Cuando todo arde


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Hace tres años ardía el corazón de un buen amigo. Su llama se apagó en la tierra y nació un brillo allá en el cielo. Durante estos años lo hemos imaginado amable, sonriente, tocando un arpa en algún lugar de alguna de las dimensiones celestes. Un hombre bueno nunca muere en los corazones que iluminó. Por eso sigue vivo, en el recuerdo de los que lo conocimos, en las lágrimas de los que lo lloramos. Arde su llama en nosotros, y esa poderosa lumbre seguirá ahí mientras el recuerdo siga vivo. Su ejemplo nos hizo mejores, y eso será algo que algún día podremos transmitir a los nuestros. Si la bondad es contagiosa, la plaga seguirá su curso hasta que todo ser humano se llene de misericordia y humanidad. Los hombres buenos nos hacen mejores, nos iluminan, nos inspiran, nos dan la esperanza del futuro.

Hace hoy justamente tres años viajábamos inocentes, recién nacidos en el amor, hacia la tumba de ese buen amigo. Uno siempre piensa, en esa ingenua llama que arde dentro, que el amor durará para siempre, que el celo, que la vida nos une para permanecer ardientes toda la existencia. Nunca pude imaginar que esa llama terminaría por un malentendido, por una mala gestión de emociones y hechos fortuitos que pusieron a cada cual en un lugar extraño. Pero así es la vida y sus avatares. La vida siempre es sabia, y sabe cuando el amor se agota, cuando el amor debe pasar a otra fase.

Hoy recibí noticias de un ser querido perdido en los bosques. Andaba preocupado y por fin dio señales de vida. Continua su viaje, que suena a despedida o reencuentro, nunca se sabe. Viendo como la llama arde en el consuelo de las almas, siento agradecimiento y paz. Al menos sé que está viva, al menos sé que si no halló el amor en su errante marcha, en alguna parte lo encontrará. Mi llama sigue ardiendo, ya sin importar ser o no ser correspondida, porque ahora entiendo que lo importante es amar sin importar el sujeto amado. El amor es un llamamiento para entender que la vida no puede ser atrapada, que todo se purifica una y otra vez en los arrebatos de lo indecible. El amor nunca palidece, permanece latente a la espera de una respuesta, de un abrazo, de un retorno, de ese gesto que aviva como un soplo las brasas perennes.

Cuando llegué a casa tras una jornada abrasadora de noticias y acontecimientos, como si no hubiera sido suficiente, veo las imágenes de París ardiendo en su corazón. Notre Dame, mi querido y añorado templo, ardiendo en llamas. No me lo podía creer. No lo quería creer por toda la carga simbólica de lo que realmente estaba ardiendo. ¿Arde París? No, no es la pregunta histórica la que encierra la respuesta. Es algo mucho más profundo e incierto. Cuando todo arde, uno ya no sabe a qué aferrarse. Bueno, quizás sí, al hombre bueno que nos dejó hace tres años, al amor imposible, al amor, siempre al amor… Pero sobre todo, a la esperanza de que esas paredes, de que esos muros de piedra pulida volverán a levantarse una y otra vez. Como el amor. Así es el ser humano… Indecible, confuso, perdido, pero lleno de fe y esperanza.

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Trascendencia


 

 

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Trascendencia es quedarte a solas con esa mujer hermosa, en la oscuridad de una habitación grande mirando por una ventana vacía, viendo una película para niños, acurrucados castamente bajo una manta mientras ella piensa en su novio y yo en aquella que se fue lejos, desapareció de repente en un bosque lluvioso y nunca más supe de ella. Trascendencia es que me pida que la acompañe, por miedo, en la oscura y fría noche. Ella se acuesta en una litera, en la gran casa, y yo en la del frente, junto a la ventana, sin pijama, con la ropa puesta por si tuviera que salir corriendo hacia ese bosque que imagino lluvioso, solitario, desnudo. Atrapado entre media docena de mantas y aún así con el frío dentro, me imagino huyendo hacia ella, desesperado, hambriento.

Trascendencia es levantarte, desayunar e ir a pasear con esa bella mujer. Ella hablándome de su novio y yo pensando en el bosque, pero entendiendo lo que ella me dice mientras desahogo mi pena en ese largo camino hacia el castro celta. En el centro ese miedo a la soledad, esa soledad solemne, trascendente. Ese miedo al desprecio, al abandono, a la indolencia de un mundo en el que no encajamos. Esa lucha constante por intentar vivir el amor a ciegas, a tientas, de forma áspera y desesperada.

