Limpiar nuestra mente es limpiar el mundo


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Hoy ha sido un día especialmente hermoso. Desbrozaron por fin toda la finca y ahora el lugar parece otro. Las perspectivas, las energías, las miradas. Ha cambiado el paisaje y con ello la configuración de la realidad. Ahora el espacio parece más etérico, más liviano, algo diferente. Las pequeñas cabañas están más a la vista, también el domo, que ahora parece desnudo, imponente, dominando un pequeño valle que hasta hace unas horas no existía. Parece una nave espacial recién aterrizada. Igualmente, las cabañas con sus formas octogonales y su estructura recíproca. La geometría juega un papel importante en este proyecto. De alguna forma, además de marcar el principio de la simplicidad voluntaria, también desea ejercer influencia en el subconsciente colectivo mediante estructuras que rompen con la norma, con lo establecido. Es como injertar en la mente una pequeña acupuntura, y con ello, se retuercen los fractales establecidos y se ensamblan nuevas sinopsis capaces de narrar un nuevo escenario.

Tras observar atónitos el lavado de cara de nuestra pequeña geometría, nos fuimos a pasear por un lugar secreto, lleno de mágicas cascadas escondidas en una profunda garganta verde y cristalina. Allí nos dimos cuenta de la consubstancialidad tal y como la entendían los antiguos, es decir, en su etimología griega: homooúsios, todo aquello que es de la misma esencia. Y de alguna manera sentíamos profundamente esa misma esencia. Podíamos fusionarnos con la belleza del lugar, con el agua diamantina, con el abrazo que se extendía entre las madreselvas y los cantos arbóreos. Nos quedamos un rato anestesiados, como si de alguna manera perteneciéramos a ese paisaje invisible. Al salir del paraje mágico nos topamos de repente con una aberración comprometida, todo un cúmulo de basuras que habían llegado allí no se sabe como. Nos remangamos las manos y nos pusimos a recoger uno a uno cualquier trozo de feísmo, de desecho humano, de plásticos de todos los colores y tamaños.

No podíamos haber sentido el éxtasis de la belleza del lugar y salir de allí sin colaborar en su conservación. Así que limpiamos hasta donde pudimos y arrastramos envueltos en un gran plástico todo lo que logramos acopiar. Por el camino íbamos hablando de los placeres de la belleza y de la broma cósmica mientras recogíamos cosas olvidadas que ennegrecían el paisaje. Sentíamos de alguna manera que, al limpiar ese trozo de planeta, de casa común, de alguna forma estábamos ayudando a limpiar la psique humana.

Inclusive la nuestra propia, tan activista siempre, pero también tan necesitada de auxilio virtuoso. La virtud siempre es buena consejera. La belleza de hablar, de compartir sobre cosas profundas, pero también sobre cosas de la vida cotidiana buscándole siempre la semiótica adecuada. La producción de significado nos ayuda a comprender mejor el paisaje, el escenario. Nos ayuda a modificarlo creando nuevas formas, nuevos valores, nuevas sinapsis expresivas. Limpiar nuestra mente es limpiar el mundo. Limpiar nuestras emociones, haciéndolas dulces, pacíficas, amorosas. Limpiar nuestros cuerpos a cada instante, ingiriendo alimentos cada vez más en conexión con los nuevos tiempos.
Cuando nos limpiamos, por dentro y por fuera, ocurre el milagro de la transformación, de la ligereza, el prodigio de volvernos más transparentes y con ello, volvernos vasos comunicantes entre la parte más divina de nosotros y la más burda. Eso crea inevitablemente luz, radiación, calor, y por consiguiente, amor, inteligencia activa, sabiduría, buena voluntad. Sí, hoy ha sido un día especialmente hermoso, porque algo vivo y trasparente ha entrado en nosotros.

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La vida seguirá adelante siempre que el sol brille. El fin de la era del carbón


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“La vida seguirá adelante siempre que el sol brille”. Francesco Guicciardini

Casi la mitad de la población mundial está concentrada en dos países: China e India. Por eso es muy importante observar cómo esos dos países desarrollan sus políticas medioambientales. Europa parece estar despierta en cuanto a dichas políticas, pero su influencia mundial cada vez es menor. Fue en Europa donde empezó la revolución industrial y la activación del consumo del carbón. La era del carbón morirá en este siglo y la era del petróleo seguramente en las primeras décadas del siglo que viene. En los próximos cincuenta años, las políticas medioambientales serán muy rígidas en Europa y en pocas décadas habremos conseguido una importante transición energética. El coche eléctrico se impondrá junto a las energías de origen renovable y Europa vivirá una revolución en cuanto a la investigación de productos que sustituyan a los plásticos y las energías contaminantes.

En unas décadas más, seguirá esta estela América del Norte y el resto de países desarrollados. Pero como decía al principio, el problema seguirá estando en China e India, y también en todos los países en vías de desarrollo que desearán entrar al progreso mediante políticas del viejo régimen del carbón y el petróleo. El progreso crea una paradoja: reduce la población. Son los países en vías de desarrollo los que explotan demográficamente. Ahí tenemos a China e India.

A pesar de las voces alarmistas sobre el cambio climático, debemos mirar el futuro con cierto optimismo. La primera buena noticia es que la vida continuará a pesar de nosotros. Es decir, el planeta realmente no está en peligro, sino más bien nosotros. Ya lo he comentado alguna vez. Es cierto que el planeta está entrando en una fase de calentamiento. Hay pruebas científicas que lo demuestran. Debemos ver esto como una señal inequívoca de que el planeta en su conjunto es un ser vivo, y está reaccionando con unos grados de fiebre al ataque sistemático al que le estamos sometiendo desde hace doscientos años. El planeta reacciona a nuestro ataque y seguirá haciéndolo cada vez con mayor virulencia a no ser que cambiemos globalmente nuestra actitud hacia el mismo.

La segunda buena noticia es que nos estamos dando cuenta de nuestro propio cáncer y estamos intentando poner remedio. Es difícil terminar con doscientos años de carbón y petróleo, pero de alguna manera se está inyectando en la consciencia colectiva esa necesidad de cambio y poco a poco ocurrirá globalmente.

Hay una tercera buena noticia. El cambio también se está gestando en el interior de las personas. Poco a poco la sociedad demanda productos más ecológicos, libres de contaminantes, coches más ecológicos y comida cada vez más liberada de sufrimiento y dolor. El mundo se hará vegetariano en un par de siglos y veremos a los animales como seres sintientes, con derechos naturales que terminarán siendo legislados.

Si seguimos por una senda positiva y optimista, el mundo cambiará en dos o tres siglos. Sólo debemos implantar cada vez más consciencia en la mente de todos los seres que nos rodean. Repetir una y otra vez, como si de mantras se trataran, la necesidad de cambio constante y continuo en nuestros hábitos más cotidianos, desde la comida hasta la forma de votar a unos y a otros. Las políticas ambientales tienen que ser cada vez más contundentes, pero también nuestros actos diarios, nuestros hábitos, nuestras formas de consumir productos.

La Cumbre del Clima no es un fracaso, aunque no haya ningún tipo de acuerdo. Es la constatación de la consciencia de un nuevo paradigma que está entrando poco a poco en las políticas gubernamentales e institucionales. Y muy pronto también en las políticas empresariales. El capitalismo se convertirá por necesidad en ecocapitalismo, tal y como indico en mi tesis doctoral, y habrá inevitablemente un cambio radical en nuestras costumbres y formas de vida. Será eso o no será. Cambiamos inevitablemente o nos extinguimos. Nosotros, claro, porque la vida seguirá adelante siempre que el sol brille.

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La plaga humana. Patogénesis de un planeta enfermo


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© Maxwell Campbell 

Este era el título de una de las versiones de la tesis doctoral. Por supuesto no gustó y fue censurado. También las ideas que allí se planteaban o que querían poner el acento en este tipo de cuestiones. La disidencia e independencia intelectual no siempre es posible. Al menos que seas codependiente de las instituciones que albergan y protegen el conocimiento y sepas camuflarte o adherirte a sus causas. El estar por fin separado de las instituciones y poder ser crítico con ellas me permitirá hablar más abiertamente de asuntos importantes que nos afectan a todos. Lo paradójico es que, tras esa censura, las propias Naciones Unidas son las que plantean ideas de corte parecido, poniendo el acento en la alarma mundial que padecemos. Véanse los Objetivos para el desarrollo sostenible.

