¿Cuál es tu rostro original?


a.jpg

Hoy en la casa de espiritualidad de Sant Felip Neri, en Barcelona

 

A las cinco de la madrugada ya tenía los ojos abiertos, recordando los recurrentes sueños, intentando comprender su naturaleza, mensaje o misión. Miraba en la negrura pero no veía nada. Dos horas después estaba duchándome. Dejaba que el agua caliente intentara despertarme del insomnio. Cogí el metro temprano y estaba lleno de borrachos, de zombis que venían de fiesta, de personas tumbadas en los suelos sin sentido. Miraba sus rostros, pero en su negrura no podía ver nada. Me llamó la atención comparar esa estampa con la que viviría más tarde en una casa de espiritualidad donde más de medio centenar de personas, despiertas y lúcidas, se retiraban para meditar en un domingo cualquiera en una gran ciudad cualquiera.

Llegamos temprano a la hermosa casa de espiritualidad Sant Felip Neri que las filipenses tienen en Barcelona. Un pequeño y bello oasis en medio de la ciudad donde se mezcla la cultura cristiana de unas monjas que han abrazado las prácticas del budismo zen. A las nueve empezó el samu de preparación, seguido durante toda la mañana de las prácticas frente a la pared de zazen y kinhin, acompañados de un hermoso teisho que Berta Meneses había preparado. Este era el koan para el día de hoy: “¿cual es tu rostro original?”

Pensaba en ello mientras me retorcía de cierto dolor durante la primera hora de práctica. Sujeto con fuerza al zafu, el pequeño cojín redondo que se utiliza en estas prácticas, intentaba, pobre occidental, adaptarme a la compleja posición del loto. Luego conseguí una postura cómoda, más parecida a la postura de la esfinge, más propia para nuestros rígidos cuerpos, y pude dejar pasar el dolor y el sufrimiento para centrarme en la meditación zazen. El fluir de la respiración, la correcta posición y el dejar pasar los pensamientos son los primeros pasos para adentrarse en este mundo de vaciado mental.

Recordaba las imágenes de la primera hora de la mañana, luego las del hermoso lugar donde estábamos y las contrastaba con mi propia experiencia interior, últimamente condicionada por el dolor y el sufrimiento excesivo. No me sujetaba a esas tres experiencias, solo las observaba, mientras intentaba desvelar mi auténtico rostro. Fue entonces cuando de alguna forma empecé a llorar interiormente, porque el verdadero rostro es algo íntimo y secreto, algo difícil de describir y comprender, pero que existe, está ahí y todos estamos llamados a descubrirlo. El rostro original de cada uno, más allá de las máscaras y los sentires circunstanciales, aparece cuando las aguas revueltas dejan paso a la inmensa paz de los océanos interiores.

Lo complejo de esta experiencia, hermosa y necesaria a la hora de descubrirnos realmente, es poder gestionar su realidad con las circunstancias envolventes y condicionantes del día a día. Especialmente sobre la elección que hacemos diariamente. Todos los días sin excepción debemos elegir entre ser auténticos, ser un reflejo vivo de nuestro verdadero rostro, o dejarnos llevar por todas esas máscaras que nos ponemos para defendernos: el orgullo, la soberbia, el miedo, el rencor, el odio, la desidia, la pereza… Todos los días tenemos una lucha, y debemos discernir. ¿Cuál es tu rostro original? Medítalo, todos los días, con calma, y discierne entre ser verdadero o mostrar tu rostro más falso y embustero.

Anuncios

Desvelado y mudo


Estos son mis últimos días en Barcelona tras casi un mes en la casa familiar. Había muchas opciones para seguir con la vida errante y el propósito de año sabático que me habían sugerido para salir del pozo emocional. Alguien, viendo mi estado deplorable, quiso hacerme un regalo. Un viaje por Tierra Santa. Acepté, no con mucho entusiasmo, porque sigo paralizado interiormente, sin muchas ganas de prácticamente nada. Pero entiendo que ese viaje servirá para distraer la mente, explorar un poco más el mundo convulso y comprender de paso los conflictos que atañen a la incomprensión humana.

Viajo como huida, a sabiendas de que los demonios me perseguirán a cada instante. No creo que se desvele nada nuevo a pesar de que intuyo que viviré experiencias intensas. Pagaré algún peaje y deberé fortalecerme interiormente para no derrumbarme a la primera de cambio en un ambiente que promete ser hostil. Mi vocación será más antropológica que religiosa, aunque intentaré bañarme en las fuentes de todas las culturas y creencias que allí se derraman. Supone un esfuerzo, más que un placer, así que intentaré no caer a la primera de cambio.

