La plaga humana. Patogénesis de un planeta enfermo


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© Maxwell Campbell 

Este era el título de una de las versiones de la tesis doctoral. Por supuesto no gustó y fue censurado. También las ideas que allí se planteaban o que querían poner el acento en este tipo de cuestiones. La disidencia e independencia intelectual no siempre es posible. Al menos que seas codependiente de las instituciones que albergan y protegen el conocimiento y sepas camuflarte o adherirte a sus causas. El estar por fin separado de las instituciones y poder ser crítico con ellas me permitirá hablar más abiertamente de asuntos importantes que nos afectan a todos. Lo paradójico es que, tras esa censura, las propias Naciones Unidas son las que plantean ideas de corte parecido, poniendo el acento en la alarma mundial que padecemos. Véanse los Objetivos para el desarrollo sostenible.

Es desesperante y frustrante gritar para advertir sobre lo que parece irreparable. Muchos pueden pensar que no hay marcha atrás, que estamos navegando felices hacia el iceberg que lo hará estallar todo por los aires. A veces el optimismo y el navegar contra corriente resultan parecerse a esos ídolos caídos. Al principio nos parecían felices soñadores, luego pasan de golpe a convertirse en seres narcisistas y egocéntricos. Los ídolos caen en cuanto adentramos la perspectiva a otros lugares menos fantasiosos.

Muchos ya están cansados de pregonar o de potenciar esa engorrosa necesidad de tener que aportar argumentos suficientes sobre lo que está pasando. Ya no se trata de explicar que el mundo se está agotando. Más bien estamos en el punto de tener que decidir drásticamente si deseamos ser partícipes o no de su destrucción. Esto encierra una especie de radicalidad exponencial que nos acercaría más a la hipocresía extrema o a la decisión de cambiar para siempre nuestras vidas.

Lo primero es sencillo, solo tenemos que fingir que no pasa nada. Podemos lavar nuestras consciencias con depósitos enteros de buenas intenciones diarias. Reciclar algún plástico, bajar el consumo de grasa animal, comprar productos bio o hacer algún donativo a proyectos alternativos. Todo eso en esa gran fiesta bucólica en la que todo es posible gracias al fingir que todo está bien.

Pero la segunda opción es compleja. Requiere radicalidad y cambiar los fundamentos profundos de nuestras vidas. Y a eso no estamos dispuestos. Nadie está dispuesto a deconstruirse de repente, a no ser que haya tenido un arrebato de locura, o en el mejor de los casos, algún tipo de iluminación que le lleve hasta las puertas de la mismísima lucidez. ¿Quién dejaría hoy día el pescar peces para lanzarse a la compleja tarea de pescar almas? Elegir entre un mundo distópico o un ilusionante mundo utópico en el que albergar algún tipo de esperanza futura, esa es la cuestión. Lo primero podría parecer hipócrita y lo segundo, ingenuo.

Sería imposible imaginar que de repente las ciudades se despoblaran. Sería igualmente imposible imaginar que de repente, al menos la mitad de la población renunciara a los requisitos de consumo que hasta la fecha poseemos. Sería imposible imaginar que una gran parte de la humanidad decidiera abandonar el círculo vicioso de la ciudad -trabajo-consumo-más trabajo-más consumo- para albergar algún tipo de alternativa más natural, más en acorde con la naturaleza, y siempre, ante una tendencia decrecionista, donde menos es más y donde las cosas empiezan a cambiarse por las experiencias. La simplicidad voluntaria como camino alejados del crecimiento que nos inculcan desde los estamentos.

