Matrix y la oreja de cerdo


Llegó desde México con toda su inocencia de artista, joven e iluminada, enamorada de su novio aztequense, con deseos de progresar en su profesión como cantante. Cosas de la vida, nada más aterrizar en su ciudad natal después de unos intensos años haciendo las Américas, terminó en estas montañas. Como cualquier otro que pasa por aquí, encintó paredes, trabajó en la huerta o buscó leña en los bosques. Como es joven deseaba trabajar y ganar algo de dinero. A las pocas semanas su simpatía pudo a la pandemia y bajo todo pronóstico encontró rápidamente un trabajo de camarera. Como no tiene coche, la llevo y traigo todos los días al matrix, como ella dice repetidamente. “Aquí, en las montañas, vivimos en la cuarta dimensión, exactamente igual que en la película de las nueve revelaciones”. Como si este fuera otro mundo para ella, todos los días nos describe sus experiencias en el otro lado, allí en el pueblo, en el valle, con las gentes.

Como ser sensible nacida en esta nueva era, no come animales. Hoy le tocó, con lágrimas en los ojos, cortar una oreja de cerdo y cocinarla. “Lloraba mientras lo hacía”, explicaba compungida. “¿Cómo puede haber gente que coma animalitos?”, decía totalmente estremecida. La miraba con cierta compasión mientras notaba su sensibilidad extrema, su aura diferenciada del resto, su belleza interior reflejada en ese anhelo por crear y transmitir la idea de un mundo diferente, donde la vida cobra un nuevo significado profundo.

En su conversación sentí que habitábamos en mundos diferentes. Ayer lo intentaba explicar mientras hablaba crípticamente sobre la vida de Bodhidharma. Está el valle, el mundo de la materia, el mundo donde toca experimentar la vida de forma a veces excesivamente tosca, a veces extraña y oscura. Un lugar donde la gente se alimenta de orejas de cerdo, ignorando por completo las leyes más simples de la compasión, del respeto hacia los seres sintientes, de aquello que, en el otro lado de las montañas, se asimila con normalidad.

Por la tarde llegaron los topógrafos para realizar la medición de la finca y poder situar correctamente la futura escuela de meditación, estudio y servicio, la escuela de dones y talentos donde intentaremos hacer pedagogía de este nuevo mundo, de este nuevo paradigma, de esta nueva sensibilidad que ya está calando poco a poco como agua fina. Fue una tarde muy larga donde tuvimos tiempo de hablar de mil cosas. Uno de los topógrafos compaginaba ese trabajo con el de terapeuta. Llegó sin mascarilla mientras que su compañero siguió los protocolos del “matrix”, de la tercera dimensión. Nosotros no llevamos mascarillas, ni hablamos de vacunas, ni de pandemia. Cuando viene gente alarmada y nos empieza a comentar todo lo que ahí fuera está pasando, nosotros nos miramos como si viviéramos realmente en otra dimensión, o en otro planeta.

A veces, sin malicia, nos vienen ideas inconexas. ¿Cómo no puede estar enferma una humanidad que se alimenta de orejas de cerdo? ¿Cómo no puede vivir en la oscuridad personas que no son capaces de experimentar en sus adentros un ápice de sensibilidad hacia nuestros hermanos animales? Y nunca lo decimos o pensamos desde ninguna superioridad moral, intelectual o espiritual. Lo decimos y lo pensamos con la misma naturalidad en la que ejercemos cierta consciencia crítica con respecto al esclavismo o la propia pena de muerte. La humanidad ha avanzado mucho en estos últimos cien años. La igualdad de género, la abolición de la esclavitud, el derecho a tantas y tantas cosas que hasta hace poco eran inimaginable.

Ahora la humanidad debe enfrentarse a un grado mayor de exigencia. Debe comprender que estamos entrando en una nueva época, en un nuevo paradigma, en un nuevo sentir, en un nuevo y más refinado grado de sensibilidad hacia la vida. Y en este nuevo mundo no se puede ser tibio. Con seguridad y afirmación rotunda, hay que decir claramente que no está bien el comer orejas de cerdo, ni ser cómplices de semejante aberración. Hay que levantarse y decirlo de igual manera que años antes otros lucharon por todo tipo de derechos que ahora, gracias a ellos, vemos con cierta normalidad. Hay que gritarlo una y otra vez, hasta la saciedad. Hasta que el comer orejas de cerdo deje de verse como algo normal. Hasta que toda la humanidad entera entienda que lo que ahora nos parece lo más normal del mundo, algún día deje de serlo.

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El alma. Ese gran océano


© Olivier Robert

“Almas pasajeras, vais a comenzar una nueva carrera y a entrar en un nuevo cuerpo mortal. No será hado quien os escogerá (…) La virtud, empero no tiene dueño; cada quien participa de ella según la honra o la desprecia. Cada cual es responsable de su elección, porque Dios es inocente”. La República de Platón

La ley del servicio es muy clara en sus tres aspectos interiores. El primero es inofensividad, en actos, palabras y pensamientos. El segundo, es dejar que cada cual pueda servir según sienta. El tercer aspecto es permanecer y obrar desde la alegría, alejándonos de la crítica, la división y la tristeza.

Dicen que nos definen nuestras acciones, y no nuestras palabras. Nuestras acciones nos empujan a engrandecer nuestro ego o a volverlo transparente, casi invisible, para que el trabajo de la unidad cobre importancia. Dicen que si queremos cambiar el mundo, debemos empezar haciendo nuestra cama. ¡No os vayáis de la Tierra! Gritan a aquellos que creen que su misión ha sido cumplida y desean “volver a casa”. Dicen que la restauración de los misterios se hará a la luz del día, en un tiempo clamoroso, porque nadie verá. Dicen tantas cosas…

El egotismo es robusto. El orgullo nos invade. La gracia de todo es que en el fondo todo es gracioso. Todo se derrumba cuando la vida te estruja el pecho. Duele, crees morir, te desmayas de dolor hasta que de repente te levantas en un hospital y nada tiene sentido porque puedes partir en ese instante, dejando toda la obra inacabada, todo sin hacer, con todo aquello que pudo haber sido convertido en nada. El dolor te oprime y te reduce a cenizas toda ilusión, toda confusión, todo ardor. Te tumba y te pregunta si deseas seguir viviendo o, por el contrario, te rindes ante el sufrimiento, la pesadez, el tedio, y todo cesa.

¡Cuesta tanto recordar! ¡Cuesta tanto ver las vaporosas y sempiternas energías recorrer todos los cuerpos vivos! ¡Cuesta tanto rasgar el velo! ¿Cómo abandonar ahora? ¿Cómo retroceder una vez más? De nuevo el egotismo robusto.

Cuando la muerte acecha uno se rinde. Se arrodilla, se mezcla con el dolor y el karma mundial. Palidece, se ofusca. La renuncia material no es suficiente porque aún queda una renuncia aún mayor. La muerte del ego, y con ella, la resurrección del alma. El descubrimiento terrible es saber que el alma no es tuya. No hay un “yo” alma. El alma se fusiona en lo grupal, y el “yo” desaparece. De hecho, no existe realmente algo parecido a “un” alma, sino más bien al Alma, a la colectividad de Almas que conforman el Gran Espíritu, el gran océano que somos. Y allí no hay ego, ni personalidad, ni pensamientos ni emociones que uno pueda recordar amablemente. Allí nada es heredado, nada nos pertenece.

La cultura en la que vivimos nos intenta imponer la creencia de que el renacimiento incluye sobrevivir a cierta memoria. Es cierto que hay una memoria colectiva que prevalece en los genes materiales y psíquicos de la humanidad. Cuando recordamos supuestamente vidas pasadas, estamos recordando vidas pasadas de nuestros ancestros, cuyas memorias permanecen ocultas en nosotros, en nuestros propios genes, fruto vivo de su legado. Pero el alma no tiene memoria de vidas pasadas, ya que su aprendizaje es colectivo, grupal. Cuando uno de nosotros muere, lo hacemos de verdad, y al hacerlo, el alma colectiva y grupal se enriquece de nuestra experiencia y crece, se ensancha, se expande. La gota de agua que somos se fusiona en el gran océano de la vida, y al hacerlo, ensancha el río, el mar, pero no su individualidad, efecto de la gravedad, de una corta vida, de un instante de pesadez y gravitación. La gota desaparece en el gran océano, al igual que nosotros desaparecemos en el invisible mundo de las almas, del Alma océano.

La ley del servicio expresa esta realidad. Debemos disponer de una profunda inofensividad para comprender esta realidad. Debemos dejar que cada gota caiga allá donde haya sido requerida por la gravedad del instante y debemos integrarnos en el gran océano del espíritu desde la alegría de haber cumplido con nuestra parte. Al hacerlo, moriremos en la humildad más absoluta y nada, absolutamente nada, ni tan siquiera nuestra memoria, vendrá con nosotros, al Nosotros. Todo lo que es de la tierra, en la tierra queda, y aquello que pertenece a lo intangible, a lo incoloro, a lo invisible, allí rebrota anónimamente. Esa es la gran transfiguración, la gran renuncia, el gran sacrificio del que nadie habla. Esa es la inofensividad y la alegría a la que nos enfrentamos cuando hayamos cumplido libremente con nuestra parte. Realmente, aunque no lo creamos, “volver a casa” es volver a desaparecer, una y otra vez.

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Desarrollando el ojo interior


Las tres crisis que el ente humano encarnado pasará a lo largo de su larga evolución son la crisis de la Individualización y el nacimiento de la personalidad, la crisis de la Iniciación y el nacimiento del Ego y la crisis de la Identificación con el advenimiento de la Mónada. Los antiguos lugares de culto como los tohua de las islas Marquesas servían para el rezo y profundizar en la vida sagrada pero también como lugares de reunión social. Las iglesias siempre desempeñaron ese papel de comunión entre las gentes de un pueblo, villa o comarca. Las parroquias crecieron abundantemente a medida que la socialidad requería de mayor argamasa psíquica, produciendo en su interior el crecimiento de la razón y el nacimiento de la personalidad individual. En la época de las seis dinastías los chinos buscaban mediante el taoísmo el elixir de la inmortalidad. Toda conquista del espíritu requería una interacción inevitable en templos, hasta que Descartes pronunció su célebre “Je pense, donc je suis”. Eso fue revolucionario porque por primera vez tuvimos consciencia de nuestro pensamiento autónomo e independiente, de nuestro “cogito ergo sum”. Estaba naciendo la consciencia individual, y por lo tanto, de alguna manera efectiva, la mirada interior.

Así que un día alguien se levantó y se dio cuenta de su propia existencia. Como expresa un antiguo verso berlinés, “estoy sentado en casa comiendo albóndigas, de repente llaman a la puerta. Me sorprendo, me extraño, me asombro, me dirijo a la puerta, abro y miro, ¿y quién está ahí afuera? ¡Yo!” A partir de ese instante, la vida cambia para siempre, el sujeto queda enfrentado al objeto, el individuo con el mundo y el mundo con el cosmos infinito. El poder de la razón socaba al poder de la socialización, la superstición y la creencia, y nace el individuo.

Pero ese individualismo que crea el dualismo tiene los días contados. Ese “yo” que ha dominado nuestras vidas durante decenios se asombra de nuevo ante una nueva realidad. El ojo interior se empieza a desarrollar, y al hacerlo, un nuevo descubrimiento se afianza entre nosotros, el Ego. ¡Ya no soy yo, ahora somos de nuevo nosotros, pero esta vez desde una posición más privilegiada, más aritmética, más intangible! No un nosotros supersticioso o social, sino más bien invisible, carente de identidad, forzado en el alumbramiento de una nueva cosmología. Más allá del gusto, del olor, del calor y el color, más allá de los obstáculos infinitos de la materia, con sus crisis, con sus diferentes grados de tensión, e incluso, más allá de las matemáticas, la lógica y la razón agrupados en la extensión, la figura, el movimiento y el número, subyace para la ávida inteligencia un sustrato superior. Eso provoca crisis, y por lo tanto nacimiento de algo nuevo.

La construcción del ojo interior crea un puente inextinguible entre el delicado yo y aquello que la tradición antigua llama alma o Ego. El alma, carente de limitaciones, se expresa desde una superioridad indefinida, sin ansias de poder, sin control, sin temor a una muerte violenta o a un sufrimiento indecible. Nace el sentimiento de haber sido iniciado en los misterios, los menores y los mayores, los cuales desencadenan en nosotros la construcción de algo que va más allá de los límites de la personalidad, del yo individual y el proceso de individualización.

Esa crisis crea una nueva crisis que Leibniz llama la mónada. Portador de fuerza, a este infinito átomo espiritual se la conoce de mil maneras. La claridad del reflejo de estas mónadas nacidas ante la inevitable construcción del átomo de vida, ante el poder sustancial de la mirada interior tejida en el silencio, la oración y la meditación concienzuda, provocan en el ser un apetito, un impulso, una actividad interna inconmensurable. Es la crisis de la identificación ya no con algo que somos nosotros, sino con algo que ya no nos pertenece, pero algo a lo que al mismo tiempo, formamos parte.

¿Qué miedo habremos de albergar cuando dicha construcción provoca en nosotros el nacimiento inevitable de un alma viva? ¿Qué clase de teodicea provocará en nosotros la comunicación directa con el mundo de las almas? ¿Qué clase de vía dolorosa dejaremos atrás, cuando venciendo aquellos miedos y angustias hayamos atravesado las puertas de la vida espiritual? El arte calma los deseos, decían los kantianos. Aparta el velo de la ilusión, descubriendo en nosotros, ante nuestra mirada interior, el mundo que gobierna las formas y arquetipos. El nirvana producido por el contacto profundo de nuestra alma supera los límites de toda circunstancia. Ya no hay miedo, ya no hay sufrimiento, solo entrega voluntaria a Su magnánima Voluntad. Es en ese instante de embriaguez cuando nace la entrega absoluta, la renuncia y el sacrificio en el altar monádico. No hay vida verdadera en la falsa, nos decía Adorno. Bienvenidos a la vida del alma, un alma construida con nuestra intensa mirada interior, un alma triunfante y viva, real.

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“La noche polar de helada oscuridad”. Algo sobre la jaula de oro, la jaula de hierro y la jaula de goma


 

Yin: Moriría por defender el sistema. Esa es la seguridad de mi noche polar, de mi helada oscuridad.

Weber describió la burocratización del orden social como “la noche polar de helada oscuridad“. El aumento de la racionalización de la vida social, algo que ocurre con dureza en nuestro tiempo, crea un sistema basado en la eficiencia teleológica, el control y el cálculo racional. Weber llamó a este proceso la jaula de hierro. Esta jaula, invisible pero real, ha creado desencanto en la sociedad despierta. Y el desencanto del desencanto es lo que el antropólogo Ernest Gellner denominó la jaula de goma. Jaula porque implica coacción y de goma porque a diferencia de lo que creía Weber, las condiciones de ahora son algo más flexibles, más elásticas, más líquidas, como diría Bauman. En esa flexibilidad entra en juego las crisis que padecemos en estos tiempos, normalmente fundamentadas en la automarginación, no como algo realmente disidente, sino como una forma de antisistemas que luchan por defender el sistema. Una paradoja que compramos, y a la que nos vendemos al mejor precio (un trabajo, un salario, cierta seguridad).

La verdadera disidencia, la real, sería marcharnos del sistema, no luchar, inclusive con piedras, para defenderlo. Esto es una paradoja de nuestros tiempos. Los que se automarginan y luchan en las calles no lo hacen para pervertir el status quo, sino para protegerlo. Es una indignación falsa, porque nace de la precariedad, de la desconfianza, del miedo a perder la burocratización del orden social establecido. No se lucha por alcanzar la libertad, sino por no perder los privilegios y la seguridad que el propio sistema, en época de bonanza, establece. O inclusive, en paradojas e iluminadas somnolencias, para mejorarlo.

Aquí es donde nace la jaula de oro, más allá de la jaula de hierro y la de goma. ¿Cómo ser disidentes de nosotros mismos, si hemos conseguido un estadio de bienestar inimaginable para nuestros abuelos? ¿Cómo destruir y desapegarnos de nuestro bienestar alcanzado? Tenemos agua caliente, una casa que nos protege, un trabajo, un vehículo, alimento en abundancia como nunca se ha tenido e incluso hospitales gratuitos donde nos atienden a la mínima de cambio. ¿Cómo renunciar a todo eso y marcharse a las montañas, a los bosques, fuera del sistema? Nadie en su sano juicio podría dar un paso de tal envergadura, ahora que hemos descubierto que el alma y sus ansias de expresión tiene un precio (repito, un trabajo, un salario, cierta seguridad).

Yang: Me marcho, libre, a la incertidumbre de los bosques, al día brillante de clara luz. Solo así podré construir mi paisaje interior y contribuir a un mundo bello y armónico.

Eso solo es posible ante una especie de revelación más allá de lo inmediato, lo cercano, lo material. Una revelación mística, si se quiere. Un indicio, un descubrimiento sobre algo que atañe al ser, y no a las cosas que rodean al ser. Una experiencia verdaderamente transformadora y reveladora. Uno no deja su jaula de hierro (conceptos, programas, cultura, educación, valores, herencia) ni su jaula de goma (ilusiones, futuro, progreso, bienestar) ni su jaula de oro (seguridad, dinero, trabajo) por una hipotética libertad fuera del sistema. Amamos el sistema, luchamos por el sistema. Cuando nos enfadamos porque el sistema no es capaz de dotarnos de lo suficiente, tiramos piedras y enrabiados rompemos cristales y escaparates. Realmente no deja de ser una engañifa, una queja de niños malcriados incapaces de plantarse ante el propio sistema y abandonarlo. Un acto cobarde, un desahogo primitivo, ancestral, infantil.

La verdadera disidencia no es romper un cristal. La verdadera disidencia es coger el báculo y danzar alegres hacia el camino de la incertidumbre. Alejados del ruido, de la contaminación, del dinero, del brillo del oro y sus placeres, cabalgar desnudos hacia los bosques. Abandonadas todas las jaulas y sus pesados juicios, volver al origen, a lo genuino, a la libertad verdadera.

 

¿Serán como nosotros, compuestos de carbono y nitrógeno?


La creencia común de que el Universo posee numerosas civilizaciones avanzadas tecnológicamente, combinada con nuestras observaciones que sugieren todo lo contrario, es paradójica, sugiriendo así que nuestro conocimiento o nuestras observaciones son defectuosas o incompletas. (Paradoja de Fermi)

Según los expertos vivimos en lo que algunos llaman la Tierra Especial. Nuestro Sol es solo una estrella solitaria en la abundancia de 7×1022 estrellas en el universo observable, nos dice la ciencia. La Vía Láctea es solo una de entre las 2 000 000 000 000 de galaxias observables por nuestra limitada tecnología. Una mente limitada podría imaginar que la vida pudiera tan solo componerse de los mismos materiales que la vida presume en nuestro planeta, una minúscula mota de polvo estelar circundando un anónimo Sol. Aún a pesar de la infinita diversidad que la vida despliega en nuestro planeta, cuando imaginamos a seres de otros mundos, siempre lo hacemos con la torpeza ingenua de pensarlos a nuestra imagen y semejanza. Incluso en algunas atrevidas taxonomías, los incluyen altos y de ojos azules.

