El Universo está hecho de historias, no de átomos


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“El Universo está hecho de historias, no de átomos”, escribió la poetisa Muriel Rukeyser. Es una frase hermosa y profunda. Nos alienta a perseguir la importancia de nuestras vidas subjetivas, de compartirlas, de contar cómo estamos, qué sentimos, de qué manera podemos valorar y ver el mundo. Es muy cómoda la objetividad de las cosas, el hablar de otros o de cosas ajenas a nosotros mismos. El falso ego piensa que puede escurrir el bulto, al mismo tiempo que en otros casos se le va de las manos el hablar de uno mismo. Pero hay un hermoso equilibrio entre la subjetividad y la objetividad, entre la humildad de contar historias y la mirada hacia lo ajeno.

Mi historia es breve. Llegó el otoño y hace frío aquí en el bosque, en las montañas. Me he puesto el pijama de franela, el gordo. Anochece pronto y no me atrevo aún a encender el fuego. Este fin de semana estuve encerrado en la cueva que hay en el balneario, que así es como llamaba, imitando los retiros de Herman Hesse, a mi propio retiro emocional de estos últimos meses. Allí se está bien, tan rodeado de libros, de silencio, de soledad. Estuve allí hasta esta mañana temprano. Tenía mucho trabajo y pasé el fin de semana intentando adelantar algo. Cuando llegué a los bosques, alguien que habita la casa de acogida estos días expresó la necesidad de tener una ducha caliente y un rato para leer y escribir en soledad. Cuando nadie nos miraba me acerqué a ella y le di las llaves de mi pequeño rincón. “Allí podrás ducharte y podrás disponer de miles de libros para leer”. Seguro que le habrá hecho bien. Es algo que me prometí no volver a hacer después de los abusos que uno siempre sufre cuando la generosidad se vuelve ciega. Pero tras dos días de retiro merecido sentía la necesidad de compartir ese valioso tesoro.

El sábado fui al cine con una hermosa amiga tras más de un año sin pisar una sala. Fue algo extraordinario porque siempre me ha gustado ir al cine, especialmente para ver películas del espacio o de extraterrestres, de Terrence Malick o alguna de época. Hoy las bromas eran inevitables en la casa, pero me cuesta explicar mis pocas ganas de entrar en ningún tipo de relación o aventura amorosa. No había más intención que la de ver una película con alguien a quien aprecio sin mayor grado de aventura. Me da pánico pensar en relaciones y siento cierta tristeza. Sí, amor es relación, pero hace tiempo que el amor no llama a ninguna puerta, ni se le espera. Para mí esta sensación es nueva tras más de dos décadas de ininterrumpidas aventuras amorosas. Es como si hubiera sufrido algún tipo de muerte astral, emocional, algún tipo de rito iniciático que me ayuda a ver con cierta distancia el mundo relacional. Debe ser que estoy entrando en el otoño de mi vida y las cosas se ven de forma diferente. Esa es la sensación.

Por las mañanas me despierto con el canto del Miserere mei, Deus, una composición creada por Gregorio Allegri en el siglo XVII e inspirada en el Salmo 51. Es como una ofrenda al nuevo día, buscando en cada acto un momento de gracia, de devocional expansión de la consciencia. En ese momento de quietud miro a mi alrededor. Bajo el opaco brillo de la nada, se escuchan los primeros pajarillos, ahora con tonos más apagados. El viento resopla intentando arrastrar a las últimas hojas que quedan en los árboles. Sí, hay átomos en todas las veredas, en todos los rincones que observo, pero sobre todo, hay historias. Y esta es mi historia que escribo y comparto mientras escucho música, mientras siento el frío otoñal en mis pies, con ganas de encender el fuego, pero esperando a que una mano invisible lo haga. Sí, amor es relación. Lo sé. Pero la vida quiere que aprenda otras cosas, y en esas ando, desnudando el alma hasta atajar aquello que deba resurgir desde lo milagroso. Esta es mi historia. Bienvenido otoño. Bienvenida melancolía.

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De pavos bizcos y autores muertos, por decir algo


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Esta mañana pelando los palos del tejado… Con todo lo que tengo por delante y yo pelando palos…

Suena el teléfono de la empresa pero no contesto. Insisten y descuelgo mientras pongo una lavadora. Es Mari Cruz, de la librería Bohindra de Madrid, para dar gracias por el donativo de libros. Termino la lavadora y hago una docena de paquetes para que mañana salgan todos puntuales. Algunos no llegarán. El servicio de Correos es un desastre. Así que siempre me toca regalar libros. Es lo hermoso del don. Cuando haces algo desde el don, te gusta regalarlo, por eso de dar gratis lo que gratis habéis recibido. Me ducho mientras pienso en ello. Compruebo que llegaron los sobres y el tóner para la impresora. También el nuevo sello para el proyecto. Todo en orden. Meriendo y sigo con mis cosas.

