Agitador de consciencias


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Ayer en el Pedraforca

Cuarta jornada. Hemos conseguido llegar hasta Bellver de Cerdanya. Aquí comeremos algún bocadillo y esta tarde seguiremos la subida que nos llevará hasta la frontera con Francia, la cual atravesaremos, si todo va bien, mañana. Estamos cansados y empiezan a mostrarse las debilidades del cuerpo físico. Dormir a la intemperie refugiados en una pequeña tienda de campaña no es lo ideal de travesía. Los huesos se resienten por la noche en esos suelos duros tupidos a veces por una fina capa de hierba. Los pies destrozados, la espalda doblada, la cabeza girando para todas partes cuando pega el sol…

Nos hacemos mayores para estas cosas, pero hay algo más fuerte que nosotros que nos empuja a seguir. El sufrimiento encuentra siempre algún tipo de justificación o recompensa. La vida se aprecia más, la existencia cobra otro sentido. La naturaleza, siempre tan impresionante, te hace vivir con humildad y agradecimiento. Nos cuestionamos todo nuestro campo vital en las largas travesías silenciosas. Por dentro todo se agita. Me doy cuenta de que este año mi campo emocional murió y dio paso a otro más amplio y maduro, pero ahora, con cierto temor, noto que también debe morir mi campo mental, al menos el mono que no para de hablar, que no para de pensar, que no para de dividir.

Ahora sé, que todo eso terminará también. Especialmente cuando, justamente ahora, me llegan los análisis genéticos que pedí a un laboratorio norteamericano y me confirman mis sospechas. Tengo un importante riesgo de enfrentarme en unos años a la enfermedad de Alzheimer. No es algo que me de miedo, pues sentía interiormente que mi cabeza nunca fue al ritmo normal del resto, pero ahora esto confirma las sospechas y me lleva al límite de todo. No sé, dicho así a voz de pronto, cuantos años de vida útil me quedan por delante. Es cierto que aún no he terminado eso que venía a hacer, esa misión tan mía y tan propia de agitar las consciencias. Pero intentaré estar alerta para que esa agitación vaya tomando fuerza a medida que la vida se vaya apagando. Seguramente eso provocará que la gente me aguante cada vez menos, porque eso de agitar no gusta. Nadie quiere estar al lado de un agitador de consciencias. No importa. Es lo que toca, es lo que debo hacer. Y en este viaje, me agitaré fuertemente, para seguir adelante…

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En la ruta cátara


 

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Acabamos de llegar a Bagà. Llevamos tres días de ruta. Estamos cansados. Por la noche, entre el frío y la lluvia, refugiados en una pequeña tienda de campaña, es difícil dormir. Por el día, subidas y bajadas infinitas. Lo único que nos anima es la introspección, el silencio y especialmente, los paisajes impresionantes de montañas infinitas. El mundo se reduce a los caminos, y los caminos siempre son infinitos. Los caminos del ser humano, los caminos de la naturaleza, los caminos inmortales del alma. A diferencia del Camino de Santiago, vagamos prácticamente solos en toda la jornada. A veces tropezamos con algún despistado que va buscando sendas perdidas. Pero haciendo la ruta, lo que es la ruta de los Cátaros, estamos solos. Es el precio de la herejía, de la de antes y la de ahora. Soledad.

De alguna forma me daba pereza hacer este viaje. Ahora a la pereza se le suma el cansancio. La soledad. La distancia hacia todas las cosas, hacia todos los rincones. Quizás mi cuerpo lo que necesitaba para estos días era una tumbona en alguna playa perdida, o ahora, con cierta añoranza, en algún jardín de alguna aldea perdida. Pero siempre esa manía mía de buscar en el sacrificio algún tipo de satisfacción. En este caso, la satisfacción de comprender la dureza de nuestros ancestros, especialmente de aquellos que huían de la tiranía o la incomprensión. Me niego a idealizar el pasado. Sólo siento pena por la extinción a fuego de aquellos “bons homes”, de aquellos que, siguiendo votos estrictos, dejaron de comer carne y dejaron de abrazar los bienes materiales. No quiero idealizarlos, pero fueron quemados por ser diferentes, y algunos pocos, huyeron por las montañas escarpadas en un tiempo donde no había rutas, ni señalizaciones, ni comida abundante como ahora, ni nada que se le parezca.