Han pasado casi seis meses desde que mi vida cambió drásticamente. Sigo sin entender casi nada de lo que ocurrió. Sigo desorientado con respecto a la suma de cosas que pasaron y sigo sin comprender el resultado final. No termino de encajar las piezas y eso a nivel mental es agotador. Es como si la vida se hubiera paralizado, porque nada de lo que ahora hago tiene un gran sentido. Sólo me limito a ver pasar los días, a intentar no descuidar las obligaciones materiales más básicas y a dejarme llevar por las corrientes anímicas que se desarrollan a mi alrededor. Estoy sumergido en una deriva que observo atento para aprender de ella. Sin ningún tipo de inclinación hacia nada, sin ningún tipo de motivación sobre nada ni nadie. Sólo observo.

Lo bueno de no tener coche es que me obliga a estar más tiempo en los lugares que visito. Teóricamente vine a pasar unos días, pero todo se ha alargado, dependiendo un poco de las vicisitudes de cada momento. No conseguí plaza en el curso de vipassana y la vida me lleva a Israel. Después unos días en Ginebra por temas de trabajo y después no sé qué ocurrirá. Es la primera vez en muchos años que no tengo un plan, una motivación o un valor sugerente por el qué luchar. Tampoco es algo que me preocupe en exceso. Sólo intento experimentarlo, vivenciarlo a sabiendas de que la vida milagrosa siempre aparece tarde o temprano. Me gusta, mientras tanto, expresar abiertamente esta noria y ver, cada vez que lo hago sin tapujos, como reacciono y evoluciono con el pasar del tiempo.

Uno nunca sabe lo que la vida depara. Hay ciertos deseos, ciertos anhelos. Sí, con la experiencia, tengo claro lo que no deseo. El ruido ensordecedor de la ciudad casi termina con ese remanso de paz que traía de los bosques. Me cuesta asumir la vida mecánica, el sueño de levantarse temprano para ir a un trabajo con el que debo estar comprometido toda mi vida para pagar una hipoteca que me permita dormir algunas horas para poder ir de nuevo al trabajo. Estos días observaba, especialmente en el metro, las caras de esas personas valientes y comprometidas con sus vidas que no les quedó otro remedio que asumir esa realidad. Caras cansadas, agotadas, tristes. Un espejo de lo que yo ahora experimento. Pero mi rostro cansado es por otros motivos. En eso me siento perfectamente un privilegiado. Mi trabajo no tiene horarios, ni jefes, ni siquiera una oficina estable donde acudir todos los días. Pago mi propio peaje, es cierto, pero prefiero hacerlo antes que volver a un mundo que conozco bien y que no me hace feliz.

Mi tormento actual sé que es circunstancial. Sé que es algo debido a dos experiencias duras que he pasado y experimentado concentradamente en estos meses. Dos experiencias que por motivos diferentes no han podido ser cerradas aún. Y aunque aún no sé hacia donde dirigir mi mirada, sí que sé algunos caminos por los que ya no transitaré nunca más. Sí, estoy desvelado, pero este desvelo servirá para seguir avanzando. La desesperación muda terminará tarde o temprano. El tiempo siempre es sanador. El desierto espera. También sus demonios.

Añorando la intimidad


a

© Stephen Cairns

“Para aquél que sabe mirar y sentir, cada minuto de esta vida libre y vagabunda es una auténtica gloria”. Alexandra David-Néel

Alexandra tenía razón, aunque olvidó mencionar que, para alcanzar ese estado de gloria, había antes que pasar por infinitas vicisitudes. Llevo muchos años de vida libre y vagabunda y el precio ha sido costoso. Especialmente cuando ya pensé que esa vida había terminado e hice lo posible para estabilizarme en cierta calma e intimidad necesaria. Un exceso de esfuerzos baldíos para darme cuenta de que eso, en mi naturaleza, parece un imposible. Aún no he podido recuperarme de ese devenir, y siento como este errante momento me empuja a seguir explorando por las tardes mientras que, a la siguiente mañana, el mundo se me viene encima con cualquier sueño. Subir y bajar parece ser el sino de esta vida vagabunda, carente de rumbo fijo, especialmente atada a la suerte y el azar en estos días de infortunio.

