Vivir de otra manera


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Esta mañana se me pegaron las sábanas. La verdad es que llevo una semana de cansancio acumulado, o de necesidad de dormir un poco más. No sé si tiene que ver por el calor, o porque desde hace ya un tiempo he dejado de consumir lácteos y huevos y mi cuerpo se está readaptando a la nueva dieta aún más vegana. Lo cierto es que como hemos tardado en abrir a las gallinas y la pata, en el estanque estaban todos los peces felices, danzando de arriba abajo, jugando con las hojas que habían caído la noche anterior tras los fuertes vientos. Ha sido una bonita imagen ver la felicidad de esos peces que han sobrevivido a casi todo tipo de avatares.

Eso nos motivó, aprovechando a que en estos días hemos ampliado la instalación fotovoltaica con tres placas más y un inversor más potente, a reciclar el viejo estanque, juntarlo con el nuevo y crear, mediante un pequeño circuito, una cascada con la intención de oxigenar el agua. Esperamos que eso haga más felices a los peces que vivan en él. Da gusto ver la riqueza animal, sin colaborar en la cadena trófica y dejando que vivan felices en un entorno privilegiado.

Las gallinas se enfadan cuando llegamos tarde. Tienen una manera peculiar de llamar la atención cuando ven que pasan las horas y nadie les abre el corral. Luego corren contentas por toda la finca, buscando suculentos bocados de aquí y de allá. En la casa, los gorriones han hecho varios nidos. Uno de ellos, con cinco polluelos, se puede ver cuando vamos a regar las frambuesas que hemos sembrado en el interior del patio. Es una imagen bucólica, un síntoma de que la vida sigue, de que la vida se expresa y se regenera a su manera.

Nosotros como especie humana alguna vez caímos de las ramas de los árboles, y en esa caída, olvidamos la felicidad natural, la que se conforma con contemplar un atardecer, dar un paseo entre la hierba o tirarse sobre ella sin hacer nada. Desde que caímos de los ramas y los árboles, hemos perdido el contacto con lo sencillo, con lo natural, y nos hemos alejado excesivamente de la naturaleza, creyendo incluso que es algo ajena a nosotros. Pero cuando vives en ella de forma respetuosa, edificando pequeñas cabañas para vivir, intentando no agredir el medio envolvente, te das cuenta de que somos parte de ella.

Gracias a la nueva instalación fotovoltaica, aún insuficiente, pero mucho mejor que la que teníamos, ahora podemos poner lavadoras de más de media hora. Y poner la bomba del agua mientras se carga la moto eléctrica. Además a la vez, sin tener que gritar de un lado para otro para desenchufar todo cada vez que queremos limpiar la ropa o enchufar algo que requiriera fuerza. Hemos adquirido un inversor que dobla la potencia -hemos pasado de una instalación de 24V a una de 48V- y hemos juntado las viejas baterías que teníamos en las cabañas con las nuevas que llegaron hace unos meses y que instalamos en la casa. Más las tres placas nuevas, suman ocho placas, ocho baterías y un inversor de cinco mil vatios. Llevamos seis años siendo autosuficientes energéticamente, y ahora también unos meses, algo más autosuficientes en cuanto a movilidad.

El progreso trae cosas buenas, no hay que renegar de él, sino alinearse con sus cosas buenas. Seis años sin pagar factura de la luz, ni factura de agua, y ahora, seis meses sin pagar gasolina gracias a esa pequeña moto eléctrica que nos lleva y nos trae para desplazamientos locales. En estos años habremos ahorrado unos quince mil euros en factura de agua y luz, a lo que habrá que sumar el ahorro en gasolina. El siguiente paso será doblar la potencia eléctrica para librarnos de las botellas de butano y poder cocinar y calentar el agua solo con electricidad. Seguiremos buscando soluciones económicas para la calefacción de invierno, algo que el año pasado quedó pendiente. Y de aquí a unos años, un coche eléctrico recargado con nuestro sistema de placas solares hará que el ahorro sea considerable. Seremos lo más ecológicos que la tecnología permita.

Todo es un experimento cuya pedagogía consiste en contar que se puede vivir de forma diferente. Los peces pueden vivir sin ser comidos. También las gallinas, y los patos, y las vacas y todos los animales. Además, se puede vivir energéticamente de forma autónoma, y también, en cuanto a movilidad, nos podemos desplazar sin contaminar. Hoy hice un viaje con la moto eléctrica de más de setenta kilómetros y fue un placer el pensar que no se contaminó nada, que no hacía ruido en mi desplazamiento y que la misma se recargará con la luz solar de mañana.

El siguiente paso gigante será la comida. El tema de la huerta será un reto importante a desarrollar en los próximos años y ver de qué manera se puede hacer un vergel de alimentos. Paso lento pero seguro. Poco a poco. En esas andamos, preparando la tierra para el futuro.

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Contaminación, movilidad, plásticos y consumo de carne. Cincuenta años para regenerar el planeta


 

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Ha sido hermoso ver como ha descendido la contaminación en estos meses de encierro. Eso puede dotarnos de cierto sentimiento de optimismo, no esperando a que de repente toda la humanidad se ilumine y se encierre para que el planeta entero se regenere, pero sí esperando que al menos en las próximas cinco décadas, el ser humano en su conjunto busque alternativas al caos climático que ahora impera.

Existen actualmente cuatro problemáticas que generan desequilibrios en nuestro planeta: la contaminación, la movilidad, el consumo de plásticos y el consumo de carne. Los cuatro componentes requieren una revisión importante no sólo en nuestra moral y ética personal, sino también en la tecnología que hasta ahora impera en nuestras vidas. Realmente las cuatro realidades contaminantes están relacionadas entre sí. El consumo de plástico está muy relacionada con la contaminación en general. También la movilidad, movida actualmente por derivados del petróleo en su mayoría. Veámoslas por partes y miremos con optimismo como mejorar nosotros mismos para que mejore así el planeta.

1. La contaminación tiene muchas fuentes. Los plaguicidas, los plásticos, el humo de las fábricas y de los coches, los incendios descontrolados. La contaminación atmosférica sufrirá un importante cambio cuando el paradigma hasta ahora imperante cambie de forma generalizada. Primero cambiando la forma de movilidad. El coche eléctrico tendrá mucho protagonismo en las próximas décadas, y para esto ya no hay marcha atrás. El modelo de agricultura intensiva debe cambiar hacia un modelo de agricultura ecológica libre de plaguicidas. Igualmente, debemos interiorizar en nuestro interior la búsqueda de alternativas a los plásticos de un solo uso, así como el consumo de productos ecológicos y éticos.

2. La movilidad. Más del 30% de la contaminación por CO2 proviene del uso del automóvil. El problema de la movilidad está estrechamente ligada al problema de la energía. Como decíamos anteriormente, esto podrá solucionarse en un primer momento cuando los coches empiecen a dejar de quemar combustible fósil y todo el parque automovilístico funcione con electricidad. El abastecimiento de electricidad supondrá un problema en las primeras décadas de este cambio revolucionario, pero ya se está trabajando en la tecnología de la fusión nuclear y es posible que en cincuenta años esta tecnología no contaminante y casi infinita esté disponible. Mientras tanto, el uso de la bicicleta, las motos eléctricas y el coche eléctrico compartido serán soluciones para todos.

3. Los plásticos. Una botella de plástico tarda unos quinientos años en descomponerse. Esto es algo inaudito e insostenible. ¿Cuántas botellas de plástico utilizamos al cabo del año? Cada año se vierten al mar doce millones de toneladas de plástico. Esto genera un gran problema en los océanos, especialmente por el vertido de los microplásticos que utilizamos en muchos productos de higiene o en la propia y lenta descomposición de los plásticos más voluminosos. Mientras se encuentra una tecnología apropiada para restituir el plástico por otros productos más ecológicos, muchos gestos diarios pueden librarnos de cientos de plásticos. Solo tenemos que cambiar ciertos hábitos de consumo y tener más consciencia a la hora de comprar productos a granel que no utilicen tanto envoltorio. Hay muchas soluciones para reducir drásticamente el consumo de plástico.

4. La industria ganadera genera tantos gases de efecto invernadero como todos los coches, trenes, barcos y aviones juntos. Este solo es un dato que afecta a la contaminación, pero más allá de eso, el ser humano debe tomar consciencia ética en cuanto al consumo indiscriminado de carnes. Sobre este punto no voy a extenderme, porque me parece insoportable pensar que la mayoría de los seres humanos, en pleno siglo XXI, aún se regodee placenteramente con el consumo indiscriminado de animales muertos. No una vez al mes o a la semana, sino prácticamente todos los días del año. Ojalá esta tendencia cambie radicalmente en nuestras consciencias y los animales puedan vivir y morir en paz.

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Nada cambiará nuestro mundo


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Hoy es el día mundial del medio ambiente. El medio ambiente empieza a verse como una idea global, como algo que habita en nosotros y algo en lo que nosotros habitamos, compartiendo el mismo hogar con más de diez millones de especies estimadas. La biodiversidad hace de este planeta algo único en el universo conocido. Un hermoso hogar al que cuidar, al que dedicar nuestro mayor esfuerzo. Para que esto suceda, todos los habitantes de nuestro planeta tienen que tener algo que les caracterice en esta nueva época que estamos experimentando: consciencia global.

La primera transmisión vía satélite que se hizo en el mundo, conectadas todas las televisiones que había en aquel momento fue el programa llamado Our World. Más de 400 millones de personas pudieron ver esa retransmisión en junio de 1967, hace ahora 53 años. La emisión más esperada fue la de Reino Unido, con la participación de los Beatles y su canción All You Need Is Love. Desde hace medio siglo, el mundo ha ido conectándose más y más. Internet supuso, después del fenómeno de la radio, más tarde la televisión y luego la telefonía móvil, un antes y un después. Ahora, casi todo el mundo está conectado de alguna manera, y todos tenemos acceso a aquello que sucede en cualquier parte de este pequeño mundo, nuestro mundo.

Las palabras fluyen como lluvia capaz de atravesar cualquier bosque, cualquier prado, cualquier trozo de mundo. Las ideas fluyen libres entre desiertos y montañas. Las revoluciones se vuelven globales, igual que las enfermedades. Los problemas ya no están enquistados en pequeños países, sino que se globalizan. Todo está interconectado, y lo que pasa en un hemisferio repercute en el otro. La economía es global. Comemos verduras de cualquier parte del mundo, o consumimos productos venidos desde lejos. Todo nace o se desvanece en un contexto global. Tener un hijo hoy día es proclamar la vida como una energía serpenteante, como un viento inquieto en un entorno universal. Morir en este tiempo es aproximarnos a la esperanza de un retorno mejor.

Cuando escribo y describo los charcos de tristeza o las olas de felicidad que a veces pueblan mi pequeño mundo, estas emociones pueden llegar a cualquier parte del planeta. A veces me gusta ver las estadísticas de lectura por países y me sorprende saber que estas letras sin papel son leídas desde lugares tan remotos como Camboya o Ensenada. El mundo se hace pequeño al mismo tiempo que se vuelve cada vez más misterioso.

Nacen todos los días imágenes de luz vacilante. Todo viaja de un lado para otro. Emociones, pensamientos, espíritu. Algún día, aún lejano, también la política será una. Viviremos en el mundo de Unanimidad, como en la película “El atlas de las nubes”. Pero esperemos que, a diferencia de esa distopía descrita, Unanimidad sea un mundo bueno, un mundo mejor que el que dejaremos a nuestra descendencia. Un mundo, nuestro mundo, hermoso para vivir, para disfrutar, para aprender, para compartir.

Hemos hecho muchos avances. Materialmente estamos a punto de conseguir la utopía. En unas décadas más dejaremos de guerrear entre nosotros. Unos años después, todos los recursos ahorrados en tiempos de paz se destinarán a que todo el planeta viva más y mejor. Pronto aprenderemos a que esa utopía sea respetuosa con el planeta. La población se regulará y nacerá un mundo nuevo de paz y luz. Ya estamos tomando consciencia de ello y solo nos faltará actuar en consecuencia. El mundo se electrificará y el carbón y el petróleo irán desapareciendo poco a poco, y con ello la contaminación, una de las peores plagas de nuestro tiempo. Viviremos, si para entonces no es demasiado tarde, en un lugar hermoso, más verde, más azul. Millones de ojos podrán ver ese hermoso planeta. Canciones y risas, luces en toda la tierra. Infinito e inmortal amor que brillará a nuestro alrededor como millones de soles. Nada cambiará en nuestro mundo, nada excepto nosotros.