No sé como lo hacían, viendo mi cansancio, mi pereza, mis pocas ganas de seguir adelante si no fuera por esa especie de fuerza interior que a veces nos arrastra a realizar empresas complejas. Por algún motivo especial, en esta travesía, tengo muy presente el viaje a Israel de principios de año. Aquella aventura fue hermosa, profunda, inolvidable. Me refugio en ella, y me adelanto a los acontecimientos de intentar, quizás pronto, ese tipo de caminos. Ya sin sufrimiento, ya sin dolor en las piernas.

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Hacia el Camí dels Bons Homes


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El intento de conseguir una cabalgadura ha fracasado. Casi veinte mil euros de pérdidas el año pasado no dan para muchas alegrías. Y a los sórdidos de las finanzas tampoco provoca gran perspectiva de seguridad dichas situaciones inestables. Realmente no me importa. Ya casi nada me importa, al menos nada que tenga que ver con el mundo de la posesión material. En ese sentido estoy demostrando cada día más que la herejía me atraviesa como a los antiguos que vivían en la dualidad de vencer lo material para alcanzar lo divino, entendiendo, en la conclusión final, que ambas cosas forman parte de un mismo todo. Luchar por lo que es de uno sí, apegarse a ello no. Al final todos morimos, y al final nada permanece, excepto el cambio. La vida es pura impermanencia.

Desnudo por la verdad no me siento triste, más bien distante ante los estímulos que el éxito o el fracaso pueda ocasionar en la psique. Acostumbrado a ganar y a perder batallas, esta es solo una más, otra que me aproxima siempre hacia la balanza de la bondad, del camino de la ausencia. Así que, sin cabalgadura, viajo ahora a lomos de un carruaje moderno y lleno de vasallos de la movilidad hacia tierras occitanas. El tren es lento pero placentero. Los paisajes, hasta hace poco verdes y frondosos, se han convertido en un secarral dorado, cubierto a veces por tímidos molinos de viento que ahora miro con cierta distancia y desazón, no como hace un año, que me parecían auténticos gigantes. Mi viaje es uno de los más largos, del extremo más occidental al más oriental, viendo como pasajeros suben y bajan constantemente mientras yo permanezco. Y de nuevo a Francia, para cerrar así una etapa ya no desde la rabia, sino desde el perdón, la reconciliación y el amor incondicional. Ahora que ya voló para siempre, amo esa mariposa libre, amo ese pequeño berberecho de los profundos océanos, y le deseo lo mejor de la vida. Hace un año, justamente un año, viajaba perdido por Francia, sin rumbo, sin tener dónde agarrarme, frágil, dolido. Ahora vuelo de nuevo fuerte y aferrado a la vida, indemne y capaz.

Si todo va bien, esta noche llegaré a Barcelona, mi tierra natal, dónde me nacieron, y mañana empezaremos la ruta cátara desde Berga, recorriendo a la inversa, desde el escarpado Santuario de Queralt hasta más allá del Castillo de Montségur toda la ruta de peregrinaje que siglos pasados hiciera la herejía de los “perfectos”. Siguiendo la senda del GR-107 por el Camí dels Bons Homes, enfilaremos los Pirineos hacia el norte por las comarcas de Berguedà, la Cerdanya, Alt Urgell y Arieja. Allí nos esperan las escabrosas montañas, el frío y la soledad hasta llegar al Mediodía francés, a tierras del Languedoc, en la histórica Occitania. Descansar en Montsegur y en el Prat dels Cremats será toda una reconciliación con el pasado hereje. Me han invitado a continuar hacia Marsella y de allí hacia Burdeos. Si las obligaciones profanas no me obligaran a retornar en breve, iría de sin duda en búsqueda de más aventuras.

A partir de mañana espera dificultad alta de montaña, con un desnivel acumulado de más de cinco mil metros, diez días de caminos y pernoctación en la intemperie o refugios de montaña si los encontramos. Me acompaña un amigo de la infancia, un hermano que ha sobrevivido a los lazos del afecto durante décadas. Hacía tiempo que no teníamos una aventura juntos y aprovechando que él se ha casado y yo soy soltero de hojalata, compartiremos aventura, noches estrelladas, dolores de todo tipo, sacrificio y satisfacción por conquistar cuantas cimas se nos presenten.

Siento cierta sensación de libertad interior, de que algo nuevo se abrirá tras las montañas, tras los caminos, tras el cierre y la renovación inevitable. Ya se está formando el consejo de siete sabios para respaldar a los tres ancianos bajo la custodia de los veintiún guardianes. Ya se están creando las bases de esa primavera que pronto resurgirá. Y este camino es solo un preludio personal para aquello que ha de venir aún. Herejes de todos los tiempos, hermanos del espíritu libre, sigamos caminando… practiquemos, en la medida de lo posible, los caminos…

Pd.- Si tengo cobertura, seguiré escribiendo y colgando algunas fotos en:

https://www.instagram.com/jxavierleongomez

 

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Cosas del Camino. Primera etapa: O Couso-Sarria


 

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Con el frío que hacía, me costaba enormemente desapegarme de las sábanas de franela. A las siete acaricié a la gata Meiga que reposaba en alguna parte de la cama mientras amanecía de forma lenta y pausada. Estuvo estos nueve meses viviendo en la cabaña y ahora que he regresado se pasa todo el día haciéndome compañía. En estos momentos de solitud, de lugar desierto, la agradezco sinceramente. La compañía siempre es gata-grata. A las ocho encendí la vela en la pequeña ermita. Excepto los espíritus guardianes y mi tímida presencia, no había nadie más. Es como si del lugar hubiera desaparecido la parte humana, y eso hiciera de ese momento único un abanico respirable. Los humanos, incluso cuando estamos en silencio, meditando, somos muy ruidosos. Así que cerré los ojos, miré dentro, en el océano profundo del interior, e intenté navegar hacia el insondable universo íntimo. Tras el alineamiento, llegó el intervalo superior de Dharana, dhyana y samadhi.

Fui a la casa-hospital de peregrinos y desayuné algo caliente. Me impactó ver como la nueva luz de la nueva cocina era capaz de iluminar de forma tan precisa cada detalle de las piedras de sus paredes, de la madera añeja, de los filtros esmeralda que se acompasan en los éteres de la estancia. Sentí que esa morada, que toda la casa en su conjunto, con un poco más de luz, podría transformarse en alguna especie de nave nodriza capaz de surcar cualquier cielo. Las casas son viajeras, saben sobre la profundidad del cosmos. Son alimentadas por el calor (fogar-hogar) y ese calor hace que las flamas astrales viajen de un lado para otro, propulsando cada misterioso momento hacia el infinito. Si fuéramos del todo conscientes, podríamos hacer de cada casa una nave espacial de propulsión electromagnética. Las casas, como nuestros cuerpos, se mueven siempre entre el intervalo cósmico que separa lo finito de lo infinito. Solo hay que estar atentos, solo hay que estar despiertos a ese metalenguaje de las cosas vivas. Y las casas, como nosotros, están vivas. Sienten, albergan, expresan.

Faltando un cuarto de hora para las nueve empecé a caminar dirección al santo sepulcro de Santiago, tierra santa, lugar protegido, lugar de peregrinaje. A pesar de mi resfriado aún no curado, ayer pensé que si dedicaba unos días a sudar en el camino quizás mi recuperación sería más rápida. Espero no haberme equivocado, máxime cuando al poco tiempo de salir a caminar, empezó a llover a pesar de que la previsión daba buen tiempo. No me importó mucho. La lluvia engrandecía el camino, lo dificultaba y aromatizaba con ese olor hermoso a tierra húmeda. Hay algo que se educa cuando se camina sin prisa, en la calma de cada paso, en el traslado inhóspito de cada instante. El cuerpo se aposenta en cada orilla del camino, dependiendo de si los obstáculos son líquidos, tales como charcos, ríos improvisados, o sólidos, administrados por piedras, chinas y otras reliquias maravillosas con mil formas que se encuentran en todo su cordial recorrido. Hay que estar atento para no tropezar, especialmente cuando el camino se convierte en un lodazal o en un río poderoso.

