La revolución de una brizna de paja


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Entre los jóvenes que llegan a las cabañas de estas montañas están los que, pobres de espíritu y cuerpo han abandonado toda esperanza. Sólo soy un viejo agricultor que siente no poder darles ni siquiera un par de sandalias… aunque todavía hay algo que sí puedo darles. Una brizna de paja. Recogí un manojo de paja de enfrente de una de las cabañas y dije: “Con sólo esta paja puede empezar una revolución”. (Fukuoka, “La revolución de una brizna de paja”).

En estos tiempos de cambio se ha puesto de moda todo lo que tenga que ver con lo ecológico. De alguna forma, se está comercializando con la etiqueta “eco” y se intenta mercantilizar algo tan serio como la consciencia dentro de los alimentos. A modo de crítica, o quizás con ansias de espiritualizar algo tan importante como la agricultura y los alimentos, el japonés Fukuoka ideó un método inspirado en el wu wei, la filosofía oriental del no hacer o de la no intervención, que llamó agricultura natural. Este fin de semana hemos tenido la oportunidad de leer dos de sus libros y de entender como el ser humano se ha alejado del sentido natural de la colaboración con la tierra. Hemos tiranizado nuestra relación con la naturaleza, convirtiéndonos en explotadores de algo que debería ser cuidado con sumo amor y cariño.

El método de Fukuoka consiste no tan solo en trabajar la tierra desde otra perspectiva más conectada con la propia naturaleza, también nos habla de una agricultura que reconecta y reconcilia la naturaleza humana. Es decir, un sistema donde el ser humano no se vea a sí mismo como parte ajena de la naturaleza, sino como algo dentro de la misma.

En O Couso estamos intentando aplicar su sabiduría y sus métodos de la mejor manera posible. Estamos intentando seguir los cuatro principios de la agricultura natural que consisten en:

  1. No arar la tierra: de esta forma se mantiene la estructura y composición del suelo con sus características óptimas de humedad y micronutrientes
  2. No usar abonos ni fertilizantes químicos: mediante la interacción de los diferentes elementos botánicos, animales y minerales del suelo, la fertilidad del terreno de cultivo se regenera como en cualquier ecosistema no domesticado.
  3. No eliminar malas hierbas ni usar herbicidas químicos: éstos destruyen los nutrientes y microorganismos del suelo y sólo se justifican en monocultivos.
  4. No usar pesticidas: también matan la riqueza natural del suelo. La presencia de insectos puede equilibrarse en el propio cultivo.

Es algo muy nuevo e innovador y estamos empezando a experimentar para ver los resultados. De momento, es un placer poder comer fresas y todo tipo de productos de la tierra totalmente naturales, que han nacido libres de pesticidas y de químicos. Nos encanta poder trabajar así la tierra, pero sobre todo, nos emociona la idea de poder aplicar los principios de espiritualidad y de consciencia a los elementos propios de la naturaleza. Agua, tierra, sol y viento mezclados con una forma diferente de hacer las cosas, con esos momentos de silencio cuando regamos por las tardes o de consciencia cuando por las mañanas trabajamos con nuestras manos la tierra. De alguna forma respetuosa, nos sentimos agradecidos por esta reconciliación necesaria entre lo humano y su parte más esencial.

(Foto: el huerto-mandala de O Couso cubierto por una capa de paja, siguiendo el método de Fukuoka).

 

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Demain, el mundo del Mañana


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Estos días hemos podido participar en el segundo encuentro de la Revolución Integral, un movimiento civil que pretende impulsar ideas transformadoras y soluciones de cambio para el mañana. Pudimos compartir brevemente nuestro proyecto en las montañas, hablando de lo que allí hacemos y con el ánimo de invitar a cuantos quisieran poder visitarlo. Había un aire esperanzador. Personas que se unen con el propósito de aportar algo nuevo, un paradigma diferente que produzca resortes de cambio.

Hoy en Madrid hemos podido disfrutar, momentos antes de marcharnos a Grecia para echar una mano a los refugiados sirios, de un documental esperanzador llamado en su original francés Demain, Mañana.

