Propósitos personales para el año nuevo


a

© George Digalakis 

Este año nuevo voy a ser un poco más egoísta. Quiero decir que voy a intentar pensar un poco más en mí, pues me tenía, y me doy cuenta, bastante abandonado. No significa con ello que mengüe mi generosidad hacia los demás, sino que esta vez será mesurada y más pensada, al mismo tiempo que aumentará mi generosidad hacia mí mismo. Sí, uno de los mayores propósitos para este año será ser egoísta, o si se prefiere, más generoso conmigo mismo.

También intentaré disminuir mis vicios menores. Es cierto que nunca he bebido una gota de alcohol, ni probado un cigarrillo o cualquier tipo de droga. En eso no tengo queja en cuanto a mi comportamiento saludable. Pero soy un yonqui del azúcar, aunque quizás podría decir que soy un adicto a algunas cosas que llevan azúcar. Sí, soy vegetariano desde los dieciséis años, pero mis amigos siempre dicen que soy más bien galletariano. Prometo para este nuevo año comer menos galletas, y menos dosis de turrón de chocolate. Esos son mis pequeños vicios menores. No quiero rozar ningún tipo de perfección con respecto a ellos, pero sí cuidarlos…

Con respecto a los mayores, no creo tener muchos, excepto una enfermiza adicción al estar enamorado. Pero prometo no enamorarme este año, ni meterme en relaciones de ningún tipo. No deseo tener pareja y voy a intentar ser más huraño en cuanto a las relaciones en tercera fase que impliquen un compartir de flujos de cualquier tipo. En estos últimos años he sido demasiado alegre en cuanto a dejarme llevar por cualquiera que me sonriera un poco, me diera algo de cariño y me guiñara cualquiera de los ojos. Este año, mi propósito será ser un auténtico estúpido cuando alguien utilice algún tipo de artimaña para seducir mis carnes. Lo siento, pero aún no me siento recuperado de mi último envite, y ya pronto hará dos años. Cuando alguien me bese y me diga eso de “no quiero hacerte daño”, saldré corriendo porque seguro que lo hará. No tengo, que yo sepa, ningún otro tipo de vicio mayor.

Este año me voy a dar algunos caprichos. Nunca lo hago excepto para favorecer a terceros. Pero este año quiero ser extremadamente derrochón conmigo mismo. Todo aquello que se me antoje buscaré la forma de hacerlo. Iré a tomar pizza cuando me apetezca, me compraré una moto eléctrica porque para coche aún no me llega y viajaré siempre que mis ingresos me lo permitan. Como mis ambiciones materiales están más o menos consumadas, inventaré alguna para darme la sensación de que aún soy excesivamente humano y necesito derrochar en algo, aunque sea una tontería como ir al cine o comer pizza. Prometo que este año haré cosas normales.

Lo de la salud es algo que me preocupa. Siento que con los extremos esfuerzos de estos meses tengo el sistema inmunológico hecho añicos. Así que intentaré trabajar menos en aquello que no sea satisfactorio para mi alma o para mi cuerpo. Todo aquel trabajo que requiera un exceso de esfuerzo lo rechazaré de inmediato. Si alguien me llama para construir un tejado, juro que lo mandaré al carajo.

Me gustaría ganar más dinero. Tengo la empresa abandonada y de tanto pensar en los otros me olvidé de mí mismo. Este año deseo potenciar todo lo que ahora tengo. Me gustaría editar menos libros, pero mejores, que me llenen de auténtica satisfacción, y a poder ser, que además me aporten beneficio. Uno se cansa de perder tanto y tanto dinero con autores que nunca agradecen tu labor. Quiero mantener unas finanzas saneadas y no dar tanto, practicando así un poco la contención cuando un tejado se derrumbe o cuando toda la casa se inunde. Seré más precavido conmigo mismo, y no dejaré que nada de lo que pase a mi alrededor perturbe mis finanzas, excepto por fuerza mayor.

