¿Necesitamos un chip para estar controlados? Razón hechizada y supersticiones en nuestros días

¿Necesitamos un chip para estar controlados? Razón hechizada y supersticiones en nuestros días

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© Paco Garzón

 

“En un estado totalitario no importa lo que la gente piensa, puesto que el gobierno puede controlarla por la fuerza empleando porras. Pero cuando no se puede controlar a la gente por la fuerza, uno tiene que controlar lo que la gente piensa, y el medio típico para hacerlo es mediante la propaganda (manufactura del consenso, creación de ilusiones necesarias), marginalizando al público en general o reduciéndolo a alguna forma de apatía”. Noam Chomsky

Personas como Noam Chomsky o Sylvain Timsit nos han ilustrado de cómo a través del entretenimiento de los medios de comunicación masiva se logran reproducir ciertas relaciones de dominación. Las viejas sin dientes, tras las cortinas de visillo, eran quizás las mayores armas de control social que existía en nuestras sociedades primitivas. Hablo de primitivas a esas sociedades que no disponían de radio, televisión o internet. Eran las guardianas del orden y la ley, de la moral y la conducta. Los pequeños pueblos y aldeas no necesitaban sofisticados sistemas de control masivo: las viejas sin dientes soportaban esa carga, esa profesión, como delegadas imperiales del orden mundial, como custodias irremplazables de la armonía de nuestros pueblos. Cualquier cosa que pasaba era rápidamente divulgado y sancionado por el cotilleo y la moral (cambiante) de cada tiempo. En estos días de pandemia la policía de balcón, sancionadores de la ley, el orden y la moral, ha sido el mejor y mayor ejemplo de estado policial que hemos vivido nunca.

Las sociedades se han vuelto complejas y hemos tenido que sustituir a las viejas del visillo por otros mecanismos más sofisticados. El llamado “entretenimiento” esconde en su polisemia un sentido agudo de significado, una apatía de los tiempos inculcada con sofisticadas maneras. Estar distraídos, entretenidos, nos hace vulnerables y mansos. Ya nos volvimos mansos con la creación de lo que llaman televisión basura. En el país de la soberbia, la bobería y la crítica, nos encanta estar pegados al cotilleo, a la venganza, a la ira, a la destrucción moral del otro. La envidia sumada a la crítica más feroz es la mayor arma de destrucción masiva. No hay mayor control de masas que empujar nuestra débil consciencia a la inversión sistemática de imágenes que nos aturdan y nos disuaden. Fomentar la distracción e inventar problemas y sus soluciones forma parte del juego macabro del mundo zombi en el que vivimos. Nuestras frustraciones y miserias encuentran espacio en la nueva plaza pública, en la nueva antesala del control social.

Pero a veces la estrategia de infantilizarnos gradualmente no da resultado, y se requiere vampirizar todos nuestros actos, nuestros pensamientos y nuestras vidas. Para los capaces de escapar de esa normalidad del griterío, inventaron la política basura, donde, como en un programa de televisión del más bajo calibre y nivel, se repite el marco disuasorio de la algarabía y la ira, la bronca barata, el insulto y el no entendimiento. Apelar a las emociones y no a la reflexión siempre ha sido efectivo. Es una forma de vampirizar al otro, de ejercer potestad y dominio sobre el otro. El control de masas siempre viene persuadido por exagerados halagos a la patria, a la nación, a lo nuestro o a lo que sea que pueda unirnos en un imaginario colectivo y grupal que nos aporta seguridad y sensación de pertenencia, al coste de buscar un enemigo común culpable de todos nuestros males y frustraciones personales y colectivas. Lo hemos visto estos años con movimientos nacionalistas, populistas y patrióticos y lo veremos en el futuro una y otra vez. Dividir a la población en rojos y azules, de derechas y de izquierdas, de unionistas y separatistas, no es solo un modelo ideológico a seguir. Encierra argucias irracionales que intentan moldear las consciencias y crear enemigos basados en sistemas aleatorios de creencias zombis, vampirizadas. Las injusticias son iguales para todos, pero si se divide a las personas en patrias, naciones, ideologías y creencias, es más fácil culpar al otro de todas nuestras desgracias e injusticias.

Si aún había personas capaces de salir de esa rueda, se inventaron los móviles, auténticos péndulos de ensoñación que nos mantienen abstraídos a un mundo virtual e hipnótico que nos aleja cada vez más de la experiencia vital del mundo real. Uno se siente poderoso cuando tiene un móvil en la mano. Es como tener una gran espada en tiempos medievales. Nos hace poderosos y con capacidad de victimizar al otro, de reconocer al otro como ignorante y mediocre si no avala nuestras consignas, nuestras creencias, nuestros dogmas. El móvil y todas sus aturdidas aplicaciones se ha convertido en un tótem de poder, en un arma arrojadiza y despiadada, en una tiranía capaz de inmolar al otro de la forma más despiadada.

¿Realmente necesitamos un chip para tenernos controlados cuando los llamados “cookies” saben todo sobre nosotros? Aceptamos los cookies como el que acepta galletas o caramelos de un desconocido a la salida del colegio y lo vemos normal. Es un acto diario que hemos normalizado. Es más, nos aterra no aceptar cookies por miedo a no poder acceder con ello a un sitio web (el ser humano siempre tiene miedo al rechazo). Realmente no sé de donde nace el miedo a ese futuro chip. No hay motivo ni razón para el mismo en un mundo dónde el control de nuestras consciencias es mundial y se ejerce mediante redes sociales sofisticadas como Twitter donde el insulto a la disidencia es gratuito o Facebook donde la complacencia comunal se satisface a base de likes monitoreados por un control absolutista donde uno debe comportarse de forma ideal, hablar de forma ideal y posar de forma ideal cuando realmente por dentro dejamos mucho que desear en cuanto a disciplina y autocontrol. Deseamos likes y seguidores para no ver la auténtica soledad en la que vivimos. Promovemos la complacencia en la mediocridad pensando que al poseer cierto control mediante una herramienta cargada de aplicaciones vivimos una vida de éxito. Eso nos aleja de la realidad, de sabernos ante una posición crítica, que vivimos una vida mediocre, precaria e injusta. No hay pensamiento crítico posible ante la complacencia de sentirnos poderosos en la falacia en la que vivimos. Nuestra vida mediocre y pobre se camufla ante el poder ilusorio del móvil, de una tarjeta de crédito o de una nómina que asfixia nuestras vidas mendicantes.

No debemos reforzar la autoculpabilidad, la cual, nos impide al mismo tiempo la movilidad y la falta de resistencia. Solo debemos ser reflexivos y observar. Hay otros estímulos de control más sofisticados que podemos analizar para ver en qué condicionantes nos movemos. Los juegos de azar, como la lotería para los pobres o la bolsa de valores para los más pudientes, son ambas promesas de enriquecimiento rápido que nos mantienen subyugados a la ilusión de que quizás algún día podamos ser materialmente ricos, o más ricos. La avaricia nos puede, a unos y a otros, porque siempre queremos más. También está el estímulo de la propiedad, que nos mantiene atados a un lugar y una hipoteca de por vida, controlando nuestros movimientos más rebeldes ante la imposibilidad de perder nuestras pequeñas posesiones. Nunca vimos mayor poder de control sobre alguien que el que ejerce el miedo a perder una propiedad por un imposible impago de una hipoteca. Solo ante ese extremo, el desahucio, alguien se alzaría fuera de control, deseando y rogando al capital por un trabajo, un salario y una seguridad que permitiera seguir pagando nuestros eslabones-cuotas mensuales y con la posibilidad de algún sobrante para ir a tomar una cañita en el bar de la esquina, porque la cañita, la cervecita, el vinito o el vermut es nuestro pequeño momento de emancipación-evasión sobre los fenómenos cotidianos, sin pensar ni por un momento que es la forma normalizada del mayor narcotizante social. Tener a una sociedad narcotizada, alcoholizada, es el mayor invento desde los tiempos de Baco, Dioniso y Hathor. Vivimos una vida embriagada, alejada de lo que verdaderamente es.

No hablaremos sobre el circo, también conocido hoy día como el dios-fútbol, donde se muestra a unos jóvenes héroes de nuestro tiempo golpeando una pequeña esfera corriendo de un lado para otro sin mayor libertad que el de golpear dicha esfera. Ese es el símil de heroicidad de nuestro tiempo: golpear un balón, el antiguo pan y circo. No hay mayor aberración de la verdadera heroicidad que esa imagen ilusoria. Y tampoco entraremos en detalle de esos otros héroes, los autónomos, que, subyugando la necesidad de un salario fijo, emprenden la aventura de enriquecerse por su cuenta, siendo sujetos y bien sujetos a base de impuestos o embargos, para evitar con eso que piensen demasiado, a sabiendas de que un autónomo o pequeño empresario debe pensar por su propia cuenta para poder subsistir. Tampoco hablaremos de la burocracia a la que uno se somete día a día para poder soportar esa sensación de que todo está en orden, y de que alguien o algo vela por nuestros intereses superiores. Ni la relación que los hombres, auténticos violadores en masa, muchas veces disimulados por la moral y la costumbre, tienen sobre las mujeres, a las que consideran auténticas prostitutas que se venden con un trapo barato en el mejor de los mercados virtuales.

En un mundo de violadores y vampiros, ¿de verdad aún hay gente que piensa que algo o alguien está maquiavelando la idea de ponernos un chip para controlarnos? ¿No estamos ya rozando el control perfecto en un sistema que se autorregula a base de miedo a no poder sublevar nuestras ansias de libertad al lado de una cervecita o viendo un partido de fútbol con los amigos de toda la vida? Por otro lado, ¿a qué clase de emancipación podemos aspirar cuando estamos totalmente atados a nuestros miedos de qué comeré mañana o qué vestiré? Miedo a ser ignorados por el grupo, a ser rechazados por la masa si no seguimos los patrones de normalidad, si no creemos el credo hegemónico impuesto y si no comulgamos con lo que supuestamente la sociedad espera de nosotros.

No nos damos cuenta, pero nos creemos inútilmente más libres por instigar supuestas conjuras o supuestas conspiraciones para controlarnos. Esa es la superstición de nuestros días, otra forma de control para los que aún se atrevan a pensar un poco, inoculando en nosotros la idea de jerarquía maléfica que intenta controlar nuestras vidas. Así somos de infantiles, de ingenuos y así llega la verdadera anulación del raciocinio y la verdad, la mutilación real de nuestro proyecto humano. Nos inoculamos el virus de la ignorancia disfrazada de verdad y nos creemos superiormente programados para escapar de este laberinto normalizado. Pero nos somos realmente mejores, ni intelectualmente superiores por gritar superstición. La hazaña de la verdadera libertad personal es una batalla que va más adentro y es más profunda que toda esa superficie epidérmica de la superstición. Vivimos en un mundo donde la razón está hechizada por esos nuevos charlatanes, ya sean políticos, casamenteros o místicos del dos al cuarto. Pero de todos ellos, los que más miedo y sorpresa deberían darnos son los que vinito en mano, con cara de buen pastor, arremeten contra el nuevo orden mundial como el que comenta la última jugada del saque de esquina del partido del domingo por la tarde.

¿Cómo rebelarnos contra esta perfección, sin convertirnos de repente en ángeles caídos, diablos o brujas? ¿Cómo someter nuestro juicio ante la irracionalidad imperante? ¿De qué manera hacerlo sin caer en las llamas del infierno, o ser sepultados en vida por no ejercer esa normalidad bruta y depravada? ¿Qué dirán de nosotros? ¿Qué será de nosotros? Seguramente la hoguera nos espera… el fuego lo purifica todo. Y el mundo, que inevitablemente arderá tarde o temprano en llamas, será de igual forma purificado.

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Desde la isla de estevia

Desde la isla de estevia

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Desde el valle del Tiétar

Hace calor en las faldas de la Sierra de Gredos, junto al río Tiétar, en este paraje que en un tiempo no muy remoto estaba lleno de plantaciones de tabaco y pimiento. El mundo está cambiando y quizás en un futuro, en vez de tabaco, se siembren otro tipo de cultivos más enfocados en la construcción de la salud, y no en su destrucción. Es paradójico el cambio, pero con el tiempo, será real.

Ahora estoy en una de esas fincas que están apostando por ese cambio de paradigma. Lo que antes eran tierras dedicadas en exclusiva al tabaco, todo rodeado de secaderos, ahora se está plantando estevia ecológica. El problema de ser pioneros en cualquier cosa es que siempre tienes que avanzar y abrir camino. Eso tiene su precio, su desgaste, pero también su pasión. La estevia sustituye el azúcar, endulza ochenta veces más que el propio azúcar pero sin sus contraindicaciones. El tabaco ya sabemos todos que mata. También sabemos que algún día, la consciencia nos hará cambiar el paradigma sobre la salud. Y ahora que el 99 por ciento de la producción de tabaco nacional se concentra en esta región, la propia tierra y sus gentes deberán transformar sus cultivos y superar el miedo a lo nuevo. Algo se está sembrando en este lugar. Algo que algún día germinará.

El mundo está cambiando rápidamente. Los valores, las consignas, los modelos, los paradigmas que hasta ahora estaban bien arraigados en nuestra psique colectiva. Esta pandemia, real o no, está ayudando a empujar el proceso de cambio. Todos y cada uno de nosotros hemos cambiado algo en nosotros. Nuestra soberbia se ha difuminado un poco, nuestro orgullo ha sido gobernado por la humildad, nuestros deseos de victoria y triunfo se han amoldado a una realidad que nos ha superado colectivamente. Siempre he defendido que este tipo de cambios de paradigma son lentos. Siempre afirmo que el cambio que todos anhelamos, el cambio futuro, un mundo sin guerras, sin hambre, sin miseria existencial, ocurrirá algún día. Siempre predije que aún nos quedaban al menos quinientos años más por delante para trabajar en valores de igualdad, de solidaridad, de fraternidad humana. Pero quizás todo esté más cerca, y la humanidad algún día pueda emanciparse de todo aquello que ahora le hace sufrir, a veces innecesariamente.

En esta pequeña isla de estevia en la que ahora me encuentro se percibe ese cambio, esa ilusión, esas ganas de modificar en algo las mentes humanas. Lo veía en la ilusión que se desprendía en la reunión del patronato de la fundación que sostiene este proyecto, lo veía en la sincera fraternidad y camaradería a la hora de comer. En los agradables paseos junto al río, tranquilos, observando la naturaleza, su fuerza, su misterio, su deseo de vida.

Quizás no estemos tan lejos de ese cambio anhelado. Si miramos en nuestro interior, vamos a descubrir que el coraje de este tiempo nos ha cambiado, que la vida nos ha llenado de esperanza, de fe. Cuando caminas y sientes esa necesidad de colaborar con la creación entera, algo se despierta dentro de ti. Ya no vale refugiarse en tus creencias, en tus mundos. Ya no es una cuestión de creer o no. Llega un momento que uno sabe a ciencia cierta sobre cierta verdad. Y entonces, toda la vida se despliega para provocar el desarrollo de la misma. El mundo cambia cuando cambiamos por dentro. El mundo se transforma cuando interiormente asumimos una conquista. Esta isla algún día se extenderá por el ancho mundo. Un mundo más ecológico, más sano, más verdadero.

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Hacia la nueva normalidad

Hacia la nueva normalidad

 

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Hoy en el valle del Tiétar

Esta mañana, con mucha pereza, hacía una pequeña maleta. Algunas mudas, el ordenador, un libro sobre la historia de la primera Editorial Séneca para prologar otro libro que pronto sacaremos, y no mucho más. Esta era mi primera salida desde que la pandemia me pilló en Escocia y tuve que volver precipitadamente en el último vuelo hacia España. Un día más y mi historia personal hubiera cambiado por completo.

Uno se acomoda a cierta normalidad. El silencio de estos meses, la compañía apropiada y cómplice, el enclaustramiento en el pequeño bosque y la atadura a la tierra, propia de estas fechas donde el campo demanda tanto trabajo, había creado un estado del ser diferente, una quietud calma, una paz interior hermosa.

Cuando abandoné la finca dirección sur estuve durante un tiempo atento a los ruidos del motor, de las ruedas, de cualquier cosa que pudiera ser sospechoso de algo. Tanto tiempo sin coger el coche para trayectos largos requería cierta atención, especialmente después de los últimos avatares sufridos con él, desde que empezara el primer día del año con un accidente.

Pronto dejé el mundo celta atrás. La pequeña sierra de Édramo, el valle del Mao, la sierra del Courel y los increíbles Ancares. El mundo se fue despejando. Entré en Castilla y las vistas se ensanchaban. Al mismo tiempo ocurría en la propia mente. Lo bueno de viajar es que de repente empiezas a coger distancia de la rutina, de la vida ordinaria, y comienzas a ver todo de forma diferente. Especialmente aquellos vicios en los que sucumbes en el día a día, aquellos obstáculos que no te dejan crecer y avanzar. Los viajes siembran en la mente inquietudes nuevas, razonamientos diferentes. Es como si algo se despejara de repente. Los problemas se ven desde otra perspectiva y siempre se alcanza soluciones rápidas para atajarlos. Siempre que tuve alguna gran idea fue viajando. Todo se ve de forma radicalmente distinta.

Atravesé media Castilla y me adentré por la también increíble sierra de Gredos, por la zona amurallada de Ávila. Disfruté del nuevo paisaje montañoso, agreste, casi sin vegetación en algunos puntos. Así anduve hasta llegar a tierras del Tiétar y la Vera, donde me esperaba el amigo Carlos, el cual tuvo la gentileza de preparar un suculento plato con frutos recién recogidos de la tierra. Me alegró verlo en su nueva vida y me alegró haber sido puente de la misma. Siempre me gustó el oficio de enlazador de mundos. Es como pura magia. La excusa del viaje, una reunión con el patronato que dirige estas tierras, me anima a seguir la marcha hacia tierras del sur, ver a la familia, que quedó atrapada en la casa cordobesa, y disfrutar de este calor, casi asfixiante, que ya empiezo a sentir en los adentros.

