Morir para renacer


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Primero le enseñé cuatro cosas básicas para poder llevar la editorial mientras yo estuviera fuera. Había comprado un billete de ida pero no de vuelta, así que necesitaba a alguien que pudiera hacerse cargo de todo en mi ausencia y de paso, alguien responsable que pudiera motivarse con algo nuevo en su vida. Pensé que era un trueque justo para ambos. Subí al viejo coche y lo dejé para que los miembros de la comunidad tuvieran un medio de transporte. Luego le cedí mi cabaña, la que hasta ahora había sido mi casa, a una nueva inquilina. Entré con ella para darle algunas instrucciones, pero no pude estar mucho tiempo. La triste emoción de abandonar ese lugar pudo con mi entereza. Allí habían nacido ilusiones, sueños, promesas. Y allí mismo había que enterrarlas. Interiormente sentía que no podría volver a habitar ese lugar. Demasiados recuerdos, demasiadas ilusiones que se fueron cayendo una por una. Ni pareja, ni familia, ni hijos, ni nada que pudiera construirse ya en ese hermoso hogar. Así que me fui con el lagrimal tembloroso y decidí hacer los cinco kilómetros que me separaban de mi pequeño refugio invernal a pie.

Esta es la nota triste de la historia, del desapego, del entierro simbólico de un pasado que ya no está, que ya no sirve y ya no se puede cambiar. La nota alegre es que hoy estoy subido a un tren dirección Barcelona. Pasaré, por primera vez en muchos años, las fiestas de Navidad con la familia. Para mí es algo nuevo, una reconciliación con los ancestros, un cambio de paradigma, un perdón por tantos años de ausencia. Pero también la necesidad de cambiar por dentro, de erigirme como un hombre nuevo, con una versión renovada de mí mismo. Eso no es fácil porque el escorpión no puede cambiar su naturaleza, como decía la parábola. Pero soy luchador y quiero esforzarme, quiero ser mejor. Han sido unos meses difíciles donde la experiencia me ha puesto en frente de mi peor versión, de mi mayor sombra.

He conocido algo de mí que no me gusta, que no necesito, que deseo extirpar. Ante mi propia rabia e impotencia hice daño y enturbié todo lo que me rodeaba. No era mi intención, me vi desbordado y no quiero que eso ocurra nunca más. Aprender a aceptar la derrota, aunque esta venga acompañada de engaños y desprecios, es también aprender a callar, a estar en silencio. De nada sirve retorcerse de dolor y dejar campar a los mil diablos que nos poseen. No aporta nada. Es cierto, no aporta nada. Tan solo un triste final, un estúpido desencuentro.

Ahora toca disfrutar del viaje. No de este en particular, sino del que viene, que será largo y espero que hermoso, cargado de nuevas experiencias, de nuevos mundos que explorar, de nuevos aires que respirar, de nuevos encuentros. Toca salir a los caminos e intentar ser más silencioso, no hacer tanto ruido, no enturbiar el paisaje con pensamientos o emociones descontroladas. Toca respirar y mirar hacia adelante, con la visión firme, con la entereza de siempre, resurgiendo, como tantas otras veces he hecho, de mis propias cenizas. Seguiré escribiendo porque me ayuda, me hace pensar, me hace entender, me desahoga. Estaré unos días aquí y unos días allá y haré caso, me tomaré unas largas vacaciones.

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Lejana o cercana vida


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© Sergey Novozhilov 

Hay un foco de resistencia de ochenta personas que nos apoyan todos los meses puntuales. Para nosotros es nuestro aliento, es el arquetipo de sentirnos acompañados y queridos, de saber que hay ochenta personas que desde el halo invisible están apostando por este sueño. Luego están los voluntarios y los amigos que nos visitan aún cuando hace frío y cogen sus resfriados, como Roberto, uno de los primeros en pisar el proyecto y que sigue viniendo años tras año puntual a la cita del compartir. Para nosotros es como una antorcha, una luz que nos da fuerza y confianza. Y los guardianes, esos seres venidos de otro planeta para sostener el trabajo, para que la acogida y el servicio siempre renazcan desde la antorcha del amor. Para que no falte nunca un plato de comida para el peregrino, para que no falte nunca la compañía y el abrazo. No es fácil, quizás sea lo más complejo del mundo. Pero ahí están, dándolo todo.

