“La noche polar de helada oscuridad”. Algo sobre la jaula de oro, la jaula de hierro y la jaula de goma


 

Yin: Moriría por defender el sistema. Esa es la seguridad de mi noche polar, de mi helada oscuridad.

Weber describió la burocratización del orden social como “la noche polar de helada oscuridad“. El aumento de la racionalización de la vida social, algo que ocurre con dureza en nuestro tiempo, crea un sistema basado en la eficiencia teleológica, el control y el cálculo racional. Weber llamó a este proceso la jaula de hierro. Esta jaula, invisible pero real, ha creado desencanto en la sociedad despierta. Y el desencanto del desencanto es lo que el antropólogo Ernest Gellner denominó la jaula de goma. Jaula porque implica coacción y de goma porque a diferencia de lo que creía Weber, las condiciones de ahora son algo más flexibles, más elásticas, más líquidas, como diría Bauman. En esa flexibilidad entra en juego las crisis que padecemos en estos tiempos, normalmente fundamentadas en la automarginación, no como algo realmente disidente, sino como una forma de antisistemas que luchan por defender el sistema. Una paradoja que compramos, y a la que nos vendemos al mejor precio (un trabajo, un salario, cierta seguridad).

La verdadera disidencia, la real, sería marcharnos del sistema, no luchar, inclusive con piedras, para defenderlo. Esto es una paradoja de nuestros tiempos. Los que se automarginan y luchan en las calles no lo hacen para pervertir el status quo, sino para protegerlo. Es una indignación falsa, porque nace de la precariedad, de la desconfianza, del miedo a perder la burocratización del orden social establecido. No se lucha por alcanzar la libertad, sino por no perder los privilegios y la seguridad que el propio sistema, en época de bonanza, establece. O inclusive, en paradojas e iluminadas somnolencias, para mejorarlo.

Aquí es donde nace la jaula de oro, más allá de la jaula de hierro y la de goma. ¿Cómo ser disidentes de nosotros mismos, si hemos conseguido un estadio de bienestar inimaginable para nuestros abuelos? ¿Cómo destruir y desapegarnos de nuestro bienestar alcanzado? Tenemos agua caliente, una casa que nos protege, un trabajo, un vehículo, alimento en abundancia como nunca se ha tenido e incluso hospitales gratuitos donde nos atienden a la mínima de cambio. ¿Cómo renunciar a todo eso y marcharse a las montañas, a los bosques, fuera del sistema? Nadie en su sano juicio podría dar un paso de tal envergadura, ahora que hemos descubierto que el alma y sus ansias de expresión tiene un precio (repito, un trabajo, un salario, cierta seguridad).

Yang: Me marcho, libre, a la incertidumbre de los bosques, al día brillante de clara luz. Solo así podré construir mi paisaje interior y contribuir a un mundo bello y armónico.

Eso solo es posible ante una especie de revelación más allá de lo inmediato, lo cercano, lo material. Una revelación mística, si se quiere. Un indicio, un descubrimiento sobre algo que atañe al ser, y no a las cosas que rodean al ser. Una experiencia verdaderamente transformadora y reveladora. Uno no deja su jaula de hierro (conceptos, programas, cultura, educación, valores, herencia) ni su jaula de goma (ilusiones, futuro, progreso, bienestar) ni su jaula de oro (seguridad, dinero, trabajo) por una hipotética libertad fuera del sistema. Amamos el sistema, luchamos por el sistema. Cuando nos enfadamos porque el sistema no es capaz de dotarnos de lo suficiente, tiramos piedras y enrabiados rompemos cristales y escaparates. Realmente no deja de ser una engañifa, una queja de niños malcriados incapaces de plantarse ante el propio sistema y abandonarlo. Un acto cobarde, un desahogo primitivo, ancestral, infantil.

La verdadera disidencia no es romper un cristal. La verdadera disidencia es coger el báculo y danzar alegres hacia el camino de la incertidumbre. Alejados del ruido, de la contaminación, del dinero, del brillo del oro y sus placeres, cabalgar desnudos hacia los bosques. Abandonadas todas las jaulas y sus pesados juicios, volver al origen, a lo genuino, a la libertad verdadera.

 

¿Serán como nosotros, compuestos de carbono y nitrógeno?


