Equinoccio en la Hermandad del Espíritu Libre


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“Soy uno de la Antigua Orden de los Hombres Libres. No hay pueblo sin una logia; y donde la haya haré amistades”. Arthur Conan Doyle

Estábamos trabajando con la leña para el próximo invierno, recogiendo todos los palos y ramas que estaban acumuladas en un costado de la finca, cuando nos llamó la periodista. Tenía interés en saber cómo nos iba a nosotros en la pequeña comunidad para publicarlo en un próximo artículo de prensa. Por un momento me extrañó la pregunta y contesté que por aquí todo era normal, que no habíamos cambiado ninguna rutina y que todo estaba en orden. Este invierno solo somos cuatro personas e intentamos hacer las mismas cosas con las mismas rutinas. Nos hicimos una foto para la periodista y la colgamos en las redes.

Es la foto que adjunto aquí. Llovieron algunas críticas por el hecho de que estemos juntos, cogidos de las manos, abrazados, como si no pasara nada. Alguien preguntó, “¿qué esperas mostrar con esa foto?” Me salió del alma responder: esperanza. Tanto tiempo hablando y escribiendo sobre la Hermandad del Espíritu Libre y tan solo en estos días he tomado consciencia de que está llegando el momento de que se vuelva a manifestar. Es verdad que ahora somos pocos, pero también es verdad que en la hermandad nunca fueron muchos. Menos aún en tiempos difíciles, como los de ahora.

Tras las tareas del día y comer algo juntos, fui a comprar algo de comida. Quizás porque sea el más osado. En todo caso, alguien tiene que salir al mundo para proveernos de lo indispensable. El trayecto hasta el supermercado fue dantesco. Calles vacías, carreteras vacías, un mundo vacío y quieto. Es como si a nivel mundial hubiéramos entrado en cierta quietud necesaria. El supermercado estaba igualmente vacío. Las pocas personas que lo frecuentaban procuraban guardar cierta distancia de seguridad. Al salir, un coche de policía iba parando a los pocos transeúntes que encontraba. Me di cuenta de que estábamos viviendo un auténtico estado de sitio, excepcional y solo imaginado en las películas distópicas y apocalípticas. Es como si estuviéramos viviendo un ensayo de cómo debería empezar el final de los tiempos.

A la vuelta paré un rato en su casa. Le llevé algo de comida y conversación. Me hubiera gustado llenar toda su despensa, pero me doy cuenta de que ahora todas las despensas están medio vacías, inclusive la nuestra. Resulta extraño tener que mirar la racionalización de la comida a largo plazo. No sabemos qué puede pasar ni cuánto puede durar esta catástrofe. Pero al menos ahí quedaba el gesto y la compañía. Nos volvimos a abrazar con total normalidad y seguí mi camino de vuelta a la pequeña comunidad.

Soy uno de la Antigua Orden de la Hermandad del Espíritu Libre. La hermandad me obliga a trabajar para el servicio, como un verdadero monje-guerrero que vaga por los tiempos buscando la mejor manera de aportar luz entre las tinieblas. Luz, pero, sobre todo, trabajar para la esperanza. Nuestro testimonio debe aportar esperanza, no como algo inmóvil que se espera, sino como un recorrido, una acción que nos lleva hacia algo mejor. No olvidamos en nuestra peculiar normalidad a los que están sufriendo en estos momentos, a los cientos que se están marchando al otro lado precipitadamente, a aquellos que pronto lo perderán todo por carecer de algo. Hay que promover la  necesidad de ayudar a los que están solos y necesitan compañía en estos tiempos complejos, aún a riesgo de nuestra propia integridad o seguridad. Hacen falta doctores, unos para el cuerpo, otros para el alma. Todos para sanar algo, porque algo estamos sanando a nivel de especie humana. Sin duda.

Nuestro testimonio de esperanza también es un testimonio de fe. Alimentamos nuestra fe con hábitos saludables, con esfuerzo, con silencio, con contemplación, con cantos, con ejercicios, con servicio. Alimentamos nuestra fe cada día con esfuerzo y trabajo para seguir siendo testigos de aquella simplicidad que alguien nos recordó hace dos mil años. Para qué si no tanto esfuerzo, sino para mantener viva la llama que hace tiempo se encendió en nuestros corazones. No podemos olvidar el testigo recibido, y nos debemos a esa causa, a ese propósito de mantener viva la luz, la fe y la esperanza.

Desde esta perspectiva, entramos en nuestra pequeña logia, en nuestro pequeño recinto consagrado, en nuestra pequeña ermita. Encendimos, alrededor de la gran vela, doce pequeñas luces. El ritual de equinoccio fue sencillo. Cada uno de nosotros leímos algunas lecturas inspiradoras, luego entramos en silencio, en contemplación durante un tiempo. Cerramos el círculo virtuoso solicitando deseos de paz y amor, de fe y esperanza. Cerramos ese mágico momento esperando que todos salgamos fortalecidos de esta experiencia. Mucho ánimo os deseo a todos. Mucho amor y cariño desde la distancia.

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¿Y si fuéramos nosotros la plaga?


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© Thomas Wegner

Ayer sembramos las primeras semillas y hoy nos poníamos a trabajar la huerta-mandala, uno de los primeros siete círculos programados para los siguientes siete años. Trabajar la tierra es duro, pero interiormente muy satisfactorio. Este era mi primer día en labrando la tierra. Estuve poco tiempo, pero terminé con un gran dolor de espalda que solo un reparador masaje pudo recomponer. Ella, más acostumbrada al sacho, trabajaba intensamente. Admiraba su fortaleza de mujer mientras cansado, de forma más relajada, aclaraba unos bancales de fresas. Su belleza mezclada entre sudor y campo hacían que el momento mereciera la pena. Es una gran intelectual, pero no tiene ningún reparo en remangarse las manos y dar todo de sí en el mundo tangible. Dos intelectuales en la huerta, intentando, mientras sachábamos el terreno, pensar el mundo, era algo peculiar de ver.

Nuestra filosofía parece acorde con cierta reivindicación sobre esa necesidad urgente que requiere un cambio profundo de nuestro estilo de vida. Podríamos estar tan solo intelectualizando el mundo, pensando el mundo desde nuestros cómodos sillones, pero preferimos ir a la huerta, al terreno, al campo, y poner en práctica ciertos valores. La economía del don, la simplicidad voluntaria y el decrecimiento solo son formas y estilos de vidas diferentes. Nosotros nos empeñamos en hollar sus sendas y ver sus resultados. Nuestra ilusión futura pasa por una Escuela donde se pueda hacer pedagogía de todo esto que estamos aprendiendo. Tenemos la praxis y tenemos herramientas suficientes para dar forma a ese conocimiento empírico, a esa experiencia vivida desde una perspectiva intelectual y práctica.

Es incómodo pensar el mundo cuando todo se viene abajo. Pero el hecho de que media humanidad esté encerrada en sus casas quizás sea un buen momento para hacernos algunas preguntas fundamentales, y pensar, sobre todo, en nuestro nivel de vida, en nuestro particular paradoja existencial, en los valores que lo sostienen. La primera pregunta que me venía mientras desojaba abatido las fresas era precisamente una enormemente incómoda, una que intenté colar en la tesis doctoral y que no tuvo mucho éxito: ¿y si fuéramos nosotros la plaga? Es evidente que estamos cohabitando un mundo que, al mismo tiempo, de forma irracional, por pura ceguera y egoísmo, estamos destrozando. No es algo consciente, y este es el asunto de mayor calado: no somos conscientes del perjuicio que estamos ocasionando.

En esa inconsciencia colectiva, diría que, en ese vicio colectivo, la parte destructora que nos atañe comienza a parecer irreversible al mismo tiempo que se diluye en la normalidad que vivimos. Resulta difícil que todos a la vez, ahora que estamos encerrados  en este particular panopticón y con tiempo para enfrentarnos a lo maravilloso que somos en nuestra esencia, podamos tomar consciencia de nuestra implicación directa en todo este desastre. Si fuera cierto que la Tierra es un organismo vivo, es evidente que ese organismo tratará de defenderse de alguna manera. El calentamiento global solo sería un primer síntoma, una especie de fiebre que está despertando en todo el planeta formas de defensa.

¿Qué sería entonces este virus? Por suerte, de momento, no es una pandemia como la que sufrimos en siglos pasados y donde murieron millones de personas. Vivimos en un tiempo diferente y el ser humano ha creado medios suficientes para protegerse de cualquier tipo de pandemia. Pero de alguna forma, a nivel también muy inconsciente, estamos viviendo en una particular alarma, en algo atávico que nos está despertando la necesidad de replantear nuestras vidas, nuestro sistema, nuestra necesidad de crecer a toda costa. Nunca habíamos estado tanto tiempo encerrados con la oportunidad de crear un nuevo relato de nuestras vidas. Aún no sabemos qué tipo de cuestionamientos grupales surgirán de esta experiencia, ni tampoco sabemos qué tipo de alianzas nacerán para que volvernos radicalmente aliados de la naturaleza. En todo caso, la vida nos está dando la oportunidad de parar, de reflexionar y de cambiar profundamente nuestros valores, nuestras vidas y nuestro futuro común. Ojalá tomemos nota y tengamos capacidad de reacción.

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Sembrando el mundo nuevo


 

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No hay que tener miedo de la pobreza, ni del destierro, ni de la cárcel, ni de la muerte. De lo que hay que tener miedo es del propio miedo. Epicteto

Una de las experiencias más bonitas que he vivido desde hace mucho tiempo ha sido tirarme a la tierra y completar la hazaña de crear un plantel. La experiencia ha sido única. Había plantado muchos árboles pero nunca había plantado semillas que luego se convertirán en verduras con las que crear la alquimia de los alimentos. No podría explicar la sensación de algo tan sencillo. Las semillas, algunas minúsculas como las de las cebollas o las berenjenas guardan una importante información. ¿Cómo la naturaleza ha podido crear algo tan perfecto? ¿Cómo algo tan pequeño puede albergar dentro de sí algo tan grande?

Hemos entrado en el último año donde vamos a centrar nuestras fuerzas en la casa de acogida. Supuestamente, a partir del año siete, los esfuerzos estarían centrados en la construcción de la Escuela, el jardín y la huerta. Pero la crisis que se ha precipitado ha provocado que me animara a sembrar, a pensar en el jardín, en llenarlo todo de flores y arbustos que llenen de belleza el entorno. Me llaman amigos y familiares que viven en la ciudad y están viviendo una situación angustiosa. Estar encerrados en casa es algo complejo. Por eso hoy, con especial humildad, no paraba de dar gracias por cada instante en este lugar. No paraba de saludar a los patos, a las gallinas, a los gatos y a Geo. No paraba de alegrarme por cada brote que empezaba a salir de los árboles, cada vez más verdes y resucitados. Esta tarde he paseado por la huerta, mirando con atención cómo empezar a trabajar en ella.

Sembrar, sembrar, sembrar. No solo sembrar semillas, sino también buscar la manera de sembrar fe, esperanza, conocimiento, alegría. De alguna forma entiendo la dinámica. Las semillas son pequeñas, casi minúsculas e insignificantes a simple vista, pero encierran dentro de sí algo grande. Quizás ocurra lo mismo con este proyecto. Es pequeño, casi imperceptible para el mundo normal. Pero ocurre que el mundo está dejando de ser normal y está viviendo un tiempo extraordinario. Es entonces cuando las semillas que estamos sembrando nacen con más fuerza y vigor. Es entonces cuando muchos empiezan a cuestionarse el modelo y el paradigma en el que vivimos. Y es entonces cuando otros modelos empiezan a florecer.

Nos hemos esforzado durante estos seis años en abogar por una pedagogía que hiciera hincapié en el apoyo mutuo y la cooperación, en la generosidad, en la economía del don, en sacralizar la vida ordinaria y espiritualizar todo aquello que hacemos desde la consciencia. En estos seis años hemos sembrado ilusión y esperanza, amor y cariño. No siempre lo hemos hecho bien. Nos hemos equivocado mil veces, pero hemos perseverado. Y en esa perseverancia ha nacido algo de lo que en su día sembramos.

No tenemos miedo. Hemos sido valientes por tener una casa de acogida abierta a todo el mundo sin pedir nada a cambio. Hemos sido osados por dejar las puertas abiertas, sin cerradura de ningún tipo, para que cualquiera pueda entrar y salir a su antojo sin esperar nada a cambio. Ahora resulta que vienen otros tiempos y deseamos profundizar en otro tipo de conocimientos para que nos ayuden a mejorar lo que hasta ahora hacemos. Será emocionante poder hacerlo. Será hermoso poder compartir algún día todo este holograma utópico. Quién sabe, quizás sirva de esperanza o motivación para que otros lo puedan intentar.

A los que estéis pasando una situación difícil, aquí tenéis un amigo y una casa. Os envío un abrazo sincero y todo mi apoyo incondicional en todo aquello en lo que pueda ayudar o ser útil. ¡Ánimo con todo!

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Solidaridad


 

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Esta mañana trabajando como voluntario en la Casa de Acogida. La máscara servía para protegernos del polvo que se levantaba en la obra. 

Intentamos hacer vida normal. Aquí en las montañas el drama humano que se está viviendo en las ciudades casi es imperceptible. Seguimos con nuestra rutina. La casa de acogida está vacía. Habitada solo por los gatos y el amigo Geo. La naturaleza sigue su curso normal. La primavera va llegando y ya da forma a flores y brotes verdes. Nada aquí ha cambiado, excepto la forma atípica de darnos almabrazos y la peculiar manera de hacer los círculos. Intentamos hacer un poco de broma con todo para no caer en el pánico ni hacer un exceso de dramatismo. Se agradece la compañía y el poder pasear por los campos y valles.

Nos comunican que hay un peregrino mexicano de avanzada edad que no puede seguir caminando. Nos ofrecemos con las puertas abiertas para atenderlo. Al final la Guardia Civil sale a su rescate, pero la posibilidad de seguir atendiendo a personas nos pone a prueba. Surgen recelos y miedos. Personalmente siento la necesidad de ser útil y de seguir el llamado de servicio.

Nos llama un amigo para que le ayudemos con la comida. Sus reservas se están agotando y no sabe a quién acudir. No tiene dinero, ni recursos. Cogemos todo lo que podemos y marcho para llevarle algo de alimento aún con riesgo de ser parado y multado. Las calles y carreteras están vacías. No se ve ni un alma. Tengo por dentro una sensación extraña, pero sigo adelante con todo. Impresiona no ver ninguna persona en todo el recorrido hasta la aldea del amigo. Silencio. Un silencio extraño, parecido al que debieron sentir los protagonistas del libro “Mecanoscrito del segundo origen”.

El apoyo mutuo es lo primero. La solidaridad es lo primero. El acompañamiento es lo primero. Está solo, aislado en su casa, sin medios. Llevamos patatas de la huerta y huevos de nuestras gallinas acompañado de algunas otras cosas más. Al vernos nos damos un abrazo sin extremar ningún tipo de precaución. A ambos nos sale del alma. Él más que nadie necesita ese abrazo. La soledad hace mella en estos momentos. Le conmueve el gesto, pero sobre todo, le alegra la compañía, el poder ver a otro ser humano. Hablamos un rato largo, especialmente sobre temas de huerta y de cómo sobrevivir cuando el hambre empieza a aparecer. Aprendo mucho a su lado y me alegra poder ir a verlo. Recuerdo de repente todas esas generaciones pasadas que sobrevivieron a guerras y hambrunas. Recuerdo con cierta desesperación y solidaridad interior a todos los seres humanos que en estos momentos están pasando por situaciones verdaderamente trágicas. Recuerdo entonces nuestra vulnerabilidad y me sobrecoge esa sensación oportuna de humildad.

Empiezo a recibir las primeras cartas de clientes de la editorial expresando su imposibilidad de pagar facturas. De momento me resisto a hacer lo mismo con mis proveedores. Recibo la llamada de un buen amigo que desea ayudarnos. Agradezco infinitamente el gesto solidario y generoso, especialmente cuando no sabemos cuánto durará esto. Admiro profundamente a las personas que se ofrecen voluntariamente a echar una mano. Las muestras de solidaridad crecen en tiempos complejos. Si miro el calendario, solo llevamos dos días de encierro y paralización. Leo las noticias económicas y me recuerdan a la crisis de hace doce años. Intento respirar profundamente porque en aquella crisis perdimos muchas cosas. Los autónomos viven de lo que venden día a día. No quiero imaginar qué ocurrirá si la cosa se alarga excesivamente. Familias enteras deben estar ya viviendo momentos totalmente angustiosos. Toca resistir. Toca apoyar.

A pesar de todo el ánimo no ha decaído. La primavera incipiente ayuda. Si esto ocurre en pleno invierno hubiera sido desesperante. Pero hoy hacía sol y buena temperatura aquí en los bosques. Estuvimos trabajando duramente en la casa de acogida, pero hay un deseo fuerte de poner todas nuestras fuerzas en la huerta. Nos alegra ver como las fuentes de solidaridad se despliegan y cómo el mundo empieza a tejer dentro de sí una sensación de humildad ante las pruebas de la naturaleza. También un sentimiento de compasión hacia el otro. Nos gustaría poder ser más útiles. No se me ocurre como excepto auxiliando a aquellos que necesitan algo y nosotros podamos apoyar. Un poco de comida, un poco de conversación, un poco de solidaridad con aquellos que lo están pasando francamente mal. Ya no por el virus, sino por sus efectos colaterales. Agradezco infinitamente a aquellos que en estos días están poniendo todo de su parte para apoyar a los otros. Agradezco infinitamente las pruebas que la vida nos pone delante para engendrar dentro de nosotros una nueva visión del mundo.

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Relato de un náufrago


 

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A las cinco de la mañana sonó el despertador. Mis buenos amigos me llevaron muy temprano hasta el aeropuerto de Inverness. Aún tuve tiempo de ver algo de amanecer antes de marcharme de la hermosa Escocia. Sentí cierta angustia por todos los acontecimientos que se habían precipitado de repente. Era como si estuviéramos afrontando el inicio de la tercera guerra mundial y tuviera que volver precipitadamente a casa, al frente. Esa era más o menos la sensación que tenía por dentro. Llegué a Londres y cogí un autobús. Por un descuido, estuve casi seis horas subido en autobuses, recorriendo de forma graciosa tres aeropuertos londinenses. Por fin llegué a mi destino, donde iba viendo por las pantallas a medida que pasaban las horas como se iban cancelando los vuelos hacia Italia o España.

Por suerte mi vuelo no se canceló. Era el último avión para España y era de las últimas plazas que quedaban. En el avión había un ambiente excesivamente cargado. Todos habían dejado algo. No era un vuelo normal, y eso se percibía en el olor, en las caras angustiadas, a veces de miradas desconfiadas por si alguno fuera portador del coronavirus. El avión llegaba muy tarde a España y había pedido a varias personas que me recogieran a mi llegada. Pero había demasiado miedo a salir. Se había decretado el estado de queda y no era recomendable ningún tipo de desplazamiento. De repente me sentí como un náufrago perdido en una gran deriva. Solo ella se atrevió, atravesando media Galicia para ir en mi búsqueda. Cuando el avión aterrizó, una chica lloraba porque la policía había impedido a su novio ir a recogerla. El miedo se extendió entre los pasajeros porque no sabíamos qué nos esperaba a la llegada.

