Hijos de conveniencia


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Con Maia, una niña especial que no me hubiera importado tener a conveniencia. 

Soy un romántico. Lo admito. Acabo de rescatar mi viejo Prius y ya lo tengo de nuevo a mi lado. Tras más de un millón de kilómetros juntos parece mentira que esa nave espacial, mitad hotel, mitad coche, esté de nuevo conmigo. Siempre me fascinó conducir ese coche y ahora tendré que gastar algo de dinero para que circule algún tiempo más, pero es que no tengo remedio. Pongo un circo y me crecen los enanos, como me dice siempre enfada Dolores por mis decisiones excéntricas. Así me va.

Como estoy gafado en casi todo, no me extrañó cuando hoy el constructor dijo que se había puesto enfermo. La única semana en la cual después de tres meses no daba lluvia y va y se pone malo. ¿Qué hice? Pues me subí al tejado a clavar las losas yo mismo. ¡Qué desánimo! Este mes está siendo extraño, raro y difícil.

Ayer fui a Lugo para tomar un café con una amiga profesora, doctora y con ganas de tener hijos. Le acabamos de editar un libro que habla sobre inteligencia emocional y fui a llevarle algunos ejemplares. Tuvimos una conversación muy interesante sobre el mundo de la docencia y los hijos. Le confesé que por dentro también sentía el deseo de tener hijos pero que tal y como está el patio lo veo prácticamente imposible. Ella me dijo que se está preparando para ser madre soltera, que no necesita un padre a su lado y que en cuanto termine las oposiciones su siguiente reto será tener un hijo por medios no convencionales.

La conversación me resultó muy interesante porque de repente se me ocurrió que, viendo como está evolucionando el mundo de las parejas, y antes de que la Inteligencia Artificial invada nuestras vidas íntimas y privadas, incluidas en ellas nuestras relaciones con las máquinas (tiempo al tiempo), estamos viviendo un periodo de transición. En ese periodo de transición en el que las máquinas con inteligencia artificial pronto ocuparán el rol de las parejas actuales, aún estamos a tiempo de tener hijos por conveniencia. Es evidente que las parejas de hoy día no soportan, la mayoría de ellas, la relación con todas sus consecuencias. Tarde o temprano terminan dejando la relación y en la mayoría de las veces, con mal rollo o mal sabor de boca.

Se me ocurría conversando con esta amiga que quizás una salida noble, por decir algo, a todo este lío relacional que forcejea además con algunas necesidades primitivas o naturales como son las de tener hijos, podrían solventarse con un acuerdo. El acuerdo consistiría en tener un hijo con gastos, afectos y custodias compartidas, con las ventajas que eso supone para ambos y con el alivio de no tener que involucrarse emocionalmente en una relación. Serían hijos por conveniencia con padres convenientes.

Seguramente, dicho así, podría sonar absurdo, chocante o brusco. Pero viendo lo costoso de los divorcios, la ruina que supone normalmente para el padre que debe abandonar el hogar y pasar una alta pensión y dado que las nuevas relaciones no están por la labor de seguir con el viejo paradigma de pareja estable, pues, ¿por qué no llegar a un acuerdo donde se pacte tener hijos sin llegar a implicación emocional alguna? Como dicen los conservadores extremos, un coito que dura más de dos minutos es vicio o socialismo. Pues eso, la conveniencia puede durar solo dos minutos y un pacto bien amarrado para compartir la custodia de un hijo.

Quizás, tras mis fracasadas experiencias emocionales, me esté volviendo excesivamente frío y distante, escéptico diría en cuanto a relaciones estrechas se refiere, pero visto fríamente, no me parece una mala idea para aquellos que desean tener hijos pero no quieren meterse en líos emocionales de los que casi nunca se sale bien. En esta sociedad líquida e impermanente, ¿por qué no buscar soluciones igual de líquidas e impermanentes? No sé, por decir algo…

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WhiteFriday: hacia la simplicidad voluntaria. Hoy consume experiencias y conocimiento


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© La casa grande de la alegría (@Niiloi)

Es inevitable que para que nuestro negocio o trabajo funcionen tienen que existir al otro lado personas que consuman nuestros productos y servicios. Noviembre, junto a enero y agosto, es uno de los peores meses para los empresarios. Yo mismo lo noto en las cuentas de la editorial, donde todo son pérdidas y pocas las ventas de libros en estos días. La paradoja, excepto para los funcionarios, es que los empleados deben consumir inevitablemente para que el sistema funcione y sus puestos de trabajo no peligren. Es una paradoja que se retroalimenta una y otra vez y cuyas consecuencias ya estamos empezando a experimentar con el cambio climático. Es el precio del bienestar social. Sueldos dignos para mantener una vida digna que basa su existencia en el consumo extremo.

Si tuviera poder de convicción me gustaría invitaros a que pasarais unos días en el bosque. A muchos de vosotros os presentaría de nuevo a nuestra madre Naturaleza, tan olvidada en estos tiempos de prisas e internet. Os daría un paseo por los verdes prados, entre árboles, mirando al cielo y la luz que tenuemente recorre las veredas. Os hablaría del tiempo, de como transcurren las cosas cuando nos alejamos del ruido de la ciudad y como el silencio va fraguando en nosotros una calma especial, casi mística.

También os hablaría de la necesidad de empezar a practicar en nuestras vidas la simplicidad voluntaria. Es cierto que no os puedo pedir que vengáis todos a vivir a los bosques para, de una forma radical, ser coherentes con el ciclo urgente en el que vivimos, pero sí intentaría moldear vuestras prácticas de consumo, incitando a que cambies la forma de hacerlo. Y la mejor forma que se me ocurre es cambiar las cosas por experiencia o conocimiento, e incluyo en el conocimiento, en el saber, la cultura y el aprendizaje.

Esta es una forma de simplicidad voluntaria que puede generar el que con el tiempo los empresarios piensen más en crear experiencias y conocimiento que cosas. De hecho, las grandes empresas que gobiernan el panorama económico, Google y Facebook, generan experiencias, y no cosas, y no les va nada mal. Pero hay otras experiencias que pueden llegar a crear un matiz diferenciador, y pongo como ejemplo ese paseo por los bosques, donde siempre ocurren cosas que jamás se olvidan. Las semanas de experiencia que organizamos aquí en verano son muestra de ello.

Hoy es un día que nos incitan a consumir. Los empresarios necesitan generar dinero para poder pagar las nóminas de aquellos que tienen contratados. Forma parte del juego. Pero ese juego puede cambiar si empezamos a disfrutar de la vida con menos cosas y mayores experiencias y saberes. Y si esas experiencias están dentro del marco de generar cultura o inspiración o visión o de crear un modelo ecológico o una idea de compartir, de cooperar y de apoyarnos mutuamente, es decir, de crear un nuevo marco de relaciones, un nuevo paradigma de ética donde todos ganemos, entonces ese consumo, además de ser responsable, se convertirá en algo necesario.

Así que disfrutad del BlackFriday, pero hacedlo desde la más absoluta de las consciencias para que en el futuro sea un día luminoso, blanco y bello. Un WhiteFriday donde acompañemos a la naturaleza en su esplendor y belleza.

(Cuña publicitaria: si hoy compras un libro en alguno de nuestros sellos editoriales, te regalamos otro, ¡venga ánimo! Pon WhiteFriday en el asunto y te llegará un hermoso regalo en agradecimiento por consumir cultura, talento, arte. Ya sabes, además, que los beneficios van directamente al Proyecto O Couso… )

http://www.editorialdharana.com/

 

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La plaga humana. Patogénesis de un planeta enfermo


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© Maxwell Campbell 

Este era el título de una de las versiones de la tesis doctoral. Por supuesto no gustó y fue censurado. También las ideas que allí se planteaban o que querían poner el acento en este tipo de cuestiones. La disidencia e independencia intelectual no siempre es posible. Al menos que seas codependiente de las instituciones que albergan y protegen el conocimiento y sepas camuflarte o adherirte a sus causas. El estar por fin separado de las instituciones y poder ser crítico con ellas me permitirá hablar más abiertamente de asuntos importantes que nos afectan a todos. Lo paradójico es que, tras esa censura, las propias Naciones Unidas son las que plantean ideas de corte parecido, poniendo el acento en la alarma mundial que padecemos. Véanse los Objetivos para el desarrollo sostenible.

Es desesperante y frustrante gritar para advertir sobre lo que parece irreparable. Muchos pueden pensar que no hay marcha atrás, que estamos navegando felices hacia el iceberg que lo hará estallar todo por los aires. A veces el optimismo y el navegar contra corriente resultan parecerse a esos ídolos caídos. Al principio nos parecían felices soñadores, luego pasan de golpe a convertirse en seres narcisistas y egocéntricos. Los ídolos caen en cuanto adentramos la perspectiva a otros lugares menos fantasiosos.

Muchos ya están cansados de pregonar o de potenciar esa engorrosa necesidad de tener que aportar argumentos suficientes sobre lo que está pasando. Ya no se trata de explicar que el mundo se está agotando. Más bien estamos en el punto de tener que decidir drásticamente si deseamos ser partícipes o no de su destrucción. Esto encierra una especie de radicalidad exponencial que nos acercaría más a la hipocresía extrema o a la decisión de cambiar para siempre nuestras vidas.

Lo primero es sencillo, solo tenemos que fingir que no pasa nada. Podemos lavar nuestras consciencias con depósitos enteros de buenas intenciones diarias. Reciclar algún plástico, bajar el consumo de grasa animal, comprar productos bio o hacer algún donativo a proyectos alternativos. Todo eso en esa gran fiesta bucólica en la que todo es posible gracias al fingir que todo está bien.

Pero la segunda opción es compleja. Requiere radicalidad y cambiar los fundamentos profundos de nuestras vidas. Y a eso no estamos dispuestos. Nadie está dispuesto a deconstruirse de repente, a no ser que haya tenido un arrebato de locura, o en el mejor de los casos, algún tipo de iluminación que le lleve hasta las puertas de la mismísima lucidez. ¿Quién dejaría hoy día el pescar peces para lanzarse a la compleja tarea de pescar almas? Elegir entre un mundo distópico o un ilusionante mundo utópico en el que albergar algún tipo de esperanza futura, esa es la cuestión. Lo primero podría parecer hipócrita y lo segundo, ingenuo.

Sería imposible imaginar que de repente las ciudades se despoblaran. Sería igualmente imposible imaginar que de repente, al menos la mitad de la población renunciara a los requisitos de consumo que hasta la fecha poseemos. Sería imposible imaginar que una gran parte de la humanidad decidiera abandonar el círculo vicioso de la ciudad -trabajo-consumo-más trabajo-más consumo- para albergar algún tipo de alternativa más natural, más en acorde con la naturaleza, y siempre, ante una tendencia decrecionista, donde menos es más y donde las cosas empiezan a cambiarse por las experiencias. La simplicidad voluntaria como camino alejados del crecimiento que nos inculcan desde los estamentos.

La patogénesis de la enfermedad que padece el planeta es bien clara: nosotros mismos confrontados a nuestra avaricia. Nos hemos convertido en una plaga que está envenenando todo cuanto tocamos. Ya somos más de siete mil millones de habitantes con deseos de crecer y crecer y crecer sin darnos cuenta de que vivimos en un planeta finito. Fingimos, en nuestra personal hipocresía, que todo está bien. Pero estamos incubando dentro de nosotros el final de los tiempos. Las alarmas crecen, el mundo está enfermo y no hay doctores suficientes capaces de diagnosticar y curar el cáncer que padecemos. El sistema doctrinal del que somos esclavos no nos permite ver con sinceridad y valentía lo que está ocurriendo. Tampoco nos permite actuar en consecuencia. Faltan grandes dosis de locura o lucidez. Tanto da cuando de lo que se trata es de salvar el mundo, y de paso, a nosotros mismos.

¿Cómo cambiar de paradigma? Por más que agito a mi alrededor nada cambia. Casi me cuesta una vida y un poco de locura el cambiarme a mí mismo. Sí, es cierto, me vine a vivir a los bosques y vivo en una pequeña cabaña de madera. Una locura. Pero insuficiente.

