Apología a la economía sumergida


 

20161031_110704En nuestro país siempre se preguntan porqué existe tanta economía sumergida. Estos días hemos podido experimentar lo que significa trabajar a destajo en el campo y hemos tenido una experiencia antropológica, pero sobre todo humana, aunque diríamos mejor, y para ser correctos con la experiencia, que sobre todo inhumana.

El experimento consistía en aprovechar la caída otoñal de las castañas que empezaban a inundar toda la finca y ver en qué consistía eso de lo que aquí llaman “apañar castañas”, que es algo así como volver a nuestros ancestros recolectores de las regalías del bosque y ver los resultados.

Durante tres días hemos estado con suma paciencia recogiendo una a una las castañas del suelo. El trabajo es farragoso y pesado. Tienes que agacharte, llenarte las manos de pinchazos por los erizos de las castañas a pesar de la debida protección, recolectarlas una a una, meterlas en cubos y luego en sacos, aprovechar para limpiar las zonas de los erizos y así limpiar el bosque. Como somos personas de ciudad no conocíamos muy bien la dureza del trabajo del campo y la verdad es que durante tres días, además de algún castañazo que nos ha caído en la cabeza, hemos terminado baldados.

Tras tres días y tres personas cogiendo castañas hemos recolectado tres sacos de casi treinta kilos cada uno. En total, para ser exactos, ochenta y seis kilos. Alegres y satisfechos hemos ido a la cooperativa de la localidad y hemos vendido nuestros tres sacos por un total de 68,80 euros. Nuestra sorpresa ha sido al comprobar que el kilo de castañas te las pagan a 0,80 euros el kilo cuando en Madrid o Barcelona o cualquier otro lugar las están vendiendo a cinco o seis euros el kilo. En total, 23 euros por cabeza por tres mañanas trabajadas. A algo más de siete euros por mañana y a menos de dos euros la hora.

Esto ha sido un capricho pasajero, pero ahora imaginemos que tuviéramos que pagar el autónomo, tuviéramos que alimentar a una familia media, pagar hipoteca, la luz, el agua, los impuestos, la seguridad social, las multas, los seguros y todo aquello que se supone que las familias normales que viven del campo tienen que pagar. ¿Cómo se supone que lo hacen o lo deberían hacer cuando por el camino entre la recolección y la venta hay alguien que se está llevando cinco o seis veces el precio del producto que con tanto esfuerzo y sudor los agricultores trabajan? Y estamos hablando de un producto como la castaña que dicen los de la tierra que está “bien pagado” si lo comparamos con otros productos como la leche u otro tipo de agricultura que requiere cuidados durante todo el año e inversiones imposibles de sostener.

Si tuviera hijos y tuviera que explicarles que mi dignidad humana cuesta 0,80 céntimos o lo que es lo mismo, dos euros la hora de trabajo, ¿qué clase de padre sería? ¿Cómo explicarle a un hijo que hay que hacer las cosas bien, pero que en este mundo injusto a veces hay que cometer injusticias para seguir adelante? Es imposible que personas que tienen chófer y vivan a cuerpo de rey entiendan de dónde nace la economía sumergida. Es imposible que esos señores feudales llamados diputados que se llenan la boca sobre los efectos negativos de la economía sumergida puedan entender nada de lo que dicen. Lo más sorprendente de todo es que ellos, que nos roban a diestro y siniestro con sus privilegios feudales y las regalías que todos pagamos ejerzan de legisladores y ejecutores de realidades que desconocen completamente. Que nos metan en embolados como el rescate financiero mientras tienen cuentas en Suiza y siguen trapicheando con sus amigos con o sin bigotes. Lo siento, esto no es demagogia. Esto es vergüenza y tristeza, y también un profundo agradecimiento a los pequeños agricultores que hacen lo que pueden y sobreviven a pesar de todo en este mundo tan duro e injusto.

Pd.- ¡Malditos, agradeced de corazón cada alimento que entre en vuestras bocas, pues ha llegado hasta la mesa gracias al impagado esfuerzo de muchas familias que malviven del campo!

Fondo de Reserva


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En los años de la burbuja económica había en el Fondo de Reserva de la Seguridad Social (creado en el año 2000 para garantizar las futuras pensiones) un total de 66.815 millones de euros. De estos, tan sólo quedan 25.176 millones que se calcula, al ritmo de salidas a la que ya nos han acostumbrado desde el Gobierno, se agotarán antes del 2020.

Este dato, de forma aislada, podría no resultar del todo alarmante sino fuera porque nuestra sociedad cada vez está más envejecida, más empobrecida y por lo tanto, cada vez serán más las necesidades de subsidio y prestaciones al mismo tiempo que caerán sistemáticamente los ingresos en la caja común. El futuro económico de este país, a no ser que entremos de nuevo en un ciclo productivo provocado por una nueva burbuja del tipo que sea, no es muy halagüeño. La solución de los gobiernos siempre pasa por ese mantra moderno que nos dice que debemos seguir creciendo económicamente. ¿Hasta el infinito y más allá o hasta que se agoten definitivamente los recursos? Esa es la gran pregunta, ecológica y problemática.

Desde que explotó la crisis financiera y muchos de nosotros perdimos nuestro trabajo y nuestros hogares nos hemos preguntado sobre el modelo de vida al que enfrentarnos para nuestro futuro inmediato, pero sobre todo, para nuestro futuro más lejano, a sabiendas de que actualmente, el Estado del Bienestar hace aguas y las cuentas, por más vueltas que los analistas le den, no cuadran. Si pensamos en alternativas de crecimiento solo se nos ocurre la fórmula de la emigración como ya hicieron nuestros antepasados. Emigrar a otras tierras para seguir creciendo. Otra fórmula, menos atractiva para muchos es la del decrecimiento voluntario: vivir con menos y necesitar menos, simplificar nuestra vida para compartir más y mejor en un entorno grupal, más allá del aislamiento individualista y egoísta al que la sociedad nos ha acostumbrado.

Los acontecimientos de estos últimos tiempos son alarmantes y las buenas noticias se escapan por los regueros de la infrecuencia. La xenofobia y el racismo crecen en Europa al mismo tiempo que la Unión Europea, un proyecto hermoso y de profundas consecuencias para la paz social, parece que se derrumba a marchas forzadas. El populismo de izquierdas y de derechas va tomando forma mientras que los brotes de desesperación minan las aguas que nos separan de ese otro mundo que parece vivir en una guerra continua. Si a esto le sumamos el escenario catastrófico que los ecologistas dibujan con respecto al estado de salud de nuestro planeta, parece como si de nuevo estuviéramos viviendo en un estado pre-apocalíptico de impredecibles consecuencias.

Muchos defienden que la crisis de 2007 solo fue un pequeño coletazo de lo que está por venir. Nos advierten con cara seria y preocupante que la gran crisis espera a las puertas de la próxima década y la supervivencia común, al menos la supervivencia del bienestar tal y como ahora lo habíamos disfrutado, tiene los días contados.

Quizás no sea necesario prepararnos psíquicamente para un nuevo envite grupal. Quizás todo sea un momento generacional que pasará y la humanidad en su conjunto sabrá reaccionar a tiempo ante el debacle aparentemente inevitable.

Es cierto que la sensación grupal es totalmente de pasotismo, diríamos que casi de ingenuidad. Seguimos disfrutando con los placeres más inmediatos sin mirar con desconfianza los acontecimientos que puedan afectarnos en un futuro. Es como si no nos importara nada de lo que se está cociendo y dejáramos para el mañana la preocupación inevitable. Quizás no nos toque a nosotros como generación gestionar los avatares que entre todos estamos sembrando. O quizás la tecnología nos salve del abismo en el último segundo de partido. Realmente no sabemos nada. Pero sí estamos atentos a lo que observamos, a los indicadores que nos dicen que algo no va bien.

Faltan tan solo cuatro años para el 2020. Quizás los fondos de reserva, milagrosamente, se hayan recuperado para entonces a cambio del contingente del crecimiento económico. O quizás hayamos provocado un estilo de vida diferente, una alternativa al consumo desmedido y al derroche ecológico. Quizás pronto algo o alguien nos convenza de que es necesario dar un giro profundo en nuestra forma de ver y entender la vida. Quizás sean cosas que no se puedan aplazar para el mañana. Quizás estemos ya en el momento de la urgencia, del cambio, y esto provoque, inevitablemente, un cambio en nuestros valores y en nuestra forma de vivir y entender la vida.

 

Un acto de libertad


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Cualquier observador objetivo diría que hoy es un día especial. No siempre ocurre que puedas, además en tiempos de crisis, poder comprar un pequeño piso y pagarlo al contado. Varias circunstancias se dieron para eso. La primera tiene que ver con un golpe de suerte empresarial. Algo tuvimos que hacer bien en el pasado para que en este presente llegara un dinero inesperado.

Intentamos, con al menos parte de ese dinero arreglar los tejados de la casa que compramos para el proyecto O Couso, pero por un golpe de mala suerte, no pudimos encontrar a nadie que nos lo pudiera hacer. Eso nos ponía en un grave apuro a la hora de ofrecer este invierno unas condiciones adecuadas para acoger a las personas que vendrán a celebrar el año nuevo a nuestro lado. También ante la incertidumbre de no saber como puede ser la supervivencia en las caravanas cuando el invierno aceche ahí fuera. Empezamos a buscar alternativas y vimos que había un pequeño piso que la compañía estatal de Correos subastaba. Empezamos a pujar y como fuimos los únicos en hacerlo, pudimos sacar la subasta por diez mil euros menos de lo que solicitaban. Otro golpe de suerte. Por menos de la mitad del dinero que habíamos recibido y por menos de lo que me había costado mi último coche nos hicimos con un piso en el centro de la ciudad de Samos.

La mala suerte de tener que cerrar el centro de Madrid revierte en la buena suerte de tener un lugar en Samos donde refugiar a todo aquel que por circunstancias diversas no pueda aguantar las incomodidades de la vida campestre aquí en el bosque. Eso para nosotros es una satisfacción porque no todo el mundo puede soportar el hecho de que aquí arriba no dispongamos de agua corriente, ni de duchas, ni de lavabos ni de electricidad.

La otra ventaja que vemos es que podremos traer a ese lugar nuestras empresas, ahorrando así alquileres y otros gastos que a veces resultan imprescindibles para cualquier negocio, y también, dicho sea de paso, difícil sostener en los tiempos que corren.

Visto desde la distancia, lo que en un principio parecían actos de “mala suerte” con el tiempo ha ido cogiendo forma y casi de manera algo mágica ha situado nuestra ya de por sí privilegiada situación –vivir en una caravana tiene muchas ventajas- en algo extraordinario. De hecho tememos que el halo romántico de esta situación se difumine algo por la cosa de tener un lugar adicional donde ducharnos, donde disponer de una lavadora o incluso un lugar donde pasar algún tiempo de relax si el frío fuera excesivo. Cualquiera diría, visto desde fuera, que nos estamos aburguesando. Sea como sea, nos sentimos satisfechos por la manera en que todo se ha desarrollado y tejido. Es como si al tomar la decisión radical de venirnos a vivir al bosque viniera acompañada de cierto “dharma” añadido. Y además todo de forma tan rápida, porque fue empezar a tomar decisiones cuando el universo empezó a su vez a darnos hermosas sorpresas.

Cuando esta mañana firmábamos en la notaría de Santiago de Compostela la compra del piso y lo pagábamos al contado, sin hipoteca, los vendedores de Correos y la inmobiliaria casi no daban crédito. A decir verdad, nosotros tampoco. Esa especie de sensación de libertad, de no depender de bancos, de hipotecas, de intereses debería ser el ideal a alcanzar. En lo profundo de toda la cuestión, para nosotros que habíamos perdido algunas casas en el camino era como un verdadero acto de psicomagia. Una especie de regalo por haber aguantado las inclemencias del destino y a su vez, no haber renunciado a nuestros sueños más profundos. La magia, dicho así, a veces se manifiesta a raudales.

Ahora que todo parece tomar cierta forma, nuestra prioridad consiste en construir con nuestras manos todas las casas que sean posible para que muchos puedan beneficiarse de esa clase de libertad. Disponer de una vivienda digna sin amañar con ello tu existencia de por vida. Ojalá esto se convirtiera algún día en un alto ideal universal.

(Foto: Esta mañana en la notaría de Santiago mostrando el título de compra de la vivienda).

El bien está ya cerca


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“Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro. Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas; porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca.” (Cervantes, Don Quijote)

Mientras hoy ayudaba a pintar el nuevo local de Laura aquí en Galicia intentaba hacer recuento de todos los cambios sufridos en estos años adversos, y de cuantas paredes tuvimos que pintar antes de establecer un timón cierto hacia el norte basado en valores profundos de generosidad y cooperación. La dureza de la crisis golpeó nuestros corazones y nuestras almas. Arrasó con todo lo material y nos quedamos desnudos, prácticamente sin nada. Pero cierto anhelo de supervivencia avivó la llama del optimismo e insufló en nuestra más severa perseverancia la ruta a seguir.

Hace un momento recibía de un buen amigo un informe de casi cien páginas sobre el futuro económico de nuestro país. Sus letras y estadísticas están cargados de optimismo. The Case for Spain III intenta animar a la inversión ante un futuro prometedor y lleno de oportunidades. Nadie diría que ese país que describe el informe es el nuestro, a no ser por la seriedad del mismo.

Quizás exista, en estos tiempos, una sensación de alivio. Subidos a esta tarima flotante que sin ser muy halagüeña, nos ha permitido estar a flote, todo parece que se ve de forma diferente. Ni siquiera sabemos como lo hemos hecho. Tantos años sin trabajo, sin casa, sin posibilidad de futuro, y de repente, nuestra colectividad se ve ante una especial sensación de desahogo. De alguna forma, a pesar de la fractura a nivel estatal que estamos sufriendo, eso que los expertos llaman “una crisis de estado”, interiormente nos sentimos fortalecidos.

A nivel personal no puedo quejarme. Al menos no debería hacerlo. No podría estar contando todo esto de forma tan alegre si no fuera por la enseñanza sacada, la esencia de todo este proceso: lo hemos conseguido porque nos hemos apoyado, porque hemos colaborado unos con otros, padres con hijos, hijos con padres, amigos con amigos, personas con personas. Unos pusieron una mano y otros pusieron otra. Siempre había alguien para ofrecer algo y alguien para recibirlo. Nada hemos recibido de los gobiernos de turno, y sí mucho de la sociedad civil que se ha movilizado para demostrar eso tan manido de que el pueblo unido jamás será vencido.

Ahora nos tocará enfrentarnos a retos mayores. ¿Qué haremos con esa enseñanza? ¿Volveremos de nuevo a la vorágine del consumismo, a ese ciego materialismo que casi nos engulle, o desplazaremos nuestros valores y principios hacia metas más reconciliadas con el ser y el establecimiento de un orden más justo y equitativo? Mi deseo personal es poder contribuir a esto último. Recordar en la memoria colectiva la necesidad del apoyo mutuo en contra de la competitividad desbordante. Memorizar la necesidad de la grandeza generosa en contra del egoísmo incipiente. Desbordar con ejemplos vivos la fortaleza de la cooperación en contra del individualismo y la mezquindad. De ahí que espero estar a la altura en los próximos años y ser un buen ejemplo de todo esto. ¿Qué podría hacer sino en los consiguientes años de vida útil? Sólo dependerá de nosotros y de nuestra actitud que el bien esté ya muy cerca y que además, tengamos la fortaleza y la lucidez para poder compartirlo. Que así sea por muchos años, o al menos, hasta la próxima crisis.

(Foto: Hoy ayudando a Laura Fernandez Giner en su nuevo centro de masajes en Sarria. Puertas que se cierran para permitir abrir otros portales… ¡¡¡Suerte Laury!!!! Que tus manos sanen muchas almas).

Hacia un nuevo estilo empresarial


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Muchos amigos dicen que mi pequeña editorial no tiene categoría de empresa. Que más bien es otra cosa, difícil de definir y más difícil aún de describir con certeza. La Comisión de la Unión Europea sugiere la siguiente definición para empresa: “Se considerará empresa toda entidad, independientemente de su forma jurídica, que ejerza una actividad económica. En particular, se considerarán empresas las entidades que ejerzan una actividad artesanal u otras actividades a título individual o familiar, las sociedades de personas, y las asociaciones que ejerzan una actividad económica de forma regular”.

El término se aproxima algo a lo que en 2006 creamos de forma un poco díscola y desordenada. En los primeros años llegamos a ser cuatro socios capitalistas, porque algo de capital se puso para poder poner en marcha tan semejante locura. No fue mucho pero lo suficiente para empezar a tejer sueños. Al principio era todo muy artesanal, casi familiar. Uno de los socios se encargaba de diseñar las portadas y yo, de forma muy rudimentaria, aprendía a hacer una web y a maquetar libros. Luego, al ver que la cosa iba en serio, llegaron nuevos socios y amigos que quisieron apostar por el proyecto.

En los primeros tiempos nos reuníamos en una finca con todo lujo de comodidades. Era antes de la crisis. Las reuniones tenían un tono casi festivo, siempre de buen humor, tomándonos el proyecto más como un entretenimiento que como algo realmente serio. Luego llegó la crisis y hubo silencio y diáspora. Los socios desaparecieron y me quedé sólo y desnudo con la romántica idea de seguir adelante a pesar de todo.

Este verano tuve un bajón “empresarial”, uno de esos que de vez en cuando te dan cuando ya no sabes si seguir con el proyecto o venderlo al mejor postor. El problema de esta humilde aventura es que a nadie de Silicon Valley le interesa. No me iba a hacer millonario vendiendo una editorial en plena crisis del sector. Sin embargo, cuando lo intenté, algo diferente pasó fuera y dentro de la misma, incluso fuera y dentro de mí mismo. Me di cuenta de que todo lo que durante años habíamos creado tiene un “valor”.

Mi amigo tiene razón cuando a este proyecto que ya ha editado más de cien libros en ocho años no se le puede llamar empresa. Recuerdo cuando trabajaba desde Alemania, en aquella bucólica granja de caballos creando Nous, el segundo sello editorial. Recuerdo también cuando vivía en aquella hermosa casa de diseño que aparentaba albergar a un joven empresario de éxito y en cuya terraza ideamos el tercer sello, Welton, que murió al poco de nacer. Realmente aquel aparente triunfo lo hubiera sido si los escrúpulos de un humanista no hubieran sido más fuertes que las decisiones empresariales. En tres ocasiones perdí la oportunidad de hacerme con bastante dinero con tal de seguir eso que llaman principios o valores. Es lo malo de conjugar romanticismo con empresa. O quizás lo bueno de empezar a creer que otro tipo de modelo empresarial es posible. Empresas con alma, entidades con valores.

La editorial siempre ha sido de alguna forma itinerante. Ya ha tenido más de seis sedes sociales y parece que no termina de encontrar, como su creador, un lugar donde descansar en paz.

O quizás estemos ante un nuevo fenómeno de empresa, un nuevo modelo rompedor que tiene más que ver con las nuevas tecnologías que con las antiguas creencias empresariales. Cuando observo con detalle mi nueva mesa de trabajo, un tablón de madera anclado en la parte norte de esta pequeña pero hermosa caravana me pregunto si no estamos, sin darnos cuenta, creando una nueva forma de crear riqueza, un nuevo paradigma a la hora de tejer otras maneras de entender el capital y el lucro.

Quizás ahora pueda parecer ridículo o incluso cómico el estar trabajando en una mesa de caravana. Pero no lo es tanto si pensamos eso de que grandes empresas nacieron en un garaje. O incluso el como ha evolucionado empresas como WhatsApp. Su creador, Jan Koum, de origen ucraniano llegó a Estados Unidos casi sin saber inglés. No terminó la universidad y durante años vivió ayudándose de cupones para poder comprar comida. Las oficinas de WhatsApp han pasado de estar en una pequeña sala dentro de la sede de una empresa de fundas, a ocupar un edificio de cuatro plantas en el centro de Mountain View, muy cerca de la parada del tren que recorre Silicon Valley. Nosotros seguiremos creando en nuestra humilde caravana… y quién sabe si el humanismo y los valores algún día consiguen triunfar en el mundo de la empresa.

(Foto: Mi humilde despacho en Mao Valley, en el centro neurálgico del proyecto O Couso).

Sobrevivir a la supervivencia


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Resulta inevitable posar la mirada en los acontecimientos del mundo. Ahora que oficialmente se dice que el cambio climático es una certeza, debemos preguntarnos muchas cosas con respecto a lo que somos y hacia donde queremos dirigir nuestra deriva. Según los expertos más optimistas, el cambio climático traerá consigo más pobreza, éxodos y violencia. La fragilidad humana podrá resumirse en su capacidad de reacción –radical e inexorable- hacia aquello que suponga un cambio real en su caminar planetario.

Estos han sido unos años duros en los que la supervivencia de muchas personas y colectivos se ha visto mermada hasta llegar al final de su ciclo vital con el cierre o la desesperación. Sobrevivir a las crisis financieras de occidente parece ser algo importante para aquellos colectivos que desean fortalecer su presencia futura. Si la crisis climática resulta algo global, la crisis financiera parece ser tan sólo un coletazo más del propio naufragio común.

Han existido esfuerzos de todo tipo y sacrificios que se han añadido a todo este cúmulo de incertidumbres. En los estados y empresas, la reducción de la deuda como una constante, la venta de activos aunque esto repercutiera en pérdidas, la reducción de sueldos y dividendos, la reducción de costes de estructura, la reducción o desaparición de socios estratégicos… Y luego las familias, que han tenido que conformarse con perderlo todo y empezar su propio éxodo hacia la pura supervivencia sin mayor perspectiva que la de aceptar la situación y sobrellevarla lo mejor que se pueda.

En nuestra editorial nos hemos reinventado constantemente, especialmente por la triple crisis que hemos vivido: la financiera, la del libro y la de los productos digitales. Hemos asistido al cierre de decenas de distribuidoras y librerías que en nuestro caso han supuesto pérdidas superiores a los cien mil euros no recuperables. La incertidumbre sigue porque aún no sabemos si al sector editorial le ocurrirá lo mismo que al sector musical. Aún así, es admisible pensar que la crisis no es tan sólo editorial, también lo es cultural y espiritual. Y digo espiritual porque a pesar de que cada vez hay más gente que se aproxima a todo tipo de analgésicos de lo espiritual, a veces se tiene la sensación de que se trata de soluciones epidérmicas que distan mucho de un cambio real del individuo y de una aproximación real a las moradas interiores.

En lo material y pragmático podemos poner algunos ejemplos personales. Empezamos reduciendo sueldos. En mi caso, pasé de ganar casi la mitad de lo que ganaría cualquier gerente de cualquier empresa media a ganar la mitad de la mitad. Esto hizo que las oficinas y el gran almacén que teníamos pasara a ser una venta de activo con pérdida y que la nueva oficina estuviera integrada durante al menos unos años en mi propio hogar, o más bien viceversa. También tuvimos que adaptarnos tecnológicamente para soportar los nuevos retos digitales. Cambiamos de web y pudimos por primera vez vender libros digitales. Asumimos casi todos los trabajos que antes externalizábamos al menos hasta recuperar fuelle y lograr así tener más circulante para poder asumir los gastos mínimo de estructura.

