La navaja de Ockham


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Para los que hemos hecho ciencia, o investigación académica o algún tipo de tesis sobre los misterios de la vida nos hemos encontrado alguna vez ante el dilema de tener que elegir entre dos hipótesis posibles. La navaja de Ockham es un principio metodológico por el cual, en igualdad de condiciones, siempre tenemos que elegir aquello que resulta más sencillo. Dicho de otra manera: la teoría más simple tiene más probabilidades de ser correcta que la compleja. Supongo que esto vale para todo en la vida, inclusive añadiría a este filo de la navaja algo así como que es bueno que las personas simples busquen a sus congéneres en simplicidad y los complejos, aquellos a los que les gusta enredarse en las marañas de la existencia, busquen un afín con esa capacidad de altos vuelos, para que la búsqueda intrínseca en los misterios, por lo menos, sea compartida.

Las personas simples, que somos la mayoría, bastante tenemos con nuestra simplicidad cotidiana. Nos preocupamos de igual forma por cosas simples, que siempre son las que más nos satisfacen en el plenilunio de nuestras vidas. Nos levantamos, vamos a trabajar, miramos las redes, le damos a me gusta, comemos algo, volvemos a casa, miramos con cara de sapo nuestro entorno, vemos algo la tele y volvemos al suave y cálido arropo de una cama que nos recuerda lo bien que estamos regodeándonos en nuestra propia ignorancia.

Las personas complejas, una minoría en fase de extinción, no siguen esa peculiar rutina. La mayoría de las veces no se levantan a una hora normal porque tampoco se acuestan a una hora normal. No miran las redes, las inventan. No dan a me gusta porque lo superficial casi nunca les agrada. Casi no comen, les aburre comer, es un mal menor. Lo mismo les da por comer el alpiste que les sobra a los pájaros o un buen plato de maíz cocido encontrado en cualquier parte, sin tener tiempo para discernir si el maíz es o no es transgénico. Nunca vuelven a casa porque no trabajan en lugares comunes, o sus trabajos son placer y por lo tanto lo pueden desarrollar en cualquier parte, incluso dormir en ellos, con ellos. Su trabajo es soñar, inventar, imaginar, componer, por lo tanto, cualquier rincón les vale. Son la versión de la anti-navaja, como lo definiría Leibniz con su principio de plenitud, el cual establece que: «Todo lo que sea posible que ocurra, inevitablemente ocurrirá». Y con una persona compleja, todo es posible y todo ocurre.

Miran su entorno con cara de asombro porque ven, entienden y expresan la realidad desde su compleja multidimensionalidad. Es decir, ellos no ven un tenedor o una cuchara, ven el origen del metal, la máquina que lo esculpió, la mano del hombre que le dio tamaña forma en su imaginación y sobre todo, se interrogan una y otra vez sobre el origen de todo, inclusive el origen de la propia naturaleza, de la inteligencia, de la vida. Cuando ven un objeto, sienten de alguna forma toda su compleja historia, intentan entenderla, explorarla y vaporizarla en teorías conexas. Es su única forma, desde su hipersensibilidad, de entender el mundo. Necesitan comprender el meollo de todo, el Misterio, el Asunto.

Por supuesto no tienen tele. Realmente porque no tienen tiempo para ella. Resultaría demasiado pesado perder diez minutos de vida viendo algo insulso que sale de una telepantalla y luego tener que restar esos escasos minutos de la cuenta atrás de la existencia. ¡Todo es tan breve! Y cuando llega la noche, no les espera una cálida cama con una amable compañía. Normalmente, al ser escasos, también son prudentes, y posiblemente almas errantes, solitarios, vagabundos de las relaciones. La cama, como la comida o las relaciones, son un mal menor. A no ser que encuentren a un prójimo, y entonces estalle una nueva supernova y las galaxias se multiplican y los universos se empequeñecen.

Por eso, si eres una persona simple, no pierdas el tiempo con una persona compleja. Es mejor que si lo encuentras, salgas huyendo a no ser que de repente te dejes encantar por su vida, por su forma misteriosa, y a veces un tanto atormentada, de ver y contemplar la existencia. A no ser que quieras llevar una vida apasionada de viajes y aventuras espaciotemporales inimaginables. A no ser que te de igual dormir o no en una cama si de lo que se trata es de contemplar las estrellas y el infinito en cualquier parte. Si eres simple y te encuentras con alguien complejo, terminarás amando la complejidad y terminarás, inevitablemente, transformándote en un ser igual de complejo, es decir, en un ser completamente libre, emancipado y pleno. O por el contrario, tu simplicidad te hará huir aterrado con la añoranza de volver a las brazos de aquel al que dejaste por su simplicidad exquisita, pasmosa y aburrida.

Dicho esto, recuerda la navaja de Ockham: la teoría más simple tiene más probabilidades de ser correcta que la compleja. Medir bien la simplicidad en la que vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser tiene sus propias ventajas. Y nuestra simplicidad siempre es proporcional a la vida que seamos capaces de abarcar.

(Foto: Hace unos días tuve el privilegio de compartir este hermoso paisaje con unas de las personas más complejas y maravillosas de las que he conocido. Doy gracias a la vida por mostrarme cuan simple soy cuando me encuentro ante la grandeza de los genios, y que gran deseo nace de mí por poder abrazar esa gran inmensidad humana). 

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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La importancia de la herejía


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Abecedarianismo (Siglo XVI), Adamismo (siglo II), Adopcionismo (siglo II), Agnoetismo (siglo VI), Anabaptismo (siglo XVI), Antinomismo (siglo XVI), Apolinarismo (siglo IV), Arrianismo (siglo IV), Calvinismo o Hugonotes (siglo XVI), Albigenses o Catarismo (siglo XI), Docetismo (siglo I), Donatismo (siglo IV), Dulcinianismo (siglo XIII), Encratismo (siglo II), Espirituales (siglo XIII), Ebionismo (siglo II), Eutiquianismo (siglo V), Febronianismo (siglo XVIII), Fideísmo (siglo XIX), Frailes apostólicos (siglo XII),  Fraticelos (siglo XII), Gnosticismo (siglo II), Hermanos del espíritu libre (siglo XII), Hermanos moravianos (siglo XV), Husitas (siglo XV), Iconoclastas (siglo VIII), Jansenismo (siglo XVII), Joaquinitas (siglo XII), Luteranismo (siglo XVI), Macedonianismo (siglo IV), Maniqueísmo (siglo III), Marcionismo (siglo II), Modalismo (siglo III), Modernismo (siglo XIX), Monarquianismo (siglo II), Monofisismo (siglo V), Monotelismo (siglo VII), Montanismo (siglo II), Nestorianismo (siglo V), Nicolaísmo (siglo II), Ofitas (siglo II), Orebitas (siglo XV), Pelagianismo (siglo V), Pragueros (siglo XII), Priscilianismo (siglo IV), Protestantismo (Siglo XVI), Quietismo (siglo XVII), Sabelianismo o Patripasianismo (siglo III), Socinianismo (siglo XVI), Subordinacionismo (siglo III), Simonianismo (siglo I), Taborismo (siglo XV), Utraquismo (siglo XV), Unitarismo (siglo XVI), Valdenses (siglo XII), Wiclefitas (siglo XIV)…

La lista de herejías de todos los tiempos es infinitamente larga. Podríamos añadir, con cierta modestia, a los ocousianos del siglo XXI, una pequeña herejía aún naciente que pretende abolir la propiedad privada, la avaricia mercantilista y convivir en paz y hermandad con el prójimo y la naturaleza desde una visión integral y abierta. Son rasgos comunes en muchas utopías de viejo cuño. Realmente no hay novedad en las proclamas, sí en la fuerza de regeneración, en la energía empleada en perseguir, a sabiendas de su futuro fracaso, la esperanza de un mundo nuevo.

Podríamos decir que la herejía nace para instaurar un diálogo diferente a la norma, una misiva que parte de renglones torcidos y que pretende restaurar el origen común de hermandad humana. Es algo complejo porque desde que la fábrica inventó la ciudad, el ser humano se parceló y dividió así mismo para crear una masa uniforme sin ideas ni autonomía. La emancipación humana, la interior y la exterior, se ha vuelto la obsesión de las nuevas herejías.

Cuando nació la ciudad y se abolió la tierra comunal se gestó el final de la comunidad y el bien común para instalar la idea de propiedad. El tema de la abolición de la propiedad privada es recurrente en la historia herética. Para algunos es el origen del mal moderno, de la modernización, del poder acumulado en manos de unos pocos que gobiernan, bajo el manto de sus vanidosas manos, el destino humano. Viendo lo que ocurre en las oligarquías podríamos pensar, desde un pensamiento intelectual y filosófico, que lo que sucede es realmente  bastante patético. Existe una organización cerrada de apoyo mutuo y cooperación entre los oligarcas donde se ayudan, gracias a la política mercenaria, para sobrevivir en la vorágine del mercado. Las empresas que manejan no suelen ser casi nunca rentables porque viven bajo el mantra de la deuda. Algo que nace con deuda y que vive de la misma no puede ser rentable ni puede ser realmente satisfactorio, a no ser que esa deuda sirva para impulsar un proyecto y luego para ser honrosamente devuelta sin exceso de aprovechamiento.

La tiranía de la avaricia a veces no responde a las lógicas del orden y el decoro y descubre con asombro que la deuda es una buena herramienta para garantizar un ritmo de vida desorbitado e insultante. Por eso muchas herejías, ante el pasotismo social imperante y la aceptación de estas normas de injusticia beneplácita, nacen con la única misión de advertirnos de que hay algo que no estamos haciendo bien. En la actualidad la evidencia es palpable en cuanto al cambio climático, porque la avaricia no es algo que acecha tan solo a una pequeña oligarquía, sino que se instala en aquellos que de alguna forma aspiran a ser parte de ella. Siempre queremos más, es nuestra naturaleza más inferior. Más y mejor, más grande y más potente y más fuerte y más poderoso.

Vaga es la idea de aquellos que renuncian a esa extrema experiencia del querer más y más y se abocan a una realidad paralela que pueda restaurar una naturaleza de miras más elevadas y sensatez más altiva. Son los valores los dueños de nuestras creencias y acciones. Es en los valores donde la herejía, la nueva herejía, deberá reunir todos sus esfuerzos. El resultado nunca será inmediato, pero formarán parte de ese núcleo, de esa lista de impulsores que pretendieron un cambio de paradigma y que, si todo va bien, algún día deberá implementarse.

Herejía deriva del griego hairein, una de cuyas acepciones es escoger y hairesis, por derivación, equivale a opinión. Por lo tanto, el hereje es el que escoge, el que opina. La herejía parte de esa sublevación por opinar diferente, por pensar diferente y de paso, por emanciparse de aquello que se torna norma. De ahí la importancia de la herejía. De ahí la importancia de alimentarla, cuidarla y protegerla. Sólo aquellos que se atreven a mirar de forma diferente al mundo podrán originar el cambio que necesita.

 

 

 

Apaga y vámonos


 

a2Una pequeña placa de no más de treinta euros conectada a una batería reciclada de coche es lo que alumbra la pequeña cabaña. En verano da para conectar incluso el ordenador. En invierno se conforma con proyectar una tenue luz de esta maravillosa tecnología llamada led. Esta pequeña luz es lo más parecido a la libertad y emancipación energética. Si tuviéramos algo más de recursos compraríamos una instalación completa. Hemos calculado que con mil euros podemos satisfacer cada una de las caravanas o cabañas y así poder trabajar con nuestros ordenadores sin recurrir de momento a argucias extrañas como la de tener que conectar el ordenador de noche a la batería del coche híbrido. Con algo más de presupuesto, algún día toda la casa de piedra entera será totalmente autónoma y podremos ducharnos con agua caliente y tener luz eléctrica sin tener que trasladarnos a otros lugares. Sin necesidad de estar conectados a la red, pues así llevamos casi tres años, y sin ánimo de conectarnos en un futuro.

Sin embargo, estas condiciones de austeridad no se pueden aplicar a todo el mundo. Lo ocurrido en Reus con la pobre anciana muerta en un incendio provocado por la falta de luz eléctrica es un atentado criminal. Ahora todo el mundo se lava las manos, pero la injusticia de que una gran empresa eléctrica ofrezca suculentos resultados a unos pocos a costa incluso de la muerte de otros es terrorismo económico y social. Lo cierto es que lo disparatado de todo esto es ese juego que seguimos, los votantes económicos, políticos y sociales, haciendo a estas grandes compañías poderosas e intocables. Entre la indiferencia y la indignación, pocos, por no decir nadie, busca alternativas a este tipo de crímenes. De alguna forma, todos seguimos siendo cómplices de este juego macabro. Incluso, lo siento, de la muerte de esa pobre mujer.

Pobre anciana, sí, claro, pobre anciana. Pero sigamos conectados a esos leviatanes que miran para otro lado, sigamos votando a esos que incitan este tipo de provocaciones indecentes.

No digo con esta rabieta que vayamos todos a la montaña y nos hagamos unos utópicos de la nueva era. No hace falta que radicalicemos nuestras vidas hasta tal extremo. Pero al menos actuad con cierta diligencia, compasión y justicia. Buscad alternativas para que las mismas hagan presión sobre el conjunto de la sociedad.

Sí, apaga la luz y vámonos, pero sin necesidad de tirarnos todos al monte, no vaya a que ahora todos queramos vivir utópicamente y también nos quedemos sin montes. Pero al menos cambiad de compañías a unas cuya ética sea de grado superior. Cambiad por favor a entidades que tienen otros valores, no solo el de lucro, para crear una sociedad más justa, limpia, ecológica y equilibrada, donde la prioridad sean las personas y lo demás, incluso el lucro, venga por añadidura.

Os pongo tan solo un ejemplo de que esto es posible. No cuesta nada, solo hacerlo.

https://www.somenergia.coop/es/

 

Foto: Pequeña placa solar en O Couso. La libertad y emancipación energética solo es una cuestión de voluntad, de apoyo mutuo y cooperación.

La normalidad de vivir en un mundo violento


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Muchos vegetarianos somos por naturaleza arrogantes y engreídos. Vamos de salvadores por la vida, pensando que por el hecho de no comer animalitos somos más sensibles o humanos. Realmente no es así. Se nos ve el plumero en cuanto la vida nos pone ante situaciones delicadas.

Me pasaba hoy en el aeropuerto de Santiago mientras esperaba el vuelo que me llevará a Ginebra, no para blanquear dinero (qué más quisiera yo), sino para blanquear libros, es decir, editar libros que por los años, quedaron perdidos y excesivamente ahuesados.

Pues andaba con algo de hambre y fui al único local de la sala de embarque donde preparan comidas. Pedí un vegetal, sin pollo por favor. Porque aquí el concepto vegetal no puede ir disociado de un trozo de algo que no sea vegetal. El amable camarero me dijo que sin problema, me preparaba uno de forma inmediata. Tras pagar por el bocadillo lo que en cualquier otro lugar del mundo te costaría un menú normal con primero, segundo, postre y bebida, me llega el esperado, ahora sí, bocadillo vegetal. Cuando llego a la mesa para degustar un trozo de pan con lechuga y tomate me veo con la desagradable sorpresa de que el “vegetal” tenía… ¡atún! Para mi estupor, de forma civilizada y amable me vuelvo hasta la barra y reclamo que había pedido un vegetal, por si me podían quitar el atún del mismo. La respuesta fue contundente: “aquí los vegetales los hacemos con pollo y con atún”. Es como si pides un arroz y te ponen alubias y te dicen que los arroces los hacen como les da la gana, y si en vez de arroz hay alubias, pues eso es lo que hay. Disgustado vuelvo a la mesa con mi “vegatal” y con delicada paciencia voy sacando trozo a trozo esa chicha oceánica.

