Constructores del templo


a

Geometría sagrada 

“Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles”. Salmo 126

Durante miles de años, los arquitectos, maestros de obras, compañeros y aprendices del oficio de la construcción gozaron de buena reputación. Especialmente aquellos que debían su vida a la construcción de grandes templos. Asentar la base de cualquier construcción sagrada no solo requería de infinitos recursos materiales y humanos, sino también de un doble cocimiento: un conocimiento técnico y otro espiritual. Una perfecta conjunción entre la geometría y lo sagrado. Ambos conocimientos iban de la mano, y ambos eran imprescindibles para consagrar cualquier templo, hacerlo en su justa medida y siempre con los estándares de la fuerza, la sabiduría y la belleza.

La realidad es que ya no existen constructores de templos. El mundo ha llegado a tal secularización, que todo lo que tenga que ver con lo religioso, lo espiritual, lo ritualístico, lo mágico o lo iniciático ha pasado a la esfera de lo privado. La fe y las creencias se han difuminado tanto en estos últimos tiempos que ha dejado de existir un sentido profundo de la comunidad espiritual, de la vida en comunión, de la búsqueda del misterio compartido en templos y edificaciones especiales para este fin. Con ello, también se ha perdido para siempre el doble conocimiento, el técnico y el espiritual, la geometría sagrada. Aquello que dotaba a los elementos arquitectónicos de cualquier santuario de ese algo especial.

En un sentido amplio, no creo que el ser humano haya dejado de ser espiritual. Tal vez nunca lo fue. Es cierto que en la antigüedad nos regíamos más por la superstición, por la  costumbre, por aquello cultural que nos agolpaba en torno a un ritual y una praxis festiva que intentaba celebrar los ciclos de la naturaleza, adornados siempre con elementos religiosos que intentaban dar sentido a la dura existencia humana, al mismo tiempo que la protegía. La religión era un motivo costumbrista, de celebración y de serena comunión con los vecinos que ordenaba nuestro miedo existencial y nuestras dudas. Algo que amalgamaba a pueblos y culturas como ahora lo hace el fútbol o la política, las religiones seculares de nuestro siglo.

Aunque el ser humano nunca fue a lo largo de la historia especialmente espiritual, quitando gloriosas excepciones de una minoría que vivía, más allá del rito y la costumbre, la exégesis interior, la práctica espiritual verdadera siempre estuvo relegada a una ferviente minoría que se las arreglaba para, ya fuera de forma individual (los místicos) o de forma colectiva (los gnósticos de todos los tiempos) atreverse a interpretar y penetrar el misterio.

En los próximos años nos vamos a atrever a construir un pequeño templo. Será pequeño porque los tiempos que corren no requieren de grandes proezas arquitectónicas. Al mismo tiempo, será también un lugar de clausura, un monasterio vestido de modernidad que algunos podrán disfrutar siempre que su sentido sea real, comprometido y responsable. Un templo para la gnosis. La idea parece fascinante en cuanto ya no hay constructores de templos y tampoco una fuerte comunidad espiritual que desee albergar en ellos una búsqueda común.

Decía Yamada Koun Roshi, un maestro zen japonés a Ana María Schlüter, una discípula que deseaba crear un zendo en nuestro país, que primero había que construir el templo interior. Solo cuando hay contenido puede aparecer el contenedor. Esto es no solo importante, sino imprescindible. Por eso, en los próximos años el trabajo interior y todo su contenido será imprescindible para que ese templo exterior tenga sentido. Los templos están vacíos porque no hay contenido nuevo, renovado, adaptado a los tiempos que corren, con una práctica ritual comprometida y real. Aunque el mundo aún no es espiritual, hay que realizar un gran esfuerzo para espiritualizarlo, para comprender que la vida y sus misterios requieren atención, ánimo y esfuerzo. Debemos esforzarnos interior y exteriormente para que el mundo sea cada vez más místico y gnóstico, más bello y armónico. Debemos seguir construyendo templos. Interiores y exteriores, siempre para mayor gloria del Gran Arquitecto del Universo.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

El mundo después del Apocalipsis


a

Hoy instalando la puerta pitagórica

La ermita está desierta a las ocho de la mañana. Antes de ir hasta allí para meditar me da tiempo a sacar a las gallinas y mirar los prados verdes cargados de flores. Esta semana tuvimos algunas bajas. El zorro aprovecha que la hierba está alta y azota sin piedad a los animales más despistados. Primero fue el gallo, el cual había sobrevivido milagrosamente a una extraña enfermedad. Luego una pata hermosa a la que le había cogido un especial cariño. Sentí una gran angustia interior al enterrarla. Me pregunto por qué hay aún gente que come pato, o paté de pato. Ayer dos gallinas más. Las crisis estructurales se manifiestan en diferentes planos, y el mundo arquetípico actúa mandando señales inequívocas.

A pesar de todo, hace unos días preciosos y a esa hora la naturaleza se expresa con esa ansiedad típica de querer vivir y estrujar al máximo cada meollo existencial. Hoy ha sido un día de no parar. Teníamos la esperanza de poder terminar de instalar la puerta pitagórica en el anexo de la cabaña para seguir profundizando un poco más en la privacidad en este lugar tan concurrido. También instalamos unas cortinas y enfocamos la atención en redecorar la pequeña cabaña para adaptarla a este nuevo tiempo que se presenta. He tardado seis años en darme cuenta de la necesidad de cuidados intensivos que cada cual requiere para que la exposición prolongada al mundo no termine con la salud, el bienestar y el equilibrio. Un gran aprendizaje la de estos meses.

Curiosamente, mientras ahondábamos en la privacidad, hoy salía en prensa la noticia del cierre de O Couso durante todo el próximo año. Es una noticia importante para nosotros y al parecer de interés para la prensa. Creo que el cierre es necesario, al menos el cierre público ante la imposibilidad de poder atender, especialmente en verano, los protocolos de higiene y salubridad propuestos por las autoridades. En otoño e invierno la actividad es prácticamente mínima aquí, así que, este año será un momento único para repensar todo lo realizado hasta el momento y reajustar todas las crisis sufridas para aprender de las mismas y metamorfosearnos. Como primeras conclusiones, el lugar aún no está totalmente preparado para la idea de comunidad. Al menos de comunidad tradicional. Así que dedicaremos los próximos años al proyecto de Escuela y en ese tiempo nos daremos una pausa para reformular la siempre difícil y compleja convivencia.

También justamente hoy venía el constructor que ha estado haciendo reformas en la casa en los últimos meses. Haciendo cuentas, hemos gastado más de quince mil euros en los últimos meses y aún solicitaba casi siete mil euros más. No estaba de acuerdo con esos cálculos y al final la deuda ha quedado en dos mil euros. Ya le he dicho que habrá que asistirla con paciencia dados los tiempos extremos en los que vivimos, y que, hasta que no quede saldado ese dinero, no podremos continuar con la obra.

Así que viendo el panorama, habrá que tomarse este tiempo como un año sabático, pero sobre todo, como un año de reinvención interior, de calma, disfrute de las cosas simples y de mucho sosiego. Aunque ya en julio un conocido escritor y presentador de televisión me ha propuesto participar en unos encuentros dando una charla. Hace tiempo que no doy entrevistas, ni presento libros, ni doy conferencias, pero si los amigos lo piden, pues hay que acudir. Tendré que hablar sobre como será el mundo después del Apocalipsis en el que aparentemente estamos viviendo. Creo sinceramente que exageramos, que lo que ha pasado no es nuevo y que seguramente volverá a pasar en el futuro. Las epidemias, las pandemias y las pestes siempre existieron. Lo novedoso, quizás, es que el ser humano está tomando consciencia colectiva, y empieza, aún torpemente, a actuar globalmente.

En estos meses de pandemia me ha tocado por suerte la compañía de un ser excepcional. No puedo hablar mucho de ella porque es tabú, pero sí puedo decir que me siento afortunado por estar viviendo estos días apocalípticos a su lado. Me siento afortunado y agradecido a la vida por estos momentos únicos e irrepetibles, de auténtica comprensión, correspondencia y compartir.

No sé que deparará esta próxima década. Repasando la de hace un siglo, aquellos años locos, no parece muy esperanzador lo que vaya a pasar a partir de ahora. Por ello, la pregunta en sí misma es baladí. ¿Cómo será el mundo después del apocalipsis? No creo sinceramente que el apocalipsis vaya a llegar. Pasaremos malos momentos como humanidad, habrá crisis, reajustes, tensiones, pero no el final de un mundo. Al menos no próximamente. Porque es cierto que algo está cambiando en la cosmovisión mundial, pero esos cambios son embrionarios. Aún no se han desarrollado del todo. La vida seguirá igual. Volveremos a las nuevas rutinas. Recordaremos estos meses como unas peculiares vacaciones o como alguna batallita más que contar a los nietos. Lo que habrá, de nuevo, es esa normalidad que, despojada de su inocencia, seguirá reclamando dosis de serenidad.

Es tarde, aún guardo el cansancio de estos días que he pasado desbrozando hierba y haciendo de carpintero. Las horas pasan volando. El tiempo no perdona. Tengo ganas de poder descansar. Mañana haré un suelo, pasado otro y el siguiente seguiré desbrozando. Hay mucha hierba alta y el zorro acecha.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Filantropía. Retornar el elixir


 

a

En estos días de autocuidado estoy empezando a darme algunos caprichos. Esta rosa es la primera que nace aquí en estos bosques. Fue un hermoso regalo que expresa la necesidad de seguir profundizando en la mística del corazón a partir de fortalecer todo aquello que soy

“En verdad, en verdad os digo, que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, produce mucho fruto”. Evangelio de San Juan 12:24

La filantropía es muy compleja. A veces, incluso los más ricos sienten interiormente que les falta dinero para realizar aquello que les gustaría hacer. El ser humano no conoce límites y está siempre llamado a la necesidad infinita. El dinero siempre se va rápido, y no importa cuanto tengas. Hay personas que han llegado a tener cientos de millones de euros que perdían en un día debido a cualquier crisis. Hay personas que aún teniendo poco o mucho, sienten un deseo interior de compartir su riqueza con el otro. Muchas veces la cuestión primordial es saber a qué causa ayudar. Otra muy importante es la de no basar la ayuda únicamente en una caridad mal entendida, intentando lavar con ello nuestras consciencias.

Hay personas cuya filantropía se basa en apoyar causas concretas, como ese donativo mensual de un euro o diez euros o veinte euros a organizaciones que dedican su esfuerzo en causas diversas que pretenden, al final de todo, mejorar el mundo. En Estados Unidos hay uno 400 multimillonarios, de los cuales, al menos treinta se comprometieron hace unos años a donar el 50% de su fortuna a obras benéficas. Este dato puede ser significativo. Al menos, hay personas que, a pesar de haber tenido la fortuna de acumular mucho, también han tenido la visión de compartir lo recibido.

Hace unos años un amigo al que considero buena persona y excelente ser humano me reprochaba de alguna manera el que hubiera creado una fundación para intentar aportar un granito de arena en este mundo que requiere de cambios. El reproche era debido a que, según su visión, eso solo podían hacerlo aquellos que tienen recursos. Con el tiempo he pensado que no tenía del todo razón. Es verdad que, en mi caso, en estos últimos años, he dedicado el cien por cien de mis recursos a intentar sostener este proyecto. Eso ha sido un gran error por mi parte. En primer lugar, porque dejé de pensar en mí. En segundo lugar, porque al hacerlo, entre en bancarrota en un par de ocasiones. También en cierto que quizás nunca tuve el dinero suficiente para hacer lo que algunas personas con dinero pueden hacer, pero sí tuve la visión y el coraje de intentar hacerlo.

No solo los ricos pueden hacer filantropía, también los que, aún no teniendo nada, hacen de su mundo un mundo mejor expresado en una generosidad infinita plasmada en sus acciones, en su sonrisa, en su forma de ver y entender la vida. A veces no da el que más tiene, sino el que menos necesita. La economía del don, del dar, es algo que está más allá de lo que uno pueda llegar a tener. Es una actitud del alma, es una experiencia, diría, que espiritual, una espiritualidad a veces disfrazada de moral o ética, pero en su esencia, el dar es algo trascendente. Por eso los que dan expresan una felicidad interior profunda y sostienen una paz duradera.

Hay que tener coraje para dar, como decía, pero a veces ese coraje puede ser objeto de desconfianza o excesivas críticas. Eso lo he podido vivir en estos años y ahora estoy haciendo un sano ejercicio que intenta ordenar esas críticas para ver hasta qué punto pueden ayudarme a mejorar. Releyendo “El héroe de las mil caras” de Campbell, redescubro la hermosura de la imperfección del coraje, de aquel que lo intenta a pesar del fracaso o la derrota, una y otra vez. Para Campbell, un héroe no es un ser perfecto que siempre acierta en todo. Es alguien que se enfrenta a algo mayor que a sí mismo.

Si miramos nuestras vidas, realmente todos hemos sido héroes. Hemos sobrevivido a mil avatares, hemos conseguido algunos éxitos y hemos cosechado grandes derrotas y fracasos que nos han permitido almacenar lo que Campbell llama el elixir, es decir, el fruto de la experiencia y el conocimiento. La experiencia del abismo, el fracaso, la derrota, puede transformarnos, logrando una metamorfosis interior gracias a nuestro empeño. Y el buen héroe destaca por esa necesidad de restaurar el elixir, es decir, por devolver y compartir con los otros todos los logros conseguidos.

Este es el principio que debería movernos a todos. Tengamos más o menos recursos, tengamos más o menos experiencia, tengamos más o menos conocimiento, en algún momento de nuestras vidas deberíamos devolver aquello que hemos conseguido. Restaurar o retornar el elixir debería ser un principio ético de primera magnitud. Nuestras vidas terminarán en poco tiempo. Todo se apaga al final de los días. Pero podemos ir encendiendo pequeñas luces en el camino ayudando en todo lo que podamos. Nada de lo que tenemos podremos llevarlo al otro lado, excepto la satisfacción de haber ayudado, mejor o peor, a todos los que podamos. De alguna forma, al morir, tenemos la oportunidad de producir fruto abundante. Ese y no otro es el verdadero elixir de la existencia.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Vocación misionera


WhatsApp Image 2020-05-23 at 22.45.30 (1)

En la Pascua de 1992, en Siete Aguas, con el grupo de Barcelona. Aquí, con 18 añitos y ya con barbas. Por aquel entonces solía calzar espardeñas. 

Y les dijo: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura».
Evangelio de Marcos 16:15

Estaba repasando la previsión de ediciones para este año, que será pobre y escasa pero bien motivadora, cuando me llegó una noticia que me dio un vuelco el corazón. A principios de los años noventa, cuando rondaba los 17 o 18 años, solía ir con un grupo de amigos a una de las casas que las misioneras de Verbum Dei tenían en el barrio gótico de Barcelona. Eran tardes preciosas donde explorábamos con nuestra curiosidad la figura de Jesús, sus hechos, sus mensajes. Cantábamos y rezábamos al mismo tiempo. A veces hacíamos retiros espirituales en lugares como Piera, en la comarca de Anoia, en Barcelona, o Siete Aguas, en la comarca de la Hoya de Buñol, en Valencia, donde solíamos celebrar la Semana Santa junto a cientos de jóvenes venidos de todo el mundo. Sentíamos una gran admiración por la imagen de Jesús venida de las manos de esas misioneras de corazón limpio y puro. Había dos de ellas que dirigían nuestras vocaciones espirituales: Leire y Geni.

Treinta años después recibo noticias de Geni, la cual, por su franqueza y vocación, influyó positivamente nuestras mentes y corazones. Me llega de manos de un buen amigo que conocí en aquella época en la casa de retiros y que años más tarde, tal fue la influencia, bautizó a una de sus empresas con el nombre de Geeni. Esta feliz misionera se encuentra en la Amazonia desde hace ya unos años, atendiendo a los grupos indígenas de los Sateré-mawe y los Manaos, los Machineri y los Yaminahua, poblaciones que se encuentran en la zona fronteriza entre Bolivia, Brasil y Perú. Me ha sorprendido ver una foto suya aparecida en un artículo con su cara treinta años después. Me alegró de corazón saber que su vocación era real y continua viva. Hay personas que son auténticos héroes. Geni siempre lo fue para nosotros.

¿Qué fue de mi vocación? En uno de los retiros de Semana Santa, sufrí una llamada que abrió mi corazón de forma indescriptible. Sentí dentro de mí como si todo el amor del mundo hubiera atravesado mi pecho. La sed espiritual de aquellos tiempos hizo que la “gracia” se manifestara de forma profunda y verdadera. Sentí el apostolado como misión, sentí la necesidad de ir a las misiones. Tuve una profunda conversación con Geni que me alentó a tomar tierra. Sus sabias palabras le quitaron a ese joven de temprana edad el deseo apabullante e irracional de compartir la nueva buena sin apenas tener ningún tipo de experiencia en el mundo. De alguna forma, Geni hizo de barrera amorosa y comprensiva entre mi impulso, mi llamada y mi juventud. En aquellos tiempos en los que prefería ir a orar o leer la Biblia en vez de ir a la discoteca, aquella charla supuso una noticia que llevé durante años con cierta pena.

Un año después de aquello, en 1992, me marché a hacer el Camino de Santiago, intentando poner orden en mi batalla interior. Al terminar el Camino, y mientras descansábamos en el albergue del Seminario Menor de la ciudad compostelana, conocimos a dos jóvenes alemanas diez años mayores que nosotros, vegetarianas y con una profunda vocación espiritual. Mantuvimos una larga correspondencia durante años hasta que una de ellas me invitó a marcharme a vivir a una comunidad del Arca que había fundado Lanza de Vasto en Francia. Ante mi rechazo, de nuevo con la excusa de mi juventud y mis deseos de ir a la universidad, años más tarde aquella mujer me invitó a ir a otra comunidad en México, rechazando por segunda vez la invitación. Allí le perdí la pista. Sentía profundamente la llamada, pero el miedo a enfrentarla era mayor.

Aquellas fueron oportunidades claras de seguir mi vocación interior, pero a veces por miedo y otras por mil razones propias de la juventud, siempre rechacé la llamada. Durante todos estos años sentí siempre una necesidad de servicio y compartir. Desarrollé mi vocación interior haciendo trabajos de voluntariado con Cáritas o la Cruz Roja o cualquier organismo que se presentara ante mí y al que yo pudiera ser útil. Con los amigos de Verbum Dei trabajé algún tiempo colaborando en lo que podía con niños con síndrome de Down o personas con problemas múltiples. Después me hice trabajador social e intenté desde la profesionalidad ayudar a los otros. Estuve de trabajador social en una asociación del Raval, en Barcelona, que se llamaba L’Hora de Deu. Siempre había largas colas en aquel lugar porque corría la voz de que un nuevo asistente social ayudaba a todo el mundo sin excepción. Aquello fue agotador.

La vocación iba y venía y siempre buscaba la forma de ser útil. La última vez que hice el Camino de Santiago, en 2013, sentí de nuevo la llamada. Esta vez no me convertí en árbol de laurel y seguí la senda señalada. Desde entonces estoy aquí, en los bosques, buscando la forma de ser útil, pero, ¿qué pasó con la vocación? Ahí está, desplegándose ahora en silencio, sin necesidad de nada, orando en aquellos lugares donde solo Él puede hallarme.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

“Para nacer hay que destruir un mundo”


IMG_20200520_211429_0~2

Paisajes al ocaso, muy cerca de aquí

“Tienen mis deseos por término estas montañas y si de aquí salen, es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera”. El Quijote, Cervantes.

Para nacer, hay que destruir un mundo. Esta fue quizás una de las frases más conocidas de la obra Hesse, la cual aparecería en su libro Demian. No le faltaba razón. Ahora que he empezado la lectura compartida de su obra El Juego de los Abalorios, uno se da cuenta de la necesidad de morir a lo viejo para restaurar lo nuevo. Destruir un mundo, morir iniciáticamente a lo antiguo, siempre es necesario. En estos días sosegados, donde el síndrome de Stendhal se apodera de mi vida, disfruto plácidamente de todo tipo de lecturas.

Después de la práctica meditativa a eso de las ocho, el día se despliega con lecturas de Hesse, de Schlüter, de Dalio, de Dürckheim o Fortune. Voy alternando lecturas con trabajos manuales. Estamos haciendo una puerta nueva para la cabaña, sembramos aprovechando la luna algunas verduras, preparamos las vigas de la vieja casa para albergar la futura biblioteca y acomodamos nuevos espacios para algún día disfrute de todos. Es una conjunción hermosa, porque el trabajo manual, el labora en la tradición cristiana o el samu en la tradición budista o el karma yoga en la hinduista, compartido con la lectura y la oración, recrean en el ser un estado de profunda sintonía con la vida.

Por las tardes, un poco antes de invitar a las gallinas y patos al descanso nocturno, damos paseos en los que nos dejamos embriagar por toda la belleza primaveral de estos largos días. La hierba está alta y pronto formará parte de los silos de invierno. Toda la floresta embriaga por el cúmulo de flores que se expanden en las veredas de todos los caminos. A veces tenemos, ante el ansia exploratorio, que hollar sendas inexistentes, expandir nuestros pasos por remotas alamedas cargadas de agua y fango o disfrutar ante la sorpresiva belleza de lo inexpugnable.

Hemos acomodado alrededor de la cabaña algunos espacios para la lectura. Después de seis años de compartir intenso, me he dado cuenta de que no he sido capaz de disfrutar de ese bien preciado que llaman privacidad. La pandemia y la nula visita de peregrinos me está ayudando a reconciliarme con mi tiempo, a la vez que aprovecho para destruir las antiguas formas que en mi propia estructura había construido. Hemos sembrado algunos setos con la esperanza de que en el futuro la privacidad sea respetada.

Todo esto lo alterno con el trabajo en la editorial, mi otra pasión. Aunque la situación económica es compleja y difícil, no dejo de buscar ideas para seguir editando obras imprescindibles. Aún me toca lidiar con los restos del pasado, al mismo tiempo que perfilo en mi interior como serán las directrices y principios que gobernarán esta nueva vida. Ando creando el nuevo mapa, la nueva ruta ante la madurez de la vida.

Ayer hacíamos recuento de cuantas veces hemos renacido en esta vida, cuantas veces habíamos roto con nuestro pasado y habíamos vuelto a empezar en otros lugares, con otras personas, con otras culturas. En mi caso fueron siete grandes cambios. Andalucía, Barcelona, de nuevo Andalucía, Escocia y Alemania, Madrid y ahora Galicia. Rozando los cincuenta, no tengo más necesidad de exploración espacial. Me conformo con saber que seguiré viajando de un lugar a otro en pequeñas salidas al mundo, pero que siempre estará este lugar aguardándome. Sabemos que la vida da muchas vueltas, pero interiormente siento la necesidad de echar alguna raíz, aunque sea mínima, en este hermoso bosque.

Por eso el mundo que ahora destruyo es interior. Ya no existen movimientos vitales de un lugar a otro, ni vida nómada que valga. Hay algo dentro de mí que se quiebra para dejar nacer algo nuevo. Decía una amiga que me está costando vivir. Quizás vaya siendo hora de buscar en lo sencillo una forma de vida tranquila y desapasionada, dejándome arrollar por el éxtasis de la belleza sublime, por las sensaciones que uno percibe cuando contempla la bóveda celeste y se interroga por todos los misterios de la vida. Contemplar la hermosura del cielo. Aquí, donde la belleza es exuberante, no se necesita mucho más.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

El triunfo de los imbéciles


a

© Vassilis Tangoulis 

Había en mi estantería un libro de Álvaro de Laiglesia que siempre me llamaba la atención por su peculiar título: “Dios le ampare, imbécil”. Siempre me consideré a lo largo de mi vida un poco imbécil por mi falta de inteligencia o habilidad. Decía Balzac que un imbécil que no tiene más que una idea en la cabeza es más fuerte que un hombre de talento que tiene millares. Hay muchas historias de imbéciles que tuvieron algún tipo de éxito en la vida, quizás precisamente por esa obstinación por llegar a alguna parte, con una sola idea fija en su cabeza.

A veces el éxito profesional viene de la mano del éxito personal, y entonces, la vida parece una feria plagada de alegrías y victorias. Por supuesto, no todos los imbéciles triunfan. Yo soy del grupo de los que siempre iban, de cara a los demás, a la cola en todo. De los que suspendían, de los que era mal estudiante, malo en los trabajos y un pésimo compañero sentimental. Mi vida social, profesional y personal siempre fue un desastre. Un completo imbécil que jamás triunfó en nada.

No es esta una sensación que me abrume. Hace años comprendí que nuestras limitaciones están ahí para ponernos a prueba, y lo mejor es, una vez puestas en consciencia, hacer lo que se pueda. Fracasar una y otra vez nos ayuda a mejorar cuando la inteligencia o la habilidad no da para mucho. La inteligencia es un recurso al que no todos podemos acceder. Y no pasa nada. Ser más o menos inteligente no es garantía de ningún éxito. He conocido a lo largo de mi vida decenas de personas excesivamente inteligentes cuyas vidas han sido siempre un continuo preludio de fracasos.

Ray Dalio, una de las personas más influyentes y ricas del mundo vivió una vida plagada de fracasos. Leyendo su autobiografía titulada “Principios”, me asombra que él mismo se considere un auténtico imbécil. Eso le honra. “Antes de empezar a contarte mis creencias, quiero dejar claro que soy un completo imbécil que ignora mucho de lo que necesita conocer”. Así empieza su libro de casi seiscientas páginas plagadas de vivencias, creencias y experiencias que le ayudaron a pasar del fracaso más absoluto a una vida de éxito y dinero. Me llamó la atención su biografía por la facilidad de explicar la economía, sus ciclos, sus crisis, pero especialmente, por su afición a la práctica de la meditación.

Dalio llega a un punto en la vida en la que ya no busca éxito. Deseo “transmitir estos principios porque me hallo en una etapa de la vida en la que quiero ayudar a que los demás tengan éxito, más que intentar buscarlo para mí mismo”, nos dice. Éxito es una palabra escurridiza. Para mí el mayor éxito existencial ha sido descubrir la profunda libertad que da el vivir en una cabaña situada en mitad de un pequeño bosque. No me siento exitoso por haber sacado dos carreras, o un doctorado, o haberme ganado la vida con una editorial bastante peculiar.

Visto con perspectiva, quizás mis pacientes maestros no hubieran dado ni un céntimo por esa carrera tan inusual en un imbécil que de pequeño no sabía distinguir las palabras unas de otras, quizás por alguna atípica dislexia no detectada a tiempo, o por una incapacidad mental para analizar y discernir los significados correctos del mundo envolvente. Mi futuro estaba condenado al trabajo fabril. Pero algo se torció gracias quizás a la práctica de la meditación o al consuelo de aceptar que no había nacido para adaptarme del todo a este mundo. Por eso, el éxito puede ser muy relativo, aunque la sociedad lo tenga muy determinado y marcado en cuestión de “tanto tienes, tanto vales”. Socialmente no valgo nada porque no tengo nada. Interiormente me siento rico por haber llegado a este pequeño estado de ataraxia. Vivir sin deseos y sin temores es lo más parecido a la felicidad. La lectura de un buen libro, un paseo, echar de comer a los pajarillos del bosque y disfrutar con su disfrute… No pido mucho más.

Ser una persona tímida y retraída me llevó a todo tipo de fracasos en las relaciones personales. Amigos que se fueron, otros que aguantaron por pura compasión y aquellos que perdieron la paciencia con mi peculiar forma de entender la vida y salieron cabreados de mi presencia. Con las parejas no tuve ningún éxito, en principio por mis propias rarezas, y en parte, por ser huraño hasta el extremo. Me rodee de personas maravillosas que terminaron hastiadas y cansadas de alguien tan extremadamente exhausto y perdido. No lo digo con ánimo de dar pena ni con intención de crear un sentimiento de martirio constante. Ser un desastre con las relaciones es fácil. Lo complejo es tener éxito con los demás sin rozar cierto grado de hipocresía constante.

Mi orgullo y excesivas dosis de narcisismo, esa creencia profunda de sentirte siempre un poco rarito ante los demás, viendo que los demás triunfan y uno simplemente se esfuerza para aparentar ser poco imbécil, me hace sentir de esta manera. Pero como digo, lo llevo con comodidad y cierto orgullo. Vivir en una cabaña de veinte metros cuadrados puede resultar un fracaso a la vista de la mayoría, pero para mí, y para mi pequeño ego vanidoso, es un gran triunfo.

Así que, de alguna manera, me considero personalmente un imbécil triunfante. Mis triunfos son modestos y muy personales, claro. Una pequeña cabaña, una estantería llena de libros para leer una y otra vez y la naturaleza. Quizás el mayor de los triunfos de mi vida haya sido precisamente descubrir la naturaleza en su estado “salvaje”, que sería como decir algo así como haber descubierto a Dios en su estado más puro y directo. En eso me siento triunfante y príncipe de mi pequeño reino. Y en estas andamos. Si te sientes un fracasado, “Dios te ampare, imbécil”. Pero no te lo tomes a mal, disfruta de la riqueza y la libertad de no tener nada.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

El mérito de estar callados


a

© Laurent Baheux 

¨El Ser es lo que Es y no se perfecciona más que siguiendo las leyes reales del Ser. Observemos, no prejuzguemos; ejercitemos nuestras facultades, no la falseemos; ensanchemos el dominio de la vida; ¡veamos la verdad en la verdad! Todo es posible a aquel que quiere solamente lo que es verdadero. ¡Permaneced en la naturaleza, estudiad, sabed y después osad; osad querer y callaos!¨. Eliphas Levi

Los gnósticos de todos los tiempos asumían como suya la plegaria zoroastrista del saber, querer, osar y callar. El silencio siempre fue un signo de distinción entre los cultos, los elevados y los venerables de todos los tiempos. Los que se presentan con la frente erguida, la mayoría de nosotros, solemos ser personas ruidosas, extremamente estridentes. El silencio viene asociado a la humildad y junto a la belleza, suele ser un síntoma inequívoco de sabiduría.

Trabajar sin que la mano derecha vea lo que hace la mano izquierda, aunque esto a veces pueda resultar desagradable o pueda generar desconfianza, es algo complejo. Muchos confunden el trabajo del pequeño ego con el trabajo del Ser esencial, del Alma. Muchos confunden ambas dimensiones, cuando son disparatadamente diferentes hasta que la verdadera integración de una con la otra es real. La verdad de las cosas, desde lo subjetivo de lo que uno siente a lo objetivo de lo que otros opinan, varía en todos los sentidos posibles como una transfiguración de personajes y situaciones a veces irreconocibles. Por eso, hablar de la “verdad” siempre resulta osado, excepto para el dogmático, el fanático y el exaltado. La verdad sobre un elefante no es la pierna que en nuestra limitada capacidad, siguiendo con el conocido juego de la percepción, podamos ver o percibir. El elefante real, siempre será mucho más grande y majestuoso.

Hablar de lo que no se habla, de aquello que a veces es tabú, sólo tiene mérito cuando nace de la voz de la maestría. A los demás, ya nos valdría estar callados, en silencio, sin hacer mucho ruido. Si no fuera por ese ser exacerbado, por esa continua necesidad de describir y escribir sobre la vida, mantendría un absoluto silencio.

Es cierto que, exceptuando estos veinte minutos de relato casi epistolar, el resto del día lo paso en silencio. No soy hombre de palabra. Prefiero la escucha o la contemplación, el pasear desnudo, sin mucho que decir, observante, pasivo ante los acontecimientos diarios. Estas palabras forman parte de un testimonio literario, a veces exagerado por la imaginación, a veces excesivamente descriptivo con los acontecimientos diarios. A veces simpático y otras desagradable. La vida misma, con sus norias, con sus vaivenes, con su misteriosa plenitud y expresión. Un trozo de pierna elefantina, sin más.

Suscribirse a los hechos no deja de ser una forma de mirar al mundo. Compartir esa mirada no deja de ser un acto de generosidad. Guste más o guste menos, el resultado no importa en absoluto. El filósofo Lessing se cuestionaba sobre la virtud de las creencias o del propio patriotismo. No hay patria ni creencia en todo cuanto aquí se relata. Sólo una expresión libre de los acontecimientos vividos subjetivamente. No hay mucho que esconder, ni mucho que relatar más allá de la deriva de mi propia imaginación, plasmada con anécdotas sin importancia. A veces hay deseos reprimidos que no encuentran palabras y otras, esos deseos son expresados atávicamente con el poder y la fuerza de un huracán encerrado en una botella que fuera lanzada al infinito océano de la sinrazón. Si esto ayuda a alguien, bienvenido sea. Si no ayuda, no pierdan el tiempo conmigo. No merece la pena.

Estar callados, en silencio, no es solo el dejar de hablar. Es también esa virtud de transmitir paz a los lugares y las personas que nos rodean. Esto es algo complejo, porque a veces, cierta incertidumbre nos apodera cuando vemos como las cosas requieren orden y perseverancia. El propio Jesús lo dijo de esta manera: “No creáis que he venido a traer paz a la tierra. No vine a traer paz, sino espada”. Más tarde, látigo en mano, sacudió a los mercaderes del templo diciendo: “¿Cómo se atreven a convertir la casa de mi Padre en un mercado?

El templo es un lugar de oración, de meditación, de contemplación, y por lo tanto, de silencio. Cuando el ruido se apodera del templo, cuando los mercaderes hacen de sus paredes sombra para cobijar sus bueyes y ovejas, entonces, hay que levantar el ánimo, látigo en mano, y expulsar el ruido. Es una tarea compleja, porque el ruido que está fuera suele ser una manifestación psíquica y cuántica del ruido que albergamos dentro. Pulir virtuosamente nuestro ruido es una forma franca de traer paz al mundo. Por eso el silencio es un mérito. Es la cosa más difícil del mundo, y solo los virtuosos venerables consiguen esa paz profunda.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Alcanzar la plenitud de la manera más perfecta posible


a

© Gabriel Guerrero Caroca 

“Las buenas influencias no existen, señor Gray. Toda influencia es inmoral; inmoral desde el punto de vista científico. Influir en una persona es darle la propia alma. Esa persona deja de pensar sus propias ideas y de arder con sus pasiones. Sus virtudes dejan de ser reales. Sus pecados, si es que los pecados existen, son prestados. Se convierte en eco de la música de otro, en un actor que interpreta un papel que no se ha escrito para él. La finalidad de la vida es el propio desarrollo. Alcanzar la plenitud de la manera más perfecta posible, para eso estamos aquí”. Oscar Wilde. El Retrato de Dorian Gray

Oscar Wilde decía que la vida no puede escribirse, solo puede vivirse. Escribía cuando no conocía la vida, y cuando entendió su significado, dejó de escribir. Me ocurre algo parecido. Escribo a modo de diario íntimo, una forma de recordar, ante mi falta de memoria, todos los acontecimientos e ideas vividas. Porque las ideas también se viven, no solo de pan vive el ser humano.

Alcanzar la plenitud de la manera más perfecta posible requiere dejar de influenciar al otro. Por eso, de alguna manera, me siento estos días liberado. No deseo seguir condicionando la vida de otros. A veces, imponiendo ciertas reglas que no son del todo integradas por otros, estoy cometiendo una inmoralidad. Resulta difícil encontrar el punto de equilibrio entre ese afán de intentar mejorar las cosas y ese otro de ejercer control sobre las mismas. Por eso el cierre de este lugar, aunque sea de forma temporal, es liberador. Es liberador porque deja de condicionar la vida de terceros. Es liberador porque esos terceros dejan de condicionar mi propia vida .

Realmente descubro con cierta decepción que cuando no hay obligación, nadie atiende a lo más mínimo. El mundo a veces requiere de normas, de estamentos, de obligaciones para que de alguna forma sobreviva. Las excepciones nacen cuando el sentir personal está por encima de cualquier norma, y por lo tanto, las cosas fluyen sin necesidad de forzarlas. Como digo, esto podría ser lo excepcional.

Ahora que todo ha cambiado, que los tiempos han cambiado y que de alguna forma nosotros hemos cambiado con ellos, me pregunto qué será lo siguiente a perfeccionar para dejar de influenciar y dejar que cada cual viva sus propias pasiones. Es algo difícil. Jesús decía aquello de que el candil había que ponerlo encima de la mesa. Que había que salar el mundo. Que, de alguna forma, tal y como decía el Buda, hay que practicar los caminos. Pero, ¿cómo hacerlo sin coartar la libertad del otro, sin influenciar ni prestar nada al otro? Aún no se me ocurre como hacerlo.

Alcanzar la plenitud es algo complejo. Todos deberíamos tener la oportunidad de poder hacerlo alguna vez en nuestras vidas. Siento que este año será muy revelador. De alguna forma, en este tiempo de contemplación y retiro, siento una gran paz interior. Solo deseo no deber nada a nadie, y espero que en los próximos años esto se haga una realidad.

 

 

Paz y silencio


A

© Selvy Ngantung

Decisiones difíciles la de estos días, pero al mismo tiempo, liberadoras. Es complejo explicar todo el cúmulo de sensaciones. No sabría cómo ordenarlas. Tras conversaciones con unos y con otros, y viendo la dificultad de seguir los protocolos del Covid-19 y ajustarnos a las medidas de higiene mínimas, decidimos cerrar el proyecto O Couso durante al menos un año. Egoístamente, esa decisión me liberó. Me resultaba difícil entablar una comunicación real con el proyecto en las nuevas condiciones establecidas.

Entendí esta dificultad como una oportunidad de cambio, de transformación. Llevábamos días hablando de que la palabra “proyecto” ya no era necesaria. Efectivamente, el proyecto O Couso ya es una realidad, y había que encajarlo a su nueva dimensión y pasar, al mismo tiempo, a la segunda fase de toda la visión, de todo el conjunto.

Así que se nos presenta un año por delante, un año de reflexión, de movimientos, de cambios. O Couso pasa a ser una casa de acogida, y se le relega el protagonismo que hasta ahora había tenido para dárselo a la Escuela. Quizás se llame Escuela de Samos, sin más añadidos, un lugar dónde practicar la meditación, el estudio y el servicio pero ahora desde un compromiso mayor, desde una perspectiva diferente. Serán siete años para desarrollar esa Escuela, que pretende ser una Escuela de vivencia y experiencia, no tan solo de “estudio” intelectual. La experiencia espiritual solo tiene sentido si hay una práctica espiritual, especialmente una práctica que nace desde lo cotidiano, desde las ollas de la cocina, la huerta, la limpieza, el jardín.

Todas estas reflexiones se organizan con una necesidad de silencio exterior e interior. Por eso durante una temporada he decidido ausentarme de las redes, poner este blog en cuarentena privada, solo acto para amigos que tengan la paciencia o el cariño de poder leer estas reflexiones sin juicio, sin prejuzgar. No tengo más ganas de seguir recibiendo anónimos insultantes ni desprecios de ningún tipo. Necesito silencio. Paz interior. Un tiempo para pensar en mí, en mi bienestar, en mi descanso, en mi vida privada, que acabo de descubrir que durante estos últimos seis años he carecido de ella.

En fin, ganas de estar tranquilo, ganas de disfrutar de este hermoso lugar y ganas de seguir buscando fórmulas para que este espacio pueda seguir siendo compartido y disfrutado por todos. Vamos a ver qué se teje en los próximos meses. De momento, seguiré escribiendo como hasta ahora, a modo de recapitulación vespertina. Y seguiré mejorando en todo lo que pueda para ofrecer mi humilde impulso, mi pequeño y minúsculo servicio a la causa de la luz.

 

 

Cerramos O Couso por Covid-19


a

Estimados amigos,

La próxima primavera cumpliremos siete años de vida. En estos años hemos atendido sin descanso, los 365 días del año, las 24 horas del día, a todo aquel que ha querido llegar hasta aquí. Nunca se pidió nada a nadie y siempre hicimos un gran esfuerzo por mantener viva la llama de este lugar.

Durante estos años hemos cometido muchos errores, hemos provocado mal sabor de boca en algunas personas de buena voluntad que venían hasta aquí buscando una utopía y se encontraban con una ruina y algunos pocos voluntarios sosteniendo el proyecto. Hubo decepciones y buenas personas que se marcharon contrariadas, tristes, desilusionadas. A todos ellos queremos pedir perdón por nuestras torpezas, por no saber como hacerlo mejor a pesar del ánimo que siempre pusimos, por no encauzar del todo bien los conflictos que se generaron en la convivencia. Nunca fue fácil, y a todos ellos les debemos un gran reconocimiento por hacernos entender la necesidad de cambio, la posibilidad de mejora y la fortaleza para continuar.

Se termina un ciclo, el del Proyecto O Couso, y empieza uno nuevo que durante estos meses vamos a dibujar para ver como podemos aprender de todos los errores realizados en estos años y perfilar un lugar donde reine la paz y la tranquilidad. A pesar de nuestros errores, hubo muchos aciertos, especialmente por esa gran red de amigos que se conocieron aquí, por todas las historias de amor que aquí se vivieron y por todo el bien inspirador que el proyecto generó en la vida de muchas personas. Por todo eso y mucho más, el lugar y el esfuerzo mereció la pena.

En estos días que todos estamos viviendo con cierta incertidumbre, un pequeño grupo de voluntarios ha intentado sostener el lugar a pesar de la tensión que en todo el mundo se está viviendo. Lo hemos hecho lo mejor que hemos podido, pero al leer las condiciones para albergues y casas de acogida que el gobierno de la nación impone a este tipo de lugares, nos vemos imposibilitados para poder atenderlas.

Esto nos obliga a anular todos los eventos programados hasta el 21 de marzo de 2021. Incluye la anulación del primer encuentro Utópico que íbamos a realizar en julio, todas las experiencias programadas y cualquier otro programa de voluntariado o acogida. A no ser que todo mejore antes, el proyecto permanecerá completamente cerrado hasta el 21 de marzo de 2021. El encuentro utópico se desplaza hasta el 9 de julio de 2021 y todos los programas quedan anulados hasta nuevo aviso.

Este cierre obligado nos ayudará a repensar el lugar, a dar por finalizada la fase del proyecto O Couso, que pasará simplemente a llamarse “Casa de Acogida O Couso”, y a mejorar todas nuestras instalaciones para que el próximo año la acogida sea más cómoda y llevadera. Será un año de silencio, de introspección, de búsqueda de visión, que dará pie al comienzo de la segunda fase del proyecto, la Escuela, la Huerta y el Jardín.

Agradecemos desde este momento la comprensión y el esfuerzo de todos los que en estos últimos meses han hecho posible el sostenimiento del lugar. Gracias a los amigos anónimos que han provocado el que tengamos este receso para repensar el lugar. Gracias de corazón a todos, y hasta pronto.

 

15M, nueve años después


A

Participando en una manifestación del 15M un año después

La noche del 15M de hace nueve años estaba cenando en Madrid con una catedrática de derecho, una embajadora y el que fue presidente de un importante banco español. Las dos parejas mirábamos la televisión mientras cenábamos plácidamente y a pesar de las paradojas de la vida, sentíamos ganas de salir a la calle y fusionarnos con aquella marea de gente que parecía entusiasmada por el éxito de la convocatoria. Nos faltó poco ante la emoción de los hechos, pero la pantomima del estatus, la reputación y esas cosas obligaba estar de espectadores pasivos.

Cuando decidí terminar con esa pantomima, dejé el barrio de Salamanca y me fui a vivir a Malasaña, un barrio más acorde con los tiempos revolucionarios que se avecinaban. Colgué el traje y la corbata y participé desde entonces en todas las manifestaciones habidas y por haber durante los siguientes meses y años. En 2014, tras haber sido candidato por el partido Pirata en las elecciones europeas de aquel año, llegué a cierto hartazgo interior. El movimiento indignado, en el fondo, luchaba por mejorar el sistema del que se quejaba, pero no mostraba alternativas realmente radicales al mismo. Los partidos que nacieron de aquellos movimientos terminaron disfrutando de las prebendas que el poder otorga. Incluso aquellos que se llenaban la boca hablando sobre la casta terminó mimetizándose en ella.

Aquel año, después de más de dos décadas de militancia activa en política, decidí colgar los hábitos y, congruente con lo que pensaba, aplicarme el cuento desde una militancia movilizada hacia la acción, y no hacia las palabras. Fue cuando decidí dejar la ciudad y marcharme a vivir a los bosques, con ideales propios del anarco-comunismo, aunque sin pretensión ideológica alguna.

¿Qué pienso de todo esto nueve años después? Por un lado, creo que la sociedad no ha avanzado mucho. Ninguna de las reclamaciones exigidas fue conseguida. La mística del populismo solo aborregó de uno a otro lado a una población incapaz de movilizarse por algo que no fuera el luchar y proteger lo que ya se posee. No hay revolución posible cuando lo que se pretende es proteger lo que de alguna manera nos da seguridad. Los movimientos nacionalistas que surgieron en esta época tampoco aportaron nada revolucionario, excepto la condición de proteger “la cosa nostra”.

Pensándolo fríamente, lo de venir al campo, a las montañas, a los bosques, tampoco tiene nada de revolucionario. Mis padres vivieron en condiciones peores en ese campo nostálgico, y aquello no era revolución, era una deplorable condición de vida. Las personas que hemos pasado por este lugar en el fondo veníamos buscando lo mismo que abandonamos en la ciudad: seguridad. La libertad esencial siempre queda relegada a un segundo plano cuando en esencia vemos que los recursos personales menguan una y otra vez.

Esta mañana veía las noticias y hubo una que, como pacifista e insumiso al servicio militar, me indignó profundamente. Tenía que ver con una partida de dos mil millones de euros para comprar unos cuatrocientos coches blindados para el ejército. La noticia me puso de mal humor y de nuevo se me encendió la chispa activista. Pero de repente de me di cuenta de un pensamiento que sí me pareció revolucionario: esa ya no es mi guerra. La única paz posible es la interior, y la otra, es pura manifestación de la primera. Pensando en ello, cerré las noticias y me fui a trabajar en la futura biblioteca de este lugar. Es lo más revolucionario que pude hacer. Ponerme al servicio de una causa mayor desde el más sentido y profundo estado de paz interior.

No quería hablar de política, hace años que no hablo. Pero hoy alguien me recordaba este aniversario y quería rememorar algunas sensaciones…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Sin estructura en Utopía. Un nuevo campo de experimentación antropológica


A

El ángelus, de Millet

“No tengas prisa, no te preocupes. Estás aquí para una corta visita. Así que asegúrate de parar y disfrutar del olor de las flores”. Walter Hagen

 

Uno de mis libros más polémicos es “Creando Utopías, el papel de la rebeldía ante el nuevo orden mundial”, del cual ando preparando la tercera edición. En él hablo de como la estructura en sus tres dimensiones posibles, la temporal -trabajo-, la espacial -propiedad privada- y la social, de alguna forma nos esclaviza a un sistema dominante, a un modelo que nos aleja de forma extrema de nuestro Ser esencial, de nuestro más profundo sentido de libertad humana. Esta experiencia pandémica y la forma en la que los gobiernos han resuelto manejarla ha demostrado que el individuo en colectividad es un ente, un espectro, un fantasma al que hay que colocar, por si no fueran pocas las que ya tiene, pesadas cadenas.

Hoy hablaba con Emilio Carrillo, dadas las circunstancias, sobre la posibilidad de anular el evento que teníamos programado para julio. Al final hemos decidido traspasarlo al año que viene. En estos días haremos un comunicado para explicar los motivos evidentes y para aclarar de paso los nuevos protocolos a seguir en el proyecto, dadas las exigencias de las autoridades competentes. No lo vemos como una renuncia, sino como una oportunidad, un reto, un rehacer lo hecho para seguir adelante.

Será un reto, porque en un primer momento, lo primero que nos venía a la cabeza era cerrar el proyecto hasta que todo este asunto resultara clarificado, pero luego hemos pensado que en vez de cerrarlo, se podría aprovechar esta circunstancia para experimentar nuevos modelos de convivencia. Se nos pasaba por la cabeza dejar el proyecto abierto, al menos la casa de acogida, pero sin rutinas, ni rituales, ni obligaciones algunas. Es decir, estar unos meses con la casa abierta para que las personas que lo necesiten puedan descansar y desconectar, pero sin mayor interacción que esa. Quizás con algunas propuestas de actividades como cuidar el jardín o la huerta, pero sin mayor compromiso que ese. Es decir, estar unos meses, aún no sabríamos decir cuantos, sin ningún tipo de apoyo ni estructura, y ver qué pasa.

Sería una especie de experimentación anarco-espiritual, como me recordaba hoy nuestro querido Román en su bello trabajo sobre O Couso. Una forma de volver al cristianismo primitivo, es decir, al mensaje revolucionario del Jesús del Sermón de la Montaña, donde paisaje y naturaleza se entremezclan con un sentido profundo de la espiritualidad. Un experimento que se basaría, al menos durante un tiempo, única y exclusivamente bajo el mandato del derecho natural, sobre la ética y la consciencia de cada individuo, sin estar gobernadas ni dirigidas por nadie ni por nada, de forma que, intuitivamente, los días se gobiernen por el sentir individual, interactuando con otros sentires en un espacio y en un tiempo sin orden social, sin estructura, sin gobernanza.

Sin juicio y sin jueces de la moral, tal vez el experimento sirva para dar un impulso diferente al lugar. Una forma hermosa de despedir los siete años de vida del proyecto O Couso y empezar a centrar las fuerzas y las energías en el siguiente periodo, en los siguientes siete años donde daremos fuerza y vigor a la Escuela, al Jardín y a la Huerta. El proyecto O Couso dejará de ser un proyecto y se convertirá en la Casa de Acogida de O Couso, una realidad gracias a las últimas obras realizadas en la misma.

Tras constatar la eficacia de la economía del don, de la cooperación y el apoyo mutuo, este nuevo experimento que fijará la atención en la libertad individual basada en valores universales, será realmente atrevido y revolucionario. También todo un reto para que las fuerzas del caos no se apoderen y todo termine hecho un fiasco.

Es necesario que el proyecto esté abierto porque habrá mucha gente que deseará escapar de la ciudad y respirar un aire diferente. Vemos en todo esto una oportunidad para dedicar el próximo año a mejorar y perfeccionar todo lo que se pueda este ya revolucionario lugar. En estos próximos meses sólo habrá campos, caminos para caminar y sonrisas para compartir. Veremos qué ocurre. Por nuestra parte, seguiremos creando utopías. Una y otra vez.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Amor a viudas y huérfanas


a

© Chandra Stevi De Kock

Somos islas silvestres. Agazapados en nuestros miedos. Apartados del mundo. Refugiados en nuestras selvas. El fuego reviste todas las formas. Si vibra interiormente, sacude cuanto abraza. Así en el pasado como en el presente como en el futuro, el fuego permanece siempre fijo en nuestro interior, en nuestro sol central, indicándonos el camino. Morimos todo el tiempo. A veces lo hacemos de forma consciente, iniciática, otras en las pequeñas cosas. Algo muere todos los días sin darnos cuenta. Algo queda en cada resurrección perenne. Algo siempre hay que salvar de nuestras islas remotas.

Cuando decidí dejar Madrid para venirme a vivir a los bosques pasaron muchas cosas. Desmantelé poco a poco la editorial. Tuve que cerrar la hermosa librería-editorial-centro de meditación que había en Malasaña. Tuve que despedirme de muchos colaboradores que hasta ese momento trabajaban en la editorial y tuve que volver a empezar de nuevo, de cero, con todo lo que eso supone de carga emotiva, de aventura, de incertidumbre, de alegría hacia lo nuevo y de tristeza por abandonar lo viejo. Rompí con lo tierno y abracé sin yo darme cuenta lo duro, lo extremo. En ese momento tuve que reducir la editorial a su mínima expresión. Coincidía que había tenido unos años de bonanza donde había editado y casi descubierto en primicia a autores como Suzanne Powell y Emilio Carrillo, que por esos entonces empezaban a despuntar y levantar el vuelo, con suculentas ganancias editoriales que invertí íntegramente en la compra y reconstrucción de este lugar donde ahora mi fuego habita. Un tiempo duro, muy duro. Una isla silvestre en mitad de la nada.

Antes de abandonar Madrid hice un curso presencial sobre maquetación en una prestigiosa academia que se dedicaba a los entresijos del mundo editorial. El trabajo de maquetación y de creación de portadas siempre los hacían terceros a los que pagaba según su trabajo. Como las cosas iban a cambiar, decidí prepararme y asumir yo mismo esos trabajos, a sabiendas de que en los próximos años cualquier ahorro serviría para potenciar el proyecto utópico. En ese curso fue cuando aprendí la diferencia entre viudas y huérfanas, y a cómo subsanar esos errores propios de la edición.

Ahora, visto con distancia, recuerdo que me desnudé por completo. Aposté todos mis ahorros, mi carrera, mi tiempo y mis esfuerzos a vivir una aventura impresionante, dedicando menos tiempo a mis viudas y huérfanas y focalizando todo mi trabajo en intentar que muros y tejados no cayeran encima de nadie. Seis años después me pregunto qué hubiera sido de mí si en vez de dedicar todos esos titánicos esfuerzos a esta empresa me hubiera quedado tranquilo y feliz en mi pequeño apartamento madrileño, en aquella pequeña selva oscura donde el fuego se avivaba con un fuelle posado en el más equilibrado de los haras .

En aquel tiempo también disfrutaba de la compañía de los hijos de la viuda. Estos me invitaban a eventos secretos, a logias encubiertas en escarpadas montañas lejanas, a ceremonias conjuradas con bellísimos rituales, a lugares que muchas veces eran desconocidos para los propios maestros del oficio, y a los que tan solo se llegaba si contabas con cierta reputación en los marcos más subjetivos de distinguidas relaciones. Recuerdo aquello como tiempos divertidos, de auténtica libertad, de esparcimiento y vocación, de curiosidad y osadía. Islas remotas. Músicas de otro tiempo, de otros templos.

¡Ay pero los tiempos cambian! Y hoy mismo andaba peleando con unas viudas de un interesante texto que trataba sobre la gobernanza del mundo. El oficio de editor, más contemplativo y recolector de los frutos sembrados, se cuestiona con calma qué hacer ahora con esos tan extremos esfuerzos realizados para que otros puedan disfrutar, alejados de la queja y el sosiego, de este espectacular lugar. Creo que, a partir de ahora, al igual que en su día reduje la editorial a su mínima expresión, haré lo mismo con mis intervenciones acogedoras, que muchas veces de nada sirven excepto para enfadar a unos y a otros que por diversas razones ven en mí cierta amenaza. Me centraré entonces en la profundidad de la Escuela, ese fuego que osa asomar de entre las brumas. Osaré dedicar mi tiempo a construir ese segundo proyecto para asentar las bases, aún no sé si sólidas o no, de todo el conjunto esotérico, de toda la mística profunda del fuego.

Seguiré eliminando viudas y huérfanas, integrándolas en los párrafos de la vida, en aquellas oleadas de existencia donde cada cual, según su vibración real, necesite estar. Ofreceré el cáliz y el agua de las fuentes, pero solo por un tiempo. Una vez saciados, los peregrinos deberán continuar su búsqueda estelar. También estaré más protegido, más sumido entre libros, entre relatos, entre estudios, escondido entre setos y rosales cargados de dulces rosas y puntiagudas espinas. Ya no subiré a los tejados como antaño, ni bajaré a más suelos que no sean aquellos que soporten con gracia todas las cuestiones profundas. Dejo el oficio de hospitalario y constructor y me sumerjo de nuevo en el aprendizaje de la maestría, en mis líos entre viudas y huérfanas, escondido en esas montañas escarpadas disfrutando de rituales y conjuras. En el centro de la tierra, en el agua media y por encima de los cielos, el fuego permanece oculto, protegido, a salvo.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Cumplamos con todo nuestro deber


IMG_20200512_204323_4-2

“No es oro todo lo que reluce; no todos los que vagan están perdidos; lo viejo, si vigoroso, no se marchita; a las raíces profundas no les afecta la helada.” J. R. R. Tolkien

Estos días me he unido subjetivamente a un grupo global de meditadores que se esfuerzan para que la paz penetre cada vez más en nuestros mundos. La meditación es importante por muchos motivos. Sirve de guía, de contacto con nuestro ser interior, de momento de desconexión de todas nuestras preocupaciones y sirve para construir un puente que nos una cada vez más hacia la parte más profunda de aquello que llamamos el misterio. Cuando meditas, algo se vuelve vigoroso dentro de ti, algo que enraíza profundamente y te mantiene sujeto a un ideal, a una vida que se expresa y se expande.

Esta mañana tuve una pequeña lesión muscular. Aprovechando que el estado de alarma se había suavizado un poco, nos aventuramos a viajar por las profundidades de la provincia hasta Tierra Cha, la tierra plana que se extiende por el centro de este país celta tan hermoso. Era nuestra primera excursión después de este largo encierro. Los paisajes eran inspiradores hasta que llegamos a uno de los viveros más grandes de Galicia. La idea era mirar un poco qué se podía hacer para empezar de aquí a un año con el segundo tramo de siete años de la experiencia utópica, la cual basaría sus esfuerzos en la construcción de la Escuela y el Jardín, antes de empezar con el tercer tramo, el de la comunidad, siete años después. Al final compramos algunos rosales, algunos árboles frutales y algunos setos. Fue cargando estos últimos cuando sentí un dolor profundo en mi espalda.

Al volver a casa, ante la idea de acercar todo lo posible las nuevas adquisiciones hasta las cabañas, tuve la mala suerte de encallar el coche en mitad de la finca, en un barrizal junto a la huerta del que no pude salir. Allí se quedó a la espera de que el tiempo amaine, la tierra se seque y pueda sacar el coche. Y así estoy yo, encallado en el lecho, sufriendo este agudo dolor e intentando que su intensidad amaine mientras suspiro profundamente y reflexiono sobre los últimos acontecimientos vividos.

Cuando la vida te para de esta manera, así, de repente, uno tiene tiempo de cerrar los ojos y contemplar la existencia desde una dimensión diferente. Así lo hice esta tarde durante un tiempo. Cerré los ojos justo al atardecer, como hacen los sacerdotes brahmanes de la India, y recité el hermoso Gayatri: ‘Oh Tú, sustentador del Universo, de Quien todas las cosas proceden, a Quien todas las cosas retornan, revélanos el rostro del verdadero Sol Espiritual, oculto por un disco de luz dorada, para que conozcamos la verdad, y cumplamos con todo nuestro deber, mientras nos encaminamos hacia Tus sagrados pies’.

El silencio se apoderó durante un tiempo mientras observaba como, bajo la lluvia, ella plantaba setos y rosales junto a la cabaña, desbrozando y preparando antes la tierra, con una fuerza admirable a pesar de sus largos días de ayuno de 24 horas. La idea es crear un entorno de mayor privacidad, porque hemos descubierto que llevo seis años expuesto al mundo, sin disfrutar de un espacio propio, privado, de silencio, de intimidad. Ella trabaja así, en silencio, sin molestar a nadie, llevando a raja tabla sus prácticas espirituales y sin necesidad de que nadie vea lo que hace día tras día. Ella cumple con su deber interior y anima al mundo con ello. Se desprende de todo y en su simplicidad exterior crea complejos sistemas interiores.

Sentí en su ejemplo cierto alivio. De alguna forma me gustaría ser una especie de sombre anónima, un ejemplo invisible que susurra a los vientos y trabaja en silencio. Conocer la verdad es algo complejo. Cada uno tiene una visión de las cosas que dependen sustancialmente de lo que otros dicen, de lo que uno siente sobre lo que otros dicen, de lo que uno ve y observa, de lo que uno ve y observa y discrimina y discierne. Cuando uno siente cierta frustración interior, a veces determinada por hechos del pasado, y otras por no alcanzar expectativas de futuro, tiende a culpar a los demás de dichas frustraciones. A veces, si no se encuentran culpables objetivos, solemos verter nuestra cólera sobre los gobernantes, sobre el mundo entero o la existencia entera.

Siento que mi vida es algo compleja. Esa complejidad crea en algunos desconfianza y en otros admiración. Ambas son realidades mentirosas porque solo ven una parte del conjunto. Ciertamente, cuando la desconfianza comienza a volverse tóxica, intento enfocar mi mirada en aquello que pueda producir paz. Cierro los ojos, medito en silencio y procuro no verter negatividad en todo cuanto ocurre. A veces me llegan injurias, otras veces ataques e insultos de forma indiscriminada. Por norma soy una persona tranquila, que trabaja intensamente y no se mete en la vida de nadie. A veces se me echa en cara esa forma huraña de vivir. Y con la edad estoy descubriendo que ya solo me apetece compartir silencios y abrazos con personas equilibradas, amables y alegres.

Estos próximos siete años intentaré centrarme, desde el silencio y el anonimato, la privacidad y la intimidad más absoluta, en la construcción de un bonito jardín y una hermosa escuela. Estos serán lugares para el disfrute de todos. Yo habré cumplido con mi parte, y si para entonces dispongo de salud y fuerza suficiente, iré a descansar al valle de los avasallados. Mi único deseo es cumplir con todo mi deber, aquello que me dicta el corazón y mi mente guía. Aquello que mi alma suspira cuando me aquieto, y en silencio, medito.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

La libertad de lo cotidiano


 

a

© Pierre Pellegrini 

Viajé hasta la ciudad cercana. Veía a la gente feliz en las terrazas de los bares, paseando, comprando, en las colas de los bancos, recogiendo flores en las veredas, apilando instantes cotidianos que ahora parecían extraordinarios. Era como estar viviendo la profecía celestina, inmersos en la energía de las cosas, en su arrolladora fuerza. Es como si el mundo de repente hubiera despertado de un sueño. Me imagino cómo debían ser esos días donde se anunciaba la paz, con victoria o derrota, después de años de guerra.

Una sensación de alivio, de libertad interior, de paz, pero sobre todo, de esperanza.
Toca construir el futuro. Muchos tendrán la oportunidad de inventarse de nuevo, de volver a empezar, de hacer las cosas de forma diferente. Podría ser el comienzo de algo, o el final de algo. Podría ser la oportunidad para soltar amarras, para desplegar las velas, para aspirar a una especie de vuelo mágico, algún tipo de alquimia interior, algo que, tras el silencio, nos haga despertar a un mundo diferente.

Ahora lo cotidiano ha tomado otro valor. Los pequeños gestos diarios serán vistos durante mucho tiempo como algo extraordinario. Veremos en las pequeñas cosas un sublime canto a la vida, una maravillosa oportunidad para sentirnos vivos a cada instante. Los más intuitivos se acercarán a verdades hasta ahora desconocidas. Los más videntes podrán observar el despliegue de todas esas dimensiones hasta ahora veladas.

Será un tiempo de despertar para muchos. También de sensibilidad. Veremos en el dolor ajeno, en el sufrimiento del otro, una oportunidad para expresar con fuerza nuestra capacidad de amar. Estoy convencido de que seremos capaces de encontrar en el otro aquello que necesitamos para expresar la inevitable unicidad de las cosas. Ya no tendremos esa sensación de ser seres disgregados, sino que una comunión nacerá en nuestro inconsciente colectivo.

