No es Trump, somos nosotros


 

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Lo que ha ocurrido recientemente en Estados Unidos con la victoria indiscutible de Donald Trump no es algo aislado. Está pasando en el resto del mundo. No es un fenómeno nuevo, pero sí, recabando la memoria histórica de nuestra sufriente humanidad, un fenómeno peligroso y oscuro de impredecibles consecuencias.

Trump no es un simpático personaje de un capítulo de los Simpson escrito hace quince años. Es el resultado de un nuevo tiempo, de una nueva era de penumbra y ofuscación. Es el hijo póstumo de ese nuevo espectro que nace para imponer su ley del miedo, la ignorancia y el rencor. El espectro del nacionalismo.

Lo hemos visto con el fenómeno racista y xenófobo del Brexit. Lo estamos viendo en los nacionalismos, también racistas y xenófobos de regiones que reclaman la pureza de un estado propio para terminar con las desgracias del pueblo elegido. Lo vemos en una rancia ofuscación europea que se apodera no tan solo de las instituciones, sino de las buenas voluntades de sus pueblos que, arrinconados por una realidad que se impone, se desgarra en la desesperación de “soluciones finales”.

No, no es Trump, es también el Frente Nacional en Francia, el Amanecer Dorado en Grecia, la Alternativa para Alemania en el país germano, el UKIP en el Reino Unido, Ley y Justicia en Polonia, el Partido de la Libertad en Austria, y un largo recuento de dragones que están de nuevo despertando porque nosotros, cansados, queremos vivir en paz con nuestras miserias, con nuestros hipócritas logros y con nuestra desnudez vital, tan frágil y falta de luz.

Es el nuevo fantasma que azota ahora al mundo, sin saber, en un tiempo delicado, hacia donde llegará esta deriva. Y ocurre porque le damos la espalda al mundo, a la historia más reciente, a la conquista de valores que se olvidan ante la necesidad de proteger nuestra vida de cervezas y televisión.

De nuevo, siguiendo con la historia, debemos repetir eso de que “toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas”. Estamos dejando atrás la era de las luchas de clase para convertirla en la lucha de las razas, de las naciones puras, del blanco occidental que desea proteger a toda costa su modo de vida a cambio de perder cualquier valor o dignidad. El otro, sea español (véase el odio visceral de algunos nacionalistas ibéricos), sea moro, sea latino, sea chino o lo que sea nos da miedo, nos asusta.

El pueblo americano no ha votado a Trump, ha votado para proteger la posibilidad de poder seguir bebiendo su cerveza los fines de semana frente al televisor, de poder seguir consumiendo calurosamente los tres primeros días de mes para luego vivir tres semanas de angustia hasta la próxima paga, han votado el poder seguir fingiendo ese bienestar caduco y falso a cambio del hambre y la injusticia sobre el otro.

De verdad, no es Trump, somos nosotros, cargados de odio, hambre y miedo.

 

 

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¿Dónde está la nueva política?


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Ayer pude ver algo, por higiene moral, muy poco, sobre el debate de investidura. Casi se me saltaban las lágrimas de pena al ver como aquello que con ilusión había llegado hasta el Congreso en muy poco tiempo para provocar cierto cambio ya se había convertido en casta, en caspa y en algo peor e innombrable. Sentí cierta vergüenza ajena, y al mismo tiempo, me sentí muy ajeno a todo ese bochornoso espectáculo ombliguero donde todos hablaban de lo bien que lo hacen ellos y lo mal que lo hacen los demás. Era como estar en un circo, en el de siempre, donde de repente alguien se levantaba con cierta lucidez volviendo a decir aquello de que “no nos representan”.

Sentí cierta pena por todo aquel inmenso esfuerzo en las calles donde recibíamos palos y vergüenzas por defender cierta justicia social y ver que todo aquel esfuerzo se había convertido en un bochornoso panfleto de televisión. Por suerte la rabia que antes me producía todo esto había desaparecido. Sólo observaba con cierta tristeza como el sistema se ocupa de encasillar y posponer ningún tipo de cambio que pueda provocar un verdadero regreso al ser humano.

