Solicitud de indulto


Estimado Presidente del Gobierno, con todos mis respetos.

Siento como acertado el indulto a los presos del Procés. Me parece todo un gesto admirable para que la sociedad pueda mejorar y el encallado esquema mental de una parte de ella pueda avanzar hacia otro lugar. Digo que lo siento como acertado porque creo que todos los ciudadanos que a veces cometemos alguna metedura de pata, ya sea en el ámbito político o económico, en el social o en el cultural, deberíamos tener una oportunidad de indulto. Es cierto que a veces, movidos por la presión del momento, por alguna crisis personal o transpersonal, todos nos equivocamos. Al menos según lo que la ley dicta en cada momento como acierto o equivocación. Al hacerlo, muchas veces perdemos familia, bienes materiales o incluso la libertad. Sin duda, el procés fue una metedura de pata de la clase política. Algo que debería advertirnos de lo que ocurre cuando las cosas no se consensuan y terminamos unilateralmente haciendo lo que nos da la gana.

En todo caso, me gustaría que usted me indultara, para que así la justicia fuera universal, y no solo exclusiva de unos y no otros, y que los indultos fueran para todos una oportunidad real. Mi caso no es significativo. Digamos que me equivoqué. Me enamoré de una hermosa y estupenda persona, compré con ella unos bienes materiales, nos separamos y no llegamos a ningún acuerdo de dividendo. En todo ese proceso de dolor, duelo y pérdida la justicia me condenó no solo a no recuperar la parte proporcional de mis bienes sino además, a pagar las costas de un juicio que nunca llegó a celebrarse: veinte mil euros, dinero que por cierto no va para las arcas del Estado, sino para un señor con toga que a costa de rupturas emocionales, confusión del momento e ignorancia propia y ajena se lleva esa suculenta suma de dinero. Justicia, que lo llaman ahora.

Es cierto que el pueblo en general no entiende mucho de justicia. No deberíamos opinar en contra o a favor de ella. Para eso ya están los jueces. Pero sí entiende, en su haber, de gestos. Y como digo y repito, este me parece un buen gesto, el cual desearía también para mí y para el prójimo próximo o lejano, aunque este no fuera político ni pudiera beneficiarse de las ventajas que estos disfrutan. Así que pido ardientemente que me exonere y me indulte de tener que pagar esos veinte mil euros cuando fuimos a un juicio para repartir “justamente” nuestros bienes materiales.

En fin, que más allá de la pequeñez de esta petición, sirva para la reflexión social y general, de entender que los políticos no son especialmente diferentes de los que no lo somos (o al menos no deberían serlo), y de que la justicia debería ser igual para todos, inclusive cuando esta beneficia a algunos ciudadanos y no a otros.

Gracias por atender mi solicitud, y gracias sinceras por su tiempo.

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La regeneración del ser humano


 

La naturaleza se regenera una y otra vez. Cada primavera es un canto a la vida, a la esperanza, al bullicio cósmico y todo su resplandor. El ser humano, sin embargo, degenera una y otra vez. Solo hay que escuchar la música de este tiempo, la literatura, la cultura y ver con horror las nuevas guerras. Ya vamos por doscientos muertos en el conflicto con Gaza. Nunca vamos a parar esta tragedia. Nunca habrá entendimiento posible.

Por eso cada día me arrincono más, me alejo más del ser humano. Incluso me negaba a escribir porque nada bueno podía aportar ante tanto horror. El ser humano me crea desconfianza y temor. Hoy un vecino presumía de que había abatido cuatrocientos árboles en un par de días. No podía creerlo. Otro presumía de que sus terneras nunca veían la luz del sol porque así podían engordar más rápido si no se movían de sus dos metros cuadrados de cuadra. Llegan al matadero más gordas y se pagan a mejor precio. Lo peor no es esa aparente barbaridad, lo peor es que luego haya gente que descuartice los miembros de ese ser vivo y los ponga ensangrentados en una sartén para palidecer de gusto durante un par de minutos. Esa hecatombe es mundial. Y nadie dice nada. Todos comen ensangrentados y tranquilos ante esa «normalidad».

Todo está concatenado. Hay un vínculo invisible entre la sangrienta guerra, los árboles abatidos para crear pastos, la irracionalidad de nuestros alimentos, la pobreza de nuestras almas. Me pregunto si el ser humano tendrá capacidad de regenerarse algún día, como lo hace ahora la naturaleza. Quizás, sin darnos cuenta, estamos siendo testigos del ocaso de una civilización, de un tiempo, de un mundo. Quizás estamos asistiendo al hundimiento de toda una humanidad, o al invierno de la misma. Y quizás, tras ese hundimiento, todo se regenere de nuevo. Quizás venga un nuevo diluvio, una nueva destrucción de Sodoma y Gomorra, quizás esté cerca el próximo Apocalipsis.

Permanecer callados. Ese es nuestro empeño para regenerarnos. Veintiún días de silencio, aunque lo ideal serían veintiún años de silencio. El ser humano debería callar, debería volverse compasivo, debería olvidarse de sí mismo y entregar su vida a la mejora del mundo. Reconozco que la sangre derramada estos días me ha afectado y paralizado el alma. Quizás porque amo ese país sin apenas conocerlo, quizás porque la sinrazón humana cada vez me afecta más. Sí, es cierto, diez años desde el 15M. Aquellos que luchaban para mejorar y perfeccionar el sistema, y que ahora, diez años más tarde, son esos riders que reparten comida rápida a domicilio. Esa ha sido la verdadera revolución de estos años de indignación.

En el ocaso de esta noche lo insoportable sigue siendo lo humano. Depredador, invencible, explotador, sangriento. Desde lo que come hasta lo que dice hasta lo que hace con guerras estúpidas. Sí, vamos a tomar una copita y así olvidamos nuestra propia degeneración. Vamos a disfrutar de la industria del entretenimiento, porque mientras estamos dormidos y entretenidos no tenemos tiempo de cuestionarnos nuestra patética vida. Sí, vayamos a embriagarnos en fiestas y más fiestas. Menuda paradoja. Eso ha sido lo más revolucionario que esta época ha conseguido: las fiestas clandestinas. Viendo el panorama, creo que esta pandemia solo ha sido un aviso de lo que ha de llegar. Nos lo hemos ganado a pulso.

Lo siento, pero me retuerce por dentro el estar viviendo aquí en este hermoso paraíso, verde, cargado de bosques, de flores, de hierba, de animales felices que deambulan libres de un lado para otro mientras que un poco más allá, no tan lejos, otros se relamen la sangre recién sacrificada.

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Amar a la patria en tiempos de desolación. Amor tóxico, amor revuelto


«Oh Gran Patria mía, todos los tesoros tuyos Espirituales, todas tus bellezas inenarrables, toda la infinidad tuya, en todos los espacios vastos y en las cimas, lo vamos todo a defender. No se verá un corazón tan cruel como para decirme: no pienses en la Patria. A través de todo y por encima de todo encontraremos pensamientos para construir, y ellos, fuera del tiempo humano, fuera del egoísmo, -en conciencia auténtica- dirán al mundo: conocemos a nuestra Patria, estamos al servicio de ella y daremos las fuerzas nuestras para defenderla en todos sus caminos». Nicholas Roerich

Hoy no era precisamente un tiempo para celebrar. Quizás sí para recordar. Estas generaciones presentes no tienen tiempo para pensar en la patria. Algunos pierden el tiempo en intentar recomponer la “pequeña patria”, la nación, el atisbo rencoroso del prelado nocturno. El “todo por la patria” se ha convertido en “todo por mí mismo”. En esa incompleta definición, se olvida el sentido de permanencia y pertenencia. Y cuando se consigue, se distorsiona, creando enemigos para poder autorizar un amor perverso y tóxico hacia ese nuevo patriotismo que enarbola banderas en contra de otras.

En estos tiempos de desolación se confunden los términos, los símbolos y las imágenes. Patria lo achacan a primitivos modelos feudales. Lo asimilan a reyes, tricornios o banderas con aguiluchos perennes. Brazo en alto, cara al sol, dispuestos a romper con el patrimonio intangible cultural en nombre de la patria. Esa confusión arbitraria y atroz aleja al individuo de la comunidad, lo aísla, lo encierra, o lo adoctrina hacia otras patrias más permisivas y paternales, donde la patria buena lucha contra la patria mala, creando la somnolienta imagen, ahora débil pero atemporal, de un enemigo odioso.

Las patrias ya no están de moda. Ahora el espíritu de los tiempos es de proximidad. El clan cercano, lo mío, lo inexcusable. La superioridad de unos sobre otros, siendo lo propio verdadero y lo extraño motivo de destrucción. Aunque las patrias ya no tienen mucho sentido, luchar o morir por ellas se ha convertido en una estampa que renueva el ansia de revancha, la histórica y desnutrida manía de anular nuestra emancipación personal a costa de un ideal añejo, rancio, una protuberancia que en mil años se recordará con cierta extrañeza. La distorsión de nuestro tiempo sigue siendo el problema de las naciones. El no sabernos amigos del vecino, el no comprender la diversidad humana, el no querer asimilar la idea de que el otro no es mejor ni peor que uno mismo.

Como cada uno ama a su pequeña patria, a su pequeño país, a su pequeña nación, escondiendo bajo ese amor, siempre infecto, las pequeñeces de sus vidas. Uno se aferra a lo grande para disimular su ridiculez. No es un amor sano donde la patria podría sumar a otras patrias, donde lo común podría alinearse hacia el bien y la verdad. No se trata de eso. Se trata de amar algo odiando a otro algo. El amor a “mi” patria está basado en el odio hacia la “otra” patria. Es como si tuviéramos una pareja y la amáramos bajo la base de que hay que odiar a las otras, a los otros. Es un ridículo histórico que ha funcionado durante siglos, y que aún rememora atisbos viscerales nacidos en la oscuridad de los tiempos remotos.

Hace cuarenta años, unos que amaban su particular visión de la patria deseaban exterminar a la otra patria, a la díscola, a la democrática, que así la llamaban en aquel entonces. Hoy vuelve la paradoja de los tiempos, y una parte de esa patria desea autodeterminarse en contra de la otra patria. De nuevo el odio, pero ahora revestido y maquillado, asimilado como lo natural, al igual que lo natural hace cincuenta años era gritar ¡todo por la patria! con el brazo alzado. Ahora el brazo se alza con piedras, y la historia se repite, tristemente, por ese amor dañino hacia aquello que debería unirnos, a unos y a otros.

Algún día amaremos sanamente a todas las patrias, y entonces, ellas mismas desaparecerán en el inmortal lazo de una sola raza, una sola nación, un solo mundo. Un amor silencioso, que no requerirá expresión y cuyo deseo, íntimo y explosivo, correrá por esas alcobas pacíficas, ocultas, secretas, donde los amantes se expresan sagradamente en sus bellezas inanerrables.

La perpetua adolescencia de las naciones y su destino


Las naciones tienen vida propia, pero también personalidad, carácter, ideales, doctrina, ambición egoísta o autoridad. También tienen un cuerpo al que llaman país o territorio y un alma al que llaman cultura. Hay naciones que tienen dentro de sí otras naciones, o hay territorios o países que albergan en su seno diferentes naciones, o diferentes personalidades. Hay naciones maduras y ancianas y otras adolescentes. Hay naciones sabias y otras ciegas. Hay naciones más devocionales y otras más intelectuales o ideológicas. Y hay un alma grupal en todas ellas que moviliza fuerzas y energías para su propia y particular evolución.

En la historia de todos los tiempos hemos visto diferentes versiones nacionales. Aquellas que nacieron mediante la aplicación de la violencia, la ambición egoísta y la autoridad. La mayoría de las naciones son fruto de batallas, guerras, conquistas y violencia. Aquellas otras que nacieron bajo ideas como el nazismo, el fascismo, el comunismo, el capitalismo o el socialismo. Suelen ser naciones donde lo prioritario son los Estados por encima de los individuos y los grupos que lo componen, los cuales pueden ser sacrificados para defender el llamado bien general. Luego, y aquí entran las naciones más desarrolladas, están las llamadas democracias modernas, donde, supuestamente gobierna el pueblo a partir de sus representantes. Los gobiernos, en condiciones de normalidad, una normalidad aún no alcanzada del todo, representan la voluntad del pueblo, de toda la nación.

En todo caso, las naciones, la mayoría de ellas, con o sin estado, viven en una perpetua edad adolescente, aún “marcando” territorio, deseando controlar la gobernabilidad o deseando anular las libertades en nombre del bien general o en nombre, últimamente muy recurrente, de la seguridad nacional. Esa adolescencia, esas luchas de egocentristas posiciones son el fundamento de las relaciones internacionales actuales. Pero esto no será así para siempre. La desintegración paulatina de las naciones está favoreciendo la implantación de un alto ideal, aún más intuido que razonado, sobre la unidad de toda la humanidad.

El futuro, siempre alentador, se encamina hacia un inevitable Estado mundial, un gobierno mundial dividido en secciones, en grupos, donde la división será tan solo algo del pasado, algo ilusorio. La madurez de las naciones nos llevará en un tiempo lejano a la muerte de las mismas, dejando paso a unas naciones unidas que velará por todos los pueblos en paz y consonancia, en libertad, igualdad y fraternidad. Y aún más lejano en el tiempo, mucho más lejano, llegará el gobierno de los sabios, de los maestros de la compasión, el gobierno añorado por aquellos que aman la belleza y la sabiduría por encima de todas las cosas. Un gobierno que no veremos en mil años, pero que, inevitablemente, será. Es así como se terminará con esta constante y cansina adolescencia perpetua de las naciones. Es así como los seres libres podrán disfrutar de todos los países, de todos los territorios, sin que nadie pueda decir este es mío o tuyo. Será el tiempo en el que no existirán fronteras, y los dogmas de la tribu, la construcción nacional, no se basará en mitos y leyendas del pasado, sino en vibrantes anhelos de fraternidad.

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«Respice post te, hominem te esse memento» (Mira hacia atrás y recuerda que sólo eres un humano)


Vanitas (1636), de Antonio de Pereda, Museo de Historia del Arte de Viena

 

“Para cuidar de los demás y servir al cielo, lo mejor es la moderación. La moderación empieza con la renuncia a las ideas propias. Esto depende de la Virtud que se haya acumulado en el pasado. Si se tiene un acopio de Virtud, no hay nada imposible. Si no hay nada imposible, no hay límites”. Tao Te King

Memento mori («recuerda que morirás») es un recuerdo constante hacia la fugacidad de la vida, hacia lo temporal de nuestra existencia. Lo repetían los esclavos a los triunfadores romanos, especialmente al triunfante Marco Aurelio cuando desfilaba victorioso por las calles de Roma: “recuerda, solo eres un hombre, mira siempre hacia atrás”.

¡No hay nada nuevo bajo el sol! En los templos, uno se postra una y otra vez. En las primeras iniciaciones, el recipiendario se inclina en sus primeros pasos hacia el altar de consagración. No cabe la soberbia, no entra el orgullo, solo somos humanos, y solo el alma inmortal que nos habita puede ser consagrado en el verdadero templo, ese templo de piedras vivas. Recordar nuestras limitaciones nos arrodilla ante el altar de la existencia. La vanidad y el hinchazón de creernos por encima de las circunstancias a veces degrada nuestras vidas. La humildad siempre es la señera del triunfo espiritual. Una vida humilde en todas sus condiciones, en todas sus esferas. Es la humildad, y no la soberbia, la llave del triunfo espiritual. Es el silencio y no el ruido de las batallas mundanas el que nos elevará hacia el verdadero trono.

De nada sirve dedicar una vida a la punta de un iceberg cuando tienes la oportunidad de bucear en toda su profundidad… Más, si somos sabedores de que el verdadero poder radica en aquello que el derecho romano llamaba auctoritas, habremos entendido el meollo de la vida. No hay mayor poder que la sabiduría legitimada, la autoridad moral que deriva del respeto y el reconocimiento. Su contraparte, la potestas, nunca es un poder real, sino más bien un poder burócrata, temporal, limitado. Viene con un cargo, no con un reconocimiento. Cuando el cargo desaparece, también desaparece el aparente poder.

Un buen líder tiene auctoritas. La auctoritas permanece, la potestas es temporal y desaparece. El postestas logra la sumisión de otros mientras dura el cargo o rango adjudicado temporalmente por otros. El auctoritas conlleva el respeto que nace de su propia fortaleza, de su ejemplo, de su templanza en los momentos más difíciles. No es valiente el que tras un cargo o un rango temporal ejerce poder, sino el que, sin cargo y sin rango, ejerce poder sobre el resto. Pero un poder inclinado, silencioso, incluyente, justo. La verdadera autoridad, el verdadero poder nace siempre de la templanza, del amor, del interés real por el otro, de la humildad.

Por eso el camino de la moderación y la virtud serán siempre estrechos, más poderosos que cualquier otro que tenga que ver con la vanidad o la ambición. El poder radica en la fuerza que somos capaces de transmitir, en aquello que somos capaces de inspirar en el otro desde el amor y el respeto. Y esa fuerza proviene siempre de ese más allá que nace del centro de cualquier infinito. ¿Qué clase de virtud hemos acumulado en el pasado? Si se tiene un acopio de Virtud, no hay nada imposible. Si no hay nada imposible, no hay límites…

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Coraje y voluntad. El ejemplo de los que siguen vivos aún rozando la muerte


Este tiempo nos está poniendo a prueba. En las altas montañas y en los valles, el mal avanza impecable, sigiloso, desnudo. Solamente un gran poder puede contener todo mal: el poder de la buena voluntad, del coraje de estar vivos. Hemos aprendido que los pequeños gestos, la vida sencilla, la amabilidad de lo cotidiano, puede salvarnos. Son los actos sencillos de amor los que encuentran un cauce para elevar nuestras vidas. También el coraje y la voluntad de aquellos que, a pesar de su edad, siguen con deseos de ser útiles a la sociedad. Leo en alguna parte cinco definiciones breves y concisas sobre la voluntad:

Voluntad es poder en cuanto concentra en sí mismo aquello necesario para actuar.
Voluntad es fuerza concentrada que nos empuja hacia la acción.
Voluntad es energía que consumimos en el camino hacia la acción.
Voluntad es sacrificio o proceso de integración, lo cual requiere renuncia inevitable.
Voluntad es discernimiento porque nos conduce hasta la meta a sabiendas del recorrido correcto.

La voluntad es una fuerza del universo cargada de poder. Dirigirla mediante el amor-sabiduría y la inteligencia activa deben ser requisitos indispensables para poder superar los entresijos en los que nos encontramos. Levantarnos todos los días con optimismo requiere disciplina y autocontrol, requiere voluntad. El optimismo es necesario porque aviva el ánimo. El ánimo es una esencia que viene directamente del alma, de aquello que nos impulsa a vivir, aquello que da sentido a nuestras vidas. Alejarnos de la ilusión, de la separatividad, de todo lo que nos aleje de esa fuerza anímica, es algo que debemos cuidar.

Ayer veíamos a un señor de casi ochenta años desfilando en uno de los roles más complejos de la humanidad y en uno de los lugares de mayor poder. Vimos su coraje y su voluntad a tan anciana edad, vimos su optimismo y su esperanza por trabajar sin descanso, sin tregua. Es admirable poder ver a personas entradas en edad con deseos de seguir siendo útiles, asumiendo cualquier tipo de responsabilidad con fuerza y coraje, con una gran voluntad de vivir. No sumido en la queja, ni en los achaques, sino en la valentía de darlo todo hasta el último minuto de sus vidas. Independientemente de la simpatía que podamos tener hacia unos y otros, el entrante y el saliente, ambos ya entrados en senectud, han demostrado que cuando la mayoría de personas deciden apagar sus vidas, ellos deciden avivarla hasta el final.

Aunque en sus vidas no hayan sido ejemplares, esto nunca lo sabremos con exactitud, podemos decir que su ejemplo de fuerza y coraje, más allá de sus políticas o de sus formas, tan diferentes en uno y otro, pueden servirnos de ejemplo para seguir adelante. Si miramos nuestras vidas, las cuales quizás no aspiren a tan altas cuotas de poder ni responsabilidad, podemos añadirle un plus de confianza, de voluntad, y repasar con prudencia y ánimo todo cuanto podemos aún hacer por mejorar, por ayudar, o por ser útiles al mundo. Si alguien que rozando los ochenta años puede convertirse en presidente de uno de los países más poderosos del mundo, qué no podremos hacer nosotros en lo que pueda quedarnos de vida útil. A cuantas más personas podremos ayudar, con cuantas causas podremos colaborar, de cuantas misiones podremos ser embajadores sin tregua, sin descanso, sin queja. Hay mucho por hacer en esta urgencia mundial. El mal es una energía mal situada, y hay mucho trabajo por volverla a su lugar. El mundo requiere de mucha voluntad, de mucha fuerza, de mucho poder para contener ese mal. Y eso solo es posible, como decíamos, haciendo el bien incluso en lo más pequeño.

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Juan Carlos I, “el Campechano”


Como miembro de cierta aristocracia que soy, príncipe RC, para más detalle, pero republicano de corazón, no puedo evitar sentir cierta admiración por el origen, evolución y decadencia de los reyes y sus reinados. Desde los originarios reyes-dioses, aquellos que primaron su deidad por encima de lo humano, y más tarde, ante el olvido inevitable de nuestros orígenes, los reyes teológicos, es decir, los reyes nacidos por la Gracia de Dios, hasta nuestros reyes actuales, que ni son dioses ni tienen gracia ni sentido alguno, ha cambiado mucho la historia.

Parece inadmisible que en pleno siglo XXI aún se siga “creyendo” en los reyes magos, en este caso, y en su versión moderna, en los reyes parlamentarios. Ambos símbolos son un insulto a la razón y un sinónimo de la decadencia de nuestro pensamiento contemporáneo, tan familiarizado con los abusos, las mentiras y los cuentos que desde ciertos estamentos nos infringen y acunan. Por respeto a la figura del emérito, no voy a entrar en detalle de sus argucias y triquiñuelas, más propias de un adolescente infantil que de la figura virtuosa de un rey de antaño, pero sí que deberíamos insistir en la necesidad de buscar alguna fórmula que pueda aligerar y limpiar el peso de la historia.

Debe decirse que en tiempos pasados quizás sí que era representativo y casi necesaria la figura de un rey. En tiempos de peligro constante, debía haber alguien que defendiera territorios, o los ampliara por mediación de conquista o matrimonio en un mundo donde el dominio de la razón estaba aún muy lejos de conquistar el alma humana.

El relato histórico de lo que ahora consideramos nuestro país, un invento reciente, como casi todos los inventos de la historia, podríamos decir que ha sido entre heroico y bochornoso. Heroico porque hemos aguantado lo inaguantable. Conquistas e invasiones de todo tipo, saqueos, guerras, violaciones, destrucción de casi todo nuestro tejido originario e imposición de ideas, lenguas y culturas que nada tenía que ver con la originaria Iberia. Ahora que tanto nos peleamos por defender las culturas del ámbito español, lo que realmente estamos defendiendo unos y otros, quizás con alguna aguda excepción de los vascos como reducto original de nuestros verdaderos antepasados, son culturas, lenguas e ideas impuestas por griegos, romanos, cartaginenses, árabes, franceses e ingleses, entre otros. Poco o nada original, excepto, como digo, el superviviente pueblo vasco, queda de nuestra cultura. Fuimos aniquilados por unos y por otros, fuimos invadidos y destruidos hasta la extinción. E impusieron sus culturas, y también sus reyes.

La prueba de ello es la imposición, hace ahora unos siglos, de lo reyes de origen francés que ahora nos representan. Los Borbones, con el adalid de nuestro ejemplar Juan Carlos I, “el Campechano”. Desde el siglo XV, hemos tenido de todo en nuestra inmaculada tierra. Quitando la original casa de Trastámara, de origen gallego y castellano, el resto ha sido una conjunción entre las casas reales austriaca y la francesa. La derrota que tanto celebran, por ejemplo, los catalanes, no era sino la elección entre un rey de origen francés u otro de origen austriaco. Un despropósito histórico. De la casa de Trastámara, tuvimos a la Católica, el Católico, la Loca y el Hermoso. De la casa de Austria tuvimos al César, el Prudente, el Piadoso, el Grande, el Hechizado y el Archiduque. De la casa de Borbón, al Animoso, el Bien Amado, el Animoso, el Prudente, el Político, el Cazador, el Deseado, la Castiza, el Electo, el Pacificador y el Africano. Nos queda por bautizar a los dos últimos, los cuales me atrevo a nombrar como Juan Carlos I, el Campechano, y ojalá, si la razón lo quiere, al Felipe VI, el Breve.

Lo del Breve es por el deseo de que este país de países entre en razón e invite a la monarquía a que se convierta en algo simbólico. Digo algo simbólico porque no querría yo quedarme sin mi título simbólico de príncipe, y por lo tanto, no desearía yo que la idea ejemplar de los reyes y dioses desapareciera. Pero sí que lo hicieran del ámbito político, y que los países del mundo moderno se convirtieran en repúblicas, ya sean estas platónicas o bananeras, pero repúblicas donde realmente todos seamos iguales ante la ley y ante Dios.

La verdad es que el Campechano, sin entrar a juzgarlo, y con todos mis respetos hacia su persona y su historia personal, está poniendo fácil el camino para que esto ocurra. No sabemos si en esta década o en la siguiente, pero tarde o temprano deberá ocurrir. Como ocurrirá, acto seguido, en las monarquías europeas que aún quedan vivas: Bélgica, Dinamarca, Liechtenstein, Luxemburgo, Mónaco, Noruega, Países Bajos, Reino Unido y Suecia. Cualquier persona con un poco de criterio histórico debe entender y afrontar que estamos ante una reliquia del pasado, algo que debe extinguirse y adecuarse a los tiempos en los que vivimos. Es inaceptable para la razón humana esta anacrónica realidad del pasado. Por eso espero que la razón venza al folclore, la costumbre y la tradición y seamos capaces de erradicar de una vez reyes que ya no nos representan, ni a nosotros, ni a las virtudes divinas por las que fueron concebidos hace algunos miles de años.

Firmado, VH Javier León, príncipe RC

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15M, nueve años después


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Participando en una manifestación del 15M un año después

La noche del 15M de hace nueve años estaba cenando en Madrid con una catedrática de derecho, una embajadora y el que fue presidente de un importante banco español. Las dos parejas mirábamos la televisión mientras cenábamos plácidamente y a pesar de las paradojas de la vida, sentíamos ganas de salir a la calle y fusionarnos con aquella marea de gente que parecía entusiasmada por el éxito de la convocatoria. Nos faltó poco ante la emoción de los hechos, pero la pantomima del estatus, la reputación y esas cosas obligaba estar de espectadores pasivos.

Cuando decidí terminar con esa pantomima, dejé el barrio de Salamanca y me fui a vivir a Malasaña, un barrio más acorde con los tiempos revolucionarios que se avecinaban. Colgué el traje y la corbata y participé desde entonces en todas las manifestaciones habidas y por haber durante los siguientes meses y años. En 2014, tras haber sido candidato por el partido Pirata en las elecciones europeas de aquel año, llegué a cierto hartazgo interior. El movimiento indignado, en el fondo, luchaba por mejorar el sistema del que se quejaba, pero no mostraba alternativas realmente radicales al mismo. Los partidos que nacieron de aquellos movimientos terminaron disfrutando de las prebendas que el poder otorga. Incluso aquellos que se llenaban la boca hablando sobre la casta terminó mimetizándose en ella.

