Merece la pena compartir las tres joyas…


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Tras pasar la noche en un hermoso hotel en el centro de la capital califal, llegué tarde a la caseta de la feria. Me ahorré el viaje a la sierra y disfruté de un hermoso paseo y cena por la judería cordobesa con la amiga Dolores. Hablamos de mil asuntos, especialmente de la difícil tarea de supervivencia de alguien que se muestra irreductible ante las circunstancias, por difíciles que sean. Es difícil explicar en qué consiste el Camino del Loco, y porqué en ese camino no puedes estar aferrado a las diez mil cosas de las que habla el Tao. ¿Cómo explicar esta tarea de robar el fuego a los dioses para expandir la luz en la tierra? ¿Cómo dibujar en el mapa mental de la creación una imagen que viene de lo más profundo del cosmos? Es complejo, por eso, cuando a veces me veis rico o pobre, con cosas y sin cosas, recordad al Loco y su camino. No puedo aferrarme a nada excepto a la Obra alquímica de la reconstrucción del templo interior. De ahí los libros, de ahí los monasterios vestidos de modernidad, de ahí la necesidad de más luz y mayor desapego.

Nada más abrir la caseta, se acercó alguien y me saludó con gran admiración. Me recordó que fui uno de los fundadores de la logia que aquí sigue creciendo y que, además, sigo siendo el vicepresidente de la asociación de estudios culturales Maimónides, asociación que le da respaldo legal a la misma. Igual que en la editorial, en la logia me deben ver como alguien invisible, que viene del intramundo para proteger el misterio y que, por mi condición transparente, es difícil de ver, tocar y respirar. Supongo que al verme humildemente vendiendo libros en la caseta de una feria la ilusión se habrá desvanecido. Aún así, con los ojos iluminados, como si hubiera visto una especie de leyenda viva, compró con alegría la edición especial que editamos hace un año del mítico libro “El Misterio de las Catedrales”. Remiré el libro y recordé el supremo esfuerzo editorial que hicimos para poder editar esta obra emblemática de la alquimia y la hermética. Respiré profundamente mientras me daba cuenta de que el esfuerzo merece la pena. De que el trabajo Uno sigue adelante a pesar de todo.

Al poco rato se acercó una persona que conocía todos los libros azules. Una especie de mago local que pretende contagiar el amor por la sabiduría perenne. Admiró nuestro catálogo, especialmente por la increíble hazaña de editar los clásicos que nadie ya publica, y nuestro papel de guardianes de la enseñanza. Tras una larga charla recordando nuestro común recorrido rosacruz en Oceanside y nuestro común recorrido en Panillo y Ginebra, no tuve más remedio que regalarle nuestro libro estrella de AAB: “Sirviendo a la Humanidad”.

La poderosa obra continua. No puedo abandonar esta labor, no puedo dejar de hacer todo aquello a lo que fui llamado. No puedo dejar de compartir, desde la pobre personalidad, todo aquello que pueda inspirar a otros a seguir el camino del corazón, el camino mágico del alma. Sin mayor pretensión, todos somos llamados a realizar una abrupta tarea, siempre difícil, siempre ardua. Cuidar el jardín, sus flores y las bellas creaciones del universo requiere un gran esfuerzo, pero sin duda, merece la pena entregar la vida a un servicio más allá de nuestras necesidades personales. Desde la cultura, desde el conocimiento, desde la inspiración, desde el amor, desde la enseñanza, desde el compartir… Merece la pena expandir las tres joyas secretas por amor a la vida.

