Retablos


«La verdad es que, a pesar de las dificultades insuperables, todos nosotros siempre esperamos que algo extraordinario suceda». «Y las montañas hablaron», Khaled Hosseini

Me levanté perezoso a las seis. Un día largo me esperaba. Como llovía, tras acercar al bon home a la estación de tren, volví y me quedé en la oficina, en mi querido balneario. Desde hace tres semanas no paro de trabajar en la editorial, así tengo menos tiempo para pensar, para fugarme y huir a cualquier isla paradisiaca.

Como fue su cumpleaños, me invitó a comer pizza, pues sabe que es la mejor manera de sacarme de mi atolladero. Un alma cándida y noble, de belleza exquisita por dentro y por fuera. Si pudiera y quisiera tener hijos quizás le pedía santo matrimonio. Pero más allá de nuestra profunda amistad, no hay llama que nos acompañe. Así que pasamos un rato hermoso, compartiendo bromas a sabiendas de que en todo el valle somos los solteros de oro, solteros ya casi sin remedio, no sé si por nuestra edad o por nuestras propias exigencias a la hora de elegir pareja. Si tenemos que tirarnos a la piscina, por lo menos que sepamos que va a merecer a pena, dure lo que dure y ese precio es alto, muy alto, y así nos va.

Me llamó después de once años sin saber de él. Me tiene larga estima porque según sus propias palabras, le salvé la vida publicando su poemario. Era o editar un libro o tirarse por la ventana, me dijo agradecido. Nos pusimos al día después de tantos años ausente de tantas y tantas cosas. Me recordó a la bella maga, y me decía que no debía enseñar todos mis ramales mentales. La gente se asusta cuando nota un exceso de inteligencia, me decía congojado. Nunca encontrarás pareja si no escondes algo de esa luz. Como no tengo abuela, cuando alguien me echa algún piropo me retuerzo de alegría, porque todos deseamos que de vez en cuando nos rieguen los oídos con algo bueno y positivo. Lo contrario, aunque esté vestido de sinceridad, produce malestar y destrucción. Así que mejor aprender a decir cosas bonitas, y mejor guardar los torpedos autodestructivos solo para momentos de extrema urgencia. Por cierto, gracias querida Lola por las hermosas palabras de ayer, palabras que resucitan a un muerto.

El día de antes otra amiga me llamó diciendo que debía rebajar mi lista de exigencias. Que no podía ser tan inflexible en un tema tan fluido como es el amor. Me resulta difícil explicar esto sin ser excesivamente arrogante u orgulloso. A veces la soledad es mejor compañera que la necesidad, y por necesidad, no deseo arriesgarme a compartirme a cualquier precio. De ahí que la exigencia siga inmaculada. Desde hace muchos años ya no estoy en venta, ni en lo económico ni en lo profesional ni en lo emocional ni en lo espiritual. No soporto la gente que hace turismo emocional y se vende a cualquier precio, se entrega a cualquier suma o prostituye su cuerpo y su alma solo por búsqueda de placer placebo. Solo obedezco la voz de mi alma, cuando puedo escucharla, porque a veces, el ruido de la vida cotidiana te aleja de su llanto. Y nunca sabes por qué el alma te lleva de un lado para otro, de una persona a otra, pero sé que alguna poderosa razón tiene, y a ella obedezco.

A pesar de las dificultades insuperables, siempre espero que algo extraordinario suceda. Al fin y al cabo, la vida del alma siempre resulta extraordinaria. Incluso cuando nada ocurre, si estás mínimamente en diálogo constante con tu interior, con tu consciencia, con tu yo esencial, siempre ocurre algo extraordinario. El propio hecho de estar vivos, de respirar, de sentirte expandido en el hilo vital ya es motivo suficiente para experimentar la existencia como algo extraordinario. Ojalá este sentir pudiera ser compartido de forma estrecha, en un sempiterno abrazo, en una alianza cómplice y sentida llena de vida, amor y consciencia. Todo esto me lo repito una y otra vez para no olvidarlo. Especialmente ahora, en esta fragilidad que aún debe durarme un tiempo.

En fin, retablos de estos días, por eso de seguir sanando poco a poco. Al final del día uno termina comprendiendo de que no es el tiempo el que lo cura todo, sino la comprensión. Le prometí a mi querida M. que el día uno de julio guardaba mi calimero. Ahora que ya estoy medio bien, cargado de melancolía pero bien, espero poder hacerlo. Lo prometido es deuda. Ya tengo algo de comprensión, y ya ha pasado algo de tiempo. Y quien sabe, a lo mejor a partir de mañana algo extraordinario ocurra.

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Comprar galletas y alpiste


«No hay una vida completa. Hay sólo fragmentos. Hemos nacido para no tener nada, para que todo se nos pierda entre los dedos. Y, sin embargo, esta pérdida, este diluvio de encuentros, luchas, sueños… Hay que ser irreflexivo, como una tortuga. Hay que ser resuelto, ciego. Pues cualquier cosa que hagamos, incluso que no hagamos, nos impide hacer la cosa opuesta. Los actos demuelen sus alternativas, he aquí la paradoja. La vida, por tanto, consiste en elecciones, cada cual definitiva y de poca trascendencia, como arrojar piedras al mar». «Años luz” , James Salter

Esa era mi lista de la compra. Una definición absolutamente realista de mi momento vital. El alpiste para los pajarillos del bosque. Las galletas, para no pensar. Todo lo demás puede esperar. La lealtad, la honestidad, el turismo emocional, la reducción del apetito global por la prima de riesgo, los viajes, las aventuras, los libros. Todo son fragmentos, ahora ya no hay nada completo. Al menos así lo percibo en estos días tristes, solitarios, de pura dejadez.

Llegó por fin el gran diploma de doctor. No me hizo ninguna ilusión, ni siquiera la idea de tener que ir a recogerlo al sur. Tal y como está la gasolina, a uno se le quitan las ganas de ir al Ikea a comprar un gran marco para colgar, aunque solo sea este, algún diploma en la pared. No sé donde tengo todos los demás. Algunos aquí y otros allá, pero ninguno colgado. Hemos nacido para no tener nada, y un diploma más o menos no nos hará especiales, aunque ese diploma sea el de doctor en antropología. Ahora todos ellos me resultan absurdos. Como si todo se perdiera entre los dedos. ¿De qué ha servido todo eso? ¿Para qué, si a cada paso me alejo más de la consciencia y de la vida? Todo supura de forma extraña. Todo carece de sentido cuando te alejas de la creación, de su sentido, de su lógica, cuando el corazón se abandona en esa deriva incierta.

Esta mañana a una de las perritas le dio un síncope en el sendero de los castros. Yo no estaba, me lo contaron los de la casa de acogida. Iba deambulando buscando galletas y alpiste con la moto eléctrica y me paré a comer una cuña de pizza cuatro quesos en una carretera baldía. Allí me llegó la noticia. Por suerte pudieron reanimarla. La ola de calor y sus cosas. Me senté y miraba al infinito, a las montañas del fondo que dividen esta tierra celta del resto del mundo. Me imaginaba qué había más allá y la buscaba entre los mapas imaginados. Mi alma la busca y todo supura. Esta pérdida es como un diluvio de encuentros con la nada, de luchas, de sueños. Me pregunto cual ha sido la razón de conquistar el cielo para luego perderlo de inmediato, en un suspiro, sin motivo alguno, sin explicación alguna, sin oportunidad para remendar las paradojas. Un hola acompañado de un adiós, y todo se acabó.

Luego fui a esa exposición de piedra mineral. Excelentes trabajos, incluso cuando pude adivinar un tratado pitagórico puesto al revés. Me quejé a la autora y dijo que había sido Manolo, que debió ponerlo mal al no entender su significado profundo, esotérico y oculto. Me pareció una aberración, pero fingí que no me importaba y me fui a tomar un refresco. Alguien me hablaba mientras miraba al infinito, ausente. Vino al rato una hermosa mujer con su mismo nombre y se me revolvió toda la tripa. ¿Cómo es posible? Es un nombre tan extraño, ¿por qué se manifiesta en esta realidad de forma tan brusca?

Pues allí estaba, casi con su misma belleza, quizás algo más alta y esbelta. Cogí la moto y me marché corriendo, abatido, desesperado. Me encerré en la cabaña justo antes de las lluvias, cogí las galletas y me hice un gran vaso de leche con avena en polvo, para no pensar. Me sentía apático e irreflexivo como una tortuga. ¿Qué significado oculto tiene todo? ¿Por qué los umbrales me atosigan cuando la calma se derrama por cada avatar? No se puede dejar de amar, si has amado. ¿Cómo se deja de amar?

Me llamaron las antropólogas, la entrevista de hace cuatro meses, aquella que me causó contraer la enfermedad que me condujo a estar una semana en cama y gracias a eso poder conocerla, se había borrado casi entera. Vaya por Dios, pensé. De nuevo la entrevista. Quien sabe, a lo mejor es la señal de algo. Hay que ser resuelto, quizás algo ciego para no ver más allá del dolor. Sea como sea, cualquier cosa que hagamos, incluso que no hagamos, nos impide hacer la cosa opuesta. Yo diría que nos impide hacer la cosa correcta. ¿Qué sería en este caso lo correcto? ¿Vencer o morir, que diría Shakespeare? Morir es dormir… y tal vez soñar… Graciosa niña, espero que mis defectos no sean olvidados en tus oraciones. Ser o no ser, ese es el dilema. Mañana contesto la entrevista. Necesito escribir. Siempre fue mi terapia. Escribir alguna tontería para aliviar el alma. Sí, es terapéutico. Es sanador. Como subir a la montaña o nadar en un río de agua helada.

Llamó poco después mi hermana en el cumpleaños de mi madre y nos sorprendió con una nueva noticia. Que dice que se casa. Sentí una gran alegría por ellas, y una gran tristeza por mí. Me hubiera gustado casarme y tener hijos y vivir una vida normalizada. Pero no, tuve que venir a vivir a una cabaña en un precioso bosque donde ni las moscas se atreven a venir. A pesar de ello, no deja de ser curioso. Aún sigo mirando todos los días esperanzado por la ventana. Y veo el bosque, y el verde oceánico, y casi puedo escuchar el murmullo de duendes y elfos que susurran como si fueran niños. Niños que esperan, niños que tejen algo dentro, algo indestructible. Miro, no paro de mirar, no sé porqué. Pero miro y observo y recuerdo el aullido de aquellos lobos, como si fuera la primera vez. Los lobos, la entrevista de las antropólogas, el bosque, las montañas…

Una buena amiga me llama todos los días para ver como estoy y para recordarme que esto no es vida, que viviendo en un bosque jamás podré tener una vida normal, ni tener pareja ni familia. Tiene razón, pero después de haber vivido aquí, no podría vivir en ningún otro lugar, a pesar de todas las angustias pasadas por un mal pagado amor. La vida, por tanto, consiste en elecciones, cada cual definitiva y de poca trascendencia para el vasto universo, como arrojar piedras al mar, o comprar en un día cualquier galletas y alpiste. Si alguien en un infinito arrojadizo pudiera entender la trascendencia de todo esto, supondría un éxito para todo el ciclo amoroso. Por si acaso los astros cambiaran de posición, seguiré mirando por la ventana. Nunca se sabe. La vida siempre resulta extraña y milagrosa. La Vida siempre se abre camino de la forma más misteriosa posible.

Ante la ley del espejo, rompe el espejo


“Hay algo sagrado en las lágrimas. No son señal de debilidad sino de poder. Son las mensajeras de una pena abrumadora y de un amor indescriptible”. W.I

Empecé el año leyendo tarde y temprano el libro “Del Silencio”, del amigo Sergi Bellver. Quería empezar el año pensando en alguien que no fuera en mí mismo, y leyendo algo que fuera extraño para mi corto tiempo: una novela. Y qué mejor que una novela escrita por un amigo escritor al que aprecio especialmente, quizás porque empatizo con su vida errante, “sin techo”, y con mi sueño de construir algún día un refugio, un lugar, una escuela, un hogar donde poder acoger a todas esas almas errantes.

Una de ellas, aquella de las que os hablé hace un tiempo, “hombre mirando al sudeste”, lo llamaremos así para preservar su identidad, apareció unas horas antes de celebrar entre todos la nochevieja. Después de cinco meses acogido entre nosotros se marchó un día porque predecía para este año el fin del mundo. Llegó desorientado y mientras todos celebraban la fiesta lo vi pasar por entre la noche. Fui a buscarlo y lo saludé por su nombre: “ya no me llamo así, ahora me llamo Miguel, mejor dicho, Miguelito”. Estaba demacrado, con la cara desencajada, desorientado, no me reconocía, todo sucio y mal oliente. Le di un abrazo a pesar de su desconfianza. Lo llevé a la cocina y le ofrecimos algo de comer. Un primer plato, un segundo… creo que se quedó con ganas de un tercero, pero por pudor, no lo solicitó. Solo quería dormir. Le preparamos una habitación y se quedó dormido hasta las cuatro de la mañana. A esa hora la hospedera de turno le atendió y estuvo todo el día con él hasta que al mediodía me contó asustada que había intentado coger un hacha. Eso me puso en estado de alarma.

En los últimos treinta días habíamos atendido tres brotes psicóticos. Uno de ellos marchó porque un familiar se lo llevó. El segundo lo llevamos a su casa y avisamos a la familia. El tercero… el de Miguelito, este no tenía familia… Viendo que cada vez se mostraba más violento tomé la difícil decisión de llamar a una ambulancia. Llegaron en ella cinco personas del sistema sanitario, entre médicos y auxiliares. Ninguno de ellos pudo convencer a Miguelito de que entrara en el vehículo. Miguel, Miguelito, pala en mano, amenazaba al mundo y al sol que le perseguía. Me acerqué sin miedo a él, le pedí que me diera la pala y le susurré unas palabras desde lo más profundo de mi alma: “hazlo por ti, hazlo por nosotros”. En ese momento de frágil lucidez, sentí como Miguel dejaba paso al dueño legítimo de ese cuerpo, rompía con el espejo que le aprisionaba, se lanzaba a llorar y me acompañaba hasta la ambulancia.

Esa decisión creó en algunos cierta controversia, hasta el punto de generar pánico en un par de personas por no haber atendido mejor a ese pobre hombre. Así que tuvimos que atender a los demás con paciencia y calma, intentando explicar con lágrimas en los ojos que hicimos durante cinco largos meses todo lo que pudimos por él.

Hubo un momento en que todo me sobrepasó. La tensión de atender a tantas personas en momentos complejos, la rotura de las tuberías y el desembolso de más de cinco mil euros para que todo estuviera listo en estos días, las obras, todo por medio patas arriba, todo el caos antes de las fiestas… Tras el episodio y tras dar unos días de descanso a la hospedera me encerré en uno de los lavabos y me senté en el suelo a sollozar como hacía años que no lloraba. Me sentía superado por todas las circunstancias que en este último mes se habían acumulado una por una. El hecho de que me llamaran genocida por haber llamado a la ambulancia fue la gota que colmó un vaso que ya no podía más.

Me di cuenta del efecto purificador del llanto. Me volví a levantar, me fui a comer, luego a pasear y recuperé cierta fuerza vital, especialmente ayer que me tomé la tarde libre y me fui a los bosques con el amigo Geo, el cual nunca omite sobre nadie ningún tipo de juicio, y le puedes confesar con la mirada cualquier circunstancia sin juzgarte. Por la noche volví a la novela de Sergi, leyéndola despacio, esperando ver en la tragedia de la Segunda Guerra Mundial algún tipo de consuelo o esperanza ante nuestra pequeña tragedia contemporánea.

A pesar de haber empezado el año con dureza, veo lo bueno de haberlo emprendido con tanta hermosa compañía. Una compañía clandestina, pero la mejor de las compañías posibles. Así que hoy intentaré volver al optimismo, pensar que este año, a pesar de haberlo transitado con aspereza, será un año bueno. Romperé la ley del espejo, buscaré siempre en lo bueno dónde poder reflejarme. Seré paciente, seré perseverante hasta que un día pueda acoger al mayor número posible de almas errantes y pueda siempre susurrarles algo al espejo de su alma.

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Mañana un poquito más…


Día hermoso al mismo tiempo que difícil. Hermoso por el reencuentro de almas, especialmente por esa alma que un día el destino quiso unir para crear algo bello, único y diferente. Ha llegado desde muy lejos para estar un ratito con nosotros. Es verdad que solo será un ratito, pero será suficiente para renovar ciertos votos, cierto destino, cierto lazo místico.

Apenas tuve tiempo de atender a unos y a otros. Las llamadas se han acumulado, también los cientos de mensajes. Pero hoy quería prestar atención a ella. Estar con ella, pasear con ella, recordar con ella. Eso ha generado recelos, o celos, o enfados. Pero ya no me importa. Tan acostumbrado a las críticas, a estar en el punto de mira, a no hacer nada bien o a no estar a la altura de todas las expectativas, de verdad, ya no pienso en ello. A veces lo expreso así, a modo de desahogo, a modo de recapitulación vespertina, para que de alguna manera quede grabado en cierto éter. Pero no es como reproche, más bien es soltar una válvula de escape y dejar que la presión se airee.

Mañana un poquito más. Meditar, cantar, estirar, soportar los enfados de unos y otros, pero también las alegrías. Mirar con amabilidad a pesar de la dureza de cada situación, abrazar, seguir abrazando, perdurar en el cansancio acumulado, no desfallecer, saludar con amor incondicional primero a las perritas, luego a Geo, luego a las gallinas, a los gatos, a las ovejas, a los patos a los que siempre les gasto alguna broma. Luego llegas a la casa y ahí está el ser humano, con toda su complejidad. Noto que mi saludo es diferente.

El amor a los animales es inocente. El amor al ser humano es complejo. Y en esa complejidad está la prueba. Es fácil abrazar y amar a un animal, aunque algunos se los coman y esas cosas terribles que aún hacemos con ellos. Resulta fácil abrazar al pato sin comértelo, abrazar al cordero sin degollarlo e incluso jugar y hacer bromas con ellos. Ellos se sienten a salvo porque saben, en su inocencia, que hacemos lo posible por protegerlos. Pero luego llegas a la casa y sabes que todos te miran, te juzgan, porque hice aquello, porque no hice lo otro, porque dije tal o cual o omití decir tal o cual. ¡Es tan complejo amar al ser humano! Excepto cuando en algún recodo de humanidad, alguien te mira y te susurra al oído y te da las gracias de forma sincera. Entonces algo cambia, algo remonta dentro, algo se transforma. Esperanza y fe, solo con un pequeño susurro, con un pequeño agradecimiento.

Podría perfectamente coger mis cosas y marcharme a algún lugar tranquilo, alejado del ser humano, de su bullicio, de su egoísmo, de su rabia, de su enfado. Pero eso sería una trampa mortal para el alma. En la soledad, en el apagado brillo del retiro, no te puedes enfrentar a las pruebas que ensanchan el alma, el espíritu. Ahí en la guarida, en la cueva, ante los muros que nos protegen del otro, no podemos rasgar ni tan siquiera una pequeña grieta para que la luz nos penetre. Vivir solo te protege del dolor, del otro, pero al mismo tiempo, te impide crecer hacia la templanza, el dominio de nuestros demonios, la perseverancia. Todas esas cosas que de alguna manera te ensanchan, te expanden.

Mañana un poquito más. Mirar que a nadie le falte comida, ni agua, ni calor. Mirar que todo esté en orden y armonía. Observar si en el ambiente hay alguna distorsión de la personalidad e intentar aplacarla. Mirar las facturas, pagarlas. Comprar comida, herramientas, utensilios. Reparar lo que se rompe, que siempre se rompe algo. Respirar hondo en la meditación y prepararse para los problemas que llegaran, para los retos de cada día. Buscar fuerza, buscar mucha fuerza para sostener los procesos de unos y de otros. ¡Todo es tan frágil!

A veces siento que me romperé en cualquier momento. Lo noto en mi cuerpo cansado, fatigado por intentar llegar a todos, por intentar mostrar un poco de luz en tanta oscuridad. Alargo mi mano todo lo que puedo hasta que noto el dolor del brazo y su hueso roto. Alargo el corazón hasta los límites de su pulsar, entregando todo cuanto puedo. Miro en mis bolsillos para intentar acomodar cada moneda, cada ganancia, que siempre se transforma en algo para todos. Miro el suelo porque siempre hay algo que recoger. Miro los correos para ver cuántas respuestas aguardan día a día. Y luego miro el trabajo que me sustenta y me pregunto cuando podré atenderlo sin que nadie se enfade porque dedico un ratito para hacer facturas, maquetar algún libro o simplemente dar un paseo tranquilo a solas.

Sí, mañana un poquito más. Mañana todo será más fácil, me digo todas las noches. Mañana se obrará algún milagro que seguirá alimentando la entrega, la llamada, la vocación. Seguro que mañana, alguien, se acercará y susurrará algo al oído. Y ahí encontraré fuerza…

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Vidas posibles


Esta mañana pala en mano dando el extra. Gaia acompañándonos y dándonos ánimo…

 

Decía un amigo que los sueños te atrapan. Tener un sueño en la vida es como tener un corsé del cual no te puedes desprender ni escapar. Algo que te limita y te impide improvisar o dejar espacio para otras cosas. Mi vida ha estado llena de sueños, casi todos cumplidos. También de propósitos, algunos propios y otros más etéricos, de esos que uno piensa que pertenecen al común, al conjunto de lo que somos, más pertenecientes a lo intangible que a lo conmensurable. Cuando las cosas van bien uno no se plantea la calidad de los sueños. Simplemente fluye con ellos y espera ser útil a los mismos. Pero ya sabemos que la vida es un continuo discurrir entre diferentes epopeyas personales y ajenas.

Las gestas de estos últimos días me han dejado agotado. A pocos días de celebrar la Navidad en estas frías tierras, nos hemos quedado sin luz, sin agua, y con la casa inundada por múltiples factores. La primera inundación parecía que tenía que ver con las intensas lluvias de estos días. Hicimos, agotados, una gran zanja por un lateral de la casa. Parecía que todo empezaba a estar resuelto cuando hoy ha implosionado la tubería de los desagües generales, empapando todo el prado de…

Ahora toca buscar maquinaria pesada para que abran una gran zanja y podamos cambiar todas las tuberías… Todo esto con lluvia, con nieve, con viento y frío. Hoy hemos doblado la jornada hasta el anochecer para avanzar todo lo posible. Admito cierto cansancio y algo de frustración por todo lo ocurrido de repente. Tres semanas sin luz, unos días sin agua, inundaciones en la casa y ahora esto. Es como volver a empezar, cuando ya creía que este año habíamos terminado las grandes obras de la casa de acogida.

Hubo un momento, mientras cargaba las que parecían las últimas carretillas de tierra que sacábamos de la casa, que me paré exhausto bajo la lluvia, todo lleno de barro y agua. Miré los árboles otoñales que tenía en frente, el prado verde, las montañas. Alcé la mirada y me preguntaba, de todas las vidas posibles por las que podría haber transcurrido, porqué había elegido esta.

Admito que la respuesta es íntima y personal, compleja para ser explicada o confesada. Algo excesivamente transpersonal, espiritual o como se quiera llamar, como para dilucidarla en dos palabras. Cuando ya no podía más bajé al pueblo, a la sede de la editorial, para recargar móviles, ordenadores, lámparas de luz y demás objetos que en nuestro tiempo son necesarios para la supervivencia psicológica y profesional. Me senté en el sillón de mi despacho y miré mis títulos, todos los libros editados, todos los libros escritos. Ahí estaban todos mis sueños cumplidos tras tanto y tanto esfuerzo. Miraba también mi edad cronológica y me preguntaba cuánto tiempo realmente me quedaba por delante, y cuánto tiempo más iba a dedicar a apagar fuegos y más fuegos de este sueño tan complejo y difícil.

No encontré muchas respuestas. Podría morir en cualquier momento, somos así de frágiles. Incluso podría pensar en una vida más sencilla, donde pudiera ver la televisión, ir de vez en cuando al cine, incluso tener una pareja con la que pasear por algún centro comercial para comprar o simplemente ver a los demás hacerlo. Pero solo de pensar en esas cosas se me retorcía algo por dentro. De todas las vidas posibles, interiormente siento que esta es la que, a pesar de los avatares del día a día, me enriquece más.

Es como si pusiera en un lado de la balanza las necesidades de la personalidad (sus quejas, su cansancio, sus debilidades, sus sombras y distorsiones) y por otro lado las necesidades de eso que llamamos alma (con esa luz silenciosa que abraza toda incertidumbre) y ganara por absoluta mayoría la segunda. Y es ahí, cuando agotado, cansado y abatido, me levanto de nuevo y consigo llevar a cuestas el doble de carretillas que había arrastrado hasta ese momento.

Levanto la mirada, me cruzo de nuevo con el vuelo intangible del águila moradora, suspiro, y sigo adelante. No queda otra. Todas estas pruebas deben, de alguna manera, producir un efecto devastador en nuestro interior. Algo profundo debe ocurrir cuando la personalidad se inclina ante la inmensidad y el vasto dominio de la vida espiritual se presenta una y otra vez ante nosotros. Algo debe pasar cuando, ante la duda y la sospecha, se adquiere mayor fuerza y determinación. Mañana nos espera una jornada aún más dura que hoy. Seguiremos adelante. Esa es la consigna, ese es el aprendizaje de la tenacidad y la perseverancia. Ya disfrutarán otros de los frutos de tanto esfuerzo… No se trata de la reconstrucción de un edificio, se trata de un mensaje que, de alguna manera, quedará grabado en el mundo etérico.

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Egografía de un personaje


Dice un amigo, confeso escritor famoso, que su obra gravita en torno a sí mismo y a su propia experiencia vital. “Yo quería vivir literariamente, ser un personaje de novela, y empezaba ya a imaginarme, inventariarme y construirme como tal”, nos dice desde el empacho que cualquier celebridad se puede permitir.

Hablar de uno mismo está bien. Uno se puede convertir en el personaje de una historia. La vida real a veces supera la ficción. La egografía puede ser inspiradora. Puede animar a los demás a hacer cosas, a ponerse en marcha, a movilizar energías que antes estaban paradas, estancadas.

Nos gusta leer en la vida de los otros, aprender de ellos, seguir sus pistas. Esta mañana nos levantamos temprano. A las siete ya estábamos en la pequeña ermita, meditando y leyendo libros inspiradores. Había unas cartas que leíamos con atención. Trataban sobre la vida espiritual de los miembros de un grupo. Esas cosas inspiran, aunque esté ahí fuera nevando, nuestros cuerpos temblando de frío y todo un día gris por delante.

A las ocho hicimos una segunda meditación. Eran nuestros maitines y laudes vestidos de modernidad. En el desayuno aparecieron dos peregrinos que habían pasado la noche helados en su furgoneta campera. Iban hacia Almería y habían parado para conocer el proyecto. Como yo tenía que viajar al sur aproveché improvisadamente su visita para bajar con ellos hasta Madrid. Llegué a la estación de Atocha por los pelos, cogí un Ave y volé hasta el sur. Allí estaré siete días volviendo a darle un empujón a la editorial y buscando inspiración para los próximos meses.

Mi egografía se está volviendo de nuevo una aventura. En cada movimiento exterior aparece una oportunidad interior. Es como si el pánico a que nos vuelvan a encerrar multiplique mi necesidad de viajar. Hacia fuera y hacia dentro. Tras la muerte de Suzanne tomé de nuevo consciencia de la fragilidad de la vida. El tren está lleno de gente. Las miro con curiosidad. Es un momento frágil porque nunca más veré a todas estas personas, cada una con su historia, cada una con su misteriosa vida.

Incluso miro con curiosidad el personaje que ha nacido de mí. Lo hago desde una mirada fresca, sin juicio, abrazando todas mis imperfecciones, intentando abrazar cada uno de mis poros sin ofuscación. En el fondo todos tenemos algo hermoso, algo que brilla dentro de nosotros. Algo que nos puede reconciliar con la existencia incluso en los peores momentos.

Estoy llegando a la estación. No olvidéis amaros. Me espera una larga noche hasta que pueda llegar a alguna parte. Espero poder veros en el invisible lazo que nos une. A vosotros con mi pequeño ego, mi pequeño personaje, mi pequeño brillo. Ojalá sirva para inspirar alguna aventura, algún movimiento vital, alguna reconciliación con vuestro yo. Feliz noche.

Viento y locura


Yo sólo estoy loco cuando sopla el viento del Noroeste. Pero cuando corre hacia el Sur, distingo muy bien un halcón de un serrucho.

Hamlet, Acto II, Escena Segunda – William Shakespeare.

Diferenciar entre locura y cordura es complejo, excepto cuando sopla el viento. El viento está siempre asociado a todo tipo de trastornos mentales, a un aumento de la tasa de suicidios, las urgencias psiquiátricas, las depresiones y la ansiedad. Los científicos dicen que el viento tiene la capacidad de ionizar el aire, y el exceso de iones positivos afecta al estado de ánimo de todas las personas, especialmente a aquellos más sensibles. Esta es la explicación científica al viento de la locura, el viento de las brujas como lo llamaban antiguamente, ahora conocido como el efecto Foehn.

Lo cierto es que cuando los vientos agitan fuerte, puede ocurrir de todo. Hoy fue uno de esos días. Ayer cayeron las primeras nieves y empezaron los primeros soplos. El muchacho de la voz potente decía que empezaba a ver señales, que el final estaba cerca y que sería en el 2022, quizás un día siete de cualquier mes, pero sin duda, el final de la existencia humana, el apocalipsis, sería el próximo año. Yo le dije que un autor conocido había predicho que sería en el 2027. La «profecía» de J. J. Benítez es la siguiente: «un meteorito chocará con la Tierra en 2027 y habrá 1.200 millones de muertos». Él me miró incrédulo: “no, será el próximo año”.

Esta mañana tenía que lijar unas vigas. Poseía una cara desfigurada, ausente, diferente. Había algo en él que no estaba bien. Le vi marchar hacia el lugar donde tenía que hacer su tarea diaria, pero continuó caminando hasta un prado contiguo, dejando atrás su zona de trabajo. Allí, entre la hierba y el frío, con el titánico viento amenazante, se quedó inmóvil mirando al cielo. Por un momento me recordó a Rantés en alguna escena de la película “Hombre mirando al sudeste”. Era una imagen impactante.

Por la mañana habían sucedido cosas extrañas. Un cordero se estampó contra la puerta de acceso a la casa de acogida y rompió el cristal, así que durante unos días tendremos la casa abierta, entrando todo el frío y todo tipo de animales sin control: patos, gallinas, gatos, Geo… No supimos que había sido él hasta que horas más tarde vimos su cara llena de sangre. Al principio fue un estruendo que interrumpió, con el susto añadido, el círculo de consciencia. El muchacho de la voz potente lo vio como una indiscutible señal. Cogió algunas de sus cosas y se marchó.

Sin perder un ápice del equilibrio interior, sentí pena por esas almas perdidas, fruto muchas veces de las drogas o de una mala vida. Algunos podemos rescatarlos, otros se pierden para siempre en las lagunas de la memoria. Cogen sus cosas y sin aviso, se marchan en los días de viento. No siempre agradecidos por haberlos acogido durante meses, a veces incluso durante años.

Drogadictos, alcohólicos, emigrantes sin papales, enfermos mentales, depresivos, suicidas… La lista es larga, casi interminable. A veces hay éxitos, personas que dejan la bebida, que se reencuentran con su dignidad y rehacen sus vidas. Otras veces, como hoy, sentimos una sensación profunda de fracaso. Hicimos lo que pudimos, dimos un hogar, compañía y consuelo, techo y comida, pero no siempre es suficiente. A veces hace mucho viento, empiezan las señales y el fin del mundo parece cerca. Los renglones torcidos de Dios comienzan a configurar su peculiar deriva, con sus códigos, sus retahílas, sus secretos, sus interminables susurros, las voces, siempre las voces.

En sus mundos paralelos, no comprenden del todo nuestra inopia. ¿Cómo no podemos ver lo que ellos ven con tanta seguridad? A veces nos hacen dudar. Seguro que en otros mundos paralelos es cierto que vieron esas naves invasoras, ese apocalipsis, esa tierra plana, esas voces que susurran por dentro, esos meteoritos que caerán inevitablemente. Seguro que en algún lugar que desconocemos, esas realidades existen. Nosotros solo podemos advertir la nuestra y seguir acogiendo al desamparado, al perdido, a ese que un día coge la mochila y desaparece para siempre entre nieblas y vientos. A veces, en días de viento, unos vienen y otros van y nosotros, conmovidos, intentamos aunar todos los mundos en ese noble y esforzado servicio hacia los más desventurados errores de la Naturaleza.

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La servidumbre tranquila


Viajas por un asunto profano. Del septentrión al mediodía. Un viaje largo y pesado, pero necesario para que algo se mueva. Los viajes siempre zarandean algo, dentro y fuera. Las cosas se colocan, se renuevan, se transforman. Eso ocurrió de forma extraña. Los astros se conjugan, la vida se alinea y algo pasa de repente.

De nuevo la caballería antigua se resiste y decido, en un acto de psicomagia empujado por la necesidad, cambiar de carruaje, tras casi veinte años de servicio y más de un millón de kms de mi viejo amigo. Misión cumplida. Miro como hacerlo en un tiempo récord y actúo, a pesar de las pruebas, que siempre las hay cuando te empeñas en caminar firme hacia un destino.

Todo sale bien y de repente me encuentro con un carruaje excesivamente grande para mi gusto, pero necesario para la causa, sobre todo para estos terrenos difíciles, a veces llenos de nieve y a veces intransitables. Pruebo el nuevo coche, negocio el precio, hacemos la transferencia y mientras me daban las llaves, recibo la noticia de que me han dado la beca que solicité para escribir un libro en América. Todo al mismo tiempo.

Como si algún tipo de mensaje oculto hubiera tras la gesta, siento cierta alegría al mismo tiempo que extrañeza, tan poco acostumbrado a recibir buenas noticias en estos tiempos. Es una alegría contenida porque afecta al pequeño yo, al ego. Enseguida sale el síndrome del impostor, como si de alguna manera sintiera que no merezco dichos premios. Luego reflexiono y pienso que quizás estoy recolectando algún tipo de néctar, y que mejor disfrutar de todo mientras dure.

En todo caso, siento una especie de servidumbre tranquila, sin aspavientos, serenidad, paz interior. Me entrego a la vida, juego con sus elementos, entiendo que debe existir algún tipo de alineamiento astrológico especial y aprovecho la buena suerte para seguir adelante.

La beca del Ministerio de Cultura está dotada de diez mil euros y se da a escritores para que durante dos meses, y en cualquier lugar del mundo, puedan escribir un libro. Intenté buscar un espónsor en Alejandría que no contestó. Luego solicité en una universidad de Bolivia y tampoco surgió. Al final se vio algo de luz en Nueva York. La idea de Nueva York era, aprovechando que nos habían otorgado un premio nacional a la mejor edición de un libro emblemático, realizar allí algún tipo de escritura que siguiera las pistas de aquel escritor de antaño.

Eso en lo formal, pero lo que realmente me pide el cuerpo es hacer eso, pero también aprovechar ese dinero para conocer antropológicamente hablando las entrañas y profundidades de ese gran país. Alquilar algún coche, como en otro tiempo ya hice, y viajar por la América profunda, conociendo a los cuáqueros, a los sioux, a los amish, a los cherokee, los menonitas o los apache. Diez mil euros pueden dar para muchos más libros, estrujar en esa aventura más elixires, aprovechando esa beca para saciar mi necesidad de aprender, de escribir, de viajar. Un premio merecido quizás tras más de siete años de constante sacrificio, entrega y devota pasión hacia lo inefable. En todo caso, se presenta una nueva vida por delante, y veremos cómo se puede vivir de forma intensa.

Ahora que ya llegué a la pequeña cabaña, a los espesos bosques otoñales, tras este nuevo periplo, me siento satisfecho por la servidumbre tranquila y por la agitación inevitable que todo viaje conlleva.

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Permíteme hacer todo aquello de lo que soy capaz


“Dios es el pródigo que se derrocha a sí mismo”. Karl Rahnner

En 1871, perdidos en una aldea de la costa danesa, muy dominada aún por la más ferviente tradición puritana, dos hermanas solteras cuidan de la pequeña congregación, cada vez más menguante, que su reverendo padre dejó al morir. La repentina aparición de Babette, llegada desde París tras algunos infortunios, cambiará sus vidas para siempre. Babette es acogida con caridad cristiana como sirvienta y, años después, tras tocarle la lotería y poder si quisiera liberarse de ese afanoso trabajo, prefiere gastarse todo ese dinero, correspondiendo así a la bondad con que fue recibida, preparando una gran cena. El festín de Babette fue ganadora del Oscar a la Mejor Película de habla no Inglesa y nos sorprende por la fascinación de la idea de fugacidad de las cosas, del esfuerzo derrochado para que todo termine en un solo instante.

Pude ver la película tras la recomendación de la misma en un libro de próxima aparición en el que ahora estamos trabajando que trata sobre la Sabiduría de Jesús. Ayer mismo, tras llegar tarde y agotadísimo de una excursión con unos amigos del alma por los peligrosos bordes del río Ulla. El día anterior lo habíamos pasado iniciando en los misterios a un profano recién llegado. Espada en mano, y bajo los auspicios de la bóveda celeste, pudimos completar parte del edificio humano con una prometedora adquisición.

Solo llevaba unos días en los bosques, en mi pequeña cabaña, acurrucado de frío entre sábanas de franela, tras llegar de otro periplo por tierras del mediodía. Siento que cuando me muevo, como en los viejos tiempos, la vida circula y circula. Como en la película de Babette, solo deseo hacer todo aquello de lo que soy capaz. Como si la vida se fuera a  escurrir entre las manos y la urgencia de actuar fuera cada vez más exigente, aunque eso supusiera un sacrificio extravagante, como el de Babette.

Esta mañana se me ocurrió subir al amigo Geo, nuestro querido perro, al coche, y así pasearlo por media península como en los viejos tiempos. Me espera otro viaje de diez días para poner en orden algunos asuntos de diferentes índoles. Tras reparar el otro día el coche, de nuevo surge otra avería y un extraño ruido de motor. Ahora estoy en Mora, en la profundidad de la Mancha, muy cerca de Toledo, en una hermosa casa acogido por una bella alma que se apiada de esta vida mía. La idea es programar la escritura de un libro que haremos juntos. Estaremos aquí dos días trabajando y luego seguiré mi periplo hacia el sur, dejando atrás estas tierras rojas rodeadas de castillos, molinos de viento y olivares.

Pienso que este año, ante los malos resultados de la editorial debido a la crisis del Covid, tengo que reinventar de nuevo la manera de generar recursos. Así que estos viajes me permiten buscar aliados, generar ventas, promover libros y afianzar la posibilidad de que mayores contribuciones editoriales generen mayores ingresos. El único objetivo, lejano a la ambición personal, y quitando la necesidad imperiosa de cambiar de coche, es la de apoyar la construcción de la futura Escuela. Cueste lo que cueste, este año toca trabajar duro para equilibrar las cuentas y seguir haciendo, para ello, todo aquello de lo que sea capaz. Toca derrochar energías para, de alguna manera, volver a empezar. Y al final de la jornada, imitar a Babette y festejarlo todo en un gran banquete, fugaz, placentero, liviano. 

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Cumpliendo con nuestra parte


 

El tiempo me sostenía tierno y moribundo,
Aunque yo, en mis cadenas, cantaba como el mar.
Dylan Thomas, “Fern Hill”

Ha sido una aventura atravesar de nuevo toda la Península sin tubo de escape, con una avería nueva aún por identificar y con el coche cargado hasta los topes con la mudanza de Mayte, nuestra nueva hospedera durante todo este invierno, nueva residente en la comunidad y facilitadora de la futura Escuela. Lo siento como un gran regalo del cielo, porque su experiencia y recorrido vital encajan perfectamente con el propósito de este lugar. Activista política, cultural y espiritual. Doctora en alguna universidad de Canadá y profesora universitaria en universidades de Inglaterra, ha desarrollado su carrera de forma magistral, lo cual le permite, tras todo su bagaje y experiencia, tener la suficiente fuerza y valor para dejarlo todo a casi treinta grados que estábamos en su bella casa de Andalucía esta mañana para venirse a vivir a una humilde cabaña a casi cero grados que estamos ahora recién llegados.

Toda una odisea, todo un cambio impresionante de vida que he querido sostener a su lado estos días dada la magnitud de su apuesta. Quería ver en vivo y en directo como una persona transforma su realidad de forma radical, sin importarle nada todo lo que deja atrás y sin importarle lo más mínimo las dificultades que a partir de ahora va a encontrar en este complejo lugar.

Interiormente me siento aliviado. Por fin un aliado, por fin alguien que de alguna forma ha podido comprender en toda su esencia y magnitud la profundidad de este proyecto, y de alguna forma, ante esa visión y entendimiento, ha decidido apoyarlo al cien por cien. Sea un acto de rebeldía, de locura o de máxima responsabilidad con la Gran Obra, lo cierto es que aquí está, en primera línea, con toda su mudanza recién llegada en una gran furgoneta cargada sobre todo de libros, libros y más libros.

Mi misión es cuidarla, hacerle el tránsito fácil más allá de las pruebas que el propio proyecto nos tiene preparadas. Así que mañana compraremos una estufa de pellets para instalarla en la recién estrenada habitación de hospedera. Su misión en los próximos tres meses es a lo que la casa de acogida nos obliga: practicar la paciencia, la tolerancia, la fortaleza interior, pero sobre todo, la humildad. El servicio es aquello que nos aproxima al otro de forma reverente. Será un tiempo en el que habrá que sostener de forma tierna todo ese proceso. Será un tiempo en el que el espíritu de los tiempos nos ayudará a cumplir con nuestra parte en el Plan. Mucho ánimo y mucha fuerza para Mayte. Cumplamos con nuestra parte.

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Como pollo sin cabeza


Con cariño para Dolores, en su día de cumpleaños… :-). (Vamos a esperar)…

Decía alguien que, como Jesús hizo, podríamos vivir una simplicidad radicalmente inmanejable en la que no tuviéramos nada que retener, nada a lo que aferrarse, nada que abrazar. Todos los caminos del mundo, sean cuales sean, nos llevan al mismo lugar. No hay escapatoria. Ricos y pobres, altos y bajos, vagos y trabajadores. Al final todo se resume en un nexo que nos une como seres vivos. Solo nos queda elegir como queremos llegar a ese lugar. Hoy es un día propicio para hablar de ello. El día de los muertos, de todos los santos, el día en el que se celebra nuestro destino común.

Dolores cumplía años. A primera hora la llamé y nos reíamos un rato. Ella por su edad, que crece irremediablemente, y también por mí, que a pesar de mi vida, seguía como un pollo sin cabeza. La expresión y ocurrencia nos hizo reír. Nuestro mantra predilecto: “vamos a esperar”, se había transformado de repente en un hecho consumado. No hay nada que esperar porque los últimos años han superado cualquier relato de ficción, y la vida ha transcurrido alocada, como un pollo sin cabeza, como una impertinente intransigencia continua.

Es difícil explicar que esa aparente incoherencia está radicalmente afiliada a una vía de simplicidad, una especie de kénosis, o algo así como un sacrificio extravagante, inútil, quizás innecesario ante la mirada profana. Vaciar nuestra voluntad para entregar nuestras vidas a algo mayor, llámese Dios, Voluntad Divina o Misterio, puede resultar extraño en nuestros días donde los más inteligentes se entregan al dios Pan, al dios Dinero, y el resto, a lo que surja, sin mayor criterio.

Viendo el momento presente, el mismo instante de ahora, podría parecer inconexo. Llevo más de una semana durmiendo en un sillón, rodeado de cajas de mudanza, ayudando más etérica que físicamente -por ese brazo roto y casi inútil para según que cosas- a una amiga que lo deja todo para irse a vivir a una pequeña cabaña en un perdido bosque. Hoy hemos cogido el coche sin tubo de escape y hemos notado que fallaba algo más, sin saber exactamente qué. Llenamos el coche de cajas y lo encerramos en un parking público hasta que mañana emprendamos el viaje. Esta noche, bien tarde, enviaré una nueva novedad editorial a la imprenta. Lo cierto es que el estar alejado de los bosques, recluido en esta sureña casa durante unos días, me ha permitido poner cierto orden en la editorial. Una prudente y lejana distancia sobre tu lugar de origen siempre es inspiradora.

El pollo sin cabeza es un relato apocalíptico de una situación penosa. Sin embargo, interiormente la vivo con cierta alegría, desapego y simplicidad. Ser un monje mendicante tiene sus desventajas en este mundo del dios Pan y del dios Dinero. Pero nadie sabe aún de las ventajas que se atesoran en otros reinos. El tiempo y el espacio es otro, la vida es otra cuando las polillas temporales no pueden roer ningún tesoro temporal. La muerte, y hoy hablamos de eso, nos espera en cualquier momento, y la elección de cómo llegar a ella, como un siervo o un guerrero o un sacerdote o un avaro o un tirano o un mendigo o un ignorado y apócrifo peregrino es lo que determina la diferencia.

¿Quién es nuestro pastor en la travesía de nuestra vida? ¿A quien debemos nuestro tiempo, nuestros caminos? ¿En qué lugares de delicados pastos descansaremos? ¿Junto a qué aguas y de qué fuentes beberemos? ¿Qué es eso que confortará nuestra alma y nos guiará por sendas de justicia, amor y libertad? Aunque ahora andemos por los valles de la sombra y de la muerte, ¿qué vara y qué cayado infundirán en nosotros fuerza y coraje, aliento para el caminar? ¿En qué casa, en qué lugar, moraremos plácidamente mientras esperamos a que los caminos se junten?

Quizá esta vida loca y sin conexión alguna con la aparente realidad del dios Pan parezca propia de un pollo sin cabeza, pero en el fondo, a pesar de las interminables angustias que todo peregrino pueda acarrear, existe una claridad, una sincera visión de la Gran Obra. Y como constructores silenciosos, marcamos afanosamente nuestra marca en cada piedra cúbicamente labrada. Todo eso en sigilo y silencio hasta que algún día, alguien, desde lejos, pueda ver que aquellas piedras aparentemente inconexas, respondían a un trazado justo y perfecto y que allí, en aquellos lugares de delicados pastos, ser irguió una réplica de la Gran Obra, una simplicidad radicalmente inmanejable, como aquel Jesús de hace dos mil años que alguien decidió crucificar por no entender nada de su impertinente mensaje.

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La plaza


Vestir disimuladamente es esencial para ir a la plaza y no llamar la atención. No puedes quedarte en medio si deseas volverte invisible. Lo mejor es sentarte en una terraza, o en algún portal que pudiera sostenerte sin necesidad de muchos aspavientos. Las plazas es un fenómeno de la cultura europea casi inexistentes en el resto del mundo. Ir a la plaza es codearte con una esencia milenaria, de intercambios, de mercados, de olores, de seres que deambulan disimuladamente, errantes, hacia ninguna parte. Ir a la plaza es un acto de libertad disimulada tras un café matutino o una merecida merienda.
En la plaza encuentras a vagos y maleantes haciendo trapicheos. A yonquis intercambiando mercancía, pero también a gente elegante, adinerada, a jubilados y niños corriendo, a palomas y gorriones, aunque cada vez menos.

Algunas plazas tienen estanques o fuentes o la figura de algún insigne hijo de la villa. Son salones urbanos donde se atraviesa lo mejor de cada lugar. La plaza es el escenario vivo de la vida comunitaria, el decorado de un pueblo o una ciudad que grita vida. Resulta ser un lugar fantasioso, donde uno puede enamorarse de algún peregrino extranjero, o donde puede dejar llevarse por todo tipo de fantasías nocturnas. Algunas plazas tienen claros signos de poder político y religioso. Alguna iglesia, algún ayuntamiento, son edificios relevantes en las plazas. También el mercado o los lugares donde los estraperlos comparan sus valijas.

Las plazas del sur, siempre alegres y divertidas, son diferentes a las del norte, húmedas y sobrias. El sol y la luz de las blancas plazas del mediodía contrasta con el musgo y la niebla de las del septentrión, todas de piedra y pórticos que ayudan a refugiarse de la lluvia. Casi todas ellas, sean de donde sean, guardan algo en común: son lugares de paseo y reposo, de encuentros y algarabía, de celebración e intercambio. Puedes cruzarte con místicos o ateos, con ricos o pobres, con amigos y enemigos al mismo tiempo. Es un lugar de encuentro, de abrazo, de regocijo y gozo. ¡Quedamos en la plaza! Se grita a menudo.

Hoy paseaba por una de esas plazas. Me di cuenta de lo fascinante que resulta ser una persona anónima, observante, divagante, engullida por la ignota presencia de decenas de congéneres, cada uno con su trajín, con su retahíla, con su melodía, con su aura. Hoy he disfrutado de la plaza como nunca antes lo había hecho. Compré unas ligeras golosinas, me senté en un banco, hablé con algunos amigos, merodeaba en las energías que iban y venían y observaba atento cada detalle. Los edificios antiguos, siempre tan elegantes, en contraste con la modernidad, siempre tan parca y frugal. Sentí una emoción especial, algo burguesa por tener la oportunidad de disponer del tiempo a mi antojo. Me sentí rey por un instante, rey de la plaza, de la gran plaza tan llena de vida, allí comiendo una merienda infantil, alegre y feliz.

También sentí cierta angustia cuando vi a una señora ya mayor, solitaria, igual de observante, pero triste. De esas tristezas difíciles de desentrañar, en un atardecer vital que acompañaba a las pocas horas de sol que ya no quedaban. Había una sensación de ocaso en su mirada, de adiós, de abrazo al misterio. Miraba a unos y a otros refugiada tras una misericorde mascarilla, como despidiéndose de la vida, del mundo, de la plaza. Las plazas también son eso, un lugar de despedida. Un lugar que te abraza durante un instante para dejarte ir. Las plazas son como un útero que te acoge y que te expulsa, tras el sueño revelador, hacia otro mundo. Un día de estos, cuando menos lo esperemos, estaremos ahí sentados, en un banco, junto a la fuente o la estatua, mirando a unos y a otros, en nuestro ocaso, transitando, sosteniendo, vestidos disimuladamente, para no llamar la atención, comiendo golosinas infantiles, mientras decimos adiós.

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El escuadrón suicida


A las nueve de la noche llegué exhausto a la casa de acogida para saludar a nuestros huéspedes. Estuve un rato charlando con unos y con otros hasta que les dije que me tenía que marchar a trabajar, ya que aún me quedaban tres o cuatro horas de trabajo. Todos se quedaron un poco estupefactos. No entendían que a mi jornada laboral, tras un día tan largo y agotador, aún le quedara tres o cuatro horas de más actividad.

Mi admirada Alice Bailey se levantaba a las tres de la mañana para trabajar. Siempre he admirado a esas personas que influyen al mundo de diferente manera, y cuando lees su biografía, entiendes en parte porqué: trabajo, trabajo, trabajo. Alice llamaba a este tipo de personas el “escuadrón suicida”: servidores de la humanidad que, literalmente, trabajan hasta la muerte, logrando así más en un lapso corto de tiempo.

Con mi condiscípula Mayte hemos acordado estirar aún más los días. Ella se viene a vivir aquí a partir de noviembre. La idea es crear un monacato moderno, con sus propias reglas, y vivir en comunidad espiritual para inspirar algún tipo de respuesta en el campo etérico. A la meditación de las ocho de la tarde y las ocho de la mañana vamos a añadir una más, a las siete de la mañana, acompañada de algún ligero estudio inspirador. El resto del día lo dedicaremos a la construcción de la Escuela, la futura Comunidad y nuestros quehaceres cotidianos en la Casa de Acogida, las editoriales, las terapias, los escritos, …

Cuando Alice Bailey falleció en 1949, no había podido realizar todo lo que ella hubiera deseado, incluyendo la siguiente etapa de formación avanzada de la Escuela. Nosotros no estamos espiritualmente preparados para lograr terminar aquello que ella dejó a medias. Pero sí queremos empezar a poner las primeras piedras para que esa labor la puedan consumar aquellos que lo estén.

La construcción de la Escuela tiene tres dimensiones: la Escuela de Dones y Talentos, la Escuela Media o Preparatoria y la Escuela Avanzada. La Escuela Avanzada pretende recrear el escenario óptimo para que la personalidad reciba la inspiración directamente de eso que torpemente llamamos alma, ánima o consciencia. Recibir esos impactos y ponerlos al servicio de la humanidad es posible, pero se deben dar las circunstancias propicias. En esta nueva era en la que entramos existirán cada vez más lugares que provocarán esta transformación interior.

Nosotros queremos,  muy humildemente, ayudar a construir uno de esos lugares. Queremos ser una avanzadilla suicida que entregue sus vidas a este propósito. Nos mueve una fe ciega, una necesidad de ser útiles al mundo y una renuncia, a veces irracional, a nuestras propias vidas para que la Gran Obra continúe. Esa Gran Obra no es más que la construcción del ser humano completo, la transformación alquímica del animal que llevamos dentro en perfectos humanos, bondadosos, generosos, brillantes.

Para eso hace falta Camino, Presencia, Visión. Pero sobre todo, trabajo, esfuerzo y perseverancia. Ya hemos dado un primer paso sosteniendo bajo la economía del don una Casa de Acogida. En términos interiores, para nosotros se trata de la hospedería que todo buen convento tiene que tener. Pero sobre todo, de un hospital de peregrinos del alma. Un lugar sanador e inspirador que acerque a las personas al verdadero trabajo mágico del alma. Es desde esa visión a la que aspiramos, con la Escuela Avanzada, seguir construyendo la Gran Obra. Eso nos costará la vida, lo sabemos. Pero hace tiempo que no podríamos entender la vida de otra manera. Meditación, Estudio y Servicio. A eso nos debemos, con todo lo que eso significa.

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Hacia una vida normal


“En la soledad la rosa del alma florece
En la soledad el Ser Divino puede hablar
En soledad las facultades y la gracia del
Yo superior pueden echar raíces y
florecer en la personalidad”

Mientras paseaba por las blancas calles, Dolores me llamaba y me invitaba, más allá de mi vida de sacrificio constante, a que tuviera una vida normal, como la de estos días, como la de la mayoría de la gente. Trabajar en la editorial, pasear, tomar una palmera de chocolate, sentarme en la terraza de un bar y degustar algún capricho culinario… Las ciudades antiguas tienen un aire decadente hermoso. Se conserva el aroma de lo añejo, de las riquezas pasadas que aún conservan cierto esplendor oculto.

Mis días de vida normal ya se apagan. Han sido casi dos semanas de descanso anímico. Me levantaba a una hora prudente, trabajaba afanosamente, como antaño, paseaba entre calles aún risueñas, plagadas de gente. Las imágenes se me amontonan con cierto asombro e incredulidad. El barbero pelando al niño con el cigarro en la boca, Rafael, el vecino gitano gritando por las calles y acelerado de un lado para otro mientras la madre, desde el balcón, con un acento acentuado, pronunciaba su nombre a los cuatro vientos. En cualquier esquina una guitarra y ese hondo flamenco de grito agudo y tristeza profunda. La mujer con las palmas mirando con admiración al guitarrista y al cantaor mientras toman una manzanilla o un fino o un oloroso amontillado o el Pedro Ximénez o el Palo cortado. La carta de criaderas y soleras es infinita, legado de aquellos ingleses que dejaron aquí su impronta y algo más difícil de describir.

Lo que más abunda son los bares en esta mi vida normal. Nunca había sido tan asiduo a pararme en ellos, tomar un refresco, un vaso de leche o un zumo. Siempre pasaba de largo, mirando desconfiado a esos curiosos de las terrazas que copita en mano, que mezcla sonrisas con penas dependiendo del día. Pero quería una vida normal e imitar a la gente normal y ver qué pasaba.

Lo cierto es que he podido descansar entre plaza y plaza, mirando las palmeras y las cartas de sherrys abundantes por todas las esquinas. Aquí la luz es diferente, y por un momento me atrevía a imaginarme en un país extranjero. Encontré una relojería, aún abierta, pero sin relojes. Era antigua y miré para entender en qué se basaba su línea de negocio. Había un hombre mayor, de esos que destilan experiencia, de mirada perdida, vestido elegante, con tirantes que aguantaban el peso de los años. Me pareció como entrar en un museo antiguo resguardado por un guardián que se niega a cerrar la persiana, aunque ya no tenga relojes, aunque no venda nada.

En cualquier lugar puedes tomar unos churros calientes, recién hechos. Aquí son finos, delgados, pero abundantes, no como las porras del norte. No importa la hora. También se puede disfrutar de unas excelentes palmeras de chocolate como nunca las había probado antes. Ha sido mi entretenimiento de las tardes, bucear en las elegantes pastelerías en búsqueda de la mejor. La Rosa de Oro ganaba por goleada.

Este lugar es conocido por sus múltiples bodegas. De hecho, ahora estoy escribiendo desde la que fue una de ellas. Hoy pudimos abrir el portalón de esta antigua casa y pude ver la gran bodega que se escondía tras la puerta azul. Me impresionó ver la decadencia de la que hablaba, y me imaginaba viviendo una vida normal al menos una vez al año por estos pasillos lúgubres esperanzados en una gloriosa resurrección. Me da pena que mi anfitriona venda esta hermosa morada. Si conservara algo de capital se la compraba como refugio ocasional, como cueva escondida de vida normal. Pero mi vida de sacrificio, como dice Dolores, me alejó para siempre de estas inversiones. Ahora solo puedo pensar en gestionar ese sacrificio, esa vida algo extraordinaria, pero tan carente de placeres y paseos.

En esta vida normal he podido vivir una necesaria soledad. Estaba agotado, como siempre ocurre tras los veranos en los bosques, y aquí he podido recomponerme viendo como la rosa del alma florece de nuevo. No deja de ser curioso que esa normalidad que a la gente tanto agota, a mí me de cierta vida. He podido en estos días adelantar varios libros, terminar de maquetar la tesis doctoral, ya lista para ir a la imprenta, hacer algunas portadas y poner al día cientos de cosas que tenía pendientes. He establecido una rutina amable, diferente, normal, que me ha permitido sembrar algunas semillas con la esperanza de que retoñen en la próxima primavera. Dos semanas me han sabido a poco, y ojalá, a partir de ahora, pueda revivir con más frecuencia esta nueva normalidad.

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Lo que vio el poeta al anochecer


“No era la realidad de un hombre, sino la realidad del amor la que aparecía posible y esplendorosa ante sus ojos“… Jacinto Octavio Picón

Catalina, la vecina del primero, siempre nos hablaba con añoranza de su amado El Puerto de Santa María, la conocida como ciudad de los cien palacios, en la Costa de la Luz. De pequeño recuerdo las historias que contaba, imaginándome viajando a esos remotos lugares del sur para conocer a viva voz esos relatos. Me imaginaba las casas blancas junto al mar, rodeadas de olores inimaginables, de pescadores, de poetas, de soñadores. El Puerto de Santa María siempre había quedado dentro de mi propio relato infantil como algún lugar al que ir algún día.

Ayer pude hacer realidad ese pequeño sueño infantil aprovechando estos días de trabajo por el sur. Cuando vivía en Andalucía, Cádiz y sus playas remotas siempre se llevaban todo el protagonismo. Desde el otro lado de la bahía podía ver la soñada El Puerto de Santa María. Todos me decían que con el tiempo la bahía había caído en cierta decadencia, y que no merecía ser visitada. Sin embargo, desde el otro lado del mar, miraba siempre melancólico ante la posibilidad de algún día poder pasear por sus calles.

Ese día llegó ayer. En el mayor de los sures, bajo el crepúsculo de un sol otoñal, en el mediodía más cercano al mar, los pinares verdosos flotaban entre las brumas de un calor aún veraniego, mezclándose sus sombras entre carrascos y sabinas, retamas y lentiscos, acebuches y brezos de mar. Las campiñas de alrededor hervían vacías ya de trigo cortado y las casas blancas, aún en su estado de decadencia, parecían relucir como blanca paloma en el cielo.

En las tórridas calles, ya a la fresca, se veían parejas de enamorados deambular sin rumbo, parando algunos a tomar una tapita, una manzanilla o cualquier cosa que pudiera detener el paso del tiempo. El castillo de San Marcos presume de historia. Encierra dentro de sí una antigua mezquita de la cual aún guarda algunos restos, como la mihrab. Me quedé mirando sus paredes coralinas, su historia remota impregnada en el éter de cada una de sus piedras.

En la caleta del Agua, pasado Puerto Sherry por el paseo de la Bahía, llegas a la playa de la Muralla. Allí nos sentamos junto al mar en la Blanca Paloma, disfrutando de las vistas, viendo cómo los grandes buques salen hacia el océano y como en el ocaso del sol, se pueden ver al fondo las aves que viajan a África. Me tomé esa tarde como un paseo veraniego, de esos que este año no he tenido. Como si estuviera de vacaciones, aunque por el día la editorial demandara sus quehaceres y las tardes no sean más que remansos de más trabajo.

Me imaginaba al poeta Alberti paseando por estos lugares y observando todo aquello que uno puede ver con la mirada nostálgica de la edad cuando miras un anochecer junto al mar. Esa tímida fascinación que uno puede sentir por esos momentos en los que pierdes la mirada hacia el infinito, ese lugar que cobra vida entre la línea imaginaria que separa el cielo, del mar. Allí, rebosante de vida, se hundía el Sol, alumbrando con sus restos las aguas tranquilas de la bahía. Ese deslizar es furtivo y misterio, melancólico para aquellos que tuvieron que abandonar sus tierras de origen, como nuestra Catalina, la vecina del primero, que cambió estos majestuosos crepúsculos por el asfalto gris y triste de una gran ciudad. Siento tristeza, mucha tristeza, por aquellos emigrantes que abandonaron por necesidad sus lugares de origen y terminaron en el olvido de la muchedumbre, del asfalto, de la pobreza que uno atesora cuando te separas de lo esencial. Emigrar por necesidad es uno de los males de nuestro tiempo. Te arrebata la vida, te encarcela para siempre lejos de tus atardeceres.

Esta mañana fui a comprar algunas viandas y me paré a tomar un desayuno en la terraza de una gran plaza jerezana soleada y limpia. Lo hice porque es algo que nunca hago, y al ver tanta vida en aquella plaza, me invitó a sentarme, observar y recordar el ocaso de anoche. La filosofía, el pensamiento, la espiritualidad, no tendrían sentido si no fuera por el cúmulo de vida que derrochamos, por las experiencias que podemos disfrutar en un pequeño paseo, en una pequeña plaza, en los albores de una vida ya completa y cuyo significado solo puede ser descrito junto al mar.

Lo que vio el poeta al anochecer, como en el cuento de amor de Herman Hesse, no es tan solo un alarido del alma, sino la victoria de la vida sobre la muerte. El sol, que ayer perecía dando paso a la noche, volvió a renacer por la mañana. Los naufragios y las despedidas de la madurez tienen su recompensa en la acariciada visión del esplendor. El aplomo de los finales es la señal inequívoca de que la vida ha sido vivida. Los surcos de la frente y las mejillas, las manos agrietadas y temblorosas, el caminar lento pero seguro y la mirada… la mirada siempre fija en el mar… Solo hay que cambiar el placer por la música y la sensualidad por la plegaria, como decía Hesse, para darnos cuenta de todo aquello que un poeta puede ver. La realidad del amor, de cualquier amor, es la que aparece siempre posible y esplendorosa ante nuestros ojos.

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Aquello que hacemos en la vida tiene un eco inmortal


Trasmíteme el deseo de los dioses, me digo mientras miro por la ventana de la cafetería y retengo en la retina la fuerza del fuego en los volcanes isleños. Son las cinco de la tarde. Llevo aquí algunas horas mientras espero a que el mecánico me diga si el coche tiene arreglo o no. Los coches viejos no paran de dar problemas, achaques, averías. Hice malos negocios emocionales en el pasado, que repercutieron a mis malos negocios materiales. Pero respiro profundamente y me entrego a los designios de los dioses.

Todo esto a la víspera de tres viajes esta semana. Preparaba feliz mi viaje al sur de Galicia para tratar temas editoriales. Al día siguiente traslado al norte, para tratar y gestionar el misterio tras un año de ausencias. Y al día siguiente viaje a Madrid para otro tipo de menesteres, de esos de los que no se pueden hablar, simplemente porque nadie los entendería. Ahora todo en el aire, como la vida misma.

Trasmíteme el deseo de los dioses. Lo digo en plural, porque debe haber sobre nosotros una vasta jerarquía celeste. No podría entenderse el mundo de otra manera. La superstición religiosa resulta ser un bálsamo apropiado cuando dignificamos nuestra ignorancia sobre el cosmos y nuestra pequeña oportunidad existencial. Al verme tan pequeñito aquí tirado, en la mesa ausente de una cafetería , buceo en el deseo de los dioses.

La Cruz Cardinal, la Cruz Fija y la Cruz Mutable se fijan hoy en la luna llena de Virgo. He quedado con mis condiscípulos para cierta celebración. Me pregunto qué tipo de influencias pueden ejercer en nosotros los ciclos lunares. La luz es dispersa en las brumas de la noche. Deberíamos celebrar la luz del sol de otra manera. Quizás de una manera más directa, sin intervención lunar. Linda Geddes habla de ello en su libro “Bajo el Sol, la nueva ciencia de la luz solar y cómo influye en el cuerpo y la mente”. Me lo envía Encarna desde Maspalomas. Doy gracias por estos regalos que llegan y me adumbran. Rompen con la rutina, alegran el corazón.

Este fin de semana no fue especialmente especial. Vi una película donde había una frase que me conmovió. La he desvirtuado, pero el héroe de turno la pronunciaba con cierta celeridad: aquello que hacemos en la vida tiene un eco inmortal. Me pregunto qué tipo de eco puede tener este instante, en la cafetería, junto al parque, en el antiguo recorrido francés. Veo peregrinos, ordeno la agenda, miro al vacío, que es como mirar al cielo y ver las estrellas centelleantes en la planicie celeste, más allá de las nubes y la niebla. ¿Será la Tierra plana? ¡Qué cosas! Plana es nuestra mente, nuestra mirada, nuestra sensación de vacío cuando perdemos vida a cambio de instantes. La vida no se piensa, se vive. Desde el libre pensamiento y el libre sentimiento. Libres, vida, cielo, infinitudes, dioses, extraños sucesos en una mesa cuarteada, en un café con música de piano, sin clientes, bajo la esperanza de todos los mañanas.

Me entran ganas de viajar, de volver a ser lo que era, un peregrino angosto, alegre, arriesgado. Pero miro el reloj y el mecánico no me llama, lo cual significa que el coche tiene algo complejo. Al mirar el reloj, me interrogo sobre nuestro propio reloj interior. ¿Qué hora estaré marcando? ¿Cuántas horas de vida me quedarán por delante? ¿Me dará tiempo a percibir con mayor claridad el deseo de los dioses? ¿Y cómo podré, de ser así, servirlos con la mayor celeridad? ¿Seremos inmortales, como ellos, o solo una vaguedad más, algo sempiterno en su imaginación, breve, rezagados de la evolución, átomos cuyas vidas son instantes apagados?

Esta mañana me levanté con mil tareas urgentes. Las atendí una a una. Ir a meditar para conectar con mi yo interior y con el yo grupal. Esto siempre es una urgencia. Realizar el círculo de consciencia para ver cómo está el ánimo de la tropa de voluntarios, cada vez menos debido a la entrada del frío, la humedad, y pronto la escarcha. Desayunar algo. Coger el tractor para limpiar la zona de la futura escuela. A media mañana, ir al ayuntamiento a solicitar permisos para legalizar el pozo del agua, necesario para los permisos de obras de la futura escuela de meditación, estudio y servicio. Vaciar antes el pozo, volverlo a llenar, coger una muestra de agua y llevarla a analizar. Pagar algunos impuestos, redactar una carta para la justificación de la obra de la futura escuela, y a la vuelta, el ruido en el motor, la avería, el mecánico, el quedarme tirado en mitad de la nada, el buscar un lugar donde comer y esperar, esperar alguna señal de los dioses en una cafetería donde alargo las horas mientras el camarero me mira con cierta curiosidad. Mientras alargo las horas le dejo una buena propina. Es una forma de forzar sus deseos y una forma de alargar mi cómoda estancia.

