De vuelta a casa


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La semana ha pasado rápida. Trabajar tres veces al año en una oficina de ambiente internacional son mis verdaderas vacaciones. Es paradójico, pero es como tener un contacto directo con el otro mundo, con ese al que me costaría mucho volver si tuviera que hacerlo. Horarios, jefes, sueldos, comida rápida, todo el día inmovilizado en un espacio cerrado sin poder hacer otra cosa que trabajar. Sí, es extraño, pero son mis vacaciones y las disfruto, porque al volver al bosque siento profundamente que la vida que llevo no tiene precio, aunque a veces roce la marginalidad y la penuria.

Ginebra es un bálsamo interior. Me reconduce a mi esencia de alma libre y peregrina, y sé que mis límites están para no sobrepasarlos. Más de una semana en esa oficina sería asfixiante. Pero esos días que estoy trabajando como editor, en un ambiente agradable y con gente bonita me hace feliz, me convierte en un ser privilegiado que puede elegir, cueste lo que cueste, sobre su propio destino. También me pone alerta sobre cuestiones principales de la existencia. Como esas tentadoras ofertas de trabajo que me incitan a tener que elegir un destino u otro. La última nada más y nada menos que en Bruselas, en un ambiente político con suculentos privilegios. Pero solo pensar en esa posibilidad me pervierte interiormente, y me anula en mi experiencia actual. De momento deseo tener control sobre mi destino, o al menos, me gusta esa sensación de saber que lo que estoy haciendo es realmente lo que deseo. Eso me da fuerza y valor para seguir adelante, cueste lo que cueste.

Esta madrugada, cuando a las cuatro venía el taxi a recogerme para trasladarme al aeropuerto, sentía bajo los pies de los Alpes que se entreveían a lo lejos esa sensación de fortuna. El taxista, hijo de emigrantes gallegos, hablaba con cierta emoción de lo bien que vivimos en España. Suiza es un buen país para ganar dinero y prosperar en el plano material, pero falta cariño, emoción, amor. Escuchaba atento a este hijo del destino que se sentía totalmente suizo, pero que en cierta forma añoraba nuestro estilo de vida.

En dos horas ya estaba en España. Vista desde los aires es un país hermoso. A vuelo de pájaro puedes comprobar la privilegiada naturaleza que nos envuelve, su clima, sus gentes, su música, sus culturas. Aún puedes encontrar bosques donde habitar una cabaña y llevar una vida simple. Este fin de semana me han invitado a disfrutar de unos días en la playa. Mientras espero en el aeropuerto, me gusta la idea de poder desconectar del mundo en un ambiente diferente. Pasear con buena compañía, disfrutar de unos paisajes que prometen belleza y paz. Estoy feliz por los regalos que estoy recibiendo. Ya tocaba un poco de paz. Me alegra saber que más allá de toda tormenta puede venir cierta calma. Especialmente esta calma interior que ahora siento. Me gusta el poder permitirme el cuidar de mi niño interior y alimentar con ello sus ganas de vivir y aprender.

Buen trabajo en Ginebra, feliz por todo lo compartido allí y por el trabajo que suma para traer lucidez al mundo. Ahora de nuevo a la aventura del vivir. Me espera un bonito fin de semana que espero disfrutar al máximo en esa playa perdida.

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Caos


 

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Llueve y hace frío. No tengo pijama. Se perdió y no logro recuperarlo. Dormir desnudo en la cabaña es toda una hazaña. Una aventura. Cuando esta tarde subía hacia la casa desde las cabañas un hermoso zorro bajaba. Nos cruzamos, me miró asustado y salió corriendo. Se había comido una gallina. Una aventurera ingenua que había pensado que lejos del corral sentiría mayor libertad. Encontró la trascendencia. Estas cosas me ponen tristes. No logro entender del todo estas leyes de la naturaleza. No logro entender que unos se tengan que alimentar de otros. Es algo que me duele, algo que me produce consternación. No entiendo que aún haya gente que coma animales. Me parece un acto criminal, sangriento, doloroso. Hay gente que trabaja en lugares que se llaman carnicerías. Hay gente que trabaja en lugares que se llaman mataderos. Hay gente que come carne, como el zorro cuando mató la gallina. Pude ver las plumas aún calientes. Hay gente que come gallinas y se enorgullece en las redes. No tiene gracia. Comer alitas de pollo no tiene ninguna gracia.

Cogí el coche con un nudo en la garganta mientras veía como Geo perseguía por el verde prado al zorro veloz. Ambos desaparecieron en los bosques, en sus sombras, en sus misterios. Me adentré por los valles y las montañas majestuosas que hay detrás de este bello lugar. La recogí en su casa y fuimos a tomar algo a la ciudad. Aquí en Galicia no tengo muchos amigos, así que lo de hoy era algo excepcional. Hablamos de mil cosas mientras el tiempo apremiaba por avanzar en todo tipo de encuentros. A veces es bueno salir un poco, tener amigos, charlar de cualquier cosa y sentir el cariño sincero.

Hoy me sentía especialmente cansado. Demasiados frentes. Sin ganas de discutir si la leche debe ser en polvo o líquida, si debemos cocinar con cuatro fuegos o con uno. Pensaba en eso y mil cosas mientras atendía la conversación como podía y pensaba en la gallina. En el primer bar tomé un refresco. En el segundo un descafeinado de máquina y en el tercero una tapa de tortilla. La tortilla estaba exquisita, la compañía era excelente pero la música estaba demasiado alta y los huevos me recordaban la tragedia. Hubo un tiempo, corto, que me hice vegano. Creo que debo intentar de nuevo el veganismo. Los huevos y la leche ya no me hacen gracia. Huelen también a muerte. Me entró sueño y volvimos a los bosques. La dejé en su casa. Los paisajes, incluso de noche, son espectaculares. Nunca había visto un lugar tan bello, ni siquiera en las altas tierras de Escocia, ni siquiera en las profundidades selváticas de Alemania, donde por estas fechas las aves migratorias envolvían el cielo con formas imposibles.

Llovía pero me detuve para hacer algunas fotos. Miré anestesiado el paisaje. En la universidad todo son problemas. Podría estar dando clases en cualquier universidad del mundo pero siempre falta algún papel, algún asunto burocrático. La burocracia asfixia la creatividad y exprime al mundo. Recibí una nota del juzgado. A pesar de que ya casi me había puesto al día con todos los pagos, aún quedan flecos que soportar. Me citan y me informan de que tengo veinte días para pagar la deuda que tengo con un proveedor. Me hierve la sangre pensando que otros están disfrutando de mi dinero y de mis propiedades a mi costa y que yo ando pasando calamidades por estúpido, por insensato. No sé cómo la gente se puede volver de repente tan insensata sin importar el dolor que puedan ocasionar a otros. No sé porqué hay alguien que está disfrutando tranquilamente de todo mi esfuerzo y puede vivir con la conciencia tranquila. Yo al menos no puedo, y llamo a unos y a otros cuando mis deudas superan mi capacidad de reacción. Pero hoy me daba cuenta de que a pesar del esfuerzo, aún son muchos los fuegos que apagar, los frentes a los que enfrentarme con fuerza y paciencia.

Aún no me dio tiempo a poner la tesorería al día. Algunos esperan los resultados a pesar de que el año pasado tuve la osadía de poner al orden a todos los que debían alguna cápita. Al menos pude poner a plomo a los que reclamaban trabajo. Y luego miraba el cable que aún faltaba por enterrar y me dolía todo el cuerpo. Dos días seguidos enterrando cables es demoledor. Al menos ya tenemos luz en las cabañas. Y mientras lo hago voy contestando mails de la empresa, atendiendo llamadas, buscando fuerzas para seguir adelante. Luego me llama el abogado y me pide más papeles. Y me pregunto por qué las personas no pueden llegar a acuerdos cordiales y justos sin tanto papel. Por qué la ambición y el egoísmo nos puede. No lo entiendo.

Mientras espero en la segunda cafetería hago facturas y albaranes. Cinco palets de libros son devueltos por la distribuidora que ha quebrado. Más de 125 mil euros en libros. Justo la cantidad que debo desde hace cinco años, desde que empecé este loco proyecto. Si los vendiera todos me quedaría libre de deudas. En ese sentido sería más feliz, me sentiría más liviano. Seguramente me compraría un coche eléctrico porque junto a un buen móvil y un buen ordenador, son las tres cosas que necesito para desempeñar bien mi trabajo. Lo demás me sobra todo. Por eso no tengo ganas de discutir sobre si la leche debe ser en polvo o líquida. Si siguen estas discusiones tontas tendré que enviar a más de uno a parvularios. Estaría bien plantar más árboles y hacernos veganos. Anular el café y la leche líquida era algo que ya habíamos conseguido. Pero te vas unos meses y todo retrocede. Conquistas pasadas ahora resultan ser un estorbo. Nos hemos vuelto unos señoritos. Hasta tenemos wifi en las cabañas y tostadas todas las mañanas. Un caos.

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El egoísmo individual es el fracaso colectivo


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Esta mañana, con lluvia, llevando la instalación eléctrica a las cabañas y las caravanas

La verdad es que estos meses de ausencia he sentido un cierto egoísmo. He podido, a pesar de las circunstancias que estaba viviendo, tener cierta paz y decoro a la hora de no tener que dar explicaciones a nadie sobre mi vida y sobre lo que debía hacer. En cierta forma, el egoísmo individualista ha sido uno de los éxitos del sistema capitalista y liberal. Vivir en colectividad, en grupo o en familia parece, a la vista de lo que está ocurriendo, algo caduco y ajeno a los tiempos que corren. La institución familiar se está derrumbando a pasos agigantados. El éxito “progre” ha consistido en conseguir que las personas se sientan endiosadas, emancipadas y empoderadas para intentar subsistir al demoledor nuevo estado social de individualización y soledad. Si te sientes empoderado no necesitas tener pareja, familia o grupo de apoyo. Todas las tesis sobre la cooperación y el apoyo mutuo se abandonan porque, en la triste realidad en la que vivimos, nos creemos dioses con poderes sobrenaturales. Y esa creencia nos debilita, por eso de divide y vencerás.

El éxito capitalista consistió en hacernos creer que somos pequeño burgueses, con propiedad y dinero para poder imitar, ilusoriamente, la vida que hace algunos siglos llevaba la burguesía que consiguió desbancar del poder a la aristocracia dominante. Nos dieron casas, vehículos y un salario para poder afrontar la esclavizante vida de tener que hipotecarnos para asumir ese estado ilusorio. El crédito hizo el resto. Nuestra servidumbre se vio modificada por la ilusión de poseer algo que en verdad nunca será nuestro. Nuestra esclavitud se transformó, pero realmente nunca ha desaparecido.

Al volver a la vida comunitaria me doy cuenta de los engranajes del egoísmo, y de cómo cada uno, a su manera, intenta llevarlo a cabo a veces de forma encubierta, otras de forma disimulada. La confianza se mide dependiendo de quien pueda aportar más a ese interés egoísta. Resulta complejo descifrar los códigos de todo lo que ocurre en cada situación compleja. Cada uno mira primero hacia sí mismo y luego colabora con lo inevitable.

En estos días me acabo de dar cuenta de que resulto ser más un estorbo, inevitable, que otra cosa. Nueve meses de ausencia ha provocado desconfianza y recelo por hechos incomprensibles, por rumores, por interpretación de acontecimientos, o por cualquier tipo de opinión o juicio sobre la vida privada que haya podido tener en soledad. Me queda vivir en un estado de absoluta paciencia y ver cómo se desarrollan los acontecimientos. Ahora parece que soy yo el que se tiene que adaptar a los nuevos inquilinos, a sus manías, a sus hábitos, a sus cosas. Hoy me regañaban por mezclar fideos del uno con fideos del dos, con el hambre que hemos llegado a pasar en este lugar. No sabía si reír o llorar por la tremenda anécdota. Como si estos cinco años de esfuerzo no hubieran servido de nada. ¡En fin! La vida y sus cosas… A veces hay que ser interiormente muy fuerte para mostrarse débil, leía hoy en alguna parte. Pues eso…

Al menos hoy hemos culminado un éxito colectivo. La broma viene de lejos. Alguien decidió hace años comprar unas placas solares para uso particular. Esa persona disponía de un gran sistema solar para sí mismo mientras que el resto no disponíamos de luz. Cuando se marchó, nos dejó el sistema a cambio de lo que le había costado. El sistema privado lo colectivizamos. Aún así, era un sistema deficiente para todos, así que tiempo más tarde, compramos unas placas para las cabañas. Al principio para uso privado, personal, pero luego decidimos compartirlo con el resto de cabañas para no caer en el mismo error egoísta. Por una cadena de errores, el sistema de las cabañas dejó de funcionar, así que se decidió que las placas y el molino de viento de las cabañas se conectaran al sistema general de la casa grande de acogida. Con este aporte, el sistema de la casa aumentó de potencia y el sistema general se benefició de todo este aumento de energía, a cambio de que las cabañas se quedaran sin luz durante nueve meses.

Viendo el ejemplo colectivo de otros proyectos, se nos ocurrió comprar un cable de doscientos metros que saliera desde la casa a las cabañas y hoy llegó el milagro. Tras una larga mañana de barro y lluvia, todos hemos salido ganando. Ahora hay luz en la casa, en las caravanas y en las cabañas. Aunque sigue siendo un sistema muy limitado, al menos para una pequeña bombilla tenemos. Y a pesar de nuestros pequeños egoísmos individuales donde nuestro deseo es poseer nuestras propias placas solares, nuestros propios sistemas sin compartir con el resto, la experiencia nos ha demostrado que el éxito grupal repercute en el éxito individual, pero no a la inversa. Una gran enseñanza. Mañana intentaré no mezclar los fideos. Las cosas de la colectividad…

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Ágape fraternal


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Ir a una feria y que llueva es lo peor que puede pasar. Estos tres últimos días supuestamente son los de mayor venta, pero con frío y lluvia, hacen que las perspectivas se derrumben y sucumba la previsión de ingresos. Así que pasé todo el día con un frío intenso, disfrutando de la lluvia y de este retardado invierno que apareció en plena primavera. Cosas que pasan, cosas que ocurren en el preludio de la aventura. Aún así fue un día de lo más interesante. En la feria puedes conocer gente curiosa, compartir con viejos amigos o pasar ratos agradables con tus compañeros de oficio, sean ellos libreros, editores o movimientos culturales que se atreven a mostrar al público todo su arsenal filosófico. Digamos que las ferias pueden ser excusa, no tanto para vender, como para intercambiar sinergias, ideas y realidades. Además, también puede servir de acicate para saber qué pide la gente y qué busca entre tanto libro y oferta.

Ayer, tras cerrar la feria, fui invitado en el hermoso barrio del Brillante a participar en los trabajos de la logia que ayudé a construir aquí en Sierra Morena. No pude asistir al taller, pero sí al ágape fraterno que se hizo a continuación. Fue toda una alegría poder ver que la llama ha crecido, sigue viva y que aquellos arquetípicos momentos de construcción sirvieron para que la fraternidad, la igualdad y la libertad se propagara también en estos lares. Alguien me llamó como una leyenda viva de este lugar y yo me sonrojé, porque realmente el mérito fue solo de motor, de empuje, de conspiración para que se realizara la parte más difícil. Aún así, agradecí el reconocimiento y la admiración. Trazar los planos de cualquier arquitectura tiene un trabajo, pero siempre he pensado que el mérito está en la propia construcción, en los que sostienen el trabajo.

Tras el ágape y el buen rato que pasé en este pequeño palacete convertido en templo, fui a recoger el coche con la mala suerte de que el parking donde lo había dejado estaba cerrado. Los frater me llevaron a un hotel para pasar la noche y esta mañana temprano vinieron a recogerme para compartir el desayuno y echar una mano a ordenar el templo para dar paso a la tenida del capítulo, segunda parte de los trabajos que realizan “los invisibles desconocidos”. Como para ellos soy príncipe de la invisible orden rosa cruz, tenía derecho a estar allí y participar de los trabajos, pero la obligación de estar detrás de un mostrador vendiendo libros me llamaba. Qué paradójico poder ser príncipe en un palacete por la mañana y posar tras unos libros en una caseta de feria por la tarde.

Me gusta esta camaleónica vida donde uno puede ejercer diferentes personajes, vivir como un mendigo o un príncipe según le plazca, y codearse con lo mejor o lo más abrupto de la humanidad según me venga en gana. No todo el mundo puede hacer esto. No todo el mundo tiene la capacidad y la tolerancia suficiente para estar entre pobres o ricos, entre príncipes o mendigos. No todo el mundo está preparado para vestir harapos al anochecer y vestirse con las mejores galas al empezar el día. Esto no me hace más humilde o más tolerante, ni mejor o peor, simplemente me permite conocer al ser humano en todos sus grados y condiciones y, como persona sensible, disfrutar de toda la riqueza que la vida muestra en cualquier tipo de frecuencia existencial, en toda esta amplísima gama de contrastes. Que el Gran Arquitecto del Universo siga tejiendo en los cielos mientras se sumerge con nosotros en el barro de la tierra. Que así sea, y nosotros aprendamos de su inmensidad obligándonos a ejercer todo tipo de tolerancia. Que el amor fraterno siga uniendo corazones dispares.

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Merece la pena compartir las tres joyas…


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Tras pasar la noche en un hermoso hotel en el centro de la capital califal, llegué tarde a la caseta de la feria. Me ahorré el viaje a la sierra y disfruté de un hermoso paseo y cena por la judería cordobesa con la amiga Dolores. Hablamos de mil asuntos, especialmente de la difícil tarea de supervivencia de alguien que se muestra irreductible ante las circunstancias, por difíciles que sean. Es difícil explicar en qué consiste el Camino del Loco, y porqué en ese camino no puedes estar aferrado a las diez mil cosas de las que habla el Tao. ¿Cómo explicar esta tarea de robar el fuego a los dioses para expandir la luz en la tierra? ¿Cómo dibujar en el mapa mental de la creación una imagen que viene de lo más profundo del cosmos? Es complejo, por eso, cuando a veces me veis rico o pobre, con cosas y sin cosas, recordad al Loco y su camino. No puedo aferrarme a nada excepto a la Obra alquímica de la reconstrucción del templo interior. De ahí los libros, de ahí los monasterios vestidos de modernidad, de ahí la necesidad de más luz y mayor desapego.

Nada más abrir la caseta, se acercó alguien y me saludó con gran admiración. Me recordó que fui uno de los fundadores de la logia que aquí sigue creciendo y que, además, sigo siendo el vicepresidente de la asociación de estudios culturales Maimónides, asociación que le da respaldo legal a la misma. Igual que en la editorial, en la logia me deben ver como alguien invisible, que viene del intramundo para proteger el misterio y que, por mi condición transparente, es difícil de ver, tocar y respirar. Supongo que al verme humildemente vendiendo libros en la caseta de una feria la ilusión se habrá desvanecido. Aún así, con los ojos iluminados, como si hubiera visto una especie de leyenda viva, compró con alegría la edición especial que editamos hace un año del mítico libro “El Misterio de las Catedrales”. Remiré el libro y recordé el supremo esfuerzo editorial que hicimos para poder editar esta obra emblemática de la alquimia y la hermética. Respiré profundamente mientras me daba cuenta de que el esfuerzo merece la pena. De que el trabajo Uno sigue adelante a pesar de todo.

Al poco rato se acercó una persona que conocía todos los libros azules. Una especie de mago local que pretende contagiar el amor por la sabiduría perenne. Admiró nuestro catálogo, especialmente por la increíble hazaña de editar los clásicos que nadie ya publica, y nuestro papel de guardianes de la enseñanza. Tras una larga charla recordando nuestro común recorrido rosacruz en Oceanside y nuestro común recorrido en Panillo y Ginebra, no tuve más remedio que regalarle nuestro libro estrella de AAB: “Sirviendo a la Humanidad”.

La poderosa obra continua. No puedo abandonar esta labor, no puedo dejar de hacer todo aquello a lo que fui llamado. No puedo dejar de compartir, desde la pobre personalidad, todo aquello que pueda inspirar a otros a seguir el camino del corazón, el camino mágico del alma. Sin mayor pretensión, todos somos llamados a realizar una abrupta tarea, siempre difícil, siempre ardua. Cuidar el jardín, sus flores y las bellas creaciones del universo requiere un gran esfuerzo, pero sin duda, merece la pena entregar la vida a un servicio más allá de nuestras necesidades personales. Desde la cultura, desde el conocimiento, desde la inspiración, desde el amor, desde la enseñanza, desde el compartir… Merece la pena expandir las tres joyas secretas por amor a la vida.

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El corazón de una paloma amanece en paz


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© Oleo “Campiña con charca”, de José Vicente Corona

Me desperté buscando a mi lado el calor de un abrazo. Oteé con la mano uno y otro lado de la cama pero a medida que mis siete cuerpos se iban entregando a la realidad, me daba cuenta de la ilusión de vivir separado del fuego, de los álamos verdes en los márgenes del río. Me duché para limpiar mi aura tras afeitar mi cara ahora sin pelos. Las cigarras cantoras aún no han llegado. Realmente hacía frío esta mañana. Desayuné taciturno y salí hacia el coche que aún sigue averiado y se para cada dos por tres en mitad de la carretera. La cara reparación no sirvió de nada y toca arriesgar. Al menos, el recorrido desde la sierra a la ciudad califal es bien hermoso a pesar de los sustos de la carroza. Montañas, campiñas, frutales, alamedas, el hermoso valle del Guadalquivir y todo tipo de animales muertos que yacen en las cunetas, señal de la riqueza de vida que por estos parajes se desprende. Me quedo absorto ante las bellas vistas que se derraman a uno y otro margen entre castillos y veredas hasta llegar a la ciudad omeya.

Aparco frente a la estación de tren y sus ruinas romanas, preludio de inicios y finales. Tengo que llegar pronto porque luego me espera un paseo entre jardines y huertas urbanas hasta llegar a la feria, en pleno centro, en la avenida del popular Gran Capitán. Voy haciendo mi camino absorto por la poesía del lugar, por el crepúsculo interior que bombea sangre con cierta melancolía y pena hasta llegar al número 32 de la feria del libro. Abro la caseta medio mojada por las lluvias primaverales y se abre ante mi la luz de los libros, relucientes, brillantes, únicos.

Al poco rato llega nuestro primer cliente. Trae consigo un libro envuelto en una de esas bolsas de plástico que tanto están contaminando nuestros mundos. Lo saca y desea devolverlo porque su lectura es demasiado compleja. Es “La luz del Alma”, de AAB, ¡ay el alma mía! Sonrío por dentro ante la paradoja. Llevamos cinco días de feria, la mitad de la jornada, y aún no hemos amortizado ni la mitad del precio de la misma. Ni siquiera la gasolina de haber llegado hasta aquí. Aún así no me importa. Persevero en el ánimo a sabiendas de que “La luz del Alma” tiene que seguir viva y sobre la mesa. Le devuelvo el dinero y promete volver para comprar algún otro libro, quizás un cuento o algo sobre relajación. Le miro la parte pituitaria izquierda y sé que volverá. Lo hace justo cuando escribo estas letras, a cual sincronía hermosa, y se lleva, por el mismo precio, “El punto de quietud”, de Ramiro Calle, prologado por este servidor hace ya un tiempo. Por curiosidad remiro sus primeras páginas y me encuentro una cita del yogui Ramana Maharshi: “en el debido momento sabrás que tu gloria está donde tú dejas de existir”. Me quedo mirando el mundo y recuerdo su doctrina de no dualidad, el atma-vichara, la indagación del alma, donde todos somos uno con la fuente primera, y por lo tanto, no hay separación posible.

Cuando saco la pequeña caja de caudales encuentro una nota en la mochila: “el corazón de una paloma amanece en paz”. Cojo la nota escrita en color verde con delicadeza y cariño. Me quedo mirándola y le digo mientras la abrazo: “gracias por curar la pobre melancolía”. Recuerdo entonces los versos de Machado: “Hermosa tarde, nota de la lira inmensa, toda desdén y armonía; hermosa tarde, tú curas la pobre melancolía de este rincón vanidoso, oscuro rincón que piensa”. Y entonces, abrazado a la nota verde, con su lenguaje verde y mistérico, siento la paz, y la unión, y el amor más allá de la separación. Y amanece en mí un corazón tranquilo, firme, convencido, de que las cosas siempre son trascendentales y de que la “luz del alma” ha vuelto para seguir iluminando esta caseta, sin separación posible, en la unidad de todas las cosas, incluso en la unidad de aquellas que partieron lejos, hacia el Camino.

Termino de escribir estas letras y mientras buscaba algo sobre Ayam Atma Brahma, se acerca una hermosa mujer y compra el libro “Amor es relación”. Otra hermosa sincronía. Como soy tímido no le digo que yo soy el autor, y ni siquiera tengo la cortesía de dedicárselo. Ella tampoco se da cuenta de que el hombre que aparece en la solapa del libro soy yo mismo, sentado frente a ella, mirándola con la devoción con la que un hombre puede mirar a una mujer hermosa. Sonrío por dentro por la magia de la vida. Y me dejo fluir por la gracia, deleitado por esa visión más allá de lo aparente. Recojo la nota verde y el corazón, de nuevo, se vuelve paz y amor.

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Ozú mi mae!


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El andaluz tiene una gracia exquisita y un arte elaborado a la hora de seducir. Los piropos suenan a camelia y las gracias suelen venir acompañadas de cierta musicalidad provocadora. Se puede decir algo grave sin entrar en la ofensa. Algo tosco puede, en la boca de un andaluz, convertirse en un halo de alegría y santidad. Lejos de las sobrias, cansadas y tristes figuras del norte, aquí en el sur reina la alegría por doquier. Sobre todo, el cachondeito, una especie de orgullo nacional donde la arrogancia se transmite en forma de broma. Si el orgullo norteño es rancio y violento en muchas ocasiones, aquí es suave, pero educadamente pasional. Puede ocurrir que por dentro uno esté triste, hasta que sale al sol, a la tapita y al vinito. Entonces las penas desaparecen con una “manzanilla”, la alegría se llena de chiste con “soleá” y lo vulgar se honorifica de forma pomposa y jovial con un “jamoncito” o un “flamenquín”. El Gran Poder custodia todo lo demás, así que no hay por qué preocuparse.

Hoy la lluvia, la soledad y el silencio han reinado en la feria, pero ayer fue una auténtica caravana de comensales que deambulaban buscando el elixir, el sabor de los libros, el paseo y el sol. El ministro de agricultura, solitario y taciturno, se detuvo ante nuestros libros en su caminar anónimo. Los miró con extrañeza. Incluso los eruditos en ciertas materias opinan que nuestro catálogo es extraño y peculiar. El ministro miraba uno a uno cada perla, luego me miró con cara extraña y se marchó con una sonrisa amable y dudosa. Los ministros son personas educadas y te miran y sonríen, aunque no compren nada y aunque no entiendan nada de arquetipos y cuerpos sutiles.

Oscar es nuestro mejor embajador en Andalucía. Todo el mundo en Córdoba conoce a Oscar, un editor de los pies a la cabeza. Así que ayer fue un carrusel de saludos y abrazos, de amigos y conocidos, todos cultos y profundamente satisfechos con sus vidas. Llegaron a pasar toda la corte de autores consagrados en nuestro modesto sello dedicado al rescate etnográfico de la cultura. Lo tangible y lo intangible se unieron. También estuvo con nosotros Beatriz, una autora cordobesa, joven, hermosa, que daba alegría a la caseta mientras que unos y otros miraban su belleza entre libro y libro. Pasaban personas y personalidades, esas que además de mantener un estatus homínido y social, tienen además algún tipo de logro personal que los hace destacar sobre el resto. Unos presumen de éxitos personales, de fincas y cortijos, de propiedades y títulos, de caballos y empleados. Nosotros, personajillos anónimos, presumíamos de nuestra aristócrata voluntad de subyugar la ignorancia a base de cultura y valores.

Recuerdo estas cosas mientras tomo un café en el centro, cerca de la feria, y veo por la ventana como un transeúnte rebusca entre la basura algo que comer. En una de las bolsas ha encontrado un trozo de croissant mientras en los bolsillos va guardando desechos aparentemente inútiles. Lo ha olido, lo ha probado y mientras compartía algún trozo con unas palomas, se engullía el resto. Esto me hace recordar que hoy solo he regalado un libro. Este pobre hombre compartiendo la mitad del croissant de la basura con las palomas y yo sólo he regalado un libro en toda la mañana. Eso sí, un gran libro: “Sirviendo a la humanidad”. Mientras rebusca habla solo y yo, mientras rebusco en mi memoria, escribo solo. No hay realmente mucha diferencia entre su locura y la mía, o por no ser egocéntrico, entre su locura y la nuestra, la de todos aquellos que andamos por la vida buscando cosas, acumulando cosas para luego presumir ante el resto de las mismas, aunque sea con gracietas jocosas o con cachondeito suave.

De todas formas aquí nada importa. Acaba de salir el sol, riqueza aurea, patrimonio etérico. La vida sigue mientras todos opinan musicalmente con ese hablar peculiar, característico e inconfundible. Todos tienen algo que decir en este concierto de voces. Aunque sea de broma, en broma, a veces echan piropos que te elevan el alma. El transeúnte se acaba de marchar alegre con su corte de palomas. Yo tengo que cumplir con el resto de la jornada libresca, a ver si vendemos algún libro y regalamos algún piropo o sonrisa. ¡Alegría! ¡Que estamos en el sur! ¡Que sale el sol! ¡Ozú mi mae!, que diría aquel.

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