Encontrar nuevas palabras


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Unos días en cama con algo de fiebre y malestar general me ha permitido ver con detalle el bochornoso espectáculo de nuestros políticos en el Congreso. Hacía tiempo que no sentía tanta vergüenza ajena. Describe a la perfección la configuración cultural y social de nuestro país, su educación, su progreso grupal. Realmente fue una visión panorámica de cómo los egoísmos territoriales se apoderan por un lado de exigencias y chantajes y de cómo unos bandos y otros parecen haber nacido bajo la presión de una sinrazón sin sentido.

El verbo es poderoso. Puede cambiar vidas y transformar ideas. También puede avergonzar a todo un pueblo. Es lo que único que uno puede sentir, vergüenza, cuando escuchábamos el debate de investidura en el Congreso. Incluso algunos de los que allí estaban sintieron esa vergüenza. Falta mucha generosidad en este país, mucho respeto hacia el contrincante, mucha dignidad, mucha amabilidad y mucho sentido del bien común. En mis años de política activa y militante me daba cuenta de que los que llegaban más lejos eran los que más gritaban, los que más engañaban, los que más manipulaban, los que conseguían machacar a los enemigos interiores para luego hacer lo mismo con los enemigos exteriores. Los buenos políticos, o la buena gente, terminaba abandonando ese barco nauseabundo de la política altanera.

Hay que encontrar nuevas palabras, nuevas formas de hacer política. Lo valiente no quita lo cortés. La España en la que vivimos es hermosa, llena de pueblos tan diferentes, pero convencido de que entre ellos hay un espíritu común que nos hace únicos ante el mundo. Pero es nefasto como nos tratamos los unos a los otros. Es nefasto ese rencor, odio y envidia que traemos de tiempos pletóricos… Algún día entraremos en la senda de la concordia, de la buena educación, del trato amigable más allá del ombliguismo de pensar que lo nuestro es lo mejor.

Qué aburrido resulta estar todo el rato pensando y hablando sobre lo nuestro o los nuestros sin dar la palabra al otro, sin pensar en el otro, sin ver las posibilidades de hacer cosas inimaginables juntos. Pero en España, y eso ya está demostrado, cada uno va a lo suyo, excepto esos acordes de solidaridad que de vez en cuando rezuman en las calles y los barrios y los pueblos más generosos. Ojalá algún día ese fuera el concierto general, la tónica, la música, las nuevas palabras. Ojalá la generosidad, el respeto y el aprecio hacia el otro fuera algún día nuestra verdadera bandera. Las demás solo son trapos tejidos de odios, guerras y egoísmos.

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El despertar de la bestia o sobre la muerte de la razón…


 

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Los resultados eran los esperados. La bestia se ha despertado, y la sociedad, como en viejas batallas de antaño, vuelve de nuevo a la radical inconsciencia, a los instintos más oscuros, al deseo de destrucción. Los radicales de un extremo han despertado las esencias de los radicales del otro extremo. La moderación ha dejado paso al insulto, al odio y al desprecio. Los viejos avatares se despiertan de nuevo y los tambores de guerra empiezan a sonar a lo lejos a no ser que ocurra algún tipo de milagro.

El “éxito” del independentismo ha sido fracturar la sociedad en dos, crear dos mitades donde antes había una cierta unidad. Otro de los éxitos ha sido fracturar el resto del Estado. Y un tercero ha sido el de despertar a la bestia, a la parte más oscura de este país. Un país que presumía hasta hace muy poco de no poseer extrema derecha y que ahora, ha posibilitado que sea uno de los países con una extrema derecha de las más grandes y virulentas. Felicidades a los éxitos de la revolución de las sonrisas.