Todo bajo la niebla de este otoño que ya ejerce su influencia. Y bajo la luna llena de Virgo. Supongo que todo esto tendrá algún eco inmortal. Al fin y al cabo, formamos parte de un misterio que aún no somos capaces de gestionar, más allá de la superstición, de la creencia, de la fe, del no saber a ciencia cierta cuántos minutos nos quedan aún de vida. Por eso, ¡oh vida!, mientras espero, trasmíteme el deseo firme de todos los dioses. El significado esotérico de la tensión es “la enfocada e inamovible voluntad” a pesar de las dificultades y las circunstancias. Mi inamovible voluntad sigue firme, trabajando, a pesar de todo, para servir al Plan perfecto de todos los dioses. Aunque sea en una vacía cafetería, bajo la luz del atardecer y un ocaso próximo. Ese es ahora mi eco inmortal.

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Un corazón amoroso


By Philip Rebstock

“Un corazón amoroso es el requisito principal: Respetar a la gente como a un hijo único; no oprimir ni destruir; no exaltarse a uno mismo aplastando a otros, sino confortando y siendo amable con aquellos que sufren. No pensar ningún mal ni cometerlo, sino por el contrario, pensar en beneficio de todas las criaturas.” [S. W. Laden La, Diario íntimo, 19 de agosto de 1923]

Desde hace unos días el sueño es recurrente. Ella aparece de repente, tan bella y esplendorosa como siempre, se acerca de forma amorosa y sin ningún atisbo de rencor o malicia, abraza todas mis sombras. Me enseña orgullosa todo aquello que compartimos, todo aquello que nos pertenece a partes iguales. Nos contamos cómo nos ha ido la vida e intentamos buscar una solución justa a todo nuestro pesar y angustia. Es un sueño hermoso, de reconciliación, de amistad.

Luego despierto y observo que aún me duele el brazo, que la cama sigue vacía, arropada por un exceso de mantas que aligeran un poco las primeras sensaciones otoñales. Tras la meditación y el desayuno intento hacer alguna tarea. Me atrevo a subir durante una hora al tractor. Lo dejo, es demasiado pronto aún. Ayudo al que puedo y en lo que puedo. A veces dando simplemente ánimos, algún abrazo, alguna esperanza.

Trabajo en la editorial intentando rascar algún euro más para apoyar la casa de acogida. Allí ocurre de todo. Hay menos personas ahora en otoño. Hoy el testimonio de alguien que relataba cómo había vivido en la calle y cómo de alguna forma nosotros le habíamos acogido sin juicio me ha conmovido. Hacía mucho tiempo que no lloraba por nada, pero hoy saltó una lágrima de emoción al escuchar las sinceras palabras de esa persona. No se trata de dar un plato de comida y una cama, sino de dar también esperanza, dignidad, cariño. Quizás eso fue lo que me hizo llorar en silencio. Ese corazón agradecido y amoroso que se mostraba ante los demás de forma vulnerable pero sincero.

Ser amables con aquellos que sufren y no exaltarse con los que abusan de la bondad y la generosidad es algo difícil. La hospedera que hoy terminaba su experiencia de tres meses nos llamaba héroes sin capa. ¿Cómo se puede tanta entrega, fortaleza y fe para soportar todos los avatares del día? Y además sostener una fundación, dos proyectos más, escribir libros, llevar una editorial. Eso me pregunto yo mismo. Noto que las fuerzas menguan, que aquello que antes me liberaba de la presión, los viajes, cada vez son más difíciles. Pero aún me queda vocación a pesar de las trabas, de las dificultades. Aún me queda fe y esperanza.

Por la tarde voy a comprar comida. Los ingresos menguan y los gastos empiezan a aumentar. El otoño es un tiempo de desequilibrio. No lo observo desde la queja, sino desde la prudencia. Las bonanzas del verano desaparecen y llega la supervivencia. Es ley de vida en este lugar donde siempre se tiene que tirar del apaño. Compro materiales de construcción para seguir la obra y a la vuelta recojo a dos personas que se han quedado sin trabajo y prácticamente en la calle. Nos piden ayuda. Cargo el coche con todas sus cosas, incluida una maceta con alguna flor ya casi marchita. Le preparamos una habitación para que descansen, una cena, y mañana será otro día.

Pensar en beneficio de todas las criaturas casi no te deja tiempo para nada. Llego tarde, escribo estas letras para desahogarme y me pregunto si aún me quedará alguna hora para ordenar facturas y albaranes, pensar en el día de mañana y optimizar aún más los recursos. El viernes me toca encargarme de la casa de acogida. Se nos va la hospedera. A estas horas el húmero me duele algo más. Me sube algo la fiebre e intento respirar hondo para absorber del aire algo más de energía, de prana, de éter.

Un corazón amoroso debe estar alerta, nunca sabes cuanta más gente necesitará un plato de comida, una cama, pero sobre todo, fe, esperanza y cariño. Dormiré algo y seguiré soñando con todas aquellas personas a las que no pude ayudar. Con todas aquellos seres a los que dañé sin querer.  Soñaré en la reconciliación y la amistad desde un corazón amoroso, humilde, amable. Así, cuando despierte, podré seguir ayudando a mucha más gente, aunque duela, aunque me quede sin fuerzas, sin prana.

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Extraño contraste sobre la verticalidad y la jerarquía


Charlando con Geo sobre cosas de la existencia

 

La principal causa del origen de la muerte, según el Tao, es el nacimiento. Aún así, nadie conoce el origen del origen. Extraño contraste de verticalidad y jerarquía. Esa es siempre la primera y aparente observación de una mente inclinada a la indagación. Un momento telúrico, enfrentado, sin resolver. Creo que la confusión empezó cuando se denominó Dios a los dioses creadores, así, en plural. No fue un “dios”, sino varios, como afirma la propia Biblia cuando nos habla de los Elohims. El Primer Motor de todo lo creado, al que podríamos llamar el «Creador Principal», no podría ser nunca nuestro “Dios”. Tampoco sería un Dios Absoluto, sino una entidad creada, más allá de cuyo universo hay un algo creado a su vez por OTRO Creador, nos dicen desde las Pléyades. Si seguimos esta secuencia, el Creador del «Creador Principal» puede tampoco ser el que existió primero, y ser a su vez hijo de otro Creador…

Para ilustrar este lío, podemos tirar de una anécdota acaecida estos últimos días con respecto a una cagada de murciélago, o de ratón, o de rata, o… Veamos la confusión jerárquica y su extraño contraste de verticalidad, para entender el origen del supuesto creador. Advierto de antemano que solo mentes agudas, despiertas e inteligentes podrán entender la analogía. La anécdota se desarrolla así:

Que alentador encontrarme caca de ratón/rata/murciélago en el estropajo de la cocina y en la fregadera. Antes se ha movido un bicho por el tejado a esa altura y ha hecho que cayese”. Dijo algo disgustada la nueva vecina. “¡Vaya! Cómo está el vecindario… pondré una queja al presidente de la comunidad, este año le toca al gato Merlín”. Le dije sorprendido por la desconsideración de los habitantes nocturnos de la casa.

Fui hasta el gran Merlín, el cual reposaba plácidamente en unos de los troncos del antiguo tejado, junto al depósito del agua, al pie de la nueva era. “Merlín -le dije- he recibido queja de la nueva vecina, al parecer se ha encontrado algo de suciedad en la cocina”. Me miró con esa cara de complacencia que siempre pone. Señaló hacia el estanque y dijo: “Esta semana le toca a uno de los patos el mantenimiento de la casa, habla con ellos”. Miré a los patos, y como tenemos un hermoso anticiclón justo encima, andaban reposando junto al estanque, estirando las alas y las patas mientras gozaban del sol y la buena temperatura.

Hola patitos, buenos días”, les dije. “La nueva vecina ha encontrado suciedad en la casa y busca un responsable”. “Yo no he sido”, exclamaron los dos patos mientras se reían entre ellos. “Pero me ha dicho el gato Merlín que os pregunte, que estáis de responsables de mantenimiento”. “Yo no he sido”, respondieron de nuevo entre risas, intentando emular algún tipo de elusividad cósmica. De repente señalaron a las gallinas: “Hoy es domingo, les toca a las gallinas cuidar de la casa”.

Las gallinas estaban cerca de la huerta, rebuscando entre la hojarasca algún apetitoso gusano que llevarse al pico. Había tres reunidas y cuando me vieron llegar, ante la ausencia de gallo desde la trágica muerte hace unos meses en manos del zorro, se agacharon las tres a la vez y exclamaron: “Písame, písame, písame”. Atendiendo sus súplicas, con una mano las cogí del cuello, e imitando la loable labor de un gallo, con la otra las pisé una a una: “Toma, toma, toma”, les decía mientras golpeaba suavemente su espalda plumífera. “Ohhhh, gracias”, exclamaron las tres al unísono mientras se revolvían el plumaje y miraban el cielo sin entender cómo una mano podía ser portadora de creación. “Bueno ya está bien de sentimentalismos. Me han dicho los patos que hoy os tocaba a vosotras mantener el orden, y la nueva vecina se ha encontrado una catástrofe en la casa”. “¡Ohhhhh, por la memoria del gran Alectrión, una catástrofe!”. Exclamó la tríada al unísono mientras coquetas se despeluchaban el plumaje. “Si es algo grave, es mejor que hables con el gato Chip, él está de guardián y de seguridad”.

Busqué al gato Chip, el más pequeño de todos, bisexual, medio cojo, destronado por unos y por otros, un efebo incomprendido. Solo piensa en tener sexo y con su rabo cortado y sus peculiares andares siempre anda sucio y perdido. Todo un personaje. Lo llamé y lo busqué y al rato lo encontré cerca de una de las cabañas, acosando a la gata Meiga que intentaba huir de sus persecuciones incesantes. “¡Hola Chip!”, le grité fuerte para que dejara el acoso. “¡¡Deja de molestar a la linda gatita!! Eres un pelma”. Le dije. Me miró con cara de deseo, pero no entré al trapo. “A ver Chip, vamos a centrarnos. Que me han dicho las gallinas, que vaya tres, por cierto, que estás tú de vigilante. Ha habido una hecatombe en la casa y la vecina está muy afectada, no sé qué hacer y me han dicho las gallinas que hable contigo”, le dije con ademán de enfado. “No me hables en ese tono que sabes que soy muy sensible. Es por la tarde, y en las tardes es Meiga quien resuelve los conflictos”, me dijo mientras se lamía una pata. La gata Meiga, medio escondida detrás de un árbol rodeado de setas y envuelta en una madreselva dijo: “¡Te he escuchado gato Chip y sabes que no es cierto! ¡Los domingos no tengo porqué resolver nada! ¡Que pregunte al perro Geo, él siempre está dispuesto a echar una mano, aunque sea domingo!

Mi paciencia estaba hasta los límites y busqué a Geo. Corría por la colina que viene del Castro de Santa Margarita. Venía feliz y lleno de barro. Cuando me vio vino corriendo a saludarme: “Paseo, paseo”, gritaba mientras me rodeaba y saltaba encima de mí. “Bueno, bueno, bueno, como vienes. ¿Dónde has estado todo el día? Qué te tengo dicho de las salidas a estas horas”. Geo seguía saltando: “¡Paseo, paseo!” Gritaba. “¡Geo, no hay paseo! Ha ocurrido algo terrible con la vecina y tenemos que resolverlo. Me han dicho que hable contigo”. Le espeté. Entonces dejó de saltar, agachó el rabo, miró disimuladamente hacia el suelo, y se fue corriendo gritando: “¡¡habla con Gaia!!” “La madre que lo parió”, pensé para mis adentros, cada vez más encendido mientras veía cómo desaparecía por el bosque. “¡Paseo, paseo!”, se escuchaba a lo lejos.

Ante la impotencia manifiesta, ya solo me quedaba hablar con la vieja y gruñona gata negra. La busqué en su sitio preferido, en el hueco de una ventana rota, tomando el sol medio dormida. “Disculpa Gaia”, le dije con mucha delicadeza. “¡Olvídame estúpido! ¿No ves que estoy descansando?” Me dijo mientras gruñía y refunfuñaba. “Es que la nueva vecina…” Intenté decirle… “¡Eres idiota, desaparece! Y dile a la vecina que resuelva ella sus asuntos”… Dijo malhumorada, como siempre, mientras salía corriendo hacia el tejado de la vieja ermita.

Indignado, agotado, iracundo, me fui hacia la cocina para hablar con la vecina y le dije: “Ya hablé con todos los vecinos”, le decía mientras limpiaba la suciedad. “¿Y quién se ha cagado?” Dijo disgustada. “El Creador Principal”, contesté. “¿Cómo dices?”, dijo mientras me miraba desconfiada. “No importa. Espero que no vuelva a pasar”. “¿Pero fue el ratón, la rata o el murciélago, quien se cagó?” Exclamó. “Es una larga historia que tiene que ver con el origen de los tiempos, el extraño contraste de verticalidad y la jerarquía. Otro día lo hablamos”, dije cansado. La cocina quedó rápidamente limpia, y mientras me marchaba, pausado por el contraste entre el tiempo y los tiempos, entendí la principal causa del origen de la muerte y la causa total de toda la Creación.

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Habiendo castañas…


‘Meules’, Claude Monet, 1890.

 

Teniendo arroz y pasta, se puede sobrevivir con unos veinte euros a la semana. Unas galletas, algo de fruta, algún aguacate y algún capricho pequeño para dar la sensación de que toda crisis puede resolverse con algo de humor. La ventaja de ser vegetariano es que con veinte euros no tienes que hacer grandes inversiones en proteína animal. Ni siquiera sé cuánto vale una merluza o un trozo de buey o ternera o un pollo (qué aberración interior siento de solo pensarlo). Como todo está enclaustrado y cerrado, tampoco va uno, como en aquellos tiempos pletóricos, de cenas o de comidas con nadie, donde uno podía gastar veinte euros por cabeza en cualquier lugar agradable. ¡Qué tiempos!

Hoy hacía buen día y cogí la moto y me escapé a la ciudad a comprar algo, ya que llevaba casi dos semanas sin abastecerme de comida. La culpa fue de un cocido de garbanzos que se vino arriba y tuve que comer durante tres días seguidos. Si a eso le sumamos las cenas a base de castañas, que aún perduran, el ahorro semanal ha sido enorme. Así que después de pasarme toda la mañana haciendo cemento para asfaltar un trozo de nueva acera cerca de la ermita, me fui y compré algunas cosas.

Veinte euros suponen un gasto aproximado de ochenta euros al mes en comida. Ahora eso me parece una barbaridad, tal y como están los tiempos, y me pregunto cómo me las ingeniaba en los años anteriores para que nunca faltara comida a los más de treinta comensales que en verano solían participar del proyecto. Solo de pensarlo me doy cuenta de que algo de magia había en todo aquello. Magia, tesón, sacrificio, desprendimiento y mucha imaginación. Debo decir que me fastidia que ese gran esfuerzo nunca sea reconocido del todo. Aún vienen personas ingratas que se dedican a criticar una y otra vez todo cuanto aquí se hace. Hoy mismo llegaba alguien con deseos de hacer daño, de poner la punta en cualquier llaga.

Interiormente me sentía fuerte y seguro como para no hacerle caso y atender sus quejas. Incluso me siento fuerte y seguro para dejar de dedicar tiempo a todo aquello que reste y no sume. Creo que de alguna forma estoy haciendo una limpieza interior, alguna especie de catarsis cuya conclusión pasa por cuidarme un poco más y exponerme un poco menos. Recuerdo que una vez, en mi ingenua búsqueda intelectual, me presenté en la casa de un conocido escritor cuyo rótulo de bienvenida decía algo así: “no se aceptan visitas”. Había realizado muchas horas de viaje para toparme con ese exabrupto. Años más tarde nos hicimos, paradojas de la vida, buenos amigos y pude disfrutar de toda su compañía y sabiduría intelectual. Pero ahora, con el tiempo y el hartazgo, puedo entender ese cartelito en la puerta. Y es que hay cosas que en la vida es mejor no aceptar. Incluso me atrevo a decir que hay personas que es mejor no dejar entrar en tu vida. Lo digo sinceramente sin rencor ni reproche, desde cierta paz interior. Deberíamos ser más selectivos, y no perder el tiempo con aquellos que te tolean, te marean, te engañan, te utilizan, te menosprecian, te atacan, te pisotean, te dañan de forma gratuita. No merece la pena, de verdad.

Lo digo también porque mientras tenga pasta y arroz, podré ir tirando, pensando un poco en mí, cuidándome mejor, y dejando de darlo todo para los demás sin ni siquiera buscar un remanso de paz o de bienestar para mi persona. A ver si con esto consigo ponerme al día de todo. Pagar todas las deudas ocasionadas por esta atrevida aventura y dedicarme de nuevo a la alegría del vivir desde la paz que te ocasiona el no deber nada a nadie. Cada vez lo siento con mayor fuerza. Como decía el bajísimo, necesito poco y de lo poco que necesito, necesito poco. Casi diría que veinte euros a la semana en comida es una aberración. ¡Habiendo castañas por recoger! También ha sido una aberración atender amablemente a todos aquellos despiadados uno a uno, viendo como después traicionaban tu amabilidad o amistad a la primera de cambio. Eso se acabó.

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Fe y vida


Campo de amapolas cerca de Giverny, Claude Monet, 1885

 

Están siendo tiempos muy duros para muchos. Tiempos de pena, tristeza y depresión. También aquí se vive con cierta nostalgia por todo lo que se ha perdido. No tanto por los bienes materiales, sino más por los bienes anímicos, las relaciones, lo humano. Estos días sentía cierto arrebato. Me paraba a mirar las redes sociales y veía la futilidad del instante, de las relaciones que ahora más que nunca son ilusorias. Empecé a mirar y me fijé… ¡cinco mil amigos! Miré con más profundidad y me daba cuenta de la ilusión, del glamour, de la mentira que estamos fabricando entre todos. ¿A cuántos de esos cinco mil conozco de verdad? Me entretuve por un rato a mirarlos uno a uno. Empecé eliminando a gente que no conocía de nada. Cuando llevaba cuatrocientos eliminados uno a uno, busqué alguna fórmula más rápida. Alguien inventó una extensión para hacer ese tipo de operaciones de forma más contundente, eliminando de cien en cien. Dediqué otro tiempo hasta que llegué a los dos mil eliminados. Allí el sistema, la red, detectó mi imprudencia y me impidió seguir adelante con mi exterminio masivo. Así que, ante la imposibilidad de tener dominio sobre el programa, decidí eliminarme a mí mismo.

A nivel emocional seguía tejiendo y destejiendo, esperando, como Penélope, algún tipo de señal o mensaje que nunca llegaba. Realmente no sé qué esperaba. Penélope siempre fue signo de fidelidad conyugal tras veinte años de espera. Pero aquellos eran otros tiempos. Eran tiempos en los que había relaciones conyugales y también fidelidad a las mismas. Cosas serias, responsables, comprometidas. Ahora eso terminó. Hay relaciones mercantiles a lo sumo, donde el interés prima sobre lo demás, o relaciones virtuales, sin más. A hechos pasados me remito. Así que lo mejor es dejar de tejer y destejer, y dejar de mirar desde la torre, junto al espejo, junto al telar. En este mundo virtual donde se anula el tacto, el olor, el calor, el sabor, el abrazo, el arrebato, la risa, la imperfección de toda relación de carne y hueso, con sus idas y venidas, el correr juntos por las veredas, sin todo esto, casi no merece la pena estar.

Así que aprendiendo de errores pasados decido caminar hacia otro lugar, hacia otra utopía. Caminar mucho, al menos tres veces al día, junto a Geo, corriendo con él por los verdes prados, por las hermosas veredas, junto al río, sobre las lomas de las montañas. Es la mejor de las terapias. Correr, correr, correr. Jugar en la hierba, comer juntos, vagar juntos. Correr hacia fuera, al mismo tiempo que corro hacia dentro, hacia otra realidad. En un mundo tan solitario, la compañía de un buen amigo canino es un tesoro. Andar con un can es la mejor de las terapias para no entrar en los alaridos del llanto, en la tristeza, en la congoja.

El correr tiene un efecto poderoso en el cuerpo y el ánimo. Es como si la vida se reciclara, circulara. Ya lo he dicho muchas veces, pero estos días lo he experimentado con especial fuerza. Hoy una amiga me decía que en su comunidad están trabajando con los ángeles de la fe. La fe es aquella sustancia invisible que mueve todas las cosas. Estos días ando sintiendo eso, fe.

Fe cuando buscaba a alguien que pudiera ayudarme en las labores de corrección editoriales, a pesar de la crisis. Fe cuando organizaba los cuestionarios para el grupo semilla, que si todo va bien, convivirá un año para cocrear la futura Escuela bajo los auspicios de la ética viviente. Fe cuando miraba al cielo y veía que, a pesar de todo, gozaba de buena salud y lo más importante, estaba vivo. Fe en la mañana, cuando veía que en los suelos aún quedaban castañas para asar por las noches. Fe en el mañana. Porque el mañana se escribe a cada renglón de presente. La materia es energía, la energía es frecuencia. Cambiando la frecuencia de nuestros pensamientos cambia la energía, y con ello, nuestra realidad. Es el mantra que me repito estos días cada vez que me viene algún triste pensamiento, alguna herrada y perdida emoción: “cambia de frecuencia”, me repito una y otra vez.

Así que me encuentro en un momento de fe, de inspiración, de alegría interior. Fe en la inquebrantable fortaleza que nos mantiene vivos a pesar de todo. Estoy en la fase de aceptación, de dejar de esperar, de dejar que la vida se vuelva a reordenar de nuevo. Eso, inevitablemente, creará en un futuro no muy lejano, la posibilidad de lo milagroso, del cambio, de la vida plena. Estoy convencido. Siempre ha sido así. Con fe y esperanza, el ánimo recorre nuestras vidas de forma diferente. Es un cambio de frecuencia. Es un cambio de energía. Es un cambio de realidad. Y deseo de nuevo que ese cambio de realidad sea sobre la base de lo Real. Así que disculpadme si en lo virtual estoy apartado o rancio. Deseo experimentar el calor de verdad, la vida estrecha e íntima, la de carne y hueso. Fe y vida. Vida de verdad.

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Vivir es no acabar


© Andreas Jorns

 

Vivir es no acabar. Acabar es solo morir.
Juan Ramón Jiménez

Hay una fuerza inherente que nos mueve hacia adelante. Más allá de toda dificultad, el principio de supervivencia nos lanza una y otra vez hacia el mañana. Me daba cuenta cuando hoy, afanosamente, cambiaba los aperos del tractor. Era la primera vez que lo hacía. Tras segar toda la finca, ahora tocaba labrarla, fresarla en el lenguaje del campo. No entendí el concepto de fresar hasta que esta mañana pasaba una y otra vez por los campos tupidos de hierba y otoñales hojas secas. Al terminar me acerqué a la tierra y parecía otra, esponjosa, blanda, aireada.

Aún no se trabajar la tierra pero aprendo gracias a los consejos de los paisanos, de los vecinos que se mofan un poco de nuestra ignorancia diciendo eso de “tantas carreras y no sabes labrar la tierra”. A veces me defiendo diciendo eso de que soy editor y escritor, que lo único que sé hacer es editar libros, escribir algo, meditar, reflexionar sobre la vida, crear utopías, imaginar el mañana, etnografiar el futuro. Esa visión de las cosas no les convence, porque alguien que vive aquí debe saber cambiar un apero y manejar bien el tractor, y que por muy doctor que uno sea, de no saber lo básico del campo, es sinónimo a ignorancia supina. “Estoy aprendiendo”, me digo a mí mismo para consolar mi ignorancia como granjero, como hombre de campo.

Pero es cierto que vivir es no acabar. Siempre pienso que hay mucho por hacer. No solo en estas casi cuatro hectáreas, sino en el mundo en general. Con o sin dinero, siempre hay mucho por hacer para mostrar simpatía al mundo, inofensividad, aprecio, cariño. Siempre me rijo por la ley de no molestar, de no hacer excesivo ruido. Pero si alguien lo pide o lo necesita, intento mostrarme cariñoso y atento. Y si alguien necesita ayuda, intento echar una mano, o dos, o las que pueda. Un abrazo siempre viene bien, venga de donde venga.

Hoy leía una frase que me repito a mí mismo desde hace muchos años: “Una Ley Oculta dice que la verdadera enseñanza espiritual debe darse gratuitamente; jamás debe ser vendida, ni estar supeditada a la posición económica del buscador”. Dar gratis lo que gratis has recibido, “para que a aquellos que den, les sea dado para que puedan dar nuevamente”. No todos pueden entender esta ley. De hecho, cuando esta mañana estaba peleándome con los aperos y viendo lo primitiva que aún es la tecnología en el campo, regía mis emociones bajo este principio.

“¿Qué hago yo labrando la tierra o cuidando esta finca?” Realmente hay una fuerza motriz que me empuja a hacerlo, a pesar del desagrado que me producen todo este tipo de actividades que nada tienen que ver con la sutiliza de la antropología, de la filosofía o del mundo de las ideas en general. Realmente llevo siete años practicando la ley oculta, dando mi tiempo, mis recursos y casi mi vida entera para que cierta enseñanza pueda ser compartida de forma gratuita a todo el que por aquí asome.
Claro que la enseñanza que se ofrece en este pequeño bosque es muy sutil. ¿Cómo explicar el misterio de la síntesis o la vacuidad o la impermanencia si no mostrando bajo el rostro del sol apenas algún resquicio disimulado? ¿Cómo hablar de la importancia de la inofensividad disfrazada con diplomacia bajo tres pequeños principios que afectan sobre todo al cuidado de la vida?

Es evidente que la enseñanza espiritual del futuro no será una enseñanza intelectual, como la que a mí tanto me gusta, sino que será una enseñanza que tendrá que ver con la intuición, con la sutileza que el contacto del alma ejercerá sobre nuestro cerebro y mente. Por ese en este lugar, que pretende ser humildemente la proyección simbólica de una verdadera escuela espiritual del futuro, intenta desarrollar esa intuición mediante el ejemplo y la práctica, mediante la observación y la meditación constante. Es solo un borrador, un boceto, pero esperamos que pueda inspirar a mucha gente.

Y por eso, supongo, esta mañana andaba yo peleándome con los avíos para poder fresar la tierra y así quedara preparada para la próxima primavera. No sabemos aún cómo será la normalidad en ese tiempo, pero hay que persistir y hay que continuar, cueste lo que cueste, cumpliendo con nuestra parte. Vivir es no acabar, así que continuemos adelante, aproximemos nuestra vida al pneuma, al espíritu que nos mueve, al alma que nos soporta. No hay mayor dolor que dejar de vivir. All you need is love… 🙂

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¿Qué ocurriría ante un gran apagón?


Una de nuestras primeras y rudimentarias instalaciones solares

 

Hoy tuve que ir al pueblo a cargar el ordenador. Desde que llegó el otoño y bajó el sol y llegaron las lluvias y las nubes y todo tomó un cariz gris, empezamos a tener problemas con las placas solares y el suministro de electricidad. A pesar de que habíamos aumentado la capacidad este verano, no ha sido suficiente. Llevaba tiempo observando la trayectoria del sol. Als estar rodeados de árboles sin mucho margen para colocar las placas, buscaba claros donde el sol incida directamente. El único lugar era el prado, pero estaba demasiado lejos de la casa.

Busqué por foros y pregunté a unos y a otros y me desaconsejaron alejar las placas de las baterías. Había la opción de comprar un cable lo suficientemente grueso para que llegara algo de electricidad al inversor y de ahí a las baterías. Compramos los cables y estos días desplazamos, entre lluvia y barro, las pesadas placas solares hasta el prado. Hicimos la conexión pero no funcionó, era demasiada distancia para tan pocas placas. La única solución que se me nos ocurrió es pensar en la manera de sacar las pesadas baterías de la casa y trasladarlas hasta las placas. Hemos comprado una caseta de jardín para instalarlas allí dentro y ver si con esta solución podemos tener algo de luz. Mientras llega la caseta y hacemos todo el traslado estaré unos días sin electricidad, y trabajando precariamente, como aquel que dice, cuando se pueda.

Claro que mi precariedad no tiene nada que ver con otro tipo de precariedades. Para nada me gustaría estar en una mina sacando carbón, o en el mundo fabril trabajando a destajo, o en la obra, aunque aquí no pare de trabajar, más por gusto que por obligación, en ese mundo de la construcción. Ni tampoco en una oficina cerrada con vistas a una pantalla durante horas y horas. No puedo quejarme de precariedad, aunque no tenga por unos días electricidad y todo funcione a medias. De hecho, los primeros años no teníamos, y trabajaba en las cafeterías del pueblo o recargando el ordenador y el móvil en las baterías del coche híbrido.

Así que estos días es como recordar viejos tiempos, y también sirven para cuestionarnos qué ocurriría si de repente hubiera un gran apagón. Si algún día cae internet o la electricidad todo se vendrá abajo. Al menos todo lo que viva de la mano del mundo digital. Mis vecinos, que aún viven en el mundo analógico, no echarían en falta muchas cosas. Su trabajo con las vacas, los prados y la huerta no requiere una gran sofisticación. Mi caso es todo lo contrario.

Editar libros requiere de programas complejos que se desarrollan en potentes ordenadores que requieren electricidad e internet para poder funcionar. Quizás por eso, inconscientemente, haya aprendido las técnicas más elementales del mundo de la construcción y ahora sienta mucho interés por la huerta y sus misterios. Cuando resuelva el asunto de las placas intentaré esforzarme un poco más en la supervivencia natural. Tal y como está todo, quizás sea necesario aprender a sobrevivir en el campo, aprender las artes del cultivo y rezar para que salga alimento abundante.

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Normalizar una vida anormal


Marzo de 2014 firmando libros en una terraza de bar en mi añorada Malasaña… había cierta normalidad en mi vida antes de venir a los bosques…

 

Ayer fui a comprar unos pastores para los caballos a la ciudad. Justo al entrar, instintivamente miré hacia la izquierda. Había una terraza y allí estaba, sentado, tomando un café y leyendo un libro. Paré el coche de golpe mirando que no hubiera nadie detrás. Me lo quedé mirando un buen rato. Casi se me hizo eterno. Una estampa normal, de alguien conocido tomando plácidamente el sol en una terraza de un bar mientras leía un libro y degustaba un café. Me pareció algo extraordinario y casi envidiable.

Intenté recordar la última vez que tuve la oportunidad de hacer algo así. O de vivir así, a mis anchas, sin dar explicaciones a nadie, sin mayores responsabilidades que las mías propias. Creo que fue hace siete u ocho años, antes de emprender este excesivamente ambicioso proyecto. Vivía en madrileño barrio de Malasaña, y allí me permitía, de vez en cuando, ese tipo de pequeños placeres. Especialmente en el café Ruiz, ahora ya tristemente desaparecido, y en el café de la Luz. ¡Qué tiempos aquellos!

Desde hace unos días pienso que de alguna forma me gustaría normalizar esta vida tan anormal. Quiero decir que me gustaría tener algo de tiempo para salir, tomar algo, cenar con alguien, ir al cine. Sí, ya se que con esto del Covid ahora todo eso es casi imposible. Pero incluso en estos días me impuse una necesidad aún mayor. Me gustaría ser más normal, tener una pareja, tener una relación estable con alguien e incluso tener hijos. No sé, algo normalito, aunque suene retro. Tanta vida extravagante, tanto ajetreo, tanto trabajar para ver tan pocos frutos, al final desanima. Y uno se vuelve mayor, y conservador de alguna manera, y desea, con la edad, hacer algo normal.

No busco fama ni gloria, ni siquiera tener mucho dinero. Las cosas vanas y materialistas nunca me llamaron la atención. Pero ahora, a mi edad, siento cierta curiosidad y deseo por tener una vida normal. Normal me refiero a unos mínimos de normalidad. Pero miro mi entorno, miro la obra que he ido construyendo estos años de excesivo trabajo y sacrificio y veo lo lejos que estoy de poder conseguir ni siquiera un ápice de vida ordinaria. Emocionalmente, entiendo que nadie podría fijarse nunca en alguien que ofrezca tan poca estabilidad material. Y menos aún que pueda comprender la complejidad de mi vida interior, de mis reflexiones, de mi moralidad o de mi forma de ver el mundo. «¿Qué no comes carne? Bueno, pero sí un vinito, ¿no? ¿Tampoco?» ¡¡Ufff!! Sí, lo sé, siempre fui un poco rarito y anormal. Y en la cama ni te cuento. Fetiches ninguno. Y de sexo, mejor ni hablar.

De poder hacer una selección, pocos, muy pocos, o ninguno quizás, sería capaz de entender el origen galáctico del comando Asthar, la honradez de los versos áureos pitagóricos, la diferencia entre el cuarto y quinto rayo, el significado profundo de la puerta estrecha, la necesidad de agacharse a la entrada de cualquier templo o el significado simbólico del Delta. Una conversación sobre ideales, valores o paradigmas vividos con intensidad es cada día más improbable. ¿Cómo explicar la diferencia entre ego y alma, y entre alma y espíritu, sin adentrarnos en los pormenores del plan, el propósito y la necesaria construcción del antakarana? ¿En qué terraza de bar podría yo buscar un interlocutor válido que se lanzara a la aventura de buscar leña, sembrar patatas y construir cabañas a la vez que hablamos de la hermandad blanca o los devas de la naturaleza mientras editamos al mismo tiempo libros de Dion Fortune o Bakunin?

No se me ocurre de qué manera podría vivir una vida normal, fuera de mis extravagancias y mis deseos incumplidos. ¿Qué clase de hijo, en la supuesta e imaginaria hipótesis de que encontrara a la que sabe volar, podría salir de padres tan volátiles? ¿Quién estaría dispuesta a pasar la prueba de sufrir un invierno encerrada entre nieves, silencio y sacrificio en una perdida cabaña en los bosques? ¿Quién podría entender la belleza de la rama dorada y la sutileza del arca lucis? Un casting muy difícil, casi imposible, al que ni yo mismo me atrevo a nombrar. Por eso sucumbo día tras día a la centrifugadora realidad. Lo siento querido mío, me digo a mí mismo. No hay normalidad que valga. Lo mío es anormalidad pura y dura. Lo mire por donde lo mire. Así que la imagen bucólica de verme en la terraza de un bar, meciendo el carrito de un recién nacido mientras releo las páginas de algún pesado libro deberé dejarla para próximas vidas. Es lo que hay… de momento…

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Equinoccio. Lleva la barca más adentro.


El árbol nido, el primer árbol que apadrinamos en este lugar…

 

«Lleva la barca más adentro». Lucas, 5,4

Hizo un día precioso. Me levanté temprano, cuando aún los cielos aparecen oscuros y los primeros trinos se escuchan tímidos en el bosque. Había un silencio especial, dulce, apacible. Fui al gallinero y saludé a las gallinas y los coquetos patos que salían a la carrera para disfrutar del estanque. Es un ritual mañanero hermoso. Es como ver la vida correr en búsqueda de experiencia, de sensación, de luz. Los patos tienen una inteligencia superior a las gallinas. Además, tienen siempre ese rostro sonriente. Me acerco a ellos. Me gusta sentir cómo palpan con sus picos curiosos los dedos de mi mano. Es un saludo cómplice, de amistad. Me alegra saber que aquí están a salvo de futuras potas, y que su muerte será natural, salvaje, libre.

Como estoy solo estos días organicé la jornada al gusto. Con tentempiés, saludos al sol e idas y venidas al bosque para ver cómo se desarrollaba el último día estival. Sin prisas, sin pausa, descansado, atávico. En pocas horas había que recibir el equinoccio, aquí, en el septentrión, el de otoño. Miraba los árboles. Los rozaba con suavidad, agradecido. Imaginaba sus raíces, todas entrelazadas unas sobre otras, y también su comunicación invisible. Miraba sus copas que ya desnudaban las últimas hojas y veía cómo la suave brisa las arrastraba de un lado para otro.

Este año tampoco habrá cosecha de castañas. Y ya es el tercero que no podemos disfrutar de ese sabroso fruto. Es como si la peste maldita que nos azota, también tuviera su réplica en los otros reinos. Sentado en la hierba y rodeado por gatos y patos, cerraba los ojos para intentar imaginar el mundo elemental y preocuparme por su estado. Elementos del agua, de la tierra, del aire, del fuego… Cada cual en su trajín por mantener el orden universal desde el mundo etérico. Cada cual en su tarea evolutiva que transcurre de forma independiente y paralela a la nuestra. Sin contacto alguno, sin posibilidad de admirar su reino, pero presentes en sus arquetipos, en sus trabajos invisibles y perfectos.

Llegaron las primeras cartas interesándose por el grupo simiente de la escuela. Eso me llenó de ánimo. Esta fase será muy diferente a la anterior. Más silenciosa, más organizada, más productiva, más armoniosa y tranquila. Quizás los representantes del mundo arquetipo deseen tocar el clarín en los corazones de aquellos que deberán pactar la construcción de este segundo lugar. Tras el éxito de la reconstrucción de la casa de acogida, no es tanto el edificio que se vaya a construir para albergar la escuela como el significado profundo de lo que allí se hará. Aún es pronto para desvelar todos sus secretos, para desplegar todo su potencial causal, pero ya se están sembrando las primeras bases, los primeros pilares de ese templo aún desconocido y misterioso. Hay mucho trabajo por delante y el tiempo pasa raudo. Hay una urgencia contenida porque el azar también juega su papel en el mundo de los ciclos.

En estos próximos siete años, tenemos que llevar la barca aún más adentro. Y el infinito océano marcará las pruebas. Y los horizontes la esperanza. El nuevo mundo solo podrá conquistarse por valerosos y pacíficos guerreros, ágiles y sin equipaje. Ligeros como plumas pero radiantes como antorchas. Cada cual preparando su viaje en tan diferentes puertos para luego encontrarnos en el ancho mar de la meditación, el estudio y el servicio. Siempre navegando hacia lo inevitable que no es otra cosa que la construcción de una ética viviente, una fase superior de la buena voluntad al bien.

Hoy empieza el equinoccio. Que la vida nos llene de esperanza, de ligereza. Los árboles se desnudan una vez más. Hagamos nosotros lo mismo. Dejemos caer lo viejo, lo añejo, lo caduco. Dejemos que nuestros cuerpos y nuestra alma se desnuden para entrar así en el reino del silencio. Llevemos la barca aún más adentro. La vida nos está esperando con entusiasmo y alegría.

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La cofradía de los cobardes


Uno de los espacios recuperados a la antigua ruina, aún por terminar

 

Esta mañana hacía un recorrido por toda la finca para fotografiar los avances de este último año y redactar un pequeño informe con sus detalles, una especie de memoria de actuaciones y mejoras. Viendo las fotos y el informe, la verdad es que han existido muchos progresos este último año, a pesar de los obstáculos que hemos sufrido. Avances que no siempre están a gusto de todos, pero que, a mi parecer, han sido toda una proeza. Levantar una ruina sin medios económicos, entregados al esfuerzo de todos bajo la economía del don, ha tenido su mérito. Claro que cuando vienes por primera vez, acostumbrados a vivir en auténticos lujos asépticos, limpios y cuidados, la ruina en la que estamos trabajando puede echar para atrás a más de uno.

Hace unos días vino alguien a visitarnos. Quería quedarse unos días, pero nada más llegar empezó a disparar, a criticar sin ton ni son, que si esto está mal, que si aquello está peor, que si no hacéis bien las cosas, que todo lo que hacéis es un desastre… Estuvo un buen rato salpicando la atmósfera de negatividad, mientras yo, con una sonrisa condescendiente, construía paciente el tejado de una nueva cabaña y le decía alegre: al menos lo hemos intentado. Esa respuesta le desesperó aún más y se marchó como había venido. Por dentro realmente me sentía feliz y tranquilo por hacer lo que podía. Soy editor y antropólogo, no constructor. El mérito de todo es que dónde antes no había nada, ahora hay algo. Imperfecto, claro, pero algo.

Realmente sus críticas estaban totalmente justificadas. Admiro que tuviera el valor de hacerlas y que fuera capaz de ver todo tipo de defectos en el esfuerzo titánico que se ha hecho en estos últimos casi siete años. En un mundo de cobardes que se esconden, que no dan la cara, que hacen daño en sigiloso silencio, gusta la gente clara y valiente, abierta y sincera. Bueno, gusta hacia cierto punto, porque si no haces más que criticar, llega un momento que el mensaje cansa y la actitud aturde. Cierta crítica amable siempre es positiva, siempre que venga acompañada de una acción de cambio, de un contraste, de una disposición para echar una mano.

Por eso a veces uno piensa que esa valentía vacía, carente de acción, amor o compasión viene acompañada de cierta frustración. Porque el problema, por llamarlo de alguna forma, de hacer cosas, es que cuando haces, cuando construyes algo, te equivocas, casi inevitablemente, a no ser que seas una persona talentosa o un genio. Y el que no hace, y aquí hay otra segunda cobardía, nunca se equivoca, y puede degollar desde la crítica aséptica al que se atreve a mancharse de barro. El no hacer destruye mundos. El punto insalvable entre la crítica y el no hacer solo puede contraer destrucción.

A nivel social puede ocurrir lo mismo. No paramos de criticar al gobierno, a los empresarios, a los masones, a los iluminati, a los de aquí y más allá, pero realmente, poco hacemos nosotros para mejorar las cosas. Siempre queremos que los otros las mejoren para nuestro beneficio. Siempre esperamos con cierta desesperación y falso orgullo que un empresario nos de trabajo, que el gobierno mejore nuestras condiciones, que aquello y que lo otro. Pero realmente nada arriesgamos para ser nosotros los que cambiemos nuestra propia situación.

Es como una cofradía de cobardes que se esconden debajo del santo suplicando algún milagro que mejore sus vidas. El santo, que es de madera y no entiende el idioma cobarde, sigue paciente la procesión hasta su destino. En cambio, cuando alguien se atreve a rebelarse ante ese orden establecido, el suyo propio, el yugo muchas veces inconsciente, algo conspira a su favor. Deja tranquilo a los santos, a los dioses, al universo entero y se dispone a colaborar activamente con lo invisible. No le pide nada, solo da. No espera milagros, los obra. Se equivocará una y otra vez, fracasará una y otra vez, pero siempre podrá decir, complaciente: al menos lo he intentado.

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Un día cualquiera de vacaciones



Antes las vacaciones eran de treinta interminables días. Este año no he tenido vacaciones, excepto el día de ayer, donde pude condensar en algo más de 24 horas todo un mundo de experiencias. Pasé la noche perdido en un bosque, como en los viejos tiempos. Adentré el coche en una interminable frondosidad iluminada por una luna llena exuberante. Esa sensación de incertidumbre cuando te recoges en el colchón adaptado al pequeño recinto es siempre conmovedora. La aventura de dormir en cualquier parte, como un vagabundo o como el loco de las cartas del tarot no tiene precio.

La noche fue plácida, incluso cuando descubrí a menos de dos palmos de mi rostro a una hermosa ninfa blanquecina que hacía dibujos con el vaho condensado en los cristales. Primero sentí un temor vago y pasajero, luego me adentré en el mundo onírico confundiendo los ruidos propios del crepúsculo con el complejo mundo astral. Al alba estaba rodeado de una densa niebla que lo cubría todo. El coche estaba completamente sumergido en un mar blanquecino y espumoso. Pude salir del bosque de aquella manera y desayuné de lujo en la borda de un antiguo galeón. Diéronme una gran tostada de tomate y aceite junto con un gran zumo de naranja recién exprimido. Mentalmente seguía trabajando en las Odas de Salomón, pero materialmente vivía la experiencia de sentirme servido, de vacaciones. ¡Qué gozada! No cabía de contento en aquella amplia cubierta.

Tras salir del galeón llegué hasta la orilla del mar, busqué un gran acantilado y allí me di mi primer baño en dos años, si no tenemos en cuenta el chapuzón que en pleno invierno me di en tierras de Israel. El agua del Atlántico es bien fría, pero pude nadar entre las rocas de aquella paradisíaca cala totalmente anónima y recóndita durante una brevedad. Tomé el sol y ante mi cuerpo desnudo, me di cuenta de su blancura y deformidad. ¡Tengo que cuidar el body! Me decía interiormente mientras tocaba y retocaba mis chichas flotantes. Lo de bañarme era algo que no me permitía desde hacía excesivo tiempo. Siempre trabajando y atendiendo a los demás, me había descuidado en exceso. No es que yo sea un enamorado de la playa, y a pesar de que nací a las orillas del Mediterráneo, nunca sentí una gran atracción por el mar. Ni siquiera por su forma poética, la mar. Pero un día es un día, y además, ese era mi día de vacaciones, y había que disfrutarlo.

Cuando la marea alta empezó a engullir de repente la calita rocosa, tuve que abandonar rápidamente el lugar, instalarme en una roca con mayor altura y seguir plácidamente tostándome al sol. ¡Qué rojo me puse! Cuando pensaba que esto lo hacía mucha gente por semanas seguidas, me puse nervioso y marché rápidamente de allí. ¡Qué pérdida de tiempo! ¡Y las Odas aún sin terminar! ¿Cómo puede la gente pasarse horas y días y semanas enteras tostándose sin mayor provecho que ese?

A pesar de los remordimientos, no quise que esas ideas estropearan mis preciadas vacaciones. Aún así, cierta angustia me invadió, me entró hambre y a eso de las cuatro me atreví a mendigar una pizza en uno de esos lugares donde con la crisis, son capaces de hacerte de comer a cualquier hora. La pizza, que es una de mis comidas preferidas, estaba deliciosa. Como nunca suelo pedir refrescos, a sabiendas de que era mi día de vacaciones, pedí uno de cola con hielo y esa rodajita de limón más bien decorativa que funcional. ¡Está horrible, pero admito que refresca! Y ni pensar que hay gente que lo toma todos los días, o incluso esas malolientes bebidas de color turbio que recuerda a la orina, fermentadas con ese sabor amargo que llaman cerveza. ¿Cómo hay seres vivos que pueden disfrutar con eso? “¿Café o postre?” No, gracias”, dije amable. “La cuenta por favor”. Me marcho corriendo que es mi último (y primer) día de vacaciones y tengo que continuar, pensé para mis adentros.

Dejé una buena propina, como hacen los bañistas cuando van a los chiringuitos de la playa. Era mi forma de agradecer la excelencia de la pizza y las horas de atenderme. Así que el último cliente de la mesa salió pitando, reflexionando sobre el lípido y sus misterios, y se dispuso a hacer turismo, que es lo que se hace en las vacaciones.

Surqué parte de la costa norte, paraba aquí y allá. Hice fotos en un castro celta a la orilla de un acantilado. Menudos eran los castrenses. Todo un chalecito a los pies de la playa con dos mil años de antigüedad. Tuve tiempo de rescatar un caracol y recoger algunas plantas mientras miraba las vistas profundas. ¡Cuanta agua tiene el mar! Y no se pierde, ni se cuela hacia abajo, ni se desborda hacia arriba a pesar de que nuestro planeta gira a cientos de miles de kilómetros por hora. ¡Qué misterio! Pensaba mientras me acordaba de mis amigos los terraplanistas… ¡Mira que si tienen razón y todos los científicos del mundo, en púnica conspiración, nos tienen engañados! ¡Qué misterioso es todo! ¡Cuánta agua!

Seguí mi ruta turística. El día estaba dando mucho de sí. Terminé visitando un conocido mirador desde el que se divisa una hermosa ría y un pueblo costero con mucha vida. Todo era precioso. La gente paseando, las parejas bucólicas disfrutando. El mundo parecía pararse de repente. Así son las vacaciones. Postales de poesías pastoriles, campestres, silvestres, idílicas.

Bajé al pueblo mientras veía a los caris paseando de aquí para allá, cogidos de la mano, dándose cómplices besos en las esquinas. El verano y el calor nos regala esas imágenes, esos amores de verano que se alargan hasta el comienzo del otoño y luego desaparecen como la espuma. ¡Así es el amor efímero, epidérmico, estacional!

Me compré un helado y me quité la máscara en plena calle para disfrutar del paseo chupando el almendrado. Unas buenas vacaciones no lo serían sin un buen helado. Tras la visita turística, pensé que podría rematar el día visitando una conocida comuna hippie que había no muy lejos de allí, un poco adentrado en el monte, y así seguir con mis pericias utópicas, siempre tan inspiradoras. Así que cogí el coche y enderecé la ruta hacia un paradisíaco lugar entre curvas y montañas.

Aparqué el coche cerca del río y tímido yo, admito que me hice el remolón antes de entrar en la comuna. No me gusta llegar a los sitios sin avisar. O no me gusta ir a los sitios donde alguien se ve obligado a recibirte. Pero allí eran amables. Primero me saludó un holandés muy simpático y luego el encargado del lugar me hizo un recorrido generoso por todo el recinto, enseñándome los avances, las peculiaridades y todo lo que allí hacían. El horno antiguo, la capilla, el molino de agua, la casa grande, la huerta, las habitaciones, todas individuales… Le expliqué que yo también me había vuelto un poco hippie y que regentaba una comuna bastante parecida a esa, pero donde aún escaseaban los espacios de privacidad. Eso sí, en nuestra comuna no se permiten las drogas, ni el alcohol, ni la carne. ¡Qué inspirador ver un lugar colectivo con tanta privacidad y tan lleno de cervezas! ¿Una cervecita? Me dijo el encargado. No gracias, no soporto el lípido esponjoso con olor a orina, pensé yo siempre tan aguafiestas. ¡Qué gente más rara, de verdad! Qué manía esa de beber orina.

Como me atendió bien, dejé un generoso donativo en la caja común y me marché feliz y pitando de haber conocido ese lugar. Estaba desprendido en mi último (y único) día de vacaciones. ¡Ains! Qué felicidad la holgazanería de no hacer nada, de pasear sin rumbo, de dejar pasar las horas sin pensar (excepto en las Odas), disfrutando de la vida gozosa, despreocupada, vividor en un mundo ingenuo y espontáneo, colorido, pacífico, abstemio. Así son las vacaciones. Así ha sido mi día de vacaciones, no en julio ni en agosto, sino en septiembre. ¡Qué gozo, qué disfrute! Así hasta el año que viene, o quien sabe. Siempre fui un poco rarito.

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De agua fría, llevo ya años mojado


© Andre Vroon

 

Llevo ya unos años mojado, así que no temo en exceso a la lluvia. Cuando llueve me gusta mirar por la ventana, observar el griterío de las hojas que caen, del viento azuzando las laderas, los troncos. Ver caer las ramas más frágiles y observar como se amontonan en rincones aparentemente aleatorios. Ocurren mil cosas a la vez cuando llueve. Hay que estar atento a todo. Especialmente a las goteras que puedan abrirse paso por algún craso despiste o simplemente, por falta de mantenimiento o vejez.

Hace tres días andaba corrigiendo un libro de próxima aparición. Trata sobre la magia blanca y su aplicación práctica en el camino del discipulado. Una cosa de locos, me refiero a una cosa de los que emprenden el Camino del Loco. Estaba leyendo algo sobre el conocimiento aleatorio y la intuición cuando de repente empezó a gotear casi justo encima de mi cabeza. Tenía dolor de espalda así que andaba recostado encima de la cama, trabajando en la horizontalidad. Lo bueno de no tener jefes ni horarios es que puedes organizar tu trabajo como quieras, inclusive tumbado. Miré hacia arriba y allí estaba, la promesa de una gran gotera que tímida se abría paso justo encima de la cama. Sentí extrañeza porque el tejado lo había construido hace unos años a prueba de bombas. Pero recordé que en verano estuvimos subiendo capazos de tierra para renovar la que se había desgastado en el techo verde con el paso del tiempo y algo debimos hacer mal. Quizás pisamos en exceso y se quebró alguna parte del mismo. A saber.

Puse un cacharro debajo de la gotera, me calcé las botas de agua, me puse el chubasquero, fui hasta el taller a por la escalera, busqué una pala y mientras el agua de la lluvia golpeaba en todo mi rostro, subí a las alturas. Recordé que estaba solo y que debía andar con cautela. Cualquier resbalón o descuido podía ser el final. Nadie se enteraría si resbalaba, me daba un golpe en la cabeza y caía al vacío. Despacio, bajo la lluvia, con las botas embarradas en el tejado de tierra, empecé a vaciar con paciencia el trozo donde la gotera había irrumpido. La tierra que en verano habíamos puesto, con la lluvia, hizo de tapón en las piedras finales del drenaje, y el agua se acumulaba en una de las partes. Retiré primero la tierra, luego las piedras del drenaje y alcé con cuidado las dos capas de aislante. Una de ellas estaba inundada. El agua había entrado, había corroído una de las capas y había calado hasta mi cabeza.

A la hora de estar dando palazos me sentí abatido. Bajé, me fui hasta la pequeña cocina de la cabaña y me hice una buena merienda. No paraba de llover y el ánimo andaba por los suelos. Me quité las botas, me sequé la cara con una toalla, dejé el chubasquero todo embarrado a buen recaudo y volví a tumbarme mientras veía como la gotera poco a poco iba remitiendo. Tardó unas horas en desaparecer. Antes de que lo hiciera, fui hasta la casa grande. Allí habían aparecido siete goteras más en el tejado nuevo. Era desesperante, porque esas goteras son difíciles de reparar, especialmente en un tejado recién puesto todo de pizarra. Y especialmente ante el pensamiento de que aún no había llegado el invierno ni la temporada de lluvias. Esta había sido una pequeña tormenta de verano y ya teníamos las primeras goteras. Predicción seguramente de que me espera un invierno movido y complicado. Volví a la cabaña, dejé la corrección del libro y me fui a dormir, separando la cama de la gotera por si la noche fuera especialmente lluviosa.

Al día siguiente llegó el nuevo termo eléctrico. La idea es ir sustituyendo los calentadores de agua que funcionan a gas por los eléctricos. Si viene el fin del mundo, al paso que vamos, seguramente muy pronto, debemos estar preparados y no depender de terceros. Al haber aumentado el doble la capacidad eléctrica de las placas solares, ahora podemos también ir sustituyendo poco a poco el gas por la electricidad, con el ahorro que eso supone. Inmediatamente, ante la alegría interior de por fin poder ducharme con agua fluida, sin cortes, sin miedo a quedarte sin gas y sin el aparatoso viaje de ir al pueblo a comprar las botellas de butano, fui a la ferretería a por los materiales que necesitaba para su instalación. Una uve, dos grifos, manguera, teflón, … Siempre fui un auténtico inútil con todo lo que tuviera que ver con el bricolaje o las manualidades. Lo mío es el mundo del pensamiento, de las ideas, de los libros. Pero en estos últimos casi siete años en la montaña y los bosques he aprendido casi de todo. Incluso he aprendido a que, en el caso de que se derritieran los casquetes polares y viniera la gran ola, en la montaña estaríamos a salvo. Hay que estar preparado para todo, incluso para el Apocalipsis.

Esta mañana, emocionado porque la gotera no había vuelvo a aparecer a pesar de que aún no he podido reparar el tejado, ordenaba todas las herramientas. Primero corté el agua y la luz, saqué el nuevo termo eléctrico del embalaje y me puse a su montaje. Anclé los soportes, luego me puse con la fontanería y por último con la electricidad. Cuando volví a dar al agua había tres piezas que perdían. Volví a cerrar la toma y me puse con su reparación. Lo conseguí con algo de paciencia, cosa de la que no dispongo para este tipo de menesteres.

Ahora los termos son modernos y tienen wifi desde el cual poder controlar su encendido, apagado o programación desde una app. Le llaman el internet de las cosas. Puede parecer algo inútil a primera vista, pero para mí es toda una ventaja. Desde el móvil puedo controlar el flujo de las placas solares, puedo ver por la cámara si alguien viene a la puerta de la finca o puedo programar el calentador de agua dependiendo de si hay luz solar o no. Hay tecnologías que son completamente inútiles, como por ejemplo empalmar dos trozos de cable, ¡diosanto qué horror!. Pero hay otras que son una maravilla.

Acoplé por fin la app al aparato e hice el primer encendido. A las dos horas ya estaba terminado el proceso de calentamiento, pero al abrir el grifo, no salía agua caliente por ningún lado. Estuve una hora entera analizando dónde podía estar el error. Había acoplado las tuberías al viejo sistema de gas pensando que sería fácil la conducción de ambos sistemas, por si en invierno hubiera muchos días sin luz solar y debía tirar del gas, a falta de que para esos casos podamos comprar un molino de viento que recargue las baterías cuando falte sol. Pude encontrar el error, lo resolví, me quité la ropa apresurado y me tiré un buen rato bajo un flujo continuo de agua caliente sin interrupciones, sin prisas, simplemente disfrutando, tranquilo, en paz.

Es cierto que me vine a vivir a los bosques buscando la simplicidad voluntaria, el decrecimiento y la vida en la naturaleza. Lejos del sistema y sus comodidades, viviendo en una humilde cabaña de madera construida con mis manos, a lo largo de los años he aprendido que hay cosas a las que no puedo renunciar. Una de ellas es el papel higiénico y la otra, un buen chorro de agua caliente sobre mi desnudo cuerpo. De agua fría, como decía al principio, llevo ya años mojado.

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Entre dos mundos


a
© At the End of an Aeon

Ayer llegamos tarde después de unos días lejos de aquí. Pasar de veinte a cuarenta grados no fue una experiencia agradable. Los primeros dos días estaba descompuesto, silencioso, desorientado. Los siguientes solo tenía ganas de dormir o volver. No era solo por los cuarenta grados. Era como si el mundo, ese mundo lejos de estos bosques, hubiera cambiado. Esta nueva normalidad es extraña. El ambiente es extraño. Las compañías igual de extrañas. Todo es extraño. Hay cierta desconfianza en el ambiente.
Incluso yo me sentía extraño después de cinco meses enclaustrado en la pequeña cabaña, en este pequeño bosque. Realmente deseaba volver.

Sentí un gran alivio al estar aquí de nuevo. Ahora somos cinco personas. Ninguna de ellas con muchas ganas de atravesar esa frontera insólita que ha nacido entre el mundo natural del campo y los bosques y el mundo de la ciudad. Este lugar se ha convertido en una especie de isla paradisíaca, en refugio de almas sensibles que desean desde la más silenciosa introspección bucear en el nuevo mundo.

Muchas voces apocalípticas creen que el viejo mundo, el antiguo paradigma, se está desmoronando. Hasta ahora no lo creía así. Pensaba que la vida se regeneraría de forma silenciosa y tranquila. Pero como si de una profecía celestina se tratara, en esta primera incursión fuera de las fronteras boscosas, he sentido por primera vez como si fuera realmente así, como si algo, sin saber exactamente qué, se estuviera desmoronando. Una sensación parecida a aquella que muchos sentimos cuando las torres gemelas de desplomaron y desaparecieron para siempre.

Hoy me sentía un poco desorientado. Ha sido un choque fuerte el viajar y salir de aquí. Me pasé casi todo el día medio dormido, con ganas de no hacer nada, cansado, aturdido, un poco errante y perdido. En diez días tengo que salir del nuevo al «mundo», ir a Segovia para dar una conferencia y la sensación que tengo interiormente es que no me apetece volver a marcharme. Realmente no me apetece abandonar más este lugar. No al menos hasta que la gente deje de mirarte con desconfianza, no al menos hasta que podamos circular libremente, sin máscaras, sin miedo a ningún contagio, sin pandemias, no si no podemos volver a abrazarnos con normalidad.

Dicen algunos, los más alarmistas, que estamos atravesando el umbral del final de los tiempos y que las cosas se pondrán peores a partir de ahora. La sensación que tenía interiormente en este viaje corto ha sido como si el final de los tiempos ya llegó, y que algunos, quizás pocos, ya vivieran por dentro el nuevo mundo. Quizás el final de los tiempos no sea una destrucción masiva como ocurrió en tiempos de la Atlántida o de Noé. Quizás el final de los tiempos, el apocalipsis, sea una forma distinta de ver y observar la vida, una forma distinta de vivir y de entender la existencia.

Lo cierto es que he podido navegar entre dos mundos estos días. Entre el mundo de la materia densa, de lo virtual tejido por esa misteriosa Araña invisible, un mundo de glamour decadente y soberbia desmesurada, de máscaras y ahora mascarillas, de pandemias, de hambre, de guerras. Y ese otro mundo de silencio, de naturaleza, de belleza, de abrazo y de amor. Lo siento pero me he sentido extraño, aturdido, como si volviera de algún tipo de mal sueño asfixiante. Ahora, ya a salvo en esta pequeña cabaña, vuelve poco a poco la paz, la tranquilidad, la sensación de estar en un refugio a prueba de bombas, y a prueba del fin del mundo. Si todo se acaba, por favor, que se acabe abrazado a un árbol.

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Vendo apartamento en Samos


 

a

Hace unos meses un juez de primera instancia decidió llevar a subasta unos pisos que compré hace unos años cerca de Santiago. Tras la ruptura de una relación y la falta de entendimiento, mi expareja decidió llevarme a juicio para que el juez atendiera sus demandas de quedarse con los tres apartamentos a cambio de una cantidad simbólica. Según la justicia, lo más justo es que perdamos todo lo invertido en los mismos y se lleven a subasta, y que además, yo me haga cargo de las costas del juicio por el hecho de no haber contestado por burofax un requerimiento (lo hice por mail). Esto supone casi la mitad del monto de lo que me costó el piso que ahora quiero vender. Así es la justicia de nuestro querido país.

Como no podré pagar esas costas y estoy cansado de pagar todos los meses el préstamo que solicité para pagar la entrada de los apartamentos que ahora ni siquiera puedo disfrutar, y casi humanamente me niego a ello por injusto y desproporcionado, he decidido vender el apartamento que tengo a mi nombre en Samos, más por miedo a que me lo embarguen en un futuro por impago al abogado de mi ex que por necesidad.

Con la venta podré pagar todo lo que me costó la entrada de los pisos y quizás me sobre algún dinerillo para quitarme alguna deuda más. Lo comido por lo servido, es decir, el pago de los errores que algunos hombres ingenuos pagamos por no saber controlar nuestra impulsividad emocional. Interiormente quiero cerrar de una vez esta etapa y no seguir pensando cada primero de mes, cuando tengo que hacer frente a las deudas de mis errores, en todas esas calamidades propias de la ingenuidad y estupidez. Necesito esa higiene mental para poder pensar en otras cosas y seguir cocreando con la vida. Volver a empezar de nuevo, volverlo a intentar de nuevo.

El piso que vendo está en Samos, uno de los lugares más emblemáticos y hermosos del Camino de Santiago. Hasta ahora había sido la sede de nuestra pequeña editorial, la cual subiré a unas habitaciones de la casa de acogida de O Couso, al menos de momento. Es un piso con mucha luz y tres habitaciones, cocina nueva y un bonito salón. El precio es de 49.500 €, más o menos lo que tengo de deudas en estos momentos gracias a mis nefastos negocios emocionales.

Si estáis interesados, poneros en contacto conmigo:

javier.leon@editorialseneca.es

Más información en:

https://www.idealista.com/inmueble/30465857/

 

 

 

 

Entre el niño y el anciano


a
© Polly Chandler 

 

Casi las once de la noche y aún aprovechábamos las últimas ráfagas de luz y de fresquita veraniega para desbrozar, uno con la máquina de mano y otro con el pequeño tractor, las casi cuatro hectáreas de interminables campos. Todo ello con dolor de cabeza y cierta tristeza interior. Ayer desapareció la última pata. Ya solo quedan cinco gallinas, viejas ellas, pero aún ponedoras. En verano las alimañas acechan por el aire y por la tierra. Me dolió mucho la desaparición de la pata, pero me doy cuenta de que en el campo uno se acostumbra al dolor y a la muerte.

Me cuesta cogerle cariño cada vez más a los animales. Me asombra que los gatos, e incluso el propio Geo, hayan sobrevivido a tantos avatares. Vida y muerte, a veces real, a veces simbólica, como cuando le coges mucho cariño a las personas que transitan por este hermoso paraíso y luego desaparecen para siempre. A veces de forma vertiginosa, y a veces fulminante. Las emociones se enfatizan mucho en la convivencia estrecha. Por suerte siempre asoman los incondicionales, los imprescindibles, los que están unidos fuertemente al lazo místico y vienen una y otra vez.

Ahora somos tres personas y en unos días seremos cuatro o cinco. Aunque el proyecto sigue cerrado hasta la próxima primavera, dejamos que se cuelen personas de confianza que deseen descansar unos días o echar una mano, que comprendan y respeten el proceso en el que ahora nos encontramos y que busquen la fórmula ideal para disfrutar de este extraño silencio pandémico. Aprovechamos la crisis mundial para interiormente trabajar en la mejora de todo aquello que haya fallado en estos años y para reforzar todo aquello que ha funcionado.

Al mismo tiempo seguimos buscando fórmulas imaginativas para que el proyecto de arquitectura para la futura escuela vaya cuajando poco a poco. El temperamento gallego es complejo y a veces difícil. Olvido que vengo de la polis, de la ciudad, y que allí la mentalidad es muy diferente a la mentalidad arraigada del mundo rural. A veces busco interlocutores nativos para intermediar ante mi imposibilidad de conectar con el mundo adverso. La hostilidad que produce el venir de lejos para romper con los usos y costumbres no siempre está bien visto. El estigma del extraño aquí se afianza con crudeza. Mi carácter huraño y solitario no ayuda mucho. Por eso a veces es mejor estar callado y no hacer mucho ruido. Si estás en silencio, al final te conviertes en alguien invisible.

La actividad parece que empieza a moverse en el mundo editorial. Vendemos los primeros libros, tenemos los primeros pedidos, los clientes empiezan a pagar algunas facturas atrasadas que alivian a su vez el pago de las nuestras. Resulta difícil pensar en hacer inversiones como las de antes, cuando éramos capaces de imprimir los libros de mil en mil. Ahora nos conformamos con ediciones muy modestas que se van vendiendo a cuenta gotas. Lo complejo de las ediciones pequeñas es que el margen de beneficio es prácticamente nulo. Así que las estrategias de venta pasan por anular el angosto mundo de la distribución y buscar fórmulas imaginativas para que los libros lleguen a las librerías que aún subsisten como pueden. Solemos apoyar el mundo libresco regalando de aquí y allá algunos ejemplares. Ellos agradecen el guiño y nosotros nos sentimos satisfechos. Uno de los primeros socios editoriales siempre me dijo que nunca nos haríamos ricos vendiendo libros, pero al menos nos enriqueceríamos espiritualmente. No le faltaba razón. Ahora que asumo que la editorial siempre fue una especie de ONG que ha sobrevivido gracias a la imaginación creadora, me siento interiormente aliviado, pausado, tranquilo. Si alguien con dinero quisiera comprarla la vendería, despejaría mi futuro de deudas y crearía una editorial más pequeña, pero sobre todo, más centrada en lo que realmente me gusta y motiva. Solo editaría libros muy seleccionados y trabajados, quizás dos o tres por año, por puro placer, pero también por pura necesidad de que el arca lucis siga subsistiendo.

Algunos éxitos editoriales ayudaron a empujar el proyecto utópico. Fueron pocos y ya se esfumaron porque el éxito siempre es como un champiñón de temporada. Ahora ya no tenemos éxito, pero a diferencia de antes, tampoco lo buscamos. Uno con la edad empieza a encontrarse con sus límites, a aceptarlos, a vivirlos con dignidad. Por dentro empieza esa etapa de recogimiento, de intentar echar una mano aquí y allá, de no aspirar a grandes proezas y de alinear poco a poco el corazón con la cabeza y ambos con el alma que nos conmueve a medida que el cenit de nuestras vidas se aproxima. No aspirar a mucho o a nada te llena de cierta paz. Te aleja de las angustias propias de los principios, cuando uno cree que podrá comerse el mundo con un poco de ingenio y esfuerzo.

Es verdad que con la edad uno deja ya de distraerse. Empieza a caminar despacio, desaliñado por dentro, sin prisas por nada, sonriendo ante cada acontecimiento, asumiendo los problemas con cierta madurez y quietud, aproximando la mirada a todo aquello que por simple, se nos presenta generoso y amable. No es que exteriormente sea muy mayor, pero ya de pequeño miraba el mundo con extrañeza, como si un anciano habitara en mí. Ahora, el anciano intenta disimular todas las veces que ha muerto y resucitado en mis adentros. Y el niño sale para hacer alguna broma, para reírse interiormente del mundo entero, para jugar con el perro o echar de comer a los pajarillos todos los días como si se tratara de un ritual útil. La paz interior se conjuga entre el niño y el anciano que me habitan, resguardando entre ambos el amor secreto que enraíza extrañamente entre ambos. Mientras ese amor cuaje, la paz seguirá creciendo. Veremos qué clase de fortuna vendrá en los próximos ciclos y qué clase de vida llevaré ahora que los tiempos y los ciclos están cambiando.

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