Cuando el sexo, (y el ego) no importan


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A veces saco a pasear a mi ego por las calles. Lo llevo por las grandes librerías para ver si aparece por algún lado alguno de sus libros. A veces, como hoy, encuentra su último libro junto a la estantería de las novedades y se alegra, cómplice con el resto de egos que acompañan la obra.

Hoy fue doble la sorpresa al ver que en la revista “El Mensual de 20 minutos” aparecía la divertida entrevista que Sara Monteros me hacía acompañada de las fotos del también amable y divertido Jorge París. (Por cierto Jorge, al final no nos han publicado esa provocadora foto en la que me bajaba los pantalones en el barrio de mayor prostitución de Madrid).

Mi ego resplandecía de orgullo poco disimulado, emulando las gestas de aquellos que no pueden vivir sin que al pasear por las calles al menos alguien le reconozca como ser público y notorio.

Luego la vida te da algunas de sus tremendas lecciones y el ego se vuelve dócil y tranquilo, humilde y sosegado. Por eso a veces lo saco a pasear, solo para demostrarme a mí mismo que no tiene poder, ni relevancia, ni importancia. Sólo un minuto de anécdota en alguna conversación sin mayor trascendencia. No es falsa humildad. Es como en la entrevista. El sexo no importa, y el ego tampoco. Tampoco importa lo que comes, lo que digas, ni siquiera tus secretos o tus logros. Lo que importa, creo, es que la persona que esté a tu lado sea feliz. Que el niño que te ha cruzado la mirada en el tren reciba un guiño y sonría, que seas amable con todos y que causes el menor impacto negativo en tu estancia en este bello planeta.

Sea como sea, me permito este nuevo paseo, solo para compartir esta entrevista y así ayudar de paso a vender más libros para poder seguir haciendo buenas obras. Sean las que sean, pero sobre todo, buenas obras. No es una cuestión de ganar mucho dinero vendiendo libros, si no una cuestión de equilibrio con ese dinero, mucho o poco, y las causas a las que van dirigidas. Lo bonito de todo, al fin y al cabo, es poder compartir, ya sea un trozo de tarde, un poco o no de sexo, de alegría, de amor, de sonrisa, de dinero, de trabajo, de sufrimiento, de sosiego, de apoyo, de valor, de entusiasmo, de paz… hay tanto por compartir, que si no fuera por eso, nada tendría sentido. Así que salgamos ahí fuera o aquí dentro y preparemos la nueva jornada: ¿qué vamos a compartir hoy?

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Aquí toda la entrevista. Gracias Sara:

http://www.20minutos.es/noticia/2611359/0/asexuales-asexualidad/cuando-sexo/no-importa/?utm_source=Facebook&utm_medium=Social&utm_campaign=Mobile-web

 

 

 

 

 

Del materialismo al postmaterialismo: una crisis inevitable (y necesaria).


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Crisis o decadencia de un modelo. Quizás ambas cosas. Algo debió ocurrir en la revolución industrial. La gente abandonó el mundo rural y se amontonó en calles de ciudades que vieron un increíble desarrollo y crecimiento. Entre 1873 y 1890 hubo la gran depresión de aquel final de siglo. Luego vinieron otras. También hubo crisis en el sistema feudal, especialmente en el siglo XIV, y en las archiconocidas caídas de los imperios milenarios de la antigüedad.

Las crisis son inevitables. Nos ayudan a crecer, a reconsiderar el modelo y ajustar los sistemas al nuevo paradigma. En esta época estamos viviendo una decadencia del sistema materialista. Un modelo que ya no se sostiene por sus propias contradicciones, las cuales provocan catástrofes naturales de difícil cuantía. El cambio climático y el aumento de la temperatura del planeta entero quizás sólo sean un botón de lo que pueda llegar a ocurrir.

Por suerte la naturaleza se regenera y busca los mecanismos apropiados para volver a su estadio natural. La sociedad humana, convertida en peligrosa plaga que está poniendo en entredicho el equilibro natural del planeta, está ante un serio dilema no tan sólo de desarrollo, sino de su propia supervivencia.

Si el modelo materialista hace aguas, ¿cuál es la alternativa? En el libro “Apoyo Mutuo y Cooperación en las Comunidades Utópicas” recojo las tesis de algunos investigadores sociales como Ronald Inglehart y Christian Welzel, los cuales preconizan el cambio de modelo cultural y la secuencia del desarrollo humano. Profundizar en la democracia (véanse las teorías sobre la democracia profunda) y entender los nuevos valores que se expresaran en una edad postmaterialista nos da pistas sobre la base en la que deberá tejerse el nuevo modelo. Un modelo inevitablemente más ecológico y humano, de retorno al mundo rural donde las experiencias, más que las cosas, suplantarán la necesidad de consumo de bienes por servicios. La revolución postmaterialista de la que estamos siendo testigos reducirá inevitablemente la feroz aberración contra la naturaleza. Será inevitable que poco a poco, en los próximos cincuenta años, tomemos plena consciencia de la necesidad de cambio en nuestras costumbres y hábitos.

La crisis de cambio de paradigma, de decadencia de un modelo para abrazar a otro nuevo, nos está ayudando a tomar consciencia. Hay un reclamo optimista en todo ello, de adaptación, de profunda transformación interior e individual y también colectiva y social. Una nueva reconciliación con la Naturaleza, inevitable y urgente, a la que debemos dar inaplazable prioridad.

(Foto: El autor en O Couso, Galicia, verano de 2013. La vuelta a la vida rural es un proceso inevitable en los cambios del nuevo milenio. Lo que ahora parece anecdótico en un futuro será norma).

Hacia la socialdemocracia del siglo XXI, una percepción antropológica


Estamos en un tiempo difícil en el plano material (crisis financiera, desmantelamiento del Estado del Bienestar, empobrecimiento de las clases medias) y también en el plano de las ideas, el cual afecta de lleno a partidos de gran tradición como el PSOE. Esta crisis de ideas está poniendo en duda la conexión entre los partidos tradicionales y la ciudadanía, anclada, valga la paradoja, en un mar de protestas y disconformidades ante la crisis acuciante y las pocas alternativas que el modelo neoliberal ofrece desde los organismos españoles y europeos. En este caldo de cultivo, el PSOE necesita realizar una profunda reflexión, una autocrítica constructiva y buscar alternativas que le devuelvan el protagonismo perdido en estos tiempos.

El nuevo liderazgo ideológico tiene que ver con la adaptación de los componentes simbólicos y de fundamento a los nuevos tiempos. La agenda progresista debe adaptarse a este nuevo paradigma económico y social, basando sus premisas en la adecuación de sus símbolos y proyectos identitarios. La gobernanza de la globalización, el reto climático y tecnológico, el problema del hambre y la pobreza en nuestro país y en el mundo, la era del conocimiento y la crisis neoliberal actual necesitan analizarse desde una nueva perspectiva que mire hacia el futuro con una cuidada clarividencia hacia las tendencias que han de llegar al panorama local y mundial.

Las ciencias sociales en general y la antropología en particular siempre han prestado especial atención al mundo de los símbolos como aquellos arquetipos que intentan expresar una idea-fuerza o un conglomerado de pensamientos articulados por rituales de diferente índole, siendo soportes indispensables para que el observador se sienta orientado, relacionado y/o identificado con la idea que sostiene.

En este mundo de crisis y cambios, debemos reorganizar la estructura interna y sus expresiones externas para adecuarlas al nuevo ciclo de acontecimientos. Para algunos investigadores, estamos traspasando la barrera entre el mundo materialista, caracterizado por la revolución industrial de épocas pasadas, al mundo postmaterialista, basado en la industria de la información y el conocimiento. Este nuevo modelo implica la aceptación de que muchas personas empiezan a dejar de comprar cosas tangibles para consumir experiencias, enfrentándonos con ello a una potente y nueva revolución “industrial”. Esto está cambiando la mentalidad social a la hora de enfrentarse a los retos del futuro, creando un sistema de nuevos valores sociales y culturales que todas las fuerzas ideológicas deberían tener presentes.

Estos valores postmaterialistas tienen que ver con proyectos de autorrealización, participación y emancipación individual y colectiva. Ignorarlos puede provocar que las fuerzas vivas que nacen en la sociedad busquen vías de escape o alternativas que, de no ser reconducidas, pueden terminar en movimientos violentos o de protesta continuada. ¿Qué alternativa de futuro, adecuada a los nuevos tiempos, está dispuesta a ofrecer el PSOE?

Las ideas suelen tener una evolución propia con la intención de adaptar sus intereses a los tiempos o lugares donde discurren. Las ideas políticas siempre han basado su permanencia en un proyecto que inyecta, mediante una sólida base de diseños, estrategias y tácticas, un programa y una posición adecuada para defender sus doctrinas.

El socialismo en España, y más concretamente el Partido Socialista Obrero Español, ha entrado en un proceso de caducidad permisivo cuyo remedio requiere de una revisión profunda de sus valores y principios, pero sobre todo, de su estética simbólica a la que se enfrenta en los nuevos tiempos.

Por poner ejemplos concretos y de cierta estética aplicada, esa caducidad queda reflejada en sus propios símbolos. El nombre sigue siendo un prefacio del siglo XIX: Partido Socialista Obrero Español. En un mundo donde la puesta en práctica del socialismo ha fracasado no tiene sentido que un partido moderno siga argumentando bajo esa bandera unos usos caducos. Tampoco debería llamarse obrero, ya que la mayoría de la nueva clase trabajadora está emancipándose del concepto de “clase obrera” para enmarcarse más en el concepto de clase postmoderna que nada tiene que ver con la concepción que Marx hizo de su “working class”.

El símbolo del puño agarrando una rosa también forma parte de un movimiento que nada tiene que ver con todo lo que está ocurriendo en nuestros días. Si bien los símbolos pueden llegar a ser sagrados dentro de los ámbitos de las relaciones con el mundo invisible, en las relaciones humanas de lo cotidiano, los símbolos evolucionan irremediablemente, aunque intenten guardar dentro de sí algún tipo de esencias. Hay algunos que pertenecieron a un tiempo y a las fuerzas de ese tiempo, identificando un proyecto que requiere revisión. Una vez terminado el periodo de fuerza, el símbolo carece de valor.

Para ello, hay que tener en cuenta conceptos claves a desarrollar en el futuro:

–       Ya no existe un proletariado o clase trabajadora a la usanza del siglo XIX y en contraposición a una clase capitalista. Hoy en día, la sociedad se está articulando de forma diferente, evolucionando el concepto de trabajo asalariado por formas diferentes de trabajo, muy relacionados con la nueva revolución de la era del conocimiento.

–       La terminología “explotación”, muy utilizada como argumento ideológico debería sustituirse por términos menos agresivos, ya que, en términos actuales, las desigualdades sociales no consisten en la explotación de unos sobre otros, sino en las injustas regulaciones existentes a la hora de organizar el mercado de trabajo y capital.

–       El propio nombre del partido debería modernizarse, agrupando más el concepto de socialdemocracia –quizás adoptando el nombre que ya algunos partidos socialistas reclaman para sí como el de Partido Socialdemócrata.

–       Los símbolos han evolucionado, y en la era industrial del conocimiento, donde el pixel y el ratón son los instrumentos más habituales de trabajo, no podemos seguir vinculando esta era a símbolos del pasado.

Por lo tanto, es necesario realizar una firme revisión no de nuestros valores, pero sí de la forma en la que los expresamos para no caer en la tentación de encerrarnos en la caducidad endogámica y el sectarismo de las esencias. Nuestra visión debe ser amplia y ello requiere cambios en el fondo, en la ética, pero también en la estética.

España en su más profunda humillación


El título quiere imitar al de aquel folleto antinapoleónico que el librero de profesión, sobrino de editores, Johannes Philipp Palm, editó costándole la vida por no querer delatar la autoría del mismo. Fue fusilado por orden de Napoleón el 26 de agosto de 1806, acusado de la publicación del escrito titulado “Alemania en su más profunda humillación”.

Y el título viene a colofón de todo lo que está ocurriendo en nuestro país en los últimos tiempos. Especialmente a la humillación a la que estamos siendo sometidos día tras día desde las instituciones del poder que, agotadas por no saber reconducir una situación crítica, aboga por confundir, delatar y fusilar todo cuanto puede.

España se desquebraja ante la mirada atónita del mundo. Parte de Cataluña gira de nuevo hacia sentimientos independentistas. El País Vasco, según los más duros, está siendo articulada desde las últimas elecciones por ETA. En el País Valenciano, los ciudadanos prefieren votar a corrupto conocido que corrupto por conocer. En Andalucía, pude escuchar un mitin político en el que el consejero de turno exigía más subvenciones para el campo. Y en el resto de España, los que pueden, como las infantas y algunos marqueses y cierta aristocracia económica, buscan salida en otros países mientras que en el nuestro, el heredero a la Corona insiste en ser un hombre del Sistema en un momento en el que el Sistema se derrumba y hace aguas. El minuto de gloria no fue sin duda para su súbdita, sino para el declive de su reinado futuro, de haberlo. Nadie quiere darse cuenta, pero España hace aguas.

Una acción social está destinada a restituir derechos perdidos. En nuestro caso más grave, derecho a la vivienda y al trabajo. Pensamos que el movimiento 15M iba a ser la chispa que detonaría en un despertar colectivo, o al menos, en un atisbo de esperanza futura. Cuando la situación de un pueblo está psicológicamente agotada, lo mejor es, antes de que el pueblo muera por inanición, abrazar soluciones impecables que nos alejen de la humillación.

Eso pensó mucha gente ante el agotamiento psicológico y la desesperación de ver como un Estado no es capaz de asegurar la subsistencia de su pueblo. Surge de la necesidad el propio pueblo, la justificación moral  de adueñarse de las soluciones pertinentes…y de las plazas. Lo hemos visto en cientos de revoluciones que no son sino la explosión psicológica del agotamiento de un pueblo o una sociedad. Y lo hemos visto estos días en nuestras calles y plazas, ante el atónito silencio y la incapacidad de reacción de un Estado, de un Sistema totalmente agotado y deslegitimado por sus propios ciudadanos y sus propias contradicciones. Las plazas, ese concepto tan europeo, y sus gentes, han doblegado al Sistema.

A partir de ahora nos movemos en un círculo peligroso del todo vale, y ese todo vale puede terminar en tragedia o en destrucción del orden establecido. Todo lo que ha ocurrido en esta primavera se yergue hoy como una advertencia al porvenir.

Antiguamente, cuando el agotamiento y la humillación eran insufribles, se recurría a la violencia como forma de desatascar una presión psicológica grupal inaguantable. En nuestro Occidente, una acción de ese tipo sería no sólo inaceptable, sino inasumible.

La pesadez y la desesperanza acumulada empiezan a hacer estragos. El egregor en el que hemos convertido ese magma de pesimismo y sentimiento catastrofista está amordazando cualquier tipo de salida a este atolladero.

En el fondo, no es un problema de más trabajo o menos paro, de más fluidez económica para las empresas o menos corrupción política. Es un problema que va más allá de todo eso y que tiene que ver con aquello que los ilustrados llamaban la unidad psíquica de la humanidad, más expresiva si cabe en los románticos que hablaban del alma de los pueblos. Y ese alma se siente vieja, y esa unidad psíquica cansada. No por esta crisis, sino por un sistema de valores y comportamientos sociales que ya no encuentran salida en el sistema de cosas que hemos establecido.

Muchos piensan que con las próximas elecciones generales habrá un cambio importante en el sentimiento crítico del alma español. Seguramente esa perspectiva nos mantendrá distraídos hasta ese momento, y como mínimo, esperanzados. Pero por pura lógica, no van a cambiar mucho las cosas porque el país necesita un cambio radical, importante, profundo y esencial.

