Responsabilidad afectiva


«Tengo mucho miedo.» Y yo le pregunté: «¿Por qué?», y ella respondió: «Porque soy profundamente feliz. Una felicidad así asusta.» Le pregunté por qué y dijo: «Solo te permiten ser así de feliz cuando están preparándose para llevarse algo de ti». «Cometas en el cielo», Khaled Hosseine

 

Dicen los expertos que la responsabilidad afectiva es poder comunicar nuestras expectativas y sentimientos sobre una relación de forma clara y transparente. Es tener como pilar básico una buena comunicación, sobre todo cuando se tocan puntos álgidos o delicados, especialmente al inicio de cualquier tipo de relación donde es importante que las partes se conozcan, se aprecien y se tengan en consideración para ver si es posible algún tipo de compatibilidad afectiva. Para ello hay que colocar delante siempre el respeto y la comunicación clara y transparente basada en la verdad y la sinceridad.

Cuidarse mutuamente y comprender que todas nuestras acciones tienen repercusiones sobre el otro es fundamental. A veces, tan egoístas que somos, decimos cosas y actuamos sin tener en cuenta al otro, sin hacer o decir las cosas de forma delicada y amable para no dañar la sensibilidad ajena.

En definitiva, es tener en cuenta a la otra persona. Es decir, empatizar con el otro, tenerlo presente en nuestras decisiones, incluirlo en nuestra vida y fortalecer con ello nuestros lazos y vínculos. Crear espacios de seguridad, de confianza, quizás sea lo más complejo en toda relación. Ser conscientes del impacto que generamos en los demás o incluir al otro en nuestras decisiones son cosas que muchas veces las pasamos por alto.

El cuidado que pones en transmitir las decisiones que tomas a las personas que tienes en tu vida es importante para que el otro no se sienta aplastado por un tractor. A veces hay relaciones donde una de las partes se empeña en podar al otro, en dejar de regarlo, en dejar de cuidarlo, hasta que dicha relación se marchita por falta de tacto, cuidado, atención.

Sentirte seguro, tranquilo, participe, cuidado, no es algo baladí en cualquier tipo de relación. El equilibrio siempre es complejo, porque los seres humanos somos altamente complejos. Pero con un poco de esfuerzo y tacto, es posible mantener relaciones saludables, sanas, consensuadas, amplias, conscientes.

Debemos en todo momento ser capaces de expresar nuestras necesidades y emociones siendo respetuosos con las emociones del otro. Esto requiere claridad, no enredar al otro, no confundirlo a cada instante con cambios en el relato, en la narración de nuestras vidas. Eso crea inseguridad, decepción y apatía. El amor no se puede organizar, no tiene plazos, ni fechas en el calendario. Es pura entrega. O se ama, o no se ama, pero si uno ama, se entrega. Y esa entrega, siempre sincera y amorosa, requiere de afectividad y cuidado, inevitablemente.

Debemos ser responsables con las relaciones que establecemos. Tener mucho cuidado de no jugar nunca con los sentimientos y expectativas del otro. Una relación siempre va más allá de uno mismo. El egoísmo es antagónico de cualquier relación. La empatía, el pensar en el otro, el comprender al otro, forma parte necesaria de cualquier tipo de acercamiento. Uno se puede casar consigo mismo y hacer como hacía Woody Allen, estar en continua búsqueda de sí mismo, en continuo conflicto con uno mismo. Pero si queremos crecer más allá de nosotros mismos, ahí tenemos las relaciones y al otro. Y al asumir ese crecimiento, debemos asumir un gran compromiso y una gran responsabilidad. Simpleza y objetividad. Amor y cariño siempre. Cuidado, tacto, amabilidad, respeto, entrega.

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Amor, compatibilidad, proyecto


© @bewatts52

«Todavía podría haber algún lugar para nosotros en algún lugar». Charles Bukowski.

El amor en nuestros días es una sucesión de nuevos comienzos con breves y casi indoloros finales. No queremos ataduras de ningún tipo, ni compromisos, ni responsabilidad con nada ni con nadie. Las relaciones son breves episodios en los que priva la búsqueda egoísta del beneficio personal. Cuando una pareja deja de ser rentable, se deja de lado y se busca una nueva. Me sirve, no me sirve, que diría el poeta.

Amar en tiempos revueltos ya sabemos que es complejo. Con el paso de los años descubrimos que amar no es suficiente para tener relaciones estables. Tiene que existir, además, cierta compatibilidad, cierta atracción y química, cierta admiración por el otro y un proyecto de vida en común. Esto son valores cada vez más caducos. Lo sólido está siendo sustituido por lo líquido, que decía Bauman. Las relaciones en nuestra sociedad, basadas en el individualismo, se han convertido en algo temporal e inestable, en un tiempo que carece de aspectos sólidos. Todo lo que somos y tenemos es cambiante y con fecha de caducidad, basando toda nuestra vida en la constante impermanencia, sin raíces, sin nada de cuajo, sin pilares ni soportes.

El miedo al compromiso es la razón principal de nuestro fracaso presente. Cuanto más rara se considera una persona, o cuanto más inteligente, consciente, independiente, libre y solitaria sea, más complejidad encuentra para compatibilizar una vida ya de por sí complicada con alguien, comprometida con alguien. La compatibilidad es más fácil cuanto más fácil sea tu vida, más simple tu inteligencia y más dócil tu manera de vivir. Pero si eres rebelde por naturaleza, independiente en cuanto a normas y formas y costumbres y consciente de que más allá de recrearnos en nuestros ombligos, hay vida más allá de nosotros, la cosa se complica.

Luego viene todo eso de la química, de la atracción. Uno puede amar a alguien, pero puede abrazar a esa persona como el que abraza a una ameba. Esta parte es compleja porque la química que une a las personas es compleja. La química es muy irracional, no está relacionada con ser más o menos inteligente, consciente o emotivo. La atracción es algo que se da o no se da. Y el grado o intensidad de atracción, de química, también es fundamental.

Luego viene la parte de la admiración: ¿admiramos a la persona que nos atrae y amamos? Esto es igualmente complejo. ¿Nos gusta su forma de pensar, su forma activista ante la vida, su manera de ver el mundo y mostrarse ante él? ¿Admiras su belleza, su inteligencia, su consciencia, su constancia? ¿Podrías estar un día entero mirándola, sin decir nada, solo admirando su sonrisa? Estas partes del amor se están perdiendo, es algo caduco para los tiempos que corren, y de ahí, en parte, es que vivimos en una especie de apocalipsis de una civilización que se acaba. Hemos dejado de admirarnos los unos a los otros, y ahora solo hacemos un uso mercantilista del otro. Me sirve, no me sirve, como decíamos al principio. Y así nos va.

Y luego queda el ingrediente principal, el proyecto común. ¿Tenemos algo que celebrar juntos? ¿Tenemos un proyecto común? Normalmente, o antiguamente, depende de como se mire, el proyecto común más común era tener una familia. Era, digamos, el pack básico de toda relación. Pero eso ya no está de moda, ¿quién quiere tener una familia en una sociedad líquida donde cambiamos de pareja cada dos años a lo mucho? ¿Quién es capaz de tener la audacia de comprometerse responsablemente a tener ningún tipo de proyecto común hoy día? En una sociedad donde la presión de cualquier tipo es motivo de ruptura, donde el romanticismo parece algo asqueroso, controlador o manipulador, donde nadie está para lo malo, sino que sale corriendo a la primera de cambio, donde la realidad virtual es más poderosa que el mundo real, que muchas veces suele ser decepcionante. ¿Quién quiere tener, realmente, un proyecto de vida hoy día más allá de tenerlo consigo mismo y su ombligo?