Tengo sobre la mesa tres aventuras, tres posibles destinos exóticos que podría enlazar uno con otro de forma que a medida que avance en la aventura, vaya creando nuevos escenarios que distraigan mi mente, ahora loca y alborotada, con nuevas experiencias, nuevos rostros. Supongo que es tiempo de estar distraído, algo incómodo en mi vida, porque no soy persona de buscar distracciones para matar el tiempo. Pero noto que debo serenar mis siete cuerpos, uno por uno, como un ejercicio de gimnasio disciplinado para ahuyentar de mi interior el pasado que ya no existe, excepto en mi imaginación desbordada.

Me siento como desnudo, al mismo tiempo que desprotegido. Al menos he notado en estas semanas una ligera recuperación física y vital, aumentando también mi desapego emocional hacia los escenarios ya no existentes. Ahora es la mente la que cabalga sola y descontrolada. Es la mente la que requiere serenidad y paz. Y la recomendación siempre es la misma: cambia constantemente de escenarios para crear nuevas experiencias, nuevos pensamientos y por lo tanto, nuevas ideas a las que aferrarse. Quizás por eso esté alargando un poco mi estancia en el Mediterráneo y quizás por eso Barcelona me seguirá atrapando unos días más antes de decidir si marcho a Oriente Medio, donde me aguardan algunas promesas incumplidas, o sigo mi camino hacia el septentrión, a las lejanas Tierras Altas, previa parada en los países helvéticos.

La vida corre deprisa. No nos damos cuenta porque somos esclavos de nuestros propios escenarios. Vivimos distraídos por un mundo que ahora se desdobla entre lo real y lo virtual, entre lo analógico y lo digital. Es una paradoja que, siendo esclavos durante siglos del trabajo, ahora seamos doblemente esclavos, del trabajo y del ocio. Doble distracción antes de darnos cuenta de que la vida se agota.

Y de todo esto, lo que más echo de menos sigue siendo lo mismo, algo que añoro y que ahora veo como lejano, como imposible. Algo a lo que todo ser humano no debería jamás renunciar: la intimidad compartida. Pero la intimidad como la entiende Taylor Jenkins, “la gente piensa que la intimidad es sobre el sexo. Pero la intimidad es sobre la verdad. Cuando te das cuenta de que puedes decirle a alguien tu verdad, cuando puedes mostrarte ante ellos, cuando te encuentras frente a ellos desnudo y su respuesta es ‘estás a salvo conmigo’, eso es intimidad“. Necesito esa desnudez, necesito ese “estás a salvo conmigo”, no como necesidad emocional nacida de carencias, sino como realidad última del espectro humano. Aunque soy consciente de que esto, a veces, es imposible para una vida libre y vagabunda, no dejaré de soñarlo una y otra vez.

 

Morir para renacer


a.jpg

Primero le enseñé cuatro cosas básicas para poder llevar la editorial mientras yo estuviera fuera. Había comprado un billete de ida pero no de vuelta, así que necesitaba a alguien que pudiera hacerse cargo de todo en mi ausencia y de paso, alguien responsable que pudiera motivarse con algo nuevo en su vida. Pensé que era un trueque justo para ambos. Subí al viejo coche y lo dejé para que los miembros de la comunidad tuvieran un medio de transporte. Luego le cedí mi cabaña, la que hasta ahora había sido mi casa, a una nueva inquilina. Entré con ella para darle algunas instrucciones, pero no pude estar mucho tiempo. La triste emoción de abandonar ese lugar pudo con mi entereza. Allí habían nacido ilusiones, sueños, promesas. Y allí mismo había que enterrarlas. Interiormente sentía que no podría volver a habitar ese lugar. Demasiados recuerdos, demasiadas ilusiones que se fueron cayendo una por una. Ni pareja, ni familia, ni hijos, ni nada que pudiera construirse ya en ese hermoso hogar. Así que me fui con el lagrimal tembloroso y decidí hacer los cinco kilómetros que me separaban de mi pequeño refugio invernal a pie.

Esta es la nota triste de la historia, del desapego, del entierro simbólico de un pasado que ya no está, que ya no sirve y ya no se puede cambiar. La nota alegre es que hoy estoy subido a un tren dirección Barcelona. Pasaré, por primera vez en muchos años, las fiestas de Navidad con la familia. Para mí es algo nuevo, una reconciliación con los ancestros, un cambio de paradigma, un perdón por tantos años de ausencia. Pero también la necesidad de cambiar por dentro, de erigirme como un hombre nuevo, con una versión renovada de mí mismo. Eso no es fácil porque el escorpión no puede cambiar su naturaleza, como decía la parábola. Pero soy luchador y quiero esforzarme, quiero ser mejor. Han sido unos meses difíciles donde la experiencia me ha puesto en frente de mi peor versión, de mi mayor sombra.

