Opus Magnum


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Últimamente intento acércame amablemente al otro de forma discreta. Somos tan distintos entre nosotros, que muchas veces no nos damos cuenta de que el otro vive e interpreta la realidad desde otro plano, desde otros valores y dimensiones diferentes a las nuestras. Por eso es inútil la crítica. Cada uno libra su propia batalla. Cada uno ve la vida a su propia manera. De ahí la importancia de verlo todo desde la comprensión del ojo de Shiva, una visión amplia y desapegada, iluminada desde el interior incognoscible y respetuoso con todas las formas de vida.

Por eso cuando ahora subo a los bosques lo hago con cierto desapego, como lo hacen los guardianes y los ancianos. De alguna forma ese es mi nuevo rol. Guardar desde la sabiduría de la experiencia. Por eso intento no juzgar lo que allí pasa e intento desapegarme de todo cuanto acontece. Subo, observo, interpreto las fuerzas que allí se mueven y compruebo la temperatura del lugar. Luego bajo al balneario, lugar simbólico de retiro donde intento recomponerme, poner orden y seguir adelante con la gran obra.

Aquí la soledad ayuda. Veo como todo se va ordenando, como todo persigue un propósito de armonía y delicada belleza. Sin darme cuenta se ha creado un espacio íntimo y hermoso. Lo que antes era un pequeño almacén de libros ahora es un acogedor alambique alquímico donde puedo transformar el plomo en oro, donde la transmutación de la parte bruta acontece hacia delicadas y bellas formas. Los libros ayudan a contemplar el propósito desde la profundidad del conocimiento.

La transformación es un trabajo interior. Uno se da cuenta de que el sufrimiento ayuda a convertir experiencias traumáticas en auténticos procesos alquímicos. La transmutación personal y espiritual en la tradición hermética no sólo es un reclamo para soñadores, también puede ser una realidad si somos capaces de sobrevivir al trauma y colocar en nuestras vidas la enseñanza a cual piedra filosofal. El nigredo, el albedo y el rubedo son procesos que ocurren en nuestro interior y que nos permiten ver la vida de forma amplia y soportable. Por eso quedo agradecido a la experiencia. Por un lado, ha puesto al descubierto los flacos, las debilidades, los errores, y por otro, ha podido sintonizar las fuerzas que estaban siendo conducidas hacia lugares que no correspondían. Ahora solo hay que esperar hasta que todo se reordene por sí solo. Sólo esperar paciente, sin aspiraciones, sin pretensiones, sin reclamos, a que las fuerzas vuelvan a su cauce y vuelvan a empujar hacia el cometido en la Gran Obra.

 

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Calma


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Esta mañana de tenor en el Nature Sanctuary de la comunidad de Findhorn

Venía de un calvario y llegué a un nuevo nacimiento, a un nuevo sentir, a una nueva línea de tiempo de paz y sosiego. Se hizo el trabajo mágico del alma. Se sanó la herida en el bautismo, bajo el agua, sumergido en la fría mar. El antakarana helvético sirvió para conectar ambos mundos, para recordar la urgencia del vivir. Su mano invisible me acompañó diligentemente, con suavidad, hacia el reino de la luz. Por eso nada más llegar, agradecido, creé un pequeño altar con su carta manuscrita donde resalta la palabra “magia” como centro de todo. Organicé la mesa de trabajo acompañada de algunos hermosos fetiches… Su carta manuscrita, un trozo de muro de Jerusalem, una piedra del mar de Galilea y una flor del monte Tabor que me regaló en un hermoso paseo… Materia, vida y pensamiento que juntos recuerdan hermosos momentos cargados de amor.

Desde mi ventana puedo ver las aves migratorias que van y vienen de un lado para otro. Por la noche hacen un especial ruido, intentando despertar al mundo para recordarle que todo cambia, que todo continua. Fuera de estas blancas paredes decoradas con maderas nobles se siente el frío ártico. Ayer di mi primer paseo por la bahía mientras recordaba mi primer viaje en el invierno del 2007. Allí empezó todo. Allí el cambio se apoderó de mi vida para siempre. Por eso le tengo un especial cariño a este lugar y por eso, siempre vuelvo para agradecer la transmutación sufrida y para recordar, sobre todo para recordar cuando el olvido se apodera de mi vida.