Y ese cambio profundo no puede ser orquestado por los partidos que dirigen el orden actual. Debe aparecer un resurgir nuevo, una llama que sea capaz de meter una cuña en el edificio tambaleante para que la inclinación vaya inevitablemente hacia el derrumbe total. Y cuando el derrumbe sea total y el viejo orden haya desaparecido entre sus escombros, la presión psicológica cesará y la esperanza de un nuevo día volverá al espíritu de nuestros corazones. Los tiempos reclaman una fuerza nueva, un nuevo movimiento capaz de digerir lo caduco para vomitar lo nuevo. Habla así el espíritu del pueblo… y sus plazas… y sus corazones…

 

( Artículo publicado en el foro de la Fundación Civil:  http://www.fundacioncivil.org/2011/06/espana-en-su-mas-profunda-humillacion/)

 

El mito de la ciudad de los Ángeles


Hace unos años, en julio de 2006, el antropólogo Javier León emprendió un viaje a Los Ángeles, en California, para indagar sobre la supuesta influencia franciscana que según el mito y la leyenda, había surgido de la Sierra de Hornachuelos. Según había escuchado, el nombre de tan insigne ciudad estadounidense se debía al bautismo realizado por los mismos habitantes que siglos atrás habían habitado el monasterio de Los Ángeles, en Hornachuelos. La coincidencia de nombres y fechas parecía demostrar esta leyenda.

Se ha escrito mucho sobre la historia y los mitos del monasterio de Los Ángeles, situado en la Sierra de Hornachuelos, desde que en 1490 fuera fundado por el II Conde de Belalcázar1, el cual, en su vida religiosa fue Fray Juan de la Puebla. Con el tiempo, su influencia y fama se extendió a más zonas, siendo incluso cabeza de la Provincia Franciscana de Los Ángeles.

En la época de la fundación del monasterio, fueron descubiertas las Nuevas Indias, siendo la Orden Franciscana una de las que más aportes evangelizadores embarcó hacia el nuevo mundo. Ya en el primer viaje de Cristóbal Colón, le acompañaron dos hermanos legos de la orden. Un total de 8.441 franciscanos marcharon a América en la época española, lo que significó el 55,91 % del total de los 15.097 evangelizadores enviados por España. Por todos es conocida la participación activa del monasterio de Hornachuelos en la evangelización de América, donde tuvo su propia importancia. Por poner un ejemplo, fue Fray Cristoval Rabaneda, nacido terrenalmente en Posadas y espiritualmente a la vida religiosa en el monasterio de Los Ángeles, quién fundara en Perú la Provincia de la Santísima Trinidad.

El monasterio siempre se ha llenado de mitos y leyendas, las cuales alimentaron su fama no sólo en el pasado más remoto, sino en nuestro presente más contemporáneo. En nuestra actualidad, corre por el pueblo de Hornachuelos la leyenda de que la ciudad californiana de Los Ángeles debe su nombre al monasterio que durante siglos fue habitado por los franciscanos. Si bien esta ciudad fue fundada cerca de una misión franciscana, habría que investigar con mucha cautela la casual coincidencia.Dicho mito inspiró un viaje hace unos años a la ciudad norteamericana de Los Ángeles para indagar in situ la realidad de esta afirmación. Visité la ciudad vieja, El Pueblo, como allí se la conoce, e indagué por sus calles, archivos y bibliotecas. La decepción vino cuando descubrí que toda la información relativa a la época de la fundación de la ciudad había sido conservada en México, país al que pertenecía por aquel entonces la Alta y la Baja California. Algunos restos de aquel no tan remoto pasado están custodiados por monseñor Francis Weber, en la Misión de San Fernando del Rey, en la biblioteca de Doheny.

Sin embargo, algunos datos eran claros con respecto a la fundación de la ciudad y el porqué de su nombre. Fue el franciscano mallorquín fray Juan Crespi en 1769 quién dio nombre al río que se hallaba cerca de lo que hoy se conoce como ciudad de Los Ángeles. El nombre acuñado por este misionero fue el de “EI Río de Nuestra Sefiora la Reina de Los Ángeles de Porciúncula”, seguramente no en honor al convento de Hornachuelos, sino del primer convento que fundó San Francisco en Asís. El 4 de septiembre de 1781, un grupo de colonos gobernados por Felipe de Neve establecieron una comunidad en aquella zona a la que le dieron el nombre de “El Pueblo de Nuestra Señora la Reina de Los Ángeles de Porciúncula”, por el nombre del río que años antes había bautizado el religioso Juan Crespi. De ahí derivaron más tarde la ciudad y el condado de Los Ángeles. Fueron, por otro lado, Fr. Francisco Palou y su maestro Fr. Junípero Serra, ambos de la Provincia de San Francisco de Mallorca, los que fundaron la mayor parte de las misiones de California.

Aún así, estos datos a priori negativos para la gloria del antiguo monasterio, no deben quitar importancia a su fama y popularidad. Esta expansión y esta fama sólo puede ser entendida si analizamos la sacralidad del lugar y de aquellos que se esforzaron en acrecentarla. Los lugares llegan a ser sagrados y se encuentran saturadas de ser, de energía, a raíz de un hecho simbólico, un acto religioso o cualesquiera otro método que haga de ese lugar u objeto, algo diferente. El lugar u objeto, aparece como dotado de una fuerza extraña que lo diferencia de su medio y le confiere sentido y valor. Eso es precisamente lo que ocurre en la Montaña de los Ángeles, lugar sacro por excelencia y dotado de un valor añadido que lo diferencia del resto de los lugares comunes. Prueba de ello es que más de quinientos años después de su fundación, sigamos hablando de él con curiosidad y emoción. Existen muchos textos, pasados y presentes, que pretenden ensalzar la popularidad del lugar. Una muestra de ello lo vemos en el siguiente texto:

“Cerca de Hornachuelos se encontraba el monasterio franciscano de Nuestra Señora de los Ángeles, la casa madre de la Provincia franciscana de los Ángeles, Provincia a la que pertenecía el convento de Palma y a la que pertenecería el de San Antonio de Padua de Lora. Nuestra Señora de los Ángeles, la “montaña santa de los Ángeles”, como en ocasiones se la llamaba, era un centro comarcal de peregrinación. Allí acudían los loreños: la devoción que en toda aquella comarca se tiene con aquel santo convento y sus oratorios, y la estima y veneración en que la tienen, no es cosa que sabré decir como esto es, porque no se tiene por dichoso el que no ha visitado aquel celebrado santuario; ni le ha visto criatura que no se haga lenguas en alabanza de sus excelencias y del espíritu de devoción que allí se experimenta. Allí se vienen a hacer las confesiones generales desde muchas leguas, y tanta frecuencia hay de confesiones y comuniones … que son muy contados los días del año en que dexa de haber gente para eso de las ciudades de Córdoba y Écija, de Carmona,

Palma, Lora, Las Posadas, Montilla, La Rambla de Hornachuelos y … de todo aquel contorno”.

Alejandro Guichot y Sierra hace una minuciosa descripción de todas las leyendas surgidas a su alrededor. Las más conocidas sin duda son la leyenda de la mujer penitente1, la visita de Felipe II, el Salto del Fraile, los cuerpos incorruptos, el Santo Niño de Écija… Tales leyendas dieron fama al lugar, lo cual produjo un sinfín de visitas. Además, sirvió de inspiración al duque de Rivas para su obra “Don Álvaro o la Fuerza del Sino”, que más tarde Verdi transformó en su ópera “La Forza del Destino”.

La leyenda o el mito del origen de la ciudad californiana de Los Ángeles no deja de ser hermosa y romántica, pero viendo los datos aquí aportados, vemos que carece de sentido alguno. Aún así, existe un nexo común que une a un nombre con el otro. Una misma inspiración que nació de un mismo personaje y creció en el tiempo multiplicándose el mismo ideal en diferentes lugares tan dispares. Los Ángeles, no es sólo un nombre, es el símbolo de una inspiración que ha arrastrado a muchos a viajes y descubrimientos. Yo mismo me lancé a la búsqueda de ese viaje en la lejana California y volví no decepcionado, sino ávido de acrecentar y multiplicar aún más la fama de este lugar.

 

La Nueva Cultura Ética


Están ocurriendo cosas increíbles en estos días que nos hacen pensar en que algo está modificando nuestros patrones de conducta, nuestras formas de relacionarnos con el mundo y nuestra riqueza interior a la hora de entender la realidad envolvente.

Este cambio existe y tiene que ver con la teoría del desarrollo humano esbozada en lo que Inglehart llamó en 1977 “la revolución silenciosa”. Una revolución que tiene que ver con la tendencia del cambio de valores que nació en las sociedades occidentales basados principalmente en ideas de autorrealización y participación (posmaterialismo) más allá de las preocupaciones anteriores fundamentadas en la ampliación de la seguridad económica y la seguridad ciudadana (materialismo).

Estos valores posmaterialistas de autorrealización, participación o emancipación se reflejan ampliamente en las revoluciones que están naciendo en estos días. En algún trabajo anterior llamé a estos nuevos valores como Nueva Cultura Ética, ya que son indisolubles a la influencia cultural en la vida social y política de nuestras sociedades y comunidades. Y esta nueva cultura de valores emerge como consecuencia del desarrollo económico influenciado por la herencia cultural de nuestras sociedades adaptadas a las nuevas tendencias y conocimientos, a las nuevas tecnologías y las nuevas formas de relacionarnos con la realidad.

El cambio sociocultural producido no es lineal. La industrialización produjo racionalización, secularización y burocratización, pero el nacimiento de la sociedad que damos por llamar del conocimiento comporta otro conjunto de cambios que se expresan en una nueva dirección, poniendo énfasis en la autonomía individual, la autoexpresión y la libre elección. Además, la secularización va perdiendo terreno, recuperándose un nuevo tipo de espiritualidad alejada de las viejas formas, instituciones y estructuras del pasado pero con un nuevo aire renovado y característico de estos tiempos. Las sociedades desarrolladas, al dar por supuesta la supervivencia, empiezan a cuestionar los riesgos de la tecnología y comienzan a aproximarse a las esencias de la naturaleza, apreciando aquello que tenga que ver con el cuidado y el respeto a la misma. Lo ocurrido en Japón lamentablemente ha puesto en el debate de nuevo el problema nuclear. No en vano, las sociedades maduras desean acercarse de nuevo a los vínculos naturales con la naturaleza, protegiéndola y respetándola en todas sus vertientes.

Ello implica un retorno a las preocupaciones espirituales rechazando la religiosidad dogmática y dando paso a nuevas formas de espiritualidad y preocupaciones no materiales. Podríamos llamarlas, siguiendo las tesis de Inglehart como formas individualizadas de espiritualidad. El ordenador pasa a ser la herramienta principal de la nueva sociedad, y este artilugio moderno raya lo mágico, creando un número ilimitado de realidades virtuales. La creatividad y el estímulo intelectual son la base para que las preocupaciones espirituales vuelvan a estar en boga, lo cual provoca a su vez que el secularismo de la era industrial requiera cada vez más de mayores matizaciones.

Además de cambios en los aspectos religiosos y/o espirituales, se están produciendo cambios en las normas sexuales, sociales, económicas y políticas en las sociedades avanzadas. El énfasis cultural se traslada de la disciplina colectiva a la libertad individual, del conformismo a la diversidad humana y de la autoridad del Estado a la autonomía individual. Estos nuevos valores se reflejan a la perfección en la práctica mayoría de las sociedades avanzadas, donde se experimenta de forma comunitaria y en red con las nuevas tendencias sociales. La autoridad institucional pasa a ser una autoridad de grupo, asamblearia. La educación es horizontal y no vertical, así como las relaciones económicas, basadas principalmente en el apoyo mutuo y la economía del don. La sociedad civil muestra más atención a su poder, por encima del poder vertical de las instituciones jerárquicas. La masa, el pueblo, empieza a retomar su protagonismo esta vez de la mano de las nuevas tecnologías y los nuevos valores.

En todas las dimensiones existen procesos que impulsan el cambio, componentes que lo refuerzan y contribuciones que ayudan a su expansión. Todos estos cambios van dirigidos a la ampliación de la elección humana dentro de una sociedad que se quiere cada vez más humanista, más libre y más fraternal. No hay duda que una gran revolución ha empezado, una revolución que tiene que ver con un profundo cambio en el rumbo que la humanidad desea para sí misma.

 

Sobre la profundidad de la Estética


Ayer paseábamos por el centro de Madrid. Había mucha gente a pesar de la tímida lluvia. Todos parecían buscar algo. Me encantó el paseo porque podía ver la realidad del mundo, de la gente en su estado de ensueño voluntario. Mientras paseaban ignoraban qué podía estar pasando más allá de sus fronteras visuales. Quizás el motivo del paseo, el ir de copas, el beber y disfrutar con los amigos tuviera que ver precisamente con ciertas formas de profundizar en el olvido.

Fuimos a tomar algo tras ver una pésima película futurista en versión original. Pedí una infusión digestiva y mientras charlábamos sentía cierto alivio al poder entrar a cualquier bar de copas y no salir tufado a humo. Me pareció un gran progreso social el que estuviera prohibido fumar en lugares públicos, aunque la palabra prohibir nunca me gustó mucho. Los fumadores aguardaban en la entrada, muertos de frío, apurando la última calada. Vistos así, parecían enfermos sociales, excluidos, renegados, maldecidos por una costumbre barroca que ya no está de moda. Fumar no sólo perjudica a la salud física, sino también a la social, a la propia estética que tanto se puso de moda hace medio siglo. Fumar ya no “mola”.  No sólo molesta, sino que además es estéticamente horrendo.

Ahora la pregunta versa sobre si la sociedad civil en su conjunto entenderá la ausencia de estímulo estético en ese mal hábito. En ese y en tantos otros que deberían surgir de forma inteligente en el debate público. ¿Es estético, ni siquiera hablamos de valores, el ver matar a un toro? ¿Es estético, dejo de nuevo de lado los valores, el comerse su carne recién sacrificada? Resulta difícil estimular a la sociedad civil en estos discursos o análisis profundos. El hábito y la costumbre pueden más que los valores y las creencias. Por eso quizás la estética juegue un papel importante en el futuro. La estética, convertida en moda, puede ejercer positivamente una gran influencia en la asunción de nuevos hábitos.

Por eso la sociedad a veces es excesivamente pesimista con su posible “despertar”… ¿Despertar a qué, para qué, donde, cuando, cómo, por qué…? Si hablamos en términos de consciencia, de justicia social, de progreso social, de valores, etc… eso es un ingente trabajo que se intenta llevar a cabo desde la Grecia más antigua sin mucho éxito. Es más, algunos pensadores son de la opinión de que la sociedad actual se está degradando, autoliquidando en una especie de decadencia sin límites. La eugenesia social y cultural es un fracaso. Por activa y por pasiva parece que vamos a menos, a pesar de los avances científicos y sociales… Por eso quizás debamos buscar las claves en otras formas. ¿Cómo engañar a una sociedad decadente, inculta, tecnológicamente avanzada pero culturalmente degradada? Quizás, como hacían los antiguos filósofos, profundizando en la esencia y la percepción de la belleza. Alejándonos de lo horrendo, de lo socialmente entendido como horrendo, quizás podamos progresar algo… Tal vez la gente entienda ahora que fumar no es bello, y se aleje de esa costumbre. Tal vez algún día la gente entienda que hay cosas horrendas, que no son bellas, ni estéticas, y soporten el cambio con tal de parecer más atractivos al otro…

Naciones y Estados: la ilusión de un destino


Leía con atención un texto sobre crítica antropológica que trataba sobre el uso, o mejor dicho, el mal uso de la palabra cultura. Coincidía con la idea de que la cultura no se puede unificar en un campo ideológico o territorial como algo sólido e inamovible. Conceptos como “cultura europea”, “cultura española” o “cultura catalana” son estereotipos de algo que realmente no existe más que en la ideología política de algunos.

Se habla desde siempre de los peligros que comporta la idea de una identidad única, casi elitista en contraposición con el resto, de un concepto claro de poder absoluto en nombre de la cultura, la lengua, el territorio… Este tipo de ambigüedades fueron las primeras argumentaciones que se utilizaron políticamente para conseguir réditos electorales. En Cataluña había funcionado hasta cierto punto. El batacazo del tripartito ha supuesto un cambio epidérmico en el electorado que premia más al discurso identitario-económico –véase el vertiginoso ascenso de Laporta y su Solidaridad Catalana o la victoria de CIU- que al identitario-cultural con PSC, ERC y IC a la cabeza. Ciudadanos por Cataluña, la plataforma que nació desde la crítica intelectual, ha quedado igual, quizás porque la crítica intelectual no puede existir en un país donde el pensamiento único –nacionalismo o catalanismo- supone el magma mayoritario y sociológico de Cataluña.