La patogénesis de la enfermedad que padece el planeta es bien clara: nosotros mismos confrontados a nuestra avaricia. Nos hemos convertido en una plaga que está envenenando todo cuanto tocamos. Ya somos más de siete mil millones de habitantes con deseos de crecer y crecer y crecer sin darnos cuenta de que vivimos en un planeta finito. Fingimos, en nuestra personal hipocresía, que todo está bien. Pero estamos incubando dentro de nosotros el final de los tiempos. Las alarmas crecen, el mundo está enfermo y no hay doctores suficientes capaces de diagnosticar y curar el cáncer que padecemos. El sistema doctrinal del que somos esclavos no nos permite ver con sinceridad y valentía lo que está ocurriendo. Tampoco nos permite actuar en consecuencia. Faltan grandes dosis de locura o lucidez. Tanto da cuando de lo que se trata es de salvar el mundo, y de paso, a nosotros mismos.

¿Cómo cambiar de paradigma? Por más que agito a mi alrededor nada cambia. Casi me cuesta una vida y un poco de locura el cambiarme a mí mismo. Sí, es cierto, me vine a vivir a los bosques y vivo en una pequeña cabaña de madera. Una locura. Pero insuficiente.

 

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Morir de éxito: somos una especie en peligro de extinción


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Desde mi pequeña cabaña en los bosques observo atento el devenir natural. La Naturaleza se expande en armonía mientras que nosotros intentamos interpretarla, ser parte de ella, participar de su equilibrio. Desde la renuncia, desde la simplicidad voluntaria y el decrecimiento, intentamos llevar una vida lo más coherente posible

 

Sin duda nuestra especie es una especie de éxito. Ha sobrevivido a cientos de hecatombes y se ha erigido como soberana de toda la Tierra. “Somos una especie en peligro de extinguirlo todo”, rezaban los lemas de la manifestación de hoy para salvar el planeta. Me resulta paradójico nuestro egocentrismo, nuestra imponente salvedad de pensar que somos los que estamos llevando a cabo uno de los mayores genocidios a escala mundial. Realmente creo que la Tierra no está en peligro. Observo atentamente a la Naturaleza desde hace cinco años de vida en los bosques y mi conclusión es que el que está realmente en peligro de extinción es el propio ser humano. Miro con detalle lo que aquí ocurre entre árboles y vida salvaje y a los que vienen desde fuera con algún tipo de inclinación milenarista, con deseos de salvar el mundo. Pero veo con cierta tristeza las continúas paradojas, las incoherencias, la insuficiencia y la ceguera que nos envuelve. Nosotros no vamos a salvar al Planeta, el Planeta se salvará de nosotros. Eso es lo que ocurrirá si no existe un radical y universal cambio de conciencia.

La Naturaleza tiene una impactante capacidad de regeneración. Se expande, se equilibra, sobrevive a todo tipo de cambios. Lo puedo ver aquí en los bosques. Hemos intentado no intervenir más que lo imprescindible dejando que la Naturaleza creciera a sus anchas. Es impresionante como lo hace. Hay una sabiduría innata en todo lo que ocurre. Todo vive en plena armonía, en pleno equilibrio, todo, absolutamente todo, se regenera con el pasar del tiempo y una exquisita paciencia. Los ritmos de la naturaleza son diferentes a los nuestros.

Hace unos años intenté llamar a mi tesis doctoral algo así como “La plaga humana, proyectos comunitarios ante la patogénesis planetaria”. Por supuesto mi directora se negó rotundamente. En noviembre defiendo la tesis y lo haré con cierto disgusto interior porque ahora se está demostrando que algo va mal en el ecosistema, algo que los ecologistas y los proyectos comunitarios alternativos como las ecoaldeas llevan advirtiendo desde hace décadas mientras que nadie, absolutamente nadie, ha hecho nada al respecto. Mi denuncia académica no servirá de nada, pero ahí quedó escrito el intento.

De los miles que hoy han salido a la calle a protestar pocos han cambiado su dieta, pocos consumen productos ecológicos, pocos o ninguno renuncia a su propio crecimiento material, pocos practican el decrecimiento, pocos buscan una radical alternativa a su estilo de vida consumista y pocos o ninguno se ha marchado a vivir una vida simple o compartida en comunidad responsable y activista que permita reducir considerablemente la huella ecológica. Y de todos ellos, pocos se dan cuenta de que lo que verdaderamente está en peligro es el propio sistema, la propia cultura y estructura humana. No, el Planeta no está en peligro, el Planeta se regulará como siempre hace. Podría haber una extinción masiva, algo así como un nuevo diluvio universal, o una nueva extinción de dinosaurios, pero la Naturaleza volverá a triunfar. Quizás unos pocos se salven de una inminente catástrofe, de una inminente sexta extinción. Quizás ahora estemos bailando el último compás de un Titanic que inevitablemente va a la deriva. No estoy completamente seguro de ello, pero al menos, en mi consciencia personal, siento que estamos haciendo lo que podemos e invito abiertamente al resto a que cumpla con su parte desde la responsabilidad, el compromiso y la urgencia que los tiempos requieren.

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Sentido y seguridad. Nuevas fórmulas para cambiar el planeta


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No me sentía seguro en el tejado. Estaba lloviendo y todo resbalaba. Unas pocas maderas sujetaban mi peso frágil. No había nadie alrededor. Todos dormían. Me desperté temprano, fui a la pequeña ermita, encendí la vela y me puse a meditar para intentar observar el nuevo día desde una dimensión más transpersonal, más viva, más despierta. Desayuné y me subí a las alturas. La falta de seguridad estaba bien sujeta con el entusiasmo que el sentido de esa acción daba a mi vida. No soy carpintero, no soy albañil, no soy constructor, pero poseo un profundo sentido existencial, y eso es lo que me movía a arriesgar mi integridad bajo la lluvia hasta que a las tres de la tarde se acabaron las maderas y tuve que dejar de trabajar.

Seis horas de continuado esfuerzo, de arriesgado trabajo por un claro sentido, el crear un entorno único y diferenciado que sirva como posible exploración pedagógica de soluciones futuras a los retos que se nos presentan. Realmente el sentido no era hacer un tejado nuevo, sino el de crear una casa de acogida para que las nuevas ideas florezcan en la práctica continua de la transformación grupal. Una forma pedagógica de revolucionar las consciencias para que dejen de hablar y empiecen a actuar. Pasar de la palabra al verbo y del verbo a la creación consciente, grupal, colectiva.

El gran éxito del siglo XX en Occidente fue que las desigualdades se diluyeron gracias al trabajo asalariado y la circulación de la propiedad privada, el crédito y los años de paz que vivimos tras la hecatombe de las dos grandes guerras. Un asalariado que administrara bien sus bienes podía hacer cosas que hasta hace poco solo podían hacer las clases privilegiadas. El gran éxito del siglo pasado es que vivimos en un entorno de seguridad e individualismo al mismo tiempo que se iba reduciendo el entorno de sentido. La clase sacerdotal dejó de existir y el mundo se vio abocado a una pérdida de identidad, de sentido, de orientación filosófica y espiritual. Durante mucho tiempo hemos vivido única y exclusivamente para acumular cosas. Ese ha sido nuestro único sentido. Nos hemos convertido en una sociedad de pequeños propietarios que ansía dar libertad a su sentido de avaricia y acumulación sin mayores planteamientos. La seguridad está por encima del sentido de la vida y de las cosas. El éxito material ha marchitado nuestro progreso espiritual y filosófico, dando paso a un egoísmo donde lo único que importa es el disfrute individual. Estamentos como la comunidad o la familia están desapareciendo para promover aún más la soledad individualista que la acumulación de cosas, y por lo tanto, la seguridad, está promoviendo. La paradójica futura será el ver como esa seguridad provocará con el tiempo pérdida de sentido, y por lo tanto, vacío existencial.