No estamos preparados para el amor. Amar hoy día es un acto constante de rebeldía. Es, diríamos, una provocación contemporánea. Un riesgo que pocos asumen, porque asusta amar, porque se teme perder un ápice de algo para entregarlo al otro. Nos protegemos, olvidando que un gran amor viene siempre acompañado de certeza. Si dudas, no amas. Aunque nos protejamos, aún no somos conscientes de que somos dignos de amar y ser amados. Y cuando podamos descubrirlo sin protegernos, a pecho descubierto, la vida tendrá un cariz diferente, un aroma diferente, una verdadera y bella alborada.

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¿Por qué nos cuesta tanto la comunicación directa?


En estos tiempos que corren dónde todo es mentira, las redes, las relaciones, lo virtual, la televisión, a veces hasta nuestras propias vidas, es muy complejo encontrar fórmulas adecuadas de comunicación directa. Los antropólogos nos volvemos locos cuando queremos encontrar un atisbo de verdad. Tan dados que somos a buscar indicadores, los mismos siempre terminan por destripar las entrañas de lo cierto, lo real. Resulta difícil comprometerse con alguien a comunicarte de forma clara y honesta, abierta a la escucha, con respuestas sentidas desde el corazón, con amorosa aceptación y con delicadeza. Es algo de lo más complejo, y al mismo tiempo, cuando se consigue, es algo de lo más liberador y sanador.

Cuando sientes rabia, celos, soberbia, orgullo, dolor, tristeza, sufrimiento, enfado o cualquier otro tipo de emoción, es complejo realizar una autogestión soberana de dichas emociones. De igual forma, es aún más complejo transmitirlas, compartirlas para que no enquisten en futuras enfermedades, de forma prudente y amorosa. Cuando uno está enfadado, es complejo hablar desde la armonía y el autocontrol.

Sin embargo, aunque nos costara, deberíamos buscar espacios de responsabilidad y libertad dónde poder ser francos en cada momento. Si a uno le entra un ataque de celos paranoico, o un enfado monumental por haber sido herido, o cualquier otra cosa que nos pueda molestar del otro, sería maravilloso y fundamental poder encontrar el momento idóneo para expresar a cada momento nuestro sentir sin ser juzgados, sin ser calificados de esto o lo otro. Es difícil buscar la raíz de muchas de nuestras erróneas actitudes, pero puede llegar a ser fácil sanarlas si encontramos el apoyo suficiente.

Esos espacios de seguridad no existen hoy día. Cuando las cosas se enquistan precisamente por la falta de comunicación, todo termina explotando. Pero cuando lo que uno siente se expresa con completa autenticidad, sea lo que sea, las almas se liberan. Todo el problema de la mediación entre dos partes es la falta de escucha sincera. Para que exista escucha deben existir espacios de seguridad, donde sepas que todo lo que puedas decir al otro está en un entorno seguro. Expresar lo que uno siente y ser escuchado con franqueza es lo que evita malentendidos, enredos en las relaciones, búsquedas de huidas hacia adelante.

Si estás enfadado, dilo abiertamente. Si algo te ha molestado, ten la franqueza y la valentía de expresarlo. Siempre con cordialidad, siempre con respeto, siempre desde la libertad de ese espacio seguro de relaciones sanas y fructíferas. Escuchar a un hijo, a un padre, a una pareja, a un amigo, a un familiar, a un conocido, y luego acompañarle sin juzgar.

Si hay franqueza, transparencia y amor, lo que nos dolía desaparecerá. Los dolores del alma, de la mente, de las emociones, desaparecen cuando han tenido la oportunidad de ser expresados, de ser comunicados, de ser sostenidos por un ser querido, de ser sanados desde el cariño y el amor. El oficio de un cura era el de sostener antiguamente “los pecados”, al igual que ahora el oficio de un psicólogo equivale a sostener los problemas diarios de nuestra mente y nuestras emociones.

