La leyenda del ojo del pájaro


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© Nashoba68

Eso que me oprime, ¿es mi alma intentando salir al exterior o el alma del mundo llamando a mi corazón para poder entrar? Rabindranath Tagore.

En los tiempos en los que la India era un paraíso mítico, Arjuna era conocido por su excelente concentración. Una vez, su maestro Dronacharia decidió poner a prueba a sus alumnos. Se acercó hasta un árbol y colgó de una rama un pájaro hecho de madera. A continuación, pidió a todos apuntar con su arco al ojo del pájaro, pidiéndoles que describieran todo lo que pudieran ver. Los estudiantes empezaron a describir el jardín, el árbol, las flores, la rama del árbol, así como al pájaro mismo. Cuando llegó el turno de Arjuna, él respondió a su maestro que todo lo que veía era el ojo del pájaro. Tal era su capacidad de concentración.

Los escenarios pueden ser hermosos y tentadores. Uno puede vivir en un auténtico paraíso si mira a su alrededor y uno podría pensar en la bucólica idea de una vida sencilla, amable y discreta en un lugar excepcional con unas personas excepcionales. La mayoría de las personas elegimos siempre ese camino, el de la visión panorámica, olvidando el ojo del pájaro de la leyenda de Arjuna.

Miramos y optamos por lo que aparentemente más nos conviene. Pocos son los que cierran los ojos a los escenarios y se inclinan hacia el leve susurro de lo que siente el corazón, lo que se derrama en la concentración, lo que se expresa en la profunda brisa de lo interno. Esta visión es muy poderosa, porque a veces el corazón nos lleva por caminos difíciles, por angostos carruseles que despiertan en nosotros , pero que están alejados de esa vida tranquila y cómoda, segura y dócil. Rechazar lo bucólico, lo fácil, lo hermoso, para adentrarse en las veredas de lo incógnito supone tener una especial predisposición para vivir la vida en su máxima intensidad, pero también en su máxima disparidad.

¿Qué elegimos? ¿Qué es más noble para el corazón cuando miramos los escenarios de nuestras existencias? El amor de los dóciles no está en el corazón, sino en los ojos que dispersan la mirada distraída. Comen por los ojos, viven por lo que entra en los ojos, apuestan siempre por lo que les hipnotiza a los ojos, obviando la naturaleza suprema del corazón, del ojo del pájaro. La batalla de Arjuna está lejos de ellos, porque desean el camino fácil, tranquilo, reposado, seguro. Los sentimientos son moderados, viven una vida contenida sin revelar ningún amor profundo, sin lanzarse desnudos y vacíos hacia la pérdida. Al no desear derrotas, no desean apostarlo todo a un camino inseguro lleno de trabas y dificultades.

Sí, puedo observar a mi alrededor y ver cómo la vida me sorprende de nuevo con contextos que podrían llamarse afortunados. Pero un nómada, un peregrino errante no busca fortuna, no busca victorias, no busca un lugar tranquilo plagado de riquezas y obsolescencias. Mira hacia dentro y observa con cautela los dictados del corazón, concentrando la mirada en lo profundo. Y ahora lo lleva aquí y luego allá, donde esté la necesidad y el hambre, donde esté la batalla que apremie su latir. De ahí la necesidad de una claridad extensa para conectar con el adentro. Una mente experta, decidida, alineada, concentrada, con capacidad exquisita para poder discernir entre lo verdadero y lo falso, entre los escenarios irreales al corazón y la profunda vida interior que subleva los sentidos y se desprende de lo accesorio, una mirada fija y concentrada en el ojo del pájaro.

¿Qué elegimos, un sol radiante o una luna cambiante? ¿Qué es más noble para el corazón? ¿Una vida fácil y tranquila o un camino apasionante, sí, cargado de pérdidas y derrotas, pero vivido hasta su máxima expresión? ¿Qué es aquello que tanto nos oprime el pecho? ¿Qué tiene que decir nuestra alma libre sobre la existencia que llevamos? ¿Dónde está nuestra capacidad de escucha, de elección, de atrevimiento, de entrega, de pasión, de realización? ¿Es posible conjugarlo todo o siempre debemos elegir, discernir?

La broma cósmica ha querido que unos años después se repitan poderosamente los escenarios. Pero ahora tengo un poder que antes no tenía. Ahora sé qué es lo que debo elegir, cueste lo que cueste. Y sé que los escenarios bucólicos no traerán paz a mi mundo. Sé que el camino fácil no es el camino que desea mi pecho oprimido. Ahora gobierna el corazón, embajador supremo en la tierra de mi alada alma, dominio incognoscible que habita inconformista las estrellas reinantes del cosmos. La lucha de Arjuna continua… y la mirada de ahora, versa concentrada en los adentros.

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Oración al viento. Canto profano a Namada en Do mayor.


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Cráter de Ramón, desierto de Israel

Elevada sublime sombra que arrullas el manto cálido. En tu memoria yace la memoria del mundo y de todos los tiempos. Intrépido volar, derramas suspiros en cada instante mientras la invisible mano que transporta aves nómadas crea transmigraciones de peregrinos errantes que no saben dónde ir. No permitas que un destino fijo les aflija. Música que recorre cada sorbo de vida. Aire que se expande entre las canillas abismales y la visión del horizonte. Vacía mirada cristalina con nocturna narración para soportar las sombras del viaje. Sorpresa cuando un rayo de luz vuelca su furor en la estampa vertical y el aullido silencioso, melancólico, vibra trashumante bajo la luna. Errático ardor que nos envuelve a cada aleteo. Abajo, el musgo lleno de consonantes, la tierra húmeda y vibrante que asola cuando soplas huracanada devastando los jardines en invierno. Todos los desiertos se arrodillan cuando exhalas imitando una flor que se cierra. Y en aquel desierto, con su luna llena, fijó estrellas en nuestro pecho.

Orión, Sirio, Pegaso. Eran las montañas nuestras almas, en el valle, junto al mar, nuestros cuerpos. Y ahora danzando en el encanto de ese hermoso y sagrado recuerdo. Bajo los pies del Altísimo, bajo la tutela del Amplísimo, bajo el amanecer glorioso de lo venerable, del secreto inconfesable, del aliento que solo puede ser visto en el susurro de una noche sacra. Bajo ese fuego que se alza, que esclarece y calienta los corazones, sucumbimos. Escuchamos el murmullo bajo los pies mientras la tierra habla, se expresa junto al mar, en sus areniscas, en su vaivén. Y ondea el viaje en un instante de fulgor atendiendo los alientos que se unen, los corazones que se acompasan, el latido que se convierte en una colonia de amaneceres. La híbrida secuencia se repite en todos los planos, con diferentes explosiones de luz y color como una copla en primavera que se abre rodando en las costuras del alma. Desde la piedra hasta el éter, auténtica y fugaz.

Pero esto es secreto, no deberíamos nombrarlo. Todo lo sagrado es secreto, por eso aquí nos volvemos profanos, como goterones que resbalan en un cristal estacionario. De ahí el canto y la oración, forma minúscula de enterrar lo sublime y confundir lo carnal. El vuelo del ave, la siembra en la tierra, la calima, el valle, el mar. Todo lo que nace y respira dos veces tiene la particularidad de entrar en sabia y poderosa expresión de lo intangible. Todo aquello que pervive más allá del instante en el que se creó forma ya parte de la memoria del cosmos danzante. Por eso ahora pervive en mundos y dimensiones diferentes, esperando expresión, discernimiento, esperando suspiros que lo atrapen, deseando encarnar de nuevo en la existencia empapada. Gotas que caen desde lo más alto para abrazar su destino común. Suaves, tiernas, amables, graciosas. Vida en movimiento que alienta cada paso en un acto de poética aventura.

Elevada sublime sombra que arrullas el manto cálido. Santificado sea tu verbo. Venga a nosotros tu aliento y hágase la obra sin fin aquí en la luz como en el cielo. Intrépido volar que derrama suspiros en cada instante. Vacía cámara donde se guarda lo más bello. Inteligencia sublime que se expande por la zozobra de los bosques y sus lenguas, por el espeso rumor de la arboleda opaca. Como esa dama desnuda que corre descalza pisando la tierra mojada y huye danzando hacia las entrañas de cuevas cálidas, sacrificando el tiempo y el lenguaje en Tabor. Allí dónde nace en el corazón la sublime luz, cargada de esplendor celeste, brillando en poética ternura. A salvo de cuanto ocurre en las mazmorras silentes, acariciadas por el tacto suave de cualquier noche transmutada.

Elevada sublime sombra que arrullas el manto cálido. Viento, santifica tu verbo y hágase tu palabra, aún perdida, aún vaciada en los tumultos de la voluntad. Venga a nosotros tu aliento ahora y siempre, tu hálito, tu emanación, tu profunda elocuencia silvestre encarnada en el ahora. El sol, que con su luz ilumina nuestra oscuridad, venga a tu encuentro y líbranos de todo mal. Que así sea por las dimensiones distantes y por todos los tiempos. Amado viento, namada libre, hágase siempre desde tu osadía susurrante, amplia y secreta en dicha y amor.

(Pd.- Leer en voz alta en do mayor).

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Cuando los hombres lloran


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© Philip Mckay

Llorar a lágrima viva. Llorar a chorros. Llorar la digestión. Llorar el sueño. Llorar ante las puertas y los puertos. Llorar de amabilidad y de amarillo. Abrir las canillas, las compuertas del llanto. Empaparnos el alma, la camiseta. Inundar las veredas y los paseos, y salvarnos, a nado, de nuestro llanto. Asistir a los cursos de antropología, llorando. Festejar los cumpleaños familiares, llorando. Atravesar el África, llorando. Llorar como un cacuy, como un cocodrilo… si es verdad que los cacuies y los cocodrilos no dejan nunca de llorar. Llorarlo todo, pero llorarlo bien. Llorarlo con la nariz, con las rodillas. Llorarlo por el ombligo, por la boca. Llorar de amor, de hastío, de alegría. Llorar de frac, de flato, de flacura. Llorar improvisando, de memoria. ¡Llorar todo el insomnio y todo el día! Oliverio Girondo

Ayer tuve la oportunidad de hablar con tres hombres que estaban pasando por un mal momento. Uno por un problema laboral, otro por un mal de amores y el tercero por un problema existencial, de soledad y pérdida de sentido. Yo mismo tuve un día extraño, mezcla de los tres problemas que cosechaban mis amigos. Quizás Mercurio estaba retrógrado, o Acuario en luna llena o lo que fuera, pero lo cierto es que ayer fue un día difícil para algunos de mi entorno. Un día para llorar.

Es evidente que los hombres, algunos hombres, han desarrollado una sensibilidad diferente en las últimas décadas. Aunque aún persiste el estereotipo de hombre fuerte e insensible, depredador y machista, muchos hombres están desarrollando cierta sensibilidad que choca frontalmente con un momento de plena emancipación de la mujer. Estamos viendo un cambio de roles extraño, donde muchas mujeres se comportan como lo hacían los hombres y muchos hombres como lo hacían las mujeres. Las mujeres se emancipan, se sienten libres e independientes, utilizan a los hombres como los hombres utilizábamos antes a las mujeres, con cierta frialdad y despotismo, con cierta superficialidad y desapego. Mientras que los hombres sensibles, los hombres blandengues, que diría con humor el Fary, se vuelven vulnerables, indefensos, demandantes de cariño y afecto, de seguridad y arropo. Ahora los hombres necesitan ser abrazados y comprendidos en este nuevo mundo sensible.

Esto crea confusión porque inconscientemente la mujer sigue demandando un hombre fuerte y seguro, capaz de proteger la familia y el hogar con un buen sueldo y la necesidad de estatus con una buena reputación, ya sea laboral o de cualquier otro tipo de éxito. Los mensajes que recibimos de los medios de comunicación siguen potenciando ese tipo de roles arcaicos y primitivos, creando aún mucha más confusión en la psique, ahora más sensible y abierta, de todos.

Esto crea un verdadero embrollo y una verdadera pérdida de sentido para todos. Mi primer amigo lloraba por la frustración laboral que sentía. Tiene la necesidad de generar dinero para alimentar a su familia, pero no a cualquier precio. Le gustaría poder desarrollar su arte, pero el arte no vende, no tiene prestigio y es decadente en una sociedad decadente. Su frustración y dolor nace de verse atrapado en un sistema donde nadie va a reconocer su trabajo, su don, su talento, y para poder sobrevivir, debe prostituir su tiempo en labores ingratas que no le aportan nada. Dedicarse al arte o a la poesía hoy día no provoca más que frustración y fracaso. ¿Qué mujer hoy día desea vivir con un poeta, con un soñador, con un nómada del verso?

Mi segundo amigo sufría de mal de amores. Tras experimentar con algunas relaciones, veía como las mujeres utilizaban su belleza y su cuerpo sin mayor compromiso. Guapo, atractivo, inteligente, pero sin capacidad de poder crear una relación comprometida y estable. En la sociedad líquida donde vivimos, el fluir se ha convertido en un mantra poderoso donde lo sólido no tiene nada que hacer. Las mujeres fluyen y hoy se acuestan con uno y mañana con otro, como tradicionalmente hacíamos los hombres, sin mayor implicación emocional que la de pasar una buena noche. La sociedad se prostituye, y los hombres que han nacido con ese nuevo rol de sensibilidad no se adaptan a este cambio de paradigma. Un romántico, un soñador, un hombre sensible, está abocado al fracaso. Nadie querrá estar con alguien que da muestras de inseguridad, sensibilidad o debilidad.

El caso del tercer amigo es más grave aún porque ha conseguido de alguna manera, aunque sea pasando calamidades, malvivir de la poesía, del cuento, del arte. Eso le ha abocado a una vida errante y nómada, sin una base material sólida donde sustentarse, sin una casa ni un hogar donde volver tras sus periplos poéticos. El precio de su felicidad, de su libertad absoluta, lo paga con creces a base de grandes dosis de soledad. La soledad, y esa sensación de fracaso en lo personal a cambio de cierto éxito en lo profesional, le aboca a una depresión constante y continua. ¿Qué mujer se fijaría hoy día en un consagrado poeta que no tiene dónde caerse muerto?

Es cierto que no es bueno generalizar ni que estos tres ejemplos que casualmente se juntaron ayer en un lloro colectivo sean una muestra considerable de lo que realmente está sucediendo, pero sí es un síntoma claro de que los tiempos están cambiando y de que nos estamos encontrando con un paradigma de pérdida de sentido. Yo mismo soy un claro ejemplo del fracaso de este paradigma. Errante, con un trabajo excitante pero que apenas da para vivir, nómada emocional porque ninguna mujer es capaz de soportar una vida tan inestable y tan poética, tan sensiblera y necesaria de grandes dosis de cariño y atención, de cierto misticismo y espiritualidad, de cierta inteligencia y crítica. Sí, los hombres también lloran. Y últimamente no paramos de hacerlo, como lo hacen los cacuies y los cocodrilos, si es verdad que los cacuies y los cocodrilos lloran, como decía el poeta. Nadie desea abrazar y sostener a un poeta, a un hombre sensible. Nadie en una sociedad líquida desea responsabilizarse y comprometerse en una relación estable y duradera.

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Discernimiento


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Esta mañana me desperté a eso de las cinco totalmente despejado, con la mente clara, el corazón caliente, la vida por delante. A las seis y media asistí a la “early morning meditation” que durante una larga hora nos ayuda mediante el enfoque del pensamiento a adueñarnos de la posibilidad de discernir. Luego volví a casa y desayuné con la hermosa anfitriona, con la que tengo largas charlas sobre política, espiritualidad o la vida y sus misterios. Son momentos que se hacen cortos en las comidas pero agradables, porque sin atosigarnos, podemos entablar conversaciones de todo tipo.

Me gusta la educación de estos países donde te saludan amigablemente dándote los buenos días con una agradable sonrisa y donde las formas siempre vienen bien acompañadas del fondo. Últimamente me he vuelto un amante de las formas, no de aquellas hipócritas que desentonan en la cortesía, sino de aquellas sinceras, que nacen del corazón, haciendo que lo valiente nunca se disocie de lo cortés. Educación, cortesía, trato y corrección. Simple y llanamente hermoso. Pequeños detalles que a veces olvidamos y que marcan y difieren radicalmente nuestras vidas y nuestras relaciones. Por eso es necesario discernir, para acercarnos a lo hermoso y agradable y desechar lo tosco e insípido.

Discernir es una poderosa herramienta que hace que nuestras vidas se configuren de una u otra manera. Si estamos atentos, la vida siempre nos pone ante nosotros varios caminos, varias posibilidades, infinitas sendas para que nuestros escenarios nos ayuden a resolver las incógnitas a las que hemos venido a enfrentar. Discernir no es solo levantarnos para ver qué ropa nos ponemos por la mañana temprano. Es también decidir qué personas entran en nuestras vidas, qué seres permitimos que entren en nuestros cuerpos para honrarlos y amarlos, qué deseos pongo en el jardín de nuestras emociones para subliminar la belleza de la existencia, qué pensamientos empodero para que guíen mis acciones y qué clase de energía derramo sobre el mundo para generar el bien. Tan acostumbrados a prostituir nuestros cuerpos, nuestras emociones y nuestros pensamientos y creencias, el mundo se ha vuelto tosco e ingrato.

En cada acto minúsculo de nuestras vidas estamos discerniendo. Cuando comemos, podemos hacerlo causando dolor y sufrimiento a otros seres sintientes. Cuando compramos cualquier cosa estamos enriqueciendo a unos u otros. Cuando gastamos el dinero decidimos en cada momento a quien ayudamos con nuestra energía económica. Todo aquello que ingerimos, ya sean alimentos, energías, emociones o pensamientos repercutirá inevitablemente en aquello que ofrezcamos al mundo.

No se trata tan solo de discernir si vamos al mar o a la montaña, realmente eso no importa. Tampoco importa si elegimos a una persona igual o diferente a nosotros para emprender un proyecto común de vida. Lo que importa es lo que hacemos en cada escenario y con cada persona. Lo que importa es la suavidad y el tacto con el que nos enfrentamos a cada momento de nuestras vidas y el trato que ofrecemos a las personas que nos rodean. O si, por el contrario, preferimos vivir una vida irritada, enfadada o cargada de tristeza.

Me doy cuenta de lo difícil que resulta discernir sobre cosas que a veces nos superan, que a veces no dependen de nosotros. Una enfermedad o un accidente físico o emocional. A veces es la actitud, o simplemente la mirada ante la pérdida. Uno puede elegir mal, pero tiene la oportunidad de redimirse si realmente desea cambiar, si realmente toma consciencia de su error y busca la manera de ser amable con el mundo. Dar los buenos días con una sonrisa, enviar un caluroso y cariñoso mensaje a ese amigo querido, abrazar con pasión a esa amante despierta. Cada gesto discierne sobre el anterior y, por lo tanto, cada elección nos permitirá ser mejores personas, excelentes sujetos vivos.

Lo inteligente, lo sabio, diría que lo verdaderamente iniciático, es obrar de manera inofensiva y amable, aunque a veces esa inteligencia se vea empañada por ofuscas nubes. Hoy nos hemos levantado y hemos elegido qué clase de vida queremos. Hoy la vida nos propone aventuras y decidimos qué camino tomar. Estar atentos a los escenarios y a las personas que se acercan a nosotros para poder elegir el mejor de los mundos posibles. Discernir. Hoy quiero un mundo amable, inofensivo, bello. Hoy quiero una vida amorosa.

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Calma


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Esta mañana de tenor en el Nature Sanctuary de la comunidad de Findhorn

Venía de un calvario y llegué a un nuevo nacimiento, a un nuevo sentir, a una nueva línea de tiempo de paz y sosiego. Se hizo el trabajo mágico del alma. Se sanó la herida en el bautismo, bajo el agua, sumergido en la fría mar. El antakarana helvético sirvió para conectar ambos mundos, para recordar la urgencia del vivir. Su mano invisible me acompañó diligentemente, con suavidad, hacia el reino de la luz. Por eso nada más llegar, agradecido, creé un pequeño altar con su carta manuscrita donde resalta la palabra “magia” como centro de todo. Organicé la mesa de trabajo acompañada de algunos hermosos fetiches… Su carta manuscrita, un trozo de muro de Jerusalem, una piedra del mar de Galilea y una flor del monte Tabor que me regaló en un hermoso paseo… Materia, vida y pensamiento que juntos recuerdan hermosos momentos cargados de amor.

Desde mi ventana puedo ver las aves migratorias que van y vienen de un lado para otro. Por la noche hacen un especial ruido, intentando despertar al mundo para recordarle que todo cambia, que todo continua. Fuera de estas blancas paredes decoradas con maderas nobles se siente el frío ártico. Ayer di mi primer paseo por la bahía mientras recordaba mi primer viaje en el invierno del 2007. Allí empezó todo. Allí el cambio se apoderó de mi vida para siempre. Por eso le tengo un especial cariño a este lugar y por eso, siempre vuelvo para agradecer la transmutación sufrida y para recordar, sobre todo para recordar cuando el olvido se apodera de mi vida.

Me levanté temprano y medité en silencio. Aún de noche, al alba, a dos luces, llegué hasta el Nature Sanctuary donde todas las mañanas se hace un hermoso círculo alrededor de una vela encendida para cantar en comunión canciones de Taizé. El mundo devocional que puede inspirar estas canciones ayudan para ensanchar el corazón, para llenarlo de alegría, compasión y calma. Los beneficios de cantar en grupo nos acercan a ese equilibrio de paz tan necesario en el mundo. Paz en los corazones, amor perpetuo para la vida. Hay sonrisas y miradas cómplices entre los tenores, los bajos y las soprano y contraltos. Se respira un ambiente dulce y amable, lo cual ayuda a empezar el día con una alegría interior hermosa y necesaria. El canto devocional eleva nuestras miradas hacia la vida del alma, y el alma, agradecida, nos abraza desde el lazo místico.

Nada más terminar, algunos marchamos al Sanctuary de meditación, al otro lado de la comunidad, justo en frente de la caravana original. Tras ensanchar el corazón mediante la práctica devocional, toca ensanchar la mente sin límites ante la práctica de la meditación silenciosa. Abrazados al alma, partimos al encuentro del Espíritu Universal, el Absoluto que se encuentra en todas las cosas y en todos los seres vivientes. Es entonces cuando se abre la visión sobre las cosas invisibles. Un corazón alegre acompañado de un intelecto despierto y vivo, con ganas de aprender y comprender, es lo mejor para empezar la jornada y comprender desde la profundidad de las cosas qué hacemos aquí y porqué estamos en este misterio cósmico. Nuestro cuerpo, que no deja de ser un templo labrado en honor de la vida, alberga todo aquello que nos reconecta con nuestra esencia más infinita. Honrar al cuerpo es honrar a la vida, es honrar el Misterio.

Calma, mucha calma interior siento en estos momentos de paz, sosiego y alegría. Necesitaba este silencio, este lugar y esta práctica para volver a mí, para retomar mi centro, para equilibrar mi vida. De alguna forma me estoy salvando. Estoy salvando el mundo dentro de mí para así poder ayudar a salvar al mundo que se expresa a mi alrededor. Calma, sosiego. Andaremos y veremos. Inevitablemente.