Trascendencia es llegar al final del camino, sentarse en un alto de rocas blancas, otear el horizonte fijamente intentando con la mirada llegar hacia el otro lado, más allá de todo cuanto se ve. Es cerrar los ojos con el lagrimal ausente, húmedo, respirar profundamente esa tristeza de no entender las cosas que nos separan, de no saber cuánto tiempo habrá de pasar hasta aprender las sublimes lecciones de la soledad trascendente. Es agarrar con fuerza la tierra y rascar con un dedo ese nudo gordiano que pretende, ingenuamente, atravesar toda la tierra hueca hasta el otro lado del mar. Si consigo entrar dentro, estaré a salvo, piensa mi mente cobarde.

Trascendencia es comprender en el paseo que el miedo es necesario, que nos ayuda, nos protege, nos salva. El miedo es el mayor aliado de la supervivencia. Es cierto que a veces por miedo cometemos graves errores. ¡No sabría decir cuantos he cometido en estos meses de pánico, de pavor! También por miedo nos perdemos oportunidades. ¡Cuantas en esta vida habré dejado pasar! Pero ella es dulce con la palabra e inteligente con el ánimo y sabe conducir la conversación hacia la paz, hacia la esperanza, hacia la memoria futura de la fe, ciega y segura. Trascendencia es prestar atención a sus consejos y escuchar su dura experiencia para aprender algo. Mientras lo hago, es inevitable seguir suspirando, e imaginar ese otro bosque que imagino lluvioso. ¿Estará bien? ¿Seguirá indomable, arisca, salvaje? Pero… ¿estará bien? Me inmolo si hace falta, pero que esté bien, que sea feliz, que haya encontrado ese camino que tanto anhela.

Trascendencia es seguir amando en silencio, ahora ya sin molestar, dejando que cada uno siga su tránsito, sea el que sea el que haya inventado, el que haya creado a su imagen y semejanza. Es soltar y asumir que la soledad es lo que ahora toca abrazar, es soltar y asumir que en el fondo siempre estamos solos, aún cuando nos abrazan de forma sentida, aunque ese abrazo nos confunda por un instante. Trascendencia es aceptar este paisaje yermo, esta melancolía dolosa, esta tramposa ilusión de creernos separados por bosques húmedos y montañas. Trascendencia es saber que está ahí, a pesar de todo, pero también saber que está aquí, y en ella, y en la otra, y en el otro. Incluso está en las flores y en los árboles, en la lluvia y el rocío de cada una de las mañanas. También en los ocasos y en los vacíos y en el canto de cualquier pájaro.

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Hacia un mundo amoroso


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Cupido y Psique, de Jacques-Louis David

Si el hombre pudiera decir lo que ama, si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo como una nube en la luz; si como muros que se derrumban, para saludar la verdad erguida en medio, pudiera derrumbar su cuerpo, dejando sólo la verdad de su amor… (Luis Cernuda)

Me gusta esa imagen loca de un angelito medio desnudo lanzando flechas a diestro y siniestro esperando que la fortuna del amor enlace mundos hasta ahora serios y aburridos. Me gustan esas parejas enamoradas, locas de remate en las esquinas, besándose en los aeropuertos, metiéndose mano y lengua y de todo. Me encanta ese mundo acaramelado y ardiente en una tierra donde se ha perdido la razón y el sentido del cariño, la palabra honrada, la honestidad, la bondad, el detalle, el compartir, el cuidar, el amar. Me encanta esa imagen ñoña, casi de estampa, donde todo parece rosa y escarlata.

Todos los días del año deberían ser así, días de enamorados. Donde los partidos políticos se abrazaran mirándose cursis a los ojos, donde los enemigos de repente nos tiraran los tejos y se derritieran ante nuestras poses horteras, ante nuestros errores y nuestras sombras, perdonándonos como rezaba el Nazareno. Un mundo donde los soldados se volvieran soldadores y los gamberros cuidaran a las abuelitas en los parques mientras dan de comer a las palomas colipavas. Un mundo sin guerras donde hiciéramos el amor en los desiertos, bajo la luna llena o en cualquier acera.