Aquel año, después de más de dos décadas de militancia activa en política, decidí colgar los hábitos y, congruente con lo que pensaba, aplicarme el cuento desde una militancia movilizada hacia la acción, y no hacia las palabras. Fue cuando decidí dejar la ciudad y marcharme a vivir a los bosques, con ideales propios del anarco-comunismo, aunque sin pretensión ideológica alguna.

¿Qué pienso de todo esto nueve años después? Por un lado, creo que la sociedad no ha avanzado mucho. Ninguna de las reclamaciones exigidas fue conseguida. La mística del populismo solo aborregó de uno a otro lado a una población incapaz de movilizarse por algo que no fuera el luchar y proteger lo que ya se posee. No hay revolución posible cuando lo que se pretende es proteger lo que de alguna manera nos da seguridad. Los movimientos nacionalistas que surgieron en esta época tampoco aportaron nada revolucionario, excepto la condición de proteger “la cosa nostra”.

Pensándolo fríamente, lo de venir al campo, a las montañas, a los bosques, tampoco tiene nada de revolucionario. Mis padres vivieron en condiciones peores en ese campo nostálgico, y aquello no era revolución, era una deplorable condición de vida. Las personas que hemos pasado por este lugar en el fondo veníamos buscando lo mismo que abandonamos en la ciudad: seguridad. La libertad esencial siempre queda relegada a un segundo plano cuando en esencia vemos que los recursos personales menguan una y otra vez.

Esta mañana veía las noticias y hubo una que, como pacifista e insumiso al servicio militar, me indignó profundamente. Tenía que ver con una partida de dos mil millones de euros para comprar unos cuatrocientos coches blindados para el ejército. La noticia me puso de mal humor y de nuevo se me encendió la chispa activista. Pero de repente de me di cuenta de un pensamiento que sí me pareció revolucionario: esa ya no es mi guerra. La única paz posible es la interior, y la otra, es pura manifestación de la primera. Pensando en ello, cerré las noticias y me fui a trabajar en la futura biblioteca de este lugar. Es lo más revolucionario que pude hacer. Ponerme al servicio de una causa mayor desde el más sentido y profundo estado de paz interior.

No quería hablar de política, hace años que no hablo. Pero hoy alguien me recordaba este aniversario y quería rememorar algunas sensaciones…

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Encontrar nuevas palabras


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Unos días en cama con algo de fiebre y malestar general me ha permitido ver con detalle el bochornoso espectáculo de nuestros políticos en el Congreso. Hacía tiempo que no sentía tanta vergüenza ajena. Describe a la perfección la configuración cultural y social de nuestro país, su educación, su progreso grupal. Realmente fue una visión panorámica de cómo los egoísmos territoriales se apoderan por un lado de exigencias y chantajes y de cómo unos bandos y otros parecen haber nacido bajo la presión de una sinrazón sin sentido.

El verbo es poderoso. Puede cambiar vidas y transformar ideas. También puede avergonzar a todo un pueblo. Es lo que único que uno puede sentir, vergüenza, cuando escuchábamos el debate de investidura en el Congreso. Incluso algunos de los que allí estaban sintieron esa vergüenza. Falta mucha generosidad en este país, mucho respeto hacia el contrincante, mucha dignidad, mucha amabilidad y mucho sentido del bien común. En mis años de política activa y militante me daba cuenta de que los que llegaban más lejos eran los que más gritaban, los que más engañaban, los que más manipulaban, los que conseguían machacar a los enemigos interiores para luego hacer lo mismo con los enemigos exteriores. Los buenos políticos, o la buena gente, terminaba abandonando ese barco nauseabundo de la política altanera.

Hay que encontrar nuevas palabras, nuevas formas de hacer política. Lo valiente no quita lo cortés. La España en la que vivimos es hermosa, llena de pueblos tan diferentes, pero convencido de que entre ellos hay un espíritu común que nos hace únicos ante el mundo. Pero es nefasto como nos tratamos los unos a los otros. Es nefasto ese rencor, odio y envidia que traemos de tiempos pletóricos… Algún día entraremos en la senda de la concordia, de la buena educación, del trato amigable más allá del ombliguismo de pensar que lo nuestro es lo mejor.

Qué aburrido resulta estar todo el rato pensando y hablando sobre lo nuestro o los nuestros sin dar la palabra al otro, sin pensar en el otro, sin ver las posibilidades de hacer cosas inimaginables juntos. Pero en España, y eso ya está demostrado, cada uno va a lo suyo, excepto esos acordes de solidaridad que de vez en cuando rezuman en las calles y los barrios y los pueblos más generosos. Ojalá algún día ese fuera el concierto general, la tónica, la música, las nuevas palabras. Ojalá la generosidad, el respeto y el aprecio hacia el otro fuera algún día nuestra verdadera bandera. Las demás solo son trapos tejidos de odios, guerras y egoísmos.

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El despertar de la bestia o sobre la muerte de la razón…


 

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Los resultados eran los esperados. La bestia se ha despertado, y la sociedad, como en viejas batallas de antaño, vuelve de nuevo a la radical inconsciencia, a los instintos más oscuros, al deseo de destrucción. Los radicales de un extremo han despertado las esencias de los radicales del otro extremo. La moderación ha dejado paso al insulto, al odio y al desprecio. Los viejos avatares se despiertan de nuevo y los tambores de guerra empiezan a sonar a lo lejos a no ser que ocurra algún tipo de milagro.

El «éxito» del independentismo ha sido fracturar la sociedad en dos, crear dos mitades donde antes había una cierta unidad. Otro de los éxitos ha sido fracturar el resto del Estado. Y un tercero ha sido el de despertar a la bestia, a la parte más oscura de este país. Un país que presumía hasta hace muy poco de no poseer extrema derecha y que ahora, ha posibilitado que sea uno de los países con una extrema derecha de las más grandes y virulentas. Felicidades a los éxitos de la revolución de las sonrisas.

La historia se repite. Y España es un país visceral, no muy propenso al diálogo o la racionalidad. Vivimos y pervivimos enfrascados aún en lo más instintivo y atávico. Lo ancestral tiene mucha más fuerza que la razón. La revolución de las sonrisas toca de lleno lo más ancestral, los héroes pasados, el pueblo como entidad autónoma y aislada que merece un futuro mejor, un exilio hacia un desierto plagado de oasis imaginados, donde un benévolo y complaciente nuevo estado hará felices a sus ciudadanos. Esa imagen bucólica, ingenua y perversa en sus entrañas, tiene la suficiente fuerza para recordar al resto que el hecho diferencial pervive, y que alguna vez, esas invasiones pasadas pervirtieron el orden de las cosas, aclamando ahora derechos y territorios.

Realmente nos movemos por símbolos y arquetipos. El grito unánime del “a por ellos” en la celebración de Vox es un grito recurrente a lo largo de la larga historia. Es el grito del odio, de la venganza, de la expulsión de los moriscos, de los judíos y de todo aquello que fuera diferente o de todo aquello que oliera a extranjero. Es la lucha continua de la defensa de las esencias en terrenos medievales. Igual de medievales que la defensa de la concepción de un “solo pueblo” o de un “solo idioma” o de un “nuevo estado”, donde la palabra “nuevo” rechina desde su propia concepción. Crear un “nuevo” estado no es nada nuevo ni revolucionario. Es un juego de tronos, de poder de los de siempre, una vuelta a los señoríos medievales. No es nada transversal, aunque se quiera pintar así. Es algo troglodita, primitivo, carente de valor racional y reaccionario. Las naciones y las patrias son símbolos del pasado más sangriento de la humanidad. La prueba está en la fractura. No es algo que se cree desde la alegría de todos, sino algo que se crea mediante la fractura y el despertar de la bestia, el enfado y la revancha.

Desde un punto de vista geopolítico es preocupante, porque es una situación global. Un nuevo romanticismo donde se pretende apartar a la razón y se pretende recuperar esencias aparentemente ya superadas. La exaltación del yo grupal y el conferir prioridad a los sentimientos, muchas veces irracionales y sin control, no puede traer nada bueno en el futuro que nos espera. Se ha despertado la bestia, y será muy difícil encontrar a un Ulises o a un San Jorge que pueda vencerla. Muerta la razón, nace la oscura sombra de la muerte…

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Día de reflexión. ¿Por qué votaré al PSOE?


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Hoy se cumplen treinta años de la caída del muro de Berlín y la consecuente reunificación de Alemania. Era tiempo de reunificación y de construcción de una Europa unida y en paz. Hoy día estamos viviendo un tiempo convulso, un tiempo de cambio, un tiempo que puede determinar el futuro inmediato de las políticas, pero sobre todo, de la convivencia futura. Europa está siendo partícipe de un experimento sin igual: la unión de naciones que siempre habían estado en guerra y lucha en un espectro político mayor de paz y fraternidad. Ese experimento también se ha ido tejiendo poco a poco en uno de los países más increíbles de los que podamos conocer: España. Una gran nación construida por naciones, idiosincrasias y espectros culturales distintos y diversos.

El aspecto positivo de cualquier cultura es que puede crear una identidad en la que un grupo de personas se sienta identificada. Uno puede sentirse identificado con un estatus, con un rol, con una saga familiar, con un grupo, con una pequeña comunidad, con un pueblo, con una comarca o región, con un país, con un continente o como muchos hoy día, como ciudadanos de la humanidad. Uno también se puede identificar con todo eso a la vez, o sólo con una parcela particular o aspecto particular de todas esas identidades contrapuestas.

Hablo de todo esto porque es importante ver qué está pasando a nivel global y a nivel estatal en particular. A nivel global estamos viviendo un nuevo reflote de las identidades, pero no como entidades que se ayudan mutuamente, sino como identidades que se repelen. Lo estamos viendo con los Estados Unidos de Trump y sus políticas proteccionistas, lo estamos viendo en Reino Unido con su Brexit y lo estamos viendo en nuestro país con los nacionalismos identitarios que exigen para sí mismos el derecho de autodeterminación primero y la creación de un nuevo estado después. Esta reivindicación, totalmente legítima y justa en términos políticos, se está realizando en su formato negativo, es decir, en la antiquísima fórmula de búsqueda de un enemigo arquetípico, en este caso, el estado español, como ente diabólico al que vencer.

Más allá de la legitimidad de las reivindicaciones, estamos en un estado de hechos que buscan la determinación de la vía unilateral. La vía unilateral tanto de unos como de otros, y luego, la opción menos mala, que en este momento es la ambigüedad propia del socialismo español. Esa ambigüedad ahora puede que sea positiva, en cuanto sirve de eje entre unas fuerzas radicales y otras extremistas. Por ese motivo, solo por una cuestión de ambigüedad, y excepcionalmente, votaré al PSOE.

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Españoles, Franco ha muerto


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España ha sufrido en el último siglo al menos siete golpes de Estado (1874, 1923, 1926, 1929, 1932, 1936 y 1981). Ha vivido a lo largo de su historia una veintena de guerras civiles, siendo la más conocida la última, por haber terminado en una dictadura de más de cuarenta años que aún, fantasmas incluidos, nos persigue. Lo de hoy tan sólo ha sido un acto simbólico, arquetípico. España sobrevive, por su singularidad, a base de mitos y héroes. Un pueblo sin pueblo, o un pueblo donde se cruzan cientos de pueblos, culturas y realidades, sorprende que aún siga gobernando un deseo mayoritario de unidad ante tanta diferencia, procedencia y riqueza cultural. Lo extraño es que no haya sido fragmentada en mil realidades, en cientos de pequeños estados-nación, en mil revoluciones más. Quizás eso dice más de su esencia que los ruidos de aquellos que la han querido dinamitar, ya sea por alzamiento militar o por alzamiento de las sonrisas o por cruentas guerras civiles.

Realmente lo que hay en el inconsciente colectivo es algo que tiene que ver con unas esencias históricas milenaristas que en este momento no somos capaces de entender. No se entiende que la flagrante unidad de España sea dinamitada por unos y por otros a su manera. No se entiende que los que la defienden odien a todas sus singularidades, que por otro lado, es lo que realmente la hace diferente, grande y única. Pocos pueblos han sido tantas veces invadidos, masacrados, conquistados y vilipendiados como los pueblos de España. Pocos lugares como el nuestro ha tenido capacidad de absorber estoicamente todas las singularidades culturales que a lo largo de la historia se han asimilado, ya sea por derecho de conquista o por reconocida vocación de autodestrucción colectiva.

El que hayamos tardado tanto tiempo en separar al verdugo de sus víctimas, al reconocido dictador por todas las fuerzas internacionales de un monumento que rozaba la vergüenza más torera, no deja de ser simbólico de nuestras esencias. Que esto se haya hecho con un gobierno en funciones, en pleno debacle de la unidad de España y en plena crisis territorial por unos y por otros no deja de ser simbólico, digno de tratamiento psiquiátrico.

Quizás esta complejidad, como digo, estas formas de entender el mundo, inclusive con esos tics nostálgicos de unos que piensan eso tan manido de que tiempos pasados eran mejores, no deja de ser una paradoja digna de estudio psicológico, antropológico y social. La complejidad de España y de sus pueblos, muchos extraños y antagónicos los unos con los otros, es una maravillosa riqueza solo posible en un territorio labrado de conquistas, con una orografía tan diferente y peculiar como puedan ser los desiertos del sur y las exuberantes montañas del norte, un mar Mediterráneo unido por un trozo de península con su feroz océano Atlántico. Este país es de tal belleza, riqueza y esplendor que no requiere mayor explicación para entender que todos quieran conquistarlo y todos deseen hacer de su propia parcela un chiringuito al que gobernar a su antojo.

Hoy debería ser un día de celebración silencioso, de restauración humilde, madura y sensata de una historia que reclamaba este hecho. Ojalá, ahora sí, Franco haya muerto de verdad en nuestras consciencias, y especialmente todo aquello que trajo de muerte y dictadura. Ojalá España madure poco a poco hacia un futuro mejor, más justo y libre, y ojalá estos cuarenta años que llevamos de retraso con respecto a otras culturas vecinas nos sirva para enfrentarnos al futuro con optimismo, con unión, con fuerza, fraternidad y alegría. Ojalá los pueblos de España, tan diversos y complejos, entiendan algún día que la riqueza que poseen solo puede ser mejorada mediante el apoyo mutuo y la cooperación. El aislamiento, la sublevación y la rebeldía no traerá nada nuevo ni nada bueno. Solo el fraternal entendimiento entre sus partes hará que la luz brille de nuevo en la estela hercúlea de esta hermosa tierra. El Estado que acoge a tan peculiar holograma y singularidad tendrá el reto futuro de hacer posible la introspección necesaria para el entendimiento. Sus partes, el alza de miras necesaria para entender que sólo juntos podremos enfrentarnos a los retos futuros que se avecinan.

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La casa común


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Y llegaron todos y había un tejado, y allí se cobijaron todos. Había muchos, y el tejado era grande y todos entraban, pero unos decían que el tejado les pertenecía. Y entonces querían echar a los otros. Y vino por aquellos días un dragón. Y también lo echaron. Y luego, llegó un día en el que ya no había tejado, ni a quien cobijar.

Y pasó el tiempo y había quien decía haber existido alguna vez un tejado y un dragón. Y todos les creyeron. Entonces echaron a los que no creían en los tejados ni en los dragones. Y se fueron, y ya no quedó nadie, porque la tierra quedó yerma y el agua dejó de ser limpia.

Y pasaron los tiempos y siempre hubo lucha. Unos sobre otros, hijos contra padres y padres contra hijos. Los hermanos se lanzaban contra hermanos y nunca hubo paz. Y vino aquel y dijo: yo construiré un tejado para todos. Y nadie le creyó. Y vino otro y dijo: ya no volverán nunca más los dragones. Pero nadie le creyó. Y fue así que, llegó el final de los tiempos y nunca hubo paz.

Y así, desde el origen de todo, hubo guerras y disputas. Las ancianas sin dientes así lo contaban. Unos por una cosa y otros por otra. Y no hubo tierra en paz, ni tierra de todos, porque todos reclamaban algo. Pero vendrá un día en el que la tierra será escasa y ya no habrá disputa posible. Vendrá un día en que la tierra será de todos, y no de unos pocos. Un día dónde no habrá fronteras, y dónde los dragones podrán campar libremente, y habrá un tejado para todos, y una casa común. Y en esos días, los unos no se levantarán contra los otros, y todos serán como hermanos, y nadie será más que nadie. Y entrarán todos y habrá un tejado. Y vendrá por aquellos días un gran dragón, porque así está escrito.

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Nacionalismos, patriotismos y marcianitos verdes


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Los nacionalismos y los patriotismos siempre son violentos porque tienen en su naturaleza el existir gracias al diferente. «Yo soy esto porque el otro es aquello», y para existir, bendita paradoja, necesito del otro. Y el otro, a lo largo de la historia, siempre ha sido enemigo o extraño.  Este coche la Guardia Civil destruido resume este sentir. El otro es el español, el Guardia Civil o lo que sea que no sea de los nuestros. 

Esta mañana en el círculo de consciencia expresaba, a la víspera del 1 de octubre, próximamente fiesta nacional en Cataluña, que hacía tiempo que no hablaba de política. Me había prometido no hacerlo, es algo que ya no me motiva, que no me seduce, que no me altera. Ya sabéis los que me conocéis desde hace tiempo que siempre he sido muy visceral con el tema político, y excepcionalmente duro con los nacionalismos y los patriotismos de cualquier bando. Me fui huyendo de Cataluña hace quince años por no soportar lo que ya por entonces intuía que pasaría. Las esencias patrias de cualquier tipo me sobrepasan y respiro mejor entre fraternales humanos apátridas que ante poseedores de algún tipo de pureza de sangre (ya me estoy encendiendo, lo siento).
Bueno, todo esto viene porque nada más recordar que hacía tiempo que no hablaba ni participaba en política, especialmente desde que mi activismo político se reduce a la creación de un lugar utópico, sin patrias ni naciones y cuyo único vínculo político es la fraternidad humana y la tolerancia del diferente, he recibido justamente hoy dos mensajes que me invitaban a que hablara u opinara sobre la política de estos días. Los mensajes decían así:

Mensaje 1: Te voy a hacer una petición del «leyente», si puede ser y si te apetece (me puedes decir que no tranquilamente). Me gustaría que escribieras sobre los separatismos. Cataluña, el Brexit… me da igual, en el fondo todo es lo mismo.

Mensaje 2: Javier, como nacido en Barcelona, ¿dónde te posicionas? No hace falta que me respondas aquí. Si quieres lo haces en privado pero a nivel mas trascendente me interesa tu corazón, qué te dice a la hora de valorar los nacionalismos, esa enfermedad de los pueblos que llevan a la sangre…

Ya he hablado mucho sobre política y especialmente sobre esa anomalía humana llamada nacionalismo o patriotismo (la diferencia entre unos y otros es la de tener o no un “estado”, pero el sentimiento es el mismo, “amor” al pueblo, a la nación, pero de forma excluyente, siempre en contra “de”). En el caso del Brexit es un nacionalismo no en contra de Europa, sino en contra de la emigración que viene de Europa vía África o Asia o América (la del sur, por supuesto) o la Europa del Este. En el caso de Cataluña son los descendientes occitanos que huyendo de mil batallas se establecieron hace mil años en parte de Iberia y se asimilaron con los nativos. Ahora, paradójicamente, esos occitanos se consideran los verdaderos nativos y, por lo tanto, desean separarse de la tierra que hace siglos los acogió. Los vascos, otra paradoja, que son los verdaderos supervivientes y los verdaderos nativos de Iberia, se quieren separar del resto, es decir, de los asimilados, de los conquistados y conquistadores que durante miles de años han atravesado esta tierra. Creo que los vascos son los únicos que podrían presumir de ser los verdaderos “españoles”, de ahí la paradoja. Todos los demás somos descendientes de celtas, cartaginenses, fenicios, griegos, romanos, judíos, bárbaros, musulmanes, etc…

Es cierto que no todo se puede reducir a algo tan simple como esta explicación. Habría que bucear en el sustrato, en el superestrato y en el adstrato de cada una de las culturas y lenguas que han influido en todo el territorio a lo largo de la historia. Pero la cuestión no es el origen de cada cual, sino el porqué basamos la convivencia presente en ese origen, y por lo tanto, centramos nuestra atención en aquello que nos separa, y no en aquello que realmente nos une. Porqué unos se creen más guapos que otros, o con más derechos, o más libres, o más ricos, o más lo que sea (no voy a entrar en motivos racistas o xenófobos, que haberlos haylos, por más que lo nieguen algunos en la plaza pública).

Una persona culta, inteligente y civilizada no debería ser patriota ni nacionalista. Podría ser ciudadano o aldeano, pero nunca se calificaría como próximo a ningún tipo de amor exacerbado hacia una nación o una patria. Menos aún hacia una bandera, un himno o unas fronteras delimitantes. Una persona culta, inteligente o civilizada puede creer en Dios, en los extraterrestres o en el final de los tiempos, pero siempre lo hará de forma discreta y privada. Lo mismo ocurre con los países y sus símbolos. Uno puede amar a su tierra, pero siempre de forma anónima, discreta, silenciosa, como se aman los verdaderos amantes.

¿Qué puede pensar una persona culta, inteligente y civilizada que vive en una aldea o en una ciudad y ve de repente a alguien empuñando una bandera o refregando en la plaza pública himnos y consignas patrióticas o nacionales? Pues simple y llanamente, y con todos mis respetos, que son unos auténticos estúpidos. Nadie sanamente culto, inteligente y civilizado cree en nuestros días en las naciones, las patrias o las fronteras. Nadie en su sano juicio tiene en estos tiempos necesidad de enarbolar fronteras que dividan, que separen. En la vida privada uno puede creer en lo que quiera, en los marcianitos verdes, en los duendes y las hadas, en el aberri eguna o en 1 de Octubre como el día de la independencia catalana. Cada cual puede vivir su peculiar sueño hipnótico, su peculiar fantasía anodina.

Lo triste de toda esta guerra de emociones viscerales es que si ganan los nacionalismos y los patriotismos Europa entera va a dar un giro visceral y cavernícola de cien años hacia el pasado. Volveremos al caos y al desmantelamiento del sueño de la fraternidad humana, al sueño de un mundo, una humanidad. Mezclar las creencias y las emociones con la política nunca trajo nada bueno. Por eso esa mezcla me parece estúpida. Que cada uno se sienta de dónde quiera, pero en lo privado. Mezclar lo emocional con lo político siempre trajo verdaderas catástrofes. En resumen, quien quiera creer en los marcianitos verdes que lo crea, pero por favor, en privado. Dejad de refregar por las narices más banderitas, patrias, himnos o lo que sea. Rezad al Dios que queráis, amad la tierra que queráis, creed en lo que os de la gana, pero en silencio.

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¡Será genial! Sobre la caída de un imperio


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Donald Trump ha felicitado a Boris Johnson a través de las redes con una frase profética. «Felicitaciones a Boris Johnson por convertirse en el nuevo primer ministro del Reino Unido. ¡Será genial!». La elección de Boris Johnson no deja de ser una caricatura idéntica a lo ocurrido en Estados Unidos con Trump. Sin duda, cuando los imperios caen, se despliega un símil caricaturesco en los personajes a los que les toca llevar a buen puerto esa caída. Trump y Boris son las personas que representan el fin de una era, la anglosajona, y el comienzo de otra, la cual aún está por definir. También Boris podría representar el fin del experimento de la Unión Europea tal y como la conocemos ahora. O se autodestruye en la próxima década o renace con más fuerza. Esa es la incógnita que esperamos resolver aún.

¿Será genial? Al menos ambos prometen un estilo diferente, como cuando el bufón se cuela en la corte y empieza a hacer gracietas. Al principio parecen bromas divertidas, pero cuando el bufón tropieza y mancha a toda la corte con sus torpezas, al final la fiesta no termina bien. De momento hemos visto a un Trump comedido, al menos en el plano internacional. Por un momento pensábamos que desde el minuto cero nos iba a meter en mil guerras y devastaciones apocalípticas. Por suerte todo quedó en la gracieta de mal gusto de los aranceles, de sus fotos con al amado líder norcoreano y su empecinamiento con el muro fronterizo. ¿Habrá alguna traca final? No en este mandato, pero sí, si sale reelegido, la líe parda en un segundo mandato y sea ahí cuando empiece la fiesta particular entre Trump y Boris.

La fiesta terminará, a medio plazo, con la desintegración de Reino Unido tal y como lo conocemos. Es posible que Irlanda del Norte termine fusionándose con Irlanda y Escocia decida independizarse y entrar en la Unión Europea, quedando Inglaterra y Gales aisladas y en una posición decadente. El Reino Unido dejará de ser reino y dejará para ese entonces de estar unido, por lo que deberá buscar otro nombre más apropiado o volver al topónimo más apropiado de la Pequeña Bretaña.

Sin duda, seguimos navegando en un mar de incertidumbre futura. Mientras los bufones gobiernan primitivas estructuras medievales ancladas en míticos reinos, el mundo gira lleno de plásticos, lleno de contaminación, lleno de sangrientas guerras y hambrunas. Nuevas crisis nos esperan. Habrá que prepararse para afrontarlas una y otra vez. ¿Estamos cerca de la crisis final? Seguiremos trabajando para una transición segura hacia un nuevo mundo menos bufón y más serio y respetuoso con los verdaderos retos del futuro.

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Por qué votaré a PACMA y breve análisis de por qué no votaré al resto


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Tiempos modernos (1936), siempre tan de actualidad

La verdad es que me siento libre pensador, y podría votar a cualquier partido del espectro social de nuestro país si pudieran convencerme de algo que realmente me conmoviera como votante itinerante y ácrata. Eso es algo que me gusta de nuestra idiosincrasia como país irreductible: el ser lo suficientemente libre para votar a unos y a otros según nuestra particular visión o conveniencia. Aunque el sistema de votación y la democracia representativa me parece algo anacrónico e irreal, una vez más voy a participar en este sistema para no parecer, que bastante lo parezco ya con esta manía de crear utópicas realidades, un antisistema al uso.

En estas últimas elecciones de nuevo voy a repetir y votaré a PACMA. Ante la quiebra política que se avecina y ante la posible destrucción de lo que parecía un marco de convivencia ideal (qué hermosa es España en su conjunto y qué manía nuestra de siempre querer destruirla), me declino ante la idea de intentar sumar fuerzas a ideas que tengan que ver más con la ingeniería humana, la convivencia pacífica en nuestro planeta y los altos ideales de amor y fraternidad hacia los animales. Cuando estos valores lleguen a nosotros, nuestra visceralidad desaparecerá y estaremos más cerca de poder convivir desde el amor, y no desde el rencor. Dicho esto, explicaré con detalle por qué no votaré al resto de partidos y sí a PACMA.