Ayer venían tres hermanitos galácticos y tenía el gusto de acompañarlos en la comida. Identificaron rápidamente el punto de luz disfrazado de libros azules. Nos guiñamos álmicamente, reconociendo en ese gesto el valor y la confianza, la complicidad de todo el mundo invisible, de toda esa antorcha que ilumina el fuego cósmico. Siempre es una suerte encontrar a personas que hablan el lenguaje verde, que reconocen el mundo de los significados y que arrebatan al mundo arquetípico la magia del vivir. Son auténticos magos que se alinean para buscar la bondad.

Luego están los aguafiestas, los que intentan poner piedras en el camino, destruir lo construido, arrasar con todo sin importar nada el esfuerzo y la dignidad de soportar el trabajo realizado. Son los menos, pero siempre tienen la facultad de hacer mucho ruido, de tumbar el trabajo de una vida, de saquear la alegría con la tristeza. Pero a ellos son a los que más amamos, a los que más nos esforzamos en amar, porque son los que nos ponen a prueba, los que nos llevan hasta los límites para comprobar si todo es real y cierto. Sí, a ellos también los amamos.

Y luego la vida, con sus enseñanzas continuas, con sus sorpresas, con su encanto. Qué decir de la vida. No se puede decir nada. Solo podemos esperar sus milagros, sus avatares. Preguntamos a la vida sobre su poder y su respuesta es ver a dos pieles juntas abrazándose en un solo cuerpo. Son las nieblas que se buscan en la isla, lejano o cercano viñedo en el tumulto de los cielos. Lejana o cercana, la vida siempre nos acoge en su seno. La vida nos lo pide. La vida nos reclama abrazar la fuerza y el poder del amor. Nada tiene sentido sin eso que tanto anhelamos. ¡Ay la vida! Siempre ahí misteriosa, discreta, escondida entre los quehaceres que nos distraen de lo más importante. A veces tan cegados por lo material, por las cosas, por lo burdo, y olvidamos lo más importante. La vida… La vida y su fuerza, su poder, el amor. El poder del amor… 

 

 

Ahora si algo se rompe se cambia, antes las cosas se arreglaban…


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Por la tarde fui a la fuente a por agua. Al fondo se ve Samos.

 

A las seis de la mañana ya estaba con los ojos como platos. A media mañana había quedado con la periodista para la entrevista. Me puse el disfraz de editor después de cinco años sin hacerlo. Chaqueta marrón con coderas oscuras, suéter índigo escondiendo una camisa no planchada, pantalones verde oscuros… Me hice algunas fotos para ver qué tal estaba. Aún seguía con la cara ausente, pero no me importó porque aunque el alma aún no esté del todo anclada en este cuerpo, lo estará pronto, muy pronto. Lo sé porque ya casi puedo ver una sonrisa de niño travieso que va apareciendo de vez en cuando. Empiezo a bromear con unos y con otros y empiezo a ver con cierto optimismo el futuro inmediato. Intuyo que algo pasará, algo que me hará volver a mi centro y me dará de nuevo alas para seguir cumpliendo con mi parte en el trato existencial.

La periodista fue puntual, lo cual es de agradecer. Estuvimos dos horas hablando. No me gusta hablar, pero admito que cuando me preguntan o cuando me tomo un café con leche no paro de hacerlo. Hoy tocaba preguntar a un editor que se había escondido durante cuatro años en los bosques sin que nadie se hubiera dado cuenta de que aquí, en este lugar perdido en mitad de la nada, había una editorial. Eso me decía la periodista un poco sorprendida. Me preguntó por anécdotas sobre el mundo editorial y tenía muchas. Le expliqué que antes solía atender a los medios, a la prensa, a la televisión, a la radio, y que incluso fui protagonista de un anuncio gracias a un peculiar libro que escribí. Eran otros tiempos, aunque viéndolo un poco con distancia, eran tiempos divertidos donde me gustaba coquetear con esas cosas del glamour, no para hacer que mi ego se regocije de sus muchos o pocos éxitos, sino para utilizar a mi ego como canal, como medio para que la inspiración llegue más lejos. En todo caso me gustó ser entrevistado después de tanto tiempo y disfruté del contacto humano más allá de lo digital y artificioso.

Al poco rato me contactaba Alma, una joven escritora que tuve la suerte de conocer cuando era muy niña y he visto como crecía en estos años que pasan tan rápido. Me preguntaba por mi estado de ánimo y de cómo me iba todo y yo la ponía al corriente de mis vicisitudes. Con esa fuerza que caracteriza a los jóvenes sabios, me recordó una frase que su abuela debía decirle entre fogones y castañas: ahora, si algo se rompe se cambia, antes las cosas se arreglaban. La verdad es que la frase me hizo pensar mucho sobre la educación a nivel inconsciente que estamos recibiendo. La gente ya no se compromete con nada ni con nadie porque siempre, creemos ingenuamente, habrá un recambio, algo que sustituya lo roto. Cuando lo que se rompe es el amor en el mundo de la pareja, pensamos que encontraremos algo mejor que podremos “utilizar” en esa obsolescencia programada, algo que el amor líquido de estos tiempos tiene ya asumido.

Lo hablaba también esta mañana con Lucia, la periodista. Le decía que como editor y antropólogo podía observar cómo la sociedad está cambiando. Es cierto que somos de alguna forma más libres, pero estamos perdiendo el norte en muchas cuestiones clave como la cultura, los valores, el compromiso, la lealtad. Ahora nos traicionamos unos a otros por cualquier cosa. Si tu pareja piensa que ya no le sirves, te traiciona, te abandona, te sustituye. Ocurre también en el trabajo, en las relaciones de cualquier tipo, en las amistades.

Antes las cosas se arreglaban. Lo hablaba el otro día explicando la técnica japonesa del kintsugi. Ahora lo que se rompe, se tira. Me rompí y me tiraron, no una si no dos veces en tres meses. Pero hoy sentí, gracias a Alma, que todo puede reconstruirse y todo puede volver a ser lo que tiene que ser… La fortaleza del árbol radica en su flexibilidad. Esta vez seré más flexible ante la vida.

Dame el agua y la brisa…


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Esta mañana trabajando en la editorial tras unas horas de voluntario en O Couso

¡Oh sicomoro de Nut, dame el agua y la brisa que hay en ti! (Libro de la salida del sol, capítulo 59).

Me levantaba a las siete. Tenía una hora para aterrizar desde los cuneiformes planos astrales y estar puntual en la comunidad. Allí me esperaba, aún de noche y con lluvia, para que la acompañara al médico. Subí, bajé, fue al médico, la volví a subir y me quedé allí unas dos horas para trabajar un poco como voluntario, sin protagonismos de ningún tipo, de forma anónima. Con la ayuda de otra joven voluntaria recogimos el patio y ordenamos mil cosas. Algunas se van acumulando durante el año y en diciembre solemos, muy solemnemente, deshacernos de todo aquello inservible. Sentí en esas dos horas como el agua y la brisa de Nut saciaban mi espíritu. La grande que alumbró a los dioses quiso que me rociara con su poder. Sentí como si naciera de nuevo en los días epagómenos para esparcir la gracia y volver de nuevo al mundo de los vivos. Limpiando de aquí para allá, ordenando las diez mil cosas, me sentí otra vez un hombre nuevo.

Dos horas fueron suficientes para endiosarme. Bajé deprisa al valle. Me duché tras esas horas de sudor y lluvia. Envié algunos paquetes a sus destinos y empecé a trabajar ungiendo el despacho cargado de libros de mando y atributo. Hasta cuatro libros pude terminar con éxito y enviarlos a la imprenta para regocijo de sus autores y seguidores tras semanas de esfuerzo. Toda una proeza que se hace posible cuando el ánimo retorna y con él la saciedad energética suficiente para volver a construir. Una buena racha de dos semanas, pero solo eso, una buena racha. Tres meses sin trabajar han colmado el vaso de la desesperación. Es el precio de los que no disponemos de sueldos fijos y debemos acampar nuestras penas en el manto insoportable de la incertidumbre. Tres meses donde había que afrontar, sin fuerzas ni ganas, todo lo que se venía encima.

Pero ahora es diferente. Necesitaré posiblemente, a no ser que la fortuna cambie, muchas estaciones para poner orden total en este desaguisado. Los que hemos invertido todos nuestros ahorros en utópicas visiones vagamos desnudos en el Camino del Loco, y suerte de unos y otros que dan cobijo cuando el Loco, por mirar siempre a las estrellas y a Nut, caen en los precipicios inevitables del destino.

Pensaba en todo esto por no pensar en todo lo que de verdad estaba ocurriendo. España, el último reducto aún virgen e inmaculado de esas profecías injustas, ha caído, ahora sí, en la Europa de este tiempo. Una Europa alarmante que no aprende de sus errores y que, como el Loco, mira hacia otra parte para no ceñir su paso a la construcción de una realidad tolerante, fraterna y unida. El odio volverá a campar de nuevo si no ponemos justo remedio, si no dedicamos tiempo y esfuerzo en protegernos del mal, de la oscuridad, del apagado brillo del miedo.

No deja de ser curioso que en mi vida privada el miedo haya vencido al amor, y que en el mundo esté ocurriendo de nuevo lo mismo. Es como si el miedo, la oscuridad, se estuviera apoderando de nosotros, en lo personal y en lo común, y una lúgubre mancha se estuviera esparciendo por el mundo. Por eso esta mañana he sentido la fuerza de Nut, de la luz del día, del amanecer. La he sentido con fuerza, como un llanto, como un reclamo de los cielos para que todos volvamos a la senda del amor y la esperanza. Por eso he demandado con fuerza la brisa y el agua para desde mi humilde situación, esparcir un poco de luz en tanta oscuridad. Dos horas de trabajo como voluntario en un proyecto que demanda luz, más luz. Cuatro libros en la imprenta demandando luz, más luz. Todo es poco para que la cultura de la paz y la luz que de ella se desprende ilumine nuestros caminos. Gracias Nut por hacerme partícipe, por hacerme instrumento y canal de tu aurora, por permitir que cumpla con mi parte.

Pd.- Estamos en plena campaña de financiación del proyecto O Couso. Es la segunda que hacemos y la penúltima (en unos años haremos otra para financiar la Escuela). Ya hemos conseguido recaudar casi 1500 euros pero aún nos falta llegar al mínimo de cinco mil euros para no perder lo ya recaudado. Cualquier ayuda será bienvenida. Gracias:

https://www.goteo.org/project/o-couso-una-luz-en-el-camino

En búsqueda de sentido


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© Pinkmonty 

Los días pasan sin que ocurra nada especial. Alguna bronca, algún malestar, algún pequeño detalle. Trabajar algo, ir a comprar el pan, abrazar a la tendera en la melancólica tarde otoñal, ver como llueve y ver como anochece tan pronto, sin tiempo a buscar en los suspiros alguna ilusión o encanto especial. Pasan las horas. Casi puedo contarlas una a una. Hasta hace muy poco nunca tenía horas suficientes para terminar el día. Ahora las tengo todas pero de nada sirven. El sustento de la ilusión, la fuerza de que todo tenga cierto sentido se esfumaron. Cae la tarde, temblorosa, apagada, sin luz. Así son los descansos, los recesos. Tristes, aburridos, carentes de sentido y guía. Tampoco es algo que me importe en exceso. Me lo tomo como una forma de sanar, de aprender, de madurar esas infantiles posturas que a veces tenemos en la vida. Es extraño, suena extraño, pero estoy bien en este malestar.

Mi cerebro, diría que todo mi pensamiento, se ha reducido a una isla. Allí tengo mis palmeras, mis playas, mis cielos, pero como isla, están desconectadas del mundo. Los arrecifes no son muy profundos. Las palabras salen, desde la superficie, sin mayor prisa por emerger. Hablaba de días y de horas, pero los minutos son más difíciles de medir. Pasa todo excesivamente rápido en esta isla, en este refugio, en este balneario improvisado. La soledad, es tan desolada. Ni siquiera habitan los murmullos de antaño. Se marchó la mariposa y los berberechos se esconden entre las olas que agitan musicalmente la arena. Van y vienen, van y vienen…

Pude avivar el ánimo. Es algo que me consuela. Al menos ahora tengo ganas de vivir, aunque sea como una momia encerrada en un sarcófago. Pero al menos deseo respirar, observar, comprender. Hasta hace poco la vida se me hacía una carga. Demasiado pesada, demasiado dolorosa, excesivamente abstracta para ser comprendida. Pero ya no. Ahora siento la vida correr y de alguna manera me alegra, a pesar de la pesadez por todo. Quiero decir que aunque esté más muerto que vivo, el pobre halo que me alienta se agarra con fuerza a mi pecho. Tres hilos puedo contar, aunque en verdad son seis, y a ellos me aferro con fe y esperanza. Los que entienden de ciencia oculta podrán leer entre líneas. Los que no, no deben apurarse, porque lo importante de las palabras es la música que pueda llegar desde aquí hacia allí, y viceversa. Es la música, y no el sonido, lo que nos comunica siempre algo. Es la vibración, y no las palabras o el lenguaje, lo que soporta toda comunicación real. No es el tiempo, ni la forma que tengamos de medirlo. Es el instante, su intensidad, su promesa.

El sentido. Eso es muy importante. Por primera vez no encuentro sentido a nada. Me refiero a nada que tenga que ver conmigo mismo. El sentido espiritual es algo que nunca se pierde, y la luz interior es algo que, por muy apagada que esté la llama, siempre sobrevive. Pero el sentido individual, el más privado y profundo y personal, ese ha desaparecido. Podría decir que todo lo que antes le daba sentido a mi vida ha volado. Como si hubiera muerto, o como si fuera a morir. No sé si lo que muere es metafórico, pero algo muere. Sí, tengo ánimo, pero no sentido, y eso, para una persona tan ordenada en cuanto a los viajes metafísicos, es toda una preocupación, o quizás un alivio. Al no tener sentido propio, el único que importa es el universal, y por lo tanto me entrego a él, desde la humildad de ser un servidor a principios más elevados que los míos propios. Realmente es una bendición haber perdido todo sentido. Algo mayor deberá ocurrir si la entrega es sincera. Algo más luminoso y generoso para la vida y todos sus moradores. Ya no soy yo, ni mi pequeña isla, ahora es el mundo y su espacio infinito el que da sentido a todo. Fijaros todo lo que uno gana cuando se pierde.

Hoy alguien me llamó indigno y rata de alcantarilla. Al principio me dolió por lo cobarde del insulto fácil y anónimo. Pero sobre todo por el hecho de haber podido herir a alguien de tal manera que pudiera pensar eso de mí o de cualquier persona. Seguramente algo indigno he tenido que hacer. No sé si voluntariamente, no sé si conscientemente. Pero algo habrá por ahí. Nadie se salva en esto de cometer errores de bulto. Lo de rata de alcantarilla como merecimiento de ese error ya no me hizo gracia, especialmente por la fatalidad de poder vivir mucho tiempo en las sombras de algún subterráneo maloliente. Estoy sensible, y no quiero ser rata. Tengo ganas de volar, de subir al cielo, de ver las montañas y los estrellas en su amplitud. Quiero ser digno, al menos quiero intentarlo. No tengo ganas ni fuerzas ni tiempo para hacer el mal. Prefiero la luz, prefiero el bien, prefiero decantar mi vida hacia la buena voluntad. No quiero ser rata. Prefiero ser águila. Un águila solar azul. Eso me gusta más. Así que eso seré.

Escribir me ayuda. Por eso escribo. Una y otra vez. Buscando en su música la luz. Buscando la fuerza. Buscando el abrazo. El otoño se presenta largo. El invierno frío y solitario. Sí, estoy más animado. Siento de nuevo la vida. Pero ahora me toca alcanzar de nuevo el sentido, abrazar la vasta experiencia, persuadir al destino sobre la posibilidad de ser útil a su causa. Sí, quiero ser águila, y volver a la visión. Lo siento por la oscuridad, pero prefiero el cielo. Abierto, limpio, azul, luminoso.

 

La poderosa fuerza del desapego


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Hoy es el kin 25, Serpiente Cristal Rojo de la Onda Encantada del Mago, según el calendario Tzolkin. Un día totalmente intenso que terminó con una despedida. Ella había sido una de las tres personas que en este tiempo me ha soportado, me ha aliviado y, casi podría decir, que me ha dado la vida. Nunca tendré palabras para agradecer lo que hizo en mí en un momento de auténtica pérdida de sentido. Así que quise acompañarla en un pequeño ritual que se celebraba hoy en un entorno de magia y fiesta, amistad y compañía, antes de que se marchara a Holanda con un viaje de ida y sin billete de retorno. Quería de alguna forma honrar su amistad, su generosidad, su belleza humana, y permitir con ello, aprender a soltar, de nuevo, y aprender sobre la poderosa fuerza del desapego. Echaré de menos su locura y su amistad, pero ahora me toca caminar solo, seguir adelante en mi proceso sanador, confiar en que puedo dar un paso más sin su apoyo y cariño.

La mañana fue igual de intensa. Supuestamente había venido a Barcelona con la excusa de un concierto y un abrazo, aprovechar para ver a la familia y amigos y probar que tal me iba en mi segunda incursión al mundo exterior. Pero hablando con una buena amiga sobre la penosa situación calimera en la que me encuentro, decidimos hacer un intercambio. Ella se quedaba con mi coche nuevo y con la deuda del mismo y yo me quedaba con su coche viejo. Realmente fue muy divertido, porque fue una carambola a tres partes donde todos salimos ganando algo. Yo me quitaba una deuda menos al mes, ella ganaba un coche nuevo, híbrido y potente, y su hijo heredaba su coche. Un trueque divertido, que no me esperaba, pero que surgió en un paseo por la playa y donde todos quisimos practicar algo de desapego. No salí ganando, más bien he perdido mucho en este canje, pero a veces perder es ganar, y en ese sentido, con esta pérdida, con todos los recuerdos que tenía ese coche y quitándome una deuda más, he ganado mucho. Una gran victoria practicar el desapego con la intención de seguir adelante.

Perder un coche no tiene ningún mérito. Sin duda ese coche era especial por todos los países que en menos de dos años hemos podido visitar. Especial por todos los recuerdos de los que ahora debo desapegarme. Ya vendrán tiempos mejores. Así es la vida del guerrero. Se pierde mucho en las batallas. Ese supongo que es el precio de la libertad de hacer lo que uno siente que debe hacer en cada momento. Construir para luego desapegarnos de lo construido. Así es y así han sido estos tres meses de vértigo. Ahora toca perder, soltar… para ganar.

(Foto: entregando mi coche a su nueva dueña. ¿Qué hará un caballero sin su caballo? Seguir caminando… sea como sea… cueste lo que cueste…)

Patreon, una nueva forma de ser más libre


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Estaba terminando hoy el prólogo a una edición especial del 500 aniversario del libro Utopía, de Tomás Moro, cuando pensaba en la difícil tarea de ser hoy día escritor, poeta, soñador o artista. Malvivir de los libros durante diez años, visto ahora con cierta perspectiva, ha sido toda una proeza. Quizás el destino de todo poeta, escritor o soñador que no destaque especialmente por nada sea precisamente eso, sobrevivir como se pueda. Es el precio, dicho sea de otra forma, de apostar por ese oficio mal pagado donde nunca se gana nada pero que, de alguna forma, dota tu vida de sentido y profundidad. Un amigo artista, pintor de fina brocha, de los mejores que he conocido a pesar de su obcecación por la oscuridad y el mundo de las emociones extremas, me lo decía una vez sentados en una sombra que nos resguardaba de un caluroso verano andaluz: no cambio esta vida por nada del mundo. Se refería a la vida de artista, a no saber si mañana tendría algún céntimo para comprar una barra de pan o para comprar si quiera algún pincel o pintura.

Viendo que el mundo de la edición va de capa caída, de mal en peor, cuando ya casi todas las distribuidoras han caído o lo están haciendo, cuando las librerías cierran una a una y los editores se quiebran ante la evidencia, me preguntaba qué sería de esta labor y qué podría hacer para sobrevivir, si no ya dignamente, sí al menos libremente.

El precio de la libertad es prudentemente caro. Incluso el precio de hablar libremente. Ambas cosas se han conjugado en un tiempo donde hace unos meses un amigo, Rafa, me ponía en la pista sobre una plataforma para autores y artistas que pretende la proeza de vivir o sobrevivir, tanto monta, con algún tipo de sustento material. Estos días me he atrevido a explorar la idea y el resultado aún no sé cómo encajarlo. Sin embargo, soy mucho de impulsos, de intuiciones, y quiero experimentar con un lugar resguardado, con una vasija de barro donde estemos aquellos que realmente queramos estar.

En resumen, se trataría de cobrar por mi oficio, el de escritor, renunciando cada día más a un trabajo, el de editor, que va muriendo poco a poco, centrando quizás unas pocas ediciones anuales, hechas con cariño y sin prisas, casi de forma artesanal, a la espera de tiempos mejores. Viendo la dificultad que he tenido para vender las editoriales y así por lo menos poner en orden mis cuentas, voy a probar con una fórmula donde pueda escribir ya no de forma tan seria como últimamente iba haciendo, sino de forma más natural, donde todo quede en familia, entre amigos, y donde pueda expresar nombres, situaciones e inquietudes sin símbolos, sin oscuras dilataciones, sin máscaras. Un lugar donde pueda hablar sin cortapisas, donde pueda de nuevo colgar fotos desnudo cagando en un bosque mientras nieva o lo que sea con tal de reencontrarme de nuevo con esa espontaneidad que ciertas circunstancias me han arrebatado.

Posiblemente el éxito será menor. Posiblemente pasaré de los más de cinco mil seguidores actuales a una docena, quizás menos. No me importa, quiero experimentar esa libertad y esa responsabilidad de escribir de forma más libre y más cercana, de forma diferente, de forma casi anónima.

Después de más de ocho años escribiendo en este espacio libre para todos, llega un tiempo de recogimiento, de estar más en familia, un lugar donde poder discutir de forma más cercana con aquellos que, más allá del propio derecho a saber, sienten la responsabilidad de acompañar este proyecto utópico de forma más estrecha y comprometida.

A partir de hoy, me podréis encontrar en este nuevo espacio. El precio será barato, lo que pueda costar el invitarme una vez al mes a tomar un café. No es mucho lo que se pide. No sé si algún día conseguiré vivir de la escritura, pero creo que este será un primer paso importante hacia ese propósito.

Gracias de corazón a los que siempre habéis estado ahí sin pedir nada a cambio, de forma incondicional. Gracias igualmente a los que ahora quieran tomar un café en vivo y en directo con este vuestro siempre amigo.

Nos vemos aquí, a partir de ahora. Desde este espacio relataré mi primera Nochevieja en soledad aquí en la cabaña, con mi tradicional plátano, y todos los encuentros que se vayan produciendo de forma directa y clara con gente interesante, ahora sí, con fotos, nombres y apellidos. También anotaré cosas muy personales que solo se pueden contar a amigos y conocidos, y si todo va bien, podré desnudar tranquilamente algún secreto de estado sin que por ello me metan en ninguna oscura cárcel. Una nueva etapa, una nueva vida de escritor, un nuevo relato. Año nuevo, vida nueva. Gracias, gracias, gracias…

 

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