Cuando he visto a toda esa gente con esa emoción excitante sentía un alivio interior. La vida continua a la espera de la siguiente prueba. En la angustia de ese vacío entre prueba y prueba podremos manifestar nuestra plenitud más extensa. ¿Qué será lo próximo? Aún no lo sabemos, pero sí sabemos que algo vendrá, que algo ocurrirá y tendremos que estar preparados. Preparados en cuanto a la ordenación de nuestras vidas ordinarias, pero también preparados en cuanto a la construcción interior de nuestro ser. Esa construcción inevitable nos dará fuerza, templanza, arraigo en momentos difíciles.

Nuestro éxito como humanidad vendrá de la mano de nuestra construcción espiritual. Cuánto más tiempo dediquemos a profundizar en ello, mayor será nuestra victoria. Esta de ahora ha sido una pequeña prueba, un experimento piloto que de alguna forma nos ha demostrado nuestra capacidad de resistencia. Vendrán más pruebas. Mientras llegan, disfrutemos intensamente de la libertad de lo cotidiano, de lo extraordinario de estar vivos.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

El himno a las musas


a

Urania. Mosaico de Rafael en el techo de la Stanza della Segnatura,
Palacios Pontificios, Vaticano.

 

“Cantemos la luz que lleva por el camino del retorno a los humanos”. Orfeo

Llueve. Truena. La noche del Wesak la pasamos sin pegar ojo. Una tormenta de truenos y cientos de centellas iluminaba el cielo nocturno. Ayer era Tormenta Cósmica según el tzolkin, además de una de las fiestas más importantes del Budismo. Para la tradición hinduista estamos atravesando, dentro del ciclo humano del Manvantara, la edad del Kali-Yuga, la edad del hierro, también conocida como la ‘edad sombría’. A pesar de la tormenta exterior, siento una gran calma interior. Noto movimientos, cosas que inevitablemente cambian, por eso de que lo único que permanece es el cambio. Todo es transformación, pero dentro, hay quietud. A nivel de personalidad uno puede sufrir subidas y bajadas, pero cuando el alma cada vez se apodera con mayor fuerza de la personalidad, esos ciclos lunares ya no afectan a la luz diurna. Estos días están siendo especialmente duros, pero intento concentrar la energía en el centro, en la fuente, en el silencio.

Los guardianes de los templos tenían por costumbre impedir el paso a aquellos que vivían en exceso la vida profana. Lo sagrado estaba siempre reservado a los que de forma humilde se arrodillaban ante la inmensidad de lo infinito en sumo silencio y respeto. Los guardianes siempre tuvieron mala prensa en el mundo profano y tendían a recibir todo tipo de blasfemias e indolencias. Despertaban odios y recelos ante el orgullo y la ceguera. Hoy leía encantado el himno a las musas, el cual es elocuente y lúcido. ‘Por la virtud de las puras iniciaciones que provienen de los libros, despertadores de inteligencia, arrancan de los dolorosos sufrimientos de la tierra, a las almas que erran en el fondo de los pozos de la vida, enseñándolas a ocuparse con celo de buscar y seguir un camino sobre las corrientes y profundas olas del olvido’.

Desde la época de los últimos Zoroastros, cuando el mazdeísmo figuraba como reclamo y esencia en las tradiciones persas, el mundo ha cambiado considerablemente y se ha sumido prontamente en las profundas olas del olvido. Desde que desapareciera la tradición hiperbórea, la cadena áurea, y en ella el mundo iniciático capaz de aproximarnos más o menos con cierto éxito hasta las puertas del Misterio, ha sufrido épocas de oscuridad . Esta en la que nos encontramos es sin duda una de ellas. El Misterio ha dejado de tenerse como algo importante, y soezmente, suele ser mancillado en manos de obreros incapaces de reconocer la verdadera importancia de nuestro ciclo humano. En vez de construir un hermoso templo, de decorar sus columnas, de afrontar con fortaleza la sabiduría de las mismas, destrozan todo cuanto tocan, vociferando siempre que la culpa es del maestro Hiram, al cual intentan una y otra vez dar muerte.

Sigue el himno a las musas de la siguiente manera: ‘Que la raza humana que sólo siente miedo hacia Dios no me aparte de los caminos divinos, ¡deslumbrantes y llenos de luminosos frutos! De lo profundo del caos, perdida por el devenir en mil caminos errados, atraed a mi alma que busca sin cesar la pura luz; y, llenándola de vuestras gracias, que poseen el poder de aumentar la inteligencia, dadle la gracia de poseer para siempre el glorioso privilegio de pronunciar con facilidad las elocuentes palabras ¡que seducen los corazones!’

Decía Réne Guénon que para restaurar la tradición perdida, para revivificarla verdaderamente, es menester el contacto con el espíritu tradicional vivo. Tanto intelectual como socialmente vivimos en una ausencia de principios. Cualquier empresa que desee restablecer los principales pilares de la ética viviente está llamada al fracaso si no se ejerce una viva presión de resistencia, una oportuna y vigorosa vigilancia. Falta el rigor, la seriedad y el compromiso para poder guiarnos hacia las esencias de lo sublime, de lo etérico, hacia el abrazo del logos y la mónada. Los groseros bienes de la materia nos tienen atrapados. Sólo el interés nos permite establecer relaciones, y no el puro afán por caminar, cueste lo que cueste, por los abismos de la luz. Quizás por ello sea tiempo de erigir nuevos templos capaces de separar lo profano de lo sagrado, aquello que nos aproxima a la dignidad y la luz, separado de lo que nos degrada en lo superfluo y epidérmico. Nuevos templos y guardianes capaces de impedir el paso a los destructores del Adytum.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Asfixiado entre el polvo y el hollín


a

© Susanne Washington

 

Debo admitir que sin haberlo empezado aún, el experimento de comunidad ha sido un fracaso. Como antropólogo me siento satisfecho por el experimento, pero triste por el resultado. Puedes ofrecer un entorno privilegiado, una vida privilegiada, una sincera oportunidad para transformar cualquier vida y para acoger al que más lo necesite, y el ser humano nunca estará satisfecho. Siempre buscará en el conflicto, en la crítica, en el reproche, cualquier aliciente para provocar la destrucción de todo cuanto existe. Uno casi puede entender porqué el Creador nos expulsó del Paraíso. No lo merecemos.

Como antropólogo, digo, doy por terminado el experimento. El ser humano cabalga a mitad de camino entre Rousseau y Hobbes, dependiendo de cómo se levante. No hay nada que hacer. La cuestión es, humanamente hablando, si continuar con el experimento, si darlo por finiquitado o modificar algunas de sus partes para buscar en otras variables algo que pueda enriquecer al mundo. Me he dado unos días de vacaciones para ver qué hacer. Quizás por cierto hartazgo ante el desagradecimiento continuo y desproporcionado, y quizás por las faltas de ganas de seguir aguantando la crítica fácil, insulsa e irresponsable ante aquellos que entregan su vida para que otros puedan vivir una experiencia inusual.

Aunque la parte negativa de todo sea a veces residual o anecdótica en comparación a todo el bien ofrecido, a veces la sombra pesa más que el cariño recibido en estos años. Los terapeutas nos animan a abrazar la sombra, a hacerla amiga y comprensiva, pero admito que a veces resulta insoportable. Hoy, que estoy más cerca de las tesis de Hobbes, deseo abrir el pecho puntiagudo y saciar mi necesidad humana. No es por malicia ni rencor, más bien es por un sentido profundo de necesidad, de desahogo algo visceral, sin mayor importancia.

Quizás sea por el cansancio de un día agotador. Pasar toda la mañana limpiando el estanque, con las manos sumergidas en un fango desagradable y maloliente. Y luego la tarde puliendo grandes vigas de madera de la casa antigua, asfixiado entre el polvo y el hollín, desesperado por respirar un poco de oxígeno cada cinco minutos. Y así seis años, entregando mi tiempo y esfuerzo y el fruto de mi trabajo para recibir críticas continuas, algunas de lo más imaginativas, otras hasta el punto de la censura o lo desagradable.

Intento no olvidar que somos humanos viviendo entre humanos, y como decía, a veces nos levantamos de una u otra manera. Y sé a consciencia que esas maneras, a veces maleducadas, otras rencorosas, otras inquietantes, no van a vencer mi necesidad de expresión libre, mi necesidad de equivocarme una y otra vez, mi hambre de levantarme cuantas veces haga falta para seguir adelante.

Estas vacaciones no son para no hacer nada. Son para hacer muchas cosas, todas diferentes, y mientras, alejado del ruido continuo, del murmullo constante, del susurro, pensar qué hacer. Algunos amigos me orientan y me animan a seguir, cambiando esto y lo otro, buscando la manera de que la gente esté aún más cómoda y feliz. Pero siento que es inútil. El que es feliz por dentro, lo será en cualquier circunstancia. Y el que no lo es, el que vive su propio infierno interior, vivirá ese infierno fuera de él. Haciendo un repaso generoso de estos seis años, aquí vinieron gente feliz y gente infeliz. Para los primeros este era un auténtico paraíso y para los segundos este era un campo de minas, un auténtico infierno. Ahora que vivo en una felicidad interior hermosa, relajada y pacífica a pesar de las circunstancias, siempre pasajeras y provisionales, la pregunta que me nace interiormente es ‘qué es realmente para mí’ este lugar y de qué manera puedo ser útil en el mismo.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Todo lo visible es un invisible elevado a estado de misterio


a

© Carlos Morales

 

La frase es del filósofo alemán Novalis. Podría significar cualquier cosa. Como un rito de paso del mito al logos, o también viceversa. Como una ofuscación que desea ampliar la mirada y penetrar un poco más adentro de las cosas. Lo simple es verdadero. También lo es lo complejo. A veces nos sentimos vigilados por el mundo cuando el mundo rueda a sus anchas sin mostrar excesiva atención en los acontecimientos nimios de nuestras vidas. Realmente, para el mundo, no somos nada. Pero para lo invisible, simple y complejo, ahí nace y reside toda nuestra grandeza. A veces dan ganas de ser infieles al mundo para ser fiel a lo inaudito, a lo etéreo, al misterio. Brota de nuestro corazón un deseo de mayor claridad, de mayor alcance. Unas ganas de explorar ese lugar donde sí somos algo. Para el mundo, nunca seremos más que un ridículo fósforo incandescente.

No somos ridículos cuando fijamos la atención en la rebeldía, cuando nos volvemos irreverentes ante lo ordinario para abrazar incondicionalmente lo extraordinario. Hay una red de relaciones superficiales que se nos antoja pesada. Un día abandonamos nuestra vida tal y como la conocíamos y entramos en ese estado de misterio. Entonces nos quedamos solos, porque todo lo superfluo nos abandona. A veces la soledad va pareja a esa realidad. Solo unos pocos fieles podrán acompañarnos hasta muy adentro. Aquellos que no fingen, aquellos que te aman incondicionalmente porque han sido capaces de ver tu parte invisible, infinita. Si iluminas un poco, cegarás a los que estaban junto a ti desde lo epidérmico. Esa luz será motivo de envidia o crítica, de fastidio o decepción. Cualquier cosa que ocurra en los mundos diversos serán culpa de ese brillo. Por eso muchos sirven a la luz desde la oscuridad. Viven una vida invisible e irradian ocultamente la luz fría. Para no dañar, para no perder el tiempo en juicios.

Discernir y decidir. ¿Qué tipo de vida quiero? ¿Hasta dónde nuestros esfuerzos estarán encaminados en estrujar el meollo profundo de esta existencia? ¿Nos conformaremos con esa rutina impuesta, absurda, sin un futuro halagüeño y feliz? ¿Somos felices a pesar de todo? La felicidad no es más que un guiño de la vida que nos indica que estamos haciendo exactamente aquello que nos toca, eso que algunos llaman propósito, misión o plan de vida. Hay muchas dimensiones posibles, y dentro de cada una de ellas, hay muchos grados de consciencia. ¿Cómo saber en qué dimensión estamos, y a qué grado de consciencia pertenecemos? ¿Y dónde están mis iguales? ¿Dónde están los puros de corazón capaces de ver más allá de lo tangible?

¿Podemos discernir y decidir? ¿Podemos discernir si el tipo de vida que llevamos es aquello por lo que nuestra alma suspira? ¿Y si no fuera así, podemos decidir sobre ello? Nuestro devenir existencial debería acercarnos cada vez más a una consciencia responsable, a una dimensión más apropiada a nuestras vidas. A veces pensamos que estaríamos más tranquilos en nuestras pequeñas casas, sin salir al mundo, sin tener que dar muchas explicaciones a nadie, excepto a nuestra consciencia. Pero descubrimos que, en el campo de batalla de la vida, en esta exposición constante a la que nos debemos, uno ensancha de forma extraordinaria cada segundo de existencia. Podríamos marcharnos a un lugar tranquilo, quedarnos al borde del camino y simplemente observar. Pero descubrimos que en esta nueva cruzada todo cuanto existe se eleva, y al hacerlo, nuestro pequeño yo también lo hace.

Esperemos algún día volvernos más sabios y amorosos, más fuertes y seguros. No es por caridad que uno arriesga tanto en esta lucha, sino por justicia, por consciencia, por verdadera vocación de servicio. Por afán de penetrar cada día más en el Misterio de lo invisible.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Fuerza en la debilidad. Luz en las tinieblas. Amor en el abandono.


a

© Gavin Dunbar

Forjar la fuerza en momentos débiles. Buscar la luz en momentos oscuros. Amar al mundo incluso cuando sufrimos el peor de los abandonos. La ecuación siempre es compleja. Nadie, excepto la vida y las experiencia, nos educa para navegar ante la incertidumbre. Los retos que se nos presentan pueden ser hermosas lecciones para el aprendizaje. Si estamos atentos y no entramos en la queja, en el reproche, en la ira o la soberbia, podemos, desapegadamente, aprender algo. La vida es una iniciación constante que nos acerca a la experiencia del Ser. El Ser no se altera, vive en un punto de quietud observante, a la espera de tener la mínima oportunidad de expresión. Espera paciente esa luz nueva, esa fuerza capaz de llevarnos a lugares renovados, espacios diferentes.

Práctica y madurez. Eso esencialmente es algo que nos aproxima a la inevitable transformación interna. Cuanto más nos vaciamos de nosotros mismos, de nuestro ego, de nuestro mundo profano, más podemos acercarnos a la clara luz, al mundo superior de la experiencia humana. Podemos abrazar experiencias metafísicas, pero también metapsíquicas. Es como una transmigración a otra parte, a una nueva referencia, a una nueva expresión. Nuestra mente es capaz de elevarse a otra dimensión para descubrir que ya no nos pertenece, que nosotros, ¡pobres de nosotros!, solo somos un receptáculo, una mera antena distorsionada por el trauma y la vivencia.

La puerta de todo misterio, como decía el Tao, nace siempre entre tinieblas. La luz es lo que nos aproxima al camino. La luz, el conocimiento, la gnosis que nace del corazón, no pretende manipular el mundo, sino transformarlo, revelarlo, mostrarlo. La inteligencia exige mesura, prudencia y humildad para no enredarse en las marañas del orgullo, la vanidad, la prepotencia y la soberbia. Es algo complejo, porque aquel que pueda vivir en las tinieblas a veces puede llegar a aborrecer la luz, la inteligencia, el poder de la razón. Uno se acostumbra a la oscuridad fácilmente. Uno puede llegar a pensar, en nombre de la justicia o la razón, que su propia oscuridad es genuina y auténtica, verdadera y esencial. Solo mediante la intermediación del otro somos capaces de salir de nuestro error, de nuestra ceguera. Solo mediante la sublime experiencia de lo Otro podemos acercarnos un poco a la verdad.

Estudiar nos abre la mente, nos protege de la tiranía, nos hace más libres. Si meditar nos aproxima a la experiencia del Ser, el estudio, la investigación y la búsqueda concienzuda nos ofrece herramientas prácticas para que esa experiencia sea más fructífera. El estudio nos da fuerza en la debilidad. El estudio mata nuestro yo rebelde y subleva nuestra existencia a las exigencias de la vida superior. El estudio destruye a ese yo apegado, atrincherado en posiciones violentas y, a veces, brutalmente alejado de la patria verdadera.

Por eso, ante la debilidad, debemos refugiarnos en la fuerza como voluntad de plenitud. Debemos elevar la inteligencia a un orden que esté por encima de cualquier contradicción, una luz que esté por encima de cualquier oscuro océano de ignorancia, de miedo y tinieblas. Debemos fortificar las atalayas del amor universal y así alejarnos de esa sensación de abandono que a veces nos persigue.

Los seres humanos tenemos pocas cosas. La mayor de todas siempre es la dignidad, que es la que nos protege de la autodestrucción y la que nos acerca con fuerza al anhelo de vivir. La dignidad nos acerca a la nostalgia de abrazar al Ser, y a la necesidad de buscar en el mundo sobrenatural las causas de todo cuanto existe. No hay para eso mayor enemigo que nosotros mismos. Si interiormente estamos felices y plenos, el mundo exterior será siempre un mar de satisfacción y plenitud. Nuestra integridad interior siempre pasa por alejarnos de lo absurdo, del miedo a nuestra propia destrucción o aislamiento. La poderosa fuerza del amor, de la compasión hacia los otros, nos ayudará a avanzar inevitablemente hacia nuestra propia plenitud. Solo nos venceremos cuando abracemos la otroridad.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

¡He aquí, mirad cómo se quieren y se ayudan!


 

a

© Dino Lupani

 

Esto es lo que los paganos decían a los primeros cristianos cuando veían cuan sincera era su condición. No podía ser menos, la herencia de Jesús era la semilla del amor, y en alguna parte debía germinar. Esa semilla, sembrada hace dos mil años, está siempre dentro de nosotros. Nuestra misión humana, nuestra vocación última, es conducir nuestra existencia hacia una vida iniciática, acceder hacia la experiencia del Ser sobrenatural que nos habita. No se trata solo de una experiencia o una premonición, se trata de un duro trabajo, de una forma de vida, de una visión de las cosas que nos emancipa del mundo profano y alarga nuestras vidas hasta la experiencia de lo sagrado.

Un buen amigo me llamaba esta mañana y hablábamos durante más de una hora sobre temas fundamentales de lo que en estos momentos está pasando en el escenario en el que vivo. Había un amoroso reproche ante mi forma de ver las cosas, siempre, sin duda, desde una distorsión propia, diría que ininteligible, si basamos los hechos solo desde una perspectiva singular. Había en todo un desasosiego interno esencial. También un reproche al afirmar que mi forma de describir la realidad no se correspondía en nada a la misma “realidad”. Hay un trasfondo de verdad en esa afirmación, pero también una trampa imprescindible.

La realidad que yo describo, especialmente en mis letras, no es la realidad objetiva, sino la realidad que atraviesa a mi corazón. Si estoy viviendo en una caravana pasando frío y hambre, o en una humilde cabaña, y digo sincera y abiertamente desde lo más profundo de mi corazón que estoy viviendo en un palacio anclado en un paraíso, es porque realmente así lo siento y así lo estoy viviendo y experimentando en mí. No es este hecho una distorsión de la realidad, sino una vivencia real de cómo yo estoy viviendo esa realidad. Este fundamento principal en cuanto a los campos mórficos de la subjetividad no puede ser tachada de mentira o de algo desvirtuado. Es mi forma de ver las cosas.

Lo sano de la realidad es que siempre es moldeable. No depende de un solo observador que puede modificar la realidad del objeto observado, como nos dicen los fundamentos más básicos de la física cuántica, sino, valga la complejidad añadida, cuando son más de uno los que observan el mismo objeto causal, este se modifica con la psique colectiva que se desarrolla en ese campo cuántico de realidad compartida.

Podría ser que miles de personas coincidieran en la descripción sobre un hecho o una realidad y que una de ellas pensara diferente en cuanto a la observación misma. ¿Significa eso que ese “uno” está viendo las cosas de forma diferente? No, significa que ese “uno” está percibiendo la realidad desde otra dimensionalidad diferente. Esto puede resultar un callejón sin salida si se experimenta desde el rígido dogma, pero puede ser un alivio para aquellos poetas, ermitaños y herejes que siempre, desde que se inventó la vida mística, observan la realidad desde otra dimensión distinta.

De ahí que sea necesario atravesar todas esas capas de superficialidad e intentar entrar en el dominio de los campos arquetípicos. Esto es un ejercicio iniciático. Requiere disciplina, juicio crítico y mucho humor. Debe existir un instrumento capaz de adentrarnos en la necesaria apertura de lo que Dürckheim llamaba el Ser esencial. Iniciar significa abrir la puerta del misterio, nos decía el filósofo. Crear una escuela de misterios solo es posible si se inicia desde una dimensión desconocida, atrevida, nueva, experimental. Y la experiencia siempre es transformadora, a pesar de los puntos de tensión y crisis que cada transformación conlleva dentro de sí. Todo esto siempre nos conduce a un inevitable carácter de revelación, de búsqueda de la Unidad con el Ser esencial, de incluso pérdidas inevitables.

Se puede decir que de alguna forma, en la experiencia del Ser, el mundo tal y como lo conocemos desaparece ante la noche oscura de nuestra consciencia. Esto permite que aterrice en nosotros la luz del gran secreto, del misterio al que nos referimos, del alma que nos guía. ¿Cómo crear esas condiciones? ¿Cómo volver, en definitiva a la esencia de aquellos que se quieren y se ayudan? ¿Cómo olvidar nuestra relación egocéntrica y megalómana con el mundo y volvernos humildes y dóciles como palomas? Una vida altruista, generadora de amor y enfocada a la generación exclusiva de la belleza del Ser esencial requiere inevitablemente de grandes sacrificios. También, inevitablemente, de la realización de una profunda promesa nacida en nosotros, de una consciente y abierta apertura al Ser Esencial, más allá de las formas, más allá de las circunstancias, más allá de nuestra pequeña y ridícula interpretación del mundo. Esto puede ser molesto para muchos. También incómodo e insoportable para la mayoría.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Hacia la madurez interior


a

© Arnaud Bathiard

“Al hombre le es confiado su propio camino interior y su obra visible. En el fondo de su Ser siente la necesidad y la bendición de un progresivo caminar en una madurez interior, sin la cual no es posible la paz”. Karlfried Graf Dürckheim

Cumplí años y sentí esa carga que uno puede atesorar con el transcurso del devenir. A veces se hace pesada. A veces nos enfrenta a la realidad inevitable de la muerte, siempre tan cercana, siempre tan amiga. No pensamos en ella ante el ruido colérico de la acelerada existencia. Pero nos espera paciente. También nos espera cada segundo de existencia, cada instante de vida. Cada momento es una oportunidad de aprendizaje, una puerta para hacernos mejores.

Ha sido cumplir años y sentir como ante las pruebas de la vida, uno solo desea empoderarse en el noble silencio, en el camino interior, en la paz. Cuando escucho ruidos, y quejas, ecos disonantes que centellean hacia todas partes, intento observar la escena, sin intervenir excesivamente en ella. Hoy fue un día de truenos y centellas. Había metralletas ruidosas que disparaban su carga pesada a todas partes. Intentaba respirar, intentaba guardar serenidad y beber de las fuentes del agua fresca y dulce. Me di cuenta de que la edad ayuda a observarlo todo desde la distancia, sin implicación emocional, al menos sin una pesada carga de implicación emocional.

Había un pequeño grado de decepción porque nunca fui amante del ruido. De pequeño siempre huía de los tonos disonantes, ya fuera mediante el llanto consolador o la lectura impulsiva de libros que pudieran distraer mi mente y mis emociones. A veces pienso que mi espiritualidad nació de esas huidas ante el ruido violento. Huidas hacia los libros o hacia la naturaleza. ¡Qué mejor refugio que la vida interior para no tener que enfrentarnos al exceso de dolor! Los libros y la naturaleza en conjunción siempre son fuentes de sabiduría y aliviaderos del alma.

Pero la vida interior no es solo un posible remanso de paz. La vida interior requiere enfrentarse a las crisis de todo crecimiento. Una forma de entrenamiento que nos pone siempre a prueba ante las pequeñas iniciaciones diarias. Abordar desde cientos de dimensiones posibles aquellas experiencias que la vasta actividad espiritual nos ofrece es todo un reto de consciencia. La inmensidad de esa experiencia es inconmensurable. Uno descubre que la paz es un punto de quietud necesario para poder enfrentar con coraje las fuerzas cósmicas que se desprenden ante la visión del que avanza hacia la cima, hacia la montaña angélica. Uno va desplegando ciertas alas poderosas a medida que la presión se vuelve cada vez más liviana.

La madurez humana es comprensiblemente tranquila. En ese sentido, siento como un descubrimiento este nuevo estado del ser. Dejas de tener prisas, ambiciones, necesidad de halagos o de demostrar nada. Ya no quieres éxitos personales, sino que te alegras de los éxitos ajenos y solo piensas en fomentarlos, apoyarlos, inspirarlos. Estos días pensaba cuantos viejos sueños me quedan por cumplir a nivel egoico y solo aparecían un par de ellos. A uno, le daré rienda suelta en septiembre: estudiar la carrera de filosofía. Siempre decía de mí que era un filósofo, pero a pesar de mis cientos de lecturas sobre la materia, me siento un pobre ignorante. Y desde muy pequeñito siempre soñé con ser filósofo, con estudiar filosofía y convertirme en un pensador. Tiene su misterio esotérico, pero también su sentido hermético.

Ser un pensador es un oficio importante. Sugiere pensar el mundo, y con ello, crearlo. Siempre pensé y sentí que de pertenecer a algún tipo de fuerza, la mía sería la de segundo rayo, la del rayo de amor-sabiduría. Quizás por eso siempre sentí la necesidad de estudiar la ciencia que ama la sabiduría. En septiembre me daré ese pequeño capricho. Como el estudiar no ocupa lugar, quizás conociendo más de cerca la obra de grandes personajes del pensamiento logre enraizar en mí un concepto más amplio y abarcante sobre el nuevo mundo. Será un gozo volver a estudiar y seguir aprendiendo. Nunca es tarde si la dicha es buena. Será un gozo volver a sentir que uno puede morir cada día y volver a empezar a la mañana siguiente.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Mi arco en las nubes


IMG_20200426_162356_6

Con Geo en los alrededores de la cabaña, al fondo

Si quieres ver el arcoíris, tienes que mojarte, pensaba en el día de hoy mientras disfrutaba de los acontecimientos primaverales, exuberantes, pródigos. Cada vez que miro por las ventanas de la pequeña cabaña me fascino. Hoy no ha parado de llover. El fuego ardía en el hogar. La lluvia regaba el verde fosforescente y brillante de esta temporada. El bosque parece vivo, en movimiento constante, luminoso. Todo centellea alrededor, como si fuera una dimensión etérica, más de otro plano.

Los pequeños robles que rodean la circular construcción han asomado sus primeras hojas. Los protejo año tras año para algún día trasplantarlos. Los pajarillos de mil colores vuelan hasta el comedero, donde todos los días agrego alguna simiente. El amigo erizo, como todas las primaveras, y ya despierto de su perezosa hibernación, vuelve por las noches a degustar la comida de Meiga, la gata del lugar. Me gusta salir a saludarlo. Él se esconde entre sus púas, lo acaricio y sigue con su trabajo de pulir hasta el último cascajo de alimento mientras observa curioso mis movimientos.

En el atardecer, “entre lusco e fusco“, entre las nubes y el horizonte de la sierra de Édramo, se escapaban de repente algunos rayos de sol que botaban entre las copas húmedas y abrazaban las ramas extensas. Aún llovía en el crepúsculo hiperboreo cuando los fucilazos caían sobre la tierra húmeda. Salí fuera, buscando el sello de la alianza entre el cielo y la tierra, el arcoíris por tantos soñado. Cuando me di cuenta estaba todo mojado, pero feliz por el espectáculo viviente.

Me acerqué a la chimenea mientras me secaba el rostro con una toalla y miraba una a una todas las ventanas y sus espectaculares vistas. Me pellizcaba interiormente, sin creer que pudiera estar viviendo en este pequeño paraíso. Agradecía todo el esfuerzo anterior, todo el recorrido pasado. Mereció la pena los fríos inviernos, el agotador sufrimiento para levantar este rincón en el mundo, para restaurar una ruina compartida, para construir estas pequeñas cabañas a modo de humildes refugios. Agradecí profundamente a todos los que de alguna forma habían colaborado en la reconstrucción. A todos deseaba que pudieran disfrutar por muchos años de este lugar, de su memoria, de su belleza y esplendor. A todos tengo en mi corazón día tras día. Incluso aquellos que marcharon disgustados o tristes por esos roces que los malos entendidos o las diferencias siempre atraen. A ellos especialmente, con deseos de que algún día puedan volver desde una mirada limpia y desapegada. Aquí quedará siempre el abrazo cálido.

Siempre atesoro con indulgencia esa sensación de saber que todo este esfuerzo ha sido tan solo el inicio de un largo viaje. Mañana hará siete años que todo empezó en mi interior. Me fui a dar un paseo por el Camino de Santiago durante casi cuarenta días para celebrar así mi cuarenta cumpleaños. Aquí, en Galicia, en tierra celta y mágica,  encontré y sentí hondamente la llamada de este lugar, y aquí, a ciegas, sin miedo, me vine. Aquí vine a hollar el Sendero, más allá de las palabras, más allá de los mundos imaginados. Aquí vine a explorar la Puerta estrecha y a sentir en mis carnes lo que la palabra Servicio significa realmente. Aquí aprendí a vivir ampliamente, sin estrecheces.

Mañana es mi cumpleaños. Serán 47 años. Como esta vez no puedo viajar ni aislarme en ningún monasterio perdido, tocará celebración en la chozuela. Será una celebración humilde y silenciosa. Será un tranquilo paseo por esta nueva revolución solar que desea inundar de una vez la vida de paz y sosiego. Siento una gran serenidad interior y una gran claridad mental, como si pudiera ver sin miedo el propósito al que deseo dedicar los próximos años. Sí, puedo decir que durante estos años me he mojado, pero no ha sido en vano. Por fin puedo ver y disfrutar del arcoíris, mi arco en las nubes…

 

Mañana es mi cumpleaños…

Si quieres invitarme a tarta o pastel, puedes hacerlo aquí abajo…

gracias… 🙂

donar

 

El utópico esbozo de un mundo por venir


a

Hace cuatro años puse los primeros pilares de la que ahora es mi casa. Esto es solo un esbozo del mundo utópico que está por venir

Así lo definiría un tipo culto y sabio. Un esbozo utópico de un mundo por venir, una síntesis completa de aquello que aún no existe. Ya no soy un hombre típico y triunfante. Dejé atrás esas ansiedades de la personalidad. No por haber fracasado en esas empresas que uno siempre imagina exitosas, sino por haber encontrado una quietud perenne insoportable para lo nominal. Renunciar a los placeres de la personalidad, a las riquezas y a las posesiones no tiene ningún mérito. La pedagogía de este instante está más allá de cualquier deseo de poder o control. Vaciar esa parte de la vida es dejar espacio para que algo diferente se ubique en nuestro devenir. Es cierto que hay algo de disciplina en todo esto. Uno siempre debe apostar por lo que rige en su necesidad o en su corazón. Y el segundo camino, el del corazón, siempre requiere algún tipo de sacrificio. La necesidad siempre es admirable en cuanto a su infinita capacidad de subsistencia. Pero el corazón atraviesa lugares sombríos para llegar por fin a la meta que se propone. Y estamos en un tiempo sombrío, y mi alma me pide avanzar con prisa hacia lugares no comunes. Mi alma me pide que explore el mundo del mañana e intente arrancarle algún esbozo.

Buscar la perfección del espíritu mediante el estudio y la meditación, el servicio y la acción como vocación de animar a otros a vivir la vida desde un sentido más profundo es algo que nace siempre del corazón. Por eso la necesidad se aparta, la mente trabaja al servicio de esa luminaria sentida y la luz que viene desde lo más alto empieza a gobernar todo cuanto experimentamos. Sería, por decirlo de alguna manera, un anhelo que nace del espíritu y que atraviesa la materia para elevarla a una consciencia superior.

Habrá en un futuro una reacción espiritual a este mundo materialista. Eso será algo inevitable. Ahora vivimos en un afán de distracción total, de culto al entretenimiento y la posesión. De alguna manera, si estamos entretenidos y tenemos nuestras manos y corazones llenos de cosas estamos mansos, aturdidos, anulados. La servidumbre es perfecta en este estado de embriaguez. Somos felices porque podemos alcanzar cualquier meta en nuestra esclavitud disimulada, ya sea en lo real o en lo irreal. El pensamiento carece de pureza y lucidez y el diagnóstico futuro sobre nuestra realidad más inmediata no es muy esperanzador. De ahí la redención necesaria. De ahí el sublime esbozo donde poder acunar una vida espiritualizada más allá de este mundo superficial basado en pueblos que han perdido su fe, más allá de esta vida mecanizada y atomizada, superficial y sin escrúpulos. La decadencia moral que vivimos viene acompañada de un arte que ha perdido su sinceridad y significado, de una ciencia al servicio de la embriaguez. ¿Cómo darnos cuenta de todo esto si vivimos en la cárcel perfecta?

Por eso llegan las guerrillas espirituales, aquellos a los que Pablo se refirió como los nacidos fuera de la estación debida. Son una avanzadilla temeraria de exploradores, en palabras de Fortune. Aventurándose por delante del resto, esa avanzadilla explora ligeros de equipaje, los desiertos aún no habitados, las tierras espirituales aún no conocidas. Batidores solitarios que deambulan, muchas veces a ciegas, sobre el utópico esbozo de un mundo por venir. Vigilantes silenciosos, observan la mejor manera de traer la nueva buena, y buscan, a riesgo de su propia vida, fórmulas para el despertar general, para poner al ejército humano en marcha hacia el nuevo mundo. Los exploradores tantean el nuevo mundo y traen el jugo de esa tierra como muestra de realidad futura. Y sí, ese mundo es espiritual, irremediablemente. De ahí que la llamada, nacida de lo más profundo del corazón, haga de la aventura una fórmula de vida necesaria.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Libros, esos imprescindibles puntos de luz


a

“No entres dócil en esa buena noche, la madurez debería arder y sentir ira al finalizar el día; ira, ira contra la muerte de la luz”. Dylan Thomas

Tu palabra es una lámpara bajo mis pies, decían los Salmos. Desde que salimos del primitivo barro nuestro grito más profundo siempre ha sido, ¡más luz! Estas palabras os sonarán porque alguien inculcó esa necesidad dentro de nosotros. Algo sembró esa necesidad de más luz. La meritocracia fracasó cuando nos alejó de la luz. La generación más preparada de nuestros tiempos se ve de bruces con su afinamiento, con su falta de adaptabilidad, con una visión apagada con respecto al futuro por falta de lucidez.

En mi privilegiada posición veo oportunidades para el cambio, para la luz. Oportunidades para alcanzar un nivel de consciencia colectivo más elevado… ¿Qué ocurre cuando dos brasas se unen incandescentes? Coyunturas para caminar en una dirección a sabiendas que entre el mar y las altas montañas de cualquier aspiración individual y grupal se encierran bosques frondosos plagados de senderos. Las cumbres siempre son eternas y luminosas. El camino siempre se expande hacia lo alto, hacia la luz de la memoria. “Cuando de un distante pasado nada prevalece, cuando los hombres están muertos, las cosas rotas y destruidas aun solas, más persistentes, más leales el olor y sabor de las cosas permanecen suspendidos durante largo tiempo como almas dispuestas a recordarnos, esperando ansiosas el momento, en medio de la ruina y destrucción. Y en la diminuta gota de su esencia casi sin sustancia, llevan resuelta la vasta estructura de la memoria”, nos decía Marcel Proust.

Hoy es un bonito día de primavera donde el sol ha golpeado con suavidad las copas de los árboles, ahora brillantes con sus nuevas hojas, con sus relucientes trajes de gala recién estrenados en este sueño circular. Dan ganas de sacar uno a uno a bailar en este frondoso bosque anclado en estas hermosas montañas. Además, es el día del libro, un gran día para muchos, especialmente para los que nos dedicamos a su creación y construcción, para aquellos que gustan de leer a los grandes maestros y genios de las letras. “Las torres que coronan las nubes, los bellos palacios, los solemnes templos. El gran globo mismo. Sí, con todo lo que contiene, se disolverá; este desfile insustancial no dejará ni una huella detrás. Estamos hechos de la misma materia de los sueños y nuestra breve vida cierra su círculo con otro sueño”. Así lo expresaba Shakespeare, todo es como un sueño.

Como escritor y editor podría decir muchas cosas. Podría hablar del último libro que he perdido, un gran y profundo ensayo escrito en más de doce lenguas, un misterio inalcanzable para la mayoría, una de las obras más bellas que jamás haya tenido entre mis manos. Una fuente de luz y conocimiento, de experiencia y crecimiento. Ese libro hubiera sido un gran compañero de viaje. Hubiéramos alcanzado la plenitud del “lenguaje verde”, con un poco de esfuerzo, incluso la plenitud de las lenguas no escritas.

Pero la vida siempre nos arrebata aquello que más deseamos. El deseo siempre nace del espejismo de las cosas. Por eso lo que no es real termina desapareciendo de nuestras vidas, tarde o temprano. Y ese libro no era real, era solo una ilusión, algo que se adaptaba perfectamente a mis estanterías, tan plagadas de obras extrañas, pero de un material tan inestable como inexistente. “Guía, brillante luz a través de la oscuridad circundante, ¡guíame tú para seguir! La noche es oscura y estoy lejos de casa. ¡Guíame tú para seguir. ¡Despierta y brilla porque tu luz está aquí! La luz es conocimiento, la luz es vida, la luz es luz.” Decía Chris en Doctor en Alaska.

Los libros sin duda, como las personas que elevan su mirada a la aspiración más pura y trascendental, son puntos de luz. Han pasado más de catorces años desde que decidí conscientemente dedicarme a editar libros. Me parece una de las profesiones más bonitas de todas. Los libros son mundos, universos hacia otras dimensiones desconocidas. Son el alma de nuestras gentes, de nuestros pueblos, de nuestras tierras, de nuestro tiempo, de nuestra cultura, de nuestras creencias. Dediqué muchos años a dar voz a esas gentes, a esos pueblos, a esas historias de vida que surgían como una emoción que requería una visión antropológica generosa, viva, afectiva.

Los libros embellecen lo tribal, pero también lo engrandecen hasta poder trascenderlo. Cuando lees, viajas, y cuando viajas, eres capaz de elevar tu experiencia humana hacia otros confines. James Joyce lo expresaba de forma hermosa: “bienvenida oh vida, voy a encontrarme por milésima vez con la realidad de la experiencia y a forjar en el yunque de mi alma la todavía no creada conciencia de mi raza”. La realidad de la experiencia es labrada por la guía de los libros. Los libros nos invitan a lanzarnos a la vida, a llenarnos de vida. Cuando sabemos leer un libro, sabemos que lo siguiente es vivirlo en nuestra experiencia humana, lanzarnos a experimentar la palabra para convertirla en verbo viviente.

En los libros labraron la palabra de Dios, las aventuras de los antiguos, imaginamos los templos y los pueblos salvajes. Los libros nos trasportaron a balnearios que jamás visitaremos, a lugares imposibles, a agujeros que nos llevaban, persiguiendo a cualquier conejo, a recovecos imposibles. La existencia es lo único que está en proceso de existir, decía el filósofo Kierkegaard. Ocurre lo mismo cuando leemos un libro que nos lleva a lugares insospechados.

La lectura y la escritura son siempre fuentes de inspiración. Nos elevan a esas cumbres, nos ensanchan el corazón, nos llenan de intuiciones que hacen que nuestro camino se esclarezca. Un libro es un punto de luz, una fuerza, una energía que muchas veces representa, simbólica y realmente, algo mayor. Algo que es lanzado con fuerza, algo que es proyectado hacia otro lugar.

Ahora que el libro está pasando por momentos difíciles, recordemos las últimas palabras de Goethe: ¡luz, más luz! Más luz, más puntos de luz, más vida, más experiencia, más consciencia grupal, más amor, más sueños…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Día de la Tierra


 

Acabo de ver El Planeta de los Humanos, de Jeff Gibbs. He hecho un donativo simbólico porque me ha parecido un buen documental. Eso me ha recordado la importancia de los pequeños gestos para cambiar el mundo. El planeta agoniza, nos dicen. Biológicamente hablando, la población mundial es insostenible. Si seguimos con nuestros estándares de consumo, el planeta de agotará en pocas décadas. Sabemos que a nivel mundial, los gestos son necesarios, pero lentos. Por más que la industria mundial cambiara de repente sus paradigmas de construcción y logística, no sería suficiente. Entonces la pregunta siempre queda en el aire: ¿qué se puede hacer?

La revolución será radical o no será. Y la radicalidad empieza siempre por nosotros mismos, por cada uno de nosotros. No basta con esperar a que los otros hagan algo. No basta con esperar a que las grandes potencias mundiales encuentren la fórmula mágica para redimir la catástrofe. Debemos empezar, urgentemente, a alinearnos con gestos, gestos inequívocos, gestos que ayuden a regenerar el planeta.

Ya lo he dicho muchas veces y nunca me cansaré de decirlo. El primer gesto urgente pasa por la forma que tenemos de alimentarnos. Es radicalmente importante e imprescindible que adoptemos una dieta sin carnes, sin pescados, sin animales. Además, es radicalmente importante cambiar nuestro consumo alimentario por uno más saludable y equilibrado. Cambiar la dieta, y nuestros hábitos de consumo es un primer paso para revertir el daño que estamos causando a la Tierra.

Otro cambio radical es nuestro modelo de vida basado en el consumo. ¿Qué más cosas vamos a consumir en los próximos diez, veinte o treinta días? ¿Qué más cosas necesitamos para mantener nuestro ritmo de usura, de egoísmo y de vida basada en el glamour, en el espejismo de las cosas? ¿Cuántos más coches necesitamos, cuántas más mudas de ropa, cuantos más objetos inútiles almacenaremos en nuestras casas?

Aún si cambiáramos todo eso, no sería suficiente. Nuestro modelo de organización social está saturado. Nuestro paradigma basado en un capitalismo ciego y desmedido cuyo lema es el crecimiento está obsoleto. Aún cambiando nuestros hábitos de consumo, de alimentación y aún cambiando de paradigma, no sería suficiente. Entonces, ¿qué más hacer?

Debemos radicalizar nuestro discurso, nuestra visión, nuestros estilos de vida. No es cuestión de poner parche tras parche para tener nuestra conciencia tranquila. Hay que radicalizar aún más nuestras existencias. Sobre esto no puedo dar guía porque mi vida es excesivamente radical, y soy consciente de que no soy un buen ejemplo para la mayoría de la gente. Quizás, en esa radicalidad, solo puedo mandar un mensaje radical y urgente. Despejar las dudas, aclarar conceptos, comentar los avances, los fracasos y los pequeños éxitos. Poco más se puede hacer en estos gritos en el desierto, más que cumplir responsable, activista y comprometidamente con nuestra parte.

Puedo decir que lo ideal es crear pequeñas islas, pequeños laboratorios de experimentación donde por un lado se puedan limitar los recursos y por otro, se obtenga un beneficio común. Puedo decir que un grupo de diez o veinte personas pueden buscar una fórmula de vida alternativa fuera de las ciudades e intentar el ideal de ser autosostenibles, haciendo que su huella ecológica sea mínima y su impacto imperceptible. Podría hablar del decrecimiento, de la austeridad voluntaria o de la necesidad de simplificar nuestras vidas hasta la mínima expresión, disfrutando de las experiencias y no de las cosas. Podría incluso atreverme a señalar que es hora de espiritualizar nuestras vidas hacia valores elevados, dejando atrás las pequeñas batallas de la personalidad y el ego y abrazar de una vez el sagrado lazo místico que eleva nuestra consciencia aún animal hacia estamentos mucho más profundos.

Podría decir muchas cosas, pero quizás ya sea demasiado tarde…

Un mundo discontinuo. Paisajes entre la acción y la retórica


a

© Fabienne Bonnet 

Es complejo, muy complejo, hacer desde la integridad lo que uno siente, piensa, le anima y empuja a actuar. Como seres humanos, somos un corolario complejo. Siempre recibimos injerencias de muchos caudales que escapan a nuestro control. Somos seres multidimensionales que se mueven en una limitante esfera llena de pequeñas esferas materiales, etéricas, emocionales y mentales complejas. En esas cuatro dimensiones conviven además no solo aquello que nace de nosotros, sino la herencia ancestral de todos nuestros antepasados, cada uno con su propio aspecto lógico e ilógico. También aquellos que nos rodean y de todo aquello que nos alimentamos. No me refiero estrictamente a lo que ingerimos como alimentos materiales, sino también a lo que respiramos del ambiente en el que vivimos y de los otros, sus ánimos, sus emociones, sus pensamientos: todo aquello que soportamos y que no nos pertenece, pero que nos configura como seres humanos y sociales.

Y luego las circunstancias, que decía Gasset. Nosotros, con toda nuestra carga onírica, psíquica y emocional, con toda nuestra herencia y con todos aquellos que nos rodean interaccionando a la vez, añadiendo ahora la gota de las circunstancias, a veces extrañas, a veces rutinarias, a veces extraordinarias, dependiendo de en qué tipo de dimensión nos movamos.

Si nos movemos en una dimensión estrictamente material, nuestras vidas son rutinarias, basadas en la subsistencia, sin mayor aliciente que proteger nuestra seguridad vital. Si nos movemos por una dimensión más etérica, energética, la estética y la salud serán para nosotros algo importante y relevante. Seremos como torbellinos de viento que van de un espejo a otro mirando como agradar, como mantener la joya de la ilusión siempre brillante, mantenida siempre por nuestros estados de ánimo.

Los que viven en dimensiones más emocionales centran la vida en lo referente a la familia y su protección. También en sus traumas, en sus desequilibrios (todos estamos de alguna forma desequilibrados emocionalmente), en los miedos y en la gestión de la rabia inoculada durante millones de años de violencia y ardor fanático. Elevar las emociones desde una dimensión astral baja (rabia, miedo, frustración) a una dimensión astral superior (belleza, amor, alegría) es complejo. Hay escuelas y movimientos que nos ayudan a gestionar las emociones y nos ayudan a ejercer cierto control sobre las mismas. Superar el trauma del mundo de los deseos equivale a la imagen de un Cristo caminando sobre las aguas. Es una imagen hermosa que nos dice que nuestra labor como seres humanos es desentrañar los misterios de ese mundo, de esa dimensión, y caminar sobre ellos. Las emociones siguen siendo nuestro gran reto como seres homo-animales. Su gestión sana y madura seguirá siendo un trabajo interior importante.

Y luego están los que viven en el mundo de las ideas, en la mente fría, en la retórica intelectual, muchas veces aislados por lo que ellos llaman la incomprensión del mundo, la falta de sentido, la nulidad de las cosas. Vivir aislados en esas prisiones conceptuales es también una enfermedad que hay que tratar, porque el intelectual que se cree único y cercano a la verdad, es como el enfermo que piensa que ningún doctor podrá sanarle porque su enfermedad es única. Un intelectual anclado en el orgullo espiritual es como una persona anclada únicamente en el materialismo reducido al consumismo. Es una tara del alma, un error de programación. Es un ser incompleto porque no es capaz de abrazar sus otras dimensiones desde la sana apreciación, ni integrarlas en la suma de las partes, eso que vagamente llamamos alma.

Al estar ofuscado por su propia luz, es incapaz de ver la luz del mundo, y por lo tanto, es incapaz de ejercer control sobre los acontecimientos que se expresan en su realidad para hacerle avanzar. Al no tener dominio sobre uno mismo ni sobre sus dimensiones, no tiene dominio sobre su vida. Aferrado a su ombliguismo, morirá en una postura fanática y sola. Nuestra marca personal, el personal branding inglés, ejerce una huella en los demás, y debemos aprender a gestionar esa huella para no convertirnos en yoes asociales, inútiles o despreciables. Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano, nos recordaba lúcido siempre Goethe. Nunca podremos separarnos del mundo porque el mundo, por más que nos pese, está dentro de nosotros. Es la realidad mágica del holograma, y no podemos escapar a ella. Pero sí se nos invita a participar activamente en ella y desvelar con ello sus secretos, sus puertas de entrada y salida, sus regueros invisibles.

Entre la acción y la retórica hay un largo camino donde poder completar con éxito todas estas dimensiones. Realizadas y completadas, el vasto mundo de la experiencia espiritual nos espera. O lo que es lo mismo, si somos capaces de completar nuestras dimensiones personales, seremos capaces de vivir la vida real, amplia y extensa. Entonces vemos. Vemos el mundo completo, vemos la vida completa.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Veré a Dios en mi carne


a

© Noell Oszvald 

Sujetos a la extraña sensación de estar vivos. Amarrados al instante presente. Anclados en los puertos de nuestro hogar. Suspiro. Hacer penetrar el aire hasta lo más profundo. Inhalar. Dejar que entre la memoria de los tiempos en cada inspiración, de los tiempos akásicos, del imperio de lo desconocido. Tiempo único. Atrapados en nuestro silencio. Varados en los acontecimientos. Qué extraordinario poder surcar ahora los mundos desde un sillón que se hace ancho, eterno. Qué inimaginable momento para expandir nuestra mente, para abrirla más allá de las pequeñas distracciones diarias, para sacarla de nuestra ridícula pequeñez y volverla bondadosa, amplia, incesantemente etérea. Qué valiosa oportunidad para desarrollar aquello que nos comunica directamente con la creación, con lo abstracto, con el misterio, con lo Otro.

La imaginación es el puente, la herramienta, el antakarana. Es capaz de producir paisajes, mundos, vidas, universos. Algo así ocurre con la música, vehículo de comunicación, lenguaje angélico por pocos comprendido. Es capaz de elevar nuestra consciencia hacia las puertas del cielo, hasta los confines de la galaxia. Imaginar es sentir cómo las fuerzas vivas que imperan en el orbe se transmiten hacia nuestras profundas existencias. Imaginar es mover y conmover las energías que atesoran los glaciares, las montañas, los bosques.

Respira. Atesora. Expande.

¿Cómo imaginamos nuestras vidas? ¡Qué oportunidad más grande para volver a empezar! ¡Qué momento más oportuno para expandir nuestra existencia! ¿Acaso después de este silencio no habrá en nosotros una nueva era? ¿Acaso nos quedaremos amasando añoranzas pasadas cuando el universo entero se desvela ante nosotros? Aún estamos a tiempo de nacer dos veces. De volver la mirada al infinito. Musicalmente hablando, es como abrazar el mundo más allá de los velos, más allá de las sombras de nuestra limitante y ridícula existencia. La imaginación, musicalmente hablando, es entrar en el gozo, en la belleza, en la plenitud. “Veré a Dios en mi carne”, decían los profetas. Eso es lo que ocurre con la imaginación, con la música, con el deleite, con la contemplación. Eso es lo que ocurre cuando entregamos nuestras vidas a aquello que no nos pertenece. Esto es un misterio, es el sacrificio de nuestro egoísmo para adentrarnos, ya casi sin equipaje, en lo abstracto de la vida.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

¿Cómo sobrevivir a las futuras crisis?


a

La crisis de 2008 y la crisis de 2020 están siendo oportunas para plantearnos a nivel individual y colectivo cientos de premisas que ya fueron puestas en duda durante décadas. Las utopías del pasado han intentado siempre buscar modelos que produzcan una convivencia armónica entre el individuo, los grupos y la naturaleza. Hoy nos preguntaban de qué manera nosotros como grupo, como pequeña comunidad, podemos hacer frente a la crisis, y enumerábamos unos puntos que nos parecen esenciales para crear un nuevo paradigma. Desde nuestro pequeño proyecto, estamos buscando la fórmula esencial para emancipar al individuo sin que ello repercuta en su falta de libertad y seguridad material ni tampoco en el aumento de su huella ecológica. Algunos puntos importantes a destacar son los siguientes:

a) No existe la propiedad privada. El lugar pertenece a una fundación que de forma generosa reconoce la necesidad de privacidad de los individuos, ofreciendo espacios de uso privado. Las personas son libres de estar aquí el tiempo que quieran sin necesidad de arraigo. La no propiedad privada crea un sentido de libertad interior que permite mirar el futuro desde la libertad absoluta, el desapego y la emancipación individual.

b) No pagamos hipoteca, alquiler o cuota por el lugar donde vivimos. Esto nos resultaba clave para poder emancipar al individuo y así dedicar el tiempo a la interiorización y a la búsqueda personal de nuestros dones y talentos.

c) No pagamos agua ni electricidad. Por fortuna, somos independientes en cuanto a recursos de este calado. El agua fluye de un manantial propio y la electricidad la generamos con una instalación de placas solares. El reto futuro es poder emanciparnos también en cuanto a la movilidad necesaria, mediante la adquisición de algún vehículo eléctrico.

d) Colaboramos unas tres horas al día (unas quince horas a la semana) en tareas colectivas y el resto de tiempo es para nosotros. Esto produce un sentimiento de permanencia grupal, pero también la posibilidad de dedicar mucho más tiempo libre a nuestros asuntos personales. Hemos roto con la antigua división del trabajo, su servidumbre y con la antítesis entre trabajo mental y físico. Intentamos gozar del trabajo desde la concepción de ser útiles a los demás, y por lo tanto, desde una idea de servicio continuo y labrado bajo la base de la sencillez y el amor compartido.

e) Hemos colectivizado los medios de producción y las herramientas, lo cual repercute en un ahorro considerable. ¿Para qué tener doce lavadoras o doce taladros? Con una herramienta para todos es suficiente.

f) Estamos intentando implementar entre nosotros la renta básica universal. Este es un reto futuro que pretende el que podamos, gracias al trabajo colectivo, disponer de un dinero de bolsillo para nuestros gastos personales. Estamos ideando fórmulas para generar recursos sin depender de terceros.

g) La comida (cuasi vegana) está colectivizada y es gratuita, por lo que a nivel individual no pagamos comida.

h) No ingerimos ningún tipo de drogas, tabaco o alcohol, con el ahorro que eso supone para los bolsillos y para la salud.

i) Nos aferramos a la idea del apoyo mutuo y la cooperación como esencia del proyecto.

j) Nos basamos en la economía del don con el lema “deja lo que puedas, coge lo que necesites”. Seguimos la idea o uno de los principales aforismos del socialismos utópico: “de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”.

k) Disfrutamos de una naturaleza hermosa y exuberante, lo que ayuda a levantar el ánimo y a disfrutar de la vida de forma armoniosa y plena.

l) Basamos nuestra filosofía de vida en el decrecimiento y la simplicidad voluntaria. Esto lo hacemos por nosotros y por el planeta. Hay una necesidad colectiva de romper con la visión del crecimiento para evitar el derrumbe de nuestra propia civilización.

m) Nos autogobernamos por acuerdos y principios simples que se rigen por consenso jerarquizado. La jerarquía está establecida únicamente por el grado de compromiso y responsabilidad de cada individuo.

n) Tenemos la necesidad interior de espiritualizar la vida. Al hacerlo, nuestras vidas pasan de ser ordinarias y se transforman en extraordinarias. Pasamos a maravillarnos por las cosas cotidianas, por el paisaje, por las relaciones. La magia de la vida se transforma, ante esta mirada, en una vida milagrosa, entendiendo que todo cuanto ocurre a nuestro alrededor forma parte de un ciclo maravilloso de acontecimientos profundos y verdaderos.

Sea como sea, todo esto está en fase experimental. Interiormente sentimos que son puntos importantes a nivel material, pero no suficientes. Aún debemos profundizar más en temas como la motivación, el entusiasmo, la alegría, la necesidad de pertenencia a un propósito individual y colectivo, la búsqueda de visión y la práctica espiritual como forma normalizada en nuestras vidas individuales y grupales. En ese aspecto queda mucho por hacer. Y este, quizás, sea el reto para afrontar futuras crisis. Nuestra responsabilidad no pasa más allá de poder intentarlo. Al hacerlo, de alguna forma es COMO SÍ ya existiera. El esfuerzo de este tiempo será apreciado, quizás, por generaciones futuras, y nuestros errores y aprendizajes servirán de base para mejorar el experimento.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Aislados del aislamiento


o couso progreso 5 abril 2020

“¿Puedes dudar de que hasta el trabajo más penoso se volvería un placer, en vez de la abominable esclavitud que es actualmente, si sólo se requiriesen tres horas diarias bajo condiciones más saludables e higiénicas y en una atmósfera de fraternidad y respeto para con tu trabajo?” Alexander Berkman

Estos días nos llaman de algunos medios para interesarse por nuestro aislamiento. La verdad es que somos unos auténticos privilegiados. Tenemos comida abundante, tenemos un hogar modesto, pero del cual no tenemos que rendir cuentas a ningún casero ni hipoteca. Es cierto que nuestros recursos son limitados, pero no tenemos que pagar luz ya que utilizamos un rudimentario sistema de placas solares y no tenemos que pagar agua ya que bebemos de nuestros propios afluentes. Cuando tienes prácticamente todo cubierto, al menos todo lo necesario para una vida digna materialmente hablando, ¿a qué más se puede aspirar? Necesito poco y de lo poco que necesito necesito poco, nos decía San Francisco. Siendo así, que es nuestro caso, ¿a qué dedicar todo nuestro tiempo?

A la ingente tarea de compartir. A la inmaculada faena de expresar generosidad. Trabajamos como nadie para que este lugar esté cada día más hermoso y acogedor, para que otros afortunados, ya sea por un breve periodo de tiempo o por un tiempo prologando, puedan disfrutar de este privilegio. Realmente hablamos de privilegio cuando todo esto que aquí expresamos como algo utópico debería ser algo normalizado. La constitución lo dice claramente: tenemos derecho a una vivienda digna, a un trabajo digno, en definitiva, a una vida digna. No deja de ser un brindis al sol cuando eso no ocurre con todo el mundo. Lo vemos especialmente en este tipo de crisis, en los desahucios que tristemente han ocurrido en estos años, en personas que no tienen para comer en estos días (véase lo ocurrido en el sur de Italia).

Aquí vivimos en un nuevo paradigma. No centramos nuestras vidas en lo material. Nos conformamos con poco a cambio de poder compartir con alegría aquello que tenemos. Realizamos un trabajo común no para nosotros, sino para que otros lo disfruten. A nosotros nos basta con la alegría del compartir. Quizás en un futuro, en ese posmodernismo emancipador del que hablan algunos autores, la vida será un regalo que admiraremos con delicada observancia. Una vida a la que dedicaremos más tiempo a compartir que a atesorar. Nos daremos cuenta de que al otro lado no podremos llevar más que aquel bien que hayamos dejado en el mundo. La generosidad será moneda de cambio en el otro lado. También algún día en este mundo que pretende ser más justo, equitativo y de alguna forma, espiritual.

Aquí seguimos bien, con nuestras rutinas, sin estar excesivamente aislados excepto con esa sensación extraña de no poder coger el coche y no poder escapar a ninguna parte excepto a los bosques y prados y montañas contiguos. Estamos sanos y alegres, y con eso nos basta. Todo lo demás vendrá por añadidura. Mañana volverá a salir el sol, incluso aunque den lluvia.

El Cristo de la era de Acuario


a

Esta tarde planificando las obras de un nuevo templo para un nuevo tiempo

“Entonces, si alguno os dijere: Mirad, aquí está el Cristo, o mirad, allí está, no lo creáis. Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos”. (Mateo 24:23-24)

Esta debe ser la primera vez que no se celebra en todo el mundo la muerte y resurrección de Jesús el Cristo, según la tradición de la Pasión y la Semana Santa. Es un dato muy significativo, especialmente para aquellos que aluden a la precipitada venida de una nueva era. Según algunas tradiciones, estamos entrando en la Era de Acuario, en la era del séptimo rayo, en el Plano del Espíritu Abstracto, dejando atrás la Era de Piscis, cuyo representante principal fue Jesús el Cristo. La sexta era, el Plano del Espíritu Concreto, estaba conectada con el mensaje simiente del amor, la verdad, la bondad y la pureza que Jesús representaba.

El maestro de maestros, encarnado hace dos mil años, vino a ejemplificar con su mensaje y su vida uno de los momentos más cruciales de aquel tiempo. Su sacrificio y su crucifixión supuso la limpieza de todo el karma de la era anterior. Según las leyes de compensación, el llamado Salvador pactó su sacrificio con el Alma-Colectiva del Mundo. Al final de cada era, al final de cada fase de evolución, se realiza un gran sacrificio que viene a representar una especie de gran limpieza colectiva. Una especie de punto y aparte, de vuelta a empezar, de volver a intentar el progreso desde otra perspectiva, con una energía renovada, pura y limpia. En aquellas horas de la crucifixión de Jesús el Cristo, el pecado y el sufrimiento que habían quedado como residuos de aquella fase de la Evolución, en aquel entonces la Era de Aries, son realizados y consumados. Era el sacrificio simbólico de Aries, el carnero, y el comienzo de la nueva era de Piscis. Jesús el Cristo, con esta muerte, se convirtió, según nos cuenta la tradición, en el Logos planetario, en el Redentor de esa era. Las palabras que la tradición cristiana repite como una retahíla, “Jesús, tu que quitas el pecado del mundo”, tiene mucho significado profundo.

Si Jesús el Cristo vino a representar al mundo Occidental, el próximo Gran Instructor Mundial, el cual liderará la próxima raza raíz, no tiene nada que ver con la civilización Occidental, la cual, según algunas señales, parece que se está desmoronando y llegando a su cénit. Según nos cuentan, la Segunda Venida o Adviento de Cristo no será en un cuerpo físico, sino en el nuevo cuerpo del alma de cada individuo, fusionado en el plano etérico del planeta, lugar donde cada persona “será atrapada en las nubes para encontrarse con el Señor en el aire“.

Sea como sea, estemos o no en el final de los tiempos, en la parusía esperada, no deja de ser paradójica la idea de que por primera vez, no sería de extrañar que por primera vez en la historia, nadie esté celebrando colectivamente la Pasión de aquel que quitó los pecados del mundo (del mundo de Aries). ¿Será esta la señal del inicio de la siguiente era, la de Acuario, la era del Saber? ¿Habrá más señales en los próximos años? Y ante ello, ¿qué debemos hacer si algo ocurre de verdad?

Algo nos dice que será muy complejo regenerar esta civilización. Aún así, algo nos empuja a ello, a incidir en esa regeneración, a no perder ni un ápice de esperanza, a no desfallecer ni perder el ánimo. Más allá de todas las creencias, estemos o no ante el final de un tiempo, de un paradigma, de una forma de entender el mundo, debemos empezar a experimentar con nuevas fórmulas, con nuevos métodos de interrelación humana. Seguramente estamos en los tiempos de los falsos profetas, pero aún así, debemos alzar la mirada y contemplar el milagro de la vida como una oportunidad para redimir nuestras vidas, día a día, paso a paso, esforzándonos a cada instante para ser mejores.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar