La fe que cierra el círculo


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Si ayer pudiste mirar tras la cortina, hoy toca caminar más allá de ella. Cuando el sol se pone y llega la noche, nos acostamos a la orilla del río, en un lecho apropiado aquí en el Balneario. Pero en cuanto se descubre la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos dedos, la vida empieza a darnos esa oportunidad única de ser felices.

Todas las tardes, y gracias a las sinceras recomendaciones de M., mi doctora preferida, -hermosa, sabia, prudente y angélica- paseo por los arrabales del río Sarria cruzándome una y otra vez con imponentes peregrinos que deambulan misericordes y ya cansados hasta Santiago. Me gusta mirar sus rostros, observar en su mirada un trozo de sus vidas, de su alma. Nos cruzamos una sonrisa necesaria, como si fuera un alimento imprescindible para seguir adelante. Mi paseo es corto, no más de una hora de ida y vuelta, pero a veces los acompaño un tramo, viendo como sus pesadas cargas se vuelven más livianas ante la presencia anónima. El alma se alimenta de pequeños gestos. Oxigenar pulmones, sonreír, caminar y siempre agradecer a la vida todo cuanto nos da y nos quita. Un ejercicio terapéutico para sanar los adentros.

Hoy el paseo, gracias a la compañía del amigo Joaquín recién llegado de Madrid, se alargó durante más de siete horas y más de treinta kilómetros. Hicimos el hermoso tramo de Samos a Sarria por un camino cargado de otoñada, y su vuelta plagada de encuentros y reencuentros. El ánimo generoso se dejó persuadir por la abundancia de vida, de color y olores que el camino ofrece en un día agradable de otoño. El amigo me hizo sentar separadamente del mundo para contemplar, desde otra perspectiva, las realidades envolventes. Con sumo cuidado me alargaba la mano de la amistad como las amarras de un buque que se yergue firme ante la marea. Desahogaba en él mi tristeza inevitable, pero también la esperanza del nuevo día y la alegría de estar a su lado. ¡¡Hemos paseado por tantos lugares juntos!! Inolvidables los viajes a Mongolia y la India e inolvidables los momentos únicos e irrepetibles en el jardín del Morya.

Pudimos hablar de amor y desamor, de geopolítica y economía, y por supuesto de aquello que más nos une, de Misterio, de fe, de magia y milagro. Es hermosa la sintonía que sentimos en tantas y tantas cosas, pero cuando tocamos de forma sutil y sublime la belleza de la vida manifestada, el sincronario interior se revoluciona hasta alcanzar el cielo. Creamos sin querer en este paseo hermoso por valles y montañas, por bosques profundos y bellos paisajes un tratado de monadología como haría el bueno de Leibniz, un discurso metafísico donde las sustancias simples se podían rozar con el aliento sincero y perpetuo.

La amistad a prueba de fuego y tiempo te hace sentir vivo, humano, acompañado en esa familia extensa que se deleita en el cuidado de los seres que amamos a pesar de las distancias que puedan separarnos. Nos hacemos mayores y vemos como ese calor compartido es el mejor regalo que nos podemos dar como seres vivos. El abrazo sincero, el paseo intenso en ese círculo que se cierra en la fe, como decía siempre inspirador el bueno de Joaquín. Es la fe la que nos permite creer en ese mundo bueno en el que soñamos y es la fe la que nos provoca la alegría de seguir adelante, practicando los caminos con gestos sinceros y amorosos. Que así sea por mucho tiempo. Así que gracias querido Joaquín por tu sincera amistad y por querer acompañar a este humilde peregrino en un momento difícil. Gracias por estar ahí, siempre. Gracias por tu fe compartida y avivada.

Foto: Con Joaquín pasando el día en el Camino de Santiago y celebrando más de diez años de amistad. Si queréis conocer a un gran hombre y mejor persona dará una conferencia en Madrid que no tendrá desperdicio:  

http://espacioronda.com/event/conferencia-publica-la-fe-que-cierra-el-circulo/

 

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El ágora con puentes de oro y plata


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Desde hace tres meses no pongo el despertador. Hacía años que no sentía la libertad de seguir los ritmos de la vida. Los primeros dos meses, debido a mi estado anímico y emocional, dormía bien poco. Solía despertarme puntual a las tres o a las cuatro. Podía estar con los ojos abiertos durante horas sin ver nada, solo dando vueltas en la cama, regodeándome en el dolor y sufriendo nocturnamente la soledad de una cama vacía. Desde hace dos semanas he recuperado la normalidad onírica. Me despierto a cualquier hora, a veces a las siete, otras a las nueve y otras simplemente alargo la horizontalidad el tiempo que mi cuerpo perezoso me lo indique.

Es una forma de sanación. Dar al cuerpo lo que pide tras años de exigencias extremas. Noto que este tipo de vida es seductor. La soledad, la falta de horarios, el tiempo que se acumula para poder administrarlo como uno quiera sin mayores obligaciones que las que yo mismo me imponga. Estar convaleciente, aunque sea por una enfermedad emocional como puede ser un duelo desgarrador, es algo hermoso.

Tras una pequeña meditación matutina me esfuerzo por seguir cierta rutina. Ir al baño, afeitarme, ducharme, desayunar algo y luego trabajar en la editorial hasta que el hambre me obliga a volver a la cocina. Por las tardes, y gracias a la ayuda de D., he acomodado un espacio al que llamo ágora. No es exactamente un ágora para la discusión y la dialéctica, sino un espacio para la meditación silenciosa, para el compartir y para crear la arquitectura de lo que será mi próximo futuro. Lo que antes era un almacén de libros ahora se ha convertido en un pequeño rincón de lectura, de escritura y de compartir. Una especie de diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, como diría Galileo, pero siguiendo las posturas del neófito Sagredo, es decir, viviendo y experimentando desde la visión neutral de quien busca la verdad sin aferrarse a ningún dogma o creencia. Simplemente observo atento y discrimino silencioso, sinuoso, tranquilo. Ya no hay prisa por nada. Absolutamente por nada, excepto por vivir.

Con D. pude estrenar el espacio mientras mirábamos en los mapas donde viajar durante siete días, sin pausa, por esta ancha Galicia. Al final la comodidad del lugar nos llevó a franquear incluso las fronteras más meridionales. Con B. pudimos abrazarnos, compartir, reír, imaginar hasta altas horas e incluso celebrar su revolución solar con dos velas simbólicas en una noche especial y mágica improvisando un pastel de cumpleaños a base de frutos secos. Con M. he podido compartir inquietudes sobre los próximos devenires utópicos y especialmente sobre la fortaleza inamovible de seguir adelante. Y mañana tocará compartir con J., y en unos días con la amiga X. y en otros con M. y con A, que vienen de muy lejos para abrazarnos y compartir… He pasado del silencio más absoluto al discurrir peregrino de almas que pasan, te abrazan y se van hacia su propio septentrión, pero siempre dejando esa sensación amable de cercanía, cariño y amor.

Si, un pequeño lugar donde reposar, pero también una pequeña plaza pública donde volver al contacto humano, esta vez seleccionado, medido, oportuno, sin avalanchas y sin necesidad de que nadie desee vampirizar una emoción o un pensamiento. Solo compartir, desde la amistad, el amor y el cariño con suma delicadeza. Me doy cuenta de la riqueza de poseer tantos y tantos amigos que están ahí, en lo bueno y en lo malo, que no huyen cuando las cosas se complican y que permanecen fieles e inamovibles a pesar del temporal. A los que huyen, como dice mi querida D., puente de plata. Y a los que regresan una y otra vez, la compensación de la eterna amistad, del oro del verdadero sentido del amor y el cariño. Un tesoro, el mayor de todos, que no todos aprecian.

(Foto: Pequeño rincón donde compartir. Antes un almacén de libros, ahora un lugar mágico con olor a libros, incienso y amistad. Si tu imaginación te lo permite y puedes oler el incienso y ver más allá de la forma, mira tras la cortina. Allí, una oleada de peregrinos libres deambulan con sus pasos errantes hacia su destino. El Camino espera tras la cortina). 

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Gracias Antonio


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Antonio se marchó como siempre había querido. Con las botas puestas, trabajando hasta el último suspiro, sin parar de buscar y bucear en las letras de otros para editar aquello que veía como posibilidad futura. Llevaba muchos años en la cuerda floja, con esa enfermedad que tenía su cuerpo mancillado pero que no le impedía, a su pesar, seguir adelante. Cada cierto tiempo me llamaba para decir que le quedaban unos meses de vida. Me explicaba algunas anécdotas con risas y me pedía si, una vez el estuviera en el otro lado, podía ayudar a Pilar con la editorial o con lo que fuera. Me sentía halagado por tan inmensa petición y le decía que esperara, que haría cualquier conjuro curativo con tal de que aguantara todos los años que hicieran falta. Que no había prisa por irse, que tal y como estaba el patio, hacían falta muchas manos en este tajo.

Desde pequeñito leía los libros que él, junto a su infatigable compañera Pilar, editaban en Sirio. Nunca sabía quién estaba detrás de la Editorial Sirio, pero siempre me sentía agradecido por esos libros que pocos se atreven a editar y que sirvieron como guía en esa curiosidad adolescente por lo trascendental, por el misterio, por lo oculto de la vida.

Lo conocí hace casi diez años, junto a su infatigable esposa Pilar, cuando por una tímida casualidad me hice editor. Vi por primera vez a Pilar en una reunión de editores y me pareció un alma grande y benévola, hermosa y carismática. Sentí una atracción irracional por su presencia y ya no me despegué de ella. Él ya estaba enfermo pero desde el primer momento ofreció su ayuda incondicional a este joven editor que hacía sus pinitos. Sentí como esos padres que te adoptan cuando vienes desahuciado de una guerra. Primero con la distribución de nuestros libros, luego, también siendo mi primer editor. Tuve el honor y la suerte de que me editara dos libros de mi autoría. “No son muy buenos, pero sé que algún día llegarás lejos”. Esas palabras me llenaron de emoción pero también de responsabilidad. Tenía que estar a la altura de sus perspectivas. Antonio siempre era claro y sincero, y eso tiene un valor profundo en un mundo tan mentiroso como el nuestro. Siempre pensaba y me reprochaba que tenía un talento desperdiciado. Que estaba agotando mi vida en caprichos que no valían la pena. Me costaba decirle eso de que simplemente estaba sembrando, pero me gustaba escucharle porque siempre dotaba el alma de cualquiera de esa fuerza suficiente para seguir adelante.

El trato profesional pasó la frontera de la amistad y empezamos a frecuentarnos en su despacho, contándonos anécdotas mientras desayunábamos leche de almendra con galletas, sufriendo la crisis del sector e imaginando como sería el mundo de los libros en el futuro. Me sentía arropado, protegido a su lado, como ese mentor que todo pequeño empresario necesita para impulsar sus proyectos. Siempre me echaba la bronca cariñosamente por mis torpezas editoriales pero siempre estaba ahí el primero para echar una mano en lo que fuera. Lo hizo cuando estuve a punto de deshacerme de los sellos editoriales y él me animó y me ayudo para no hacerlo. Estuvo ahí cuando quebraron nuestras distribuidoras dejándonos pufos de más de cien mil euros y él decidió distribuir todos nuestros libros. Estuvo ahí siempre, hasta el último día.

Una semana antes de marcharse, tras una visita a Málaga para ver como estaban, decía que quería volver a venir a O Couso. “Lo haré en unos días”. No lo hizo, se fue al otro lado quizás porque allí haga ahora más falta. Quizás para inspirarnos y ayudarnos en este trabajo de seguir llevando las letras de nuestro tiempo a los rincones más insospechados. Querido Antonio, gracias de corazón por todo lo que has hecho en nosotros. Gracias de corazón por estar ahí. Sigamos adelante querido.

Pd.- Este año se han marchado dos buenos amigos de Málaga. Pepe primero y ahora Antonio. Como diría nuestra querida Dolores, estarán ahora tocando el arpa en alguna nube mientras con cierta broma socarrona ríen a costa de nuestras pequeñeces. Pasadlo bien bandidos y disfrutad del otro lado.

 

A un hombre bueno


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A Pepe, in memoriam…

Cuando nos vienen al recuerdo imágenes de París todos nos imaginamos esa figura horrenda que Eiffel ideó en algún tipo de delirio en plena era modernista, de inventos, de máquinas, de fábricas. En todas partes aparece ese mamotreto de hierro y clavos erguida para mayor gloria de algún ego que ya apuntaba maneras, como orgullo de una patria o de una ciudad que se postula como avanzadilla de algo indecible. Sin embargo, nadie recuerda al barrio de Montparnasse, lugar donde éramos poetas y solíamos deambular por sus calles suplicando encontrarnos con la memoria de personas como Baudelaire, Sartre, Simone de Beauvoir, César Vallejo, Julio Cortázar, Samuel Beckett o Guy de Maupassant. En un mundo alejado del verso es más común acordarnos de torres esbeltas y grandilocuentes que de personas buenas que contribuyeron a edificar la constitución humana.

En estas semanas tengo muy presente a Pepe, cuyo apellido londinense, Bourman, nos recuerda a otros ilustres ciudadanos de la city. Señor y caballero de sus dominios, elegante como sus antepasados ingleses, de mirada alta y con majestuosa presencia, de lo que más luz arrojaba al mundo era de su bondad. Amable, atento, generoso y amante de por vida de su querida mujer, nuestra amiga Dolores, que juntos han recorrido una hermosa existencia y cuya herencia, hijos y bellos nietos, el mundo le reconocerá.

Vivimos en un planeta donde no abundan los hombres buenos. Durante cientos de años el hombre ha sido un animal. Ha matado a sus hermanos. Ha violado a sus mujeres. Ha masacrado bosques y montañas y sobre todo, ha mentido al mundo con una fachada elocuente y pueril. Pero en esa maraña de maldad congénita, siempre aparecen individuos que relucen especialmente por su humanidad y ternura, por su luz y resplandor. Son esas torres humanas y no las otras las que merecen ser recordadas, por muy anónimas o silenciosas que sean.

Unos días antes de morir tuve la oportunidad de verle, de saludarlo de nuevo, de contemplar su rostro poeta, sencillo, bello, dulce, noble. No sentí tristeza sino alegría por todo su ejemplo, por toda su valentía a la hora de afrontar sus últimas horas de vida. Su ejemplaridad, elegante hasta para morir, me resultó un último acto de amor, una forma de marcharse limpio, sin mácula, sin ruido.

No pude llegar a su entierro a tiempo. Quizás por una hora. Pero eso me permitió colarme en su familia y dedicar unas horas a compartir las bonanzas de aquello que como los poetas nos construyen como seres completos y buenos. En el jardín donde ahora descansa estará haciendo cosas buenas, obrando con bondad y sencillez, esperando a que los suyos les ayuden en esas otras tareas que el espíritu demanda. Seguramente nos estará mirando con esa sonrisa suya, juguetona y traviesa al mismo tiempo, esperando que aquí abajo hagamos bien las cosas, dejemos una buena huella, pongamos en orden nuestros asuntos y podamos marchar en paz con todos.

Él envidaba mi forma de vida tan libre y despreocupada y yo siempre envidié su bondad absoluta. Ojalá todos los que tuvimos la suerte de conocerlo podamos imitar su ejemplo. Querido Pepe, gracias por inspirar este nuevo mundo que todos anhelamos. Gracias por marcharte elegante, fuerte, valiente, amoroso. Gracias por ser un poeta de los grandes, cuyo verso quedará por siempre entre nosotros.

