Los guerreros que miran hacia la oscuridad


The Return of the Crusader, de Carl Friedrich Lessing

Has vivido en todos los fracasos y en todas las pasiones. No estabas muerto, podías respirar cada silbido de vida que corría en cada una de las montañas escaladas, en cada uno de los abismos recorridos, algunos sin final, algunos siempre tan oscuros. Incluso allí podías gritar vida. Si estabas preparado y una vez en la cumbre volvías tu rostro cansado hacia la luz, permaneciendo dentro de su esplendor, quedabas cegado para los asuntos humanos y “volvías a casa”, desapareciendo en la estela, en el sendero iluminado, en el gran centro de absorción. Muchos deciden hollar este sendero y desaparecer para siempre. Misión cumplida.

Sin embargo, aquellos que han vivido en todos los fracasos y en todas las pasiones, y escalado todas las montañas, mirando hacia lo alto, han sentido compasión por sus hermanos, por los asuntos humanos, retornan. Han hollado el sendero de la luz, allá en la alta cumbre, pero, renunciando al mismo, han girado sus pasos en sentido opuesto, han dejado el pedestal de la luz y, vaciando sus vidas, han vuelto hacia la oscuridad, en dirección opuesta, como ángeles caídos del cielo y su luz.

Han trazado un camino de retorno, vuelven hacia la oscuridad cargados de luz fusionada en sus siete centros, transmitiendo e irradiando luz hacia el exterior. Amando a los que se encuentran aún en el sendero oscuro, sacrifican su camino y caen de nuevo a la tierra, compartiendo su esplendor, ahora reducido, con aquellos que huellan en el sendero de la oscuridad. Para ellos, los que aún viven en la oscuridad, ahora el camino ya no es tan sombrío, encuentran consuelo y amor en los que retornan con su armadura cansada, pero luminosa. Han sido acogidos por los guerreros que, volviendo de las altas cumbres, penetran en el miedo y la desolación ayudando entre tinieblas y buceando en la esperanza, el servicio, el amor. Caballeros de luz, armados de compasión, cabalgan fructuosos para apoyar al otro, para guiarlo hacia sus propias cumbres donde la luz, el amor y la esperanza resplandecen para todos.

Detrás de los guerreros, entre la luz y la oscuridad, sigue palpitando el anhelo, la superior obra, la balanza y el deseo de seguir hollando hacia nuevas cumbres. Unos eligen seguir adelante, los otros, aquellos que en la tradición budista son conocidos como los bodhisattvas, los guerreros de la compasión que se fortalecen mediante las virtudes o pāramitās, retornan al mundo para obrar el bien entre todos sus hermanos. Fe y esperanza, susurran una y otra vez. Fe y esperanza.

Es por eso que los guerreros de la compasión, en el intervalo superior de la luna llena, en lugares necesariamente secretos, silenciosos, apartados del mundo y sus tinieblas, se reúnen una vez al mes para recoger fuerzas, para atraer más luz a sus siete canales de actividad y así poder servir y ayudar con mayor fuerza. Luz, amor y voluntad al bien son las fuerzas que atraen en silencio, en profunda meditación. Cuando la luna está amplia y colmada, estrechan su vínculo con el propósito superior, entonando su canto, su anhelo de fusión de grupo:

“Soy uno con mis hermanos de grupo, y todo lo que tengo les pertenece. Que el amor que hay en mi alma, afluya a ellos. Que la fuerza que hay en mi, les eleve y ayude. Que los pensamientos que mi alma crea, les alcancen y animen.”

La cadena áurea y su linaje espiritual


Accolade, Edmund Blair Leighton

 

Las distorsiones de la personalidad ya no pueden confundirnos, ni atraparnos, ni doblegarnos. Ahora tenemos ya la confirmación, el anhelo, la fuerza que nace de la visión de nuestras almas liberadas. En medio de todo ese ruido, en mitad de las necesidades de la personalidad y sus diez mil pequeñas cosas, cada vez se hace más fuerte la llamada al servicio, el inequívoco reencuentro del linaje, de la estirpe de aquellos que sobrevivieron al primer diluvio y anduvieron hacia las tres direcciones señaladas, siempre hacia el Oriente, conquistando grandes montañas y resguardando el Secreto.

Ya nacen de nuevo esas pequeñas albercas, esas fuentes de agua viva, esos pozos de Jacob con ese hermoso encuentro entre tan diferentes realidades. Ya pueden de nuevo verse esos nacimientos de agua viva: el que beba del agua que Yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que Yo le daré se hará en él una fuente de agua que brote para vida eterna, dijo el avatar, el más grande entre los grandes.

Y ahora de nuevo volvemos a despertar, no solo en esta luna de acuario, sino en todas las siguientes lunas, las cuales nos harán recordar nuestro linaje solar, nuestra armadura y lanzas, nuestras batallas una y otra vez con escudos solares, promulgando aquí y allá el nacimiento, época tras época, del alimento que brota de manantiales y fuentes. A pesar de las distorsiones de este tiempo de oscuridad, muchas empiezan a reconocer dentro de sí esa ascendencia y ese tributo para resucitar la cadena áurea.

Los testigos del conocimiento original despiertan inevitablemente de nuevo, protegiendo el Aula de Sabiduría que nació del arcano colegio invisible de sabios. Los dragones se reencuentran, los caballeros empuñan de nuevo la espada y la rosa y los monjes-guerreros reconstruyen con sus manos los templos que otros derribaron. Los Pobres Compañeros crean de nuevo sus encomiendas. Los observantes y frailes menores retoman sus hábitos, aún tímidos, y remueven la tierra con sus manos buscando fruto. Los discípulos e iniciados dan muerte al buey y prosiguen sigilosamente los caminos alentando a unos y a otros, gritando en silencio para que despierten, más allá de dónde canta el gallo, el resto de obreros. La rosa se reencuentra una vez más con los ciclos de la cruz, y el hermético secreto vuelve a florecer entre los llamados hierofantes y sus gnósticos acompañantes.

Es la Gracia de los tiempos, la barakah revelada, la anunciación que a grito de alma hace resucitar a los dormidos, a los dolientes, a los que nunca olvidaron su verdadero linaje. Despiertan las luces nocturnas, los guías de las razas, las almas libres llegadas de todos los confines. Suenan de nuevo las trompetas y se alza la mirada a los cielos esperando la nueva revelación. Ejércitos de miríadas renacen, se reconocen y se ponen manos a la Obra, a la Gran Obra. Hay mucho por hacer, y pocas las manos. No hay tiempo que perder, los Tiempos lo reclaman. La cadena, una vez más, continua en su dorado amanecer. ¡Despertad! ¡Reconoceros! ¡Hollad los caminos juntos!

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Construyendo el conciliábulo secreto


Antiguamente, fueron transmitidos los más profundos secretos. Desde tiempos inmemoriales se entregaron en sociedades secretas arcanos misterios. Tan solo aquellos que habían pasado por una dolorosa iniciación, eran verdaderos recipiendarios de los mismos. Ahora ese dolor sigue igual de agudo, estrecho, penetrante, pero más oculto si cabe. Los escuchamos en la canción de cuna nórdica. En los aullidos de lobos lejanos, en la nieve, el fuego, en el temblor de los árboles mecidos por la inclemente tempestad, y en los suaves pasos de peregrinos que incesantes, se reúnen una y otra vez en los bosques.

Todo se conjuga por fuera como un momento de destrucción desolada, acompañado, paradójicamente, por un momento de eterna calma en el interior, junto al fuego. La soledad se hace aguda, pero ahora es llevadera, incluso agradable ante las sombras del ímpetu. Hay un punto de quietud donde la necesidad desaparece y donde los ritmos se vuelven calmos, atrayentes, simpáticos. Por fuera todo se cae, mientras que por dentro todo se reconstruye. Es una sensación hermosa, que nace de otro lugar, de otro tiempo, más cercanos a los aullidos de los lobos lejanos y la nieve, más próximos a la ocultación del misterio y, por lo tanto, a su protección inevitable, una y otra vez, por los siglos de los siglos.

Es cierto que la fragua y el cobertizo han cambiado, pero solo es una ilusión. Son la misma fragua y el mismo cobertizo de todos los tiempos. Unos pasos más allá, junto a la logia ahora de piedra antigua, se encuentra el conciliábulo, aún por construir. Será secreto, y tal vez, su masa crítica será invisible para los ojos profanos. Pocos comprenden la necesidad de dicha construcción. La piedra es un símbolo, pero también es un proceso, un receptáculo, una gorra mitraica para los misterios. Los antiguos conocían el secreto de construir con piedras vivas, que sirven, en otros planos, como imanes o antenas que atraen las fuerzas cósmicas que resplandecen desde los siete rayos de aspecto y atributo. Los siete constructores creadores no son herejes ni cismáticos, pero es cierto que se reúnen en secreto, y en el futuro conciliábulo, en la gran casa común, encontrarán refugio para la adoración en común de sus dioses especiales. Allí habrá un pequeño altar y también la incomprensible cámara del medio, protegida siempre por tres luces.

Para que todo sea efectivo, debe tratarse con discreción. Se debe recordar el arte de construir la gran casa de todos sin ofender a los espíritus de los árboles abatidos. El arte de forjar metales para poder conciliar a los espíritus hostiles. Los secretos de los alimentos y los de las ceremonias que aseguren su éxito. El arte de enseñar el origen de los misterios y la manera secreta de mantener a raya la naturaleza oscura de los que transitan por el lado tenebroso. Todas aquellas cosas que fueron en el pasado remoto artificios y oficios que requerían del secreto para ser efectivos, ahora deben tratarse aún con mayor cuidado y recelo, pues estamos en los tiempos de la tribulación, y la destrucción creará confusión y un profundo sentido de desorientación.

