Cosas del Camino. Primera etapa: O Couso-Sarria


 

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Con el frío que hacía, me costaba enormemente desapegarme de las sábanas de franela. A las siete acaricié a la gata Meiga que reposaba en alguna parte de la cama mientras amanecía de forma lenta y pausada. Estuvo estos nueve meses viviendo en la cabaña y ahora que he regresado se pasa todo el día haciéndome compañía. En estos momentos de solitud, de lugar desierto, la agradezco sinceramente. La compañía siempre es gata-grata. A las ocho encendí la vela en la pequeña ermita. Excepto los espíritus guardianes y mi tímida presencia, no había nadie más. Es como si del lugar hubiera desaparecido la parte humana, y eso hiciera de ese momento único un abanico respirable. Los humanos, incluso cuando estamos en silencio, meditando, somos muy ruidosos. Así que cerré los ojos, miré dentro, en el océano profundo del interior, e intenté navegar hacia el insondable universo íntimo. Tras el alineamiento, llegó el intervalo superior de Dharana, dhyana y samadhi.

Fui a la casa-hospital de peregrinos y desayuné algo caliente. Me impactó ver como la nueva luz de la nueva cocina era capaz de iluminar de forma tan precisa cada detalle de las piedras de sus paredes, de la madera añeja, de los filtros esmeralda que se acompasan en los éteres de la estancia. Sentí que esa morada, que toda la casa en su conjunto, con un poco más de luz, podría transformarse en alguna especie de nave nodriza capaz de surcar cualquier cielo. Las casas son viajeras, saben sobre la profundidad del cosmos. Son alimentadas por el calor (fogar-hogar) y ese calor hace que las flamas astrales viajen de un lado para otro, propulsando cada misterioso momento hacia el infinito. Si fuéramos del todo conscientes, podríamos hacer de cada casa una nave espacial de propulsión electromagnética. Las casas, como nuestros cuerpos, se mueven siempre entre el intervalo cósmico que separa lo finito de lo infinito. Solo hay que estar atentos, solo hay que estar despiertos a ese metalenguaje de las cosas vivas. Y las casas, como nosotros, están vivas. Sienten, albergan, expresan.

Faltando un cuarto de hora para las nueve empecé a caminar dirección al santo sepulcro de Santiago, tierra santa, lugar protegido, lugar de peregrinaje. A pesar de mi resfriado aún no curado, ayer pensé que si dedicaba unos días a sudar en el camino quizás mi recuperación sería más rápida. Espero no haberme equivocado, máxime cuando al poco tiempo de salir a caminar, empezó a llover a pesar de que la previsión daba buen tiempo. No me importó mucho. La lluvia engrandecía el camino, lo dificultaba y aromatizaba con ese olor hermoso a tierra húmeda. Hay algo que se educa cuando se camina sin prisa, en la calma de cada paso, en el traslado inhóspito de cada instante. El cuerpo se aposenta en cada orilla del camino, dependiendo de si los obstáculos son líquidos, tales como charcos, ríos improvisados, o sólidos, administrados por piedras, chinas y otras reliquias maravillosas con mil formas que se encuentran en todo su cordial recorrido. Hay que estar atento para no tropezar, especialmente cuando el camino se convierte en un lodazal o en un río poderoso.

En algunos tramos he tenido que improvisar puentes levadizos, acueductos y estructuras complejas para poder atravesar de un lado a otro. Caminar ha sido toda una conquista contra los elementos. Los peregrinos más avispados, viendo la previsión, han optado por circundar por la carretera, pero yo, que soy un peregrino ortodoxo, no me he desviado ni un ápice del barro y la ciénaga. Al llegar al albergue municipal parecía un lodo andante. Me duché, me acomodé en mi litera, la número once, y me fui a comer tras descansar un rato. La limpieza y la rutina higiénica son importantes en el Camino, en cualquier camino. Hay que estar siempre limpios, porque la limpieza, como la belleza, son tesoros espirituales que hay que conquistar día a día. Este camino es mi regalo de cumpleaños, así que pienso disfrutar todo lo que pueda, cueste lo que cueste. Cosas del Camino.

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Andaremos y veremos


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Esta tarde caminando por las Highlands escocesas…

Así ha sido en los últimos meses. Pasos tímidos, pero necesarios. Destinos que se iban desvelando poco a poco, sin mayor plazo que el de la inmediatez. Todo tejido desde un misterioso vaivén de nodos y líneas de tiempo que se iban superponiendo unas sobre otras. Andaremos y veremos. Porque es en el movimiento rítmico dónde se desvelan los secretos. Es en esa quietud interior desde dónde nace la acción oportuna, el movimiento, la impermanencia que nos dirige inevitablemente hacia nuestro destino. Los peregrinos del alma solo se detienen al borde del camino para tomar aire y seguir adelante. Ahora lo puedo entender, de ahí mi afán para ir de allí para acá con la nueva buena.

Así lo estoy viviendo desde hace unos meses con cierta intensidad añadida. Hoy mismo era prueba de ello, casi un puro reflejo de toda mi vida errante, vagabunda. Me levantaba temprano en Petit Lancy, a las afueras de Ginebra. Hacía frío y caían suaves copos de nieve. Ordené como pude el apartamento. Dejé las llaves en el lugar acordado. Entré en el tranvía hasta la estación de tren, la famosa Cornavin. Allí cogí un tren hasta el aeropuerto, de allí un avión hasta Londres. Pasé unas horas, comí algo y un nuevo vuelo hacia Inverness, la capital de las Highlands, las tierras altas de Escocia. El aeropuerto en este lugar desolado es algo así como un lugar desaliñado en medio de prados y bosques. De no ser por el ruido de los aviones, nadie diría que estamos ante un lugar de tránsito.

Al pisar el suelo noté el frío polar de estos lugares tan cercanos al Ártico. El próximo autobús pasaba en una hora, así que preferí salir a caminar. Andaremos y veremos, pensé para mis adentros. Cuando llevaba algo más de una hora andando por una gélida carretera ya no podía más. El frío me había colapsado. Busqué en el navegador la parada de autobús más cercana. Por suerte estaba cerca y por suerte el autobús no tardó en aparecer. Tuve que coger dos antes de llegar a la iglesia de St. Leonard’s, en Forres, donde una hermosa y joven anfitriona vendría a recogerme. Por suerte ella habla español, lo que me impedirá practicar mi pobre inglés, pero a cambio me permitirá tener conversaciones más profundas sobre la comunidad de Findhorn, que es dónde ahora me encuentro y dónde espero estar al menos durante el próximo mes. Luego andaremos y veremos, porque estoy convencido de que en las próximas semanas se revelarán los próximos pasos, el próximo peregrinaje.

Así que aquí estoy, en una bonita casa, en una acogedora habitación en un lugar privilegiado para buscar inspiración y visión. En este bello lugar podré trabajar, podré centrarme en cuestiones cruciales, indagaré en aquellos aspectos que puedan ayudar a mejorar como persona y bucearé, inevitablemente, en los aspectos más profundos de la inteligencia humana. Intentaré seguir cierta rutina que no entorpezca mucho a la rutina de mi anfitriona. Seré sigiloso e invisible. Sí, andaremos y veremos. Con calma, con desasosiego, con paz interior. Hay mucha vida ahí fuera por descubrir. Hay mucha experiencia que abarcar también en nuestros adentros. El mundo se ensancha cuando lo respiras, cuando en los caminos gélidos deseas continuar para encontrar visión. Me siento un privilegiado. Me alegra saber que hay vida más allá de nosotros. Andaremos y veremos, ojalá, junto a otra alma errante, porque queda demostrado que así la vida se amplía hasta cuotas inimaginables.

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Ginebra, visiones desde el otro lado


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Al fondo, tras el umbral, la mezquita de Al-Aqsa, la mezquita lejana, inaccesible para nosotros por segunda vez, la mezquita más lejana en nuestro viaje nocturno. Lo intentaremos en el Buraq.

Llegar a Ginebra ha sido como darme un baño de realidad tras trece días perdidos, nómadas, errantes. Decenas de correos por contestar, cientos de cuestiones que resolver y una necesaria vuelta a la disciplina del orden, el decoro y la racionalidad. Hace un frío que ya no recordaba tras vivir en una primavera mediterránea suave y hermosa durante semanas. Aquí mandan los Alpes y sus escarpadas cimas cargadas de nieve. Tanto tiempo junto al mar me hizo olvidar el frío y esa vocecita subterránea, esa melodía baja, medio capturada, medio evasiva que subyace en los contornos grises.

