Encuentros angélicos


Esta tarde cerca de Olot…

No sé como llegué a ella, pero su música a base de mantras me ayudó. Durante días escuchaba sus sonidos y era como si la conociera de toda la vida. Sanaba mis heridas con su delicada vibración, con esa luz que viene de arriba y que llega a nosotros mediante melodías que nos transforman y nos elevan. Nunca pensé que unas semanas más tarde estaría abrazando a esa hermosa mujer en algún rincón de Barcelona. Tras su concierto, al día siguiente nos pasamos la mañana danzando y cantando. Fue sanador y un regalo. Mientras miraba sus ojos oceánicos con delicada atención, sentía cierta reminiscencia. Quizás nos cruzamos alguna vez en Mount Abu, en la India. Ella estuvo allí en varias ocasiones y yo también. O quizás fue solo un recuerdo futuro. Sea como sea, me encantó su alegría, su buen humor, su forma de bromear con la realidad. Me di cuenta de que era un ángel disimuladamente convertido en persona. Y me alegró cruzarme con su alada vida. Sin más.

En otro escenario estaba paseando por el mar, en la costa Brava. La excusa era vernos y dar un paseo, pero surgieron muchas más cosas. De nuevo el mundo angélico. De nuevo saberme afortunado por rodearme de personas que comprenden el verdadero significado de la vida, que no lo cuestionan, sino que aplican sus leyes. Unos con la música, otros con la sanación. Mirando el cielo como preñaba al mar, me daba cuenta de que los ángeles encarnados viven a medias entre dos mundos. Ella posaba todo su amor sobre mi alma calimera y yo revivía, volvía de entre los muertos para sobrevolar las circunstancias. Sentía renacer, sentía como podía volver a mí mismo por la mágica acción de la amistad, del amor, del compartir. El roce de ese amor es inmortal. No requiere nada. No espera nada. Solo se da, sin más y todo lo demás ocurre.

Tras el mar vino la montaña. Entre cientos de volcanes se alzaba un pequeño punto de luz que pretende servir de referencia e inspiración. Me alegra saber de estos lugares. Me alegra compartir,a pesar de mi timidez, momentos con desconocidos que de repente se convierten casi en familia. Una chimenea, una guitarra, algo de comida y buena compañía para sentir que estamos vivos. La maga me llevó hasta allí y desplegó toda su belleza para compartir ese espacio. Disfruté durante horas descubriendo parte de su vida, de sus recuerdos. Los elementos me querían atrapar para que no me marchara. El fuego, el agua, la tierra y el aire conspiraron para alargar la jornada. Pero los vientos soplan fuertes y tenía que regresar ante el nuevo reto que representa que el caballero se vuelva a quedar, por motivos del nuevo guion, sin caballo. Qué le vamos a hacer.

Es evidente que debo descansar, dejar de viajar de un lado para otro y regocijarme en el recuerdo,durante un tiempo, de esos abrazos angélicos. Toca reposar, ahorrar energías,mirar los balances con detalle para que todo cuadre, deshacerme una a una de todas las deudas pasadas hasta que pueda volver a encontrar cierto equilibrio. Toca pérdida,mucha pérdida, para en un futuro volver a remontar. Así que toca de nuevo desapego, deshacerme de todo aquello que más quiero para poder, bajo mínimos,seguir adelante. Toca respirar profundamente y llenarme de calma. En los próximos días, recordaré los momentos vividos aquí en mi querida Barcelona. Me servirá de aliciente para seguir adelante, para recordar la importancia de esta broma cósmica y hacer como hacen sus ángeles: cantar, bromear, abrazar. Eso ya me provoca una hermosa sonrisa. Guardaré todos los secretos de estos días para que me llenen de fuerza y valor. Cerraré los ojos y agradecido, invocaré al mundo angélico. 