Un grupo de científicos, entre ellos Anthony Barnosky y Elizabeth Hadly, publicaron en la revista Nature un estudio que anunciaba la posible desaparición de parte de la humanidad en 2100. Cyril Dion y Mélanie Laurent junto a un equipo de cuatro personas visitaron diez países para investigar las causas de dicha posible catástrofe y, sobre todo, buscaron alternativas que hablaran de formas para evitarla. Durante sus viajes se encuentran con personas y proyectos pioneros que reinventan la agricultura, la energía, la economía, la democracia y la educación. Tras unos minutos de exposición pesimista, terminan su trabajo vislumbrando por primera vez la posibilidad de que surja un nuevo mundo: el mundo del mañana.

¿Qué pasaría si mostrar soluciones o contar historias que hacen el bien fuera la mejor manera de resolver los problemas ecológicos, económicos y sociales? Se preguntan los productores de la película.

El bien es algo intangible pero necesario para reconducir nuestras conductas. Hacer el bien es buscar siempre las mejores alternativas, las mejores soluciones para todo lo que se nos presenta como un reto. Evidentemente vivimos en un mundo de contradicciones. Nunca podemos ser puros ni perfectos en todo lo que hacemos, en todo lo que decimos y en todo lo que intentamos llevar adelante. Sería muy ingenuo pensar que seremos capaces de ser coherentes al cien por cien. Pero como conjunto sí somos capaces de hacer cosas positivas. El documental ofrece varias alternativas.

En primer lugar nos alientan a tener una alimentación más saludable, más orgánica y con menor consumo de carne. Sobre el consumo nos animan a reducirlo, pero sobre todo, a que sea en comercio local e independiente. Otras de las soluciones tiene que ver con la energía, la cual debería ser totalmente renovable. Sobre la economía nos incitan a cambiar de banco, a poder ser a bancos éticos como Triodos Bank y por último, nos invitan a mantener siempre una actitud ecológica haciendo todo lo posible por reducir, reutilizar, reciclar, reparar y compartir.

Quizás está llegando el tiempo de dejar de mirar al mal y empezar a girar nuestra visión y mirada hacia modelos positivos, unidades de cambio que puedan inspirarnos en nuestras vidas diarias. Quizás está llegando el tiempo de empezar a cambiar algo nuestra forma de entender el mundo y la vida para que la catástrofe nunca llegue. Este documental es una muestra de ello.

Hacia el inevitable decrecimiento


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Todos los datos económicos, todo lo relativo al progreso de una nación y al bienestar de sus ciudadanos vienen medidos por el crecimiento de sus economías. El índice que se utiliza para medir dicho progreso suele ser el aumento del porcentaje del Producto Interior Bruto (PIB), el cual nos indica, si su crecimiento es positivo, que el país va bien. Esto choca frontalmente con la realidad de vivir en un mundo limitado con recursos limitados y circunscritos a una realidad finita, y de paso, con las repetidas advertencias que desde las Naciones Unidas se están liderando una y otra vez.

La paradoja es que para poder sostener este sistema de valores de crecimiento continuado es necesario:

  1. un consumo desenfrenado,
  2. una especulación financiera que lo haga posible y
  3. unos valores morales de baja calidad en nuestra sociedad.

El resultado es una insatisfacción continuada, una ansiedad progresiva y una casi adicción por el consumo, algo que parece no tener límites en la consciencia humana.

Ante esta impredecible deriva política y económica, en 1987 se creó por parte de la “Comisión Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo” de las Naciones Unidas un documento llamado el “Informe Brundtland”. En el documento, que originalmente se llamó Nuestro Futuro Común[1], se habló por primera vez de “desarrollo sostenible”. En este informe se ponía en duda nuestro modelo de desarrollo económico actual y la sostenibilidad ambiental del mismo, criticando y analizando el coste que supone las políticas de desarrollo a nivel mundial. El desarrollo sostenible fue definido en este informe como aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de las futuras generaciones. El informe, dentro de sus objetivos, propuso dos tipos de restricciones:

  1. a) una restricción ecológica, es decir, la conservación de nuestro planeta Tierra,
  2. b) y otra de tipo moral, la renuncia a los niveles de consumo a los que no todos los individuos puedan aspirar.