Aunque hoy es el día de los santos Inocentes, todo esto es verdad, y por supuesto, también es verdad lo de la pizza. Este año voy a comer muchas más pizzas que el anterior.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Es Navidad


a

«La cicatriz de Belén». Banksy instala en Belén un provocador pesebre con muro y agujero de proyectil

 

“En la naturaleza existen tres maravillas perpetuas: la magia de la materia, el milagro de la vida y el misterio de la humanidad. En todo ser humano se encuentran y se unen estas tres maravillas”. Eros and Psyche, de Benchara Branford

Feliz Navidad a todos. Feliz renacer a la luz. Nace la luz y todo aquello que lo representa. Los dioses nacen en estas fechas, y los dioses son aquellos que portan la luz como hilos de consciencia que se precipitan en nuestra helada cueva. La luz vence porque requerimos de su esencia para poder ver en la oscuridad brillante que campa por todo el universo. La obsesión por la luz es precisamente esa. Allá fuera, en el universo, todo es oscuro.

Este año tuve la oportunidad de buscar la cuna en la cueva de Belén. Era una cueva oscura, desaliñada, desamparada. No era un lugar especialmente hermoso. La oscuridad era presente en el pequeño recinto que toda clase de peregrinos y turistas frecuentaban. Unos por fe, otros por curiosidad. Me aparté un tiempo mientras contemplaba a unos y otros ir y venir, e intentaba imaginar el pesebre. Allí escuché una voz y seguí una estrella, una luz, un rastro de luz. De todos aquellos que campan por el pesebre, ¿cuántos realmente llegarán hasta el Calvario? Es una reflexión profunda en estos tiempos, especialmente para aquellos que creen en la fe que envuelve toda la historia de Jesús el Cristo. ¿Quién realmente continua las sendas que ese inocente niño que hoy nace una y otra vez en nuestros corazones nos enseñó?

Pude seguir sus sendas, incluso oré en silencio en Getsemaní. Anduve por las calles de Jerusalén intentando entender el dolor que más tarde encontraría en el monte Calvario. Todos en el fondo tenemos sed de divinidad, hambre y apetencia de aquello que nos eleva como seres humanos. Pero necesitamos, año tras año, recordar el nacimiento de la Luz para poder acercarnos, aunque sea en breves instantes, a todo lo que ello comporta. A pesar de esa sed, nadie desea realmente implicarse en las arduas tareas del servicio y el sacrificio. Nadie está dispuesto a comprender los ciclos, con su expansión de vida, pero también con su decrepitud hasta la muerte. En estos tiempos de auténtica oscuridad, pocos festejan realmente la apetencia de Luz.

Cristo nació para recordarnos la importancia de dejar de ser humanos animales y convertirnos de verdad en seres humanos espirituales, que es como decir que seamos de verdad seres humanos. De ahí que lo que nace en Belén no es un pequeño niño cargado de símbolos y misterio, si no la anunciación de que algo nuevo está naciendo en el interior de todos los nosotros. Una semilla, un trozo del telar cósmico que se engendra para volvernos más cercanos a nuestra esencia. De ahí el recuerdo del nacimiento constante, en pleno solsticio de invierno, con la esperanza de que una y otra vez renazca en nosotros ese mensaje de fe y esperanza, de retorno a las fuentes primordiales, que no es más que el recuerdo de lo que realmente somos.

Necesitamos renacer continuamente en el recuerdo de nosotros mismos para revelar nuestras riquezas interiores. El mensaje de hoy es diminuto, casi no es percibido en su sutileza más profunda. Pasa desapercibido entre grandes cenas y comidas, entre fiestas y consumo. Pero es necesario reavivar en nosotros la llama de su esquema, de su realeza profunda. La Navidad no es solo un símbolo, es el recuerdo de todo nuestro peregrinar en la Tierra. Paz y amor a los seres humanos de buena voluntad, y que el recuerdo reavive la llama de luz. ¡Luz, más luz!

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Hijos de conveniencia


a

Con Maia, una niña especial que no me hubiera importado tener a conveniencia. 

Soy un romántico. Lo admito. Acabo de rescatar mi viejo Prius y ya lo tengo de nuevo a mi lado. Tras más de un millón de kilómetros juntos parece mentira que esa nave espacial, mitad hotel, mitad coche, esté de nuevo conmigo. Siempre me fascinó conducir ese coche y ahora tendré que gastar algo de dinero para que circule algún tiempo más, pero es que no tengo remedio. Pongo un circo y me crecen los enanos, como me dice siempre enfada Dolores por mis decisiones excéntricas. Así me va.