Es desesperante y frustrante gritar para advertir sobre lo que parece irreparable. Muchos pueden pensar que no hay marcha atrás, que estamos navegando felices hacia el iceberg que lo hará estallar todo por los aires. A veces el optimismo y el navegar contra corriente resultan parecerse a esos ídolos caídos. Al principio nos parecían felices soñadores, luego pasan de golpe a convertirse en seres narcisistas y egocéntricos. Los ídolos caen en cuanto adentramos la perspectiva a otros lugares menos fantasiosos.

Muchos ya están cansados de pregonar o de potenciar esa engorrosa necesidad de tener que aportar argumentos suficientes sobre lo que está pasando. Ya no se trata de explicar que el mundo se está agotando. Más bien estamos en el punto de tener que decidir drásticamente si deseamos ser partícipes o no de su destrucción. Esto encierra una especie de radicalidad exponencial que nos acercaría más a la hipocresía extrema o a la decisión de cambiar para siempre nuestras vidas.

Lo primero es sencillo, solo tenemos que fingir que no pasa nada. Podemos lavar nuestras consciencias con depósitos enteros de buenas intenciones diarias. Reciclar algún plástico, bajar el consumo de grasa animal, comprar productos bio o hacer algún donativo a proyectos alternativos. Todo eso en esa gran fiesta bucólica en la que todo es posible gracias al fingir que todo está bien.

Pero la segunda opción es compleja. Requiere radicalidad y cambiar los fundamentos profundos de nuestras vidas. Y a eso no estamos dispuestos. Nadie está dispuesto a deconstruirse de repente, a no ser que haya tenido un arrebato de locura, o en el mejor de los casos, algún tipo de iluminación que le lleve hasta las puertas de la mismísima lucidez. ¿Quién dejaría hoy día el pescar peces para lanzarse a la compleja tarea de pescar almas? Elegir entre un mundo distópico o un ilusionante mundo utópico en el que albergar algún tipo de esperanza futura, esa es la cuestión. Lo primero podría parecer hipócrita y lo segundo, ingenuo.

Sería imposible imaginar que de repente las ciudades se despoblaran. Sería igualmente imposible imaginar que de repente, al menos la mitad de la población renunciara a los requisitos de consumo que hasta la fecha poseemos. Sería imposible imaginar que una gran parte de la humanidad decidiera abandonar el círculo vicioso de la ciudad -trabajo-consumo-más trabajo-más consumo- para albergar algún tipo de alternativa más natural, más en acorde con la naturaleza, y siempre, ante una tendencia decrecionista, donde menos es más y donde las cosas empiezan a cambiarse por las experiencias. La simplicidad voluntaria como camino alejados del crecimiento que nos inculcan desde los estamentos.

La patogénesis de la enfermedad que padece el planeta es bien clara: nosotros mismos confrontados a nuestra avaricia. Nos hemos convertido en una plaga que está envenenando todo cuanto tocamos. Ya somos más de siete mil millones de habitantes con deseos de crecer y crecer y crecer sin darnos cuenta de que vivimos en un planeta finito. Fingimos, en nuestra personal hipocresía, que todo está bien. Pero estamos incubando dentro de nosotros el final de los tiempos. Las alarmas crecen, el mundo está enfermo y no hay doctores suficientes capaces de diagnosticar y curar el cáncer que padecemos. El sistema doctrinal del que somos esclavos no nos permite ver con sinceridad y valentía lo que está ocurriendo. Tampoco nos permite actuar en consecuencia. Faltan grandes dosis de locura o lucidez. Tanto da cuando de lo que se trata es de salvar el mundo, y de paso, a nosotros mismos.

¿Cómo cambiar de paradigma? Por más que agito a mi alrededor nada cambia. Casi me cuesta una vida y un poco de locura el cambiarme a mí mismo. Sí, es cierto, me vine a vivir a los bosques y vivo en una pequeña cabaña de madera. Una locura. Pero insuficiente.

 

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Morir de éxito: somos una especie en peligro de extinción


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Desde mi pequeña cabaña en los bosques observo atento el devenir natural. La Naturaleza se expande en armonía mientras que nosotros intentamos interpretarla, ser parte de ella, participar de su equilibrio. Desde la renuncia, desde la simplicidad voluntaria y el decrecimiento, intentamos llevar una vida lo más coherente posible

 

Sin duda nuestra especie es una especie de éxito. Ha sobrevivido a cientos de hecatombes y se ha erigido como soberana de toda la Tierra. “Somos una especie en peligro de extinguirlo todo”, rezaban los lemas de la manifestación de hoy para salvar el planeta. Me resulta paradójico nuestro egocentrismo, nuestra imponente salvedad de pensar que somos los que estamos llevando a cabo uno de los mayores genocidios a escala mundial. Realmente creo que la Tierra no está en peligro. Observo atentamente a la Naturaleza desde hace cinco años de vida en los bosques y mi conclusión es que el que está realmente en peligro de extinción es el propio ser humano. Miro con detalle lo que aquí ocurre entre árboles y vida salvaje y a los que vienen desde fuera con algún tipo de inclinación milenarista, con deseos de salvar el mundo. Pero veo con cierta tristeza las continúas paradojas, las incoherencias, la insuficiencia y la ceguera que nos envuelve. Nosotros no vamos a salvar al Planeta, el Planeta se salvará de nosotros. Eso es lo que ocurrirá si no existe un radical y universal cambio de conciencia.

La Naturaleza tiene una impactante capacidad de regeneración. Se expande, se equilibra, sobrevive a todo tipo de cambios. Lo puedo ver aquí en los bosques. Hemos intentado no intervenir más que lo imprescindible dejando que la Naturaleza creciera a sus anchas. Es impresionante como lo hace. Hay una sabiduría innata en todo lo que ocurre. Todo vive en plena armonía, en pleno equilibrio, todo, absolutamente todo, se regenera con el pasar del tiempo y una exquisita paciencia. Los ritmos de la naturaleza son diferentes a los nuestros.

Hace unos años intenté llamar a mi tesis doctoral algo así como “La plaga humana, proyectos comunitarios ante la patogénesis planetaria”. Por supuesto mi directora se negó rotundamente. En noviembre defiendo la tesis y lo haré con cierto disgusto interior porque ahora se está demostrando que algo va mal en el ecosistema, algo que los ecologistas y los proyectos comunitarios alternativos como las ecoaldeas llevan advirtiendo desde hace décadas mientras que nadie, absolutamente nadie, ha hecho nada al respecto. Mi denuncia académica no servirá de nada, pero ahí quedó escrito el intento.

De los miles que hoy han salido a la calle a protestar pocos han cambiado su dieta, pocos consumen productos ecológicos, pocos o ninguno renuncia a su propio crecimiento material, pocos practican el decrecimiento, pocos buscan una radical alternativa a su estilo de vida consumista y pocos o ninguno se ha marchado a vivir una vida simple o compartida en comunidad responsable y activista que permita reducir considerablemente la huella ecológica. Y de todos ellos, pocos se dan cuenta de que lo que verdaderamente está en peligro es el propio sistema, la propia cultura y estructura humana. No, el Planeta no está en peligro, el Planeta se regulará como siempre hace. Podría haber una extinción masiva, algo así como un nuevo diluvio universal, o una nueva extinción de dinosaurios, pero la Naturaleza volverá a triunfar. Quizás unos pocos se salven de una inminente catástrofe, de una inminente sexta extinción. Quizás ahora estemos bailando el último compás de un Titanic que inevitablemente va a la deriva. No estoy completamente seguro de ello, pero al menos, en mi consciencia personal, siento que estamos haciendo lo que podemos e invito abiertamente al resto a que cumpla con su parte desde la responsabilidad, el compromiso y la urgencia que los tiempos requieren.

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Sentido y seguridad. Nuevas fórmulas para cambiar el planeta


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No me sentía seguro en el tejado. Estaba lloviendo y todo resbalaba. Unas pocas maderas sujetaban mi peso frágil. No había nadie alrededor. Todos dormían. Me desperté temprano, fui a la pequeña ermita, encendí la vela y me puse a meditar para intentar observar el nuevo día desde una dimensión más transpersonal, más viva, más despierta. Desayuné y me subí a las alturas. La falta de seguridad estaba bien sujeta con el entusiasmo que el sentido de esa acción daba a mi vida. No soy carpintero, no soy albañil, no soy constructor, pero poseo un profundo sentido existencial, y eso es lo que me movía a arriesgar mi integridad bajo la lluvia hasta que a las tres de la tarde se acabaron las maderas y tuve que dejar de trabajar.

Seis horas de continuado esfuerzo, de arriesgado trabajo por un claro sentido, el crear un entorno único y diferenciado que sirva como posible exploración pedagógica de soluciones futuras a los retos que se nos presentan. Realmente el sentido no era hacer un tejado nuevo, sino el de crear una casa de acogida para que las nuevas ideas florezcan en la práctica continua de la transformación grupal. Una forma pedagógica de revolucionar las consciencias para que dejen de hablar y empiecen a actuar. Pasar de la palabra al verbo y del verbo a la creación consciente, grupal, colectiva.

El gran éxito del siglo XX en Occidente fue que las desigualdades se diluyeron gracias al trabajo asalariado y la circulación de la propiedad privada, el crédito y los años de paz que vivimos tras la hecatombe de las dos grandes guerras. Un asalariado que administrara bien sus bienes podía hacer cosas que hasta hace poco solo podían hacer las clases privilegiadas. El gran éxito del siglo pasado es que vivimos en un entorno de seguridad e individualismo al mismo tiempo que se iba reduciendo el entorno de sentido. La clase sacerdotal dejó de existir y el mundo se vio abocado a una pérdida de identidad, de sentido, de orientación filosófica y espiritual. Durante mucho tiempo hemos vivido única y exclusivamente para acumular cosas. Ese ha sido nuestro único sentido. Nos hemos convertido en una sociedad de pequeños propietarios que ansía dar libertad a su sentido de avaricia y acumulación sin mayores planteamientos. La seguridad está por encima del sentido de la vida y de las cosas. El éxito material ha marchitado nuestro progreso espiritual y filosófico, dando paso a un egoísmo donde lo único que importa es el disfrute individual. Estamentos como la comunidad o la familia están desapareciendo para promover aún más la soledad individualista que la acumulación de cosas, y por lo tanto, la seguridad, está promoviendo. La paradójica futura será el ver como esa seguridad provocará con el tiempo pérdida de sentido, y por lo tanto, vacío existencial.

Todos necesitamos un relato coherente para dar sentido a nuestras vidas. La lucha por la supervivencia psicológica es casi tan importante como la lucha por la seguridad de las cosas. Salvar nuestro honor o nuestra dignidad pueden provocar la creación de discursos distorsionados o convenientes que intenten amoldar nuestras vidas a las cárceles conceptuales que hemos creado para sentirnos cómodos. Nuestra mente intenta interpretar el entorno, pero muchas veces olvida la más importante de todas las interpretaciones, la de su propia naturaleza, la de su propia esencia. Todas las fuerzas y dimensiones del ser humano están entrelazadas y entretejidas. No sabemos nada de los tejedores, no sabemos nada de lo que da sentido a la existencia, excepto místicas y espirituales inspiraciones en las que nos refugiamos cada vez menos para intentar sofocar nuestra dimensión humana. El sentido, a grandes rasgos, ha desaparecido porque la seguridad que las cosas nos dan ejerce como perfecto analgésico ante los males que nos acechan.

Allí arriba en el tejado la dimensión de las cosas y la seguridad se ve de forma diferente. Alzando la mirada meditativa, bajo la lluvia, se ejerce un poder entusiasta hacia una forma diferente de ver la vida, de entenderla y expresarla. La seguridad es importante. No dudamos de ella, pero tiene que tener algún sentido. Hablan de que estamos abocados a una catástrofe mundial, climática. Realmente hablamos mucho sobre ello, con hermosos marcos teóricos, con bonitos discursos en foros económicos y con incesante activismo, pero de todo eso de lo que hablamos, pocos son los que arriesgan su seguridad en algún tejado bajo la lluvia.

Es evidente que lo del tejado es solo una anécdota, pero quiere ejemplarizar lo que actualmente ocurre. Ya no basta con concienciar, con decir lo que tenemos que hacer o lo que sería mejor hacer para no llegar al apocalipsis. Estamos entrando en la urgencia del actuar. Estamos penetrando en la compleja visión de que si no actuamos, es posible que nos acerquemos cada vez más a la pérdida total de nuestra seguridad, no ya individual, sino colectiva, grupal, como especie, como planeta único. Posiblemente estemos en la hora límite de la especie humana. Posiblemente tengamos que empezar a hacer algo, más allá de hablar sobre ello. Quizás estemos llamados a remangarnos las mangas y ponernos a trabajar desde lo más básico como puede ser nuestra alimentación o nuestra movilidad o lo que consumimos todos los días hasta lo más complejo como puede llegar a ser nuestras relaciones con los otros, con nosotros mismos, con el entorno, con la naturaleza e incluso, si arriesgamos un poco más, con el misterio de la misma. Las fórmulas para cambiar el planeta empiezan por nuestra acción diaria. A cada segundo estamos apostando por ello. A cada instante votamos qué deseamos para nuestro futuro y el futuro del planeta. Más allá de la seguridad, es una cuestión de sentido.

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¿Cuando estallará la burbuja energética?


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Aerogenerador en la Comunidad de Findhorn, Escocia

 

Estamos viviendo un momento álgido de transición, tanto tecnológica, energética como social y cultural. Las fronteras están desapareciendo, el mestizaje y la multiculturalidad se está extendiendo por todos los países, la pureza racial, nacional o cultura están desapareciendo y el concepto de “pueblo” está dando paso a un concepto más amplio llamado “ciudadanía”. Las leyes se están adaptando a estos cambios masivos y la tecnología, especialmente toda la que tiene que ver con la comunicación y la movilidad, están revolucionando el nuevo paradigma al que nos enfrentamos.

El concepto de estado-nación está entrando en quiebra y de ahí que existan movimientos reaccionarios que reivindiquen la noción de “pueblo”. Ya pasó en tiempos de la ilustración con el romanticismo y en el siglo XX con las dos guerras mundiales ante el “imperialismo” que denunciaba Lenin. Ahora los movimientos populares, los nacionalismos y los patriotismos pretenden de nuevo ir contra los “tiempos”. Y los tiempos avanzan irremediablemente hacia una segunda revolución ilustrada que nos aleje de las esencias patrias y nacionales. Entre otras cosas porque ese sentido nostálgico de lo tradicional está desapareciendo. Hoy día en un mismo barrio pueden vivir cientos de personas de cientos de orígenes diferentes. En unas décadas será inútil hablar de usos y costumbres porque el mestizaje avanza irremediablemente.

En términos tecnológicos, el agotamiento del petróleo (teoría del pico de Hubbert) y la dependencia absoluta hacia el mismo está acelerando la migración hacia la electrificación de las cosas, especialmente de los vehículos. Esto provocará un colapso eléctrico que será superado con el abandono de las energías alternativas y la extensión de la energía nacida de la fusión nuclear, en fase experimental en estos momentos y en fase de producción en unos años. El resultado será el terminar de liquidar la industria del petróleo, pero también la industria de tecnologías alternativas como la eólica o la solar, ahora en fase de expansión.

