Desde la comunidad de Findhorn


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En 2005, en una absoluta prueba de desapego, vendimos nuestra hermosa casa de tres plantas con jardín en Barcelona, dejamos nuestra vida acomodada y nuestros trabajos y nos lanzamos a la aventura en un salto de fe basado en la persecución de nuestros sueños y anhelos. En lo particular, mi aventura trataba de una tesis doctoral que programaba terminar en tres o cuatro años para luego dedicarme a la docencia. Ayer recibí la buena noticia de que por fin, y tras casi quince años de duro trabajo, de aventuras y desventuras, a finales de noviembre defiendo ante el tribunal académico una tesis doctoral descomunal.

Al principio de toda esta aventura, gracias a la venta de la casa y a nuestros trabajos, teníamos ahorros suficientes para desplegar con calma nuestros sueños durante casi una década. Esa sensación de libertad y seguridad futura fue hermosa y excitante. En los primeros años asistía por las tardes a las clases de doctorado en Sevilla, mientras que por las mañanas me sacaba el título de profesor de instituto en la rama de historia bajo los auspicios del Curso de Adaptación Pedagógica que se hacía en Córdoba. Los fines de semana, como aún sobraba algo de tiempo, asistía en Madrid a un máster de pedagogía Waldorf. La primera escuela Waldorf se fundó en 1919 en Stuttgart, Alemania, hace ahora justamente cien años. En el segundo año dediqué gran parte del tiempo a dar docencia en prácticas en la universidad como profesor de antropología y en un instituto como profesor de historia. En los ratos libres, me dio tiempo de fundar con unos amigos la mítica Editorial Séneca, seguir viajando, que es mi otra pasión y volver a escribir de nuevo, después de unos años de silencio.

Dos años después, en 2007, hice un segundo salto de fe y decidí marcharme por uno o dos años al norte de Escocia, a la comunidad de Findhorn, desde donde ahora escribo. La idea era hacer mi trabajo de campo en esta comunidad y completar así mis estudios de doctorado en uno o dos años más. Así que por segunda vez me lancé a una nueva aventura. A los pocos meses de estar en Findhorn conocí a una simpática persona que me invitó a viajar a su país natal, Alemania, con la promesa de conocer otro tipo de comunidades y otra cultura. La aventura en Alemania duró dos apasionantes años que nunca podré olvidar, hasta que decidí volver a España.

Desde aquellos primeros años, nunca he dejado de venir a Findhorn y nunca he dejado de profundizar en la tesis doctoral, en las comunidades y en las utopías. Tuve la oportunidad de conocer a una de sus fundadoras, Dorothy, que inicialmente fundó la comunidad junto a Eileen y Peter Caddy. De ser generosos, tendríamos que agradecer la figura de Sheena Govan, que durante un tiempo fue maestra espiritual de los tres protagonistas y fundadores de la comunidad de Findhorn. También a las corrientes sufistas, teosóficas (Escuela Arcana), rosacruces y masónicas que influyeron en las bases de la construcción filosófica y espiritual del proyecto. A nivel visual, podría decir muchas cosas hermosas de Findhorn. Con el paso de los años se ha convertido en una importante ecoaldea que ha inspirado a cientos de proyectos. El trabajo de estos cincuenta años de historia ha merecido la pena y sigue siendo fuente de inspiración para miles de personas que acuden a este lugar.

A nivel interior, Findhorn nació con un propósito espiritual determinado. A pequeña escala, ese propósito, aunque persiste, se va difuminando en parte con el paso de los años. A veces siento cierta tristeza cuando veo cómo la genialidad humana es capaz de transformar los propósitos y los anhelos. Lo he visto en mi vida propia, resumida en los primeros párrafos anteriores. Ocurre también con los proyectos grupales. Cada vez entiendo mejor la necesidad humana de buscar seguridad material, reconocimiento y cierta necesidad de estatus e identificación, ya sea grupal, racial o nacional. Y como a veces esa necesidad arrasa con todo. Los anhelos puros a veces son arrastrados por inseguridades, por egoísmos, por ceguera, por fijaciones.