Todo se destruye ahí fuera, excepto el calor del fuego remoto, perdido en los bosques. Los arcanos misterios resuenan temblorosos en los arrullos de las largas noches. Pacientes, se espera el momento para poner la primera piedra, la que llaman angular. Ella guardará a aquella rosada misteriosa, escondida ahora en lugar secreto, protegida. Tierra, cimientos, estructura, vacío. Todo para cobijar el misterio. Todo para dar espacio a la luz cubierta, al fuego, al aullido, al canto cósmico creador.

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Los tipos de consciencias en la evolución humana


Hay diferentes tipos de consciencias, diferentes modos de ser, diferentes realidades y diferentes vías de evolución. El tipo de consciencias se pueden dividir en siete, dependiendo del poder de adaptación consciente a las circunstancias que nos rodean y de nuestra capacidad de ver más allá de las formas que nos aprisionan en la materia.

1. La primera consciencia tiene que ver con la adaptación inconsciente al medio ambiente. Estamos hablando aquí de la consciencia básica del homo-animal que se rige aún únicamente por el instinto más primitivo. Son personas que viven solo para la subsistencia material y la reproducción, basando sus vidas en ello, sin ninguna otra motivación.

2. En esta segunda etapa, nace la consciencia en el ser humano que empieza a tener ciertos destellos de percepción inteligente y alguna actividad mental más allá de la propia adaptación al medio. Aquí estamos hablando del primer contacto con el egoísmo y el amor propio. Existe mayor consciencia del “yo”, y por lo tanto, una mayor independencia, habilidad y astucia para ver aspectos del ser más allá de la pura subsistencia.

3. A partir de aquí, pasamos a la etapa de la consciencia puramente egoísta. El ser humano empieza a tener móviles más allá de la pura subsistencia, pero se rige exclusivamente por el deseo de tener comodidad en todos los sentidos, material, emocional e intelectual. Se lleva bien con todos y se adapta a todas las circunstancias, pero desde la consciencia egoísta, sin mayor implicación que esta.

4. En este tipo de consciencia empieza a nacer la consciencia grupal no instintiva. Existe el reconocimiento de grupo más allá de los puros egoísmos personales y un primer reconocimiento de los derechos y sensibilidades de los otros. Es donde empezamos a interactuar con los otros de una forma más desapegada hacia los resultados.

5. A partir de esta fase evolutiva nace la consciencia del ser humano realmente bueno, que intenta adaptarse a las relaciones y responsabilidades grupales desde la inofensividad y el trato constructivo. Ya no basa únicamente su vida en actitudes egoístas, sino que va explorando poco a poco posibilidades de ayuda mutua y cooperación grupal.

6. Aquí tenemos a los aspirantes de aquellos que anhelan realizar un trabajo más profundo sobre su propia consciencia. Están completamente entregados al trabajo grupal en sus diferentes aspectos y siente la necesidad de ser completamente útiles a esta labor. Es cuando nace la necesidad de realizar un trabajo consciente para disciplinar la naturaleza inferior, instintiva, egoísta y de supervivencia para poder aspirar a un trabajo de mayor responsabilidad y compromiso. Se puede decir que es a partir de aquí cuando el ser humano empieza a tener cierta consciencia “espiritual”, es decir, consciencia de pertenecer a algo superior a sí mismo. Es cuando empieza un verdadero entrenamiento para acceder a sus poderes latentes con la intención de poner dichos poderes al servicio grupal. Nace entonces cierta llamada, aún confusa y débil, que lo guía en la búsqueda de este nuevo sentido más allá de sí mismo.

7. En este tipo de consciencia tenemos a los que en la tradición antigua se denominaban discípulos e iniciados. Son los que han alcanzado cierto grado de evolución significante y su interés ha dejado de ser personal, dedicando sus vidas al desarrollo, necesidad, propósito y evolución grupal. Enfocan su atención mental en la vida “espiritual” y en el aún desconocido mundo de las almas. Son aquellos que conocen la Gran Obra, y disciplinan sus vidas personales para ser unos perfectos constructores de la misma. Intuyen y conocen el Plan, actuando en cada momento y época según las necesidades del mismo. Es la consciencia de los llamados hermanos mayores de nuestra raza humana o también conocidos como los grandes compañeros, los guías que con su trabajo silencioso y su ejemplo debe acompañar al resto desde la inconsciencia a la consciencia de lo que realmente somos. Son los que unifican y no dividen, los que integran y no destruyen. Son los verdaderos constructores de la raza humana.

Sintetizando podríamos decir que hay dos caminos bien definidos, los caminos de la personalidad y sus necesidades, y los caminos del alma y sus propósitos. Ese que llaman el camino del alma es lo que algunos conocen como el camino del corazón, porque da respuestas a algo que nos supera como personalidades. Ya no servimos, de alguna manera, a los intereses egoístas que todo individuo posee, sino que nos aferramos a una causa mayor que en la mayoría de los casos, por nuestra falta de visión, no podemos ver ni entender en su conjunto. Pero ahí está el alma, susurrando a nuestro corazón, para que tomemos ese difícil camino, inevitablemente, a medida que nuestra propia consciencia se va expandiendo. Algunos lo llaman el toque de clarín, otros la llamada, y una vez sentido, dejamos de ser esclavos de las necesidades de la personalidad y nuestros inconscientes egoísmos y sentimos la liberación que este tipo de consciencia nos ofrece para evolucionar.

