El escuadrón suicida


A las nueve de la noche llegué exhausto a la casa de acogida para saludar a nuestros huéspedes. Estuve un rato charlando con unos y con otros hasta que les dije que me tenía que marchar a trabajar, ya que aún me quedaban tres o cuatro horas de trabajo. Todos se quedaron un poco estupefactos. No entendían que a mi jornada laboral, tras un día tan largo y agotador, aún le quedara tres o cuatro horas de más actividad.

Mi admirada Alice Bailey se levantaba a las tres de la mañana para trabajar. Siempre he admirado a esas personas que influyen al mundo de diferente manera, y cuando lees su biografía, entiendes en parte porqué: trabajo, trabajo, trabajo. Alice llamaba a este tipo de personas el “escuadrón suicida”: servidores de la humanidad que, literalmente, trabajan hasta la muerte, logrando así más en un lapso corto de tiempo.

Con mi condiscípula Mayte hemos acordado estirar aún más los días. Ella se viene a vivir aquí a partir de noviembre. La idea es crear un monacato moderno, con sus propias reglas, y vivir en comunidad espiritual para inspirar algún tipo de respuesta en el campo etérico. A la meditación de las ocho de la tarde y las ocho de la mañana vamos a añadir una más, a las siete de la mañana, acompañada de algún ligero estudio inspirador. El resto del día lo dedicaremos a la construcción de la Escuela, la futura Comunidad y nuestros quehaceres cotidianos en la Casa de Acogida, las editoriales, las terapias, los escritos, …

Cuando Alice Bailey falleció en 1949, no había podido realizar todo lo que ella hubiera deseado, incluyendo la siguiente etapa de formación avanzada de la Escuela. Nosotros no estamos espiritualmente preparados para lograr terminar aquello que ella dejó a medias. Pero sí queremos empezar a poner las primeras piedras para que esa labor la puedan consumar aquellos que lo estén.

La construcción de la Escuela tiene tres dimensiones: la Escuela de Dones y Talentos, la Escuela Media o Preparatoria y la Escuela Avanzada. La Escuela Avanzada pretende recrear el escenario óptimo para que la personalidad reciba la inspiración directamente de eso que torpemente llamamos alma, ánima o consciencia. Recibir esos impactos y ponerlos al servicio de la humanidad es posible, pero se deben dar las circunstancias propicias. En esta nueva era en la que entramos existirán cada vez más lugares que provocarán esta transformación interior.

Nosotros queremos,  muy humildemente, ayudar a construir uno de esos lugares. Queremos ser una avanzadilla suicida que entregue sus vidas a este propósito. Nos mueve una fe ciega, una necesidad de ser útiles al mundo y una renuncia, a veces irracional, a nuestras propias vidas para que la Gran Obra continúe. Esa Gran Obra no es más que la construcción del ser humano completo, la transformación alquímica del animal que llevamos dentro en perfectos humanos, bondadosos, generosos, brillantes.

Para eso hace falta Camino, Presencia, Visión. Pero sobre todo, trabajo, esfuerzo y perseverancia. Ya hemos dado un primer paso sosteniendo bajo la economía del don una Casa de Acogida. En términos interiores, para nosotros se trata de la hospedería que todo buen convento tiene que tener. Pero sobre todo, de un hospital de peregrinos del alma. Un lugar sanador e inspirador que acerque a las personas al verdadero trabajo mágico del alma. Es desde esa visión a la que aspiramos, con la Escuela Avanzada, seguir construyendo la Gran Obra. Eso nos costará la vida, lo sabemos. Pero hace tiempo que no podríamos entender la vida de otra manera. Meditación, Estudio y Servicio. A eso nos debemos, con todo lo que eso significa.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Hacia una vida normal


“En la soledad la rosa del alma florece
En la soledad el Ser Divino puede hablar
En soledad las facultades y la gracia del
Yo superior pueden echar raíces y
florecer en la personalidad”

Mientras paseaba por las blancas calles, Dolores me llamaba y me invitaba, más allá de mi vida de sacrificio constante, a que tuviera una vida normal, como la de estos días, como la de la mayoría de la gente. Trabajar en la editorial, pasear, tomar una palmera de chocolate, sentarme en la terraza de un bar y degustar algún capricho culinario… Las ciudades antiguas tienen un aire decadente hermoso. Se conserva el aroma de lo añejo, de las riquezas pasadas que aún conservan cierto esplendor oculto.

Mis días de vida normal ya se apagan. Han sido casi dos semanas de descanso anímico. Me levantaba a una hora prudente, trabajaba afanosamente, como antaño, paseaba entre calles aún risueñas, plagadas de gente. Las imágenes se me amontonan con cierto asombro e incredulidad. El barbero pelando al niño con el cigarro en la boca, Rafael, el vecino gitano gritando por las calles y acelerado de un lado para otro mientras la madre, desde el balcón, con un acento acentuado, pronunciaba su nombre a los cuatro vientos. En cualquier esquina una guitarra y ese hondo flamenco de grito agudo y tristeza profunda. La mujer con las palmas mirando con admiración al guitarrista y al cantaor mientras toman una manzanilla o un fino o un oloroso amontillado o el Pedro Ximénez o el Palo cortado. La carta de criaderas y soleras es infinita, legado de aquellos ingleses que dejaron aquí su impronta y algo más difícil de describir.

Lo que más abunda son los bares en esta mi vida normal. Nunca había sido tan asiduo a pararme en ellos, tomar un refresco, un vaso de leche o un zumo. Siempre pasaba de largo, mirando desconfiado a esos curiosos de las terrazas que copita en mano, que mezcla sonrisas con penas dependiendo del día. Pero quería una vida normal e imitar a la gente normal y ver qué pasaba.

Lo cierto es que he podido descansar entre plaza y plaza, mirando las palmeras y las cartas de sherrys abundantes por todas las esquinas. Aquí la luz es diferente, y por un momento me atrevía a imaginarme en un país extranjero. Encontré una relojería, aún abierta, pero sin relojes. Era antigua y miré para entender en qué se basaba su línea de negocio. Había un hombre mayor, de esos que destilan experiencia, de mirada perdida, vestido elegante, con tirantes que aguantaban el peso de los años. Me pareció como entrar en un museo antiguo resguardado por un guardián que se niega a cerrar la persiana, aunque ya no tenga relojes, aunque no venda nada.

En cualquier lugar puedes tomar unos churros calientes, recién hechos. Aquí son finos, delgados, pero abundantes, no como las porras del norte. No importa la hora. También se puede disfrutar de unas excelentes palmeras de chocolate como nunca las había probado antes. Ha sido mi entretenimiento de las tardes, bucear en las elegantes pastelerías en búsqueda de la mejor. La Rosa de Oro ganaba por goleada.

Este lugar es conocido por sus múltiples bodegas. De hecho, ahora estoy escribiendo desde la que fue una de ellas. Hoy pudimos abrir el portalón de esta antigua casa y pude ver la gran bodega que se escondía tras la puerta azul. Me impresionó ver la decadencia de la que hablaba, y me imaginaba viviendo una vida normal al menos una vez al año por estos pasillos lúgubres esperanzados en una gloriosa resurrección. Me da pena que mi anfitriona venda esta hermosa morada. Si conservara algo de capital se la compraba como refugio ocasional, como cueva escondida de vida normal. Pero mi vida de sacrificio, como dice Dolores, me alejó para siempre de estas inversiones. Ahora solo puedo pensar en gestionar ese sacrificio, esa vida algo extraordinaria, pero tan carente de placeres y paseos.

En esta vida normal he podido vivir una necesaria soledad. Estaba agotado, como siempre ocurre tras los veranos en los bosques, y aquí he podido recomponerme viendo como la rosa del alma florece de nuevo. No deja de ser curioso que esa normalidad que a la gente tanto agota, a mí me de cierta vida. He podido en estos días adelantar varios libros, terminar de maquetar la tesis doctoral, ya lista para ir a la imprenta, hacer algunas portadas y poner al día cientos de cosas que tenía pendientes. He establecido una rutina amable, diferente, normal, que me ha permitido sembrar algunas semillas con la esperanza de que retoñen en la próxima primavera. Dos semanas me han sabido a poco, y ojalá, a partir de ahora, pueda revivir con más frecuencia esta nueva normalidad.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Lo que vio el poeta al anochecer


“No era la realidad de un hombre, sino la realidad del amor la que aparecía posible y esplendorosa ante sus ojos“… Jacinto Octavio Picón

Catalina, la vecina del primero, siempre nos hablaba con añoranza de su amado El Puerto de Santa María, la conocida como ciudad de los cien palacios, en la Costa de la Luz. De pequeño recuerdo las historias que contaba, imaginándome viajando a esos remotos lugares del sur para conocer a viva voz esos relatos. Me imaginaba las casas blancas junto al mar, rodeadas de olores inimaginables, de pescadores, de poetas, de soñadores. El Puerto de Santa María siempre había quedado dentro de mi propio relato infantil como algún lugar al que ir algún día.

Ayer pude hacer realidad ese pequeño sueño infantil aprovechando estos días de trabajo por el sur. Cuando vivía en Andalucía, Cádiz y sus playas remotas siempre se llevaban todo el protagonismo. Desde el otro lado de la bahía podía ver la soñada El Puerto de Santa María. Todos me decían que con el tiempo la bahía había caído en cierta decadencia, y que no merecía ser visitada. Sin embargo, desde el otro lado del mar, miraba siempre melancólico ante la posibilidad de algún día poder pasear por sus calles.

Ese día llegó ayer. En el mayor de los sures, bajo el crepúsculo de un sol otoñal, en el mediodía más cercano al mar, los pinares verdosos flotaban entre las brumas de un calor aún veraniego, mezclándose sus sombras entre carrascos y sabinas, retamas y lentiscos, acebuches y brezos de mar. Las campiñas de alrededor hervían vacías ya de trigo cortado y las casas blancas, aún en su estado de decadencia, parecían relucir como blanca paloma en el cielo.

En las tórridas calles, ya a la fresca, se veían parejas de enamorados deambular sin rumbo, parando algunos a tomar una tapita, una manzanilla o cualquier cosa que pudiera detener el paso del tiempo. El castillo de San Marcos presume de historia. Encierra dentro de sí una antigua mezquita de la cual aún guarda algunos restos, como la mihrab. Me quedé mirando sus paredes coralinas, su historia remota impregnada en el éter de cada una de sus piedras.

En la caleta del Agua, pasado Puerto Sherry por el paseo de la Bahía, llegas a la playa de la Muralla. Allí nos sentamos junto al mar en la Blanca Paloma, disfrutando de las vistas, viendo cómo los grandes buques salen hacia el océano y como en el ocaso del sol, se pueden ver al fondo las aves que viajan a África. Me tomé esa tarde como un paseo veraniego, de esos que este año no he tenido. Como si estuviera de vacaciones, aunque por el día la editorial demandara sus quehaceres y las tardes no sean más que remansos de más trabajo.

Me imaginaba al poeta Alberti paseando por estos lugares y observando todo aquello que uno puede ver con la mirada nostálgica de la edad cuando miras un anochecer junto al mar. Esa tímida fascinación que uno puede sentir por esos momentos en los que pierdes la mirada hacia el infinito, ese lugar que cobra vida entre la línea imaginaria que separa el cielo, del mar. Allí, rebosante de vida, se hundía el Sol, alumbrando con sus restos las aguas tranquilas de la bahía. Ese deslizar es furtivo y misterio, melancólico para aquellos que tuvieron que abandonar sus tierras de origen, como nuestra Catalina, la vecina del primero, que cambió estos majestuosos crepúsculos por el asfalto gris y triste de una gran ciudad. Siento tristeza, mucha tristeza, por aquellos emigrantes que abandonaron por necesidad sus lugares de origen y terminaron en el olvido de la muchedumbre, del asfalto, de la pobreza que uno atesora cuando te separas de lo esencial. Emigrar por necesidad es uno de los males de nuestro tiempo. Te arrebata la vida, te encarcela para siempre lejos de tus atardeceres.

Esta mañana fui a comprar algunas viandas y me paré a tomar un desayuno en la terraza de una gran plaza jerezana soleada y limpia. Lo hice porque es algo que nunca hago, y al ver tanta vida en aquella plaza, me invitó a sentarme, observar y recordar el ocaso de anoche. La filosofía, el pensamiento, la espiritualidad, no tendrían sentido si no fuera por el cúmulo de vida que derrochamos, por las experiencias que podemos disfrutar en un pequeño paseo, en una pequeña plaza, en los albores de una vida ya completa y cuyo significado solo puede ser descrito junto al mar.

Lo que vio el poeta al anochecer, como en el cuento de amor de Herman Hesse, no es tan solo un alarido del alma, sino la victoria de la vida sobre la muerte. El sol, que ayer perecía dando paso a la noche, volvió a renacer por la mañana. Los naufragios y las despedidas de la madurez tienen su recompensa en la acariciada visión del esplendor. El aplomo de los finales es la señal inequívoca de que la vida ha sido vivida. Los surcos de la frente y las mejillas, las manos agrietadas y temblorosas, el caminar lento pero seguro y la mirada… la mirada siempre fija en el mar… Solo hay que cambiar el placer por la música y la sensualidad por la plegaria, como decía Hesse, para darnos cuenta de todo aquello que un poeta puede ver. La realidad del amor, de cualquier amor, es la que aparece siempre posible y esplendorosa ante nuestros ojos.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Aquello que hacemos en la vida tiene un eco inmortal


Trasmíteme el deseo de los dioses, me digo mientras miro por la ventana de la cafetería y retengo en la retina la fuerza del fuego en los volcanes isleños. Son las cinco de la tarde. Llevo aquí algunas horas mientras espero a que el mecánico me diga si el coche tiene arreglo o no. Los coches viejos no paran de dar problemas, achaques, averías. Hice malos negocios emocionales en el pasado, que repercutieron a mis malos negocios materiales. Pero respiro profundamente y me entrego a los designios de los dioses.

Todo esto a la víspera de tres viajes esta semana. Preparaba feliz mi viaje al sur de Galicia para tratar temas editoriales. Al día siguiente traslado al norte, para tratar y gestionar el misterio tras un año de ausencias. Y al día siguiente viaje a Madrid para otro tipo de menesteres, de esos de los que no se pueden hablar, simplemente porque nadie los entendería. Ahora todo en el aire, como la vida misma.

Trasmíteme el deseo de los dioses. Lo digo en plural, porque debe haber sobre nosotros una vasta jerarquía celeste. No podría entenderse el mundo de otra manera. La superstición religiosa resulta ser un bálsamo apropiado cuando dignificamos nuestra ignorancia sobre el cosmos y nuestra pequeña oportunidad existencial. Al verme tan pequeñito aquí tirado, en la mesa ausente de una cafetería , buceo en el deseo de los dioses.

La Cruz Cardinal, la Cruz Fija y la Cruz Mutable se fijan hoy en la luna llena de Virgo. He quedado con mis condiscípulos para cierta celebración. Me pregunto qué tipo de influencias pueden ejercer en nosotros los ciclos lunares. La luz es dispersa en las brumas de la noche. Deberíamos celebrar la luz del sol de otra manera. Quizás de una manera más directa, sin intervención lunar. Linda Geddes habla de ello en su libro “Bajo el Sol, la nueva ciencia de la luz solar y cómo influye en el cuerpo y la mente”. Me lo envía Encarna desde Maspalomas. Doy gracias por estos regalos que llegan y me adumbran. Rompen con la rutina, alegran el corazón.

Este fin de semana no fue especialmente especial. Vi una película donde había una frase que me conmovió. La he desvirtuado, pero el héroe de turno la pronunciaba con cierta celeridad: aquello que hacemos en la vida tiene un eco inmortal. Me pregunto qué tipo de eco puede tener este instante, en la cafetería, junto al parque, en el antiguo recorrido francés. Veo peregrinos, ordeno la agenda, miro al vacío, que es como mirar al cielo y ver las estrellas centelleantes en la planicie celeste, más allá de las nubes y la niebla. ¿Será la Tierra plana? ¡Qué cosas! Plana es nuestra mente, nuestra mirada, nuestra sensación de vacío cuando perdemos vida a cambio de instantes. La vida no se piensa, se vive. Desde el libre pensamiento y el libre sentimiento. Libres, vida, cielo, infinitudes, dioses, extraños sucesos en una mesa cuarteada, en un café con música de piano, sin clientes, bajo la esperanza de todos los mañanas.

Me entran ganas de viajar, de volver a ser lo que era, un peregrino angosto, alegre, arriesgado. Pero miro el reloj y el mecánico no me llama, lo cual significa que el coche tiene algo complejo. Al mirar el reloj, me interrogo sobre nuestro propio reloj interior. ¿Qué hora estaré marcando? ¿Cuántas horas de vida me quedarán por delante? ¿Me dará tiempo a percibir con mayor claridad el deseo de los dioses? ¿Y cómo podré, de ser así, servirlos con la mayor celeridad? ¿Seremos inmortales, como ellos, o solo una vaguedad más, algo sempiterno en su imaginación, breve, rezagados de la evolución, átomos cuyas vidas son instantes apagados?

Esta mañana me levanté con mil tareas urgentes. Las atendí una a una. Ir a meditar para conectar con mi yo interior y con el yo grupal. Esto siempre es una urgencia. Realizar el círculo de consciencia para ver cómo está el ánimo de la tropa de voluntarios, cada vez menos debido a la entrada del frío, la humedad, y pronto la escarcha. Desayunar algo. Coger el tractor para limpiar la zona de la futura escuela. A media mañana, ir al ayuntamiento a solicitar permisos para legalizar el pozo del agua, necesario para los permisos de obras de la futura escuela de meditación, estudio y servicio. Vaciar antes el pozo, volverlo a llenar, coger una muestra de agua y llevarla a analizar. Pagar algunos impuestos, redactar una carta para la justificación de la obra de la futura escuela, y a la vuelta, el ruido en el motor, la avería, el mecánico, el quedarme tirado en mitad de la nada, el buscar un lugar donde comer y esperar, esperar alguna señal de los dioses en una cafetería donde alargo las horas mientras el camarero me mira con cierta curiosidad. Mientras alargo las horas le dejo una buena propina. Es una forma de forzar sus deseos y una forma de alargar mi cómoda estancia.

Todo bajo la niebla de este otoño que ya ejerce su influencia. Y bajo la luna llena de Virgo. Supongo que todo esto tendrá algún eco inmortal. Al fin y al cabo, formamos parte de un misterio que aún no somos capaces de gestionar, más allá de la superstición, de la creencia, de la fe, del no saber a ciencia cierta cuántos minutos nos quedan aún de vida. Por eso, ¡oh vida!, mientras espero, trasmíteme el deseo firme de todos los dioses. El significado esotérico de la tensión es “la enfocada e inamovible voluntad” a pesar de las dificultades y las circunstancias. Mi inamovible voluntad sigue firme, trabajando, a pesar de todo, para servir al Plan perfecto de todos los dioses. Aunque sea en una vacía cafetería, bajo la luz del atardecer y un ocaso próximo. Ese es ahora mi eco inmortal.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Un corazón amoroso


By Philip Rebstock

“Un corazón amoroso es el requisito principal: Respetar a la gente como a un hijo único; no oprimir ni destruir; no exaltarse a uno mismo aplastando a otros, sino confortando y siendo amable con aquellos que sufren. No pensar ningún mal ni cometerlo, sino por el contrario, pensar en beneficio de todas las criaturas.” [S. W. Laden La, Diario íntimo, 19 de agosto de 1923]

Desde hace unos días el sueño es recurrente. Ella aparece de repente, tan bella y esplendorosa como siempre, se acerca de forma amorosa y sin ningún atisbo de rencor o malicia, abraza todas mis sombras. Me enseña orgullosa todo aquello que compartimos, todo aquello que nos pertenece a partes iguales. Nos contamos cómo nos ha ido la vida e intentamos buscar una solución justa a todo nuestro pesar y angustia. Es un sueño hermoso, de reconciliación, de amistad.

Luego despierto y observo que aún me duele el brazo, que la cama sigue vacía, arropada por un exceso de mantas que aligeran un poco las primeras sensaciones otoñales. Tras la meditación y el desayuno intento hacer alguna tarea. Me atrevo a subir durante una hora al tractor. Lo dejo, es demasiado pronto aún. Ayudo al que puedo y en lo que puedo. A veces dando simplemente ánimos, algún abrazo, alguna esperanza.

Trabajo en la editorial intentando rascar algún euro más para apoyar la casa de acogida. Allí ocurre de todo. Hay menos personas ahora en otoño. Hoy el testimonio de alguien que relataba cómo había vivido en la calle y cómo de alguna forma nosotros le habíamos acogido sin juicio me ha conmovido. Hacía mucho tiempo que no lloraba por nada, pero hoy saltó una lágrima de emoción al escuchar las sinceras palabras de esa persona. No se trata de dar un plato de comida y una cama, sino de dar también esperanza, dignidad, cariño. Quizás eso fue lo que me hizo llorar en silencio. Ese corazón agradecido y amoroso que se mostraba ante los demás de forma vulnerable pero sincero.

Ser amables con aquellos que sufren y no exaltarse con los que abusan de la bondad y la generosidad es algo difícil. La hospedera que hoy terminaba su experiencia de tres meses nos llamaba héroes sin capa. ¿Cómo se puede tanta entrega, fortaleza y fe para soportar todos los avatares del día? Y además sostener una fundación, dos proyectos más, escribir libros, llevar una editorial. Eso me pregunto yo mismo. Noto que las fuerzas menguan, que aquello que antes me liberaba de la presión, los viajes, cada vez son más difíciles. Pero aún me queda vocación a pesar de las trabas, de las dificultades. Aún me queda fe y esperanza.

Por la tarde voy a comprar comida. Los ingresos menguan y los gastos empiezan a aumentar. El otoño es un tiempo de desequilibrio. No lo observo desde la queja, sino desde la prudencia. Las bonanzas del verano desaparecen y llega la supervivencia. Es ley de vida en este lugar donde siempre se tiene que tirar del apaño. Compro materiales de construcción para seguir la obra y a la vuelta recojo a dos personas que se han quedado sin trabajo y prácticamente en la calle. Nos piden ayuda. Cargo el coche con todas sus cosas, incluida una maceta con alguna flor ya casi marchita. Le preparamos una habitación para que descansen, una cena, y mañana será otro día.

Pensar en beneficio de todas las criaturas casi no te deja tiempo para nada. Llego tarde, escribo estas letras para desahogarme y me pregunto si aún me quedará alguna hora para ordenar facturas y albaranes, pensar en el día de mañana y optimizar aún más los recursos. El viernes me toca encargarme de la casa de acogida. Se nos va la hospedera. A estas horas el húmero me duele algo más. Me sube algo la fiebre e intento respirar hondo para absorber del aire algo más de energía, de prana, de éter.

Un corazón amoroso debe estar alerta, nunca sabes cuanta más gente necesitará un plato de comida, una cama, pero sobre todo, fe, esperanza y cariño. Dormiré algo y seguiré soñando con todas aquellas personas a las que no pude ayudar. Con todas aquellos seres a los que dañé sin querer.  Soñaré en la reconciliación y la amistad desde un corazón amoroso, humilde, amable. Así, cuando despierte, podré seguir ayudando a mucha más gente, aunque duela, aunque me quede sin fuerzas, sin prana.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Extraño contraste sobre la verticalidad y la jerarquía


Charlando con Geo sobre cosas de la existencia

 

La principal causa del origen de la muerte, según el Tao, es el nacimiento. Aún así, nadie conoce el origen del origen. Extraño contraste de verticalidad y jerarquía. Esa es siempre la primera y aparente observación de una mente inclinada a la indagación. Un momento telúrico, enfrentado, sin resolver. Creo que la confusión empezó cuando se denominó Dios a los dioses creadores, así, en plural. No fue un “dios”, sino varios, como afirma la propia Biblia cuando nos habla de los Elohims. El Primer Motor de todo lo creado, al que podríamos llamar el “Creador Principal”, no podría ser nunca nuestro “Dios”. Tampoco sería un Dios Absoluto, sino una entidad creada, más allá de cuyo universo hay un algo creado a su vez por OTRO Creador, nos dicen desde las Pléyades. Si seguimos esta secuencia, el Creador del “Creador Principal” puede tampoco ser el que existió primero, y ser a su vez hijo de otro Creador…

Para ilustrar este lío, podemos tirar de una anécdota acaecida estos últimos días con respecto a una cagada de murciélago, o de ratón, o de rata, o… Veamos la confusión jerárquica y su extraño contraste de verticalidad, para entender el origen del supuesto creador. Advierto de antemano que solo mentes agudas, despiertas e inteligentes podrán entender la analogía. La anécdota se desarrolla así:

Que alentador encontrarme caca de ratón/rata/murciélago en el estropajo de la cocina y en la fregadera. Antes se ha movido un bicho por el tejado a esa altura y ha hecho que cayese”. Dijo algo disgustada la nueva vecina. “¡Vaya! Cómo está el vecindario… pondré una queja al presidente de la comunidad, este año le toca al gato Merlín”. Le dije sorprendido por la desconsideración de los habitantes nocturnos de la casa.

Fui hasta el gran Merlín, el cual reposaba plácidamente en unos de los troncos del antiguo tejado, junto al depósito del agua, al pie de la nueva era. “Merlín -le dije- he recibido queja de la nueva vecina, al parecer se ha encontrado algo de suciedad en la cocina”. Me miró con esa cara de complacencia que siempre pone. Señaló hacia el estanque y dijo: “Esta semana le toca a uno de los patos el mantenimiento de la casa, habla con ellos”. Miré a los patos, y como tenemos un hermoso anticiclón justo encima, andaban reposando junto al estanque, estirando las alas y las patas mientras gozaban del sol y la buena temperatura.

Hola patitos, buenos días”, les dije. “La nueva vecina ha encontrado suciedad en la casa y busca un responsable”. “Yo no he sido”, exclamaron los dos patos mientras se reían entre ellos. “Pero me ha dicho el gato Merlín que os pregunte, que estáis de responsables de mantenimiento”. “Yo no he sido”, respondieron de nuevo entre risas, intentando emular algún tipo de elusividad cósmica. De repente señalaron a las gallinas: “Hoy es domingo, les toca a las gallinas cuidar de la casa”.

Las gallinas estaban cerca de la huerta, rebuscando entre la hojarasca algún apetitoso gusano que llevarse al pico. Había tres reunidas y cuando me vieron llegar, ante la ausencia de gallo desde la trágica muerte hace unos meses en manos del zorro, se agacharon las tres a la vez y exclamaron: “Písame, písame, písame”. Atendiendo sus súplicas, con una mano las cogí del cuello, e imitando la loable labor de un gallo, con la otra las pisé una a una: “Toma, toma, toma”, les decía mientras golpeaba suavemente su espalda plumífera. “Ohhhh, gracias”, exclamaron las tres al unísono mientras se revolvían el plumaje y miraban el cielo sin entender cómo una mano podía ser portadora de creación. “Bueno ya está bien de sentimentalismos. Me han dicho los patos que hoy os tocaba a vosotras mantener el orden, y la nueva vecina se ha encontrado una catástrofe en la casa”. “¡Ohhhhh, por la memoria del gran Alectrión, una catástrofe!”. Exclamó la tríada al unísono mientras coquetas se despeluchaban el plumaje. “Si es algo grave, es mejor que hables con el gato Chip, él está de guardián y de seguridad”.

Busqué al gato Chip, el más pequeño de todos, bisexual, medio cojo, destronado por unos y por otros, un efebo incomprendido. Solo piensa en tener sexo y con su rabo cortado y sus peculiares andares siempre anda sucio y perdido. Todo un personaje. Lo llamé y lo busqué y al rato lo encontré cerca de una de las cabañas, acosando a la gata Meiga que intentaba huir de sus persecuciones incesantes. “¡Hola Chip!”, le grité fuerte para que dejara el acoso. “¡¡Deja de molestar a la linda gatita!! Eres un pelma”. Le dije. Me miró con cara de deseo, pero no entré al trapo. “A ver Chip, vamos a centrarnos. Que me han dicho las gallinas, que vaya tres, por cierto, que estás tú de vigilante. Ha habido una hecatombe en la casa y la vecina está muy afectada, no sé qué hacer y me han dicho las gallinas que hable contigo”, le dije con ademán de enfado. “No me hables en ese tono que sabes que soy muy sensible. Es por la tarde, y en las tardes es Meiga quien resuelve los conflictos”, me dijo mientras se lamía una pata. La gata Meiga, medio escondida detrás de un árbol rodeado de setas y envuelta en una madreselva dijo: “¡Te he escuchado gato Chip y sabes que no es cierto! ¡Los domingos no tengo porqué resolver nada! ¡Que pregunte al perro Geo, él siempre está dispuesto a echar una mano, aunque sea domingo!

Mi paciencia estaba hasta los límites y busqué a Geo. Corría por la colina que viene del Castro de Santa Margarita. Venía feliz y lleno de barro. Cuando me vio vino corriendo a saludarme: “Paseo, paseo”, gritaba mientras me rodeaba y saltaba encima de mí. “Bueno, bueno, bueno, como vienes. ¿Dónde has estado todo el día? Qué te tengo dicho de las salidas a estas horas”. Geo seguía saltando: “¡Paseo, paseo!” Gritaba. “¡Geo, no hay paseo! Ha ocurrido algo terrible con la vecina y tenemos que resolverlo. Me han dicho que hable contigo”. Le espeté. Entonces dejó de saltar, agachó el rabo, miró disimuladamente hacia el suelo, y se fue corriendo gritando: “¡¡habla con Gaia!!” “La madre que lo parió”, pensé para mis adentros, cada vez más encendido mientras veía cómo desaparecía por el bosque. “¡Paseo, paseo!”, se escuchaba a lo lejos.

Ante la impotencia manifiesta, ya solo me quedaba hablar con la vieja y gruñona gata negra. La busqué en su sitio preferido, en el hueco de una ventana rota, tomando el sol medio dormida. “Disculpa Gaia”, le dije con mucha delicadeza. “¡Olvídame estúpido! ¿No ves que estoy descansando?” Me dijo mientras gruñía y refunfuñaba. “Es que la nueva vecina…” Intenté decirle… “¡Eres idiota, desaparece! Y dile a la vecina que resuelva ella sus asuntos”… Dijo malhumorada, como siempre, mientras salía corriendo hacia el tejado de la vieja ermita.

Indignado, agotado, iracundo, me fui hacia la cocina para hablar con la vecina y le dije: “Ya hablé con todos los vecinos”, le decía mientras limpiaba la suciedad. “¿Y quién se ha cagado?” Dijo disgustada. “El Creador Principal”, contesté. “¿Cómo dices?”, dijo mientras me miraba desconfiada. “No importa. Espero que no vuelva a pasar”. “¿Pero fue el ratón, la rata o el murciélago, quien se cagó?” Exclamó. “Es una larga historia que tiene que ver con el origen de los tiempos, el extraño contraste de verticalidad y la jerarquía. Otro día lo hablamos”, dije cansado. La cocina quedó rápidamente limpia, y mientras me marchaba, pausado por el contraste entre el tiempo y los tiempos, entendí la principal causa del origen de la muerte y la causa total de toda la Creación.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Habiendo castañas…


‘Meules’, Claude Monet, 1890.

 

Teniendo arroz y pasta, se puede sobrevivir con unos veinte euros a la semana. Unas galletas, algo de fruta, algún aguacate y algún capricho pequeño para dar la sensación de que toda crisis puede resolverse con algo de humor. La ventaja de ser vegetariano es que con veinte euros no tienes que hacer grandes inversiones en proteína animal. Ni siquiera sé cuánto vale una merluza o un trozo de buey o ternera o un pollo (qué aberración interior siento de solo pensarlo). Como todo está enclaustrado y cerrado, tampoco va uno, como en aquellos tiempos pletóricos, de cenas o de comidas con nadie, donde uno podía gastar veinte euros por cabeza en cualquier lugar agradable. ¡Qué tiempos!

Hoy hacía buen día y cogí la moto y me escapé a la ciudad a comprar algo, ya que llevaba casi dos semanas sin abastecerme de comida. La culpa fue de un cocido de garbanzos que se vino arriba y tuve que comer durante tres días seguidos. Si a eso le sumamos las cenas a base de castañas, que aún perduran, el ahorro semanal ha sido enorme. Así que después de pasarme toda la mañana haciendo cemento para asfaltar un trozo de nueva acera cerca de la ermita, me fui y compré algunas cosas.

Veinte euros suponen un gasto aproximado de ochenta euros al mes en comida. Ahora eso me parece una barbaridad, tal y como están los tiempos, y me pregunto cómo me las ingeniaba en los años anteriores para que nunca faltara comida a los más de treinta comensales que en verano solían participar del proyecto. Solo de pensarlo me doy cuenta de que algo de magia había en todo aquello. Magia, tesón, sacrificio, desprendimiento y mucha imaginación. Debo decir que me fastidia que ese gran esfuerzo nunca sea reconocido del todo. Aún vienen personas ingratas que se dedican a criticar una y otra vez todo cuanto aquí se hace. Hoy mismo llegaba alguien con deseos de hacer daño, de poner la punta en cualquier llaga.

Interiormente me sentía fuerte y seguro como para no hacerle caso y atender sus quejas. Incluso me siento fuerte y seguro para dejar de dedicar tiempo a todo aquello que reste y no sume. Creo que de alguna forma estoy haciendo una limpieza interior, alguna especie de catarsis cuya conclusión pasa por cuidarme un poco más y exponerme un poco menos. Recuerdo que una vez, en mi ingenua búsqueda intelectual, me presenté en la casa de un conocido escritor cuyo rótulo de bienvenida decía algo así: “no se aceptan visitas”. Había realizado muchas horas de viaje para toparme con ese exabrupto. Años más tarde nos hicimos, paradojas de la vida, buenos amigos y pude disfrutar de toda su compañía y sabiduría intelectual. Pero ahora, con el tiempo y el hartazgo, puedo entender ese cartelito en la puerta. Y es que hay cosas que en la vida es mejor no aceptar. Incluso me atrevo a decir que hay personas que es mejor no dejar entrar en tu vida. Lo digo sinceramente sin rencor ni reproche, desde cierta paz interior. Deberíamos ser más selectivos, y no perder el tiempo con aquellos que te tolean, te marean, te engañan, te utilizan, te menosprecian, te atacan, te pisotean, te dañan de forma gratuita. No merece la pena, de verdad.

Lo digo también porque mientras tenga pasta y arroz, podré ir tirando, pensando un poco en mí, cuidándome mejor, y dejando de darlo todo para los demás sin ni siquiera buscar un remanso de paz o de bienestar para mi persona. A ver si con esto consigo ponerme al día de todo. Pagar todas las deudas ocasionadas por esta atrevida aventura y dedicarme de nuevo a la alegría del vivir desde la paz que te ocasiona el no deber nada a nadie. Cada vez lo siento con mayor fuerza. Como decía el bajísimo, necesito poco y de lo poco que necesito, necesito poco. Casi diría que veinte euros a la semana en comida es una aberración. ¡Habiendo castañas por recoger! También ha sido una aberración atender amablemente a todos aquellos despiadados uno a uno, viendo como después traicionaban tu amabilidad o amistad a la primera de cambio. Eso se acabó.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Fe y vida


Campo de amapolas cerca de Giverny, Claude Monet, 1885

 

Están siendo tiempos muy duros para muchos. Tiempos de pena, tristeza y depresión. También aquí se vive con cierta nostalgia por todo lo que se ha perdido. No tanto por los bienes materiales, sino más por los bienes anímicos, las relaciones, lo humano. Estos días sentía cierto arrebato. Me paraba a mirar las redes sociales y veía la futilidad del instante, de las relaciones que ahora más que nunca son ilusorias. Empecé a mirar y me fijé… ¡cinco mil amigos! Miré con más profundidad y me daba cuenta de la ilusión, del glamour, de la mentira que estamos fabricando entre todos. ¿A cuántos de esos cinco mil conozco de verdad? Me entretuve por un rato a mirarlos uno a uno. Empecé eliminando a gente que no conocía de nada. Cuando llevaba cuatrocientos eliminados uno a uno, busqué alguna fórmula más rápida. Alguien inventó una extensión para hacer ese tipo de operaciones de forma más contundente, eliminando de cien en cien. Dediqué otro tiempo hasta que llegué a los dos mil eliminados. Allí el sistema, la red, detectó mi imprudencia y me impidió seguir adelante con mi exterminio masivo. Así que, ante la imposibilidad de tener dominio sobre el programa, decidí eliminarme a mí mismo.

A nivel emocional seguía tejiendo y destejiendo, esperando, como Penélope, algún tipo de señal o mensaje que nunca llegaba. Realmente no sé qué esperaba. Penélope siempre fue signo de fidelidad conyugal tras veinte años de espera. Pero aquellos eran otros tiempos. Eran tiempos en los que había relaciones conyugales y también fidelidad a las mismas. Cosas serias, responsables, comprometidas. Ahora eso terminó. Hay relaciones mercantiles a lo sumo, donde el interés prima sobre lo demás, o relaciones virtuales, sin más. A hechos pasados me remito. Así que lo mejor es dejar de tejer y destejer, y dejar de mirar desde la torre, junto al espejo, junto al telar. En este mundo virtual donde se anula el tacto, el olor, el calor, el sabor, el abrazo, el arrebato, la risa, la imperfección de toda relación de carne y hueso, con sus idas y venidas, el correr juntos por las veredas, sin todo esto, casi no merece la pena estar.

Así que aprendiendo de errores pasados decido caminar hacia otro lugar, hacia otra utopía. Caminar mucho, al menos tres veces al día, junto a Geo, corriendo con él por los verdes prados, por las hermosas veredas, junto al río, sobre las lomas de las montañas. Es la mejor de las terapias. Correr, correr, correr. Jugar en la hierba, comer juntos, vagar juntos. Correr hacia fuera, al mismo tiempo que corro hacia dentro, hacia otra realidad. En un mundo tan solitario, la compañía de un buen amigo canino es un tesoro. Andar con un can es la mejor de las terapias para no entrar en los alaridos del llanto, en la tristeza, en la congoja.

El correr tiene un efecto poderoso en el cuerpo y el ánimo. Es como si la vida se reciclara, circulara. Ya lo he dicho muchas veces, pero estos días lo he experimentado con especial fuerza. Hoy una amiga me decía que en su comunidad están trabajando con los ángeles de la fe. La fe es aquella sustancia invisible que mueve todas las cosas. Estos días ando sintiendo eso, fe.

Fe cuando buscaba a alguien que pudiera ayudarme en las labores de corrección editoriales, a pesar de la crisis. Fe cuando organizaba los cuestionarios para el grupo semilla, que si todo va bien, convivirá un año para cocrear la futura Escuela bajo los auspicios de la ética viviente. Fe cuando miraba al cielo y veía que, a pesar de todo, gozaba de buena salud y lo más importante, estaba vivo. Fe en la mañana, cuando veía que en los suelos aún quedaban castañas para asar por las noches. Fe en el mañana. Porque el mañana se escribe a cada renglón de presente. La materia es energía, la energía es frecuencia. Cambiando la frecuencia de nuestros pensamientos cambia la energía, y con ello, nuestra realidad. Es el mantra que me repito estos días cada vez que me viene algún triste pensamiento, alguna herrada y perdida emoción: “cambia de frecuencia”, me repito una y otra vez.

Así que me encuentro en un momento de fe, de inspiración, de alegría interior. Fe en la inquebrantable fortaleza que nos mantiene vivos a pesar de todo. Estoy en la fase de aceptación, de dejar de esperar, de dejar que la vida se vuelva a reordenar de nuevo. Eso, inevitablemente, creará en un futuro no muy lejano, la posibilidad de lo milagroso, del cambio, de la vida plena. Estoy convencido. Siempre ha sido así. Con fe y esperanza, el ánimo recorre nuestras vidas de forma diferente. Es un cambio de frecuencia. Es un cambio de energía. Es un cambio de realidad. Y deseo de nuevo que ese cambio de realidad sea sobre la base de lo Real. Así que disculpadme si en lo virtual estoy apartado o rancio. Deseo experimentar el calor de verdad, la vida estrecha e íntima, la de carne y hueso. Fe y vida. Vida de verdad.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Vivir es no acabar


© Andreas Jorns

 

Vivir es no acabar. Acabar es solo morir.
Juan Ramón Jiménez

Hay una fuerza inherente que nos mueve hacia adelante. Más allá de toda dificultad, el principio de supervivencia nos lanza una y otra vez hacia el mañana. Me daba cuenta cuando hoy, afanosamente, cambiaba los aperos del tractor. Era la primera vez que lo hacía. Tras segar toda la finca, ahora tocaba labrarla, fresarla en el lenguaje del campo. No entendí el concepto de fresar hasta que esta mañana pasaba una y otra vez por los campos tupidos de hierba y otoñales hojas secas. Al terminar me acerqué a la tierra y parecía otra, esponjosa, blanda, aireada.

Aún no se trabajar la tierra pero aprendo gracias a los consejos de los paisanos, de los vecinos que se mofan un poco de nuestra ignorancia diciendo eso de “tantas carreras y no sabes labrar la tierra”. A veces me defiendo diciendo eso de que soy editor y escritor, que lo único que sé hacer es editar libros, escribir algo, meditar, reflexionar sobre la vida, crear utopías, imaginar el mañana, etnografiar el futuro. Esa visión de las cosas no les convence, porque alguien que vive aquí debe saber cambiar un apero y manejar bien el tractor, y que por muy doctor que uno sea, de no saber lo básico del campo, es sinónimo a ignorancia supina. “Estoy aprendiendo”, me digo a mí mismo para consolar mi ignorancia como granjero, como hombre de campo.

Pero es cierto que vivir es no acabar. Siempre pienso que hay mucho por hacer. No solo en estas casi cuatro hectáreas, sino en el mundo en general. Con o sin dinero, siempre hay mucho por hacer para mostrar simpatía al mundo, inofensividad, aprecio, cariño. Siempre me rijo por la ley de no molestar, de no hacer excesivo ruido. Pero si alguien lo pide o lo necesita, intento mostrarme cariñoso y atento. Y si alguien necesita ayuda, intento echar una mano, o dos, o las que pueda. Un abrazo siempre viene bien, venga de donde venga.

Hoy leía una frase que me repito a mí mismo desde hace muchos años: “Una Ley Oculta dice que la verdadera enseñanza espiritual debe darse gratuitamente; jamás debe ser vendida, ni estar supeditada a la posición económica del buscador”. Dar gratis lo que gratis has recibido, “para que a aquellos que den, les sea dado para que puedan dar nuevamente”. No todos pueden entender esta ley. De hecho, cuando esta mañana estaba peleándome con los aperos y viendo lo primitiva que aún es la tecnología en el campo, regía mis emociones bajo este principio.

“¿Qué hago yo labrando la tierra o cuidando esta finca?” Realmente hay una fuerza motriz que me empuja a hacerlo, a pesar del desagrado que me producen todo este tipo de actividades que nada tienen que ver con la sutiliza de la antropología, de la filosofía o del mundo de las ideas en general. Realmente llevo siete años practicando la ley oculta, dando mi tiempo, mis recursos y casi mi vida entera para que cierta enseñanza pueda ser compartida de forma gratuita a todo el que por aquí asome.
Claro que la enseñanza que se ofrece en este pequeño bosque es muy sutil. ¿Cómo explicar el misterio de la síntesis o la vacuidad o la impermanencia si no mostrando bajo el rostro del sol apenas algún resquicio disimulado? ¿Cómo hablar de la importancia de la inofensividad disfrazada con diplomacia bajo tres pequeños principios que afectan sobre todo al cuidado de la vida?

Es evidente que la enseñanza espiritual del futuro no será una enseñanza intelectual, como la que a mí tanto me gusta, sino que será una enseñanza que tendrá que ver con la intuición, con la sutileza que el contacto del alma ejercerá sobre nuestro cerebro y mente. Por ese en este lugar, que pretende ser humildemente la proyección simbólica de una verdadera escuela espiritual del futuro, intenta desarrollar esa intuición mediante el ejemplo y la práctica, mediante la observación y la meditación constante. Es solo un borrador, un boceto, pero esperamos que pueda inspirar a mucha gente.

Y por eso, supongo, esta mañana andaba yo peleándome con los avíos para poder fresar la tierra y así quedara preparada para la próxima primavera. No sabemos aún cómo será la normalidad en ese tiempo, pero hay que persistir y hay que continuar, cueste lo que cueste, cumpliendo con nuestra parte. Vivir es no acabar, así que continuemos adelante, aproximemos nuestra vida al pneuma, al espíritu que nos mueve, al alma que nos soporta. No hay mayor dolor que dejar de vivir. All you need is love… 🙂

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

¿Qué ocurriría ante un gran apagón?


Una de nuestras primeras y rudimentarias instalaciones solares

 

Hoy tuve que ir al pueblo a cargar el ordenador. Desde que llegó el otoño y bajó el sol y llegaron las lluvias y las nubes y todo tomó un cariz gris, empezamos a tener problemas con las placas solares y el suministro de electricidad. A pesar de que habíamos aumentado la capacidad este verano, no ha sido suficiente. Llevaba tiempo observando la trayectoria del sol. Als estar rodeados de árboles sin mucho margen para colocar las placas, buscaba claros donde el sol incida directamente. El único lugar era el prado, pero estaba demasiado lejos de la casa.

Busqué por foros y pregunté a unos y a otros y me desaconsejaron alejar las placas de las baterías. Había la opción de comprar un cable lo suficientemente grueso para que llegara algo de electricidad al inversor y de ahí a las baterías. Compramos los cables y estos días desplazamos, entre lluvia y barro, las pesadas placas solares hasta el prado. Hicimos la conexión pero no funcionó, era demasiada distancia para tan pocas placas. La única solución que se me nos ocurrió es pensar en la manera de sacar las pesadas baterías de la casa y trasladarlas hasta las placas. Hemos comprado una caseta de jardín para instalarlas allí dentro y ver si con esta solución podemos tener algo de luz. Mientras llega la caseta y hacemos todo el traslado estaré unos días sin electricidad, y trabajando precariamente, como aquel que dice, cuando se pueda.

Claro que mi precariedad no tiene nada que ver con otro tipo de precariedades. Para nada me gustaría estar en una mina sacando carbón, o en el mundo fabril trabajando a destajo, o en la obra, aunque aquí no pare de trabajar, más por gusto que por obligación, en ese mundo de la construcción. Ni tampoco en una oficina cerrada con vistas a una pantalla durante horas y horas. No puedo quejarme de precariedad, aunque no tenga por unos días electricidad y todo funcione a medias. De hecho, los primeros años no teníamos, y trabajaba en las cafeterías del pueblo o recargando el ordenador y el móvil en las baterías del coche híbrido.

Así que estos días es como recordar viejos tiempos, y también sirven para cuestionarnos qué ocurriría si de repente hubiera un gran apagón. Si algún día cae internet o la electricidad todo se vendrá abajo. Al menos todo lo que viva de la mano del mundo digital. Mis vecinos, que aún viven en el mundo analógico, no echarían en falta muchas cosas. Su trabajo con las vacas, los prados y la huerta no requiere una gran sofisticación. Mi caso es todo lo contrario.

Editar libros requiere de programas complejos que se desarrollan en potentes ordenadores que requieren electricidad e internet para poder funcionar. Quizás por eso, inconscientemente, haya aprendido las técnicas más elementales del mundo de la construcción y ahora sienta mucho interés por la huerta y sus misterios. Cuando resuelva el asunto de las placas intentaré esforzarme un poco más en la supervivencia natural. Tal y como está todo, quizás sea necesario aprender a sobrevivir en el campo, aprender las artes del cultivo y rezar para que salga alimento abundante.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Normalizar una vida anormal


Marzo de 2014 firmando libros en una terraza de bar en mi añorada Malasaña… había cierta normalidad en mi vida antes de venir a los bosques…

 

Ayer fui a comprar unos pastores para los caballos a la ciudad. Justo al entrar, instintivamente miré hacia la izquierda. Había una terraza y allí estaba, sentado, tomando un café y leyendo un libro. Paré el coche de golpe mirando que no hubiera nadie detrás. Me lo quedé mirando un buen rato. Casi se me hizo eterno. Una estampa normal, de alguien conocido tomando plácidamente el sol en una terraza de un bar mientras leía un libro y degustaba un café. Me pareció algo extraordinario y casi envidiable.

Intenté recordar la última vez que tuve la oportunidad de hacer algo así. O de vivir así, a mis anchas, sin dar explicaciones a nadie, sin mayores responsabilidades que las mías propias. Creo que fue hace siete u ocho años, antes de emprender este excesivamente ambicioso proyecto. Vivía en madrileño barrio de Malasaña, y allí me permitía, de vez en cuando, ese tipo de pequeños placeres. Especialmente en el café Ruiz, ahora ya tristemente desaparecido, y en el café de la Luz. ¡Qué tiempos aquellos!

Desde hace unos días pienso que de alguna forma me gustaría normalizar esta vida tan anormal. Quiero decir que me gustaría tener algo de tiempo para salir, tomar algo, cenar con alguien, ir al cine. Sí, ya se que con esto del Covid ahora todo eso es casi imposible. Pero incluso en estos días me impuse una necesidad aún mayor. Me gustaría ser más normal, tener una pareja, tener una relación estable con alguien e incluso tener hijos. No sé, algo normalito, aunque suene retro. Tanta vida extravagante, tanto ajetreo, tanto trabajar para ver tan pocos frutos, al final desanima. Y uno se vuelve mayor, y conservador de alguna manera, y desea, con la edad, hacer algo normal.

No busco fama ni gloria, ni siquiera tener mucho dinero. Las cosas vanas y materialistas nunca me llamaron la atención. Pero ahora, a mi edad, siento cierta curiosidad y deseo por tener una vida normal. Normal me refiero a unos mínimos de normalidad. Pero miro mi entorno, miro la obra que he ido construyendo estos años de excesivo trabajo y sacrificio y veo lo lejos que estoy de poder conseguir ni siquiera un ápice de vida ordinaria. Emocionalmente, entiendo que nadie podría fijarse nunca en alguien que ofrezca tan poca estabilidad material. Y menos aún que pueda comprender la complejidad de mi vida interior, de mis reflexiones, de mi moralidad o de mi forma de ver el mundo. “¿Qué no comes carne? Bueno, pero sí un vinito, ¿no? ¿Tampoco?” ¡¡Ufff!! Sí, lo sé, siempre fui un poco rarito y anormal. Y en la cama ni te cuento. Fetiches ninguno. Y de sexo, mejor ni hablar.

De poder hacer una selección, pocos, muy pocos, o ninguno quizás, sería capaz de entender el origen galáctico del comando Asthar, la honradez de los versos áureos pitagóricos, la diferencia entre el cuarto y quinto rayo, el significado profundo de la puerta estrecha, la necesidad de agacharse a la entrada de cualquier templo o el significado simbólico del Delta. Una conversación sobre ideales, valores o paradigmas vividos con intensidad es cada día más improbable. ¿Cómo explicar la diferencia entre ego y alma, y entre alma y espíritu, sin adentrarnos en los pormenores del plan, el propósito y la necesaria construcción del antakarana? ¿En qué terraza de bar podría yo buscar un interlocutor válido que se lanzara a la aventura de buscar leña, sembrar patatas y construir cabañas a la vez que hablamos de la hermandad blanca o los devas de la naturaleza mientras editamos al mismo tiempo libros de Dion Fortune o Bakunin?

No se me ocurre de qué manera podría vivir una vida normal, fuera de mis extravagancias y mis deseos incumplidos. ¿Qué clase de hijo, en la supuesta e imaginaria hipótesis de que encontrara a la que sabe volar, podría salir de padres tan volátiles? ¿Quién estaría dispuesta a pasar la prueba de sufrir un invierno encerrada entre nieves, silencio y sacrificio en una perdida cabaña en los bosques? ¿Quién podría entender la belleza de la rama dorada y la sutileza del arca lucis? Un casting muy difícil, casi imposible, al que ni yo mismo me atrevo a nombrar. Por eso sucumbo día tras día a la centrifugadora realidad. Lo siento querido mío, me digo a mí mismo. No hay normalidad que valga. Lo mío es anormalidad pura y dura. Lo mire por donde lo mire. Así que la imagen bucólica de verme en la terraza de un bar, meciendo el carrito de un recién nacido mientras releo las páginas de algún pesado libro deberé dejarla para próximas vidas. Es lo que hay… de momento…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Equinoccio. Lleva la barca más adentro.