Una de las ambiciones de dicho informe fue la de “proponer unas estrategias medioambientales a largo plazo para alcanzar un desarrollo sostenido para el año 2000 y allende esta fecha” (página 10 del informe). El tiempo ha demostrado que este objetivo no sólo no se ha alcanzado, sino que estamos ante un nuevo escenario descrito con cierta angustia en el “Acuerdo de París” de diciembre de 2015 propiciado también por las Naciones Unidas. En este mismo acuerdo se recuerda la “Agenda 2030 para el desarrollo Sostenible”[2], donde los estados miembros aprobaron 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS)[3] para poner fin a la pobreza, luchar contra la desigualdad y la injusticia, y hacer frente al cambio climático. Las Naciones Unidas es consciente del peligro inminente que se está generando en torno al crecimiento desmedido. Tal es así, que lo expresa abiertamente en todos sus documentos e informes: “Conscientes de que el cambio climático representa una amenaza apremiante y con efectos potencialmente irreversibles para las sociedades humanas y el planeta y, por lo tanto, exige la cooperación más amplia posible de todos los países y su participación en una respuesta internacional efectiva y apropiada” (página 1 del Acuerdo de París).

Como vemos, existen un montón de acuerdos cargados de buenas intenciones que resultan, debido a la propia dinámica de crecimiento y moral de los países miembros en cuanto a la imprescindible necesidad de crecimiento, imposible llevar a cabo. Este fracaso global provoca reacciones de todo tipo. La más conocida es una teoría que desde los años sesenta va ganando fuerza: el decrecimiento. Sus defensores creen que el “desarrollo sostenible” es insuficiente para poder detener el colapso ecológico en el que nos encontramos y son necesarias medidas más drásticas e inmediatas.

Uno de los defensores de la teoría del decrecimiento es el economista francés Serge Latouche, del cual ya hemos hablado alguna vez. El autor insiste en que lo único que nos queda por hacer es poner en práctica todas las recetas posibles, pasando por reducir la jornada de trabajo, consumir menos y provocar un necesario respeto por el medio ambiente. Es decir, lo deseable no sería esperar respuestas a nivel global o de nuestros propios gobiernos, sino aplicar nosotros mismos una vida de austeridad voluntaria, viviendo mejor con menos. La llamada simplicidad voluntaria nos ofrecería un mayor tiempo de ocio y una vida social más plena, alejada del consumo compulsivo e irracional y un estilo de vida competitivo, de todos contra todos, ajeno a las nuevas propuestas y las tesis del apoyo mutuo y la cooperación.

Serge Latouche propone algunas soluciones prácticas como las llamadas las 8 R: Revaluar (nuestros valores), Recontextualizar (la construcción social), Reestructurar (los aparatos económicos y productivos), Relocalizar (consumiendo sólo lo que se produce localmente), Redistribuir (el acceso a los recursos naturales y a la riqueza), Reducir (el consumo y el gasto energético), Reutilizar y Reciclar (todos los objetos, en cualquier actividad).

En definitiva, está en nuestras manos y no en las manos de los poderosos sistemas de interés el poder revertir este ciclo de autodestrucción en el que nos encontramos. Seamos conscientes y empecemos a buscar soluciones prácticas, individuales y colectivas, para poder vivir mejor con menos, ser felices y hacer feliz al planeta que nos acoge.

 

[1] Ver el documento en el siguiente enlace: http://www.un.org/es/comun/docs/?symbol=A/42/427

[2] Puede consultarse la misma en el siguiente enlace: http://www.cooperacionespanola.es/sites/default/files/agenda_2030_desarrollo_sostenible_cooperacion_espanola_12_ago_2015_es.pdf

[3] Los 17 objetivos son: 1. Poner fin a la pobreza en todas sus formas en todo el mundo. 2. Poner fin al hambre, lograr la seguridad alimentaria y la mejora de la nutrición y promover la agricultura sostenible. 3. Garantizar una vida sana y promover el bienestar para todos en todas las edades. 4. Garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad y promover oportunidades de aprendizaje durante toda la vida para todos. 5. Lograr la igualdad entre los géneros y empoderar a todas las mujeres y las niñas. 6. Garantizar la disponibilidad de agua y su gestión sostenible y el saneamiento para todos. 7. Garantizar el acceso a una energía asequible, segura, sostenible y moderna para todos. 8. Promover el crecimiento económico sostenido, inclusivo y sostenible, el empleo pleno y productivo y el trabajo decente para todos. 9. Construir infraestructuras resilientes, promover la industrialización inclusiva y sostenible y fomentar la innovación. 10. Reducir la desigualdad en y entre los países. 11. Lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles. 12. Garantizar modalidades de consumo y producción sostenibles. 13. Adoptar medidas urgentes para combatir el cambio climático y sus efectos. 14. Conservar y utilizar en forma sostenible los océanos, los mares y los recursos marinos para el desarrollo sostenible. 15. Proteger, restablecer y promover el uso sostenible de los ecosistemas terrestres, gestionar los bosques de forma sostenible, luchar contra la desertificación, detener e invertir la degradación de las tierras y poner freno a la pérdida de la diversidad biológica. 16. Promover sociedades pacíficas e inclusivas para el desarrollo sostenible, facilitar el acceso a la justicia para todos y crear instituciones eficaces, responsables e inclusivas a todos los niveles. 17. Fortalecer los medios de ejecución y revitalizar la Alianza Mundial para el Desarrollo Sostenible.

 

(Foto: trabajando juntos en el Proyecto O Couso para hacer de la austeridad y el decrecimiento una virtud de compartir y felicidad).

¿Qué hacemos ante el futuro incierto?


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Según los datos más optimistas, se prevé un aumento de la temperatura global de un grado centígrado para el 2020 y de dos grados para el 2050. El cambio climático por efecto directo de la actuación del ser humano es ya un hecho probado y aceptado por la comunidad internacional.

El crecimiento de la población mundial en la segunda mitad del siglo XX fue de aproximadamente un 141%, lo cual nos situó en siete millones de habitantes en el 2011. La población mundial, que actualmente cuenta con unos 7.349 millones de habitantes, alcanzará los 8.501 millones en 2030 y los 9.725 millones en 2050, superando para el 2100 los 11.213 millones según el informe “Revisión de las Perspectivas de Población Mundial” de las Naciones Unidas.

La superpoblación proviene de la superación por una especie animal de los límites de sostenibilidad del biotopo que habita. De alguna forma, el ser humano se está convirtiendo en una especie de plaga para el planeta. El Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria (en inglés Voluntary Human Extinction Movement o VHEMT, en sus siglas en inglés) hace un llamado para abstenerse de la reproducción y causar así la extinción gradual y voluntaria de la humanidad. Otros movimientos como el Population Matters (Cuestiones Demográficas o Asuntos de Población), anteriormente conocido como el Optimum Population Trust (OPT, Organización para la población óptima), es una asociación que promueve la reflexión sobre el impacto del crecimiento de la población en el medio ambiente, indicando que la población óptima mundial estaría entre 2.700 a 5.100 millones de habitantes.

Este contexto mundial es un caldo de cultivo perfecto para que alarmistas de toda índole, movimientos milenaristas y activistas de todas las esferas, inclusive la económica, se hayan puesto manos a la obra para intentar, al menos paliar, las causas de esta aparente irreversible situación. La crisis de valores y el colapso del modelo actual han provocado la creación de experimentos alternativos que han crecido a medida que la demanda de un nuevo modelo ético iba aumentando. Sin duda, uno de los modelos alternativos más demandados ha sido el de las comunidades utópicas, un movimiento global que pretende transformar la sociedad humana desde la práctica diaria.

Realmente no sabemos qué va a ocurrir en los próximos veinte años. Quizás estemos a las puertas de una revolución tecnológica que mejore radicalmente todo el gris panorama que se nos presenta. Mientras eso ocurre, resulta imprescindible una nueva pedagogía, una provocación, un aumento de la alarma social para que tomemos consciencia de algo complejo y difícil para todos. Debemos concienciarnos unos a otros sobre nuestro comportamiento diario, sobre nuestros hábitos más elementales. La comida, el consumismo, la necesidad de crecimiento. Son cuestiones básicas y fundamentales que deberíamos considerar todos los días. Sólo cambiando nuestro paradigma personal podremos albergar alguna esperanza futura.

Hacia la movilidad eléctrica


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Cuando hace un día normal de sol puedo trabajar desde la caravana gracias a la humilde placa solar. Si el día está nublado la placa se resiente y solo da energía para una pequeña lamparita y la carga de móviles, no mucho más. Con una o dos placas más o un pequeño aerogenerador (aquí hace mucho viento), la autonomía energética sería suficiente.

En la crisis global en la que estamos, especialmente en la medioambiental, es difícil realizar un cambio radical como el que aquí estamos haciendo. Admitamos que venir a las montañas no es una solución viable para los millones de seres que desde hace generaciones viven acomodados en las ciudades. No solo es un problema de consciencia, también de responsabilidad, compromiso y un cierto grado de sacrificio. No todos estamos preparados para estos retos. En todo caso nos sirve la aventura para crear cierta inspiración. Al menos cierta inspiración para la vida cotidiana.

Cuando organismos oficiales como la OMS advierte de que comer carne es perjudicial y vemos las reacciones irónicas de nuestros congéneres nos damos cuenta de lo lejos que estamos de poder salvar al planeta. Ni siquiera en esas reacciones hemos podido contemplar un pequeño resquicio de compasión no hacia nosotros mismos, sino hacia el reino animal que sufre nuestra barbarie. Esa consciencia o sensibilidad es compleja, ya que nace de unos condicionantes culturales y sociales condicionados por millones de años de historia. ¿Cómo cambiar eso?

No sabemos cuantas generaciones más aguantaran esta debacle. La humanidad, convertida ya en una plaga que afecta directamente al planeta Tierra, no puede quedar por mucho tiempo ignorante ante los efectos de la misma. Tendría que existir una revolución radical en las consciencias humanas, tan radical que nos pusiéramos todos manos a la obra para cambiar hábitos, formas de consumo, y cientos de minúsculas actitudes personales que dañan día a día a nuestra madre tierra. Y esa radicalidad debería empezar ahora mismo, en este instante, para que la cosa no fuera a peor. ¿O acaso estamos ya, como dicen algunos, en el camino de no retorno?

Cuando compré hace algo más de diez años un coche híbrido pensé ingenuamente que con ese acto simbólico estaba ayudando a señalar el camino a seguir en pro de una movilidad más ecológica. Diez años después empiezan a aparecer los primeros coches puramente eléctricos, capaces, según el tipo de gama, de alcanzar entre doscientos y quinientos kilómetros de autonomía. Con el avance de las energías renovables, quizás en treinta o cuarenta años podamos ver un parque móvil totalmente ecológico. Pero hasta esta idea puede parecer ingenua si vemos todo lo que nos rodea diariamente.

En todo caso, es nuestra obligación moral seguir animando uno a uno a todos los que nos rodean para que ejerzan su poder de cambio. Para que puedan influenciar en todo cuanto consumimos, en todo cuanto hacemos, en todo cuanto nos merecemos. Para que apostemos cada día por soluciones más ecológicas. Un coche eléctrico, placas solares en los tejados, o simplemente un consumo responsable de todo cuanto compramos. Cualquier cambio que hagamos en nuestros hábitos será beneficioso para la Tierra, y también para nuestros descendientes. Estemos atentos y apostemos por esos cambios. Es posible que no nos beneficiemos directamente. Pero haremos un bien para el futuro. Así que si puedes apuesta por la movilidad eléctrica. El planeta lo agradecerá.

¿Es radical ser radical? Sobre la defensa de los animales.


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Alguien se molestaba el otro día por mi forma a veces un tanto visceral de defender al reino animal. De alguna forma se sentía ofendido porque pensaba que mi manera radical de pensar no era sensible con las personas que comen carne.

Debo decir que tiene razón. Respeto profundamente a las personas que comen carne. Toda mi familia lo hace y el noventa por ciento de mis amigos. No dejo de amarlos por su condición de omnívoros ni intento inculcarles los sorprendentes beneficios de una dieta vegetariana. Pero sí admito el reproche, e incluso cierta radicalidad en mis posturas.

El caso es que veo esta cuestión de forma muy similar a como los primeros exploradores de la era colonial veían a los caníbales. O de cómo la américa civilizada veía con horror la otra américa, aquella que esclavizaba a sus hermanos de color. Eso que ahora parece tan obvio, en aquel momento eran posturas radicales. Salir a la plaza mayor a defender a los negros, a las minorías, el voto de la mujer y cientos de cosas parecidas era de radicales, de extremistas, de personas sin muchas luces. Resulta que la consciencia humana sigue avanzando y no se conforma con buscar justicia, igualdad y libertad para sus congéneres. Ahora desea dar un paso más y cada día son más los que salen a la plaza pública para defender también la vida animal.