La creencia común de que el Universo posee numerosas civilizaciones avanzadas tecnológicamente, combinada con nuestras observaciones que sugieren todo lo contrario, es paradójica, sugiriendo así que nuestro conocimiento o nuestras observaciones son defectuosas o incompletas. (Paradoja de Fermi)

Según los expertos vivimos en lo que algunos llaman la Tierra Especial. Nuestro Sol es solo una estrella solitaria en la abundancia de 7×1022 estrellas en el universo observable, nos dice la ciencia. La Vía Láctea es solo una de entre las 2 000 000 000 000 de galaxias observables por nuestra limitada tecnología. Una mente limitada podría imaginar que la vida pudiera tan solo componerse de los mismos materiales que la vida presume en nuestro planeta, una minúscula mota de polvo estelar circundando un anónimo Sol. Aún a pesar de la infinita diversidad que la vida despliega en nuestro planeta, cuando imaginamos a seres de otros mundos, siempre lo hacemos con la torpeza ingenua de pensarlos a nuestra imagen y semejanza. Incluso en algunas atrevidas taxonomías, los incluyen altos y de ojos azules.

No hace mucho apareció en los cines una película, Arrival (La llegada) que nos dejó un poco impactados. En esa película, unos seres altamente evolucionados tenían forma de pulpos. Esa forma de presentar vida inteligente extraterrestre resultó como mínimo impactante para el temible etnocentrismo antropomorfo. Pero ahora la pregunta va mucho más lejos: ¿serán como nosotros, compuestos de carbono y nitrógeno?

Descartamos aquí la pregunta de si existen o no, siguiendo con la paradoja de Fermi. Un universo tan increíblemente infinito y una vida tan increíblemente compleja deja poco espacio para el azar. El azar de que exista vida tan solo en nuestro planeta competiría inexplicablemente con la infinitud de soles, galaxias y mundos, sin contar aquí la posibilidad de dimensiones paralelas o universos aún no detectados por nuestros sentidos más agudos que pudieran albergar vida, cualquier clase de vida. La pregunta se amplia y se vuelve compleja si entendemos como vida a la unidad básica de carbono. El mecanismo vital de nuestro planeta está basado en los cuatro peldaños fundamentales de la espiral de ADN. ¿Cómo es posible que un ADN cuya esencia es un material inerte como el carbono produzca vida? Vida, inteligencia y consciencia.

Podríamos entonces imaginar, porqué no hacerlo, a extraterrestres que no necesiten de carbono ni nitrógeno para subsistir. Podrían ser ondas de luz, gases amorfos o neblinas en el cielo. ¿Una nube? ¿Un espectro? ¿Una irradiación? ¿Un pulpo? Las hipótesis que señalan que objetos como el famoso Oumuamua fue un artefacto extraterrestre podría ser verdad, pero igual de probable el que no lo fuera. Todos los textos antiguos siempre hablan de que los dioses llegaron de las estrellas. En nuestra ingenuidad primitiva, los dibujábamos subidos a “vimanas” o carros de fuego. Pero, ¿y si todo fuera aún más complejo y extraño?

Evidentemente esta reflexión se propicia a principios de nuestro siglo porque este año, probablemente, o el que viene, llegarán por fin los añorados extraterrestres. Tal y como se está sucediendo todo, es posible que en unos meses las famosas naves por fin aterricen. Pero planteemos otras hipótesis. ¿Y si los extraterrestres fuéramos nosotros? ¿Y si fuéramos nosotros sus hijos? ¿Y si la vida basada en el carbono solo fuera un tipo de vida, nada más que eso? ¿Y si la vida se desarrollara en otras dimensiones con otras características diferentes? Según la ecuación de Drake, en los últimos 7.500 millones de años en el universo observable han existido al menos 819 mil millones de civilizaciones con tecnología muy parecida a la nuestra en torno a una estrella de tipo G, es decir, parecida a nuestro Sol. Esta ecuación solo habla de la vida que pudiera formarse a partir de elementos como el carbono, pero, ¿y si hubiera otros tipos de vida? ¿Hadas, devas, ángeles, dioses todos ellos invisibles a nuestra limitada visión?

