A pocos días del reto


 

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© Julian Escardo 

Hoy me llega por mediación de un ser divino que un investigador citó mi trabajo desde la universidad de Austin, en Texas. En unos días defiendo la tesis doctoral y siento como los nervios se van apoderando poco a poco de todo lo que me rodea. Intento mantener el centro, pero los actores con los que me ha tocado lidiar en este tiempo desconciertan lo que debería ser un momento de aislamiento y reflexión. Debería tener la sangre fría suficiente para abandonar el barco durante diez días y centrarme con atención plena en lo que ahora me corresponde tras quince años de esfuerzo y trabajo. Estoy a diez días de una cita importante y ando achicando agua, intentando que el barco no se hunda, apagando fuegos para que no arda todo en mil pedazos. Intento no distraer mi mente con lo prescindible. Pero diez mil cosas se apoderan a cada paso de todo el escenario.

Llueve desde hace días y se presenta en las próximas horas un frente gélido y de más lluvia. También llueve interiormente, como si las emociones no pudieran ordenarse de forma tranquila, aún dolientes de un pasado que acabo de comprobar, sigue aún muy vivo. Vuelvo, tras la aventura de intentar avivar la llama del amor, a mi estado de cucaracha con cierta virulencia, sin muchos deseos de interrelaciones, sin muchos deseos de entrar en la complejidad astral de lo emocional. También con tristeza, con flojera, esperando no se sabe qué tiene que ocurrir interiormente para abrirme de nuevo a la vida y el amor. No puedo, lo admito, y lo reconozco con dureza, lanzarme a las torrenciales aguas del deseo. Hay algo que aún no está del todo resuelto ahí dentro, en las cavidades del infinito espacio interior.

Ando en un estado tamásico al mismo tiempo que intento manejar cada situación con calma y tranquilidad. Cuando crees haber apagado una llama aparecen cien fuegos más. Los examino uno a uno y me pregunto cuál es su significado profundo, qué tipo de pruebas aparecen en el camino para seguir aprendiendo. Recuerdo al bueno de Asís bajo la nieve, vestido con harapos, comiendo cualquier cosa, y eso me anima. El fue un buen ejemplo de que la constancia y el coraje pueden con todo.

Hace quince años no tuve la oportunidad, como ahora ha tenido el investigador de Austin, de citar ningún tipo de trabajo que tuviera que ver con mi objeto de estudio. De haber sido así, de haber tenido algún tipo de guía, mi marco teórico habría calmado un poco la sed de aventura. Pero me vi abocado a ir al campo de estudio, a dejar de un lado la antropología de salón y lanzarme de lleno a la experiencia etnográfica para abrir camino, para contar en primera persona algo sobre lo desconocido. Mi primer caso fue en las altas tierras de Escocia. Esa decisión marcó para siempre mi trayectoria. En ese viaje empecé a enamorarme del objeto de estudio y quince años más tarde, sigo en ese laberinto que yo mismo creé para fortalecer aún más un destino, al parecer, marcado desde alguna estrella.

Mercurio retrógrado surca los horizontes solares con unas espectaculares imágenes. Se nota que algo está sucediendo a todos los niveles. Siento esa sensibilidad y a veces me dejo arrastrar por ella. Llueve ahí fuera mientras observo que en la cabaña reine cierto orden. Tengo hambre y no he cenado nada. No creo que ya pueda hacerlo. Tengo que seguir trabajando en la defensa. Quince años de trabajo merecen una buena exposición, aunque luego sólo sirva para que alguien me cite desde Austin, en Texas. Aunque luego sólo sirva para abrir un pequeño camino en el mundo académico oscuro hasta ahora.

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El salto no existe


 

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En esta foto hay un universo entero difícil de describir. Maia, la niña-ángel, el ángel Geo y un humilde servidor del mundo angélico, discípulo directo de Uriel, protector de las tierras y los templos de Dios, habitante de uno de los nueve coros celestiales. 

Recibo una carta de amor. Amor es relación, así que cuando alguien te escribe estrechamente, incidiendo en las letras y sus sentidos, incidiendo en los paisajes y los recuerdos, el amor brota. Acompaña al texto juguetón y divertido un breve relato hermoso, escrito con bella prosa y paisajes vivos. Decía José Luis Sampedro que los personajes que utilizaba en sus novelas salen de uno, pero salen de uno después de conocer un montón de cosas. Carlos Onetti afirmaba que no podría escribir si supiera de antemano lo que va a pasar en sus obras. Los grandes escritores siempre son referentes a los que hay que atender. Uno siempre aspira a ser uno de ellos, aunque con el tiempo, uno se da cuenta de que la grandeza no tiene importancia cuando lo que realmente importa es dar vida a la propia vida desde un estado atávico, desde una consciencia cocreadora. Por eso he recibido con agrado estas letras, tituladas “El Salto no existe”, con las cuales me recreo y comprendo al referirme a ellas con un sí quiero.

Uno no necesita historias ni personajes porque la propia vida es un cúmulo de experiencias difícilmente ordenable cuando se acumulan una tras otras sin tiempo a pensarlas, a sentirlas. Tras unos días intensos y hermosos en el Valle del Tiétar aparecí de repente en una hermosa iglesia en el centro de Madrid, en la plaza de la Paja. Allí, en la capilla del Obispo, había un coro de ángeles que cantaban en misa de doce, atrayendo hacia nuestro mundo tangible las delicias del mundo intangible. Lo digo en voz alta porque si estáis en Madrid o Barcelona os recomiendo la visita.

La Comunidad del Cordero o la Communauté de l’Agneau, en francés suena mejor, es un grupo de monjas de orientación franciscana y dominica que predican la pobreza extrema. Las hermanitas del Cordero, como gustan llamarse, nos acogieron con un amor celestial. Cuando nos dimos la paz, nos abrazamos de tal forma que a la salida alguien nos advirtió del impacto que había recibido al vernos. Ese abrazo fue una especie de sello, una especie de alianza para intentar construir puentes indestructibles. No puedo contar mucho más de lo ocurrido posteriormente porque necesitaría un libro para relatar solo la intensidad de ese día, así que guardaré para la privacidad los acontecimientos y detalles de una jornada intensa, bella y profunda.

Volví alegre y feliz a la montaña, a los bosques, tras unos días inolvidables. Aquí me encontré la noticia de que mi ex, no dada por satisfecha con la sentencia desfavorable para todos, pero sobre todo para mí en el juicio por la cosa común, ahora me reclama un dinero. Respiré profundamente y sentí un poco de pena. Sin más. He decidido no pensar más en este asunto, dejar que los abogados hagan su trabajo lo mejor que puedan y que la vida nos ponga a todos en nuestro justo lugar. Las leyes humanas, tan diferentes a las leyes divinas, no podrán nunca quitarme el sueño. Así que cierro paréntesis, agradeciendo el desahogo necesario para que no surjan tumores ni enfermedades cuando las cosas se enquistan y no salen hacia fuera. Aquí todo se disipa, porque la escritura también es terapia, también es proceso sanador. Me da pena, un poco por ella, y también por mí, por esa facilidad mía de meterme siempre en líos donde no me llaman. Sólo le deseo lo mejor y su mayor felicidad a pesar de esta mancha que quedará siempre entre nosotros.

Tras la vuelta de Madrid han sido días de vértigo. Sin tiempo para nada, sin electricidad en las cabañas, con mil asuntos que resolver en la fundación, en el proyecto, en las secretarías que presido de diferentes instituciones, en mis obligaciones profesionales, como voluntario en el proyecto y con la defensa de la tesis a la vuelta de la esquina. Me agradó encontrarme entre nosotros al amigo Koldo. Ambos sabemos que la nueva tierra ya no necesita maestros, ahora necesita testimonios. Hablamos de la importancia de ser perseverantes en nuestro testimonio, con humildad, con alegría, sin esperar nada a cambio. Un mensaje, en los tiempos que corren, requiere testimonios de vida real, de entrega real, de búsqueda de la verdad mediante el contacto directo con la naturaleza, con el otro extraño, con la experiencia de vida.

Me encantó volver y estar de nuevo entre esta familia hermosa, con Koldo y José Luis como regalo, con el retorno de Helena y Joan, con la familia angélica que estas semanas nos acompaña. Maia sigue siendo ejemplo de virtud y alegría. Os acompaño una foto hermosa de esa niña que descubre en nosotros nuestra parte más bella y profunda. De las cosas más bonitas que han pasado junto a Maia, una de ellas es cuando ayer nos levantamos entre las nieblas propias de esta tierra y tras la meditación encontramos a la perrita blanca comiéndose los huevos de las gallinas. La pudimos atrapar tras un mes viviendo entre las cabañas y jugando al gato y al ratón para no ser vista. Al sentirse atrapada intentó escapar por alguna parte, pero al ver que no podía, se sentó tranquila. La llamamos y nos acercamos lentamente a ella hasta que se dejó tocar. Fue un amor a primera vista. Le dimos de comer, la llevamos al veterinario, la limpiaron, la desparasitaron y quedó hermosa y linda.

Ahora la perrita ya no se separa de nosotros, y creo que el destino quiere que nosotros tampoco de ella. El salto no existe. Creo haber entendido algo de la vida. Quiero creer que la vida puede ser abrazada desde mil formas, pero siempre con un bonito testimonio. Nos equivocamos, erramos una y otra vez, especialmente cuando estás vivo, especialmente cuando caminas y transitas mil universos en una sola jornada. Especialmente cuando amas, cuando te abres al amor, cuando deseas amar y ocurre, entre tinieblas y luces, entre montañas y bosques, el halo milagroso.

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Perseverancia


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Mi primera acuarela

Uno de los mayores éxitos de cualquier empresa es la perseverancia. Puede ser una empresa personal, un proyecto colectivo, un ideario de cualquier tipo. La perseverancia es lo que hace que una semilla caiga a la tierra, sea enterrada por los acontecimientos cósmicos y naturales y de ahí brote algo que años más tarde, tras cientos de avatares, se convierta en un gran árbol. Sembrar cualquier cosa es señal de convencimiento de que lo milagroso ocurrirá tarde o temprano.

Carmen me inició hoy al mundo mágico del arte, de la pintura, de la acuarela. Tenía un miedo atávico a enfrentarme a un lienzo. Sé que mi arte se desarrolla con soltura en la escritura, pero tenía dudas de que fuera capaz de enfrentarme a un lienzo en blanco. La iniciación de Carmen me condujo hacia un mundo que jamás había explorado. Me dio el pincel y me señaló el camino. Tímidamente hice un trazo y algo salió. Vencí el miedo y descubrí que a partir de ahora, todo lo que surgiera tendría que ver con la perseverancia. Mis primeras letras estaban cargadas de miedo. Ahora simplemente escribo sin importarme mucho el resultado. Persevero día tras día por si esto puede ayudar a cualquier. Y siento que a mí me ayuda, me sirve, me resulta útil. Gracias querida Carmen por este bautismo necesario.

Hoy asistíamos a una pequeña reunión de un grupo local que pretende dinamizar cultural y artísticamente la zona del Tiétar y la Vera. Siempre pienso que los encuentros no son fortuitos, que a veces se tejen encuentros que nacen de una malla invisible de interconexiones. Dos personas creían reconocerme y les hice la broma de que quizás me hayan visto en la tele. Lo malo de salir en algún anuncio televisivo, aunque fuera fugazmente, es que puede crear un recuerdo en el inconsciente que luego sale de alguna forma mediante la ley del reflejo. En este caso la broma era cierta, pero el origen del recuerdo siempre puede llegar a ser algo complejo. A veces sucede que los recuerdos no son del pasado, sino de acontecimientos futuros. O recuerdos del ser, que saben, casi a ciencia cierta, que hay personas que inevitablemente pasarán por tu vida.

Me gustó escuchar atento las iniciativas que se pretenden impulsar en un mundo rural sobreviviente durante muchos años gracias al cultivo del tabaco y el pimiento. El pimiento de la Vera y sus miles de secaderos y ahumaderos que configuran esta rica tierra son señas de identidad inequívocas. La agricultura abandonó las tierras y con ello todo ese conjunto de secaderos que alguna vez se construyó para dinamizar la zona. No deja de ser paradójico que los hijos y los nietos de aquellos que luchaban por mantener vivas las tierras y sus familias ahora, convertidos en neorurales, deseen potenciar un lugar increíblemente hermoso y plagado de peculiares explosiones culturales y espirituales. Algo está ocurriendo en esta zona.

Lo cierto es que lo que parecía iba a ser un fin de semana tranquilo y apacible, se ha convertido en un foco de nodos, encuentros y experiencias hermosas y profundas. Las personas se enriquecen de alguna forma cuando interaccionan unas con otras. La perseverancia en los ideales, en los proyectos, en la vida, hace que lo milagroso se manifieste a cada instante. Perseverar en el amor puede provocar que el amor se manifieste de la forma más inesperada. Perseverar en la vida hace que la vida se expanda y se vuelva intensa y única.

Venir a este valle a contribuir de alguna forma, aunque sea humilde, a esa perseverancia de un sueño que debe manifestarse es todo un honor agradable. Las ideas preceden a las formas, decíamos estos días. Las ideas hay que sentirlas, llenarlas de corazón y acción, provocar que tengan vida propia para que se precipiten y provoquen nuevas formas. Es un principio hermético. Luego las formas crean nuevas ideas y así hasta el infinito. La rueda de la vida en la que vivimos requiere visiones. Las visiones son un reflejo de todo aquella que opera en el mundo de los arquetipos. Cuando el arquetipo aterriza, se manifiesta en la forma, la vida se expande. Por eso las semillas caen del cielo hacia la tierra y allí, en la oscuridad cálida y doliente, se transforman para volver a alcanzar el cielo. Así es, como es arriba, es abajo, y viceversa. Perseverancia entonces en todo lo que hacemos, porque los frutos, tarde o temprano, se manifestarán como soportes inevitables de nuevas semillas, de nuevas formas, de nueva vida.

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Ser semilla


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La fecundidad vence a la muerte en toda comedia. La sátira representa la inversión de la épica. Lo primero es un viaje a la reclusión, lo segundo es un viaje hacia la libertad. Hoy ha sido un día de comedia, de sátira y de épica. Amanecí con un gran dolor de espalda debido a un mal gesto mientras ayer arrastrábamos un gran tronco pesado. La situación desastrosa duró todo el día. Diciembre se aproxima y hay mucho por hacer antes de que vengan nuestros invitados. Al menos llegaron las estanterías puntuales. Pudimos sacar todos los palés de libros y ordenarlos en los estantes recién montados. Terminamos la épica ya muy tarde, con la espalda casi molida de arrastrar libros, de colocar cajas, de amontonar montones de sátiras en espacios limpios y ordenados. Al menos conseguimos un rincón seguro y bonito, acogedor y esperanzador para protegernos del frío.

También llegaron por fin las pizarras. Con dos meses de retraso, pero llegaron. Las miraba una a una. Todo un dineral invertido para proteger durante las próximas décadas el tejado ya casi terminado. Sólo un último esfuerzo antes de que lleguen las lluvias, y las nevadas y el frío. Un último esfuerzo que aún queda por resolver cómo se hará. Y esta semana llegarán también unas nuevas baterías. Ojalá eso nos permita trabajar hasta que las fuerzas nos abandonen. Me enorgullece poder trabajar desde una pequeña cabaña. Se acaba de ir la luz y no se cuanto más podré escribir. Pero guardo en mi corazón la generosa aportación para que la luz vuelva de nuevo.

Hoy vino también el aparejador. Parece que hoy fue un día fecundo y vencimos a la muerte. El aparejador nos dio instrucciones para empezar a construir la Escuela. Todo se amontona. Mil frentes, mil batallas, un millón de sensaciones que no hay tiempo para ordenar.

En todo este circunloquio extraño me doy cuenta de que soy semilla. Moriré vencido en la tierra oscura y doliente y venceré a la vida cuando algo de todo esto germine. Aún no sé cómo será el fruto, aunque lo ideal es pensar que es algo que nunca sabré. Y ese pensamiento es un viaje hacia la libertad, porque sabes que el propósito es morir para que algo nazca. Todo tiene sentido en esa ecuación. Vencer la muerte no es más que ser generoso con la vida, darlo todo, morir semilla en la tierra. Mirando los cientos de libros editados, viendo el paisaje otoñal de este lugar impresionante, observando todas las almas que deambulan por este espacio, entiendo la necesaria posibilidad del sacrificio. La semilla cae a la tierra, muere en la tierra, y al morir, nace de nuevo la vida. Así con todo. La semilla lo da todo, se envuelve de generosidad para que se exprese la esperanza futura. El sacrificio es algo hermoso, liberador. La muerte en la cruz no simboliza dolor, simboliza esperanza, fe en la nueva vida.