Nuestras parejas, nuestros hijos, nuestros padres, nuestros amigos, necesitan igualmente ese sostén cuando se sienten vulnerables o heridos, ese acompañamiento desde el amor franco. Necesitan ese silencio, esa escucha, esa empatía, esa delicadeza que damos a una persona que está enferma, entendiendo en esos momentos que la rabia, los celos, el orgullo o el sufrimiento, son enfermedades del alma. Muchas veces, un abrazo sincero bastan para sanarlos. No construyamos relaciones en base a fantasías o relatos mitológicos. Hagamos que la vida real se manifieste en cada instante, en cada momento, con aquellos que están realmente a tu lado.

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En tiempo de desolación, nunca hacer mudanza


© @swash63

Hoy me recordaba una excelente amiga la Quinta Regla de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, que dice así: «En tiempo de desolación nunca hacer mudanza, mas estar firme y constante en los propósitos y determinación en que estaba el día antecedente a la tal desolación, o en la determinación en que estaba en la antecedente consolación. Porque, así como en la consolación nos guía y aconseja más el buen espíritu, así en la desolación el malo, con cuyos consejos no podemos tomar camino para acertar«.

Es verdad que cuando uno está desolado, enfadado, rabioso, orgulloso, celoso, triste o desorientado no puede ni debe tomar ningún tipo de decisión, porque siempre puede ser desastrosa. Hoy era uno de esos días, uno de esos días en los que el ánimo desolado me empujaba e incitaba a tomar decisiones de las que quizás luego uno puede arrepentirse. Por suerte, alguien muy querido me vio en la calle deambulando, desorientado y cabizbajo, y me invitó a algo tan sanador como comer pizza. Estuvimos cinco horas hablando hasta que vino el camarero y nos preguntó si nos íbamos a quedar a cenar. Se nos fue el santo al cielo.

Mientras comíamos se nos acercó a charlar un rato Andoni Moreta, un clásico del Camino de Santiago. Andoni sale en muchos periódicos explicando su historia, e hizo lo mismo con nosotros en el ratito que nos acompañó. En un momento trágico de su vida, teniendo él como profesor de instituto una vida ejemplar, tomó una decisión fatal. Desde entonces, lleva perdido deambulando por los Caminos, viviendo en la calle, transitando de un lado para otro.

Cuando era trabajador social y trabajaba en los arrayanes de las ciudades en albergues de personas sin hogar podía darme cuenta todos los días de lo frágil que es la condición humana, y de cuántas personas viven una vida desolada por un puntual error fatal. De lo fácil que resulta perderse en la vida cuando por una crisis, depresión o circunstancia terrible uno pierde completamente el norte, el sentido de la vida, la ilusión por vivir. Nadie está salvo de esto.

Personas normales que llevaban una vida normal, ejemplar, como Andoni, pueden de repente girarse y volverse locos, perder totalmente el centro y caer en cualquier tipo de circunstancia horrible. Andoni lo decía con una tristeza terrible en sus ojos, catorce años después: “solo quise abrir la ventana para que entrara un poco de aire fresco”. Su testimonio, relatado en los medios, es francamente conmovedor. Un pequeño gesto, un pequeño error en tu vida, y todo se va al traste.

Tengamos cuidado, estemos atentos, marquemos bien cada uno de nuestros pasos. Siempre, siempre, siempre, cerrar los ojos e intentar ser guiados por nuestra alma, por nuestra fortaleza interior. Respirar, respirar, respirar y hacer siempre el bien con nosotros mismos y con nuestro entorno. Siempre firmeza y constancia en nuestros propósitos. Siempre recordar quienes somos y a qué hemos venido. Estemos alertas. Estemos atentos. Seamos fuertes pilares para no derrumbarnos al primer soplo. Y cuando los soplos venga, restituyamos hasta que volvamos al momento, al instante anterior de esplendor y belleza.