Los analistas quizás conciban que la sociedad está madura para entender que no es un problema cultural lo que separa a Cataluña de España, sino un problema económico. Dicho así, muchos no entienden porqué desvincularse de España como proyecto político pero no de Europa. ¿Por qué la necesidad de un nuevo Estado dentro de una región supranacional como lo es Europa? El problema no es ni mucho menos económico. No se trata del expolio español hacia el territorio catalán. Se trata de ciudadanos que viven en España, y por suerte o desgracia, la España de nuestros días tiene ciudadanos con más recursos en unos que en otros territorios. Lo mismo ocurre en el proyecto Europeo. No creo que los alemanes o franceses piensen que España, Portugal o Grecia estén expoliando a Europa o viceversa, no creo que piensen que Europa los estén expoliando a ellos… ¿o sí? De nuevo un problema de interpretación, de semántica, o quizás de egoísmo humano extrapolado a territorios y sociedades. De nuevo el egoísmo, de nuevo la visceral manía animal de pensar en territorios, y no en personas. De nuevo los animales políticos meando en las esquinas para señalar su espacio y mostrar ante el resto donde empieza y acaba sus dominios. Absurdo, totalmente absurdo.

La buena vida colectiva no tiene porqué matizarse en la posesión, en nombre de la cultura o la economía, de más o menos poder, de más o menos Estado, de más o menos autodeterminación, de más o menos territorio. La convivencia entre los pueblos, una convivencia social y cultural, pero también económica y política,  debe pasar por el buen entendimiento de unos con otros. La polaridad del Estado-nación no tiene porqué ser el objetivo a seguir de los políticos que pretenden una mejor calidad de vida de sus conciudadanos.

La autodeterminación es necesaria, no dudo de ello. Pero debe empezar de abajo a arriba. Es decir, la esencia de la misma debe partir del ciudadano, de ahí a su barrio, a su pueblo o ciudad, a su comarca, a su región, a su país… No al revés. La tutela absolutista de los políticos con respecto a la gobernabilidad de sus ciudadanos pasa por ese matiz que subraya la incapacidad del ciudadano a dirigir su destino, necesitando de una determinación política que arremeta sobre decisiones importantes para la organización de la vida privada.

No hay que crear más estados-naciones, sino reducir, adelgazar los que existen. Eliminar la máquina burocrática y reembolsar la soberanía al ciudadano, al individuo libre que presta parte de su vida a la convivencia pacífica y solidaria. O quizás, para ser más certeros, lo más conveniente sería reorganizar la convivencia política. Pensar en los territorios no como organismos petrificados en un mapa geopolítico, sino como entidades vivas capaces de decisión sobre su presente y futuro. Organismos vivos, habitados, en todo caso, por hombres y mujeres de carne y hueso, capaces de pensar y capaces de dirigir libremente sus destinos.

Unión Europea, ¿fracaso de un ideal o fortaleza del mismo?


Dublín ha vivido una convulsa protesta contra la Unión Europea en particular pero también contra los estamentos que pretenden orientar la crisis que asola como un nuevo fantasma a todo el continente. Grecia, pero también, no lo olvidemos, Letonia e Islandia y ahora Irlanda y posiblemente otros caerán en un juego de dominó cuyo final no se puede predecir.  La inquietud y la incertidumbre crece y ya se habla de que esta crisis puede llegar a tambalear o destruir definitivamente el proyecto ideal de la Unión Europea. Los euroescépticos afilan los cuchillos y proyectan la idea de que el error del euro, la eurozona y la Unión Europea en general era evidente. A pesar de que la economía de la Unión Europea es la más grande del mundo superando a la de Estados Unidos en mil millones de euros, muchos ven en los recientes problemas estructurales un momento ideal para reivindicar el nacionalismo estatal y la soberanía nacional de sus estados miembros.

La crisis financiera ha evidenciado la fragilidad de todo el sistema y como madre de todos los males se apunta al experimento europeo y al euro. Pero este no ha sido un problema europeo exclusivamente, sino del sistema financiero en general y del excesivo endeudamiento de Estados y ciudadanos en particular. Los inversores recogen los beneficios cuando todo va bien, pero han sido los Estados, y por lo tanto, sus ciudadanos, quienes se han ocupado de las pérdidas cuando todo ha ido mal. ¿Es la solución nacionalizar la banca para que el dinero esté en manos de los ciudadanos y no de gestores privados que aprovechan la coyuntura para apuntalar ese popular dicho de que “la banca siempre gana”? Estas preguntas no entran al fondo de la cuestión del diseño de la política financiera pasada, presente y futura.

Por eso el problema va más allá de un simple hecho financiero. Algo se cuece en las entrañas del Sistema, pero sobre todo, algo se cuece en el espíritu humano por encima de los efectos colaterales del calentamiento global y la crisis financiera. Europa está luchando cara a cara con su destino. Y también el modelo ideal, nacido quizás de la Ilustración, de una Europa unida, y por lo tanto, extensamente, de un mundo unido, al menos, un mundo unido quizás más en las tesis altermundialistas que en las exclusivas posturas neoliberales. El proyecto europeo ha sido el experimento en cubeta para un proyecto más ambicioso que engloba a la que será la tercera unión de todos los pueblos tras el fracaso de la Sociedad de Naciones (SDN) y las Naciones Unidas (ONU). Un proyecto que ya se está gestando en los estamentos del Espíritu Libre y el ADN psíquico de la humanidad.

Pero la tensión crece a medida que la crisis repunta y se endurece. La burbuja inmobiliaria ahogó a los bancos y estos ahogan, mediante la carencia de créditos, a las empresas. La asfixia se generaliza y pronto serán los estados los que se verán afectados por la misma, si es que ya no lo están notando a la vista de las drásticas e impopulares medidas adoptadas por la mayoría de los países.

Hay miedo y el descontrol puede provocar el caos y el caos la destrucción. La moneda única, proyecto que nació del alto ideal de la unión de los pueblos tambalea y sufre los envites de la crisis. Trichet advierte que su futuro se jugará en 2011. Algunos analistas esperan lo peor.

Es por eso que el ideal de la Unión sufre los envites de la crisis con fuerza, una fuerza que de ser mal regulada podría ser desperdicia en el vacío. Por ello prima la necesidad de regular con serenidad esta situación. Todo lo que no está regulado por la inteligencia termina en un retroceso perjudicial para la humanidad. La destrucción y la ruina es el resultado de la falta de rectitud y aplomo en tiempos difíciles. Por eso sólo podemos avanzar, no hacia la destrucción de Europa (¿otra vez?), sino a reforzar su unión política, social y financiera.

El miedo siempre ha provocado guerras y las guerras siempre han provocado dolor y sufrimiento innecesario. Y ahora las guerras nacen del fracaso, de la pérdida de rumbo, de la falta de coraje y decisión. La ignorancia y la miseria podrían apoderarse definitivamente del alto ideal y hacer desplomar un imperio que persigue el bienestar de los pueblos y la unión de sus naciones. El apetito animal podría imponerse a la saciedad humana. La tiranía de la ignorancia y el miedo podrían apoderarse de la razón y la armonía, de la belleza y el progreso humano.

Los legisladores han procurado siempre, ante el temor de que la turba humana acabara descontrolada y sin control, administrar y gobernar buscando el bien común mediante la aplicación del intelecto. La inteligencia ha sido para el pueblo como la aguja de la brújula es para el barco: el alma que nos guía y nos dirige. Pero, ¿qué ocurre cuando el pueblo es guiado por mediocres y el alma está orientada hacia un mar de confusión? ¿Cómo retomar la esencia de los sabios? ¿Cómo hacer que las autoridades públicas vuelvan a la limpieza de corazón y al alto ideal del progreso humano? Los corazones se han venido abajo, las consciencias están encogidas, perturbadas, perdidas, las almas han abandonado el espíritu de la consciencia. ¿Cómo recuperar el valor humano? ¿Cómo endurecer el camino para crear y recordar nuestras propias esencias? ¿No es acaso el ideal de la Unión Europea mucho mayor que el sufrimiento de su pérdida?

Nuestra crisis, la crisis del Sistema, no es más que una pérdida de orientación basada en la superstición, el despotismo y el prejuicio que asola a toda la humanidad en su conjunto. Los políticos se han alejado del pensamiento, de la profundidad del pensamiento que es una energía noble y ostenta la soberanía de guiarnos y gobernarnos con sabiduría. Los motores que siempre nos han guiado, la verdad y el amor, han sido sustituidos por la falsa y el egoísmo. El derecho y la justicia, mecanismos que creamos para el progreso de nuestra humanidad, ha caído en manos del mediocre sentimiento y la disciplina de lo vulgar.

Las revoluciones han fracasado. El hombre ha fracasado. Por eso es necesaria la reconstrucción del hombre y de la humanidad. El progreso del género humano exige que los altos ideales brillen con nobles y perdurables lecciones de coraje. Necesitamos de ese coraje para encarar el futuro y el presente. Por eso necesitamos fijar de nuevo la atención en el alto ideal. Por eso debemos realizar un doble esfuerzo por reconducir la idea de una Unión Europea como ejemplo de convivencia, paz y progreso.

Lo que ocurre solo es una prueba para fortalecer el ideal, para afianzarlo y protegerlo, para inyectarle una dosis de vacuna que permita fortalecerlo para futuros envites. Más allá de la crisis hay un bien común al que servir, y los ideales están ahí para ayudarnos.

Consciencia vs conciencia. Ichein y Dasenin


“En tiempos de mentira universal, decir la verdad es revolucionario”.

George Orwell

El matiz en las palabras a veces requiere exploraciones semánticas y filológicas que nos hacen pensar en su origen y en su significado profundo. He discutido muchas veces sobre el mal uso, sobre todo en ámbitos de calado místico o espiritual, de la palabra conciencia y desearía profundizar algo más en sus ramales lingüísticos para definir acertadamente o no sobre su desambiguación.

Conciencia viene del latín conscientia, –con scientia, con conocimiento- que expresa conocimiento compartido. Pero en la riqueza de nuestro idioma hablamos además de la consciencia, que es aquello por lo cual nos hacemos conscientes de ese conocimiento, es decir, aquello que nos permite sabernos ya no separados del mismo, sino en particular interrelación con ese conocimiento desde una postura revelada. Es un conocimiento inmediato sobre uno mismo, sobre nuestros actos, emociones y pensamientos en interrelación inmediata con el mundo. Es mucho más que esa capacidad de reconocernos a nosotros mismos y de juzgarnos sobre esa visión y reconocimiento (conciencia). Es el arte de intuirnos parte de un todo mayor, gotas de un océano infinito y omniabarcante (consciencia).  Abarcar lo inmanente y lo infinito. Ser dioses, porque esa parece ser la finalidad última de la naturaleza.

Los filósofos alemanes utilizan una palabra peculiar para profundizar en los designios y propósitos de la consciencia: Dasenin, cuya traducción literal significa estar ahí, existencia. Así, el matiz entre conciencia y consciencia vendría literalmente de un atributo al que podemos llamar ser. Un ser que no sólo ve la realidad envolvente y la analiza (conciencia) sino que participa de ella de forma activa, presencial, existiendo en ella y por ella (consciencia).

En el budismo y sus tradiciones se habla del ichinen, es decir, del sujeto que se fusiona con la energía cósmica, del ser que se fusiona con la mente una, “realidad última que en todo instante se manifiesta en el mortal común”. Es alcanzar la budeidad desde la cual la vida se manifiesta de forma universal.

Desde esta perspectiva amplia, podemos ver la complejidad de la naturaleza que pasa de la simple manifestación física a la vida, de la vida al movimiento con los pulsares emotivos, de ahí a la mente, a la inteligencia para más tarde desembocar en la conciencia y luego abrazar, en un respiro más profundo, a la consciencia del ser, del alma y la unidad con todas las cosas, a la existencia total y plena en un mundo vivo y dinámico.

Pero si pensamos en todo esto, el mismo significado que le damos a las cosas contrae dentro de sí una postura personal. No es lo mismo vivir la vida de forma conciente que consciente. El matiz o la “postura” diferenciadora, como expresan los budistas, permite comprobar la calidad de nuestro paso por la vida.

Existe un estado interior en todas las criaturas. Algunos despiertan a él y experimentan el significado profundo de la existencia como una experiencia que, sin la misma, todo carece de sentido. Esto es lo que decide a qué deseamos consagrar nuestra vida, cual es el propósito real de todo cuanto hacemos, pensamos y sentimos.

Lo que determina nuestra vida, y por lo tanto su calidad, es aquello donde ponemos nuestra “consciencia”, nuestro corazón, nuestra alma.  Es la determinación y el compromiso más absoluto con nuestros más altos ideales, con nuestras más altas aspiraciones. Ahí reside la importancia de la decisión. ¿Qué deseamos ser? ¿Hacia donde dirigimos nuestros pasos? ¿Qué tipo de consciencia nos revela el camino a seguir? ¿Estamos lo suficientemente abiertos, despiertos y activamente empáticos con nuestros deseos más íntimos y verdaderos? ¿Somos capaces, en consciencia, de conectar con nuestra más sublime esencia? ¿Qué palpita dentro de nosotros?

Quizás sea cierto eso de que cada momento de la existencia posee tres mil estados. ¿En qué estado nos encontramos nosotros? Posiblemente en el mismo en el que se encontraban poetas y místicos, pensadores y filósofos, activistas y “despiertos”: el estado de auténtica vigilia, el estado de auténtica revolución metafísica, el estado del eterno recuerdo de nosotros mismos. Estar ahí, presentes, vivos, dinámicos, despiertos.

Breve antropología del fútbol


Nunca había asistido a un acontecimiento de ese tipo así que observé con detalle todos los rituales y escenificaciones de ese sociodrama tan conocido. Era mi primera vez y sentí mucha curiosidad antropológica. Estuve atento a todo lo que ocurría, pero sobre todo, al comportamiento de la gente, la gestión de sus emociones, privadas y colectivas, y la forma de racionalizar tal evento.

En el palco estaba el jefe de la oposición, Rajoy, y todas las personalidades pertinentes que asistían con emoción algunos y con expectación otros a esas instalaciones lúdicas creadas para divertir al pueblo. Supongo que su presencia daba rigor e importancia al evento y además, alguien que aspira a gobernar, debe saber hacerlo desde lo más sencillo, que es apelando a la célebre manía de dar al pueblo alimentos –hoy día llamados servicios sociales o Estado del Bienestar- y entretenimiento –de muy baja calidad, por cierto- para mantener a la masa tranquila y de paso ocultar o disimular hechos que podrían revelarse como controvertidos o incómodos.

Empezó la función con música, mucha música. Luego silencio. La gente se agolpaba en los asientos bien ordenados. Mi amiga era la única mujer del palco, cosa que contrastaba en un mundo, ese, totalmente masculino, sexista y recio. Al acto estaba permitida la entrada a mujeres y niños, pero no su participación en el juego, la cual, como en otras instituciones arcaicas como la Iglesia o la Masonería ortodoxa, está vetada. No deja de ser curioso que esto cause polémica en las instituciones religiosas pero no en las deportivas, como si fuera culturalmente aceptado que el hombre y la mujer son iguales socialmente, incluso deberían serlo a la hora de ordenar el “misterio”, la religiosidad o la espiritualidad, pero no en el deporte. Extraña esta hipocresía lúdica a no ser que la entendamos como una nueva religión que impone su patriarcado exclusivo.

Así que once hombres vestidos de rojo (allí les llamaban “la roja”) y once hombres vestidos de amarillo se enfrentaron unos a otros a la búsqueda, control y posesión de un objeto redondo que llaman “balón”. Me llamó la atención la uniformidad del vestuario, supongo que con la intención de hacer más fácil el juego y de paso alinear a los individuos en cierta cohesión grupal. Había, sin embargo, un matiz diferenciador en las botas, donde cada uno, y de forma más o menos libre, podía entronar su ego eligiendo el color y la marca preferida. Así que el control se manifiesta sutilmente no solo sobre el balón, sino sobre los individuos que lo mantienen, de los cuales se espera un comportamiento ejemplar, pero sobre todo, obediente y manifiestamente entregado a la causa, dejando el halo ilusorio –pobre expresión de libertad- a la hora de elegir sus botas. Un control que desde análisis macrosociológicos se expande hacia la sociedad total. Una especie de lavado de celebro que empieza en los “entrenamientos”, que sigue en las “concentraciones” y que termina en las ruedas –ruedos- de prensa con explicaciones vacuas, sencillas y carentes de inteligencia que la masa acepta, analiza y discute. Dicha alineación es practicada desde muy pequeñitos, pues esta es la forma que tienen nuestras sociedades de moldear al individuo en ilusiones y fantasías y mantener pasiva su creatividad o motivaciones esenciales encauzando muy sutilmente sus anhelos a meras quimeras futboleras.