De todos los mensajes recibidos buscaba con cierta ansiedad uno significativo. Lo encontré tímido y deseado. Era escueto, corto, sin mayor emotividad. Más bien una descripción de lugar y tiempo sin ningún añadido. Intenté interpretarlo como lo hacen los poetas, indagando si su contenido oculto era un punto y seguido o un punto y final. Miré en el manual de instrucciones de las palomas mensajeras por si había algún capítulo al que dedicarle mayor atención en esto de la conquista alada. Pero el cansancio podía conmigo. Tras recoger las llaves del apartamento en la oficina, comprar algo de comida para pasar estos días y afeitarme, me tumbé abatido, feliz pero cansado, alegre pero añorante, deseoso de muchas cosas e instantes que ahora están aparentemente lejos, pero interiormente cercanos y vivos.

Hace tan solo unas horas estábamos sentados junto a la gran mezquita Al-Aqsa de Jerusalén, intentado por segunda vez e inútilmente acceder a ella, tomando un té caliente en sus calles laberínticas y multiculturales mientras aprovechábamos para limpiar el acceso sagrado a la misma de plásticos y basuras. Y un día después, andaba soñoliento, solitario, deambulando instintivamente por ordenadas calles, limpias y pulcras, cargadas de sofisticación y decoro. Del caos al orden, de lo nómada y errante a lo sedentario y rutinario. Del calor a la nieve.

Este lugar es como un puente que me llevará hasta Escocia. Un puente necesario, porque siempre uno tiene que tejer puentes entre una realidad y otra. Un lugar donde acomodar las nuevas energías, digerir la aventura antes de penetrar en el silencio y la reflexión profunda que me acompañará en las Tierras Altas. Un conector entre el pasado y el futuro, a sabiendas, según reflexionábamos estos días, de que ambos se tejen en un mismo instante separado únicamente por nuestro punto de anclaje y atención.

El trabajo todavía no ha sido consumado del todo. Lo que tiene que llegar inevitablemente es la nota de un probable logro. Todo lo que me queda por encontrar tiene que ver con ese profundo impulso interior y ese descontento nacido de aquello que algún día me alejó de mí mismo. Hay algo que gradualmente se vuelve tan fuerte que eleva al oculto y esforzado ser, fuera de su medio común, de su inestable condición humana. Todo este esfuerzo provoca el que podamos mirar a la vida como el aspirante más ferviente, aquel que no conoce descanso hasta que ha emergido fuera del agua y trepado constantemente hasta que se encuentra en las más altas cimas.

Añoro las risas y los abrazos, el cariño y esa sensación de sentirte seguro y alegre cuando alguien te acompaña en el camino. Es cierto que la vida se hace más cómoda y profunda cuando compenetras con alguien que te acompaña en los avatares de esta. Es como si la realidad pudiera ampliarse, porque ya no son tan sólo dos ojos los que ven, sino cuatro. Entonces todo se engrandece y ensancha a cada respiración compartida. Las experiencias parecen multiplicarse y la vida adquiere otro sentido diferente, amplio, dilatado por la visión compartida del otro. Uno puede vagar solo e irradiar aquello que pueda, pero descubro con este tipo de experiencias que cuando lo hace acompañado, con buena y cómplice compañía, la vida se vuelve intensa, sorprendente, excelsa. Esto es muy revelador, porque añade dosis de profundidad a todo cuanto nos ocurre.

Ver un atardecer al otro lado del mar junto a alguien que te aprieta con fuerza la mano mientras puedes escuchar el susurro de su respiración próxima y rítmica es una experiencia doblemente gratificante. No importa la implicación emocional que se tenga con esa persona. Ni siquiera importa el grado de compromiso adquirido, ya sea de colegueo, de amistad estrecha o de relación íntima de pareja consumada. Lo que importa es que al entrelazar las manos y mirar juntos el milagro de la vida, uno puede comprender con mayor asertividad los secretos ocultos de la realidad manifestada. Uno puede lidiar con mayor esperanza en todo aquello que se nos esconde, que se oculta tras los hechos observables. Uno, en definitiva, puede con mayor grado de implicación, responder ante la llamada misteriosa de la existencia, intentando descifrar qué desea de nosotros y cómo podemos atender a su llamada inevitable.
Nieva ahí fuera. Ginebra sigue igual de expectante. La vida continúa su curso inevitable.

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El milagro de la transfiguración


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Por fin volvió la sonrisa

Escribo, ya finalizada la aventura por Israel y Palestina, desde el aeropuerto, esperando coger un avión hasta Ginebra, donde estaré unos días trabajando en los libros azules. Mi querida compañera de viajes, la bella nómada que tuvo la certeza y valentía de soñar con esta aventura, vuela dirección Barcelona. Su intuición y su magia, su poder y dominio sobre los fractales invisibles, hizo que se obrara el milagro de la transfiguración. Lo hermoso de poder viajar con auténticos magos es que logran obrar en ti el milagro que tanto se anhela, el cambio que tanto necesitamos para impulsarnos hacia una nueva realidad. Te obligan, de alguna manera, a experimentar, en silencio desapegado, la alquimia transformadora. Por segunda vez en todo este proceso, con su calma y su radiante mirada, ha logrado elevarme a las cumbres más hermosas. Nunca encontraré palabras suficientes para agradecer todo lo que ha hecho en mí. Gracias de nuevo querida namada. Has entrado en mí de forma hermosa y has conseguido obrar lo milagroso.

Llevaba meses buscando que ocurriera ese milagro. Algo capaz de cambiar por fin la visión del mundo, algo con la suficiente fuerza, coraje y decisión para arrojarme a otra dimensión, a otro lugar, a otro estado de cosas. No sé exactamente en qué momento ocurrió. Ahora, con el paso de los días y ya con la añoranza como compañera, tengo vagos recuerdos que se acumulan uno tras otro, intentando ordenar tantas y tantas experiencias, tantos y tantos momentos intensos, únicos e irrepetibles.

Lo cierto es que tras nuestro viaje por el norte del país, llegamos a Nazaret y sentimos una gran decepción y un gran agobio. La ciudad que teníamos en nuestra mente infantil, en aquellos relatos que recordamos de nuestra infancia, nada tenía que ver con el paisaje que se dibujaba ante nosotros. Hubo un momento que tuvimos que retirarnos a un lugar apartado, cerca de un pequeño bosque, para poder respirar y tomar aire. Nos abrazamos con intensidad, algo confundidos por los acontecimientos y estuvimos allí un rato indeterminado. Hicimos, tras cambiar nuestra visión de las cosas, un nuevo intento para entrar en la ciudad y buscar alguna respuesta a ese momento extraño.

De repente, encontramos la fuente donde dice la tradición que María, la madre de Jesús, recibió la anunciación por parte del ángel Gabriel. Suerte o coincidencia, aparcamos el coche junto al conocido como “Pozo de María”. Fue allí donde empezaron las señales, lo milagroso que nos acompañaría durante el resto del viaje. De repente nos cruzamos con un pequeño grupo de franciscanos españoles capitaneados de forma simpática por Fernando. El monje nos invitó a que les siguiéramos hasta la impresionante basílica de la Anunciación. Fue toda una suerte encontrarnos con este agradable grupo de monjes que nos permitieron acompañarles por lugares que de otra forma nunca hubiéramos visto ni entendido. Pasamos toda la tarde con ellos hasta que el propio monje nos invitó a que visitáramos el Monte Tabor. Sin dudarlo, nos dejamos guiar por las indicaciones.

Llegamos de noche y tuvimos la gran suerte de dormir en la cumbre de la montaña, justo al lado de la Basílica de la Transfiguración. Fue allí donde cuenta la tradición que Jesús se iluminó irradiando luz y se transfiguró. De alguna forma, para nosotros también significó algo parecido. Interiormente hubo una transfiguración, un cambio, algo que nos embriagó por la belleza del lugar y por toda su simbología. Pudimos encontrar en una hermosa excursión lugares ocultos y secretos, sendas pedregosas entre los bosques que nos llevaron a imaginar preciosas escenas.

Tras una hermosa noche y una bonita mañana en Tabor, empezamos de nuevo a viajar hacia el sur, dirección Belén, en territorio palestino. Poder bajar hasta las entrañas del mítico portal de Belén fue también una experiencia extraña. Allí no había musgo como dice la tradición popular, ni tampoco la apariencia, totalmente humilde en una gruta oscura, se parece en nada al ideal que guardamos de ese espacio donde María dio a luz a Jesús. Tras una larga espera, permanecimos un rato en silencio junto al portal, esperando bucear en las reminiscencias pasadas. Silenciosos, tras un rato de adoración imaginada, emprendimos de nuevo el viaje.

A modo de despedida de Israel, decidimos pasar el día siguiente en la playa tras tres intentos vacuos de entrar al territorio de Gaza. Aislados por tierra, mar y aire, aprovechamos que era Sabat para intentar colarnos en la zona fronteriza. Tras traspasar algunas barreras y meternos por caminos impracticables y prohibidos conseguimos llegar a la zona militarizada. De alguna forma fuimos algo inconscientes, pero no sabíamos que los tres accesos posibles hasta Gaza habían sido cerrados y militarizados hasta que una patrulla nos interceptó. La escena fue dantesca e interiormente divertida, ya que pusimos la excusa de que queríamos visitar las playas de Gaza. Tras una bronca monumental, los despistados españolitos fueron escoltados hasta zona segura. Cuando salimos de allí no paramos de reír por lo surrealista de la situación, a la cual le dedicaré unas letras con sumo detalle en próximos escritos.

Por la tarde aparcamos el coche en un lugar remoto donde por la noche no había nadie. Nos pudimos bañar en pleno invierno y desnudos en una playa paradisíaca. Ese baño fue totalmente liberador, reparador y anunciador de algo nuevo, bello y profundo. Ese momento y lugar de profunda compenetración con la naturaleza salvaje fue el inicio de un nuevo nodo, de una nueva vida que ya irradiaba dentro.

 

Desde los Altos del Golán


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Ayer en los hermosos Altos del Golán

Pasamos toda la tarde rodeando el mar de Galilea hasta llegar a la montaña de las bienaventuranzas, el lugar donde Jesús el Cristo había predicado el Sermón de la Montaña. El lugar es hermoso, verde como toda la parte norte de Israel, rodeado de montañas y paisajes hermosos. El mar de Galilea es realmente un pequeño lago, algo más pequeño que el lago Lemand, en Suiza. Desde cualquier parte del mismo se puede divisar toda su superficie. Mientras paseábamos por sus orillas intentábamos recordar los pasajes bíblicos donde Jesús andaba buscando a sus futuros pescadores de hombres. Intentamos buscar en la solemnidad del lugar las reminiscencias de aquellos tiempos, mojando nuestras caras con sus aguas y buceando en sus profundos misterios. Siempre teniendo en mente lugares secos, se nos hacía extraño ver tanta vegetación y verdor.

Este verdor iba aumentando en belleza a medida que viajábamos hacia el norte, hasta los Altos del Golán, tras visitar el que fue el primer kibutz del país, el Degania. Israel es totalmente diferente en esta región fronteriza con Siria y Líbano. Llegamos hasta ambas fronteras tras pasar una tarde en la cuna de la Cábala, en Safed, una ciudad antigua que aún guarda destellos de otro tiempo. Llegamos hasta lo más alto del país, hasta Metula y el impresionante y nevado monte Hermon. Y de allí cruzamos junto a la frontera de Líbano todo el norte hasta llegar a Acre, uno de los últimos bastiones de los cruzados en Tierra Santa.

Nos quedan pocos días de viaje. Interiormente me siento fuerte y por fin la sonrisa ha vuelto dentro de mí. El viaje y la excelente compañía con la que he podido compartir esta aventura han reavivado en mí la fuerza necesaria para seguir adelante. Siento ganas renovadas de seguir caminando en la senda de la vida, de seguir buceando en sus misterios y de seguir amando todo aquello por lo que he luchado estos años. Ya no hay tristeza, ni rabia, ni melancolía. Ahora solo quedan momentos para la fe y la esperanza renovada. Solo deseos de poder seguir colaborando humildemente en la necesaria construcción de un mundo nuevo y mejor. El cambio constante de escenarios ha provocado que mi mente, por fin, volviera a su centro, que mis pensamientos se alinearan con el aquí y el ahora, que la vida vuelva a tener un sentido renovado.

Ahora solo toca disfrutar, vivir lo mejor que se pueda, en paz con todos y con todo. Toca mirar hacia adelante con fortaleza, con mimo, con gracia, con alegría y sobre todo, tal y como ha ocurrido en este hermoso e inolvidable viaje, con buen humor. Todos los retos que debo afrontar en los próximos meses estoy convencido de que surtirán efecto, de que encontrarán una vía justa y necesaria para poder reordenar todo lo que hasta ahora se ha hecho con amor y constancia. Estoy agradecido a este bello país y especialmente a la bella compañía por su generosidad y por su magia, por haber hecho posible este cambio. Gracias querida namada por lo que has hecho en mí. Gracias por tu buen humor, por tu infinita generosidad, por haber sido capaz de viajar de forma austera por todo este entramado de realidades. Gracias por haber recepcionado a esta nueva persona que está naciendo.

Predicando en el desierto


 

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Ya casi no recuerdo nada de todo lo vivido, por un cúmulo exagerado de experiencias que me están ayudando a centrar la atención en todo lo que ocurre en el aquí y ahora sin prestar mayor apoyo al pasado ni al futuro. Viajar por el desierto desde el mar Rojo hasta el mar de Galilea, previa parada nocturna frente al mar Muerto está siendo toda una hermosa experiencia. Tuvimos la suerte de pasar una tranquila tarde en Eliat y dormir justo frente al mar. Esa noche no hizo frío y pudimos dormir tranquilos, sin ningún tipo de sobresaltos a la orilla del mar. Cuando nos levantamos emprendimos el viaje hacia el norte, dirección Galilea.

Antes de llegar al hermoso lugar de Neguev, nos desviamos en un lugar perdido para hacer una pequeña parada en el desierto. Empezamos a caminar en silencio, mirando hacia el horizonte que se abría infinito, misterioso. Cuando miras a paisajes que no están en tu psique, es como si algún tipo de ventana interior se abriera al mismo tiempo. Nos sentamos al borde de una colina protegida por rocas que parecían haber nacido al principio de la creación. Una brisa rozaba nuestros cuerpos y nos recordaba la infinitud de la que estamos hechos. No hay mayor inspiración que la visión del desierto para combatir, en ese silencio, con todos nuestros demonios.

Tras el paseo, seguimos la ruta hasta el mar Muerto. Allí intentamos acceder hasta la inexpugnable Massada, pero nos fue imposible. Nos quedamos en las faldas de las montañas. Luego penetramos en el hermoso kibutz de Kalya, situado en mitad de la nada. Paseamos por ese pequeño paraíso creado en el desierto donde sus gentes, protegidas por alambradas y alta seguridad, parecía vivir una vida feliz. Nos marchamos y acampamos el coche justo debajo de Qumrán, frente al mar Muerto, y justo donde encontraron los famosos manuscritos.

En esa noche inolvidable nos pasó de todo. La luna llena iluminaba todo el paisaje entre las impresionantes montañas del desierto. El mar muerto al fondo, Qumrán a nuestra espalda, el mundo y la vida interaccionando ante nuestro asombro y sorpresa. El pasado diluido entre vagos recuerdos, recordando esos rollos de papiro que aparecieron como aromas de una primavera que nunca llegó. El periodo de sanación haciendo efecto y el mundo por delante, esperando señales o esferas que puedan ser interpretadas para seguir el camino. Temprano llegamos hasta el Mar de Galilea, y aquí permaneceremos, buscando pescadores de hombres, a cual galileo buscando un ejército para expandir bajo el manto de la sencillez un mundo amoroso.

Palestina, Luna hiena, Mar Rojo…


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El Mar Rojo al fondo 

 

 

Salimos tarde de Jerusalén. De alguna forma, nos habíamos familiarizado en tan solo dos días con su energía, con su gente, con su mezcolanza, con su multiculturalidad e interreligiosidad. Cogimos el coche, amplio para poder dormir en él, y empezamos a bajar hacia el sur, hacia los relatos que tanto habíamos leído del Antiguo Testamento.