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El corazón de una paloma amanece en paz


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© Oleo “Campiña con charca”, de José Vicente Corona

Me desperté buscando a mi lado el calor de un abrazo. Oteé con la mano uno y otro lado de la cama pero a medida que mis siete cuerpos se iban entregando a la realidad, me daba cuenta de la ilusión de vivir separado del fuego, de los álamos verdes en los márgenes del río. Me duché para limpiar mi aura tras afeitar mi cara ahora sin pelos. Las cigarras cantoras aún no han llegado. Realmente hacía frío esta mañana. Desayuné taciturno y salí hacia el coche que aún sigue averiado y se para cada dos por tres en mitad de la carretera. La cara reparación no sirvió de nada y toca arriesgar. Al menos, el recorrido desde la sierra a la ciudad califal es bien hermoso a pesar de los sustos de la carroza. Montañas, campiñas, frutales, alamedas, el hermoso valle del Guadalquivir y todo tipo de animales muertos que yacen en las cunetas, señal de la riqueza de vida que por estos parajes se desprende. Me quedo absorto ante las bellas vistas que se derraman a uno y otro margen entre castillos y veredas hasta llegar a la ciudad omeya.

Aparco frente a la estación de tren y sus ruinas romanas, preludio de inicios y finales. Tengo que llegar pronto porque luego me espera un paseo entre jardines y huertas urbanas hasta llegar a la feria, en pleno centro, en la avenida del popular Gran Capitán. Voy haciendo mi camino absorto por la poesía del lugar, por el crepúsculo interior que bombea sangre con cierta melancolía y pena hasta llegar al número 32 de la feria del libro. Abro la caseta medio mojada por las lluvias primaverales y se abre ante mi la luz de los libros, relucientes, brillantes, únicos.

Al poco rato llega nuestro primer cliente. Trae consigo un libro envuelto en una de esas bolsas de plástico que tanto están contaminando nuestros mundos. Lo saca y desea devolverlo porque su lectura es demasiado compleja. Es “La luz del Alma”, de AAB, ¡ay el alma mía! Sonrío por dentro ante la paradoja. Llevamos cinco días de feria, la mitad de la jornada, y aún no hemos amortizado ni la mitad del precio de la misma. Ni siquiera la gasolina de haber llegado hasta aquí. Aún así no me importa. Persevero en el ánimo a sabiendas de que “La luz del Alma” tiene que seguir viva y sobre la mesa. Le devuelvo el dinero y promete volver para comprar algún otro libro, quizás un cuento o algo sobre relajación. Le miro la parte pituitaria izquierda y sé que volverá. Lo hace justo cuando escribo estas letras, a cual sincronía hermosa, y se lleva, por el mismo precio, “El punto de quietud”, de Ramiro Calle, prologado por este servidor hace ya un tiempo. Por curiosidad remiro sus primeras páginas y me encuentro una cita del yogui Ramana Maharshi: “en el debido momento sabrás que tu gloria está donde tú dejas de existir”. Me quedo mirando el mundo y recuerdo su doctrina de no dualidad, el atma-vichara, la indagación del alma, donde todos somos uno con la fuente primera, y por lo tanto, no hay separación posible.

Cuando saco la pequeña caja de caudales encuentro una nota en la mochila: “el corazón de una paloma amanece en paz”. Cojo la nota escrita en color verde con delicadeza y cariño. Me quedo mirándola y le digo mientras la abrazo: “gracias por curar la pobre melancolía”. Recuerdo entonces los versos de Machado: “Hermosa tarde, nota de la lira inmensa, toda desdén y armonía; hermosa tarde, tú curas la pobre melancolía de este rincón vanidoso, oscuro rincón que piensa”. Y entonces, abrazado a la nota verde, con su lenguaje verde y mistérico, siento la paz, y la unión, y el amor más allá de la separación. Y amanece en mí un corazón tranquilo, firme, convencido, de que las cosas siempre son trascendentales y de que la “luz del alma” ha vuelto para seguir iluminando esta caseta, sin separación posible, en la unidad de todas las cosas, incluso en la unidad de aquellas que partieron lejos, hacia el Camino.

