Instante frágil


a

Queridos, perdonar mi silencio pero ayer tuve que ir al hospital de urgencia por un fuerte dolor en el pecho y hoy he pasado el día de reposo.

Por suerte se descartó un fallo cardiaco y todo se redujo a un exceso de estrés. Hoy ya estoy mejor y de nuevo dándolo todo.

Sobre la política de este país pues creo sinceramente que si viviéramos sin gobierno los próximos diez años nadie lo notaría. 

Por desgracia aún no somos un país moderno, ni siquiera posmoderno. Vivimos aún anclados en los reinos de taifas, algunos ya más avanzados han descubierto la pandereta y el botijo y otros siguen con sus moriscas manías de ser los mejores o los más altos y rubios. 

Creo que la mejor política es la que hacemos desde nuestras pequeñas decisiones diarias. 

El qué comemos, el qué vestimos, en qué trabajamos, a qué dedicamos nuestras horas de ocio, donde guardamos nuestro dinero o en qué lo empleamos. 

La mejor política es aquella que hace de la convivencia humana algo mágico y maravilloso. Algo así como un abrazo matutino después de una meditación silenciosa en grupo o una comida en familia, aunque la familia no sea sanguínea sino que en ella te acompañe tu perro o tu vecino o un peregrino desconocido. 

Hay mucho ruido y pocas nueces en esa otra política barrio bajera donde unos y otros se acuchillan para no se sabe muy bien qué. 

Es ese teatro humano, tan necesario para ombliguear, para persuadir, para seducir, olvidando los valores universales y necesarios de la buena conducta, la buena voluntad y el bien común como premisa necesaria en la convivencia humana, solo hay espacio para el tedio. 

Bueno, perdonad el rollo. Es que ayer pensé que me moría y al resucitar recordé por un instante la urgencia del vivir, y sobre todo, la urgencia de hacer el bien. 

No solo para uno mismo, sino también para el resto de los que en este mismo instante, comparten vida. 

Somos pasajeros afortunados, pero este viaje dura un instante muy corto de tiempo. 

Vivamos en lo imprescindible. 

Un amoroso abrazo,

J. 

Pd.- Si estás leyendo estas letras es porque estás vivo. A veces olvidamos que la vida es fugaz. Te puedes caer y romper la cabeza como le pasó el otro día a alguien que andaba de excursión por Islandia. Puedes coger el tren y perder la vida mientras chateabas con alguien como pasó hace unos días en Galicia. No sabemos nuestra hora, pero ahí está, aguardando pacientemente. Nos falta, lo queramos o no, ese punto de alerta, de lucidez, de consciencia despierta que nos haga entender que todo es fugaz. En esa fragilidad, en este instante donde aparentemente estamos vivos, deberías reconsiderar todos y cada uno de nuestros días. Deberíamos pensar si cada instante que pasamos en esta nave tierra ha sido único e irrepetible. Deberíamos analizar si mañana cuando vayamos a trabajar lo haremos con una actitud positiva y cargada de cariño hacia todos. Deberíamos pensar antes de hablar, antes de emitir un juicio, antes de intentar convencer al otro sobre una u otra cuestión, antes de salir a la calle para hacer ruido, antes de hablar de fútbol o toros o política o cualquier cosa. Deberíamos sentir en nuestros adentros si todo eso que hacemos a cada instante, inclusive el comer y el dormir, lo hacemos desde un inspirado y urgente amor o desde una desesperada contradicción continua. Dichosos seríamos si tuviéramos ese instante de paz, de lucidez, de destello, como el que se siente cuando crees que la vida y la muerte pende de un frágil hilo. Ayer lo experimenté, y pensé que revivía, es decir, que aplazaba la hora trágica para abrazar el instante único del ahora. En paz, vulnerable, pero con fuerza suficiente para seguir. Es hora de gobernar nuestras vidas, de emanciparnos de todo aquello que nos frustra o anquilosa. Es hora de despertar del sueño y vivir cada instante.

El Jardín de Epicuro


a

Estimado F.,

Mientras aquí nosotros en O Couso hemos conseguido un pequeño y modesto Jardín de Epicuro, el cual, por cierto, era también de Samos, vosotros habéis conseguido vuestro propio Liceo aristotélico o Academia platónica con los Encuentros Eleusinos. Cada uno encontrando su propia paideía, a su estilo, a su manera, pero siempre como fijación la de compartir el saber Ser con el saber Hacer. Una forma de inspirar al hacedor que llevamos dentro y de paso, secuestrar del olimpo a ese dios Ser que todos somos. O dicho de otra manera, seguimos siendo unos golfos, es decir, unos ángeles caídos con esa irremediable necesidad interior de robar el fuego a los dioses. Osados, eso somos. 

Lo habéis conseguido y de alguna forma nos sentimos agradecidos por secuestrar ese soplo de aliento, por haber arrebatado algo de vosotros, que sois maestros en el arte de la provocación y en la ensoñación de esa búsqueda unitaria de la luz. Ya no se trata de seguir en la inopia de la búsqueda. Algo ya hemos encontrado gracias al aporte de lucidez. Ahora solo resta, a modo de tributo, salir del laberinto del yo para abrazar el compartir del nosotros. Por más que nos pese, por más que nos aturda, por más que nos creamos algo, nada puede existir ajeno a ese plural irremediable. Es el nosotros en su triple manifestación interior, voluntad, sapiencia y amor, lo que nos aproxima al magullado Misterio.

Aquí en las montañas, en los bosques que nos rodean, en la huerta con forma de mandala, en la casa de piedra o cerca del pozo lo vemos de frente, sin atajos, sin prisas. Sentimos la presencia del Misterio en cada poro de tiempo, en cada suspiro de vida. Allí, en vuestro templo, en vuestro liceo o academia, se respira de igual forma en las hojas contemplativas de la erudición, del placer intelectual y la luz que nace siempre de la razón. Son solo dos vías, la del místico y la esotérica, que aspiran a fusionarse en el adepto que todos llevamos dentro. El adeptado no es más que esa fijación integradora de todas las vías. Es la visión multidimensional de aquel que además de vida, conocimiento y fuego arrebató algo de Misterio al Hacedor.

Dios, o lo que sea, te guarde muchos años más para que sigamos disfrutando de más Encuentros.

Quedamos siempre agradecidos por tanta luz. 

Seamos inspiración, aunque sea humilde y silenciosa


a

Estimados amigos,

ante todo, felicidades por vuestro proyecto, deseando que podáis tener todo el éxito del mundo en vuestro propósito e intención. La mejor manera de conocer realmente lo que estamos haciendo en O Couso es visitando el lugar y su gente. En la página web hay mucha información adicional pero lo que le da sentido a todo es la propia experiencia vivida aquí. 

Nuestro proyecto se enmarca dentro de una línea de trabajo que hemos llamado “integral”, ya que intentamos que todos los aspectos del ser humano, desde los materiales hasta los más profundos o espirituales, tengan cabida. No tenemos ninguna ideología ni creencia establecida, excepto el respeto y la tolerancia más absoluta con todo y con todos mediante acuerdos de fraternidad y compartir.

Os adjuntamos un dossier donde explicamos algunas cosas más detalladas sobre el primer contacto en comunidad. Este lunes empieza la última semana de experiencia de este verano, por si queréis pasar unos días con nosotros y ver lo que hacemos. Si es una fecha muy justa estaremos encantados de que podáis venir cuando queráis. 

Con respecto a la tierra aplicamos algunos principios del propio proyecto. Compramos entre todos la finca con una casa del siglo XVI y más de tres hectáreas de tierra. La finca la pusimos a nombre de una fundación por dos motivos:

a) En el proyecto no existe la propiedad privada, solo el uso compartido y respetuoso de la misma.

b) No se puede comercializar con lo que aquí hacemos, solo compartir en generoso compromiso todo lo que hagamos con el principio de “deja lo que puedas y coge lo que necesites”.

