Equinoccio en la Hermandad del Espíritu Libre


IMG_7009

“Soy uno de la Antigua Orden de los Hombres Libres. No hay pueblo sin una logia; y donde la haya haré amistades”. Arthur Conan Doyle

Estábamos trabajando con la leña para el próximo invierno, recogiendo todos los palos y ramas que estaban acumuladas en un costado de la finca, cuando nos llamó la periodista. Tenía interés en saber cómo nos iba a nosotros en la pequeña comunidad para publicarlo en un próximo artículo de prensa. Por un momento me extrañó la pregunta y contesté que por aquí todo era normal, que no habíamos cambiado ninguna rutina y que todo estaba en orden. Este invierno solo somos cuatro personas e intentamos hacer las mismas cosas con las mismas rutinas. Nos hicimos una foto para la periodista y la colgamos en las redes.

Es la foto que adjunto aquí. Llovieron algunas críticas por el hecho de que estemos juntos, cogidos de las manos, abrazados, como si no pasara nada. Alguien preguntó, “¿qué esperas mostrar con esa foto?” Me salió del alma responder: esperanza. Tanto tiempo hablando y escribiendo sobre la Hermandad del Espíritu Libre y tan solo en estos días he tomado consciencia de que está llegando el momento de que se vuelva a manifestar. Es verdad que ahora somos pocos, pero también es verdad que en la hermandad nunca fueron muchos. Menos aún en tiempos difíciles, como los de ahora.

Tras las tareas del día y comer algo juntos, fui a comprar algo de comida. Quizás porque sea el más osado. En todo caso, alguien tiene que salir al mundo para proveernos de lo indispensable. El trayecto hasta el supermercado fue dantesco. Calles vacías, carreteras vacías, un mundo vacío y quieto. Es como si a nivel mundial hubiéramos entrado en cierta quietud necesaria. El supermercado estaba igualmente vacío. Las pocas personas que lo frecuentaban procuraban guardar cierta distancia de seguridad. Al salir, un coche de policía iba parando a los pocos transeúntes que encontraba. Me di cuenta de que estábamos viviendo un auténtico estado de sitio, excepcional y solo imaginado en las películas distópicas y apocalípticas. Es como si estuviéramos viviendo un ensayo de cómo debería empezar el final de los tiempos.

A la vuelta paré un rato en su casa. Le llevé algo de comida y conversación. Me hubiera gustado llenar toda su despensa, pero me doy cuenta de que ahora todas las despensas están medio vacías, inclusive la nuestra. Resulta extraño tener que mirar la racionalización de la comida a largo plazo. No sabemos qué puede pasar ni cuánto puede durar esta catástrofe. Pero al menos ahí quedaba el gesto y la compañía. Nos volvimos a abrazar con total normalidad y seguí mi camino de vuelta a la pequeña comunidad.

Soy uno de la Antigua Orden de la Hermandad del Espíritu Libre. La hermandad me obliga a trabajar para el servicio, como un verdadero monje-guerrero que vaga por los tiempos buscando la mejor manera de aportar luz entre las tinieblas. Luz, pero, sobre todo, trabajar para la esperanza. Nuestro testimonio debe aportar esperanza, no como algo inmóvil que se espera, sino como un recorrido, una acción que nos lleva hacia algo mejor. No olvidamos en nuestra peculiar normalidad a los que están sufriendo en estos momentos, a los cientos que se están marchando al otro lado precipitadamente, a aquellos que pronto lo perderán todo por carecer de algo. Hay que promover la  necesidad de ayudar a los que están solos y necesitan compañía en estos tiempos complejos, aún a riesgo de nuestra propia integridad o seguridad. Hacen falta doctores, unos para el cuerpo, otros para el alma. Todos para sanar algo, porque algo estamos sanando a nivel de especie humana. Sin duda.

Nuestro testimonio de esperanza también es un testimonio de fe. Alimentamos nuestra fe con hábitos saludables, con esfuerzo, con silencio, con contemplación, con cantos, con ejercicios, con servicio. Alimentamos nuestra fe cada día con esfuerzo y trabajo para seguir siendo testigos de aquella simplicidad que alguien nos recordó hace dos mil años. Para qué si no tanto esfuerzo, sino para mantener viva la llama que hace tiempo se encendió en nuestros corazones. No podemos olvidar el testigo recibido, y nos debemos a esa causa, a ese propósito de mantener viva la luz, la fe y la esperanza.

Desde esta perspectiva, entramos en nuestra pequeña logia, en nuestro pequeño recinto consagrado, en nuestra pequeña ermita. Encendimos, alrededor de la gran vela, doce pequeñas luces. El ritual de equinoccio fue sencillo. Cada uno de nosotros leímos algunas lecturas inspiradoras, luego entramos en silencio, en contemplación durante un tiempo. Cerramos el círculo virtuoso solicitando deseos de paz y amor, de fe y esperanza. Cerramos ese mágico momento esperando que todos salgamos fortalecidos de esta experiencia. Mucho ánimo os deseo a todos. Mucho amor y cariño desde la distancia.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar