¿Y ahora qué?


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© David Frutos Egea 

Lo primero dar las gracias a María, doctora y profesora de universidad que estos días me ha estado cuidando como nadie. Mi mayor reconocimiento y agradecimiento por haber viajado hasta Córdoba para ayudarme a preparar la presentación y la defensa hasta el último detalle y por acogerme en su casa de Madrid tras el bajón postdoctoral. Sus cuidados y amor incondicional hasta en el más pequeño gesto han hecho que este tránsito haya sido lo más suave posible. Tener que soportar la tensión de estos días ha sido una prueba dura, de ahí que agradezca especialmente su infinita paciencia.

Esta mañana tenía una reunión en Madrid. Me hizo gracia que mi primer día como doctorcito hubiera pasado la noche en casa de una doctora, profesora de universidad, y comiera con un grupo de soñadores del adytum en el comedor del Centro Superior de Investigaciones Científicas. Esos guiños del destino, de la vida juguetona, que te van marcando los ritmos de la existencia.

¿Y ahora qué? Me preguntaban los doctores que evaluaron mi tesis y me preguntaba mi directora mientras me invitaba a dar alguna charla en algún máster o clase universitaria. Pues ahora no lo sé. Necesito celebrar todo esto y estar agradecido. Agradecido a la familia que ha cuidado de este lugar durante esta larga e intensa semana dónde ha pasado de todo. Me han recibido con un gran cartel que decía algo así como “Bienvenido Xavitxu Doctorcito”. Me ha hecho mucha ilusión y me ha llenado el corazón de alegría. Llegar y encontrar el calor de los “otros” es algo que no tiene precio.

¿Y ahora qué? Pues me encantaría poder dormir hasta muy tarde. Aquí en la cabaña se está bien y tengo un gran resfriado que he cogido tras el bajón posdoctoral. Pero mañana me espera el tejado y su culminación, así que, esté como esté, tendré que levantarme y volver a subir a los tejados. La motivación es la misma, porque si bien he culminado una gran etapa de mi vida, la vida sigue, y es bueno dejar todo en orden, acrecentar el deseo de que, aunque ahora me siento mucho más libre y liviano, debo seguir cumpliendo con mi parte.

Así que no tengo aún una clara respuesta a todo lo que me gustaría hacer a partir de ahora más allá de los planes que ya tenía. Pero sí me gustaría seguir aportando a la antropología, seguir cosiendo costuras para entender mejor al ser humano en todos sus contextos. Seguir siendo antropólogo, quizás con un perfil más divulgador, pero seguir siéndolo.

Por lo demás, poco más. Necesito dormir y descansar. Estoy malito. Mañana será otro día…

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Doctor en antropología


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Ayer ante el tribunal, en Sevilla

“Toda ciencia viene del dolor. El dolor busca siempre la causa de las cosas, mientras que el bienestar se inclina a estar quieto y no volver la mirada atrás”. Stefan Zweig

Después de casi quince años de esfuerzo y trabajo, me siento realmente feliz. Sólo quería compartir esta felicidad. Sin más. No para sentirme privilegiado, ni para desarrollar un aura mística que envuelva ningún tipo de premio o éxito. Es solo una felicidad interior que no busca reconocimiento. Ni admiración, ni trato privilegiado. Solamente agradecimiento y compartir.

Toda ciencia viene del dolor, decía Stefan Zweig. Ahora puedo entenderlo. Ayer tuve un parto. Doloroso, muy doloroso. Pero luego, al ver la criatura, llegó la felicidad, la quietud, y el deseo de no volver la mirada atrás. Sólo quería compartir esto y abrazar con calma este momento. Escribiendo cosas íntimas durante tantos años, no podía dejar de relatar esta alegría íntima y especial.

No sé de dónde vino mi necesidad de hacer una tesis doctoral. Quizás pueda ayudar de alguna manera para algo. Ayer cerraba la defensa pensando algo así como “ahí lo dejo, por si puede servir de algo en la producción de conocimiento”. A pesar de ser una tesis totalmente heterodoxa y extraña gustó al tribunal. Hubo críticas de forma y contenido, como es natural en cualquier tribunal. La crítica forma parte del proceso de construcción de ideas. Intenté justificar esas deficiencias desde el principio, pero con humildad, sinceramente.

Un estudio multilocal en más de catorce países y cuatro continentes. Más de setenta entrevistas que seguramente fueron muchas más. Más de cincuenta comunidades que seguramente fueron muchas más, y casi quince años de estudio y etnografía intensa. Algo excesivamente extenso e inabarcable para intentar ordenarlo en tan solo unas páginas, que de mil pasaron a quinientas y de quinientas a trescientas con letra pequeña para disimular una tesis excesivamente abultada. Por dentro estaba feliz y satisfecho, y porqué no decirlo, aliviado y orgulloso de haber finalizado un gran trabajo.

¿Y ahora qué? Me hicieron algunas sugerencias motivadoras, dada la originalidad y la actualidad del trabajo. También me dijeron que, de alguna manera, al ser pionero en esta temática, quizás me haya convertido, sin saberlo, en una especie de gurú de las utopías y las comunidades. Y por supuesto, la motivación de que realice libros que puedan profundizar en todo lo aprendido y seguir produciendo así conocimiento.

Si estuviera en mis manos, o si tuviera el dinero suficiente para hacerlo, terminaba de reformar la casa de acogida, dejaba todo listo para que la gente estuviera allí cómoda y me marchaba tres meses a las islas Trobiand, en el mar de Salomón. De alguna forma fue allí donde empezó realmente nuestra disciplina. Aislado entre aguas, escribiría esos dos libros que me pidió el tribunal, uno personal, con mis vivencias en los bosques, y otro etnográfico, para ayudar a la disciplina en su crecimiento. Pero ahora me encuentro atrapado en mi propia utopía, qué paradojas, al menos hasta que encuentre la manera de que sea un lugar habitable, cómodo y accesible, sin goteras, sin frío, sin peligros.

Al final de mi intervención les lancé la pregunta, ¿y ahora qué? Sigo sin saberlo. De momento disfrutar de la alegría de ser doctor en antropología, título que dediqué a mis padres y que agradecí a tantas y tantas personas que durante estos años me han apoyado en esta locura. La lista es interminable, aunque aprovecho para dar las gracias a María, a Dolores, a Manuel Jesús, a Agustina, a Ruth y a Jesús que fueron hasta allí para apoyarme y darme calor en el parto. Gracias de corazón.

También al tribunal, compuesto por un alemán, un griego, un catalán, un castellano-manchego y una andaluza. Al presidente, el doctor Julián, de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, a su secretario, el doctor Richard, de la Universidad de Sevilla y a los vocales, la doctora Pilar de la Universidad de Huelva, al doctor Anastasios de la Universidade Nova de Lisboa, y al doctor Joan de la Universitat Rovira i Virgili de Tarragona. Por supuesto también a Manuela, mi directora de tesis, que aguantó los avatares de este proyecto durante más de una década.

“¿Y volverás a O Couso?”, me preguntó el tribunal. El lunes volveré, tengo que seguir creando utopías, tengo que seguir quitando goteras y arreglando tejados. Cuando eso termine, quizás empiece a construir otro tipo de utopías, o ayudar a crearlas en otros lugares. Como buen constructor de arquetipos, seguiré construyendo y compartiendo visiones e inspiraciones.

Seguramente estaré un tiempo en la quietud, en el disfrute, sin mirar hacia atrás. Pero la vida también viene del dolor, así que pronto tocará ponerse de nuevo en movimiento, volver a caminar, a peregrinar, quizás esta vez sin exceso de rumbo, como en el Camino del Loco, que va mirando alegre el paisaje sin percatarse mucho del horizonte inmediato. Por unos días disfrutaré del paisaje, y luego, ya veremos. Ahora, a disfrutar unos días de ser doctorcito, y luego volver al anonimato, el silencio y el servicio. Gracias de corazón por las cientos de felicitaciones que he recibido. Gracias de corazón por apoyarme desde el lazo místico.

