La restauración espiritual en la Nueva Jerusalén


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“Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra habían dejado de existir”. (Apocalipsis 21:1)

Nuestros antepasados han invertido infinitos esfuerzos generación tras generación para mantener el estado de cosas en el que nos encontramos. El producto de ese titánico esfuerzo es lo que nos permite ahora mismo disfrutar de la tierra en la que vivimos. Para algunos, más bien pocos, esto no ha sido suficiente. La degradación a la que estamos sometiendo el planeta está conduciendo al mundo a un escenario apocalíptico. Los últimos incendios en grandes zonas de la Amazonia no es nada en comparación a lo que, globalmente, estamos condenando al planeta.

En el apocalipsis se habla siempre de dos ciudades antagónicas: Babilonia, la cual representaría la parte más grotesca del ser humano, y la Nueva Jerusalén, que representaría la parte más sublime, de gozo y alegría, de paz y amor. El problema de Babilonia y sus estímulos es que estamos enamorados completamente de la misma, de sus placeres, de sus encantos. Nadie por propia voluntad estaría dispuesto a abandonar ese lugar que provoca cierta seguridad. Como digo, demasiadas generaciones han invertido demasiado esfuerzo para su mantenimiento, y la hipnosis sobre esa idea es siempre colectiva. Luchamos y morimos por defenderla.

Son muy pocos los que piensan que debemos hacer algo para cambiar el escenario al que nos abocamos, a pesar de la hipnosis colectiva y la ceguera que la acompaña. Los antropólogos primitivistas norteamericanos de tendencia anarquista afirman que el único modo de encarrilar la humanidad es abandonando por completo el modelo de modernidad actual, la Babilonia apocalíptica en la que nos podemos encontrar dentro de poco si no regulamos nuestra forma de vida. Inspirados por el ensayo de Marshall Sahlins titulado “Economía en la Edad de Piedra”, estos teóricos de las ciencias sociales afirman que la auténtica revolución y liberación humana pasará por la vuelta al neolítico y por el abandono radical de nuestra actual forma de vida.

Dicho así, parece un imposible, si no fuera por esas pequeñas islas experimentales que de alguna forma intentan demostrar que otra forma de vida es posible. Es evidente que habrá dos formas de asumir el cambio: una por propia iniciativa individual cambiando nuestro modelo de vida y tomando, diría que heroicamente, las riendas de nuestras vidas hacia un estilo diferente, radicalmente diferente. La otra manera nacerá del inevitable cataclismo al que nos abocamos y que, en una, dos o tres generaciones a lo sumo, terminará con la vida humana tal y como ahora la conocemos. El primer escenario es esperanzador, pero aparentemente inútil. La gente solo reacciona ante la pérdida o el dolor, ante el sufrimiento de hechos inabarcables. Excepto en contadas ocasiones, que por rebeldía intelectual, moral o espiritual, deciden cambiar radicalmente. El segundo escenario ya se está dando. Sutilmente de momento, pero quizás de forma más desmedida a medida que pasen los años.

La nueva Jerusalén de la que habla el apocalipsis debe nacer en nosotros. Esto es una evidencia. Al menos parece una evidencia moral e intelectual clara. El problema es que esa evidencia no nos interesa porque no estamos por la labor de ningún tipo de restauración moral, intelectual o espiritual. Y sobre todo, porque no estamos dispuestos a derrumbar todo aquello que nuestros ancestros han construido generación tras generación. Romper con ese compromiso, con esa brecha generacional, con esa absurda reverencia hacia lo pasado será lo que cavará inevitablemente nuestra tumba social. Dicho así, el milenarismo ya ha llegado, y el apocalipsis va a llegar si no cumplimos con nuestra parte, si no radicalizamos nuestras vidas hacia un componente de cambio real, hacia una forma de entender la existencia totalmente diferente.

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Liberando a los prisioneros


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© Alexander Khokhlov 

¿De qué está hecha nuestra sustancia arquetípica? ¿De arcilla, de barro, de puro mármol blanco, de brillo, de luz, de color? El verbo crea la sustancia y la moldea según su propia naturaleza. Nuestras vidas son el resultado de ese trabajo continuo de alfareros, de constructores, de marmolistas o de luminarias. Parte de nuestra vida consiste en construir una perfecta cárcel para algún día, descubrir la necesaria pureza del hecho destructor. Una hermosa paradoja entre lo que se construye, lo que se sostiene y lo que se derrumba ante el clamor de la fuerza interior.

