Patreon, una nueva forma de ser más libre


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Estaba terminando hoy el prólogo a una edición especial del 500 aniversario del libro Utopía, de Tomás Moro, cuando pensaba en la difícil tarea de ser hoy día escritor, poeta, soñador o artista. Malvivir de los libros durante diez años, visto ahora con cierta perspectiva, ha sido toda una proeza. Quizás el destino de todo poeta, escritor o soñador que no destaque especialmente por nada sea precisamente eso, sobrevivir como se pueda. Es el precio, dicho sea de otra forma, de apostar por ese oficio mal pagado donde nunca se gana nada pero que, de alguna forma, dota tu vida de sentido y profundidad. Un amigo artista, pintor de fina brocha, de los mejores que he conocido a pesar de su obcecación por la oscuridad y el mundo de las emociones extremas, me lo decía una vez sentados en una sombra que nos resguardaba de un caluroso verano andaluz: no cambio esta vida por nada del mundo. Se refería a la vida de artista, a no saber si mañana tendría algún céntimo para comprar una barra de pan o para comprar si quiera algún pincel o pintura.

Viendo que el mundo de la edición va de capa caída, de mal en peor, cuando ya casi todas las distribuidoras han caído o lo están haciendo, cuando las librerías cierran una a una y los editores se quiebran ante la evidencia, me preguntaba qué sería de esta labor y qué podría hacer para sobrevivir, si no ya dignamente, sí al menos libremente.

El precio de la libertad es prudentemente caro. Incluso el precio de hablar libremente. Ambas cosas se han conjugado en un tiempo donde hace unos meses un amigo, Rafa, me ponía en la pista sobre una plataforma para autores y artistas que pretende la proeza de vivir o sobrevivir, tanto monta, con algún tipo de sustento material. Estos días me he atrevido a explorar la idea y el resultado aún no sé cómo encajarlo. Sin embargo, soy mucho de impulsos, de intuiciones, y quiero experimentar con un lugar resguardado, con una vasija de barro donde estemos aquellos que realmente queramos estar.

En resumen, se trataría de cobrar por mi oficio, el de escritor, renunciando cada día más a un trabajo, el de editor, que va muriendo poco a poco, centrando quizás unas pocas ediciones anuales, hechas con cariño y sin prisas, casi de forma artesanal, a la espera de tiempos mejores. Viendo la dificultad que he tenido para vender las editoriales y así por lo menos poner en orden mis cuentas, voy a probar con una fórmula donde pueda escribir ya no de forma tan seria como últimamente iba haciendo, sino de forma más natural, donde todo quede en familia, entre amigos, y donde pueda expresar nombres, situaciones e inquietudes sin símbolos, sin oscuras dilataciones, sin máscaras. Un lugar donde pueda hablar sin cortapisas, donde pueda de nuevo colgar fotos desnudo cagando en un bosque mientras nieva o lo que sea con tal de reencontrarme de nuevo con esa espontaneidad que ciertas circunstancias me han arrebatado.

Posiblemente el éxito será menor. Posiblemente pasaré de los más de cinco mil seguidores actuales a una docena, quizás menos. No me importa, quiero experimentar esa libertad y esa responsabilidad de escribir de forma más libre y más cercana, de forma diferente, de forma casi anónima.

Después de más de ocho años escribiendo en este espacio libre para todos, llega un tiempo de recogimiento, de estar más en familia, un lugar donde poder discutir de forma más cercana con aquellos que, más allá del propio derecho a saber, sienten la responsabilidad de acompañar este proyecto utópico de forma más estrecha y comprometida.

A partir de hoy, me podréis encontrar en este nuevo espacio. El precio será barato, lo que pueda costar el invitarme una vez al mes a tomar un café. No es mucho lo que se pide. No sé si algún día conseguiré vivir de la escritura, pero creo que este será un primer paso importante hacia ese propósito.

Gracias de corazón a los que siempre habéis estado ahí sin pedir nada a cambio, de forma incondicional. Gracias igualmente a los que ahora quieran tomar un café en vivo y en directo con este vuestro siempre amigo.

Nos vemos aquí, a partir de ahora. Desde este espacio relataré mi primera Nochevieja en soledad aquí en la cabaña, con mi tradicional plátano, y todos los encuentros que se vayan produciendo de forma directa y clara con gente interesante, ahora sí, con fotos, nombres y apellidos. También anotaré cosas muy personales que solo se pueden contar a amigos y conocidos, y si todo va bien, podré desnudar tranquilamente algún secreto de estado sin que por ello me metan en ninguna oscura cárcel. Una nueva etapa, una nueva vida de escritor, un nuevo relato. Año nuevo, vida nueva. Gracias, gracias, gracias…

 

https://www.patreon.com/creandoutopias

 

 

 

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Viajes de ida y vuelta


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Mientras viajamos por todo el país en búsqueda de respuestas inexorables al momento en el que vivimos, notamos cierta tensión y agravio por lo que pueda ocurrir en el país americano ante un día tan crucial como el de hoy. No nos gusta ninguno de los candidatos, pero seguro que uno será menos malo que el otro para Estados Unidos y también para todo el conjunto de la humanidad.

En el mundo siguen ocurriendo cosas que se escapan a nuestra esfera de influencia. El norte de España se está despoblando. Nos dimos cuenta cuando estos días vagamos por tierras de meigas y cruzamos algunos pueblos abandonados que reclamaban de nuevo vida. Casas enteras, en perfecto estado, de piedra noble y de talla monumental, esperando un nuevo habitante, un nuevo guardián que las dote de vida y calor. Sentimos cierta pena por ver a pueblos enteros deshabitados mientras en algunas otras partes del mundo hay personas que no tienen dónde ir. Refugiados que son dinamitados en alta mar para que no sean una excesiva molestia para los que dedicamos nuestro tiempo a ver la tele y gastar nuestro dinero en compras.

Viajamos hacia el sur y allí nos esperaban con el calor de siempre, abrigando nuestro peregrinar con una buena tortilla de patatas y un lugar donde alojarnos. Ese calor humano que se transmite con la compañía y con un plato de comida es muy significante. A veces solo debemos empeñarnos en ayudar al otro para encontrar sentido a nuestras vidas. No es cuestión de bucear en el vacío interior, sino de llenarlo de buenas acciones, de buenos actos. Sentimos que la propia generosidad, en sí misma, ya es motivo suficiente para seguir adelante. Sólo debemos esforzarnos para hacerla extensible, para ser diferentes y no avergonzarnos ni pedir perdón por el simple hecho de mostrar generosidad. Es algo muy simple y muy necesario en un mundo que, paradójicamente, presume de ser el mundo más conectado al mismo tiempo que la soledad golpea con fuerza todos los corazones. ¿Para qué estar conectados exteriormente si por dentro nos sentimos huecos y vacíos? ¿Qué hay de la conexión interior, de la espiritualidad -no de la famélica y superficial sino de la silenciosa y acallada- y la vida interior?

Por la mañana tuvimos un encuentro profesional, necesario para gestionar la trayectoria de un proyecto que ya lleva diez años combatiendo la crisis de los tiempos. En las antiguas centurias, los libros, el conocimiento, ardía en llamas en inmensas bibliotecas que eran desahuciadas por la ignorancia y el terror. Pequeños artesanos de la palabra se empeñaban en rescatar el anima mundi para que todo el espíritu de los tiempos sobreviviera y siguiera enriqueciendo nuestro mundo. Ese esfuerzo, esa labor, aún no ha desaparecido, y no resulta difícil reconocer, con un poco de atención, los guardianes del conocimiento. Hemos tenido la suerte de tratar con ellos y tenemos la suerte de seguir aprendiendo de sus conjuros ante el maleficio de la ignorancia y la ceguera.

Seguimos nuestra ruta y terminamos en las costas azules, en el camarote de un barco anclado en un horizonte infinito y cautivador. Nos deleitamos de la belleza del lugar y pudimos conectar con la África profunda y olvidada. Gracias a las tecnologías, la patrona del barco pudo contactar con su empresa en el sur de África y pudimos en viva voz comprobar la situación de guerra que se vive en esos países. Fue una sensación extraña y una experiencia antropológica sin desperdicio. Nos hablaron de las “granjas del frío”, una red de contrabando de niños que sirve para traficar con sus órganos y sus vidas. Nos contaron cosas terribles de un mundo igual de terrible que guarda tras sus secretos macabras prácticas. Realidades que desconocemos, que preferimos obviar mientras vivimos en nuestra burbuja de aparente pero frágil paz.