Me levanté temprano y medité en silencio. Aún de noche, al alba, a dos luces, llegué hasta el Nature Sanctuary donde todas las mañanas se hace un hermoso círculo alrededor de una vela encendida para cantar en comunión canciones de Taizé. El mundo devocional que puede inspirar estas canciones ayudan para ensanchar el corazón, para llenarlo de alegría, compasión y calma. Los beneficios de cantar en grupo nos acercan a ese equilibrio de paz tan necesario en el mundo. Paz en los corazones, amor perpetuo para la vida. Hay sonrisas y miradas cómplices entre los tenores, los bajos y las soprano y contraltos. Se respira un ambiente dulce y amable, lo cual ayuda a empezar el día con una alegría interior hermosa y necesaria. El canto devocional eleva nuestras miradas hacia la vida del alma, y el alma, agradecida, nos abraza desde el lazo místico.

Nada más terminar, algunos marchamos al Sanctuary de meditación, al otro lado de la comunidad, justo en frente de la caravana original. Tras ensanchar el corazón mediante la práctica devocional, toca ensanchar la mente sin límites ante la práctica de la meditación silenciosa. Abrazados al alma, partimos al encuentro del Espíritu Universal, el Absoluto que se encuentra en todas las cosas y en todos los seres vivientes. Es entonces cuando se abre la visión sobre las cosas invisibles. Un corazón alegre acompañado de un intelecto despierto y vivo, con ganas de aprender y comprender, es lo mejor para empezar la jornada y comprender desde la profundidad de las cosas qué hacemos aquí y porqué estamos en este misterio cósmico. Nuestro cuerpo, que no deja de ser un templo labrado en honor de la vida, alberga todo aquello que nos reconecta con nuestra esencia más infinita. Honrar al cuerpo es honrar a la vida, es honrar el Misterio.

Calma, mucha calma interior siento en estos momentos de paz, sosiego y alegría. Necesitaba este silencio, este lugar y esta práctica para volver a mí, para retomar mi centro, para equilibrar mi vida. De alguna forma me estoy salvando. Estoy salvando el mundo dentro de mí para así poder ayudar a salvar al mundo que se expresa a mi alrededor. Calma, sosiego. Andaremos y veremos. Inevitablemente.

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Del Calvario a Belén y más allá…


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Este atardecer en Israel guarda sus propios secretos

“Los que aspiran a un verdadero progreso deben considerar todo lo que les sucede en la vida como una prueba iniciática, y ser, por así decirlo, sus propios iniciadores”. The Theosophist, T. IX, pág. 364.

 

El viaje por Palestina e Israel albergó su propio misterio. Algo hermoso se inició, y por lo tanto, vivimos nuestro propio proceso iniciático. Hicimos el recorrido iniciático al contrario de como marcan las pautas establecidas. Partiendo siempre a la inversa de lo instituido, primero fuimos hacia la Resurrección y Ascensión, interrogándonos, como hacen los que hollan el sendero, de la siguiente forma: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?, ¿dónde, oh sepulcro, tu victoria?”. Allí estaba Jerusalén y toda su gloria para dar respuesta a nuestras dudas. Nos acercamos en silencio y en humilde devoción volcamos todo nuestro sentir a ese momento de fe y esperanza. Miramos una y otra vez al cielo mientras nuestros cuerpos bajaban hacia las profundas oquedades.

Allí mismo, muy cerca, en el monte del Calvario, nos esperaba el momento de la Crucifixión. En algunos lugares de Oriente se la designa como la Gran Renunciación, con su lección del sacrificio y su llamamiento a la muerte de la naturaleza inferior. “Cada día muero”, decía el apóstol, porque sólo en la práctica de sobrellevar la muerte de cada día puede enfrentarse y resistirse a la Muerte final, nos recuerda AAB. Algo así sucedía en nosotros. Algo moría, al mismo tiempo que algo renacía de nuevo. Renunciábamos al miedo y nos íbamos entregando al amor de la vida, al amor de la comprensión, al amor alado de la vivencia de estar vivos, al mismo tiempo que algo moría a cada instante.

