Hacia un mundo amoroso


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Cupido y Psique, de Jacques-Louis David

Si el hombre pudiera decir lo que ama, si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo como una nube en la luz; si como muros que se derrumban, para saludar la verdad erguida en medio, pudiera derrumbar su cuerpo, dejando sólo la verdad de su amor… (Luis Cernuda)

Me gusta esa imagen loca de un angelito medio desnudo lanzando flechas a diestro y siniestro esperando que la fortuna del amor enlace mundos hasta ahora serios y aburridos. Me gustan esas parejas enamoradas, locas de remate en las esquinas, besándose en los aeropuertos, metiéndose mano y lengua y de todo. Me encanta ese mundo acaramelado y ardiente en una tierra donde se ha perdido la razón y el sentido del cariño, la palabra honrada, la honestidad, la bondad, el detalle, el compartir, el cuidar, el amar. Me encanta esa imagen ñoña, casi de estampa, donde todo parece rosa y escarlata.

Todos los días del año deberían ser así, días de enamorados. Donde los partidos políticos se abrazaran mirándose cursis a los ojos, donde los enemigos de repente nos tiraran los tejos y se derritieran ante nuestras poses horteras, ante nuestros errores y nuestras sombras, perdonándonos como rezaba el Nazareno. Un mundo donde los soldados se volvieran soldadores y los gamberros cuidaran a las abuelitas en los parques mientras dan de comer a las palomas colipavas. Un mundo sin guerras donde hiciéramos el amor en los desiertos, bajo la luna llena o en cualquier acera.

Daría cualquier cosa por vivir siempre cargado de poesía, enamorado de la mujer, de la vida, de la montaña, de los animales, del bosque, del cielo, del mar. Incluso daría cualquier cosa por estar siempre en ese estado de enajenación donde la realidad parece plástica y manipulable, donde todo es posible, donde todo está bien y donde la vida es dulce y merece ser vivida. Ese estado que te hace atravesar medio mundo para dedicar un instante de paseo, para ofrecer una caricia, para mirar a los ojos de la amada aunque sea por tan solo un segundo y decir ese tan esperado “te quiero”. Daría cualquier cosa por ver a una pareja enamorada, entregada, alocada en el sentido más profundo del término, capaz de cualquier cosa por un beso, por un halago, por una sonrisa. Por verlos juntos bajo el roble, en el jardín, entre las flores y también en el barro, en el coche, en los balcones tímidos y callados.

Ojalá Cupido se volviera loco y empezara a atacar al mundo con un ejército angélico cargado de alta munición amorosa. Flechas que rebasaran los corazones, que explotaran en los días grises, que formaran un oasis de arcoíris omnisciente. Ojalá el dios del deseo amoroso volviera al mundo inteligentemente para demostrar que las fuerzas del bien y de la luz son más poderosas que la triste estampa del aburrido incapaz de amar. Ojalá volcara su furia rosa llena de pétalos en los cañones floridos de la primavera amorosa. ¡Sí, un mundo amoroso, ingenuo, bello, tierno, amable y excitante!

Este mundo está falto de besos, de caricias, de coqueteos, de guiños, de juego, de alegría, de felicidad, de ensoñación, de risas, de complicidad, de compenetración con los opuestos, de verdadero arrebato y pasión, de fogosidad, de pulsión, de exaltación por los altos ideales del amor. En un mundo frío, hipócrita y falso, es necesario volcar toda nuestra existencia en amarnos los unos a los otros. En secreto, a escondidas o en la calle, en los lavabos, en las portadas de las revistas, en las puertas del cine y en sus butacas, en las clases de antropología y en las comisarías, en los portales, en los hospitales entre bandolinas y en los mercados, en las aceras, en la cama, en el armario y en los campos. Sin miedo a ser juzgados de cursis o presumidos o tórtolos o corderos degollados o descarados. Que se besen los políticos y que se estrujen en abrazos los soldados. Que se amen los banqueros con los obreros y se expanda el amor entre el campo y los mercenarios. ¡Que el mundo se vuelva cursi y amable, que se vuelva loco de arrebato! ¡Ligad vuestro amorcillo con una cadena de perlas y llenaros las cabezas de fruta como hacían los dioses! ¡Preparad el lecho, derrumbad los cuerpos ungidos y amaros!

Así que felicidades a los que aún tienen capacidad de amor, de enamorarse, de volverse locos por sus compañeros, amigos, esposos y esposas, íntimos, mujeres y hombres, amantes y novios. Amaros con locura, con pasión, con deseo, con arrebato, con urgencia, con generosidad, con cariño, con desesperación. Cortejaros sin pudor, sin remedio. Volveros locos de idiotez, de ternura, de afección. Sed agradables al mundo para que el mundo se vuelva agradable. Llenad las plazas de cariño y simpatía y las calles de humor y afecto. Esto es lo más esotérico, lo más sublime, lo más acertado: el amor.

Que los serios y pomposos no arruinen vuestra alegría. Que los tristes y amargados no influyan en vuestra loca visión de la vida. Dejaros arrebatar por el delirio y amad amando. En gerundio, sin parar, con urgencia, porque el mundo urge de amor, de arrebato, de ternura. Sostened una paloma y bebed ambrosía. Vestiros de rosa y sed cursis, aunque solo sea por un día. Feliz día de los enamorados. Sed felices, y amaros.

Pd. Nuestro querido Joan Contreras ha tenido la amabilidad de ponerle voz a este post… Gracias querido por el gesto y el guiño. Me ha hecho mucha ilusión:

https://anchor.fm/joankontreras/embed/episodes/Podcast-92-feliz-post-dia-de-los-enamorados-poesa-en-prosa-e37cpp/a-aagu1t

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Cuando los hombres lloran


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© Philip Mckay

Llorar a lágrima viva. Llorar a chorros. Llorar la digestión. Llorar el sueño. Llorar ante las puertas y los puertos. Llorar de amabilidad y de amarillo. Abrir las canillas, las compuertas del llanto. Empaparnos el alma, la camiseta. Inundar las veredas y los paseos, y salvarnos, a nado, de nuestro llanto. Asistir a los cursos de antropología, llorando. Festejar los cumpleaños familiares, llorando. Atravesar el África, llorando. Llorar como un cacuy, como un cocodrilo… si es verdad que los cacuies y los cocodrilos no dejan nunca de llorar. Llorarlo todo, pero llorarlo bien. Llorarlo con la nariz, con las rodillas. Llorarlo por el ombligo, por la boca. Llorar de amor, de hastío, de alegría. Llorar de frac, de flato, de flacura. Llorar improvisando, de memoria. ¡Llorar todo el insomnio y todo el día! Oliverio Girondo

Ayer tuve la oportunidad de hablar con tres hombres que estaban pasando por un mal momento. Uno por un problema laboral, otro por un mal de amores y el tercero por un problema existencial, de soledad y pérdida de sentido. Yo mismo tuve un día extraño, mezcla de los tres problemas que cosechaban mis amigos. Quizás Mercurio estaba retrógrado, o Acuario en luna llena o lo que fuera, pero lo cierto es que ayer fue un día difícil para algunos de mi entorno. Un día para llorar.

Es evidente que los hombres, algunos hombres, han desarrollado una sensibilidad diferente en las últimas décadas. Aunque aún persiste el estereotipo de hombre fuerte e insensible, depredador y machista, muchos hombres están desarrollando cierta sensibilidad que choca frontalmente con un momento de plena emancipación de la mujer. Estamos viendo un cambio de roles extraño, donde muchas mujeres se comportan como lo hacían los hombres y muchos hombres como lo hacían las mujeres. Las mujeres se emancipan, se sienten libres e independientes, utilizan a los hombres como los hombres utilizábamos antes a las mujeres, con cierta frialdad y despotismo, con cierta superficialidad y desapego. Mientras que los hombres sensibles, los hombres blandengues, que diría con humor el Fary, se vuelven vulnerables, indefensos, demandantes de cariño y afecto, de seguridad y arropo. Ahora los hombres necesitan ser abrazados y comprendidos en este nuevo mundo sensible.

