Hacia un mundo amable


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Esta tarde meditando en O Couso

Domingo. Suena el despertador a las siete. Los pajarillos se escuchan en los árboles. El bosque amanece lleno de rocío inmaculado, preñado, fresco. Me estiro mientras sonrío interiormente. La noche fue bien, el reencuentro con la cabaña fue hermoso y tranquilo. Paz y silencio a esas horas. Observo atento a mi alrededor cada párpado de recuerdo. Miro por la ventana como llueve mientras se mecen los árboles con cierto aleteo alegre. Geo me mira, se levanta y se estira. Aprovecho su iniciativa y lo imito con cierta pereza. Me quito el pijama de franela. Me visto tranquilo. Hago la cama y emprendo el camino hacia la ermita. Allí ya está María silenciosa. La acompaño tras encender la vela y tocar los tres gongs.

La ermita es un centro de peregrinación para almas que buscan paz interior. El silencio acompaña los ritmos que creemos se expanden más allá de nuestra parte corpórea y limitada. Hay sutilezas difíciles de describir, mundos incapaces de manifestarse si no es ante una observación atenta y desapegada de todo lo que somos. La paz interior no es más que conectar la llama que nos ilumina y refleja nuestro sustento álmico con aquello que resplandece más allá de lo cognoscible. La paz nos sobrevive cuando auscultamos el universo en su magnificencia cósmica y conectamos con esa vibración compartida. Realmente funciona como la música, con sus armónicos y su oscilación auditiva. El sonido se extiende como la luz, a un ritmo diferente, pero eficaz. La voz del silencio permite esa conexión imprescindible y nos trae paz.

La vida ordinaria, el día a día, es convulso. Si estamos solos, la pelea es con nuestros miedos y fantasmas. Si vivimos con otros, ya sea con parejas, familia o amigos, la convulsión entonces puede llegar a ser violenta y descontrolada. No somos perfectos y ya sabemos que hay muchos tipos de violencia, y a veces resulta difícil controlarlas, apagarlas, dominarlas. La violencia puede ser psicológica, sutil, invisible pero poderosa. También puede ser verbal, como cuando berreas a un animal, y olvidas que, a los animales, y menos aún a las personas, no hay que berrearlas. A veces esa violencia se descontrola y pasan cosas horribles.

De ahí la belleza de empezar y terminar el día con un momento de silencio, de trascendencia, de coloquio interior con la paz. Esa música nos acomoda a un estado del ser diferente. Silencio, paz. Paz silenciosa. Gandhi sabía mucho de esa paz y la llevó al mundo como ejemplo encarnado. Nosotros deberíamos intentar, en la medida de lo posible, dejar de berrear, y aprender a ser amables, cariñosos, amorosos con los otros, sean los que sean. Ser amable con el mundo es ser amable con la parte trascendente de la que venimos, nos movemos y tenemos nuestro ser. Ser cariñosos y amorosos con todos aquellos que nos rodean producen un efecto multiplicador en la construcción inevitable de la paz mundial. El día que comprendamos la importancia de la amabilidad, del cariño, de los pequeños gestos, ese día el mundo empezará a cambiar. Paz al mundo, paz a los hombres y mujeres de buena voluntad para que lleven paz a todos los rincones de la esfera existencial. Feliz y pacífica vida a todos. Mi paz os doy, mi paz os dejo.

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Discernimiento


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Esta mañana me desperté a eso de las cinco totalmente despejado, con la mente clara, el corazón caliente, la vida por delante. A las seis y media asistí a la “early morning meditation” que durante una larga hora nos ayuda mediante el enfoque del pensamiento a adueñarnos de la posibilidad de discernir. Luego volví a casa y desayuné con la hermosa anfitriona, con la que tengo largas charlas sobre política, espiritualidad o la vida y sus misterios. Son momentos que se hacen cortos en las comidas pero agradables, porque sin atosigarnos, podemos entablar conversaciones de todo tipo.

Me gusta la educación de estos países donde te saludan amigablemente dándote los buenos días con una agradable sonrisa y donde las formas siempre vienen bien acompañadas del fondo. Últimamente me he vuelto un amante de las formas, no de aquellas hipócritas que desentonan en la cortesía, sino de aquellas sinceras, que nacen del corazón, haciendo que lo valiente nunca se disocie de lo cortés. Educación, cortesía, trato y corrección. Simple y llanamente hermoso. Pequeños detalles que a veces olvidamos y que marcan y difieren radicalmente nuestras vidas y nuestras relaciones. Por eso es necesario discernir, para acercarnos a lo hermoso y agradable y desechar lo tosco e insípido.

Discernir es una poderosa herramienta que hace que nuestras vidas se configuren de una u otra manera. Si estamos atentos, la vida siempre nos pone ante nosotros varios caminos, varias posibilidades, infinitas sendas para que nuestros escenarios nos ayuden a resolver las incógnitas a las que hemos venido a enfrentar. Discernir no es solo levantarnos para ver qué ropa nos ponemos por la mañana temprano. Es también decidir qué personas entran en nuestras vidas, qué seres permitimos que entren en nuestros cuerpos para honrarlos y amarlos, qué deseos pongo en el jardín de nuestras emociones para subliminar la belleza de la existencia, qué pensamientos empodero para que guíen mis acciones y qué clase de energía derramo sobre el mundo para generar el bien. Tan acostumbrados a prostituir nuestros cuerpos, nuestras emociones y nuestros pensamientos y creencias, el mundo se ha vuelto tosco e ingrato.

En cada acto minúsculo de nuestras vidas estamos discerniendo. Cuando comemos, podemos hacerlo causando dolor y sufrimiento a otros seres sintientes. Cuando compramos cualquier cosa estamos enriqueciendo a unos u otros. Cuando gastamos el dinero decidimos en cada momento a quien ayudamos con nuestra energía económica. Todo aquello que ingerimos, ya sean alimentos, energías, emociones o pensamientos repercutirá inevitablemente en aquello que ofrezcamos al mundo.

No se trata tan solo de discernir si vamos al mar o a la montaña, realmente eso no importa. Tampoco importa si elegimos a una persona igual o diferente a nosotros para emprender un proyecto común de vida. Lo que importa es lo que hacemos en cada escenario y con cada persona. Lo que importa es la suavidad y el tacto con el que nos enfrentamos a cada momento de nuestras vidas y el trato que ofrecemos a las personas que nos rodean. O si, por el contrario, preferimos vivir una vida irritada, enfadada o cargada de tristeza.

Me doy cuenta de lo difícil que resulta discernir sobre cosas que a veces nos superan, que a veces no dependen de nosotros. Una enfermedad o un accidente físico o emocional. A veces es la actitud, o simplemente la mirada ante la pérdida. Uno puede elegir mal, pero tiene la oportunidad de redimirse si realmente desea cambiar, si realmente toma consciencia de su error y busca la manera de ser amable con el mundo. Dar los buenos días con una sonrisa, enviar un caluroso y cariñoso mensaje a ese amigo querido, abrazar con pasión a esa amante despierta. Cada gesto discierne sobre el anterior y, por lo tanto, cada elección nos permitirá ser mejores personas, excelentes sujetos vivos.

Lo inteligente, lo sabio, diría que lo verdaderamente iniciático, es obrar de manera inofensiva y amable, aunque a veces esa inteligencia se vea empañada por ofuscas nubes. Hoy nos hemos levantado y hemos elegido qué clase de vida queremos. Hoy la vida nos propone aventuras y decidimos qué camino tomar. Estar atentos a los escenarios y a las personas que se acercan a nosotros para poder elegir el mejor de los mundos posibles. Discernir. Hoy quiero un mundo amable, inofensivo, bello. Hoy quiero una vida amorosa.

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BlackFriday: Regalar cosas o experiencias. Una reflexión sobre el ser y el tener


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© In_somnia

Hoy es el día del BlackFriday, un día donde nuestros valores, nuestra contención y nuestra disciplina económica se ponen a prueba. Vemos todas las ofertas y no deja de ser tentador en qué podemos gastar algo de dinero, aunque no lo necesitemos, con tal de poder hacernos con alguna cosa. Hoy debería ser un día de reflexión para todos, y no de impulso. La compra compulsiva puede educarse, puede adiestrarse de alguna manera de forma inteligente y madura.

Recuerdo que en la universidad, un altivo profesor de ciencia económica nos advertía de que si de repente todo el mundo se volviera budista, la economía de mercado se derrumbaría. Me llamó la atención aquella observación porque detrás de la misma había una profunda cuestión de valores. Sin embargo, con el tiempo, reflexioné que no hacía falta hacerse budista para cambiar de valores, y que tampoco hacía falta hacer quebrar la economía de mercado, solo debemos inundar esa economía precisamente de eso, de valores.

Ahí juega importancia nuestra elección a la hora de consumir. Es evidente que tal y como hemos montado nuestras vidas, debemos consumir, comprar y vender para seguir adelante. La cuestión de fondo es qué consumimos, cómo y cuándo. En estas décadas de visión materialista de las cosas hemos olvidado cuestiones principales. Hemos cambiado los valores del ser por los valores del tener. Está bien dedicar algo de tiempo y dinero a comer bien, vestir bien y tener una vida cómoda. El problema es cuando fijamos toda la balanza en ese aspecto básico de nuestras vidas, olvidando lo más importante de todo: vivir. O mejor dicho, saber vivir.

La vida está llena de matices, de ahí la importancia de ser conscientes de los mismos. Si hacemos y obramos desde la más absoluta de las inconciencias, olvidaremos el ser y todo se convertirá en una vacía vida llena de cosas. ¿Cómo cambiar esa experiencia del tener por el ejercicio del ser? Una de las cosas que más está ahora de moda es cambiar cosas por experiencias. Es decir, dejar de comprar cosas que terminan acumuladas y olvidadas y cambiarlas por momentos con los amigos, por salidas al campo, por retiros, vacaciones, excursiones, cursos donde compartir, conciertos donde bailar, lugares donde ir para practicar la calidez del abrazo y el amor compartido, conferencias y charlas donde aprender a vivir…

Hay una infinidad de ofertas basadas en la experiencia y no en la voluntad de acumular cosas. Y cambiando una cosa por otra, cambiamos nuestros valores y transformamos los valores del sistema capitalista sin destruirlo, sino tan solo transformándolo hacia algo mejor, más humano, cercano, próximo y verdadero. Pasar del mundo de las cosas al mundo de la experiencia humana está en nuestras manos.

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Hacia un mundo éticamente verde


Mi compra vegetariana

Si alguien busca real y seriamente vivir una buena vida, lo primero de lo cual tendría que abstenerse por siempre es de consumir carne, porque, sin mencionar toda la excitación de pasiones que provoca ese tipo de alimento, su consumo es simplemente inmoral, en la medida en que involucra la realización de un acto que va en contra de todo sentido moral: matar”. Tolstoi

El modelo fabril desde el que nacieron las ciudades intentó, mediante toneladas de cemento y asfalto,enterrar la tierra, la naturaleza y todo lo que tuviera que ver con nuestro origen más ancestral. Vivir en una ciudad, y lo estoy experimentando en estos días de tránsito por Barcelona, es vivir en un conglomerado de colmenas construido con materiales grises y oscuros. Alguna melancolía se oculta en esa costumbre de adornar las galerías y balcones con macetas que recuerdan que alguna vez, en ese lugar, había campo, naturaleza, bosques y ríos.

Las ciudades futuras ya no serán construidas alrededor de las fábricas. La experiencia humana habrá recordado la importancia de volver al respeto hacia aquello que nos creó, hacia aquello de lo que venimos, de lo que realmente somos. Ya no habrá diferencia entre naturaleza y nosotros, y por lo tanto, ya no habrá un mundo dual donde separemos ambas realidades, sino que nuestros esfuerzos redundarán en la integración de los mismos. Las ciudades futuras serán verdes, estarán llenas de jardines, de bosques, de ríos limpios y llenos de vida. Los edificios serán construidos siguiendo filosofías como la permacultura. Serán ciudades-campo, y no ciudades-fábrica como ahora. Las ciudades-dormitorio dejarán de existir para convertirse en ciudades-vivas, donde uno despierta, no duerme.

Esos cambios son muy lentos. Aún estamos saliendo de la revolución industrial y entrando en la revolución tecnológica. Pero aún nos queda empezar a soñar en la próxima revolución, que será la revolución experiencial. En esa cuarta revolución la tecnología ya habrá jugado un papel importante, acercando al ser humano hacia la necesidad de mejorar su experiencia con la vida, ya no centrada en la subsistencia propiamente dicha, como ocurrió en las anteriores revoluciones, sino centrada en vivir plenamente la vida desde un amplio consenso de bienestar, placer y convivencia ética con la naturaleza.

Experiencia y ética serán las claves de ese futuro. En mi propia tesis doctoral hablaba de Nueva Cultura Ética porque no podrá existir un nuevo mundo tecnológicamente desarrollado si no viene precedido de una profunda ética que lo acompañe. Esa ética, aunque aún tímida, ya la vamos encontrando en las pequeñas cosas del día a día. Especialmente en la alimentación. Estos días que ando solitario en mi particular retiro emocional siento pocas ganas de cocinar y recurro mucho a la llamada “comida basura”. Mi sorpresa, cuando voy al supermercado, es el poder ver productos cada vez más alejados del sacrificio animal. Salchichas vegetarianas, canelones vegetales, embutidos vegetales… La lista ya empieza a ser larga y la experiencia de poder encontrar esos productos en grandes superficies es un síntoma claro de que algo está cambiando en nuestros hábitos alimenticios.

Ese cambio, como digo, aún muy lento, es puramente necesario para que la nueva ética, cada vez más sensible con el sufrimiento animal y la destrucción a la que hemos sometido a la naturaleza, empiece a calar en nuestras consciencias. Empezar ese cambio consciencial desde un consumo de alimentos libres de sufrimiento hará que en el futuro nuestras ciudades empiecen a construirse así como pensamos y sentimos. Es decir, nuestras vidas empezarán a girar en torno a un nuevo modelo de desarrollo donde la austeridad de las cosas dará paso a la riqueza de las experiencias.

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    La matanza. Algunas reflexiones sobre el poder y lo civilizado


     

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    “Creo que existe una inclinación general en todo el género humano, un perpetuo y desazonador deseo de poder por el poder, que sólo cesa con la muerte”. Hobbes

    Cuando vives en la ciudad hay muchas vicisitudes que se ignoran con respecto al origen de algunas cosas que están ahí, muy cerca de nosotros, entre nosotros, dentro de nosotros. El poder es un intangible que nos acompaña desde la más primitiva edad y lo utilizamos a discreción no solo contra nosotros mismos, sino también contra los otros reinos de la naturaleza. Tenemos muchas formas de ejercerlo, pero es cuando vienes a vivir a los bosques cuando observas esa necesidad de potestad de forma diferente, sensible.

    En estos días de diciembre, en muchos ámbitos rurales existe una práctica ancestral que dan por llamar “la matanza”. Para que nos hagamos un dibujo y una idea, se trata de engordar durante un año uno o varios cerdos para más tarde ser degollados y consumidos. Aquí en Galicia, donde se realiza la matanza mediante el degüello, una fina sección de la arteria carótida, es costumbre usar la sangre para elaborar un postre típico, “las filloas de sangue”, una especie de crêpe que tiene la sangre como ingrediente principal. Este manjar vendrá acompañado de embutidos de toda clase, cortes de carne, sangre, tripas y todo tipo de desperdicio que pueda resultar ingerido por el “homo carnivurus”.

    En la ciudad todo parece más civilizado, cínico, hipócrita. La carne ya viene cortada y estrangulada en bonitas bandejas termosellables de polipropileno o poliéster. Su presentación es tan elegante que nunca nos paramos a pensar, y menos aún a filosofar, sobre el origen de la misma. Simplemente la cocinamos con cientos de especias que disimulan su verdadero sabor y todo nos parece agradable, armónico, exquisito. Siempre se ha hecho así, es la costumbre, la norma. En la ciudad somos muy limpios, ordenados y civilizados y no tenemos tiempo para ese tipo de prácticas ancestrales. Preferimos pagar a otros para que en limpios y civilizados mataderos se consuma toda la cadena de atrocidades animales.

    Tanto en el mundo rural como en las ciudades, ejercemos un aparente civilizado acto de poder en contra de unos dóciles e indefensos animales que ignoran su futuro más inmediato. Mientras gastamos millones en cuidar a esas privilegiadas mascotas -perros, gatos  y demás-, sus congéneres, los animales de segunda clase, pasan por la guillotina moderna para ser consumidos por esa inconsciente masa homo animal sin escrúpulos ni sentimientos.

    Este es un tema peliagudo y mis amigos se empeñan en silenciar mi voz contra lo que yo considero una civilizada atrocidad. Pero evidentemente, no soy una persona caracterizada por mi sumisión a lo que la norma, la costumbre o la tradición impera. Es decir, no subyugo mi pensamiento libre al poder de la norma. Prefiero exigir una explicación a las consciencias que me rodean y hacerles pensar sobre un acto cruel en su naturaleza e inadmisible ética y filosóficamente en los tiempos que corren.

    Si hace veinte siglos hubiera opinado algo parecido sobre el canibalismo o la esclavitud seguramente me hubieran como mínimo quemado en la hoguera. Esa era la norma y la costumbre en esos tiempos de civilización y poder. Hoy día eso no lo harán. Ese tipo de atrocidades, por suerte, ya no ocurren. Quizás sea porque somos más civilizados.

     

    UNA FAMILIA, UNA VIDA, UNA HUMANIDAD


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    “Un nuevo siglo se aproxima, y con él el prospecto de una nueva civilización. ¿No podríamos empezar a sentar las bases para esa nueva comunidad con relaciones razonables entre todas las gentes y naciones y construir un mundo en el que el compartir, la justicia, la libertad y la paz prevalecieran?”  Willy Brandt, Common Crísis, La Comisión Brandt 1983

    Escribo desde Ginebra, desde las oficinas de Buena Voluntad Mundial, un lugar donde se esfuerzan día a día en inspirar nuevos valores para una nueva humanidad. Es una tarea ardua y difícil en un tiempo que a veces se nos antoja caprichoso. Pero es necesario seguir trabajando día a día para aportar un poco de luz y consciencia, de alegría y amor.

    Vivimos en un mundo complejo donde en los últimos siglos se han desarrollado dinámicas de injusticia social y precariedad que han sido difíciles de resolver. Es evidente que han existido muchos avances a todos los niveles, tanto materiales como políticos, económicos, culturales o filosóficos.

    Hay vicios y errores de la personalidad que se han visto extrapoladas a la convivencia social y grupal. Existe una necesidad vital de responder a esos problemas individuales que de alguna forma se han colectivizado. Empezando por cambiar el objeto y la visión de la vida, pasando de una situación exclusivamente egoísta e individualista a una percepción de la vida más generosa, donde se tenga en cuenta la necesidad de compartir unos valores más armoniosos con el entorno y con la vida una.

    Para ello es de vital importancia comprender en profundidad la necesidad de fomentar y proteger los principios de cooperación, de responsabilidad y de compartir, donde cada individuo sea capaz, en su medio de influencia, llevar a cabo la labor de transformación interior en cuanto a propósitos y valores líderes en ese empeño por un mundo mejor.

    La buena voluntad junto con una mente abierta y dispuesta a aceptar los cambios que vienen será imprescindible para poder afrontar los retos del presente y del futuro. Debemos aceptar que el ser humano en su conjunto está definido más allá de los límites de las razas, las naciones, los estados, las creencias y cualquier otra cosa que desee separarnos como una sola familia, una sola humanidad y una sola vida en su conjunto. Es de vital importancia profundizar en esta idea para poder abordar desde la generosidad de todos la resolución de conflictos, de visiones antagónicas y de reparar en una justica universal donde el ser humano se sienta atendido, protegido y cuidado.

    Estamos en un momento de cambio y necesitamos enfrentarnos a los mismos desde una positiva visión que nazca de nuevas formas de pensamiento, de nuevas ideas e inquietudes que pretendan facilitar una vida mejor, no solo para los individuos, sino para todo el conjunto de la humanidad. Cuando alcemos la mirada y veamos la necesidad de pensar en el grupo, y no tan solo en nosotros mismos, se estará gestando un cambio de paradigma, un cambio necesario de visión. Los problemas de la humanidad serán pensados y aclamados por todos y cada uno de nosotros, dejando de relegar a los demás dichos conflictos. Seremos en conjunto la solución a cada una de las problemáticas. Empezaremos entonces a sentir y comportarnos como una unidad, no uniforme, sino diversificada en las diferencias y en los retos particulares.

    La codicia, la ignorancia y el egoísmo individuales son condicionantes que impiden que los conflictos mundiales se resuelvan de forma generosa para todos. Solo un cambio de valores podrá revertir todos los acontecimientos. Nuestro destino común está determinado por los valores que gobiernan nuestras vidas, nuestras decisiones, todo el conjunto de cosas que realizamos en nuestro mundo ordinario.

    La piedra angular de toda vida debería basarse en esa energía y fuerza que es el amor en acción, en valores que pretendan junto a ella reforzar el amor a la verdad, el sentido de justicia, el espíritu de cooperación, el sentido de la responsabilidad individual y la búsqueda del bien común. Estos son valores universales que inspiran y elevan nuestra consciencia hacia un rumbo nuevo en nuestras vidas.

    Además de estos valores imprescindibles existen unos principios universales que deben tenerse en cuenta. Tienen que ver con el ejercicio de unas correctas relaciones enfocadas en el principio de la buena voluntad, ser acertados con el propósito grupal mediante el principio de unanimidad y comprender la importancia de la interiorización como una aproximación a lo esencial del ser humano.

    Ante todo esto, siempre surge una inevitable pregunta: ¿qué puedo hacer para ayudar? La respuesta podría ser algo simple: la verdadera ayuda nace de un flujo espontáneo entre un corazón amoroso y una mente inteligente. Con alegría, con amor, con cariño, un mundo nuevo es posible.

    Hacia una consciencia de paz empezando por la comida


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    Desde la rue du Stand hasta el bulevar Georges-Favon hay apenas dos minutos. Como en Suiza se suele comer a las doce de la mañana, suelo ir al Mikado, un restaurante de sushi donde siempre compro una tarrina de arroz y otra de espinacas con sésamo. Es lo más vegetariano que puedo encontrar. La chica morena siempre le dice a la pelirroja en un español perfecto: “siempre te toca a ti”. Se refiere a que siempre es la pelirroja la que, con una amplia sonrisa, me atiende a la hora de pagar la comida. Compartimos varias palabras y saludos y salgo corriendo para acompañar el arroz y las espinacas con una sopa de miso. También me he aficionado a unas algas coreanas nori que se preparan a modo de aperitivo. Todo en un ambiente cordial, amoroso, sencillo, alegre.

    Antes de venir a Ginebra me dieron los resultados de las analíticas que me había hecho y tras muchos años de dieta galletariana pensé que serían catastróficos. Pero el resultado fue que estaba todo correcto. Ni azúcar, ni ninguna carencia ni desequilibrio aparente. Llegué a la conclusión de que lo importante de la comida es que no exista violencia alguna en ella. No tan solo me refiero a la hora de que no exista un sacrificio de sangre, sino también, a la hora de recibirla en nuestros cuerpos. Si comes una galleta o un alga nori con una sonrisa y agradecimiento a la hora de recibirla en nuestros cuerpos, no debería hacernos ningún mal.

    Eso también ocurre con las relaciones humanas. Necesariamente tendemos a desconfiar, a ser egoístas con el otro, a mirar con recelo todo lo que venga de uno y otro. Es difícil mantener una posición alegre y tranquila. Muchos vivimos aún en la depredación, en el miedo a ser agredidos. Viendo las noticias te das cuenta de que aún estamos en un mundo violento donde unos agreden al otro simplemente por creer o pensar diferente. La violencia no tan solo es física, también es psicológica.

    Me pregunto qué pasaría si desde pequeños nos educaran a amar lo que comemos. Alguien debería inculcarnos agradecimiento y actos pacifistas a la hora de comer. Ayer, millones de pavos fueron sacrificados y consumidos por esa tradición extraña del día acción de gracias (Thanksgiving Day en inglés). La fiesta original seguramente era secular y tenía que ver con el fin de las cosechas, a modo de agradecimiento o fiesta que daba por concluida las actividades propias de la recolección. Realmente deberíamos recuperar el sentido original, al mismo tiempo que deberíamos inculcar ese agradecimiento de forma diaria. Habría que llevar a los niños desde muy pequeñitos a granjas escuelas para que supieran la procedencia real de las alitas de pollo o de los nuggets. Cosas tan inofensivas en apariencia pero que llevan consigo una gran carga de violencia congénita. El código abierto de la violencia nace en nuestros platos, en nuestros hábitos, en nuestra propia ignorancia consumista.

    Nos preguntamos muchas veces con cierta incredulidad como es posible que aún existan terroristas, o guerras o violencias de todo tipo. No debería extrañarnos tanto cuando aún, en ciertos hábitos, nos parecemos más a los animales que a los seres humanos completos. Un homo animal se alimenta de sangre. Una persona consciente y responsable adquiere hábitos de consumo más responsable consigo mismo, pero sobre todo, sensibles ante el resto de seres sintientes.

    En el Mikado podría haber escogido cualquier cosa para comer. Incluso podría haber incluido en mi diera cualquier otro tipo de alimento de procedencia animal. Pero al no hacerlo, de alguna forma estoy evitando un trozo, aunque sea mínimo, de terror. Algo menos de violencia se ha generado hoy en el mundo cuando en vez de comprar un producto compramos otro. Algo menos de terror asoma por cada país cuando empezamos a elegir las cosas desde una consciencia diferente. Una sonrisa a la pelirroja del Mikado y un poco de arroz es suficiente para seguir viviendo. Alegría y sencillez ante un mundo excesivamente complejo y extraño.