Los Templarios, nuevo libro de Emilio Carrillo


Tenemos la suerte de anunciar la edición del nuevo libro de Emilio Carrillo en nuestro sello editorial Nous: Los Templarios.

La indagación sobre asuntos tan apasionantes y poco analizados conforma el hilo conductor de las páginas que siguen, barajando hipótesis y planteando conclusiones que, sin duda, sorprenderán al lector, pero que se formulan con rigor, de manera fundamentada y acompañadas del examen de interesantes cuestiones relativas a la historia de la Orden Templaria, su sabiduría y sus secretos.

No en balde, el autor cuenta con un amplio bagaje de investigación sobre la misma, plasmada en libros como Los códigos ocultos (RD Editores, 2005), La Orden del Temple: un nuevo descubrimiento (Ituci Siglo XXI, 2009) y El último reino templario (Ediciones Guadalturia, 2012).

Ya se puede comprar en nuestra web editorial:

https://www.editorialdharana.com/catalogo/los-templarios?sello=nous

 

Featherstone


Letra de la canción de The Paper Kites, Featherstone

Despiértate con el sonido de tu corazón fugaz.
Despiértate con el sonido de tu corazón fugaz.
Cuando te marchas, lo que dejas es una obra de arte,
sobre mi pecho, sobre mi corazón.

Ella salió hacia el campo con la gracia de la mañana.
Salió y se perdió en un laberinto de setos altos.
¿A dónde fuiste? ¿A dónde fuiste?
¿Por qué abandonaste este lugar?
Sobre mi corazón, sobre mi rostro.

Y mi amor es tuyo pero tu amor no es mío,
así que me iré, pero sabemos que te veré más adelante.
Y odiaremos lo que hemos perdido,
pero amaremos lo que encontremos.
Y me siento bien,
hemos conseguido llegar a la costa.

Pasadas todas las señales del lento declinar,
vive como si tu amor no estuviera hecho para mí.
Ahora te has marchado,
ahora te has marchado a vivir una vida distinta.
Hasta el lado más solitario.

Despiértate con el sonido de tu corazón fugaz.
Despiértate con el sonido de tu corazón fugaz.
Cuando te marchas, lo que dejas es una obra de arte,
sobre mi pecho, sobre mi corazón

Y mi amor es tuyo pero tu amor no es mío,
así que me iré, pero sabemos que te veré más adelante.
Y odiaremos lo que hemos perdido,
pero amaremos lo que encontremos.
Y me siento bien,
hemos conseguido llegar a la costa.

The Paper Kites – Featherstone (en contraposición a heartstone)

(Ver video aquí: https://youtu.be/M0IDiVQxZYg)

Al tercer día…


Puerto de Malpica, ayer…

 

Amaneció un precioso día de primavera. Interiormente bullían interrogantes y miedos que requerían un momento de reflexión, distancia, autocontrol, disciplina, serenidad. A veces dan ganas de enviar todos esos enredos bien lejos y dejarse llevar por alguna especie de viaje interior hacia ninguna parte. Así que eso hice. Cogí el coche, metí dentro de él un colchón de viaje y un saco de dormir y me fui a dar un paseo. Además de escribir y leer, lo que más amo en la vida es viajar, hacia dentro y hacia fuera. Si la introspección es doble, es decir, es herméticamente hablando, como es arriba es abajo y como es adentro es afuera, el viaje se vuelve mágico, necesario, imprescindible. Eliade lo llamaría el vuelo mágico, por su doble dimensión.

La primera parada fue para comer y trabajar un rato en un lugar tranquilo en la amurallada ciudad de Lugo. La segunda la hice en el hermoso café Casino de Santiago, en la también hermosa rua del Villar. Pedí para merendar un muffin doble de chocolate y un vaso de leche con cacao. Atendió amablemente Jesús y acompañaba al piano unas extraordinarias manos que flotaban sobre el teclado. Fue un deleite escuchar música en directo mientras terminaba de hacer unas correcciones en la maqueta de un libro. Desde la ventana del café veía el bullicio de gente que paseaba y disfrutaba de esta excepcional tarde primaveral. Me daba paz la serenidad de esa ola humana silenciosa, altiva, que se dejaba llevar por la corriente del sudor ajeno. La catedral estaba llena de peregrinos que descansaban en la plaza del Obradoiro y miraban felices el final de su camino.

Había en mí cierta añoranza ante esa estampa peregrina. Camino, nacimiento, muerte, resurrección. Los ciclos, siempre los ciclos. Esos ciclos que a lo largo de la vida nos hacen nacer y morir una y otra vez. Y entre medias, en los estados liminares del ser, dolor, sufrimiento, desorientación. Si no hay dolor, no hay gloria, dicen los peregrinos. Y algo de razón tienen, porque cuando ejerces la profunda decisión de emprender el camino, ahí encontraremos de todo. Momentos de profunda felicidad y momentos de profunda quiebra. El río de la vida nunca se detiene. Nos muestra sus aguas bravas y sus remansos de calma. Así son los estados del ser. El magnetismo de la vida, las fuerzas que nos empujan y las energías que administramos configuran toda nuestra existencia. Si estás vivo y te mueves, la vida se despliega ante ti. Y la vida tiene tantos matices como estados del ser existan dentro de nosotros.

Tras ese momento de disfrute en el café y el paseo por esa añorada ciudad marché hacia la Costa da Morte con la intención de abordar en los próximos días el fin de la tierra. Es muy significativo que ese tiempo de muerte y resurrección coincida próximamente con mi próxima revolución solar. Así que algo tiene que morir, inevitablemente, para que algo nuevo renazca. Dormí en lugares inhóspitos, en playas infinitas donde no había ni un alma al amanecer. Viví atardeceres únicos, decorados excelsos, minutos de calma junto al mar, junto a ese océano de posibilidades. El rugir de las olas golpeando los acantilados pedregosos configuraron una orilla interior perpetua.

La luna llena de Aries (en Libra) la celebré frente a la costa de Muxía, pegado al muro de la Iglesia de la Virgen de la Barca, donde pude reencontrarme con las fuerzas de esta primera fiesta espiritual del año. La fuerza del mar bravo, junto al santuario y el pequeño faro que lo acompaña, fue un momento único, un lugar de muerte y resurrección. Había recorrido toda la Costa da Morte, desde Muros hasta Malpica, donde pasé el último día para despedirme de esta pequeña aventura interior. Terminé en estos días de silencio algunas maquetas de libros que esperaban. Trabajar en el coche, dormir en el coche, vivir en el coche, es una sensación que necesito oxigenar de vez en cuando. Me conecta con la futilidad de la vida, con el camino del Loco, con la esencia de lo que somos, motas de polvo en una gran mota de polvo en un universo local dentro de un gran cosmos inmensurable e incalculable. Así son a veces los caminos. Por fuera y por dentro. Inevitablemente. Dicen que al tercer día resucitó. Pues eso.

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El elefante no le anda diciendo a todos lo grande que es, él solo camina


A veces queremos brillar con palabras como estrellas y nos convertimos con nuestras acciones en simple escarcha. Decimos que amamos el mundo, pero los hechos nos alejan del mismo. Queremos abrazar la vida, pero vemos cómo la vida se separa de nosotros al no poder acercar un ápice de nuestro ser. Fijaos que hoy dijimos que nos levantaríamos para brillar, y ayer aún dormíamos entre sombras. La inconsciencia animal nos fascina, porque siempre parece estar atada a un sentimiento de permanencia. El pájaro canta, la hiedra sigue trepando mientras que las nubes, en su función vital, flotan irremediable entre los cielos.

El ser humano vive en la complejidad de su sentir. El vellocino de oro se convirtió, gracias a Jasón y sus argonautas, en la constelación de Aries. Es esa estrecha idea de perseguir la realeza y la legitimidad de nuestros deseos, en constante prueba con la realidad en la que vivimos. Creemos unas cosas, navegamos hacia ellas, pero en el camino, la realidad siempre se impone ante la flaqueza de nuestras acciones.

Saturarnos de ser es encontrar ese equilibrio exacto y puntual entre lo que decimos, deseamos y hacemos. Cuando cerramos los ojos y vemos un paisaje que nos hace sonreír, deberíamos navegar hacia él. Coger nuestra nave Argos y surcar los océanos y los mares hasta poder alcanzar esa meta. El vellocino nos espera, a pesar de las múltiples pruebas hercúleas que encontraremos en el camino. La vida no es un azar, es un devenir.

Y ahí debemos caminar como un elefante que no necesita presumir de lo grande que es. Simplemente camina y en su andar, todos se apartan. Cuando interiormente tenemos fijado nuestro camino, nada ni nadie nos puede detener. Ni nada ni nadie nos puede distraer. La certeza interior es el mayor armazón con el que podemos atravesar la vida. Es ella la que nos anima a seguir adelante a pesar de los obstáculos.

La coherencia es compleja. La flor crece y se expande y se hace flor. Los pajarillos se afanan estos días en construir nidos. Los vemos de un lado para otro cogiendo ramitas y todo tipo de materiales para labrar el nuevo hogar. Nuestro afán muchas veces cae en una ficción, o en un entretenimiento constante que nos aleja cada vez más de lo esencial. Vemos pasar las horas y los días y vemos cómo la vida pasa. Si la flor crece para ser flor y los pajarillos del bosque se afanan para ser pajarillos… ¿qué hacemos nosotros para ser nosotros?

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Sapiosexual. El eros narrativo, la inteligencia como seducción, la consciencia como camino


© @joelgrimesworkshops

La inteligencia está mal vista. Si, además, esa inteligencia es bondadosa, crea suspicacia, desconfianza y temor. En un mundo donde nos han acostumbrado a no pensar, a desconfiar del otro, a memorizar sin tener en cuenta un discurso crítico o una narrativa alternativa, los libres pensadores, las personas que pueden destacar por tener una consciencia diferente o divergente, suelen crear en nosotros cierta desazón.

Las personas inteligentes tienen problemas de adaptación si no encuentran herramientas capaces de convivir en un mundo normalmente ciego y carente de ideas. En la sociedad, en las relaciones, en la familia, pueden nacer conflictos si no se llega a encontrar una forma armoniosa de convivencia. Intentan asimilar algunas costumbres por pura adaptación, pero esto puede crear conflictos interiores al anteponer dicha adaptación a sus propias necesidades y lógicas. Quedar bien con la familia, con la sociedad, con el entorno, simplemente para no causar problemas de adaptación, suele acarrear algunos conflictos y frustraciones.

La inteligencia puede ser seductora solo para aquellos capaces de enamorarse, más allá de un cuerpo, de un cerebro pensante. Seducir con la inteligencia en vez de con un músculo o con dinero es una forma de entablar relaciones diferentes. El eros narrativo, inteligente, sabio, paciente, puede despertar en el otro una nueva forma de relación. La inteligencia se muestra y se despliega si encuentra un detonante que la anime, que la seduzca, que le invite a desnudar sutilmente aquello que le provoca lucidez.

Uno puede enamorarse de un cuerpo bonito, de una inteligencia emocional, de un cerebro pensante o incluso, en un nivel más profundo, de una persona consciente. Hablar de consciencia como un rasgo aún más llamativo y seductor, como algo que pueda suponer superar en calidad a una simple inteligencia, es entrar en terreno complejo. Hay personas que huyen de la inteligencia porque provoca miedo o desconfianza. De igual manera hay personas que se dejan atraer por la misma, pero que exigen además un detonante mayor, la posesión de consciencia. La antigua disputa entre seguridad y libertad también aparece en las relaciones.

Ser una persona consciente significa poseer un marcado índice de valores, una visión profunda de la vida, virtudes que puedan desbancar a sus defectos, de los cuales nadie se libra, y una mirada mayor ante los acontecimientos históricos, mundiales y globales, cuya preocupación va más allá de un simple análisis metódico. Enamorarse de una consciencia equivale, al mismo tiempo, ser conscientes, ser, de alguna manera, activistas de la consciencia. Dos personas que se aman desde esa profundidad requieren de grandes dosis de seducción y adaptabilidad a un entorno hostil y complejo. La falta de consciencia en nuestros días, incluso podríamos decir que la falta de sensibilidad, moral, ética e incluso inteligencia puede provocar escenarios complejos donde las dificultades pueden multiplicar el éxito de cualquier relación.

Una unión consciente que base su relación por encima de las necesidades físicas, emocionales y mentales sufrirá pruebas infinitas en su adaptabilidad al medio. Al mismo tiempo, esas dificultades serán un resorte poderoso para que la unión sea indestructible. El eros de la consciencia siempre es mayor que el eros circundante, de ahí que la profundidad de la relación sea compleja y desafiante. Enamorarse de un ser consciente será siempre complejo, al mismo tiempo que indescriptible, inenarrable, inolvidable. La consciencia, más allá de poseer una inteligencia seductora, será lo que realmente provoque en nosotros un profundo anhelo de unión, de compartir, de aventura existencial. Crear familias conscientes será el reto del futuro. Será la seducción futura que la vida atraerá en nosotros.

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Ethos ascético


© @kingsandsailors

“A veces me parece como si el Señor respirara sobre esta pobre brasa gris de la Creación y la volviera resplandeciente por un momento, o por un año o durante el lapso de una vida. Y luego se hunde de nuevo en sí misma, y al mirarla nadie sabría que tenía algo que ver con el fuego o con la luz… Dondequiera que vuelvas tus ojos, el mundo puede brillar como una transfiguración. No tienes que agregarle nada, excepto un poco de voluntad para ver”. Marilynne Robinson

He buceado un poco por las profundidades, por el abismo, pero he decidido subir hacia la luz, hacia la orilla, y de allí hacia la montaña. La vida me ha concedido la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar. Valor para cambiar las cosas que puedo. Sabiduría para saber discernir entre ellas, entre lo que no puedo cambiar y lo que sí se puede. La vida nos hace navegar entre aguas, por barrizales, precisamente para poder discernir dónde merece la pena caminar y qué estamos dispuestos a hacer para ello. Ya no soy como antes, donde todo se hundía bajo los pies. Ahora puedo caminar sereno entre el hundimiento abismal y la tierra firme.

Esta mañana amaneció lluviosa. No pegué ojo en toda la noche. Me levanté a otro ritmo. Decidí quedarme a solas en la pequeña cabaña, meditando con el sonido del agua. En silencio, observando los pajarilllos venir cada vez con más frecuencia al comedero. Entre nubes, de vez en cuando aparecía un rayo de luz. Me detuve en uno de ellos. Cuando todo el cielo está gris y golpea la llovizna, de repente aparece la luz.

Di de comer al gato vagabundo que se ha instalado en los bajos de la cabaña. Es tímido, pero ha aprendido a pedir comida cuando esta falta. Me da pena entender algo tan obvio, al mismo tiempo que cuesta entender toda la complejidad humana. Los humanos no solemos ser tan claros en nuestras peticiones. Enredamos, a veces mentimos, disimulamos, obviamos, nos enfadamos, gruñimos. Ayer me pasé todo el día gruñendo y ahora me da risa. Ayer no supe, no quise, aceptar aquello que no podía cambiar.

Nos cuesta hablar con transparencia y claridad, y cuando alguien lo hace, solemos huir, tan poco acostumbrados a la verdad, a la sinceridad absoluta, aunque esta duela. No nos gusta la gente clara y transparente. Preferimos las mentiras, los enredos, fantasear con cosas que no son y nunca serán. En la naturaleza todo es más simple. Unos piden y otros dan. Sin falsos añadidos. Ayer no supe verlo. No supe ver, no quise ver, no quería aceptar.

Así que acepto las cosas que no puedo cambiar. Miro el bosque, la primavera. Es maravilloso vivir aquí. Desearía poder compartir este lugar y crear aquí una familia. Me parece un milagro constante vivir en un sitio como este. Me entristece el egoísmo de no saber abrir las canillas del llanto para poder compartir aún más este paraíso. Aquí vivo en un ethos ascético y olvido que el mundo desea vivir en la abundancia constante. Aquí existe una conexión entre la metamorfosis y la teofanía, un rumor constante que consagra la vida en cada una de sus dificultades. Veo amplitud y profundidad cuando observo trepar la madreselva por los delgados abedules. El trinar de los pájaros es como un constante murmullo que nace de la profundidad de un cosmos incognoscible.

Quiero orientarme de nuevo para ser un instrumento de paz y de vida. No deseo más batallas, no deseo más ruido. Solo silencio, amor, serenidad. Agradezco la sabiduría para poder discernir. Para saber aquello que puedo y no puedo cambiar. Para aceptar con indulgencia los devenires de la existencia. No se puede forzar el amor, no se puede forzar la compañía, no se puede forzar los acontecimientos. Que lo inteligente atraiga a lo inteligente, y el amor, al amor. Todo discurre sin que tengamos que agregar nada, excepto un poco de voluntad para poder ver.

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El viaje más largo siempre es hacia uno mismo


© @henrylohmeyer

El viaje más largo siempre es el que atravesamos desde nuestro corazón a nuestra cabeza. Es un viaje pesado y angustioso que requiere mucha certeza, seguridad y fortaleza. A veces ese viaje se interrumpe por algún hecho, por alguna circunstancia. A veces eso resulta desquiciante. Es fácil dañarnos y dañar al otro. Es fácil provocar en nosotros un túnel de pérdida y sin sentido.

Estos días me he sentido algo desconectado de mí mismo. Mi corazón, por un lado, mi realidad por otra, mi cabeza más allá, mi alma ausente y alejada. Cuando entro en este caos interno tengo facilidad para dejar salir a mis demonios. El déspota, el niño abandonado, el narcisista que todos llevamos dentro, el controlador, el pequeño dictador, el frío y calculador ausente. Salen nuestros demonios y también los demonios de nuestros ancestros, que aprovechan la desconexión para provocar derrumbes importantes en nuestra vida. El caos y la destrucción campan a sus anchas.

La técnica infalible de desconectar la máquina de pensar a veces no es suficiente. Hay cosas insufribles como la derrota, la desesperación, el sufrimiento por la pérdida, la enfermedad. Hay cosas que están por encima de nuestras fuerzas y límites. Cosas de fuerza mayor como una guerra o como el derrumbe psicológico de todas nuestras creencias. Una persona amable y sincera es capaz de convertirse de repente en un monstruo descontrolado incapaz de razonar. Una persona poseída por sus demonios, que escupe azufre en cada palabra y hiere sin darse cuenta todo lo que toca. Así me he sentido estos días tan alejado de mí mismo.

A veces me da pena cuando pierdo el centro y siento como la deriva me absorbe sin ser capaz de remar lejos del abismo. Me da pena ver como todo se derrumba por no saber mantenerme inmóvil, en ese punto de quietud del que tanto he aprendido, pero del que tan lejano a veces me siento. Me da pena ver como el niño herido que todos llevamos dentro se apodera de situaciones que requieren de un adulto completo y firme.

No me importa la vulnerabilidad. La acepto, la acojo, y observo de nuevo como todo se derrumba. No me importa desnudarme tantas veces como haga falta si con eso me siento humanamente digno. La dignidad es lo que nunca deberíamos perder. Aferrarse a ella es aferrarse a lo poco que nos queda cuando lo perdemos todo. Nunca debemos perderla y nunca deberíamos hacerla perder al otro. Esa es aún mayor aberración. Por eso cuando detecto que rozo ese límite, me arrodillo, pido perdón e imploro suplicante redimirme. Nunca, nunca, nunca deberíamos hacer perder la dignidad al otro.

Perpetuar la Vida, el Amor y la Consciencia quizás sea una de las empresas más complejas que existan en este momento histórico. Los guardianes de este tiempo, que es un tiempo oscuro y perverso, están al acecho para impedir que la luz se manifieste. A pesar de haberme protegido durante años, en este tiempo he podido ver y comprender la fuerza del mal. De como es capaz de golpearnos sutilmente, inteligentemente, en los puntos más débiles de nuestra constitución humana. Saben cual es tu debilidad, tu vulnerabilidad, y allí golpean no una, sino tantas veces como puedan para así terminar exitosamente con tu destrucción.

Pero esos guardianes, aún en la aparente derrota, ignoran algo poderoso. Ignoran que el cáliz ya está preparado para la próxima anunciación, y que la fuerza que nos hace resistir a todos los envites es la misma fuerza que perpetuará la Vida en todas sus esferas. No podrán, por más que se empecinen, abortar la misión para la que hemos venido. No podrán frustrar los sueños por los que hemos vivido todo este tiempo.

Así que ahora estoy aquí, en este oscuro desierto, observando todos los demonios, cada uno con su rostro sin voz, acechando, esperando una nueva debilidad. Los observo impasible, viendo como alguno ha cosechado alguna victoria. Los miro paciente y respiro hondo. No voy a huir, no me voy a marchar lejos, voy a permanecer inmutable frente a mí, valiente, fuerte, poderoso luchando por lo que quiero y deseo profundamente, ardientemente, inevitablemente. No dejaré que ninguno de ellos pueda derrumbar el hilo de vida que me atraviesa. Seré paciente, hasta que el amor, la consciencia y la vida triunfen por fin. No huiré, no me marcharé, perseveraré.

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Cuando la herida es más grande que la perseverancia


© @vulture_labs

La cicatriz es el lugar por donde entra la luz. Rumi

Hoy en el viaje de cinco horas alguien me decía que cuando la herida es más grande que la perseverancia, entonces uno deja de perseverar. Rumi decía que cada cicatriz es el lugar por donde entra la luz. Ambos mensajes me llegaron casi al mismo tiempo por personas distintas.

Luego llegué a la ciudad y empezó a dolerme todo. El cuerpo, el alma, el corazón. La ciudad es gris, ruidosa. Veo a niños deambular tristes y agazapados. Los miro con compasión porque muchos de ellos ya se sienten rechazados, abandonados, tristes, incomprendidos. Es la gran herida de nuestra humanidad. Es esa brecha que nos aleja de la completa felicidad. Esos niños que nunca crecieron saludables, alegres, equilibrados. Esos niños perdidos que luego se convertirán en adultos perdidos.

El hotel es barato e incómodo, con sus paredes rotas y esa televisión que parece mirar tus vacíos con deseos de atraparlos. Mañana una reunión y de vuelta a las montañas. En la vuelta miraré la brecha, para ver si se ha hecho más grande, o más insoportable, y cuánta luz puede entrar en ella. A mayor luz, mayor claridad, mayor discernimiento, mayor dolor, pero también mayor certeza. A veces una herida nos recuerda que estamos vivos, y más vale vivos y dolidos que dormidos como hasta ahora, que decía el poeta.

Aquí me siento desubicado. Estoy viviendo una anomalía, una distorsión profunda. Uno se pierde en la gran ciudad, sumando a ese triple abandono una sensación extraña. Uno sabe que en condiciones normales no debería estar aquí, sino allí, en el otro lado, abrazando al sueño, anhelando el nuevo día, suspirando entre abrazos reales, tangibles, derramándose en ese sudor de más que tiñe las noches cuando no sabes qué camino de tu vida tomar.

Aquí no escucho el trino de los pájaros. Solo veo edificios horrendos, de esos de ladrillos rojizos realizados con prisa para albergar oficinas, talleres, fábricas. Antenas, tubos grises, esbeltas sombras que esconden miedos y fracasos. Una vez el ser humano perdió la conexión con la tierra y todo se volvió tibio y melancólico. Aquí no hay flores, excepto esas de plástico con su etiquetita dorada made in Hong Kong. Aquí todo es mentira, falsedad, artificio.

No sé si darle una oportunidad a la esperanza o cerrar los ojos hasta mañana. Creo que vine a una reunión, o quizás vine para ver. Para ver la herida, la realidad, a esos niños que deambulan rechazados, tristes, abandonados. Niños que nunca serán socorridos ni atendidos. Niños que crecerán solos, casi miserables, harapientos, siempre con sed y hambre de justicia. Quizás en el fondo solo vine para ver cuánto de grande es la herida, y dejar con ello penetrar su luz.

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Conmigo estás a salvo


© @kestermichael_

“La gente piensa que la intimidad tiene que ver con el sexo. Pero tiene que ver con la verdad. Cuando te das cuenta de que puedes contarle tu verdad a alguien, cuando puedes mostrarte a alguien, cuando te desnudas delante de alguien y su respuesta es conmigo estás a salvo. Eso es intimidad.” Los siete maridos de Evelyn Lugo, de Taylor Jenkins Reid

El cielo está gris. Suena música de fondo, violín, piano, susurro. No llueve, solo amenaza con cierto frescor y colapso de nubes. El ocaso es tenue, melancólico. La música siempre nos mece, nos calma, nos llena de cosas intangibles difíciles de describir. Los pajarillos agotan hasta el último momento para alimentarse en el comedero que construimos aquel verano. Todas las mañanas, al alba, el ritual siempre es el mismo. Me acerco, miro las ramas y observo cómo esperan su alimento.

El bosque está despertando a pesar del frío de última hora. Los brotes verdes empiezan a empujar fuertes y brillantes. La atmósfera se llena de las primeras flores. El sarmiento primaveral cubre la hierba que crece sobre los restos de la última estación. Entro en un momento de intimidad con todo lo que rodea este instante.

Hay cierta verdad en todo aquello que observamos cuando tenemos la capacidad de detener el tiempo, de aceptar los acontecimientos tal y como transcurren. Silencio más allá de lo aparente. Silencio profundo que nos traslada a ese pequeño paraíso que somos nosotros en nuestra soledad.

Dan ganas de contar nuestra verdad a alguien. Ese alguien que en ocasiones se aproxima por detrás y te abraza sin fingir, desnuda delante y detrás, transparente, frágil en ocasiones. Me siento a salvo con esa imagen, con ese perfume que aún acompaña cada instante. Esa intimidad del abrazo es indescriptible.

Me imagino girando a escondidas, tan desnudo como desnudo es el día, tan límpido y cristalino como la mañana, con su azul, con sus ocres, con sus blancos, con su música celeste. Me imagino poesía, canción, pájaro, susurro, casi silencio. Hay un bosque de palomas y fragmentos de escarcha. Salones con mil ventanas y suspiros, suspiros, suspiros, suspiros.

La boca cerrada exclama frente a los espejos, con ecos de muerte de aquellos pianos azules que vencieron al mendigo tiempo. Tejados donde crecen fresas y donde viven los brazos que se alargan hasta el mar. Alguien me dijo: te quiero, te quiero amor mío, junto al desván donde juegan los niños, entre luces y rumores de tardes tibias. Ríos de nieve y silencios oscuros de cada frente, de cada sudor, de cada melancólica canción que suena al final de cada instante.

Una cintura quebrada se acerca desnuda, invisible en la lejanía de cada baile recordado. Un disfraz nos aleja de lo insoportable, de aquellos jacintos que recordamos entre piernas y amapolas, azucenas y ondas oscuras de cada andar, amor mío, amor mío, que decía la canción. Y al final de aquella añorada melodía, el susurro en el cielo azul diciendo que puedes contar conmigo, que conmigo, siempre estarás a salvo. Es simple, decía el otro poeta: quien quiere estar en tu vida, está en tu vida, sin excusas… Como la mañana, como el ocaso, como la música, como ese abrazo que aún perdura, invisible, persistente, tenaz. 

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La prueba del laberinto


«Es necesario reivindicar el derecho de soñar. Quizá pueda parecer un derecho sin importancia. Pero, si se reflexiona sobre ello, aparecerá como una gran prerrogativa. Si el hombre es capaz todavía de nutrir ilusiones ese hombre es aún un hombre libre».  Antonio Tabucchi

No importa lo que ocurra. Seguiré soñando. Ese factor es lo que me permite sentirme libre y dichoso. Podrán derrumbarse los mundos y podrán las trompetas tocar su último canto, pero nada dejará que deje de soñar.

Digamos que la vida humana es un laberinto lleno de pruebas. Hay cruces de camino, desvíos, equívocos, huidas, temblores y terremotos capaces de derrumbar lo más sublime. Ese laberinto tiene su propio centro. De allí pende un fino hilo sujetado por la tejedora Ariadna.

Uno puede prostituir su vida y traicionarla una y otra vez. Puede abandonar sus sueños, sus anhelos. Puede engordar su estrecha visión con el fin de olvidarse de sí mismo. Entonces se vuelve esclavo de la apariencia, del qué dirán, de los otros. Marioneta de cada circunstancia, de cada situación que desee pervertir nuestro devenir. Títere de cada una de las falsedades de la existencia.

Por eso es necesario reivindicar el derecho a soñar. Soñar es como atravesar ese laberinto humano sin importarnos nada la pérdida, la dureza de cada prueba, las iniciaciones oportunas que nos harán crecer en cada travesía, en cada recoveco, en cada vuelta cuando pensamos que verdaderamente estamos perdidos. Ese seguir soñando a pesar de todo nos hace libres y fuertes, personas llenas de sentido y autenticidad. Personas con anhelos de luz y lucidez. Amantes de lo verdadero, de la Verdad y su compañera la Justicia.

Soñar es reivindicativo porque de alguna manera te acerca al corazón, a aquello que grita fuerte desde dentro de nosotros. Te permite ver por encima del laberinto y agarrarte al hilo, al fino pero inquebrantable hilo de la esperanza. Al agarrarte a él hay algo que te eleva en una gran espiral. Esa espiral es impresionantemente maravillosa. Desde ella, los laberintos humanos se ven pequeños, ridículos, minúsculos. Como un retrato caprichoso de una sombra que mengua al atardecer. El vuelo mágico, tan preciado por magos y soñadores, se torna realidad al encontrar el centro, la gran prueba.

Pero ahí está el miedo. Ese terrible miedo que tanto nos aleja del amor, de nuestro corazón, de nuestro destino. Ese miedo atroz que es capaz de lo peor. Ese miedo que provoca guerras y sufrimiento innecesario por no querer afrontar lo verdadero que hay siempre en nosotros. Y eso verdadero siempre, siempre, siempre es bondadoso, dichoso, virtuoso, valiente, atrevido, osado. Lo que nuestro corazón encierra es el mayor tesoro jamás sembrado, cosechado, almacenado en la alacena del alma. El amor, eso que nos une al mundo, a los otros, a la vida del espíritu para aquellos que aún creen que la vida es tan misteriosa y extensa e inabarcable. Amor y consciencia y vida. Ese es el gran descubrimiento del hilo de Ariadna, tejido con tres cordeles que conectan nuestra vida, con la Vida.

No tengas miedo. Supera todas las pruebas del laberinto. Busca su centro que es tu centro. Sujeta con fuerza el triple hilo y déjate llevar por ese viento espiral que contempla el universo desde su visión amplia y sempiterna. Sé osada en cada prueba. Sé libre y soñadora. Sé, en definitiva, esa gran espiral que todo lo puede y atraviesa. Sé libre, no hay jaula que merezca nunca la pena.

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Llevo en la frente una estrella, y en los labios una música que cantar


Ayer le escribí una carta a Magalí pidiéndole disculpas. Sé que llevaba mucho tiempo esperando, aguardando para poder llegar por fin a su destino. Se abrió una grieta, una posibilidad, una oportunidad única. Ayudó en los preparativos, en los encuentros, en las sincronías para que pudiéramos tener visión de todo. Pero su esfuerzo fue aparentemente inútil. Los miedos, las inseguridades, la falsedad a veces y la confusión otras fueron más poderosas.

Sin embargo, Magalí es perseverante. Lo noto en la falta de desgarro, en su empeño por sujetar y apretar fuerte aquello en lo que cree. Mira el bosque a través de mis ojos, siente el verde de los prados a través de mi carne. Y no desespera. Aprieta fuerte el nudo para evitar que deshaga. Puedo notarlo, puedo sentirlo. Lleva haciéndolo centurias, lleva haciéndolo eones de tiempo.

El reino de la fantasía es bello. Alicia en el país de las maravillas solo fue un preludio que nos animaba a imaginar mundos, reinos, paisajes, posibilidades infinitas. La fantasía es una buena aliada para crear cosas, para perseguir sueños. Soñamos con estos prados, soñamos con un hogar en los bosques, soñamos con aquella familia consciente, salvaje, viva.

Pero cuando crees poder alcanzar los sueños, ahí están poderosos los guardianes del umbral. Cuanto mayor sea el sueño, cuanto mayor la esperanza, más poderosos serán esos guardianes. Nos pondrán pruebas, derrumbarán sueños y caminos, harán que todo tambalee bajo nuestros pies. Lo advirtió Kavafis en su hermoso poema: no temas a los lestrigones ni a los cíclopes ni al colérico Poseidón, seres tales jamás hallarás en tu camino, si tu pensar es elevado, si selecta es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.

Quizás ese fue el secreto de los dioses creadores. Advirtieron que el pensar elevado y la selecta emoción podría derribar cualquier obstáculo, cualquier muro, cualquier impedimento que nos apartara de nuestra misión-labor. Quizás nos faltó elevar aún más la visión, perseguir con mayor fuerza esa emoción pura y sencilla.

Por eso siento como si Magalí siguiera susurrando, siguiera sujetando fuertemente ese nudo, ese lazo que une almas viejas. Ella siempre se enfada y me susurra: no me llamo Magalí, me llamo Magari. Le guiño el ojo y suspiro profundamente. No importa el nombre, no importa la fantasía, no importa los guardianes del umbral, lo que tenga que suceder, inevitablemente sucederá.

Llevo en la frente una estrella, y en los labios una música que cantar. Así es el destino, así es la vida. Solo tenemos que seguir nuestra estrella y cantar la música que Dios nos otorgó profundamente, en susurro. Solo tenemos que recordar y perseguir nuestros sueños, aunque rezumen a fantasía. Solo debemos esperar a reencontrar en el laberinto humano, todo nuestro más puro centro. Y desde allí, perseverar.

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Amemos ahora, porque pronto moriremos


© @olivierrobertphoto

Fue desconcertante cuando aquella mañana de primavera desperté y vi que la cama yacía vacía, húmeda y doliente. En el susurro de la noche se escuchaban aquellos ecos: “Dame todo tu amor ahora, porque hasta donde sabemos, mañana podríamos estar muertos”. Y aquella mañana, realmente era como estar muerto. Vacío, lejos del sueño, perdido en la realidad de un mundo que carecía de sentido, un mundo engañoso, yermo, baldío, estéril, sin futuro.

No puedo seguir malgastando el tiempo añadiendo cicatrices al corazón porque todo lo que escucho es “que ahora no estoy lista”, decía aquella canción. Y así pasan las horas y los días y las semanas y todo se escurre por entre los dedos porque nunca estamos listos para nada. No estamos listos para amar, para vivir, para tener una familia, para crear proyectos, para volcar toda nuestra esencia en respirar la vida, en sentirla, en vivirla con urgencia. Nunca estamos listos ni preparados para enfrentarnos a la vida, por eso siempre estamos dispuestos a escondernos, a huir desesperadamente con cualquier excusa.

Y si no estamos listos para amar, ¿cómo vamos a estar listos para vivir? Si nunca tenemos tiempo para amar, ¿cómo vamos a tener tiempo para abrazar el elixir de la vida? La vida se nos vuelve a escurrir por entre los dedos, como arena fina, como agua de lluvia, como rocío de la mañana. La vida discurre y por miedo dejamos de hacer aquello para lo que estuvimos siempre consagrados. Preferimos huir a cada instante por miedo, por miedo al amor, por miedo a la verdad, por miedo a la vida. Preferimos sentarnos al borde del camino y ver cómo crecen las amapolas, en vez de convertirnos nosotros mismos en una flor radiante, en una flor viva. Y ahí en el camino, de alguna forma, parados, quietos, asustados, nos marchitamos.

No quiero juzgar lo que hay en cada corazón, pero, ¿cómo vamos a construir una vida plena si la llenamos de vacíos? Así que amemos plenamente, amemos fuerte, con desesperación, con urgencia, porque mañana, sí, mañana, podríamos estar muertos. Amemos ahora, porque pronto moriremos.

Decía aquel poeta que el amor no viene dado por la distancia entre la carne, sino por la posición del corazón. El mío, imitando aquel atardecer, estará siempre contigo…

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Entregando la vida al amor


© @poutge
«Quien ha visto la esperanza, no la olvida. La busca bajo todos los cielos y entre todos los hombres». «El laberinto de la soledad», Octavio Paz

 

Debo decir que en lo personal estoy feliz. Ayer apareció por fin, tras atravesar cientos de montañas, nieve y lluvia. Llegó radiante, plena, hermosa, con toda su luz y toda su luminosa aura. Unos amigos me habían ayudado a preparar concienzudamente el apartamento. Lo pintamos, lo limpiamos, lo arreglamos, lo llenamos de aroma, de flores, de cientos de detalles que solo podían ser vistos por el ambiente acogedor que desprendía cada rincón. Me sentí enamorado y primaveral al hacer todas esas cosas. Hacía tiempo que no sentía tanta emoción por recibir a alguien.

Me resultaría extraño describir la profundidad y el significado oculto del tan añorado encuentro. Solo ella y yo podríamos entender la envergadura de tamaña empresa, por todas las dificultades atravesadas y por toda la valentía y osadía por ambas partes. Pero por fin ocurrió como tenía que ocurrir, tal y como estaba trazado, a pesar de que en el laberinto humano tuvimos que dar algunas vueltas previas debido a ese libre albedrío que a veces, sujeto a miedos o equívocos, nos llevan hacia casas cuyos suelos terminan derrumbándose.

