¡Será genial! Sobre la caída de un imperio


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Donald Trump ha felicitado a Boris Johnson a través de las redes con una frase profética. “Felicitaciones a Boris Johnson por convertirse en el nuevo primer ministro del Reino Unido. ¡Será genial!”. La elección de Boris Johnson no deja de ser una caricatura idéntica a lo ocurrido en Estados Unidos con Trump. Sin duda, cuando los imperios caen, se despliega un símil caricaturesco en los personajes a los que les toca llevar a buen puerto esa caída. Trump y Boris son las personas que representan el fin de una era, la anglosajona, y el comienzo de otra, la cual aún está por definir. También Boris podría representar el fin del experimento de la Unión Europea tal y como la conocemos ahora. O se autodestruye en la próxima década o renace con más fuerza. Esa es la incógnita que esperamos resolver aún.

¿Será genial? Al menos ambos prometen un estilo diferente, como cuando el bufón se cuela en la corte y empieza a hacer gracietas. Al principio parecen bromas divertidas, pero cuando el bufón tropieza y mancha a toda la corte con sus torpezas, al final la fiesta no termina bien. De momento hemos visto a un Trump comedido, al menos en el plano internacional. Por un momento pensábamos que desde el minuto cero nos iba a meter en mil guerras y devastaciones apocalípticas. Por suerte todo quedó en la gracieta de mal gusto de los aranceles, de sus fotos con al amado líder norcoreano y su empecinamiento con el muro fronterizo. ¿Habrá alguna traca final? No en este mandato, pero sí, si sale reelegido, la líe parda en un segundo mandato y sea ahí cuando empiece la fiesta particular entre Trump y Boris.

La fiesta terminará, a medio plazo, con la desintegración de Reino Unido tal y como lo conocemos. Es posible que Irlanda del Norte termine fusionándose con Irlanda y Escocia decida independizarse y entrar en la Unión Europea, quedando Inglaterra y Gales aisladas y en una posición decadente. El Reino Unido dejará de ser reino y dejará para ese entonces de estar unido, por lo que deberá buscar otro nombre más apropiado o volver al topónimo más apropiado de la Pequeña Bretaña.

Sin duda, seguimos navegando en un mar de incertidumbre futura. Mientras los bufones gobiernan primitivas estructuras medievales ancladas en míticos reinos, el mundo gira lleno de plásticos, lleno de contaminación, lleno de sangrientas guerras y hambrunas. Nuevas crisis nos esperan. Habrá que prepararse para afrontarlas una y otra vez. ¿Estamos cerca de la crisis final? Seguiremos trabajando para una transición segura hacia un nuevo mundo menos bufón y más serio y respetuoso con los verdaderos retos del futuro.

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Por qué votaré a PACMA y breve análisis de por qué no votaré al resto


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Tiempos modernos (1936), siempre tan de actualidad

La verdad es que me siento libre pensador, y podría votar a cualquier partido del espectro social de nuestro país si pudieran convencerme de algo que realmente me conmoviera como votante itinerante y ácrata. Eso es algo que me gusta de nuestra idiosincrasia como país irreductible: el ser lo suficientemente libre para votar a unos y a otros según nuestra particular visión o conveniencia. Aunque el sistema de votación y la democracia representativa me parece algo anacrónico e irreal, una vez más voy a participar en este sistema para no parecer, que bastante lo parezco ya con esta manía de crear utópicas realidades, un antisistema al uso.

En estas últimas elecciones de nuevo voy a repetir y votaré a PACMA. Ante la quiebra política que se avecina y ante la posible destrucción de lo que parecía un marco de convivencia ideal (qué hermosa es España en su conjunto y qué manía nuestra de siempre querer destruirla), me declino ante la idea de intentar sumar fuerzas a ideas que tengan que ver más con la ingeniería humana, la convivencia pacífica en nuestro planeta y los altos ideales de amor y fraternidad hacia los animales. Cuando estos valores lleguen a nosotros, nuestra visceralidad desaparecerá y estaremos más cerca de poder convivir desde el amor, y no desde el rencor. Dicho esto, explicaré con detalle por qué no votaré al resto de partidos y sí a PACMA.

PARTIDO PIRATA: A pesar de que fui candidato a las últimas europeas con este partido, quizás como editor comprometido debería votarlo. Pero su caos y falta de liderazgo me obliga a no hacerlo. También el que sólo se interesen por lo referente al mundo digital sin mayores aportaciones que esas.
EQUO. También he militado en este partido, pero cuando los intereses partidistas están por encima de los intereses y las ideas que persiguen, el resultado es decepcionante. Me refiero a que se vendieran y formaran coalición con Podemos, como si la ecología fuera algo exclusivo de las izquierdas. Esto es una grave visión futura. La ecología debería ser de todos porque es algo que nos afecta a todos. ¿Cuando nos daremos cuenta?
PARTIDOS NACIONALISTAS. La miopía y egoísmo de estos partidos, el etnocentrismo, la xenofobia y lo rancio de sus mensajes nacionalistas me impiden ni siquiera mirarlos de reojo. Me parecen rancios, caducos y fuera del tiempo. Aunque se visten de modernidad y libertad, es lo más anacrónico y trasnochado que he visto nunca. Y esto lo digo desde la visceralidad más absoluta, pero también desde la crítica más comprometida.
VOX. No deseo ofender la inteligencia de aquellos que visceralmente, por hartazgo, deseen votarlo. Allá ellos y sus consciencias. Pero volver a la edad media no me parece inteligente. Y tampoco me parece sano y sí muy peligroso volver a dar alas alegremente a la extrema derecha. Cuidado con los extremos. Vox es la otra cara de los partidos nacionalistas. Igual de rancio, caduco y anacrónico. Los extremos se tocan y se necesitan para subsistir. Poner en pie de guerra este hermoso país no traerá nada bueno. Alimentar estas dos bestias que en su esencia son exactamente lo mismo, nacionalistas y extrema derecha solo puede volvernos a escenarios muy peligrosos. Cuidado que esto no es una broma.
PODEMOS. Estuve muchos años militando en Izquierda Unida y no me perdí ni una manifestación cuando ocurrió el 15M. Ahora veo con tristeza cómo los líderes se convierten en casta y como ingenuamente los ilusionados indignados se convierten en señoritos que pretenden vender un mensaje vacío para seguir pagando sus bonitos chalets con piscina. Lo siento pero mi voto se ha indignado aún más con vosotros.
CIUDADANOS. Me gustó mucho sus inicios y el trabajo que han hecho en Cataluña al dar voz a una gente que vivía con miedo en una tierra absorbida por el mensaje nacionalista. Olé en Cataluña por la valentía y patética gestión en el resto de España por su deriva ideológica para rascar votos de unos y de otros.
PP. Nunca me gustaron sus líderes. Ahora Rajoy me parece un santo varón cuando los comparo con Fraga o Aznar o Casado. El Casado es joven y tiene mucho que madurar, pero viendo su competencia con Vox para ver quien la tiene más grande (me refiero a la bandera, claro) y viendo que centra su mensaje en las esencias, parece más un tripartito kafkiano que un partido con personalidad propia.
PSOE. Milité algunos años en este partido y de haber perseverado seguramente hubiera tenido una carrera política de su mano. Estuve a punto de ser alcalde de un pequeño pueblo, pero se cruzó por mi vida una embajadora que me alejó de esa posibilidad. Me gustó mucho, debo confesarlo, la carrera que su actual líder ha realizado para destronar de una vez por toda la ortodoxia casposa de su partido. El hecho de que todos los “varones” se pusieran en su contra y aún así venciera, me dio mucho morbo. También me gustó ese esfuerzo por dialogar con la bestia satánica independentista, como la ven algunos. Pero el partido socialista hace mucho tiempo que dejó de ser socialista. Y los utópicos como yo siempre fuimos vistos como ingenuos a lo largo de toda la historia. Así que seguiré votando ingenuamente a los imposibles.

Ahora mis amigos independentistas y mis amigos de la extrema derecha y mis amigos de la extrema izquierda y mis amigos moderados y mis amigos del centro y mis amigos ácratas y mis amigos místico-espirituales se enfadarán todos. Pero no me importa. Yo os seguiré amando, a pesar de vuestras ideologías, de vuestras creencias y de vuestra capacidad o no de juicio crítico, opinión y debate. Votaré, y votaré a PACMA y le daré voto a los animales, a ver si así nosotros nos humanizamos en el camino.

 

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Me alegra que la derecha se manifieste y salga a la calle


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Con tanto ajetreo interior, hacía ya demasiado tiempo que no opinaba (y subrayo la palabra) sobre política. Tanto mirar para adentro e intentar resolver asuntos personales me alejó de lo externo, de lo que irradia ahí fuera en algo tan importante y en estos tiempos, tan dramático, como es lo político. Pero ahora, ya más alegre y fortalecido, me atrevo a seguir avanzando desde el pensamiento en lo que nos atañe como grupo humano, como nación o como lo que queramos ser.

Ayer se manifestó eso tan abstracto como es la derecha española en la capital del reino (qué palabreja), apropiándose, una vez más, de la bandera y la patria. Algo así como lo que hacen unos dos millones de catalanes cuando se apropian de la bandera, la nación y las instituciones doblegando la voluntad de toda una ciudadanía (aún no sabemos qué pintamos los otros cinco millones en todo este tinglado patrio). Es como si las banderas y las naciones y las patrias solo fueran patrimonio de los más puros de entre los puros, los que son verdaderamente “el pueblo”. Los otros, los demás, los ciudadanos, solo somos “asociados”, un mal menor, algo que está “ahí”.

A pesar de ello, y aprovechando mi racha de alegría, en cierta forma, me alegra ver que las calles son de todos, y cuando digo todos es de todos mis vecinos, tanto de los puros como de los asociados (la “sociedad” no es más que la suma de socios, “asociados”, que interaccionan por interés, a diferencia de la “comunidad”, que está integrada por vecinos, familiares y amigos que desean colaborar en el bien común, y a diferencia del “pueblo”, siempre garante de las esencias). Me alegra ver que todos podemos manifestarnos libremente en un país con grandes dosis de libertad, a pesar de lo que se escucha y dice, y que puedes hacerlo, siempre bajo los parámetros de la convivencia que otorga eso tan concreto (y no abstracto) como es la ley, los principios generales del derecho y la costumbre. En el contrato social, ese marco de asociados, todos podemos abrir nuestros corazones para expresar lo que deseamos siempre desde el respeto a las reglas que nos hemos autoimpuesto, (dejaremos para otro exabrupto lo justo o no de esas leyes), y siempre bajo el prisma de la tolerancia y el respeto al que piensa diferente.

La polémica viene cuando los esencialistas de uno u otro lado se creen dueños de las calles o los representantes legítimos del conjunto. ¡Las calles siempre serán nuestras! Dicen unos. ¡Y las banderas! Dicen los otros, como si los demás no tuvieran derechos y obligaciones sobre las mismas o como si fuera algo ajeno a su esencia natural. A partir de ese grito de guerra, lo demás es una perfecta creencia sobre la pureza de las ideas, tachando de “fascista” o “golpista” al que no piensa como uno, cayendo de paso en la gran contradicción dialéctica de ver en el otro lo que uno realiza de forma alarmante ante la cerrazón de la idea. Si no eres como nosotros, si no piensas como nosotros, eres automáticamente mi enemigo, y por lo tanto, para simplificarlo todo y que todos podamos entenderlo, eres un facha o un golpista o un nazionalista, tanto monta. Así es la dialéctica en la que nos movemos, simple, llana, grotesca, intolerante. Y ante esa inteligencia que se cree poseedora de verdades absolutas que claman a lo natural del pueblo, las calles y todo lo demás que le vengan en gana, poco se puede hacer, excepto esperar a que la emoción se calme en nombre de la razón, la inteligencia y la lucidez.

No aplaudo los motivos que unos y otros representan. Mi visión ácrata sobre la tierra y las ideas no me permite simpatizar con unos o con otros. Me refiero a esa defensa ciega e inútil de la defensa de las esencias en un mundo de asociados, de uno u otro bando, a partes iguales. No puedo defender algo irracional y decadente como puede ser la adoración ciega a la patria o la nación o la bandera, sea la que sea. Ya no estamos en los tiempos de “todo por la patria” o “todo por el pueblo”. Pero sí celebro que los otros puedan también salir a la calle, tan acostumbrados a ver a los de la calle como “perroflautas” o algo peor. Celebro que todos salgamos con festividad y alegría a gritar lo que nos venga en gana, tengamos o no razón, derecho o simpatía. Si somos vecinos, y además tenemos que seguir siéndolo durante los siglos de los siglos, mejor que seamos claros y digamos lo que pensamos, y luego, dentro del marco de la convivencia, dentro del contrato social, podamos tal vez entendernos en lo mínimo soportable.