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Las dos cosas que nadie tiene: espacio y tiempo


 

Es necesario para mí vivir aquí solo, porque el silencio del bosque es mi novia y la dulce y cálida oscuridad del mundo entero es mi amor. Y del corazón de esta cálida oscuridad surge el secreto que solo en silencio se escucha. Pero es la raíz de todos los secretos que susurran todos los amantes de todo el mundo en sus lechos. Tengo la obligación de preservar la quietud, el silencio, la pobreza, el punto virginal de la pura nada que está en el centro de todos los demás amores. Cultivo silenciosamente esta planta, en medio de la noche y la riego con salmos y profecías en silencio. Se convierte en el más hermoso de todos los árboles del jardín, a la vez el árbol del paraíso primordial, el axis mundi, el eje cósmico y la Cruz. Thomas Merton

Y es así, orando, suplicando, como el silencio te arropa. Te embriaga la belleza inexpugnable de la bóveda celeste. Toda conjetura desaparece en los abismos de la quietud, rogando poder compartir, al menos con las estrellas o con el susurro del aire todas estas cálidas y dulces profecías.

En este eje de silencio y soledad nos sustraemos de todo sustento. Aquí hay dos de los mayores tesoros posibles. Por un lado, todo el espacio del mundo. Bosques y montañas conforman el abanico de habitaciones de esta infinita estancia. Por otro, tiempo. Un tiempo diferente, sincrónico, adimensional, alejado de la prisa y el temor. Hay un punto de conexión que converge entre el cielo y la tierra, entre el tiempo y el espacio. En este ombligo, en este lugar donde todos los puntos de la brújula miran, existe una comunicación entre los mundos superiores y los inferiores. De hecho, la comunicación resulta ser una sinfonía donde uno no sabría diferenciarlos. Se trata de una psicosíntesis, de un estado diferente, sin tiempo, sin espacios capaces de congregar todo cuanto existe. En esta geometría sagrada, solo existe anhelo.

Miramos hacia todas partes y nos encontramos con lo infinito. Se expresa en las montañas, en los árboles retorcidos por la nieve, en las columnas de humo y fuego que azotan los hogares en invierno, en los tallos circulares, agarrotados, y también en los vuelos nocturnos de la lechuza. Es un misterio poder ver las cosas de forma diferente, con esa visión que alarga la realidad hasta lugares imposibles. Es como si la proporción áurea se congregara al mismo tiempo con el sagrado fresno perenne de Yggdrasil, justo aquí detrás, casi invisible para los ojos profanos.

Nos gustaría, sobre cualquier pilar, construir un campanario. Los campanarios nos recuerdan el sonido creador, la inminente renuncia, el parar toda actividad para enfocar nuestra mirada al rezo y la contemplación. Construirlo es como un ejercicio alquímico, como una muestra de bondad hacia los designios del cielo incógnito. Los ríos, que ahora corren afortunados llenos de agua, imitan de alguna forma los ríos de la lava que corren en las entrañas de todos los soles. Y de igual manera, riegan nuestras venas esa rojiza mezcla de fuego y agua. Aunque no lo parezca, hay una profunda relación entre unos y otros. La lechuza, el campanario, el pilar, el tallo, el río, la sangre, el sol, el fresno y…

Y luego la puerta. La puerta de todo misterio, apartada del tiempo y del espacio que antes habitaba, quien sabe durante cuántos siglos. Una puerta que llevaba a alguna parte y que imaginábamos transformadora de mundos. La puerta siempre nos resulta misteriosa. Hay mundos y universos enteros tras cada puerta. Hay una fórmula, una iniciación, un descifrar los códigos. La puerta estrecha, la puerta pequeña, la puerta irascible. Toda puerta es un centro. Un lugar inhabitado, de tránsito, de prueba. Toda puerta, por lo tanto, es un lugar sagrado, por encima de todo. Y en ese tránsito, uno demuestra que no tiene nada. Uno sabe que ningún tiempo ni ningún espacio podrá nunca atraparte. Cuando no se tiene nada, y es ahí el misterio, se abraza todo. Las dos cosas que nadie tiene, el tiempo y el espacio, dejan de ser importantes. Y es así, orando, suplicando, como el silencio te arropa. Junto al fresno, tras la puerta, entre las montañas, bajo los árboles, en la orilla del río, hacia el sol.

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Sobre la Caridad y la Solidaridad


“Ante el portal de cada nuevo día, que encierra en sus selladas horas una responsabilidad ordenada, cada mañana permanezco y exclamo en voz alta: ‘Señor de mi vida, ¿cómo puedo cumplir el deber de este día y sin embargo lograr el desapego? ¿Satisfaré toda necesidad y, sin embargo, me liberaré de las ligaduras y las obligaciones?’ Dios dijo: El sol se acerca y vivifica la tierra. Nada puede extraer de la tierra. Vive tú así. ¡Da y nada pide!” (Antiguo comentario)

Dicen que la buena caridad empieza siempre por uno mismo. Cuidando nuestros siete cuerpos, manteniendo dominio sobre la materia, el ánimo, las emociones, los pensamientos, nuestra actitud más interior y espiritual. Amarnos a nosotros mismos hace de nosotros una piedra pulida perfecta para luego poder, solidariamente, ejercer caridad hacia los otros, es decir, ofrecer amor, ofrecer ayuda, sostén, apoyo cuando se requiera. Amor hacia nosotros mismos primero, hacia nuestro entorno después y, elevando la visión y la perspectiva, amor hacia nuestras gentes, familias y amigos, aliados y compañeros, pueblos y naciones hasta poder abarcar el planeta entero incluyendo todos sus reinos, manifestados y no manifestados, visibles e invisibles.

Ese instinto de amar se convierte inevitablemente en un valor, en un principio, en una visión cuando, más allá de nosotros, atraviesa fronteras lejanas. Esas fronteras a veces están ligadas al sexo, a nuestra condición social, a nuestra raza, a nuestra religión o ideario político, pero también a otros reinos como el animal, componente y campo de expresión del amor más profundo, hacia el otro inocente, al diferente, a lo diferente. Cuando nuestra caridad pasa esas fronteras del círculo-no-se-pasa de nuestra propia condición humana, entonces nos volvemos solidarios con causas que requieren mayor atención y sabiduría, mayor consciencia y expresión.

El ser humano puede vincularse a diferentes grados de consciencia. Dependiendo de las fronteras y límites de su consciencia, tendrá mayor visión sobre los asuntos internos del trazado de la Gran Obra. Y a mayor visión, mayor responsabilidad en cuanto a la necesidad de ayudar al prójimo, en cuanto a la necesidad de ser actor importante en la ejecución del Plan que el Gran Arquitecto del Universo a puesto sobre el tapete de nuestras vidas. Es ahí cuando la primera e inocente expresión de caridad, de amor, se extiende hacia una realidad más profunda, hacia una visión más amplia y hacia una estrecha colaboración con ese Plan. Es ahí cuando nos volvemos unos solidarios del crisol que se muestra ante nosotros como puertas estrechas que conducen a otra realidad ampliada, a otro campo de servicio más extenso.

Es ahí cuando entran en juego lo que llamamos iniciación. Iniciación no es más que la entrada a un campo de visión mayor, y por lo tanto, a un campo de experiencia y consciencia mucho más profundo, de mayor responsabilidad. Es ahí, cuando pasadas ciertas pruebas, asumimos mayores compromisos no solo en nuestras vidas profanas, sino también en nuestras vidas espirituales.

¿Qué significado puede tener esto para el ignorante que omite todas las realidades y visiones posibles? Ninguno. El avaro, el egoísta, el ignorante, el mal en general, es una energía mal situada. La pedagogía de la caridad, del amor, de la solidaridad, son necesarias para situar esa energía en su correcto lugar: la consciencia humana. Y esa consciencia, ese amor expresado desde las siete fuerzas que nuestro universo local desarrolla, requiere de algo que muchas veces no se comprende: sacrificio. Algo hay que sacrificar para seguir creciendo, para seguir ampliando nuestra visión y por lo tanto, para comprender la realidad profunda de la acción grupal y su correcto dominio. Algo debemos dejar atrás (apetitos, actitudes incorrectas, vicios, sufrimiento innecesario hacia otros reinos, etc), algo debemos sacrificar en el altar de la renuncia para que una nueva visión se apodere de nosotros, y sepamos ver, junto a ella, los siguientes pilares del templo.

El sacrificio tiene una enseñanza profunda sobre el esfuerzo, el trabajo, la perseverancia y el coraje. Y ese esfuerzo siempre desemboca en una correcta caridad y un inteligente servicio solidario hacia los demás. Meditación, estudio y servicio. Componentes básicos para entender correctamente la necesaria visión de la caridad y la solidaridad, deberán regir correctamente nuestras vidas para así crear correctas relaciones humanas. ¿Cuál es nuestro campo de servicio para ejercer dicha visión? ¿De qué forma vamos a desarrollar la ineludible y urgente necesidad de caridad y solidaridad mundial, más allá de nuestras pequeñas vidas, a veces excesivamente egoístas y aisladas?