El Sendero de Purificación


© @caetanophoto

“El que no se esfuerza cuando es el momento de esforzarse; el que, aún joven y fuerte, es indolente; el que es bajo en mente y pensamiento, y perezoso, ese vago jamás encuentra el Sendero hacia la Sabiduría”. Dhammapada, 277 – 282

“Hollamos el Camino de Purificación y, poco a poco, se nos despoja de todo lo que apreciamos: la codicia por la forma, el deseo de ser amado y el gran espejismo del odio y la separación”. AAB

Muchas almas se están preparando para tener pleno dominio de la materia antes de pasar a tener pleno dominio sobre sus estados de ánimo y sus emociones. Más tarde vendrá la ardua tarea de tener dominio también sobre los pensamientos y así poder anclar algún tipo de consciencia en sus vidas.

Antes de que todo esto ocurra, se debe atravesar lo que la tradición antigua llamaba “el sendero de purificación”. Es un periodo en la evolución humana donde mediante el empleo de algunas disciplinas, se consigue cierto autocontrol. En nuestra época moderna, dichas disciplinas físicas están asociadas a lo que ahora llamamos deporte. Antiguamente, todo lo relacionado con lo militar pretendía de alguna manera conseguir ese autocontrol. La disciplina militar en muchas épocas ha sido, en tiempos de paz, cambiada o transformada por la disciplina deportista.

Estas disciplinas han ayudado al ser humano a evolucionar hacia la consciencia de sí mismo. También se han sofisticado mediante dietas vegetarianas o métodos higienistas, la práctica del yoga o la propia meditación, herramientas o técnicas que pretenden crear un mayor dominio sobre nuestros cuerpos. Por suerte para todos los seres sintientes, las dietas vegetarianas o veganas están en boga en nuestro tiempo, y poco a poco se van consolidando como una alternativa sana y saludable en nuestras sociedades desarrolladas, no solo para nuestros cuerpos físicos y dolientes, sino también para la salud de todo nuestro planeta.

La inofensividad hacia otros reinos y la impersonalidad son pruebas imprescindibles en el sendero de purificación. Este sendero es imprescindible antes de empezar a hollar el sendero de probación y más tarde los llamados por la tradición antigua como el sendero del discipulado y el sendero de iniciación. Las complejidades de cada uno de estos senderos son difíciles de exponer si antes no se ha podido poner en práctica el abc del sendero de purificación: una dieta basada en la inofensividad y un cuerpo físico sano y equilibrado, libre de sustancias y abusos de todo tipo.

Realmente el sendero de purificación es complejo porque no se trata de atraer hacia nosotros ciertas disciplinas, sino, en términos más profundos, alinear todas nuestras dimensiones humanas, todos nuestros cuerpos tangibles e intangibles, para volverlos transparentes, dóciles y amables para la luz. Digamos que los antiguos entendían que cada cuerpo de la personalidad: el físico, el etérico, el emocional y el mental debían purificarse para que la luz de la consciencia o de nuestra alma pudiera atravesarlos y dirigirlos de forma correcta o clara. Entendamos el término de «luz» como una fuerza o energía que provoca en nosotros mayor visión, desarrollo interior y consciencia.

Cualquier distorsión en alguno de esos cuerpos provoca inevitablemente un atasco de esa consciencia, que de no ser tratada mediante la correcta acción o “purificación”, puede provocar trastornos (mentales o emocionales), enfermedades, dolencias de todo tipo o dificultades. Algunas enfermedades propias de este sendero están asociadas a problemas con el cerebro o la glándula tiroides. Los verdaderos buscadores encontrarán fórmulas adecuadas para equilibrar estos desequilibrios o contradicciones.

Los que hallan en la espiritualidad cierto consuelo y alivio, deben comprender que adentrarse en sus senderos requiere esfuerzo y disciplina, trabajo, preparación y perseverancia. Las bases de ese trabajo y esa preparación pasan inevitablemente por el sendero de purificación.

Men sana in corpore sano. Una mente sana en un cuerpo sano, que decían antaño. Una mente sana no es necesariamente una mente inteligente y audaz, sino una mente que basa su vida y actuación en la verdad, la consciencia y la disciplina. Un cuerpo sano no solo pide pan y deporte, también que ese pan sea inofensivo y ese deporte adecuado a nuestras limitaciones diarias.

Antes de enfrentarnos a cualquier tipo de progreso espiritual o de consciencia, el Morador del Umbral acechará para ver si hemos cumplido con nuestros propósitos nobles y con nuestra meta interior. La acrecentada sensibilidad hacia los reinos animales en los próximos tiempos será una de las pruebas que la humanidad en su conjunto deberá enfrentar. Mientras eso ocurre, la avanzadilla humana ya nos está indicando el camino a seguir: una vida más sana, equilibrada, impersonal e inofensiva.

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Correspondencias con el ser humano que está despertando


© @victorrcostta

«La vida es todo eso a la vez: lucha e intriga, sabiduría y belleza. Y si ignoras alguno de esos aspectos, pierdes la oportunidad de comprenderla de forma global, y tu capacidad de influir en ella con algo que la oriente hacia un camino mejor». Naguib Mahfuz

Antes de que el ser humano fuera lo que es, dormía. Luego empezó a vivir un mundo de ensoñación y más tarde despertó a una realidad diferente, una realidad llamada por la tradición antigua individualización o humanidad. Está descrita en oriente como la batalla que Arjuna tuvo que enfrentar en el campo de Kurukshetra. Es la gran batalla entre los deseos de la personalidad y la realidad del alma, que intenta manifestarse y apropiarse de la vida unificada. Es un momento de crisis determinante entre la consciencia humana y su móvil inconsciente, ese que aún vive en las sombras del egoísmo y el mundo ilusorio.

Cuando ganamos esa batalla, la batalla de la consciencia contra la inconsciencia animal que muchas veces nos caracteriza, desarrollamos en nuestro interior tres tipos de consciencias: la consciencia sensitiva, la consciencia creativa y la consciencia mental. La paradoja de la evolución humana es que se acredita como algo que debe situarse en relación a sí mismo, a su familia humana y al orden cósmico establecido, es decir, a nuestra realidad como entidades que giran en torno a un astro llamado Sol dentro de un planeta menor llamado Tierra. Nuestra consciencia, siempre expansiva, debe alcanzar una visión y comprensión mayor de todo cuanto le rodea, cuestionándose a cada instante las experiencias que atrae hacia sí misma para su crecimiento y expansión.

Hay muchas oportunidades para hacer el bien en el mundo. Para poder hacer el bien se tiene que tener un tipo de consciencia moral, algo que imprima carácter a nuestra personalidad, y sea capaz de discernir y comprender la valiosa oportunidad de obrar en bondad, sencillez y delicadeza. La batalla de Arjuna trata de eso, de dejar de arrastrarnos por lo instintivo, asociados muchas veces al miedo y la protección, lo cual puede, en muchas ocasiones crear situaciones egoístas, dolorosas o violentas. Desterrar lo instintivo para abrazar lo intuitivo, aquello que nos acerca a la consciencia, al saber, a la voluntad de obrar el bien, al amor compasivo.

Lo que la antigua tradición llamaba alma no es más que un centro de consciencia. Al igual que nuestra mente, nuestras emociones, nuestra energía y nuestro cuerpo físico son un campo de experiencia. Una mente inteligente y analítica no sirve de nada si no tiene consciencia. Tampoco es un campo de experiencia útil si no tiene un corazón noble, una energía limpia y transparente y un cuerpo sano que pueda soportar el peso de toda existencia. Las ideas abstractas pueden ser llevadas a cualquier tipo de comprensión, pero de nada servirá esta comprensión si no puede ser llevada a la acción desde una perspectiva compasiva y amorosa. Es la praxis, y no las palabras, lo que determina nuestro destino.

Dicen que la finalidad de la vida es obtener experiencias para ir mejorando como seres. En el ser humano que está despertando, esas experiencias cada vez son más intensas, críticas y provechosas. De él dependerá su aprovechamiento y su crecimiento posterior. La experiencia se puede obtener de forma inconsciente, lo cual puede producir ensimismamiento en uno mimo y, por lo tanto, nulo aprovechamiento de la misma. Están aquellos que perciben tenuemente algún tipo de aprendizaje, adaptándolo prácticamente a sus modos de vida, normalmente de forma egoísta, sin mayor trascendencia que la de un aprovechamiento práctico. Y están aquellos que perciben la profunda finalidad y aprendizaje de la experiencia, aplicando el poder inteligente del discernimiento y la elección, para extraer con ello todo el beneficio posible, no solo para el crecimiento de su consciencia, sino también, para el crecimiento y expansión de la consciencia grupal.

En el arco ascendente de la vida, debemos observar si deseamos despertar a una consciencia mayor, o simplemente, nos conformarnos con ser meros espectadores de un mundo que, en muchas ocasiones, se nos queda grande, nos oprime o dejamos de corresponder. La vida una se manifiesta en nosotros, y en nosotros debe despertar el deseo de adquirir mayor experiencia para disponer de mayor aprovechamiento de esta oportunidad única e irrepetible de aprendizaje existencial. Todo despertar, todo crecimiento, conduce a crisis inevitables, a encuentros con seres notables que nos ayudarán en nuestro progreso, y momentos difíciles que nos harán recolocar nuestra vida, en la Vida. Podemos entender esta vida como una “prisión” o como una forma de “revelación”. De nosotros, y de nuestra consciencia, dependerá sentirnos de una u otra manera.

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Practicar la magia desde las construcciones mentales


El aprendizaje de los seres humanos está íntimamente relacionado con el control y buen uso del plano mental y todas sus fuerzas y energías. Aunque no lo sepamos, somos constructores de gigantescas formas mentales que determinan nuestras vidas y las de los demás. Los pensamientos se acumulan, se recrean, se retroalimentan unos a otros creando formas vivas, y también realidades.

Un mago se diferencia del resto precisamente en un pequeño detalle: tiene consciencia del poder de esa construcción. Y al hacerlo, es capaz de movilizar esas fuerzas, esas energías que desempeñan un poder brutal sobre la vida de uno y la de los demás. Somos cocreadores, o estamos empezando a aprender a cocrear. Primero cocreamos nuestras vidas a nuestra imagen y semejanza, es decir, así como seamos capaces de imaginarla. Y luego, con el tiempo, uno se vuelve un mago. En esa transición entre la vida ordinaria y la vida extraordinaria, como se la llama desde tiempos antiguos, hay un pequeño umbral, un antes y un después, una llamada.

Un mago no es más que aquel que es capaz de dominar sus circunstancias y las ajenas desde cierto control mental. Es decir, tiene cierto dominio sobre su vida, y entrega parte de ese dominio a la construcción de su mundo anexo. Los pensamientos sobre nosotros mismos o sobre la vida y todo lo que nos rodea son energetizados por nuestros deseos. Nuestros deseos pueden ser benignos o malignos, sanos o insanos, dependiendo de si queremos convertirnos en magos blancos o en magos negros. La diferencia entre unos y otros tiene que ver con el grado de egoísmo o altruismo que pongamos en ellos. Si todo lo que hacemos, lo hacemos solo para nuestro beneficio, nos convertimos en magos negros. Pero revertimos la situación si todo aquello que hacemos para nosotros lo ponemos al servicio de los demás. Es decir, si cuidamos de que nuestro mundo esté ordenado para ayudar a ordenar otros mundos.

La generosidad que la vida muestre en nosotros dependerá del grado de generosidad que nosotros dispongamos hacia los demás. Pero esto último hay que verlo en perspectiva, es decir, en todo el conjunto de ciclos que un ser puede llegar a vivir. Uno puede estar sembrando hechos que repercutirán no de forma inmediata, si no en futuras experiencias.

Las formas mentales que construimos a veces pueden atraparnos, crear una realidad sobre nosotros inadecuada. Aquí el deseo tiene mucho que ver, especialmente el deseo inconsciente, las fuerzas ocultas que gobiernan nuestras vidas sin darnos cuenta. Traumas, creencias, dogmas, herencias familiares. La cárcel oculta puede ser infinita. Por eso, uno de los primeros trabajos de cualquier persona capaz de tener esa visión sobre el poder de la construcción mental, es desintegrar y disipar todo aquello que no le pertenece, sino que más bien ha sido heredado por traumas de la infancia, por creencias limitantes o legados ancestrales. La ruptura de esas cárceles conceptuales es traumática, pero necesaria para encontrarnos con nuestro verdadero yo, nuestro verdadero mago, con nuestra verdadera alma.

Practicar la magia tiene sus peligros. Primero porque hay leyes que son necesarias conocer. Uno debe saber el efecto que tiene sobre la magia (entiéndase magia como manejo de fuerzas y energías) todo aquello que maneja en su vida. Primero, debe conocer como afecta lo que uno deja entrar en su cuerpo, y de que manera unos alimentos (o cualquier tipo de sustancia) distorsiona o fomenta el buen empleo de fuerzas y energías. Luego debe profundizar en las fuerzas vitales que operan en los planos etéricos. Reconocerlas, entenderlas y manejarlas con soltura. Atravesado esa dimensión y dominada de alguna manera, viene el gran reto: la disipación de Maya, la desintegración de las formas que se han creado en el plano astral, en el mundo del deseo, la emoción, en ese vibrante mundo de confusión. ¿Cómo discernir entre un deseo y otro? En el discernimiento está la clave de cualquier éxito futuro.

Y ahí tenemos otro mundo, el mental en su doble vertiente, el mundo mental concreto y el mundo mental abstracto. Es ahí donde se empiezan a gestar y crear las formas mentales, los arquetipos, aquello que determinará que nuestras vidas sean de una u otra manera. El manejo de esas energías y su dominio es lento y arduo y requiere de mucho estudio, de mucha práctica, de mucha introspección interior. Uno puede encontrar mentores o escuelas avanzadas donde de alguna manera silenciosa y discreta se potencie el dominio oculto sobre nosotros mismos para luego beneficiar con ello a la humanidad. Uno puede aprender a rehacer su vida para hacerla más digna, y luego con ello potenciar la dignidad de los demás. Uno puede, con tesón y perseverancia, romper las cadenas de las construcciones mentales que nos aprisionan (propias, familiares, culturales y sociales) y vencer con ello la inercia de la vida, transformándola hacia un lugar más puro y brillante. Solo hay que sentir esa llamada para que nuestras vidas ordinarias empiecen a ser completamente extraordinarias, con todo lo que eso conlleva.

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El retorno de Cristo


 

Ha nacido un niño. Hemos sido guiados por una estrella. La antigua tradición nos dice que hay tres energías o atributos primarios en el universo. El ser humano, en su ignorancia, los llama de forma ambigua como “voluntad”, “sabiduría” y “amor”. La tradición cristiana llama a esos atributos, fuerzas o energías elementales como “Padre”, “Espíritu Santo” e “Hijo”. Esas tres energías primarias o atributos vienen acompañadas de cuatro fuerzas más que corresponden a cualidades diferentes. En total, siete de esas fuerzas confluyen de forma diferente en nuestro universo local.

La fuerza que más se celebra en la tradición cristiana es la del nacimiento del atributo del “amor”, esa cualidad que cohesiona mundos, personas y universos. En nuestra cultura, ese atributo se le denomina como Cristo o energía crística, representada o alumbrada en la personalidad de Jesús. La energía crística es una energía de síntesis, de unidad, alejada de los opuestos, de las contradicciones. Llena de aceptación hacia el prójimo, de reconciliación con nosotros mismos, con nuestros “pecados”, como lo llama la tradición cristiana. Esos “pecados” envueltos en culpa y sufrimiento encuentran la consagración necesaria con el nacimiento del amor en el mundo en forma de pequeño niño que nace en una pequeña y humilde cueva. La cueva representa nuestro corazón, un lugar oscuro que requiere ser iluminado por la fuerza del amor, representado por un niño inocente y cargado de de luz y amor.

Todo los años, por estas fechas, se celebra la resurrección del amor en nuestras vidas. Más allá de las divergencias, las fluctuaciones de la tradición y las distorsiones propias de la adoración del Becerro de Oro, el mensaje de esperanza y fe en ese nacimiento de la luz y el amor en nuestros pequeños corazones se renueva de forma constante. Cristo vive, anúncialo. Cristo retorna. Esta es su añorada venida simbólica, representada por un pequeño belén con sus pastorcillos y demás figuras decorativas.