Como estoy gafado en casi todo, no me extrañó cuando hoy el constructor dijo que se había puesto enfermo. La única semana en la cual después de tres meses no daba lluvia y va y se pone malo. ¿Qué hice? Pues me subí al tejado a clavar las losas yo mismo. ¡Qué desánimo! Este mes está siendo extraño, raro y difícil.

Ayer fui a Lugo para tomar un café con una amiga profesora, doctora y con ganas de tener hijos. Le acabamos de editar un libro que habla sobre inteligencia emocional y fui a llevarle algunos ejemplares. Tuvimos una conversación muy interesante sobre el mundo de la docencia y los hijos. Le confesé que por dentro también sentía el deseo de tener hijos pero que tal y como está el patio lo veo prácticamente imposible. Ella me dijo que se está preparando para ser madre soltera, que no necesita un padre a su lado y que en cuanto termine las oposiciones su siguiente reto será tener un hijo por medios no convencionales.

La conversación me resultó muy interesante porque de repente se me ocurrió que, viendo como está evolucionando el mundo de las parejas, y antes de que la Inteligencia Artificial invada nuestras vidas íntimas y privadas, incluidas en ellas nuestras relaciones con las máquinas (tiempo al tiempo), estamos viviendo un periodo de transición. En ese periodo de transición en el que las máquinas con inteligencia artificial pronto ocuparán el rol de las parejas actuales, aún estamos a tiempo de tener hijos por conveniencia. Es evidente que las parejas de hoy día no soportan, la mayoría de ellas, la relación con todas sus consecuencias. Tarde o temprano terminan dejando la relación y en la mayoría de las veces, con mal rollo o mal sabor de boca.

Se me ocurría conversando con esta amiga que quizás una salida noble, por decir algo, a todo este lío relacional que forcejea además con algunas necesidades primitivas o naturales como son las de tener hijos, podrían solventarse con un acuerdo. El acuerdo consistiría en tener un hijo con gastos, afectos y custodias compartidas, con las ventajas que eso supone para ambos y con el alivio de no tener que involucrarse emocionalmente en una relación. Serían hijos por conveniencia con padres convenientes.

Seguramente, dicho así, podría sonar absurdo, chocante o brusco. Pero viendo lo costoso de los divorcios, la ruina que supone normalmente para el padre que debe abandonar el hogar y pasar una alta pensión y dado que las nuevas relaciones no están por la labor de seguir con el viejo paradigma de pareja estable, pues, ¿por qué no llegar a un acuerdo donde se pacte tener hijos sin llegar a implicación emocional alguna? Como dicen los conservadores extremos, un coito que dura más de dos minutos es vicio o socialismo. Pues eso, la conveniencia puede durar solo dos minutos y un pacto bien amarrado para compartir la custodia de un hijo.

Quizás, tras mis fracasadas experiencias emocionales, me esté volviendo excesivamente frío y distante, escéptico diría en cuanto a relaciones estrechas se refiere, pero visto fríamente, no me parece una mala idea para aquellos que desean tener hijos pero no quieren meterse en líos emocionales de los que casi nunca se sale bien. En esta sociedad líquida e impermanente, ¿por qué no buscar soluciones igual de líquidas e impermanentes? No sé, por decir algo…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

WhiteFriday: hacia la simplicidad voluntaria. Hoy consume experiencias y conocimiento


a

© La casa grande de la alegría (@Niiloi)

Es inevitable que para que nuestro negocio o trabajo funcionen tienen que existir al otro lado personas que consuman nuestros productos y servicios. Noviembre, junto a enero y agosto, es uno de los peores meses para los empresarios. Yo mismo lo noto en las cuentas de la editorial, donde todo son pérdidas y pocas las ventas de libros en estos días. La paradoja, excepto para los funcionarios, es que los empleados deben consumir inevitablemente para que el sistema funcione y sus puestos de trabajo no peligren. Es una paradoja que se retroalimenta una y otra vez y cuyas consecuencias ya estamos empezando a experimentar con el cambio climático. Es el precio del bienestar social. Sueldos dignos para mantener una vida digna que basa su existencia en el consumo extremo.