En el mundo de los arquetipos, esto es conocido con el nombre del “secreto de traslación”, relacionado muchas veces con el poder de elevación y libertad que ejerce la aspiración espiritual. No hablamos aquí de una ciega y a veces inútil aspiración emocional, sino más bien de un proceso evolutivo que tiene que ver con nuestras conciencias y nuestra cada vez mayor evolución como seres humanos. Esta transfiguración es una liberación, subordinando nuestras vidas a la expansión ininterrumpida de la consciencia grupal.

 

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DOMANDO AL BUEY. Una visión de la iluminación budista


En los prados de este mundo, buscando al buey, sin descanso, voy apartando las altas hierbas. Siguiendo ríos sin nombre, perdido entre los confusos senderos de lejanas montañas, desesperado y exhausto, no puedo encontrar al buey. Oigo únicamente el canto nocturno de los grillos, en el bosque.

 

El pastor de bueyes busca, luego doma, monta y finalmente transciende a un obstinado buey. Esta parábola representa uno de los más importantes principios del Budismo Zen. Bellamente ilustrada en pinturas, esta famosa historia decora las paredes de los templos por toda Corea. Originalmente desarrollado por el maestro del budismo Zen (Son en coreano) en China durante la Dinastía Sung (960-1280) las series de pinturas de la Doma del buey (llamada shim-oo-do en coreano) usan la metáfora de un pastor de bueyes y un buey para ilustrar los estados del progreso espiritual hacia la budeidad o iluminación. Debido a la propagación de enseñanzas Zen, las versiones de la serie de pinturas abundan en Japón, a menudo con comentarios, algunos discursivos, algunos lacónicos, muchos en verso.

En la primera pintura de la serie, subtitulada La Búsqueda del Buey, el buey en sí mismo no se ve. En cambio, vemos un hombre, el pastor de bueyes, buscando en un amplio paisaje cubierto de bruma. Como la bruma sugiere, la visión del mundo del pastor es confusa y distorsionada. Confundido por sus sentidos, distraído por sus pasiones, ha perdido contacto con su verdadera naturaleza. En las palabras de un comentador clásico del siglo XII, el monje Zen Kakuan, de la escuela Rinzai: “El deseo por ganar y el miedo de perder queman como el fuego, las ideas de correcto y equivocado aúllan como un ejército”. Aunque no se de cuenta todavía, el objeto que busca el pastor de bueyes, que de algún modo siente que ha perdido o de que se ha sido separando, es su verdadera naturaleza. En las palabras de Kakuan: “El buey nunca se había perdido, así que, ¿cuál es el uso de buscarlo?” Nosotros no vemos al buey porque hemos caminado en dirección contraria a nuestra verdadera naturaleza.

Junto a la orilla del río, bajo los árboles, ¡descubro sus huellas! Incluso sobre la fragante hierba veo sus pisadas. Y en lo profundo de las remotas montañas también se las encuentra. Su rastro a nadie puede pasar desapercibido.

 

En la segunda pintura, Mirando las Huellas del Buey, el pastor encuentra las huellas. Está en la pista del buey. Por el estudio, la meditación y las experiencias ha llegado a entender algo: “Ahora él sabe que las cosas, a pesar de su multitud, son de una sola sustancia, que el mundo objetivo es un reflejo del yo mismo”. Aunque él no puede ver todavía al buey, conoce su presencia. Ha tenido una visión de su origen en su dolor y confusión, una intuición de que estos pueden ser transcendidos

En la enramada lejana, un ruiseñor canta alegre. El sol es cálido, la brisa suave, los sauces verdean a lo largo de la orilla del río. El buey está ahí, ¿cómo podría ocultarse? ¿Qué artista sabría dibujar esa espléndida cabeza, esa majestuosa cornamenta?

 

El buey hace su primera aparición en la tercera pintura, Viendo al Buey. No mucho en realidad, ya que está oculto en la espesura, solo se puede ver una parte de él: fundamentalmente marrón con algunas trazas de blanco, que dan una idea del aspecto simbólico del animal. “Cuando el ojo se dirige adecuadamente encontrará que no es otra cosa que él mismo”. Lo que el pastor de bueyes ha percibido, de acuerdo al comentario es que nada existe fuera de sí mismo. Reconociendo que no hay distinción entre sí mismo y el mundo, está en camino de disolver las confusiones nubladas del ego y percibir que no es una entidad individual y separada.

Lo atrapo tras una implacable lucha. Su ruda voluntad y su fuerza son inagotables. Y se lanza hacia la colina distante, tras las lejanas brumas. O se dirige hacia un barranco impenetrable.