Siendo, eso es todo, en lo bueno y en lo malo


¿De qué sirve este enredoso aire, si no puedo respirar? Si no luchas por nada… ¿De qué sirve soñar?¿Para qué quiero un mundo carente de fantasía?¿De qué sirve la vida, si vives para servir? Prefiero estar consciente aún cuando duela. Prefiero que la muerte me sorprenda de pie, construyendo un mundo nuevo que quizás nunca vea. Me iré feliz sabiendo que mis sueños nunca abandoné.”  M. Bakunin

Me levanté muy temprano tras un sueño bien extraño. Estaba muy feliz tras un fin de semana inolvidable, de esos entrañables y cargados de amor y cariño. De esos que deseas que nunca terminen para que los días que vengan después sean una continuación de los otros. A mi lado estaban las dos gatitas. Una a mi izquierda y la otra a mi derecha, próximas al corazón, como si de alguna forma sintieran como la primavera ha llegado también a mí. El perro Geo me lamía bien temprano. Tenía ya ganas de salir corriendo tras el caballo o las cabras. Le abrí perezoso la puerta. Hacía frío y nevaba. Me vestí y me fui corriendo hacia Madrid.

De repente el teléfono no paró de sonar. Amigos, periodistas, la televisión. Pensé que había pasado algo o que de repente me había hecho famoso por algún motivo que no esperaba. Iba a Madrid para participar en un anuncio de televisión. Cosas surrealistas de la vida. Dos años viviendo en una caravana sin colchón e iba a anunciar colchones de una conocida marca. El nuevo rey de las camas se atreve con todo. Una periodista de Tele Cinco me pedía si podía gravarme en directo. Lo siento, estoy de viaje. ¿Y mañana? Mañana estaré todo el día en una cama, rodando un anuncio. La pobre no daba crédito. Así que acordamos que la entrevista sería en el hotel de Madrid en diferido para que mañana, sobre las nueve, aparezca en Telecinco.

Llegué tarde a la prueba de vestuario. Era casi la hora de comer cuando empezaron a sacar prendas y más prendas, pijamas y más pijamas todos con su etiquetita con el precio, por si tras el rodaje se pudieran devolver y ahorrar en vestuario. Un pijama azul, otro dorado, otro blanco, otro conjunto así o asá. Me veía como esos famosos actores que hacen esas cosas y parece que se divierten. Yo lo hice. Soy antropólogo y me gusta conocer mundos.

En el hotel estaban los periodistas y las cámaras esperando. De nuevo casi me siento una estrella. Ohhh!! Cuanto poder tienen esas cámaras. Todos me miraban con extrañeza, por si fuera algún famoso. Incluso en el hotel, por si acaso, me dieron la mejor habitación por el mismo precio. Sí, las cámaras tienen poder, el cuarto, dicen. Poder para crear mitos y también poder para destruirlos. Hoy tocaba lo segundo, y a mí me tocaba bucear en el sentido amplio de la profundidad sin caer en la ruindad ni el prejuicio.

Habían encarcelado a Mario y toda su familia. Hace poco sacamos a la luz un libro juntos. “Siendo, eso es todo”. Cuando los periodistas empezaron a preguntarme sobre todo lo ocurrido me limité a contesta cortésmente sobre el mundo humano y la tragedia que hay tras los focos, el interés, el circo mediático y la mentira de la ilusión. Por un momento me sentí un cruzado defendiendo la causa humana ante el imperio de lo absurdo. O como ese colibrí que iba hasta el río gota a gota para intentar con su gesto cumplir con su parte moral ante el incendio del bosque. La periodista me preguntó porqué me había atrevido a dar la cara por un preso, por un delincuente. Realmente no estaba dando la cara por nadie. Sólo quería estar ahí, a su lado, de forma simbólica o precisa. Pero estar ahí. Cuando lo pasas mal, es hermoso saber que alguien está ahí. Cuando llevas dos años viviendo en una caravana sin colchón es agradable que alguien te llame para hacer un anuncio sobre colchones. O como ese ángel que hizo trescientos kilómetros plancha en mano, se metió en mi armario y me planchó algunas camisas para este viaje. Hay cosas que te dejan sin palabras, hay gestos que no tienen precio. Hoy prefería estar consciente ante los gestos, aunque dolieran. Prefería estar atento, alerta. Prefería estar, de alguna manera.

Durante muchos años lo he pasado mal. La vida, las crisis, la pérdida de todo. Cuando lo pasas mal muchos desaparecen. Algunos para siempre. Pero hay algunos, a veces muy pocos, que permanecen. Mario fue uno de ellos, a pesar de todo. Así que le debía el gesto. Un gesto humano, un gesto cariñoso, de amigo. Querido Mario, Siendo, eso es todo, en lo bueno y en lo malo. Sin más. Ahora el sistema que aclare las formas, nosotros nos ocuparemos del fondo.

Hacer bien las cosas


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 “El único símbolo de superioridad que conozco es la bondad”. L. Beethoven

Tras un vertiginoso viaje por toda España, acabo de llegar con una paz serena y una felicidad intensa al frío de la montaña. Siento cierta emoción interior por saber que las fuerzas conspiran para que las cosas ocurran. Por sentir como poco a poco estamos comprendiendo el mensaje de compartir, de ayudarnos los unos a los otros, de apoyar las causas que merecen la pena que existan.

Acabo de pagar una deuda de casi veinte mil euros que vencía el seis de marzo. El mérito no ha sido mío porque en el proceso de pago he recibido ayuda de buenos amigos. Pero para mi era importante cumplir con mi parte del trato, de la promesa, del acuerdo. No importa si por el camino tenía que sacrificar ciertas cosas o embarcarme en nuevas aventuras. Lo importante de todo, independientemente de la cantidad, era cumplir con la palabra.

Un amigo me enseñó en estos años a hacer bien las cosas. Es algo que aprendemos pero que a veces, por ignorancia o torpeza olvidamos. Nos cuesta mucho hacer bien las cosas. Hablar con serenidad, tener una escucha activa con el otro, cerrar bien las etapas, los compromisos, las rupturas, lo que sea que tengamos que cerrar. Ayudar al otro cuando lo necesite, ya sea de forma humilde, con nuestra compañía, o de forma poderosa. Sea lo que sea, es importante hacerlo bien para que todo quede limpio, sanado, hermoso.

Cuando alguien se enfada con nosotros a veces son por causas que se podrían resolver con un simple abrazo, con una llamada, con un poco de atención, tomando un café o paseando por un camino cargado de vida. Cuando hacemos un favor el mismo tiene que salir del corazón, asumiendo la pérdida inevitable del propio acto y esperanzado, confiado, en el buen hacer del otro. Cuando alguien deposita en nosotros un tesoro, nuestro deber moral y humano es cuidarlo, protegerlo, potenciarlo, dotarlo de eso que debería ser sagrado: la confianza.

Son cosas simples, que se pueden hacer sin mayor esfuerzo. Solo tenemos que prestar atención, medir nuestras capacidades de respuesta, asumir la responsabilidad del coste de cualquier empresa. Por eso hoy he aprendido esa gran lección al responder gracias al conjunto de fuerzas implicadas a mi deuda moral. Hacer bien las cosas, sin ruidos, sin distraimientos, sin excusas. Trabajar profundamente en las relaciones humanas para que sean cada día mejor, de mayor calidad, de mayor estrechez y confianza. Eso he aprendido en este tiempo. Por eso, en este viaje, he querido mirar a los ojos a aquellos que me debían alguna deuda y también a aquellos a los que yo debía algo. He querido a ambos por igual estrechar mis brazos sobre ellos y hablarles desde la sinceridad, el perdón y la esperanza.

Así somos, estrechamente frágiles, pero también con la posibilidad de ayudar al otro cuando las cosas lo requieren.

Un especial agradecimiento a todos los que estos días han cumplido con su parte. A todos los que han apostado por el ser humano más allá de los números y las cuentas de interés. A todos aquellos que ante la llamada han respondido en auxilio, de corazón, con belleza, con buen humor. Sí, hoy aprendí a hacer bien las cosas, y la magia se ha manifestado.

Desapego y Libertad


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“¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?” Lucas, 9:25

Que un hijo y sobrino de banqueros próximos al Opus quisiera asociarse a un hijo de la viuda resultaba curioso y sorprendente. De alguna forma, como en la película de Weir que tanto nos unió y donde se leía a Frost, nuestra amistad sirvió para “seguir un camino menos transitado que puede marcar toda la diferencia” o para extraer, como dice nuestro amado Thoreau, todo el meollo de la vida. Lo cierto es que Luis Valls-Taberner Muls y el que suscribe fueron socios durante un tiempo apasionante de un proyecto igual de apasionante. Para nosotros fue un máster de aprendizaje sobre valores empresariales, pero sobre todo, fue una maestría de tolerancia y amistad a prueba de todo fuego y duda. Andamos un trozo de camino juntos y aproximamos nuestras miradas al estrecho que separan continentes tan dispares, pero sobre todo, abrimos un pacto, un lazo indestructible.

Luis ha demostrado en estos años que no importa las cosas que nos separan como individuos, sino todo aquello que nos une como seres sintientes, capaces de afrontar emociones y compartirlas desde el respeto y la tolerancia. Uno de los grandes activos que siempre he sentido como propio y suyo es esa capacidad para ser amigos de todo aquel que guardara como única bandera la tolerancia y el respeto, pero sobre todo, la libertad de ser uno mismo sin importar lo que digan, sin añadir nada que no fuera auténtico. Por eso me gusta saberme parte de esa aura que nos envuelve, porque de alguna forma, y el tiempo lo dice, hemos estado ahí en lo bueno y en lo malo.

Ayer pasamos un buen rato juntos en Madrid y me regaló un ejemplar de su segundo libro, Desapego y Libertad (Editorial Indicios), con el cual quiere rendir un homenaje a su tío Luis Valls-Taberner Arnó, el que fuera presidente del Banco Popular. Y también rinde homenaje, de paso, a la unión especial que el legado humanista está dejando en muchos proyectos empresariales que empiezan a nacer y crecer ante el mandato del beneficio, por supuesto, pero también del servicio. Una nueva perspectiva de un mundo que está cambiando y que quiere volverse cada día más humano, y de alguna forma, más espiritual. Así que gracias Luis por conjugar de esta manera ese legado y sigamos, como no, dando espectáculo.

Querido Luis,

acabo de terminar tu libro Desapego y Libertad. Quería leerlo porque además de la curiosidad propia por conocer algo más de tu tío, sentía también cierta curiosidad por saber de tu evolución humanista, tu aproximación de nuevo al mundo de la escritura y las dudas propias que acechan con la cercanía hacia la edad adulta sobre el qué hacer para adentrarnos a ese camino del corazón al que aludes en el libro.

Puedo decir que su conjunto me ha gustado, especialmente hablar con desapego y libertad de un mundo tan abstracto como es el de la banca desde una posición tan suave y firme a la vez como puede serlo la literatura y la cultura. Respirar ambos aires ha sido hermoso, así que gracias por el paseo y la reconciliación de ambos mundos, el de la materia y el espíritu. 

Sólo seguir animándote para que sigas tu senda de constructor de realidades materiales, sin olvidar nunca esa esencia que tu tío tan bien llevó a puerto: la esencia del ser. Un ser que por ser de una sustancia diferente, siempre se muestra volátil pero poderoso, como los vientos que arrecian las costas y los mares. Un espíritu poderoso siempre se sumerge en la premisa del silencio, en la vaguedad de la prudencia, en la valentía de poder arriesgar tan solo activos que nacen del interior. En eso algo has aprendido, y por eso te pongo como ejemplo tu propia amistad. Un valor seguro a largo plazo y del cual, por muchas vidas que pasen, siempre atesoraremos en el otro reino. Siendo así, gracias por el regalo y gracias por tu amistad. Y de paso, sigue navegando hacia ese interior, mientras que con losas fuertes y poderosas, sigues construyendo tus castillos.

Un abrazo sentido,

J.