecer

Hoy he tenido una bonita conversación con la que fue mi primer amor, mi primera novia, mi primera locura emocional. Han pasado casi treinta años de aquella hermosa aventura y ahora nos queremos como hermanos, nos amamos como seres luminiscentes que se encuentran y reencuentran en el cariño y la amistad. Por suerte, son más las exnovias con las que tengo ese tipo de relación que con aquellas de las que nunca más volví a saber de ellas. Eso me da cierta pena y tristeza, porque dos personas que alguna vez se amaron y compartieron lo más íntimo que se puede ofrecer al otro, deberían, a pesar de los corazones rotos, inevitables, amarse de igual manera con el tiempo, aunque fuera en amor silencioso. Nunca nadie nos enseñó a dejar de amar, al menos yo no sé hacerlo, por eso mis mejores amigas en este tiempo son aquellas con las que alguna vez compartí una relación estrecha. Eso me enorgullece y me hace vivir en un mundo fecundo, transparente y amplio. Algo bello y noble, un paisaje hermoso que merece conservar y ser transitado.

El fracaso asociado a las relaciones, ya sean estas relaciones personales, de pareja, de familia, de comunidad o incluso de grupo o nación están estrechamente vinculadas al fracaso de la construcción del paisaje interior de cada persona. El deterioro de todas las relaciones humanas nace de la deconstrucción del individuo, de la propaganda destructiva, de la información sesgada, de la falta de visión y empatía hacia el otro o lo otro, de la falta de abrazos interiores, primero hacia uno mismo y luego hacia los demás. La falta de generosidad hacia el otro es lo que nubla nuestras vidas. Sin embargo, cuando somos humildes y generosos con el otro, la vida se dibuja con otros contornos. Solo hay que ser valientes y reconocer ese amor, expresarlo y compartirlo, sin miedo, sin aspavientos.

Si vemos que la sociedad se autodestruye es precisamente por eso, por falta de paisaje interior, por falta de generosidad. Basamos toda nuestra vida en una planificación exterior que no tiene como base una profunda y arraigada estructura interior. Falla la base, la profundidad, los cimientos, y cuando eso ocurre y algo falla en esa obscena vivencia de lo exterior, todo se derrumba. No hay pilares interiores, fuertes y maduros, que sostengan aquello que creamos fuera.

Lo vemos estos días en las calles, en la política, en la economía. No existen lazos sociales, no existe construcción real de algo que suponga comprensión, apoyo, valores, empatía. Nos invaden los mensajes por doquier que glorifican y endiosan lo superficial, lo material, lo epidérmico. Pero nos faltan referentes interiores, nos faltan abanderados de la dignidad, guías de la raza humana que indiquen el camino de la colaboración, la franqueza, la escucha y el afecto. Alguien que nos guíe hacia lo bello, inclusive en los peores momentos.

Por eso ha sido un día hermoso. De alguna manera siento que bulle y se agita un poderoso nuevo mundo cada vez que ocurre este tipo de reencuentros hermosos. Poder hablar un buen rato con aquella mujer que una vez me robó el corazón ha sido balsámico, alentador, hermoso. La amo con respeto, en silencio, con cariño. Y también a su actual pareja, con la que lleva casi veinte años compartiendo su vida y con el que hemos pasado muy buenos ratos. Nos queremos, porque tras el fracaso bien recibido, puede florecer la belleza de un amor amplio, generoso, puro. Son esas hermosas relaciones que, a pesar de sus crisis, luego resucitan para embellecer nuestras vidas y mejorarlas. Son las lecciones aprendidas junto a ellas las que nos hacen crecer y maravillarnos ante la vida. Son ellas las que construyen con su generosidad un hermoso paisaje interior, una florida y hermosa primavera en nuestros ocultos jardines.

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La inmortalidad de la patata


A Lola, madre y abuela.

Nunca lo habíamos hecho, pero la sugerencia nos pareció tan ocurrente que lo intentamos. A las cinco y media de la mañana caminábamos hacia la ermita. Encendimos la vela que este año, como todos los años, habíamos cambiado justo después de las doce campanadas. Nos sentamos en la incomodísima postura del loto, no apta para occidentales, más acostumbrados a la postura del rey Salomón. Nos abrigamos ante el frío invernal con las mantas e hicimos tres respiraciones profundas.

Ritualísticamente tocamos el gong tres veces. Para los profanos, es importante hacerles entender que son tres los toques, no uno, ni dos, ni cuatro. Son tres las luces que hay en todo templo, tres las columnas y tres los malletes que golpean con fuerza el tablero. El sonido es un lenguaje, y cada sonido tiene una razón de ser. Así que para meditar, mejor tres invocaciones con el cuenco tibetano. En la meditación se crea, y para crear, siempre hay que conocer el lenguaje creador. Dejando una suave pausa entre cada sonido, que como ola de mar, va penetrando el pequeño y poco iluminado recinto, nos preparamos para meditar sobre la frase simiente: la inmortalidad de la patata, inspirada por nuestra querida Lola.

Cuando se es misionero o constructor (estamos hablando de la compleja construcción de templos espirituales), siempre hay que guardar un diezmo para poder satisfacer nuestras pequeñas necesidades diarias, y dedicar, con gran tesón, un noventa por cierto de nuestro esfuerzo a la Gran Obra. Esto pocos lo entienden y menos aún pocos lo practican. Algunos invierten la fórmula, pensando que ofreciendo un diez por ciento de su riqueza podrán entrar fácilmente por la puerta estrecha que todo templo resguarda. Es aquí cuando entra en juego la inmortalidad de la patata y su inconexa relación con el relato de hoy.

No es la cosa en sí (la patata) y su orden cósmico predeterminado (su inmortalidad), lo que nos interesa. El fruto de la meditación de tres horas seguidas acompañada de una cuarta justo al atardecer, en el mismísimo momento del ocaso, tenía que ver más bien con la profundidad de la originalidad de su procedencia. ¿Por qué esa patata había entrado esta mañana tan especial en nuestras meditaciones?

La meditación cocreadora es de suma importancia. Un arquitecto no puede consumar su obra sin antes pensarla. Nadie hace nada en la vida si primero no lo ha soñado. Un beso, un hijo, una puesta de sol, un abrazo, una empresa, una cena. Todo ha pasado antes por el registro de nuestra mente, o de nuestros sueños, o de la mente o un sueño de un Creador. Si uno piensa o imagina una patata y la posibilidad de que se haga inmortal, está creando una posibilidad. No sabemos cuál de ellas. Podríamos decir que, por el solo hecho de meditar sobre ello o de escribir sobre ello, esa patata ya es inmortal. Es decir, el sueño produce el acto.

Aquí de nuevo entra en juego el diezmo del constructor, que ha podido imaginar hoy mismo en la posibilidad de enamorarse de una bella dama solo por el hecho de que esta le invitara a patatas fritas. ¿Qué relación puede haber en todo esto? La hay, pero para tener la conexión precisa es necesario tener la visión precisa, para tener visión es necesario silencio, para tener silencio es necesario concentración, y para tener concentración, es necesario meditar. Lo decía Patanjali hace dos mil trescientos años.

Seguramente bajo ese conocimiento, podemos entender la simplicidad de las cosas, y la necesaria indagación en todo aquello que pensamos o imaginamos. ¿A qué dedicamos nuestras vidas? ¿A qué dedicamos nuestros sueños? ¿A qué dedicamos nuestros esfuerzo, traducido en trabajo, tiempo y dinero? ¿Cuál es nuestro diezmo y cual nuestra entrega? Siendo la patata inmortal, deberíamos reflexionar seriamente sobre todo esto y de paso, y porqué no, enamorarnos de todo su espectacular mensaje. No es la patata en sí, es todo lo que encierra cualquier pensamiento simiente, cualquier meditación, cualquier sueño. Pero la cuestión es aún más compleja: ¿qué sueño queremos realmente vivir, el nuestro, siempre pequeño y ridículo, o el sueño del que nos Sueña? ¿Es la patata inmortal algo inconexo o pertenece, sin aún saberlo, a un oculto mensaje de nuestro Soñador? Soñemos en la patata inmortal… y veamos hacia donde nos conduce…

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La innegable capacidad destructora


“Pero existe algo que el tiempo no puede, a pesar de su innegable capacidad destructora, anular: y son los buenos recuerdos, los rostros del pasado, las horas en que uno ha sido feliz”. Julio Cortázar

Es de consejo apropiado alentar a los que atraviesan malos momentos, sobre la necesidad de reactivar las energías que desprenden sus cuerpos abatidos a base de paseos y carreras. Algo tan simple y aparentemente nimio, puede salvar vidas. Así que hoy, tras la tregua entre tempestad y borrasca, con día soleado, corríamos por la senda larga, aquella que atraviesa la antigua aldea, el bosque de los ancianos, el prado de las hadas y algún que otro rincón secreto entre abedules, castaños y fuertes robles. El agua corría por todas partes gracias a las fuertes lluvias, y aunque aún es invierno y hace frío, podíamos ver los primeros tímidos brotes verdes en las delgadas ramas que rozaban nuestros cuerpos.

Interiormente nos encontrábamos ante dos difíciles noticias. Ambas capaces de destronar al más fuerte de los reyes, al más astuto de los héroes y al más intrépido de los generales de cualquier batalla. Así que respirábamos profundamente, cerrando los ojos y atravesando la puerta estrecha de este momento con prudencia, en silencio, con lealtad a los propósitos que a este año habíamos ofrecido. Todo son enseñanzas, todo son ajustes, todo es necesario.

Minutos antes, mientras salíamos de la cabaña, observábamos despacio cada detalle del paisaje. Los patos, las gallinas, los árboles, la frondosa hierba… Un poco más arriba, los bosques, las montañas aún nevadas y el agua por todas partes. La innegable capacidad destructora del tiempo no había anulado la esperanza y la fe en poder conciliar todo lo que en este instante se había roto. Imaginábamos poder abrazar a los enemigos, a los que nos odiaron, a los que nos maldicen en las noches oscuras. Nos obligábamos a redimir todo aquello que había causado mal, y a mitigar en el futuro la fatiga del necesitado, del hambriento, del que, desconfiadamente, había situado el mal en un lugar equivocado.

En el paseo anocheció. El frío era compensado por la belleza que colmaba cada imagen, cada relato, cada paso dado. No ocurrió nada especial, excepto que llegamos al mismo punto de partida. Los patos y las gallinas esperaban que cerráramos las puertas. Volvimos a la cabaña, y solos, mi alma y yo mismo, cerramos los ojos para escuchar la travesía del tiempo, la escaramuza de las horas, el porvenir incierto, la flaqueza del pasado, los errores que aún deberemos cometer, y ese sin fin de relatos que nacen cuando el alma te arrastra a pasear y, con ese plural corporativo, no tienes más remedio que envejecer juntos.

Miramos las manos frías y agrietadas, el rostro cansado tras las siembras del último día menguante, el trabajo aún por hacer. Queda poca leña y algo de invierno. Aquella mujer nos salvó del frío, pero al mismo tiempo, nos llevó hasta la noche helada. La recordamos con cierta melancolía mientras cerramos las canillas al llanto, en la bruma nocturna, esperando aún inocentes el cándido aroma a hogar añorado que nunca fue. Nos sentamos en el sillón que llamamos de los buenos ratos, porque es ahí, junto al fuego, donde calentamos el trozo de vida merecedora. Y es ahí donde contemplamos el mundo desde un aleph borgiano diferente, desde una visión altanera, compacta, sensoria, escudriñando siempre el lejano horizonte, su infinito. Es ahí, en ese lugar, donde todo parece perecer, donde el mundo deja de girar y el universo entero se contempla entre suspiro y aliento. Es en la trémula noche de invierno cuando la esperanza equinoccial se presenta cada día más posible y soportable. Seguiremos, alma y ego, solos, apartados del mundo, sigilosos e invisibles. Seguiremos paseando porque es un consejo apropiado, una necesidad para reactivar la parte más etérica de nuestros cuerpos, esa que nos conecta con el principio vida a base de movimiento, ritmo y cadencia. Algo tan pequeño puede salvar vidas. Algo que nos lleva a los buenos momentos, a los rostros pasados, al punto en el que la leña se acumuló y las ausencias helaron esta estancia. Sí, seguiremos paseando, recordando las horas en las que por un instante, fuimos felices.

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Desde el susurro del aire


Precioso atardecer hoy en O Couso entre nieblas y nieve…

 

Una buena amiga me preguntaba casi todos los días cuando volvería a escribir. No sabía qué contestar. Leía estas tímidas letras desde el año 2008 y como ella, hay, sin yo saberlo, personas que de alguna manera gustaban de leerlas ya fuera por curiosidad, simpatía o amistad. Algo en mí me decía que alargara el silencio todo lo que pudiera, o al menos, hasta que me viera con fuerzas de escribir desde otro lugar. Un lugar más amigable, más tranquilo, más armonioso.

Si eres una famosa presentadora de televisión, algo sabes de voces. Hoy me llamó después de tiempo sin saber de su vida y mientras paseaba con el amigo Geo por estos contornos aún cargados de nieve y niebla, me contaba los avatares en televisión. Cuando tocó mi turno, por eso de ponernos mutuamente al día, dijo que notaba mi voz algo cambiada, como más tranquila y armoniosa, como en paz. Interiormente sonría. Lo vi como una clara señal de que este silencio había servido de algo.

En mis tareas de editor, ayer corregía un libro de DK y leía lo siguiente: “Estén de parte de los que construyen silenciosa y constantemente para el nuevo orden -orden que se funda en el amor, construye bajo el impulso de la hermandad y posee la comprensión de la misma, basada en el conocimiento de que cada uno y todos, no importa cuál sea nuestra raza, somos hijos del Uno. Hemos llegado a comprender que los antiguos modos de trabajar deben desaparecer y proporcionar una oportunidad a los nuevos métodos. Si no saben enseñar, instruir o escribir, aporten ideas y dinero para que otros puedan hacerlo. Ofrezcan sus horas y minutos de ocio para que otros queden libres y puedan dedicarse a servir al Plan; contribuyan con su dinero para que pueda progresar con mayor rapidez el trabajo de quienes pertenecen al Nuevo Grupo de Servidores del Mundo. Se pierde mucho tiempo en cosas no esenciales. La mayoría de ustedes dan poco o nada de su tiempo. Lo mismo pasa con el dinero. Deben dar como nunca han dado antes, a fin de posibilitar la parte física del trabajo. Hay quienes ofrecen lo único que poseen, y el poder que tal actitud libera es muy grande”.

Durante estos siete últimos años he dado tanto que ahora, tras unas semanas de auténtico silencio, me siento pleno, lleno, rebosante. Porque siempre es el que da, y no el que recibe, el que termina siendo afortunado. He observado desde el silencio la nueva etapa que nace en estos tiempos y he buscado la fórmula para intentar seguir ayudando, cueste lo que cueste, a ese nuevo mundo. Es cierto que aún me quedan algunos importantes asuntos de la personalidad que atender, pero igual de cierto es que cuando ahora veo un amanecer o un atardecer como el de hoy, es el alma la que, sujeta a su manifestación, suspira. Y es su susurro el que me empuja día a día a resistir a tantas pruebas. Es ese susurro el que me hace deleitar en la perseverancia.

Así que no puedo esconder este gozo debajo de una mesa. De alguna forma debo compartirlo, y aprender que, en la vida, solo se es pleno cuando la compartes definitivamente en toda su extensión. Así que abrazo con cierta alegría, pero también precavido, este nuevo lugar, este nuevo tiempo, esta nueva incógnita que se presenta. Espero poder compartir este susurro del que hablo con ligereza y amabilidad, desde un centro inequívocamente inofensivo y amable. Este aire nuevo que se aproxima sigilosamente entre las nieblas de la personalidad, pero también entre la fortaleza de cada amanecer del espíritu. Toca soplar de nuevo. Toca seguir navegando y compartiendo. Toca abrazar la vida en toda su plenitud, de nuevo, compartiendo. Que así sea por muchos años…

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