 

El buey es capturado en la siguiente pintura, Cogiendo al Buey, pero no está todavía domado en su totalidad. Su color es crecientemente blanco, lo que indica una espiritualidad mayor, pero su naturaleza salvaje permanece sin gobierno. La pintura ilustra la lucha: la batalla por trascender el ego. El domador de bueyes ha alcanzado su propia agresiva naturaleza, dominada por los sentidos y está luchando por controlarla. En las charlas esotéricas de los monasterios zen, domar al buey siempre ha significado tratar de subyugar la propia naturaleza sin gobierno de cada uno. Esto, el objetivo esencial del ejercicio Zen, es algo que no es sencillo. Kakuan describe esta lucha en un verso: “Con la energía de toda su alma, al fin ha conseguido tomar al buey: Pero, ¡qué salvaje es su voluntad, ingobernable su poder!”

Necesito del látigo y la soga. De lo contrario podría escapar en los polvorientos caminos. Bien adiestrado, es de espíritu dócil. Entonces, sin dogal, obedece a su dueño.

 

La quinta pintura, Domando al Buey, continúa con el tema de la lucha espiritual por la trascendencia del ego. El buey aparece más dócil y su color blanco se ha extendido, pero la búsqueda por la iluminación no ha acabado; el pastor y el buey no son todavía uno. El comentario de Kakuan a esta pintura nos proporciona un discurso excepcionalmente claro sobre los objetivos y frustraciones del ejercicio espiritual del Budismo Zen: “Cuando un pensamiento se mueve, otro lo sigue, y luego otro hay de esta forma una cadena interminable de pensamientos. A través de la iluminación todo esto se vuelve verdad: pero la mentira se intentan afirmar cuando la confusión prevalece. Las cosas nos oprimen no porque son parte de un mundo objetivo, sino porque son parte de nuestra propia mente engañada. No dejemos que esta cuerda se libere, mantenedla firme y no te permitas indulgencias. Nunca te dejes a ti mismo separarte del látigo y de la traba para que el buey no vague en el mundo de la deshonra. Cuando está adecuadamente domado, crecerá puro y dócil. Incluso sin cadenas te seguirá fielmente”.

A lomos del buey, lentamente regreso a casa. El son de mi flauta llena la tarde. Marco con la mano la armonía que me acompaña, y dirijo el ritmo eterno. Quien oiga esta melodía me acompañará.

 

Y tal exitosa doma, con pureza y docilidad es ilustrada bellamente en la siguiente escena, Montando al Buey hacia Casa, con el pastor de bueyes tocando calmadamente una flauta, sentado encima del buey, ahora casi de un blanco inmaculado. “Sus ojos están fijos en cosas que no son de este mundo. Incluso si se le llama, él no torcerá su cabeza, aunque sea tentado, no regresará. Él es ahora uno de los que sabe, ¿es necesario decirlo?”. Esta es, sin duda, la más conocida de las pinturas del pastor de bueyes. El pastor bendecido, tocando la flauta sobre un buey casi blanco está entre los motivos más populares del arte inspirado en el Budismo coreano. Desde camisetas a ceremonias del té, la rendición del Montando el Buey hacia Casa tiene su lugar en todos los estratos de la cultura coreana.

Montado sobre el buey, vuelvo a mi hogar. Estoy sereno. El buey también puede descansar. El alba ha llegado. En este dulce reposo, en mi cabaña, dejo a un lado el látigo y la soga.

 

Pero el buey, desde luego, nunca fue real, como la siguiente pintura refleja, El Buey Transcendido/ El Pastor de Bueyes solo, que muestra al Pastor en una plácida soledad. “Montando en el Buey, por fin, ha llegado a casa. ¡Dónde! El buey no está más, y que serenamente se sienta en soledad”. Habiendo recuperado su verdadera naturaleza, esto es, la trascendencia de su ego, la percepción de su unidad con el mundo, el pastor de bueyes no necesita más al buey simbólico. “Lo que necesitas no es la trampa o la red, sino la liebre o el pescado” es como Kakuan lo señala. Otros comentaristas Zen citan al Sutra Surangam diciendo que las enseñanzas del Budismo son “como un dedo que señala la luna; una vez que la luna se ha visto, el dedo no es ya más de utilidad”. O, en una formulación budista moderna: “Cuando has entendido el mensaje, puedes colgar el teléfono”.

El látigo, la soga, uno mismo y el buey, todos, se funden en la Nada. Este cielo es tan vasto que ninguna palabra lo puede abarcar. ¿Podría un copo de nieve subsistir en el ardiente fuego? Aquí están presentes los vestigios de los antiguos maestros.

 

Y para el observador, que busca el significado de las pinturas, el pastor de bueyes, también es meramente simbólico. En un verdadero estado de iluminación, él no es más un individuo distinto al gran orden universal. De hecho, el universo en sí mismo es una unión infinita sin separación entre la mente y el sí mismo, sin ningún dualismo. De esta manera, en la siguiente pintura, El Buey y el Domador Transcendidos, no vemos al buey, ni al domador, no hay ningún elemento figurativo. En cambio, la pintura muestra un círculo vacío, el símbolo esencial del Zen de plenitud. Los maestros Zen Chinos han dicho que dibujar círculos en el aire con sus dedos es como un recuerdo del objetivo de su búsqueda espiritual, lo mismo que los cristianos hacen con el signo de la cruz. Este círculo vacío que todo lo contiene y todo lo transciende es la pintura final en las primeras versiones de la Doma del Buey, pero maestros posteriores, preocupados por el que la imagen pudiera favorecer un falso entendimiento de la iluminación budista como simple inactividad y vacío pasivo, sumaron a la serie otras pinturas para mostrar el retorno del pastor de bueyes al mundo. De esta manera, en muchas versiones la siguiente pintura muestra una escena de montañas, nubes y árboles sin sujetos animados.

Se han dado demasiados pasos para volver a la raíz y la fuente. ¡Más habría valido ser ciego y sordo desde el principio! El hogar en la más verdadera morada de uno mismo, indiferente a las cosas exteriores. Sin esfuerzo, fluyen las aguas del río y las flores son rojas.

 

Esta es seguida comúnmente por una pintura final En el Mundo, de un ser humano, presumiblemente el domador de bueyes, pero a menudo considerablemente transformado. En muchas versiones aparece como un monje ascético, meditando en la posición del loto en los altos de una montaña. Otras versiones ofrecen un retrato más mundano, sugiriendo una misión después de la iluminación para servir a otros y compartir los frutos del entendimiento: “Él se encuentra en compañía de comerciantes y carniceros; él y ellos, están todos convertidos en Budas”. Esto está en concordancia con el principio esencial del Budismo Mahayana: la iluminación individual no puede ser considerada completa mientras queden seres sufriendo en el mundo. De aquí que la idea del Bodhisattva que alcanza la iluminación, pero en vez de escapar al renacimiento, elige renacer de nuevo caminando en ayuda de otros seres vivos hasta que todos sean liberados.

Descalzo y con el pecho desnudo, me mezclo con la gente del mundo. Mi ropa está remendada y cubierta de polvo, y soy más dichoso que nunca. No uso magia para alargar mi vida, pero ahora, ante mí, los árboles marchitos se cubren de flores.

 

Describir el proceso de iluminación a los no iluminados es una tarea claramente complicada. Explicarlo con el lenguaje es, según la frase deliciosa de Sam Goldswyn: “en dos palabras: ¡imposible!”. La imaginería visual y metafórica puede trascender el lenguaje y llevarnos un poco más lejos, pero hasta un límite. Como un texto de la era Tang dice: “Esta materia no puede ser mostrada con la mente y no puede ser conseguida sin la mente; no se puede contar con palabras y no puede ser reflejada por el silencio”. De cualquier manera, las pinturas de la Doma del Buey en las paredes de los templos budistas coreanos, junto con su deliciosa capacidad evocativa, nos ofrecen intrigantes intuiciones al respecto.

Por David Kosofsky

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Nacimiento, Bautismo y Transfiguración. Iniciación en el día de la oportunidad


Gustave Courbet, “L’immensità”, 1869.

 

En nuestro planeta existen dos tipos de iniciaciones. Las menores y las mayores. Podríamos decir que en nuestro ámbito más inmediato hay tres iniciaciones que nos afectan profundamente. En total se podrían enumerar hasta siete iniciaciones, pero podrían ser cinco o doce, dependiendo de la perspectiva y del nivel de comprensión de cada uno. Antes de llegar a ellas, hemos realizado una gran travesía por el desierto de la vasta experiencia espiritual. Hemos sentido la llamada del toque de clarín de nuestra alma, hemos sido probados antes de atravesar la estrecha puerta, y nos hemos convertido en meros aspirantes en todo nuestro caudal de vida.

Las tres primeras iniciaciones son fáciles de enumerar. La primera tiene que ver con el pleno control de nuestro aspecto material. La segunda con nuestro aspecto emocional y la tercera con nuestro aspecto mental. Dicho así, parecería algo simple, pero cada aspecto encierra dentro de sí pequeñas subdivisiones y subplanos que hay que tener en cuenta y superar poco a poco.

La primera iniciación, el Nacimiento en la cueva, tiene subdivisiones, momentos de tensiones y crisis que tienen que ver con el control completo no solo de nuestro cuerpo físico, sino también de la materia circundante. No tan solo de los instintos más primarios, sino además, del correcto mantenimiento de un cuerpo sano, puro y dócil al dominio del alma. Durante un tiempo, debe prepararse para la soledad, para la renuncia, para el desapasionamiento, para el autocontrol de sus centros motrices, productores, incluyendo una alimentación sana e inofensiva. La persona que se prepara para la primera iniciación debe alejarse de la gula, del tabaco, del alcohol y las drogas, del libertinaje sexual, alejándose en todo momento de las exigencias de nuestro cuerpo. Ese control crea sus propias rigideces y distorsiones, pero es necesario antes de continuar hacia adelante. Un cuerpo físico fuerte es imprescindible para soportar las fuerzas y las energías con las que más tarde vamos a trabajar, sea en los planos que sea, por eso, en esta primera fase, corresponde cierta exigencia en la dieta y en el control de todo lo que entra en nuestro cuerpo.