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Cuando lo verdadero es Real, permanece


© @mathieu_dalle

«Hay ocasiones en que estoy convencido de que no soy apto para ninguna relación humana«. Franz Kafka

Decía uno de los cuatro acuerdos eso de que no te tomes nada personal. De que la realidad en la que vivimos dista mucho de la percepción que los otros tienen sobre la misma. Uno puede ser o parecer alto o bajo, gordo o flaco, feo o guapo, pero la realidad es que todos nos verán de formas diferentes dependiendo de la ficción y las creencias que cada cual tenga en su mente, en su construcción mental. Todo eso a veces se vuelve complejo. A veces sufrimos todo tipo de posesiones o circunstancias extremas que distorsionan nuestra realidad. El mal acecha en todas partes, nos posee, nos manipula, nos hace perder el centro.

Cuando de repente dejamos de hacer lo que somos, cuando de repente nuestro comportamiento difiere, perdemos nuestro centro y actuamos de forma diferente, debemos pensar o sospechar que quizás algún tipo de fuerza nos está manipulando o invadiendo. Ya sea a nosotros o a nuestros seres queridos. A veces hacemos cosas o decimos cosas que no nos pertenecen. A veces sale de nosotros una maldad, o una inconsciencia, que no es nuestra. No podemos sospechar su naturaleza. Unos afirman que viene de nuestros ancestros, otros de fuerzas invisibles, otros de entidades que desde otra dimensión se empeñan en manipularnos y hacernos daño. Entidades que nos aíslan, que nos hacen decir y hacer cosas que estando en un estado normal nunca haríamos ni diríamos.

¿Cómo saber si estamos siendo manipulados por algún tipo de fuerza extraña? Cuando notamos que hemos perdido el centro y no sabemos hacia dónde dirigirnos y tendemos al aislamiento. ¿Cómo salir de esa influencia? Agarrándonos con fuerza a esas personas que siempre han hecho o querido el bien en nuestras vidas. Nuestros amigos, nuestra pareja, nuestra familia, son los guardianes que nos avisan de que estamos perdiendo cierto norte, cierto sentido. Y cuando eso ocurre, lo que nunca debemos hacer es aislarnos, sino pedir ayuda, abrazar con fuerza al otro, a nuestro ser más querido.

Más allá del glamour o más allá de esas fuerzas o energías que a veces nos influyen o manipulan, cuando lo verdadero es Real, permanece. La realidad está compuesta por una parte fantasiosa, producto de nuestra imaginación, y una parte real, objetiva, que mantiene la paradoja de mostrarse de mil formas. Una emoción puede ser real, pero puede estar al mismo tiempo influenciada por mil cosas. Un pensamiento puede ser real pero puede atrofiarse por la influencia de otros pensamientos ajenos a nosotros. Una buena acción puede ser real pero puede desviarse por influyo o proyección de otras fuerzas.

¿Cómo discernir entonces? ¿Cómo saber si estamos siendo nosotros los que dirigimos nuestras vidas de forma real o nos estamos dejando manipular por otro tipo de entidades, energías, personas o circunstancias? La respuesta es compleja. Podemos tener un problema con alguien, un malentendido por decir algo, y podemos mirar una foto suya o un recuerdo suyo. Si al cerrar los ojos, su imagen nos hace sonreír, la añoramos de alguna manera, quizás se trate de eso, de un malentendido, de una influencia ajena a nosotros. Si por el contrario miramos esa imagen de forma desapegada y sentimos algún tipo de rechazo profundo, quizás esa sea la verdadera respuesta.

En todo caso, cuando lo Real es verdadero, siempre permanece, de alguna manera u otra. Cuántas veces habremos discutido con nuestra familia, con nuestros amigos o con nuestra pareja por mil motivos, y siempre hemos permanecido ahí, en lo bueno y en lo malo, porque sabemos y sentimos que los lazos que nos unen son reales. Si ese lazo se rompe a la primera discusión, al primer contratiempo, es que lo que se sentía no era real, sino una ficción de nuestra mente o una profunda distorsión de nuestras emociones.

Franz Kafka tenía un gran problema a la hora de relacionarse con el mundo y con las personas precisamente porque él mismo pensaba de sí que era una gran cucaracha. Esa distorsión de su pensamiento le impedía mantener relaciones sanas con los demás. Cualquier tipo de distorsión en nosotros, venga de nuestros ancestros, de nuestros traumas, de entidades o fuerzas ajenas a nosotros, de la conjunción astral de los planetas o de circunstancias difíciles, pueden pervertir nuestra realidad y pueden destruir todo cuanto queremos. Estemos atentos, busquemos discernimiento y abracemos aquello que nos haga sonreír, pase lo que pase. Cuidado con la pérdida de centro, con el consiguiente aislamiento y con la posterior autodestrucción que todo eso conlleva. Destrucción de lo que queremos, de lo que anhelamos, de nuestros sueños, de nuestras personas queridas, de nuestro propósito o misión-labor. Destrucción de todo, incluso de nosotros mismos.

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El para siempre está hecho de muchos ahoras


© @ilonaheinrich60

«Amar significa amar lo desagradable. Perdonar significa perdonar lo imperdonable. Fe significa creer en lo increíble. Esperanza significa esperar cuando todo parece perdido” G. K. Chesterton

El «para siempre” está hecho de muchos “ahoras”, decía Emily Dickinson. Si se descuidan esos pequeños ahoras, el para siempre desaparece. Algo así sentimos ayer cuando los celos y la rabia de uno sumado al orgullo del otro vencieron de nuevo la batalla. Admito que tuve un mal día. El suicidio de aquel hombre, la incomprensión de cómo todo se estaba desarrollando en el plano emocional, la tensión por los grupos que venían y ahora otros retos difíciles de enumerar crearon un auténtico campo de minas. De nuevo incomprensiblemente todo explotó. El miedo y el cansancio vencieron al amor. Otra batalla perdida, otro momento de expansión desaprovechado.

Por la noche tuve un sueño extraño, una de esas pesadillas que nunca sabes si son reales o son producto de un momento agotador. En el sueño me sentía cansado, muy cansado. Había apagado el teléfono, pero algo me despertó a media noche de ese mismo sueño. Lo encendí y hacía diez minutos que había llegado el mensaje. Fui corriendo con la esperanza de abrazar un corazón roto, dolido, apagado. Pero el corazón quedó escondido debajo de un macetero. Lo cogí casi llorando. Había en todo ese lugar un olor inconfundible, un olor que deseaba abrazar con desesperación. Corrí hacia arriba con algún tipo de esperanza. Luego por todas las calles y luego por los pueblos de alrededor, incluso por todos esos universos que se desarrollan de forma paralela en todo sueño. Es desesperante ver como el miedo o el orgullo vencen al amor. Y en ese sueño, la derrota era inevitable.

No dormí en toda la noche hasta las cinco de la mañana pensando en ello. Luego a las siete ya estaba de pie. Tenía que acompañar a un grupo de treinta personas por la etapa del Camino de Santiago que va desde Triacastela a Samos y de ahí al Couso. El caminar me vino bien. A cada paso sentía el olor del sueño de la noche anterior. Casi me daba un parraque recordándolo. Deseaba tanto poder abrazar ese olor.

Esos malos sueños son producto del miedo. Quizás en la vida todo sería más  fácil si pudiéramos compartir nuestros miedos desde un lugar más calmo y amoroso, mirando siempre de frente al otro, viendo su rostro, su alma, su mirada. Las tecnologías nos han separado de todo eso: de los olores, de la mirada, del alma. Esas son las trampas del camino de nuestro tiempo. El miedo, el orgullo, los guardianes del umbral, nos ponen constantemente a prueba para comprobar si el amor es real o solo una ilusión pasajera, un capricho o un juego. Cuando no puedes hablar con el otro mirándole a los ojos, no puedes entablar un diálogo sano con su alma. Amor es relación, y la relación nunca puede estar mediada por un aparato o una lejanía. Eso nos desconecta completamente de la situación real, de las emociones del otro, del alma del otro.