Quedé con ella a las afueras del aeropuerto. Tenía miedo de que la policía la interceptara y le impidiera llegar. A la salida había un control policial, pero tuve la sensación, al ver la sonrisa de los policías, que nos recibían como héroes. De alguna manera, habíamos renunciado a algo para estar entre los nuestros. Me alegró mucho el recibimiento policial, y la sonrisa amable y sincera, cómplice, de ese agente que nos atendía con cierto cariño mientras nos pedía la documentación. Hubo una bonita reconciliación humana.

Salí con algo de miedo a las afueras. No sabía qué me iba a encontrar y caminé con cierta ansiedad hasta la rotonda donde habíamos quedado. Ella apareció como una heroína que rescataba a un náufrago. De repente la miré y sentí un profundo agradecimiento, un profundo reconocimiento a su valentía, a su generosidad, a su valía. Alguien había arriesgado algo de sí misma en sacrificio por otro. Era solo un gesto, pero para mí, era algo más que eso. A los pocos kilómetros, ya aparentemente a salvos, paramos el coche en la cuneta y salimos para abrazarnos, como hacen esos enamorados que se besan con desesperación en tiempos de guerra. Fue un momento hermoso y emocionante, significativo, revelador.

Llegamos a las dos de la mañana después de casi veinte horas desesperadas para llegar a casa. Me embriagaba una sensación de cumplimiento con cierto deber, sin saber de qué deber se trataba. Al menos una sensación de alivio por estar en casa, en la pequeña cabaña, abrazado al destino que siempre une aquello que parece inevitable. Vivir un tiempo extraordinario, experimentar grupalmente una vivencia que jamás hubiéramos imaginado, resultaba algo más que sorpresivo.

Y ahora la incertidumbre. Hoy me tiré todo el día, aún con el cansancio bajo los pies, viendo la situación empresarial. Ni un solo pedido en días, ni un solo ingreso. Gasté lo último que quedaba en comida para un mes. A partir de ahora todo es incertidumbre, supongo que algo así como suspensión de todos los pagos y cancelación de todo tipo de compromisos económicos. Las obras en la casa quedaron sin terminar, los libros en el aire y la vida enseñándonos sobre lo esencial y verdaderamente importante.

Me quedo con el acompañamiento, con el abrazo a las afueras del aeropuerto, por el compromiso renovado, con la esperanza de que esto puede ser una oportunidad para hollar el mundo nuevo, o al menos, para poder imaginarlo, soñarlo. Me quedo con nuestra vulnerabilidad, con nuestros miedos, pero también con los actos heroicos de todas las personas que están dándolo todo estos días, me quedo con la esperanza. También con la sonrisa amable del agente de policía al recibirnos en el aeropuerto. Éramos quizás los últimos. Éramos los que preferían enfrentarse a lo que venga de frente, en casa. Me quedo, por supuesto, con el abrazo de mi particular héroe. Agradecido, eternamente agradecido.

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De vuelta a casa


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Estoy en Escocia. Llegué ayer a las Highland desde Ginebra. Los aviones estaban medio vacíos. En Londres parecía todo normal si no fuera porque el aeropuerto parecía un lugar tranquilo y apacible, sin las normales aglomeraciones. Un día antes, justamente cuando O Couso cumplía seis años de existencia, moría a los cien años Dorothy Maclean. Por un momento sentí que había venido a despedirla. Siempre he sentido mucha gratitud por los tres fundadores de la comunidad de Findhorn, y siempre sentí una gran alegría por haber podido compartir meditaciones con uno de ellos en vida. El lazo entre Findhorn y O Couso tiene que ver con La Resplandeciente, con el séptimo rayo, con S. G. y con muchas más cosas difíciles de explicar y entender.

No me dejaron entrar en el último autobús que llevaba a Findhorn. No sé si porque era español o porque el conductor tenía ganas de llegar pronto a casa. “Coge un taxi o vete andando”, me espetó con muy mala educación. Opté por la segunda opción. Anduve durante una hora desde Forres hasta casi el cruce con Kinloss rodeando toda la hermosa bahía. Allí María me encontró y me rescató de mi ya nocturna caminata. Nos abrazamos en la comunidad sin temor al corona-virus. Hablamos durante unas horas y nos fuimos a descansar.

Hoy fue un día de mucha intensidad. Fuimos a pasear a la bahía y contemplar las focas que posaban a lo ancho de la playa. El poder verlas y escucharlas fue todo un precioso espectáculo. Fue un paseo hermoso que hicimos tras la meditación en la sala de la comunidad. Comimos una focaccia en la bahía mientras volvíamos despacio hacia casa y recordaba viejos tiempos. Hacía trece años que vine aquí por primera vez en una época de muchos cambios y poderosas experiencias. En Findhorn cambió radicalmente mi vida hace ya más de una década.

No paraba de mirar las noticias. Estamos viviendo un momento excepcional. En teoría tenía mi vuelo de vuelta para finales de marzo, con la oportunidad de poder asistir a un hermoso ritual de equinoccio. De repente vi un video de un médico que explicaba a su manera la angustiosa situación que se está viviendo en los hospitales. Me sentí moralmente incómodo y decidí buscar un vuelo de vuelta inmediato.

Conseguí un vuelo con algunas extrañas escalas para mañana. Solo he estado en Findhorn, en Escocia, un día. Mañana regreso si resulta posible. Siento la necesidad de estar allí, con los míos, en casa, en estos momentos difíciles. Siento la obligación moral de ser útil donde más se necesite. Y si dentro de esta extraña ruleta toca morir, prefiero hacerlo allí. Nunca antes nos habíamos enfrentado a un reto social de tamaña magnitud, y sea o no sea todo una pura ilusión, deseo vivirla en primera persona en mi pequeña cabaña.

No sabemos qué va a pasar a partir de mañana cuando todo cierre. No sabemos de qué vamos a vivir si dejamos de recibir ingresos, si las empresas empiezan a cerrar en cadena. No sabemos cuánto se puede alargar esta situación y hasta cuánto podremos resistir en la incertidumbre. Ahora toca ser valientes, toca estar a la altura de las circunstancias y toca afrontar esta situación con dignidad y esperanza.

Juntos podremos afrontar el reto que se nos presenta. Una oportunidad para analizar profundamente la debilidad de nuestra sociedad, pero también la fortaleza de aquello que más nos une. Seamos fuertes y valientes, solidarios y cooperantes. Todo un país, todo un continente, todo un mundo se enfrenta a una nueva amenaza. La enseñanza que saquemos de esto será nuestra propia salvación futura. De alguna manera, la vida nos empieza a preparar para lo que se pueda avecinar próximamente. Estemos atento al aprendizaje.

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Humanos en tiempos de crisis


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© Fabienne Bonnet

«Decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los humanos más cosas dignas de admiración que de desprecio». Camus

El miedo se apodera de todo. Lo estamos viendo en estos momentos de crisis, de plaga. Me pregunto qué hubiera pasado si esta misma plaga, en vez de matar un cinco por ciento de los afectados, el porcentaje se hubiera disparado hasta el cincuenta por ciento. Nadie estaría a salvo del terror inoculado en nuestra psique, y por lo tanto, todo se autodestruiría por sí solo. Algo así nos decía Camus en su obra Calígula: “No se puede destruir todo sin destruirse a sí mismo”. La autodestrucción ocurre con demasiada frecuencia. El cuidado y alimento de las emociones es tan importante como el cuidado y alimento del cuerpo físico. El cuerpo físico se ha convertido en un templo, desdeñando el resto de los soportes que nos permiten convivir en vigilia en la vida real. Pocos se ocupan de cuidar la vida, la vida que nos rodea, su campo vital y etérico, su radiación mistérica. Pocos se ocupan de alimentar las emociones, de crear buenas ondas, irradiar amor y cariño, cuidados y alegría. Pocos cultivan y alimentan nuestros pensamientos acordes con una consciencia lúcida y definida, palpable en los elementos más abstractos de la existencia. Pero menos aún, pocos cuidan y alimentan nuestra moral, nuestros valores, nuestra virtud. Aquello que nos hace valerosamente humanos.

Nos hemos convertido, nos guste o no decirlo, en una plaga para la naturaleza, para todo el planeta. Revertir la situación creada será francamente complicado. Quizás por ello la naturaleza, ante el hartazgo que supone soportarnos, busca remedios para atajar la plaga que está viviendo. El corona virus podría ser simplemente un pequeño detonante de algo que podría agravarse en pocos años. Estamos ante las consecuencias de la civilización nihilista. Cuando rechazamos todos los principios, ya sea estos espirituales o morales, entramos en la espiral de que nada en la vida tiene sentido. Esto crea un problema de fondo. Todo radica en la pérdida progresiva de sentido la cual aboca en la obcecación por lo abstracto. “Si nada tiene sentido, todo está permitido”, advierte Camus en Calígula. Incluso está permitida la mala educación, el egoísmo más feroz, la anulación del otro sin mayor compasión ni reparo. La verdadera desesperación nace de no saber a qué atenernos. Por eso la plaga provoca pérdida de sentido. Miedo a perderlo todo, inclusive nuestra vida aparentemente insulsa y sin valor.

Permanecer cerca de los seres y las cosas que nos rodean podría ser una vuelta a la realidad, una vuelta al sentido de la vida. El otro, el que tenemos cerca, el que tenemos al lado, deja de ser una entidad abstracta y se convierte en una entidad real, de carne y hueso, del cual se puede esperar siempre lo mejor. Quizás este tipo de crisis nos humanice hasta el punto de que nos volvamos más conscientes de poderosas virtudes.

Volver a la felicidad personal y compartida podría ser un buen camino para afrontar la que se avecina. No como un camino ingenuo o cursi, sino como una vía necesaria para la supervivencia humana. Decía Camus que la abstracción es el mal, porque de alguna forma nos aleja de la realidad. “Nos asfixia esa gente que cree tener la razón absoluta, ya sea con sus máquinas o con sus ideas”, decía. Nos aleja del otro cuando el pánico y el miedo, el rencor y el abismo entra en nosotros. Abstraerse de la vida es perderse la vida. No podemos cortar bajo teorías abstractas aquellas raíces que nos unen a la vida y la naturaleza, al otro sintiente. No podemos cortar el diálogo y la seducción con el otro en nombre de totalizantes ideas o creencias personales. Ese es el verdadero fracaso de nuestra naturaleza. Debemos reaprender a seducirnos, a cotejarnos y romper así con nuestra propia ensoñación personal.

Decía Camus que vivimos en el terror porque ya no es posible la persuasión, porque ya no podemos volver hacia esa parte de nosotros mismos que se reencuentra ante la belleza del mundo y de los rostros. Debemos abrazar de nuevo los corazones para que sean dignos de felicidad sin necesidad de agazaparnos al dolor o la servidumbre. Debemos lograr transformar nuestra humanidad en un verso apacible, en un canto real humano.

Reforzar la dignidad humana en estos tiempos puede ser una clave para, dentro del caos razonable en el que nos movemos, sigamos avanzando. No hay mayor valor y avance que comprometerse con la realidad, con el otro. No hay mayor bien que luchar una y otra vez, aún con el peligro de quedarnos solos, por aquello que nos humaniza. No debemos convertir nuestras vidas en un desierto por temor a equivocarnos, o en una idea abstracta que nos aleja de lo real. Debemos equivocarnos y al hacerlo, aprender, volver la mirada una y otra vez, sonreír ante el tropiezo. La virtud, la búsqueda de los valores, no implica perfección. Implica tropiezo, constante tropiezo cuando se escala tan sublime montaña. Y al hacerlo, nos volvemos valerosos, y sobre todo, verdaderos humanos.

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