Desafiar al infierno


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Me encantan estas mujeres jóvenes y valientes que cambian con sus actos el mundo.

Llueve en esta noche que parece otoñal. He puesto algo de música. Miro la gata Meiga dormir, como de costumbre, a mis pies. Hace algo de frío en la cabaña. Es verano pero aún no he quitado las sábanas de franela. Sólo retiré el pijama, pero apetece meterse debajo del edredón y no levantarse hasta que las nubes no den paso al reluciente sol. Vivir en una cabaña, en mitad de un bosque, en las montañas, con una gata y cien metros más arriba, una casa de acogida abierta a todo el mundo, llena de gente que viene y que va, que trasiega por la vida buscando inspiración. Escucho la música en esta soledad, en este previo descanso, porque escribir es como descansar de todo lo demás.

Hoy nos llamaban locos por estar soportando este proyecto. Lo decían entre lágrimas, sollozos puros e inocentes, trozos de alma que caían sobre la mesa mientras un tipo de admiración surgía en el ambiente de despedida. Al principio nos creíamos algún tipo de héroes, pero la conclusión es que esto es más propio de locos. Locos que desafían los tiempos, los placeres mundanos, las infamias, inclusive al propio infierno. Para mí, sin embargo, no tiene un excesivo mérito. Al menos ahora ha dejado de tenerlo. Me merece más respeto el padre y la madre que incondicionalmente alimentan la vida de un hijo. Un hijo es para toda la vida. Un hijo está ahí para siempre. Nosotros solo hacemos lo que podemos en este juego extraño.

No paran de venir personas hermosas. Algunas me llaman la atención. Las abrazo en la melancolía propia de cualquier soledad, admiro sus miradas limpias, su fortaleza, sus contradicciones. Las miradas se cruzan, pero mi ánimo deambula ciego, sin pretensión de aventura. Me siento extraño viendo como pasan las horas sin poseer ningún tipo de estímulo por compartir algo íntimo. Ni siquiera la añoranza del pasado puede poseerme. Menos aún la esperanza de ningún futuro. Vivo en un presente extraño donde intento cumplir con mi parte. Hoy me planteaba de nuevo muchas cosas con respecto a muchas otras cosas. Pero luego uno llega a la conclusión de que tan solo son eso, cosas. Y desearía vivir experiencias únicas y primigenias, o conocer a personas únicas y primigenias, de esas que te prenden la llama, pero me veo lejano a todo eso, ausente.

Hobbes decía eso de que ni siquiera la propia voluntad es libre y reducía al ser humano a la autoconservación y, por lo tanto, a un impulso meramente diabólico basado en el miedo y el poder. Me doy cuenta de que, más allá del puro cansancio, ya no siento miedo, ni deseo poder. No significa eso que esté llegando a ningún tipo de santidad. Ni siquiera que esté encarnando ningún tipo de modelo celestial que nos aproxime a un entorno divino. Significa que me desprendo poco a poco de todo y penetro sensiblemente a ese modo de vida que requiere caminar con cierta desenvoltura. En todo caso, esa forma peregrina de ver la vida es un desafío a las teorías de Hobbes, y por lo tanto, es un desafío al infierno. No seguir sus reglas, no tener miedo ni deseos de poder e intentar llevar una vida liviana, alejada de los estímulos propios de la materia, es una auténtica provocación a Leviatán.

Hay algo que empiezo a admirar del otro. No la capacidad que tiene de hablar de cosas profundas, sino de esa capacidad innata de llevar una vida profunda, es decir, una vida basada en una coherencia prudente, pero eficaz. Una profundidad no tan sólo en sus actos, que parten siempre de una indisoluble buena voluntad, sino también de su poderosa energía, de sus nobles emociones, de una sabia mente capaz de discernir más allá del bien o del mal, pero sobre todo, un espíritu puro, de esos que brillan con luz propia. A veces he conocido a seres humanos así, pero admito que cada vez me resulta más complejo admirar silenciosamente a ese enjambre de criaturas celestes. Excepto cuando de repente aparecen en escena, ya sea detrás de unos profundos ojos azules, de una gran melena salvaje o de una sonrisa explosiva y de repente cierto aliento nos llene a todos de vida, de paz, de amor, de fuerza para seguir adelante. Sí, vivimos en un desafío constante. Y no somos héroes, somos locos… muy locos…