El punto a) es muy importante para nosotros, ya que evita que en el futuro, si alguno de nosotros decide abandonar el proyecto, el proyecto siga adelante sin verse mermado. El punto b) también es importante porque nuestra intención es cambiar el paradigma con respecto al dinero y el uso de la tierra, no verlo como una mercancía sino entenderlo como un don, como una gracia de la naturaleza que no nos pertenece, sino que usamos y compartimos con el resto.

Para nosotros también es importante tener una intención clara de servicio, de interiorización, de dotar de sentido todo lo que hacemos basado en las correctas relaciones humanas y el compartir la vida desde un profundo respeto y observación de lo que nos rodea. De ahí que dediquemos tiempo a los círculos de consciencia, de sabiduría y de servicio, aplicando la norma no escrita de que el ser humano es bueno por naturaleza y de que necesitamos reconciliarnos con esa parte de excelencia natural. El cometido, en resumidas cuentas, es hacer de un mundo bueno, un mundo mejor, pero siempre desde el ejemplo humilde y silencioso de nuestros actos individuales. A veces, muy pocas quizás, conseguimos algún tipo de inspiración para nosotros, para el grupo o para el resto. Esa pequeña inspiración es fruto suficiente para seguir adelante. 

Cualquier cosa que necesitéis, por favor, no dudéis en decirlo, y ánimo con el proyecto…

Un abrazo sentido,

Sobre el nosotros y el ellos


a

Estimada R,

créeme si te digo que me ha emocionado leer tu sincero escrito. Realmente las palabras del otro día no reflejaban tristeza. Sí quizás algún tipo de melancolía no identificada, ya que uno nunca está a salvo de las norias emocionales y resulta complejo bucear en la armonía constante, a pesar de que en este último tiempo, y digo a pesar porque los acontecimientos recientes han sido pruebas duras, vivo una vida bastante equilibrada en todos los sentidos, además de sencilla. Mi mente cada día está más tranquila, es más llevadera, más concentrada, más activa en cosas y pensamientos útiles. Mis emociones, por fin, parecen más apaciguadas. Ya no es esa lava volcánica que explosionaba en cada cambio de estación. Ahora es como una suave brisa acompasada por la paz que la propia mente transmite en su navegar. Físicamente estoy en esa edad en la que el cuerpo cada vez demanda menos cosas. Por suerte nunca tuve ningún tipo de vicio, excepto las galletas de las que por el momento no puedo prescindir. Pero lo veo como un mal menor, algo llevadero y salvable. 

Esos cambios de paz y quietud interior quizás tengan que ver con el lugar donde me encuentro, o por la paz conseguida tras muchos años de batallas y conquistas y pérdidas y derrotas y victorias siempre a medias. Ahora me siento cada día más desnudo, sin tanto trasiego, sin tantas ganas de cambiar a nadie y sin esa necesidad que nos inculcan de ir demostrando cosas al mundo. El éxito siempre es una derrota. Pero hay que saber entenderlo en profundidad. 

Es como esa sensación de mirar desde una gran torre elevada todo lo que ocurre allí abajo en el valle. Pero esa mirada siempre es provisional, porque como Zaratustra hizo algún día, el que ha dedicado mucho tiempo a subir a la montaña, a las cimas del entendimiento y la responsabilidad de ver más allá, de sufrir un poco más con tal de saciar cierta angustia vital, luego tiene el compromiso interior de bajar al valle para compartir todo lo aprendido. Y aquí se juntan dos hechos importantes. El primero es la melancolía de la que te hablaba al principio. El segundo es la necesidad grupal, la expansión de mi propia individualidad mediante el otro. 

Cuando era pequeñito era algo así como un niño retraído. Diría que en términos psicológicos rozaba el autismo. No tenía ningún tipo de contacto ni interés por el exterior. Cuando los adultos me hablaban o los niños lo hacían en un tono no apropiado mi reacción era la de llorar. Las pocas veces que gesticulaba alguna palabra, y esto duró quizás hasta los diez o doce años, era siempre en susurro. Incluso hoy día a veces no me entienden por esa manía mía de hablar poco, mal y en susurro. En la escritura encontré una hermosa tabla de náufrago para expresar aquello que en palabras habladas no era capaz de hacer, y de ahí la afición. 

Tejer palabras escritas me era más natural que hablar. No me gusta hablar, y durante muchos años, hasta ya entrada la madurez, no era capaz de expresarme correctamente en grupos superiores a tres personas. 

Tuve una pareja durante siete años de profesión psicóloga que hizo una gran labor con mi timidez extrema. Consiguió de forma milagrosa arrebatarme de mi interior para sacar algo de mí al exterior. Rozando los treinta me convertí en lo que ella llamaba un “tímido compensando”, capaz de relacionarme con cierta normalidad con el exterior disimulando de paso las pocas ganas de hacerlo. Pasé de estar solo en el patio del colegio a tener uno o dos amigos en la adolescencia y a dar alguna que otra conferencia en público en la madurez en la que ahora me encuentro. Fue sin duda un gran progreso. 

Sin embargo, en mi naturaleza sigue dominando el niño tímido y retraído, autista, huraño y solitario que siempre he sido. Por eso cuando decidí hacer una tesis sobre comunidades para mí fue un reto. ¿Cómo un lobo solitario iba a someterse al juicio y la experiencia de vivir unos años en comunidad para entender de verdad qué era eso del ser humano? En ese trabajo arduo ocurrió un segundo milagro. De alguna forma entendí que el ser humano también podía llegar a ser hermoso, tratable, altruista y generoso. De repente me abrí como una flor en primavera y abracé al mundo. Corría el año 2005 cuando alguien me dio por primera vez un abrazo sentido. Sentí ganas de seguir practicando ese ritual del abrazo. Me fui a las comunidades donde allí todos se abrazan y se dan la mano y hacen círculos y bailan y practican valores universales que dotan de esperanza al ser humano y descubrí que no era tan terrible. Fue tal mi contagio y transformación y reconciliación con mi parte humana que pensé que el reto, el siguiente punto de partida de mi nuevo ser, debía ser participar como persona en un experimento grupal.

Y aquí estoy ahora, redescubriéndome desde esa plataforma impresionante, rodeado de almas cada día diferentes y a cual más radiante, interesante y bonita, sin temor a mirar a los ojos, a ser rozado o abrazado y con una gran capacidad de sorpresa diaria porque al fin y al cabo, pude entender de alguna forma, como dicen los Miserables de Víctor Hugo, que amar al semejante es mirar de frente a Dios. 

Esa transición de la que te hablaba tiene mucho que ver con esa reconciliación humana, con esa esperanza en el producto que somos. Este experimento grupal del que hace algunos años hubiera sido impensable en mí, ahora me reconecta con una fuente infinita de experiencia y conocimiento de lo que realmente soy, de lo que realmente somos en ese alma grupal. 

No recordaba lo de Sitges hasta que me lo has recordado. Y opino como tu, que es cierto que la gente cambia en grupo. Aquí lo vemos todos los días. Entra la gente cerrada, envuelta en mil problemas y angustias, cientos de preocupaciones y egoísmos, y de repente, algo ocurre al tercer o cuarto día que les transforma. Conectan con ese alma grupal, y entonces sacan lo mejor de sí mismos. Realmente no es que cambien de máscara, es que son capaces de brillar ante la luz y el calor del grupo. Es como cuando sacas de un fuego un trozo de madera y ves como poco a poco se va enfriando. Sin embargo, si lo vuelves a juntar junto al resto de troncos, empieza a brillar y a dar calor y fuego. Eso nos ocurre de igual forma. Cuando nos arrebatan del calor humano nos apagamos, nos volvemos rancios y egoístas. Pero cuando encontramos nuestro grupo, nuestra alma grupal, algo renace en nosotros, algo igual de maravilloso y retante. 