Todos necesitamos un relato coherente para dar sentido a nuestras vidas. La lucha por la supervivencia psicológica es casi tan importante como la lucha por la seguridad de las cosas. Salvar nuestro honor o nuestra dignidad pueden provocar la creación de discursos distorsionados o convenientes que intenten amoldar nuestras vidas a las cárceles conceptuales que hemos creado para sentirnos cómodos. Nuestra mente intenta interpretar el entorno, pero muchas veces olvida la más importante de todas las interpretaciones, la de su propia naturaleza, la de su propia esencia. Todas las fuerzas y dimensiones del ser humano están entrelazadas y entretejidas. No sabemos nada de los tejedores, no sabemos nada de lo que da sentido a la existencia, excepto místicas y espirituales inspiraciones en las que nos refugiamos cada vez menos para intentar sofocar nuestra dimensión humana. El sentido, a grandes rasgos, ha desaparecido porque la seguridad que las cosas nos dan ejerce como perfecto analgésico ante los males que nos acechan.

Allí arriba en el tejado la dimensión de las cosas y la seguridad se ve de forma diferente. Alzando la mirada meditativa, bajo la lluvia, se ejerce un poder entusiasta hacia una forma diferente de ver la vida, de entenderla y expresarla. La seguridad es importante. No dudamos de ella, pero tiene que tener algún sentido. Hablan de que estamos abocados a una catástrofe mundial, climática. Realmente hablamos mucho sobre ello, con hermosos marcos teóricos, con bonitos discursos en foros económicos y con incesante activismo, pero de todo eso de lo que hablamos, pocos son los que arriesgan su seguridad en algún tejado bajo la lluvia.

Es evidente que lo del tejado es solo una anécdota, pero quiere ejemplarizar lo que actualmente ocurre. Ya no basta con concienciar, con decir lo que tenemos que hacer o lo que sería mejor hacer para no llegar al apocalipsis. Estamos entrando en la urgencia del actuar. Estamos penetrando en la compleja visión de que si no actuamos, es posible que nos acerquemos cada vez más a la pérdida total de nuestra seguridad, no ya individual, sino colectiva, grupal, como especie, como planeta único. Posiblemente estemos en la hora límite de la especie humana. Posiblemente tengamos que empezar a hacer algo, más allá de hablar sobre ello. Quizás estemos llamados a remangarnos las mangas y ponernos a trabajar desde lo más básico como puede ser nuestra alimentación o nuestra movilidad o lo que consumimos todos los días hasta lo más complejo como puede llegar a ser nuestras relaciones con los otros, con nosotros mismos, con el entorno, con la naturaleza e incluso, si arriesgamos un poco más, con el misterio de la misma. Las fórmulas para cambiar el planeta empiezan por nuestra acción diaria. A cada segundo estamos apostando por ello. A cada instante votamos qué deseamos para nuestro futuro y el futuro del planeta. Más allá de la seguridad, es una cuestión de sentido.

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¿Cuando estallará la burbuja energética?


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Aerogenerador en la Comunidad de Findhorn, Escocia

 

Estamos viviendo un momento álgido de transición, tanto tecnológica, energética como social y cultural. Las fronteras están desapareciendo, el mestizaje y la multiculturalidad se está extendiendo por todos los países, la pureza racial, nacional o cultura están desapareciendo y el concepto de “pueblo” está dando paso a un concepto más amplio llamado “ciudadanía”. Las leyes se están adaptando a estos cambios masivos y la tecnología, especialmente toda la que tiene que ver con la comunicación y la movilidad, están revolucionando el nuevo paradigma al que nos enfrentamos.

El concepto de estado-nación está entrando en quiebra y de ahí que existan movimientos reaccionarios que reivindiquen la noción de “pueblo”. Ya pasó en tiempos de la ilustración con el romanticismo y en el siglo XX con las dos guerras mundiales ante el “imperialismo” que denunciaba Lenin. Ahora los movimientos populares, los nacionalismos y los patriotismos pretenden de nuevo ir contra los “tiempos”. Y los tiempos avanzan irremediablemente hacia una segunda revolución ilustrada que nos aleje de las esencias patrias y nacionales. Entre otras cosas porque ese sentido nostálgico de lo tradicional está desapareciendo. Hoy día en un mismo barrio pueden vivir cientos de personas de cientos de orígenes diferentes. En unas décadas será inútil hablar de usos y costumbres porque el mestizaje avanza irremediablemente.

En términos tecnológicos, el agotamiento del petróleo (teoría del pico de Hubbert) y la dependencia absoluta hacia el mismo está acelerando la migración hacia la electrificación de las cosas, especialmente de los vehículos. Esto provocará un colapso eléctrico que será superado con el abandono de las energías alternativas y la extensión de la energía nacida de la fusión nuclear, en fase experimental en estos momentos y en fase de producción en unos años. El resultado será el terminar de liquidar la industria del petróleo, pero también la industria de tecnologías alternativas como la eólica o la solar, ahora en fase de expansión.

La robótica también verá una explosión de desarrollo a mitad de siglo, momento en el que los estados empezarán a aplicar la renta básica universal para que la producción de cosas y el propio sistema no colapse. Seguramente, en las próximas décadas nuestras sociedades avanzadas vivirán escenarios de pánico y crisis debido a esta transición inevitable, y la incertidumbre aumentará a medida que las reservas de petróleo disminuyan, encarezcan los precios de los combustibles fósiles (miremos con atención los síntomas de la revolución francesa de estos días de los chalecos amarillos) y el sistema aún no esté preparado para adaptar todo su sistema a un consumo suficiente de electricidad. Solo cuando la tecnología de la fusión nuclear esté madura, sea segura y no contaminante, podremos avanzar pacíficamente hacia una nueva era más silenciosa, más prudente, más ecológica y más humana. Mientras esos tiempos lleguen, nos esperan dos décadas de vértigo. Estemos preparados.

 

La revolución de una brizna de paja


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Entre los jóvenes que llegan a las cabañas de estas montañas están los que, pobres de espíritu y cuerpo han abandonado toda esperanza. Sólo soy un viejo agricultor que siente no poder darles ni siquiera un par de sandalias… aunque todavía hay algo que sí puedo darles. Una brizna de paja. Recogí un manojo de paja de enfrente de una de las cabañas y dije: “Con sólo esta paja puede empezar una revolución”. (Fukuoka, “La revolución de una brizna de paja”).

En estos tiempos de cambio se ha puesto de moda todo lo que tenga que ver con lo ecológico. De alguna forma, se está comercializando con la etiqueta “eco” y se intenta mercantilizar algo tan serio como la consciencia dentro de los alimentos. A modo de crítica, o quizás con ansias de espiritualizar algo tan importante como la agricultura y los alimentos, el japonés Fukuoka ideó un método inspirado en el wu wei, la filosofía oriental del no hacer o de la no intervención, que llamó agricultura natural. Este fin de semana hemos tenido la oportunidad de leer dos de sus libros y de entender como el ser humano se ha alejado del sentido natural de la colaboración con la tierra. Hemos tiranizado nuestra relación con la naturaleza, convirtiéndonos en explotadores de algo que debería ser cuidado con sumo amor y cariño.

El método de Fukuoka consiste no tan solo en trabajar la tierra desde otra perspectiva más conectada con la propia naturaleza, también nos habla de una agricultura que reconecta y reconcilia la naturaleza humana. Es decir, un sistema donde el ser humano no se vea a sí mismo como parte ajena de la naturaleza, sino como algo dentro de la misma.

En O Couso estamos intentando aplicar su sabiduría y sus métodos de la mejor manera posible. Estamos intentando seguir los cuatro principios de la agricultura natural que consisten en:

  1. No arar la tierra: de esta forma se mantiene la estructura y composición del suelo con sus características óptimas de humedad y micronutrientes
  2. No usar abonos ni fertilizantes químicos: mediante la interacción de los diferentes elementos botánicos, animales y minerales del suelo, la fertilidad del terreno de cultivo se regenera como en cualquier ecosistema no domesticado.
  3. No eliminar malas hierbas ni usar herbicidas químicos: éstos destruyen los nutrientes y microorganismos del suelo y sólo se justifican en monocultivos.
  4. No usar pesticidas: también matan la riqueza natural del suelo. La presencia de insectos puede equilibrarse en el propio cultivo.

Es algo muy nuevo e innovador y estamos empezando a experimentar para ver los resultados. De momento, es un placer poder comer fresas y todo tipo de productos de la tierra totalmente naturales, que han nacido libres de pesticidas y de químicos. Nos encanta poder trabajar así la tierra, pero sobre todo, nos emociona la idea de poder aplicar los principios de espiritualidad y de consciencia a los elementos propios de la naturaleza. Agua, tierra, sol y viento mezclados con una forma diferente de hacer las cosas, con esos momentos de silencio cuando regamos por las tardes o de consciencia cuando por las mañanas trabajamos con nuestras manos la tierra. De alguna forma respetuosa, nos sentimos agradecidos por esta reconciliación necesaria entre lo humano y su parte más esencial.

(Foto: el huerto-mandala de O Couso cubierto por una capa de paja, siguiendo el método de Fukuoka).

 

Demain, el mundo del Mañana


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Estos días hemos podido participar en el segundo encuentro de la Revolución Integral, un movimiento civil que pretende impulsar ideas transformadoras y soluciones de cambio para el mañana. Pudimos compartir brevemente nuestro proyecto en las montañas, hablando de lo que allí hacemos y con el ánimo de invitar a cuantos quisieran poder visitarlo. Había un aire esperanzador. Personas que se unen con el propósito de aportar algo nuevo, un paradigma diferente que produzca resortes de cambio.

Hoy en Madrid hemos podido disfrutar, momentos antes de marcharnos a Grecia para echar una mano a los refugiados sirios, de un documental esperanzador llamado en su original francés Demain, Mañana.

Un grupo de científicos, entre ellos Anthony Barnosky y Elizabeth Hadly, publicaron en la revista Nature un estudio que anunciaba la posible desaparición de parte de la humanidad en 2100. Cyril Dion y Mélanie Laurent junto a un equipo de cuatro personas visitaron diez países para investigar las causas de dicha posible catástrofe y, sobre todo, buscaron alternativas que hablaran de formas para evitarla. Durante sus viajes se encuentran con personas y proyectos pioneros que reinventan la agricultura, la energía, la economía, la democracia y la educación. Tras unos minutos de exposición pesimista, terminan su trabajo vislumbrando por primera vez la posibilidad de que surja un nuevo mundo: el mundo del mañana.

¿Qué pasaría si mostrar soluciones o contar historias que hacen el bien fuera la mejor manera de resolver los problemas ecológicos, económicos y sociales? Se preguntan los productores de la película.

El bien es algo intangible pero necesario para reconducir nuestras conductas. Hacer el bien es buscar siempre las mejores alternativas, las mejores soluciones para todo lo que se nos presenta como un reto. Evidentemente vivimos en un mundo de contradicciones. Nunca podemos ser puros ni perfectos en todo lo que hacemos, en todo lo que decimos y en todo lo que intentamos llevar adelante. Sería muy ingenuo pensar que seremos capaces de ser coherentes al cien por cien. Pero como conjunto sí somos capaces de hacer cosas positivas. El documental ofrece varias alternativas.

En primer lugar nos alientan a tener una alimentación más saludable, más orgánica y con menor consumo de carne. Sobre el consumo nos animan a reducirlo, pero sobre todo, a que sea en comercio local e independiente. Otras de las soluciones tiene que ver con la energía, la cual debería ser totalmente renovable. Sobre la economía nos incitan a cambiar de banco, a poder ser a bancos éticos como Triodos Bank y por último, nos invitan a mantener siempre una actitud ecológica haciendo todo lo posible por reducir, reutilizar, reciclar, reparar y compartir.

Quizás está llegando el tiempo de dejar de mirar al mal y empezar a girar nuestra visión y mirada hacia modelos positivos, unidades de cambio que puedan inspirarnos en nuestras vidas diarias. Quizás está llegando el tiempo de empezar a cambiar algo nuestra forma de entender el mundo y la vida para que la catástrofe nunca llegue. Este documental es una muestra de ello.

Hacia el inevitable decrecimiento


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Todos los datos económicos, todo lo relativo al progreso de una nación y al bienestar de sus ciudadanos vienen medidos por el crecimiento de sus economías. El índice que se utiliza para medir dicho progreso suele ser el aumento del porcentaje del Producto Interior Bruto (PIB), el cual nos indica, si su crecimiento es positivo, que el país va bien. Esto choca frontalmente con la realidad de vivir en un mundo limitado con recursos limitados y circunscritos a una realidad finita, y de paso, con las repetidas advertencias que desde las Naciones Unidas se están liderando una y otra vez.

La paradoja es que para poder sostener este sistema de valores de crecimiento continuado es necesario:

  1. un consumo desenfrenado,
  2. una especulación financiera que lo haga posible y
  3. unos valores morales de baja calidad en nuestra sociedad.

El resultado es una insatisfacción continuada, una ansiedad progresiva y una casi adicción por el consumo, algo que parece no tener límites en la consciencia humana.

Ante esta impredecible deriva política y económica, en 1987 se creó por parte de la “Comisión Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo” de las Naciones Unidas un documento llamado el “Informe Brundtland”. En el documento, que originalmente se llamó Nuestro Futuro Común[1], se habló por primera vez de “desarrollo sostenible”. En este informe se ponía en duda nuestro modelo de desarrollo económico actual y la sostenibilidad ambiental del mismo, criticando y analizando el coste que supone las políticas de desarrollo a nivel mundial. El desarrollo sostenible fue definido en este informe como aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de las futuras generaciones. El informe, dentro de sus objetivos, propuso dos tipos de restricciones:

  1. a) una restricción ecológica, es decir, la conservación de nuestro planeta Tierra,
  2. b) y otra de tipo moral, la renuncia a los niveles de consumo a los que no todos los individuos puedan aspirar.

Una de las ambiciones de dicho informe fue la de “proponer unas estrategias medioambientales a largo plazo para alcanzar un desarrollo sostenido para el año 2000 y allende esta fecha” (página 10 del informe). El tiempo ha demostrado que este objetivo no sólo no se ha alcanzado, sino que estamos ante un nuevo escenario descrito con cierta angustia en el “Acuerdo de París” de diciembre de 2015 propiciado también por las Naciones Unidas. En este mismo acuerdo se recuerda la “Agenda 2030 para el desarrollo Sostenible”[2], donde los estados miembros aprobaron 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS)[3] para poner fin a la pobreza, luchar contra la desigualdad y la injusticia, y hacer frente al cambio climático. Las Naciones Unidas es consciente del peligro inminente que se está generando en torno al crecimiento desmedido. Tal es así, que lo expresa abiertamente en todos sus documentos e informes: “Conscientes de que el cambio climático representa una amenaza apremiante y con efectos potencialmente irreversibles para las sociedades humanas y el planeta y, por lo tanto, exige la cooperación más amplia posible de todos los países y su participación en una respuesta internacional efectiva y apropiada” (página 1 del Acuerdo de París).

Como vemos, existen un montón de acuerdos cargados de buenas intenciones que resultan, debido a la propia dinámica de crecimiento y moral de los países miembros en cuanto a la imprescindible necesidad de crecimiento, imposible llevar a cabo. Este fracaso global provoca reacciones de todo tipo. La más conocida es una teoría que desde los años sesenta va ganando fuerza: el decrecimiento. Sus defensores creen que el “desarrollo sostenible” es insuficiente para poder detener el colapso ecológico en el que nos encontramos y son necesarias medidas más drásticas e inmediatas.