He conocido algo de mí que no me gusta, que no necesito, que deseo extirpar. Ante mi propia rabia e impotencia hice daño y enturbié todo lo que me rodeaba. No era mi intención, me vi desbordado y no quiero que eso ocurra nunca más. Aprender a aceptar la derrota, aunque esta venga acompañada de engaños y desprecios, es también aprender a callar, a estar en silencio. De nada sirve retorcerse de dolor y dejar campar a los mil diablos que nos poseen. No aporta nada. Es cierto, no aporta nada. Tan solo un triste final, un estúpido desencuentro.

Ahora toca disfrutar del viaje. No de este en particular, sino del que viene, que será largo y espero que hermoso, cargado de nuevas experiencias, de nuevos mundos que explorar, de nuevos aires que respirar, de nuevos encuentros. Toca salir a los caminos e intentar ser más silencioso, no hacer tanto ruido, no enturbiar el paisaje con pensamientos o emociones descontroladas. Toca respirar y mirar hacia adelante, con la visión firme, con la entereza de siempre, resurgiendo, como tantas otras veces he hecho, de mis propias cenizas. Seguiré escribiendo porque me ayuda, me hace pensar, me hace entender, me desahoga. Estaré unos días aquí y unos días allá y haré caso, me tomaré unas largas vacaciones.

Lejana o cercana vida


a

© Sergey Novozhilov 

Hay un foco de resistencia de ochenta personas que nos apoyan todos los meses puntuales. Para nosotros es nuestro aliento, es el arquetipo de sentirnos acompañados y queridos, de saber que hay ochenta personas que desde el halo invisible están apostando por este sueño. Luego están los voluntarios y los amigos que nos visitan aún cuando hace frío y cogen sus resfriados, como Roberto, uno de los primeros en pisar el proyecto y que sigue viniendo años tras año puntual a la cita del compartir. Para nosotros es como una antorcha, una luz que nos da fuerza y confianza. Y los guardianes, esos seres venidos de otro planeta para sostener el trabajo, para que la acogida y el servicio siempre renazcan desde la antorcha del amor. Para que no falte nunca un plato de comida para el peregrino, para que no falte nunca la compañía y el abrazo. No es fácil, quizás sea lo más complejo del mundo. Pero ahí están, dándolo todo.

Ayer venían tres hermanitos galácticos y tenía el gusto de acompañarlos en la comida. Identificaron rápidamente el punto de luz disfrazado de libros azules. Nos guiñamos álmicamente, reconociendo en ese gesto el valor y la confianza, la complicidad de todo el mundo invisible, de toda esa antorcha que ilumina el fuego cósmico. Siempre es una suerte encontrar a personas que hablan el lenguaje verde, que reconocen el mundo de los significados y que arrebatan al mundo arquetípico la magia del vivir. Son auténticos magos que se alinean para buscar la bondad.

Luego están los aguafiestas, los que intentan poner piedras en el camino, destruir lo construido, arrasar con todo sin importar nada el esfuerzo y la dignidad de soportar el trabajo realizado. Son los menos, pero siempre tienen la facultad de hacer mucho ruido, de tumbar el trabajo de una vida, de saquear la alegría con la tristeza. Pero a ellos son a los que más amamos, a los que más nos esforzamos en amar, porque son los que nos ponen a prueba, los que nos llevan hasta los límites para comprobar si todo es real y cierto. Sí, a ellos también los amamos.

Y luego la vida, con sus enseñanzas continuas, con sus sorpresas, con su encanto. Qué decir de la vida. No se puede decir nada. Solo podemos esperar sus milagros, sus avatares. Preguntamos a la vida sobre su poder y su respuesta es ver a dos pieles juntas abrazándose en un solo cuerpo. Son las nieblas que se buscan en la isla, lejano o cercano viñedo en el tumulto de los cielos. Lejana o cercana, la vida siempre nos acoge en su seno. La vida nos lo pide. La vida nos reclama abrazar la fuerza y el poder del amor. Nada tiene sentido sin eso que tanto anhelamos. ¡Ay la vida! Siempre ahí misteriosa, discreta, escondida entre los quehaceres que nos distraen de lo más importante. A veces tan cegados por lo material, por las cosas, por lo burdo, y olvidamos lo más importante. La vida… La vida y su fuerza, su poder, el amor. El poder del amor… 

 

 

Ahora si algo se rompe se cambia, antes las cosas se arreglaban…


IMG_20181204_173522.jpg

Por la tarde fui a la fuente a por agua. Al fondo se ve Samos.

