Aldeas abandonadas


 

Estamos dedicando estos meses algo de tiempo a conocer en profundidad los secretos de esta tierra celta que tanto nos enamora. Hace unos días tuvimos la suerte de descubrir dos pueblos abandonados: Arufe y Vichocuntín, en la gallega provincia de Pontevedra.

Resultaba increíble descubrir entre frondosos bosques piedras totalmente pulidas y edificios enteros de gran nobleza y belleza totalmente asfixiados por la vegetación. Sentíamos cierta pena por ver casas tan perfectas y hermosas totalmente abandonadas, pueblos enteros perdidos entre la niebla y el musgo que resbalaba por todos esos impenetrables caminos. Allí había, en cada piedra, en cada rincón, en cada plaza ya inexistente, una historia, cientos de relatos, de vidas, de hombres y mujeres, de ancianos, de niños que ya no juegan ni viven allí. Sólo la poderosa presencia de los fantasmas del tiempo nos hacía poner la carne de gallina, los recuerdos allí encerrados, las visiones de vidas pasadas, de relatos, de historias que quedaron atrapadas en un tiempo ya inexistente. Solo en lo akásico, en sus archivos, podíamos comprender algo de tan impresionante soledad.

No entendíamos como el “feísmo” de nuestro tiempo había podido perdurar dejando atrás esas impresionantes ciudades de piedra, bellas, tan bien esculpidas, resistentes, esbeltas. Los árboles habían crecido entre las habitaciones, las cocinas y los antiguos salones de auténticos palacios abandonados. Los tejados se habían caído en su mayoría pero aún quedaban perfectas paredes que no cedían al tiempo, cobijos que hacían de hogar a musgos, hongos y helechos.

Nos preguntábamos porqué en los tiempos que corren preferimos vivir en auténticas conejeras oscuras, inertes, apagadas, mientras que esos preciosos edificios permanecen abandonados. Nos preguntábamos porqué el ser humano se ha alejado tanto de la naturaleza para abrazar la frialdad del asfalto, de lo gris, del ruido.

Los más sensibles a este mundo de abandono se sienten tristes, apenados, cargados de angustia. Muchos hombres y mujeres renunciaron a estas verdes y hermosas tierras. Sus nietos se quejan de que muchos no supieron apreciar el impresionante esplendor de estos lugares. Ellos, en una época difícil, buscaban nuevas vidas en sitios lejanos donde pudieran dar de comer a sus familias. Eran otros tiempos, y ahora, cuando intentan regresar, ya es demasiado tarde para todo. Los ancestros que protegían esos lugares ya no están. Los guardianes fueron desterrados.

Las casas, las aldeas encerradas entre perdidos valles y montañas esperan ser de nuevo habitadas. Nos sentimos orgullosos de poder ser partícipes de esa reconquista, de poder dar vida de nuevo a un edificio emblemático del siglo XVI que estaba totalmente abandonado, de poder calentar de nuevo sus piedras, tejer un nuevo tejado, llenarlo de vida agradecida y amable, dotarlo de nuevo de esplendor al mismo tiempo que animamos a otros a que den ese paso. Volver al campo, a los bosques, a los valles, nos humaniza, nos hace más sensibles, nos vuelve más amables.

Ojalá algún día esos pueblos vuelvan a la vida. Sus piedras lo anhelan. Sus valles y bosques recuperarán una vida plena y un nuevo sentido humano. Rehabilitar estos lugares responde a un sentido profundo: el sentido de la vida compartida, llena, profunda. El propósito esencial de reconciliarnos con la naturaleza nuestro palpitar humano.

Anuncios

Luna llena de Piscis en la comunidad de Findhorn


DSC_0176

“No son casuales estos viajes. Si te fijas en el ritual, se suelen hacer viajes simbólicos alrededor de las tres luces y a medida que avanzas de grado, pasas de trabajar con unas figuras a otras. Pasamos del triángulo al cuadrado, etc… hasta completar figuras geométricas cada vez más complejas. Cuando hacemos estos movimientos, dibujamos dichas figuras geométricas y con ello, realizamos cierta “magia”. A otros niveles, hacemos lo mismo en el plano físico. Cada viaje enclava un punto energético, que al ser unido por otro, recrea una figura geométrica específica, provocando la “magia” necesaria. Nada es casual. Esa figura es representada en la mente, y al contacto con la luz, recibe un tono de onda especial, una musicalidad que atrae ciertas energías y repele otras”.