La segunda iniciación, también conocida como el Bautismo, es destacada porque constituye la crisis del control y dominio del cuerpo astral, de las emociones, de los deseos. Es quizás una de las más complejas de todas. El sacrificio y la muerte del deseo no ha sido totalmente comprendido. Elevar las emociones, mantenerlas puras y sin máculas y liberarnos del yugo del deseo del que tanto nos hablaba el Buda, forma parte de esta iniciación. La muerte de la ilusión no solo de nuestro yo sino de la ilusión del mundo es un punto álgido. Desprendernos uno a uno de todos los hilos que nos atrapan en lo ilusorio, de las trampas emocionales y de los apegos inevitables a la materia y el deseo es quizás la parte más compleja. Ese control añade necesidad de servicio y aspiración, además de una clara voluntad para progresar y ayudar al prójimo, pero siempre desde la inofensividad y la entrega.

La tercera iniciación, denominada a veces Transfiguración, tiene que ver no solo con el control mental, de nuestros pensamientos e ideas, sino, además, con la posibilidad de dirigir dichos pensamientos hacia la creación. Manejar la materia mental y aprender las leyes para construir pensamientos creativos mediante una correcta meditación e introspección, suele ser una de las tareas de esta etapa evolutiva humana. Todo este desarrollo ayuda al despertar espiritual mediante la intuición y la construcción, más adelante, del puente que nos acerca a la realidad del alma. Cuando el cuerpo físico es completamente puro y libre de interferencias, el cuerpo emocional estable, firme y cristalino y ejercemos cierto control sobre el cuerpo mental, es posible que podamos utilizar sin riesgos fuerzas y energías nuevas que antes escapaban a nuestra visión.

Ante la visión del alma, estas tres primeras iniciaciones son necesarias, pero menores. Es decir, es un completo dominio de nuestra parte más bruta para luego ejercer dominio sobre lugares más sutiles de nuestra existencia. Es un primer trabajo de devastación al que, por desgracia, pocos se atreven a hollar. La verdadera prueba empieza a partir de la cuarta iniciación, donde la persona que ha derivado su vida hacia el servicio requiere de mayores sacrificios personales y de una completa dedicación a una causa mayor aún no entendida del todo. La persona que recibe la cuarta iniciación, también conocida como la Crucifixión, tiene una vida compleja y de total renuncia, a veces difícil, tensa, penosa e intensa. Renuncia a todo tipo de estatus, comodidades, amigos, riquezas, reputación, posición social y a veces, incluso renuncia a su propia vida. A partir de la cuarta iniciación podríamos decir que empieza el ciclo de las iniciaciones mayores en nuestro planeta, esa en la que una vez que nos hemos conocido a nosotros mismos, podemos conocer todo el universos y sus dioses.

Muchas órdenes que actualmente se autodenominan iniciáticas no son más que una puerta de acceso a estas verdades, un espejo imperfecto del verdadero Aula de Sabiduría. Más allá de las iniciaciones simbólicas, estas puertas están totalmente alejadas de la primera y real iniciación. Para entender todo esto de forma desapegada, debemos observar nuestros impulsos y nuestro carácter de sacrificio. Sabemos que nos definen nuestras acciones, no nuestras palabras, y es ahí donde podemos ver con claridad en qué lugar real nos encontramos. Cada día es una oportunidad para ir despejando el camino, para hollar poco a poco la senda de la renuncia y el sacrificio. Un sacrificio aún no entendido, pero responsable de todo avance. Cada día es una oportunidad para enfrentarnos al verdadero ser que somos.

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Determinada determinación


 

“Digo que importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar al final, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabajase lo que se trabajare, murmure quien murmurare…” Camino 21,2. Madre Teresa de Jesús.

Cueste lo que cueste, la determinada determinación nos lleva a despojarnos de aquello que no somos. Resulta difícil entender esto, pero no somos lo que somos, o mejor aún, no somos lo que creemos que somos. Por eso el desprendimiento más desgarrador es la desidentificación con aquello que pensábamos que éramos. No somos nuestros pensamientos. No somos nuestras emociones. Tampoco nuestro estado de ánimo. Ni siquiera somos este vehículo provechoso que llamamos cuerpo. Y, sin embargo, todo lo que hacemos, todo lo que pensamos, todo lo que soñamos, todo lo que sentimos, circula alrededor del vehículo, olvidando siempre el viaje, las metas, los caminos, y sobre todo, olvidando al piloto, al jinete, al que va dentro del carromato cuerpo.

Determinada determinación para encerrarnos en el silencio, para arrodillados ante la inmensidad de la vida, desapegarnos de todo, de todos. De aquellos que te elevan en sus pensamientos y de aquellos que te utilizan y te olvidan. De aquellos que subliman tu ánimo y de aquellos que descaradamente intentan minarlo. Cuando en arrebato súbito tenemos la certeza de que algo poderoso fluye en nosotros, entonces ya no importa nada. Ni nuestras posesiones que no son nuestras, pobres ingenuos. Ni nuestras melancolías, ni nuestro descarado motor de vida.

No importa nada, excepto nuestra determinada determinación. Y esa determinación es un arrebato del alma. Es una bomba estelar que subyace bajo nuestra epidermis, escondida, camuflada, disimulada en cada átomo de nosotros. Y cuando por casualidad, o por sublimación, llegamos a ella, ¡ay!, que desazón nos acompaña. Y algo se mueve en nosotros, y algo empieza a arremolinar entre nuestras manos. Ya no soy esto, ya no soy aquello, ya no soy nada, excepto esa grandeza interior que siempre, pobres incrédulos, permanecerá escondida.

Determinada determinación para seguir adelante en ese arrebato por alcanzar los cielos (ese lugar donde estamos todos, y sin saberlo aún, somos solo Uno), despejando la duda de que aquí en la tierra solo las polillas podrán ejercer algún tipo de dominio sobre nuestros ilusorios tesoros. ¿Qué posesión más fútil podrá llenar nuestras alforjas verdaderas ante nuestra inminente partida? Todo es tan baladí cuando nos engañamos a nosotros mismos. Luchar toda una vida para dar cobijo y satisfacción a esa ilusoria manía de identificarnos con lo que no somos. ¡Qué ingenuos aún! Tanto por hacer para alcanzar el cielo… Tanto por comprender la urgencia de esa Unidad ahora ausente en nuestra mentira ilusoria. Es tan urgente despertar a esa determinada determinación… ¡ay!

No sabría que más decir cuando descubres que nada importa nada, excepto la determinada determinación.

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El componente épico de volver a empezar


Así hemos amanecido hoy (4 de diciembre).

 

Para la mente iluminada, el mundo entero arde y brilla con luz”. (Ralph Waldo Emerson)

Las palabras son poderosas. Pueden dotarnos de fuerza e inspiración, pero también nos pueden llenar de vulnerabilidad. El verbo reverdece nuestra sangre. Muta nuestra vida una y otra vez.

Tras más de doce años escribiendo ininterrumpidamente en este Creando Utopías he decidido volver a empezar. Unas semanas alejado de las redes, penetrando en la soledad y el silencio de estos bosques, me han dotado de fuerza e inspiración para abrirme a un nuevo diálogo. Pero también me he llenado de vulnerabilidad. Decidí, en un acto de rebeldía interior, destruir mi propia obra. Más de siete mil entradas cosechadas pacientemente durante doce años han dejado de existir. Al menos aquí, en este lugar. Soy consciente de que algo quedó en muchos corazones, en algún edificante lazo místico, en algún edificio invisible.

Hubo un componente épico en todo ello. Una decisión drástica y un silencio oportuno. Estas letras, que aún no sé si serán de despedida o bienvenida a otro tipo de letras, a otro tipo de verbo, surgen desde una sincera reinterpretación de los tiempos que nos están tocando vivir. Unos tiempos duros, preludio, quizás, de un futuro incierto y complejo.

De momento, tras el borrado, tras el reset, permaneceré en silencio un tiempo indefinido. Quizás unos días, unas semanas, unos meses. Mi cuerpo me pide seguir compartiendo, pero mi alma, aquejada de todas mis irreverencias, me suplica sosiego y calma, concentración para poder asumir los retos que se presentan y así servir de la mejor manera a la necesidad mundial que en estos momentos vivimos.

No me da miedo volver a empezar. Tampoco el desapego de la pérdida. La vida nos dice que cuando perdemos algo, siempre ganamos algo, por muy pequeña que sea la ganancia.

En mi corazón, la ganancia de estos años ha sido infinita. Más de cinco mil personas recibían todos los días estas letras y otros tantos miles buceaban en cada rincón de esta utopía, quizás buscando algo de luz, algo de inspiración o simplemente, algo de consuelo o compañía. Espero haber sido útil y espero poder seguir siéndolo en los próximos tiempos, sea de la manera que sea.

Han sido muchos años y muchos de vosotros os habéis mantenido fieles a este lugar. Algunos conocéis quizás mi vida mejor que yo, y otros, habéis podido abrazar los suspiros de mi propia alma, que también es la vuestra. Esa alma mía, que también es la de todos vosotros, me suplica un cambio, un rumbo nuevo, una vida nueva. Aún no soy capaz de intuir hacia dónde ni cómo, pero entiendo la súplica y me inclino ante la inmensidad humilde de lo nuevo.

Solo me queda daros las gracias, de corazón a corazón, por vuestra constancia y apoyo en estos años. Solo me queda invitaros a que sigáis siendo fieles a vuestro corazón, que es la puerta por la que alma accede a nuestro interior, y el lugar desde el que nos susurra constantemente sus deseos de ardiente luz. Sed buenos. Sed mejores.

Ahora toca muerte y resurrección. Inevitablemente.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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