Findhorn, como muchos lugares, requiere una nueva reinterpretación. No me atrevería a decir que requiere de un nuevo revival. Quizás su papel ya terminó, quizás se trataba sólo de inspirar a otros hasta terminar convirtiéndose, por muerte natural, en una especie de cohousing para personas que desean vivir tranquilos. Pero entonces veo el ingente esfuerzo humano y espiritual aquí gastado y me pregunto de qué manera se puede poner en valor todo esto. Es una reflexión que me hago estando aquí, viendo lo que aquí ocurre desde hace más de una década de continuadas visitas y vivencias e imaginando cómo puede desarrollarse su futuro inmediato. Sea como sea, es un privilegio que este lugar siga existiendo y que otros vayan siendo inspirados por el mismo.

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Visitando el Brockwood Park School


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Ora, lege, relege et labora. Potentia magna, sapientia est. Sapientia, fides et anima!

Este año el Brockwood Park School cumple cincuenta años de historia. Fue fundado por Jiddu Krishnamurti en 1969 y desde entonces intenta ofrecer una educación integral a jóvenes de entre catorce y diecinueve años. La idea de venir aquí era para inspirarnos en un modelo que lleva medio siglo de experiencia y el cual podría aportarnos ideas para nuestra futura escuela de dones y talentos. En Brockwood dan mucha importancia a los valores que nosotros queremos mostrar y compartir. En la escuela residen unos 75 alumnos que comparten una dieta vegetariana como algo normalizado, estudian sobre cooperación, desarrollo personal, creatividad, integridad y afecto. Paseando por las aulas y por el maravilloso edificio que alberga al alumnado podíamos entender el precio de la excelencia: casi veinticinco mil euros por alumno y año.

Democratizar este tipo de excelencia y nueva cultura ética es una de las misiones de la Fundación Dharana y su futura Escuela de Dones y Talentos. Poder ofrecer la oportunidad de vivir una experiencia única e inolvidable que pueda marcar positivamente la trayectoria de las personas que pasen por esa escuela, y todo ello bajo la economía del don, es el reto al que nos queremos enfrentar en los próximos años. La idea que barajamos es poder ofrecer en invierno un año de estudio integral a aquellos alumnos que acaban de terminar los estudios de secundaria y desean indagar desde la consciencia cual puede ser su verdadero don y por lo tanto, cómo desarrollar su talento en el mejor de los caminos curriculares y también en el mejor de los caminos interiores. Lo mismo, y ya en verano, poder ofrecer ese espacio para personas que, llegada a una madurez, desean dar un giro positivo a sus vidas y necesitan un espacio de reaprendizaje y reconexión con su interior para poder guiar sus vidas hacia un sentido más amplio, hacia una visión más profunda de la vida, participando activamente del flujo que nace de nuestro ser real.

Inculcar e inspirar los valores de la nueva cultura ética requiere un trabajo intenso, un espacio único y adaptado al nuevo ciclo de las cosas que están por venir, unos facilitadores sensibles a los nuevos requerimientos que nacen de la urgente necesidad de empezar a actuar como seres reales, y no únicamente como meras marionetas de un destino antojadizo. La libertad del verdadero ser sólo puede expresarse si damos oportunidad, mediante el silencio y la reconexión con la naturaleza, a ese verdadero propósito. De ahí que la pedagogía de la futura escuela estará centrada en poder elevar la frecuencia de nuestras vidas (materiales, vitales, emocionales y mentales) para poder así conectar con las fuerzas de lo que verdaderamente somos.

Las bases de la escuela serán las mismas que las bases del proyecto: un lugar donde se posibilite la meditación, el estudio y el servicio. La meditación como punto focal, de fuerza, de inclinación hacia una vida más integral y conectada en la frecuencia de nuestro ser más profundo. El estudio como medio para lograr esa conexión en una práctica metodológica, aplicando herramientas necesarias para que la integración de todos nuestros vehículos se consiga de forma correcta y adecuada. Y el servicio como única y verdadera expresión de aquello que somos. Servir desde nuestros dones y talentos es la mayor muestra de reconexión entre el mundo y nuestro mundo, entre lo tangible y lo intangible, entre lo aparente y el misterio envolvente.

