¿Debo abandonar a mi familia si me ilumino?


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© Deborah Sheedy

“El hombre santo, el hombre perfecto, es aquel que en la total espontaneidad de su amor creador y en cada uno de los tres reinos principales de la naturaleza, material, vital y social, cumple con todos sus deberes, desarrolla todas las verdades y conoce todas las bellezas, cada uno en su máxima potencialidad, en su yo natural”. Eros and Psyche, de Benchara Branford

La vida debería ser un juego alegre, divertido, cargado de humor, y no un constreñido aparato de seriedad pusilánime. Inclusive la vida espiritual, siempre encorsetada en estampas serias y reliquias fúnebres. Me gustaría hablar un poco de esta estrecha y angosta mirada, especialmente en aquellos que de repente se iluminan y miran al resto de la humanidad por encima del hombro, inclusive a su propia familia.

No quiero entrar en la reflexión de si debo abandonar a mi familia porque me he enamorado de otro u otra, o abandonar a la familia porque he encontrado un trabajo mejor o una oportunidad mejor de cualquier tipo. Esto, que ahora es tan frecuente y que se realiza de forma tan artificial e irresponsable, creo que no habría que discutirlo moralmente. En el mundo en el que vivimos, en el que todo vale y en el que las personas nos hemos convertido en objetos de uso, y no en sujetos sintientes, no vale la pena entrar en un debate estéril.

Pero hoy sí tenía ganas de comentar la cuestión, igual de problemática, de aquellos que de repente encuentran algún tipo de salvación o iluminación en alguna nueva creencia que entra en sus vidas como un huracán, arrasando a veces con todo, inclusive con la propia estabilidad económica y familiar. Una revelación, una nueva forma de ver las cosas, una iluminación interior, un descubrimiento, a veces rozando el puritanismo más atroz o la severidad más absurda o el ridículo más burdo. Esa grotesca imagen de una figura seria, estreñida entre recitales de mantras y entonaciones del om, entre serias meditaciones transcendentales o exóticos viajes a la India para adorar al gurú de turno, pero que carece de relación íntima con lo profundo. Una superficialidad como cualquier otra disfrazada de beatitud que deja de serlo en cuanto se vuelve seria, triste y amargada.

Quería hablar de aquellos que abrazan, iluminados, un dogma o una doctrina, un gurú o un maestro o cualquier cosa que de repente les hace sentir plenos y aparentemente reverentes, obviando todo lo que hasta ese momento era sus vidas. Por desgracia, he conocido a personas que de repente lo dejaban todo por abrazar su nueva fe o su nueva creencia, haciéndolo de forma inconsciente e irresponsable. Que destrozaban familias enteras porque de repente se veían o sentían superiores en conocimiento, verdad y creencia a los suyos. El azote de lo que muchos llaman el orgullo espiritual arrasaba con todo lo que hasta ahora era razonablemente sostenido.

El orgullo espiritual nos hace pensar que hemos sido elegidos especialmente para algún tipo de misión. El orgullo espiritual nos hace creer erróneamente que somos especiales y que, por lo tanto, debemos buscar personas especiales con las que desarrollar nuestro propósito. Nos aleja quizás de la tarea más espiritual de todas, que es la de amar a nuestra familia, a nuestros hijos, a nuestra pareja, estén o no “iluminadas”, sean o no sean como nosotros, piensen o no piensen como nosotros, desde la alegría, la broma y el buen humor. El orgullo espiritual nos aleja de unos de los trabajos más espirituales que existen en el mundo que es el de amar y respetar al prójimo, especialmente al prójimo familiar. La cantera de aprendizajes espirituales que desarrollamos en el entorno de la familia, el respeto, la comprensión, la empatía, la flexibilidad, la tolerancia, el amor incondicional, el compartir, la alegría y todo un cúmulo de valores y principios, jamás lo vamos a encontrar en el plano de las ideas o las creencias, siempre tan mustias y carentes de vida. El cúmulo de experiencias místicas que una familia te puede otorgar, jamás lo vamos a encontrar en el mayor de los credos.

El pensarnos o creernos iluminados, es lo que más nos aleja precisamente de esa iluminación. La arrogancia y el orgullo son escollos que solo desde el silencio y la humildad pueden superarse. No hay mayor iluminación que el abrazo a un hijo, que hacer el amor sincera y pasionalmente con tu pareja, que el pasear juntos y alegres por una vereda de experiencias en un campo en primavera. Jamás alcanzaremos ningún tipo de iluminación hasta que no abracemos con amor incondicional la experiencia humana que nos ha tocado vivir en nuestro entorno familiar e inmediato. Sanar nuestro árbol familiar, amar nuestras parejas y nuestra familia entera es lo más espiritual que podemos hacer. Jugar a la vida con alegría es lo más profundo que la vida nos pide. Porque la vida es juego, es diversión, es alegría si se enmarca realmente desde una perspectiva espiritual. Lo demás, inevitablemente, y posteriormente, vendrá por añadidura. Pero no antes, nunca antes. Como decía Eckhart, “Dios se conoce y se ama a Sí Mismo en nosotros”, no en nuestra idea de Dios, sino desde la manifestación en nuestra esencia y en nuestra vida ordinaria. Abrazar sinceramente esa nuestra vida ordinaria es lo más extraordinario que nos puede pasar. Es en la cotidianidad donde tenemos nuestro verdadero campo de experiencia espiritual.

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El encantamiento del sueño


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“El Señor solar, con su calor y su luz, energetiza a los moribundos Señores lunares para una vida espúrea. Ésta es la gran desilusión, y el Maya de Su Presencia”. AAB.

 

Ayer hablábamos de la importancia de los tiempos cíclicos y hoy recordaba con cierta añoranza los tiempos en los que uno empezaba a descubrir la fuerza del discernimiento, el mejor de los tiempos y la mejor guía posible para adentrarnos en el vasto mundo de la experiencia. Fue a principios de los años noventa, siendo yo aún muy joven e ingenuo para entender los avatares del tiempo, cuando alguien trajo desde México unos treinta juegos de la versión del Tzolkin realizada por José Argüelles. Como seguidor de un conocido grupo mexicano dedicado a los temas de la Nueva Era, o por alguna otra extraña razón, fui uno de los treinta afortunados españoles que recibió uno de los juegos maya: El encantamiento del sueño. En 1987 acababa de terminar la conocida Convergencia Armónica y ahora tocaba prepararse para el final de una era, que llegaría en alguna fecha determinada del 2012. El nuevo Tzolkin pasteurizado de Argüelles nos serviría como herramienta y guía imprescindible para poder descifrar los futuros avatares, y de paso, nuestra posición particular en el mundo y en el final de los tiempos, ahora ya muy próximos.

Si en algo estaba de acuerdo con Argüelles era en su visión al contemplar el tiempo como Arte. Su equivocación, quizás con esa buena voluntad de promover un calendario más universal, fue encapsular ese Arte en un nuevo calendario nacido de unas experiencias psicodélicas basadas en LSD (por favor, leer de nuevo el artículo sobre la incompatibilidad de las drogas con el mundo espiritual). Al encerrarlo en esa cápsula del tiempo, sus seguidores se empeñaron en codificar dicha interpretación temporal, olvidando el arte para sumergirse en la esclavitud cronológica de la medida. Los acólitos, como suele ocurrir en cualquier movimiento, se quedaron mirando el dedo que señalaba las estrellas. De alguna forma, Argüelles, sin darse cuenta, había creado otro modelo de esclavitud dirigido a aquellos que necesitan agazaparse a algún tipo de creencia nueva, innovadora y sugerente más allá de la ortodoxia dominante. Intentando crear algo que nos llevara más cerca del tiempo natural, creó otro modelo cronológico, otra aletargada y burlesca representación del dios Cronos, alejándonos de nuevo del verdadero tiempo Kairos, el tiempo de la ocasión, el tiempo del Arte o el tiempo de Dios, como lo conocen los creyentes cristianos: el momento adecuado y oportuno. Lo epidérmico de nuevo venció la batalla ante lo profundo.

No deja de ser una paradoja de mal gusto que José Argüelles muriera un año antes del final de los tiempos. De alguna forma, en el 2012 también murió un movimiento, el de la Nueva Era, que ya empezaba a desenmascarar sus propias contradicciones. Visto con distancia y desapego, muchas de las buenas energías y corrientes que el movimiento de la Nueva Era engendró a principios del siglo XX, empezaron a desvirtuarse, como siempre ocurre, a medida que el movimiento crecía. Sus ramas, sus secuencias y sus seguidores se encargaron de llenar de ilusión, de maya, todo aquello que pretendía un nuevo despertar de la consciencia a nivel global. Sin duda, hubo y hay cierto despertar gracias a esta corriente, y los viejos y caducos paradigmas cayeron para dar paso a algo nuevo. Ahora, la muerte inexorable de este movimiento va dejando sus propios cadáveres en todas partes y es bueno, mediante la ley del discernimiento, poder diferenciar entre aquello que es verdadero de aquello que es ilusorio, siempre desde la medida que cada cual entienda como verdadero o ilusorio.

El Encantamiento del Sueño ha sido precisamente eso, una especie de flautista de Hamelín que ha hipnotizado a una gran masa de fieles creyentes sin criterio, sin autonomía propia y sin espíritu crítico que han terminado en el precipicio de la creencia, el fervor y la ilusión de los señores lunares. Llevados por las corrientes astrales de la confusión y la pérdida de sentido, siguen ensoñando, encantados por la música y el color que proviene de los bajos astrales. No hay peor sueño que la ignorancia, y no hay peor encantamiento que un puñado de soñadores absortos y prisioneros de algún encantador de serpientes. La luna, representante de esas fuerzas astrales, venció la batalla de la ilusión. Las trece lunas del nuevo calendario invadieron el mundo y atrapó a los carceleros. El sol, aletargado, espera de nuevo volver a reinar en el mundo de las sombras. La luz de la luna, ilusoria, dejará paso a la luz pura y radiante del astro sol que volverá a lucir en un tiempo próximo.

La navaja de Ockham


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Para los que hemos hecho ciencia, o investigación académica o algún tipo de tesis sobre los misterios de la vida nos hemos encontrado alguna vez ante el dilema de tener que elegir entre dos hipótesis posibles. La navaja de Ockham es un principio metodológico por el cual, en igualdad de condiciones, siempre tenemos que elegir aquello que resulta más sencillo. Dicho de otra manera: la teoría más simple tiene más probabilidades de ser correcta que la compleja. Supongo que esto vale para todo en la vida, inclusive añadiría a este filo de la navaja algo así como que es bueno que las personas simples busquen a sus congéneres en simplicidad y los complejos, aquellos a los que les gusta enredarse en las marañas de la existencia, busquen un afín con esa capacidad de altos vuelos, para que la búsqueda intrínseca en los misterios, por lo menos, sea compartida.

Las personas simples, que somos la mayoría, bastante tenemos con nuestra simplicidad cotidiana. Nos preocupamos de igual forma por cosas simples, que siempre son las que más nos satisfacen en el plenilunio de nuestras vidas. Nos levantamos, vamos a trabajar, miramos las redes, le damos a me gusta, comemos algo, volvemos a casa, miramos con cara de sapo nuestro entorno, vemos algo la tele y volvemos al suave y cálido arropo de una cama que nos recuerda lo bien que estamos regodeándonos en nuestra propia ignorancia.

Las personas complejas, una minoría en fase de extinción, no siguen esa peculiar rutina. La mayoría de las veces no se levantan a una hora normal porque tampoco se acuestan a una hora normal. No miran las redes, las inventan. No dan a me gusta porque lo superficial casi nunca les agrada. Casi no comen, les aburre comer, es un mal menor. Lo mismo les da por comer el alpiste que les sobra a los pájaros o un buen plato de maíz cocido encontrado en cualquier parte, sin tener tiempo para discernir si el maíz es o no es transgénico. Nunca vuelven a casa porque no trabajan en lugares comunes, o sus trabajos son placer y por lo tanto lo pueden desarrollar en cualquier parte, incluso dormir en ellos, con ellos. Su trabajo es soñar, inventar, imaginar, componer, por lo tanto, cualquier rincón les vale. Son la versión de la anti-navaja, como lo definiría Leibniz con su principio de plenitud, el cual establece que: «Todo lo que sea posible que ocurra, inevitablemente ocurrirá». Y con una persona compleja, todo es posible y todo ocurre.

Miran su entorno con cara de asombro porque ven, entienden y expresan la realidad desde su compleja multidimensionalidad. Es decir, ellos no ven un tenedor o una cuchara, ven el origen del metal, la máquina que lo esculpió, la mano del hombre que le dio tamaña forma en su imaginación y sobre todo, se interrogan una y otra vez sobre el origen de todo, inclusive el origen de la propia naturaleza, de la inteligencia, de la vida. Cuando ven un objeto, sienten de alguna forma toda su compleja historia, intentan entenderla, explorarla y vaporizarla en teorías conexas. Es su única forma, desde su hipersensibilidad, de entender el mundo. Necesitan comprender el meollo de todo, el Misterio, el Asunto.

Por supuesto no tienen tele. Realmente porque no tienen tiempo para ella. Resultaría demasiado pesado perder diez minutos de vida viendo algo insulso que sale de una telepantalla y luego tener que restar esos escasos minutos de la cuenta atrás de la existencia. ¡Todo es tan breve! Y cuando llega la noche, no les espera una cálida cama con una amable compañía. Normalmente, al ser escasos, también son prudentes, y posiblemente almas errantes, solitarios, vagabundos de las relaciones. La cama, como la comida o las relaciones, son un mal menor. A no ser que encuentren a un prójimo, y entonces estalle una nueva supernova y las galaxias se multiplican y los universos se empequeñecen.

Por eso, si eres una persona simple, no pierdas el tiempo con una persona compleja. Es mejor que si lo encuentras, salgas huyendo a no ser que de repente te dejes encantar por su vida, por su forma misteriosa, y a veces un tanto atormentada, de ver y contemplar la existencia. A no ser que quieras llevar una vida apasionada de viajes y aventuras espaciotemporales inimaginables. A no ser que te de igual dormir o no en una cama si de lo que se trata es de contemplar las estrellas y el infinito en cualquier parte. Si eres simple y te encuentras con alguien complejo, terminarás amando la complejidad y terminarás, inevitablemente, transformándote en un ser igual de complejo, es decir, en un ser completamente libre, emancipado y pleno. O por el contrario, tu simplicidad te hará huir aterrado con la añoranza de volver a las brazos de aquel al que dejaste por su simplicidad exquisita, pasmosa y aburrida.

Dicho esto, recuerda la navaja de Ockham: la teoría más simple tiene más probabilidades de ser correcta que la compleja. Medir bien la simplicidad en la que vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser tiene sus propias ventajas. Y nuestra simplicidad siempre es proporcional a la vida que seamos capaces de abarcar.

(Foto: Hace unos días tuve el privilegio de compartir este hermoso paisaje con unas de las personas más complejas y maravillosas de las que he conocido. Doy gracias a la vida por mostrarme cuan simple soy cuando me encuentro ante la grandeza de los genios, y que gran deseo nace de mí por poder abrazar esa gran inmensidad humana). 

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La importancia de la herejía


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Abecedarianismo (Siglo XVI), Adamismo (siglo II), Adopcionismo (siglo II), Agnoetismo (siglo VI), Anabaptismo (siglo XVI), Antinomismo (siglo XVI), Apolinarismo (siglo IV), Arrianismo (siglo IV), Calvinismo o Hugonotes (siglo XVI), Albigenses o Catarismo (siglo XI), Docetismo (siglo I), Donatismo (siglo IV), Dulcinianismo (siglo XIII), Encratismo (siglo II), Espirituales (siglo XIII), Ebionismo (siglo II), Eutiquianismo (siglo V), Febronianismo (siglo XVIII), Fideísmo (siglo XIX), Frailes apostólicos (siglo XII),  Fraticelos (siglo XII), Gnosticismo (siglo II), Hermanos del espíritu libre (siglo XII), Hermanos moravianos (siglo XV), Husitas (siglo XV), Iconoclastas (siglo VIII), Jansenismo (siglo XVII), Joaquinitas (siglo XII), Luteranismo (siglo XVI), Macedonianismo (siglo IV), Maniqueísmo (siglo III), Marcionismo (siglo II), Modalismo (siglo III), Modernismo (siglo XIX), Monarquianismo (siglo II), Monofisismo (siglo V), Monotelismo (siglo VII), Montanismo (siglo II), Nestorianismo (siglo V), Nicolaísmo (siglo II), Ofitas (siglo II), Orebitas (siglo XV), Pelagianismo (siglo V), Pragueros (siglo XII), Priscilianismo (siglo IV), Protestantismo (Siglo XVI), Quietismo (siglo XVII), Sabelianismo o Patripasianismo (siglo III), Socinianismo (siglo XVI), Subordinacionismo (siglo III), Simonianismo (siglo I), Taborismo (siglo XV), Utraquismo (siglo XV), Unitarismo (siglo XVI), Valdenses (siglo XII), Wiclefitas (siglo XIV)…

La lista de herejías de todos los tiempos es infinitamente larga. Podríamos añadir, con cierta modestia, a los ocousianos del siglo XXI, una pequeña herejía aún naciente que pretende abolir la propiedad privada, la avaricia mercantilista y convivir en paz y hermandad con el prójimo y la naturaleza desde una visión integral y abierta. Son rasgos comunes en muchas utopías de viejo cuño. Realmente no hay novedad en las proclamas, sí en la fuerza de regeneración, en la energía empleada en perseguir, a sabiendas de su futuro fracaso, la esperanza de un mundo nuevo.

Podríamos decir que la herejía nace para instaurar un diálogo diferente a la norma, una misiva que parte de renglones torcidos y que pretende restaurar el origen común de hermandad humana. Es algo complejo porque desde que la fábrica inventó la ciudad, el ser humano se parceló y dividió así mismo para crear una masa uniforme sin ideas ni autonomía. La emancipación humana, la interior y la exterior, se ha vuelto la obsesión de las nuevas herejías.

Cuando nació la ciudad y se abolió la tierra comunal se gestó el final de la comunidad y el bien común para instalar la idea de propiedad. El tema de la abolición de la propiedad privada es recurrente en la historia herética. Para algunos es el origen del mal moderno, de la modernización, del poder acumulado en manos de unos pocos que gobiernan, bajo el manto de sus vanidosas manos, el destino humano. Viendo lo que ocurre en las oligarquías podríamos pensar, desde un pensamiento intelectual y filosófico, que lo que sucede es realmente  bastante patético. Existe una organización cerrada de apoyo mutuo y cooperación entre los oligarcas donde se ayudan, gracias a la política mercenaria, para sobrevivir en la vorágine del mercado. Las empresas que manejan no suelen ser casi nunca rentables porque viven bajo el mantra de la deuda. Algo que nace con deuda y que vive de la misma no puede ser rentable ni puede ser realmente satisfactorio, a no ser que esa deuda sirva para impulsar un proyecto y luego para ser honrosamente devuelta sin exceso de aprovechamiento.

La tiranía de la avaricia a veces no responde a las lógicas del orden y el decoro y descubre con asombro que la deuda es una buena herramienta para garantizar un ritmo de vida desorbitado e insultante. Por eso muchas herejías, ante el pasotismo social imperante y la aceptación de estas normas de injusticia beneplácita, nacen con la única misión de advertirnos de que hay algo que no estamos haciendo bien. En la actualidad la evidencia es palpable en cuanto al cambio climático, porque la avaricia no es algo que acecha tan solo a una pequeña oligarquía, sino que se instala en aquellos que de alguna forma aspiran a ser parte de ella. Siempre queremos más, es nuestra naturaleza más inferior. Más y mejor, más grande y más potente y más fuerte y más poderoso.

Vaga es la idea de aquellos que renuncian a esa extrema experiencia del querer más y más y se abocan a una realidad paralela que pueda restaurar una naturaleza de miras más elevadas y sensatez más altiva. Son los valores los dueños de nuestras creencias y acciones. Es en los valores donde la herejía, la nueva herejía, deberá reunir todos sus esfuerzos. El resultado nunca será inmediato, pero formarán parte de ese núcleo, de esa lista de impulsores que pretendieron un cambio de paradigma y que, si todo va bien, algún día deberá implementarse.

Herejía deriva del griego hairein, una de cuyas acepciones es escoger y hairesis, por derivación, equivale a opinión. Por lo tanto, el hereje es el que escoge, el que opina. La herejía parte de esa sublevación por opinar diferente, por pensar diferente y de paso, por emanciparse de aquello que se torna norma. De ahí la importancia de la herejía. De ahí la importancia de alimentarla, cuidarla y protegerla. Sólo aquellos que se atreven a mirar de forma diferente al mundo podrán originar el cambio que necesita.

 

 

 

Apaga y vámonos


 

a2Una pequeña placa de no más de treinta euros conectada a una batería reciclada de coche es lo que alumbra la pequeña cabaña. En verano da para conectar incluso el ordenador. En invierno se conforma con proyectar una tenue luz de esta maravillosa tecnología llamada led. Esta pequeña luz es lo más parecido a la libertad y emancipación energética. Si tuviéramos algo más de recursos compraríamos una instalación completa. Hemos calculado que con mil euros podemos satisfacer cada una de las caravanas o cabañas y así poder trabajar con nuestros ordenadores sin recurrir de momento a argucias extrañas como la de tener que conectar el ordenador de noche a la batería del coche híbrido. Con algo más de presupuesto, algún día toda la casa de piedra entera será totalmente autónoma y podremos ducharnos con agua caliente y tener luz eléctrica sin tener que trasladarnos a otros lugares. Sin necesidad de estar conectados a la red, pues así llevamos casi tres años, y sin ánimo de conectarnos en un futuro.

Sin embargo, estas condiciones de austeridad no se pueden aplicar a todo el mundo. Lo ocurrido en Reus con la pobre anciana muerta en un incendio provocado por la falta de luz eléctrica es un atentado criminal. Ahora todo el mundo se lava las manos, pero la injusticia de que una gran empresa eléctrica ofrezca suculentos resultados a unos pocos a costa incluso de la muerte de otros es terrorismo económico y social. Lo cierto es que lo disparatado de todo esto es ese juego que seguimos, los votantes económicos, políticos y sociales, haciendo a estas grandes compañías poderosas e intocables. Entre la indiferencia y la indignación, pocos, por no decir nadie, busca alternativas a este tipo de crímenes. De alguna forma, todos seguimos siendo cómplices de este juego macabro. Incluso, lo siento, de la muerte de esa pobre mujer.

Pobre anciana, sí, claro, pobre anciana. Pero sigamos conectados a esos leviatanes que miran para otro lado, sigamos votando a esos que incitan este tipo de provocaciones indecentes.

No digo con esta rabieta que vayamos todos a la montaña y nos hagamos unos utópicos de la nueva era. No hace falta que radicalicemos nuestras vidas hasta tal extremo. Pero al menos actuad con cierta diligencia, compasión y justicia. Buscad alternativas para que las mismas hagan presión sobre el conjunto de la sociedad.

Sí, apaga la luz y vámonos, pero sin necesidad de tirarnos todos al monte, no vaya a que ahora todos queramos vivir utópicamente y también nos quedemos sin montes. Pero al menos cambiad de compañías a unas cuya ética sea de grado superior. Cambiad por favor a entidades que tienen otros valores, no solo el de lucro, para crear una sociedad más justa, limpia, ecológica y equilibrada, donde la prioridad sean las personas y lo demás, incluso el lucro, venga por añadidura.

Os pongo tan solo un ejemplo de que esto es posible. No cuesta nada, solo hacerlo.

https://www.somenergia.coop/es/

 

Foto: Pequeña placa solar en O Couso. La libertad y emancipación energética solo es una cuestión de voluntad, de apoyo mutuo y cooperación.

La normalidad de vivir en un mundo violento


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Muchos vegetarianos somos por naturaleza arrogantes y engreídos. Vamos de salvadores por la vida, pensando que por el hecho de no comer animalitos somos más sensibles o humanos. Realmente no es así. Se nos ve el plumero en cuanto la vida nos pone ante situaciones delicadas.

Me pasaba hoy en el aeropuerto de Santiago mientras esperaba el vuelo que me llevará a Ginebra, no para blanquear dinero (qué más quisiera yo), sino para blanquear libros, es decir, editar libros que por los años, quedaron perdidos y excesivamente ahuesados.

Pues andaba con algo de hambre y fui al único local de la sala de embarque donde preparan comidas. Pedí un vegetal, sin pollo por favor. Porque aquí el concepto vegetal no puede ir disociado de un trozo de algo que no sea vegetal. El amable camarero me dijo que sin problema, me preparaba uno de forma inmediata. Tras pagar por el bocadillo lo que en cualquier otro lugar del mundo te costaría un menú normal con primero, segundo, postre y bebida, me llega el esperado, ahora sí, bocadillo vegetal. Cuando llego a la mesa para degustar un trozo de pan con lechuga y tomate me veo con la desagradable sorpresa de que el “vegetal” tenía… ¡atún! Para mi estupor, de forma civilizada y amable me vuelvo hasta la barra y reclamo que había pedido un vegetal, por si me podían quitar el atún del mismo. La respuesta fue contundente: “aquí los vegetales los hacemos con pollo y con atún”. Es como si pides un arroz y te ponen alubias y te dicen que los arroces los hacen como les da la gana, y si en vez de arroz hay alubias, pues eso es lo que hay. Disgustado vuelvo a la mesa con mi “vegatal” y con delicada paciencia voy sacando trozo a trozo esa chicha oceánica.

La anécdota me crea cierto estupor, diría que casi me vuelve a mi estado pre-humano, donde la saliva empieza a caer por entre los labios mientras miro a ver si encuentro alguna piedra a mi alrededor para poner un poco de orden en este desaguisado. La violencia congénita que llevo dentro me dice que puedo salvar la situación con un poco de sangre, dolor y lágrimas.

Luego recuerdo que este fin de semana estuve en un curso de mindfulness, de esos donde el ego queda relegado a nada y la paz universal inunda todo cuanto se respira. Recordé la técnica del “stop”, es decir, de parar toda mi actividad mental y emocional y bucear al mismo tiempo en el delicado barómetro del ser, en el punto de quietud y en el flow de la vida. Respiro profundamente mientras inhalo serenidad que me llega de alguna dimensión desconocida. Intento indagar en los estratos profundos de mi condición humana y examino a raudales todas mis emociones congénitas, todo mi pesar, toda mi constitución elemental.

Observo por fin la raíz del problema. Somos humanos. Llevamos millones de años venciendo a la vida a base de violencia, de sangre, de guerras, de canibalismo primero y luego dietas más suaves a base de vacas, pollos y terneras. En resumen, la constitución humana, incluida la mía, lleva millones de años viviendo de la sangre de unos y de otros, y por lo tanto, la violencia está ahí, inherente, incluso en el plato de comida. Es algo de lo que nadie se da cuenta. Mientras comemos cadáveres vemos las noticias donde nos muestran un cuerpo destripado o el último bombardeo de turno. Son cosas que nos parecen normal, de ahí la cara de alucine del camarero cuando he reclamado un bocadillo vegetal, pero de los de verdad. No estamos acostumbrados a estos esnobismos más propios de hippies de la nueva era que de personas “civilizadas”. Lo normal, aunque parezca algo surrealista, es vivir en un mundo violento.

Por eso entiendo mi necesidad de suavizar mis ademanes arrogantes y engreídos en pro de un mundo mejor. Practicaré más todo eso de la atención plena, el mindfulness moderno, y que sea lo que Dios quiera. Mientras, amaré también a mi prójimo carnívoro, aunque esté en una escala superior de la evolución social y cultural, y nosotros, los vegetarianos, no hayamos sobrevivido por mil causas a un mundo violento que nos relega constantemente a la inferioridad de los débiles. Quizás por eso algo me dice que seguiremos siendo engreídos y arrogantes. Por pura supervivencia.

(Foto: ¿A que esta foto parece algo normal y apetitoso? Pues son trozos de atún cazado en alta mar, troceado en alguna bodega y expuesto para alimentación masiva en mercados y bares. Para alguien anormal no dejaría de ser una exposición violenta de las sobras de hoy).

La causa revolucionaria


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Max Edwards ha muerto con tan solo 16 años de un cáncer terminal. De no haberlo hecho tan joven quizás se hubiera postulado como uno de esos pensadores que remueve consciencias, que asusta al establishment, una persona moralmente peligrosa a la que hay que cuidar para que no alborote el patio trasero de casa. Es cierto que el comunismo ya no está de moda. Era un postulado que sirvió para conseguir algunos derechos sociales en siglos recientes. De alguna forma, nos emancipamos como individuos, estableciendo una esclavitud pactada a cambio de bienestar material. En esa época conseguimos condiciones inimaginables en cuanto a salubridad, seguridad y trabajo. Digamos que lo revolucionario fue dejar la communitas del campo para albergar la posibilidad de una vida digna en las celdas-conejeras de la ciudad. No está mal.

A cambio nos olvidamos de la solidaridad, del intercambio, de la familia, de la vida orgánica, del calor de un fuego, de los ciclos de la naturaleza, del aire puro, de la tierna caricia, de la lluvia, de los prados, de los bosques. Todo se volvió mecánico. Incluso el tiempo. Los más inconformistas, como Max Edwards, hablaban de una nueva revolución.

Ahora la explotación por la que hay que luchar ya no es material. Podemos presumir que gracias a las antiguas revoluciones hemos conseguido algo que antes ni siquiera podíamos imaginar. Hemos entrado a la era posmoderna y posmaterialista con una visión diferente de las cosas. Ahora que ya lo tenemos todo, queremos dejar de un lado el individualismo porque de alguna forma, añoramos el calor del hogar, el saludo del vecino, la vida en común, el contacto directo con la lluvia, el sol, las montañas, las flores, los animales.

La causa revolucionaria de estos días tiene más que ver con una emancipación espiritual. Una necesidad de reencantar el mundo de la materia para que vuelva a la simplicidad, a lo sencillo, a lo más puramente humano. Max Edwards no era creyente. Como buen comunista pensaba que Dios murió con la emancipación material. Quizás él se refería ingenuamente a ese Dios de las películas de Semana Santa o a ese otro tan humano capaz de odiar a sus criaturas. Pero la naturaleza alcanza a mayores misterios. No necesita por sí misma el que nosotros, sus hijos, creamos o no en ella. Desde nuestra profunda arrogancia e ignorancia, solo podemos inclinarnos con humildad y devolver a la tierra esa capa virgen de flores silvestres, ese polen y esas abejas que viajan cientos de kilómetros para traer el néctar. Esa debería ser nuestra obligación como hijos. ¿Pero cómo hacer algo así con nuestra madre tierra si a nuestras madres biológicas las encerramos en angustiosas cárceles cuando ya no se valen por sí mismas?

Debería ser sano pensar que la próxima revolución se volverá a hacer en las montañas, en los bosques, en los prados. Volveremos de nuevo al verde de la floresta, al mundo de la comunicación real mediante el roce, el abrazo y el abrigo del fuego humano. Saldremos del ruido para contemplar los atardeceres y abrazar la vida en comunidad. La prisa y el tiempo mecánico dejará lugar al beso candente en noches estrelladas. La felicidad no será el resultado de esa prisionera celda donde acumulamos muebles baratos y baratijas de moda. La felicidad vendrá de reencontrarnos con el silencioso paso de nuestro ser por la tierra, del encanto de practicar los caminos con senda sigilosa. Nos emanciparemos de nuevo, pero esta vez, para abrazar fuertemente el espíritu que nos mueve. Libres, ilusionados por compartir con el otro lo mejor de nosotros. Y de paso, respetuosos con lo más sagrado de nuestras vidas. La propia vida, la propia naturaleza, el canto verde que florece cada primavera.