Sobre las cuestiones de fondo de porqué esta manifestación, no entraré de momento para no encender las llamas de nuevo. Solo quería decir que siento alegría por vivir en un país vivo, divertido y paradójico, además de bello y único, diverso, multicultural y apasionante e incluso tolerante, a pesar de esas minorías tan ruidosas. Sí, salgamos todos a las calles, para demostrar que somos diferentes, y que por eso debemos empezar a amar la diferencia, estrecharla, respetarla, abrazarla sin miedo. Y por favor, dejad de llamar al otro facha o perroflauta según seáis. Es algo de horteras. No fomentemos más el odio, veamos al otro con simpatía, veamos al otro como aquello que nos falta para comprender la totalidad de lo que somos.

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Vox Populi, vox Dei


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“Y no debería escucharse a los que acostumbran a decir que la voz del pueblo es la voz de Dios, pues el desenfreno del vulgo está siempre cercano a la locura”. Cartas de Alcuino de York a Carlomagno. Epistolae, 166.

A estas horas estoy sobrevolando Europa dirección Estambul. Desde allí cogeremos un vuelo hacia Tel Aviv, nuestro primer destino. A vista de vuelo panorámico, creo que aún no somos conscientes de todo lo que está ocurriendo en Europa, y hacia dónde nos llevará esta situación cada vez más agravante. Lo ocurrido ayer en el parlamento Británico y la brutal derrota de su primera ministra es solo el principio de un fin que no sabemos aún hacia qué lugar nos llevará. Hablo de lugar, aunque quizás debería de hablar de tiempos…
Vox Populi, Vox Dei, decían los antiguos. Si realmente esta expresión significa que “la opinión popular de la gente revela la voluntad de Dios y debe obedecerse”, debemos pensar seriamente por qué Dios ha querido semejante panorama en la cultura política europea de estos últimos años. El Brexit es un claro ejemplo de retroceso social y político, de vuelta al pasado, de defensa de lo “nuestro” en contra de lo que les ocurra a los demás. Los movimientos nacionalistas, aupados desde el egoísmo y las esencias, vuelven como alocados corceles que, ciegos sobre su destino, solo pueden cabalgar hacia adelante.
Estamos viviendo momentos que pueden determinar para siempre lo que pueda ocurrir en este próximo siglo recién estrenado. Aún nos duele la memoria de las cosas que ocurrieron en tiempos pasados. De nuevo el ombliguismo contra la mirada sincera al otro. De nuevo defendiendo lo nuestro y arrasando por el camino todo lo demás. De nuevo el miedo antes que la cordura de la razón. El Brexit, como los demás patriotismos o nacionalismos de nuevo cuño, forma parte de la derrota de Europa en el campo de las ideas, en la visión de la paz común y en las ideas de fraternidad, libertad e igualdad que tanto nos costó alcanzar tras las grandes guerras del siglo pasado. Todos los avances logrados se empiezan a derrumbar poco a poco, a la espera de que los dioses benévolos vuelvan a susurrar al pueblo las ideas de luz, fraternidad y paz que tanto necesitamos en este nuevo tiempo.
Todo aquello que nos separa, el Brexit, las naciones, las fronteras, las patrias, la ignorancia o el odio nunca puede ser bueno para el conjunto de todos nosotros. Todo aquello que intenta, de la manera que sea y con los motivos que sean, separar, dividir, restar, nunca puede ser un susurro de nuestra más profunda naturaleza. La decadencia del Reino Unido, su declive, se está expresando en estos instantes. El Gran Imperio Británico que durante siglos dominó el mundo está viendo sus últimos días. Ahora es el Brexit, pronto será Escocia e Irlanda del Norte y luego… Europa y sus ideales deben estar alertas para que este movimiento no se expanda aún más… Aquí en España, uno de los últimos reductos que quedaban libre de extremismos, se está manifestando de forma fuerte la derrota de la razón y la fraternidad. La plaga sigue, y es contagiosa. Es como si de repente, estuviéramos de nuevo cerca de la locura… La misma locura que hace un siglo arrasó media Europa.

 

 

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No es Trump, somos nosotros


 

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Lo que ha ocurrido recientemente en Estados Unidos con la victoria indiscutible de Donald Trump no es algo aislado. Está pasando en el resto del mundo. No es un fenómeno nuevo, pero sí, recabando la memoria histórica de nuestra sufriente humanidad, un fenómeno peligroso y oscuro de impredecibles consecuencias.

Trump no es un simpático personaje de un capítulo de los Simpson escrito hace quince años. Es el resultado de un nuevo tiempo, de una nueva era de penumbra y ofuscación. Es el hijo póstumo de ese nuevo espectro que nace para imponer su ley del miedo, la ignorancia y el rencor. El espectro del nacionalismo.

Lo hemos visto con el fenómeno racista y xenófobo del Brexit. Lo estamos viendo en los nacionalismos, también racistas y xenófobos de regiones que reclaman la pureza de un estado propio para terminar con las desgracias del pueblo elegido. Lo vemos en una rancia ofuscación europea que se apodera no tan solo de las instituciones, sino de las buenas voluntades de sus pueblos que, arrinconados por una realidad que se impone, se desgarra en la desesperación de “soluciones finales”.

No, no es Trump, es también el Frente Nacional en Francia, el Amanecer Dorado en Grecia, la Alternativa para Alemania en el país germano, el UKIP en el Reino Unido, Ley y Justicia en Polonia, el Partido de la Libertad en Austria, y un largo recuento de dragones que están de nuevo despertando porque nosotros, cansados, queremos vivir en paz con nuestras miserias, con nuestros hipócritas logros y con nuestra desnudez vital, tan frágil y falta de luz.

Es el nuevo fantasma que azota ahora al mundo, sin saber, en un tiempo delicado, hacia donde llegará esta deriva. Y ocurre porque le damos la espalda al mundo, a la historia más reciente, a la conquista de valores que se olvidan ante la necesidad de proteger nuestra vida de cervezas y televisión.

De nuevo, siguiendo con la historia, debemos repetir eso de que “toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas”. Estamos dejando atrás la era de las luchas de clase para convertirla en la lucha de las razas, de las naciones puras, del blanco occidental que desea proteger a toda costa su modo de vida a cambio de perder cualquier valor o dignidad. El otro, sea español (véase el odio visceral de algunos nacionalistas ibéricos), sea moro, sea latino, sea chino o lo que sea nos da miedo, nos asusta.

El pueblo americano no ha votado a Trump, ha votado para proteger la posibilidad de poder seguir bebiendo su cerveza los fines de semana frente al televisor, de poder seguir consumiendo calurosamente los tres primeros días de mes para luego vivir tres semanas de angustia hasta la próxima paga, han votado el poder seguir fingiendo ese bienestar caduco y falso a cambio del hambre y la injusticia sobre el otro.

De verdad, no es Trump, somos nosotros, cargados de odio, hambre y miedo.

 

 

¿Dónde está la nueva política?


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Ayer pude ver algo, por higiene moral, muy poco, sobre el debate de investidura. Casi se me saltaban las lágrimas de pena al ver como aquello que con ilusión había llegado hasta el Congreso en muy poco tiempo para provocar cierto cambio ya se había convertido en casta, en caspa y en algo peor e innombrable. Sentí cierta vergüenza ajena, y al mismo tiempo, me sentí muy ajeno a todo ese bochornoso espectáculo ombliguero donde todos hablaban de lo bien que lo hacen ellos y lo mal que lo hacen los demás. Era como estar en un circo, en el de siempre, donde de repente alguien se levantaba con cierta lucidez volviendo a decir aquello de que “no nos representan”.

Sentí cierta pena por todo aquel inmenso esfuerzo en las calles donde recibíamos palos y vergüenzas por defender cierta justicia social y ver que todo aquel esfuerzo se había convertido en un bochornoso panfleto de televisión. Por suerte la rabia que antes me producía todo esto había desaparecido. Sólo observaba con cierta tristeza como el sistema se ocupa de encasillar y posponer ningún tipo de cambio que pueda provocar un verdadero regreso al ser humano.

Así que dejé de seguir esa realidad que ya me resulta tan ajena y seguí profundizando en la política real, en la de la calle, en nuestro caso, en la de la pequeña comunidad donde estamos que pretende tener como vehículo político algo tan profundo y sencillo como el consenso. Cualquier cosa que hacemos, que proyectamos o que deseamos transformar debe pasar por el consenso que nace siempre del apoyo mutuo y la cooperación. El consenso se expresa con silencios, con propuestas calmadas, estudiadas hacia la generosidad, hacia el bien común, rechazando cualquier egoísmo personalista.