Termino de escribir estas letras y mientras buscaba algo sobre Ayam Atma Brahma, se acerca una hermosa mujer y compra el libro “Amor es relación”. Otra hermosa sincronía. Como soy tímido no le digo que yo soy el autor, y ni siquiera tengo la cortesía de dedicárselo. Ella tampoco se da cuenta de que el hombre que aparece en la solapa del libro soy yo mismo, sentado frente a ella, mirándola con la devoción con la que un hombre puede mirar a una mujer hermosa. Sonrío por dentro por la magia de la vida. Y me dejo fluir por la gracia, deleitado por esa visión más allá de lo aparente. Recojo la nota verde y el corazón, de nuevo, se vuelve paz y amor.

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Ozú mi mae!


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El andaluz tiene una gracia exquisita y un arte elaborado a la hora de seducir. Los piropos suenan a camelia y las gracias suelen venir acompañadas de cierta musicalidad provocadora. Se puede decir algo grave sin entrar en la ofensa. Algo tosco puede, en la boca de un andaluz, convertirse en un halo de alegría y santidad. Lejos de las sobrias, cansadas y tristes figuras del norte, aquí en el sur reina la alegría por doquier. Sobre todo, el cachondeito, una especie de orgullo nacional donde la arrogancia se transmite en forma de broma. Si el orgullo norteño es rancio y violento en muchas ocasiones, aquí es suave, pero educadamente pasional. Puede ocurrir que por dentro uno esté triste, hasta que sale al sol, a la tapita y al vinito. Entonces las penas desaparecen con una “manzanilla”, la alegría se llena de chiste con “soleá” y lo vulgar se honorifica de forma pomposa y jovial con un “jamoncito” o un “flamenquín”. El Gran Poder custodia todo lo demás, así que no hay por qué preocuparse.

Hoy la lluvia, la soledad y el silencio han reinado en la feria, pero ayer fue una auténtica caravana de comensales que deambulaban buscando el elixir, el sabor de los libros, el paseo y el sol. El ministro de agricultura, solitario y taciturno, se detuvo ante nuestros libros en su caminar anónimo. Los miró con extrañeza. Incluso los eruditos en ciertas materias opinan que nuestro catálogo es extraño y peculiar. El ministro miraba uno a uno cada perla, luego me miró con cara extraña y se marchó con una sonrisa amable y dudosa. Los ministros son personas educadas y te miran y sonríen, aunque no compren nada y aunque no entiendan nada de arquetipos y cuerpos sutiles.

Oscar es nuestro mejor embajador en Andalucía. Todo el mundo en Córdoba conoce a Oscar, un editor de los pies a la cabeza. Así que ayer fue un carrusel de saludos y abrazos, de amigos y conocidos, todos cultos y profundamente satisfechos con sus vidas. Llegaron a pasar toda la corte de autores consagrados en nuestro modesto sello dedicado al rescate etnográfico de la cultura. Lo tangible y lo intangible se unieron. También estuvo con nosotros Beatriz, una autora cordobesa, joven, hermosa, que daba alegría a la caseta mientras que unos y otros miraban su belleza entre libro y libro. Pasaban personas y personalidades, esas que además de mantener un estatus homínido y social, tienen además algún tipo de logro personal que los hace destacar sobre el resto. Unos presumen de éxitos personales, de fincas y cortijos, de propiedades y títulos, de caballos y empleados. Nosotros, personajillos anónimos, presumíamos de nuestra aristócrata voluntad de subyugar la ignorancia a base de cultura y valores.

Recuerdo estas cosas mientras tomo un café en el centro, cerca de la feria, y veo por la ventana como un transeúnte rebusca entre la basura algo que comer. En una de las bolsas ha encontrado un trozo de croissant mientras en los bolsillos va guardando desechos aparentemente inútiles. Lo ha olido, lo ha probado y mientras compartía algún trozo con unas palomas, se engullía el resto. Esto me hace recordar que hoy solo he regalado un libro. Este pobre hombre compartiendo la mitad del croissant de la basura con las palomas y yo sólo he regalado un libro en toda la mañana. Eso sí, un gran libro: “Sirviendo a la humanidad”. Mientras rebusca habla solo y yo, mientras rebusco en mi memoria, escribo solo. No hay realmente mucha diferencia entre su locura y la mía, o por no ser egocéntrico, entre su locura y la nuestra, la de todos aquellos que andamos por la vida buscando cosas, acumulando cosas para luego presumir ante el resto de las mismas, aunque sea con gracietas jocosas o con cachondeito suave.

De todas formas aquí nada importa. Acaba de salir el sol, riqueza aurea, patrimonio etérico. La vida sigue mientras todos opinan musicalmente con ese hablar peculiar, característico e inconfundible. Todos tienen algo que decir en este concierto de voces. Aunque sea de broma, en broma, a veces echan piropos que te elevan el alma. El transeúnte se acaba de marchar alegre con su corte de palomas. Yo tengo que cumplir con el resto de la jornada libresca, a ver si vendemos algún libro y regalamos algún piropo o sonrisa. ¡Alegría! ¡Que estamos en el sur! ¡Que sale el sol! ¡Ozú mi mae!, que diría aquel.

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A ese fresno roto


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La cabaña en el invierno pasado

“El mundo se ha vuelto demasiado peligroso para cualquier cosa que no sea una utopía”. John R. Piatt

Subí de nuevo a los bosques. Tenía que repasar el segundo artículo de antropología pero no me concentraba tan rodeado de libros y estímulos del pasado. En otoño hubo una gran nevada que había partido literalmente por la mitad decena de árboles. Uno de ellos, un gran roble pegado a la cabaña, había caído justo encima del fresno que sembramos cuando empezamos a construir ese pequeño hogar. Aún no me siento con fuerzas de volver a la cabaña, pero quise, de forma simbólica, poner orden en sus alrededores. Todo aquello que se había doblado, como mi propia vida en estos meses, enderezarlo, como ahora hago con todo. Así que cogí la motosierra, y aunque se resistió a funcionar durante más de una hora, al final conseguí hacerla funcionar y empecé a hacer leña del tronco caído.

La sensación fue de liberación. Por fin los alrededores de la cabaña quedaban limpios y ordenados. Era un acto muy simbólico, pero también muy necesario interiormente hablando. Por dentro la cabaña había sufrido también sus propios avatares. En este tiempo personas pasaron por la misma y toda la decoración y mis cosas personales habían desaparecido. Los cuadros que traje de la India, la Bandera de la Paz de Roerich, la bandera de la ONU, los recuerdos de algunos viajes y toda mi ropa personal había quedado escondida en el baúl que rescaté de mi casa bauhaus de la Montaña de los Ángeles. Otras cosas desaparecieron supongo que para siempre, pero eso ya no lo sabré, porque con tanto recuerdo a veces resulta difícil echar alguna cosa de menos.

Entré un momento dentro y pensé que en esta primavera quizás podría intentar el salto a la misma sin que me saltaran las lágrimas. Ese lugar es impresionantemente bello y ahora albergo deseos de volver, aunque eso no quite el que continúe con mi año sabático. Pero mi alma respira de nuevo aliviada ante la tarea emprendida, el compromiso interior, la responsabilidad de seguir promoviendo y acompañando a las utopías. Realmente, fuera de la utopía, o mejor dicho, fuera de aquello que no sea lo que el alma tenga preparado para nosotros, resulta peligroso vivir. El mundo que no se ajusta a nuestra vibración interior, es un mundo delicado y resbaladizo. El asunto es poder sintonizar con nuestra particular llamada interior, comprenderla y ajustarla a nuestras vidas para darle sentido y ánimo.

Me quedé a comer y luego bajé al balneario para seguir trabajando con el artículo. Se me ocurrió, dado que ya tenía más de dos mil fotografías de mis últimos viajes, pasarlas todas al disco duro que poseo en la editorial. Ocurrió algo catastrófico. Al intentar pasarlas, todas las fotografías que guardaba desde junio del año pasado se esfumaron de repente. Más de dos mil fotografías de recuerdos impresionantes, de viajes inolvidables, de momentos únicos. También las fotografías de todo mi proceso de duelo y dolor, de posterior sanación y pervivencia. No me lo podía creer. Todos esos recuerdos borrados de la memoria digital y ahora solo existentes en mi pequeña memoria de cocodrilo. Nueve meses, justamente nueve meses, borrados para siempre.

Así quizás sea la vida. Quizás esos meses cargados de peligro debieron desaparecer. Quizás nunca debió existir tanto dolor y sufrimiento. Mejor así. Que solo queden recuerdos donde la sonrisa amplia sea la verdadera protagonista. Que solo quede la alegría y el resurgir de un mundo nuevo. El fresno quedó enderezado a pesar de haber quedado enterrado durante meses bajo tierra. Esperemos que sobreviva y reflorezca esta primavera. Esperemos que las fuerzas del alma vuelvan a su justo lugar…

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En la soledad del balneario


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Acuarela de J. M. W. Turner

Después de dos hermosas semanas en casa de una atractiva aristócrata he vuelto al balneario. La única condición que me impuso para estar en su casa era que guardara un estricto silencio y anonimato, conociendo mi facilidad para describir personas y paisajes. Eso hice con cierto dolor de estómago porque realmente deseaba relatar con detalle todo lo vivido. Pero hice caso y hoy me marché fiel a la promesa.

Lo bonito de tener amigos en todas partes del mundo es que puedes visitarlos y estar un rato con ellos. Al no tener coche, los ratos se hacen largos, como ha ocurrido esta vez. Ir a un sitio para estar unos días y terminar allí durante dos semanas a la vista de los exquisitos cuidados recibidos. Admito que la vida bucólica del campo tiene su belleza y te engancha cuando vives en un palacio con todas las comodidades del mundo y encima puedes pasear por los bosques y campos propiedad del anfitrión con toda libertad y desapego. La buena compañía, el trato amable, las risas y la complicidad hacen de la experiencia algo único e irrepetible. Hoy me despedía con cierta nostalgia de mi habitación, mientras por la ventana veía los caballos, los bosques, las montañas.

Tuve la suerte de tener hace tiempo una pareja baronesa, de la haute bourgeoisie, diplomática de profesión y con la que tuve la suerte de conocer la exquisitez de ese complejo mundo de las formas. Eso me ha permitido pasar dos semanas atendiendo a la elegancia que el lugar merecía, pero también me ha permitido, dada mi necesidad de romper esquemas, el poder bajar al barro, a la huerta o a las cuadras y atender las necesidades de la recogida de leña o estiércol sin que por ello se me cayera ningún anillo. Algunas horas de elegancia, especialmente intelectual, mezcladas con horas de auténtico fango. Todo un placer difícil de conjugar.

La elegancia y la propia mirada aristócrata era diferente a la que podía vivir y representar en mis tiempos de embajador consorte, donde tenía que ir, metro en mano, midiendo la separación entre cubierto y cubierto. Lo sublime de poder estar frente a personas de una excelsa inteligencia y una suprema distinción espiritual es que te hacen ver el mundo de diferente forma, te hacen apreciar la vida con un sistema de valores renovado, sin necesidad de aburridas medidas, pudiendo expresar desde el más absoluto caos verdades complejas. Te hace, de paso comprobar, que la riqueza interior puede venir acompañada de mil añadidos apasionantes que para nada incomodan al que los sabe apreciar. Así que hoy me marché, tras un periplo penoso, agradecido por la experiencia y la acogida, por las horas de conversación y las divertidas tardes de broma y alegría. Ya se echa de menos la bella sonrisa amable, la elegancia y esbeltez de esa alma noble a la que estaré por siempre en deuda.

Y ahora, tras meses sin pisar este tranquilo lugar, me encuentro de nuevo sumido en la soledad, recordando tantos y tantos viajes, tantas y tantas aventuras, tantos y tantos amigos que me han acogido y con los que he disfrutado mientras me sanaba. De nuevo solo, ideando ya el próximo viaje, la próxima aventura y con el convencimiento de que seguiré empeñado en tomarme este año sabático cueste lo que cueste.

Por suerte, y debido al trabajo intenso que estoy realizando a pesar de tanto viaje y ausencia, estoy saneando la economía de la empresa y estoy creando valor para el futuro. Eso me anima a seguir lejos de todo compromiso más allá que el que requiere mi trabajo y mi recuperación. Estaré por aquí unos días, repasaré las cientos de cartas que han llegado, pondré orden en algunos asuntos y me lanzaré de nuevo al Camino. Esta vez sin un rumbo fijo, de nuevo improvisando, tal vez hacia tierras del sur, buscando el calor amable de la primavera y la acogida de algún otro anfitrión. Andaremos y veremos. Esa es la consigna.

De nuevo agradecimiento a todos los que habéis hecho posible este periplo sanador y gracias por volverme de nuevo al centro que nunca debí perder. Aquí en el balneario todo parece tranquilo y en paz. Siento mucho agradecimiento y mucho amor por la vida. Ahora tendré tiempo de mirar de nuevo al horizonte mientras descanso en soledad e ilusión renovada.

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La vida al calor de los campos


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‘Usted necesita caos en el alma para dar a luz un inicio danzante.” Friedrich Nietzsche

Ayer paseando entre campos y bosques nos preguntábamos porqué la gente prefiere huir de este paraíso para asimilar la vida en la ciudad. Hablando con unos paisanos nos dábamos cuenta de la urgente situación del mundo rural. Lo cierto es que cuando esta generación desaparezca, los campos quedarán desolados. Por un lado, la naturaleza tendrá su oportunidad de medrar, de crecer a su antojo sin la intervención humana. Ayer mismo nos lo decían: antes no había tanto árbol. Seguramente, todo será próspero y florido en la vida salvaje que se avecina. Por otro lado, da pena pensar que estos lugares quedarán abandonados, solitarios, sin almas que puedan labrar sus tierras, disfrutar de sus frutos, admirar el calor del tiempo sencillo.

Es cierto que la vida en la ciudad tiene su encanto. Uno se siente satisfecho cuando va al trabajo, dedica parte de su existencia a realizar algo útil para los demás y vuelve a casa con la satisfacción del deber cumplido. Pero la satisfacción en el campo es otra. Tiene más que ver con la conexión primordial del ser humano con el calor que susurra la tierra, con el aleteo de las aguas de los ríos, con el sabroso aroma del viento cuando se cruza con un campo florido. Hay una ligazón que nos vincula con la vida cuando miras a tu alrededor y lo que ves es la expresión más salvaje de la existencia. Con mirada profunda, puedes ver como desde un irreconocible misterio, todo crece desde un cierto orden. Hay un equilibrio sensato que no teme seguir la existencia.

Los árboles parecen nostálgicos, siempre hundiendo la mirada hacia abajo con la misma fuerza con la que miran hacia arriba. Los cielos limpios y azules, las veredas verdes con su musgo florecido, las huertas preparadas para albergar el fruto y los sotos a punto de expandir sus ramajes hacia lo más alto. A veces puedes adentrarte en la espesura y observar en silencio el sonido del bosque. Algunos pajarillos curiosos se acercan para ver cuales son las intenciones. Otros prefieren huir ante la fama fundada de lo que somos. Cientos de animalillos recorren cada vereda, cada páramo, cada rincón encantado. Hay un inestimable calor en los campos.

Aquí, en los lugares abandonados de la historia rural, uno puede comprarse una casita de piedra por muy poco dinero. Con algo de ahorros, puede ir restaurando el lugar, volverlo habitable y vivir de lo que uno quiera. Con algo de conexión a internet y un poco de imaginación, uno puede dar rienda suelta a sus talentos. Al hacerlo, uno puede vivir arropado con pocas cosas. Si tuviera que marcharme lejos de todo y volver a empezar de nuevo, elegiría sin duda un lugar como este. Buscaría una tierra generosa, construiría de nuevo una pequeña cabaña y seguiría con mi labor tranquila, editando libros, escribiendo y ayudando en todo lo que pudiera para hacer de este mundo bueno, un mundo mejor.