Así que dejé de seguir esa realidad que ya me resulta tan ajena y seguí profundizando en la política real, en la de la calle, en nuestro caso, en la de la pequeña comunidad donde estamos que pretende tener como vehículo político algo tan profundo y sencillo como el consenso. Cualquier cosa que hacemos, que proyectamos o que deseamos transformar debe pasar por el consenso que nace siempre del apoyo mutuo y la cooperación. El consenso se expresa con silencios, con propuestas calmadas, estudiadas hacia la generosidad, hacia el bien común, rechazando cualquier egoísmo personalista.

No somos ningún tipo de panacea pero sabemos que ya no queremos participar en las estructuras pasadas. Nos negamos a ser cómplices de ese bochorno social. Preferimos poner en práctica valores, sistemas y propuestas que sean útiles al ser humano, y no a sus estructuras. O mejor dicho, que sean útiles al ser humano y por añadidura también a sus sistemas y estructuras. Pero no al revés. Primero las personas, luego el resto. Eso es lo que estamos aprendiendo en este lugar. Por eso lo mejor es seguir en silencio, como hasta ahora, dejando esa política de salón para los políticos profesionales mientras nosotros, la sociedad civil, hacemos nuestras propias políticas al margen de ese circo confuso, mentiroso y mediático.

Construyamos una sociedad paralela hasta que la vieja sociedad se derrumbe por su propia inconsistencia. Sigamos construyendo el nuevo mundo aunque sea de forma humilde y anecdótica. Algunas semillas a veces están destinadas a crecer y dar mucho fruto.

(Foto: de politiqueo con los vecinos de las aldeas mientras buscábamos unas cabras perdidas. Nuestro pequeño congreso era amable, servicial y humano).

La superstición del linaje


 

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No hay nada peor para la realización plena de los seres humanos que las supersticiones sobre el linaje, sobre los pueblos elegidos o los que creen pertenecer a una superioridad étnica, cultural o de cualquier otro tipo. Perpetuar la sangre siempre ha sido una obsesión, una necesidad de gratificación del ego. A veces esa sangre se traduce en una herencia de pensamiento, de ideología, una infantil aprobación paterna no satisfecha, una galopante megalomanía acompañada de la falta de aceptación ante las contradicciones y hechos de la vida.

Cuando los pueblos se creen elegidos, diferentes, agraciados por algún tipo de linaje ancestral o don, son motivaciones que suelen responder a problemas de identidad individual, a una personalidad explotadora con opciones de vida limitadas por el adoctrinamiento social. Existe un sentimiento de inseguridad interior que provoca una afiliación mayor que nos vuelve ignorantes y sumisos. Queremos hijos o patrias como trofeos para mejorar nuestra posición social, queremos identidad ajena o externa para sentirnos aceptados en el conjunto.

La debilidad interior, el miedo al fracaso o al rechazo, al estigma o a la indiferencia hacen el resto. La falta de gratificación personal crea una especie de sumisión hacia los hacedores de patrias, naciones o movimientos de todo tipo. Una obediencia ciega a los dogmáticos que buscan aumentar sus rebaños. Cedemos nuestra identidad a una identidad mayor por miedo. Creamos una extensión de nuestro ego en una amalgama racial capaz de empoderar nuestras carencias.

Buscamos una libertad colectiva y ficticia que creemos no tenemos como individuos. Establecemos por lo tanto nuestras decisiones individuales sin cuestionar el condicionamiento cultural, ni nuestra posible visión estrecha de la realidad, ni la casualidad de las cosas, incluyendo la fortuita posibilidad que nos trajo al lugar que habitamos. Ello nos convierte en elitistas, xenófobos, intransigentes. Pensamos que la eugenesia social es más fácil de disimular que el genocidio de los otros. Y los otros, aquellos que no son iguales a los nuestros, siempre por definición serán nuestros enemigos. Como mínimo pueblos inferiores que carecen de la superioridad de nuestra riqueza colectiva, económica y cultural, y por lo tanto, no merecedores de nuestro trato, favor o acompañamiento.