La primera parte del viaje lo hicimos por territorio palestino. Fue un impacto total. Acostumbrados al orden y la limpieza de Israel, el caos reinaba en Palestina. Pero era un caos hermoso, lleno de vida, de niños en las calles, de alegría, a pesar de las continuas advertencias que veíamos por todas las carreteras de que, por favor, nos abstuviéramos de viajar por allí por ser un lugar peligroso.

Nos sorprendió las casas que veíamos en la zona Palestina. No vimos pobreza en la forma de construir, más bien todo lo contrario. No vimos chabolas o esa idea que a veces tenemos de países en conflicto. Si bien las carreteras estaban descuidadas y algunos barrios eran caóticos, había un gran número de viviendas unifamiliares impecables, recién construidas, como si de repente todo palestino tuviera derecho a una vivienda digna. Los almacenes de chatarra, mecánicos en cada esquina y tiendas de fruta colorida contrastaban con esas casas elegantes entre olivos. Nos sorprendió con mucha pena el gran muro que divide Israel de Palestina. Es algo incomprensible en los tiempos que corren y pensamos que quizás en unos años, todos esos muros que ahora separan al ser humano por fin caerían.

Nos paramos en algún borde y comimos generosamente una lata de alubias con tomate que nos supieron a gloria. Tras abandonar tierra palestina y tras unos hermosos paisajes montañosos cargados de bosques, enseguida nos adentramos en el desierto de Israel, dirección sur. Allí nos esperaba el gran Cañón de Ramón, una impresionante meseta excavada en la profundidad del desierto. Buscamos durante un tiempo el lugar ideal para dormir. Nos adentramos hasta muy cerca de la frontera con Egipto, pero en esa zona, estaba prohibido, por la supuesta peligrosidad fronteriza, pode aparcar a los bordes del camino. Una inmensa luna llena iluminaba el pedregoso paisaje hasta que conseguimos llegar a un pequeño pinar en mitad de la nada donde nos sentimos seguros. Nada más llegar, y esta visión fue espectacular, nos encontramos con una gran hiena. Nunca pensamos que ese animal pudiera ser tan grande, y su mirada amenazante y su forma de rodear nuestro coche nos hizo agudizar las precauciones. De ahí surgió la broma de luna-hiena que duró toda la noche. En el desierto hace mucho frío, así que fue una noche muy movida por la incomodidad de dormir en un coche y por no estar del todo preparados para esas temperaturas. Pudimos ver liebres, hienas, zorros y una especie de cabra salvaje a la que pudimos dar de comer de la mano en las aristas del cañón.

Al día siguiente nos levantamos al alba, muy temprano. Tras unas compras y algún café caliente para entrar en calor, nos sentamos al borde del gran cañón, en silencio, dando gracias por poder apreciar tanta maravilla que la austeridad de la roca podía ofrecer. Tras un rato de contemplativa meditación por la anestesia de lo bello y natural, continuamos junto a la frontera egipcia viajando hacia la ciudad más lejana, Eilat. El camino por el desierto que tanto nos recordaba a los relatos bíblicos fue tranquilo. Nuestra idea era poder mojar nuestros pies en el Mar Rojo, no con la esperanza de que se abrieran las aguas, pero sí quizás con la esperanza de que algo interiormente pudiera abrirse. Había en mi interior una necesidad imperiosa de que pudiera abrirse una nueva puerta. Habíamos traspasado ya tantas, que en este viaje de ascesis, deseaba continuar atravesando las puertas estrechas del camino. De ahí pensamos dar un salto hasta Petra, pero a pesar de la cercanía, no nos llegaba nuestra humilde economía. Unos días largos e intensos, lleno de anécdotas, risas y buen humor que nos ha llevado hasta el mítico mar Rojo y sus impresionantes montañas rojas que lo rodean en ambos lados de esta extraña orilla. Jordania a nuestra derecha, Egipto a nuestra izquierda y nosotros aquí, inmóviles en el centro, buceando en los misterios de Israel y Palestina.