Me gustaría deleitarme en este pensamiento pero mi viejo ordenador no soporta, como antaño, la falta de electricidad. Me marcho a dormir con un inmenso dolor de espalda. Mañana será otro nuevo día. Mañana brotará un manto cálido de efervescente posibilidad.

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El azote del viento


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El viento azota fuerte las copas de los árboles. El ocaso ha terminado con las últimas lágrimas de sol y los rayos, ausentes, deambulan por el otro lado del mundo. Aún puedo distinguir la línea del horizonte, las montañas al fondo, el bosque aquí dentro. Hoy salió el sol y posiblemente las baterías mantendrán algo de electricidad un par de horas más. Luego la noche total, el silencio, el apagón que termina con todo lo que tiene que ver con lo humano. Luego el viento y su azote. Se apaga lo humano y se enciende el lado salvaje de la naturaleza. La oscuridad, el flujo mistérico, los animales del bosque que deambulan de un lado para otro, la soledad y los sueños, de nuevos repetitivos, de nuevo errabundos. La vida manifestada, invisible, palpitante.

Los caminos están plagados de setas. Como hay mucha humedad, las hermosas y vistosas salamandras inundan sus orillas. Hay que caminar despacio entre el crujir de las hojas del bosque para no pisar ninguna. Hay un perro blanco, hermoso, tímido, que se ha instalado al lado de la cabaña. Me cruzo con él e intento hacerme su amigo, pero las alianzas son complejas entre especies que no se conocen, entre seres que acaban de compartir saludos ajenos. Siempre hay miedo a lo desconocido. Por eso nos aterra el ciclo de la vida. Por eso tememos a la muerte.

Son las ocho de la tarde y me acuerdo que tengo que cerrar los patos y las gallinas en el corral antes de que algún zorro se de el festín. Dejo de escribir y me lanzo corriendo hacia el otro lado de la finca. Quizás cuando vuelva ya no tenga electricidad. Las viejas baterías están estropeadas y no dan mucho de sí. Me arriesgo. Lo primero es lo primero, mientras pienso que debo afrontar el invierno de forma diferente si nos quedamos de nuevo sin electricidad. Llevar una empresa y una fundación desde una cabaña no es fácil. Tiene su parte bohemia y romántica pero también sus complejidades. Una heroicidad, o una locura. Lo pienso mientras azota el viento y la vida sigue su curso.

Acabo de volver. Aún hay algo de luz. La gata Meiga ha entrado en la cabaña y posa su cabeza entre la almohada y la ventana, mirando el ocaso. El recuento ha sido perfecto. Diez gallinas, un gallo y dos patos. Echo en falta a los pavos, especialmente a la pava bizca. Le había cogido un especial cariño. Pero este lugar parece que no fue creado para pavos. De hecho, este lugar solo fue creado para valientes, locos o héroes… Yo estoy entre los segundos y eso me llena de cierta soledad que intento desahogar con paseos o escrituras o mucho trabajo. Las tareas del día a día nos distraen, las obras avanzan despacio, pero avanzan. Siempre hay mucho por hacer. San Francisco tenía una gran obra por construir. Ahora entiendo de cerca lo que deseaba transmitir. Es la humildad ante los elementos, también ante lo más elemental de la vida. La supervivencia te hace ver la existencia de forma profunda y dócil. Aprendes a inclinarte, a arrodillar todas tus creencias ante la inmensidad, ante el infortunio, ante el halo mistérico.