La historia se repite. Y España es un país visceral, no muy propenso al diálogo o la racionalidad. Vivimos y pervivimos enfrascados aún en lo más instintivo y atávico. Lo ancestral tiene mucha más fuerza que la razón. La revolución de las sonrisas toca de lleno lo más ancestral, los héroes pasados, el pueblo como entidad autónoma y aislada que merece un futuro mejor, un exilio hacia un desierto plagado de oasis imaginados, donde un benévolo y complaciente nuevo estado hará felices a sus ciudadanos. Esa imagen bucólica, ingenua y perversa en sus entrañas, tiene la suficiente fuerza para recordar al resto que el hecho diferencial pervive, y que alguna vez, esas invasiones pasadas pervirtieron el orden de las cosas, aclamando ahora derechos y territorios.

Realmente nos movemos por símbolos y arquetipos. El grito unánime del “a por ellos” en la celebración de Vox es un grito recurrente a lo largo de la larga historia. Es el grito del odio, de la venganza, de la expulsión de los moriscos, de los judíos y de todo aquello que fuera diferente o de todo aquello que oliera a extranjero. Es la lucha continua de la defensa de las esencias en terrenos medievales. Igual de medievales que la defensa de la concepción de un “solo pueblo” o de un “solo idioma” o de un “nuevo estado”, donde la palabra “nuevo” rechina desde su propia concepción. Crear un “nuevo” estado no es nada nuevo ni revolucionario. Es un juego de tronos, de poder de los de siempre, una vuelta a los señoríos medievales. No es nada transversal, aunque se quiera pintar así. Es algo troglodita, primitivo, carente de valor racional y reaccionario. Las naciones y las patrias son símbolos del pasado más sangriento de la humanidad. La prueba está en la fractura. No es algo que se cree desde la alegría de todos, sino algo que se crea mediante la fractura y el despertar de la bestia, el enfado y la revancha.

Desde un punto de vista geopolítico es preocupante, porque es una situación global. Un nuevo romanticismo donde se pretende apartar a la razón y se pretende recuperar esencias aparentemente ya superadas. La exaltación del yo grupal y el conferir prioridad a los sentimientos, muchas veces irracionales y sin control, no puede traer nada bueno en el futuro que nos espera. Se ha despertado la bestia, y será muy difícil encontrar a un Ulises o a un San Jorge que pueda vencerla. Muerta la razón, nace la oscura sombra de la muerte…

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Día de reflexión. ¿Por qué votaré al PSOE?


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Hoy se cumplen treinta años de la caída del muro de Berlín y la consecuente reunificación de Alemania. Era tiempo de reunificación y de construcción de una Europa unida y en paz. Hoy día estamos viviendo un tiempo convulso, un tiempo de cambio, un tiempo que puede determinar el futuro inmediato de las políticas, pero sobre todo, de la convivencia futura. Europa está siendo partícipe de un experimento sin igual: la unión de naciones que siempre habían estado en guerra y lucha en un espectro político mayor de paz y fraternidad. Ese experimento también se ha ido tejiendo poco a poco en uno de los países más increíbles de los que podamos conocer: España. Una gran nación construida por naciones, idiosincrasias y espectros culturales distintos y diversos.

El aspecto positivo de cualquier cultura es que puede crear una identidad en la que un grupo de personas se sienta identificada. Uno puede sentirse identificado con un estatus, con un rol, con una saga familiar, con un grupo, con una pequeña comunidad, con un pueblo, con una comarca o región, con un país, con un continente o como muchos hoy día, como ciudadanos de la humanidad. Uno también se puede identificar con todo eso a la vez, o sólo con una parcela particular o aspecto particular de todas esas identidades contrapuestas.

Hablo de todo esto porque es importante ver qué está pasando a nivel global y a nivel estatal en particular. A nivel global estamos viviendo un nuevo reflote de las identidades, pero no como entidades que se ayudan mutuamente, sino como identidades que se repelen. Lo estamos viendo con los Estados Unidos de Trump y sus políticas proteccionistas, lo estamos viendo en Reino Unido con su Brexit y lo estamos viendo en nuestro país con los nacionalismos identitarios que exigen para sí mismos el derecho de autodeterminación primero y la creación de un nuevo estado después. Esta reivindicación, totalmente legítima y justa en términos políticos, se está realizando en su formato negativo, es decir, en la antiquísima fórmula de búsqueda de un enemigo arquetípico, en este caso, el estado español, como ente diabólico al que vencer.

Más allá de la legitimidad de las reivindicaciones, estamos en un estado de hechos que buscan la determinación de la vía unilateral. La vía unilateral tanto de unos como de otros, y luego, la opción menos mala, que en este momento es la ambigüedad propia del socialismo español. Esa ambigüedad ahora puede que sea positiva, en cuanto sirve de eje entre unas fuerzas radicales y otras extremistas. Por ese motivo, solo por una cuestión de ambigüedad, y excepcionalmente, votaré al PSOE.

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Españoles, Franco ha muerto


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España ha sufrido en el último siglo al menos siete golpes de Estado (1874, 1923, 1926, 1929, 1932, 1936 y 1981). Ha vivido a lo largo de su historia una veintena de guerras civiles, siendo la más conocida la última, por haber terminado en una dictadura de más de cuarenta años que aún, fantasmas incluidos, nos persigue. Lo de hoy tan sólo ha sido un acto simbólico, arquetípico. España sobrevive, por su singularidad, a base de mitos y héroes. Un pueblo sin pueblo, o un pueblo donde se cruzan cientos de pueblos, culturas y realidades, sorprende que aún siga gobernando un deseo mayoritario de unidad ante tanta diferencia, procedencia y riqueza cultural. Lo extraño es que no haya sido fragmentada en mil realidades, en cientos de pequeños estados-nación, en mil revoluciones más. Quizás eso dice más de su esencia que los ruidos de aquellos que la han querido dinamitar, ya sea por alzamiento militar o por alzamiento de las sonrisas o por cruentas guerras civiles.

Realmente lo que hay en el inconsciente colectivo es algo que tiene que ver con unas esencias históricas milenaristas que en este momento no somos capaces de entender. No se entiende que la flagrante unidad de España sea dinamitada por unos y por otros a su manera. No se entiende que los que la defienden odien a todas sus singularidades, que por otro lado, es lo que realmente la hace diferente, grande y única. Pocos pueblos han sido tantas veces invadidos, masacrados, conquistados y vilipendiados como los pueblos de España. Pocos lugares como el nuestro ha tenido capacidad de absorber estoicamente todas las singularidades culturales que a lo largo de la historia se han asimilado, ya sea por derecho de conquista o por reconocida vocación de autodestrucción colectiva.

El que hayamos tardado tanto tiempo en separar al verdugo de sus víctimas, al reconocido dictador por todas las fuerzas internacionales de un monumento que rozaba la vergüenza más torera, no deja de ser simbólico de nuestras esencias. Que esto se haya hecho con un gobierno en funciones, en pleno debacle de la unidad de España y en plena crisis territorial por unos y por otros no deja de ser simbólico, digno de tratamiento psiquiátrico.

Quizás esta complejidad, como digo, estas formas de entender el mundo, inclusive con esos tics nostálgicos de unos que piensan eso tan manido de que tiempos pasados eran mejores, no deja de ser una paradoja digna de estudio psicológico, antropológico y social. La complejidad de España y de sus pueblos, muchos extraños y antagónicos los unos con los otros, es una maravillosa riqueza solo posible en un territorio labrado de conquistas, con una orografía tan diferente y peculiar como puedan ser los desiertos del sur y las exuberantes montañas del norte, un mar Mediterráneo unido por un trozo de península con su feroz océano Atlántico. Este país es de tal belleza, riqueza y esplendor que no requiere mayor explicación para entender que todos quieran conquistarlo y todos deseen hacer de su propia parcela un chiringuito al que gobernar a su antojo.