En algunos tramos he tenido que improvisar puentes levadizos, acueductos y estructuras complejas para poder atravesar de un lado a otro. Caminar ha sido toda una conquista contra los elementos. Los peregrinos más avispados, viendo la previsión, han optado por circundar por la carretera, pero yo, que soy un peregrino ortodoxo, no me he desviado ni un ápice del barro y la ciénaga. Al llegar al albergue municipal parecía un lodo andante. Me duché, me acomodé en mi litera, la número once, y me fui a comer tras descansar un rato. La limpieza y la rutina higiénica son importantes en el Camino, en cualquier camino. Hay que estar siempre limpios, porque la limpieza, como la belleza, son tesoros espirituales que hay que conquistar día a día. Este camino es mi regalo de cumpleaños, así que pienso disfrutar todo lo que pueda, cueste lo que cueste. Cosas del Camino.

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Andaremos y veremos


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Esta tarde caminando por las Highlands escocesas…

Así ha sido en los últimos meses. Pasos tímidos, pero necesarios. Destinos que se iban desvelando poco a poco, sin mayor plazo que el de la inmediatez. Todo tejido desde un misterioso vaivén de nodos y líneas de tiempo que se iban superponiendo unas sobre otras. Andaremos y veremos. Porque es en el movimiento rítmico dónde se desvelan los secretos. Es en esa quietud interior desde dónde nace la acción oportuna, el movimiento, la impermanencia que nos dirige inevitablemente hacia nuestro destino. Los peregrinos del alma solo se detienen al borde del camino para tomar aire y seguir adelante. Ahora lo puedo entender, de ahí mi afán para ir de allí para acá con la nueva buena.

Así lo estoy viviendo desde hace unos meses con cierta intensidad añadida. Hoy mismo era prueba de ello, casi un puro reflejo de toda mi vida errante, vagabunda. Me levantaba temprano en Petit Lancy, a las afueras de Ginebra. Hacía frío y caían suaves copos de nieve. Ordené como pude el apartamento. Dejé las llaves en el lugar acordado. Entré en el tranvía hasta la estación de tren, la famosa Cornavin. Allí cogí un tren hasta el aeropuerto, de allí un avión hasta Londres. Pasé unas horas, comí algo y un nuevo vuelo hacia Inverness, la capital de las Highlands, las tierras altas de Escocia. El aeropuerto en este lugar desolado es algo así como un lugar desaliñado en medio de prados y bosques. De no ser por el ruido de los aviones, nadie diría que estamos ante un lugar de tránsito.

Al pisar el suelo noté el frío polar de estos lugares tan cercanos al Ártico. El próximo autobús pasaba en una hora, así que preferí salir a caminar. Andaremos y veremos, pensé para mis adentros. Cuando llevaba algo más de una hora andando por una gélida carretera ya no podía más. El frío me había colapsado. Busqué en el navegador la parada de autobús más cercana. Por suerte estaba cerca y por suerte el autobús no tardó en aparecer. Tuve que coger dos antes de llegar a la iglesia de St. Leonard’s, en Forres, donde una hermosa y joven anfitriona vendría a recogerme. Por suerte ella habla español, lo que me impedirá practicar mi pobre inglés, pero a cambio me permitirá tener conversaciones más profundas sobre la comunidad de Findhorn, que es dónde ahora me encuentro y dónde espero estar al menos durante el próximo mes. Luego andaremos y veremos, porque estoy convencido de que en las próximas semanas se revelarán los próximos pasos, el próximo peregrinaje.