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Reconstruirse una y otra vez


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© Tony Hunter

Schiller describió con afinada tinta la historia romántica de Guillermo Tell. “Cuando el oprimido no tiene derecho a nada -nos decía el poeta-, cuando la carga se le hace insoportable, toma todo el coraje del cielo e impone en la tierra sus derechos eternos”. Hoy me llenaba de coraje y dignidad y marchaba hasta León. La humillación siempre desencadena un movimiento de fortaleza espiritual, como ese amor liberado de cualquier deber que se ensancha en cada travesía. El viaje no era hacia fuera, sino hacia dentro. De alguna forma, debía, debo, más bien, reconstruir esa dignidad atropellada por el tirano que representa todo ese cúmulo de ignorancia y desdicha.

Me he dado cuenta de que durante este último año algo de mí había caído al suelo. Era algo sutil, intangible, algo que tiene que ver con el sostén espiritual, con la mirada profunda de las cosas. Era algo que requería cuidados, mimos, atenciones. Así que temprano, con la fiel compañía de un buen escudero, llegamos galopando hasta los confines del abismo. Allí esperaba una joven y hermosa mujer que nos atendió con el mayor de las atenciones. Una mañana sirvió para poner en movimiento el primer trazo hacia esa conquista, hacia ese valor consumado en los hechos, en los actos, en la conducta, en la vuelta a la dignidad. Volvimos satisfechos tras la hazaña y ya solo queda esperar el resultado de la apuesta.

Tras el viaje llego cansado, pero un trozo de alma, independientemente de lo que ocurra en los próximos días, ha vuelto a su lugar. No importan los resultados, no importa si esta pequeña empresa tendrá éxito o fracaso. Lo que importa es que algo se ha puesto en movimiento, y que algo se está moviendo dentro, y por lo tanto, tendrá sus consecuencias ahí fuera. Ese es el valor de agarrarse a un navío a punto de naufragar tal y como hizo valientemente Guillermo Tell, demostrando a la tiranía que las flechas que salen desde lo más profundo del corazón puede vencer toda injusticia.

Reconstruirse una y otra vez es algo que ya tengo interiormente asumido. No sólo materialmente, sino también vitalmente, emocionalmente, intelectualmente, espiritualmente. El ser humano es digno por naturaleza. Lucha interiormente por mantener un mínimo de decoro y merecimiento. Al igual que ocurre en la parábola de la tercera historia del Decamerón de Boccaccio, de los tres anillos que gobiernan nuestras vidas, el auténtico es aquel que gracias a la fuerza de la joya, nos hace llevar una vida ejemplar. En ese sentido, todos podemos demostrar a lo largo de nuestras vidas que nuestra dignidad puede ir acompañada de una ejemplaridad a prueba de todo. Es cierto que en el camino tropezaremos, erraremos y cientos de situaciones nos pondrán a prueba. Especialmente a aquellos que exponen su vida continuamente a la vista de todos, que se presentan abiertamente a la atenta mirada crítica del otro. Pero nada importa si una y otra vez tomamos todo el coraje del cielo e imponemos en la tierra, sin miedo alguno, sus derechos eternos.

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Liberando a los prisioneros


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© Alexander Khokhlov 

¿De qué está hecha nuestra sustancia arquetípica? ¿De arcilla, de barro, de puro mármol blanco, de brillo, de luz, de color? El verbo crea la sustancia y la moldea según su propia naturaleza. Nuestras vidas son el resultado de ese trabajo continuo de alfareros, de constructores, de marmolistas o de luminarias. Parte de nuestra vida consiste en construir una perfecta cárcel para algún día, descubrir la necesaria pureza del hecho destructor. Una hermosa paradoja entre lo que se construye, lo que se sostiene y lo que se derrumba ante el clamor de la fuerza interior.

Alguien hablaba en el siglo pasado sobre la necesidad de construir “un templo del cual surgirán las Palabras de Poder, a fin de liberar a muchos prisioneros”. Hay una hueste que nos habita, pero está atrapada, esclavizada al mundo de las formas, al mundo que desde el ego construimos, encerrando en oscuras cavernas nuestra más brillante esencia. El constructor de esa cárcel, el carcelero, es nuestro ego, nuestro pequeño ego, tan poderoso en el mundo de la forma que es capaz de tener atrapado a su prisionero, el alma. De ahí la necesidad, para muchos desconocida, incomprensible, de construir lugares donde poder liberar a muchos prisioneros. Lugares de fuerza donde mediante la actividad grupal se pueda desprender aquello que requiere liberación.

Este es un doble trabajo: primero, destruir lo construido desde el egoísmo y la ceguera para luego construir un lugar sagrado, puro, cristalino, desde el que liberar al que brilla dentro de nosotros. La verdadera magia consiste en dirigirse a los dioses en su propio lenguaje. Esto provoca un hecho milagroso, algo que libera parte de nuestra esclavitud, algo que provoca que nuestra nota clave sea dirigida con fuerza hacia esa liberación. Si se hace de forma grupal, el resultado es doble. Por una parte, liberamos al prisionero, y por otra, llamamos la atención de aquellos que ya están construyendo desde unas esferas más sutiles y brillantes.

Que trabajo tan difícil el de liberar prisioneros. Qué carga tan pesada cuando se hace desde la más pura intuición, sin mayores herramientas que aquellas que vamos adquiriendo mediante la ardua experiencia. Y que poco reconocimiento, que pocas formas de entender este duro trabajo. Y luego la liberación nunca es total, porque realmente el prisionero, en estos tiempos, está debilitado por el mundo de las formas. El carcelero, poderoso, se cree firme y fortalecido por las corrientes materialistas que imperan en nuestro tiempo. Un mundo egoísta solo puede enaltecer el egoísmo. Un mundo enfermo solo puede proteger a sus enfermos. Los médicos, los asistentes, los auxiliares, los enfermeros, son pocos. También son pocos los hospitales del alma donde sanar y crear visión, donde liberar al alma presa.

¿Cómo realizar esta ardua tarea ante seres que aún se alimentan de sangre, seres que aún llenan sus pulmones y venas sagradas con todo tipo de venenos, seres agazapados en la mentira de la ilusoria materia, con sus gobernantes, la avaricia y el egoísmo, dirigidos todos por el general encarnado en la ignorancia? ¿Cómo seguir liberando almas en esta batalla interminable cuando los monjes-guerreros son cada vez más escasos, más débiles, más cobardes? ¿Dónde está el cáliz que debe alimentar su coraje? ¿Dónde las fuentes que deben fortalecer su propósito? Aún en los bosques perdidos, en escarpadas montañas, se puede encontrar lugares ocultos donde ascender y liberar al prisionero. Aún en rincones perdidos existe un conjunto de hermanos del espíritu libre capaces de seguir en la lucha continua por la liberación.

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El arte de la fuga


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© Gabriel Guerrero

A pesar de que este título pertenece a un libro escrito por Bach, y también a una forma suya especial de hacer música, no vamos a hablar de melodías. Alguna vez en el pasado hablé del fugas mundi. Ahora, observante, atento, veo las cosas desde una perspectiva algo más amplia y diferente. Decía alguien que sólo desprecian la sociedad aquellos que no han conseguido sus favores. Los otros la aman, la abrazan con esa locura ciega que nos imbuye cuando el éxito invade nuestras vidas. Ser exitoso en nuestra sociedad pasa por sentirse miembro destacado de algún clan, de algún rango, estatus o clase. Si eres el primero entre los mediocres, puedes llegar a ser menos vulgar que el resto, aunque la vulgaridad siga siendo el sello de identidad.

El éxito ha pasado muchas veces por mi puerta. La última vez ayer mismo, ante una oferta que podría llevarme a ser uno de esos personajes que de forma ilustre manejan la vida de muchas personas. La oferta podría incluir el dirigir a más de cientos de personas en un ambicioso proyecto. Pero soy un artista de la fuga, y reconozco, a regañadientes a veces, que mi alma hace tiempo que dejó de estar en venta, aún a pesar de que tantas veces han intentado, sin éxito, comprarla una y otra vez.

Me interesa ver en estos días esos que son auténticos artistas en huir de la sociedad, eso sí, sin hacer nada especialmente notorio que los aleje realmente de ella. Se pasan el día quejándose, se pasan el tiempo aborreciendo y huyendo, pero reproduciendo allí donde van todas sus miserias y sus penas. Son auténticos depredadores de aquello que pueda ayudarles en la huida, sin dar nada a cambio, sin ofrecer nada a cambio y sin bucear realmente en un cambio radical.

Luego hay otro tipo de fuga, más allá de la social, que es la propia fuga psicológica. Nuestra sociedad actual está creando auténticos autistas antisociales que prefieren perderse en conversaciones absurdas que atraviesan todo tipo de telepantallas antes que poder dominar el arte de la sociabilidad.

Y también las fugas espirituales, esas que entonando profundos ommmmsss nos alejan de una realidad incómoda que no gusta atender. Lo decía ayer en la cena, con unos amigos que integran perfectamente el camino del medio. Hay personas que se creen espiritualmente avanzadas y, sin embargo, denotan uno de los extremos más permisivos de la espiritualidad: el egoísmo. Realmente solo piensan en sí mismos y en su salvación. Les importa un pito todo lo demás. Especialmente todo aquello que pueda afectar a su paz interior, a su consciencia aparentemente iluminada desde la que desgranan sutilmente vacíos existenciales, dolencias emocionales y simples anhelos de grandeza no consumados.

Es cierto que todos huimos de algo. Estos días de extremo cansancio ya no sabía dónde esconderme, ni durante cuánto tiempo. Me he cuidado, me he dado regalos, me he mimado, pero en el fondo solo deseaba huir. Al menos por unas horas, o unos días, o unas semanas, o unos meses con tal de descansar todo aquello que me gustaría descansar. Me hubiera gustado fugarme con esas hermosas chicas que hoy se dirigían rumbo a Francia. O con esa otra joven y bella alemana que anda buscando algún lugar donde aposentarse. Son tantos los que vienen y van en estos días, que dan ganas de marcharse con todos ellos, aunque solo sea un ratito, aunque solo sea para poder descansar en paz algún trozo minúsculo de tiempo. Espero con ganas el otoño. Espero con deseo un cambio radical en todo cuanto ahora manejo.

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En el centro de todo, permanezco


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© Jiří Šebek 

Escuchar música sacra medieval ante la imponente voz de sor Marie Keyrouz es disfrutar de un instante de difícil explicación. Ante su música y su voz, sigo encerrado en la cueva, rodeado de libros, de inmemorables recuerdos que cohabitan en las estanterías y en la sed de mi alma. Observo atento, buscando paz y sosiego, subrayo cada minúsculo átomo de emoción que envuelve el aura de cada objeto. Veo Copenhague y su jardín botánico metido todo en un pequeño frasco, saboreo los tumultos de tundra escocesa y sus Tierras Altas, las conchas del Atlántico que precedieron tantos y tantos peregrinajes, y Taizé, muy cerca de la vieja Clunny, donde sus cantos se cuelan todas las mañanas en la pequeña ermita. Al otro lado de la estantería, junto a los tratados de antropología, Mongolia y la India con un Buda abrazando a un San Javier que mirando al cielo clama misericordia. También los inviernos de Alemania e Israel y todo el Mediterráneo adumbrado por destellos que relucen bajo velas, cuadros soleados y alguna luna veraniega.

Si ahora pudiera buscaba un caballo y me marchaba, como antaño, a proteger a los peregrinos. Pero en los Caminos, practicando sus sendas. La vida aposentada, labriega, ciertamente consume mis ansias de exploración. No he nacido para labrar la tierra, ni para la vida sedentaria. Lo mío son los caminos. Ahora lo sé. Por eso en este tiempo de sedentarismo extremo siento como si algo que nace desde lo más hondo fuera a explotar. Las imágenes de países exóticos se acumulan, y junto a ellos, cierta sensación de impotencia. En la sección de metafísica un elemento de Marruecos y sus zocos. Más arriba algo que vino desde California. Un peldaño más hacia lo alto los cientos de libros sobre masonería y en frente, miles de libros sobre espiritualidad, esoterismo y nueva consciencia. Y mientras los miro me imagino ya en otro lado, en algún otro país, deseando volver, porque lo bonito de viajar es ese sentimiento que te envuelve, esa emoción de querer retornar a un lugar tranquilo, a un cuartel general o hacienda donde descansar.

Veo obras antiguas y si alzo la mirada, ahí están los pasillos y el resto de las habitaciones cargadas de libros y libros y más libros que se acumulan en este oficio que se pierde. Ser editor en los tiempos que corren es algo complejo. La gente ya no decora las estancias con libros. Ni siquiera como objeto de culto. Se siguen vendiendo algunos, pero cada vez menos. Por eso cada mes es un milagro. Miro de nuevo a San Javier. Nadie daría crédito de su origen. Nadie daría crédito si pudiera contar libremente tantas y tantas historias sucedidas que ahora quedan registradas en las estanterías.

He conseguido, en estos dos días, extirpar de la bandeja de entrada el noventa por ciento de los mails que se habían acumulado. Pero me falta aún ese diez por ciento tan difícil de contestar, tan extrañamente complejo. Cuando el mundo vivía sin mails todo era más lento. Recuerdo que se acumulaban las cartas, pues siempre fui avispado en eso de escribir y contestar largas misivas a todo lo largo y ancho del mundo. A escritores mexicanos, a poetas argentinos o científicos alemanes. El mundo siempre fue un cúmulo de curiosidades por explorar. El mundo siempre tan grande, y nuestras vidas siempre tan cortas. ¿Cómo conocer todo cuanto hay por conocer? ¿Cómo albergar la esperanza de que algún día todo estará en nuestra palma de la mano, sin fronteras, sin burocracia, incluso sin mails que atender?

Aún me duele la cabeza. Hoy llega una caravana de peregrinos. Mañana un buen amigo con su esposa desde las entrañas de Madrid. El verano es así, un trasiego de almas. Por eso es prudente, cada cierto tiempo, protegerse, esconderse, trabajar entre libros. Estoy buscando el equilibrio entre lo de fuera y lo de dentro. Estoy buscando el equilibrio entre lo de arriba y lo de abajo. Y en el centro de todo, como una realidad moldeable y plástica, permanezco.

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Compartiendo dolores de cabeza


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© Ilias Varelas

La felicidad solo es real si se comparte“, Christopher McCandless

Tengo hoy muy presente la célebre frase de Christopher McCandless, aquel intrépido joven que murió en los perdidos bosques de Alaska mientras intentaba llevar a cabo su propia utopía. En la película “Hacia rutas salvajes” se describe con acierto su aventura de trágico final. La lectura del libro me hizo reflexionar durante mucho tiempo en esa conclusión que cita en su frase célebre. Me imagino hasta qué punto la soledad le embriagó y recordaba cuando llegué hace cinco años a estos bosques y estuve algunas semanas a solas, en una caravana postrada en mitad de la nada, en un paraje desconocido, sin luz, sin agua, sobreviviendo como se podía al frío y la lluvia. Realmente, aquellos inicios, especialmente en los primeros comienzos, fueron duros. Solo aptos para locos o héroes.

La locura es clara. Esta mañana me invadía una felicidad exquisita mientras practicábamos los tres yogas, que para nosotros, se están convirtiendo en nuestras tres peculiares joyas. La primera joya es la meditación, la segunda los cantos y la tercera los ejercicios. Luego viene todo lo demás hasta que terminamos de comer, echamos una partida a tenis de mesa y cada cual se marcha para practicar sus dones y talentos.

Aquí viene la parte heroica. Como estamos a finales de mes decido ir a la sede de la editorial, cinco kilómetros bajando a los valles, dejando atrás el paraíso de la montaña y adentrándome en el otro mundo, en el otro lado. Sí, finales de mes y hay que cerrar el ejercicio con las cuentas anuales que la gestoría lleva religiosamente. Me piden que firme las más de treinta páginas. Las miro una a una, con cierta incredulidad. Casi veinte mil euros de pérdidas. El resultado de una depresión. A eso le sumo otros treinta mil que doy por perdidos por un préstamo personal que pedí (y que pago religiosamente todos los meses) para comprar unos apartamentos que iban a ser un nido de amor, o un hogar, según yo mismo había imaginado en mi fantasía inútil. Y otros tantos miles que pago religiosamente a un amigo que en su infinita generosidad me ayudó en la compra de esos apartamentos que por cosas que aún sigo sin comprender, no puedo disfrutar, ni sacar beneficio alguno porque alguien decidió, unilateralmente, apropiarse de ellos. La heroicidad, más allá de la locura, ha sido sobrevivir a todo esto.

Menos mal que he tenido capacidad de reacción, he pagado religiosamente todas mis deudas con el fisco y sigo puntual correspondiendo con mi parte en la hacienda pública. De esa crisis aún me quedan muchos flecos por ordenar, por restaurar. Poco a poco, me repito día tras día. Poco a poco, me digo a mi mismo mientras ojeo el libro que me acaba de llegar, recomendación de mi directora de tesis, sobre anarquía y antropología. “Tiene mucho que ver contigo, porque eres antropólogo, y tu vida, una praxis de anarquía pura”. Bueno, por las mañanas soy anarquista en estilo de vida, pero por las tardes me gusta poner orden en las cuentas. De momento debo vivir entre estos dos mundos.

Cuando vi las cuentas anuales me dio un gran dolor de cabeza. Decidí hacer algo que hacía tiempo no hacía: darme un baño. Un poco de nihilismo sibarita, tan poco acostumbrando a ello, no viene mal. Puse el agua hirviendo, algo de espuma y permanecí inmóvil algún tiempo, intentando relajar todos mis cuerpos. Me acordé que en diez días tengo unas mini vacaciones con un amigo haciendo la ruta cátara, en el sur de Francia. Dormir entre bosques y montañas al raso a más de dos mil metros será una penitencia más que unas vacaciones. ¿Cuánto nos gastaremos? Le pregunté a mi amigo. Cien euros por cabeza, respondió alegremente. Nunca unas vacaciones me habían salido por tan poco. Pero viendo las cuentas anuales, merezco pensar en positivo y saberme eso, un poco loco, un poco héroe, a veces incluso un poco idiota. Menos mal que pude vender el coche, menos mal que pude quitarme algunas deudas, menos mal que ahora ya no tengo casi de nada, excepto el yoga de las mañanas, las tres joyas, y los amigos, claro, los de verdad, los que permanecen, los que me quieren incondicionalmente, los que saben que estoy pagando el precio de una bondad ilimitada que requería límites, muchos límites, e inteligencia, mucha inteligencia.

Y mientras me despido de la buena de Vero, un ángel de la guarda que nos ha protegido durante un mes, me llama una amiga con la buena noticia de que está consiguiendo separarse de forma amorosa de su esposo. Esa noticia me llenaba de gozo, de mucho gozo. Me hubiera gustado haber hecho lo mismo, poder separarme tranquilamente y estar ahora con menos dolores de cabeza y con algún deseo, aunque fuera mínimo, de tener pareja. Pero el deseo desapareció y por más mujeres hermosas que conozco, ninguna de ellas es capaz de sacarme de este estado pueril. Si todo hubiera sido hablado, consensuado o planificado quizás ahora sería más libre, tendría más dinero y mi quiebra no hubiera sido tan dolorosa. Y seguro que tendría de nuevo alguna pareja o algo que se le pareciera. O deseo por tenerla, al menos. Pero no, la huida fue la única respuesta que tuve. El miedo hizo el resto.

Y aunque ahora estoy totalmente desapegado de esa mala experiencia y casi ni pienso en ella, cuando he visto las cuentas anuales de la empresa y me he visto aquí solo, en la oficina, a las tantas, me he echado a temblar. Si algo falla por sutil que sea todo se va al traste. Si falla el ordenador, si falla la web, si falla mi pulso o salud todo termina de forma dramática. Una vida al límite, claro que sí, ese es el precio, un año después, justo ahora un año después, de toda esa cadena de huidas, errores y bajas presiones en las que uno se vio envuelto. Qué desastre.

Por eso esta mañana era feliz en la ermita, porque de alguna manera andaba compartiendo un trozo de vida. Incluso era feliz aunque siempre haya alguien que se queja porque no hay mermelada o falta pan. Sonrío para mis adentros y recuerdo mis primeros días en la caravana donde por haber no había ni techo. Pero ahora, encerrado en la oficina y aguardándome una larga noche hasta que consiga poner en orden las cuentas, la felicidad se difumina, porque este dolor de cabeza, me doy cuenta, no puedo compartirlo con nadie, y resulta casi insoportable. Y no lo digo a modo de queja, solo a modo de desahogo. Me hace bien desahogarme, compartir estas cosas. La felicidad solo es real si se comparte, y para ser feliz, uno tiene que compartir de todo. No sólo los veranos, también los fríos inviernos. También los dolores de cabeza.