Se me hace extraño este viaje. La nueva normalidad ya no es como antes. Ahora una visita puede ser motivo de desconfianza o recelo. Se ha roto en muchas partes con el ritual del saludo, del abrazo sentido. La gente te mira con suspicacia, especialmente si eres un extraño ajeno. Vi a los primeros peregrinos esta mañana, muy pocos y escasos para las fechas que son, y notaba cierta extrañeza en el ambiente. Tengo la sensación como si de alguna manera hubiéramos entrado colectivamente en un nuevo ciclo. No me refiero a una nueva era, pero sí a algo nuevo y extraño. Como no soy clarividente no sé qué podrá pasar a partir de ahora, qué clase de cosas ocurrirán en los próximos meses, pero siento interiormente cierto resquemor. Como si hubiera algo que no está del todo bien, como si esta nueva normalidad encerrara una especie de sorpresa no muy agradable.

Quizás por eso, y porque ya echo de menos los abrazos sentidos que todas las noches recibo en nuestra pequeña normalidad, tengo ya ganas de volver al bosque, a la pequeña cabaña. Por suerte volveré cargado de inspiración. Y eso provocará cambios, muchos cambios futuros que seguro mejorarán algunas cosas. Mañana alguna más aventura, pasado, Dios dirá.

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Escritores conversos

Escritores conversos

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Gaspar Melchor de Jovellanos, pintado por Goya. Portada de nuestro primer libro editorial

Crónica de una crisis anunciada fue el título de uno de los primeros libros que editamos en la fallida editorial Welton. Lo escribió Marc Vidal, por aquel entonces un desconocido economista que llamaba a nuestras puertas para editar su libro. Nuestras puertas eran en aquel entonces modestas. Era el año 2009, la Editorial Séneca solo tenía tres años y Nous llevaba solo un año intentando editar libros de mayor calidad. Welton editó pocos libros, pero eran buenos y seleccionados. Nuestro socio en ese tiempo, el ahora entrañable amigo Luis Valls, hizo una gran labor. Creo que si hubiéramos seguido en el mismo barco Welton hubiera sido una gran editorial y yo una persona más afortunada.

A Marc Vidal le fue bien a partir de ese libro. Se hizo conferenciante y consultor internacional y ahora aparece en todas las televisiones hablando de la economía digital. Recuerdo que nos escribía desde Londres cuando las cosas empezaron a ir bien para él, preguntando por su libro, por los royalties, por las ventas. Welton empezaba a agonizar, pero gracias a ese sello editorial empezó mi aventura diplomática y amistades que duran hasta el día de hoy. No hay mal que por bien no venga, dicen los consolados.

Es divertido pensar como un hombre pobre se junto con hombres ricos que se hicieron más ricos y el pobre más pobre. Debe ser alguna especie de condición secuencial innata. Unos nacen para amasar y otros para ir tirando. Descubrimos otros autores que luego se hicieron famosos y ficharon por editoriales como Planeta. Al menos cinco de ellos ganaron mucho dinero, y en cuanto nosotros empezábamos a hacerlo, fichaban por los grandes. Viendo nuestro éxito a la hora de descubrir a personas que luego darían grandes beneficios editoriales, un buen amigo editor me dijo que quizás debía dedicarme a eso, a descubrir autores potenciales. Incluso me llegó a ofrecer el capitanear su gran editorial a cambio de un buen sueldo. Pero yo había nacido para ir tirando. Era tan exigente con las cuotas de libertad que había logrado adquirir dentro de mi propia pobreza, que pocas riquezas materiales podían persuadir o comprar, a pesar de que las tentaciones de todo tipo han sido múltiples y notorias, esa libertad pirata que ondeaba ya en mi vida cada vez más desordenada y atávica.

Admito abiertamente que sufrí un trauma cuando lo perdí todo, y desde entonces, me doy cuenta ahora, he preferido inconscientemente no tener dinero. Lo invierto en cosas, en nuevas ediciones de libros, en experiencias, en ayudar a los demás, pero nunca tengo dinero en el banco, quizás por ese miedo ancestral de perderlo de nuevo todo. No deja de ser curioso como algunas experiencias te condicionan la vida para siempre. Recuerdo cuando aquel famoso autor ganó algo más de un millón de euros y yo renuncié a mi parte, unas tres veces lo que nos costó esta finca, solo por ese miedo u orgullo ante la vida mal digerido. Podría estar viviendo en estos momentos en un lujoso lugar en Nueva York si ese miedo atávico no se hubiera manifestado de forma tan elocuente, o en una inmensa granja alemana si me hubiera dedicado a la servidumbre plácida.

Pero rebelde como soy, hoy recordaba todas estas cosas con cierta indulgencia. Lo suelo hacer a principios de mes, cuando hay que afrontar el pago religioso de todas esas deudas que uno acumula gracias a sus errores pasados, normalmente nacidas para intentar ayudar al otro de forma poco inteligente y siempre despreciando mi propia integridad y seguridad. Me acordaba de todas las personas a las que de alguna manera ayudé, directa o indirectamente, incluso a algunos que lograron encontrar días de gloria o fama; y de todo el dinero que por el camino había perdido gracias a mi idea de mirar antes al otro que a lo propio.

Lo recordaba en voz alta mientras tomábamos una horchata en la futura nueva sede de la editorial, una pequeña habitación ahora destartalada, de piedra medio derruida, sin ventanas ni puerta, aún por hacer en su totalidad, y que mirábamos con esa ilusión por transformar el sitio en lugar bello. Reía interiormente por todas las sedes que la editorial ha tenido en sus espaldas. Córdoba primero, la Montaña de los Ángeles, Madrid en tres lugares diferentes y Galicia, primero en la bonita localidad de Samos y próximamente en O Couso. Era el precio de la libertad, o mejor dicho, es el precio de esta libertad.

Tras el episodio de la horchata, y tras ponerle las pinzas a uno de los coches inmovilizado por la pandemia para resucitarlo con un eléctrico desenlace, empezó de repente a tronar y llover. Tras darle una vuelta al coche me vi corriendo bajo la lluvia entre las huertas, buscando refugio en la pequeña cabaña. Me olvidé de las deudas, de las angustias de primeros de mes y recordé el precio de esa extraña sensación de libertad del pobre. En el fondo, yo también soy una especie de escritor converso. A pesar de todos los fracasos, año tras año he sido capaz de escribir mi propio relato, mi propia historia de vida. He sido el guionista de todo cuanto me ocurre, y lo más importante, siempre he tenido la posibilidad de poder elegir. Un escritor converso, un hereje disfrazado, limitado únicamente por su pobre imaginación.

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Entre el niño y el anciano

Entre el niño y el anciano

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© Polly Chandler 

 

Casi las once de la noche y aún aprovechábamos las últimas ráfagas de luz y de fresquita veraniega para desbrozar, uno con la máquina de mano y otro con el pequeño tractor, las casi cuatro hectáreas de interminables campos. Todo ello con dolor de cabeza y cierta tristeza interior. Ayer desapareció la última pata. Ya solo quedan cinco gallinas, viejas ellas, pero aún ponedoras. En verano las alimañas acechan por el aire y por la tierra. Me dolió mucho la desaparición de la pata, pero me doy cuenta de que en el campo uno se acostumbra al dolor y a la muerte.

Me cuesta cogerle cariño cada vez más a los animales. Me asombra que los gatos, e incluso el propio Geo, hayan sobrevivido a tantos avatares. Vida y muerte, a veces real, a veces simbólica, como cuando le coges mucho cariño a las personas que transitan por este hermoso paraíso y luego desaparecen para siempre. A veces de forma vertiginosa, y a veces fulminante. Las emociones se enfatizan mucho en la convivencia estrecha. Por suerte siempre asoman los incondicionales, los imprescindibles, los que están unidos fuertemente al lazo místico y vienen una y otra vez.

Ahora somos tres personas y en unos días seremos cuatro o cinco. Aunque el proyecto sigue cerrado hasta la próxima primavera, dejamos que se cuelen personas de confianza que deseen descansar unos días o echar una mano, que comprendan y respeten el proceso en el que ahora nos encontramos y que busquen la fórmula ideal para disfrutar de este extraño silencio pandémico. Aprovechamos la crisis mundial para interiormente trabajar en la mejora de todo aquello que haya fallado en estos años y para reforzar todo aquello que ha funcionado.

Al mismo tiempo seguimos buscando fórmulas imaginativas para que el proyecto de arquitectura para la futura escuela vaya cuajando poco a poco. El temperamento gallego es complejo y a veces difícil. Olvido que vengo de la polis, de la ciudad, y que allí la mentalidad es muy diferente a la mentalidad arraigada del mundo rural. A veces busco interlocutores nativos para intermediar ante mi imposibilidad de conectar con el mundo adverso. La hostilidad que produce el venir de lejos para romper con los usos y costumbres no siempre está bien visto. El estigma del extraño aquí se afianza con crudeza. Mi carácter huraño y solitario no ayuda mucho. Por eso a veces es mejor estar callado y no hacer mucho ruido. Si estás en silencio, al final te conviertes en alguien invisible.

La actividad parece que empieza a moverse en el mundo editorial. Vendemos los primeros libros, tenemos los primeros pedidos, los clientes empiezan a pagar algunas facturas atrasadas que alivian a su vez el pago de las nuestras. Resulta difícil pensar en hacer inversiones como las de antes, cuando éramos capaces de imprimir los libros de mil en mil. Ahora nos conformamos con ediciones muy modestas que se van vendiendo a cuenta gotas. Lo complejo de las ediciones pequeñas es que el margen de beneficio es prácticamente nulo. Así que las estrategias de venta pasan por anular el angosto mundo de la distribución y buscar fórmulas imaginativas para que los libros lleguen a las librerías que aún subsisten como pueden. Solemos apoyar el mundo libresco regalando de aquí y allá algunos ejemplares. Ellos agradecen el guiño y nosotros nos sentimos satisfechos. Uno de los primeros socios editoriales siempre me dijo que nunca nos haríamos ricos vendiendo libros, pero al menos nos enriqueceríamos espiritualmente. No le faltaba razón. Ahora que asumo que la editorial siempre fue una especie de ONG que ha sobrevivido gracias a la imaginación creadora, me siento interiormente aliviado, pausado, tranquilo. Si alguien con dinero quisiera comprarla la vendería, despejaría mi futuro de deudas y crearía una editorial más pequeña, pero sobre todo, más centrada en lo que realmente me gusta y motiva. Solo editaría libros muy seleccionados y trabajados, quizás dos o tres por año, por puro placer, pero también por pura necesidad de que el arca lucis siga subsistiendo.

Algunos éxitos editoriales ayudaron a empujar el proyecto utópico. Fueron pocos y ya se esfumaron porque el éxito siempre es como un champiñón de temporada. Ahora ya no tenemos éxito, pero a diferencia de antes, tampoco lo buscamos. Uno con la edad empieza a encontrarse con sus límites, a aceptarlos, a vivirlos con dignidad. Por dentro empieza esa etapa de recogimiento, de intentar echar una mano aquí y allá, de no aspirar a grandes proezas y de alinear poco a poco el corazón con la cabeza y ambos con el alma que nos conmueve a medida que el cenit de nuestras vidas se aproxima. No aspirar a mucho o a nada te llena de cierta paz. Te aleja de las angustias propias de los principios, cuando uno cree que podrá comerse el mundo con un poco de ingenio y esfuerzo.

Es verdad que con la edad uno deja ya de distraerse. Empieza a caminar despacio, desaliñado por dentro, sin prisas por nada, sonriendo ante cada acontecimiento, asumiendo los problemas con cierta madurez y quietud, aproximando la mirada a todo aquello que por simple, se nos presenta generoso y amable. No es que exteriormente sea muy mayor, pero ya de pequeño miraba el mundo con extrañeza, como si un anciano habitara en mí. Ahora, el anciano intenta disimular todas las veces que ha muerto y resucitado en mis adentros. Y el niño sale para hacer alguna broma, para reírse interiormente del mundo entero, para jugar con el perro o echar de comer a los pajarillos todos los días como si se tratara de un ritual útil. La paz interior se conjuga entre el niño y el anciano que me habitan, resguardando entre ambos el amor secreto que enraíza extrañamente entre ambos. Mientras ese amor cuaje, la paz seguirá creciendo. Veremos qué clase de fortuna vendrá en los próximos ciclos y qué clase de vida llevaré ahora que los tiempos y los ciclos están cambiando.

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El origen del mundo y sus demonios. Apu llamando a la Tierra

El origen del mundo y sus demonios. Apu llamando a la Tierra

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Grabado de la visión de Ezequiel, por Matthaeus (Matthäus) Merian (1593-1650).

«El escepticismo debe ser un componente de la caja de herramientas del explorador, en otro caso nos perderemos en el camino. El espacio tiene maravillas suficientes sin tener que inventarlas». Carl Sagan

La fuente es siempre la misma y se manifiesta en todos los tiempos, todas las edades y todos los confines. La fuente siempre habla de los mismos dioses creadores que vinieron de las estrellas, quizás hace algunos cientos de millones de años, para lograr el milagro de la vida individualizada en la consciencia humana. Las tradiciones más antiguas nos hablan de esta fuente. Jung lo llamaba inconsciente colectivo, los esoteristas más oscuros lo llaman registros akhásicos, el físico David Bhom lo llama campo unificado, la unidad psíquica de la humanidad de los ilustrados o el campo mórfico de Rupert Sheldrake. Sea como sea, hay una fuente que lo unifica todo y que ofrece respuestas a los interrogantes sobre nuestros orígenes.

Si no fuéramos científicos y nuestra imaginación se disparara hacia latitudes incontroladas, podríamos pensar que lo que fugazmente llamamos viento no deja de ser una interacción de otros planos que arremete en nuestro mundo. Es como si un ser de cuarta o quinta dimensión comenzara a caminar por nuestro planeta y eso provocara que de repente algo se moviera en nuestra dimensión. Lo llamamos viento y lo achacamos a la influencia de la luna, de las presiones y las tensiones atmosféricas, pero si observamos detenidamente el viento desde una imaginación libre, podríamos decir que se compone casi de vida propia, de identidad, de diferentes manifestaciones. Así los antiguos debían imaginar el mundo, de forma libre, no condicionados por la presión científica de nuestros tiempos, llamada en aquellos tiempos superstición.

Lo mismo ocurre en el campo de los mitos y las creencias. Antes llamábamos a los mensajeros de los dioses con diferentes nombres. Gabriel, Miguel, Rafael, Uriel, Raguel, Sariel, Remiel… La lista es interminable según la tradición a que se adscriba. Los nombres de los mensajeros actuales son más modernos y elocuentes. El más conocido de todos ellos quizás sea Ashtar Sheran, pero aquí en España tenemos a nuestros queridos Tefilo o Geenom. Se llaman ahora hermanos mayores, maestros ascendidos o enviados. Y todos tienen algo que decirnos. El libro de Urantia o los Manuscritos de Geenom son revelaciones modernas realizadas por los mensajeros de las estrellas actuales. El fenómeno de los contactados, los nuevos profetas, se extendió por todo el planeta en las últimas décadas. Como digo, la analogía con el viento es similar, está ahí, pero no sabemos realmente qué lo produce. ¿La fuente? ¿Ángeles? ¿Demonios?

Los mitos se repiten y se alternan centuria tras centuria. Caín mató a Abel en la tradición judeo-cristiana, igual que cientos de años antes, en la traducción egipcia, Seth mató a Osiris. El mito del diluvio es universal. Aparece en todas las tradiciones, incluyendo en él la destrucción de los continentes de la Atlántida y Lemuria. También el mito de que los dioses vienen de los cielos, uno de los más conocidos y quizás el más increíble de todos. Tanto dioses como mensajeros de los mismos vienen del cielo, de allí arriba, ¿de las estrellas? Uno de los mitos actuales más moderno es el origen humano gracias a la ayuda de los habitantes de Apu y la manipulación genética que hicieron con los primeros primates. Según el mito judeocristiano, los “elohims”, los hijos de los dioses, se enamoraron de las hijas de los humanos y de allí nacieron los nephilim. Podría decirse que es la transición universal de los mitos sumerios o egipcios evolucionando por las tribus mediterráneas de aquel tiempo hasta nuestros tiempos modernos donde los alienígenas paracen invadirlo todo.

Según los seguidores de la tradición más moderna, Apu es un planeta que se encuentra en la estrella Alfa B de la Constelación del Centauro, a unos 4,3 años luz de nuestro sol. Durante miles de años, los habitantes de Apu velaron por la evolución humana hasta que, tras un gran consejo, decidieron echar una mano para que el ser humano evolucionara. Lo hicieron desde una gran ciudad que construyeron entre los ríos Eufrates y Tigris, en la actual Iraq, el antiguo paraíso bíblico. Los apunienses serían los elohims bíblicos actualizados. Pero, ¿qué ha sido de ellos? Desde que dejaron de emitir por TV las series pro-alienígenas tales como Chocky, Alf o V, el mundo del contacto ET se ha esfumado o ha venido a menos. ¿Fueron los contactos con ángeles también una moda pasajera en tierras del creciente fértil de Canaán, lugar donde se produjo la revolución neólitica y posiblemente los primeros interrogantes estelares sobre nuestros orígenes? ¿O es que los mensajeros solo pueden comunicarse con nosotros solo muy de vez en cuando, dependiendo de la alineación de los astros? O algo peor, ¿nos han abandonado los dioses a nuestra suerte? La historia y los mitos están llenos de ángeles y demonios. También nuestra historia reciente. Sea como sea, nuestro origen como humanidad y como inteligencia es como el viento, un misterio.

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No necesito nada

No necesito nada

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© Michael Schlegel

Lo decía hoy una buena amiga mientras miraba los paquetes de la mudanza. Con dolores de espalda, sufriente por la edad y los acontecimientos, y aún se aventura a cambios tajantes como esos que nos empujan a buscar en lo sencillo la vida plena. Mudo se queda uno cuando el mundo empieza a percatarse de que no necesitamos nada. Solo bucear en la sencillez de las cosas, en la promesa del mañana, en la profunda melancolía del presente que nos advierte de que aún estamos vivos, pero que todo es temporal, provisional, hasta nuevo aviso. Estar vivos, eso es lo que realmente debería importarnos. Si fuéramos humildes veríamos que con eso nos basta. No hace falta aspirar a nada, solo alinearnos con la vida, centrar nuestras promesas en aquellas pequeñas cosas que nos hagan sonreír y dejar que la vida se manifieste a cada instante.

No necesitar nada es la expresión de una gran revelación, de una especie de iluminación espiritual que nos advierte de que ninguna de las cosas conseguidas entrarán por el ojo de la aguja de la tejedora de velos. No podremos llevar nada al otro lado, ni éxitos ni fracasos, ni dinero ni riquezas ni propiedades. Habrá gente que nos amará, otra que nos envidiará y otra que nos odiará. Tanto una como la otra cosa son burlas que no podremos amasar en el horno del más allá. Nadie nos amará ni odiará en el otro lado, a sabiendas de que todo lo aquí acontecido es un juego de nenos, de seres experimentando la realidad que son capaces de imaginar.

Esto último es importante: vivimos en el mundo que somos capaces de imaginar. Hay resortes dentro de nosotros que nos impiden imaginar otros mundos. Tenemos sembradas las semillas de la escasez o de la riqueza, y según nos creamos ese cuento, crecerá una u otra. Nos cuesta entender que esa realidad puede cambiar y que, de alguna forma, podemos ser artífices de nuevos escenarios. ¡Ay! Uno se queda mudo cuando entiende esas leyes básicas del mundo cuántico. Uno se queda desnudo y errante por no saber articular realmente los resortes que mueven la dinámica de todo tiempo y espacio. Pero el secreto es simple: vivimos en el mundo que somos capaces de imaginar. Y cuando llegas a esa certeza, no necesitas nada. Simple y llanamente te limitas a interpretar el papel que durante tu vida has tejido. O buscas las maneras de cambiar de escenario para que la vida sea cada vez más sencilla, más simple.

Una vida simple que nace del mundo que somos capaces de imaginar. Pero, ¿hay alguien que imagine nuestras vidas? Esta cuestión aún resulta más peliaguda e inquietante. ¿Realmente somos nosotros los que imaginamos el mundo, los que dirigimos la gran obra de nuestras vidas, los mandamases de este cotarro, los verdaderos guionistas del cuento? ¿O hay algo más? Claro que hay algo más. Cuando observo el crecimiento lento de los robles, abedules y castaños que rodean esta pequeña cabaña, veo que su mundo está condicionado a las fuerzas de la naturaleza, a los elementos que la tejen, a la luz que viene y se precipita desde el astro sol. El árbol por sí mismo no podría vivir, y al abrir sus hojas hacia el cielo, de alguna forma es consciente de esa necesidad de luz, de ese reconocimiento, de esa certeza.

Nosotros deberíamos asimilar esa sabiduría innata y abrir nuestros corazones hacia el cielo, hacia la luz que ilumina nuestras mentes. Deberíamos recordar a cada instante que nuestras vidas dependen en gran manera de otros grandes seres que velan por nosotros. Así que somos capaces de imaginar nuestras vidas, nos volvemos de repente sencillos y terminamos agradecidos por toda esa oleada de existencia en la que vivimos y tenemos nuestro ser. Damos gracias, como recompensa al éxito de vivir una vida humilde y sencilla. Gracias por estar vivos, gracias por tener el valor y la necesidad interior de elevar nuestras miradas al cielo en señal de reconocimiento y admiración. Gracias por imaginar un mundo que se eleva sencillo por encima de toda complejidad. ¿Qué más hacer? Uno se puede sentar en una silla, junto a un libro, encender una vela, cerrar los ojos e imaginar mundos…

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Vender libros en nuestro tiempo

Vender libros en nuestro tiempo

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“Don Quijote leyendo libros”, de Adolf Schrödter (1834)

«Desde que existe el libro nadie está ya completamente solo, sin otra perspectiva que la que le ofrece su propio punto de vista, pues tiene al alcance de su mano el presente y el pasado, el pensar y el sentir de toda la humanidad». Stefan Zweig

Si hay editores dignos de admirar uno de ellos sería el masón alemán Hermann Böhlau (1826-1900). Cometió la gran hazaña de publicar en la editorial Böhlau los 143 volúmenes de la obra recopiladora de todos los trabajos de Goethe. Fue llamada Sophienausgabe, edición de Weimar o edición de Sophien, en honor a la mecenas de este proyecto ingente, la Gran Duquesa Sophie von Sachsen-Weimar-Eisenach.

Hoy en día es muy difícil encontrar editores que se lancen a este tipo de aventuras. Tampoco existen escritores actuales de la categoría de un Goethe, ni mecenas como la Gran Duquesa, que auspicien desinteresadamente, tan solo por amor a la cultura o al arte, la edición de libros. También sería difícil encontrar a ávidos lectores capaces de penetrar en la compleja obra de un gran autor. Vivimos en un tiempo extraño donde cada vez es más difícil encontrar grandes autores vivos, grandes lectores, grandes editores capaces de arriesgarlo todo para continuar con la difícil tarea de editar buenas obras y grandes lectores de esos que antiguamente devorábamos los libros a pares.

Los libros han sido durante cientos de años nuestra fuente de información, conocimiento, transmisión de valores y cultura. También nuestros amigos, nuestras reservas imaginativas, nuestro toque de gracia, nuestra fuente de inspiración y nuestro anhelo espiritual. Pero esto no ocurre con todos. Hay personas que pueden vivir sin libros. Diría más, hay personas que no tienen libros en sus casas. En los tiempos que corren, los libros están siendo sustituidos por bytes de información, por píxeles. Cada vez más están siendo desterrados de casas y hogares. Ni siquiera se utilizan como medio decorativo como antaño. Los libros están siendo cada vez más motivo de desprecio y olvido.

El oficio de editor es extraño en nuestros días. Los libros dejan de tener alma y se convierten en mercancía. Lo que importa es vender, y los editores publican cualquier cosa con tal de permanecer vivos. Las librerías cierran (la última en caer fue la bella “El olor de la lluvia” de Madrid), los distribuidores quiebran dejando miles de euros sin pagar a editoriales que sobreviven como pueden.

Estos días he decidido dedicar algo de tiempo a los libros. El desánimo por la depresión económica no invita a muchas alegrías, pero hemos estado sigilosamente corrigiendo libros, traduciendo algún clásico aún no editado en nuestro país y hoy, viendo que entramos en julio y los clientes no pagan sus facturas, me dedicaba a bucear en posibles cauces de venta. Me aventuré a ponerme en contacto con distribuidoras americanas. Dicen los amigos editores que están sobreviviendo gracias a las ventas en aquel continente. Nunca se me había ocurrido pero el hambre agudiza el ingenio y así me pasé toda la mañana, llamando a las puertas de América.

Tengo un centenar de libros comprometidos para editar en los próximos dos años. He descartado aquellos que me será imposible atender. También he descartado la autoedición, que tantos quebraderos de cabeza me ha dado en estos dos años de experimentación. Cerramos hace unos meses el sello Phylira, una idea que nació en 2008 en Alemania, que tardó en cuajar pero que chocó frontalmente con mi nulo espíritu de mercader y vendedor. Puedo ser un editor más o menos bueno o malo, pero lo que no sé es vender un libro. Si en estos tiempos apareciera una Gran Duquesa podría editar grandes libros y afianzar con ellos las ventas. Pero la obra cultura es tan compleja, que mis aspiraciones bajan la libido intelectual y las expectativas se reducen a la mínima expresión. Así que compaginaré la vida en el campo con pequeños arrebatos editoriales, sobreviviendo como se pueda y cuando se pueda. Vender libros en nuestro tiempo es como ver a Don Quijote leyendo libros de caballería, algo para volverse loco.

Si aún no conoces nuestros sellos editoriales te invito a que ojees nuestras obras, y si hay alguna que te llame la atención, no dudes en comprarla. Llega el verano y un buen libro siempre puede ser un amigo.

www.editorialdharana.com 

Gracias de corazón por apoyar la escritura… llega el verano y los editores tienen que vivir como puedan… este escaparate siempre resulta un lugar imaginativo para potenciar el Arte en la Palabra… Una particular ventana al mundo… Gracias por apoyarlo… 🙂 

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La sombra y el obstáculo

La sombra y el obstáculo

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© Moonglow

«Uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad» Carl Jung

Desde los tiempos de Carl Jung, padre de la psicología analítica, se ha escrito mucho sobre el arquetipo de la sombra, sobre ese lado oscuro de nuestra personalidad que de alguna u otra forma, todos poseemos. En muchas terapias actuales se nos habla insistentemente de la sombra, de nuestro lado oscuro. Normalmente como aquella parte tabú que todo ser posee, de la que somos incapaces de ver y que solo desde una sincera y objetiva mirada ajena, podemos acceder a ella. A veces resulta sanador encontrar a personas honestas, ya sean terapeutas o amigos sinceros, que nos hablan directamente de la misma, sin tapujos, sin miedos. También resulta sanador estar abiertos a la escucha, a que el otro nos hable tranquilamente de esa zona que a nadie gusta y que muchas veces no deseamos reconocer.

Sin embargo, resulta paradójico que no sepamos ir más allá de nuestros propios defectos, ni enfrentarnos a las causas de aquello que a veces ennegrece nuestras vidas. Toda sombra está producida por un obstáculo que la provoca. Cuando alguien nos dice que somos un ser oscuro, que tenemos rabia, rencor, egoísmo, narcisismo, vicio, o cualquier otra cosa que de cara al mundo virtuoso no sea algo agradable, debemos preguntarnos, -más allá de la ley del espejo donde el otro muchas veces solo ve en nosotros lo que tiene dentro, incluso magnificado-, qué es aquello que produce que en nuestro interior existan esas cosas.

El obstáculo que produce nuestras sombras a veces son cosas que quedaron encalladas en nuestra más tierna infancia. Algo que ahora en la edad adulta pueda ser nimio pero que cuando se estaba gestando en nosotros las emociones y los primeros racionamientos, pudo provocar una auténtica catástrofe interior. La muerte de un ser querido, la ofensa de alguien al que apreciamos, algún tipo de injusticia tan típica en los juegos infantiles, algo que quedó enquistado en nuestra psique y que, con el paso del tiempo, se volvió un auténtico obstáculo en nuestras vidas.

En ocasiones solo desde experiencias traumáticas podemos despertar no al análisis absorto de nuestra sombra, sino a la realidad de ese obstáculo que no podíamos ver. Aquello que se interponía entre nuestra luz virtuosa y nuestro ser esencial. Aquello que estaba ahí pero no podíamos ver, porque lo único que intuíamos era la presencia de la sombra, de la oscuridad, de la penumbra en nosotros, pero sin poder observar aquello que lo provocaba.

Estos meses de retiro obligado hemos tenido la oportunidad de darnos cuenta de cuantos obstáculos impiden que avancemos en nuestras vidas. Ya no analizando nuestras sombras, sino aquellos obstáculos persistentes que las provocan. ¿Por qué tenemos rabia? ¿Qué es aquello que nos la produce? ¿Por qué ese empeño de culpar al otro, o a lo otro, de todo aquello que nos pasa? ¿De dónde surgen nuestros recelos, nuestra ira, nuestros miedos, nuestra sensación de pensar que los otros nos van a fallar, cuando somos nosotros los que siempre elevamos excesivamente nuestras perspectivas sobre ellos? Si miramos al otro con honestidad, sin juicio, podremos ver maravillas de seres humanos en cada una de las personas que pasan por nuestras vidas. Si aceptamos que todas sus sombras son provocadas por algún obstáculo, por algo que entorpece que la luz llegue directamente a su vida, podremos amar siempre incondicionalmente, sin juicio, sin maldad, sin falsedad.

Cuando se llega a cierta paz interior, cuando uno descubre no ya sus sombras, sino los obstáculos que la provocan, deja de culpar al mundo, a los otros, de todo aquello que nos ocurre. Es entonces cuando, de forma inteligente y asertiva, empezamos a modular nuestra conducta, nuestra interpretación de las cosas, nuestra forma de afrontar la vida. Dejamos de tener expectativas, dejamos de culpar al otro de nuestros fracasos, dejamos de ver en aquel que nos ha mostrado nuestras sombras como a un enemigo a batir. Vivir en la luz perpetua es simplemente apartar de nuestras vidas los obstáculos pasados y presentes que no dejan penetrar lo verdadero. La vida está llena de obstáculos, conscientes e inconscientes, pero al tener presente esta máxima, esta realidad, podemos andar por ella con más cuidado, con más atención, con mayor tacto, y de paso, ir sanando por dentro, como un árbol que va creciendo reparando sus heridas.

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En el 75 aniversario de las Naciones Unidas

En el 75 aniversario de las Naciones Unidas

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Este año se cumplen 75 años desde la constitución de las Naciones Unidas. Tras las grandes guerras mundiales, este intento de paz y unidad marcó un gran hito en la historia de la Humanidad.

Desde la fundación Dharana, junto a la Editorial Dharana, llevamos unos años imprimiendo y regalando la Declaración Universal de los Derechos Humanos como forma de expandir valores universales.

Este año, vamos a realizar una edición especial de 75 aniversario en papel reciclado y multilingüe (inglés, castellano, catalán, gallego y euskera) que regalaremos igualmente a todo el que lo solicite, así como a todas las personas que vengan a visitar nuestro proyecto en los próximos años.

Si quieres apoyar esta nueva reimpresión o deseas ejemplares para regalar y así ayudar a expandir los valores de buena voluntad, tu apoyo será siempre bienvenido.

Sigamos compartiendo los altos ideales y los valores que deberán regir realmente a nuestro mundo en los próximos tiempos.

Cumplamos con nuestra parte en ello. Gracias de corazón.

 

Formas de apoyo a la impresión:

Compra amigo: 10 ejemplares al precio de 50 euros.
Compra colaborativa: 20 ejemplares al precio de 100 euros.
Compra corporativa: 100 ejemplares, con posibilidad de sello o logo corporativo en la contraportada y mención especial en la tripa, al precio de 500 euros.

Otra forma de apoyo: donativo a la Fundación Dharana

TRIODOS BANK (BANCA ÉTICA): ES54 1491 0001 2121 2237 2325

Vencer el sufrimiento. La ley del devenir.

Vencer el sufrimiento. La ley del devenir.

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© Brych Photography

Nacer, sufrir, morir. Así podríamos resumir la vida corta, la vida mecánica, la vida que nos espera. Me di cuenta especialmente el sábado. Una de las gatas había cazado al simpático petirrojo que solía visitarnos con frecuencia. Los petirrojos son excesivamente curiosos y confiados. Y en algún descuido, en algún error, sucumbió a las garras gatunas. Cuando lo vi muerto no me lo podía creer. ¡Sentía tanto amor por ese pequeño animal!

Me marché triste, embriagado de rabia e incertidumbre, a alguna parte y en el caminar, me topé con otro pajarillo muerto. Y al día siguiente un tercero. Y ayer mismo, la gallina Clarita había muerto en manos de algún gavilán que le dio caza en el propio corral. Cuando vi su cuerpo muerto, frío, tieso, destripado, sentí un gran dolor. Clarita no era una gallina como las demás. Destacaba por su simpatía y confianza. En carácter era muy parecida a la famosa gallina Negri, que también murió hace unos años en manos de algún rapaz. ¡La muerte azota una y otra vez! Y me acordé de todas esas criaturas que son sacrificadas en fábricas de hacer comida y sentí mucha tristeza. Al menos Clarita, como el petirrojo, llevaron una buena vida libre y salvaje.

Aquí en la naturaleza la muerte forma parte de la vida constantemente. Van unidos, son inseparables. La ley del devenir es una deformación a veces cruel. La cadena trófica resulta insoportable cuando el que muere es alguien cercano. No importa que ese alguien, con su propia personalidad, sea un pato o una gallina. Aquí los animales viven en condiciones muy parecidas a los humanos con los que cohabitan. Se podría decir que somos todos una gran familia donde nos cuidamos y protegemos mutuamente. Al no participar en la cadena trófica, los animales viven felices, a veces durante muchos años, hasta que al azar provoca una muerte inevitable.

Leíamos hoy en los últimos capítulos de un libro que andamos estudiando que “la sombra es la luz bajo la forma de aquello que la estorba”. Nuestras sombras nos sirven para identificar ese obstáculo que está frente a nosotros y no deja pasar la luz. A veces, el sufrimiento es un síntoma parecido a la sombra. Surge cuando no tenemos capacidad de comprender que la vida en sí misma es sufrimiento, y no nos queda más remedio que aceptarla. En el budismo se conoce como duḥkha, y las cuatro nobles verdades nos hablan del origen del sufrimiento y de cómo extinguirlo gracias al noble óctuple sendero. Sin embargo, la primera noble verdad es en sí misma una gran advertencia: el malestar en todas sus formas, dolor, sufrimiento, pena, aflicción, angustia, estrés, es inherente a la existencia en el mundo. Por ello, debemos aceptar y comprender que el sufrimiento está ahí, en cualquier lugar, en cualquier parte, esperando.

Una persona que está en su centro no significa que haya vencido al sufrimiento, significa, como nos dice Dürckheim, que ha aprendido a sufrir. Vencer el sufrimiento, para una persona realizada, es que ha sido capaz de sufrir el dolor. Esto es una forma de aceptación, de respirar profundamente la vida. Aceptar el sufrimiento y el dolor como parte de la vida, es un gran paso de desapego y de aceptación hacia el siguiente paso: la propia muerte y extinción. Respirar la vida significa que aceptamos que nos estamos preparando para la muerte. Estar poseídos por la vida es mantener la atención plena en esa cuenta atrás hacia el final. Amar en la crueldad del mundo es aceptar el sufrimiento.

El sufrimiento nos hace humildes. Nos creemos iluminados, pensamos que hemos vencido los avatares de la vida, pero de repente, algo nos detiene y nos doblega. Entonces, primero nos retorcemos, y luego, aceptando el dolor y la derrota, inclinamos nuestra cabeza hacia la tierra en señal de humildad y aceptación. Con una suave aceptación, aprendemos a asumir nuestro propio destino. Vida, sufrimiento y muerte se entremezclan una y otra vez en nuestro aparatoso devenir. Lenta y secretamente, la muerte nos espera en alguna parte. No podremos vencerla, pero podremos aceptarla a medida que vayamos aceptando el inevitable sufrimiento del mundo.

