¿Y si volviéramos a empezar?


 

© Gavin Dunbar
© Gavin Dunbar

 

Estoy rozando los cincuenta y puedo decir que a nivel personal, he logrado casi todos los éxitos que me había marcado en la adolescencia. Podría pensar que ya estoy disfrutando de una pronta jubilación y que estoy haciendo acopio de todo lo sembrado. Es cierto que uno siempre puede aspirar a más, pero a veces, lo inteligente es aspirar a menos. Para algunos esto podría ser síntoma de fracaso, o de fin de trayecto. Sin embargo, para mí es como volver a empezar desde otra base, desde otra ética, desde otra posición privilegiada, desde una generosidad diferente.

Leía hoy a alguien que decía que “hay que hacer buenos amigos, mantenerlos por el resto de la vida, y que sean personas a las que admiras y te agradan “. Esta mañana salía temprano de casa de una amiga que me agrada y a la que admiro profundamente. Es una de esas personas originales, difíciles de encontrar y más difícil aún de conocer. Tuve la suerte de poder entrar en su vida de forma sigilosa y admirar toda su existencia. Exteriormente pocos pueden entender su forma de vida, pero como decía, siento una profunda admiración por lo que es y representa.

Antes de coger la moto y volver a mi pequeño paraíso por la mañana temprano le mostraba con una sonrisa abierta ese agradecimiento. Me hizo una bonita foto junto al vehículo, una foto que no se puede mostrar por su incalculable valor, pero que representaba de alguna manera el amanecer brillante de esa sensación de que siempre se puede volver a empezar. Hacía seis grados de temperatura en todo el trayecto de casi cien kilómetros de un lado a otro, pero disfrutaba alegre de las vistas, de la niebla junto al río Miño y de los frondosos bosques que rodeaban todo el recorrido.

Esta semana es motivadora. Cuando hueles a septiembre, inevitablemente las neuronas se conjugan para retraerte a esos inicios de clase, a esa aventura de volver a empezar un ciclo con nuevos amigos, con nuevos relatos, con nuevas aventuras. Son momentos de contar como nos ha ido el verano, qué hicimos y cuales fueron los amores que vinieron y se fueron. Es tiempo de cierta nostalgia pero también es tiempo de volver a empezar.

Y uno puede empezar de nuevo a los cincuenta o a los sesenta o a los setenta o incluso a los ochenta. Siempre que se tenga ganas y motivación uno puede transmitir de nuevo ese entusiasmo por la vida. Debo admitir que durante unas semanas he tenido dudas sobre casi todo. Sentía cierta nostalgia y ganas de descansar de todos los avatares. Pero de repente, empiezan las campanadas de septiembre y uno se reactiva, se llena de vida y vigor, se expande interiormente. Es algo propio del otoño. Una especie de energía extra que nos prepara pacientemente para soportar el largo y frío invierno.

Uno se va haciendo mayor, y los amigos cada vez van siendo menos. Pero observo que los que quedan son verdaderos, y además, observo con cierta alegría interior que los que hay me agradan y admiro. Aprendo de ellos, son mejores que yo y por lo tanto siempre una fuente de aprendizaje. Me enseñan a ser pacientes, a ser austero, algo más social y amable. Me enseñan a bucear en la vida sencilla o a amar con pasión aquello que hago. También a hacer las cosas bien, aún a pesar de que uno siempre se equivoca. Me enseñan a ser mejor persona y a ver en la vida un verdadero significado profundo. Me enseñan a mirar desde mi ventana el misterio que rodea todo lo que vivimos y acontece. Ese misterio me recuerda que hoy puede ser un buen día para caminar de nuevo.

Sí, mañana es septiembre queridos. Así que quizás pueda ser un buen momento para volver a empezar. No importa la edad, no importa hacia dónde dirijamos nuestros pasos. Volver a empezar es la esperanza sobre el mañana, la alegría conmovedora de sentirnos vivos, la admiración secreta por la vida. No perdamos tiempo, aún podemos volver a empezar, aún podemos sentir el viento gélido en nuestro rostro mientras surcamos las nuevas veredas.

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 Encuentros Eleusinos. Hablemos de milenarismo, desde Segovia

 Encuentros Eleusinos. Hablemos de milenarismo, desde Segovia

 

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Vistas desde mi habitación en la Casa de Espiritualidad de Segovia, con su impresionante acueducto en casi primera línea

La frase célebre de Fernando Arrabal en aquel también célebre programa de Fernando Sánchez Dragó caló en la memoria de muchas personas. Un Fernando Arrabal provocador, sincero y borracho ponía patas arriba el plató de televisión ante un Dragó comedido y formal que pretendía conducir el programa con cierta dosis de heroísmo. Los jóvenes que en aquella época veíamos a contertulios cultos y extraordinarios en muchos sentidos sentíamos cierta envidia intelectual. Quién me iba a decir a mí que años más tarde editaría al primero y me sentaría en una misma mesa con el segundo para hablar precisamente, y aquí está la sorpresa del asunto, sobre milenarismo.

Esta mañana, entre tinieblas y oscuridad, salíamos temprano hacia tierras de la Alcarria. La idea era aprovechar mi viaje hacia Segovia y desviarme para llevar a una joven postulante hacia su futuro hogar: el monasterio de Buenafuente, en la provincia de Guadalajara. El viaje, en silencio, fue precioso en cuanto a paisajes. Especialmente el trayecto entre la sierra de Guadalajara y Segovia, ya en solitario, admirando cada orografía como si fuera única e irrepetible. Algunos lugares me sonaban de viajes anteriores, como los paisajes de Sigüenza y Atienza, con sus espectaculares castillos, o la propia Alcarria, ahora tan añorada y que tantas veces visité en tiempos que ahora me parecen remotos.

A pesar de la larga distancia entre Galicia y el remoto monasterio, y de ahí a Segovia, llegué puntual a la cita en la Casa de Espiritualidad. Estaban los amables Sara y Javier organizando de forma dantesca un encuentro en plena pandemia. Hacía tiempo que no los veía y de alguna forma me alegró la añoranza del reencuentro. Y también Fernando, ya cambiado por el paso del tiempo, pero tan vital como siempre.

Los encuentros Eleusinos que esta hermosa triada organiza todos los años, ya van por el XXX, intentan emular en nuestro tiempo el encuentro con la gnosis, con los sabios y con la sabiduría perenne que atraviesa y sobrevive. La verdad es que estoy sinceramente agradecido a la invitación para poder mañana dar mi particular visión sobre el milenarismo, el final de los tiempos y el Apocalipsis que este momento de pandemia parece estar demostrando. Mi opinión al respecto es un poco peculiar, y espero que mañana no me echen, como buen hereje, de la sala donde impartiré dicha opinión. Como soy un auténtico aguafiestas provocador y siempre que me invitan a algún tipo de acto público termino metiendo la pata, espero que entre máscara y máscara todo pase desapercibido y vuelva pronto al recogimiento y a la ataraxia donde vivo.

En fin, espero, pase lo que pase, poder divertirme, disfrutar de la compañía de Fernando, que hacía tiempo que no veía, casi desde que éramos vecinos, el mi casero y yo su inquilino, en ese añorado barrio de Malasaña. Mañana al ruedo, triste y solitario, y que sea lo que el fin de los tiempos quiera.

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Vocación misionera

Vocación misionera

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En la Pascua de 1992, en Siete Aguas, con el grupo de Barcelona. Aquí, con 18 añitos y ya con barbas. Por aquel entonces solía calzar espardeñas. 

Y les dijo: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura».
Evangelio de Marcos 16:15

Estaba repasando la previsión de ediciones para este año, que será pobre y escasa pero bien motivadora, cuando me llegó una noticia que me dio un vuelco el corazón. A principios de los años noventa, cuando rondaba los 17 o 18 años, solía ir con un grupo de amigos a una de las casas que las misioneras de Verbum Dei tenían en el barrio gótico de Barcelona. Eran tardes preciosas donde explorábamos con nuestra curiosidad la figura de Jesús, sus hechos, sus mensajes. Cantábamos y rezábamos al mismo tiempo. A veces hacíamos retiros espirituales en lugares como Piera, en la comarca de Anoia, en Barcelona, o Siete Aguas, en la comarca de la Hoya de Buñol, en Valencia, donde solíamos celebrar la Semana Santa junto a cientos de jóvenes venidos de todo el mundo. Sentíamos una gran admiración por la imagen de Jesús venida de las manos de esas misioneras de corazón limpio y puro. Había dos de ellas que dirigían nuestras vocaciones espirituales: Leire y Geni.

Treinta años después recibo noticias de Geni, la cual, por su franqueza y vocación, influyó positivamente nuestras mentes y corazones. Me llega de manos de un buen amigo que conocí en aquella época en la casa de retiros y que años más tarde, tal fue la influencia, bautizó a una de sus empresas con el nombre de Geeni. Esta feliz misionera se encuentra en la Amazonia desde hace ya unos años, atendiendo a los grupos indígenas de los Sateré-mawe y los Manaos, los Machineri y los Yaminahua, poblaciones que se encuentran en la zona fronteriza entre Bolivia, Brasil y Perú. Me ha sorprendido ver una foto suya aparecida en un artículo con su cara treinta años después. Me alegró de corazón saber que su vocación era real y continua viva. Hay personas que son auténticos héroes. Geni siempre lo fue para nosotros.

¿Qué fue de mi vocación? En uno de los retiros de Semana Santa, sufrí una llamada que abrió mi corazón de forma indescriptible. Sentí dentro de mí como si todo el amor del mundo hubiera atravesado mi pecho. La sed espiritual de aquellos tiempos hizo que la “gracia” se manifestara de forma profunda y verdadera. Sentí el apostolado como misión, sentí la necesidad de ir a las misiones. Tuve una profunda conversación con Geni que me alentó a tomar tierra. Sus sabias palabras le quitaron a ese joven de temprana edad el deseo apabullante e irracional de compartir la nueva buena sin apenas tener ningún tipo de experiencia en el mundo. De alguna forma, Geni hizo de barrera amorosa y comprensiva entre mi impulso, mi llamada y mi juventud. En aquellos tiempos en los que prefería ir a orar o leer la Biblia en vez de ir a la discoteca, aquella charla supuso una noticia que llevé durante años con cierta pena.

Un año después de aquello, en 1992, me marché a hacer el Camino de Santiago, intentando poner orden en mi batalla interior. Al terminar el Camino, y mientras descansábamos en el albergue del Seminario Menor de la ciudad compostelana, conocimos a dos jóvenes alemanas diez años mayores que nosotros, vegetarianas y con una profunda vocación espiritual. Mantuvimos una larga correspondencia durante años hasta que una de ellas me invitó a marcharme a vivir a una comunidad del Arca que había fundado Lanza de Vasto en Francia. Ante mi rechazo, de nuevo con la excusa de mi juventud y mis deseos de ir a la universidad, años más tarde aquella mujer me invitó a ir a otra comunidad en México, rechazando por segunda vez la invitación. Allí le perdí la pista. Sentía profundamente la llamada, pero el miedo a enfrentarla era mayor.

Aquellas fueron oportunidades claras de seguir mi vocación interior, pero a veces por miedo y otras por mil razones propias de la juventud, siempre rechacé la llamada. Durante todos estos años sentí siempre una necesidad de servicio y compartir. Desarrollé mi vocación interior haciendo trabajos de voluntariado con Cáritas o la Cruz Roja o cualquier organismo que se presentara ante mí y al que yo pudiera ser útil. Con los amigos de Verbum Dei trabajé algún tiempo colaborando en lo que podía con niños con síndrome de Down o personas con problemas múltiples. Después me hice trabajador social e intenté desde la profesionalidad ayudar a los otros. Estuve de trabajador social en una asociación del Raval, en Barcelona, que se llamaba L’Hora de Deu. Siempre había largas colas en aquel lugar porque corría la voz de que un nuevo asistente social ayudaba a todo el mundo sin excepción. Aquello fue agotador.

La vocación iba y venía y siempre buscaba la forma de ser útil. La última vez que hice el Camino de Santiago, en 2013, sentí de nuevo la llamada. Esta vez no me convertí en árbol de laurel y seguí la senda señalada. Desde entonces estoy aquí, en los bosques, buscando la forma de ser útil, pero, ¿qué pasó con la vocación? Ahí está, desplegándose ahora en silencio, sin necesidad de nada, orando en aquellos lugares donde solo Él puede hallarme.

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Sobre guerreros y constructores

Sobre guerreros y constructores

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© Mari Feni

Al Nuevo Mundo mi primer mensaje. Tú que diste el Ashrama, Y tú que diste dos vidas, Proclamad. Constructores y guerreros, reforzad los peldaños. Lector, si no has comprendido, relee de nuevo tras un tiempo. Lo predestinado no es accidental, las hojas caen a su debido tiempo. Y el invierno es sólo el presagio de la primavera. Todo es revelado; todo es alcanzable. Te cubriré con Mi escudo, con que tan solo atiendas tu labor. He hablado. (Hojas del Jardín del Morya).

Las horas del día se agotan rápido. De repente empiezas a viajar, a sabiendas de que la aventura será larga e intensa, y las frecuencias de la realidad empiezan a modificar el significado de las cosas. Pararse en cualquier lugar, contemplar el atardecer, dejar que el aire te empuje hacia elevada poesía. Un viaje largo pero hermoso, con buena compañía, con buenos compinches y aliados. Llegamos al hermoso Jardín del Morya y allí nos esperan dos bellas almas que nos abren su casa y allende también su corazón. Hablamos de los siete rayos, de la magnificencia del lenguaje oculto, de la complacencia de los arquetipos, de la sublime promesa que alguna vez se hizo a constructores y guerreros.

Compartimos libros, recuerdos y enseñanzas. Sientes que estar como en casa significa abrazar esa complicidad más allá de las formas, esa poética brisa que momentos antes sentíamos en la carretera y que ahora se traslada a almas sensibles, cercanas, familiares.

Podríamos tirarnos horas y días caminando por cualquier camino y hablar en silencio, con miradas, con guiños, con esa complicidad propia de la familiaridad. En esta vida aún nos faltó coordinar mejor los tiros, los propósitos, pero estamos aprendiendo. Primero a reconocernos bajo el manto oculto de la enseñanza, luego a bucear en nuestros triángulos, en nuestras llamas, para empezar a preparar el fuego que deberá atraer a nuevas ascuas. Aprendemos y nos llevamos la enseñanza al átomo simiente para luego trasladarla a los siguientes escenarios. Allí será todo más claro, más nítido. Estamos aprendiendo a hacerlo. Y en próximos viajes el reconocimiento será más claro y directo, más diáfano, y también el servicio al que prestamos pleitesía a veces como guerreros y otras como constructores.

Mañana el reencuentro de almas se amplia. Habrá que estar atentos, sigilosos, para no confundir las pruebas de la personalidad con lo que realmente se manifiesta. No dará tiempo a mucho más. Solo a expresar brevemente un guiño, suficiente, para poder seguir hollando el sendero.

Leo de nuevo la última frase de Hojas del Jardín del Morya, donde ahora me encuentro como manifestación simbólica de esa energía y dice así: “Os preguntarán como cruzar la vida. Responded: igual que se cruza un abismo sobre una cuerda tensa –Bellamente, cuidadosamente, y raudamente”. Ahora mismo me siento sentado en esa cuerda tensa, y noto la brisa, la libertad de saberte acorde con tu propósito, la belleza apacible de la mera contemplación, con el cuidado y mimo merecedor, y raudo, porque la vida siempre tiembla ante la desesperante llamada del tiempo. Solo puedo decir que el abismo se abre con dulzura, y caminamos la vida con sencillez y amor.

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Vida Oculta

Vida Oculta

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“Que el bien siga creciendo en el mundo depende en parte de actos no históricos; y que las cosas no vayan tan mal entre nosotros como podría haber sido se debe en parte a aquellos que vivieron fielmente una vida oculta y descansan en tumbas que nadie visita”. Mary Ann Evans

Uno. Tras un día intenso y bello de compartir con almas de elevada inteligencia y profundidad, me acuesto tarde, intentando digerir la exégesis de ese día. La cabaña acoge silenciosa. Su misión es clara: dar calor, cobijo, seguridad. Tenía mucho trabajo atrasado e iba deslizando uno a uno cada pensamiento para ordenarlos en esquemas, en posibilidades reales. Dormí algo y a las seis de la mañana ya estaba en pie, dispuesto a enfrentar el viaje. Cansado pero feliz.

Dos. La recojo en la oficina. Podía aprovechar para ver a la familia y descansar unos días de la dureza que a veces la soledad envuelve a ese hermoso balneario. Hablamos tímidamente de algunas cosas. Me encantan sus profundos ojos verdes. Tiene mirada tierna, amable. Me gusta echar una mano siempre que puedo, así que la acompaño hasta el sur de la ciudad, aunque yo debía antes ir al centro y luego al norte. Me desvío, voy corriendo hasta el centro, mal aparco el coche, cojo la caja de libros, subo corriendo a esa hermosa casa, abrazo, dispensa, corro hacia el lavabo, había alguien más en la habitación, saludo, me despido de los libros que viajarán esta semana a República Dominica y de su hermosa y generosa autora a la que amo en la complicidad fraternal.

Tres. Salgo tranquilo hacia el norte de la ciudad, hasta el hermoso Jardín del Morya. Me gusta llamarlo así porque me recuerda a esa vibración. Llego puntual tras seis horas de conducción. Ella ha preparado una rica y suculenta comida que compartimos mientras nos ponemos al día de todos los últimos avatares. Me siento como en casa, me siento en familia. Tras la sobremesa nos vamos al cine. Somos incondicionales de Malick y me gusta ver sus películas con el jardinero del Morya. Me doy cuenta de que amo a ese hombre, y a su familia, con ese amor fraternal que uno siente ante la presencia de los suyos. La película no defrauda. Me siento muy identificado por el guiño a los objetores de conciencia. Fui uno de ellos. Cuatro años en caza y captura. Eran otros tiempos. También eran otros tiempos de mucha oscuridad los de Franz Jägerstätter, ese objetor de conciencia con los que muchos nos identificamos. La película de Malick es una obra maestra, y merece la pena recordar la necesidad de contemplar con detalle la vida en toda su amplitud, en todo su maravilloso sacrificio para que la luz venza siempre a la oscuridad. Tras la película y la emoción, por la mañana temprano, al alba, fuimos a pasear a la Casa de Campo. Allí nos cruzamos con conejos, pajarillos del bosque y ya amaneciendo, con el Presidente. Fue emotivo saludarlo mientras paseaba bien acompañado por un amigo y sus pertinentes escoltas. Luego pasamos los tres la mañana juntos, cada uno tejiendo su mundo, pero acompañados, felices, en paz, en pequeña comunidad, “porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Esto es misterioso y poco entendido. Pero si te abres a esa experiencia, puedes vivificar su metanoia profunda.

Cuatro. La mañana pasó rápida y tuve que marchar de nuevo al centro de la gran ciudad. Llegué puntual a la cita y tuvimos tiempo de charlar sobre lo humano y lo divino. Cominos algo en la antigua escuela libre. Me gustó mucho la charla que discurría sobre la invisibilidad, sobre el dejar pasar la luz de forma diamantina, no brillando como un dorado sol, sino siendo transparentes. Compasión, regeneración, propósito, misión ineludible. Tras la comida, a las cuatro éramos cuatro. Reinó el silencio. Meditamos, construyendo un egregor que algún día, inevitablemente, deberá hablar y decirnos algo. Algo une de forma invisible a las almas que se reconocen como iguales. Algo ocurre en los planos intangibles para que las cosas ocurran según el trazo arquitectónico, arquetípico, ejemplar. Hay mucha sed en en el mundo y pocas las fuentes. Hay que seguir intentándolo, una y otra vez. Meditar, silencio, manifestación, presencia, contemplación.

Tres. Cenamos. Disfruto de estas cenas en familia. Soy acogido con cariño y disfruto de todas esas familias que tenemos de forma discreta, oculta. No podemos explicarlo todo, a veces hay que decir las cosas con velos y de forma especial, delicada, hermosa, poética. Uno se siente feliz. La fragilidad compartida siempre fortalece. Quedo agradecido y con ganas de seguir explorando y aprendiendo. Compartir es el principio que rige todo el universo. Nada en la vida tiene sentido si no es compartiendo. Podremos ser más o menos tímidos, más o menos alegres, más o menos osados y atrevidos. Pero siempre debemos compartir. Si lo hacemos, entramos en el río de la vida y todo fluye. El agua siempre busca salidas, se decía. El agua debe correr inevitablemente. Si se siente la llamada es porque alguien llama al otro lado. Hay que escuchar la llamada y atenderla. Luego esperar. Fuerza y energía.

Dos. Mañana, tras otra reunión, tocará viaje. Seremos dos a la vuelta, igual que a la ida. Sus ojos verdes son bellos, también su paz. No se puede juzgar, no vale la pena, solo maravillarnos de la belleza de la vida, de su gracia, de su espontaneidad.

Uno. Mañana, seguramente de madrugada, de nuevo soledad. De nuevo vida oculta, anónima, invisible, diamantina.

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Imbolc

Imbolc

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Triángulo fundacional de la futura Escuela

Sabemos que los rituales son importantes. Generan un clima apropiado para interaccionar con las fuerzas sobrenaturales. Se hizo un pequeño ritual y se creó un triángulo en la base de la futura Escuela. Hoy me sorprendió ver una fotografía antigua de sus inicios, creados por la tejedora de palabras junto a una amiga.

A pesar de la importancia del ritual y la celebración posterior, nuestra forma de festejar la fiesta celta de Imbolc ha sido sentados en la hierba, desgranando ocurrencias frente al prado verde y disfrutando de esta extraña primavera en pleno invierno. La tejedora de palabras recurre a universos simbólicos nada ordinarios para describir la realidad. Me gusta su visión de las cosas, su absoluto desapego hacia cualquier elemento que constituya alguna piedra en la construcción de lo ordinario. Su elegancia vespertina produce vértigo. Escucharla es como trasladar la psique a otro modo de entender la realidad, más impregnada por el argumento mágico de que todo es posible, inclusive el poder celebrar una fiesta sin hacer nada, excepto mirar al horizonte.

Como ni ella ni yo somos muy festivos, nos limitábamos a compartir cualquier momento. Me gusta esa confianza de no tener que hacer nada, de no tener que demostrar nada, de relajarse frente a un prado tan verde aquí en el norte y disfrutar de las miríadas de elementos y elementales que la propia imaginación adivina. Nuestra falta de apetito hacia lo banal es mutuo, así que podríamos pasar una eternidad sin necesitar nada, sin esperar nada a cambio excepto bucear en la contemplación, en el misterio.

No tenemos ningún éxito que celebrar. No alardeamos de ninguna conquista. Ambos somos monjes mendicantes, ambos seguimos bajo los votos de pobreza, obediencia y castidad. Ambos abrazamos la regla de oro, y subliminamos el llanto amoroso a la propia inquietud existencial. De alguna forma necesitaba verla a modo de tener un aliado cerca. El viernes de nuevo recibí una mala noticia que se suma a la tragicomedia en la que ando metido desde hace unos meses y sentía la necesidad de compartir la inquietud de este tiempo con alguien de confianza. Así que me agarré a su invitación como un clavo ardiendo, saboreando la oportunidad de sentir la alianza de los mudos.

Esta vez me tomé la noticia como un reto. No quise arrastrarme hacia ninguna parte. La miré impasible, a sabiendas de que era una prueba más en el camino y a la que debía hacer frente con fuerza y valentía. Pienso, ahora con mucho desapego, que este tipo de proyectos está lleno de retos. Especialmente cuando la visión es fuerte pero los medios materiales son pocos o ninguno. Ahora entiendo que necesitaré mayor fortaleza para el próximo ciclo que se avecina. Ahora entiendo que este primer septenario solo ha sido un ciclo de pruebas para fortalecer con endereza lo que ha de venir.

Por eso me sentó bien pasar la tarde con una buena amiga a la que estimo profundamente. Ahora sabemos, tras las pruebas sufridas, que nuestra amistad nace del lazo místico, y que desde allí, no nos queda otro remedio que colaborar mutuamente en cualquier empresa. Es esa sensación que uno siente cuando se encuentra con su familia etérica. Hay elementos en la vida que se unen para, juntando visiones, tener un mayor panorama de todo cuanto ocurre en este misterio cósmico. Sólo nos queda averiguar de qué forma ser útiles a la causa mayor que siempre abrazamos, vida tras vida.

Celebrar el punto medio entre el solsticio de invierno y el equinoccio de primavera con buena compañía es un regalo. El Sol alcanzaba hoy quince grados en Acuario, y se podría decir que el mundo de la fertilidad empieza a prepararse para la primavera. No se esperan grandes cosechas para este año, pero como siempre ocurre, seguiremos sembrando hasta que llegue el buen tiempo. Los vientos que arrecian, seguiremos soportándolos con endereza, con fortaleza, desde la virtud.

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Una noche en el monte pelado junto al caballero de la rosa

Una noche en el monte pelado junto al caballero de la rosa

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© Loscar Numael

“Hemos nacido el uno para el otro, y estamos seguros de hacer grandes cosas juntos”. Strauss a Hofmannsthal

Chaikovski siempre en su drama cósmico. Mussorgsky, tenebroso y vehemente. Strauss, sin embargo, ilustra su pasión volcánica con los sonidos fogosos de las trompas. Eso nos dice el crítico. Hubo tres momentos de emoción, de comunión entre los maderos con cuerdas, las traveseras, los tambores, los instrumentos a decenas que embriagaban la gran sala del Auditorio Nacional, la sala sinfónica. Ya no recuerdo la última vez que fui a un concierto. Iba con la baronesa, con su chófer y la corte de diplomáticos que se reunían de vez en cuando para disfrutar de acordes y sintonías, de movimientos culturales y pictóricos que el glamour selecciona cuidadosamente. Disfrutaba de aquellas veladas, de igual forma que lo hacía en los arrayanes de la pobreza buceando en los sonidos que la naturaleza provocaba dentro. El sonido es sagrado, pero cuando es acorde con el mundo angélico, se vuelve pura magia. Un concierto es como el grito de un arcángel que se alegra al ver pasar a lo humano con deseos de entender ese enigmático idioma que es la música.

¿Quién puede entender algo tan milagroso? ¿No es un milagro que de la madera de un ébano o un joven abeto puedan surgir esos sonidos? ¿Y qué tienen que decir esos metales que danzan unísonos para expresar la vehemencia del trono celeste? Uno no entiende la música hasta que no se convierte en música. Lo decían sobre el Camino y la Senda, pero sirve de igual manera para la aventura de derretir el alma en las olas sempiternas de la melodía. La vida siempre nos habla en clave de fa, y a partir de ahí, surge lo milagroso.

Todo eso después de un día intenso que empezaba al alba, a eso de las seis, cuando ya a esa hora construía en mi raciocinio imágenes de despertar. Soplaba una sutil brisa que se colaba entre las mantas. Desperté y entendí el frescor. Nada me tapaba excepto el deseo de sentirme seguro y a salvo. Desayuné temprano en familia, con la excelencia de esos anfitriones que te miran con dulzura. Uno se siente en familia cuando te invitan hasta las profundidades de cualquier cocina y tienes la capacidad de abrir cualquier cajón o frigorífico en búsqueda de alimento. Sentí el milagro y la utopía material de ese mundo. Abres un grifo y sale agua. Abres la nevera y está llena de alimentos de mil colores. El calor salía de esos tubos sinfónicos cargados de agua hirviendo. ¿Cómo no podemos verlo? La utopía material existe, y en la ciudad, por más que nos cueste apreciarlo, es una realidad. Gratitud, solo puede uno sentir gratitud por cada pequeño esfuerzo humano que nos ha llevado hasta los albores del paraíso. Gratitud, solo gratitud.

Por ello me sentí agradecido de poder disfrutar de esos placeres tan habituales en el mundo civilizado y tan extraordinarios cuando vives próximo a la naturaleza. La poesía de lo sencillo, de lo cotidiano, lo maravilloso de la vida buena que surge del placer de las cosas más simples. ¡Lástima de no tener tiempo para ver la vida de esa forma dulce a veces, doliente otras, pero siempre magnífica! Lástima de ese tiempo que se va y no es capaz de volvernos humildes y agradecidos, viviendo a veces en las marañas del orgullo ingrato y la insensatez del egoísmo extremo. ¡Ay si pudiéramos ver toda esa riqueza!

Y luego la meditación. No sólo se medita en los bosques, en escondidas y remotas ermitas abandonadas con algún aroma de incienso. También en lugares perdidos de la gran ciudad hay personas, seres, caballeros de la rosa y príncipes del bien que se arrodillan humildemente ante la inmensidad y entran en silencio. “Soy afortunado”, me decía mientras cerraba los ojos en compañía de ese hermoso aristócrata que arde entre el aroma de una rosa y bulle de pasión ante la presencia siempre imponente de una cruz perfectamente alineada. Encendimos la luz tibia de la vela, para adentrarnos silentes en lo mistérico. Allí tiembla la voz, allí todo se arremolina entre susurros provenientes de planetas y universos. Allí todo es paz y calma.

Y tras el silencio el trabajo. No daba crédito cuando ordenaba en un portafolios tan virtual como la sutil firmeza de lo etérico, un acontecimiento tan importante como la implantación, diría que cósmica, de una piedra angular. Imaginaba la piedra cúbica, pulida, símbolo de la virtud y la perfección de todo cuanto existe soportando el peso de la gran obra, de la escuela futura. Disfrutaba con esa imagen y sus símbolos, siempre ancestrales, encomendados a la visionaria misión de sellar la puerta donde se halla el mal y abrir para siempre la puerta del bien, de la luz, de la misericordia. Faltan manos, me decía, faltan muchas manos para poder obrar el bien, para entregarnos abiertos a la bondad, a la virtud, al poderoso ciclo de la luz. Faltan manos, me repito una y otra vez.

Corriendo y deprisa por las calles de la gran ciudad llegué puntual a la cita. Comida a tres en la casa de la tejedora de coronas. Amplitud de almas en familia, en comunión. Triada necesaria, símbolo de hermandad y plenitud. Felicidad por estar con esa familia amplia que te abraza el alma y suspira anhelando el mundo bueno. Agradecido por todos los apoyos sufridos, por todas las visiones compartidas, por todas las vidas compartidas, porque no fueron una o dos, fueron cientos, quizás miles, de ahí el reconocimiento abierto, sin filtros, sin fisuras. Y vendrán más, irremediablemente. Y allí estaremos de nuevo, intentando una y otra vez trabajar para el mismo amo, para el mismo señor.

Y luego, antes del viaje de vuelta, el concierto, con la Frankfurt Radio Symphony, con el virtuoso y jovencísimo Fumiaki Miura. Con Mussorgsky, Chaikovski y Strauss. Una noche en el monte pelado junto al caballero de la rosa. Gracias caballero por tan inesperado regalo, por tan generosa visión, por tan bello compartir, por tan ingeniosa aventura. Gracias por esas manos generosas y ese necesario paracaídas que no esperaba, pero que se abrió de repente en los cielos, en caída libre.

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Los viejos creyentes


Agafia Lykova nació en la taiga, en el más remoto bosque boreal ruso, en una tina de pino ahuecada en el año 7453 desde la creación del mundo, según la antigua cronología. Sus antepasados eran viejos creyentes, aquellos cristianos ortodoxos partidarios de la vieja liturgia que no aceptaron la reforma de Nikon en 1654. Debido a que fueron  perseguidos, muchos de ellos se refugiaron y aislaron en lugares remotos. Hoy conocía la historia de Agafia que aquí comparto.

Conocí no hace mucho a alguien que de alguna forma me recuerda a Agafia. No sé muy bien cómo llegó, pero una fría noche de invierno caminó desde su casa hasta aquí, se equivocó de camino y terminó pasando una de las noches más frías del año medio congelada a pocos kilómetros de nuestra casa. Bella, elegante, totalmente extraterrestre e inteligente, quizás una de las mujeres más inteligentes que he conocido. Hablar doce idiomas es solo una anécdota. Vivir como una auténtica anacoreta posmoderna, sin dinero, sin recursos y sin prácticamente nada es solo una forma de vida extinta, pero valiosa en sí misma, muy parecida a la de los viejos creyentes, muy parecida a la de Agafia.

Puedo decir que una vez me salvó la vida. Cada vez que la recuerdo imagino un pozo oscuro y una mano, la suya, que me sustrajo de una muerte segura. Tuve la suerte de viajar a Israel con ella y fue uno de los viajes más fascinantes que recuerdo. Intenté enseñarle el oficio de editor pero su libertad siempre fue irreductible. En una feria del libro en el sur de la península, sin dinero, sin nada, decidió desaparecer. No supe de ella en mucho tiempo. Estuvo más de tres meses viviendo en bosques, en caminos, mendigando comida, malviviendo, pero libre.

Hoy, tras meses sin verla vino a verme. Estaba muy cambiada. Algo más delgada y demacrada. Tuvimos un buen rato de charla, comimos algo y se marchó. Me gustó verla con su nueva vida, con su luz hermosa y enraizada algo más a la tierra. Sentí alegría por ella, y un gran desapego por mi parte.

Siento compasión por Agafia, por todas las Agafias del mundo. Me imaginaba a mí mismo con setenta años, aquí en la cabaña, con algún gato, mirando el cielo, esperando ver algún rayo de sol. Como un viejo creyente escondido en los bosques, rezando con fe y esperanza ante el advenimiento final mientras busco en los entresijos de la vida una fina hebra.

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Gracias de corazón por vuestro ánimo


Ánimo viene de alma. Aunque aquí en nuestra realidad parcelemos el alma, el gran espíritu es uno y se manifiesta en una unidad invisible que soporta todas sus manifestaciones. La realidad es una, y llega distorsionada a nuestra realidad particular. O mejor dicho, la distorsionamos y parcelamos con nuestra mirada.

Por eso cuando esta mañana recibía el apoyo y el amor incondicional de todos estos amigos, de todas estas almas bonitas que ayer no pararon de llamar y escribir para darme ánimos, sentí interiormente esa verdad de unidad. No estamos solos, no estamos caminando en un desierto. Si alzamos la mirada, ahí están todas las luminarias que forman parte de nuestro cuerpo invisible, de nuestra memoria colectiva. Por eso esta mañana lloraba de emoción al contemplar ese reconocimiento grupal, al comprobar que cuando pones la energía del amor al servicio de los demás, lo único que estás haciendo es reconocer esa unidad, abrazar esa fe de pertenecer a algo mayor, más grande, más poderoso, más universal.

Me quedaría corto si tuviera que agradecer uno a uno todas las muestras de cariño recibidas en estos tiempos complejos. Cuando no desfalleces ante la adversidad, cuando intentas amar a tus enemigos incondicionalmente, inclusive apoyándoles en sus causas y alentando sus vidas, comprendes que todo son pequeñas parcelas de nuestra mente pero que en el halo invisible viven y conviven en la unidad del espíritu.

Por eso en el amor en acción, en la generosidad infinita de unos sobre otros, se manifiesta siempre lo milagroso. Eso no es más que reconocer aquello que realmente somos, aquello que nos une y aquello a lo que aspiramos con fuerza en nuestras vidas presentes y futuras. La unidad de la humanidad no es más que sentir el aliento común, el pasajero palpitar de todos los corazones unidos en una sola música, en un concierto global que desea, en lo más profundo de todo, abrazar al otro, amar al otro, responder a la mirada infinita del otro.

Ese es el misterio de cuanto ocurre de verdad. Entenderlo y abrazarlo es la tarea más ardua que se nos ha dado. Poder amar, abrazar al otro incondicionalmente, sea quien sea, venga de donde venga, es el reto de este proyecto que entre todos estamos levantando. Es ahí donde comprendemos, ante la sorpresa del nuevo día, que el trabajo real del ser humano es abrir su corazón al diferente y respetarlo tal y como es. Por eso amo a los que en estos días, meses y años me han puesto difícil esa tarea. Son ellos los que nos conducen con sus pruebas a la mayor de las incondicionalidades. Son ellos, sin darse cuenta, los que ayudan a comprender que a pesar de nuestros errores, de nuestras infinitas pruebas, solo nos queda amar.

Gracias de corazón por vuestro ánimo amigos. Soy otro tú, y por ello os abrazo agradecido con la esperanza de un nuevo día, con la voluntad de continuar, cueste lo que cueste, levantando en el mundo nuevas utopías… Gracias por ese ejército de luminarias que lo hace posible…

Gracias especialmente a Marian y a María por su amor infinito y por la idea del video. Y a todos los que han participado en el mismo, mi mayor reconocimiento y gratitud.

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Satisfecho y en paz

Satisfecho y en paz

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Con mis queridos Antonio y Manuel Jesús en un rato de frío y risas

En 2011 pasaron muchas cosas. Recuerdo que estaba en República Dominicana y desde el otro lado del mundo recibía unos hermosos mensajes de amor. Hoy, de forma casual, aparecieron y los leía con cierta alegría interior. Cuando en la vida encuentras a personas que te quieren y te tratan con cariño, dulzura y amor, te sientes agradecido y te sientes realmente vivo, en sintonía con todo lo que ocurre. Como ayer, que vinieron dos amigos desde muy lejos sólo para pasar un rato de frío en la feria con este menda.

Pudimos reír y celebrar en el banquete de la amistad la necesaria oportunidad de amar y ser amados. Qué puede quedarnos si no esa experiencia de amor, de relación, de amistad. A veces miro todo el pasado y siento cierta nostalgia. Como cuando hoy recordaba aquellas largas veladas mientras veíamos “Doctor en Alaska” en aquellos años pletóricos de vida. Ahora el tiempo pasa, y todo lo observo con cierta paz de la misma forma que deseo interiormente seguir exprimiendo cada segundo de existencia, fracaso tras fracaso, éxito tras éxito, dolor tras dolor, alegría tras alegría.

Hoy cerraba la persiana de la feria. Han sido diez días intensos. Materialmente sin ganancia, pero me llevo hermosos recuerdos y preciosas reflexiones entre amigos y libros. Al llegar a la Montaña de los Ángeles, a esta hermosa sierra plagada de leyendas, he sentido cierto abatimiento y cansancio. Si hubiera tenido fuerzas, hubiera seguido la ruta hacia el septentrión. Pero toca descansar un poco, revisar lo acontecido y seguir pronto el viaje, el Camino. No hay descanso, no hay tregua. Nuevas aventuras esperan, nuevos retos, nuevas avenidas donde atravesar curioso, con deseos de seguir experimentando la fuerza esencial de esta oportunidad que estamos viviendo. Es duro, no hay pausa, no hay descanso, pero debemos estar agradecidos. Agradecidos por todas esas personas que pasaron por nuestras vidas. Por aquellas que quedaron y por aquellas otras que se fueron. También agradecido, como hoy, por aquellas que de forma tímida vuelven y te saludan y te hacen recordar viejos tiempos.

Esta noche dormiré tranquilo, en paz. Ahora sé que pase lo que pase, hice lo que pude, sin mayores cuestiones. Cuando remiraba uno a uno todos los libros escritos, todos los prólogos o capítulos en los que participaba sentía cierta satisfacción interior. Ya hace años que no escribo nada, a pesar de que tengo algún otro libro ya casi terminado. Pero los días se suceden tan rápidos que sólo hay oportunidad de hacer lo que se pueda. Así que me marcho satisfecho, porque hice lo que pude, y el mundo sigue girando. Ya se terminaron las prisas y las exigencias por llegar a ninguna parte. Ahora la vida, calma, se derrama con la frecuencia necesaria, con la cadencia oportuna. Y ahí, esperando, los amigos. Gracias a todos por haber compartido este trozo de vida. Gracias por estar ahí, en lo bueno y en lo malo.

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Caminos y encomiendas. La importancia de los espacios sagrados


Siempre sentí una especial devoción y admiración por mi querida María. Una mujer entera, sensible, profunda, además de inteligente y libre, muy libre. Aún recuerdo nuestro primer encuentro en Malasaña, en el tristemente desaparecido café Ruíz, un lugar emblemático, al mismo tiempo que hacía las veces de oficina cuando vivía en aquel pequeño zulo y los espacios de coworking no estaban aún de moda. La excusa del encuentro era hablar sobre comunidades, yo como supuesto experto en el tema tras años investigando las utopías de nuestro tiempo y ella como promotora de una fundación interesada en crear un proyecto de comunidad de vida. Esa era la excusa, pero detrás de todo ese escenario había algo profundo, algo que en ese momento ni siquiera podíamos imaginar.

Lo que ocurrió después forma parte de la magia, o diría que de lo milagroso. Los caminos se volvieron a entrecruzar una y otra vez en diferentes lugares y nuestras vidas se unieron para siempre cuando decidimos atender a los llamados de lo sagrado y nos pusimos manos a la obra, a veces de forma torpe, a veces de forma ingenua, para crear la encomienda de O Couso. A pesar de las dificultades, nos convertimos en custodios y preceptores de aquel lugar, en devotos vigilantes de ese espíritu que pretendía de nuevo proteger los espacios sagrados y ayudar a los peregrinos del alma en su tránsito y caminar. Es cierto, habían cambiado los escenarios, los tiempos y las excusas, pero la esencia seguía siendo la misma. Como si nada hubiera cambiado en miles de años.

El llamado era claro. La misión, como aquellos antiguos franciscanos que se adentraban en la selva para evangelizar al mundo, tenía su propia paradoja. Cómo adentrarnos en la luz en un mundo tan aparentemente oscuro. Cómo seguir los pasos de aquellos que durante tanto tiempo habían infringido las reglas comunes para adentrarse en la selva humana, herejía tras herejía. ¡Cuantas pruebas nos aguardaban! ¡Cuántas tentaciones nos esperaban para abandonar el camino y sucumbir plácidamente a otros menesteres que abortaran el proyecto común!

La importancia de crear espacios sagrados lo explica muy bien María, cofundadora del Proyecto O Couso, en este video que comparte. No se trata de espacios físicos, sino de espacios de silencio y encuentro con lo que más amamos. Los espacios físicos, las encomiendas, solo son testimonios, símbolos necesarios que pueden servir de guía en el camino. Lugares como O Couso solo pretende ser eso, un arquetipo manifestado que nos pueda guiar hacia los adentros, hacia la compleja esencia de lo que somos y así luego poder desarrollar esa complejidad en nuestras vidas cotidianas, en nuestra familia, con nuestros hijos, con nuestra familia y amigos, con nuestras parejas, en nuestros trabajos y lugar de actividad ordinaria.

Gracias María por tu luz y guía y gracias por recordarnos la importancia de seguir adelante, pase lo que pase. Gracias de corazón por compartir tu vida, con la Vida. Seguiremos, halo tras halo, conquistando lugares para consagrarlos a la Gloria de la Gran Obra.

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A la sombra de la Gran Montaña…

A la sombra de la Gran Montaña…

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Esta mañana paseando por las faldas de Montserrat

Llevo unos días de insomnio. De nuevo el estado de ansiedad volvió. Ayer eran las cuatro y aún seguía despierto, dando vueltas en la cama. Los abogados no se ponen de acuerdo y seguramente iremos a juicio. Esa idea me aburre porque tengo ganas de cerrar etapas, de cerrar ciclos, de cerrar las canillas del llanto. Aunque el guerrero esté abatido, hay coordinación en todo cuanto hace. Aunque las batallas hayan sido duras y ahora la tristeza pose sobre su espada inválida, hay un sentido profundo para cada instante. Ahora me doy cuenta de que no medí bien la fuerza y metí mucha presión para dilucidar el futuro. Mis palabras fueron muy duras, pero tenían que serlo. Necesitaba saber la verdad, aunque la verdad a veces velada, no guste. No me gusta la gente indecisa, la gente que se autoengaña y con ello daña a los demás. Necesitaba esa presión para empujar al destino. Un guerrero no espera a ser arrastrado por el agua. Actúa, aunque en esa acción sepa que lo perderá todo. Actué y perdí. Además por partida doble. La pérdida siempre es una gran enseñanza, aunque no te deje dormir por las noches.

En mi primer ataque de ansiedad me daba por no dormir y no comer y perdí diez kilos. En este me ha dado por no dormir y comer mucho. Seguramente, de seguir así, en poco tiempo me convertiré en una bola de cebo. En el hábito de caminar encuentro cierto alivio, pero hoy tuve dos desayunos y dos comidas. Tengo que distraer la mente, tengo que salir, quedar con unos y con otros. Eso me recomiendan que haga y eso intento hacer cuando el ánimo me lo permite. Tengo que caminar mucho.

Había quedado para desayunar por segunda vez en Barcelona. Me levanté temprano. Me duché. El pelo, ahora corto, contrastaba con la barba que de nuevo crecerá para que se adapte así a la nueva aventura que espera en los próximos días. Hay que ser prácticos. Me miré al espejo. No vi nada, excepto un rostro cansado. La ropa olía a limpio y fuera hacía frío, mucho frío. Cogí el metro y me bajé algunas paradas antes para poder pasear por Barcelona. Tras un corto paseo buscando los rayos del sol, ella llegó puntual a la cafetería en alguna bonita esquina modernista de la Eixample. Dos cruasanes de chocolate y dos cafés con leche de soja nos acompañaron. Contemplaba con calma a mi alrededor y veía como todo encerraba cierta perfección. La mirada de la camarera, la situación de las mesas en la segunda sala, el olor a café espumoso, el paso de la gente que entraba y salía buscando un rincón tranquilo para saborear un momento de paz. Incluso aquel papel arrugado descuidado en una de las mesas tenía su propia gracia. Todo escondía algún tipo de mística extraña, desvelada cuando despiertas al mundo de la visión arquetípica.

Qué hermoso es hablar con personas que te miran a los ojos y son transparentes, amorosas, claras, reales. Curioso que los dos viviéramos en nuestros pasados en la hermosa ciudad alemana de Göttingen. De repente, cientos de miles de recuerdos se amontonaron en la conversación, que se quedó corta por lo inspiradora de la misma. Hablamos de lo difícil de ser hombre en estos días donde la masculinidad está en entredicho. Hablamos de lo blandengue y de la necesidad de retomar la fortaleza, los roles perdidos. Rozamos nuestras almas con el detalle del momento, de forma natural. Ella, hermosa, dirigía una sonrisa al mundo, valiente, fuerte, sincera. Yo, temeroso, me inclinaba sediento ante la grandeza de comprender que cada segundo puede ser valioso, imprescindible, tremendamente único. Brotaban fuentes de clara agua y bebía de ellas. Un guerrero cansado necesita beber mucha agua. Estos días, estos largos meses, ando sediento de manantiales.

Hay una fuerza y un designio en todo lo que ocurre. En mitad de la conversación me llamaron. Otra cita me aguardaba. Salí agradecido con tres joyas bajo el brazo. Tras la despedida, subí al coche mal aparcado en uno de los laterales. Guardé silencio mientras viajamos lejos de la ciudad, entre montañas, hasta la Gran Montaña, recordando cuando vivía en aquellos valles sinuosos y serpenteantes. Cierta emoción me recorría al recordar los tiempos en los que navegaba por aquellas laderas. Paseamos por las ancianas calles de aquel perdido lugar. Agradecíamos cualquier rayo de sol que zigzagueaba por entre las veredas. Tras un corto paseo, llegamos hasta el olivar y de vuelta al pueblo. Comimos algo mientras unas cabras salvajes intentaban huir al monte en mitad de la plaza. Hablamos, comimos y cerramos los ojos ante la luz del día. Respiramos. Sentimos la vida. Sentimos el origen de todas las cosas a la sombra de la Gran Montaña. El guerrero, cansado, respiraba vida. Su espada, ahora inservible, reposaba en la mesa, bañada por el aura inmortal de las fundamentales leyes de la equidad. Ahora la noche espera, larga, sediciosa, indecisa.

Reencuentros con el ángel

Reencuentros con el ángel

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Uno siempre duda sobre la existencia real de los ángeles. Te haces mayor, te vuelves incrédulo y descartas toda esa poesía mística con la que nos adormecían en esos cielos celestes de dudosa existencia. Sin embargo, a veces ocurre que conoces personas que rozan el estado angélico y de repente la duda desaparece, la fe renace y la esperanza de que todo aquello sea real, y no producto de la imaginación soñadora, florece en nuestros corazones.

Cuando era joven frecuentaba aquellos lugares donde se hablaba y practicaba cierta ascesis mística. Debía contar con unos dieciséis o diecisiete años cuando la vi por primera vez en algún lugar de Barcelona donde un grupo reducido de gente se reunía para meditar. Ella tenía dos años más que yo y su hermosura, más de otro mundo que del tangible que frecuentábamos, relucía a raudales. Nunca imaginé que jóvenes tan hermosas pudieran frecuentar lugares tan inusuales para esa edad. Ambos deberíamos estar descubriendo el mundo de las emociones, de los encuentros, de las relaciones propias de la juventud. Ambos deberíamos estar experimentando, a esa edad, todo aquello relativo al mundo. Sin embargo, ambos, rechazando lo que por edad nos correspondía, cada uno a su manera, optó por frecuentar aquellos otros lugares de búsqueda de rectitud y moral espiritual.

Han pasado muchos años de aquellos tiempos. Ella continúo explorando fielmente sus creencias hasta que profundizó en lo más alto de la perfección mística. En sus moradas pudo contemplar y sentir el mundo magnánimo de las virtudes. De alguna forma pudo elevar su vibración hacia lugares prácticamente inalcanzables para los mortales. Mi caso fue más torpe, dando palos de ciego de aquí para allá sin implicarme nunca de forma fiel a ninguna idea o creencia, buscando libremente conjuros epidérmicos que pudieran calmar mi sed ensoñadora. Mientras ella iba escalando las montañas de la claridad, los espacios de las benignidades del mundo, yo iba torpedeando cada pequeña conquista para no elevarme demasiado y permanecer anclado al fangoso barro de la mentira, de los abismos insondables, de la petulancia académica. Un mundo contaminado de palabras pero falto de hechos. El dichoso camino medio necesitaba dinamitar cualquier atisbo de luminosidad para no quedar atrapado en las celestes cumbres del mundo intangible y seguir así obrando, sin mucho éxito, en la siembra terrestre.

Ayer, veinte años después, tuve la suerte de volver a verla. Quedamos para charlar en el mismo lugar sagrado donde nos conocimos, un espacio luminoso que crea una gran grieta en esta inmensa marea grisácea que cubre toda la ciudad. Un punto de luz en la mente de Dios protegido por un cuerpo angélico fuerte y sabio. Ella, ahora ya instalada en su condición celestial, desprendía esa luz propia del mundo angélico. Podía mirarla solo con tímidas ráfagas luminiscentes, intentando que su luz no cegara aún más mi oscuridad. Su belleza de otro mundo seguía intacta, ahora acompañada de esa aura dorada que cubre todo su cuerpo angélico. Su fortaleza, su constancia, su trabajo interior y su perseverancia y discernimiento han provocado un arquetipo perfecto de virtud.

Charlamos durante una hora recordando viejos tiempos, hablando de las dificultades de la vida ordinaria y de lo complejo que resulta profundizar en la vida extraordinaria sin caer en la trampa de la superficialidad, de lo mentiroso y banal. Luego participé de una meditación y me marché de nuevo a la oscuridad del mundo subterráneo, agradecido por haber tenido la oportunidad de saborear, aunque fuera por un instante, ese trozo de cielo. Sí queridos… los ángeles existen, los he podido abrazar, los he podido tocar, los he podido reverenciar con el respeto y la admiración que merecen. Están entre nosotros, son de carne y hueso aunque desprenda esa luz cegadora. Y están aquí para ayudarnos, para recordarnos el mensaje de la vida eterna.

Gracias de corazón a M. M. por su mágica presencia, por su milagrosa vida de entrega y por su valentía como mujer joven y hermosa por haber sido capaz de discernir y sobrevivir a esa condición luminosa. Me encantó volver a verte después de tantos años. Me encantó volver a mirarte con esa mirada inocente que contempla el mundo con admiración y agradecimiento. Gracias, gracias, gracias…

Conversaciones con una meiga

Conversaciones con una meiga

 

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Como las magas no entienden de tiempo, llegó un poco “tarde”. Para ella era la hora justa. No sobraba ni faltaba ningún minuto. Llegó en el tiempo de la “ocasión”. Lo importante es que llegó después de un largo viaje. Como no pudimos comer juntos, la merienda se convirtió en una comida-cena improvisada, con una sabrosa sopa de fideos y guisantes de la cual abusamos para así atender con fuerza a la magia. Hay que tocar tierra para poder mirar al cielo.

Tras el paseo por el lugar para que viera y sintiera las energías del mismo, nos fuimos al salón y todos nos dispusimos alrededor de ella. A cada uno de nosotros nos miró fijamente a los ojos y penetró en nuestros corazones. Hizo las preguntas oportunas y enseguida, conectándose con alguna fuente desconocida para nosotros, empezó a estirar de nuestros latidos hasta que desveló nuestros secretos. Lloramos cada vez que extraía algún dolor, alguna experiencia enterrada, alguna flaqueza, pero, sobre todo, nos llenamos de esperanza cuando con sus sabias palabras nos guiaba hacia el camino, hacia la sanación, hacia la fuerza oportuna para equilibrar cada una de las heridas.

Se hacía tarde y quedaba yo. Como quería conocer la editorial tuve la suerte y el privilegio de disfrutar de una conversación a solas entre libros. Gozamos un rato de la energía de las librerías cargadas de tomos y nos sentamos uno en frente del otro para empezar la sesión en la pequeña salita. “Si te fijas, eres joven y a pesar de ello has hecho muchas cosas en la vida. Lo más importante de todo lo que has hecho es que has conseguido enlazar mundos, crear puntos de luz y entregarte al servicio de forma contundente y consciente. Eso ha creado en ti y a tu alrededor un punto de fuerza que atrae a mucha gente, pero también a muchas energías”. En este punto de la conversación es cuando empezó a ponerse seria pues estaba a punto de entrar en el mundo de los arquetipos. “Si crees en las fuerzas y las energías, lo que te ha ocurrido en estos meses es que has sufrido un poderoso ataque que casi termina contigo. Sólo por la fuerza de los seres que te protegen has podido sobrevivir. Podrías haber muerto porque has abierto puertas y mundos y ahora estás vulnerable”. A medida que hablaba iba entendiendo cosas que pasaron en estos meses. La noche oscura del alma casi me llevó al abismo. Cosas que no podía entender ahora cobraban sentido.

Empecé a respirar hondo y empecé a poner atención a todo sin decir nada. Sus palabras y su forma de decir las cosas eran especiales. Entraban en el corazón y lo desnudaba. De repente conocía secretos de mí mismo que nadie sabía excepto yo. “Esas fuerzas te han quitado lo que más querías. Han sabido hacerlo de forma sabia. Si te fijas, todos tenemos alguna debilidad. Si tu debilidad es el dinero, la ambición, te van a atrapar por ahí. ¿Por qué crees que lo que más querías te lo han arrebatado ofreciéndole algo irrenunciable e irresistible para su debilidad? Ha sido utilizada en su debilidad, y ante la elección, no podía renunciar a ello. Ella, como tú, sucumbió ante su debilidad. Sin embargo, esa es su debilidad, su elección y aprendizaje, pero su alma te sigue amando y protegiendo. Por las noches te acompaña y te protege”.

Escuchándola podía de alguna forma entender mis sueños recurrentes, y también entender la forma en la que había pasado todo. De alguna manera sentía algún consuelo y cierta paz interior. “Tienes muchas virtudes trabajadas, pero ahora toca centrar la atención en tus debilidades. Todo esto que ha pasado ha sacado tu rabia y frustración, pero tu mayor debilidad es la “justicia” y la “fe”. Es eso lo que tienes que trabajar para que todo el equilibrio se vuelva a restablecer”.

Pasaron las horas y yo seguía escuchando atentamente. Realmente lo importante no eran las palabras, ni siquiera la conversación discurrió de esta manera pues solo recuerdo algunas ideas vagas. Era su energía, era su poder a la hora de ver, intuir y atravesar mi alma. Sentía que me encontraba ante una auténtica maga, no de esas que van engatusando a las mentes débiles con cuentos para adormecer sus heridas, más bien una poderosa alma capaz de atravesar todos tus adentros, mirar sin fisuras dentro de ti en tus recodos con confianza y acierto, ayudando a empoderarte en el trabajo mágico del alma. Hay personas que te tocan y lo hacen para siempre. Hay auténticos magos que te transforman por dentro. Ayer tuve la suerte de conocer a una auténtica. No fue lo que dijo, fue el cómo lo dijo. No fue lo que decía, fue todo lo que tocaba por dentro cuando lo decía.

 

¿Te tirarías de un quinto piso si fueras a perderlo todo?

¿Te tirarías de un quinto piso si fueras a perderlo todo?

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© Alexander Yakovlev

Hay dos motivos por los cuales muchos de nosotros nunca cometimos esa hazaña: por miedo o por falta de fuerza y valentía. O quizás porque tal grado de desesperación pudimos de alguna forma contenerlo o reprimirlo. Pero los que alguna vez lo hemos perdido todo, podemos afirmar con rotundidad que con algo más de fuerza o de valor hubiéramos terminado como lo ha hecho la pobre mujer que, desesperada, sin ilusión, sin esperanza, cometió la desolada decisión de abandonarse al abismo.

El sexo, la religión, la muerte y también el suicidio, son temas tabúes en nuestra sociedad. Temas que rompen con nuestra estética, que manchan la modernidad de creernos inmortales, que preferimos evitarlos y esconderlos. Conocer las causas del suicidio ante momentos de dolor profundo y desesperación es complejo. Sin embargo, los que hemos padecido momentos difíciles podemos entender ese impulso. Reflexionando estos días sobre el trágico hecho, quiero pensar que esa mujer no se ha tirado por un quinto piso porque lo haya perdido todo, sino porque no tuvo a nadie a quien acudir, porque no tuvo el sostén o el soporte necesario, el cariño y el apoyo atento de los suyos, porque nadie supo entender o intuir el momento trágico.

Hoy he hablado algo más de dos horas por teléfono con una persona que me ayudó incondicionalmente en este último trance. Quizás ella no sea consciente de todo lo que su presencia, su apoyo y su cuidado hicieron en mí. Me daba cuenta, por la sonrisa en mi rostro, que al hablar con ella tres meses después de todo lo ocurrido podía afirmar con rotundidad que gracias a ella y a todas las personas que estuvieron cerca, no franquee la delgada línea de abandonar este mundo para bucear en la esperanza y la paz de un cielo, arpa incluido, que me esperaba impaciente.

Me pregunto cuántas personas estarán ahora en esa difícil coyuntura, en ese terrible abismo de querer desconectar la máquina para siempre, de quererse inmolar para dejar de sufrir, de quererse marchar para dejar de padecer. Dos horas al teléfono dan para mucho. Sí, podíamos hablar de la multidimensionalidad, de la espiritualidad profunda, de lo más epidérmico o lo más insondable, de la necesidad de cambiar el mundo y de paso, a nosotros mismos. La suerte de poder conocer a personas extremadamente conscientes e inteligentes es que puedes abarcar cualquier tema que se presente, explorarlo y desnudarlo paso a paso, despacio. Si además lo consigues con una mujer joven, hermosa y elegante, una auténtica aristócrata del espíritu con la cual puedes verter una complicidad única, el diálogo y el compartir están asegurados.

Pero lo más importante de todo ha sido, más allá de nuestras notables diferencias o nuestras coincidentes rarezas, el cariño y el apoyo, el saber que está ahí y que yo estoy aquí, el apoyo mutuo y la necesidad de cooperar juntos de alguna manera cuando la amistad es, más allá de toda confusión, algo incondicional. La soledad se vuelve menos sola cuando encuentras cómplices y aliados con los que poder desnudar el alma y hablar francamente de cualquier cosa. No he querido indagar en la historia de esa mujer que desgraciadamente ha muerto cuando intentaban desahuciarla, pero estoy convencido de que si hubiera tenido la suerte de tener las amistades que en estos meses me han rodeado, no hubiera ocurrido el trágico desenlace. El apoyo de unos y de otros, los guiños sinceros, la atención, el cuidado y la constante vigilancia han sido auténticos salvavidas.

Por eso, tras esta experiencia dolorosa, no me canso de repetirlo con absoluto agradecimiento. Gracias de corazón a los que están siempre ahí, apoyando a sus amigos, a sus familiares, a sus seres queridos de forma incondicional. Gracias especialmente a los que además, alguna vez acogieron en su seno a personas que, sin conocer, quisieron ayudar. Nunca sabes, de todos los que nos rodean o están a nuestro lado, si en algún momento quisieron tirarse desde un quinto piso y una sonrisa tuya les salvó. Estemos atentos, nunca sabemos cuando el otro nos puede necesitar de verdad.

La riqueza de no tener nada

La riqueza de no tener nada

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Brasileña de origen alemán y afincada en Londres. Excesivamente bella para que pudiera ser real. Pero no tan solo por su belleza exterior, sino por su alma limpia y brillante. Miraba con atención los miles de libros que tengo aquí en este pequeño templo, repasando todas las escuelas, todas las tradiciones y filosofías que se agolpan en las estanterías. Vegana desde los quince años, había estado, por indicación de un mentor, en las selvas del Perú. Allí, en la profundidad de la Amazonía, había conocido el contacto directo con la madre naturaleza, con las tradiciones chamánicas y con la revelación del mundo más allá de las formas.

Dejó en manos de su gerente la empresa que regenta en Inglaterra y empezó a viajar. Su despertar lo inició hace cuatro años en el Camino de Santiago, lugar donde ahora se encuentra con su autocaravana, lejos de las comodidades y lujos de la capital londinense. Un sabio alquimista reveló que su alma venía de la lejana Lemuria, y ahí todo empezó a cambiar. Las sincronicidades empezaron a surgir en uno y otro lugar hasta que vio claro que su destino era dejar la vida tal y como la conocía hasta ahora para crear un centro de sanación en el Camino de Santiago.

La verdad es que escuchar su historia de vida me conmovía. Tomaba el café en pequeños sorbos para así poder saborear con detalle todo lo que contaba. Su experiencia con la muerte de pequeñita, sus múltiples vidas viajando y viviendo en diferentes países. Me doy cuenta de lo pequeñitos que somos cuando encontramos a seres con tanta vida, con tanta experiencia vital, con tan amplio horizonte, visión y plenitud en sus vidas libres.

Entiendo que empiezo a abrirme al mundo y que estas visitas empezarán a repetirse con frecuencia. He habilitado una humilde habitación para acoger a todo el que venga y así poder compartir con calma. En la Montaña era fácil. Ahora entiendo que montar una casa de acogida de libre acceso tenía un poco que ver con ese frecuente peregrinar que siempre existió en mi hermosa casa del mediodía. A veces organizaba encuentros donde venía mucha gente que acomodaba como podía en las infinitas estancias de aquella morada blanca. Ahora las comodidades en la montaña son menores, pero a pesar de mi timidez huraña, comprendo que no puedo huir de esa necesidad de contacto humano que atrae a luciérnagas que buscan sus mieles, y que aquí, en este simbólico balneario de descanso y reposo, tendré que seguir acogiendo a peregrinos del alma. No tengo mucho que ofrecer, pero algo quedará en el zurrón interior cuando no paran de llamar a la puerta para simplemente conversar, compartir y abrazar con amor y amistad.

Desde la habitación calentada por una vieja estufa, podíamos ver entre silencios como la lluvia volvía a golpear en el cristalino atardecer. Sus lágrimas golpean en el filo de la farola, creando un rítmico palpitar que desahoga agua. Los átomos se descomponen y bailan descontrolados por el azar. Pequeños animalitos se agolpan en la ventana con la esperanza de que la luz que les llega tenga algún néctar que recolectar. Los puedo contar uno a uno mientras el calor y la música enternecen los últimos rayos de sol aquí dentro. Los libros se amontonan en su soledad de un tiempo que ya no les corresponde. Las cristalinas pantallas han provocado su ocaso, excepto en esta guarida salvaguarda de algo que ya no existe.

Ella mira atenta por la ventana y ambos nos sumergimos en el bosque adyacente. Contemplamos el respirar de la naturaleza, su palpitante sabor a vida. Tiene una visión clara, un propósito definido. Busca un espacio, como el que tenemos allá arriba, en la Montaña. Queda tentada por la posibilidad de que sea allí el lugar donde proyectar su sueño. Decidimos esperar hasta la primavera porque ahora toca descansar, toca bucear en los adentros y respirar entre aledaños. No tengo nada en este instante excepto el calor y la amistad de esta tarde otoñal, y al no tener más que eso, me siento la persona más rica del mundo. Gracias querida R. por tu visita y por hacer crecer la llama de la riqueza interior.

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La fe que cierra el círculo


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Si ayer pudiste mirar tras la cortina, hoy toca caminar más allá de ella. Cuando el sol se pone y llega la noche, nos acostamos a la orilla del río, en un lecho apropiado aquí en el Balneario. Pero en cuanto se descubre la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos dedos, la vida empieza a darnos esa oportunidad única de ser felices.

Todas las tardes, y gracias a las sinceras recomendaciones de M., mi doctora preferida, -hermosa, sabia, prudente y angélica- paseo por los arrabales del río Sarria cruzándome una y otra vez con imponentes peregrinos que deambulan misericordes y ya cansados hasta Santiago. Me gusta mirar sus rostros, observar en su mirada un trozo de sus vidas, de su alma. Nos cruzamos una sonrisa necesaria, como si fuera un alimento imprescindible para seguir adelante. Mi paseo es corto, no más de una hora de ida y vuelta, pero a veces los acompaño un tramo, viendo como sus pesadas cargas se vuelven más livianas ante la presencia anónima. El alma se alimenta de pequeños gestos. Oxigenar pulmones, sonreír, caminar y siempre agradecer a la vida todo cuanto nos da y nos quita. Un ejercicio terapéutico para sanar los adentros.

Hoy el paseo, gracias a la compañía del amigo Joaquín recién llegado de Madrid, se alargó durante más de siete horas y más de treinta kilómetros. Hicimos el hermoso tramo de Samos a Sarria por un camino cargado de otoñada, y su vuelta plagada de encuentros y reencuentros. El ánimo generoso se dejó persuadir por la abundancia de vida, de color y olores que el camino ofrece en un día agradable de otoño. El amigo me hizo sentar separadamente del mundo para contemplar, desde otra perspectiva, las realidades envolventes. Con sumo cuidado me alargaba la mano de la amistad como las amarras de un buque que se yergue firme ante la marea. Desahogaba en él mi tristeza inevitable, pero también la esperanza del nuevo día y la alegría de estar a su lado. ¡¡Hemos paseado por tantos lugares juntos!! Inolvidables los viajes a Mongolia y la India e inolvidables los momentos únicos e irrepetibles en el jardín del Morya.

Pudimos hablar de amor y desamor, de geopolítica y economía, y por supuesto de aquello que más nos une, de Misterio, de fe, de magia y milagro. Es hermosa la sintonía que sentimos en tantas y tantas cosas, pero cuando tocamos de forma sutil y sublime la belleza de la vida manifestada, el sincronario interior se revoluciona hasta alcanzar el cielo. Creamos sin querer en este paseo hermoso por valles y montañas, por bosques profundos y bellos paisajes un tratado de monadología como haría el bueno de Leibniz, un discurso metafísico donde las sustancias simples se podían rozar con el aliento sincero y perpetuo.

La amistad a prueba de fuego y tiempo te hace sentir vivo, humano, acompañado en esa familia extensa que se deleita en el cuidado de los seres que amamos a pesar de las distancias que puedan separarnos. Nos hacemos mayores y vemos como ese calor compartido es el mejor regalo que nos podemos dar como seres vivos. El abrazo sincero, el paseo intenso en ese círculo que se cierra en la fe, como decía siempre inspirador el bueno de Joaquín. Es la fe la que nos permite creer en ese mundo bueno en el que soñamos y es la fe la que nos provoca la alegría de seguir adelante, practicando los caminos con gestos sinceros y amorosos. Que así sea por mucho tiempo. Así que gracias querido Joaquín por tu sincera amistad y por querer acompañar a este humilde peregrino en un momento difícil. Gracias por estar ahí, siempre. Gracias por tu fe compartida y avivada.

Foto: Con Joaquín pasando el día en el Camino de Santiago y celebrando más de diez años de amistad. Si queréis conocer a un gran hombre y mejor persona dará una conferencia en Madrid que no tendrá desperdicio:  

http://espacioronda.com/event/conferencia-publica-la-fe-que-cierra-el-circulo/

 

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El ágora con puentes de oro y plata


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Desde hace tres meses no pongo el despertador. Hacía años que no sentía la libertad de seguir los ritmos de la vida. Los primeros dos meses, debido a mi estado anímico y emocional, dormía bien poco. Solía despertarme puntual a las tres o a las cuatro. Podía estar con los ojos abiertos durante horas sin ver nada, solo dando vueltas en la cama, regodeándome en el dolor y sufriendo nocturnamente la soledad de una cama vacía. Desde hace dos semanas he recuperado la normalidad onírica. Me despierto a cualquier hora, a veces a las siete, otras a las nueve y otras simplemente alargo la horizontalidad el tiempo que mi cuerpo perezoso me lo indique.

Es una forma de sanación. Dar al cuerpo lo que pide tras años de exigencias extremas. Noto que este tipo de vida es seductor. La soledad, la falta de horarios, el tiempo que se acumula para poder administrarlo como uno quiera sin mayores obligaciones que las que yo mismo me imponga. Estar convaleciente, aunque sea por una enfermedad emocional como puede ser un duelo desgarrador, es algo hermoso.

Tras una pequeña meditación matutina me esfuerzo por seguir cierta rutina. Ir al baño, afeitarme, ducharme, desayunar algo y luego trabajar en la editorial hasta que el hambre me obliga a volver a la cocina. Por las tardes, y gracias a la ayuda de D., he acomodado un espacio al que llamo ágora. No es exactamente un ágora para la discusión y la dialéctica, sino un espacio para la meditación silenciosa, para el compartir y para crear la arquitectura de lo que será mi próximo futuro. Lo que antes era un almacén de libros ahora se ha convertido en un pequeño rincón de lectura, de escritura y de compartir. Una especie de diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, como diría Galileo, pero siguiendo las posturas del neófito Sagredo, es decir, viviendo y experimentando desde la visión neutral de quien busca la verdad sin aferrarse a ningún dogma o creencia. Simplemente observo atento y discrimino silencioso, sinuoso, tranquilo. Ya no hay prisa por nada. Absolutamente por nada, excepto por vivir.

Con D. pude estrenar el espacio mientras mirábamos en los mapas donde viajar durante siete días, sin pausa, por esta ancha Galicia. Al final la comodidad del lugar nos llevó a franquear incluso las fronteras más meridionales. Con B. pudimos abrazarnos, compartir, reír, imaginar hasta altas horas e incluso celebrar su revolución solar con dos velas simbólicas en una noche especial y mágica improvisando un pastel de cumpleaños a base de frutos secos. Con M. he podido compartir inquietudes sobre los próximos devenires utópicos y especialmente sobre la fortaleza inamovible de seguir adelante. Y mañana tocará compartir con J., y en unos días con la amiga X. y en otros con M. y con A, que vienen de muy lejos para abrazarnos y compartir… He pasado del silencio más absoluto al discurrir peregrino de almas que pasan, te abrazan y se van hacia su propio septentrión, pero siempre dejando esa sensación amable de cercanía, cariño y amor.

Si, un pequeño lugar donde reposar, pero también una pequeña plaza pública donde volver al contacto humano, esta vez seleccionado, medido, oportuno, sin avalanchas y sin necesidad de que nadie desee vampirizar una emoción o un pensamiento. Solo compartir, desde la amistad, el amor y el cariño con suma delicadeza. Me doy cuenta de la riqueza de poseer tantos y tantos amigos que están ahí, en lo bueno y en lo malo, que no huyen cuando las cosas se complican y que permanecen fieles e inamovibles a pesar del temporal. A los que huyen, como dice mi querida D., puente de plata. Y a los que regresan una y otra vez, la compensación de la eterna amistad, del oro del verdadero sentido del amor y el cariño. Un tesoro, el mayor de todos, que no todos aprecian.

(Foto: Pequeño rincón donde compartir. Antes un almacén de libros, ahora un lugar mágico con olor a libros, incienso y amistad. Si tu imaginación te lo permite y puedes oler el incienso y ver más allá de la forma, mira tras la cortina. Allí, una oleada de peregrinos libres deambulan con sus pasos errantes hacia su destino. El Camino espera tras la cortina). 

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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Gracias Antonio


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Antonio se marchó como siempre había querido. Con las botas puestas, trabajando hasta el último suspiro, sin parar de buscar y bucear en las letras de otros para editar aquello que veía como posibilidad futura. Llevaba muchos años en la cuerda floja, con esa enfermedad que tenía su cuerpo mancillado pero que no le impedía, a su pesar, seguir adelante. Cada cierto tiempo me llamaba para decir que le quedaban unos meses de vida. Me explicaba algunas anécdotas con risas y me pedía si, una vez el estuviera en el otro lado, podía ayudar a Pilar con la editorial o con lo que fuera. Me sentía halagado por tan inmensa petición y le decía que esperara, que haría cualquier conjuro curativo con tal de que aguantara todos los años que hicieran falta. Que no había prisa por irse, que tal y como estaba el patio, hacían falta muchas manos en este tajo.

Desde pequeñito leía los libros que él, junto a su infatigable compañera Pilar, editaban en Sirio. Nunca sabía quién estaba detrás de la Editorial Sirio, pero siempre me sentía agradecido por esos libros que pocos se atreven a editar y que sirvieron como guía en esa curiosidad adolescente por lo trascendental, por el misterio, por lo oculto de la vida.

Lo conocí hace casi diez años, junto a su infatigable esposa Pilar, cuando por una tímida casualidad me hice editor. Vi por primera vez a Pilar en una reunión de editores y me pareció un alma grande y benévola, hermosa y carismática. Sentí una atracción irracional por su presencia y ya no me despegué de ella. Él ya estaba enfermo pero desde el primer momento ofreció su ayuda incondicional a este joven editor que hacía sus pinitos. Sentí como esos padres que te adoptan cuando vienes desahuciado de una guerra. Primero con la distribución de nuestros libros, luego, también siendo mi primer editor. Tuve el honor y la suerte de que me editara dos libros de mi autoría. “No son muy buenos, pero sé que algún día llegarás lejos”. Esas palabras me llenaron de emoción pero también de responsabilidad. Tenía que estar a la altura de sus perspectivas. Antonio siempre era claro y sincero, y eso tiene un valor profundo en un mundo tan mentiroso como el nuestro. Siempre pensaba y me reprochaba que tenía un talento desperdiciado. Que estaba agotando mi vida en caprichos que no valían la pena. Me costaba decirle eso de que simplemente estaba sembrando, pero me gustaba escucharle porque siempre dotaba el alma de cualquiera de esa fuerza suficiente para seguir adelante.

El trato profesional pasó la frontera de la amistad y empezamos a frecuentarnos en su despacho, contándonos anécdotas mientras desayunábamos leche de almendra con galletas, sufriendo la crisis del sector e imaginando como sería el mundo de los libros en el futuro. Me sentía arropado, protegido a su lado, como ese mentor que todo pequeño empresario necesita para impulsar sus proyectos. Siempre me echaba la bronca cariñosamente por mis torpezas editoriales pero siempre estaba ahí el primero para echar una mano en lo que fuera. Lo hizo cuando estuve a punto de deshacerme de los sellos editoriales y él me animó y me ayudo para no hacerlo. Estuvo ahí cuando quebraron nuestras distribuidoras dejándonos pufos de más de cien mil euros y él decidió distribuir todos nuestros libros. Estuvo ahí siempre, hasta el último día.

Una semana antes de marcharse, tras una visita a Málaga para ver como estaban, decía que quería volver a venir a O Couso. “Lo haré en unos días”. No lo hizo, se fue al otro lado quizás porque allí haga ahora más falta. Quizás para inspirarnos y ayudarnos en este trabajo de seguir llevando las letras de nuestro tiempo a los rincones más insospechados. Querido Antonio, gracias de corazón por todo lo que has hecho en nosotros. Gracias de corazón por estar ahí. Sigamos adelante querido.

Pd.- Este año se han marchado dos buenos amigos de Málaga. Pepe primero y ahora Antonio. Como diría nuestra querida Dolores, estarán ahora tocando el arpa en alguna nube mientras con cierta broma socarrona ríen a costa de nuestras pequeñeces. Pasadlo bien bandidos y disfrutad del otro lado.

 

A un hombre bueno


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A Pepe, in memoriam…

Cuando nos vienen al recuerdo imágenes de París todos nos imaginamos esa figura horrenda que Eiffel ideó en algún tipo de delirio en plena era modernista, de inventos, de máquinas, de fábricas. En todas partes aparece ese mamotreto de hierro y clavos erguida para mayor gloria de algún ego que ya apuntaba maneras, como orgullo de una patria o de una ciudad que se postula como avanzadilla de algo indecible. Sin embargo, nadie recuerda al barrio de Montparnasse, lugar donde éramos poetas y solíamos deambular por sus calles suplicando encontrarnos con la memoria de personas como Baudelaire, Sartre, Simone de Beauvoir, César Vallejo, Julio Cortázar, Samuel Beckett o Guy de Maupassant. En un mundo alejado del verso es más común acordarnos de torres esbeltas y grandilocuentes que de personas buenas que contribuyeron a edificar la constitución humana.

En estas semanas tengo muy presente a Pepe, cuyo apellido londinense, Bourman, nos recuerda a otros ilustres ciudadanos de la city. Señor y caballero de sus dominios, elegante como sus antepasados ingleses, de mirada alta y con majestuosa presencia, de lo que más luz arrojaba al mundo era de su bondad. Amable, atento, generoso y amante de por vida de su querida mujer, nuestra amiga Dolores, que juntos han recorrido una hermosa existencia y cuya herencia, hijos y bellos nietos, el mundo le reconocerá.

Vivimos en un planeta donde no abundan los hombres buenos. Durante cientos de años el hombre ha sido un animal. Ha matado a sus hermanos. Ha violado a sus mujeres. Ha masacrado bosques y montañas y sobre todo, ha mentido al mundo con una fachada elocuente y pueril. Pero en esa maraña de maldad congénita, siempre aparecen individuos que relucen especialmente por su humanidad y ternura, por su luz y resplandor. Son esas torres humanas y no las otras las que merecen ser recordadas, por muy anónimas o silenciosas que sean.

Unos días antes de morir tuve la oportunidad de verle, de saludarlo de nuevo, de contemplar su rostro poeta, sencillo, bello, dulce, noble. No sentí tristeza sino alegría por todo su ejemplo, por toda su valentía a la hora de afrontar sus últimas horas de vida. Su ejemplaridad, elegante hasta para morir, me resultó un último acto de amor, una forma de marcharse limpio, sin mácula, sin ruido.

No pude llegar a su entierro a tiempo. Quizás por una hora. Pero eso me permitió colarme en su familia y dedicar unas horas a compartir las bonanzas de aquello que como los poetas nos construyen como seres completos y buenos. En el jardín donde ahora descansa estará haciendo cosas buenas, obrando con bondad y sencillez, esperando a que los suyos les ayuden en esas otras tareas que el espíritu demanda. Seguramente nos estará mirando con esa sonrisa suya, juguetona y traviesa al mismo tiempo, esperando que aquí abajo hagamos bien las cosas, dejemos una buena huella, pongamos en orden nuestros asuntos y podamos marchar en paz con todos.

Él envidaba mi forma de vida tan libre y despreocupada y yo siempre envidié su bondad absoluta. Ojalá todos los que tuvimos la suerte de conocerlo podamos imitar su ejemplo. Querido Pepe, gracias por inspirar este nuevo mundo que todos anhelamos. Gracias por marcharte elegante, fuerte, valiente, amoroso. Gracias por ser un poeta de los grandes, cuyo verso quedará por siempre entre nosotros.

Siendo, eso es todo, en lo bueno y en lo malo


¿De qué sirve este enredoso aire, si no puedo respirar? Si no luchas por nada… ¿De qué sirve soñar?¿Para qué quiero un mundo carente de fantasía?¿De qué sirve la vida, si vives para servir? Prefiero estar consciente aún cuando duela. Prefiero que la muerte me sorprenda de pie, construyendo un mundo nuevo que quizás nunca vea. Me iré feliz sabiendo que mis sueños nunca abandoné.”  M. Bakunin

Me levanté muy temprano tras un sueño bien extraño. Estaba muy feliz tras un fin de semana inolvidable, de esos entrañables y cargados de amor y cariño. De esos que deseas que nunca terminen para que los días que vengan después sean una continuación de los otros. A mi lado estaban las dos gatitas. Una a mi izquierda y la otra a mi derecha, próximas al corazón, como si de alguna forma sintieran como la primavera ha llegado también a mí. El perro Geo me lamía bien temprano. Tenía ya ganas de salir corriendo tras el caballo o las cabras. Le abrí perezoso la puerta. Hacía frío y nevaba. Me vestí y me fui corriendo hacia Madrid.

De repente el teléfono no paró de sonar. Amigos, periodistas, la televisión. Pensé que había pasado algo o que de repente me había hecho famoso por algún motivo que no esperaba. Iba a Madrid para participar en un anuncio de televisión. Cosas surrealistas de la vida. Dos años viviendo en una caravana sin colchón e iba a anunciar colchones de una conocida marca. El nuevo rey de las camas se atreve con todo. Una periodista de Tele Cinco me pedía si podía gravarme en directo. Lo siento, estoy de viaje. ¿Y mañana? Mañana estaré todo el día en una cama, rodando un anuncio. La pobre no daba crédito. Así que acordamos que la entrevista sería en el hotel de Madrid en diferido para que mañana, sobre las nueve, aparezca en Telecinco.

Llegué tarde a la prueba de vestuario. Era casi la hora de comer cuando empezaron a sacar prendas y más prendas, pijamas y más pijamas todos con su etiquetita con el precio, por si tras el rodaje se pudieran devolver y ahorrar en vestuario. Un pijama azul, otro dorado, otro blanco, otro conjunto así o asá. Me veía como esos famosos actores que hacen esas cosas y parece que se divierten. Yo lo hice. Soy antropólogo y me gusta conocer mundos.

En el hotel estaban los periodistas y las cámaras esperando. De nuevo casi me siento una estrella. Ohhh!! Cuanto poder tienen esas cámaras. Todos me miraban con extrañeza, por si fuera algún famoso. Incluso en el hotel, por si acaso, me dieron la mejor habitación por el mismo precio. Sí, las cámaras tienen poder, el cuarto, dicen. Poder para crear mitos y también poder para destruirlos. Hoy tocaba lo segundo, y a mí me tocaba bucear en el sentido amplio de la profundidad sin caer en la ruindad ni el prejuicio.

Habían encarcelado a Mario y toda su familia. Hace poco sacamos a la luz un libro juntos. “Siendo, eso es todo”. Cuando los periodistas empezaron a preguntarme sobre todo lo ocurrido me limité a contesta cortésmente sobre el mundo humano y la tragedia que hay tras los focos, el interés, el circo mediático y la mentira de la ilusión. Por un momento me sentí un cruzado defendiendo la causa humana ante el imperio de lo absurdo. O como ese colibrí que iba hasta el río gota a gota para intentar con su gesto cumplir con su parte moral ante el incendio del bosque. La periodista me preguntó porqué me había atrevido a dar la cara por un preso, por un delincuente. Realmente no estaba dando la cara por nadie. Sólo quería estar ahí, a su lado, de forma simbólica o precisa. Pero estar ahí. Cuando lo pasas mal, es hermoso saber que alguien está ahí. Cuando llevas dos años viviendo en una caravana sin colchón es agradable que alguien te llame para hacer un anuncio sobre colchones. O como ese ángel que hizo trescientos kilómetros plancha en mano, se metió en mi armario y me planchó algunas camisas para este viaje. Hay cosas que te dejan sin palabras, hay gestos que no tienen precio. Hoy prefería estar consciente ante los gestos, aunque dolieran. Prefería estar atento, alerta. Prefería estar, de alguna manera.

Durante muchos años lo he pasado mal. La vida, las crisis, la pérdida de todo. Cuando lo pasas mal muchos desaparecen. Algunos para siempre. Pero hay algunos, a veces muy pocos, que permanecen. Mario fue uno de ellos, a pesar de todo. Así que le debía el gesto. Un gesto humano, un gesto cariñoso, de amigo. Querido Mario, Siendo, eso es todo, en lo bueno y en lo malo. Sin más. Ahora el sistema que aclare las formas, nosotros nos ocuparemos del fondo.

Hacer bien las cosas


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 “El único símbolo de superioridad que conozco es la bondad”. L. Beethoven

Tras un vertiginoso viaje por toda España, acabo de llegar con una paz serena y una felicidad intensa al frío de la montaña. Siento cierta emoción interior por saber que las fuerzas conspiran para que las cosas ocurran. Por sentir como poco a poco estamos comprendiendo el mensaje de compartir, de ayudarnos los unos a los otros, de apoyar las causas que merecen la pena que existan.

Acabo de pagar una deuda de casi veinte mil euros que vencía el seis de marzo. El mérito no ha sido mío porque en el proceso de pago he recibido ayuda de buenos amigos. Pero para mi era importante cumplir con mi parte del trato, de la promesa, del acuerdo. No importa si por el camino tenía que sacrificar ciertas cosas o embarcarme en nuevas aventuras. Lo importante de todo, independientemente de la cantidad, era cumplir con la palabra.

Un amigo me enseñó en estos años a hacer bien las cosas. Es algo que aprendemos pero que a veces, por ignorancia o torpeza olvidamos. Nos cuesta mucho hacer bien las cosas. Hablar con serenidad, tener una escucha activa con el otro, cerrar bien las etapas, los compromisos, las rupturas, lo que sea que tengamos que cerrar. Ayudar al otro cuando lo necesite, ya sea de forma humilde, con nuestra compañía, o de forma poderosa. Sea lo que sea, es importante hacerlo bien para que todo quede limpio, sanado, hermoso.

Cuando alguien se enfada con nosotros a veces son por causas que se podrían resolver con un simple abrazo, con una llamada, con un poco de atención, tomando un café o paseando por un camino cargado de vida. Cuando hacemos un favor el mismo tiene que salir del corazón, asumiendo la pérdida inevitable del propio acto y esperanzado, confiado, en el buen hacer del otro. Cuando alguien deposita en nosotros un tesoro, nuestro deber moral y humano es cuidarlo, protegerlo, potenciarlo, dotarlo de eso que debería ser sagrado: la confianza.

Son cosas simples, que se pueden hacer sin mayor esfuerzo. Solo tenemos que prestar atención, medir nuestras capacidades de respuesta, asumir la responsabilidad del coste de cualquier empresa. Por eso hoy he aprendido esa gran lección al responder gracias al conjunto de fuerzas implicadas a mi deuda moral. Hacer bien las cosas, sin ruidos, sin distraimientos, sin excusas. Trabajar profundamente en las relaciones humanas para que sean cada día mejor, de mayor calidad, de mayor estrechez y confianza. Eso he aprendido en este tiempo. Por eso, en este viaje, he querido mirar a los ojos a aquellos que me debían alguna deuda y también a aquellos a los que yo debía algo. He querido a ambos por igual estrechar mis brazos sobre ellos y hablarles desde la sinceridad, el perdón y la esperanza.

Así somos, estrechamente frágiles, pero también con la posibilidad de ayudar al otro cuando las cosas lo requieren.

Un especial agradecimiento a todos los que estos días han cumplido con su parte. A todos los que han apostado por el ser humano más allá de los números y las cuentas de interés. A todos aquellos que ante la llamada han respondido en auxilio, de corazón, con belleza, con buen humor. Sí, hoy aprendí a hacer bien las cosas, y la magia se ha manifestado.

Desapego y Libertad


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“¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?” Lucas, 9:25

Que un hijo y sobrino de banqueros próximos al Opus quisiera asociarse a un hijo de la viuda resultaba curioso y sorprendente. De alguna forma, como en la película de Weir que tanto nos unió y donde se leía a Frost, nuestra amistad sirvió para “seguir un camino menos transitado que puede marcar toda la diferencia” o para extraer, como dice nuestro amado Thoreau, todo el meollo de la vida. Lo cierto es que Luis Valls-Taberner Muls y el que suscribe fueron socios durante un tiempo apasionante de un proyecto igual de apasionante. Para nosotros fue un máster de aprendizaje sobre valores empresariales, pero sobre todo, fue una maestría de tolerancia y amistad a prueba de todo fuego y duda. Andamos un trozo de camino juntos y aproximamos nuestras miradas al estrecho que separan continentes tan dispares, pero sobre todo, abrimos un pacto, un lazo indestructible.

Luis ha demostrado en estos años que no importa las cosas que nos separan como individuos, sino todo aquello que nos une como seres sintientes, capaces de afrontar emociones y compartirlas desde el respeto y la tolerancia. Uno de los grandes activos que siempre he sentido como propio y suyo es esa capacidad para ser amigos de todo aquel que guardara como única bandera la tolerancia y el respeto, pero sobre todo, la libertad de ser uno mismo sin importar lo que digan, sin añadir nada que no fuera auténtico. Por eso me gusta saberme parte de esa aura que nos envuelve, porque de alguna forma, y el tiempo lo dice, hemos estado ahí en lo bueno y en lo malo.

Ayer pasamos un buen rato juntos en Madrid y me regaló un ejemplar de su segundo libro, Desapego y Libertad (Editorial Indicios), con el cual quiere rendir un homenaje a su tío Luis Valls-Taberner Arnó, el que fuera presidente del Banco Popular. Y también rinde homenaje, de paso, a la unión especial que el legado humanista está dejando en muchos proyectos empresariales que empiezan a nacer y crecer ante el mandato del beneficio, por supuesto, pero también del servicio. Una nueva perspectiva de un mundo que está cambiando y que quiere volverse cada día más humano, y de alguna forma, más espiritual. Así que gracias Luis por conjugar de esta manera ese legado y sigamos, como no, dando espectáculo.

Querido Luis,

acabo de terminar tu libro Desapego y Libertad. Quería leerlo porque además de la curiosidad propia por conocer algo más de tu tío, sentía también cierta curiosidad por saber de tu evolución humanista, tu aproximación de nuevo al mundo de la escritura y las dudas propias que acechan con la cercanía hacia la edad adulta sobre el qué hacer para adentrarnos a ese camino del corazón al que aludes en el libro.

Puedo decir que su conjunto me ha gustado, especialmente hablar con desapego y libertad de un mundo tan abstracto como es el de la banca desde una posición tan suave y firme a la vez como puede serlo la literatura y la cultura. Respirar ambos aires ha sido hermoso, así que gracias por el paseo y la reconciliación de ambos mundos, el de la materia y el espíritu. 

Sólo seguir animándote para que sigas tu senda de constructor de realidades materiales, sin olvidar nunca esa esencia que tu tío tan bien llevó a puerto: la esencia del ser. Un ser que por ser de una sustancia diferente, siempre se muestra volátil pero poderoso, como los vientos que arrecian las costas y los mares. Un espíritu poderoso siempre se sumerge en la premisa del silencio, en la vaguedad de la prudencia, en la valentía de poder arriesgar tan solo activos que nacen del interior. En eso algo has aprendido, y por eso te pongo como ejemplo tu propia amistad. Un valor seguro a largo plazo y del cual, por muchas vidas que pasen, siempre atesoraremos en el otro reino. Siendo así, gracias por el regalo y gracias por tu amistad. Y de paso, sigue navegando hacia ese interior, mientras que con losas fuertes y poderosas, sigues construyendo tus castillos.

Un abrazo sentido,

J.

“Encuentros en tercera fase II”, Barcelona, Madrid y Granada


a

De nuevo por motivos diversos me toca viajar, salir al mundo y de paso abrazarlo como ya hicimos en el primer encuentro en tercera fase donde pude conocer a gente maravillosa y compartir ratos inolvidables.

Vencer las barreras que nos separan, especialmente las virtuales, para conectar con el ser real, con la persona de carne y hueso que somos, derribando con ello los prejuicios, las diferencias, las formas, nuestras propias estructuras y miedos. No se trata de nada especial, solo de volver a convertirnos en seres humanos y compartir un trozo de tiempo juntos.

Esta vez estaré en Barcelona el próximo fin de semana (12-15 de febrero), pasaré por Madrid a mediados de semana y luego estaré el próximo finde por Granada (19-21 de febrero). Aunque esta vez voy algo justo de tiempo, estaré encantado de poder compartir un desayuno, comida, merienda, cena o paseo donde queráis. Podremos hablar de la vida, de la muerte, de la transmutación humana, del gran misterio de la vida, del porqué a los peces no les entra agua en los ojos o simplemente pasear en silencio en algún lugar sugerente.

La idea es que nos inspiremos, que compartamos, que aprendamos juntos, o simplemente que nos reconozcamos, que andemos un trozo de senda por alguna vereda, o nos sentemos al borde del camino para contar alguna cosa. Seguro que nos inspiramos, seguro que nos abrazamos, seguro que nos convertimos en un siendo continuo. Y si no, seguro que nos reímos un rato.

¿Por qué estos encuentros? Porque la vida humana no tiene sentido sin el compartir humano. Solo desde el otro podemos alcanzar el misterio de lo que somos. Solo con el otro podemos tejer juntos un mundo diferente, más armonioso, más tranquilo, más en paz. Compartir es el eje central del nuevo paradigma, y no solo se puede compartir desde la palabra, también desde el encuentro real, desde el verbo que se hace carne y nos penetra.

Así que os espero en cualquier rincón para echar unas risas. Si os apetece, escribir a: javier@dharana.org

Pd.- Como esta vez voy a viajar en coche, si os coinciden las fechas y queréis compartir el trayecto conmigo también estáis invitados.

(Foto: encuentros en tercera fase aquí en O Couso. Estáis invitados a venir cuando queráis. Aquí con los amigos Jorge y su esposa Margarita, Joaquin, José Luis, Rocío y Geo).

Cuerpos desnudos, almas inspiradas


a

Ayer pasé un día hermoso con Lucía. Viajé hasta Gijón para conocernos ya que hacía años que andábamos saliendo juntos en la prensa pero no teníamos el gusto de saber de nosotros más allá de la vida virtual. Curiosamente hoy salía en un periódico un nuevo artículo que hablaba de ambos, así que nos fuimos a comer a un vegetariano para celebrar el encuentro y la noticia.

Lucía es de las pocas mujeres que en este país se declara abiertamente asexual. Siempre que piensas en ese tipo de sexualidad te imaginas a personas raras, con antenas en la cabeza o alguna especie de trauma insuperable. Pero lo que encontré fue un alma bella, una persona libre, sin tapujos, hermosa por dentro y por fuera, inteligente, sensual y atractiva. Un ser cariñoso, de esos que te abrazan y te compunjan el alma, de esas personas que envuelven cuerpos sin importar el como y además, inspiran almas.

Cuando volvía por la noche hasta la nevada montaña, me sentí afortunado por poder disfrutar abiertamente de esta libertad extraña. Sentí cierto agradecimiento por todas esas personas que he tenido la suerte de conocer en estos años y que tanto me han aportado como ser. Es una fortuna poder coger el coche e ir al encuentro de almas bellas capaces de transmitir una parte de su vida sin apenas conocerte. De compartir sus secretos más íntimos y reservados con humor y alegría.

Ayer, de forma consciente, descubrí lo hermoso que resulta poder abrazar cuerpos, no importa si están cubiertos de capas de pasado o andan desnudos. Ayer le contaba a Lucía la de tantas veces que había podido abrazar cuerpos desnudos sin buscar más allá que la intención de poder disponer de un trozo de alma, de estrechar el lazo místico que tanto nos une a todos por igual. El éxtasis de esa libertad va más allá de esa desnudez. Lo que realmente reclama el cuerpo desnudo es la inspiración del alma, la sencillez del encuentro sumado a la complejidad del momento único y verdadero. El cariño de seres que se encuentran, que se aman, que se abrazan sin tapujos y desean lo mejor para el otro sin esperar nada a cambio. Esa libertad en la expresión, ese poliamor sincero que se comparte sin tapujos ni estrecheces nos acerca siempre más y más a la realidad última, primigenia del ser.

No hay cárceles conceptuales, no hay rencillas ni desconfianzas, solo una plena confianza en el otro, asumiendo que su realidad forma parte del todo mayor, y por lo tanto, del nosotros. Salir al mundo desnudo, sin nada que esconder, sin nada que ocultar, solo con la sincera respuesta del abrazo mutuo, del amor mutuo. Libres, sin condicionamientos, sin prejuicios, sin reservas. Cuerpos desnudos, almas inspiradas.

Encuentros eleusinos


A

Debo admitir que el experimento de los encuentros reales con personas de carne y hueso han sido todo un éxito. No han sido encuentros elitistas, especiales, exclusivos. La puerta estaba abierta y hemos entrado por ella sin prejuicios, cargados de tolerancia y amor hacia el otro, sin juzgarlo, sin mirar si era pobre o rico, mujer u hombre, anciano o joven. Hemos disfrutado del talento de sentirnos seres normales, con nuestra carga emotiva, con nuestra discursiva vida y experiencia, con nuestras manías y pensamientos. Lo más hermoso, lo más impresionante es que frente al otro hemos sabido ver al ser que habitamos, al invisible dueño de nuestras vidas. Por eso nos hemos desnudado sin temor al qué dirán, sin temor a lo que el otro pudiera pensar de nosotros, abrazando con amor la diferencia.

Me siento afortunado por esa libertad de no juzgar. Te permite estar con ladrones, prostitutas, con seres que para algunos podrían ser despreciables, auténticos monstruos. No ha sido eso lo que veía en el otro. Sólo veía humanidad en un mundo demasiado fugaz, en una cultura donde lo único que sirve es la rapidez de lo inmediato.

No he querido huir de la belleza. La he buscado incansablemente. Y la podía ver en esa generosidad de cualquier acto pequeño, en esa bondadosa capacidad para transmitir algo del nosotros. En un mundo que está siendo educado en la barbarie, no tenemos más que poner la tele y observar de qué nos alimentamos diariamente, descubrimos la necesidad de volver la mirada hacia dentro, de redescubrirnos como seres cargados de consciencia, de bondad, de amor. Pero sobre todo, tenemos que volver a mirar al otro de frente, tocarle, abrazarle, besarlo, apretar su pucho contra nuestro pecho.

Si juzgamos a la gente no tenemos tiempo para amarla. Seamos amables con el otro, intentemos descifrar y comprender su gran batalla. El yo divide, es su esencia, todo está bien o mal, todo es luz u oscuridad. Pero cuando vives en completa comunión con el otro, con la vida, con tu ser, descubres que la esencia nos une. Nuestros puntos ciegos empiezan a desaparecer y renace la unidad esencial de todas las cosas.

Por eso cuando alguien me pregunta con cierta extrañeza porqué me mezclo con tal o cual persona, con aquel o con aquel otro como si eso fuera algo terrible recuerdo aquella hermosa y profunda frase: “dejad que los niños se acerquen a mí”. Solo desde esa inocencia puedes vivir experiencias únicas, verdaderas, reconciliadoras. Sólo cuando nos quitamos los prejuicios sobre los otros y nos reconciliamos con nuestra parte ciega logramos vivir una vida plena e intensa. Sólo debemos pensar eso: somos vida. Solo debemos convencernos de que además, la vida no nos pertenece. Es algo prestado, algo que está en todas partes, también en nosotros. Esa es nuestra verdadera identidad, y por lo tanto, desde esa dimensión, desde ese descubrimiento, podemos reconciliarnos con la existencia, con el otro, con nosotros.

Ahí está el Misterio. Renace, se encarna, nos interroga. Gracias al Misterio, al continuo deambular de la duda, podemos entender que las cosas sencillas son las que mejor nos conducen al nosotros. La gran comunión, como dice el amigo Koldo, solo es posible ante el contacto real de seres humanos libres y vivos, consecuentes con las diferencias, capaces de amar y ser amados, capaces de tocarse sin juicio. Debemos reencantar a mundo, debemos volver a la magia del encuentro. Toquemos la flauta y bailemos esa música.

(Foto: perdonad que en esta serie de relatos haya aparecido excesivamente mi rostro. Sólo quería mostrar nuestra cara humana, compartir con vosotros momentos de carne y hueso. Aquí, con los amigos Ramiro Calle y Fernando Sánchez Dragó en los encuentros eleusinos).

Robando el fuego a los dioses


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Hay elementos suficientes para pensar que el conocimiento, la gnosis, no es suficiente para poder robar el fuego y la luz a los dioses. Hace falta algo más, algo que venga acompañado de fuerza, pero también de amor. Lo notaba cuando esta tarde, en mitad de la sierra de Madrid, podía abrazar a la dulce María, un bebé que se gestó muy cerca de nosotros y que nació para llenar nuestras vidas de esperanza. Ocurre en cada nueva generación. Es como si cada ser viniera con un mensaje de ejemplaridad, con una absoluta crítica a las convenciones en las que nos movemos. Como si quisieran gritarnos cierta necesidad de cambio, cierta necesidad de ser héroes de nuestro tiempo.

Tras pasar la mañana con Carlos y Sandra y su bella hija María comprendí ciertos misterios sobre nuestra mortalidad. Sentí esa tristeza de los melancólicos pechos que alimentaron nuestros primeros días, atravesé la idea de esa praxis del ejemplo concreto, de la forma de cómo poder inspirar a los otros sin dañarlos, sin hacerlos frágiles ante la palabra y el verbo nacido de la experiencia. Hemos aprendido que somos nosotros la verdadera escuela, pero eso solo es posible con nuestro ejemplo. Nuestro deber es inspirar confianza y ternura. Sabemos que nos sobran leyes y nos faltan ejemplos de personas sanas, libres y amorosas. Debemos pasar del estado estético al estado ético. Es irremediable y no podemos renunciar a ello.

Está bien sostener el mundo material, alimentarlo y empoderarlo para facilitar nuestras vidas. Pero debemos aprender a reorganizar nuestras prioridades. Debemos aprender a elevar nuestra dignidad humana y alejarnos de la corrupción, la decadencia y la destrucción. ¿De qué nos alimentamos realmente? ¿Qué entra y qué sale por nuestra boca, por nuestras emociones, por nuestros pensamientos y acciones? Ni siquiera lo sabemos porque ni siquiera abrazamos la oportunidad de parar un segundo para ver qué ocurre en nosotros, con nosotros.

Estamos enamorados de nuestras cadenas y nadie nos advierte de ese recelo por conservarlas. Nadie es capaz de agitar nuestras consciencias de forma suficientemente energética como para zambullirnos en otra realidad, en otra coordenada diferente. Sabemos que todo cambia, que todo se transforma, que todo es cíclico, pero no somos capaces de cambiar nosotros mismos.

De momento todo son palabras. Las palabras, si no vienen cargadas de gestos, no sirven para nada. Por eso tenemos que ir a los corazones humanos y seguir secuestrando su dulzura para compartirla, para seducir a los dioses y robarles sus fuegos. Solo de esta manera podremos seguir avanzando, transformando nuestras vidas y soñando que esa niña recién nacida viene para mostrarnos una nueva dimensión de las cosas. Mirar a María, tan frágil, tan bella, tan profunda, es sentir la esperanza en el rostro humano. Es pensar que todo cuanto ocurra a partir de ahora puede ser diferente.

Andar, siempre andar.


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Andar. Siempre andar. Como si la mañana no pudiera levantarse porque aún la noche no terminó. Como si el viento te llegara a la desnuda piel y pudiera hacerla enloquecer. Andar de un lado para otro hasta que llego a esa misteriosa ermita, encerrada entre bloques, oculta y recluyendo en su misterio esa imagen, otra vez, de San Miguel venciendo al dragón. Pero, ¿de verdad ha vencido?

Llegué puntual y ahí estaba él. Un hombre tímido pero cuya obra ha sido abalada por reyes y huérfanos, por pobres y ricos. Durante dos horas estuvimos conversando en ese hermoso salón de su casa palaciega. Me falta corazón, pero he tenido mucho dinero. Y ese dinero lo empleó no en sí mismo, sino en el otro, en ayudar a los demás, en prometer una vida digna para todos y conseguirlo. Claro que hay corazón, aunque en el timón de la obra hizo falta un creador, un gestor frío, distante, apartado, taciturno. Nadie juzgará su carácter, sino el poder de la obra, todo aquello que hizo por los demás. Por eso la admiración siempre se conserva. No todas las vías son las del corazón. El poder, el conocimiento, también pueden hacer mucho bien al ser humano.

Como cuando hoy he quedado en ese restaurante vegetariano y mi amigo se excusaba porque estaba enfermo. Realmente a veces ocurren cosas que son una bendición. Su enfermedad hizo posible encuentros con gente maravillosa que hacía años que no veía. Cerca de mi mesa me encontré con el todopoderoso Joan Melé, un banquero al que he podido saludar y charlar durante un rato. Pero no un banquero cualquiera, porque el cometido de Joan es crear consciencia en el dinero, en las transacciones, en el intercambio. La banca ética es posible, y un mundo más ético y humano también. La expresión del amor también puede llegar desde el conocimiento y el poder. Lo decíamos antes. Por eso tras estar un rato con Joan apareció Enmanuel. Parecía un milagro. Dos personas que no esperaba y de repente estaban ahí, compartiendo una comida. Al final la vida quiso que el mediodía fuera un continuo momento milagroso, de profunda y exquisita conversación, de oportuno encuentro para entender nudos gordianos que se han ido tejiendo durante mucho tiempo. Toda una revelación, todo un regalo.

Y luego con mi querida Ana y ese abrazo suyo, esa sonrisa esmeralda cargada de privilegios, de generosidad, de sinfonía. Ese ser limpio y angélico cuyo arquetipo siempre me inspira. No se puede ser más feliz que a su lado, ante su juventud , ante su majestuosa fuerza interior. Improvisamos de la nada una escapada al mundo de los miserables, allí donde anida la pobreza más absoluta, no tan solo la material, sino también la vergüenza de una sociedad que pretende esconder tras un bocadillo y un caldo caliente aquello que nunca debió existir. Nos sentimos agradecidos por la experiencia única, por consolar de alguna forma, aunque fuera mínima, la dignidad humana. Allí estaba la tercera vía, más allá del poder y el conocimiento. Allí estaban los cimientos del amor más allá de los postureos de los fariseos de nuestro tiempo. Allí estaba el ser humano hambriento, sediento, negado de toda dignidad. ¿Qué podíamos hacer nosotros ante la inmensidad de todo? Quizás poco, quizás nada, excepto estar ahí, ofreciendo ese caldo y bocadillo acompañado de una sonrisa profunda y sincera.

Andar. Siempre andar. Como hoy, sin dinero, sin calzado, absolutamente pobre y feliz ante poderosos, conocedores y servidores. Sin renunciar a toda nuestra condición humana, aún a pesar de la desdicha y el fracaso colectivo. Seguiremos andando mientras tengamos un halo de esperanza, un ápice de fe en todo cuanto somos.

Hoy me sentía un monje mendicante, como aquellos que iban labrando la nueva nueva sin nada, excepto la sonrisa.

Sabor de amor


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Con sus casi ochenta y cinco años fue despacio, muy despacio, hasta el café de la Luz. Preguntó por mi, pero nadie me conocía por ese nombre. Aunque aquella había sido casi una segunda casa, nunca tuve la apertura suficiente como para presentarme. Su marido Gregorio, con noventa y dos años también estuvo allí. Me pregunto qué hubiera ocurrido si nos hubiéramos cruzado.

Pero era hoy y no ayer cuando iba al café de la Luz, donde me esperaba mi querida Laura, mi hada madrina, mi ángel guardián en estos años locos de aventuras y desventuras. Es tanto el cariño y la estima que le tengo que el verla es como una especie de calmante para el alma. Saber que existen personas puras en las que podrías confiar toda una vida te llena el alma, te rebosa de emoción y alegría. Existen personas así, y merece la pena conservarlas como auténticos tesoros, como regalos que la vida te da en el momento más oportuno. Los ángeles son generosos, amables, sonrientes, alegres. Te tratan siempre con cariño, complicidad y respeto. Laura es un ángel.

Luego me fui corriendo hacia la otra punta de Madrid. Allí me esperaba un misterioso personaje cuya sombra nunca logro alcanzar, cuyo secreto nunca resuelvo. Es casi invisible, volátil, extraterrestre. Comimos en silencio algo ligero. Apenas hablamos porque entre nosotros no caben mayores cuestiones. Solo observamos, sigilosamente, el paso de la vida. Y aprendemos sobre la tolerancia, el respeto, la admiración del otro.

A las cuatro tenía una cita importante. Elvira me esperaba en su casa. Sentía cierto nerviosismo no solo por mi timidez, sino porque no todos los días tienes la oportunidad de conocer a alguien de anciana edad que lleva años leyendo tu blog. Sentía respeto y una alegría profunda a la vez. Aunque ayer no me encontró en el café de la Luz de alguna forma pudo contactarme por mail y acudí a su encuentro. Cuando la vi en el portal de su casa nos fundimos en un sentido y profundo abrazo. Tardaré mucho tiempo en olvidar ese momento tan cargado de amor y ternura. Entré en su casa y saludé a su marido Gregorio. Me impresionó la hermosura de sus ojos, la belleza de sus gestos bondadosos y amables. Empezamos a hablar intensamente y Elvira me enamoró. Por fin había encontrado a alguien que podía entenderme, que podía comprender todo cuanto he vivido. Abrió su corazón y me contó su historia de vida. Con sumo respeto y admiración la escuchaba, la atendía, la abrazaba con la mirada. Dos almas que se encuentran, se reconocen, se aman en ese silencio, en esa corta distancia de la palabra, del momento, de la ensoñación de poder sentirnos y expresarnos libremente aún sin conocernos. Siento tanto agradecimiento, siento tanto amor por esos seres que no conoces y que de repente abren su corazón y su vida. Gracias querida Elvira por tu aura bella, cargada de misterio y de plenitud. Gracias por darnos la oportunidad de compartir ese instante único.

De allí me fui hasta la plaza del Sol. Estaba radiante y feliz por el encuentro con Elvira y llegué puntual a la cita con la bella Jessica. Nos fuimos cogidos de la mano hablando sobre el Misterio, sobre la Palabra Perdida, sobre Su Gloria, hasta una hermosa iglesia donde nos esperaba nuestro querido Ilia, poeta y profesor, misterioso personaje de otra época, sabio, maestro, genio y figura. Estuvimos con su grupo de meditación, de conocimiento compartiendo algo sobre la luz. Un momento inolvidable cargado de poesía, música y belleza. Un punto de luz en una Madrid cada vez más necesitada de claridad. Tras terminar allí nos marchamos. Jessica compartía su entusiasmo por la vida, su necesidad de entender y comprender el Misterio desde una sensibilidad especial. Me entregué a ella en ese paseo que siempre se queda corto, donde siempre deseas más. Descubrimos en la belleza del encuentro humano el poder de la oración compartida, la sutileza del encuentro, del contacto, del amor. Puedo decir que amo a Jessica, aunque tan solo la haya visto media docena de veces. Puedo decir que hay personas que han nacido para ser amadas solo por su mágica presencia. Profundamente amadas. Gracias, gracias, gracias. Bonita idea esto de los encuentros en tercera fase.

Toquemos el violín…


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El primer día de contactos en tercera fase ha sido bello, emotivo, sincero, cargado de sorpresas, de compartir, de lágrimas, de alegría, de sentir, de esa inclinación natural a saborear al otro desde una posición multidimensional, sin juzgar, sin atosigar, de forma cómplice y libre. Por la mañana había quedado con Irene, una persona que me conocía desde hacía años pero de la cual no sabía absolutamente nada. Es cierto que al principio da un poco de corte cuando te encuentras con alguien que no conoces, especialmente si eres de naturaleza tímida. Pero de repente se abre una brecha, un rayo de luz y todo empieza a fluir. Como si esa persona llevara toda tu vida dentro de ti.

Irene ha sido un regalo, un maravilloso instante de revelación. Su sabiduría, su sinceridad, su intuición han servido para guiarme hacia lados profundos que desconocía de mí mismo. Casi no podía creer que en tres horas de intensa charla pudiera descubrir tantas y tantas cosas. Hay una frase suya que me ha cargado de especial emoción: el Titánic se está hundiendo pero debemos seguir tocando el violín. La carga emotiva, la vibración que acompañaban esas palabras venían de otra dimensión. Como si se tratara de un mensaje celeste, como si de repente una fuerza especial hubiera conectado con ese momento para transmitir una verdad inmanente. Gracias querida Irene por todo lo que has hecho en mí. Gracias por fluir y atreverte a conocer a este tímido loco.

A las tres había quedado en el Ritz con José Luis, el cual atendía una recepción de la embajada de la India. Por el camino me he parado para saludar a un viejo amigo que en estos meses se había convertido en un auténtico desconocido. Tras más de veinte años de profunda amistad no hemos sido capaces de reencontrarnos desde el corazón. Había como un muro creado por algún tipo de recelo, de desconfianza infranqueable. Pero me atreví a buscarle, mirarle a los ojos y sentir el gran amor que siempre perdura. Me atreví a estrujar pecho sobre pecho para entender que hay cosas que no pueden morir. Aún así no deja de ser curioso que en esos instantes recibiera dos mails algo duros. El primero, de una amiga escritora que decía algo así: “no puedo quedar contigo, prefiero ir a la peluquería”. El segundo: “no puedo quedar, estoy concentrada en mi profesión”. Mi afán reconciliador no es prudente para todo el mundo, ni necesario. Hay cosas que han muerto y es mejor dejarlas ir. Pero al menos, debía intentarlo.

En el Ritz me he encontrado con un ser excepcional. Fortalecido por la experiencia, inmóvil ante la dureza de la vida, con una capacidad de resistencia sobrehumana. Cuando te encuentras con personas así, hay algo que se fortalece dentro de uno. El poder y la voluntad forjada tras años de práctica meditativa han hecho de José Luis un hombre fuerte y valiente, capaz de resistir los aledaños de la existencia sin perturbarse un ápice. Su serenidad, su generosidad con los aspectos más crueles, han forjado en él un aura de héroe. Nada le turba, nada le espanta. Su secreto es la fe. Posee una de las mayores fuerzas del universo. Y por eso se mantiene amigo de sus amigos, fiel compañero generoso de todo cuanto crece cerca de su vida. Gracias siempre por tu ejemplo Josepe.

Tras la comida me marché caminando a mi antiguo barrio. Quería ver al que fue hasta hace poco el prior de un conocido convento con el cual mantengo una bonita amistad. Dejó la orden y se marcho a las órdenes del padre Ángel, trabajando a destajo en la impresionante iglesia de San Antón, en la calle Hortaleza. Víctor no estaba, pero me atendió amable y cercano el padre Ángel. Le estuve explicando cosas sobre el proyecto O Couso y durante dos horas disfruté de su presencia silenciosa, de su afán por ayudar al prójimo, de su sonrisa y entrega constante, iluminando y atendiendo a todo el que se le acerca con una paciencia infinita. Este encuentro ha sido revelador, y algún día hablaré sobre él con mucha calma. Gracias padre Ángel por mostrar al mundo que la humanidad y la bondad son posibles, necesarias e imprescindibles para el progreso humano.

Luego un hermoso y necesario reencuentro con María. Una reconexión de almas viejas que se reconocen, se respetan y se iluminan mutuamente para proseguir con la obra. Un encuentro de energías que entienden las claves de lo secreto, que se hablan en ese código oculto, en ese lenguaje de los pájaros que decían los antiguos. Un amor incondicional hacia un ser especial, un alma grande y pura que la vida quiso traer a mi mundo con una generosidad inusual. Hemos podido hablar de lo divino y de lo humano, pero sobre todo hemos podido seguir construyendo, conversando de esas cosas que son difíciles de explicar pero que a nosotros tanto nos gusta compartir. Hemos renacido y comprendido la ardua labor que nos queda por delante, y todos los sacrificios que dicha labor requiere. No nos importa, sabemos que el camino es largo y sabemos que esta vez nos ha tocado a nosotros convertirnos en guardianes de los caminos, constructores del nuevo templo, incansables servidores del amor en acción. Gracias María. Gracias por Ser.

Gracias también a Paloma, por estar desde el otro lado compartiendo ratos divertidos. Pronto nos damos ese paseo.

Y gracias también a todos los que habéis contactado para participar en estos encuentros en tercera fase. No he podido contestar a todos, pero estoy en ello. Gracias de corazón por vuestra paciencia y sigamos conectando corazones.

(Foto: con el padre Ángel de Mensajeros por la Paz)