El árbol nido, el primer árbol que apadrinamos en este lugar…

 

“Lleva la barca más adentro”. Lucas, 5,4

Hizo un día precioso. Me levanté temprano, cuando aún los cielos aparecen oscuros y los primeros trinos se escuchan tímidos en el bosque. Había un silencio especial, dulce, apacible. Fui al gallinero y saludé a las gallinas y los coquetos patos que salían a la carrera para disfrutar del estanque. Es un ritual mañanero hermoso. Es como ver la vida correr en búsqueda de experiencia, de sensación, de luz. Los patos tienen una inteligencia superior a las gallinas. Además, tienen siempre ese rostro sonriente. Me acerco a ellos. Me gusta sentir cómo palpan con sus picos curiosos los dedos de mi mano. Es un saludo cómplice, de amistad. Me alegra saber que aquí están a salvo de futuras potas, y que su muerte será natural, salvaje, libre.

Como estoy solo estos días organicé la jornada al gusto. Con tentempiés, saludos al sol e idas y venidas al bosque para ver cómo se desarrollaba el último día estival. Sin prisas, sin pausa, descansado, atávico. En pocas horas había que recibir el equinoccio, aquí, en el septentrión, el de otoño. Miraba los árboles. Los rozaba con suavidad, agradecido. Imaginaba sus raíces, todas entrelazadas unas sobre otras, y también su comunicación invisible. Miraba sus copas que ya desnudaban las últimas hojas y veía cómo la suave brisa las arrastraba de un lado para otro.

Este año tampoco habrá cosecha de castañas. Y ya es el tercero que no podemos disfrutar de ese sabroso fruto. Es como si la peste maldita que nos azota, también tuviera su réplica en los otros reinos. Sentado en la hierba y rodeado por gatos y patos, cerraba los ojos para intentar imaginar el mundo elemental y preocuparme por su estado. Elementos del agua, de la tierra, del aire, del fuego… Cada cual en su trajín por mantener el orden universal desde el mundo etérico. Cada cual en su tarea evolutiva que transcurre de forma independiente y paralela a la nuestra. Sin contacto alguno, sin posibilidad de admirar su reino, pero presentes en sus arquetipos, en sus trabajos invisibles y perfectos.

Llegaron las primeras cartas interesándose por el grupo simiente de la escuela. Eso me llenó de ánimo. Esta fase será muy diferente a la anterior. Más silenciosa, más organizada, más productiva, más armoniosa y tranquila. Quizás los representantes del mundo arquetipo deseen tocar el clarín en los corazones de aquellos que deberán pactar la construcción de este segundo lugar. Tras el éxito de la reconstrucción de la casa de acogida, no es tanto el edificio que se vaya a construir para albergar la escuela como el significado profundo de lo que allí se hará. Aún es pronto para desvelar todos sus secretos, para desplegar todo su potencial causal, pero ya se están sembrando las primeras bases, los primeros pilares de ese templo aún desconocido y misterioso. Hay mucho trabajo por delante y el tiempo pasa raudo. Hay una urgencia contenida porque el azar también juega su papel en el mundo de los ciclos.

En estos próximos siete años, tenemos que llevar la barca aún más adentro. Y el infinito océano marcará las pruebas. Y los horizontes la esperanza. El nuevo mundo solo podrá conquistarse por valerosos y pacíficos guerreros, ágiles y sin equipaje. Ligeros como plumas pero radiantes como antorchas. Cada cual preparando su viaje en tan diferentes puertos para luego encontrarnos en el ancho mar de la meditación, el estudio y el servicio. Siempre navegando hacia lo inevitable que no es otra cosa que la construcción de una ética viviente, una fase superior de la buena voluntad al bien.

Hoy empieza el equinoccio. Que la vida nos llene de esperanza, de ligereza. Los árboles se desnudan una vez más. Hagamos nosotros lo mismo. Dejemos caer lo viejo, lo añejo, lo caduco. Dejemos que nuestros cuerpos y nuestra alma se desnuden para entrar así en el reino del silencio. Llevemos la barca aún más adentro. La vida nos está esperando con entusiasmo y alegría.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

La cofradía de los cobardes


Uno de los espacios recuperados a la antigua ruina, aún por terminar

 

Esta mañana hacía un recorrido por toda la finca para fotografiar los avances de este último año y redactar un pequeño informe con sus detalles, una especie de memoria de actuaciones y mejoras. Viendo las fotos y el informe, la verdad es que han existido muchos progresos este último año, a pesar de los obstáculos que hemos sufrido. Avances que no siempre están a gusto de todos, pero que, a mi parecer, han sido toda una proeza. Levantar una ruina sin medios económicos, entregados al esfuerzo de todos bajo la economía del don, ha tenido su mérito. Claro que cuando vienes por primera vez, acostumbrados a vivir en auténticos lujos asépticos, limpios y cuidados, la ruina en la que estamos trabajando puede echar para atrás a más de uno.

Hace unos días vino alguien a visitarnos. Quería quedarse unos días, pero nada más llegar empezó a disparar, a criticar sin ton ni son, que si esto está mal, que si aquello está peor, que si no hacéis bien las cosas, que todo lo que hacéis es un desastre… Estuvo un buen rato salpicando la atmósfera de negatividad, mientras yo, con una sonrisa condescendiente, construía paciente el tejado de una nueva cabaña y le decía alegre: al menos lo hemos intentado. Esa respuesta le desesperó aún más y se marchó como había venido. Por dentro realmente me sentía feliz y tranquilo por hacer lo que podía. Soy editor y antropólogo, no constructor. El mérito de todo es que dónde antes no había nada, ahora hay algo. Imperfecto, claro, pero algo.

Realmente sus críticas estaban totalmente justificadas. Admiro que tuviera el valor de hacerlas y que fuera capaz de ver todo tipo de defectos en el esfuerzo titánico que se ha hecho en estos últimos casi siete años. En un mundo de cobardes que se esconden, que no dan la cara, que hacen daño en sigiloso silencio, gusta la gente clara y valiente, abierta y sincera. Bueno, gusta hacia cierto punto, porque si no haces más que criticar, llega un momento que el mensaje cansa y la actitud aturde. Cierta crítica amable siempre es positiva, siempre que venga acompañada de una acción de cambio, de un contraste, de una disposición para echar una mano.

Por eso a veces uno piensa que esa valentía vacía, carente de acción, amor o compasión viene acompañada de cierta frustración. Porque el problema, por llamarlo de alguna forma, de hacer cosas, es que cuando haces, cuando construyes algo, te equivocas, casi inevitablemente, a no ser que seas una persona talentosa o un genio. Y el que no hace, y aquí hay otra segunda cobardía, nunca se equivoca, y puede degollar desde la crítica aséptica al que se atreve a mancharse de barro. El no hacer destruye mundos. El punto insalvable entre la crítica y el no hacer solo puede contraer destrucción.

A nivel social puede ocurrir lo mismo. No paramos de criticar al gobierno, a los empresarios, a los masones, a los iluminati, a los de aquí y más allá, pero realmente, poco hacemos nosotros para mejorar las cosas. Siempre queremos que los otros las mejoren para nuestro beneficio. Siempre esperamos con cierta desesperación y falso orgullo que un empresario nos de trabajo, que el gobierno mejore nuestras condiciones, que aquello y que lo otro. Pero realmente nada arriesgamos para ser nosotros los que cambiemos nuestra propia situación.

Es como una cofradía de cobardes que se esconden debajo del santo suplicando algún milagro que mejore sus vidas. El santo, que es de madera y no entiende el idioma cobarde, sigue paciente la procesión hasta su destino. En cambio, cuando alguien se atreve a rebelarse ante ese orden establecido, el suyo propio, el yugo muchas veces inconsciente, algo conspira a su favor. Deja tranquilo a los santos, a los dioses, al universo entero y se dispone a colaborar activamente con lo invisible. No le pide nada, solo da. No espera milagros, los obra. Se equivocará una y otra vez, fracasará una y otra vez, pero siempre podrá decir, complaciente: al menos lo he intentado.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Un día cualquiera de vacaciones



Antes las vacaciones eran de treinta interminables días. Este año no he tenido vacaciones, excepto el día de ayer, donde pude condensar en algo más de 24 horas todo un mundo de experiencias. Pasé la noche perdido en un bosque, como en los viejos tiempos. Adentré el coche en una interminable frondosidad iluminada por una luna llena exuberante. Esa sensación de incertidumbre cuando te recoges en el colchón adaptado al pequeño recinto es siempre conmovedora. La aventura de dormir en cualquier parte, como un vagabundo o como el loco de las cartas del tarot no tiene precio.

La noche fue plácida, incluso cuando descubrí a menos de dos palmos de mi rostro a una hermosa ninfa blanquecina que hacía dibujos con el vaho condensado en los cristales. Primero sentí un temor vago y pasajero, luego me adentré en el mundo onírico confundiendo los ruidos propios del crepúsculo con el complejo mundo astral. Al alba estaba rodeado de una densa niebla que lo cubría todo. El coche estaba completamente sumergido en un mar blanquecino y espumoso. Pude salir del bosque de aquella manera y desayuné de lujo en la borda de un antiguo galeón. Diéronme una gran tostada de tomate y aceite junto con un gran zumo de naranja recién exprimido. Mentalmente seguía trabajando en las Odas de Salomón, pero materialmente vivía la experiencia de sentirme servido, de vacaciones. ¡Qué gozada! No cabía de contento en aquella amplia cubierta.

Tras salir del galeón llegué hasta la orilla del mar, busqué un gran acantilado y allí me di mi primer baño en dos años, si no tenemos en cuenta el chapuzón que en pleno invierno me di en tierras de Israel. El agua del Atlántico es bien fría, pero pude nadar entre las rocas de aquella paradisíaca cala totalmente anónima y recóndita durante una brevedad. Tomé el sol y ante mi cuerpo desnudo, me di cuenta de su blancura y deformidad. ¡Tengo que cuidar el body! Me decía interiormente mientras tocaba y retocaba mis chichas flotantes. Lo de bañarme era algo que no me permitía desde hacía excesivo tiempo. Siempre trabajando y atendiendo a los demás, me había descuidado en exceso. No es que yo sea un enamorado de la playa, y a pesar de que nací a las orillas del Mediterráneo, nunca sentí una gran atracción por el mar. Ni siquiera por su forma poética, la mar. Pero un día es un día, y además, ese era mi día de vacaciones, y había que disfrutarlo.

Cuando la marea alta empezó a engullir de repente la calita rocosa, tuve que abandonar rápidamente el lugar, instalarme en una roca con mayor altura y seguir plácidamente tostándome al sol. ¡Qué rojo me puse! Cuando pensaba que esto lo hacía mucha gente por semanas seguidas, me puse nervioso y marché rápidamente de allí. ¡Qué pérdida de tiempo! ¡Y las Odas aún sin terminar! ¿Cómo puede la gente pasarse horas y días y semanas enteras tostándose sin mayor provecho que ese?

A pesar de los remordimientos, no quise que esas ideas estropearan mis preciadas vacaciones. Aún así, cierta angustia me invadió, me entró hambre y a eso de las cuatro me atreví a mendigar una pizza en uno de esos lugares donde con la crisis, son capaces de hacerte de comer a cualquier hora. La pizza, que es una de mis comidas preferidas, estaba deliciosa. Como nunca suelo pedir refrescos, a sabiendas de que era mi día de vacaciones, pedí uno de cola con hielo y esa rodajita de limón más bien decorativa que funcional. ¡Está horrible, pero admito que refresca! Y ni pensar que hay gente que lo toma todos los días, o incluso esas malolientes bebidas de color turbio que recuerda a la orina, fermentadas con ese sabor amargo que llaman cerveza. ¿Cómo hay seres vivos que pueden disfrutar con eso? “¿Café o postre?” No, gracias”, dije amable. “La cuenta por favor”. Me marcho corriendo que es mi último (y primer) día de vacaciones y tengo que continuar, pensé para mis adentros.

Dejé una buena propina, como hacen los bañistas cuando van a los chiringuitos de la playa. Era mi forma de agradecer la excelencia de la pizza y las horas de atenderme. Así que el último cliente de la mesa salió pitando, reflexionando sobre el lípido y sus misterios, y se dispuso a hacer turismo, que es lo que se hace en las vacaciones.

Surqué parte de la costa norte, paraba aquí y allá. Hice fotos en un castro celta a la orilla de un acantilado. Menudos eran los castrenses. Todo un chalecito a los pies de la playa con dos mil años de antigüedad. Tuve tiempo de rescatar un caracol y recoger algunas plantas mientras miraba las vistas profundas. ¡Cuanta agua tiene el mar! Y no se pierde, ni se cuela hacia abajo, ni se desborda hacia arriba a pesar de que nuestro planeta gira a cientos de miles de kilómetros por hora. ¡Qué misterio! Pensaba mientras me acordaba de mis amigos los terraplanistas… ¡Mira que si tienen razón y todos los científicos del mundo, en púnica conspiración, nos tienen engañados! ¡Qué misterioso es todo! ¡Cuánta agua!

Seguí mi ruta turística. El día estaba dando mucho de sí. Terminé visitando un conocido mirador desde el que se divisa una hermosa ría y un pueblo costero con mucha vida. Todo era precioso. La gente paseando, las parejas bucólicas disfrutando. El mundo parecía pararse de repente. Así son las vacaciones. Postales de poesías pastoriles, campestres, silvestres, idílicas.

Bajé al pueblo mientras veía a los caris paseando de aquí para allá, cogidos de la mano, dándose cómplices besos en las esquinas. El verano y el calor nos regala esas imágenes, esos amores de verano que se alargan hasta el comienzo del otoño y luego desaparecen como la espuma. ¡Así es el amor efímero, epidérmico, estacional!

Me compré un helado y me quité la máscara en plena calle para disfrutar del paseo chupando el almendrado. Unas buenas vacaciones no lo serían sin un buen helado. Tras la visita turística, pensé que podría rematar el día visitando una conocida comuna hippie que había no muy lejos de allí, un poco adentrado en el monte, y así seguir con mis pericias utópicas, siempre tan inspiradoras. Así que cogí el coche y enderecé la ruta hacia un paradisíaco lugar entre curvas y montañas.

Aparqué el coche cerca del río y tímido yo, admito que me hice el remolón antes de entrar en la comuna. No me gusta llegar a los sitios sin avisar. O no me gusta ir a los sitios donde alguien se ve obligado a recibirte. Pero allí eran amables. Primero me saludó un holandés muy simpático y luego el encargado del lugar me hizo un recorrido generoso por todo el recinto, enseñándome los avances, las peculiaridades y todo lo que allí hacían. El horno antiguo, la capilla, el molino de agua, la casa grande, la huerta, las habitaciones, todas individuales… Le expliqué que yo también me había vuelto un poco hippie y que regentaba una comuna bastante parecida a esa, pero donde aún escaseaban los espacios de privacidad. Eso sí, en nuestra comuna no se permiten las drogas, ni el alcohol, ni la carne. ¡Qué inspirador ver un lugar colectivo con tanta privacidad y tan lleno de cervezas! ¿Una cervecita? Me dijo el encargado. No gracias, no soporto el lípido esponjoso con olor a orina, pensé yo siempre tan aguafiestas. ¡Qué gente más rara, de verdad! Qué manía esa de beber orina.

Como me atendió bien, dejé un generoso donativo en la caja común y me marché feliz y pitando de haber conocido ese lugar. Estaba desprendido en mi último (y único) día de vacaciones. ¡Ains! Qué felicidad la holgazanería de no hacer nada, de pasear sin rumbo, de dejar pasar las horas sin pensar (excepto en las Odas), disfrutando de la vida gozosa, despreocupada, vividor en un mundo ingenuo y espontáneo, colorido, pacífico, abstemio. Así son las vacaciones. Así ha sido mi día de vacaciones, no en julio ni en agosto, sino en septiembre. ¡Qué gozo, qué disfrute! Así hasta el año que viene, o quien sabe. Siempre fui un poco rarito.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

De agua fría, llevo ya años mojado


© Andre Vroon

 

Llevo ya unos años mojado, así que no temo en exceso a la lluvia. Cuando llueve me gusta mirar por la ventana, observar el griterío de las hojas que caen, del viento azuzando las laderas, los troncos. Ver caer las ramas más frágiles y observar como se amontonan en rincones aparentemente aleatorios. Ocurren mil cosas a la vez cuando llueve. Hay que estar atento a todo. Especialmente a las goteras que puedan abrirse paso por algún craso despiste o simplemente, por falta de mantenimiento o vejez.

Hace tres días andaba corrigiendo un libro de próxima aparición. Trata sobre la magia blanca y su aplicación práctica en el camino del discipulado. Una cosa de locos, me refiero a una cosa de los que emprenden el Camino del Loco. Estaba leyendo algo sobre el conocimiento aleatorio y la intuición cuando de repente empezó a gotear casi justo encima de mi cabeza. Tenía dolor de espalda así que andaba recostado encima de la cama, trabajando en la horizontalidad. Lo bueno de no tener jefes ni horarios es que puedes organizar tu trabajo como quieras, inclusive tumbado. Miré hacia arriba y allí estaba, la promesa de una gran gotera que tímida se abría paso justo encima de la cama. Sentí extrañeza porque el tejado lo había construido hace unos años a prueba de bombas. Pero recordé que en verano estuvimos subiendo capazos de tierra para renovar la que se había desgastado en el techo verde con el paso del tiempo y algo debimos hacer mal. Quizás pisamos en exceso y se quebró alguna parte del mismo. A saber.

