El páramo donde floreces


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Las mesetas están forjadas por el cálido abrazo de los vientos. Tienen curvas suaves que durante años han ido tomando formas que intentan imitar la circularidad universal. Nacidas puntiagudas, llenas de aristas, el tiempo fragua sobre ellas unos tonos cálidos y amables. Allí, alma bella, has dado cobijo a bosques enteros, a páramos donde florecen brillantes y perfumadas floras de múltiples tamaños, formas y colores. El olor que desprendes es tu propia alma, es tu llamado a la vida, la señal de que el espíritu grupal de tu existencia reclama su propio espacio de paz y belleza.

Nuestras vidas se asemejan a esas colinas que con tanta gracias nos muestras. Con el paso de los tiempos consigues que nos volvamos más afectuosos y cálidos, que nuestra oscuridad sea relegada hacia el imperio de la luz. Tienes esa facultad para reclamar la atención en el cobijo, en proporcionar lugares cálidos para que otros puedan cobijarse en ellos. Ya no tenemos ganas de discutir con el viento sobre formas respondonas. Las aristas de la personalidad se pulen poco a poco con tu ejemplo. El ego se calma, se aleja de la crítica y asume su propia responsabilidad con el mundo. Entiende que no ha venido a transformar la realidad, sino a embellecerla, a llenarla de color, ternura y amor. Esa es tu enseñanza invisible.

Y cuando eso ocurre y la luz brilla y las sombreadas capas del septentrión dejan paso a la luz de tu mediodía, los páramos que albergas en tu corazón resplandecen de color y vida. Todas las primaveras se llenan de olores que marcan el inicio de la entrega, de la necesaria continuidad vital. Las mustias y agotadas flores renacen y los alambiques que fraguaban el néctar vuelven a destilar lo esencial de todo.

El amor está ahora en el aire, en el aura de cada movimiento. Despejamos las dudas sobre lo que somos o sobre lo que queremos ser. Simplemente vivimos, nos enriquecemos cobijando vida y entregamos nuestro ser a la creación entera. Es un disciplinado paso ante la rebeldía vital que nos lleva con pausada calma a un estado de ecuanimidad, de abrigo, de apaciguamiento. Solo deseamos abrazar y compartir, dar todo aquello que durante nuestras vidas hemos recolectado. Como esas abejas que van de aquí para allá recogiendo el néctar de nuestros campos, nosotros nos encargamos de recolectar el néctar de los cielos, de las ideas, de los arquetipos que se construyen para hacer de la experiencia existencial un sendero inolvidable.

En estos días de calma he sufrido la alegría de compartir este tiempo con un bello ser cargado de amor y belleza. Su interior es tan grande que solo alberga luces y páramos cargados de florecillas. Es tanta su infinita adhesión a la vida que solo puede mostrar desde esa madurez de las colinas suaves la promesa del dar. Estoy agradecido, inmensamente agraciado. Y es por ello que a ella le dedico estos pétalos de cariño y amistad, de amor y complicidad. Gracias corazón por latir en la dirección adecuada. Gracias por guiar nuestras vidas hacia ese poso de dulzura y calor. Sigamos contemplando los campos. Sigamos siendo posaderas de caminos y experiencia.

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Estuve perdido, pero fui hallado


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La tiranía de nuestros miedos siempre nos conduce por la oscuridad. El pavor de la maldad a veces se apodera inefablemente de nosotros. Buscamos herir y no amar. Buscamos dañar y no perdonar. A veces, nos consume el odio, el rencor, la necesidad de destruir al otro. A veces nos perdemos en el sendero retorcido de la sombra.

Un día, alguien te da la mano y te rescata de la oscuridad. Con su sonrisa, con su gracia de vida eterna te espera en el otro lado. De repente desaparece el miedo y algo entrañable se abre ante nosotros. Es una nueva senda, un nuevo camino de paz y amor. No es difícil que eso ocurra cuando nos abrimos, cuando el corazón decide que ya es suficiente de tanto dolor y desea beber de otras fuentes. Una luz nace entonces, una maravillosa revelación, un cambio permanente que nos despierta y abraza.

A veces un solo gesto basta para que ese milagro ocurra. Una asombrosa gracia cargada de esperanza.

Una vez estuve perdido, pero fui hallado. Estuve ciego, pero pude ver, como decía la canción. Esa dulce misericordia se reveló como un haz de libertad. Fui liberado gracias a ese beso sincero, a esa tormenta de amor desbordante, a ese amor interminable que nada exige y todo lo perdona, esa gracia maravillosa que nace del don de amar. Sí, maravillosa gracia que dulce suena en mis adentros, que salvó a un infeliz como yo. Dulce latido que nace de lo más hondo, capaz de perdonar, capaz de volver a abrazar, capaz de respirar hondo ante las dificultades.

Ya no son palabras. Me he hallado. Ahora veo. Algo me enseñó a no temer, algo me alivió de mis miedos. Qué preciosa verdad por la que ahora me guio. Mis cadenas ya no existen, algo me ha salvado del abismo, de la ceguera. Algo tan simple como un abrazo pudo contener la ira, despejar el odio, saldar la maldad y llevarme hasta el bien. Algo tan luminoso como una sonrisa sincera rescató al hombre perdido que había en mí.

Gracias de corazón por lo que has hecho en mí.

Gracias por tu amor y tu alegría, reflejo de esa esperanza que todos buscamos.

 

La naturaleza del amor, o cuando el amor llega así de esa manera


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Todo lo que ocurre en la vida, o al menos eso queremos creer, responde a algún tipo de propósito. También nos gusta llamarlo misterio, por eso de que dentro de cada hecho o fenómeno existe un arquetipo superior que le da vida y sentido. Ocurre lo mismo con todo lo que nos ocurre en los planos no solo materiales, sino también en los emocionales e intelectuales. Cada paso que damos encierra un misterio. Por eso cuando aquella noche nos abrazamos sentimos como el misterio se volvía a manifestar, como el arquetipo, esta vez el del amor, volvía a cobrar vida.

Esta vez lo hacía de forma pausada, amable, sincera. No había subterfugios, ni exigencias, ni demandas, ni promesas, ni ficción. Surgió suave de una necesidad vital por abrazar al otro, por amar al otro y fusionar así las causas mistéricas con los efectos inevitables.

Un abrazo sincero nacido del amor, y no del miedo, de la generosidad y no de la exigencia, de la aventura y no del aburrimiento. También de la paz interior, porque cuando más bien estábamos los dos en nuestros respectivos mundos, cuanta más paz y amor había en nuestras vidas, resulta que ambos quisimos compartir ese trozo de felicidad con el otro. Por eso no había huida, sino encanto, hechizo, magia. El otro no era una excusa para llenar vacíos, sino una oportunidad para compartir un rebosante fluir existencial.

Y ahora nos sentimos privilegiados, dichosos, como esos enamorados que se esconden en los rincones para tímidamente besar la vida y sentirla en toda su plenitud. Como esos avatares que te conducen a lo inevitable, como si solo así pudiera haber sido y no de otra manera. Y ahora, en este tiempo, y no en ninguno otro. Como si nuestras diferencias no fueran suficientes para desterrar el deseo, sino más bien un aliciente para seguir aprendiendo el uno del otro y aspirar a contemplar nuevos mundos posibles.

Y si el “ama hasta que te duela” se convirtió en “amor es relación”, ahora el amor nos inunda tímidamente, sin verbo, sin palabra, sin ruido. Solos desde esa atalaya inmortal de silencio y complicidad, de guiño y connivencia por sabernos ante una oportunidad única.

Cuando la naturaleza del amor nace de la sinceridad y la generosidad uno se atreve a pensar que la última palabra aún no está dicha, que la verdad sobre las cosas más grandes de nuestra vida siempre reside en lo más sencillo y cercano. Por eso ahora cada momento resulta imprescindible, único, irrepetible. Por eso ahora podemos amar y ser amados sin miedo, sin atajos, sin rencillas.

Cuando el amor llega así de esta manera, lo único que podemos hacer es disfrutarlo completamente, abriendo nuestros poros para que nos atraviese y apostando por ese sueño imposible, pero palpable. Rozar cada uno de sus intersticios y densidades, sentir cada uno de sus rostros y caricias.

Gracias de nuevo a la vida, y sus misterios, porque nos da tanto.

Sin llaves. Sin miedos


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Cuando vivía en aquella hermosa casa de diseño con sus grandes ventanales y vistas inmejorables a la sierra y el valle del Guadalquivir eran frecuentes las visitas de personas curiosas que deseaban pasar allí algunos días. Lo primero que hacía era darles una copia de las llaves del coche y de la casa para que se sintieran libres en el uso de ambas cosas. “Es posible que yo no esté”, les advertía, “así que podéis hacer lo que queráis”. Siempre, a primeras, tuve confianza en las personas. La casa siempre estaba abierta y nunca echaba la llave cuando me marchaba o iba a dormir. Cualquiera podía entrar y quedarse a sus anchas.

Hasta hoy no he sido consciente de que aquí, donde vivo ahora, ni siquiera existen puertas que delimiten la casa o la entrada a la finca. Ni llaves que entorpezcan el libre acceso a los lugares comunes. Me daba cuenta esta mañana mientras daba un ligero paseo por los prados de que en nuestra sociedad de hoy se nos advierte con temor de los mil peligros que nos acechan. Realmente todo lo que hacemos es por temor, por miedo. Por temor a no conseguir trabajo o a perderlo. Por temor a no tener pareja o a perderla. Por temor a no vivir la vida o a perderla. Por miedo a casi todo. Pocas veces nos paramos a vivir la vida sin miedo. Preferimos anclar un cerrojo a nuestro corazón por miedo a que nos lo roben. Incluso encarcelamos nuestras propiedades en obtusas celdas por temor a que desaparezcan.

Un día llegué a la conclusión de que las cosas están para compartirlas. No para asegurarlas ni poseerlas. Se me ocurrió poner todo lo que tenía a nombre de una fundación. Y de lo poco que me quedara, dejarlo abierto para su uso. Dejé de temer el futuro y empecé a vivir la vida desde el ahora, desde ese presente posible. ¿Qué podía perder?

Ocurre también con el amor. Está ahí, aquí, ahora. Nadie lo puede apresar. Podemos dar mil rodeos sobre él, podemos incluso pensarlo, temerlo, apresarlo. Pero nunca a nadie se le ocurrió expresarlo, compartirlo, abrirlo al mundo. Hay gente que se dedica a merodearlo, a negarlo, a dudarlo. Otros, más naturales, más valientes, más dichosos, simplemente te toman de la mano, rozan tus dedos con los suyos y hace con ello, sin tapujos, sin miedo, que la magia actúe.

No me había dado cuenta de lo simple que era hasta hace unos días. Incluso no me había dado cuenta de que los miedos actúan de igual forma ante el amor. Si lo encerramos, si ponemos un candado a nuestro corazón cargado de miedos e inseguridades es imposible que el mismo fluya hacia los demás. Simplemente muere atrapado en el ahogo del anhelo. Por eso admiro a la gente valiente, optimista, clara, transparente, amable, sensible, abierta y despierta a la vida. No se quejan, no se esconden, no se pasan el día anhelando ni poniendo etiquetas cargadas de juicio y valor sobre los otros, sobre sus cosas, sobre sus hombros. Simplemente actúan. Te abrazan, te cogen de la mano y te llevan a esos otros mundos posibles. Sin más.

Quizás aún no nos hemos dado cuenta de que la cueva donde nos refugiamos cuando aún no teníamos capacidad de abstracción ya no existe. Ahora vivimos en el mundo libre de la magia, de la poesía, de la música, del baile, de los atardeceres que se contemplan sin pausa en cualquier primavera. Aún no somos totalmente conscientes de que el miedo ha sido vencido y de que nuestra imaginación infinita ha superado las trabas de la oscura caverna. Ahora podemos amar sin temor. Sin exigencias, sin contratos, sin ambigüedades. Podemos mirar al otro, sonreírle y llevarlo a volar hacia mundos infinitos. Ahora tenemos la capacidad de poder vivir sin miedo, sin llaves. Amar sin etiquetar. Amar sin esperar nada a cambio. Fluir en un paisaje posible cargados de dicha, gozo, alegría. Sin más.

Es importante hacerlo


apolo persiguiendo a dafne

Un sueño que sueñas solo es sólo un sueño. Un sueño que sueñas con alguien es una realidad” John Lennon

A veces nos llaman o sentimos la llamada. A veces es una intuición, una mirada, una voz, un rostro o un alma entera. A veces es una idea o un valor, un relieve que se dibuja en nuestra psique interna o simplemente el roce de una pupila que atraviesa esos márgenes ocultos de nuestro interior. Esa llamada nos impulsa o nos paraliza, nos conmueve o nos aterra dependiendo de toda esa siembra que llevemos dentro. A veces nos convierte en árbol de laurel, como le pasó a la ninfa Dafne. Otras nos impulsa a seguir adelante, porque de alguna manera sabemos que ante la pérdida o la derrota, lo importante siempre es seguir la estrella matutina que adumbra nuestros horizontes.

Si optamos por seguir, por atravesar la puerta estrecha, por adaptar nuestra cargada mochila a las aventuras del camino, cientos de pruebas nos aguardan. Es ahí, ante la adversidad, ante el silencio, ante la soledad más absoluta, cuando tenemos la oportunidad de volver atrás o transformar nuestro miedo en amor. Y una vez abrazados a la fortaleza del amor, todo lo demás es acción, movimiento, posibilidad de percibir el mundo como una entrega donde nunca pierdes, solo ganas.

Esto sirve para todo. Para el amor en pareja, para el amor hacia un proyecto, un propósito, una visión, una amistad, una familia, la decisión de tener o no un hijo, la decisión de atrevernos a desvelar un enamoramiento sincero, la temeridad de persuadir al destino para no quedarnos sentados al borde del camino viendo pasar la vida sin ser partícipes de ella.

Los miedos, las excusas, la desconfianza, el exceso de cálculo, la precisión a la hora de valorar las cosas como pérdidas y no como ganancias y todo aquello que paraliza la acción siempre nos ancla a una vida sumisa ante las circunstancias. Los trenes pasan una y otra vez pero siempre los vamos aplazando. Ya iré mañana, ya lo haré mañana, ahora no tengo tiempo para esto o para lo otro o no es el momento para el amor, para la amistad o para la simple aventura del vivir. El gozo siempre lo anclamos a nuestra parcela de seguridad pero nunca nos atrevemos a lanzarnos a esos vacíos de improvisación, de readaptación de la realidad, de nuestra existencia entera.

Hace poco me llamaba una hermosa mujer. No nos conocíamos pero sentimos una conexión muy especial. Cuando percibí la llamada, cierta llamada, enseguida desplegué ante mí todas mis artes de espantapájaros. A pesar de la pasión de ese tiempo infinito de conversación ambos, quizás por la edad, quizás por las horas, pusimos excusas, barreras, muros y fronteras donde solo había llama y pasión, diversión y aventura. Cuando ocurren este tipo de cosas me pregunto, -y esto si que es una cosa de dos-, porqué no somos capaces de destruir toda esa colección de prejuicios y miedos y explorar nuevas posibilidades. Ya lo decía sabiamente el poeta: “Es importante hacerlo, quiero que me relates tu último optimismo, yo te ofrezco mi última confianza. Aunque sea un trueque mínimo debemos cotejarnos. Estás sola, estoy solo, por algo somos prójimos. La soledad también puede ser una llama”. Benedetti entendía perfectamente que en el halo de lo intangible la llama puede ser un trueque mínimo. Sin prisas, sin exigencias, sin desvelos. Pero siempre, es importante hacerlo, aunque sea un trueque mínimo.

Ante la imposibilidad del pacto, del trueque, lancé una silenciosa propuesta y hoy puse una chimenea en el salón de la gran casa. “Me encantan las chimeneas. Lo siento pero no podría vivir en una caravana”. Esas fueron sus últimas palabras. Mañana esa chimenea ya tendrá fuego.

Sobre el oficio de espantapájaros


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Esta tarde fui con el amigo Iván a trabajar sobre un naciente proyecto editorial a un nuevo espacio que han abierto aquí cerca, en Sarria, donde con mucho gusto han creado un lugar alternativo con productos ecológicos y libros con conciencia. Nos reíamos mucho porque no nos habíamos dado cuenta de que veníamos de los bosques con esas pintas de haber estado toda la mañana trabajando como fontaneros, granjeros, cavando zanjas y manchándonos de lodo todo el cuerpo. Pero nos sentíamos cómodos y ciertamente graciosos en ese rol de emprendedores que andaban buceando en la creatividad cibernética para ofrecer un buen producto al público que lo necesite al mismo tiempo que reíamos sobre lo surrealista que resulta vivir en una caravana mientras intentas cocrear cosas interesantes. Había cierto entusiasmo en todo, incluso en las pintas.

Una de las partes más divertidas ha sido cuando hemos empezados a hablar sobre el mundo de las relaciones, las parejas, el amor. Mientras repasábamos los últimos detalles del proyecto le contaba con cierta gracia que un chico que vive en una caravana en mitad de un bosque tenía pocas posibilidades de ligar o encontrar una pareja. Más tarde le escribía a una amiga sobre el oficio de espantapájaros. Cuando siento interés por una chica o veo que alguna pobre despistada lo siente por mí me pongo muchas veces el disfraz de espantapájaros.

Lo del espantapájaros viene de mis días de gloria material, por decir algo. Era fácil atraer parejas aparentemente nobles y duraderas cuando las cosas iban viento en popa. Si eres joven, con algo de dinero, alguna propiedad y un futuro de éxito la suerte en el mundo de las relaciones está garantizada. Pero descubrí con cierto sabor amargo que cuando lo pierdes todo, te arruinas un par de veces y te quedas sin nada las parejas (a veces también los “amigos”) huyen despavoridas. Eso fue una gran lección de vida, y desde entonces decidí convertirme en un espantapájaros para evita futuros malentendidos. Así, cuando una chica se acerca, primero saco mi nariz de zanahoria y le recuerdo, como hacía Oliverio Girondo, que hay que saber volar. La profundidad del mensaje es encriptado, pero muy claro: soy un chico pobre, cargado de deudas que vive en una caravana en mitad de un bosque frío y helado y que además le importa un pito el sexo, excepto si la mujer tiene los senos como magnolias o un cutis de durazno y además sabe volar, donde, ante la tentativa de una belleza hermosa, uno puede hacer alguna vital excepción. Ante este expediente y expectativa, casi tengo un cien por cien garantizado que las chicas desaparezcan de forma instantánea, y además, rotundamente, sin oportunidad para al menos poder exhalar algún poema o llevarla a volar. ¿Para qué? ¿Quién querría estar con un elemento así? Mi éxito como espantapájaros está garantizado. Todas huyen.

Pero no es algo que me preocupe en exceso, aunque algunas noches admito, como la de ayer, que se siente cierta pena o cierta soledad extraña. Luego llega la mañana, uno se relame de todas las heridas y se pone a trabajar como fontanero, leñador, granjero, electricista o todo aquello que la comunidad requiera. Por la tarde, desaliñado y sin duchar, termino en un precioso lugar con el amigo Iván riendo de todo esto y viendo de paso pasar a todas aquellas chicas que nunca se acercarán a mi aliento insecticida, mi nariz de zanahoria o mi cutis de papel de lija. Como diría el poeta, si no saben volar pierden el tiempo conmigo. Así que sigamos disfrutando de ser un perfecto idiota, espantapájaros de profesión y altivo poeta insufrible.

Confesiones de un alma bella


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Sufrir y amar. Esos son los fundamentos del ser. En los caminos ásperos de la memoria, no recuerdo ni un solo día que no amara de la misma forma que ese dolor humano producía desazón. Tan pronto como me llega un poco de aire, deseo sentir algo agradable. A pesar del sublime paisaje, a pesar de esta soledad afilada que se desenvuelve entre parajes inhóspitos de montes y profundos bosques, los deleites de estos días me están vedados. En mi lecho solo encuentro consuelo en Goethe mientras que la taciturna lamparilla esgrime trozos de recuerdos de esa alma bella.

Cuando hay un dolor de alma es porque esa emoción nace de algo profundo, irracional, algo que posiblemente venga de otras vidas y pretende reajustar alguna historia muy lejana. Lo breve no duele. Solo lo que viene del más allá, lo que ha sobrevivido a lejanas vestiduras.

El príncipe del universo tiene por costumbre contar cuentos de amor y de hadas. Son historias imaginadas en su mente que de alguna forma toman vida en nuestras desesperadas existencias. Nosotros no podemos ver a los duendes, a las hadas, pero sí podemos escuchar sus historias de amor. Tanto es así que las reproducimos una y otra vez en diferentes paisajes, en diferentes tertulias oníricas donde el poder de la magia transforma los sueños en realidad. Los seres invisibles se deleitan con nuestro dolor y celebran la resurrección de nuestros sueños en hogueras que lucen en la noche de nuestros espejos. Es entonces cuando los objetos de la naturaleza cobran una vida incierta, pero real. Un aliento que desdibuja atmósferas y dimensiones entrecruzadas, dando como resultado un mundo astral vivo y danzante.

Siempre dicen que tras la oscuridad viene la luz. Tras el resplandor incipiente se presenta de nuevo el camino. La confusión se consolida en las raíces del deseo, pervirtiendo nuestra mirada y trayectoria. Hay poderosas razones para sentirnos abatidos, y aún así, seguir caminando. Los apegos son necesarios. De alguna forma nos sirven de motor de cambio. Cuando aprendemos a deshacernos de todo aquello que nos perturba, que nos hunde en la tiniebla, aparece de nuevo la senda, aparecen esos angelitos amables de blancos vestidos con cintas doradas que nos guían fielmente con sus guiños inconfundibles. Ellos buscan nuestro lado bondadoso e inclinan nuestros deseos hacia el bien. Ellos ven en nosotros el alma bella que no somos capaces de ver desde nuestra sombra.

Capricornio marca la transición del ciclo de la oscuridad al de la luz. Con el solsticio de invierno a cero grados de Capricornio, el día más corto y la noche más larga del invierno en el hemisferio Norte se manifiesta en la Naturaleza. Comienza el viaje del Sol hacia el Norte. Simbólicamente empieza una nueva etapa de resurrección que nos llevará a la comprensión de la vida en su totalidad. Capricornio y el sol naciente representan el ascenso del espíritu, y el espíritu no es más que esa parte inmaterial que nos dota de voluntad para seguir adelante, de belleza, de amor.

Los vastos dominios de la luz a veces no son alcanzados cuando la ceguera se apodera de nuestra inquisitiva y torpe forma de actuar. Los rezagados llegamos siempre tarde. Los perezosos terminamos la jornada cansados, porque partimos al alba desde la queja y continuamos la jornada hacia el abatimiento más absoluto. Los miedosos, los confundidos, los que viven para su personalidad y sus traumas, suelen obviar que penetrar en la luz requiere de una pérdida necesaria.

Por eso la oscuridad muere al alba. La luz, o lo que es lo mismo, la belleza, se magnifica al mediodía y camina de oriente a occidente de forma continua, sin desmayo. La oscuridad solo es producto de los ciclos, pero más allá de ellos, la luz germina hacia todas las dimensiones posibles. Sufrir y amar forma parte también del ciclo. Al igual que aquella niña que deja de jugar con muñecas y exige seres que le correspondan con su amor, príncipes que poco a poco se van desvaneciendo al ver que no son del todo virtuosos y que también, de alguna forma, viven su mundo onírico. Es ahí cuando descubrimos que nuestras almas no están conformadas como ese espejo que deja reflejar la luz del sol eterno. Es ahí cuando nos topamos con esa soledad insufrible, con esa oscura noche del alma, con ese destello insondable cargado de incomprensión y dolor. Es ahí cuando separamos la mirada de lo bello para dejarnos llevar por lo iracundo.

Es ante ese terrible descubrimiento cuando me abrazo con fuerza a Goethe y la inocencia de su libro “Confesiones de un alma bella”. Un alma bella es aquella que de forma inocente y natural tiende toda su vida hacia la virtud y el bien, sin esfuerzo ni contradicción. Solo desea el bien para sí misma y para los demás uniendo de igual forma lo bello y lo bueno. Esta noche, la más larga de todas, deseo girar la mirada hacia la luz y seguir así buscando entre las estrellas a esa alma bella. Es momento de hacerse transparente y dejar de ser tan solo un espejo. Es tiempo de volver a la esperanza de un nuevo día.