 

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No es el karma…


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Una persona a la que tengo en alta estima despachó nuestra relación advirtiendo de que nos habíamos conocido en esta vida para saldar una deuda kármica y por lo tanto, una vez saldada, nuestra reciprocidad ya no tenía sentido. Qué cosa esa manía de justificarlo todo con el karma. No hemos venido a esta vida a pagar ninguna deuda. Hemos venido a ser útiles a la creación, a cooperar inteligentemente con todos los seres que nos rodean y, por lo tanto, no hemos venido a pagar deudas, si no a comprometernos con la realización del maravilloso plan de la existencia.

Culpar al karma de nuestras irresponsabilidades es no asumir nuestros errores en ese plan de luz y de amor, de alegría y felicidad. El karma es sólo una ley de consecuencia, de causa y efecto. No hay un juez rector que juzgue nuestras acciones. Sólo disfrutamos de los frutos de nuestra propia cosecha. Así de simple. Si cosechamos odio, recogemos odio. Si cosechamos amor, recogemos amor. No te encuentras con la gente para saldar deudas, te encuentras, o te reencuentras, para aprender a amarlas, a respetarlas, a comprometerte en la responsabilidad de hacer de un mundo bueno, un mundo mejor al lado del otro. No huyendo despavoridamente cuando las cosas no salen como a uno le gusta, cuando el otro pone de manifiesto todas nuestras imperfecciones y miserias.

Cuando creemos en el karma de la forma irresponsable en la que lo hacemos, estamos creando irresponsabilidad en nuestro entorno, en nosotros mismos. Es cierto que no tenemos porqué estar soportando a nadie, pero también es cierto que, si hay personas que han significado alguna cosa alguna vez en nuestra vida y deseamos cerrar ese ciclo, es bueno y necesario cerrarlo bien, con amor, con dulzura, con cariño, con tacto. Especialmente porque la gente es de carne y hueso, es frágil y además son seres sintientes. Aunque parezca mentira, y cada vez ocurre con mayor frecuencia, hay personas que un día te dicen que son tu alma gemela y al día siguiente te despachan por no sé sabe qué historias del karma.

Lo que sí hay es mucha ignorancia. Mucha irresponsabilidad con las relaciones. Como esas personas que te prometen el oro y el moro, te conquistan, te enredan y al día siguiente desaparecen sin más y para siempre. Para eso mejor que no entren en tu vida, que no te enreden, que no intenten embaucarte. Las nuevas generaciones son tremendas para eso. Acostumbrados a crecer en el más puro egoísmo, hacen de los otros meras marionetas, pequeños avatares o emoticonos de su realidad virtual. Hacen y deshacen sin crear vínculos verdaderos, comprometidos, responsables. Reducen al otro a un usar y tirar.

La verdad es que el tema de las relaciones es demoledor en estos tiempos que corren. Y todo por culpa del karma, claro. Pero a nadie se le ocurre acercarse al otro desde el dharma. Nadie habla en términos de deber o obligación hacia el otro, de cierta ley moral, de cierta correcta conducta, de cierta ética a la hora de rozar al prójimo. Es mejor sacar al otro de quicio, es mejor despojarlo de su dignidad, asumiendo que no tenemos ningún tipo de responsabilidad sobre nuestra a veces déspota y despiadada conducta. En fin… cosas del karma… para qué seguir… Pues eso…

Bueno, sólo una cosa más: no, no vamos a “regresar a casa” ni nos van a abducir ninguna nave espacial para llevarnos a no se sabe qué paraíso ni nos vamos a librar del karma iluminados de repente en no se sabe qué luz. Así no funciona el universo. Así funciona el escapismo, la irresponsabilidad y el don de no asumir nuestra parte en el curso inmediato de la vida.