La experiencia que cuentas de autoexclusión de los grupos la conozco y ha sido siempre parte de mi vida. Siempre he tenido miedo a ser contaminado por lo peor del ser humano, por su parte oscura y egoísta. Hasta que un día descubrí eso del reflejo y de alguna forma me transformó. Y quizás de esa transformación nazca esa melancolía de la que te hablaba. La soledad siempre ha sido mi palacio. En mis libros y en mis paseos en solitario estaba mi reino. 

En estos momentos estamos construyendo tres cabañas para poder reencontrarnos también con ese otro yo necesario para la supervivencia del superyo. Allí tendré mi tiempo, mi pequeña parcelita de silencio y mi reencuentro con el llanero solitario que siempre fui. Pero una vez descubierto mi otro yo, mi yo grupal, gregario, admito que no podría prescindir de ninguno de ellos. Ahora el otro forma parte también de mi alimento espiritual, y como las abejas que van en busca de las flores para colectar su néctar y crear la miel, así me siento en este lugar. Voy de persona en persona extrayendo un trozo de su alma para luego poder compartirlo en la colmena humana. 

Epístola a un hereje


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“Excava un hoyo para tu estanque, sin esperar a la luna. Cuando el estanque esté acabado, la luna vendrá por si sola”. Maestro Dogen (Japón s.XIII)

Estimado F.,

tienes razón en cuanto a lo que dices de que esto se ha convertido en una especie de vacaciones lowcost. He hecho el Camino tres veces, la primera rozando la mayoría de edad, allá por el 92, y he podido ver su involución. Tenemos la suerte de que la finca está en lo alto de una montaña, entre la Sierra de Édramo y el valle de Mao. Samos y su Camino de Santiago están de aquí justo a 3,3 km. de distancia en una empinada solo para valientes. Un número igual de mágico y valioso como para que los perezosos peregrinos-turistas, o turiperegrinos se lo piensen antes de alcanzar las cotas de esta montaña de los ángeles, que para nosotros ya es sagrada y celosa.

El frío y el hecho de no tener ningún tipo de comodidades espanta a esa horma, diría mejor, a esa plaga que mancilla y prostituye el verdadero Camino. Por eso aquí arriba nos sentimos un poco monjes-guerreros, protectores de los caminos, rezando por la mañana ese “non domine nobis sed nomini tuo da gloriam”, escuadra y compás en mano, midiendo cada detalle de la Gran Obra, mientras por la tarde intentamos calibrar el estrecho margen que nos acerca a la realidad de ahí abajo, siempre oscura y palaciega, ignorante y terrible. Lo que ocurre aquí arriba pocos lo entienden, y eso es también una perfecta protección espiritual y mística. Monjes vestidos de modernidad, y de paso, reconstructores silenciosos, a lo Asís, de los Misterios perdidos. No somos ni mejores ni peores que el resto de los mortales. A sabiendas que entre ellos somos iguales, nos limitamos a ser alfareros del barro de la creación y cumplir nuestra parte en el ara que nos corresponde.

También nos hemos convertido en canteros. Estamos rodeados de piedra que tallamos, intentando pulir con paciencia y buen cincel todas aquellas aristas que estorben para encajar en el edificio de la virtud y la inspiración. Es algo muy secreto y misterioso porque la verdadera obra no es esa ruina que estamos reconstruyendo, aunque muchos así lo crean, sino ese címbalo interior que es el ser humano y que merece tejer en la malla vital un reguero de luz. Realmente lo nuestro es un concierto cuya nota clave es ese idioma arcano y silencioso que produce vértigo y seducción al mismo tiempo. Alfareros, canteros y tejedores. Eso somos, y no otra cosa. Pero nuestros materiales de trabajo, por ser invisibles, son igual de incomprensibles para los que no están familiarizados con el Arte y el Oficio.