El “campo”, visto en formato real, parece mucho más pequeño que esos macro espectáculos televisados que todo lo exageran tanto y donde parece que el esfuerzo de los “futbolistas” (así llaman a los hombres vestidos de multicolor) es desorbitado. Pero en realidad no hay tal esfuerzo. El campo es pequeño y no kilométrico como en la sabana africana. La yerba está bien cuidada y si caes no hay cocodrilos en ningún estanque, ni serpientes, ni escorpiones peligrosos. Como el balón sólo lo puede poseer una persona, los otros veintiún miembros se aburren o pasean de arriba abajo. Visto así, no lograba entender las cantidades astronómicas que se pagan a estos críos de veinti pocos años por jugar a un juego obscenamente estúpido, aburrido y sin ningún otro interés o función social que el de mantener a la “masa” entretenida.

Y la masa sólo se inquietaba o se emocionaba cuando en el campo había “dureza”. Una patada, un empujón, un insulto. Entonces se creaba expectación, tensión y cierta alegría colectiva acompañada de rabia, enfado o fastidio dependiendo de quién hiciera la agresión. Y entre los hinchas… bueno, esto fue lo más patético, así que mejor no comentarlo.

Violencia, mucha violencia integrada en esas emociones reprimidas. Y la violencia estaba implícita y explicita en muchos detalles. Primero, cada tres metros, había un guarda de seguridad que miraba atentamente las gradas y controlaba que todo estuviera en orden. Detrás de ellos, otra fila de policías que doblaban la “seguridad”. Por un momento pensé que estaba en una cárcel, en un campo de concentración (nunca mejor dicho) o en un auténtico y futurista circo romano, donde los gladiadores, algo más civilizados, buscaban no la sangre corporal de sus víctimas, sino la sangre vital y emocional de las mismas. Tanto monta.

El “partido” en sí me aburrió como una ostra, pero el espectáculo social me pareció alucinante y digno de estudio. El ver como nos engañan… como nos manipulan… como nos amansan… El sentir ese “pan y circo” para todos… El comprobar lo fácil que resulta dejar de pensar o fijar la atención en ese objeto redondo socialmente endiosado que necesita ser buscado, controlado y poseído para conseguir el objetivo de ser el mejor, de ser el ganador de la partida, de ser, en definitiva, el más estúpido entre los estúpidos…

Realmente me asustó lo vivido y experimentado en esas dos horas de “entretenimiento”. Me preguntaba porqué la sociedad es capaz de gastar tantos y tantos esfuerzos inútiles en espectáculos como ese y no es capaz de solucionar problemas tan complejos como el paro o el hambre en el mundo (aquí viene ahora la demanda demagógica). Hemos abandonado nuestros deberes como personas, nuestros deberes como sociedad civil, nuestros deberes como ciudadanos del mundo. Hemos abandonado nuestras obligaciones más esenciales, nuestros proyectos más vitales, a la espera, única y exclusivamente de “pan y circo”, donde nuestra única responsabilidad y nuestra única expresión de libertad se antoja en elegir “1”, “X” o “2” en las quinielas de turno. El fútbol ha sido capaz en nuestros días, en sustitución quizás de la concepción epidérmica y marxista de las religiones de antaño, de hacer soportable nuestra infeliz conciencia de servidumbre y esclavitud. Bienvenido sea el fútbol, la nueva religión social que, en boca de Heine, derrama en el amargo cáliz de la sufriente especie humana algunas dulces, soporíferas gotas de opio espiritual, algunas gotas de amor, esperanza y creencia.

Diseño inteligente


Si miramos con detalle todo lo que nos rodea parece asombroso, casi milagroso, ese profundo equilibrio que existe entre todas las cosas. Observar cada ser, cada elemento de la naturaleza, cada átomo que se ordena de forma increíble para formar estructuras más complejas… todo parece mágico. Los científicos, muy ordenados ellos, afirman que esa complejidad tiene un sentido explicable gracias a las leyes de la física y la química. Pero hay cosas que resultan difíciles de explicar. Ya no recuerdo quién dijo alguna vez que un simple alfiler tuvo que ser pensado, diseñado y fabricado por alguien. Que en ese proceso había intervenido una mente que le había dotado de forma y cuerpo. Un simple alfiler había sido soñado en la fábrica de las fantasías. Mientras pensaba sobre ello, esta tarde encontré en el salón una golondrina que se había colado por la ventana del despacho. Curiosamente, era la segunda en un mismo día que entraba en casa desde la tercera planta y se situaba en el mismo lugar que la anterior, justo en frente de la gran ventana de entrada al salón. Sus alas parecían perfectas, aerodinámicas, de unas líneas tejidas con tal finura que resultaban asombrosas. Me preguntaba si, al igual que el alfiler del ejemplo, alguien las había diseñado, pensado, soñado. Cogí con delicadeza a la golondrina desorientada y la lleve en mi mano hasta el jardín. Me miraba curiosa con sus hermosos ojos negros. Abrí la mano y emprendió el vuelo sostenida por la gravedad y el viento. Ambos factores hacían posible su desplazamiento conjuntamente con la fuerza que ejercían sus alas. Era asombroso ver como subía y subía hasta perderse en el infinito.

No quiero entrar en el debate neocreacionista que se desarrolló en USA sobre la visión de una evolución nacida de una identidad inteligente, llámase Dios, Gran Arquitecto del Universo o como se quiera llamar. Simplemente, como ser pensante, me encanta bucear en las premisas básicas por las cuales, con algo de sentido común, lo humano se enfrenta a los misterios de la vida y el universo. Y por eso ponía el sencillo ejemplo del alfiler. Si han hecho falta toneladas de años de evolución, de técnica y de diseño consciente para fabricar un solo alfiler, me pregunto, siguiendo ese hilo conductor, qué habrá hecho falta para organizar el cosmos, el universo entero, y lo más asombroso de todo, la vida, la mente y la consciencia. Porque es precisamente en estas tres últimas cualidades de la existencia donde lo sospechoso empieza a tomar forma. Independientemente del sentido o no que puedan tener las cosas en sí mismas, resulta tremendamente suspicaz el que dentro de una estructura física se haya implantado la vida, luego la mente y más tarde, la consciencia.

Resulta angustioso pensar en términos de un diseñador que plantea y ordena con una escuadra y un compás la arquitectura cósmica. Entre otras cosas porque siempre surge la paradoja de preguntarnos quién o qué diseñó al diseñador. Así que seguiré esperando, mirando desde mi ventana, el vuelo mágico de otra golondrina…

¿Naciones o Ciudadanos?


¿NACIONES O CIUDADANOS? SOBRE LA NECESIDAD DE UN REFENDUM EN CATALUÑA EN UN ESCENARIO DIFERENTE.

¿Qué decir de la manifestación en Cataluña? Dicen que ha sido un éxito. Nada más y nada menos que más de un millón de personas gritando a favor de la independencia. Realmente no está mal, pero ¿qué opinarán los otros seis millones que no pudieron estar allí? No lo sé… Lo que sí sé es que es una situación complicada. Y es complicada porque Cataluña está dividida entre los que quieren y no quieren la independencia, y luego, ese amplio abanico de ambiguos que aman, por ejemplo, el bilingüismo como riqueza cultural u otros que entienden que la verdadera riqueza está en sacrificar una lengua, la castellana, en pro de la única y verdadera, la catalana. También hay un buen número de librepensadores, ciudadanos inteligentes e independientes que basan su discurso más allá de la visceralidad catalanista o españolista y que pretenden la búsqueda sensata de un equilibrio entre ambas partes.

En todo caso, en vez de marear tanto la perdiz con estatutos que no se ajustan, o sí, al derecho, lo más sensato es que, en los tiempos que corren, se pregunte directamente al pueblo catalán, a sus ciudadanos libres, si desean o no la independencia. Y cuando digo al pueblo catalán no me refiero sólo al millón de personas que sí la desea y que ha estado gritándola en la calle. Me refiero a todo el pueblo catalán, a los que se sienten catalanes pero también españoles, a los que se sienten españoles pero también catalanes, a los que se sienten de cualquier cosa, porque al fin y al cabo, todo se reduce a un sentir visceral y primario que nace de lo más embrionario y parcelario del ser humano.

A fin de cuentas, lo que se desea es partir el territorio y con ello sus recursos. Decir, esto es mío y esto es tuyo, y hacerlo en nombre de algo tan ambiguo, tan inexacto, tan epidérmico como es el concepto de nación. Un concepto al que los romanos llamaban nationes para referirse a los bárbaros indomables en contraposición a los civilitas, es decir, los ciudadanos integrados en el imperio. Desde entonces, desde esa división primaria y antigua, se ha modelado el discurso entre los que defienden el sentido de ciudadanía en contraposición al sentido de nacionalismo. Sin embargo, existe la posibilidad de avanzar algo más en el discurso y hablar no de nación o estado, sino de comunidad.  Apostaría por el entendimiento de las comunidades, no de las naciones ni de los estados, conceptos ambos ambiguos y caducos. Así, la comunidad estaría basada en ciudadanos libres capaces de decidir por sí mismos el tipo de relaciones que mantienen los unos con los otros. ¿Qué necesidad tenemos, en plena era tecnológica, de hablar de territorios, de estados, de naciones? Es un discurso totalmente superado, trasnochador, anticuado y penoso. Sin duda, hay que proteger las culturas que nacen de las comunidades. Hay que potenciar todas las lenguas de forma libre y emancipadora. Hay que alimentar el deseo de convivencia y eficacia cultural, social, económica y política. Pero no desde un sentimiento estatal o nacional, sino desde una visión fraternal, de comunidad, de humanos libres que se entienden los unos a los otros. La visceralidad de asumir una identidad, la catalana, renegando o expulsando a otra, la española, no conduce a ninguna parte. Es un dique vacío y seco que terminará mal si no se pone remedio, inteligente y astuto remedio.

Es por todo esto que España debe reinventarse, sin duda, pero no basada en los argumentos de unos y de otros, es decir, de los defensores del Estado Español Indivisible o de los que exigen Una Cataluña Independiente, Grande y Libre. Me encantaría que mañana hubiera una manifestación en Madrid, también de un millón de personas, exigiendo al gobierno central que celebrase un referéndum en Cataluña. Esto sería un síntoma notable de madurez política, ya que serían los ciudadanos los que con sus manifestaciones articularían la realidad, y no los nacionalistas de ambos lados. Que sea la comunidad, hermanada y fraterna, la que exija un derecho legítimo, el de autodeterminación si este es su deseo, sin necesidad de recurrir a la visceralidad de un sentimiento pobre y unas argumentaciones primitivas como los nacionalismos de cualquier calado. Que sea la comunidad y sus ciudadanos quienes decidan constantemente sobre su presente y su futuro.

HACIA LA “FLEXIGURIDAD” DEL MERCADO LABORAL. SIGUIENDO LOS PASOS DEL MODELO NÓRDICO.


Mientras en España seguimos discutiendo qué es bueno y razonable para todos, es decir, para empleados, para empresarios y para desempleados, otros países nos llevan cien años de ventaja en estos asuntos y la prueba de ello es que les va bien, inclusive en tiempos de crisis, sin haber restado ni un ápice de ese eslogan de “Estado del Bienestar de la cuna a la tumba”. Y es en tiempos de crisis donde se pone en cuestión el modelo del Estado de Bienestar –curiosamente no el modelo del Estado de Derecho- porque en los países donde dicho bienestar no se ha consolidado correctamente es donde surgen más grietas. Modelos más avanzados, como el nórdico, superaron esos envites en el pasado y es por ello que ahora sean una de las economías más ricas del mundo con un Estado del Bienestar de los más consolidados, avanzados y generoso.

Así, de todos los Estados del Bienestar que mejor gestión hace de sus recursos, sin duda está a la cabeza el modelo nórdico, con Suecia, Finlandia, Dinamarca y Noruega. Le sigue el modelo continental con Alemania y Francia como principales ejemplos. Luego el modelo anglosajón y por último el siempre atrasado en casi todo, modelo mediterráneo, con Italia, España, Portugal y Grecia.

Sabemos que nuestro modelo es un fracaso y no funciona. Así que no hablaremos de él. Fijemos pues la atención en los modelos que funcionan, como es el Estado del Bienestar de los países nórdicos.

Hay algunas características que nos llaman la atención del mismo. La primera es que el Estado del Bienestar sólo es posible si el individuo tiene acceso a un trabajo digno. En el modelo nórdico esto ocurre porque las empresas son ágiles en su constitución y crecimiento, hasta el punto de que la flexibilidad de su mercado laboral es total. Esto significa que no existe ningún coste para la empresa a la hora de contratar o despedir a un empleado, lo cual crea un mercado dinámico que se adapta rápidamente a los vaivenes de la economía pudiendo subsistir a cada instante. Aunque parezca paradójico, esto crea las menores tasas de desempleo, ya que las empresas pueden adaptarse con agilidad a la coyuntura económica sin tener que desaparecer. En nuestros países, las numerosas trabas impuestas al despido hacen que los empresarios busquen alternativas a la contratación. Todo esto está conjugado con una premisa básica: ayudar al trabajador desempleado en la búsqueda activa de un trabajo sin renunciar con ello a las prestaciones y protecciones del Estado del Bienestar.

La misión de la empresa no es proteger al trabajador, sino darle trabajo, generar empleo y riqueza que repercutirá inevitablemente en el Estado y en sus ciudadanos. Es el Estado del Bienestar el que debe proteger al trabajador. Por ello, si existiera el despido libre y fuera el Estado, y no la empresa, quién se encargara de la protección del trabajador, el mercado laboral entraría en una dinámica que repercutiría positivamente en la eficiencia empresarial y la eficiencia del propio mercado laboral.

Pero, ¿cómo conseguir la paz social flexibilizando al máximo el mercado laboral? Primero asegurando, desde el Estado, la seguridad del desempleado. Segundo, dejar de subvencionar a los sindicatos desde el Estado. La misión sindical es la de vigilar y proteger los derechos de los trabajadores. Si están subvencionados por el Estado, ¿qué tipo de protección y vigilancia ejercerán?

Otro problema superado en los modelos de economía nórdicos son las prestaciones sociales de desempleo mal gestionadas. Hay muchos trabajadores que utilizan la misma como aportación extra a los ingresos generados en la economía sumergida o como excusa perfecta para tener unas vacaciones pagadas. En nuestro país se abusa descaradamente de este subsidio. Así que una persona que tuviera realmente necesidad de la misma, no debería obtener la prestación sin más, porque esto denigra la dignidad humana y crea parásitos sociales que se autolamentan de su terrible situación. Si alguien estuviera en una situación de desempleo temporal, el Estado debería ayudarle en la gestión de la misma, y mientras busca un nuevo puesto, tenerlo empleado a tiempo parcial por el pago de la prestación.

El modelo danés es muy efectivo en este sentido. El desempleado tiene derecho a la prestación durante tres meses en los cuales le ayuda a formarse y adaptarse a los nuevos tiempos. Si en tres meses no ha conseguido un trabajo, es el Estado el que le obliga a trabajar en alguno que esté libre. El trabajador tiene subsidio de paro, es decir, tiene derechos, pero también obligaciones. Así, el modelo danés introduce un cambio importante en el Estado del Bienestar que la Unión Europea está estudiando por su eficacia demostrada: en vez de proteger el empleo protege la flexibilidad. Pero sin olvidar la seguridad del trabajador. Por ello, el modelo que se impondrá en un futuro será, sin duda, el de la flexiguridad. Un mercado laboral totalmente flexible acompañado de un Estado del Bienestar robusto y seguro.

La hora del cambio. La tarea del héroe


“Así, mata con la espada del conocimiento la duda nacida de la ignorancia y arraigada en tu corazón, y lánzate al recto cumplimiento de la acción. ¡Levántate, invicto guerrero, levántate!” Bhagavad Gita 4:42

Cuando en las frías tierras de las Highlands escribía ese pequeño librito que titulé “Creando Utopías”, sospechaba que una crisis se avecinaba. No me refería sin embargo en él a una crisis material, sino a una profunda crisis de valores.

Había cierta euforia estos meses porque al parecer se estaba saliendo de la crisis. Pero todo era una cortina de humo nacida de la irracional promesa de que volvíamos al redil. Seguíamos sin entender que la crisis no afectaba de lleno a las capas materiales, sino que debía hacer tambalear el Sistema que durante épocas hemos mimado y que ahora se tambalea. Un Sistema errático, maldito, egoísta y superfluo. Un sistema débil que ha sobrevivido a base de apaños históricos, de parches culturales y promesas incumplidas.

Los aristócratas de la intelectualidad han callado sus voces porque ellos mismos se ven sin escrúpulos para defender lo indefendible. Están tan contaminados de los productos y conocimientos que el propio Sistema endogámico ha proporcionado, que se sienten auténticamente perdidos ante los retos que se avecinan. ¿Dónde está el norte cuando los caminos giran todos hacia el sur? He ahí el papel de los soñadores, de esos que más allá del conocimiento empírico son capaces de ver la posibilidad de ollar un nuevo camino. Y he ahí la necesidad de los nuevos héroes, esos que sin temor prefieren adentrarse en las incógnitas y peligros del nuevo horizonte. Pero esos héroes, a diferencia de los pasados, son los hombres y mujeres de carne y hueso que día a día van despertando y contemplan atónicos como se derrumba lo caduco. Es la sociedad civil en su conjunto que comprende que al nuevo norte sólo podemos acceder todos en su conjunto. De ahí que el nuevo héroe somos todos, empuñando la bandera del cambio. De ahí que el nuevo héroe nace en cualquier esquina y empuja a los demás a la consciencia libre.

Y ese nuevo héroe, ese ciudadano cansado de todo lo añejo ha detectado que debemos cambiar la forma de pensar en el progreso y determinar con rotundidad que progreso no es igual a crecimiento. No podemos seguir construyendo hasta el infinito pensando que el territorio y los espacios son ilimitados. No podemos seguir produciendo coches hasta la saciedad cambiando de modelo cada dos años. No podemos derrochar el dinero, como hasta ahora habíamos hecho, en objetos materiales de usar y tirar. La humanidad no puede seguir creciendo como un caballo desbocado hacia nadie sabe donde.

Entonces, sino crecemos, ¿qué hacemos?

Aquí es donde entra en juego el cambio de valores, el verdadero paradigma de todo cuanto está pasando. Y el cambio de valores está sujeto a vivir bien, con lo suficiente, pero sin desear vivir mejor que el otro. Es decir, simplemente esforzándonos para que todos vivan bien, para que todos tengamos cubiertas las necesidades básicas que son alimento, abrigo, salud, educación, trabajo y vivienda. Y si el pan es una necesidad básica no puede tener un coste desorbitado, como tampoco debería tenerlo un abrigo o una vivienda.

He insistido en muchas ocasiones en la necesidad de modificar nuestras formas de relacionarnos, nuestra cultura del tener por una forma de convivir más sana, más humana, más generosa. No nos hace felices el ser ricos o pobres, sino el poder compartir nuestras riquezas o pobrezas. No nos hace felices el vivir cien años, sino el cuidar nuestros cuerpos para poder vivir los años que nos correspondan en buena calidad.

El héroe comprende en silencio que ya no puede delegar la responsabilidad de lo que ocurre en el otro: en los malditos partidos, en los malditos bancos, en los malditos usureros… ahora que las cosas van mal, resulta cómodo echar la culpa al otro, al que está allí o al que está allá. Pero la culpa no es del otro, todo cuanto pasa es producto de nuestras decisiones diarias, de nuestros actos diarios. Lo revolucionario de este pensamiento es que todos somos cómplices de lo colectivo, de aquello que afecta a todos. Porque todos tomamos decisiones diarias que afectan al conjunto de la humanidad. Cada vez que elegimos un producto, cada vez que votamos a un político, cada vez que vemos un programa, estamos gestionando la realidad, modificándola a nuestro antojo diario. Por ello, cuando escribía “Creando Utopías”, defendía como tesis principal que la única forma de cambiar el mundo es cambiándonos a nosotros mismos, modificando nuestros roles de conducta diaria, reorganizando nuestro conocimiento o vaciándonos del mismo. La única forma de que la crisis sirva de lección, de que salgamos de ella con la lección aprendida y no sin ahondar más en ella, es comprendiendo lo fácil que resulta modificar la realidad con nuestras pequeñas cosas diarias.

Seamos auténticos héroes. Sacrifiquemos nuestro pensamiento caduco, nuestros hábitos caducos, nuestros vicios caducos por virtudes amables, por gestos generosos, por sabiduría en el hacer, decir y estar. Seamos artífices del cambio desde el mismo momento en que tomemos consciencia de nuestro poder. Nosotros, la sociedad civil, la gente, los individuos que despiertan diariamente a esa realidad, son los verdaderos forjadores del nuevo mundo. Y ahora es el tiempo del cambio, es el tiempo del nuevo despertar, es el tiempo de creer en lo humano y ascenderlo a cuotas de mayor consciencia. Nosotros somos los héroes, y es mucha la tarea y la responsabilidad que tenemos por delante.

El Infierno Fundamentalista


Siempre ha existido una rigidez dogmática ante el cambio, ante cualquier cambio, promovida principalmente por una potestad carismática que concentra la autoridad en valores que remarcan la sumisión individual. Esa rigidez nace de ideologías teñidas de cierto origen sagrado o afectivo que produce una inmunidad temporal ante cualquier traza que pretenda desviarlas de su originalidad. En sus extremos más inquietantes, si bien por suerte no es la norma generalizada en los tiempos que corren, producen fanatismos y fundamentalismos. Y a veces, para algunos abanderados de la tolerancia, resulta extremadamente difícil ser tolerante con los intolerantes, especialmente con aquellos que por designio divino o ideológico se creen en posición de la verdad absoluta.

La sociedad posmoderna ha llegado a la conclusión tras siglos de descubrimientos científicos y humanos, muertes y guerras sanguinarias que no existe, en el plano humano, ningún tipo de verdad absoluta. Sin embargo, tan sólo se tarda un segundo en encontrar a alguien que cree poseerla. En cierta forma, incluso si aislamos esta sentencia, podríamos pensar que se trata también de una “verdad” esgrimida sutilmente por el que la redacta. Es la paradoja de la palabra como libertad, una libertad que a veces se permite como producto arbitrario. Y la arbitrariedad nace del exclusivismo que parte del filtro ideológico, el cual juzga a los otros como amigos o enemigos según su pertenencia o no al círculo o núcleo de creencias compartidas o no. Y ambas posiciones pueden ser determinadas en la transformación por la conquista o conversión, o el aislamiento de una sociedad, o parte de ella, contaminada por la no pertenencia al grupo.

Los fanáticos y divulgadores de creencias confunden la sutil frontera existente entre la creencia que intenta describir el mundo, en todo caso, interpretarlo, y aquella que pretende aplicarse a todos los mundos posibles. Y verdades fanáticas las hay de todo tipo: religiosas, políticas, económicas, pedagógicas, sociales, culturales… Y la tendencia de una sociedad madura y libre es la de sentir cierta alergia cuando se topa con alguna de ellas, no por ser una abanderada del relativismo absoluto, que esto también sería una verdadera “verdad”, sino porque la libertad madura rechaza con fuerza cualquier tipo de interpretación aleatoria o dogmática, cualquier juicio y prejuicios apriorísticos.

Pongamos como ejemplo una increíble conversación que tuve recientemente con una persona adulta, occidental, de unos treinta y pocos años, con estudios universitarios y cierta cultura. Se confesó cristiana practicante, y como cristiana tiene tres dogmas inamovibles: el primero es que sólo existe un Dios verdadero que es el Cristiano y un único camino y verdad para llegar al mismo que es mediante su hijo Jesús el Cristo libre de cualquier Iglesia o culto. La segunda verdad es que todo el que no sea cristiano en el día de su muerte irá directamente al infierno. Es decir, aquí incluimos a los budistas, ateos, musulmanes, hinduistas, animistas, taoístas, gnósticos y agnósticos, masones, judíos y todos aquellos que no abracen la fe cristiana. De ser así, el infierno se va a llenar de almas en pena por los siglos de los siglos y el cielo, estará prácticamente vacío. En un plano más personal, había una tercera verdad: según su fe cristiana, no podía mantener relaciones sexuales hasta no casarse con su pareja. Algo increíble para valores y morales de nuevo cuño.

Si bien este es un ejemplo muy individual, un caso muy concreto, parece una recurrencia normal el poder ver como partidos políticos, grupos de poder o Iglesias de cualquier calado apuestan firmemente, y socialmente, siendo esto lo verdaderamente angustioso, por defender a capa y espada sus propias verdades, las cuales, dicho sea de paso, no aceptan consensos, ni acuerdos, ni propuestas, porque las mismas invalidarían la fuerza esencial de sus principios.

Y visto desde un plano lejano, cada cual puede tener sus dogmas, creencias o fe y hacer uso de ellas a su manera y según le convenga en su vida diaria. Hasta aquí no hay problema. El problema surge cuando dichos dogmas entran en la esfera de lo público y dichas creencias intentan imponerse de una u otra forma. Entonces aquí las creencias se tornan peligrosas, ya que si el otro no es como yo, si no piensa como yo, si no cree como yo, lo mejor es exterminarlo. Y ahí nace un peligroso equilibrio entre la tolerancia, la empatía y el amor fraternal hacia el otro en contraposición de nuestras egoístas posiciones. Caro Baroja expresó su disgusto con respecto al pensamiento totalitario de la siguiente forma: “vivimos aún bajo el peso de teorías sociales e históricas, totalitarias y dogmáticas, que se nos dieron como llaves para abrir todas las puertas. Ahora bien, lo que sirve para abrir todas las puertas no es una llave, sino una ganzúa”. Quizás si cada cual, ya fuera de forma individual o colectiva, se esforzara en encontrar esa ganzúa, nuestro tiempo, nuestra sociedad, se teñiría rápidamente de valores de autoexpresión, de colaboración y de aprecio hacia lo ajeno y lo extraño. Quizás algún día eso ocurra y podamos liberarnos de nuestros infiernos personales para abrazar la verdadera vida eterna: la vida creadora y amorosa.

EDUCAR EN VALORES: UNA FÓRMULA PARA LA RECUPERACIÓN Y EL “REGRESO”


El barrio de Chembur, en Bombay, es un buen lugar para la última reflexión de este viaje por Oriente. Por sus contrastes de pobreza y miseria, por su carga semántica en cuanto a lugar olvidado, por servir de ejemplo de todo aquello que desde la afortunada atalaya del bienestar produce nausea o hastío. El calor asfixiante empieza a golpear y los ruidos se tornan cada vez más insoportables. Los cuervos se organizan en legión para rebuscar algo de comer. Sus quejidos se meten tan adentro que da la sensación de que salen plumas por todas partes. Los mosquitos inundan cualquier parte sombría acechando en los momentos de distracción. Ahí fuera, más allá de estas cuatro paredes mohosas y cansadas, las calderas del infierno empiezan a hervir las ollas de la sinrazón. La conquista del reino del orgullo y el egoísmo empieza su particular batalla y sus particulares sacrificios.

En estas condiciones resulta difícil escribir con cierta sensatez algo coherente, algo que implique sapiencia sin restringir los accesos y cavidades del alma, pero no quería despedirme de Asia sin una última reflexión. La experiencia en India, en nuestra particular India de pobreza y miseria ha sido francamente dura en muchos aspectos. No sólo porque nos hemos dado de bruces con una humanidad cruel, sino más bien por la sensación aberrante de descubrir que esa crueldad no es una maldad genuina en nuestra raza, sino el producto de una macabra y elaborada ignorancia. Una ignorancia que tiene como premisa la fe absoluta en el progreso egoísta e incontrolado. Un progreso vacío, carente de significado e inteligencia, ciego. Un progreso equivocado a cuenta de tropiezos individuales y hábitos colectivos.

Este descubrimiento ha sido el precio de renunciar a un viaje de placer para indagar y hollar los senderos de la indigencia humana. El precio de un billete caro por la visión y las experiencias vividas. Por toparnos de bruces con una realidad ignorada en los circuitos turísticos. Cargamos nuestras mochilas con la esperanza de la alegría y la sonrisa. Ese era nuestro visado particular para entrar en el lado oscuro del corazón humano. Y nuestra nariz de payasos era el sello que nos identificaba como seres peregrinos extraordinariamente extraños a la naturaleza común. Al ideario común de la prudencia acostumbrada y rebosante de infortunios y carencias extremas.

Los ejemplos de crudeza han cundido. Los países en vías de desarrollo viven acelerados. No existe la paz melancólica de una puesta de sol o el canto de un cisne en un cristalino lago nocturno. Es como si los días no fueran suficientemente largos y los estiraran hasta el límite renunciando con ello a la serenidad de un paseo, de una mirada, de una franca sonrisa. Es como si vivieran en la creencia de que jamás alcanzarán el bienestar profundo hasta que no imiten las asperezas consumistas del primer mundo. Ignoran, además, que el primer mundo desea estar de vuelta de todo y existen luminarias que hablan ya de nuevos valores posmaterialistas y posconsumistas. Un debate que pretende proyectar la utopía de un nuevo mundo, de una nueva forma de entender la existencia desde la autorrealización y la emancipación material. De unas correctas relaciones basadas en la generosidad y el respeto común.

Pero este debate aún está lejos de sus mentes. Tener un buen móvil es síntoma de ser alguien en la vida. Un coche es el premio al progreso, y si además tiene aire acondicionado, es síntoma de que la vida ha sido plena y se ha cumplido con el deber existencial, sin importar si en ese deber se incluye a los otros, al mundo, o sólo a una particular visión reducida de todo cuanto somos. Por eso la prisa por comprar o vender algo. Cuando paseas por las calles de Bombay o Calcuta, es como si todos estuvieran en esa noria que gira acelerada sin que nada ni nadie pueda pararla. Todos quieren progresar… Como si se hubiera inyectado la célula  sobrante que obliga a bombear miopía por todas partes…

Los que no pueden subirse a ese carro viven alejados de la realidad. Deambulan de un lado para otro como fantasmas errantes. Se paran en cualquier esquina, rebuscan en la basura algo que tragar y se tumban días enteros  en cualquier penumbra para vivir quizás mejor instalados en el mundo de los sueños. Para ellos la única esperanza es que alguien los recoja de las calles y obren el milagro en sus vidas. Como el excelente cocinero que conocimos en el Ashram of Jisu, en la misión jesuita de Pandua, un hombre bueno que meses antes estaba destinado a la destrucción total de su existencia en cualquier estación de tren. O como los cientos de niños rescatados de las calles y que ahora optan por un futuro diferente, lleno de esperanza. ¡Hemos conocido tantos milagros!

Fue precisamente un misionero quien nos puso en la pista y nos dio la clave de todo lo que ocurre: educación. Sólo si se consigue  educar a las gentes se obrará el milagro del cambio. Sólo si hay una modificación en los valores, las calles empezarán a ser más limpias, menos ruidosas, las casas empezarán a ser pintadas y restauradas. Todos harán un esfuerzo colectivo por mejorar y erradicar la contaminación asfixiante, por plantar árboles en el gris asfalto, por dedicar más atención al más necesitado, por contribuir a la justicia social, al orden primordial de todas las cosas. Pero no me refiero a una excelente educación académica donde se aprenda inglés e informática. Me refiero a una educación en valores. A una educación que ponga en práctica la buena voluntad en acción. Que enseñe a ser amable, que explique las fórmulas matemáticas de la dignidad humana, las geografías del buen hacer, los lenguajes del alma generosa y entregada, la naturaleza del bien.

Una educación integral que reorganice las prioridades humanas, que mantenga en vilo la prosperidad diferenciando a todo momento lo necesario de lo imprescindible. Que nos haga entender la importancia del prójimo, de todos los prójimos, incluyendo especialmente a aquellos que por ignorancia o ceguera yerran con más facilidad. Valores que rescaten las almas anémicas que ya los antiguos griegos desterraban al Hades, almas que deben ser repatriadas al mundo de la necesidad espiritual, al mundo de las riquezas ancestrales.

Es por ello que la humanidad debe reinventarse. Comprender que el progreso vacío no conduce a ninguna parte. Que el mundo no puede seguir aspirando al crecimiento infinito. Por ello se hace urgente el volver a empezar. El regresar a la esencia humana para toparnos con las herramientas de la rectitud y el equilibrio. Regresar de nuevo a ese punto donde todo empezó a desbordarse. Parar la máquina, vaciarla de aceite y ruido, limpiarla a fondo y llenarla de nuevas energías más limpias y silenciosas. Los sabios del futuro deben nacer para reconducir esta carrera hacia la catástrofe. Y deben ser inspirados con urgencia por esos nuevos valores que afloran en los campos de la esperanza y la nueva consciencia. Ojala que de entre todos los niños que hemos abrazado estos días exista media docena de sabios capaces de iluminar una nueva tierra y un nuevo hombre… Que así sea por el bien de todos…

Slums


Ayer actuamos en un hospital para niños sin recursos que padecen algún tipo de cáncer. La actuación nos pareció aún más delicada que el resto por tratarse de situaciones en algunos casos desesperadas. Tratar con niños pobres es delicado, hacerlo con niños miserablemente pobres lo es aún más, pero hacerlo con niños miserablemente pobres y que padecen algún tipo de cáncer resulta difícil, muy difícil. Por eso nos esforzamos todo lo que pudimos en hacer bien nuestro papel de magos de la sonrisa. Cosa paradójica, lo más delicado resultó ser el hacer reír a sus padres, más conscientes de lo que estaba ocurriendo en las vidas de sus pequeños. La mayoría de estos niños viven en las “casas” que se amontonan cada vez más en los “slums”. Son lugares pequeños, de entre diez y veinte metros cuadrados. Mucho más pequeños que los minipisos que se pusieron de moda no hace mucho en España. La diferencia es que estos no tienen cocina, ni lavabo, ni habitaciones. Son, diríamos, lugares diáfanos. Tan diáfanos que en ellos pueden vivir una familia entera entre cuatro paredes sin más decoración que la foto de algún santón o familiar. Tan modestos en tamaño que algunos miembros de la familia prefieren dormir al raso, en la calle, o en cualquier otro lugar donde exista algún metro cuadrado sin ocupar. Y esos metros son compartidos con otros seres vivientes como chuchos o inmensas ratas que deambulan de aquí para allá. Los cuervos, ruidosos y cansinos, se relamen cada vez que un trozo de “algo” cae al suelo. Las casas, de plástico, chapa o ladrillo las más lujosas, indican el tipo de miseria al que nos enfrentamos. Los “slums” se amontonan unos sobre otros y se encuentran en cualquier rincón. Estos días los hemos visto en laberintos de calles interminables que surgían alrededor de inmensos y modernos edificios. El lujo de estos contrastaba con la miseria de los otros. Pero en cuestiones de dignidad, uno nunca sabe cual de los dos gana. Los primeros por exagerados y excesivamente lujosos. Los segundos por excesivamente humildes hasta el punto que no entiendes muy bien qué está ocurriendo. Si eso es real o forma parte de la imaginación paisajística del viajero. Por algún motivo que desconozco me sentía más seguro entre sus peligrosas y estrechas calles laberínticas que no fuera, en las grandes avenidas cargadas de lujosos coches. Las gentes de los “slums” me resultan sinceras, agradecidas y generosas. Los niños nos guillaban los ojos al pasar, o nos saludaban sorprendidos por nuestro atrevimiento. Los mayores no tenían reparo en enseñarnos sus oficios y las madres sus pequeñas criaturas. Eso no ocurre en las lujosas mansiones, ni en las grandes avenidas, donde todos parecen tener miedo a perderlo todo. Nos contaba una cooperante española que los “slums”, es decir, el grupo de chabolas o barrios chabolistas, son controlados por mafias. Mafias que cobran un impuesto por vivir en una de esas chabolas. Mafias que a su vez invitan a los campesinos de otros lugares a que vengan al sueño de la gran ciudad, una ciudad llena de oportunidades y lujos que jamás alcanzarán. Mafias que utilizan la política, y también viceversa, para conseguir más votos o poder. Y es así como se multiplican los “slums”, y la miseria, y los sueños frustrados de cientos de familias campesinas que dejaron sus tierras para vivir esclavas durante el resto de sus vidas. Y es así como la gran ciudad se convierte en un hervidero insoportable, una colmena, diría más bien una plaga superpoblada, con un equilibrio roto que tarde o temprano explotará en mil pedazos. Y todo esto lo decía mientras sorteábamos la suciedad abarrotada de moscas que ayudaban a que el hedor se volviera cada vez más insoportable. En las calles más afortunadas hay una especie de canalillo donde se echa todo tipo de excrementos y basura que junto al calor y la humedad insoportable crea un ambiente rancio y nauseabundo. Y así, caminando sobre unas cuantas chabolas más, llegamos a una que había sido convertida en “guardería”. Esta ONG custodiaba a más de un centenar en todo el norte de Bombay. Y cuando entramos, allí se obraba el milagro. Más de una docena de niños recitaban los días de la semana en inglés, intentando que la lengua universal calara en sus mentes para crear en ellos un estatus diferente, una esperanza de futuro. Al menos durante unas horas no están en la calle y disfrutan, además, de un plato de comida al día, seguramente el único. Así hasta que crezcan algo y puedan aprender un oficio. Quizás incluso alguno, de todos ellos, consiga ir a la universidad. Quizás, alguno de ellos, incluso pueda vivir, dos calles más abajo, en uno de esos lujosos apartamentos de cristal y conduzca uno de esos lujosos coches. Entonces tendrá miedo a perderlo todo, y no apreciará nunca más la seguridad de sentirse miembro de una comunidad. Y quizás, algún día, recuerde sus orígenes y dé alguna propina a los niños de la calle, esos que, sin importarles qué tipo de dignidad es la más verdadera, deseen ser como él. Quizás, quién sabe, también recuerde a ese par de payasos que un día se acercaron tímidos hasta su slums para creer en la magia, en el idioma universal. Quizás lo haga y sonría, y crea en ese instante en la esperanza de un mundo nuevo.

Exercitiorum Virtutis: la Dietética de la Moral


A veces me preguntan cual es la razón por la que apostamos ciegamente por la editorial Séneca. Un proyecto cultural cuyo único beneficio es la satisfacción de la entrega a una causa mayor justificada únicamente por los réditos interiores. Nos decía Kant en su Metafísica de las Costumbres que las reglas para ejercitar la virtud –exercitiorum virtutis– remiten a las dos disposiciones del ánimo: la del ánimo valeroso y la del alegre –animus strenuus et hilaris-. Cada vez que nos acercamos a una biblioteca, a un salón de plenos, a un ateneo perdido o a cualquier sala que nos permita presentar algún libro, un trozo de cultura, tenemos cierta sensación de éxito, de ánimo valeroso y alegre. La condición de valedor de la cultura, de la hazaña de crear y recrear momentos únicos que servirán para escribir alguna humilde página en la historia de cada pueblo, es algo que nos llena de orgullo y nos aporta una sensación amplia de paz interior. Editar libros está bien. Pero rescatar la cultura, ser resucitadores de historia, de arte y de ciencia es algo muy diferente. Por eso deseamos acto tras acto apostar de nuevo por el camino virtuoso expresado en la victoria sobre los obstáculos que al parecer la cultura deberá soportar en estos tiempos. La ilusión de ver un libro editado, un autor satisfecho y una comunidad alegre no tiene ningún precio.

Así, en la presentación de cada nuevo libro sobre la historia de nuestros pueblos, deseamos mostrar de forma humilde esa divisa estoica que nos permite acostumbrarnos a soportar los males contingentes de la vida y también a abstenernos de los deleites superfluos. Tras meses de trabajo podemos presentar la amabilidad cultural en actos que son capaces de unir. Y es que lo que la política no puede unir, lo hace la cultura. Ahí reside su grandeza.

Por eso, ser hombres y mujeres cultos no es tener cientos de títulos, ni haber leído muchos libros ni saber mucho de casi todo, sino más bien, es estar en paz con el prójimo, sentar las bases de la emancipación individual y poder practicar la virtud de servir desinteresadamente a la comunidad que nos acoge. Porque no hay mayor bien que el estar felices con nosotros mismos, pero sobre todo, el estar felices y en paz con los demás. Y qué mayor virtud que la de poder dar a tu pueblo todo aquello que esté en tus manos para que de forma generosa, los bienes sean compartidos y la felicidad entregada. Es la dietética de la moral: sanos por dentro, por fuera y en todas direcciones.

El virtuoso Epicuro decía que la única señal que observamos como humana y moralmente sana está en el corazón siempre alegre. La alegría es síntoma inequívoco de que hoyamos el camino correcto, el camino que dirige nuestros pasos hacia la potencia de nuestro ser.  La tristeza, la culpa o la melancolía solo puede ser síntoma inequívoco de enfermedad del alma. La consciencia de haber reconquistado la libertad solo puede nacer tras una gimnasia humana, ética, de valores que nos hagan grandes simplemente porque hemos elegido el camino de la generosidad máxima. Sólo desde ella, seremos ampliamente libres. Y sólo desde la valentía y la alegría podremos alcanzarla. De ahí que las palabra del sabio estén siempre de plena actualidad: nunca desfallezcas, nunca te rindas, nunca temas perder nada. Ponte a dieta y empieza a sentirte ufanamente emparentado con la cósmica proporción de la plenitud.

(Foto: Presentación en Hornachuelos del libro “Historia de Hornachuelos en la Baja Edad Media”, de José Manuel Escobar. Aprovecho para dar las gracias a todos los que habéis asistido a esta fiesta cultural, una especial mención a los amigos de Mesas que han querido una vez más prestar ánimo y apoyo a esta dicha).

Hacia el mundo virtual


La revolución tecnológica ha creado importantes cambios culturales. Las amebas y los necios, esos eternos enemigos de la lucidez, siempre han existido, pero ahora resulta más difícil reconocerlos. Se confunden entre la multitud sin que los valores de unos y otros sean especialmente importantes. Pegada a la pantalla de cualquier ordenador –entiéndase como aquel objeto que ordena nuestras vidas- la sociedad postmaterialista aprende a prescindir de los bienes materiales para adentrarse en el consumo de los bienes virtuales, creando con ello un mundo plano de dos dimensiones donde lo único que importa, lo único real, es lo que ocurre en esa nueva caja… ¿tonta? Así, la nueva ignorancia no tiene que ver con el nivel cultural, con los estudios que poseas, con la cultura que albergues. Tiene que ver con la agudeza o la falta de la misma a la hora de desenvolvernos en la virtualidad del nuevo mundo. Un mundo frío, vacío de con-tactos, es decir, el arte de la seducción entre dos seres, el arte de tocarnos unos a otros para sentir de cerca la comunión y el calor humano.

Sería fácil recurrir al recurso de pensar que esa nueva caja nos está aborregando, induciendo a la tontura y la ceguera. No es esto lo más importante. Habría que analizar con mucha calma lo que realmente está pasando. Los que trabajan frente al ordenador cada vez son más. El obrero de la fábrica está migrando de la misma a la oficina, como a su vez hicieron en la edad moderna del campo a las ciudades. Esta migración postmoderna está cambiando las pautas y comportamientos de consumo, las formas de relacionarnos los unos a los otros y la calidad de todo cuanto hacemos. El individualismo se acrecienta a medida que nos emancipamos de las instituciones tradicionales. El concepto de familia desaparece y poco a poco nos vamos aislando del mundo hasta reducir nuestras conexiones con el exterior a la más mínima expresión. La religiosidad es cada vez más individual. Crearemos nuestras propias formas de espiritualidad a la carta. Hoy meditación, mañana ayuno, pasado lectura del santo y virtual gran orador. Quizás pronto dejaremos de ser personas para convertirnos en algo nuevo… en algo extraño… algo que habrá olvidado la magia del abrazo.

Todo esto provoca que empecemos a prescindir de cosas inútiles prefiriendo consumir cosas cada vez más intangibles y anónimas. El problema reside en la calidad de lo que consumimos. La sociedad del tener está cambiando hacia otra visión de las cosas. Ya no se trata de poseer un bien, de consumirlo. Ahora se trata de que ese bien de consumo se acople a nuestra nueva visión virtual del mundo.

Así, el verdadero peligro no reside en la ignorancia y la necedad, vicios que, por cierto, siempre han abundado en nuestra sociedad, sino que el verdadera amenaza se desarrolla en torno a la falta de contacto con el mundo real. Lo que pasa ahí fuera está determinado por lo que pasa aquí dentro. Ya no nos interesa la comunidad de vecinos, ni los amigos de la calle. Ahora prima lo virtual: la comunidad virtual, los amigos virtuales. Si un amigo tradicional no se conecta deja de existir el contacto que antes nos unía. La única comunidad que nos conmueve es la pixelada, sin darnos cuenta que esa nueva comunidad nos aleja de lo verdaderamente esencial entre los humanos: el contacto.

Hasta no hace muchos años, cada vez que necesitábamos profundizar en algún tema debíamos acudir a las bibliotecas o librerías y allí consumir horas en la lectura interminable de libros infinitos. El tacto con los libros, con sus olores, con sus formas, creaba cierta magia. Ahora, esa misma información la tenemos al alcance del buscador de turno. Solo tenemos que teclear la palabra clave y aparece un mundo de información a nuestro alcance, terminando de un solo golpe con el atractivo de la inmediación. Todo eso sin desplazarnos, evitando el contacto con la calle y con el mundo real. La información, cada vez más sintetizada, está ahí, a golpe de mallete. De aquí a un par de décadas todo estará resumido en instrumentos como el nuevo dispositivo de Apple: el Ipad. Incluso la construcción de las casas, los trabajos y la economía se adaptarán a ese dispositivo. Las casas, eso que antiguamente llamaban hogar, serán cada vez más pequeñas, transparentes y virtuales. El cristal y el aluminio se impondrán ante el rancio y tosco cemento y ladrillo. Viviremos en casas cada vez más ligeras, sin exceso de adornos. Ya no habrá estanterías que sujeten gruesos tomos de libros excepto en aquellos románticos lugares donde se añoren los objetos de culto. La única cosa importante será la telepantalla, como esa que ya predijo Orwell en su obra “1984”. Quizás las paredes sean pantallas en sí mismas. Quizás lo único que podamos abrazar sea a nosotros mismos, consumiéndonos en una tristeza espiritual difícil de entender y asimilar. ¿Quién nos advertirá de todo esto? Solo la lectura del recuerdo. De aquello que ahora podamos decir antes de que el olvido se apodere de nosotros. Por eso, abrázame y no me dejes escapar… Soy humano, y quiero seguir siéndolo…