Si tuviera poder de convicción me gustaría invitaros a que pasarais unos días en el bosque. A muchos de vosotros os presentaría de nuevo a nuestra madre Naturaleza, tan olvidada en estos tiempos de prisas e internet. Os daría un paseo por los verdes prados, entre árboles, mirando al cielo y la luz que tenuemente recorre las veredas. Os hablaría del tiempo, de como transcurren las cosas cuando nos alejamos del ruido de la ciudad y como el silencio va fraguando en nosotros una calma especial, casi mística.

También os hablaría de la necesidad de empezar a practicar en nuestras vidas la simplicidad voluntaria. Es cierto que no os puedo pedir que vengáis todos a vivir a los bosques para, de una forma radical, ser coherentes con el ciclo urgente en el que vivimos, pero sí intentaría moldear vuestras prácticas de consumo, incitando a que cambies la forma de hacerlo. Y la mejor forma que se me ocurre es cambiar las cosas por experiencia o conocimiento, e incluyo en el conocimiento, en el saber, la cultura y el aprendizaje.

Esta es una forma de simplicidad voluntaria que puede generar el que con el tiempo los empresarios piensen más en crear experiencias y conocimiento que cosas. De hecho, las grandes empresas que gobiernan el panorama económico, Google y Facebook, generan experiencias, y no cosas, y no les va nada mal. Pero hay otras experiencias que pueden llegar a crear un matiz diferenciador, y pongo como ejemplo ese paseo por los bosques, donde siempre ocurren cosas que jamás se olvidan. Las semanas de experiencia que organizamos aquí en verano son muestra de ello.

Hoy es un día que nos incitan a consumir. Los empresarios necesitan generar dinero para poder pagar las nóminas de aquellos que tienen contratados. Forma parte del juego. Pero ese juego puede cambiar si empezamos a disfrutar de la vida con menos cosas y mayores experiencias y saberes. Y si esas experiencias están dentro del marco de generar cultura o inspiración o visión o de crear un modelo ecológico o una idea de compartir, de cooperar y de apoyarnos mutuamente, es decir, de crear un nuevo marco de relaciones, un nuevo paradigma de ética donde todos ganemos, entonces ese consumo, además de ser responsable, se convertirá en algo necesario.

Así que disfrutad del BlackFriday, pero hacedlo desde la más absoluta de las consciencias para que en el futuro sea un día luminoso, blanco y bello. Un WhiteFriday donde acompañemos a la naturaleza en su esplendor y belleza.

(Cuña publicitaria: si hoy compras un libro en alguno de nuestros sellos editoriales, te regalamos otro, ¡venga ánimo! Pon WhiteFriday en el asunto y te llegará un hermoso regalo en agradecimiento por consumir cultura, talento, arte. Ya sabes, además, que los beneficios van directamente al Proyecto O Couso… )

http://www.editorialdharana.com/

 

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

La plaga humana. Patogénesis de un planeta enfermo


a

© Maxwell Campbell 

Este era el título de una de las versiones de la tesis doctoral. Por supuesto no gustó y fue censurado. También las ideas que allí se planteaban o que querían poner el acento en este tipo de cuestiones. La disidencia e independencia intelectual no siempre es posible. Al menos que seas codependiente de las instituciones que albergan y protegen el conocimiento y sepas camuflarte o adherirte a sus causas. El estar por fin separado de las instituciones y poder ser crítico con ellas me permitirá hablar más abiertamente de asuntos importantes que nos afectan a todos. Lo paradójico es que, tras esa censura, las propias Naciones Unidas son las que plantean ideas de corte parecido, poniendo el acento en la alarma mundial que padecemos. Véanse los Objetivos para el desarrollo sostenible.

Es desesperante y frustrante gritar para advertir sobre lo que parece irreparable. Muchos pueden pensar que no hay marcha atrás, que estamos navegando felices hacia el iceberg que lo hará estallar todo por los aires. A veces el optimismo y el navegar contra corriente resultan parecerse a esos ídolos caídos. Al principio nos parecían felices soñadores, luego pasan de golpe a convertirse en seres narcisistas y egocéntricos. Los ídolos caen en cuanto adentramos la perspectiva a otros lugares menos fantasiosos.

Muchos ya están cansados de pregonar o de potenciar esa engorrosa necesidad de tener que aportar argumentos suficientes sobre lo que está pasando. Ya no se trata de explicar que el mundo se está agotando. Más bien estamos en el punto de tener que decidir drásticamente si deseamos ser partícipes o no de su destrucción. Esto encierra una especie de radicalidad exponencial que nos acercaría más a la hipocresía extrema o a la decisión de cambiar para siempre nuestras vidas.

Lo primero es sencillo, solo tenemos que fingir que no pasa nada. Podemos lavar nuestras consciencias con depósitos enteros de buenas intenciones diarias. Reciclar algún plástico, bajar el consumo de grasa animal, comprar productos bio o hacer algún donativo a proyectos alternativos. Todo eso en esa gran fiesta bucólica en la que todo es posible gracias al fingir que todo está bien.

Pero la segunda opción es compleja. Requiere radicalidad y cambiar los fundamentos profundos de nuestras vidas. Y a eso no estamos dispuestos. Nadie está dispuesto a deconstruirse de repente, a no ser que haya tenido un arrebato de locura, o en el mejor de los casos, algún tipo de iluminación que le lleve hasta las puertas de la mismísima lucidez. ¿Quién dejaría hoy día el pescar peces para lanzarse a la compleja tarea de pescar almas? Elegir entre un mundo distópico o un ilusionante mundo utópico en el que albergar algún tipo de esperanza futura, esa es la cuestión. Lo primero podría parecer hipócrita y lo segundo, ingenuo.

Sería imposible imaginar que de repente las ciudades se despoblaran. Sería igualmente imposible imaginar que de repente, al menos la mitad de la población renunciara a los requisitos de consumo que hasta la fecha poseemos. Sería imposible imaginar que una gran parte de la humanidad decidiera abandonar el círculo vicioso de la ciudad -trabajo-consumo-más trabajo-más consumo- para albergar algún tipo de alternativa más natural, más en acorde con la naturaleza, y siempre, ante una tendencia decrecionista, donde menos es más y donde las cosas empiezan a cambiarse por las experiencias. La simplicidad voluntaria como camino alejados del crecimiento que nos inculcan desde los estamentos.

La patogénesis de la enfermedad que padece el planeta es bien clara: nosotros mismos confrontados a nuestra avaricia. Nos hemos convertido en una plaga que está envenenando todo cuanto tocamos. Ya somos más de siete mil millones de habitantes con deseos de crecer y crecer y crecer sin darnos cuenta de que vivimos en un planeta finito. Fingimos, en nuestra personal hipocresía, que todo está bien. Pero estamos incubando dentro de nosotros el final de los tiempos. Las alarmas crecen, el mundo está enfermo y no hay doctores suficientes capaces de diagnosticar y curar el cáncer que padecemos. El sistema doctrinal del que somos esclavos no nos permite ver con sinceridad y valentía lo que está ocurriendo. Tampoco nos permite actuar en consecuencia. Faltan grandes dosis de locura o lucidez. Tanto da cuando de lo que se trata es de salvar el mundo, y de paso, a nosotros mismos.

¿Cómo cambiar de paradigma? Por más que agito a mi alrededor nada cambia. Casi me cuesta una vida y un poco de locura el cambiarme a mí mismo. Sí, es cierto, me vine a vivir a los bosques y vivo en una pequeña cabaña de madera. Una locura. Pero insuficiente.

 

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

No es el karma…


a.jpg

Una persona a la que tengo en alta estima despachó nuestra relación advirtiendo de que nos habíamos conocido en esta vida para saldar una deuda kármica y por lo tanto, una vez saldada, nuestra reciprocidad ya no tenía sentido. Qué cosa esa manía de justificarlo todo con el karma. No hemos venido a esta vida a pagar ninguna deuda. Hemos venido a ser útiles a la creación, a cooperar inteligentemente con todos los seres que nos rodean y, por lo tanto, no hemos venido a pagar deudas, si no a comprometernos con la realización del maravilloso plan de la existencia.