Los frailecillos de ahí abajo, copa de vino en mano y trozo tórrido de ternera roja en sus carnes, dicen que somos una secta donde hacemos cursos de cristales y no sé qué otras invenciones. Han llegado a confundirnos con el Opus Dei, y los más atrevidos dicen que grandes banqueros y benefactores nos ayudan con todo. Incluso dicen que andamos mendigando para poder comer. Ya sabes como son los chismes. Nosotros lo vemos todo con cierta dulzura y algo de gracia. Ya sabemos que somos herejes, y por ello asumimos la quema en la plaza pública, esta vez no con troncos ni ramas y fuego pero sí con cierta extenuación social. Si sales de la norma, te queman, de una u otra forma. Ese es el precio de buscar la virtud y huir del vicio. De adorar la libertad y evadirnos de la servidumbre y la esclavitud.

Una buena amiga me escribió anoche un mensaje: “tengo mucho miedo”. Nunca sabes qué contestar ante esa terrible sensación. Una vez sentí algo parecido. Fue un momento en el que la muerte rechinaba cerca, a más de tres mil metros de altura, y rozaba su aliento en mi nuca. En un golpe de suerte que debió durar un milésima de tiempo sentí el mayor pánico que jamás había sentido. Pude esquivar a la muerte pero me quedó grabado en fuego esa sensación inolvidable que supera el pánico. Aquello fue una especie de antídoto que me hizo descubrir para siempre la verdadera importancia de cada segundo de nuestras vidas. Tener mucho miedo, abrazarlo, es inyectar en tu vida ese antídoto. A partir de ese momento, estás vacunado para siempre, y la muerte se fusiona con la vida y son Uno para siempre, sin que exista mayor diferencia entre la una y la otra.

La última semana de septiembre estoy en Suiza. Pero si me dices con tiempo alguna otra fecha me la reservo y nos vemos con la calma que se merece. Tengo ganas de conocer tu templo de las Tierras Altas, y como a ti te gusta hablar y a mí escuchar, será una conjunción perfecta. Como ya te dije, tú libro sobre el Camino me parece una joya.

Un abrazo circular y laberíntico…

J.

El amor a la belleza


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Querido L.,

me ha emocionado tu escrito. La verdad es que han pasado muchas cosas desde la última vez que nos vimos. Me alegra mucho todas las noticias que cuentas, especialmente lo de tu sobrino, lo cual es motivo de gozo. Una nueva vida, un nuevo ser encarnado, un nuevo sentido para la comunidad y para la familia. Aunque no la conozca personalmente, le deseo todo lo mejor a tu hermana y por supuesto a tu sobrinito. Felicidades tío.

Dime a qué dirección te envío el librito de Ramiro y mío. Me hizo especial ilusión escribirlo junto a él. Recuerda que nos conocimos en una de las presentaciones de Ramiro y mira como es la vida. Siempre tan sorprendente si conseguimos verla con esa generosidad del tiempo y la perspectiva.

Sí amigo, amor es relación, por eso sé que algo me amas. De alguna forma siempre estás ahí, siempre tienes un momento para relacionarte con el otro, para compartir tu afecto y cariño, para dar un trozo de ti. Algún día tendremos que dedicar el capítulo de alguna obrita para explicar la milagrosa conjunción entre dos entidades de mundos diferentes. Lo especial de todo es que de alguna forma, al aceptar al otro, al diferente, al distinto, estamos aprendiendo a aceptar una parte muy íntima nuestra. Es como decir que desde algún punto de la transcendencia aprendimos a relacionarnos con el otro, es decir, con nosotros mismos. Quizás por eso sea necesario compartir la buena noticia de que me escribí con nuestro común amigo y hemos quedado por fin en vernos este verano, en agosto. A ver qué tal va el reencuentro y a ver si somos capaces de rescatar tantas cosas.

