¡Pobre Beethoven!


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“Amar significa amar lo desagradable. Perdonar significa perdonar lo imperdonable. Fe significa creer en lo increíble. Esperanza significa esperar cuando todo parece perdido” G. K. Chesterton

La gracia de los dioses se desliza en las hermosas armonías de la música. Jovial, casi primaveral, uno puede acostumbrarse a las melodías que surgen de la euforia del momento. Pero todo es vano cuando descubres lo que se encierra detrás de cada cadencia. Tras escuchar la amable y primaveral Pastoral en esta hermosa tarde soleada de otoño, me aferré con melancolía a la sonata catorce, “Quasi una fantasía”, más conocida como el Claro de Luna, de Beethoven. Todo opúsculo encierra tras de sí una vida, un recuerdo, una emoción, una fábula que pretende transmitirnos algo. Inclusive estas palabras que brotan sin control, bajo el hipnótico sonido de la música, encierran un secreto escondido, una historia que brota a raudales y que, a modo de desahogo literario, surge.

Buceando en la historia de la sonata y en el hechizo de su música, puedo entender el amor que el compositor sentía por la joven Giulietta Guicciardi, la cual inspiró esta pieza, y de cómo ese amor pudo sacarle de aquella vida tan sola y triste en la que se encontraba hasta antes de conocer a su hermosa discípula de piano. El amor romántico nunca fue correspondido, como le ocurrió al joven Beethoven. A veces el dinero, las posesiones, lo material, se impone al ilógico criterio del amor. Giulietta era condesa y tenía que casarse con alguien de su condición. Eso hizo para amargura posterior del compositor. ¡Qué terrible vacío debió sentir! ¡Qué pérdida más grande de sentido! Como si de repente uno se diera cuenta de que la vida es un naufragio para aquellas almas que anhelan ardientemente ser correspondidas en la llama ignífuga del amor. ¡Ay pobre Beethoven! ¡Cuánto sería su dolor! ¡Cuanta su profunda tristeza!

Pero el amor, o el amar, es algo inentendible. Quizás nunca lo fue. Tal vez todo lo que hasta ahora hemos hecho es buscar una herramienta contractual que alivie ciertos mecanismos de la vida terrenal. Un contrato donde se diga que el estar juntos nos llenará de seguridad, normalmente material, y donde se estipule que cuando una de las dos partes se vuelva un ente que estorba o no aporte nada a esa dicha material, debe ser abandonado. Me imagino con dolor la cara de Beethoven cuando la joven Giulietta decidió casarse con el conde Gllenberg. Esa es la cara que se te queda cuando descubres con tristeza que algunos se acercan a tu vida no por amor sino por ambición o por pura comodidad, y que cuando esa ambición descubre que en el pozo no hay nada más que rascar, desaparece. El amor contractual es algo que está ahí, que se apodera de nuestras vidas y que, sin saberlo, absorbe nuestra existencia. ¡Cuántas parejas están ahora juntas solo por un puro interés, por una comodidad, por una ambición!

Uno siempre se pregunta cómo desenmascarar esa falsa. He inventado cientos de argucias para intentar engañar a la ambición, al contrato material. La última fue arriesgada. Vivir en una caravana azul, sin tener nada, sin poseer nada más que el tiempo para disfrutar de una vida sencilla. Pensé que, desde esa posición nada privilegiada, nadie se vendría a engaños. Lejos de los focos de la fama, lejos del aparentar, lejos del dinero y las comodidades materiales, lejos de la incómoda sospecha de que te quieran no por lo que eres si no por lo que tienes… ¿cómo saberlo realmente?

A veces sueño con estar desnudo, pasear por un camino y sonreír, y ver que alguien se enamora solo y exclusivamente de esa sonrisa, de esa alma desnuda que respira por doquier ante el desguarnecido instante. Sueño tantas veces con la esperanza del amor incondicional. De amar sin condiciones, sin que nada de lo material intervenga en ese hilo de musicalidad emocional. Sin contrato de seguridad. Sin redes que nos protejan de los abismos de la vida. Sin cuerdas que nos separen en caso de que uno de los dos flojee. Ese amor con el que todos soñamos y que siempre nos pone a prueba en los momentos difíciles. Esa espera incondicional hasta que te recuperas. “Estaré a tu lado, incondicionalmente”, dice la sentencia del amor. En lo bueno y en lo malo. En la pobreza y en la riqueza. En la salud y la enfermedad. Así rezaba el pacto nupcial que nuestra sociedad ya ha olvidado. Una sociedad que se esconde tras pantallas retroalimentadas por la fantasía de sentirnos seguros y en paz en un mundo artificial y carente de realidad. Un mundo de mentira, de mentirosos que se esconden tras el frágil anonimato de la era virtual y que no desean, frágiles, aventurarse a la vida real… ¡Pobre Beethoven!

¡Cuántas veces tendremos que reescribir ese soneto! Cuantas veces lo real será derrotado, una vez más, por lo artificial, por la mentira en la que todos vivimos. ¡Ay pobre Beethoven! En unos años nuestras parejas serán virtuales, nuestras parejas serán androides que imitarán solo lo bueno. Seres que a todo dirán eso de “me gusta”, que es a lo que ahora nos estamos acostumbrando, al mundo irreal de que todo está bien y de que cuando algo marcha mal, mejor abandonar, “bloquearlo”. Muere lo real querido Beethoven. Muere el amor y con ello, muere la vida.

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Me iré a descansar, al valle de los avasallados…


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A ti la dama. La audaz melancolía, que con grito solitario hiendes mis carnes ofreciéndolas al tedio. Tú que atormentas mis noches, cuando no sé qué camino de mi vida tomar. Te he pagado cien veces mi deuda. De las brasas del ensueño, sólo me quedan las cenizas de una sombra de la mentira que tú misma me habías obligado a oír, y la blanca plenitud no era como el viejo interludio. Y sí una morena de finos tobillos que me clavó la pena de un pecho punzante en el que creí. Y que no me dejó más que el remordimiento de haber visto nacer la luz sobre mi soledad. E iré a descansar, con la cabeza entre dos palabras, al valle de los avasallados. (Fragmento de la película Leolo)

Este texto de la hermosa película de Leolo describe muy bien sensaciones que últimamente sostengo entre dos pechos, entre dos vidas que a veces se cruzan, otras resultan paralelas y otras simplemente inexistentes, por eso de que la imaginación siempre adolece de incredulidad y se aferra a mundos sumamente sutiles. El viejo interludio se mezcla de repente con un pecho punzante en el que creí, ese que me hizo ver nacer la luz sobre mi soledad, pero todo desaparece al alba, a cual broma de los hacedores.

Atenea, la deidad de ojos de lechuza, me abandonó a mi suerte. Dejó de inspirarme sabias palabras, sabios actos y dulces melodías para arrinconar a mi destino en el valle de los avasallados. Apareció y desapareció. Abrazó mi pecho, estrujó mi llanto, consoló mi alma y se esfumó de ese lecho débil y mojado.

La discreta aurora no parece tener prisa por responder a la llamada de auxilio. La noche se cierne aún oscura y los templados artífices de este circo se encierran en sus palacios, quizás escuchando las melodías sacadas de alguna cítara hipnótica. Debo reconocer que aún es muy pronto para la blanca aurora, y que mi prisa por despertar de este sueño contrasta con la necesidad de emprender de nuevo un camino que será largo y angosto.

El domador de versos se pasaba las noches hurgando en todas las basuras del mundo. El domador cree que las imágenes y las palabras deben mezclarse en las cenizas de los versos para renacer en la imaginación de los hombres. Eso pensaba Leolo y eso pienso cuando intento domar este verso torcido. Me paso las noches hurgando, abrazando a unos y otros que se esfuman con la melancolía, en el azar de la bruma onírica. Allí, entre sueños y versos, imagino un renacer que ya no volverá. Por más que duerma o por más que madrugue, nunca puedo, al despertar, poder atrapar en esta realidad las bellas historias de amor que me seducen entre sueños. Hay que soñar, me repito una y otra vez. Hay que soñar, decía Leolo.

Pero aún sigo cansado, muy cansado. La realidad ha superado cualquier ficción, y cuando te deja hasta esa morena de finos tobillos y pechos punzantes que abrigó la esperanza de renacer a la luz, es como si, ahora sí, terminara la función. Por eso, seguiré los pasos de Leolo, e iré a descansar, con la cabeza entre dos palabras, al valle de los avasallados.

(Foto: el Balneario se encuentra en este hermoso valle de avasallados). 

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El páramo donde floreces


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Las mesetas están forjadas por el cálido abrazo de los vientos. Tienen curvas suaves que durante años han ido tomando formas que intentan imitar la circularidad universal. Nacidas puntiagudas, llenas de aristas, el tiempo fragua sobre ellas unos tonos cálidos y amables. Allí, alma bella, has dado cobijo a bosques enteros, a páramos donde florecen brillantes y perfumadas floras de múltiples tamaños, formas y colores. El olor que desprendes es tu propia alma, es tu llamado a la vida, la señal de que el espíritu grupal de tu existencia reclama su propio espacio de paz y belleza.

Nuestras vidas se asemejan a esas colinas que con tanta gracias nos muestras. Con el paso de los tiempos consigues que nos volvamos más afectuosos y cálidos, que nuestra oscuridad sea relegada hacia el imperio de la luz. Tienes esa facultad para reclamar la atención en el cobijo, en proporcionar lugares cálidos para que otros puedan cobijarse en ellos. Ya no tenemos ganas de discutir con el viento sobre formas respondonas. Las aristas de la personalidad se pulen poco a poco con tu ejemplo. El ego se calma, se aleja de la crítica y asume su propia responsabilidad con el mundo. Entiende que no ha venido a transformar la realidad, sino a embellecerla, a llenarla de color, ternura y amor. Esa es tu enseñanza invisible.

Y cuando eso ocurre y la luz brilla y las sombreadas capas del septentrión dejan paso a la luz de tu mediodía, los páramos que albergas en tu corazón resplandecen de color y vida. Todas las primaveras se llenan de olores que marcan el inicio de la entrega, de la necesaria continuidad vital. Las mustias y agotadas flores renacen y los alambiques que fraguaban el néctar vuelven a destilar lo esencial de todo.

El amor está ahora en el aire, en el aura de cada movimiento. Despejamos las dudas sobre lo que somos o sobre lo que queremos ser. Simplemente vivimos, nos enriquecemos cobijando vida y entregamos nuestro ser a la creación entera. Es un disciplinado paso ante la rebeldía vital que nos lleva con pausada calma a un estado de ecuanimidad, de abrigo, de apaciguamiento. Solo deseamos abrazar y compartir, dar todo aquello que durante nuestras vidas hemos recolectado. Como esas abejas que van de aquí para allá recogiendo el néctar de nuestros campos, nosotros nos encargamos de recolectar el néctar de los cielos, de las ideas, de los arquetipos que se construyen para hacer de la experiencia existencial un sendero inolvidable.

En estos días de calma he sufrido la alegría de compartir este tiempo con un bello ser cargado de amor y belleza. Su interior es tan grande que solo alberga luces y páramos cargados de florecillas. Es tanta su infinita adhesión a la vida que solo puede mostrar desde esa madurez de las colinas suaves la promesa del dar. Estoy agradecido, inmensamente agraciado. Y es por ello que a ella le dedico estos pétalos de cariño y amistad, de amor y complicidad. Gracias corazón por latir en la dirección adecuada. Gracias por guiar nuestras vidas hacia ese poso de dulzura y calor. Sigamos contemplando los campos. Sigamos siendo posaderas de caminos y experiencia.

Estuve perdido, pero fui hallado


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La tiranía de nuestros miedos siempre nos conduce por la oscuridad. El pavor de la maldad a veces se apodera inefablemente de nosotros. Buscamos herir y no amar. Buscamos dañar y no perdonar. A veces, nos consume el odio, el rencor, la necesidad de destruir al otro. A veces nos perdemos en el sendero retorcido de la sombra.

Un día, alguien te da la mano y te rescata de la oscuridad. Con su sonrisa, con su gracia de vida eterna te espera en el otro lado. De repente desaparece el miedo y algo entrañable se abre ante nosotros. Es una nueva senda, un nuevo camino de paz y amor. No es difícil que eso ocurra cuando nos abrimos, cuando el corazón decide que ya es suficiente de tanto dolor y desea beber de otras fuentes. Una luz nace entonces, una maravillosa revelación, un cambio permanente que nos despierta y abraza.

A veces un solo gesto basta para que ese milagro ocurra. Una asombrosa gracia cargada de esperanza.

Una vez estuve perdido, pero fui hallado. Estuve ciego, pero pude ver, como decía la canción. Esa dulce misericordia se reveló como un haz de libertad. Fui liberado gracias a ese beso sincero, a esa tormenta de amor desbordante, a ese amor interminable que nada exige y todo lo perdona, esa gracia maravillosa que nace del don de amar. Sí, maravillosa gracia que dulce suena en mis adentros, que salvó a un infeliz como yo. Dulce latido que nace de lo más hondo, capaz de perdonar, capaz de volver a abrazar, capaz de respirar hondo ante las dificultades.

Ya no son palabras. Me he hallado. Ahora veo. Algo me enseñó a no temer, algo me alivió de mis miedos. Qué preciosa verdad por la que ahora me guio. Mis cadenas ya no existen, algo me ha salvado del abismo, de la ceguera. Algo tan simple como un abrazo pudo contener la ira, despejar el odio, saldar la maldad y llevarme hasta el bien. Algo tan luminoso como una sonrisa sincera rescató al hombre perdido que había en mí.

Gracias de corazón por lo que has hecho en mí.

Gracias por tu amor y tu alegría, reflejo de esa esperanza que todos buscamos.

 

La naturaleza del amor, o cuando el amor llega así de esa manera


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Todo lo que ocurre en la vida, o al menos eso queremos creer, responde a algún tipo de propósito. También nos gusta llamarlo misterio, por eso de que dentro de cada hecho o fenómeno existe un arquetipo superior que le da vida y sentido. Ocurre lo mismo con todo lo que nos ocurre en los planos no solo materiales, sino también en los emocionales e intelectuales. Cada paso que damos encierra un misterio. Por eso cuando aquella noche nos abrazamos sentimos como el misterio se volvía a manifestar, como el arquetipo, esta vez el del amor, volvía a cobrar vida.

Esta vez lo hacía de forma pausada, amable, sincera. No había subterfugios, ni exigencias, ni demandas, ni promesas, ni ficción. Surgió suave de una necesidad vital por abrazar al otro, por amar al otro y fusionar así las causas mistéricas con los efectos inevitables.

Un abrazo sincero nacido del amor, y no del miedo, de la generosidad y no de la exigencia, de la aventura y no del aburrimiento. También de la paz interior, porque cuando más bien estábamos los dos en nuestros respectivos mundos, cuanta más paz y amor había en nuestras vidas, resulta que ambos quisimos compartir ese trozo de felicidad con el otro. Por eso no había huida, sino encanto, hechizo, magia. El otro no era una excusa para llenar vacíos, sino una oportunidad para compartir un rebosante fluir existencial.

Y ahora nos sentimos privilegiados, dichosos, como esos enamorados que se esconden en los rincones para tímidamente besar la vida y sentirla en toda su plenitud. Como esos avatares que te conducen a lo inevitable, como si solo así pudiera haber sido y no de otra manera. Y ahora, en este tiempo, y no en ninguno otro. Como si nuestras diferencias no fueran suficientes para desterrar el deseo, sino más bien un aliciente para seguir aprendiendo el uno del otro y aspirar a contemplar nuevos mundos posibles.

Y si el “ama hasta que te duela” se convirtió en “amor es relación”, ahora el amor nos inunda tímidamente, sin verbo, sin palabra, sin ruido. Solos desde esa atalaya inmortal de silencio y complicidad, de guiño y connivencia por sabernos ante una oportunidad única.

Cuando la naturaleza del amor nace de la sinceridad y la generosidad uno se atreve a pensar que la última palabra aún no está dicha, que la verdad sobre las cosas más grandes de nuestra vida siempre reside en lo más sencillo y cercano. Por eso ahora cada momento resulta imprescindible, único, irrepetible. Por eso ahora podemos amar y ser amados sin miedo, sin atajos, sin rencillas.

Cuando el amor llega así de esta manera, lo único que podemos hacer es disfrutarlo completamente, abriendo nuestros poros para que nos atraviese y apostando por ese sueño imposible, pero palpable. Rozar cada uno de sus intersticios y densidades, sentir cada uno de sus rostros y caricias.

Gracias de nuevo a la vida, y sus misterios, porque nos da tanto.

Sin llaves. Sin miedos


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Cuando vivía en aquella hermosa casa de diseño con sus grandes ventanales y vistas inmejorables a la sierra y el valle del Guadalquivir eran frecuentes las visitas de personas curiosas que deseaban pasar allí algunos días. Lo primero que hacía era darles una copia de las llaves del coche y de la casa para que se sintieran libres en el uso de ambas cosas. “Es posible que yo no esté”, les advertía, “así que podéis hacer lo que queráis”. Siempre, a primeras, tuve confianza en las personas. La casa siempre estaba abierta y nunca echaba la llave cuando me marchaba o iba a dormir. Cualquiera podía entrar y quedarse a sus anchas.

Hasta hoy no he sido consciente de que aquí, donde vivo ahora, ni siquiera existen puertas que delimiten la casa o la entrada a la finca. Ni llaves que entorpezcan el libre acceso a los lugares comunes. Me daba cuenta esta mañana mientras daba un ligero paseo por los prados de que en nuestra sociedad de hoy se nos advierte con temor de los mil peligros que nos acechan. Realmente todo lo que hacemos es por temor, por miedo. Por temor a no conseguir trabajo o a perderlo. Por temor a no tener pareja o a perderla. Por temor a no vivir la vida o a perderla. Por miedo a casi todo. Pocas veces nos paramos a vivir la vida sin miedo. Preferimos anclar un cerrojo a nuestro corazón por miedo a que nos lo roben. Incluso encarcelamos nuestras propiedades en obtusas celdas por temor a que desaparezcan.

Un día llegué a la conclusión de que las cosas están para compartirlas. No para asegurarlas ni poseerlas. Se me ocurrió poner todo lo que tenía a nombre de una fundación. Y de lo poco que me quedara, dejarlo abierto para su uso. Dejé de temer el futuro y empecé a vivir la vida desde el ahora, desde ese presente posible. ¿Qué podía perder?

Ocurre también con el amor. Está ahí, aquí, ahora. Nadie lo puede apresar. Podemos dar mil rodeos sobre él, podemos incluso pensarlo, temerlo, apresarlo. Pero nunca a nadie se le ocurrió expresarlo, compartirlo, abrirlo al mundo. Hay gente que se dedica a merodearlo, a negarlo, a dudarlo. Otros, más naturales, más valientes, más dichosos, simplemente te toman de la mano, rozan tus dedos con los suyos y hace con ello, sin tapujos, sin miedo, que la magia actúe.

No me había dado cuenta de lo simple que era hasta hace unos días. Incluso no me había dado cuenta de que los miedos actúan de igual forma ante el amor. Si lo encerramos, si ponemos un candado a nuestro corazón cargado de miedos e inseguridades es imposible que el mismo fluya hacia los demás. Simplemente muere atrapado en el ahogo del anhelo. Por eso admiro a la gente valiente, optimista, clara, transparente, amable, sensible, abierta y despierta a la vida. No se quejan, no se esconden, no se pasan el día anhelando ni poniendo etiquetas cargadas de juicio y valor sobre los otros, sobre sus cosas, sobre sus hombros. Simplemente actúan. Te abrazan, te cogen de la mano y te llevan a esos otros mundos posibles. Sin más.

Quizás aún no nos hemos dado cuenta de que la cueva donde nos refugiamos cuando aún no teníamos capacidad de abstracción ya no existe. Ahora vivimos en el mundo libre de la magia, de la poesía, de la música, del baile, de los atardeceres que se contemplan sin pausa en cualquier primavera. Aún no somos totalmente conscientes de que el miedo ha sido vencido y de que nuestra imaginación infinita ha superado las trabas de la oscura caverna. Ahora podemos amar sin temor. Sin exigencias, sin contratos, sin ambigüedades. Podemos mirar al otro, sonreírle y llevarlo a volar hacia mundos infinitos. Ahora tenemos la capacidad de poder vivir sin miedo, sin llaves. Amar sin etiquetar. Amar sin esperar nada a cambio. Fluir en un paisaje posible cargados de dicha, gozo, alegría. Sin más.

Es importante hacerlo


apolo persiguiendo a dafne

Un sueño que sueñas solo es sólo un sueño. Un sueño que sueñas con alguien es una realidad” John Lennon

A veces nos llaman o sentimos la llamada. A veces es una intuición, una mirada, una voz, un rostro o un alma entera. A veces es una idea o un valor, un relieve que se dibuja en nuestra psique interna o simplemente el roce de una pupila que atraviesa esos márgenes ocultos de nuestro interior. Esa llamada nos impulsa o nos paraliza, nos conmueve o nos aterra dependiendo de toda esa siembra que llevemos dentro. A veces nos convierte en árbol de laurel, como le pasó a la ninfa Dafne. Otras nos impulsa a seguir adelante, porque de alguna manera sabemos que ante la pérdida o la derrota, lo importante siempre es seguir la estrella matutina que adumbra nuestros horizontes.

Si optamos por seguir, por atravesar la puerta estrecha, por adaptar nuestra cargada mochila a las aventuras del camino, cientos de pruebas nos aguardan. Es ahí, ante la adversidad, ante el silencio, ante la soledad más absoluta, cuando tenemos la oportunidad de volver atrás o transformar nuestro miedo en amor. Y una vez abrazados a la fortaleza del amor, todo lo demás es acción, movimiento, posibilidad de percibir el mundo como una entrega donde nunca pierdes, solo ganas.

Esto sirve para todo. Para el amor en pareja, para el amor hacia un proyecto, un propósito, una visión, una amistad, una familia, la decisión de tener o no un hijo, la decisión de atrevernos a desvelar un enamoramiento sincero, la temeridad de persuadir al destino para no quedarnos sentados al borde del camino viendo pasar la vida sin ser partícipes de ella.

Los miedos, las excusas, la desconfianza, el exceso de cálculo, la precisión a la hora de valorar las cosas como pérdidas y no como ganancias y todo aquello que paraliza la acción siempre nos ancla a una vida sumisa ante las circunstancias. Los trenes pasan una y otra vez pero siempre los vamos aplazando. Ya iré mañana, ya lo haré mañana, ahora no tengo tiempo para esto o para lo otro o no es el momento para el amor, para la amistad o para la simple aventura del vivir. El gozo siempre lo anclamos a nuestra parcela de seguridad pero nunca nos atrevemos a lanzarnos a esos vacíos de improvisación, de readaptación de la realidad, de nuestra existencia entera.

Hace poco me llamaba una hermosa mujer. No nos conocíamos pero sentimos una conexión muy especial. Cuando percibí la llamada, cierta llamada, enseguida desplegué ante mí todas mis artes de espantapájaros. A pesar de la pasión de ese tiempo infinito de conversación ambos, quizás por la edad, quizás por las horas, pusimos excusas, barreras, muros y fronteras donde solo había llama y pasión, diversión y aventura. Cuando ocurren este tipo de cosas me pregunto, -y esto si que es una cosa de dos-, porqué no somos capaces de destruir toda esa colección de prejuicios y miedos y explorar nuevas posibilidades. Ya lo decía sabiamente el poeta: “Es importante hacerlo, quiero que me relates tu último optimismo, yo te ofrezco mi última confianza. Aunque sea un trueque mínimo debemos cotejarnos. Estás sola, estoy solo, por algo somos prójimos. La soledad también puede ser una llama”. Benedetti entendía perfectamente que en el halo de lo intangible la llama puede ser un trueque mínimo. Sin prisas, sin exigencias, sin desvelos. Pero siempre, es importante hacerlo, aunque sea un trueque mínimo.

Ante la imposibilidad del pacto, del trueque, lancé una silenciosa propuesta y hoy puse una chimenea en el salón de la gran casa. “Me encantan las chimeneas. Lo siento pero no podría vivir en una caravana”. Esas fueron sus últimas palabras. Mañana esa chimenea ya tendrá fuego.