La escritura me fascina y la disfruto. Me gustaría dedicarme solo a escribir. Esta combinación de letras y palabras que vienen acompañadas de cierta energía, de cierta emoción, de cierto pensamiento y a veces, incluso de cierta alma. Me gustaría poder vivir abiertamente de la escritura. Editar algún libro, porque me fascina ese trabajo de escribano, de monje medieval que intenta rescatar los clásicos antiguos para que se transmita el conocimiento de generación a generación. La sabiduría perenne sigue llamando a mis puertas como antaño. Pero es una tarea ingrata, compleja, difícil. Para sostenerla los antiguos monjes tenían que labrar la tierra, cuidar de los animales, hacer el pan y rezar mucho para que Dios no descuidara la inmensa labor de proteger el misterio. Mi tarea es parecida. Tengo que editar diez libros ajenos a mi sentir para poder salvaguardar uno que requiere una dimensión espiritual diferente. La cultura ha sobrevivido a lo largo de los tiempos por ese rango de sacrificio que requiere soportar lo material bajo el prisma de lo intangible. Lo espiritual requiere de soportes ajenos a su dimensión profunda, hasta que llega el momento de espiritualizarlo todo. Entonces lo vulgar se vuelve sagrado y lo ordinario extraordinario. Entrar en lo milagroso por la puerta estrecha requiere de mucha disciplina, de mucho sostén y fortaleza interior, de mucha capacidad para soportar los envites de la ceguera. Te quedas sin luz, y de repente no sabes cuanto aguantará la batería del viejo ordenador. Es evidente que cuando en los monasterios se quedaban sin velas la catástrofe podría ser inmensa. En invierno los días son cortos, y la tarea siempre es más compleja.

Por la tarde fuimos a pasear y nos tumbamos en la hierba, en el prado de las hadas. Allí hablábamos sobre el amor. Por dentro sentía ganas de enamorarme. De la vida ya lo estoy, pero sentía ganas de ensanchar de nuevo el pecho, de inflarme por dentro hasta levantar dos palmos mi cuerpo sobre la tierra. La soledad tiene sus cosas buenas, pero la locura de estar enajenado por otro ser es algo que no tiene precio. Hoy sentía deseos de primavera, a sabiendas de que la primavera pasada se frustró el intento de volar un poco más alto y de que las futuras serán posiblemente meras ilusiones. Pero hace frío y el invierno acecha. Viento, hoy azota mucho viento y las copas de los árboles resuenan con fuerza. Así es el otoño en los bosques. El aire despoja y desnuda a toda la naturaleza. Solo permanece lo perenne. Como la sabiduría que estoy obligado a proteger, promover, divulgar. Contra viento y marea.

Por dentro todo está bien hilado. Siento que las vidas se conducen por un camino oculto, invisible. No podemos gobernar del todo los acontecimientos invisibles, pero sí podemos intentar entenderlos. Hay un gran plan universal que nos espera, que está deseoso que nos entreguemos a su causa mientras se teje con sutiles maravillas. Es cierto que nuestras distracciones cotidianas nos impiden ver esa gran belleza, esa oculta brillantez, pero persistimos. Sólo cuando miro al bosque y observo el balancín de las copas de los árboles en el ocaso mientras suena algo de música sacra en esta humilde cabaña puedo entender ese hilo misterioso. Persistir, era tras era, es lo que nos lleva siempre a tan arraigada disciplina.

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No os olvidéis practicar la hospitalidad


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La puerta estrecha de O Couso. Por aquí entran y salen verdaderos seres angélicos…

“No os olvidéis practicar la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles”. (Hebreos, 13-2)

Las noches ya son frías. Cinco grados de máxima. Cuando el termómetro baja de los diez enchufo la estufa unos minutos para calentar la cabaña antes de acostarme. Los días son cortos, lo cual genera que las viejas baterías no den suficiente luz y a las nueve ya no tengamos electricidad. Nos resignamos. Así son los otoños. Así será el largo invierno, un tiempo donde estaremos más dentro que fuera, más en contacto con la levedad de la luz que nos atraviesa, fina y delgada, invisible.

Esta mañana éramos puntuales a la meditación. Las meditaciones son nuestro mayor soporte para superar los días complejos como los de estos días difíciles. Allí la mente se calma, el espíritu nos posee por unos instantes y nos susurra palabras de aliento y ánimo. Luego cantamos un poco. En la ermita ya empieza a hacer frío, pero los cantos destemplan los ánimos. También los veinte minutos de yoga, que suelen hacerse con deseo de calentar los cuerpos. Los monjes de antaño creaban sus propias rutinas para albergar en sus corazones la esperanza del reino de los Cielos. Nosotros nos arraigamos a la fe para que el Cielo se manifieste cada vez más en nuestros corazones. Sentimos una llamada inequívoca, y esa llamada responde a un eco que proviene de aquello que no se puede nombrar, de aquello que brota como un manantial puro en nuestras almas.