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En busca de nuevos paisajes


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“El auténtico viaje de descubrimiento no consiste tanto en buscar nuevos paisajes como en contemplar los viejos con ojos nuevos.” Jon Kabat-Zinn

Hice ambas cosas. Intenté descubrir nuevos paisajes y contemplar los viejos con nuevos ojos. Pero la fatalidad quiso que descubriera algo aún más importante: ningún paisaje exterior puede modificar el interior. Aún así, intenté esforzarme en cambiar de escenario pensando ingenuamente que algo cambiaría dentro. Hice mi pequeña mochila, me monté en el coche con buena compañía y viajamos hacia el sur alejándonos del frío y la nieve.

Lo bonito de viajar acompañado es que todo se hace más humano y ameno. Al compartir, diría que al compartir cualquier cosa, aunque sean silencios, la vida resulta más sencilla, misteriosa y profunda. Amor es relación, y sin relaciones, el ser humano carece de sentido. La soledad deprime los corazones humanos y los aleja de su verdadero sentido. Pensando sobre estas cosas, paramos en la hermosa Toledo para dar un breve paseo. Esa ciudad siempre me resultó inspiradora. Ya de noche, llegamos el sur donde no hacía tanto frío. Allí todo pasó rápido, casi como un suspiro. Cuando quise darme cuenta estábamos en Cádiz y en Córdoba y de vuelta de nuevo al septentrión. Cuatro días de vértigo para descubrir que nada cambia si uno sigue, por dentro, metido en su propia historia.

Pasear por las calles de Cádiz siempre se antoja hermoso, como un recorrido hacia un pasado anclado en la psique invisible de la ciudad. Fue un placer poder abrazar a un escritor de verdad, a Sergi Bellver, un nómada que vive prácticamente sin nada de un lugar para otro con la única intención de poder dedicarse a lo que más le gusta: viajar y escribir. Admiro su valentía. Soy un enamorado de ambas cosas, pero siempre necesito de un cuartel general donde descansar de tanta batalla. En eso puedo decir que soy un privilegiado porque puedo disfrutar de ello, aunque no tenga la capacidad de poder apreciarlo. Me gusta esa sensación de algunos de no poseer nada, pero al mismo tiempo, de no deber nada. Quizás la sensación de soledad y de deber algo a alguien sean mis campos de batalla. Ahora sé que no quiero estar solo, a pesar de los beneficios de poder hacerlo, y sé que no quiero deber nada a nadie, a pesar de que a veces algunas deudas te permitan hacer grandes cosas.

Me conmovió mucho volver a la que fue mi casa de diseño cordobesa, en plena sierra, con unos paisajes y un entorno privilegiado. Tuve una suerte inmensa al poder vivir allí unos años, al mismo tiempo que reconozco que fueron años muy difíciles, de complejo olvido. Casi tan difíciles como los que ahora estoy experimentando. De hecho, creo que el significado profundo de este viaje tiene que ver con mirar con otros ojos ese pasado, visitar mi antigua casa, conocer a su nueva inquilina, Carmen, una hermosa y sensible mujer que me acogió como si la casa aún fuera mía. Contemplar todo ese escenario reconciliándome con él junto con personajes que pertenecieron a esa realidad pasada, como le Petit Editor, fue un lujo indescriptible. Pude valorar todo el esfuerzo allí presente, al mismo tiempo que me topaba con la verdad de que no somos inmortales, de que todo se termina tarde o temprano a no ser que abraces la vida del alma o a no ser que dediques el resto de tus días a abrazar los corazones humanos.

Pude darme cuenta, como decía Carmen, de que todo se supera, de que de todo se sale, por muy duro que parezca en nuestro presente. Supongo que me deberé llenar de coraje, de fuerza y especialmente de paciencia, porque noto, aún, que por mucho que ahora viaje, por mucho que pueda salir de mi escenario trágico, la batalla sigue estando dentro. Prueba de ello es que aún no soy capaz de hablar de otra cosa, no soy capaz de alzar la mirada hacia otros horizontes, no soy capaz de abrazar otras realidades que las interiores. Poco a poco. No me canso de decirlo para animarme. Poco a poco.

(Foto: mientras viajábamos pudimos rescatar a esta peregrina que estaba siendo comida por las nieves. La dejamos sana y salva en O Cebreiro). 

 

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Aldeas abandonadas


 

Estamos dedicando estos meses algo de tiempo a conocer en profundidad los secretos de esta tierra celta que tanto nos enamora. Hace unos días tuvimos la suerte de descubrir dos pueblos abandonados: Arufe y Vichocuntín, en la gallega provincia de Pontevedra.

Resultaba increíble descubrir entre frondosos bosques piedras totalmente pulidas y edificios enteros de gran nobleza y belleza totalmente asfixiados por la vegetación. Sentíamos cierta pena por ver casas tan perfectas y hermosas totalmente abandonadas, pueblos enteros perdidos entre la niebla y el musgo que resbalaba por todos esos impenetrables caminos. Allí había, en cada piedra, en cada rincón, en cada plaza ya inexistente, una historia, cientos de relatos, de vidas, de hombres y mujeres, de ancianos, de niños que ya no juegan ni viven allí. Sólo la poderosa presencia de los fantasmas del tiempo nos hacía poner la carne de gallina, los recuerdos allí encerrados, las visiones de vidas pasadas, de relatos, de historias que quedaron atrapadas en un tiempo ya inexistente. Solo en lo akásico, en sus archivos, podíamos comprender algo de tan impresionante soledad.

No entendíamos como el “feísmo” de nuestro tiempo había podido perdurar dejando atrás esas impresionantes ciudades de piedra, bellas, tan bien esculpidas, resistentes, esbeltas. Los árboles habían crecido entre las habitaciones, las cocinas y los antiguos salones de auténticos palacios abandonados. Los tejados se habían caído en su mayoría pero aún quedaban perfectas paredes que no cedían al tiempo, cobijos que hacían de hogar a musgos, hongos y helechos.

Nos preguntábamos porqué en los tiempos que corren preferimos vivir en auténticas conejeras oscuras, inertes, apagadas, mientras que esos preciosos edificios permanecen abandonados. Nos preguntábamos porqué el ser humano se ha alejado tanto de la naturaleza para abrazar la frialdad del asfalto, de lo gris, del ruido.

Los más sensibles a este mundo de abandono se sienten tristes, apenados, cargados de angustia. Muchos hombres y mujeres renunciaron a estas verdes y hermosas tierras. Sus nietos se quejan de que muchos no supieron apreciar el impresionante esplendor de estos lugares. Ellos, en una época difícil, buscaban nuevas vidas en sitios lejanos donde pudieran dar de comer a sus familias. Eran otros tiempos, y ahora, cuando intentan regresar, ya es demasiado tarde para todo. Los ancestros que protegían esos lugares ya no están. Los guardianes fueron desterrados.

Las casas, las aldeas encerradas entre perdidos valles y montañas esperan ser de nuevo habitadas. Nos sentimos orgullosos de poder ser partícipes de esa reconquista, de poder dar vida de nuevo a un edificio emblemático del siglo XVI que estaba totalmente abandonado, de poder calentar de nuevo sus piedras, tejer un nuevo tejado, llenarlo de vida agradecida y amable, dotarlo de nuevo de esplendor al mismo tiempo que animamos a otros a que den ese paso. Volver al campo, a los bosques, a los valles, nos humaniza, nos hace más sensibles, nos vuelve más amables.

Ojalá algún día esos pueblos vuelvan a la vida. Sus piedras lo anhelan. Sus valles y bosques recuperarán una vida plena y un nuevo sentido humano. Rehabilitar estos lugares responde a un sentido profundo: el sentido de la vida compartida, llena, profunda. El propósito esencial de reconciliarnos con la naturaleza nuestro palpitar humano.

Luna llena de Piscis en la comunidad de Findhorn


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“No son casuales estos viajes. Si te fijas en el ritual, se suelen hacer viajes simbólicos alrededor de las tres luces y a medida que avanzas de grado, pasas de trabajar con unas figuras a otras. Pasamos del triángulo al cuadrado, etc… hasta completar figuras geométricas cada vez más complejas. Cuando hacemos estos movimientos, dibujamos dichas figuras geométricas y con ello, realizamos cierta “magia”. A otros niveles, hacemos lo mismo en el plano físico. Cada viaje enclava un punto energético, que al ser unido por otro, recrea una figura geométrica específica, provocando la “magia” necesaria. Nada es casual. Esa figura es representada en la mente, y al contacto con la luz, recibe un tono de onda especial, una musicalidad que atrae ciertas energías y repele otras”.

Estas palabras fueron escritas allá por el año 2006 a un amigo. Forma parte de una serie de cartas que vamos a editar próximamente y que entrañan claves y propósitos que a veces resultan, como mínimo, curiosos. Cuando siento la necesidad imperiosa de viajar en los planos materiales de alguna forma intuyo que es porque está surgiendo un movimiento interior, algo que quiere cobrar vida y necesita de cierto distanciamiento para poder provocar su parto. Cuando ayer llegué por fin a la bahía de Findhorn tras casi una semana de espacioso viaje sentí que eso es lo que estaba ocurriendo. Un leve movimiento en un plano, pero una matriz que nace desde la horizontalidad a la verticalidad cumpliendo con el proceso mágico de crear un nuevo tono, una nueva onda.

Me sorprendió los pocos que éramos hoy en la meditación de luna llena. Es evidente que la comunidad de Findhorn está cambiando. Hoy mismo una de sus miembros lo decía abiertamente. La gente ya no viene buscando una llamada, sino una comodidad. Es lo que nos ocurre cuando creemos que la vida está hecha para buscar un merecido descanso. Olvidamos que el alma, el impulso vital que nos gobierna no puede descansar. Su propósito es transmitir eso que vagamente llamamos vida, y la esencia de esa vida discurre en una unidad universal que no somos capaces de percibir. En esa vida Una, somos sólo una pequeña parte, un microtrozo de algo que no puede parar, que no puede descansar, que ha nacido para sacrificar su existencia hacia la propia resurrección vital. Sin embargo, olvidamos esto tan crucial, y al hacerlo, de alguna forma empezamos a morir. Queremos descansar, dormir más, trabajar menos, tener una bonita casa donde poder pasar las horas sin hacer nada. Realmente eso es una forma de morir, una forma de darle la espalda al impulso vital, a la propia vida.

De alguna forma abandonamos el hogar del sujeto que nos da vida para morir, para perder el propósito. Y la vida es geometría pura, debemos dejar de ser un punto para convertirnos en un triángulo, y luego ir progresivamente expandiendo nuestro árbol interior, como el que dibujó Pitágoras en análoga experiencia. Debemos estar vivos, debemos reflejar vida, debemos seguir buscando si no hemos encontrado y debemos seguir trabajando si tenemos clara nuestra misión, nuestro propósito como minúscula mota de vida. Debemos renacer a la vida, de forma desesperada, de forma urgente. O moriremos dos veces.

Kilwinning


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Tras recorrer toda Inglaterra de sur a norte llegué hasta las primeras blancas colinas de Escocia. A pesar de que la temperatura es parecida a la que tenemos en el norte de España, por alguna extraña razón el frío aquí se hace más agudo y pesado.

Cuando he llegado al lugar justo donde se entabló la batalla de Bannockburn, muy cerca de Glasgow, dejó de llover y el cielo se abrió en círculo, de forma muy parecida a ese fenómeno que tanto observamos en la bóveda celeste de O Couso. En 1314 se peleó a sangre por la independencia de Escocia sobre Inglaterra. En aquellos tiempos era así como se consolidaban unos territorios sobre otros, unas creencias sobre otras, unos oscuros intereses disfrazados de emociones sobre otros. Con espadas, sangre y muerte se defendía eso que llaman país, patria o nación. Y sobre esa absurda e irracional sangre me encuentro ahora, intentando entender algunos episodios de la historia preocupado por la repetición constante de la misma. No hace muchos meses se hizo un referéndum pacífico donde ganó por muy poco la unión de ambos países.

A este lugar dicen que llegó un nutrido grupo de templarios comandados por Pierre d’Aumont, los cuales, tras la disolución de la Orden en 1307 se refugiaron en Escocia y participaron de dicha batalla. Se cuenta que desde aquí se mezcló el templarismo iniciático con la masonería operativa, dando como resultado la creación de la masonería actual.

