Me alegra que la derecha se manifieste y salga a la calle


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Con tanto ajetreo interior, hacía ya demasiado tiempo que no opinaba (y subrayo la palabra) sobre política. Tanto mirar para adentro e intentar resolver asuntos personales me alejó de lo externo, de lo que irradia ahí fuera en algo tan importante y en estos tiempos, tan dramático, como es lo político. Pero ahora, ya más alegre y fortalecido, me atrevo a seguir avanzando desde el pensamiento en lo que nos atañe como grupo humano, como nación o como lo que queramos ser.

Ayer se manifestó eso tan abstracto como es la derecha española en la capital del reino (qué palabreja), apropiándose, una vez más, de la bandera y la patria. Algo así como lo que hacen unos dos millones de catalanes cuando se apropian de la bandera, la nación y las instituciones doblegando la voluntad de toda una ciudadanía (aún no sabemos qué pintamos los otros cinco millones en todo este tinglado patrio). Es como si las banderas y las naciones y las patrias solo fueran patrimonio de los más puros de entre los puros, los que son verdaderamente “el pueblo”. Los otros, los demás, los ciudadanos, solo somos “asociados”, un mal menor, algo que está “ahí”.

A pesar de ello, y aprovechando mi racha de alegría, en cierta forma, me alegra ver que las calles son de todos, y cuando digo todos es de todos mis vecinos, tanto de los puros como de los asociados (la “sociedad” no es más que la suma de socios, “asociados”, que interaccionan por interés, a diferencia de la “comunidad”, que está integrada por vecinos, familiares y amigos que desean colaborar en el bien común, y a diferencia del “pueblo”, siempre garante de las esencias). Me alegra ver que todos podemos manifestarnos libremente en un país con grandes dosis de libertad, a pesar de lo que se escucha y dice, y que puedes hacerlo, siempre bajo los parámetros de la convivencia que otorga eso tan concreto (y no abstracto) como es la ley, los principios generales del derecho y la costumbre. En el contrato social, ese marco de asociados, todos podemos abrir nuestros corazones para expresar lo que deseamos siempre desde el respeto a las reglas que nos hemos autoimpuesto, (dejaremos para otro exabrupto lo justo o no de esas leyes), y siempre bajo el prisma de la tolerancia y el respeto al que piensa diferente.

La polémica viene cuando los esencialistas de uno u otro lado se creen dueños de las calles o los representantes legítimos del conjunto. ¡Las calles siempre serán nuestras! Dicen unos. ¡Y las banderas! Dicen los otros, como si los demás no tuvieran derechos y obligaciones sobre las mismas o como si fuera algo ajeno a su esencia natural. A partir de ese grito de guerra, lo demás es una perfecta creencia sobre la pureza de las ideas, tachando de “fascista” o “golpista” al que no piensa como uno, cayendo de paso en la gran contradicción dialéctica de ver en el otro lo que uno realiza de forma alarmante ante la cerrazón de la idea. Si no eres como nosotros, si no piensas como nosotros, eres automáticamente mi enemigo, y por lo tanto, para simplificarlo todo y que todos podamos entenderlo, eres un facha o un golpista o un nazionalista, tanto monta. Así es la dialéctica en la que nos movemos, simple, llana, grotesca, intolerante. Y ante esa inteligencia que se cree poseedora de verdades absolutas que claman a lo natural del pueblo, las calles y todo lo demás que le vengan en gana, poco se puede hacer, excepto esperar a que la emoción se calme en nombre de la razón, la inteligencia y la lucidez.

No aplaudo los motivos que unos y otros representan. Mi visión ácrata sobre la tierra y las ideas no me permite simpatizar con unos o con otros. Me refiero a esa defensa ciega e inútil de la defensa de las esencias en un mundo de asociados, de uno u otro bando, a partes iguales. No puedo defender algo irracional y decadente como puede ser la adoración ciega a la patria o la nación o la bandera, sea la que sea. Ya no estamos en los tiempos de “todo por la patria” o “todo por el pueblo”. Pero sí celebro que los otros puedan también salir a la calle, tan acostumbrados a ver a los de la calle como “perroflautas” o algo peor. Celebro que todos salgamos con festividad y alegría a gritar lo que nos venga en gana, tengamos o no razón, derecho o simpatía. Si somos vecinos, y además tenemos que seguir siéndolo durante los siglos de los siglos, mejor que seamos claros y digamos lo que pensamos, y luego, dentro del marco de la convivencia, dentro del contrato social, podamos tal vez entendernos en lo mínimo soportable.