No tenemos que esperar una segunda venida. Cristo retorna a nosotros con su mensaje simbólico todos los años, todos los días (allí donde dos se reúnan en su nombre, en el nombre de Cristo, del Amor). El sol empieza su andadura celeste hacia la mayor luz. Los astros se conjugan en alineación para que la estrella del amor y la luz ilumine con mayor fuerza. El mensaje es claro, poderoso y contundente: que Cristo retorne a la Tierra. Y así lo hace, sellando la puerta donde se halla el mal mediante el Plan de Amor y de Luz.

El verdadero misterio de toda esta existencia, aquella cualidad que nos hace más humanos mediante la siembra de la semilla del amor, está incluida en un plan, en un propósito celeste cargado de significado. La continuidad de ese plan depende de nosotros, de nuestra capacidad de desterrar las semillas del egoísmo y la separación (personal o nacional), de obligarnos cada día a ser mejores personas, a pesar de nuestros “pecados”, de nuestras equivocaciones, de todo aquello que se aparta de lo correcto y lo justo.

Para los griegos, el pecado era llamado hamartia, que significa literalmente “fallo de la meta, no dar en el blanco”. Ese quizás sea el mayor pecado de todos, el fallar a la meta común, al código de humanidad que debemos alcanzar, al ser seres incluyentes, amorosos. Pero ahí tenemos la Navidad para recordarnos esa meta: el amor, la buena voluntad al bien, la sabiduría que se plasma en acciones que nos conducen al bien común.

Hoy es un día especial para recordar todo esto, y para renovar los votos de humanidad, de amor en el ser humano, empezando por nosotros mismos y extendiendo eso hacia todos los seres sintientes. Y en este nuevo tiempo de progreso consciencial y evolutivo, incluyendo a esos seres, a nuestros queridos hermanos los animales. Dejad que los niños se acerquen a mí, decía el Maestro. En estos tiempos de evolución de la consciencia quizás añadiría: y dejad que los animales se acerquen a mí. No los matéis, no los torturéis, no hagáis de ellos un mero consumo de placer instantáneo. Que el amor, por lo tanto, se extienda a todos los reinos, y comprendamos la importancia de renovar en este día tan especial, tan profundo significado.

¡Feliz Navidad a todos! ¡Feliz renacimiento del Cristo del Amor en vuestros corazones! Desde el lazo invisible que nos une, desde aquí, desde esta pequeña cabaña, os amo.

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Aspiración o vocación


El esfuerzo es el Sendero Inmortal – la pereza es el camino de la muerte.
Los que se esfuerzan viven siempre –los perezosos son como muertos.
Impermanentes son las tendencias –por lo tanto, libérense por medio del esfuerzo. Dhammapada Cap. V, pág. 21

Es fácil confundir la inocente aspiración de la personalidad con la verdadera vocación e intención espiritual. Muchas veces estamos tentados en construir algo o hacer algo pensando que lo hacemos para atender a la llamada del alma, pero en el fondo, se trata de una ilusión que nace confusa de nuestro pequeño ego. Enmarcamos cosas y temáticas espirituales, las maquillamos, para satisfacer cosas de nuestra personalidad. Nos pasa que, ante los fracasos de la vida cotidiana, queremos alzar una voz fuerte en la vida espiritual, confundiendo la intención espiritual con la aspiración de nuestra naturaleza más débil, por muy loable y “espiritual” que parezca. Esto es complejo, y forma parte de una de las pruebas del camino espiritual. La aspiración de la personalidad es un paso importante, pero no debemos agazaparnos a ella y volcar ese paso en satisfacer los deseos personales y egoístas.

Discernir entre la vida del alma y la vida de la personalidad es complejo. La vida del alma es exigente y solicita continuo esfuerzo. Ese es su sendero inmortal. La pereza es, sin embargo, el atolladero de la personalidad, el lugar donde nos gustaría vivir constantemente. No hacer nada, o hacer lo suficiente y justo para vivir una vida buena, es la bandera de la personalidad.

Hay una moda cada vez más fuerte y poderosa que dice todo lo contrario, que el camino espiritual debe ser un camino fácil, un paseo entre rosas en un jardín florecido de paz y armonía, de paisajes bucólicos y retiros resplandecientes. Realmente esto es una ilusión, unas adormideras para el alma. No conocemos en todo el universo un sol que no genere luz bajo el esfuerzo de su propia combustión. La vida espiritual es una vida transpersonal, es decir, una vida que nos supera, que va más allá de nosotros, una vida que nos reta, que nos pone frente a nuestros límites para ensancharlos y agrandarnos. A veces, más allá de nuestros esfuerzos, fuerzas y energías. La vida espiritual es una vida de pruebas constantes que emergen en lo ordinario, experiencias que ponen a prueba nuestra perseverancia, nuestro tesón, nuestro aplomo, nuestra rectitud, nuestra propia capacidad de acción y reacción, nuestra sabiduría y humildad.

En esa moda febril, la cultura del esfuerzo desaparece, y con ella, la profunda enseñanza del sacrificio. Estamos en el mundo del yo pequeño, y por lo tanto, cualquier cosa que requiera transportar nuestro yo más allá de nuestros límites carece de sentido. Únicamente las verdades forjadas individualmente en el crisol de la experiencia penetran realmente en la conciencia viviente y fructifican, decía un antiguo maestro. La purificación y la construcción del carácter requieren inevitablemente esfuerzo. La dispersión de la ilusión, la disipación del espejismo y la conquista del maya no se consigue desde la no acción. Ser espiritual no es sentarse en la posición del loto para decir cosas bonitas. Ser espiritual es mancharse los pies en el barro de la experiencia y aprender el gran mantra: Soy una sólida colina en la cual sopla libremente la brisa de Dios. Todo lo que soy y poseo, pertenece a otros, no a mí. Esta es la verdadera vocación de toda alma.

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El sueño de los magos y la transmisión iniciática


Sueño de los Magos, 1120-30, Catedral de Saint-Lazare, Autun, Francia.

 

Dice la antropología que la iniciación requiere de transmisión. Normalmente se transfiere fuerza, conocimiento y experiencia que vienen unidas a una tradición que se pierde en los claroscuros de todos los tiempos. En el punto liminal, aparecen las pruebas, el mentor, también llamado “hermano terrible” o el maestro de ceremonias. Alguien que aproxima al recipiendario hasta las puertas del templo. Alguien que le indica, ante su ceguera, como arrodillarse humildemente antes de que la espada del orgullo degüelle su personalidad. La iniciación, como modelo de transmisión de un conocimiento antiguo y oculto, solo puede ser realizado por otro iniciado, por alguien que ha pasado por las mismas pruebas que a su vez recibió de otros iniciados. Es así cómo se crea la cadena áurea, la cadena primordial de transferencia iniciática, la cadena de la sabiduría perenne.

A pesar de los tiempos complejos, esa cadena se amaga en lugares remotos, escarpados, de difícil acceso. Incluso a pesar del adormecimiento aparente que sufren los magos, aquellos que pretenden realizar el trabajo mágico del alma, aquellos que se entregan a la ley del servicio y desean ejercer control sobre la naturaleza inferior de su personalidad para ponerla al servicio de las necesidades del alma grupal, la vida iniciática prosigue su curso. Se realiza a través del surco invisible que otros hollaron, o incluso, mediante la necesaria resurrección de la puerta estrecha.

Es cierto que en esta época los magos están dormidos. No logran recordar la esencia de su propósito, olvidaron los conjuros necesarios para ejercer dominio sobre los estrechos canales de la personalidad. Ya no caminan sobre las aguas emocionales, ni son capaces de dominar los demonios etéricos que aparecen en todo desierto. Ni siquiera tienen fuerzas para subir a las ásperas cumbres, allí donde la mente fría debe obtener visión. Las pruebas siguen estando ahí, también la cadena áurea, y los hierofantes de antaño. Pero el mago, tan ataviado con la oscuridad de nuestro tiempo, duerme, envilece, se retrasa, aísla y enferma.

La regularidad de la transmisión espiritual es importante. La palabra “cadena”, en hebreo shelsheletk, en árabe silsilah y en la tradición del sánscrito paramparâ, quiere expresar la idea de una sucesión regular e ininterrumpida. La práctica desaparición de las iniciaciones reales, aquellas que antiguamente eran llamadas iniciaciones humanas y solares, es una de las grandes pérdidas de nuestro tiempo. Al perderse la regularidad, las organizaciones pseudo-iniciáticas cogen el relevo y pervierten, sin ellas saberlo, la transmisión.

Para que los ritos surjan efecto, deben ser organizados por aquellos que han sido cualificados para ello mediante la transmisión. Un verdadero mago debe haber recibido de otro mago los misterios y los orígenes espirituales transmitidos generación a generación, siempre con los tres toques de la espada flamígera. La vinculación iniciática, en el aspecto más humano (el aspecto solar habría que tratarlo aparte), requiere de esa regularidad en la transmisión y consagración sagrada de lo recibido. Solo de esa manera se puede hollar con certeza el camino espiritual, el terreno de la vasta experiencia que nos conduce al sutil desenlace de la actividad grupal.

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El maestro secreto


Imagen de un maestro secreto creada por el amigo Joan

Una antigua tradición enseña que cuando llegas a una cierta maestría, te conviertes en “maestro secreto”. Lo primero que el camino de la consciencia enseña es el arquetipo del silencio. Uno debe aprender a callar, a mirar observante como se progresa y trabaja afanosamente desde la humildad y el silencio. Más tarde, cuando uno ha conseguido tener cierto dominio sobre sus ruidos interiores y el silencio gobierna nuestros mundos, se aprende a discernir, mediante la sabiduría y la guía del conocimiento.

El conocimiento y el estado meditativo otorga cierta maestría interior que más tarde se traduce en servicio. El dominio de la materia, de las energías y ánimos, de las emociones y los pensamientos nos permite tener más tarde cierto dominio sobre las circunstancias y la vida en su conjunto. Esa maestría, cuando se pone al servicio de los demás, y no hacia asuntos de índole vanidoso o egoísta, te hace volver al inicio del camino de la consciencia: el silencio.

En ese recorrido del eterno retorno es cuando uno consigue la maestría secreta y se convierte en un maestro secreto, silencioso, invisible. Nadie puede percibir nada, nadie puede comprobar nada porque carece de la visión para comprender ese secreto de invisibilidad. Un maestro secreto actúa humildemente, sin destacar, sin proyectar nada, sin herir. Su afán consiste en caminar sigilosamente por el jardín humano, cuidando de sus flores. Desapegado de cualquier acción o resultado, involucrado en los asuntos mundanos, convirtiendo su espiritualidad en una brillantez personal, compartida, lúcida.

Al maestro secreto solo se le reconoce entre iguales. Es prudente, disciplinado, discreto, paciente. Su trabajo es invisible a los ojos profanos. Actúa siempre con esa máxima de que su mano derecha no sepa lo que hace su mano izquierda. Los iguales saben de su estrella porque está consagrada al servicio. Servir, servir, servir. Ser útiles allá donde van, allá con quienes estén. Amables, serviciales, cordiales. Hay personas, aunque no lo creamos, que consagran su vida a mejorar la vida de otros. Al hacerlo, se mejoran a ellos mismos. Y con ello, mejoran la humanidad. Es gracias a ellos que nosotros aprendemos, que nosotros nos engrandecemos, que nosotros podemos seguir sus pasos. Hollar el sendero del servicio, comprobar que nada puede ser mejor que imitar la generosidad de un Sol, el cual jamás le pide de vuelta a la Tierra todos sus rayos, sus vidas, su calor, su luz.

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El desapego de las almas errantes


La personalidad es una distorsión de lo que realmente eres
Sraddha

Cuando haces una mudanza o cuando tienes un accidente o una ruptura sentimental comprendes profundamente el significado de la palabra desapego. Bajo el prisma de esas experiencias, esas que nos destruyen o nos vuelven más sabios, comprendemos al final de esta la importancia de no aferrarnos a nada. Descubrimos la sofisticada ley de la impermanencia, donde nada perdura, donde todo se transmuta, donde lo único que permanece realmente es el cambio.

Las almas son errantes. Deambulan de un lado para otro, de una vida a otra, de una tierra ardiente a otra. Desearíamos aferrarnos a la comprensión de esta creencia, y una vez instalados en ella, actuar como si realmente fuéramos almas. De ser así, todas las cosas se verían de forma radicalmente diferentes. Lo que antes era importante, ahora dejaría de serlo. Tener riquezas o vivir en la pobreza solo serían experiencias. No marcarían el designio de nuestras vidas, porque lo experiencial se puede potenciar cuando tenemos sentido real de su significado. Desde esta otra lógica, entenderíamos que la mayor riqueza sería disponer de nuestro tiempo, y hacerlo a nuestro antojo, de forma libre y desapegada.

Nómadas, errantes, peregrinas. Así son las almas, y así deberíamos ser nosotros. Nuestra vida limitada es un escaparate de posibilidades. Podemos en cada momento elegir radicalmente una nueva forma de vivir, una nueva existencia. Podemos potenciar las experiencias a sabiendas que nos aportarán algún tipo de conocimiento, de miel espiritual. El aprendizaje nos hará crecer hacia alguna parte. Quizás hilaremos los sentidos, afinando cada uno de ellos, y conjugándolos hacia percepciones mayores. ¿Qué encuentra uno cuando mira como alma, cuando siente como alma, sin las limitaciones de la personalidad? Uno se encuentra con la volatilidad de la vida. Como cuando vas a un parque a echar de comer a las palomas, observando lo que ocurre cuando se termina la comida de la bolsa. O como cuando nadas por un río y te dejas llevar por la corriente, como hacen al comenzar el verano en el Ródano los jóvenes ginebrinos.

Lo único que permanece es el cambio. Y cuando no aceptamos esta máxima, sufrimos. Lo que aparentemente era un problema -un accidente, una pérdida, una ruptura- se empieza, tras el demoledor sufrimiento, a convertir en más problemas. No nos enseñan a practicar el desapego. Un alma no tiene más remedio que abrazar esa verdad. Un alma se enfila con su mirada a la tierna sensación de lo perenne en lo inconmensurable. Es la personalidad la que sufre cuando pierde la riqueza, cuando pierde una relación, cuando pierde la salud. Una mirada desde el alma entiende que todo eso no son pérdidas u obstáculos, sino experiencias.

Es difícil entender lo que realmente somos. Por eso nos aferramos a la seguridad de lo que no somos. La seguridad pervierte la libertad de nuestro ser esencial. Nos reprime, nos obliga a falsear la vida, a perderla por algo que nos aleja de lo primordial. Ser como almas, sentir como almas, vivir la vida como almas. Solo de imaginarlo debería ser suficiente para transformar nuestras vidas.

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La elección de una vía


© Kalle Saarikko

En la lejana tundra del rezo. En el pequeño vergel del japa. En las olas oceánicas de cualquier meditación. Allí se encuentra la vía, el camino, el sendero. La gnosis verdadera es una perpetua desnudez. Uno se desnuda en el bosque, danzando entre el fango, entre la hojarasca seca, a los pies del roble. Uno se desnuda también en la columna vertebral de las montañas, simplificando la oración del día a un pequeño recital cotidiano, en una oda que nos recuerda al hogar.

En el llano retumba aún el eco de la saciada brisa. Los rostros callados, mirando fijamente el sol en su resplandor inmediato, cortejando con sonrisas y bailes las promesas del mañana, suspirando entre frases incompletas, esas que gustan tanto a poetas y desdichados artistas.

Uno puede invocar al conocimiento o la devoción. Puede creerse un poco más jnâna o más bhakti, hasta que un día, en la penumbra de una noche cualquiera, sintetiza, integra y absorbe ambas vías. El dualismo desaparece y nace la síntesis. No hay gnosis posible sin belleza. No hay una vía única, sino la posibilidad de integrar todas las vías.