Soy un chico de ciudad que nació en la ciudad y creció en la ciudad. Pero estoy, de nuevo, descubriendo la vida en el campo y no desearía alejarme de su calor. Es cierto que la vida en la ciudad tiene su encanto. Uno se puede sentir útil allí. En cambio, en el campo, uno se siente vivo, y en este inicio danzante nacido tras el caos, siento ganas inmensas de exprimir la vida y sacar de ella todo su encanto, todo su jugo.

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Imaginando mundos


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© Uwe Langmann

Me escribe gente empeñada en reinterpretar mi vida, imaginándola, diseñándola dependiendo de rumores, de lo que otros cuentan o de lo que otros imaginan a su vez. Resulta divertido ver como el rumor es capaz de construir auténticas realidades más allá de lo que realmente pueda estar ocurriendo. Por suerte, ese tipo de rumores ya dejaron de afectarme, y dedico más tiempo a construir mi nueva vida que a intentar rehacer lo que otros dicen, piensan u opinan. Necesariamente, en estos momentos donde cierta calma se apodera de mi, revivo la necesidad de seguir caminando, en lo bueno y en lo malo, pero con la cabeza bien alta para así poder otear el horizonte. Con una mirada conservadora, sin ganas de comprometer nada más allá del trabajo diario, de lo que cada jornada pueda ofrecer. Sin mayor compromiso que el de seguir poniendo orden en todo antes de volver a poner encima de la mesa la lámpara maravillosa.

De momento silencio, calma, tranquilidad, ir haciendo, sin vivir ya de los réditos del pasado sino más bien intentando construir un futuro sereno y sosegado. Tras más de dos semanas en las Tierras Altas de Escocia volví a Barcelona por unos días y de allí me exilié a un lugar tranquilo donde poder pasar unos días de reposo antes de continuar el periplo, sea el que sea. El lugar es secreto y anónimo porque así me lo pide mi anfitriona. La verdad es que la belleza única de este sitio tranquilo merece ser protegido y resguardado. A veces hay cosas que no se pueden contar por tabú. Otras, porque es mejor dejar que otros sigan imaginándolas a su antojo. De alguna forma resulta divertido poder ver como los mundos se entremezclan en el mundo de la fantasía.

Aquí puedo pasear, respirar tranquilo, sin agobios. En Findhorn cumplí con mi propósito y adelanté en unos días mi viaje por asuntos que ahora no vienen a cuento. Pero me marché satisfecho y feliz tras vivir una bonita experiencia con una encantadora familia. Ahora tengo una pequeña mesa, una habitación, comida abundante, noches largas donde poder descansar, silencio, paz, serenidad y buena conversación cuando se tercia. Aquí se puede, con aplomo y quietud, imaginar mundos. Pero no mundos fantasiosos donde cada cual pueda interpretar la realidad a su antojo. Más bien mundos que puedan ser excusa para declinar la realidad hacia uno u otro lado. Mundos cargados de detalles, de color, de brillo. Mundos donde cada poro de fantasía pueda suponer una excusa para su construcción. Mundos secretos. Porque ahora tercia cierta discreción, cierta tranquilidad, cierto sentido de lo esotérico a la hora de exponer las cosas. Mundos capaces de hacer vibrar los planos que se adentran en lo intangible.

Estoy bien. Desapegado de las experiencias. Sin expectativas ninguna, sin proyecciones extrañas. Simplemente fluyendo con el tiempo presente. Con la naturaleza inmanente de este instante único e irrepetible, sin saber si la continuidad dará paso a otras realidades. De momento sigo empeñado en mi año sabático, al menos hasta poner en orden todo lo desordenado que el año pasado nos trajo. Sigo empeñado en buscar el equilibrio perdido en todos los planos. Poco a poco, sigo avanzando y descubriendo cómo es posible sanar y ser sanado. Sigo imaginando mundos… claro que sí… Entrelazando mundos…

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