Uno de los momentos más sublimes fue el de la Transfiguración en el Monte Tabor. Allí por primera vez se manifestó cierta perfección y cierto deseo de unión. Allí nace el mandato: “Sed vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”. Y de alguna forma, en los paseos y aledaños sentimos esa necesidad de perfección. Algo nació en ese instante único e irrepetible, algo que nos aproximaría a la verdad de lo que somos, no como entidades separadas, sino como seres unidos por el lazo místico.

Llegó más tarde el Bautismo. El nuestro no fue en el Jordán, pero sí en el ancho mar de la tierra media, desnudos e inocentes, en un invierno cálido, en un abrazo sincero donde podían unirse las almas para ser bautizadas con agua y con fuego, porque las almas puras se tiñen de sol para ver en la llama el símbolo del camino iniciático. La luz resplandeció por encima de nuestras mentes y la claridad se hizo palpable.

Y por último llegó el Nacimiento en Belén, del cual Cristo dijo a Nicodemo: “el que no naciere de nuevo no puede ver el reino de Dios”. Allí nos acurrucamos en la incertidumbre, nos acomodamos al silencio y nos vaciamos de todo cuanto éramos, naciendo de nuevo, en la caverna del corazón, como seres que desean volver a empezar, como almas peregrinas que nacen de nuevo al mundo para ofrecer la luz que llega desde lo más alto.

Y más allá… de todo cuanto aquí se dice, lo que más valor tiene es lo que se oculta, porque en el Misterio de todo viaje, es la parte que no se conoce la que más valor encierra. Por eso la palabra, que no deja de ser un símbolo que desea aproximarnos a una cierta verdad, siempre se empequeñece ante los hechos reales, ante la grandeza de aquello que jamás podrá ser revelado. El secreto del viaje, el misterio, lo oculto, quedará para siempre en nuestros corazones. Quedará para siempre en nuestros verdaderos rostros, aquellos que solo pueden ser enseñados a los capaces, a los valientes, a los osados. Ese más allá inolvidable que algún día entenderemos. Ese más allá indescriptible que sólo las almas nobles podrían sospechar y entender. Un proceso iniciático se abrió en ese viaje. Ahora solo queda esperar sus frutos.

Nunca es siempre así…


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© j.u.l.i.e.n.g

El que se contenta con su dorada medianía / no padece intranquilo las miserias de un techo que se desmorona, / ni habita palacios fastuosos / que provoquen a la envidia.                  Odas de Horacio (Carminum II, 10 “A Licinio”).

 

Así me lo recordaba ayer una amiga, citando una frase escrita por Jack Kordfield y que describe perfectamente el principio budista de la impermanencia. Nunca es siempre así, porque el dolor no dura siempre, ni la felicidad, ni nada de lo que conocemos. Todo cambia, todo se transmuta. El Anitya budista, el principio de transitoriedad, donde toda existencia está inevitablemente sujeta al cambio. En las enseñanzas de la meditación vipassana, se nos enseña la idea profunda de que todas las cosas son transitorias, por lo tanto, aferrarse a ellas es siempre un empeño vano que conduce al sufrimiento. Este sufrimiento es conocido como Duḥkha. Si nos aferramos a las cosas que ya no están, que ya tuvieron su tiempo, que ya no existen en nuestra realidad, estamos agrandando la brecha de ese sufrimiento. Por lo tanto, todo lo que es aparente, es siempre insustancial o Anātman. Lo único que permanece es el cambio, la constante transformación.

Hay tres características fundamentales en las enseñanzas budistas, llamadas las Tri Laksanas: transitoriedad o Anitya, insustancialidad o Anātman y sufrimiento o Duḥkha. La estabilidad es una ilusión a la que nos aferramos de forma arbitraria, ignorando siempre esta sustancia de flujo movible. Somos seres cambiantes en un mundo cambiante, de ahí que nada sea seguro. No podemos aferrarnos ni creer que las situaciones que ahora vivimos, las emociones que sentimos o los pensamientos que tenemos van a ser fijos. Cada minuto de nuestras vidas es diferente y, por lo tanto, también nuestra propia condición humana. Ya no somos lo que éramos hace unos años y ya no somos lo que fuimos hace unos minutos. Estamos en un proceso de constante e irremediable cambio. ¿Por qué aferrarse entonces al pasado, al presente o al futuro? ¿Por qué aferrarse a emociones que pertenecían a otro tiempo o a ilusiones de cosas ficticias? ¿Por qué aferrarse a nuestro presente inmediato, a sabiendas que todo cambiará? Trabajo, pareja, familia, salud, tiempo. Todo son constantes circunstanciales que se manifiestan y que desaparecen tarde o temprano.

No existe la certidumbre absoluta. Esta es una realidad poderosa que siempre intentamos evitar. Deseamos llevar una vida normal, una vida segura, pero en cualquier momento todo eso puede desaparecer de un plumazo, en un segundo, en un instante. Nuestros trabajos desaparecen, nuestra salud se marcha, nuestras parejas nos abandonan, los hijos hacen su vida. Esta idea nos puede crear incertidumbre y sufrimiento, pero también, reflexionada con calma, nos puede preparar para hacernos fuertes ante lo que se pueda avecinar. El desapego hacia las cosas, las experiencias y las personas es siempre un eterno aprendizaje.

El budismo nos dice mediante sus cuatro nobles verdades que el sufrimiento (dukkha) existe, que el mismo tiene una causa, que el sufrimiento se puede eliminar y que el sufrimiento tiene un camino para su eliminación: el noble óctuple camino. En esta maraña de enseñanzas aparentemente claras y sencillas, la realidad que habitamos siempre es compleja y obtusa. De ahí que el amor, la sabiduría y la voluntad deben ayudarnos a discernir una y otra vez la posición que habitamos en nuestras vidas, la felicidad en la que vivimos y el tipo de libertad que disponemos y deseamos. Siendo así, deseamos que todos los seres sintientes sean felices… Anitya! Anitya! Anitya!

 

Reverencia profunda


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© Ozkan Konu

“En ese momento, al soplar el viento, fui consciente de que el aire existía. Lo mismo el sol: de repente me percaté del sol brillando entre los árboles; su luz, su calor. Un don completamente gratuito y a nuestra disposición para que lo disfrutemos. Sin pensarlo, de forma totalmente espontánea, junté mis manos, y me di cuenta de que estaba haciendo una reverencia. Comprendí que eso es todo lo que importa: que podamos hacer una reverencia, una reverencia profunda. Solo eso. Solo eso”. Rev. Eido Shimano

Cerca del mar hay una pequeña comunidad cristiana, casi anónima, casi desconocida. Los lunes se reúnen en una pequeña capilla habilitada en uno de los rincones de la casa. Una veintena de personas, primero en silencio y luego cantando a la luz de siete velas, ofrecen un momento de calma y remanso para el alma. Hacen una reverencia a la luz, simbolizada por el Cristo de sus creencias. Se inclinan ante ese arquetipo solar y oran para que la lucidez se extienda por los dominios de la tierra. Tuve la suerte de descalzar mis zapatos, desanudar por un instante mi mente y vaciarme ante la presencia de lo inconmensurable representado en símbolos. Ofrecí la comunión al silencio y dediqué mi plegaria a ese instante irrepetible y único. Cerré los ojos, junté mis manos, oré, canté y me desplacé con cierta gracia y alegría hasta las huestes celestiales. Quizás tan solo por un momento, pero suficiente para poder contemplar el aliento de la vida, el sentido profundo de la existencia, la magnitud de lo inabarcable.

Tras el rezo y el canto vino el tradicional ágape ya distendido, humano, cercano. Me invitaron, como mensajero esporádico, a explicar qué se cuece más allá del septentrión, cerca del fin de la tierra. Realmente no traía muchas buenas nuevas, excepto la ilusión de pensar que, tras cinco años de esfuerzos, otra comunidad está germinando en algún lugar del mundo.

Luego llegó la noche y recordé la invitación a Tierra Santa. Por tres veces me tentaron con ese viaje y pensé que sería bueno claudicar a la llamada, ir al desierto, llevarme mis demonios encima del hombro y buscar durante cuarenta noches la forma de expulsarlos de mi vida para siempre. O al menos para esta prueba significativa. Decir adiós a esa pesada carga, a ese infortunio que no cesa e intentar que el año nuevo se presente desde una perspectiva diferente.

La oración en la capilla me recordó la necesidad de huir, primero de mí mismo, por eso de que nosotros siempre somos nuestro peor enemigo, y luego de esta tormenta que no cesa. Huir, huir, huir bien lejos, sin remordimientos, sin necesidad de búsqueda ni de encuentro. Sólo huir por los caminos y las veredas del llanto, hasta llegar a alguna orilla, arrodillarme ante la inmensidad y orar. Necesito recordar, volver a recordar, que lo único que importa es poder arrodillarse ante el infinito, ante el absoluto más profundo, para poder hacer una humilde reverencia. Y para eso huiré al desierto. No será importante lo que allí ocurra. Sólo me inclinaré de nuevo para darme cuenta de que eso es lo único que necesitamos. Arrodillarnos humildes, lejos del ruido, cercados por el silencio, abrigados por la inmensidad.

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El silencioso sacrificio del ego


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 “En el tercer domingo de Adviento: el hombre busca la realidad verdadera, que se encuentra en lo espiritual. La clave para esta realidad y para toda cognición espiritual es el sacrificio. La voz de la quietud dice: no quiero hacer sufrir a nadie, quiero perdonarlo todo.”  Rudolf Steiner

Silencioso y siempre doloroso. Silencioso porque sabes que no puedes atar la experiencia cuando la experiencia ya siente que su proceso ha terminado. Sabes también que esa experiencia no tiene la suficiente fuerza para marcharse por sí sola. Entonces haces lo necesario para que la fuerza proponga soluciones y luego la ayudes con cierto empuje. El alma pone toda su fuerza para reordenar el escenario, el empuje lo da el ego cuando, retorcido de dolor, se ve en la necesidad, contra su voluntad, de obedecer los designios. Si fuerzas con rabia, el empuje sale de forma descontrolada pero efectiva, la experiencia desaparece, huye despavorida. Eso era lo que se hacía en silencio, pero con cierto deseo de liberar aquella actividad que por sí sola no tenía fuerza ni valentía para hacerlo. Si miras desde lo más alto eres capaz de hacer el sacrificio. Cuando la experiencia siente que todo ha terminado, hay que liberarla, aunque duela, aunque sintamos apego, aunque la queramos para nosotros. La presión es dolorosa, pero necesaria. El sacrificio del ego sufre como una segunda muerte.

Es doloroso porque si amas realmente, no deseas perturbar la nueva etapa vital con las pequeñas cosas y eso necesariamente requiere un sacrificio. Prefieres dejar la experiencia lo más libre que puedas para que la experiencia decida y se trascienda, disfrute de verdad de ese nuevo reto vital que se ha diseñado para empezar en otro escenario diferente, pero con las mismas pruebas, ahora incrementadas. Si amas de verdad, solo puedes desear lo mejor para el otro, y quizás lo mejor para el otro en esos momentos es que el alma se retire, esté en un segundo plano, sin hacer mucho ruido, callada, respetando y aceptando la situación y aceptando el sacrificio doloroso del ego. En esa retirada hay una parte de riesgo, pero de ahí viene el misterio del sacrificio oculto. Al retirar voluntariamente el alma, liberas la experiencia para que siga su camino si decisió que el anterior estaba agotado o no merecía la pena continuar en el mismo.

En todo este juego de máscaras hay verdades veladas y decisiones complejas. El ego sigue jugando su rol para alejar lejos la experiencia, para que se libere y encuentre su nuevo marco dimensional. El ego se rompe en el proceso, padece, sufre. Y al hacerlo, de alguna forma la empuja a ello. Desde un punto de vista energético, la persona se ha topado con un nodo y ese nodo la ha impulsado hacia otra dimensión. Pero no siendo suficiente, al alcanzar el impulso e instalarse en ese nuevo marco de experiencia, el nodo desaparece, se sacrifica para permitir la corriente energética y la nueva enseñanza. El nodo es la fuerza que atrae, pero también la fuerza que repele para redimensionar la experiencia. Para que eso ocurra, como una gran catapulta que lanza al ser hacia el nuevo estadio, hay un momento de retiro, de sombra, de dolor inevitable.

En el imaginario de las máscaras cada cual juega su rol para que así sea. Uno se siente triunfador y feliz por haber llegado tan lejos y el otro agotado, dolorido, roto por el esfuerzo del lanzamiento. Así hasta que el alma, el nodo, vuelva de nuevo a su lugar, y la experiencia se fortalezca para vivir su nueva vida. Si lo consigue, si es fuerte para soportar las nuevas enseñanzas, todo habrá tenido sentido. Si fracasa, volverá de nuevo al punto de partida hasta que esté preparada. Todo se reorganiza de nuevo. Todo vuelve a su lugar. Todo es volver a empezar.

Las piedras del solsticio


 

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“Mirad cuán bueno y cuán agradable es que los hermanos habiten juntos en armonía. Es como el óleo precioso sobre la cabeza, el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón, que desciende hasta el borde de sus vestiduras. Es como el rocío de Hermón, que desciende sobre los montes de Sion; porque allí mandó el Señor la bendición, la vida para siempre”. Salmo 133

Las piedras no olvidan jamás el resquemor del tiempo. Sumadas unas a otras crean paredes, templos, oficios y hogares. Los jóvenes que se entregan a las costumbres temporales suelen abrigar entre sus paredes tesoros ocultos. La abnegación de esa dulce y hermosa caballería invisible por cuidar cada piedra, arrebatarla de musgos y líquenes, desbrozarla de helechos y zarzas que crecen en sus recovecos antiguos, es algo que con el tiempo se agradece. No hay reproches en aquellos que salvaguardan la intimidad, aquellos que sostienen la frágil memoria de una cultura que necesita ser alimentada por conocimiento y calor.

No existe espíritu de intriga en los valerosos que en silencio reconstruyen, siglo tras siglo, las pobladas oquedades del espíritu. Se sumen en una callada y sórdida melancolía que no terminan de entender. Se esfuerzan día y noche, bajo el mando de la quietud y la intuición, esmerándose en preparar lo mejor de sí. Pulen las piedras del camino al mismo tiempo que hacen de sí mismos una talla, una columna recta y perfeccionada día a día con sudor y trabajo.

A veces se reúnen en sigiloso y taciturno paso. Intentan honrar el tiempo en sus misteriosos traspasos de poder. Cuando el otoño se retira y aparece el invierno, la fiesta gira junto al fuego en la noche más larga. Las hogueras pretenden simbolizar la luz que renace, que se esconde para brillar más fuerte, aquella que mimosamente es cuidada para proteger y guiar al alma peregrina. Dar cobijo, preparar el pan, alimentar el alma, resucitar el espíritu invisible. Esa es la tarea.

Las fuerzas que se acumulan en cada interior son utilizadas durante el resto del año para procrear la vida y su sentido más profundo. Las semillas son albergadas en recintos oscuros y protegidos aguardando el resplandor y la explosión primigenia del tiempo vital. La noche oscura sirve para proteger y consolar, desde el frío halo, todo aquello que necesita reposo.

Entre el fuego se relatan los hechos antiguos. Se expresan las ideas para el nuevo año y se administra con sabiduría las proezas que deberán hacer aún más grande toda la obra. La imaginación intacta y febril provoca sueños que deberán tejerse en el resplandor de la luz matinal. Es esa la labor de todo tejedor, crear las consignas para el nuevo tiempo, manipular con su fuerza aquellas energías redentoras que deberán tejer las nuevas ideas, los nuevos edificios que piedra tras piedra serán construidos para la memoria colectiva.

Las piedras no olvidan jamás, por eso, tras el secreto alumbramiento de la luz, los constructores seguirán desbrozando, tallando, apilando una a una, tiempo a tiempo, todo cuanto saben. Los destinos ordinarios dejarán paso a la promesa de los hechos extraordinarios. La impronta de aquellos que antes que nosotros hicieron sus propias proezas sirven de inspiración para seguir adelante, para luchar contra el tedio mientras se resucita el espíritu precursor.

Siempre hubo una fascinación por lo desconocido. Por eso, en estas fechas señaladas, nos reunimos para acomodar el fuego a las historias que han de descifrar los entresijos de la vida. Los misterios serán relatados con símbolos, toques y señas ininteligibles. El secreto allanará el curso de la conversación mientras que el silencio se abrirá paso en el momento de la creación conjunta.

El egoísmo y la vanidad de los grandes se diluye en generosidad entre la caballería errante. Las glorias pasadas sirven de telón para producir nuevas oportunidades. La hermandad invisible se congrega nuevamente ante la vehemencia y el ardor del encuentro programado. Pronto será media noche en punto y empezará la fiesta solsticial. Feliz solsticio. Dad pan al que no tiene, hambre y sed de justicia al que tu colmaste.