Daría cualquier cosa por vivir siempre cargado de poesía, enamorado de la mujer, de la vida, de la montaña, de los animales, del bosque, del cielo, del mar. Incluso daría cualquier cosa por estar siempre en ese estado de enajenación donde la realidad parece plástica y manipulable, donde todo es posible, donde todo está bien y donde la vida es dulce y merece ser vivida. Ese estado que te hace atravesar medio mundo para dedicar un instante de paseo, para ofrecer una caricia, para mirar a los ojos de la amada aunque sea por tan solo un segundo y decir ese tan esperado “te quiero”. Daría cualquier cosa por ver a una pareja enamorada, entregada, alocada en el sentido más profundo del término, capaz de cualquier cosa por un beso, por un halago, por una sonrisa. Por verlos juntos bajo el roble, en el jardín, entre las flores y también en el barro, en el coche, en los balcones tímidos y callados.

Ojalá Cupido se volviera loco y empezara a atacar al mundo con un ejército angélico cargado de alta munición amorosa. Flechas que rebasaran los corazones, que explotaran en los días grises, que formaran un oasis de arcoíris omnisciente. Ojalá el dios del deseo amoroso volviera al mundo inteligentemente para demostrar que las fuerzas del bien y de la luz son más poderosas que la triste estampa del aburrido incapaz de amar. Ojalá volcara su furia rosa llena de pétalos en los cañones floridos de la primavera amorosa. ¡Sí, un mundo amoroso, ingenuo, bello, tierno, amable y excitante!

Este mundo está falto de besos, de caricias, de coqueteos, de guiños, de juego, de alegría, de felicidad, de ensoñación, de risas, de complicidad, de compenetración con los opuestos, de verdadero arrebato y pasión, de fogosidad, de pulsión, de exaltación por los altos ideales del amor. En un mundo frío, hipócrita y falso, es necesario volcar toda nuestra existencia en amarnos los unos a los otros. En secreto, a escondidas o en la calle, en los lavabos, en las portadas de las revistas, en las puertas del cine y en sus butacas, en las clases de antropología y en las comisarías, en los portales, en los hospitales entre bandolinas y en los mercados, en las aceras, en la cama, en el armario y en los campos. Sin miedo a ser juzgados de cursis o presumidos o tórtolos o corderos degollados o descarados. Que se besen los políticos y que se estrujen en abrazos los soldados. Que se amen los banqueros con los obreros y se expanda el amor entre el campo y los mercenarios. ¡Que el mundo se vuelva cursi y amable, que se vuelva loco de arrebato! ¡Ligad vuestro amorcillo con una cadena de perlas y llenaros las cabezas de fruta como hacían los dioses! ¡Preparad el lecho, derrumbad los cuerpos ungidos y amaros!

Así que felicidades a los que aún tienen capacidad de amor, de enamorarse, de volverse locos por sus compañeros, amigos, esposos y esposas, íntimos, mujeres y hombres, amantes y novios. Amaros con locura, con pasión, con deseo, con arrebato, con urgencia, con generosidad, con cariño, con desesperación. Cortejaros sin pudor, sin remedio. Volveros locos de idiotez, de ternura, de afección. Sed agradables al mundo para que el mundo se vuelva agradable. Llenad las plazas de cariño y simpatía y las calles de humor y afecto. Esto es lo más esotérico, lo más sublime, lo más acertado: el amor.

Que los serios y pomposos no arruinen vuestra alegría. Que los tristes y amargados no influyan en vuestra loca visión de la vida. Dejaros arrebatar por el delirio y amad amando. En gerundio, sin parar, con urgencia, porque el mundo urge de amor, de arrebato, de ternura. Sostened una paloma y bebed ambrosía. Vestiros de rosa y sed cursis, aunque solo sea por un día. Feliz día de los enamorados. Sed felices, y amaros.

Pd. Nuestro querido Joan Contreras ha tenido la amabilidad de ponerle voz a este post… Gracias querido por el gesto y el guiño. Me ha hecho mucha ilusión:

https://anchor.fm/joankontreras/embed/episodes/Podcast-92-feliz-post-dia-de-los-enamorados-poesa-en-prosa-e37cpp/a-aagu1t