Puse un cacharro debajo de la gotera, me calcé las botas de agua, me puse el chubasquero, fui hasta el taller a por la escalera, busqué una pala y mientras el agua de la lluvia golpeaba en todo mi rostro, subí a las alturas. Recordé que estaba solo y que debía andar con cautela. Cualquier resbalón o descuido podía ser el final. Nadie se enteraría si resbalaba, me daba un golpe en la cabeza y caía al vacío. Despacio, bajo la lluvia, con las botas embarradas en el tejado de tierra, empecé a vaciar con paciencia el trozo donde la gotera había irrumpido. La tierra que en verano habíamos puesto, con la lluvia, hizo de tapón en las piedras finales del drenaje, y el agua se acumulaba en una de las partes. Retiré primero la tierra, luego las piedras del drenaje y alcé con cuidado las dos capas de aislante. Una de ellas estaba inundada. El agua había entrado, había corroído una de las capas y había calado hasta mi cabeza.

A la hora de estar dando palazos me sentí abatido. Bajé, me fui hasta la pequeña cocina de la cabaña y me hice una buena merienda. No paraba de llover y el ánimo andaba por los suelos. Me quité las botas, me sequé la cara con una toalla, dejé el chubasquero todo embarrado a buen recaudo y volví a tumbarme mientras veía como la gotera poco a poco iba remitiendo. Tardó unas horas en desaparecer. Antes de que lo hiciera, fui hasta la casa grande. Allí habían aparecido siete goteras más en el tejado nuevo. Era desesperante, porque esas goteras son difíciles de reparar, especialmente en un tejado recién puesto todo de pizarra. Y especialmente ante el pensamiento de que aún no había llegado el invierno ni la temporada de lluvias. Esta había sido una pequeña tormenta de verano y ya teníamos las primeras goteras. Predicción seguramente de que me espera un invierno movido y complicado. Volví a la cabaña, dejé la corrección del libro y me fui a dormir, separando la cama de la gotera por si la noche fuera especialmente lluviosa.

Al día siguiente llegó el nuevo termo eléctrico. La idea es ir sustituyendo los calentadores de agua que funcionan a gas por los eléctricos. Si viene el fin del mundo, al paso que vamos, seguramente muy pronto, debemos estar preparados y no depender de terceros. Al haber aumentado el doble la capacidad eléctrica de las placas solares, ahora podemos también ir sustituyendo poco a poco el gas por la electricidad, con el ahorro que eso supone. Inmediatamente, ante la alegría interior de por fin poder ducharme con agua fluida, sin cortes, sin miedo a quedarte sin gas y sin el aparatoso viaje de ir al pueblo a comprar las botellas de butano, fui a la ferretería a por los materiales que necesitaba para su instalación. Una uve, dos grifos, manguera, teflón, … Siempre fui un auténtico inútil con todo lo que tuviera que ver con el bricolaje o las manualidades. Lo mío es el mundo del pensamiento, de las ideas, de los libros. Pero en estos últimos casi siete años en la montaña y los bosques he aprendido casi de todo. Incluso he aprendido a que, en el caso de que se derritieran los casquetes polares y viniera la gran ola, en la montaña estaríamos a salvo. Hay que estar preparado para todo, incluso para el Apocalipsis.

Esta mañana, emocionado porque la gotera no había vuelvo a aparecer a pesar de que aún no he podido reparar el tejado, ordenaba todas las herramientas. Primero corté el agua y la luz, saqué el nuevo termo eléctrico del embalaje y me puse a su montaje. Anclé los soportes, luego me puse con la fontanería y por último con la electricidad. Cuando volví a dar al agua había tres piezas que perdían. Volví a cerrar la toma y me puse con su reparación. Lo conseguí con algo de paciencia, cosa de la que no dispongo para este tipo de menesteres.

Ahora los termos son modernos y tienen wifi desde el cual poder controlar su encendido, apagado o programación desde una app. Le llaman el internet de las cosas. Puede parecer algo inútil a primera vista, pero para mí es toda una ventaja. Desde el móvil puedo controlar el flujo de las placas solares, puedo ver por la cámara si alguien viene a la puerta de la finca o puedo programar el calentador de agua dependiendo de si hay luz solar o no. Hay tecnologías que son completamente inútiles, como por ejemplo empalmar dos trozos de cable, ¡diosanto qué horror!. Pero hay otras que son una maravilla.

Acoplé por fin la app al aparato e hice el primer encendido. A las dos horas ya estaba terminado el proceso de calentamiento, pero al abrir el grifo, no salía agua caliente por ningún lado. Estuve una hora entera analizando dónde podía estar el error. Había acoplado las tuberías al viejo sistema de gas pensando que sería fácil la conducción de ambos sistemas, por si en invierno hubiera muchos días sin luz solar y debía tirar del gas, a falta de que para esos casos podamos comprar un molino de viento que recargue las baterías cuando falte sol. Pude encontrar el error, lo resolví, me quité la ropa apresurado y me tiré un buen rato bajo un flujo continuo de agua caliente sin interrupciones, sin prisas, simplemente disfrutando, tranquilo, en paz.

Es cierto que me vine a vivir a los bosques buscando la simplicidad voluntaria, el decrecimiento y la vida en la naturaleza. Lejos del sistema y sus comodidades, viviendo en una humilde cabaña de madera construida con mis manos, a lo largo de los años he aprendido que hay cosas a las que no puedo renunciar. Una de ellas es el papel higiénico y la otra, un buen chorro de agua caliente sobre mi desnudo cuerpo. De agua fría, como decía al principio, llevo ya años mojado.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Entre dos mundos


a
© At the End of an Aeon

Ayer llegamos tarde después de unos días lejos de aquí. Pasar de veinte a cuarenta grados no fue una experiencia agradable. Los primeros dos días estaba descompuesto, silencioso, desorientado. Los siguientes solo tenía ganas de dormir o volver. No era solo por los cuarenta grados. Era como si el mundo, ese mundo lejos de estos bosques, hubiera cambiado. Esta nueva normalidad es extraña. El ambiente es extraño. Las compañías igual de extrañas. Todo es extraño. Hay cierta desconfianza en el ambiente.
Incluso yo me sentía extraño después de cinco meses enclaustrado en la pequeña cabaña, en este pequeño bosque. Realmente deseaba volver.

Sentí un gran alivio al estar aquí de nuevo. Ahora somos cinco personas. Ninguna de ellas con muchas ganas de atravesar esa frontera insólita que ha nacido entre el mundo natural del campo y los bosques y el mundo de la ciudad. Este lugar se ha convertido en una especie de isla paradisíaca, en refugio de almas sensibles que desean desde la más silenciosa introspección bucear en el nuevo mundo.

Muchas voces apocalípticas creen que el viejo mundo, el antiguo paradigma, se está desmoronando. Hasta ahora no lo creía así. Pensaba que la vida se regeneraría de forma silenciosa y tranquila. Pero como si de una profecía celestina se tratara, en esta primera incursión fuera de las fronteras boscosas, he sentido por primera vez como si fuera realmente así, como si algo, sin saber exactamente qué, se estuviera desmoronando. Una sensación parecida a aquella que muchos sentimos cuando las torres gemelas de desplomaron y desaparecieron para siempre.

Hoy me sentía un poco desorientado. Ha sido un choque fuerte el viajar y salir de aquí. Me pasé casi todo el día medio dormido, con ganas de no hacer nada, cansado, aturdido, un poco errante y perdido. En diez días tengo que salir del nuevo al “mundo”, ir a Segovia para dar una conferencia y la sensación que tengo interiormente es que no me apetece volver a marcharme. Realmente no me apetece abandonar más este lugar. No al menos hasta que la gente deje de mirarte con desconfianza, no al menos hasta que podamos circular libremente, sin máscaras, sin miedo a ningún contagio, sin pandemias, no si no podemos volver a abrazarnos con normalidad.

Dicen algunos, los más alarmistas, que estamos atravesando el umbral del final de los tiempos y que las cosas se pondrán peores a partir de ahora. La sensación que tenía interiormente en este viaje corto ha sido como si el final de los tiempos ya llegó, y que algunos, quizás pocos, ya vivieran por dentro el nuevo mundo. Quizás el final de los tiempos no sea una destrucción masiva como ocurrió en tiempos de la Atlántida o de Noé. Quizás el final de los tiempos, el apocalipsis, sea una forma distinta de ver y observar la vida, una forma distinta de vivir y de entender la existencia.

Lo cierto es que he podido navegar entre dos mundos estos días. Entre el mundo de la materia densa, de lo virtual tejido por esa misteriosa Araña invisible, un mundo de glamour decadente y soberbia desmesurada, de máscaras y ahora mascarillas, de pandemias, de hambre, de guerras. Y ese otro mundo de silencio, de naturaleza, de belleza, de abrazo y de amor. Lo siento pero me he sentido extraño, aturdido, como si volviera de algún tipo de mal sueño asfixiante. Ahora, ya a salvo en esta pequeña cabaña, vuelve poco a poco la paz, la tranquilidad, la sensación de estar en un refugio a prueba de bombas, y a prueba del fin del mundo. Si todo se acaba, por favor, que se acabe abrazado a un árbol.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Vendo apartamento en Samos


 

a

Hace unos meses un juez de primera instancia decidió llevar a subasta unos pisos que compré hace unos años cerca de Santiago. Tras la ruptura de una relación y la falta de entendimiento, mi expareja decidió llevarme a juicio para que el juez atendiera sus demandas de quedarse con los tres apartamentos a cambio de una cantidad simbólica. Según la justicia, lo más justo es que perdamos todo lo invertido en los mismos y se lleven a subasta, y que además, yo me haga cargo de las costas del juicio por el hecho de no haber contestado por burofax un requerimiento (lo hice por mail). Esto supone casi la mitad del monto de lo que me costó el piso que ahora quiero vender. Así es la justicia de nuestro querido país.

Como no podré pagar esas costas y estoy cansado de pagar todos los meses el préstamo que solicité para pagar la entrada de los apartamentos que ahora ni siquiera puedo disfrutar, y casi humanamente me niego a ello por injusto y desproporcionado, he decidido vender el apartamento que tengo a mi nombre en Samos, más por miedo a que me lo embarguen en un futuro por impago al abogado de mi ex que por necesidad.

Con la venta podré pagar todo lo que me costó la entrada de los pisos y quizás me sobre algún dinerillo para quitarme alguna deuda más. Lo comido por lo servido, es decir, el pago de los errores que algunos hombres ingenuos pagamos por no saber controlar nuestra impulsividad emocional. Interiormente quiero cerrar de una vez esta etapa y no seguir pensando cada primero de mes, cuando tengo que hacer frente a las deudas de mis errores, en todas esas calamidades propias de la ingenuidad y estupidez. Necesito esa higiene mental para poder pensar en otras cosas y seguir cocreando con la vida. Volver a empezar de nuevo, volverlo a intentar de nuevo.

El piso que vendo está en Samos, uno de los lugares más emblemáticos y hermosos del Camino de Santiago. Hasta ahora había sido la sede de nuestra pequeña editorial, la cual subiré a unas habitaciones de la casa de acogida de O Couso, al menos de momento. Es un piso con mucha luz y tres habitaciones, cocina nueva y un bonito salón. El precio es de 49.500 €, más o menos lo que tengo de deudas en estos momentos gracias a mis nefastos negocios emocionales.

Si estáis interesados, poneros en contacto conmigo:

javier.leon@editorialseneca.es

Más información en:

https://www.idealista.com/inmueble/30465857/

 

 

 

 

Entre el niño y el anciano


a
© Polly Chandler 

 

Casi las once de la noche y aún aprovechábamos las últimas ráfagas de luz y de fresquita veraniega para desbrozar, uno con la máquina de mano y otro con el pequeño tractor, las casi cuatro hectáreas de interminables campos. Todo ello con dolor de cabeza y cierta tristeza interior. Ayer desapareció la última pata. Ya solo quedan cinco gallinas, viejas ellas, pero aún ponedoras. En verano las alimañas acechan por el aire y por la tierra. Me dolió mucho la desaparición de la pata, pero me doy cuenta de que en el campo uno se acostumbra al dolor y a la muerte.

Me cuesta cogerle cariño cada vez más a los animales. Me asombra que los gatos, e incluso el propio Geo, hayan sobrevivido a tantos avatares. Vida y muerte, a veces real, a veces simbólica, como cuando le coges mucho cariño a las personas que transitan por este hermoso paraíso y luego desaparecen para siempre. A veces de forma vertiginosa, y a veces fulminante. Las emociones se enfatizan mucho en la convivencia estrecha. Por suerte siempre asoman los incondicionales, los imprescindibles, los que están unidos fuertemente al lazo místico y vienen una y otra vez.

Ahora somos tres personas y en unos días seremos cuatro o cinco. Aunque el proyecto sigue cerrado hasta la próxima primavera, dejamos que se cuelen personas de confianza que deseen descansar unos días o echar una mano, que comprendan y respeten el proceso en el que ahora nos encontramos y que busquen la fórmula ideal para disfrutar de este extraño silencio pandémico. Aprovechamos la crisis mundial para interiormente trabajar en la mejora de todo aquello que haya fallado en estos años y para reforzar todo aquello que ha funcionado.

Al mismo tiempo seguimos buscando fórmulas imaginativas para que el proyecto de arquitectura para la futura escuela vaya cuajando poco a poco. El temperamento gallego es complejo y a veces difícil. Olvido que vengo de la polis, de la ciudad, y que allí la mentalidad es muy diferente a la mentalidad arraigada del mundo rural. A veces busco interlocutores nativos para intermediar ante mi imposibilidad de conectar con el mundo adverso. La hostilidad que produce el venir de lejos para romper con los usos y costumbres no siempre está bien visto. El estigma del extraño aquí se afianza con crudeza. Mi carácter huraño y solitario no ayuda mucho. Por eso a veces es mejor estar callado y no hacer mucho ruido. Si estás en silencio, al final te conviertes en alguien invisible.

La actividad parece que empieza a moverse en el mundo editorial. Vendemos los primeros libros, tenemos los primeros pedidos, los clientes empiezan a pagar algunas facturas atrasadas que alivian a su vez el pago de las nuestras. Resulta difícil pensar en hacer inversiones como las de antes, cuando éramos capaces de imprimir los libros de mil en mil. Ahora nos conformamos con ediciones muy modestas que se van vendiendo a cuenta gotas. Lo complejo de las ediciones pequeñas es que el margen de beneficio es prácticamente nulo. Así que las estrategias de venta pasan por anular el angosto mundo de la distribución y buscar fórmulas imaginativas para que los libros lleguen a las librerías que aún subsisten como pueden. Solemos apoyar el mundo libresco regalando de aquí y allá algunos ejemplares. Ellos agradecen el guiño y nosotros nos sentimos satisfechos. Uno de los primeros socios editoriales siempre me dijo que nunca nos haríamos ricos vendiendo libros, pero al menos nos enriqueceríamos espiritualmente. No le faltaba razón. Ahora que asumo que la editorial siempre fue una especie de ONG que ha sobrevivido gracias a la imaginación creadora, me siento interiormente aliviado, pausado, tranquilo. Si alguien con dinero quisiera comprarla la vendería, despejaría mi futuro de deudas y crearía una editorial más pequeña, pero sobre todo, más centrada en lo que realmente me gusta y motiva. Solo editaría libros muy seleccionados y trabajados, quizás dos o tres por año, por puro placer, pero también por pura necesidad de que el arca lucis siga subsistiendo.

Algunos éxitos editoriales ayudaron a empujar el proyecto utópico. Fueron pocos y ya se esfumaron porque el éxito siempre es como un champiñón de temporada. Ahora ya no tenemos éxito, pero a diferencia de antes, tampoco lo buscamos. Uno con la edad empieza a encontrarse con sus límites, a aceptarlos, a vivirlos con dignidad. Por dentro empieza esa etapa de recogimiento, de intentar echar una mano aquí y allá, de no aspirar a grandes proezas y de alinear poco a poco el corazón con la cabeza y ambos con el alma que nos conmueve a medida que el cenit de nuestras vidas se aproxima. No aspirar a mucho o a nada te llena de cierta paz. Te aleja de las angustias propias de los principios, cuando uno cree que podrá comerse el mundo con un poco de ingenio y esfuerzo.

Es verdad que con la edad uno deja ya de distraerse. Empieza a caminar despacio, desaliñado por dentro, sin prisas por nada, sonriendo ante cada acontecimiento, asumiendo los problemas con cierta madurez y quietud, aproximando la mirada a todo aquello que por simple, se nos presenta generoso y amable. No es que exteriormente sea muy mayor, pero ya de pequeño miraba el mundo con extrañeza, como si un anciano habitara en mí. Ahora, el anciano intenta disimular todas las veces que ha muerto y resucitado en mis adentros. Y el niño sale para hacer alguna broma, para reírse interiormente del mundo entero, para jugar con el perro o echar de comer a los pajarillos todos los días como si se tratara de un ritual útil. La paz interior se conjuga entre el niño y el anciano que me habitan, resguardando entre ambos el amor secreto que enraíza extrañamente entre ambos. Mientras ese amor cuaje, la paz seguirá creciendo. Veremos qué clase de fortuna vendrá en los próximos ciclos y qué clase de vida llevaré ahora que los tiempos y los ciclos están cambiando.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Style


 

a

Ya no tengo estilo. Realmente, creo que nunca lo tuve. Pero ahora menos aún. Siempre desaliñado, con barba de muchos días, casi semanas, el pelo, el poco que queda, anárquico y libre, los pelos en el pecho enroscados unos con otros. La ropa, ¡ay la ropa! Si estoy asalvajado, lo que menos miro es la ropa. Siempre sucia por el trabajo duro del campo, cuando no es arrastrando piedras es haciendo mil cosas. Como no hay dinero para editar nuevos libros, me tomo la labor editorial con una calma extrema. Cuando llama algún cliente, jamás se imaginaría que está hablando con el mismísimo editor, y que ese editor lo mismo está encima de un tractor, o de un tejado, o arreglando algún cable en el sótano. Por dentro me río cuando llama alguien importante o reverente que se imagina extrema seriedad al otro lado del teléfono.