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El hombre-mono y la mujer es mona


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Los isabelinos imaginaban el cielo como una esfera cristalina desde donde los ángeles contemplaban las muecas del hombre-mono, más cercano a ese traje vanidoso y esa mirada altiva propia de los grandes primates que con sus muecas parecen juguetones en los bosques y las selvas. El hombre mono y la mujer mona se miran siempre con cierto afecto, con desconfianza a veces, con sensación de pertenecer a un mundo intermedio, ese que se encuentra a mitad de caballo entre lo animal y lo divino. El ser humano no existe aún, se está haciendo. Lo noto aquí en los bosques cuando comparto con unos y con otros. Veo el esfuerzo por alejarnos, a veces con mayor o menor éxito, de esos instintos, tan básicos y primarios, que aún atraviesan nuestra espina dorsal.

El hombre se comporta como un mono ante la mujer mona, y hacen monerías de rama en rama, de bosque en bosque. Se alejan por caminos turbios, entre las nieblas, entre los árboles. Se miran coquetos y desfilan abrazos y caricias a media noche, serpenteados por la mirada atenta de aquellos alados seres que desde arriba observan la escena, tan mona ella.

Nos sentimos con cierta autoridad ante la vida, como si fuéramos realmente importantes. La escisión entre la mónada que nos anima y lo que representamos con nuestro traje de autoridad no es más que un aleteo frágil ante la inminente presencia del infinito. Aún así, pensamos como dioses siendo aún tan monos, tan primitivos, tan afanosamente animales. Somos muy monos cuando aún, a estas alturas de nuestra divinidad, seguimos comiendo carne. Somos muy monos, y con perdón de los civilizados monos, cuando arrebatamos en violencia, matamos cruelmente, o justificadamente según los cánones de la guerra, o simplemente cuando dejamos morir de hambre al prójimo próximo.

Seguimos empeñados, tan animalescamente, en pensar en territorios. Los marcamos con fronteras, que es algo sofisticado, porque eso de ir meando por las esquinas es algo primitivo. Pero la esencia sigue siendo la misma. La bandera, cualquier bandera, es el símbolo más sofisticado de cualquier meada perruna. Pero nosotros somos monos, monos avanzados, y pensamos que una bandera ya nos sirve para decir que esto y aquello es mío, que esta y aquella es mi casa, o mi patria, o mi nación, esperpentos inventos para trapichear de forma civilizada con nuestra peculiar forma de posesión.

El mundo es un escenario. Y cuando hoy salía majestuoso el arco iris sentíamos que nos curábamos de todos los males. Nos curó la depresión y de la tristeza, sentimos la gloria de Dios, por decir algo, en esa magia del instante presente. Saltábamos enloquecidos, como monos que de repente piensan que la mejor manera de celebrar el acontecimiento es chillando y brincando de un lado para otro. A nuestra izquierda había un joven alemán. Ya sabemos que los alemanes son más cautos a la hora de expresar emociones. Estaba sentado en la hierba y lloraba ante el espectáculo. Lo hacía en silencio, sin que nadie notara su presencia y su emoción. Pero pude verlo, como cuando los ángeles nos miran para ver si nuestra mónada mejora y progresa. Y veía en su silencio cierta maravilla, cierto avance, porque podía disfrutar de algo tan espectacular desde su cómoda y sigilosa butaca. El hombre es mono y la mujer es mona. Y allí estaban el arcoíris, y el alemán, y el perro Geo que no entendía nada pero disfrutaba de nuestra arrebatada alegría. Y abajo, mientras mirábamos la esfera cristalina ahora cargada de los siete rayos, nos imaginábamos seres más completos, mónadas más inspiradas, hombres y mujeres más llenos de gracia. Seres humanos vivos, que no hay mayor grandeza que siendo lo que somos, estemos vivos, y sepamos apreciarlo.

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