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Los mundos se crean desde la quietud


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Geo y Gaia recién llegados a O Couso (primavera del 2014)

Estoy en un proceso liminal, de transición. Hoy soy un anónimo licenciado y si todo va bien, en unos días seré un anónimo doctor en antropología. Llevo tres días encerrado en esta habitación, ingiriendo mucho chocolate y algo de comida rápida para no pensar en esas cosas. La cabeza me va a estallar. Ayer escuchaba un video en el que daba una charla fresca y valiente sobre comunidades hace ahora seis años. Se me veía más joven, más risueño, con las ideas claras, fuerte, amable, hermoso, incluso con más pelo. Ahora, en los ensayos que hago cada tres horas, se me ve cansado, apagado, sin mucho que contar. Supongo que es la pesadez de estar quince años hablando de lo mismo, estudiando sobre lo mismo, pensando sobre lo mismo.

Mi mayor deseo tras este parto que ocurrirá el viernes en la antigua fábrica de tabacos de Sevilla, será sentarme junto a los patos, en el estanque, en los bosques. Últimamente lo hago mucho y entiendo ese deseo anciano de contemplar la vida con calidez, con curiosidad, sin esperar nada a cambio, con desapego. Me volví anciano demasiado joven. Ya de pequeño solía distorsionar la niñez contemplando a los otros niños. Los miraba jugar a la pelota en el patio y me preguntaba, a mi infantil edad, qué sentido tenía aquello. Nací silencioso y demasiado viejo. Siempre contemplando la vida sin participar del todo de la misma, al menos aparentemente. La riqueza interior que da la observación puede crear hilos allí donde se tejen los arquetipos. Y eso es otra forma de vida, otra forma de creación.

La contemplación es en sí misma una forma de vivir. Las constantes emocionales que nos arrebatan el pensamiento de un lado para otro, su observación, forma parte de la vida. Cuando te sientes querido por alguien cercano te gusta sentir su pecho contra el tuyo, en silencio, sin que medie nada excepto el calor y el cobijo de sentir la vida del otro a tu lado. Cuando eso te falta inventas mil cosas para distraer la marea, la mente, la vida. El calor del otro es un bálsamo, es un preciado bien. Dormir abrazado a otro ser, levantarte con un sonrisa ajena, despertar el día lleno de ese entusiasmo que nace del reto del compartir. Compartir es la fuente de vida, es la luz, el nacimiento. Por eso allí tenemos las puertas abiertas y cualquiera que lo desee puede sentarse junto al estanque. Quien pueda entender ese gran secreto de la vida podrá abrazar su infinitud.

Por eso contemplar el estanque y los patos puede ser algo bueno. No tengo mayores aspiraciones personales. Si me llaman para que eche una mano en algo acudiré. Si me ofrecen un viaje a alguna parte viajaré. Pero ya sin deseo, sin ganas de demostrar nada, sin ganas de poseer nada excepto vida. Sentado en el estanque puedes esperar a que ocurra cualquier milagro, o puedes, bajo la mirada atenta, observar como se tejen los hilos de Ariadna de los que hoy hablábamos. Si me recuerdas, si aún guardas memoria de aquellos tiempos, sabrás descifrar esos hilos. Sentado, junto a los patos, uno puede percibir lo milagroso de cada expresión que nace de cada instante de atención. ¿A qué más se puede aspirar? Si puedes ver los arquetipos sentado junto a un estanque, puedes ser partícipe, miembro activo y creador de la existencia. Los mundos se crean desde la quietud. La vida fluye más deprisa si eres partícipe de sus fuentes.

En el video que veía deseaba, y así lo expresaba, incitar a todos los presentes para vivir en comunidad. Siempre fui una persona más de acción que de palabra. Ahora sería bonito que toda esa gente se diera cuenta de lo milagroso de vivir en la naturaleza, sentados junto a un estanque, contemplando los patos ir y venir entre las aguas. Si comprendieran la grandeza de ese gesto, entenderían que todo lo demás no es más que una distracción caprichosa de la vida, y que lo mejor que se puede hacer es dejarlo todo, abandonarlo todo y buscar ese rincón tranquilo. Sí, junto a los patos, junto al estanque, viendo caer las hojas en otoño, viendo la nieve cubrir la hierba en invierno, sintiendo lo milagroso de la primavera, donde las flores y el perfume lo envuelven todo. Y luego, el verano, el cálido verano lleno de gentes, de trajín, de vida, de amor. Compartiendo y celebrando sin cesar, porque el verano es la fiesta de la naturaleza, el festín, la ceremonia, el momento ideal para que el espíritu grupal se manifieste con fuerza.

Si pudiera convenceros de esta grandeza, entenderías porqué un día lo dejé todo y me marché al bosque. Y por qué ahora, terminando este gran ciclo vital de vida, lo que más deseo es sentarme al borde del camino para contemplar la vida, su grandeza, su misterio, su maravilla, sin más. Ya solo quedan dos días. Me duele la cabeza. Echo de menos los bosques, el frío, el estanque, los patos y el calor de vivir en un lugar que predica esperanza y teje, constantemente, la nueva buena. Tengo ganas de volver a casa, al hogar, y seguir tejiendo, junto a los patos.

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¿Cómo resumir toda una vida en media hora?


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© Noel Bodle

Ando encerrado, aislado e incomunicado en alguna parte del sur peninsular, muy cerca de la legendaria Sevilla, donde el viernes defiendo la tesis doctoral. Intento abstraerme de los problemas del mundo mientras ensayo y repito una y otra vez el discurso, la defensa, quitando cosas, poniendo otras, buscando diapositivas adecuadas que ilustren de alguna manera lo que quiero expresar mientras miles de recuerdos se amontonan ante tantas y tantas experiencias antropológicas.

Soy un inconformista. Pienso que debería haber dedicado al menos cuatro meses a este momento para así poder resumir tantos años de investigación etnográfica, tantos países visitados, tantas comunidades compartidas. Hacerlo bien, para hacerlo de forma decente y sobre todo para honrar la memoria de cada uno de los momentos vividos. Pero todo se me va de las manos, tan preocupado siempre en las diez mil cosas que vienen una y otra vez a esta vida alto agitada, nada aburrida, excitante, aventurera, un poco loca a veces, pero amplia y extensa. Más de setenta comunidades en trece países y cuatro continentes durante casi quince años. ¿Cómo resumir todo eso en media hora?

A pesar de las dificultades, la vida me resulta apasionante. Una vez pase el viernes, el que será seguramente mi último examen académico, sentiré la necesidad imperiosa de seguir estrujando la vida aún más. Quiero vivir deliberadamente, enfrentarme desnudo a los hechos esenciales de la vida y desechar, como diría el poeta, todo aquello que nos aparte del hecho fundamental de estar vivos. Si soy honesto, puedo decir que he vivido, pero también puedo decir que aún sigo con vida, que todo no termina el próximo viernes y que tras superar con éxito esta prueba, sentiré la profunda necesidad de expandirme, de ensancharme, de preñarme de alma y espíritu.

Ya habré saldado mi deuda con la sociedad. Mi deuda material y académica. Y en ese momento, a partir del viernes, ya solo me quedará entregarme a lo intangible, al espíritu de los tiempos, a la vida que recorre cada átomo de todo cuanto existe. Ya no tendré que demostrar nada, ya no tendré que recaudar migajas de supervivencia e interrogarme sobre el qué comeré o el qué vestiré. Ya nada de eso me importará tanto como el vivir, como el sentir que me entrego a la vida y todos sus misterios.

Realmente el retraso provenía de ese miedo escénico de dar el salto de fe, de tirar un paso hacia adelante, hacia ese vacío que se observa cuando uno desea dejarlo todo atrás. El retrasar la vida hace que dejemos de vivir. Es cierto que no me puedo quejar, es cierto que pude exprimir al máximo cada uno de los segundos vividos. Pero también es cierto que ahora ya no habrá milésima que se me escape. Abrazaré a todos los abrazos, amaré a todas las estrellas, triunfaré ante la muerte porque ya no me importará morir. Ya no tendré excusas de ningún tipo para hacer libremente todo aquello que siempre he querido hacer. Ya no tendré excusas para seguir ocultando mi verdadera naturaleza.

El viernes bucearé a las profundidades de las máscaras, me despojaré de las viejas vestimentas y saldré desnudo al océano infinito de la existencia. Haré lo posible por perseguir la felicidad, por agradar al mundo de los arquetipos y disfrutar de sus ingenios y maravillas. No buscaré nunca más la luz porque intentaré humilde y esforzadamente convertirme en espectro luminiscente. La luz se tejerá aquí dentro, replicando los alaridos de la luz exterior. Las sombras ya no podrán usurpar más el trono de aquel rey que nunca debió abandonar las impresionantes extensiones del alma. ¿Cómo resumir toda una vida en media hora? No creo que sea posible, excepto viviendo. Ámate lento, me repito mientras sonrío. Me repito mientras respiro y siento vida.

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Defensa de tesis doctoral


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Tener estudios no es sinónimo de tener inteligencia. Tampoco dice nada sobre nuestra sabiduría o nuestra habilidad para comportarnos correctamente en el mundo. Siempre fui un mal estudiante. De pequeñito confundía las consonantes, no sabía lo que era lo más elemental del lenguaje. Permanecía siempre en silencio y nunca hablaba. A veces, cuando me preguntaban, podía responder con un lloro a falta de palabras. Siempre fui excesivamente tímido e introvertido. En la primaria siempre fui un desastre.

En la secundaria no tuve mejor suerte: repetí dos cursos. En el primer año de carrera universitaria no aprobé ninguna asignatura. Un profesor al que le tenía cierta simpatía me quiso ayudar. Me aprobó su asignatura y eso hizo que no me echaran de la universidad. Cuanto le debo a la generosidad de ese hombre.

La segunda carrera tardé el doble de años en terminarla y ahora, tiempo ya lejano de aquellas primeras torpezas, puedo decir con cierto orgullo que he tardado la friolera de quince años en terminar una tesis doctoral. Como decía, tener estudios no es sinónimo de tener inteligencia, y también viceversa. Siempre fui un mal estudiante.

El éxito de esa defensa tiene más que ver con la constancia, el esfuerzo y el trabajo que con mi capacidad reflexiva o mi inteligencia. No soy una persona excesivamente hábil a la hora de ordenar y aplicar la inteligencia. Siempre sufrí de falta de inteligencia emocional, pero también de inteligencia racional. Mi capacidad para enfrentarme al mundo es por pura supervivencia. Quizás he sabido, de alguna forma, adaptarme a todo lo que poco a poco me iba sucediendo.

La adaptación no define la inteligencia. He conocido a decenas de personas excesivamente inteligentes, pero siempre con carencias de adaptabilidad hacia el mundo. Al ser un mal estudiante, con una capacidad limitada para casi todo, eso me hizo sobrevivir sutil y sigilosamente por el mundo de las sombras.

Eso que a priori podría entenderse como algo negativo tuvo su propio contrapunto. De la falta de inteligencia y la supervivencia entre las sombras hizo que naciera una cierta lucidez, una pequeña luz interior que pudiera guiarme. Lucidez entendida como pequeño punto de luz, como guía necesaria. No un conocimiento o una inteligencia superior, sino un punto de visión diferente.

La adaptabilidad me hizo comprender ciertas fuerzas y energías que se desarrollan en el ámbito humano. La combinación de las mismas, no necesariamente una combinación inteligente, produjo algo de luz, de lucidez. Esto es paradójico.

En la defensa de la tesis hablaré de la paradoja de la antropología como arte, más que como ciencia social. La tesis parece más una etnografía intimista, un relato narrativo que una exposición racional de datos sistematizados en un marco teórico y en contexto de narrativas científicas. Podría decir que la ciencia estricta está hecha solo para personas inteligentes. Pero el arte, la narrativa intimista, requiere de un poco de luz, de lucidez.

Algo así como una visión diferente de las cosas, algo que ayude a ver el mundo desde otra mirada. Sin mayor mérito que ese. Sin mayor merecimiento. Espero poder explicarlo humildemente en esa defensa, añadiendo que siempre fui un mal estudiante, de pésima inteligencia y de últimas de vagón.

Estáis invitados.

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Sabemos que en lo sucesivo nunca es demasiado tarde


 

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La casa de acogida, aún no muy acogedora, esta misma mañana

El desastre de Chernóbil creó un antes y un después en la conciencia ecológica y milenarista de nuestro tiempo. El reencuentro con los sentires actuales tiene mucho que ver con el escenario preapocalíptico en el que para algunos nos encontramos desde ese acontecimiento. Ya no son creencias que provengan tan solo de escenarios donde Armagedón, el mítico valle en el que tendrá lugar el enfrentamiento final entre el bien y el mal, se esté acercando inevitablemente. La propia ciencia y la comunidad internacional nos advierten repetidamente de que estamos en un momento delicado en nuestra historia humana. “O bien la revolución crea una sociedad ecológica, con nuevas ecotecnologías y ecocomunidades, o la humanidad y el mundo natural, tal y como lo conocemos hoy día perecerán”, nos dice Bookchin, fundador de la ecología social.

La bióloga Lynn Margulis es mucho más drástica. Nos advierte que una de las señales del colapso que afectará a nuestra especie es su rápida superpoblación. Algunos científicos creen que el éxito de nuestra colonización del planeta es un fenómeno que marca nuestra propia decadencia, las luces esplendorosas antes del final inevitable del espectáculo. Para economistas como Latouche, estamos ante el final de los tiempos. “Sabemos que en lo sucesivo es demasiado tarde”, nos dice. Según los datos más optimistas, se prevé un aumento de la temperatura global de un grado centígrado para el 2020 y de dos grados para el 2050. El cambio climático por efecto directo de la actuación del ser humano es ya un hecho probado y aceptado por la comunidad internacional. Una crisis ecológica aceptada por todos que está creando una situación compleja para todos.

Vivir en los bosques, en comunidad, propicia una mirada objetiva y alejada del ruido acostumbrado del mundo fabril, de la ciudad y sus prisas. Esa mirada limpia, a veces inocente e ingenua, provoca en nosotros una necesidad de reacción. El sólo hecho de apostar por vivir una vida alternativa, más ecológica y sostenible, resuelve en parte nuestra necesidad de activismo participativo. Pero vemos que no es suficiente, que nuestra reacción solo es una minúscula gota en este gran océano de contradicciones. A partir de aquí, solo nos cabe alentar, agitar las consciencias hasta que ese agitar contamine a unos y otros. No pensamos, a contrario de lo que piensa Latouche, que es demasiado tarde. Pensamos que el ser humano ha sobrevivido durante miles de años a todo tipo de retos naturales y que ahora, por primera vez, se tiene que enfrentar al mayor de los retos: el ser humano en sí mismo.

La vida en comunidad no es una huida, no es una utopía escapista o evasiva. No es una ensoñación ni la torpe descripción de un mundo ideal, fantástico, perfecto y paradisiaco. Nuestra utopía es constructiva, se centra en acciones concretas que pretenden explorar nuevas vías del desarrollo y convivencia humana. No estamos aquí para alejarnos del problema, sino para visionarlo con mayor profundidad, meditarlo, estudiarlo y buscar en la acción soluciones posibles. Es cierto que somos tan solo una pequeña gota en el océano. Pero creemos, y esta es nuestra fuerza y motor, nuestra esperanza, que en un futuro habrá muchas más gotas. Tantas que quizás provoquemos una ola de cambios inevitables.

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Hay cuerpos terrestres y cuerpos celestes


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© Mark Scheffer

El abedul se precipitó encima de la cabaña, seguramente quebrado por el peso de la nieve. Por suerte la cabaña ni se inmutó y ahí quedó, asomando por la ventana los restos de un trozo de vida que ya no está. A las cinco de la mañana me desperté. Había mucha luz ahí fuera y se veían las sombras de los árboles moverse de un lado para otro. La luna resplandecía con fuerza detrás de nubes que arrastraban rápidas por el horizonte indiviso. Se esperan unos días de mucha lluvia, frío y nieve. Espero que los abedules y robles que rodean la cabaña no caigan en redondo, precipitados por nieves tempraneras, como las que el año pasado arrasaron con medio bosque, quebrando árboles enteros. Espero que todo resista el nuevo envite.

Mientras esperamos los acontecimientos, miramos al cielo. En esa mirada tímida, el Logos se manifiesta desde esa luz inteligente, prisionera de nuestro estado corpóreo, deseosa de completar el cuerpo humano en su triple manifestación. Somos imperfectos porque somos incompletos. Nos quebramos ante el peso de la vida cuando este es insoportable, como el abedul, esperando que al alma y el espíritu se manifiesten algún día y así completar nuestra textura total.

Hay cuerpos terrestres y cuerpos celestes. Los terrestres son como la sombra de aquellos que habitan los cielos. El abedul quebrado es solo una sombra depositada en otra sombra que a su vez es habitada por una penumbra aún mayor. La vida, vista desde una dimensión superior, es como una luminiscencia que fluye por todas partes, como luminarias que brillan en la oscuridad brillante. Desde nuestra finitud, todo parece oscuro y sin sentido, nacido de un azar incomprensible.

Algunos hospedan la luz sin saberlo. Brilla con fuerza en sus adentros, pero se mantiene opaca a los ojos de la ignorancia. La angélica presencia puede manifestarse cuando abrimos las canillas del alma y entra en nosotros el resplandor superior de la vida. El cuerpo celeste está deseoso de ser guardián en la tierra, pues en los cielos, en su estado angélico, requiere presencia constante e incompleta.

Al fin y al cabo, solo se trata de eso. De integrar nuestros cuerpos, los de arriba con los de abajo, para que la luz se precipite, para que el estado angélico y los que le preceden puedan volcar toda su llama en los corazones ardientes. La base esotérica para poder realizar este acto milagroso es compleja. Despierta en nosotros un anhelo que no sabemos conducir porque nos falta guía y muchas veces, valor. El valor es imprescindible para que la luz se precipite, para que nuestro cuerpo terrestre se vuelva un emisario celeste.

Es ese valor que se teje ante las dificultades. Es esa fuerza que se amansa a base de afrontar la vida desde la deconstrucción de los esquemas cognitivos.

Es difícil que la vida se vuelva luminosa si siempre nos regodeamos en las mismas sombras. Si no somos capaces de vaciarnos, de destruir toda nuestra segura realidad, de avanzar, a veces a ciegas, hacia eso que nos impulsa a vivir. Hay motivos suficientes para despertar más allá de nuestra condición humana, para divisar, aunque sea en el infinito horizonte, la unidad de todas las cosas. Abandonar nuestras máscaras, nuestra historia, nuestro origen, es abandonarnos para ser preñados de luz. Y allí, en la línea que separa lo de arriba y lo de abajo, estamos nosotros, interludios capaces de proveer de esa luz al mundo.

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