Hoy debería ser un día de celebración silencioso, de restauración humilde, madura y sensata de una historia que reclamaba este hecho. Ojalá, ahora sí, Franco haya muerto de verdad en nuestras consciencias, y especialmente todo aquello que trajo de muerte y dictadura. Ojalá España madure poco a poco hacia un futuro mejor, más justo y libre, y ojalá estos cuarenta años que llevamos de retraso con respecto a otras culturas vecinas nos sirva para enfrentarnos al futuro con optimismo, con unión, con fuerza, fraternidad y alegría. Ojalá los pueblos de España, tan diversos y complejos, entiendan algún día que la riqueza que poseen solo puede ser mejorada mediante el apoyo mutuo y la cooperación. El aislamiento, la sublevación y la rebeldía no traerá nada nuevo ni nada bueno. Solo el fraternal entendimiento entre sus partes hará que la luz brille de nuevo en la estela hercúlea de esta hermosa tierra. El Estado que acoge a tan peculiar holograma y singularidad tendrá el reto futuro de hacer posible la introspección necesaria para el entendimiento. Sus partes, el alza de miras necesaria para entender que sólo juntos podremos enfrentarnos a los retos futuros que se avecinan.

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La casa común


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Y llegaron todos y había un tejado, y allí se cobijaron todos. Había muchos, y el tejado era grande y todos entraban, pero unos decían que el tejado les pertenecía. Y entonces querían echar a los otros. Y vino por aquellos días un dragón. Y también lo echaron. Y luego, llegó un día en el que ya no había tejado, ni a quien cobijar.

Y pasó el tiempo y había quien decía haber existido alguna vez un tejado y un dragón. Y todos les creyeron. Entonces echaron a los que no creían en los tejados ni en los dragones. Y se fueron, y ya no quedó nadie, porque la tierra quedó yerma y el agua dejó de ser limpia.

Y pasaron los tiempos y siempre hubo lucha. Unos sobre otros, hijos contra padres y padres contra hijos. Los hermanos se lanzaban contra hermanos y nunca hubo paz. Y vino aquel y dijo: yo construiré un tejado para todos. Y nadie le creyó. Y vino otro y dijo: ya no volverán nunca más los dragones. Pero nadie le creyó. Y fue así que, llegó el final de los tiempos y nunca hubo paz.

Y así, desde el origen de todo, hubo guerras y disputas. Las ancianas sin dientes así lo contaban. Unos por una cosa y otros por otra. Y no hubo tierra en paz, ni tierra de todos, porque todos reclamaban algo. Pero vendrá un día en el que la tierra será escasa y ya no habrá disputa posible. Vendrá un día en que la tierra será de todos, y no de unos pocos. Un día dónde no habrá fronteras, y dónde los dragones podrán campar libremente, y habrá un tejado para todos, y una casa común. Y en esos días, los unos no se levantarán contra los otros, y todos serán como hermanos, y nadie será más que nadie. Y entrarán todos y habrá un tejado. Y vendrá por aquellos días un gran dragón, porque así está escrito.

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Nacionalismos, patriotismos y marcianitos verdes


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Los nacionalismos y los patriotismos siempre son violentos porque tienen en su naturaleza el existir gracias al diferente. “Yo soy esto porque el otro es aquello”, y para existir, bendita paradoja, necesito del otro. Y el otro, a lo largo de la historia, siempre ha sido enemigo o extraño.  Este coche la Guardia Civil destruido resume este sentir. El otro es el español, el Guardia Civil o lo que sea que no sea de los nuestros. 

Esta mañana en el círculo de consciencia expresaba, a la víspera del 1 de octubre, próximamente fiesta nacional en Cataluña, que hacía tiempo que no hablaba de política. Me había prometido no hacerlo, es algo que ya no me motiva, que no me seduce, que no me altera. Ya sabéis los que me conocéis desde hace tiempo que siempre he sido muy visceral con el tema político, y excepcionalmente duro con los nacionalismos y los patriotismos de cualquier bando. Me fui huyendo de Cataluña hace quince años por no soportar lo que ya por entonces intuía que pasaría. Las esencias patrias de cualquier tipo me sobrepasan y respiro mejor entre fraternales humanos apátridas que ante poseedores de algún tipo de pureza de sangre (ya me estoy encendiendo, lo siento).
Bueno, todo esto viene porque nada más recordar que hacía tiempo que no hablaba ni participaba en política, especialmente desde que mi activismo político se reduce a la creación de un lugar utópico, sin patrias ni naciones y cuyo único vínculo político es la fraternidad humana y la tolerancia del diferente, he recibido justamente hoy dos mensajes que me invitaban a que hablara u opinara sobre la política de estos días. Los mensajes decían así:

Mensaje 1: Te voy a hacer una petición del “leyente”, si puede ser y si te apetece (me puedes decir que no tranquilamente). Me gustaría que escribieras sobre los separatismos. Cataluña, el Brexit… me da igual, en el fondo todo es lo mismo.

Mensaje 2: Javier, como nacido en Barcelona, ¿dónde te posicionas? No hace falta que me respondas aquí. Si quieres lo haces en privado pero a nivel mas trascendente me interesa tu corazón, qué te dice a la hora de valorar los nacionalismos, esa enfermedad de los pueblos que llevan a la sangre…

Ya he hablado mucho sobre política y especialmente sobre esa anomalía humana llamada nacionalismo o patriotismo (la diferencia entre unos y otros es la de tener o no un “estado”, pero el sentimiento es el mismo, “amor” al pueblo, a la nación, pero de forma excluyente, siempre en contra “de”). En el caso del Brexit es un nacionalismo no en contra de Europa, sino en contra de la emigración que viene de Europa vía África o Asia o América (la del sur, por supuesto) o la Europa del Este. En el caso de Cataluña son los descendientes occitanos que huyendo de mil batallas se establecieron hace mil años en parte de Iberia y se asimilaron con los nativos. Ahora, paradójicamente, esos occitanos se consideran los verdaderos nativos y, por lo tanto, desean separarse de la tierra que hace siglos los acogió. Los vascos, otra paradoja, que son los verdaderos supervivientes y los verdaderos nativos de Iberia, se quieren separar del resto, es decir, de los asimilados, de los conquistados y conquistadores que durante miles de años han atravesado esta tierra. Creo que los vascos son los únicos que podrían presumir de ser los verdaderos “españoles”, de ahí la paradoja. Todos los demás somos descendientes de celtas, cartaginenses, fenicios, griegos, romanos, judíos, bárbaros, musulmanes, etc…

Es cierto que no todo se puede reducir a algo tan simple como esta explicación. Habría que bucear en el sustrato, en el superestrato y en el adstrato de cada una de las culturas y lenguas que han influido en todo el territorio a lo largo de la historia. Pero la cuestión no es el origen de cada cual, sino el porqué basamos la convivencia presente en ese origen, y por lo tanto, centramos nuestra atención en aquello que nos separa, y no en aquello que realmente nos une. Porqué unos se creen más guapos que otros, o con más derechos, o más libres, o más ricos, o más lo que sea (no voy a entrar en motivos racistas o xenófobos, que haberlos haylos, por más que lo nieguen algunos en la plaza pública).

Una persona culta, inteligente y civilizada no debería ser patriota ni nacionalista. Podría ser ciudadano o aldeano, pero nunca se calificaría como próximo a ningún tipo de amor exacerbado hacia una nación o una patria. Menos aún hacia una bandera, un himno o unas fronteras delimitantes. Una persona culta, inteligente o civilizada puede creer en Dios, en los extraterrestres o en el final de los tiempos, pero siempre lo hará de forma discreta y privada. Lo mismo ocurre con los países y sus símbolos. Uno puede amar a su tierra, pero siempre de forma anónima, discreta, silenciosa, como se aman los verdaderos amantes.

¿Qué puede pensar una persona culta, inteligente y civilizada que vive en una aldea o en una ciudad y ve de repente a alguien empuñando una bandera o refregando en la plaza pública himnos y consignas patrióticas o nacionales? Pues simple y llanamente, y con todos mis respetos, que son unos auténticos estúpidos. Nadie sanamente culto, inteligente y civilizado cree en nuestros días en las naciones, las patrias o las fronteras. Nadie en su sano juicio tiene en estos tiempos necesidad de enarbolar fronteras que dividan, que separen. En la vida privada uno puede creer en lo que quiera, en los marcianitos verdes, en los duendes y las hadas, en el aberri eguna o en 1 de Octubre como el día de la independencia catalana. Cada cual puede vivir su peculiar sueño hipnótico, su peculiar fantasía anodina.

Lo triste de toda esta guerra de emociones viscerales es que si ganan los nacionalismos y los patriotismos Europa entera va a dar un giro visceral y cavernícola de cien años hacia el pasado. Volveremos al caos y al desmantelamiento del sueño de la fraternidad humana, al sueño de un mundo, una humanidad. Mezclar las creencias y las emociones con la política nunca trajo nada bueno. Por eso esa mezcla me parece estúpida. Que cada uno se sienta de dónde quiera, pero en lo privado. Mezclar lo emocional con lo político siempre trajo verdaderas catástrofes. En resumen, quien quiera creer en los marcianitos verdes que lo crea, pero por favor, en privado. Dejad de refregar por las narices más banderitas, patrias, himnos o lo que sea. Rezad al Dios que queráis, amad la tierra que queráis, creed en lo que os de la gana, pero en silencio.

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¡Será genial! Sobre la caída de un imperio


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Donald Trump ha felicitado a Boris Johnson a través de las redes con una frase profética. “Felicitaciones a Boris Johnson por convertirse en el nuevo primer ministro del Reino Unido. ¡Será genial!”. La elección de Boris Johnson no deja de ser una caricatura idéntica a lo ocurrido en Estados Unidos con Trump. Sin duda, cuando los imperios caen, se despliega un símil caricaturesco en los personajes a los que les toca llevar a buen puerto esa caída. Trump y Boris son las personas que representan el fin de una era, la anglosajona, y el comienzo de otra, la cual aún está por definir. También Boris podría representar el fin del experimento de la Unión Europea tal y como la conocemos ahora. O se autodestruye en la próxima década o renace con más fuerza. Esa es la incógnita que esperamos resolver aún.

¿Será genial? Al menos ambos prometen un estilo diferente, como cuando el bufón se cuela en la corte y empieza a hacer gracietas. Al principio parecen bromas divertidas, pero cuando el bufón tropieza y mancha a toda la corte con sus torpezas, al final la fiesta no termina bien. De momento hemos visto a un Trump comedido, al menos en el plano internacional. Por un momento pensábamos que desde el minuto cero nos iba a meter en mil guerras y devastaciones apocalípticas. Por suerte todo quedó en la gracieta de mal gusto de los aranceles, de sus fotos con al amado líder norcoreano y su empecinamiento con el muro fronterizo. ¿Habrá alguna traca final? No en este mandato, pero sí, si sale reelegido, la líe parda en un segundo mandato y sea ahí cuando empiece la fiesta particular entre Trump y Boris.

La fiesta terminará, a medio plazo, con la desintegración de Reino Unido tal y como lo conocemos. Es posible que Irlanda del Norte termine fusionándose con Irlanda y Escocia decida independizarse y entrar en la Unión Europea, quedando Inglaterra y Gales aisladas y en una posición decadente. El Reino Unido dejará de ser reino y dejará para ese entonces de estar unido, por lo que deberá buscar otro nombre más apropiado o volver al topónimo más apropiado de la Pequeña Bretaña.

Sin duda, seguimos navegando en un mar de incertidumbre futura. Mientras los bufones gobiernan primitivas estructuras medievales ancladas en míticos reinos, el mundo gira lleno de plásticos, lleno de contaminación, lleno de sangrientas guerras y hambrunas. Nuevas crisis nos esperan. Habrá que prepararse para afrontarlas una y otra vez. ¿Estamos cerca de la crisis final? Seguiremos trabajando para una transición segura hacia un nuevo mundo menos bufón y más serio y respetuoso con los verdaderos retos del futuro.

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