A nivel global, la reducción de sueldos, la eliminación de puestos de trabajo y el recorte en derechos y conquistas sociales no ha hecho más que empezar. Todo han sido fórmulas matemáticas para intentar que los números acompañaran a la supervivencia. Pero hay algo que no estaba en las fórmulas que se enseñan en los planes de economía y gestión empresarial: el entusiasmo y la constancia. La tozudez, acompañada de grandes dosis de optimismo han hecho que el barco circulara incluso en las más terribles circunstancias. El reformular a cada paso todas las constantes vitales de la situación para adaptarlas a cada nuevo escenario ha sido fundamental para la supervivencia. El sacrificio, la fe y la esperanza han hecho el resto. La pérdida y el desapego han sido parte de la clave.

No sé si esta fórmula sencilla sirve en el largo plazo o es extrapolable a la situación global. La humanidad, en su conjunto, requiere reformular sus valores y su vida cotidiana. Serán necesarios muchos más sacrificios globales para empuñar el reto de la supervivencia colectiva. Pero también fe y esperanza para que surjan efecto los cambios pactados. No sabemos en nuestra ceguera y circunstancialidad hacia donde vamos ni qué ocurrirá en las próximas décadas. Pero sin duda lo epidérmico se desmoronará irremediablemente para dar paso a un nuevo orden de cosas y de sentires.

Seguimos aún en crisis. Seguimos aún sin ser conscientes de que la verdadera crisis está por llegar. Quizás todo esto no ha sido más que una preparación para lo que viene. ¿Estaremos preparados para el cambio? ¿Y lo estaremos para profundizar aún más en nuestras propias moradas interiores?

 

 

La difícil tarea de crear sueños


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Es evidente que todo tiene un precio y el viejo proverbio castellano de que lo barato sale caro es bien cierto. Al menos eso es lo que siento cuando, brocha en mano y escalera en pie, me subo a pintar y pintar paredes sucias, de un rojo desgastado por los vicios que antaño albergaba el lugar, y siento como la espalda se queja, mitad de agotamiento y mitad de esa genética que a veces no ayuda. Pero soy tozudo, a veces insensatamente tozudo, y no me gusta dejar las cosas a medias, no importa la hora que sea o la intensidad del dolor o la complejidad del sueño.

En el fondo, a pesar del agotamiento y el cansancio hay cierto ánimo de satisfacción. Hace años aprendí que muchos empresarios hacían su milla de oro de mil maneras. Recuerdo que alguien me decía que cuando hacía un negocio iba al banco o buscaba inversores, pedía el dinero necesario con un margen razonable para poder subsistir uno o dos años y luego, si el negocio iba bien o mal ya eran cosas del azar. Si iba bien siempre podía venderlo y sacar su plusvalía y si iba mal, los que perdían eran en todo caso los inversores o el banco.

Si fuera uno de esos empresarios a la antigua usanza seguramente antes de emprender la tarea de abrir una nueva línea de negocio, por ejemplo la nueva librería Dharana o el sello de “coedición” Phylira en el que ya llevamos unos meses trabajando y que estará muy pronto en funcionamiento, seguramente hubiera realizado un hermoso business plan cargado de optimismo y números mareantes y hubiera buscado inversores a quién venderles la idea para que ayudaran en el mismo. Haciendo cuentas, quizás hubiera necesitado para ambos proyectos algo más de sesenta mil euros sin contar sueldos y salarios para los próximos uno o dos años. Pero las experiencias pasadas y los tiempos que corren me hacen pensar y actuar de forma diferente.

Sólo de pensar en esta idea se me revuelve algo por dentro. Quizás sea porque hace ya algunos años intenté inculcar en mi vida las virtudes que Benjamin Franklin nos dejó, especialmente la quinta que habla sobre la austeridad: “sólo gasta en aquello que te beneficie a ti o a otros. No malgastes el dinero”. De ahí que en aquella revelación de aquel tiempo decidía quitarme todas las tarjetas de crédito, todos los préstamos y todas las deudas contraídas en los tiempos de bonanza y practicar en medida a veces extrema la austeridad, al menos hasta poder estar limpio de deudas. Si me permitís el autopiropo, quizás pueda presumir de ser un empresario atípico que viaja sin tarjeta de crédito, que duerme en el coche en vez de en lujosos hoteles a cargo de la empresa y que emprende nuevas aventuras empresariales sin créditos, sólo con las plusvalías que el propio negocio reporta.

Por eso estos días he preferido contar con la inestimable ayuda del gitano Jesús para que me ayudara a limpiar el local o la del simpático y trabajador rumano Illie para que me ayudara con la fontanería. Lo demás, brocha en mano, sin business plan, con terrible dolor de espalda pero con optimismo y alegría interior a prueba de bombas, lo hacemos nosotros, dándolo todo hasta que veamos el fruto del trabajo duro.

Cuento esto porque el otro día alguien se quejaba de que tenía cincuenta años, de que no encontraba trabajo y de que le resultaba difícil pensar en qué hacer. Quizás si pensamos con la mentalidad de antaño, de buscar una línea de negocio basado en un business plan meticuloso inflado hasta la médula para salvar una situación cualquiera a base de crédito la cosa no funcione. Algo que antiguamente pudiera costar sesenta mil euros quizás con un poco de imaginación, coraje y brocha en mano no llegue a los dos mil euros (670 euros es lo que llevamos gastados en la reforma del local y ya lo tenemos casi listo a la espera de los últimos remates y la compra de estanterías ikeanianas). Lo demás, ya lo sabemos por experiencia, hay que echarle mucha imaginación, mucha paciencia y sobre todo dejar que el tiempo juegue su papel preciso para que podamos cosechar en la correcta estación los frutos de lo ahora sembrado. Crear sueños es una difícil tarea, pero está dentro de los mundos posibles. Y lo que apasiona de este pequeño sueño es que forma parte de uno mayor que, además, pretende beneficiar a todos.

Pd.- Os dejo las trece virtudes practicadas por Benjamín Franklin por si os sirve de inspiración:

1. Templanza. “No comas hasta el hastío, no bebas hasta emborracharte”.

2. Silencio. “No hables si lo que dices no beneficia a otros o a ti mismo. Evita conversaciones triviales”.

3. Orden. “Permite que cada cosa tenga el lugar que le corresponde y que cada asunto cumpla su momento”.

4. Determinación. “Decídete a realizar lo que deberías hacer y realiza sin fallas aquello que decidiste”.

5. Austeridad. “Sólo gasta en aquello que te beneficie a ti o a otros. No malgastes el dinero”.

6. Diligencia. “No pierdas el tiempo, úsalo siempre en algo útil. Evita toda acción innecesaria”.

7. Sinceridad. “No recurras a engaños lastimosos. Piensa justa e inocentemente, si hablas, hazlo acordemente”.

8. Justicia. “No injuries a otros, no omitas los beneficios que resulten de ejercer tu deber”.

9. Moderación. “Evita los extremos, no permitas que las injurias te produzcan más resentimiento del que merecen”.

10. Limpieza. “No toleres suciedad en tu cuerpo, ropa o habitación”.

11. Tranquilidad. “No te molestes por nimiedades, o por accidentes comunes o inevitables”.

12. Castidad. “Utiliza el sexo por salud o procreación, nunca hasta el hastío, por debilidad, o hasta injuriar tu paz y la de otros, o bien tu reputación o la ajena”.

13. Humildad. “Imita a Jesús y a Sócrates”.