Se prendió la llama resplandeciente


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“Estamos todos en el mismo barco, en un mar tormentoso, y nos debemos los unos a los otros una lealtad enorme”. G. K. CHESTERTON

Ayer dormía en los arrayanes y hoy duermo en palacio. Justo en frente de la Biblioteca Nacional, ese lugar que frecuentaba todas las tardes con mi carné de investigador mientras redactaba en aquel tiempo la primera parte de la tesis. Al lado del exclusivo club donde enamoré a aquella hermosa embajadora mientras presentábamos un libro con el presidente de la comunidad de Cantabria y la gente nos paraba en el ascensor, para sorpresa de la enamorada aristócrata, saludándonos como quien saluda a un actor de cine. Admito que cuando conducía mi vida entre ese tipo de bambalinas ilusorias lo pasaba bien. El glamour es algo que nos gusta, que nos atrae por el halo de poder que nos otorga cuando desciframos sus secretos. El cuerpo se vuelve erguido, la frente parece más ancha, los pómulos se llenan de fuerza y el aura recuerda a la de los héroes que transitaban por encima de la vida y la muerte. Pero todo es ilusorio, ficticio, lugares comunes que nos alejan de nuestro camino. Ayer fui mendigo, hoy príncipe, y ninguno de los dos mentirosos estadios me domina. Ante las máscaras, disfruto del teatro de la vida como lo haría un alma capaz de disfrazarse de cualquier cosa.

Esta mañana ocurrió algo hermoso que tiene que ver con los círculos. Salí corriendo de los arrayanes y me fui a la zona más alta y rica de la gran ciudad. En un lugar impresionantemente hermoso que por alguna extraña razón me recuerda a Austria o Suiza, quizás a algún remoto lugar en mitad de los Alpes, me esperaban dos buenos hombres, sinceros, amables, hermosos, generosos. Cuando me di cuenta estábamos conspirando, configurando una nueva triada, un triángulo mágico, tan necesario para poder crear cualquier cosa que se acerque mínimamente a un punto de luz. De alguna forma se selló un pacto de colaboración mutua que nos anima a seguir persiguiendo el sueño utópico de una humanidad unida, silenciosa, contemplativa. La reunión duró algunas horas y detallamos algunos puntos a seguir. Me sentí afortunado por poder participar de esa conspiración que se proclama una y otra vez en todos los tiempos. Aún no puedo adelantar nada de lo que en esa reunión se trató, pero fue, a niveles interiores, una prueba más de que estamos haciendo algo bueno.

De repente pude cerrar los ojos internos, esos que ven más allá de las apariencias y entendí lo que estaba pasando. Somos los mismos aliados que siglo tras siglo se reúnen ante una mesa de castaño oscuro para plagar el mundo de fe y esperanza. Sentíamos cierta emoción contenida porque los ciclos se repiten, y entendemos que debemos seguir intentándolo una y otra vez. De repente, desde lo alto de aquellos papeles, de esas conversaciones, pude comprender el entramado, la red, las alianzas, los pactos que traíamos en nuestra carga anímica. Pude ver esa familia que se enfrenta a los tiempos, que discurren al llamado. Entendí también la frase: muchos serán llamados, pocos los elegidos. Sentimos la llamada, pero por miedo, por torpeza, por distracción, la abandonamos. Hasta que un día elegimos el camino y ya no hay vuelta atrás, porque la claridad llegó a nosotros y la luz prendió en nuestros adentros con la fuerza suficiente para disipar cualquier tiniebla. Por un momento sentí la fuerza de esa llamada poderosa.

Por eso en el mundo de las máscaras, ayer dormía en la mendicidad y hoy en un palacio. Porque la vida del alma es como un gran banquete donde todos disfrutan y comparten los dones de la vida, donde todos asimilan con alegría que la comunión es posible si somos capaces de sentir con fuerza nuestro compromiso y tenemos el coraje de llevarlo a cabo. Ya no hay duda. Cuando somos elegidos hacia el camino de la entrega, la palabra se convierte en verbo y el verbo en carne y la carne en espíritu viviente. La aurora viviente resplandece ante el llamado inequívoco del toque de clarín. Se prendió la llama resplandeciente y todo el camino aparece lúcido y bello. En el otoño se desprende lo innecesario y caen las hojas muertas. Pero también se siembra en la tierra húmeda y cálida la semilla que habrá de brotar en la próxima primavera. Lo milagroso está ocurriendo. Hoy ha sido un día milagroso.