Lo de O Couso es difícil de explicar. A medida que pasan los días aquí voy descubriendo el verdadero sentido de todo. Recuerdo las vidas de Thoreau o Whitman y los imagino juntos en aquel joven pueblo americano de Concord junto a su mentor Emerson. Emerson diría a sus discípulos: la naturaleza sirve a otra necesidad del hombre aún más noble: el amor a la belleza. Creo que aquí en O Couso hemos encontrado ese refugio donde poder apreciar más directamente esa belleza. Es un contacto íntimo, profundo, desnudo ante los acontecimiento diarios, con sus pruebas y sus misterios. La naturaleza tiene algo difícil de descifrar y descubrir en las grandes ciudades. Aquí la lluvia y el sol y el viento y la tierra forman un quinto elemento traslúcido, una especie de movimiento silencioso que hace temblar alguna membrana interior sintiendo la vida con mayor intensidad. Aquí inevitablemente te vuelves poeta y nace un diálogo con la Creación más directo, más sonoro, más profundo. Este es sin duda el lugar desde el cual se puede saborear ese amor a la belleza. O Couso no es más que eso, un proyecto vital que tiene que ver con el ser y el descubrimiento de la vida, de su misterio.

Me alegra mucho el sentido de servicio que observo en tus palabras y sentir. Eso denota ya una madurez consolidada tal y como lo expresas. Sin duda, y no todo el mundo lo sabe, una vez has conseguido servirte a ti mismo el siguiente paso es servir a la familia y a la comunidad. Es así como hemos sobrevivido como especie durante tantos siglos. Y es así como la belleza y el misterio de nuestra propia naturaleza se manifiesta. Dios nos ha querido para servir a su creación, y a eso nos debemos. Podemos tardar más o menos en darnos cuenta, pero servicio es la palabra clave de todo. Incluso en algunas antiguas tradiciones iniciáticas, donde después de pasar por el silencio meditativo (aprendiz) y el conocimiento y aprendizaje (compañero) llegas a la maestría, es decir, al servicio a los demás. Este servicio a los demás es la única puerta para poder entender algunas claves esenciales. La introspección y el aprendizaje no tienen sentido sin el compartir.

El tema Séneca es una cuestión económica y de tiempo. El alzheimer de mi padre va creciendo de forma rápida y me siento con la necesidad vital de ayudarles como pueda, especialmente a mi pobre madre que este verano la he notado bastante agotada. Ya sabes que mis padres me dejaron algún dinero hace unos años para empujar la editorial y terminar la casa. Ahora creo que ese dinero lo necesitan más que yo y la única forma de devolverlo es intentar vender la editorial. Existen cuatro interesados de momento que están valorando la compra. Estos años la editorial ha ido bien. Conseguimos algunos éxitos y ganamos algo de dinero que hemos invertido en la compra de O Couso y en dejar las cuentas de Séneca saneadas. En fin, me da pena desprenderme de esta joya y de todo su valor simbólico pero si no queda más remedio ese será el camino. El stock de la editorial es de 250 mil euros en libros actualmente. La editorial se vende casi por la mitad de ese stock. Si alguien la comprara quedaré libre de deudas y seguramente empezaría de nuevo con una editorial más pequeña editando libros de alta calidad, muy seleccionados, como hace Jacobo Siruela con Atalanta, y acompañados ahora sí, de la experiencia de todos estos años. De todas formas, si se te han ocurrido otras ideas no dudes en compartirlas, me hará ilusión escuchar cualquier propuesta o idea. Como tú dices, más allá del valor editorial Séneca tiene un valor simbólico que no tiene precio.

Por lo demás estoy bien. Exceptuando la inquietud inevitable por el estado de salud de mi padre, interiormente me siento equilibrado y feliz por ver que todos esos sueños se van cumpliendo poco a poco, realidades que vienen acompañadas de nueva siembra para el futuro. Es hermoso crear, formar parte de la belleza de la Creación. Con la editorial he descubierto el poder de crear sueños propios y ajenos. Cada libro ha sido como un trozo de creación. Ahora siento la necesidad vital de seguir cocreando con mayor compromiso. Me seduce mucho la idea de esas personas que no poseían nada pero que lograron crear emociones e ideas que han durado miles de años. Buda, Jesús, Laotzi, Whitman, Cervantes, Mozart… Ellos crearon algo bello para nuestra humanidad que perdura en el tiempo por su poder y grandeza. Cuando construí mi casa me sentí satisfecho pero pronto descubrí que no era suficiente. Una casa puede durar cien años, o cinco siglos como la casa que ahora estamos rehabilitando. Pero una idea, una emoción, una poesía… Eso puede ser eterno…

Un abrazo sentido querido Luis, y nos vemos pronto en alguna parte… Gracias por permanecer ahí, sigues siendo para mí un ejemplo de muchas cosas, especialmente en lo referente a la relación, es decir, al amor.

Con el cariño de siempre, tuyo,

Desnuda y sola, dueña de tu existencia sublime


Desnuda

Querida G.,

la suerte de tener mala memoria, como la mía, es que siempre estoy viviendo en el eterno presente, instalado en él, me pregunto de qué manera puedo ser más libre y de qué manera puedo ayudar a liberar almas atrapadas, almas que desean dar un grito fuerte a la vida. Carezco también de memoria futura, así que en esa ceguera mía, me dejo llevar por la profunda intuición del momento, por el desplome energético de eso que vagamente llaman alma, consciencia, o lo que sea. Me imagino así también en anciana edad, pidiendo a gritos tener fuerzas para seguir adelante, buscando entre luminarias momentos de lucidez para albergar la esperanza de que algo bueno habrá que dejar aquí, en este planeta, antes de la renuncia final.

Esa desmemoria tiene sus ventajas. Ya no hay tiempo para el lamento, para la pena, para el sufrimiento. Incluso en los peores momentos me pregunto qué es lo mejor para ese instante y de qué manera puedo influir positivamente ante la gravedad del asunto. De ahí que nunca me preocupe si tengo o no recursos, si tengo o no para comer hoy, si tengo o no amor, comprensión, dinero, ambición. Quizás a veces pienso que de tener alguna obsesión, sería la de mantener mi cuerpo físico en perfectas condiciones de salud para poder seguir viviendo de forma libre y desapegada, sin necesitar nada, sin requerir nada excepto fuerzas suficientes para ayudar al prójimo en su periplo cósmico. De pedir algo a la vida sería precisamente eso, más vida para poder llenar de alegría y humor esos espacios donde a veces la trémula noche esparce sus alaridos oscuros.

Por eso aprovecho para animarte, que viene de ánima, y para llenarte de luz, de lucidez, que es algo más que la ausencia de oscuridad interior, que es aquello que nos impregna de una visión diferente, que nos acerca a esas dimensiones ocultas y esotéricas que están más allá de lo ordinario. No temas levantar la mirada a los requisitos del alma. Ella baila igual que nosotros y canta y se esmera por impulsarnos hacia otras esferas más luminosas. Pero cuando pasamos la mayor parte de nuestra vida entre lamentos, empobreciendo nuestra actitud con heridas de guerra incurables, entonces el alma se retira creando una amnesia total y una vida pobre, al menos interiormente pobre. Pero cuando le damos alegría, aceptación, cuando nos arrodillamos una y o otra vez en perfecta sintonía humilde ante los acontecimientos de nuestra vida, cuando aceptamos lo que somos con sumisa consciencia y vemos nuestros límites y nuestros defectos y entonamos nuestra resurrección psicológica como un nuevo nacimiento hacia la esperanza, entonces el alma vuelve y baila con nosotros y nos da fuerzas para seguir adelante. Nos anima.

Mira a tu alrededor. La vida nos ofrece diariamente motivos suficientes para estar agradecidos. Un trozo de pan, un poco de agua, un día luminoso, un paseo, una lluvia, el abrazo inesperado de un amigo, el canto de un ruiseñor o el vuelo de un águila, el lamido de un perro o la mirada de ese desconocido atrevido que fija su punto de quietud en nuestro espíritu alado. Hay tantos motivos para despertar felices, para entonar un canto a la alegría, al despertar, al avanzado momento del agradecer…

Te mando un abrazo inquieto y poderoso, llénate de alas y disfruta de la vida, en este presente, desnuda y sola, dueña de tu existencia sublime…