La navaja de Ockham


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Para los que hemos hecho ciencia, o investigación académica o algún tipo de tesis sobre los misterios de la vida nos hemos encontrado alguna vez ante el dilema de tener que elegir entre dos hipótesis posibles. La navaja de Ockham es un principio metodológico por el cual, en igualdad de condiciones, siempre tenemos que elegir aquello que resulta más sencillo. Dicho de otra manera: la teoría más simple tiene más probabilidades de ser correcta que la compleja. Supongo que esto vale para todo en la vida, inclusive añadiría a este filo de la navaja algo así como que es bueno que las personas simples busquen a sus congéneres en simplicidad y los complejos, aquellos a los que les gusta enredarse en las marañas de la existencia, busquen un afín con esa capacidad de altos vuelos, para que la búsqueda intrínseca en los misterios, por lo menos, sea compartida.

Las personas simples, que somos la mayoría, bastante tenemos con nuestra simplicidad cotidiana. Nos preocupamos de igual forma por cosas simples, que siempre son las que más nos satisfacen en el plenilunio de nuestras vidas. Nos levantamos, vamos a trabajar, miramos las redes, le damos a me gusta, comemos algo, volvemos a casa, miramos con cara de sapo nuestro entorno, vemos algo la tele y volvemos al suave y cálido arropo de una cama que nos recuerda lo bien que estamos regodeándonos en nuestra propia ignorancia.

Las personas complejas, una minoría en fase de extinción, no siguen esa peculiar rutina. La mayoría de las veces no se levantan a una hora normal porque tampoco se acuestan a una hora normal. No miran las redes, las inventan. No dan a me gusta porque lo superficial casi nunca les agrada. Casi no comen, les aburre comer, es un mal menor. Lo mismo les da por comer el alpiste que les sobra a los pájaros o un buen plato de maíz cocido encontrado en cualquier parte, sin tener tiempo para discernir si el maíz es o no es transgénico. Nunca vuelven a casa porque no trabajan en lugares comunes, o sus trabajos son placer y por lo tanto lo pueden desarrollar en cualquier parte, incluso dormir en ellos, con ellos. Su trabajo es soñar, inventar, imaginar, componer, por lo tanto, cualquier rincón les vale. Son la versión de la anti-navaja, como lo definiría Leibniz con su principio de plenitud, el cual establece que: «Todo lo que sea posible que ocurra, inevitablemente ocurrirá». Y con una persona compleja, todo es posible y todo ocurre.

Miran su entorno con cara de asombro porque ven, entienden y expresan la realidad desde su compleja multidimensionalidad. Es decir, ellos no ven un tenedor o una cuchara, ven el origen del metal, la máquina que lo esculpió, la mano del hombre que le dio tamaña forma en su imaginación y sobre todo, se interrogan una y otra vez sobre el origen de todo, inclusive el origen de la propia naturaleza, de la inteligencia, de la vida. Cuando ven un objeto, sienten de alguna forma toda su compleja historia, intentan entenderla, explorarla y vaporizarla en teorías conexas. Es su única forma, desde su hipersensibilidad, de entender el mundo. Necesitan comprender el meollo de todo, el Misterio, el Asunto.

Por supuesto no tienen tele. Realmente porque no tienen tiempo para ella. Resultaría demasiado pesado perder diez minutos de vida viendo algo insulso que sale de una telepantalla y luego tener que restar esos escasos minutos de la cuenta atrás de la existencia. ¡Todo es tan breve! Y cuando llega la noche, no les espera una cálida cama con una amable compañía. Normalmente, al ser escasos, también son prudentes, y posiblemente almas errantes, solitarios, vagabundos de las relaciones. La cama, como la comida o las relaciones, son un mal menor. A no ser que encuentren a un prójimo, y entonces estalle una nueva supernova y las galaxias se multiplican y los universos se empequeñecen.

Por eso, si eres una persona simple, no pierdas el tiempo con una persona compleja. Es mejor que si lo encuentras, salgas huyendo a no ser que de repente te dejes encantar por su vida, por su forma misteriosa, y a veces un tanto atormentada, de ver y contemplar la existencia. A no ser que quieras llevar una vida apasionada de viajes y aventuras espaciotemporales inimaginables. A no ser que te de igual dormir o no en una cama si de lo que se trata es de contemplar las estrellas y el infinito en cualquier parte. Si eres simple y te encuentras con alguien complejo, terminarás amando la complejidad y terminarás, inevitablemente, transformándote en un ser igual de complejo, es decir, en un ser completamente libre, emancipado y pleno. O por el contrario, tu simplicidad te hará huir aterrado con la añoranza de volver a las brazos de aquel al que dejaste por su simplicidad exquisita, pasmosa y aburrida.

Dicho esto, recuerda la navaja de Ockham: la teoría más simple tiene más probabilidades de ser correcta que la compleja. Medir bien la simplicidad en la que vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser tiene sus propias ventajas. Y nuestra simplicidad siempre es proporcional a la vida que seamos capaces de abarcar.

(Foto: Hace unos días tuve el privilegio de compartir este hermoso paisaje con unas de las personas más complejas y maravillosas de las que he conocido. Doy gracias a la vida por mostrarme cuan simple soy cuando me encuentro ante la grandeza de los genios, y que gran deseo nace de mí por poder abrazar esa gran inmensidad humana). 

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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La importancia de la herejía


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Abecedarianismo (Siglo XVI), Adamismo (siglo II), Adopcionismo (siglo II), Agnoetismo (siglo VI), Anabaptismo (siglo XVI), Antinomismo (siglo XVI), Apolinarismo (siglo IV), Arrianismo (siglo IV), Calvinismo o Hugonotes (siglo XVI), Albigenses o Catarismo (siglo XI), Docetismo (siglo I), Donatismo (siglo IV), Dulcinianismo (siglo XIII), Encratismo (siglo II), Espirituales (siglo XIII), Ebionismo (siglo II), Eutiquianismo (siglo V), Febronianismo (siglo XVIII), Fideísmo (siglo XIX), Frailes apostólicos (siglo XII),  Fraticelos (siglo XII), Gnosticismo (siglo II), Hermanos del espíritu libre (siglo XII), Hermanos moravianos (siglo XV), Husitas (siglo XV), Iconoclastas (siglo VIII), Jansenismo (siglo XVII), Joaquinitas (siglo XII), Luteranismo (siglo XVI), Macedonianismo (siglo IV), Maniqueísmo (siglo III), Marcionismo (siglo II), Modalismo (siglo III), Modernismo (siglo XIX), Monarquianismo (siglo II), Monofisismo (siglo V), Monotelismo (siglo VII), Montanismo (siglo II), Nestorianismo (siglo V), Nicolaísmo (siglo II), Ofitas (siglo II), Orebitas (siglo XV), Pelagianismo (siglo V), Pragueros (siglo XII), Priscilianismo (siglo IV), Protestantismo (Siglo XVI), Quietismo (siglo XVII), Sabelianismo o Patripasianismo (siglo III), Socinianismo (siglo XVI), Subordinacionismo (siglo III), Simonianismo (siglo I), Taborismo (siglo XV), Utraquismo (siglo XV), Unitarismo (siglo XVI), Valdenses (siglo XII), Wiclefitas (siglo XIV)…

La lista de herejías de todos los tiempos es infinitamente larga. Podríamos añadir, con cierta modestia, a los ocousianos del siglo XXI, una pequeña herejía aún naciente que pretende abolir la propiedad privada, la avaricia mercantilista y convivir en paz y hermandad con el prójimo y la naturaleza desde una visión integral y abierta. Son rasgos comunes en muchas utopías de viejo cuño. Realmente no hay novedad en las proclamas, sí en la fuerza de regeneración, en la energía empleada en perseguir, a sabiendas de su futuro fracaso, la esperanza de un mundo nuevo.

Podríamos decir que la herejía nace para instaurar un diálogo diferente a la norma, una misiva que parte de renglones torcidos y que pretende restaurar el origen común de hermandad humana. Es algo complejo porque desde que la fábrica inventó la ciudad, el ser humano se parceló y dividió así mismo para crear una masa uniforme sin ideas ni autonomía. La emancipación humana, la interior y la exterior, se ha vuelto la obsesión de las nuevas herejías.

Cuando nació la ciudad y se abolió la tierra comunal se gestó el final de la comunidad y el bien común para instalar la idea de propiedad. El tema de la abolición de la propiedad privada es recurrente en la historia herética. Para algunos es el origen del mal moderno, de la modernización, del poder acumulado en manos de unos pocos que gobiernan, bajo el manto de sus vanidosas manos, el destino humano. Viendo lo que ocurre en las oligarquías podríamos pensar, desde un pensamiento intelectual y filosófico, que lo que sucede es realmente  bastante patético. Existe una organización cerrada de apoyo mutuo y cooperación entre los oligarcas donde se ayudan, gracias a la política mercenaria, para sobrevivir en la vorágine del mercado. Las empresas que manejan no suelen ser casi nunca rentables porque viven bajo el mantra de la deuda. Algo que nace con deuda y que vive de la misma no puede ser rentable ni puede ser realmente satisfactorio, a no ser que esa deuda sirva para impulsar un proyecto y luego para ser honrosamente devuelta sin exceso de aprovechamiento.

La tiranía de la avaricia a veces no responde a las lógicas del orden y el decoro y descubre con asombro que la deuda es una buena herramienta para garantizar un ritmo de vida desorbitado e insultante. Por eso muchas herejías, ante el pasotismo social imperante y la aceptación de estas normas de injusticia beneplácita, nacen con la única misión de advertirnos de que hay algo que no estamos haciendo bien. En la actualidad la evidencia es palpable en cuanto al cambio climático, porque la avaricia no es algo que acecha tan solo a una pequeña oligarquía, sino que se instala en aquellos que de alguna forma aspiran a ser parte de ella. Siempre queremos más, es nuestra naturaleza más inferior. Más y mejor, más grande y más potente y más fuerte y más poderoso.

Vaga es la idea de aquellos que renuncian a esa extrema experiencia del querer más y más y se abocan a una realidad paralela que pueda restaurar una naturaleza de miras más elevadas y sensatez más altiva. Son los valores los dueños de nuestras creencias y acciones. Es en los valores donde la herejía, la nueva herejía, deberá reunir todos sus esfuerzos. El resultado nunca será inmediato, pero formarán parte de ese núcleo, de esa lista de impulsores que pretendieron un cambio de paradigma y que, si todo va bien, algún día deberá implementarse.

Herejía deriva del griego hairein, una de cuyas acepciones es escoger y hairesis, por derivación, equivale a opinión. Por lo tanto, el hereje es el que escoge, el que opina. La herejía parte de esa sublevación por opinar diferente, por pensar diferente y de paso, por emanciparse de aquello que se torna norma. De ahí la importancia de la herejía. De ahí la importancia de alimentarla, cuidarla y protegerla. Sólo aquellos que se atreven a mirar de forma diferente al mundo podrán originar el cambio que necesita.

 

 

 

Apaga y vámonos


 

a2Una pequeña placa de no más de treinta euros conectada a una batería reciclada de coche es lo que alumbra la pequeña cabaña. En verano da para conectar incluso el ordenador. En invierno se conforma con proyectar una tenue luz de esta maravillosa tecnología llamada led. Esta pequeña luz es lo más parecido a la libertad y emancipación energética. Si tuviéramos algo más de recursos compraríamos una instalación completa. Hemos calculado que con mil euros podemos satisfacer cada una de las caravanas o cabañas y así poder trabajar con nuestros ordenadores sin recurrir de momento a argucias extrañas como la de tener que conectar el ordenador de noche a la batería del coche híbrido. Con algo más de presupuesto, algún día toda la casa de piedra entera será totalmente autónoma y podremos ducharnos con agua caliente y tener luz eléctrica sin tener que trasladarnos a otros lugares. Sin necesidad de estar conectados a la red, pues así llevamos casi tres años, y sin ánimo de conectarnos en un futuro.

Sin embargo, estas condiciones de austeridad no se pueden aplicar a todo el mundo. Lo ocurrido en Reus con la pobre anciana muerta en un incendio provocado por la falta de luz eléctrica es un atentado criminal. Ahora todo el mundo se lava las manos, pero la injusticia de que una gran empresa eléctrica ofrezca suculentos resultados a unos pocos a costa incluso de la muerte de otros es terrorismo económico y social. Lo cierto es que lo disparatado de todo esto es ese juego que seguimos, los votantes económicos, políticos y sociales, haciendo a estas grandes compañías poderosas e intocables. Entre la indiferencia y la indignación, pocos, por no decir nadie, busca alternativas a este tipo de crímenes. De alguna forma, todos seguimos siendo cómplices de este juego macabro. Incluso, lo siento, de la muerte de esa pobre mujer.

Pobre anciana, sí, claro, pobre anciana. Pero sigamos conectados a esos leviatanes que miran para otro lado, sigamos votando a esos que incitan este tipo de provocaciones indecentes.

No digo con esta rabieta que vayamos todos a la montaña y nos hagamos unos utópicos de la nueva era. No hace falta que radicalicemos nuestras vidas hasta tal extremo. Pero al menos actuad con cierta diligencia, compasión y justicia. Buscad alternativas para que las mismas hagan presión sobre el conjunto de la sociedad.

Sí, apaga la luz y vámonos, pero sin necesidad de tirarnos todos al monte, no vaya a que ahora todos queramos vivir utópicamente y también nos quedemos sin montes. Pero al menos cambiad de compañías a unas cuya ética sea de grado superior. Cambiad por favor a entidades que tienen otros valores, no solo el de lucro, para crear una sociedad más justa, limpia, ecológica y equilibrada, donde la prioridad sean las personas y lo demás, incluso el lucro, venga por añadidura.

Os pongo tan solo un ejemplo de que esto es posible. No cuesta nada, solo hacerlo.

https://www.somenergia.coop/es/

 

Foto: Pequeña placa solar en O Couso. La libertad y emancipación energética solo es una cuestión de voluntad, de apoyo mutuo y cooperación.

La normalidad de vivir en un mundo violento


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Muchos vegetarianos somos por naturaleza arrogantes y engreídos. Vamos de salvadores por la vida, pensando que por el hecho de no comer animalitos somos más sensibles o humanos. Realmente no es así. Se nos ve el plumero en cuanto la vida nos pone ante situaciones delicadas.

Me pasaba hoy en el aeropuerto de Santiago mientras esperaba el vuelo que me llevará a Ginebra, no para blanquear dinero (qué más quisiera yo), sino para blanquear libros, es decir, editar libros que por los años, quedaron perdidos y excesivamente ahuesados.

Pues andaba con algo de hambre y fui al único local de la sala de embarque donde preparan comidas. Pedí un vegetal, sin pollo por favor. Porque aquí el concepto vegetal no puede ir disociado de un trozo de algo que no sea vegetal. El amable camarero me dijo que sin problema, me preparaba uno de forma inmediata. Tras pagar por el bocadillo lo que en cualquier otro lugar del mundo te costaría un menú normal con primero, segundo, postre y bebida, me llega el esperado, ahora sí, bocadillo vegetal. Cuando llego a la mesa para degustar un trozo de pan con lechuga y tomate me veo con la desagradable sorpresa de que el “vegetal” tenía… ¡atún! Para mi estupor, de forma civilizada y amable me vuelvo hasta la barra y reclamo que había pedido un vegetal, por si me podían quitar el atún del mismo. La respuesta fue contundente: “aquí los vegetales los hacemos con pollo y con atún”. Es como si pides un arroz y te ponen alubias y te dicen que los arroces los hacen como les da la gana, y si en vez de arroz hay alubias, pues eso es lo que hay. Disgustado vuelvo a la mesa con mi “vegatal” y con delicada paciencia voy sacando trozo a trozo esa chicha oceánica.

La anécdota me crea cierto estupor, diría que casi me vuelve a mi estado pre-humano, donde la saliva empieza a caer por entre los labios mientras miro a ver si encuentro alguna piedra a mi alrededor para poner un poco de orden en este desaguisado. La violencia congénita que llevo dentro me dice que puedo salvar la situación con un poco de sangre, dolor y lágrimas.

Luego recuerdo que este fin de semana estuve en un curso de mindfulness, de esos donde el ego queda relegado a nada y la paz universal inunda todo cuanto se respira. Recordé la técnica del “stop”, es decir, de parar toda mi actividad mental y emocional y bucear al mismo tiempo en el delicado barómetro del ser, en el punto de quietud y en el flow de la vida. Respiro profundamente mientras inhalo serenidad que me llega de alguna dimensión desconocida. Intento indagar en los estratos profundos de mi condición humana y examino a raudales todas mis emociones congénitas, todo mi pesar, toda mi constitución elemental.

Observo por fin la raíz del problema. Somos humanos. Llevamos millones de años venciendo a la vida a base de violencia, de sangre, de guerras, de canibalismo primero y luego dietas más suaves a base de vacas, pollos y terneras. En resumen, la constitución humana, incluida la mía, lleva millones de años viviendo de la sangre de unos y de otros, y por lo tanto, la violencia está ahí, inherente, incluso en el plato de comida. Es algo de lo que nadie se da cuenta. Mientras comemos cadáveres vemos las noticias donde nos muestran un cuerpo destripado o el último bombardeo de turno. Son cosas que nos parecen normal, de ahí la cara de alucine del camarero cuando he reclamado un bocadillo vegetal, pero de los de verdad. No estamos acostumbrados a estos esnobismos más propios de hippies de la nueva era que de personas “civilizadas”. Lo normal, aunque parezca algo surrealista, es vivir en un mundo violento.

Por eso entiendo mi necesidad de suavizar mis ademanes arrogantes y engreídos en pro de un mundo mejor. Practicaré más todo eso de la atención plena, el mindfulness moderno, y que sea lo que Dios quiera. Mientras, amaré también a mi prójimo carnívoro, aunque esté en una escala superior de la evolución social y cultural, y nosotros, los vegetarianos, no hayamos sobrevivido por mil causas a un mundo violento que nos relega constantemente a la inferioridad de los débiles. Quizás por eso algo me dice que seguiremos siendo engreídos y arrogantes. Por pura supervivencia.

(Foto: ¿A que esta foto parece algo normal y apetitoso? Pues son trozos de atún cazado en alta mar, troceado en alguna bodega y expuesto para alimentación masiva en mercados y bares. Para alguien anormal no dejaría de ser una exposición violenta de las sobras de hoy).

La causa revolucionaria


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Max Edwards ha muerto con tan solo 16 años de un cáncer terminal. De no haberlo hecho tan joven quizás se hubiera postulado como uno de esos pensadores que remueve consciencias, que asusta al establishment, una persona moralmente peligrosa a la que hay que cuidar para que no alborote el patio trasero de casa. Es cierto que el comunismo ya no está de moda. Era un postulado que sirvió para conseguir algunos derechos sociales en siglos recientes. De alguna forma, nos emancipamos como individuos, estableciendo una esclavitud pactada a cambio de bienestar material. En esa época conseguimos condiciones inimaginables en cuanto a salubridad, seguridad y trabajo. Digamos que lo revolucionario fue dejar la communitas del campo para albergar la posibilidad de una vida digna en las celdas-conejeras de la ciudad. No está mal.

A cambio nos olvidamos de la solidaridad, del intercambio, de la familia, de la vida orgánica, del calor de un fuego, de los ciclos de la naturaleza, del aire puro, de la tierna caricia, de la lluvia, de los prados, de los bosques. Todo se volvió mecánico. Incluso el tiempo. Los más inconformistas, como Max Edwards, hablaban de una nueva revolución.

Ahora la explotación por la que hay que luchar ya no es material. Podemos presumir que gracias a las antiguas revoluciones hemos conseguido algo que antes ni siquiera podíamos imaginar. Hemos entrado a la era posmoderna y posmaterialista con una visión diferente de las cosas. Ahora que ya lo tenemos todo, queremos dejar de un lado el individualismo porque de alguna forma, añoramos el calor del hogar, el saludo del vecino, la vida en común, el contacto directo con la lluvia, el sol, las montañas, las flores, los animales.

La causa revolucionaria de estos días tiene más que ver con una emancipación espiritual. Una necesidad de reencantar el mundo de la materia para que vuelva a la simplicidad, a lo sencillo, a lo más puramente humano. Max Edwards no era creyente. Como buen comunista pensaba que Dios murió con la emancipación material. Quizás él se refería ingenuamente a ese Dios de las películas de Semana Santa o a ese otro tan humano capaz de odiar a sus criaturas. Pero la naturaleza alcanza a mayores misterios. No necesita por sí misma el que nosotros, sus hijos, creamos o no en ella. Desde nuestra profunda arrogancia e ignorancia, solo podemos inclinarnos con humildad y devolver a la tierra esa capa virgen de flores silvestres, ese polen y esas abejas que viajan cientos de kilómetros para traer el néctar. Esa debería ser nuestra obligación como hijos. ¿Pero cómo hacer algo así con nuestra madre tierra si a nuestras madres biológicas las encerramos en angustiosas cárceles cuando ya no se valen por sí mismas?

Debería ser sano pensar que la próxima revolución se volverá a hacer en las montañas, en los bosques, en los prados. Volveremos de nuevo al verde de la floresta, al mundo de la comunicación real mediante el roce, el abrazo y el abrigo del fuego humano. Saldremos del ruido para contemplar los atardeceres y abrazar la vida en comunidad. La prisa y el tiempo mecánico dejará lugar al beso candente en noches estrelladas. La felicidad no será el resultado de esa prisionera celda donde acumulamos muebles baratos y baratijas de moda. La felicidad vendrá de reencontrarnos con el silencioso paso de nuestro ser por la tierra, del encanto de practicar los caminos con senda sigilosa. Nos emanciparemos de nuevo, pero esta vez, para abrazar fuertemente el espíritu que nos mueve. Libres, ilusionados por compartir con el otro lo mejor de nosotros. Y de paso, respetuosos con lo más sagrado de nuestras vidas. La propia vida, la propia naturaleza, el canto verde que florece cada primavera.

Cuando no tienes nada


 

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“Una dictadura perfecta tendría la apariencia de una democracia, pero básicamente sería una cárcel sin muros de la cual los prisioneros no soñarían evadirse. Sería esencialmente, un sistema de esclavitud donde gracias al consumo y el entretenimiento, los esclavos tendrían amor a su servidumbre”. Adous Huxley

Hoy le comentaba a una amiga que estaba realizando de nuevo gestiones para intentar vender todo lo que aún me queda en el plano material. Empresas, propiedades o cualquier cosa que ocupe un mínimo de tiempo en alejarme de la verdadera vida, de esa que corre por la sangre y no necesita nada. Es como si de repente percibiera cierta lucidez y pensara, como decía Chaplin en el discurso en el que emulaba al Gran Dictador: “lo siento, pero yo no quiero ser emperador; ése no es mi oficio. No quiero gobernar ni conquistar a nadie, sino ayudar a todos si fuera posible”. Con cierta humildad, con cierta sinceridad desnuda, siento algo parecido.

No tengo deseos de gobernar cosas, de encerrarme en ellas, de encadenarme de por vida al miedo de perderlas, de atesorarlas, de multiplicarlas. No deseo acumular polillas en el orbe de la codicia, ni empantanar el alma con odio o perversión. Si la libertad existe, sé que no está en las cosas. Sé que la tierra es lo suficientemente rica como para alimentarnos a todos, para atesorar en el alma las riquezas verdaderas. Sé que la esclavitud perfecta es aquella que disimula su rostro, que nos mantiene atados sin saberlo, ofreciéndonos pequeños obsequios como a los loritos cuando aprenden una palabra. Ese pensamiento es perverso porque no queremos aceptarlo. Nos duele la idea de pensar que cuando todo acabe, ni siquiera podremos arrastrar un trozo de metal al otro lado. Pero más perversa resulta la idea de abandonarlo todo ahora que podemos. De saciar nuestra codicia no con cosas, sino con ideas, con experiencias, con paseos nocturnos hacia la luna. Ya lo dijo Jesús: si quieres ser perfecto, ve y vende lo que posees y dáselo a los pobres, y tendrás tesoros en los cielos. Ven y sígueme. Es un mensaje tan revolucionario que terminó crucificado. ¿Cómo hacer esa revolución en nosotros sin terminar en la cruz? Es como si el mensaje fuera doblemente perverso: si no quieres terminar en la cruz, atesora aquí en la tierra. Parece una macabra burla del destino.

Siempre deseamos más. Siempre queremos mayores cosas por miedo a esa cruz, a ese qué dirán, a ese odioso desprecio hacia lo diferente. Es algo que no tiene fin. Nunca estamos tranquilos y satisfechos porque algo crece en nosotros que nos obliga a buscar en lo inerte algún tipo de tesoro. La aparente abundancia nos hace pobres, mendigos de migajas materiales que se evaporan a cambio de nuevas migajas. Como arma de defensa se apodera de nosotros el cinismo, el orgullo, la vanidad. Ni siquiera somos capaces de despertar a otro modo de vida que no sea el nuestro, que no sea nuestra verdad, que siempre es absoluta e inamovible. Y todo porque alguien nos dijo que debíamos comer así, debíamos vestir así, debíamos pensar de esta manera sin cuestionar nunca esas verdades. Somos un perfecto ganado obediente, redimido a la plácida sensación de seguridad. Pero cuando la vida te arrastra hacia la nada, cuando todo lo pierdes por necesidad, entonces dejamos de ser rebaño y recobramos nuestra hermosa condición humana. Esa que nos hace libres, esa que nos arrastra hacia dimensiones de mística revelación, esa que nos empuja irremediablemente a amar el mundo, su oscuridad, su belleza plena, su atisbo de esperanza.

Cuando de nuevo llegue la guerra o el hambre, cuando de repente lo perdamos todo, entonces volverá a nacer en nosotros la fe, la conexión con el misterio, el anhelo y la certeza de que todo puede ir a mejor. Cuando esa guerra y ese hambre sean condiciones de nuestro propio espíritu, cuando estemos en condiciones de vencer la batalla de la vida, lo más inmanente que hay en nosotros se manifestará inevitablemente. Sólo entonces entenderemos esa necesidad de comprender que llevamos el amor en nuestros corazones, y que la magnitud de nuestra compasión es equiparable al hecho de que estamos vivos. No desfallezcamos. Seamos amorosos, libres, estrechamente ligados a nuestra condición humana. Vayamos a esa cruz y descolguemos al mensajero. Digamos al mundo: ven y sígueme, seamos perfectamente humanos.

 

 

No somos spam, reivindícate como ser humano


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Las relaciones humanas se están reduciendo a un “me gusta” en perfiles que nos deshumanizan, que nos alejan del calor real del otro, que esconden la verdadera naturaleza de nuestro ser. No se trata de un comportamiento adolescente, sino de una situación profundamente dolorosa. Nos hemos convertido en una fría piedra virtual. En una máquina, en un perfil de redes.

Pero no somos objetos estanco, sino sujetos cargados de emociones. Eso nos hace humanos y nos aleja, por suerte, de ser frías máquinas que ordenan datos. Como diría Unamuno, somos personas de carne y hueso, seres sintientes (que sienten, que experimentan emociones, muchas emociones).

En el mundo real no puedes entrar en la vida de una persona, decirle que quieres tener hijos con ella y luego desaparecer durante un tiempo sin decir nada. Eso solo puede ocurrir virtualmente. Sin mirarnos a los ojos, sin escuchar la voz temblorosa, con su carga semántica y viva, sin rozar nuestras carnes, no se pueden tejer relaciones verdaderas. El aliento, el olor, la mirada, la aventura, la risa, la alegría, no son cosas que se pueden transmitir totalmente desde una red social.

No es ni normal ni justo la reducción de un ser humano a un “like”, entre otras cosas porque la otra persona, de alguna forma, enloquece de miedo, de sufrimiento o de desconcierto, pero sobre todo, de auténtica soledad. Se protege en una inteligencia reducida, mancillada, en una lucidez que desaparece y da paso a la mentira de la complacencia. Las habilidades sociales se convierten en habilidades virtuales, donde todo es engaño y mentira.

En el mundo real, cuando rozas la piel de otra persona, cuando haces el amor con esa persona como nunca lo habías hecho con nadie, no puedes utilizarla como si fuera un spam. No puedes amar y luego dejar de hacerlo, como si nada. No puedes obviar ese flujo de energías visibles e invisibles que te atraviesan con su contacto.

El mundo virtual solo ha servido para que en nuestras cabezas ordenáramos datos y más datos y configuráramos una reacción programada de a+b=c. Pero el ser humano no es así. Es mucho más complejo, mucho más maravilloso, mucho más increíble. No se puede reducir a una ecuación, ni a un dato, ni a un programa lógico. Ni siquiera se puede reducir una persona a un mal momento, o a una mala reacción, o a una foto manipulada por internet. No somos un mapa de bits ni somos un algoritmo plano.

Estamos perdiendo el sentido de la vida, dejamos de tener conversaciones de adultos en un entorno real para aparecer como seres de paja en esta virtualidad donde nos gusta escondernos. Ahí nos disfrazamos de héroes o villanos pero escondemos nuestra verdadera cara, nuestro brillo en los ojos, nuestro efluvio humano. Forjamos una imagen distorsionada. Forjamos el mito de algo que no somos.

Durante todo este tiempo estamos utilizando el infame mail, el divertido chat o los mensajes de todo calado para escondernos, para justificar la cobardía de no querer afrontar un encuentro real, de seres humanos que sufren, que lloran, que aman. Estamos perdiendo la capacidad de abrazar la naturaleza que somos para dejarnos caer por el precipicio de la conexión. Sí, estamos conectados, tenemos cientos y miles de amigos que jamás darían un minuto de su vida para dar un paseo a tu lado. Sí, cada vez recibimos más “me gusta” en un mundo alejado de la belleza de lo imperfecto. Ya nadie quiere seres inconclusos, inacabados. Ahora deseamos la perfección virtual. Ahora queremos la soledad de la pantalla.

Hoy me han desechado. Me han enviado a la papelera de reciclaje, me han convertido en un spam. Hoy he sentido de nuevo el aullido de la selva, la vuelta al bosque animado y salvaje.

(Foto: en el bosque con bellos seres de carne y hueso)

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La plaga humana


 

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“Por mi parte, después de dos años viviendo en una apartada comunidad en mitad de un perdido bosque en una pequeña y modesta caravana, algo he sido influenciado sobre la idea utópica. Creo que es cierto que la humanidad se ha convertido en una plaga y creo que me será muy difícil volver a ella. Aquí, en los bosques, cierta rebeldía se apodera de mi vida. Incesantemente“. (Frase final de mi tesis doctoral).

 

Esta mañana he dado un solitario paseo desde la caravana hasta el pueblo. Al menos más de una hora andando silencioso bajo la lluvia, el viento y el frío para conseguir algo de electricidad. Al parecer la placa solar en invierno se resiste a darnos algo de luz imprescindible para seguir trabajando en los planos académicos. Un pequeño tributo por vivir desconectado de casi todo.

La recompensa ha sido el disfrute y contemplación de los majestuosos decorados y paisajes de invierno. Algo salvaje se despierta cuando la mirada se adentra entre el bosque, el frondoso verdor de los prados y los riachuelos que nacen entre las rocas para derramarse en las veredas. Lejos del refugio del hogar, ahí fuera se respira un aire diferente, salvaje, subversivo, inquietante.

Admito que me gustan las cosas buenas de la civilización. El papel higiénico o el calor de la chimenea, la cómoda ropa que nos protege y los suculentos alimentos que podemos comprar en el supermercado son cosas a las que me costaría renunciar. Pero me pregunto cual ha sido el precio de todo ello, y de qué manera podría participar en un mundo que retrocediera a ciertos orígenes salvajes en cuanto al trato con la naturaleza, sin que esta fuera dañada, insultada o destruida y sin que nosotros sufriéramos en exceso por ello.

A estas alturas, tras años investigando formas alternativas de vida, no he podido encontrar la solución. Al menos sí algunos indicadores del fallo humano, del producto que somos como especie, una entidad totalmente extraterrestre que ha sido invadida por valores ajenos a la propia naturaleza de este hermoso y bello planeta. Cuando observo al ser humano, sus contradicciones, sus empresas y avatares, me doy cuenta de que algo fuertemente arraigado a su ser está fallando. No me atrevería a describir la esencia de ese fallo, ni tampoco a catalogar posibles soluciones para el error que somos. Yo mismo, a pesar de los esfuerzos por mejorar, me doy cuenta de lo inútil de la empresa. Cuando tomas consciencia de que formas parte de una plaga imparable y destructiva pocas recetas puedes aplicar para contener esa macabra idea.

No encuentro ninguna fórmula, excepto ese ya manido cambia tu mundo para poder cambiar el mundo. Pero es tan costoso cambiarse a uno mismo. Aquí en los bosques hacemos grandes esfuerzos para que nuestro impacto sea el mínimo, para que nuestra huella sea lo más positiva posible. Pero siempre hay un sentimiento de fracaso, de derrumbe, precedido y dominado siempre por un arrebato inevitable de optimismo, fuerza y resistencia. Ese optimismo es necesario para continuar y no caer en la tentativa del suicidio colectivo como única solución para acabar con la plaga. Pero nunca sabemos si será suficiente.

Tras terminar la tesis doctoral, o al menos el primer borrador sobre la vida alternativa en comunidades como medio de aplacar este azote humano del que somos partícipes, lo único que se me ocurre es seguir viviendo en esta rebeldía. Todo lo demás ya no me sirve. Aún en la derrota de no poder cambiarme, aún en la desesperada visión de lo que somos, guardo cierta esperanza, cierto optimismo interior. Quizás sea por supervivencia. Quizás sea porque más allá de todo este telón exista mucha más vida de la imaginada. Sea como sea, la vida salvaje me llama. Incesantemente.

Amor desleal


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En estas fechas tan señaladas para la cultura cristiana siempre siento cierta desazón, una especie de amargura interior que a veces resulta casi insoportable. Tiene mucho que ver con esas contradicciones propias de la estética secular, con esa hipocresía ciega y repetitiva que durante dos mil años se ha gesticulado alrededor de un mensaje potente, hermoso, profundo, pero totalmente mancillado y vilipendiado por unos y otros.

No puedo evitar cierta vergüenza interior al ver como la deslealtad se apodera de estos días. Schiller ya apuntaba sobre la necesidad de una educación hacia la sensibilidad. Inevitablemente la estética nos debería llevar hacia un concepto de belleza, hacia una lealtad amorosa sobre todo cuanto somos y queremos ser. Pero en estos días se ve claramente como esa estética pasa por lo horterada más sublime, adornada con objetos luminosos, chillones, con canciones estereotipadas, cutres hasta la médula, que pretenden adornar superficialmente algo tan importante como el nacimiento de un mensaje de esperanza y amor.

La Navidad no sólo se ha convertido en algo hortera e hipócrita, sino en una excusa perfecta para representar el papel y el rol que nos corresponde socialmente de forma educada y hasta cierto punto de forma obligada. Cuando la jornada termine, volveremos a arrinconarnos en nuestros egoísmos, en nuestras deslealtades continuas hacia unos y otros, volveremos inevitablemente al ruido del que venimos, a la jungla que amamos y aborrecemos por partes iguales.

Lo que debería ser un día de luz se ha convertido en un reino de sombras. Por eso desde hace años me escondo, me acurruco dolorido en algún rincón donde no pueda hacer daño, donde no pueda ser cómplice de esta compleja falsedad. Y cuento una por una todas las deslealtades sufridas a lo largo del año, para entender así de forma global, cuan sola se haya el alma, cuan perdida se encuentra la plaga en la que nos hemos convertido. Una deslealtad tras otra. Un continuo de putrefactas mentiras que se inyectan en la sangre hasta envenenar el deseo de pureza.

Nadie escapa de esa máscara. Ni siquiera los orgullosos y vanidosos que pretenden haberla descubierto. Es tal el miedo a arrancarla o a ser delatados que ocultamos la mirada, nos alejamos en las esquinas sombrías y callamos con tal de no herir la gran fiesta. Ya no hay poesía ni verdad, ya no hay divinidad en el corazón humano, ni anhelo, ni fe, ni esperanza. Sólo un cúmulo de cosas que se suman a la experiencia de poseer, de engrandecer la jactancia y la pedantería. No existe ya valentía ni belleza. Ya no somos sinceros, ni verdaderos, ni sublimes.

Somos desleales. A nosotros mismos, a nuestra alma y sus anhelos, a la pureza de nuestro espíritu, desleales a la vida y al amor, que son conjunciones dinámicas de una misma fuerza y fuente. Somos desleales al otro, a nuestra propia naturaleza y a la Naturaleza. Lo somos ante las oportunidades, ante los retos, ante los amigos, ante la misericordia, ante la razón, ante la consciencia. Somos desleales a nuestra inteligencia, a los sabios que nos advierten, a los filósofos que razonan, a los pensadores que nos guían, a las almas bellas que decoran el espectro de nuestra raza. No nos damos cuenta porque preferimos simular e inventar una alegría hueca y vacía. No nos damos cuenta de esta gran traición. Así somos, con nuestras miserias adornadas con bolas y estrellas luminosas que intentan imitar la verdadera luz.

Estoy cansado de tanta deslealtad. Estoy cansado de tanta traición.

(Ilustración: Melancholy, 1874, Edgar Degas)

El principio de la tempestad


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Este ataque no es más que el principio de la tempestad“, advierte el comunicado del Estado Islámico. Hoy han muerto unas 150 mil personas en todo el mundo. Algunas por enfermedad natural, otras por guerras, hambres, catástrofes naturales. En Francia han muerto casi 130 personas. De repente veo que todo el mundo se moviliza y solidariza por esas 130 muertes inocentes. Nadie dice nada del resto. Hay un silencio obtuso, incomprensible, misterioso. Mañana volverán a morir otras 150 mil personas y nadie se movilizará, nadie dirá nada.

Mañana también, como hoy, gastaremos más de cinco billones de euros en armamento a nivel mundial solo en un día. Casi doscientos millones de euros serán destinados mañana, igual que hoy, al consumo de videojuegos. La mayoría de ellos basados en batallas, guerras y muerte.

Este año hemos liberado al suelo, al agua y a la tierra más de diez millones de toneladas de químicos tóxicos. Sólo en lo que va de año hemos deforestado casi cinco millones de hectáreas de bosque y hemos contribuido a la desertización de más de diez millones de hectáreas. Hemos perdido por erosión seis millones de hectáreas y hemos emitido más de treinta millones de toneladas de CO2 a la atmósfera.

Se calcula que han muerto unos treinta mil personas en el conflicto contra el Estado Islámico. La muerte de los líderes tribales en manos de las fuerzas occidentales fueron la causa y el despertar de toda esta tiranía incontrolable.

Mientras el planeta se asfixia en una lenta agonía. Ve como la plaga humana intoxica cada vez más todo cuanto de vida alberga. Para ella no ha habido hoy ningún tipo de estremecimiento especial. De seguir con estos datos, en unos años no nos acordaremos de las 130 víctimas de hoy como ya hemos olvidado las millones de víctimas de las grandes guerras y como ya hemos olvidado todo el mal que día a día, conscientes o inconscientemente, creamos sobre la Tierra. No ellos, ni los poderosos, ni los de más allá. Nosotros. Únicamente nosotros somos víctimas y cómplices de esta gran mentira.

Siento una pena inmensa por esas almas inocentes que hoy de forma incomprensible nos han abandonado. Pero también siento una pena inmensa por el propio ser humano. No tenemos remedio. No vamos por buen camino. Es cierto, estamos ante el principio de la tempestad, pero no de la que imagina el Estado Islámico, sino de una aún peor.

¡Quiero un mandato!


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Al parecer los mandatos deben ser algo así como algo todopoderoso. Preocupado por la situación en el bosque, hoy me he tomado la osadía de seguir en vivo todo lo que estaba pasando en cada rincón del valle del Mao. Escuchaba a unos y a otros y lo que más se oía era el susurro del aire, el briznar de la hierba acariciando cada insecto, la complacencia del sol con sus rayos benévolos. También había palabras grandilocuentes dentro del tímido rugido del atardecer, en el cielo inmaculado, en la tierra chispeante de pequeñas gotas de rocío que habían quedado atrapadas en las sombras de la cara norte. No estoy en contra de que la naturaleza se exprese libremente en los campos o en las montañas o que incluso ponga sobre la rutina diaria una nueva forma de expandir la vida, llámese introspección, abstracción, inteligencia, emoción o consciencia. Tampoco estoy del todo de acuerdo en eso de que la naturaleza siempre tiene razón. A veces eso que llamamos naturaleza ha sido partícipe de las mayores catástrofes de la humanidad, o cómplice, o articulador, o verdugo de cosas terribles. Quizás sea nuestra ignorancia sobre ciertos hechos misteriosos, pero la naturaleza a veces resulta cruel.

Mientras estos años muchos salíamos al campo para contemplar la situación natural y cíclica de nuestro bello paisaje, la naturaleza, su propia profundidad, prefería seguir su curso, expandir la vida independientemente de todo cuanto nosotros pensáramos o hiciéramos. Es como si nosotros, hijos de la naturaleza, siguiéramos haciendo nuestras cosas y ella siguiera su ritmo vital.

Si en este hermoso valle del Mao un setenta u ochenta por ciento de los ciudadanos hubieran sido más consecuentes con el misterio de la naturaleza, posiblemente tendríamos que pensar seriamente en buscar una solución a este lío en el que nos encontramos con el ecosistema. El problema es que no somos conscientes del todo, o al menos consecuentes con lo que está ocurriendo. Ignoramos a la naturaleza, ninguneamos sus principios vitales y la despreciamos en cada acto que hacemos.

Para los causantes del lío ecológico en el que estamos, tantos y tantos millones de sufridos ciudadanos, sería suficiente un simple gesto para determinar una hoja de ruta que pretenda crear un marco jurídico nuevo, es decir, una ley nueva, más acorde con la propia ley natural de la que somos consecuencia. Para ello deberíamos incitar a las masas a crear un mandato democrático que hiciera hacer temblar y convencer a los que están en el poder. Un mandato que dejara de un lado las miserias políticas diarias para centrar la atención en los profundos avatares a los que nos enfrentamos como especie y humanidad. Un mandato que emancipara al individuo y a la colectividad de la atrocidad ecológica que está cometiendo. Sería suficiente con mirar un poco por encima de nuestras cabezas y observar que algo terrible estamos haciendo al planeta. Sería suficiente, antes de que la crueldad se desprenda de las profundidades del abismo.

¡Cambio libros por banderas!


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Estoy en Suiza, trabajando en una oficina internacional donde puedes hablar tranquilamente en inglés, español, catalán, francés, alemán… Nadie te dice nada por usar una u otra lengua, por ser de un lugar u otro. Lo importante es entendernos para que el trabajo fluya. También, en este ámbito de trabajo, lo importante es el conocimiento, la sabiduría, la consciencia, y para ello, lo que se emplea son libros, muchos libros. Me han encargado poner orden en la sección de libros y es un placer estar entre tanto y tanto conocimiento acumulado durante años y expresado en libros y manuales. En Ginebra esto se palpa en el ambiente. Un lugar cargado de instituciones internacionales como la ONU o la Cruz Roja. Es maravilloso ver a todos unidos por la causa común.

Mientras miraba los libros, los acariciaba y los trataba con el cariño necesario, se me ocurría la idea de que el mundo iría mejor si cambiáramos libros por banderas. Me imaginaba a todos los que estos días se peleaban por sacar la bandera más grande que pasaría si leyeran más, si viajaran más, si tuvieran experiencias internacionales. Me imaginaba si ese bochornoso espectáculo del otro día en el balcón del ayuntamiento de Barcelona se hubiera transformado en una fiesta de todos y para todos, independientemente de nuestra creencia y de nuestro sentido de patria o nación, de tenerla. Me imaginaba a todos los ciudadanos trabajando unidos por una causa mayor no basada en el origen o la nación, sino en la buena voluntad en acción, en el amor profundo a la humanidad una.

Por ello, aprovechando mi fortuna personal que se traduce en libros, os invito a cambiaros banderas por libros. Abro a partir de ahora la campaña “Pon un libro en tu vida”. Propongo que los egoísmos y creencias particulares sean cambiados por valores universales. Leamos, admiremos al otro, abracemos las diferencias, pero apartando el letargo de nuestro espejismo y la ilusión de nuestras creencias. Seamos sensatamente más abiertos, más curiosos, más entregados a las causas del mundo, alejándonos inevitablemente de nuestro ombligo, de nuestra pequeña patria, de nuestra emoción nacional. No hay naciones en el trabajo por la unidad dentro de la diversidad. Sólo hay personas de carne y hueso, que diría nuestro Unamuno.

¡Por eso, cambio libros por banderas! Como canto de libertad, como canto de alegría, como canto sincero de que el mundo vuelva a la razón, a la consciencia, y no a la irracional forma de sentirnos superiores o diferentes, exclusivos o beneméritos.

¡Cambio libros por banderas! Como aquella canción antigua que pretendía bucear en la alegría del ser, en la arrojadiza esperanza del mundo nuevo. Sí, claro, es posible, por eso… ¡cambio libros por banderas!

Envíame cuantas banderas quieras y a cambio pide cuantos libros quieras… Ese es el trueque mínimo, ese es el camino ligero del compartir… Palabra de editor, cuya fortuna personal se traduce en libros, más libros.

Las florecillas del bosque


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Como últimamente está complicado opinar porque te pueden tachar de cualquier cosa, hablemos de las florecillas del bosque. No busco con ello competir con el ser urbanita, ese que vive en aglomerados, como lo definen algunos, o en conejeras, como decía una profesora rural no hace mucho. Vivir en la ciudad tiene sus ventajas, y casi todas tienen que ver con el disfrute y el bienestar material. Pero las florecillas del bosque tienen ese aroma especial que te hace dibujar en la imaginación algo sensible hacia los planos más selectos de la naturaleza. Digamos que en la ciudad es más difícil apreciar el suave tacto de la suprema belleza, ya que sus calles grises atenúan y nos alejan de la esencia natural de la que venimos.

En cambio, la vida en la montaña o en el campo tiene sus propios beneficios. Es cierto que están alejados de los beneficios materiales de la ciudad. Pero aquí, gracias en parte a las florecillas del bosque, empezamos a encontrar réditos espirituales o psicológicos, más que materiales. El intercambio de bienes y servicios se transforma en el campo por el intercambio de emociones y pensamientos, de estados del ser que pueden fluctuar desde la más alta de las alegrías a la más honda de las tristezas. Nada escapa a los atardeceres, a la vida libre en los linderos verdes, a los paseos por los prados. La belleza natural de cada escenario nos abruma y nos salpica de sensaciones. Esta vez reales, palpables, sintientes. Un escenario real para seres reales.

La vida en el campo, materialmente hablando es mucho más compleja que en la ciudad. Aquí estás expuesto a muchos avatares que no controlas. Por ejemplo, hoy ha salido una gotera en mi caravana justo encima de la cama. También la gata me ha puesto su delicada mano en el ojo derecho y casi me quedo tuerto. Pero no pasa nada, son avatares menores en comparación con la insultante libertad y el tacto profundo de todo cuanto aquí ocurre. El precio de las inclemencias está más que pagado. La belleza, la armonía, la enseñanza natural de las cosas son suficientes para llegar a la cama, aunque este mojada por la gotera, plagado de satisfacciones.

Y las florecillas del bosque nos ayudan a no pensar en todo eso que ocurre ahí fuera, ya sabéis, la destrucción de países, los refugiados, el neofascismo nacionalista, el hambre en el mundo o incluso la propia destrucción de la naturaleza en manos de los malvados troles humanos. Como vivo en el bosque, ¿por qué iba yo a preocuparme de esas cosas? ¿Para qué ser crítico con una realidad que ni me va ni me viene? Sigamos pues contemplando las florecillas, y emancipándonos de nuestras dolencias humanas. Como dicen los místicos de la nueva era, todo está bien… Inclusive la agudeza inquisitiva de la ignorancia más ciega e inverosímil.

La plaga humana, y como combatirla


AYLAN

La imagen que está dando la vuelta al mundo de ese pobre niño muerto en la playa es solo el preludio de algo terrible. El cambio climático, las guerras, la pobreza, las migraciones masivas como las que estamos viviendo en estos momentos solo son un preámbulo de algo que podría ir a peor.

Los movimientos milenaristas siempre nos han avisado del advenimiento inevitable del fin del mundo. Esta vez el fin del mundo está ocurriendo. Al menos, el fin de una civilización, de un tiempo, de una forma de entender la existencia. El ser humano, nuestra civilización, se ha convertido en los últimos trescientos años en una auténtica plaga. El desarrollo, el crecimiento y la prosperidad sin ningún tipo de cuota o control han hecho que la escasez de los recursos y la contaminación del planeta sean una constante. No es un problema el que nos hayamos triplicado en tan pocas décadas como especie. Es un problema de sostenibilidad, de relación con el medio ambiente y de falta de controles de todo tipo ante el inminente colapso global. Todos queremos crecer. Los países, las regiones, los colectivos, los humanos. Pero no sabemos que crecer de forma infinita no es posible.

Cuando veo la imagen del niño Aylan no puedo más que sentir una rabia interna que me lleva a la movilización. No puedo seguir mirando hacia otra parte. No puedo seguir de forma cínica como si no pasara nada. El ser humano se ha convertido en una plaga. Algo de eso estoy contando en mi tesis doctoral. Pero, ¿qué se puede hacer cuando se toma consciencia de algo tan terrible? Dejar de participar en ello.

Hace ahora justamente diez años estaba poniendo los cimientos de mi futura casa en el sur de España. Toneladas de cemento, decenas de personas trabajando a destajo, decenas de camiones bombeando día y noche material de construcción. Sólo en la cimentación debí gastar unos cuarenta mil euros para satisfacer mi necesidad de seguridad y cobijo. Diez años después decidí cambiar de paradigma, dejar de participar en el sistema, en la estructura que nos está conduciendo hacia la inminente extinción. Justo hoy terminábamos los cimientos de nuestra primera cabaña en el bosque. Ocho pequeños pilares de piedra con un coste no superior a cuarenta euros. Nada que ver con lo ocurrido hace diez años. ¿Qué ha cambiado en todo este tiempo para conseguir lo mismo, un hogar, pero a un coste ecológico mínimo?

Lo que ha ocurrido ha sido un cambio interior, de paradigma, de estructura invisible. Un profundo y comprometido cambio transcendental. Con el tiempo me he dado cuenta de que la única forma de cambiar el modelo, el sistema, es cambiando nuestra estructura interna. Por eso muchos proyectos de ecoaldeas y comunidades alternativas fracasan. Olvidaron lo más obvio: el ser interior. Si no hay cambio por dentro, inevitablemente reproduciremos lo que somos. No importa el nombre que le pongamos.

No se trata de abandonar el viejo paradigma y marcharnos todos a las montañas, a los bosques, donde supuestamente la vida equilibrada y en contacto con la naturaleza es más fácil. Se trata de que cambiemos por dentro, inevitablemente, para que lo de fuera termine desquebrajándose en mil pedazos. La única forma de combatirnos a nosotros mismos, tal y como explicaba en el librito “Creando Utopías”, es cambiando nosotros. Nosotros somos nuestro peor enemigo, pero también nuestra mejor esperanza. En nosotros está sembrada la semilla del cambio.

No sabemos cuanto tiempo de vida útil nos queda como individuos o como colectivo. Pero sí sabemos una cosa: tenemos la responsabilidad, el deber moral y el compromiso de cambiar. Cambiar nuestros hábitos, nuestras conductas, nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestra actitud con la vida. Cambiar nuestras células si es necesario, hasta lo más pequeño, para crear un ser humano nuevo, y de paso, construir ese mundo nuevo. Nuestro reto tiene mucho que ver con la fe y la esperanza en nosotros mismos. Estemos muy atentos, porque no tenemos otro remedio que el del cambio inevitable.

Al hereje de todos los tiempos…


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Quiero desatar y quiero ser desatado. Quiero salvar y quiero ser salvado. Quiero ser engendrado. Quiero cantar; cantad todos. Quiero llorar: golpead vuestros pechos. Quiero adornar y quiero ser adornado. Soy lámpara para ti, que me ves. Soy puerta para ti, que llamas a ella. Tú ves lo que hago. No lo menciones. La palabra engañó a todos, pero yo no fui engañado”. (Himno a Jesucristo, de Prisciliano).

Por estas tierras gallegas nació y anduvo Prisciliano, el que fuera uno de los primeros herejes ajusticiado por la inquisición. El delito fue el de herejía, que por aquellos entonces se entendía como la adoración a la naturaleza anulando su esencia demoniaca, la pobreza voluntaria o ascetismo extremo, y por supuesto, el hecho de no comer carne ni beber alcohol, denunciando de paso la opulencia de la jerarquía eclesiástica y los excesos de la aristocracia del momento.

Esas posturas que para algunos podrían ser consideradas radicales solo pretendían estar en acorde con la propia esencia de lo que el Maestro Jesús quiso enseñar a sus discípulos. La sencillez, la necesidad de proteger el alma humana en un templo sencillo pero fuerte como una roca. La necesidad de amar incluso a los enemigos, que somos nosotros mismos proyectados en el otro.

Hubo en el tiempo, en todos los tiempos, personas que dieron su vida por proteger esa enseñanza e incluso por proteger los Caminos que se entregaban a la misma. El celibato y la pobreza voluntaria venían acompañadas de la aceptación de la mujer y los esclavos de aquella época a las lecturas y reuniones de la comunidad. Se le acusó de gnóstico y maniqueísmo. El baile formaba parte importante de la liturgia. En vez de pan y vino utilizaban leche y uvas para la consagración. Su forma de acercarse a Dios y a su Misterio era entregando su vida a la verdad sincera.

Sin duda estos herejes eran avanzados en su tiempo. La herejía, al igual que la poesía, el arte o la filosofía, han formado el alma de los pueblos, el espíritu de los tiempos y el avance humano. Cuando pensamos en progreso siempre miramos cuanto hacen los científicos, cuanto ganan los empresarios o qué inventos aportan los ingenieros. Pero nadie se acuerda de los poetas, de los artistas, de los herejes que se adelantan a su tiempo e inspiran todas esas cosas. ¿Cómo es posible crear nada si antes un poeta no lo ha soñado? ¿Y quién paga hoy día a los poetas, a los herejes? ¿Qué empresa o institución ficha en su plantilla a los filósofos y soñadores de nuestro tiempo? Más que eso, son perseguidos, quemados, humillados.

Seguramente Prisciliano inspiró una época. Nadie le preguntó cuanto valía su don, su pensamiento, su sentir. Nadie calibró su valía o su estatus. Nadie se interrogó sobre su carisma o su poder. Simplemente se dejó guiar por su don, por aquello que su alma le reclamaba como justo, y obró en consecuencia.

Esto último, obrar en consecuencia, obrar desde el alma, desde el sentir más profundo, es lo más complejo de todo. Pero también es lo más liberador, aunque al final del camino se pague hasta con la propia muerte, como fue el caso del hereje. Me hubiera gustado asistir a alguno de los bailes ceremoniales de Prisciliano. Quién sabe. A lo mejor lo hice, en otro tiempo, en otro letargo del alma, en otro suspiro cósmico nacido del misterio. No sabemos si somos almas migratorios o leves suspiros de tiempo. Sea lo que sea, nuestra condición humana siempre debería ser la de un artista o un hereje. Sólo porque eso mismo nos hace avanzar hacia la verdad, o en todo caso, hacia la justicia y la libertad.

Amada ignorancia, querida cobardía


a

La ignorancia nos hace vivir una vida plácida. No pensar en los niños que mueren en África, en el sufrimiento de los millones de pollitos sacrificados para nuestro deleite en los restaurantes de comida rápida o en la propia muerte inminente de nuestros caducos organismos nos hace vivir una vida tranquila. No nos importa votar a los que nos roban o trabajar media vida para pagar una hipoteca. De hecho lo deseamos, lo anhelamos, porque alguien nos dijo que eso era bueno. Abusamos de nuestros cuerpos y enfermamos como consecuencia pero casi no nos molesta. Cuando retomamos la salud nada cambiamos. Seguimos comiendo grasas saturadas, bebiendo o fumando sin desear una mejor salud. Ignoramos las causas y luego lloramos sus efectos.

No queremos saber. No deseamos experimentar un tipo de vida diferente. Nos aferramos para ello a dos estimulantes posiciones: el miedo y la seguridad. También, y de forma continua, caemos en las trampas del placer inmediato, insaciable y murmurador. Lanza de Vasto decía que estamos condenados al único masivo e inmemorial pecado que es la raíz de todos los demás: el apego a la ignorancia. Ese apego nos inmoviliza, nos esclaviza, nos llena de calma. Nadie nos advierte de todo esto porque vivimos hechizados a nuestros cuatro estímulos. Algo maliciosamente programado para no despertar de repente a una verdad incómoda.

Es prácticamente imposible que la consciencia humana sufra una revolución optimista y radical, un cambio profundo. Los propios mecanismos de transmisión de cultura y costumbre anulan cualquier posibilidad. El apego, la comodidad, el orgullo, la vanidad, la arrogancia, la posibilidad de poder, el estatus… Todo está bien orquestado para que no podamos huir de nuestras propias cárceles conceptuales.

Ciertamente estamos atrapados. No disponemos de un libre albedrío, de una libertad inmediata y verdadera. Si tienes pareja no puedes enamorarte del vecino, aunque el amor por tu prójimo haga aguas desde décadas. Si tienes hijos te autoimpones la necesidad de trabajar catorce horas para ofrecerles el mejor dentista y el mejor colegio. Los hijos y la pareja son ciertamente excusas perfectas para inmovilizar nuestros anhelos. Como si ambos fueran incompatibles con nuestras propias necesidades interiores. Algunas parejas se convierten en auténticos saboteadores de nuestras más profundas aspiraciones. Nuestros anhelos se subyugan a la responsabilidad de sostener todo cuanto hemos conseguido en la fase madura. La edad nos hace creer que ya somos inútiles, que no servimos para nada y que nuestro tiempo se ha terminado. Pura ignorancia de nuestras posibilidades.

Y así vivimos, amando nuestra ignorancia, amando nuestra propia cárcel, amando nuestro propio miedo. ¿Para qué cambiar? ¿Para qué llenar la vida de incertidumbres? Mejor quedarnos como estamos. Ignorantes, felices, cobardes.

Si no te gusta el sistema sal del sistema


a

Es complejo definir al sistema. En el librito Creando Utopías lo llamé “estructura”, por ser algo que no está fuera de nosotros sino dentro. Durante generaciones hemos seguido sus normas, sus conductas, sus opiniones, sus ideas. La cultura en la que nacemos, el país o la nación condicionan toda nuestra existencia. Resulta complejo deshacerse de ese bagaje estructural que nos domina y nos muestra el camino a seguir. ¿Cómo renunciar a eso que nos constituye como seres sociales? ¿Y por qué hacerlo?

Quizás por dignidad propia, por libertad subjetiva, por justicia. Pero hay un motivo quizás mayor. Si un día te levantaras y descubrieras que perteneces a una especie destructora, violenta y egoísta, seguramente decidirías abandonar esa especie. Pero eso es algo ridículamente imposible. No podemos dejar de ser humanos por más que nos empeñemos. A no ser que hagamos una trampa en el discurso dialéctico. No se trata de dejar de ser humanos, se trata de conseguir ser mejores humanos. Mejores personas.

Mientras esta mañana limpiábamos una de las paredes de piedra de la futura casa de acogida, alguien me decía lo difícil que resulta ser buena persona en un sistema cuyos valores pervierten desde la raíz nuestra conducta. La ciudad es un reflejo de ese sistema perverso en el que nos enseñan a competir, a lucrarnos, a sacrificar nuestro ser para ser perfectos idiotas alineados a los deseos de la mayoría. Nos enseñan a amar una patria en la que hemos nacido de pura casualidad, a besar una lengua, unas costumbres, una bandera, unas ideas y una concepción del mundo basada en la brutalidad, en la violencia y en la ley del más fuerte, el más poderoso, el más ambicioso, ávido, insaciable e insatisfecho . Desde pequeñitos nos enseñan bajo la sedación de múltiples sistemas bien organizados como debe ser nuestro comportamiento, nuestras costumbres y nuestras normas de comportamiento. Vivimos y crecemos bajo la amenaza de la sanción y el castigo. Estamos rodeados de intimidaciones que nacen de la costumbre o la ley. No hay forma de rebeldía posible si no es acatando lo que la mayoría decide.

Alguien decía que quizás salir del sistema y no participar de él podría ser un acto egoísta. Realmente no lo es. Salir del sistema y vivir una vida salvaje en los bosques es un acto de amor y sacrificio por la humanidad, por el ser humano que llevamos dentro. Participar de un nuevo modelo, de un nuevo paradigma empezando de nuevo desde el principio es una forma de creer en el ser humano. Realmente es un acto valiente que pretende salir de la perversión en la que hemos nacido y a la que han amoldado nuestras mentes, nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestras vidas. No se trata de dejar de ser hormiguitas para convertirnos en felices saltamontes lúdicos. Se trata de aunar el trabajo y el esfuerzo para el bien común, para crear un modelo y un mundo diferente. Quizás idealista, utópico, ingenuo en algún sentido, pero radicalmente diferente.

Mientras esta mañana limpiábamos la pared de piedra veía como el joven idealista que me acompañaba en la tarea golpeaba fuertemente el yeso que la cubría dejando la piedra desastrosamente desamparada. Le llamaba la atención sobre su forma violenta de quitar el yeso. “¿Lo ves?” Le decía. “El sistema está dentro de nosotros. Prueba sacar el yeso de esta otra manera, deja el martillo y coge el cincel y busca la forma de que el yeso salga solo”. Es cuestión de paciencia, de cambiar la perspectiva, de mirar el yeso de otra forma. Es cuestión de empezar a cambiar nuestra conducta interior para que fuera todo resulte más positivo y amplio. La fuerza del martillo tiene que ir cotejada y guidada por la inteligente disposición del cincel. Nunca al revés, como nos han enseñado en el antiguo modelo. El nuevo paradigma ya no necesita tanta fuerza, ahora debemos aprender a pesar de forma autónoma, libre, abierta. Estamos entrando en la Era del Saber, en la era de la comunicación, de la tecnología, donde todo es más sutil, más volátil, más suave. En los bosques se puede apreciar esa sutileza. No es huida, no es egoísmo. Es un amor profundo por los valores y la búsqueda de ese nuevo mundo. El ser humano lo merece. La vida en el planeta lo merece. No se trata de huir del sistema, solo tratamos de construir una nueva estructura interior para que algún día el sistema se revierta hacia la bondad humana, hacia el compartir, hacia el amor universal.

(Foto: A pocos kilómetros de O Couso, unos amigos han adquirido una antigua casa en Montán, en pleno camino de Santiago, donde ofrecen un descanso al peregrino sin cobrar nada, aceptando la voluntad o el donativo, tal y como hacemos en nuestro proyecto. Encuentras bebida, fruta y pastas que puedes coger libremente. Una nueva visión del mundo, un nuevo ser humano está naciendo en ese pequeño gesto. Sigamos inspirando).

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¿Debemos seguir alimentando al monstruo?


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Nadie hay tan osado que lo despierte… De su grandeza tienen temor los fuertes… No hay sobre la Tierra quien se le parezca, animal hecho exento de temor. Menosprecia toda cosa alta; es rey sobre todos los soberbios“. (Job 41).

Job, y también más tarde Hobbes, se refieren a Leviatán, ese “homo homini lupus est”. Los marxistas eran unos rojos diablos que echaban fuego por la boca y olían a azufre y que pretendieron acabar con esa bestia. El capitalista burgués pensó que la única forma de vencerle era hacer un pacto, el cual serviría, a cambio de grados de libertad consensuada, terminar con los diablos rojos. Con el beneplácito de Rousseau lo llamaron contrato social y más tarde pacto keynesiano, donde paradójicamente se conjugaban ideas marxistas con ideas capitalistas con un marcado porcentaje de probabilidades de que los segundos vencieran a los de la Liga de los Justos. Con ello llegó la paz social y el Estado del Bienestar. Tal y como defendía Weber, el capital en sí mismo no era ni bueno ni malo. Era la codicia humana, el ánimo de lucro y el instinto ambicioso lo que había que regular. Weber afirmaba que una de las bonanzas del capitalismo era precisamente el haber conseguido racionalizar esa codicia. Por propio instinto, y a lo largo de toda la historia, el ser humano había demostrado ser un ser egoísta y arrogante cuyo apetito y voracidad insaciable no encuentra réplica en la naturaleza.

En 1765 el Parlamento Británico aprobó la llamada Ley del Timbre (The Stamp Act), un nuevo impuesto que pretendía grabar a los colonos americanos pagando algunos chelines por todo el papel oficial impreso. La excusa de estos impuestos era para poder sostener parte del costoso ejército inglés en las colonias. Esta fue una de las gotas que colmó el vaso entre los colonos y que más tarde derivaría en la conocida revolución por la independencia.

Esa revolución que pretendía un grado mayor de libertad de alguna forma se vio truncada. La voracidad humana siguió creciendo hasta que las pequeñas colonias se convirtieron con su llegada al Oeste en un gran Estado. En 1848, Thoreau escribió un librito titulado “Sobre el Deber de la desobediencia civil” donde de alguna forma condenaba los abusos del nuevo Estado americano sobre los individuos. Está en contra, por pura objeción hacia el deber moral de no participar en la guerra contra México y la esclavitud, de dotar de más herramientas a lo que el pensaba como un enemigo declarado del ser humano. Se negaba, con el impago de sus impuestos, a seguir alimentando a la bestia, marchándose a vivir a los bosques, lugar donde escribió su conocido “Walden”. Su obra influenció a personas como Gandhi y Martin Luther King.

El precio del pacto keynesiano fue pagado por todos los ciudadanos del bienestar a base de una importante subida de los impuestos que gravan todas nuestras actividades, absolutamente todas. Nada que ver con la Ley del Timbre donde dicho impuesto podía suponer un incremento del 0,8% en el papel legal. Ahora la “corona británica” de nuestro tiempo es ese Estado usurpador y tramposo que es capaz de salvar bancos y banqueros, autopistas concertadas y pagar la deuda soberana con un 33% de nuestros impuestos a costa de todo su enjambre sumiso y manso. El discurso amable, casi ingenuo, es ese que nos dice que con nuestros impuestos se hacen escuelas y hospitales. Pero esto forma parte de ese pacto con el diablo. Una escuela estatal donde adoctrinar a la cobaya-humana y un hospital para desintoxicarle y curarle de los propios abusos del bienestar. Lo tremendo de todo sigue siendo que el diablo no era el ingenuo avance del marxismo, a pesar de que fueran rojos y olieran a azufre. Sino ese monstruo creado por la suma tolerante de todas nuestras vanidades, egoísmos, ambiciones y codicias que se condensaron en ese racional estado.

Siendo esto así, ¿debemos seguir alimentando a la bestia, al monstruo que nosotros mismos hemos creado? O acaso, si fuéramos justos y coherentes con nuestra más sublime condición humana abandonaríamos todo lo que hasta ahora hemos conseguido para buscar y construir nuestro propio Walden, nuestra propia vida en los bosques, donde quizás no tendríamos escuelas ni hospitales, pero sí la libertad total para decidir sobre nuestro futuro y nuestra vida. La búsqueda de sentido en este reino de la oscuridad sigue su curso. No se detiene. Sobrevive en los bosques.

Josephine Witt y el paradigma de los activistas freelance


josephine witt

Los que llevamos años intentando salvar a las ballenas, luchando contra las guerras de Irak, visitando bases aéreas norteamericanas y gritando ese “Yankee go home”, ayudando a los sin techo, denunciando la tortura animal, batallando en las spanish revolution de turno o concienciando a unos y a otros sobre mil causas, hemos sacado una cómplice sonrisa ante la acción en solitario de Josephine Witt, una joven activista alemana (21 años) que ayer mismo interrumpió en una seria rueda de prensa del Banco Central Europeo.

Fue hermoso, como ella misma dice, ver la cara de Draghi envuelto en confeti multicolor. Subida a la tarima explosionó de alegría, de felicidad por haber podido llegar hasta ese límite. Sin darse cuenta, estaba encarnando un nuevo arquetipo de amazona que lucha por las libertades, por la igualdad, por la fraternidad. Y lo hacía de forma pacífica, cargada de amor e ilusión por un mundo mejor. Así es ahora la nueva mujer rebelde (lo siento querido Camus, pero el hombre rebelde duerme).

Josephine representa el arquetipo de la protesta moderna, actualizada, de nuestro tiempo posmaterialista donde ella nació, en un lugar que no era Alemania, como ella mismo expresa, sino una ilusionante y naciente nueva Europa. Los activistas freelance, aquellos que están siempre luchando en todas las causas justas, forman ese nuevo batallón de protesta que debe influenciar en el nuevo mundo.

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Al otro lado tenemos la triste cara de los activistas que en vez de la paz utilizan el caos, la sangre y el terror para reivindicar sus ideas. Los coches bombas, los atentados terroristas, hombres y mujeres explotando en mil pedazos. Es otro código, es otro mundo, otra dimensión anacrónica que aún no ha superado las delicadas estructuras medievales. Como ejemplo el extemporáneo Estado Islámico.

Pero viendo a la joven y hermosa Josephine danzando encima de la mesa de Draghi como una diosa cargada de fuerza y esperanza, uno se siente optimista hacia el futuro de nuestros pueblos y sociedades. Porque muchos jóvenes están ya despertando a ese inconformismo, a esa reivindicación necesaria para hacernos pensar como ciudadanos sujetos a unas leyes y a unos acuerdos de convivencia, pero sobre todo, como personas libres y emancipadas.

Ahora el activismo es freelance. Lo ejercitamos cada día, a cada hora. Cuando vamos a comprar, sea lo que sea, estamos emitiendo un voto, estamos comprometiendo nuestras vidas al tiempo que favorecemos unas u otras fuerzas económicas, sociales y políticas. Tan sencillo como pensar eso, pronto nos daremos cuenta de que es posible empoderar a la sociedad y a sus individuos. Sólo debemos cambiar nuestros hábitos económicos, de consumo, en la propia mesa. Sólo cuando eso ocurra, toda la estructura empezará a cambiar.

Gracias querida Josephine por mostrarnos la cara amable y sonriente de ese necesario cambio y gracias por entregar tu alegría a la causa. Este tipo de sacrificios merecen la pena ser compartidos.

Amada Sombra


a

Todos te desprecian, todos se alejan de tus rumores. Nadie desea tenerte a su lado. Nadie se atreve a reclamarte como propia. Sin embargo, apareces en la noche, susurras tus secretos, nos llenas la vida de promesas y te escurres entre las sabanas para que todos disfrutemos de tu delirio.

Ego, sombra, el propio mal. Te llaman de mil maneras. Se obcecan especialmente por tratar de dominarte, por tratar de aniquilar tu esencia. Se buscan posaderas donde buscar la luz, pero ignoran que cuanto mayor es la luz que nace mayor es la sombra que proyectan. Es una proporción ineludible.

Por eso, en esa ensoñación, quiero aprender a amarte. Quiero dejarme seducir por tus fantasías, por tus incitaciones al error, a la torpeza. Quiero dejarme llevar por esos empujones tuyos que me incitan a la caída inevitable.

Ya no te detesto, ya no te recrimino. Aprendo a tenerte, aprendo a ver como articulas tu arte para despojarnos de la virtud. Te abrazo querida sombra, como un amante abraza en secreto a su amada. Con esa mariposa inquieta, con ese cúmulo de emociones que son capaces de despertar al más inerte de los volcanes.

Ya no eres mi enemiga. Ya no eres aquello que todos detestan con inquina. Te amo, te integro, te seduzco para que sigas a mi lado y así no permitas que vuele directamente por esos paraísos prometidos. Prefiero estar aquí, el último, en silencio, empujando sediento desde el fango para que otros salgan. Prefiero sudar asfixiado ese ácido del esfuerzo, ese acebo amargo que nadie quiere tomar.

Al amarte me libero. Porque ya dejo de luchar contra mi mismo. Ya dejo de atormentarme sobre si hice bien o mal. Ya dejo de buscar razones por las cuales deba tener un aplomo exquisito. Da igual querida Sombra. Ahora sé que soy completo a tu lado, que el error, que la oscuridad, que aquello que es cóncavo e imperfecto también soy yo.

Por eso, querida, sigamos tumbados en el regazo de la tierra, suplicando por no ser ángeles, sino simples mortales, humanos que aspiran a soportar el peso de la batalla, la mugre rugiente que se respira cuando decides ser el último para ayudar a los primeros. Ese hollín forzoso, esa dosis de oscuridad soportable.

Te amo querida Sombra. Ya no te tengo miedo. Ahora sé quien eres.

Ya no está aquí. De nuevo fue crucificado


a “Entonces verán al Hijo del Hombre, que vendrá en una nube con poder y gran gloria“. (Lucas 21:27)

Una y otra vez los fariseos de nuestro tiempo crucifican a su Dios. Sacan a la calle sus Becerros de Oro y los implora. Los hijos de Aarón vuelven a pedir que los dioses marchen delante, vuelven a adorar ese trozo de materia inerte bajo la forma del ídolo. Luego lo celebran con fiesta. Se comen el cordero y se emborrachan esperando que el nuevo año esté lleno de bienes y riquezas, olvidando la enseñanza, ignorando las bienaventuranzas.

Mientras eso ocurre me imagino a su Dios preparando su venida con fuego. Sonarán las trompetas, los cielos se abrirán y bajará majestuoso y lleno de poder. Verá decepcionado todo lo que ha ocurrido. Volverá a cargar, látigo en mano, contra los fariseos del nuevo tiempo. Hablará de los hipócritas, de cómo olvidaron que el más grande siempre es el que sirve con mayor humildad. Hablará de la importancia de la oración, pero de aquella que se hace en silencio, donde nadie pueda verte. Y mirará con desolación como se ha vuelto a profanar el templo llenándose de mercaderes.

Mientras, las calles se llenan de idolatría. Sacan imágenes que ya no representan nada, excepto la nostalgia de un recuerdo que se nubló y se olvidó. El resto de los días nadie recordará su gran poder, nadie percibirá en el aire el aliento de la creación. Y el espíritu se marchitará y nadie será capaz de volverse sal, o el más pobre entre los pobres. Ya nadie se arrodillará para limpiar los pies del otro, ni nadie dejará de pescar peces para ir a pescar almas.

¿Quién de sus seguidores está dispuesto a sanar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos o expulsar demonios? ¿Quién de sus seguidores ha renunciado al oro, la plata o el cobre? ¿Quién dejó atrás realmente su alforja para el camino, sus dos túnicas, sus sandalias o su bordón? ¿Quién renunció realmente a la riqueza material para seguir sus pasos? ¿Qué fue de sus doce apóstoles? ¿Dónde están sus setenta y dos discípulos? Ya no están aquí. De nuevo fueron crucificados.

Colonialismo etnocentrista


b

Cuando viajé a Etiopía hace algunos años tuvimos la oportunidad de adentrarnos en la profunda sabana. Cerca de Zway, al sur de la capital de Adis Abeba, había un poblado de la cultura Oromo en mitad de la nada. Gracias a la ayuda internacional, no muy lejos de allí se había construido un inmenso edificio que pretendía ser una escuela para los niños de las aldeas colindantes. Cuando vi aquel edificio esperpéntico sentí algo desagradable.

Por toda la sabana la cultura local tenía construcciones redondas hechas la mayoría con adobe y ramas. Para ellos, el concepto de habitabilidad y sobre todo, el concepto de hogar, distaba mucho de nuestras materialistas visiones de la vida. Cuando el occidental llega a lugares como África lo primero que desea es cambiar la mentalidad y la cultura. Primero con los aspectos materiales. Todas las aldeas empiezan a llenarse de plásticos, de hojalata, de casas prefabricadas con estructuras que intentan imitar las construcciones del primer mundo. Pensamos que lo mejor para ellos es dotarles de educación (la nuestra) y de una casa (de nuestro estilo) ignorando por un momento si ellos necesitan nuestra educación o si ellos han pedido una casa cuadrada con porche y jardín.

Otra obsesión tiene que ver con la alimentación, con la higiene y con la manera en la que deben vestirse. Los niños empiezan a ponerse camisetas de los equipos occidentales, normalmente del Barça o el Madrid, nos obsesionamos con construirles letrinas para que hagan sus necesidades de forma ordenada en un lugar cerrado y oscuro donde se van acumulando sus heces (negando de paso la libertad de hacerlo en el campo como hasta ahora lo habían hecho durante miles de años) y nos empeñamos en que coman nuestras alitas de pollo y carne de vacuno cuando a lo mejor eso nunca había estado en sus dietas.

De alguna forma, aculturizamos a esos individuos y sociedades con nuestros prejuicios, con nuestros hábitos y sobre todo con nuestro colonialismo etnocentrista. ¿Por qué pensamos que lo que esos pueblos necesitan es precisamente lo que nosotros exportamos? ¿Qué nos hace pensar que eso es lo mejor para ellos?

Es necesario que existan bancos de alimentos para catástrofes humanas y hambrunas, (allí mueren cientos de personas al día y nadie se acuerda de ellos) que la salud se mejore y que la esperanza de vida, y la calidad de la misma, sea cada vez mejor en esas tierras. Es necesario que la educación se imparta, pero desde una base local, respetando siempre la cultura, las tradiciones y la cosmovisión de esa sociedad. Debería horrorizarnos ver como a cambio imponemos nuestra cultura ignorando y despreciando la propia del lugar. De alguna forma, estamos exportando nuestra miseria materialista, nuestro desencanto y nuestra pobre visión del mundo, ignorando, de paso, esa especial alegría que siempre encuentras en esos lugares.

 

¡Ojalá! (w[a] shā-llāh: ¡y quiera Alá!)


a

Ojalá, ¡oh Al-Malik!, algún día las pequeñas mentes de los hombres dejen la mezquindad y el delirio, se alejen del orgullo y el miedo, se percaten de la Unidad esencial de todas las cosas y observen al otro como un hermano.

Ojalá, ¡oh Al-Quddūs!, algún día los pequeños corazones de los hombres se abran al candor del amor universal, observen con devoción la creación entera comprendiendo y atendiendo a la necesidad del otro.

Ojalá, ¡oh As-Salām!, algún día creamos fielmente en un solo Dios cuyo nombre podría ser realmente innombrado, alejado de todo dogma o descripción, alejado de toda interpretación imaginada por nuestras pequeñas y ridículas mentes.

Ojalá, ¡oh Al-Muʾmin!, las religiones algún día fueran una esencia de multiplicidad silenciosa, donde cada uno, privadamente, contemplara la naturaleza desde el mayor de los respetos, y nunca se utilizara su nombre para mancillar con sangre ninguna tierra.

Ojalá, ¡oh Al-Muhaymin!, algún día los hombres y mujeres de buena voluntad pudieran comunicarse con el sencillo esbozo de una sonrisa, sin encontrar diferencia alguna entre uno u otro gesto de amor.

Ojalá, ¡oh Al-ʿAzīz!, comprendiéramos que el otro no es diferente. Que tiene dos ojos que son vértices de una amplia ventana invisible, que disponen de dos orejas y una lengua para comprender que es doblemente más importante escuchar que hablar, observar que juzgar.

Ojalá, ¡oh Al-Khāliq!, un día pudiéramos entendernos sin armas, sin violencia, sin sangre, que muriéramos plácidamente rodeados de seres queridos que nos amaron hasta el final y supieron, en nuestra infancia, acunar con amor y respeto todos nuestros días y noches.

Ojalá, ¡oh Al-Fattāḥ!, el odio y el desprecio al otro fuera extinguido por la poderosa llama de la lucidez, y ojalá el reino de los cielos, esa utopía soñada durante miles y miles de años por todos los seres humanos viniera a la Tierra, enseñándonos las bondades del amor, la sabiduría y la voluntad al bien.

Ojalá, ¡oh Dios, oh Al-lāh, oh Rabb!, algún día practiquemos tus caminos…

Querido Ar-Raḥmān, tu que eres compasivo y misericordioso, perdona nuestras ofensas, realmente no sabemos lo que hacemos… ¡oh Al-ʿAlīm!

Feliz Navidad y profundo silencio nuevo


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El ser humano inventó el ruido para distraer su espíritu. Es por ello que en fiestas especialmente profundas exista mucho más ruido. Hoy, por ejemplo, se debería estar celebrando en silencio, en profundo silencio, uno de los acontecimientos más importantes del año: el nacimiento de la luz en la cueva interior.

El silencio y la meditación son métodos espirituales para desenmascarar esos ruidos, esas falsas ilusiones que inventamos para estar lejos de nosotros mismos, lejos de nuestro propósito interior. Buena parte de nuestro tiempo, de nuestra vida, la derrochamos en todo tipo de falsedad. Seguramente muchos de nosotros estaremos pasando una noche en familia, distraídos viendo la televisión o celebrando algo del que hemos perdido la memoria de su significado. En vez de una noche de paz y amor, será una noche de ruido acompañada de una mesa cargada de manjares olvidando, en tan significado momento, a todos los que están padeciendo. Forma parte del ritual hipócrita de nuestra sociedad. Forma parte de nuestra propia cobardía y miedo a romper con ese ruido.

Vivimos en un mundo de brindis y humo, mucho humo. Es un campo de batalla yermo, donde no hay guerreros ni fortaleza, tan sólo el hollín derramado de nuestra cobardía. Estamos tan sujetos a nuestra obra que sería casi imposible derrotarla, vencerla, apartarla de nuestro camino. Es nuestro campo de seguridad, y el ruido ayuda a no pensar, a no meditar sobre el verdadero y genuino camino.

Por eso en estas fechas es importante apartarnos del ruido y acercarnos en alguna cueva oscura al susurro de nuestra alma, de nuestra búsqueda interior. Dejar que la luz nazca en nosotros, dejar que la fortaleza del silencio derrame en nuestras oquedades la suficiente sutileza para que movilice nuestras experiencias más emotivas. Necesitamos sentir y experimentar la cercanía con nuestro verdadero ser para emprender una nueva senda, una nueva vida, un nuevo formato auténtico, alejado de lo ilusorio y de la ficción que nos hemos montado. Seguramente muchos ya estamos empachados y pensamos en qué hacer, cómo hacer para acallar tanto ruido, para derrotar lo ilusorio.

La Navidad, el rito que representa, sólo quiere indicarnos vagamente la necesidad de que esa luz nazca, de que brille en nuestro interior esa estrella de cinco puntas que nos hará cada día más libres, más humanos, más fraternales y compasivos. Ese nacimiento requiere de sencillez, de memoria sobre los ancestros que sacrificaron su vida para mejorar las nuestras, requiere reconocimiento y una humilde inclinación hacia la vida que brota.

La tarea del silencio, del meditador, es la de limpieza exterior e interior. Una bondadosa muestra de que todas aquellas aristas que nublan nuestra visión requieren ser pulidas. Voluntad e inteligencia, como aquel martillo que golpea al cincel. El primero cargado de fuerza, el segundo dotado de lucidez para crear belleza, amor, armonía y dirigir esa fuerza a nobles causas. Y todo, en su conjunto, para crear una acogida necesaria. Una amable y calurosa hospitalidad hacia nosotros mismos y hacia el otro, parte fundamental de nuestro camino. Una acogida a la luz solar que debe nacer en nuestro interior, como ese mensaje oculto que hay tras la Navidad. Un mensaje de acogida de la luz de los dioses, de la sabia voluntad de la consciencia superior hacia el mundo oscuro, casi diría que cavernícola del mundo de los humanos. Ese sagrado mensaje, perdido debido al exceso de ruidos e ilusiones, está necesitado de regeneración. Así que, feliz Navidad, y profundo silencio nuevo.

(Foto: Nuestra tradicional cena de Nochebuena, un plátano y un trozo de ley sagrada para acompañar la oración en silencio. Este año especialmente genuina al celebrarlo rodeados de montañas y bosques en un paraje alejado del mundo mentiroso).

Nacionalismo catalán, no puedo ser neutral


banderas

No soy neutral. Estoy a favor de la independencia pero en contra del lavado de cerebro que padece Cataluña. Estoy a favor del derecho de autodeterminación pero no a costa de ese rancio nacionalismo imperante (por ambas partes, por los casposos de Madrid y los paletos catalanes). Estoy a favor de votar pero como lo hacen en Escocia, no como lo hacemos aquí, a base de totalitarismo (por ambas partes) y de apartheid y xenofobias por ambos bandos.

No soy neutral, y digo: ¿cual es la alternativa al Estado Español, una réplica del mismo? Puestos a pedir, me gustaría ser independiente de lo rancio, lo casposo y lo paleto. ¿Un nuevo estado? ¿Acaso no tenemos ya suficientes? ¿Para qué, para seguir subvencionando a más chorizos y mangantes? ¿De verdad queremos o necesitamos más estados?

Claro que no quiero un Estado como el español. Sólo hay que mirar al Cañete, con acciones en petroleras y aquí de Ministro de Medio Ambiente y allí de Comisario de Energía y Cambio Climático. Suena a guasa. Pero tampoco quiero un estado catalán donde el padre de la honorabilidad resulta que era otro ladronzuelo. Pero como digo, no es culpa de esos pobres ricos, sino de los pobres-pobres que siguen votando a los mismos, que siguen aspirando a ser como ellos, que siguen embaucando sus penas y desgracias culpando al otro. Es lo único que hemos sabido hacer en España: insultar al otro, envidiar al otro. Ese es nuestro verdadero seny. Vivimos en un país de supersticiones y fechorías. Ya lo decía Ortega. Es como los que se quejan de ciertas “tradiciones” salvajes. ¡¡¡Hipócritas comedores de pollos y vacas!!! ¡¡¡Salvajes civilizados!!! El salvajismo del Toro de la Vega es similar al vuestro… Sangre, sangre y más sangre… ¿Alguien miró alguna vez los ojos de una ternera? ¿Acaso eso no es salvajismo? Lo mismo ocurre con los nacionalismos y los patriotismos. ¿Qué clase de mentiras nos han acunado para creer verdaderamente en ellos?

¿Cómo votar en un país donde ya se está construyendo las bases del nuevo estado sin ni siquiera haber votado? ¿Qué clase de juego maléfico es ese? ¿Y desde cuando el pueblo llano y libre ha votado para crear más prisiones conceptuales llamadas estados, naciones o banderas? ¿Qué clase de veneno le echan al LLobregat y el Besos para que todos de repente se vuelvan nacionalistas?

Ni siquiera las banderas de Corea del Norte o los desfiles militares de China han podido competir con esa gran estelada catalana. ¿Qué clase de uniformidad están inculcando en esos jóvenes patriotas que salen a la calle cargados de banderas? ¿Qué clase de intoxicación sufren para que todos de repente anhelen montar embajadas en todo el mundo para enchufar a los primos y cuchados de los que les gobiernen? ¿Qué clase de miopía puede vivir un pueblo para salir a la calle a defender algo que en el pasado sólo ha sido fruto de guerras y discordias, de aniquilamientos y de guerras mundiales? ¿Desde cuando la causa nacional le importó al panadero o al agricultor? ¿No es acaso más importante desde los tiempos de Babilonia cultivar el trigo y hacer el pan para alimentar al pueblo?

¿Es tanta la ceguera y tanto el engaño? ¿Dónde están los críticos, los intelectuales, los luceros del alba, la lucidez? ¿Todos vendidos por un plato de lentejas acompañado de una bonita estelada? ¿Es este el verdadero silencio de los corderos que prefieren seguir en su inopia antes que decir pío por miedo a ser señalados o ajusticiados? ¿Es que nadie se da cuenta de lo que está pasando? Lo siento, pero no puedo ser neutral y mirar a otro lado. Algo terrible está pasando y no puedo ignorarlo.

La Dorada, verdadera patria


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Me fui abrumado por tanto circo mediático en torno a los nacionalismos trasnochados a dar un paseo por la España real, por la que pasa hambre y necesidades y que trabaja de sol a sol para llevarse algo de comer al estómago, o para, una vez olvidada la resaca de la crisis, volver de nuevo al ataque con el consumismo atroz y la falsedad egoica. Me marché al sur con una frase que había leído en algún periódico de tirada nacional: “dice John Gray que “los humanos son diferentes porque habitan un mundo imaginado, creado por sus propias ideas, mitos y fantasías, que toman como reales”. Y pone como ejemplo el modelo de vida liberal, “cuyo encanto”, dice, “consiste en que permite a la mayoría de la gente renunciar a la libertad sin saberlo”.

Ese encanto del que habla Gray resultaba gracioso en esa especie de fiesta ilusionante, apropiada para que los mercaderes sigan frotándose las manos al ver a la masa y la turba gritando consignas apropiadas, uniformados con banderas, sin ser conscientes de que esa atenida libertad a la que aspiran es solo un silogismo ficticio, un nuevo yugo del poder totalitario y discriminado. No me fío de los nacionalismos. Sólo hay que repasar la historia para ver que hurgar en las diferencias no trae nada bueno. Y lo que ahora parece una fiesta no es más que una renuncia a una parte de nosotros mismos…

Tras pasar la mañana en la antigua capital del califato omeya con los maestros instalados, me marché a la calurosa Málaga donde pude disfrutar durante toda la tarde del sábado de la amistad y el calor de buenos amigos. Pasaron las horas y pude olvidar durante un trozo de tiempo ese dolor intelectual y emocional al ver como hermanos empiezan a separarse irremediablemente por cuestiones patrias. Se hizo muy tarde y por no molestar terminé en las playas de Nerja, durmiendo bajo la sombra de “La Dorada”, conocido barco que ahora descansa en la plaza de “Verano Azul”. Fue emocionante volver a la infancia y retomar la verdadera patria, la de los recuerdos, la de las emociones y vivencias de esa primera niñez. Y fue extremadamente emocionante recostarme en el asiento del híbrido y dormir plácidamente bajo la sombre del barco que tantos recuerdos mecía a esas horas. Eso sí me pareció un acto libre. Dormir a mis anchas en cualquier parte, sin amo, sin patria, sin dios.

Tras pasear por las calles de Nerja y desayunar algo en el Balcón de Europa, en la mañana del domingo surgió una improvisada jornada de trabajo en un lugar con miles y miles de libros. El hombre bueno, el maestro del oficio, llenaba mi espíritu joven de consejos mientras entusiasmado me enseñaba las últimas novedades editoriales. Era una sensación extraña estar allí en un día no laborable, alejados del ruido de la veintena de empleados que todos los días viven rodeados de letras. Me sentí privilegiado por poder hurgar en los secretos editoriales en un mundo donde cada día se lee menos y se cree más, donde el espíritu crítico deja paso a la turba, al ruido de la masa y su inconsciente colectivo, a la ignorancia y la falta de reflexión y profundidad en los acontecimientos de la historia. Esa misma masa uniformada es como aquella que creyeron el mensaje marciano de Orson Welles, o como esa sensación de pensar que Colón murió sin saber que había descubierto América, o como la cara de John Farynor, humilde panadero que en 1666 hizo arder toda Londres al dejarse encendido el fogón del horno. La humanidad comete errores, a veces la sociedad en su conjunto padece miopía o incluso desviadas percepciones de la realidad. Alguien debería explicarnos de qué o quien seremos “independientes” los catalanes. Y sobre todo a quien interesa y por qué.

Al volver al centro, al zulito ya despejado de recuerdos y enseres personales a la espera de ser entregado en fecha próxima repasaba de nuevo la prensa. “Aunque no nos dejen votar, votaremos y ganaremos”. Esa es la nueva consigna para el 9N. “Votaremos y ganaremos”. Claro, votarán sólo ellos y ganaran, por supuesto, en nombre de todos, por inmensa mayoría. Porque aunque no lo parezca, hay gente que no quiere votar.

En fin, me quedo con el dulce recuerdo de “La Dorada”, la verdadera patria, y mañana será otro día. Gracias a Javi, Tito, Quique, Bea, Desi, Piraña, Julia, Pancho y a Chanquete, mi viejo pescador, que esta noche me han mecido bajo su barca. Hoy habéis sido lo más aproximado que he tenido sobre eso que llaman patria, nación o tierra.

(Foto: “La Dorada”, más conocida como el barco de Chanquete, esta mañana en Nerja).

Somos lo que comemos


En un rato nos vamos de viaje a Almería para participar en el encuentro nacional de Ecoaldeas. Antes de irme visualizaba de nuevo este video. La reflexión que podemos sacar de esta visión tiene, de alguna forma, que hacernos pensar, reflexionar. Estar atentos a todo cuanto hacemos, decimos y pensamos es difícil. Hay una emoción estremecedora cuando vemos toda esa crueldad inconsciente que vamos acumulando día a día. Nos quejamos del mundo pero no hacemos para por cambiarlo. Sólo tenemos que mirar nuestro plato de comida todos los días. ¿Cuantos gramos de crueldad hemos derrochado en nuestro paladar? ¿Cuantos cadáveres han entrado hoy por mi boca, acumulando muerte, sufrimiento y dolor en nuestros estómagos? Sí, nos quejamos, pero no hacemos nada. Preferimos seguir con nuestras costumbres y esperar que los otros cambien. Esta es la gran mentira de nuestro siglo. La irresponsabilidad de delegar en el otro lo que a nosotros nos corresponde. Vivimos en una insoportable hipocresía difícil de entender. Vivimos en un mal vivir del que no somos totalmente conscientes.

La sociedad glotona


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Constato la devastación actual, la alarmante desaparición de especies vivas, ya sean vegetales o animales, y el hecho de que, debido a la densidad demográfica, el ser humano vive en una especie de régimen de envenenamiento interno. Pienso en el presente y en el mundo en el cual voy a terminar mi existencia. No es un mundo que me guste“. Lévi-Strauss

 

A veces uno siente miedo de enfrentarse a esta locura constante que nos envuelve. El antropólogo francés Lévi-Strauss acusaba a la sociedad parisina de “glotona”. “Más o menos cada cinco años necesita llevarse algo nuevo a la boca”, ironizaba. Realmente no es algo que haya remitido. Más bien es algo que va creciendo sin remedio en el imaginario social, que se ritualiza en cada acto de nuestras vidas casi como algo “normal” o “sagrado” hasta el punto de que la glotonería, sea del tipo que sea, ahora se exige, se reclama hasta la amenaza si hace falta. Sí, esa glotonería se está volviendo obscena y da miedo.

El sábado participé por primera vez en muchos, muchos años, en una boda de un familiar cercano. Este tipo de actos sociales siempre me han dado cierta urticaria y los he evitado al máximo porque siempre me han resultado algo glotones, pero dada la avanzada enfermedad de mi padre y dado que hacía muchos años que no veía a más de un familiar pensé que sería necesaria cierta presencia. Realmente disfruté del acto aunque no comulgue con ciertos ritos y terminamos en la cama a eso de las cinco de la madrugada, más por complacer a mis padres que por propia voluntad.

Como era natural, al día siguiente me desperté tarde, muy tarde. Comimos algo y aunque era domingo avancé algo de trabajo en la editorial. Suelo tener el móvil siempre apagado, fuera de cobertura o en silencio. Mi timidez siempre me ha alejado de ese sonido molesto e inoportuno y delego casi siempre las llamadas a alguien. Como tenía que enviar unos archivos a la imprenta localicé el móvil y vi un montón de llamadas de una persona a la que he visto una sola vez en mi vida y luego unos mensajes que empezaban de forma paciente a solicitar algo para luego transformarse en exigencias que rozaban casi el insulto o la intimidación. No daba crédito.

Me di cuenta en ese instante de lo vulnerables que somos. De los riesgos que conlleva entreabrir la puerta, aunque sea compartiendo reflexiones o sueños o tristes trópicos, como hacía Strauss, y de repente verte mancillado por arrebatos e intimidaciones. Lo siento si no contesto al teléfono. Lo siento si no tengo por costumbre complacer todo cuanto me gustaría. A veces uno se queda sin fuerzas y mira las circunstancias con cierta lejanía. A veces simplemente uno tiene ganas de estar en silencio, paseando junto a la muda presencia de la soledad sin esperar nada a cambio. Sí, a veces uno es humano, y aunque las letras nos eleven hacia planos más angélicos y poéticos, a veces, y lo siento, no puedo soportar amenazas de ningún tipo. Así estoy aún, estupefacto, asombrado por la condición humana, la mía propia, por no saber qué hacer ni qué pensar cuando alguien amenaza en ir a buscarte para… vete tú a saber qué sólo porque ese día no te apetecía contestar llamadas. Sí, así somos en nuestra extraña y glotona condición humana, una especie que se envenena a sí misma y que vive marchita sus últimos días.

 

Espejo del origen


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Hoy me paseaba de incógnito por las grandes avenidas de la feria del libro de Madrid. La verdad es que era una sensación extraña el estar rodeado de tanto librero y editorial independiente en un mundo de puro colapso libresco, en un mundo que se ha convertido más en escaparate, fiel reflejo de una sociedad que vive ya de lo epidérmico, de lo superficial. Me gustaba mirar las caras de autores famosos y de otros menos reconocidos. Ellos buscan la mirada del otro, a la espera de ser reconocidos o ser admirados. Es curiosa esa relación de necesidad entre el autor y el resto. De alguna forma es una relación de apego, casi diría que de pura necesidad y adicción. Algunos autores te miran fijamente a la cara y su rostro parece que quiere decir, “sí, soy yo, en carne y hueso, ¿me reconoces?” Uno podría pensar que la feria del libro trata de eso, de feriantes que necesitan mostrar en el escaparate su sed de reconocimiento, de orgullo y vanidad en un mundo cristalizado e hipócrita.

A la vuelta de la feria alguien me ha hablado sobre el polémico video en el que hace unos días la artista Deborah de Robertis entró al Museo de Orsay con un vestido dorado y con toda la naturalidad del mundo se situó frente a “El origen del mundo”, la mítica pintura de Courbet. Se sentó en el suelo, se abrió de piernas y exhibió de forma natural y para estupor del público su sexo emulando a la pintura. La artista diría lo siguiente al respecto: “Mi obra -bautizada ‘Espejo del origen’- no refleja el sexo, sino el ojo del sexo, el agujero negro. Mantuve mi sexo abierto con las dos manos para revelarlo, para mostrar lo que no se ve en el cuadro original”, apuntó la artista al diario ‘Le Monde’.

Es interesante lo que Deborah muestra al mundo. Nadie se escandaliza por el cuadro de Courbet pero sí por el espejo que Deborah muestra a una sociedad hipócrita, apagada y simplona. Realmente la sociedad está enferma, narcotizada, desnaturalizada. Realmente vivimos en un atolladero extraño y surrealista que visto desde la plácida visión del espectro resulta incluso hasta abominable. Ya no hay talento, ya no hay filósofos ni artistas que obren para el bien común. Ya no hay personas sencillas que se paseen por un campo para escribir grandes poemas a la luz de una vela. Murieron Whitman, murieron los pastores y murieron los seres pensantes. Estamos a expensas de la deriva y en el mejor de los casos, a expensas de que alguien como Deborah nos recuerde, en un acto de valentía y lucidez, el momento de tan gran ceguera en el que vivimos. Seguimos necesitando de espejos donde mirarnos. Como esos pobres autores que hoy en la feria del libro buscaban desesperados la mirada del otro. Pero decidme, ¿dónde quedó el origen del mundo?

(Ilustración, “El origen del mundo”, de Gustave Courbet

 

 

¿Qué es ser rey? Explicación de los Monty Phyton a cuento de la abdicación de Juan Carlos I


Suscribo al cien por cien este texto que acabo de leer:

De nuevo quieren apuntalar una institución impuesta y mantenida por la fuerza de las armas, mientras no sea aceptada expresamente a través de una votación popular, libre, directa, y expresa.

Abdica el que tiene legitimidad para hacerlo; y la actual Jefatura del Estado tiene la legitimidad del que se la dio: el dictador Franco; o sea, ninguna. Y donde no hay Legitimidad no valen los “hechos consumados”. La Legitimidad la dan los ciudadanos con su reconocimiento voluntario manifestado expresa y directamente en unas urnas libres.

Cuanto antes realicemos una “salida ordenada” del franquismo mejor será para la Sociedad española; eso pasa por unas elecciones directas a Cortes constituyentes que den forma a una Constitución que no predetermine, la forma del Estado, y en la que participen cuantos más agentes sociales mejor, no sólo los partidos políticos.

La Democracia se construye y se fortalece practicándola, mediante actos democráticos.