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Día de la Tierra


 

Acabo de ver El Planeta de los Humanos, de Jeff Gibbs. He hecho un donativo simbólico porque me ha parecido un buen documental. Eso me ha recordado la importancia de los pequeños gestos para cambiar el mundo. El planeta agoniza, nos dicen. Biológicamente hablando, la población mundial es insostenible. Si seguimos con nuestros estándares de consumo, el planeta de agotará en pocas décadas. Sabemos que a nivel mundial, los gestos son necesarios, pero lentos. Por más que la industria mundial cambiara de repente sus paradigmas de construcción y logística, no sería suficiente. Entonces la pregunta siempre queda en el aire: ¿qué se puede hacer?

La revolución será radical o no será. Y la radicalidad empieza siempre por nosotros mismos, por cada uno de nosotros. No basta con esperar a que los otros hagan algo. No basta con esperar a que las grandes potencias mundiales encuentren la fórmula mágica para redimir la catástrofe. Debemos empezar, urgentemente, a alinearnos con gestos, gestos inequívocos, gestos que ayuden a regenerar el planeta.

Ya lo he dicho muchas veces y nunca me cansaré de decirlo. El primer gesto urgente pasa por la forma que tenemos de alimentarnos. Es radicalmente importante e imprescindible que adoptemos una dieta sin carnes, sin pescados, sin animales. Además, es radicalmente importante cambiar nuestro consumo alimentario por uno más saludable y equilibrado. Cambiar la dieta, y nuestros hábitos de consumo es un primer paso para revertir el daño que estamos causando a la Tierra.

Otro cambio radical es nuestro modelo de vida basado en el consumo. ¿Qué más cosas vamos a consumir en los próximos diez, veinte o treinta días? ¿Qué más cosas necesitamos para mantener nuestro ritmo de usura, de egoísmo y de vida basada en el glamour, en el espejismo de las cosas? ¿Cuántos más coches necesitamos, cuántas más mudas de ropa, cuantos más objetos inútiles almacenaremos en nuestras casas?

Aún si cambiáramos todo eso, no sería suficiente. Nuestro modelo de organización social está saturado. Nuestro paradigma basado en un capitalismo ciego y desmedido cuyo lema es el crecimiento está obsoleto. Aún cambiando nuestros hábitos de consumo, de alimentación y aún cambiando de paradigma, no sería suficiente. Entonces, ¿qué más hacer?

Debemos radicalizar nuestro discurso, nuestra visión, nuestros estilos de vida. No es cuestión de poner parche tras parche para tener nuestra conciencia tranquila. Hay que radicalizar aún más nuestras existencias. Sobre esto no puedo dar guía porque mi vida es excesivamente radical, y soy consciente de que no soy un buen ejemplo para la mayoría de la gente. Quizás, en esa radicalidad, solo puedo mandar un mensaje radical y urgente. Despejar las dudas, aclarar conceptos, comentar los avances, los fracasos y los pequeños éxitos. Poco más se puede hacer en estos gritos en el desierto, más que cumplir responsable, activista y comprometidamente con nuestra parte.

Puedo decir que lo ideal es crear pequeñas islas, pequeños laboratorios de experimentación donde por un lado se puedan limitar los recursos y por otro, se obtenga un beneficio común. Puedo decir que un grupo de diez o veinte personas pueden buscar una fórmula de vida alternativa fuera de las ciudades e intentar el ideal de ser autosostenibles, haciendo que su huella ecológica sea mínima y su impacto imperceptible. Podría hablar del decrecimiento, de la austeridad voluntaria o de la necesidad de simplificar nuestras vidas hasta la mínima expresión, disfrutando de las experiencias y no de las cosas. Podría incluso atreverme a señalar que es hora de espiritualizar nuestras vidas hacia valores elevados, dejando atrás las pequeñas batallas de la personalidad y el ego y abrazar de una vez el sagrado lazo místico que eleva nuestra consciencia aún animal hacia estamentos mucho más profundos.

Podría decir muchas cosas, pero quizás ya sea demasiado tarde…

Limpiar nuestra mente es limpiar el mundo


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Hoy ha sido un día especialmente hermoso. Desbrozaron por fin toda la finca y ahora el lugar parece otro. Las perspectivas, las energías, las miradas. Ha cambiado el paisaje y con ello la configuración de la realidad. Ahora el espacio parece más etérico, más liviano, algo diferente. Las pequeñas cabañas están más a la vista, también el domo, que ahora parece desnudo, imponente, dominando un pequeño valle que hasta hace unas horas no existía. Parece una nave espacial recién aterrizada. Igualmente, las cabañas con sus formas octogonales y su estructura recíproca. La geometría juega un papel importante en este proyecto. De alguna forma, además de marcar el principio de la simplicidad voluntaria, también desea ejercer influencia en el subconsciente colectivo mediante estructuras que rompen con la norma, con lo establecido. Es como injertar en la mente una pequeña acupuntura, y con ello, se retuercen los fractales establecidos y se ensamblan nuevas sinopsis capaces de narrar un nuevo escenario.

Tras observar atónitos el lavado de cara de nuestra pequeña geometría, nos fuimos a pasear por un lugar secreto, lleno de mágicas cascadas escondidas en una profunda garganta verde y cristalina. Allí nos dimos cuenta de la consubstancialidad tal y como la entendían los antiguos, es decir, en su etimología griega: homooúsios, todo aquello que es de la misma esencia. Y de alguna manera sentíamos profundamente esa misma esencia. Podíamos fusionarnos con la belleza del lugar, con el agua diamantina, con el abrazo que se extendía entre las madreselvas y los cantos arbóreos. Nos quedamos un rato anestesiados, como si de alguna manera perteneciéramos a ese paisaje invisible. Al salir del paraje mágico nos topamos de repente con una aberración comprometida, todo un cúmulo de basuras que habían llegado allí no se sabe como. Nos remangamos las manos y nos pusimos a recoger uno a uno cualquier trozo de feísmo, de desecho humano, de plásticos de todos los colores y tamaños.

No podíamos haber sentido el éxtasis de la belleza del lugar y salir de allí sin colaborar en su conservación. Así que limpiamos hasta donde pudimos y arrastramos envueltos en un gran plástico todo lo que logramos acopiar. Por el camino íbamos hablando de los placeres de la belleza y de la broma cósmica mientras recogíamos cosas olvidadas que ennegrecían el paisaje. Sentíamos de alguna manera que, al limpiar ese trozo de planeta, de casa común, de alguna forma estábamos ayudando a limpiar la psique humana.

Inclusive la nuestra propia, tan activista siempre, pero también tan necesitada de auxilio virtuoso. La virtud siempre es buena consejera. La belleza de hablar, de compartir sobre cosas profundas, pero también sobre cosas de la vida cotidiana buscándole siempre la semiótica adecuada. La producción de significado nos ayuda a comprender mejor el paisaje, el escenario. Nos ayuda a modificarlo creando nuevas formas, nuevos valores, nuevas sinapsis expresivas. Limpiar nuestra mente es limpiar el mundo. Limpiar nuestras emociones, haciéndolas dulces, pacíficas, amorosas. Limpiar nuestros cuerpos a cada instante, ingiriendo alimentos cada vez más en conexión con los nuevos tiempos.
Cuando nos limpiamos, por dentro y por fuera, ocurre el milagro de la transformación, de la ligereza, el prodigio de volvernos más transparentes y con ello, volvernos vasos comunicantes entre la parte más divina de nosotros y la más burda. Eso crea inevitablemente luz, radiación, calor, y por consiguiente, amor, inteligencia activa, sabiduría, buena voluntad. Sí, hoy ha sido un día especialmente hermoso, porque algo vivo y trasparente ha entrado en nosotros.

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La vida seguirá adelante siempre que el sol brille. El fin de la era del carbón


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“La vida seguirá adelante siempre que el sol brille”. Francesco Guicciardini

Casi la mitad de la población mundial está concentrada en dos países: China e India. Por eso es muy importante observar cómo esos dos países desarrollan sus políticas medioambientales. Europa parece estar despierta en cuanto a dichas políticas, pero su influencia mundial cada vez es menor. Fue en Europa donde empezó la revolución industrial y la activación del consumo del carbón. La era del carbón morirá en este siglo y la era del petróleo seguramente en las primeras décadas del siglo que viene. En los próximos cincuenta años, las políticas medioambientales serán muy rígidas en Europa y en pocas décadas habremos conseguido una importante transición energética. El coche eléctrico se impondrá junto a las energías de origen renovable y Europa vivirá una revolución en cuanto a la investigación de productos que sustituyan a los plásticos y las energías contaminantes.

En unas décadas más, seguirá esta estela América del Norte y el resto de países desarrollados. Pero como decía al principio, el problema seguirá estando en China e India, y también en todos los países en vías de desarrollo que desearán entrar al progreso mediante políticas del viejo régimen del carbón y el petróleo. El progreso crea una paradoja: reduce la población. Son los países en vías de desarrollo los que explotan demográficamente. Ahí tenemos a China e India.

A pesar de las voces alarmistas sobre el cambio climático, debemos mirar el futuro con cierto optimismo. La primera buena noticia es que la vida continuará a pesar de nosotros. Es decir, el planeta realmente no está en peligro, sino más bien nosotros. Ya lo he comentado alguna vez. Es cierto que el planeta está entrando en una fase de calentamiento. Hay pruebas científicas que lo demuestran. Debemos ver esto como una señal inequívoca de que el planeta en su conjunto es un ser vivo, y está reaccionando con unos grados de fiebre al ataque sistemático al que le estamos sometiendo desde hace doscientos años. El planeta reacciona a nuestro ataque y seguirá haciéndolo cada vez con mayor virulencia a no ser que cambiemos globalmente nuestra actitud hacia el mismo.

La segunda buena noticia es que nos estamos dando cuenta de nuestro propio cáncer y estamos intentando poner remedio. Es difícil terminar con doscientos años de carbón y petróleo, pero de alguna manera se está inyectando en la consciencia colectiva esa necesidad de cambio y poco a poco ocurrirá globalmente.

Hay una tercera buena noticia. El cambio también se está gestando en el interior de las personas. Poco a poco la sociedad demanda productos más ecológicos, libres de contaminantes, coches más ecológicos y comida cada vez más liberada de sufrimiento y dolor. El mundo se hará vegetariano en un par de siglos y veremos a los animales como seres sintientes, con derechos naturales que terminarán siendo legislados.

Si seguimos por una senda positiva y optimista, el mundo cambiará en dos o tres siglos. Sólo debemos implantar cada vez más consciencia en la mente de todos los seres que nos rodean. Repetir una y otra vez, como si de mantras se trataran, la necesidad de cambio constante y continuo en nuestros hábitos más cotidianos, desde la comida hasta la forma de votar a unos y a otros. Las políticas ambientales tienen que ser cada vez más contundentes, pero también nuestros actos diarios, nuestros hábitos, nuestras formas de consumir productos.

La Cumbre del Clima no es un fracaso, aunque no haya ningún tipo de acuerdo. Es la constatación de la consciencia de un nuevo paradigma que está entrando poco a poco en las políticas gubernamentales e institucionales. Y muy pronto también en las políticas empresariales. El capitalismo se convertirá por necesidad en ecocapitalismo, tal y como indico en mi tesis doctoral, y habrá inevitablemente un cambio radical en nuestras costumbres y formas de vida. Será eso o no será. Cambiamos inevitablemente o nos extinguimos. Nosotros, claro, porque la vida seguirá adelante siempre que el sol brille.

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La plaga humana. Patogénesis de un planeta enfermo


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© Maxwell Campbell 

Este era el título de una de las versiones de la tesis doctoral. Por supuesto no gustó y fue censurado. También las ideas que allí se planteaban o que querían poner el acento en este tipo de cuestiones. La disidencia e independencia intelectual no siempre es posible. Al menos que seas codependiente de las instituciones que albergan y protegen el conocimiento y sepas camuflarte o adherirte a sus causas. El estar por fin separado de las instituciones y poder ser crítico con ellas me permitirá hablar más abiertamente de asuntos importantes que nos afectan a todos. Lo paradójico es que, tras esa censura, las propias Naciones Unidas son las que plantean ideas de corte parecido, poniendo el acento en la alarma mundial que padecemos. Véanse los Objetivos para el desarrollo sostenible.