Hoy el reto era conseguir abrir un hueco en la dura pared de piedra para colocar una antigua chimenea en la habitación que estamos habilitando con urgencia para refugiarnos en invierno. Estuvimos cinco horas sin parar de sacar piedras, colocar los tubos y hacer que la estancia recibiera los primeros calores de leña. Ha sido emocionante ver como el esfuerzo ha merecido la pena. El hecho, nuevo para nosotros, de que exista una familia con una hermosa niña de seis años nos anima a buscar las mayores comodidades posibles.

La niña es un ejemplo para todos. Cualquier otro niño estaría llorando todo el día, quejándose ante la adversidad excepcional que estamos viviendo en estos tiempos. Pero ella siempre sonríe y nos anima a seguir adelante. Ha cogido la guía y la batuta para que el ánimo no decaiga. A veces me quedo mirándola y su sonrisa, sus bromas, sus ánimos, me resucitan. Su gran ejemplo supera cualquier expectativa. En vez de estar en el colegio la vemos achicando agua, ayudándonos con la chimenea, apoyando cualquier tarea desde la alegría del trabajo, cocinando para todos. ¿Cómo es posible que una niña de seis años que nos supera en inteligencia y voluntad tenga esa capacidad de esfuerzo y servicio, de alegría y serenidad con toda esta desesperante situación?

Esta casa de acogida que estamos construyendo entre todos merece la pena. Es cierto que al no olvidar practicar la hospitalidad, aunque sea en estos momentos primitiva, rudimentaria, humilde y poco acogedora, estamos recibiendo ángeles encarnados que vienen a construir el nuevo mundo. Este lugar para ella será siempre un referente, algo que jamás olvidará. “El Xavitxu”, como ella me llama de forma cariñosa, está aprendiendo cosas que jamás pensaría que aprendería de un ser tan joven, al mismo tiempo que tan anciano. Ahora me doy cuenta de que este esfuerzo titánico que estamos haciendo por acoger día tras día a todo el que llama a las puertas tiene siempre su verdadera recompensa. Una recompensa que no se puede medir, que no se puede pagar con dinero. Me doy cuenta de que si no fuera por la economía del don jamás hubiéramos albergado en este lugar a seres tan luminosos como los que ahora nos apoyan, nos alientan, nos refuerzan.

Algún día esta casa será totalmente acogedora. Vendrán más ángeles y compartiremos momentos únicos embelesados ya no en las piedras que ahora debemos amontonar para reconstruir este lugar sino entre flores y jardines, entre bosques y atardeceres. Hoy alguien me decía que debía dedicar algo de tiempo a pasear, a disfrutar, a trabajar menos. Pero hay tanto por hacer que solo en este respiro epistolar, en estas cartas que se pierden en las nubes y cuyos destinatarios desconozco, puedo realmente descansar. Hay mucho por hacer, hay muchos ángeles a los que hospedar en los próximos días, mucho que inspirar. El Cielo desea manifestarse y nosotros deseamos empujar en esa labor. La casa espera ser de nuevo acogedora. Seguiremos achicando agua entre risas, sin lamentos, optimistas, cargados de fe, humildad y aliento. Seguiremos aprendiendo de esos ángeles que vienen para iluminar nuestros días oscuros, para hacernos creer que la luz siempre encuentra un verdadero hueco en nuestros pequeños corazones.

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La dignidad ante el valle de los avasallados


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Ayer quise estar en silencio. Lo de Cataluña me está dejando triste y sin palabras. También los fuegos que arden estos días dentro de mí. El día de hoy era complejo y difícil en lo personal y deseaba permanecer en serenidad. Ayer trabajé con música. Hacía tiempo que no lo hacía. Me empeñé en no llamar a un profesional y logramos la proeza de colocar un gran palo en el nuevo suelo del salón. Nos sentimos grupalmente orgullosos por ver como la unión hace la fuerza, y crea mundos posibles. Por la tarde me fui al “balneario”. Me recogí entre libros y en silencio, pensé sin hacer, sentí sin juzgar. La soledad fue mi aliada tras la jornada compleja que hoy me esperaba.