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Cuando los hombres lloran


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© Philip Mckay

Llorar a lágrima viva. Llorar a chorros. Llorar la digestión. Llorar el sueño. Llorar ante las puertas y los puertos. Llorar de amabilidad y de amarillo. Abrir las canillas, las compuertas del llanto. Empaparnos el alma, la camiseta. Inundar las veredas y los paseos, y salvarnos, a nado, de nuestro llanto. Asistir a los cursos de antropología, llorando. Festejar los cumpleaños familiares, llorando. Atravesar el África, llorando. Llorar como un cacuy, como un cocodrilo… si es verdad que los cacuies y los cocodrilos no dejan nunca de llorar. Llorarlo todo, pero llorarlo bien. Llorarlo con la nariz, con las rodillas. Llorarlo por el ombligo, por la boca. Llorar de amor, de hastío, de alegría. Llorar de frac, de flato, de flacura. Llorar improvisando, de memoria. ¡Llorar todo el insomnio y todo el día! Oliverio Girondo

Ayer tuve la oportunidad de hablar con tres hombres que estaban pasando por un mal momento. Uno por un problema laboral, otro por un mal de amores y el tercero por un problema existencial, de soledad y pérdida de sentido. Yo mismo tuve un día extraño, mezcla de los tres problemas que cosechaban mis amigos. Quizás Mercurio estaba retrógrado, o Acuario en luna llena o lo que fuera, pero lo cierto es que ayer fue un día difícil para algunos de mi entorno. Un día para llorar.

Es evidente que los hombres, algunos hombres, han desarrollado una sensibilidad diferente en las últimas décadas. Aunque aún persiste el estereotipo de hombre fuerte e insensible, depredador y machista, muchos hombres están desarrollando cierta sensibilidad que choca frontalmente con un momento de plena emancipación de la mujer. Estamos viendo un cambio de roles extraño, donde muchas mujeres se comportan como lo hacían los hombres y muchos hombres como lo hacían las mujeres. Las mujeres se emancipan, se sienten libres e independientes, utilizan a los hombres como los hombres utilizábamos antes a las mujeres, con cierta frialdad y despotismo, con cierta superficialidad y desapego. Mientras que los hombres sensibles, los hombres blandengues, que diría con humor el Fary, se vuelven vulnerables, indefensos, demandantes de cariño y afecto, de seguridad y arropo. Ahora los hombres necesitan ser abrazados y comprendidos en este nuevo mundo sensible.

Esto crea confusión porque inconscientemente la mujer sigue demandando un hombre fuerte y seguro, capaz de proteger la familia y el hogar con un buen sueldo y la necesidad de estatus con una buena reputación, ya sea laboral o de cualquier otro tipo de éxito. Los mensajes que recibimos de los medios de comunicación siguen potenciando ese tipo de roles arcaicos y primitivos, creando aún mucha más confusión en la psique, ahora más sensible y abierta, de todos.

Esto crea un verdadero embrollo y una verdadera pérdida de sentido para todos. Mi primer amigo lloraba por la frustración laboral que sentía. Tiene la necesidad de generar dinero para alimentar a su familia, pero no a cualquier precio. Le gustaría poder desarrollar su arte, pero el arte no vende, no tiene prestigio y es decadente en una sociedad decadente. Su frustración y dolor nace de verse atrapado en un sistema donde nadie va a reconocer su trabajo, su don, su talento, y para poder sobrevivir, debe prostituir su tiempo en labores ingratas que no le aportan nada. Dedicarse al arte o a la poesía hoy día no provoca más que frustración y fracaso. ¿Qué mujer hoy día desea vivir con un poeta, con un soñador, con un nómada del verso?

Mi segundo amigo sufría de mal de amores. Tras experimentar con algunas relaciones, veía como las mujeres utilizaban su belleza y su cuerpo sin mayor compromiso. Guapo, atractivo, inteligente, pero sin capacidad de poder crear una relación comprometida y estable. En la sociedad líquida donde vivimos, el fluir se ha convertido en un mantra poderoso donde lo sólido no tiene nada que hacer. Las mujeres fluyen y hoy se acuestan con uno y mañana con otro, como tradicionalmente hacíamos los hombres, sin mayor implicación emocional que la de pasar una buena noche. La sociedad se prostituye, y los hombres que han nacido con ese nuevo rol de sensibilidad no se adaptan a este cambio de paradigma. Un romántico, un soñador, un hombre sensible, está abocado al fracaso. Nadie querrá estar con alguien que da muestras de inseguridad, sensibilidad o debilidad.

El caso del tercer amigo es más grave aún porque ha conseguido de alguna manera, aunque sea pasando calamidades, malvivir de la poesía, del cuento, del arte. Eso le ha abocado a una vida errante y nómada, sin una base material sólida donde sustentarse, sin una casa ni un hogar donde volver tras sus periplos poéticos. El precio de su felicidad, de su libertad absoluta, lo paga con creces a base de grandes dosis de soledad. La soledad, y esa sensación de fracaso en lo personal a cambio de cierto éxito en lo profesional, le aboca a una depresión constante y continua. ¿Qué mujer se fijaría hoy día en un consagrado poeta que no tiene dónde caerse muerto?

Es cierto que no es bueno generalizar ni que estos tres ejemplos que casualmente se juntaron ayer en un lloro colectivo sean una muestra considerable de lo que realmente está sucediendo, pero sí es un síntoma claro de que los tiempos están cambiando y de que nos estamos encontrando con un paradigma de pérdida de sentido. Yo mismo soy un claro ejemplo del fracaso de este paradigma. Errante, con un trabajo excitante pero que apenas da para vivir, nómada emocional porque ninguna mujer es capaz de soportar una vida tan inestable y tan poética, tan sensiblera y necesaria de grandes dosis de cariño y atención, de cierto misticismo y espiritualidad, de cierta inteligencia y crítica. Sí, los hombres también lloran. Y últimamente no paramos de hacerlo, como lo hacen los cacuies y los cocodrilos, si es verdad que los cacuies y los cocodrilos lloran, como decía el poeta. Nadie desea abrazar y sostener a un poeta, a un hombre sensible. Nadie en una sociedad líquida desea responsabilizarse y comprometerse en una relación estable y duradera.

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Abrirse a la experiencia del amor


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© Susanne Washington

La ternura no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor… Jorge Bergoglio

Cuando uno fracasa en la experiencia del amor, especialmente del amor pequeño, del amor minúsculo, del amor de pareja, se siente cierta frustración, cierta sensación de fracaso y derrota. La norma generada es que nos cerramos a esa experiencia al cosechar pérdidas consecutivas. Nos gusta indagar sobre la experiencia del amor porque junto a la vida y la muerte, es uno de los tres temas fundamentales de la existencia de todo ser. A pesar de todo lo vivido y experimentado, a pesar de todo lo indagado y escrito sobre este asunto, siempre notamos cierto verdor, como si cada día, la experiencia del amor fuera algo nuevo a lo que enfrentarse y de lo que aprender.

Hace unos días, una buena amiga me miraba con amor y dulzura en los ojos y me decía contundente que algún día mi alma encontraría a su alma amiga. Que más allá de los amores de la personalidad, siempre torpes, el alma enfocada en un propósito encuentra inevitablemente a esa otra alma que ayudará al mismo, ya que el propósito del alma nada tiene que ver con los pequeños propósitos de la personalidad, siempre egoístas e individuales. Por lo tanto, es inevitable que dos seres enfocados en un propósito de alma se encuentren para engrandecer esa experiencia. Otra cosa es que ambos se reconozcan como tal en esa vivencia cuántica, que brote la semilla del amor y que se expanda en ambos sentidos, en el sentido de amor de alma y en el sentido de amor de pareja terrenal.

Como experto saboteador de relaciones, siempre, a pesar del dolor que esto conlleva, un dolor siempre bilateral, donde ambas partes sufren, me he interrogado por ese afán de lanzarme a cualquier relación sin examinar a priori las consecuencias futuras. El amor debería ser inteligente, más allá de los impulsos primarios que nos hacen abrazar la experiencia humana de cualquier ser que se nos acerque y por el que sintamos un mínimo de atracción. Uno debería razonar si esa atracción primera está en acorde con el sentir más profundo, con la experiencia como almas libres que desean desarrollar un trabajo profundo, compartido y consciente en esta oportunidad de vida. Hay experiencias de amor en pareja que te separan totalmente de este propósito y hay otras que te elevan exponencialmente hacia la misma. El discernimiento, en este sentido, resulta ser una poderosa herramienta para saber elegir bien la persona que entrará en tu vida, que aminorará la marcha de tu evolución o la multiplicará en un acelerado compartir.

De ahí la prudencia de abrirse a la experiencia del amor. De hacerlo con calma, sin prisas, despacio. Conociendo bien a la otra persona y conociendo bien todo aquello que nos aporta y que nosotros aportamos a ella. Si perdemos el tiempo en señuelos de una noche de pasión, en tratos comerciales para pagar hipotecas y vivir una vida cómoda o en estimulantes relaciones que solo nos conducen a un vacío perpetuo, es mejor no hacer nada, es mejor esperar, es mejor estar atentos.

La prudente espera debe venir acompañada de un profundo anhelo. No todo el mundo desea arriesgar parte de su vida para afrontar el reto de la experiencia humana en compañía. Para muchos, la soledad también puede ser una llama, un camino, una vereda. Para otros, la comprensión de poder multiplicar la experiencia, acelerada inevitablemente ante el abrazo incondicional de otro ser, puede suponer un avance meteórico hacia la evolución. Si la soledad puede ser una llama, el amor en relación puede llegar a ser un fuego incombustible. Una vida tierna y amable, una vida rebosante de amor y atención es la mejor manera de comprender las fuerzas universales de la existencia. No una relación mediocre de interés mutuo, sino una verdadera apertura al amor incondicional, fuerza primera de todo lo que nos rodea, fuente primordial de todo cuanto existe.

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En los jardines de la memoria


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“Mi querida Alicia, nos veremos en los jardines de la memoria y en el palacio de los sueños, ahí es donde tú y yo nos veremos”. Alicia a Través del Espejo

Hay seres que pasan por nuestras vidas para no volver nunca más. Aparecen, impregnan con su aura toda nuestra existencia y un día se marchan. A veces lo hacen de repente, sin avisar. Otras ocurre por accidente, por mala suerte, por un mal entendido, por una pequeña bola que va creciendo y se torna insoportable. Otras, simplemente mueren y ya no podemos hacer nada. Muchas veces me pregunto qué será de ellas. Es imposible olvidarlas porque están ahí, en los jardines de la memoria, en los recovecos de nuestros almacenes emocionales. Aparecen y desaparecen, van y vienen una y otra vez a lo largo de los días, de las semanas, de los meses, de los años. Nunca se van de nuestro interior porque permanecen vivas en el palacio de los sueños. Nunca importa lo que hagamos en la vida, dónde estemos o con quien estemos. Esas personas que entraron en nuestro corazón ya nunca desaparecen.

Y en estos días de entrañable compañía, de estar con la familia, con los seres queridos, me doy cuenta de todos los ausentes. De todos aquellos a los que no podremos abrazar nunca más. Realmente es una sensación melancólica y triste porque a veces desearías poder retomar aquella emoción que tanto nos unía, aquel lazo que nunca debió romperse más allá del orgullo, el egoísmo o la sinrazón. Tantas almas que van y vienen, que nos llevan a volar hasta lo alto para luego abandonarnos de repente.

En los jardines de la memoria repaso uno a uno cada momento, cada instante. Me regodeo con aquellos momentos felices, con aquel recuerdo, con aquella caricia, aquel abrazo, aquella mirada, aquella complicidad. Miro con agradecimiento cuantas cosas ocurrieron y pudimos compartir. Acecho a la memoria y me traslado hacia atrás, hacia hace unos días, unas semanas, unos años, unas décadas y los recuerdos se amontonan como hojas de otoño que caen sobre la hierba verde. El rocío de la memoria abraza cada pestañeo, cada instante por pequeño que sea.

Luego abandono el jardín y entro por la ancha puerta del palacio de los sueños. Allí imagino escenas de amor, encuentros con unos y otros, conversaciones, abrazos en un entorno festivo de alegría y bienestar. Miro a todos aquellos a los que hice daño y les pido perdón por mis torpezas, por mis errores humanos, por mis miedos y mis tormentos. Los miro uno a uno, intentando obedecer al llamado de la redención. También veo a los que me dañaron y los abrazo con una sonrisa cargada de amor, de respeto, de admiración, porque de alguna forma me enseñaron algo, me pusieron a prueba para aprender. Los abrazo a todos en esa fiesta de cariño onírico, deseando que en ese palacio podamos vernos a menudo y podamos aprender sobre el mundo amoroso.

Guardo en mi memoria a todos aquellos que alguna vez rozaron mi vida. Los guardo como el mayor tesoro. Porque, aunque ahora no estén aquí, en esta sala fría y solitaria donde ahora me encuentro, espero algún día volver a verlos entre jardines y palacios, entre luz y amor. Ese miedo a no verlos nunca más desaparece en el mundo de los sueños. Ese miedo a que la soledad sea el principio del fin se hace pequeño ante el recuerdo. Vendrán más almas, vendrán más seres a llenar los recovecos del ancho corazón. Volverán los abrazos y complicidades.

A ti la dama…


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Ahora que todo terminó, no puedo evitar recordar a aquella mujer que hace tiempo, mucho tiempo, habitó en mí. Era alta al mismo tiempo que frágil. Su cuerpo resplandecía apagado como un templo de mármol blanco pero teñido de oscuro, ligeramente inclinado cuando paseaba entre abedules o sobradamente prominente cuando lo hacía entre robles. A veces mendiga, a veces monja, a veces reina, nunca sabías cuales de sus atributos la describía en su contrariedad. Era una auténtica oxímoron llena de paradojas y contradicciones. Era trasparente e invisible para el mundo, pero luminosa para las dimensiones brillantes.

Había en su andar una pesada torpeza, como si los años de su juventud pesaran en una ancianidad que le poseía, pero también una elegancia propia de la nobleza. Siendo aún muy joven, sus manos pertenecían a una anciana y su rostro, a veces cansado y a veces alegre, desempeñaba diferentes formas, como si realmente convivieran en él decenas de almas que se mezclaban entre los surcos de su cara. Estaba poseída por el misterio de una belleza que no tenía competencia. Su largo cabello negro se enredaba entre sus hermosos pechos cuando leía a los antiguos filósofos. Me gustaba rozarle los labios con la mirada cuando desnuda, soñaba con algún poeta. Abrazarla, siempre muy tímidamente, era como penetrar en una tierra desconocida, pero al mismo tiempo yerma y vacía. Sus madreselvas decoraban con gracia y espesura toda su plasticidad. Y siempre ese olor suyo, salvaje, pura química anestesiante de un perfume propio e incomparable.

Tuve la suerte de dormir a su lado en alguna luna llena, contemplando únicamente su inteligencia, siempre superior a la mía y a la de cualquier otro, y su cuerpo, más hermoso aún cuando yacía desnudo. Pero todo era fantasía o cuento que terminaba en un despertar aburrido, sin pasión, frío y desolado, o en un momento de cólera inadvertida. Sólo una vez, de forma muy fugaz, conseguí encender dentro su fuego e iluminar su mirada, pero de nada sirvió excepto para desearla una y otra vez sin éxito. El amor no la habitaba, ni siquiera la curiosidad por poder atraerlo. Era feliz en el palacio de su soledad. Hubiera ansiado poseerla una y otra vez, pero entre ella y yo siempre había una gran sombra que a veces se convertía en cisne, en un imponente cisne negro que nos separaba día y noche. Hubiera deseado amarla y ser amado, pero nunca llegó la primavera a nosotros. Quizás sí cierto cariño, quizás sí la desesperación de algún deseo remoto y ocasional, pero nunca la fusión de dos almas, nunca el éxtasis de dos pieles convertidas en una. Era un ser inconquistable en un tiempo difícil. Era un ser impenetrable en un territorio que no invitaba a la aventura.

Aunque la llama nunca prendiera en ella, admito que de sus abrazos áridos saqué una tabla de náufrago, además de una enseñanza, que me permitió navegar hasta la orilla. Me salvó del abismo, me rescató de la ira, me sacó del agua hasta la sempiterna esfera etérica. Sus palabras nocturnas servían de canción de cuna. Su locura, arraigada a otros planos, distraían mi mente en un devenir amargo y afligido.

Hubiera deseado conocerla cuando era joven, y no ahora tan anciana y esotérica. Seguramente su belleza exagerada y alegre hubieran conquistado mi alma para siempre. De haberlo sabido, quizás la hubiera soñado, la hubiera buscado hasta toparme con ella en esa biblioteca con la que tantas veces había fantaseado. A pesar del fracaso y del intento, interiormente estoy agradecido. Es una suerte conocer ancianas hermosas, de generosos pechos, de bellas sonrisas, de libertad extrema emancipada de todo tipo de emoción o sentido, de sublime inteligencia. Especialmente si acuden a tu rescate para destruir la ilusión en la que vivías. Especialmente si son las portadoras de la fuerza suficiente para destruir lo irreal, acomodarte en otra dimensión para luego marcharse para siempre. Su reino era la oscuridad. Allí tenía su lámpara encendida, y allí acudía todas las noches como una luciérnaga ciega y herida. Habitaba en el mundo de las sombras, pero allí tenía su luz, esperando el renacer de la nueva aurora. Un día se marchó y no la vi más. Nunca supe qué fue de ella, excepto el recuerdo de su aliento, de su latir y de aquello que nunca fue y podía haber sido.