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Style

Style

 

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Ya no tengo estilo. Realmente, creo que nunca lo tuve. Pero ahora menos aún. Siempre desaliñado, con barba de muchos días, casi semanas, el pelo, el poco que queda, anárquico y libre, los pelos en el pecho enroscados unos con otros. La ropa, ¡ay la ropa! Si estoy asalvajado, lo que menos miro es la ropa. Siempre sucia por el trabajo duro del campo, cuando no es arrastrando piedras es haciendo mil cosas. Como no hay dinero para editar nuevos libros, me tomo la labor editorial con una calma extrema. Cuando llama algún cliente, jamás se imaginaría que está hablando con el mismísimo editor, y que ese editor lo mismo está encima de un tractor, o de un tejado, o arreglando algún cable en el sótano. Por dentro me río cuando llama alguien importante o reverente que se imagina extrema seriedad al otro lado del teléfono.

Me gustaría decirles algo así como “Aló, aquí el doctor, el editor, el responsable, sí, ultimando las últimas novedades, pactando la venta de derechos, asumiendo la compra del que será seguramente un gran éxito”. Pero no, el doctorsito hace de todo menos lo que supuestamente tendría que hacer. Y el mes que viene tengo que dar una conferencia ante gente selecta, escrupulosa, medianamente civilizada, de esas que suelen tener altas dosis de exigencia. Y ya ni siquiera sé de qué hablar. Si fuera valiente diría algo así: “sepan ustedes que desde la antigüedad clásica no se ha dicho nada nuevo, así que pregunten”. La conferencia podría durar diez segundos, una frase, y luego, tras haber ido a la peluquería, haber comprado alguna camisa nueva y haberme duchado y afeitado, contestar amablemente cualquier duda sobre el final de los tiempos, el Apocalipsis inmediato o del porqué la necesidad inmediata de crear islas de salvación, utopías que puedan sobrevivir a la purga.

Es verdad que no tengo estilo. Me daba cuenta esta mañana cuando bajé a enviar algunos paquetes y me topé en la oficina de correos con el prior del monasterio. Me miró de arriba abajo pero saludó amablemente, disimulando su asombro. No caí en la cuenta de que siempre bajo corriendo al pueblo tras arrastrarme por la tierra o tras llenarme el cuerpo de grasa de cualquier máquina. Carmen, la directora de la oficina, me mira siempre amable, acostumbrada como está a mis elocuentes apariciones. Al fin y al cabo soy su mejor cliente y me trata con cariño. Nunca me enfado cuando le digo que muchos paquetes nunca llegan a su destino, y tampoco cuando le indico que a México especialmente y a Latinoamérica en general no llega casi ninguno. Aquello es otro mundo, por eso cuando algún cliente de esos países compra algo, suspiro y rezo, me encomiendo a San Ajún Bendito, santo apostólico de los imposibles y las utopías.

Para disimular mi falta de estilo, y cambiando de tema y de mirada, le dije al prior que me debe una visita a la biblioteca del monasterio. Ya que nos hacemos competencia en lo espiritual, al menos deberíamos crear lazos de amistad, quedando claro que la herejía, es decir, nosotros, somos buena gente, y que el pensar de forma libre y diferente no difiere mucho del dogma y la doctrina, porque en el fondo, lo ortodoxo y lo heterodoxo, creen en lo mismo: el gran misterio de la vida. El prior, amable, sin saber muy bien quien soy, más allá del hippie-jefe, como por aquí me conocen, se limitó a contestar un “cuando quieras”. Así que, emplazado quedo. Prometo afeitarme para esa primera visita informal al monasterio, porque formales ya hemos hecho algunas. Y prometo remirar mi vestuario para parecer una persona normal y civilizada. ¡Qué tiempos aquellos en los que semana sí y no iba a comprar modelitos para no ir más de dos días al trabajo con la misma ropa! ¡Cuanto dinero y tiempo ahorro con esto de no tener estilo, ni vestuario! Siempre las mismas camisetas del primar, las que valen a tres euros y te compras diez y te duran una década, casi todas del mismo color. Y siempre esos pantalones del decaslón, eso sí, todos iguales excepto los de invierno, que difieren en tamaño con los de verano, de esos que la gente utiliza para pasear por la montaña y que para mí son como una segunda piel, casi diría que como una segunda residencia.

Es cierto, cuando vives en el campo a veces te descuidas. Pero mi descuido es casi patológico, porque las gentes de por aquí que cuidan de las vacas y los prados, aunque tengan las manos manchadas y huelan de forma contundente, suelen vestir decorosamente. Mis atuendos, de ciudad, modernos, pero convertidos en harapos sucios y rotos, no pegan con el entorno. Debería vestir con esas camisas gruesas de cuadros negros y rojos que aparecen en las películas y con recios pantalones de hombre de verdad. Entonces no importaría que fuera sucio, porque de seguro, que con pinta de leñador de foto de calendario para señoras, seguro que impresionaría. Convencido quedo de que tendría estilo. Ahora no, ahora ya no tengo estilo. ¡Qué le vamos a hacer!

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Vivir de otra manera

Vivir de otra manera

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Esta mañana se me pegaron las sábanas. La verdad es que llevo una semana de cansancio acumulado, o de necesidad de dormir un poco más. No sé si tiene que ver por el calor, o porque desde hace ya un tiempo he dejado de consumir lácteos y huevos y mi cuerpo se está readaptando a la nueva dieta aún más vegana. Lo cierto es que como hemos tardado en abrir a las gallinas y la pata, en el estanque estaban todos los peces felices, danzando de arriba abajo, jugando con las hojas que habían caído la noche anterior tras los fuertes vientos. Ha sido una bonita imagen ver la felicidad de esos peces que han sobrevivido a casi todo tipo de avatares.

Eso nos motivó, aprovechando a que en estos días hemos ampliado la instalación fotovoltaica con tres placas más y un inversor más potente, a reciclar el viejo estanque, juntarlo con el nuevo y crear, mediante un pequeño circuito, una cascada con la intención de oxigenar el agua. Esperamos que eso haga más felices a los peces que vivan en él. Da gusto ver la riqueza animal, sin colaborar en la cadena trófica y dejando que vivan felices en un entorno privilegiado.

Las gallinas se enfadan cuando llegamos tarde. Tienen una manera peculiar de llamar la atención cuando ven que pasan las horas y nadie les abre el corral. Luego corren contentas por toda la finca, buscando suculentos bocados de aquí y de allá. En la casa, los gorriones han hecho varios nidos. Uno de ellos, con cinco polluelos, se puede ver cuando vamos a regar las frambuesas que hemos sembrado en el interior del patio. Es una imagen bucólica, un síntoma de que la vida sigue, de que la vida se expresa y se regenera a su manera.

Nosotros como especie humana alguna vez caímos de las ramas de los árboles, y en esa caída, olvidamos la felicidad natural, la que se conforma con contemplar un atardecer, dar un paseo entre la hierba o tirarse sobre ella sin hacer nada. Desde que caímos de los ramas y los árboles, hemos perdido el contacto con lo sencillo, con lo natural, y nos hemos alejado excesivamente de la naturaleza, creyendo incluso que es algo ajena a nosotros. Pero cuando vives en ella de forma respetuosa, edificando pequeñas cabañas para vivir, intentando no agredir el medio envolvente, te das cuenta de que somos parte de ella.

Gracias a la nueva instalación fotovoltaica, aún insuficiente, pero mucho mejor que la que teníamos, ahora podemos poner lavadoras de más de media hora. Y poner la bomba del agua mientras se carga la moto eléctrica. Además a la vez, sin tener que gritar de un lado para otro para desenchufar todo cada vez que queremos limpiar la ropa o enchufar algo que requiriera fuerza. Hemos adquirido un inversor que dobla la potencia -hemos pasado de una instalación de 24V a una de 48V- y hemos juntado las viejas baterías que teníamos en las cabañas con las nuevas que llegaron hace unos meses y que instalamos en la casa. Más las tres placas nuevas, suman ocho placas, ocho baterías y un inversor de cinco mil vatios. Llevamos seis años siendo autosuficientes energéticamente, y ahora también unos meses, algo más autosuficientes en cuanto a movilidad.

El progreso trae cosas buenas, no hay que renegar de él, sino alinearse con sus cosas buenas. Seis años sin pagar factura de la luz, ni factura de agua, y ahora, seis meses sin pagar gasolina gracias a esa pequeña moto eléctrica que nos lleva y nos trae para desplazamientos locales. En estos años habremos ahorrado unos quince mil euros en factura de agua y luz, a lo que habrá que sumar el ahorro en gasolina. El siguiente paso será doblar la potencia eléctrica para librarnos de las botellas de butano y poder cocinar y calentar el agua solo con electricidad. Seguiremos buscando soluciones económicas para la calefacción de invierno, algo que el año pasado quedó pendiente. Y de aquí a unos años, un coche eléctrico recargado con nuestro sistema de placas solares hará que el ahorro sea considerable. Seremos lo más ecológicos que la tecnología permita.

Todo es un experimento cuya pedagogía consiste en contar que se puede vivir de forma diferente. Los peces pueden vivir sin ser comidos. También las gallinas, y los patos, y las vacas y todos los animales. Además, se puede vivir energéticamente de forma autónoma, y también, en cuanto a movilidad, nos podemos desplazar sin contaminar. Hoy hice un viaje con la moto eléctrica de más de setenta kilómetros y fue un placer el pensar que no se contaminó nada, que no hacía ruido en mi desplazamiento y que la misma se recargará con la luz solar de mañana.

El siguiente paso gigante será la comida. El tema de la huerta será un reto importante a desarrollar en los próximos años y ver de qué manera se puede hacer un vergel de alimentos. Paso lento pero seguro. Poco a poco. En esas andamos, preparando la tierra para el futuro.

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Oj, Šope, Šope


 

Los coros femeninos a capella son una de las riquezas más bellas del pueblo búlgaro. Aunque hay canciones tradicionales que se disputan serbios y búlgaros, sea de dónde sea, Oj, Šope, Šope fue para mí un bonito despertar en mi temprana juventud. Es cierto que la música te transporta siempre a alguna parte. No son solo movimientos, vibraciones lo que uno escucha. También son tonos, ritmos, melodías. Hay una magia numérica que aún no entendemos pero que la música expresa. ¡El Danubio es ancho, pero no profundo! Dice la canción. Un río que atraviesa pueblos diversos como Alemania, Austria, Eslovaquia, Hungría, Croacia, Serbia, Rumania, Bulgaria, Moldavia o Ucrania. Hay canciones que son como el Danubio, anchas, inmensas, inabarcables.

La música posee calidades afectivas. Esta en concreto me retrae a cuando era voluntario en la Cruz Roja y en Cáritas. Teníamos un pequeño grupo de teatro donde intentábamos, gracias a la ayuda de un actor profesional, quitarnos las vergüenzas que el actuar siempre trae consigo. Para prepararnos, recitábamos versos de Shakespeare que aprendíamos de memoria o emitíamos unos aullidos desde lo más profundo de nuestros pulmones con una luz tenue. Primero tímidos, casi apagados, y luego, con el ánimo del profesor, iban subiendo de tono y fuerza. Era como expulsar algo que se tiene dentro y que solo mediante la voz puede manifestarse y repeler hacia fuera. Luego, con los ojos cerrados y la luz apagada, el ejercicio consistía en escuchar el Oj, Šope, Šope y dejarnos llevar por su música. Al principio de nuevo de forma tímida, hasta que de repente, el alma de esa música tradicional se apoderaba de nosotros y el cuerpo fluía de forma libre. Era como si el propio Danubio entrara en nosotros y fluyera por cada una de nuestras cavidades. Pero no solo el Danubio, también su afluente, el río Iskar, y las montañas de Pirin y Vitosha.

Para los que éramos más tímidos y retraídos, este ejercicio era totalmente liberador. De alguna forma, y quizás por primera vez, podíamos vencer nuestros miedos más atávicos, podíamos romper con ese escudo protector que nos mancillaba y anegaba en la sepultura de nuestra seguridad. Podíamos lanzarnos al vacío y vencer nuestras limitaciones. De repente el cuerpo se expresaba de forma diferente, y cuando las luces se apagaban y la música empezaba a vibrar, una gran luz interior se encendía para demostrar al mundo de que no hay montaña más alta ni río más profundo que el que uno lleva consigo en su interior. La música nos liberaba, pero también nos engrandecía, ensanchaba, de alguna manera, toda nuestra alma. Los pulmones se llenaban de akasha, y al anima mundi vibraba incesante dentro de nosotros.

Si eres una persona extremadamente tímida o retraída, recomiendo encarecidamente el ejercicio, porque cuando uno se deja poseer por la música y por aquello que representa, es como si todo un egregor, toda una cultura, todo un tiempo, entrara de repente en nosotros, y dejando de un lado nuestra pequeña personalidad, nuestros miedos y turbaciones, pudiéramos entrever algo superior a nuestra pequeña existencia. Cerrar los ojos, apagar la luz y escuchar el Šope, Šope. Liberador.

Ej, Šope, Šope

Ej, Šope, Šope, našensko Šope !

1.
Ozdole idat Šopi ergenje,
oj, Šope, Šope, Šopi ergenje,
na glavi nosat ovči kalpaci,
oj, Šope, Šope, ovči kalpaci,
u râce dâržat gegi krivaci,
oj, Šope, Šope, gegi krivaci,
nozete im u svinski opinci,
oj, Šope, Šope, svinski opinci,

Oj, Šope, Šope, Oj, Šope, Šope !
Hej, hej, hej, hej !

2.
kato si ’odat, ’odat i ’okat,
oj, Šope, Šope, ’odat i ’okat,
če ot Vitoša po-visoko nema,
e pa nema, nema, e pa nema, nema,
če ot Iskaro po-dlâboko nema,
e pa nema, nema, e pa nema, nema.
če ot Vitoša po-visoko nema,
če ot Iskaro po-dlâboko nema,

3.
De gi začula moma Bojana,
vikom se provikna i na Šopi duma :
« Oj, Šope, Šope, opako Šope,
kako da nema, koga ima, ima !
E pa ima, ima, Pirin planina,
oj, Šope, Šope, Pirin planina,
Dunava ot Iskaro e po-dlâboka,
oj, Šope, Šope, e po-dlâboka. »

4.
Šopite ne čujat, sal edno si znajat,
sal edno si znajat, sâs jaziko câkat,
sâs jaziko câkat, i glavite klimat,
i glavite klimat, na Bojana dumat :
« Pirin e visoka, ama e daleko,
Dunav e široka, ma ne e dlâboka !
— Oj Šope, Šope, djavol si, Šope,
oj Šope, Šope, umen si, Šope. »

 

1)

Desde abajo viene Šope el soltero,
oh, Šope, Šope, Šope el soltero,
en su cabeza usa sombrero de piel de oveja,
oh, Šope, Šope, sombrero de piel de oveja,
en sus manos sostiene una azada de pastor,
oh, Šope, Šope, una azada de pastor,
en sus pies, zapatos de piel de cerdo,
oh, Šope, Šope, zapatos de piel de cerdo,

2)

Cuando camina, camina y grita,
oh, Šope, Šope, camina y grita
que no hay más alto que su montaña Vitosha,
oh no, no hay ninguna, oh no, no hay
que no hay más profundo que su río Iskar,
oh no, no hay, oh no, no hay
que no hay más alto que su montaña Vitosha,
que no hay más profundo que su río Iskar,

3)

Sucedió que la niña Boyana lo escuchó,
ella gritó tanto como pudo y dijo a Šope:
“Oh, Šope, Šope, Šope intratable,
¡cómo no hay ninguno, ya que los hay!
Sí, hay montaña de Pirin,
oh, Šope, Šope, montaña de Pirin,
y el Danubio es más profundo que el Iskar”.
oh, Šope, Šope, es más profundo.

4)

Pero Šope no escucha, persiste,
persiste, mueve la lengua,
agita su lengua y asiente,
asiente, habla con Boyana:
“El Pirin está alto, pero está lejos,
¡El Danubio es ancho, pero no es profundo!
– Oh, Šope, Šope, eres un demonio, Šope,
oh, Šope, Šope, eres inteligente, Šope. ”

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Contaminación, movilidad, plásticos y consumo de carne. Cincuenta años para regenerar el planeta

Contaminación, movilidad, plásticos y consumo de carne. Cincuenta años para regenerar el planeta

 

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Ha sido hermoso ver como ha descendido la contaminación en estos meses de encierro. Eso puede dotarnos de cierto sentimiento de optimismo, no esperando a que de repente toda la humanidad se ilumine y se encierre para que el planeta entero se regenere, pero sí esperando que al menos en las próximas cinco décadas, el ser humano en su conjunto busque alternativas al caos climático que ahora impera.

Existen actualmente cuatro problemáticas que generan desequilibrios en nuestro planeta: la contaminación, la movilidad, el consumo de plásticos y el consumo de carne. Los cuatro componentes requieren una revisión importante no sólo en nuestra moral y ética personal, sino también en la tecnología que hasta ahora impera en nuestras vidas. Realmente las cuatro realidades contaminantes están relacionadas entre sí. El consumo de plástico está muy relacionada con la contaminación en general. También la movilidad, movida actualmente por derivados del petróleo en su mayoría. Veámoslas por partes y miremos con optimismo como mejorar nosotros mismos para que mejore así el planeta.

1. La contaminación tiene muchas fuentes. Los plaguicidas, los plásticos, el humo de las fábricas y de los coches, los incendios descontrolados. La contaminación atmosférica sufrirá un importante cambio cuando el paradigma hasta ahora imperante cambie de forma generalizada. Primero cambiando la forma de movilidad. El coche eléctrico tendrá mucho protagonismo en las próximas décadas, y para esto ya no hay marcha atrás. El modelo de agricultura intensiva debe cambiar hacia un modelo de agricultura ecológica libre de plaguicidas. Igualmente, debemos interiorizar en nuestro interior la búsqueda de alternativas a los plásticos de un solo uso, así como el consumo de productos ecológicos y éticos.

2. La movilidad. Más del 30% de la contaminación por CO2 proviene del uso del automóvil. El problema de la movilidad está estrechamente ligada al problema de la energía. Como decíamos anteriormente, esto podrá solucionarse en un primer momento cuando los coches empiecen a dejar de quemar combustible fósil y todo el parque automovilístico funcione con electricidad. El abastecimiento de electricidad supondrá un problema en las primeras décadas de este cambio revolucionario, pero ya se está trabajando en la tecnología de la fusión nuclear y es posible que en cincuenta años esta tecnología no contaminante y casi infinita esté disponible. Mientras tanto, el uso de la bicicleta, las motos eléctricas y el coche eléctrico compartido serán soluciones para todos.

3. Los plásticos. Una botella de plástico tarda unos quinientos años en descomponerse. Esto es algo inaudito e insostenible. ¿Cuántas botellas de plástico utilizamos al cabo del año? Cada año se vierten al mar doce millones de toneladas de plástico. Esto genera un gran problema en los océanos, especialmente por el vertido de los microplásticos que utilizamos en muchos productos de higiene o en la propia y lenta descomposición de los plásticos más voluminosos. Mientras se encuentra una tecnología apropiada para restituir el plástico por otros productos más ecológicos, muchos gestos diarios pueden librarnos de cientos de plásticos. Solo tenemos que cambiar ciertos hábitos de consumo y tener más consciencia a la hora de comprar productos a granel que no utilicen tanto envoltorio. Hay muchas soluciones para reducir drásticamente el consumo de plástico.

4. La industria ganadera genera tantos gases de efecto invernadero como todos los coches, trenes, barcos y aviones juntos. Este solo es un dato que afecta a la contaminación, pero más allá de eso, el ser humano debe tomar consciencia ética en cuanto al consumo indiscriminado de carnes. Sobre este punto no voy a extenderme, porque me parece insoportable pensar que la mayoría de los seres humanos, en pleno siglo XXI, aún se regodee placenteramente con el consumo indiscriminado de animales muertos. No una vez al mes o a la semana, sino prácticamente todos los días del año. Ojalá esta tendencia cambie radicalmente en nuestras consciencias y los animales puedan vivir y morir en paz.

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Fuerza, sentido y protección. Cuando el Ser se hace experiencia

Fuerza, sentido y protección. Cuando el Ser se hace experiencia

 

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Si esta fuera la mitad de mi vida, admito que ha sido muy difícil tener una experiencia real del Ser. Dürckheim, en su libro “El Maestro Interior”, nos da algunas pistas de cómo debería ser ese contacto real con el Ser Esencial, y de como, de alguna manera, ese Ser se manifiesta en el Camino interior, en el camino espiritual, especialmente acotado dentro de la vida cotidiana.

Para estar en el Camino del que nos habla Dürckheim, se tiene primero que asentar uno en su centro. Encontrar el centro es complejo, especialmente ante las mil necesidades y los cientos de miles de estímulos que recibimos todos los días. Estímulos que nos distraen, que nos ponen a prueba y que nos sacan de nuestro centro. Estar en el centro, en el punto de quietud, que dirían los budistas, es difícil. Requiere disciplina, fortaleza y una constante necesidad de búsqueda interior. Requiere, además, un convencimiento absoluto de que la realidad profana en la que vivimos es trascendida por una realidad sagrada, espiritual, profunda.

El centro somos nosotros cuando hemos integrado en nuestra personalidad todos los aspectos relevantes. Nuestro cuerpo físico está en sintonía con nuestra energía, esta con nuestras emociones y estas últimas con nuestros pensamientos. Ahí se encuentra el centro, y nosotros, en nuestra máxima expresión como seres humanos, nos convertimos de repente en el centro del universo, de donde todo emana y todo se conjuga. Al ser seres constituidos como hologramas, todo lo que ocurre en nuestro exterior no deja de ser un reflejo fiel de aquello que expresamos interiormente. Nuestro enfoque cuántico determina la realidad que experimentamos. Y la profundidad de ese enfoque determina la profundidad de las experiencias que recibimos y experimentamos. Realmente existe una correlación de fuerzas y energías que ordenan el escenario en el que vivimos, dotando al mismo de fuerza, sentido y protección cuando el Ser se expresa y se hace experiencia.

Por ello, el reajustar todos los días nuestro mundo interior mediante técnicas como la meditación o la contemplación, de alguna forma ayuda a ordenar toda la pantalla holográfica que se expresa en nuestro exterior. Si dentro hay conflictos, a veces conflictos no resueltos de nuestra infancia o juventud, esos conflictos se manifestarán una y otra vez en el cinemascope de nuestras vidas. Solo cuando desde la calma conseguimos alinear nuestras fuerzas, la proyección exterior se reordena y reaparece un mundo en equilibrio. Integrar ambos mundos, el interior y el exterior, lleva tiempo, pero esa integración necesaria forma parte de la búsqueda del centro.

Nos dice Dürckheim que el ser humano tiene tres necesidades fundamentales: la primera es la necesidad de vivir, que sería como decir la necesidad de prestar atención a la subsistencia diaria, la cual nos da fuerza; la segunda sería el dotar a nuestras vidas de sentido; y la tercera, sería la búsqueda de comunidad. El ser humano busca un “tú”, un diálogo donde la soledad no tenga cabida. En ese diálogo, siempre entre iguales, entre prójimos que se entienden, se establece una relación de seguridad y protección.

Cuando uno se hace adulto, hay un momento de ruptura con la comunidad tradicional, normalmente establecida por el parentesco, la familia o la patria de nacimiento. Sin embargo, cuando el Ser se hace experiencia en nosotros, la necesidad de una renovación de nuestros lazos afectivos sufre una intensa crisis, buscando esa nueva comunidad que dote de sentido a nuestra nueva visión. Esa búsqueda de familia espiritual no siempre se encuentra satisfactoriamente, porque aquel que ha experimentado el alumbramiento de una nueva realidad debe pasar inevitablemente por esa oscura noche del alma, hasta que al final de la misma, al final de ese oscuro túnel, una nueva familia nos espera.

Cuando estas tres necesidades, la de vivir, la de encontrar sentido a la vida y la de estar en comunión en el seno de una comunidad se satisfacen provechosamente, uno encuentra su verdadero centro. Entonces el Ser encuentra su plenitud, su orden y su unidad, y es capaz de expresar la consciencia de su fuerza, de su valor y la consciencia del “nosotros” como una comunión primordial, un lazo místico que une a unos y a otros en esa unidad psíquica, muchas veces inconmensurable, incomprensible, invisible. Es a partir de ese momento cuando volvemos a tener esa confianza primordial ante la vida, esa seguridad que nos lleva inevitablemente a un destino común, y de paso, a comprender que esa nueva consciencia requiere inevitablemente del apoyo de una verdadera comunidad. Esto es apasionante, porque de alguna forma, esa comunidad, la veamos o no, la sintamos o no, la comprendamos o no, existe. Y cada vez se amplia con mayor fuerza a medida que nuestro ser se expande en la experiencia del vasto mundo espiritual. No hablamos aquí de una comunidad de vida cotidiana, sino de una comunidad del lazo místico, en lo intangible, unidas por un propósito de mejoramiento, de ayuda mutua, de cooperación.

Termina Dürckheim diciendo que cuando esto ocurre, el ser humano descubre otra vida en la cual el absurdo es sustituido por un verdadero sentido vital y profundo, y la sensación de abandono por una inmensa sensación de protección que muchas veces no parece de este mundo. Es así como el Ser esencial se expresa en nosotros, viviendo una vida llena de seguridad y sentido.

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Tiempos de siega

Tiempos de siega

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Junio es el mes de la siega. La hierba, con las lluvias primaverales, están altas, listas para recoger. Estamos rodeados de hermosos prados y en estos días, vemos con estupor como los vecinos se afanan para segar con sus potentes tractores toda esa belleza de flores y hierba. El ciclo de la hierba marca tiempos, fiestas, alimento para el ganado que se almacena en los silos para pasar el invierno con sus nieves y falta de prado.

El ciclo de la hierba comienza en enero, mes en el que el pasto queda lánguido y helado por la crudeza del invierno. Es tiempo de empezar a quitar las ramas caídas de los árboles que muchas veces dividen las lindes, las posibles piedras, todo aquello que pueda estorbar en la crecida y recogida del manto verde. A partir de ese momento, empiezan a abonarse los prados con el abono de las cortes, con los desechos que el propio ganado produce. Esto no deja de ser paradójico. De alguna forma, es como un ciclo que se cierra y se abre en cada estación. El abono, desecho de la cosecha del año anterior, sirve para alimentar la comida del próximo invierno. Vida, muerte y resurrección.

Quitar las toperas, arreglar los muros de piedra, arrancar las silvas. Todo el año al cuidado de extensos prados verdes que dan vida a estas zonas del norte. Todo el año al cuidado del manto que dará de comer al ganado, especialmente las vacas, vacas que más tarde se convertirán en comida para los seres humanos.

Nosotros somos una anomalía en el terreno. No tenemos vacas, somos vegetarianos y no necesitamos la hierba para alimentar ningún tipo de ganado. Sin embargo, la ley dice que tenemos que tener los prados limpios para evitar incendios. Los vecinos siempre se molestan porque ven que nuestros campos andan algo descuidados. De vez en cuando contratamos los servicios de algún vecino para que nos desbroce los prados, pero siempre está todo un poco salvaje, pues la naturaleza, al igual que el ser humano, tiende siempre al crecimiento, a la expansión, a la dilatación. Como este año de transición deseamos terminar la casa y empezar con el cuidado del jardín y la huerta, hemos hecho números y vemos que nos sale más económico comprar un pequeño tractor, aunque sea de segunda mano, que seguir pagando a los vecinos. Así que eso hemos hecho. Hemos comprado un modesto y humilde minitractor y hoy mismo, justo cuando los vecinos se afanaban para recoger la hierba de los prados,  nos ha llegado el apero para desbrozar.

La verdad es que lo nuestro parecía de caricatura en comparación con los grandes tractores vecinales. Pero tampoco nosotros nos queremos dedicar a criar vacas, así que ese pequeño juguete es suficiente para mantener limpia la finca. Debo decir que he sentido un poco de pena cuando a primera hora empezaba con las labores de desbrozado, que iba compaginando, hasta que el sol se puso, con la construcción de dos muros de piedra seca que estamos haciendo a la entrada. El mundo mineral y el mundo vegetal trabajados en un mismo día. El cansancio no puede ser mayor. Digo lo de la pena porque de repente veía como todo un ecosistema de hermosas flores salvajes, mariposas, saltamontes, cientos de animalillos, incluso grandes y hermosos lagartos, desaparecían bajo los pies del tractor o salían corriendo hacia lugares más seguros. He sentido una gran contradicción interior que aún no he podido resolver. Es evidente que no se puede ser tan sensible. Es un sin vivir.

Seguramente todos estos esfuerzos servirán para que la próxima primavera, todos los que vengan puedan disfrutar aún más de este lugar y su exuberante belleza. Si todo va bien, limpiaremos la finca y sembraremos muchos árboles, frutales y autóctonos, flores y todo aquello que pueda servir para potenciar aún más la armonía, la belleza, la inspiración y el contacto pleno con la naturaleza. Hay mucho trabajo por delante, pero como en este tiempo no tenemos que atender a nadie, los días se hacen muy largos y el trabajo muy intenso. Pronto veremos sus frutos, a pesar del agotamiento y el cansancio al final de cada jornada.

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Gracias madre

Gracias madre

antonia

Hoy hace setenta y tres años que mi abuela materna dio a luz a mi madre. No me imagino como debió ser esa épica en tiempos de postguerra en nuestro país y de plena Segunda Guerra Mundial a pocos kilómetros de nuestras fronteras. Aquel era un mundo difícil. Apenas había comida, e imagino lo complejo que debía ser sacar adelante a cuatro hijos en el mundo rural andaluz. Mi abuela murió muy joven y dejó huérfanos a aquellos niños, tres hembras y un varón. Supongo que mi abuelo se convirtió de repente en un héroe que tuvo que tirar de todos, con la ayuda de sus hijas mayores. Mi madre se casó con 24 años. Era una niña. Al año siguiente tuvo su primer hijo, el que ahora escribe. Pensándolo fríamente, no me imagino lo difícil que tuvo que ser tener un hijo a esa edad, recién casada y recién emigrada al norte del país, donde casi no conocía a nadie y donde tenía que buscarse la vida, empezar de cero, crear un hogar y luchar por un futuro.

Las proezas de nuestros padres fueron múltiples. Debemos honrar su memoria día y noche. Rozando los cincuenta, no he tenido la oportunidad de tener descendencia y no sé lo que realmente es tener un hijo, pero sí sé, por intuición, que debe ser algo muy complejo y difícil. Quizás para un padre o una madre, una de las mayores frustraciones sea el ver que sus genes, su esfuerzo, se extingue de repente. Para los padres del siglo pasado, eso debe ser algo frustrante, porque de alguna manera, se deben interrogar sobre el porqué de tanto esfuerzo y sacrificio. Ninguno de sus hijos ha tenido hijos, y las perspectivas futuras no son muy halagüeñas, al menos de momento.

Tuvo la mala suerte de que su pareja de toda la vida, mi padre, desarrolló la enfermedad del alzhéimer siendo muy joven, y aún joven, murió, no hace muchos años. Tras años de sufrimiento, la muerte de mi padre debió ser un momento de liberación, de calma, de quietud. No hay cosa más compleja que la de cuidar a una persona con alzhéimer, especialmente en las últimas fases de la enfermedad. A los pocos años, rehizo su vida y ahora vive feliz, contemplando el paso del tiempo con su nueva pareja, viajando a mitad de caballo entre su casa del pueblo, con maravillosas vistas a Sierra Morena y la campiña andaluza, con sus olores y colores intensos, y Barcelona, ese mundo de ciudad y ruido que la acogió y donde vivió la mayor parte de su vida.

Como hijo me siento feliz de ver que su vida se desarrolla en calma y tranquilidad. Nunca fue una persona que se quejara, y siempre mantuvo una actitud fuerte, positiva y optimista ante la vida. Aunque sus tres hijos le han salido raritos, ella se siente orgullosa de los mismos. No espera impaciente nada especial de nosotros, nos mira con cariño y se ríe aún con las gracias de unos y de otros, con las anécdotas, y sufre, como todas las madres, cuando a alguno de los tres la vida nos trata de forma injusta.

Al final yo seguí sus pasos, pero a la inversa. Me volví emigrante, primero a su tierra, descubriendo tristemente que no era la mía, y luego a una tierra extraña que es la que ahora me acoge, una tierra hermosa pero totalmente ajena a mi doble cultura, la andaluza y la catalana. Quizás de aquí a unos años, pienso que aún es pronto, pueda presumir, de echar raíces aquí, que poseo una triple cultura, incluyendo en esa riqueza de emigrante a la cultura gallega que ahora me abraza y protege. No me di cuenta hasta ahora, pero lo único que hice fue intentar imitar las proezas de mis padres, valientes emigrantes que buscaban en la ciudad una vida mejor.

¡Qué paradojas tiene la vida! Resulta que la vida buena, la verdadera vida estaba en el campo que abandonaron, en ese mundo de olores intensos y luz especial. Era allí, y no en la ciudad, donde la vida se desarrolla en su mayor expansión. Eso pude verlo en los regalos que todos los años, en agosto, nos hacía la vida cuando, como buenos emigrantes, volvíamos al pueblo a pasar unas semanas de vacaciones. Era allí donde la vida se mostraba en todo su esplendor, en plena naturaleza salvaje. En esos pueblos blancos cuyo aroma aún recuerdo con añoranza. El resto del año era gris, muy gris. Por eso ahora vivo en el campo, entre montañas y valles y ríos y bosques. Vivo aquí porque mis padres vivieron en ese paraíso, y yo seguí sus pasos, sus orígenes, su buena vida.
Feliz cumpleaños Antonia, gracias por darme la vida y esta oportunidad única de experiencia plena. Ser emigrante es hermoso. Es una forma de ser almas libres.

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Salvemos la monarquía

Salvemos la monarquía

 

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Realmente el título debería ser “Dios salve al Rey”, porque la monarquía, tal y como está actualmente configurada, tiene los días contados. Aún así, desde un punto de vista antropológico, deberíamos hacer una reflexión profunda para poder salvar la monarquía como institución, eso sí, alejada del poder y la política, aunque sea simbólico, por el cual se ejerce de Jefe del Estado de forma vitalicia y hereditaria. Esto es un anacronismo de la Edad Media que aún pervive en Europa en países como Reino Unido, Noruega, Suecia, Dinamarca, los Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo y nuestro país. También existen tres microestados con monarquía, Liechtenstein, Mónaco y Andorra, y una monarquía electiva teocrática, la Ciudad del Vaticano. Sí, todo esto en pleno siglo XXI.

Hay muchas anomalías incomprensibles en toda la historia monárquica desde los primeros reyes visigodos, o si tiramos un poco del hilo, desde el primer rey europeo, el caudillo Hermerico, el cual reinó, bajo dominio del emperador romano, en la actual Galicia. En primer lugar, tras tres restauraciones, y desaparecidas las casas de Trastámara, de Austria y Saboya, nuestro país está regido por una casa francesa, la borbónica, una de las líneas que pertenecen agnáticamente a la dinastía de los Capeto. Hay que tener en cuenta también la anomalía de que la tercera restauración borbónica vino de manos del dictador Franco, el cual designó como heredero al rey ahora emérito.

Dicho esto, tenemos dos bases fundamentales para dar poca fe a la monarquía: su anomalía histórica y su anomalía antropológica. No es posible que en pleno siglo XXI exista una figura política que sea vitalicia y hereditaria. Tampoco es posible que en plena modernidad existan reinos medievales o monarquías, por muy constitucionalistas que sean. Y menos aún cuando en el caso de nuestro país, esa monarquía fue restaurada por un dictador.

