Vida Oculta


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“Que el bien siga creciendo en el mundo depende en parte de actos no históricos; y que las cosas no vayan tan mal entre nosotros como podría haber sido se debe en parte a aquellos que vivieron fielmente una vida oculta y descansan en tumbas que nadie visita”. Mary Ann Evans

Uno. Tras un día intenso y bello de compartir con almas de elevada inteligencia y profundidad, me acuesto tarde, intentando digerir la exégesis de ese día. La cabaña acoge silenciosa. Su misión es clara: dar calor, cobijo, seguridad. Tenía mucho trabajo atrasado e iba deslizando uno a uno cada pensamiento para ordenarlos en esquemas, en posibilidades reales. Dormí algo y a las seis de la mañana ya estaba en pie, dispuesto a enfrentar el viaje. Cansado pero feliz.

Dos. La recojo en la oficina. Podía aprovechar para ver a la familia y descansar unos días de la dureza que a veces la soledad envuelve a ese hermoso balneario. Hablamos tímidamente de algunas cosas. Me encantan sus profundos ojos verdes. Tiene mirada tierna, amable. Me gusta echar una mano siempre que puedo, así que la acompaño hasta el sur de la ciudad, aunque yo debía antes ir al centro y luego al norte. Me desvío, voy corriendo hasta el centro, mal aparco el coche, cojo la caja de libros, subo corriendo a esa hermosa casa, abrazo, dispensa, corro hacia el lavabo, había alguien más en la habitación, saludo, me despido de los libros que viajarán esta semana a República Dominica y de su hermosa y generosa autora a la que amo en la complicidad fraternal.

Tres. Salgo tranquilo hacia el norte de la ciudad, hasta el hermoso Jardín del Morya. Me gusta llamarlo así porque me recuerda a esa vibración. Llego puntual tras seis horas de conducción. Ella ha preparado una rica y suculenta comida que compartimos mientras nos ponemos al día de todos los últimos avatares. Me siento como en casa, me siento en familia. Tras la sobremesa nos vamos al cine. Somos incondicionales de Malick y me gusta ver sus películas con el jardinero del Morya. Me doy cuenta de que amo a ese hombre, y a su familia, con ese amor fraternal que uno siente ante la presencia de los suyos. La película no defrauda. Me siento muy identificado por el guiño a los objetores de conciencia. Fui uno de ellos. Cuatro años en caza y captura. Eran otros tiempos. También eran otros tiempos de mucha oscuridad los de Franz Jägerstätter, ese objetor de conciencia con los que muchos nos identificamos. La película de Malick es una obra maestra, y merece la pena recordar la necesidad de contemplar con detalle la vida en toda su amplitud, en todo su maravilloso sacrificio para que la luz venza siempre a la oscuridad. Tras la película y la emoción, por la mañana temprano, al alba, fuimos a pasear a la Casa de Campo. Allí nos cruzamos con conejos, pajarillos del bosque y ya amaneciendo, con el Presidente. Fue emotivo saludarlo mientras paseaba bien acompañado por un amigo y sus pertinentes escoltas. Luego pasamos los tres la mañana juntos, cada uno tejiendo su mundo, pero acompañados, felices, en paz, en pequeña comunidad, “porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Esto es misterioso y poco entendido. Pero si te abres a esa experiencia, puedes vivificar su metanoia profunda.

Cuatro. La mañana pasó rápida y tuve que marchar de nuevo al centro de la gran ciudad. Llegué puntual a la cita y tuvimos tiempo de charlar sobre lo humano y lo divino. Cominos algo en la antigua escuela libre. Me gustó mucho la charla que discurría sobre la invisibilidad, sobre el dejar pasar la luz de forma diamantina, no brillando como un dorado sol, sino siendo transparentes. Compasión, regeneración, propósito, misión ineludible. Tras la comida, a las cuatro éramos cuatro. Reinó el silencio. Meditamos, construyendo un egregor que algún día, inevitablemente, deberá hablar y decirnos algo. Algo une de forma invisible a las almas que se reconocen como iguales. Algo ocurre en los planos intangibles para que las cosas ocurran según el trazo arquitectónico, arquetípico, ejemplar. Hay mucha sed en en el mundo y pocas las fuentes. Hay que seguir intentándolo, una y otra vez. Meditar, silencio, manifestación, presencia, contemplación.

Tres. Cenamos. Disfruto de estas cenas en familia. Soy acogido con cariño y disfruto de todas esas familias que tenemos de forma discreta, oculta. No podemos explicarlo todo, a veces hay que decir las cosas con velos y de forma especial, delicada, hermosa, poética. Uno se siente feliz. La fragilidad compartida siempre fortalece. Quedo agradecido y con ganas de seguir explorando y aprendiendo. Compartir es el principio que rige todo el universo. Nada en la vida tiene sentido si no es compartiendo. Podremos ser más o menos tímidos, más o menos alegres, más o menos osados y atrevidos. Pero siempre debemos compartir. Si lo hacemos, entramos en el río de la vida y todo fluye. El agua siempre busca salidas, se decía. El agua debe correr inevitablemente. Si se siente la llamada es porque alguien llama al otro lado. Hay que escuchar la llamada y atenderla. Luego esperar. Fuerza y energía.

Dos. Mañana, tras otra reunión, tocará viaje. Seremos dos a la vuelta, igual que a la ida. Sus ojos verdes son bellos, también su paz. No se puede juzgar, no vale la pena, solo maravillarnos de la belleza de la vida, de su gracia, de su espontaneidad.

Uno. Mañana, seguramente de madrugada, de nuevo soledad. De nuevo vida oculta, anónima, invisible, diamantina.

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Imbolc


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Triángulo fundacional de la futura Escuela

Sabemos que los rituales son importantes. Generan un clima apropiado para interaccionar con las fuerzas sobrenaturales. Se hizo un pequeño ritual y se creó un triángulo en la base de la futura Escuela. Hoy me sorprendió ver una fotografía antigua de sus inicios, creados por la tejedora de palabras junto a una amiga.

A pesar de la importancia del ritual y la celebración posterior, nuestra forma de festejar la fiesta celta de Imbolc ha sido sentados en la hierba, desgranando ocurrencias frente al prado verde y disfrutando de esta extraña primavera en pleno invierno. La tejedora de palabras recurre a universos simbólicos nada ordinarios para describir la realidad. Me gusta su visión de las cosas, su absoluto desapego hacia cualquier elemento que constituya alguna piedra en la construcción de lo ordinario. Su elegancia vespertina produce vértigo. Escucharla es como trasladar la psique a otro modo de entender la realidad, más impregnada por el argumento mágico de que todo es posible, inclusive el poder celebrar una fiesta sin hacer nada, excepto mirar al horizonte.

Como ni ella ni yo somos muy festivos, nos limitábamos a compartir cualquier momento. Me gusta esa confianza de no tener que hacer nada, de no tener que demostrar nada, de relajarse frente a un prado tan verde aquí en el norte y disfrutar de las miríadas de elementos y elementales que la propia imaginación adivina. Nuestra falta de apetito hacia lo banal es mutuo, así que podríamos pasar una eternidad sin necesitar nada, sin esperar nada a cambio excepto bucear en la contemplación, en el misterio.

No tenemos ningún éxito que celebrar. No alardeamos de ninguna conquista. Ambos somos monjes mendicantes, ambos seguimos bajo los votos de pobreza, obediencia y castidad. Ambos abrazamos la regla de oro, y subliminamos el llanto amoroso a la propia inquietud existencial. De alguna forma necesitaba verla a modo de tener un aliado cerca. El viernes de nuevo recibí una mala noticia que se suma a la tragicomedia en la que ando metido desde hace unos meses y sentía la necesidad de compartir la inquietud de este tiempo con alguien de confianza. Así que me agarré a su invitación como un clavo ardiendo, saboreando la oportunidad de sentir la alianza de los mudos.