Así que aquí estoy, en una bonita casa, en una acogedora habitación en un lugar privilegiado para buscar inspiración y visión. En este bello lugar podré trabajar, podré centrarme en cuestiones cruciales, indagaré en aquellos aspectos que puedan ayudar a mejorar como persona y bucearé, inevitablemente, en los aspectos más profundos de la inteligencia humana. Intentaré seguir cierta rutina que no entorpezca mucho a la rutina de mi anfitriona. Seré sigiloso e invisible. Sí, andaremos y veremos. Con calma, con desasosiego, con paz interior. Hay mucha vida ahí fuera por descubrir. Hay mucha experiencia que abarcar también en nuestros adentros. El mundo se ensancha cuando lo respiras, cuando en los caminos gélidos deseas continuar para encontrar visión. Me siento un privilegiado. Me alegra saber que hay vida más allá de nosotros. Andaremos y veremos, ojalá, junto a otra alma errante, porque queda demostrado que así la vida se amplía hasta cuotas inimaginables.

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Ginebra, visiones desde el otro lado


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Al fondo, tras el umbral, la mezquita de Al-Aqsa, la mezquita lejana, inaccesible para nosotros por segunda vez, la mezquita más lejana en nuestro viaje nocturno. Lo intentaremos en el Buraq.

Llegar a Ginebra ha sido como darme un baño de realidad tras trece días perdidos, nómadas, errantes. Decenas de correos por contestar, cientos de cuestiones que resolver y una necesaria vuelta a la disciplina del orden, el decoro y la racionalidad. Hace un frío que ya no recordaba tras vivir en una primavera mediterránea suave y hermosa durante semanas. Aquí mandan los Alpes y sus escarpadas cimas cargadas de nieve. Tanto tiempo junto al mar me hizo olvidar el frío y esa vocecita subterránea, esa melodía baja, medio capturada, medio evasiva que subyace en los contornos grises.

De todos los mensajes recibidos buscaba con cierta ansiedad uno significativo. Lo encontré tímido y deseado. Era escueto, corto, sin mayor emotividad. Más bien una descripción de lugar y tiempo sin ningún añadido. Intenté interpretarlo como lo hacen los poetas, indagando si su contenido oculto era un punto y seguido o un punto y final. Miré en el manual de instrucciones de las palomas mensajeras por si había algún capítulo al que dedicarle mayor atención en esto de la conquista alada. Pero el cansancio podía conmigo. Tras recoger las llaves del apartamento en la oficina, comprar algo de comida para pasar estos días y afeitarme, me tumbé abatido, feliz pero cansado, alegre pero añorante, deseoso de muchas cosas e instantes que ahora están aparentemente lejos, pero interiormente cercanos y vivos.

Hace tan solo unas horas estábamos sentados junto a la gran mezquita Al-Aqsa de Jerusalén, intentado por segunda vez e inútilmente acceder a ella, tomando un té caliente en sus calles laberínticas y multiculturales mientras aprovechábamos para limpiar el acceso sagrado a la misma de plásticos y basuras. Y un día después, andaba soñoliento, solitario, deambulando instintivamente por ordenadas calles, limpias y pulcras, cargadas de sofisticación y decoro. Del caos al orden, de lo nómada y errante a lo sedentario y rutinario. Del calor a la nieve.

Este lugar es como un puente que me llevará hasta Escocia. Un puente necesario, porque siempre uno tiene que tejer puentes entre una realidad y otra. Un lugar donde acomodar las nuevas energías, digerir la aventura antes de penetrar en el silencio y la reflexión profunda que me acompañará en las Tierras Altas. Un conector entre el pasado y el futuro, a sabiendas, según reflexionábamos estos días, de que ambos se tejen en un mismo instante separado únicamente por nuestro punto de anclaje y atención.

El trabajo todavía no ha sido consumado del todo. Lo que tiene que llegar inevitablemente es la nota de un probable logro. Todo lo que me queda por encontrar tiene que ver con ese profundo impulso interior y ese descontento nacido de aquello que algún día me alejó de mí mismo. Hay algo que gradualmente se vuelve tan fuerte que eleva al oculto y esforzado ser, fuera de su medio común, de su inestable condición humana. Todo este esfuerzo provoca el que podamos mirar a la vida como el aspirante más ferviente, aquel que no conoce descanso hasta que ha emergido fuera del agua y trepado constantemente hasta que se encuentra en las más altas cimas.

Añoro las risas y los abrazos, el cariño y esa sensación de sentirte seguro y alegre cuando alguien te acompaña en el camino. Es cierto que la vida se hace más cómoda y profunda cuando compenetras con alguien que te acompaña en los avatares de esta. Es como si la realidad pudiera ampliarse, porque ya no son tan sólo dos ojos los que ven, sino cuatro. Entonces todo se engrandece y ensancha a cada respiración compartida. Las experiencias parecen multiplicarse y la vida adquiere otro sentido diferente, amplio, dilatado por la visión compartida del otro. Uno puede vagar solo e irradiar aquello que pueda, pero descubro con este tipo de experiencias que cuando lo hace acompañado, con buena y cómplice compañía, la vida se vuelve intensa, sorprendente, excelsa. Esto es muy revelador, porque añade dosis de profundidad a todo cuanto nos ocurre.

Ver un atardecer al otro lado del mar junto a alguien que te aprieta con fuerza la mano mientras puedes escuchar el susurro de su respiración próxima y rítmica es una experiencia doblemente gratificante. No importa la implicación emocional que se tenga con esa persona. Ni siquiera importa el grado de compromiso adquirido, ya sea de colegueo, de amistad estrecha o de relación íntima de pareja consumada. Lo que importa es que al entrelazar las manos y mirar juntos el milagro de la vida, uno puede comprender con mayor asertividad los secretos ocultos de la realidad manifestada. Uno puede lidiar con mayor esperanza en todo aquello que se nos esconde, que se oculta tras los hechos observables. Uno, en definitiva, puede con mayor grado de implicación, responder ante la llamada misteriosa de la existencia, intentando descifrar qué desea de nosotros y cómo podemos atender a su llamada inevitable.
Nieva ahí fuera. Ginebra sigue igual de expectante. La vida continúa su curso inevitable.

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El milagro de la transfiguración


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Por fin volvió la sonrisa

Escribo, ya finalizada la aventura por Israel y Palestina, desde el aeropuerto, esperando coger un avión hasta Ginebra, donde estaré unos días trabajando en los libros azules. Mi querida compañera de viajes, la bella nómada que tuvo la certeza y valentía de soñar con esta aventura, vuela dirección Barcelona. Su intuición y su magia, su poder y dominio sobre los fractales invisibles, hizo que se obrara el milagro de la transfiguración. Lo hermoso de poder viajar con auténticos magos es que logran obrar en ti el milagro que tanto se anhela, el cambio que tanto necesitamos para impulsarnos hacia una nueva realidad. Te obligan, de alguna manera, a experimentar, en silencio desapegado, la alquimia transformadora. Por segunda vez en todo este proceso, con su calma y su radiante mirada, ha logrado elevarme a las cumbres más hermosas. Nunca encontraré palabras suficientes para agradecer todo lo que ha hecho en mí. Gracias de nuevo querida namada. Has entrado en mí de forma hermosa y has conseguido obrar lo milagroso.

Llevaba meses buscando que ocurriera ese milagro. Algo capaz de cambiar por fin la visión del mundo, algo con la suficiente fuerza, coraje y decisión para arrojarme a otra dimensión, a otro lugar, a otro estado de cosas. No sé exactamente en qué momento ocurrió. Ahora, con el paso de los días y ya con la añoranza como compañera, tengo vagos recuerdos que se acumulan uno tras otro, intentando ordenar tantas y tantas experiencias, tantos y tantos momentos intensos, únicos e irrepetibles.

Lo cierto es que tras nuestro viaje por el norte del país, llegamos a Nazaret y sentimos una gran decepción y un gran agobio. La ciudad que teníamos en nuestra mente infantil, en aquellos relatos que recordamos de nuestra infancia, nada tenía que ver con el paisaje que se dibujaba ante nosotros. Hubo un momento que tuvimos que retirarnos a un lugar apartado, cerca de un pequeño bosque, para poder respirar y tomar aire. Nos abrazamos con intensidad, algo confundidos por los acontecimientos y estuvimos allí un rato indeterminado. Hicimos, tras cambiar nuestra visión de las cosas, un nuevo intento para entrar en la ciudad y buscar alguna respuesta a ese momento extraño.

De repente, encontramos la fuente donde dice la tradición que María, la madre de Jesús, recibió la anunciación por parte del ángel Gabriel. Suerte o coincidencia, aparcamos el coche junto al conocido como “Pozo de María”. Fue allí donde empezaron las señales, lo milagroso que nos acompañaría durante el resto del viaje. De repente nos cruzamos con un pequeño grupo de franciscanos españoles capitaneados de forma simpática por Fernando. El monje nos invitó a que les siguiéramos hasta la impresionante basílica de la Anunciación. Fue toda una suerte encontrarnos con este agradable grupo de monjes que nos permitieron acompañarles por lugares que de otra forma nunca hubiéramos visto ni entendido. Pasamos toda la tarde con ellos hasta que el propio monje nos invitó a que visitáramos el Monte Tabor. Sin dudarlo, nos dejamos guiar por las indicaciones.

Llegamos de noche y tuvimos la gran suerte de dormir en la cumbre de la montaña, justo al lado de la Basílica de la Transfiguración. Fue allí donde cuenta la tradición que Jesús se iluminó irradiando luz y se transfiguró. De alguna forma, para nosotros también significó algo parecido. Interiormente hubo una transfiguración, un cambio, algo que nos embriagó por la belleza del lugar y por toda su simbología. Pudimos encontrar en una hermosa excursión lugares ocultos y secretos, sendas pedregosas entre los bosques que nos llevaron a imaginar preciosas escenas.

Tras una hermosa noche y una bonita mañana en Tabor, empezamos de nuevo a viajar hacia el sur, dirección Belén, en territorio palestino. Poder bajar hasta las entrañas del mítico portal de Belén fue también una experiencia extraña. Allí no había musgo como dice la tradición popular, ni tampoco la apariencia, totalmente humilde en una gruta oscura, se parece en nada al ideal que guardamos de ese espacio donde María dio a luz a Jesús. Tras una larga espera, permanecimos un rato en silencio junto al portal, esperando bucear en las reminiscencias pasadas. Silenciosos, tras un rato de adoración imaginada, emprendimos de nuevo el viaje.

A modo de despedida de Israel, decidimos pasar el día siguiente en la playa tras tres intentos vacuos de entrar al territorio de Gaza. Aislados por tierra, mar y aire, aprovechamos que era Sabat para intentar colarnos en la zona fronteriza. Tras traspasar algunas barreras y meternos por caminos impracticables y prohibidos conseguimos llegar a la zona militarizada. De alguna forma fuimos algo inconscientes, pero no sabíamos que los tres accesos posibles hasta Gaza habían sido cerrados y militarizados hasta que una patrulla nos interceptó. La escena fue dantesca e interiormente divertida, ya que pusimos la excusa de que queríamos visitar las playas de Gaza. Tras una bronca monumental, los despistados españolitos fueron escoltados hasta zona segura. Cuando salimos de allí no paramos de reír por lo surrealista de la situación, a la cual le dedicaré unas letras con sumo detalle en próximos escritos.

Por la tarde aparcamos el coche en un lugar remoto donde por la noche no había nadie. Nos pudimos bañar en pleno invierno y desnudos en una playa paradisíaca. Ese baño fue totalmente liberador, reparador y anunciador de algo nuevo, bello y profundo. Ese momento y lugar de profunda compenetración con la naturaleza salvaje fue el inicio de un nuevo nodo, de una nueva vida que ya irradiaba dentro.