Encontrar nuevas palabras


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Unos días en cama con algo de fiebre y malestar general me ha permitido ver con detalle el bochornoso espectáculo de nuestros políticos en el Congreso. Hacía tiempo que no sentía tanta vergüenza ajena. Describe a la perfección la configuración cultural y social de nuestro país, su educación, su progreso grupal. Realmente fue una visión panorámica de cómo los egoísmos territoriales se apoderan por un lado de exigencias y chantajes y de cómo unos bandos y otros parecen haber nacido bajo la presión de una sinrazón sin sentido.

El verbo es poderoso. Puede cambiar vidas y transformar ideas. También puede avergonzar a todo un pueblo. Es lo que único que uno puede sentir, vergüenza, cuando escuchábamos el debate de investidura en el Congreso. Incluso algunos de los que allí estaban sintieron esa vergüenza. Falta mucha generosidad en este país, mucho respeto hacia el contrincante, mucha dignidad, mucha amabilidad y mucho sentido del bien común. En mis años de política activa y militante me daba cuenta de que los que llegaban más lejos eran los que más gritaban, los que más engañaban, los que más manipulaban, los que conseguían machacar a los enemigos interiores para luego hacer lo mismo con los enemigos exteriores. Los buenos políticos, o la buena gente, terminaba abandonando ese barco nauseabundo de la política altanera.

Hay que encontrar nuevas palabras, nuevas formas de hacer política. Lo valiente no quita lo cortés. La España en la que vivimos es hermosa, llena de pueblos tan diferentes, pero convencido de que entre ellos hay un espíritu común que nos hace únicos ante el mundo. Pero es nefasto como nos tratamos los unos a los otros. Es nefasto ese rencor, odio y envidia que traemos de tiempos pletóricos… Algún día entraremos en la senda de la concordia, de la buena educación, del trato amigable más allá del ombliguismo de pensar que lo nuestro es lo mejor.

Qué aburrido resulta estar todo el rato pensando y hablando sobre lo nuestro o los nuestros sin dar la palabra al otro, sin pensar en el otro, sin ver las posibilidades de hacer cosas inimaginables juntos. Pero en España, y eso ya está demostrado, cada uno va a lo suyo, excepto esos acordes de solidaridad que de vez en cuando rezuman en las calles y los barrios y los pueblos más generosos. Ojalá algún día ese fuera el concierto general, la tónica, la música, las nuevas palabras. Ojalá la generosidad, el respeto y el aprecio hacia el otro fuera algún día nuestra verdadera bandera. Las demás solo son trapos tejidos de odios, guerras y egoísmos.

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Queridos Reyes Magos, deseo abandonar mi república


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Queridos Magos,

Vivo en una constante república de ideas. En un paraíso celeste cuya bóveda despierta en mí las mañanas de la existencia. Una delicia natural que puedo respirar asombrado por el poder que los elementos ejercen en nuestras vidas frágiles y pequeñas. No puedo pediros nada, porque lo tengo todo. No puedo, egoístamente hablando, desear más que el amanecer y el ocaso sigan resplandeciendo a dos luces, emblema de la riqueza, la diversidad y la transformación. Puedo serviros en la labor de enaltecer la multitud de la variedad de formas que se unen, en su esencia, al gran espíritu de las que nacen. No puedo más que inclinarme ante la grandeza de nuestra pequeñez, deseando quizás un día más para disfrutar del gozo y el bienestar.

Magos queridos, en esta república sin gobierno, me inclino respetuoso ante la perplejidad de la existencia. Si pudiera obrar mágicamente, solo entregaría mi poder a lo milagroso, asombrando con ello aún más la maravillosa corriente de vida que nos arrastra hacia los misterios. Si estuviera en mis manos, recogía el azote de las vuestras, para dejarme atrapar por el halo de la entrega y el servicio. Dejad que me rinda ante vuestro resplandor naciente, que me entregue sin duda, sin mácula, ante la majestuosa arquitectura de la ingeniosa Obra.