Las patrias, las banderas, las naciones, no son más que hechos basados en creencias que nacen de supersticiones sobre el linaje, individual y colectivo, cuyo germen radica en la falta de consciencia personal, en la necesidad de un reconocimiento colectivo y en carencias individuales no resueltas. Un ser verdaderamente libre no necesita ningún tipo de libertad colectiva. Los pueblos solo pueden emanciparse de la ignorancia, del hambre o de la guerra. Todo lo demás son carencias, creencias y supersticiones nacidas de un pasado remoto que ya no tiene vigencia en nuestros tiempos. La libertad verdadera siempre nace del interior. Todo lo demás no son más que estigmas que nos ayudan a cierta supervivencia psicológica. Ser libres es estar ausentes de dichos estigmas, creencias o propósitos desmesurados.

Renunciamos a tener razón, por eso votamos a PACMA


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Así como la rata no abandona la despensa, la gente no abandona al rey mientras crea en la existencia de la comida en su almacén”. David Malo, jefe hawaiano.

¿Puede existir la humanidad sin gobernantes ni gobernados? Se preguntaba el antropólogo Marvin Harris en su “Jefes, cabecillas, abusones”. El deseo de tener poder por el poder ya lo mencionó Hobbes. De alguna forma, tenemos implantada una semilla que necesita reconocimiento. Todos estamos predispuestos genéticamente a una necesidad de amor, aprobación y apoyo emocional. Y en muchas ocasiones, eso puede distorsionarse hasta convertirse en necesidad de poder, que no sería mas que un exceso de falta de amor, aprobación y apoyo emocional en dosis considerables. Es decir, la escasez y la carestía a según que niveles pueden ocasionar una perversión de distinto calado. El poder a veces viene asociado a ese requerimiento de poseer aprobación, admiración y respeto, es decir, mayor prestigio sobre los demás.

Hace unas semanas, y en un momento quizás inoportuno, dos personas de talante diferente nos llegaron a llamar egoicos y casta. Simultáneamente siempre pensamos que cuando alguien ve en ti algo oscuro o sospechoso es porque dentro de la otra persona, a modo de reflejo, existe tal naturaleza. Si alguien nos llama vanidosos es porque la otra persona solo puede ver eso mismo que alberga su naturaleza. Los seres amables y generosos ven en los otros precisamente aquello que llevan dentro. Aquí lo podemos ver todos los días. Cada uno nos da su parecer gratuitamente sobre lo que cree de nosotros, que no es más que aquello que recibe de su interior. A modo de un consumo conspicuo, como lo acuñó Thorstein Veblen en su “Teoría de la clase ociosa”, generalmente queremos imitar y emular aquello que deseamos, y cuando no lo conseguimos, deseamos destruirlo mediante el chantaje, la envidia o el desprecio. Con el poder ocurre lo mismo, si no podemos conseguirlo, lo aborrecemos y lo despreciamos. Pero en el fondo, todos lo deseamos.

El poder y la riqueza intimidan. Muchos de nosotros aspiramos a poseer todo aquello cuanto deseamos, sin reconocer en nosotros nuestras propias limitaciones. El otro día, observaba atento como un señor de anciana edad, de apariencia humilde y alegre sonrisa depositaba su voto presumiendo de que lo había hecho al partido conservador en el poder. Me preguntaba atónito como además de aquel hombre humilde millones de ciudadanos seguían votando a un partido corrompido hasta la médula por casos de corrupción y otras traperías. No hay mucha diferencia entre la intimidación que los antiguos reyes ejercían sobre las clases populares, las cuales creían a pies juntillas que sus poderosos tenían descendencia divina, y la intimidación que los nuevos poderosos ejercen sobre nosotros. En el fondo, todos queremos reconocimiento, o lo que es lo mismo, todos aspiramos a cierto poder, a cierta riqueza, ya sea material o afectiva. El votar a unos u otros no es más que satisfacer ese afán de reconocimiento grupal, de afectividad necesaria.

Cuando ella votó al partido animalista sentí cierta extrañeza. Unos comicios tan importantes, que para algunos eran considerados plebiscitarios, y ella terminaba votando a un partido que no tenía ni una remota posibilidad de influenciar en el curso de los acontecimientos históricos que se venían encima. Tardé meses en entender su posicionamiento, al mismo tiempo que tardé meses en hacerlo mío propio. Ella no necesitaba poseer ningún tipo de razón. No necesitaba mendigar prestigio, ni afecto grupal, ni esperaba admiración ni nada que tuviera que ver con ningún tipo de búsqueda de poder o riqueza material o afectiva. Se limitaba a defender una causa y no renunciar a sus principios y libertad por la misma. El resto, de alguna forma, sentimos cierta lealtad al poder, a los superiores que viven la vida ociosa, a las riquezas y privilegios. De alguna forma aspiramos a ser como ellos, a emular sus costumbres, sus formas de vida, sus manías consumistas. De alguna forma nos convertimos en egoicos abatidos o en casta, siempre con nuestro propio estilo, con nuestra disimulada careta.

La historia nos hace recordar que el poder solo es posible mediante la violencia. Antiguamente los hombres poderosos hacían uso de la guerra para motivar a sus súbditos obediencia y sumisión. La violencia solo fue un germen necesario para dominar unos sobre otros. Cuando veíamos los debates televisivos entre los candidatos al poder podíamos ver esa violencia congénita en los gestos, en los mensajes, en las palabras. Como si nada hubiera cambiando en estos miles de años.

Nosotros, estupefactos, callamos y dimos la espalda a ese sistema, a esa formación mafiosa del Estado, como la llaman algunos teóricos. Nos fuimos a los bosques para aprender sobre la benevolencia y la generosidad primigenia. Sin violencia, sin orgullo, sin nada. Antes que aceptar toda esta mentira, huimos a tierras de nadie y territorios sin explorar. En todo caso aprendemos de la vida y la experiencia totalmente desnudos, volviendo a nacer en estos bosques profundos desde la escasez acompañada de riqueza interior. Observamos y nos retiramos sin pretender tener razón, y acabamos, en silencio, votando a PACMA.

(Ilustración: de Salvador Dalí).

 

Anomalías democráticas. La tormenta perfecta. La macdonalización identitaria.


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Estoy de acuerdo con el sentir catalán de querer marcharse del Estado Español. Lo puedo entender porque hace tiempo que algunos ya nos hemos marchado del mismo. La diferencia con los nacionalistas es que realmente ellos no quieren marcharse del Estado, quieren crear otro Estado a su imagen y semejanza. Quieren reemplazar una bandera por otra igual o mayor, para ver quien la tiene más grande. Quieren copiar sus instituciones, sus formas, sus maneras, sin entrar realmente en el fondo de la cuestión. Identifican al Estado Español con la herencia franquista, olvidando que de esa herencia también ellos han participado con sus plusvalías, trapicheos y tejemanejes. En definitiva quieren tener su propio chiringuito en la playa, a poder uno de esos exuberantes Macdonalds donde poder comer más y mejor, y además, en clá i catalá.

Sin duda estamos provocando entre unos y otros la tormenta perfecta, y por lo tanto, también una solución épica a la misma, o desastrosa. Hoy mismo el Gobierno catalán califica el proceso de “anomalía democrática” (respecto a la imputación de Mas). Para los otros el “Procés” es la verdadera anomalía madre de todas las anomalías siguientes… Realmente estoy de acuerdo con ambos, estamos ante una Gran Anomalía. Primero por la exaltación nacional, tan criticada en épocas franquistas por los que ahora salen sin complejos a la calle cargados de banderas y símbolos patrios. Segundo por la pasividad de los otros ante hechos cada día más consumados.

Una anomalía que nace de la propia historia e idiosincrasia del país. Del estado de revancha continuo para saber quienes son más altos y guapos, más inteligentes o más tozudos. Un Estado que nace ya caduco, con una Jefatura heredada directamente del franquismo y cuyo representante es una anomalía histórica llamada monarquía. Cualquiera en su sano juicio desearía desembarazarse de esta pesada carga. Pero no desde el cansino victivismo, sino de soluciones inteligentes y saludables para todos. Al menos sigilosas, silenciosas, sin patrias de por medio, sin banderas.

Pero el egoísmo nacionalista impone su propia salida. No una salida entre todos, sino una salida aireada desde el orgullo patrio, las banderas y el racismo encubierto hacia todo lo que tenga que ver con la rancia España, ese fuerte enemigo como hoy lo llamaba la ANC. España imperialista y colonizadora y por lo tanto, como ayer decía algún iluminado, Cataluña invadida por esos mismos colonos (entiéndase emigrantes del resto de España, esos mismos que han construido con su trabajo y esfuerzo la Cataluña rica y próspera que ahora todos disfrutan).

Es posible, y diría casi deseable, que Cataluña se independice algún día de España. Conseguirán el monolingüismo y el pensamiento unificador con respecto a la patria, la lengua y la cultura que ahora tanto reclaman olvidando a esos cuatro o cinco millones de personas que a día de hoy no se han manifestado a favor de ningún “Procés”. Pero en ese futuro, Cataluña deberá enfrentarse a esos millones de personas que ahora de forma tan descarada se ignora manipulando la opinión y los hechos. ¿O acaso creen que cuando se quiebre totalmente la anomalía democrática el resto de catalanes se quedarán tranquilos sin decir o hacer nada? Como digo, estamos sembrando la tormenta perfecta. Y cuando todo haga aguas vendrá ese sálvase quien pueda. O eso, o todos tendremos que estudiar geopolítica para ver qué ocurre si el frágil puente entre África y Europa se empieza a desintegrar.

(Foto: Tal y como representa esta crítica obra de Banksy, lo revolucionario de todo lo que está pasando en Cataluña es precisamente esto, una lucha revolucionaria por la macdonalización identitaria. España nos espolia, queremos separarnos de España para tener un Macdonals más rico y próspero, con mayores hamburguesas y mejores camareras. ¡Viva la revolución! ¡Viva la patria!).

El día de la Bestia


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Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista. Cuando vinieron a llevarse a los judíos, no protesté, porque yo no era judío. Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar”. Martin Niemöller

Una de las matriculas de honor que saqué en la carrera de antropología fue en la asignatura de “Teoría crítica y pensamiento antropológico”. La persona que daba la asignatura era la alemana Verena Stolcke, la cual, escarmentada de las patrias y los nacionalismos (nació en Dessau, en la Alemania nazi de 1938) debió comulgar con mi análisis crítico de la realidad. Era de las pocas voces críticas que se atrevían a no defender el pensamiento nacionalista, y de ahí la simpatía mutua cuando en la universidad me llamaban facha por el mismo motivo. Lo recordaba esta mañana en la plaza Cívica de la Universidad Autónoma de Barcelona, donde tuve que ir a realizar unas gestiones académicas para el doctorado. (Esto lo cuento por eso de que en toda teoría siempre hay algo de biografía, así que disculpad las molestias del introito).

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No encontré entre los estudiantes ningún tipo de ambiente revolucionario, ni contestatario tras el día glorioso de ayer excepto en la librería plagada de libros con claro acento nacionalista y patrio. Todo estaba tranquilo, como si el día más importante de sus vidas, según los nacionalistas, no hubiera ocurrido. Ni celebraciones, ni borrachera ideológica, ni brote psicótico grupal. Todo en calma, en absoluta calma. El único reducto de simpática conversación lo protagonizaban dos jóvenes entusiastas que analizaban lo ocurrido. Me senté por curiosidad a su lado para escuchar-curiosear-cotillear atento la conversación. Para uno de ellos, el más radical, la culpa de todo había sido del “enemigo”. “Y hablo de enemigo porque habría que aniquilarlo”, decía a su atento interlocutor, un hijo de emigrante convencido de que lo mejor que le podía pasar en la vida es la reconversión al nacionalismo (al menos para evitar que lo aniquilen social y culturalmente). El hijo de emigrante (recuerdo que una vez me insultaron con estas palabras) decía que sí a todo en un catalán enlatado que le delataba, inclusive cuando su acalorado amigo decía que la culpa de todo lo que había ocurrido era de los “colonos españoles”, en clara alusión a los padres de los “charnegos” que aún siguen votando lo que les da la gana (incluido al Iceta), y no a la verdad, o dicho de otra manera, a la independencia. Si no hubiera sido por esos colonos, hoy hubiera sido un día triunfante y glorioso para la patria catalana. Pero por suerte o por desgracia, no hubo balconada. Nadie salió diciendo eso de: “Catalanes: interpretando el sentimiento y los anhelos del pueblo que nos acaba de dar su sufragio, proclamo la República Catalana como Estado integrante de la Federación Ibérica” (palabras de Companys). Ni el “Juntos por el Sí” tuvo mayoría de escaños ni tuvo mayoría de votos. Sí consiguió un país fragmentado, según el entusiasta estudiante de esta mañana, por culpa de los “colonos”, pero no mucho más. Ni hubo balconada anoche ni ahora se sabe muy bien como vamos a salir de este lío.

Ayer también fue un día festivo. No había un ambiente revolucionario. Más bien las calles estaban desiertas, casi sin tráfico. Antes de ir a votar cerca del lugar donde nací en el Valle de Hebrón, estuve paseando por el parque del Laberinto. Un bonito lugar donde perderse y donde bucear en los misterios del vellocino de oro y del hilo de Ariadna. El laberinto, como en la leyenda del Minotauro, representa como antaño las complejas construcciones palaciegas que rodean el ideario nacionalista. La razón, representada por Teseo, aún no ha encarnado del todo en este pequeño país mediterráneo viendo como se reproducía, a pesar de todo, la perseverancia en la independencia a costa de lo que haga falta. “Hemos ganado”, repiten unos y otros. ¿Qué es lo que hemos ganado, a parte de incertidumbre y desconfianza? Me pregunto yo…

Quise hacer pedagogía de lo que ocurre. Cogí mi papeleta, fui a votar, y no me dejaron. Era natural. No estaba dentro de la ley, lo que ellos llaman “empadronado”. A pesar de haber nacido a pocos metros de esas calles, por ley no tenía derecho a decidir en el día más glorioso de la patria, en el día de la liberación nacional. Tuve la osadía de explicar mi cómica actuación en las redes sociales y recibí todo tipo de insultos y amenazas: “manipulador”, “hdp”, “no vamos bien”, “demagogia barata”, “lejos de la verdad”… Quizás fui un poco travieso, pero solo quise hacer algo de pedagogía, tampoco era para tanto.DSC_0560

Quien verdaderamente ganó las elecciones de ayer fue la Bestia. Y no me refiero a la que aparece en el Libro de Enoc, el Leviatán descrito junto a Behemot: «Y en ese día se separarán dos monstruos, una hembra llamada Leviatán, que morará en el abismo sobre donde manan las aguas, y un macho llamado Behemot, y ocupará con sus pechos un desierto inmenso llamado Dandain». Me refiero al de Hobbes, ese que nació con miedo (era porque esa noche venía la armada Invencible a Inglaterra) predicando que los humanos son libres y, sin embargo, viven en el perpetuo peligro de que acontezca una guerra de todos contra todos (Bellum omnium contra omnes). Ese miedo siempre está ahí porque el contrato social es débil y puede ser roto en cualquier momento. Por eso hoy salía a las calles con cierto alivio. Al menos un alivio temporal de ver que la sangre no había llegado al río, o en palabras de Hobbes, viendo que el reino de la oscuridad aún no había penetrado del todo.

Ayer tiré a la papelera mi papeleta de voto al partido PACMA (animalistas, porque en este país parece que lo más sensato es votar a los que defienden a los animales –me refiero a los otros animales-). La construcción de otro Leviatán basado en la pureza de raza, nación, lengua, cultura, bandera o lo que sea me parece una aberración. Por mucho que se enfaden mis amigos nacionalistas (o patriotistas, tanto monta), esa aberración no nos llevará a ningún buen puerto. No lo digo yo, lo dice la historia de los nacionalismos y lo decía Verena Stolcke, que algo entiende de estas cosas. La libertad no se mide por el tamaño de las banderas, en ver quién la tiene más grande, como ha ocurrido en estas tremendas semanas. La libertad se mide por la acción inmanente de amar al prójimo. Todo lo que vaya en contra del otro va en contra de mí mismo. Así que con vuestro permiso, y con el permiso de Martin Niemöller, seguiré protestando. Eso sí, a mi manera. DSC_0563

(Fotos: El Parque del Laberinto ayer antes de ir a votar. Literatura nacionalista en las librerías de la universidad esta mañana en la UAB con claro análisis sobre el “enemigo”. Intento de voto fallido ayer en Barcelona).

