No son hombres, son asesinos…


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Laura, in memoriam

El terrible asesinato de Laura nos ha conmocionado a todos. No tan solo por su belleza y juventud, por toda esa vida de ilusión y por todo ese recorrido humano que quedaba por hacer. Es algo más que eso. Es la impotencia, es la rabia, es la frustración general de una sociedad hastiada de tanto horror.

Como hombre me siento perdido, desautorizado, diría que casi criminalizado. Me doy cuenta de que el crimen constante, año tras año, de personas que asesinan a sus parejas está poniendo en la punta de mira a todos nosotros. Lo noté en la mirada de pánico de mi ulterior pareja cuando nos despedimos por última vez. De alguna forma, ya todos los hombres somos peligrosos asesinos en potencia. Uno casi tiene miedo a enamorarse de nuevo, a tener una vida normal, aunque el expediente de violencia personal haya sido nulo e inexistente. Sí, alguna frustración, algún motivo de rabia por algún tipo de injusticia emocional, pero nada más que eso.

No puedo dejar de pensar en Laura y en todas las Lauras que han muerto a manos de hombres. Pero quiero pensar dentro de mí que los hombres no somos así, que esas personas no son hombres, son asesinos. Son seres despiadados, sin corazón, sin emociones, sin empatía hacia el género humano. Son seres perdidos en el mundo de las sombras, salvajes sin razón ni juicio. No son hombres, son asesinos.

La mala suerte y la casualidad hicieron que esa tarde de ilusión se convirtiera en una tragedia más. Y me pregunto hasta cuando. Quizás siempre fue así y quizás siempre sea así hasta que no rompamos de una vez nuestros valores, el cuidado de la infancia, la educación, los mensajes que nos envían escrupulosamente desde los medios, especialmente desde la televisión y las películas. Todo aquello que nos hace seres humanos con una cultura e identidad debemos empezar a deconstruirlo. Aún no somos conscientes del esfuerzo que como personas humanas tenemos que hacer para ese cambio. Pero tenemos que hacerlo con urgencia.

Como hombre, me doy cuenta de la gran responsabilidad que tenemos por delante para mejorar como género, como seres capaces de sensibilizarnos, de acomodar nuestras fuerzas ancestrales al nuevo mundo que se está tejiendo. No es solo un rechazo a la violencia, es también un rechazo a nuestro bagaje, a los roles que nos han enseñado desde pequeños, a esa estúpida necesidad ancestral de sentirnos “machos” para conseguir algún “trofeo”. No, eso ya no funciona, eso ya no sirve. Cambiemos los valores, cambiemos el paradigma. Seamos humanos, personas, seres sintientes y amorosos.

No son hombres, son asesinos. Me digo una y otra vez por dentro mientras lloro la muerte de Laura.

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‘I’m a nationalist’. Aniversario del armisticio de la Primera Guerra Mundial


 

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«No puedo creer que se haya evaporado completamente aquella ternura que llenaba de inquietud nuestra sangre, aquella incertidumbre, aquel encantamiento, aquella ansia de futuro, los mil rostros del porvenir, la melodía de los sueños y de los libros, el deseo y el presentimiento de la mujer… No es posible que todo se haya hundido definitivamente en los bombardeos, en la desesperación, en los burdeles para soldados». (‘Sin Novedad en el Frente’, Erich María Remarque).

Hoy se cumplen cien años del armisticio de la Primera Guerra Mundial. Unos años antes, Gavrilo Princip, un joven nacionalista serbio asesinó a destajo al archiduque Francisco Fernando de Austria y su esposa Sofía Chotek. Quizás ese acto duró pocos segundos, pero desencadenó la hasta ese momento más sangrienta de todas las guerras. Un siglo después, ¡como pasa vanamente el tiempo!, volvemos a ver con cierto recelo como viejas tendencias humanas vuelven al tintero de la vida política y social de nuestro mundo convulso. En la vieja Europa se reavivan los nacionalismos como hace cien años. También en todo el resto del mundo se clama, como clama Trump: “I’m a nationalist”, como si ese clamor nos hiciera mejores frente al otro, como si nos hiciera especiales.

No. No somos mejores, ni especiales. Hablar un idioma, pertenecer a una tribu, a una comunidad, a una cultura, no nos hace insignes, ni diferentes. Por suerte la genética demuestra que todos somos iguales y que las únicas diferencias entre unos y otros solo provienen del puro azar. Y ese puro hado no puede condicionar nuestra ideología, nuestra perversa manera de ver al otro como un enemigo o agente extraño ni de ver al mundo, un mundo cada día más libre, abierto y cercano, como un reducto cerrado y oscuro.