De nuevo seguimos nuestro camino, todo rápido porque el tiempo apremia. Recoger algunos bártulos para el nuevo hogar perdidos en lejanas montañas, retomar la ruta y dormir en cualquier cuneta prosiguiendo con la ronda de encuentros con desayunos, comidas y cenas. Así con tal de salvar el espíritu, el renacimiento que se teje en las columnas de la fe y la esperanza. Unas tierras aún frágiles pero imprescindibles para dotar al mundo de esa alegría necesaria.

 

Vendo Toyota Aygo


El Prius es un coche que me acompaña desde hace más de doce años. Tiene a sus espaldas más de un millón de kilómetros y muchas aventuras compartidas. Hace un mes tenía que pasar la ITV y de repente le salieron tres averías. La suma de las tres costaba más que comprar un coche nuevo. Como por mi trabajo de editor necesito desplazarme a menudo y como aquí en O Couso no nos podemos quedar sin vehículo decidí, mediante financiación a cargo de la empresa que regento, sacar un coche nuevo. El Prius no pasó la ITV así que a los pocos días ya tenía un nuevo Toyota, esta vez el más pequeño de la gama de utilitarios, un Toyota Aygo, eso sí, automático y con todos esos extras que ahora vienen de serie como el navegador o la cámara trasera y todo ese montón de sistemas de seguridad.

Milagrosamente, y tras llevar el coche a un taller de confianza, el Prius resucitó y a la tercera pasó la ITV con éxito. Ya era demasiado tarde para todo así que de repente me vi con dos coches, cuando realmente solo necesito uno. Es por eso que he decidido poner a la venta el nuevo coche recién estrenado aunque con ello pierda algo de dinero y gane de paso el que pueda ponerme al día con algunos pagos. El Aygo me costó 11.026 euros y lo vendo nuevecito a estrenar por 8.900 euros. Por favor, si estás interesado puedes escribirme a javier@dharana.org

Lo he probado y es un excelente coche con la garantía de la marca Toyota y el seguro a todo riesgo y los impuestos pagados por un año. El coche es pequeño, ideal para ciudad, con un consumo minúsculo pero con un potente comportamiento en carretera. Acepto facilidades de pago o cualquier propuesta.

 

Celebrando la revolución solar


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Mañana es mi cumpleaños. Por primera vez en muchos años (quizás más de veinte) no me marcho a ningún retiro, ni me escondo en una perdida hospedería o monasterio lejano. Lo voy a celebrar con una persona, con un ser de carne y hueso al que me entregaré, rompiendo con la tradición, de forma diferente. Será la primera vez que celebre el cumpleaños con alguien y lo veo como algo entrañablemente hermoso.

Al parecer este es un año de apertura para mí. O al menos está siendo una primavera algo loca. Me abro al mundo y rompo con tradiciones, manías y formas de actuar que ya estaban pareciendo caducas. Me abro en todos los sentidos, como una flor en primavera o como un amanecer que desea explotar de luz. Intento que el miedo no me alcance, intento abandonar mi zona de confort, intento transformarme cada día hacia algo mejor, o al menos, hacia algo diferente, intentado que el cambio sea dócil y hermoso.

Me entrego a las relaciones desde otra perspectiva, viendo que las antiguas no me han funcionado. También intento reconciliarme con la amistad, con las sorpresas de la vida y con todas las circunstancias que vivo. Durante años he estado evitando a la prensa y esta mañana concedía una entrevista en un hermoso monasterio en pleno Camino de Santiago para un programa de la Sexta. El periodista me decía que la entrevista ayudaría a vender más libros. Yo le confesaba que me daba absolutamente igual, y que, normalmente, esas cosas no ayudan, a no ser que el libro sea realmente bueno y luminoso.

Un gran sueño siempre fue escribir ese libro bueno y luminoso. No por sentirme lleno de gloria, sino por intentar con ello ayudar en algo, aunque tan solo sea en transformar el pensamiento o viejas estructuras de nuestra sociedad. Cuando hicimos el anuncio de los colchones pensé que la experiencia podía ser positiva para inculcar algún nuevo valor. Hicieron un guión en el que aparecía leyendo o escribiendo encima de la cama emulando lo que más suelo hacer (olvidé decir a los de Flex que llevo dos años viviendo sin colchón). Cuando estábamos grabando les propuse que me podían sacar también meditando, que es algo que siempre hago. No solo les gustó la idea sino que es la que aparece en el anuncio. Quizás esa postura, esa tranquilidad conseguida en un anuncio de televisión que intenta hablar de la sexualidad desde otro punto de vista pueda servir de algo. Hoy me hacían una entrevista para La Razón y ayer para el diario El País. Les dije exactamente lo mismo. Tenemos el deber humano de compartir nuevos valores, nuevas formas de ver y entender la vida. Debemos transformarnos por dentro y por fuera y radiar luz, lucidez, calidez.

En unos días nos marchamos en un viaje que pretende ser solidario con los refugiados sirios que están en Grecia. Ojalá podamos aportar algo, aunque sea tan solo una semilla de esperanza en uno o dos niños. Con eso nos sentiríamos satisfechos.

Y como estoy viviendo esta apertura, os invito a ofrecer algún regalo de esperanza al mundo. Cualquier cosa, un libro, una poesía, un regalo. También estaré encantado de recibir vuestros presentes de cumpleaños, físicos o simbólicos. Aquí estaré, renovado, feliz, ardiendo de vida.

 

Cuando las cosas vuelven


 

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Un paisano nos había advertido hace unos días que estaban en sus tierras. Cuando nos llegó la noticia casi no podíamos creerlo. En ese tiempo andaba yo enamorado y distraído y me tocó hacer de pastor. Un estúpido descuido se tradujo en la pérdida de las dos cabras recién llegadas a la finca. Alguien nos avisó de que las había visto por las montañas y tras una infructuosa búsqueda, las dimos por perdidas. Más de siete meses después han vuelto a aparecer. Se resguardaban de los lobos en algún peñasco inaccesible excepto para el paisano, que las tenía localizadas y que de vez en cuando las veía hartarse de comer castañas y otras delicias del bosque.

Cuando se perdieron no me preocupé en exceso. Con el vecino Marcos había aprendido que en el mundo rural dejas de preocuparte en exceso de los animales si de verdad quieres conciliar el sueño. Pasan tantas cosas que es imposible atenderlas a todas. Un día, muy serio, mientras me veía excesivamente preocupado por algún bicho que había desaparecido me dijo: “esa es su suerte”.

La suerte de los animales corre pareja a la nuestra. Semanas más tarde de perder a las cabras perdí el amor. Las cabras volvieron, el amor no. Algo paradójico pero como diría Marcos, “esa es mi suerte”. Supongo que yo mismo me lo busqué. El amor es algo bien frágil, algo que hay que atender con suma delicadeza y tacto y si dejas de hacerlo, aunque sea por un breve instante, desaparece.

Lo sorprendente de toda esta historia es que las cabras hayan podido sobrevivir de forma libre durante todo este tiempo. Incluso me siento algo extraño ya que como dice el refrán, las cabras siempre tiran al monte, y quizás ese sea su estado natural. Al traerlas de nuevo a esta pequeña granja cada día más llena de animales que nos hacen compañía me pregunto si dentro de su consciencia serán más o menos felices que en su aventura salvaje. Mi vivencia aquí en el bosque no deja de ser un estado salvaje del cual disfruto con respecto a mis congéneres y que no cambiaría por nada del mundo. Siento cierta frustración interior al pensar que quizás de alguna forma hemos coartado la libertad de las mismas. Es una sensación parecida a cuando pierdes un amor. Nunca sabes dónde está el punto de inflexión en el que es mejor dejarlo marchar. En unas semanas haremos de nuevo la prueba. Las volveremos a soltar y probaremos a ver qué pasa. Quizás decidan quedarse con nosotros y quizás eso sea una señal de que el amor a veces se pierde pero luego regresa de forma mágica y se instala en tu vida para siempre. Una especie de señuelo a la esperanza por eso de que si ha vuelto una y otra vez no tendría que ser esta la última.

Así que quedaremos esperando, respirando ese olor a paja mojada tan característico de este lugar. Seguiremos recogiendo huevos por las mañanas, susurrando a la yegua Rocío y observando plácidamente como las gallinas, ahora junto a conejos y cabras, siguen su vida natural en plena naturaleza. El amor volverá, estoy plenamente convencido. Sólo habrá que estar atento a las señales, a sus guiños, a sus formas. Y cuando se instale en nuestras vidas, mejor no estar distraídos para que no vuelva a desaparecer tan estúpidamente.

 

 

 

Hacer de nuestra vida una obra


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Cuando esta mañana mostraba abiertamente el lavabo que tenemos en el bosque más de uno se escandalizaba por ver como la nieve, el agua y el frío calaban hasta el último rincón del espacio. Miraba apaciblemente los comentarios sin notar lo aparentemente aterrador de la escena. Por la tarde una amiga me preguntaba: ¿tienes que vivir así? A lo que yo le respondía: ¿te refieres a si tengo que vivir feliz como ahora? Esto resulta extraño de entender. ¿Qué necesidad hay de vivir en la intemperie nevada, pudiendo vivir de forma diferente?

Todo tiene que ver con la sabiduría del caracol. Este animalito empieza a construir su casa de forma lenta y paciente. Añade una tras otras las espiras que van tejiendo su delicada arquitectura cada vez más amplia. Llega un momento en que cesa de golpe su actividad y empieza a enroscarse lentamente en decrecimiento. Una sola espira más daría a su concha una dimensión dieciséis veces más grande, lo que, en lugar de ayudar al bienestar del animal, lo sobrecargaría. De alguna forma a nosotros los humanos nos pasa igual. Queremos crecer y crecer sin límite hasta que llega un momento, como le pasaría al caracol si no dejara de hacerlo, que la sobredimensión de nuestra carga es demasiado pesada para poder sobrellevarla.

A nivel personal me pasó algo parecido. Empecé a crecer en exceso y sobredimensioné mi capacidad biológica con respecto a mi capacidad aritmética. Cada vez que doblaba mi capacidad de crecimiento multiplicaba por diez el esfuerzo, y por lo tanto, el sufrimiento añadido para poder mantener ese nuevo equilibrio era insoportable. Llega un momento que olvidamos qué significa vivir para pasar a ser meros equilibristas de cosas. Hasta que un día te rebelas de alguna forma y vuelves a empezar de cero, desde otra dimensión, desde otra comprensión.

Un día me paré, como el caracol, y quise decrecer hasta el límite con un solo propósito: hacer de mi vida una obra, dedicarme al más bello oficio, vivir. Esto parece de una lógica aplastante, sin embargo, la mayoría de nosotros olvidamos en algún momento de nuestras existencias qué significa vivir. Tenemos cientos de cosas, pero esas mismas cosas hacen que vivamos en una especie de tristeza del alma, una especie de soledad extraña que nadie puede compensar. Cosas que no somos capaces de compartir, que atesoramos con miedo para intentar demostrar una fortaleza de la que carecemos.

Al tener un lavabo como el que mostraba esta mañana, dedicamos poco tiempo al mantenimiento de las cosas. Quiero decir que de alguna forma tenemos que trabajar menos para mantener todo el circo consumista al que estamos abocados. Ese tiempo sobrante lo podemos dedicar a las relaciones humanas, al compartir, al pensar juntos sobre la dimensión de los problemas globales, sobre la búsqueda de alternativas posibles o sobre cualquier otro tema que nos reconforte como seres. Lo más importante de este experimento es que puede ser compartido sin necesidad de crear muchas más cosas. Al compartir una lavadora entre diez, veinte o cincuenta personas solo debemos prestar atención al hecho del compartir, y no al hecho de generar recursos suficientes para comprar cincuenta lavadoras, cincuenta taladradoras, cincuenta coches, cincuenta de todo.

Vivir en comunidad y compartir las cosas hace que la vida sea más simple, pero también más verdadera. La vida deja de ser un combate o un fracaso, se torna sabiduría, amabilidad, emoción compartida. Nos alejamos de la excitación del consumismo para albergar la esperanza de un mundo diferente, basado en las relaciones humanas, en el amor y el respeto a la naturaleza. Nos alejamos de la angustia y el miedo a morir para abrazar la vida compleja, misteriosa, profunda. De alguna forma, vivir en los bosques permite que la vida sea una obra completa donde lo único que necesitas es la alegría continua de poder compartir. Esa es nuestra única y más segura apuesta.

(Foto: esta mañana temprano, en nuestro lavabo del bosque).

De locos y valientes. Peregrinos en soledad


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Cuando miras la temperatura de la caravana y ves que estás a menos dos o tres grados bajo cero algo interior se te eriza. Realmente, al menos por unos minutos, la sensación de frío se puede combatir a base de estufa de gas. Suele durar unos veinte minutos antes de que el piloto automático indique que la combustión ya no es correcta. Entonces se apaga y durante ese tiempo disfrutas de un calorcito agradable mientras ves nevar por la ventana. Luego toca ventilar el espacio durante otros diez minutos y vuelta a empezar. Por la noche eso no es posible, pero las sábanas y los pijamas de franela más la media docena de mantas hace que se sobreviva sin mayor percance.

Todo esto lo cuento porque esta mañana, cuando más frío hacía, apareció Peter, el peregrino que alguna vez ya había estado por aquí y que lleva siete años caminando. Dice que se levantó medio congelado y todo húmedo y que pensó en nosotros. Lo atendimos como pudimos. Le preparamos un buen plato de lentejas, se secó la ropa y le llenamos la mochila de algo de comida. Le di todo el dinero que tenía encima y nos pidió si podíamos acercarle a algún lugar sin nieve.

La verdad es que su testimonio es escalofriante. Vivía en una granja con más de cien hectáreas llena de prados, bosques y caballos. En la crisis el banco se quedó con ella y como no tenía donde ir empezó a caminar. Así lleva siete años, caminando, sin dinero, durmiendo en la calle y buscándose la vida como puede. Dice que así es feliz, que no necesita más que el calor de su perrito Arco y poco más.

Cogimos el coche y lo acerqué hasta cerca de Ponferrada, en un valle donde la nieve no había llegado. Por suerte las carreteras estaban limpias a pesar del espectáculo nevado y pude volver sin mayor problema. Le di un fuerte y sentido abrazo a Peter y su perrito. Lo dejé caminar para observar sus pasos solitarios por el valle. Sentí cierta ternura al mismo tiempo que vi en sus pasos un reflejo de mi propia soledad.

Cuando ya de vuelta entré en la caravana y vi la temperatura que había dentro respiré aliviado. Es cierto, hace frío, pero aquí tengo mi palacio, mis libros, mi fortaleza. Esta noche me acompañan Geo y Gaia (Meiga se ha quedado con Antonio en la casa) y podré leer algo antes de dormirme bajo las sábanas de franela (gracias Anita por tan gran regalo).

Peter dormirá bajo algún árbol, en su estrecha tienda agrietada. No quiso quedarse con nosotros. Prefiere caminar. Nuestros andares se cruzan de vez en cuando y es una alegría verlo de aquí para allá sin rumbo fijo en cualquier lugar del Camino de Santiago. Su hermana, que vive en la República Checa, dice que está loco. Le decía que muchos amigos opinaban lo mismo de nosotros. Pero en mi interior siento que ese grado de locura solo es posible con una gran dosis de valentía. ¿Cómo si no vivir en una tienda de campaña con la que está cayendo? ¿O en una caravana en mitad de un bosque? Sí, es posible que exista un grado de locura. Es como el Camino del Loco, ese insensato que se lanza a los caminos para hollar el sendero del alma. Sólo él puede entender y adivinar la grandeza de su caminar. En ese silencio, en esa soledad, se puede escuchar el susurro del universo entero.

Mientras le explicaba todo esto a Antonio hablábamos de las pocas posibilidades que teníamos de compartir esto con alguna pareja. Seguramente nos quedaremos solos en nuestra pequeña locura, en nuestra osada valentía. Al igual que en siete años nadie ha seguido los pasos de Peter, lo mismo ocurrirá en esta pequeña caravana, habitada posiblemente por libros, algún perro y las gatitas. De alguna forma estamos preparados. De alguna forma hemos aprendido el precio de ser peregrinos.

(Foto: segunda caravana a la derecha, mi casa, vuestra casa).