Ocurre en toda nuestra vida. Podemos navegar por la vía del egoísmo o por la vía de la entrega. Podemos dilucidar si viajamos en soledad o en pacífica compañía. No hay amor mejor ni peor, solo oportunidades de expresar amor. Somos majestades cuando imprimimos amor a las cosas. Inclusive amor a nosotros mismos, que somos la morada del alma, de lo supremo. Amarnos a nosotros mismos es cultivar un templo sagrado para que se manifieste nuestro ser esencial. Cuando esto ocurre por la propia belleza de lo que somos, descubrimos entonces que ese ser esencial es síntesis, la síntesis de todos los seres, la unión total con todos y todo.

Por eso la vía gnóstica nos lleva irremediablemente hacia el otro, que es la parte reveladora, la parte más pura y simplificada de lo que somos. En la shanga, en el asrham, en la comunidad, en el amor hacia aquello que nos traspasa y nos penetra, nos revelamos. Porque existimos deberíamos regirnos constantemente hacia una invocación, hacia una interrogación constante. Deberíamos buscar aliento, respuestas y sobre todo, formas de hacer el bien. Lo esencial de todo se encuentra en el vergel espiritual. Y ese vergel consiste en vivir la vida desde la belleza, navegar por ella con sabiduría y empujarla siempre con buena voluntad al bien.

La elección de una vía debería ir siempre precedida por una profunda meditación. Por un deseo que pudiera ser fruto de una insondable intuición, más allá de la protodialéctica que nos conduce en el devenir diario. Debería existir un estado contemplativo que nos permitiera ver. Ver lo que somos, lo que realmente somos, y no lo que creemos que somos. Ver más allá de nuestra apariencia, de nuestros estados de ánimo fluctuantes, de nuestras emociones lunáticas o nuestros pensamientos radiactivos.

La vida es como una copa siempre llena y rebosante. Sus diez mil cosas nos distraen y nos alejan de la vía por la que deberíamos transitar. La vía de la sencillez, de la humildad, del amor infinito hacia lo más cotidiano. Lo sagrado se oculta en esa sencillez. Lo profundo se enraíza entre lo ordinario, sin que sepamos verlo. Vencer la pasividad y el deseo, saltar por los aires del conocimiento y enraizarnos en lo perenne supone avanzar hacia la vía. El discernimiento entre lo Real y lo ilusorio es la esencia de toda vía. Estamos llamados a la unión con lo Real, a nuestra conformidad sobre lo que realmente somos. Debemos saber en todo momento a qué hemos sido llamados, y caminar por esa irremediable senda que conduce hacia la síntesis, hacia el otro irremediable, hacia el nosotros, hacia el Uno Real. Esa es la vía.

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Ordo Liber Spiritus. Hacia la simplicidad de vida y el pensamiento elevado


La jerarquía angélica. Visión sexta del libro del Scivias. Códice de Wiesbaden. Facsímil de 1927.

¡Cientos de jóvenes deberán ir hacia el Norte, Sur, Este y Oeste para cubrir la tierra con pequeñas colonias, demostrando que la simplicidad de vida y el pensamiento elevado conducen a la más grande felicidad!

— Paramahansa Yogananda Beverly Hills, Julio de 1949

Las palabras quedan registradas en el éter. Los hechos, las acciones, quedan para siempre en los corazones que guían a las almas hacia la inevitable luz. Nunca podremos estar saciados cuando has hollado el sendero. Simplicidad de vida y pensamiento elevado. Así deberíamos practicar los caminos, conduciendo entre risas nocturnas y cantos mañaneros hacia la más grande felicidad.

Esas pequeñas colonias ya están naciendo. Aún tímidas, aún recónditas, aún preservadas. Se convierten disimuladamente en las receptoras del Misterio, encajando entre sus secretos mensajes ocultos. Esas colonias serán entrelazadas en el halo perenne, en el infinito sabio que perdura.

Sus constructores resisten. Son la avanzadilla, la resistencia, los constructores. Allí se transmite en todas las largas noches la Ordo Liber Spiritus, como un sacramento, como una promesa, como una esperanza. La transmisión es continua, tiempo tras tiempo, etapa tras etapa. Unos la reconocen, otros la intuyen, todos la abrazan.

Hay que cubrir la tierra de lugares de paz, de amor, de luz, de inspiración. Esas pequeñas colonias, esas recónditas comunidades espirituales deben resguardar el secreto de la vida, del Ser Esencial, la demostración palpable de que el espíritu grupal será en esta nueva era la nota clave. Debemos aproximar la enseñanza hacia esa idea. Debemos procurar los medios para que se materialice. Trabajar duro, hacerlo en alegría, en gozo espiritual, desde la belleza de la más profunda alma.

Sencillez y pensamiento elevado. Es una fórmula compleja. Humildad y sabiduría cogidas de la mano, crean inevitablemente amor y belleza. El secreto más preciado de todo es hacerlo de forma común, alejados del egoísmo y el derroche de solo pensar en nosotros mismos. El reto futuro está aquí y ahora. Abrir los corazones. Simplificar nuestras vidas. Vivirlas en armonía a través del conflicto en forma grupal. No huir por derroteros ni caminos angostos. Solo  enfrentar la vida, vivirla, reírla, disfrutarla, compartirla en compañía y crear con ello el nuevo mundo. Ese será el reto de la nueva Ordo Liber Spiritus.

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Las tres etapas, las siete edades, los nueve ciclos


“Cada ser humano tiene su estrella dentro del Cosmos”. Rudolf Steiner

Hay muchas formas de contar la vida. Me gusta y satisface mucho la manera en que los antropósofos lo hacen: mediante los septenios, una especie de biografía humana particular, una manera de proyectar un acontecimiento cósmico en algo terreno. Es una forma adecuada para entender nuestro progreso humano, pero también nuestra injerencia espiritual, aquello que nos eleva y nos empuja por encima de nuestra condición humana. Podríamos resumir esta biografía de la siguiente manera:

1. Los tres septenios del cuerpo.
2. Los tres septenios del alma.
3. Los tres septenios del espíritu.

Los tres primeros septenios, los del cuerpo, serían los siguientes:

a. Primer Septenio, de 0 a 7 años. Se le conoce como el septenio del cuerpo físico, su desarrollo y consolidación. Está relacionado con el propio nacimiento, el desarrollo de la postura erecta, el hablar, etc…

b. Segundo Septenio, de 7 a 14 años. Está relacionado con el desarrollo del aspecto etérico y la maduración anímica. Se crea una metamorfosis de las fuerzas del crecimiento y el niño empieza a expandirse.

c. Tercer Septenio, de 14 a 21 años. Es el tiempo de la maduración del cuerpo astral, de las emociones y los deseos, de todo aquello que tiene que ver con la interacción social y la conducta, así como el amplio descubrimiento del sexo y su definición.

Los tres septenios del Alma serían los siguientes:

d. Cuarto Septenio, de 21 a 28 años. Es el septenio del autodominio, del alma sensible que empieza a manifestarse con timidez y requiere cierto domino sobre sus impulsos más primarios.

e. Quinto Septenio, de 28 a 35 años. Es el septenio de la autoafirmación, el nacimiento del alma racional que lo invade todo y lo cuestiona todo. Es la reafirmación del yo individual frente a lo colectivo y de la búsqueda de la propia luz interior.

f. Sexto Septenio, de 35 a 42 años. Es el septenio de la autoconfianza, del alma consciente que empieza a desplazar a la personalidad inconsciente.

Los tres septenios del Espíritu serían los siguientes:

g. Séptimo Septenio, de 42 a 49 años. Se le conoce como el septenio del Principiante. Es el tiempo de la acción, empezando a recorrer el largo camino del despertar espiritual. Es el tiempo de enfrentarse con tres de los más grandes impostores: el orgullo, la ofensa y la ambición.

h. Octavo Septenio, de 49 a 56 años. Es el septenio del Maestro, de la fuerza anímica del pensar, de la cual nace el maestro interior que todos llevamos dentro y toda la fuerza y la sabiduría que la madurez nos ha otorgado.

i. Noveno Septenio, de 56 a 63 años. Se le llama el septenio del Sabio, aquel que piensa, siente y actúa dentro del camino de la sabiduría que otorga la vida.

Más allá de este septenio se encuentra el retorno consciente, el desprendimiento, la generosidad absoluta hacia los demás, el vasto campo de la experiencia espiritual sin distorsiones, sin reclamos, sin engaños. Un sabio se desprende de todo antes de morir. Un sabio comparte todo aquello que sabe con el resto.

 

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Leyes Superiores: la importancia de cambiar la dieta en el Sendero del Discipulado


Nicholas Roerich. Agni Yoga. Diptych. Right part. 1928.

“No me cabe la menor duda de que es parte del destino de la raza humana, en su progreso gradual, el dejar de consumir animales, de igual modo que las tribus salvajes dejaron de comerse entre sí cuando entraron en contacto con otras más civilizadas”. “Leyes superiores” Thoreau

La nave Tierra es una Escuela. En cada ritmo, en cada estación de su prolongada existencia, se rige por una fuerza planetaria que proyecta su influencia en nuestras vidas. Sería ingenuo y atrevido pensar que la evolución humana terminara en el plano mental, en el intelecto, en la razón pura, y que ahí habitaríamos por el resto de nuestras vidas. Nuestra biografía humana es una proyección terrena de un acontecer cósmico que se prolonga en un estadio evolutivo infinito, perenne.

Cuando aprendimos a cocinar nuestros alimentos gracias a la cocción de estos mediante el fuego, nuestra dentadura comenzó a modificarse y nuestro rostro se refinó. Hubo una evolución material significativa que hizo posible una evolución emocional y mental. Un cambio lento y gradual en nuestros intestinos, en nuestra forma de caminar y luego en nuestra forma de comunicarnos. Con el tiempo nos volvimos cada vez más refinados y minuciosos, más sedentarios gracias a las cosechas abundantes. En las culturas más avanzadas, sería impensable encontrar episodios de masacres colectivas o incluso de guerras entre unos y otros. El ser humano ha aprendido a dar significado profundo a la vida, inclusive a la vida de un solo individuo. Con el tiempo, esa sensibilidad se volverá aún más delicada, y ocurrirá lo mismo con la vida animal: será respetada, considerada y protegida. Al igual que alguna vez dejamos de ser animales carroñeros, algún día dejaremos de ser animales carnívoros y el consumo de carne quedará como un resquicio abominable de nuestro pasado animal.

En ese momento, y tras una evolución continua, volveremos a cambiar la dieta, dejaremos de comer animales y volveremos a dar un salto cuántico en cuanto a evolución se refiere. Habrá un nuevo cambio fisiológico, como ocurrió cuando descubrimos el fuego, que a su vez repercutirá en nuestra sensibilidad y en nuestro pensamiento. Cuando dejemos de consumir sangre y carne, el ser humano volverá a evolucionar. La pregunta es, ¿hacia dónde nos llevará ese nuevo refinamiento, esa nueva evolución? La otra pregunta sería, ¿deseo ser partícipe del mismo?

Más allá de la horda de pregoneros que anuncian su propio camino, su propia verdad, existen requisitos básicos y comunes para progresar individual y colectivamente hacia esa nueva dimensión humana. Todos los textos místicos, espirituales, áureos y esotéricos de todos los tiempos hablan de esta segunda ola evolutiva. No subrayan ni marcan concienzudamente sobre la necesidad de provocar este cambio asumiendo cambios en nuestra alimentación, pero dan pistas sobre ello. Algunas tradiciones más elaboradas, de forma aún oscura y compleja, llaman a este salto evolutivo como Sendero del Discipulado. Es una forma abrupta y extraña de indicarnos algo. Algo que está en estrecha relación con nuestro progreso, con nuestra evolución, con nuestra nueva meta como seres humanos. Un lugar, o un estado de consciencia, si queremos llamarlo así, donde desaparecen las creencias, los dogmas, los gurús, los maestros y los guías. Donde uno se encuentra a solas consigo mismo, reflejando el rostro de la personalidad en el espejo del alma.

Para los antiguos, el Sendero del Discipulado era una especie de consciencia que había atravesado las necesidades materiales, emocionales y mentales para establecer su campo de expansión en lo que siempre ha sido llamado lo “espiritual”. Esa nueva consciencia es una orientación expresa hacia lo que todas las tradiciones llaman la vida del alma. Resumidamente, podríamos decir que esa vida del alma es aquella que basa su necesidad no en satisfacer las necesidades materiales, emocionales o intelectuales de cada individuo por separado -hablamos aquí del conflicto de la separatividad-, sino de ese momento de adentrarse, una vez tenido cierto dominio sobre esas anteriores necesidades, en la satisfacción de las necesidades espirituales, en las necesidades del alma. En resumen, en eso que los políticos de hoy en día llaman trabajar para el bien común, el servicio grupal. Ser espiritual no es más que eso. Elevar la mirada más allá de nosotros mismos y empezar a mirar a los otros, al grupo, al colectivo, al ser humano en su conjunto como especie unificada y más allá, a las otras especies como entidades vivas y necesitadas de derechos, respeto y admiración.

Todas las tradiciones espirituales señalan ese camino, esa senda, ese discipulado. Cuando en Oriente hablan de Unión y en Occidente de Unción el significado oculto es el mismo. Iluminación en Oriente y Adumbramiento en Occidente. En el fondo están diciendo lo mismo, desde diferentes visiones y construcciones culturales. Orientar nuestras vidas hacia esa realidad espiritual empieza por lo más básico. Si una vez dejamos de comer carne cruda y nuestras vidas y evolución cambiaron para siempre, ocurrirá lo mismo cuando dejemos de comer carne cocinada y sustituyamos nuestros alimentos de carne y sangre por algo más sano, algo alejado de la violencia, una comida inofensiva que nos acerque a otro peldaño de nuestra evolución inmediata. A nivel individual, nadie puede hollar ese Sendero si no ha atravesado esta premisa tan básica e imprescindible. La creencia contraria es vivir en una mentira acuciante y peligrosa. En otro paso mayor, ocurrirá lo mismo con el alcohol, el tabaco y las drogas.

Hay un ejercito de ángeles con espadas y antorchas en sus manos


Hieronymus Wierix, San Miguel venciendo al Dragón, 1584.

Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles; pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo. Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él. (Apocalipsis 12:7-9)

La humanidad se mueve de nuevo en una línea descendente en su proceso evolutivo. Es una caída provocada desde la ola de la espiral en la que nos encontramos. La humanidad debe con el tiempo corregir su marcha y entrar en una corriente de vida evolutiva consciente, de generosidad, de dar, espiritual si queremos llamarla así. Los verdaderos iniciados son los que sirven a San Miguel en esa corriente, al regidor cósmico de la luz y el bien desde lo dado, en contra de los seguidores del Dragón, de Ahrimán, de las fuerzas de la oscuridad, que son los que quitan, los que restan, los que oscurecen. Más allá de las leyendas áureas, la gran guerra que se libra en los cielos también se libra aquí en la tierra. Existe un grupo de ángeles encarnados que trabajan en silencio y humildemente para engendrar el bien, la paz y el amor. Cada uno con sus propias armaduras, con sus propias espadas, con sus propias antorchas de luz en sus manos. Cada uno aportando lo que puede para el bien común.

Son enlazadores de mundos. Seres que en silencio trabajan para la Gloria del Altísimo, para el Padre o para el Señor, según lo llaman en cada una de sus tradiciones. Son constructores fértiles de un mundo bueno, personas que entregan toda su cosecha y que no atesoran tesoros donde las polillas y la herrumbre destruyen, sino orbes cargados de manantiales de generosidad. No es frecuente verlos, y menos aún compartiendo en una misma mesa. Pero a veces se tiene el privilegio de estar con ellos, de compartir con ellos, y generar así inspiración para otros. Son transmisores de luz, de consciencia, de paz ardiente.

Por otro lado, hay seres que se comportan como sibilinas gorgonas, como serpientes o dragones que se enredan en sus propias vidas y enredan con bonitas palabras y melodías a los demás. Seres que solo piensan en sí mismos, en sus pensamientos, en sus emociones, en su vida material. Es imposible sacar de ellos un halo de luz, porque su vida gira en torno a ellos mismos y sus entrañas. La batalla del cielo es igual que en la tierra. Mientras unos protegen y animan la paz, el amor y la generosidad, otros solo viven en una maraña de egoísmos y perturbadora oscuridad.

Todos los días deberíamos preguntarnos si somos seguidores de San Miguel o del Dragón. Si recibimos el nuevo día para servir al otro, para ayudar al otro y al mundo, o si por el contrario, solo giramos en torno a nosotros mismos y nuestras pequeñas e infinitas necesidades. Esa es la gran batalla, la batalla de todos los tiempos. ¿Cuánto dedico a la luz y cuánto dedico a la oscuridad?

En estos tiempos de oscuridad es fácil quedar enredados en la maraña de aquellos que hablan de unas cosas y otras pero en el fondo solo hacen eso: hablar. Lo complejo de la espiritualidad de nuestros días es mancharse las manos luchando contra el Dragón. No con un libro ilustrado de bonitas páginas y palabras, sino con una gran antorcha de fuego acompañada de una gran espada. No predicando sobre la vida del Dragón, sino luchando en la cueva oscura contra él, a veces látigo en mano, como un Cristo Cósmico arrojando a los mercaderes del Templo.

Por eso la proclama para este tiempo no es enredarse en interminables capítulos de palabrería, de bailecitos de salón, de cantos gloriosos, sino de pura batalla contra el mal. Y en esa batalla no habrá tregua ni descanso. Por eso, una vez más, harán falta ejércitos de luz, de ángeles con espadas y antorchas en sus manos, arrojando de nuestras vidas todo mal, toda ignorancia, toda ilusión. Brillando la luz en la oscuridad, el bien triunfará. La generosidad, el Dar, es la mayor expresión cósmica, universal. Solo tenemos que mirar la naturaleza, el sol, la propia vida… «Dar» es comprender y fortalecer la línea evolutiva del universo. Darte a los demás, desde tu propio don, es prestar atención al ejército cósmico de San Miguel.

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Meditar


En poco tiempo hemos pasado del oremos al meditemos. Eso está bien. De alguna manera estamos pasando del pedir, al dar. Cuidando siempre las trampas del pequeño ego, donde se encuentran algunas distorsiones como la de sentarnos sublimemente para seguir pidiendo, o para enorgullecernos de que hacemos una postura correcta, una respiración correcta y una vacuidad correcta.

El orgullo espiritual nos puede doblegar y hacer volver a la casilla de salida. Pero ya sabemos cual no es el camino de la meditación, ahora que está tan de moda, y qué debemos hacer para liberarnos de las semillas de la esclavitud del ego, el orgullo y el egoísmo. También sabemos que la meditación tiene que venir acompañada siempre de un correcto estudio y un correcto servicio hacia nosotros mismos, hacia los demás y hacia el mundo entero. Digamos que la meditación debe venir siempre acompañada de otras prácticas complementarias.

La meditación es uno de los yogas, llamado en la tradición oriental como raja yoga. Al mismo se llega después de haber podido entender los otros yogas, los cuales han tenido su importancia para el desarrollo completo del ser humano:

1. Hatha Yoga, el cual se creó hace miles de años para tener control sobre nuestro cuerpo físico, potenciando así sus cualidades. Aunque es un yoga que ahora está muy de moda en occidente, realmente es un yoga en retroceso, un yoga del pasado.
2. Laya Yoga. Se creó para tener dominio sobre nuestros estados de ánimo (nuestro cuerpo etérico o anímico) y cierto control de los centros energéticos junto con la práctica del pranayama;
3. Bhatky yoga, creado para desarrollar, controlar y potencial nuestro cuerpo emocional;
4. Raja yoga, también conocido como meditación, para el desarrollo y control de la mente humana, en sus dos variantes (recordemos los dos caminos Y de Pitágoras).
5. Agni yoga, mediante la práctica de la ética viviente, será el yoga que se desarrollará en un futuro para que aquello que llamamos alma, yo superior o consciencia se manifieste en nosotros, completando así el ciclo completo de la Unión o del Yoga en el ser humano completo.

Pero fijemos ahora la atención en el raja yoga, el yoga en el que ahora estamos centrados como humanidad avanzada que se esfuerza por desarrollar el plano mental, la Mente del que nos habla el Kybalion. ¿Cómo se hace esto? ¿De qué manera se practica? Los Aforismos del Yoga de Patanjali es la base para el entendimiento y el estudio del yoga en su conjunto. Decíamos que la meditación tenía que venir acompañada de otros estadios que Patanjali describió como: Yama (actitud) y Niyama (calidad) como marcos de los Asana (posturas) y Pranayama (respiración) que conducen hacia el Pratyahara (introspección meditativa) y su evolución hacia Dharana (concentración meditativa), Dhyana (contemplación meditativa) y finalmente al Samadhi (absorción meditativa). Los primeros cinco estadios, (yamas, niyamas, asanas, pranayama y pratyahara) son las practicas externas y los tres últimos (dharana, dhyana y samadhi) se realizan internamente. El ser humano en su conjunto, como raza humana, está empezando a penetrar en este camino interior.

Pero la concentración meditativa y la contemplación meditativa que nos lleva hacia el samadhi solo son un preámbulo para algo mayor. De nada sirven estas técnicas si no le damos razón de ser, si nuestra propia luz interior no se pone al servicio de una causa mayor. Os comparto una meditación creativa que practicamos en la comunidad Simorg por si puede ayudar en algo, y que de alguna manera sirve para integrar todo el conocimiento del yoga y ponerlo al servicio de la humanidad. Es una práctica sencilla de meditación que no dura más de veinte minutos, intentando organizar en ella toda la utilidad del yoga meditativo aplicado al servicio desinteresado.

ETAPA VERTICAL

PRIMER INTERVALO (CINCO MINUTOS). INTEGRACIÓN.

Buscamos una posición cómoda -sin complejas posturas, recordad que habitamos cuerpos occidentales, rígidos y cansados- y respiramos profundamente tres veces. Este primer intervalo pretende la desidentificación de nuestros cuerpos.

– Poniendo atención en la respiración, hacemos un recorrido por nuestro cuerpo físico y nos desidentificamos de él. Nosotros no somos ese cuerpo físico, su apariencia, su imagen.
– Hacemos un recorrido por nuestro cuerpo etérico o anímico y nos desidentificamos de las energías que lo envuelven. Nosotros no somos nuestros estados de ánimo ni esas energías que dan vida al cuerpo físico.
– Hacemos un recorrido por nuestro cuerpo emocional. Observamos sus deseos, anhelos y emociones y nos desidentificamos del mismo. Nosotros no somos nada de eso. Practicamos con ello el desapasionamiento.
– Por último, hacemos un recorrido por nuestro cuerpo mental en su doble vida: el cuerpo mental concreto, que nos ayuda con los pensamientos recurrentes del día a día y el cuerpo mental abstracto, que nos otorga aquello que nos hace realmente humanos. Nos desidentificamos completamente de nuestros pensamientos y nuestras ideas. Nosotros no somos nada de eso.
– Por último, comenzamos a ver toda esa personalidad como un todo integrado en un solo Ser Esencial.

SEGUNDO INTERVALO (CINCO MINUTOS). ALINEACIÓN.

– Observamos con atención concentrada ese ser unificado y desidentificado. Ya no somos un torpe y frágil cuerpo físico, ni un estado de ánimo, ni una emoción, ni un pensamiento o idea. Ahora somos algo más, empezando a reconocernos tal y como somos en realidad.
– Intentamos, con la imaginación creadora y desde el poder de sabernos unificados e integrados, construir un puente hacia nuestro Ser Esencial. Algunos lo llaman alma, espíritu, esencia, consciencia, yo superior… El nombre no importa. Hagamos COMO SI de alguna manera ese puente existiera y esa alma pudiera gobernar nuestras vidas más allá de las pasiones del día a día y sus problemas.
– Imaginamos que superamos los obstáculos para alcanzar esa alineación con nuestra alma y su luz: ignorancia, sentido de lo personal, deseo, odio y apego
– Imaginemos por un instante que esa alma, mediante la aspiración ardiente, ha tomado posesión de nuestra pequeña personalidad integrada y nos aporta mayor Visión, mayor consciencia, mayor luz, mayor equilibrio y paz.

ETAPA HORIZONTAL.

TERCER INTERVALO (CINCO MINUTOS). FUSIÓN.

– Imaginemos ahora, y tomemos consciencia durante unos minutos, de que esa alma no está sola, sino que trabaja en grupo y somos parte de ese grupo de almas que trabajan activamente por el bien común.
– Integrando nuestra personalidad alineada con nuestra alma, intentemos imaginar la fusión de grupo evocando amor grupal.
– Imaginémonos todos en un círculo de vivos puntos de luz, atrayendo hacia nosotros la luz grupal, mucho más poderosa y ardiente que la individual.

CUARTO INTERVALO (CINCO MINUTOS). PRECIPITACIÓN.

– Practicando en la meditación la impersonalidad, la inofensividad y el desapego, imaginemos y visualicemos todos los grupos que en este momento están, alrededor del mundo, trabajando por hacer el bien.
– Imaginemos de qué manera nosotros podemos trabajar individualmente desde el desapasionamiento y desde la visión del alma individual , y al mismo tiempo, trabajar grupalmente para hacer el bien. Visualicemos todos los días, durante cinco minutos, como podemos ser útiles al bien común, en grupo, con el grupo, teniendo siempre en cuenta que:
– Meditando sobre la luz se puede alcanzar la luz.
– Meditando sobre la paz se puede alcanzar la paz.
– Meditando sobre el amor se puede alcanzar el amor.
– Todo esto es meditación con simiente.

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Las clases de monjes


La Regla de San Benito nos advertía de los cuatro géneros de monjes. Actualmente, existen muchas personas que, sin saberlo, tienen una vida espiritual cercana a la de los antiguos monjes, ahora tan absorbidos por la historia y los tiempos que corren. Una vida disimulada y vestida de modernidad, pero no muy lejana a las cuatro categorías que antiguamente se describían en esta regla, en su capítulo primero.

Más allá de las dos últimas categorías, en casi todas las tradiciones existe la diferencia entre los que viven en comunidad o aquellos que prefieren vivir de forma solitaria. El monacato solitario (anacoretas) y el comunal (cenobitas) tiene ciertos paralelismos con la tradición oriental. El camino del arhat o el camino del bodhisattva tienen algunas coincidencias.

Los primeros sacerdotes cristianos que llegaron a Oriente y hablaron de Jesús se sorprendían al ver la reacción de los budistas que identificaban a Jesús como un bodhisattva. Hay relatos e historias de bodhisattvas musulmanes, bodhisattvas taoístas o de cualquier tradición. Un bodhisattva es un ser que relega cualquier aspiración personal anteponiendo la liberación del sufrimiento para todos los seres. Es alguien que renuncia a su iluminación en una entrega generosa y compasiva para que los demás puedan llegar a cierto progreso en la vida.

Si para el budismo Theravāda el convertirse en arhat es la meta del progreso espiritual, para el budismo Mahāyāna esta idea, la del camino del arhat, es egoísta, considerando al Bodhisattva como alguien que se queda en el ciclo de renacimientos para trabajar por el bien de otras personas.

Esta es básicamente la diferencia, a grandes rasgos, entre las clases de monjes occidentales. Los cenobitas, que trabajan conjuntamente en comunidad para expandir así el egregor de luz y compasión con mayor fuerza, y los anacoretas, que viven una vida en solitario y un camino espiritual que podríamos denominar de egoísta, ya que solo persiguen su progreso espiritual sin contar con el resto. Serían los arhats de nuestra tradición.

Sobre los sarabaítas y los giróvagos, poco podemos añadir, excepto acentuar que muchos de los que hoy día se consideran “espirituales”, estarían dentro de estos grupos. Son personas que mezclan la vida del espíritu con sus necesidades personales. Viven ataviados y atascados en el paradigma de la necesidad personal, y alejados del paradigma del compartir con el resto. Su espiritualidad, amañada y epidérmica, enriquece sus egos pero les alejan del verdadero conocimiento espiritual, la cual siempre es una senda que requiere sacrificios, disciplina y generosidad.

Dicho esto, veamos como Benito de Nursia describía los diferentes tipos de monjes:

1. El primero es el de los cenobitas, es decir, los que viven en un monasterio y sirven bajo una regla y un abad.

2. El segundo género es el de los anacoretas, o, dicho de otro modo, el de los ermitaños. Son aquellos que no por un fervor de novato en la vida monástica, sino tras larga prueba en el monasterio, aprendieron a luchar contra el diablo ayudados por la compañía de otros, y, bien formados en las filas de sus hermanos para el combate individual del desierto, se encuentran ya capacitados y seguros sin el socorro ajeno, porque se bastan con el auxilio de Dios para combatir, solo con su brazo contra los vicios de la carne y de los pensamientos.

3. El tercer género de monjes, y pésimo, por cierto, es el de los sarabaítas. Estos se caracterizan, según nos lo enseña la experiencia, por no haber sido probados como el oro en el crisol, por regla alguna, pues, al contrario, se han quedado blandos como el plomo. Dada su manera de proceder, siguen todavía fieles al espíritu del mundo, y manifiestan claramente que con su tonsura están mintiendo a Dios. Se agrupan de dos en dos o de tres en tres, y a veces viven solos, encerrándose sin pastor no en los apriscos del Señor, sino en los propios, porque toda su ley se reduce a satisfacer sus deseos. Cuanto ellos piensan o deciden, lo creen santo, y aquello que no les agrada, lo consideran ilícito.

4. El cuarto género de monjes es el de los llamados giróvagos, porque su vida entera se la pasan viajando por diversos países, hospedándose durante tres o cuatro días en los monasterios. Siempre errantes y nunca estables, se limitan a servir a sus propias voluntades y a los deleites de la gula; son peores en todo que los sarabaítas. Será mucho mejor callarnos y no hablar de la miserable vida que llevan todos estos.

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Consciencia activa


Dibujo de P. Gracias de corazón por tu ejemplo y belleza.

 

Hay espíritus que son resplandecientes. Llegan a nuestras vidas para llenarlas de luz, de calma, de serenidad, de alegría, de entusiasmo, de convulsión. Te susurran las historias secretas del mundo con solo una mirada. En la fase más profunda del sueño, te agarran con fuerza la mano para acompañarte en el tránsito hacia el despertar. Lo sorprendente es que ya nunca te sueltan. Te abrazan con tal sutileza que el aroma de sus hebras etéricas penetra todos los cuerpos hasta todo final. Hay espíritus capaces de eso, e incluso de hacerte danzar las mil formas posibles de baile, de música, de vibración.

Pero eso no basta para entender la profundidad de esos espíritus, de esas almas bellas. Dante tuvo una revelación cuando vio en Florencia por primera vez a Beatriz en el año 1274: “… al verla, en verdad digo que el espíritu que ama en las más recónditas profundidades de mi corazón empezó a temblar de tal forma que se apoderó de todo mi ser…, el principio y el fin de la felicidad de mi vida se habría revelado”. ¡Qué puede ser aquello que hace agitar las almas de tal manera! A veces es solo una especie de milagro, una conversión pausada a una revelación espiritual. Quizás un estado místico, como cuando subes a una gran montaña y desde ella puedes contemplar todo el infinito posible. Te compunges de tal manera que puedes concebir la auténtica vigilia, el verdadero despertar de la consciencia activa, la quietud espiritual que activa los resortes de la acción y el compromiso.

Desde los valles de las celdas monacales hasta los jardines profundos de la sensualidad, un centelleante resplandor nace en algún momento de nuestra existencia. Ese centelleo es como un segundo nacimiento a la vida. Desde ese fulgor y brillo uno se cuestiona todas las cosas que de repente han dejado de tener sentido. La posesión, la rigidez, el fetichismo, las formas. Uno se desprende poco a poco de todo antes del gran desprendimiento. Eso nos hace livianos ante los acontecimientos del devenir. Al no tener peso, empiezas a tener visión. Al tener visión, comienza a nacer cierta nueva consciencia. Y de ella nace la necesidad de acción, de involucración, de compromiso y responsabilidad con la vida. La consciencia activa se involucra pacientemente en las causas profundas del sufrimiento e intenta atajarlo. Y lo hace desde la sencillez del resplandor, se realiza lo milagroso desde la mágica presencia de la luz, de la calma, de la serenidad, de la alegría, del entusiasmo. De tal manera que estar con esos espíritus luminosos hace que el tiempo no pase, que todo se detenga de repente, que el principio y el fin de la felicidad de toda una vida sea revelado.

La consciencia activa es como estar constantemente enamorado de la vida, pero desde la responsabilidad de entregar cada instante de tu existencia a su mejora. El amor se vuelve subversivo, vives constantemente en una inquietante agitación, en un deseo alejado de los deseos, en una fusión cósmica en la que ensanchas tu existencia. Ya no basta con saberte vivo, con sentir la pulsión: ahora deseas ser un transmisor de los filamentos vitales. Ya no quieres poner parches para aliviar el sufrimiento ajeno, deseas hallar la raíz del mismo, atajarla desde la apertura consciencial, volcar en esa misión todo el propósito de tu vida. Lo haces. Cueste lo que cueste. Te entregas, de vuelcas activamente con la pura consciencia.

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Discernimiento aplicado sobre magia blanca y magia negra


“Para llegar a ser un mago, el ser humano debe poseer la Magia. ¿Y qué es la Magia? Es el conocimiento para poder actuar. El marinero sin brújula no puede atravesar los mares, y el Mago sin la consciencia perfecta no puede penetrar en el mundo invisible”.
Jorge Adoum. «Adonai»

Mago es aquel que es capaz de transformarse a sí mismo para luego transformar su entorno. La diferencia entre un mago blanco y un mago negro es que el primero se transforma a sí mismo para servir correctamente al prójimo. El segundo utiliza al prójimo para su propio y único beneficio. Un buen mago es el que dedica parte de su vida a mantener cierto autocontrol. Disciplina su cuerpo físico, sus estados de ánimo, sus emociones y sus pensamientos. Eso crea la magia suficiente para poder transformarse. Una vez lo consigue, tiene el poder y la confianza para poder transmutar su entorno y ayudar a otros a realizar la metamorfosis necesaria. Un mago blanco se entrena concienzudamente para distinguir lo verdadero de lo falso, acrecentando con ello su compromiso y responsabilidad hacia el servicio mediante el correcto discernimiento. Un mago blanco actúa bajo la única autoridad de su alma, y trabaja bajo el mandato del poder mágico del Alma Una.

Para un mago blanco, la fuerza no debe disiparse. Se debe realizar una meditación profunda que permita comunicar con el yo interior, con ese puente que nos conecta directamente con la Fuente. Un mago blanco se entrena en la consciencia perfecta, en la pureza, en la disciplina, ocultando siempre sus poderes innatos. Un mago blanco se convierte en un perfecto adepto de la magia cuando la emplea correctamente para hacer el bien. Medita, estudia y sirve. Comprende la sagrada ley de la inofensividad y el desapego hacia las cosas materiales. Indaga en el conocimiento para compartirlo con el resto y sacrifica su vida en bien de los demás. No obtiene beneficio económico de sus obras y reparte todo cuanto tiene, obrando un pequeño diezmo personal para sus necesidades más básicas. La humildad se acrecienta a medida que su poder crece. Su poder se acrecienta a medida que su servicio desinteresado progresa.

Medita para obrar por el bien común. Al hacerlo, ingresa en los mundos invisibles, en los mundos de la consciencia, para doblegarse a la Voluntad que los Maestros conocen y sirven. Desintegra su pequeña voluntad y se adhiere a la Voluntad mayor, intentando ser útil a la misma en todo momento. Un mago blanco utiliza su poder para liberar a los prisioneros del planeta, para librar al otro de la ignorancia, removiendo las consciencias con su magia transformadora, retirándose en silencio cuando deja de ser útil y buscando siempre la manera de servir mejor. Hace su trabajo y desaparece, sin apegarse a los resultados ni a las recompensas, las cuales, de haberlas, utiliza para ayudar a los demás.

Un mago negro, por el contrario, es aquel que utiliza la magia y su poder para manipular, dañar o extraer beneficio de los otros. Esclaviza, consciente o inconscientemente al otro y crea relaciones de servidumbre. Manipula y enreda la realidad para sacar de ella cuanto puede. Miente para obtener cualquier beneficio y succiona el libre albedrío de los demás para que estén a su servicio. Un mago negro es vanidoso por naturaleza, basa su realidad en la figura y el personaje que ha creado de sí mismo mediante manipulación y distorsión. Ejerce su poder carismático para engrandecerse a sí mismo decidiendo siempre aquellas cosas que le benefician.

Un mago negro no vive del diezmo, sino que busca engrandecer su fortuna día tras día. No recaba en los demás, a no ser que le reporten algún beneficio. Un mago negro se alimenta de sangre, ya sea esta material o astral. Vampiriza a los otros al mismo tiempo que vampiriza a los reinos no humanos. No sirve a la Voluntad Suprema, sino tan solo a su propia voluntad, parcial y sesgada. Un mago negro solo medita en sí mismo, viviendo en la ilusión de la separatividad. Un mago negro vive en la ceguera del ego y el orgullo, y no repara en hacer crecer esa sombra bajo la mirada atónita y hechizada de sus acólitos. Un mago negro solo vive para su ombligo, su disfrute y su bienestar. Un mago negro medita sobre sí mismo y su linaje, el cual desea perpetuar. Estudia sobre sí mismo y se sirve a sí mismo, apegado a la imagen que ha creado de su vida. Un mago negro presume de sus poderes, los expone abiertamente y hace de su poder un halo grandilocuente. El mago negro se aleja de las fuerzas evolutivas y sin darse cuenta, tan distraído que está con sus propia vida, entra en las cadenas perpetuas de las fuerzas involutivas.

Por último, el mago deberá convertir en uno al fuego y el agua.

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Mística, plan, síntesis


Llega la nueva era de síntesis. Llega despacio, como lluvia fina que cae en una pradera verde amasada por el tiempo postdiluviano. Llega la luna llena de Géminis, la que llaman el festival de buena voluntad, una de las tres lunas más importantes en las celebraciones espirituales. Llega la visibilidad del plan, un plan invisible para la Tierra oscura, para la propia humanidad, pero cada vez más palpable y sensible. Y en esa llegada descubrimos que todo tiene un plan, todo se mueve bajo un plan. Respiramos por un plan, convivimos por un plan, realizamos nuestras tareas que se ordenan por un tipo de plan personal. Todo está sometido a ese plan que desconocemos. Y es así como celebramos, sin darnos cuenta, la vida que goza de su propio propósito. La belleza que se expande cuando la calma atraviesa nuestras mentes, cuando el punto de quietud se ancla en nuestros corazones, cuando la inofensividad gobierna nuestras vidas.

El correcto camino es aquel que dicta nuestras entrañas. Nuestro cuaternario equilibrado e integrado representa la fuerza que nos empuja. Cada uno tiene su propósito, su plan, su camino. No podemos interferir en el camino de los otros, pero sí alentarlo, avivarlo, potenciarlo. En esas andábamos cuando llegaron los ferros del libro la Gestión del Misterio. Lo celebramos en la Abadía, junto al río, cerca del puente antiguo. La arquitecta mostrando con su entusiasmo los avances de los planos. Aún no sabemos si esos planos se manifestarán o no en la tierra, pero no nos importa, porque están en el cielo. Está el plan, y nosotros somos sus constructores. Si hacemos bien nuestro trabajo, si obramos en el correcto camino, la obra se llevará a término. La mística de la vida funciona así. Cada cual cumple con su parte de la mejor manera que puede, desde el desapego, desde el desapasionamiento de la vida mortal, desde el sentir profundo.

Ahora en los bosques reviso las últimas pruebas. Todo parece que está bien. Daré el visto bueno sin esperar más. Se presentan tiempos de mucho trabajo al mismo tiempo que la aventura se despliega sin reposo. Pienso que la mística es necesaria para comprender totalmente la existencia. La mística te hace ver aquello que la pura razón no puede ni tan siquiera imaginar. Quizás para algunos la mística no sea más que una cuestión de locura, pero de ser así, estaríamos enjuiciando la locura colectiva pues todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos experimentando ese latir del corazón especial, ese anhelo superior, esa belleza que transpira la calma existencial. Y si nunca lo hemos hecho, es que no somos humanos completos, y andamos aún navegando en las antiguas narrativas de lo superfluo.

Cada momento es místico en sí mismo si sabemos pararnos un instante, concentrar nuestra atención en la respiración, en la vida que nos recorre, y luego observar como esa vida que creíamos nuestra, se fusiona con todo el entorno. De repente te sientes flor y pájaro, árbol y montaña, y de repente, todo respira al unísono. Y es ahí cuando entiendes el plan, el propósito, el anhelo. Es ahí cuando sospechas que todo tiene un sentido profundo, mitad azar, mitad improvisación, mitad ingeniería, arquitectura, ciencia, jerarquía. Es como si la geometría de los ángulos se fusionara con la aritmética de los números, con las estrellas y la música al mismo tiempo. Es como si el quadrivium se fusionara con el trívium y las siete artes fueran de repente una sola. Es como si todo tuviera cierto sentido y todo, de alguna manera, fuera mística, plan, síntesis.

 

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La Hermandad del Espíritu Libre y la Verdad Única


«Aquellos que son impulsados o guiados por el Espíritu de Dios ya no están bajo la ley». Gálatas 5:18

En nuestro interior reconocemos que tan solo existe una Verdad. Esa Verdad única, regida por una Ley única, solo puede ser reconocida desde la inocencia y la humildad, desde el espejo de las almas simples, alejados potencialmente de la ignorancia, la superstición y el miedo. Nada realmente importa cuando las almas son tocadas por esa Verdad. Algo impulsa a las almas a rozar la vida de forma diferente, ante una felicidad reinante y poderosa. Eso crea una certeza, una sensación de paz absoluta, de equilibrio y hermandad. Cuando se posee esa paz, se posee cierto poder. Cuando esa paz nos absorbe, podemos vivir una vida plena, cargada de realidad y sentido, llena de propósito y entrega.

En ese momento, todas las ideas desaparecen. Todas las creencias se marchitan. Dios deja de ser una imagen y desaparece como concepto. Se transforma en algo intangible, absolutamente inalcanzable, pero al mismo tiempo cercano y amable. El amor hacia esa paz, hacia esa fuerza y poder, pone a las almas cerca de sus talentos escondidos, en secreto bajo un habla oscura, alejados de los ruidos profanos de la vida cotidiana. Los talentos, venidos del don más elevado, de la inspiración mas suprema, impulsados y guiados por el Espíritu de la Verdad, nos liberan y nos alejan de toda pequeña ley.

En ese sentido pertenecemos a la Hermandad del Espíritu Libre, una comunidad que desarrolla la ética viviente desde una perspectiva comunal. Aún es pronto para hablar más abiertamente de ello. Primero las almas deben reconocerse, aceptar la Verdad única y abrazar la ética viva en sus propias vidas. Cuando nazca ese reconocimiento, ese recuerdo inevitable, entonces se hallará el lugar donde ahora se esconde y protege la llama de esa Verdad.

La Hermandad del Espíritu Libre abraza a todas las creencias sin despreciar ninguna, pero sin atarse a ninguna. Las almas simples y libres serán llamadas para experimentar la gracia, el verbo, lo inmanente. No es una cuestión de tiempo. Es cuestión de sentir la llamada y lanzarse a los caminos hasta hallar el lugar elegido. Acertar en la búsqueda nos dará visión, nos dará posibilidad y nos ofrecerá la oportunidad de renacer de nuevo a esa segunda vida que llaman del espíritu. Dejaremos atrás los espejos y abrazando la inofensividad, nos reencontraremos de nuevo con todos nuestros hermanos y hermanas. Entonces, ahí, de nuevo, brotarán las fuentes del Espíritu Libre y de la Verdad única. Quien encuentre a la Hermandad, habrá encontrado a Simorg, quien encuentre a Simorg habrá encontrado al Espíritu Libre y la Verdad única.

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¿Por qué BodhiDharma se fue al Oriente? El ciprés en el patio. No tengas nada. Sé feliz.



En los días sombríos y lluviosos, siempre nos preguntamos lo mismo: ¿qué hay tras las montañas, bajando hacia el valle? Y la respuesta retumba entre los ecos del tiempo, más allá del umbral, junto a la puerta estrecha, en todos los recovecos: el mundo material. ¿Por qué hemos dejado el mundo material allí atrás? Porque en el mundo material no hay paz ni libertad para la mente. ¿Por qué? Debido a que la gente no tiene suficiente espacio para gobernar las cosas del alma, solo se preocupan en mantener las cosas del mundo de las formas. Todo su espacio está lleno de la idea del yo, abandonando por completo todo aquello que hay más allá de los valles. Las aficiones mundanas nos conducen a crear lazos y pasiones. Al final se pierde lo que amamos, por eso experimentamos el sufrimiento. Si dejas de tener apegos, dejas de tener dolor. Si vaciamos nuestra mente, si vaciamos nuestras vidas de cosas, podemos superar el sufrimiento.

En las montañas se tiene sed por liberar el alma. Primero, renunciando a uno mismo. Alejarnos del camino angosto del ego, donde se acumula el polvo y el hollín, para abrazar el mundo ilimitado del alma. El camino de la libertad absoluta requiere la absoluta negación del mundo material, el absoluto desapego hacia las cosas. Por ser eficaz, ¿no debe un faro estar lejos, en lo más alto? Inquebrantable, el faro permanece hasta descubrir bajo sus pies las raíces de la verdad, del camino, de la vida. Es allí, en lo alto, donde resplandece y guía. Es allí donde su propósito encuentra razón de ser. ¿Quién encerraría la luz de un faro entre el polvo y el hollín?

¿Hacia dónde va el maestro de mi ser? Se interroga la vida en las montañas, ausente y alejada del mundo material. Ferviente y perseverante, lejos de las distracciones e ilusiones, con el único fin de llegar al verdadero ser, a la verdadera unidad con el todo. La forma no difiere del vacío, ni el vacío de la forma. La forma es vacío, el vacío es forma. Uno va a las montañas para liberarse del polvo y la suciedad del mundo, de todo su ruido y aire impuro, buscando en la otra orilla un sopor de libertad. Pero todo esto es imposible si antes no has sido capaz de amar incluso la basura, el polvo del mundo y la angustia de la vida. La perfección solo puede alcanzarse abrazando todas esas cosas. Todo lo sucio, lo imperfecto, lo angosto, lo terrible. Alejarte de las cosas es entrar en un mundo de remordimiento, por eso, antes de subir a la montaña, hay que abrazar todas las cosas, hay que amarlas. A veces hay que volver al mundo, a la turbulencia de la vida, para encontrar el sentido verdadero.

Cuando los lazos que nos unen a este mundo se vayan cortando uno a uno, navegaremos entre dos orillas. La vida es para los que se quedan en el eterno fluir, la vida es para los que están vivos. El resto deambula confuso entre las tinieblas del deseo. Solo cuando no se tiene nada, se apaga el deseo, y solo cuando se apaga el deseo, se es feliz. Allí, en el patio, junto al ciprés, en lo alto de las montañas, mirando al oriente, ese lugar dónde se marchó BodhiDharma.

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Profecías para el 2025. “Y en Tu luz veremos la luz”



“En ti está la fuente de la vida, y en tu luz veremos la luz”. Salmo 36-9

No sabemos nada relativo a la realidad del alma. No poseemos ninguna pista ni verdad sobre su existencia. Sin embargo, dicen las profecías que, a partir del año 2025, el cuarto rayo de armonía en el conflicto tomará forma en nuestro planeta, y con ello empezará a desgarrarse los velos que nos separan de la luz y todas sus manifestaciones. Cientos de miles de personas empezarán a prepararse para convertirse en agentes transmisores de la luz del alma. Esto ahora mismo es incomprensible y carece de importancia, pero cientos de personas se están preparando invisiblemente para este importante evento en la evolución humana, evento que se irá desarrollando en los próximos dos mil años.

La preparación es básica y compete a aquellos más avanzados, canales vivos de nuevas verdades, de nuevas visiones y realidades que en un futuro conformarán el devenir en la Tierra. Pronto las enseñanzas dejarán de versar en los axiomas fenomenológicos y versarán sobre la experiencia real del alma, sobre la posibilidad de un contacto seguro con la fuente, con sus fuerzas y energías, con su esplendor, con su luz.

Y será en esa nueva luz donde veremos la luz en toda su magnificencia. Una luz que llegó tímida a nuestro planeta bajo el formato nacido de la electricidad, pero que avanzará simbióticamente con igual rapidez en nuestro interior. La lámpara maravillosa se abrirá camino dentro de nosotros e iluminará todos los recovecos de nuestro aspecto inferior, tiñendo de luz pura todo nuestro ser.

Todo esto disipará los espejismos, hará que nuestra alma ejerza poder sobre el vehículo que somos, y hará que se manifieste una realidad mayor, vasta, increíble. Habrá en este tiempo una purificación mediante el fuego, un fuego que simbólicamente será aplicado a las aguas, creando un vapor, una neblina, una confusión profunda parecida a la que ahora padecemos. Las brumas y los espejismos aumentarán en este próximo tiempo creando confusión, hasta que consigamos salvar con éxito nuestras vidas entre nieblas.

Hasta el 2025 quedan unos años de confusión y crisis. De forma paralela vivirán dos mundos. Uno que representa lo antiguo, el viejo paradigma, lo añejo y oxidado. Y otro, muy reducido aún, que verá la luz en lugares remotos, casi inaccesibles, y que serán las semillas del futuro.

En esos lugares se aprenderá a anhelar, desear y planear cosas que tienen que ver con una dimensión diferente. En esos lugares se asestará un ansiado golpe al egoísmo innato y nacerá una determinación a la hora de pensar en términos más amplios e incluyentes, generosos y colaborativos. En esos lugares el grupo comenzará a significar para cada uno de nosotros, algo más amplio, extenso e importante que el uno mismo. En esos lugares empezarán a revelarse una visión más profunda, un enfoque superior, revelándose poco a poco nuestro lugar en el todo mayor. Se revelará una nueva creatividad y la vida ya no será nunca más la misma. Los más despiertos y lúcidos crearán o vivirán en esos lugares, y serán invisibles y anónimos para el que aún no haya despertado a la realidad del alma. Las semillas de la fuente de la vida serán plantadas, y nacerá en la nueva humanidad la luz revelada.

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Siete pasos seguros para la práctica de la Inofensividad


 

Magnum, o Asclepi, miraculum est homo («Gran milagro es el hombre, ¡oh, Asclepio!»)
Cita de Hermes Trismegisto con la que comienza la Oratio Ioannis Pici Mirandulani Concordiae Contis.

 

El ser humano es un milagro que se encamina hacia un futuro hermoso, culminante de un proceso evolutivo que no terminará en él mismo, sino que continuará en estados más perfectos de consciencia, de evolución, de vida. Ese camino está marcado, y cada vez se estrecha a medida que la humanidad avanza de su estado más primitivo, salvaje y violento, a uno más armónico, evolucionado y pacífico. Para ello, el ser humano debe refinar sus cuerpos, sus vidas, su consciencia, y debe ser consecuente con su propia madurez interior. En ese trazado casi arquitectónico, el camino, los caminos, llevan inevitablemente hacia la inofensividad.

Inofensividad es una palabra incomprendida hoy día, devaluada, impertinente en un mundo que se rige principalmente por la ley violenta del más fuerte. Una ley acomodada a los tiempos, pero intransigente. Sin embargo, para crecer humanamente y acompañar nuestras vidas de un sentido más amplio, debemos profundizar en la inevitable inofensividad. Tratar de vivir inofensivamente, en pensamiento, palabra y acción, no es suficiente. Debemos examinar el efecto emocional que producimos al otro, de tal manera que ningún estado de ánimo, depresión ni reacción emocional puedan dañar al semejante. La violenta aspiración espiritual, a veces convertida y cristalizada como dogma o ciega obediencia, y el entusiasmo mal aplicado o mal orientado, pueden fácilmente herir a un semejante. Es por ello que debemos cuidar las tendencias erróneas que nos empujan a actitudes, a veces inconscientes, violentas. Debemos huir con precaución de la demostración de fuerzas concentradas en la autoimposición, el autoengrandecimiento y la autosatisfacción. La inofensividad se manifiesta en el pensamiento correcto, el cual está basado en el amor inteligente; en el hablar correcto, regido por el autocontrol; y en la acción correcta, fundada en la comprensión de la ley natural de todas las cosas.

La inofensividad permite limpiar nuestra casa interior y purificar nuestros centros de energía, atrayendo hacia nosotros una vida más amplia y sentida. La práctica de la inofensividad limpia nuestros canales obstruidos y permite la entrada de energías superiores las cuales nos llevan hacia el mágico mundo de la intuición, el cual se rige por leyes y mecanismos diferentes a los usualmente aceptados. Existen para ello siete pasos seguros para la práctica de la Inofensividad:

1. Inofensividad en la materia. Lo que hacemos en la vida cotidiana crea un campo magnético de resonancias que influyen en nuestro entorno. Todo aquello que hacemos desde la inofensividad crea campos positivos de acción global. Inofensividad en la vida cotidiana, especialmente en la alimentación, libran al mundo de la gran batalla astral, de la gran pandemia del dolor de nuestros hermanos animales. Inofensividad con nuestros cuerpos, con lo que comemos y bebemos, es un primer paso para crear cuerpos cada vez más libres, luminosos y sensibles a un nuevo mundo. La paz en nuestro planeta no llegará hasta que no comprendamos esta urgencia mundial. Uno de los grandes retos humanos de nuestro tiempo es alcanzar la inofensividad con nuestros hermanos animales.

2. Inofensividad en nuestros estados de ánimo, en nuestras energías y fuerzas, en aquello que crea en el entorno alegría y bienestar. Limpieza con agua abundante, dentro y fuera, baños de sol abundante y aire libre producen como resultado una energía limpia que acompañada por una dieta limpia, produce un campo áureo poderoso, inofensivo, radiante.

3. Inofensividad en nuestros deseos, en nuestras emociones, en nuestro torrente de sensaciones y palpitaciones emocionales. Esta es nuestra gran batalla actual. Debido a que los dos primeros escalones no están aún totalmente completos en cuanto a la inofensividad, sufrimos en exceso en el tercer y más problemático escalón: el mundo del deseo, las emociones y lo astral. Vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser en el mundo del deseo, la ilusión, el maya, el glamour.

4. Inofensividad en nuestros pensamientos, los cuales deben ser siempre inclusivos, armónicos, poderosamente positivos. Nuestra mente, aún en estado latente, está empezando a despertar a fuerzas poderosas, las cuales solo llegarán a nosotros cuando los tres primeros escalones de la inofensividad hayan sido completados. Empezaremos a crear mundos y realidades positivas cuando tengamos plenos control sobre la inofensividad de nuestro pensamiento brillante y poderoso.

5. Inofensividad en nuestra capacidad de conectar con la Inteligencia Activa del Universo. Sobre esto poco se puede decir, por ser un complejo estado del Ser que aún no hemos alcanzado del todo. Es a partir de aquí cuando se abre las puertas de los misterios y arquetipos. Es en este superior estado humano cuando la comprensión empieza a tejer nuestra realidad, creándose un compromiso verdadero con los arcanos de la creación.

6. Inofensividad en nuestra capacidad de amar desde una completa sabiduría. Esta capacidad está solo habilitada para aquellos humanos completos que han superado fases anteriores en los procesos evolutivos y que expanden e irradian el ideal del sacrificio de la personalidad para albergar el nacimiento del alma en sus vidas.

7. Inofensividad en nuestro poder, en nuestra voluntad y en nuestra capacidad de alentar a los dioses y los universos. Esta quizás sea la mayor de las pruebas y el mayor cuidado a la hora de practicar la completa inofensividad, poderosa, creadora de mundos, soles radiantes que sin quemar, protegen y alimentan mundos y vidas.

Todo esto carece de significado porque muchos confunden inofensividad con simple bondad o incluso atontamiento, flojera o debilidad. Para los que así piensen estas palabras no tienen sentido. Para los que creen en las fuerzas superiores, en la consciencia plena, en el despertar del ser humano completo e integral, el camino está marcado. La inofensividad es un estado del ser que se manifiesta a medida que nuestra alma gobierna nuestras vidas. Solo cuando esto ocurre nos conmueve de igual manera la vida de un animal que la explosión radiactiva de un astro cósmico. Dicha conmoción provoca un sentido enorme de responsabilidad y un compromiso activo con la vida y sus misterios, y una acción silenciosa que posibilita la irradiación de luz, poder y amor.

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Al margen del agua


Lu Zhishen arrancando de raíz un árbol, en el relato al Margen del agua, en el pasillo largo del Palacio de Verano. Siglo XIX.

 

El amor débil e incierto, que diría Tagore, nos expulsa del paraíso de la continuidad. Suplicamos abrazar las certezas mientras vemos como todo se escurre entre las manos del tiempo. Los deseos abordan nuestras vidas. Nos levantamos deseosos. Nos acostamos deseosos. Promulgamos deseos inconexos, sin sentido, abrazados a polos opuestos, divergentes. No somos capaces de honrar la sencillez, y menos aún de volvernos sencillos y dóciles a la vida. La soberbia, el glamour, la ilusión nos atrae mucho más que la propia vida. El camino se estrecha cada vez que intentamos aproximarnos a la puerta del misterio. Se estrecha y estrecha y vemos que no podemos entrar. Demasiado equipaje, demasiado peso.

Los reyes siempre nos son más propicios que los locos, los vagabundos o los payasos. El poder nos atrae más que la sencilla puesta de sol. Nos demoramos perezosamente cuando tenemos que arriesgar algo que para nosotros es valioso. Olvidamos la verdadera meta de la vida porque, tan distraídos como estamos, no somos capaces de comprender a qué hemos venido al mundo. Día a día, a base de continuos rechazos, nos apartamos de la existencia. El deseo nos puede, nos inunda, nos aparta.

Cuando la puerta se vuelve totalmente estrecha, debemos vigilar nuestro estómago, todo nuestro cuerpo. Es fácil verlo engordar cuando el deseo nos subyuga. Se crea una capa creciente que intenta apartarnos de todo lo real, y de paso, protegernos. Es una protección que deriva de nuestras propias contradicciones. Por eso, cuando vemos que el abdomen crece excesivamente o nuestras carnes se inflan hacia fuera, es importante perseguir la raíz del hinchazón. La propia sociedad engorda. Se protege, se esconde, se marchita. Adelgazar el cuerpo solo es posible cuando se adelgaza el alma, y eso solo es posible con sacrificio. Lo que uno come, lo que uno habla, lo que uno hace, deben estar siempre en sintonía. Nuestras acciones diarias deberían ser un campo de entrenamiento mucho más poderoso que aquellos que durante años ofrecían entrenamiento en duras condiciones.

Mencionan algunas crónicas que había un personaje llamado Lu Zhishen, también conocido como el Monje Loco. Era un monje apartado de la doctrina. Dejó de meditar, dejó de ofrecer servicio, dejó de practicar la enseñanza. Cometió tantas imprudencias que se vio obligado a ocultarse en los márgenes del monasterio de la montaña Wutai. Este monje que bebía vino, comía carne y al que le gustaba pelear vivía siempre al margen de las aguas del monasterio. Las crónicas mencionan abruptos relatos de muchos monjes que vivían al margen de los monasterios debido a que violaban una y otra vez las reglas y doctrinas elementales. Los discípulos que irrumpen e incumplen las reglas básicas de la iniciación viven siempre al margen, bajo el prisma del deseo, incumpliendo las reglas básicas de comportamiento iniciático, engordando con sus deseos y sus distorsiones. Sus cuerpos delatan sus hábitos, sus miradas serpentinas irrumpen con fuerza en la poderosa llama astral, atrayendo hacia sí divergentes líneas invisibles. Navegan entre la luz y la oscuridad, pero siempre fuera del templo.

Vivir al margen del agua requiere disciplina, reconocimiento de la antigua doctrina, silencio mental, silencio astral, silencio material, inofensividad. Cuando Lu Zhishen bebía vino y comía carne estaba despreciando el camino, estaba apartando la mirada de la inofensividad necesaria para hollar el sendero estrecho. Por eso lo apartaban del ashram, del monasterio, y por eso deambulaba perdido a las puertas del templo, ebrio, violento, cegado. El amor débil e incierto, que diría Tagore.

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Los guerreros que miran hacia la oscuridad


The Return of the Crusader, de Carl Friedrich Lessing

Has vivido en todos los fracasos y en todas las pasiones. No estabas muerto, podías respirar cada silbido de vida que corría en cada una de las montañas escaladas, en cada uno de los abismos recorridos, algunos sin final, algunos siempre tan oscuros. Incluso allí podías gritar vida. Si estabas preparado y una vez en la cumbre volvías tu rostro cansado hacia la luz, permaneciendo dentro de su esplendor, quedabas cegado para los asuntos humanos y “volvías a casa”, desapareciendo en la estela, en el sendero iluminado, en el gran centro de absorción. Muchos deciden hollar este sendero y desaparecer para siempre. Misión cumplida.

Sin embargo, aquellos que han vivido en todos los fracasos y en todas las pasiones, y escalado todas las montañas, mirando hacia lo alto, han sentido compasión por sus hermanos, por los asuntos humanos, retornan. Han hollado el sendero de la luz, allá en la alta cumbre, pero, renunciando al mismo, han girado sus pasos en sentido opuesto, han dejado el pedestal de la luz y, vaciando sus vidas, han vuelto hacia la oscuridad, en dirección opuesta, como ángeles caídos del cielo y su luz.

Han trazado un camino de retorno, vuelven hacia la oscuridad cargados de luz fusionada en sus siete centros, transmitiendo e irradiando luz hacia el exterior. Amando a los que se encuentran aún en el sendero oscuro, sacrifican su camino y caen de nuevo a la tierra, compartiendo su esplendor, ahora reducido, con aquellos que huellan en el sendero de la oscuridad. Para ellos, los que aún viven en la oscuridad, ahora el camino ya no es tan sombrío, encuentran consuelo y amor en los que retornan con su armadura cansada, pero luminosa. Han sido acogidos por los guerreros que, volviendo de las altas cumbres, penetran en el miedo y la desolación ayudando entre tinieblas y buceando en la esperanza, el servicio, el amor. Caballeros de luz, armados de compasión, cabalgan fructuosos para apoyar al otro, para guiarlo hacia sus propias cumbres donde la luz, el amor y la esperanza resplandecen para todos.

Detrás de los guerreros, entre la luz y la oscuridad, sigue palpitando el anhelo, la superior obra, la balanza y el deseo de seguir hollando hacia nuevas cumbres. Unos eligen seguir adelante, los otros, aquellos que en la tradición budista son conocidos como los bodhisattvas, los guerreros de la compasión que se fortalecen mediante las virtudes o pāramitās, retornan al mundo para obrar el bien entre todos sus hermanos. Fe y esperanza, susurran una y otra vez. Fe y esperanza.

Es por eso que los guerreros de la compasión, en el intervalo superior de la luna llena, en lugares necesariamente secretos, silenciosos, apartados del mundo y sus tinieblas, se reúnen una vez al mes para recoger fuerzas, para atraer más luz a sus siete canales de actividad y así poder servir y ayudar con mayor fuerza. Luz, amor y voluntad al bien son las fuerzas que atraen en silencio, en profunda meditación. Cuando la luna está amplia y colmada, estrechan su vínculo con el propósito superior, entonando su canto, su anhelo de fusión de grupo:

“Soy uno con mis hermanos de grupo, y todo lo que tengo les pertenece. Que el amor que hay en mi alma, afluya a ellos. Que la fuerza que hay en mi, les eleve y ayude. Que los pensamientos que mi alma crea, les alcancen y animen.”

La cadena áurea y su linaje espiritual


Accolade, Edmund Blair Leighton

 

Las distorsiones de la personalidad ya no pueden confundirnos, ni atraparnos, ni doblegarnos. Ahora tenemos ya la confirmación, el anhelo, la fuerza que nace de la visión de nuestras almas liberadas. En medio de todo ese ruido, en mitad de las necesidades de la personalidad y sus diez mil pequeñas cosas, cada vez se hace más fuerte la llamada al servicio, el inequívoco reencuentro del linaje, de la estirpe de aquellos que sobrevivieron al primer diluvio y anduvieron hacia las tres direcciones señaladas, siempre hacia el Oriente, conquistando grandes montañas y resguardando el Secreto.

Ya nacen de nuevo esas pequeñas albercas, esas fuentes de agua viva, esos pozos de Jacob con ese hermoso encuentro entre tan diferentes realidades. Ya pueden de nuevo verse esos nacimientos de agua viva: el que beba del agua que Yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que Yo le daré se hará en él una fuente de agua que brote para vida eterna, dijo el avatar, el más grande entre los grandes.

Y ahora de nuevo volvemos a despertar, no solo en esta luna de acuario, sino en todas las siguientes lunas, las cuales nos harán recordar nuestro linaje solar, nuestra armadura y lanzas, nuestras batallas una y otra vez con escudos solares, promulgando aquí y allá el nacimiento, época tras época, del alimento que brota de manantiales y fuentes. A pesar de las distorsiones de este tiempo de oscuridad, muchas empiezan a reconocer dentro de sí esa ascendencia y ese tributo para resucitar la cadena áurea.

Los testigos del conocimiento original despiertan inevitablemente de nuevo, protegiendo el Aula de Sabiduría que nació del arcano colegio invisible de sabios. Los dragones se reencuentran, los caballeros empuñan de nuevo la espada y la rosa y los monjes-guerreros reconstruyen con sus manos los templos que otros derribaron. Los Pobres Compañeros crean de nuevo sus encomiendas. Los observantes y frailes menores retoman sus hábitos, aún tímidos, y remueven la tierra con sus manos buscando fruto. Los discípulos e iniciados dan muerte al buey y prosiguen sigilosamente los caminos alentando a unos y a otros, gritando en silencio para que despierten, más allá de dónde canta el gallo, el resto de obreros. La rosa se reencuentra una vez más con los ciclos de la cruz, y el hermético secreto vuelve a florecer entre los llamados hierofantes y sus gnósticos acompañantes.

Es la Gracia de los tiempos, la barakah revelada, la anunciación que a grito de alma hace resucitar a los dormidos, a los dolientes, a los que nunca olvidaron su verdadero linaje. Despiertan las luces nocturnas, los guías de las razas, las almas libres llegadas de todos los confines. Suenan de nuevo las trompetas y se alza la mirada a los cielos esperando la nueva revelación. Ejércitos de miríadas renacen, se reconocen y se ponen manos a la Obra, a la Gran Obra. Hay mucho por hacer, y pocas las manos. No hay tiempo que perder, los Tiempos lo reclaman. La cadena, una vez más, continua en su dorado amanecer. ¡Despertad! ¡Reconoceros! ¡Hollad los caminos juntos!

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Construyendo el conciliábulo secreto


Antiguamente, fueron transmitidos los más profundos secretos. Desde tiempos inmemoriales se entregaron en sociedades secretas arcanos misterios. Tan solo aquellos que habían pasado por una dolorosa iniciación, eran verdaderos recipiendarios de los mismos. Ahora ese dolor sigue igual de agudo, estrecho, penetrante, pero más oculto si cabe. Los escuchamos en la canción de cuna nórdica. En los aullidos de lobos lejanos, en la nieve, el fuego, en el temblor de los árboles mecidos por la inclemente tempestad, y en los suaves pasos de peregrinos que incesantes, se reúnen una y otra vez en los bosques.

Todo se conjuga por fuera como un momento de destrucción desolada, acompañado, paradójicamente, por un momento de eterna calma en el interior, junto al fuego. La soledad se hace aguda, pero ahora es llevadera, incluso agradable ante las sombras del ímpetu. Hay un punto de quietud donde la necesidad desaparece y donde los ritmos se vuelven calmos, atrayentes, simpáticos. Por fuera todo se cae, mientras que por dentro todo se reconstruye. Es una sensación hermosa, que nace de otro lugar, de otro tiempo, más cercanos a los aullidos de los lobos lejanos y la nieve, más próximos a la ocultación del misterio y, por lo tanto, a su protección inevitable, una y otra vez, por los siglos de los siglos.

Es cierto que la fragua y el cobertizo han cambiado, pero solo es una ilusión. Son la misma fragua y el mismo cobertizo de todos los tiempos. Unos pasos más allá, junto a la logia ahora de piedra antigua, se encuentra el conciliábulo, aún por construir. Será secreto, y tal vez, su masa crítica será invisible para los ojos profanos. Pocos comprenden la necesidad de dicha construcción. La piedra es un símbolo, pero también es un proceso, un receptáculo, una gorra mitraica para los misterios. Los antiguos conocían el secreto de construir con piedras vivas, que sirven, en otros planos, como imanes o antenas que atraen las fuerzas cósmicas que resplandecen desde los siete rayos de aspecto y atributo. Los siete constructores creadores no son herejes ni cismáticos, pero es cierto que se reúnen en secreto, y en el futuro conciliábulo, en la gran casa común, encontrarán refugio para la adoración en común de sus dioses especiales. Allí habrá un pequeño altar y también la incomprensible cámara del medio, protegida siempre por tres luces.

Para que todo sea efectivo, debe tratarse con discreción. Se debe recordar el arte de construir la gran casa de todos sin ofender a los espíritus de los árboles abatidos. El arte de forjar metales para poder conciliar a los espíritus hostiles. Los secretos de los alimentos y los de las ceremonias que aseguren su éxito. El arte de enseñar el origen de los misterios y la manera secreta de mantener a raya la naturaleza oscura de los que transitan por el lado tenebroso. Todas aquellas cosas que fueron en el pasado remoto artificios y oficios que requerían del secreto para ser efectivos, ahora deben tratarse aún con mayor cuidado y recelo, pues estamos en los tiempos de la tribulación, y la destrucción creará confusión y un profundo sentido de desorientación.

Todo se destruye ahí fuera, excepto el calor del fuego remoto, perdido en los bosques. Los arcanos misterios resuenan temblorosos en los arrullos de las largas noches. Pacientes, se espera el momento para poner la primera piedra, la que llaman angular. Ella guardará a aquella rosada misteriosa, escondida ahora en lugar secreto, protegida. Tierra, cimientos, estructura, vacío. Todo para cobijar el misterio. Todo para dar espacio a la luz cubierta, al fuego, al aullido, al canto cósmico creador.

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Los tipos de consciencias en la evolución humana


Hay diferentes tipos de consciencias, diferentes modos de ser, diferentes realidades y diferentes vías de evolución. El tipo de consciencias se pueden dividir en siete, dependiendo del poder de adaptación consciente a las circunstancias que nos rodean y de nuestra capacidad de ver más allá de las formas que nos aprisionan en la materia.

1. La primera consciencia tiene que ver con la adaptación inconsciente al medio ambiente. Estamos hablando aquí de la consciencia básica del homo-animal que se rige aún únicamente por el instinto más primitivo. Son personas que viven solo para la subsistencia material y la reproducción, basando sus vidas en ello, sin ninguna otra motivación.

2. En esta segunda etapa, nace la consciencia en el ser humano que empieza a tener ciertos destellos de percepción inteligente y alguna actividad mental más allá de la propia adaptación al medio. Aquí estamos hablando del primer contacto con el egoísmo y el amor propio. Existe mayor consciencia del “yo”, y por lo tanto, una mayor independencia, habilidad y astucia para ver aspectos del ser más allá de la pura subsistencia.

3. A partir de aquí, pasamos a la etapa de la consciencia puramente egoísta. El ser humano empieza a tener móviles más allá de la pura subsistencia, pero se rige exclusivamente por el deseo de tener comodidad en todos los sentidos, material, emocional e intelectual. Se lleva bien con todos y se adapta a todas las circunstancias, pero desde la consciencia egoísta, sin mayor implicación que esta.

4. En este tipo de consciencia empieza a nacer la consciencia grupal no instintiva. Existe el reconocimiento de grupo más allá de los puros egoísmos personales y un primer reconocimiento de los derechos y sensibilidades de los otros. Es donde empezamos a interactuar con los otros de una forma más desapegada hacia los resultados.

5. A partir de esta fase evolutiva nace la consciencia del ser humano realmente bueno, que intenta adaptarse a las relaciones y responsabilidades grupales desde la inofensividad y el trato constructivo. Ya no basa únicamente su vida en actitudes egoístas, sino que va explorando poco a poco posibilidades de ayuda mutua y cooperación grupal.

6. Aquí tenemos a los aspirantes de aquellos que anhelan realizar un trabajo más profundo sobre su propia consciencia. Están completamente entregados al trabajo grupal en sus diferentes aspectos y siente la necesidad de ser completamente útiles a esta labor. Es cuando nace la necesidad de realizar un trabajo consciente para disciplinar la naturaleza inferior, instintiva, egoísta y de supervivencia para poder aspirar a un trabajo de mayor responsabilidad y compromiso. Se puede decir que es a partir de aquí cuando el ser humano empieza a tener cierta consciencia “espiritual”, es decir, consciencia de pertenecer a algo superior a sí mismo. Es cuando empieza un verdadero entrenamiento para acceder a sus poderes latentes con la intención de poner dichos poderes al servicio grupal. Nace entonces cierta llamada, aún confusa y débil, que lo guía en la búsqueda de este nuevo sentido más allá de sí mismo.

7. En este tipo de consciencia tenemos a los que en la tradición antigua se denominaban discípulos e iniciados. Son los que han alcanzado cierto grado de evolución significante y su interés ha dejado de ser personal, dedicando sus vidas al desarrollo, necesidad, propósito y evolución grupal. Enfocan su atención mental en la vida “espiritual” y en el aún desconocido mundo de las almas. Son aquellos que conocen la Gran Obra, y disciplinan sus vidas personales para ser unos perfectos constructores de la misma. Intuyen y conocen el Plan, actuando en cada momento y época según las necesidades del mismo. Es la consciencia de los llamados hermanos mayores de nuestra raza humana o también conocidos como los grandes compañeros, los guías que con su trabajo silencioso y su ejemplo debe acompañar al resto desde la inconsciencia a la consciencia de lo que realmente somos. Son los que unifican y no dividen, los que integran y no destruyen. Son los verdaderos constructores de la raza humana.

Sintetizando podríamos decir que hay dos caminos bien definidos, los caminos de la personalidad y sus necesidades, y los caminos del alma y sus propósitos. Ese que llaman el camino del alma es lo que algunos conocen como el camino del corazón, porque da respuestas a algo que nos supera como personalidades. Ya no servimos, de alguna manera, a los intereses egoístas que todo individuo posee, sino que nos aferramos a una causa mayor que en la mayoría de los casos, por nuestra falta de visión, no podemos ver ni entender en su conjunto. Pero ahí está el alma, susurrando a nuestro corazón, para que tomemos ese difícil camino, inevitablemente, a medida que nuestra propia consciencia se va expandiendo. Algunos lo llaman el toque de clarín, otros la llamada, y una vez sentido, dejamos de ser esclavos de las necesidades de la personalidad y nuestros inconscientes egoísmos y sentimos la liberación que este tipo de consciencia nos ofrece para evolucionar.

En el mundo de los arquetipos, esto es conocido con el nombre del “secreto de traslación”, relacionado muchas veces con el poder de elevación y libertad que ejerce la aspiración espiritual. No hablamos aquí de una ciega y a veces inútil aspiración emocional, sino más bien de un proceso evolutivo que tiene que ver con nuestras conciencias y nuestra cada vez mayor evolución como seres humanos. Esta transfiguración es una liberación, subordinando nuestras vidas a la expansión ininterrumpida de la consciencia grupal.

 

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DOMANDO AL BUEY. Una visión de la iluminación budista


En los prados de este mundo, buscando al buey, sin descanso, voy apartando las altas hierbas. Siguiendo ríos sin nombre, perdido entre los confusos senderos de lejanas montañas, desesperado y exhausto, no puedo encontrar al buey. Oigo únicamente el canto nocturno de los grillos, en el bosque.

 

El pastor de bueyes busca, luego doma, monta y finalmente transciende a un obstinado buey. Esta parábola representa uno de los más importantes principios del Budismo Zen. Bellamente ilustrada en pinturas, esta famosa historia decora las paredes de los templos por toda Corea. Originalmente desarrollado por el maestro del budismo Zen (Son en coreano) en China durante la Dinastía Sung (960-1280) las series de pinturas de la Doma del buey (llamada shim-oo-do en coreano) usan la metáfora de un pastor de bueyes y un buey para ilustrar los estados del progreso espiritual hacia la budeidad o iluminación. Debido a la propagación de enseñanzas Zen, las versiones de la serie de pinturas abundan en Japón, a menudo con comentarios, algunos discursivos, algunos lacónicos, muchos en verso.

En la primera pintura de la serie, subtitulada La Búsqueda del Buey, el buey en sí mismo no se ve. En cambio, vemos un hombre, el pastor de bueyes, buscando en un amplio paisaje cubierto de bruma. Como la bruma sugiere, la visión del mundo del pastor es confusa y distorsionada. Confundido por sus sentidos, distraído por sus pasiones, ha perdido contacto con su verdadera naturaleza. En las palabras de un comentador clásico del siglo XII, el monje Zen Kakuan, de la escuela Rinzai: “El deseo por ganar y el miedo de perder queman como el fuego, las ideas de correcto y equivocado aúllan como un ejército”. Aunque no se de cuenta todavía, el objeto que busca el pastor de bueyes, que de algún modo siente que ha perdido o de que se ha sido separando, es su verdadera naturaleza. En las palabras de Kakuan: “El buey nunca se había perdido, así que, ¿cuál es el uso de buscarlo?» Nosotros no vemos al buey porque hemos caminado en dirección contraria a nuestra verdadera naturaleza.

Junto a la orilla del río, bajo los árboles, ¡descubro sus huellas! Incluso sobre la fragante hierba veo sus pisadas. Y en lo profundo de las remotas montañas también se las encuentra. Su rastro a nadie puede pasar desapercibido.

 

En la segunda pintura, Mirando las Huellas del Buey, el pastor encuentra las huellas. Está en la pista del buey. Por el estudio, la meditación y las experiencias ha llegado a entender algo: “Ahora él sabe que las cosas, a pesar de su multitud, son de una sola sustancia, que el mundo objetivo es un reflejo del yo mismo”. Aunque él no puede ver todavía al buey, conoce su presencia. Ha tenido una visión de su origen en su dolor y confusión, una intuición de que estos pueden ser transcendidos

En la enramada lejana, un ruiseñor canta alegre. El sol es cálido, la brisa suave, los sauces verdean a lo largo de la orilla del río. El buey está ahí, ¿cómo podría ocultarse? ¿Qué artista sabría dibujar esa espléndida cabeza, esa majestuosa cornamenta?

 

El buey hace su primera aparición en la tercera pintura, Viendo al Buey. No mucho en realidad, ya que está oculto en la espesura, solo se puede ver una parte de él: fundamentalmente marrón con algunas trazas de blanco, que dan una idea del aspecto simbólico del animal. “Cuando el ojo se dirige adecuadamente encontrará que no es otra cosa que él mismo”. Lo que el pastor de bueyes ha percibido, de acuerdo al comentario es que nada existe fuera de sí mismo. Reconociendo que no hay distinción entre sí mismo y el mundo, está en camino de disolver las confusiones nubladas del ego y percibir que no es una entidad individual y separada.

Lo atrapo tras una implacable lucha. Su ruda voluntad y su fuerza son inagotables. Y se lanza hacia la colina distante, tras las lejanas brumas. O se dirige hacia un barranco impenetrable.

 

El buey es capturado en la siguiente pintura, Cogiendo al Buey, pero no está todavía domado en su totalidad. Su color es crecientemente blanco, lo que indica una espiritualidad mayor, pero su naturaleza salvaje permanece sin gobierno. La pintura ilustra la lucha: la batalla por trascender el ego. El domador de bueyes ha alcanzado su propia agresiva naturaleza, dominada por los sentidos y está luchando por controlarla. En las charlas esotéricas de los monasterios zen, domar al buey siempre ha significado tratar de subyugar la propia naturaleza sin gobierno de cada uno. Esto, el objetivo esencial del ejercicio Zen, es algo que no es sencillo. Kakuan describe esta lucha en un verso: “Con la energía de toda su alma, al fin ha conseguido tomar al buey: Pero, ¡qué salvaje es su voluntad, ingobernable su poder!”

Necesito del látigo y la soga. De lo contrario podría escapar en los polvorientos caminos. Bien adiestrado, es de espíritu dócil. Entonces, sin dogal, obedece a su dueño.

 

La quinta pintura, Domando al Buey, continúa con el tema de la lucha espiritual por la trascendencia del ego. El buey aparece más dócil y su color blanco se ha extendido, pero la búsqueda por la iluminación no ha acabado; el pastor y el buey no son todavía uno. El comentario de Kakuan a esta pintura nos proporciona un discurso excepcionalmente claro sobre los objetivos y frustraciones del ejercicio espiritual del Budismo Zen: “Cuando un pensamiento se mueve, otro lo sigue, y luego otro hay de esta forma una cadena interminable de pensamientos. A través de la iluminación todo esto se vuelve verdad: pero la mentira se intentan afirmar cuando la confusión prevalece. Las cosas nos oprimen no porque son parte de un mundo objetivo, sino porque son parte de nuestra propia mente engañada. No dejemos que esta cuerda se libere, mantenedla firme y no te permitas indulgencias. Nunca te dejes a ti mismo separarte del látigo y de la traba para que el buey no vague en el mundo de la deshonra. Cuando está adecuadamente domado, crecerá puro y dócil. Incluso sin cadenas te seguirá fielmente”.

A lomos del buey, lentamente regreso a casa. El son de mi flauta llena la tarde. Marco con la mano la armonía que me acompaña, y dirijo el ritmo eterno. Quien oiga esta melodía me acompañará.

 

Y tal exitosa doma, con pureza y docilidad es ilustrada bellamente en la siguiente escena, Montando al Buey hacia Casa, con el pastor de bueyes tocando calmadamente una flauta, sentado encima del buey, ahora casi de un blanco inmaculado. “Sus ojos están fijos en cosas que no son de este mundo. Incluso si se le llama, él no torcerá su cabeza, aunque sea tentado, no regresará. Él es ahora uno de los que sabe, ¿es necesario decirlo?”. Esta es, sin duda, la más conocida de las pinturas del pastor de bueyes. El pastor bendecido, tocando la flauta sobre un buey casi blanco está entre los motivos más populares del arte inspirado en el Budismo coreano. Desde camisetas a ceremonias del té, la rendición del Montando el Buey hacia Casa tiene su lugar en todos los estratos de la cultura coreana.

Montado sobre el buey, vuelvo a mi hogar. Estoy sereno. El buey también puede descansar. El alba ha llegado. En este dulce reposo, en mi cabaña, dejo a un lado el látigo y la soga.

 

Pero el buey, desde luego, nunca fue real, como la siguiente pintura refleja, El Buey Transcendido/ El Pastor de Bueyes solo, que muestra al Pastor en una plácida soledad. “Montando en el Buey, por fin, ha llegado a casa. ¡Dónde! El buey no está más, y que serenamente se sienta en soledad”. Habiendo recuperado su verdadera naturaleza, esto es, la trascendencia de su ego, la percepción de su unidad con el mundo, el pastor de bueyes no necesita más al buey simbólico. “Lo que necesitas no es la trampa o la red, sino la liebre o el pescado” es como Kakuan lo señala. Otros comentaristas Zen citan al Sutra Surangam diciendo que las enseñanzas del Budismo son “como un dedo que señala la luna; una vez que la luna se ha visto, el dedo no es ya más de utilidad”. O, en una formulación budista moderna: “Cuando has entendido el mensaje, puedes colgar el teléfono”.

El látigo, la soga, uno mismo y el buey, todos, se funden en la Nada. Este cielo es tan vasto que ninguna palabra lo puede abarcar. ¿Podría un copo de nieve subsistir en el ardiente fuego? Aquí están presentes los vestigios de los antiguos maestros.

 

Y para el observador, que busca el significado de las pinturas, el pastor de bueyes, también es meramente simbólico. En un verdadero estado de iluminación, él no es más un individuo distinto al gran orden universal. De hecho, el universo en sí mismo es una unión infinita sin separación entre la mente y el sí mismo, sin ningún dualismo. De esta manera, en la siguiente pintura, El Buey y el Domador Transcendidos, no vemos al buey, ni al domador, no hay ningún elemento figurativo. En cambio, la pintura muestra un círculo vacío, el símbolo esencial del Zen de plenitud. Los maestros Zen Chinos han dicho que dibujar círculos en el aire con sus dedos es como un recuerdo del objetivo de su búsqueda espiritual, lo mismo que los cristianos hacen con el signo de la cruz. Este círculo vacío que todo lo contiene y todo lo transciende es la pintura final en las primeras versiones de la Doma del Buey, pero maestros posteriores, preocupados por el que la imagen pudiera favorecer un falso entendimiento de la iluminación budista como simple inactividad y vacío pasivo, sumaron a la serie otras pinturas para mostrar el retorno del pastor de bueyes al mundo. De esta manera, en muchas versiones la siguiente pintura muestra una escena de montañas, nubes y árboles sin sujetos animados.

Se han dado demasiados pasos para volver a la raíz y la fuente. ¡Más habría valido ser ciego y sordo desde el principio! El hogar en la más verdadera morada de uno mismo, indiferente a las cosas exteriores. Sin esfuerzo, fluyen las aguas del río y las flores son rojas.

 

Esta es seguida comúnmente por una pintura final En el Mundo, de un ser humano, presumiblemente el domador de bueyes, pero a menudo considerablemente transformado. En muchas versiones aparece como un monje ascético, meditando en la posición del loto en los altos de una montaña. Otras versiones ofrecen un retrato más mundano, sugiriendo una misión después de la iluminación para servir a otros y compartir los frutos del entendimiento: “Él se encuentra en compañía de comerciantes y carniceros; él y ellos, están todos convertidos en Budas”. Esto está en concordancia con el principio esencial del Budismo Mahayana: la iluminación individual no puede ser considerada completa mientras queden seres sufriendo en el mundo. De aquí que la idea del Bodhisattva que alcanza la iluminación, pero en vez de escapar al renacimiento, elige renacer de nuevo caminando en ayuda de otros seres vivos hasta que todos sean liberados.

Descalzo y con el pecho desnudo, me mezclo con la gente del mundo. Mi ropa está remendada y cubierta de polvo, y soy más dichoso que nunca. No uso magia para alargar mi vida, pero ahora, ante mí, los árboles marchitos se cubren de flores.

 

Describir el proceso de iluminación a los no iluminados es una tarea claramente complicada. Explicarlo con el lenguaje es, según la frase deliciosa de Sam Goldswyn: “en dos palabras: ¡imposible!”. La imaginería visual y metafórica puede trascender el lenguaje y llevarnos un poco más lejos, pero hasta un límite. Como un texto de la era Tang dice: “Esta materia no puede ser mostrada con la mente y no puede ser conseguida sin la mente; no se puede contar con palabras y no puede ser reflejada por el silencio”. De cualquier manera, las pinturas de la Doma del Buey en las paredes de los templos budistas coreanos, junto con su deliciosa capacidad evocativa, nos ofrecen intrigantes intuiciones al respecto.

Por David Kosofsky

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Nacimiento, Bautismo y Transfiguración. Iniciación en el día de la oportunidad


Gustave Courbet, “L’immensità», 1869.

 

En nuestro planeta existen dos tipos de iniciaciones. Las menores y las mayores. Podríamos decir que en nuestro ámbito más inmediato hay tres iniciaciones que nos afectan profundamente. En total se podrían enumerar hasta siete iniciaciones, pero podrían ser cinco o doce, dependiendo de la perspectiva y del nivel de comprensión de cada uno. Antes de llegar a ellas, hemos realizado una gran travesía por el desierto de la vasta experiencia espiritual. Hemos sentido la llamada del toque de clarín de nuestra alma, hemos sido probados antes de atravesar la estrecha puerta, y nos hemos convertido en meros aspirantes en todo nuestro caudal de vida.

Las tres primeras iniciaciones son fáciles de enumerar. La primera tiene que ver con el pleno control de nuestro aspecto material. La segunda con nuestro aspecto emocional y la tercera con nuestro aspecto mental. Dicho así, parecería algo simple, pero cada aspecto encierra dentro de sí pequeñas subdivisiones y subplanos que hay que tener en cuenta y superar poco a poco.

La primera iniciación, el Nacimiento en la cueva, tiene subdivisiones, momentos de tensiones y crisis que tienen que ver con el control completo no solo de nuestro cuerpo físico, sino también de la materia circundante. No tan solo de los instintos más primarios, sino además, del correcto mantenimiento de un cuerpo sano, puro y dócil al dominio del alma. Durante un tiempo, debe prepararse para la soledad, para la renuncia, para el desapasionamiento, para el autocontrol de sus centros motrices, productores, incluyendo una alimentación sana e inofensiva. La persona que se prepara para la primera iniciación debe alejarse de la gula, del tabaco, del alcohol y las drogas, del libertinaje sexual, alejándose en todo momento de las exigencias de nuestro cuerpo. Ese control crea sus propias rigideces y distorsiones, pero es necesario antes de continuar hacia adelante. Un cuerpo físico fuerte es imprescindible para soportar las fuerzas y las energías con las que más tarde vamos a trabajar, sea en los planos que sea, por eso, en esta primera fase, corresponde cierta exigencia en la dieta y en el control de todo lo que entra en nuestro cuerpo.

La segunda iniciación, también conocida como el Bautismo, es destacada porque constituye la crisis del control y dominio del cuerpo astral, de las emociones, de los deseos. Es quizás una de las más complejas de todas. El sacrificio y la muerte del deseo no ha sido totalmente comprendido. Elevar las emociones, mantenerlas puras y sin máculas y liberarnos del yugo del deseo del que tanto nos hablaba el Buda, forma parte de esta iniciación. La muerte de la ilusión no solo de nuestro yo sino de la ilusión del mundo es un punto álgido. Desprendernos uno a uno de todos los hilos que nos atrapan en lo ilusorio, de las trampas emocionales y de los apegos inevitables a la materia y el deseo es quizás la parte más compleja. Ese control añade necesidad de servicio y aspiración, además de una clara voluntad para progresar y ayudar al prójimo, pero siempre desde la inofensividad y la entrega.

La tercera iniciación, denominada a veces Transfiguración, tiene que ver no solo con el control mental, de nuestros pensamientos e ideas, sino, además, con la posibilidad de dirigir dichos pensamientos hacia la creación. Manejar la materia mental y aprender las leyes para construir pensamientos creativos mediante una correcta meditación e introspección, suele ser una de las tareas de esta etapa evolutiva humana. Todo este desarrollo ayuda al despertar espiritual mediante la intuición y la construcción, más adelante, del puente que nos acerca a la realidad del alma. Cuando el cuerpo físico es completamente puro y libre de interferencias, el cuerpo emocional estable, firme y cristalino y ejercemos cierto control sobre el cuerpo mental, es posible que podamos utilizar sin riesgos fuerzas y energías nuevas que antes escapaban a nuestra visión.

Ante la visión del alma, estas tres primeras iniciaciones son necesarias, pero menores. Es decir, es un completo dominio de nuestra parte más bruta para luego ejercer dominio sobre lugares más sutiles de nuestra existencia. Es un primer trabajo de devastación al que, por desgracia, pocos se atreven a hollar. La verdadera prueba empieza a partir de la cuarta iniciación, donde la persona que ha derivado su vida hacia el servicio requiere de mayores sacrificios personales y de una completa dedicación a una causa mayor aún no entendida del todo. La persona que recibe la cuarta iniciación, también conocida como la Crucifixión, tiene una vida compleja y de total renuncia, a veces difícil, tensa, penosa e intensa. Renuncia a todo tipo de estatus, comodidades, amigos, riquezas, reputación, posición social y a veces, incluso renuncia a su propia vida. A partir de la cuarta iniciación podríamos decir que empieza el ciclo de las iniciaciones mayores en nuestro planeta, esa en la que una vez que nos hemos conocido a nosotros mismos, podemos conocer todo el universos y sus dioses.

Muchas órdenes que actualmente se autodenominan iniciáticas no son más que una puerta de acceso a estas verdades, un espejo imperfecto del verdadero Aula de Sabiduría. Más allá de las iniciaciones simbólicas, estas puertas están totalmente alejadas de la primera y real iniciación. Para entender todo esto de forma desapegada, debemos observar nuestros impulsos y nuestro carácter de sacrificio. Sabemos que nos definen nuestras acciones, no nuestras palabras, y es ahí donde podemos ver con claridad en qué lugar real nos encontramos. Cada día es una oportunidad para ir despejando el camino, para hollar poco a poco la senda de la renuncia y el sacrificio. Un sacrificio aún no entendido, pero responsable de todo avance. Cada día es una oportunidad para enfrentarnos al verdadero ser que somos.

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Determinada determinación


 

“Digo que importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar al final, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabajase lo que se trabajare, murmure quien murmurare…” Camino 21,2. Madre Teresa de Jesús.

Cueste lo que cueste, la determinada determinación nos lleva a despojarnos de aquello que no somos. Resulta difícil entender esto, pero no somos lo que somos, o mejor aún, no somos lo que creemos que somos. Por eso el desprendimiento más desgarrador es la desidentificación con aquello que pensábamos que éramos. No somos nuestros pensamientos. No somos nuestras emociones. Tampoco nuestro estado de ánimo. Ni siquiera somos este vehículo provechoso que llamamos cuerpo. Y, sin embargo, todo lo que hacemos, todo lo que pensamos, todo lo que soñamos, todo lo que sentimos, circula alrededor del vehículo, olvidando siempre el viaje, las metas, los caminos, y sobre todo, olvidando al piloto, al jinete, al que va dentro del carromato cuerpo.

Determinada determinación para encerrarnos en el silencio, para arrodillados ante la inmensidad de la vida, desapegarnos de todo, de todos. De aquellos que te elevan en sus pensamientos y de aquellos que te utilizan y te olvidan. De aquellos que subliman tu ánimo y de aquellos que descaradamente intentan minarlo. Cuando en arrebato súbito tenemos la certeza de que algo poderoso fluye en nosotros, entonces ya no importa nada. Ni nuestras posesiones que no son nuestras, pobres ingenuos. Ni nuestras melancolías, ni nuestro descarado motor de vida.

No importa nada, excepto nuestra determinada determinación. Y esa determinación es un arrebato del alma. Es una bomba estelar que subyace bajo nuestra epidermis, escondida, camuflada, disimulada en cada átomo de nosotros. Y cuando por casualidad, o por sublimación, llegamos a ella, ¡ay!, que desazón nos acompaña. Y algo se mueve en nosotros, y algo empieza a arremolinar entre nuestras manos. Ya no soy esto, ya no soy aquello, ya no soy nada, excepto esa grandeza interior que siempre, pobres incrédulos, permanecerá escondida.

Determinada determinación para seguir adelante en ese arrebato por alcanzar los cielos (ese lugar donde estamos todos, y sin saberlo aún, somos solo Uno), despejando la duda de que aquí en la tierra solo las polillas podrán ejercer algún tipo de dominio sobre nuestros ilusorios tesoros. ¿Qué posesión más fútil podrá llenar nuestras alforjas verdaderas ante nuestra inminente partida? Todo es tan baladí cuando nos engañamos a nosotros mismos. Luchar toda una vida para dar cobijo y satisfacción a esa ilusoria manía de identificarnos con lo que no somos. ¡Qué ingenuos aún! Tanto por hacer para alcanzar el cielo… Tanto por comprender la urgencia de esa Unidad ahora ausente en nuestra mentira ilusoria. Es tan urgente despertar a esa determinada determinación… ¡ay!

No sabría que más decir cuando descubres que nada importa nada, excepto la determinada determinación.

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