España tiene una cultura brutal con los animales. No porque se alimente de ellos, sino porque en su ADN cultural existe el maltrato en las ferias de los pueblos, en tradiciones macabras y aceptadas por todos con una complicidad absoluta como el Toro de la Vega o como esa ancestral tradición de matar toros en el ruedo, llegando incluso a la aberración de llamarlo “cultura”. Hay ritos de paso que ya no son necesarios. Las matanzas que de siempre se han practicado en los pueblos ya no tienen sentido en un mundo donde la abundancia alimenticia no requiere de víveres para soportar el frío invierno.

Los tiempos cambian y soy plenamente consciente de que esto que ahora parece una postura radical, de aquí a un par de siglos será lo más normal del mundo. La gente dejará paulatinamente de comer carne y existirá un delicado equilibrio entre la sensibilidad humana y la animal. Beber sangre y comer carne dejará de ser algo propio de humanos, y los ritos de sacrificio en el mundo de la alimentación se verá en ese tiempo como una terrible consecuencia de nuestra ceguera e insensibilidad.

Siento de veras si con esto que digo ofendo a mis queridos omnívoros. Mi única intención es la de denunciar esta injusticia, esta falta de lucidez por nuestra parte, esta aberración inconsciente de nuestra psique colectiva hacia el reino animal, hacia esos pequeños hermanitos que se encuentran en su propio proceso conciencial y evolutivo. Es posible que estas posturas sean un poco radicales. También lo fueron en su día los que lucharon contra la esclavitud, el apartheid o el voto de la mujer. Es cuestión de tiempo. También es cuestión de conscienciarnos sobre otras formas de ver y entender la vida sin tanto dolor para los otros, aunque los otros sean pobres terneras o pollitos recién nacidos a quienes de forma cruel les arrancan en vida las alas para servirlas en restaurantes de comida rápida.

Simply Build Green (Construcción Ecológica Sencilla)


©Findhorn Foundation/Eva Ward nature sanctuary

Uno de los lugares más hermosos de la comunidad de Findhorn es el llamado Nature Sanctuary. Es una pequeña construcción de unos cómodos y suficientes veinte metros cuadrados hecha de piedra y madera y semienterrada en el suelo. Se construyó en octubre de 1987 y tuvo un coste de unas 1500 libras de la época. Desde entonces, se viene utilizando todas las mañanas a eso de las ocho para compartir juntos los cantos ecuménicos de Taizé. Realmente es uno de los momentos más entrañables de la comunidad, donde se comparte, mediante la devocional música, un espacio único de entendimiento y comunión.

Esta construcción es algo más que un pequeño santuario de meditación. Es el emblema de como podrían ser las futuras casas. Hay una corriente en arquitectura que empieza a hablar de hogares cada vez más reducidos, donde lo útil y la sencillez sean marcos de referencia. Alejados de la ostentación vanidosa de esos grandes edificios y casas majestuosas, lo pequeño y sencillo está ganando cada vez más adeptos. Si además las construcciones se vuelven cada vez más ecológicas y pueden ser integradas, como el caso del Nature Sanctuary, en todo su entorno, estamos caminando hacia el modelo perfecto para la comunidad futura.

Siempre hablamos mucho de la contaminación del aire, pero nunca nos atrevemos a hablar de la contaminación visual. Nuestros grandes edificios con sus majestuosas fachadas y tejados rompen completamente con el orden natural y la estética de los ecosistemas. Las antenas, los cables que vemos por todas partes, especialmente por las montañas con esas grandes torres de alta tensión y el asfalto gris que todo lo envuelve rompen drásticamente con la armonía de la naturaleza.

En el futuro, inevitablemente, habrá un respeto por todos esos aspectos. Las casas se integrarán en el paisaje, los tejados verdes y las estructuras de piedra y madera volverán de nuevo a estar de actualidad. Nos serviremos de los avances tecnológicos para unificarlos con la tradición, la cual estaba más cercana de lo natural. Casas pequeñas, fácil de calentar, dispuestas de tal forma que no ejerzan un fuerte contraste sino que se integran totalmente con el paisaje. Construcciones sencillas totalmente ecológicas, con sistemas de autoconsumo energético a base de placas solares o molinos de viento disimulados entre la construcción y unos tejados vegetales que aclimaten la vivienda a la vez que disimulen su presencia.

La revolución arquitectónica está por llegar, pero será poco a poco un modelo que ganará más cuota, a medida que la humanidad avance hacia una consciencia más ecológica y sencilla. Lo sencillo y pequeño es hermoso… ¿verdad?

(Foto: Nature Sanctuary, en Findhorn)