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Del Calvario a Belén y más allá…


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Este atardecer en Israel guarda sus propios secretos

“Los que aspiran a un verdadero progreso deben considerar todo lo que les sucede en la vida como una prueba iniciática, y ser, por así decirlo, sus propios iniciadores”. The Theosophist, T. IX, pág. 364.

 

El viaje por Palestina e Israel albergó su propio misterio. Algo hermoso se inició, y por lo tanto, vivimos nuestro propio proceso iniciático. Hicimos el recorrido iniciático al contrario de como marcan las pautas establecidas. Partiendo siempre a la inversa de lo instituido, primero fuimos hacia la Resurrección y Ascensión, interrogándonos, como hacen los que hollan el sendero, de la siguiente forma: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?, ¿dónde, oh sepulcro, tu victoria?”. Allí estaba Jerusalén y toda su gloria para dar respuesta a nuestras dudas. Nos acercamos en silencio y en humilde devoción volcamos todo nuestro sentir a ese momento de fe y esperanza. Miramos una y otra vez al cielo mientras nuestros cuerpos bajaban hacia las profundas oquedades.

Allí mismo, muy cerca, en el monte del Calvario, nos esperaba el momento de la Crucifixión. En algunos lugares de Oriente se la designa como la Gran Renunciación, con su lección del sacrificio y su llamamiento a la muerte de la naturaleza inferior. “Cada día muero”, decía el apóstol, porque sólo en la práctica de sobrellevar la muerte de cada día puede enfrentarse y resistirse a la Muerte final, nos recuerda AAB. Algo así sucedía en nosotros. Algo moría, al mismo tiempo que algo renacía de nuevo. Renunciábamos al miedo y nos íbamos entregando al amor de la vida, al amor de la comprensión, al amor alado de la vivencia de estar vivos, al mismo tiempo que algo moría a cada instante.

Uno de los momentos más sublimes fue el de la Transfiguración en el Monte Tabor. Allí por primera vez se manifestó cierta perfección y cierto deseo de unión. Allí nace el mandato: “Sed vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”. Y de alguna forma, en los paseos y aledaños sentimos esa necesidad de perfección. Algo nació en ese instante único e irrepetible, algo que nos aproximaría a la verdad de lo que somos, no como entidades separadas, sino como seres unidos por el lazo místico.

Llegó más tarde el Bautismo. El nuestro no fue en el Jordán, pero sí en el ancho mar de la tierra media, desnudos e inocentes, en un invierno cálido, en un abrazo sincero donde podían unirse las almas para ser bautizadas con agua y con fuego, porque las almas puras se tiñen de sol para ver en la llama el símbolo del camino iniciático. La luz resplandeció por encima de nuestras mentes y la claridad se hizo palpable.

Y por último llegó el Nacimiento en Belén, del cual Cristo dijo a Nicodemo: “el que no naciere de nuevo no puede ver el reino de Dios”. Allí nos acurrucamos en la incertidumbre, nos acomodamos al silencio y nos vaciamos de todo cuanto éramos, naciendo de nuevo, en la caverna del corazón, como seres que desean volver a empezar, como almas peregrinas que nacen de nuevo al mundo para ofrecer la luz que llega desde lo más alto.

Y más allá… de todo cuanto aquí se dice, lo que más valor tiene es lo que se oculta, porque en el Misterio de todo viaje, es la parte que no se conoce la que más valor encierra. Por eso la palabra, que no deja de ser un símbolo que desea aproximarnos a una cierta verdad, siempre se empequeñece ante los hechos reales, ante la grandeza de aquello que jamás podrá ser revelado. El secreto del viaje, el misterio, lo oculto, quedará para siempre en nuestros corazones. Quedará para siempre en nuestros verdaderos rostros, aquellos que solo pueden ser enseñados a los capaces, a los valientes, a los osados. Ese más allá inolvidable que algún día entenderemos. Ese más allá indescriptible que sólo las almas nobles podrían sospechar y entender. Un proceso iniciático se abrió en ese viaje. Ahora solo queda esperar sus frutos.

Abrirse a la experiencia del amor


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© Susanne Washington

La ternura no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor… Jorge Bergoglio

Cuando uno fracasa en la experiencia del amor, especialmente del amor pequeño, del amor minúsculo, del amor de pareja, se siente cierta frustración, cierta sensación de fracaso y derrota. La norma generada es que nos cerramos a esa experiencia al cosechar pérdidas consecutivas. Nos gusta indagar sobre la experiencia del amor porque junto a la vida y la muerte, es uno de los tres temas fundamentales de la existencia de todo ser. A pesar de todo lo vivido y experimentado, a pesar de todo lo indagado y escrito sobre este asunto, siempre notamos cierto verdor, como si cada día, la experiencia del amor fuera algo nuevo a lo que enfrentarse y de lo que aprender.

Hace unos días, una buena amiga me miraba con amor y dulzura en los ojos y me decía contundente que algún día mi alma encontraría a su alma amiga. Que más allá de los amores de la personalidad, siempre torpes, el alma enfocada en un propósito encuentra inevitablemente a esa otra alma que ayudará al mismo, ya que el propósito del alma nada tiene que ver con los pequeños propósitos de la personalidad, siempre egoístas e individuales. Por lo tanto, es inevitable que dos seres enfocados en un propósito de alma se encuentren para engrandecer esa experiencia. Otra cosa es que ambos se reconozcan como tal en esa vivencia cuántica, que brote la semilla del amor y que se expanda en ambos sentidos, en el sentido de amor de alma y en el sentido de amor de pareja terrenal.

Como experto saboteador de relaciones, siempre, a pesar del dolor que esto conlleva, un dolor siempre bilateral, donde ambas partes sufren, me he interrogado por ese afán de lanzarme a cualquier relación sin examinar a priori las consecuencias futuras. El amor debería ser inteligente, más allá de los impulsos primarios que nos hacen abrazar la experiencia humana de cualquier ser que se nos acerque y por el que sintamos un mínimo de atracción. Uno debería razonar si esa atracción primera está en acorde con el sentir más profundo, con la experiencia como almas libres que desean desarrollar un trabajo profundo, compartido y consciente en esta oportunidad de vida. Hay experiencias de amor en pareja que te separan totalmente de este propósito y hay otras que te elevan exponencialmente hacia la misma. El discernimiento, en este sentido, resulta ser una poderosa herramienta para saber elegir bien la persona que entrará en tu vida, que aminorará la marcha de tu evolución o la multiplicará en un acelerado compartir.

De ahí la prudencia de abrirse a la experiencia del amor. De hacerlo con calma, sin prisas, despacio. Conociendo bien a la otra persona y conociendo bien todo aquello que nos aporta y que nosotros aportamos a ella. Si perdemos el tiempo en señuelos de una noche de pasión, en tratos comerciales para pagar hipotecas y vivir una vida cómoda o en estimulantes relaciones que solo nos conducen a un vacío perpetuo, es mejor no hacer nada, es mejor esperar, es mejor estar atentos.

La prudente espera debe venir acompañada de un profundo anhelo. No todo el mundo desea arriesgar parte de su vida para afrontar el reto de la experiencia humana en compañía. Para muchos, la soledad también puede ser una llama, un camino, una vereda. Para otros, la comprensión de poder multiplicar la experiencia, acelerada inevitablemente ante el abrazo incondicional de otro ser, puede suponer un avance meteórico hacia la evolución. Si la soledad puede ser una llama, el amor en relación puede llegar a ser un fuego incombustible. Una vida tierna y amable, una vida rebosante de amor y atención es la mejor manera de comprender las fuerzas universales de la existencia. No una relación mediocre de interés mutuo, sino una verdadera apertura al amor incondicional, fuerza primera de todo lo que nos rodea, fuente primordial de todo cuanto existe.

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