 

A las seis de la mañana ya estaba con los ojos como platos. A media mañana había quedado con la periodista para la entrevista. Me puse el disfraz de editor después de cinco años sin hacerlo. Chaqueta marrón con coderas oscuras, suéter índigo escondiendo una camisa no planchada, pantalones verde oscuros… Me hice algunas fotos para ver qué tal estaba. Aún seguía con la cara ausente, pero no me importó porque aunque el alma aún no esté del todo anclada en este cuerpo, lo estará pronto, muy pronto. Lo sé porque ya casi puedo ver una sonrisa de niño travieso que va apareciendo de vez en cuando. Empiezo a bromear con unos y con otros y empiezo a ver con cierto optimismo el futuro inmediato. Intuyo que algo pasará, algo que me hará volver a mi centro y me dará de nuevo alas para seguir cumpliendo con mi parte en el trato existencial.

La periodista fue puntual, lo cual es de agradecer. Estuvimos dos horas hablando. No me gusta hablar, pero admito que cuando me preguntan o cuando me tomo un café con leche no paro de hacerlo. Hoy tocaba preguntar a un editor que se había escondido durante cuatro años en los bosques sin que nadie se hubiera dado cuenta de que aquí, en este lugar perdido en mitad de la nada, había una editorial. Eso me decía la periodista un poco sorprendida. Me preguntó por anécdotas sobre el mundo editorial y tenía muchas. Le expliqué que antes solía atender a los medios, a la prensa, a la televisión, a la radio, y que incluso fui protagonista de un anuncio gracias a un peculiar libro que escribí. Eran otros tiempos, aunque viéndolo un poco con distancia, eran tiempos divertidos donde me gustaba coquetear con esas cosas del glamour, no para hacer que mi ego se regocije de sus muchos o pocos éxitos, sino para utilizar a mi ego como canal, como medio para que la inspiración llegue más lejos. En todo caso me gustó ser entrevistado después de tanto tiempo y disfruté del contacto humano más allá de lo digital y artificioso.

Al poco rato me contactaba Alma, una joven escritora que tuve la suerte de conocer cuando era muy niña y he visto como crecía en estos años que pasan tan rápido. Me preguntaba por mi estado de ánimo y de cómo me iba todo y yo la ponía al corriente de mis vicisitudes. Con esa fuerza que caracteriza a los jóvenes sabios, me recordó una frase que su abuela debía decirle entre fogones y castañas: ahora, si algo se rompe se cambia, antes las cosas se arreglaban. La verdad es que la frase me hizo pensar mucho sobre la educación a nivel inconsciente que estamos recibiendo. La gente ya no se compromete con nada ni con nadie porque siempre, creemos ingenuamente, habrá un recambio, algo que sustituya lo roto. Cuando lo que se rompe es el amor en el mundo de la pareja, pensamos que encontraremos algo mejor que podremos “utilizar” en esa obsolescencia programada, algo que el amor líquido de estos tiempos tiene ya asumido.

Lo hablaba también esta mañana con Lucia, la periodista. Le decía que como editor y antropólogo podía observar cómo la sociedad está cambiando. Es cierto que somos de alguna forma más libres, pero estamos perdiendo el norte en muchas cuestiones clave como la cultura, los valores, el compromiso, la lealtad. Ahora nos traicionamos unos a otros por cualquier cosa. Si tu pareja piensa que ya no le sirves, te traiciona, te abandona, te sustituye. Ocurre también en el trabajo, en las relaciones de cualquier tipo, en las amistades.

Antes las cosas se arreglaban. Lo hablaba el otro día explicando la técnica japonesa del kintsugi. Ahora lo que se rompe, se tira. Me rompí y me tiraron, no una si no dos veces en tres meses. Pero hoy sentí, gracias a Alma, que todo puede reconstruirse y todo puede volver a ser lo que tiene que ser… La fortaleza del árbol radica en su flexibilidad. Esta vez seré más flexible ante la vida.

