Amar a la patria en tiempos de desolación. Amor tóxico, amor revuelto


«Oh Gran Patria mía, todos los tesoros tuyos Espirituales, todas tus bellezas inenarrables, toda la infinidad tuya, en todos los espacios vastos y en las cimas, lo vamos todo a defender. No se verá un corazón tan cruel como para decirme: no pienses en la Patria. A través de todo y por encima de todo encontraremos pensamientos para construir, y ellos, fuera del tiempo humano, fuera del egoísmo, -en conciencia auténtica- dirán al mundo: conocemos a nuestra Patria, estamos al servicio de ella y daremos las fuerzas nuestras para defenderla en todos sus caminos». Nicholas Roerich

Hoy no era precisamente un tiempo para celebrar. Quizás sí para recordar. Estas generaciones presentes no tienen tiempo para pensar en la patria. Algunos pierden el tiempo en intentar recomponer la “pequeña patria”, la nación, el atisbo rencoroso del prelado nocturno. El “todo por la patria” se ha convertido en “todo por mí mismo”. En esa incompleta definición, se olvida el sentido de permanencia y pertenencia. Y cuando se consigue, se distorsiona, creando enemigos para poder autorizar un amor perverso y tóxico hacia ese nuevo patriotismo que enarbola banderas en contra de otras.

En estos tiempos de desolación se confunden los términos, los símbolos y las imágenes. Patria lo achacan a primitivos modelos feudales. Lo asimilan a reyes, tricornios o banderas con aguiluchos perennes. Brazo en alto, cara al sol, dispuestos a romper con el patrimonio intangible cultural en nombre de la patria. Esa confusión arbitraria y atroz aleja al individuo de la comunidad, lo aísla, lo encierra, o lo adoctrina hacia otras patrias más permisivas y paternales, donde la patria buena lucha contra la patria mala, creando la somnolienta imagen, ahora débil pero atemporal, de un enemigo odioso.

Las patrias ya no están de moda. Ahora el espíritu de los tiempos es de proximidad. El clan cercano, lo mío, lo inexcusable. La superioridad de unos sobre otros, siendo lo propio verdadero y lo extraño motivo de destrucción. Aunque las patrias ya no tienen mucho sentido, luchar o morir por ellas se ha convertido en una estampa que renueva el ansia de revancha, la histórica y desnutrida manía de anular nuestra emancipación personal a costa de un ideal añejo, rancio, una protuberancia que en mil años se recordará con cierta extrañeza. La distorsión de nuestro tiempo sigue siendo el problema de las naciones. El no sabernos amigos del vecino, el no comprender la diversidad humana, el no querer asimilar la idea de que el otro no es mejor ni peor que uno mismo.

Como cada uno ama a su pequeña patria, a su pequeño país, a su pequeña nación, escondiendo bajo ese amor, siempre infecto, las pequeñeces de sus vidas. Uno se aferra a lo grande para disimular su ridiculez. No es un amor sano donde la patria podría sumar a otras patrias, donde lo común podría alinearse hacia el bien y la verdad. No se trata de eso. Se trata de amar algo odiando a otro algo. El amor a “mi” patria está basado en el odio hacia la “otra” patria. Es como si tuviéramos una pareja y la amáramos bajo la base de que hay que odiar a las otras, a los otros. Es un ridículo histórico que ha funcionado durante siglos, y que aún rememora atisbos viscerales nacidos en la oscuridad de los tiempos remotos.

Hace cuarenta años, unos que amaban su particular visión de la patria deseaban exterminar a la otra patria, a la díscola, a la democrática, que así la llamaban en aquel entonces. Hoy vuelve la paradoja de los tiempos, y una parte de esa patria desea autodeterminarse en contra de la otra patria. De nuevo el odio, pero ahora revestido y maquillado, asimilado como lo natural, al igual que lo natural hace cincuenta años era gritar ¡todo por la patria! con el brazo alzado. Ahora el brazo se alza con piedras, y la historia se repite, tristemente, por ese amor dañino hacia aquello que debería unirnos, a unos y a otros.

Algún día amaremos sanamente a todas las patrias, y entonces, ellas mismas desaparecerán en el inmortal lazo de una sola raza, una sola nación, un solo mundo. Un amor silencioso, que no requerirá expresión y cuyo deseo, íntimo y explosivo, correrá por esas alcobas pacíficas, ocultas, secretas, donde los amantes se expresan sagradamente en sus bellezas inanerrables.

La perpetua adolescencia de las naciones y su destino


Las naciones tienen vida propia, pero también personalidad, carácter, ideales, doctrina, ambición egoísta o autoridad. También tienen un cuerpo al que llaman país o territorio y un alma al que llaman cultura. Hay naciones que tienen dentro de sí otras naciones, o hay territorios o países que albergan en su seno diferentes naciones, o diferentes personalidades. Hay naciones maduras y ancianas y otras adolescentes. Hay naciones sabias y otras ciegas. Hay naciones más devocionales y otras más intelectuales o ideológicas. Y hay un alma grupal en todas ellas que moviliza fuerzas y energías para su propia y particular evolución.

En la historia de todos los tiempos hemos visto diferentes versiones nacionales. Aquellas que nacieron mediante la aplicación de la violencia, la ambición egoísta y la autoridad. La mayoría de las naciones son fruto de batallas, guerras, conquistas y violencia. Aquellas otras que nacieron bajo ideas como el nazismo, el fascismo, el comunismo, el capitalismo o el socialismo. Suelen ser naciones donde lo prioritario son los Estados por encima de los individuos y los grupos que lo componen, los cuales pueden ser sacrificados para defender el llamado bien general. Luego, y aquí entran las naciones más desarrolladas, están las llamadas democracias modernas, donde, supuestamente gobierna el pueblo a partir de sus representantes. Los gobiernos, en condiciones de normalidad, una normalidad aún no alcanzada del todo, representan la voluntad del pueblo, de toda la nación.

En todo caso, las naciones, la mayoría de ellas, con o sin estado, viven en una perpetua edad adolescente, aún “marcando” territorio, deseando controlar la gobernabilidad o deseando anular las libertades en nombre del bien general o en nombre, últimamente muy recurrente, de la seguridad nacional. Esa adolescencia, esas luchas de egocentristas posiciones son el fundamento de las relaciones internacionales actuales. Pero esto no será así para siempre. La desintegración paulatina de las naciones está favoreciendo la implantación de un alto ideal, aún más intuido que razonado, sobre la unidad de toda la humanidad.

El futuro, siempre alentador, se encamina hacia un inevitable Estado mundial, un gobierno mundial dividido en secciones, en grupos, donde la división será tan solo algo del pasado, algo ilusorio. La madurez de las naciones nos llevará en un tiempo lejano a la muerte de las mismas, dejando paso a unas naciones unidas que velará por todos los pueblos en paz y consonancia, en libertad, igualdad y fraternidad. Y aún más lejano en el tiempo, mucho más lejano, llegará el gobierno de los sabios, de los maestros de la compasión, el gobierno añorado por aquellos que aman la belleza y la sabiduría por encima de todas las cosas. Un gobierno que no veremos en mil años, pero que, inevitablemente, será. Es así como se terminará con esta constante y cansina adolescencia perpetua de las naciones. Es así como los seres libres podrán disfrutar de todos los países, de todos los territorios, sin que nadie pueda decir este es mío o tuyo. Será el tiempo en el que no existirán fronteras, y los dogmas de la tribu, la construcción nacional, no se basará en mitos y leyendas del pasado, sino en vibrantes anhelos de fraternidad.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

«Respice post te, hominem te esse memento» (Mira hacia atrás y recuerda que sólo eres un humano)


Vanitas (1636), de Antonio de Pereda, Museo de Historia del Arte de Viena

 

“Para cuidar de los demás y servir al cielo, lo mejor es la moderación. La moderación empieza con la renuncia a las ideas propias. Esto depende de la Virtud que se haya acumulado en el pasado. Si se tiene un acopio de Virtud, no hay nada imposible. Si no hay nada imposible, no hay límites”. Tao Te King

Memento mori (“recuerda que morirás”) es un recuerdo constante hacia la fugacidad de la vida, hacia lo temporal de nuestra existencia. Lo repetían los esclavos a los triunfadores romanos, especialmente al triunfante Marco Aurelio cuando desfilaba victorioso por las calles de Roma: “recuerda, solo eres un hombre, mira siempre hacia atrás”.

¡No hay nada nuevo bajo el sol! En los templos, uno se postra una y otra vez. En las primeras iniciaciones, el recipiendario se inclina en sus primeros pasos hacia el altar de consagración. No cabe la soberbia, no entra el orgullo, solo somos humanos, y solo el alma inmortal que nos habita puede ser consagrado en el verdadero templo, ese templo de piedras vivas. Recordar nuestras limitaciones nos arrodilla ante el altar de la existencia. La vanidad y el hinchazón de creernos por encima de las circunstancias a veces degrada nuestras vidas. La humildad siempre es la señera del triunfo espiritual. Una vida humilde en todas sus condiciones, en todas sus esferas. Es la humildad, y no la soberbia, la llave del triunfo espiritual. Es el silencio y no el ruido de las batallas mundanas el que nos elevará hacia el verdadero trono.

De nada sirve dedicar una vida a la punta de un iceberg cuando tienes la oportunidad de bucear en toda su profundidad… Más, si somos sabedores de que el verdadero poder radica en aquello que el derecho romano llamaba auctoritas, habremos entendido el meollo de la vida. No hay mayor poder que la sabiduría legitimada, la autoridad moral que deriva del respeto y el reconocimiento. Su contraparte, la potestas, nunca es un poder real, sino más bien un poder burócrata, temporal, limitado. Viene con un cargo, no con un reconocimiento. Cuando el cargo desaparece, también desaparece el aparente poder.

Un buen líder tiene auctoritas. La auctoritas permanece, la potestas es temporal y desaparece. El postestas logra la sumisión de otros mientras dura el cargo o rango adjudicado temporalmente por otros. El auctoritas conlleva el respeto que nace de su propia fortaleza, de su ejemplo, de su templanza en los momentos más difíciles. No es valiente el que tras un cargo o un rango temporal ejerce poder, sino el que, sin cargo y sin rango, ejerce poder sobre el resto. Pero un poder inclinado, silencioso, incluyente, justo. La verdadera autoridad, el verdadero poder nace siempre de la templanza, del amor, del interés real por el otro, de la humildad.

Por eso el camino de la moderación y la virtud serán siempre estrechos, más poderosos que cualquier otro que tenga que ver con la vanidad o la ambición. El poder radica en la fuerza que somos capaces de transmitir, en aquello que somos capaces de inspirar en el otro desde el amor y el respeto. Y esa fuerza proviene siempre de ese más allá que nace del centro de cualquier infinito. ¿Qué clase de virtud hemos acumulado en el pasado? Si se tiene un acopio de Virtud, no hay nada imposible. Si no hay nada imposible, no hay límites…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Coraje y voluntad. El ejemplo de los que siguen vivos aún rozando la muerte


Este tiempo nos está poniendo a prueba. En las altas montañas y en los valles, el mal avanza impecable, sigiloso, desnudo. Solamente un gran poder puede contener todo mal: el poder de la buena voluntad, del coraje de estar vivos. Hemos aprendido que los pequeños gestos, la vida sencilla, la amabilidad de lo cotidiano, puede salvarnos. Son los actos sencillos de amor los que encuentran un cauce para elevar nuestras vidas. También el coraje y la voluntad de aquellos que, a pesar de su edad, siguen con deseos de ser útiles a la sociedad. Leo en alguna parte cinco definiciones breves y concisas sobre la voluntad:

Voluntad es poder en cuanto concentra en sí mismo aquello necesario para actuar.
Voluntad es fuerza concentrada que nos empuja hacia la acción.
Voluntad es energía que consumimos en el camino hacia la acción.
Voluntad es sacrificio o proceso de integración, lo cual requiere renuncia inevitable.
Voluntad es discernimiento porque nos conduce hasta la meta a sabiendas del recorrido correcto.

La voluntad es una fuerza del universo cargada de poder. Dirigirla mediante el amor-sabiduría y la inteligencia activa deben ser requisitos indispensables para poder superar los entresijos en los que nos encontramos. Levantarnos todos los días con optimismo requiere disciplina y autocontrol, requiere voluntad. El optimismo es necesario porque aviva el ánimo. El ánimo es una esencia que viene directamente del alma, de aquello que nos impulsa a vivir, aquello que da sentido a nuestras vidas. Alejarnos de la ilusión, de la separatividad, de todo lo que nos aleje de esa fuerza anímica, es algo que debemos cuidar.

Ayer veíamos a un señor de casi ochenta años desfilando en uno de los roles más complejos de la humanidad y en uno de los lugares de mayor poder. Vimos su coraje y su voluntad a tan anciana edad, vimos su optimismo y su esperanza por trabajar sin descanso, sin tregua. Es admirable poder ver a personas entradas en edad con deseos de seguir siendo útiles, asumiendo cualquier tipo de responsabilidad con fuerza y coraje, con una gran voluntad de vivir. No sumido en la queja, ni en los achaques, sino en la valentía de darlo todo hasta el último minuto de sus vidas. Independientemente de la simpatía que podamos tener hacia unos y otros, el entrante y el saliente, ambos ya entrados en senectud, han demostrado que cuando la mayoría de personas deciden apagar sus vidas, ellos deciden avivarla hasta el final.

Aunque en sus vidas no hayan sido ejemplares, esto nunca lo sabremos con exactitud, podemos decir que su ejemplo de fuerza y coraje, más allá de sus políticas o de sus formas, tan diferentes en uno y otro, pueden servirnos de ejemplo para seguir adelante. Si miramos nuestras vidas, las cuales quizás no aspiren a tan altas cuotas de poder ni responsabilidad, podemos añadirle un plus de confianza, de voluntad, y repasar con prudencia y ánimo todo cuanto podemos aún hacer por mejorar, por ayudar, o por ser útiles al mundo. Si alguien que rozando los ochenta años puede convertirse en presidente de uno de los países más poderosos del mundo, qué no podremos hacer nosotros en lo que pueda quedarnos de vida útil. A cuantas más personas podremos ayudar, con cuantas causas podremos colaborar, de cuantas misiones podremos ser embajadores sin tregua, sin descanso, sin queja. Hay mucho por hacer en esta urgencia mundial. El mal es una energía mal situada, y hay mucho trabajo por volverla a su lugar. El mundo requiere de mucha voluntad, de mucha fuerza, de mucho poder para contener ese mal. Y eso solo es posible, como decíamos, haciendo el bien incluso en lo más pequeño.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar