En los jardines de la memoria


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“Mi querida Alicia, nos veremos en los jardines de la memoria y en el palacio de los sueños, ahí es donde tú y yo nos veremos”. Alicia a Través del Espejo

Hay seres que pasan por nuestras vidas para no volver nunca más. Aparecen, impregnan con su aura toda nuestra existencia y un día se marchan. A veces lo hacen de repente, sin avisar. Otras ocurre por accidente, por mala suerte, por un mal entendido, por una pequeña bola que va creciendo y se torna insoportable. Otras, simplemente mueren y ya no podemos hacer nada. Muchas veces me pregunto qué será de ellas. Es imposible olvidarlas porque están ahí, en los jardines de la memoria, en los recovecos de nuestros almacenes emocionales. Aparecen y desaparecen, van y vienen una y otra vez a lo largo de los días, de las semanas, de los meses, de los años. Nunca se van de nuestro interior porque permanecen vivas en el palacio de los sueños. Nunca importa lo que hagamos en la vida, dónde estemos o con quien estemos. Esas personas que entraron en nuestro corazón ya nunca desaparecen.

Y en estos días de entrañable compañía, de estar con la familia, con los seres queridos, me doy cuenta de todos los ausentes. De todos aquellos a los que no podremos abrazar nunca más. Realmente es una sensación melancólica y triste porque a veces desearías poder retomar aquella emoción que tanto nos unía, aquel lazo que nunca debió romperse más allá del orgullo, el egoísmo o la sinrazón. Tantas almas que van y vienen, que nos llevan a volar hasta lo alto para luego abandonarnos de repente.

En los jardines de la memoria repaso uno a uno cada momento, cada instante. Me regodeo con aquellos momentos felices, con aquel recuerdo, con aquella caricia, aquel abrazo, aquella mirada, aquella complicidad. Miro con agradecimiento cuantas cosas ocurrieron y pudimos compartir. Acecho a la memoria y me traslado hacia atrás, hacia hace unos días, unas semanas, unos años, unas décadas y los recuerdos se amontonan como hojas de otoño que caen sobre la hierba verde. El rocío de la memoria abraza cada pestañeo, cada instante por pequeño que sea.

Luego abandono el jardín y entro por la ancha puerta del palacio de los sueños. Allí imagino escenas de amor, encuentros con unos y otros, conversaciones, abrazos en un entorno festivo de alegría y bienestar. Miro a todos aquellos a los que hice daño y les pido perdón por mis torpezas, por mis errores humanos, por mis miedos y mis tormentos. Los miro uno a uno, intentando obedecer al llamado de la redención. También veo a los que me dañaron y los abrazo con una sonrisa cargada de amor, de respeto, de admiración, porque de alguna forma me enseñaron algo, me pusieron a prueba para aprender. Los abrazo a todos en esa fiesta de cariño onírico, deseando que en ese palacio podamos vernos a menudo y podamos aprender sobre el mundo amoroso.

Guardo en mi memoria a todos aquellos que alguna vez rozaron mi vida. Los guardo como el mayor tesoro. Porque, aunque ahora no estén aquí, en esta sala fría y solitaria donde ahora me encuentro, espero algún día volver a verlos entre jardines y palacios, entre luz y amor. Ese miedo a no verlos nunca más desaparece en el mundo de los sueños. Ese miedo a que la soledad sea el principio del fin se hace pequeño ante el recuerdo. Vendrán más almas, vendrán más seres a llenar los recovecos del ancho corazón. Volverán los abrazos y complicidades.

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A ti la dama…


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Ahora que todo terminó, no puedo evitar recordar a aquella mujer que hace tiempo, mucho tiempo, habitó en mí. Era alta al mismo tiempo que frágil. Su cuerpo resplandecía apagado como un templo de mármol blanco pero teñido de oscuro, ligeramente inclinado cuando paseaba entre abedules o sobradamente prominente cuando lo hacía entre robles. A veces mendiga, a veces monja, a veces reina, nunca sabías cuales de sus atributos la describía en su contrariedad. Era una auténtica oxímoron llena de paradojas y contradicciones. Era trasparente e invisible para el mundo, pero luminosa para las dimensiones brillantes.

Había en su andar una pesada torpeza, como si los años de su juventud pesaran en una ancianidad que le poseía, pero también una elegancia propia de la nobleza. Siendo aún muy joven, sus manos pertenecían a una anciana y su rostro, a veces cansado y a veces alegre, desempeñaba diferentes formas, como si realmente convivieran en él decenas de almas que se mezclaban entre los surcos de su cara. Estaba poseída por el misterio de una belleza que no tenía competencia. Su largo cabello negro se enredaba entre sus hermosos pechos cuando leía a los antiguos filósofos. Me gustaba rozarle los labios con la mirada cuando desnuda, soñaba con algún poeta. Abrazarla, siempre muy tímidamente, era como penetrar en una tierra desconocida, pero al mismo tiempo yerma y vacía. Sus madreselvas decoraban con gracia y espesura toda su plasticidad. Y siempre ese olor suyo, salvaje, pura química anestesiante de un perfume propio e incomparable.

Tuve la suerte de dormir a su lado en alguna luna llena, contemplando únicamente su inteligencia, siempre superior a la mía y a la de cualquier otro, y su cuerpo, más hermoso aún cuando yacía desnudo. Pero todo era fantasía o cuento que terminaba en un despertar aburrido, sin pasión, frío y desolado, o en un momento de cólera inadvertida. Sólo una vez, de forma muy fugaz, conseguí encender dentro su fuego e iluminar su mirada, pero de nada sirvió excepto para desearla una y otra vez sin éxito. El amor no la habitaba, ni siquiera la curiosidad por poder atraerlo. Era feliz en el palacio de su soledad. Hubiera ansiado poseerla una y otra vez, pero entre ella y yo siempre había una gran sombra que a veces se convertía en cisne, en un imponente cisne negro que nos separaba día y noche. Hubiera deseado amarla y ser amado, pero nunca llegó la primavera a nosotros. Quizás sí cierto cariño, quizás sí la desesperación de algún deseo remoto y ocasional, pero nunca la fusión de dos almas, nunca el éxtasis de dos pieles convertidas en una. Era un ser inconquistable en un tiempo difícil. Era un ser impenetrable en un territorio que no invitaba a la aventura.

Aunque la llama nunca prendiera en ella, admito que de sus abrazos áridos saqué una tabla de náufrago, además de una enseñanza, que me permitió navegar hasta la orilla. Me salvó del abismo, me rescató de la ira, me sacó del agua hasta la sempiterna esfera etérica. Sus palabras nocturnas servían de canción de cuna. Su locura, arraigada a otros planos, distraían mi mente en un devenir amargo y afligido.

Hubiera deseado conocerla cuando era joven, y no ahora tan anciana y esotérica. Seguramente su belleza exagerada y alegre hubieran conquistado mi alma para siempre. De haberlo sabido, quizás la hubiera soñado, la hubiera buscado hasta toparme con ella en esa biblioteca con la que tantas veces había fantaseado. A pesar del fracaso y del intento, interiormente estoy agradecido. Es una suerte conocer ancianas hermosas, de generosos pechos, de bellas sonrisas, de libertad extrema emancipada de todo tipo de emoción o sentido, de sublime inteligencia. Especialmente si acuden a tu rescate para destruir la ilusión en la que vivías. Especialmente si son las portadoras de la fuerza suficiente para destruir lo irreal, acomodarte en otra dimensión para luego marcharse para siempre. Su reino era la oscuridad. Allí tenía su lámpara encendida, y allí acudía todas las noches como una luciérnaga ciega y herida. Habitaba en el mundo de las sombras, pero allí tenía su luz, esperando el renacer de la nueva aurora. Un día se marchó y no la vi más. Nunca supe qué fue de ella, excepto el recuerdo de su aliento, de su latir y de aquello que nunca fue y podía haber sido.

 

 

 

Hace falta mucho valor para dejarse amar sin reservas


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© Alexander Khokhlov 

“Hace falta mucho valor para dejarse amar sin reservas. Un valor que es casi heroísmo. La mayoría de la gente no puede dar ni recibir amor porque es cobarde y orgullosa, temen que descubran su secreto, el triste secreto de cada ser humano: que no puede vivir sin amor”. Sandor Marai

La cuestión del amor es compleja, especialmente hoy día donde todas las relaciones empiezan a tejerse desde la virtualidad y la comodidad de estar sentado en un sillón clasificando las cosas-personas por “me gusta”. Lo terrible de este nuevo tiempo es precisamente eso, estamos empezando a ver a las personas como cosas. Es decir, retrocediendo de nuevo a esa sensación que había en la Edad Antigua de adquirir esclavos o esclavas o mujeres que podían ser consideradas como propiedad. Es cierto que no podemos pensar en las personas como propiedad, especialmente con las cuotas de libertad que se ha alcanzado hoy día, pero sí como objetos virtuales que se esconden tras una fotografía adaptada a la mejor imagen de nosotros mismos. En el fondo, toda una ilusión, toda una mentira que se agrava con el paso del tiempo y la imposición de nuevas herramientas y tecnologías virtuales.

Por eso la reflexión del novelista húngaro Sandor Marai está ahora muy de actualidad. Hace falta mucho valor para dejarse amar sin reservas. Diríamos que hace falta mucho coraje para amar en los tiempos en los que estamos, o al menos para intentar amar, para arriesgarse a amar, para creer, en definitiva, en el amor. Dicho así, el amor parece algo trasnochado. En un mundo orgulloso lleno de cobardes que se esconden tras una tertulia unipersonal y virtual, es complejo amar. Es un mundo de paradojas porque como dice el novelista, no podemos vivir sin amor aunque intentemos disimular que somos muy libres e independientes. En el fondo de nuestro corazón, sentimos la añoranza del amor, sentimos la pérdida del abrazo, sentimos en lo más profundo el amargo sabor de la soledad.

Pero es paradójico porque no tenemos tiempo para el amor, a no ser que venga precedido de algún tipo de contrato donde juntos podamos hipotecarnos de por vida o donde juntos podamos convivir medianamente bien para hacer frente a los gastos, cada vez más asfixiantes, de la vida fabril. Por eso el amor muere tristemente. Muere por cobarde, por orgulloso, por ilusorio. Muere porque amar requiere de entrega en un mundo egoísta donde nadie quiere conceder nada a no ser que sea a cambio de algo. La sociedad nos ha vuelto vanidosos y fatuos. Preferimos la soledad antes que el compartir generosamente. Preferimos la aparente libertad de vivir nuestra vida con el único sentido del placer unipersonal. Una sociedad nihilista solo puede crear personas que se miran a su espejo y se gustan a sí mismas sin contar para nada con los demás. No creer en nada también es sentir que no se cree en las personas.

Hay un exceso de espejos. Sobran pantallas y faltan más revolcones, más paseos en los atardeceres, más camas mojadas de sudor, más abrazos bajo un olivo, más broma y humor compartido ante un mundo tan serio, más aventuras bajo la luna o el cielo estrellado y más sentido de la comunión. Lo virtual hace que la vida pase en una ilusión mentirosa. Lo real nos enfrenta muchas veces al dolor y el sufrimiento, pero también a la esperanza, al abrazo, al sentido, a la emoción, al lloro y la alegría, al lamento y la recompensa, a la lucha insaciable por amar al otro. Pero para eso, hace falta mucho valor…

 

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¡Pobre Beethoven!


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“Amar significa amar lo desagradable. Perdonar significa perdonar lo imperdonable. Fe significa creer en lo increíble. Esperanza significa esperar cuando todo parece perdido” G. K. Chesterton

La gracia de los dioses se desliza en las hermosas armonías de la música. Jovial, casi primaveral, uno puede acostumbrarse a las melodías que surgen de la euforia del momento. Pero todo es vano cuando descubres lo que se encierra detrás de cada cadencia. Tras escuchar la amable y primaveral Pastoral en esta hermosa tarde soleada de otoño, me aferré con melancolía a la sonata catorce, “Quasi una fantasía”, más conocida como el Claro de Luna, de Beethoven. Todo opúsculo encierra tras de sí una vida, un recuerdo, una emoción, una fábula que pretende transmitirnos algo. Inclusive estas palabras que brotan sin control, bajo el hipnótico sonido de la música, encierran un secreto escondido, una historia que brota a raudales y que, a modo de desahogo literario, surge.

Buceando en la historia de la sonata y en el hechizo de su música, puedo entender el amor que el compositor sentía por la joven Giulietta Guicciardi, la cual inspiró esta pieza, y de cómo ese amor pudo sacarle de aquella vida tan sola y triste en la que se encontraba hasta antes de conocer a su hermosa discípula de piano. El amor romántico nunca fue correspondido, como le ocurrió al joven Beethoven. A veces el dinero, las posesiones, lo material, se impone al ilógico criterio del amor. Giulietta era condesa y tenía que casarse con alguien de su condición. Eso hizo para amargura posterior del compositor. ¡Qué terrible vacío debió sentir! ¡Qué pérdida más grande de sentido! Como si de repente uno se diera cuenta de que la vida es un naufragio para aquellas almas que anhelan ardientemente ser correspondidas en la llama ignífuga del amor. ¡Ay pobre Beethoven! ¡Cuánto sería su dolor! ¡Cuanta su profunda tristeza!

Pero el amor, o el amar, es algo inentendible. Quizás nunca lo fue. Tal vez todo lo que hasta ahora hemos hecho es buscar una herramienta contractual que alivie ciertos mecanismos de la vida terrenal. Un contrato donde se diga que el estar juntos nos llenará de seguridad, normalmente material, y donde se estipule que cuando una de las dos partes se vuelva un ente que estorba o no aporte nada a esa dicha material, debe ser abandonado. Me imagino con dolor la cara de Beethoven cuando la joven Giulietta decidió casarse con el conde Gllenberg. Esa es la cara que se te queda cuando descubres con tristeza que algunos se acercan a tu vida no por amor sino por ambición o por pura comodidad, y que cuando esa ambición descubre que en el pozo no hay nada más que rascar, desaparece. El amor contractual es algo que está ahí, que se apodera de nuestras vidas y que, sin saberlo, absorbe nuestra existencia. ¡Cuántas parejas están ahora juntas solo por un puro interés, por una comodidad, por una ambición!

Uno siempre se pregunta cómo desenmascarar esa falsa. He inventado cientos de argucias para intentar engañar a la ambición, al contrato material. La última fue arriesgada. Vivir en una caravana azul, sin tener nada, sin poseer nada más que el tiempo para disfrutar de una vida sencilla. Pensé que, desde esa posición nada privilegiada, nadie se vendría a engaños. Lejos de los focos de la fama, lejos del aparentar, lejos del dinero y las comodidades materiales, lejos de la incómoda sospecha de que te quieran no por lo que eres si no por lo que tienes… ¿cómo saberlo realmente?

A veces sueño con estar desnudo, pasear por un camino y sonreír, y ver que alguien se enamora solo y exclusivamente de esa sonrisa, de esa alma desnuda que respira por doquier ante el desguarnecido instante. Sueño tantas veces con la esperanza del amor incondicional. De amar sin condiciones, sin que nada de lo material intervenga en ese hilo de musicalidad emocional. Sin contrato de seguridad. Sin redes que nos protejan de los abismos de la vida. Sin cuerdas que nos separen en caso de que uno de los dos flojee. Ese amor con el que todos soñamos y que siempre nos pone a prueba en los momentos difíciles. Esa espera incondicional hasta que te recuperas. “Estaré a tu lado, incondicionalmente”, dice la sentencia del amor. En lo bueno y en lo malo. En la pobreza y en la riqueza. En la salud y la enfermedad. Así rezaba el pacto nupcial que nuestra sociedad ya ha olvidado. Una sociedad que se esconde tras pantallas retroalimentadas por la fantasía de sentirnos seguros y en paz en un mundo artificial y carente de realidad. Un mundo de mentira, de mentirosos que se esconden tras el frágil anonimato de la era virtual y que no desean, frágiles, aventurarse a la vida real… ¡Pobre Beethoven!

¡Cuántas veces tendremos que reescribir ese soneto! Cuantas veces lo real será derrotado, una vez más, por lo artificial, por la mentira en la que todos vivimos. ¡Ay pobre Beethoven! En unos años nuestras parejas serán virtuales, nuestras parejas serán androides que imitarán solo lo bueno. Seres que a todo dirán eso de “me gusta”, que es a lo que ahora nos estamos acostumbrando, al mundo irreal de que todo está bien y de que cuando algo marcha mal, mejor abandonar, “bloquearlo”. Muere lo real querido Beethoven. Muere el amor y con ello, muere la vida.

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Me iré a descansar, al valle de los avasallados…


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A ti la dama. La audaz melancolía, que con grito solitario hiendes mis carnes ofreciéndolas al tedio. Tú que atormentas mis noches, cuando no sé qué camino de mi vida tomar. Te he pagado cien veces mi deuda. De las brasas del ensueño, sólo me quedan las cenizas de una sombra de la mentira que tú misma me habías obligado a oír, y la blanca plenitud no era como el viejo interludio. Y sí una morena de finos tobillos que me clavó la pena de un pecho punzante en el que creí. Y que no me dejó más que el remordimiento de haber visto nacer la luz sobre mi soledad. E iré a descansar, con la cabeza entre dos palabras, al valle de los avasallados. (Fragmento de la película Leolo)

Este texto de la hermosa película de Leolo describe muy bien sensaciones que últimamente sostengo entre dos pechos, entre dos vidas que a veces se cruzan, otras resultan paralelas y otras simplemente inexistentes, por eso de que la imaginación siempre adolece de incredulidad y se aferra a mundos sumamente sutiles. El viejo interludio se mezcla de repente con un pecho punzante en el que creí, ese que me hizo ver nacer la luz sobre mi soledad, pero todo desaparece al alba, a cual broma de los hacedores.

Atenea, la deidad de ojos de lechuza, me abandonó a mi suerte. Dejó de inspirarme sabias palabras, sabios actos y dulces melodías para arrinconar a mi destino en el valle de los avasallados. Apareció y desapareció. Abrazó mi pecho, estrujó mi llanto, consoló mi alma y se esfumó de ese lecho débil y mojado.

La discreta aurora no parece tener prisa por responder a la llamada de auxilio. La noche se cierne aún oscura y los templados artífices de este circo se encierran en sus palacios, quizás escuchando las melodías sacadas de alguna cítara hipnótica. Debo reconocer que aún es muy pronto para la blanca aurora, y que mi prisa por despertar de este sueño contrasta con la necesidad de emprender de nuevo un camino que será largo y angosto.

El domador de versos se pasaba las noches hurgando en todas las basuras del mundo. El domador cree que las imágenes y las palabras deben mezclarse en las cenizas de los versos para renacer en la imaginación de los hombres. Eso pensaba Leolo y eso pienso cuando intento domar este verso torcido. Me paso las noches hurgando, abrazando a unos y otros que se esfuman con la melancolía, en el azar de la bruma onírica. Allí, entre sueños y versos, imagino un renacer que ya no volverá. Por más que duerma o por más que madrugue, nunca puedo, al despertar, poder atrapar en esta realidad las bellas historias de amor que me seducen entre sueños. Hay que soñar, me repito una y otra vez. Hay que soñar, decía Leolo.

Pero aún sigo cansado, muy cansado. La realidad ha superado cualquier ficción, y cuando te deja hasta esa morena de finos tobillos y pechos punzantes que abrigó la esperanza de renacer a la luz, es como si, ahora sí, terminara la función. Por eso, seguiré los pasos de Leolo, e iré a descansar, con la cabeza entre dos palabras, al valle de los avasallados.

(Foto: el Balneario se encuentra en este hermoso valle de avasallados). 

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El páramo donde floreces


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Las mesetas están forjadas por el cálido abrazo de los vientos. Tienen curvas suaves que durante años han ido tomando formas que intentan imitar la circularidad universal. Nacidas puntiagudas, llenas de aristas, el tiempo fragua sobre ellas unos tonos cálidos y amables. Allí, alma bella, has dado cobijo a bosques enteros, a páramos donde florecen brillantes y perfumadas floras de múltiples tamaños, formas y colores. El olor que desprendes es tu propia alma, es tu llamado a la vida, la señal de que el espíritu grupal de tu existencia reclama su propio espacio de paz y belleza.

Nuestras vidas se asemejan a esas colinas que con tanta gracias nos muestras. Con el paso de los tiempos consigues que nos volvamos más afectuosos y cálidos, que nuestra oscuridad sea relegada hacia el imperio de la luz. Tienes esa facultad para reclamar la atención en el cobijo, en proporcionar lugares cálidos para que otros puedan cobijarse en ellos. Ya no tenemos ganas de discutir con el viento sobre formas respondonas. Las aristas de la personalidad se pulen poco a poco con tu ejemplo. El ego se calma, se aleja de la crítica y asume su propia responsabilidad con el mundo. Entiende que no ha venido a transformar la realidad, sino a embellecerla, a llenarla de color, ternura y amor. Esa es tu enseñanza invisible.

Y cuando eso ocurre y la luz brilla y las sombreadas capas del septentrión dejan paso a la luz de tu mediodía, los páramos que albergas en tu corazón resplandecen de color y vida. Todas las primaveras se llenan de olores que marcan el inicio de la entrega, de la necesaria continuidad vital. Las mustias y agotadas flores renacen y los alambiques que fraguaban el néctar vuelven a destilar lo esencial de todo.

El amor está ahora en el aire, en el aura de cada movimiento. Despejamos las dudas sobre lo que somos o sobre lo que queremos ser. Simplemente vivimos, nos enriquecemos cobijando vida y entregamos nuestro ser a la creación entera. Es un disciplinado paso ante la rebeldía vital que nos lleva con pausada calma a un estado de ecuanimidad, de abrigo, de apaciguamiento. Solo deseamos abrazar y compartir, dar todo aquello que durante nuestras vidas hemos recolectado. Como esas abejas que van de aquí para allá recogiendo el néctar de nuestros campos, nosotros nos encargamos de recolectar el néctar de los cielos, de las ideas, de los arquetipos que se construyen para hacer de la experiencia existencial un sendero inolvidable.

En estos días de calma he sufrido la alegría de compartir este tiempo con un bello ser cargado de amor y belleza. Su interior es tan grande que solo alberga luces y páramos cargados de florecillas. Es tanta su infinita adhesión a la vida que solo puede mostrar desde esa madurez de las colinas suaves la promesa del dar. Estoy agradecido, inmensamente agraciado. Y es por ello que a ella le dedico estos pétalos de cariño y amistad, de amor y complicidad. Gracias corazón por latir en la dirección adecuada. Gracias por guiar nuestras vidas hacia ese poso de dulzura y calor. Sigamos contemplando los campos. Sigamos siendo posaderas de caminos y experiencia.

Estuve perdido, pero fui hallado


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La tiranía de nuestros miedos siempre nos conduce por la oscuridad. El pavor de la maldad a veces se apodera inefablemente de nosotros. Buscamos herir y no amar. Buscamos dañar y no perdonar. A veces, nos consume el odio, el rencor, la necesidad de destruir al otro. A veces nos perdemos en el sendero retorcido de la sombra.

Un día, alguien te da la mano y te rescata de la oscuridad. Con su sonrisa, con su gracia de vida eterna te espera en el otro lado. De repente desaparece el miedo y algo entrañable se abre ante nosotros. Es una nueva senda, un nuevo camino de paz y amor. No es difícil que eso ocurra cuando nos abrimos, cuando el corazón decide que ya es suficiente de tanto dolor y desea beber de otras fuentes. Una luz nace entonces, una maravillosa revelación, un cambio permanente que nos despierta y abraza.

A veces un solo gesto basta para que ese milagro ocurra. Una asombrosa gracia cargada de esperanza.

Una vez estuve perdido, pero fui hallado. Estuve ciego, pero pude ver, como decía la canción. Esa dulce misericordia se reveló como un haz de libertad. Fui liberado gracias a ese beso sincero, a esa tormenta de amor desbordante, a ese amor interminable que nada exige y todo lo perdona, esa gracia maravillosa que nace del don de amar. Sí, maravillosa gracia que dulce suena en mis adentros, que salvó a un infeliz como yo. Dulce latido que nace de lo más hondo, capaz de perdonar, capaz de volver a abrazar, capaz de respirar hondo ante las dificultades.

Ya no son palabras. Me he hallado. Ahora veo. Algo me enseñó a no temer, algo me alivió de mis miedos. Qué preciosa verdad por la que ahora me guio. Mis cadenas ya no existen, algo me ha salvado del abismo, de la ceguera. Algo tan simple como un abrazo pudo contener la ira, despejar el odio, saldar la maldad y llevarme hasta el bien. Algo tan luminoso como una sonrisa sincera rescató al hombre perdido que había en mí.

Gracias de corazón por lo que has hecho en mí.

Gracias por tu amor y tu alegría, reflejo de esa esperanza que todos buscamos.