PARTIDO PIRATA: A pesar de que fui candidato a las últimas europeas con este partido, quizás como editor comprometido debería votarlo. Pero su caos y falta de liderazgo me obliga a no hacerlo. También el que sólo se interesen por lo referente al mundo digital sin mayores aportaciones que esas.
EQUO. También he militado en este partido, pero cuando los intereses partidistas están por encima de los intereses y las ideas que persiguen, el resultado es decepcionante. Me refiero a que se vendieran y formaran coalición con Podemos, como si la ecología fuera algo exclusivo de las izquierdas. Esto es una grave visión futura. La ecología debería ser de todos porque es algo que nos afecta a todos. ¿Cuando nos daremos cuenta?
PARTIDOS NACIONALISTAS. La miopía y egoísmo de estos partidos, el etnocentrismo, la xenofobia y lo rancio de sus mensajes nacionalistas me impiden ni siquiera mirarlos de reojo. Me parecen rancios, caducos y fuera del tiempo. Aunque se visten de modernidad y libertad, es lo más anacrónico y trasnochado que he visto nunca. Y esto lo digo desde la visceralidad más absoluta, pero también desde la crítica más comprometida.
VOX. No deseo ofender la inteligencia de aquellos que visceralmente, por hartazgo, deseen votarlo. Allá ellos y sus consciencias. Pero volver a la edad media no me parece inteligente. Y tampoco me parece sano y sí muy peligroso volver a dar alas alegremente a la extrema derecha. Cuidado con los extremos. Vox es la otra cara de los partidos nacionalistas. Igual de rancio, caduco y anacrónico. Los extremos se tocan y se necesitan para subsistir. Poner en pie de guerra este hermoso país no traerá nada bueno. Alimentar estas dos bestias que en su esencia son exactamente lo mismo, nacionalistas y extrema derecha solo puede volvernos a escenarios muy peligrosos. Cuidado que esto no es una broma.
PODEMOS. Estuve muchos años militando en Izquierda Unida y no me perdí ni una manifestación cuando ocurrió el 15M. Ahora veo con tristeza cómo los líderes se convierten en casta y como ingenuamente los ilusionados indignados se convierten en señoritos que pretenden vender un mensaje vacío para seguir pagando sus bonitos chalets con piscina. Lo siento pero mi voto se ha indignado aún más con vosotros.
CIUDADANOS. Me gustó mucho sus inicios y el trabajo que han hecho en Cataluña al dar voz a una gente que vivía con miedo en una tierra absorbida por el mensaje nacionalista. Olé en Cataluña por la valentía y patética gestión en el resto de España por su deriva ideológica para rascar votos de unos y de otros.
PP. Nunca me gustaron sus líderes. Ahora Rajoy me parece un santo varón cuando los comparo con Fraga o Aznar o Casado. El Casado es joven y tiene mucho que madurar, pero viendo su competencia con Vox para ver quien la tiene más grande (me refiero a la bandera, claro) y viendo que centra su mensaje en las esencias, parece más un tripartito kafkiano que un partido con personalidad propia.
PSOE. Milité algunos años en este partido y de haber perseverado seguramente hubiera tenido una carrera política de su mano. Estuve a punto de ser alcalde de un pequeño pueblo, pero se cruzó por mi vida una embajadora que me alejó de esa posibilidad. Me gustó mucho, debo confesarlo, la carrera que su actual líder ha realizado para destronar de una vez por toda la ortodoxia casposa de su partido. El hecho de que todos los “varones” se pusieran en su contra y aún así venciera, me dio mucho morbo. También me gustó ese esfuerzo por dialogar con la bestia satánica independentista, como la ven algunos. Pero el partido socialista hace mucho tiempo que dejó de ser socialista. Y los utópicos como yo siempre fuimos vistos como ingenuos a lo largo de toda la historia. Así que seguiré votando ingenuamente a los imposibles.

Ahora mis amigos independentistas y mis amigos de la extrema derecha y mis amigos de la extrema izquierda y mis amigos moderados y mis amigos del centro y mis amigos ácratas y mis amigos místico-espirituales se enfadarán todos. Pero no me importa. Yo os seguiré amando, a pesar de vuestras ideologías, de vuestras creencias y de vuestra capacidad o no de juicio crítico, opinión y debate. Votaré, y votaré a PACMA y le daré voto a los animales, a ver si así nosotros nos humanizamos en el camino.

 

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Me alegra que la derecha se manifieste y salga a la calle


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Con tanto ajetreo interior, hacía ya demasiado tiempo que no opinaba (y subrayo la palabra) sobre política. Tanto mirar para adentro e intentar resolver asuntos personales me alejó de lo externo, de lo que irradia ahí fuera en algo tan importante y en estos tiempos, tan dramático, como es lo político. Pero ahora, ya más alegre y fortalecido, me atrevo a seguir avanzando desde el pensamiento en lo que nos atañe como grupo humano, como nación o como lo que queramos ser.

Ayer se manifestó eso tan abstracto como es la derecha española en la capital del reino (qué palabreja), apropiándose, una vez más, de la bandera y la patria. Algo así como lo que hacen unos dos millones de catalanes cuando se apropian de la bandera, la nación y las instituciones doblegando la voluntad de toda una ciudadanía (aún no sabemos qué pintamos los otros cinco millones en todo este tinglado patrio). Es como si las banderas y las naciones y las patrias solo fueran patrimonio de los más puros de entre los puros, los que son verdaderamente “el pueblo”. Los otros, los demás, los ciudadanos, solo somos “asociados”, un mal menor, algo que está “ahí”.

A pesar de ello, y aprovechando mi racha de alegría, en cierta forma, me alegra ver que las calles son de todos, y cuando digo todos es de todos mis vecinos, tanto de los puros como de los asociados (la «sociedad» no es más que la suma de socios, «asociados», que interaccionan por interés, a diferencia de la «comunidad», que está integrada por vecinos, familiares y amigos que desean colaborar en el bien común, y a diferencia del «pueblo», siempre garante de las esencias). Me alegra ver que todos podemos manifestarnos libremente en un país con grandes dosis de libertad, a pesar de lo que se escucha y dice, y que puedes hacerlo, siempre bajo los parámetros de la convivencia que otorga eso tan concreto (y no abstracto) como es la ley, los principios generales del derecho y la costumbre. En el contrato social, ese marco de asociados, todos podemos abrir nuestros corazones para expresar lo que deseamos siempre desde el respeto a las reglas que nos hemos autoimpuesto, (dejaremos para otro exabrupto lo justo o no de esas leyes), y siempre bajo el prisma de la tolerancia y el respeto al que piensa diferente.

La polémica viene cuando los esencialistas de uno u otro lado se creen dueños de las calles o los representantes legítimos del conjunto. ¡Las calles siempre serán nuestras! Dicen unos. ¡Y las banderas! Dicen los otros, como si los demás no tuvieran derechos y obligaciones sobre las mismas o como si fuera algo ajeno a su esencia natural. A partir de ese grito de guerra, lo demás es una perfecta creencia sobre la pureza de las ideas, tachando de “fascista” o “golpista” al que no piensa como uno, cayendo de paso en la gran contradicción dialéctica de ver en el otro lo que uno realiza de forma alarmante ante la cerrazón de la idea. Si no eres como nosotros, si no piensas como nosotros, eres automáticamente mi enemigo, y por lo tanto, para simplificarlo todo y que todos podamos entenderlo, eres un facha o un golpista o un nazionalista, tanto monta. Así es la dialéctica en la que nos movemos, simple, llana, grotesca, intolerante. Y ante esa inteligencia que se cree poseedora de verdades absolutas que claman a lo natural del pueblo, las calles y todo lo demás que le vengan en gana, poco se puede hacer, excepto esperar a que la emoción se calme en nombre de la razón, la inteligencia y la lucidez.

No aplaudo los motivos que unos y otros representan. Mi visión ácrata sobre la tierra y las ideas no me permite simpatizar con unos o con otros. Me refiero a esa defensa ciega e inútil de la defensa de las esencias en un mundo de asociados, de uno u otro bando, a partes iguales. No puedo defender algo irracional y decadente como puede ser la adoración ciega a la patria o la nación o la bandera, sea la que sea. Ya no estamos en los tiempos de «todo por la patria» o «todo por el pueblo». Pero sí celebro que los otros puedan también salir a la calle, tan acostumbrados a ver a los de la calle como “perroflautas” o algo peor. Celebro que todos salgamos con festividad y alegría a gritar lo que nos venga en gana, tengamos o no razón, derecho o simpatía. Si somos vecinos, y además tenemos que seguir siéndolo durante los siglos de los siglos, mejor que seamos claros y digamos lo que pensamos, y luego, dentro del marco de la convivencia, dentro del contrato social, podamos tal vez entendernos en lo mínimo soportable.

Sobre las cuestiones de fondo de porqué esta manifestación, no entraré de momento para no encender las llamas de nuevo. Solo quería decir que siento alegría por vivir en un país vivo, divertido y paradójico, además de bello y único, diverso, multicultural y apasionante e incluso tolerante, a pesar de esas minorías tan ruidosas. Sí, salgamos todos a las calles, para demostrar que somos diferentes, y que por eso debemos empezar a amar la diferencia, estrecharla, respetarla, abrazarla sin miedo. Y por favor, dejad de llamar al otro facha o perroflauta según seáis. Es algo de horteras. No fomentemos más el odio, veamos al otro con simpatía, veamos al otro como aquello que nos falta para comprender la totalidad de lo que somos.

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Vox Populi, vox Dei


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“Y no debería escucharse a los que acostumbran a decir que la voz del pueblo es la voz de Dios, pues el desenfreno del vulgo está siempre cercano a la locura”. Cartas de Alcuino de York a Carlomagno. Epistolae, 166.

A estas horas estoy sobrevolando Europa dirección Estambul. Desde allí cogeremos un vuelo hacia Tel Aviv, nuestro primer destino. A vista de vuelo panorámico, creo que aún no somos conscientes de todo lo que está ocurriendo en Europa, y hacia dónde nos llevará esta situación cada vez más agravante. Lo ocurrido ayer en el parlamento Británico y la brutal derrota de su primera ministra es solo el principio de un fin que no sabemos aún hacia qué lugar nos llevará. Hablo de lugar, aunque quizás debería de hablar de tiempos…
Vox Populi, Vox Dei, decían los antiguos. Si realmente esta expresión significa que «la opinión popular de la gente revela la voluntad de Dios y debe obedecerse”, debemos pensar seriamente por qué Dios ha querido semejante panorama en la cultura política europea de estos últimos años. El Brexit es un claro ejemplo de retroceso social y político, de vuelta al pasado, de defensa de lo “nuestro” en contra de lo que les ocurra a los demás. Los movimientos nacionalistas, aupados desde el egoísmo y las esencias, vuelven como alocados corceles que, ciegos sobre su destino, solo pueden cabalgar hacia adelante.
Estamos viviendo momentos que pueden determinar para siempre lo que pueda ocurrir en este próximo siglo recién estrenado. Aún nos duele la memoria de las cosas que ocurrieron en tiempos pasados. De nuevo el ombliguismo contra la mirada sincera al otro. De nuevo defendiendo lo nuestro y arrasando por el camino todo lo demás. De nuevo el miedo antes que la cordura de la razón. El Brexit, como los demás patriotismos o nacionalismos de nuevo cuño, forma parte de la derrota de Europa en el campo de las ideas, en la visión de la paz común y en las ideas de fraternidad, libertad e igualdad que tanto nos costó alcanzar tras las grandes guerras del siglo pasado. Todos los avances logrados se empiezan a derrumbar poco a poco, a la espera de que los dioses benévolos vuelvan a susurrar al pueblo las ideas de luz, fraternidad y paz que tanto necesitamos en este nuevo tiempo.
Todo aquello que nos separa, el Brexit, las naciones, las fronteras, las patrias, la ignorancia o el odio nunca puede ser bueno para el conjunto de todos nosotros. Todo aquello que intenta, de la manera que sea y con los motivos que sean, separar, dividir, restar, nunca puede ser un susurro de nuestra más profunda naturaleza. La decadencia del Reino Unido, su declive, se está expresando en estos instantes. El Gran Imperio Británico que durante siglos dominó el mundo está viendo sus últimos días. Ahora es el Brexit, pronto será Escocia e Irlanda del Norte y luego… Europa y sus ideales deben estar alertas para que este movimiento no se expanda aún más… Aquí en España, uno de los últimos reductos que quedaban libre de extremismos, se está manifestando de forma fuerte la derrota de la razón y la fraternidad. La plaga sigue, y es contagiosa. Es como si de repente, estuviéramos de nuevo cerca de la locura… La misma locura que hace un siglo arrasó media Europa.

 

 

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No es Trump, somos nosotros


 

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Lo que ha ocurrido recientemente en Estados Unidos con la victoria indiscutible de Donald Trump no es algo aislado. Está pasando en el resto del mundo. No es un fenómeno nuevo, pero sí, recabando la memoria histórica de nuestra sufriente humanidad, un fenómeno peligroso y oscuro de impredecibles consecuencias.

Trump no es un simpático personaje de un capítulo de los Simpson escrito hace quince años. Es el resultado de un nuevo tiempo, de una nueva era de penumbra y ofuscación. Es el hijo póstumo de ese nuevo espectro que nace para imponer su ley del miedo, la ignorancia y el rencor. El espectro del nacionalismo.

Lo hemos visto con el fenómeno racista y xenófobo del Brexit. Lo estamos viendo en los nacionalismos, también racistas y xenófobos de regiones que reclaman la pureza de un estado propio para terminar con las desgracias del pueblo elegido. Lo vemos en una rancia ofuscación europea que se apodera no tan solo de las instituciones, sino de las buenas voluntades de sus pueblos que, arrinconados por una realidad que se impone, se desgarra en la desesperación de “soluciones finales”.

No, no es Trump, es también el Frente Nacional en Francia, el Amanecer Dorado en Grecia, la Alternativa para Alemania en el país germano, el UKIP en el Reino Unido, Ley y Justicia en Polonia, el Partido de la Libertad en Austria, y un largo recuento de dragones que están de nuevo despertando porque nosotros, cansados, queremos vivir en paz con nuestras miserias, con nuestros hipócritas logros y con nuestra desnudez vital, tan frágil y falta de luz.

Es el nuevo fantasma que azota ahora al mundo, sin saber, en un tiempo delicado, hacia donde llegará esta deriva. Y ocurre porque le damos la espalda al mundo, a la historia más reciente, a la conquista de valores que se olvidan ante la necesidad de proteger nuestra vida de cervezas y televisión.