Por la mañana temprano felicité a Namada. Era su cumpleaños. El año pasado lo celebramos juntos en tierra de elfos, en un lugar encantado. Ella me salvó del abismo, me cogió de la mano en uno de los momentos más difíciles que recuerdo de mi propia vida personal y en el valle de Qumrán, en el hermoso desierto de Judea, junto a las costas occidentales del mar Muerto, en Cisjordania, cerca del kibutz de Kalia, me elevó hacia las alturas. Nunca olvidaré lo que aquella mujer hizo por mí. Puedo decir que me salvó la vida, junto a las fuerzas de otros seres que sostuvieron el frágil hilo que pendía en ese momento de mí. Mi mayor reconocimiento y agradecimiento, aunque ahora esté lejos, en otro laberinto, en otra experiencia consciencial y evolutiva.

Paradojas de la vida, la causa de toda esa derrota personal y esa deriva de náufrago que sufrí el año pasado tras una ruptura emocional con una persona que decidió desaparecer y desatender todo cuanto hasta ese momento habíamos construido juntos, se fraguaba hoy en un juzgado de primera instancia. Otra broma del destino. Así que me levanté temprano y me fui hacia los juzgados para intentar interpretar desde la serenidad todos los hechos que vendrían a continuación.

Aunque mi presencia en la vista previa no era precisa, quería dar la cara. Debo decir que sentí mucha vergüenza ajena por ver como unos señores vestidos de negro pueden juzgar y condicionar tu vida para siempre en eso que llaman justicia terrenal. No daba crédito a lo que mis ojos veían, pero intenté respirar profundamente porque había piezas de este puzzle que, más de un año después, aún no terminaban de encajar. Sin querer juzgar lo que se estaba juzgando, más allá de la tomadura de pelo que por la otra parte se rezumaba, respiré profundamente y me marché dirección al océano viendo tristemente como el producto de la cobardía y la huida podía llegar tan lejos.

Allí, junto al frío Atlántico, me esperaba una ex que considero como una hermana y que amo con cariño y profundo respeto. Estaba pasando por un mal momento y aunque hoy no tenía mi mejor día, sentí la necesidad de estar a su lado, pues recordaba fielmente cuando mis amigos estuvieron sosteniendo el hilo de vida del que hablaba antes. Intenté animarla, aunque sin mucho ánimo por mi parte, pero sabía que, otra vez paradojas del destino, debía estar abrazando y sosteniendo su dolor. Quizás porque en el fondo siempre deseé que mi otra ex hubiera hecho lo mismo conmigo cuando casi me hundo en lo más profundo del abismo. Quizás porque siempre soñé que cuando una relación se termina se tiene que entrar en el ámbito del verdadero amor incondicional, y tristemente observo que con algunas personas se puede y con otras eso resulta más que imposible. La rabia o el miedo a veces nos puede.

La vida es así, un todo indefinido. Una partitura incompleta, misteriosa, cargada de incertidumbre. Por eso no queda otra que arrodillarse ante el altar de la ignorancia, ante la liturgia de una vida compleja y arriesgada. No queda otra que ser humildes y esperar pacientes a que la vida ordene todo aquello que ahora no podemos entender. Por eso por dentro, realmente, a pesar del ánimo que pueda tener dadas las circunstancias que hoy debía afrontar, por dentro siento una gran serenidad y una gran paz interior. Una consciencia clara y firme, dispuesta a enfrentarse de nuevo a la derrota con la cabeza alta y la dignidad intacta.

Hicimos lo que pudimos y aprendimos. La avaricia de unos y la torpeza de otros lo juzgará el tiempo y la naturaleza misteriosa de las cosas. Mi torpeza ya está en bandeja, a la espera de juicio. La avaricia de la otra parte pesará para siempre en el colmo de su consciencia, de haberla. Así que llevaré la derrota con dignidad, con la cabeza bien alta, o como diría el poeta, iré a descansar con la cabeza entre dos palabras al valle de los avasallados. Ahora toca descansar, y seguir adelante. Un nuevo mañana surgirá, un nuevo mundo espera para poder ser abrazado. Seguiré en mis trece, cueste lo que cueste, y seguiré aprendiendo sobre la fragilidad humana, sobre nuestras sombras y miserias, sobre el ardor que nos unge y es capaz de mancillarnos. Pero también sobre la valentía, sobre la dignidad, la cual defenderé hasta sus últimas consecuencias. Sí, podría estar perfectamente en el valle de los avasallados, cansado y derrotado, pero no es así, ahora que pude recuperar el aliento del alma, mantengo la firmeza y la dignidad intactas.

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