Refugiados, exiliados, señalados…


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Hay dos tipos de guerras y conflictos, las de sangre y las psicológicas. Ambas son horribles y ambas te obligan a la muerte, real o civil, al exilio ya sea en pateras o en pensamientos de huida o evasión.

Estos días hablo mucho con A., un ser excepcional que está buscando la fórmula para poder exiliarse de Cataluña. Para ella lo que está ocurriendo es asfixiante, como aquellas cámaras de gas que antaño suprimían la voluntad de vivir. Ahora las cámaras son más sofisticadas. Simplemente anulan tu posición vital con fórmulas sumarias nacidas del totalitarismo cognitivo. No puedes ser diferente, no puedes expresarte de forma diferente. Te anulan y marginan como ser. Te asfixian socialmente. Por eso ella, con cierto miedo y temor, se pasa el día buscando a donde ir, buceando por los mapas cual sería el lugar ideal, y sobre todo, como sobrevivir a esa suerte. ¿En qué trabajar, donde hacerlo, como hacerlo cuando lo abandonas todo y te vas sin nada?

Me explica que tiene cierto miedo. Aquí en Barcelona tiene su casa y un buen trabajo donde puede desarrollarse como persona. Dejarlo todo para tirarse a un exilio engañoso es un riesgo para el que se requiere excesos de valentía y fortaleza.

Hace justo diez años me exilié de Cataluña. Tras unos episodios desagradables en la universidad donde me llamaron facha por defender ideas opuestas a las del régimen oficial, decidí, antes de que realmente me volviera facha, marcharme. Fue un paso difícil, muy difícil. Dejar trabajo, familia, vender tu casa y trasladar todo tu ámbito de seguridad hacia la incertidumbre no es nada agradable.

Estos días lo estamos viviendo fuertemente en toda Europa. Esos barcos y trenes cargados de exiliados que huyen de la guerra son imágenes impactantes. La guerra, ya sea material, psicológica o política nunca trae nada bueno. Y todas nacen de esa manía humana de apropiarse de territorios e intentar inculcar y someter en ellos pensamientos o ideologías propias de otro tiempo. Banderas, emociones, creencias sobre la patria, la nación o la cultura, la religión. Todo mentiras con las que apoderarse del espectro civil y social que nos conjuga en este inconsciente humano.

Y luego el pensamiento único que no sólo te expulsa sino que además te señala. Con sus campañas del miedo, del terror, del apocalipsis. De ahí que la tarea humana tiene por delante es volver (si es que alguna vez estuvo) a la dimensión del ciudadano más allá de las tinieblas de las patrias y las naciones. Leyes que soporten la organización social, pero que no me digan en qué idioma debo hablar, ni me inculquen ningún tipo de amor a ninguna patria, cultura o nación. Ciudadanos libres que puedan caminar en un lugar libre de amenazas, de chantajes encubiertos, de estigmatizaciones por motivo de hablar en una u otra lengua, de pensar en unas u otras cosas. No quiero que me señalen, ni que me marginen, ni que me observen ni que me pongan ningún tipo de amuleto encima por ser diferente.

Algún día nacerá un mundo nuevo. Personas como A. no se marcharán de su tierra, del lugar que le vio nacer. Podrá crecer y expresarse libremente en todo su recorrido vital en cualquier parte del globo. Personas como ese ingente de sirios que ahora huyen del terror podrán hacerlo libremente en un futuro sin necesidad de pedir limosna a países egoístas e insolidarios. Algún día el mundo cambiará y dejaremos de ser animales asustados que huyen despavoridos para convertirnos en humanos completos y libres. Algún día dejará de existir fronteras que nos separen, y por lo tanto, morirán todas las guerras posibles.