El origen del mundo y sus demonios. Apu llamando a la Tierra


a

Grabado de la visión de Ezequiel, por Matthaeus (Matthäus) Merian (1593-1650).

«El escepticismo debe ser un componente de la caja de herramientas del explorador, en otro caso nos perderemos en el camino. El espacio tiene maravillas suficientes sin tener que inventarlas». Carl Sagan

La fuente es siempre la misma y se manifiesta en todos los tiempos, todas las edades y todos los confines. La fuente siempre habla de los mismos dioses creadores que vinieron de las estrellas, quizás hace algunos cientos de millones de años, para lograr el milagro de la vida individualizada en la consciencia humana. Las tradiciones más antiguas nos hablan de esta fuente. Jung lo llamaba inconsciente colectivo, los esoteristas más oscuros lo llaman registros akhásicos, el físico David Bhom lo llama campo unificado, la unidad psíquica de la humanidad de los ilustrados o el campo mórfico de Rupert Sheldrake. Sea como sea, hay una fuente que lo unifica todo y que ofrece respuestas a los interrogantes sobre nuestros orígenes.

Si no fuéramos científicos y nuestra imaginación se disparara hacia latitudes incontroladas, podríamos pensar que lo que fugazmente llamamos viento no deja de ser una interacción de otros planos que arremete en nuestro mundo. Es como si un ser de cuarta o quinta dimensión comenzara a caminar por nuestro planeta y eso provocara que de repente algo se moviera en nuestra dimensión. Lo llamamos viento y lo achacamos a la influencia de la luna, de las presiones y las tensiones atmosféricas, pero si observamos detenidamente el viento desde una imaginación libre, podríamos decir que se compone casi de vida propia, de identidad, de diferentes manifestaciones. Así los antiguos debían imaginar el mundo, de forma libre, no condicionados por la presión científica de nuestros tiempos, llamada en aquellos tiempos superstición.

Lo mismo ocurre en el campo de los mitos y las creencias. Antes llamábamos a los mensajeros de los dioses con diferentes nombres. Gabriel, Miguel, Rafael, Uriel, Raguel, Sariel, Remiel… La lista es interminable según la tradición a que se adscriba. Los nombres de los mensajeros actuales son más modernos y elocuentes. El más conocido de todos ellos quizás sea Ashtar Sheran, pero aquí en España tenemos a nuestros queridos Tefilo o Geenom. Se llaman ahora hermanos mayores, maestros ascendidos o enviados. Y todos tienen algo que decirnos. El libro de Urantia o los Manuscritos de Geenom son revelaciones modernas realizadas por los mensajeros de las estrellas actuales. El fenómeno de los contactados, los nuevos profetas, se extendió por todo el planeta en las últimas décadas. Como digo, la analogía con el viento es similar, está ahí, pero no sabemos realmente qué lo produce. ¿La fuente? ¿Ángeles? ¿Demonios?

Los mitos se repiten y se alternan centuria tras centuria. Caín mató a Abel en la tradición judeo-cristiana, igual que cientos de años antes, en la traducción egipcia, Seth mató a Osiris. El mito del diluvio es universal. Aparece en todas las tradiciones, incluyendo en él la destrucción de los continentes de la Atlántida y Lemuria. También el mito de que los dioses vienen de los cielos, uno de los más conocidos y quizás el más increíble de todos. Tanto dioses como mensajeros de los mismos vienen del cielo, de allí arriba, ¿de las estrellas? Uno de los mitos actuales más moderno es el origen humano gracias a la ayuda de los habitantes de Apu y la manipulación genética que hicieron con los primeros primates. Según el mito judeocristiano, los “elohims”, los hijos de los dioses, se enamoraron de las hijas de los humanos y de allí nacieron los nephilim. Podría decirse que es la transición universal de los mitos sumerios o egipcios evolucionando por las tribus mediterráneas de aquel tiempo hasta nuestros tiempos modernos donde los alienígenas paracen invadirlo todo.

Según los seguidores de la tradición más moderna, Apu es un planeta que se encuentra en la estrella Alfa B de la Constelación del Centauro, a unos 4,3 años luz de nuestro sol. Durante miles de años, los habitantes de Apu velaron por la evolución humana hasta que, tras un gran consejo, decidieron echar una mano para que el ser humano evolucionara. Lo hicieron desde una gran ciudad que construyeron entre los ríos Eufrates y Tigris, en la actual Iraq, el antiguo paraíso bíblico. Los apunienses serían los elohims bíblicos actualizados. Pero, ¿qué ha sido de ellos? Desde que dejaron de emitir por TV las series pro-alienígenas tales como Chocky, Alf o V, el mundo del contacto ET se ha esfumado o ha venido a menos. ¿Fueron los contactos con ángeles también una moda pasajera en tierras del creciente fértil de Canaán, lugar donde se produjo la revolución neólitica y posiblemente los primeros interrogantes estelares sobre nuestros orígenes? ¿O es que los mensajeros solo pueden comunicarse con nosotros solo muy de vez en cuando, dependiendo de la alineación de los astros? O algo peor, ¿nos han abandonado los dioses a nuestra suerte? La historia y los mitos están llenos de ángeles y demonios. También nuestra historia reciente. Sea como sea, nuestro origen como humanidad y como inteligencia es como el viento, un misterio.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Salvemos la monarquía


 

a

Realmente el título debería ser “Dios salve al Rey”, porque la monarquía, tal y como está actualmente configurada, tiene los días contados. Aún así, desde un punto de vista antropológico, deberíamos hacer una reflexión profunda para poder salvar la monarquía como institución, eso sí, alejada del poder y la política, aunque sea simbólico, por el cual se ejerce de Jefe del Estado de forma vitalicia y hereditaria. Esto es un anacronismo de la Edad Media que aún pervive en Europa en países como Reino Unido, Noruega, Suecia, Dinamarca, los Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo y nuestro país. También existen tres microestados con monarquía, Liechtenstein, Mónaco y Andorra, y una monarquía electiva teocrática, la Ciudad del Vaticano. Sí, todo esto en pleno siglo XXI.

Hay muchas anomalías incomprensibles en toda la historia monárquica desde los primeros reyes visigodos, o si tiramos un poco del hilo, desde el primer rey europeo, el caudillo Hermerico, el cual reinó, bajo dominio del emperador romano, en la actual Galicia. En primer lugar, tras tres restauraciones, y desaparecidas las casas de Trastámara, de Austria y Saboya, nuestro país está regido por una casa francesa, la borbónica, una de las líneas que pertenecen agnáticamente a la dinastía de los Capeto. Hay que tener en cuenta también la anomalía de que la tercera restauración borbónica vino de manos del dictador Franco, el cual designó como heredero al rey ahora emérito.

Dicho esto, tenemos dos bases fundamentales para dar poca fe a la monarquía: su anomalía histórica y su anomalía antropológica. No es posible que en pleno siglo XXI exista una figura política que sea vitalicia y hereditaria. Tampoco es posible que en plena modernidad existan reinos medievales o monarquías, por muy constitucionalistas que sean. Y menos aún cuando en el caso de nuestro país, esa monarquía fue restaurada por un dictador.

Aún así, se debería hacer un gran esfuerzo para proteger al mundo nobiliario de su futura extinción. Me refiero a que, desde un punto de vista cultural, histórico y antropológico, debería buscarse una fórmula para que algo tan singular, peculiar y atípico, sobreviviera en el tiempo. Existen actualmente en el Reino de España 2200 personas que poseen títulos nobiliarios entre reyes, príncipes, infantes, grandes de España, duques, marqueses, condes, vizcondes, barones, señores e hidalgos. Toda una retahíla de casas y títulos que conforman la Grandeza de España. Sería digno que el mundo nobiliario se rigiera por su verdadero origen, el cual pretendía distinguir a la aristocracia, es decir, a la excelencia, la cual, tal y como sugerían Platón y Aristóteles, debía ser encabezada por gente que sobresale por su sabiduría intelectual y por su elevada virtud. Sobre esto último no voy a verter opinión alguna.

Por supuesto, valga decir que si algún monarca ha cometido un delito, debe ser juzgado por ello. Al igual que debería ser juzgado cualquier ciudadano, incluido cualquier político. Más allá de las noticias de actualidad, creo que sería una salida noble para tanta anomalía el poder proteger la institución nobiliaria como un bien del patrimonio intangible, como Patrimonio Cultural Inmaterial. Eso sí, una vez retirada la monarquía de todo gobierno o privilegio de cualquier tipo que se refiera a algo parecido a eso de ser hereditario y vitalicio. Solo de esta manera podríamos proteger y salvar a la monarquía, y de paso, ordenar la política desde la sensatez y la modernidad que reclaman los tiempos. Dicho esto, ¡Dios salve al Rey! y ¡viva la Rex-pública!

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Los sueños, sueños son. Una interpretación fastidiosa sobre el mundo onírico


 

Rossetti, Dante Gabriel, 1828-1882; Dante's Dream on the Day of the Death of Beatrice

El sueño de Dante ante la muerte de su amada
Pintura de Gabriel Rossetti

La mente es un ente. Un ente que no puede parar de trabajar, de experimentar. A la mente le ocurre como al corazón. No pueden dejar de funcionar. Por eso, cuando llega la noche y nuestro cuerpo requiere descanso, la mente sigue funcionando. Ese funcionamiento ha creado mundos, misterios y cientos de teorías y creencias. Los sueños han sido motivo de poesía, de ciencia, de mancias. Pero como decía el poeta, los sueños, sueños son.

No tienen ninguna razón de ser excepto el avivar la propia existencia mental. Al cerrar los ojos, la parte consciente de nuestro cerebro se desactiva y entra en ejecución nuestra parte inconsciente. Como en ese mundo no hay limitaciones morales ni físicas, la mente imagina, normalmente, todos esos instintos reprimidos en la cotidianidad. Actúa como desahogo. Todos los desechos mentales del día se expulsan en los sueños. Se podría decir que los sueños son el vertedero de nuestro mundo mental, un sumidero donde desaguar todos nuestros deseos más reprimidos.

Es evidente que no todas las mentes son iguales, y por lo tanto, los sueños suelen establecerse según el tipo de consciencia que impera en la cotidianidad del día a día. No serán iguales los sueños de un violador que los sueños de alguien que se dedica a la meditación trascendental. La calidad de los sueños dependerá de la calidad de nuestras vidas. Los deseos, sean del tipo que sea, materiales o espirituales, se recrean en los sueños de forma viva y compleja, atendiendo a que en ese mundo onírico, las fuerzas de la física actúan de forma diferente. Se puede decir, de alguna forma muy simbólica, que los sueños es lo más parecido a un verdadero viaje astral, pero sin llegar a serlo.

Reducir los sueños a la visión de ser un sumidero, una cloaca mental, sería poseer una visión excesivamente reduccionista y simple. Lo es mientras no tengamos alguna otra certeza. Los sueños son como esa gran obra donde, si lo deseamos, y mediante prácticas de concentración y visualización, podemos llegar a ser protagonistas. Pero no dejarán de ser más que eso, un pequeño escenario cargado de magia, de viajes, de vuelos, de momentos angustiosos ancestrales como cuando soñamos que nos quedamos sin dientes o cuando de repente intentamos alzar el vuelo y damos pequeños coletazos de un lado para otro.

En los sueños se manifiestan claramente los clones híbridos. Son personas que pertenecen a una misma familia. Ocurre cuando estás soñando con alguien, pero su cara pertenece a otra persona conocida. Es como si los personajes se mezclaran en el inconsciente, o como si el juego de máscaras oníricas fuera totalmente diferente al que vivimos en la vigilia. No deja de ser fascinante los escenarios capaces de desarrollarse en el mundo onírico. Y también la teatralidad de todo lo que pasa, como si de un guión perfectamente orquestado se tratara.

Sintiéndolo mucho por los amantes del psicoanálisis y por aquellos que anhelan en los sueños mensajes transcendentes, no hay mucho que analizar de los sueños. Sí es posible que nuestro mundo de significados vehicule arquetipos significativos para nuestras vidas mediante sueños lúcidos. Pero como digo, son producto más de un deseo que de una energía telúrica proveniente de un más allá incierto. La genética podría complicar las cosas si, además de entender que los sueños son un sumidero de nuestra mente, también lo son de la psique de todos nuestros ancestros que de forma subliminal, como capas de una cebolla, hemos heredado en nuestro ADN psíquico. Es decir, algunos sueños podrían revelar situaciones angustiosas de nuestros antepasados, como la pérdida de dientes referida antes. Esas angustias han quedado gravadas traumáticamente en la genética que hemos heredado y en ocasiones, se manifiestan de forma espontánea en nuestras noches más retorcidas.

Deberíamos hablar, si tuviéramos tiempo y espacio, de los tipos de mentes, y de paso, de los tipos de consciencia que gobiernan esas mentes. La analogía con la informática podría ayudarnos. No es lo mismo el hardware (cerebro físico) que el software (mente). Hay muchos tipos de software, pero el mundo de la informática nos ha dotado de dos analogías aún más increíbles: internet y la nube. Si indagamos en esa analogía, podemos pensar que nuestra mente no es un ente aislado, sino que, además de estar conectada a nuestros ancestros gracias a la genética psíquica, también, de alguna manera, está conectada a todos nuestros congéneres actuales.

Es aquello que los ilustrados llamaban la unidad psíquica de la humanidad. En esa unidad, también podemos desarrollar sueños que no nos pertenecen, sino que se entremezclan una y otra vez con otros sueños, con cientos, quizás miles o millones de personas que están elaborando su propia película o teatro dentro del increíble y fascinante mundo onírico. Un mundo totalmente desconocido, un vertedero mental fascinante para los coleccionistas de rarezas. La cuestión simple y profunda, quizás, sería el preguntarnos: ¿son nuestras vidas “reales” el vertedero de alguien o algo que nos está soñando?

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

¿Crisis orquestada y ritos de las élites psicópatas?


a

© Teo Kefalopoulos 

Cuando le enseñé todas las obras realizadas y toda la mágica transformación del lugar, empezó a llorar de la emoción. “No sé como la gente puede criticarte tanto con todo lo que has hecho y dado en este lugar. Es injusto”. Decía entre llantos. No es para menos cuando ella misma se dejó la piel en los primeros años de vida de este lugar y sacrificó toda una vida de comodidades para afrontar desde la más absoluta de las incertezas una aventura totalmente increíble e insensata.

No es casual que haya llegado hasta aquí para pasar unos días precisamente hoy. Es como si de repente hubiera un relevo de energías, sin pausa para estar unos días a solas. En el fondo sentí cierta emoción porque había alguien que podía reconocer todo el esfuerzo aquí acometido, y era consciente de que todas las crisis que hemos vivido en este lugar nunca han sido orquestadas. Han sido crisis nacidas fruto de la ignorancia, del error, de la incertidumbre, del miedo, de la rabia. Pero nunca hubo una mano maestra que quisiera generarlas.

Por ello nunca fue cierto que este lugar se creara gracias a unas ricas donaciones de Rodrigo Rato. Nunca fue cierto que fuera a menudo a Ginebra a esconder no se sabe qué dinero sacado de no se sabe dónde. O que mis viajes a Ginebra, más allá de colaborar en la edición de los libros azules, eran para reunirme con cierta élite o para estar en las secretas reuniones del club Bilderberg. Tampoco era cierto que estuviera desbancando a la fundación para mi beneficio propio, más bien estaba desbancando mi empresa y mi vida privada para poder proteger y consolidar este lugar. Durante estos años he tenido que soportar todo tipo de imaginarios, al cual más alucinante, de personas que en vez de sentir agradecimiento por el gran esfuerzo aquí realizado, les parecía más divertido entrar en la crítica o el enjuiciamiento falso y embustero.

No tengo ningún mérito en cuanto a esas crisis, excepto mis rarezas por eso de hablar el lenguaje de los pájaros o por percibir la realidad de forma mucho más sensitiva y abierta que la media. Mi único mérito, en todo caso, fue el no abandonar el lugar, el permanecer aquí, el aguantar todas las envestidas de la vida, de los personajes, del guionista, como mi querida compañera no se cansa de repetirme para tranquilizarme cuando enfurezco ante las injusticias, siempre vividas parcialmente, siempre dotadas de una languidez sesgada. Todo son aprendizajes. No hay ningún tipo de intención en ello, excepto aprender una y otra vez de los errores, del absurdo. Y como dice ella con mucho cariño, el absurdo es siempre inexplicable.