La anécdota me crea cierto estupor, diría que casi me vuelve a mi estado pre-humano, donde la saliva empieza a caer por entre los labios mientras miro a ver si encuentro alguna piedra a mi alrededor para poner un poco de orden en este desaguisado. La violencia congénita que llevo dentro me dice que puedo salvar la situación con un poco de sangre, dolor y lágrimas.

Luego recuerdo que este fin de semana estuve en un curso de mindfulness, de esos donde el ego queda relegado a nada y la paz universal inunda todo cuanto se respira. Recordé la técnica del “stop”, es decir, de parar toda mi actividad mental y emocional y bucear al mismo tiempo en el delicado barómetro del ser, en el punto de quietud y en el flow de la vida. Respiro profundamente mientras inhalo serenidad que me llega de alguna dimensión desconocida. Intento indagar en los estratos profundos de mi condición humana y examino a raudales todas mis emociones congénitas, todo mi pesar, toda mi constitución elemental.

Observo por fin la raíz del problema. Somos humanos. Llevamos millones de años venciendo a la vida a base de violencia, de sangre, de guerras, de canibalismo primero y luego dietas más suaves a base de vacas, pollos y terneras. En resumen, la constitución humana, incluida la mía, lleva millones de años viviendo de la sangre de unos y de otros, y por lo tanto, la violencia está ahí, inherente, incluso en el plato de comida. Es algo de lo que nadie se da cuenta. Mientras comemos cadáveres vemos las noticias donde nos muestran un cuerpo destripado o el último bombardeo de turno. Son cosas que nos parecen normal, de ahí la cara de alucine del camarero cuando he reclamado un bocadillo vegetal, pero de los de verdad. No estamos acostumbrados a estos esnobismos más propios de hippies de la nueva era que de personas “civilizadas”. Lo normal, aunque parezca algo surrealista, es vivir en un mundo violento.

Por eso entiendo mi necesidad de suavizar mis ademanes arrogantes y engreídos en pro de un mundo mejor. Practicaré más todo eso de la atención plena, el mindfulness moderno, y que sea lo que Dios quiera. Mientras, amaré también a mi prójimo carnívoro, aunque esté en una escala superior de la evolución social y cultural, y nosotros, los vegetarianos, no hayamos sobrevivido por mil causas a un mundo violento que nos relega constantemente a la inferioridad de los débiles. Quizás por eso algo me dice que seguiremos siendo engreídos y arrogantes. Por pura supervivencia.

(Foto: ¿A que esta foto parece algo normal y apetitoso? Pues son trozos de atún cazado en alta mar, troceado en alguna bodega y expuesto para alimentación masiva en mercados y bares. Para alguien anormal no dejaría de ser una exposición violenta de las sobras de hoy).

La causa revolucionaria


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Max Edwards ha muerto con tan solo 16 años de un cáncer terminal. De no haberlo hecho tan joven quizás se hubiera postulado como uno de esos pensadores que remueve consciencias, que asusta al establishment, una persona moralmente peligrosa a la que hay que cuidar para que no alborote el patio trasero de casa. Es cierto que el comunismo ya no está de moda. Era un postulado que sirvió para conseguir algunos derechos sociales en siglos recientes. De alguna forma, nos emancipamos como individuos, estableciendo una esclavitud pactada a cambio de bienestar material. En esa época conseguimos condiciones inimaginables en cuanto a salubridad, seguridad y trabajo. Digamos que lo revolucionario fue dejar la communitas del campo para albergar la posibilidad de una vida digna en las celdas-conejeras de la ciudad. No está mal.

A cambio nos olvidamos de la solidaridad, del intercambio, de la familia, de la vida orgánica, del calor de un fuego, de los ciclos de la naturaleza, del aire puro, de la tierna caricia, de la lluvia, de los prados, de los bosques. Todo se volvió mecánico. Incluso el tiempo. Los más inconformistas, como Max Edwards, hablaban de una nueva revolución.

Ahora la explotación por la que hay que luchar ya no es material. Podemos presumir que gracias a las antiguas revoluciones hemos conseguido algo que antes ni siquiera podíamos imaginar. Hemos entrado a la era posmoderna y posmaterialista con una visión diferente de las cosas. Ahora que ya lo tenemos todo, queremos dejar de un lado el individualismo porque de alguna forma, añoramos el calor del hogar, el saludo del vecino, la vida en común, el contacto directo con la lluvia, el sol, las montañas, las flores, los animales.

La causa revolucionaria de estos días tiene más que ver con una emancipación espiritual. Una necesidad de reencantar el mundo de la materia para que vuelva a la simplicidad, a lo sencillo, a lo más puramente humano. Max Edwards no era creyente. Como buen comunista pensaba que Dios murió con la emancipación material. Quizás él se refería ingenuamente a ese Dios de las películas de Semana Santa o a ese otro tan humano capaz de odiar a sus criaturas. Pero la naturaleza alcanza a mayores misterios. No necesita por sí misma el que nosotros, sus hijos, creamos o no en ella. Desde nuestra profunda arrogancia e ignorancia, solo podemos inclinarnos con humildad y devolver a la tierra esa capa virgen de flores silvestres, ese polen y esas abejas que viajan cientos de kilómetros para traer el néctar. Esa debería ser nuestra obligación como hijos. ¿Pero cómo hacer algo así con nuestra madre tierra si a nuestras madres biológicas las encerramos en angustiosas cárceles cuando ya no se valen por sí mismas?

Debería ser sano pensar que la próxima revolución se volverá a hacer en las montañas, en los bosques, en los prados. Volveremos de nuevo al verde de la floresta, al mundo de la comunicación real mediante el roce, el abrazo y el abrigo del fuego humano. Saldremos del ruido para contemplar los atardeceres y abrazar la vida en comunidad. La prisa y el tiempo mecánico dejará lugar al beso candente en noches estrelladas. La felicidad no será el resultado de esa prisionera celda donde acumulamos muebles baratos y baratijas de moda. La felicidad vendrá de reencontrarnos con el silencioso paso de nuestro ser por la tierra, del encanto de practicar los caminos con senda sigilosa. Nos emanciparemos de nuevo, pero esta vez, para abrazar fuertemente el espíritu que nos mueve. Libres, ilusionados por compartir con el otro lo mejor de nosotros. Y de paso, respetuosos con lo más sagrado de nuestras vidas. La propia vida, la propia naturaleza, el canto verde que florece cada primavera.

Cuando no tienes nada


 

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“Una dictadura perfecta tendría la apariencia de una democracia, pero básicamente sería una cárcel sin muros de la cual los prisioneros no soñarían evadirse. Sería esencialmente, un sistema de esclavitud donde gracias al consumo y el entretenimiento, los esclavos tendrían amor a su servidumbre”. Adous Huxley

Hoy le comentaba a una amiga que estaba realizando de nuevo gestiones para intentar vender todo lo que aún me queda en el plano material. Empresas, propiedades o cualquier cosa que ocupe un mínimo de tiempo en alejarme de la verdadera vida, de esa que corre por la sangre y no necesita nada. Es como si de repente percibiera cierta lucidez y pensara, como decía Chaplin en el discurso en el que emulaba al Gran Dictador: “lo siento, pero yo no quiero ser emperador; ése no es mi oficio. No quiero gobernar ni conquistar a nadie, sino ayudar a todos si fuera posible”. Con cierta humildad, con cierta sinceridad desnuda, siento algo parecido.

No tengo deseos de gobernar cosas, de encerrarme en ellas, de encadenarme de por vida al miedo de perderlas, de atesorarlas, de multiplicarlas. No deseo acumular polillas en el orbe de la codicia, ni empantanar el alma con odio o perversión. Si la libertad existe, sé que no está en las cosas. Sé que la tierra es lo suficientemente rica como para alimentarnos a todos, para atesorar en el alma las riquezas verdaderas. Sé que la esclavitud perfecta es aquella que disimula su rostro, que nos mantiene atados sin saberlo, ofreciéndonos pequeños obsequios como a los loritos cuando aprenden una palabra. Ese pensamiento es perverso porque no queremos aceptarlo. Nos duele la idea de pensar que cuando todo acabe, ni siquiera podremos arrastrar un trozo de metal al otro lado. Pero más perversa resulta la idea de abandonarlo todo ahora que podemos. De saciar nuestra codicia no con cosas, sino con ideas, con experiencias, con paseos nocturnos hacia la luna. Ya lo dijo Jesús: si quieres ser perfecto, ve y vende lo que posees y dáselo a los pobres, y tendrás tesoros en los cielos. Ven y sígueme. Es un mensaje tan revolucionario que terminó crucificado. ¿Cómo hacer esa revolución en nosotros sin terminar en la cruz? Es como si el mensaje fuera doblemente perverso: si no quieres terminar en la cruz, atesora aquí en la tierra. Parece una macabra burla del destino.

Siempre deseamos más. Siempre queremos mayores cosas por miedo a esa cruz, a ese qué dirán, a ese odioso desprecio hacia lo diferente. Es algo que no tiene fin. Nunca estamos tranquilos y satisfechos porque algo crece en nosotros que nos obliga a buscar en lo inerte algún tipo de tesoro. La aparente abundancia nos hace pobres, mendigos de migajas materiales que se evaporan a cambio de nuevas migajas. Como arma de defensa se apodera de nosotros el cinismo, el orgullo, la vanidad. Ni siquiera somos capaces de despertar a otro modo de vida que no sea el nuestro, que no sea nuestra verdad, que siempre es absoluta e inamovible. Y todo porque alguien nos dijo que debíamos comer así, debíamos vestir así, debíamos pensar de esta manera sin cuestionar nunca esas verdades. Somos un perfecto ganado obediente, redimido a la plácida sensación de seguridad. Pero cuando la vida te arrastra hacia la nada, cuando todo lo pierdes por necesidad, entonces dejamos de ser rebaño y recobramos nuestra hermosa condición humana. Esa que nos hace libres, esa que nos arrastra hacia dimensiones de mística revelación, esa que nos empuja irremediablemente a amar el mundo, su oscuridad, su belleza plena, su atisbo de esperanza.

Cuando de nuevo llegue la guerra o el hambre, cuando de repente lo perdamos todo, entonces volverá a nacer en nosotros la fe, la conexión con el misterio, el anhelo y la certeza de que todo puede ir a mejor. Cuando esa guerra y ese hambre sean condiciones de nuestro propio espíritu, cuando estemos en condiciones de vencer la batalla de la vida, lo más inmanente que hay en nosotros se manifestará inevitablemente. Sólo entonces entenderemos esa necesidad de comprender que llevamos el amor en nuestros corazones, y que la magnitud de nuestra compasión es equiparable al hecho de que estamos vivos. No desfallezcamos. Seamos amorosos, libres, estrechamente ligados a nuestra condición humana. Vayamos a esa cruz y descolguemos al mensajero. Digamos al mundo: ven y sígueme, seamos perfectamente humanos.

 

 

No somos spam, reivindícate como ser humano


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Las relaciones humanas se están reduciendo a un “me gusta” en perfiles que nos deshumanizan, que nos alejan del calor real del otro, que esconden la verdadera naturaleza de nuestro ser. No se trata de un comportamiento adolescente, sino de una situación profundamente dolorosa. Nos hemos convertido en una fría piedra virtual. En una máquina, en un perfil de redes.

Pero no somos objetos estanco, sino sujetos cargados de emociones. Eso nos hace humanos y nos aleja, por suerte, de ser frías máquinas que ordenan datos. Como diría Unamuno, somos personas de carne y hueso, seres sintientes (que sienten, que experimentan emociones, muchas emociones).

En el mundo real no puedes entrar en la vida de una persona, decirle que quieres tener hijos con ella y luego desaparecer durante un tiempo sin decir nada. Eso solo puede ocurrir virtualmente. Sin mirarnos a los ojos, sin escuchar la voz temblorosa, con su carga semántica y viva, sin rozar nuestras carnes, no se pueden tejer relaciones verdaderas. El aliento, el olor, la mirada, la aventura, la risa, la alegría, no son cosas que se pueden transmitir totalmente desde una red social.

No es ni normal ni justo la reducción de un ser humano a un “like”, entre otras cosas porque la otra persona, de alguna forma, enloquece de miedo, de sufrimiento o de desconcierto, pero sobre todo, de auténtica soledad. Se protege en una inteligencia reducida, mancillada, en una lucidez que desaparece y da paso a la mentira de la complacencia. Las habilidades sociales se convierten en habilidades virtuales, donde todo es engaño y mentira.

En el mundo real, cuando rozas la piel de otra persona, cuando haces el amor con esa persona como nunca lo habías hecho con nadie, no puedes utilizarla como si fuera un spam. No puedes amar y luego dejar de hacerlo, como si nada. No puedes obviar ese flujo de energías visibles e invisibles que te atraviesan con su contacto.

El mundo virtual solo ha servido para que en nuestras cabezas ordenáramos datos y más datos y configuráramos una reacción programada de a+b=c. Pero el ser humano no es así. Es mucho más complejo, mucho más maravilloso, mucho más increíble. No se puede reducir a una ecuación, ni a un dato, ni a un programa lógico. Ni siquiera se puede reducir una persona a un mal momento, o a una mala reacción, o a una foto manipulada por internet. No somos un mapa de bits ni somos un algoritmo plano.

Estamos perdiendo el sentido de la vida, dejamos de tener conversaciones de adultos en un entorno real para aparecer como seres de paja en esta virtualidad donde nos gusta escondernos. Ahí nos disfrazamos de héroes o villanos pero escondemos nuestra verdadera cara, nuestro brillo en los ojos, nuestro efluvio humano. Forjamos una imagen distorsionada. Forjamos el mito de algo que no somos.

Durante todo este tiempo estamos utilizando el infame mail, el divertido chat o los mensajes de todo calado para escondernos, para justificar la cobardía de no querer afrontar un encuentro real, de seres humanos que sufren, que lloran, que aman. Estamos perdiendo la capacidad de abrazar la naturaleza que somos para dejarnos caer por el precipicio de la conexión. Sí, estamos conectados, tenemos cientos y miles de amigos que jamás darían un minuto de su vida para dar un paseo a tu lado. Sí, cada vez recibimos más “me gusta” en un mundo alejado de la belleza de lo imperfecto. Ya nadie quiere seres inconclusos, inacabados. Ahora deseamos la perfección virtual. Ahora queremos la soledad de la pantalla.

Hoy me han desechado. Me han enviado a la papelera de reciclaje, me han convertido en un spam. Hoy he sentido de nuevo el aullido de la selva, la vuelta al bosque animado y salvaje.

(Foto: en el bosque con bellos seres de carne y hueso)

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