Diez millones de muertos fue el recuento tras cuatro años de guerra entre hermanos. Diez millones de muertos por defender, cada cual, su parte en la eventualidad de haber nacido aquí o allá. Absurdo. Muy absurdo. Y aún así, cien años después, no somos capaces de honrar esos muertos y vencer la tentación de sentirnos diferentes al otro. Seguimos enarbolando nuestras patrias, nuestras naciones, nuestras banderas con ciego orgullo. Como si tener una bandera u otra fuera síntoma de pertenencia a algo necesariamente sobresaliente.

Me pregunto cuándo esas banderas, esos símbolos patrios, esas fronteras y esas orgullosas emociones por pertenecer a uno u otro sitio dejarán paso al abrazo entre razas, culturas y religiones, a la tolerancia y al amor. Me pregunto por qué personas como Trump se enorgullecen de ser nacionalistas. Hijo de emigrantes escoceses y alemanes, debería sentirse orgulloso de haber sido acogido en esa hermosa tierra y haber podido proclamarse presidente de uno de los países que representa el futuro de la humanidad: la integración de todas las razas y culturas en un solo territorio sin distinción jurídica o legal con respecto a su procedencia. Un mundo de libertad y respeto hacia la diferencia e idiosincrasia privada y personal mostrada de forma pública desde la ciudadanía.

Algún día este alto ideal se extenderá por toda la humanidad. Las fronteras desaparecerán, las banderas formarán parte del nostálgico folclore popular y el orgullo nacional dejará de dividir a las personas. Las tradiciones identitarias a las que nos aferramos para sentirnos parte de un grupo, y por lo tanto, diferentes a otros grupos, quedarán eclipsadas por el sentimiento de pertenencia al mayor grupo al que podemos pertenecer: la propia humanidad, un mundo de identidades múltiples, complejo, humano. De aquí a cien años, un nuevo Trump nacerá y dirá algo así: “yo soy parte de la humanidad una, y mi propósito es servir a todos los hombres y mujeres desde la buena voluntad”. Y el viejo Trump y todos los servidores del viejo mundo serán enterrados en la memoria colectiva, celebrando, cien años después, la paz mundial, la fraternidad y el amor humano como principal bandera de todos. El mundo, por suerte, nos acerca cada vez más…

(Foto: Un niño violinista posa en las calles de Belgrado durante la Navidad de 1918).

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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Ese planeta llamado Guerra, perdón, quise decir la Tierra


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Hoy veíamos en el cine una película ambientada en la Alemania de la Segunda Guerra Mundial. Siempre que repasamos la historia de Europa, de la Europa de no hace mucho, cierto escalofrío recorre el alma.

Pero si miramos con atención el mundo en el que vivimos, realmente el escalofrío es agobiante. Tras la película veía una atroz imagen de un nuevo bombardeo en la ciudad siria de Alepo.

No podía entender como nuestra civilización aún era capaz de mantener este tipo de comportamientos. Me venía a la imagen esa fotografía de nuestro Aznar sentado orgulloso junto a Bush y Blair y recordaba lo cerca que Alepo y la Segunda Guerra Mundial está de nosotros. Veía las imágenes de la muerte de esos pobres seres que intentaban llegar a nado hacia nuestras costas en Ceuta, los muertos de Xinjiang o la atroz limpieza étnica de Centroáfrica. Y todo eso pasando ahora mismo, en nuestro querido planeta Tierra. Tierra de dolor para muchos, de hambre, de pena, de miseria y de muerte. Tierra donde como ya pasó en Etiopía hace unos años podré pasearme fotografiando como un espectador más la miseria de muchas familias en India.

Sí, me llevaré la cámara para no olvidar que la Segunda Guerra Mundial está aún pasando aquí y ahora. Para no olvidar lo privilegiados que aún somos a pesar de todos aquellos que podemos pulsar el botón de nuestra cámara réflex y luego volver para contarlo. Me llevo la cámara para recordar la urgencia de actuar. La necesidad vital de responder a los problemas de la humanidad con tajante decisión personal. Todos y cada uno de nosotros podemos alejar de nuestras vidas las guerras, todas las guerras, todas las miserias. Sobre todos y cada uno de nosotros recae la posibilidad de un mundo nuevo. Todo lo que necesitamos es amor…

Sobre el deber moral de salir a la calle: Rodea el Congreso 14D


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Hoy parte de la ciudadanía seguirá con su rutina. El barrio de Malasaña, donde vivo, estará lleno de jóvenes cuyo propósito será pasar un buen rato. Está bien.

Hoy parte de la ciudadanía dejará su rutina. Del barrio de Malasaña, donde vivo, se ausentarán algunos jóvenes y marcharán a las siete de la tarde hasta la plaza Neptuno. Ojalá sea algo más que un puñado de jóvenes.

Entre ir o no ir a la plaza de Neptuno hay un pequeño hilo que separa un gesto del otro. El primero, que podría ser la pereza, el rechazo a este tipo de actos, la comodidad o el pensar que todo esto no va con uno es totalmente legítimo.

El segundo, el pensar que hay una casta de señores feudales aferrados al poder político y económico y que amordazan, a cual medievo, a los vasallos-ciudadanos para que no hablen, para que no se quejen, para que no puedan romper con el orden establecido, también es legítimo.

A cuento de todo esto hay tres casos que me llaman la atención: El caso Gürtel. El caso Blesa y el caso de los Eres. Paradójicamente, los tres jueces que han seguido estos casos de corrupción o han sido apartados del mismo o desautorizados o deslegitimizados. Ahora, además de apartar a los jueces también quieren apartar a la ciudadanía de un derecho básico y lo quieren hacer con la Ley Mordaza.

No vamos a entrar en la demagogia facilona de todo lo que está pasando. Sólo diré que como ciudadano me veo en la obligación moral de dejar por un día mis quehaceres y mi comodidad para salir una vez más a la calle. Así hasta que la suma de gestos, de unos y de otros, gesten el cambio que este país necesita con cierta urgencia. Sin violencia, en silencio, allí estaremos para que nos devuelvan la educación, la sanidad, la cultura, … pero sobre todo, la dignidad y la libertad que nunca debimos perder. Una persona puede perder casi todo, pero si pierde la dignidad, pierde su alma y nace la desesperación.

Irán, ¿un guiño positivo a la nueva era?


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Las primaveras árabes y las otras primaveras, las que de forma a veces tímidas y otras caducas nos han llenado de cierta esperanza en algunos casos y de cierto horror en otras (véase el fracaso de países como Siria) han puesto de manifiesto el surgimiento de un nuevo espacio geopolítico y de un nuevo empoderamiento de la sociedad civil en contra de los abusos del poder político y económico y en contra de las injusticias que esta crisis está sacando a flote.

En este otoño se nota incluso en los individuos más aliviados el cansancio por la crisis que arrastramos. Pero ese cansancio a veces, visto desde una perspectiva más amplia, nos da noticias que parecen esperanzadoras. El acuerdo que se ha llegado con Irán es una prueba de que algo está cambiando. Existen recelos fundados por parte de Israel y Arabia Saudí por miedo a perder el liderazgo en la región (el nuclear y el del petróleo), pero se abre una puerta de esperanza para que la tensión en Oriente Medio disminuya a favor de un plan y una estrategia de paz en la región. Si con este gesto se consigue que el polvorín se convierta en un vergel quizás algo cambie a largo plazo, algo importante que tiene que ver con la instauración de una nueva forma de convivencia entre los seres humanos y un alejamiento cada vez mayor de ese “eje del mal” que a modo de “lobo feroz” se instauró en nuestra psique colectiva.

Es cierto que toda esta geoestrategia está estrechamente relacionada con los recursos del petróleo y su agotamiento sistemático a medio plazo. Irán es un productor importante de crudo y la necesidad de aliviar el mercado internacional tiene mucho que ver con este acuerdo, al menos hasta que las tecnologías apunten hacia otro modelo energético que permita, de paso, sostener el ecosistema sin seguir dañándolo y Oriente Medio deje de ser una necesaria ruta de conflictos. Pero también es una puerta de alivio en las relaciones  internacionales, las cuales deberán poco a poco desarrollar el sentido de colaboración y apoyo mutuo en contra del confrontamiento y la guerra.

¿Qué conclusión sacamos de este guiño internacional? Por un lado, la escasez de recursos a medio plazo está haciendo que las relaciones que antes eran peligrosas ahora se tejan como necesarias, reajustando los valores por los cuales los pueblos empiezan a entenderse y comprenderse mutuamente. Por otro, estamos viendo como el derrumbe del viejo modelo y paradigma está ayudando a que lo nuevo surja, aún tímidamente, bajo los valores que reclaman un comportamiento diferente ante los retos de este nuevo milenio. Es cierto que sólo es un guiño, pero todos los guiños hacia esa nueva era son necesarios en este clima de cambio y derrumbe, de esperanza y transformación.

La ética común, una cuestión de tiempo


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Ya sabemos que no puede existir cambio exterior si antes, la humanidad en su conjunto, ha experimentado interiormente un impulso motivador y reflexivo hacia aquello que es mejor para todos. Y para que eso ocurra debe existir ese mismo impulso motivador en los individuos, en cada uno de nosotros, sin excepción.

Estos días presentábamos en Madrid con una tímida asistencia el libro que habla sobre la ética de algunos negocios. En este caso, de forma militante y con algo de coraje y valentía exponíamos la falta de ética de la banca tradicional al financiar a la industria armamentística.

A pesar de que durante un mes hemos enviado más de dos mil invitaciones para que entidades y personas de todos los colores participaran en este debate, la respuesta ha sido escasa. Es como si toda la comunidad estuviera más interesada en ver el partido de fútbol de los domingos a pensar que su banco, su banco de toda la vida, anda haciendo negocio con minas antipersonales, tanques de guerra o cohetes tomahawk.

Realmente a los militantes de toda la vida ha dejado de molestarles esta actitud pasiva de la sociedad en general. Será cuestión de tiempo que esa revolución interior que todos necesitamos para crear ese ansiado cambio exterior detone en algún momento. Mientras tanto, nosotros seguimos con nuestra particular lluvia fina. Esa que cae y parece que no moja pero que termina calando en las consciencias de aquellos que día a día nos escuchan.

Ayer fue bautizado Banca Armada vs Banca Ética aquí en Madrid. Empieza su andadura que será lenta pero que, inevitablemente, crecerá entre la masa cada día más crítica. Hoy en la charla salían datos escalofriantes sobre la banca tradicional y se pronosticaba que en menos de dos años estaríamos de nuevo al borde de un nuevo precipicio financiero de este modelo capitalista en su vertiente neoliberal.

Veremos que ocurre. Mientras, sigamos aplicando alternativas al modelo caduco, como la banca ética. Es cuestión de coherencia interior, y por lo tanto, de coherencia social.

(Foto: Presentación ayer de Banca Armada vs Banca Ética en Madrid).

DESARMAR LAS CONCIENCIAS ARMADAS


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El título aparece en una carta que dirige el premio Nobel de la Paz Pérez Esquive al presidente de los Estados Unidos, Barack Hussein Obama. Lo triste de esa carta es que como todos los escritos de buena voluntad caerá en saco roto. Lo poderoso de la misma es que puede servir de instrumento para poder crear conciencia en las dormidas consciencias humanas.

¿Cómo hacer que esa carta llegue a nuestras consciencias particulares? Debe llegar el mensaje, debe penetrar en nosotros, debe calar y debemos desarmar nuestras conciencias armadas. Siempre en lo pequeño, en lo aparentemente insignificante. Nunca somos conscientes del poder que ejercemos en nuestros actos diarios. Nunca somos conscientes de lo poderosa que es nuestra inclinación por unas u otras cosas, por unas u otras decisiones, por una u otras conductas.
Nos quejamos de las guerras, pero nunca asumimos nuestra responsabilidad en ellas. Nunca pensamos quién las financia, qué empresas están detrás de esos lobbies, que otras instituciones apoyan toda esa masacre de tripas y sangre esparcidas por la acera de cualquier pueblo. Nunca pensamos cuando compramos un producto qué hay detrás de él. Nunca pensamos cuando votamos en una urna qué apoyan unos y otros.
Si fuéramos observadores, si estuviéramos atentos nada más despertarnos por la mañana, veríamos cuantas pequeñas decisiones diarias tomamos que afectan al armamento de nuestras consciencias. Por eso la guerra de Siria no es un problema o una decisión de un presidente, es un problema y una decisión de nuestra humanidad en su conjunto, de nuestros ideales, de nuestras decisiones y conductas diarias.
¿Qué podemos esperar de una sociedad como la nuestra? ¿Qué clase de actitud deberíamos tomar como conjunto y como individuos para empezar a desarmarnos? ¿Hemos pensado alguna vez como afecta nuestro ruido interior en esa destrucción sangrienta? ¿Hemos pensado alguna vez lo ruidosos que somos en todas nuestras acciones? Y todo ese ruido, todo ese malestar cavado día a día en una sociedad enferma y vacía, ¿no es producto de toda nuestra existencia?
Mañana no, hoy es un día ideal para, a partir de este mismo instante, pensar en cada cosa que hacemos e inclinar la balanza de nuestra conducta hacia un mundo más permisivo y desarmado. Estemos atentos. Estemos atentos. Estemos atentos.