Me gustaría decirles algo así como “Aló, aquí el doctor, el editor, el responsable, sí, ultimando las últimas novedades, pactando la venta de derechos, asumiendo la compra del que será seguramente un gran éxito”. Pero no, el doctorsito hace de todo menos lo que supuestamente tendría que hacer. Y el mes que viene tengo que dar una conferencia ante gente selecta, escrupulosa, medianamente civilizada, de esas que suelen tener altas dosis de exigencia. Y ya ni siquiera sé de qué hablar. Si fuera valiente diría algo así: “sepan ustedes que desde la antigüedad clásica no se ha dicho nada nuevo, así que pregunten”. La conferencia podría durar diez segundos, una frase, y luego, tras haber ido a la peluquería, haber comprado alguna camisa nueva y haberme duchado y afeitado, contestar amablemente cualquier duda sobre el final de los tiempos, el Apocalipsis inmediato o del porqué la necesidad inmediata de crear islas de salvación, utopías que puedan sobrevivir a la purga.

Es verdad que no tengo estilo. Me daba cuenta esta mañana cuando bajé a enviar algunos paquetes y me topé en la oficina de correos con el prior del monasterio. Me miró de arriba abajo pero saludó amablemente, disimulando su asombro. No caí en la cuenta de que siempre bajo corriendo al pueblo tras arrastrarme por la tierra o tras llenarme el cuerpo de grasa de cualquier máquina. Carmen, la directora de la oficina, me mira siempre amable, acostumbrada como está a mis elocuentes apariciones. Al fin y al cabo soy su mejor cliente y me trata con cariño. Nunca me enfado cuando le digo que muchos paquetes nunca llegan a su destino, y tampoco cuando le indico que a México especialmente y a Latinoamérica en general no llega casi ninguno. Aquello es otro mundo, por eso cuando algún cliente de esos países compra algo, suspiro y rezo, me encomiendo a San Ajún Bendito, santo apostólico de los imposibles y las utopías.

Para disimular mi falta de estilo, y cambiando de tema y de mirada, le dije al prior que me debe una visita a la biblioteca del monasterio. Ya que nos hacemos competencia en lo espiritual, al menos deberíamos crear lazos de amistad, quedando claro que la herejía, es decir, nosotros, somos buena gente, y que el pensar de forma libre y diferente no difiere mucho del dogma y la doctrina, porque en el fondo, lo ortodoxo y lo heterodoxo, creen en lo mismo: el gran misterio de la vida. El prior, amable, sin saber muy bien quien soy, más allá del hippie-jefe, como por aquí me conocen, se limitó a contestar un “cuando quieras”. Así que, emplazado quedo. Prometo afeitarme para esa primera visita informal al monasterio, porque formales ya hemos hecho algunas. Y prometo remirar mi vestuario para parecer una persona normal y civilizada. ¡Qué tiempos aquellos en los que semana sí y no iba a comprar modelitos para no ir más de dos días al trabajo con la misma ropa! ¡Cuanto dinero y tiempo ahorro con esto de no tener estilo, ni vestuario! Siempre las mismas camisetas del primar, las que valen a tres euros y te compras diez y te duran una década, casi todas del mismo color. Y siempre esos pantalones del decaslón, eso sí, todos iguales excepto los de invierno, que difieren en tamaño con los de verano, de esos que la gente utiliza para pasear por la montaña y que para mí son como una segunda piel, casi diría que como una segunda residencia.

Es cierto, cuando vives en el campo a veces te descuidas. Pero mi descuido es casi patológico, porque las gentes de por aquí que cuidan de las vacas y los prados, aunque tengan las manos manchadas y huelan de forma contundente, suelen vestir decorosamente. Mis atuendos, de ciudad, modernos, pero convertidos en harapos sucios y rotos, no pegan con el entorno. Debería vestir con esas camisas gruesas de cuadros negros y rojos que aparecen en las películas y con recios pantalones de hombre de verdad. Entonces no importaría que fuera sucio, porque de seguro, que con pinta de leñador de foto de calendario para señoras, seguro que impresionaría. Convencido quedo de que tendría estilo. Ahora no, ahora ya no tengo estilo. ¡Qué le vamos a hacer!

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Tiempos de siega


a

Junio es el mes de la siega. La hierba, con las lluvias primaverales, están altas, listas para recoger. Estamos rodeados de hermosos prados y en estos días, vemos con estupor como los vecinos se afanan para segar con sus potentes tractores toda esa belleza de flores y hierba. El ciclo de la hierba marca tiempos, fiestas, alimento para el ganado que se almacena en los silos para pasar el invierno con sus nieves y falta de prado.

El ciclo de la hierba comienza en enero, mes en el que el pasto queda lánguido y helado por la crudeza del invierno. Es tiempo de empezar a quitar las ramas caídas de los árboles que muchas veces dividen las lindes, las posibles piedras, todo aquello que pueda estorbar en la crecida y recogida del manto verde. A partir de ese momento, empiezan a abonarse los prados con el abono de las cortes, con los desechos que el propio ganado produce. Esto no deja de ser paradójico. De alguna forma, es como un ciclo que se cierra y se abre en cada estación. El abono, desecho de la cosecha del año anterior, sirve para alimentar la comida del próximo invierno. Vida, muerte y resurrección.

Quitar las toperas, arreglar los muros de piedra, arrancar las silvas. Todo el año al cuidado de extensos prados verdes que dan vida a estas zonas del norte. Todo el año al cuidado del manto que dará de comer al ganado, especialmente las vacas, vacas que más tarde se convertirán en comida para los seres humanos.

Nosotros somos una anomalía en el terreno. No tenemos vacas, somos vegetarianos y no necesitamos la hierba para alimentar ningún tipo de ganado. Sin embargo, la ley dice que tenemos que tener los prados limpios para evitar incendios. Los vecinos siempre se molestan porque ven que nuestros campos andan algo descuidados. De vez en cuando contratamos los servicios de algún vecino para que nos desbroce los prados, pero siempre está todo un poco salvaje, pues la naturaleza, al igual que el ser humano, tiende siempre al crecimiento, a la expansión, a la dilatación. Como este año de transición deseamos terminar la casa y empezar con el cuidado del jardín y la huerta, hemos hecho números y vemos que nos sale más económico comprar un pequeño tractor, aunque sea de segunda mano, que seguir pagando a los vecinos. Así que eso hemos hecho. Hemos comprado un modesto y humilde minitractor y hoy mismo, justo cuando los vecinos se afanaban para recoger la hierba de los prados,  nos ha llegado el apero para desbrozar.

La verdad es que lo nuestro parecía de caricatura en comparación con los grandes tractores vecinales. Pero tampoco nosotros nos queremos dedicar a criar vacas, así que ese pequeño juguete es suficiente para mantener limpia la finca. Debo decir que he sentido un poco de pena cuando a primera hora empezaba con las labores de desbrozado, que iba compaginando, hasta que el sol se puso, con la construcción de dos muros de piedra seca que estamos haciendo a la entrada. El mundo mineral y el mundo vegetal trabajados en un mismo día. El cansancio no puede ser mayor. Digo lo de la pena porque de repente veía como todo un ecosistema de hermosas flores salvajes, mariposas, saltamontes, cientos de animalillos, incluso grandes y hermosos lagartos, desaparecían bajo los pies del tractor o salían corriendo hacia lugares más seguros. He sentido una gran contradicción interior que aún no he podido resolver. Es evidente que no se puede ser tan sensible. Es un sin vivir.

Seguramente todos estos esfuerzos servirán para que la próxima primavera, todos los que vengan puedan disfrutar aún más de este lugar y su exuberante belleza. Si todo va bien, limpiaremos la finca y sembraremos muchos árboles, frutales y autóctonos, flores y todo aquello que pueda servir para potenciar aún más la armonía, la belleza, la inspiración y el contacto pleno con la naturaleza. Hay mucho trabajo por delante, pero como en este tiempo no tenemos que atender a nadie, los días se hacen muy largos y el trabajo muy intenso. Pronto veremos sus frutos, a pesar del agotamiento y el cansancio al final de cada jornada.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Los enviados del Guionista


IMG_20200615_212037_9

Si todo esto fuera una teatralidad para que nosotros pudiéramos hábilmente interpretar nuestro papel, sin duda, el Guionista de toda esta existencia tiene bien atado cada uno de los pulsares existentes. Hace justo una semana que se marcharon los chicos. Al día siguiente llegó nuestra querida amiga Laura, la cual se marchó ayer después de unos días de convivencia. Y hoy, sin darnos tregua a estar ni un día solos, llegó una peregrina de Brasil que apareció de repente mientras nosotros trabajábamos en un muro de piedra seca que estamos haciendo para habilitar la entrada. “Ya sé que estáis cerrados, pero no sabía donde ir”, nos dijo Fabiola en su lengua natal. Por un momento me quedé inmovilizado. Hacía muchos meses que no acogíamos a nadie e interiormente no me sentía con ánimo para ello. Sin embargo, no podía decir que no, y la invitamos a entrar a la casa.

Mientras sumaba piedra tras piedra al muro seco sentía que Fabiola era una señal de algo, una mensajera que quería comunicarnos algún tipo de recado. Es como si el Guionista nos dijera que no podíamos cerrar las puertas del lugar, por muy agotados que interiormente estuviéramos. Que la labor de acogida forma parte imprescindible de todo cuanto hacemos, y que, de alguna forma, lo único que hay que hacer es organizar mejor los espacios de privacidad para que nadie termine agotado. Esto es algo que aún no tenemos resuelto, así que le llevamos provisiones a Fabiola y le dimos indicaciones para que se acomodara a sus anchas. Toda la gran casa está a su disposición.

Al pensar en todo esto, me daba cuenta de que en verdad el proyecto no había más que empezado. Estos seis últimos años han sido como una especie de entrenamiento, de búsqueda de fórmulas apropiadas para mejorar día tras día. La casa de acogida ha sido todo un éxito. Pero no la convivencia de larga estancia. El proyecto de comunidad abierta ha cuajado en los corazones de casi todos los que han participado en este encuentro ecuménico, pero no la comunidad estrecha, cercana. Eso ha fallado estrepitosamente, y nos hemos dado todo este tiempo para intentar ver qué ha podido ocurrir para que muchos corazones se hayan roto por el camino. Esto es algo que me ha entristecido profundamente, cuando mi única intención en este lugar ha sido la de abrir las puertas y trabajar duro para que a nadie nunca le faltara de nada. Sin duda, no he sido capaz de contentar a todo el mundo, y mi deseo es apartarme todo cuanto pueda para no seguir ofendiendo a nadie. Trabajaré en silencio, y buscaré la fórmula más idónea para no hacer mucho ruido.

Es evidente que la ausencia de espacios privados y más allá de ello, de privacidad individual, ha creado una sensación de agotamiento de todos los que han intentando expandir su experiencia aquí. A mí mismo me ha ocurrido, y por una firme creencia en el proyecto y una fortaleza interior a prueba de bombas he permanecido. Aún así, admito que el agotamiento roza la extenuación.

Sea como sea, en este peculiar tiempo hemos seguido mejorando la casa, los espacios privados y proyectando la futura escuela en sus partes tangibles e intangibles. Hay mucho por hacer y los recursos son escasos, pero vamos obrando un poco de todo cada día. Paso a paso, el lugar va mejorando y embelleciéndose. El reto de la próxima primavera será importante. Volveremos a abrir tras una larga reflexión. Supongo que la reflexión sobre la acogida no cambiará mucho, pero posiblemente anularemos, hasta que sintamos lo contrario, las estancias de larga duración, o al menos aquellas con perspectiva de vivir o asentarse aquí. Sentimos que ese punto aún está muy verde y debemos darnos un plazo de al menos siete años para poder madurarlo con calma. En esos próximos siete años habremos tenido tiempo de mejorar toda la parte material, pero también la espiritual, especialmente en nosotros, los guardianes del lugar.

Estas son nuestras ideas a día de hoy, pero sabemos que todo es provisional. Mañana vendrá otra Fabiola y nos cambiará el curso de nuestras vidas, de nuestro sentir, de nuestra inquietud interior. Seguirán llegando los mensajeros del Guionista, y nosotros seguiremos atendiendo a su llamada, a su maestría, a su consejo. Veremos como gestionamos esta nueva etapa. Veremos qué nos depara esta aventura que nos hace sentir todos los días, vivos, muy vivos…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Límites fronterizos


a
© Ümit ULUN

Hoy es un día triste, pero también un día de esperanza. Un día triste porque de nuevo se rompe la baraja. Se marchan como un ladrón en la noche. Sin cantos, sin despedidas, sin abrazos. Dejan un vacío, diría que en estos tiempos, un vacío necesario. Son la cúspide de un fracaso personal, mucho más que ver con lo emocional que con cualquier otro plano.

También un día de esperanza porque todo fracaso guarda tras de sí una gran enseñanza. Toda tensión pretende enseñarnos, pretende liberarnos de todo aquello que no funciona, que es caduco, que requiere revisión. Por eso cada fracaso marca el principio de una nueva oportunidad, de una fuerza que surge de lo más profundo de la dignidad para enfrentarse inevitablemente a la existencia.

Ahora tocará un año de silencio, de reinventar nuevas fórmulas. Hoy es sin duda el comienzo de algo nuevo que aún no está definido ni pensado. Hoy toca ensanchar las fronteras y ampliar sus límites. Tocó limpiar la casa de arriba abajo. Tocó establecer nuevas pautas para el reino animal, y por lo tanto, a modo de arquetipo, para todo lo relativo a las emociones. Toca poner límites, muchos límites a aquello que no puede controlarse y que muchas veces irrumpe de forma brusca. Toca romper, destruir el egregor que se ha creado en torno a una idea equivocada de generosidad. A veces confundida con abuso o caridad mal entendida. Toca poner nuevos límites a las fronteras creadas en nuestra psique interior y plasmadas como arquetipos en la realidad manifestada.

A pesar de todos los avatares a los que uno se enfrenta por no poner límites, debo decir que me siento plenamente bien. Intento que este tipo de experiencias me afecten cada vez menos, e intento desapegarme rápidamente de la tristeza, el dolor o el sufrimiento. Quiero decir que a pesar de todo, estoy viviendo un momento amable y agradable en mi vida personal. Hemos creado más estanterías en la pequeña cabaña y las hemos llenado de libros. No paramos de leer y de ensanchar nuestra curiosidad. La práctica meditativa está tomando unos tintes más conscientes. Me apresuro a descubrir en la belleza diaria toda la magnificencia creadora. La naturaleza sorprende cada día. Uno no puede parar de contemplar cada hoja, cada rama, cada pajarillo, cada instante de hierba verde. Puedo contemplar la vida desde una amplitud diferente, en interconexión, como si todo estuviera de alguna manera enlazado. Como si todo respirara al mismo tiempo. Al dejar de desear, intento aprender a diseñar momentos humildes, sin expectativas. Dejo que todo fluya sin ningún tipo de anhelo. A eso no quiero poner límites.

El mundo velado se manifiesta cuando tenemos una apertura interior oportuna. Todo es un escenario. Incluso lo ocurrido hoy forma parte de un guion. Cada día tenemos la oportunidad de decidir sobre ese guion. Realmente en estos últimos meses he tomado decisiones que venían provocadas por experiencia ajenas a mi realidad. La realidad es múltiple y compleja, por eso, el individuo de nuestro tiempo prefiere vivir aislado, ensimismado en los placeres insustanciales, en la rutina que pasa, pero que es segura. Y no hay nada peor para el alma que parar, que dejar de vivir, que dejar de experimentar. No hay nada peor para un alma que vender su libertad por un trozo de tierra firme y segura.

Este será un año para poner límites fronterizos en el exterior, al mismo tiempo que eso permitirá, valga la paradoja, ensanchar el interior. Este será un año hermoso para profundizar en las paradojas, en las contrariedades, en lo sublime de las experiencias límite. Voy a dejar de culparme por todo lo que pasa. Eso es liberador. No pienso dejarme llevar más por los procesos interiores de los demás. Dejaré que fluyan con sus enfados, con sus rencores, con sus envidias, con sus ilusiones o promesas. Quiero liberarme de todo eso, por eso será hermoso poner límites por fuera mientras me ensancho por dentro. Sí, hoy fue un día triste, pero también lleno de esperanza.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

El mundo después del Apocalipsis


a
Hoy instalando la puerta pitagórica

La ermita está desierta a las ocho de la mañana. Antes de ir hasta allí para meditar me da tiempo a sacar a las gallinas y mirar los prados verdes cargados de flores. Esta semana tuvimos algunas bajas. El zorro aprovecha que la hierba está alta y azota sin piedad a los animales más despistados. Primero fue el gallo, el cual había sobrevivido milagrosamente a una extraña enfermedad. Luego una pata hermosa a la que le había cogido un especial cariño. Sentí una gran angustia interior al enterrarla. Me pregunto por qué hay aún gente que come pato, o paté de pato. Ayer dos gallinas más. Las crisis estructurales se manifiestan en diferentes planos, y el mundo arquetípico actúa mandando señales inequívocas.

A pesar de todo, hace unos días preciosos y a esa hora la naturaleza se expresa con esa ansiedad típica de querer vivir y estrujar al máximo cada meollo existencial. Hoy ha sido un día de no parar. Teníamos la esperanza de poder terminar de instalar la puerta pitagórica en el anexo de la cabaña para seguir profundizando un poco más en la privacidad en este lugar tan concurrido. También instalamos unas cortinas y enfocamos la atención en redecorar la pequeña cabaña para adaptarla a este nuevo tiempo que se presenta. He tardado seis años en darme cuenta de la necesidad de cuidados intensivos que cada cual requiere para que la exposición prolongada al mundo no termine con la salud, el bienestar y el equilibrio. Un gran aprendizaje la de estos meses.