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Democratizar el conocimiento y las riquezas


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San Francisco de Asís amando a los animales y tratándolos de hermanos

Y aquel en quien se sembró la semilla entre espinos, éste es el que oye la palabra, mas las preocupaciones del mundo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se queda sin fruto. (Mateo 13:22)

La censura hoy día existe, pero es sutil. Es creada por saturación. Hay tanta información, tantas cosas, que no importa lo que digamos o lo que expresemos o lo que sintamos en nuestro interior, caerá en un saco roto. Es la perfección de un sistema que ha conseguido afinar sus técnicas de manipulación masiva. Por eso ya casi no hay revoluciones, excepto cuando no podemos comprar cosas (acordaros de la crisis del 2008). Resulta paradójico. Si tenemos un sueldo y unos grandes almacenes cerca donde poder gastarlo, no pensamos, no actuamos, no nos quejamos y apaciguamos tranquilos los pastos y las veredas del conformismo. Sin cuestionarnos nuestras vidas, sin revelarnos ante ningún tipo de acontecimiento ni mirar hacia los cielos cargados de luminarias para preguntarnos qué hacemos aquí o para qué hemos venido, si la vida tiene algún tipo de sentido más allá de ir a los grandes almacenes con nuestro “cari” a comprar algún mueble inútil (a falta de “cari” propia, me encanta ver pasear a los “caris” en los grandes almacenes, me quedo embobado viéndolos, envidiándolos sanamente, observando sus sueños y sus manos entrecogidas, ignorando la ilusión de esa imagen que nadie sabe cuánto durará entrelazada en estos tiempos de futilidad en los muebles y en las relaciones). Las redes sociales hacen el resto. Nos atrapan, nos engullen, nos roban nuestro único tesoro verdadero: el tiempo. Con o sin caris.

Un amigo que trabaja en el servicio de inteligencia dice que el mayor temor del Estado no es el terrorismo ni el cambio climático ni siquiera los nacionalismo. El mayor temor es el paro. Si la gente se queda sin dinero, sin sueldo, sin trabajo, el caos se apodera del sistema, porque si no hay sueldo no puedes sobrevivir en un sistema perfectamente atado, sin posibilidad de salir. La hipoteca nos atrapa, las tarjetas de crédito nos atrapan, las tarjetas de fidelización nos atrapan sutilmente con sus excelentes descuentos, los créditos al consumo nos atrapan… Son las cadenas de nuestro tiempo. Es la esclavitud perfecta, la trampa perfecta orquestada de forma voluntaria por sus participantes. El panopticón social perfecto. No hacen falta esclavistas ni vigilantes, nosotros somos nuestros verdaderos verdugos. La autocensura es perfecta. Lo escribí en el libro “Creando Utopías, el papel de la rebeldía ante el Nuevo Orden Mundial“, (del cual ya estoy preparando la tercera edición revisada): “a los esclavos de sí mismos”.

Los mercaderes de los que hablaba Jesús dominan todo el espectro. Sus deseos nacen de satisfacer la avaricia. Ya no desean cosas, desean cosas grandes, voluptuosas, impresionantes. No desean un coche, desean el coche más potente y más caro. No desean una casa, un apartamento, desean un palacete en una gran finca. La avaricia es el hilo conductor que sustenta todo el sistema. Lo llaman “progresar”. Si la avaricia quebrara, el sistema quebraría. Los mercaderes dejarían de comprar cosas grandes, y por lo tanto, no necesitarían mano de obra barata y sumisa que enriqueciera sus arcas. Las ganancias, la verdadera plusvalía, viene de nuestra esclavitud. Ellos necesitan nuestro jugo más valioso, el tiempo, para comprar grandes cosas. Y esa mano barata no se vendería si no fuera por la ilusión irreal de aspirar, con un golpe de suerte, a tener también cosas grandes. ¡Qué gran trampa! Luego vendrá la revolución robótica y el sistema se autorregulará a un nuevo orden social mundial. ¿Quién comprará las cosas si son los robots los que trabajan? ¿Y si los robots fueran nuestros avatares? Por ahí irán los tiros. Pero este es otro debate.

En nuestra pequeñez, nos conformamos con comprar un apartamento con balcón. Tener balcón es síntoma de grandeza dentro de nuestro ridículo círculo, porque de alguna forma quiere emular el jardín, la finca. Además, nos da distinción ante los vecinos que viven en zulos sin balconada. Como no podemos tener grandes cosas, nos compramos pequeñas cosas, pero grandes, aunque tengamos que pagarlas a plazos. Grandes móviles, mucha ropa, grandes televisores. En el fondo es una especie de avaricia que nació en un tiesto pequeño. La vida en las ciudades tiene una lógica demoledora, subversiva.

Como no podemos jugar a la bolsa, que es el juego ludópata de los ricos, jugamos a la lotería, que es el juego ludópata de los pobres. La ilusión es la misma, la sensación es la misma, pero a diferente escala. Los ricos invierten millones de euros, los pobres algunos céntimos, normalmente lo que sobra cuando vienes de comprar el pan, solo para una cosa: tener más, aspirar a más olvidando la lógica aplastante del mercado y de nuestro mundo: todo es limitado y los recursos no son infinitos. Por eso todo es calderilla cargada de ilusión, porque si por un remoto casual nos tocara la lotería, todo ese dinero lo utilizaríamos, sin dudarlo, en comprar grandes cosas, el coche más potente, la finca más grande, quizás un yate y un avión privado. Es como el balcón o la terraza, porque qué sería de la avaricia si no viniera acompañada de cierta vanidad. Por supuesto no todos los pobres ni todos los ricos son iguales, es sólo un símil, solo una idea para la reflexión de unos y de otros. Pondré un ejemplo ilustrativo, casi gracioso y ridículo para llegar al fondo de la cuestión.

Esta noche, como ya es ritual en este lugar, me metía en el pequeño gallinero para hacer recuento: dos patos, diez gallinas, un gallo y los dos pavos, el pavo y la pava bizca, pobre. Estaban todos, no faltaba nadie. A pesar de ser diferentes, de especies diferentes, de tamaños diferentes y de colores diferentes, duermen todos juntos, comparten el mismo espacio de amor todas las noches y por el día, durante las primeras horas, comparten el trozo de corral que les pertoca. A media tarde, cuando ya han puesto los huevos que luego degustamos agradecidos, les abrimos las puertas y campan libres por toda la finca, excepto los patos, que se van corriendo al estanque como si no hubiera más vida que ese chapuzón diario y excepto la pava bizca, que aún no sabe si es pato, gallina o pavo (vive en un mar de dudas quizás por esa media visión de las cosas, pobre). Esta finca no es de ricos, es de pobres, porque al igual que los pavos y los patos y las gallinas, la compartimos. La diferencia es significativa. No nos mueve la avaricia ni la codicia ni la vanidad de poseer nada, sino la necesidad y el estímulo de compartir, con amigos y extraños, con patos, gallinas y pavos, aunque sean bizcos. Esta es la ilustración, la visión, la consciencia diferente (y diría que urgentemente necesaria para que la avaricia no acabe con nuestro mundo).

Aquí el conocimiento es sutil. No nos esclaviza, sino que nos libera. Al no despertar en nosotros la avaricia (lo bueno de vivir en los bosques es que existen pocos estímulos), no deseamos tener ni poseer cosas. Queremos abrazar la naturaleza, comprender su misterio, enraizar con ella. Queremos pocas cosas que siempre compartimos. Es una apuesta compleja y difícil, arriesgada en los tiempos que corren, criticada, muy criticada, pero no es novedosa. San Francisco lo intentó hace casi mil años y Jesús, hace dos mil.

Mi querida Mercé, (hoy es su cumpleaños, felicidades hermosa alma), me regaló, a modo de guiño, el cuadro que comparto en este artículo. San Francisco fue un ejemplo puro de simplicidad voluntaria, lo que antes se llamaba votos de pobreza. Ahora somos más modernos y lo llamamos de forma diferente, pero en el fondo es lo mismo. San Francisco, al igual que su mentor Jesús el Cristo, combatió la avaricia mediante el decrecimiento voluntario. Ya lo dijo en muchos textos: “No podéis servir a Dios y a las riquezas”. “En verdad os digo que es difícil que un rico entre en el reino de los cielos. Y otra vez os digo que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de Dios”.

Realmente Jesús no se refería a los ricos ni a las riquezas en sí mismas que, si son compartidas, no hacen mal a nadie. El problema es el egoísmo que encierran en nosotros, seamos ricos o pobres, la avaricia y la vanidad que nos mueve. A día de hoy, esa avaricia (Weber decía que el capitalismo es una forma de ordenar nuestra avaricia, y por lo tanto es algo bueno) está destruyendo el mundo que habitamos. Por eso debemos buscar fórmulas para agitarnos, para compartir nuestras riquezas y convivir de forma humilde, con un bienestar mínimo, pero alejado de nuestras egoístas aspiraciones. Así que con vuestro permiso seguiré agitando las consciencias, sutilmente, pero despertando, al menos, la duda sobre lo que hacemos, de a quién le vendemos nuestro tiempo y lo más importante: para qué. Democratizar el conocimiento ha sido una gran revolución. Ahora nos queda pendiente democratizar las riquezas para que pavos y gallinas y patos puedan disfrutar por igual de una gran finca sin distinción de género, raza, creencia o condición social.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura… ricos o pobres, gracias por democratizar vuestra riqueza… haré lo mismo con todo lo que aquí llegue… 

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La restauración espiritual en la Nueva Jerusalén


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“Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra habían dejado de existir”. (Apocalipsis 21:1)

Nuestros antepasados han invertido infinitos esfuerzos generación tras generación para mantener el estado de cosas en el que nos encontramos. El producto de ese titánico esfuerzo es lo que nos permite ahora mismo disfrutar de la tierra en la que vivimos. Para algunos, más bien pocos, esto no ha sido suficiente. La degradación a la que estamos sometiendo el planeta está conduciendo al mundo a un escenario apocalíptico. Los últimos incendios en grandes zonas de la Amazonia no es nada en comparación a lo que, globalmente, estamos condenando al planeta.

En el apocalipsis se habla siempre de dos ciudades antagónicas: Babilonia, la cual representaría la parte más grotesca del ser humano, y la Nueva Jerusalén, que representaría la parte más sublime, de gozo y alegría, de paz y amor. El problema de Babilonia y sus estímulos es que estamos enamorados completamente de la misma, de sus placeres, de sus encantos. Nadie por propia voluntad estaría dispuesto a abandonar ese lugar que provoca cierta seguridad. Como digo, demasiadas generaciones han invertido demasiado esfuerzo para su mantenimiento, y la hipnosis sobre esa idea es siempre colectiva. Luchamos y morimos por defenderla.

Son muy pocos los que piensan que debemos hacer algo para cambiar el escenario al que nos abocamos, a pesar de la hipnosis colectiva y la ceguera que la acompaña. Los antropólogos primitivistas norteamericanos de tendencia anarquista afirman que el único modo de encarrilar la humanidad es abandonando por completo el modelo de modernidad actual, la Babilonia apocalíptica en la que nos podemos encontrar dentro de poco si no regulamos nuestra forma de vida. Inspirados por el ensayo de Marshall Sahlins titulado “Economía en la Edad de Piedra”, estos teóricos de las ciencias sociales afirman que la auténtica revolución y liberación humana pasará por la vuelta al neolítico y por el abandono radical de nuestra actual forma de vida.

Dicho así, parece un imposible, si no fuera por esas pequeñas islas experimentales que de alguna forma intentan demostrar que otra forma de vida es posible. Es evidente que habrá dos formas de asumir el cambio: una por propia iniciativa individual cambiando nuestro modelo de vida y tomando, diría que heroicamente, las riendas de nuestras vidas hacia un estilo diferente, radicalmente diferente. La otra manera nacerá del inevitable cataclismo al que nos abocamos y que, en una, dos o tres generaciones a lo sumo, terminará con la vida humana tal y como ahora la conocemos. El primer escenario es esperanzador, pero aparentemente inútil. La gente solo reacciona ante la pérdida o el dolor, ante el sufrimiento de hechos inabarcables. Excepto en contadas ocasiones, que por rebeldía intelectual, moral o espiritual, deciden cambiar radicalmente. El segundo escenario ya se está dando. Sutilmente de momento, pero quizás de forma más desmedida a medida que pasen los años.

La nueva Jerusalén de la que habla el apocalipsis debe nacer en nosotros. Esto es una evidencia. Al menos parece una evidencia moral e intelectual clara. El problema es que esa evidencia no nos interesa porque no estamos por la labor de ningún tipo de restauración moral, intelectual o espiritual. Y sobre todo, porque no estamos dispuestos a derrumbar todo aquello que nuestros ancestros han construido generación tras generación. Romper con ese compromiso, con esa brecha generacional, con esa absurda reverencia hacia lo pasado será lo que cavará inevitablemente nuestra tumba social. Dicho así, el milenarismo ya ha llegado, y el apocalipsis va a llegar si no cumplimos con nuestra parte, si no radicalizamos nuestras vidas hacia un componente de cambio real, hacia una forma de entender la existencia totalmente diferente.

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Liberando a los prisioneros


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© Alexander Khokhlov 

¿De qué está hecha nuestra sustancia arquetípica? ¿De arcilla, de barro, de puro mármol blanco, de brillo, de luz, de color? El verbo crea la sustancia y la moldea según su propia naturaleza. Nuestras vidas son el resultado de ese trabajo continuo de alfareros, de constructores, de marmolistas o de luminarias. Parte de nuestra vida consiste en construir una perfecta cárcel para algún día, descubrir la necesaria pureza del hecho destructor. Una hermosa paradoja entre lo que se construye, lo que se sostiene y lo que se derrumba ante el clamor de la fuerza interior.

Alguien hablaba en el siglo pasado sobre la necesidad de construir “un templo del cual surgirán las Palabras de Poder, a fin de liberar a muchos prisioneros”. Hay una hueste que nos habita, pero está atrapada, esclavizada al mundo de las formas, al mundo que desde el ego construimos, encerrando en oscuras cavernas nuestra más brillante esencia. El constructor de esa cárcel, el carcelero, es nuestro ego, nuestro pequeño ego, tan poderoso en el mundo de la forma que es capaz de tener atrapado a su prisionero, el alma. De ahí la necesidad, para muchos desconocida, incomprensible, de construir lugares donde poder liberar a muchos prisioneros. Lugares de fuerza donde mediante la actividad grupal se pueda desprender aquello que requiere liberación.

Este es un doble trabajo: primero, destruir lo construido desde el egoísmo y la ceguera para luego construir un lugar sagrado, puro, cristalino, desde el que liberar al que brilla dentro de nosotros. La verdadera magia consiste en dirigirse a los dioses en su propio lenguaje. Esto provoca un hecho milagroso, algo que libera parte de nuestra esclavitud, algo que provoca que nuestra nota clave sea dirigida con fuerza hacia esa liberación. Si se hace de forma grupal, el resultado es doble. Por una parte, liberamos al prisionero, y por otra, llamamos la atención de aquellos que ya están construyendo desde unas esferas más sutiles y brillantes.

Que trabajo tan difícil el de liberar prisioneros. Qué carga tan pesada cuando se hace desde la más pura intuición, sin mayores herramientas que aquellas que vamos adquiriendo mediante la ardua experiencia. Y que poco reconocimiento, que pocas formas de entender este duro trabajo. Y luego la liberación nunca es total, porque realmente el prisionero, en estos tiempos, está debilitado por el mundo de las formas. El carcelero, poderoso, se cree firme y fortalecido por las corrientes materialistas que imperan en nuestro tiempo. Un mundo egoísta solo puede enaltecer el egoísmo. Un mundo enfermo solo puede proteger a sus enfermos. Los médicos, los asistentes, los auxiliares, los enfermeros, son pocos. También son pocos los hospitales del alma donde sanar y crear visión, donde liberar al alma presa.

¿Cómo realizar esta ardua tarea ante seres que aún se alimentan de sangre, seres que aún llenan sus pulmones y venas sagradas con todo tipo de venenos, seres agazapados en la mentira de la ilusoria materia, con sus gobernantes, la avaricia y el egoísmo, dirigidos todos por el general encarnado en la ignorancia? ¿Cómo seguir liberando almas en esta batalla interminable cuando los monjes-guerreros son cada vez más escasos, más débiles, más cobardes? ¿Dónde está el cáliz que debe alimentar su coraje? ¿Dónde las fuentes que deben fortalecer su propósito? Aún en los bosques perdidos, en escarpadas montañas, se puede encontrar lugares ocultos donde ascender y liberar al prisionero. Aún en rincones perdidos existe un conjunto de hermanos del espíritu libre capaces de seguir en la lucha continua por la liberación.

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