No hace mucho apareció en los cines una película, Arrival (La llegada) que nos dejó un poco impactados. En esa película, unos seres altamente evolucionados tenían forma de pulpos. Esa forma de presentar vida inteligente extraterrestre resultó como mínimo impactante para el temible etnocentrismo antropomorfo. Pero ahora la pregunta va mucho más lejos: ¿serán como nosotros, compuestos de carbono y nitrógeno?

Descartamos aquí la pregunta de si existen o no, siguiendo con la paradoja de Fermi. Un universo tan increíblemente infinito y una vida tan increíblemente compleja deja poco espacio para el azar. El azar de que exista vida tan solo en nuestro planeta competiría inexplicablemente con la infinitud de soles, galaxias y mundos, sin contar aquí la posibilidad de dimensiones paralelas o universos aún no detectados por nuestros sentidos más agudos que pudieran albergar vida, cualquier clase de vida. La pregunta se amplia y se vuelve compleja si entendemos como vida a la unidad básica de carbono. El mecanismo vital de nuestro planeta está basado en los cuatro peldaños fundamentales de la espiral de ADN. ¿Cómo es posible que un ADN cuya esencia es un material inerte como el carbono produzca vida? Vida, inteligencia y consciencia.

Podríamos entonces imaginar, porqué no hacerlo, a extraterrestres que no necesiten de carbono ni nitrógeno para subsistir. Podrían ser ondas de luz, gases amorfos o neblinas en el cielo. ¿Una nube? ¿Un espectro? ¿Una irradiación? ¿Un pulpo? Las hipótesis que señalan que objetos como el famoso Oumuamua fue un artefacto extraterrestre podría ser verdad, pero igual de probable el que no lo fuera. Todos los textos antiguos siempre hablan de que los dioses llegaron de las estrellas. En nuestra ingenuidad primitiva, los dibujábamos subidos a “vimanas” o carros de fuego. Pero, ¿y si todo fuera aún más complejo y extraño?

Evidentemente esta reflexión se propicia a principios de nuestro siglo porque este año, probablemente, o el que viene, llegarán por fin los añorados extraterrestres. Tal y como se está sucediendo todo, es posible que en unos meses las famosas naves por fin aterricen. Pero planteemos otras hipótesis. ¿Y si los extraterrestres fuéramos nosotros? ¿Y si fuéramos nosotros sus hijos? ¿Y si la vida basada en el carbono solo fuera un tipo de vida, nada más que eso? ¿Y si la vida se desarrollara en otras dimensiones con otras características diferentes? Según la ecuación de Drake, en los últimos 7.500 millones de años en el universo observable han existido al menos 819 mil millones de civilizaciones con tecnología muy parecida a la nuestra en torno a una estrella de tipo G, es decir, parecida a nuestro Sol. Esta ecuación solo habla de la vida que pudiera formarse a partir de elementos como el carbono, pero, ¿y si hubiera otros tipos de vida? ¿Hadas, devas, ángeles, dioses todos ellos invisibles a nuestra limitada visión?

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Las dos cosas que nadie tiene: espacio y tiempo


 

Es necesario para mí vivir aquí solo, porque el silencio del bosque es mi novia y la dulce y cálida oscuridad del mundo entero es mi amor. Y del corazón de esta cálida oscuridad surge el secreto que solo en silencio se escucha. Pero es la raíz de todos los secretos que susurran todos los amantes de todo el mundo en sus lechos. Tengo la obligación de preservar la quietud, el silencio, la pobreza, el punto virginal de la pura nada que está en el centro de todos los demás amores. Cultivo silenciosamente esta planta, en medio de la noche y la riego con salmos y profecías en silencio. Se convierte en el más hermoso de todos los árboles del jardín, a la vez el árbol del paraíso primordial, el axis mundi, el eje cósmico y la Cruz. Thomas Merton

Y es así, orando, suplicando, como el silencio te arropa. Te embriaga la belleza inexpugnable de la bóveda celeste. Toda conjetura desaparece en los abismos de la quietud, rogando poder compartir, al menos con las estrellas o con el susurro del aire todas estas cálidas y dulces profecías.

En este eje de silencio y soledad nos sustraemos de todo sustento. Aquí hay dos de los mayores tesoros posibles. Por un lado, todo el espacio del mundo. Bosques y montañas conforman el abanico de habitaciones de esta infinita estancia. Por otro, tiempo. Un tiempo diferente, sincrónico, adimensional, alejado de la prisa y el temor. Hay un punto de conexión que converge entre el cielo y la tierra, entre el tiempo y el espacio. En este ombligo, en este lugar donde todos los puntos de la brújula miran, existe una comunicación entre los mundos superiores y los inferiores. De hecho, la comunicación resulta ser una sinfonía donde uno no sabría diferenciarlos. Se trata de una psicosíntesis, de un estado diferente, sin tiempo, sin espacios capaces de congregar todo cuanto existe. En esta geometría sagrada, solo existe anhelo.

Miramos hacia todas partes y nos encontramos con lo infinito. Se expresa en las montañas, en los árboles retorcidos por la nieve, en las columnas de humo y fuego que azotan los hogares en invierno, en los tallos circulares, agarrotados, y también en los vuelos nocturnos de la lechuza. Es un misterio poder ver las cosas de forma diferente, con esa visión que alarga la realidad hasta lugares imposibles. Es como si la proporción áurea se congregara al mismo tiempo con el sagrado fresno perenne de Yggdrasil, justo aquí detrás, casi invisible para los ojos profanos.

Nos gustaría, sobre cualquier pilar, construir un campanario. Los campanarios nos recuerdan el sonido creador, la inminente renuncia, el parar toda actividad para enfocar nuestra mirada al rezo y la contemplación. Construirlo es como un ejercicio alquímico, como una muestra de bondad hacia los designios del cielo incógnito. Los ríos, que ahora corren afortunados llenos de agua, imitan de alguna forma los ríos de la lava que corren en las entrañas de todos los soles. Y de igual manera, riegan nuestras venas esa rojiza mezcla de fuego y agua. Aunque no lo parezca, hay una profunda relación entre unos y otros. La lechuza, el campanario, el pilar, el tallo, el río, la sangre, el sol, el fresno y…

Y luego la puerta. La puerta de todo misterio, apartada del tiempo y del espacio que antes habitaba, quien sabe durante cuántos siglos. Una puerta que llevaba a alguna parte y que imaginábamos transformadora de mundos. La puerta siempre nos resulta misteriosa. Hay mundos y universos enteros tras cada puerta. Hay una fórmula, una iniciación, un descifrar los códigos. La puerta estrecha, la puerta pequeña, la puerta irascible. Toda puerta es un centro. Un lugar inhabitado, de tránsito, de prueba. Toda puerta, por lo tanto, es un lugar sagrado, por encima de todo. Y en ese tránsito, uno demuestra que no tiene nada. Uno sabe que ningún tiempo ni ningún espacio podrá nunca atraparte. Cuando no se tiene nada, y es ahí el misterio, se abraza todo. Las dos cosas que nadie tiene, el tiempo y el espacio, dejan de ser importantes. Y es así, orando, suplicando, como el silencio te arropa. Junto al fresno, tras la puerta, entre las montañas, bajo los árboles, en la orilla del río, hacia el sol.

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Sobre la Caridad y la Solidaridad


“Ante el portal de cada nuevo día, que encierra en sus selladas horas una responsabilidad ordenada, cada mañana permanezco y exclamo en voz alta: ‘Señor de mi vida, ¿cómo puedo cumplir el deber de este día y sin embargo lograr el desapego? ¿Satisfaré toda necesidad y, sin embargo, me liberaré de las ligaduras y las obligaciones?’ Dios dijo: El sol se acerca y vivifica la tierra. Nada puede extraer de la tierra. Vive tú así. ¡Da y nada pide!” (Antiguo comentario)

Dicen que la buena caridad empieza siempre por uno mismo. Cuidando nuestros siete cuerpos, manteniendo dominio sobre la materia, el ánimo, las emociones, los pensamientos, nuestra actitud más interior y espiritual. Amarnos a nosotros mismos hace de nosotros una piedra pulida perfecta para luego poder, solidariamente, ejercer caridad hacia los otros, es decir, ofrecer amor, ofrecer ayuda, sostén, apoyo cuando se requiera. Amor hacia nosotros mismos primero, hacia nuestro entorno después y, elevando la visión y la perspectiva, amor hacia nuestras gentes, familias y amigos, aliados y compañeros, pueblos y naciones hasta poder abarcar el planeta entero incluyendo todos sus reinos, manifestados y no manifestados, visibles e invisibles.