Culpar al karma de nuestras irresponsabilidades es no asumir nuestros errores en ese plan de luz y de amor, de alegría y felicidad. El karma es sólo una ley de consecuencia, de causa y efecto. No hay un juez rector que juzgue nuestras acciones. Sólo disfrutamos de los frutos de nuestra propia cosecha. Así de simple. Si cosechamos odio, recogemos odio. Si cosechamos amor, recogemos amor. No te encuentras con la gente para saldar deudas, te encuentras, o te reencuentras, para aprender a amarlas, a respetarlas, a comprometerte en la responsabilidad de hacer de un mundo bueno, un mundo mejor al lado del otro. No huyendo despavoridamente cuando las cosas no salen como a uno le gusta, cuando el otro pone de manifiesto todas nuestras imperfecciones y miserias.

Cuando creemos en el karma de la forma irresponsable en la que lo hacemos, estamos creando irresponsabilidad en nuestro entorno, en nosotros mismos. Es cierto que no tenemos porqué estar soportando a nadie, pero también es cierto que, si hay personas que han significado alguna cosa alguna vez en nuestra vida y deseamos cerrar ese ciclo, es bueno y necesario cerrarlo bien, con amor, con dulzura, con cariño, con tacto. Especialmente porque la gente es de carne y hueso, es frágil y además son seres sintientes. Aunque parezca mentira, y cada vez ocurre con mayor frecuencia, hay personas que un día te dicen que son tu alma gemela y al día siguiente te despachan por no sé sabe qué historias del karma.

Lo que sí hay es mucha ignorancia. Mucha irresponsabilidad con las relaciones. Como esas personas que te prometen el oro y el moro, te conquistan, te enredan y al día siguiente desaparecen sin más y para siempre. Para eso mejor que no entren en tu vida, que no te enreden, que no intenten embaucarte. Las nuevas generaciones son tremendas para eso. Acostumbrados a crecer en el más puro egoísmo, hacen de los otros meras marionetas, pequeños avatares o emoticonos de su realidad virtual. Hacen y deshacen sin crear vínculos verdaderos, comprometidos, responsables. Reducen al otro a un usar y tirar.

La verdad es que el tema de las relaciones es demoledor en estos tiempos que corren. Y todo por culpa del karma, claro. Pero a nadie se le ocurre acercarse al otro desde el dharma. Nadie habla en términos de deber o obligación hacia el otro, de cierta ley moral, de cierta correcta conducta, de cierta ética a la hora de rozar al prójimo. Es mejor sacar al otro de quicio, es mejor despojarlo de su dignidad, asumiendo que no tenemos ningún tipo de responsabilidad sobre nuestra a veces déspota y despiadada conducta. En fin… cosas del karma… para qué seguir… Pues eso…

Bueno, sólo una cosa más: no, no vamos a “regresar a casa” ni nos van a abducir ninguna nave espacial para llevarnos a no se sabe qué paraíso ni nos vamos a librar del karma iluminados de repente en no se sabe qué luz. Así no funciona el universo. Así funciona el escapismo, la irresponsabilidad y el don de no asumir nuestra parte en el curso inmediato de la vida.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Democratizar el conocimiento y las riquezas


IMG_20190914_204510.jpg

San Francisco de Asís amando a los animales y tratándolos de hermanos

Y aquel en quien se sembró la semilla entre espinos, éste es el que oye la palabra, mas las preocupaciones del mundo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se queda sin fruto. (Mateo 13:22)

La censura hoy día existe, pero es sutil. Es creada por saturación. Hay tanta información, tantas cosas, que no importa lo que digamos o lo que expresemos o lo que sintamos en nuestro interior, caerá en un saco roto. Es la perfección de un sistema que ha conseguido afinar sus técnicas de manipulación masiva. Por eso ya casi no hay revoluciones, excepto cuando no podemos comprar cosas (acordaros de la crisis del 2008). Resulta paradójico. Si tenemos un sueldo y unos grandes almacenes cerca donde poder gastarlo, no pensamos, no actuamos, no nos quejamos y apaciguamos tranquilos los pastos y las veredas del conformismo. Sin cuestionarnos nuestras vidas, sin revelarnos ante ningún tipo de acontecimiento ni mirar hacia los cielos cargados de luminarias para preguntarnos qué hacemos aquí o para qué hemos venido, si la vida tiene algún tipo de sentido más allá de ir a los grandes almacenes con nuestro “cari” a comprar algún mueble inútil (a falta de “cari” propia, me encanta ver pasear a los “caris” en los grandes almacenes, me quedo embobado viéndolos, envidiándolos sanamente, observando sus sueños y sus manos entrecogidas, ignorando la ilusión de esa imagen que nadie sabe cuánto durará entrelazada en estos tiempos de futilidad en los muebles y en las relaciones). Las redes sociales hacen el resto. Nos atrapan, nos engullen, nos roban nuestro único tesoro verdadero: el tiempo. Con o sin caris.

Un amigo que trabaja en el servicio de inteligencia dice que el mayor temor del Estado no es el terrorismo ni el cambio climático ni siquiera los nacionalismo. El mayor temor es el paro. Si la gente se queda sin dinero, sin sueldo, sin trabajo, el caos se apodera del sistema, porque si no hay sueldo no puedes sobrevivir en un sistema perfectamente atado, sin posibilidad de salir. La hipoteca nos atrapa, las tarjetas de crédito nos atrapan, las tarjetas de fidelización nos atrapan sutilmente con sus excelentes descuentos, los créditos al consumo nos atrapan… Son las cadenas de nuestro tiempo. Es la esclavitud perfecta, la trampa perfecta orquestada de forma voluntaria por sus participantes. El panopticón social perfecto. No hacen falta esclavistas ni vigilantes, nosotros somos nuestros verdaderos verdugos. La autocensura es perfecta. Lo escribí en el libro “Creando Utopías, el papel de la rebeldía ante el Nuevo Orden Mundial“, (del cual ya estoy preparando la tercera edición revisada): “a los esclavos de sí mismos”.

Los mercaderes de los que hablaba Jesús dominan todo el espectro. Sus deseos nacen de satisfacer la avaricia. Ya no desean cosas, desean cosas grandes, voluptuosas, impresionantes. No desean un coche, desean el coche más potente y más caro. No desean una casa, un apartamento, desean un palacete en una gran finca. La avaricia es el hilo conductor que sustenta todo el sistema. Lo llaman “progresar”. Si la avaricia quebrara, el sistema quebraría. Los mercaderes dejarían de comprar cosas grandes, y por lo tanto, no necesitarían mano de obra barata y sumisa que enriqueciera sus arcas. Las ganancias, la verdadera plusvalía, viene de nuestra esclavitud. Ellos necesitan nuestro jugo más valioso, el tiempo, para comprar grandes cosas. Y esa mano barata no se vendería si no fuera por la ilusión irreal de aspirar, con un golpe de suerte, a tener también cosas grandes. ¡Qué gran trampa! Luego vendrá la revolución robótica y el sistema se autorregulará a un nuevo orden social mundial. ¿Quién comprará las cosas si son los robots los que trabajan? ¿Y si los robots fueran nuestros avatares? Por ahí irán los tiros. Pero este es otro debate.

En nuestra pequeñez, nos conformamos con comprar un apartamento con balcón. Tener balcón es síntoma de grandeza dentro de nuestro ridículo círculo, porque de alguna forma quiere emular el jardín, la finca. Además, nos da distinción ante los vecinos que viven en zulos sin balconada. Como no podemos tener grandes cosas, nos compramos pequeñas cosas, pero grandes, aunque tengamos que pagarlas a plazos. Grandes móviles, mucha ropa, grandes televisores. En el fondo es una especie de avaricia que nació en un tiesto pequeño. La vida en las ciudades tiene una lógica demoledora, subversiva.

Como no podemos jugar a la bolsa, que es el juego ludópata de los ricos, jugamos a la lotería, que es el juego ludópata de los pobres. La ilusión es la misma, la sensación es la misma, pero a diferente escala. Los ricos invierten millones de euros, los pobres algunos céntimos, normalmente lo que sobra cuando vienes de comprar el pan, solo para una cosa: tener más, aspirar a más olvidando la lógica aplastante del mercado y de nuestro mundo: todo es limitado y los recursos no son infinitos. Por eso todo es calderilla cargada de ilusión, porque si por un remoto casual nos tocara la lotería, todo ese dinero lo utilizaríamos, sin dudarlo, en comprar grandes cosas, el coche más potente, la finca más grande, quizás un yate y un avión privado. Es como el balcón o la terraza, porque qué sería de la avaricia si no viniera acompañada de cierta vanidad. Por supuesto no todos los pobres ni todos los ricos son iguales, es sólo un símil, solo una idea para la reflexión de unos y de otros. Pondré un ejemplo ilustrativo, casi gracioso y ridículo para llegar al fondo de la cuestión.

Esta noche, como ya es ritual en este lugar, me metía en el pequeño gallinero para hacer recuento: dos patos, diez gallinas, un gallo y los dos pavos, el pavo y la pava bizca, pobre. Estaban todos, no faltaba nadie. A pesar de ser diferentes, de especies diferentes, de tamaños diferentes y de colores diferentes, duermen todos juntos, comparten el mismo espacio de amor todas las noches y por el día, durante las primeras horas, comparten el trozo de corral que les pertoca. A media tarde, cuando ya han puesto los huevos que luego degustamos agradecidos, les abrimos las puertas y campan libres por toda la finca, excepto los patos, que se van corriendo al estanque como si no hubiera más vida que ese chapuzón diario y excepto la pava bizca, que aún no sabe si es pato, gallina o pavo (vive en un mar de dudas quizás por esa media visión de las cosas, pobre). Esta finca no es de ricos, es de pobres, porque al igual que los pavos y los patos y las gallinas, la compartimos. La diferencia es significativa. No nos mueve la avaricia ni la codicia ni la vanidad de poseer nada, sino la necesidad y el estímulo de compartir, con amigos y extraños, con patos, gallinas y pavos, aunque sean bizcos. Esta es la ilustración, la visión, la consciencia diferente (y diría que urgentemente necesaria para que la avaricia no acabe con nuestro mundo).

Aquí el conocimiento es sutil. No nos esclaviza, sino que nos libera. Al no despertar en nosotros la avaricia (lo bueno de vivir en los bosques es que existen pocos estímulos), no deseamos tener ni poseer cosas. Queremos abrazar la naturaleza, comprender su misterio, enraizar con ella. Queremos pocas cosas que siempre compartimos. Es una apuesta compleja y difícil, arriesgada en los tiempos que corren, criticada, muy criticada, pero no es novedosa. San Francisco lo intentó hace casi mil años y Jesús, hace dos mil.

Mi querida Mercé, (hoy es su cumpleaños, felicidades hermosa alma), me regaló, a modo de guiño, el cuadro que comparto en este artículo. San Francisco fue un ejemplo puro de simplicidad voluntaria, lo que antes se llamaba votos de pobreza. Ahora somos más modernos y lo llamamos de forma diferente, pero en el fondo es lo mismo. San Francisco, al igual que su mentor Jesús el Cristo, combatió la avaricia mediante el decrecimiento voluntario. Ya lo dijo en muchos textos: “No podéis servir a Dios y a las riquezas”. “En verdad os digo que es difícil que un rico entre en el reino de los cielos. Y otra vez os digo que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de Dios”.

Realmente Jesús no se refería a los ricos ni a las riquezas en sí mismas que, si son compartidas, no hacen mal a nadie. El problema es el egoísmo que encierran en nosotros, seamos ricos o pobres, la avaricia y la vanidad que nos mueve. A día de hoy, esa avaricia (Weber decía que el capitalismo es una forma de ordenar nuestra avaricia, y por lo tanto es algo bueno) está destruyendo el mundo que habitamos. Por eso debemos buscar fórmulas para agitarnos, para compartir nuestras riquezas y convivir de forma humilde, con un bienestar mínimo, pero alejado de nuestras egoístas aspiraciones. Así que con vuestro permiso seguiré agitando las consciencias, sutilmente, pero despertando, al menos, la duda sobre lo que hacemos, de a quién le vendemos nuestro tiempo y lo más importante: para qué. Democratizar el conocimiento ha sido una gran revolución. Ahora nos queda pendiente democratizar las riquezas para que pavos y gallinas y patos puedan disfrutar por igual de una gran finca sin distinción de género, raza, creencia o condición social.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura… ricos o pobres, gracias por democratizar vuestra riqueza… haré lo mismo con todo lo que aquí llegue… 

donar