La cómoda burbuja del placer


Siempre he sido muy crítico con las adormileras del espíritu. Aquello que nos mece la cuna, como decía León Felipe, para que posemos nuestros deseos al vaivén del dictamen común. Realmente nos espanta buscarnos a nosotros mismos. Pero lo que más terror nos produce, mucho más que cualquier acto de interiorización y búsqueda es el leve esfuerzo de crearnos a nosotros mismos. Porque cuando llevas cien mil años rodeado de disciplinas interiores, podría ocurrir tal vez que te encontraras, que te descubrieras desnudo frente a frente, sumido en la reserva cosmológica de saberte algo, alguien. Y en ese encuentro desesperante podría nacer la terrible pregunta: ¿Y ahora qué? Y la respuesta aparece clara, fuerte, concisa: ahora hay que crearse.
Pero muchos prefieren la somnolencia del día a día. El automatismo de la vida frecuente. ¿Para qué esforzarnos en mejorarnos? ¿Para qué dejar, por poner un ejemplo absurdo, de beber alcohol o de fumar? ¿Para qué tener un cuerpo limpio, por dentro y por fuera? ¿Para qué vestir con decoro o tener el patio, el de fuera y el de dentro, limpios como paneras? Supongamos que tuviéramos que hacer el ingrato esfuerzo de ser mejores. Eso supone levantarte todas las mañanas con una intención, con un propósito claro que como poco, nos exigirá esfuerzo. Y esfuerzo, ¿para qué? ¿De donde debería surgir la necesidad de ser mejores? ¿Qué clase de personas seríamos si no nos dejáramos arrastrar por el suave canto del mediodía?
Resulta ya pesada la mera supervivencia. El ir al médico cuando nos duele el estómago y además soportar el grito del prójimo, ya sea porque tiene hambre, sueño o está saturado de casi todo. La preñez del placer provoca vómito, náusea. Por eso llenamos nuestros vacíos con grandes abrigos de visón, normalmente para que no vean nuestra verdadera y pobre epidermis, o con objetos más grandes y lujosos que pretenden llenar esos inmensos vacíos del alma humana.
Hay en la memoria colectiva una necesidad de vagar por el mundo con el color grisáceo del asfalto envolvente. El servilismo se disfraza de necesidad. Necesitamos tantas cosas que eso es suficiente motivación para seguir adelante. A las siete, sino antes, enchufamos el play existencial. Nos duchamos, desayunamos, vamos al trabajo… Cuando volvemos estamos cansados y satisfechos porque un día más, o un día menos, a transcurrido sin trastornos, sin esfuerzo exagerado, sin penurias, y sobre todo, sin necesidad de cambio. Si a eso añadimos alguna dosis de sexo, de flirteo con aquel o con aquella, de derroche desmesurado en situaciones que imaginamos como posibles, de aventura sin desventura basadas en la falsa ilusión de la conquista y le añadimos unas gotitas de locura condensada los domingos por la tarde mientras vemos el futbol, entonces nuestra vida habrá superado un día más.
Tan estúpido somos, tan llenos de idiotez y tan cargados de pantallas de plasma que supuran la única oportunidad que tendremos para sentir y experimentar la vida, tan llenos de tedio estamos, que moriremos sin ser recordamos más allá de la generación que soportó nuestras penas y alegrías. Y aún así, algunos pensarán que eso ya supuso un extremo esfuerzo… Pero decidme, ¿hay algo más espantoso que morir en vida?
Propongo un juego: Desnúdate. Descúbrete. Destrúyete. Constrúyete. Créate. Experiméntate. Vívete. Siete movimientos para efectuar un magnífico jaque mate al muerto viviente que somos. Lo maravilloso de todo no es descubrir quién eres, de donde vienes y a donde vas. Lo realmente maravilloso es saberte vivo y uno con la Vida. Seamos pues partícipes, con pleno derecho, conscientes, de esta única y hermosa oportunidad.

La reencarnación


El deambular de las almas de un estadio a otro, de un tiempo infinito a otro, de una mortalidad limitada a una experiencia absoluta siempre ha estado en las creencias de todos los pueblos. Los sistemas varían según el marco cultural o ideológico de cada lugar, pero en síntesis, podemos hablar de una creencia común basada en la esperanza de la supervivencia más allá de este mundo. La consciencia del humano permite diseccionar el tiempo, produciendo una sensación angustiosa que nace de su posición finita y se remonta hasta el infinito de su mirada. El tiempo, y la consciencia del mismo, provocan la angustia de vernos limitados ante un cosmos absoluto e impermanente. Como consolador de angustias, aparecen este tipo de creencias que sin duda demuestran hasta qué punto la inventiva del hombre puede alcanzar cuotas ilimitadas. Sin embargo, resulta asombroso acercarnos a la vida para comprobar que algo extraño ocurre en la misma. Nuestro planeta es un hervidero de misterios sin resolver. La misma vida y su coronación, la inteligencia, son muestras de cuan sofisticado es el orden universal y cósmico. Los interrogantes nacen a cientos, y las respuestas, hipótesis y creencias acompañan sus infinitas cuestiones. La ciencia, tan limitada y perdida, no puede afirmar nada claro excepto algunas leyes derivadas de la física. Lo cuántico, sin embargo, provoca intencionadamente nuevas cuestiones, nuevos interrogantes y sobre todo, tal y como aparecía en la puerta de la Academia griega, un conocimiento nacido del asombro. Porque vivir es estar en un permanente estado de asombro ante la perplejidad de la existencia.
Los matices sobre si la reencarnación puede ser en humanos o animales, si puede ser en este u otro planeta, en esta u otra dimensión, carecen de importancia. La energía ni se crea ni se destruye. Y a partir de esa máxima, podemos interrogarnos si ocurre lo mismo con la inteligencia, el principio psique de los griegos, el alma. ¿Se transforma? ¿Se diluye? ¿Sobrevive? Las creencias esotéricas, quizás más sofisticadas en estos tiempos de angustias, suponen que lo que realmente sobrevive no es la personalidad del individuo, ni tan siquiera eso que vagamente llamamos idiosincrasia o carácter. Sino algo más minúsculo que los antiguos sabios llamaban el átomo simiente. Un pequeño átomo, el alma, capaz de recoger todas las experiencias vitales y sumarlas a la psique universal, al espíritu, al nous de los tiempos. Y en ese océano, una vez desaparecida la diferenciación que nos limita en la tierra, esperará en la Unidad a que un nuevo rayo de sol le ilumine y la dote de personalidad propia. Entonces, como gota extraviada, volverá a encarnarse en un momento único y solidario con el Orden Cósmico Universal. Como toda creencia, y como antropólogo, me sirve. En lo íntimo de cada cual quedará la mirada lúcida de sabernos o no inmortales. Sea como sea, esta vida siempre será única y es mejor no vivir bajo el prisma o la esperanza del futuro, sino, reencarnándonos todos los días en el momento presente, en la experiencia absoluta del eterno ahora.

La Comunidad Subjetiva


Lo que las antiguas enseñanzas llamaban Misterios, serán revelados inevitablemente a partir de la ciencia y los nuevos avances en la convivencia humana. La nueva comunidad tendrá como objetivo preparar el terreno para que los avances del espíritu, descritos desde hace siglos por las antiguas tradiciones, vengan reglamentados y explicados de mano de la ciencia espiritualizada. La síntesis de esta idea sólo es comprensible en la síntesis humana, es decir, en la suma de todas y cada una de las individualidades que la componen. Es por ello que el término comunidad tendrá que ser parejo a todo nuevo avance y será reforzado como propuesta y definición.

Llevábamos toda la semana hablando sobre vibraciones, sobre la Ley de Atracción, sobre el Propósito, Misión o Intención en la vida. Asistí a una buena conferencia en la que se explicaba todo esto tras estar más de una semana pensando en el mundo de los principios de todo cuanto existe. Sin duda, las sincronías son poderosas. Todo obedece al mundo de las Causas sin que apenas podamos percibir un ápice de su sabiduría. Es así como el sueño de todo humano es descifrar sus fuentes, sus códigos, sus mensajes… Sin embargo, la pregunta corre aún en el aire de muchos: ¿tiene acaso la materia un objetivo u propósito? Los científicos tienden a ver a la misma como una tumba abierta en el universo, un punto que una vez explosionó y anda a la deriva sin ningún tipo de intención aparente.

Tras años analizando al nuevo movimiento de comunidades utópicas, me preguntaba de donde surge esa necesidad de retorno hacia lo que debería ser obvio: el sentimiento, objetivo y subjetivo, de la unidad común, la unidad holística de la experiencia psíquica consciente. Es lo que Bohm denominó insight, percepción directa o contemplación consciente. Al igual que los científicos a la hora de examinar la materia, podríamos pensar que la humanidad en su conjunto es la suma de un caos sin propósito y sin objeto común. Un magma cultural que se apresura a la convivencia por pura conveniencia. Pero la naturaleza provoca procesos universales, leyes que parecen querer ordenar todo el caos aparente. Y lo mismo ocurre, por mucho que les pese a los científicos sociales, al conjunto de la humanidad y a su consciencia cósmica, es decir, aquella unidad más allá de la mente individual. Desde un punto de vista esotérico, si se me permite esta palabra, existe una unidad común, un sentimiento de unidad y una intranquila persecución hacia un objetivo común. ¿Cuál es la intención como unidad esencial, como raza humana, como entidad subjetiva y unida por un campo cuántico de consciencia?

En el marco de la objetividad, parece claro que nos reunimos en comunidades de diferentes tamaños y cualidades, algunas agresivas, otras compasivas y la mayoría, entendemos, que atractivas. La pareja atómica es el fenómeno contemporáneo que pretende el experimento de poner en común una vida, unas experiencias, un patrimonio íntimo. El concepto de familia, cambiante en nuestros días, pretende aferrarse a las viejas formas. Tenemos además la comunidad de barrio, de aldea, de pueblo, de ciudad, de estado, de nación, incluso para algunos de continente o más allá de la prioridad cercana, la comunidad de sentirnos miembros de un planeta a la deriva o inclusive hermanos cósmicos que llegamos en pateras siderales a este rincón perdido del omniverso. Esa parece ser, inevitablemente, la esencia de sentirnos, a pesar de nuestra infinita soledad, miembros de un grupo.

Sin duda, todo forma parte de una misma comunidad, de un mismo grupo subjetivo que se interconecta y trabaja para un mismo “propósito”. La Intención que nos une, una intención subjetiva y real, se plasma en los pequeños detalles de la vida. Una humanidad común necesita de un proyecto común. La unidad psíquica, la unidad espiritual, emocional. Siento esa unidad cuando viajamos, cuando estamos en peligro y de repente aparece esa solidaridad orgánica que pretende echarnos una mano. La comunidad que viene se asentará bajo la base solidaria, una base humana y cósmica, una unión sideral de consciencias despiertas…

EN LA SABANA HABÍA PAYASOS


Es cierto que no fuimos al África de cacería o de safari, a pesar de que en el pequeño poblado de Germana nos recibieron niños con lanzas que cuidaban al ganado. Mirando esas puntiagudas astas que utilizaban especialmente para espantar e intimidar a las hienas, me acordé de mis amigos que malgastan su dinero y su tiempo en matar seres vivos mientras allí una lechuga puede salvar una vida. A la vez que miraba los pies descalzados de esos niños y su piel arrugada y teñida de un polvo incrustado en la epidermis sentí pena por los cazadores, por el occidental tirano que perdió el rumbo de sus vidas y que viaja a ese continente a la búsqueda de mayores presas. En el aeropuerto o en los restaurantes de lujo de uno de los países más pobres del mundo podían verse a occidentales déspotas, que no tenían el menor pudor a la hora de tratar a esas gentes como auténticos esclavos o animales. Pude ver y sentir como el occidental se pudre en sus adentros por falta de humanidad y sensibilidad. Eran puro reflejo de lo que somos aquí en occidente. Insensibles, inhumanos, alejados de todo sentido de existencia. En la falsa en la que vivimos nos protegemos de nuestros excesos a base de ignorancia. Podemos ir de safari tranquilamente ignorando que en el poblado que acoge nuestras armas los niños van descalzos y mueren de hambre. Y en cierta forma, cuando llegamos a Germana vestidos de payaso me sentí cazador, estúpido occidental que llegaba a un lugar extremo sin entender nada de lo que allí verdaderamente ocurría. Es cierto que los niños rieron con nosotros, nos abrazaron, nos cogieron de la mano. Pero nunca sabremos qué ocurrió cuando nos marchamos de allí.

Y es así como Etiopía se muestra como un lugar lleno de contradicciones. El occidental pretende llenar con su gen maldito todo rincón virgen. La plaga que transmite va tomando forma. El asfalto, el lujo, la miseria interna se instala poco a poco en un país que nació puro y sencillo. Podía ver en el afán por construir edificios cuadrados, plagados de asfalto y porquería como el gen maldito se había instalado inevitablemente. Fuera de la gran ciudad, las casas son redondas, sencillas. Hubiera bastado que alguien respetara ese hermoso estilo arquitectónico, primigenio, adaptando alguna modernidad a sus recintos.

Pero allí estaban los niños-ángeles para transformar nuestras vidas y recordarnos la urgencia del vivir. En el poblado abracé a uno de ellos que parecía frágil y que posiblemente, por el tamaño de su estómago y la tristeza de su mirada, estaba a punto de marcharse. Me quedé mirándolo durante un instante. Moriría de hambre crónica, de sed, posiblemente por no haber podido aguantar una estación seca terrible y no tener tiempo de recuperarse en la estación de lluvias. Posiblemente, mientras escribo estas letras, ese angelito esté ya en su cielo, acompañado de la tristeza por todo lo que vio en la Tierra. Habrá hecho su informe celestial con una gran post data a sus arcángeles jefes: “No hay nada que hacer”. Ese ángel que vino a explorar por un instante todo lo que ocurre aquí abajo se llevó la decepción de la raza humana.

Cuando nos vio aparecer en mitad de la sabana vestidos de payaso quizás pensó que veníamos de otro planeta. Cuando nadie nos vio le acerqué una nariz roja y le susurré al oído: “Es para el cielo”. Quién sabe, quizás se llevó la nariz allá arriba. Quizás la post data fuera otra. Algo así como… “Aún queda esperanza”.

Y es que la esperanza es amar. Amar desde el alma. Estar en posesión de una infinita felicidad, de una alegría extrema, de un sentido de permanencia en un cosmos infinito. No deseas más que disfrutar de los anhelos de sentirte vivo, de acariciar el rostro sin voz de ese silencio que penetra profundo en las entrañas. Recuerdo cuando miraba al absoluto, cuando penetraba con una sonrisa la voz quebrada de cualquier momento, de cualquiera de esos niños descalzos, mal vestidos con ropas que nunca se cambiaban porque esas eran su única posesión. En la sabana había niños que nos seguían al paso del coche. Corrían metros y metros con tal de sentir el tacto suave de una mirada. Conspirábamos juntando nuestras manos sin temor a nada. Sentía su calor, su llanto interno, su fragilidad. Había algo en ese tacto que nos llenaba de humanidad. Un amor desde el alma, de igual a igual, lleno de frescura y fortaleza. Había en ese sencillo acto de amor una comunicación de seres infinitos, ilimitados. Había una enseñanza implícita sin prejuicios, sin penas, sin llantos, sin fugaces excusas o exigencias. Había una respiración común, una unión sin límites, un abrazo sentido y estrecho… Quería tanto ser alma… alma de payaso en la sabana, libre y anclado en un tiempo único, en un momento único. Los niños siguen allí, pero el payaso occidental quedó presente. No quería marcharse e hizo un pacto con el universo: sonrisas a cambio de eternidad y presencia. Ojala los niños sigan cantando sus canciones…

CRISIS FINANCIERA: HACIA LA SOCIEDAD MÓVIL


El humano siempre ha tenido crisis financieras. Las crisis son reajustes de lo orgánico, de todo aquello que tiene vida y tiene necesidad de crecer. Y vivimos en una sociedad orgánica, cultural y económicamente, con sus ciclos, sus edades y sus etapas de desarrollo bien definidas. La de ahora es una más que por suerte, y de momento, no viene acompañada de guerras, cataclismos o epidemias. Se ha desarrollado en el seno de una forma de entender la convivencia humana, el capitalismo, que depende, en la mayoría de los casos, de un sistema tremendamente frágil: el sistema financiero. Este sistema está basado en algunos requisitos básicos: seguridad, confianza y egoísmo, individual y colectivo. ¿Tiene alguna particularidad esta crisis con respecto a las anteriores? La racionalización de las ideas es tan importante como la racionalización del trabajo. La guerra fue racionalizada por los holandeses y el trabajo por el fordismo americano. ¿De qué forma podemos articular la racionalización de la crisis actual? Para racionalizar la crisis habría que racionalizar el cúmulo de estructuras de donde nace. Para ello debemos analizar la organización social y sobre todo, lo que permite que el sistema y las formas de organización social pervivan: las estructuras de poder. Y cuando se pretende racionalizar el poder nacen alianzas extrañas, ideas arrogantes o postulados increíbles. El poder sólo es posible ante alianzas o divisiones. El nacionalismo o el patriotismo, por poner un solo ejemplo, son inventos de la raza humana que articulan mediante la alianza o la división los estratos de poder. Es un virus inyectado en el hombre parcelario que pretende dominar al otro a base de fuerza. El nacionalismo, o mejor dicho, el problema de las naciones, nace de la mano del capitalismo en las primitivas transacciones que se realizaban a la hora de formar identidades capaces de mayor poder. Esto sólo es posible cuando existe una mínima noción de cultura y de organización política. En cualquier tribu del Amazonas no existe necesidad de pertenecer a una cultura o a una organización, sencillamente porque no tienen necesidad de disponer de un mecanismo de control, social y cultural, que pretenda esas cuestiones y promueva esos interrogantes. Allí, las únicas crisis posibles son las derivadas de la fuerza de la naturaleza o las nacidas en la particularidad de cada sujeto. En nuestras sociedades complejas, las fuerzas de la naturaleza juegan un papel secundario y las crisis más profundas nacen de las fuerzas sociales, o los ajustes que los sistemas necesitan para reorganizarse a cada nuevo tiempo.