Ahora, desde ayer mismo, emprendemos un nuevo vuelo. Ambos sentimos que esta vez será diferente, que toda la trama estaba tejida en un aparatoso multiverso que quiso que nos uniéramos en uno de sus vértices, en uno de sus nodos. Un cruce de caminos, un paso de lobos. Sentimos que lo que nos destinaba la vida se ha manifestado, y que ahora depende de nosotros, y del buen uso de nuestro libre albedrío, el ceñirnos al guion trazado. Esto resulta complejo. Sentir que tenía que ser así y sentir que no puede ser de otra manera. Sentir, además, con cierta claridad meridiana, lo que va a suceder a partir de ahora. Los pasos a seguir, todo lo que la vida nos prepara y deberemos atender. Esto es de una emoción especial, selecta, hermosa.

Si algo hemos aprendido de esta historia es que el amor todo lo puede. Podemos sentir miedo en algunas ocasiones, equivocarnos y tirar la toalla, pero cuando dejas de distraerte, cuando centras todo tu afán en estar ahí en lo bueno y en lo malo, en la enfermedad y en la salud, en la riqueza y la pobreza, algo milagroso ocurre. Ya conocemos las fases de deseo, enamoramiento, querer y amor incondicional. Lo que nunca hubiéramos imaginado es que esas fases pudieran completarse íntegramente, como si de una espiral se tratara, en un mismo tiempo y en un mismo espacio. Ver la vida en espiral es poder comprender todas sus fases, todos sus ritmos, todos los ciclos de la existencia. Al hacerlo, uno sube a ese carrusel y es capaz de abrazar todos los mundos posibles.

Es muy difícil amar sin que te falte el aire, sin hacer de su vida, tu vida, que diría el poeta. El amor es como un pergamino de sueños a merced de las musas. Uno escribe una estrofa, el otro la interpreta. El amor es como un coro donde la música fluye entre el aroma de incienso, entre abrazos y sonrisas, guiños y complicidades. Enciendes unas velas, suena la música de fondo y te dejas llevar por el aroma de la vida. Ahora nos toca disfrutar del Sagrado Cotidiano, de la amabilidad de almas nobles, generosas y bellas, del afortunado reencuentro de seres que llevaban tiempo buscándose y por fin se han encontrado. Estamos felices, estamos dispuestos a superar todas las pruebas que la vida nos tenga preparada. Estamos deseosos de entregar nuestras vidas, a la Vida, a la Consciencia, al Amor. Tenemos fe y esperanza, tenemos fuerza y carácter, y tenemos el poder de resucitar, de entregarnos, en definitiva, el poder de dar el extra, amando.

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Yo soy tú hogar, tú eres mi hogar. De cómo volver a casa…


© @sejkko

Siempre hemos pensado que el hogar era un espacio físico. Dedicamos gran parte de nuestra vida, de nuestro trabajo, de nuestros ahorros, de nuestro dinero, a crear un espacio físico que consideramos nuestro hogar. Un día nos levantamos y descubrimos, quizás a raíz de un hecho traumático o alguna especie de iluminación interior, que el verdadero hogar es aquello que crea el fuego. El fuego interior, el fuego de una pareja, el fuego de una familia.

Aquellos que viven solitarios, crean su propia fogata, adornando sus vidas con espacios de silencio y soledad. Aquellos que viven en pareja saben y sienten que el hogar es el otro, es estar abrazados a un ser cuya energía desprende fuego, calor, hogar. Aquellos que tienen familia acomodan su vida al sentirse plenamente agradecidos por haber transmitido el fuego de los dioses a nuevas huéspedes. Crear una familia, aún sin saberlo, quizás sea lo más trascendente de nuestras vidas.

Somos forasteros que estamos de paso por este hermoso planeta. Aferrarnos a espacios físicos es olvidar nuestro peregrinar errante por la existencia. Nuestro ser vive y transmigra gracias a la chispa que los antiguos llamaban fuego cósmico. Cuando esa chispa encarna, el fuego se torna carne, calor. Es en ese calor donde encontramos nuestro hogar. Y cuando somos capaces de indagar en los misterios de la existencia, comprendemos que ese fuego debe ser compartido, transmitido. La llama que produce llama que produce llama. La transmisión de la luz, del calor, del fuego. En lo material y en lo iniciático. Luz, siempre más luz. Calor, fuego, amor.

Volver a casa es simplemente comprender este viejo arcano. Somos luz, somos chispa, somos fuego. Al entrar en ese pensamiento, en ese sentir, la vida fluye de forma diferente. Los diversos escenarios con los que nos encontramos ya no son relevantes. Ya hemos encontrado el fuego, ya somos conscientes de que somos fuego. Cuando eso nos penetra, cuando tomamos plena consciencia de ello, la vida se nos revela milagrosa.

Por eso no debe importarnos si vivimos en un palacio o en una pequeña cabaña en los bosques. Debemos preocuparnos por saber si hemos descubierto en nosotros y en el otro el fuego cósmico. Debemos emprender esa búsqueda, ese encuentro. Mirar al otro y ver en él la chispa que nos mueve, la unidad de todas las cosas. Ir hacia el otro, hacer del otro nuestro hogar, es comprender esa enseñanza profunda de volver al hogar.

Yo soy tú hogar, tú eres mi hogar. No hay mayor secreto para la verdadera felicidad que comprender eso. Cuando lo hacemos, integramos en nuestras vidas el espectro profundo de la existencia. Ya nunca te sientes solo. Ya nunca te sientes errante. Ya nunca te sientes desamparado en los ciclos vitales. Cuando descubres el fuego, descubres la vida, la consciencia infinita, el amor. Cuando descubres en el abrazo del otro ese fuego, todo se vuelve indestructible…

Bienvenida a casa. Bienvenida al Hogar…

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Abortar misión


 

© @allenkoppe

«Ciertamente hay satisfacción y dignidad al aceptar los errores que uno ha cometido en el curso de la vida». Kazuo Ishiguro

El domingo me desperté con una sensación extraña. Una voz interior, clara y contundente, me decía que no fuera, que no viajara al día siguiente. Nunca sabré los motivos reales ni la naturaleza de sentir dentro de mí esa contundencia, pero obedecí. Avisé a las personas con las que iba a viajar a la guerra y me disculpé ante ellos. Ese mismo domingo aborté la misión y volví al Balneario, en el que sigo en estos momentos. Aquí estuve en silencio, observando, analizando el motivo real de no haber ido hasta las fronteras con Ucrania.

Lo cierto es que estos días en Madrid sentí la despreocupación de unos y el nerviosismo de otros. Los que miraban para otro lado y los que no podían dejar de mirar lo que estaba sucediendo. Pensé en el mal que esta situación estaba ocasionando a nivel global y en lo inútil o frustrante que a veces resulta hacer el bien. Un buen amigo me puso el símil. Hay un hombre malvado, que recibe a la gente en una mesa larga y distante. Un hombre que decide unilateralmente cuántas personas van a morir en los próximos días. Y luego hay múltiples estados que se reúnen conjuntamente para intentar hacer fracasar al mal.

Vi claramente como las fuerzas del mal atacan el orden establecido. Decía alguien que el mal es una energía mal situada. Ocurre todos los días cuando nos enfadamos o sentimos rabia. No somos capaces de canalizar esa energía, esa frustración, y destruimos todo lo que vemos a nuestro paso en vez de situar correctamente esa energía, esa fuerza descontrolada. Tener conocimiento de las fuerzas oscuras nos debería preocupar, al menos. Debería hacernos trabajar en fórmulas propicias para poder equilibrar esas fuerzas cuando aparecen en nuestras vidas. De igual forma, de manera colectiva, deberíamos tener causes adecuados para que las fuerzas pudieran sostenerse desde el equilibrio, la quietud y la paz mundial.

Sea lo que sea, el mal existe. Existe cuando un loco de remate, por no decir otra cosa, decide aniquilar a todo un pueblo. Existe cuando perdemos los nervios en situaciones psicológicamente complejas y le damos un guantazo a un amigo (Oscar dixit). Existen en las relaciones, cuando de repente perdemos nuestro centro y huimos o abandonamos el barco del amor acudiendo al miedo. Todos los días, por miedo o por no saber controlar las fuerzas del mal, abortamos todo tipo de misiones hermosas.

Intentar no ocupar la vida en odiar y tener miedo, como decía Stendhal, quizás sea el camino más complejo de todos. Sanar todas esas heridas humanas, esas que afectan a nuestra psique desde que de muy pequeños unos y otros abusaran de nuestra fragilidad, es una vía difícil. Solo podemos hacer lo mejor, solo nos queda el camino del abrazo y el sentir. Abortar aquellas misiones que nazcan del miedo y la desesperación, de la frustración más profunda, y ahondar discretamente en el camino del amor. Hacer el bien, siempre hacer el bien, cueste lo que cueste.

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Subir a la montaña para bajar a los valles. Pequeña reflexión desde el Jardín del Morya


© @silverfineart_gallery

Las experiencias cumbre solo pueden servir para inspirar, para alentar, para indicar que más allá de la espesa bruma de los valles, allá, a lo alto, hay vistas inimaginables, visiones inalcanzables para la mente que orbita en la ceguera de lo cotidiano. Subir solo puede ayudarnos para bajar con mayor fuerza, decisión, empeño. Ocurre lo mismo cuando caemos en un turbulento pozo, oscuro y sombrío. Uno no se ahoga por caer al fondo del mar, sino por recrearse en sus profundidades. Emocionalmente hablando, bajar ocurre siempre que estamos ante un declive inevitable. Uno baja y baja y baja sin darse cuenta hasta que toca fondo, se recrea en las profundidades y advierte de repente que le falta el aire. Así le pasa también a la humanidad doliente.

Es el mundo que describía la vida de Arjuna, el mundo del dolor, pero también el mundo de la luz que brilla más allá de los valles, en las altas cumbres, en las montañas más allá del mundo conocido. Como en esta tarde lluviosa donde comparto con la familia espiritual un trozo de vida. Aquí, de nuevo en el Jardín del Morya, un remanso de paz y un lugar donde poder respirar tranquilos, compartir las tensiones del mundo e intentar elevar la mirada por encima de nuestros pequeños miedos. Aquí no hablamos, casi por estar prohibido, de cosas banales, vulgares o pedigüeñas. Hablamos del mundo, de las crisis por las que atraviesa la humanidad. Intentamos inspirarnos para no entrar en la apatía, en la tristeza. La situación mundial es compleja. Quizás estemos ante un nuevo abismo mundial sin saberlo, sin ni tan siquiera imaginarlo. Quizás estemos ante el final de una civilización, de un mundo conocido. O quizás no, quizás todo sea un tránsito tranquilo y amable hacia otro lugar. Miramos hacia arriba para buscar inspiración, luz, más luz.

Sea como sea, incluso en el Jardín del Morya sentimos cierto nerviosismo. Hay algo en el ambiente de preocupación. Este lugar está lleno de libros de historia leídos, subrayados y repasados una y otra vez. Todo se asemeja, nada parece haber cambiado. Los miedos atávicos permanecen. Las cicatrices de los pueblos están aún sin sellar. El mal campa aún por los valles agrestes. Por eso recordamos la inaplazable y profunda necesidad de mirar a las cumbres. No para abstraernos, sino para buscar luz y visión, para saber que la urgencia de actuar tiene que venir precedida de gnosis, de conocimiento, de sabiduría.

Descansar en este Jardín antes de ir a la batalla, a la batalla del drama, del dolor, de la pérdida, del sufrimiento de la humanidad doliente, es como entrar en una iglesia, en una pequeña ermita para rezar o pedir fuerzas. Aquello que hacían los antiguos, espada en mano, antes de entrar en combate. El combate ahora no es por una guerra, es por la humanidad. Es por sanar todas esas heridas que aún siguen abiertas. Todo ese dolor, toda esa rabia, todo ese sufrimiento innecesario. Aún estamos muy lejos de la fraternidad humana. Aún estamos muy lejos de conectar directamente con nuestra esencia primordial. Pero nuestra obligación es seguir mirando a esas cumbres, y luego volver a los oscuros valles para señalar el camino.

El lunes subiré a la cumbre de esa luz para que el dolor pueda ser sostenido. Elevaré la mirada ante la desgracia para poder sostener el tormento ajeno. Y cuando ese dolor llegue a nuestra casa, poder recordar la visión, la montaña, la cumbre, y ofrecer así luz y esperanza al mundo desvalido. Fuerza, mucha fuerza para la humanidad que viene. Luz, mucha luz. Y amor, mucho amor.

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A la guerra por amor


© @noarphotographie

Uno a veces cree que ama, sin saber amar. Uno a veces cree ser amado, sin recibir amor. Desde que empezó el conflicto con Ucrania algo se removió dentro de todos. Estamos acostumbrados a muchas guerras y a falta de amor. Las noticias están siempre plagadas de catástrofes y desgracias, de oscuridad y odio, y faltas de amor. Cuando las desgracias están cada vez más cerca, algo se remueve por dentro. Es normal. No debemos sentirnos mal por estar dando todo lo que podemos por Ucrania y muy poquito por el resto del mundo. Algo es algo. Es natural. Uno siempre siente más afecto por el vecino que por alguien que no conoce. No seamos hipócritas y nos rasguemos las vestiduras porque queramos acoger a una niña ucraniana y pongamos barreras a los niños sirios. Un corazón noble hace siempre lo mejor, un corazón amoroso ama a todos por igual, y un corazón inteligente, hace siempre lo que puede, lo que está en sus manos. No es un problema de distancia, es un problema de falta de amor.

Hace unas semanas me debatía entre el amor o la guerra. Mi impulso irracional, o quizás el más inteligente de todos los impulsos, me motivaba a ir hasta Ucrania para ser útil en todo lo que pudiera. Un ser amado me lo impidió. Me rogó que no fuera. Entonces pensé que quizás podría echar una mano desde aquí y eso hice. Pero no es suficiente. No siento que pueda ser suficiente mientras vemos cómo el mundo se desmorona ante nuestros ojos.

Comprendo a la mayoría que permanece sentada al borde del camino. No lo juzgo. Bastantes problemas tenemos mirando que no se acabe el aceite de girasol en el supermercado o viendo cómo la gasolina ha subido un poco más impidiendo con ello frecuentar con más asiduidad los periféricos centros comerciales. Tenemos siempre muchas cosas que hacer, muchas cosas en las que pensar, mucho ombligo al que mirar.

Pero otros no pueden. No pueden sentarse al borde del camino mientras todo se cae. Hoy comprendí varias cosas sobre el amor. Especialmente sobre el amor incondicional. Es algo que no se puede exigir, que no se puede mendigar. No podemos pedirle a Putin que ame a Ucrania. Es algo que se tiene o no se tiene. Y si se tiene, rebosa, se expande. Lo vemos en los enamorados, que son capaces de sacrificar toda una vida por estar juntos. Lo vemos en las madres con sus hijos. Lo vemos en la naturaleza con su siempre excesiva generosidad. El amor siempre es rebosante. Nunca pone límites, ni fechas, ni plazos, ni tamaños, ni formas, ni colores. Es expansivo, esa es su naturaleza. Y lo contrario al amor se retrae, se aísla, se comprime, engorda hacia sí mismo. Un enamorado sabe cuando la otra parte lo ama. Solo tiene que mirar a sus ojos y ver si rebosa entre el lagrimal esa expansión de luz y amor.

Podemos sentir amor por nuestra pareja, por nuestra familia, por nuestra comunidad. También podemos sentir amor por la humanidad. Ese amor expansivo hacia la humanidad es lo que me mueve a salir el próximo lunes dirección Ucrania para echar una mano. Una de las expresiones del amor es el servicio, el sentirse útil hacia los demás. Uno por amor puede sentir cariño, amabilidad, entrega. Pero si el amor se expande, y ves por las noticias a madres y niños desamparados, algo te tiene que mover. Lo mismo que mueve a un enamorado a atravesar medio mundo para ver a su amada y estar junto a ella, cueste lo que cueste. La misma fuerza, debe moverle a uno para ayudar a los demás siempre que sea posible, siempre que no estemos distraídos con nuestras cosas, que siempre son importantes.

Por eso el lunes voy a la guerra por amor. No sé qué me encontraré allí. No sé de qué manera podré ser útil. Pero no puedo quedarme sentado al borde del camino mientras el mundo se acaba para mucha gente. Hoy son ellos. Mañana podemos ser nosotros, o nuestros hijos en unos años. No podemos contraer el amor. Debemos expandirlo, y nosotros expandirnos con él.

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Cuando los seres sintientes se convierten en objetos


© @miguelrphotography

Nuestra sociedad, en su degeneración paulatina, olvida las esencias primordiales de la existencia, los valores más esenciales. Se vuelve autómata, insensible, separada completamente de la pura existencia. Vivimos una época decadente, desconectados de la esencia espiritual y de todos aquellos vínculos que conformaban nuestra constitución humana. Las cosas subsisten por inercia, pero ya nadie cree en nada. Las viejas formas se aferran a un presente inútil y oscuro. Un tiempo trágico y sombrío. Y de alguna manera, un tiempo cómico que se aferra y subsiste.

La guerra, las guerras, nos recuerdan que el mundo está en ebullición, al borde de un colapso premeditado, quizás necesario. La señal de los tiempos es ineludible. Cuando los seres sintientes se convierten en objetos, en algo necesario para el consumo, el colapso está garantizado. Podríamos hablar de cosas bellas y mirar hacia otro lado mientras muy cerca de aquí niños y ancianos mueren bajo la metralla. Lo horrible no es esa guerra, si no todas las guerras minúsculas que producen las grandes guerras. Por eso el colapso de fuera es un colapso de valores que viene de dentro.

Las nuevas generaciones se están criando en un mundo virtual, desconectado de la realidad. No son capaces de enfrentarse a las crisis del mundo porque en el mundo virtual todo es bello, todo es fabuloso, todo es fantasía. Cuando intentan conectarse a la realidad esta les supera. No saben cómo actuar, no saben cómo aplicar las leyes básicas del comportamiento humano. Se esconden, se aíslan, desaparecen. Los seres sintientes, no importa si son animales o humanos, se convierten en objetos. Unos para ser sangrientamente consumidos. Los otros para ser manipulados, anulados, utilizados a cualquier antojo.

Eso de alguna manera crea monstruos. Monstruos que, en un futuro, quizás mañana, participaran autómatas de nuevas guerras, de nueva destrucción, de nueva miseria, de nuevos colapsos en futuras civilizaciones. Cuando hemos perdido la conexión con el mundo, el mundo nos golpea fuertemente. Nacen crisis de identidad, pensando que aquella fantasía virtual en la que creíamos (antes se llamaba patria y religión), era lo real, era el mundo verdadero. Pero el mundo verdadero requiere de contacto, de relación, de olores, de visiones compartidas en atardeceres boscosos. Requiere escuchar el aliento del otro, sus gemidos, su dolor, su miedo, su terror, y sanarlo con un abrazo, con una mirada, con un susurro.

La guerra, las guerras, solo nacen de nuestro interior. Una persona emancipada, inteligente, sanada por la vida, no podría entrar nunca a ninguna guerra. Observaría atento cómo poder ayudar en cada conflicto, pero nunca entraría él solo en ningún conflicto. Seguramente una persona que vive en paz, sería capaz de soportar todo tipo de insultos, mentiras e injusticias aplicando una sonrisa sincera. Comprendiendo que la naturaleza humana llega a la armonía a través del conflicto porque es en los momentos de tensión cuando realmente crecemos y aprendemos. Pero entendiendo que el conflicto debe ser siempre resuelto desde la paz, desde el amor, desde la fraternidad más sincera.

Cuando los seres sintientes se convierten en objetos la vida nos manda una señal. Es la señal de que un mundo se acaba, de que hay que empezar a trabajar en un nuevo mundo, en una nueva visión. Cuando el mundo se vuelve mentiroso, cuando todo es producto de una fantasía, de una mentira, es tiempo de volver a empezar de nuevo.

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Equinoccio de primavera. Muerte y resurrección


© @adele_spencer

El invierno es un momento de pausa, de muerte, de retorno al silencio. Algo muere en cada invierno. Algo muere inevitablemente para que se pueda regenerar la vida. Ahí está la gran paradoja de nuestro universo, de nuestro cosmos, de nuestra naturaleza. Muerte y resurrección vienen de la mano, y de ahí surge el ciclo vital de la Vida. Morir para nacer, nacer para morir.

Ayer algo murió, hoy, con el equinoccio, algo renace. Es hora de emprender la tarea de fecundar la madre tierra, de fecundar nuestras vidas desde la realización, desde la resurrección. Es hora de fecundar nuestros corazones y fertilizar el amor que está dentro de nosotros.

Son días para preparar la tierra, para seleccionar las semillas, esperando que la luna menguante nos ayude a utilizar el vigor y las mareas planetarias para que la vida pueda integrarse en la tierra y lograr así todos los beneficios posibles. Es momento de discernimiento, de emprender la tarea de la siembra y observar pacientes cómo la vida se abre paso desde la más absoluta oscuridad, siempre húmeda y doliente. Ahí de nuevo el milagro. La semilla muere, y con su muerte, permite la nueva vida. Así morimos nosotros simbólicamente. Algo muere en nuestra mente, en nuestro corazón, para poder renacer de nuevo y ofrecer más y más vida. Algo murió ayer, algo nace hoy.

La fecundación de la madre tierra, así como la fecundación de nuestras vidas, se convierte en un gran misterio, en algo que nos resulta indescifrable, enigmático y místico. Miramos la tierra preparada y abonada en invierno. Observamos como todo ese trabajo duro y pesado ahora requiere una atención diferente. Ahora requiere sembrar, sembrar, sembrar. El significado oculto de este acontecimiento genera en nosotros curiosidad, expectación, esperanza. De cada semilla, saldrán frutos. Quizás seis, quizás siete, quizás infinitos frutos futuros que sobrevivirán de generación a generación.

La consciencia humana ha aprendido a observar todo cuanto ocurre en la naturaleza. Aprende a regenerarse, a luchar por lo que quiere, a sobrevivir a todo tipo de tempestad. Los principios ocultos son claros: lo que muere debe nacer, lo que nace debe morir. Es un sistema profundo, una filosofía natural, algo que trasciende nuestra comprensión. En nuestras vidas ocurre y se manifiesta con el mismo principio. Todos los días algo muere y algo nace. Todos los días tenemos la oportunidad de mejorarnos, de pulir nuestras vidas con acciones valientes, con osadas manifestaciones de bondad y amor. Todos los días podemos ser una mejor versión de nosotros mismos, al igual que la naturaleza, en su majestuoso ejemplo y misterio, renace y se mejora en cada estación.

El fruto llegará. El fruto es la manifestación, el regalo, el don de una naturaleza agradecida cuando se ha cultivado la tierra, se ha seleccionado la semilla y se ha cuidado día a día, sin descanso, cada uno de sus crecimientos. Ese es el gran secreto de nuestra vida psicológica. Si preparamos nuestras vidas con esmero, si sembramos amor en ellas, si cuidamos de ese amor día a día, al final, nacen los frutos. Quizás seis, quizás siete, quizás infinitos generación tras generación.

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El reencuentro de las llamas


Esta tarde viajando por tierras de Babia y Astur

Gracias a la vida triunfó el amor sobre el miedo. Los astros se conjugaron, la voz del silencio nos guio y sin saber cómo, terminamos en mitad de unas escarpadas montañas, en el centro de la tierra astur. Tras unos días de movimientos, de silencios, de incertidumbre y desapego, llegó la última luna de este ciclo, la luna llena del gusano, la luna del deshielo, la luna de Virgo, la última luna del año astrológico. Es una luna que marca cambios y renovación, plenitud y realización. Es un momento especial para que los lobos se reencuentren en las montañas, para que las llamas iluminen con fuerza el cielo y la tierra.

Han pasado semanas de insomnio, de aprendizaje, de pulso a la vida y a los sueños. En dos días abrazaremos juntos la nueva primavera, la primavera soñada, esa que ya había brotado en nosotros en lo más profundo del invierno. Aquello que se sembró en Imbolc, Mazal y en la luna de Acuario, ahora, unas lunas más tarde, da sus frutos. Los nervios se nos adhieren al barro, a las paredes, que diría el poeta. El sueño se torna carne, las llamas se unirán esta noche, una noche eterna, esperada, ansiada, deseada, soñada, inspirada desde los límites de la bóveda celeste.

No son encuentros de cuerpos, ni encuentros fortuitos de emociones y deseos. Es el reencuentro de almas que habían tejido el sueño para germinar en él una realidad posible, amplia, consciente, de vida, de amor. Eso es lo fascinante, eso es lo increíble, eso es lo que nos mantiene vivos desde hace años, el hecho de ser conscientes de que el tejido fue trabajado en el gran obrador de lo sutil. Soñar con algo que por fin llega, que por fin se manifiesta, como si fuera ese mito maravilloso de la creación, esa trama oculta entre los hechos y las esencias.

Virgo, equinoccio, día del Padre… tres momentos significativos que conjugan con los primeros momentos. Todo en una sucesión de hechos que algún día serán descritos como imposibles, como conjugaciones propias de los cuentos y mitos de antaño. No puedo ahora contar nada, desvelar nada, pero estoy viviendo unas de las historias más increíbles y bonitas de mi vida. Una historia interior, exterior, profunda y onírica, algo susurrado desde los adentros más misteriosos.

Ahora toca abrazar el Sagrado Cotidiano, la milagrosa vida ordinaria, que se torna extraordinaria cuando el amor vence cualquier obstáculo, cualquier prueba, cualquier temor. Hoy es un día para el recuerdo, para el reencuentro, para la memoria, para la transformación de las almas, para la anunciación de ese mundo nuevo al que aspiramos.

La luna que vivimos, la noche de la certidumbre, de la evidencia palpable de que los sueños se pueden hacer realidad, de que el amor siempre puede triunfar si ponemos el coraje suficiente, la valentía de emprender el viaje sin miedo, la osadía de hacer que suceda aquello que inevitablemente estaba llamado a suceder. Ojalá el mundo se impregne de la supernova que hoy nacerá. Ojalá el mundo vuelva a la paz ahora que la misma llegó a nuestros corazones. Ojalá el amor triunfe siempre en los corazones humanos. Hoy es el gran día, el día del reencuentro de las llamas.

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No tengas miedo


© @thomasfilke

Hoy hemos hecho una meditación grupal para identificar el egregor del miedo. El miedo es una fuente de espejismo e ilusión. Nos aleja de nuestro camino, tanto individual como colectivo. El miedo es lo opuesto al amor. Todo lo que se realiza desde el miedo nos separa y nos destruye, nos aísla y nos aleja de nuestro propósito vital. El miedo es como un morador del umbral, un guardián que pretende asustarnos y alejarnos de nuestro camino. Es fácilmente identificable. Nos aturde, nos confunde, nos desalienta, nos abruma, nos delata, nos irrita, nos cansa.

El amor, sin embargo, es siempre más simple y más profundo. Es ese motor que nos hace avanzar hacia la unión, hacia el abrazo, hacia el cariño, hacia la responsabilidad de acoger algún tipo de esperanza. El miedo nos inmoviliza o nos hace huir lejos de nuestro camino. El amor nos afianza en lo que creemos, en nuestro alto ideal, y nos mantiene firmes en ese camino complejo, pero necesario. El miedo es una línea recta estrepitosa, un círculo cerrado y excluyente. El amor actúa como una espiral poderosa que abarca y abraza todos los caminos.

En la meditación grupal, me acercaba tímidamente al egregor que durante estos años de pandemia hemos creado. Era un gran egregor mundial basado en el miedo. Su espiral ascendente se unía vertiginosamente con este nuevo terror que está asolando al planeta: la posibilidad de una tercera guerra mundial. Veía a ciertos mandatarios completamente poseídos por ese miedo, actuando ciegamente hacia la huida o la inmovilización, alejándonos como humanidad del principio necesario de fraternidad y tolerancia. Hay algo de mí que se asustó ante esa gigantesca imagen. También algo de mí reaccionó desde el más profundo amor.

El amor me empuja a actuar. A no quedarme inmóvil al borde del camino, a no meter la cabeza en un agujero profundo para no ver nada, a no huir despavorido buscando solo un rincón tranquilo. Actuar desde el amor me hizo afrontar la posibilidad personal de acoger al menos a veinte refugiados. Me empuja a luchar por lo que quiero y amo para abrazarlo con urgencia. ¡Vámonos hacia el amor! Grito despavorido todas las noches de insomnio… ¡¡¡Ven amor mío!!! Replico a cada despertar. Esa constante lucha no es solo para confiar en el amor, sino para que ese amor despeje la ilusión y la fuente del espejismo. Amar en tiempos de guerra, amar en tiempos de pandemia, amar ante los retos de la vida, sean los que sean. Amar y amor por delante. Como personas, como individuos, como parejas, como grupo, como colectividad, como humanidad. Solo nos queda amar para salvarnos, para mantener la vida constante en el pulsar de la vida. El amor une, el miedo separa, aísla, nos enmudece.

No tengas miedo, me repito y le repito y nos repetimos. Cesemos nuestras batallas personales, encontremos la paz dentro de nosotros y actuemos para que se encarne la paz mundial. Cada batalla librada en nuestro ego solo crea más guerra allá fuera. El egregor del miedo se alimenta de nuestros miedos, y crece, y crece, y crece. Si por el contrario, empezamos a amar, desde ya, no desde ayer o desde mañana, si empezamos a colaborar juntos, a crecer juntos, a apoyarnos conjuntamente en estos momentos difíciles para ti y también difíciles para la humanidad, podremos demostrar que otro mundo es posible. No nos dejemos guiar por el miedo. Que el amor sea siempre nuestra bandera, sin aplazamientos, sin espera, sin miedo. No te salves, ahora ni nunca, no te salves…

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Octavo Aniversario del Proyecto O Couso


Encuentro de la Red Ibérica de Ecoaldeas en O Couso

Estimados amigos…

hoy 12 de marzo cumplimos ocho años desde que adquirimos este hermoso lugar y casi nueve desde que el sueño comenzó. Volcamos una visión que no nos pertenece pero que de alguna forma flota en el mundo arquetípico del nuevo mundo que ya se está creando, y nosotros quisimos asumir nuestra parte a la hora de darle forma y realidad.

Es nuestro pequeño aniversario y esta vez, a diferencia de otros años, lo estamos celebrando en silencio por respeto a los trágicos acontecimientos que estamos viviendo en la vieja Europa. Un silencio abrumador que nos pone en alerta de nuestra fragilidad humana.

Con esa tristeza añadida tras la sufrida pandemia, si pudiéramos hacer un pequeño resumen de este tiempo, este ha sido un año de muchos retos. Terminar el ciclo del primer septenio y finalizar la reconstrucción de la Casa de Acogida. Campear la crisis del Covid y sus últimos coletazos. Ser perseverantes con todos los retos que hemos sufrido y, sobre todo, empezar un nuevo tiempo con la construcción pedagógica y material de la futura Escuela. Han sido ocho años agotadores, de total entrega y rendición al nuevo paradigma, a la utopía. Han sido ocho años llenos de retos y crecimiento, donde perdimos mucho de vida personal a cambio de intentar construir el sueño grupal. Pudimos trabajar duro en la planificación de la Escuela, en los planos y la búsqueda de los permisos. Ahora estamos a la espera de que todo eso siga adelante y podamos crear un lugar acogedor para potenciar la pedagogía de esta nueva era que ya está naciendo.

Somos un proyecto que nace bajo los pilares de la inofensividad, desde la comida hasta el trato con el otro. Inofensividad, paz, concordia, conciliación, tolerancia y fraternidad. Nuestro mensaje de paz está alineado con nuestro lema fundacional: hacer de un mundo bueno, un mundo mejor. Es un alto ideal que nos pone a prueba todos los días, especialmente con la recepción en la Casa de Acogida de todo ser humano que pueda necesitar de sus valores y principios. Una acogida incondicional, todos los días del año, que pone a prueba toda nuestra perseverancia y empeño.

Por eso la guerra en Ucrania nos ha entristecido profundamente y nos ha llamado al silencio y la entrega y solidaridad en todo lo que podamos. Un silencio no vacío, sino lleno de trabajo y esfuerzo. No dejaremos de meditar, de estudiar ni de servir, que son los tres pilares de nuestro proyecto. Pero tampoco dejaremos que los discursos vacíos y cargados de buena voluntad se apoderen de nosotros. Trabajaremos duro y lo haremos como mejor sabemos: acogiendo al otro con todas nuestras limitaciones y con todo nuestro valor.

La semana que viene empiezan a llegar los primeros refugiados ucranianos a la Casa de Acogida. Familias huérfanas, algunos niños sin padres, y algunas madres con sus hijos que tuvieron que huir dejando a sus parejas en el frente de batalla. Se presenta para todos nosotros un reto muy importante, y un antes y un después en la Casa de Acogida. Estamos trabajando mucho a todos los niveles para ofrecer lo mejor de nosotros. Así que esperamos que todo salga bien y salgamos fortalecidos de esta nueva experiencia y reto. Hoy mismo hemos ido a comprar literas y estufas de pellets para intentar que las habitaciones sean lo más cómodas y calientes posibles. Actualmente tenemos muchas deficiencias en la Casa de Acogida y ojalá este reto nos ayude a mejorarlas.

Empezamos nuestro octavo aniversario con fuerza y con energías tras haber acogido la semana pasada el Encuentro de Invierno de la Red Ibérica de Ecoaldeas. Un encuentro que nos ha puesto a prueba y nos ha señalado nuestras distorsiones y deficiencias. Esperamos que ese campo de pruebas, después de ocho años acogiendo a todo tipo de personas con todo tipo de complejidades, nos ayude a ser mejores.

Cualquier ayuda que penséis que pueda ser útil para este nuevo reto, estaremos eternamente agradecidos. Cualquier ayuda material o psicológica que podáis aportar, será bienvenida.

un sentido abrazo… gracias por hacerlo posible

Dos fórmulas para apaciguar las emociones


© @christophermphoto

Recordaba hoy cuando de estudiante repartía pizzas para sacar algo de dinero y acabar con cierta dignidad mi primera carrera. Mis padres me estuvieron ayudando durante tres años muy difíciles para ellos y el cuarto intenté costearlo trabajando de todo lo que pude. Tiempo atrás también había trabajado buzoneando todo tipo de propaganda o incluso de guarda de seguridad. Llegué a trabajar en una caja de ahorros, vestido con mis inolvidables Martinelli, con aquel traje verde de la época y mi corbata cargadita de primaverales florecillas. Me encantaba aquella corbata a juego con todo lo demás. Eran tiempos de apocalipsis porque, según Nostradamus, el final de los tiempos estaba cerca, así que vivíamos la vida con una intensidad desmesurada. Las diferentes quiebras que a lo largo de la vida fuimos sufriendo nos ayudó a pensar que el final de los tiempos nunca llegaría, que todo ese miedo era un producto más de Hollywood, la cual alimentaba sus arcas a base de películas gore llenas de sangre y guerra.

En estos momentos hay más de sesenta guerras activas en todo el planeta. Es algo espeluznante. Pero el hecho de que Rusia, una potencia nuclear, se haya metido a hacer la guerra tan cerca del mundo occidental nos da cierto temor. De momento ya estamos viendo los efectos de la guerra en el plano material, pero también empieza a hacer estragos en el plano emocional. Tenemos miedo, vivimos en el miedo. Tras el miedo y el pavor sufridos en tiempos de pandemia, ahora una potencia nuclear amenaza al mundo conocido de forma reiterada. En las redes sociales hacen broma porque nos hemos quedado sin aceite de girasol y la gasolina está por las nubes. Pero no tiene nada de gracia. Millones de personas han perdido su hogar y miles de niños deambulan perdidos buscando un lugar seguro.

Nuestra casa de acogida se está preparando interiormente para lo que venga. Acoger refugiados ucranianos será toda una prueba de fuego. Es lo mínimo que podemos hacer. Yo mismo me he retirado unos días para poder gestionar bien mis emociones, el reto que esto supone, la tensión de todo lo que hay que movilizar para poder acoger material y psicológicamente a todas estas personas. La soledad apabullante que uno siente interiormente ante este tipo de retos es enorme, y la gestión de todas esas emociones descontroladas a veces nos superan. Por eso estos días he optado por el silencio, por el retiro, trabajando en la editorial todo lo que puedo para dejar al día algunas cosas antes de que venga la gran prueba.

La guerra me ha traído sensaciones extrañas. Melancolía, tristeza, abatimiento, congoja, ahogo, pesimismo. Me siento egoísta hablando de estas cosas mientras cientos de personas mueren de la forma más terrible. Me avergüenzo incluso de dedicar un solo segundo de tiempo a escribir mientras todo esto ocurre. Pero necesito, al mismo tiempo, desahogarme y empatizar con todos aquellos que sienten lo mismo. Me refugio en la escritura y me refugio en la posibilidad de buscar luz en tanta oscuridad.

Además de estos refugios etéricos, calmo mis emociones con dos fórmulas infalibles: con actividad y con correcta concentración en el plano mental. La primera fórmula, la actividad, me mantiene activo y alerta. Hacer mil cosas puede crear un ambiente diferente que apacigüe las emociones más pesadas. La correcta concentración hace, desde el plano mental, que todo cuanto hacemos desde la actividad tenga algún sentido positivo. No vale hacer por hacer, hay que hacer algo inteligente, auténtico y efectivo.

Aunque no se hable mucho de esto, a su vez, la actividad, la emoción y el pensamiento deberían ser guiados por lo que algunos llaman consciencia, alma o propósito mayor. Las emociones de melancolía y tristeza pueden ser reorientadas hacia una actividad inteligente, pero, también pueden ser dirigidas desde lo más profundo del alma. El alma es aquello que puede divisar el panorama con perspectiva mayor, y por lo tanto, su guía siempre será más sabia que lo que pueda ejecutar una mente entrenada o una voluntad férrea. El ideal es que todos nuestros instrumentos de actividad material, de estados de ánimo, de emociones y pensamientos se pongan al servicio de nuestra consciencia. Será ella la que nos alineará hacia un profundo sentido, incluso en tiempos tan complejos como los de ahora. Que el miedo no nos venza, que la tristeza de la guerra no pueda con nosotros. Tenemos que trabajar para construir la paz, cumpliendo siempre con nuestra parte en el propósito.

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Valor y precio


© @jonathanchritchley

Estos días recibíamos algunas críticas en las que nos decían que éramos excesivamente puritanos. Nosotros nos gusta decir que somos coherentes, en la medida de nuestras posibilidades. Tenemos unos valores e intentamos poner en práctica sus principios. No fumar, no beber, no consumir drogas, tener una dieta vegana o no comercializar con las cosas no es ser puritano, es buscar cierta coherencia en nuestras vidas.

Nos quejamos de que hay guerras en el mundo, pero no hacemos absolutamente nada para que dejen de existir. Culpamos a las élites, a los gobiernos, olvidando el principio hermético de que esas élites y esos gobiernos existen porque somos nosotros los que compramos sus productos, los votamos o intentamos imitar sus ritmos de vida.

La mayoría de las crisis que enfrentamos en nuestros días son producidas por la creencia de que estamos separados, de que cada uno de nosotros, desde un egoísmo mal comprendido, debemos luchar contra el otro para dar paso a la supervivencia. Nos creemos separados los unos de los otros y nos creemos separados de la biosfera, de la naturaleza, del propio universo, de nosotros mismos. No existe un relato persuasivo de lo trascendente de la vida. Perdimos la conexión primordial con aquella extinta era axial que ya no recordamos. Y por lo tanto, sentimos una separación que nos destruye día a día, que nos separa, que nos divide, alejándonos inevitablemente de nuestra más profunda esencia.

La separación viene precedida por nuestros pensamientos egoístas, donde en nuestra propia escala de valores, lo que importa es aquello que tiene precio, no aquello que tiene valor. El precio determina toda nuestra vida, y relegamos el valor de las cosas a un segundo plano. El precio es aquello que nos divide, que nos separa. Vendemos nuestro tiempo al mejor postor, al mejor precio, a aquello que creemos importante porque de alguna manera nos dará réditos futuros o inmediatos. Vendemos con ello nuestra alma, toda nuestra vida. En cuanto elegimos entre precio y valor, nos estamos vendiendo, estamos alejándonos de lo esencial del nosotros.

Cuando elegimos, por poner un solo ejemplo, el trabajo sobre el amor, estamos obviando al ser humano que somos y estamos apostando por la máquina calculadora del rédito. Cuando en nuestra escala de valores, en nuestras prioridades más inmediatas, elegimos tiempo para acumular, para comprar, para gastar, para todo aquello que nos impulsa egoístamente hacia una mejora material, y se lo restamos a la pareja, a la familia, a nuestros hijos, estamos errando el rumbo entero de la humanidad.

Cuando no somos capaces de valorar aquello que jamás puede tener precio por su incalculable valor, y hablo aquí de los intangibles como la amistad o el amor, la generosidad o la empatía, de alguna manera, nos alejamos de nuestra esencia primordial. Hay cosas que tienen tanto valor que jamás podremos ponerle un precio. Hay cosas que jamás podrán comprarse ni venderse. Cuando nosotros no cobramos por la acogida que realizamos al otro, sea el otro el que sea, es porque admitimos que la vida del otro tiene un valor incalculable, así como nuestro tiempo, nuestra entrega y nuestro servicio. Cuando decidimos no consumir drogas ni tabaco ni alcohol es porque consideramos que nuestros cuerpos tienen un valor infinito. Y cuando decidimos no comer animales es porque pensamos y creemos firmemente que esas vidas inocentes tienen un valor imposible de pagar. ¿Cómo es posible que aún en nuestra consciencia podamos pagar con dinero la vida de otro ser vivo?

Pensar inclusivamente desde esta experiencia espiral es alejarnos del mundo lineal de occidente y del mundo circular de oriente. Los puntos que nos separan y los círculos que nos estancan se pueden alinear en un pensamiento espiral donde podamos incluir todo y evolucionar conjuntamente. Cuando entendemos profundamente el valor de las cosas, desaparece el concepto tiempo-dinero-resultado y entramos en la espiral del beneficio mutuo, del crecimiento mutuo, de la evolución conjunta. La separación nos aísla y distancia, el apoyo mutuo y la cooperación, el trabajar juntos como un equipo comprensivo y amoroso, nos engrandece. La experiencia de un pensamiento espiral es la experiencia de una vida que se entrega a la Vida.

Valor y precio. Dos formas de vida completamente diferentes. Una forma de vida, la del precio, alineada con el miedo y el egoísmo. La otra, la del valor, alineada con la vida de la consciencia y el alma, con todo aquello que nos dicta lo más profundo del corazón. Sigue al corazón y busca el valor de las cosas, no su precio, no su resultado, no sus objetivos ni ganancias. A veces hay que perder para ganar. A veces no nos queda otro remedio que buscar el valor de las cosas para sentirnos realmente humanos.

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Feliz, primaveral, enamorado


© @robertsalisburylandscapeart

Lo repito todas las mañanas desde hace más de un mes en los círculos de consciencia que hacemos en la casa de acogida. Es una forma de dar las gracias a la vida por este inmenso regalo. Llevo unos días melancólico por la impotencia de la guerra. A penas he podido escribir, y a penas he podido hacer nada. Solo mirar por la ventana, observar el bosque, los abedules, los pajarillos comiendo en el comedero, el invierno frío pero al mismo tiempo primaveral.

Una vez escribía en un periódico brasileño. Tenía una sección que se llamaba “Desde mi ventana”. Me invitaban todos los meses a escribir en español alguna impresión sobre la vida y la existencia. Desde mi ventana ahora contemplo el mundo, el bosque, los prados verdes, la fragancia de la vida pura, esperando a que algo ocurra más allá de ese marco conceptual que me separa de la realidad. Es una sensación hermosa al mismo tiempo que excitante. La melancolía golpea cada rincón del bosque al mismo tiempo que viene acompañada de cierta esperanza. La espera, no me sirve, decía el poeta, pero ahora me acompaso con ella, me duermo con ella, me despierto con ella.

Amar en tiempos de pandemia, amar en tiempos de guerra, amar en tiempos de amenaza nuclear y de destrucción masiva de toda la complejidad humana. Es una paradoja extraña el pensar que si estuviéramos ante el mismísimo final de los tiempos, podré decir que encontré sin duda a la mujer de mi vida. A esa con la que siempre soñé, a esa que sabe volar, como aquella María Luisa de Oliverio Girondo. Tanto tiempo buscándola, y ahora, como decía ese poeta, por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.

Esto es difícil de explicar. No se puede explicar una sensación nacida de las estrellas, de la bóveda celeste, de lo más profundo del mundo platónico. Es como si no hiciera falta palabras pedestres para describir algo indescriptible, algo que crea una llama indestructible. Es como si de repente el mundo tuviera sentido, como si todas las piezas de un gran puzle encajaran perfectamente. Miramos el mundo desde otra visión. Entendemos el amor desde otra dimensión. Un amor tejido no ahora, sino en otro espacio-tiempo en un universo muy lejano.

Feliz, primaveral, enamorado. Es algo que provoca una reacción profunda en mi interior. En nuestro interior. Dos personas que se aman, dos almas que se reconocen, dos seres que apuestan sinceramente por completar el ciclo maravilloso de la Vida, el Amor y la Consciencia. Es un ciclo que requiere paciencia, ternura, cariño, dedicación, protección, fortaleza, perseverancia, entrega, rendición, fe, esperanza, humildad, amor, amor, amor.

Es cierto que estamos en guerra, en pandemia. Quizás por eso más que nunca sea necesario hablar de amor, expresar amor, enamorarnos del mundo, de la vida, de nuestro ser amado. Es tiempo de entregar a la vida aquello que el ser humano está robando. Es tiempo de apostar por un mañana generoso aunque ahora todo se perfile desesperante en el egoísmo y la sinrazón. Es tiempo de amar, es tiempo de primavera, es tiempo de pasión y entrega. Sí, feliz, primaveral, enamorado. Algo urgente, algo necesario, algo inaplazable. En tiempos de guerra y terror, de miedo y peste, toca amar. Amar con desesperación, con arrebato, con locura. Amar como nos amamos ella y yo, de forma desenfrenada, dulce, divertida, entregada. Haciendo el amor volando.

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Guíanos luz en la oscuridad brillante


«El que sabe pensar, pero no sabe expresar lo que piensa, está al mismo nivel del que no sabe pensar». Pericles

Hay seres que desprenden luz, mucha luz. La tejen a su alrededor, la expresan, la comparten. A veces olvidan lo difícil que resulta gestionar esa luz, administrarla con sabiduría. En ocasiones esa luz puede provocar grandes sombras en aquellos que no saben recibirla. La responsabilidad de la luz es ser conocedores de su poder, de su radiación, de su intensidad. Una luz mal gestionada, es una luz desperdiciada. La luz es también sabiduría, al mismo tiempo que es compasiva, amorosa. La luz requiere fuerza, al mismo tiempo que es una energía que dirigimos hacia dentro y hacia fuera. ¡Luz, más luz! Decía Goethe antes de morir. Una expresión propia de los hijos de la viuda, de la cual se apropiaría en su logia Amalia.

Luz en tiempos de oscuridad. Luz en tiempos de incertidumbre, de escalada de tensión mundial, de guerra inútil, de desesperación. Luz y lucidez, como esa capa de nieve que se posa sobre la verde hierba, de forma delicada, suave, tierna, amasando el paisaje con un blanco inmaculado que luego dará fruto. Luz para ver, luz para soñar, luz para crear, luz para vencer todo aquello que impide la vida. Luz para avanzar en la consciencia humana, pacífica, amorosa.

La última frontera de la luz somos nosotros. Si el mundo está oscuro, nosotros podemos encender nuestra vela. Si la noche cae tenebrosa, nosotros podemos ejercer el poder de iluminar al mundo. El primitivo barro no puede mancillar nuestra luz. Debemos encender el fuego de la vida, la llama del amor, la vibrante sinfonía que todo lo ilumina. La luz es poderosa y ejerce consciencia a todo aquello que roza con su éxtasis silencioso. Luz del sol, luz de aquella antorcha tenue, de aquella vela invisible asentada en una pequeña ermita como símbolo de esperanza. Luz de las estrellas, de los átomos musicales, hilozoísta luz.

Luces de neón, incandescentes fuegos en la noche. Luces somos cuando la llama interior se expande en nosotros. Luz, más luz en la tenebrosa noche. Luces que inevitablemente nos alejan de la oscuridad de nuestras cavernas, dejando los miedos, la incertidumbre y la sinrazón apartadas del nosotros. Grandes luces para los juegos nocturnos de cualquier campo de batalla. Luz en la guerra, luz en la miseria, luz en la pobreza, más luz en todos los corazones. Luz en esas pequeñas lamparitas nocturnas que nos permiten acercarnos a la otra luz, a la de los libros, a la del conocimiento, a la de la lucidez inmediata. La luz es una metáfora de la vida, de la consciencia, del amor.

Tu palabra es una lámpara bajo mis pies y una luz en el camino, diría a la enamorada. Guíame hacia el encuentro, hacia ese momento acurrucado bajo las mantas soñadas. Guíame en la larga espera, adueñados de esa perseverancia que solo la luz puede sostener. Guía la brillante luz a través de la oscuridad circundante, guíame tú para seguir hacia adelante en esta oscuridad pesada, áspera, insoportable. La noche es oscura y estoy lejos del Hogar. Guíame tú para seguir. Despierta y brilla, porque tu luz está aquí, que decía el poeta. La luz es calor, contacto, abrazo, encuentro. La luz es conocimiento, la luz es vida, la luz es…. luz. ¡Ira, ira contra la muerte de la luz!

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La melancolía como música natural


Melancolía I, de Alberto Durero

La melancolía es un estado del alma que añora y anhela. Es una forma de salir del exilio al que la vida nos somete en cada encarnación. Hay una evocación profunda cuando suspiramos por algo o por alguien. La vieja voz del océano, el murmullo de los arroyos, que decía el poeta. La melancolía se expresa en diferentes tonos, grados, según sea la garganta que estrangule en su pecho. Es un único lenguaje entonado de forma diferente según el eco de quien la posea. A veces la melancolía evoca deseo, otras terror, miedo a una pérdida inevitable cuando somos poseídos por la incertidumbre.

En el fondo se trata de una música natural. Añoramos la vida del espíritu, añoramos el amor imposible, añoramos riquezas o compañía, amistad o gloria. Siempre tenemos algo que añorar, a veces un recuerdo, o una soledad. La nostalgia nos persigue, es inevitable. Siempre deseamos un mundo mejor para nosotros, los nuestros y el resto de la humanidad. Cuando ese sueño colectivo no se alcanza, crea frustración, tristeza, melancolía. El ser humano no es capaz de alejarse de la sinrazón, de la misma manera que un niño no puede alejarse de sus fantasías.

El Buda afirmaba que existía una cura para el sufrimiento, una liberación posible. La liberación del sufrimiento es el Nirvana, nos decía. El nirvana, en su etimología más profunda, significa apagar, es decir, apagar el egoísmo humano. La extinción del egoísmo es lo que nos permite vencer al sufrimiento. Los síntomas de la enfermedad del mundo es el sufrimiento, por lo tanto, la cosecha constante en nuestro haber del egoísmo más irracional. La aspiración noble de cualquier corazón va en dirección opuesta. Desea amar, desea absorber la esencia del universo entero, esa fuerza centrípeta que todo lo abarca y que todo lo expande. La vida no es más que un reflejo de ese amor, y nuestra melancolía más profunda nace del deseo egoísta, del no poder alcanzar nunca ese estado nirvánico, esa ausencia de egoísmo, ignorancia u oscuridad.

El óctuple camino del Buda para alcanzar el nirvana, es decir, la ausencia de egoísmo, era sencillo: comprensión correcta, recto pensamiento, recta palabra, recta conducta corporal, recta existencia, esfuerzo correcto, atención correcta y concentración correcta. La corrección de todas estas cosas nos aleja, o al menos, nos deberían alejar, del sufrimiento. La incorrección nos acerca inevitablemente a la melancolía, ya que nos alejamos con ella del amor, de la llama de la vida.

Los múltiples estratos melancólicos en los que el ser humano se desvanece son siempre complejos. Un romántico decimonónico vivirá siempre en un estado melancólico. Al igual que el místico que añora su unión con Dios o el rey que desea expandir sus dominios hasta el confín de la tierra. Siempre habrá melancolía por lo inalcanzable. Un enamorado que no puede abrazar a su amada vivirá siempre en estado de completa añoranza. Como dijo el poeta, será como un genio con alas que no va a desplegar, con una llave que no usará para abrir, con laureles en la frente pero sin sonrisa de victoria. Y ante eso, la incertidumbre de la música natural.

En estos momentos de tristeza colectiva, de guerra absurda, sintamos melancolía por la paz, y esperanza para que la misma retorne pronto a nuestras vidas. Ese será el nirvana colectivo, la paz mundial.

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La inefable y misteriosa vida


© @dustinlefevre

“Érase una vez, cuando existía la simple comprensión de que cantar al amanecer y cantar al atardecer era sanar el mundo a través de la alegría. Los pájaros todavía recuerdan lo que hemos olvidado, que el mundo está destinado a ser celebrado “.Terry Tempest Williams

Contemplo esta tarde el bosque desde la ventana y me maravillo. Es misterioso, inefable, inalcanzable. La vida quiere empujarnos, quiere expandirse, quiere algo de nosotros. Se nota su afán por llegar a todas partes, más allá del infortunio caótico. La vida nos impulsa, nos hace avanzar. Nos permite mirar al horizonte con esperanza y determinación. Mirando al bosque en esta calma invernal, en este frío que se cuela por todas partes, observo la vida como una laguna de gozo. El sufrimiento mundial me absorbe, al mismo tiempo que escapo de sus ranuras entregándome a la vida y al amor. Esa es la simple comprensión de que cantar a ambos lados del zénit y nadir, es sanar al mundo mediante la alegría.

Vibraciones y vaivenes. Lluvia, porque llueve. Frío, porque hace frío. Los pájaros ya se despiden. Las montañas abren el pulso para que corra el agua. La hierba se refresca, los bosques se alegran. El mundo está, a pesar de todo, destinado a ser celebrado. Resulta, aparentemente, sencillo hacerlo. Solo tenemos que abrir las canillas del canto. Solo debemos profundizar en lo misterioso, en el devenir diario.

Érase una vez esa vida en el bosque. Lejos del ruido, lejos de guerras. Me siento egoísta, inoportuno, aguafiestas. Es una sensación extraña sentir gozo por la vida mientras la sombra de la muerte asola al mundo. Esa es la paradoja de la supervivencia. Entre gritos y sollozos, uno ve las grietas de la esperanza. Veo el bosque, veo los árboles, veo el camino con sus hojas secas. Contemplo el cielo con su lluvia y suspiro. La vida grita, la vida se expande, la vida quiere celebrarse.

No hay nada de malo en buscar la felicidad, en ser felices. Mientras miro por la ventana y observo impaciente el camino, el nerviosismo me domina. La incógnita del día señalado me mantiene alerta, urgente, expectante. Más allá de la felicidad, siento que hay algo más profundo en esa espera. El significado. Lo decía Sir Laurens. Si las cosas tienen significado, estás satisfecho, tú espíritu no está solo. Pertenece. Y siento pertenecer a algo de un profundo significado. Sí, el mundo sigue en guerra. Pero siento que esa espera aquietada, provoca en mí un halo de esperanza. El viejo mundo está muriendo y el nuevo aún lucha por nacer, que decía Gramsci.

Esto podría ser una bonita declaración de amor, pero resulta que además es una gran motivación. La motivación de expandir el Amor en tiempos de guerra. La motivación de proyectar la consciencia en tiempos de oscuridad. La motivación de creer en la Vida en tiempos de infortunio. Por eso la espera valdrá la pena. Aquí, en la cabaña, en los bosques, junto al río, en las cumbres montañosas, cantaremos y sanaremos al mundo con alegría. Celebraremos la vida, una y otra vez, añadiendo cantos al amanecer y al atardecer. Seguiré esperando, mirando por la ventana, como todas las tardes, a esta hora. Así es la inefable y misteriosa vida.

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Atmosphere


© @bensirda

Di lo que sientes o esos silencios te harán ruido toda la vida, ponía en alguna parte. Pues a eso iba, mirando hacia dentro, hacia fuera, conspirando con la respiración a cada instante con el ser amado, imaginando ese abrazo impaciente, provocando en mí la sustancia de la vida, para perpetuar la esperanza humana.

Y en el otro lado, Ucrania está en guerra. Cierro los ojos. En estos momentos suena Atmosphere, de Joy Division. Me trae recuerdos de otros tiempos en los que había paz, por fuera y por dentro. El día gris, como tantas veces. Interiormente hay luz y amor, mucho amor, felicidad, primavera y todas esas expresiones que nacen desde lo más profundo del espíritu. Por fuera guerra, otra guerra, en Ucrania, en la consciencia humana, otra grieta en las puertas del mal.

Bajé a atender cosas de la editorial a la oficina. La atmósfera no era propicia para construir el nuevo mundo. Puse las noticias, y allí estaban los muertos, los refugiados, la sinrazón. Aproveché para ducharme mientras escuchaba algún trueno, me miré al espejo y no entendía la complejidad del rostro humano. Esos estúpidos humanos pelándose todo el día. Por los colores de la cortina, por la leña, porque hace frío o calor, porque no me esperaste o porque te fuiste, que decían aquellos jóvenes ignorando el mundo. Y allí en Ucrania, por cualquier otra estupidez humana, muertos, miedo, sinrazón, sangre, de nuevo sangre.

Hemos puesto el proyecto al servicio de los refugiados. Tenemos una casa de acogida, pero siento que no es suficiente. Cuando terminaron las noticias, un gran impulso se apoderó de mí. Quería levantarme, coger el coche e ir hasta Ucrania. Hacer algo, lo que fuera, aunque solo fuera dar consuelo, como hacíamos en la isla de Chios con los refugiados sirios, o en Etiopía con los últimos desheredados de la Tierra. Me retuvo el amor, el amor que está naciendo, el amor que ahora brota y tengo que cuidar, proteger, abrazar. Perseverancia, perseverancia, perseverancia, me repetía a mí mismo.

Caminar en silencio. Alejarse del espíritu humano en silencio. En la confusión, entre la ilusión, en la desesperación profunda por la lejanía de todo… De los refugiados, del amor, del mundo. Camino en el aire de la incertidumbre. Un mundo abandonado demasiado pronto. No hay debido cuidado que pueda soportar la lejanía… la separación… De Ucrania, y del Amor.

Frustración, impotencia, incluso a veces pequeñas dosis de rabia. Porque hace frío, porque el día está gris, aunque por dentro florezca la más radiante de todas mis primaveras. Me quejo porque en la cabaña hace cinco grados. Pero en la guerra se están congelando. Niños, ancianos, mujeres, hombres desvalidos que lloran a escondidas para que la vergüenza no termine con su esperanza. Esa es la atmósfera. Por dentro y por fuera.

Luz, oscuridad. Luz por dentro, oscuridad por fuera. La sala de meditación vacía. La sala del desayuno vacía. Los responsables y comprometidos durmiendo mientras se gesta una nueva guerra a pocos kilómetros de nosotros. A tres mil kilómetros exactamente. A dos días de viaje. Miro el coche de nuevo, pero me retengo. No, ahora no. Ahora toca amor. Toca amor. Toca amor, me repito una y otra vez. Esa es la atmósfera. Este era mi silencio.

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Dolor, dolor, dolor


«La guerra debería ser un crimen y los que la instigan deberían ser castigados como criminales». (Charles Evans Hughes)

Las guerras son el resultado del fracaso humano. Es un fracaso colectivo, un fracaso que se fragua desde que nacemos hasta que morimos. La violencia congénita no ha sido doblegada aún. Desde el plato de comida hasta el tono con el que hablamos al otro. Somos violentos, a pesar de los esfuerzos realizados socialmente para doblegar nuestros impulsos más efusivos. Nuestros sublimes ideales como humanidad se desmoronan en cuanto estalla un conflicto, sea de la naturaleza que sea. Nuestros códigos de rectas conductas, universales en cuanto a la necesidad de fraternidad y compartir, se desmoronan uno a uno ante la desgracia de una guerra. Una guerra es el resultado de todos nuestros actos individuales, de todos nuestros egoísmos particulares que se fraguan hasta que escapan y estallan. Son fuerzas que buscan manifestarse y revertir en nosotros para que tomemos consciencia colectiva de nuestro fracaso personal.

Nuestra inteligencia colectiva, nuestras virtudes compartidas, nuestros códigos éticos y morales y de recta conducta se vienen abajo ante la desdicha. Ya no basta con soñar mundos de justicia y equidad, sociedades acogedoras y fraternales. Ya no basta con la creación de utopías humanas que nos indiquen y señalen con valentía y contundencia el camino a seguir. La guerra y toda la tragedia que conlleva es la constatación del fracaso humano. La armonía interior ante el caos exterior ya no es suficiente. La fraternidad verdadera ante la derrota moral ya no sirve. El arte de conservar la calma y el equilibrio, el arte de la perseverancia en momentos complejos es insuficiente. La maestría sobre nosotros mismos y sobre nuestras naciones se desploma como un fracaso total. La desesperación no es admisible. La esperanza no nos sirve. El deber de luchar por la paz ya no es suficiente.

Toca vivir momentos de tensión, instantes delicados para el colectivo humano. Toca amansar las fieras del anochecer decadente. Toca mirar al prójimo con dulzura y amor, tratarlo con dignidad. Toca fraguar el amor, hacer el amor, a cada instante. Toca irreductiblemente dejar todo tipo de violencia y voltear nuestras ansias más sinceras hacia el camino de la inofensividad. Con el medio ambiente, con los animales, con el vecino, con nuestra pareja, con nuestros hijos, con nuestra familia. Toca poner en práctica los valores, y dejar de hablar de ellos. Toca exprimir el jugo de la Vida, alimentando en sus braseros el deseo de vivir en paz. Toca llenar el mundo de gestos, de actos de amor, irreductibles. Toca que ese amor se expanda hacia todos los rincones del mundo, como un tsunami que destruya al mal. Toca que cada uno de nosotros, amemos incondicionalmente la vida y todo lo que eso representa.

Dolor, dolor, dolor. Mucho dolor por la guerra. Mucho amor, amor, amor para que termine pronto. Para que se cierren las puertas donde se halla el mal. Que el poder, la fuerza, el amor y la sabiduría nos guíen en esta noche oscura. Que el amor prevalezca y la consciencia nos guíe a todos. Que la Belleza vuelva a la Vida humana.

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