Magos de Oriente y Occidente, del Mediodía y el Septentrión, por favor, lo ruego, dejadme entrar en las filas de vuestro ejército celestial, para que cada día sea labor y no esfuerzo el vencer la desidia y abrazar la fábula permanente de la dicha. Si es cierto que existe un reino, dejadme entrar, dejadme que abandone esta república de ideas, para ser siervo y súbdito del resplandor de vuestro reino. Si es cierto que existe el paraíso y hemos nacido para su conquista, llenad mis alforjas peregrinas de suficientes provisiones para alcanzar ese destino. Que los avíos sean prendas de vuestra generosidad y atención, y que yo sea merecedor de las mismas. Si es cierto que sois magos y reyes con capacidad de gobernar el mundo de la ilusión, de la verdad y la dicha, deseo abandonar mi república.

Queridos Magos, ¿qué puede desear aquel que todo lo posee? ¿Qué clase de sueño puede perseguir aquel que se entrega en vida para alcanzar toda gloria silenciosa y silente? El taciturno esmero no es más que aquel que desembarca por las grandes puertas del Camino. Aquel que arrebata lo pequeño para engrandecerse en la batalla digna del espíritu. Vencer el cuaternario carro que arrastro para llevarlo más lejos, galopar con sus tres nobles corceles hacia ese reino de las Montañas, donde ángeles y presbíteros gobiernan en silencio, es y será mi único cometido. Seguro de poder alcanzar la puerta estrecha, no importa lo arduo de esa empresa para, arrodillado, espada en mano, atravesar el portal y ampliar así la fuerza y dimensión de las cosas, la visión amplia, en corazón ensanchado. Corazón ardiente y un filo siempre apuntando hacia vuestra luz.

Queridos Reyes Magos, deseo abandonar mi república, y ser vuestro súbdito leal. Abridme las puertas de vuestro reino, y allí estaré, por siempre, ensanchando la vida, en respuesta sincera a vuestra siempre infinita generosidad y labor invisible. Nada para mí, todo para vuestra Gloria siempre… Ese es mi más sincero deseo…

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Amigo de la mala suerte


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© brunozbruna 

Recluto y acojo en esta pequeña cabaña el antojadizo destino. Me acaba de llegar el presupuesto de reparación del coche accidentado y la broma va a salir cara. Quizás debería dejar de tener vehículos. Haciendo cuentas, casi me saldría más económico el no tener nada y simplemente desplazarme caminando. Si tenía que pasar, si era algo inevitable, me alegro de que pasara con mi viejo amigo Prius. Si hubiera sido con otro el remordimiento hubiera sido mayor.

Miro por la ventana pensativo, asumiendo el devenir, lo inevitable, y observo como la niebla polvorea todo el paisaje. Es algo hechizante cuando el frío se entremezcla con los sabores inciertos del invierno. Hoy se fueron casi todos y el silencio abrigó el lugar. Aproveché la decadencia física, el cansancio acumulado, la tozudez de un resfriado que no termina de marcharse, el agotamiento casi existencial, para quedarme tumbado, sin hacer nada, como un espectro que flota tres metros sobre el suelo y se deja llevar por cualquier viento. Hago repaso y es como si la mala suerte se hubiera cruzado en mi camino. Al final me haré su amigo, y le pediré que no haga mucho ruido si quiere seguir acechando. Uno se cansa de tanta prueba donde todo son pérdidas y ninguna ganancia. Quizás debería permitirme el lujo de no hacer nada durante una larga temporada. Dejar que todo se despeje, que la niebla se diluya y salga el sol. Si pudiera me marchaba de vacaciones lejos de todo, pero esa palabra está lejos de mi diccionario.

La niebla siempre es pasajera, como nuestras vidas. La felicidad es un algoritmo que depende de muchas cosas. También la profundidad de nuestra mirada en cuanto a los acontecimientos que nos rodean. Vivir en una cabaña es algo extraño. Aquí estás en mitad de la nada, te sientes desahuciado de todo cuando rezuma a normalidad. El bosque está calmo ahí fuera. No se escucha nada. La temperatura no sube aquí dentro a más de ocho grados. Es un sueño vivir aquí, aunque a veces me sienta atrapado en el mismo. Fuera hace más frío.

Ha sido una semana intensa. Encintando la futura cocina y ayer montando y colocando muebles. En unos días tendremos algo decente. El grupo de amigos catalanes que ha estado esta semana ha sido especialmente trabajador. Me sorprende el sobresfuerzo que mucha gente aporta para que este sea un lugar cómodo y cálido. Pero cada vez me voy dando cuenta de que este lugar, quizás exceptuando algunos meses de verano, nunca será cómodo y cálido. Resulta difícil acomodar una casa de piedra construida en el siglo XVI, inabarcable, solo a base de buena voluntad. He arriesgado de nuevo y he comprometido una nueva obra mayor. Será muy caro aislar la casa para que el agua no entre, pero es necesario hacerlo. El riesgo forma parte de este proyecto.

De forma paralela y silenciosa sigo tratando con el arquitecto italiano que nos está diseñando la escuela. Será el objetivo para los siguientes siete años. Y para los otros siguientes siete, intentar crear un núcleo fuerte de comunidad. Eso es lo más difícil porque aquí no hay aguas milagrosas, ni apariciones marianas, ni un suculento negocio económico ni unas instalaciones apropiadas ni un entorno con un tiempo envidiable. El lugar carece de casi todo, así que el esfuerzo será mayor.

De momento solo hay niebla, soledad, algo de frío, invierno. Me pasaré el fin de semana descansando. Estoy agotado y solo me apetece leer y escribir, contemplar en silencio la vida, sus misterios, sus derroteros. La vida es misteriosa, pero en la naturaleza aún lo es más. Miras un árbol o la yedra que lo cubre y todo parece diferente. Observas los ciclos y cala en la epidermis un halo mistérico. La vida ejerce cierta victoria sobre la forma, al igual que el espíritu lo hace sobre la materia. Desde esta pequeña cabaña puedo evocar al fuego, nutrir las vidas menores y mantener así girando la rueda.

Las vidas siempre pueden ser evocadoras. Pueden evocar una idea, una emoción, un sentir, una acción determinada. Podemos invocar a los dioses y esperar a que todo se resuelva de alguna manera. Hasta que nos damos cuenta de que lo mejor es ser evocadores de vida, aspirando a que la misma crezca de forma pacífica y amorosa. Seguiré leyendo y escribiendo. Toca descansar mientras el misterio se despliega y la vida prosigue su caudal inagotable… ¡qué misterio! Abrazaré la mala suerte, no me queda otra, y ya vendrán tiempos mejores.

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Ánimo viene de ánima


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A pesar del accidente de ayer, no me tembló la voz, ni el ánimo. Esta mañana una buena amiga me preguntaba sobre el significado profundo de este accidente. En términos anímicos, hay circunstancias que se expresan en nuestras vidas para poner a prueba nuestro ánimo, nuestro propósito. Son los guardianes del umbral, aquellos cuya misión es impedir el paso del neófito hacia la nueva experiencia. En los mitos aparecen como figuras monstruosas que impiden el paso en el camino del héroe hacia la siguiente estancia de la aventura. En la vida extraordinaria, aquella que pretende responder a la intendencia lumínica de los despiertos, las pruebas del umbral suelen ser diversas.

A un nivel más psicológico, la vida ordinaria está llena de pruebas que pretenden expandir nuestra consciencia. Una ruptura, una enfermedad, un nacimiento, una muerte, un accidente… Ese tipo de hechos extraordinarios merecen una atención especial, pues guardan tras de sí un mensaje velado para que podamos descubrir su profundo significado.

Gracias a la pregunta de mi querida amiga, a media mañana me marché a meditar a un lugar apartado del bosque. Dejé el encintado de la cocina para profundizar en lo ocurrido ayer. Enseguida me vino una respuesta clara. Tenía que tomar una decisión con respecto al proyecto, una obra mayor que requiere de un gran capital y que estaba rezagando por la envergadura de la misma y su propia complejidad. Pero en la meditación lo vi claro. Este accidente pretendía provocar en mí miedo para así abortar la decisión. Sin embargo, no ocurrió eso. En cuanto lo entendí, sin disponer aún de los medios suficientes para dicha obra, llamé al constructor para dar el visto bueno al presupuesto y seguir adelante. Como siempre, la osadía y la valentía precedió al miedo, y ni el accidente, ni las anteriores vicisitudes sufridas en los meses anteriores, podrían apartarme del ánimo, del claro propósito, de la clara luz que me empuja a seguir adelante.

En julio tenemos un evento importante en el proyecto al que debemos atender con una casa lista para acoger a mucha gente y un entorno apropiado para que todo salga a la perfección. Ese reto es solo el inicio de una nueva etapa, también el final de la construcción de la casa de acogida y el comienzo de la construcción de la Escuela de Dones y Talentos. Por eso hoy me sentía lleno de ánimo. Llevé el coche al taller y puse en manos del destino todo lo demás, aventurando la incertidumbre a la certeza interior.

Ánimo viene de ánima, de alma, de espíritu. La fortaleza de ese espíritu guía cada uno de mis pasos, y el miedo o aquello que lo provoca no podrán hacerme retroceder ni un ápice lo que interiormente siento. El viejo Prius será resucitado y volveremos a practicar los caminos, como un Quijote andante que va en busca de justicia y paz.

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La vida en un minuto


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Ayer éramos casi veinte personas en la pequeña ermita tras las visitas de última hora. Por un momento pensamos que no vendría nadie a celebrar el fin de año ya que habíamos avisado, en plenas borrascas, que la casa no estaba en condiciones. Pero muchos valientes decidieron venir con la sorpresa de que tras la tempestad vino la calma y pudimos disfrutar de un tiempo excepcional. Desayunar y comer en el prado en pleno invierno es algo que nunca habíamos hecho aquí. Así que hemos disfrutado de un tiempo hermoso, de sol y calor, con unos amigos hermosos que han querido compartir con nosotros este tiempo extraordinario.

Trabajamos por la mañana y por la tarde la dedicamos a compartir y preparar un poco el fin de año. Me corté el pelo al raso a modo simbólico, para olvidar el duro año pasado e intentar empezar con un ánimo diferente el nuevo año. No hubo una fiesta al uso. Sin alcohol, sin drogas, sin ruidos, sin televisión. Alguien nos había preparado una sorpresa hermosa. Uno a uno fuimos entrando en la pequeña ermita llena de velas encendidas y decenas de instrumentos puestos en un improvisado y pequeño escenario. Hubo un concierto que podríamos denominar de celeste o cósmico. Algo especial para despedir el año, con regalos incluidos, con abrazos y calor humano. Como no había uvas, hicimos el tradicional ritual de cambio de tiempo con los frutos de una granada que encontramos entre la fruta. Cantamos un OM y luego tomamos doce frutos.

Tras el pequeño ritual, los abrazos fueron muy divertidos. Terminamos todos en el suelo entrelazados, riendo de alegría, haciendo la croqueta unos encima de otros. Fue francamente un comienzo de año de los más divertidos que recuerdo. Tras las campanadas improvisadas nos fuimos a dormir pronto. El primer día del año lo queríamos empezar trabajando de forma animosa en la nueva cocina. Pasamos un día hermoso de compartir, de alegría, de cooperación por algo mayor a nosotros. Nos parecía surrealista estar pasando este tiempo tan especial encintando una habitación en una casa helada en vez de estar en un espacio cómodo. Sin embargo, estábamos felices.

Por la tarde bajé al pueblo para preparar unos paquetes de la editorial. De repente, en una curva cerrada y con una fina e invisible capa de hielo, perdí el control del coche. Durante un segundo pensé en lo peor. El vehículo empezó a balancearse de un lado para otro de la carretera, quedando a dos ruedas y estando a punto de volcar entre volantazo y volantazo. Pude evitar que volteara pero no pude evitar el accidente. El coche se estrelló contra la cuneta, la cual me salvó de una caída libre al vacío y al precipicio de las montañas. Por un momento sentí como si la vida se fuera en un segundo, y de repente resucitara.

Toda la parte lateral destrozada. No podía creer que empezara el año nuevo con un accidente de coche. Nunca había tenido un accidente de coche y aunque en ningún momento pasé miedo a pesar del momento de peligro y tensión, no podía creerlo. Me dio pena por el coche, que por un lateral quedó destrozado. Pero estaba feliz porque pude evitar algo peor. Mi integridad física estaba intacta, y me quedé un rato pensando que estaba pasando en este último año con los coches. Especialmente cuando me había gastado un dinero en dejar este listo, y ahora deberé pensar si lo vuelvo a reparar o lo vendo por piezas. Aún no puedo creerlo.

Pensaba que este nuevo año sería un año tranquilo, sin grandes retos, sin grandes problemas, pero veo que la vida no nos da tregua. La vida es así. Se puede perder en un minuto, en una milésima de segundo, o se puede ganar. Al menos estamos vivos. Hemos vencido al año anterior. Ahora toca conquistar el siguiente. Todo es frágil. Todo es circunstancial. Todo es impermanente. Estaremos atentos. Estaremos concentrados.

Feliz año nuevo a todos…

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2019, el fin de una década


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© Michel Rajkovic 

 

“Incluso la época de agobio es digna de respeto, pues es obra, no del hombre, sino de la Humanidad y, por lo tanto, de la naturaleza creadora, que puede ser dura, pero jamás absurda. Si es dura la época en que vivimos, tanto más debemos amarla, empaparla de nuestro amor, hasta que logremos desplazar las pesadas masas de materia que ocultan la luz que brilla al otro lado…” Walter Rathenau.

Algo se sumerge y remonta el vuelo sin mojarse las plumas, reza el Bhagavad Gita. Veníamos de una década difícil y esta no ha sido del todo fácil. Si los ciclos fueran altaneros, podríamos pensar que ahora entramos en una década prodigiosa, dónde la humanidad se une para avanzar en los retos comunes. Pero después de ver que los Leoneses se quieren separar de la ancha Castilla, uno ya no sabe qué pensar. Lo de la unión administrativa de los pueblos va a ser difícil, también lo de la unión fraternal.

Dos grandes retos nos esperan en esta próxima década: los nacionalismo y el cambio climático. El odio, o la ignorancia, en su defecto, campa a sus anchas, a veces escondido, disimulado en cosas abstractas. La unión fraternal aún está lejos. Esta nueva década que ahora nace no parece, aparentemente, muy esperanzadora en cuanto a afrontar juntos todo lo que nos viene. Vuelven los nacionalismos que dinamitaron la Europa en siglos pasados. Vuelve el egoísmo de los pueblos, que se ensalzan en ese ombliguismo enfermizo de pensar que lo nuestro siempre es mejor cuando no es nada cierto. Ni es mejor ni es diferente. Es solo un espejismo, un glamour inocente que desea separar, y no unir. Los seres humanos somos todos iguales por naturaleza. Sólo nos separa una visión corrupta marcada por hechos diferenciales mecidos en la cuna. Nuestra responsabilidad es vencer esas diferencias y unir todas nuestras fuerzas para combatir juntos los importantes retos climáticos que se avecinan. Si estamos entrando en una distopía, en un posible final de los tiempos, es mejor que estemos juntos.

A pesar de todo, si en esta década prodigiosa no hay guerras, habremos avanzado con respecto a siglos pasados. Europa ha mantenido la paz durante estos años y en el resto del mundo cada vez son menos los conflictos, al menos aparentemente. Visto así, no podemos quejarnos. Sí nuestros abuelos que vivieron guerras horribles. Nosotros, solo crisis materialistas por haber perdido algunas cosas que acumulamos ciegamente. El materialismo sigue avanzando cada vez con mayor virulencia. Pero habrá pronto una emancipación del mismo. Pronto entraremos en la época posmaterialista y la vida será diferente, al menos queremos que sea diferente, con nuevos valores, con una nueva ética viviente.

En lo personal no sabría como describir esta década. Puedo decir que he vivido, que ha sido apasionante y que básicamente he concentrado todas mis fuerzas en llevar a cabo una utopía. Como toda utopía tiende al fracaso, no puedo quejarme. Quiero decir que uno, optimista como es por dentro, sabía a ciencia cierta que el final de todo el invento sería una pérdida constante. Pero me queda el regusto interior de haberlo intentado, de haber conseguido crear unión fraternal entre seres dispares, diferentes, antagónicos, de haber creado un lugar inspirador quizás para próximas generaciones, no para la nuestra, que aún vive sumida en el egoísmo y la ceguera. El fracaso formaba parte de la victoria. Como cuando una semilla cae a la tierra y allí muere para que brote un gran árbol potencialmente lleno de frutos. Esa es la sensación de todo el esfuerzo de esta década. Una muerte en la tierra cálida y doliente.

Pero como en todo ciclo vital, algo se sumerge y remonta el vuelo. Si en esta década pasada nos hemos sumergido para que este lugar brotara, la próxima década debería ser un momento de remontar cierto vuelo. No sabemos aún hacia dónde. A nivel general, la tecnología avanza exponencialmente hacia lugares que aún desconocemos. Ahí tenemos la Inteligencia Artificial como protagonista que entrará en nuestras vidas muy pronto. Y también la robótica, a punto de revolucionarlo todo. Y nosotros empeñados en vivir una vida sencilla en los bosques, a contra corriente de todo lo que está pasando. Intentando ser amantes de la naturaleza para seducirla y para arrimar nuestros cuerpos frágiles y desnudos a sus pechos cargados de savia y dulzor.

Personalmente puedo decir que en esta década me emancipé materialmente, viví con energía la culminación de proyectos vitales como la utopía o la finalización de la tesis. También mi bagaje ha sido peculiar. Empecé la década viviendo plácido en las cálidas tierras del sur, en una bonita casa estilo bahaus demasiado grande para albergar a un solo hombre. De allí emigré a Madrid, dónde viví profundas experiencias que nunca olvidaré. Allí fui embajador consorte, disfruté de los placeres materiales y me vi envuelto en una vida de reconocimiento que culminó en las conclusiones en las que ahora me encuentro. Un recorrido vital desde el cálido mediodía al frío septentrión, donde ahora me encuentro.

Todo lo pasado estuvo muy bien, y quizás fue necesario para emprender el mayor de los viajes: el interior. Por eso decidí aligerar el peso del equipaje y enfrentarme a la vida desde la sencillez. Vivir en una cabaña en mitad de un bosque quizás haya sido la experiencia más increíble que he podido experimentar. Por eso, ahora que siento que este es mi verdadero palacio, me encantaría dedicar la próxima década a profundizar en ese viaje interior. Siento interiormente que lo que hasta ahora he experimentado ha sido tan solo un aperitivo. Ahora viene el viaje real, así hasta que logre desplazar las pesadas masas de materia que ocultan la luz que brilla al otro lado.

Feliz año nuevo a todos… feliz entrada a los prodigiosos años veinte.

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Propósitos personales para el año nuevo


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© George Digalakis 

Este año nuevo voy a ser un poco más egoísta. Quiero decir que voy a intentar pensar un poco más en mí, pues me tenía, y me doy cuenta, bastante abandonado. No significa con ello que mengüe mi generosidad hacia los demás, sino que esta vez será mesurada y más pensada, al mismo tiempo que aumentará mi generosidad hacia mí mismo. Sí, uno de los mayores propósitos para este año será ser egoísta, o si se prefiere, más generoso conmigo mismo.

También intentaré disminuir mis vicios menores. Es cierto que nunca he bebido una gota de alcohol, ni probado un cigarrillo o cualquier tipo de droga. En eso no tengo queja en cuanto a mi comportamiento saludable. Pero soy un yonqui del azúcar, aunque quizás podría decir que soy un adicto a algunas cosas que llevan azúcar. Sí, soy vegetariano desde los dieciséis años, pero mis amigos siempre dicen que soy más bien galletariano. Prometo para este nuevo año comer menos galletas, y menos dosis de turrón de chocolate. Esos son mis pequeños vicios menores. No quiero rozar ningún tipo de perfección con respecto a ellos, pero sí cuidarlos…

Con respecto a los mayores, no creo tener muchos, excepto una enfermiza adicción al estar enamorado. Pero prometo no enamorarme este año, ni meterme en relaciones de ningún tipo. No deseo tener pareja y voy a intentar ser más huraño en cuanto a las relaciones en tercera fase que impliquen un compartir de flujos de cualquier tipo. En estos últimos años he sido demasiado alegre en cuanto a dejarme llevar por cualquiera que me sonriera un poco, me diera algo de cariño y me guiñara cualquiera de los ojos. Este año, mi propósito será ser un auténtico estúpido cuando alguien utilice algún tipo de artimaña para seducir mis carnes. Lo siento, pero aún no me siento recuperado de mi último envite, y ya pronto hará dos años. Cuando alguien me bese y me diga eso de “no quiero hacerte daño”, saldré corriendo porque seguro que lo hará. No tengo, que yo sepa, ningún otro tipo de vicio mayor.

Este año me voy a dar algunos caprichos. Nunca lo hago excepto para favorecer a terceros. Pero este año quiero ser extremadamente derrochón conmigo mismo. Todo aquello que se me antoje buscaré la forma de hacerlo. Iré a tomar pizza cuando me apetezca, me compraré una moto eléctrica porque para coche aún no me llega y viajaré siempre que mis ingresos me lo permitan. Como mis ambiciones materiales están más o menos consumadas, inventaré alguna para darme la sensación de que aún soy excesivamente humano y necesito derrochar en algo, aunque sea una tontería como ir al cine o comer pizza. Prometo que este año haré cosas normales.

Lo de la salud es algo que me preocupa. Siento que con los extremos esfuerzos de estos meses tengo el sistema inmunológico hecho añicos. Así que intentaré trabajar menos en aquello que no sea satisfactorio para mi alma o para mi cuerpo. Todo aquel trabajo que requiera un exceso de esfuerzo lo rechazaré de inmediato. Si alguien me llama para construir un tejado, juro que lo mandaré al carajo.

Me gustaría ganar más dinero. Tengo la empresa abandonada y de tanto pensar en los otros me olvidé de mí mismo. Este año deseo potenciar todo lo que ahora tengo. Me gustaría editar menos libros, pero mejores, que me llenen de auténtica satisfacción, y a poder ser, que además me aporten beneficio. Uno se cansa de perder tanto y tanto dinero con autores que nunca agradecen tu labor. Quiero mantener unas finanzas saneadas y no dar tanto, practicando así un poco la contención cuando un tejado se derrumbe o cuando toda la casa se inunde. Seré más precavido conmigo mismo, y no dejaré que nada de lo que pase a mi alrededor perturbe mis finanzas, excepto por fuerza mayor.

Aunque hoy es el día de los santos Inocentes, todo esto es verdad, y por supuesto, también es verdad lo de la pizza. Este año voy a comer muchas más pizzas que el anterior.

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