Esto crea confusión porque inconscientemente la mujer sigue demandando un hombre fuerte y seguro, capaz de proteger la familia y el hogar con un buen sueldo y la necesidad de estatus con una buena reputación, ya sea laboral o de cualquier otro tipo de éxito. Los mensajes que recibimos de los medios de comunicación siguen potenciando ese tipo de roles arcaicos y primitivos, creando aún mucha más confusión en la psique, ahora más sensible y abierta, de todos.

Esto crea un verdadero embrollo y una verdadera pérdida de sentido para todos. Mi primer amigo lloraba por la frustración laboral que sentía. Tiene la necesidad de generar dinero para alimentar a su familia, pero no a cualquier precio. Le gustaría poder desarrollar su arte, pero el arte no vende, no tiene prestigio y es decadente en una sociedad decadente. Su frustración y dolor nace de verse atrapado en un sistema donde nadie va a reconocer su trabajo, su don, su talento, y para poder sobrevivir, debe prostituir su tiempo en labores ingratas que no le aportan nada. Dedicarse al arte o a la poesía hoy día no provoca más que frustración y fracaso. ¿Qué mujer hoy día desea vivir con un poeta, con un soñador, con un nómada del verso?

Mi segundo amigo sufría de mal de amores. Tras experimentar con algunas relaciones, veía como las mujeres utilizaban su belleza y su cuerpo sin mayor compromiso. Guapo, atractivo, inteligente, pero sin capacidad de poder crear una relación comprometida y estable. En la sociedad líquida donde vivimos, el fluir se ha convertido en un mantra poderoso donde lo sólido no tiene nada que hacer. Las mujeres fluyen y hoy se acuestan con uno y mañana con otro, como tradicionalmente hacíamos los hombres, sin mayor implicación emocional que la de pasar una buena noche. La sociedad se prostituye, y los hombres que han nacido con ese nuevo rol de sensibilidad no se adaptan a este cambio de paradigma. Un romántico, un soñador, un hombre sensible, está abocado al fracaso. Nadie querrá estar con alguien que da muestras de inseguridad, sensibilidad o debilidad.

El caso del tercer amigo es más grave aún porque ha conseguido de alguna manera, aunque sea pasando calamidades, malvivir de la poesía, del cuento, del arte. Eso le ha abocado a una vida errante y nómada, sin una base material sólida donde sustentarse, sin una casa ni un hogar donde volver tras sus periplos poéticos. El precio de su felicidad, de su libertad absoluta, lo paga con creces a base de grandes dosis de soledad. La soledad, y esa sensación de fracaso en lo personal a cambio de cierto éxito en lo profesional, le aboca a una depresión constante y continua. ¿Qué mujer se fijaría hoy día en un consagrado poeta que no tiene dónde caerse muerto?

Es cierto que no es bueno generalizar ni que estos tres ejemplos que casualmente se juntaron ayer en un lloro colectivo sean una muestra considerable de lo que realmente está sucediendo, pero sí es un síntoma claro de que los tiempos están cambiando y de que nos estamos encontrando con un paradigma de pérdida de sentido. Yo mismo soy un claro ejemplo del fracaso de este paradigma. Errante, con un trabajo excitante pero que apenas da para vivir, nómada emocional porque ninguna mujer es capaz de soportar una vida tan inestable y tan poética, tan sensiblera y necesaria de grandes dosis de cariño y atención, de cierto misticismo y espiritualidad, de cierta inteligencia y crítica. Sí, los hombres también lloran. Y últimamente no paramos de hacerlo, como lo hacen los cacuies y los cocodrilos, si es verdad que los cacuies y los cocodrilos lloran, como decía el poeta. Nadie desea abrazar y sostener a un poeta, a un hombre sensible. Nadie en una sociedad líquida desea responsabilizarse y comprometerse en una relación estable y duradera.

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Abrirse a la experiencia del amor


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© Susanne Washington

La ternura no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor… Jorge Bergoglio

Cuando uno fracasa en la experiencia del amor, especialmente del amor pequeño, del amor minúsculo, del amor de pareja, se siente cierta frustración, cierta sensación de fracaso y derrota. La norma generada es que nos cerramos a esa experiencia al cosechar pérdidas consecutivas. Nos gusta indagar sobre la experiencia del amor porque junto a la vida y la muerte, es uno de los tres temas fundamentales de la existencia de todo ser. A pesar de todo lo vivido y experimentado, a pesar de todo lo indagado y escrito sobre este asunto, siempre notamos cierto verdor, como si cada día, la experiencia del amor fuera algo nuevo a lo que enfrentarse y de lo que aprender.

Hace unos días, una buena amiga me miraba con amor y dulzura en los ojos y me decía contundente que algún día mi alma encontraría a su alma amiga. Que más allá de los amores de la personalidad, siempre torpes, el alma enfocada en un propósito encuentra inevitablemente a esa otra alma que ayudará al mismo, ya que el propósito del alma nada tiene que ver con los pequeños propósitos de la personalidad, siempre egoístas e individuales. Por lo tanto, es inevitable que dos seres enfocados en un propósito de alma se encuentren para engrandecer esa experiencia. Otra cosa es que ambos se reconozcan como tal en esa vivencia cuántica, que brote la semilla del amor y que se expanda en ambos sentidos, en el sentido de amor de alma y en el sentido de amor de pareja terrenal.

Como experto saboteador de relaciones, siempre, a pesar del dolor que esto conlleva, un dolor siempre bilateral, donde ambas partes sufren, me he interrogado por ese afán de lanzarme a cualquier relación sin examinar a priori las consecuencias futuras. El amor debería ser inteligente, más allá de los impulsos primarios que nos hacen abrazar la experiencia humana de cualquier ser que se nos acerque y por el que sintamos un mínimo de atracción. Uno debería razonar si esa atracción primera está en acorde con el sentir más profundo, con la experiencia como almas libres que desean desarrollar un trabajo profundo, compartido y consciente en esta oportunidad de vida. Hay experiencias de amor en pareja que te separan totalmente de este propósito y hay otras que te elevan exponencialmente hacia la misma. El discernimiento, en este sentido, resulta ser una poderosa herramienta para saber elegir bien la persona que entrará en tu vida, que aminorará la marcha de tu evolución o la multiplicará en un acelerado compartir.

De ahí la prudencia de abrirse a la experiencia del amor. De hacerlo con calma, sin prisas, despacio. Conociendo bien a la otra persona y conociendo bien todo aquello que nos aporta y que nosotros aportamos a ella. Si perdemos el tiempo en señuelos de una noche de pasión, en tratos comerciales para pagar hipotecas y vivir una vida cómoda o en estimulantes relaciones que solo nos conducen a un vacío perpetuo, es mejor no hacer nada, es mejor esperar, es mejor estar atentos.

La prudente espera debe venir acompañada de un profundo anhelo. No todo el mundo desea arriesgar parte de su vida para afrontar el reto de la experiencia humana en compañía. Para muchos, la soledad también puede ser una llama, un camino, una vereda. Para otros, la comprensión de poder multiplicar la experiencia, acelerada inevitablemente ante el abrazo incondicional de otro ser, puede suponer un avance meteórico hacia la evolución. Si la soledad puede ser una llama, el amor en relación puede llegar a ser un fuego incombustible. Una vida tierna y amable, una vida rebosante de amor y atención es la mejor manera de comprender las fuerzas universales de la existencia. No una relación mediocre de interés mutuo, sino una verdadera apertura al amor incondicional, fuerza primera de todo lo que nos rodea, fuente primordial de todo cuanto existe.

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En los jardines de la memoria


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“Mi querida Alicia, nos veremos en los jardines de la memoria y en el palacio de los sueños, ahí es donde tú y yo nos veremos”. Alicia a Través del Espejo

Hay seres que pasan por nuestras vidas para no volver nunca más. Aparecen, impregnan con su aura toda nuestra existencia y un día se marchan. A veces lo hacen de repente, sin avisar. Otras ocurre por accidente, por mala suerte, por un mal entendido, por una pequeña bola que va creciendo y se torna insoportable. Otras, simplemente mueren y ya no podemos hacer nada. Muchas veces me pregunto qué será de ellas. Es imposible olvidarlas porque están ahí, en los jardines de la memoria, en los recovecos de nuestros almacenes emocionales. Aparecen y desaparecen, van y vienen una y otra vez a lo largo de los días, de las semanas, de los meses, de los años. Nunca se van de nuestro interior porque permanecen vivas en el palacio de los sueños. Nunca importa lo que hagamos en la vida, dónde estemos o con quien estemos. Esas personas que entraron en nuestro corazón ya nunca desaparecen.

Y en estos días de entrañable compañía, de estar con la familia, con los seres queridos, me doy cuenta de todos los ausentes. De todos aquellos a los que no podremos abrazar nunca más. Realmente es una sensación melancólica y triste porque a veces desearías poder retomar aquella emoción que tanto nos unía, aquel lazo que nunca debió romperse más allá del orgullo, el egoísmo o la sinrazón. Tantas almas que van y vienen, que nos llevan a volar hasta lo alto para luego abandonarnos de repente.

En los jardines de la memoria repaso uno a uno cada momento, cada instante. Me regodeo con aquellos momentos felices, con aquel recuerdo, con aquella caricia, aquel abrazo, aquella mirada, aquella complicidad. Miro con agradecimiento cuantas cosas ocurrieron y pudimos compartir. Acecho a la memoria y me traslado hacia atrás, hacia hace unos días, unas semanas, unos años, unas décadas y los recuerdos se amontonan como hojas de otoño que caen sobre la hierba verde. El rocío de la memoria abraza cada pestañeo, cada instante por pequeño que sea.

Luego abandono el jardín y entro por la ancha puerta del palacio de los sueños. Allí imagino escenas de amor, encuentros con unos y otros, conversaciones, abrazos en un entorno festivo de alegría y bienestar. Miro a todos aquellos a los que hice daño y les pido perdón por mis torpezas, por mis errores humanos, por mis miedos y mis tormentos. Los miro uno a uno, intentando obedecer al llamado de la redención. También veo a los que me dañaron y los abrazo con una sonrisa cargada de amor, de respeto, de admiración, porque de alguna forma me enseñaron algo, me pusieron a prueba para aprender. Los abrazo a todos en esa fiesta de cariño onírico, deseando que en ese palacio podamos vernos a menudo y podamos aprender sobre el mundo amoroso.

Guardo en mi memoria a todos aquellos que alguna vez rozaron mi vida. Los guardo como el mayor tesoro. Porque, aunque ahora no estén aquí, en esta sala fría y solitaria donde ahora me encuentro, espero algún día volver a verlos entre jardines y palacios, entre luz y amor. Ese miedo a no verlos nunca más desaparece en el mundo de los sueños. Ese miedo a que la soledad sea el principio del fin se hace pequeño ante el recuerdo. Vendrán más almas, vendrán más seres a llenar los recovecos del ancho corazón. Volverán los abrazos y complicidades.

A ti la dama…


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Ahora que todo terminó, no puedo evitar recordar a aquella mujer que hace tiempo, mucho tiempo, habitó en mí. Era alta al mismo tiempo que frágil. Su cuerpo resplandecía apagado como un templo de mármol blanco pero teñido de oscuro, ligeramente inclinado cuando paseaba entre abedules o sobradamente prominente cuando lo hacía entre robles. A veces mendiga, a veces monja, a veces reina, nunca sabías cuales de sus atributos la describía en su contrariedad. Era una auténtica oxímoron llena de paradojas y contradicciones. Era trasparente e invisible para el mundo, pero luminosa para las dimensiones brillantes.

Había en su andar una pesada torpeza, como si los años de su juventud pesaran en una ancianidad que le poseía, pero también una elegancia propia de la nobleza. Siendo aún muy joven, sus manos pertenecían a una anciana y su rostro, a veces cansado y a veces alegre, desempeñaba diferentes formas, como si realmente convivieran en él decenas de almas que se mezclaban entre los surcos de su cara. Estaba poseída por el misterio de una belleza que no tenía competencia. Su largo cabello negro se enredaba entre sus hermosos pechos cuando leía a los antiguos filósofos. Me gustaba rozarle los labios con la mirada cuando desnuda, soñaba con algún poeta. Abrazarla, siempre muy tímidamente, era como penetrar en una tierra desconocida, pero al mismo tiempo yerma y vacía. Sus madreselvas decoraban con gracia y espesura toda su plasticidad. Y siempre ese olor suyo, salvaje, pura química anestesiante de un perfume propio e incomparable.

Tuve la suerte de dormir a su lado en alguna luna llena, contemplando únicamente su inteligencia, siempre superior a la mía y a la de cualquier otro, y su cuerpo, más hermoso aún cuando yacía desnudo. Pero todo era fantasía o cuento que terminaba en un despertar aburrido, sin pasión, frío y desolado, o en un momento de cólera inadvertida. Sólo una vez, de forma muy fugaz, conseguí encender dentro su fuego e iluminar su mirada, pero de nada sirvió excepto para desearla una y otra vez sin éxito. El amor no la habitaba, ni siquiera la curiosidad por poder atraerlo. Era feliz en el palacio de su soledad. Hubiera ansiado poseerla una y otra vez, pero entre ella y yo siempre había una gran sombra que a veces se convertía en cisne, en un imponente cisne negro que nos separaba día y noche. Hubiera deseado amarla y ser amado, pero nunca llegó la primavera a nosotros. Quizás sí cierto cariño, quizás sí la desesperación de algún deseo remoto y ocasional, pero nunca la fusión de dos almas, nunca el éxtasis de dos pieles convertidas en una. Era un ser inconquistable en un tiempo difícil. Era un ser impenetrable en un territorio que no invitaba a la aventura.

Aunque la llama nunca prendiera en ella, admito que de sus abrazos áridos saqué una tabla de náufrago, además de una enseñanza, que me permitió navegar hasta la orilla. Me salvó del abismo, me rescató de la ira, me sacó del agua hasta la sempiterna esfera etérica. Sus palabras nocturnas servían de canción de cuna. Su locura, arraigada a otros planos, distraían mi mente en un devenir amargo y afligido.

Hubiera deseado conocerla cuando era joven, y no ahora tan anciana y esotérica. Seguramente su belleza exagerada y alegre hubieran conquistado mi alma para siempre. De haberlo sabido, quizás la hubiera soñado, la hubiera buscado hasta toparme con ella en esa biblioteca con la que tantas veces había fantaseado. A pesar del fracaso y del intento, interiormente estoy agradecido. Es una suerte conocer ancianas hermosas, de generosos pechos, de bellas sonrisas, de libertad extrema emancipada de todo tipo de emoción o sentido, de sublime inteligencia. Especialmente si acuden a tu rescate para destruir la ilusión en la que vivías. Especialmente si son las portadoras de la fuerza suficiente para destruir lo irreal, acomodarte en otra dimensión para luego marcharse para siempre. Su reino era la oscuridad. Allí tenía su lámpara encendida, y allí acudía todas las noches como una luciérnaga ciega y herida. Habitaba en el mundo de las sombras, pero allí tenía su luz, esperando el renacer de la nueva aurora. Un día se marchó y no la vi más. Nunca supe qué fue de ella, excepto el recuerdo de su aliento, de su latir y de aquello que nunca fue y podía haber sido.

 

 

 

Hace falta mucho valor para dejarse amar sin reservas


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© Alexander Khokhlov 

“Hace falta mucho valor para dejarse amar sin reservas. Un valor que es casi heroísmo. La mayoría de la gente no puede dar ni recibir amor porque es cobarde y orgullosa, temen que descubran su secreto, el triste secreto de cada ser humano: que no puede vivir sin amor”. Sandor Marai

La cuestión del amor es compleja, especialmente hoy día donde todas las relaciones empiezan a tejerse desde la virtualidad y la comodidad de estar sentado en un sillón clasificando las cosas-personas por “me gusta”. Lo terrible de este nuevo tiempo es precisamente eso, estamos empezando a ver a las personas como cosas. Es decir, retrocediendo de nuevo a esa sensación que había en la Edad Antigua de adquirir esclavos o esclavas o mujeres que podían ser consideradas como propiedad. Es cierto que no podemos pensar en las personas como propiedad, especialmente con las cuotas de libertad que se ha alcanzado hoy día, pero sí como objetos virtuales que se esconden tras una fotografía adaptada a la mejor imagen de nosotros mismos. En el fondo, toda una ilusión, toda una mentira que se agrava con el paso del tiempo y la imposición de nuevas herramientas y tecnologías virtuales.

Por eso la reflexión del novelista húngaro Sandor Marai está ahora muy de actualidad. Hace falta mucho valor para dejarse amar sin reservas. Diríamos que hace falta mucho coraje para amar en los tiempos en los que estamos, o al menos para intentar amar, para arriesgarse a amar, para creer, en definitiva, en el amor. Dicho así, el amor parece algo trasnochado. En un mundo orgulloso lleno de cobardes que se esconden tras una tertulia unipersonal y virtual, es complejo amar. Es un mundo de paradojas porque como dice el novelista, no podemos vivir sin amor aunque intentemos disimular que somos muy libres e independientes. En el fondo de nuestro corazón, sentimos la añoranza del amor, sentimos la pérdida del abrazo, sentimos en lo más profundo el amargo sabor de la soledad.

Pero es paradójico porque no tenemos tiempo para el amor, a no ser que venga precedido de algún tipo de contrato donde juntos podamos hipotecarnos de por vida o donde juntos podamos convivir medianamente bien para hacer frente a los gastos, cada vez más asfixiantes, de la vida fabril. Por eso el amor muere tristemente. Muere por cobarde, por orgulloso, por ilusorio. Muere porque amar requiere de entrega en un mundo egoísta donde nadie quiere conceder nada a no ser que sea a cambio de algo. La sociedad nos ha vuelto vanidosos y fatuos. Preferimos la soledad antes que el compartir generosamente. Preferimos la aparente libertad de vivir nuestra vida con el único sentido del placer unipersonal. Una sociedad nihilista solo puede crear personas que se miran a su espejo y se gustan a sí mismas sin contar para nada con los demás. No creer en nada también es sentir que no se cree en las personas.

Hay un exceso de espejos. Sobran pantallas y faltan más revolcones, más paseos en los atardeceres, más camas mojadas de sudor, más abrazos bajo un olivo, más broma y humor compartido ante un mundo tan serio, más aventuras bajo la luna o el cielo estrellado y más sentido de la comunión. Lo virtual hace que la vida pase en una ilusión mentirosa. Lo real nos enfrenta muchas veces al dolor y el sufrimiento, pero también a la esperanza, al abrazo, al sentido, a la emoción, al lloro y la alegría, al lamento y la recompensa, a la lucha insaciable por amar al otro. Pero para eso, hace falta mucho valor…

 

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¡Pobre Beethoven!


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“Amar significa amar lo desagradable. Perdonar significa perdonar lo imperdonable. Fe significa creer en lo increíble. Esperanza significa esperar cuando todo parece perdido” G. K. Chesterton

La gracia de los dioses se desliza en las hermosas armonías de la música. Jovial, casi primaveral, uno puede acostumbrarse a las melodías que surgen de la euforia del momento. Pero todo es vano cuando descubres lo que se encierra detrás de cada cadencia. Tras escuchar la amable y primaveral Pastoral en esta hermosa tarde soleada de otoño, me aferré con melancolía a la sonata catorce, “Quasi una fantasía”, más conocida como el Claro de Luna, de Beethoven. Todo opúsculo encierra tras de sí una vida, un recuerdo, una emoción, una fábula que pretende transmitirnos algo. Inclusive estas palabras que brotan sin control, bajo el hipnótico sonido de la música, encierran un secreto escondido, una historia que brota a raudales y que, a modo de desahogo literario, surge.

Buceando en la historia de la sonata y en el hechizo de su música, puedo entender el amor que el compositor sentía por la joven Giulietta Guicciardi, la cual inspiró esta pieza, y de cómo ese amor pudo sacarle de aquella vida tan sola y triste en la que se encontraba hasta antes de conocer a su hermosa discípula de piano. El amor romántico nunca fue correspondido, como le ocurrió al joven Beethoven. A veces el dinero, las posesiones, lo material, se impone al ilógico criterio del amor. Giulietta era condesa y tenía que casarse con alguien de su condición. Eso hizo para amargura posterior del compositor. ¡Qué terrible vacío debió sentir! ¡Qué pérdida más grande de sentido! Como si de repente uno se diera cuenta de que la vida es un naufragio para aquellas almas que anhelan ardientemente ser correspondidas en la llama ignífuga del amor. ¡Ay pobre Beethoven! ¡Cuánto sería su dolor! ¡Cuanta su profunda tristeza!

Pero el amor, o el amar, es algo inentendible. Quizás nunca lo fue. Tal vez todo lo que hasta ahora hemos hecho es buscar una herramienta contractual que alivie ciertos mecanismos de la vida terrenal. Un contrato donde se diga que el estar juntos nos llenará de seguridad, normalmente material, y donde se estipule que cuando una de las dos partes se vuelva un ente que estorba o no aporte nada a esa dicha material, debe ser abandonado. Me imagino con dolor la cara de Beethoven cuando la joven Giulietta decidió casarse con el conde Gllenberg. Esa es la cara que se te queda cuando descubres con tristeza que algunos se acercan a tu vida no por amor sino por ambición o por pura comodidad, y que cuando esa ambición descubre que en el pozo no hay nada más que rascar, desaparece. El amor contractual es algo que está ahí, que se apodera de nuestras vidas y que, sin saberlo, absorbe nuestra existencia. ¡Cuántas parejas están ahora juntas solo por un puro interés, por una comodidad, por una ambición!

Uno siempre se pregunta cómo desenmascarar esa falsa. He inventado cientos de argucias para intentar engañar a la ambición, al contrato material. La última fue arriesgada. Vivir en una caravana azul, sin tener nada, sin poseer nada más que el tiempo para disfrutar de una vida sencilla. Pensé que, desde esa posición nada privilegiada, nadie se vendría a engaños. Lejos de los focos de la fama, lejos del aparentar, lejos del dinero y las comodidades materiales, lejos de la incómoda sospecha de que te quieran no por lo que eres si no por lo que tienes… ¿cómo saberlo realmente?

A veces sueño con estar desnudo, pasear por un camino y sonreír, y ver que alguien se enamora solo y exclusivamente de esa sonrisa, de esa alma desnuda que respira por doquier ante el desguarnecido instante. Sueño tantas veces con la esperanza del amor incondicional. De amar sin condiciones, sin que nada de lo material intervenga en ese hilo de musicalidad emocional. Sin contrato de seguridad. Sin redes que nos protejan de los abismos de la vida. Sin cuerdas que nos separen en caso de que uno de los dos flojee. Ese amor con el que todos soñamos y que siempre nos pone a prueba en los momentos difíciles. Esa espera incondicional hasta que te recuperas. “Estaré a tu lado, incondicionalmente”, dice la sentencia del amor. En lo bueno y en lo malo. En la pobreza y en la riqueza. En la salud y la enfermedad. Así rezaba el pacto nupcial que nuestra sociedad ya ha olvidado. Una sociedad que se esconde tras pantallas retroalimentadas por la fantasía de sentirnos seguros y en paz en un mundo artificial y carente de realidad. Un mundo de mentira, de mentirosos que se esconden tras el frágil anonimato de la era virtual y que no desean, frágiles, aventurarse a la vida real… ¡Pobre Beethoven!

¡Cuántas veces tendremos que reescribir ese soneto! Cuantas veces lo real será derrotado, una vez más, por lo artificial, por la mentira en la que todos vivimos. ¡Ay pobre Beethoven! En unos años nuestras parejas serán virtuales, nuestras parejas serán androides que imitarán solo lo bueno. Seres que a todo dirán eso de “me gusta”, que es a lo que ahora nos estamos acostumbrando, al mundo irreal de que todo está bien y de que cuando algo marcha mal, mejor abandonar, “bloquearlo”. Muere lo real querido Beethoven. Muere el amor y con ello, muere la vida.

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