A ese fresno roto


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La cabaña en el invierno pasado

“El mundo se ha vuelto demasiado peligroso para cualquier cosa que no sea una utopía”. John R. Piatt

Subí de nuevo a los bosques. Tenía que repasar el segundo artículo de antropología pero no me concentraba tan rodeado de libros y estímulos del pasado. En otoño hubo una gran nevada que había partido literalmente por la mitad decena de árboles. Uno de ellos, un gran roble pegado a la cabaña, había caído justo encima del fresno que sembramos cuando empezamos a construir ese pequeño hogar. Aún no me siento con fuerzas de volver a la cabaña, pero quise, de forma simbólica, poner orden en sus alrededores. Todo aquello que se había doblado, como mi propia vida en estos meses, enderezarlo, como ahora hago con todo. Así que cogí la motosierra, y aunque se resistió a funcionar durante más de una hora, al final conseguí hacerla funcionar y empecé a hacer leña del tronco caído.

La sensación fue de liberación. Por fin los alrededores de la cabaña quedaban limpios y ordenados. Era un acto muy simbólico, pero también muy necesario interiormente hablando. Por dentro la cabaña había sufrido también sus propios avatares. En este tiempo personas pasaron por la misma y toda la decoración y mis cosas personales habían desaparecido. Los cuadros que traje de la India, la Bandera de la Paz de Roerich, la bandera de la ONU, los recuerdos de algunos viajes y toda mi ropa personal había quedado escondida en el baúl que rescaté de mi casa bauhaus de la Montaña de los Ángeles. Otras cosas desaparecieron supongo que para siempre, pero eso ya no lo sabré, porque con tanto recuerdo a veces resulta difícil echar alguna cosa de menos.

Entré un momento dentro y pensé que en esta primavera quizás podría intentar el salto a la misma sin que me saltaran las lágrimas. Ese lugar es impresionantemente bello y ahora albergo deseos de volver, aunque eso no quite el que continúe con mi año sabático. Pero mi alma respira de nuevo aliviada ante la tarea emprendida, el compromiso interior, la responsabilidad de seguir promoviendo y acompañando a las utopías. Realmente, fuera de la utopía, o mejor dicho, fuera de aquello que no sea lo que el alma tenga preparado para nosotros, resulta peligroso vivir. El mundo que no se ajusta a nuestra vibración interior, es un mundo delicado y resbaladizo. El asunto es poder sintonizar con nuestra particular llamada interior, comprenderla y ajustarla a nuestras vidas para darle sentido y ánimo.

Me quedé a comer y luego bajé al balneario para seguir trabajando con el artículo. Se me ocurrió, dado que ya tenía más de dos mil fotografías de mis últimos viajes, pasarlas todas al disco duro que poseo en la editorial. Ocurrió algo catastrófico. Al intentar pasarlas, todas las fotografías que guardaba desde junio del año pasado se esfumaron de repente. Más de dos mil fotografías de recuerdos impresionantes, de viajes inolvidables, de momentos únicos. También las fotografías de todo mi proceso de duelo y dolor, de posterior sanación y pervivencia. No me lo podía creer. Todos esos recuerdos borrados de la memoria digital y ahora solo existentes en mi pequeña memoria de cocodrilo. Nueve meses, justamente nueve meses, borrados para siempre.

Así quizás sea la vida. Quizás esos meses cargados de peligro debieron desaparecer. Quizás nunca debió existir tanto dolor y sufrimiento. Mejor así. Que solo queden recuerdos donde la sonrisa amplia sea la verdadera protagonista. Que solo quede la alegría y el resurgir de un mundo nuevo. El fresno quedó enderezado a pesar de haber quedado enterrado durante meses bajo tierra. Esperemos que sobreviva y reflorezca esta primavera. Esperemos que las fuerzas del alma vuelvan a su justo lugar…

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En la soledad del balneario


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Acuarela de J. M. W. Turner

Después de dos hermosas semanas en casa de una atractiva aristócrata he vuelto al balneario. La única condición que me impuso para estar en su casa era que guardara un estricto silencio y anonimato, conociendo mi facilidad para describir personas y paisajes. Eso hice con cierto dolor de estómago porque realmente deseaba relatar con detalle todo lo vivido. Pero hice caso y hoy me marché fiel a la promesa.

Lo bonito de tener amigos en todas partes del mundo es que puedes visitarlos y estar un rato con ellos. Al no tener coche, los ratos se hacen largos, como ha ocurrido esta vez. Ir a un sitio para estar unos días y terminar allí durante dos semanas a la vista de los exquisitos cuidados recibidos. Admito que la vida bucólica del campo tiene su belleza y te engancha cuando vives en un palacio con todas las comodidades del mundo y encima puedes pasear por los bosques y campos propiedad del anfitrión con toda libertad y desapego. La buena compañía, el trato amable, las risas y la complicidad hacen de la experiencia algo único e irrepetible. Hoy me despedía con cierta nostalgia de mi habitación, mientras por la ventana veía los caballos, los bosques, las montañas.

Tuve la suerte de tener hace tiempo una pareja baronesa, de la haute bourgeoisie, diplomática de profesión y con la que tuve la suerte de conocer la exquisitez de ese complejo mundo de las formas. Eso me ha permitido pasar dos semanas atendiendo a la elegancia que el lugar merecía, pero también me ha permitido, dada mi necesidad de romper esquemas, el poder bajar al barro, a la huerta o a las cuadras y atender las necesidades de la recogida de leña o estiércol sin que por ello se me cayera ningún anillo. Algunas horas de elegancia, especialmente intelectual, mezcladas con horas de auténtico fango. Todo un placer difícil de conjugar.

La elegancia y la propia mirada aristócrata era diferente a la que podía vivir y representar en mis tiempos de embajador consorte, donde tenía que ir, metro en mano, midiendo la separación entre cubierto y cubierto. Lo sublime de poder estar frente a personas de una excelsa inteligencia y una suprema distinción espiritual es que te hacen ver el mundo de diferente forma, te hacen apreciar la vida con un sistema de valores renovado, sin necesidad de aburridas medidas, pudiendo expresar desde el más absoluto caos verdades complejas. Te hace, de paso comprobar, que la riqueza interior puede venir acompañada de mil añadidos apasionantes que para nada incomodan al que los sabe apreciar. Así que hoy me marché, tras un periplo penoso, agradecido por la experiencia y la acogida, por las horas de conversación y las divertidas tardes de broma y alegría. Ya se echa de menos la bella sonrisa amable, la elegancia y esbeltez de esa alma noble a la que estaré por siempre en deuda.

Y ahora, tras meses sin pisar este tranquilo lugar, me encuentro de nuevo sumido en la soledad, recordando tantos y tantos viajes, tantas y tantas aventuras, tantos y tantos amigos que me han acogido y con los que he disfrutado mientras me sanaba. De nuevo solo, ideando ya el próximo viaje, la próxima aventura y con el convencimiento de que seguiré empeñado en tomarme este año sabático cueste lo que cueste.

Por suerte, y debido al trabajo intenso que estoy realizando a pesar de tanto viaje y ausencia, estoy saneando la economía de la empresa y estoy creando valor para el futuro. Eso me anima a seguir lejos de todo compromiso más allá que el que requiere mi trabajo y mi recuperación. Estaré por aquí unos días, repasaré las cientos de cartas que han llegado, pondré orden en algunos asuntos y me lanzaré de nuevo al Camino. Esta vez sin un rumbo fijo, de nuevo improvisando, tal vez hacia tierras del sur, buscando el calor amable de la primavera y la acogida de algún otro anfitrión. Andaremos y veremos. Esa es la consigna.

De nuevo agradecimiento a todos los que habéis hecho posible este periplo sanador y gracias por volverme de nuevo al centro que nunca debí perder. Aquí en el balneario todo parece tranquilo y en paz. Siento mucho agradecimiento y mucho amor por la vida. Ahora tendré tiempo de mirar de nuevo al horizonte mientras descanso en soledad e ilusión renovada.

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La vida al calor de los campos


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‘Usted necesita caos en el alma para dar a luz un inicio danzante.” Friedrich Nietzsche

Ayer paseando entre campos y bosques nos preguntábamos porqué la gente prefiere huir de este paraíso para asimilar la vida en la ciudad. Hablando con unos paisanos nos dábamos cuenta de la urgente situación del mundo rural. Lo cierto es que cuando esta generación desaparezca, los campos quedarán desolados. Por un lado, la naturaleza tendrá su oportunidad de medrar, de crecer a su antojo sin la intervención humana. Ayer mismo nos lo decían: antes no había tanto árbol. Seguramente, todo será próspero y florido en la vida salvaje que se avecina. Por otro lado, da pena pensar que estos lugares quedarán abandonados, solitarios, sin almas que puedan labrar sus tierras, disfrutar de sus frutos, admirar el calor del tiempo sencillo.

Es cierto que la vida en la ciudad tiene su encanto. Uno se siente satisfecho cuando va al trabajo, dedica parte de su existencia a realizar algo útil para los demás y vuelve a casa con la satisfacción del deber cumplido. Pero la satisfacción en el campo es otra. Tiene más que ver con la conexión primordial del ser humano con el calor que susurra la tierra, con el aleteo de las aguas de los ríos, con el sabroso aroma del viento cuando se cruza con un campo florido. Hay una ligazón que nos vincula con la vida cuando miras a tu alrededor y lo que ves es la expresión más salvaje de la existencia. Con mirada profunda, puedes ver como desde un irreconocible misterio, todo crece desde un cierto orden. Hay un equilibrio sensato que no teme seguir la existencia.

Los árboles parecen nostálgicos, siempre hundiendo la mirada hacia abajo con la misma fuerza con la que miran hacia arriba. Los cielos limpios y azules, las veredas verdes con su musgo florecido, las huertas preparadas para albergar el fruto y los sotos a punto de expandir sus ramajes hacia lo más alto. A veces puedes adentrarte en la espesura y observar en silencio el sonido del bosque. Algunos pajarillos curiosos se acercan para ver cuales son las intenciones. Otros prefieren huir ante la fama fundada de lo que somos. Cientos de animalillos recorren cada vereda, cada páramo, cada rincón encantado. Hay un inestimable calor en los campos.

Aquí, en los lugares abandonados de la historia rural, uno puede comprarse una casita de piedra por muy poco dinero. Con algo de ahorros, puede ir restaurando el lugar, volverlo habitable y vivir de lo que uno quiera. Con algo de conexión a internet y un poco de imaginación, uno puede dar rienda suelta a sus talentos. Al hacerlo, uno puede vivir arropado con pocas cosas. Si tuviera que marcharme lejos de todo y volver a empezar de nuevo, elegiría sin duda un lugar como este. Buscaría una tierra generosa, construiría de nuevo una pequeña cabaña y seguiría con mi labor tranquila, editando libros, escribiendo y ayudando en todo lo que pudiera para hacer de este mundo bueno, un mundo mejor.

Soy un chico de ciudad que nació en la ciudad y creció en la ciudad. Pero estoy, de nuevo, descubriendo la vida en el campo y no desearía alejarme de su calor. Es cierto que la vida en la ciudad tiene su encanto. Uno se puede sentir útil allí. En cambio, en el campo, uno se siente vivo, y en este inicio danzante nacido tras el caos, siento ganas inmensas de exprimir la vida y sacar de ella todo su encanto, todo su jugo.

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Imaginando mundos


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© Uwe Langmann

Me escribe gente empeñada en reinterpretar mi vida, imaginándola, diseñándola dependiendo de rumores, de lo que otros cuentan o de lo que otros imaginan a su vez. Resulta divertido ver como el rumor es capaz de construir auténticas realidades más allá de lo que realmente pueda estar ocurriendo. Por suerte, ese tipo de rumores ya dejaron de afectarme, y dedico más tiempo a construir mi nueva vida que a intentar rehacer lo que otros dicen, piensan u opinan. Necesariamente, en estos momentos donde cierta calma se apodera de mi, revivo la necesidad de seguir caminando, en lo bueno y en lo malo, pero con la cabeza bien alta para así poder otear el horizonte. Con una mirada conservadora, sin ganas de comprometer nada más allá del trabajo diario, de lo que cada jornada pueda ofrecer. Sin mayor compromiso que el de seguir poniendo orden en todo antes de volver a poner encima de la mesa la lámpara maravillosa.

De momento silencio, calma, tranquilidad, ir haciendo, sin vivir ya de los réditos del pasado sino más bien intentando construir un futuro sereno y sosegado. Tras más de dos semanas en las Tierras Altas de Escocia volví a Barcelona por unos días y de allí me exilié a un lugar tranquilo donde poder pasar unos días de reposo antes de continuar el periplo, sea el que sea. El lugar es secreto y anónimo porque así me lo pide mi anfitriona. La verdad es que la belleza única de este sitio tranquilo merece ser protegido y resguardado. A veces hay cosas que no se pueden contar por tabú. Otras, porque es mejor dejar que otros sigan imaginándolas a su antojo. De alguna forma resulta divertido poder ver como los mundos se entremezclan en el mundo de la fantasía.