No sé por dónde empezar. La casa está sin tejado y media España se está inundando. Los brotes de listeria no me preocupan, soy vegetariano. Pero sí el agua. Aquí el tiempo nos da una tregua hasta el domingo, pero para entonces, llegarán las lluvias. En Galicia es imposible poner fechas ni compromisos. La persona que tenía que venir a poner los palos está desaparecida. Sin los palos puestos, nosotros no podemos seguir la obra. Así que me temo lo peor para los próximos días. El plan B será evitar que la casa se inunde de agua y se eche a perder todos los suelos de madera, el equipo electrónico y todo lo que ahora está al descubierto. La gota fría más devastadora de los últimos tiempos, dicen los titulares. Y nosotros sin tejado, y en Galicia. Parece el fin del mundo. Los partidos ni siquiera se ponen de acuerdo. Habrá elecciones y votaré a Sánchez, por terco. Me gusta la gente terca, empecinada. Pienso en la listeria. Hice bien en envolverme de muy joven de sensibilidad hacia los animales. La naturaleza ya empieza a mirarnos como si fuéramos una plaga, y pronto reaccionará brutalmente.

Las fechas de la defensa de la tesis doctoral se acercan. Debería estar preparando al menos la presentación. Me tocará hacerlo en algún lugar inhóspito y silencioso. He reservado una habitación en Escocia, en mi querida Findhorn. Pero me doy cuenta de que no me puedo marchar muy lejos ya que hemos quedado tan sólo tres personas, de las cuales una de ellas empezará a estudiar el próximo lunes y la otra está inhabilitada por un accidente de moto. Dicho así, me quedo solo ante el peligro, ante el tejado, la lluvia y ante todo lo que se presenta. Y aún no he contestado la entrevista para el grupo Vocento. Ni siquiera sé qué decir. Cuando me llaman para alguna entrevista ya no sé ni qué contar. Lo primero que les pregunto es si es para radio, televisión o prensa. Y según me digan me escaqueo o les digo que me envíen un cuestionario que contesto cuando puedo. Intento ser cortés con la prensa pero cada vez me cuesta más. Y al blog le falta una persona para ser cinco mil seguidores. Al que haga cinco mil le regalaré un lote de libros, para celebrarlo. De los cinco mil, me pregunto cuántos tendrán la paciencia de leer estas letras, que ahora nacen desde el caos más absoluto.

A Emilio le debo un capítulo de nuestro libro y llevo semanas sin dar señales de vida. “La gestión del misterio” era el título original del mismo, pero alguien me dijo de forma muy inspiradora que el misterio no se puede gestionar, a lo sumo, se puede habitar, morar. Es un tema complejo, pero el interés del mismo era sobre cómo el ser humano había gestionado el misterio a lo largo del tiempo, desde las primeras creencias animistas hasta nuestros días, ya fuera en templos consagrados o en pleno contacto con la naturaleza. No sé cuándo escribiré el próximo capítulo, porque mientras escribo esto me acabo de acordar que tengo que encerrar las gallinas, los pavos y los patos. También comprar una bomba de agua para que el estanque esté limpio y los peces y los patos puedan convivir en pura agua limpia.

Miro la hora y veo que ya no me da tiempo a terminar de maquetar ningún otro libro de la editorial. Tengo cinco trabajos urgentes que debería haber entregado hace un mes y al menos una veintena programados para lo que queda de año. Inabarcable. Mi sueño es editar tan sólo cinco o diez libros al año y a poder ser de autores muertos y consagrados. Tengo que hacer cuentas para ver si se puede vivir de ello. Los vivos dan mucho trabajo, son exigentes y a veces uno se queda exhausto a la hora de gestionar el ego de tantos artistas que desean ingenuamente vivir de los libros, o ver su obra entre los primeros o no se sabe muy bien qué. Es agotador. Por eso el año que viene me centraré en los muertos, dejando los vivos para mejor vida. El único aliciente a todo esto son los vivos generosos, inadaptados o desapegados de su obra. Con esos me casaría de por vida, porque son como los muertos, no hacen ruido y suelen ser extremadamente generosos, que es la única forma de sobrevivir en estos tiempos de decadencia editorial.

Hemos conseguido que un mecenas nos financie la construcción de la escuela. Esto me añade una carga de trabajo porque tengo que empezar a pensar en cómo será la escuela, como explicárselo a nuestro arquitecto, que es italiano y no habla español, pero sabe mejor que nadie lo que queremos construir. En octubre viajo a Inglaterra y Escocia para ver modelos de escuelas de consciencia diferentes y buscar inspiración a la que añadir a nuestro modelo de búsqueda de dones y talentos dentro de un marco de nueva consciencia y nuevo paradigma rompedor, demoledor, diría. El proyecto de escuela es ambicioso y cuando pienso en él me acuerdo de nuevo de los patos y las gallinas y los pavos. Los peces están bien, de momento, pero el otro día me marché de viaje al mediodía y un pavo murió en las garras de algún zorro. Sobrevivió la pava bizca, que sólo ve por un ojo. Pobre pavo y pobre pava que se quedó sola y exhausta, triste y desamparada. Ayer compramos otro pavo para que la bizca no se sintiera sola.

Hay alguien haciendo la experiencia de 21 días y al salir no quiero hacer mucho ruido. El silencio ahora es importante para ella. Pobre, menuda semana ha elegido para empezar algo tan importante como es la búsqueda de visión y propósito. La casa sin tejado, todo caótico, advenimiento de próxima inundación, un accidentado, el resto que se va ante la inminencia del frío, la joven estudiante que cuidaremos con cariño para que logre bucear en sus dones… Espero que Geo tenga comida, y los gatitos. Tengo que mirarlo cuando vaya a ver al resto. Y que no les falte agua. Eso es importante.

La calefacción para la casa llega a un presupuesto de casi veinte mil euros. Le he pedido al instalador que lo ajuste a la mitad, y aún así es demasiado. Pero vamos a hacer lo indecible para intentar tener calefacción este invierno. Y también tejado nuevo, a pesar de las lluvias que se avecinan y a pesar de que el constructor no se sabe cuando pondrá los palos. Bueno, me voy a encerrar a los bichos antes de que venga el zorro y se meriende algún pato, pavo o gallina. Los peces están bien, seguro. Yo también, a pesar de todo. De nuevo tengo coche gracias a un trueque mínimo y a pesar de que me duele la espalda por las obras del tejado, estoy bien. Y escribo, y me desahogo, y me dejo mil cosas que contar, pero es que aún no tenemos presidente, ni se le espera. Y llueve. Y ahí está la listeria, dando avisos. Menos mal que soy vegetariano desde los 16 años, bueno, galletariano para los amigos. Un abrazo a todos, feliz noche. Soñad bonito y bien.

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no sólo de letras vive el hombre… 

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No desfallezcas


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“Creo que si un hombre se enriquece espiritualmente, el mundo entero se enriquece con él y que si desfallece, el mundo entero desfallece en la misma medida”. Gandhi

El fuego de la comunidad y la cooperación iluminaron nuestras almas en el silencio que habita dentro de la pequeña ermita. Adoptamos, en las canciones, los signos que nos dictan nuestras queridas montañas plagadas de peregrinos ángeles que visten a la usanza etérica. Bajo los auspicios del yoga, cada gesto era la más elevada medida de simplicidad. Mientras miraba cómo las criaturas mañaneras despertaban tras el rocío, los árboles y las montañas, recibía un emotivo mensaje desde Latinoamérica. Vero, que estuvo un mes entre nosotros, quedó enamorada de nuestro proyecto y desea crear uno en su país, Uruguay. Un “ocousito” donde la gente tenga un hogar y un plato de comida material, pero también un sentir espiritual dónde poder acercarse como una lluvia que cae suave sobre los rostros que ansían beber de las nuevas fuentes, un lugar dónde sentir la vida en toda su plenitud y anchura, desde lo simple, desde la raíz de la más profunda consciencia.

Me alegra saber que nuestro pequeño y humilde proyecto sirve de inspiración a otros, porque ese siempre ha sido su sentir y su propósito. Si la fundación tuviera recursos suficientes estoy convencido de que de alguna forma impulsaría la creación de más proyectos en nuevas tierras para expandir la nueva buena, la consciencia de unidad, de fraternidad humana, de amor cooperativo. Una multiplicación exponencial del néctar y el aroma que inevitablemente debe renacer en la tierra ahora doliente. Una multitud de obras de buena voluntad donde el servicio y el amor incondicional, el aprendizaje y la belleza se instalen irremediablemente dentro de nosotros.

Este tipo de mensajes me llenan el alma de ilusión y convicción, de fe y esperanza. Especialmente hoy que ya, por fin, hemos terminado la parte más peligrosa del tejado. Nos dimos de plazo cuatro días de arriesgado trabajo y esta mañana, ante la baja de algunos voluntarios, afronté solo desde arriba la parte más osada mientras que recibía apoyo logístico desde abajo, y también, por qué no decirlo, desde arriba, más arriba, en la aurora. Misión cumplida.

Ahora a esperar a que algún especialista nos ponga los grandes palos que harán de vigas y el resto, lo haremos nosotros, que ya casi somos especialistas en tejados y alturas, como lo fue el pequeño de Asís, que se hizo grande reconstruyendo su pequeña Porciúncula, su Santa María de los Ángeles, su humilde atalaya desde la que divisar los cielos, abrazarlos, inspirarlos atómicamente hasta lo más profundo del ser mientras se repetía una y otra vez las evangélicas palabras: “Id… anunciad que el reino de los cielos está cerca, no llevéis oro ni plata, ni alforjas… no os preocupéis por el mañana… gratuitamente habéis recibido, dad gratuitamente… al entrar en las casas decid: ¡Paz, paz!” Y eso hacemos, dar gratuitamente lo que gratuitamente hemos recibido que no es más que la paz, una paz profunda, una paz que anuncia el nuevo mundo.

Eso pensaba desde los tejados, y tras el duro día bajo el sol bajé andando los cinco kilómetros que nos separan del pueblo y de mi pequeña oficina, que hace de sede editorial y refugio improvisado cuando se requiere algún instante de quietud y silencio entre libros. Hoy dormiré aquí para avanzar trabajo en la editorial y mañana toca viaje al valle del Tiétar, un lugar que se está revitalizando espiritualmente gracias a varios importantes proyectos que hay en la zona. Y allí gritaré en silencio ese ¡paz, paz!, mientras recuerdo el fuego que ilumina nuestras almas.

Bajaba caminando bajo el sol de verano y los aún prados verdes y bosques que dan sombra, y sentía como una sólida e indivisible semilla estaba creciendo desde una expansión de elementos que se aglutinan en un marco invisible pero real. Interiormente siento que ya no hay vacilación ni deseo de desfallecer. Hay algún tipo de claridad, de convicción que se mece ante la presencia de algo mayor a nosotros. Un deseo irremediablemente de enriquecernos espiritualmente para así, hacer enriquecer a toda la tierra. No hay tiempo para desfallecer, solo para trabajar amablemente en la gran Obra, en esa que se construye silenciosamente bajo los auspicios del más sublime misterio.

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Desde los tejados la vida se ve diferente


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Esta mañana reconstruyendo con sudor y lágrimas el tejado de la casa de acogida

Estar en el tajo es una expresión que intenta acercarnos a la difícil labor de aquellos que trabajan duramente con su cuerpo físico. En mis tiempos de estudiante solía tener trabajos duros, donde no me importaba hacer casi de todo con tal de sacar algún dinero para, básicamente, comprar libros y viajar algo. Recuerdo que leía las obras completas de Khalil Gibran mientras vigilaba el edificio del que sería el Hotel Les Arts, o leía cualquier libro que pudiera mientras trabajaba en cualquier cosa. Eran los tiempos en los que no había internet, y mi deseo era absorber lo “grande”, aún a sabiendas de lo difícil que era poder absorber desde lo pequeño en una consciencia que deseaba constantemente ensancharse.

Este siempre ha sido un dilema que me ha perseguido. Hoy lo pensaba especialmente cuando trataba de no caerme al vacío mientras intentaba desmontar el antiguo tejado de la casa de acogida. La podredumbre había llegado a las maderas y cualquier paso en falso podría haber acabado en una catástrofe. Ha sido un milagro que no cayera el tejado entero con las últimas nevadas. El peligro en estos tres días ha sido tal que he prohibido subir a nadie al mismo, excepto a una persona de máxima confianza y yo mismo. En algunos momentos, desde esos pequeños instantes de máximo peligro donde no sabías si el tejado se caería bajo mis pies, resoplaba interiormente y pensaba, más bien sentía, a esa consciencia ensanchada.

Solo una consciencia ávida y probada entiende la fragilidad de la vida, el mecanismo por el cual cualquier error puede acabar en tragedia. Me venía a la mente también la triste noticia de la muerte de Blanca Fernández Ochoa y pensaba en la fragilidad mientras arrojaba grandes losas de pizarra desde arriba al suelo. Un resbalón, un descuido, una torpeza, y todo se va al traste. Con estas letras me desahogo porque aún quedan dos días para ver la vida desde los tejados. Sentir la niebla matutina y su frescor y luego el intenso sol que está tostando las partes de mi cuerpo desnudo mientras toda la casa sufre este infortunio temporal. Las agujetas y el cansancio crecen y crecen cada día. Pero la ilusión por ver ese tejado cambiado puede más que todo lo demás.

Por las tardes intento descansar haciendo lo que más me gusta. Escribir algo, preparar la defensa de la tesis, trabajar en la editorial. Tengo mucho trabajo atrasado tras el verano intenso y me he propuesto no agobiarme, ir sacando poco a poco todo lo que pueda y estirar el otoño y el invierno desde el disfrute y el gozo de vivir. Ese gozo me resulta imprescindible ahora, especialmente cuando reflexiono sobre la necesidad de seguir adelante en el propósito interior. Porque, si somos tan frágiles, ¿por qué vivir pensando que somos eternos, y que la vida se alargará a nuestro antojo todo lo que podamos? La vida sobrevivirá a nosotros, quizás también alguna parte de nuestra limitada consciencia, algún átomo simiente que pueda unirse al océano consciencial. Pero nosotros, nuestro ego, nuestra personalidad, nuestro carácter, se extinguirá inevitablemente para siempre. Entonces, ¿para qué dejar las cosas para mañana pudiéndose hacer hoy? ¿Para qué retrasar nuestro verdadero propósito interior? ¿Para qué retrasar lo inevitable?

En estos momentos de mi vida siento que estoy haciendo lo inevitable, lo necesario, lo que realmente debo hacer, quiero hacer, vengo a hacer para apoyar a que la consciencia universal se ensanche. Eso me da cierta paz interior y me hace contemplar cómplice la vida de forma desapegada. Cada uno de nosotros es movido por una especial energía, pero siempre es necesario, mediante el impulso reconocible de nuestra inquebrantable voluntad, crear una dirección precisa para que nuestra aspiración interior pueda movilizarse realmente. A veces pasan los años y nos damos cuenta de que toda nuestra energía se consume en un circunloquio vacío, vacuo, sin sentido. Falta la dirección, la concentración necesaria para que las grandes losas que tirábamos desde lo alto del tejado cayeran en la posición adecuada, no se rompieran y así puedan servir para futuros suelos.

El esfuerzo fundamental de todo pasa inevitablemente por cierta renuncia, por cierto desapego. Siempre tenemos miedo a perder. Pero nunca entendemos esa máxima que nos advierte sobre la bonanza de las pérdidas. Perder algo significa que dejamos hueco para algo mejor. Si por mantener el tejado antiguo, por puro apego, hubiera quedado en su lugar durante unos meses más, posiblemente toda su carga hubiera caído al vacío. Lo viejo a veces se pudre y requiere renovación. Al sacrificar el hermoso tejado antiguo, vete tú a saber de qué tiempo, estamos salvando toda la casa.

Cada losa que lanzamos al vacío requiere un gran esfuerzo de concentración. Así es la vida, y así permanecemos en su fragilidad. Al mismo tiempo, también en su fortaleza, porque cada gesto, cada posición, cada momento de pura concentración, hace que veamos la vida de forma diferente. Sin duda, desde los tejados la vida se ve diferente.

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La ilusión de los hechos transitorios


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Después de muchas semanas, por fin estoy descansando en la pequeña cabaña, aquí en los bosques. La última semana la pasé en la casa de acogida, intentando entender sus energías, sus interacciones, sus infinitos movimientos hacia fuera y hacia dentro. Lo que allí se vive es muy intenso. Casi no hay tiempo para uno mismo. Hagas lo que hagas, siempre hay alguien que quiere explicarte algo, preguntar algo, hablar sobre algo. Era difícil encontrar un momento para estar a solas, excepto cuando ibas al baño o cerrabas los ojos en las meditaciones. Quise experimentarlo, quise entender toda esa secuencia humana, esa ilusión de hechos transitorios y ver qué ocurría. Debo decir que ha sido una experiencia hermosa, como si hubiera hecho mi propia semana de experiencia siendo uno más.

Realmente la vida allí es agotadora, al mismo tiempo que enriquecedora. Víctor Hugo decía aquello de que amar a un semejante es mirar de frente a Dios. Sin duda lo es. Amar al semejante de forma incondicional, ofreciendo la parte más valiosa de uno mismo que no es más que tu tiempo, tus recuerdos, tus sonrisas, tu dignidad. Ahora entiendo que todos esos años de teoría para poco han servido. Ni siquiera soy capaz de contestar algo inteligente cuando me preguntan sobre cualquier cuestión metafísica o antropológica. Me sonrío interiormente viendo la inutilidad del conocimiento académico que no puede ser expresado mediante la praxis. A sabiendas que la práctica no es más que el gesto minúsculo de esa complicidad que se consigue con una canción, con una sonrisa, con un abrazo. Más allá de eso, el amor se complica, se diluye, porque el amor, si no es sencillo, sino es francamente práctico, agradable, bello, armónico, simple, no sirve para nada.

De treinta hemos pasado a ser seis personas. Nos pusimos todos esta mañana, los que quedábamos, a cambiar el tejado viejo, el último eslabón perdido de un edificio antiguo que reclamaba ese cambio. Esta mañana, con el sol fijo en la cabeza, el cuerpo lleno de polvo y las manos agrietadas por el dolor de las piedras, observaba el milagro de que ese tejado, con todas sus maderas podridas y sueltas, haya sostenido durante estos cinco años esas grandes y pesadas losas. Ha sido todo un milagro que no se haya caído de repente encima de nadie. Por eso ahora me lleno de agradecimiento y tranquilidad al saber que por fin el último repunte de peligro real quedará reducido a escombro en una semana.

No sé si tendré tiempo de descansar, después de este agotador verano. Subir a los tejados no es algo que me motive especialmente, pero de momento es algo que tengo que hacer. Si San Francisco de Asís fue capaz de reconstruir cuantas ermitas encontraba a su paso, no seré yo, fiel mensajero de su palabra, menos en la obra. Cantaré así sus alabanzas y por cada piedra que recoloque, por cada nueva teja que cuelgue en ese edificio pensaré en su valía, en su milagrosa vida de ejemplo y beatitud. Si el amor no puede ser expresado de formas tan diversas, mejor que calle. Si ahora que soy capaz de ver un trozo de lino en las pesadumbres más oscuras no sirvo de la mejor manera, es mejor que me encierre en cualquier beata capilla y no mire nunca más al mundo. Pero ahora me siento con deseos de seguir apretando un poco más y pensar fielmente que de algo servirá todo esto. Si sobrecoge a cualquier corazón, ya está bien.

Sobre la ilusión de los hechos transitorios, aquellos que nos alejan del espíritu para pensar que somos algo así como inmortales, mejor dejarlos de un lado. Lo transitorio, lo que no perdura, no merece la pena. De ahí mi necesidad actual de arraigarme a lo sólido, de buscar firmeza material, emocional, intelectual y espiritual en todo lo que hago. Que así sea.

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Compartiendo dolores de cabeza


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© Ilias Varelas

La felicidad solo es real si se comparte“, Christopher McCandless

Tengo hoy muy presente la célebre frase de Christopher McCandless, aquel intrépido joven que murió en los perdidos bosques de Alaska mientras intentaba llevar a cabo su propia utopía. En la película “Hacia rutas salvajes” se describe con acierto su aventura de trágico final. La lectura del libro me hizo reflexionar durante mucho tiempo en esa conclusión que cita en su frase célebre. Me imagino hasta qué punto la soledad le embriagó y recordaba cuando llegué hace cinco años a estos bosques y estuve algunas semanas a solas, en una caravana postrada en mitad de la nada, en un paraje desconocido, sin luz, sin agua, sobreviviendo como se podía al frío y la lluvia. Realmente, aquellos inicios, especialmente en los primeros comienzos, fueron duros. Solo aptos para locos o héroes.

La locura es clara. Esta mañana me invadía una felicidad exquisita mientras practicábamos los tres yogas, que para nosotros, se están convirtiendo en nuestras tres peculiares joyas. La primera joya es la meditación, la segunda los cantos y la tercera los ejercicios. Luego viene todo lo demás hasta que terminamos de comer, echamos una partida a tenis de mesa y cada cual se marcha para practicar sus dones y talentos.

Aquí viene la parte heroica. Como estamos a finales de mes decido ir a la sede de la editorial, cinco kilómetros bajando a los valles, dejando atrás el paraíso de la montaña y adentrándome en el otro mundo, en el otro lado. Sí, finales de mes y hay que cerrar el ejercicio con las cuentas anuales que la gestoría lleva religiosamente. Me piden que firme las más de treinta páginas. Las miro una a una, con cierta incredulidad. Casi veinte mil euros de pérdidas. El resultado de una depresión. A eso le sumo otros treinta mil que doy por perdidos por un préstamo personal que pedí (y que pago religiosamente todos los meses) para comprar unos apartamentos que iban a ser un nido de amor, o un hogar, según yo mismo había imaginado en mi fantasía inútil. Y otros tantos miles que pago religiosamente a un amigo que en su infinita generosidad me ayudó en la compra de esos apartamentos que por cosas que aún sigo sin comprender, no puedo disfrutar, ni sacar beneficio alguno porque alguien decidió, unilateralmente, apropiarse de ellos. La heroicidad, más allá de la locura, ha sido sobrevivir a todo esto.

Menos mal que he tenido capacidad de reacción, he pagado religiosamente todas mis deudas con el fisco y sigo puntual correspondiendo con mi parte en la hacienda pública. De esa crisis aún me quedan muchos flecos por ordenar, por restaurar. Poco a poco, me repito día tras día. Poco a poco, me digo a mi mismo mientras ojeo el libro que me acaba de llegar, recomendación de mi directora de tesis, sobre anarquía y antropología. “Tiene mucho que ver contigo, porque eres antropólogo, y tu vida, una praxis de anarquía pura”. Bueno, por las mañanas soy anarquista en estilo de vida, pero por las tardes me gusta poner orden en las cuentas. De momento debo vivir entre estos dos mundos.

Cuando vi las cuentas anuales me dio un gran dolor de cabeza. Decidí hacer algo que hacía tiempo no hacía: darme un baño. Un poco de nihilismo sibarita, tan poco acostumbrando a ello, no viene mal. Puse el agua hirviendo, algo de espuma y permanecí inmóvil algún tiempo, intentando relajar todos mis cuerpos. Me acordé que en diez días tengo unas mini vacaciones con un amigo haciendo la ruta cátara, en el sur de Francia. Dormir entre bosques y montañas al raso a más de dos mil metros será una penitencia más que unas vacaciones. ¿Cuánto nos gastaremos? Le pregunté a mi amigo. Cien euros por cabeza, respondió alegremente. Nunca unas vacaciones me habían salido por tan poco. Pero viendo las cuentas anuales, merezco pensar en positivo y saberme eso, un poco loco, un poco héroe, a veces incluso un poco idiota. Menos mal que pude vender el coche, menos mal que pude quitarme algunas deudas, menos mal que ahora ya no tengo casi de nada, excepto el yoga de las mañanas, las tres joyas, y los amigos, claro, los de verdad, los que permanecen, los que me quieren incondicionalmente, los que saben que estoy pagando el precio de una bondad ilimitada que requería límites, muchos límites, e inteligencia, mucha inteligencia.

Y mientras me despido de la buena de Vero, un ángel de la guarda que nos ha protegido durante un mes, me llama una amiga con la buena noticia de que está consiguiendo separarse de forma amorosa de su esposo. Esa noticia me llenaba de gozo, de mucho gozo. Me hubiera gustado haber hecho lo mismo, poder separarme tranquilamente y estar ahora con menos dolores de cabeza y con algún deseo, aunque fuera mínimo, de tener pareja. Pero el deseo desapareció y por más mujeres hermosas que conozco, ninguna de ellas es capaz de sacarme de este estado pueril. Si todo hubiera sido hablado, consensuado o planificado quizás ahora sería más libre, tendría más dinero y mi quiebra no hubiera sido tan dolorosa. Y seguro que tendría de nuevo alguna pareja o algo que se le pareciera. O deseo por tenerla, al menos. Pero no, la huida fue la única respuesta que tuve. El miedo hizo el resto.

Y aunque ahora estoy totalmente desapegado de esa mala experiencia y casi ni pienso en ella, cuando he visto las cuentas anuales de la empresa y me he visto aquí solo, en la oficina, a las tantas, me he echado a temblar. Si algo falla por sutil que sea todo se va al traste. Si falla el ordenador, si falla la web, si falla mi pulso o salud todo termina de forma dramática. Una vida al límite, claro que sí, ese es el precio, un año después, justo ahora un año después, de toda esa cadena de huidas, errores y bajas presiones en las que uno se vio envuelto. Qué desastre.

Por eso esta mañana era feliz en la ermita, porque de alguna manera andaba compartiendo un trozo de vida. Incluso era feliz aunque siempre haya alguien que se queja porque no hay mermelada o falta pan. Sonrío para mis adentros y recuerdo mis primeros días en la caravana donde por haber no había ni techo. Pero ahora, encerrado en la oficina y aguardándome una larga noche hasta que consiga poner en orden las cuentas, la felicidad se difumina, porque este dolor de cabeza, me doy cuenta, no puedo compartirlo con nadie, y resulta casi insoportable. Y no lo digo a modo de queja, solo a modo de desahogo. Me hace bien desahogarme, compartir estas cosas. La felicidad solo es real si se comparte, y para ser feliz, uno tiene que compartir de todo. No sólo los veranos, también los fríos inviernos. También los dolores de cabeza.

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Como gestionar una microempresa desde los bosques


 

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Foto: Marian de Vicuña

Según el Instituto de Trabajo, una microempresa es aquella que tiene entre uno y nueve trabajadores. Lo mío es micro porque solo hay un trabajador con un sueldo milenarista y luego algunos aliados que echan una mano a cambio de algún dinero. Pago mis impuestos como todo hijo de vecino, pago el autónomo y vivo y trabajo en una cabaña en los bosques. El vivir en una pequeña cabaña, con un sueldo pésimo dirigiendo una empresa micro no es una buena carta de presentación para nadie. Algunos piensan que vivo una vida cutre porque materialmente he renunciado voluntariamente a ciertos lujos. Incluso por haber renunciado una y otra vez a suculentas ofertas de trabajo que me alejarían de esta vida aparentemente pueril. Sin embargo, me siento como un verdadero príncipe en un pequeño reino rodeado de árboles y montañas. Es cierto que es un poco cutre no tener tiempo para casi nada en un entorno como este. Especialmente en verano donde decenas de personas reclaman un miligramo de atención, una mirada, una charla o lo que sea en este lugar privilegiado. Mi carácter huraño y tímido a veces me aleja del ruido que en estos días crece ante la multitud que se acerca para disfrutar de este bosque, pero siempre guardo algo de tiempo para compartir una sonrisa, un abrazo o un rato de risas y complicidad con alguien.

Esta semana siento que todo se me ha ido de las manos. Las relaciones de pareja lo veo ahora como algo imposible. No se me ocurre ni por un momento fijarme en nadie, mirar a nadie, ni siquiera ilusionarme por nadie a pesar de los maravillosos seres que por aquí pasan todos los días. Miro a las mujeres y me noto lejano, ausente, como si esa realidad social hubiera desaparecido para siempre de mi vida personal. Nunca había experimentado algo así, pero ahora que lo hago, veo y noto que la sensación es incluso buena. Un año desprendiéndome de un duelo y un duelo que me ha llevado a otra realidad diferente, más amplia, más silenciosa emocionalmente hablando, más sencilla. No siento deseo. No siento apego. No siento emoción, no siento ganas de seguir compartiendo parcelas de privacidad con nadie. Ni flujos, ni saliva, ni sueños, ni espacios, ni aconteceres. Así estoy bien, gestionando el misterio de la soledad.

A pesar de que la economía va como siempre, con ese exceso de sacrificio por mi particular vida de servicio, que no de servilismo, es decir, por esa especial fijación mía de ser útil, que no sumiso, en estos días he recibido una noticia extraordinaria. Es una noticia que no me repercute a mí como persona, pero que sí repercute positivamente al proyecto que abandero desde hace unos años. Es una noticia que lo cambia todo y que posibilita que a partir de ahora mi vida se centre en otra dimensión diferente. Todo empieza con un viaje en octubre a Inglaterra, a la Brockwood Park School. Allí tendré la oportunidad de retirarme unos días gracias a la generosa invitación de unas amigas. De ahí partiré a las tierras del norte, a mi segundo hogar, como a veces me gusta llamarlo, aunque sea algo simbólico y reminiscente. Escocia siempre me espera, y ahora como una oportunidad mayor de ampliar los horizontes y reorganizar mi nueva vida.

Todo ello antes de dos juicios, el académico y el civil. El primero para doctorarme, por fin, en antropología. El segundo para doctorarme, por fin, como persona que aprende a luchar por lo que es suyo. Ambos juicios ya están ganados, porque de alguna forma, interiormente, siento por dentro una gran sensación de desapego y olvido. No me interesa el resultado, me ha interesado en todo momento el camino, la enseñanza, el aprendizaje. Y eso ya está ganado.

Así que aquí estoy, intentando gestionar una vida particular, desapegada, libre. Sin esperar ningún resultado de nada. Simplemente viviendo, siendo, intentando ser mejor, aunque en ello me esté ganando una fama exquisita en cuanto a enemigos se refiere. Cada vez tengo más personas que me odian por algún motivo, pero por cada persona que me odia, encuentro a diez más que desean apoyarme. Así que siento como la balanza juega de momento a mi favor. Uno huye despavorido y dolido, diez se aproximan. Todo está bien.

Sobre cómo gestionar una microempresa desde los bosques, bueno, pues así, improvisando, haciendo lo que se puede, renunciando a tener familia, pareja, dinero, estatus, reconocimiento y muchas otras cosas difíciles de cuantificar. Pero al mismo tiempo, con un cierto grado de felicidad por sentir ese resquicio de rebeldía interior, ese halo de libertad absoluta, esa conquista del ser, más allá del tener. Sí, una gestión complicada, pero nadie dijo que veníamos aquí a realizar cosas fáciles.

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