Esta vez me tomé la noticia como un reto. No quise arrastrarme hacia ninguna parte. La miré impasible, a sabiendas de que era una prueba más en el camino y a la que debía hacer frente con fuerza y valentía. Pienso, ahora con mucho desapego, que este tipo de proyectos está lleno de retos. Especialmente cuando la visión es fuerte pero los medios materiales son pocos o ninguno. Ahora entiendo que necesitaré mayor fortaleza para el próximo ciclo que se avecina. Ahora entiendo que este primer septenario solo ha sido un ciclo de pruebas para fortalecer con endereza lo que ha de venir.

Por eso me sentó bien pasar la tarde con una buena amiga a la que estimo profundamente. Ahora sabemos, tras las pruebas sufridas, que nuestra amistad nace del lazo místico, y que desde allí, no nos queda otro remedio que colaborar mutuamente en cualquier empresa. Es esa sensación que uno siente cuando se encuentra con su familia etérica. Hay elementos en la vida que se unen para, juntando visiones, tener un mayor panorama de todo cuanto ocurre en este misterio cósmico. Sólo nos queda averiguar de qué forma ser útiles a la causa mayor que siempre abrazamos, vida tras vida.

Celebrar el punto medio entre el solsticio de invierno y el equinoccio de primavera con buena compañía es un regalo. El Sol alcanzaba hoy quince grados en Acuario, y se podría decir que el mundo de la fertilidad empieza a prepararse para la primavera. No se esperan grandes cosechas para este año, pero como siempre ocurre, seguiremos sembrando hasta que llegue el buen tiempo. Los vientos que arrecian, seguiremos soportándolos con endereza, con fortaleza, desde la virtud.

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Una noche en el monte pelado junto al caballero de la rosa


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© Loscar Numael

“Hemos nacido el uno para el otro, y estamos seguros de hacer grandes cosas juntos”. Strauss a Hofmannsthal

Chaikovski siempre en su drama cósmico. Mussorgsky, tenebroso y vehemente. Strauss, sin embargo, ilustra su pasión volcánica con los sonidos fogosos de las trompas. Eso nos dice el crítico. Hubo tres momentos de emoción, de comunión entre los maderos con cuerdas, las traveseras, los tambores, los instrumentos a decenas que embriagaban la gran sala del Auditorio Nacional, la sala sinfónica. Ya no recuerdo la última vez que fui a un concierto. Iba con la baronesa, con su chófer y la corte de diplomáticos que se reunían de vez en cuando para disfrutar de acordes y sintonías, de movimientos culturales y pictóricos que el glamour selecciona cuidadosamente. Disfrutaba de aquellas veladas, de igual forma que lo hacía en los arrayanes de la pobreza buceando en los sonidos que la naturaleza provocaba dentro. El sonido es sagrado, pero cuando es acorde con el mundo angélico, se vuelve pura magia. Un concierto es como el grito de un arcángel que se alegra al ver pasar a lo humano con deseos de entender ese enigmático idioma que es la música.

¿Quién puede entender algo tan milagroso? ¿No es un milagro que de la madera de un ébano o un joven abeto puedan surgir esos sonidos? ¿Y qué tienen que decir esos metales que danzan unísonos para expresar la vehemencia del trono celeste? Uno no entiende la música hasta que no se convierte en música. Lo decían sobre el Camino y la Senda, pero sirve de igual manera para la aventura de derretir el alma en las olas sempiternas de la melodía. La vida siempre nos habla en clave de fa, y a partir de ahí, surge lo milagroso.

Todo eso después de un día intenso que empezaba al alba, a eso de las seis, cuando ya a esa hora construía en mi raciocinio imágenes de despertar. Soplaba una sutil brisa que se colaba entre las mantas. Desperté y entendí el frescor. Nada me tapaba excepto el deseo de sentirme seguro y a salvo. Desayuné temprano en familia, con la excelencia de esos anfitriones que te miran con dulzura. Uno se siente en familia cuando te invitan hasta las profundidades de cualquier cocina y tienes la capacidad de abrir cualquier cajón o frigorífico en búsqueda de alimento. Sentí el milagro y la utopía material de ese mundo. Abres un grifo y sale agua. Abres la nevera y está llena de alimentos de mil colores. El calor salía de esos tubos sinfónicos cargados de agua hirviendo. ¿Cómo no podemos verlo? La utopía material existe, y en la ciudad, por más que nos cueste apreciarlo, es una realidad. Gratitud, solo puede uno sentir gratitud por cada pequeño esfuerzo humano que nos ha llevado hasta los albores del paraíso. Gratitud, solo gratitud.

Por ello me sentí agradecido de poder disfrutar de esos placeres tan habituales en el mundo civilizado y tan extraordinarios cuando vives próximo a la naturaleza. La poesía de lo sencillo, de lo cotidiano, lo maravilloso de la vida buena que surge del placer de las cosas más simples. ¡Lástima de no tener tiempo para ver la vida de esa forma dulce a veces, doliente otras, pero siempre magnífica! Lástima de ese tiempo que se va y no es capaz de volvernos humildes y agradecidos, viviendo a veces en las marañas del orgullo ingrato y la insensatez del egoísmo extremo. ¡Ay si pudiéramos ver toda esa riqueza!

Y luego la meditación. No sólo se medita en los bosques, en escondidas y remotas ermitas abandonadas con algún aroma de incienso. También en lugares perdidos de la gran ciudad hay personas, seres, caballeros de la rosa y príncipes del bien que se arrodillan humildemente ante la inmensidad y entran en silencio. “Soy afortunado”, me decía mientras cerraba los ojos en compañía de ese hermoso aristócrata que arde entre el aroma de una rosa y bulle de pasión ante la presencia siempre imponente de una cruz perfectamente alineada. Encendimos la luz tibia de la vela, para adentrarnos silentes en lo mistérico. Allí tiembla la voz, allí todo se arremolina entre susurros provenientes de planetas y universos. Allí todo es paz y calma.

Y tras el silencio el trabajo. No daba crédito cuando ordenaba en un portafolios tan virtual como la sutil firmeza de lo etérico, un acontecimiento tan importante como la implantación, diría que cósmica, de una piedra angular. Imaginaba la piedra cúbica, pulida, símbolo de la virtud y la perfección de todo cuanto existe soportando el peso de la gran obra, de la escuela futura. Disfrutaba con esa imagen y sus símbolos, siempre ancestrales, encomendados a la visionaria misión de sellar la puerta donde se halla el mal y abrir para siempre la puerta del bien, de la luz, de la misericordia. Faltan manos, me decía, faltan muchas manos para poder obrar el bien, para entregarnos abiertos a la bondad, a la virtud, al poderoso ciclo de la luz. Faltan manos, me repito una y otra vez.

Corriendo y deprisa por las calles de la gran ciudad llegué puntual a la cita. Comida a tres en la casa de la tejedora de coronas. Amplitud de almas en familia, en comunión. Triada necesaria, símbolo de hermandad y plenitud. Felicidad por estar con esa familia amplia que te abraza el alma y suspira anhelando el mundo bueno. Agradecido por todos los apoyos sufridos, por todas las visiones compartidas, por todas las vidas compartidas, porque no fueron una o dos, fueron cientos, quizás miles, de ahí el reconocimiento abierto, sin filtros, sin fisuras. Y vendrán más, irremediablemente. Y allí estaremos de nuevo, intentando una y otra vez trabajar para el mismo amo, para el mismo señor.

Y luego, antes del viaje de vuelta, el concierto, con la Frankfurt Radio Symphony, con el virtuoso y jovencísimo Fumiaki Miura. Con Mussorgsky, Chaikovski y Strauss. Una noche en el monte pelado junto al caballero de la rosa. Gracias caballero por tan inesperado regalo, por tan generosa visión, por tan bello compartir, por tan ingeniosa aventura. Gracias por esas manos generosas y ese necesario paracaídas que no esperaba, pero que se abrió de repente en los cielos, en caída libre.

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Los viejos creyentes


Agafia Lykova nació en la taiga, en el más remoto bosque boreal ruso, en una tina de pino ahuecada en el año 7453 desde la creación del mundo, según la antigua cronología. Sus antepasados eran viejos creyentes, aquellos cristianos ortodoxos partidarios de la vieja liturgia que no aceptaron la reforma de Nikon en 1654. Debido a que fueron  perseguidos, muchos de ellos se refugiaron y aislaron en lugares remotos. Hoy conocía la historia de Agafia que aquí comparto.

Conocí no hace mucho a alguien que de alguna forma me recuerda a Agafia. No sé muy bien cómo llegó, pero una fría noche de invierno caminó desde su casa hasta aquí, se equivocó de camino y terminó pasando una de las noches más frías del año medio congelada a pocos kilómetros de nuestra casa. Bella, elegante, totalmente extraterrestre e inteligente, quizás una de las mujeres más inteligentes que he conocido. Hablar doce idiomas es solo una anécdota. Vivir como una auténtica anacoreta posmoderna, sin dinero, sin recursos y sin prácticamente nada es solo una forma de vida extinta, pero valiosa en sí misma, muy parecida a la de los viejos creyentes, muy parecida a la de Agafia.

Puedo decir que una vez me salvó la vida. Cada vez que la recuerdo imagino un pozo oscuro y una mano, la suya, que me sustrajo de una muerte segura. Tuve la suerte de viajar a Israel con ella y fue uno de los viajes más fascinantes que recuerdo. Intenté enseñarle el oficio de editor pero su libertad siempre fue irreductible. En una feria del libro en el sur de la península, sin dinero, sin nada, decidió desaparecer. No supe de ella en mucho tiempo. Estuvo más de tres meses viviendo en bosques, en caminos, mendigando comida, malviviendo, pero libre.

Hoy, tras meses sin verla vino a verme. Estaba muy cambiada. Algo más delgada y demacrada. Tuvimos un buen rato de charla, comimos algo y se marchó. Me gustó verla con su nueva vida, con su luz hermosa y enraizada algo más a la tierra. Sentí alegría por ella, y un gran desapego por mi parte.

Siento compasión por Agafia, por todas las Agafias del mundo. Me imaginaba a mí mismo con setenta años, aquí en la cabaña, con algún gato, mirando el cielo, esperando ver algún rayo de sol. Como un viejo creyente escondido en los bosques, rezando con fe y esperanza ante el advenimiento final mientras busco en los entresijos de la vida una fina hebra.

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Gracias de corazón por vuestro ánimo


Ánimo viene de alma. Aunque aquí en nuestra realidad parcelemos el alma, el gran espíritu es uno y se manifiesta en una unidad invisible que soporta todas sus manifestaciones. La realidad es una, y llega distorsionada a nuestra realidad particular. O mejor dicho, la distorsionamos y parcelamos con nuestra mirada.

Por eso cuando esta mañana recibía el apoyo y el amor incondicional de todos estos amigos, de todas estas almas bonitas que ayer no pararon de llamar y escribir para darme ánimos, sentí interiormente esa verdad de unidad. No estamos solos, no estamos caminando en un desierto. Si alzamos la mirada, ahí están todas las luminarias que forman parte de nuestro cuerpo invisible, de nuestra memoria colectiva. Por eso esta mañana lloraba de emoción al contemplar ese reconocimiento grupal, al comprobar que cuando pones la energía del amor al servicio de los demás, lo único que estás haciendo es reconocer esa unidad, abrazar esa fe de pertenecer a algo mayor, más grande, más poderoso, más universal.

Me quedaría corto si tuviera que agradecer uno a uno todas las muestras de cariño recibidas en estos tiempos complejos. Cuando no desfalleces ante la adversidad, cuando intentas amar a tus enemigos incondicionalmente, inclusive apoyándoles en sus causas y alentando sus vidas, comprendes que todo son pequeñas parcelas de nuestra mente pero que en el halo invisible viven y conviven en la unidad del espíritu.

Por eso en el amor en acción, en la generosidad infinita de unos sobre otros, se manifiesta siempre lo milagroso. Eso no es más que reconocer aquello que realmente somos, aquello que nos une y aquello a lo que aspiramos con fuerza en nuestras vidas presentes y futuras. La unidad de la humanidad no es más que sentir el aliento común, el pasajero palpitar de todos los corazones unidos en una sola música, en un concierto global que desea, en lo más profundo de todo, abrazar al otro, amar al otro, responder a la mirada infinita del otro.

Ese es el misterio de cuanto ocurre de verdad. Entenderlo y abrazarlo es la tarea más ardua que se nos ha dado. Poder amar, abrazar al otro incondicionalmente, sea quien sea, venga de donde venga, es el reto de este proyecto que entre todos estamos levantando. Es ahí donde comprendemos, ante la sorpresa del nuevo día, que el trabajo real del ser humano es abrir su corazón al diferente y respetarlo tal y como es. Por eso amo a los que en estos días, meses y años me han puesto difícil esa tarea. Son ellos los que nos conducen con sus pruebas a la mayor de las incondicionalidades. Son ellos, sin darse cuenta, los que ayudan a comprender que a pesar de nuestros errores, de nuestras infinitas pruebas, solo nos queda amar.

Gracias de corazón por vuestro ánimo amigos. Soy otro tú, y por ello os abrazo agradecido con la esperanza de un nuevo día, con la voluntad de continuar, cueste lo que cueste, levantando en el mundo nuevas utopías… Gracias por ese ejército de luminarias que lo hace posible…

Gracias especialmente a Marian y a María por su amor infinito y por la idea del video. Y a todos los que han participado en el mismo, mi mayor reconocimiento y gratitud.

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Satisfecho y en paz


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Con mis queridos Antonio y Manuel Jesús en un rato de frío y risas

En 2011 pasaron muchas cosas. Recuerdo que estaba en República Dominicana y desde el otro lado del mundo recibía unos hermosos mensajes de amor. Hoy, de forma casual, aparecieron y los leía con cierta alegría interior. Cuando en la vida encuentras a personas que te quieren y te tratan con cariño, dulzura y amor, te sientes agradecido y te sientes realmente vivo, en sintonía con todo lo que ocurre. Como ayer, que vinieron dos amigos desde muy lejos sólo para pasar un rato de frío en la feria con este menda.

Pudimos reír y celebrar en el banquete de la amistad la necesaria oportunidad de amar y ser amados. Qué puede quedarnos si no esa experiencia de amor, de relación, de amistad. A veces miro todo el pasado y siento cierta nostalgia. Como cuando hoy recordaba aquellas largas veladas mientras veíamos “Doctor en Alaska” en aquellos años pletóricos de vida. Ahora el tiempo pasa, y todo lo observo con cierta paz de la misma forma que deseo interiormente seguir exprimiendo cada segundo de existencia, fracaso tras fracaso, éxito tras éxito, dolor tras dolor, alegría tras alegría.

Hoy cerraba la persiana de la feria. Han sido diez días intensos. Materialmente sin ganancia, pero me llevo hermosos recuerdos y preciosas reflexiones entre amigos y libros. Al llegar a la Montaña de los Ángeles, a esta hermosa sierra plagada de leyendas, he sentido cierto abatimiento y cansancio. Si hubiera tenido fuerzas, hubiera seguido la ruta hacia el septentrión. Pero toca descansar un poco, revisar lo acontecido y seguir pronto el viaje, el Camino. No hay descanso, no hay tregua. Nuevas aventuras esperan, nuevos retos, nuevas avenidas donde atravesar curioso, con deseos de seguir experimentando la fuerza esencial de esta oportunidad que estamos viviendo. Es duro, no hay pausa, no hay descanso, pero debemos estar agradecidos. Agradecidos por todas esas personas que pasaron por nuestras vidas. Por aquellas que quedaron y por aquellas otras que se fueron. También agradecido, como hoy, por aquellas que de forma tímida vuelven y te saludan y te hacen recordar viejos tiempos.

Esta noche dormiré tranquilo, en paz. Ahora sé que pase lo que pase, hice lo que pude, sin mayores cuestiones. Cuando remiraba uno a uno todos los libros escritos, todos los prólogos o capítulos en los que participaba sentía cierta satisfacción interior. Ya hace años que no escribo nada, a pesar de que tengo algún otro libro ya casi terminado. Pero los días se suceden tan rápidos que sólo hay oportunidad de hacer lo que se pueda. Así que me marcho satisfecho, porque hice lo que pude, y el mundo sigue girando. Ya se terminaron las prisas y las exigencias por llegar a ninguna parte. Ahora la vida, calma, se derrama con la frecuencia necesaria, con la cadencia oportuna. Y ahí, esperando, los amigos. Gracias a todos por haber compartido este trozo de vida. Gracias por estar ahí, en lo bueno y en lo malo.

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Caminos y encomiendas. La importancia de los espacios sagrados



Siempre sentí una especial devoción y admiración por mi querida María. Una mujer entera, sensible, profunda, además de inteligente y libre, muy libre. Aún recuerdo nuestro primer encuentro en Malasaña, en el tristemente desaparecido café Ruíz, un lugar emblemático, al mismo tiempo que hacía las veces de oficina cuando vivía en aquel pequeño zulo y los espacios de coworking no estaban aún de moda. La excusa del encuentro era hablar sobre comunidades, yo como supuesto experto en el tema tras años investigando las utopías de nuestro tiempo y ella como promotora de una fundación interesada en crear un proyecto de comunidad de vida. Esa era la excusa, pero detrás de todo ese escenario había algo profundo, algo que en ese momento ni siquiera podíamos imaginar.

Lo que ocurrió después forma parte de la magia, o diría que de lo milagroso. Los caminos se volvieron a entrecruzar una y otra vez en diferentes lugares y nuestras vidas se unieron para siempre cuando decidimos atender a los llamados de lo sagrado y nos pusimos manos a la obra, a veces de forma torpe, a veces de forma ingenua, para crear la encomienda de O Couso. A pesar de las dificultades, nos convertimos en custodios y preceptores de aquel lugar, en devotos vigilantes de ese espíritu que pretendía de nuevo proteger los espacios sagrados y ayudar a los peregrinos del alma en su tránsito y caminar. Es cierto, habían cambiado los escenarios, los tiempos y las excusas, pero la esencia seguía siendo la misma. Como si nada hubiera cambiado en miles de años.

El llamado era claro. La misión, como aquellos antiguos franciscanos que se adentraban en la selva para evangelizar al mundo, tenía su propia paradoja. Cómo adentrarnos en la luz en un mundo tan aparentemente oscuro. Cómo seguir los pasos de aquellos que durante tanto tiempo habían infringido las reglas comunes para adentrarse en la selva humana, herejía tras herejía. ¡Cuantas pruebas nos aguardaban! ¡Cuántas tentaciones nos esperaban para abandonar el camino y sucumbir plácidamente a otros menesteres que abortaran el proyecto común!

La importancia de crear espacios sagrados lo explica muy bien María, cofundadora del Proyecto O Couso, en este video que comparte. No se trata de espacios físicos, sino de espacios de silencio y encuentro con lo que más amamos. Los espacios físicos, las encomiendas, solo son testimonios, símbolos necesarios que pueden servir de guía en el camino. Lugares como O Couso solo pretende ser eso, un arquetipo manifestado que nos pueda guiar hacia los adentros, hacia la compleja esencia de lo que somos y así luego poder desarrollar esa complejidad en nuestras vidas cotidianas, en nuestra familia, con nuestros hijos, con nuestra familia y amigos, con nuestras parejas, en nuestros trabajos y lugar de actividad ordinaria.

Gracias María por tu luz y guía y gracias por recordarnos la importancia de seguir adelante, pase lo que pase. Gracias de corazón por compartir tu vida, con la Vida. Seguiremos, halo tras halo, conquistando lugares para consagrarlos a la Gloria de la Gran Obra.

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