Curiosamente, mientras ahondábamos en la privacidad, hoy salía en prensa la noticia del cierre de O Couso durante todo el próximo año. Es una noticia importante para nosotros y al parecer de interés para la prensa. Creo que el cierre es necesario, al menos el cierre público ante la imposibilidad de poder atender, especialmente en verano, los protocolos de higiene y salubridad propuestos por las autoridades. En otoño e invierno la actividad es prácticamente mínima aquí, así que, este año será un momento único para repensar todo lo realizado hasta el momento y reajustar todas las crisis sufridas para aprender de las mismas y metamorfosearnos. Como primeras conclusiones, el lugar aún no está totalmente preparado para la idea de comunidad. Al menos de comunidad tradicional. Así que dedicaremos los próximos años al proyecto de Escuela y en ese tiempo nos daremos una pausa para reformular la siempre difícil y compleja convivencia.

También justamente hoy venía el constructor que ha estado haciendo reformas en la casa en los últimos meses. Haciendo cuentas, hemos gastado más de quince mil euros en los últimos meses y aún solicitaba casi siete mil euros más. No estaba de acuerdo con esos cálculos y al final la deuda ha quedado en dos mil euros. Ya le he dicho que habrá que asistirla con paciencia dados los tiempos extremos en los que vivimos, y que, hasta que no quede saldado ese dinero, no podremos continuar con la obra.

Así que viendo el panorama, habrá que tomarse este tiempo como un año sabático, pero sobre todo, como un año de reinvención interior, de calma, disfrute de las cosas simples y de mucho sosiego. Aunque ya en julio un conocido escritor y presentador de televisión me ha propuesto participar en unos encuentros dando una charla. Hace tiempo que no doy entrevistas, ni presento libros, ni doy conferencias, pero si los amigos lo piden, pues hay que acudir. Tendré que hablar sobre como será el mundo después del Apocalipsis en el que aparentemente estamos viviendo. Creo sinceramente que exageramos, que lo que ha pasado no es nuevo y que seguramente volverá a pasar en el futuro. Las epidemias, las pandemias y las pestes siempre existieron. Lo novedoso, quizás, es que el ser humano está tomando consciencia colectiva, y empieza, aún torpemente, a actuar globalmente.

En estos meses de pandemia me ha tocado por suerte la compañía de un ser excepcional. No puedo hablar mucho de ella porque es tabú, pero sí puedo decir que me siento afortunado por estar viviendo estos días apocalípticos a su lado. Me siento afortunado y agradecido a la vida por estos momentos únicos e irrepetibles, de auténtica comprensión, correspondencia y compartir.

No sé que deparará esta próxima década. Repasando la de hace un siglo, aquellos años locos, no parece muy esperanzador lo que vaya a pasar a partir de ahora. Por ello, la pregunta en sí misma es baladí. ¿Cómo será el mundo después del apocalipsis? No creo sinceramente que el apocalipsis vaya a llegar. Pasaremos malos momentos como humanidad, habrá crisis, reajustes, tensiones, pero no el final de un mundo. Al menos no próximamente. Porque es cierto que algo está cambiando en la cosmovisión mundial, pero esos cambios son embrionarios. Aún no se han desarrollado del todo. La vida seguirá igual. Volveremos a las nuevas rutinas. Recordaremos estos meses como unas peculiares vacaciones o como alguna batallita más que contar a los nietos. Lo que habrá, de nuevo, es esa normalidad que, despojada de su inocencia, seguirá reclamando dosis de serenidad.

Es tarde, aún guardo el cansancio de estos días que he pasado desbrozando hierba y haciendo de carpintero. Las horas pasan volando. El tiempo no perdona. Tengo ganas de poder descansar. Mañana haré un suelo, pasado otro y el siguiente seguiré desbrozando. Hay mucha hierba alta y el zorro acecha.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

La libertad de lo cotidiano


 

a
© Pierre Pellegrini 

Viajé hasta la ciudad cercana. Veía a la gente feliz en las terrazas de los bares, paseando, comprando, en las colas de los bancos, recogiendo flores en las veredas, apilando instantes cotidianos que ahora parecían extraordinarios. Era como estar viviendo la profecía celestina, inmersos en la energía de las cosas, en su arrolladora fuerza. Es como si el mundo de repente hubiera despertado de un sueño. Me imagino cómo debían ser esos días donde se anunciaba la paz, con victoria o derrota, después de años de guerra.

Una sensación de alivio, de libertad interior, de paz, pero sobre todo, de esperanza.
Toca construir el futuro. Muchos tendrán la oportunidad de inventarse de nuevo, de volver a empezar, de hacer las cosas de forma diferente. Podría ser el comienzo de algo, o el final de algo. Podría ser la oportunidad para soltar amarras, para desplegar las velas, para aspirar a una especie de vuelo mágico, algún tipo de alquimia interior, algo que, tras el silencio, nos haga despertar a un mundo diferente.

Ahora lo cotidiano ha tomado otro valor. Los pequeños gestos diarios serán vistos durante mucho tiempo como algo extraordinario. Veremos en las pequeñas cosas un sublime canto a la vida, una maravillosa oportunidad para sentirnos vivos a cada instante. Los más intuitivos se acercarán a verdades hasta ahora desconocidas. Los más videntes podrán observar el despliegue de todas esas dimensiones hasta ahora veladas.

Será un tiempo de despertar para muchos. También de sensibilidad. Veremos en el dolor ajeno, en el sufrimiento del otro, una oportunidad para expresar con fuerza nuestra capacidad de amar. Estoy convencido de que seremos capaces de encontrar en el otro aquello que necesitamos para expresar la inevitable unicidad de las cosas. Ya no tendremos esa sensación de ser seres disgregados, sino que una comunión nacerá en nuestro inconsciente colectivo.

Cuando he visto a toda esa gente con esa emoción excitante sentía un alivio interior. La vida continua a la espera de la siguiente prueba. En la angustia de ese vacío entre prueba y prueba podremos manifestar nuestra plenitud más extensa. ¿Qué será lo próximo? Aún no lo sabemos, pero sí sabemos que algo vendrá, que algo ocurrirá y tendremos que estar preparados. Preparados en cuanto a la ordenación de nuestras vidas ordinarias, pero también preparados en cuanto a la construcción interior de nuestro ser. Esa construcción inevitable nos dará fuerza, templanza, arraigo en momentos difíciles.

Nuestro éxito como humanidad vendrá de la mano de nuestra construcción espiritual. Cuánto más tiempo dediquemos a profundizar en ello, mayor será nuestra victoria. Esta de ahora ha sido una pequeña prueba, un experimento piloto que de alguna forma nos ha demostrado nuestra capacidad de resistencia. Vendrán más pruebas. Mientras llegan, disfrutemos intensamente de la libertad de lo cotidiano, de lo extraordinario de estar vivos.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Mi arco en las nubes


IMG_20200426_162356_6
Con Geo en los alrededores de la cabaña, al fondo

Si quieres ver el arcoíris, tienes que mojarte, pensaba en el día de hoy mientras disfrutaba de los acontecimientos primaverales, exuberantes, pródigos. Cada vez que miro por las ventanas de la pequeña cabaña me fascino. Hoy no ha parado de llover. El fuego ardía en el hogar. La lluvia regaba el verde fosforescente y brillante de esta temporada. El bosque parece vivo, en movimiento constante, luminoso. Todo centellea alrededor, como si fuera una dimensión etérica, más de otro plano.

Los pequeños robles que rodean la circular construcción han asomado sus primeras hojas. Los protejo año tras año para algún día trasplantarlos. Los pajarillos de mil colores vuelan hasta el comedero, donde todos los días agrego alguna simiente. El amigo erizo, como todas las primaveras, y ya despierto de su perezosa hibernación, vuelve por las noches a degustar la comida de Meiga, la gata del lugar. Me gusta salir a saludarlo. Él se esconde entre sus púas, lo acaricio y sigue con su trabajo de pulir hasta el último cascajo de alimento mientras observa curioso mis movimientos.

En el atardecer, “entre lusco e fusco“, entre las nubes y el horizonte de la sierra de Édramo, se escapaban de repente algunos rayos de sol que botaban entre las copas húmedas y abrazaban las ramas extensas. Aún llovía en el crepúsculo hiperboreo cuando los fucilazos caían sobre la tierra húmeda. Salí fuera, buscando el sello de la alianza entre el cielo y la tierra, el arcoíris por tantos soñado. Cuando me di cuenta estaba todo mojado, pero feliz por el espectáculo viviente.

Me acerqué a la chimenea mientras me secaba el rostro con una toalla y miraba una a una todas las ventanas y sus espectaculares vistas. Me pellizcaba interiormente, sin creer que pudiera estar viviendo en este pequeño paraíso. Agradecía todo el esfuerzo anterior, todo el recorrido pasado. Mereció la pena los fríos inviernos, el agotador sufrimiento para levantar este rincón en el mundo, para restaurar una ruina compartida, para construir estas pequeñas cabañas a modo de humildes refugios. Agradecí profundamente a todos los que de alguna forma habían colaborado en la reconstrucción. A todos deseaba que pudieran disfrutar por muchos años de este lugar, de su memoria, de su belleza y esplendor. A todos tengo en mi corazón día tras día. Incluso aquellos que marcharon disgustados o tristes por esos roces que los malos entendidos o las diferencias siempre atraen. A ellos especialmente, con deseos de que algún día puedan volver desde una mirada limpia y desapegada. Aquí quedará siempre el abrazo cálido.

Siempre atesoro con indulgencia esa sensación de saber que todo este esfuerzo ha sido tan solo el inicio de un largo viaje. Mañana hará siete años que todo empezó en mi interior. Me fui a dar un paseo por el Camino de Santiago durante casi cuarenta días para celebrar así mi cuarenta cumpleaños. Aquí, en Galicia, en tierra celta y mágica,  encontré y sentí hondamente la llamada de este lugar, y aquí, a ciegas, sin miedo, me vine. Aquí vine a hollar el Sendero, más allá de las palabras, más allá de los mundos imaginados. Aquí vine a explorar la Puerta estrecha y a sentir en mis carnes lo que la palabra Servicio significa realmente. Aquí aprendí a vivir ampliamente, sin estrecheces.

Mañana es mi cumpleaños. Serán 47 años. Como esta vez no puedo viajar ni aislarme en ningún monasterio perdido, tocará celebración en la chozuela. Será una celebración humilde y silenciosa. Será un tranquilo paseo por esta nueva revolución solar que desea inundar de una vez la vida de paz y sosiego. Siento una gran serenidad interior y una gran claridad mental, como si pudiera ver sin miedo el propósito al que deseo dedicar los próximos años. Sí, puedo decir que durante estos años me he mojado, pero no ha sido en vano. Por fin puedo ver y disfrutar del arcoíris, mi arco en las nubes…

 

Mañana es mi cumpleaños…

Si quieres invitarme a tarta o pastel, puedes hacerlo aquí abajo…

gracias… 🙂

donar

 

Solidaridad


 

a
Esta mañana trabajando como voluntario en la Casa de Acogida. La máscara servía para protegernos del polvo que se levantaba en la obra. 

Intentamos hacer vida normal. Aquí en las montañas el drama humano que se está viviendo en las ciudades casi es imperceptible. Seguimos con nuestra rutina. La casa de acogida está vacía. Habitada solo por los gatos y el amigo Geo. La naturaleza sigue su curso normal. La primavera va llegando y ya da forma a flores y brotes verdes. Nada aquí ha cambiado, excepto la forma atípica de darnos almabrazos y la peculiar manera de hacer los círculos. Intentamos hacer un poco de broma con todo para no caer en el pánico ni hacer un exceso de dramatismo. Se agradece la compañía y el poder pasear por los campos y valles.

Nos comunican que hay un peregrino mexicano de avanzada edad que no puede seguir caminando. Nos ofrecemos con las puertas abiertas para atenderlo. Al final la Guardia Civil sale a su rescate, pero la posibilidad de seguir atendiendo a personas nos pone a prueba. Surgen recelos y miedos. Personalmente siento la necesidad de ser útil y de seguir el llamado de servicio.

Nos llama un amigo para que le ayudemos con la comida. Sus reservas se están agotando y no sabe a quién acudir. No tiene dinero, ni recursos. Cogemos todo lo que podemos y marcho para llevarle algo de alimento aún con riesgo de ser parado y multado. Las calles y carreteras están vacías. No se ve ni un alma. Tengo por dentro una sensación extraña, pero sigo adelante con todo. Impresiona no ver ninguna persona en todo el recorrido hasta la aldea del amigo. Silencio. Un silencio extraño, parecido al que debieron sentir los protagonistas del libro “Mecanoscrito del segundo origen”.

El apoyo mutuo es lo primero. La solidaridad es lo primero. El acompañamiento es lo primero. Está solo, aislado en su casa, sin medios. Llevamos patatas de la huerta y huevos de nuestras gallinas acompañado de algunas otras cosas más. Al vernos nos damos un abrazo sin extremar ningún tipo de precaución. A ambos nos sale del alma. Él más que nadie necesita ese abrazo. La soledad hace mella en estos momentos. Le conmueve el gesto, pero sobre todo, le alegra la compañía, el poder ver a otro ser humano. Hablamos un rato largo, especialmente sobre temas de huerta y de cómo sobrevivir cuando el hambre empieza a aparecer. Aprendo mucho a su lado y me alegra poder ir a verlo. Recuerdo de repente todas esas generaciones pasadas que sobrevivieron a guerras y hambrunas. Recuerdo con cierta desesperación y solidaridad interior a todos los seres humanos que en estos momentos están pasando por situaciones verdaderamente trágicas. Recuerdo entonces nuestra vulnerabilidad y me sobrecoge esa sensación oportuna de humildad.

Empiezo a recibir las primeras cartas de clientes de la editorial expresando su imposibilidad de pagar facturas. De momento me resisto a hacer lo mismo con mis proveedores. Recibo la llamada de un buen amigo que desea ayudarnos. Agradezco infinitamente el gesto solidario y generoso, especialmente cuando no sabemos cuánto durará esto. Admiro profundamente a las personas que se ofrecen voluntariamente a echar una mano. Las muestras de solidaridad crecen en tiempos complejos. Si miro el calendario, solo llevamos dos días de encierro y paralización. Leo las noticias económicas y me recuerdan a la crisis de hace doce años. Intento respirar profundamente porque en aquella crisis perdimos muchas cosas. Los autónomos viven de lo que venden día a día. No quiero imaginar qué ocurrirá si la cosa se alarga excesivamente. Familias enteras deben estar ya viviendo momentos totalmente angustiosos. Toca resistir. Toca apoyar.

A pesar de todo el ánimo no ha decaído. La primavera incipiente ayuda. Si esto ocurre en pleno invierno hubiera sido desesperante. Pero hoy hacía sol y buena temperatura aquí en los bosques. Estuvimos trabajando duramente en la casa de acogida, pero hay un deseo fuerte de poner todas nuestras fuerzas en la huerta. Nos alegra ver como las fuentes de solidaridad se despliegan y cómo el mundo empieza a tejer dentro de sí una sensación de humildad ante las pruebas de la naturaleza. También un sentimiento de compasión hacia el otro. Nos gustaría poder ser más útiles. No se me ocurre como excepto auxiliando a aquellos que necesitan algo y nosotros podamos apoyar. Un poco de comida, un poco de conversación, un poco de solidaridad con aquellos que lo están pasando francamente mal. Ya no por el virus, sino por sus efectos colaterales. Agradezco infinitamente a aquellos que en estos días están poniendo todo de su parte para apoyar a los otros. Agradezco infinitamente las pruebas que la vida nos pone delante para engendrar dentro de nosotros una nueva visión del mundo.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Lo que llevas dentro


a
© Els Vanopstal 

“Dos cosas llenan mi ánimo de profunda admiración y respeto… el cielo estrellado y la ley moral dentro de mí”. Immanuel Kant

Un día de reuniones hermosas con seres hermosos. “Admiro lo que haces”, susurró uno de ellos siendo yo el gran admirador de su obra. Me sentí halagado, al mismo tiempo que pequeñito ante la inmensidad del todo por hacer. Se abrieron nuevas puertas, pero realmente solo puedo ver cielos estrellados, planetas circundantes, esferas en movimientos infinitos, inabarcables. Poesía en los márgenes del cosmos, sonidos, diría que inmaculados.

Todo va muy deprisa estos días. Viajamos de un lado para el otro. Abrazamos desnudos la inmensidad y su misterio. Nos deteníamos en los templos, en los bosques, en las alamedas. Los paisajes se desdibujaban fijando la mirada en los albores del aliento. Íbamos y veníamos de un lado para otro, persiguiendo el sueño común, admirando la vida una, su entrañable misterio.

Tras las hermosas reuniones, siempre tan inspiradoras, comimos algo abundante en la antigua Residencia de Estudiantes. Cogimos el coche y marchamos hasta el hermoso y espectacular valle del Tiétar, a los pies del no menos espectacular pico Almanzor, en la antigua comarca de la Vera de Plasencia. Tras un merecido paseo por hermosos lugares, entramos a la casa y meditamos en silencio durante un eterno sigilo. En la conversación de la cena surgió una hermosa y profunda pregunta: ¿hay amor en lo más profundo de tu ser? Mientras observaba la respuesta, me quedé mudo y vacilante, y me atreví silenciosamente a ampliar el rango de la pregunta: ¿qué es aquello que llevamos dentro? Me di cuenta de lo profundo de la cuestión: ¿qué llevamos realmente dentro? Muchas veces miedo, miedos que nos paralizan, que nos alejan de la vida. Otras pereza, o rencor hacia la vida. A veces incertidumbres que nos atormentan o simplemente nada, o casi nada que merezca la pena.