Es desesperante y frustrante gritar para advertir sobre lo que parece irreparable. Muchos pueden pensar que no hay marcha atrás, que estamos navegando felices hacia el iceberg que lo hará estallar todo por los aires. A veces el optimismo y el navegar contra corriente resultan parecerse a esos ídolos caídos. Al principio nos parecían felices soñadores, luego pasan de golpe a convertirse en seres narcisistas y egocéntricos. Los ídolos caen en cuanto adentramos la perspectiva a otros lugares menos fantasiosos.

Muchos ya están cansados de pregonar o de potenciar esa engorrosa necesidad de tener que aportar argumentos suficientes sobre lo que está pasando. Ya no se trata de explicar que el mundo se está agotando. Más bien estamos en el punto de tener que decidir drásticamente si deseamos ser partícipes o no de su destrucción. Esto encierra una especie de radicalidad exponencial que nos acercaría más a la hipocresía extrema o a la decisión de cambiar para siempre nuestras vidas.

Lo primero es sencillo, solo tenemos que fingir que no pasa nada. Podemos lavar nuestras consciencias con depósitos enteros de buenas intenciones diarias. Reciclar algún plástico, bajar el consumo de grasa animal, comprar productos bio o hacer algún donativo a proyectos alternativos. Todo eso en esa gran fiesta bucólica en la que todo es posible gracias al fingir que todo está bien.

Pero la segunda opción es compleja. Requiere radicalidad y cambiar los fundamentos profundos de nuestras vidas. Y a eso no estamos dispuestos. Nadie está dispuesto a deconstruirse de repente, a no ser que haya tenido un arrebato de locura, o en el mejor de los casos, algún tipo de iluminación que le lleve hasta las puertas de la mismísima lucidez. ¿Quién dejaría hoy día el pescar peces para lanzarse a la compleja tarea de pescar almas? Elegir entre un mundo distópico o un ilusionante mundo utópico en el que albergar algún tipo de esperanza futura, esa es la cuestión. Lo primero podría parecer hipócrita y lo segundo, ingenuo.

Sería imposible imaginar que de repente las ciudades se despoblaran. Sería igualmente imposible imaginar que de repente, al menos la mitad de la población renunciara a los requisitos de consumo que hasta la fecha poseemos. Sería imposible imaginar que una gran parte de la humanidad decidiera abandonar el círculo vicioso de la ciudad -trabajo-consumo-más trabajo-más consumo- para albergar algún tipo de alternativa más natural, más en acorde con la naturaleza, y siempre, ante una tendencia decrecionista, donde menos es más y donde las cosas empiezan a cambiarse por las experiencias. La simplicidad voluntaria como camino alejados del crecimiento que nos inculcan desde los estamentos.

La patogénesis de la enfermedad que padece el planeta es bien clara: nosotros mismos confrontados a nuestra avaricia. Nos hemos convertido en una plaga que está envenenando todo cuanto tocamos. Ya somos más de siete mil millones de habitantes con deseos de crecer y crecer y crecer sin darnos cuenta de que vivimos en un planeta finito. Fingimos, en nuestra personal hipocresía, que todo está bien. Pero estamos incubando dentro de nosotros el final de los tiempos. Las alarmas crecen, el mundo está enfermo y no hay doctores suficientes capaces de diagnosticar y curar el cáncer que padecemos. El sistema doctrinal del que somos esclavos no nos permite ver con sinceridad y valentía lo que está ocurriendo. Tampoco nos permite actuar en consecuencia. Faltan grandes dosis de locura o lucidez. Tanto da cuando de lo que se trata es de salvar el mundo, y de paso, a nosotros mismos.

¿Cómo cambiar de paradigma? Por más que agito a mi alrededor nada cambia. Casi me cuesta una vida y un poco de locura el cambiarme a mí mismo. Sí, es cierto, me vine a vivir a los bosques y vivo en una pequeña cabaña de madera. Una locura. Pero insuficiente.

 

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Morir de éxito: somos una especie en peligro de extinción


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Desde mi pequeña cabaña en los bosques observo atento el devenir natural. La Naturaleza se expande en armonía mientras que nosotros intentamos interpretarla, ser parte de ella, participar de su equilibrio. Desde la renuncia, desde la simplicidad voluntaria y el decrecimiento, intentamos llevar una vida lo más coherente posible

 

Sin duda nuestra especie es una especie de éxito. Ha sobrevivido a cientos de hecatombes y se ha erigido como soberana de toda la Tierra. “Somos una especie en peligro de extinguirlo todo”, rezaban los lemas de la manifestación de hoy para salvar el planeta. Me resulta paradójico nuestro egocentrismo, nuestra imponente salvedad de pensar que somos los que estamos llevando a cabo uno de los mayores genocidios a escala mundial. Realmente creo que la Tierra no está en peligro. Observo atentamente a la Naturaleza desde hace cinco años de vida en los bosques y mi conclusión es que el que está realmente en peligro de extinción es el propio ser humano. Miro con detalle lo que aquí ocurre entre árboles y vida salvaje y a los que vienen desde fuera con algún tipo de inclinación milenarista, con deseos de salvar el mundo. Pero veo con cierta tristeza las continúas paradojas, las incoherencias, la insuficiencia y la ceguera que nos envuelve. Nosotros no vamos a salvar al Planeta, el Planeta se salvará de nosotros. Eso es lo que ocurrirá si no existe un radical y universal cambio de conciencia.

La Naturaleza tiene una impactante capacidad de regeneración. Se expande, se equilibra, sobrevive a todo tipo de cambios. Lo puedo ver aquí en los bosques. Hemos intentado no intervenir más que lo imprescindible dejando que la Naturaleza creciera a sus anchas. Es impresionante como lo hace. Hay una sabiduría innata en todo lo que ocurre. Todo vive en plena armonía, en pleno equilibrio, todo, absolutamente todo, se regenera con el pasar del tiempo y una exquisita paciencia. Los ritmos de la naturaleza son diferentes a los nuestros.

Hace unos años intenté llamar a mi tesis doctoral algo así como “La plaga humana, proyectos comunitarios ante la patogénesis planetaria”. Por supuesto mi directora se negó rotundamente. En noviembre defiendo la tesis y lo haré con cierto disgusto interior porque ahora se está demostrando que algo va mal en el ecosistema, algo que los ecologistas y los proyectos comunitarios alternativos como las ecoaldeas llevan advirtiendo desde hace décadas mientras que nadie, absolutamente nadie, ha hecho nada al respecto. Mi denuncia académica no servirá de nada, pero ahí quedó escrito el intento.

De los miles que hoy han salido a la calle a protestar pocos han cambiado su dieta, pocos consumen productos ecológicos, pocos o ninguno renuncia a su propio crecimiento material, pocos practican el decrecimiento, pocos buscan una radical alternativa a su estilo de vida consumista y pocos o ninguno se ha marchado a vivir una vida simple o compartida en comunidad responsable y activista que permita reducir considerablemente la huella ecológica. Y de todos ellos, pocos se dan cuenta de que lo que verdaderamente está en peligro es el propio sistema, la propia cultura y estructura humana. No, el Planeta no está en peligro, el Planeta se regulará como siempre hace. Podría haber una extinción masiva, algo así como un nuevo diluvio universal, o una nueva extinción de dinosaurios, pero la Naturaleza volverá a triunfar. Quizás unos pocos se salven de una inminente catástrofe, de una inminente sexta extinción. Quizás ahora estemos bailando el último compás de un Titanic que inevitablemente va a la deriva. No estoy completamente seguro de ello, pero al menos, en mi consciencia personal, siento que estamos haciendo lo que podemos e invito abiertamente al resto a que cumpla con su parte desde la responsabilidad, el compromiso y la urgencia que los tiempos requieren.

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Sentido y seguridad. Nuevas fórmulas para cambiar el planeta


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No me sentía seguro en el tejado. Estaba lloviendo y todo resbalaba. Unas pocas maderas sujetaban mi peso frágil. No había nadie alrededor. Todos dormían. Me desperté temprano, fui a la pequeña ermita, encendí la vela y me puse a meditar para intentar observar el nuevo día desde una dimensión más transpersonal, más viva, más despierta. Desayuné y me subí a las alturas. La falta de seguridad estaba bien sujeta con el entusiasmo que el sentido de esa acción daba a mi vida. No soy carpintero, no soy albañil, no soy constructor, pero poseo un profundo sentido existencial, y eso es lo que me movía a arriesgar mi integridad bajo la lluvia hasta que a las tres de la tarde se acabaron las maderas y tuve que dejar de trabajar.

Seis horas de continuado esfuerzo, de arriesgado trabajo por un claro sentido, el crear un entorno único y diferenciado que sirva como posible exploración pedagógica de soluciones futuras a los retos que se nos presentan. Realmente el sentido no era hacer un tejado nuevo, sino el de crear una casa de acogida para que las nuevas ideas florezcan en la práctica continua de la transformación grupal. Una forma pedagógica de revolucionar las consciencias para que dejen de hablar y empiecen a actuar. Pasar de la palabra al verbo y del verbo a la creación consciente, grupal, colectiva.

El gran éxito del siglo XX en Occidente fue que las desigualdades se diluyeron gracias al trabajo asalariado y la circulación de la propiedad privada, el crédito y los años de paz que vivimos tras la hecatombe de las dos grandes guerras. Un asalariado que administrara bien sus bienes podía hacer cosas que hasta hace poco solo podían hacer las clases privilegiadas. El gran éxito del siglo pasado es que vivimos en un entorno de seguridad e individualismo al mismo tiempo que se iba reduciendo el entorno de sentido. La clase sacerdotal dejó de existir y el mundo se vio abocado a una pérdida de identidad, de sentido, de orientación filosófica y espiritual. Durante mucho tiempo hemos vivido única y exclusivamente para acumular cosas. Ese ha sido nuestro único sentido. Nos hemos convertido en una sociedad de pequeños propietarios que ansía dar libertad a su sentido de avaricia y acumulación sin mayores planteamientos. La seguridad está por encima del sentido de la vida y de las cosas. El éxito material ha marchitado nuestro progreso espiritual y filosófico, dando paso a un egoísmo donde lo único que importa es el disfrute individual. Estamentos como la comunidad o la familia están desapareciendo para promover aún más la soledad individualista que la acumulación de cosas, y por lo tanto, la seguridad, está promoviendo. La paradójica futura será el ver como esa seguridad provocará con el tiempo pérdida de sentido, y por lo tanto, vacío existencial.

Todos necesitamos un relato coherente para dar sentido a nuestras vidas. La lucha por la supervivencia psicológica es casi tan importante como la lucha por la seguridad de las cosas. Salvar nuestro honor o nuestra dignidad pueden provocar la creación de discursos distorsionados o convenientes que intenten amoldar nuestras vidas a las cárceles conceptuales que hemos creado para sentirnos cómodos. Nuestra mente intenta interpretar el entorno, pero muchas veces olvida la más importante de todas las interpretaciones, la de su propia naturaleza, la de su propia esencia. Todas las fuerzas y dimensiones del ser humano están entrelazadas y entretejidas. No sabemos nada de los tejedores, no sabemos nada de lo que da sentido a la existencia, excepto místicas y espirituales inspiraciones en las que nos refugiamos cada vez menos para intentar sofocar nuestra dimensión humana. El sentido, a grandes rasgos, ha desaparecido porque la seguridad que las cosas nos dan ejerce como perfecto analgésico ante los males que nos acechan.

Allí arriba en el tejado la dimensión de las cosas y la seguridad se ve de forma diferente. Alzando la mirada meditativa, bajo la lluvia, se ejerce un poder entusiasta hacia una forma diferente de ver la vida, de entenderla y expresarla. La seguridad es importante. No dudamos de ella, pero tiene que tener algún sentido. Hablan de que estamos abocados a una catástrofe mundial, climática. Realmente hablamos mucho sobre ello, con hermosos marcos teóricos, con bonitos discursos en foros económicos y con incesante activismo, pero de todo eso de lo que hablamos, pocos son los que arriesgan su seguridad en algún tejado bajo la lluvia.

Es evidente que lo del tejado es solo una anécdota, pero quiere ejemplarizar lo que actualmente ocurre. Ya no basta con concienciar, con decir lo que tenemos que hacer o lo que sería mejor hacer para no llegar al apocalipsis. Estamos entrando en la urgencia del actuar. Estamos penetrando en la compleja visión de que si no actuamos, es posible que nos acerquemos cada vez más a la pérdida total de nuestra seguridad, no ya individual, sino colectiva, grupal, como especie, como planeta único. Posiblemente estemos en la hora límite de la especie humana. Posiblemente tengamos que empezar a hacer algo, más allá de hablar sobre ello. Quizás estemos llamados a remangarnos las mangas y ponernos a trabajar desde lo más básico como puede ser nuestra alimentación o nuestra movilidad o lo que consumimos todos los días hasta lo más complejo como puede llegar a ser nuestras relaciones con los otros, con nosotros mismos, con el entorno, con la naturaleza e incluso, si arriesgamos un poco más, con el misterio de la misma. Las fórmulas para cambiar el planeta empiezan por nuestra acción diaria. A cada segundo estamos apostando por ello. A cada instante votamos qué deseamos para nuestro futuro y el futuro del planeta. Más allá de la seguridad, es una cuestión de sentido.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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¿Cuando estallará la burbuja energética?


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Aerogenerador en la Comunidad de Findhorn, Escocia

 

Estamos viviendo un momento álgido de transición, tanto tecnológica, energética como social y cultural. Las fronteras están desapareciendo, el mestizaje y la multiculturalidad se está extendiendo por todos los países, la pureza racial, nacional o cultura están desapareciendo y el concepto de “pueblo” está dando paso a un concepto más amplio llamado “ciudadanía”. Las leyes se están adaptando a estos cambios masivos y la tecnología, especialmente toda la que tiene que ver con la comunicación y la movilidad, están revolucionando el nuevo paradigma al que nos enfrentamos.

El concepto de estado-nación está entrando en quiebra y de ahí que existan movimientos reaccionarios que reivindiquen la noción de “pueblo”. Ya pasó en tiempos de la ilustración con el romanticismo y en el siglo XX con las dos guerras mundiales ante el “imperialismo” que denunciaba Lenin. Ahora los movimientos populares, los nacionalismos y los patriotismos pretenden de nuevo ir contra los “tiempos”. Y los tiempos avanzan irremediablemente hacia una segunda revolución ilustrada que nos aleje de las esencias patrias y nacionales. Entre otras cosas porque ese sentido nostálgico de lo tradicional está desapareciendo. Hoy día en un mismo barrio pueden vivir cientos de personas de cientos de orígenes diferentes. En unas décadas será inútil hablar de usos y costumbres porque el mestizaje avanza irremediablemente.

En términos tecnológicos, el agotamiento del petróleo (teoría del pico de Hubbert) y la dependencia absoluta hacia el mismo está acelerando la migración hacia la electrificación de las cosas, especialmente de los vehículos. Esto provocará un colapso eléctrico que será superado con el abandono de las energías alternativas y la extensión de la energía nacida de la fusión nuclear, en fase experimental en estos momentos y en fase de producción en unos años. El resultado será el terminar de liquidar la industria del petróleo, pero también la industria de tecnologías alternativas como la eólica o la solar, ahora en fase de expansión.

La robótica también verá una explosión de desarrollo a mitad de siglo, momento en el que los estados empezarán a aplicar la renta básica universal para que la producción de cosas y el propio sistema no colapse. Seguramente, en las próximas décadas nuestras sociedades avanzadas vivirán escenarios de pánico y crisis debido a esta transición inevitable, y la incertidumbre aumentará a medida que las reservas de petróleo disminuyan, encarezcan los precios de los combustibles fósiles (miremos con atención los síntomas de la revolución francesa de estos días de los chalecos amarillos) y el sistema aún no esté preparado para adaptar todo su sistema a un consumo suficiente de electricidad. Solo cuando la tecnología de la fusión nuclear esté madura, sea segura y no contaminante, podremos avanzar pacíficamente hacia una nueva era más silenciosa, más prudente, más ecológica y más humana. Mientras esos tiempos lleguen, nos esperan dos décadas de vértigo. Estemos preparados.

 

La revolución de una brizna de paja


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Entre los jóvenes que llegan a las cabañas de estas montañas están los que, pobres de espíritu y cuerpo han abandonado toda esperanza. Sólo soy un viejo agricultor que siente no poder darles ni siquiera un par de sandalias… aunque todavía hay algo que sí puedo darles. Una brizna de paja. Recogí un manojo de paja de enfrente de una de las cabañas y dije: “Con sólo esta paja puede empezar una revolución”. (Fukuoka, “La revolución de una brizna de paja”).

En estos tiempos de cambio se ha puesto de moda todo lo que tenga que ver con lo ecológico. De alguna forma, se está comercializando con la etiqueta “eco” y se intenta mercantilizar algo tan serio como la consciencia dentro de los alimentos. A modo de crítica, o quizás con ansias de espiritualizar algo tan importante como la agricultura y los alimentos, el japonés Fukuoka ideó un método inspirado en el wu wei, la filosofía oriental del no hacer o de la no intervención, que llamó agricultura natural. Este fin de semana hemos tenido la oportunidad de leer dos de sus libros y de entender como el ser humano se ha alejado del sentido natural de la colaboración con la tierra. Hemos tiranizado nuestra relación con la naturaleza, convirtiéndonos en explotadores de algo que debería ser cuidado con sumo amor y cariño.

El método de Fukuoka consiste no tan solo en trabajar la tierra desde otra perspectiva más conectada con la propia naturaleza, también nos habla de una agricultura que reconecta y reconcilia la naturaleza humana. Es decir, un sistema donde el ser humano no se vea a sí mismo como parte ajena de la naturaleza, sino como algo dentro de la misma.

En O Couso estamos intentando aplicar su sabiduría y sus métodos de la mejor manera posible. Estamos intentando seguir los cuatro principios de la agricultura natural que consisten en:

  1. No arar la tierra: de esta forma se mantiene la estructura y composición del suelo con sus características óptimas de humedad y micronutrientes
  2. No usar abonos ni fertilizantes químicos: mediante la interacción de los diferentes elementos botánicos, animales y minerales del suelo, la fertilidad del terreno de cultivo se regenera como en cualquier ecosistema no domesticado.
  3. No eliminar malas hierbas ni usar herbicidas químicos: éstos destruyen los nutrientes y microorganismos del suelo y sólo se justifican en monocultivos.
  4. No usar pesticidas: también matan la riqueza natural del suelo. La presencia de insectos puede equilibrarse en el propio cultivo.

Es algo muy nuevo e innovador y estamos empezando a experimentar para ver los resultados. De momento, es un placer poder comer fresas y todo tipo de productos de la tierra totalmente naturales, que han nacido libres de pesticidas y de químicos. Nos encanta poder trabajar así la tierra, pero sobre todo, nos emociona la idea de poder aplicar los principios de espiritualidad y de consciencia a los elementos propios de la naturaleza. Agua, tierra, sol y viento mezclados con una forma diferente de hacer las cosas, con esos momentos de silencio cuando regamos por las tardes o de consciencia cuando por las mañanas trabajamos con nuestras manos la tierra. De alguna forma respetuosa, nos sentimos agradecidos por esta reconciliación necesaria entre lo humano y su parte más esencial.

(Foto: el huerto-mandala de O Couso cubierto por una capa de paja, siguiendo el método de Fukuoka).

 

Demain, el mundo del Mañana


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Estos días hemos podido participar en el segundo encuentro de la Revolución Integral, un movimiento civil que pretende impulsar ideas transformadoras y soluciones de cambio para el mañana. Pudimos compartir brevemente nuestro proyecto en las montañas, hablando de lo que allí hacemos y con el ánimo de invitar a cuantos quisieran poder visitarlo. Había un aire esperanzador. Personas que se unen con el propósito de aportar algo nuevo, un paradigma diferente que produzca resortes de cambio.

Hoy en Madrid hemos podido disfrutar, momentos antes de marcharnos a Grecia para echar una mano a los refugiados sirios, de un documental esperanzador llamado en su original francés Demain, Mañana.

Un grupo de científicos, entre ellos Anthony Barnosky y Elizabeth Hadly, publicaron en la revista Nature un estudio que anunciaba la posible desaparición de parte de la humanidad en 2100. Cyril Dion y Mélanie Laurent junto a un equipo de cuatro personas visitaron diez países para investigar las causas de dicha posible catástrofe y, sobre todo, buscaron alternativas que hablaran de formas para evitarla. Durante sus viajes se encuentran con personas y proyectos pioneros que reinventan la agricultura, la energía, la economía, la democracia y la educación. Tras unos minutos de exposición pesimista, terminan su trabajo vislumbrando por primera vez la posibilidad de que surja un nuevo mundo: el mundo del mañana.

¿Qué pasaría si mostrar soluciones o contar historias que hacen el bien fuera la mejor manera de resolver los problemas ecológicos, económicos y sociales? Se preguntan los productores de la película.

El bien es algo intangible pero necesario para reconducir nuestras conductas. Hacer el bien es buscar siempre las mejores alternativas, las mejores soluciones para todo lo que se nos presenta como un reto. Evidentemente vivimos en un mundo de contradicciones. Nunca podemos ser puros ni perfectos en todo lo que hacemos, en todo lo que decimos y en todo lo que intentamos llevar adelante. Sería muy ingenuo pensar que seremos capaces de ser coherentes al cien por cien. Pero como conjunto sí somos capaces de hacer cosas positivas. El documental ofrece varias alternativas.

En primer lugar nos alientan a tener una alimentación más saludable, más orgánica y con menor consumo de carne. Sobre el consumo nos animan a reducirlo, pero sobre todo, a que sea en comercio local e independiente. Otras de las soluciones tiene que ver con la energía, la cual debería ser totalmente renovable. Sobre la economía nos incitan a cambiar de banco, a poder ser a bancos éticos como Triodos Bank y por último, nos invitan a mantener siempre una actitud ecológica haciendo todo lo posible por reducir, reutilizar, reciclar, reparar y compartir.

Quizás está llegando el tiempo de dejar de mirar al mal y empezar a girar nuestra visión y mirada hacia modelos positivos, unidades de cambio que puedan inspirarnos en nuestras vidas diarias. Quizás está llegando el tiempo de empezar a cambiar algo nuestra forma de entender el mundo y la vida para que la catástrofe nunca llegue. Este documental es una muestra de ello.

Hacia el inevitable decrecimiento


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Todos los datos económicos, todo lo relativo al progreso de una nación y al bienestar de sus ciudadanos vienen medidos por el crecimiento de sus economías. El índice que se utiliza para medir dicho progreso suele ser el aumento del porcentaje del Producto Interior Bruto (PIB), el cual nos indica, si su crecimiento es positivo, que el país va bien. Esto choca frontalmente con la realidad de vivir en un mundo limitado con recursos limitados y circunscritos a una realidad finita, y de paso, con las repetidas advertencias que desde las Naciones Unidas se están liderando una y otra vez.

La paradoja es que para poder sostener este sistema de valores de crecimiento continuado es necesario:

  1. un consumo desenfrenado,
  2. una especulación financiera que lo haga posible y
  3. unos valores morales de baja calidad en nuestra sociedad.

El resultado es una insatisfacción continuada, una ansiedad progresiva y una casi adicción por el consumo, algo que parece no tener límites en la consciencia humana.

Ante esta impredecible deriva política y económica, en 1987 se creó por parte de la “Comisión Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo” de las Naciones Unidas un documento llamado el “Informe Brundtland”. En el documento, que originalmente se llamó Nuestro Futuro Común[1], se habló por primera vez de “desarrollo sostenible”. En este informe se ponía en duda nuestro modelo de desarrollo económico actual y la sostenibilidad ambiental del mismo, criticando y analizando el coste que supone las políticas de desarrollo a nivel mundial. El desarrollo sostenible fue definido en este informe como aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de las futuras generaciones. El informe, dentro de sus objetivos, propuso dos tipos de restricciones:

  1. a) una restricción ecológica, es decir, la conservación de nuestro planeta Tierra,
  2. b) y otra de tipo moral, la renuncia a los niveles de consumo a los que no todos los individuos puedan aspirar.

Una de las ambiciones de dicho informe fue la de “proponer unas estrategias medioambientales a largo plazo para alcanzar un desarrollo sostenido para el año 2000 y allende esta fecha” (página 10 del informe). El tiempo ha demostrado que este objetivo no sólo no se ha alcanzado, sino que estamos ante un nuevo escenario descrito con cierta angustia en el “Acuerdo de París” de diciembre de 2015 propiciado también por las Naciones Unidas. En este mismo acuerdo se recuerda la “Agenda 2030 para el desarrollo Sostenible”[2], donde los estados miembros aprobaron 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS)[3] para poner fin a la pobreza, luchar contra la desigualdad y la injusticia, y hacer frente al cambio climático. Las Naciones Unidas es consciente del peligro inminente que se está generando en torno al crecimiento desmedido. Tal es así, que lo expresa abiertamente en todos sus documentos e informes: “Conscientes de que el cambio climático representa una amenaza apremiante y con efectos potencialmente irreversibles para las sociedades humanas y el planeta y, por lo tanto, exige la cooperación más amplia posible de todos los países y su participación en una respuesta internacional efectiva y apropiada” (página 1 del Acuerdo de París).

Como vemos, existen un montón de acuerdos cargados de buenas intenciones que resultan, debido a la propia dinámica de crecimiento y moral de los países miembros en cuanto a la imprescindible necesidad de crecimiento, imposible llevar a cabo. Este fracaso global provoca reacciones de todo tipo. La más conocida es una teoría que desde los años sesenta va ganando fuerza: el decrecimiento. Sus defensores creen que el “desarrollo sostenible” es insuficiente para poder detener el colapso ecológico en el que nos encontramos y son necesarias medidas más drásticas e inmediatas.

Uno de los defensores de la teoría del decrecimiento es el economista francés Serge Latouche, del cual ya hemos hablado alguna vez. El autor insiste en que lo único que nos queda por hacer es poner en práctica todas las recetas posibles, pasando por reducir la jornada de trabajo, consumir menos y provocar un necesario respeto por el medio ambiente. Es decir, lo deseable no sería esperar respuestas a nivel global o de nuestros propios gobiernos, sino aplicar nosotros mismos una vida de austeridad voluntaria, viviendo mejor con menos. La llamada simplicidad voluntaria nos ofrecería un mayor tiempo de ocio y una vida social más plena, alejada del consumo compulsivo e irracional y un estilo de vida competitivo, de todos contra todos, ajeno a las nuevas propuestas y las tesis del apoyo mutuo y la cooperación.

Serge Latouche propone algunas soluciones prácticas como las llamadas las 8 R: Revaluar (nuestros valores), Recontextualizar (la construcción social), Reestructurar (los aparatos económicos y productivos), Relocalizar (consumiendo sólo lo que se produce localmente), Redistribuir (el acceso a los recursos naturales y a la riqueza), Reducir (el consumo y el gasto energético), Reutilizar y Reciclar (todos los objetos, en cualquier actividad).

En definitiva, está en nuestras manos y no en las manos de los poderosos sistemas de interés el poder revertir este ciclo de autodestrucción en el que nos encontramos. Seamos conscientes y empecemos a buscar soluciones prácticas, individuales y colectivas, para poder vivir mejor con menos, ser felices y hacer feliz al planeta que nos acoge.

 

[1] Ver el documento en el siguiente enlace: http://www.un.org/es/comun/docs/?symbol=A/42/427

[2] Puede consultarse la misma en el siguiente enlace: http://www.cooperacionespanola.es/sites/default/files/agenda_2030_desarrollo_sostenible_cooperacion_espanola_12_ago_2015_es.pdf

[3] Los 17 objetivos son: 1. Poner fin a la pobreza en todas sus formas en todo el mundo. 2. Poner fin al hambre, lograr la seguridad alimentaria y la mejora de la nutrición y promover la agricultura sostenible. 3. Garantizar una vida sana y promover el bienestar para todos en todas las edades. 4. Garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad y promover oportunidades de aprendizaje durante toda la vida para todos. 5. Lograr la igualdad entre los géneros y empoderar a todas las mujeres y las niñas. 6. Garantizar la disponibilidad de agua y su gestión sostenible y el saneamiento para todos. 7. Garantizar el acceso a una energía asequible, segura, sostenible y moderna para todos. 8. Promover el crecimiento económico sostenido, inclusivo y sostenible, el empleo pleno y productivo y el trabajo decente para todos. 9. Construir infraestructuras resilientes, promover la industrialización inclusiva y sostenible y fomentar la innovación. 10. Reducir la desigualdad en y entre los países. 11. Lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles. 12. Garantizar modalidades de consumo y producción sostenibles. 13. Adoptar medidas urgentes para combatir el cambio climático y sus efectos. 14. Conservar y utilizar en forma sostenible los océanos, los mares y los recursos marinos para el desarrollo sostenible. 15. Proteger, restablecer y promover el uso sostenible de los ecosistemas terrestres, gestionar los bosques de forma sostenible, luchar contra la desertificación, detener e invertir la degradación de las tierras y poner freno a la pérdida de la diversidad biológica. 16. Promover sociedades pacíficas e inclusivas para el desarrollo sostenible, facilitar el acceso a la justicia para todos y crear instituciones eficaces, responsables e inclusivas a todos los niveles. 17. Fortalecer los medios de ejecución y revitalizar la Alianza Mundial para el Desarrollo Sostenible.

 

(Foto: trabajando juntos en el Proyecto O Couso para hacer de la austeridad y el decrecimiento una virtud de compartir y felicidad).

¿Qué hacemos ante el futuro incierto?


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Según los datos más optimistas, se prevé un aumento de la temperatura global de un grado centígrado para el 2020 y de dos grados para el 2050. El cambio climático por efecto directo de la actuación del ser humano es ya un hecho probado y aceptado por la comunidad internacional.

El crecimiento de la población mundial en la segunda mitad del siglo XX fue de aproximadamente un 141%, lo cual nos situó en siete millones de habitantes en el 2011. La población mundial, que actualmente cuenta con unos 7.349 millones de habitantes, alcanzará los 8.501 millones en 2030 y los 9.725 millones en 2050, superando para el 2100 los 11.213 millones según el informe “Revisión de las Perspectivas de Población Mundial” de las Naciones Unidas.

La superpoblación proviene de la superación por una especie animal de los límites de sostenibilidad del biotopo que habita. De alguna forma, el ser humano se está convirtiendo en una especie de plaga para el planeta. El Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria (en inglés Voluntary Human Extinction Movement o VHEMT, en sus siglas en inglés) hace un llamado para abstenerse de la reproducción y causar así la extinción gradual y voluntaria de la humanidad. Otros movimientos como el Population Matters (Cuestiones Demográficas o Asuntos de Población), anteriormente conocido como el Optimum Population Trust (OPT, Organización para la población óptima), es una asociación que promueve la reflexión sobre el impacto del crecimiento de la población en el medio ambiente, indicando que la población óptima mundial estaría entre 2.700 a 5.100 millones de habitantes.

Este contexto mundial es un caldo de cultivo perfecto para que alarmistas de toda índole, movimientos milenaristas y activistas de todas las esferas, inclusive la económica, se hayan puesto manos a la obra para intentar, al menos paliar, las causas de esta aparente irreversible situación. La crisis de valores y el colapso del modelo actual han provocado la creación de experimentos alternativos que han crecido a medida que la demanda de un nuevo modelo ético iba aumentando. Sin duda, uno de los modelos alternativos más demandados ha sido el de las comunidades utópicas, un movimiento global que pretende transformar la sociedad humana desde la práctica diaria.

Realmente no sabemos qué va a ocurrir en los próximos veinte años. Quizás estemos a las puertas de una revolución tecnológica que mejore radicalmente todo el gris panorama que se nos presenta. Mientras eso ocurre, resulta imprescindible una nueva pedagogía, una provocación, un aumento de la alarma social para que tomemos consciencia de algo complejo y difícil para todos. Debemos concienciarnos unos a otros sobre nuestro comportamiento diario, sobre nuestros hábitos más elementales. La comida, el consumismo, la necesidad de crecimiento. Son cuestiones básicas y fundamentales que deberíamos considerar todos los días. Sólo cambiando nuestro paradigma personal podremos albergar alguna esperanza futura.

Hacia la movilidad eléctrica


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Cuando hace un día normal de sol puedo trabajar desde la caravana gracias a la humilde placa solar. Si el día está nublado la placa se resiente y solo da energía para una pequeña lamparita y la carga de móviles, no mucho más. Con una o dos placas más o un pequeño aerogenerador (aquí hace mucho viento), la autonomía energética sería suficiente.

En la crisis global en la que estamos, especialmente en la medioambiental, es difícil realizar un cambio radical como el que aquí estamos haciendo. Admitamos que venir a las montañas no es una solución viable para los millones de seres que desde hace generaciones viven acomodados en las ciudades. No solo es un problema de consciencia, también de responsabilidad, compromiso y un cierto grado de sacrificio. No todos estamos preparados para estos retos. En todo caso nos sirve la aventura para crear cierta inspiración. Al menos cierta inspiración para la vida cotidiana.

Cuando organismos oficiales como la OMS advierte de que comer carne es perjudicial y vemos las reacciones irónicas de nuestros congéneres nos damos cuenta de lo lejos que estamos de poder salvar al planeta. Ni siquiera en esas reacciones hemos podido contemplar un pequeño resquicio de compasión no hacia nosotros mismos, sino hacia el reino animal que sufre nuestra barbarie. Esa consciencia o sensibilidad es compleja, ya que nace de unos condicionantes culturales y sociales condicionados por millones de años de historia. ¿Cómo cambiar eso?

No sabemos cuantas generaciones más aguantaran esta debacle. La humanidad, convertida ya en una plaga que afecta directamente al planeta Tierra, no puede quedar por mucho tiempo ignorante ante los efectos de la misma. Tendría que existir una revolución radical en las consciencias humanas, tan radical que nos pusiéramos todos manos a la obra para cambiar hábitos, formas de consumo, y cientos de minúsculas actitudes personales que dañan día a día a nuestra madre tierra. Y esa radicalidad debería empezar ahora mismo, en este instante, para que la cosa no fuera a peor. ¿O acaso estamos ya, como dicen algunos, en el camino de no retorno?

Cuando compré hace algo más de diez años un coche híbrido pensé ingenuamente que con ese acto simbólico estaba ayudando a señalar el camino a seguir en pro de una movilidad más ecológica. Diez años después empiezan a aparecer los primeros coches puramente eléctricos, capaces, según el tipo de gama, de alcanzar entre doscientos y quinientos kilómetros de autonomía. Con el avance de las energías renovables, quizás en treinta o cuarenta años podamos ver un parque móvil totalmente ecológico. Pero hasta esta idea puede parecer ingenua si vemos todo lo que nos rodea diariamente.

En todo caso, es nuestra obligación moral seguir animando uno a uno a todos los que nos rodean para que ejerzan su poder de cambio. Para que puedan influenciar en todo cuanto consumimos, en todo cuanto hacemos, en todo cuanto nos merecemos. Para que apostemos cada día por soluciones más ecológicas. Un coche eléctrico, placas solares en los tejados, o simplemente un consumo responsable de todo cuanto compramos. Cualquier cambio que hagamos en nuestros hábitos será beneficioso para la Tierra, y también para nuestros descendientes. Estemos atentos y apostemos por esos cambios. Es posible que no nos beneficiemos directamente. Pero haremos un bien para el futuro. Así que si puedes apuesta por la movilidad eléctrica. El planeta lo agradecerá.

¿Es radical ser radical? Sobre la defensa de los animales.


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Alguien se molestaba el otro día por mi forma a veces un tanto visceral de defender al reino animal. De alguna forma se sentía ofendido porque pensaba que mi manera radical de pensar no era sensible con las personas que comen carne.

Debo decir que tiene razón. Respeto profundamente a las personas que comen carne. Toda mi familia lo hace y el noventa por ciento de mis amigos. No dejo de amarlos por su condición de omnívoros ni intento inculcarles los sorprendentes beneficios de una dieta vegetariana. Pero sí admito el reproche, e incluso cierta radicalidad en mis posturas.

El caso es que veo esta cuestión de forma muy similar a como los primeros exploradores de la era colonial veían a los caníbales. O de cómo la américa civilizada veía con horror la otra américa, aquella que esclavizaba a sus hermanos de color. Eso que ahora parece tan obvio, en aquel momento eran posturas radicales. Salir a la plaza mayor a defender a los negros, a las minorías, el voto de la mujer y cientos de cosas parecidas era de radicales, de extremistas, de personas sin muchas luces. Resulta que la consciencia humana sigue avanzando y no se conforma con buscar justicia, igualdad y libertad para sus congéneres. Ahora desea dar un paso más y cada día son más los que salen a la plaza pública para defender también la vida animal.

España tiene una cultura brutal con los animales. No porque se alimente de ellos, sino porque en su ADN cultural existe el maltrato en las ferias de los pueblos, en tradiciones macabras y aceptadas por todos con una complicidad absoluta como el Toro de la Vega o como esa ancestral tradición de matar toros en el ruedo, llegando incluso a la aberración de llamarlo “cultura”. Hay ritos de paso que ya no son necesarios. Las matanzas que de siempre se han practicado en los pueblos ya no tienen sentido en un mundo donde la abundancia alimenticia no requiere de víveres para soportar el frío invierno.

Los tiempos cambian y soy plenamente consciente de que esto que ahora parece una postura radical, de aquí a un par de siglos será lo más normal del mundo. La gente dejará paulatinamente de comer carne y existirá un delicado equilibrio entre la sensibilidad humana y la animal. Beber sangre y comer carne dejará de ser algo propio de humanos, y los ritos de sacrificio en el mundo de la alimentación se verá en ese tiempo como una terrible consecuencia de nuestra ceguera e insensibilidad.

Siento de veras si con esto que digo ofendo a mis queridos omnívoros. Mi única intención es la de denunciar esta injusticia, esta falta de lucidez por nuestra parte, esta aberración inconsciente de nuestra psique colectiva hacia el reino animal, hacia esos pequeños hermanitos que se encuentran en su propio proceso conciencial y evolutivo. Es posible que estas posturas sean un poco radicales. También lo fueron en su día los que lucharon contra la esclavitud, el apartheid o el voto de la mujer. Es cuestión de tiempo. También es cuestión de conscienciarnos sobre otras formas de ver y entender la vida sin tanto dolor para los otros, aunque los otros sean pobres terneras o pollitos recién nacidos a quienes de forma cruel les arrancan en vida las alas para servirlas en restaurantes de comida rápida.

Simply Build Green (Construcción Ecológica Sencilla)


©Findhorn Foundation/Eva Ward nature sanctuary

Uno de los lugares más hermosos de la comunidad de Findhorn es el llamado Nature Sanctuary. Es una pequeña construcción de unos cómodos y suficientes veinte metros cuadrados hecha de piedra y madera y semienterrada en el suelo. Se construyó en octubre de 1987 y tuvo un coste de unas 1500 libras de la época. Desde entonces, se viene utilizando todas las mañanas a eso de las ocho para compartir juntos los cantos ecuménicos de Taizé. Realmente es uno de los momentos más entrañables de la comunidad, donde se comparte, mediante la devocional música, un espacio único de entendimiento y comunión.

Esta construcción es algo más que un pequeño santuario de meditación. Es el emblema de como podrían ser las futuras casas. Hay una corriente en arquitectura que empieza a hablar de hogares cada vez más reducidos, donde lo útil y la sencillez sean marcos de referencia. Alejados de la ostentación vanidosa de esos grandes edificios y casas majestuosas, lo pequeño y sencillo está ganando cada vez más adeptos. Si además las construcciones se vuelven cada vez más ecológicas y pueden ser integradas, como el caso del Nature Sanctuary, en todo su entorno, estamos caminando hacia el modelo perfecto para la comunidad futura.

Siempre hablamos mucho de la contaminación del aire, pero nunca nos atrevemos a hablar de la contaminación visual. Nuestros grandes edificios con sus majestuosas fachadas y tejados rompen completamente con el orden natural y la estética de los ecosistemas. Las antenas, los cables que vemos por todas partes, especialmente por las montañas con esas grandes torres de alta tensión y el asfalto gris que todo lo envuelve rompen drásticamente con la armonía de la naturaleza.

En el futuro, inevitablemente, habrá un respeto por todos esos aspectos. Las casas se integrarán en el paisaje, los tejados verdes y las estructuras de piedra y madera volverán de nuevo a estar de actualidad. Nos serviremos de los avances tecnológicos para unificarlos con la tradición, la cual estaba más cercana de lo natural. Casas pequeñas, fácil de calentar, dispuestas de tal forma que no ejerzan un fuerte contraste sino que se integran totalmente con el paisaje. Construcciones sencillas totalmente ecológicas, con sistemas de autoconsumo energético a base de placas solares o molinos de viento disimulados entre la construcción y unos tejados vegetales que aclimaten la vivienda a la vez que disimulen su presencia.

La revolución arquitectónica está por llegar, pero será poco a poco un modelo que ganará más cuota, a medida que la humanidad avance hacia una consciencia más ecológica y sencilla. Lo sencillo y pequeño es hermoso… ¿verdad?

(Foto: Nature Sanctuary, en Findhorn)

¿Por qué nos hemos cambiado a una compañía eléctrica verde?


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Tras pagar casi seiscientos euros y muchos meses de espera para que nos conectaran la electricidad en la nueva sede de la editorial, nos sentimos en la necesidad moral y ética de cambiarnos a una compañía de luz que proteja y cuide a la naturaleza utilizando energías limpias y alternativas.

Para ello, están surgiendo en todo el país proyectos, en su mayoría cooperativas de consumo, a las que puedes hacerte socio y dejar que sean ellos los que suministren la electricidad.

¿Por qué cambiarse? No entraremos en la demagogia política sobre esos exgobernantes que ahora ganan suculentos sueldos a costa de la tarifa de la luz. Debemos basar nuestra decisión en conjeturas de puro sentido común en un mundo que debe cambiar su paradigma. El modelo energético actual basado en combustibles fósiles o energía nuclear es insostenible. El futuro es la energía limpia, sin más, la que viene del sol y del agua y de la tierra y del viento.

En este artículo podremos ver ocho alternativas diferentes de energía verde:

http://www.consumer.es/web/es/medio_ambiente/energia_y_ciencia/2013/03/18/216195.php

Nosotros nos hemos cambiado a SOM ENERGÍA, ya que han sido ellos los que más rápido han contestado y más rápido, gracias a su herramienta informática, han sabido dar respuesta a los tiempos que corren.

https://www.somenergia.coop/es/ 

Os animo a que hagáis lo mismo. Ya no vale quejarse. Tenemos que empezar a actuar. Es tiempo de actuar, ¿por qué no hacerlo?

 

 

 

 

Elon Musk


Elon_Musk_-_The_Summit_2013

Siempre que escucho Fantasía de Greensleeves me transporto a un mundo diferente, a una especie de lugar donde todos viven felices en una especie de baile inmortal. Una canción que nació en Inglaterra y que ahora escucho en Escocia no puede menos que emocionarte. Pero especialmente si por alguna extraña razón, además, te incita a recordar algo muy lejano que no sabes identificar y al mismo tiempo te hace enamorado y feliz.

Esa sensación de vivir en otro mundo hay personas privilegiadas que ya la pueden experimentar. No sólo porque ese mundo nace en su potente imaginación, sino porque además son capaces de materializar todo aquello con lo que sueñan.

Este es el caso del joven empresario, ingeniero e inventor Elon Musk. Su vida parece sacada de algún cuento. Seguramente, de seguir esta trayectoria apasionante, pasará a la historia como una de las personas que revolucionó el siglo XXI. Su arriesgada apuesta es triple.

Por un lado, fue el primero que de la nada consiguió crear una fábrica de coches eléctricos con un sugerente nombre: Tesla Motors. Su obsesión consistía nada más y nada menos que terminar con la polución en las ciudades y en el mundo, y para eso creó vehículos eléctricos con una considerable autonomía: las de mayor autonomía del mercado, hasta casi 500 km sin enchufar a una toma de corriente. Sin saberlo, o quizás sí, estaba dando el pistoletazo de salida a una nueva revolución industrial basada ya no en los derivados fósiles sino en la electricidad.

Para completar su circuito ecológico, no sólo casi inventó el vehículo eléctrico, sino que invirtió gran parte de su capital en crear SolarCity, una empresa que se dedica a poner en marcha en los hogares americanos un sistema autónomo de electricidad basado en placas solares. De esta forma, sus vehículos Tesla pueden conducirse sin gastar un solo dólar. ¿Es esto el principio de la emancipación energética?

El que fuera cofundador de empresas como Paypal, también ha desarrollado una empresa aeroespacial, Space X, la primera empresa privada que ha podido llegar a la Estación Espacial Internacional y conseguir un contrato con la NASA para abastecer a la estación mediante viajes comerciales.

La verdad es que estamos siempre acostumbrados a homenajear a personas con grandes virtudes espirituales, con grandes frases inspiradoras, pero siempre se nos olvida elogiar a esas personas que están haciendo actos verdaderamente espirituales en el mundo de la materia. Una persona está revolucionando la locomoción y seguramente, si todo va bien, será el inspirador de un nuevo modelo energético que nos librará de guerras e intereses con el cada vez más obsoleto mundo de la combustión, el petróleo y las energías contaminantes. Si su particular revolución se hace firme, estaremos ante una revolución universal que facilitará nuestras vidas y las hará más limpias, más respetuosas con el medio ambiente y más esperanzadoras con nuestro futuro humano.

Quizás todo esto sea tan solo el comienzo de una fantasía que será derrumbada por intereses internacionales. Pero por si acaso, seguiremos escuchando y disfrutando de la Fantasía de Greensleeves. Y los que tengáis recursos, no dudéis en apoyar esta obra adquiriendo algún coche eléctrico. Es la única forma que tenemos de poder cambiar las tendencias futuras.

La sangre de mis venas es de la Tierra


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Si dicen que Dios es nuestro padre, la madre es la tierra que tejió los labios, que meció la sangre, que acuñó la rodilla y el hueso, que puso rostro a vértebras y pelos y tacto. Si Dios es el aliento que sopla desde el espíritu transformando lo infinito en fugaz andadura, en alma, nuestra carne es la hija preñada de esa vida que palpita a cada minuto, que respira a cada instante sin dejar de hacerlo una sola vez excepto en el fin.

Y si la Tierra es nuestra madre me pregunto porqué no la amamos, porqué no la respetamos, porqué no hacemos de su presencia un templo al que adorar, al que proteger, al que abrazar a cada mañana. Me pregunto porqué no marchamos desnudos a su encuentro en el clamor del bosque, en el jilguero que se posa en la ramilla del caldo, en el alarido que nace de la trémula garganta henchida del animal que trota. ¿Qué es aquello que nos aleja del roce del río y de la visión transformadora de nubes y vientos?

Si soy hijo de la Tierra, me pregunto porqué no hundo mis raíces en su cálida faz, porqué no construyo con cañas y barro el manantial del hogar. Porqué no atravieso con la lanza del trabajo la diana del gozo. Si pudiera tan siquiera saber cómo escapar de la oscura y mugrienta esfera que nos separa de la tierra. Si pudiéramos entender que esa capa de betún y alquitrán no es más que un escollo que nos desconecta de nuestra propia naturaleza.

Si la sangre de mis venas es de la Tierra, ¿por qué vivo tan alejado de ella? ¿Por qué día tras día me resulta más difícil encontrar un lugar donde hundir mis dedos en su candente y prieta presencia? ¿Alguien recuerda el olor a tierra mojada? ¿Alguien recuerda la sensación de preñar la vida fugaz en la inmortal esfera? ¿Por qué no soñar con el retorno? ¿Por qué no alejarnos de la vida sin vida? ¿Por qué no vivir viviendo abrazados a nuestra madre la Tierra?

Filipinas


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Siento gran tristeza por los miles de muertos que ha arrasado el tifón Haiyan. Miles de muertos que según algunos expertos están relacionados con el uso masivo e incontrolado de aerosoles, especialmente en el sur de China. La ONU por fin se pronuncia claramente sobre los efectos del cambio climático en las catástrofes cada vez más agresivas y continuadas a las que estamos expuestos.

Y cuando hablamos de estas cosas nos llaman alarmistas o apocalípticos sectarios. Sin embargo los hechos están ahí, y cada vez con más virulencia. Sigamos pues en nuestra miopía. Sigamos en nuestra ceguera insulsa. Sigamos anclados en la ignorancia del que no quiere ver, del que pasa por la vida como si la vida no fuera con él.

Perdonad el tono de estos días, pero es que parece como si realmente estuviéramos viviendo en un mundo cada día más alocado y ciego.

Ahora toca un rato de silencio, al menos hasta que podamos contar uno a uno todos los que en estos días han perdido la vida de forma atroz. Que sus almas ahora sean libres y que renazcan en el flujo de la vida invisible.

Alejados de nosotros mismos


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Hoy tocaba alejarse de Madrid y regalar algo de tiempo al ego complaciente y al alma libre. Nos fuimos hasta la Sierra de Ayllón para disfrutar de unos de los hayedos más meridionales de Europa. Disfrutar de una reserva de la biosfera en plena otoñada es algo más que un deleite. Paseamos por laderas que atravesaban escarpados lugares, acompañados siempre del río Jarama que surcábamos de un lado a otro metiendo el pie resbaladizo en la fría agua y en las prohibidas tierras del hayedo. Tomábamos algún dulce en sus pueblos perdidos, paseando por La Hiruela, Horcajuelo de la Sierra, Montejo de la Sierra, Prádena del Rincón, incluso nos dio tiempo de visitar la bella Buitrago del Lozoya, con su impresionante muralla medieval.

Los roquedos abruptos y las tranquilas riberas nos llevaron hasta el espectacular hayedo que en esta época del año se teñía de tonos ocre y oro brillante. Era necesario reservar para poder acceder al mismo, pero nosotros, almas salvajes que no entienden muy bien eso de ponerle puertas al campo surcamos por los límites de lo prohibido y disfrutamos igualmente de la prodigiosa belleza, siempre de forma discreta y silenciosa, teñidos camaleónicamente de bosque y naturaleza mientras surcábamos por las peligrosas sendas sin camino.

Veíamos el contraste con la sucia Madrid y nos preguntábamos qué cosa había hecho mal el ser humano para haberse alejado tanto de la Naturaleza, de su armonía, de su belleza, de su esplendor. Tendría que existir en nuestras sociedades una norma común que se llamara algo así como ley del decoro, donde en todo momento no pudiéramos saltarnos las reglas básicas de la belleza, la armonía y el equilibrio. Edificios decorosos, carreteras decorosas, lugares todos bellos y cargados de esplendor. La vida sería un constante deleite, como el de hoy al sentirnos tan próximos a esa belleza natural que surge a raudales de cualquier rincón. Si eso fuera así no habría necesidad de poner puertas y prohibiciones al bosque porque no tendríamos necesidad de abandonar lo bello para reencontrarnos con lo bello.

¿Por qué nos hemos alejado tanto de las leyes naturales? ¿Por qué preferimos lo gris, lo contaminado, lo sucio, a la pulcritud natural de un paisaje, de un bosque o de un prado? Por más que pienso en ello sigo sin entender por qué vivimos tan alejados de la Naturaleza, que es como decir tan alejados de nosotros mismos. Tanto es así que defendemos los rincones bellos de nosotros mismos. Así somos, seres que desconfían de sí mismos, depredadores capaces de destruir todo lo que a su paso se encuentre.

El toro de la vega, lección 24 sobre la especie homo-animal


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Queridos alumnos,

 

Hoy asistimos a la clase en la que seguiremos abordando el estado de homo-animalidad y salvajismo civilizado que nuestros antepasados poseían allá por los siglos XX y XXI.

Como decíamos ayer, en esa época aún era común que la humanidad en su conjunto se alimentara de carroña, sangre, tripas, carne y demás subproductos derivados de nuestros hermanos los animales.

Siento si ayer herí excesivamente vuestra sensibilidad mostrando ese conjunto de imágenes donde aparecían nuestros antepasados devorando todo tipo de carnes y animales, inclusive aquellas imágenes donde aparecían los cadáveres expuestos en esos horribles lugares que llamaban carnicerías o tabernas, donde se exponían sin ningún pudor los cuerpos troceados de todo tipo de seres.

Hoy vamos a hablar de otra práctica salvaje, que en aquellos días llamaban torear o lancear o picar, lidiar y demás barbaridades. Nos centraremos en un lugar aún asalvajado por prácticas medievales donde aún se practicaban todo tipo de carnicerías. Para comprender un poco la mentalidad de la época, pongamos un recorte de prensa sobre la mesa:

“El ganador del polémico torneo, este año precedido de una protesta que cada vez encuentra más eco, ha sido David Rodríguez, un obrero de la construcción en paro natural de Tordesillas. La de este martes ha sido la primera vez que participaba en el concurso, criticado por los defensores de los animales. Se dice orgulloso de haber asestado dos lanzadas, la segunda mortal, a Vulcano, un toro de 580 kilos que, en palabras de los lugareños, ha sido “muy bonito en el campo”. A las once en punto de la mañana el astado ha iniciado el que sería su último camino, que le ha llevado desde la calle San Antolín hasta un campo abierto donde cientos de mozos, a caballo y a pie, le esperaban para ver cómo se defendía de quienes pretendían darle muerte”. (Fuente: El País)

Queridos alumnos, así era la mentalidad de nuestros antepasados, y así fue durante mucho más tiempo, hasta que la sensibilidad de sociedades más desarrolladas y complejas así como estudios científicos que concluían la relación directa entre la ingesta de animales muertos y la violencia congénita en la raza humana, permitió abolir este tipo de prácticas de sangre y crimen. Fue así como terminó el terrorismo contra el reino animal y fue así como se regeneró nuestra ahora pacífica raza huma.

¿Por qué respetar a unos y comernos a otros?


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Se llama carne de ternera a la carne de las vacas que se han criado por lo menos seis meses de edad hasta el momento de sacrificio. Estas reses pesan 135 kg de promedio. El valor nutritivo de la carne de ternera es la misma que la de buey. La industria cárnica es la encargada de procesar los subproductos de la carne de ternera. Se suele considerar a veces como carne roja debido a su color rojizo y por la cantidad de sangre en ella. En términos culinarios, carne roja hace referencia a una carne que presenta un rojo o rosado en estado crudo. Desde el punto de vista de la nutrición, el término “carne roja” se refiere exactamente a la carne proveniente de los mamíferos. En oposición a la carne roja se emplea el término carne blanca, que desde el punto de vista culinario hace referencia a cualquier carne que en crudo y al corte presenta colores pálidos o blanquecinos”.

Hoy un buen amigo escribía muy triste por la muerte de un cachorro de perro recién nacido. Entendía su tristeza, pero no quería entrar en la sensiblería ñoña del “pobrecito animal”. Especialmente cuando todos los días sacrificamos miles de terneras para saciar a una humanidad que se alimenta básicamente de vísceras, de sangre y de piel.

No sentí ninguna compasión por la tristeza de mi amigo cuando él tampoco siente compasión por la tristeza de las vacas cuando las alejan de sus terneras para ser degolladas y consumidas de forma abominable, eso sí, de forma igualmente civilizada. Porque eso que llamamos civilización consiste en llenarnos la tripa de cadáveres y luego llorar la muerte de un animal que por contacto o cercanía, parece tener algo más de privilegios que el resto.

Es algo que aborrezco de la hipocresía humana. Esa pena por la muerte de unos, ese horror manifestado con lágrimas de cocodrilo cuando fallece nuestro gato o nuestra perro, y esa desfachatez y crueldad cuando no se tiene la misma compasión por una vaca o un cerdo, como si estos últimos fueran animales de “razas inferiores”, algo muy parecido al pensamiento totalitarista de la segunda guerra mundial.

Por supuesto luego vienen las quejas sobre las guerras, la violencia y la crueldad humana. ¿Pero qué derecho tenemos a quejarnos cuando día tras día ejercemos un acto cruel y atroz en nuestras mesas? ¿Qué derecho tenemos de exclamar ese “no a la guerra” cuando diariamente, y por tres veces al día, ejercemos la guerra contra el reino animal?

Además, tenemos nuestros propios carniceros, nuestros propios campos de concentración, nuestras propias cámaras de gas para aniquilar día a día millones de vidas animales. ¿Por qué? ¿Para qué? Pues porque tenemos una cadena de producción que nace de la industria cárnica donde producimos carne fresca, carne procesada y carne en conserva para el deleite de miles de paladares sedientos de sangre.

Cooperación y cocreación con la Naturaleza, la nueva revolución


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Aquella mañana me subí a un árbol que había a las afueras del barrio, en una vía muerta donde ya no transitaba el “carrilet” y donde íbamos a cazar lagartijas que luego soltábamos tras observas sus increíbles cualidades. Allí había un mundo de vida y color que se había plagado de verde y animales y que para nosotros, habitantes de la ciudad, era como un estallido de misterios e increíbles descubrimientos diarios. Me acompañaba ese día en la aventura mi primo “el gordo”, que así le llamábamos cariñosamente por haber superado en carnes la cuota estética admisible. La crueldad de los niños en aquella época era siempre inocente, teniendo yo el apelativo de “el conejo” o “el caballo”, por disponer de una hermosa dentadura que destacaba por su grandeza y brillantez.

Más allá de donde estábamos circulaban los caminos que iban hasta el río, que por aquel entonces aún presumía de poseer algunos peces y bonitas ranas de San Antón que saltaban de rama en rama por toda la vereda, por las huertas y por los campos abandonados donde pastaban los últimos rebaños de oveja que aún quedaban en el barrio. Recuerdo que nos entrelazábamos entre las cañas que crecían por todas partes, imaginando cuevas hacia mundos imposibles. Cuando eres pequeño, tres pares de cañas juntas pueden simular una nave multidimensional o la entrada misteriosa al paraíso perdido.

Desde aquel inmenso árbol pensamos que era muy arriesgado ir más allá de los límites permitidos para nuestra corta edad, pero aquel trozo de vía muerta podría ser perfecta para organizar nuestra primera iniciativa ecológica. Tendríamos unos diez años y a la institución la llamamos “Grupo Ecologista El Lince”. Nuestra primera acción fue llenar la vía muerta de nidos hechos de madera que sacábamos de la carpintería del padre de mi primo. Hicimos unos cuantos nidos que llegamos incluso a pintar de azul y verde. Poblamos la vía y sus árboles de nidos que cargamos con alpiste para animar a sus futuros inquilinos a habitar tan dichosas y acogedoras casas. Y allí nos tirábamos horas enteras esperando a que algún pájaro curioso se atreviera a disfrutar del nuevo hogar.

Cuando tenía unos seis años más, ya en plena efervescencia adolescente, con esas camisas de Greenpeace que decían eso de “salvemos a las ballenas” o “nucleares no, gracias”, creamos un segundo grupo, esta vez con la hermosa Tatiana, amiga ideológica y batallera de aquel entonces. Esta vez el grupo se llamó simplemente “Flores de Asfalto”, intentando emular la necesidad de convertir el gris de la ciudad en un mundo bello y armónico. Hicimos varias campañas en el instituto y algunas actividades más hasta que marchamos a la universidad y nuevos grupos y nuevas aventuras completaron nuestra formación activista.

Ahora que recuerdo desde la distancia y cierta nostalgia aquellos primeros actos, aquellas primeras ganas de coparticipar y cocrear con la naturaleza me doy cuenta de lo revolucionario de aquellas primeras e inocentes muestras de activismo. La cooperación y el amor a la Naturaleza siempre ha estado implícito en mi existencia, no por un asunto ingenuo de niñez o adolescencia, sino por una apertura hacia la consciencia y la urgencia de actuar.

Esa urgencia aún existe, y también las ganas de seguir siendo un activista que desea hacer de este mundo bueno, un mundo mejor. Ojalá todos los niños de nuestras ciudades pudieran un día subirse a un árbol, observar los pajarillos y cantar y sentir la necesidad imperante de ayudar en el proceso intrínseco de la vida. Esa es nuestra revolución pendiente y esta es la pedagogía necesaria.