Ese instinto de amar se convierte inevitablemente en un valor, en un principio, en una visión cuando, más allá de nosotros, atraviesa fronteras lejanas. Esas fronteras a veces están ligadas al sexo, a nuestra condición social, a nuestra raza, a nuestra religión o ideario político, pero también a otros reinos como el animal, componente y campo de expresión del amor más profundo, hacia el otro inocente, al diferente, a lo diferente. Cuando nuestra caridad pasa esas fronteras del círculo-no-se-pasa de nuestra propia condición humana, entonces nos volvemos solidarios con causas que requieren mayor atención y sabiduría, mayor consciencia y expresión.

El ser humano puede vincularse a diferentes grados de consciencia. Dependiendo de las fronteras y límites de su consciencia, tendrá mayor visión sobre los asuntos internos del trazado de la Gran Obra. Y a mayor visión, mayor responsabilidad en cuanto a la necesidad de ayudar al prójimo, en cuanto a la necesidad de ser actor importante en la ejecución del Plan que el Gran Arquitecto del Universo a puesto sobre el tapete de nuestras vidas. Es ahí cuando la primera e inocente expresión de caridad, de amor, se extiende hacia una realidad más profunda, hacia una visión más amplia y hacia una estrecha colaboración con ese Plan. Es ahí cuando nos volvemos unos solidarios del crisol que se muestra ante nosotros como puertas estrechas que conducen a otra realidad ampliada, a otro campo de servicio más extenso.

Es ahí cuando entran en juego lo que llamamos iniciación. Iniciación no es más que la entrada a un campo de visión mayor, y por lo tanto, a un campo de experiencia y consciencia mucho más profundo, de mayor responsabilidad. Es ahí, cuando pasadas ciertas pruebas, asumimos mayores compromisos no solo en nuestras vidas profanas, sino también en nuestras vidas espirituales.

¿Qué significado puede tener esto para el ignorante que omite todas las realidades y visiones posibles? Ninguno. El avaro, el egoísta, el ignorante, el mal en general, es una energía mal situada. La pedagogía de la caridad, del amor, de la solidaridad, son necesarias para situar esa energía en su correcto lugar: la consciencia humana. Y esa consciencia, ese amor expresado desde las siete fuerzas que nuestro universo local desarrolla, requiere de algo que muchas veces no se comprende: sacrificio. Algo hay que sacrificar para seguir creciendo, para seguir ampliando nuestra visión y por lo tanto, para comprender la realidad profunda de la acción grupal y su correcto dominio. Algo debemos dejar atrás (apetitos, actitudes incorrectas, vicios, sufrimiento innecesario hacia otros reinos, etc), algo debemos sacrificar en el altar de la renuncia para que una nueva visión se apodere de nosotros, y sepamos ver, junto a ella, los siguientes pilares del templo.

El sacrificio tiene una enseñanza profunda sobre el esfuerzo, el trabajo, la perseverancia y el coraje. Y ese esfuerzo siempre desemboca en una correcta caridad y un inteligente servicio solidario hacia los demás. Meditación, estudio y servicio. Componentes básicos para entender correctamente la necesaria visión de la caridad y la solidaridad, deberán regir correctamente nuestras vidas para así crear correctas relaciones humanas. ¿Cuál es nuestro campo de servicio para ejercer dicha visión? ¿De qué forma vamos a desarrollar la ineludible y urgente necesidad de caridad y solidaridad mundial, más allá de nuestras pequeñas vidas, a veces excesivamente egoístas y aisladas?