Sobre las cuestiones de fondo de porqué esta manifestación, no entraré de momento para no encender las llamas de nuevo. Solo quería decir que siento alegría por vivir en un país vivo, divertido y paradójico, además de bello y único, diverso, multicultural y apasionante e incluso tolerante, a pesar de esas minorías tan ruidosas. Sí, salgamos todos a las calles, para demostrar que somos diferentes, y que por eso debemos empezar a amar la diferencia, estrecharla, respetarla, abrazarla sin miedo. Y por favor, dejad de llamar al otro facha o perroflauta según seáis. Es algo de horteras. No fomentemos más el odio, veamos al otro con simpatía, veamos al otro como aquello que nos falta para comprender la totalidad de lo que somos.

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Vox Populi, vox Dei


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“Y no debería escucharse a los que acostumbran a decir que la voz del pueblo es la voz de Dios, pues el desenfreno del vulgo está siempre cercano a la locura”. Cartas de Alcuino de York a Carlomagno. Epistolae, 166.

A estas horas estoy sobrevolando Europa dirección Estambul. Desde allí cogeremos un vuelo hacia Tel Aviv, nuestro primer destino. A vista de vuelo panorámico, creo que aún no somos conscientes de todo lo que está ocurriendo en Europa, y hacia dónde nos llevará esta situación cada vez más agravante. Lo ocurrido ayer en el parlamento Británico y la brutal derrota de su primera ministra es solo el principio de un fin que no sabemos aún hacia qué lugar nos llevará. Hablo de lugar, aunque quizás debería de hablar de tiempos…
Vox Populi, Vox Dei, decían los antiguos. Si realmente esta expresión significa que “la opinión popular de la gente revela la voluntad de Dios y debe obedecerse”, debemos pensar seriamente por qué Dios ha querido semejante panorama en la cultura política europea de estos últimos años. El Brexit es un claro ejemplo de retroceso social y político, de vuelta al pasado, de defensa de lo “nuestro” en contra de lo que les ocurra a los demás. Los movimientos nacionalistas, aupados desde el egoísmo y las esencias, vuelven como alocados corceles que, ciegos sobre su destino, solo pueden cabalgar hacia adelante.
Estamos viviendo momentos que pueden determinar para siempre lo que pueda ocurrir en este próximo siglo recién estrenado. Aún nos duele la memoria de las cosas que ocurrieron en tiempos pasados. De nuevo el ombliguismo contra la mirada sincera al otro. De nuevo defendiendo lo nuestro y arrasando por el camino todo lo demás. De nuevo el miedo antes que la cordura de la razón. El Brexit, como los demás patriotismos o nacionalismos de nuevo cuño, forma parte de la derrota de Europa en el campo de las ideas, en la visión de la paz común y en las ideas de fraternidad, libertad e igualdad que tanto nos costó alcanzar tras las grandes guerras del siglo pasado. Todos los avances logrados se empiezan a derrumbar poco a poco, a la espera de que los dioses benévolos vuelvan a susurrar al pueblo las ideas de luz, fraternidad y paz que tanto necesitamos en este nuevo tiempo.
Todo aquello que nos separa, el Brexit, las naciones, las fronteras, las patrias, la ignorancia o el odio nunca puede ser bueno para el conjunto de todos nosotros. Todo aquello que intenta, de la manera que sea y con los motivos que sean, separar, dividir, restar, nunca puede ser un susurro de nuestra más profunda naturaleza. La decadencia del Reino Unido, su declive, se está expresando en estos instantes. El Gran Imperio Británico que durante siglos dominó el mundo está viendo sus últimos días. Ahora es el Brexit, pronto será Escocia e Irlanda del Norte y luego… Europa y sus ideales deben estar alertas para que este movimiento no se expanda aún más… Aquí en España, uno de los últimos reductos que quedaban libre de extremismos, se está manifestando de forma fuerte la derrota de la razón y la fraternidad. La plaga sigue, y es contagiosa. Es como si de repente, estuviéramos de nuevo cerca de la locura… La misma locura que hace un siglo arrasó media Europa.

 

 

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No es Trump, somos nosotros


 

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Lo que ha ocurrido recientemente en Estados Unidos con la victoria indiscutible de Donald Trump no es algo aislado. Está pasando en el resto del mundo. No es un fenómeno nuevo, pero sí, recabando la memoria histórica de nuestra sufriente humanidad, un fenómeno peligroso y oscuro de impredecibles consecuencias.

Trump no es un simpático personaje de un capítulo de los Simpson escrito hace quince años. Es el resultado de un nuevo tiempo, de una nueva era de penumbra y ofuscación. Es el hijo póstumo de ese nuevo espectro que nace para imponer su ley del miedo, la ignorancia y el rencor. El espectro del nacionalismo.

Lo hemos visto con el fenómeno racista y xenófobo del Brexit. Lo estamos viendo en los nacionalismos, también racistas y xenófobos de regiones que reclaman la pureza de un estado propio para terminar con las desgracias del pueblo elegido. Lo vemos en una rancia ofuscación europea que se apodera no tan solo de las instituciones, sino de las buenas voluntades de sus pueblos que, arrinconados por una realidad que se impone, se desgarra en la desesperación de “soluciones finales”.

No, no es Trump, es también el Frente Nacional en Francia, el Amanecer Dorado en Grecia, la Alternativa para Alemania en el país germano, el UKIP en el Reino Unido, Ley y Justicia en Polonia, el Partido de la Libertad en Austria, y un largo recuento de dragones que están de nuevo despertando porque nosotros, cansados, queremos vivir en paz con nuestras miserias, con nuestros hipócritas logros y con nuestra desnudez vital, tan frágil y falta de luz.

Es el nuevo fantasma que azota ahora al mundo, sin saber, en un tiempo delicado, hacia donde llegará esta deriva. Y ocurre porque le damos la espalda al mundo, a la historia más reciente, a la conquista de valores que se olvidan ante la necesidad de proteger nuestra vida de cervezas y televisión.

De nuevo, siguiendo con la historia, debemos repetir eso de que “toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas”. Estamos dejando atrás la era de las luchas de clase para convertirla en la lucha de las razas, de las naciones puras, del blanco occidental que desea proteger a toda costa su modo de vida a cambio de perder cualquier valor o dignidad. El otro, sea español (véase el odio visceral de algunos nacionalistas ibéricos), sea moro, sea latino, sea chino o lo que sea nos da miedo, nos asusta.

El pueblo americano no ha votado a Trump, ha votado para proteger la posibilidad de poder seguir bebiendo su cerveza los fines de semana frente al televisor, de poder seguir consumiendo calurosamente los tres primeros días de mes para luego vivir tres semanas de angustia hasta la próxima paga, han votado el poder seguir fingiendo ese bienestar caduco y falso a cambio del hambre y la injusticia sobre el otro.

De verdad, no es Trump, somos nosotros, cargados de odio, hambre y miedo.

 

 

¿Dónde está la nueva política?


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Ayer pude ver algo, por higiene moral, muy poco, sobre el debate de investidura. Casi se me saltaban las lágrimas de pena al ver como aquello que con ilusión había llegado hasta el Congreso en muy poco tiempo para provocar cierto cambio ya se había convertido en casta, en caspa y en algo peor e innombrable. Sentí cierta vergüenza ajena, y al mismo tiempo, me sentí muy ajeno a todo ese bochornoso espectáculo ombliguero donde todos hablaban de lo bien que lo hacen ellos y lo mal que lo hacen los demás. Era como estar en un circo, en el de siempre, donde de repente alguien se levantaba con cierta lucidez volviendo a decir aquello de que “no nos representan”.

Sentí cierta pena por todo aquel inmenso esfuerzo en las calles donde recibíamos palos y vergüenzas por defender cierta justicia social y ver que todo aquel esfuerzo se había convertido en un bochornoso panfleto de televisión. Por suerte la rabia que antes me producía todo esto había desaparecido. Sólo observaba con cierta tristeza como el sistema se ocupa de encasillar y posponer ningún tipo de cambio que pueda provocar un verdadero regreso al ser humano.

Así que dejé de seguir esa realidad que ya me resulta tan ajena y seguí profundizando en la política real, en la de la calle, en nuestro caso, en la de la pequeña comunidad donde estamos que pretende tener como vehículo político algo tan profundo y sencillo como el consenso. Cualquier cosa que hacemos, que proyectamos o que deseamos transformar debe pasar por el consenso que nace siempre del apoyo mutuo y la cooperación. El consenso se expresa con silencios, con propuestas calmadas, estudiadas hacia la generosidad, hacia el bien común, rechazando cualquier egoísmo personalista.

No somos ningún tipo de panacea pero sabemos que ya no queremos participar en las estructuras pasadas. Nos negamos a ser cómplices de ese bochorno social. Preferimos poner en práctica valores, sistemas y propuestas que sean útiles al ser humano, y no a sus estructuras. O mejor dicho, que sean útiles al ser humano y por añadidura también a sus sistemas y estructuras. Pero no al revés. Primero las personas, luego el resto. Eso es lo que estamos aprendiendo en este lugar. Por eso lo mejor es seguir en silencio, como hasta ahora, dejando esa política de salón para los políticos profesionales mientras nosotros, la sociedad civil, hacemos nuestras propias políticas al margen de ese circo confuso, mentiroso y mediático.

Construyamos una sociedad paralela hasta que la vieja sociedad se derrumbe por su propia inconsistencia. Sigamos construyendo el nuevo mundo aunque sea de forma humilde y anecdótica. Algunas semillas a veces están destinadas a crecer y dar mucho fruto.

(Foto: de politiqueo con los vecinos de las aldeas mientras buscábamos unas cabras perdidas. Nuestro pequeño congreso era amable, servicial y humano).

La superstición del linaje


 

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No hay nada peor para la realización plena de los seres humanos que las supersticiones sobre el linaje, sobre los pueblos elegidos o los que creen pertenecer a una superioridad étnica, cultural o de cualquier otro tipo. Perpetuar la sangre siempre ha sido una obsesión, una necesidad de gratificación del ego. A veces esa sangre se traduce en una herencia de pensamiento, de ideología, una infantil aprobación paterna no satisfecha, una galopante megalomanía acompañada de la falta de aceptación ante las contradicciones y hechos de la vida.

Cuando los pueblos se creen elegidos, diferentes, agraciados por algún tipo de linaje ancestral o don, son motivaciones que suelen responder a problemas de identidad individual, a una personalidad explotadora con opciones de vida limitadas por el adoctrinamiento social. Existe un sentimiento de inseguridad interior que provoca una afiliación mayor que nos vuelve ignorantes y sumisos. Queremos hijos o patrias como trofeos para mejorar nuestra posición social, queremos identidad ajena o externa para sentirnos aceptados en el conjunto.

La debilidad interior, el miedo al fracaso o al rechazo, al estigma o a la indiferencia hacen el resto. La falta de gratificación personal crea una especie de sumisión hacia los hacedores de patrias, naciones o movimientos de todo tipo. Una obediencia ciega a los dogmáticos que buscan aumentar sus rebaños. Cedemos nuestra identidad a una identidad mayor por miedo. Creamos una extensión de nuestro ego en una amalgama racial capaz de empoderar nuestras carencias.

Buscamos una libertad colectiva y ficticia que creemos no tenemos como individuos. Establecemos por lo tanto nuestras decisiones individuales sin cuestionar el condicionamiento cultural, ni nuestra posible visión estrecha de la realidad, ni la casualidad de las cosas, incluyendo la fortuita posibilidad que nos trajo al lugar que habitamos. Ello nos convierte en elitistas, xenófobos, intransigentes. Pensamos que la eugenesia social es más fácil de disimular que el genocidio de los otros. Y los otros, aquellos que no son iguales a los nuestros, siempre por definición serán nuestros enemigos. Como mínimo pueblos inferiores que carecen de la superioridad de nuestra riqueza colectiva, económica y cultural, y por lo tanto, no merecedores de nuestro trato, favor o acompañamiento.

Las patrias, las banderas, las naciones, no son más que hechos basados en creencias que nacen de supersticiones sobre el linaje, individual y colectivo, cuyo germen radica en la falta de consciencia personal, en la necesidad de un reconocimiento colectivo y en carencias individuales no resueltas. Un ser verdaderamente libre no necesita ningún tipo de libertad colectiva. Los pueblos solo pueden emanciparse de la ignorancia, del hambre o de la guerra. Todo lo demás son carencias, creencias y supersticiones nacidas de un pasado remoto que ya no tiene vigencia en nuestros tiempos. La libertad verdadera siempre nace del interior. Todo lo demás no son más que estigmas que nos ayudan a cierta supervivencia psicológica. Ser libres es estar ausentes de dichos estigmas, creencias o propósitos desmesurados.

Renunciamos a tener razón, por eso votamos a PACMA


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Así como la rata no abandona la despensa, la gente no abandona al rey mientras crea en la existencia de la comida en su almacén”. David Malo, jefe hawaiano.

¿Puede existir la humanidad sin gobernantes ni gobernados? Se preguntaba el antropólogo Marvin Harris en su “Jefes, cabecillas, abusones”. El deseo de tener poder por el poder ya lo mencionó Hobbes. De alguna forma, tenemos implantada una semilla que necesita reconocimiento. Todos estamos predispuestos genéticamente a una necesidad de amor, aprobación y apoyo emocional. Y en muchas ocasiones, eso puede distorsionarse hasta convertirse en necesidad de poder, que no sería mas que un exceso de falta de amor, aprobación y apoyo emocional en dosis considerables. Es decir, la escasez y la carestía a según que niveles pueden ocasionar una perversión de distinto calado. El poder a veces viene asociado a ese requerimiento de poseer aprobación, admiración y respeto, es decir, mayor prestigio sobre los demás.

Hace unas semanas, y en un momento quizás inoportuno, dos personas de talante diferente nos llegaron a llamar egoicos y casta. Simultáneamente siempre pensamos que cuando alguien ve en ti algo oscuro o sospechoso es porque dentro de la otra persona, a modo de reflejo, existe tal naturaleza. Si alguien nos llama vanidosos es porque la otra persona solo puede ver eso mismo que alberga su naturaleza. Los seres amables y generosos ven en los otros precisamente aquello que llevan dentro. Aquí lo podemos ver todos los días. Cada uno nos da su parecer gratuitamente sobre lo que cree de nosotros, que no es más que aquello que recibe de su interior. A modo de un consumo conspicuo, como lo acuñó Thorstein Veblen en su “Teoría de la clase ociosa”, generalmente queremos imitar y emular aquello que deseamos, y cuando no lo conseguimos, deseamos destruirlo mediante el chantaje, la envidia o el desprecio. Con el poder ocurre lo mismo, si no podemos conseguirlo, lo aborrecemos y lo despreciamos. Pero en el fondo, todos lo deseamos.

El poder y la riqueza intimidan. Muchos de nosotros aspiramos a poseer todo aquello cuanto deseamos, sin reconocer en nosotros nuestras propias limitaciones. El otro día, observaba atento como un señor de anciana edad, de apariencia humilde y alegre sonrisa depositaba su voto presumiendo de que lo había hecho al partido conservador en el poder. Me preguntaba atónito como además de aquel hombre humilde millones de ciudadanos seguían votando a un partido corrompido hasta la médula por casos de corrupción y otras traperías. No hay mucha diferencia entre la intimidación que los antiguos reyes ejercían sobre las clases populares, las cuales creían a pies juntillas que sus poderosos tenían descendencia divina, y la intimidación que los nuevos poderosos ejercen sobre nosotros. En el fondo, todos queremos reconocimiento, o lo que es lo mismo, todos aspiramos a cierto poder, a cierta riqueza, ya sea material o afectiva. El votar a unos u otros no es más que satisfacer ese afán de reconocimiento grupal, de afectividad necesaria.

Cuando ella votó al partido animalista sentí cierta extrañeza. Unos comicios tan importantes, que para algunos eran considerados plebiscitarios, y ella terminaba votando a un partido que no tenía ni una remota posibilidad de influenciar en el curso de los acontecimientos históricos que se venían encima. Tardé meses en entender su posicionamiento, al mismo tiempo que tardé meses en hacerlo mío propio. Ella no necesitaba poseer ningún tipo de razón. No necesitaba mendigar prestigio, ni afecto grupal, ni esperaba admiración ni nada que tuviera que ver con ningún tipo de búsqueda de poder o riqueza material o afectiva. Se limitaba a defender una causa y no renunciar a sus principios y libertad por la misma. El resto, de alguna forma, sentimos cierta lealtad al poder, a los superiores que viven la vida ociosa, a las riquezas y privilegios. De alguna forma aspiramos a ser como ellos, a emular sus costumbres, sus formas de vida, sus manías consumistas. De alguna forma nos convertimos en egoicos abatidos o en casta, siempre con nuestro propio estilo, con nuestra disimulada careta.

La historia nos hace recordar que el poder solo es posible mediante la violencia. Antiguamente los hombres poderosos hacían uso de la guerra para motivar a sus súbditos obediencia y sumisión. La violencia solo fue un germen necesario para dominar unos sobre otros. Cuando veíamos los debates televisivos entre los candidatos al poder podíamos ver esa violencia congénita en los gestos, en los mensajes, en las palabras. Como si nada hubiera cambiando en estos miles de años.

Nosotros, estupefactos, callamos y dimos la espalda a ese sistema, a esa formación mafiosa del Estado, como la llaman algunos teóricos. Nos fuimos a los bosques para aprender sobre la benevolencia y la generosidad primigenia. Sin violencia, sin orgullo, sin nada. Antes que aceptar toda esta mentira, huimos a tierras de nadie y territorios sin explorar. En todo caso aprendemos de la vida y la experiencia totalmente desnudos, volviendo a nacer en estos bosques profundos desde la escasez acompañada de riqueza interior. Observamos y nos retiramos sin pretender tener razón, y acabamos, en silencio, votando a PACMA.

(Ilustración: de Salvador Dalí).

 

Anomalías democráticas. La tormenta perfecta. La macdonalización identitaria.


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Estoy de acuerdo con el sentir catalán de querer marcharse del Estado Español. Lo puedo entender porque hace tiempo que algunos ya nos hemos marchado del mismo. La diferencia con los nacionalistas es que realmente ellos no quieren marcharse del Estado, quieren crear otro Estado a su imagen y semejanza. Quieren reemplazar una bandera por otra igual o mayor, para ver quien la tiene más grande. Quieren copiar sus instituciones, sus formas, sus maneras, sin entrar realmente en el fondo de la cuestión. Identifican al Estado Español con la herencia franquista, olvidando que de esa herencia también ellos han participado con sus plusvalías, trapicheos y tejemanejes. En definitiva quieren tener su propio chiringuito en la playa, a poder uno de esos exuberantes Macdonalds donde poder comer más y mejor, y además, en clá i catalá.

Sin duda estamos provocando entre unos y otros la tormenta perfecta, y por lo tanto, también una solución épica a la misma, o desastrosa. Hoy mismo el Gobierno catalán califica el proceso de “anomalía democrática” (respecto a la imputación de Mas). Para los otros el “Procés” es la verdadera anomalía madre de todas las anomalías siguientes… Realmente estoy de acuerdo con ambos, estamos ante una Gran Anomalía. Primero por la exaltación nacional, tan criticada en épocas franquistas por los que ahora salen sin complejos a la calle cargados de banderas y símbolos patrios. Segundo por la pasividad de los otros ante hechos cada día más consumados.

Una anomalía que nace de la propia historia e idiosincrasia del país. Del estado de revancha continuo para saber quienes son más altos y guapos, más inteligentes o más tozudos. Un Estado que nace ya caduco, con una Jefatura heredada directamente del franquismo y cuyo representante es una anomalía histórica llamada monarquía. Cualquiera en su sano juicio desearía desembarazarse de esta pesada carga. Pero no desde el cansino victivismo, sino de soluciones inteligentes y saludables para todos. Al menos sigilosas, silenciosas, sin patrias de por medio, sin banderas.

Pero el egoísmo nacionalista impone su propia salida. No una salida entre todos, sino una salida aireada desde el orgullo patrio, las banderas y el racismo encubierto hacia todo lo que tenga que ver con la rancia España, ese fuerte enemigo como hoy lo llamaba la ANC. España imperialista y colonizadora y por lo tanto, como ayer decía algún iluminado, Cataluña invadida por esos mismos colonos (entiéndase emigrantes del resto de España, esos mismos que han construido con su trabajo y esfuerzo la Cataluña rica y próspera que ahora todos disfrutan).

Es posible, y diría casi deseable, que Cataluña se independice algún día de España. Conseguirán el monolingüismo y el pensamiento unificador con respecto a la patria, la lengua y la cultura que ahora tanto reclaman olvidando a esos cuatro o cinco millones de personas que a día de hoy no se han manifestado a favor de ningún “Procés”. Pero en ese futuro, Cataluña deberá enfrentarse a esos millones de personas que ahora de forma tan descarada se ignora manipulando la opinión y los hechos. ¿O acaso creen que cuando se quiebre totalmente la anomalía democrática el resto de catalanes se quedarán tranquilos sin decir o hacer nada? Como digo, estamos sembrando la tormenta perfecta. Y cuando todo haga aguas vendrá ese sálvase quien pueda. O eso, o todos tendremos que estudiar geopolítica para ver qué ocurre si el frágil puente entre África y Europa se empieza a desintegrar.

(Foto: Tal y como representa esta crítica obra de Banksy, lo revolucionario de todo lo que está pasando en Cataluña es precisamente esto, una lucha revolucionaria por la macdonalización identitaria. España nos espolia, queremos separarnos de España para tener un Macdonals más rico y próspero, con mayores hamburguesas y mejores camareras. ¡Viva la revolución! ¡Viva la patria!).