Oración al viento. Canto profano a Namada en Do mayor.


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Cráter de Ramón, desierto de Israel

Elevada sublime sombra que arrullas el manto cálido. En tu memoria yace la memoria del mundo y de todos los tiempos. Intrépido volar, derramas suspiros en cada instante mientras la invisible mano que transporta aves nómadas crea transmigraciones de peregrinos errantes que no saben dónde ir. No permitas que un destino fijo les aflija. Música que recorre cada sorbo de vida. Aire que se expande entre las canillas abismales y la visión del horizonte. Vacía mirada cristalina con nocturna narración para soportar las sombras del viaje. Sorpresa cuando un rayo de luz vuelca su furor en la estampa vertical y el aullido silencioso, melancólico, vibra trashumante bajo la luna. Errático ardor que nos envuelve a cada aleteo. Abajo, el musgo lleno de consonantes, la tierra húmeda y vibrante que asola cuando soplas huracanada devastando los jardines en invierno. Todos los desiertos se arrodillan cuando exhalas imitando una flor que se cierra. Y en aquel desierto, con su luna llena, fijó estrellas en nuestro pecho.

Orión, Sirio, Pegaso. Eran las montañas nuestras almas, en el valle, junto al mar, nuestros cuerpos. Y ahora danzando en el encanto de ese hermoso y sagrado recuerdo. Bajo los pies del Altísimo, bajo la tutela del Amplísimo, bajo el amanecer glorioso de lo venerable, del secreto inconfesable, del aliento que solo puede ser visto en el susurro de una noche sacra. Bajo ese fuego que se alza, que esclarece y calienta los corazones, sucumbimos. Escuchamos el murmullo bajo los pies mientras la tierra habla, se expresa junto al mar, en sus areniscas, en su vaivén. Y ondea el viaje en un instante de fulgor atendiendo los alientos que se unen, los corazones que se acompasan, el latido que se convierte en una colonia de amaneceres. La híbrida secuencia se repite en todos los planos, con diferentes explosiones de luz y color como una copla en primavera que se abre rodando en las costuras del alma. Desde la piedra hasta el éter, auténtica y fugaz.

Pero esto es secreto, no deberíamos nombrarlo. Todo lo sagrado es secreto, por eso aquí nos volvemos profanos, como goterones que resbalan en un cristal estacionario. De ahí el canto y la oración, forma minúscula de enterrar lo sublime y confundir lo carnal. El vuelo del ave, la siembra en la tierra, la calima, el valle, el mar. Todo lo que nace y respira dos veces tiene la particularidad de entrar en sabia y poderosa expresión de lo intangible. Todo aquello que pervive más allá del instante en el que se creó forma ya parte de la memoria del cosmos danzante. Por eso ahora pervive en mundos y dimensiones diferentes, esperando expresión, discernimiento, esperando suspiros que lo atrapen, deseando encarnar de nuevo en la existencia empapada. Gotas que caen desde lo más alto para abrazar su destino común. Suaves, tiernas, amables, graciosas. Vida en movimiento que alienta cada paso en un acto de poética aventura.

Elevada sublime sombra que arrullas el manto cálido. Santificado sea tu verbo. Venga a nosotros tu aliento y hágase la obra sin fin aquí en la luz como en el cielo. Intrépido volar que derrama suspiros en cada instante. Vacía cámara donde se guarda lo más bello. Inteligencia sublime que se expande por la zozobra de los bosques y sus lenguas, por el espeso rumor de la arboleda opaca. Como esa dama desnuda que corre descalza pisando la tierra mojada y huye danzando hacia las entrañas de cuevas cálidas, sacrificando el tiempo y el lenguaje en Tabor. Allí dónde nace en el corazón la sublime luz, cargada de esplendor celeste, brillando en poética ternura. A salvo de cuanto ocurre en las mazmorras silentes, acariciadas por el tacto suave de cualquier noche transmutada.

Elevada sublime sombra que arrullas el manto cálido. Viento, santifica tu verbo y hágase tu palabra, aún perdida, aún vaciada en los tumultos de la voluntad. Venga a nosotros tu aliento ahora y siempre, tu hálito, tu emanación, tu profunda elocuencia silvestre encarnada en el ahora. El sol, que con su luz ilumina nuestra oscuridad, venga a tu encuentro y líbranos de todo mal. Que así sea por las dimensiones distantes y por todos los tiempos. Amado viento, namada libre, hágase siempre desde tu osadía susurrante, amplia y secreta en dicha y amor.

(Pd.- Leer en voz alta en do mayor).

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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Canto menudo


a

Ante de los tiempos nadaba el aliento.

Las selvas eran plenas, el bosque era el mundo.

Los olores eran delicados como el rocío.

El agua era el río.

Ante de los tiempos había un párpado.

El ser era arcilla y la tierra una ribera.

La aurora cantaba a la noche pura y el gallo al día.

La luz dorada.

Ante de los tiempos flotaba la estrella.

Las sirenas cantaban en la ola.

Los buques navegaban en la espuma.

El viento rozaba el labio.

Antes de los tiempos el cosmos danzaba.

Los niños soñaban desnudos.

Los hombres gozaban sencillos.

Las madres corrían por las orillas buscando estelas.

La vida era.

Todo eso ocurría ante de los tiempos.

Como un canto menudo y apresurado.

Como un murmullo al que le llega la hora.

Como un secreto púrpura que nace en la llama.

Donde hay miedo no hay amor


a

El amor es la ausencia de miedo.

No atrapa, libera. Respeta los tiempos, abraza la diferencia, protege la debilidad, conquista con la alegría.

El miedo asusta, ahuyenta, aleja.

Libérate del miedo, baila y abraza el instante.

No pretendas alcanzar el amor desde un telón de abismos.

No quieras proteger la danza con cadenas.

Busca en el interior aquella fortaleza.

Bucea en las profundidades de cada segundo lo que nos ha de elevar.

Amar es dejar ir, también es abrazar con intensidad el espacio que nos separa.

Volar a los infinitos océanos de existencia, vencer la inercia de todo aquello que nos hunde.

Amar a veces es tan sencillo y silencioso, tan severo con la dicha.

Amar es flotar. Flotar suave entre nubes. Flotar.

Amar en silencio, sin pretensiones, sin angustias, sin deseo.

Despojado del miedo, abierto a la experiencia, danza el espíritu.

El amor grita al infinito. Sacude el instante. Perpetua inmortal ese toque celeste. No tiene arrugas, no posee nada, oscila entre la belleza de lo afable y lo espontaneo de la fantasía.

Si amas no tengas miedo. Porque amar también es perder, abandonar, dejar ir, abrazar ese perdurable misterio que nos blandece en el grito agudo.

Es amor una llamada. Se responde a ella sin cautela, sin medición, sin sustratos que alienten la provisión. Se llega a ella hambriento, sediento, desmayado. Se abraza cuando el hilo de vida se triplica y alcanza ese infinito incognoscible.

El amor también es una puerta. Su pomo permanece agazapado a otra realidad. Se abre siempre estrecha para ofrecernos el ancho piélago de la experiencia.

El amor eres tú mismo cuando has alcanzado el don de ser, manifestando tu existencia en la entrega del Absoluto.

Sublime, único, amoroso. Eterno.

Flota, y déjate llevar.

Resucita


a

No esperes al tercer día. Resucita hoy, ahora.

Cuando lo hagas recuerda que un día estuviste ciego y muerto, ausente y dolido.

Cuando veas la luz delante de ti sigue su senda. Levántate y anda ante ella, sigue su estela, continua sus pasos hasta la firmeza del nuevo día.

Cuando divises el camino, no te detengas en su borde. Continua peregrino hasta que llegues a la puerta estrecha, y allí entra sin miedo.

Cuando vuelvas a la vida, disponte a practicar los mandamientos que de ella se desprende. Conviértete en un recipiente de su néctar y comparte su jugo con el mundo.

Cuando resucites y ya no seas un muerto, déjate llevar por el sabor de ese nacer. Serás un nuevo ser, verás con otros ojos y poseerás el don de apreciar cada segundo de existencia.

Cuando resucites recuerda a los tuyos, especialmente a los afligidos y desvalidos, a los que lloran, a los que temen, a los que por miedo se vuelven bravos e insurrectos. Pero también recuerda a los otros, que también son tu familia.

Cuando vuelvas a levantarte tras el fracaso inevitable, tras la pérdida, tras haber sido injustamente linchado y crucificado, no guardes ningún rencor. Perdona a aquel que no supo lo que hizo y glorifica su alma para que encuentre amor.

Cuando revivas, si es que lo haces algún día, sábete afortunado por esta nueva oportunidad. Da gracias una y otra vez a cada cosa que se te acerque, a cada palmo de día que discurra.

Si has entendido el mensaje de la vida, el profundo misterio de sus ciclos, resucita. Entrégate de nuevo, con pasión, fuerza y amor a todo aquello por lo que has nacido. No dejes pasar esta oportunidad, no dejes que la tupida calma te vuelva a adormecer. Disfruta de la primaveral belleza. Abraza el suspiro ardiente.

Si has despertado, por fin, se compasivo y agita a los otros. Enséñales ese otro paisaje, despierta en sus mentes la curiosidad por esa nueva vida, enciende en sus corazones la antorcha ineludible del misterio.

Resucita y vuelve, retorna, aguardamos tu pronta venida. Cualquier hijo de la luz te espera para que nos cuentes que hay en ese más allá que nos ciega.

Resucita cada día, al despertar, como si vinieras de una cruz que te enseñó a amar al semejante, mirando siempre de frente a esa vida que te espera.

Atraviesa el velo. Resucita, una y otra vez. Resucita…

Tanto por compartir…


a

Compartir un momento, un instante, un segundo, un minuto, un día, una vida.

Compartir un sueño, un refugio, la utopía galopante, la lucidez de una idea.

Compartir el aliento, el beso, el abrazo.

Compartir la noche y el día, la montaña y el valle, el cielo y la tierra.

Compartir el secreto, lo íntimo, lo oscuro y lo brillante.

Compartir el duelo, la muerte, el dolor, el sufrir, la desgracia.

Compartir la alegría, la sonrisa, la paz, la quietud.

Compartir la belleza, el toque armónico, la música radiante.

Compartir rebeldía, coraje, fortaleza.

Compartir dulzura, tacto, presencia, honestidad.

Compartir juego, complicidad, aquel escondite oculto.

Compartir creencias, misterios, anhelos.

Compartir tu ser, tu esencia, tu reino.

Compartir tu sangre, tu sexo, tu rostro.

Compartir deseo, locura, promesa.

Compartir tristeza, amargura, rabia.

Compartir la dicha, la vida, el encuentro.

Compartir el pan, el esfuerzo, el trabajo, la riqueza.

Compartir la magia, pensamientos, abstracciones, fantasía.

Compartir tu don, tu talento, tu propósito.

Compartir el alma entera.

En definitiva, compartir amor, amor, amor.

La dama de Shalott


John_William_Waterhouse_The_Lady_of_Shalott

Desde mi ventana escucho los alaridos a ambos lados del río. Largos campos y montañas, bosques y senderos que se entremezclan con la bruma de la mañana. Todo está vestido, la colina, el cielo, los verdes mantos de hierba. Salto de un lado para otro, de la alameda hacia lo alto, visito los rincones donde las ardillas se esconden y bordeo como un haz de luz la flexibilidad del viento. Allí, a lo lejos, entre dos mares, veo el brillo de un espejo donde se refleja su rostro mientras teje.

Las gentes van ciegas mientras que todo se maneja sobre sus cabezas. Nada entienden aunque les duela aquí y allá, nada saben de ese color que se teje en el otro lado y que irremediablemente nos importuna, nos sobrepasa. Solo allí donde los lirios se mecen en la calma del silencio, en aquella isla soñada o en la sombra de los sauces puedo entender esta marea extraña. Es la espera de aquella que teje. Es la espera de aquella que ama.

Los álamos se estremecen, las estrellas brillan en un crepúsculo suave, la brisa nos recuerda el paisaje celeste. Hay olas que se levantan y se desplazan eternamente. Hay mares enteros que contienen la magia de cada instante. Podemos inmortalizar cada verdor, pero sólo en aquel lugar invisible, sólo allí puedo volar sin demora.

¿Habéis viajado alguna vez a Camelot? ¿Pudisteis pasear por las afueras de la Isla Blanca? ¿Qué hay allí en la serena calma que la niebla nos trae desde las tierras altas? Grises muros y torres se levantan entre nosotros y nuestros sueños. Incluso aquella hermosa dama de Shalott nos espera paciente a que despertemos. Quiere mostrar su mano para llevarnos a su isla, a su campo de flores teñido de noble deseo.

Entre la espesa ternura me despierto. Sigue ahí la ventana que vigila los montes y campos. El río y sus dos orillas. Las gentes dormidas y ciegas. Escucho una canción que me recuerda la Isla Blanca. Resuena alegremente entre la ciénaga de mi dolor que es arrastrado por su recuerdo hacia la alameda de Camelot.

Apilo fardos en las entrañas de mi memoria. Cansado, miro hacia todas partes, buscando aquella sombra, aquella niebla, aquella luz. A veces, en el silencio más estrecho, escucho algún susurro. Debe ser la dama, la bella hada de Shalott.

Ella teje haces de luz. Una tela mágica para proteger al peregrino. Espera en su atalaya, en su monte, en su castillo. Cansada de las sombras, espera la llegada del noble caballero. Entre las hojas, ella espera sentada a su Lancelot. ¿Qué maldición es esa que nos separa? ¿Qué será aquella barca? Roto queda el espejo mientras la dama avanza. El río y sus dos orillas… que nos separan.

(Ilustración: The Lady of Shalott ,de John William Waterhouse).

“Emito mis alaridos por los techos de este mundo”


NO TE DETENGAS

No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,

sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.

No te dejes vencer por el desaliento.

No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,

que es casi un deber.

No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.

No dejes de creer que las palabras y las poesías

sí pueden cambiar el mundo.

Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.

Somos seres llenos de pasión.

La vida es desierto y oasis.

Nos derriba, nos lastima,

nos enseña,

nos convierte en protagonistas

de nuestra propia historia.

Aunque el viento sople en contra,

la poderosa obra continúa:

Tu puedes aportar una estrofa.

No dejes nunca de soñar,

porque en sueños es libre el hombre.

No caigas en el peor de los errores:

el silencio.

La mayoría vive en un silencio espantoso.

No te resignes.

Huye.

“Emito mis alaridos por los techos de este mundo”,

dice el poeta.

Valora la belleza de las cosas simples.

Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,

pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.

Eso transforma la vida en un infierno.

Disfruta del pánico que te provoca

tener la vida por delante.

Vívela intensamente,

sin mediocridad.

Piensa que en ti está el futuro

y encara la tarea con orgullo y sin miedo.

Aprende de quienes puedan enseñarte.

Las experiencias de quienes nos precedieron

de nuestros “poetas muertos”,

te ayudan a caminar por la vida

La sociedad de hoy somos nosotros:

Los “poetas vivos”.

No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas …

Walt Whitman