Alguien hablaba en el siglo pasado sobre la necesidad de construir “un templo del cual surgirán las Palabras de Poder, a fin de liberar a muchos prisioneros”. Hay una hueste que nos habita, pero está atrapada, esclavizada al mundo de las formas, al mundo que desde el ego construimos, encerrando en oscuras cavernas nuestra más brillante esencia. El constructor de esa cárcel, el carcelero, es nuestro ego, nuestro pequeño ego, tan poderoso en el mundo de la forma que es capaz de tener atrapado a su prisionero, el alma. De ahí la necesidad, para muchos desconocida, incomprensible, de construir lugares donde poder liberar a muchos prisioneros. Lugares de fuerza donde mediante la actividad grupal se pueda desprender aquello que requiere liberación.

Este es un doble trabajo: primero, destruir lo construido desde el egoísmo y la ceguera para luego construir un lugar sagrado, puro, cristalino, desde el que liberar al que brilla dentro de nosotros. La verdadera magia consiste en dirigirse a los dioses en su propio lenguaje. Esto provoca un hecho milagroso, algo que libera parte de nuestra esclavitud, algo que provoca que nuestra nota clave sea dirigida con fuerza hacia esa liberación. Si se hace de forma grupal, el resultado es doble. Por una parte, liberamos al prisionero, y por otra, llamamos la atención de aquellos que ya están construyendo desde unas esferas más sutiles y brillantes.

Que trabajo tan difícil el de liberar prisioneros. Qué carga tan pesada cuando se hace desde la más pura intuición, sin mayores herramientas que aquellas que vamos adquiriendo mediante la ardua experiencia. Y que poco reconocimiento, que pocas formas de entender este duro trabajo. Y luego la liberación nunca es total, porque realmente el prisionero, en estos tiempos, está debilitado por el mundo de las formas. El carcelero, poderoso, se cree firme y fortalecido por las corrientes materialistas que imperan en nuestro tiempo. Un mundo egoísta solo puede enaltecer el egoísmo. Un mundo enfermo solo puede proteger a sus enfermos. Los médicos, los asistentes, los auxiliares, los enfermeros, son pocos. También son pocos los hospitales del alma donde sanar y crear visión, donde liberar al alma presa.

¿Cómo realizar esta ardua tarea ante seres que aún se alimentan de sangre, seres que aún llenan sus pulmones y venas sagradas con todo tipo de venenos, seres agazapados en la mentira de la ilusoria materia, con sus gobernantes, la avaricia y el egoísmo, dirigidos todos por el general encarnado en la ignorancia? ¿Cómo seguir liberando almas en esta batalla interminable cuando los monjes-guerreros son cada vez más escasos, más débiles, más cobardes? ¿Dónde está el cáliz que debe alimentar su coraje? ¿Dónde las fuentes que deben fortalecer su propósito? Aún en los bosques perdidos, en escarpadas montañas, se puede encontrar lugares ocultos donde ascender y liberar al prisionero. Aún en rincones perdidos existe un conjunto de hermanos del espíritu libre capaces de seguir en la lucha continua por la liberación.

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Orden


 

Han llegado amigos desde todas partes. Barcelona, Madrid, Burdeos, en Francia… En estos días de reencuentro solicité paz, amor y alegría. Pedí al universo que fortaleciera las columnas de la belleza, la sabiduría y la fuerza. Las energías del caos habían atraído situaciones especiales, y había que volver a renovar los principios, los acuerdos y especialmente los roles asumidos. Hoy pedí a una gran persona que hiciera de maestra de ceremonias. Su belleza interior hizo que el ritual fuera excelente. Hicimos un círculo de sabiduría cuyo tema estaba centrado en la tolerancia, el cual fue la excusa para introducir el sentido exacto de este lugar.

Ella organizó todo de forma hermosa. Primero, nos hizo entrar al templo arrodillándonos simbólicamente ante una espada que, de no inclinarnos humildemente ante la grandeza de la vida y el misterio del universo, podía cortar nuestro cuello-ego. Antes de empezar la ceremonia, el círculo, antes de la que la luz se manifestara en la tierra como mensajera del sol, cantó una hermosa oración. Luego, como buena maestra de ceremonias encendió la luz, tocó a golpe de mallete el gon y pasó la palabra de occidente a oriente y del mediodía al septentrión. El círculo duró algo más de tres horas de plena atención, enseñanza y compartir. Tras anunciar la última palabra y al cerrar los trabajos, ella volvió a cerrar el círculo entonando primero el Padre Nuestro en arameo y la Gran Invocación, terminando todos cantando el “Non nobis, Domine, non nobis. Sed Nomini Tuo Da Gloriam (“No a nosotros, Señor, no a nosotros. Sino a Tu nombre sea dada la gloria”), una de las frases emblemas de nuestro proyecto. Esta oración templaria, cantada entre todos en la ermita, en círculo, cogidos de la mano alrededor de la luz de la vela, representante del Cristo solar que hoy se crucificaba, ha sido una bonita forma ritual de poner orden en las energías del lugar. Energéticamente, se ha hecho un hermoso ritual psico-mágico representando todas las fuerzas.

Cuando el caos se apodera de nuestras vidas hay que cerrar los ojos y danzar alrededor de la luz, de la esperanza, de la fe en que todo puede terminar ordenándose. Así ha ocurrido, la alegría ha vuelto a reinar en nuestros corazones, en esta pequeña y modesta encomienda. El amor se ha desvelado como el misterio al cual acudir, como la revelación última a la que estamos llamados. De forma abstracta, simbólica, arquetípica, hoy la luz ha vencido a la oscuridad. Quizás solo por un momento, quizás solo por unos días, pero suficientes para que nos sirva de guía para siempre. Gracias de corazón a los aliados que han venido desde tan lejos para cumplir con su parte en el ritual. Gracias de corazón a los que elevaron la antorcha de sus corazones para guiar nuestra senda. Un día mágico y especial. Un día para el recuerdo. Gracias, gracias, gracias… Non nobis, Domine, non nobis.

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El mundo de los débiles


 

Realmente mi vida es un libro en sí misma. No haría falta escribir muchas más páginas. Bastaría dejar pasar unas horas y podría contar mil anécdotas. Además, como tuve la suerte de servir para los servicios de inteligencia de mi país, puedo decir que ahora sí que soy un escritor de verdad. Porque un escritor que no haya sido espía, no es realmente un verdadero escritor. Espía, vagabundo, visionario, antropólogo, aventurero, repartidor de pizzas, embajador consorte, empresario, editor, utópico, hippie, burgués, asexual, amante empedernido, enamoradizo, ecologista, bohemio, político, caminante, peregrino, curandero, parapentista, mago, ciclista, pintor, filósofo, insumiso, presentador, doctorante, intelectual, alumno, profesor, conferenciante, actor, articulista, telefonista, repartidor, limpiador, rosacruz, masón, arcano, teósofo, místico, esotérico, ocultista, mentecato, naturalista, anarquista, administrativo, trabajador social, educador, monitor, poeta y a veces, sí, a veces, escribo libros. Si mi gran ego tuviera algo más de memoria podría recitar una cuarta más de oficios y beneficios de esta corta vida. Pero tengo más ego que memoria, así que lo dejo aquí, porque realmente, he venido a hablar de mi libro, que en el fondo, es un libro frágil, tímido, marginal.

En mi vida he ayudado a mucha gente y he sido ayudado por mucha gente. Es una balanza equilibrada la cual agradezco. Cuando era niño, medio a escondidas, hacía nidos de pájaros cogiendo maderas inútiles en la carpintería de mi tío. Recuerdo que eso fue lo primero que hice por algo o alguien que no fuera yo mismo. Eso me pareció trascendente, porque cuando haces algo por los demás, de alguna forma trasciendes tu vida, tu ego, tu visión de la vida. Los pájaros son seres muy frágiles, quizás por eso esa fue la primera página de mi verdadero libro, aquel pequeño nido para pájaros cuya intención no era otra que ayudar a las aves a anidar y repoblar así la tierra con música volátil. No hay nada más hermoso como sentarte bajo un árbol y escuchar a un pájaro libre cantar.

Luego mi ayuda se extendió como voluntario a Cáritas, la Cruz Roja y una decena de organizaciones donde, de forma tímida y voluntariosa, procuraba servir. A niños autistas, a niños marginados, a niños con síndrome de Down, a niños tetrapléjicos, a niños complejos. El servicio a los demás, al frágil, al abandonado, al débil, de forma desinteresada, fue una bonita página. Estudié trabajo social porque allí te daban herramientas para ayudar al marginado, al débil. Entonces ayudé a los marginados de la calle, a los vagabundos, a los pobres de verdad, los que habían perdido todo, incluso la esperanza, incluso la cordura, incluso la compañía.

Esa segunda página fue trascendental en mi vida. Yo había sido débil y frágil desde pequeñito hasta que entendí que el mundo estaba siendo humanizado por los frágiles poetas, por los débiles artistas, por los inútiles escritores que configuraban la realidad de lo que debería ser la existencia humana. Por eso me hice escritor, antropólogo, filósofo y utópico de la vida. Los frágiles y débiles diseñamos el mundo para que los fuertes puedan construirlo. Los frágiles y débiles crean la poesía, la escritura, la filosofía, la ciencia, el arte que hace que el mundo sea bello, humano. Mi vida es una vida de fragilidad, de ahí mi empeño en proteger a los marginados, a los que mueren poco a poco de pena o soledad. Como ser frágil, solo puedo dedicarme a pensar el mundo para que sea mejor. Luego ya vendrán los fuertes con sus grandes manos, y lo construirán. Como ser débil, solo puedo pararme a imaginar un mundo más bello, a describirlo con sumo detalle, a indicar de qué mejor manera se puede poner una placa solar, una cabaña octogonal en armonía con el bosque. Puedo imaginar una utopía y diseñarla y cumplir con la promesa de que se construya. Sí, los débiles imaginan el mundo, y al hacerlo, ayudan a su construcción, a su mejora, a su progreso. Soy débil, por eso imagino mundos, por eso escribo mundos… por eso, por ser débil, voy creando utopías…

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El esplendor en la hierba


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Thérèse soñando (Thérèse rêvant), 1938, de Balthus

“Aunque el resplandor que en otro tiempo fue tan brillante hoy esté por siempre oculto a mis miradas. Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello que en mi juventud me deslumbraba. Aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no hay que afligirse, porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo”. William Wordsworth

Me hubiera gustado ser padre. No lo niego. Al menos me hubiera gustado tener esa sensación, disponer de esa posibilidad. Pero la realidad se impone con cierta crudeza. En este mundo efímero, delicado y trágico resulta difícil comprender que no todo tiene cabida en la vida. La aventura de un guerrero no es compatible con la chifladura de un loco y ninguno de los dos arquetipos tiene cabida en la serena imagen de un padre de familia. Por más que he intentado conjugar esas tres formas de vida, una de ellas se resistió hasta el final.

Aún así, en este mundo que se derrumba, subsiste en mi recuerdo la dicha que en otros tiempos pudo con esa posibilidad. Ahora que todo se desintegra, ahora que la comunidad tradicional sucumbe, que los valores tradicionales se esparcen por las cloacas de la modernidad, entiendo que mi papel no es más que el papel que representa al nuevo hombre: apático, solitario, triste. Un guerrero desarmado, un loco sin camino, un padre invisible gracias a los avances de la fecundación in vitro. Poco más nos queda por hacer en ese reguero de modernidad aplastante excepto adaptarnos, invisibles, al teatro que se impone, al papel que se nos exige para estar en concordancia con los nuevos tiempos.

De alguna forma me alegro por los avances del feminismo. La mujer ha conquistado cuotas de poder y emancipación inimaginables hace un siglo. Al mismo tiempo, casi sin darnos cuenta, la mujer se ha masculinizado, perdiendo la suavidad de su rostro y la amabilidad del trato. Sus valores más arraigados, su propia belleza intrínseca, han desaparecido gracias a sus conquistas sociales. Aunque aún queda mucho camino por recorrer, es cierto que la mujer ha avanzado en derechos y obligaciones al mismo tiempo que perdía parte de su gloria.

Ese avance, hecho con torpeza, ha creado una nueva sociedad, una nueva forma de entender la vida, las relaciones, ahora de quita y pon, de pego, de paripé pueril y fugaz. Lo masculino se atrofia para dar paso a otro modelo sensiblero, miedoso, patético. Algo iconoclasta, pero más bien figurante. Algo casi de mentira que se abre paso intentando reivindicar un modelo obsoleto, apagado, estéril.

Es cierto que las mujeres tienen mil motivos para movilizarse una y otra vez. También es cierto que los hombres, ahora más feminizados que nunca, deben apoyar estas movilizaciones, fundirse con ellas, solidarizarse con ellas. Al mismo tiempo, hay que reordenar interiormente cosas que se están perdiendo por el camino, hay que revisar con sumo detalle roles y valores que están menguando o migrando, posiciones que deberían recuperarse para que unas cosas no fueran sustitutas de otras, sino más bien complementarias.