El día del Exceso


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¿Cómo construir una casa iluminada para morar en ella? La ONG Global Footprint Network mide con datos precisos la huella que el ser humano ejerce en el planeta. Sus datos suelen ser alarmantes. Por poner sólo cifras del año pasado, y según ellos explican en su informe anual, desde el 22 de agosto de 2012, la humanidad vivía a crédito. En los primeros ocho meses del año, los seres humanos agotaron la totalidad de los recursos que la Tierra es capaz de producir a lo largo del año. El 22 de agosto se alcanzó lo que Global Footprint Network llama el “Global Overshoot Day”, es decir, “el día del exceso”.

Esto no nos dice nada nuevo, pero sí algo en lo que debemos pensar continuamente, constantemente, con humildad e inteligencia: vivimos a crédito. Y no me refiero a crédito financiero. A crédito con los recursos de la naturaleza que año tras años menguamos y reducimos a la mínima expresión.

La Naturaleza siempre tiende a reaccionar ante las plagas. Ya sea con virus, con catástrofes naturales, con guerras. En los últimos años no estamos haciendo nada para combatir nuestros propios excesos y vivir en paz con el ecosistema. No alcanzamos la consciencia humana y global suficiente para poder apostar por una forma de vida diferente y tenemos, por más que nos pese, una forma de vivir semejante a la de las plagas que todo lo destruyen. Somos la plaga del planeta.

Algunos individuos, tal y como explico en el libro “Apoyo Mutuo y Cooperación en las Comunidades Utópicas”, están haciendo una apuesta sólida y contundente para cambiar el ritmo de vida y la convivencia comunitaria. Del individualismo egoísta pasan a una convivencia en comunidad totalmente armonizada y ecológica, con una sensibilidad y una conducta ejemplar en cuanto a la gestión de los recursos para la propia supervivencia de la especie y del planeta.

Pongamos un ejemplo práctico de la vida cotidiana. En una comunidad de 20 vecinos cualquiera de un barrio cualquiera de una ciudad cualquiera existen veinte unidades de casi todo. Veinte lavadoras, veinte secadoras, veinte taladradoras de agujeros, veinte o más vehículos, etc. En una ecoaldea de 200 habitantes, sólo existe una o dos taladradoras, un par de vehículos, algunas bicicletas, algunas lavadoras y algunas secadoras. El consumo de cosas es mínimo porque no necesitamos realmente poseer materialmente, por ejemplo, una taladradora que a lo mejor usamos una o dos veces en la vida.

La irracionalidad de nuestro modelo de vida, de nuestra forma de vida necesita de una revolucionaria visión y de una apuesta radical de nueva convivencia. ¿Cómo lograrlo sin que la madre Naturaleza acabe con la que ya es una de las mayores plagas de la historia del planeta Tierra? Debemos actuar con radical urgencia, como individuos y como sociedad, creando modelos alternativos de convivencia y modelos alternativos de pensamiento y conducta. Sólo la conducta radicalmente opuesta a la que tenemos podrá salvarnos.

Desde hace unos años, junto a unos amigos, estamos preparando el asalto a este modelo diferente de vida. Es una apuesta consciente y radical no sólo para cambiar nuestro modelo de vida, si no también para servir de ejemplo a otros pioneros que deseen dar un cambio cuántico en su devenir. En unos días os daremos más información y más detalle de esta radical apuesta por si tenéis interés en participar en ella de alguna manera.

Sobre el Viejo Orden Mundial


‎”Todo acto de bondad es una demostración de poderío”, Miguel de Unamuno.

Estamos en estado de urgencia. El cielo y el calor de la tierra está siendo poderosamente dañados. Para muchos, esta idea sigue pareciendo extraña, lejana e incluso absurda, eludiendo con su ceguera, egoísmo e ignorancia todo cuanto está acaeciendo en nuestro mundo.

Muchos hablan de que estamos ante la necesidad de despertar no a ninguna verdad, sino, y por el momento, despertar a la realidad envolvente. Despertar significa abrir los ojos, alejarnos de nuestra dormidera y ensoñación y contemplar todo cuanto ocurre a nuestro alrededor. Despertar también significa estar atentos y observar todo aquello que aparentemente contradice los principios básicos de la supervivencia, no sólo de la física y material, sino también de la emocional, la mental y la espiritual.

Olvidamos que somos parte de la tierra, del sol, del aire, del agua, de las poderosas fuerzas invisibles, y que ellos son parte de nosotros. Olvidamos que todo lo que hemos construido en el nombre del progreso ha creado una sensación de fracaso por haber roto el justo equilibrio de todas las cosas. Olvidamos que cuando tiramos basura en la calle o en el monte o en el aire o en los ríos estamos tirando basura en nuestra casa, en nuestros pulmones, en nuestra sangre, en nuestras vidas.

Por eso hay que despertar a la realidad y ver que más allá de ser seres aparentemente inteligentes, somos seres con cierto desarrollo de consciencia. Y eso implica responsabilidad, compromiso y trabajo para mejorar la condición de vida no tan solo de nosotros mismos, sino también del resto. Y el resto es la amapola que crece en el campo, el insecto que revolotea entre sus pétalos, el aire que lo transporta, el ave que se zambulle en los riachuelos y disfruta de los frutos de la tierra y de sus bosques. El resto también es el prójimo que necesita ayuda, y la prójima que nos pide un abrazo. Y el resto también son los otros, los que mueren en pateras, los que piden en la puerta de los mercados, los que, confundidos, erran el camino y destruyen su propia dignidad y la de otros.

Debemos despertar a la realidad de que somos finas hebras del tejido de la gran red de la vida. Debemos darnos cuenta de que el viejo orden que hemos construido con sudor, lágrimas y sangre no puede ser la guía de nuestro futuro. Debemos trabajar todas las horas de nuestra breve existencia para conseguir que la herencia que vamos a dejar es lo más perfecto que hemos sacado de nosotros mismos. Eso será lo que realmente nos llene de satisfacción, porque habremos participado del gran ciclo vital y del verdadero propósito de la vida. Sí, despertemos a un nuevo orden mundial donde la fraternidad, la igualdad y la libertad sean verdaderamente nuestra patria. Despertemos de la pesadilla del viejo orden mundial y seamos capaces de crear un mundo nuevo.

La paz imperfecta


Hoy viviremos un día de paz imperfecta. El ritual pagano por antonomasia, el fútbol, centrará la vida de miles de personas en una fiesta solar donde el balón, representante inequívoco del astro rey, se fundirá con la tierra para fertilizar sus entrañas. Los mediadores versarán el poder de tal acontecimiento no en interpretaciones astrológicas ni arquetipos simbólicos, sino en mera exposición y reconducción de las fuerzas nacidas de la rabia y la frustración. El espectáculo, al menos por hoy, estará servido y los representantes astrales intentarán de nuevo agradar las divinas proporciones de los dioses.

Pero como decíamos, será un día de paz imperfecta. Durante un tiempo, las energías de frustración serán canalizadas, pero luego llegará de nuevo el despertar iniciático a la realidad vital.

Y en esa imperfección pacífica derivada de lo común y lo aceptable nace la llama del conformismo. Hasta tal punto que nuestra condición de plaga para el sustento del ecosistema Tierra queda plasmada en los mensajes que vienen de las cúpulas de cualquier poder. “Hay que crecer”.

Ese “hay que crecer” es la fuerza del patógeno en el que nos hemos convertido. El crecer hasta la infinitud significa terminar con la vida en el planeta. La extinción de nuestro huésped o la imprescindible búsqueda de un equilibrio derivado de alguna especie de patogénesis que provoque una vuelta a la mesura y la armonía.

Es evidente que como individuos aislados no tenemos capacidad suficiente para asimilar esta realidad. No podemos hacerlo mientras que los rituales paganos inyecten en nuestras vidas la suficiente dosis de adrenalina para olvidarnos de lo que a nivel global y planetario está ocurriendo. Por eso los mensajes del miedo calan bien en nuestra psique y por eso, los llamados “poderosos” no son más que títeres de una de las fuerzas más destructiva de esta nuestra humanidad: la ignorancia.

No existe un poder real al que podamos culpar de nuestras desgracias. Los llamados mercados no son más que un grupo de enfermos ludópatas cuyo interés se resume en conseguir más dinero y más poder. Eso es ignorancia, pero sobre todo, enfermedad. Una enfermedad que infecta a todo el común, ya que la necesidad de “crecer” en términos de poder y dinero se estimula constantemente en los mensajes de la moda y en el ideal de lo que debe ser socialmente correcto. “La vanguardia” no es más que la mentira hecha carne, o mejor dicho, el cinismo de no comprender la deriva en la que nos encontramos.

Por eso a nadie extraña que los mensajes de los altos cargos políticos sean consensuados sin discusión posible, y que ninguna otra alternativa sea imaginada por el colectivo común. ¿Cómo poder hablar de decrecimiento, por ejemplo, o incluso de regulación del poder y el dinero?

El economista y filósofo francés Serge Latouche afirma que “el decrecimiento implica desaprender, desprenderse de un modo de vida equivocado e incompatible con el planeta”. Esta frase resume perfectamente nuestra ceguera y nuestra ignorancia en cuanto a lo que está pasando y la necesidad de abandonar los ritos paganos que nos alejan de la realidad y emprender el retorno hacia lo sagrado de nuestra relación con la naturaleza y el mundo que nos ha tocado en suerte. El opio que a diario nos inyectamos para poder soportar las fuerzas centrífugas de lo inaceptable debería contrarrestrarse con vacunas apropiadas para terminar con el germen de la plaga. ¿Y cual es el antídoto? Sin duda el sentido común, el conocimiento y la sabiduría de nuestros ancestros. ¿Y como contagiar esa llama de luz? Con la denuncia activa de nuestra ignorancia. Que crezca el rumor y que el rumor se torne realidad. Así que escuchemos claramente: “estamos equivocados, debemos dejar de crecer y empezar un nuevo rumbo de vida”.

Foto: (Junio de 2012 en el parque natural de Cabo de Gata, frente al esperpento del hotel Algarrobico, un símbolo inequívoco de nuestra sociedad decadente).

¿La hora del Planeta?


No es la hora del Planeta, es la hora de ser radicales. De ser consecuentes con lo que está pasando. ¿De qué sirvió que ayer apagáramos simbólicamente durante una hora al año las luces? Debemos empezar a ser útiles, a sentirnos útiles para curar a esta sociedad enferma y agonizante. Debemos, no solo hablar de consciencia, sino actuar conscientemente, sin entrar en ese exceso de complicadas conjeturas y contradicciones. Es difícil ser radicalmente consecuentes, pero creo que el Planeta entero lo demanda.  Demanda radicalidad a todos los niveles antes de que todo sea demasiado tarde. Ya no es una cuestión de cambio climático, sino una cuestión de coherencia con nuestros descendientes y con las futuras generaciones. Debemos empezar a labrar la tierra para sembrar la semilla del cambio. Y todo eso hay que hacerlo con hechos, con pequeños gestos.

Aquellos que puedan, que vivan en núcleos familiares con dos coches, que vendan uno y que utilicen el otro solo cuando realmente sea necesario. Si es posible que ese coche sea híbrido o eléctrico. Con ese ahorro, se pueden comprar placas solares para calentar el agua y dejar de utilizar eso tan obsoleto como son las botellas de butano.  El futuro será eléctrico, ¿por qué no invertir en electricidad limpia? ¿Cómo concienciar a los gobiernos para que dejen de utilizar el petróleo, la energía nuclear y el gas y se invierta todo lo que nos gastamos en ejércitos y armamento en desarrollo tecnológico, en energía limpia y renovable? ¿Por qué no existe ya una ley que obligue a construir casas energéticamente eficientes y autosuficientes? ¿Por qué no empezamos con pequeños actos como el reciclaje en nuestras casas, el disponer de placas solares y placas termosolares, o utilizar el transporte público siempre que podamos, o a cuidar nuestros cuerpos con alimentos sanos y no contaminantes? Hay tanto por hacer amigos… y hay tanto lo que a nivel individual y colectivo aún podemos hacer…