La labor pedagógica que realiza el Brockwood Park School es imprescindible en este mundo que habitamos. Hacer de personas buenas personas mejores, despiertas, sensibles a la naturaleza y cocreadores del bien es una de las más bellas misiones a las que alguien se puede dedicar. Ayudar a que esto se realice no tan sólo en esta hermosa extensión de la campiña inglesa sino además en todos aquellos rincones que podamos alcanzar es una misión que merece la pena. Nosotros inclinamos nuestras vidas a ese propósito, y deseamos poder culminar esa bella frecuencia a los pies del Camino de Santiago, allá en el Proyecto O Couso, dónde se está creando en estos momentos una Casa de Acogida para peregrinos del alma (servicio), una Escuela de Dones y Talentos (estudio) y una comunidad espiritual (meditación). El Ora et Labora et Sapientia de los antiguos manifestado en un nuevo tiempo y una nueva era que se abre poco a poco ante nosotros. Quiero dar las gracias a las personas que han facilitado el que estos días pueda disfrutar de las enseñanzas de este hermoso lugar y quiero honrar la memoria de aquellos que lograron su existencia, tanto a los visionarios que captaron la luz del momento como los constructores que lo hicieron posible. Gracias especialmente a Jiddu Krishnamurti por tener el coraje y la voluntad de inspirar lugares así.

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Desde el Krishnamurti Centre


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Nuestra conciencia no es realmente suya o mía, es la conciencia de la humanidad evolucionada, desarrollada, acumulada a través de muchos, muchos siglos … cuando uno se da cuenta de esto, nuestra responsabilidad se vuelve extraordinariamente importante. Krishnamurti

Acabamos de llegar al Krishnamurti Centre, situado en el Brockwood Park, un lugar paradisíaco en el sur de Inglaterra dónde vamos a profundizar en la vida transpersonal e interior, en la consciencia de los nuevos tiempos y en todo aquello que pueda servir de inspiración para lo que ha de acontecer en nuestros propios proyectos vitales. Situado en la hermosa campiña de Hampshire, el lugar es precioso, limpio, hecho con ese refinado gusto inglés y plagado de detalles que lo hacen totalmente acogedor. Me ha tocado dormir en una de las habitaciones más bonitas y espaciosas, con un gran ventanal que asoma a la campiña y los bosques.

Hemos tardado casi dos horas desde el aeropuerto de Londres y hemos llegado justo para la cena, totalmente vegetariana y sabrosa, decorada con flores en un salón cálido y tranquilo. Me doy cuenta, cada vez más, de lo necesario de estos lugares, de la inmensa fortuna que tenemos aquellos que los hemos podido conocer y disfrutar. Me doy cuenta también de lo necesario, cada vez más, de que existan este tipo de espacios y que funcionen con la economía del don para que todo el mundo pueda disfrutar de islas de paz, amor y armonía sin ningún tipo restricción o barrera.

Los sueños se fortalecen ante la inspiración de estos centros. Observo cada detalle para luego intentar acomodar cada uno de ellos en la futura casa de acogida y en la futura escuela. El jarrón de flores en cada mesa, los productos ecológicos, la variedad de alimentos en la cena, todo vegetariano, la calidez de los lugares, la sensación de estar en un cálido hogar, el orden, el decoro, la exquisitez, la delicadeza de cada rincón, la sonrisa de los voluntarios, la amistad que me acompaña… Hay cientos de cosas que siempre se aprenden cuando tienes la mirada observante y deseas mejorar aquello que ya estás haciendo.

Es todo un regalo poder estar aquí diez años después de haber estado en el lugar donde Krishnamurti pasó sus últimos días, en Ojai, California. Seguir aprendiendo, especialmente a sabiendas que este fue también un lugar fundado por Krishnamurti y todo lo que lleva de carga, enseñanza y liberación, es algo que me emociona especialmente. Hay tanto que aprender siempre. El conocimiento es una herramienta útil que nos libera de la esclavitud de la ignorancia. Es una fortaleza imprescindible para que la inteligencia, acompañada de la correcta voluntad, de una fuerza comedida, produzca la belleza que este mundo necesita. En este lugar se perfila ese equilibrio. En este lugar se sembrará un trozo del milagro.

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Se prendió la llama resplandeciente


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“Estamos todos en el mismo barco, en un mar tormentoso, y nos debemos los unos a los otros una lealtad enorme”. G. K. CHESTERTON

Ayer dormía en los arrayanes y hoy duermo en palacio. Justo en frente de la Biblioteca Nacional, ese lugar que frecuentaba todas las tardes con mi carné de investigador mientras redactaba en aquel tiempo la primera parte de la tesis. Al lado del exclusivo club donde enamoré a aquella hermosa embajadora mientras presentábamos un libro con el presidente de la comunidad de Cantabria y la gente nos paraba en el ascensor, para sorpresa de la enamorada aristócrata, saludándonos como quien saluda a un actor de cine. Admito que cuando conducía mi vida entre ese tipo de bambalinas ilusorias lo pasaba bien. El glamour es algo que nos gusta, que nos atrae por el halo de poder que nos otorga cuando desciframos sus secretos. El cuerpo se vuelve erguido, la frente parece más ancha, los pómulos se llenan de fuerza y el aura recuerda a la de los héroes que transitaban por encima de la vida y la muerte. Pero todo es ilusorio, ficticio, lugares comunes que nos alejan de nuestro camino. Ayer fui mendigo, hoy príncipe, y ninguno de los dos mentirosos estadios me domina. Ante las máscaras, disfruto del teatro de la vida como lo haría un alma capaz de disfrazarse de cualquier cosa.

Esta mañana ocurrió algo hermoso que tiene que ver con los círculos. Salí corriendo de los arrayanes y me fui a la zona más alta y rica de la gran ciudad. En un lugar impresionantemente hermoso que por alguna extraña razón me recuerda a Austria o Suiza, quizás a algún remoto lugar en mitad de los Alpes, me esperaban dos buenos hombres, sinceros, amables, hermosos, generosos. Cuando me di cuenta estábamos conspirando, configurando una nueva triada, un triángulo mágico, tan necesario para poder crear cualquier cosa que se acerque mínimamente a un punto de luz. De alguna forma se selló un pacto de colaboración mutua que nos anima a seguir persiguiendo el sueño utópico de una humanidad unida, silenciosa, contemplativa. La reunión duró algunas horas y detallamos algunos puntos a seguir. Me sentí afortunado por poder participar de esa conspiración que se proclama una y otra vez en todos los tiempos. Aún no puedo adelantar nada de lo que en esa reunión se trató, pero fue, a niveles interiores, una prueba más de que estamos haciendo algo bueno.

De repente pude cerrar los ojos internos, esos que ven más allá de las apariencias y entendí lo que estaba pasando. Somos los mismos aliados que siglo tras siglo se reúnen ante una mesa de castaño oscuro para plagar el mundo de fe y esperanza. Sentíamos cierta emoción contenida porque los ciclos se repiten, y entendemos que debemos seguir intentándolo una y otra vez. De repente, desde lo alto de aquellos papeles, de esas conversaciones, pude comprender el entramado, la red, las alianzas, los pactos que traíamos en nuestra carga anímica. Pude ver esa familia que se enfrenta a los tiempos, que discurren al llamado. Entendí también la frase: muchos serán llamados, pocos los elegidos. Sentimos la llamada, pero por miedo, por torpeza, por distracción, la abandonamos. Hasta que un día elegimos el camino y ya no hay vuelta atrás, porque la claridad llegó a nosotros y la luz prendió en nuestros adentros con la fuerza suficiente para disipar cualquier tiniebla. Por un momento sentí la fuerza de esa llamada poderosa.

Por eso en el mundo de las máscaras, ayer dormía en la mendicidad y hoy en un palacio. Porque la vida del alma es como un gran banquete donde todos disfrutan y comparten los dones de la vida, donde todos asimilan con alegría que la comunión es posible si somos capaces de sentir con fuerza nuestro compromiso y tenemos el coraje de llevarlo a cabo. Ya no hay duda. Cuando somos elegidos hacia el camino de la entrega, la palabra se convierte en verbo y el verbo en carne y la carne en espíritu viviente. La aurora viviente resplandece ante el llamado inequívoco del toque de clarín. Se prendió la llama resplandeciente y todo el camino aparece lúcido y bello. En el otoño se desprende lo innecesario y caen las hojas muertas. Pero también se siembra en la tierra húmeda y cálida la semilla que habrá de brotar en la próxima primavera. Lo milagroso está ocurriendo. Hoy ha sido un día milagroso.

Estoy en Madrid, en un lugar maravilloso con seres maravillosos y únicos. Mañana la aventura continúa hacia el sur de Inglaterra. Mañana lo milagroso se expandirá inevitablemente.

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Desde el tren balanceante


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Esta mañana en la estación de Sarria

Tierna la música. El balanceo del tren. El otoño en los paisajes. La luz tenue, ligera, delgada. Tierna la presencia del silencio. El viaje interior al mismo tiempo que se viaja en los raíles de la vida. Los cantos angélicos se escuchan con mayor fuerza cuando la quietud y la alegría posan dentro. Buceo en los aledaños de lo intangible, me desprendo de las incomodidades de la personalidad, de sus miedos, de sus creencias, de sus sueños rotos e inacabados. En la distancia del pequeño vehículo, me siento a flote, con las manos extendidas al sol, imaginando un ondear, cayendo hacia los vientos que mecen y limpian la atmósfera.

El tren es lento. No hay prisa. No sabemos donde realmente vamos. La excusa siempre es un destino, una estación, pero entre medias pueden suceder mil cosas. Cuando te mueves, algo se mueve. Podemos ser conscientes de ello o podemos cegar la mirada hacia cuanto nos rodea. Pero si miramos, y si además de mirar somos capaces de ver, algo hermoso ocurre. Montañas, caminos, bosques, animalillos, nubes que susurran el eco de un tiempo hermoso. Universos enteros conviven cuando nos instalamos en la pura quietud. La excusa, un viaje. Próxima estación, Madrid.

El tren tiene un balanceo gracioso. Las nalgas intentan equilibrar de cualquier manera el pequeño rugir de los raíles. A mi izquierda una hermosa informática renueva una web. A mi derecha una firme empresaria calcula las nóminas mientras discute con los proveedores los pagos a noventa días. Me gusta mirar todos los rostros, interrogarme sobre sus vidas, bucear en sus almas. Detrás un joven polaco habla de su último trabajo y delante una jubilada come un bocadillo realizado unas horas antes en cualquier lugar. Las estaciones se abren paso una a una. Siempre desde el bullicio de la gente que viene y va, que viaja. El viaje es una atracción hermosa de aventura, de no saber qué puede pasar en el instante siguiente. La gente sube y baja en un hormiguero humano que no cesa. Somos maravillosos, a pesar de nuestras pequeñeces. Incluso los enemigos se ven, desde la distancia, como seres necesarios para nuestro camino, para nuestro crecimiento. Qué sería de nosotros sin sus enseñanzas tan profundas.

Hace unas horas estaba subido al tejado, terminando de colocar por fin el aislante del tejado. Desde allí recordé a mi compañero la promesa, a veces incumplida, del plan, del quehacer al que realmente venimos. ¿Por qué muchas veces lo olvidamos? ¿Por qué muchas veces nos dormimos debajo de la sombra de un almendro, en una caravana de distraído pasaje, en un lujoso coche que no lleva a ninguna parte? La vida nos distrae, forma parte del juego, para que al anhelo verdadero se confunda entre el ruido. A veces el ruido tiene forma de una mujer, de un trabajo, de una creencia, de un ideal nacido de la confusión. El grito del alma se acalla y se confunde entre el bullicio, entre las banderas de nuestra personalidad, entre las patrias de nuestra conquista humana. Pero el alma no es humana. Lo humano es limitante, es mediador, es una empresa inacabada. Por eso el alma grita cuando en su morada cósmica nadie escucha aquí abajo, o cuando las distracciones del día a día son más poderosas que nuestro propósito interior.

De ahí que, en la quietud, en el silencio, como alguien recordaba esta mañana en la meditación entre hermosas lágrimas, la vida nos cambia. Porque es en el silencio cuando podemos escuchar claramente a nuestra alma. ¿Cuánto silencio dedicamos a esa comunicación cósmica entre tanto ruido? Nunca tenemos tiempo de atender esa llamada. ¡Tenemos tantas cosas que hacer, tanto que programar, tanto futuro que ordenar, tanto pasado que añorar! Nunca paramos a escuchar lo que nuestra naturaleza real ha venido a decirnos. ¿Por qué no nos conocemos a nosotros mismos, nosotros los conocedores?

En el abundante desayuno que hemos compartido en una cafetería llena de abuelos, cerca de la estación, mi compañero portaba un hermoso libro sobre el Sermón de la Montaña. Realmente esas palabras no eran un sermón, eran un grito del alma. O mejor aún, era el canto amable de una gran alma. En el Sermón de la Montaña está condensada toda la verdadera realeza que debería erigirnos a las causas verdaderas. Lo demás es todo ruido. Ahora viajo, hacia fuera y hacia dentro. Estaré en silencio, siguiendo el dictamen de mi verdadero yo real. Próxima estación: la vida.

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Cuando el fruto maduro cae, su dulzura destila y permea las venas de la tierra


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Esta mañana, paseando entre cultivos de estevia en el valle del Tiétar, con la impresionante sierra de Gredos al fondo.

Me encantó hacer el viaje con mi ex, en mi ex coche, hacia un lugar que determinó para siempre mi vida cuando decidí, ante una sugerente oferta de trabajo, buscar silencio en un retiro vipassana en el valle del Tiétar para reflexionar sobre la misma. En el retiro olvidé pronto la oferta y desde dentro solo podía sentir una cosa: Camino de Santiago. Y allí empezó todo. Practicando los caminos, los caminos me vuelven a traer al punto de inicio. Cosas del Camino.

Anoche llegamos y pude dormir en casa de la familia de Ana, mi querida Ana, que tanto amor incondicional le tengo desde que nos conocimos en las cimas y crestas de tiempos pletóricos. Y allí dormí y luego, en el plenilunio del nuevo día, me fui dos pueblos más allá, siguiendo la hermosa sierra de Gredos, desayunando con esa otra familia espiritual que más allá de los convencionalismos, se crea en los planos internos.

Más tarde paseábamos por la finca que pretende resurgir, que desciende por el valle para crear un nuevo punto de luz. Y mientras paseábamos por las alamedas y los cultivos ecológicos de estevia me preguntaba cómo se podía activar ese punto de luz que quiere nacer. Y me acordaba de las frías mañanas en la ermita, allá en el septentrión, cuando solo una vela acompañada de nuestra fe y esperanza creaba el “anclaje” en las cimas de la meditación. Sólo atrayendo luz se puede crear un punto de luz. Sólo mediante la fuerza del silencio, de la meditación constante, del coraje por seguir adelante, de la intención que acompaña a todo propósito interior, puede crearse algo diferente, algo luminoso. Sólo la luz constante que se crea en el silencio puede atraer más luz. Esa es la clave firme para seguir avanzando. Ese es el secreto para que la llama continue.

Alguien murió y tuvimos que regresar corriendo a Madrid. Entré en el hogar lleno de libros y me sentí como en casa. Libros de Atalanta, de Steiner, incluso libros de Nous y de este menda. Libros por todas partes que intentan guiar nuestra mente, nuestras emociones, nuestras vidas y nuestros cuerpos por la senda de la unión, en el intervalo que desea integrar el cuaternario con la triada.

En la corrección del nuevo libro se compartió un verso de Lawrence: “Cuando el fruto maduro cae, su dulzura destila y permea las venas de la tierra”. Cansado por tanto viaje, me quedé fijamente mirando las letras, el verso entero, mientras yo mismo sentía que caía hacia abajo, como si de alguna forma mi cuerpo se adentrara en la tierra. Seguíamos corrigiendo el libro en este hermoso despacho cargado de madera y libros, pero yo seguía fijando el corazón en los versos: “Cuando mueren las personas realizadas, el aceite esencial de su experiencia entra en las venas del espacio viviente y agrega un destello al átomo, al cuerpo inmortal del caos”.

De repente me sentí realizado y comprendí el caos, comprendí todo el desorden de este tiempo, y vi como el aceite esencial había penetrado en el espacio viviente cuando el tarro que lo sostenía se quebró. Entendí todo, es como si de repente la vida se hubiera ordenado en un sentido superior, más amplio, como si de alguna forma, al igual que hiciera Roberto Plá, también hubiera llegado a la otra orilla, y desde allí, las cosas se vieran de forma diferente.

Y seguía leyendo apresurado, como si algún tipo de revelación hubiera inundado todo el ser, toda la experiencia, toda mi insignificante y ridícula vida: “Porque el espacio está vivo y se mueve como un cisne cuyas plumas relucen sedosas con el aceite esencial de la experiencia destilada”.

Sonó entonces música de Max Richter y entré en ese éxtasis sedoso, seducido por la experiencia de la vida, por la unidad de las cosas, por no querer, ya nunca más, entrar en la disputa, en el rencor, en la envidia, en el celo, en la desdicha. Sonaba el piano mientras caía como fruto maduro al vacío de la existencia y solo podía sentir paz. Como si la luz del pequeño “yo” se hubiera difuminado y algo nuevo naciera desde adentro.

Allí, en las venas de la tierra, uno siente el fluir de la savia, de todo aquello que se desliza en los planos invisibles, en la verdadera ecuación de un mundo diferente, atractivo, imprescindible. Ese mundo que alimenta al resto sin darnos cuenta, trabajando a cada instante para que los sabores, la belleza, la inspiración, sigan existiendo. Ese mundo al que se accede en el silencio, junto a una vela.

Ahora soy testigo de un mundo diferente. Sigo siendo insignificante, ridículo ante la inmensidad, cargado de errores, pero testigo de algo que muestra la vida amplia y deseo, como siempre, seguir compartiendo. Ya no importa lo que digan, ya no importa lo que piensen, si están o no de acuerdo. Ya nada importa, porque el fruto ha caído y el aceite se desliza en las venas de la tierra.

Estoy en Madrid, dormiré en esta hermosa casa. Mañana viajo al sur, al mediodía. Queda dicho.

 

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Pasado el umbral


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Pasado el umbral del sufrimiento, todo transcurre como en una especie de hipnosis donde el estado de vigilia se transforma en estado de impermanencia. Ocurrió lo mismo cuando el año pasado atravesé esa gran crisis que derivó en depresión. Llegó un momento en el que ya el dolor formaba parte del paisaje, y por lo tanto, había dejado de tener importancia. Ahora ocurre lo mismo. El dolor se integra, forma parte de uno, y solo necesitas mirar concentradamente a cada paso para no cometer un error, no caer por un precipicio, en un río, o en cualquier lugar que pueda ser motivo de final del recorrido.

Me doy cuenta, ahora que estoy intentando reflexionar por última vez sobre lo ocurrido el año pasado, que el sufrimiento es incontrolable. Está ahí y a veces te puede hacer cometer cosas estúpidas. Durante los tres primeros días, antes de atravesar el umbral del dolor, a cada instante pensaba en abandonar esta aventura. Había, siempre lo hay, una fuerza que me arrastraba a seguir adelante. A partir del tercer día los paisajes cambiaron, el dolor se integró, hasta que llegamos al quinto día y todo se difuminó. Ahora, casi como un autómata, camino las sendas, subimos montañas imposibles, luego las bajamos, hasta que nos perdemos y tenemos que volver al punto de partida y los ánimos menguan, o hasta que nos quedamos sin comida o sin agua y tenemos que buscar la forma de sobrevivir.

Las jornadas, a diferencia del Camino de Santiago, donde a medio día ya estás descansando en algún ahora añorado albergue, son interminables. Nos levantamos a eso de las seis o las siete. Comemos algo tras recoger la tienda y tras estirar la espalda tras una noche, normalmente, fría e incómoda. Y luego caminar y caminar hasta que se pone el sol, con los pies molidos, la espalda curvada y el mundo todo por delante. Los Pirineos es duro, más duro de lo que llegué a pensar. Acostumbrado en mis tiempos mozos a caminar por lugares imposibles, noto el peso de la edad, y noto, sobre todo, el no tener un cuerpo en forma, ágil, fuerte. Voy a tener que ponerme a trabajar a partir de ahora en él, para él.

Hemos pasado el umbral. Ya solo quedan cuatro jornadas y seguir reflexionando sobre la herejía, el dolor y los Caminos… Los buenos hombres y las buenas mujeres seguirán en la memoria de todos. Sirva este camino para honrarla.

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