A pesar de todo la belleza siempre subsiste en el recuerdo. Así que mientras salimos hoy a la calle para exigir mayores conquistas, la polifonía seguirá engullendo todo aquello que pervive en los arquetipos, todo aquello que aún anhelamos cuando todo perdemos. Sigamos exigiendo, pero no perdamos el aroma suave de la hierba, el esplendor y la belleza de las flores. Igualemos los derechos y obligaciones, pero que la mujer siga siendo lo mejor de una mujer y el hombre, lo mejor de un hombre.

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Modos simbólicos para expresar una verdad difícil


 

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© Jiří Šebek

Nunca tenemos mucho tiempo para mirar a nuestro alrededor e interrogarnos sobre lo observado. Hemos creado unas vidas aceleradas que no cuestionan nada. Si se nos dice que vivimos en una esfera que da vueltas alrededor de un astro luminiscente, lo creemos sin cuestionarnos mucho más allá de esa aparente verdad. Realmente no es importante si vivimos en una tierra plana o esférica. Ni siquiera nos hemos parado a pensar si nuestro pensamiento es plano o se desarrolla con ramajes espirales, si es producto de un psicotrópico o de una mentira repetida cien veces.

Realmente no tenemos tiempo para nada de eso. Más bien obedecemos a las circunstancias que nos hemos implantado, seguidos por una corriente de tradición que nos guía desde la cuna sobre lo que tenemos que pensar, decir, sentir y hacer. Lo preocupante de todo es que creemos sin cuestionar todo lo que pensamos. Es decir, somos valedores de nuestra propia realidad, de nuestro propio pensar, por lo tanto, no hay forma humana de poder modificar nada sobre nosotros mismos. Si pensamos que la tierra es plana, sin cuestionar el origen de nuestras ideas, moriremos expuestos a nuestras creencias, y por lo tanto, moriremos en una realidad que durante toda nuestra vida nada o poco se habrá modificado. Somos hijos de lo que pensamos. El problema es cuando dejamos de hacerlo, de cuestionarnos, de cuestionar la vida.

En unos meses hará un año que deambulo solo por el hado. Podría estar perfectamente acompañado, disfrutar de una tradicional relación y sucumbir a los deseos astrales de la emoción. Podría estar embelesado salpicando el mundo de poesía o ensoñación, disfrutando de lo animado a tientas con lo intangible. Descubro que ahora que tengo tiempo y no debo explicación a nada ni a nadie, podría estar haciendo cualquier cosa y nadie sospecharía nada. A nadie realmente le importaría si subo o bajo, si giro a la izquierda o a la derecha. Realmente, si nos fijamos en las relaciones, todas se encuadran en un estereotipo básico aprendido y aceptado. Pero nadie se cuestiona las relaciones. Simplemente las aceptamos por algún grado de filiación o afinidad. Por lo tanto el estar o no acompañado, el tener o no relaciones, es como pensar si la tierra es esférica o plana.

Entonces, si todo lo aceptamos y nada nos cuestionamos, de parar algún día a hacerlo, podríamos habernos dado cuenta de que nuestras vidas más bien era algo vacío que se adaptaba a unos simples patrones de realidad, de proyección, de teatralidad, interpretando un papel basado en roles y estatutos que nosotros mismos nos autoimponemos. Siervos de la servidumbre de nuestras realidades, y especialmente, siervos de esa necesidad de destacar o demostrar algo, aunque eso solo sirva para mendigar rodajas de afecto vacuo.

Esta mañana me acordaba de los refugiados con los que tuvimos la suerte de interaccionar hace dos años frente a las costas turcas, en las islas griegas. Intenté buscar información sobre ellos, sobre qué había sido de sus realidades y sus vidas y no encontré absolutamente nada. Las ONGs que allí estaban sobre el terreno habían desaparecido. Los voluntarios andamos en otros asuntos y las noticias han cegado esa realidad. Y entonces me preguntaba sobre en qué realidad vivimos los que vivimos de forma mecánica la vida. En qué basamos nuestras vidas, sobre qué valores, sobre qué cuestionamientos, sobre qué clase de libertad para decidir realmente lo que deseamos. Aquí no hay guerras, excepto los que la tientan en su interior. Aquí no hay refugiados, excepto aquellos que se esconden en sus escenarios para no cuestionarse nada.

Esto es una verdad difícil al mismo tiempo que incómoda. Si basamos nuestra existencia en no pensar, en actuar de forma mecánica, como si fuéramos un artefacto sin autonomía ni voluntad, uno se pregunta qué clase de naturaleza posee y a qué ha venido a esta vida tan corta y tan milagrosa. Si tenemos tiempo y nos paramos en alguna vereda y miramos con suma atención a nuestro alrededor, el escenario deja de ser simple y llevadero. Digamos que si nos paramos un rato a contemplar la existencia en su máxima plenitud, empezamos a entrever una red de complejidades absolutamente extraordinarias, una especie de mundos dentro de otros mundos que se desarrollan de forma asombrosa no solo en sus partes tangibles, sino también en sus extraordinarias fuerzas de dimensiones intangibles. Si nos paramos un rato a pensar, quizás nuestras vidas empiecen a liberarse, empiecen a cuestionarse nuestras cegadas maneras de hacer las cosas. Si nos paramos, aunque sea por un momento, quizás demos a luz un inicio danzante, diferente, sublime, verdadero.

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La vida pagana


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¿Qué es ser un pagano? Decían los antiguos que los paganos eran los que vivían en el campo. Eran los rústicos, los que habitaban los “pagus” y tendían a adorar a los dioses antiguos. Dioses que ayudaban en las cosechas, que vivían en los astros y nos animaban a sembrar en luna decreciente. Estos días estoy experimentando la vida en la aldea, la vida pagana donde adoramos al sol, al viento, a la tierra, al agua, al misterio del éter en toda nuestra más absoluta desnudez. Desnudos por el campo, asomando nuestros dedos a lo más profundo de la tierra húmeda, explicitando un arte gótico con los árboles, con la hierba, con las silvas, la Naturaleza se muestra como la representante más sagrada del Absoluto, del Misterio.

Los que tienen experiencia enseñan a los nuevos. Escuchamos atentos para saber cuando podar, cuando sembrar, cuando preparar la tierra. Dedicamos un tiempo prudente a entender los misterios que encierra la supervivencia en mitad de la nada, especialmente en estos tiempos donde la nada se ha apoderado de todo, y vivir una vida pagana resulta insólito e inquietante. Los dioses del dinero aquí no existen. Ni siquiera los dioses de las cosas, de lo superfluo. Aquí todo se vive con intensidad, con viveza aguda, con todos los sentidos, como si cada acto sencillo estuviera rodeado de cierta pureza, de cierta sacralidad.

La vida en el campo de alguna forma es sagrada en cuanto todo se venera. El hacer fuego es un ritual que ayuda a calentar la casa al mismo tiempo que hace el proceso alquímico de cocinar los alimentos. El viento se vive con intensidad, porque forma parte de esos dioses invisibles que permiten que todo quede limpio, que la vida se esparza. Aquí las catedrales se visten de verde, de musgo, de hierba. Los campanarios son esos árboles cargados de frutos o pájaros que te miran con curiosidad. El templo es cada rincón donde reposar cansados y observar la Obra mientras oramos en quietud.

Aquí no hay privilegios, solo inspiración, silencio, cariño por la vida y todo lo que se teje a su alrededor como un manto misterioso que cubre cada pétalo de existencia. El agua fluye desde los manantiales más profundos y el beberla ya supone un acto de tributo a lo más insondable. La propia vida es el centro de todo, por eso no se descuida, no se aniquila con máquinas que nos mantienen alejada de ella. La vida fluye incesante, como una fiesta, cada día como si fuera un ciclo nuevo, con sus sorpresas, con sus añadidos.

La vida pagana discurre lenta porque no hay distracciones. Cada segundo renueva en nosotros un hálito de sopor, una recompensa por el esfuerzo, aunque sea mínimo.
Los nuevos paganos son aquellos que hacen de la vida un arte sencillo y verdadero. Son aquellos capaces de apreciar en una rama o en el canto de un pajarillo la grandeza total de la infinitud. Son los que detienen los relojes y prenden la llama de un nuevo tiempo sopesado y administrado por el instante presente, por el ahora incombustible. Los nuevos paganos adoran la risa y el llanto, la alegría y el soñar. No tienen prisa por nada. Cada paso, cada momento, es una oración cargada de alabanzas al Creador de todas las cosas. Sus emociones se esparcen por la tierra y sus pensamientos se los lleva el viento. El alma se aposenta entre el canto del grillo y los atardeceres cargados de bosque. Los caminos consumen momentos de canto y la flauta del roble entona su propia ensoñación. No tenemos nada, pero al estar vacíos, poseemos la infinitud.

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