No somos ningún tipo de panacea pero sabemos que ya no queremos participar en las estructuras pasadas. Nos negamos a ser cómplices de ese bochorno social. Preferimos poner en práctica valores, sistemas y propuestas que sean útiles al ser humano, y no a sus estructuras. O mejor dicho, que sean útiles al ser humano y por añadidura también a sus sistemas y estructuras. Pero no al revés. Primero las personas, luego el resto. Eso es lo que estamos aprendiendo en este lugar. Por eso lo mejor es seguir en silencio, como hasta ahora, dejando esa política de salón para los políticos profesionales mientras nosotros, la sociedad civil, hacemos nuestras propias políticas al margen de ese circo confuso, mentiroso y mediático.

Construyamos una sociedad paralela hasta que la vieja sociedad se derrumbe por su propia inconsistencia. Sigamos construyendo el nuevo mundo aunque sea de forma humilde y anecdótica. Algunas semillas a veces están destinadas a crecer y dar mucho fruto.

(Foto: de politiqueo con los vecinos de las aldeas mientras buscábamos unas cabras perdidas. Nuestro pequeño congreso era amable, servicial y humano).

La superstición del linaje


 

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No hay nada peor para la realización plena de los seres humanos que las supersticiones sobre el linaje, sobre los pueblos elegidos o los que creen pertenecer a una superioridad étnica, cultural o de cualquier otro tipo. Perpetuar la sangre siempre ha sido una obsesión, una necesidad de gratificación del ego. A veces esa sangre se traduce en una herencia de pensamiento, de ideología, una infantil aprobación paterna no satisfecha, una galopante megalomanía acompañada de la falta de aceptación ante las contradicciones y hechos de la vida.

Cuando los pueblos se creen elegidos, diferentes, agraciados por algún tipo de linaje ancestral o don, son motivaciones que suelen responder a problemas de identidad individual, a una personalidad explotadora con opciones de vida limitadas por el adoctrinamiento social. Existe un sentimiento de inseguridad interior que provoca una afiliación mayor que nos vuelve ignorantes y sumisos. Queremos hijos o patrias como trofeos para mejorar nuestra posición social, queremos identidad ajena o externa para sentirnos aceptados en el conjunto.

La debilidad interior, el miedo al fracaso o al rechazo, al estigma o a la indiferencia hacen el resto. La falta de gratificación personal crea una especie de sumisión hacia los hacedores de patrias, naciones o movimientos de todo tipo. Una obediencia ciega a los dogmáticos que buscan aumentar sus rebaños. Cedemos nuestra identidad a una identidad mayor por miedo. Creamos una extensión de nuestro ego en una amalgama racial capaz de empoderar nuestras carencias.

Buscamos una libertad colectiva y ficticia que creemos no tenemos como individuos. Establecemos por lo tanto nuestras decisiones individuales sin cuestionar el condicionamiento cultural, ni nuestra posible visión estrecha de la realidad, ni la casualidad de las cosas, incluyendo la fortuita posibilidad que nos trajo al lugar que habitamos. Ello nos convierte en elitistas, xenófobos, intransigentes. Pensamos que la eugenesia social es más fácil de disimular que el genocidio de los otros. Y los otros, aquellos que no son iguales a los nuestros, siempre por definición serán nuestros enemigos. Como mínimo pueblos inferiores que carecen de la superioridad de nuestra riqueza colectiva, económica y cultural, y por lo tanto, no merecedores de nuestro trato, favor o acompañamiento.

Las patrias, las banderas, las naciones, no son más que hechos basados en creencias que nacen de supersticiones sobre el linaje, individual y colectivo, cuyo germen radica en la falta de consciencia personal, en la necesidad de un reconocimiento colectivo y en carencias individuales no resueltas. Un ser verdaderamente libre no necesita ningún tipo de libertad colectiva. Los pueblos solo pueden emanciparse de la ignorancia, del hambre o de la guerra. Todo lo demás son carencias, creencias y supersticiones nacidas de un pasado remoto que ya no tiene vigencia en nuestros tiempos. La libertad verdadera siempre nace del interior. Todo lo demás no son más que estigmas que nos ayudan a cierta supervivencia psicológica. Ser libres es estar ausentes de dichos estigmas, creencias o propósitos desmesurados.