Dame el agua y la brisa…


ab.jpg

Esta mañana trabajando en la editorial tras unas horas de voluntario en O Couso

¡Oh sicomoro de Nut, dame el agua y la brisa que hay en ti! (Libro de la salida del sol, capítulo 59).

Me levantaba a las siete. Tenía una hora para aterrizar desde los cuneiformes planos astrales y estar puntual en la comunidad. Allí me esperaba, aún de noche y con lluvia, para que la acompañara al médico. Subí, bajé, fue al médico, la volví a subir y me quedé allí unas dos horas para trabajar un poco como voluntario, sin protagonismos de ningún tipo, de forma anónima. Con la ayuda de otra joven voluntaria recogimos el patio y ordenamos mil cosas. Algunas se van acumulando durante el año y en diciembre solemos, muy solemnemente, deshacernos de todo aquello inservible. Sentí en esas dos horas como el agua y la brisa de Nut saciaban mi espíritu. La grande que alumbró a los dioses quiso que me rociara con su poder. Sentí como si naciera de nuevo en los días epagómenos para esparcir la gracia y volver de nuevo al mundo de los vivos. Limpiando de aquí para allá, ordenando las diez mil cosas, me sentí otra vez un hombre nuevo.

Dos horas fueron suficientes para endiosarme. Bajé deprisa al valle. Me duché tras esas horas de sudor y lluvia. Envié algunos paquetes a sus destinos y empecé a trabajar ungiendo el despacho cargado de libros de mando y atributo. Hasta cuatro libros pude terminar con éxito y enviarlos a la imprenta para regocijo de sus autores y seguidores tras semanas de esfuerzo. Toda una proeza que se hace posible cuando el ánimo retorna y con él la saciedad energética suficiente para volver a construir. Una buena racha de dos semanas, pero solo eso, una buena racha. Tres meses sin trabajar han colmado el vaso de la desesperación. Es el precio de los que no disponemos de sueldos fijos y debemos acampar nuestras penas en el manto insoportable de la incertidumbre. Tres meses donde había que afrontar, sin fuerzas ni ganas, todo lo que se venía encima.

Pero ahora es diferente. Necesitaré posiblemente, a no ser que la fortuna cambie, muchas estaciones para poner orden total en este desaguisado. Los que hemos invertido todos nuestros ahorros en utópicas visiones vagamos desnudos en el Camino del Loco, y suerte de unos y otros que dan cobijo cuando el Loco, por mirar siempre a las estrellas y a Nut, caen en los precipicios inevitables del destino.

Pensaba en todo esto por no pensar en todo lo que de verdad estaba ocurriendo. España, el último reducto aún virgen e inmaculado de esas profecías injustas, ha caído, ahora sí, en la Europa de este tiempo. Una Europa alarmante que no aprende de sus errores y que, como el Loco, mira hacia otra parte para no ceñir su paso a la construcción de una realidad tolerante, fraterna y unida. El odio volverá a campar de nuevo si no ponemos justo remedio, si no dedicamos tiempo y esfuerzo en protegernos del mal, de la oscuridad, del apagado brillo del miedo.

No deja de ser curioso que en mi vida privada el miedo haya vencido al amor, y que en el mundo esté ocurriendo de nuevo lo mismo. Es como si el miedo, la oscuridad, se estuviera apoderando de nosotros, en lo personal y en lo común, y una lúgubre mancha se estuviera esparciendo por el mundo. Por eso esta mañana he sentido la fuerza de Nut, de la luz del día, del amanecer. La he sentido con fuerza, como un llanto, como un reclamo de los cielos para que todos volvamos a la senda del amor y la esperanza. Por eso he demandado con fuerza la brisa y el agua para desde mi humilde situación, esparcir un poco de luz en tanta oscuridad. Dos horas de trabajo como voluntario en un proyecto que demanda luz, más luz. Cuatro libros en la imprenta demandando luz, más luz. Todo es poco para que la cultura de la paz y la luz que de ella se desprende ilumine nuestros caminos. Gracias Nut por hacerme partícipe, por hacerme instrumento y canal de tu aurora, por permitir que cumpla con mi parte.

Pd.- Estamos en plena campaña de financiación del proyecto O Couso. Es la segunda que hacemos y la penúltima (en unos años haremos otra para financiar la Escuela). Ya hemos conseguido recaudar casi 1500 euros pero aún nos falta llegar al mínimo de cinco mil euros para no perder lo ya recaudado. Cualquier ayuda será bienvenida. Gracias:

https://www.goteo.org/project/o-couso-una-luz-en-el-camino