Estoy en Madrid, en un lugar maravilloso con seres maravillosos y únicos. Mañana la aventura continúa hacia el sur de Inglaterra. Mañana lo milagroso se expandirá inevitablemente.

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Desde el tren balanceante


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Esta mañana en la estación de Sarria

Tierna la música. El balanceo del tren. El otoño en los paisajes. La luz tenue, ligera, delgada. Tierna la presencia del silencio. El viaje interior al mismo tiempo que se viaja en los raíles de la vida. Los cantos angélicos se escuchan con mayor fuerza cuando la quietud y la alegría posan dentro. Buceo en los aledaños de lo intangible, me desprendo de las incomodidades de la personalidad, de sus miedos, de sus creencias, de sus sueños rotos e inacabados. En la distancia del pequeño vehículo, me siento a flote, con las manos extendidas al sol, imaginando un ondear, cayendo hacia los vientos que mecen y limpian la atmósfera.

El tren es lento. No hay prisa. No sabemos donde realmente vamos. La excusa siempre es un destino, una estación, pero entre medias pueden suceder mil cosas. Cuando te mueves, algo se mueve. Podemos ser conscientes de ello o podemos cegar la mirada hacia cuanto nos rodea. Pero si miramos, y si además de mirar somos capaces de ver, algo hermoso ocurre. Montañas, caminos, bosques, animalillos, nubes que susurran el eco de un tiempo hermoso. Universos enteros conviven cuando nos instalamos en la pura quietud. La excusa, un viaje. Próxima estación, Madrid.

El tren tiene un balanceo gracioso. Las nalgas intentan equilibrar de cualquier manera el pequeño rugir de los raíles. A mi izquierda una hermosa informática renueva una web. A mi derecha una firme empresaria calcula las nóminas mientras discute con los proveedores los pagos a noventa días. Me gusta mirar todos los rostros, interrogarme sobre sus vidas, bucear en sus almas. Detrás un joven polaco habla de su último trabajo y delante una jubilada come un bocadillo realizado unas horas antes en cualquier lugar. Las estaciones se abren paso una a una. Siempre desde el bullicio de la gente que viene y va, que viaja. El viaje es una atracción hermosa de aventura, de no saber qué puede pasar en el instante siguiente. La gente sube y baja en un hormiguero humano que no cesa. Somos maravillosos, a pesar de nuestras pequeñeces. Incluso los enemigos se ven, desde la distancia, como seres necesarios para nuestro camino, para nuestro crecimiento. Qué sería de nosotros sin sus enseñanzas tan profundas.

Hace unas horas estaba subido al tejado, terminando de colocar por fin el aislante del tejado. Desde allí recordé a mi compañero la promesa, a veces incumplida, del plan, del quehacer al que realmente venimos. ¿Por qué muchas veces lo olvidamos? ¿Por qué muchas veces nos dormimos debajo de la sombra de un almendro, en una caravana de distraído pasaje, en un lujoso coche que no lleva a ninguna parte? La vida nos distrae, forma parte del juego, para que al anhelo verdadero se confunda entre el ruido. A veces el ruido tiene forma de una mujer, de un trabajo, de una creencia, de un ideal nacido de la confusión. El grito del alma se acalla y se confunde entre el bullicio, entre las banderas de nuestra personalidad, entre las patrias de nuestra conquista humana. Pero el alma no es humana. Lo humano es limitante, es mediador, es una empresa inacabada. Por eso el alma grita cuando en su morada cósmica nadie escucha aquí abajo, o cuando las distracciones del día a día son más poderosas que nuestro propósito interior.

De ahí que, en la quietud, en el silencio, como alguien recordaba esta mañana en la meditación entre hermosas lágrimas, la vida nos cambia. Porque es en el silencio cuando podemos escuchar claramente a nuestra alma. ¿Cuánto silencio dedicamos a esa comunicación cósmica entre tanto ruido? Nunca tenemos tiempo de atender esa llamada. ¡Tenemos tantas cosas que hacer, tanto que programar, tanto futuro que ordenar, tanto pasado que añorar! Nunca paramos a escuchar lo que nuestra naturaleza real ha venido a decirnos. ¿Por qué no nos conocemos a nosotros mismos, nosotros los conocedores?

En el abundante desayuno que hemos compartido en una cafetería llena de abuelos, cerca de la estación, mi compañero portaba un hermoso libro sobre el Sermón de la Montaña. Realmente esas palabras no eran un sermón, eran un grito del alma. O mejor aún, era el canto amable de una gran alma. En el Sermón de la Montaña está condensada toda la verdadera realeza que debería erigirnos a las causas verdaderas. Lo demás es todo ruido. Ahora viajo, hacia fuera y hacia dentro. Estaré en silencio, siguiendo el dictamen de mi verdadero yo real. Próxima estación: la vida.

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Cuando el fruto maduro cae, su dulzura destila y permea las venas de la tierra


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Esta mañana, paseando entre cultivos de estevia en el valle del Tiétar, con la impresionante sierra de Gredos al fondo.

Me encantó hacer el viaje con mi ex, en mi ex coche, hacia un lugar que determinó para siempre mi vida cuando decidí, ante una sugerente oferta de trabajo, buscar silencio en un retiro vipassana en el valle del Tiétar para reflexionar sobre la misma. En el retiro olvidé pronto la oferta y desde dentro solo podía sentir una cosa: Camino de Santiago. Y allí empezó todo. Practicando los caminos, los caminos me vuelven a traer al punto de inicio. Cosas del Camino.

Anoche llegamos y pude dormir en casa de la familia de Ana, mi querida Ana, que tanto amor incondicional le tengo desde que nos conocimos en las cimas y crestas de tiempos pletóricos. Y allí dormí y luego, en el plenilunio del nuevo día, me fui dos pueblos más allá, siguiendo la hermosa sierra de Gredos, desayunando con esa otra familia espiritual que más allá de los convencionalismos, se crea en los planos internos.

Más tarde paseábamos por la finca que pretende resurgir, que desciende por el valle para crear un nuevo punto de luz. Y mientras paseábamos por las alamedas y los cultivos ecológicos de estevia me preguntaba cómo se podía activar ese punto de luz que quiere nacer. Y me acordaba de las frías mañanas en la ermita, allá en el septentrión, cuando solo una vela acompañada de nuestra fe y esperanza creaba el “anclaje” en las cimas de la meditación. Sólo atrayendo luz se puede crear un punto de luz. Sólo mediante la fuerza del silencio, de la meditación constante, del coraje por seguir adelante, de la intención que acompaña a todo propósito interior, puede crearse algo diferente, algo luminoso. Sólo la luz constante que se crea en el silencio puede atraer más luz. Esa es la clave firme para seguir avanzando. Ese es el secreto para que la llama continue.

Alguien murió y tuvimos que regresar corriendo a Madrid. Entré en el hogar lleno de libros y me sentí como en casa. Libros de Atalanta, de Steiner, incluso libros de Nous y de este menda. Libros por todas partes que intentan guiar nuestra mente, nuestras emociones, nuestras vidas y nuestros cuerpos por la senda de la unión, en el intervalo que desea integrar el cuaternario con la triada.

En la corrección del nuevo libro se compartió un verso de Lawrence: “Cuando el fruto maduro cae, su dulzura destila y permea las venas de la tierra”. Cansado por tanto viaje, me quedé fijamente mirando las letras, el verso entero, mientras yo mismo sentía que caía hacia abajo, como si de alguna forma mi cuerpo se adentrara en la tierra. Seguíamos corrigiendo el libro en este hermoso despacho cargado de madera y libros, pero yo seguía fijando el corazón en los versos: “Cuando mueren las personas realizadas, el aceite esencial de su experiencia entra en las venas del espacio viviente y agrega un destello al átomo, al cuerpo inmortal del caos”.

De repente me sentí realizado y comprendí el caos, comprendí todo el desorden de este tiempo, y vi como el aceite esencial había penetrado en el espacio viviente cuando el tarro que lo sostenía se quebró. Entendí todo, es como si de repente la vida se hubiera ordenado en un sentido superior, más amplio, como si de alguna forma, al igual que hiciera Roberto Plá, también hubiera llegado a la otra orilla, y desde allí, las cosas se vieran de forma diferente.

Y seguía leyendo apresurado, como si algún tipo de revelación hubiera inundado todo el ser, toda la experiencia, toda mi insignificante y ridícula vida: “Porque el espacio está vivo y se mueve como un cisne cuyas plumas relucen sedosas con el aceite esencial de la experiencia destilada”.

Sonó entonces música de Max Richter y entré en ese éxtasis sedoso, seducido por la experiencia de la vida, por la unidad de las cosas, por no querer, ya nunca más, entrar en la disputa, en el rencor, en la envidia, en el celo, en la desdicha. Sonaba el piano mientras caía como fruto maduro al vacío de la existencia y solo podía sentir paz. Como si la luz del pequeño “yo” se hubiera difuminado y algo nuevo naciera desde adentro.

Allí, en las venas de la tierra, uno siente el fluir de la savia, de todo aquello que se desliza en los planos invisibles, en la verdadera ecuación de un mundo diferente, atractivo, imprescindible. Ese mundo que alimenta al resto sin darnos cuenta, trabajando a cada instante para que los sabores, la belleza, la inspiración, sigan existiendo. Ese mundo al que se accede en el silencio, junto a una vela.

Ahora soy testigo de un mundo diferente. Sigo siendo insignificante, ridículo ante la inmensidad, cargado de errores, pero testigo de algo que muestra la vida amplia y deseo, como siempre, seguir compartiendo. Ya no importa lo que digan, ya no importa lo que piensen, si están o no de acuerdo. Ya nada importa, porque el fruto ha caído y el aceite se desliza en las venas de la tierra.

Estoy en Madrid, dormiré en esta hermosa casa. Mañana viajo al sur, al mediodía. Queda dicho.

 

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Pasado el umbral


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Pasado el umbral del sufrimiento, todo transcurre como en una especie de hipnosis donde el estado de vigilia se transforma en estado de impermanencia. Ocurrió lo mismo cuando el año pasado atravesé esa gran crisis que derivó en depresión. Llegó un momento en el que ya el dolor formaba parte del paisaje, y por lo tanto, había dejado de tener importancia. Ahora ocurre lo mismo. El dolor se integra, forma parte de uno, y solo necesitas mirar concentradamente a cada paso para no cometer un error, no caer por un precipicio, en un río, o en cualquier lugar que pueda ser motivo de final del recorrido.

Me doy cuenta, ahora que estoy intentando reflexionar por última vez sobre lo ocurrido el año pasado, que el sufrimiento es incontrolable. Está ahí y a veces te puede hacer cometer cosas estúpidas. Durante los tres primeros días, antes de atravesar el umbral del dolor, a cada instante pensaba en abandonar esta aventura. Había, siempre lo hay, una fuerza que me arrastraba a seguir adelante. A partir del tercer día los paisajes cambiaron, el dolor se integró, hasta que llegamos al quinto día y todo se difuminó. Ahora, casi como un autómata, camino las sendas, subimos montañas imposibles, luego las bajamos, hasta que nos perdemos y tenemos que volver al punto de partida y los ánimos menguan, o hasta que nos quedamos sin comida o sin agua y tenemos que buscar la forma de sobrevivir.

Las jornadas, a diferencia del Camino de Santiago, donde a medio día ya estás descansando en algún ahora añorado albergue, son interminables. Nos levantamos a eso de las seis o las siete. Comemos algo tras recoger la tienda y tras estirar la espalda tras una noche, normalmente, fría e incómoda. Y luego caminar y caminar hasta que se pone el sol, con los pies molidos, la espalda curvada y el mundo todo por delante. Los Pirineos es duro, más duro de lo que llegué a pensar. Acostumbrado en mis tiempos mozos a caminar por lugares imposibles, noto el peso de la edad, y noto, sobre todo, el no tener un cuerpo en forma, ágil, fuerte. Voy a tener que ponerme a trabajar a partir de ahora en él, para él.

Hemos pasado el umbral. Ya solo quedan cuatro jornadas y seguir reflexionando sobre la herejía, el dolor y los Caminos… Los buenos hombres y las buenas mujeres seguirán en la memoria de todos. Sirva este camino para honrarla.

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Agitador de consciencias


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Ayer en el Pedraforca

Cuarta jornada. Hemos conseguido llegar hasta Bellver de Cerdanya. Aquí comeremos algún bocadillo y esta tarde seguiremos la subida que nos llevará hasta la frontera con Francia, la cual atravesaremos, si todo va bien, mañana. Estamos cansados y empiezan a mostrarse las debilidades del cuerpo físico. Dormir a la intemperie refugiados en una pequeña tienda de campaña no es lo ideal de travesía. Los huesos se resienten por la noche en esos suelos duros tupidos a veces por una fina capa de hierba. Los pies destrozados, la espalda doblada, la cabeza girando para todas partes cuando pega el sol…

Nos hacemos mayores para estas cosas, pero hay algo más fuerte que nosotros que nos empuja a seguir. El sufrimiento encuentra siempre algún tipo de justificación o recompensa. La vida se aprecia más, la existencia cobra otro sentido. La naturaleza, siempre tan impresionante, te hace vivir con humildad y agradecimiento. Nos cuestionamos todo nuestro campo vital en las largas travesías silenciosas. Por dentro todo se agita. Me doy cuenta de que este año mi campo emocional murió y dio paso a otro más amplio y maduro, pero ahora, con cierto temor, noto que también debe morir mi campo mental, al menos el mono que no para de hablar, que no para de pensar, que no para de dividir.

Ahora sé, que todo eso terminará también. Especialmente cuando, justamente ahora, me llegan los análisis genéticos que pedí a un laboratorio norteamericano y me confirman mis sospechas. Tengo un importante riesgo de enfrentarme en unos años a la enfermedad de Alzheimer. No es algo que me de miedo, pues sentía interiormente que mi cabeza nunca fue al ritmo normal del resto, pero ahora esto confirma las sospechas y me lleva al límite de todo. No sé, dicho así a voz de pronto, cuantos años de vida útil me quedan por delante. Es cierto que aún no he terminado eso que venía a hacer, esa misión tan mía y tan propia de agitar las consciencias. Pero intentaré estar alerta para que esa agitación vaya tomando fuerza a medida que la vida se vaya apagando. Seguramente eso provocará que la gente me aguante cada vez menos, porque eso de agitar no gusta. Nadie quiere estar al lado de un agitador de consciencias. No importa. Es lo que toca, es lo que debo hacer. Y en este viaje, me agitaré fuertemente, para seguir adelante…

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En la ruta cátara


 

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Acabamos de llegar a Bagà. Llevamos tres días de ruta. Estamos cansados. Por la noche, entre el frío y la lluvia, refugiados en una pequeña tienda de campaña, es difícil dormir. Por el día, subidas y bajadas infinitas. Lo único que nos anima es la introspección, el silencio y especialmente, los paisajes impresionantes de montañas infinitas. El mundo se reduce a los caminos, y los caminos siempre son infinitos. Los caminos del ser humano, los caminos de la naturaleza, los caminos inmortales del alma. A diferencia del Camino de Santiago, vagamos prácticamente solos en toda la jornada. A veces tropezamos con algún despistado que va buscando sendas perdidas. Pero haciendo la ruta, lo que es la ruta de los Cátaros, estamos solos. Es el precio de la herejía, de la de antes y la de ahora. Soledad.

De alguna forma me daba pereza hacer este viaje. Ahora a la pereza se le suma el cansancio. La soledad. La distancia hacia todas las cosas, hacia todos los rincones. Quizás mi cuerpo lo que necesitaba para estos días era una tumbona en alguna playa perdida, o ahora, con cierta añoranza, en algún jardín de alguna aldea perdida. Pero siempre esa manía mía de buscar en el sacrificio algún tipo de satisfacción. En este caso, la satisfacción de comprender la dureza de nuestros ancestros, especialmente de aquellos que huían de la tiranía o la incomprensión. Me niego a idealizar el pasado. Sólo siento pena por la extinción a fuego de aquellos “bons homes”, de aquellos que, siguiendo votos estrictos, dejaron de comer carne y dejaron de abrazar los bienes materiales. No quiero idealizarlos, pero fueron quemados por ser diferentes, y algunos pocos, huyeron por las montañas escarpadas en un tiempo donde no había rutas, ni señalizaciones, ni comida abundante como ahora, ni nada que se le parezca.

No sé como lo hacían, viendo mi cansancio, mi pereza, mis pocas ganas de seguir adelante si no fuera por esa especie de fuerza interior que a veces nos arrastra a realizar empresas complejas. Por algún motivo especial, en esta travesía, tengo muy presente el viaje a Israel de principios de año. Aquella aventura fue hermosa, profunda, inolvidable. Me refugio en ella, y me adelanto a los acontecimientos de intentar, quizás pronto, ese tipo de caminos. Ya sin sufrimiento, ya sin dolor en las piernas.

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Hacia el Camí dels Bons Homes


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El intento de conseguir una cabalgadura ha fracasado. Casi veinte mil euros de pérdidas el año pasado no dan para muchas alegrías. Y a los sórdidos de las finanzas tampoco provoca gran perspectiva de seguridad dichas situaciones inestables. Realmente no me importa. Ya casi nada me importa, al menos nada que tenga que ver con el mundo de la posesión material. En ese sentido estoy demostrando cada día más que la herejía me atraviesa como a los antiguos que vivían en la dualidad de vencer lo material para alcanzar lo divino, entendiendo, en la conclusión final, que ambas cosas forman parte de un mismo todo. Luchar por lo que es de uno sí, apegarse a ello no. Al final todos morimos, y al final nada permanece, excepto el cambio. La vida es pura impermanencia.

Desnudo por la verdad no me siento triste, más bien distante ante los estímulos que el éxito o el fracaso pueda ocasionar en la psique. Acostumbrado a ganar y a perder batallas, esta es solo una más, otra que me aproxima siempre hacia la balanza de la bondad, del camino de la ausencia. Así que, sin cabalgadura, viajo ahora a lomos de un carruaje moderno y lleno de vasallos de la movilidad hacia tierras occitanas. El tren es lento pero placentero. Los paisajes, hasta hace poco verdes y frondosos, se han convertido en un secarral dorado, cubierto a veces por tímidos molinos de viento que ahora miro con cierta distancia y desazón, no como hace un año, que me parecían auténticos gigantes. Mi viaje es uno de los más largos, del extremo más occidental al más oriental, viendo como pasajeros suben y bajan constantemente mientras yo permanezco. Y de nuevo a Francia, para cerrar así una etapa ya no desde la rabia, sino desde el perdón, la reconciliación y el amor incondicional. Ahora que ya voló para siempre, amo esa mariposa libre, amo ese pequeño berberecho de los profundos océanos, y le deseo lo mejor de la vida. Hace un año, justamente un año, viajaba perdido por Francia, sin rumbo, sin tener dónde agarrarme, frágil, dolido. Ahora vuelo de nuevo fuerte y aferrado a la vida, indemne y capaz.

Si todo va bien, esta noche llegaré a Barcelona, mi tierra natal, dónde me nacieron, y mañana empezaremos la ruta cátara desde Berga, recorriendo a la inversa, desde el escarpado Santuario de Queralt hasta más allá del Castillo de Montségur toda la ruta de peregrinaje que siglos pasados hiciera la herejía de los “perfectos”. Siguiendo la senda del GR-107 por el Camí dels Bons Homes, enfilaremos los Pirineos hacia el norte por las comarcas de Berguedà, la Cerdanya, Alt Urgell y Arieja. Allí nos esperan las escabrosas montañas, el frío y la soledad hasta llegar al Mediodía francés, a tierras del Languedoc, en la histórica Occitania. Descansar en Montsegur y en el Prat dels Cremats será toda una reconciliación con el pasado hereje. Me han invitado a continuar hacia Marsella y de allí hacia Burdeos. Si las obligaciones profanas no me obligaran a retornar en breve, iría de sin duda en búsqueda de más aventuras.

A partir de mañana espera dificultad alta de montaña, con un desnivel acumulado de más de cinco mil metros, diez días de caminos y pernoctación en la intemperie o refugios de montaña si los encontramos. Me acompaña un amigo de la infancia, un hermano que ha sobrevivido a los lazos del afecto durante décadas. Hacía tiempo que no teníamos una aventura juntos y aprovechando que él se ha casado y yo soy soltero de hojalata, compartiremos aventura, noches estrelladas, dolores de todo tipo, sacrificio y satisfacción por conquistar cuantas cimas se nos presenten.

Siento cierta sensación de libertad interior, de que algo nuevo se abrirá tras las montañas, tras los caminos, tras el cierre y la renovación inevitable. Ya se está formando el consejo de siete sabios para respaldar a los tres ancianos bajo la custodia de los veintiún guardianes. Ya se están creando las bases de esa primavera que pronto resurgirá. Y este camino es solo un preludio personal para aquello que ha de venir aún. Herejes de todos los tiempos, hermanos del espíritu libre, sigamos caminando… practiquemos, en la medida de lo posible, los caminos…

Pd.- Si tengo cobertura, seguiré escribiendo y colgando algunas fotos en:

https://www.instagram.com/jxavierleongomez

 

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