Estas palabras fueron escritas allá por el año 2006 a un amigo. Forma parte de una serie de cartas que vamos a editar próximamente y que entrañan claves y propósitos que a veces resultan, como mínimo, curiosos. Cuando siento la necesidad imperiosa de viajar en los planos materiales de alguna forma intuyo que es porque está surgiendo un movimiento interior, algo que quiere cobrar vida y necesita de cierto distanciamiento para poder provocar su parto. Cuando ayer llegué por fin a la bahía de Findhorn tras casi una semana de espacioso viaje sentí que eso es lo que estaba ocurriendo. Un leve movimiento en un plano, pero una matriz que nace desde la horizontalidad a la verticalidad cumpliendo con el proceso mágico de crear un nuevo tono, una nueva onda.

Me sorprendió los pocos que éramos hoy en la meditación de luna llena. Es evidente que la comunidad de Findhorn está cambiando. Hoy mismo una de sus miembros lo decía abiertamente. La gente ya no viene buscando una llamada, sino una comodidad. Es lo que nos ocurre cuando creemos que la vida está hecha para buscar un merecido descanso. Olvidamos que el alma, el impulso vital que nos gobierna no puede descansar. Su propósito es transmitir eso que vagamente llamamos vida, y la esencia de esa vida discurre en una unidad universal que no somos capaces de percibir. En esa vida Una, somos sólo una pequeña parte, un microtrozo de algo que no puede parar, que no puede descansar, que ha nacido para sacrificar su existencia hacia la propia resurrección vital. Sin embargo, olvidamos esto tan crucial, y al hacerlo, de alguna forma empezamos a morir. Queremos descansar, dormir más, trabajar menos, tener una bonita casa donde poder pasar las horas sin hacer nada. Realmente eso es una forma de morir, una forma de darle la espalda al impulso vital, a la propia vida.

De alguna forma abandonamos el hogar del sujeto que nos da vida para morir, para perder el propósito. Y la vida es geometría pura, debemos dejar de ser un punto para convertirnos en un triángulo, y luego ir progresivamente expandiendo nuestro árbol interior, como el que dibujó Pitágoras en análoga experiencia. Debemos estar vivos, debemos reflejar vida, debemos seguir buscando si no hemos encontrado y debemos seguir trabajando si tenemos clara nuestra misión, nuestro propósito como minúscula mota de vida. Debemos renacer a la vida, de forma desesperada, de forma urgente. O moriremos dos veces.

Kilwinning


a

 

Tras recorrer toda Inglaterra de sur a norte llegué hasta las primeras blancas colinas de Escocia. A pesar de que la temperatura es parecida a la que tenemos en el norte de España, por alguna extraña razón el frío aquí se hace más agudo y pesado.

Cuando he llegado al lugar justo donde se entabló la batalla de Bannockburn, muy cerca de Glasgow, dejó de llover y el cielo se abrió en círculo, de forma muy parecida a ese fenómeno que tanto observamos en la bóveda celeste de O Couso. En 1314 se peleó a sangre por la independencia de Escocia sobre Inglaterra. En aquellos tiempos era así como se consolidaban unos territorios sobre otros, unas creencias sobre otras, unos oscuros intereses disfrazados de emociones sobre otros. Con espadas, sangre y muerte se defendía eso que llaman país, patria o nación. Y sobre esa absurda e irracional sangre me encuentro ahora, intentando entender algunos episodios de la historia preocupado por la repetición constante de la misma. No hace muchos meses se hizo un referéndum pacífico donde ganó por muy poco la unión de ambos países.

A este lugar dicen que llegó un nutrido grupo de templarios comandados por Pierre d’Aumont, los cuales, tras la disolución de la Orden en 1307 se refugiaron en Escocia y participaron de dicha batalla. Se cuenta que desde aquí se mezcló el templarismo iniciático con la masonería operativa, dando como resultado la creación de la masonería actual.

Muy cerca de aquí se encuentra Kilwinning, donde he pasado la mañana. Allí está la que al parecer fue la logia madre, creada en 1140, tal vez por masones venidos de toda Europa para participar en la construcción de la Abadía que allí se estableció, perteneciente a la Orden de Tirón, de origen francés y emparentada con la diócesis de Chartres. Una orden nacida de una escisión benedictina de la Orden de Clunny. Una abadía, como la de Glastonbury, totalmente destruida. De la logia madre número cero de Kilwinning sólo queda un pobre edificio quizás del siglo XIX que intenta emular glorias pasadas. Un vivo ejemplo, como el de la abadía, de la decadencia de valores como los de fraternidad, igualdad, libertad y el amor al prójimo.

A algunos masones actuales les cuesta mucho entender ese origen cristiano y católico de la orden masónica. A pesar de que todos los rituales están basados en capítulos de la Biblia mezclados con algunos ritos de origen pagano, resulta difícil entender la orden sin bucear en sus orígenes, en sus rituales, en sus mitos y leyendas, en todo lo que rodea a su misterio y su historia, y sobre todo su especial vinculación con el cristianismo.

El ser humano siempre tienen a fantasear sobre las cosas, a dotarlas de significados a veces nacidos de la imaginación y la fantasía. Una fantasía inventada hace mil años es capaz de cobrar fuerza y mantener hechizada la mente de los ingenuos. Es capaz de vencer las aristas del tiempo y pretender que aquello que fue fábula ahora sea verdad. Es la fuerza del mito. Es la fuerza de la tradición y la costumbre. Es como esa sangre derramada, como esas batallas perdidas que se conmemoran como si fuera algo glorioso o digno de recordar. Ahora que paseo por estas colinas no veo nada de digno. Solo imagino sangre y tripas por un trozo de tierra, por un descabellado sentimiento de posesión y egoísmo, por una oculta trama de intereses que unos pocos nobles utilizaron para afianzar su poder. No veo ningún acto heroico en defender una bandera. Me resulta insultante a la inteligencia el alzamiento de cualquier bandera, su adoración, la propia simpatía a un símbolo nacido de la fantasía de todo un pueblo, de cualquier pueblo. Resulta repugnante, quizás porque pienso en los miles de personas que murieron en esta batalla, que todo eso sea a costa de la ingenuidad humana y de su capacidad cobarde para no ser capaces de decir no.

Sea como sea, todos estos lugares, todas estas tradiciones están cargadas de cierta belleza hipnótica. Me gusta pensar que por estas tierras estuvo vagando José de Arimetea con un grupo de primeros cristianos que predicaban el amor a los enemigos. No sabemos si realmente fue así, tampoco sabemos si el barco que eligió para la aventura estaba acompañado de insignes personajes como María Magdalena o el apóstol Santiago, el cual terminaría sus días en el norte de España. Realmente nada sabemos de todo aquello que ocurrió hace dos mil o mil años, excepto por aquellos documentos, costumbres o mitos que han sobrevivido al tiempo tras tanta sangre y destrucción de unos y otros.

De todos ellos posiblemente algunos sean verdad. Muchos otros solo una mera fantasía. Sea como sea, seguimos los caminos, porque en ellos aprendemos la noble enseñanza del discernimiento, única herramienta para albergar algún resquicio de eso que vagamente llamamos verdad. Y de todas las verdades, me quedo con la de José de Arimetea, cuya única expresión ingenua fue la de hablar de amor universal mientras otros peleaban por banderas.

b

Glastonbury


a

 

Me encuentro en Caerleon, en el sur de Gales. Según la tradición artúrica, este es uno de los lugares donde supuestamente se encuentra Camelot. Me he dado una vuelta por el tranquilo pueblo pero no he visto ningún indicio sobre ello, ninguna pista que pueda llevarme hacia ese lugar mítico, ninguna intuición etérica al respecto. Este es un lugar tranquilo en todos los sentidos excepto por el trajín de los coches que vienen de Newport y se encaminan hacia el norte del país.

Ayer, tras pasar el estrecho de la Mancha pasé algo de frío. Llegué tan agotado a ninguna parte al sur de Londres que paré al borde del camino y me puse a dormir sin reparar en la necesidad de abrigarme bien. Por suerte, cuando el cuerpo se encuentra ante la tensión del viaje, no se queja de nada. Tenía planeado ir a Glastonbury y de ahí a Brighton para pasar el día de mañana con una amiga, pero cuando salí de la ciudad de Ávalon me di cuenta de que había confundido esa ciudad con la cercana Bristol. En la torre de Tor había una señal que ponía que a once millas dirección sureste se podía encontrar otro lugar que podía ser Camelot: el castillo de Cadbury. No pude encontrarlo y terminé en Caerleon de camino hacia Bannockburn y Kilwinning donde deberé documentar algunas cuestiones sobre la historia de la masonería.

De camino a Glastonbury siguiendo la radial A303 que viene de Londres te encuentras con la mítica Stonehenge. Si pagas unas quince libras un autobús te lleva hasta el mismo emplazamiento desde el que disfrutar con la calma que el frío y la lluvia te permitan. Realmente el lugar es asombroso. Un templo perfectamente alineado con el sol de más de 4500 años de antigüedad. Un sofisticado pueblo prehistórico debió acumular algún conocimiento que en nuestros días se nos escapa. Cuando visitas el lugar de cerca te das cuenta de cuanto ignoramos sobre nosotros mismos, y sobre todo, cuanto hemos perdido como humanidad de nuestro legado histórico, de nuestros saberes y nuestra dignidad profunda.

Ya había estado anteriormente en Glastonbury y el regresar tras la visita a Stonehenge a la inversa por la ruta que hice la última vez tuve una sensación de cierre de etapa, de ir sellando todas esas puertas que se abrieron en esos años de tinieblas para ir retomando otro camino. El hecho de volver a Escocia y encerrarme tres meses para terminar la tesis doctoral tiene mucho de eso.

En Glastonbury, gracias a la valerosa guía de la amiga Carmen, pude disfrutar de nuevo de todo este movimiento neopagano que crece en torno a las leyendas artúricas, al revival sobre los ritos de adoración a la madre tierra, a la feminidad representada por María Magdalena, los ritos de Isis, y sobre todo, a los movimientos de la nueva era en torno a las creencias sobre la presencia de una ciudad etérea –Ávalon- que sigue viva por encima de la torre de Tor. A todo esto hay que añadirle la leyenda de José de Arimetea, la cual cuenta que aquí, en esta tierra, fue enterrado el Santo Grial.

Mientras paseábamos por la ciudad y nos dirigíamos a lugares tan emblemáticos como la antigua abadía, a “The White Spring”, la fuente consagrada a la energía masculina y femenina, a la mágica torre de Tor o a Chalice Well, el pozo donde supuestamente José de Arimetea escondió el Santo Grial, miraba el rostro de las gentes de ese lugar y sin duda parecía todo el conjunto una reunión de magos y brujas, de antiguos druidas que vuelven a reunirse para no se sabe bien qué ritual de vida. Es la misma sensación que tuve cuando viajé hasta Taizé, en el sur de Francia, muy cerca de la también extinta abadía de Clunny. Es como si los antiguas almas que algún día dejaron sus lugares de consagración volvieran a reunirse para dar vida al espíritu de los tiempos.

Si bien en Taizé uno tiene la sensación de que los allí reunidos son los antiguos descendientes de la orden de Clunny, aquí en Glastonbury la sensación es que todas estas almas errantes parecen ser la reminiscencia de antiguos druidas que intentan invocar de nuevo sus antiguos ritos paganos. En Glastonbury encuentras por todas partes cuarzos, amuletos, extraños personajes sacados de cuentos de hadas, y un sinfín de peculiaridades que demuestran la conexión con las tinieblas de la isla de Ávalon y la confusión reinante en el mundo del espíritu encarnado en nuestro tiempo. El Tao lo expresaba de forma diferente: tinieblas dentro de tinieblas, la puerta de todo misterio. Aquí, como en la leyenda artúrica, quizás algún día esas tinieblas den paso a la luz de la verdad, y la reconciliación de los espíritus errantes sea posible ante la inevitable senda de la compasión. Algún día esos cristales, esas velas y esos inciensos interminables dejarán paso a un propósito mayor y oculto, pero desvelado para que el poder de la nueva tierra dé paso a mayor claridad y lucidez. Mientras tanto, los peregrinos siguen las sendas marcadas a fuego para apoderarnos de la llama. Soy el Camino que busca a los viajeros, leíamos hace tan sólo unos días en París. Mañana habrá más camino.

 

Notre Dame de Paris. Yo Soy el Camino que Busca Viajeros


a

Entre el laberinto de Chartres y el laberinto de la catedral de Amiens había un camino estrecho con parada inevitable en Notre Dame de París. Atravesar toda Francia para fotografiar los misterios de sus muchas catedrales sin duda ha sido una atrevida aventura. Cuando esta mañana amanecía en Chartres y penetraba en su catedral sentía cierta nostalgia extraña. Había en cada piedra una historia, una vida, un misterio. Los alquimistas que levantaron los símbolos de ese lugar sabían que para llegar a Dios primero hay que pasar por el laberinto humano. Hay que atravesar con suma paciencia y pericia cada una de sus trampas. Por eso el laberinto se encuentra al poco de entrar en la catedral. Los sabios saben que la única forma de salir de ese laberinto pasa inevitablemente por la toma de consciencia del hilo de Ariadna que nuestra alma teje para sacarnos de nuestro propio lío. En Chartres percibes cierta verdad respaldada por la fuerza del símbolo. Y nace la responsabilidad interior de compartir esos trazos de luz que han sido tejidos con toda la prudencia posible.

