Las piedras del solsticio


 

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“Mirad cuán bueno y cuán agradable es que los hermanos habiten juntos en armonía. Es como el óleo precioso sobre la cabeza, el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón, que desciende hasta el borde de sus vestiduras. Es como el rocío de Hermón, que desciende sobre los montes de Sion; porque allí mandó el Señor la bendición, la vida para siempre”. Salmo 133

Las piedras no olvidan jamás el resquemor del tiempo. Sumadas unas a otras crean paredes, templos, oficios y hogares. Los jóvenes que se entregan a las costumbres temporales suelen abrigar entre sus paredes tesoros ocultos. La abnegación de esa dulce y hermosa caballería invisible por cuidar cada piedra, arrebatarla de musgos y líquenes, desbrozarla de helechos y zarzas que crecen en sus recovecos antiguos, es algo que con el tiempo se agradece. No hay reproches en aquellos que salvaguardan la intimidad, aquellos que sostienen la frágil memoria de una cultura que necesita ser alimentada por conocimiento y calor.

No existe espíritu de intriga en los valerosos que en silencio reconstruyen, siglo tras siglo, las pobladas oquedades del espíritu. Se sumen en una callada y sórdida melancolía que no terminan de entender. Se esfuerzan día y noche, bajo el mando de la quietud y la intuición, esmerándose en preparar lo mejor de sí. Pulen las piedras del camino al mismo tiempo que hacen de sí mismos una talla, una columna recta y perfeccionada día a día con sudor y trabajo.

A veces se reúnen en sigiloso y taciturno paso. Intentan honrar el tiempo en sus misteriosos traspasos de poder. Cuando el otoño se retira y aparece el invierno, la fiesta gira junto al fuego en la noche más larga. Las hogueras pretenden simbolizar la luz que renace, que se esconde para brillar más fuerte, aquella que mimosamente es cuidada para proteger y guiar al alma peregrina. Dar cobijo, preparar el pan, alimentar el alma, resucitar el espíritu invisible. Esa es la tarea.

Las fuerzas que se acumulan en cada interior son utilizadas durante el resto del año para procrear la vida y su sentido más profundo. Las semillas son albergadas en recintos oscuros y protegidos aguardando el resplandor y la explosión primigenia del tiempo vital. La noche oscura sirve para proteger y consolar, desde el frío halo, todo aquello que necesita reposo.

Entre el fuego se relatan los hechos antiguos. Se expresan las ideas para el nuevo año y se administra con sabiduría las proezas que deberán hacer aún más grande toda la obra. La imaginación intacta y febril provoca sueños que deberán tejerse en el resplandor de la luz matinal. Es esa la labor de todo tejedor, crear las consignas para el nuevo tiempo, manipular con su fuerza aquellas energías redentoras que deberán tejer las nuevas ideas, los nuevos edificios que piedra tras piedra serán construidos para la memoria colectiva.

Las piedras no olvidan jamás, por eso, tras el secreto alumbramiento de la luz, los constructores seguirán desbrozando, tallando, apilando una a una, tiempo a tiempo, todo cuanto saben. Los destinos ordinarios dejarán paso a la promesa de los hechos extraordinarios. La impronta de aquellos que antes que nosotros hicieron sus propias proezas sirven de inspiración para seguir adelante, para luchar contra el tedio mientras se resucita el espíritu precursor.

Siempre hubo una fascinación por lo desconocido. Por eso, en estas fechas señaladas, nos reunimos para acomodar el fuego a las historias que han de descifrar los entresijos de la vida. Los misterios serán relatados con símbolos, toques y señas ininteligibles. El secreto allanará el curso de la conversación mientras que el silencio se abrirá paso en el momento de la creación conjunta.

El egoísmo y la vanidad de los grandes se diluye en generosidad entre la caballería errante. Las glorias pasadas sirven de telón para producir nuevas oportunidades. La hermandad invisible se congrega nuevamente ante la vehemencia y el ardor del encuentro programado. Pronto será media noche en punto y empezará la fiesta solsticial. Feliz solsticio. Dad pan al que no tiene, hambre y sed de justicia al que tu colmaste.

 

Por qué los secretos y tesoros están a salvo


 

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“Ante el trono de Dios, el ángel, con los demás ángeles, permanecieron y exclamaron: ‘Señor de mi vida, concédeme la fortaleza para hollar el sendero de la revelación, cruzar el mar de la oscura ilusión y enfrentar el camino iluminado de la tierra’. Dios respondió: ‘Ve, y ve muy lejos’. (El Sendero de la Experiencia en la Tierra)

Esta mañana en la sala sonaba la “Messe Solennelle De Ste. Cécile” de Charles Gounod interpretada magistralmente por Elina Garanca. De alguna forma se había creado un espacio sagrado entre los tres componentes que allí estaban para dar continuidad a la transmisión de los misterios y aquel maestro de ceremonias, que viendo la dificultad del momento, amenizaba el lugar con esa música angelical. Los retos de aquellos caballeros que blandían sus almas para resguardar la vida del espíritu se representaba humilde en ese instante. Por dentro sentían cierta compunción por el drama del sacrificio mientras que por fuera intentaban demostrar entereza antes los retos que se presentaban. Traspasar los límites de la comprensión escenográfica era realmente complejo. Sólo desde la música se podía entender todo el conjunto.

Durante miles de años, el conocimiento, los tesoros espirituales, han estado siempre resguardados en impenetrables logias de sabiduría, en órdenes iniciáticas cuyo acceso era profundamente difícil. Las sociedades secretas eran las garantes de que la antigua sabiduría fuera depositada siempre en buenas manos. Solo los neófitos de corazón puro podían acceder a ella. Sólo los que habían entrenado un cuerpo sano y fuerte y una mente clara podían entender la sutileza de dichos tesoros. Los valores y virtudes de aquellos que durante eones han entregado sus vidas a esos propósitos se ve compensada por esa paz interior, por esa sonrisa que muestra la inocencia de un niño que arrima su mirada a los cielos que albergan la primavera humana.

A veces esos lugares misteriosos, especialmente cuando los tiempos son convulsos, se diluyen entre la maranta y la ciénaga misericordiosa confusión. Entran en lo que algunos dan por llamar la rama invisible de la creación, el estado puro donde nada ni nadie puede perturbar el trabajo que dará paso a las ideas y mejoras de las próximas centurias.

La oración y la súplica silenciosa atrae a los espíritus virginales que de forma poética y generosa cultivan la planta, el árbol, la vida. La fuente de agua pura solo es posible beberla ante un corazón lleno de gracia. Sólo aquellos de corazón puro, de espíritu alegre, de vida entregada pueden acceder libremente a los tesoros y secretos que la vida guarda para la construcción del Adytum. No hay más defensa que la pureza de intención. Todo está ahí, visible, pero solo los que sonríen como niños pueden verlo.

Por eso hoy los ángeles cantaban en esa sala. Era la señal de que todo estaba bien, de que las situaciones difíciles solo pretenden resguardar el secreto. Vendrán instantes mejores y las puertas del templo se abrirán para que de nuevo se regenere el espíritu de los tiempos. Mientras eso ocurre, los hermanos del espíritu libre seguirán trabajando en silencio para resguardar al peregrino, proteger los caminos y saciar al desconsolado. Todo ello en su entrega desapegada, todo ello bajo la melancólica mirada de los tiempos, sonrientes, a la espera de que todo esté preparado para la transmisión. Todo está a salvo, todo está bien.

 

 

Hacia un mundo lejano


 

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“Hijos míos, hijos míos, queridos hijos. No creáis que Nuestra Comunidad está oculta para la humanidad por un muro impenetrable. Las nieves del Himalaya que nos ocultan, no son obstáculo para los verdaderos buscadores, sino sólo para los curiosos. Observa la diferencia entre el buscador sincero y el árido y escéptico investigador. Conságrate a Nuestro trabajo, y te guiaré hacia el sendero del éxito, en el Mundo Lejano”. Las hojas del Jardín de Moya I, sutra 313, Agni Yoga Society, 1924.

Resulta complejo describir de forma profunda la belleza singular de los aledaños y profundos paisajes espirituales cuando el mundo solo alcanza a escudriñar los áridos pastos que acechan a nuestra siempre corta mirada. Hay personas, sin embargo, que se regocijan por el relato, a veces escueto, pero siempre misterioso, de aquellos que alcanzaron las tierras lejanas y pudieron volver para compartir la visión. Su mochila desprendida siempre es frágil, porque allí atesoran tan sólo lo necesario para seguir caminando. Y lo hacen, con paso firme, parando a veces en las moradas que el Camino, siempre protegido por sus guardianes, aguarda impaciente.

La creación de esas moradas siempre es complejo. El refugio en el Camino, el hospital para peregrinos del alma, la posada para el descanso necesario. Es una visión que no puede ser observada desde una visión plana, sino que recorre toda la necesaria perspectiva de los mundos invisibles. Dar de comer al hambriento y de beber al sediento no es tan sólo un estímulo para el guardián, sino, además, un sentido de vida necesario para que otros alcancen ese mundo lejano.

De ahí la complejidad de la visión, de la mirada multidimensional que necesita renovarse para seguir cumpliendo su misión, su propósito esencial en un tiempo y espacio recluidos pero estrechamente relacionados con el resto de tiempos y espacios.

El haz de luz que ilumina nuestro Camino es siempre necesario. Esa captación universal donde desaparece el sentido de separatividad, esa clara concepción del todo a la vez.

El filósofo griego Plotinus decía que el conocimiento tiene tres grados: opinión, ciencia e iluminación. Los instrumentos para alcanzar cada uno de los mismos es el sentido, la dialéctica y la intuición. Esta última, nos decía, es el conocimiento absoluto cimentado en la identificación de la mente conocedora con el objeto conocido. Por eso la visión se ensancha cuando nos identificamos con el propósito de nuestras vidas, con la transversalidad de todo cuanto hacemos.

Todo es complejo, de ahí que la triada silencio-conocimiento-acción sean imprescindibles para completar el proceso de toda voluntad. El sendero que nos lleva a ese mundo lejano descrito en el jardín del Morya y que Plotinus, avanzando su visión sobre la unidad llamaba Nous, es un viaje apasionante de máxima consagración. Es complejo, es difícil, pero tarde o temprano todos seremos llamados a guiar nuestros primeros pasos hacia ese valle donde las hojas otoñales se convierten en un mismo día en fructíferas flores de primavera.

Que la armonía interna nos conduzca hacia esa luz. Que el Camino se desvele ante el deseo ardiente y noble de nuestro corazón. Que los guardianes y moradores protejan y alimenten nuestros pasos. Feliz día, feliz jornada.

El silencio reina en ambas columnas


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“Me doy cuenta que si fuera estable, prudente y estático; viviría en la muerte. Por consiguiente, acepto la confusión, la incertidumbre, el miedo y los altibajos emocionales, por que ése es el precio que estoy dispuesto a pagar por una vida fluida, perpleja y excitante.” Carl Rogers

Se acaban de marchar los últimos peregrinos del alma y tras un verano intenso donde las luminarias no han parado de venir a este pequeño paraíso terrenal el silencio reina en ambas columnas. La soledad, el preludio del otoño con estas primeras lluvias tras dos meses de sequía, las hojas que cubren el manto amarillento y el verde que empieza a florecer por todas partes son ya señales de que un nuevo ciclo se acerca. Recogimiento, introspección, silencio.

Han sido unos meses de mucho estrés, de mucho movimiento interior y exterior, de muchas experiencias duras y profundas, algunas secretas, indescriptibles, fuertes. Ahí están para alumbrar la sabiduría, para fortalecer la voluntad y para protegernos de la ignorancia bajo el humilde manto del amor y la compasión. Hemos pagado el precio de una vida fluida, perpleja y excitante. Hemos también reclamado el salario en la columna del estudio, la introspección y el servicio.

Las columnas de todo templo que se precie están decoradas con granadas. Para los iniciados en las artes del símbolo esto denota la abundancia que es fruto de una utilización sabia de los dones que recibimos. Explorar esos dones solo es posible si somos capaces de ofrecer tiempo y espacio a esa mirada que tiene como premisa el progreso de la humanidad, intentando elevar el nivel de nuestra vida moral y social, y de paso, la de quienes nos rodean. Esos dones se manifiestan en el silencio, en el tiempo otoñal de nuestras vidas, en aquello que abarca la plenitud de lo que anhelamos.

En la quietud silenciosa damos más espacios al espíritu y dejamos que el alma, puente imprescindible hacia la vida trascendental, sucumba en sus anhelos. Es algo que está ahí, a veces de forma imperceptible. Podemos apreciarlo o no, podemos verlo o no, podemos utilizarlo o no. Eso dependerá de nuestra capacidad de vivir una vida lúcida y despierta o, por el contrario, sucumbir a una vida plácida pero estable, prudente y estática.

La Voz del Silencio siempre es buena compañera. El silencio es el antakarana, el puente, hacia lo trascendental. Dharana significa “concentración”. Es lo que precede en la meditación raja yoga a Dyana y Samadi. La iluminación, nos dicen, solo es posible desde el silencio. También la paz, el amor y eso que llaman la vida eterna. No hay mayor iluminación que la cotidiana, esa que nos lleva por las veredas de la verdad silenciosa, del susurro melódico del devenir que experimentamos a cada instante. Si nos fijamos con detalle en la vida observamos con asombro y sorpresa que todo cuanto ocurre ha sido tejido minuciosamente por una dimensión arquetípica inabarcable. No podemos entenderla al igual que el ave no intenta comprender el misterioso regalo del viento. Pero podemos observarla, navegarla, experimentarla.

Lejos del ruido y la indiscreción profana los estudiantes se reúnen para recibir su salario. Son los dones, puestos al servicio de lo trascendente, la paga ansiada. Desde una de las columnas que decoran el templo se avista claramente la cámara interior. Un secreto encierra. El secreto de la quietud, del silencio, del anhelo. Una esperanza alberga: el poder compartirlo, entregarlo, donarlo. El don nace para ser dado. Donar, dar, como lo hace el sol o la naturaleza es el mayor de los secretos aún por descubrir.

Imagina un mundo nuevo


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Todo empieza en la mente. Cualquier acto, cualquier cosa que realizamos de forma individual o colectiva surge de un pensamiento. La mente es la masa de arquitectura y el corazón es la fuerza que empuja la creación hacia cualquier cometido. Estamos aprendiendo a pensar, a razonar por nosotros mismos y a ser creadores de cosas, de momentos, de experiencias, de relaciones, de sueños. Estamos empoderando nuestras vidas más allá de las estructuras que nos han ido inculcando y podemos empezar a diseñar nuestras vidas de forma diferente, emancipados del miedo y la ignorancia.

El deseo nos llena de magia la existencia. El instinto lo empuja. La intuición la eleva. Porque es cierto, y esto también forma parte de ese descubrimiento, que podemos elevar nuestras vidas hacia dimensiones aún más amplias y extensas. Estamos empezando a desvelar ese nuevo mundo que necesitamos. Esto resulta ser una revelación porque podemos guiar nuestras vidas hacia un sentido nuevo.

En las antiguas órdenes religiosas, algunos hermanos se reunían en secreto para relacionar los asuntos de su causa mayor. “Gentiles señores hermanos, levantaos y rogad a Nuestro Señor que su santa gracia descienda sobre nosotros”. Esa visión divina de la vida les dotaba de una fuerza y un propósito mayor a sus propias vidas. Cuando los caballeros se reunían para glorificar a su santo Arquitecto estaban delegando sus vidas a un propósito mayor. De alguna forma estaban imaginando un mundo nuevo, ese mundo descrito por aquel al que ellos llamaban respetuosamente Señor o Maestro.

El reino de Dios era para ellos el reino del amor, el reino del respeto, la tolerancia y la justicia, la libertad y la fraternidad entre los hombres y mujeres de buena voluntad. Ese reino imaginado en los corazones ingenuos de aquellas gentes era algo realmente poderoso. Les dotaba del coraje necesario para crear y disciplinar un plano, el de la mente, aún embrionario.

La adoración y la disciplina hicieron que la vida fluyera hacia los mundos abstractos de la creación. El ser humano pasó de creer en Dios a endiosarse con su aparente infinito poder creador. Al mismo tiempo que esto ocurría la creencia, que antes era institucional y compartida, se volvía cada vez más privada y silenciosa. De alguna forma el Señor, el Maestro del que hablamos predijo lo que pasaría en un futuro: “pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cuando hayas cerrado la puerta, ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”. Aquel que se desvanecía en el desierto para orar en secreto, aquel que se despedía de la multitud y subía al monte a solas para orar; y al anochecer, estaba allí solo, no era más que un profeta del futuro, un ser que entendió la evolución humana, su papel en la creación y el desarrollo que la mente tendría en un futuro. El Señor, el Maestro, era un instructor del futuro, un pedagogo de todos los tiempos.

Los adeptos más destacados siguieron sus pasos. Sabían que el corazón del místico solo podría expandir toda su gloria bajo el tupido manto del conocimiento, del esotérico y del exotérico. Corazón y mente unidos para escalar a las montañas del silencio y la plenitud y descubrir el verdadero sentido de toda la existencia. Adeptos que superaron el estadio místico y esotérico y se entregaron en vida a una causa desconocida, pero necesaria para crear ese mundo nuevo. Entregados e integrando el amor y la sabiduría mediante la voluntad al bien, hacen progresar en silencio al conjunto de la humanidad. Su inspiración y su proclama bandera de la paz seguirán instruyendo siempre nuestro futuro, nuestro particular nuevo mundo. Sus plegarias, sus oraciones silenciosas allá en el desierto construyen la realidad futura. Contribuyamos con ellos imaginándola.

Sobre la naturaleza del alma


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“El Ser Supremo tiene dos naturalezas, superior y inferior, tierra, aire, fuego, agua, éter, mente, entendimiento y sentido del yo es la óctuple división de mi naturaleza, pero esta es mi naturaleza inferior, mi otra naturaleza, la superior, por la cual el mundo asciende, es el alma, la consciencia”. Bhagavad Gita

Es cierto que entregar unos años de tu vida a un propósito invisible para los ojos que se fijan en las cosas de la tierra puede resultar una pérdida de tiempo. Puedes ver a un leñador atizar el fuego de una chimenea en otoño y olvidar que durante el verano estuvo trabajando duro en la espesura del bosque. Puedes ver caer las semillas en la tierra húmeda y obviar los procesos invisibles que se desarrollarán en toda su explosión de vida futura. El agua que circula rauda en primavera se cuela por los acertijos del valle para penetrar en las profundidades calizas y albergar en oscuras cuencas el líquido de vida que muchos beberán. El aire circula afanoso transportando ideas mientras el fuego, avivado por la lucha de las estaciones, expande su calor en las estancias invernales.

Más allá del mundo de la forma, de la estrecha mirada fenomenológica que todo lo entiende porque muestra tan solo las partes finitas de los hechos, existe un mundo aún más rico y extenso donde las causas no tienen fin y la naturaleza se expresa de forma ascendente. Es allí donde moran, en posadas trasparentes cargadas de luz y brillantes paredes  aquello que llamamos el alma y la consciencia. Es allí donde los propósitos se apoderan de nuestras vidas y nos conducen a realizar cosas que son incomprensibles para la mirada corta.

En esas moradas viven aquellos que vigilan e inspiran nuestros actos. Aquellos que esperan ansiosos el que fijemos la mirada no en la parte carnal de las cosas, sino en los rostros invisibles de las mismas. Aquellos que implantan con paciencia la esperanza en nuestros corazones, esperando cautos que nuestra obra se fije con las columnas de la virtud, la razón y la verdad.

Hay una promesa en el aire que inspira constantemente pensamientos simientes, consciencias altamente cualificadas para regenerar la vida que está más allá de lo aparente. Hay muchos servidores cuya misión consiste en anclar en lugares fijos luminarias que atraigan a los buscadores ansiosos por elevar la mirada hacia ese cielo trasparente. La ciudad resplandeciente espera los latidos de nuestros corazones, esos que son como los tambores que dan la bienvenida a los héroes. A veces ocurre que nuestros latidos se pierden en la espesura de la afanosa vida y olvidamos el llamado que nos conmovió hacia la urgencia de actuar. La llama resplandeciente que algún día iluminó nuestro centro termina apagada por falta de ese combustible que regenera constantemente nuestra existencia.

Estamos, todos, llamados a una naturaleza superior, a un camino que tiene que ver más con la amplitud de la vida que con la estrecha rigidez de nuestra naturaleza pequeña. Hay algo que nos conmueve para seguir avanzando y creciendo hacia el mundo del espíritu. Hay algo que nos empuja más allá de los causas y los arquetipos que hace ascender al mundo. Ese algo debe latir fuerte en nosotros. Ese algo nos debe convertir todos los días en brillantes estrellas en la oscura noche.

Atrévete a hollar


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Los trabajadores están ahí, esperando quizás el soplo de alguna llama interna que les guíe por las veredas del servicio, de la acción, de la intuición grupal. Aguardan en la penumbra, en la niebla, en el borde del camino alguna señal, ignorando todas aquellas que desde lo más remoto aparece a cada instante. A veces se sienten desorientados y repiten una y otra vez aquel viejo mantra de siglos pasados. Aman pero desde el desconocimiento, alejados de la raíz de aquello que les fuerza a resumir en palabras una sabiduría necesaria. También aman, o intentan amar, sin voluntad alguna, esgrimiendo la responsabilidad en cosas superfluas.

La pérdida de sentido es propia. Ignoran que son piezas de algo mayor, que sirven de engranaje de una malla aún más amplia que su propia esfera de influencia. Requieren advertencias, requerimientos y guiños para intentar comprender que el trabajo no es algo aislado, individual y temporal. Deben entender que la búsqueda de sentido solo puede ser posible ante la actuación de aquellos que cabalgan juntos en un mismo corcel.

Hay un propósito oculto que está presto a ser aplicado de forma inteligente. Somos corresponsables de su empleo, de su puesta en marcha en el mundo real. Los trabajadores están ahí, esperando inmaduros la señal. Mientras, la potencia del trabajo corresponde a una necesidad que se agranda ante nuestro miedo y pesar.

El mundo arquetípico espera, no tiene prisa por enfrentarse al mundo con diligencia y ecuanimidad. Es ese lugar de elevada inspiración y de luz donde las formas no producen sombra y por lo tanto, no existe confusión. Elevar nuestra mirada a esa visión más grande, más amplia, más profunda, requiere cierto entrenamiento, cierta disciplina. Pero también cierta voluntad de obrar hacia esas metas de amor y compasión hacia los seres sintientes. Esa misma necesidad de querer transformar y elevar las cosas bellas a un plano aún más abarcante, armónico y eficaz. Esa energía elevada que requiere atención plena, entrega y fuerza para arrancar de la inercia el esperado sueño.

Queremos y estamos dispuesto a ello. Sólo debemos empezar a recordar quienes somos, cual es el motivo real de nuestra vida y por qué avanzamos juntos en esta nodriza que tanto nos da. Podemos despertar al furor de la urgencia, podemos abrazar el inmanente sueño común y volver a sentir el roce suave de la esperanza.

Ya no es una ficción el poder hablar de un mundo nuevo. Es algo que sembró en la tierra del ayer y que se expresa tímido en los brotes del presente y sempiterno ahora. Ya es posible vivir para siempre en esa emoción. Tomemos un momento para rememorar la esencia de nuestro propósito interior y poder así expresarlo sin miedo, sin temor. Tomemos un momento para expresar libres esa gran propuesta.