Pero, ¿hay amor en lo más profundo de tu ser? Esa cuestión sí que era realmente importante. La respuesta podría ser múltiple. Incluso positiva cuando nos preocupamos por el bienestar del otro, de la atención hacia el otro, de que el otro esté feliz y satisfecho. La cuestión del otro es siempre imprescindible para entender profundamente el amor. De amor hacia nosotros mismos siempre tenemos alguna dosis, pero conocer al ser humano en profundidad y que te caiga simpático, y que desees lo mejor para él, con entusiasmada entrega, esa es una cuestión compleja.

¿Qué llevamos dentro? ¿Qué es aquello que nos hace y realiza? ¿Qué es aquello que nos inspira? En lo profundo del ser humano se encuentra siempre lo más noble, lo más elevado. A veces es necesario el silencio para descubrir esas joyas que nos acompañan, que nos configuran. La contemplación, la meditación, la oración o cualquier tipo de vía que nos acerque cada vez más a lo que realmente somos, puede constituir un primer paso para adentrarnos en los tesoros que albergamos. ¿Qué llevamos dentro? Esa debería ser una pregunta de obligada respuesta diaria.

¿Cómo nos hemos levantado hoy? Esto podríamos preguntarlo cada mañana, en una corta sesión de silencio. ¿Cómo nos vamos a la cama? Diríamos en una meditación vespertina. ¿Qué hay dentro de nosotros en esta apasionante jornada en la que, un día más, estamos vivos? Amor… solo puede existir amor. Amor hacia la vida, hacia los seres sintientes, hacia los que nos abrazan en el lazo místico, hacia todo aquello que vive dentro y fuera de nosotros, hacia el cielo estrellado y aquello que late fuertemente en nuestro interior. Amor es una buena y necesaria respuesta que debemos llevar a la más pura práctica. No hablando de amor, sino dejándonos la vida en ello. Sólo de esa manera podrá tener sentido toda nuestra riqueza interior.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Como un cisne que no se moja


 

a

Como un Don Juan Tenorio, “yo a las cabañas bajé, yo a los palacios subí, yo los claustros escalé y en todas partes dejé memoria amarga de mí”. Lo decía el maestro Vicente nada más llegar a la cabaña señalando que esos versos le recordaba a mi persona, pero con la salvedad de que, a diferencia de Don Juan, el reguero que dejo en todas partes, según el bueno de Vicente, es positivo y amable. Ojalá siempre fuera así. Pero no es del todo cierto, porque a veces, por desgracia, dejo regueros de memoria amarga. Me conoció en los palacios, también en los claustros y ahora en la cabaña. Conoce algo de esa trayectoria meteórica del todo a la nada, o mejor dicho, de la división a la unidad con todas las cosas. Como la casa está toda patas arriba y no hay un rincón tranquilo, bajamos hasta la cabaña en el bosque. Sentados, reposados, hablamos de libros, de advaita, del proyecto.

Vicente es como ese cisne iluminado que no se moja cuando nada. No se afecta excesivamente por sucesos y cosas del mundo. Las observa, las ama, las integra. Su cocimiento y su exposición son infinitos. Da gusto escucharle hablar sobre cualquier cosa. Como doctor, nos ilustra sobre genética, su especialidad. Me encantó su explicación sobre los virus y las bacterias, seres que andan entre la vida y la muerte. A mi querida y añorada María le habría encantado estar en esa charla. Como hombre místico, nos transporta hacia la inevitable unidad de todas las almas, de todas las cosas. Nos tenemos un gran cariño y una gran admiración mutua. Por eso fue doble la alegría al verlo llegar esta mañana.

Pasamos un buen rato, comimos lentejas que preparó Helena. Vimos como las obras avanzan a buen ritmo mientras dábamos de comer a los patos, que curiosos, se asomaban por la gran ventana del pequeño salón improvisado, caótico y desordenado. Nos trajo dos cajas de libros místicos para la futura biblioteca. En la despedida le abracé como un hijo abraza a un padre y le di las gracias por compartir con nosotros un trozo de vida. En mayo vendrá de nuevo acompañado con un autocar para mostrar el proyecto a sus alumnos y en julio dará una charla en O Couso sobre advaita vedanta. Qué suerte tanta gente bonita que viene y va en este hermoso lugar.

Tras despedirme, y entre niebla, subí a las montañas y bajé a los valles que crecen verdes y salvajes a la espalda de donde vivimos. El valle del Louzara es uno de los lugares más impresionantes de estas tierras despobladas. Fui a visitar a nuestra querida Lourdes, recién operada, un auténtico ángel encarnado. Hablamos durante horas de mil cosas, especialmente del poco o nulo apetito que siento con respecto a la idea de tener pareja, amante o cualquier cosa que se le parezca, no como algo triste, sino como algo natural que brota de los adentros. Con esta vida monacal que llevo, casi eremítica, sería difícil compaginar con una relación medianamente seria, a no ser que llegara a mi vida una mujer igual de utópica, monacal y fuerte para aguantar tantos avatares.

Mañana viaje de nuevo al centro de la península para asistir a cónclaves iniciáticos. Espero que el viaje sea tranquilo. Espero que todo vaya en calma. Espero que como un cisne, pueda disfrutar del mundo sin ser del mundo. Espero poder volver pronto para seguir buceando en el infinito océano de la experiencia humana. Esa experiencia donde vivimos, nos movemos y tenemos nuestro Ser.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

El agua corre, siempre corre de un lado para otro


a
© Samuil Velichkov 

Seis de la mañana. Llueve y el agua corre, siempre corre de un lado para otro.
Imposible dormir en toda la noche. Hago como que no me importa, pero el cuerpo se resiente y no encuentra ya posición que valga. Siete de la mañana. Llego a la estación. Está todo oscuro y silencioso. Hace frío y sigue lloviendo. Me quedan cuatro horas de espera antes de poder recoger el coche, así que diviso una cafetería y allí me encierro a trabajar sobre maquetas, portadas, correcciones, ediciones. Pido primero un zumo de naranja. Luego administro el tiempo y solicito una tostada con tomate. A la tercera hora mis ojos empiezan a temblar y me pido un café con leche. Es cuando empiezo a observar atento a los comensales e imagino sus vidas, una tras otra.

Once de la mañana. Recojo el coche. Está reluciente, resucitado, como recién salido de fábrica. Me siento agradecido. Era como ir a comprar un coche nuevo, pero con más de un millón de kilómetros a sus espaldas, con cientos de aventuras e historias de todo tipo. Me alegra haberlo salvado. Hay objetos que tienen poder. Ese coche tiene algo. Es un tótem, un talismán, un fetiche. Doy las gracias a Miguel por el buen trabajo. Me subo en la nave nodriza feliz y contento y vuelvo a la montaña.

Mediodía en punto. Visito la tienda del pueblo y compro algo de comida. Luego paro en la oficina y atiendo los mil frentes. Paquetes, muchos paquetes, por fortuna. Uno de ellos, valorado en un salario mínimo con decenas de libros azules se pierde por el camino. Siento cierto disgusto. Enviar paquetes a Latinoamérica es toda una odisea. La pérdida es irrecuperable. Gajes del oficio, me consuelo intentando darme ánimos. A veces lo que ganas por un lado se pierde por otro. Así es la vida, como un continuo trasvase. Me hago fuerte y miro de frente. Habrá que reeditar algunos libros, esos eran los últimos. Casi no me queda tiempo para lamentaciones.

Aún así, me alegro por dentro cada vez que un libro sale de viaje hacia un nuevo hogar. Es como desprenderse de un hijo, de un trozo de vida. La labor de editor es muy hermosa. No sabría decir cuántos miles de libros se habrán lanzado al océano de la conquista en esta última difícil década, en ese ancho mar del compartir, de lo íntimo. Editar es una labor espiritual de primer orden. Aporta luz, arroja poesía al mundo, valores, encuentros, conocimiento, sabiduría, también placer y acompañamiento, ilusión y amistad. Editar es ser un puente. Un transmisor de lo perenne.

Sin tiempo, subo al bosque, me reclaman allá arriba. Un obrero pide trabajo, solicita que le ayude. Son las dos, no he comido, pero cargo mil cosas para despejar una de las nuevas habitaciones que han de recibir el nuevo suelo. Me da una rampa en el pie. Tengo que parar. Me doy un masaje. Es el cansancio. Ese tren es demoledor. Pero me levanto y continuo. La obra no puede parar. Podremos pagar por suerte esta semana a los obreros. Lo haremos en la columna Boaz, donde los aprendices reciben su salario. Si todo va bien, en la próxima semana, daremos el salario en la columna de Jakin. Parezco un maestro de obras, y eso me recuerda que el sábado tengo que asistir a un nuevo cónclave. No sé si tengo camisas limpias. No tengo tiempo para esas cosas, y a veces tengo que disimular de mil maneras esa falta de tiempo. Quizás debería comprar alguna camisa más. Debo hacerlo. Debo cuidarme y cuidar mi aspecto, siempre desaliñado cuando no tengo nada que aparentar. Sí, compraré una camisa. Debo hacerlo.

Ya queda menos, pero ese menos es lo más difícil. El drenaje, las ventanas, las puertas, el pequeño lavabo, el parking, la entrada. También la calefacción central y las placas solares que aún esperan pacientes para formar parte de la fiesta final, de la celebración, de la culminación. Respiro. Me siento fuerte, muy fuerte, y los vientos que arrecian por todas partes no pueden mover un ápice ante la templanza que siento interiormente. No hay prisa, ya no hay prisa, excepto para ver que la casa ya está segura y no se caerá.

Comemos. Lentejas que se enfrían rápidamente en el plato. Hace frío con las puertas abiertas. Los obreros entran y salen mientras nos ponemos al día. Resolvemos una incidencia en la nueva cocina. Echamos unas risas. Descubrimos una gotera en el tejado nuevo. No logramos ver por dónde entra el agua. Es casi imposible. El agua siempre busca salida. Como las emociones. Necesitan correr de un lado para otro hasta que alguna válvula de escape les quita presión. El agua corre, siempre corre de un lado para otro.

Me marcho a la cabaña. Estoy cansado pero hay mucho trabajo en la editorial y decido quedarme a trabajar a solas. Tengo que escanear las actas del curso pasado. Pido que lo hagan desde la oficina. Empiezo a maquetar, a mirar portadas, a hacer reimpresiones. Gracias a este blog y a la gente que participa generosamente en el mismo con donaciones mensuales puedo reimprimir libros agotados. Hoy tocaba el Manifiesto Comunista y Shamballa la Resplandeciente, ambos agotados. La gente aún sigue leyendo el Manifiesto. A mí me gusta más los escritos de los utópicos, o incluso el Manifiesto de los Iguales, de Babeuf. Ambos nos hablan de un tiempo difícil. Ojalá pudiera editar todos los manifiestos, cada cual con su mensaje histórico. Al releerlos, uno se da cuenta de lo privilegiado que somos.

Veo que también tengo agotados los dos primeros tomos de Tratado sobre los siete rayos. Eso son palabras mayores. Son libros de cientos de páginas y las reimpresiones son caras. Deberé esperar, o deberé incitar a que más personas se suscriban a este modesto blog. Todo sea por apoyar esa tarea espiritual de editar. Unas letras que alimentan a otras. Me gusta escribir, me gusta compartir estas reflexiones. Me desahogan al mismo tiempo que me relajan, y ahora también me ayudan a reimprimir libros. Quizás también para otras cosas, como esa camisa blanca que ya la diviso limpia y pulida en mi pechera. A veces recibo escritos dándome las gracias. Los escritores solemos tener grandes dosis de vanidad y orgullo. Me gustaría ser un escritor anónimo, y ensamblar palabras como los grandes poetas y pensadores. Ahora solo hago lo que puedo, estoy aprendiendo.

Al final descubro que es poco o nada lo que queda en las arcas personales. El prójimo siempre es una prioridad. Es una ley universal que estamos aprendiendo. Intento cuidarme, es cierto. Ya tengo capacidad para pensar en camisas nuevas. Esta mañana desayuné tres veces y suele hacerme algún regalo, como cenar un bocadillo de tortilla en el tren. Eso antes era impensable. Pero ahora descubro que yo también soy prójimo, y requiero cuidados. Todo fluye, y como decían aquellos de la cruz roja, de la antigua cruz roja, todo para ellos, nada para nosotros, todo en nombre de Su Gloria. Es un salmo hermoso, el 115. Non nobis, Domine, non nobis. Sed Nomini Tuo Da Gloriam. Lo tenemos también como lema de nuestra acogida. Es profundo y poderoso.

En el Cuaderno de Experiencia de Tres meses, centrado en la Acogida, lo encabezamos con una bellísima frase: “No os olvidéis practicar la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles”. Es una hermosa frase que aparece en Hebreos, 13. Me gustan las frases de los textos antiguos. Tienen algo de poder y verdad.

Es casi medianoche en punto y sé que el mundo angélico es bienvenido y bien acogido en este lugar. Se escucha el viento fuerte. Meiga duerme solapada sobre mi pecho torpedeando mi necesidad de escribir. Los abrazos peludos consuelan siempre esa sensación de soledad que ya ha dejado de doler. Estoy tan cansado que no puedo parar de escribir. Pido disculpas. El agua corre, siempre corre de un lado para otro buscando alguna salida. Hoy dormiré bien. Poco pero bien. El agua corre…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

La belleza por todas partes


 

a
© Michael Schlegel

Tras pasarme la noche limpiando la oficina-apartamento para recibir a su nueva inquilina me levanté temprano, fui al ayuntamiento para pedir nuevos permisos de obras, luego a la oficina de correos para enviar un montón de libros y más tarde me encaminé hasta Lugo para atender algunos requerimientos de Hacienda y dejar en la oficina del Depósito Legal las cuatro unidades reglamentarias de nuestra última novedad editorial, un libro escrito por un danés que habla de comida y mindfulness. Si Samos y su comarca me parecen un paraíso, Lugo me parece una ciudad hermosa, apacible, que invita a vivir. Recorrer sus calles recogidas tras esa imponente muralla romana es entrañable. Si pudiera vivir diez vidas más quizás una de ellas, o parte de la misma, la dedicaría a vivir en una ciudad como esta. Galicia en su conjunto es un país precioso, una tierra digna y bella.

Por eso cuando terminé con todos los trámites y gestiones en la hermosa ciudad me encaminé hasta las Rías Baixas, hasta Moaña, cerca de las islas Cíes y la Ría de Vigo, dónde debía recoger a la nueva inquilina, habitante del “balneario” durante los próximos dos meses. Como me pillaba de camino, vencí mi timidez e hice parada en esa bella aldea que un día me rescató de mi naufragio. Allí viví un tiempo indeterminado, ya ni lo recuerdo, y fui acogido con cariño y complicidad por su única habitante interestelar. Sentí una gran emoción al volver, un año después, a ese lugar entrañable, cálido y tan familiar. La comarca de Ulloa, junto a su río Ulla, es un paraíso auténtico. Me hubiera gustado haber vivido allí más tiempo y contar desde la curiosidad antropológica cómo es la vida en esos lugares tan peculiares y auténticos. Echo de menos a esa pequeña aldea y a su habitante, pero la vida sigue, y su cauce misterioso se une más allá de las fallas y los caudales.

Aparecí así de repente como un fractal. Me dejé caer como una gota del océano infinito. Sincronías de la vida, unos minutos antes, ella me había escrito. Me gustó poder verla y ver que había recuperado su belleza natural tras un tiempo desahuciada de sí misma. Amo a esa mujer incondicionalmente. Amo esa elegancia desapegada y esa aristocracia de espíritu, pero ahora la amo en silencio, de forma desapegada, sin deseo alguno, como se aman las estrellas que en su brillantez diminuta se apagan y se encienden una y otra vez en el espacio infinito. Me alegró estar un ratito con ella y sentir como si el tiempo no hubiera pasado. Justo en estos días hacía un año que andábamos perdidos en los desiertos de Palestina e Israel. ¡Cómo pasa el tiempo!

Tras la corta visita seguí mi ruta hasta Ourense y de allí a las rías de Vigo. Hermoso el paisaje, todo belleza, todo tan verde y exuberante viajando entre la Ribeira Sacra y su río Miño bañando todo el espectro natural. Qué tierra ésta tan llena de magia. Llegué puntual a la cita, con tan solo dos minutos de retraso a pesar de los avatares del viaje. No había comido y estaba cansado, pero tuve tiempo de contemplar lo bello y hermoso del lugar.

Le ayudé a cargar las maletas mientras miraba atónito las vistas desde la orilla de la ría. Nos esperan dos meses de colaboración y espero que sea un trabajo fructífero para los dos. Viajamos juntos y hablábamos como si nos conociéramos de toda la vida. Haciendo memoria, solo coincidimos una vez hace algunos meses y tan solo durante tres días. Pero a veces ocurre que las almas se reencuentran, se hablan como si no hubiera pasado el tiempo, y solo necesitan recordar alguna cosa. Ahora me es fácil recordar. La vida real se manifiesta cuando “yo soy”. Solo desde el Ser se puede apreciar belleza en todas partes. Sólo atendiendo los requerimientos del espíritu se puede entender la hermosa presencia de todas las criaturas creadas, de todo el conjunto de energías, emociones y pensamientos que se expanden por la experiencia de la actividad espiritual. Todo es simple, todo es bello, todo es hermoso, aunque en apariencia muchos crean que la propia creación es fruto de un casual accidente.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar