Gracias Antonio


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Antonio se marchó como siempre había querido. Con las botas puestas, trabajando hasta el último suspiro, sin parar de buscar y bucear en las letras de otros para editar aquello que veía como posibilidad futura. Llevaba muchos años en la cuerda floja, con esa enfermedad que tenía su cuerpo mancillado pero que no le impedía, a su pesar, seguir adelante. Cada cierto tiempo me llamaba para decir que le quedaban unos meses de vida. Me explicaba algunas anécdotas con risas y me pedía si, una vez el estuviera en el otro lado, podía ayudar a Pilar con la editorial o con lo que fuera. Me sentía halagado por tan inmensa petición y le decía que esperara, que haría cualquier conjuro curativo con tal de que aguantara todos los años que hicieran falta. Que no había prisa por irse, que tal y como estaba el patio, hacían falta muchas manos en este tajo.

Desde pequeñito leía los libros que él, junto a su infatigable compañera Pilar, editaban en Sirio. Nunca sabía quién estaba detrás de la Editorial Sirio, pero siempre me sentía agradecido por esos libros que pocos se atreven a editar y que sirvieron como guía en esa curiosidad adolescente por lo trascendental, por el misterio, por lo oculto de la vida.

Lo conocí hace casi diez años, junto a su infatigable esposa Pilar, cuando por una tímida casualidad me hice editor. Vi por primera vez a Pilar en una reunión de editores y me pareció un alma grande y benévola, hermosa y carismática. Sentí una atracción irracional por su presencia y ya no me despegué de ella. Él ya estaba enfermo pero desde el primer momento ofreció su ayuda incondicional a este joven editor que hacía sus pinitos. Sentí como esos padres que te adoptan cuando vienes desahuciado de una guerra. Primero con la distribución de nuestros libros, luego, también siendo mi primer editor. Tuve el honor y la suerte de que me editara dos libros de mi autoría. “No son muy buenos, pero sé que algún día llegarás lejos”. Esas palabras me llenaron de emoción pero también de responsabilidad. Tenía que estar a la altura de sus perspectivas. Antonio siempre era claro y sincero, y eso tiene un valor profundo en un mundo tan mentiroso como el nuestro. Siempre pensaba y me reprochaba que tenía un talento desperdiciado. Que estaba agotando mi vida en caprichos que no valían la pena. Me costaba decirle eso de que simplemente estaba sembrando, pero me gustaba escucharle porque siempre dotaba el alma de cualquiera de esa fuerza suficiente para seguir adelante.

El trato profesional pasó la frontera de la amistad y empezamos a frecuentarnos en su despacho, contándonos anécdotas mientras desayunábamos leche de almendra con galletas, sufriendo la crisis del sector e imaginando como sería el mundo de los libros en el futuro. Me sentía arropado, protegido a su lado, como ese mentor que todo pequeño empresario necesita para impulsar sus proyectos. Siempre me echaba la bronca cariñosamente por mis torpezas editoriales pero siempre estaba ahí el primero para echar una mano en lo que fuera. Lo hizo cuando estuve a punto de deshacerme de los sellos editoriales y él me animó y me ayudo para no hacerlo. Estuvo ahí cuando quebraron nuestras distribuidoras dejándonos pufos de más de cien mil euros y él decidió distribuir todos nuestros libros. Estuvo ahí siempre, hasta el último día.

Una semana antes de marcharse, tras una visita a Málaga para ver como estaban, decía que quería volver a venir a O Couso. “Lo haré en unos días”. No lo hizo, se fue al otro lado quizás porque allí haga ahora más falta. Quizás para inspirarnos y ayudarnos en este trabajo de seguir llevando las letras de nuestro tiempo a los rincones más insospechados. Querido Antonio, gracias de corazón por todo lo que has hecho en nosotros. Gracias de corazón por estar ahí. Sigamos adelante querido.

Pd.- Este año se han marchado dos buenos amigos de Málaga. Pepe primero y ahora Antonio. Como diría nuestra querida Dolores, estarán ahora tocando el arpa en alguna nube mientras con cierta broma socarrona ríen a costa de nuestras pequeñeces. Pasadlo bien bandidos y disfrutad del otro lado.

 

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A un hombre bueno


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A Pepe, in memoriam…

Cuando nos vienen al recuerdo imágenes de París todos nos imaginamos esa figura horrenda que Eiffel ideó en algún tipo de delirio en plena era modernista, de inventos, de máquinas, de fábricas. En todas partes aparece ese mamotreto de hierro y clavos erguida para mayor gloria de algún ego que ya apuntaba maneras, como orgullo de una patria o de una ciudad que se postula como avanzadilla de algo indecible. Sin embargo, nadie recuerda al barrio de Montparnasse, lugar donde éramos poetas y solíamos deambular por sus calles suplicando encontrarnos con la memoria de personas como Baudelaire, Sartre, Simone de Beauvoir, César Vallejo, Julio Cortázar, Samuel Beckett o Guy de Maupassant. En un mundo alejado del verso es más común acordarnos de torres esbeltas y grandilocuentes que de personas buenas que contribuyeron a edificar la constitución humana.

En estas semanas tengo muy presente a Pepe, cuyo apellido londinense, Bourman, nos recuerda a otros ilustres ciudadanos de la city. Señor y caballero de sus dominios, elegante como sus antepasados ingleses, de mirada alta y con majestuosa presencia, de lo que más luz arrojaba al mundo era de su bondad. Amable, atento, generoso y amante de por vida de su querida mujer, nuestra amiga Dolores, que juntos han recorrido una hermosa existencia y cuya herencia, hijos y bellos nietos, el mundo le reconocerá.

Vivimos en un planeta donde no abundan los hombres buenos. Durante cientos de años el hombre ha sido un animal. Ha matado a sus hermanos. Ha violado a sus mujeres. Ha masacrado bosques y montañas y sobre todo, ha mentido al mundo con una fachada elocuente y pueril. Pero en esa maraña de maldad congénita, siempre aparecen individuos que relucen especialmente por su humanidad y ternura, por su luz y resplandor. Son esas torres humanas y no las otras las que merecen ser recordadas, por muy anónimas o silenciosas que sean.

Unos días antes de morir tuve la oportunidad de verle, de saludarlo de nuevo, de contemplar su rostro poeta, sencillo, bello, dulce, noble. No sentí tristeza sino alegría por todo su ejemplo, por toda su valentía a la hora de afrontar sus últimas horas de vida. Su ejemplaridad, elegante hasta para morir, me resultó un último acto de amor, una forma de marcharse limpio, sin mácula, sin ruido.

No pude llegar a su entierro a tiempo. Quizás por una hora. Pero eso me permitió colarme en su familia y dedicar unas horas a compartir las bonanzas de aquello que como los poetas nos construyen como seres completos y buenos. En el jardín donde ahora descansa estará haciendo cosas buenas, obrando con bondad y sencillez, esperando a que los suyos les ayuden en esas otras tareas que el espíritu demanda. Seguramente nos estará mirando con esa sonrisa suya, juguetona y traviesa al mismo tiempo, esperando que aquí abajo hagamos bien las cosas, dejemos una buena huella, pongamos en orden nuestros asuntos y podamos marchar en paz con todos.

Él envidaba mi forma de vida tan libre y despreocupada y yo siempre envidié su bondad absoluta. Ojalá todos los que tuvimos la suerte de conocerlo podamos imitar su ejemplo. Querido Pepe, gracias por inspirar este nuevo mundo que todos anhelamos. Gracias por marcharte elegante, fuerte, valiente, amoroso. Gracias por ser un poeta de los grandes, cuyo verso quedará por siempre entre nosotros.

Siendo, eso es todo, en lo bueno y en lo malo


¿De qué sirve este enredoso aire, si no puedo respirar? Si no luchas por nada… ¿De qué sirve soñar?¿Para qué quiero un mundo carente de fantasía?¿De qué sirve la vida, si vives para servir? Prefiero estar consciente aún cuando duela. Prefiero que la muerte me sorprenda de pie, construyendo un mundo nuevo que quizás nunca vea. Me iré feliz sabiendo que mis sueños nunca abandoné.”  M. Bakunin

Me levanté muy temprano tras un sueño bien extraño. Estaba muy feliz tras un fin de semana inolvidable, de esos entrañables y cargados de amor y cariño. De esos que deseas que nunca terminen para que los días que vengan después sean una continuación de los otros. A mi lado estaban las dos gatitas. Una a mi izquierda y la otra a mi derecha, próximas al corazón, como si de alguna forma sintieran como la primavera ha llegado también a mí. El perro Geo me lamía bien temprano. Tenía ya ganas de salir corriendo tras el caballo o las cabras. Le abrí perezoso la puerta. Hacía frío y nevaba. Me vestí y me fui corriendo hacia Madrid.

De repente el teléfono no paró de sonar. Amigos, periodistas, la televisión. Pensé que había pasado algo o que de repente me había hecho famoso por algún motivo que no esperaba. Iba a Madrid para participar en un anuncio de televisión. Cosas surrealistas de la vida. Dos años viviendo en una caravana sin colchón e iba a anunciar colchones de una conocida marca. El nuevo rey de las camas se atreve con todo. Una periodista de Tele Cinco me pedía si podía gravarme en directo. Lo siento, estoy de viaje. ¿Y mañana? Mañana estaré todo el día en una cama, rodando un anuncio. La pobre no daba crédito. Así que acordamos que la entrevista sería en el hotel de Madrid en diferido para que mañana, sobre las nueve, aparezca en Telecinco.

Llegué tarde a la prueba de vestuario. Era casi la hora de comer cuando empezaron a sacar prendas y más prendas, pijamas y más pijamas todos con su etiquetita con el precio, por si tras el rodaje se pudieran devolver y ahorrar en vestuario. Un pijama azul, otro dorado, otro blanco, otro conjunto así o asá. Me veía como esos famosos actores que hacen esas cosas y parece que se divierten. Yo lo hice. Soy antropólogo y me gusta conocer mundos.

En el hotel estaban los periodistas y las cámaras esperando. De nuevo casi me siento una estrella. Ohhh!! Cuanto poder tienen esas cámaras. Todos me miraban con extrañeza, por si fuera algún famoso. Incluso en el hotel, por si acaso, me dieron la mejor habitación por el mismo precio. Sí, las cámaras tienen poder, el cuarto, dicen. Poder para crear mitos y también poder para destruirlos. Hoy tocaba lo segundo, y a mí me tocaba bucear en el sentido amplio de la profundidad sin caer en la ruindad ni el prejuicio.

Habían encarcelado a Mario y toda su familia. Hace poco sacamos a la luz un libro juntos. “Siendo, eso es todo”. Cuando los periodistas empezaron a preguntarme sobre todo lo ocurrido me limité a contesta cortésmente sobre el mundo humano y la tragedia que hay tras los focos, el interés, el circo mediático y la mentira de la ilusión. Por un momento me sentí un cruzado defendiendo la causa humana ante el imperio de lo absurdo. O como ese colibrí que iba hasta el río gota a gota para intentar con su gesto cumplir con su parte moral ante el incendio del bosque. La periodista me preguntó porqué me había atrevido a dar la cara por un preso, por un delincuente. Realmente no estaba dando la cara por nadie. Sólo quería estar ahí, a su lado, de forma simbólica o precisa. Pero estar ahí. Cuando lo pasas mal, es hermoso saber que alguien está ahí. Cuando llevas dos años viviendo en una caravana sin colchón es agradable que alguien te llame para hacer un anuncio sobre colchones. O como ese ángel que hizo trescientos kilómetros plancha en mano, se metió en mi armario y me planchó algunas camisas para este viaje. Hay cosas que te dejan sin palabras, hay gestos que no tienen precio. Hoy prefería estar consciente ante los gestos, aunque dolieran. Prefería estar atento, alerta. Prefería estar, de alguna manera.

Durante muchos años lo he pasado mal. La vida, las crisis, la pérdida de todo. Cuando lo pasas mal muchos desaparecen. Algunos para siempre. Pero hay algunos, a veces muy pocos, que permanecen. Mario fue uno de ellos, a pesar de todo. Así que le debía el gesto. Un gesto humano, un gesto cariñoso, de amigo. Querido Mario, Siendo, eso es todo, en lo bueno y en lo malo. Sin más. Ahora el sistema que aclare las formas, nosotros nos ocuparemos del fondo.

Hacer bien las cosas


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 “El único símbolo de superioridad que conozco es la bondad”. L. Beethoven

Tras un vertiginoso viaje por toda España, acabo de llegar con una paz serena y una felicidad intensa al frío de la montaña. Siento cierta emoción interior por saber que las fuerzas conspiran para que las cosas ocurran. Por sentir como poco a poco estamos comprendiendo el mensaje de compartir, de ayudarnos los unos a los otros, de apoyar las causas que merecen la pena que existan.

Acabo de pagar una deuda de casi veinte mil euros que vencía el seis de marzo. El mérito no ha sido mío porque en el proceso de pago he recibido ayuda de buenos amigos. Pero para mi era importante cumplir con mi parte del trato, de la promesa, del acuerdo. No importa si por el camino tenía que sacrificar ciertas cosas o embarcarme en nuevas aventuras. Lo importante de todo, independientemente de la cantidad, era cumplir con la palabra.

Un amigo me enseñó en estos años a hacer bien las cosas. Es algo que aprendemos pero que a veces, por ignorancia o torpeza olvidamos. Nos cuesta mucho hacer bien las cosas. Hablar con serenidad, tener una escucha activa con el otro, cerrar bien las etapas, los compromisos, las rupturas, lo que sea que tengamos que cerrar. Ayudar al otro cuando lo necesite, ya sea de forma humilde, con nuestra compañía, o de forma poderosa. Sea lo que sea, es importante hacerlo bien para que todo quede limpio, sanado, hermoso.

Cuando alguien se enfada con nosotros a veces son por causas que se podrían resolver con un simple abrazo, con una llamada, con un poco de atención, tomando un café o paseando por un camino cargado de vida. Cuando hacemos un favor el mismo tiene que salir del corazón, asumiendo la pérdida inevitable del propio acto y esperanzado, confiado, en el buen hacer del otro. Cuando alguien deposita en nosotros un tesoro, nuestro deber moral y humano es cuidarlo, protegerlo, potenciarlo, dotarlo de eso que debería ser sagrado: la confianza.

Son cosas simples, que se pueden hacer sin mayor esfuerzo. Solo tenemos que prestar atención, medir nuestras capacidades de respuesta, asumir la responsabilidad del coste de cualquier empresa. Por eso hoy he aprendido esa gran lección al responder gracias al conjunto de fuerzas implicadas a mi deuda moral. Hacer bien las cosas, sin ruidos, sin distraimientos, sin excusas. Trabajar profundamente en las relaciones humanas para que sean cada día mejor, de mayor calidad, de mayor estrechez y confianza. Eso he aprendido en este tiempo. Por eso, en este viaje, he querido mirar a los ojos a aquellos que me debían alguna deuda y también a aquellos a los que yo debía algo. He querido a ambos por igual estrechar mis brazos sobre ellos y hablarles desde la sinceridad, el perdón y la esperanza.

Así somos, estrechamente frágiles, pero también con la posibilidad de ayudar al otro cuando las cosas lo requieren.

Un especial agradecimiento a todos los que estos días han cumplido con su parte. A todos los que han apostado por el ser humano más allá de los números y las cuentas de interés. A todos aquellos que ante la llamada han respondido en auxilio, de corazón, con belleza, con buen humor. Sí, hoy aprendí a hacer bien las cosas, y la magia se ha manifestado.

Desapego y Libertad


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“¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?” Lucas, 9:25

Que un hijo y sobrino de banqueros próximos al Opus quisiera asociarse a un hijo de la viuda resultaba curioso y sorprendente. De alguna forma, como en la película de Weir que tanto nos unió y donde se leía a Frost, nuestra amistad sirvió para “seguir un camino menos transitado que puede marcar toda la diferencia” o para extraer, como dice nuestro amado Thoreau, todo el meollo de la vida. Lo cierto es que Luis Valls-Taberner Muls y el que suscribe fueron socios durante un tiempo apasionante de un proyecto igual de apasionante. Para nosotros fue un máster de aprendizaje sobre valores empresariales, pero sobre todo, fue una maestría de tolerancia y amistad a prueba de todo fuego y duda. Andamos un trozo de camino juntos y aproximamos nuestras miradas al estrecho que separan continentes tan dispares, pero sobre todo, abrimos un pacto, un lazo indestructible.

Luis ha demostrado en estos años que no importa las cosas que nos separan como individuos, sino todo aquello que nos une como seres sintientes, capaces de afrontar emociones y compartirlas desde el respeto y la tolerancia. Uno de los grandes activos que siempre he sentido como propio y suyo es esa capacidad para ser amigos de todo aquel que guardara como única bandera la tolerancia y el respeto, pero sobre todo, la libertad de ser uno mismo sin importar lo que digan, sin añadir nada que no fuera auténtico. Por eso me gusta saberme parte de esa aura que nos envuelve, porque de alguna forma, y el tiempo lo dice, hemos estado ahí en lo bueno y en lo malo.

Ayer pasamos un buen rato juntos en Madrid y me regaló un ejemplar de su segundo libro, Desapego y Libertad (Editorial Indicios), con el cual quiere rendir un homenaje a su tío Luis Valls-Taberner Arnó, el que fuera presidente del Banco Popular. Y también rinde homenaje, de paso, a la unión especial que el legado humanista está dejando en muchos proyectos empresariales que empiezan a nacer y crecer ante el mandato del beneficio, por supuesto, pero también del servicio. Una nueva perspectiva de un mundo que está cambiando y que quiere volverse cada día más humano, y de alguna forma, más espiritual. Así que gracias Luis por conjugar de esta manera ese legado y sigamos, como no, dando espectáculo.

Querido Luis,

acabo de terminar tu libro Desapego y Libertad. Quería leerlo porque además de la curiosidad propia por conocer algo más de tu tío, sentía también cierta curiosidad por saber de tu evolución humanista, tu aproximación de nuevo al mundo de la escritura y las dudas propias que acechan con la cercanía hacia la edad adulta sobre el qué hacer para adentrarnos a ese camino del corazón al que aludes en el libro.

Puedo decir que su conjunto me ha gustado, especialmente hablar con desapego y libertad de un mundo tan abstracto como es el de la banca desde una posición tan suave y firme a la vez como puede serlo la literatura y la cultura. Respirar ambos aires ha sido hermoso, así que gracias por el paseo y la reconciliación de ambos mundos, el de la materia y el espíritu. 

Sólo seguir animándote para que sigas tu senda de constructor de realidades materiales, sin olvidar nunca esa esencia que tu tío tan bien llevó a puerto: la esencia del ser. Un ser que por ser de una sustancia diferente, siempre se muestra volátil pero poderoso, como los vientos que arrecian las costas y los mares. Un espíritu poderoso siempre se sumerge en la premisa del silencio, en la vaguedad de la prudencia, en la valentía de poder arriesgar tan solo activos que nacen del interior. En eso algo has aprendido, y por eso te pongo como ejemplo tu propia amistad. Un valor seguro a largo plazo y del cual, por muchas vidas que pasen, siempre atesoraremos en el otro reino. Siendo así, gracias por el regalo y gracias por tu amistad. Y de paso, sigue navegando hacia ese interior, mientras que con losas fuertes y poderosas, sigues construyendo tus castillos.

Un abrazo sentido,

J.

“Encuentros en tercera fase II”, Barcelona, Madrid y Granada


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De nuevo por motivos diversos me toca viajar, salir al mundo y de paso abrazarlo como ya hicimos en el primer encuentro en tercera fase donde pude conocer a gente maravillosa y compartir ratos inolvidables.

Vencer las barreras que nos separan, especialmente las virtuales, para conectar con el ser real, con la persona de carne y hueso que somos, derribando con ello los prejuicios, las diferencias, las formas, nuestras propias estructuras y miedos. No se trata de nada especial, solo de volver a convertirnos en seres humanos y compartir un trozo de tiempo juntos.

Esta vez estaré en Barcelona el próximo fin de semana (12-15 de febrero), pasaré por Madrid a mediados de semana y luego estaré el próximo finde por Granada (19-21 de febrero). Aunque esta vez voy algo justo de tiempo, estaré encantado de poder compartir un desayuno, comida, merienda, cena o paseo donde queráis. Podremos hablar de la vida, de la muerte, de la transmutación humana, del gran misterio de la vida, del porqué a los peces no les entra agua en los ojos o simplemente pasear en silencio en algún lugar sugerente.

La idea es que nos inspiremos, que compartamos, que aprendamos juntos, o simplemente que nos reconozcamos, que andemos un trozo de senda por alguna vereda, o nos sentemos al borde del camino para contar alguna cosa. Seguro que nos inspiramos, seguro que nos abrazamos, seguro que nos convertimos en un siendo continuo. Y si no, seguro que nos reímos un rato.

¿Por qué estos encuentros? Porque la vida humana no tiene sentido sin el compartir humano. Solo desde el otro podemos alcanzar el misterio de lo que somos. Solo con el otro podemos tejer juntos un mundo diferente, más armonioso, más tranquilo, más en paz. Compartir es el eje central del nuevo paradigma, y no solo se puede compartir desde la palabra, también desde el encuentro real, desde el verbo que se hace carne y nos penetra.

Así que os espero en cualquier rincón para echar unas risas. Si os apetece, escribir a: javier@dharana.org

Pd.- Como esta vez voy a viajar en coche, si os coinciden las fechas y queréis compartir el trayecto conmigo también estáis invitados.

(Foto: encuentros en tercera fase aquí en O Couso. Estáis invitados a venir cuando queráis. Aquí con los amigos Jorge y su esposa Margarita, Joaquin, José Luis, Rocío y Geo).

Cuerpos desnudos, almas inspiradas


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Ayer pasé un día hermoso con Lucía. Viajé hasta Gijón para conocernos ya que hacía años que andábamos saliendo juntos en la prensa pero no teníamos el gusto de saber de nosotros más allá de la vida virtual. Curiosamente hoy salía en un periódico un nuevo artículo que hablaba de ambos, así que nos fuimos a comer a un vegetariano para celebrar el encuentro y la noticia.

Lucía es de las pocas mujeres que en este país se declara abiertamente asexual. Siempre que piensas en ese tipo de sexualidad te imaginas a personas raras, con antenas en la cabeza o alguna especie de trauma insuperable. Pero lo que encontré fue un alma bella, una persona libre, sin tapujos, hermosa por dentro y por fuera, inteligente, sensual y atractiva. Un ser cariñoso, de esos que te abrazan y te compunjan el alma, de esas personas que envuelven cuerpos sin importar el como y además, inspiran almas.

Cuando volvía por la noche hasta la nevada montaña, me sentí afortunado por poder disfrutar abiertamente de esta libertad extraña. Sentí cierto agradecimiento por todas esas personas que he tenido la suerte de conocer en estos años y que tanto me han aportado como ser. Es una fortuna poder coger el coche e ir al encuentro de almas bellas capaces de transmitir una parte de su vida sin apenas conocerte. De compartir sus secretos más íntimos y reservados con humor y alegría.

Ayer, de forma consciente, descubrí lo hermoso que resulta poder abrazar cuerpos, no importa si están cubiertos de capas de pasado o andan desnudos. Ayer le contaba a Lucía la de tantas veces que había podido abrazar cuerpos desnudos sin buscar más allá que la intención de poder disponer de un trozo de alma, de estrechar el lazo místico que tanto nos une a todos por igual. El éxtasis de esa libertad va más allá de esa desnudez. Lo que realmente reclama el cuerpo desnudo es la inspiración del alma, la sencillez del encuentro sumado a la complejidad del momento único y verdadero. El cariño de seres que se encuentran, que se aman, que se abrazan sin tapujos y desean lo mejor para el otro sin esperar nada a cambio. Esa libertad en la expresión, ese poliamor sincero que se comparte sin tapujos ni estrecheces nos acerca siempre más y más a la realidad última, primigenia del ser.

No hay cárceles conceptuales, no hay rencillas ni desconfianzas, solo una plena confianza en el otro, asumiendo que su realidad forma parte del todo mayor, y por lo tanto, del nosotros. Salir al mundo desnudo, sin nada que esconder, sin nada que ocultar, solo con la sincera respuesta del abrazo mutuo, del amor mutuo. Libres, sin condicionamientos, sin prejuicios, sin reservas. Cuerpos desnudos, almas inspiradas.