Hacia una sociedad lúcida


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© Hardibudi

 

No deja de ser paradójico que una ciudad como Madrid, que aspira a ser ciudad olímpica, cada día esté más sucia y dejada. Hoy sentía cierta vergüenza cuando paseaba por el barrio de Malasaña donde vivo. Me paraba a recoger del suelo cientos de basuras que unos y otros vamos dejando en las calles sin ningún tipo de consideración. El olor me recordaba a ciertos lugares de la India donde deambulábamos en los slums para sacar sonrisas a los niños más desfavorecidos. Pero no estábamos en ningún slum de la India: esto era Madrid, España, Europa.

Así que en silencio, sin decir nada excepto ahora, me limitaba a recoger una lata de cerveza o un trozo de cartón o apagando indiscriminadamente esas colillas que tiramos al suelo olvidando la pequeña catástrofe ecológica que ocasiona cada vez que la lanzamos sin ningún miramiento a su destino callejero.

Realmente el gesto de agacharme y recoger la basura, como hacía cuando vivía en La Montaña constantemente, no requería ningún esfuerzo. Sólo se trataba de un gesto más de tantos y tantos que se pierden al día, al minuto, al instante. No sé si el mismo sirvió de algo. No sé si quedó grabado en la pupila de alguien. No me importaba, pero sí me avergonzaba tener que hacerlo por descuido de unos, algunos ciudadanos incívicos, y la dejadez de otros, los gobernantes preocupados por fomentar el juego en Eurovegas y las Olimpiadas.

Juego por doble partida, para añadir una alegría al país, como decía nuestro presidente. Cuando lo que menos necesitamos ahora es añadir ilusionismo. Trabajo, trabajo, trabajo. Eso sí, pero trabajo en la consciencia de unos y de otros para empezar, como mínimo, a ser lúcidos y dejar de ensuciar, con pequeños y minúsculos gestos, nuestras calles, nuestros cuerpos y nuestras almas.

A veces creo que vivimos en una sociedad marginal, marchita, incapaz de removerse ni un ápice para cambiar o mejorar. Otras veces veo gestos que me hacen tener especial esperanza en una humanidad abocada al desastre de no corregir las pequeñas conductas diarias. Sólo necesitamos eso, pequeños gestos, pequeñas conductas para crear una sociedad más lúcida, más amable, más bella. ¿Cuántos estamos dispuestos a recoger, como mínimo, nuestra propia basura interior? ¿Y la de la calle? Hoy hice mi pequeño gesto. Y no lo digo en voz alta para creerme mejor o más lúcido que nadie. Lo digo para animar al otro, para zarandearlo, para que se moje. Es la única forma de intentar volcar esa esperanza en el otro.

Trabajar para otros, para uno mismo o para un ideal


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El trabajo debería ser algo que nos embargara de satisfacción, de libertad y de crecimiento. No esa tarea que muchas veces nos insatisface o que se resume en ocupar un tiempo prolongado de nuestras vidas para poder pagar “cosas” y luego disfrutar, en el mejor de los casos, de treinta días de “descanso”.

Nietzsche dedicó algún tiempo de su vida a profundizar entre la mentalidad del esclavo y la mentalidad del señor. Él las llamó moralidad del esclavo y moralidad de los señores. Cuando viajé a Etiopía observé que todos los harapientos ciudadanos de estepas y desiertos eran realmente señores, guerreros de sí mismos. Todos y cada uno de esos seres luchaban a diario por sobrevivir ante las adversas y terribles circunstancias de severas sequías y continuas hambrunas. Allí llegué a la extraña conclusión de que en algún futuro no muy lejano, todos seríamos como los ciudadanos etíopes: dueños absolutos de nuestro destino. Buscadores incansables de nuestros medios de vida. Afanados guerreros por servir de forma independiente y libre a nuestro propósito interior.

En la actualidad hemos avanzado mucho en ese pensamiento y podemos encontrar una tercera categoría a la moral de Nietzsche. Esa tercera mentalidad sería la mentalidad del guerrero.

Hasta no hace mucho, cuando las cosas iban bien, todos aspirábamos de alguna forma a ser partícipes de la moral esclava de nuestros días. Nuestros más elevados anhelos consistían en trabajar para otros, a poder ser para una gran empresa multinacional donde tuviéramos un buen sueldo y coche de empresa. O mejor aún, ser funcionario de por vida, donde no preocuparnos absolutamente de nada excepto de trabajar bien y cobrar a fin de mes nuestra nomina segura. Lo siguiente era buscar un piso para comprarlo y crear una familia hipotecada por los siguientes treinta o cuarenta años donde la única preocupación sería poder pagar las “cosas” del día a día.

Cuando empezó la crisis, esa mentalidad esclava comenzó a transformarse en una mentalidad de señores. Al no tener trabajo y ser despedidos de nuestras empresas, buscamos la salida en ser dueños de nuestro destino y de nuestro trabajo. Dedicamos horas y horas a imaginar la mejor manera de conseguir dinero desde nuestras propias habilidades. Sin saberlo, la crisis nos llevó a ser empresarios y emprendedores con mayor o menor éxito, pero siempre afrontando con dignidad la dureza de los tiempos.

Pero la crisis se ha instalado en nuestras vidas de tal manera que está modificando los cimientos de nuestro interior y los paradigmas más inamovibles. Ahora ya no se trata de buscar un trabajo para nosotros mismos, si no también de buscar las fórmulas apropiadas para ayudar a que otros hagan lo mismo. El apoyo mutuo y la cooperación se han instalado en nosotros de tal manera que ya no trabajamos para un tercero, ni siquiera para nosotros mismos. Ahora trabajamos por un ideal.

Un ideal que sobrepasa todas nuestras expectativas presentes y futuras porque sabemos a ciencia cierta que es un ideal mayor que nosotros, algo que trascenderá nuestro paso por el planeta. Un ideal que tiene que ver con el cambio de nuestros valores más profundos como sociedad y que, de alguna forma, deberá modificar nuestras atormentadas relaciones diarias para convertirlas en rectas relaciones humanas. Trabajar para un ideal no sólo te llena de entusiasmo y vigor, también te da un sentido de responsabilidad y generosidad hacia toda nuestra especie humana. La Nueva Cultura Ética está llamada a responder a todos esos estímulos, a todos esos guerreros que vencieron la comodidad, pasividad y conformismo de la moral esclava y el egoísmo y ombliguismo de la moral de los señores. Nace una nueva cultura, nace una nueva ética, nace una nueva mentalidad en un nuevo tiempo.

Construyendo la nueva cultura


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Dedicado a los pocos…

Muchos de vosotros me habéis preguntado qué pasó con Claudio. Al día siguiente de instalarnos en Madrid, la policía volvió a contactar con nosotros. Los recibimos en casa y traían un extenso paquete de preguntas que intentamos responder una a una. Sentí mucha curiosidad por el caso y me ofrecí, como antropólogo y trabajador social, a ayudarlos en el mismo. Ellos no tuvieron ningún inconveniente y me puse manos a la obra. Como recordaréis, Claudio había desaparecido hacía unos días y según la policía local de Cadaqués, lo último que se encontró de él “eran mis cinco libros subrayados”. Esa fue al parecer la pista que el departamento de desaparecidos siguió para contactar con nosotros.

Realicé un informe de unas cinco páginas donde intenté recomponer el perfil y sacar algunas conclusiones con los datos que disponía. Enseguida descarté que Claudio se hubiera marchado a algún tipo de secta o grupo peligroso, y más bien intenté concluir el informe diciendo que podría tratarse de un caso típico de brote psicótico. Era lo que mi intuición, por mi propia experiencia pasada como trabajador social, me decía.

Al final Claudio, por suerte para todos, apareció en Madrid a los pocos días y con un cuadro muy similar al que días antes había dibujado. Me sentí aliviado por una parte y triste por otra al comprobar como a veces la mente nos traiciona, llenando nuestras cabezas de peligrosos arrebatos.

Cuando hace años trabajaba como trabajador social la norma era toparse con casos extremos de todo tipo. Esquizofrenia, paranoias de todo tipo, drogas, prostitución, indigencia, alcoholismo, enfermedades irreversibles, casos terribles de abandono, maltratos, violencia, violaciones, abusos, robo, muertes. Muchas veces todo estaba relacionado de alguna forma. Como si dentro de ese mundo laberíntico y caótico hubiera un submundo excluido e ignorado al que difícilmente accedemos si no es por algún tipo de estímulo, de ganas de ayudar o colaborar de alguna forma.

Mis primeros contactos con esa otra cara de la realidad fue cuando me alisté de joven como voluntario de Cáritas y Cruz Roja. Con catorce o quince años, recibir ese tipo de impactos y experiencias te marcan de por vida. En mi caso fue tal que mi primera carrera, trabajo social, quería dar salida a la convicción de que algo, aunque fuera mínimo, podríamos hacer para mejorar nuestra sociedad.

La realidad se impone de forma cruda. Eran tantas las atrocidades que podías llegar a contemplar y tratar en una sola mañana que llegar íntegro a casa podía ser todo un suplicio. Esos pocos desahuciados de la vida cada día son más. En según qué países, tal y como podría comprobar años más tarde en viajes a zonas totalmente endémicas, los pocos allí son muchos, o casi todos.

Y de ahí de nuevo la impotencia, y a veces la desesperación cuando caminas por la calle y contemplas atónito la ilusión en la que vivimos, la fragilidad de nuestra mentira humana y la podredumbre, que diría Ciorán, de todo cuanto nos rodea.

Pero no es tiempo de pesimismos. Es tiempo de esperanza, de trabajo, de mucho trabajo, de ir sembrando esas semillas que quizás de aquí a mil años alguien pueda recolectar. Cuando se construye una nueva casa, en este caso la casa no es más que el paradigma de una nueva cultura ética y humana, hay que dibujarla, hay que soñarla, hay que comprenderla y luego hay que materializarla. Hay muchos pensadores que están trabajando incansablemente, como arquitectos de este nuevo edificio, para poner las bases de lo que debe ser el nuevo mundo.

También hay muchos obreros que se están preparando para ejecutar pacientes los muros y pilares, las paredes de todo cuanto haya que hacer. Y artistas que llenarán de belleza este nuevo lugar. Y mecenas que ayudan en lo que pueden con sus bienes y esfuerzo. La utopía empieza por nuestra actitud y carácter ante el reto que tenemos por delante. Alejados de la ilusión y de la mentira, es hora de ponerse el traje, es hora de empezar a levantar una nueva cultura.

La revolución silenciosa


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Ayer había una chica con tres perros tocando una flauta en la pared de unos grandes almacenes para sacar algunas monedas. De repente, la policía le increpó para que se marchara. En ese momento una niña de unos tres años se acercó para echar unas monedas mientras apartaba a los policías para alcanzar el bote. La escena nos conmovió tanto que imitamos a la niña vaciando nuestro monedero ante los policías a modo de protesta. Ese momento nos llenó de ánimo y esperanza, de fuerza interior y alegría. Guiñamos el ojo a la chica mientras nos agradecía el gesto.

Esta tarde, mientras organizaba los viajes que el mes de septiembre debo realizar para asistir a más de media docena de presentaciones de libros se me ocurrió la idea, inspirada por una amiga que nos visitó la semana pasada de esta manera, de compartir el coche en todos los trayectos que realice por media España. Así que me fui a la página de Bla Bla Car y puse mis primeros siete viajes compartidos en este sistema de apoyo mutuo y confianza. La iniciativa es tan eficaz y sorprendente que ya es una alternativa de viaje económico en tiempos de crisis.

Todo esto y todas las experiencias que estos días nos están ocurriendo demuestra que algo se está moviendo y que algo está cambiando. Que el apoyo mutuo y la cooperación serán los valores que predominarán en esta nueva era, en esta nueva cultura ética que está naciendo.

La semana pasada encontrábamos un sobre anónimo en el buzón con quinientos euros en metálico y una nota que decía: ¡adelante! Hoy una amiga que conocimos en Escocia nos visitaba y nos donaba a fondo perdido otros mil euros para el proyecto utópico. Ya solo nos quedan 78 mil euros para alcanzar la primera meta. Las muestras de cariño constante y de apoyo se multiplican día a día. Por eso no sólo no nos rendimos. Salpicamos el mundo con gestos y el mundo nos devuelve gestos. Salimos a la calle con la intención de ayudar y todos quieren ayudar como sea al prójimo, al desconocido, al necesitado. Ya no se trata de dar cosas materiales, se trata de dar lo mejor de sí mismo en lo específicamente humano. En estos tiempos que vienen, el ser rico no será quien más tenga, sino quién más capacidad tenga de dar. El avaro preocupado por la perdida de sus cosas será el verdadero indigente, empobrecido interiormente por mucho que posea.

Esta mañana, mientras reflexionaba sobre estas cosas escribía: «Dicen que el paraíso era aquel lugar donde el ser humano y la naturaleza eran uno. Cuando encontramos nuestra individualidad, nos separamos de la naturaleza y nos llenamos de vacío y soledad interior. ¿Cómo volver al paraíso? Sólo se me ocurre de una forma posible: amando. Amando con esfuerzo y conocimiento, llenando cada rincón de vacío con un abrazo y una sonrisa».

Reconquistemos el paraíso desde la generosidad y el gesto amable, desde la sonrisa y el amor. La revolución silenciosa está llegando. Se palpa, se huele, se practica. Seamos protagonistas de este cambio.

LA COMUNIDAD DE FINDHORN, UNA ESCUELA DE MISTERIOS


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Javier, Ana y Maita son los facilitadores que nos guían por las múltiples actividades que vamos a desarrollar durante la intensa semana de experiencia. Javier era psicólogo de profesión en Madrid. Un día, cansado del mundanal ruido de la vida en ciudad decidió dar un giro a su vida y terminó en Findhorn. De eso hace más de veinte años. En los primeros días de su estancia en la comunidad, cuando el mismo estaba ofreciendo lo que aquí llaman “amor en acción”, es decir, los trabajos que se realizan en toda la comunidad, tuvo una revelación. Aquella mañana le había tocado limpiar el musgo de los jardines de Cluny, una de las áreas de la comunidad que se encuentra a unos kilómetros de aquí, un antiguo hotel reconvertido en comunidad. Era invierno y llovía y no entendía qué hacía allí, porqué abandonado su cómoda vida de psicólogo para terminar quitando musgo. En ese momento sintió una voz interior que le dijo: “no has venido al mundo para hacer nada, sino para ser”. No importa lo que hagas, nos explicaba Javier, lo que importa es con la intención o el propósito, con la consciencia que apliques a cada acto de tú vida.

Aquí la luz entra muy temprano por los ventanales de la casa ecológica. A las cuatro de la mañana empiezan los primeros rayos de luz que nunca se ven. A las siete ya estás desvelado y pronto empieza la jornada. Todo el día se vive en esa neblina gris que cubre todo el cielo y durante el día tienes que ir bien abrigado a pesar de ser mediados de julio.

Vivir en una ecoaldea tiene sus peculiaridades. Al ser domingo media comunidad estaba concentrada a las nueve y media en el “Meeting room” del Centro Comunitario para participar en los cantos de Taize. Todos los días a las ocho menos cuarto hay una breve celebración de estos cantos después de la meditación de las seis y media. Pero al ser domingo la celebración se ha alargado y la participación rondaba casi las cien personas.

También, al ser domingo, hemos comido a las once de la mañana. La hora habitual es comer a las doce y media y cenar a las seis. Después de comer hemos tenido un tiempo para trabajar en grupo, presentarnos, hacer alguna dinámica y marcharnos de visita a Cluny. El paseo ha sido interesante porque allí Ana, la cual ha sido hasta hace unos meses la directora de la Comunidad, nos explicaba el origen espiritual de la misma. Un origen teosófico y rosacruz, conectado con el cristianismo esotérico y con el sufismo, ya que los tres fundadores pertenecían a una de estas ramas de la espiritualidad. Ana lo ha expresado de forma muy clara y sin tapujos: Findhorn es una comunidad de Servicio pero también una escuela de misterios. Es muy interesante esta definición por muchos matices que tienen que ver con esas cosas que no entendemos pero que la vida lo muestra, ante nuestra ignorancia, como un “misterio”. Existen los misterios mayores y los misterios menores, así como las Escuelas de Misterios Menores y las Escuelas de Misterios Mayores tal y como lo explica la antigua tradición. Las escuelas sirven para enseñarnos a comprender los rasgos y particularidades de esos misterios, y sobre todo, para identificarlos ante el ser, ante la presencia una.

Tras un paseo hermoso por los jardines de Cluny hemos vuelto en el autobús de la comunidad, hemos cenado y hemos hecho más dinámicas de grupo con bailes y danzas que intentaban inculcar algún tipo de valor o intención. Luego hemos repartido las áreas de servicio y me ha tocado en la cocina de la comunidad de Cluny, a la cual dedicaré las próximas mañanas para reencontrarme, entre ollas y guisos con el “ser” y sus “misterios”. Que así sea.

Un llamado al Servicio


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En estos tiempos de egoísmo y hedonismo extremo se ha perdido el sentido de la palabra servicio. La Sabiduría Eterna siempre ha expresado el servicio como una oportunidad de avanzar interiormente, de ponernos en contacto con el verdadero sentido de la vida, con la llama que elimina lo no esencial a cambio de aportar luz en nuestras vidas.

Hay personas que dan su vida y su amor, su tiempo y su dinero por causas mayores a la de sus propios intereses. No lo hacen por una falta emocional o un conflicto interior, si no porque han comprendido la responsabilidad profunda de ser humanos completos, capaces, alejados de la separatividad existente en el plano de la materia y cargados de entrega y vocación hacia un propósito mayor, de unidad, de comprensión y de valores sentidos.

Han comprendido que el ciclo de destrucción ha terminado y ahora toca apostar por construir un nuevo mundo, de saberse constructores que se ponen a trabajar afanosamente, primero ordenando su propia vida para luego volcarse a la cimentación del edificio social y humano.

La unidad del mundo, la hermandad, el intercambio, la comprensión de que existe un grupo de personas que trabajan activamente por el bien común, de forma invisible, silenciosa, desinteresada, capaces de provocar los cambios positivos que este mundo necesita. Hay cientos de personas que están por esa labor, y miles que los apoyan en silencio y de forma desinteresada, desde sus posibilidades, para que el trabajo sea más fructífero y llevadero.

Esa visión siempre nos lleva a completar el interrogante esencial: ¿cómo podemos ayudar más eficazmente? Pero es tanto y tanto lo que hay que hacer que casi no queda tiempo para entretenernos con la duda. Hay mucha necesidad y también mucha oportunidad de servicio. A veces tan solo con pequeños gestos diarios, en nuestro entorno más inmediato, limpiando nuestra personalidad y ego de frustraciones o emociones caducas. Otras reparando relaciones enemistadas, con amigos, con vecinos, con conocidos. O apoyando a causas mayores, o impulsando esa avanzadilla que ha entregado al cien por cien, bajo renuncias y sacrificios, su vida entera para ofrecerla en el altar del servicio a la humanidad. Tenemos ejemplos por todas partes. Personas que han fusionado en sí mismas virtudes latentes y han sido capaces de renunciar a sus intereses para trabajar constantemente en los intereses generales.

Esto no tiene nada que ver con un idealismo ingenuo o una llamada desesperada a la urgencia de los tiempos que corren. Significa un paso hacia una responsabilidad mayor. Empeñar parte de nuestras vidas en entender que existe la necesidad de apostar por un mundo más completo, mejor, alejado de las ambiciones y frustraciones personales y más cerca de la fraternidad entre todos los seres.

Eso significa alejarnos de la frustración, de la apatía y la depresión, de la tristeza y del egoísmo. Desviar la atención sobre lo que nos parece doloroso para poder contemplar el paisaje de la vida con una mayor amplitud de miras. A veces estamos tan centrados en nosotros mismos, en nuestros dolores de pies, que olvidamos el verdadero sentido de caminar por la existencia. Olvidamos que somos seres comunes, pero espiritualmente orientados hacia metas mayores, hacia una consciencia más amplia de todo lo que acontece. Y esa inevitable orientación, esa intuición necesaria nos ha de conducir hacia una responsabilidad mayor, alejándonos de las quejas continuas de nuestras vidas y buceando en la comprensión amorosa y amplia de una vida más amplia.

Debemos alejar de nosotros el temor hacia esa comprensión mayor y acercar la necesidad de servir a esa causa que interiormente nos llama. Una causa que siempre empieza por los pequeños detalles de la vida cotidiana. No hay coerción ni presión. Sólo el vasto abanico de la experiencia que nos espera impaciente para completar el ciclo. Siendo así, existe una vida liberadora que nos está esperando.

Ponerse a salvo del Sistema es ponerse a salvo de sí mismo


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El Sistema no es una palabra rimbombante. Ni una entelequia más. Es nada más y nada menos que la suma de nuestras individualidades. Es decir, el Sistema es el alma que se alimenta del conjunto de los seres humanos. Realmente el Sistema y la Estructura que lo soporta es el producto, la suma de todas nuestras acciones, nuestras emociones y nuestros pensamientos.

Siendo así, la sospecha nunca debe recaer sobre el Sistema, sino sobre nosotros mismos. Hay en esto siempre un error de perspectiva. Tendemos a señalar al otro o a lo otro como culpables de nuestras desgracias. Lo fácil es decir que el Sistema hace aguas o que el Sistema está mal o que el Sistema es abominable, sin caer en la cuenta de nuestro grado de responsabilidad en cuanto al mismo. Somos nosotros, con nuestras acciones egoístas, nuestros pensamientos estrechos, nuestras emociones corruptas y en general, nuestra ignorancia y ceguera los que pervertimos constantemente al Sistema.

Por eso es necesario ponerse en cuarentena no tan sólo del Sistema, sino también de nosotros mismos. Analizar una por una nuestras vidas y nuestras formas de relacionarnos con el otro, con lo otro. Especialmente nuestra forma de relacionarnos con el prójimo y con la Naturaleza.

Existen inteligentes pensadores y críticos eruditos que nos advierten del momento pesimista en el que nos encontramos. Aluden a la necesidad imperante de parar. Parar el egoísmo, el consumismo, la necesidad de poder por el poder, la necesidad de competir por competir. Sugieren que cambiemos nuestras formas de pensar, de entender el mundo. Que empecemos por consumir momentos de felicidad, y no cosas. Que cambiemos los objetos por las experiencias.

Que en vez de cambiar el coche cada cuatro años bajemos nuestra jornada laboral para que podamos disfrutar más de nuestro tiempo. Que en vez de consumir perpetuamente cosas inútiles vayamos más al campo, disfrutemos de los amigos y empecemos a consumir instantes de experiencias únicas e irrepetibles. Cuando estemos en el atardecer de nuestras vidas nunca vamos a recordar cuantos zapatos gastamos al año o cuantos vestidos nos compramos en tal o cual fecha. Pero sí recordaremos ese viaje, ese encuentro, ese abrazo.

La educación a nuestros hijos ya no puede basarse en la competitividad, sino en el apoyo mutuo, en la cooperación. Ya no podemos inculcarles el modelo de tener cosas, las mejoras cosas, sino que debemos, responsablemente, advertirles de la necesidad de poseer mejores momentos y experiencias. La educación, la reeducación hacia un nuevo modelo salvará a las futuras generaciones del choque frontal al que estamos abocados si no somos capaces de parar esta máquina de ceguera. El Sistema colapsará tarde o temprano, o la propia Naturaleza lo hará colapsar si no somos capaces de abrirnos a una nueva forma de entender la vida.

Debemos ponernos a salvo del Sistema que hemos proyectado, y debemos empezar poniéndonos a salvo de nosotros mismos.  ¿Cómo hacerlo? Debemos reemplazar la actual estructura moral, nuestros valores y prioridades. Sobre todo, debemos cambiar nuestra conducta y nuestros hábitos más arraigados, desde nuestra forma de comer hasta nuestra forma de interaccionar con el medio. Conductas y hábitos que por ser “normales” en nuestra sociedad los normalizamos en nuestras vidas ordinarias sin darnos nunca cuenta de cuan desastrosos son para nosotros mismos y para el conjunto. Tenemos mucho por hacer para cambiar el Sistema, pero sobre todo, mucha tarea para cambiar nosotros mismos. Hagamos nuestra parte. Labremos nuestra parcela de cambio.

Sampedro que estás en los cielos


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«Pensamos que dirigimos los acontecimientos y la historia, pero hay unos límites enormes, porque no somos autores sino protagonistas de un guión que escribe la vida«. José Luis Sampedro

Cuando de jóvenes íbamos a la universidad siempre nos preguntábamos porqué no hacían ministro de economía a Sampedro, a ese hombre cabal, humano e inteligente capaz de señalar el camino de la bondad con su mirada. Leíamos sus libros no sólo con interés, sino con extrema ilusión. Acudíamos a sus charlas y sus clases ensimismados. La admiración que siempre hemos sentido por él era casi amorosa. Un hombre libre, un hombre bueno, un hombre perfecto de mirada limpia y corazón puro. ¿Por qué nunca tuvo la fuerza para reconducir la ética económica, el cambio de paradigma político, la estructura del poder? Porque los humanos buenos siempre son peligrosos, y los humanos puros, olvidados.

Pero nuestra generación nunca podrá olvidar su bondad a la hora de mirar al mundo. Nunca podremos renunciar a su visión, a su inteligente y sabio razonar. Porque si Sampedro era algo, es precisamente eso, un sabio. Por eso penetró en nosotros y nos preñó con su ejemplo. Por eso se hizo inmortal ahora en su hora, porque está dentro de nosotros.

Las etiquetas de humanista, de pensador comprometido, de intelectual activista solo son etiquetas. A nosotros nos gustaba contemplarlo en silencio para algún día, de mayores, ser como él. Morir sabios, morir dignos, morir grandes. Sampedro, Maestro, Luz en el Sendero, tú que estás en los cielos de la aparatosa fraternidad y reinas en nuestros corazones, guía nuestras almas hacia la lucha por la libertad, la justicia, la razón y la igualdad entre los hombres y mujeres que aspiramos a ser humanos de buena voluntad. Guíanos ahora, que llegó tú hora, por los siglos de los siglos. Amén.

El nacionalismo ante la filosofía Oriental


barquero 

“Verdaderamente, debido a este egoísmo insaciable, condicionado por este egoísmo insaciable, impelido por este egoísmo insaciable, enteramente movido por este egoísmo insaciable, reyes luchan contra reyes, príncipes contra príncipes, sacerdotes contra sacerdotes, vecinos contra vecinos, la madre disputa con el hijo, el hijo con la madre, el padre con el hijo, el hijo con el padre, el hermano disputa con el hermano, el hermano con la hermana, la hermana con el hermano, el amigo con el amigo. De esta manera, debido a esta discordia, disputando y luchando, se echan unos sobre los otros con puñetazos, palos o armas. Y aquí y allá sufren muerte o dolor mortal”. Buda.

Según leía hoy en las palabras del venerable Saddhatissa, el punto central de la doctrina budista es que no hay algo que no dependa de alguna otra cosa. Nada puede surgir por su propio acuerdo, independientemente. Ponía el ejemplo de la lámpara que permanece ardiendo a causa de la mecha y ésta a su vez depende del oxígeno, la temperatura, etc. Igualmente la mecha es el resultado de hilos de algodón entrelazados, y el oxigeno es una combinación de elementos. Todo lo que existe en la creación forma parte de lazos e interdependencias que no pueden anularse, ignorarse o rechazar.

Las personas que se conocen entre sí y que se relacionan forman parte de una red invisible tejida en lo que los ilustrados llamaban la unidad psíquica de la humanidad. No podemos aislarnos los unos de los otros, ni negar al otro, porque al hacerlo, sería como negarnos a nosotros mismos. La negación del otro forma parte de ese lado oscuro de nosotros mismos que no queremos aceptar o no queremos transcender. Cuando vemos en el otro algo que no nos gusta realmente estamos proyectando algo de nosotros mismos que nos molesta. El otro, realmente, nos sirve como espejo y maestro para adivinar nuestras zonas erróneas. Por eso cuando lo rechazamos, nos estamos rechazando a nosotros mismos.

Ocurre lo mismo con las naciones y los pueblos. Un pueblo no puede conquistar a otro, pero tampoco puede negarlo. Todo tiene un origen dependiente. Todo ocurre porque depende de alguna otra causa. Por lo tanto, hablar de independencia es utilizar un término inexacto. Al igual que lo es hablar de emancipación de los pueblos, porque los mismos nacen siempre libres y se rigen por leyes que los propios pueblos han creado para organizar sus fuerzas y deseos. El pacto en el cambio de esas leyes debe ser consensuado por todos sus integrantes, y siempre desde la inteligencia que respeta las propias leyes naturales de la interdependencia. Nadie puede vivir aislado de nadie, y ningún pueblo podría sobrevivir aislado de sí mismo.

El pensamiento ilustrado siempre ha pretendido mitigar las diferencias alabando todo aquello que nos une como ideal mayor de convivencia. Ese ideal mayor debería permitir la expresión libre de cada sujeto, pero también la aceptación libre del destino común como humanidad Una. Sólo sintiéndonos parte de esa humanidad nos alejaremos de los egoísmos patrios o nacionales y superaremos la crisis de identidad en la que estamos sumidos.

Pedagogía Comercial


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Es increíble la falta de civismo que existe en nuestra sociedad, incluído en los pequeños gestos diarios. Hay gente que nos piden libros contrarrembolso. Para nosotros es una fórmula que no aporta ningún beneficio ya que el envío contrarrembolso supera el coste de los seis euros, pero por cortesía comercial solemos enviarlo. Cuando el cliente, en un acto de descuido, vagancia o cara dura no recoge el pedido (y es algo que suele pasar con demasiada frecuencia), esto nos ocasiona unos gastos extras considerables. Aisladamente no ocurre nada, pero cuando son demasiados, resulta casi asfixiante.

Como no nos rendimos ante ninguna causa, en nuestra editorial le remitimos esta carta que pretendemos sea pedagógica, y aunque nos cueste mucho más dinero y mucho más gasto, preferimos hacerlo así y de paso educar cívicamente a personas que no piensan en los otros y en el daño, directo o indirecto, que pueden ocasionar, incluso a una modesta empresa como la nuestra. En fin, los pequeños gestos del día a día.

 

Estimado cliente (personalizamos con su nombre),

El 14 de febrero nos solicitó el libro «Nombre del Libro», el cual le remitimos puntualmente a la dirección que nos facilitó, con pago contrarrembolso.

Este libro ha sido devuelto por Correos, con los gastos añadidos que este tipo de devoluciones ocasionan (3,7€). 

Sin contar con los gastos de devolución, el importe tan solo del contrarrembolso es de 5,30€ más los gastos de ingreso en nuestra cuenta más el coste del empaquetado. Es decir, que nuestro margen comercial para un libro de un PVP de 10€, como verá, es mínimo o ninguno. 

Le volvemos a enviar el libro sin coste alguno. Nuestra única motivación es que pueda disfrutar del libro y que apele en el futuro a la responsabilidad con respecto a las solicitudes de envíos contrarrembolso, ya que en los tiempos que corren, supone para nosotros unos gastos insoportables. 

Agradeciendo su comprensión, reciba un cordial saludo,

 

(Foto: Hoy he recibido dos devoluciones contrarrembolso con un coste de 7,4€ que hemos tenido que pagar al cartero por gastos de devolución. El coste de lo que sólo hoy hemos pagado a Correos por el incivismo es mucho mayor que el precio del pantalón de pana que ayer compré en las rebajas. No es que me salga la vena catalana, pero es que los tiempos que corren no merecen este tipo de cosas).

Gracias Hessel


 Stéphane Hessel

Vivía en una embajada cuando compré el libro de Hessel. Parecía paradójica mi situación, pero nunca tuve prejuicios de ningún tipo a la hora de entender las diferentes formas de vida dentro de los grupos humanos. Aprendí a adaptarme sin juzgar o rechazar comportamientos y estatus. El problema humano, y en esto estoy en contra con Marx, no era un problema de clases. Porque en el fondo, la clase obrera, si a algo aspira, es a convertirse en clase burguesa, y la burguesa, a imitar a la clase aristócrata, la falsa ilusión de ser reconocidos de forma especial, o de ser tratados con especial distinción. El tiempo lo ha demostrado, quizás con contadas excepciones. Todos aspiramos a ser iguales, pero no a ser justos. O mejor dicho, todos aspiramos a tener más y más, pero no a compartir lo que tenemos. Y en esto, no importa de qué clase seamos. Por eso en este sentido entiendo más a Hegel que a Marx: el humano necesita reconocimiento, y la lucha de clases, en todo caso, es producto del mismo.

Pero Stéphane Hessel quiso ir más allá a la hora de denunciar la crisis financiera en la que estábamos. Ya no se trataba de una cuestión de clase ni de reconocimiento. Se trataba, según sus palabras, de una estafa a gran escala. Una estafa seguramente no premeditada. No creo en las teorías de la conspiración, de un grupo de humanos vestidos de negro encerrados en una sala oscura, fumando un gran puro y viendo como pueden joder al personal. Fue una estafa del humano para el humano, porque en el fondo, todos, de todas las clases, salimos perjudicados en el corto y en el largo plazo. Por eso la indignación de Hessel era más una rebeldía metafísica hacia nuestra propia condición que un cabreo puntual. Y por eso agradecí que una persona de su edad se levantara y luchara hasta el final de sus días por esa causa.

Nunca me he imaginado haciendo un viaje de placer, cogiendo treinta días y dedicarlos a estar tumbado en una paradisiaca playa mirando el cielo. Si alguna vez habéis estado en África o habéis paseado por nuestros propios barrios marginales entenderéis a qué me refiero. Por eso tampoco concibo la jubilación como un retiro dorado donde dedicarme al placer del disfrute vital. El disfrute está en el día a día y en la promesa de hacer de este mundo bueno, un mundo mejor. Y por eso de mayor quiero ser como Stéphane Hessel, tener más de noventa años y seguir indignado por todas las injusticias del mundo. Así que gracias por tu ejemplo y gracias por habernos despertado de nuestro letargo social. Descansa en paz, si es que eso es posible en el otro lado.

Sobre la hipocresía de la carne de caballo


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Si pudieras ver o sentir el sufrimiento, no lo pensarías dos veces. Vuelve a la vida. No comas carne”. Kim Basinger

Se llama carne de ternera a la carne de las vacas que se han criado por lo menos seis meses de edad hasta el momento del sacrificio. El sacrificio significa aplicarle una muerte lo más rápida posible, desangrándolas, con un corte profundo en la carótida que puede llegar al corazón. Se deben mover repetidamente las patas para bombear fuera toda la sangre posible y luego pasar al desguace de todas sus partes.

La mayoría de los seres humanos de la llamada “civilización” occidental delegan este trabajo a otros, pagando ya por un trozo de ese animal cuya vida no llegó a los seis meses en el mejor de los casos.

En la hipócrita sociedad en la que vivimos, contemplamos con horror como unos productos de ternera han sido mezclados con carne de caballo. Como si el caballo fuera algo noble y la ternera algo que necesariamente debe pasar por la piedra del sacrificio. Todos dándose golpes en el pecho y haciendo del acto atroz de comer carne de caballo algo terrible mientras que no les importa hacer lo mismo con la tierna y jugosa carne de ternera. Todos rasgándose las vestiduras por ese amor a los perros, a los gatos y a nuestras mascotas mientras que por otro lado nos comemos a sus congéneres.

Quizás esto ocurra por desconocimiento, porque estamos más acostumbrados a ver la mirada de un caballo y negar la increíble mirada de una ternera. Quizás todos los seres llamados “civilizados” deberían dar un paseo por una granja sacrificando su tarde de compras o de fútbol y contemplar, aunque sea por un instante, la mirada de uno de esos “animales”.

Quizás algún día el “civilizado” occidental comprenda que la vida de una vaca no merece ser sacrificada para mantener una dieta a base de cadáveres y podredumbre, y que esa dieta puede ser cambiada por productos menos agresivos a la sensibilidad de cualquiera que posea un mínimo de civismo ecológico no sólo hacia los seres sintientes, sino también, y de paso, hacia su entorno y hacia sí mismo.

Tratado sobre la ignorancia y sus consecuencias


ignorancia

Todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas”. Albert Einstein

Si no peleas para acabar con la corrupción y la podredumbre, acabarás formando parte de ella”. Joan Baez

Siguiendo los consejos de una amiga, titularé así este artículo, aunque también se podría titular de tantas maneras como imaginación tuviéramos a la hora de analizar la peste que recorre a nuestra sociedad. Y utilizo la palabra peste porque parece como si se tratara de una epidemia imparable que terminará por destruir -afortunadamente- toda esa podredumbre que nos envuelve.

La peste tiene sus propios síntomas y se manifiesta últimamente en la aparición de corruptos por todas partes. Especialmente en la política y la economía, no sólo amigos de lo ajeno, sino amigos de casi todo lo que tenga que ver con las malas artes y prácticas en cuanto a conducta y honorabilidad se refiere. Esta última palabra me hace especial gracia en nuestra cultura, donde lo honorable se perdió para siempre, es decir, se perdió la dignidad de tener honor y respeto hacia el otro y lo otro.

Sin embargo, no debemos estigmatizar al corrupto por sus malas artes. ¿Quién no, a veces intoxicado por otro, se ha corrompido alguna vez? Los que aparecen por méritos propios en la tele no son más que un arquetipo social que se reproduce una y otra vez a lo largo de la historia. Es, digámoslo así, un mal endémico.

Corrupción política, corrupción empresarial, corrupción policial, corrupción urbanística, corrupción ambiental, corrupción tributaria, corrupción sexual, corrupción deportiva, incluso corrupción lingüística o corrupción de materiales. De todas ellas, la definición de esta última es la que más me gusta: la alteración de la pureza o integridad de una sustancia, tanto si es por su desmembración, por la mezcla con otras sustancias o por la desviación de su curso esperado.

Porque realmente eso es lo que ocurre: una alteración del alma humana y de su integridad. La cultura, la mala cultura, y la educación, la mala educación, son la base de este espolio del alma, de esta peste que se extiende cada vez más por la masa uniforme.

Por eso la peste no es más que la ignorancia en su estado mayor, manifestándose con síntomas cada vez más difíciles de combatir con los anticuerpos propios de la cultura, la educación y la sanidad (recordemos que precisamente esto es lo que la ignorancia más ha recortado en los presupuestos a favor de bancos y banqueros, es decir, los amigos de lo ajeno, los que administran y dirigen nuestros ahorros y depósitos para crear “riqueza”).

Y la plaga se extiende en todos y cada uno de nosotros. Por ejemplo cuando sacamos al perro en la gran ciudad y no somos capaces de recoger, con perdón, su mierda. Cuando mentimos a nuestras parejas, padres o hermanos o robamos a nuestros amigos. Cuando engañamos a nuestro cliente o embaucamos a nuestro proveedor. Cuando insultamos al diferente y maltratamos al otro. Cuando cerramos el corazón y somos egoístas. La peste nos persigue y se apodera de nosotros y de nuestras vidas, de nuestras gentes, de nuestro sentido de la existencia. No son los corruptos, es nuestra común ignorancia. ¿Cuál es el antídoto? Más cultura, más libros, más enseñanza, más sanidad (la nuestra propia me refiero, ¿cuándo dejaremos de fumar, de emborracharnos -vivimos embriagados y no nos damos cuenta-, de drogarnos, de mutilar nuestros estómagos con restos de cadáveres…?)… En definitiva, luz ,más luz…

Business Angel


angel

«Nos ganamos la vida con lo que conseguimos, pero hacemos una vida con lo que damos«. (Winston Churchill)

Siempre que pensamos en los empresarios ponemos clichés y tópicos baldíos que los clasifican como seres ambiciosos, oscuros, interesados e inaccesibles. Por suerte, ese cliché está cambiando y cada vez vemos a más personas del mundo de la empresa con un marcado perfil que difiere del tradicional hombre de negocios. Son personas con consciencia, capaces de ver el mundo de la empresa como un lugar de desarrollo personal y colectivo donde es posible influenciar positivamente en el cambio de modelo. Desarrollan una actitud diferente ante el reto de crear riqueza y compartirla de forma más generosa con su entorno, ya sea creando un valor positivo para la sociedad o repercutiendo los beneficios en colectivos más vulnerables.

Hay personas del mundo económico que pueden ayudar a crear ese tipo de nuevas empresas, con una nueva ética del trabajo y del reparto de los beneficios. Son conocidos como Business Angel, personas, grupos o redes que invierten su propio capital (no el de terceros, como hacen las empresas de capital riesgo) para ayudar a otros a conseguir sus metas empresariales. Es bueno saber que existen, es bueno para la sociedad que existan y es bueno para todos que puedan haber personas que entiendan el mundo emprendedor como una oportunidad de cambio y desarrollo.

Hay muchas personas que están ayudando a materializar el cambio que el mundo necesita, y esas personas, silenciosas y anónimas, existen en todos los estamentos de nuestra sociedad, inclusive en el económico y empresarial. Alentémoslas y ayudémoslas en su buena labor.

Vigilia mañana en Madrid


vigilia

 

Leemos los grandes acontecimientos planetarios como oportunidad de acrecentar nuestra unión ya en lo interno, ya en lo externo. Las estrellas nos invitan a avanzar, en esta hora tan definitiva, hacia ese centro donde todos/as nos podemos encontrar. La unión interna está ya llamada a manifestarse a la luz del día. Siete movimientos espirituales y sociales nos hemos unido con ocasión del tan señalado 21 de diciembre del 2012, en un acto de comunión, en un espacio de co-creación.

http://www.vigiliadeluzycreacion.blogspot.com.es/

No reivindicamos, asumimos nuestro compromiso con este tiempo grande para el que nos voluntariamos al otro lado del velo. No reclamamos, asumimos nuestro poder aquí y ahora, para juntos/as cocrear la Nueva Tierra, para juntos levantar el nuevo Reino de Paz, Justicia y Fraternidad.

Os podéis sumar a la iniciativa con vuestra presencia, con la adhesión de vuestro grupo, con la difusión del encuentro, con la participación directa en el amplio programa de la vigilia y posterior caminata sagrada… No tenéis más que contactarnos. Ahora más nunca en estos tiempos trascendentales, manifestamos nuestra firme voluntad de caminar, de avanzar más y más unidos/as…

La cita es a las diez de la noche del viernes 21 de diciembre en el Polideportivo del Colegio de los Agustinos, junto al Santiago Bernabeu, en el Corazón de Madrid…

Enlace:
Toda la información en: http://www.vigiliadeluzycreacion.blogspot.com.es/

Cumplamos nuestra parte


«Dirige tus pasos allá donde el camino es más duro; toma sobre ti lo que el mundo rechaza; haz lo que el mundo no hace. Marcha contrariamente al mundo en todas las cosas. Así llegarás por el camino más corto hasta Dios. O ¿es que os creéis que es pecado preguntar por el camino?» Jacob Böhme

Hoy hemos dirigido nuestros pasos hacia un lugar de paz. Allí había ángeles que nos hablaban de Dios, de luz, de amor, de compasión, de transparencia, de belleza. A veces es hermoso poder disfrutar de este privilegio. De la posibilidad de sumergirte en otra dimensión, en otro mundo, en ese reino de los cielos que se atreve a manifestarse de vez en cuando aquí en la tierra. ¿Y por qué no abrazarlo y disfrutarlo cuando eso ocurre?

Luego salimos a la calle. Hacía frío lejos de ese estado angélico. Nos paramos justamente en lo que parecía un hotel callejero, ambulante. Allí dormían abrigados entre mantas media docena de criaturas. Me hubiera gustado acercarme con cautela, como hacía hace años cuando intentaba llenar de cierta esperanza a esas gentes de la calle. Recuerdo que ayudamos a montar un albergue y conseguimos abrigar con cama y comida a una veintena. Eran otros tiempos…

Así que me quedé con ese sentimiento de esperanza que de alguna forma nos ayuda a transformar un trozo de este mundo. Pensé, como decían los ángeles, que si cada uno de nosotros transformamos nuestra parcela en un remanso de paz y luz, quizás eso contagie al resto. Ojalá cumpla mi parte, aunque sea con estas letras, con estos momentos, con estos breves abrazos en lo intangible.

Pensamientos Simientes, de la Fundación Ananta


La Fundación Ananta envía todos los días unos hermosos pensamientos simientes que nos ayudan a la reflexión y a profundizar sobre las cosas intangibles y sobre todo aquello que nos interesa y preñan nuestra mirada interior. Si queréis recibirlos, podéis escribir al presidente de la Fundación, Joaquin Tamames, (joaquintamames@fundacionananta.org) para que os añada en la lista de envío.

Os dejo el pensamiento simiente de hoy:

«¿Qué diferencia hay entre un materialista y un espiritualista? Para tomar una imagen muy simple os diré que el espiritualista transporta por todas partes su casa con él, mientras que el materialista no puede desplazarla. Sí, el espiritualista, para quien los tesoros verdaderos son interiores, lleva siempre consigo su bagaje de alegría, de felicidad, de expansión, (ésta es su casa), mientras que el materialista no puede desplazarse con todo lo que posee, debe dejar la mayor parte en su sitio.

En realidad, el ser humano sólo es rico en la medida que tiene conciencia del ser. Si el espiritualista no es consciente de su riqueza, es más pobre que todos los materialistas. Pero si aprende a expandir su conciencia, se siente en contacto con todas las almas evolucionadas del universo que le dan su ciencia, su luz y su alegría. Y entonces, ¿qué materialista puede compararse a él? Incluso las piedras preciosas y los diamantes palidecen ante el centelleo de todos sus tesoros interiores.»

Omraam Mikhaël Aïvanhov (1900-1986). “Pensamientos cotidianos”, Editorial Prosveta. Imagen: la cumbre del Mont Blanc (28 julio 2010) (foto de Jonás Cruces  <http://www.todovertical.com/

Una mente libre y un corazón compasivo


Conocí a Sister Jayanti en la comunidad de Mount Abu, en uno de los retiros organizados en India. Luego coincidí con ella en otro retiro al que me invitaron amablemente los amigos de BK en Oxford hará un par de años. Mi experiencia con el movimiento BK siempre ha sido muy positiva, hasta el punto de que organizaron muchos retiros y encuentros en mi casa de La Montaña. Los vecinos del pueblo se asustaban porque pensaban que algún tipo de secta diabólica había invadido el pueblo. Pero nada más lejos de la realidad, en todo caso, una secta angélica, ya que sus miembros son todo amor, personas de buena voluntad capaces de transformar tu vida con tan solo mirarte. Auténticos ángeles en la tierra, que intentan inculcar una forma diferente de vida y convivencia. Hablo de ellos en mi tesis doctoral y les estoy muy agradecidos por todo lo que siempre han hecho para poder entender las diferentes formas de acercarnos a la espiritualidad de nuestro tiempo. Así que os invito, sin prejuicios y sin ningún tipo de dogmas, a que podáis escuchar las enseñanzas de esta hermosa mujer.

Entradas «Contigo somos más paz VII»


Estimados amigos,

debido a la participación de Editorial Séneca y Nous en el evento de Contigo somos más paz, tenemos entradas a la venta para que ayudéis a difundir dicho evento. Por favor, si necesitáis entradas, pedídmelas a mi correo: javier.leon@editorialseneca.es

Podéis hacer el ingreso de su importe (10€) en beneficio de Colores de Calcuta a la siguiente cuenta: La Caixa: 2100 4448 32 02 00017410

No olvidéis invitar a amigos y familiares, tanto Suzanne Powell como Emilio Fiel no os dejarán indiferentes.

Graciasssssssssss y allí nos vemos en septiembre…

Hacia el camino de la bondad


«Lo esencial es invisible a nuestros ojos». El Principito, de Saint- Exupéry

Siempre he creído, contradiciendo a Hobbes sobre la cuestión de que el hombres es un lobo para el hombre, que los seres humanos somos bondadosos por naturaleza. Lo somos siempre y cuando nuestras mentes y nuestras vidas no están distorsionadas ni nuestra visión afectada por la falsa enseñanza de los intereses egoístas. Realmente, superado el estadio animal y convertidos en seres humanos, la bondad es la materia prima que nace de nosotros. Y esa bondad requiere de pequeños detalles, de cierto control de nuestra naturaleza más primitiva.

Ayer pasamos una velada hermosa de conversación profunda e interesante con M. De cena había vichyssoisse y croquetas vegetarianas de espinacas, cebolla, patata y zanahoria. Todo riquísimo. Llegué tarde de la meditación, así que esa fue excusa para empezar la amena charla sobre las diferencias entre meditar al estilo oriental y orar al estilo occidental. Explicaba, según mi concepción, que para mí era lo mismo, que meditar y orar pretendía acercarnos a eso que el cristianismo llama “hágase tu voluntad y no la nuestra”. Una especie de conexión con el quinto reino, el reino angélico, el reino de las almas, lo que los cristianos llaman el reino de Dios o cielo y en oriente llaman nirvana. Quise hacer paralelismos entre una religión y otra, entre el concepto de culpa cristiano y el karma en otras tradiciones. Karma, Samsara y Nirvana son conceptos que pueden explicar algunas ideas muy definidas en el cristianismo más esotérico.

En todo caso, en la conversación, siempre me quedaba la misma respuesta interior. Lo importante es la bondad humana. Incluso esta mañana, cuando M. me preguntaba sobre un desagradable episodio de no hace muchos meses, pensaba interiormente que ya estaba todo olvidado y de que aunque alguna vez alguien se comporte como un lobo con nosotros, es importante no perder nuestro centro, nuestro recto esparcir de conciencia humana y ser siendo, incluso en las peores crisis, seres humanos bondadosos independientemente de nuestras creencias, de nuestra epidérmica opinión sobre la existencia y de nuestros más profundos ideales. No hay mayor bien que la bondad y no hay mayor provecho para nuestra raza humana que la de ser completamente bondadosos con el otro.

Sirviendo a la Humanidad


Estimados,

estamos terminando la edición del libro  «Sirviendo a la Humanidad». Tanto la maqueta como la portada están ya listas y entrarán la próxima semana a la imprenta.

Hemos decidido que este no será un libro comercial, es decir, no estará puesto a la venta a precio comercial (aunque se anunciará en la editorial con un precio simbólico y lo enviaremos gratuitamente a quién así lo solicite), sino que será regalado tal y como su autor deseaba con respecto a sus enseñanzas: «dad gratis lo que recibáis gratis».

Creemos que es un libro que merece la pena difundir, por ello os animo a que nos digáis cuantos necesitáis para compartir con vuestros grupos o amigos.

Por favor, hacedlo a la siguiente dirección: nous@editorialnous.com

Hacia la próxima revelación


«La revelación revela lo que está siempre presente; no revela en realidad algo nuevo y desconocido hasta ahora.» (D.K.)

Cuando nos desprendemos de la pesada carga de nuestras limitaciones personales y sociales, se muestra ante nosotros un campo de experiencia diferente. No nuevo, porque siempre estuvo ahí, pero sí, al menos para nosotros, ciegos y cegados, sí una nueva visión. Es evidente que esto está ocurriendo, ahora mismo, en este instante, y que existe un nuevo concierto social, una nueva luz y un nuevo sumidero de ilusiones y esperanzas que antes no existían, o mejor dicho, no percibíamos. La sociedad en su conjunto despierta al poder de saberse poseedora de la necesaria voluntad para cambiar y transformar situaciones difíciles. Tras años de auténtica oscuridad, ceguera e ignorancia, estamos abriéndonos hacia un nuevo amanecer donde el contrato social parece estar vinculado a otro tipo de energías y poderes.

Ese despertar es común, aunque algunos tardemos más en captar el nuevo paradigma y otros nos excitemos en exceso ante las pioneras ideas que deberán emanciparnos en el futuro. Esa excitación es imprudente, porque los cambios sociales solo pueden entenderse en el largo plazo, y todas las tendencias que ahora están naciendo en el jardín social deberán madurar durante al menos doscientos años para ver su luz.

Así, unos por pasivos y otros pocos sobreexcitados ante la posibilidad de cambio inminente, existe cierta y errónea postura de unos y otros.

La prudencia nos dice que el cambio es necesario, aunque la prudencia siempre había mantenido la premisa de someternos a la seguridad ortodoxa de lo conocido y cercano. Pero ese cambio acelerado y asombroso que estamos experimentando en los últimos cien años nos aleja de lo prudente y nos acerca a la necesaria reorganización de nuestra humanidad.

Estamos muy lejos de lo que los economistas llaman el punto de equilibrio, ese lugar donde se puede vivir sin que ninguna de las partes concurrentes a la existencia sufra ningún tipo de anomalía o pérdida, y en todo caso, andemos cerca del momento de ejercer algún tipo de influencia orgánica positiva en beneficio común.

Por eso ahora debemos esforzarnos en dirigir nuestras energías a la siguiente revelación, una vez comprendido que el egoísmo personal solo provoca irreverentes guerras, hambrunas y enfermedades. Pero, ¿cuál es esa revelación? En los próximos cien años las futuras generaciones habrán aprendido muchas cosas de nuestros errores y se esforzarán en poner en práctica las llamadas “justas y correctas relaciones humanas”. Algo aprendimos sobre la necesidad de paz tras sendas guerras mundiales. Pero no fue suficiente. Por eso, entender la frase de «justas y correctas relaciones humanas» en su más absoluta profundidad y ponerla en práctica será el reto futuro, y una experiencia que llenará de mucha más luz al conjunto de las sociedades.

Ahora sigamos sembrando, sigamos poseyendo a la vida de la excitante oportunidad del cambio.

Sobre la necesidad del apoyo mutuo


El hombre más feliz del mundo es aquel que sepa reconocer los méritos de los demás y pueda alegrarse del bien ajeno como si fuera propio.

Johann Wolfgang von Goethe

Muchos ideólogos olvidan mencionar en sus recetas alternativas a los modelos existentes. Modelos que de alguna forma están demostrando su fracaso en momentos de tensión y crisis.

Esta mañana hacia un donativo a la fundación de Wikipedia. Enviaba también un paquete de libros sobre al apoyo mutuo y la utopía al alcalde de Marinaleda, Juan Manuel Sánchez Gordillo. Me esforzaba en rematar la corrección de un libro titulado “Sirviendo a la Humanidad” cuya inversión, más de cuatro mil euros, será desembolsada de forma altruista ya que los mil ejemplares que vamos a editar serán prácticamente donados. Son solo algunos ejemplos del día de hoy que pretenden demostrar que hay una forma diferente de hacer las cosas.

Una persona decente debe esforzarse en hacer las cosas bien, en intentar poner orden en su vida y poder asumir su responsabilidad familiar y personal con la mayor dignidad posible. Una vez conseguido esto, tiene una doble responsabilidad que consiste en hacer el bien, practicar el apoyo mutuo y la cooperación y descifrar las claves para poder hacer de un mundo bueno, un mundo mejor. De ahí que el altruismo y la filantropía sean valores que se han de poner en marcha, aunque sea de forma simbólica al principio y de forma cada vez más seria y poderosa a medida que nuestro poder en la vida se acrecienta.

El egoísmo animal debe aparcarse. El sentido parcelario de la vida debe estancarse para dar paso a un sentido generoso, donde nos preguntemos todas las mañanas: ¿qué podemos hacer por nosotros mismos? ¿qué podemos hacer por los míos? Y, aún más importante: ¿qué podemos hacer por el otro?

Sólo se me ocurre esta fórmula para salir del atolladero en el que nos encontramos, para poder visualizar un mundo nuevo, un mundo humano, cariñoso y alegre. Un mundo en paz donde la sonrisa y el humor gobiernen todas las facetas de nuestras vidas. Esto se conseguirá, poco a poco, tomando consciencia de nuestra propia responsabilidad como seres vivos, inteligentes y en plena consciencia.

La gimnasia soberanista: el camino del comunitarismo al cosmopolitismo social


Decíamos ayer algo sobre la independencia de los pueblos, los nacionalismos trasnochados y las ansias de asaltar el poder –político y económico- a base de ningunear y manipular la psique y las emociones de la gente. El principio nacionalista y patriótico se basa precisamente en eso: en el ninguneo, en la manipulación cultural y el chantaje social de unos pocos contra muchos. Es la contracorriente de los tiempos modernos, que son abiertos y procuran abrirse al otro, en contra de toda forma de etnocentrismo o de sociocentrismo de esos grupos autocentrados, que implica una autovaloración y una tendencia a cerrarse sobre sí mismos.

Arrinconar el sistema feudal y la sociedad estamental fue un gran logro de la humanidad. Se suprimieron algunos privilegios aparentemente –luego se transformaron en otros- y se creó un acceso libre a la promoción social, aunque siempre protegida por las nuevas oligarquías políticas y económicas.

En las sociedades antiguas, la soberanía y el poder emanaban de forma jerárquica y piramidal de arriba abajo. En las sociedades del futuro, la tendencia se horizontalizará en unas bases cada vez más amplias, existiendo una jerarquía horizontal, y no vertical como hasta ahora, donde el verdadero poder recaerá en la ciudadanía no cada cuatro años, sino a cada instante de su existencia.

La autonomía plena y verdadera nacerá ante el inevitable deterioro del sistema estatal, la caída de las patrias y las naciones hasta llegar a un cosmopolitismo social pleno y libre, donde las leyes, siempre desde el respeto hacia las diferencias de unos y otros y la pluralidad humana, serán universales.

Es inevitable la caída de los estados-naciones, del sentimiento gregario del patriotismo o nacionalismo. Por eso, la verdadera gimnasia soberanista recaeré en el individuo libre, que pacta con sus prójimos la verdadera convivencia social no basada en banderas, ni en historias, ni en batallas ni en sangre, ni en fechas ni en ideologías, sino en la necesidad de aplicar el sentido común, la libertad, la fraternidad y la igualdad entre los hombres. Y ese camino ya ha empezado, y es irrenunciable.

He visto cosas que vosotros no creeríais


He visto niños morir de hambre en África, y madres llorando en la India, en la calle. Más allá de las montañas de Altai vi niñas pastoras y nómadas acarreando cien mil años de historia. He visto como sacrificaban a pueblos enteros anegándolos ante la amenaza nuclear allá en la temida Castor, en Alemania. He visto brillar el sol en los templos de la antigua Grecia, cerca de la puerta de la eterna acrópolis que ahora llora desolada. He participado en fogatas llenas de llamas más allá de las Tierras Altas de Escocia, y he dado de comer a niños hambrientos cerca de muros medievales. He cuidado a ancianos moribundos y decrépitos que rogaban por un trozo de vida mientras golpeaba con intensidad la rabia acumulada ante la impotencia de la locura del otro. He abrazado a hombres derrotados, sin trabajo ni futuro y he visto como lloraban a escondidas cerca de los ríos y lagos. He visto como ante la precariedad unos se robaban a otros aduciendo la necesidad de seguir manteniendo viva la plaga de la avaricia, la ambición y la mezquindad. He visto como amigos se convertían en enemigos y como hermanos se peleaban entre ellos.

Pero he visto también el brillo del alma, y la fuerza del corazón plagado de coraje, y la luz descendiente y el poder del esfuerzo y la trascendencia del ideal. He visto como desconocidos se ayudan y protegen y como lejanos los unos a los otros cooperan y se asisten. He visto florecer de la más oscura de las tierras la fe, la esperanza y la caridad como valor supremo. He visto como los arrodillados se levantaban y como los sumisos se revolvían. He visto como el fuego de la libertad, de la fraternidad y la igualdad volvían de nuevo a resonar entre tambores y aplausos. He visto manos levantadas como única arma y corazones ardiendo como única bandera. He visto, más allá de Orión, almas que venían al encuentro de otras almas para saludar al nuevo día. Y veo, ahora, como yo también me levanto con el valor de vencer toda tiranía, la sutileza suficiente para atraer la luz ante la ignorancia y el cariño capaz de arrojar amor a todo aquel que lo necesite.

Contra el crédito y el crecimiento: un nuevo paradigma


Escucho voces que siguen rasgándose las vestiduras aclamando al viejo paradigma como única solución. Los más críticos con la situación, valga la redundancia, hilan el mismo discurso que el discurso más oficialista: hace falta crédito y crecimiento. Y de paso, soberanía monetaria. Es evidente que eso es lo que hace falta para seguir con el modelo que nos ha sustentado hasta el momento, pero es precisamente lo que menos necesitamos para seguir en él. La evidencia y la experiencia de esta crisis nos dice que no podemos seguir apagando fuego con más fuego.

Resulta que nuestra deuda pública es ínfima en comparación con la deuda privada, y sin embargo, los que se rasgan las vestiduras, exigen más deuda como único camino para seguir manteniendo su ritmo de vida. Paradójico el seguir en la senda de tener más crédito para tener más cosas, es decir, para crecer.

Ya se sabe que el crecimiento no puede ser infinito, y que además nos encontramos en una situación ecológica de colapso. Entonces, ¿por qué seguimos llenándonos la boca de crecimiento? Ya no necesitamos crecer, ya no necesitamos tener más cosas. Necesitamos disfrutar de las que ya tenemos. Los empleados públicos no necesitan trabajar más para ser más competitivos. Necesitan trabajar menos para disfrutar de un estilo de vida mejor. Los parados necesitan reinventar su modelo de vida y buscar alternativas en el trabajo autónomo y emprendedor. Deben crear su propio puesto de trabajo y no esperar a que alguien lo haga por ellos. Los empresarios no necesitamos más crédito para crecer más, necesitamos mantener lo que tenemos con nuestros propios recursos y trabajar en hacer lo que hacemos cada vez mejor, en menor tiempo y con mayor calidad. Las oligarquías no necesitan más fincas de recreo, ni más coches, ni más millones en la cuenta suiza. Necesitan más reflexión para llegar a la conclusión de que es mucho lo que pueden hacer desde la filantropía o la cooperación. La clase política debe rodearse de pensadores que sean capaces de mirar al futuro para comprender que el nuevo paradigma económico y social está llegando, y solo debemos crear las correctas relaciones humanas para que pueda expandirse por todas partes. Ya no es tiempo de crecimiento ni de crédito, es tiempo de inventiva para hacer las cosas que sabemos hacer mucho mejor que antes. Y para eso están nuestros mayores, personas jubiladas que disponen del tiempo suficiente para guiar con sabiduría a los jóvenes retoños. Hay tanto por hacer en el nuevo paradigma, que no entiendo como hay aún fuerzas que se agarran desesperados a lo añejo.

Nuestro Estado de Ánimo


“Los ojos no brillan, hablan”. Emmanuel Lévinas.

 

Uno es joven siempre que se sienta joven. Puedes tener cincuenta, sesenta o setenta años y estar radiante por dentro. Y esa juventud que ha creado en nuestros tiempos la frustración de toda una generación es muy clara en sus exposiciones:

a)    Queremos una mayor democracia.

b)   Queremos el fin de los privilegios políticos.

c)    Queremos un mayor control sobre instituciones públicas y entidades bancarias.

d)   Queremos un nuevo modelo de convivencia.

e)    En definitiva, queremos otra manera de hacer las cosas.

Estos tiempos han demostrado que algo no marcha bien. Al menos, en la psique colectiva, no se ha entendido que se hagan grandes recortes sociales para luego rescatar por tres veces a la banca. Eso ha creado un estado de ánimo de indignación que ha provocado una catarsis colectiva y un despertar común hacia la necesidad de un nuevo orden social y político.

Los partidos políticos deben realizar un profundo ejercicio de introspección y autocrítica, una profunda revisión de su lenguaje y formas si desea sintonizar de nuevo con la ciudadanía. En ese autoanálisis deben tener en cuenta las demandas de la sociedad en su conjunto, las cuales incluyen:

a)    La reforma de la ley electoral.

b)   La posibilidad de dación en pago o alquiler de la propia vivienda antes que el desahucio.

c)    La ley de transparencia política y el fin de sus privilegios.

Por supuesto, hay muchas más reivindicaciones, pero hasta que no empecemos por lo esencial, no podrá cambiar nuestro estado de ánimo. Al menos mientras que la juventud no vea otro futuro que el de la protesta y la reivindicación. Una vez rotos los discursos hegemónicos, lo único que nos queda es seguir aceptando que ya no somos los mismos, que algo ha cambiado gracias a esta crisis y que debemos aprovechar las sinergias para seguir apostando por el cambio.

«Todo para el pueblo, pero sin el pueblo»


No se trata de odio. Estoy convencido de que nadie odia a nadie por lo que está pasando. Es una cuestión de sentido común, de hartazgo, de indignación y de necesidad de reorganizar un modelo de convivencia que está demostrando por activa y por pasiva su mal funcionamiento.

No se trata de viejos rencores, ni de una antigua discusión entre las viejas y caducas izquierdas y derechas. Intelectualmente ya se han superado esas diferencias, por eso todo discurre hacia un sentido más profundo. Simplemente esto no funciona.

El despotismo ilustrado ha vuelto. Hemos vivido durante muchos años bajo la protección de una dictadura encubierta y benevolente que pretendía conducir nuestras vidas hacia un remanso y apacible mundo multicolor. Sin darnos cuenta, hemos picado el anzuelo de la comodidad y la seguridad a cambio de casi todo.

El viejo lema de «todo para el pueblo, pero sin el pueblo» se ha manifestado claramente en estas últimas semanas, imitando las reformas del Antiguo Régimen que pretendían dar un poco al pueblo, sin excesos, para que el absolutismo pudiera perpetuarse ante la amenaza de la crítica ilustrada de la época.

Y como en aquel tiempo de poder absoluto concentrado en pocas manos, los grandes principios de nuestra época están muriendo. Estamos siendo conscientes y pronto saldrán voces capaces de ordenar todo lo que está ocurriendo. Anquilosado modelo económico y político, valores de una sociedad decadente, imposición de modelos territoriales que nada tienen que ver con el sentir humano de la libertad, despropósito de las clases privilegiadas (económicas y políticas) que no dudan en imponer sus condiciones para seguir actualizando el pacto social a su favor. No, no se trata de viejos rencores ni odios, se trata de ser partícipes de un nuevo cambio y un nuevo modelo, ser protagonistas del parto hacia una nueva sociedad.

HACIA EL DESPERTAR COLECTIVO


La consciencia, el despertar, era algo oculto y que solo un grupo privilegiado de místicos e iniciados pudo disfrutar a lo largo de la historia humana. Podían ver la realidad desde una dimensión diferente y contemplar como los hilos invisibles manejan los asuntos de la naturaleza.

Ahora, existe un maravilloso espectáculo de consciencia colectiva, de despertar colectivo, de apertura existencial, donde las mentes unidas, como aquel viejo sueño de la Ilustración que aclamaba por la unidad psíquica de la humanidad, se está haciendo realidad.

Y ese despertar incluye el rasgar todos los velos que la pantalla social se ha encargado de tejer durante generaciones. Incluye el empezar a denunciar sin miedo el desorden, el caos, la mentira, la injusticia, la podredumbre de la que nos hablaba incrédulo Ciorán.

Y esa denuncia nos lleva a tomar de la mano al otro y empujar con fuerza todo aquello que resulta caduco y que durante mucho tiempo se ha sostenido del egoísmo y la hipocresía.

Estamos despertando y ya no tenemos miedo, ni nos escondemos, porque ahora somos legión. Ya no nos escondemos en perdidos monasterios, ni en anquilosadas revoluciones, ni en batallas perdidas. Ahora salimos a la calle y nos miramos los unos a los otros a los ojos, sin temor, con la fuerza que nos da el estar unidos.

Ya no solo despierta un Buda o un Cristo o un Gandhi, ahora todos nosotros nos convertimos en budas, y en cristos y en gandhis, porque todos nosotros hemos atravesado el oscuro velo y hemos visto que más allá hay luz, más luz…

Y por eso estamos en el tiempo en el que caerán los últimos becerros de oro y serán enterrados los falsos profetas, la maldad y lo enfermizo. Estamos en el privilegiado tiempo de volvernos humanos y sentirnos miembros de nuestro planeta. Y bajo el prisma de la responsabilidad común, haremos de esta nuestra tierra y nuestra libertad un mundo plagado de paz y felicidad. Por fin enterraremos el dolor y las guerras y por fin cosecharemos el sueño de una vida nueva. Ese tiempo ha llegado, y estamos despertando al mismo. Como un niño inocente abrazaremos a nuestra madre Tierra y la amaremos por siempre. Como un niño inocente, abrazaremos a nuestros hermanos y limpiaremos de caos y falsedad nuestro mundo.

Lo imposible solo tarda un poco más


Dicen que lo imposible solo tarda un poco más. Estamos ante un momento histórico apasionante donde todo padece una increíble transformación. No somos conscientes pero tenemos una gran responsabilidad histórica para que las futuras generaciones puedan comprender que los sacrificios pasados fueron necesarios para acercar una nueva forma de entender la existencia. No estamos ante un proceso de una época cambiante, sino ante una época que cambia, donde los viejos valores y paradigmas se derrumban uno a uno como en una baraja de naipes.

Aún nos cuesta entender que debemos perfilar no tan sólo un cambio radical en nuestras consciencias, sino, además, un cambio radical en nuestra forma de convivencia, en nuestro modelo de consumo, en nuestra necesidad de crecer como individuos y como colectivo. Debemos tener una mirada ambiciosa que llegue no tan sólo ante los retos de nuestra generación, sino ante los retos de las próximas generaciones. En ese sentido, debemos cultivar un profundo sentido de la responsabilidad y la generosidad intergeneracional y realizar previsiones al largo plazo, y me refiero con ello a doscientos y trescientos años. Debemos empezar a sembrar las semillas del mañana, semillas puras y limpias, cargadas de valores de fraternidad, de libertad, de justicia pacífica y armónica. Debemos empezar a pensar no solo como individuos, sino como raza, como humanidad Una. Este es el reto de nuestro siglo.