Uno de los defensores de la teoría del decrecimiento es el economista francés Serge Latouche, del cual ya hemos hablado alguna vez. El autor insiste en que lo único que nos queda por hacer es poner en práctica todas las recetas posibles, pasando por reducir la jornada de trabajo, consumir menos y provocar un necesario respeto por el medio ambiente. Es decir, lo deseable no sería esperar respuestas a nivel global o de nuestros propios gobiernos, sino aplicar nosotros mismos una vida de austeridad voluntaria, viviendo mejor con menos. La llamada simplicidad voluntaria nos ofrecería un mayor tiempo de ocio y una vida social más plena, alejada del consumo compulsivo e irracional y un estilo de vida competitivo, de todos contra todos, ajeno a las nuevas propuestas y las tesis del apoyo mutuo y la cooperación.

Serge Latouche propone algunas soluciones prácticas como las llamadas las 8 R: Revaluar (nuestros valores), Recontextualizar (la construcción social), Reestructurar (los aparatos económicos y productivos), Relocalizar (consumiendo sólo lo que se produce localmente), Redistribuir (el acceso a los recursos naturales y a la riqueza), Reducir (el consumo y el gasto energético), Reutilizar y Reciclar (todos los objetos, en cualquier actividad).

En definitiva, está en nuestras manos y no en las manos de los poderosos sistemas de interés el poder revertir este ciclo de autodestrucción en el que nos encontramos. Seamos conscientes y empecemos a buscar soluciones prácticas, individuales y colectivas, para poder vivir mejor con menos, ser felices y hacer feliz al planeta que nos acoge.

 

[1] Ver el documento en el siguiente enlace: http://www.un.org/es/comun/docs/?symbol=A/42/427

[2] Puede consultarse la misma en el siguiente enlace: http://www.cooperacionespanola.es/sites/default/files/agenda_2030_desarrollo_sostenible_cooperacion_espanola_12_ago_2015_es.pdf

[3] Los 17 objetivos son: 1. Poner fin a la pobreza en todas sus formas en todo el mundo. 2. Poner fin al hambre, lograr la seguridad alimentaria y la mejora de la nutrición y promover la agricultura sostenible. 3. Garantizar una vida sana y promover el bienestar para todos en todas las edades. 4. Garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad y promover oportunidades de aprendizaje durante toda la vida para todos. 5. Lograr la igualdad entre los géneros y empoderar a todas las mujeres y las niñas. 6. Garantizar la disponibilidad de agua y su gestión sostenible y el saneamiento para todos. 7. Garantizar el acceso a una energía asequible, segura, sostenible y moderna para todos. 8. Promover el crecimiento económico sostenido, inclusivo y sostenible, el empleo pleno y productivo y el trabajo decente para todos. 9. Construir infraestructuras resilientes, promover la industrialización inclusiva y sostenible y fomentar la innovación. 10. Reducir la desigualdad en y entre los países. 11. Lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles. 12. Garantizar modalidades de consumo y producción sostenibles. 13. Adoptar medidas urgentes para combatir el cambio climático y sus efectos. 14. Conservar y utilizar en forma sostenible los océanos, los mares y los recursos marinos para el desarrollo sostenible. 15. Proteger, restablecer y promover el uso sostenible de los ecosistemas terrestres, gestionar los bosques de forma sostenible, luchar contra la desertificación, detener e invertir la degradación de las tierras y poner freno a la pérdida de la diversidad biológica. 16. Promover sociedades pacíficas e inclusivas para el desarrollo sostenible, facilitar el acceso a la justicia para todos y crear instituciones eficaces, responsables e inclusivas a todos los niveles. 17. Fortalecer los medios de ejecución y revitalizar la Alianza Mundial para el Desarrollo Sostenible.

 

(Foto: trabajando juntos en el Proyecto O Couso para hacer de la austeridad y el decrecimiento una virtud de compartir y felicidad).