De nuevo, siguiendo con la historia, debemos repetir eso de que “toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas”. Estamos dejando atrás la era de las luchas de clase para convertirla en la lucha de las razas, de las naciones puras, del blanco occidental que desea proteger a toda costa su modo de vida a cambio de perder cualquier valor o dignidad. El otro, sea español (véase el odio visceral de algunos nacionalistas ibéricos), sea moro, sea latino, sea chino o lo que sea nos da miedo, nos asusta.

El pueblo americano no ha votado a Trump, ha votado para proteger la posibilidad de poder seguir bebiendo su cerveza los fines de semana frente al televisor, de poder seguir consumiendo calurosamente los tres primeros días de mes para luego vivir tres semanas de angustia hasta la próxima paga, han votado el poder seguir fingiendo ese bienestar caduco y falso a cambio del hambre y la injusticia sobre el otro.

De verdad, no es Trump, somos nosotros, cargados de odio, hambre y miedo.

 

 

¿Dónde está la nueva política?


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Ayer pude ver algo, por higiene moral, muy poco, sobre el debate de investidura. Casi se me saltaban las lágrimas de pena al ver como aquello que con ilusión había llegado hasta el Congreso en muy poco tiempo para provocar cierto cambio ya se había convertido en casta, en caspa y en algo peor e innombrable. Sentí cierta vergüenza ajena, y al mismo tiempo, me sentí muy ajeno a todo ese bochornoso espectáculo ombliguero donde todos hablaban de lo bien que lo hacen ellos y lo mal que lo hacen los demás. Era como estar en un circo, en el de siempre, donde de repente alguien se levantaba con cierta lucidez volviendo a decir aquello de que “no nos representan”.

Sentí cierta pena por todo aquel inmenso esfuerzo en las calles donde recibíamos palos y vergüenzas por defender cierta justicia social y ver que todo aquel esfuerzo se había convertido en un bochornoso panfleto de televisión. Por suerte la rabia que antes me producía todo esto había desaparecido. Sólo observaba con cierta tristeza como el sistema se ocupa de encasillar y posponer ningún tipo de cambio que pueda provocar un verdadero regreso al ser humano.

Así que dejé de seguir esa realidad que ya me resulta tan ajena y seguí profundizando en la política real, en la de la calle, en nuestro caso, en la de la pequeña comunidad donde estamos que pretende tener como vehículo político algo tan profundo y sencillo como el consenso. Cualquier cosa que hacemos, que proyectamos o que deseamos transformar debe pasar por el consenso que nace siempre del apoyo mutuo y la cooperación. El consenso se expresa con silencios, con propuestas calmadas, estudiadas hacia la generosidad, hacia el bien común, rechazando cualquier egoísmo personalista.

No somos ningún tipo de panacea pero sabemos que ya no queremos participar en las estructuras pasadas. Nos negamos a ser cómplices de ese bochorno social. Preferimos poner en práctica valores, sistemas y propuestas que sean útiles al ser humano, y no a sus estructuras. O mejor dicho, que sean útiles al ser humano y por añadidura también a sus sistemas y estructuras. Pero no al revés. Primero las personas, luego el resto. Eso es lo que estamos aprendiendo en este lugar. Por eso lo mejor es seguir en silencio, como hasta ahora, dejando esa política de salón para los políticos profesionales mientras nosotros, la sociedad civil, hacemos nuestras propias políticas al margen de ese circo confuso, mentiroso y mediático.

Construyamos una sociedad paralela hasta que la vieja sociedad se derrumbe por su propia inconsistencia. Sigamos construyendo el nuevo mundo aunque sea de forma humilde y anecdótica. Algunas semillas a veces están destinadas a crecer y dar mucho fruto.

(Foto: de politiqueo con los vecinos de las aldeas mientras buscábamos unas cabras perdidas. Nuestro pequeño congreso era amable, servicial y humano).

La superstición del linaje


 

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No hay nada peor para la realización plena de los seres humanos que las supersticiones sobre el linaje, sobre los pueblos elegidos o los que creen pertenecer a una superioridad étnica, cultural o de cualquier otro tipo. Perpetuar la sangre siempre ha sido una obsesión, una necesidad de gratificación del ego. A veces esa sangre se traduce en una herencia de pensamiento, de ideología, una infantil aprobación paterna no satisfecha, una galopante megalomanía acompañada de la falta de aceptación ante las contradicciones y hechos de la vida.

Cuando los pueblos se creen elegidos, diferentes, agraciados por algún tipo de linaje ancestral o don, son motivaciones que suelen responder a problemas de identidad individual, a una personalidad explotadora con opciones de vida limitadas por el adoctrinamiento social. Existe un sentimiento de inseguridad interior que provoca una afiliación mayor que nos vuelve ignorantes y sumisos. Queremos hijos o patrias como trofeos para mejorar nuestra posición social, queremos identidad ajena o externa para sentirnos aceptados en el conjunto.

La debilidad interior, el miedo al fracaso o al rechazo, al estigma o a la indiferencia hacen el resto. La falta de gratificación personal crea una especie de sumisión hacia los hacedores de patrias, naciones o movimientos de todo tipo. Una obediencia ciega a los dogmáticos que buscan aumentar sus rebaños. Cedemos nuestra identidad a una identidad mayor por miedo. Creamos una extensión de nuestro ego en una amalgama racial capaz de empoderar nuestras carencias.

Buscamos una libertad colectiva y ficticia que creemos no tenemos como individuos. Establecemos por lo tanto nuestras decisiones individuales sin cuestionar el condicionamiento cultural, ni nuestra posible visión estrecha de la realidad, ni la casualidad de las cosas, incluyendo la fortuita posibilidad que nos trajo al lugar que habitamos. Ello nos convierte en elitistas, xenófobos, intransigentes. Pensamos que la eugenesia social es más fácil de disimular que el genocidio de los otros. Y los otros, aquellos que no son iguales a los nuestros, siempre por definición serán nuestros enemigos. Como mínimo pueblos inferiores que carecen de la superioridad de nuestra riqueza colectiva, económica y cultural, y por lo tanto, no merecedores de nuestro trato, favor o acompañamiento.

Las patrias, las banderas, las naciones, no son más que hechos basados en creencias que nacen de supersticiones sobre el linaje, individual y colectivo, cuyo germen radica en la falta de consciencia personal, en la necesidad de un reconocimiento colectivo y en carencias individuales no resueltas. Un ser verdaderamente libre no necesita ningún tipo de libertad colectiva. Los pueblos solo pueden emanciparse de la ignorancia, del hambre o de la guerra. Todo lo demás son carencias, creencias y supersticiones nacidas de un pasado remoto que ya no tiene vigencia en nuestros tiempos. La libertad verdadera siempre nace del interior. Todo lo demás no son más que estigmas que nos ayudan a cierta supervivencia psicológica. Ser libres es estar ausentes de dichos estigmas, creencias o propósitos desmesurados.

Renunciamos a tener razón, por eso votamos a PACMA


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Así como la rata no abandona la despensa, la gente no abandona al rey mientras crea en la existencia de la comida en su almacén”. David Malo, jefe hawaiano.

¿Puede existir la humanidad sin gobernantes ni gobernados? Se preguntaba el antropólogo Marvin Harris en su “Jefes, cabecillas, abusones”. El deseo de tener poder por el poder ya lo mencionó Hobbes. De alguna forma, tenemos implantada una semilla que necesita reconocimiento. Todos estamos predispuestos genéticamente a una necesidad de amor, aprobación y apoyo emocional. Y en muchas ocasiones, eso puede distorsionarse hasta convertirse en necesidad de poder, que no sería mas que un exceso de falta de amor, aprobación y apoyo emocional en dosis considerables. Es decir, la escasez y la carestía a según que niveles pueden ocasionar una perversión de distinto calado. El poder a veces viene asociado a ese requerimiento de poseer aprobación, admiración y respeto, es decir, mayor prestigio sobre los demás.

Hace unas semanas, y en un momento quizás inoportuno, dos personas de talante diferente nos llegaron a llamar egoicos y casta. Simultáneamente siempre pensamos que cuando alguien ve en ti algo oscuro o sospechoso es porque dentro de la otra persona, a modo de reflejo, existe tal naturaleza. Si alguien nos llama vanidosos es porque la otra persona solo puede ver eso mismo que alberga su naturaleza. Los seres amables y generosos ven en los otros precisamente aquello que llevan dentro. Aquí lo podemos ver todos los días. Cada uno nos da su parecer gratuitamente sobre lo que cree de nosotros, que no es más que aquello que recibe de su interior. A modo de un consumo conspicuo, como lo acuñó Thorstein Veblen en su “Teoría de la clase ociosa”, generalmente queremos imitar y emular aquello que deseamos, y cuando no lo conseguimos, deseamos destruirlo mediante el chantaje, la envidia o el desprecio. Con el poder ocurre lo mismo, si no podemos conseguirlo, lo aborrecemos y lo despreciamos. Pero en el fondo, todos lo deseamos.

El poder y la riqueza intimidan. Muchos de nosotros aspiramos a poseer todo aquello cuanto deseamos, sin reconocer en nosotros nuestras propias limitaciones. El otro día, observaba atento como un señor de anciana edad, de apariencia humilde y alegre sonrisa depositaba su voto presumiendo de que lo había hecho al partido conservador en el poder. Me preguntaba atónito como además de aquel hombre humilde millones de ciudadanos seguían votando a un partido corrompido hasta la médula por casos de corrupción y otras traperías. No hay mucha diferencia entre la intimidación que los antiguos reyes ejercían sobre las clases populares, las cuales creían a pies juntillas que sus poderosos tenían descendencia divina, y la intimidación que los nuevos poderosos ejercen sobre nosotros. En el fondo, todos queremos reconocimiento, o lo que es lo mismo, todos aspiramos a cierto poder, a cierta riqueza, ya sea material o afectiva. El votar a unos u otros no es más que satisfacer ese afán de reconocimiento grupal, de afectividad necesaria.

Cuando ella votó al partido animalista sentí cierta extrañeza. Unos comicios tan importantes, que para algunos eran considerados plebiscitarios, y ella terminaba votando a un partido que no tenía ni una remota posibilidad de influenciar en el curso de los acontecimientos históricos que se venían encima. Tardé meses en entender su posicionamiento, al mismo tiempo que tardé meses en hacerlo mío propio. Ella no necesitaba poseer ningún tipo de razón. No necesitaba mendigar prestigio, ni afecto grupal, ni esperaba admiración ni nada que tuviera que ver con ningún tipo de búsqueda de poder o riqueza material o afectiva. Se limitaba a defender una causa y no renunciar a sus principios y libertad por la misma. El resto, de alguna forma, sentimos cierta lealtad al poder, a los superiores que viven la vida ociosa, a las riquezas y privilegios. De alguna forma aspiramos a ser como ellos, a emular sus costumbres, sus formas de vida, sus manías consumistas. De alguna forma nos convertimos en egoicos abatidos o en casta, siempre con nuestro propio estilo, con nuestra disimulada careta.

La historia nos hace recordar que el poder solo es posible mediante la violencia. Antiguamente los hombres poderosos hacían uso de la guerra para motivar a sus súbditos obediencia y sumisión. La violencia solo fue un germen necesario para dominar unos sobre otros. Cuando veíamos los debates televisivos entre los candidatos al poder podíamos ver esa violencia congénita en los gestos, en los mensajes, en las palabras. Como si nada hubiera cambiando en estos miles de años.

Nosotros, estupefactos, callamos y dimos la espalda a ese sistema, a esa formación mafiosa del Estado, como la llaman algunos teóricos. Nos fuimos a los bosques para aprender sobre la benevolencia y la generosidad primigenia. Sin violencia, sin orgullo, sin nada. Antes que aceptar toda esta mentira, huimos a tierras de nadie y territorios sin explorar. En todo caso aprendemos de la vida y la experiencia totalmente desnudos, volviendo a nacer en estos bosques profundos desde la escasez acompañada de riqueza interior. Observamos y nos retiramos sin pretender tener razón, y acabamos, en silencio, votando a PACMA.

(Ilustración: de Salvador Dalí).

 

Anomalías democráticas. La tormenta perfecta. La macdonalización identitaria.


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Estoy de acuerdo con el sentir catalán de querer marcharse del Estado Español. Lo puedo entender porque hace tiempo que algunos ya nos hemos marchado del mismo. La diferencia con los nacionalistas es que realmente ellos no quieren marcharse del Estado, quieren crear otro Estado a su imagen y semejanza. Quieren reemplazar una bandera por otra igual o mayor, para ver quien la tiene más grande. Quieren copiar sus instituciones, sus formas, sus maneras, sin entrar realmente en el fondo de la cuestión. Identifican al Estado Español con la herencia franquista, olvidando que de esa herencia también ellos han participado con sus plusvalías, trapicheos y tejemanejes. En definitiva quieren tener su propio chiringuito en la playa, a poder uno de esos exuberantes Macdonalds donde poder comer más y mejor, y además, en clá i catalá.

Sin duda estamos provocando entre unos y otros la tormenta perfecta, y por lo tanto, también una solución épica a la misma, o desastrosa. Hoy mismo el Gobierno catalán califica el proceso de “anomalía democrática” (respecto a la imputación de Mas). Para los otros el «Procés» es la verdadera anomalía madre de todas las anomalías siguientes… Realmente estoy de acuerdo con ambos, estamos ante una Gran Anomalía. Primero por la exaltación nacional, tan criticada en épocas franquistas por los que ahora salen sin complejos a la calle cargados de banderas y símbolos patrios. Segundo por la pasividad de los otros ante hechos cada día más consumados.

Una anomalía que nace de la propia historia e idiosincrasia del país. Del estado de revancha continuo para saber quienes son más altos y guapos, más inteligentes o más tozudos. Un Estado que nace ya caduco, con una Jefatura heredada directamente del franquismo y cuyo representante es una anomalía histórica llamada monarquía. Cualquiera en su sano juicio desearía desembarazarse de esta pesada carga. Pero no desde el cansino victivismo, sino de soluciones inteligentes y saludables para todos. Al menos sigilosas, silenciosas, sin patrias de por medio, sin banderas.

Pero el egoísmo nacionalista impone su propia salida. No una salida entre todos, sino una salida aireada desde el orgullo patrio, las banderas y el racismo encubierto hacia todo lo que tenga que ver con la rancia España, ese fuerte enemigo como hoy lo llamaba la ANC. España imperialista y colonizadora y por lo tanto, como ayer decía algún iluminado, Cataluña invadida por esos mismos colonos (entiéndase emigrantes del resto de España, esos mismos que han construido con su trabajo y esfuerzo la Cataluña rica y próspera que ahora todos disfrutan).

Es posible, y diría casi deseable, que Cataluña se independice algún día de España. Conseguirán el monolingüismo y el pensamiento unificador con respecto a la patria, la lengua y la cultura que ahora tanto reclaman olvidando a esos cuatro o cinco millones de personas que a día de hoy no se han manifestado a favor de ningún “Procés”. Pero en ese futuro, Cataluña deberá enfrentarse a esos millones de personas que ahora de forma tan descarada se ignora manipulando la opinión y los hechos. ¿O acaso creen que cuando se quiebre totalmente la anomalía democrática el resto de catalanes se quedarán tranquilos sin decir o hacer nada? Como digo, estamos sembrando la tormenta perfecta. Y cuando todo haga aguas vendrá ese sálvase quien pueda. O eso, o todos tendremos que estudiar geopolítica para ver qué ocurre si el frágil puente entre África y Europa se empieza a desintegrar.

(Foto: Tal y como representa esta crítica obra de Banksy, lo revolucionario de todo lo que está pasando en Cataluña es precisamente esto, una lucha revolucionaria por la macdonalización identitaria. España nos espolia, queremos separarnos de España para tener un Macdonals más rico y próspero, con mayores hamburguesas y mejores camareras. ¡Viva la revolución! ¡Viva la patria!).

El día de la Bestia


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Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista. Cuando vinieron a llevarse a los judíos, no protesté, porque yo no era judío. Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar”. Martin Niemöller

Una de las matriculas de honor que saqué en la carrera de antropología fue en la asignatura de “Teoría crítica y pensamiento antropológico”. La persona que daba la asignatura era la alemana Verena Stolcke, la cual, escarmentada de las patrias y los nacionalismos (nació en Dessau, en la Alemania nazi de 1938) debió comulgar con mi análisis crítico de la realidad. Era de las pocas voces críticas que se atrevían a no defender el pensamiento nacionalista, y de ahí la simpatía mutua cuando en la universidad me llamaban facha por el mismo motivo. Lo recordaba esta mañana en la plaza Cívica de la Universidad Autónoma de Barcelona, donde tuve que ir a realizar unas gestiones académicas para el doctorado. (Esto lo cuento por eso de que en toda teoría siempre hay algo de biografía, así que disculpad las molestias del introito).

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No encontré entre los estudiantes ningún tipo de ambiente revolucionario, ni contestatario tras el día glorioso de ayer excepto en la librería plagada de libros con claro acento nacionalista y patrio. Todo estaba tranquilo, como si el día más importante de sus vidas, según los nacionalistas, no hubiera ocurrido. Ni celebraciones, ni borrachera ideológica, ni brote psicótico grupal. Todo en calma, en absoluta calma. El único reducto de simpática conversación lo protagonizaban dos jóvenes entusiastas que analizaban lo ocurrido. Me senté por curiosidad a su lado para escuchar-curiosear-cotillear atento la conversación. Para uno de ellos, el más radical, la culpa de todo había sido del “enemigo”. “Y hablo de enemigo porque habría que aniquilarlo”, decía a su atento interlocutor, un hijo de emigrante convencido de que lo mejor que le podía pasar en la vida es la reconversión al nacionalismo (al menos para evitar que lo aniquilen social y culturalmente). El hijo de emigrante (recuerdo que una vez me insultaron con estas palabras) decía que sí a todo en un catalán enlatado que le delataba, inclusive cuando su acalorado amigo decía que la culpa de todo lo que había ocurrido era de los «colonos españoles», en clara alusión a los padres de los «charnegos» que aún siguen votando lo que les da la gana (incluido al Iceta), y no a la verdad, o dicho de otra manera, a la independencia. Si no hubiera sido por esos colonos, hoy hubiera sido un día triunfante y glorioso para la patria catalana. Pero por suerte o por desgracia, no hubo balconada. Nadie salió diciendo eso de: “Catalanes: interpretando el sentimiento y los anhelos del pueblo que nos acaba de dar su sufragio, proclamo la República Catalana como Estado integrante de la Federación Ibérica” (palabras de Companys). Ni el “Juntos por el Sí” tuvo mayoría de escaños ni tuvo mayoría de votos. Sí consiguió un país fragmentado, según el entusiasta estudiante de esta mañana, por culpa de los “colonos”, pero no mucho más. Ni hubo balconada anoche ni ahora se sabe muy bien como vamos a salir de este lío.

Ayer también fue un día festivo. No había un ambiente revolucionario. Más bien las calles estaban desiertas, casi sin tráfico. Antes de ir a votar cerca del lugar donde nací en el Valle de Hebrón, estuve paseando por el parque del Laberinto. Un bonito lugar donde perderse y donde bucear en los misterios del vellocino de oro y del hilo de Ariadna. El laberinto, como en la leyenda del Minotauro, representa como antaño las complejas construcciones palaciegas que rodean el ideario nacionalista. La razón, representada por Teseo, aún no ha encarnado del todo en este pequeño país mediterráneo viendo como se reproducía, a pesar de todo, la perseverancia en la independencia a costa de lo que haga falta. “Hemos ganado”, repiten unos y otros. ¿Qué es lo que hemos ganado, a parte de incertidumbre y desconfianza? Me pregunto yo…

Quise hacer pedagogía de lo que ocurre. Cogí mi papeleta, fui a votar, y no me dejaron. Era natural. No estaba dentro de la ley, lo que ellos llaman “empadronado”. A pesar de haber nacido a pocos metros de esas calles, por ley no tenía derecho a decidir en el día más glorioso de la patria, en el día de la liberación nacional. Tuve la osadía de explicar mi cómica actuación en las redes sociales y recibí todo tipo de insultos y amenazas: “manipulador”, “hdp”, “no vamos bien”, “demagogia barata”, “lejos de la verdad”… Quizás fui un poco travieso, pero solo quise hacer algo de pedagogía, tampoco era para tanto.DSC_0560

Quien verdaderamente ganó las elecciones de ayer fue la Bestia. Y no me refiero a la que aparece en el Libro de Enoc, el Leviatán descrito junto a Behemot: «Y en ese día se separarán dos monstruos, una hembra llamada Leviatán, que morará en el abismo sobre donde manan las aguas, y un macho llamado Behemot, y ocupará con sus pechos un desierto inmenso llamado Dandain». Me refiero al de Hobbes, ese que nació con miedo (era porque esa noche venía la armada Invencible a Inglaterra) predicando que los humanos son libres y, sin embargo, viven en el perpetuo peligro de que acontezca una guerra de todos contra todos (Bellum omnium contra omnes). Ese miedo siempre está ahí porque el contrato social es débil y puede ser roto en cualquier momento. Por eso hoy salía a las calles con cierto alivio. Al menos un alivio temporal de ver que la sangre no había llegado al río, o en palabras de Hobbes, viendo que el reino de la oscuridad aún no había penetrado del todo.

Ayer tiré a la papelera mi papeleta de voto al partido PACMA (animalistas, porque en este país parece que lo más sensato es votar a los que defienden a los animales –me refiero a los otros animales-). La construcción de otro Leviatán basado en la pureza de raza, nación, lengua, cultura, bandera o lo que sea me parece una aberración. Por mucho que se enfaden mis amigos nacionalistas (o patriotistas, tanto monta), esa aberración no nos llevará a ningún buen puerto. No lo digo yo, lo dice la historia de los nacionalismos y lo decía Verena Stolcke, que algo entiende de estas cosas. La libertad no se mide por el tamaño de las banderas, en ver quién la tiene más grande, como ha ocurrido en estas tremendas semanas. La libertad se mide por la acción inmanente de amar al prójimo. Todo lo que vaya en contra del otro va en contra de mí mismo. Así que con vuestro permiso, y con el permiso de Martin Niemöller, seguiré protestando. Eso sí, a mi manera. DSC_0563

(Fotos: El Parque del Laberinto ayer antes de ir a votar. Literatura nacionalista en las librerías de la universidad esta mañana en la UAB con claro análisis sobre el «enemigo». Intento de voto fallido ayer en Barcelona).

Refugiados, exiliados, señalados…


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Hay dos tipos de guerras y conflictos, las de sangre y las psicológicas. Ambas son horribles y ambas te obligan a la muerte, real o civil, al exilio ya sea en pateras o en pensamientos de huida o evasión.

Estos días hablo mucho con A., un ser excepcional que está buscando la fórmula para poder exiliarse de Cataluña. Para ella lo que está ocurriendo es asfixiante, como aquellas cámaras de gas que antaño suprimían la voluntad de vivir. Ahora las cámaras son más sofisticadas. Simplemente anulan tu posición vital con fórmulas sumarias nacidas del totalitarismo cognitivo. No puedes ser diferente, no puedes expresarte de forma diferente. Te anulan y marginan como ser. Te asfixian socialmente. Por eso ella, con cierto miedo y temor, se pasa el día buscando a donde ir, buceando por los mapas cual sería el lugar ideal, y sobre todo, como sobrevivir a esa suerte. ¿En qué trabajar, donde hacerlo, como hacerlo cuando lo abandonas todo y te vas sin nada?

Me explica que tiene cierto miedo. Aquí en Barcelona tiene su casa y un buen trabajo donde puede desarrollarse como persona. Dejarlo todo para tirarse a un exilio engañoso es un riesgo para el que se requiere excesos de valentía y fortaleza.

Hace justo diez años me exilié de Cataluña. Tras unos episodios desagradables en la universidad donde me llamaron facha por defender ideas opuestas a las del régimen oficial, decidí, antes de que realmente me volviera facha, marcharme. Fue un paso difícil, muy difícil. Dejar trabajo, familia, vender tu casa y trasladar todo tu ámbito de seguridad hacia la incertidumbre no es nada agradable.

Estos días lo estamos viviendo fuertemente en toda Europa. Esos barcos y trenes cargados de exiliados que huyen de la guerra son imágenes impactantes. La guerra, ya sea material, psicológica o política nunca trae nada bueno. Y todas nacen de esa manía humana de apropiarse de territorios e intentar inculcar y someter en ellos pensamientos o ideologías propias de otro tiempo. Banderas, emociones, creencias sobre la patria, la nación o la cultura, la religión. Todo mentiras con las que apoderarse del espectro civil y social que nos conjuga en este inconsciente humano.

Y luego el pensamiento único que no sólo te expulsa sino que además te señala. Con sus campañas del miedo, del terror, del apocalipsis. De ahí que la tarea humana tiene por delante es volver (si es que alguna vez estuvo) a la dimensión del ciudadano más allá de las tinieblas de las patrias y las naciones. Leyes que soporten la organización social, pero que no me digan en qué idioma debo hablar, ni me inculquen ningún tipo de amor a ninguna patria, cultura o nación. Ciudadanos libres que puedan caminar en un lugar libre de amenazas, de chantajes encubiertos, de estigmatizaciones por motivo de hablar en una u otra lengua, de pensar en unas u otras cosas. No quiero que me señalen, ni que me marginen, ni que me observen ni que me pongan ningún tipo de amuleto encima por ser diferente.

Algún día nacerá un mundo nuevo. Personas como A. no se marcharán de su tierra, del lugar que le vio nacer. Podrá crecer y expresarse libremente en todo su recorrido vital en cualquier parte del globo. Personas como ese ingente de sirios que ahora huyen del terror podrán hacerlo libremente en un futuro sin necesidad de pedir limosna a países egoístas e insolidarios. Algún día el mundo cambiará y dejaremos de ser animales asustados que huyen despavoridos para convertirnos en humanos completos y libres. Algún día dejará de existir fronteras que nos separen, y por lo tanto, morirán todas las guerras posibles.

La resistencia


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Durante un tiempo estuve viviendo muy cerca de las orillas de la bella ciudad de Lübeck, en el norte de Alemania. Allí nos contaban historias sobre la gran guerra y todo el holocausto que Europa sufrió no hace mucho tiempo. Deberíamos señalar con fuerza esta última frase: no hace mucho tiempo. A veces a escondidas y con algo de resquemor los habitantes de aquellos lugares de la Baja Sajonia me enseñaban los recuerdos de la guerra. Padres y abuelos que habían participado en la contienda, defendiendo la Alemania nazi y todo el régimen nazista con la mayor naturalidad del mundo. Lo normal en aquel tiempo era ser partidario de Hitler y su locura. Eso era lo corriente, lo uniforme, lo correcto.

No para todo el mundo. Julius Leber participó activamente en la resistencia alemana en contra del régimen de Hitler. Hasta el punto de que estuvo implicado en los atentados que intentaron acabar con la vida del Führer. Hasta el punto de que dio su vida por la causa de la libertad y de la paz.

Julius Leber fue consejero municipal de Lübeck. Nadie en ese momento podría presagiar lo que se avecinaba para ese hermoso país tras la sangrienta primera gran guerra. Nadie podía pensar que esas pacíficas y festivas banderas que colgaban en toda la propaganda nazi iban a terminar en una de las más terribles de las guerras.

En aquellos tiempos parecía algo normal la exaltación a la patria, a la nación aria, el rechazo a la razón y todo lo que pudiera venir de la decadente civilización occidental. Estábamos ante el rechazo más vivo sobre los valores de ilustración y el positivismo. La decadencia de Occidente se gestaba en el caldo de cultivo de la crisis económica que toda Europa vivía y la desilusión por las democracias que nada aportaban a la solución de una paz eficiente y nutritiva. En ese caldo de cultivo nació lo irracional, la adoración a las banderas y la proclama de verdades absolutas sobre la raza y la nación.

Algo muy parecido está ocurriendo en estos tiempos de exaltación nacional. En estos días que paseo por Barcelona se me eriza el cabello cuando veo tanta y tanta bandera. Quizás porque me costó entender cómo un pacífico pueblo como el alemán pudo caer en las trampas de la irracionalidad más absoluta de mano de un loco provocador que se creía el supremo Guía del pueblo alemán, espiritual, política y militarmente.

Lo siento, pero no podemos callarnos ante este resurgir irracional. No importa cuan nobles propósitos guarden en sus entrañas. Las relaciones irracionales nunca aportaron nada bueno. El pensamiento debe infundir luz a lo irracional. De nuevo la resistencia. De nuevo la pérdida de sentido.

El Procés, nuevo Movimiento Nacional


Bertran

Daba miedo ver el viernes a ese pelotón de ciudadanos uniformados con banderas y colores patrios andando pacífica y felizmente por las calles, en esa actitud borreguil tan propia de otrora otros tiempos donde la voluntad popular guiada por los lobos de siempre se humilla en la pérdida de identidad personal. Cataluña ha dejado de ser moderna y abierta para cerrarse en una actitud egoísta, pusilánime, caciquil y cortijera. Poco a poco se está convirtiendo en la Corea del Norte de Europa, donde la patria y la nación se exaltan hasta cuotas inimaginables. Donde te señalan y te hacen el vacío si no perteneces a este Nuevo Movimiento Nacional que tan tristemente nos recuerda a otros de antaño. ¿Seguimos hablando de naciones y patrias en pleno siglo XXI? Sí, seguimos.

El Procés, que así se llama el Nuevo Movimiento, se está convirtiendo en una corriente totalitaria, donde deja de existir la izquierda y la derecha, los de centro y los moderados para confluir todos en una sola lista, en un solo pensamiento único, patrio, de abolengo, de sentimiento nacional. La ralea condición no da espacio para lo demás. Sólo puede existir ese camino, esa vía. Sólo los que sigan la flecha, los que tengan una bonita bandera estelada en sus balcones, serán dignos de pertenecer a la nueva y esperpéntica patria. Esto no es un nuevo orden, es un antiguo deseo de poder bien articulado por la membresía anquilosada en el feudo y lo territorial, en el egoísmo y el engaño. En vez de desmembrar mediante ciudadanía y libertad al estado-nación queremos crear otros, los nuestros, que por supuesto siempre serán más ricos y mejores. En vez de cambiar banderas por libros seguimos esculpiendo banderas más poderosas y grandilocuentes por amplias avenidas. En vez de aportar luz y conocimiento aportamos folklórico colorido, muy parecido al de los circos romanos o los más modernos estadios de futbol. De nuevo la razón anquilosada y mancillada en nombre de la estupidez, la ceguera y la bobería. De nuevo todos uniformados. De nuevo todos de vuelta al fascismo (recordemos: “el fascismo pretende la sumisión de la razón a la voluntad y la acción, aplicando un nacionalismo fuertemente identitario con componentes victimistas o revanchistas, lo cual conduce a la violencia -ya sea por parte de las masas adoctrinadas o de las corporaciones de seguridad del régimen- contra aquello que se defina como enemigo mediante un eficaz aparato de propaganda”… ¿nos suena?).

Reencantar al pueblo ha sido siempre un uso común en las oligarquías de siempre, hasta el punto de hacer pensar a la gente que son ellos los verdaderos artífices de tamaña conquista. Es siempre el pueblo el que mataría por defender esa mentira, sea la que sea. Es siempre el pueblo el que legitima el cebo para defender a los oligarcas. Es siempre el pueblo el que sale a la calle o al campo de batalla.

Lo patético de todo es que se imita a la perfección antiguos modelos, relegando como única vía posible y deseada al Movimiento Nacional, al Procés vestido de modernidad, pero con sus mismas esencias. Articulando a toda la sociedad a un único cauce de participación en la vida pública y civil y subyugando una cultura y una lengua a otra. Ya lo vimos en la Diada, donde el Procés ha uniformado a sus fieles y adoctrinados seguidores apoderándose de una fiesta común. Todo configurado desde la ilusión y la chapuza, desde lo festivo y la falta de respeto hacia lo otro.

Al igual que antaño con el Movimiento Nacional, únicamente pueden expresarse las llamadas entidades naturales. Si en el fascismo español eran la familia, el municipio y el sindicato vertical, ahora en el movimiento nacional catalán son la nación, la lengua y el Junts pel sí (¿una nueva plutocracia?. La cruzada existe, como en el fascismo español, y se llama independencia. Los eslóganes son parecidos. Los enemigos todo aquello que no resume a catalanidad, o séase, el resto de España o los castellanos, a unas malas.

Así a lo largo de la historia ha funcionado a la perfección el encantamiento del pueblo. Buscando enemigos, cruzadas, símbolos, ideología única y verdadera, razón de existir y pertenecer a una raza o nación, necesidad ególatra de participar en la locura colectiva.

A nadie en su sano juicio le gusta esta España que entre todos, catalanes incluidos, hemos construido. A nadie le gustaría pertenecer a este esperpento tal y como lo hemos heredado del fascismo español nacido en la Guerra Civil. Pero a nadie se le ocurriría desquebrajar esta herencia asumiendo sus valores y principios más ancestrales y temerarios. Nunca se podrá apagar el fuego con más fuego, y nunca la exaltación nacional podrá abolir la rancia condición patria. El ciudadano del futuro no basará su existencia en banderas, patrias y naciones, sino en la conjura de luchar juntos contra las injusticias sociales, no contra el otro social. Esperemos que la frustración no termine en violencia como en épocas pasadas y esperemos que la búsqueda de libertades no vengan de la mano de banderas, sino de libros y conocimiento.

La Liada


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Podría estar celebrando el gran evento, pero como me siento timado, engañado y aborrecido prefiero no hacerlo. Es tanto el hartazgo que ni siquiera tenía ganas ni ánimo para escribir. Pero me sentía en el deber moral de dar apoyo a los que sufren y viven en el exilio psicológico de esa tierra que ha sido apropiada indebidamente por una ideología, por un pensamiento único, por una emoción del bajo vientre, más propia de la servidumbre ideológica que de sedientos ciudadanos que claman valores como la fraternidad, la libertad y la igualdad.

Aquella tierra provocó mi exilio. Primero psicológico y emocional. Me hizo aborrecer todo tipo de banderas, de consignas, de mandamientos, de pensamientos rígidos donde o eres de los nuestros o estás en contra de nosotros. Luego decidí marcharme por pura supervivencia, por no acabar con una urticaria o algo peor. La mala leche primero y el desconcierto después provocaron la ruptura definitiva con cualquier patria, nación o estado que quisiera imponerme ningún tipo de norma, emoción o pensamiento, bandera o símbolo que no correspondiera a mi propia acción libre, a mi propia emoción libre de sentirme lo que quisiera y cuando quisiera y con quien quisiera. Admito que cada vez que veo una bandera algo grande rechina en mis adentros.

Ahora la Diada se ha convertido en una Liada, porque ha quedado enclaustrada en una ideología. Ya no es común, ni compartida, ni generosa. Ahora la fiesta es de etiqueta, y con derecho de admisión. Sí, porque el derecho a decidir se ha convertido en derecho de admisión. Tú sí y tú no. O piensas como nosotros o no eres de los nuestros, y si no eres de los nuestros está claro cual es tú lugar en el mundo: el exilio. Ese pantanoso lugar donde de repente o eres de todas partes o de ninguna.

Lo siento pero no hay nada que celebrar excepto una enorme tristeza, una enorme desazón y una angustia vital y temerosa por saber hasta donde son capaces de llegar con tal de salirse con la suya. Realmente tengo miedo porque cuando se alcanza la voluntad de pensar que la verdad la poseen unos pocos iluminados se llega al fanatismo, al odio y a la destrucción.

Los nacionalistas y los patriotas siempre se han creído un pueblo elegido, superior y diferente. Pobres ingenuos en materia biológica y social. No entienden que nada de eso es posible, porque para ser elegidos, superiores o diferentes tiene que existir una clara intervención divina, y hasta donde conocemos, eso no ocurre en los asuntos más vulgares de nuestra organización social.

En este país estamos en un buen lío. En un peligroso lío. Por eso hoy tendríamos que celebrar la Liada, para ver como salimos de esta. Espero que podamos salir airosos y que todo sirva de enseñanza grupal. De lección cívica y armónica. De no ser así, me temo lo peor. Y lo digo en serio. Lo peor de lo peor. Tiempo al tiempo.

Más Mas


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Sin duda hay políticos y políticos. Algunos aprendieron eso de la unidad psíquica de la humanidad y otros se quedaron en aquello de los castillos feudales. Son formas de ver y entender la vida. Unos reclaman ciudadanía universal y otros reclaman territorios donde expandir su egolatrilidad.

Mas va quemando todas sus naves con tal de no pasar a la historia como un político corrupto, sino como el héroe que toda nación requiere. Primero pretende quebrar y dividir a un estado. Luego ha conseguido lo mismo con su nación catalana donde ahora más que nunca hay catalanes de un bando (independentistas) y catalanes de otro (unionistas). También ha divido su coalición, su partido de toda la vida, desquebrajando en dos lo que antes parecía uno. Ni convergen ni están unidos. En menos de cuatro años ha conseguido quebrar todo un proyecto de país para convertirlo en un quebradero de cabeza indigesto.

Es el precio de esa extraña necesidad de algunos de querer pasar a la historia sea como sea. Y a eso se apuntan hasta monjas capaces de creerse en una especie de salvadoras de patrias. Todos quieren estar ahí, incluso el ciudadano medio, el cual ahoga sus penas con ilusiones de cualquier tipo, con banderitas colgadas en los balcones como queriendo decir eso de “yo soy de los buenos”. Y los que no cuelgan su banderita debe ser de ese tipo de personas que no se enteran de nada, que no son verdaderos patriotas y merecen como mínimo nuestra desconfianza.

Me hacía gracia cuando de pequeñitos nos hacían odiar las patrias y especialmente las banderas españolas. Lo pude entender y jamás se me ocurrió enarbolar ninguna de ellas. Pero ahora me quedo de cuadros cuando veo tantas y tantas banderas en tantos y tantos balcones. ¿No éramos todos ciudadanos y aborrecíamos las banderas? Lo entendí mal. Éramos todos antiespañoles y despreciábamos la bandera española. Sacar una bandera española es ser facha, sin embargo, sacar una estelada cuanto más grande mejor (el tamaño sí importa) es ser una persona libre que demanda libertad y que además se cree en posesión de cierta verdad extraña en los tiempos que corren: el amor ciego a la patria o la nación.

El presidente Mas está en el camino de no retorno. Volver atrás sería un suicidio no político, sino civil. Traicionar la ilusión de un pueblo se puede pagar muy caro. Por eso mira hacia delante. Nos ha metido a todos en un buen lío y ahora solo se puede salir del mismo con la victoria. Y la victoria significa crear un nuevo reino donde ningún tribunal pueda juzgarlo por cohecho, prevaricación, y todas esas cosas por la que se juzga a políticos corruptos (recordemos que el anterior presidente de CIU tuvo que dimitir por sus trapicheos, también el padre del nacionalismo catalán, Pujol, está siendo investigado y las sedes de CIU están siendo embargadas).

Ante este panorama, ¿cómo juzgar al héroe de la patria? ¡¡Amnistía!! Gritaría el pueblo emborrachado de gloria. ¡¡¡Libertad también para nuestro héroe!!!

¡¡¡Adelante pues comandante Mas!!! Hasta la victoria siempre…

El 15M ya está en el Sistema


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Es algo intrigante. Acabo de llegar a mi ciudad natal y me acabo de dar de bruces con esta nueva realidad. No es que vivir en la montaña en una caravana sin televisión te aleje de la realidad, pero aquí, en la casa familiar de Barcelona donde la televisión forma parte del decorado común, te das de bruces con lo que está pasando en nuestro país. Con esa otra realidad. Lo cierto es que hoy ha sido hermoso ver a Ada Colau y Manuela Carmena tomando mando en las dos ciudades más importantes de España. Digo hermoso por no decir surrealista.

Cuando decidí marcharme a vivir al madrileño barrio de Malasaña fue para estar más cerca del movimiento ciudadano. Desde aquella plácida vida en una tranquila urbanización a las afueras de Madrid no era capaz de escuchar los alaridos del “pio pio”, del helicóptero de la policía que avisaba que alguna nueva protesta ciudadana se reunía en alguna parte caliente de la ciudad. Y tras el cambio, puntual, allí estaba, en primera fila, para ser testigo único de este tiempo convulso cada vez que algo ocurría.

Ahora que toda esa voz crítica está participando activamente en el poder, en el sistema, codeándose con la casta, me pregunto qué o quién saldrá a la calle o a las plazas a protestar cuando las cosas comiencen a torcerse de nuevo. Tras recibir tantos golpes y decepciones decidí literalmente apartarme de esa lucha que veía como inútil. Leviatán es como un cíclope gigante al que resulta difícil vencer. Lo es porque nosotros, la suma de todos, formamos a ese diablo de múltiples cabezas. La regeneración política, la renovación económica, el cambio de paradigma son palabras que resuenan en estos días de esperanzador futuro.

Realmente ha cambiado algo las turbas del escenario. El color de las cortinas, la iluminación, los decorados. Pero el espectáculo, por desgracia, parece el mismo. Ahora los del 15M ya no están en la plaza, están en el circo, representando. El espectáculo está servido. Veremos a ver qué da de sí, cuanto da de sí y qué tipo de cambios se consiguen. No lo veo como algo negativo o pesimista. Vemos que hay cambios. Es cierto. Y el Sistema está contento, porque ahora las plazas están vacías y los circos llenos.