Aquí puedo pasear, respirar tranquilo, sin agobios. En Findhorn cumplí con mi propósito y adelanté en unos días mi viaje por asuntos que ahora no vienen a cuento. Pero me marché satisfecho y feliz tras vivir una bonita experiencia con una encantadora familia. Ahora tengo una pequeña mesa, una habitación, comida abundante, noches largas donde poder descansar, silencio, paz, serenidad y buena conversación cuando se tercia. Aquí se puede, con aplomo y quietud, imaginar mundos. Pero no mundos fantasiosos donde cada cual pueda interpretar la realidad a su antojo. Más bien mundos que puedan ser excusa para declinar la realidad hacia uno u otro lado. Mundos cargados de detalles, de color, de brillo. Mundos donde cada poro de fantasía pueda suponer una excusa para su construcción. Mundos secretos. Porque ahora tercia cierta discreción, cierta tranquilidad, cierto sentido de lo esotérico a la hora de exponer las cosas. Mundos capaces de hacer vibrar los planos que se adentran en lo intangible.

Estoy bien. Desapegado de las experiencias. Sin expectativas ninguna, sin proyecciones extrañas. Simplemente fluyendo con el tiempo presente. Con la naturaleza inmanente de este instante único e irrepetible, sin saber si la continuidad dará paso a otras realidades. De momento sigo empeñado en mi año sabático, al menos hasta poner en orden todo lo desordenado que el año pasado nos trajo. Sigo empeñado en buscar el equilibrio perdido en todos los planos. Poco a poco, sigo avanzando y descubriendo cómo es posible sanar y ser sanado. Sigo imaginando mundos… claro que sí… Entrelazando mundos…

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¿Cuál es tu rostro original?


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Hoy en la casa de espiritualidad de Sant Felip Neri, en Barcelona

 

A las cinco de la madrugada ya tenía los ojos abiertos, recordando los recurrentes sueños, intentando comprender su naturaleza, mensaje o misión. Miraba en la negrura pero no veía nada. Dos horas después estaba duchándome. Dejaba que el agua caliente intentara despertarme del insomnio. Cogí el metro temprano y estaba lleno de borrachos, de zombis que venían de fiesta, de personas tumbadas en los suelos sin sentido. Miraba sus rostros, pero en su negrura no podía ver nada. Me llamó la atención comparar esa estampa con la que viviría más tarde en una casa de espiritualidad donde más de medio centenar de personas, despiertas y lúcidas, se retiraban para meditar en un domingo cualquiera en una gran ciudad cualquiera.

Llegamos temprano a la hermosa casa de espiritualidad Sant Felip Neri que las filipenses tienen en Barcelona. Un pequeño y bello oasis en medio de la ciudad donde se mezcla la cultura cristiana de unas monjas que han abrazado las prácticas del budismo zen. A las nueve empezó el samu de preparación, seguido durante toda la mañana de las prácticas frente a la pared de zazen y kinhin, acompañados de un hermoso teisho que Berta Meneses había preparado. Este era el koan para el día de hoy: “¿cual es tu rostro original?”

Pensaba en ello mientras me retorcía de cierto dolor durante la primera hora de práctica. Sujeto con fuerza al zafu, el pequeño cojín redondo que se utiliza en estas prácticas, intentaba, pobre occidental, adaptarme a la compleja posición del loto. Luego conseguí una postura cómoda, más parecida a la postura de la esfinge, más propia para nuestros rígidos cuerpos, y pude dejar pasar el dolor y el sufrimiento para centrarme en la meditación zazen. El fluir de la respiración, la correcta posición y el dejar pasar los pensamientos son los primeros pasos para adentrarse en este mundo de vaciado mental.

Recordaba las imágenes de la primera hora de la mañana, luego las del hermoso lugar donde estábamos y las contrastaba con mi propia experiencia interior, últimamente condicionada por el dolor y el sufrimiento excesivo. No me sujetaba a esas tres experiencias, solo las observaba, mientras intentaba desvelar mi auténtico rostro. Fue entonces cuando de alguna forma empecé a llorar interiormente, porque el verdadero rostro es algo íntimo y secreto, algo difícil de describir y comprender, pero que existe, está ahí y todos estamos llamados a descubrirlo. El rostro original de cada uno, más allá de las máscaras y los sentires circunstanciales, aparece cuando las aguas revueltas dejan paso a la inmensa paz de los océanos interiores.

Lo complejo de esta experiencia, hermosa y necesaria a la hora de descubrirnos realmente, es poder gestionar su realidad con las circunstancias envolventes y condicionantes del día a día. Especialmente sobre la elección que hacemos diariamente. Todos los días sin excepción debemos elegir entre ser auténticos, ser un reflejo vivo de nuestro verdadero rostro, o dejarnos llevar por todas esas máscaras que nos ponemos para defendernos: el orgullo, la soberbia, el miedo, el rencor, el odio, la desidia, la pereza… Todos los días tenemos una lucha, y debemos discernir. ¿Cuál es tu rostro original? Medítalo, todos los días, con calma, y discierne entre ser verdadero o mostrar tu rostro más falso y embustero.

Desvelado y mudo


Estos son mis últimos días en Barcelona tras casi un mes en la casa familiar. Había muchas opciones para seguir con la vida errante y el propósito de año sabático que me habían sugerido para salir del pozo emocional. Alguien, viendo mi estado deplorable, quiso hacerme un regalo. Un viaje por Tierra Santa. Acepté, no con mucho entusiasmo, porque sigo paralizado interiormente, sin muchas ganas de prácticamente nada. Pero entiendo que ese viaje servirá para distraer la mente, explorar un poco más el mundo convulso y comprender de paso los conflictos que atañen a la incomprensión humana.

Viajo como huida, a sabiendas de que los demonios me perseguirán a cada instante. No creo que se desvele nada nuevo a pesar de que intuyo que viviré experiencias intensas. Pagaré algún peaje y deberé fortalecerme interiormente para no derrumbarme a la primera de cambio en un ambiente que promete ser hostil. Mi vocación será más antropológica que religiosa, aunque intentaré bañarme en las fuentes de todas las culturas y creencias que allí se derraman. Supone un esfuerzo, más que un placer, así que intentaré no caer a la primera de cambio.

Han pasado casi seis meses desde que mi vida cambió drásticamente. Sigo sin entender casi nada de lo que ocurrió. Sigo desorientado con respecto a la suma de cosas que pasaron y sigo sin comprender el resultado final. No termino de encajar las piezas y eso a nivel mental es agotador. Es como si la vida se hubiera paralizado, porque nada de lo que ahora hago tiene un gran sentido. Sólo me limito a ver pasar los días, a intentar no descuidar las obligaciones materiales más básicas y a dejarme llevar por las corrientes anímicas que se desarrollan a mi alrededor. Estoy sumergido en una deriva que observo atento para aprender de ella. Sin ningún tipo de inclinación hacia nada, sin ningún tipo de motivación sobre nada ni nadie. Sólo observo.

Lo bueno de no tener coche es que me obliga a estar más tiempo en los lugares que visito. Teóricamente vine a pasar unos días, pero todo se ha alargado, dependiendo un poco de las vicisitudes de cada momento. No conseguí plaza en el curso de vipassana y la vida me lleva a Israel. Después unos días en Ginebra por temas de trabajo y después no sé qué ocurrirá. Es la primera vez en muchos años que no tengo un plan, una motivación o un valor sugerente por el qué luchar. Tampoco es algo que me preocupe en exceso. Sólo intento experimentarlo, vivenciarlo a sabiendas de que la vida milagrosa siempre aparece tarde o temprano. Me gusta, mientras tanto, expresar abiertamente esta noria y ver, cada vez que lo hago sin tapujos, como reacciono y evoluciono con el pasar del tiempo.

Uno nunca sabe lo que la vida depara. Hay ciertos deseos, ciertos anhelos. Sí, con la experiencia, tengo claro lo que no deseo. El ruido ensordecedor de la ciudad casi termina con ese remanso de paz que traía de los bosques. Me cuesta asumir la vida mecánica, el sueño de levantarse temprano para ir a un trabajo con el que debo estar comprometido toda mi vida para pagar una hipoteca que me permita dormir algunas horas para poder ir de nuevo al trabajo. Estos días observaba, especialmente en el metro, las caras de esas personas valientes y comprometidas con sus vidas que no les quedó otro remedio que asumir esa realidad. Caras cansadas, agotadas, tristes. Un espejo de lo que yo ahora experimento. Pero mi rostro cansado es por otros motivos. En eso me siento perfectamente un privilegiado. Mi trabajo no tiene horarios, ni jefes, ni siquiera una oficina estable donde acudir todos los días. Pago mi propio peaje, es cierto, pero prefiero hacerlo antes que volver a un mundo que conozco bien y que no me hace feliz.