Aún así, se debería hacer un gran esfuerzo para proteger al mundo nobiliario de su futura extinción. Me refiero a que, desde un punto de vista cultural, histórico y antropológico, debería buscarse una fórmula para que algo tan singular, peculiar y atípico, sobreviviera en el tiempo. Existen actualmente en el Reino de España 2200 personas que poseen títulos nobiliarios entre reyes, príncipes, infantes, grandes de España, duques, marqueses, condes, vizcondes, barones, señores e hidalgos. Toda una retahíla de casas y títulos que conforman la Grandeza de España. Sería digno que el mundo nobiliario se rigiera por su verdadero origen, el cual pretendía distinguir a la aristocracia, es decir, a la excelencia, la cual, tal y como sugerían Platón y Aristóteles, debía ser encabezada por gente que sobresale por su sabiduría intelectual y por su elevada virtud. Sobre esto último no voy a verter opinión alguna.

Por supuesto, valga decir que si algún monarca ha cometido un delito, debe ser juzgado por ello. Al igual que debería ser juzgado cualquier ciudadano, incluido cualquier político. Más allá de las noticias de actualidad, creo que sería una salida noble para tanta anomalía el poder proteger la institución nobiliaria como un bien del patrimonio intangible, como Patrimonio Cultural Inmaterial. Eso sí, una vez retirada la monarquía de todo gobierno o privilegio de cualquier tipo que se refiera a algo parecido a eso de ser hereditario y vitalicio. Solo de esta manera podríamos proteger y salvar a la monarquía, y de paso, ordenar la política desde la sensatez y la modernidad que reclaman los tiempos. Dicho esto, ¡Dios salve al Rey! y ¡viva la Rex-pública!

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El futuro inminente: hacia la “yogamia” colectiva

El futuro inminente: hacia la “yogamia” colectiva

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La próxima década traerá muchas novedades a todos los niveles. La primera de ellas será la implantación progresiva de las redes 5G. Por suerte, el miedo irracional que supimos superar con la invención del microondas nos llevará a superar también el miedo irracional a las redes 5G. El mundo, cada vez menos supersticioso, abrazará la tecnología con vocación de mejora, y no con desconfianza. Esto permitirá, a su vez, una implantación progresiva de los coches eléctricos autónomos y del internet de las cosas. Ya no solo estarán conectados los seres humanos, sino también las cosas que los seres humanos utilizamos. Esto no cambiará mucho nuestras vidas, pero habrá un matiz diferente de percepción.

En la siguiente década, en los años treinta, la consciencia ecológica invadirá a toda la humanidad. Esto será irremediable si no queremos que el fatídico fin del mundo se siga apoderando de nuestro subconsciente colectivo. El miedo a una destrucción masiva de la humanidad desaparecerá progresivamente a medida en que los gobiernos y los individuos empiecen a pensar en verde, en sostenibilidad y en decrecimiento material. También debería, progresivamente, ir desapareciendo el dinero físico. Dicen los expertos que esto perjudicará a las clases que viven de la economía sumergida, pero estoy convencido de que la economía sumergida inventará nuevas formas de supervivencia. El dinero físico no tiene sentido en los tiempos que corren. Esto será revolucionario a muchos niveles.

En los años cuarenta, quizás en los cincuenta, el salto cuántico vendrá del mundo de la robótica y la inteligencia artificial. Será el comienzo de una nueva era y el trabajo manual será sustituido cada vez más gracias a la mayor presencia de máquinas que harán nuestro trabajo, no solo a nivel empresarial, sino también en la implantación de la robótica avanzada en nuestros hogares. Esto traerá consigo la necesidad de una verdadera renta básica universal para aquellas personas que no hayan podido adaptarse al nuevo reto, y el mundo se sumergirá en una nueva época tecnológica de avances inimaginables.

La vida en las ciudades será mucho más agradable de lo que es ahora, a pesar de que mucha gente abrigará la posibilidad de vivir en el campo, en el mundo rural, junto a su “yo-robot”. Cada individuo, progresivamente y durante todo el siglo, dispondrá de un robot-avatar, y se comunicará con el mundo mediante el mismo. Lo interesante de esto, al menos a nivel sociológico y antropológico, es que las relaciones humanas se establecerán mediante un intermediario tecnológico. Algo parecido a lo que ahora ocurre mediante las “redes” sociales, pero mucho más sofisticado. Empezaremos a vivir en el mundo de la “yogamia”, donde las relaciones “verdaderas” serán en exclusiva con nuestro “avatar” robótico. Esto incluirá las relaciones sexuales, afectivas e intelectuales. No habrá una mayor degradación de la que hay ahora. Los que basen su vida en el sexo lo seguirán haciendo, pero esta vez con sus avatares. Y los que basen sus vidas en el intelecto encontrarán una fuente inagotable de conocimiento en un avatar dotado de una sofisticada inteligencia artificial.

En las próximas décadas, el ser humano será cada vez más libre y estará cada día más emancipado emocionalmente de mitos como los del Estado, la nación e incluso la familia. Esa emancipación creará individuos aislados, que vivirán una vida en compañía de máquinas que sustituirán a las tradicionales parejas. Esto provocará una necesaria disminución de la pirámide poblacional, y un alivio para nuestro planeta. Al mismo tiempo, habrá una nueva contracultura que deseará revivir la nostalgia de la vida en familia, en comunidad y en estrecho contacto humano con la naturaleza. Ambas tendencias sobrevivirán juntas durante un tiempo.

Todos estos cambios crecientes y exponenciales permitirán que el ser humano sea cada vez más torpe en cuanto a habilidades manuales, pero más abierto a la experimentación con la mente abstracta. De hecho, este tipo de nueva vida permitirá que la mente abstracta entre en el dominio humano y se expanda en toda la especie humana. Esto creará una mayor conexión con el mundo espiritual, con la mística, con la búsqueda de verdades trascendentales y con la posibilidad de una vida espiritual unificada. En la década de los cincuenta y sesenta será absurdo hablar de patrias, de religiones o de lo “público” tal y como ahora se conoce, y la emancipación del individuo llegará a la mayor de las cúspides. Una nueva forma de relacionarnos emergerá en todos los ámbitos de nuestras vidas.

A finales de siglo, el mundo de Unanimidad estará más cerca. La exploración espacial habrá dado un salto cuántico y es posible que nazcan las primeras colonias fuera de nuestra tierra habitable. El ser humano será cada vez más biónico, y podremos elegir libremente nuestra retirada de este mundo sin necesidad de esperar a la vejez o la enfermedad. Seremos plenamente conscientes de cuándo nuestro ciclo vital ha terminado, y no tendremos necesidad de alargarlo mucho más. Para entonces, los gobiernos y las grandes corporaciones tendrán mucho menos poder del que ahora ejercen sobre nosotros porque podremos decidir en todo momento cuándo desconectar del mundo virtual que habremos creado a nuestro alrededor. Podremos elegir si vivir plenamente en la virtualidad o en el mundo real, a solas, con nuestro avatar, en nuestra vida “yogámica”.

¿Y luego? Tras esta crisis de identidad tecnológica, en el siglo XXII, tecnología y humanidad convivirán en un reinado armónico, de mutua cooperación y aprecio. Los seres humanos volverán a estrechar sus relaciones, pero esta vez desde la paz y la armonía que la educación a “solas” con nuestro avatar habrá producido. Viviremos una edad de oro gracia al reconocimiento de nuestro justo lugar en el mundo y al descubrimiento de nuestra verdadera naturaleza trascendente.

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Los enviados del Guionista

Los enviados del Guionista

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Si todo esto fuera una teatralidad para que nosotros pudiéramos hábilmente interpretar nuestro papel, sin duda, el Guionista de toda esta existencia tiene bien atado cada uno de los pulsares existentes. Hace justo una semana que se marcharon los chicos. Al día siguiente llegó nuestra querida amiga Laura, la cual se marchó ayer después de unos días de convivencia. Y hoy, sin darnos tregua a estar ni un día solos, llegó una peregrina de Brasil que apareció de repente mientras nosotros trabajábamos en un muro de piedra seca que estamos haciendo para habilitar la entrada. “Ya sé que estáis cerrados, pero no sabía donde ir”, nos dijo Fabiola en su lengua natal. Por un momento me quedé inmovilizado. Hacía muchos meses que no acogíamos a nadie e interiormente no me sentía con ánimo para ello. Sin embargo, no podía decir que no, y la invitamos a entrar a la casa.

Mientras sumaba piedra tras piedra al muro seco sentía que Fabiola era una señal de algo, una mensajera que quería comunicarnos algún tipo de recado. Es como si el Guionista nos dijera que no podíamos cerrar las puertas del lugar, por muy agotados que interiormente estuviéramos. Que la labor de acogida forma parte imprescindible de todo cuanto hacemos, y que, de alguna forma, lo único que hay que hacer es organizar mejor los espacios de privacidad para que nadie termine agotado. Esto es algo que aún no tenemos resuelto, así que le llevamos provisiones a Fabiola y le dimos indicaciones para que se acomodara a sus anchas. Toda la gran casa está a su disposición.

Al pensar en todo esto, me daba cuenta de que en verdad el proyecto no había más que empezado. Estos seis últimos años han sido como una especie de entrenamiento, de búsqueda de fórmulas apropiadas para mejorar día tras día. La casa de acogida ha sido todo un éxito. Pero no la convivencia de larga estancia. El proyecto de comunidad abierta ha cuajado en los corazones de casi todos los que han participado en este encuentro ecuménico, pero no la comunidad estrecha, cercana. Eso ha fallado estrepitosamente, y nos hemos dado todo este tiempo para intentar ver qué ha podido ocurrir para que muchos corazones se hayan roto por el camino. Esto es algo que me ha entristecido profundamente, cuando mi única intención en este lugar ha sido la de abrir las puertas y trabajar duro para que a nadie nunca le faltara de nada. Sin duda, no he sido capaz de contentar a todo el mundo, y mi deseo es apartarme todo cuanto pueda para no seguir ofendiendo a nadie. Trabajaré en silencio, y buscaré la fórmula más idónea para no hacer mucho ruido.

Es evidente que la ausencia de espacios privados y más allá de ello, de privacidad individual, ha creado una sensación de agotamiento de todos los que han intentando expandir su experiencia aquí. A mí mismo me ha ocurrido, y por una firme creencia en el proyecto y una fortaleza interior a prueba de bombas he permanecido. Aún así, admito que el agotamiento roza la extenuación.

Sea como sea, en este peculiar tiempo hemos seguido mejorando la casa, los espacios privados y proyectando la futura escuela en sus partes tangibles e intangibles. Hay mucho por hacer y los recursos son escasos, pero vamos obrando un poco de todo cada día. Paso a paso, el lugar va mejorando y embelleciéndose. El reto de la próxima primavera será importante. Volveremos a abrir tras una larga reflexión. Supongo que la reflexión sobre la acogida no cambiará mucho, pero posiblemente anularemos, hasta que sintamos lo contrario, las estancias de larga duración, o al menos aquellas con perspectiva de vivir o asentarse aquí. Sentimos que ese punto aún está muy verde y debemos darnos un plazo de al menos siete años para poder madurarlo con calma. En esos próximos siete años habremos tenido tiempo de mejorar toda la parte material, pero también la espiritual, especialmente en nosotros, los guardianes del lugar.

Estas son nuestras ideas a día de hoy, pero sabemos que todo es provisional. Mañana vendrá otra Fabiola y nos cambiará el curso de nuestras vidas, de nuestro sentir, de nuestra inquietud interior. Seguirán llegando los mensajeros del Guionista, y nosotros seguiremos atendiendo a su llamada, a su maestría, a su consejo. Veremos como gestionamos esta nueva etapa. Veremos qué nos depara esta aventura que nos hace sentir todos los días, vivos, muy vivos…

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La era de la brevedad

La era de la brevedad

 

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© Nodeh

Llueve, llueve, llueve. Hace frío ya casi rozando el verano. Me levanto, sigo con las rutinas de abrir la puerta a las gallinas, meditar, cantar algo, estirar el cuerpo. Luego vuelvo a la pequeña cabaña tras embelesarme con la belleza del lugar. El fuego está encendido, el desayuno esperando, también el escáner y el ordenador, trabajando en la edición facsímil de un poeta mundialmente conocido. Guardo como un tesoro el original, conseguido con algo de dinero y suerte. Me paso prácticamente todo el día escaneando y tratando cada página con un programa especial. Corre prisa esta edición.

Hace ochenta años que se editó por primera vez en México, justamente en un mes como el de ahora. Junio siempre es un bonito mes. Es el mes de la juventud, donde el sol empieza a bajar y es necesario encender las primeras antorchas, símbolo de la luz menor que nos ilumina en la noche de nuestra civilización. Junio abraza la primavera y el verano juntos, la fiesta de San Juan, el solsticio, la celebración del buen tiempo.

Observo el libro con detalle. No me gusta el desarrollo de la poesía que contiene. Me parece algo cursi e infantil. Pero resulta que el libro es un hito, algo que debió hacer historia. A veces los autores son más conocidos por cómo viven o cómo mueren que por su propia obra. A veces escribir no trata solo de tener talento, sino también de tener algo que contar, algo que transmitir, algo que mezcle la metaficción con versos enredados en lo real. Ser un genio de la escritura es un reinado que muy pocos disfrutan.

Nos hemos quedado sin agua. Por suerte había un poco en la jarra de vidrio y con ella hemos podido hacer una rica sopa de miso y verduras para cenar junto al fuego. Añadimos alguna seta, perejil y algas. Los fideos del número cero son los mejores para agilizar la labor de una comida rica y de batalla.

Esta mañana se rompió una tubería. La de atrás, la oculta, la que nunca se ve. Fui corriendo a la ciudad para comprar lo necesario y poder arreglarla. Aproveché para comprar algunos víveres. Como ahora no tengo que responsabilizarme de dar de comer a treinta o cuarenta personas, estoy aprovechando para comprar algunos caprichos que antes me parecían impensables: setas, avellanas, miso, aceitunas, crema de almendras…

Como nos hemos vuelto veganos, hemos eliminado todo lo que tenga lácteos y huevo, aunque como buen pecador que soy por mi propia naturaleza omnívora, confieso abiertamente que estoy deseando escaparme para tomar una pizza cuatro-quesos. En este estado pecaminoso, nunca podré alcanzar la luz total, solo quizás algún tipo de tonalidad grisácea y quizás algún destello de luz fría, pero solo por el mérito de no comer carne desde muy temprana edad. La virtud no es total, ni pura, pero se hace lo que se puede.

Seis años de vida de campo han servido para aprender casi todos los oficios. También fontanería. Llovía y hacía frío también en la ciudad, pero de forma más benévola. Si no fuera por esa esperpéntica imagen de personas vagando con sus mascarillas, pareciera que el mundo está empezando a entrar en cierta normalidad. Tras hacer las compras oportunas, a la vuelta, justo sobre el puente que se eleva sobre el río, me encontré a alguien con el rostro desnudo, sin máscara ni mascarilla. Era el amigo A., un intelectual de los de antes, aristocrático, elegante, inteligente, de humor agudo y corazón noble. Todo un señor nacido en un tiempo equivocado, perdido en este telar inapropiado para su naturaleza.

Me alegró mucho verlo y nos abrazamos sin respetar la distancia de seguridad, que ya no sabíamos si era de uno o dos metros. Como los dos somos de talante tímido, el abrazo duró menos de tres segundos, pero viniendo de nosotros, era más que suficiente. Me invitó a su casa para tomar un té. Suertudo, su hogar parece una mansión, un palacete, en comparación con mi pequeña, aunque suficiente, cabañuela. Me quedé fascinado por los espacios, por la infinitud de lugares, por su porche, por su jardín. Eso en las grandes ciudades es impensable. Me alegré mucho por él, porque además la casa tenía ese estilo señorial que a él tanto le pega. Hablamos de muchas cosas. Compartimos la misma afición por los libros. Aunque es oriundo del Mediterráneo, conoció hace casi seis años nuestro proyecto y aquí se quedó, como muchos otros que por culpa o gracia de esta utopía han terminado viviendo en sus alrededores, aquí en esta tierra celta hechicera. Como si una pequeña comunidad paralela se hubiera tejido a las faldas de estos bosques y muchos hubiéramos quedado atrapados en sus ramales.

El encuentro me inspiró imágenes bucólicas, quizás de otras vidas, de cuando en el mundo había ciertos rincones de intelectualidad protegidos y frecuentados por todo tipo de sabios, que sin prisa, orquestaban ideas y visiones. Quizás también esa imagen esté distorsionada por el paso del tiempo, pero es cierto que cada vez es más difícil encontrar sujetos capaces de razonar e indagar sobre cuestiones profundas sin prejuicios y con ánimo de expandir la visión de las cosas.

Y es que los tiempos han cambiado. La rapidez y lo inmediato, lo útil y material, vende más que un tratado sobre fuego cósmico o una novela histórica sobre el devenir humano. Resulta difícil encontrar a un Borges o a un Goethe contemporáneo. En un mundo de tanta prisa, es mejor contar cosas cortas, ir al grano, no enredarse con mucha poesía o narrativa de mágica realidad. La propia escritura está sufriendo una gran transformación. El mundo de los libros ha dejado de tener protagonismo y los memes tienen más poder que cualquier lírica o épica.

Vivimos en un mundo de elipsis continua, donde triunfa el microrrelato y donde la brevedad se empodera cada día más. No solo a nivel narrativo. Ocurre en nuestras vidas, en nuestras relaciones, en nuestros trabajos, con nuestras parejas. Todo es breve, limitado, incluso hasta tabú. Ya nadie se atreve a decir si tiene o no tiene pareja ante el miedo de no tener tiempo para subir a otro nivel de mayor responsabilidad y compromiso. Todo es breve. Todo es un relato simple e infantil, de tintes pintorescos y algo cursi. Como la poesía que estoy escaneando estos días. La vida se ha convertido en un microrrelato, en algo breve e intrascendente, en un juego artificioso de voces inaudibles, en algo que dura tres segundos, como el abrazo de hoy, como la tubería rota, como los días que se agotan en un mes de junio helado y lluvioso.

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Los sueños, sueños son. Una interpretación fastidiosa sobre el mundo onírico

Los sueños, sueños son. Una interpretación fastidiosa sobre el mundo onírico

 

Rossetti, Dante Gabriel, 1828-1882; Dante's Dream on the Day of the Death of Beatrice
El sueño de Dante ante la muerte de su amada
Pintura de Gabriel Rossetti

La mente es un ente. Un ente que no puede parar de trabajar, de experimentar. A la mente le ocurre como al corazón. No pueden dejar de funcionar. Por eso, cuando llega la noche y nuestro cuerpo requiere descanso, la mente sigue funcionando. Ese funcionamiento ha creado mundos, misterios y cientos de teorías y creencias. Los sueños han sido motivo de poesía, de ciencia, de mancias. Pero como decía el poeta, los sueños, sueños son.

No tienen ninguna razón de ser excepto el avivar la propia existencia mental. Al cerrar los ojos, la parte consciente de nuestro cerebro se desactiva y entra en ejecución nuestra parte inconsciente. Como en ese mundo no hay limitaciones morales ni físicas, la mente imagina, normalmente, todos esos instintos reprimidos en la cotidianidad. Actúa como desahogo. Todos los desechos mentales del día se expulsan en los sueños. Se podría decir que los sueños son el vertedero de nuestro mundo mental, un sumidero donde desaguar todos nuestros deseos más reprimidos.

Es evidente que no todas las mentes son iguales, y por lo tanto, los sueños suelen establecerse según el tipo de consciencia que impera en la cotidianidad del día a día. No serán iguales los sueños de un violador que los sueños de alguien que se dedica a la meditación trascendental. La calidad de los sueños dependerá de la calidad de nuestras vidas. Los deseos, sean del tipo que sea, materiales o espirituales, se recrean en los sueños de forma viva y compleja, atendiendo a que en ese mundo onírico, las fuerzas de la física actúan de forma diferente. Se puede decir, de alguna forma muy simbólica, que los sueños es lo más parecido a un verdadero viaje astral, pero sin llegar a serlo.

Reducir los sueños a la visión de ser un sumidero, una cloaca mental, sería poseer una visión excesivamente reduccionista y simple. Lo es mientras no tengamos alguna otra certeza. Los sueños son como esa gran obra donde, si lo deseamos, y mediante prácticas de concentración y visualización, podemos llegar a ser protagonistas. Pero no dejarán de ser más que eso, un pequeño escenario cargado de magia, de viajes, de vuelos, de momentos angustiosos ancestrales como cuando soñamos que nos quedamos sin dientes o cuando de repente intentamos alzar el vuelo y damos pequeños coletazos de un lado para otro.

En los sueños se manifiestan claramente los clones híbridos. Son personas que pertenecen a una misma familia. Ocurre cuando estás soñando con alguien, pero su cara pertenece a otra persona conocida. Es como si los personajes se mezclaran en el inconsciente, o como si el juego de máscaras oníricas fuera totalmente diferente al que vivimos en la vigilia. No deja de ser fascinante los escenarios capaces de desarrollarse en el mundo onírico. Y también la teatralidad de todo lo que pasa, como si de un guión perfectamente orquestado se tratara.

Sintiéndolo mucho por los amantes del psicoanálisis y por aquellos que anhelan en los sueños mensajes transcendentes, no hay mucho que analizar de los sueños. Sí es posible que nuestro mundo de significados vehicule arquetipos significativos para nuestras vidas mediante sueños lúcidos. Pero como digo, son producto más de un deseo que de una energía telúrica proveniente de un más allá incierto. La genética podría complicar las cosas si, además de entender que los sueños son un sumidero de nuestra mente, también lo son de la psique de todos nuestros ancestros que de forma subliminal, como capas de una cebolla, hemos heredado en nuestro ADN psíquico. Es decir, algunos sueños podrían revelar situaciones angustiosas de nuestros antepasados, como la pérdida de dientes referida antes. Esas angustias han quedado gravadas traumáticamente en la genética que hemos heredado y en ocasiones, se manifiestan de forma espontánea en nuestras noches más retorcidas.

Deberíamos hablar, si tuviéramos tiempo y espacio, de los tipos de mentes, y de paso, de los tipos de consciencia que gobiernan esas mentes. La analogía con la informática podría ayudarnos. No es lo mismo el hardware (cerebro físico) que el software (mente). Hay muchos tipos de software, pero el mundo de la informática nos ha dotado de dos analogías aún más increíbles: internet y la nube. Si indagamos en esa analogía, podemos pensar que nuestra mente no es un ente aislado, sino que, además de estar conectada a nuestros ancestros gracias a la genética psíquica, también, de alguna manera, está conectada a todos nuestros congéneres actuales.

Es aquello que los ilustrados llamaban la unidad psíquica de la humanidad. En esa unidad, también podemos desarrollar sueños que no nos pertenecen, sino que se entremezclan una y otra vez con otros sueños, con cientos, quizás miles o millones de personas que están elaborando su propia película o teatro dentro del increíble y fascinante mundo onírico. Un mundo totalmente desconocido, un vertedero mental fascinante para los coleccionistas de rarezas. La cuestión simple y profunda, quizás, sería el preguntarnos: ¿son nuestras vidas “reales” el vertedero de alguien o algo que nos está soñando?

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Personas creíbles

Personas creíbles

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© Jimmy Sohm

La gente creíble es la que ha logrado sus objetivos en varias ocasiones. Es aquella que cuando se les cuestiona su enfoque o su manera de hacer las cosas, puede dar explicaciones precisas. A veces, cuando das un exceso de explicaciones ante la incredulidad del otro, pueden llegar a tomarte por excesivamente arrogante o excéntrico. Lo hermoso sería no tener que dar explicaciones de tus éxitos, de tus logros personales, de tus avances. Sentir la vida es no parar de intentar todo tipo de objetivos sin dar un exceso de explicaciones. El silencio humilde es el mejor consejero y guía.

En ocasiones, algunos de esos objetivos serán tremendamente fracasos. Algunos de ellos, sembrados y cosechados con paciencia, lograrán tener cierto éxito. Hay personas que no tienen éxito porque no se plantean ningún tipo de objetivo. Prefieren quejarse de su mala suerte culpando a los gobiernos, culpando a la elite oscura, a las fuerzas del mal o al vecino de enfrente. Sin embargo, cuando se les da la oportunidad de emprender algo, no son capaces de hacer nada porque lo más prudente es seguir viviendo en la queja.

La queja también trae consigo crítica, algo fastidioso en nuestro país. La gente creíble no puede dejarse llevar por esa crítica constante. Se centra en su trabajo, realiza sus planes independientemente de lo que dirán. El arte del desacuerdo reflexivo es algo que no todo el mundo tolera. Una persona creíble cuestiona todo, pregunta todo, interroga la realidad. Prefiere equivocarse antes que estar inmóvil, porque sabe que la vida fluye constantemente. Pierde sus ganancias en cada empresa, arrasa con todo cuanto sea impedimento para su visión, pero también aprende a perder desde la humildad. Sabe que en la vida hay primaveras que florecen, pero también inviernos que congelan el alma. Hay momentos para la cosecha, otros para la siembra, y algunos, para ver como todo un campo de patatas ha sido arrasado por una manada de jabalíes, como nos ocurrió hace unos días. La vida tiene sus ciclos, y hay que saber respetarlos. Noche y día forman parte del núcleo de la existencia. También las estaciones de nacimiento, desarrollo, plenitud y muerte. Todo está interconectado. Todo, cuando uno vive la vida con intensidad y fluye con ella, palpita con fuerza en nuestro interior.

Las personas creíbles no lo son para el resto, sino para sí mismas. No hacen las cosas para demostrar nada, sino por pura satisfacción personal. Son creíbles porque alcanzan una sabiduría mayor que el resto a base de esfuerzo y sacrificio. Cuando vamos a un médico por alguna dolencia, creemos en el doctor. Para nosotros, en ese momento de dificultad, el médico es una persona totalmente creíble. Ha desarrollado una carrera y tiene un cierto grado de pasión hacia el servicio a los demás. No necesita demostrar a nadie ni lo uno ni lo otro. Ha trabajado duro durante muchos años para llegar a ese lugar donde puede ayudar a sanar. Y nosotros, humildes, aceptamos su conocimiento y saber.

Las personas creíbles son como el médico. Se preparan, trabajan duro y luego hacen lo que pueden por ayudar al resto. Los más osados atraviesan las tres fases que la vida nos pone ante nosotros. La primera fase es aquella en la que solo miramos por nuestro interés. Somos personas individualistas, egoístas, que únicamente miramos por nosotros. He conocido a mucha gente que vive su vida solo para ellos. Satisfechas o no con sus vidas, su única misión es disfrutar de la misma sin mirar al resto. La segunda fase corresponde a las personas que, resuelta su vida personal, se dedican a ayudar al resto. Son servidores, almas entregadas que luchan contra las injusticias y buscan fórmulas de echar una mano para la mejora del mundo. La tercera vía es la de aquellos que, una vez han puesto toda su vida al servicio de la vida, suben un escalón más en su progreso personal y buscan en la trascendencia significado a sus acciones, a sus propósitos, a su lugar en el mundo.

Las personas creíbles cuidaron su vida, cuidaron de la vida de los demás y cuidan de la vida trascendente. Ahí no hay juicio. Solo trabajo, esfuerzo, entrega, y grandes dosis de sacrificio y aventura, de fe y esperanza por comprender la verdad del mundo. Las personas creíbles cuidan de sí mismas y cuidan de los demás, sin olvidarse del Sustentador del Universo, aquel al que entrega su vida más íntima y su contacto más profundo. Las personas creíbles enlazan ambos mundos, el visible e invisible, el tangible e intangible, el material y el espiritual en un continuo y fugaz flujo hacia la existencia plena.

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¿Crisis orquestada y ritos de las élites psicópatas?

¿Crisis orquestada y ritos de las élites psicópatas?

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© Teo Kefalopoulos 

Cuando le enseñé todas las obras realizadas y toda la mágica transformación del lugar, empezó a llorar de la emoción. “No sé como la gente puede criticarte tanto con todo lo que has hecho y dado en este lugar. Es injusto”. Decía entre llantos. No es para menos cuando ella misma se dejó la piel en los primeros años de vida de este lugar y sacrificó toda una vida de comodidades para afrontar desde la más absoluta de las incertezas una aventura totalmente increíble e insensata.

No es casual que haya llegado hasta aquí para pasar unos días precisamente hoy. Es como si de repente hubiera un relevo de energías, sin pausa para estar unos días a solas. En el fondo sentí cierta emoción porque había alguien que podía reconocer todo el esfuerzo aquí acometido, y era consciente de que todas las crisis que hemos vivido en este lugar nunca han sido orquestadas. Han sido crisis nacidas fruto de la ignorancia, del error, de la incertidumbre, del miedo, de la rabia. Pero nunca hubo una mano maestra que quisiera generarlas.

Por ello nunca fue cierto que este lugar se creara gracias a unas ricas donaciones de Rodrigo Rato. Nunca fue cierto que fuera a menudo a Ginebra a esconder no se sabe qué dinero sacado de no se sabe dónde. O que mis viajes a Ginebra, más allá de colaborar en la edición de los libros azules, eran para reunirme con cierta élite o para estar en las secretas reuniones del club Bilderberg. Tampoco era cierto que estuviera desbancando a la fundación para mi beneficio propio, más bien estaba desbancando mi empresa y mi vida privada para poder proteger y consolidar este lugar. Durante estos años he tenido que soportar todo tipo de imaginarios, al cual más alucinante, de personas que en vez de sentir agradecimiento por el gran esfuerzo aquí realizado, les parecía más divertido entrar en la crítica o el enjuiciamiento falso y embustero.

No tengo ningún mérito en cuanto a esas crisis, excepto mis rarezas por eso de hablar el lenguaje de los pájaros o por percibir la realidad de forma mucho más sensitiva y abierta que la media. Mi único mérito, en todo caso, fue el no abandonar el lugar, el permanecer aquí, el aguantar todas las envestidas de la vida, de los personajes, del guionista, como mi querida compañera no se cansa de repetirme para tranquilizarme cuando enfurezco ante las injusticias, siempre vividas parcialmente, siempre dotadas de una languidez sesgada. Todo son aprendizajes. No hay ningún tipo de intención en ello, excepto aprender una y otra vez de los errores, del absurdo. Y como dice ella con mucho cariño, el absurdo es siempre inexplicable.

En todo caso, me emocionó que justamente hoy llegara una de las cofundadoras de este proyecto para dar su apoyo emocional en un nuevo nodo de cambio, en una nueva etapa que se presenta apasionante. Tan apasionante como la compra de un pequeño tractor que acabamos de hacer en estos días. Estuvimos haciendo cuentas y el mantener la finca limpia, desbrozada y bien cuidada nos cuesta un dineral todos los años. El hacerlo nosotros con un pequeño tractor nos permite amortizar la compra en un par de años. Así que el reto para los próximos días será hacer funcionar la máquina y empezar a limpiar la finca para seguir plantando árboles, huertas y jardines.

Toca embellecer el lugar, prepararlo energéticamente para la nueva etapa de siete años. Eso nos hará también un poco más autosuficientes y no tendremos que pedir o depender de terceros. Vamos a ver que tal nos va con este experimento. No hubo ningún rito a la hora de tomar la decisión, ni ninguna maquiavélica conjunción.  Hacienda me devolvió un dinero que me debía y aproveché para invertirlo en algo que pudiera ahorrar un dinero en un futuro. Surgió de repente, contemplando como la hierba y el matorral habían crecido tanto a tan solo dos meses desde el último desbroce. Un gasto inútil, viendo como la naturaleza actúa. Improvisamos primero con una pequeña desbrozadora que solo era capaz de abrir algunos caminos. El resto resultaba inabarcable.

Así se lo explicaba hoy al arquitecto local que venía para seguir trabajando en los planos y en las ideas para poder pedir los permisos de obras para la futura escuela. En su incredulidad sigue sin entender lo que pretendemos hacer. Aún ronda en el imaginario colectivo eso de que debemos ser unos pequeños psicópatas que pretenden hacer vete tú a saber qué clase de ritos con qué clase de propósitos oscuros. A veces cuesta explicar según qué cosas. Somos extraños en esta tierra, y eso crea prejuicio y miedo, estigma y voluntad de imaginar todo aquello que lo extraño puede suponer. Por más que me esfuerzo en presentarme como una persona normal, con su trabajo, con sus estudios, con sus relaciones sanas y completas, no hay forma de borrar del imaginario el estigma.

Estos días escuchaba con atención un video de un buen y apreciado amigo que hablaba sin pudor de que estamos viviendo una crisis (la del Covid-19) orquestada desde altas instancias y de que el mundo está dirigido por una élite, en su mayoría, formada por decena de personas, casi todas practicantes de extraños ritos que rozarían la psicopatía. Por dentro no podía más que sonreír incrédulamente. Es cierto que existe una élite, pero esa élite no es muy diferente del vecino del frente. Son personas humanas, con sus dolores de muelas, con sus sufrimientos emocionales, con sus negocios, con sus miedos. No hay crisis orquestadas. No hay una élite oscura intentando envenenar a la humanidad, o intentando apoderarse de no se sabe qué. Existen personas jugando sus propios roles. Y desde la ignorancia, nosotros, alejados de esas realidades, siempre vemos al otro como extraño. Un extraño del que no hay que fiarse, y que, por lo tanto, lo ideal es criticarlo hasta la saciedad y culparlo por nuestros fracasos y nuestras frustraciones personales. Un absurdo. Y como absurdo, algo inexplicable.

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Límites fronterizos

Límites fronterizos

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© Ümit ULUN

Hoy es un día triste, pero también un día de esperanza. Un día triste porque de nuevo se rompe la baraja. Se marchan como un ladrón en la noche. Sin cantos, sin despedidas, sin abrazos. Dejan un vacío, diría que en estos tiempos, un vacío necesario. Son la cúspide de un fracaso personal, mucho más que ver con lo emocional que con cualquier otro plano.

También un día de esperanza porque todo fracaso guarda tras de sí una gran enseñanza. Toda tensión pretende enseñarnos, pretende liberarnos de todo aquello que no funciona, que es caduco, que requiere revisión. Por eso cada fracaso marca el principio de una nueva oportunidad, de una fuerza que surge de lo más profundo de la dignidad para enfrentarse inevitablemente a la existencia.

Ahora tocará un año de silencio, de reinventar nuevas fórmulas. Hoy es sin duda el comienzo de algo nuevo que aún no está definido ni pensado. Hoy toca ensanchar las fronteras y ampliar sus límites. Tocó limpiar la casa de arriba abajo. Tocó establecer nuevas pautas para el reino animal, y por lo tanto, a modo de arquetipo, para todo lo relativo a las emociones. Toca poner límites, muchos límites a aquello que no puede controlarse y que muchas veces irrumpe de forma brusca. Toca romper, destruir el egregor que se ha creado en torno a una idea equivocada de generosidad. A veces confundida con abuso o caridad mal entendida. Toca poner nuevos límites a las fronteras creadas en nuestra psique interior y plasmadas como arquetipos en la realidad manifestada.

A pesar de todos los avatares a los que uno se enfrenta por no poner límites, debo decir que me siento plenamente bien. Intento que este tipo de experiencias me afecten cada vez menos, e intento desapegarme rápidamente de la tristeza, el dolor o el sufrimiento. Quiero decir que a pesar de todo, estoy viviendo un momento amable y agradable en mi vida personal. Hemos creado más estanterías en la pequeña cabaña y las hemos llenado de libros. No paramos de leer y de ensanchar nuestra curiosidad. La práctica meditativa está tomando unos tintes más conscientes. Me apresuro a descubrir en la belleza diaria toda la magnificencia creadora. La naturaleza sorprende cada día. Uno no puede parar de contemplar cada hoja, cada rama, cada pajarillo, cada instante de hierba verde. Puedo contemplar la vida desde una amplitud diferente, en interconexión, como si todo estuviera de alguna manera enlazado. Como si todo respirara al mismo tiempo. Al dejar de desear, intento aprender a diseñar momentos humildes, sin expectativas. Dejo que todo fluya sin ningún tipo de anhelo. A eso no quiero poner límites.

El mundo velado se manifiesta cuando tenemos una apertura interior oportuna. Todo es un escenario. Incluso lo ocurrido hoy forma parte de un guion. Cada día tenemos la oportunidad de decidir sobre ese guion. Realmente en estos últimos meses he tomado decisiones que venían provocadas por experiencia ajenas a mi realidad. La realidad es múltiple y compleja, por eso, el individuo de nuestro tiempo prefiere vivir aislado, ensimismado en los placeres insustanciales, en la rutina que pasa, pero que es segura. Y no hay nada peor para el alma que parar, que dejar de vivir, que dejar de experimentar. No hay nada peor para un alma que vender su libertad por un trozo de tierra firme y segura.

Este será un año para poner límites fronterizos en el exterior, al mismo tiempo que eso permitirá, valga la paradoja, ensanchar el interior. Este será un año hermoso para profundizar en las paradojas, en las contrariedades, en lo sublime de las experiencias límite. Voy a dejar de culparme por todo lo que pasa. Eso es liberador. No pienso dejarme llevar más por los procesos interiores de los demás. Dejaré que fluyan con sus enfados, con sus rencores, con sus envidias, con sus ilusiones o promesas. Quiero liberarme de todo eso, por eso será hermoso poner límites por fuera mientras me ensancho por dentro. Sí, hoy fue un día triste, pero también lleno de esperanza.

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Nada cambiará nuestro mundo

Nada cambiará nuestro mundo

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Hoy es el día mundial del medio ambiente. El medio ambiente empieza a verse como una idea global, como algo que habita en nosotros y algo en lo que nosotros habitamos, compartiendo el mismo hogar con más de diez millones de especies estimadas. La biodiversidad hace de este planeta algo único en el universo conocido. Un hermoso hogar al que cuidar, al que dedicar nuestro mayor esfuerzo. Para que esto suceda, todos los habitantes de nuestro planeta tienen que tener algo que les caracterice en esta nueva época que estamos experimentando: consciencia global.

La primera transmisión vía satélite que se hizo en el mundo, conectadas todas las televisiones que había en aquel momento fue el programa llamado Our World. Más de 400 millones de personas pudieron ver esa retransmisión en junio de 1967, hace ahora 53 años. La emisión más esperada fue la de Reino Unido, con la participación de los Beatles y su canción All You Need Is Love. Desde hace medio siglo, el mundo ha ido conectándose más y más. Internet supuso, después del fenómeno de la radio, más tarde la televisión y luego la telefonía móvil, un antes y un después. Ahora, casi todo el mundo está conectado de alguna manera, y todos tenemos acceso a aquello que sucede en cualquier parte de este pequeño mundo, nuestro mundo.

Las palabras fluyen como lluvia capaz de atravesar cualquier bosque, cualquier prado, cualquier trozo de mundo. Las ideas fluyen libres entre desiertos y montañas. Las revoluciones se vuelven globales, igual que las enfermedades. Los problemas ya no están enquistados en pequeños países, sino que se globalizan. Todo está interconectado, y lo que pasa en un hemisferio repercute en el otro. La economía es global. Comemos verduras de cualquier parte del mundo, o consumimos productos venidos desde lejos. Todo nace o se desvanece en un contexto global. Tener un hijo hoy día es proclamar la vida como una energía serpenteante, como un viento inquieto en un entorno universal. Morir en este tiempo es aproximarnos a la esperanza de un retorno mejor.

Cuando escribo y describo los charcos de tristeza o las olas de felicidad que a veces pueblan mi pequeño mundo, estas emociones pueden llegar a cualquier parte del planeta. A veces me gusta ver las estadísticas de lectura por países y me sorprende saber que estas letras sin papel son leídas desde lugares tan remotos como Camboya o Ensenada. El mundo se hace pequeño al mismo tiempo que se vuelve cada vez más misterioso.

Nacen todos los días imágenes de luz vacilante. Todo viaja de un lado para otro. Emociones, pensamientos, espíritu. Algún día, aún lejano, también la política será una. Viviremos en el mundo de Unanimidad, como en la película “El atlas de las nubes”. Pero esperemos que, a diferencia de esa distopía descrita, Unanimidad sea un mundo bueno, un mundo mejor que el que dejaremos a nuestra descendencia. Un mundo, nuestro mundo, hermoso para vivir, para disfrutar, para aprender, para compartir.

Hemos hecho muchos avances. Materialmente estamos a punto de conseguir la utopía. En unas décadas más dejaremos de guerrear entre nosotros. Unos años después, todos los recursos ahorrados en tiempos de paz se destinarán a que todo el planeta viva más y mejor. Pronto aprenderemos a que esa utopía sea respetuosa con el planeta. La población se regulará y nacerá un mundo nuevo de paz y luz. Ya estamos tomando consciencia de ello y solo nos faltará actuar en consecuencia. El mundo se electrificará y el carbón y el petróleo irán desapareciendo poco a poco, y con ello la contaminación, una de las peores plagas de nuestro tiempo. Viviremos, si para entonces no es demasiado tarde, en un lugar hermoso, más verde, más azul. Millones de ojos podrán ver ese hermoso planeta. Canciones y risas, luces en toda la tierra. Infinito e inmortal amor que brillará a nuestro alrededor como millones de soles. Nada cambiará en nuestro mundo, nada excepto nosotros.

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El crisol humano

El crisol humano

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© Mitch Miller

Aquella tarde en New York sentí un poco de miedo. Harlen era un sitio de minorías que dominaban aquel territorio. Allí, con mi piel blanca, bajito, rubicundo, yo era la minoría, la excepción, el extraño. Cuando eres minoría, por el motivo que sea, y todos te miran raro, sientes cierto temor. También en el Magreb, cuando me despertaba en cualquier parte después de una noche de insomnio en el coche y de repente, al alba, me veía rodeado de marroquíes. O en Tijuana o en Etiopía o a veces en algunos slums de Bombay o Calcuta. Realmente no se trata del color de la piel, sino del símbolo arquetípico que ese color carga consigo.

Los que éramos emigrantes o hijos de emigrantes siempre hemos estado marcados por ese estigma. Ya fuera en una u otra tierra, siempre hay un trato de condescendencia hacia lo diferente. Lo noto incluso ahora, que estoy en tierra extraña, siendo yo el extraño, el extranjero. Lo notaba cuando vivía en Alemania o cuando estudiaba en Andalucía o cuando me crecí en aquel barrio obrero y marginal del área metropolitana de Barcelona.

La historia racial de América tiene un esplendor maravilloso, pero también una triste historia. América de Norte fue repoblada por personas que huían del viejo continente por motivos religiosos, también por esclavos del África negra, o por la pobreza de aquellos que buscaban tierras para labrarse un futuro. La mayoría de los norteamericanos son de origen alemán. El 15% de los estadounidenses son de origen germano. Le siguen los de origen irlandés, con un 10%. Con un 8% los de origen africano y tras ellos los de origen inglés. Tras los ingleses existe una larga lista de orígenes diferentes entre europeos, latinos y asiáticos.

Se puede decir que Estados Unidos es uno de los países etnográficos más ricos del mundo. Si se pudiera simplificar todo en tres categorías principales: blancos, latinos y negros, los primeros representarían más de un 70 % de la población, los segundos más de un 15% y los negros, más de un 10%.

A pesar del esplendor maravilloso de ese crisol de razas y orígenes, es una evidencia clara, y claro ha quedado en estos días, que existe un racismo y una xenofobia de unos sobre otros. Como decía al principio, ese recelo siempre tiene que ver con lo minoritario o con lo extraño. Como si de alguna forma ya viniera marcado de serie el estigma obligado a aquello que es diferente al nosotros. Lo diferente, lo extraño, lo ajeno a nuestra cultura o “familia” cultural siempre asusta, o se rechaza, a veces de forma consciente y otras de forma condescendiente.

El racismo blando también existe. La xenofobia laxa está ahí, en cualquier parte. En algunos países ya no es una cuestión tan solo de patrias, sino de origen. Unos se consideran más puros que los otros y con más derechos, por el hecho de llevar allí más generaciones o por el hecho de hablar una lengua diferente. Otros, simplemente no soportan la idea de convivir con negros, latinos o asiáticos. Incluso los hay que no soportan vivir con gallegos, andaluces o murcianos. De todo hay en este mundo multicolor bañado por el estigma al diferente.

Aún estamos muy lejos de ver al otro no por como habla, viste, piensa o actúa, sino por el brillo de su alma. Aún nos quedan muchos siglos por delante antes de poder entender que el otro no es más que una parte de nosotros mismos aún no reconocida. Un agregado díscolo. El otro solo es un reflejo de aquello que somos, vestido con unas u otras pieles. Aún estamos muy lejos de amar al otro independientemente de su origen, de sus creencias, del color de su piel. El ser humano es hermoso precisamente por todo ese crisol de diferencias. Amar la diferencia es amarnos a nosotros mismos habitando lugares extraños. Amar al extraño igual que al semejante es mirar de frente a Dios.

 

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Esplendor y ruina de un mundo que se apaga

Esplendor y ruina de un mundo que se apaga

 

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© Michael Schlegel

Hay acontecimientos que vienen concatenados. Algo que puede parecer pequeño, de repente desencadena el caos y la destrucción. Todos los sistemas, todas las estructuras, todo cuanto existe está marcado por un ciclo de vida y muerte. Eso incluye a las culturas, a las sociedades y a cualquier unidad esencial o sistema. La vida y la muerte no solo rige en la biología, sino también en el pensamiento, en el mundo regido por la emoción y en todo aquello que esté inmerso en este universo gobernado por causas y efectos.

Aún es pronto para el final de este tiempo. Quizás faltarán otros quinientos años para que todo colapse y desaparezca completamente el mundo tal y como lo conocemos hoy. La tecnología jugará un papel importante que puede inclinar la balanza hacia una utopía material o una completa distopía. En ese sentido podríamos ser algo optimistas y pensar, quizás acertadamente, que la transformación que vamos a sufrir en las próximas décadas no será del todo traumática. No al menos para la mayoría. A no ser que un ente exterior provoque un caos generalizado, la evolución y el progreso que vienen podrían ser positivos.

Siento que de alguna manera la propia naturaleza, a la que pertenecemos, se autorregulará. El progreso generalizado traerá bienestar, y el bienestar traerá menos descendencia. Esa parece la tónica dominante en los países que han logrado cierto bienestar. Es tan complejo sostener la vida de una persona que las parejas, las pocas que se fraguan, deciden en su mayoría no tener hijos. Eso podría equilibrar la superpoblación actual y, de forma exponencial, en algún momento de colapso, empezar una cadena sostenida que mengue la población. Solo esa disminución paulatina podría equilibrar el desorden organizado en el que ahora vivimos. Un desorden en cuanto a las limitaciones de los recursos que podría provocar, si no existe un punto de equilibrio, un caos global.

La crisis que estamos viviendo actualmente nos puede indicar varias cosas. La primera es que los sistemas en los que vivimos soportan de momento los envites producidos. Es decir, el capitalismo, que no es más que una forma de organizar nuestra avaricia y egoísmo tal y como expresaba Weber, genera resortes de supervivencia y se reajusta una y otra vez a los cambios producidos. Las desigualdades generadas por este sistema están fraguadas desde la propia base del mismo: el deseo. Todos deseamos tener más, poseer mas. Y por lo tanto, el sistema capitalista se ajusta a nuestros deseos, creando desigualdad en el momento en el que no todos, por el motivo que sea, tenemos acceso a esa aparente ilimitada riqueza.

La segunda reflexión sería el poder profetizar hasta cuando este sistema podrá ser sostenido tal y como lo conocemos. Si fijamos la mirada al pasado, es un sistema que ha prevalecido, con diferentes nombres y contextos históricos, durante miles de años. Realmente no ha cambiado nada en el factor de poder y dominación por parte de una minoría y de alguna manera, sometimiento y claudicación por parte de una mayoría. Eso no cambiará. El mundo en el que vivimos, podríamos decir que todo el universo entero, se rige por una clara organización jerárquica. Y en el sistema humano, esa jerarquía aparece de forma inequívoca en la repartición de la riqueza. Realmente no es repartida, sino que es conquistada o usurpada por unos pocos.

Podríamos pensar que el sistema sobrevivirá reajustando algunos puntos de sutura aquí y allá. La democratización de la riqueza, si esto pudiera llegar con contundencia en un futuro, hará que las guerras y la violencia den paso a una especie de conformismo generalizado donde la felicidad, en una primera instancia, seguirá determinada por el grado de consumo y satisfacción inmediata que este produce. La tenencia y la posesión de las cosas, por muy inútiles que sean, seguirá siendo la nota que domine nuestras vidas.

El cambio y la transformación esencial para romper con ese círculo tendrá que ver con cierto hartazgo materialista y una radical decisión para poder cambiar de forma de vida. Esto ocurrirá cada día con mayor frecuencia. Al democratizar la riqueza, el ser humano llegará a emanciparse de los sistemas primitivos de subordinación encubierta y deseará navegar por territorios nuevos e inexplorados. La libertad vencerá a la seguridad y los valores de emancipación serán cada vez más frecuentes. Este mundo se apaga en su cenit de esplendor, pero ya está germinando el nuevo mundo.

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Lo universal solo pasa a través de testimonios individuales

Lo universal solo pasa a través de testimonios individuales

 

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Con Manuel, de A Ferrería

El sábado fuimos a dar una vuelta por las hermosas montañas del Courel. Visitamos varios lugares hasta que llegamos a la bella aldea de A Ferrería, en el concello de O Incio. Es un lugar que impresiona por su historia, por sus construcciones antiguas, por su gran balneario construido a finales del siglo XIX y ahora abandonado, pero sobre todo, por su gente. En la última casa del pueblo vive Manuel con su hija. Durante estos seis años solíamos visitarlos en verano acompañados de grupos que hacían la semana de experiencia. Formaba parte de una de las actividades, el visitar el Courel, A Ferrería y a Manuel y su hija.

Manuel vive en una casa hermosa y modesta, que guarda un tesoro tras sus paredes. Atravesando una singular galería que comunica dos construcciones, te encuentras de repente con un pequeño paraíso cruzado por el río Antiguo. El pequeño valle, todo de Manuel, culmina en una hermosa cascada que impresiona por el lugar y la hermosura.

Cuando llegamos no vimos a nadie, así que con la confianza de otros tiempos, nos atrevimos a allanar la morada de Manuel, atravesar la galería y penetrar en su pequeño rincón. Hacía al menos dos años que no iba por allí y estuvimos un buen rato contemplando la cascada hasta que apareció Manuel con su fouciño, su inseparable y ya viejo perro pastor y su pequeño rebaño de ovejas que corrían tras él. Al principio nos miró con cara de enfado porque no nos reconocía hasta que me presenté: “Soy Javier, de O Couso”. O Couso, dada su peculiaridad, es muy conocido por estos valles. Manuel paró un momento y de repente se le iluminó el rostro de alegría. “¡O Couso!” Exclamó casi como si hubiera visto una aparición. Se alegró enormemente de vernos de nuevo y pronto, ante nuestras curiosas preguntas, empezó a relatarnos su historia de vida, su propio testimonio individual, encarnando dentro de sí lo universal de un tiempo que ya no existe.

Manuel nació en el año 1933. Cuenta ahora con 87 años pero su energía y su vitalidad no corresponden con su edad. Nos contaba sus aventuras cuando emigró a Bilbao y luego más tarde, en los años cincuenta, se marchó durante diez años al norte de Alemania. Era hermoso escuchar la emoción en sus palabras, en sus gestos, imitando las labores que hacía en uno y otro trabajo. Añoraba aquellos tiempos de aventuras, de emigración, de mucho trabajo e ilusión por la vida. Una ilusión que no ha perdido. Sigue trabajando duro en la huerta, de la cual se enorgullece, aunque se quejaba de que desde hace tres años está todo muy extraño y ni siquiera los castaños dan fruto. También con las ovejas, con sus pequeños bosques que cuida con esmero para que no crezcan las silvas. Al hablar y nosotros escuchar con atención, nos vimos de repente transportados a otro mundo.

Contaba orgulloso como sus padres habían conseguido comprar al dueño de aquellas tierras, el conde de Campomanes, todo lo que ahora tenían y disfrutaban. Eran tiempos de caciquismo, de minifundios, de mucho esfuerzo, trabajo y sacrificio. Tiempo de pobreza y emigración. En aquella época hacía pocas décadas que se había terminado de derrumbar el gran Imperio Español. Abarcaba casi toda América del Sur y parte de América del Norte, incluyendo casi la mitad del territorio que hoy conocemos como Estados Unidos. Para Manuel, esos hechos, esas pérdidas, habían ocurrido en un tiempo muy cercano, y aún denotaba su voz la nostalgia de toda aquella grandeza. También la tristeza por haber vivido, de niño, la Guerra Civil. Nos relataba con sumo detalle la decadencia de la Galicia de los balnearios y de las minas de hierro, habituales en aquellas tierras, donde el mismo había trabajado durante muchos años antes de la emigración.

Fue una tarde de experimentar lo valioso del testimonio personal. El relato vivo de las gentes que han sobrevivido a todos los tiempos. Recordé la hermosa labor que desde la Editorial Séneca hicimos durante muchos años rescatando las historias de vida de personas anónimas, que relataban, algunos ya en avanzada edad, toda su trayectoria vital. Me hubiera gustado seguir con esa labor antropológica, etnográfica. Hubiera sido hermoso disponer de medios o tiempo para seguir dando voz a testimonios vivos como Manuel, un héroe de otro tiempo. Gracias de corazón por esa siempre cálida acogida y por ese siempre grato encuentro. Gracias por acercarnos a la grandeza de entender que cada voz, que cada testimonio, ya sea oral o escrito, muestra ante nosotros un trozo de tiempo, una historia, un espíritu.

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