Después de Chartres esperaba la ciudad eterna, la bella Paris, ese lugar plagado de palacios desplegados por todas sus calles. Nuestra Señora, Notre-Dame de Paris, nos recuerda que en toda Francia, y quizás en toda la cristiandad, la adoración a la Virgen está presente en todo su culto. La Virgen siempre es representada por una luna en cuarto creciente. Las fuerzas lunares que muestran la astralidad, la maya que nos protege de la luz del hijo. Notre Dame de Paris es como el vientre que protege con suma delicadeza ese símbolo.

Al entrar a la catedral te encuentras con un potente mensaje: “via viatores quaerit”, “Yo Soy el Camino que busca Viajeros”. Me ha impactado porque a cual peregrino me he visto de frente con el mensaje, con la inevitable llamada, con esa urgencia de seguir adelante. Vitruvio escribe en su De Architectura, que la arquitectura descansa en tres principios fundamentales: la Belleza (Venustas), la Firmeza (Firmitas) y la Utilidad (Utilitas). Pero cuando entras a una catedral te das cuenta de que hay algo más: el conocimiento. Cada piedra parece tener vida. Cada poema épico es descrito en esas estatuas, en esos mensajes que nacen de sus paredes. Toda catedral es un libro abierto para quien tiene ojos para ver. Lo hemos podido ver también en la inmensa catedral de Amiens, una réplica casi exacta de Notre Dame de Paris. Todo arte gótico encierra un argot hermético, un lenguaje que permite descifrar las columnas de la enseñanza que conduce al Jardín de las Hespérides. Los argonautas viajan hacia ese conocimiento para compartirlo, porque no hay mayor bien, no hay mayor inteligencia y mayor entrega que la de vivir para dar.

Ahora me encuentro en mitad del Canal de la Mancha. Me espera Inglaterra y Escocia. Ahí encontraré más caminos y seguiré de nuevo la estela del peregrino. Mañana estaré vigilante en la mágica Glastonbury. Dicen que allí José de Arimetea enterró el Santo Grial. También dicen que allí se encuentra Avalon. José de Arimetea se convirtió en pescador de hombres. La leyenda del rey Arturo sigue esperando desvelar sus secretos.

 

 

 

El laberinto de Chartres


a

Tras la visita a Oloron, ya de noche precipité mis pasos hasta Lourdes. Allí llegué casi a la media noche, con tiempo suficiente para disfrutar de la inmensidad del lugar y también de la belleza de la ciudad. A pesar de la cercanía nunca había estado en Lourdes y me llamó mucho la atención todo el contexto. Dormí en el coche en alguna parte entre Lourdes y Rocamadour, donde pasé parte de la mañana en su majestuosa iglesia nacida de la roca. Su virgen negra ha sido estudiada por aquellos fascinados en este tipo de misterios. Me sorprendió volver a ver allí a Santiago Apóstol. Se dice que Amador era el seudónimo del publicano Zaqueo, convertido por Jesucristo y el cual llegó a Galia, propagando en esas tierras el culto a la Virgen, cosa que produjo grandes peregrinaciones hasta ese lugar remoto.

 

De Rocamadour, un lugar perdido en mitad de la nada y de difícil acceso, viré hacia el norte hasta llegar a la bella Bourges. Allí me esperaban su impresionante catedral y la vida del que al parecer fue un adepto, un alquimista y un místico: Jacques Coeur, que fuera tesorero del rey Carlos V. En el trabajo que me lleva por estos lugares, no paré de hacer fotos de todo cuanto allí veía. En el palacio de Jacques Coeur, en el pórtico de la inmensa catedral de Saint-Étienne y en todo aquello que pudiera servir como material futuro. En el blasón de Coeur encontramos de nuevo otra pista: la concha del peregrino, símbolo inequívoco de su relación con Santiago. Para el sabio culpable en parte de toda esta trayectoria por media Francia, “la Concha de Compostela, sirve, en el simbolismo secreto, para designar el principio Mercurio, llamado también Viajero o Peregrino. La llevan místicamente todos aquellos que emprenden la labor y tratan de obtener la estrella (compos stella). Nada tiene, pues, de sorprendente que Jacques Coeur hiciese reproducir, en la entrada de su palacio, el icon peregrini tan popular entre los alquimistas de la Edad Media”.