Mi tormento actual sé que es circunstancial. Sé que es algo debido a dos experiencias duras que he pasado y experimentado concentradamente en estos meses. Dos experiencias que por motivos diferentes no han podido ser cerradas aún. Y aunque aún no sé hacia donde dirigir mi mirada, sí que sé algunos caminos por los que ya no transitaré nunca más. Sí, estoy desvelado, pero este desvelo servirá para seguir avanzando. La desesperación muda terminará tarde o temprano. El tiempo siempre es sanador. El desierto espera. También sus demonios.

Añorando la intimidad


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© Stephen Cairns

“Para aquél que sabe mirar y sentir, cada minuto de esta vida libre y vagabunda es una auténtica gloria”. Alexandra David-Néel

Alexandra tenía razón, aunque olvidó mencionar que, para alcanzar ese estado de gloria, había antes que pasar por infinitas vicisitudes. Llevo muchos años de vida libre y vagabunda y el precio ha sido costoso. Especialmente cuando ya pensé que esa vida había terminado e hice lo posible para estabilizarme en cierta calma e intimidad necesaria. Un exceso de esfuerzos baldíos para darme cuenta de que eso, en mi naturaleza, parece un imposible. Aún no he podido recuperarme de ese devenir, y siento como este errante momento me empuja a seguir explorando por las tardes mientras que, a la siguiente mañana, el mundo se me viene encima con cualquier sueño. Subir y bajar parece ser el sino de esta vida vagabunda, carente de rumbo fijo, especialmente atada a la suerte y el azar en estos días de infortunio.

Tengo sobre la mesa tres aventuras, tres posibles destinos exóticos que podría enlazar uno con otro de forma que a medida que avance en la aventura, vaya creando nuevos escenarios que distraigan mi mente, ahora loca y alborotada, con nuevas experiencias, nuevos rostros. Supongo que es tiempo de estar distraído, algo incómodo en mi vida, porque no soy persona de buscar distracciones para matar el tiempo. Pero noto que debo serenar mis siete cuerpos, uno por uno, como un ejercicio de gimnasio disciplinado para ahuyentar de mi interior el pasado que ya no existe, excepto en mi imaginación desbordada.

Me siento como desnudo, al mismo tiempo que desprotegido. Al menos he notado en estas semanas una ligera recuperación física y vital, aumentando también mi desapego emocional hacia los escenarios ya no existentes. Ahora es la mente la que cabalga sola y descontrolada. Es la mente la que requiere serenidad y paz. Y la recomendación siempre es la misma: cambia constantemente de escenarios para crear nuevas experiencias, nuevos pensamientos y por lo tanto, nuevas ideas a las que aferrarse. Quizás por eso esté alargando un poco mi estancia en el Mediterráneo y quizás por eso Barcelona me seguirá atrapando unos días más antes de decidir si marcho a Oriente Medio, donde me aguardan algunas promesas incumplidas, o sigo mi camino hacia el septentrión, a las lejanas Tierras Altas, previa parada en los países helvéticos.

La vida corre deprisa. No nos damos cuenta porque somos esclavos de nuestros propios escenarios. Vivimos distraídos por un mundo que ahora se desdobla entre lo real y lo virtual, entre lo analógico y lo digital. Es una paradoja que, siendo esclavos durante siglos del trabajo, ahora seamos doblemente esclavos, del trabajo y del ocio. Doble distracción antes de darnos cuenta de que la vida se agota.

Y de todo esto, lo que más echo de menos sigue siendo lo mismo, algo que añoro y que ahora veo como lejano, como imposible. Algo a lo que todo ser humano no debería jamás renunciar: la intimidad compartida. Pero la intimidad como la entiende Taylor Jenkins, “la gente piensa que la intimidad es sobre el sexo. Pero la intimidad es sobre la verdad. Cuando te das cuenta de que puedes decirle a alguien tu verdad, cuando puedes mostrarte ante ellos, cuando te encuentras frente a ellos desnudo y su respuesta es ‘estás a salvo conmigo’, eso es intimidad“. Necesito esa desnudez, necesito ese “estás a salvo conmigo”, no como necesidad emocional nacida de carencias, sino como realidad última del espectro humano. Aunque soy consciente de que esto, a veces, es imposible para una vida libre y vagabunda, no dejaré de soñarlo una y otra vez.