Muy cerca de aquí se encuentra Kilwinning, donde he pasado la mañana. Allí está la que al parecer fue la logia madre, creada en 1140, tal vez por masones venidos de toda Europa para participar en la construcción de la Abadía que allí se estableció, perteneciente a la Orden de Tirón, de origen francés y emparentada con la diócesis de Chartres. Una orden nacida de una escisión benedictina de la Orden de Clunny. Una abadía, como la de Glastonbury, totalmente destruida. De la logia madre número cero de Kilwinning sólo queda un pobre edificio quizás del siglo XIX que intenta emular glorias pasadas. Un vivo ejemplo, como el de la abadía, de la decadencia de valores como los de fraternidad, igualdad, libertad y el amor al prójimo.

A algunos masones actuales les cuesta mucho entender ese origen cristiano y católico de la orden masónica. A pesar de que todos los rituales están basados en capítulos de la Biblia mezclados con algunos ritos de origen pagano, resulta difícil entender la orden sin bucear en sus orígenes, en sus rituales, en sus mitos y leyendas, en todo lo que rodea a su misterio y su historia, y sobre todo su especial vinculación con el cristianismo.

El ser humano siempre tienen a fantasear sobre las cosas, a dotarlas de significados a veces nacidos de la imaginación y la fantasía. Una fantasía inventada hace mil años es capaz de cobrar fuerza y mantener hechizada la mente de los ingenuos. Es capaz de vencer las aristas del tiempo y pretender que aquello que fue fábula ahora sea verdad. Es la fuerza del mito. Es la fuerza de la tradición y la costumbre. Es como esa sangre derramada, como esas batallas perdidas que se conmemoran como si fuera algo glorioso o digno de recordar. Ahora que paseo por estas colinas no veo nada de digno. Solo imagino sangre y tripas por un trozo de tierra, por un descabellado sentimiento de posesión y egoísmo, por una oculta trama de intereses que unos pocos nobles utilizaron para afianzar su poder. No veo ningún acto heroico en defender una bandera. Me resulta insultante a la inteligencia el alzamiento de cualquier bandera, su adoración, la propia simpatía a un símbolo nacido de la fantasía de todo un pueblo, de cualquier pueblo. Resulta repugnante, quizás porque pienso en los miles de personas que murieron en esta batalla, que todo eso sea a costa de la ingenuidad humana y de su capacidad cobarde para no ser capaces de decir no.

Sea como sea, todos estos lugares, todas estas tradiciones están cargadas de cierta belleza hipnótica. Me gusta pensar que por estas tierras estuvo vagando José de Arimetea con un grupo de primeros cristianos que predicaban el amor a los enemigos. No sabemos si realmente fue así, tampoco sabemos si el barco que eligió para la aventura estaba acompañado de insignes personajes como María Magdalena o el apóstol Santiago, el cual terminaría sus días en el norte de España. Realmente nada sabemos de todo aquello que ocurrió hace dos mil o mil años, excepto por aquellos documentos, costumbres o mitos que han sobrevivido al tiempo tras tanta sangre y destrucción de unos y otros.

De todos ellos posiblemente algunos sean verdad. Muchos otros solo una mera fantasía. Sea como sea, seguimos los caminos, porque en ellos aprendemos la noble enseñanza del discernimiento, única herramienta para albergar algún resquicio de eso que vagamente llamamos verdad. Y de todas las verdades, me quedo con la de José de Arimetea, cuya única expresión ingenua fue la de hablar de amor universal mientras otros peleaban por banderas.

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Glastonbury


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Me encuentro en Caerleon, en el sur de Gales. Según la tradición artúrica, este es uno de los lugares donde supuestamente se encuentra Camelot. Me he dado una vuelta por el tranquilo pueblo pero no he visto ningún indicio sobre ello, ninguna pista que pueda llevarme hacia ese lugar mítico, ninguna intuición etérica al respecto. Este es un lugar tranquilo en todos los sentidos excepto por el trajín de los coches que vienen de Newport y se encaminan hacia el norte del país.

Ayer, tras pasar el estrecho de la Mancha pasé algo de frío. Llegué tan agotado a ninguna parte al sur de Londres que paré al borde del camino y me puse a dormir sin reparar en la necesidad de abrigarme bien. Por suerte, cuando el cuerpo se encuentra ante la tensión del viaje, no se queja de nada. Tenía planeado ir a Glastonbury y de ahí a Brighton para pasar el día de mañana con una amiga, pero cuando salí de la ciudad de Ávalon me di cuenta de que había confundido esa ciudad con la cercana Bristol. En la torre de Tor había una señal que ponía que a once millas dirección sureste se podía encontrar otro lugar que podía ser Camelot: el castillo de Cadbury. No pude encontrarlo y terminé en Caerleon de camino hacia Bannockburn y Kilwinning donde deberé documentar algunas cuestiones sobre la historia de la masonería.

De camino a Glastonbury siguiendo la radial A303 que viene de Londres te encuentras con la mítica Stonehenge. Si pagas unas quince libras un autobús te lleva hasta el mismo emplazamiento desde el que disfrutar con la calma que el frío y la lluvia te permitan. Realmente el lugar es asombroso. Un templo perfectamente alineado con el sol de más de 4500 años de antigüedad. Un sofisticado pueblo prehistórico debió acumular algún conocimiento que en nuestros días se nos escapa. Cuando visitas el lugar de cerca te das cuenta de cuanto ignoramos sobre nosotros mismos, y sobre todo, cuanto hemos perdido como humanidad de nuestro legado histórico, de nuestros saberes y nuestra dignidad profunda.

Ya había estado anteriormente en Glastonbury y el regresar tras la visita a Stonehenge a la inversa por la ruta que hice la última vez tuve una sensación de cierre de etapa, de ir sellando todas esas puertas que se abrieron en esos años de tinieblas para ir retomando otro camino. El hecho de volver a Escocia y encerrarme tres meses para terminar la tesis doctoral tiene mucho de eso.

En Glastonbury, gracias a la valerosa guía de la amiga Carmen, pude disfrutar de nuevo de todo este movimiento neopagano que crece en torno a las leyendas artúricas, al revival sobre los ritos de adoración a la madre tierra, a la feminidad representada por María Magdalena, los ritos de Isis, y sobre todo, a los movimientos de la nueva era en torno a las creencias sobre la presencia de una ciudad etérea –Ávalon- que sigue viva por encima de la torre de Tor. A todo esto hay que añadirle la leyenda de José de Arimetea, la cual cuenta que aquí, en esta tierra, fue enterrado el Santo Grial.

Mientras paseábamos por la ciudad y nos dirigíamos a lugares tan emblemáticos como la antigua abadía, a “The White Spring”, la fuente consagrada a la energía masculina y femenina, a la mágica torre de Tor o a Chalice Well, el pozo donde supuestamente José de Arimetea escondió el Santo Grial, miraba el rostro de las gentes de ese lugar y sin duda parecía todo el conjunto una reunión de magos y brujas, de antiguos druidas que vuelven a reunirse para no se sabe bien qué ritual de vida. Es la misma sensación que tuve cuando viajé hasta Taizé, en el sur de Francia, muy cerca de la también extinta abadía de Clunny. Es como si los antiguas almas que algún día dejaron sus lugares de consagración volvieran a reunirse para dar vida al espíritu de los tiempos.

Si bien en Taizé uno tiene la sensación de que los allí reunidos son los antiguos descendientes de la orden de Clunny, aquí en Glastonbury la sensación es que todas estas almas errantes parecen ser la reminiscencia de antiguos druidas que intentan invocar de nuevo sus antiguos ritos paganos. En Glastonbury encuentras por todas partes cuarzos, amuletos, extraños personajes sacados de cuentos de hadas, y un sinfín de peculiaridades que demuestran la conexión con las tinieblas de la isla de Ávalon y la confusión reinante en el mundo del espíritu encarnado en nuestro tiempo. El Tao lo expresaba de forma diferente: tinieblas dentro de tinieblas, la puerta de todo misterio. Aquí, como en la leyenda artúrica, quizás algún día esas tinieblas den paso a la luz de la verdad, y la reconciliación de los espíritus errantes sea posible ante la inevitable senda de la compasión. Algún día esos cristales, esas velas y esos inciensos interminables dejarán paso a un propósito mayor y oculto, pero desvelado para que el poder de la nueva tierra dé paso a mayor claridad y lucidez. Mientras tanto, los peregrinos siguen las sendas marcadas a fuego para apoderarnos de la llama. Soy el Camino que busca a los viajeros, leíamos hace tan sólo unos días en París. Mañana habrá más camino.

 

Notre Dame de Paris. Yo Soy el Camino que Busca Viajeros


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Entre el laberinto de Chartres y el laberinto de la catedral de Amiens había un camino estrecho con parada inevitable en Notre Dame de París. Atravesar toda Francia para fotografiar los misterios de sus muchas catedrales sin duda ha sido una atrevida aventura. Cuando esta mañana amanecía en Chartres y penetraba en su catedral sentía cierta nostalgia extraña. Había en cada piedra una historia, una vida, un misterio. Los alquimistas que levantaron los símbolos de ese lugar sabían que para llegar a Dios primero hay que pasar por el laberinto humano. Hay que atravesar con suma paciencia y pericia cada una de sus trampas. Por eso el laberinto se encuentra al poco de entrar en la catedral. Los sabios saben que la única forma de salir de ese laberinto pasa inevitablemente por la toma de consciencia del hilo de Ariadna que nuestra alma teje para sacarnos de nuestro propio lío. En Chartres percibes cierta verdad respaldada por la fuerza del símbolo. Y nace la responsabilidad interior de compartir esos trazos de luz que han sido tejidos con toda la prudencia posible.

Después de Chartres esperaba la ciudad eterna, la bella Paris, ese lugar plagado de palacios desplegados por todas sus calles. Nuestra Señora, Notre-Dame de Paris, nos recuerda que en toda Francia, y quizás en toda la cristiandad, la adoración a la Virgen está presente en todo su culto. La Virgen siempre es representada por una luna en cuarto creciente. Las fuerzas lunares que muestran la astralidad, la maya que nos protege de la luz del hijo. Notre Dame de Paris es como el vientre que protege con suma delicadeza ese símbolo.

Al entrar a la catedral te encuentras con un potente mensaje: “via viatores quaerit”, “Yo Soy el Camino que busca Viajeros”. Me ha impactado porque a cual peregrino me he visto de frente con el mensaje, con la inevitable llamada, con esa urgencia de seguir adelante. Vitruvio escribe en su De Architectura, que la arquitectura descansa en tres principios fundamentales: la Belleza (Venustas), la Firmeza (Firmitas) y la Utilidad (Utilitas). Pero cuando entras a una catedral te das cuenta de que hay algo más: el conocimiento. Cada piedra parece tener vida. Cada poema épico es descrito en esas estatuas, en esos mensajes que nacen de sus paredes. Toda catedral es un libro abierto para quien tiene ojos para ver. Lo hemos podido ver también en la inmensa catedral de Amiens, una réplica casi exacta de Notre Dame de Paris. Todo arte gótico encierra un argot hermético, un lenguaje que permite descifrar las columnas de la enseñanza que conduce al Jardín de las Hespérides. Los argonautas viajan hacia ese conocimiento para compartirlo, porque no hay mayor bien, no hay mayor inteligencia y mayor entrega que la de vivir para dar.

Ahora me encuentro en mitad del Canal de la Mancha. Me espera Inglaterra y Escocia. Ahí encontraré más caminos y seguiré de nuevo la estela del peregrino. Mañana estaré vigilante en la mágica Glastonbury. Dicen que allí José de Arimetea enterró el Santo Grial. También dicen que allí se encuentra Avalon. José de Arimetea se convirtió en pescador de hombres. La leyenda del rey Arturo sigue esperando desvelar sus secretos.