Como dijo el sabio, la Naturaleza no abre indistintamente a todos la puerta del santuario. Cuando paseaba por la bella ciudad de Orleans antes de llegar a Chartres, donde me encuentro ahora a los pies de su catedral, me daba cuenta de lo complejo que resulta adentrarse en el lenguaje desconocido. Las piedras están labradas de ocultas lenguas que desean devolvernos al camino del conocimiento, a la senda de lo que somos realmente y que hemos olvidado. Pero en las calles de Orleans me daba cuenta de todo lo que aún nos queda por hacer para que esa esencia se manifieste.

Ayer noche pasé algo de frío en el coche. Pero por suerte sólo me desvelé dos veces. Hoy no amaneceré en mitad de un bosque perdido en alguna parte de Francia. Hoy estaré justo en frente de la catedral de Chartres, la cual espera que mañana desvele sus misterios. Los laberintos aguardan al intrépido. El camino se manifiesta para aquellos que dan un primer paso. No podemos permanecer inmóviles al borde del Camino. Hay mucho trabajo, hay mucho por hacer. El fuego de los dioses llegó a nosotros para desvelarnos de nuestra oscuridad. Ahora hay que ir a buscar ese fuego en nuestro interior.

Mañana, tras imbuirme de Chartres, parto hacia Notre-Dame de París, Amiens y Calais. La Gran Bretaña me espera para acoger la otra aventura. Que así sea.

(Foto: Catedral de Bourges)

Oloron


DSC_0009

 

Todo viaje siempre resulta enigmático e iniciático. De alguna forma, todos deseamos viajar siempre a esa “Tierra Santa” que nos sitúe, desde las esferas más interiores, en el plano central, allí donde, según la tradición, se situaban los emperadores. La quietud siempre se desborda ante las pruebas del camino. Buscamos intensamente esas señales que nos deben conducir hacia otro lugar, hacia otra esfera de realización. Al principio todo resulta ser un laberinto. Las pruebas son extrañas, los lugares expresivos. “Tierra Santa” siempre fue el lugar de los elegidos, de aquellos que lograron llegar a ella. ¿Qué fuerzas tuvieron que vencer? ¿Qué pruebas llenaron su vida de experiencia?

Esta mañana temprano salía desde Samos hacia el sur de Francia. Hice una parada técnica en Siero, en un hermoso valle de Asturias. Allí dejé una caja cargada de libros que hablan sobre catedrales, sobre ritos iniciáticos, sobre constructores. La sensación era extraña, ya que esa entrega tenía que ver en parte con el viaje que me aguardaba. De alguna forma, estos próximos días hasta llegar al norte de Escocia los voy a dedicar a fotografiar iglesias, catedrales y viejas abadías.

Mi primer destino señalado era Oloron, Saint Marie de Oloron. Tras nueve horas de viaje tranquilo por todo el norte de España llegué ya de noche a este lugar. Ha sido hermoso atravesar un trozo de Francia por carreteras interiores.

Lo primero que me ha llamado la atención cuando he llegado a la hermosa catedral de la villa ha sido una frase que relata parte de la historia de este lugar: “En foulant la voie d’Arles, en route vérs Saint-Jacques-de-Compostelle”. Cosas del Camino, este lugar donde ahora me encuentro es el cruce de caminos que conducen desde las rutas europeas a Santiago por el paso de Somport.

Los próximos destinos franceses son Rocamadour, Bourges, Chartres, París y Amiens. La ventaja de viajar y dormir en tu propio coche es la libertad de no tener horarios, y de improvisar cualquier cosa sobre la marcha. Oloron ya me ha dado pistas sobre el significado de este viaje. Ahora toca seguir avanzando hacia la prueba del laberinto. Tres meses me esperan por delante para, desde las Tierras Altas de Escocia, desenredar el núcleo gordiano en el que desde hace años ando envuelto.

El sur de Francia nos devuelve a las tradiciones de los juglares, de los trovadores, los cantores, los poetas. Todos estos paisajes que ahora recorro están plagados de herejías de todos los tiempos. Hay una constante insinuación en el paisaje sobre aquellos visionarios que se convirtieron con el paso de los tiempos en recipiendarios de la tradición espiritual en Occidente. La gestación y la gestión de la misma sigue en manos de unos pocos que bucean en sus misterios. Con respeto hirviente me atrevo a seguir adelante, ahora hacia tierras del norte. Rocamadour y sus misterios me esperan. Vamos a desentrañarlos.