A la sombra de la Gran Montaña…


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Esta mañana paseando por las faldas de Montserrat

Llevo unos días de insomnio. De nuevo el estado de ansiedad volvió. Ayer eran las cuatro y aún seguía despierto, dando vueltas en la cama. Los abogados no se ponen de acuerdo y seguramente iremos a juicio. Esa idea me aburre porque tengo ganas de cerrar etapas, de cerrar ciclos, de cerrar las canillas del llanto. Aunque el guerrero esté abatido, hay coordinación en todo cuanto hace. Aunque las batallas hayan sido duras y ahora la tristeza pose sobre su espada inválida, hay un sentido profundo para cada instante. Ahora me doy cuenta de que no medí bien la fuerza y metí mucha presión para dilucidar el futuro. Mis palabras fueron muy duras, pero tenían que serlo. Necesitaba saber la verdad, aunque la verdad a veces velada, no guste. No me gusta la gente indecisa, la gente que se autoengaña y con ello daña a los demás. Necesitaba esa presión para empujar al destino. Un guerrero no espera a ser arrastrado por el agua. Actúa, aunque en esa acción sepa que lo perderá todo. Actué y perdí. Además por partida doble. La pérdida siempre es una gran enseñanza, aunque no te deje dormir por las noches.

En mi primer ataque de ansiedad me daba por no dormir y no comer y perdí diez kilos. En este me ha dado por no dormir y comer mucho. Seguramente, de seguir así, en poco tiempo me convertiré en una bola de cebo. En el hábito de caminar encuentro cierto alivio, pero hoy tuve dos desayunos y dos comidas. Tengo que distraer la mente, tengo que salir, quedar con unos y con otros. Eso me recomiendan que haga y eso intento hacer cuando el ánimo me lo permite. Tengo que caminar mucho.

Había quedado para desayunar por segunda vez en Barcelona. Me levanté temprano. Me duché. El pelo, ahora corto, contrastaba con la barba que de nuevo crecerá para que se adapte así a la nueva aventura que espera en los próximos días. Hay que ser prácticos. Me miré al espejo. No vi nada, excepto un rostro cansado. La ropa olía a limpio y fuera hacía frío, mucho frío. Cogí el metro y me bajé algunas paradas antes para poder pasear por Barcelona. Tras un corto paseo buscando los rayos del sol, ella llegó puntual a la cafetería en alguna bonita esquina modernista de la Eixample. Dos cruasanes de chocolate y dos cafés con leche de soja nos acompañaron. Contemplaba con calma a mi alrededor y veía como todo encerraba cierta perfección. La mirada de la camarera, la situación de las mesas en la segunda sala, el olor a café espumoso, el paso de la gente que entraba y salía buscando un rincón tranquilo para saborear un momento de paz. Incluso aquel papel arrugado descuidado en una de las mesas tenía su propia gracia. Todo escondía algún tipo de mística extraña, desvelada cuando despiertas al mundo de la visión arquetípica.

Qué hermoso es hablar con personas que te miran a los ojos y son transparentes, amorosas, claras, reales. Curioso que los dos viviéramos en nuestros pasados en la hermosa ciudad alemana de Göttingen. De repente, cientos de miles de recuerdos se amontonaron en la conversación, que se quedó corta por lo inspiradora de la misma. Hablamos de lo difícil de ser hombre en estos días donde la masculinidad está en entredicho. Hablamos de lo blandengue y de la necesidad de retomar la fortaleza, los roles perdidos. Rozamos nuestras almas con el detalle del momento, de forma natural. Ella, hermosa, dirigía una sonrisa al mundo, valiente, fuerte, sincera. Yo, temeroso, me inclinaba sediento ante la grandeza de comprender que cada segundo puede ser valioso, imprescindible, tremendamente único. Brotaban fuentes de clara agua y bebía de ellas. Un guerrero cansado necesita beber mucha agua. Estos días, estos largos meses, ando sediento de manantiales.

Hay una fuerza y un designio en todo lo que ocurre. En mitad de la conversación me llamaron. Otra cita me aguardaba. Salí agradecido con tres joyas bajo el brazo. Tras la despedida, subí al coche mal aparcado en uno de los laterales. Guardé silencio mientras viajamos lejos de la ciudad, entre montañas, hasta la Gran Montaña, recordando cuando vivía en aquellos valles sinuosos y serpenteantes. Cierta emoción me recorría al recordar los tiempos en los que navegaba por aquellas laderas. Paseamos por las ancianas calles de aquel perdido lugar. Agradecíamos cualquier rayo de sol que zigzagueaba por entre las veredas. Tras un corto paseo, llegamos hasta el olivar y de vuelta al pueblo. Comimos algo mientras unas cabras salvajes intentaban huir al monte en mitad de la plaza. Hablamos, comimos y cerramos los ojos ante la luz del día. Respiramos. Sentimos la vida. Sentimos el origen de todas las cosas a la sombra de la Gran Montaña. El guerrero, cansado, respiraba vida. Su espada, ahora inservible, reposaba en la mesa, bañada por el aura inmortal de las fundamentales leyes de la equidad. Ahora la noche espera, larga, sediciosa, indecisa.

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Reencuentros con el ángel


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Uno siempre duda sobre la existencia real de los ángeles. Te haces mayor, te vuelves incrédulo y descartas toda esa poesía mística con la que nos adormecían en esos cielos celestes de dudosa existencia. Sin embargo, a veces ocurre que conoces personas que rozan el estado angélico y de repente la duda desaparece, la fe renace y la esperanza de que todo aquello sea real, y no producto de la imaginación soñadora, florece en nuestros corazones.

Cuando era joven frecuentaba aquellos lugares donde se hablaba y practicaba cierta ascesis mística. Debía contar con unos dieciséis o diecisiete años cuando la vi por primera vez en algún lugar de Barcelona donde un grupo reducido de gente se reunía para meditar. Ella tenía dos años más que yo y su hermosura, más de otro mundo que del tangible que frecuentábamos, relucía a raudales. Nunca imaginé que jóvenes tan hermosas pudieran frecuentar lugares tan inusuales para esa edad. Ambos deberíamos estar descubriendo el mundo de las emociones, de los encuentros, de las relaciones propias de la juventud. Ambos deberíamos estar experimentando, a esa edad, todo aquello relativo al mundo. Sin embargo, ambos, rechazando lo que por edad nos correspondía, cada uno a su manera, optó por frecuentar aquellos otros lugares de búsqueda de rectitud y moral espiritual.

Han pasado muchos años de aquellos tiempos. Ella continúo explorando fielmente sus creencias hasta que profundizó en lo más alto de la perfección mística. En sus moradas pudo contemplar y sentir el mundo magnánimo de las virtudes. De alguna forma pudo elevar su vibración hacia lugares prácticamente inalcanzables para los mortales. Mi caso fue más torpe, dando palos de ciego de aquí para allá sin implicarme nunca de forma fiel a ninguna idea o creencia, buscando libremente conjuros epidérmicos que pudieran calmar mi sed ensoñadora. Mientras ella iba escalando las montañas de la claridad, los espacios de las benignidades del mundo, yo iba torpedeando cada pequeña conquista para no elevarme demasiado y permanecer anclado al fangoso barro de la mentira, de los abismos insondables, de la petulancia académica. Un mundo contaminado de palabras pero falto de hechos. El dichoso camino medio necesitaba dinamitar cualquier atisbo de luminosidad para no quedar atrapado en las celestes cumbres del mundo intangible y seguir así obrando, sin mucho éxito, en la siembra terrestre.

Ayer, veinte años después, tuve la suerte de volver a verla. Quedamos para charlar en el mismo lugar sagrado donde nos conocimos, un espacio luminoso que crea una gran grieta en esta inmensa marea grisácea que cubre toda la ciudad. Un punto de luz en la mente de Dios protegido por un cuerpo angélico fuerte y sabio. Ella, ahora ya instalada en su condición celestial, desprendía esa luz propia del mundo angélico. Podía mirarla solo con tímidas ráfagas luminiscentes, intentando que su luz no cegara aún más mi oscuridad. Su belleza de otro mundo seguía intacta, ahora acompañada de esa aura dorada que cubre todo su cuerpo angélico. Su fortaleza, su constancia, su trabajo interior y su perseverancia y discernimiento han provocado un arquetipo perfecto de virtud.

Charlamos durante una hora recordando viejos tiempos, hablando de las dificultades de la vida ordinaria y de lo complejo que resulta profundizar en la vida extraordinaria sin caer en la trampa de la superficialidad, de lo mentiroso y banal. Luego participé de una meditación y me marché de nuevo a la oscuridad del mundo subterráneo, agradecido por haber tenido la oportunidad de saborear, aunque fuera por un instante, ese trozo de cielo. Sí queridos… los ángeles existen, los he podido abrazar, los he podido tocar, los he podido reverenciar con el respeto y la admiración que merecen. Están entre nosotros, son de carne y hueso aunque desprenda esa luz cegadora. Y están aquí para ayudarnos, para recordarnos el mensaje de la vida eterna.

Gracias de corazón a M. M. por su mágica presencia, por su milagrosa vida de entrega y por su valentía como mujer joven y hermosa por haber sido capaz de discernir y sobrevivir a esa condición luminosa. Me encantó volver a verte después de tantos años. Me encantó volver a mirarte con esa mirada inocente que contempla el mundo con admiración y agradecimiento. Gracias, gracias, gracias…

Conversaciones con una meiga


 

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Como las magas no entienden de tiempo, llegó un poco “tarde”. Para ella era la hora justa. No sobraba ni faltaba ningún minuto. Llegó en el tiempo de la “ocasión”. Lo importante es que llegó después de un largo viaje. Como no pudimos comer juntos, la merienda se convirtió en una comida-cena improvisada, con una sabrosa sopa de fideos y guisantes de la cual abusamos para así atender con fuerza a la magia. Hay que tocar tierra para poder mirar al cielo.

Tras el paseo por el lugar para que viera y sintiera las energías del mismo, nos fuimos al salón y todos nos dispusimos alrededor de ella. A cada uno de nosotros nos miró fijamente a los ojos y penetró en nuestros corazones. Hizo las preguntas oportunas y enseguida, conectándose con alguna fuente desconocida para nosotros, empezó a estirar de nuestros latidos hasta que desveló nuestros secretos. Lloramos cada vez que extraía algún dolor, alguna experiencia enterrada, alguna flaqueza, pero, sobre todo, nos llenamos de esperanza cuando con sus sabias palabras nos guiaba hacia el camino, hacia la sanación, hacia la fuerza oportuna para equilibrar cada una de las heridas.

Se hacía tarde y quedaba yo. Como quería conocer la editorial tuve la suerte y el privilegio de disfrutar de una conversación a solas entre libros. Gozamos un rato de la energía de las librerías cargadas de tomos y nos sentamos uno en frente del otro para empezar la sesión en la pequeña salita. “Si te fijas, eres joven y a pesar de ello has hecho muchas cosas en la vida. Lo más importante de todo lo que has hecho es que has conseguido enlazar mundos, crear puntos de luz y entregarte al servicio de forma contundente y consciente. Eso ha creado en ti y a tu alrededor un punto de fuerza que atrae a mucha gente, pero también a muchas energías”. En este punto de la conversación es cuando empezó a ponerse seria pues estaba a punto de entrar en el mundo de los arquetipos. “Si crees en las fuerzas y las energías, lo que te ha ocurrido en estos meses es que has sufrido un poderoso ataque que casi termina contigo. Sólo por la fuerza de los seres que te protegen has podido sobrevivir. Podrías haber muerto porque has abierto puertas y mundos y ahora estás vulnerable”. A medida que hablaba iba entendiendo cosas que pasaron en estos meses. La noche oscura del alma casi me llevó al abismo. Cosas que no podía entender ahora cobraban sentido.

Empecé a respirar hondo y empecé a poner atención a todo sin decir nada. Sus palabras y su forma de decir las cosas eran especiales. Entraban en el corazón y lo desnudaba. De repente conocía secretos de mí mismo que nadie sabía excepto yo. “Esas fuerzas te han quitado lo que más querías. Han sabido hacerlo de forma sabia. Si te fijas, todos tenemos alguna debilidad. Si tu debilidad es el dinero, la ambición, te van a atrapar por ahí. ¿Por qué crees que lo que más querías te lo han arrebatado ofreciéndole algo irrenunciable e irresistible para su debilidad? Ha sido utilizada en su debilidad, y ante la elección, no podía renunciar a ello. Ella, como tú, sucumbió ante su debilidad. Sin embargo, esa es su debilidad, su elección y aprendizaje, pero su alma te sigue amando y protegiendo. Por las noches te acompaña y te protege”.

Escuchándola podía de alguna forma entender mis sueños recurrentes, y también entender la forma en la que había pasado todo. De alguna manera sentía algún consuelo y cierta paz interior. “Tienes muchas virtudes trabajadas, pero ahora toca centrar la atención en tus debilidades. Todo esto que ha pasado ha sacado tu rabia y frustración, pero tu mayor debilidad es la “justicia” y la “fe”. Es eso lo que tienes que trabajar para que todo el equilibrio se vuelva a restablecer”.

Pasaron las horas y yo seguía escuchando atentamente. Realmente lo importante no eran las palabras, ni siquiera la conversación discurrió de esta manera pues solo recuerdo algunas ideas vagas. Era su energía, era su poder a la hora de ver, intuir y atravesar mi alma. Sentía que me encontraba ante una auténtica maga, no de esas que van engatusando a las mentes débiles con cuentos para adormecer sus heridas, más bien una poderosa alma capaz de atravesar todos tus adentros, mirar sin fisuras dentro de ti en tus recodos con confianza y acierto, ayudando a empoderarte en el trabajo mágico del alma. Hay personas que te tocan y lo hacen para siempre. Hay auténticos magos que te transforman por dentro. Ayer tuve la suerte de conocer a una auténtica. No fue lo que dijo, fue el cómo lo dijo. No fue lo que decía, fue todo lo que tocaba por dentro cuando lo decía.

 

¿Te tirarías de un quinto piso si fueras a perderlo todo?


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© Alexander Yakovlev

Hay dos motivos por los cuales muchos de nosotros nunca cometimos esa hazaña: por miedo o por falta de fuerza y valentía. O quizás porque tal grado de desesperación pudimos de alguna forma contenerlo o reprimirlo. Pero los que alguna vez lo hemos perdido todo, podemos afirmar con rotundidad que con algo más de fuerza o de valor hubiéramos terminado como lo ha hecho la pobre mujer que, desesperada, sin ilusión, sin esperanza, cometió la desolada decisión de abandonarse al abismo.

El sexo, la religión, la muerte y también el suicidio, son temas tabúes en nuestra sociedad. Temas que rompen con nuestra estética, que manchan la modernidad de creernos inmortales, que preferimos evitarlos y esconderlos. Conocer las causas del suicidio ante momentos de dolor profundo y desesperación es complejo. Sin embargo, los que hemos padecido momentos difíciles podemos entender ese impulso. Reflexionando estos días sobre el trágico hecho, quiero pensar que esa mujer no se ha tirado por un quinto piso porque lo haya perdido todo, sino porque no tuvo a nadie a quien acudir, porque no tuvo el sostén o el soporte necesario, el cariño y el apoyo atento de los suyos, porque nadie supo entender o intuir el momento trágico.

Hoy he hablado algo más de dos horas por teléfono con una persona que me ayudó incondicionalmente en este último trance. Quizás ella no sea consciente de todo lo que su presencia, su apoyo y su cuidado hicieron en mí. Me daba cuenta, por la sonrisa en mi rostro, que al hablar con ella tres meses después de todo lo ocurrido podía afirmar con rotundidad que gracias a ella y a todas las personas que estuvieron cerca, no franquee la delgada línea de abandonar este mundo para bucear en la esperanza y la paz de un cielo, arpa incluido, que me esperaba impaciente.

Me pregunto cuántas personas estarán ahora en esa difícil coyuntura, en ese terrible abismo de querer desconectar la máquina para siempre, de quererse inmolar para dejar de sufrir, de quererse marchar para dejar de padecer. Dos horas al teléfono dan para mucho. Sí, podíamos hablar de la multidimensionalidad, de la espiritualidad profunda, de lo más epidérmico o lo más insondable, de la necesidad de cambiar el mundo y de paso, a nosotros mismos. La suerte de poder conocer a personas extremadamente conscientes e inteligentes es que puedes abarcar cualquier tema que se presente, explorarlo y desnudarlo paso a paso, despacio. Si además lo consigues con una mujer joven, hermosa y elegante, una auténtica aristócrata del espíritu con la cual puedes verter una complicidad única, el diálogo y el compartir están asegurados.

Pero lo más importante de todo ha sido, más allá de nuestras notables diferencias o nuestras coincidentes rarezas, el cariño y el apoyo, el saber que está ahí y que yo estoy aquí, el apoyo mutuo y la necesidad de cooperar juntos de alguna manera cuando la amistad es, más allá de toda confusión, algo incondicional. La soledad se vuelve menos sola cuando encuentras cómplices y aliados con los que poder desnudar el alma y hablar francamente de cualquier cosa. No he querido indagar en la historia de esa mujer que desgraciadamente ha muerto cuando intentaban desahuciarla, pero estoy convencido de que si hubiera tenido la suerte de tener las amistades que en estos meses me han rodeado, no hubiera ocurrido el trágico desenlace. El apoyo de unos y de otros, los guiños sinceros, la atención, el cuidado y la constante vigilancia han sido auténticos salvavidas.

Por eso, tras esta experiencia dolorosa, no me canso de repetirlo con absoluto agradecimiento. Gracias de corazón a los que están siempre ahí, apoyando a sus amigos, a sus familiares, a sus seres queridos de forma incondicional. Gracias especialmente a los que además, alguna vez acogieron en su seno a personas que, sin conocer, quisieron ayudar. Nunca sabes, de todos los que nos rodean o están a nuestro lado, si en algún momento quisieron tirarse desde un quinto piso y una sonrisa tuya les salvó. Estemos atentos, nunca sabemos cuando el otro nos puede necesitar de verdad.

La riqueza de no tener nada


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Brasileña de origen alemán y afincada en Londres. Excesivamente bella para que pudiera ser real. Pero no tan solo por su belleza exterior, sino por su alma limpia y brillante. Miraba con atención los miles de libros que tengo aquí en este pequeño templo, repasando todas las escuelas, todas las tradiciones y filosofías que se agolpan en las estanterías. Vegana desde los quince años, había estado, por indicación de un mentor, en las selvas del Perú. Allí, en la profundidad de la Amazonía, había conocido el contacto directo con la madre naturaleza, con las tradiciones chamánicas y con la revelación del mundo más allá de las formas.

Dejó en manos de su gerente la empresa que regenta en Inglaterra y empezó a viajar. Su despertar lo inició hace cuatro años en el Camino de Santiago, lugar donde ahora se encuentra con su autocaravana, lejos de las comodidades y lujos de la capital londinense. Un sabio alquimista reveló que su alma venía de la lejana Lemuria, y ahí todo empezó a cambiar. Las sincronicidades empezaron a surgir en uno y otro lugar hasta que vio claro que su destino era dejar la vida tal y como la conocía hasta ahora para crear un centro de sanación en el Camino de Santiago.

La verdad es que escuchar su historia de vida me conmovía. Tomaba el café en pequeños sorbos para así poder saborear con detalle todo lo que contaba. Su experiencia con la muerte de pequeñita, sus múltiples vidas viajando y viviendo en diferentes países. Me doy cuenta de lo pequeñitos que somos cuando encontramos a seres con tanta vida, con tanta experiencia vital, con tan amplio horizonte, visión y plenitud en sus vidas libres.

Entiendo que empiezo a abrirme al mundo y que estas visitas empezarán a repetirse con frecuencia. He habilitado una humilde habitación para acoger a todo el que venga y así poder compartir con calma. En la Montaña era fácil. Ahora entiendo que montar una casa de acogida de libre acceso tenía un poco que ver con ese frecuente peregrinar que siempre existió en mi hermosa casa del mediodía. A veces organizaba encuentros donde venía mucha gente que acomodaba como podía en las infinitas estancias de aquella morada blanca. Ahora las comodidades en la montaña son menores, pero a pesar de mi timidez huraña, comprendo que no puedo huir de esa necesidad de contacto humano que atrae a luciérnagas que buscan sus mieles, y que aquí, en este simbólico balneario de descanso y reposo, tendré que seguir acogiendo a peregrinos del alma. No tengo mucho que ofrecer, pero algo quedará en el zurrón interior cuando no paran de llamar a la puerta para simplemente conversar, compartir y abrazar con amor y amistad.

Desde la habitación calentada por una vieja estufa, podíamos ver entre silencios como la lluvia volvía a golpear en el cristalino atardecer. Sus lágrimas golpean en el filo de la farola, creando un rítmico palpitar que desahoga agua. Los átomos se descomponen y bailan descontrolados por el azar. Pequeños animalitos se agolpan en la ventana con la esperanza de que la luz que les llega tenga algún néctar que recolectar. Los puedo contar uno a uno mientras el calor y la música enternecen los últimos rayos de sol aquí dentro. Los libros se amontonan en su soledad de un tiempo que ya no les corresponde. Las cristalinas pantallas han provocado su ocaso, excepto en esta guarida salvaguarda de algo que ya no existe.

Ella mira atenta por la ventana y ambos nos sumergimos en el bosque adyacente. Contemplamos el respirar de la naturaleza, su palpitante sabor a vida. Tiene una visión clara, un propósito definido. Busca un espacio, como el que tenemos allá arriba, en la Montaña. Queda tentada por la posibilidad de que sea allí el lugar donde proyectar su sueño. Decidimos esperar hasta la primavera porque ahora toca descansar, toca bucear en los adentros y respirar entre aledaños. No tengo nada en este instante excepto el calor y la amistad de esta tarde otoñal, y al no tener más que eso, me siento la persona más rica del mundo. Gracias querida R. por tu visita y por hacer crecer la llama de la riqueza interior.

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La fe que cierra el círculo


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Si ayer pudiste mirar tras la cortina, hoy toca caminar más allá de ella. Cuando el sol se pone y llega la noche, nos acostamos a la orilla del río, en un lecho apropiado aquí en el Balneario. Pero en cuanto se descubre la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos dedos, la vida empieza a darnos esa oportunidad única de ser felices.

Todas las tardes, y gracias a las sinceras recomendaciones de M., mi doctora preferida, -hermosa, sabia, prudente y angélica- paseo por los arrabales del río Sarria cruzándome una y otra vez con imponentes peregrinos que deambulan misericordes y ya cansados hasta Santiago. Me gusta mirar sus rostros, observar en su mirada un trozo de sus vidas, de su alma. Nos cruzamos una sonrisa necesaria, como si fuera un alimento imprescindible para seguir adelante. Mi paseo es corto, no más de una hora de ida y vuelta, pero a veces los acompaño un tramo, viendo como sus pesadas cargas se vuelven más livianas ante la presencia anónima. El alma se alimenta de pequeños gestos. Oxigenar pulmones, sonreír, caminar y siempre agradecer a la vida todo cuanto nos da y nos quita. Un ejercicio terapéutico para sanar los adentros.

Hoy el paseo, gracias a la compañía del amigo Joaquín recién llegado de Madrid, se alargó durante más de siete horas y más de treinta kilómetros. Hicimos el hermoso tramo de Samos a Sarria por un camino cargado de otoñada, y su vuelta plagada de encuentros y reencuentros. El ánimo generoso se dejó persuadir por la abundancia de vida, de color y olores que el camino ofrece en un día agradable de otoño. El amigo me hizo sentar separadamente del mundo para contemplar, desde otra perspectiva, las realidades envolventes. Con sumo cuidado me alargaba la mano de la amistad como las amarras de un buque que se yergue firme ante la marea. Desahogaba en él mi tristeza inevitable, pero también la esperanza del nuevo día y la alegría de estar a su lado. ¡¡Hemos paseado por tantos lugares juntos!! Inolvidables los viajes a Mongolia y la India e inolvidables los momentos únicos e irrepetibles en el jardín del Morya.

Pudimos hablar de amor y desamor, de geopolítica y economía, y por supuesto de aquello que más nos une, de Misterio, de fe, de magia y milagro. Es hermosa la sintonía que sentimos en tantas y tantas cosas, pero cuando tocamos de forma sutil y sublime la belleza de la vida manifestada, el sincronario interior se revoluciona hasta alcanzar el cielo. Creamos sin querer en este paseo hermoso por valles y montañas, por bosques profundos y bellos paisajes un tratado de monadología como haría el bueno de Leibniz, un discurso metafísico donde las sustancias simples se podían rozar con el aliento sincero y perpetuo.

La amistad a prueba de fuego y tiempo te hace sentir vivo, humano, acompañado en esa familia extensa que se deleita en el cuidado de los seres que amamos a pesar de las distancias que puedan separarnos. Nos hacemos mayores y vemos como ese calor compartido es el mejor regalo que nos podemos dar como seres vivos. El abrazo sincero, el paseo intenso en ese círculo que se cierra en la fe, como decía siempre inspirador el bueno de Joaquín. Es la fe la que nos permite creer en ese mundo bueno en el que soñamos y es la fe la que nos provoca la alegría de seguir adelante, practicando los caminos con gestos sinceros y amorosos. Que así sea por mucho tiempo. Así que gracias querido Joaquín por tu sincera amistad y por querer acompañar a este humilde peregrino en un momento difícil. Gracias por estar ahí, siempre. Gracias por tu fe compartida y avivada.

Foto: Con Joaquín pasando el día en el Camino de Santiago y celebrando más de diez años de amistad. Si queréis conocer a un gran hombre y mejor persona dará una conferencia en Madrid que no tendrá desperdicio:  

http://espacioronda.com/event/conferencia-publica-la-fe-que-cierra-el-circulo/

 

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El ágora con puentes de oro y plata


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Desde hace tres meses no pongo el despertador. Hacía años que no sentía la libertad de seguir los ritmos de la vida. Los primeros dos meses, debido a mi estado anímico y emocional, dormía bien poco. Solía despertarme puntual a las tres o a las cuatro. Podía estar con los ojos abiertos durante horas sin ver nada, solo dando vueltas en la cama, regodeándome en el dolor y sufriendo nocturnamente la soledad de una cama vacía. Desde hace dos semanas he recuperado la normalidad onírica. Me despierto a cualquier hora, a veces a las siete, otras a las nueve y otras simplemente alargo la horizontalidad el tiempo que mi cuerpo perezoso me lo indique.

Es una forma de sanación. Dar al cuerpo lo que pide tras años de exigencias extremas. Noto que este tipo de vida es seductor. La soledad, la falta de horarios, el tiempo que se acumula para poder administrarlo como uno quiera sin mayores obligaciones que las que yo mismo me imponga. Estar convaleciente, aunque sea por una enfermedad emocional como puede ser un duelo desgarrador, es algo hermoso.

Tras una pequeña meditación matutina me esfuerzo por seguir cierta rutina. Ir al baño, afeitarme, ducharme, desayunar algo y luego trabajar en la editorial hasta que el hambre me obliga a volver a la cocina. Por las tardes, y gracias a la ayuda de D., he acomodado un espacio al que llamo ágora. No es exactamente un ágora para la discusión y la dialéctica, sino un espacio para la meditación silenciosa, para el compartir y para crear la arquitectura de lo que será mi próximo futuro. Lo que antes era un almacén de libros ahora se ha convertido en un pequeño rincón de lectura, de escritura y de compartir. Una especie de diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, como diría Galileo, pero siguiendo las posturas del neófito Sagredo, es decir, viviendo y experimentando desde la visión neutral de quien busca la verdad sin aferrarse a ningún dogma o creencia. Simplemente observo atento y discrimino silencioso, sinuoso, tranquilo. Ya no hay prisa por nada. Absolutamente por nada, excepto por vivir.

Con D. pude estrenar el espacio mientras mirábamos en los mapas donde viajar durante siete días, sin pausa, por esta ancha Galicia. Al final la comodidad del lugar nos llevó a franquear incluso las fronteras más meridionales. Con B. pudimos abrazarnos, compartir, reír, imaginar hasta altas horas e incluso celebrar su revolución solar con dos velas simbólicas en una noche especial y mágica improvisando un pastel de cumpleaños a base de frutos secos. Con M. he podido compartir inquietudes sobre los próximos devenires utópicos y especialmente sobre la fortaleza inamovible de seguir adelante. Y mañana tocará compartir con J., y en unos días con la amiga X. y en otros con M. y con A, que vienen de muy lejos para abrazarnos y compartir… He pasado del silencio más absoluto al discurrir peregrino de almas que pasan, te abrazan y se van hacia su propio septentrión, pero siempre dejando esa sensación amable de cercanía, cariño y amor.

Si, un pequeño lugar donde reposar, pero también una pequeña plaza pública donde volver al contacto humano, esta vez seleccionado, medido, oportuno, sin avalanchas y sin necesidad de que nadie desee vampirizar una emoción o un pensamiento. Solo compartir, desde la amistad, el amor y el cariño con suma delicadeza. Me doy cuenta de la riqueza de poseer tantos y tantos amigos que están ahí, en lo bueno y en lo malo, que no huyen cuando las cosas se complican y que permanecen fieles e inamovibles a pesar del temporal. A los que huyen, como dice mi querida D., puente de plata. Y a los que regresan una y otra vez, la compensación de la eterna amistad, del oro del verdadero sentido del amor y el cariño. Un tesoro, el mayor de todos, que no todos aprecian.

(Foto: Pequeño rincón donde compartir. Antes un almacén de libros, ahora un lugar mágico con olor a libros, incienso y amistad. Si tu imaginación te lo permite y puedes oler el incienso y ver más allá de la forma, mira tras la cortina. Allí, una oleada de peregrinos libres deambulan con sus pasos errantes hacia su destino. El Camino espera tras la cortina). 

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