Nunca es siempre así…


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© j.u.l.i.e.n.g

El que se contenta con su dorada medianía / no padece intranquilo las miserias de un techo que se desmorona, / ni habita palacios fastuosos / que provoquen a la envidia.                  Odas de Horacio (Carminum II, 10 “A Licinio”).

 

Así me lo recordaba ayer una amiga, citando una frase escrita por Jack Kordfield y que describe perfectamente el principio budista de la impermanencia. Nunca es siempre así, porque el dolor no dura siempre, ni la felicidad, ni nada de lo que conocemos. Todo cambia, todo se transmuta. El Anitya budista, el principio de transitoriedad, donde toda existencia está inevitablemente sujeta al cambio. En las enseñanzas de la meditación vipassana, se nos enseña la idea profunda de que todas las cosas son transitorias, por lo tanto, aferrarse a ellas es siempre un empeño vano que conduce al sufrimiento. Este sufrimiento es conocido como Duḥkha. Si nos aferramos a las cosas que ya no están, que ya tuvieron su tiempo, que ya no existen en nuestra realidad, estamos agrandando la brecha de ese sufrimiento. Por lo tanto, todo lo que es aparente, es siempre insustancial o Anātman. Lo único que permanece es el cambio, la constante transformación.

Hay tres características fundamentales en las enseñanzas budistas, llamadas las Tri Laksanas: transitoriedad o Anitya, insustancialidad o Anātman y sufrimiento o Duḥkha. La estabilidad es una ilusión a la que nos aferramos de forma arbitraria, ignorando siempre esta sustancia de flujo movible. Somos seres cambiantes en un mundo cambiante, de ahí que nada sea seguro. No podemos aferrarnos ni creer que las situaciones que ahora vivimos, las emociones que sentimos o los pensamientos que tenemos van a ser fijos. Cada minuto de nuestras vidas es diferente y, por lo tanto, también nuestra propia condición humana. Ya no somos lo que éramos hace unos años y ya no somos lo que fuimos hace unos minutos. Estamos en un proceso de constante e irremediable cambio. ¿Por qué aferrarse entonces al pasado, al presente o al futuro? ¿Por qué aferrarse a emociones que pertenecían a otro tiempo o a ilusiones de cosas ficticias? ¿Por qué aferrarse a nuestro presente inmediato, a sabiendas que todo cambiará? Trabajo, pareja, familia, salud, tiempo. Todo son constantes circunstanciales que se manifiestan y que desaparecen tarde o temprano.

No existe la certidumbre absoluta. Esta es una realidad poderosa que siempre intentamos evitar. Deseamos llevar una vida normal, una vida segura, pero en cualquier momento todo eso puede desaparecer de un plumazo, en un segundo, en un instante. Nuestros trabajos desaparecen, nuestra salud se marcha, nuestras parejas nos abandonan, los hijos hacen su vida. Esta idea nos puede crear incertidumbre y sufrimiento, pero también, reflexionada con calma, nos puede preparar para hacernos fuertes ante lo que se pueda avecinar. El desapego hacia las cosas, las experiencias y las personas es siempre un eterno aprendizaje.

El budismo nos dice mediante sus cuatro nobles verdades que el sufrimiento (dukkha) existe, que el mismo tiene una causa, que el sufrimiento se puede eliminar y que el sufrimiento tiene un camino para su eliminación: el noble óctuple camino. En esta maraña de enseñanzas aparentemente claras y sencillas, la realidad que habitamos siempre es compleja y obtusa. De ahí que el amor, la sabiduría y la voluntad deben ayudarnos a discernir una y otra vez la posición que habitamos en nuestras vidas, la felicidad en la que vivimos y el tipo de libertad que disponemos y deseamos. Siendo así, deseamos que todos los seres sintientes sean felices… Anitya! Anitya! Anitya!

 

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Reverencia profunda


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© Ozkan Konu

“En ese momento, al soplar el viento, fui consciente de que el aire existía. Lo mismo el sol: de repente me percaté del sol brillando entre los árboles; su luz, su calor. Un don completamente gratuito y a nuestra disposición para que lo disfrutemos. Sin pensarlo, de forma totalmente espontánea, junté mis manos, y me di cuenta de que estaba haciendo una reverencia. Comprendí que eso es todo lo que importa: que podamos hacer una reverencia, una reverencia profunda. Solo eso. Solo eso”. Rev. Eido Shimano

Cerca del mar hay una pequeña comunidad cristiana, casi anónima, casi desconocida. Los lunes se reúnen en una pequeña capilla habilitada en uno de los rincones de la casa. Una veintena de personas, primero en silencio y luego cantando a la luz de siete velas, ofrecen un momento de calma y remanso para el alma. Hacen una reverencia a la luz, simbolizada por el Cristo de sus creencias. Se inclinan ante ese arquetipo solar y oran para que la lucidez se extienda por los dominios de la tierra. Tuve la suerte de descalzar mis zapatos, desanudar por un instante mi mente y vaciarme ante la presencia de lo inconmensurable representado en símbolos. Ofrecí la comunión al silencio y dediqué mi plegaria a ese instante irrepetible y único. Cerré los ojos, junté mis manos, oré, canté y me desplacé con cierta gracia y alegría hasta las huestes celestiales. Quizás tan solo por un momento, pero suficiente para poder contemplar el aliento de la vida, el sentido profundo de la existencia, la magnitud de lo inabarcable.

Tras el rezo y el canto vino el tradicional ágape ya distendido, humano, cercano. Me invitaron, como mensajero esporádico, a explicar qué se cuece más allá del septentrión, cerca del fin de la tierra. Realmente no traía muchas buenas nuevas, excepto la ilusión de pensar que, tras cinco años de esfuerzos, otra comunidad está germinando en algún lugar del mundo.

Luego llegó la noche y recordé la invitación a Tierra Santa. Por tres veces me tentaron con ese viaje y pensé que sería bueno claudicar a la llamada, ir al desierto, llevarme mis demonios encima del hombro y buscar durante cuarenta noches la forma de expulsarlos de mi vida para siempre. O al menos para esta prueba significativa. Decir adiós a esa pesada carga, a ese infortunio que no cesa e intentar que el año nuevo se presente desde una perspectiva diferente.

La oración en la capilla me recordó la necesidad de huir, primero de mí mismo, por eso de que nosotros siempre somos nuestro peor enemigo, y luego de esta tormenta que no cesa. Huir, huir, huir bien lejos, sin remordimientos, sin necesidad de búsqueda ni de encuentro. Sólo huir por los caminos y las veredas del llanto, hasta llegar a alguna orilla, arrodillarme ante la inmensidad y orar. Necesito recordar, volver a recordar, que lo único que importa es poder arrodillarse ante el infinito, ante el absoluto más profundo, para poder hacer una humilde reverencia. Y para eso huiré al desierto. No será importante lo que allí ocurra. Sólo me inclinaré de nuevo para darme cuenta de que eso es lo único que necesitamos. Arrodillarnos humildes, lejos del ruido, cercados por el silencio, abrigados por la inmensidad.

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El silencioso sacrificio del ego


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 “En el tercer domingo de Adviento: el hombre busca la realidad verdadera, que se encuentra en lo espiritual. La clave para esta realidad y para toda cognición espiritual es el sacrificio. La voz de la quietud dice: no quiero hacer sufrir a nadie, quiero perdonarlo todo.”  Rudolf Steiner

Silencioso y siempre doloroso. Silencioso porque sabes que no puedes atar la experiencia cuando la experiencia ya siente que su proceso ha terminado. Sabes también que esa experiencia no tiene la suficiente fuerza para marcharse por sí sola. Entonces haces lo necesario para que la fuerza proponga soluciones y luego la ayudes con cierto empuje. El alma pone toda su fuerza para reordenar el escenario, el empuje lo da el ego cuando, retorcido de dolor, se ve en la necesidad, contra su voluntad, de obedecer los designios. Si fuerzas con rabia, el empuje sale de forma descontrolada pero efectiva, la experiencia desaparece, huye despavorida. Eso era lo que se hacía en silencio, pero con cierto deseo de liberar aquella actividad que por sí sola no tenía fuerza ni valentía para hacerlo. Si miras desde lo más alto eres capaz de hacer el sacrificio. Cuando la experiencia siente que todo ha terminado, hay que liberarla, aunque duela, aunque sintamos apego, aunque la queramos para nosotros. La presión es dolorosa, pero necesaria. El sacrificio del ego sufre como una segunda muerte.

Es doloroso porque si amas realmente, no deseas perturbar la nueva etapa vital con las pequeñas cosas y eso necesariamente requiere un sacrificio. Prefieres dejar la experiencia lo más libre que puedas para que la experiencia decida y se trascienda, disfrute de verdad de ese nuevo reto vital que se ha diseñado para empezar en otro escenario diferente, pero con las mismas pruebas, ahora incrementadas. Si amas de verdad, solo puedes desear lo mejor para el otro, y quizás lo mejor para el otro en esos momentos es que el alma se retire, esté en un segundo plano, sin hacer mucho ruido, callada, respetando y aceptando la situación y aceptando el sacrificio doloroso del ego. En esa retirada hay una parte de riesgo, pero de ahí viene el misterio del sacrificio oculto. Al retirar voluntariamente el alma, liberas la experiencia para que siga su camino si decisió que el anterior estaba agotado o no merecía la pena continuar en el mismo.

En todo este juego de máscaras hay verdades veladas y decisiones complejas. El ego sigue jugando su rol para alejar lejos la experiencia, para que se libere y encuentre su nuevo marco dimensional. El ego se rompe en el proceso, padece, sufre. Y al hacerlo, de alguna forma la empuja a ello. Desde un punto de vista energético, la persona se ha topado con un nodo y ese nodo la ha impulsado hacia otra dimensión. Pero no siendo suficiente, al alcanzar el impulso e instalarse en ese nuevo marco de experiencia, el nodo desaparece, se sacrifica para permitir la corriente energética y la nueva enseñanza. El nodo es la fuerza que atrae, pero también la fuerza que repele para redimensionar la experiencia. Para que eso ocurra, como una gran catapulta que lanza al ser hacia el nuevo estadio, hay un momento de retiro, de sombra, de dolor inevitable.

En el imaginario de las máscaras cada cual juega su rol para que así sea. Uno se siente triunfador y feliz por haber llegado tan lejos y el otro agotado, dolorido, roto por el esfuerzo del lanzamiento. Así hasta que el alma, el nodo, vuelva de nuevo a su lugar, y la experiencia se fortalezca para vivir su nueva vida. Si lo consigue, si es fuerte para soportar las nuevas enseñanzas, todo habrá tenido sentido. Si fracasa, volverá de nuevo al punto de partida hasta que esté preparada. Todo se reorganiza de nuevo. Todo vuelve a su lugar. Todo es volver a empezar.

Las piedras del solsticio


 

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“Mirad cuán bueno y cuán agradable es que los hermanos habiten juntos en armonía. Es como el óleo precioso sobre la cabeza, el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón, que desciende hasta el borde de sus vestiduras. Es como el rocío de Hermón, que desciende sobre los montes de Sion; porque allí mandó el Señor la bendición, la vida para siempre”. Salmo 133

Las piedras no olvidan jamás el resquemor del tiempo. Sumadas unas a otras crean paredes, templos, oficios y hogares. Los jóvenes que se entregan a las costumbres temporales suelen abrigar entre sus paredes tesoros ocultos. La abnegación de esa dulce y hermosa caballería invisible por cuidar cada piedra, arrebatarla de musgos y líquenes, desbrozarla de helechos y zarzas que crecen en sus recovecos antiguos, es algo que con el tiempo se agradece. No hay reproches en aquellos que salvaguardan la intimidad, aquellos que sostienen la frágil memoria de una cultura que necesita ser alimentada por conocimiento y calor.

No existe espíritu de intriga en los valerosos que en silencio reconstruyen, siglo tras siglo, las pobladas oquedades del espíritu. Se sumen en una callada y sórdida melancolía que no terminan de entender. Se esfuerzan día y noche, bajo el mando de la quietud y la intuición, esmerándose en preparar lo mejor de sí. Pulen las piedras del camino al mismo tiempo que hacen de sí mismos una talla, una columna recta y perfeccionada día a día con sudor y trabajo.

A veces se reúnen en sigiloso y taciturno paso. Intentan honrar el tiempo en sus misteriosos traspasos de poder. Cuando el otoño se retira y aparece el invierno, la fiesta gira junto al fuego en la noche más larga. Las hogueras pretenden simbolizar la luz que renace, que se esconde para brillar más fuerte, aquella que mimosamente es cuidada para proteger y guiar al alma peregrina. Dar cobijo, preparar el pan, alimentar el alma, resucitar el espíritu invisible. Esa es la tarea.

Las fuerzas que se acumulan en cada interior son utilizadas durante el resto del año para procrear la vida y su sentido más profundo. Las semillas son albergadas en recintos oscuros y protegidos aguardando el resplandor y la explosión primigenia del tiempo vital. La noche oscura sirve para proteger y consolar, desde el frío halo, todo aquello que necesita reposo.

Entre el fuego se relatan los hechos antiguos. Se expresan las ideas para el nuevo año y se administra con sabiduría las proezas que deberán hacer aún más grande toda la obra. La imaginación intacta y febril provoca sueños que deberán tejerse en el resplandor de la luz matinal. Es esa la labor de todo tejedor, crear las consignas para el nuevo tiempo, manipular con su fuerza aquellas energías redentoras que deberán tejer las nuevas ideas, los nuevos edificios que piedra tras piedra serán construidos para la memoria colectiva.

Las piedras no olvidan jamás, por eso, tras el secreto alumbramiento de la luz, los constructores seguirán desbrozando, tallando, apilando una a una, tiempo a tiempo, todo cuanto saben. Los destinos ordinarios dejarán paso a la promesa de los hechos extraordinarios. La impronta de aquellos que antes que nosotros hicieron sus propias proezas sirven de inspiración para seguir adelante, para luchar contra el tedio mientras se resucita el espíritu precursor.

Siempre hubo una fascinación por lo desconocido. Por eso, en estas fechas señaladas, nos reunimos para acomodar el fuego a las historias que han de descifrar los entresijos de la vida. Los misterios serán relatados con símbolos, toques y señas ininteligibles. El secreto allanará el curso de la conversación mientras que el silencio se abrirá paso en el momento de la creación conjunta.

El egoísmo y la vanidad de los grandes se diluye en generosidad entre la caballería errante. Las glorias pasadas sirven de telón para producir nuevas oportunidades. La hermandad invisible se congrega nuevamente ante la vehemencia y el ardor del encuentro programado. Pronto será media noche en punto y empezará la fiesta solsticial. Feliz solsticio. Dad pan al que no tiene, hambre y sed de justicia al que tu colmaste.

 

Por qué los secretos y tesoros están a salvo


 

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“Ante el trono de Dios, el ángel, con los demás ángeles, permanecieron y exclamaron: ‘Señor de mi vida, concédeme la fortaleza para hollar el sendero de la revelación, cruzar el mar de la oscura ilusión y enfrentar el camino iluminado de la tierra’. Dios respondió: ‘Ve, y ve muy lejos’. (El Sendero de la Experiencia en la Tierra)

Esta mañana en la sala sonaba la “Messe Solennelle De Ste. Cécile” de Charles Gounod interpretada magistralmente por Elina Garanca. De alguna forma se había creado un espacio sagrado entre los tres componentes que allí estaban para dar continuidad a la transmisión de los misterios y aquel maestro de ceremonias, que viendo la dificultad del momento, amenizaba el lugar con esa música angelical. Los retos de aquellos caballeros que blandían sus almas para resguardar la vida del espíritu se representaba humilde en ese instante. Por dentro sentían cierta compunción por el drama del sacrificio mientras que por fuera intentaban demostrar entereza antes los retos que se presentaban. Traspasar los límites de la comprensión escenográfica era realmente complejo. Sólo desde la música se podía entender todo el conjunto.

Durante miles de años, el conocimiento, los tesoros espirituales, han estado siempre resguardados en impenetrables logias de sabiduría, en órdenes iniciáticas cuyo acceso era profundamente difícil. Las sociedades secretas eran las garantes de que la antigua sabiduría fuera depositada siempre en buenas manos. Solo los neófitos de corazón puro podían acceder a ella. Sólo los que habían entrenado un cuerpo sano y fuerte y una mente clara podían entender la sutileza de dichos tesoros. Los valores y virtudes de aquellos que durante eones han entregado sus vidas a esos propósitos se ve compensada por esa paz interior, por esa sonrisa que muestra la inocencia de un niño que arrima su mirada a los cielos que albergan la primavera humana.

A veces esos lugares misteriosos, especialmente cuando los tiempos son convulsos, se diluyen entre la maranta y la ciénaga misericordiosa confusión. Entran en lo que algunos dan por llamar la rama invisible de la creación, el estado puro donde nada ni nadie puede perturbar el trabajo que dará paso a las ideas y mejoras de las próximas centurias.

La oración y la súplica silenciosa atrae a los espíritus virginales que de forma poética y generosa cultivan la planta, el árbol, la vida. La fuente de agua pura solo es posible beberla ante un corazón lleno de gracia. Sólo aquellos de corazón puro, de espíritu alegre, de vida entregada pueden acceder libremente a los tesoros y secretos que la vida guarda para la construcción del Adytum. No hay más defensa que la pureza de intención. Todo está ahí, visible, pero solo los que sonríen como niños pueden verlo.

Por eso hoy los ángeles cantaban en esa sala. Era la señal de que todo estaba bien, de que las situaciones difíciles solo pretenden resguardar el secreto. Vendrán instantes mejores y las puertas del templo se abrirán para que de nuevo se regenere el espíritu de los tiempos. Mientras eso ocurre, los hermanos del espíritu libre seguirán trabajando en silencio para resguardar al peregrino, proteger los caminos y saciar al desconsolado. Todo ello en su entrega desapegada, todo ello bajo la melancólica mirada de los tiempos, sonrientes, a la espera de que todo esté preparado para la transmisión. Todo está a salvo, todo está bien.

 

 

Hacia un mundo lejano


 

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“Hijos míos, hijos míos, queridos hijos. No creáis que Nuestra Comunidad está oculta para la humanidad por un muro impenetrable. Las nieves del Himalaya que nos ocultan, no son obstáculo para los verdaderos buscadores, sino sólo para los curiosos. Observa la diferencia entre el buscador sincero y el árido y escéptico investigador. Conságrate a Nuestro trabajo, y te guiaré hacia el sendero del éxito, en el Mundo Lejano”. Las hojas del Jardín de Moya I, sutra 313, Agni Yoga Society, 1924.

Resulta complejo describir de forma profunda la belleza singular de los aledaños y profundos paisajes espirituales cuando el mundo solo alcanza a escudriñar los áridos pastos que acechan a nuestra siempre corta mirada. Hay personas, sin embargo, que se regocijan por el relato, a veces escueto, pero siempre misterioso, de aquellos que alcanzaron las tierras lejanas y pudieron volver para compartir la visión. Su mochila desprendida siempre es frágil, porque allí atesoran tan sólo lo necesario para seguir caminando. Y lo hacen, con paso firme, parando a veces en las moradas que el Camino, siempre protegido por sus guardianes, aguarda impaciente.

La creación de esas moradas siempre es complejo. El refugio en el Camino, el hospital para peregrinos del alma, la posada para el descanso necesario. Es una visión que no puede ser observada desde una visión plana, sino que recorre toda la necesaria perspectiva de los mundos invisibles. Dar de comer al hambriento y de beber al sediento no es tan sólo un estímulo para el guardián, sino, además, un sentido de vida necesario para que otros alcancen ese mundo lejano.

De ahí la complejidad de la visión, de la mirada multidimensional que necesita renovarse para seguir cumpliendo su misión, su propósito esencial en un tiempo y espacio recluidos pero estrechamente relacionados con el resto de tiempos y espacios.

El haz de luz que ilumina nuestro Camino es siempre necesario. Esa captación universal donde desaparece el sentido de separatividad, esa clara concepción del todo a la vez.

El filósofo griego Plotinus decía que el conocimiento tiene tres grados: opinión, ciencia e iluminación. Los instrumentos para alcanzar cada uno de los mismos es el sentido, la dialéctica y la intuición. Esta última, nos decía, es el conocimiento absoluto cimentado en la identificación de la mente conocedora con el objeto conocido. Por eso la visión se ensancha cuando nos identificamos con el propósito de nuestras vidas, con la transversalidad de todo cuanto hacemos.

Todo es complejo, de ahí que la triada silencio-conocimiento-acción sean imprescindibles para completar el proceso de toda voluntad. El sendero que nos lleva a ese mundo lejano descrito en el jardín del Morya y que Plotinus, avanzando su visión sobre la unidad llamaba Nous, es un viaje apasionante de máxima consagración. Es complejo, es difícil, pero tarde o temprano todos seremos llamados a guiar nuestros primeros pasos hacia ese valle donde las hojas otoñales se convierten en un mismo día en fructíferas flores de primavera.

Que la armonía interna nos conduzca hacia esa luz. Que el Camino se desvele ante el deseo ardiente y noble de nuestro corazón. Que los guardianes y moradores protejan y alimenten nuestros pasos. Feliz día, feliz jornada.

El silencio reina en ambas columnas


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“Me doy cuenta que si fuera estable, prudente y estático; viviría en la muerte. Por consiguiente, acepto la confusión, la incertidumbre, el miedo y los altibajos emocionales, por que ése es el precio que estoy dispuesto a pagar por una vida fluida, perpleja y excitante.” Carl Rogers

Se acaban de marchar los últimos peregrinos del alma y tras un verano intenso donde las luminarias no han parado de venir a este pequeño paraíso terrenal el silencio reina en ambas columnas. La soledad, el preludio del otoño con estas primeras lluvias tras dos meses de sequía, las hojas que cubren el manto amarillento y el verde que empieza a florecer por todas partes son ya señales de que un nuevo ciclo se acerca. Recogimiento, introspección, silencio.

Han sido unos meses de mucho estrés, de mucho movimiento interior y exterior, de muchas experiencias duras y profundas, algunas secretas, indescriptibles, fuertes. Ahí están para alumbrar la sabiduría, para fortalecer la voluntad y para protegernos de la ignorancia bajo el humilde manto del amor y la compasión. Hemos pagado el precio de una vida fluida, perpleja y excitante. Hemos también reclamado el salario en la columna del estudio, la introspección y el servicio.

Las columnas de todo templo que se precie están decoradas con granadas. Para los iniciados en las artes del símbolo esto denota la abundancia que es fruto de una utilización sabia de los dones que recibimos. Explorar esos dones solo es posible si somos capaces de ofrecer tiempo y espacio a esa mirada que tiene como premisa el progreso de la humanidad, intentando elevar el nivel de nuestra vida moral y social, y de paso, la de quienes nos rodean. Esos dones se manifiestan en el silencio, en el tiempo otoñal de nuestras vidas, en aquello que abarca la plenitud de lo que anhelamos.

En la quietud silenciosa damos más espacios al espíritu y dejamos que el alma, puente imprescindible hacia la vida trascendental, sucumba en sus anhelos. Es algo que está ahí, a veces de forma imperceptible. Podemos apreciarlo o no, podemos verlo o no, podemos utilizarlo o no. Eso dependerá de nuestra capacidad de vivir una vida lúcida y despierta o, por el contrario, sucumbir a una vida plácida pero estable, prudente y estática.

La Voz del Silencio siempre es buena compañera. El silencio es el antakarana, el puente, hacia lo trascendental. Dharana significa “concentración”. Es lo que precede en la meditación raja yoga a Dyana y Samadi. La iluminación, nos dicen, solo es posible desde el silencio. También la paz, el amor y eso que llaman la vida eterna. No hay mayor iluminación que la cotidiana, esa que nos lleva por las veredas de la verdad silenciosa, del susurro melódico del devenir que experimentamos a cada instante. Si nos fijamos con detalle en la vida observamos con asombro y sorpresa que todo cuanto ocurre ha sido tejido minuciosamente por una dimensión arquetípica inabarcable. No podemos entenderla al igual que el ave no intenta comprender el misterioso regalo del viento. Pero podemos observarla, navegarla, experimentarla.

Lejos del ruido y la indiscreción profana los estudiantes se reúnen para recibir su salario. Son los dones, puestos al servicio de lo trascendente, la paga ansiada. Desde una de las columnas que decoran el templo se avista claramente la cámara interior. Un secreto encierra. El secreto de la quietud, del silencio, del anhelo. Una esperanza alberga: el poder compartirlo, entregarlo, donarlo. El don nace para ser dado. Donar, dar, como lo hace el sol o la naturaleza es el mayor de los secretos aún por descubrir.