La asociación a una idea o identidad viene provocada por la necesidad de control de las instituciones contra los sujetos capaces de pensamiento. Las crisis también son una forma de control que nace más allá de gobiernos y autoridades. Por ello, ante un adversario polémico, surgen sentimientos contrariados. Las crisis son caldo de cultivo de racismos y xenofobias de todo calado. Por ello hay que tener mucho cuidado con el desarrollo de las mismas porque ya en siglos pasados hemos tenido malas experiencias a la hora de gestionarlas.

En todo este análisis racional, hay una trampa en la entropía de la crisis: no es tan solo un problema colectivo sino también un problema de conciencia individual. El humano es parcelario. Una vez sintió la necesidad de acumular bienes, luego terrenos y más tarde naciones. La unión de unos con otros hizo el resto y gestó de un plumazo, ante la diversidad de recursos o la falta de los mismos, el sentimiento de identidad colectiva. Eso dio lugar al ocio y el ocio dio lugar a las ideas. Algunas buenas y otras viscerales. Y las crisis nacen en ese tira y afloja histórico que se articula bajo la racionalización de una idea capital en nuestra cultura: el egoísmo. El capitalismo no se puede entender sin el egoísmo. El capitalismo solo puede existir si existen personas capaces de mirar a su ombligo y sin necesidad de solidaridad con el resto. Su característica más esencial es proveer al mundo de necesidades, individuales y colectivas, y a partir de ahí, tejer un entramado económico y social que necesita de un sistema financiero que le da alas y proyección. Y el Sistema Capitalista es esencialmente financiero. Su autoridad moral pasa por la confianza desgastada de la sociedad civil que involucrada hasta el fondo en el funcionamiento de la misma, requiere de sus dones para poder funcionar y perpetuarse en el tiempo. Vivimos mirando al futuro, y el futuro está lleno de sociedades móviles, flexibles, sin razas ni fronteras. El sistema capitalista y financiero está agotado y requiere de una revisión profunda de sus valores e ideas, de ahí que a medida que profundicemos en él, las crisis serán más profundas y las rupturas entre el individuo y la sociedad serán mayores. Por lo tanto, estamos ante una crisis más producida por un sistema, el nuestro, quebrado desde hacía tiempo. Una crisis que no afecta al tercer mundo porque allí llevan siglos en crisis. Es una crisis nuestra y que se deberá resolver hasta que resolvamos nuestra mayor crisis: nosotros mismos.

Los ángeles de Zway. Memorias de África…


Salimos de la escuela satisfechos. Preferimos llegar a la comunidad salesiana andando y así despejarnos tras las actuaciones de la mañana. Hacer el payaso sesión a sesión para más de dos mil quinientos niños de la etnia Oromo era realmente duro. En la misión nos esperaría todo el grupo para comer algo acompañado de engera, una especie de pan de sabor ácido elaborado con granos de teff, duro al paladar que no esté acostumbrado al mismo. Hacía calor en la ciudad de Zway pero el entusiasmo de los primeros días y el impacto con el país nos hacía estar aún algo frescos. Etiopía nos había impactado por muchas cosas, pero sobre todo, por la candidez de sus niños, por sus miradas profundas, por sus lamentos disimulados y respetuosos. Había en sus miradas una lucidez inusual.

A la salida, nos quitamos la nariz y el traje de payasos y abrimos nuestros rostros reales a los niños. Aún así, nos reconocieron al salir y se acercaron con prisa para abrazarnos y saludarnos, primero con timidez y luego con expresiva alegría. Nos cogieron de las manos y estrecharon fuertemente un lazo invisible que no deseaba abandonar nuestro paseo. Empezamos a cantar mientras paseábamos por las calles desnudas de asfalto, polvorientas y secas, plagadas de pobreza extrema. Nada importaba. El canto, el sonido de la Alegría era profundamente más potente que toda miseria. Los niños se abalanzaban unos contra otros, incluso aquellos que separados de la educación y el abrigo de la comida podían disfrutar del festín alegre. Había algo que nos parecía imposible. Esa manifestación de amor, de sinceridad, de cercanía era inverosímil en Occidente. La calle bullía de una extraña mezcolanza. Algo diferente en nosotros se estaba creando. ¿Hasta qué punto fuimos conscientes? Los mayores nos saludaban y veían como sus hijos danzaban entre nosotros con una luz radiante mientras guiaban nuestros pasos por ese laberinto de casas. Nos sentimos protegidos por esa lucidez y quisimos que las calles no acabaran nunca. La alquimia del contacto humano, franco y cercano, estaba bullendo en nosotros.

La satisfacción era plena. Estábamos radiantes, humanamente tocados por los dioses, esos dioses encarnados en las miradas de esos ángeles que revoloteaban con su dulzura y sencillez entre nuestra fragilidad occidental. Fue en ese instante cuando tomamos contacto con la realidad envolvente. Fue en ese instante cuando vimos que el milagro es posible y que los ángeles se encarnan en esos países para comprender la urgencia humana. África entera, nuestra cuna madre, nos acogía con candor, con ansiedad, con ganas de que dejáramos allí el recuerdo de nuestros ancestros y tomáramos la antorcha de una nueva vida. Algo sublime estaba naciendo dentro. Algo que sólo con el tiempo podemos llegar a entender.

Cuando llegamos a la entrada del mercado, de paso hacia la misión, la nube de niños-ángeles se había diluido. Habían vuelto a sus casas pues la jornada continuaba y tenían que ayudar cuidando las vacas o buscando sustento en las calles. La mayor parte de los etíopes viven de lo que pueden. Todos son empresarios de la pobreza, autónomos que pagan sus impuestos a la tierra que les alimenta. No existen clases parásitas, sino que cada uno tiene la misión de sobrevivir a costa de cualquier calamidad. Nadie trabaja por cuenta ajena, sino que todos lo hacen a cuenta de la vida.

El mercado era otro mundo. Allí estaban los niños que no iban a la escuela, los niños que no habían sido tocados por la diosa fortuna. Sus pies estaban arrugados, surcados por la tierra que se había instalado en sus extremidades desnudas. La pobreza se magnificaba con esa belleza propia de una raza de invencibles. Ayudaban a sus padres vendiendo cebollas o tomates, y los más débiles, simplemente aguardaban junto a ellos el terrible final. Era como si todo el pueblo estuviera allí vendiendo sus pobres y escasos productos. Los más modernos, los más afortunados, vendían ropas occidentales que nadie compraba. Las semillas, los tomates y las cebollas colmaban casi todos los productos. Algo de artesanía e instrumentos de labranza completaban el gran mercado, lleno de ruidos ordenados y sediento de birrs, la moneda oficial. Las carrozas tiradas por una famélica mula o un burro con los días contados, hechas de madera y de ruedas recicladas se amontonaban en las calles. El vehículo oficial de los etíopes era un reflejo puro de su modus vivendi. Un esqueleto móvil que tiraba a su vez de cientos de esqueletos agolpados en su interior.

Había imágenes que se habían quedado inmóviles en nuestras retinas. La muerte rondaba cercana. Había un hombre envuelto en mantas, muerto, rodeado de gente que se acercaba al carro que soportaba su levedad por la curiosidad de quién podría ser esta vez. La época de lluvias había terminado. Aún quedaba algo de verde en la sabana. Pronto, la imagen de ese hombre se volvería común, y el verde se volvería dorado y la tierra yerma se agrietaría a la espera de un nuevo amanecer. Las sequías en ese país son mortales y sólo la suerte determina quién pasa a la ronda siguiente de vida.

Llegamos a la misión tras el paseo. El grupo de voluntarios trabajaba afanosamente para dar lo mejor de sí. Los médicos sanaban, los destintas sacaban increíbles muelas roídas por el flúor excesivo que añadían al agua de los pozos, el equipo de agricultura intentaba reinventar la huerta y los educadores y etnógrafos rescataban leyendas y canciones, ritos y costumbres del pueblo Oromo. Habíamos llevado medicinas y cosas útiles, al menos cosas que nosotros pensamos que pueden ser útiles en aquel mundo donde no hay nada. A veces me sentía ridículo ante la imposibilidad de ayudar a todo el mundo y deseaba poder multiplicarme por cien para estar en todas partes. Visitamos la panadería de la misión y vimos como se obraba el milagro del pan. Un joven Oromo multiplicaba los panes seguramente esperando que algún día los escasos ríos sanaran para hacer lo mismo con los peces. En el pequeño orfanato de la misión vivía una docena de niños que habían sido abandonados en la puerta de la misma. A veces venían a visitarnos y nos abrazaban. Algunos enfermos, otros ya sanados, esperaban que la vida les brindara el calor que sus padres no pudieron ofrecerles. Comimos un trozo de pan recién orneado, caliente. Nada que ver con la ácida engera. Un pan que no llegaría a todos…

Había tanto por hacer… Pero ahí teníamos como ejemplo a cinco monjas que habían entregado su vida para sacar adelante a más de dos mil familias, día tras día, semana tras semana, año tras año hasta el final de sus vidas. Sentí cierto clamor interno. Veía esas mujeres que apenas dormían como trabajaban a destajo con una alegría de otro mundo en una misión que había crecido a base de esfuerzo y sacrificio imposible. Nosotros estaríamos sólo unos días y nuestra solidaridad era limitada. Pero la de esas mujeres era infinita, admirable. Habían creado con sus manos un pequeño paraíso en ese infierno de muerte y miseria. Y el paraíso era un punto de luz y esperanza en una tierra endiablada. Un clamor en el desierto humano, en la sabana hambrienta.

Por la tarde escuché el replicar de las campanas. Resultó extraño oír campanas en África. Así que fui curioso tras la llamada acompañado por la guía de una niña que había reconocido a Kili-Kili, el payaso. A la entrada y a la salida de la Iglesia algunos niños se acercaron para abrazarme alegres por el descubrimiento. El payaso también sabía rezar y quería compartir con ellos sus alabanzas. Entré en penumbra y me senté al lado de una de las monjitas. Había un coro celestial que cantaba unos ritmos cristianos con tonos africanos acompañados de un piano eléct
rico que agudizaba con melodías imposibles. La mezcla no podía ser más hermosa. Sentí una gran conmoción al escuchar las voces angelicales. Lloré, no pude hacer otra cosa. Había en aquel lugar algo extremadamente inusual. Algo que revoloteaba en el aire y que al respirarlo te preñaba de compasión. Etiopia, el país de los rostros quemados, hablaba desde sus ancestros comunicando su sabiduría en la tradición y el rito. Tuve la satisfacción de toparme con lo bueno y lo malo de la raza humana, pero sobre todo, tuve la satisfacción de reencontrarme con el reino angélico que nace en el mundo de los niños. La esperanza renace día tras día en África y todo se vive con la calma del ritmo vital.

Mis amigas las putas


Hay muchas formas de prostituirse. La más conocida, la prostitución física o sexual, está últimamente en boca de la sociedad hipócrita. Hablaré de ella y espero poder hablar más delante de las otras formas de ejercer la prostitución. Los mercenarios y proxenetas de la hipocresía entenderán a qué me refiero.

La primera vez que subí a una prostituta a mi coche fue a petición suya. Elizabeth ofrecía sus servicios cerca de donde yo trabajaba, en los aledaños del Camp Nou, en Barcelona. En mis años de actividad como trabajador social en barrios como el ahora polémico Raval, o como antropólogo en diferentes países del mundo, pude comprobar como la prostitución es un problema universal que afecta a todas las capas sociales y a todas las sociedades humanas. En mis tiempos de asistente social había tenido contactos con prostitutas con problemas serios e intentaba ayudarlas en todo lo que podía. Así que cuando Elizabeth me pidió que la acompañara a casa ya que el proxeneta de la zona pretendía agredirle, lo hice sin ningún pudor.

Mis compañeros de trabajo siempre se sorprendían de que me parara a charlar con mis amigas “las putas”, como ellos despectivamente las llamaban. No entendían que tras esa profesión había personas con sus historias y sus problemas, personas, en la mayor parte de los casos, que sufrían la humillación de tener que soportar a clientes despiadados y sin escrúpulos. Elizabeth solía contarme los peligros de la noche y yo sentía la necesidad de escucharla y protegerla, aunque fuera por unos minutos, de dicho infierno. Así que Elizabeth subió al coche y le dije, para su sorpresa, que primero debíamos ir a recoger a mi compañera María, la cual aguardaba unas calles más abajo. Nerviosa por la inesperada explicación se puso algo de ropa, no mucha, para el extraño encuentro. Cuando María me vio aparecer con una gran mujer de color, emigrante de Senegal que ejercía de forma vistosa, casi desnuda, la prostitución, se sorprendió a medias. Y digo a medias porque no se esperaba la inesperada visita, pero daba por sentado que ese tipo de gestos sólo podían salir de mí. Acompañamos a Elizabeth a su casa y volvimos a la nuestra entablando una discusión sobre la necesidad de regular o no la prostitución.

Históricamente y territorialmente, la prostitución es un hecho que no podemos negar u ocultar. Siendo un problema frecuente, debemos enfrentarnos cara a cara al mismo y desarrollar mecanismos de control con el propósito de evitar los daños colaterales que esta profesión produce. Dichos daños son, principalmente, las condiciones sanitarias y de seguridad que los profesionales de la prostitución tienen que soportar, especialmente la prostitución femenina y homosexual. Independientemente de las ideas morales que cada cual pueda tener, fundamentalmente las religiosas, las cuales pretenden culpabilizar y estigmatizar a las prostitutas de tal situación, debemos analizar con rigor jurídico y social dicha situación. Sin duda, las pésimas condiciones de dicha actividad profesional vienen dadas no por la existencia de prostitutas, sino por la falta de regulación de un sector que la sociedad demanda y que requiere un drástico cambio de mentalidad. El caso de Elizabeth, una emigrante ilegal de Senegal que por las mañanas limpiaba casas y por las noches ejercía la prostitución para sacar adelante a su familia es un claro ejemplo. Ella deseaba retirarse, pero no hasta que el futuro de su familia estuviera asegurado.

Países como Holanda o Alemania parecen haber entendido que la mejor forma de minimizar los riesgos de la prostitución y terminar con sus efectos negativos tales como la explotación, el secuestro, la inseguridad, la trata de blancas, drogas, prostitución infantil, enfermedades de transmisión sexual y un largo e interminable etc. es legislando la actividad y buscando las condiciones más óptimas para que tanto usuarios como trabajadoras tengan un mínimo de seguridad. Y ya de paso, que paguen el IVA y sus impuestos. Aún así, si bien la regulación sería un paso previo, el ideal utópico de que la prostitución no exista pasa inevitablemente por un cambio radical en nuestras sociedades. Un cambio que empieza por el individuo, un individuo amoroso, participante, implicado en los problemas sociales y comprometido en vivir en un mundo mejor. Mientras ese cambio se produce, la sociedad adulta debe afrontar los problemas cara a cara, sin temor, y buscar soluciones justas para todos. No podemos abolir la prostitución, no podemos abolir a los profesionales de la misma y no podemos abolir a sus usuarios, por lo tanto, busquemos lo mejor para todos, inclusive lo mejor para la sociedad. Elizabeth es sólo un ejemplo del sufrimiento diario de un sector que vive en la hipocresía de una sociedad enferma. Ojalá algún día pueda cruzarme de nuevo con ella, darle un sentido abrazo y ver como por fin pudo sacar su familia adelante. Entonces será una mujer libre, una mujer que salió de la calle para crear en sí misma un mundo mejor.