En todo caso, me emocionó que justamente hoy llegara una de las cofundadoras de este proyecto para dar su apoyo emocional en un nuevo nodo de cambio, en una nueva etapa que se presenta apasionante. Tan apasionante como la compra de un pequeño tractor que acabamos de hacer en estos días. Estuvimos haciendo cuentas y el mantener la finca limpia, desbrozada y bien cuidada nos cuesta un dineral todos los años. El hacerlo nosotros con un pequeño tractor nos permite amortizar la compra en un par de años. Así que el reto para los próximos días será hacer funcionar la máquina y empezar a limpiar la finca para seguir plantando árboles, huertas y jardines.

Toca embellecer el lugar, prepararlo energéticamente para la nueva etapa de siete años. Eso nos hará también un poco más autosuficientes y no tendremos que pedir o depender de terceros. Vamos a ver que tal nos va con este experimento. No hubo ningún rito a la hora de tomar la decisión, ni ninguna maquiavélica conjunción.  Hacienda me devolvió un dinero que me debía y aproveché para invertirlo en algo que pudiera ahorrar un dinero en un futuro. Surgió de repente, contemplando como la hierba y el matorral habían crecido tanto a tan solo dos meses desde el último desbroce. Un gasto inútil, viendo como la naturaleza actúa. Improvisamos primero con una pequeña desbrozadora que solo era capaz de abrir algunos caminos. El resto resultaba inabarcable.

Así se lo explicaba hoy al arquitecto local que venía para seguir trabajando en los planos y en las ideas para poder pedir los permisos de obras para la futura escuela. En su incredulidad sigue sin entender lo que pretendemos hacer. Aún ronda en el imaginario colectivo eso de que debemos ser unos pequeños psicópatas que pretenden hacer vete tú a saber qué clase de ritos con qué clase de propósitos oscuros. A veces cuesta explicar según qué cosas. Somos extraños en esta tierra, y eso crea prejuicio y miedo, estigma y voluntad de imaginar todo aquello que lo extraño puede suponer. Por más que me esfuerzo en presentarme como una persona normal, con su trabajo, con sus estudios, con sus relaciones sanas y completas, no hay forma de borrar del imaginario el estigma.

Estos días escuchaba con atención un video de un buen y apreciado amigo que hablaba sin pudor de que estamos viviendo una crisis (la del Covid-19) orquestada desde altas instancias y de que el mundo está dirigido por una élite, en su mayoría, formada por decena de personas, casi todas practicantes de extraños ritos que rozarían la psicopatía. Por dentro no podía más que sonreír incrédulamente. Es cierto que existe una élite, pero esa élite no es muy diferente del vecino del frente. Son personas humanas, con sus dolores de muelas, con sus sufrimientos emocionales, con sus negocios, con sus miedos. No hay crisis orquestadas. No hay una élite oscura intentando envenenar a la humanidad, o intentando apoderarse de no se sabe qué. Existen personas jugando sus propios roles. Y desde la ignorancia, nosotros, alejados de esas realidades, siempre vemos al otro como extraño. Un extraño del que no hay que fiarse, y que, por lo tanto, lo ideal es criticarlo hasta la saciedad y culparlo por nuestros fracasos y nuestras frustraciones personales. Un absurdo. Y como absurdo, algo inexplicable.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

El triunfo de los imbéciles


a

© Vassilis Tangoulis 

Había en mi estantería un libro de Álvaro de Laiglesia que siempre me llamaba la atención por su peculiar título: “Dios le ampare, imbécil”. Siempre me consideré a lo largo de mi vida un poco imbécil por mi falta de inteligencia o habilidad. Decía Balzac que un imbécil que no tiene más que una idea en la cabeza es más fuerte que un hombre de talento que tiene millares. Hay muchas historias de imbéciles que tuvieron algún tipo de éxito en la vida, quizás precisamente por esa obstinación por llegar a alguna parte, con una sola idea fija en su cabeza.

A veces el éxito profesional viene de la mano del éxito personal, y entonces, la vida parece una feria plagada de alegrías y victorias. Por supuesto, no todos los imbéciles triunfan. Yo soy del grupo de los que siempre iban, de cara a los demás, a la cola en todo. De los que suspendían, de los que era mal estudiante, malo en los trabajos y un pésimo compañero sentimental. Mi vida social, profesional y personal siempre fue un desastre. Un completo imbécil que jamás triunfó en nada.

No es esta una sensación que me abrume. Hace años comprendí que nuestras limitaciones están ahí para ponernos a prueba, y lo mejor es, una vez puestas en consciencia, hacer lo que se pueda. Fracasar una y otra vez nos ayuda a mejorar cuando la inteligencia o la habilidad no da para mucho. La inteligencia es un recurso al que no todos podemos acceder. Y no pasa nada. Ser más o menos inteligente no es garantía de ningún éxito. He conocido a lo largo de mi vida decenas de personas excesivamente inteligentes cuyas vidas han sido siempre un continuo preludio de fracasos.

Ray Dalio, una de las personas más influyentes y ricas del mundo vivió una vida plagada de fracasos. Leyendo su autobiografía titulada “Principios”, me asombra que él mismo se considere un auténtico imbécil. Eso le honra. “Antes de empezar a contarte mis creencias, quiero dejar claro que soy un completo imbécil que ignora mucho de lo que necesita conocer”. Así empieza su libro de casi seiscientas páginas plagadas de vivencias, creencias y experiencias que le ayudaron a pasar del fracaso más absoluto a una vida de éxito y dinero. Me llamó la atención su biografía por la facilidad de explicar la economía, sus ciclos, sus crisis, pero especialmente, por su afición a la práctica de la meditación.

Dalio llega a un punto en la vida en la que ya no busca éxito. Deseo “transmitir estos principios porque me hallo en una etapa de la vida en la que quiero ayudar a que los demás tengan éxito, más que intentar buscarlo para mí mismo”, nos dice. Éxito es una palabra escurridiza. Para mí el mayor éxito existencial ha sido descubrir la profunda libertad que da el vivir en una cabaña situada en mitad de un pequeño bosque. No me siento exitoso por haber sacado dos carreras, o un doctorado, o haberme ganado la vida con una editorial bastante peculiar.

Visto con perspectiva, quizás mis pacientes maestros no hubieran dado ni un céntimo por esa carrera tan inusual en un imbécil que de pequeño no sabía distinguir las palabras unas de otras, quizás por alguna atípica dislexia no detectada a tiempo, o por una incapacidad mental para analizar y discernir los significados correctos del mundo envolvente. Mi futuro estaba condenado al trabajo fabril. Pero algo se torció gracias quizás a la práctica de la meditación o al consuelo de aceptar que no había nacido para adaptarme del todo a este mundo. Por eso, el éxito puede ser muy relativo, aunque la sociedad lo tenga muy determinado y marcado en cuestión de “tanto tienes, tanto vales”. Socialmente no valgo nada porque no tengo nada. Interiormente me siento rico por haber llegado a este pequeño estado de ataraxia. Vivir sin deseos y sin temores es lo más parecido a la felicidad. La lectura de un buen libro, un paseo, echar de comer a los pajarillos del bosque y disfrutar con su disfrute… No pido mucho más.

Ser una persona tímida y retraída me llevó a todo tipo de fracasos en las relaciones personales. Amigos que se fueron, otros que aguantaron por pura compasión y aquellos que perdieron la paciencia con mi peculiar forma de entender la vida y salieron cabreados de mi presencia. Con las parejas no tuve ningún éxito, en principio por mis propias rarezas, y en parte, por ser huraño hasta el extremo. Me rodee de personas maravillosas que terminaron hastiadas y cansadas de alguien tan extremadamente exhausto y perdido. No lo digo con ánimo de dar pena ni con intención de crear un sentimiento de martirio constante. Ser un desastre con las relaciones es fácil. Lo complejo es tener éxito con los demás sin rozar cierto grado de hipocresía constante.

Mi orgullo y excesivas dosis de narcisismo, esa creencia profunda de sentirte siempre un poco rarito ante los demás, viendo que los demás triunfan y uno simplemente se esfuerza para aparentar ser poco imbécil, me hace sentir de esta manera. Pero como digo, lo llevo con comodidad y cierto orgullo. Vivir en una cabaña de veinte metros cuadrados puede resultar un fracaso a la vista de la mayoría, pero para mí, y para mi pequeño ego vanidoso, es un gran triunfo.

Así que, de alguna manera, me considero personalmente un imbécil triunfante. Mis triunfos son modestos y muy personales, claro. Una pequeña cabaña, una estantería llena de libros para leer una y otra vez y la naturaleza. Quizás el mayor de los triunfos de mi vida haya sido precisamente descubrir la naturaleza en su estado “salvaje”, que sería como decir algo así como haber descubierto a Dios en su estado más puro y directo. En eso me siento triunfante y príncipe de mi pequeño reino. Y en estas andamos. Si te sientes un fracasado, “Dios te ampare, imbécil”. Pero no te lo tomes a mal, disfruta de la riqueza y la libertad de no tener nada.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

 ¿Seguridad o libertad? Algunas palabras sobre la censura de estos tiempos…


Captura de pantalla 2020-04-07 a las 16.23.30

“No debemos afligirnos, sino hallar fuerza en aquello que perdura”.
William Wordsworth

Hoy una amiga doctora me invitaba a ver un video sobre una entrevista que le habían hecho en un canal de youtube. Cuando pinché en el video, este había sido censurado. La doctora en cuestión tiene su propia opinión sobre el coronavirus, y era diferente en sus argumentos con respecto al confinamiento. La verdad es que hacía tiempo que no veía una censura de tal calibre. La población en general ha soportado el confinamiento con mayor o menor dignidad. Nunca antes habíamos vivido una situación parecida. Hemos sido, en general, una sociedad ejemplar en cuanto a el sentimiento de responsabilidad de acatar las exigencias del “Estado de Alerta”. Pero algo estamos perdiendo además de la libertad de movimiento: la libertad de expresión.

¿Cómo es posible que en los tiempos que corren están clausurando canales (por ejemplo del de Mindalia TV), videos o comentarios por el simple hecho de opinar diferente? ¿Desde cuándo en la era digital se ha llegado a tal censura? La verdad es que algo está ocurriendo y no del todo agradable, más allá de la desgracia de familias rotas y separadas por esta catástrofe. Algo que además de confinar nuestra dignidad material, está confinando nuestra dignidad de opinar libremente. ¿Hasta dónde llegará este tipo de censura y asalto indiscriminado a la libertad, no solo a la libertad de movimiento, sino a la libertad de expresión?

Seré breve en la reflexión, no por miedo a la censura ni a la autocensura, sino porque hay algo que se nos está empezando a escapar de las manos. Hay algo que aún no logramos entender y algo que nadie nos explica. Ahora opinar diferente se llama teatro o bulo. La disidencia ahora se llama simplemente desinformación. Pronto, de seguir así, el pensamiento único de un Gran Hermano virtual se apoderada de nuestras vidas, y solo podremos elegir aquello que ese Gran Hermano crea conveniente para nuestra existencia. ¿Acaso el opinar diferente también se ha convertido en un virus? ¿Quién discierne lo que es aceptado como verdad y no como bulo? ¿Cuál es la delgada línea roja que separa una de otra? Si la verdad perdura, ¿por qué temer a los bulos?

 

 

 

Monasterios vestidos de modernidad


a

Jerónimo (c. 340-420), escribe una vida de Pablo de Tebas (c. 228-342), a quien considera el primer eremita. Imagen: San Antonio visita a san Pablo, de Diego Velázquez.

Por la mañana, tras la meditación y el desayuno, y al ver que dejaba de llover, me fui hasta la cuarta cabaña, arrastrando carretas de arena y cemento. Amasaba los componentes de la mezcla con agua y fatiga, convertida horas más tarde en intenso dolor de espalda, preguntándome que era aquello que me empujaba a realizar este tipo de trabajos. Fantaseaba, por eso de darme ánimos, en la idea de que quizás algún día alguien habitaría esa cabaña, participaría de las meditaciones, disfrutaría del paisaje privilegiado de esta tierra celta y echaría una mano en la ingente labor de construir el nuevo mundo. En la fantasía, en parte ya algo real, contemplaba la primera triada de cabañas, ahora felizmente habitadas, e imaginaba la ubicación de la siguiente triada, y la siguiente y la siguiente. Así hasta doce pequeñas construcciones, suficientes para sembrar la semilla de algo nuevo y diferente, algo que motivara lo suficiente como para dar ese necesario salto de fe, más allá de nuestras vidas, de nuestras particularidades.

Cuando ya tenía dos de los cimientos bien terminados, recibí un largo mensaje de mi querida Esperanza, un ángel divino encarnado en la tierra y en misión especial para recordarnos la importancia del amor y el silencio. Entregada desde hace muchos años a un movimiento espiritual de origen hindú donde se practica el celibato, la dieta vegetariana y la meditación, me recordó aquellos tiempos donde utilizaban mi hermosa casa andaluza para sus retiros espirituales. Al verme abrumado por la grandeza de aquella casa de la cual solo utilizaba una de sus estancias, decidí llenarla de camas y entregarla para que aquel hermoso grupo pudiera disfrutarla en sus retiros. Era algo controvertido para las gentes de aquellos lugares, no acostumbrados a ver de repente pasear a un grupo numeroso de personas todas vestidas de blanco. Algunos políticos entre diputados y alcaldes de la zona me llamaban intrigados para ver qué pasaba en mi casa.

Me emocionó recordar todo aquello, aquel tiempo único e irrepetible donde viajaba frecuentemente a la India para participar en la Murli o en el Amrit Vela a las cuatro de la madrugada. Ante el retorno contacto, les ofrecí, cuando las cosas mejoren, este lugar para sus encuentros y retiros, aún a expensas de que se repita de nuevo el estigma del extraño. Este lugar es perfecto, y quizás este sitio nació de la vocación que se inició en aquellos primeros tiempos en la Montaña de los Ángeles.

Al parecer, mis fantasías de monacato vestido de modernidad mientras amasaba cemento debió generar algún tipo de llamada cuántica porque por la tarde me llamó el amigo Víctor, el que fuera prior del conocido monasterio de Santo Domingo de Silos, y charlábamos emocionados por el reencuentro después de algún tiempo sin saber el uno del otro. Fue el propio Víctor el que alguna vez describió nuestro proyecto como un monasterio laico, un monasterio vestido de modernidad. No le faltaba razón.

Era el segundo monje que me contactaba en el mismo día, y me pareció anecdótica la casualidad, a sabiendas de mi afán por conseguir un lugar que intente imitar de alguna manera los cenobios antiguos, pero con la levedad mistérica del nuevo tiempo. Siempre he sentido debilidad por las órdenes de todo tipo, pero admito que especialmente por las monásticas.

Una tariqa, un ashram, una shanga, una orden… realmente el nombre no importa. Pero admito que me resulta complejo pensar en ello en nuestra modernidad tan epidérmica, tan falta de vocación espiritual, tan catapultada hacia el individualismo materialista. Decía Roberto Pla que el ser humano es templo de Dios vivo. Es algo profundo y difícil de entender, resulta ser una dimensión desconocida, donde solo algunos loables exploradores se enfrentan para averiguar algo más sobre el misterio de la vida. Muchos serán los llamados… me pregunto donde estarán los elegidos… Aquellos que misericordiosamente dan el paso definitivo hacia la búsqueda y el encuentro espiritual.

Mañana volveré a amasar cemento, levantaré nuevos pilares y fantasearé que algún día vivimos un nuevo despertar y nuestra consciencia se expande tanto que nuevas almas deseen abrazar gozosas la vida común, la vida del alma. Para un individualista como yo, no es un deseo caprichoso, es más bien una entrega subordinada a ese propósito que parece dirigir nuestros corazones a la inevitable unidad del espíritu.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

De la austeridad a la grandeza de no tener nada…


a

Con los amigos de las primeras semanas de experiencia en O Couso

“He comprendido que mi bienestar sólo es posible cuando reconozco mi unidad con todas las personas del mundo, sin excepción.”  León Tolstói

 

Estimados…,

Estoy viviendo en estos días de silencio y lectura unas bonitas revelaciones. Este fin de semana, aprovechando que B. está haciendo la experiencia de 21 días de silencio, he estado leyendo algunas biografías de fundadores de comunidades y en todos ellos coincidía que llegaba un día en que tenían que abandonar sus actividades profanas y ponían todo su esfuerzo y vida en los proyectos.

Hasta ahora mi esfuerzo había sido triple, por una parte, estaba interesado en terminar la tesis doctoral para entender profundamente y teóricamente todo lo relacionado a comunidades. Por otra parte, dedicaba mucho esfuerzo en la edición de libros, muchos de ellos no de mi agrado, para poder así alimentar y promover el proyecto. Y por tercero, dedicaba todo lo que podía a cultivar y hacer crecer este lugar que por cosas de la vida se ha convertido en todo un reto. Estaba excesivamente dividido.

Ahora que ya he terminado la tesis me siento con fuerzas para dar un paso más adelante, y dedicar todo mi empeño y tiempo al proyecto y la fundación. Como todo lo que he ganado en estos últimos siete años lo he invertido en el proyecto, soportando con ello los gastos propios que cualquier empresa requiere, he pensado seguir con la actividad editorial, pero a partir de ahora anulando la sociedad y donando todo el fondo a la fundación. Es decir, seguiremos editando libros, pero esta vez tan solo libros de espiritualidad y nueva consciencia, como otra labor más de la fundación. De alguna forma “me libero” personalmente, para dedicar mi tiempo a editar libros con sentido, quizás seis o siete al año, y dedicar los próximos años enteramente a la fundación, especialmente a la escuela y al trabajo espiritual que hay detrás de ella. Con ello espero poder tener más tiempo para dedicarlo a las personas, y no tanto a las cosas.

Tanto la editorial como la fundación han demostrado ser autosuficientes, esta última, gracias a la generosidad que nace de la economía del don. La fundación y el proyecto O Couso por lo tanto, una vez terminada la gran obra de la casa de acogida, es totalmente autosostenible y ya no dependerá totalmente de mis aportaciones para llevarla adelante. O Couso se ha hecho mayor y ya puede andar sola. Esto me ha llevado a las siguientes reflexiones. Primero, aprovechando este impulso que la incertidumbre nos regala, liquidar la sociedad, que por suerte está al orden en todos los pagos y donar la editorial a la fundación. Segundo, centrar toda mi energía en potenciar la fundación y sus proyectos (el proyecto O Couso -con su casa de acogida-, el proyecto de Escuela -ahora con su propia editorial- y el proyecto Simorg -aún latente-).

¿Cómo viviré yo, a nivel personal? Soy una persona muy austera. Nunca he fumado, ni bebido ni tomado drogas. No tengo ningún tipo de vicio o manía. Saco unos trescientos euros al mes con las suscripciones que tengo gracias a los amigos que apoyan este blog y eso me vale para mis gastos estrictamente personales (teléfono, gasolina, galletas y poco más). Si centro toda mi atención en el proyecto, posiblemente los esfuerzos tendrán un buen resultado para seguir acogiendo a aquellos que más lo necesiten.

En fin, estoy francamente feliz y emocionado por esta decisión. La editorial seguirá funcionando a un ritmo menor desde la fundación y yo dedicaré todo mi tiempo no a gestionar una sociedad mercantil sino a dirigir y coordinar el proyecto para que todo vaya desarrollándose en su justa medida. Voy a centrar mis fuerzas para ver si conseguimos pasar de cuatro personas a doce en los próximos dos años, y así construir un bonito egregor espiritual. Siguiendo las palabras de Jesús, toca dejar de pescar peces y empezar a pescar hombres… Personalmente, siento que tengo mi vida y mis aspiraciones cubiertas. Tanto profesionalmente como intelectualmente. Ahora solo toca entregarme en la pila del bautismo para caminar hacia la necesaria entrega y sacrificio. Es lo que realmente siento y es a lo que realmente me dedicaré en los próximos años. Ojalá pronto lleguen esos aliados maduros y capaces, entregados a una causa mayor, con capacidad para albergar la necesaria y urgente misión de actuar.

Un abrazo grande y cuidaros mucho… el mundo os necesita más que nunca…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

¿Y si fuéramos nosotros la plaga?


a

© Thomas Wegner

Ayer sembramos las primeras semillas y hoy nos poníamos a trabajar la huerta-mandala, uno de los primeros siete círculos programados para los siguientes siete años. Trabajar la tierra es duro, pero interiormente muy satisfactorio. Este era mi primer día en labrando la tierra. Estuve poco tiempo, pero terminé con un gran dolor de espalda que solo un reparador masaje pudo recomponer. Ella, más acostumbrada al sacho, trabajaba intensamente. Admiraba su fortaleza de mujer mientras cansado, de forma más relajada, aclaraba unos bancales de fresas. Su belleza mezclada entre sudor y campo hacían que el momento mereciera la pena. Es una gran intelectual, pero no tiene ningún reparo en remangarse las manos y dar todo de sí en el mundo tangible. Dos intelectuales en la huerta, intentando, mientras sachábamos el terreno, pensar el mundo, era algo peculiar de ver.

Nuestra filosofía parece acorde con cierta reivindicación sobre esa necesidad urgente que requiere un cambio profundo de nuestro estilo de vida. Podríamos estar tan solo intelectualizando el mundo, pensando el mundo desde nuestros cómodos sillones, pero preferimos ir a la huerta, al terreno, al campo, y poner en práctica ciertos valores. La economía del don, la simplicidad voluntaria y el decrecimiento solo son formas y estilos de vidas diferentes. Nosotros nos empeñamos en hollar sus sendas y ver sus resultados. Nuestra ilusión futura pasa por una Escuela donde se pueda hacer pedagogía de todo esto que estamos aprendiendo. Tenemos la praxis y tenemos herramientas suficientes para dar forma a ese conocimiento empírico, a esa experiencia vivida desde una perspectiva intelectual y práctica.

Es incómodo pensar el mundo cuando todo se viene abajo. Pero el hecho de que media humanidad esté encerrada en sus casas quizás sea un buen momento para hacernos algunas preguntas fundamentales, y pensar, sobre todo, en nuestro nivel de vida, en nuestro particular paradoja existencial, en los valores que lo sostienen. La primera pregunta que me venía mientras desojaba abatido las fresas era precisamente una enormemente incómoda, una que intenté colar en la tesis doctoral y que no tuvo mucho éxito: ¿y si fuéramos nosotros la plaga? Es evidente que estamos cohabitando un mundo que, al mismo tiempo, de forma irracional, por pura ceguera y egoísmo, estamos destrozando. No es algo consciente, y este es el asunto de mayor calado: no somos conscientes del perjuicio que estamos ocasionando.

En esa inconsciencia colectiva, diría que, en ese vicio colectivo, la parte destructora que nos atañe comienza a parecer irreversible al mismo tiempo que se diluye en la normalidad que vivimos. Resulta difícil que todos a la vez, ahora que estamos encerrados  en este particular panopticón y con tiempo para enfrentarnos a lo maravilloso que somos en nuestra esencia, podamos tomar consciencia de nuestra implicación directa en todo este desastre. Si fuera cierto que la Tierra es un organismo vivo, es evidente que ese organismo tratará de defenderse de alguna manera. El calentamiento global solo sería un primer síntoma, una especie de fiebre que está despertando en todo el planeta formas de defensa.

¿Qué sería entonces este virus? Por suerte, de momento, no es una pandemia como la que sufrimos en siglos pasados y donde murieron millones de personas. Vivimos en un tiempo diferente y el ser humano ha creado medios suficientes para protegerse de cualquier tipo de pandemia. Pero de alguna forma, a nivel también muy inconsciente, estamos viviendo en una particular alarma, en algo atávico que nos está despertando la necesidad de replantear nuestras vidas, nuestro sistema, nuestra necesidad de crecer a toda costa. Nunca habíamos estado tanto tiempo encerrados con la oportunidad de crear un nuevo relato de nuestras vidas. Aún no sabemos qué tipo de cuestionamientos grupales surgirán de esta experiencia, ni tampoco sabemos qué tipo de alianzas nacerán para que volvernos radicalmente aliados de la naturaleza. En todo caso, la vida nos está dando la oportunidad de parar, de reflexionar y de cambiar profundamente nuestros valores, nuestras vidas y nuestro futuro común. Ojalá tomemos nota y tengamos capacidad de reacción.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

El ego espiritual


el ego espiritual

El orgullo y la crítica son las señas de identidad de aquellos que nos sentimos remotamente alineados con algún tipo de tendencia espiritual. La vanidad espiritual es quizás aún peor que la vanidad material. La tendencia al aislamiento, al juicio y al orgullo son los escollos que jamás nos dejarán entrar por la pequeña puerta estrecha. Ver la mota en ojo ajeno y no ver la viga, es propio de este proceso. El creerse iluminado, en posesión de algún tipo de verdad exclusiva o tremendamente alineado con alguna creencia o idea que divida o fraccione es incluso aún peor que aquellos que se consideran especiales por el hecho de pertenecer a una cultura, a una raza, a una lengua, a un pueblo o país. Todo aquello que divide, que nos hace sentir algo especial y que con ello nos aleja del otro, es una de las mayores trampas que el ego asume como propias.

Creer en la espiritualidad no es ser espiritual. Leer libros sobre espiritualidad o centrar nuestra atención en aquellos que hablan intelectualmente sobre la misma no es, ni remotamente, estar en el camino espiritual. El camino espiritual empieza con uno mismo como paso necesario para trascendernos y continuar así con el otro. Con uno mismo no significa aislamiento y concentrar nuestras vidas en la purificación y la oración. Con uno mismo significa estar atentos a aquello que nos separa del otro, y a aquello que infringe algún tipo de dolor o sufrimiento hacia el otro. En la categoría del “otro” podríamos incluir inclusive a nuestros hermanos animales, siempre tan olvidados en algunos ámbitos de la espiritualidad. El otro siempre será nuestro verdadero espejo. Nuestro verdadero maestro espiritual.

El orgullo nos aleja del otro. Siempre pensamos que nuestra corta visión de las cosas es la correcta. Esto incluye el apoderarnos de cualquier atisbo de verdad y engrandecerla a los ojos de los demás, aludiendo que solo ese puede ser el camino correcto. El orgullo nos hace enjuiciar y nos separa. Nos aleja de la compasión y tomamos los errores ajenos como auténticas decepciones, sin dar oportunidad al otro a rectificar, a mejorar, a ampliar su propia visión gracias a nuestra generosidad. Si alguien se equivoca ante nuestra corta visión, pasamos a eliminarlo de nuestro interés y excavamos para siempre una idea equivocada de toda su integridad. No se pueden juzgar doscientos actos buenos, dando mayor fuerza a un error entre tanto acierto.

Ser espiritual podría estar cerca de ver lo bello, de apreciar lo acertado y disminuir el mal que yace entre nosotros. Potenciar el bien no es más que sentir compasión por este mundo complejo. Avivar la llama del amor, inclusive cuando nos sentimos injustamente tratados, puede ayudar a espiritualizar el mundo. Estar enfadados con la vida no es espiritual. Lo espiritual es esforzarnos en compartir con el mundo alegría y bienestar, imágenes positivas y acciones de entrega y servicio. El ego espiritual no debería alejarnos del otro. Deberíamos comprender que no hay realmente un “otro”, a sabiendas de que las gotas que ahora se precipitan desde lo alto irremediablemente se volverán a reencontrar en el océano de la vida.

Espiritualizar la vida cotidiana solo puede ocurrir cuando nuestro pequeño ego observa y no interviene. Embellece y no aloja en sí mismo división alguna. Es estar atentos a las necesidades del otro, a la semilla que el otro alberga. Ser misericordiosos hasta con lo más pequeño, inclusive hasta con nuestros errores más torpes. Nuestro gran ego nunca podrá atravesar la puerta estrecha. Solo cuando humildemente nos arrodillamos ante la inmensidad envolvente, solo cuando generosamente perdonamos al otro sin mediar palabra, podemos atravesar el umbral y expandir así nuestra consciencia. Veremos al otro lado la luz, solo para poder traerla al mundo. En silencio, calladamente, con acciones continuas y diarias.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

El laurel se ha marchitado. El puro amor se apaga…


a

Al alba sonaba el despertador y como esposados, caminamos por los campos congelados hasta la pequeña ermita. Meditamos en silencio, con la pequeña vela encendida como símbolo de la luz solar que nos guía hacia los planos sutiles. El silencio siempre es un buen mensajero. En él podemos presenciar la sublime imagen de aquello que nos une, de aquello que nos hace vitales ante la existencia. Tras el silencio. Cogimos el coche y anduvimos por largos caminos hasta llegar al primer templo. Era majestuoso, custodiado por las figuras de Salomón y David, un templo del mismo reino disimuladamente oculto entre bosques y montañas. Allí lo profano se entremezclaba con lo sagrado, y la leyenda, convertida de nuevo en piedra, dejaba paso a una realidad inerte, casi sin sentido. Algo pesado, excesivamente grande y vacuo, cargado de sangre por su origen nacido del oro espoliado. El oro jamás podrá comprar las alas del espíritu y la piedra solo puede servir como receptáculo del cosmos vacío.

Seguimos el recorrido y llegamos al segundo templo. Este era igual de majestuoso, pero no por la perfecta piedra pulida, sino por haber sido realizado por la fe de un solo hombre, por la fuerza y la constancia de décadas y décadas de esfuerzo y trabajo, de ciega fe en una obra excesivamente grande. Las grandes obras no corresponden a hombres solitarios, aunque esta rompa con esta regla. Los templos deberían ser pequeños, suficientes para albergar una pequeña lámpara de sabiduría. Templos sencillos, vacíos de cualquier tipo de ostento y exageración. Templos consagrados a la humildad, a la sencillez, a la fe y la esperanza. Templos que puedan recoger humildemente el silencio.

El tercer templo tiene que ver con el laurel de los cátaros. Estaba custodiado por uno de sus guardianes, al menos una imagen reminiscente de aquellos que fueron quemados vivos en la hoguera. Había en ese templo un espejo, y desde el mismo se reflejaba la realidad astral que gobierna al mundo. Almas atrapadas con deseos de encontrar, más allá de la luz lunar, una fuente clara y serena. Decía la profecía cátara que “al cap de 700 anys lo laurel verdejera”. Eso debería ocurrir en octubre de 2021. El laurel como símbolo del puro amor debería empezar a brotar de nuevo. La era del amor conducido con sabiduría hacia un nuevo tiempo de compartir y generosidad.

La ruta por estos tres templos en una misma jornada nos ha hecho recordar la urgencia de actuar. La verdad sobre los hechos de que estamos atravesando uno de los estadios de mayor materialismo que se conoce. La luz se esconde tras este halo de tiniebla y ceguera. Hay lugares donde aún se puede esconder la llama, pequeños y recónditos espacios donde solo unos pocos guardianes resguardan el anhelo y la esperanza de una nueva tierra. Ese trabajo de salvaguarda es necesario. Hay que resguardar lo sagrado para poder ser transmitido, una y otra vez, por todos los tiempos. Es la única forma de recordar no solo nuestros orígenes, sino también nuestro futuro irremediable. El puro amor volverá a lucir en todos nuestros corazones, aunque, como decían los cátaros antes de ser quemados: el laurel se ha marchitado, el puro amor se apaga…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Propósitos personales para el año nuevo


a

© George Digalakis 

Este año nuevo voy a ser un poco más egoísta. Quiero decir que voy a intentar pensar un poco más en mí, pues me tenía, y me doy cuenta, bastante abandonado. No significa con ello que mengüe mi generosidad hacia los demás, sino que esta vez será mesurada y más pensada, al mismo tiempo que aumentará mi generosidad hacia mí mismo. Sí, uno de los mayores propósitos para este año será ser egoísta, o si se prefiere, más generoso conmigo mismo.

También intentaré disminuir mis vicios menores. Es cierto que nunca he bebido una gota de alcohol, ni probado un cigarrillo o cualquier tipo de droga. En eso no tengo queja en cuanto a mi comportamiento saludable. Pero soy un yonqui del azúcar, aunque quizás podría decir que soy un adicto a algunas cosas que llevan azúcar. Sí, soy vegetariano desde los dieciséis años, pero mis amigos siempre dicen que soy más bien galletariano. Prometo para este nuevo año comer menos galletas, y menos dosis de turrón de chocolate. Esos son mis pequeños vicios menores. No quiero rozar ningún tipo de perfección con respecto a ellos, pero sí cuidarlos…

Con respecto a los mayores, no creo tener muchos, excepto una enfermiza adicción al estar enamorado. Pero prometo no enamorarme este año, ni meterme en relaciones de ningún tipo. No deseo tener pareja y voy a intentar ser más huraño en cuanto a las relaciones en tercera fase que impliquen un compartir de flujos de cualquier tipo. En estos últimos años he sido demasiado alegre en cuanto a dejarme llevar por cualquiera que me sonriera un poco, me diera algo de cariño y me guiñara cualquiera de los ojos. Este año, mi propósito será ser un auténtico estúpido cuando alguien utilice algún tipo de artimaña para seducir mis carnes. Lo siento, pero aún no me siento recuperado de mi último envite, y ya pronto hará dos años. Cuando alguien me bese y me diga eso de “no quiero hacerte daño”, saldré corriendo porque seguro que lo hará. No tengo, que yo sepa, ningún otro tipo de vicio mayor.

Este año me voy a dar algunos caprichos. Nunca lo hago excepto para favorecer a terceros. Pero este año quiero ser extremadamente derrochón conmigo mismo. Todo aquello que se me antoje buscaré la forma de hacerlo. Iré a tomar pizza cuando me apetezca, me compraré una moto eléctrica porque para coche aún no me llega y viajaré siempre que mis ingresos me lo permitan. Como mis ambiciones materiales están más o menos consumadas, inventaré alguna para darme la sensación de que aún soy excesivamente humano y necesito derrochar en algo, aunque sea una tontería como ir al cine o comer pizza. Prometo que este año haré cosas normales.

Lo de la salud es algo que me preocupa. Siento que con los extremos esfuerzos de estos meses tengo el sistema inmunológico hecho añicos. Así que intentaré trabajar menos en aquello que no sea satisfactorio para mi alma o para mi cuerpo. Todo aquel trabajo que requiera un exceso de esfuerzo lo rechazaré de inmediato. Si alguien me llama para construir un tejado, juro que lo mandaré al carajo.

Me gustaría ganar más dinero. Tengo la empresa abandonada y de tanto pensar en los otros me olvidé de mí mismo. Este año deseo potenciar todo lo que ahora tengo. Me gustaría editar menos libros, pero mejores, que me llenen de auténtica satisfacción, y a poder ser, que además me aporten beneficio. Uno se cansa de perder tanto y tanto dinero con autores que nunca agradecen tu labor. Quiero mantener unas finanzas saneadas y no dar tanto, practicando así un poco la contención cuando un tejado se derrumbe o cuando toda la casa se inunde. Seré más precavido conmigo mismo, y no dejaré que nada de lo que pase a mi alrededor perturbe mis finanzas, excepto por fuerza mayor.

Aunque hoy es el día de los santos Inocentes, todo esto es verdad, y por supuesto, también es verdad lo de la pizza. Este año voy a comer muchas más pizzas que el anterior.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Es Navidad


a

«La cicatriz de Belén». Banksy instala en Belén un provocador pesebre con muro y agujero de proyectil

 

“En la naturaleza existen tres maravillas perpetuas: la magia de la materia, el milagro de la vida y el misterio de la humanidad. En todo ser humano se encuentran y se unen estas tres maravillas”. Eros and Psyche, de Benchara Branford

Feliz Navidad a todos. Feliz renacer a la luz. Nace la luz y todo aquello que lo representa. Los dioses nacen en estas fechas, y los dioses son aquellos que portan la luz como hilos de consciencia que se precipitan en nuestra helada cueva. La luz vence porque requerimos de su esencia para poder ver en la oscuridad brillante que campa por todo el universo. La obsesión por la luz es precisamente esa. Allá fuera, en el universo, todo es oscuro.

Este año tuve la oportunidad de buscar la cuna en la cueva de Belén. Era una cueva oscura, desaliñada, desamparada. No era un lugar especialmente hermoso. La oscuridad era presente en el pequeño recinto que toda clase de peregrinos y turistas frecuentaban. Unos por fe, otros por curiosidad. Me aparté un tiempo mientras contemplaba a unos y otros ir y venir, e intentaba imaginar el pesebre. Allí escuché una voz y seguí una estrella, una luz, un rastro de luz. De todos aquellos que campan por el pesebre, ¿cuántos realmente llegarán hasta el Calvario? Es una reflexión profunda en estos tiempos, especialmente para aquellos que creen en la fe que envuelve toda la historia de Jesús el Cristo. ¿Quién realmente continua las sendas que ese inocente niño que hoy nace una y otra vez en nuestros corazones nos enseñó?

Pude seguir sus sendas, incluso oré en silencio en Getsemaní. Anduve por las calles de Jerusalén intentando entender el dolor que más tarde encontraría en el monte Calvario. Todos en el fondo tenemos sed de divinidad, hambre y apetencia de aquello que nos eleva como seres humanos. Pero necesitamos, año tras año, recordar el nacimiento de la Luz para poder acercarnos, aunque sea en breves instantes, a todo lo que ello comporta. A pesar de esa sed, nadie desea realmente implicarse en las arduas tareas del servicio y el sacrificio. Nadie está dispuesto a comprender los ciclos, con su expansión de vida, pero también con su decrepitud hasta la muerte. En estos tiempos de auténtica oscuridad, pocos festejan realmente la apetencia de Luz.

Cristo nació para recordarnos la importancia de dejar de ser humanos animales y convertirnos de verdad en seres humanos espirituales, que es como decir que seamos de verdad seres humanos. De ahí que lo que nace en Belén no es un pequeño niño cargado de símbolos y misterio, si no la anunciación de que algo nuevo está naciendo en el interior de todos los nosotros. Una semilla, un trozo del telar cósmico que se engendra para volvernos más cercanos a nuestra esencia. De ahí el recuerdo del nacimiento constante, en pleno solsticio de invierno, con la esperanza de que una y otra vez renazca en nosotros ese mensaje de fe y esperanza, de retorno a las fuentes primordiales, que no es más que el recuerdo de lo que realmente somos.

Necesitamos renacer continuamente en el recuerdo de nosotros mismos para revelar nuestras riquezas interiores. El mensaje de hoy es diminuto, casi no es percibido en su sutileza más profunda. Pasa desapercibido entre grandes cenas y comidas, entre fiestas y consumo. Pero es necesario reavivar en nosotros la llama de su esquema, de su realeza profunda. La Navidad no es solo un símbolo, es el recuerdo de todo nuestro peregrinar en la Tierra. Paz y amor a los seres humanos de buena voluntad, y que el recuerdo reavive la llama de luz. ¡Luz, más luz!

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Hijos de conveniencia


a

Con Maia, una niña especial que no me hubiera importado tener a conveniencia. 

Soy un romántico. Lo admito. Acabo de rescatar mi viejo Prius y ya lo tengo de nuevo a mi lado. Tras más de un millón de kilómetros juntos parece mentira que esa nave espacial, mitad hotel, mitad coche, esté de nuevo conmigo. Siempre me fascinó conducir ese coche y ahora tendré que gastar algo de dinero para que circule algún tiempo más, pero es que no tengo remedio. Pongo un circo y me crecen los enanos, como me dice siempre enfada Dolores por mis decisiones excéntricas. Así me va.

Como estoy gafado en casi todo, no me extrañó cuando hoy el constructor dijo que se había puesto enfermo. La única semana en la cual después de tres meses no daba lluvia y va y se pone malo. ¿Qué hice? Pues me subí al tejado a clavar las losas yo mismo. ¡Qué desánimo! Este mes está siendo extraño, raro y difícil.

Ayer fui a Lugo para tomar un café con una amiga profesora, doctora y con ganas de tener hijos. Le acabamos de editar un libro que habla sobre inteligencia emocional y fui a llevarle algunos ejemplares. Tuvimos una conversación muy interesante sobre el mundo de la docencia y los hijos. Le confesé que por dentro también sentía el deseo de tener hijos pero que tal y como está el patio lo veo prácticamente imposible. Ella me dijo que se está preparando para ser madre soltera, que no necesita un padre a su lado y que en cuanto termine las oposiciones su siguiente reto será tener un hijo por medios no convencionales.

La conversación me resultó muy interesante porque de repente se me ocurrió que, viendo como está evolucionando el mundo de las parejas, y antes de que la Inteligencia Artificial invada nuestras vidas íntimas y privadas, incluidas en ellas nuestras relaciones con las máquinas (tiempo al tiempo), estamos viviendo un periodo de transición. En ese periodo de transición en el que las máquinas con inteligencia artificial pronto ocuparán el rol de las parejas actuales, aún estamos a tiempo de tener hijos por conveniencia. Es evidente que las parejas de hoy día no soportan, la mayoría de ellas, la relación con todas sus consecuencias. Tarde o temprano terminan dejando la relación y en la mayoría de las veces, con mal rollo o mal sabor de boca.

Se me ocurría conversando con esta amiga que quizás una salida noble, por decir algo, a todo este lío relacional que forcejea además con algunas necesidades primitivas o naturales como son las de tener hijos, podrían solventarse con un acuerdo. El acuerdo consistiría en tener un hijo con gastos, afectos y custodias compartidas, con las ventajas que eso supone para ambos y con el alivio de no tener que involucrarse emocionalmente en una relación. Serían hijos por conveniencia con padres convenientes.

Seguramente, dicho así, podría sonar absurdo, chocante o brusco. Pero viendo lo costoso de los divorcios, la ruina que supone normalmente para el padre que debe abandonar el hogar y pasar una alta pensión y dado que las nuevas relaciones no están por la labor de seguir con el viejo paradigma de pareja estable, pues, ¿por qué no llegar a un acuerdo donde se pacte tener hijos sin llegar a implicación emocional alguna? Como dicen los conservadores extremos, un coito que dura más de dos minutos es vicio o socialismo. Pues eso, la conveniencia puede durar solo dos minutos y un pacto bien amarrado para compartir la custodia de un hijo.

Quizás, tras mis fracasadas experiencias emocionales, me esté volviendo excesivamente frío y distante, escéptico diría en cuanto a relaciones estrechas se refiere, pero visto fríamente, no me parece una mala idea para aquellos que desean tener hijos pero no quieren meterse en líos emocionales de los que casi nunca se sale bien. En esta sociedad líquida e impermanente, ¿por qué no buscar soluciones igual de líquidas e impermanentes? No sé, por decir algo…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

WhiteFriday: hacia la simplicidad voluntaria. Hoy consume experiencias y conocimiento


a

© La casa grande de la alegría (@Niiloi)

Es inevitable que para que nuestro negocio o trabajo funcionen tienen que existir al otro lado personas que consuman nuestros productos y servicios. Noviembre, junto a enero y agosto, es uno de los peores meses para los empresarios. Yo mismo lo noto en las cuentas de la editorial, donde todo son pérdidas y pocas las ventas de libros en estos días. La paradoja, excepto para los funcionarios, es que los empleados deben consumir inevitablemente para que el sistema funcione y sus puestos de trabajo no peligren. Es una paradoja que se retroalimenta una y otra vez y cuyas consecuencias ya estamos empezando a experimentar con el cambio climático. Es el precio del bienestar social. Sueldos dignos para mantener una vida digna que basa su existencia en el consumo extremo.

Si tuviera poder de convicción me gustaría invitaros a que pasarais unos días en el bosque. A muchos de vosotros os presentaría de nuevo a nuestra madre Naturaleza, tan olvidada en estos tiempos de prisas e internet. Os daría un paseo por los verdes prados, entre árboles, mirando al cielo y la luz que tenuemente recorre las veredas. Os hablaría del tiempo, de como transcurren las cosas cuando nos alejamos del ruido de la ciudad y como el silencio va fraguando en nosotros una calma especial, casi mística.

También os hablaría de la necesidad de empezar a practicar en nuestras vidas la simplicidad voluntaria. Es cierto que no os puedo pedir que vengáis todos a vivir a los bosques para, de una forma radical, ser coherentes con el ciclo urgente en el que vivimos, pero sí intentaría moldear vuestras prácticas de consumo, incitando a que cambies la forma de hacerlo. Y la mejor forma que se me ocurre es cambiar las cosas por experiencia o conocimiento, e incluyo en el conocimiento, en el saber, la cultura y el aprendizaje.

Esta es una forma de simplicidad voluntaria que puede generar el que con el tiempo los empresarios piensen más en crear experiencias y conocimiento que cosas. De hecho, las grandes empresas que gobiernan el panorama económico, Google y Facebook, generan experiencias, y no cosas, y no les va nada mal. Pero hay otras experiencias que pueden llegar a crear un matiz diferenciador, y pongo como ejemplo ese paseo por los bosques, donde siempre ocurren cosas que jamás se olvidan. Las semanas de experiencia que organizamos aquí en verano son muestra de ello.

Hoy es un día que nos incitan a consumir. Los empresarios necesitan generar dinero para poder pagar las nóminas de aquellos que tienen contratados. Forma parte del juego. Pero ese juego puede cambiar si empezamos a disfrutar de la vida con menos cosas y mayores experiencias y saberes. Y si esas experiencias están dentro del marco de generar cultura o inspiración o visión o de crear un modelo ecológico o una idea de compartir, de cooperar y de apoyarnos mutuamente, es decir, de crear un nuevo marco de relaciones, un nuevo paradigma de ética donde todos ganemos, entonces ese consumo, además de ser responsable, se convertirá en algo necesario.

Así que disfrutad del BlackFriday, pero hacedlo desde la más absoluta de las consciencias para que en el futuro sea un día luminoso, blanco y bello. Un WhiteFriday donde acompañemos a la naturaleza en su esplendor y belleza.

(Cuña publicitaria: si hoy compras un libro en alguno de nuestros sellos editoriales, te regalamos otro, ¡venga ánimo! Pon WhiteFriday en el asunto y te llegará un hermoso regalo en agradecimiento por consumir cultura, talento, arte. Ya sabes, además, que los beneficios van directamente al Proyecto O Couso… )

http://www.editorialdharana.com/

 

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

La plaga humana. Patogénesis de un planeta enfermo


a

© Maxwell Campbell 

Este era el título de una de las versiones de la tesis doctoral. Por supuesto no gustó y fue censurado. También las ideas que allí se planteaban o que querían poner el acento en este tipo de cuestiones. La disidencia e independencia intelectual no siempre es posible. Al menos que seas codependiente de las instituciones que albergan y protegen el conocimiento y sepas camuflarte o adherirte a sus causas. El estar por fin separado de las instituciones y poder ser crítico con ellas me permitirá hablar más abiertamente de asuntos importantes que nos afectan a todos. Lo paradójico es que, tras esa censura, las propias Naciones Unidas son las que plantean ideas de corte parecido, poniendo el acento en la alarma mundial que padecemos. Véanse los Objetivos para el desarrollo sostenible.

Es desesperante y frustrante gritar para advertir sobre lo que parece irreparable. Muchos pueden pensar que no hay marcha atrás, que estamos navegando felices hacia el iceberg que lo hará estallar todo por los aires. A veces el optimismo y el navegar contra corriente resultan parecerse a esos ídolos caídos. Al principio nos parecían felices soñadores, luego pasan de golpe a convertirse en seres narcisistas y egocéntricos. Los ídolos caen en cuanto adentramos la perspectiva a otros lugares menos fantasiosos.

Muchos ya están cansados de pregonar o de potenciar esa engorrosa necesidad de tener que aportar argumentos suficientes sobre lo que está pasando. Ya no se trata de explicar que el mundo se está agotando. Más bien estamos en el punto de tener que decidir drásticamente si deseamos ser partícipes o no de su destrucción. Esto encierra una especie de radicalidad exponencial que nos acercaría más a la hipocresía extrema o a la decisión de cambiar para siempre nuestras vidas.

Lo primero es sencillo, solo tenemos que fingir que no pasa nada. Podemos lavar nuestras consciencias con depósitos enteros de buenas intenciones diarias. Reciclar algún plástico, bajar el consumo de grasa animal, comprar productos bio o hacer algún donativo a proyectos alternativos. Todo eso en esa gran fiesta bucólica en la que todo es posible gracias al fingir que todo está bien.

Pero la segunda opción es compleja. Requiere radicalidad y cambiar los fundamentos profundos de nuestras vidas. Y a eso no estamos dispuestos. Nadie está dispuesto a deconstruirse de repente, a no ser que haya tenido un arrebato de locura, o en el mejor de los casos, algún tipo de iluminación que le lleve hasta las puertas de la mismísima lucidez. ¿Quién dejaría hoy día el pescar peces para lanzarse a la compleja tarea de pescar almas? Elegir entre un mundo distópico o un ilusionante mundo utópico en el que albergar algún tipo de esperanza futura, esa es la cuestión. Lo primero podría parecer hipócrita y lo segundo, ingenuo.

Sería imposible imaginar que de repente las ciudades se despoblaran. Sería igualmente imposible imaginar que de repente, al menos la mitad de la población renunciara a los requisitos de consumo que hasta la fecha poseemos. Sería imposible imaginar que una gran parte de la humanidad decidiera abandonar el círculo vicioso de la ciudad -trabajo-consumo-más trabajo-más consumo- para albergar algún tipo de alternativa más natural, más en acorde con la naturaleza, y siempre, ante una tendencia decrecionista, donde menos es más y donde las cosas empiezan a cambiarse por las experiencias. La simplicidad voluntaria como camino alejados del crecimiento que nos inculcan desde los estamentos.

La patogénesis de la enfermedad que padece el planeta es bien clara: nosotros mismos confrontados a nuestra avaricia. Nos hemos convertido en una plaga que está envenenando todo cuanto tocamos. Ya somos más de siete mil millones de habitantes con deseos de crecer y crecer y crecer sin darnos cuenta de que vivimos en un planeta finito. Fingimos, en nuestra personal hipocresía, que todo está bien. Pero estamos incubando dentro de nosotros el final de los tiempos. Las alarmas crecen, el mundo está enfermo y no hay doctores suficientes capaces de diagnosticar y curar el cáncer que padecemos. El sistema doctrinal del que somos esclavos no nos permite ver con sinceridad y valentía lo que está ocurriendo. Tampoco nos permite actuar en consecuencia. Faltan grandes dosis de locura o lucidez. Tanto da cuando de lo que se trata es de salvar el mundo, y de paso, a nosotros mismos.

¿Cómo cambiar de paradigma? Por más que agito a mi alrededor nada cambia. Casi me cuesta una vida y un poco de locura el cambiarme a mí mismo. Sí, es cierto, me vine a vivir a los bosques y vivo en una pequeña cabaña de madera. Una locura. Pero insuficiente.

 

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

No es el karma…


a.jpg

Una persona a la que tengo en alta estima despachó nuestra relación advirtiendo de que nos habíamos conocido en esta vida para saldar una deuda kármica y por lo tanto, una vez saldada, nuestra reciprocidad ya no tenía sentido. Qué cosa esa manía de justificarlo todo con el karma. No hemos venido a esta vida a pagar ninguna deuda. Hemos venido a ser útiles a la creación, a cooperar inteligentemente con todos los seres que nos rodean y, por lo tanto, no hemos venido a pagar deudas, si no a comprometernos con la realización del maravilloso plan de la existencia.

Culpar al karma de nuestras irresponsabilidades es no asumir nuestros errores en ese plan de luz y de amor, de alegría y felicidad. El karma es sólo una ley de consecuencia, de causa y efecto. No hay un juez rector que juzgue nuestras acciones. Sólo disfrutamos de los frutos de nuestra propia cosecha. Así de simple. Si cosechamos odio, recogemos odio. Si cosechamos amor, recogemos amor. No te encuentras con la gente para saldar deudas, te encuentras, o te reencuentras, para aprender a amarlas, a respetarlas, a comprometerte en la responsabilidad de hacer de un mundo bueno, un mundo mejor al lado del otro. No huyendo despavoridamente cuando las cosas no salen como a uno le gusta, cuando el otro pone de manifiesto todas nuestras imperfecciones y miserias.

Cuando creemos en el karma de la forma irresponsable en la que lo hacemos, estamos creando irresponsabilidad en nuestro entorno, en nosotros mismos. Es cierto que no tenemos porqué estar soportando a nadie, pero también es cierto que, si hay personas que han significado alguna cosa alguna vez en nuestra vida y deseamos cerrar ese ciclo, es bueno y necesario cerrarlo bien, con amor, con dulzura, con cariño, con tacto. Especialmente porque la gente es de carne y hueso, es frágil y además son seres sintientes. Aunque parezca mentira, y cada vez ocurre con mayor frecuencia, hay personas que un día te dicen que son tu alma gemela y al día siguiente te despachan por no sé sabe qué historias del karma.

Lo que sí hay es mucha ignorancia. Mucha irresponsabilidad con las relaciones. Como esas personas que te prometen el oro y el moro, te conquistan, te enredan y al día siguiente desaparecen sin más y para siempre. Para eso mejor que no entren en tu vida, que no te enreden, que no intenten embaucarte. Las nuevas generaciones son tremendas para eso. Acostumbrados a crecer en el más puro egoísmo, hacen de los otros meras marionetas, pequeños avatares o emoticonos de su realidad virtual. Hacen y deshacen sin crear vínculos verdaderos, comprometidos, responsables. Reducen al otro a un usar y tirar.

La verdad es que el tema de las relaciones es demoledor en estos tiempos que corren. Y todo por culpa del karma, claro. Pero a nadie se le ocurre acercarse al otro desde el dharma. Nadie habla en términos de deber o obligación hacia el otro, de cierta ley moral, de cierta correcta conducta, de cierta ética a la hora de rozar al prójimo. Es mejor sacar al otro de quicio, es mejor despojarlo de su dignidad, asumiendo que no tenemos ningún tipo de responsabilidad sobre nuestra a veces déspota y despiadada conducta. En fin… cosas del karma… para qué seguir… Pues eso…

Bueno, sólo una cosa más: no, no vamos a “regresar a casa” ni nos van a abducir ninguna nave espacial para llevarnos a no se sabe qué paraíso ni nos vamos a librar del karma iluminados de repente en no se sabe qué luz. Así no funciona el universo. Así funciona el escapismo, la irresponsabilidad y el don de no asumir nuestra parte en el curso inmediato de la vida.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Democratizar el conocimiento y las riquezas


IMG_20190914_204510.jpg

San Francisco de Asís amando a los animales y tratándolos de hermanos

Y aquel en quien se sembró la semilla entre espinos, éste es el que oye la palabra, mas las preocupaciones del mundo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se queda sin fruto. (Mateo 13:22)

La censura hoy día existe, pero es sutil. Es creada por saturación. Hay tanta información, tantas cosas, que no importa lo que digamos o lo que expresemos o lo que sintamos en nuestro interior, caerá en un saco roto. Es la perfección de un sistema que ha conseguido afinar sus técnicas de manipulación masiva. Por eso ya casi no hay revoluciones, excepto cuando no podemos comprar cosas (acordaros de la crisis del 2008). Resulta paradójico. Si tenemos un sueldo y unos grandes almacenes cerca donde poder gastarlo, no pensamos, no actuamos, no nos quejamos y apaciguamos tranquilos los pastos y las veredas del conformismo. Sin cuestionarnos nuestras vidas, sin revelarnos ante ningún tipo de acontecimiento ni mirar hacia los cielos cargados de luminarias para preguntarnos qué hacemos aquí o para qué hemos venido, si la vida tiene algún tipo de sentido más allá de ir a los grandes almacenes con nuestro “cari” a comprar algún mueble inútil (a falta de “cari” propia, me encanta ver pasear a los “caris” en los grandes almacenes, me quedo embobado viéndolos, envidiándolos sanamente, observando sus sueños y sus manos entrecogidas, ignorando la ilusión de esa imagen que nadie sabe cuánto durará entrelazada en estos tiempos de futilidad en los muebles y en las relaciones). Las redes sociales hacen el resto. Nos atrapan, nos engullen, nos roban nuestro único tesoro verdadero: el tiempo. Con o sin caris.

Un amigo que trabaja en el servicio de inteligencia dice que el mayor temor del Estado no es el terrorismo ni el cambio climático ni siquiera los nacionalismo. El mayor temor es el paro. Si la gente se queda sin dinero, sin sueldo, sin trabajo, el caos se apodera del sistema, porque si no hay sueldo no puedes sobrevivir en un sistema perfectamente atado, sin posibilidad de salir. La hipoteca nos atrapa, las tarjetas de crédito nos atrapan, las tarjetas de fidelización nos atrapan sutilmente con sus excelentes descuentos, los créditos al consumo nos atrapan… Son las cadenas de nuestro tiempo. Es la esclavitud perfecta, la trampa perfecta orquestada de forma voluntaria por sus participantes. El panopticón social perfecto. No hacen falta esclavistas ni vigilantes, nosotros somos nuestros verdaderos verdugos. La autocensura es perfecta. Lo escribí en el libro “Creando Utopías, el papel de la rebeldía ante el Nuevo Orden Mundial“, (del cual ya estoy preparando la tercera edición revisada): “a los esclavos de sí mismos”.

Los mercaderes de los que hablaba Jesús dominan todo el espectro. Sus deseos nacen de satisfacer la avaricia. Ya no desean cosas, desean cosas grandes, voluptuosas, impresionantes. No desean un coche, desean el coche más potente y más caro. No desean una casa, un apartamento, desean un palacete en una gran finca. La avaricia es el hilo conductor que sustenta todo el sistema. Lo llaman “progresar”. Si la avaricia quebrara, el sistema quebraría. Los mercaderes dejarían de comprar cosas grandes, y por lo tanto, no necesitarían mano de obra barata y sumisa que enriqueciera sus arcas. Las ganancias, la verdadera plusvalía, viene de nuestra esclavitud. Ellos necesitan nuestro jugo más valioso, el tiempo, para comprar grandes cosas. Y esa mano barata no se vendería si no fuera por la ilusión irreal de aspirar, con un golpe de suerte, a tener también cosas grandes. ¡Qué gran trampa! Luego vendrá la revolución robótica y el sistema se autorregulará a un nuevo orden social mundial. ¿Quién comprará las cosas si son los robots los que trabajan? ¿Y si los robots fueran nuestros avatares? Por ahí irán los tiros. Pero este es otro debate.

En nuestra pequeñez, nos conformamos con comprar un apartamento con balcón. Tener balcón es síntoma de grandeza dentro de nuestro ridículo círculo, porque de alguna forma quiere emular el jardín, la finca. Además, nos da distinción ante los vecinos que viven en zulos sin balconada. Como no podemos tener grandes cosas, nos compramos pequeñas cosas, pero grandes, aunque tengamos que pagarlas a plazos. Grandes móviles, mucha ropa, grandes televisores. En el fondo es una especie de avaricia que nació en un tiesto pequeño. La vida en las ciudades tiene una lógica demoledora, subversiva.

Como no podemos jugar a la bolsa, que es el juego ludópata de los ricos, jugamos a la lotería, que es el juego ludópata de los pobres. La ilusión es la misma, la sensación es la misma, pero a diferente escala. Los ricos invierten millones de euros, los pobres algunos céntimos, normalmente lo que sobra cuando vienes de comprar el pan, solo para una cosa: tener más, aspirar a más olvidando la lógica aplastante del mercado y de nuestro mundo: todo es limitado y los recursos no son infinitos. Por eso todo es calderilla cargada de ilusión, porque si por un remoto casual nos tocara la lotería, todo ese dinero lo utilizaríamos, sin dudarlo, en comprar grandes cosas, el coche más potente, la finca más grande, quizás un yate y un avión privado. Es como el balcón o la terraza, porque qué sería de la avaricia si no viniera acompañada de cierta vanidad. Por supuesto no todos los pobres ni todos los ricos son iguales, es sólo un símil, solo una idea para la reflexión de unos y de otros. Pondré un ejemplo ilustrativo, casi gracioso y ridículo para llegar al fondo de la cuestión.

Esta noche, como ya es ritual en este lugar, me metía en el pequeño gallinero para hacer recuento: dos patos, diez gallinas, un gallo y los dos pavos, el pavo y la pava bizca, pobre. Estaban todos, no faltaba nadie. A pesar de ser diferentes, de especies diferentes, de tamaños diferentes y de colores diferentes, duermen todos juntos, comparten el mismo espacio de amor todas las noches y por el día, durante las primeras horas, comparten el trozo de corral que les pertoca. A media tarde, cuando ya han puesto los huevos que luego degustamos agradecidos, les abrimos las puertas y campan libres por toda la finca, excepto los patos, que se van corriendo al estanque como si no hubiera más vida que ese chapuzón diario y excepto la pava bizca, que aún no sabe si es pato, gallina o pavo (vive en un mar de dudas quizás por esa media visión de las cosas, pobre). Esta finca no es de ricos, es de pobres, porque al igual que los pavos y los patos y las gallinas, la compartimos. La diferencia es significativa. No nos mueve la avaricia ni la codicia ni la vanidad de poseer nada, sino la necesidad y el estímulo de compartir, con amigos y extraños, con patos, gallinas y pavos, aunque sean bizcos. Esta es la ilustración, la visión, la consciencia diferente (y diría que urgentemente necesaria para que la avaricia no acabe con nuestro mundo).

Aquí el conocimiento es sutil. No nos esclaviza, sino que nos libera. Al no despertar en nosotros la avaricia (lo bueno de vivir en los bosques es que existen pocos estímulos), no deseamos tener ni poseer cosas. Queremos abrazar la naturaleza, comprender su misterio, enraizar con ella. Queremos pocas cosas que siempre compartimos. Es una apuesta compleja y difícil, arriesgada en los tiempos que corren, criticada, muy criticada, pero no es novedosa. San Francisco lo intentó hace casi mil años y Jesús, hace dos mil.

Mi querida Mercé, (hoy es su cumpleaños, felicidades hermosa alma), me regaló, a modo de guiño, el cuadro que comparto en este artículo. San Francisco fue un ejemplo puro de simplicidad voluntaria, lo que antes se llamaba votos de pobreza. Ahora somos más modernos y lo llamamos de forma diferente, pero en el fondo es lo mismo. San Francisco, al igual que su mentor Jesús el Cristo, combatió la avaricia mediante el decrecimiento voluntario. Ya lo dijo en muchos textos: “No podéis servir a Dios y a las riquezas”. “En verdad os digo que es difícil que un rico entre en el reino de los cielos. Y otra vez os digo que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de Dios”.

Realmente Jesús no se refería a los ricos ni a las riquezas en sí mismas que, si son compartidas, no hacen mal a nadie. El problema es el egoísmo que encierran en nosotros, seamos ricos o pobres, la avaricia y la vanidad que nos mueve. A día de hoy, esa avaricia (Weber decía que el capitalismo es una forma de ordenar nuestra avaricia, y por lo tanto es algo bueno) está destruyendo el mundo que habitamos. Por eso debemos buscar fórmulas para agitarnos, para compartir nuestras riquezas y convivir de forma humilde, con un bienestar mínimo, pero alejado de nuestras egoístas aspiraciones. Así que con vuestro permiso seguiré agitando las consciencias, sutilmente, pero despertando, al menos, la duda sobre lo que hacemos, de a quién le vendemos nuestro tiempo y lo más importante: para qué. Democratizar el conocimiento ha sido una gran revolución. Ahora nos queda pendiente democratizar las riquezas para que pavos y gallinas y patos puedan disfrutar por igual de una gran finca sin distinción de género, raza, creencia o condición social.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura… ricos o pobres, gracias por democratizar vuestra riqueza… haré lo mismo con todo lo que aquí llegue… 

donar

 

La restauración espiritual en la Nueva Jerusalén


a

“Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra habían dejado de existir”. (Apocalipsis 21:1)

Nuestros antepasados han invertido infinitos esfuerzos generación tras generación para mantener el estado de cosas en el que nos encontramos. El producto de ese titánico esfuerzo es lo que nos permite ahora mismo disfrutar de la tierra en la que vivimos. Para algunos, más bien pocos, esto no ha sido suficiente. La degradación a la que estamos sometiendo el planeta está conduciendo al mundo a un escenario apocalíptico. Los últimos incendios en grandes zonas de la Amazonia no es nada en comparación a lo que, globalmente, estamos condenando al planeta.

En el apocalipsis se habla siempre de dos ciudades antagónicas: Babilonia, la cual representaría la parte más grotesca del ser humano, y la Nueva Jerusalén, que representaría la parte más sublime, de gozo y alegría, de paz y amor. El problema de Babilonia y sus estímulos es que estamos enamorados completamente de la misma, de sus placeres, de sus encantos. Nadie por propia voluntad estaría dispuesto a abandonar ese lugar que provoca cierta seguridad. Como digo, demasiadas generaciones han invertido demasiado esfuerzo para su mantenimiento, y la hipnosis sobre esa idea es siempre colectiva. Luchamos y morimos por defenderla.

Son muy pocos los que piensan que debemos hacer algo para cambiar el escenario al que nos abocamos, a pesar de la hipnosis colectiva y la ceguera que la acompaña. Los antropólogos primitivistas norteamericanos de tendencia anarquista afirman que el único modo de encarrilar la humanidad es abandonando por completo el modelo de modernidad actual, la Babilonia apocalíptica en la que nos podemos encontrar dentro de poco si no regulamos nuestra forma de vida. Inspirados por el ensayo de Marshall Sahlins titulado “Economía en la Edad de Piedra”, estos teóricos de las ciencias sociales afirman que la auténtica revolución y liberación humana pasará por la vuelta al neolítico y por el abandono radical de nuestra actual forma de vida.

Dicho así, parece un imposible, si no fuera por esas pequeñas islas experimentales que de alguna forma intentan demostrar que otra forma de vida es posible. Es evidente que habrá dos formas de asumir el cambio: una por propia iniciativa individual cambiando nuestro modelo de vida y tomando, diría que heroicamente, las riendas de nuestras vidas hacia un estilo diferente, radicalmente diferente. La otra manera nacerá del inevitable cataclismo al que nos abocamos y que, en una, dos o tres generaciones a lo sumo, terminará con la vida humana tal y como ahora la conocemos. El primer escenario es esperanzador, pero aparentemente inútil. La gente solo reacciona ante la pérdida o el dolor, ante el sufrimiento de hechos inabarcables. Excepto en contadas ocasiones, que por rebeldía intelectual, moral o espiritual, deciden cambiar radicalmente. El segundo escenario ya se está dando. Sutilmente de momento, pero quizás de forma más desmedida a medida que pasen los años.

La nueva Jerusalén de la que habla el apocalipsis debe nacer en nosotros. Esto es una evidencia. Al menos parece una evidencia moral e intelectual clara. El problema es que esa evidencia no nos interesa porque no estamos por la labor de ningún tipo de restauración moral, intelectual o espiritual. Y sobre todo, porque no estamos dispuestos a derrumbar todo aquello que nuestros ancestros han construido generación tras generación. Romper con ese compromiso, con esa brecha generacional, con esa absurda reverencia hacia lo pasado será lo que cavará inevitablemente nuestra tumba social. Dicho así, el milenarismo ya ha llegado, y el apocalipsis va a llegar si no cumplimos con nuestra parte, si no radicalizamos nuestras vidas hacia un componente de cambio real, hacia una forma de entender la existencia totalmente diferente.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Liberando a los prisioneros


a.jpg

© Alexander Khokhlov 

¿De qué está hecha nuestra sustancia arquetípica? ¿De arcilla, de barro, de puro mármol blanco, de brillo, de luz, de color? El verbo crea la sustancia y la moldea según su propia naturaleza. Nuestras vidas son el resultado de ese trabajo continuo de alfareros, de constructores, de marmolistas o de luminarias. Parte de nuestra vida consiste en construir una perfecta cárcel para algún día, descubrir la necesaria pureza del hecho destructor. Una hermosa paradoja entre lo que se construye, lo que se sostiene y lo que se derrumba ante el clamor de la fuerza interior.

Alguien hablaba en el siglo pasado sobre la necesidad de construir “un templo del cual surgirán las Palabras de Poder, a fin de liberar a muchos prisioneros”. Hay una hueste que nos habita, pero está atrapada, esclavizada al mundo de las formas, al mundo que desde el ego construimos, encerrando en oscuras cavernas nuestra más brillante esencia. El constructor de esa cárcel, el carcelero, es nuestro ego, nuestro pequeño ego, tan poderoso en el mundo de la forma que es capaz de tener atrapado a su prisionero, el alma. De ahí la necesidad, para muchos desconocida, incomprensible, de construir lugares donde poder liberar a muchos prisioneros. Lugares de fuerza donde mediante la actividad grupal se pueda desprender aquello que requiere liberación.

Este es un doble trabajo: primero, destruir lo construido desde el egoísmo y la ceguera para luego construir un lugar sagrado, puro, cristalino, desde el que liberar al que brilla dentro de nosotros. La verdadera magia consiste en dirigirse a los dioses en su propio lenguaje. Esto provoca un hecho milagroso, algo que libera parte de nuestra esclavitud, algo que provoca que nuestra nota clave sea dirigida con fuerza hacia esa liberación. Si se hace de forma grupal, el resultado es doble. Por una parte, liberamos al prisionero, y por otra, llamamos la atención de aquellos que ya están construyendo desde unas esferas más sutiles y brillantes.

Que trabajo tan difícil el de liberar prisioneros. Qué carga tan pesada cuando se hace desde la más pura intuición, sin mayores herramientas que aquellas que vamos adquiriendo mediante la ardua experiencia. Y que poco reconocimiento, que pocas formas de entender este duro trabajo. Y luego la liberación nunca es total, porque realmente el prisionero, en estos tiempos, está debilitado por el mundo de las formas. El carcelero, poderoso, se cree firme y fortalecido por las corrientes materialistas que imperan en nuestro tiempo. Un mundo egoísta solo puede enaltecer el egoísmo. Un mundo enfermo solo puede proteger a sus enfermos. Los médicos, los asistentes, los auxiliares, los enfermeros, son pocos. También son pocos los hospitales del alma donde sanar y crear visión, donde liberar al alma presa.

¿Cómo realizar esta ardua tarea ante seres que aún se alimentan de sangre, seres que aún llenan sus pulmones y venas sagradas con todo tipo de venenos, seres agazapados en la mentira de la ilusoria materia, con sus gobernantes, la avaricia y el egoísmo, dirigidos todos por el general encarnado en la ignorancia? ¿Cómo seguir liberando almas en esta batalla interminable cuando los monjes-guerreros son cada vez más escasos, más débiles, más cobardes? ¿Dónde está el cáliz que debe alimentar su coraje? ¿Dónde las fuentes que deben fortalecer su propósito? Aún en los bosques perdidos, en escarpadas montañas, se puede encontrar lugares ocultos donde ascender y liberar al prisionero. Aún en rincones perdidos existe un conjunto de hermanos del espíritu libre capaces de seguir en la lucha continua por la liberación.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Orden


 

Han llegado amigos desde todas partes. Barcelona, Madrid, Burdeos, en Francia… En estos días de reencuentro solicité paz, amor y alegría. Pedí al universo que fortaleciera las columnas de la belleza, la sabiduría y la fuerza. Las energías del caos habían atraído situaciones especiales, y había que volver a renovar los principios, los acuerdos y especialmente los roles asumidos. Hoy pedí a una gran persona que hiciera de maestra de ceremonias. Su belleza interior hizo que el ritual fuera excelente. Hicimos un círculo de sabiduría cuyo tema estaba centrado en la tolerancia, el cual fue la excusa para introducir el sentido exacto de este lugar.

Ella organizó todo de forma hermosa. Primero, nos hizo entrar al templo arrodillándonos simbólicamente ante una espada que, de no inclinarnos humildemente ante la grandeza de la vida y el misterio del universo, podía cortar nuestro cuello-ego. Antes de empezar la ceremonia, el círculo, antes de la que la luz se manifestara en la tierra como mensajera del sol, cantó una hermosa oración. Luego, como buena maestra de ceremonias encendió la luz, tocó a golpe de mallete el gon y pasó la palabra de occidente a oriente y del mediodía al septentrión. El círculo duró algo más de tres horas de plena atención, enseñanza y compartir. Tras anunciar la última palabra y al cerrar los trabajos, ella volvió a cerrar el círculo entonando primero el Padre Nuestro en arameo y la Gran Invocación, terminando todos cantando el “Non nobis, Domine, non nobis. Sed Nomini Tuo Da Gloriam (“No a nosotros, Señor, no a nosotros. Sino a Tu nombre sea dada la gloria”), una de las frases emblemas de nuestro proyecto. Esta oración templaria, cantada entre todos en la ermita, en círculo, cogidos de la mano alrededor de la luz de la vela, representante del Cristo solar que hoy se crucificaba, ha sido una bonita forma ritual de poner orden en las energías del lugar. Energéticamente, se ha hecho un hermoso ritual psico-mágico representando todas las fuerzas.

Cuando el caos se apodera de nuestras vidas hay que cerrar los ojos y danzar alrededor de la luz, de la esperanza, de la fe en que todo puede terminar ordenándose. Así ha ocurrido, la alegría ha vuelto a reinar en nuestros corazones, en esta pequeña y modesta encomienda. El amor se ha desvelado como el misterio al cual acudir, como la revelación última a la que estamos llamados. De forma abstracta, simbólica, arquetípica, hoy la luz ha vencido a la oscuridad. Quizás solo por un momento, quizás solo por unos días, pero suficientes para que nos sirva de guía para siempre. Gracias de corazón a los aliados que han venido desde tan lejos para cumplir con su parte en el ritual. Gracias de corazón a los que elevaron la antorcha de sus corazones para guiar nuestra senda. Un día mágico y especial. Un día para el recuerdo. Gracias, gracias, gracias… Non nobis, Domine, non nobis.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

El mundo de los débiles


 

Realmente mi vida es un libro en sí misma. No haría falta escribir muchas más páginas. Bastaría dejar pasar unas horas y podría contar mil anécdotas. Además, como tuve la suerte de servir para los servicios de inteligencia de mi país, puedo decir que ahora sí que soy un escritor de verdad. Porque un escritor que no haya sido espía, no es realmente un verdadero escritor. Espía, vagabundo, visionario, antropólogo, aventurero, repartidor de pizzas, embajador consorte, empresario, editor, utópico, hippie, burgués, asexual, amante empedernido, enamoradizo, ecologista, bohemio, político, caminante, peregrino, curandero, parapentista, mago, ciclista, pintor, filósofo, insumiso, presentador, doctorante, intelectual, alumno, profesor, conferenciante, actor, articulista, telefonista, repartidor, limpiador, rosacruz, masón, arcano, teósofo, místico, esotérico, ocultista, mentecato, naturalista, anarquista, administrativo, trabajador social, educador, monitor, poeta y a veces, sí, a veces, escribo libros. Si mi gran ego tuviera algo más de memoria podría recitar una cuarta más de oficios y beneficios de esta corta vida. Pero tengo más ego que memoria, así que lo dejo aquí, porque realmente, he venido a hablar de mi libro, que en el fondo, es un libro frágil, tímido, marginal.

En mi vida he ayudado a mucha gente y he sido ayudado por mucha gente. Es una balanza equilibrada la cual agradezco. Cuando era niño, medio a escondidas, hacía nidos de pájaros cogiendo maderas inútiles en la carpintería de mi tío. Recuerdo que eso fue lo primero que hice por algo o alguien que no fuera yo mismo. Eso me pareció trascendente, porque cuando haces algo por los demás, de alguna forma trasciendes tu vida, tu ego, tu visión de la vida. Los pájaros son seres muy frágiles, quizás por eso esa fue la primera página de mi verdadero libro, aquel pequeño nido para pájaros cuya intención no era otra que ayudar a las aves a anidar y repoblar así la tierra con música volátil. No hay nada más hermoso como sentarte bajo un árbol y escuchar a un pájaro libre cantar.

Luego mi ayuda se extendió como voluntario a Cáritas, la Cruz Roja y una decena de organizaciones donde, de forma tímida y voluntariosa, procuraba servir. A niños autistas, a niños marginados, a niños con síndrome de Down, a niños tetrapléjicos, a niños complejos. El servicio a los demás, al frágil, al abandonado, al débil, de forma desinteresada, fue una bonita página. Estudié trabajo social porque allí te daban herramientas para ayudar al marginado, al débil. Entonces ayudé a los marginados de la calle, a los vagabundos, a los pobres de verdad, los que habían perdido todo, incluso la esperanza, incluso la cordura, incluso la compañía.

Esa segunda página fue trascendental en mi vida. Yo había sido débil y frágil desde pequeñito hasta que entendí que el mundo estaba siendo humanizado por los frágiles poetas, por los débiles artistas, por los inútiles escritores que configuraban la realidad de lo que debería ser la existencia humana. Por eso me hice escritor, antropólogo, filósofo y utópico de la vida. Los frágiles y débiles diseñamos el mundo para que los fuertes puedan construirlo. Los frágiles y débiles crean la poesía, la escritura, la filosofía, la ciencia, el arte que hace que el mundo sea bello, humano. Mi vida es una vida de fragilidad, de ahí mi empeño en proteger a los marginados, a los que mueren poco a poco de pena o soledad. Como ser frágil, solo puedo dedicarme a pensar el mundo para que sea mejor. Luego ya vendrán los fuertes con sus grandes manos, y lo construirán. Como ser débil, solo puedo pararme a imaginar un mundo más bello, a describirlo con sumo detalle, a indicar de qué mejor manera se puede poner una placa solar, una cabaña octogonal en armonía con el bosque. Puedo imaginar una utopía y diseñarla y cumplir con la promesa de que se construya. Sí, los débiles imaginan el mundo, y al hacerlo, ayudan a su construcción, a su mejora, a su progreso. Soy débil, por eso imagino mundos, por eso escribo mundos… por eso, por ser débil, voy creando utopías…

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

El esplendor en la hierba


a.jpg

Thérèse soñando (Thérèse rêvant), 1938, de Balthus

“Aunque el resplandor que en otro tiempo fue tan brillante hoy esté por siempre oculto a mis miradas. Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello que en mi juventud me deslumbraba. Aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no hay que afligirse, porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo”. William Wordsworth

Me hubiera gustado ser padre. No lo niego. Al menos me hubiera gustado tener esa sensación, disponer de esa posibilidad. Pero la realidad se impone con cierta crudeza. En este mundo efímero, delicado y trágico resulta difícil comprender que no todo tiene cabida en la vida. La aventura de un guerrero no es compatible con la chifladura de un loco y ninguno de los dos arquetipos tiene cabida en la serena imagen de un padre de familia. Por más que he intentado conjugar esas tres formas de vida, una de ellas se resistió hasta el final.

Aún así, en este mundo que se derrumba, subsiste en mi recuerdo la dicha que en otros tiempos pudo con esa posibilidad. Ahora que todo se desintegra, ahora que la comunidad tradicional sucumbe, que los valores tradicionales se esparcen por las cloacas de la modernidad, entiendo que mi papel no es más que el papel que representa al nuevo hombre: apático, solitario, triste. Un guerrero desarmado, un loco sin camino, un padre invisible gracias a los avances de la fecundación in vitro. Poco más nos queda por hacer en ese reguero de modernidad aplastante excepto adaptarnos, invisibles, al teatro que se impone, al papel que se nos exige para estar en concordancia con los nuevos tiempos.

De alguna forma me alegro por los avances del feminismo. La mujer ha conquistado cuotas de poder y emancipación inimaginables hace un siglo. Al mismo tiempo, casi sin darnos cuenta, la mujer se ha masculinizado, perdiendo la suavidad de su rostro y la amabilidad del trato. Sus valores más arraigados, su propia belleza intrínseca, han desaparecido gracias a sus conquistas sociales. Aunque aún queda mucho camino por recorrer, es cierto que la mujer ha avanzado en derechos y obligaciones al mismo tiempo que perdía parte de su gloria.

Ese avance, hecho con torpeza, ha creado una nueva sociedad, una nueva forma de entender la vida, las relaciones, ahora de quita y pon, de pego, de paripé pueril y fugaz. Lo masculino se atrofia para dar paso a otro modelo sensiblero, miedoso, patético. Algo iconoclasta, pero más bien figurante. Algo casi de mentira que se abre paso intentando reivindicar un modelo obsoleto, apagado, estéril.

Es cierto que las mujeres tienen mil motivos para movilizarse una y otra vez. También es cierto que los hombres, ahora más feminizados que nunca, deben apoyar estas movilizaciones, fundirse con ellas, solidarizarse con ellas. Al mismo tiempo, hay que reordenar interiormente cosas que se están perdiendo por el camino, hay que revisar con sumo detalle roles y valores que están menguando o migrando, posiciones que deberían recuperarse para que unas cosas no fueran sustitutas de otras, sino más bien complementarias.

A pesar de todo la belleza siempre subsiste en el recuerdo. Así que mientras salimos hoy a la calle para exigir mayores conquistas, la polifonía seguirá engullendo todo aquello que pervive en los arquetipos, todo aquello que aún anhelamos cuando todo perdemos. Sigamos exigiendo, pero no perdamos el aroma suave de la hierba, el esplendor y la belleza de las flores. Igualemos los derechos y obligaciones, pero que la mujer siga siendo lo mejor de una mujer y el hombre, lo mejor de un hombre.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Modos simbólicos para expresar una verdad difícil


 

a.jpg

© Jiří Šebek

Nunca tenemos mucho tiempo para mirar a nuestro alrededor e interrogarnos sobre lo observado. Hemos creado unas vidas aceleradas que no cuestionan nada. Si se nos dice que vivimos en una esfera que da vueltas alrededor de un astro luminiscente, lo creemos sin cuestionarnos mucho más allá de esa aparente verdad. Realmente no es importante si vivimos en una tierra plana o esférica. Ni siquiera nos hemos parado a pensar si nuestro pensamiento es plano o se desarrolla con ramajes espirales, si es producto de un psicotrópico o de una mentira repetida cien veces.

Realmente no tenemos tiempo para nada de eso. Más bien obedecemos a las circunstancias que nos hemos implantado, seguidos por una corriente de tradición que nos guía desde la cuna sobre lo que tenemos que pensar, decir, sentir y hacer. Lo preocupante de todo es que creemos sin cuestionar todo lo que pensamos. Es decir, somos valedores de nuestra propia realidad, de nuestro propio pensar, por lo tanto, no hay forma humana de poder modificar nada sobre nosotros mismos. Si pensamos que la tierra es plana, sin cuestionar el origen de nuestras ideas, moriremos expuestos a nuestras creencias, y por lo tanto, moriremos en una realidad que durante toda nuestra vida nada o poco se habrá modificado. Somos hijos de lo que pensamos. El problema es cuando dejamos de hacerlo, de cuestionarnos, de cuestionar la vida.

En unos meses hará un año que deambulo solo por el hado. Podría estar perfectamente acompañado, disfrutar de una tradicional relación y sucumbir a los deseos astrales de la emoción. Podría estar embelesado salpicando el mundo de poesía o ensoñación, disfrutando de lo animado a tientas con lo intangible. Descubro que ahora que tengo tiempo y no debo explicación a nada ni a nadie, podría estar haciendo cualquier cosa y nadie sospecharía nada. A nadie realmente le importaría si subo o bajo, si giro a la izquierda o a la derecha. Realmente, si nos fijamos en las relaciones, todas se encuadran en un estereotipo básico aprendido y aceptado. Pero nadie se cuestiona las relaciones. Simplemente las aceptamos por algún grado de filiación o afinidad. Por lo tanto el estar o no acompañado, el tener o no relaciones, es como pensar si la tierra es esférica o plana.

Entonces, si todo lo aceptamos y nada nos cuestionamos, de parar algún día a hacerlo, podríamos habernos dado cuenta de que nuestras vidas más bien era algo vacío que se adaptaba a unos simples patrones de realidad, de proyección, de teatralidad, interpretando un papel basado en roles y estatutos que nosotros mismos nos autoimponemos. Siervos de la servidumbre de nuestras realidades, y especialmente, siervos de esa necesidad de destacar o demostrar algo, aunque eso solo sirva para mendigar rodajas de afecto vacuo.

Esta mañana me acordaba de los refugiados con los que tuvimos la suerte de interaccionar hace dos años frente a las costas turcas, en las islas griegas. Intenté buscar información sobre ellos, sobre qué había sido de sus realidades y sus vidas y no encontré absolutamente nada. Las ONGs que allí estaban sobre el terreno habían desaparecido. Los voluntarios andamos en otros asuntos y las noticias han cegado esa realidad. Y entonces me preguntaba sobre en qué realidad vivimos los que vivimos de forma mecánica la vida. En qué basamos nuestras vidas, sobre qué valores, sobre qué cuestionamientos, sobre qué clase de libertad para decidir realmente lo que deseamos. Aquí no hay guerras, excepto los que la tientan en su interior. Aquí no hay refugiados, excepto aquellos que se esconden en sus escenarios para no cuestionarse nada.

Esto es una verdad difícil al mismo tiempo que incómoda. Si basamos nuestra existencia en no pensar, en actuar de forma mecánica, como si fuéramos un artefacto sin autonomía ni voluntad, uno se pregunta qué clase de naturaleza posee y a qué ha venido a esta vida tan corta y tan milagrosa. Si tenemos tiempo y nos paramos en alguna vereda y miramos con suma atención a nuestro alrededor, el escenario deja de ser simple y llevadero. Digamos que si nos paramos un rato a contemplar la existencia en su máxima plenitud, empezamos a entrever una red de complejidades absolutamente extraordinarias, una especie de mundos dentro de otros mundos que se desarrollan de forma asombrosa no solo en sus partes tangibles, sino también en sus extraordinarias fuerzas de dimensiones intangibles. Si nos paramos un rato a pensar, quizás nuestras vidas empiecen a liberarse, empiecen a cuestionarse nuestras cegadas maneras de hacer las cosas. Si nos paramos, aunque sea por un momento, quizás demos a luz un inicio danzante, diferente, sublime, verdadero.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

La vida pagana


a.jpg

¿Qué es ser un pagano? Decían los antiguos que los paganos eran los que vivían en el campo. Eran los rústicos, los que habitaban los “pagus” y tendían a adorar a los dioses antiguos. Dioses que ayudaban en las cosechas, que vivían en los astros y nos animaban a sembrar en luna decreciente. Estos días estoy experimentando la vida en la aldea, la vida pagana donde adoramos al sol, al viento, a la tierra, al agua, al misterio del éter en toda nuestra más absoluta desnudez. Desnudos por el campo, asomando nuestros dedos a lo más profundo de la tierra húmeda, explicitando un arte gótico con los árboles, con la hierba, con las silvas, la Naturaleza se muestra como la representante más sagrada del Absoluto, del Misterio.

Los que tienen experiencia enseñan a los nuevos. Escuchamos atentos para saber cuando podar, cuando sembrar, cuando preparar la tierra. Dedicamos un tiempo prudente a entender los misterios que encierra la supervivencia en mitad de la nada, especialmente en estos tiempos donde la nada se ha apoderado de todo, y vivir una vida pagana resulta insólito e inquietante. Los dioses del dinero aquí no existen. Ni siquiera los dioses de las cosas, de lo superfluo. Aquí todo se vive con intensidad, con viveza aguda, con todos los sentidos, como si cada acto sencillo estuviera rodeado de cierta pureza, de cierta sacralidad.

La vida en el campo de alguna forma es sagrada en cuanto todo se venera. El hacer fuego es un ritual que ayuda a calentar la casa al mismo tiempo que hace el proceso alquímico de cocinar los alimentos. El viento se vive con intensidad, porque forma parte de esos dioses invisibles que permiten que todo quede limpio, que la vida se esparza. Aquí las catedrales se visten de verde, de musgo, de hierba. Los campanarios son esos árboles cargados de frutos o pájaros que te miran con curiosidad. El templo es cada rincón donde reposar cansados y observar la Obra mientras oramos en quietud.

Aquí no hay privilegios, solo inspiración, silencio, cariño por la vida y todo lo que se teje a su alrededor como un manto misterioso que cubre cada pétalo de existencia. El agua fluye desde los manantiales más profundos y el beberla ya supone un acto de tributo a lo más insondable. La propia vida es el centro de todo, por eso no se descuida, no se aniquila con máquinas que nos mantienen alejada de ella. La vida fluye incesante, como una fiesta, cada día como si fuera un ciclo nuevo, con sus sorpresas, con sus añadidos.

La vida pagana discurre lenta porque no hay distracciones. Cada segundo renueva en nosotros un hálito de sopor, una recompensa por el esfuerzo, aunque sea mínimo.
Los nuevos paganos son aquellos que hacen de la vida un arte sencillo y verdadero. Son aquellos capaces de apreciar en una rama o en el canto de un pajarillo la grandeza total de la infinitud. Son los que detienen los relojes y prenden la llama de un nuevo tiempo sopesado y administrado por el instante presente, por el ahora incombustible. Los nuevos paganos adoran la risa y el llanto, la alegría y el soñar. No tienen prisa por nada. Cada paso, cada momento, es una oración cargada de alabanzas al Creador de todas las cosas. Sus emociones se esparcen por la tierra y sus pensamientos se los lleva el viento. El alma se aposenta entre el canto del grillo y los atardeceres cargados de bosque. Los caminos consumen momentos de canto y la flauta del roble entona su propia ensoñación. No tenemos nada, pero al estar vacíos, poseemos la infinitud.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

¿Debo abandonar a mi familia si me ilumino?


s

© Deborah Sheedy

“El hombre santo, el hombre perfecto, es aquel que en la total espontaneidad de su amor creador y en cada uno de los tres reinos principales de la naturaleza, material, vital y social, cumple con todos sus deberes, desarrolla todas las verdades y conoce todas las bellezas, cada uno en su máxima potencialidad, en su yo natural”. Eros and Psyche, de Benchara Branford

La vida debería ser un juego alegre, divertido, cargado de humor, y no un constreñido aparato de seriedad pusilánime. Inclusive la vida espiritual, siempre encorsetada en estampas serias y reliquias fúnebres. Me gustaría hablar un poco de esta estrecha y angosta mirada, especialmente en aquellos que de repente se iluminan y miran al resto de la humanidad por encima del hombro, inclusive a su propia familia.

No quiero entrar en la reflexión de si debo abandonar a mi familia porque me he enamorado de otro u otra, o abandonar a la familia porque he encontrado un trabajo mejor o una oportunidad mejor de cualquier tipo. Esto, que ahora es tan frecuente y que se realiza de forma tan artificial e irresponsable, creo que no habría que discutirlo moralmente. En el mundo en el que vivimos, en el que todo vale y en el que las personas nos hemos convertido en objetos de uso, y no en sujetos sintientes, no vale la pena entrar en un debate estéril.

Pero hoy sí tenía ganas de comentar la cuestión, igual de problemática, de aquellos que de repente encuentran algún tipo de salvación o iluminación en alguna nueva creencia que entra en sus vidas como un huracán, arrasando a veces con todo, inclusive con la propia estabilidad económica y familiar. Una revelación, una nueva forma de ver las cosas, una iluminación interior, un descubrimiento, a veces rozando el puritanismo más atroz o la severidad más absurda o el ridículo más burdo. Esa grotesca imagen de una figura seria, estreñida entre recitales de mantras y entonaciones del om, entre serias meditaciones transcendentales o exóticos viajes a la India para adorar al gurú de turno, pero que carece de relación íntima con lo profundo. Una superficialidad como cualquier otra disfrazada de beatitud que deja de serlo en cuanto se vuelve seria, triste y amargada.

Quería hablar de aquellos que abrazan, iluminados, un dogma o una doctrina, un gurú o un maestro o cualquier cosa que de repente les hace sentir plenos y aparentemente reverentes, obviando todo lo que hasta ese momento era sus vidas. Por desgracia, he conocido a personas que de repente lo dejaban todo por abrazar su nueva fe o su nueva creencia, haciéndolo de forma inconsciente e irresponsable. Que destrozaban familias enteras porque de repente se veían o sentían superiores en conocimiento, verdad y creencia a los suyos. El azote de lo que muchos llaman el orgullo espiritual arrasaba con todo lo que hasta ahora era razonablemente sostenido.

El orgullo espiritual nos hace pensar que hemos sido elegidos especialmente para algún tipo de misión. El orgullo espiritual nos hace creer erróneamente que somos especiales y que, por lo tanto, debemos buscar personas especiales con las que desarrollar nuestro propósito. Nos aleja quizás de la tarea más espiritual de todas, que es la de amar a nuestra familia, a nuestros hijos, a nuestra pareja, estén o no “iluminadas”, sean o no sean como nosotros, piensen o no piensen como nosotros, desde la alegría, la broma y el buen humor. El orgullo espiritual nos aleja de unos de los trabajos más espirituales que existen en el mundo que es el de amar y respetar al prójimo, especialmente al prójimo familiar. La cantera de aprendizajes espirituales que desarrollamos en el entorno de la familia, el respeto, la comprensión, la empatía, la flexibilidad, la tolerancia, el amor incondicional, el compartir, la alegría y todo un cúmulo de valores y principios, jamás lo vamos a encontrar en el plano de las ideas o las creencias, siempre tan mustias y carentes de vida. El cúmulo de experiencias místicas que una familia te puede otorgar, jamás lo vamos a encontrar en el mayor de los credos.

El pensarnos o creernos iluminados, es lo que más nos aleja precisamente de esa iluminación. La arrogancia y el orgullo son escollos que solo desde el silencio y la humildad pueden superarse. No hay mayor iluminación que el abrazo a un hijo, que hacer el amor sincera y pasionalmente con tu pareja, que el pasear juntos y alegres por una vereda de experiencias en un campo en primavera. Jamás alcanzaremos ningún tipo de iluminación hasta que no abracemos con amor incondicional la experiencia humana que nos ha tocado vivir en nuestro entorno familiar e inmediato. Sanar nuestro árbol familiar, amar nuestras parejas y nuestra familia entera es lo más espiritual que podemos hacer. Jugar a la vida con alegría es lo más profundo que la vida nos pide. Porque la vida es juego, es diversión, es alegría si se enmarca realmente desde una perspectiva espiritual. Lo demás, inevitablemente, y posteriormente, vendrá por añadidura. Pero no antes, nunca antes. Como decía Eckhart, “Dios se conoce y se ama a Sí Mismo en nosotros”, no en nuestra idea de Dios, sino desde la manifestación en nuestra esencia y en nuestra vida ordinaria. Abrazar sinceramente esa nuestra vida ordinaria es lo más extraordinario que nos puede pasar. Es en la cotidianidad donde tenemos nuestro verdadero campo de experiencia espiritual.

  • Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

El encantamiento del sueño


a

 

“El Señor solar, con su calor y su luz, energetiza a los moribundos Señores lunares para una vida espúrea. Ésta es la gran desilusión, y el Maya de Su Presencia”. AAB.

 

Ayer hablábamos de la importancia de los tiempos cíclicos y hoy recordaba con cierta añoranza los tiempos en los que uno empezaba a descubrir la fuerza del discernimiento, el mejor de los tiempos y la mejor guía posible para adentrarnos en el vasto mundo de la experiencia. Fue a principios de los años noventa, siendo yo aún muy joven e ingenuo para entender los avatares del tiempo, cuando alguien trajo desde México unos treinta juegos de la versión del Tzolkin realizada por José Argüelles. Como seguidor de un conocido grupo mexicano dedicado a los temas de la Nueva Era, o por alguna otra extraña razón, fui uno de los treinta afortunados españoles que recibió uno de los juegos maya: El encantamiento del sueño. En 1987 acababa de terminar la conocida Convergencia Armónica y ahora tocaba prepararse para el final de una era, que llegaría en alguna fecha determinada del 2012. El nuevo Tzolkin pasteurizado de Argüelles nos serviría como herramienta y guía imprescindible para poder descifrar los futuros avatares, y de paso, nuestra posición particular en el mundo y en el final de los tiempos, ahora ya muy próximos.

Si en algo estaba de acuerdo con Argüelles era en su visión al contemplar el tiempo como Arte. Su equivocación, quizás con esa buena voluntad de promover un calendario más universal, fue encapsular ese Arte en un nuevo calendario nacido de unas experiencias psicodélicas basadas en LSD (por favor, leer de nuevo el artículo sobre la incompatibilidad de las drogas con el mundo espiritual). Al encerrarlo en esa cápsula del tiempo, sus seguidores se empeñaron en codificar dicha interpretación temporal, olvidando el arte para sumergirse en la esclavitud cronológica de la medida. Los acólitos, como suele ocurrir en cualquier movimiento, se quedaron mirando el dedo que señalaba las estrellas. De alguna forma, Argüelles, sin darse cuenta, había creado otro modelo de esclavitud dirigido a aquellos que necesitan agazaparse a algún tipo de creencia nueva, innovadora y sugerente más allá de la ortodoxia dominante. Intentando crear algo que nos llevara más cerca del tiempo natural, creó otro modelo cronológico, otra aletargada y burlesca representación del dios Cronos, alejándonos de nuevo del verdadero tiempo Kairos, el tiempo de la ocasión, el tiempo del Arte o el tiempo de Dios, como lo conocen los creyentes cristianos: el momento adecuado y oportuno. Lo epidérmico de nuevo venció la batalla ante lo profundo.

No deja de ser una paradoja de mal gusto que José Argüelles muriera un año antes del final de los tiempos. De alguna forma, en el 2012 también murió un movimiento, el de la Nueva Era, que ya empezaba a desenmascarar sus propias contradicciones. Visto con distancia y desapego, muchas de las buenas energías y corrientes que el movimiento de la Nueva Era engendró a principios del siglo XX, empezaron a desvirtuarse, como siempre ocurre, a medida que el movimiento crecía. Sus ramas, sus secuencias y sus seguidores se encargaron de llenar de ilusión, de maya, todo aquello que pretendía un nuevo despertar de la consciencia a nivel global. Sin duda, hubo y hay cierto despertar gracias a esta corriente, y los viejos y caducos paradigmas cayeron para dar paso a algo nuevo. Ahora, la muerte inexorable de este movimiento va dejando sus propios cadáveres en todas partes y es bueno, mediante la ley del discernimiento, poder diferenciar entre aquello que es verdadero de aquello que es ilusorio, siempre desde la medida que cada cual entienda como verdadero o ilusorio.

El Encantamiento del Sueño ha sido precisamente eso, una especie de flautista de Hamelín que ha hipnotizado a una gran masa de fieles creyentes sin criterio, sin autonomía propia y sin espíritu crítico que han terminado en el precipicio de la creencia, el fervor y la ilusión de los señores lunares. Llevados por las corrientes astrales de la confusión y la pérdida de sentido, siguen ensoñando, encantados por la música y el color que proviene de los bajos astrales. No hay peor sueño que la ignorancia, y no hay peor encantamiento que un puñado de soñadores absortos y prisioneros de algún encantador de serpientes. La luna, representante de esas fuerzas astrales, venció la batalla de la ilusión. Las trece lunas del nuevo calendario invadieron el mundo y atrapó a los carceleros. El sol, aletargado, espera de nuevo volver a reinar en el mundo de las sombras. La luz de la luna, ilusoria, dejará paso a la luz pura y radiante del astro sol que volverá a lucir en un tiempo próximo.

La navaja de Ockham


sdr

Para los que hemos hecho ciencia, o investigación académica o algún tipo de tesis sobre los misterios de la vida nos hemos encontrado alguna vez ante el dilema de tener que elegir entre dos hipótesis posibles. La navaja de Ockham es un principio metodológico por el cual, en igualdad de condiciones, siempre tenemos que elegir aquello que resulta más sencillo. Dicho de otra manera: la teoría más simple tiene más probabilidades de ser correcta que la compleja. Supongo que esto vale para todo en la vida, inclusive añadiría a este filo de la navaja algo así como que es bueno que las personas simples busquen a sus congéneres en simplicidad y los complejos, aquellos a los que les gusta enredarse en las marañas de la existencia, busquen un afín con esa capacidad de altos vuelos, para que la búsqueda intrínseca en los misterios, por lo menos, sea compartida.

Las personas simples, que somos la mayoría, bastante tenemos con nuestra simplicidad cotidiana. Nos preocupamos de igual forma por cosas simples, que siempre son las que más nos satisfacen en el plenilunio de nuestras vidas. Nos levantamos, vamos a trabajar, miramos las redes, le damos a me gusta, comemos algo, volvemos a casa, miramos con cara de sapo nuestro entorno, vemos algo la tele y volvemos al suave y cálido arropo de una cama que nos recuerda lo bien que estamos regodeándonos en nuestra propia ignorancia.

Las personas complejas, una minoría en fase de extinción, no siguen esa peculiar rutina. La mayoría de las veces no se levantan a una hora normal porque tampoco se acuestan a una hora normal. No miran las redes, las inventan. No dan a me gusta porque lo superficial casi nunca les agrada. Casi no comen, les aburre comer, es un mal menor. Lo mismo les da por comer el alpiste que les sobra a los pájaros o un buen plato de maíz cocido encontrado en cualquier parte, sin tener tiempo para discernir si el maíz es o no es transgénico. Nunca vuelven a casa porque no trabajan en lugares comunes, o sus trabajos son placer y por lo tanto lo pueden desarrollar en cualquier parte, incluso dormir en ellos, con ellos. Su trabajo es soñar, inventar, imaginar, componer, por lo tanto, cualquier rincón les vale. Son la versión de la anti-navaja, como lo definiría Leibniz con su principio de plenitud, el cual establece que: «Todo lo que sea posible que ocurra, inevitablemente ocurrirá». Y con una persona compleja, todo es posible y todo ocurre.

Miran su entorno con cara de asombro porque ven, entienden y expresan la realidad desde su compleja multidimensionalidad. Es decir, ellos no ven un tenedor o una cuchara, ven el origen del metal, la máquina que lo esculpió, la mano del hombre que le dio tamaña forma en su imaginación y sobre todo, se interrogan una y otra vez sobre el origen de todo, inclusive el origen de la propia naturaleza, de la inteligencia, de la vida. Cuando ven un objeto, sienten de alguna forma toda su compleja historia, intentan entenderla, explorarla y vaporizarla en teorías conexas. Es su única forma, desde su hipersensibilidad, de entender el mundo. Necesitan comprender el meollo de todo, el Misterio, el Asunto.

Por supuesto no tienen tele. Realmente porque no tienen tiempo para ella. Resultaría demasiado pesado perder diez minutos de vida viendo algo insulso que sale de una telepantalla y luego tener que restar esos escasos minutos de la cuenta atrás de la existencia. ¡Todo es tan breve! Y cuando llega la noche, no les espera una cálida cama con una amable compañía. Normalmente, al ser escasos, también son prudentes, y posiblemente almas errantes, solitarios, vagabundos de las relaciones. La cama, como la comida o las relaciones, son un mal menor. A no ser que encuentren a un prójimo, y entonces estalle una nueva supernova y las galaxias se multiplican y los universos se empequeñecen.

Por eso, si eres una persona simple, no pierdas el tiempo con una persona compleja. Es mejor que si lo encuentras, salgas huyendo a no ser que de repente te dejes encantar por su vida, por su forma misteriosa, y a veces un tanto atormentada, de ver y contemplar la existencia. A no ser que quieras llevar una vida apasionada de viajes y aventuras espaciotemporales inimaginables. A no ser que te de igual dormir o no en una cama si de lo que se trata es de contemplar las estrellas y el infinito en cualquier parte. Si eres simple y te encuentras con alguien complejo, terminarás amando la complejidad y terminarás, inevitablemente, transformándote en un ser igual de complejo, es decir, en un ser completamente libre, emancipado y pleno. O por el contrario, tu simplicidad te hará huir aterrado con la añoranza de volver a las brazos de aquel al que dejaste por su simplicidad exquisita, pasmosa y aburrida.

Dicho esto, recuerda la navaja de Ockham: la teoría más simple tiene más probabilidades de ser correcta que la compleja. Medir bien la simplicidad en la que vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser tiene sus propias ventajas. Y nuestra simplicidad siempre es proporcional a la vida que seamos capaces de abarcar.

(Foto: Hace unos días tuve el privilegio de compartir este hermoso paisaje con unas de las personas más complejas y maravillosas de las que he conocido. Doy gracias a la vida por mostrarme cuan simple soy cuando me encuentro ante la grandeza de los genios, y que gran deseo nace de mí por poder abrazar esa gran inmensidad humana). 

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

La importancia de la herejía


hereje

Abecedarianismo (Siglo XVI), Adamismo (siglo II), Adopcionismo (siglo II), Agnoetismo (siglo VI), Anabaptismo (siglo XVI), Antinomismo (siglo XVI), Apolinarismo (siglo IV), Arrianismo (siglo IV), Calvinismo o Hugonotes (siglo XVI), Albigenses o Catarismo (siglo XI), Docetismo (siglo I), Donatismo (siglo IV), Dulcinianismo (siglo XIII), Encratismo (siglo II), Espirituales (siglo XIII), Ebionismo (siglo II), Eutiquianismo (siglo V), Febronianismo (siglo XVIII), Fideísmo (siglo XIX), Frailes apostólicos (siglo XII),  Fraticelos (siglo XII), Gnosticismo (siglo II), Hermanos del espíritu libre (siglo XII), Hermanos moravianos (siglo XV), Husitas (siglo XV), Iconoclastas (siglo VIII), Jansenismo (siglo XVII), Joaquinitas (siglo XII), Luteranismo (siglo XVI), Macedonianismo (siglo IV), Maniqueísmo (siglo III), Marcionismo (siglo II), Modalismo (siglo III), Modernismo (siglo XIX), Monarquianismo (siglo II), Monofisismo (siglo V), Monotelismo (siglo VII), Montanismo (siglo II), Nestorianismo (siglo V), Nicolaísmo (siglo II), Ofitas (siglo II), Orebitas (siglo XV), Pelagianismo (siglo V), Pragueros (siglo XII), Priscilianismo (siglo IV), Protestantismo (Siglo XVI), Quietismo (siglo XVII), Sabelianismo o Patripasianismo (siglo III), Socinianismo (siglo XVI), Subordinacionismo (siglo III), Simonianismo (siglo I), Taborismo (siglo XV), Utraquismo (siglo XV), Unitarismo (siglo XVI), Valdenses (siglo XII), Wiclefitas (siglo XIV)…

La lista de herejías de todos los tiempos es infinitamente larga. Podríamos añadir, con cierta modestia, a los ocousianos del siglo XXI, una pequeña herejía aún naciente que pretende abolir la propiedad privada, la avaricia mercantilista y convivir en paz y hermandad con el prójimo y la naturaleza desde una visión integral y abierta. Son rasgos comunes en muchas utopías de viejo cuño. Realmente no hay novedad en las proclamas, sí en la fuerza de regeneración, en la energía empleada en perseguir, a sabiendas de su futuro fracaso, la esperanza de un mundo nuevo.

Podríamos decir que la herejía nace para instaurar un diálogo diferente a la norma, una misiva que parte de renglones torcidos y que pretende restaurar el origen común de hermandad humana. Es algo complejo porque desde que la fábrica inventó la ciudad, el ser humano se parceló y dividió así mismo para crear una masa uniforme sin ideas ni autonomía. La emancipación humana, la interior y la exterior, se ha vuelto la obsesión de las nuevas herejías.

Cuando nació la ciudad y se abolió la tierra comunal se gestó el final de la comunidad y el bien común para instalar la idea de propiedad. El tema de la abolición de la propiedad privada es recurrente en la historia herética. Para algunos es el origen del mal moderno, de la modernización, del poder acumulado en manos de unos pocos que gobiernan, bajo el manto de sus vanidosas manos, el destino humano. Viendo lo que ocurre en las oligarquías podríamos pensar, desde un pensamiento intelectual y filosófico, que lo que sucede es realmente  bastante patético. Existe una organización cerrada de apoyo mutuo y cooperación entre los oligarcas donde se ayudan, gracias a la política mercenaria, para sobrevivir en la vorágine del mercado. Las empresas que manejan no suelen ser casi nunca rentables porque viven bajo el mantra de la deuda. Algo que nace con deuda y que vive de la misma no puede ser rentable ni puede ser realmente satisfactorio, a no ser que esa deuda sirva para impulsar un proyecto y luego para ser honrosamente devuelta sin exceso de aprovechamiento.

La tiranía de la avaricia a veces no responde a las lógicas del orden y el decoro y descubre con asombro que la deuda es una buena herramienta para garantizar un ritmo de vida desorbitado e insultante. Por eso muchas herejías, ante el pasotismo social imperante y la aceptación de estas normas de injusticia beneplácita, nacen con la única misión de advertirnos de que hay algo que no estamos haciendo bien. En la actualidad la evidencia es palpable en cuanto al cambio climático, porque la avaricia no es algo que acecha tan solo a una pequeña oligarquía, sino que se instala en aquellos que de alguna forma aspiran a ser parte de ella. Siempre queremos más, es nuestra naturaleza más inferior. Más y mejor, más grande y más potente y más fuerte y más poderoso.

Vaga es la idea de aquellos que renuncian a esa extrema experiencia del querer más y más y se abocan a una realidad paralela que pueda restaurar una naturaleza de miras más elevadas y sensatez más altiva. Son los valores los dueños de nuestras creencias y acciones. Es en los valores donde la herejía, la nueva herejía, deberá reunir todos sus esfuerzos. El resultado nunca será inmediato, pero formarán parte de ese núcleo, de esa lista de impulsores que pretendieron un cambio de paradigma y que, si todo va bien, algún día deberá implementarse.

Herejía deriva del griego hairein, una de cuyas acepciones es escoger y hairesis, por derivación, equivale a opinión. Por lo tanto, el hereje es el que escoge, el que opina. La herejía parte de esa sublevación por opinar diferente, por pensar diferente y de paso, por emanciparse de aquello que se torna norma. De ahí la importancia de la herejía. De ahí la importancia de alimentarla, cuidarla y protegerla. Sólo aquellos que se atreven a mirar de forma diferente al mundo podrán originar el cambio que necesita.

 

 

 

Apaga y vámonos


 

a2Una pequeña placa de no más de treinta euros conectada a una batería reciclada de coche es lo que alumbra la pequeña cabaña. En verano da para conectar incluso el ordenador. En invierno se conforma con proyectar una tenue luz de esta maravillosa tecnología llamada led. Esta pequeña luz es lo más parecido a la libertad y emancipación energética. Si tuviéramos algo más de recursos compraríamos una instalación completa. Hemos calculado que con mil euros podemos satisfacer cada una de las caravanas o cabañas y así poder trabajar con nuestros ordenadores sin recurrir de momento a argucias extrañas como la de tener que conectar el ordenador de noche a la batería del coche híbrido. Con algo más de presupuesto, algún día toda la casa de piedra entera será totalmente autónoma y podremos ducharnos con agua caliente y tener luz eléctrica sin tener que trasladarnos a otros lugares. Sin necesidad de estar conectados a la red, pues así llevamos casi tres años, y sin ánimo de conectarnos en un futuro.

Sin embargo, estas condiciones de austeridad no se pueden aplicar a todo el mundo. Lo ocurrido en Reus con la pobre anciana muerta en un incendio provocado por la falta de luz eléctrica es un atentado criminal. Ahora todo el mundo se lava las manos, pero la injusticia de que una gran empresa eléctrica ofrezca suculentos resultados a unos pocos a costa incluso de la muerte de otros es terrorismo económico y social. Lo cierto es que lo disparatado de todo esto es ese juego que seguimos, los votantes económicos, políticos y sociales, haciendo a estas grandes compañías poderosas e intocables. Entre la indiferencia y la indignación, pocos, por no decir nadie, busca alternativas a este tipo de crímenes. De alguna forma, todos seguimos siendo cómplices de este juego macabro. Incluso, lo siento, de la muerte de esa pobre mujer.

Pobre anciana, sí, claro, pobre anciana. Pero sigamos conectados a esos leviatanes que miran para otro lado, sigamos votando a esos que incitan este tipo de provocaciones indecentes.

No digo con esta rabieta que vayamos todos a la montaña y nos hagamos unos utópicos de la nueva era. No hace falta que radicalicemos nuestras vidas hasta tal extremo. Pero al menos actuad con cierta diligencia, compasión y justicia. Buscad alternativas para que las mismas hagan presión sobre el conjunto de la sociedad.

Sí, apaga la luz y vámonos, pero sin necesidad de tirarnos todos al monte, no vaya a que ahora todos queramos vivir utópicamente y también nos quedemos sin montes. Pero al menos cambiad de compañías a unas cuya ética sea de grado superior. Cambiad por favor a entidades que tienen otros valores, no solo el de lucro, para crear una sociedad más justa, limpia, ecológica y equilibrada, donde la prioridad sean las personas y lo demás, incluso el lucro, venga por añadidura.

Os pongo tan solo un ejemplo de que esto es posible. No cuesta nada, solo hacerlo.

https://www.somenergia.coop/es/

 

Foto: Pequeña placa solar en O Couso. La libertad y emancipación energética solo es una cuestión de voluntad, de apoyo mutuo y cooperación.