La robótica también verá una explosión de desarrollo a mitad de siglo, momento en el que los estados empezarán a aplicar la renta básica universal para que la producción de cosas y el propio sistema no colapse. Seguramente, en las próximas décadas nuestras sociedades avanzadas vivirán escenarios de pánico y crisis debido a esta transición inevitable, y la incertidumbre aumentará a medida que las reservas de petróleo disminuyan, encarezcan los precios de los combustibles fósiles (miremos con atención los síntomas de la revolución francesa de estos días de los chalecos amarillos) y el sistema aún no esté preparado para adaptar todo su sistema a un consumo suficiente de electricidad. Solo cuando la tecnología de la fusión nuclear esté madura, sea segura y no contaminante, podremos avanzar pacíficamente hacia una nueva era más silenciosa, más prudente, más ecológica y más humana. Mientras esos tiempos lleguen, nos esperan dos décadas de vértigo. Estemos preparados.

 

La revolución de una brizna de paja


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Entre los jóvenes que llegan a las cabañas de estas montañas están los que, pobres de espíritu y cuerpo han abandonado toda esperanza. Sólo soy un viejo agricultor que siente no poder darles ni siquiera un par de sandalias… aunque todavía hay algo que sí puedo darles. Una brizna de paja. Recogí un manojo de paja de enfrente de una de las cabañas y dije: “Con sólo esta paja puede empezar una revolución”. (Fukuoka, “La revolución de una brizna de paja”).

En estos tiempos de cambio se ha puesto de moda todo lo que tenga que ver con lo ecológico. De alguna forma, se está comercializando con la etiqueta “eco” y se intenta mercantilizar algo tan serio como la consciencia dentro de los alimentos. A modo de crítica, o quizás con ansias de espiritualizar algo tan importante como la agricultura y los alimentos, el japonés Fukuoka ideó un método inspirado en el wu wei, la filosofía oriental del no hacer o de la no intervención, que llamó agricultura natural. Este fin de semana hemos tenido la oportunidad de leer dos de sus libros y de entender como el ser humano se ha alejado del sentido natural de la colaboración con la tierra. Hemos tiranizado nuestra relación con la naturaleza, convirtiéndonos en explotadores de algo que debería ser cuidado con sumo amor y cariño.

El método de Fukuoka consiste no tan solo en trabajar la tierra desde otra perspectiva más conectada con la propia naturaleza, también nos habla de una agricultura que reconecta y reconcilia la naturaleza humana. Es decir, un sistema donde el ser humano no se vea a sí mismo como parte ajena de la naturaleza, sino como algo dentro de la misma.

En O Couso estamos intentando aplicar su sabiduría y sus métodos de la mejor manera posible. Estamos intentando seguir los cuatro principios de la agricultura natural que consisten en:

  1. No arar la tierra: de esta forma se mantiene la estructura y composición del suelo con sus características óptimas de humedad y micronutrientes
  2. No usar abonos ni fertilizantes químicos: mediante la interacción de los diferentes elementos botánicos, animales y minerales del suelo, la fertilidad del terreno de cultivo se regenera como en cualquier ecosistema no domesticado.
  3. No eliminar malas hierbas ni usar herbicidas químicos: éstos destruyen los nutrientes y microorganismos del suelo y sólo se justifican en monocultivos.
  4. No usar pesticidas: también matan la riqueza natural del suelo. La presencia de insectos puede equilibrarse en el propio cultivo.

Es algo muy nuevo e innovador y estamos empezando a experimentar para ver los resultados. De momento, es un placer poder comer fresas y todo tipo de productos de la tierra totalmente naturales, que han nacido libres de pesticidas y de químicos. Nos encanta poder trabajar así la tierra, pero sobre todo, nos emociona la idea de poder aplicar los principios de espiritualidad y de consciencia a los elementos propios de la naturaleza. Agua, tierra, sol y viento mezclados con una forma diferente de hacer las cosas, con esos momentos de silencio cuando regamos por las tardes o de consciencia cuando por las mañanas trabajamos con nuestras manos la tierra. De alguna forma respetuosa, nos sentimos agradecidos por esta reconciliación necesaria entre lo humano y su parte más esencial.

(Foto: el huerto-mandala de O Couso cubierto por una capa de paja, siguiendo el método de Fukuoka).