Muerte y resurrección en el Camino. Segundo día. Sarria-Portomarín


 

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No se puede hablar del mundo si no se sale al mundo. No se puede hablar de la miseria si no has sentido miseria, ni de la riqueza si algún día no abrazaste la fortuna. No se puede escribir sobre una flor si nunca te has detenido a observarlas al borde de cualquier camino. Me atrevo a compartir las experiencias que vivo no porque las invente, como hacen magistralmente los literatos, más bien porque las vivo, las siento, y si hablo de una estrella, me permito hacerlo porque antes estuve observándola en cualquier cielo, detalladamente, sigilosamente, en silencio.

Y ahora, siguiendo la estela pasada, sigo practicando los Caminos, porque no es lo mismo hablar del Camino desde cualquier butaca que hacerlo cuando aún tienes los pies doloridos, cuando estás recién llegado tras sortear la aventura de caminar, a veces con cierto desmayo, entre bosques, montañas, valles y sendas mágicas. Me atrevo a compartir en palabras el jugo y el néctar del aliento, del silencio, de la brisa cuando golpea el rocío de una cara cansada. Me arriesgo a veces a equivocarme, o a no caer bien a unos y a otros cuando lo que expreso lo hago desde el dolor o la rabia, desde la discrepancia o la inteligencia acomodada a la rebeldía. Disiento, normalmente, por naturaleza, ante la hipócrita posición de no arriesgarnos por pudor, por cobardía, por el qué dirán. Disiento ante la vida que no se vive, por eso peregrino, me lanzo a los caminos, para decir por ahí que hay más vida de la que podemos abarcar, que hay una sublime urgencia de actuar, de vivir.

Hoy era mi segunda jornada, hoy es la previa transición a mi propia revolución solar. Era una jornada de reflexión, de recordatorio de las lecciones aprendidas en este duro año, quizás uno de los años más duros que recuerdo. Ha existido una muerte real, quizás una muerte enclavada en el cuerpo emocional, una especie de profunda iniciación. Sentir las diferentes formas de muerte puede ser un buen ejercicio para enfrentarnos conscientemente a la prueba final, esa ineludible prueba a la que nos enfrentaremos todos tarde o temprano, por motivos de azar, de la mala suerte o de prudente y necesaria higiene vital. La muerte siempre es regeneradora. Y admito que interiormente, me siento resucitado, regenerado. Bajar a los infiernos, como hizo el del madero cuando fue clavado y asesinado por la turba, es algo que se puede sentir en vida. Subir y ascender también es posible, y en este Camino que emprendo en esta nueva revolución solar quizás sea un ascenso hacia cuotas de visión mayor, de profunda renovación interior.

En esta segunda etapa he sentido el dolor. Por un lado, el dolor al recordar, al hacer balance, de todo este periplo ingenuo. Visto con distancia, me alejé excesivamente de mí mismo y he pagado un duro precio. Luego sentía el dolor físico, las lesiones pasadas que de nuevo aparecen una y otra vez para recordarnos que los daños sufridos siempre quedan ahí, a la espera de una siguiente prueba. No deja de ser curioso que las lesiones por diferentes motivos que sufrí en mis aventuras de mis tres últimos Caminos de repente sobresalgan para recordarme sus enseñanzas, para infringirme la desdichada condición de la experiencia.

Este camino es solitario. Observo a las almas bonitas pasar. Me siento a su lado, pero siempre en silencio. Luego las dejo marchar sin mediar palabra, solo una agradable sonrisa cómplice. Observo que hay muchas almas errantes, que van y vienen buscando el sentido a la vida. Observo con cariño el sentido profundo del peregrinaje que algunos emprenden en sus vidas. Y con respeto y admiración abrazo todos sus caminos, todas sus pruebas, todo cuanto surge desde sus dimensiones secretas. La soledad también es una llama y a ella me debo en esta experiencia. Muerte y resurrección. Mañana será un día importante en mi biografía personal. Vuelvo a morir, vuelvo a nacer. ¡Buen camino le deseo al ser que se exprese en este nuevo año!

  • Mañana es mi cumple, se aceptan regalos aquí abajo. Un café, un almuerzo, cualquier cosa que sirva para seguir adelante. Gracias de corazón. 

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Cosas del Camino. Primera etapa: O Couso-Sarria


 

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Con el frío que hacía, me costaba enormemente desapegarme de las sábanas de franela. A las siete acaricié a la gata Meiga que reposaba en alguna parte de la cama mientras amanecía de forma lenta y pausada. Estuvo estos nueve meses viviendo en la cabaña y ahora que he regresado se pasa todo el día haciéndome compañía. En estos momentos de solitud, de lugar desierto, la agradezco sinceramente. La compañía siempre es gata-grata. A las ocho encendí la vela en la pequeña ermita. Excepto los espíritus guardianes y mi tímida presencia, no había nadie más. Es como si del lugar hubiera desaparecido la parte humana, y eso hiciera de ese momento único un abanico respirable. Los humanos, incluso cuando estamos en silencio, meditando, somos muy ruidosos. Así que cerré los ojos, miré dentro, en el océano profundo del interior, e intenté navegar hacia el insondable universo íntimo. Tras el alineamiento, llegó el intervalo superior de Dharana, dhyana y samadhi.

Fui a la casa-hospital de peregrinos y desayuné algo caliente. Me impactó ver como la nueva luz de la nueva cocina era capaz de iluminar de forma tan precisa cada detalle de las piedras de sus paredes, de la madera añeja, de los filtros esmeralda que se acompasan en los éteres de la estancia. Sentí que esa morada, que toda la casa en su conjunto, con un poco más de luz, podría transformarse en alguna especie de nave nodriza capaz de surcar cualquier cielo. Las casas son viajeras, saben sobre la profundidad del cosmos. Son alimentadas por el calor (fogar-hogar) y ese calor hace que las flamas astrales viajen de un lado para otro, propulsando cada misterioso momento hacia el infinito. Si fuéramos del todo conscientes, podríamos hacer de cada casa una nave espacial de propulsión electromagnética. Las casas, como nuestros cuerpos, se mueven siempre entre el intervalo cósmico que separa lo finito de lo infinito. Solo hay que estar atentos, solo hay que estar despiertos a ese metalenguaje de las cosas vivas. Y las casas, como nosotros, están vivas. Sienten, albergan, expresan.

Faltando un cuarto de hora para las nueve empecé a caminar dirección al santo sepulcro de Santiago, tierra santa, lugar protegido, lugar de peregrinaje. A pesar de mi resfriado aún no curado, ayer pensé que si dedicaba unos días a sudar en el camino quizás mi recuperación sería más rápida. Espero no haberme equivocado, máxime cuando al poco tiempo de salir a caminar, empezó a llover a pesar de que la previsión daba buen tiempo. No me importó mucho. La lluvia engrandecía el camino, lo dificultaba y aromatizaba con ese olor hermoso a tierra húmeda. Hay algo que se educa cuando se camina sin prisa, en la calma de cada paso, en el traslado inhóspito de cada instante. El cuerpo se aposenta en cada orilla del camino, dependiendo de si los obstáculos son líquidos, tales como charcos, ríos improvisados, o sólidos, administrados por piedras, chinas y otras reliquias maravillosas con mil formas que se encuentran en todo su cordial recorrido. Hay que estar atento para no tropezar, especialmente cuando el camino se convierte en un lodazal o en un río poderoso.

En algunos tramos he tenido que improvisar puentes levadizos, acueductos y estructuras complejas para poder atravesar de un lado a otro. Caminar ha sido toda una conquista contra los elementos. Los peregrinos más avispados, viendo la previsión, han optado por circundar por la carretera, pero yo, que soy un peregrino ortodoxo, no me he desviado ni un ápice del barro y la ciénaga. Al llegar al albergue municipal parecía un lodo andante. Me duché, me acomodé en mi litera, la número once, y me fui a comer tras descansar un rato. La limpieza y la rutina higiénica son importantes en el Camino, en cualquier camino. Hay que estar siempre limpios, porque la limpieza, como la belleza, son tesoros espirituales que hay que conquistar día a día. Este camino es mi regalo de cumpleaños, así que pienso disfrutar todo lo que pueda, cueste lo que cueste. Cosas del Camino.

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Caminar


Tres días en cama, con algo de fiebre y temblor es perfecto para poner al día mil cosas. Da tiempo para muchas resoluciones. Da tiempo para sentir, para exprimir el tiempo deslizante y bailar con su suave manto invisible. Hoy hablaba por teléfono con una amiga y me recordaba mis recesos cuando se acercaba mi revolución solar y me animaba a uno de ellos. El domingo será mi cuarentaiseisavo aniversario y siempre tengo por costumbre desaparecer en algún monasterio, convento, camino o viaje. Así que, tras meditarlo, me vino el impulso de hacer un trozo del Camino hasta donde pueda o aguante. Si el tiempo acompaña y mi cuerpo se ve con fuerzas, mañana, sin prisa, comenzaré a caminar, a volver a la senda, al Camino. Deseo que el domingo me alcance andando, reflexivo, en paz, en calma, fluyendo por los devenires de la vida, por sus misterios, por sus recovecos inexplorados. No sé si mi cuerpo resistirá los primeros pasos tras tres días ausente y enfermo, pero deseo levantarme, preparar una pequeña mochila con calma, otear el horizonte y caminar.

Esa sensación de libertad es única. Caminar, podría pasarme toda la vida caminando sin rumbo, solo por el deseo y el placer de sonreír paisajes, de respirar horizontes, de vaciar el llanto en los trémulos amaneceres. Caminar hacia el lejano Oeste, hacia Occidente siguiendo la guía del sol, de su luz, de su experiencia. No podemos permitirnos el lujo de detener nuestras vidas, tan pequeñas, tan frágiles. No podemos enmohecer, no podemos sucumbir a la pesada carga de nuestras vidas menguantes. Debemos levantarnos, aún frágiles, y caminar. Eso deseo, eso siento. Ahora recuerdo que no fui invitado en la última aventura y quedé encerrado entre libros, en una triste feria. Sentí que me moría por dentro de soledad, de pena, de franca ausencia. Me hubiera ido sin pensarlo a caminar a ciegas, a la aventura, sin un temblor de más me hubiera amarrado a sus ausencias. Pero el halo de su alma libre fraguó ante la inevitable rebeldía, y allí yació el piano, el baile, la música.

Por eso ahora soy yo el que se levanta en rebeldía y me dejo llevar por la llama salvaje que nos revela el bendito canto del pájaro, el roce inevitable de las ramas primaverales, las flores rociadas con el clamor de la mañana. Si despierto en la noche oscura y empiezo a caminar, no palideceré. Caminaré a ciegas, pero caminaré. Practicaré los caminos, como decía el Buda, intentando entrecruzar mis andares con el resto de los peregrinos. Pero sin pisarlos, sin cruzarme en sus desvaríos, en sus pasos firmes y cansados.
Caminar también es una buena forma de olvidar al mismo tiempo que sanamos la complejidad del presente. Caminar nos vuelve inmortales ante la presencia de la quietud, del silencio, de la meditación que nace entre un guijarro y el canto de cualquier ruiseñor. Si fijamos la atención en todo lo que puede acontecer en un solo instante de camino, somos capaces de penetrar en la incesante corriente de vida que todo alberga. Si somos capaces de iluminar aquellas partes más oscuras de nosotros, entonces podremos resolver la sublime ecuación del misterio.

Sí, mañana caminaré. No sé cuánto ni sé hasta cuando. Solo caminaré, y si estás ahí, entre cruces, en algún lugar, podremos conversar, podremos caminar juntos, aunque tan solo sea por un instante. Si estás ahí, seas quien seas, podremos estrujar el latido de cada paso. No me busques, deja que nuestras vidas se encuentren y nazca de nuevo el milagro. Deja que la existencia milagrosa aliente la leve carga. Caminar… de nuevo. El Camino espera. Alabados los lugares que nos sirven de guía y amparo, la santidad que nos lleva por fe y esperanza a subliminar la vida. Alabados los caminos, porque de ellos surge la vida, la explosión de realidad disimulada en el sentir, la expansión de toda consciencia. Caminar eleva, caminar transforma. No dejes nunca de caminar, me repito una y otra vez. Soy peregrino, caballero, aliado de la más absoluta de las impermanencias. Caminando, camina el buen hallado camino.

Resurrección


 

Ayer no pude ir a ninguna feria del libro para firmar libros. Estoy en cama, con algo de fiebre, y con pocas ganas de casi nada excepto de dormir, descansar y ayunar. Después de estos días intensos de amistad y celebración, supongo que los cambios de temperatura (ayer estuvimos a cero grados y hoy no subimos de cuatro) y el cansancio han hecho mella en mi cuerpo. Aún así me encuentro feliz por haber estado con tantos amigos que vinieron para pasar un tiempo juntos. Ahora con esa extraña sensación de soledad cuando todos se han marchado y de nuevo, ese constante enfrentamiento al reto de seguir adelante. Como decía, no podré estar en ninguna feria del libro pero os puedo enviar un libro firmado de mi autoría. Ya sea para vosotros o para un amigo y así puedo decir eso de que he venido a hablar de mi libro. En este enlace podréis encontrar todos mis libros:

http://www.editorialdharana.com/autores/leon-gomez-javier?sello=nous

La primavera es resurrección. Por eso en la tradición cristiana se recupera ese mensaje de esperanza que siempre transcurre en estas fechas en las que la vida vuelve a presentarse triunfante y majestuosa. Desde la ventana de esta pequeña cabaña puedo ver como los árboles se visten de verde, como las flores se ponen sus mejores galas y como la tierra salpica de vida cada rincón. La muerte del frío invierno es vencida, una vez más, por la vida eterna. El mensaje crístico desenmascara simbólicamente esa ilusión mortal, elevando nuestra visión hasta las altas cumbres, hacia nuestra parte divina, hacia nuestra esencia más espiritual.

Decía Platón en su Stollicae: “Conoce aquello a lo que has llegado, después considera mediante el intelecto lo que has adquirido”. Pensándolo con calma, puedo decir que he llegado a una primavera fría, al menos en lo que respecta al plano emocional. Han pasado estos días hermosos seres capaces de subliminar la vida del más despistado de todos, pero notaba que mi corazón estaba lleno de frialdad, de miedo, de cerrazón, distante, apagado. No tengo ganas de abrirme al amor, ni al deseo, ni a la complacencia del compartir íntimo. Tras los traumáticos hechos vividos en este frío invierno de auténtica muerte personal, he adquirido cierta experiencia que ahora debo reflexionar con calma y distancia. Y aunque por un momento pensé que en la primavera estaría preparado para albergar la esperanza del amor, me doy cuenta de que eso en este instante no es posible. Ni tampoco especialmente deseable. Me siento bien así, en soledad, tranquilo, en paz. Sin tener que demostrar nada, sin tener que aparentar nada, sin tener que hacer nada especial. Si el amor tiene que llegar, llegará, pero nunca más lo forzaré, ni me dejaré llevar por ningún acontecimiento caprichoso. Creo que el mundo de las relaciones es suficientemente complejo como para dejarlos de la mano de un calentón, de un momento de ilusión o de una estúpida decisión que luego pueda acarrear tanto disgusto. Calma, serenidad, distancia. La soledad también puede ser una llama, como decía el poeta.

Mi resurrección personal, por lo tanto, para este año, supongo que pasará por intentar reordenar todo el caos de este invierno, especialmente en el plano material. Intentaré, con fuerza y contundencia, recuperar lo que me pertenece sin afligirme ante el chantaje, el abuso o el egoísmo que estoy recibiendo. Mi gran enseñanza está en proteger lo que me pertenece, en luchar por lo que tanto me ha costado conseguir. Necesito ordenar mi vida económica y para ello lucharé hasta el último céntimo. Mi generosidad ha sido excesiva y ahora estoy viviendo en mis carnes sus consecuencias. Los que he dejado que abusaran de mi exceso de generosidad comprenderán que he cambiado, y a partir de ahora, seré más prudente y contundente conmigo mismo y comedido con los demás. Me causa mucha tristeza ver como mi generosidad se traduce en abuso, en crítica y en destrucción. No puedo consentirlo, excepto con los corazones agradecidos, aquellos que se arrodillan ante la inmensidad y dan siempre gracias.

La resurrección también es espiritual. Quiero alejarme del egoísmo y vencer los miedos que ahora me susurran como fantasmas del pasado. Seguiré trabajando, ocultando y protegiendo junto al dios Apolo nuestra parte más divina, para evitar así que el mundo sea devastado por la ignorancia, el miedo y el egoísmo. No me cansaré de recordar una y otra vez la frase que albergan muchos templos consagrados a la vida: «Dios estableció en la fuerza, sólidamente, el templo». Es a esa fuerza a la que debo aferrarme ahora, en este momento de fragilidad, para seguir adelante, una y otra vez. Resurrección.

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Orden


 

Han llegado amigos desde todas partes. Barcelona, Madrid, Burdeos, en Francia… En estos días de reencuentro solicité paz, amor y alegría. Pedí al universo que fortaleciera las columnas de la belleza, la sabiduría y la fuerza. Las energías del caos habían atraído situaciones especiales, y había que volver a renovar los principios, los acuerdos y especialmente los roles asumidos. Hoy pedí a una gran persona que hiciera de maestra de ceremonias. Su belleza interior hizo que el ritual fuera excelente. Hicimos un círculo de sabiduría cuyo tema estaba centrado en la tolerancia, el cual fue la excusa para introducir el sentido exacto de este lugar.

Ella organizó todo de forma hermosa. Primero, nos hizo entrar al templo arrodillándonos simbólicamente ante una espada que, de no inclinarnos humildemente ante la grandeza de la vida y el misterio del universo, podía cortar nuestro cuello-ego. Antes de empezar la ceremonia, el círculo, antes de la que la luz se manifestara en la tierra como mensajera del sol, cantó una hermosa oración. Luego, como buena maestra de ceremonias encendió la luz, tocó a golpe de mallete el gon y pasó la palabra de occidente a oriente y del mediodía al septentrión. El círculo duró algo más de tres horas de plena atención, enseñanza y compartir. Tras anunciar la última palabra y al cerrar los trabajos, ella volvió a cerrar el círculo entonando primero el Padre Nuestro en arameo y la Gran Invocación, terminando todos cantando el “Non nobis, Domine, non nobis. Sed Nomini Tuo Da Gloriam (“No a nosotros, Señor, no a nosotros. Sino a Tu nombre sea dada la gloria”), una de las frases emblemas de nuestro proyecto. Esta oración templaria, cantada entre todos en la ermita, en círculo, cogidos de la mano alrededor de la luz de la vela, representante del Cristo solar que hoy se crucificaba, ha sido una bonita forma ritual de poner orden en las energías del lugar. Energéticamente, se ha hecho un hermoso ritual psico-mágico representando todas las fuerzas.

Cuando el caos se apodera de nuestras vidas hay que cerrar los ojos y danzar alrededor de la luz, de la esperanza, de la fe en que todo puede terminar ordenándose. Así ha ocurrido, la alegría ha vuelto a reinar en nuestros corazones, en esta pequeña y modesta encomienda. El amor se ha desvelado como el misterio al cual acudir, como la revelación última a la que estamos llamados. De forma abstracta, simbólica, arquetípica, hoy la luz ha vencido a la oscuridad. Quizás solo por un momento, quizás solo por unos días, pero suficientes para que nos sirva de guía para siempre. Gracias de corazón a los aliados que han venido desde tan lejos para cumplir con su parte en el ritual. Gracias de corazón a los que elevaron la antorcha de sus corazones para guiar nuestra senda. Un día mágico y especial. Un día para el recuerdo. Gracias, gracias, gracias… Non nobis, Domine, non nobis.

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El mundo de los débiles


 

Realmente mi vida es un libro en sí misma. No haría falta escribir muchas más páginas. Bastaría dejar pasar unas horas y podría contar mil anécdotas. Además, como tuve la suerte de servir para los servicios de inteligencia de mi país, puedo decir que ahora sí que soy un escritor de verdad. Porque un escritor que no haya sido espía, no es realmente un verdadero escritor. Espía, vagabundo, visionario, antropólogo, aventurero, repartidor de pizzas, embajador consorte, empresario, editor, utópico, hippie, burgués, asexual, amante empedernido, enamoradizo, ecologista, bohemio, político, caminante, peregrino, curandero, parapentista, mago, ciclista, pintor, filósofo, insumiso, presentador, doctorante, intelectual, alumno, profesor, conferenciante, actor, articulista, telefonista, repartidor, limpiador, rosacruz, masón, arcano, teósofo, místico, esotérico, ocultista, mentecato, naturalista, anarquista, administrativo, trabajador social, educador, monitor, poeta y a veces, sí, a veces, escribo libros. Si mi gran ego tuviera algo más de memoria podría recitar una cuarta más de oficios y beneficios de esta corta vida. Pero tengo más ego que memoria, así que lo dejo aquí, porque realmente, he venido a hablar de mi libro, que en el fondo, es un libro frágil, tímido, marginal.

En mi vida he ayudado a mucha gente y he sido ayudado por mucha gente. Es una balanza equilibrada la cual agradezco. Cuando era niño, medio a escondidas, hacía nidos de pájaros cogiendo maderas inútiles en la carpintería de mi tío. Recuerdo que eso fue lo primero que hice por algo o alguien que no fuera yo mismo. Eso me pareció trascendente, porque cuando haces algo por los demás, de alguna forma trasciendes tu vida, tu ego, tu visión de la vida. Los pájaros son seres muy frágiles, quizás por eso esa fue la primera página de mi verdadero libro, aquel pequeño nido para pájaros cuya intención no era otra que ayudar a las aves a anidar y repoblar así la tierra con música volátil. No hay nada más hermoso como sentarte bajo un árbol y escuchar a un pájaro libre cantar.

Luego mi ayuda se extendió como voluntario a Cáritas, la Cruz Roja y una decena de organizaciones donde, de forma tímida y voluntariosa, procuraba servir. A niños autistas, a niños marginados, a niños con síndrome de Down, a niños tetrapléjicos, a niños complejos. El servicio a los demás, al frágil, al abandonado, al débil, de forma desinteresada, fue una bonita página. Estudié trabajo social porque allí te daban herramientas para ayudar al marginado, al débil. Entonces ayudé a los marginados de la calle, a los vagabundos, a los pobres de verdad, los que habían perdido todo, incluso la esperanza, incluso la cordura, incluso la compañía.

Esa segunda página fue trascendental en mi vida. Yo había sido débil y frágil desde pequeñito hasta que entendí que el mundo estaba siendo humanizado por los frágiles poetas, por los débiles artistas, por los inútiles escritores que configuraban la realidad de lo que debería ser la existencia humana. Por eso me hice escritor, antropólogo, filósofo y utópico de la vida. Los frágiles y débiles diseñamos el mundo para que los fuertes puedan construirlo. Los frágiles y débiles crean la poesía, la escritura, la filosofía, la ciencia, el arte que hace que el mundo sea bello, humano. Mi vida es una vida de fragilidad, de ahí mi empeño en proteger a los marginados, a los que mueren poco a poco de pena o soledad. Como ser frágil, solo puedo dedicarme a pensar el mundo para que sea mejor. Luego ya vendrán los fuertes con sus grandes manos, y lo construirán. Como ser débil, solo puedo pararme a imaginar un mundo más bello, a describirlo con sumo detalle, a indicar de qué mejor manera se puede poner una placa solar, una cabaña octogonal en armonía con el bosque. Puedo imaginar una utopía y diseñarla y cumplir con la promesa de que se construya. Sí, los débiles imaginan el mundo, y al hacerlo, ayudan a su construcción, a su mejora, a su progreso. Soy débil, por eso imagino mundos, por eso escribo mundos… por eso, por ser débil, voy creando utopías…

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Caos


 

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Llueve y hace frío. No tengo pijama. Se perdió y no logro recuperarlo. Dormir desnudo en la cabaña es toda una hazaña. Una aventura. Cuando esta tarde subía hacia la casa desde las cabañas un hermoso zorro bajaba. Nos cruzamos, me miró asustado y salió corriendo. Se había comido una gallina. Una aventurera ingenua que había pensado que lejos del corral sentiría mayor libertad. Encontró la trascendencia. Estas cosas me ponen tristes. No logro entender del todo estas leyes de la naturaleza. No logro entender que unos se tengan que alimentar de otros. Es algo que me duele, algo que me produce consternación. No entiendo que aún haya gente que coma animales. Me parece un acto criminal, sangriento, doloroso. Hay gente que trabaja en lugares que se llaman carnicerías. Hay gente que trabaja en lugares que se llaman mataderos. Hay gente que come carne, como el zorro cuando mató la gallina. Pude ver las plumas aún calientes. Hay gente que come gallinas y se enorgullece en las redes. No tiene gracia. Comer alitas de pollo no tiene ninguna gracia.

Cogí el coche con un nudo en la garganta mientras veía como Geo perseguía por el verde prado al zorro veloz. Ambos desaparecieron en los bosques, en sus sombras, en sus misterios. Me adentré por los valles y las montañas majestuosas que hay detrás de este bello lugar. La recogí en su casa y fuimos a tomar algo a la ciudad. Aquí en Galicia no tengo muchos amigos, así que lo de hoy era algo excepcional. Hablamos de mil cosas mientras el tiempo apremiaba por avanzar en todo tipo de encuentros. A veces es bueno salir un poco, tener amigos, charlar de cualquier cosa y sentir el cariño sincero.

Hoy me sentía especialmente cansado. Demasiados frentes. Sin ganas de discutir si la leche debe ser en polvo o líquida, si debemos cocinar con cuatro fuegos o con uno. Pensaba en eso y mil cosas mientras atendía la conversación como podía y pensaba en la gallina. En el primer bar tomé un refresco. En el segundo un descafeinado de máquina y en el tercero una tapa de tortilla. La tortilla estaba exquisita, la compañía era excelente pero la música estaba demasiado alta y los huevos me recordaban la tragedia. Hubo un tiempo, corto, que me hice vegano. Creo que debo intentar de nuevo el veganismo. Los huevos y la leche ya no me hacen gracia. Huelen también a muerte. Me entró sueño y volvimos a los bosques. La dejé en su casa. Los paisajes, incluso de noche, son espectaculares. Nunca había visto un lugar tan bello, ni siquiera en las altas tierras de Escocia, ni siquiera en las profundidades selváticas de Alemania, donde por estas fechas las aves migratorias envolvían el cielo con formas imposibles.

Llovía pero me detuve para hacer algunas fotos. Miré anestesiado el paisaje. En la universidad todo son problemas. Podría estar dando clases en cualquier universidad del mundo pero siempre falta algún papel, algún asunto burocrático. La burocracia asfixia la creatividad y exprime al mundo. Recibí una nota del juzgado. A pesar de que ya casi me había puesto al día con todos los pagos, aún quedan flecos que soportar. Me citan y me informan de que tengo veinte días para pagar la deuda que tengo con un proveedor. Me hierve la sangre pensando que otros están disfrutando de mi dinero y de mis propiedades a mi costa y que yo ando pasando calamidades por estúpido, por insensato. No sé cómo la gente se puede volver de repente tan insensata sin importar el dolor que puedan ocasionar a otros. No sé porqué hay alguien que está disfrutando tranquilamente de todo mi esfuerzo y puede vivir con la conciencia tranquila. Yo al menos no puedo, y llamo a unos y a otros cuando mis deudas superan mi capacidad de reacción. Pero hoy me daba cuenta de que a pesar del esfuerzo, aún son muchos los fuegos que apagar, los frentes a los que enfrentarme con fuerza y paciencia.

Aún no me dio tiempo a poner la tesorería al día. Algunos esperan los resultados a pesar de que el año pasado tuve la osadía de poner al orden a todos los que debían alguna cápita. Al menos pude poner a plomo a los que reclamaban trabajo. Y luego miraba el cable que aún faltaba por enterrar y me dolía todo el cuerpo. Dos días seguidos enterrando cables es demoledor. Al menos ya tenemos luz en las cabañas. Y mientras lo hago voy contestando mails de la empresa, atendiendo llamadas, buscando fuerzas para seguir adelante. Luego me llama el abogado y me pide más papeles. Y me pregunto por qué las personas no pueden llegar a acuerdos cordiales y justos sin tanto papel. Por qué la ambición y el egoísmo nos puede. No lo entiendo.

Mientras espero en la segunda cafetería hago facturas y albaranes. Cinco palets de libros son devueltos por la distribuidora que ha quebrado. Más de 125 mil euros en libros. Justo la cantidad que debo desde hace cinco años, desde que empecé este loco proyecto. Si los vendiera todos me quedaría libre de deudas. En ese sentido sería más feliz, me sentiría más liviano. Seguramente me compraría un coche eléctrico porque junto a un buen móvil y un buen ordenador, son las tres cosas que necesito para desempeñar bien mi trabajo. Lo demás me sobra todo. Por eso no tengo ganas de discutir sobre si la leche debe ser en polvo o líquida. Si siguen estas discusiones tontas tendré que enviar a más de uno a parvularios. Estaría bien plantar más árboles y hacernos veganos. Anular el café y la leche líquida era algo que ya habíamos conseguido. Pero te vas unos meses y todo retrocede. Conquistas pasadas ahora resultan ser un estorbo. Nos hemos vuelto unos señoritos. Hasta tenemos wifi en las cabañas y tostadas todas las mañanas. Un caos.

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