El día de la Bestia


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Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista. Cuando vinieron a llevarse a los judíos, no protesté, porque yo no era judío. Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar”. Martin Niemöller

Una de las matriculas de honor que saqué en la carrera de antropología fue en la asignatura de “Teoría crítica y pensamiento antropológico”. La persona que daba la asignatura era la alemana Verena Stolcke, la cual, escarmentada de las patrias y los nacionalismos (nació en Dessau, en la Alemania nazi de 1938) debió comulgar con mi análisis crítico de la realidad. Era de las pocas voces críticas que se atrevían a no defender el pensamiento nacionalista, y de ahí la simpatía mutua cuando en la universidad me llamaban facha por el mismo motivo. Lo recordaba esta mañana en la plaza Cívica de la Universidad Autónoma de Barcelona, donde tuve que ir a realizar unas gestiones académicas para el doctorado. (Esto lo cuento por eso de que en toda teoría siempre hay algo de biografía, así que disculpad las molestias del introito).

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No encontré entre los estudiantes ningún tipo de ambiente revolucionario, ni contestatario tras el día glorioso de ayer excepto en la librería plagada de libros con claro acento nacionalista y patrio. Todo estaba tranquilo, como si el día más importante de sus vidas, según los nacionalistas, no hubiera ocurrido. Ni celebraciones, ni borrachera ideológica, ni brote psicótico grupal. Todo en calma, en absoluta calma. El único reducto de simpática conversación lo protagonizaban dos jóvenes entusiastas que analizaban lo ocurrido. Me senté por curiosidad a su lado para escuchar-curiosear-cotillear atento la conversación. Para uno de ellos, el más radical, la culpa de todo había sido del “enemigo”. “Y hablo de enemigo porque habría que aniquilarlo”, decía a su atento interlocutor, un hijo de emigrante convencido de que lo mejor que le podía pasar en la vida es la reconversión al nacionalismo (al menos para evitar que lo aniquilen social y culturalmente). El hijo de emigrante (recuerdo que una vez me insultaron con estas palabras) decía que sí a todo en un catalán enlatado que le delataba, inclusive cuando su acalorado amigo decía que la culpa de todo lo que había ocurrido era de los “colonos españoles”, en clara alusión a los padres de los “charnegos” que aún siguen votando lo que les da la gana (incluido al Iceta), y no a la verdad, o dicho de otra manera, a la independencia. Si no hubiera sido por esos colonos, hoy hubiera sido un día triunfante y glorioso para la patria catalana. Pero por suerte o por desgracia, no hubo balconada. Nadie salió diciendo eso de: “Catalanes: interpretando el sentimiento y los anhelos del pueblo que nos acaba de dar su sufragio, proclamo la República Catalana como Estado integrante de la Federación Ibérica” (palabras de Companys). Ni el “Juntos por el Sí” tuvo mayoría de escaños ni tuvo mayoría de votos. Sí consiguió un país fragmentado, según el entusiasta estudiante de esta mañana, por culpa de los “colonos”, pero no mucho más. Ni hubo balconada anoche ni ahora se sabe muy bien como vamos a salir de este lío.

Ayer también fue un día festivo. No había un ambiente revolucionario. Más bien las calles estaban desiertas, casi sin tráfico. Antes de ir a votar cerca del lugar donde nací en el Valle de Hebrón, estuve paseando por el parque del Laberinto. Un bonito lugar donde perderse y donde bucear en los misterios del vellocino de oro y del hilo de Ariadna. El laberinto, como en la leyenda del Minotauro, representa como antaño las complejas construcciones palaciegas que rodean el ideario nacionalista. La razón, representada por Teseo, aún no ha encarnado del todo en este pequeño país mediterráneo viendo como se reproducía, a pesar de todo, la perseverancia en la independencia a costa de lo que haga falta. “Hemos ganado”, repiten unos y otros. ¿Qué es lo que hemos ganado, a parte de incertidumbre y desconfianza? Me pregunto yo…

Quise hacer pedagogía de lo que ocurre. Cogí mi papeleta, fui a votar, y no me dejaron. Era natural. No estaba dentro de la ley, lo que ellos llaman “empadronado”. A pesar de haber nacido a pocos metros de esas calles, por ley no tenía derecho a decidir en el día más glorioso de la patria, en el día de la liberación nacional. Tuve la osadía de explicar mi cómica actuación en las redes sociales y recibí todo tipo de insultos y amenazas: “manipulador”, “hdp”, “no vamos bien”, “demagogia barata”, “lejos de la verdad”… Quizás fui un poco travieso, pero solo quise hacer algo de pedagogía, tampoco era para tanto.DSC_0560

Quien verdaderamente ganó las elecciones de ayer fue la Bestia. Y no me refiero a la que aparece en el Libro de Enoc, el Leviatán descrito junto a Behemot: «Y en ese día se separarán dos monstruos, una hembra llamada Leviatán, que morará en el abismo sobre donde manan las aguas, y un macho llamado Behemot, y ocupará con sus pechos un desierto inmenso llamado Dandain». Me refiero al de Hobbes, ese que nació con miedo (era porque esa noche venía la armada Invencible a Inglaterra) predicando que los humanos son libres y, sin embargo, viven en el perpetuo peligro de que acontezca una guerra de todos contra todos (Bellum omnium contra omnes). Ese miedo siempre está ahí porque el contrato social es débil y puede ser roto en cualquier momento. Por eso hoy salía a las calles con cierto alivio. Al menos un alivio temporal de ver que la sangre no había llegado al río, o en palabras de Hobbes, viendo que el reino de la oscuridad aún no había penetrado del todo.

Ayer tiré a la papelera mi papeleta de voto al partido PACMA (animalistas, porque en este país parece que lo más sensato es votar a los que defienden a los animales –me refiero a los otros animales-). La construcción de otro Leviatán basado en la pureza de raza, nación, lengua, cultura, bandera o lo que sea me parece una aberración. Por mucho que se enfaden mis amigos nacionalistas (o patriotistas, tanto monta), esa aberración no nos llevará a ningún buen puerto. No lo digo yo, lo dice la historia de los nacionalismos y lo decía Verena Stolcke, que algo entiende de estas cosas. La libertad no se mide por el tamaño de las banderas, en ver quién la tiene más grande, como ha ocurrido en estas tremendas semanas. La libertad se mide por la acción inmanente de amar al prójimo. Todo lo que vaya en contra del otro va en contra de mí mismo. Así que con vuestro permiso, y con el permiso de Martin Niemöller, seguiré protestando. Eso sí, a mi manera. DSC_0563

(Fotos: El Parque del Laberinto ayer antes de ir a votar. Literatura nacionalista en las librerías de la universidad esta mañana en la UAB con claro análisis sobre el “enemigo”. Intento de voto fallido ayer en Barcelona).

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Refugiados, exiliados, señalados…


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Hay dos tipos de guerras y conflictos, las de sangre y las psicológicas. Ambas son horribles y ambas te obligan a la muerte, real o civil, al exilio ya sea en pateras o en pensamientos de huida o evasión.

Estos días hablo mucho con A., un ser excepcional que está buscando la fórmula para poder exiliarse de Cataluña. Para ella lo que está ocurriendo es asfixiante, como aquellas cámaras de gas que antaño suprimían la voluntad de vivir. Ahora las cámaras son más sofisticadas. Simplemente anulan tu posición vital con fórmulas sumarias nacidas del totalitarismo cognitivo. No puedes ser diferente, no puedes expresarte de forma diferente. Te anulan y marginan como ser. Te asfixian socialmente. Por eso ella, con cierto miedo y temor, se pasa el día buscando a donde ir, buceando por los mapas cual sería el lugar ideal, y sobre todo, como sobrevivir a esa suerte. ¿En qué trabajar, donde hacerlo, como hacerlo cuando lo abandonas todo y te vas sin nada?

Me explica que tiene cierto miedo. Aquí en Barcelona tiene su casa y un buen trabajo donde puede desarrollarse como persona. Dejarlo todo para tirarse a un exilio engañoso es un riesgo para el que se requiere excesos de valentía y fortaleza.

Hace justo diez años me exilié de Cataluña. Tras unos episodios desagradables en la universidad donde me llamaron facha por defender ideas opuestas a las del régimen oficial, decidí, antes de que realmente me volviera facha, marcharme. Fue un paso difícil, muy difícil. Dejar trabajo, familia, vender tu casa y trasladar todo tu ámbito de seguridad hacia la incertidumbre no es nada agradable.

Estos días lo estamos viviendo fuertemente en toda Europa. Esos barcos y trenes cargados de exiliados que huyen de la guerra son imágenes impactantes. La guerra, ya sea material, psicológica o política nunca trae nada bueno. Y todas nacen de esa manía humana de apropiarse de territorios e intentar inculcar y someter en ellos pensamientos o ideologías propias de otro tiempo. Banderas, emociones, creencias sobre la patria, la nación o la cultura, la religión. Todo mentiras con las que apoderarse del espectro civil y social que nos conjuga en este inconsciente humano.

Y luego el pensamiento único que no sólo te expulsa sino que además te señala. Con sus campañas del miedo, del terror, del apocalipsis. De ahí que la tarea humana tiene por delante es volver (si es que alguna vez estuvo) a la dimensión del ciudadano más allá de las tinieblas de las patrias y las naciones. Leyes que soporten la organización social, pero que no me digan en qué idioma debo hablar, ni me inculquen ningún tipo de amor a ninguna patria, cultura o nación. Ciudadanos libres que puedan caminar en un lugar libre de amenazas, de chantajes encubiertos, de estigmatizaciones por motivo de hablar en una u otra lengua, de pensar en unas u otras cosas. No quiero que me señalen, ni que me marginen, ni que me observen ni que me pongan ningún tipo de amuleto encima por ser diferente.

Algún día nacerá un mundo nuevo. Personas como A. no se marcharán de su tierra, del lugar que le vio nacer. Podrá crecer y expresarse libremente en todo su recorrido vital en cualquier parte del globo. Personas como ese ingente de sirios que ahora huyen del terror podrán hacerlo libremente en un futuro sin necesidad de pedir limosna a países egoístas e insolidarios. Algún día el mundo cambiará y dejaremos de ser animales asustados que huyen despavoridos para convertirnos en humanos completos y libres. Algún día dejará de existir fronteras que nos separen, y por lo tanto, morirán todas las guerras posibles.

La resistencia


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Durante un tiempo estuve viviendo muy cerca de las orillas de la bella ciudad de Lübeck, en el norte de Alemania. Allí nos contaban historias sobre la gran guerra y todo el holocausto que Europa sufrió no hace mucho tiempo. Deberíamos señalar con fuerza esta última frase: no hace mucho tiempo. A veces a escondidas y con algo de resquemor los habitantes de aquellos lugares de la Baja Sajonia me enseñaban los recuerdos de la guerra. Padres y abuelos que habían participado en la contienda, defendiendo la Alemania nazi y todo el régimen nazista con la mayor naturalidad del mundo. Lo normal en aquel tiempo era ser partidario de Hitler y su locura. Eso era lo corriente, lo uniforme, lo correcto.

No para todo el mundo. Julius Leber participó activamente en la resistencia alemana en contra del régimen de Hitler. Hasta el punto de que estuvo implicado en los atentados que intentaron acabar con la vida del Führer. Hasta el punto de que dio su vida por la causa de la libertad y de la paz.

Julius Leber fue consejero municipal de Lübeck. Nadie en ese momento podría presagiar lo que se avecinaba para ese hermoso país tras la sangrienta primera gran guerra. Nadie podía pensar que esas pacíficas y festivas banderas que colgaban en toda la propaganda nazi iban a terminar en una de las más terribles de las guerras.

En aquellos tiempos parecía algo normal la exaltación a la patria, a la nación aria, el rechazo a la razón y todo lo que pudiera venir de la decadente civilización occidental. Estábamos ante el rechazo más vivo sobre los valores de ilustración y el positivismo. La decadencia de Occidente se gestaba en el caldo de cultivo de la crisis económica que toda Europa vivía y la desilusión por las democracias que nada aportaban a la solución de una paz eficiente y nutritiva. En ese caldo de cultivo nació lo irracional, la adoración a las banderas y la proclama de verdades absolutas sobre la raza y la nación.

Algo muy parecido está ocurriendo en estos tiempos de exaltación nacional. En estos días que paseo por Barcelona se me eriza el cabello cuando veo tanta y tanta bandera. Quizás porque me costó entender cómo un pacífico pueblo como el alemán pudo caer en las trampas de la irracionalidad más absoluta de mano de un loco provocador que se creía el supremo Guía del pueblo alemán, espiritual, política y militarmente.

Lo siento, pero no podemos callarnos ante este resurgir irracional. No importa cuan nobles propósitos guarden en sus entrañas. Las relaciones irracionales nunca aportaron nada bueno. El pensamiento debe infundir luz a lo irracional. De nuevo la resistencia. De nuevo la pérdida de sentido.

El Procés, nuevo Movimiento Nacional


Bertran

Daba miedo ver el viernes a ese pelotón de ciudadanos uniformados con banderas y colores patrios andando pacífica y felizmente por las calles, en esa actitud borreguil tan propia de otrora otros tiempos donde la voluntad popular guiada por los lobos de siempre se humilla en la pérdida de identidad personal. Cataluña ha dejado de ser moderna y abierta para cerrarse en una actitud egoísta, pusilánime, caciquil y cortijera. Poco a poco se está convirtiendo en la Corea del Norte de Europa, donde la patria y la nación se exaltan hasta cuotas inimaginables. Donde te señalan y te hacen el vacío si no perteneces a este Nuevo Movimiento Nacional que tan tristemente nos recuerda a otros de antaño. ¿Seguimos hablando de naciones y patrias en pleno siglo XXI? Sí, seguimos.

El Procés, que así se llama el Nuevo Movimiento, se está convirtiendo en una corriente totalitaria, donde deja de existir la izquierda y la derecha, los de centro y los moderados para confluir todos en una sola lista, en un solo pensamiento único, patrio, de abolengo, de sentimiento nacional. La ralea condición no da espacio para lo demás. Sólo puede existir ese camino, esa vía. Sólo los que sigan la flecha, los que tengan una bonita bandera estelada en sus balcones, serán dignos de pertenecer a la nueva y esperpéntica patria. Esto no es un nuevo orden, es un antiguo deseo de poder bien articulado por la membresía anquilosada en el feudo y lo territorial, en el egoísmo y el engaño. En vez de desmembrar mediante ciudadanía y libertad al estado-nación queremos crear otros, los nuestros, que por supuesto siempre serán más ricos y mejores. En vez de cambiar banderas por libros seguimos esculpiendo banderas más poderosas y grandilocuentes por amplias avenidas. En vez de aportar luz y conocimiento aportamos folklórico colorido, muy parecido al de los circos romanos o los más modernos estadios de futbol. De nuevo la razón anquilosada y mancillada en nombre de la estupidez, la ceguera y la bobería. De nuevo todos uniformados. De nuevo todos de vuelta al fascismo (recordemos: “el fascismo pretende la sumisión de la razón a la voluntad y la acción, aplicando un nacionalismo fuertemente identitario con componentes victimistas o revanchistas, lo cual conduce a la violencia -ya sea por parte de las masas adoctrinadas o de las corporaciones de seguridad del régimen- contra aquello que se defina como enemigo mediante un eficaz aparato de propaganda”… ¿nos suena?).

Reencantar al pueblo ha sido siempre un uso común en las oligarquías de siempre, hasta el punto de hacer pensar a la gente que son ellos los verdaderos artífices de tamaña conquista. Es siempre el pueblo el que mataría por defender esa mentira, sea la que sea. Es siempre el pueblo el que legitima el cebo para defender a los oligarcas. Es siempre el pueblo el que sale a la calle o al campo de batalla.

Lo patético de todo es que se imita a la perfección antiguos modelos, relegando como única vía posible y deseada al Movimiento Nacional, al Procés vestido de modernidad, pero con sus mismas esencias. Articulando a toda la sociedad a un único cauce de participación en la vida pública y civil y subyugando una cultura y una lengua a otra. Ya lo vimos en la Diada, donde el Procés ha uniformado a sus fieles y adoctrinados seguidores apoderándose de una fiesta común. Todo configurado desde la ilusión y la chapuza, desde lo festivo y la falta de respeto hacia lo otro.

Al igual que antaño con el Movimiento Nacional, únicamente pueden expresarse las llamadas entidades naturales. Si en el fascismo español eran la familia, el municipio y el sindicato vertical, ahora en el movimiento nacional catalán son la nación, la lengua y el Junts pel sí (¿una nueva plutocracia?. La cruzada existe, como en el fascismo español, y se llama independencia. Los eslóganes son parecidos. Los enemigos todo aquello que no resume a catalanidad, o séase, el resto de España o los castellanos, a unas malas.

Así a lo largo de la historia ha funcionado a la perfección el encantamiento del pueblo. Buscando enemigos, cruzadas, símbolos, ideología única y verdadera, razón de existir y pertenecer a una raza o nación, necesidad ególatra de participar en la locura colectiva.

A nadie en su sano juicio le gusta esta España que entre todos, catalanes incluidos, hemos construido. A nadie le gustaría pertenecer a este esperpento tal y como lo hemos heredado del fascismo español nacido en la Guerra Civil. Pero a nadie se le ocurriría desquebrajar esta herencia asumiendo sus valores y principios más ancestrales y temerarios. Nunca se podrá apagar el fuego con más fuego, y nunca la exaltación nacional podrá abolir la rancia condición patria. El ciudadano del futuro no basará su existencia en banderas, patrias y naciones, sino en la conjura de luchar juntos contra las injusticias sociales, no contra el otro social. Esperemos que la frustración no termine en violencia como en épocas pasadas y esperemos que la búsqueda de libertades no vengan de la mano de banderas, sino de libros y conocimiento.

La Liada


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Podría estar celebrando el gran evento, pero como me siento timado, engañado y aborrecido prefiero no hacerlo. Es tanto el hartazgo que ni siquiera tenía ganas ni ánimo para escribir. Pero me sentía en el deber moral de dar apoyo a los que sufren y viven en el exilio psicológico de esa tierra que ha sido apropiada indebidamente por una ideología, por un pensamiento único, por una emoción del bajo vientre, más propia de la servidumbre ideológica que de sedientos ciudadanos que claman valores como la fraternidad, la libertad y la igualdad.

Aquella tierra provocó mi exilio. Primero psicológico y emocional. Me hizo aborrecer todo tipo de banderas, de consignas, de mandamientos, de pensamientos rígidos donde o eres de los nuestros o estás en contra de nosotros. Luego decidí marcharme por pura supervivencia, por no acabar con una urticaria o algo peor. La mala leche primero y el desconcierto después provocaron la ruptura definitiva con cualquier patria, nación o estado que quisiera imponerme ningún tipo de norma, emoción o pensamiento, bandera o símbolo que no correspondiera a mi propia acción libre, a mi propia emoción libre de sentirme lo que quisiera y cuando quisiera y con quien quisiera. Admito que cada vez que veo una bandera algo grande rechina en mis adentros.

Ahora la Diada se ha convertido en una Liada, porque ha quedado enclaustrada en una ideología. Ya no es común, ni compartida, ni generosa. Ahora la fiesta es de etiqueta, y con derecho de admisión. Sí, porque el derecho a decidir se ha convertido en derecho de admisión. Tú sí y tú no. O piensas como nosotros o no eres de los nuestros, y si no eres de los nuestros está claro cual es tú lugar en el mundo: el exilio. Ese pantanoso lugar donde de repente o eres de todas partes o de ninguna.

Lo siento pero no hay nada que celebrar excepto una enorme tristeza, una enorme desazón y una angustia vital y temerosa por saber hasta donde son capaces de llegar con tal de salirse con la suya. Realmente tengo miedo porque cuando se alcanza la voluntad de pensar que la verdad la poseen unos pocos iluminados se llega al fanatismo, al odio y a la destrucción.

Los nacionalistas y los patriotas siempre se han creído un pueblo elegido, superior y diferente. Pobres ingenuos en materia biológica y social. No entienden que nada de eso es posible, porque para ser elegidos, superiores o diferentes tiene que existir una clara intervención divina, y hasta donde conocemos, eso no ocurre en los asuntos más vulgares de nuestra organización social.

En este país estamos en un buen lío. En un peligroso lío. Por eso hoy tendríamos que celebrar la Liada, para ver como salimos de esta. Espero que podamos salir airosos y que todo sirva de enseñanza grupal. De lección cívica y armónica. De no ser así, me temo lo peor. Y lo digo en serio. Lo peor de lo peor. Tiempo al tiempo.

Más Mas


a

Sin duda hay políticos y políticos. Algunos aprendieron eso de la unidad psíquica de la humanidad y otros se quedaron en aquello de los castillos feudales. Son formas de ver y entender la vida. Unos reclaman ciudadanía universal y otros reclaman territorios donde expandir su egolatrilidad.

Mas va quemando todas sus naves con tal de no pasar a la historia como un político corrupto, sino como el héroe que toda nación requiere. Primero pretende quebrar y dividir a un estado. Luego ha conseguido lo mismo con su nación catalana donde ahora más que nunca hay catalanes de un bando (independentistas) y catalanes de otro (unionistas). También ha divido su coalición, su partido de toda la vida, desquebrajando en dos lo que antes parecía uno. Ni convergen ni están unidos. En menos de cuatro años ha conseguido quebrar todo un proyecto de país para convertirlo en un quebradero de cabeza indigesto.

Es el precio de esa extraña necesidad de algunos de querer pasar a la historia sea como sea. Y a eso se apuntan hasta monjas capaces de creerse en una especie de salvadoras de patrias. Todos quieren estar ahí, incluso el ciudadano medio, el cual ahoga sus penas con ilusiones de cualquier tipo, con banderitas colgadas en los balcones como queriendo decir eso de “yo soy de los buenos”. Y los que no cuelgan su banderita debe ser de ese tipo de personas que no se enteran de nada, que no son verdaderos patriotas y merecen como mínimo nuestra desconfianza.

Me hacía gracia cuando de pequeñitos nos hacían odiar las patrias y especialmente las banderas españolas. Lo pude entender y jamás se me ocurrió enarbolar ninguna de ellas. Pero ahora me quedo de cuadros cuando veo tantas y tantas banderas en tantos y tantos balcones. ¿No éramos todos ciudadanos y aborrecíamos las banderas? Lo entendí mal. Éramos todos antiespañoles y despreciábamos la bandera española. Sacar una bandera española es ser facha, sin embargo, sacar una estelada cuanto más grande mejor (el tamaño sí importa) es ser una persona libre que demanda libertad y que además se cree en posesión de cierta verdad extraña en los tiempos que corren: el amor ciego a la patria o la nación.

El presidente Mas está en el camino de no retorno. Volver atrás sería un suicidio no político, sino civil. Traicionar la ilusión de un pueblo se puede pagar muy caro. Por eso mira hacia delante. Nos ha metido a todos en un buen lío y ahora solo se puede salir del mismo con la victoria. Y la victoria significa crear un nuevo reino donde ningún tribunal pueda juzgarlo por cohecho, prevaricación, y todas esas cosas por la que se juzga a políticos corruptos (recordemos que el anterior presidente de CIU tuvo que dimitir por sus trapicheos, también el padre del nacionalismo catalán, Pujol, está siendo investigado y las sedes de CIU están siendo embargadas).

Ante este panorama, ¿cómo juzgar al héroe de la patria? ¡¡Amnistía!! Gritaría el pueblo emborrachado de gloria. ¡¡¡Libertad también para nuestro héroe!!!

¡¡¡Adelante pues comandante Mas!!! Hasta la victoria siempre…

El 15M ya está en el Sistema


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Es algo intrigante. Acabo de llegar a mi ciudad natal y me acabo de dar de bruces con esta nueva realidad. No es que vivir en la montaña en una caravana sin televisión te aleje de la realidad, pero aquí, en la casa familiar de Barcelona donde la televisión forma parte del decorado común, te das de bruces con lo que está pasando en nuestro país. Con esa otra realidad. Lo cierto es que hoy ha sido hermoso ver a Ada Colau y Manuela Carmena tomando mando en las dos ciudades más importantes de España. Digo hermoso por no decir surrealista.

Cuando decidí marcharme a vivir al madrileño barrio de Malasaña fue para estar más cerca del movimiento ciudadano. Desde aquella plácida vida en una tranquila urbanización a las afueras de Madrid no era capaz de escuchar los alaridos del “pio pio”, del helicóptero de la policía que avisaba que alguna nueva protesta ciudadana se reunía en alguna parte caliente de la ciudad. Y tras el cambio, puntual, allí estaba, en primera fila, para ser testigo único de este tiempo convulso cada vez que algo ocurría.

Ahora que toda esa voz crítica está participando activamente en el poder, en el sistema, codeándose con la casta, me pregunto qué o quién saldrá a la calle o a las plazas a protestar cuando las cosas comiencen a torcerse de nuevo. Tras recibir tantos golpes y decepciones decidí literalmente apartarme de esa lucha que veía como inútil. Leviatán es como un cíclope gigante al que resulta difícil vencer. Lo es porque nosotros, la suma de todos, formamos a ese diablo de múltiples cabezas. La regeneración política, la renovación económica, el cambio de paradigma son palabras que resuenan en estos días de esperanzador futuro.

Realmente ha cambiado algo las turbas del escenario. El color de las cortinas, la iluminación, los decorados. Pero el espectáculo, por desgracia, parece el mismo. Ahora los del 15M ya no están en la plaza, están en el circo, representando. El espectáculo está servido. Veremos a ver qué da de sí, cuanto da de sí y qué tipo de cambios se consiguen. No lo veo como algo negativo o pesimista. Vemos que hay cambios. Es cierto. Y el Sistema está contento, porque ahora las plazas están vacías y los circos llenos.