En la caminata de esta mañana me daba cuentas de muchas cosas. El ser humano tiene una media de casi sesenta mil pensamientos diarios. Es para volverse loco. Si esos pensamientos vienen acompañados de miedos, de pasado, de experiencia, la multiplicación es exponencial. Si no tenemos un propósito claro, la deriva está garantizada. Por eso el zen insiste mucho en la concentración. El dominio de los pensamientos divergentes es fundamental para tener una vida sana. Al igual que el dominio sobre la ira, la rabia, el orgullo.

Cuando estamos cargados de los mismos, no damos espacio al amor. Dicen los expertos que nuestra vida está regida por cuatro emociones básicas: el miedo, la rabia, la alegría y la tristeza, y por algunas secundarias. La vida es excitación y perturbación y cada emoción nos predispone a llevar algún tipo de respuesta. Las respuestas viscerales nos alejan de nuestro yo, de nuestra consciencia, y nos hacen actuar ciegamente, a veces, incluso, dañando a terceros. Si esas respuestas no se realizan desde el contacto humano, nos convertimos en máquinas irracionales.

Cuando dañamos a terceros es difícil tener la empatía suficiente para pedir perdón, para sentir remordimiento o para sentir algún tipo de sincera respuesta. A veces, cuando dañamos a terceros, aunque nosotros creamos que nuestras actuaciones son justas, no tenemos en consideración ese daño, y muchas veces, arrastrados por el orgullo o la ira, nos negamos a reconocerlo, o al menos, cuidar y acompañar al que se ha sentido herido. Ocurre que a veces, el que se siente herido responde con cólera, ira o rabia. Y eso provoca en nosotros aún más rechazo y separación.

El para siempre está hecho de muchos ahoras. Esos pequeños ahoras están condicionados por cientos de experiencias y circunstancias a las que tenemos que estar preparados, en lo bueno y en lo malo. En lo bueno porque crecemos en alegría, y en lo malo porque crecemos en bondad y consciencia. Debemos valorar siempre cuantos ahoras buenos existen, y cuánta fuerza le damos a los malos ahora. A veces un mal ahora puede estropear el trabajo de semanas, de meses, de años. Un mal momento puede mandar todo a un pozo sin fondo.

Si huimos de las incomodidades de los muchos ahoras, nunca creceremos como personas. Cada relación que se precie está llena de crisis. Son esas crisis las que nos hacen crecer, tomar consciencia, conocer al otro. Y cuando entendemos esa máxima que dice en lo bueno y en lo malo, en los errores y en la virtud, es cuando se manifiesta realmente el amor.

Eso sentía esta mañana caminando, un amor infinito, una paz infinita, un estado de liberación por haber podido ser sincero y expresar rabia, error y orgullo, y luego tener la capacidad de verlo como algo equivocado, innecesario y doliente. Ojalá siempre el amor triunfe, a pesar de las dificultades, y los muchos ahoras sean cada vez más alegres y felices. Ojalá los pequeños e insensatos ahora dañinos no tengan nunca más fuerza que el deseo de abrazar y amar al otro. Tengo esperanza, aún sintiendo que ahora pudiera estar todo perdido. A pesar de todo, tengo paz, tengo amor, tengo centro.

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Somos lo que somos


© @robert.kuavi

 

“Aunque mucho se ha gastado mucho queda aún; y si bien no tenemos ahora aquella fuerza que en los viejos tiempos movía tierra y cielo, somos los que somos: corazones heroicos de parejo temple, debilitados por el tiempo y el destino, pero fuertes en voluntad para esforzarse, buscar, encontrar y no rendirse jamás”. Ulises, Alfred Tennyson

Somos lo que somos, es evidente. A veces somos heroicos de parejo temple y otras, seres debilitados por el tiempo. La vida y todo el cúmulo de circunstancias debilitan nuestra alma, o la refuerza con sus vicisitudes. Gastamos la vida en promesas, sin saber que mucho queda aún para reforzar todas nuestras naves. La vida nos pone pruebas, algunas difíciles. Siempre podemos elegir si jugar con cobardía y pereza o arriesgar valientemente, comprometidos con un destino, haciéndonos responsables y maduros para enfrentarnos a un propósito superior.

Ser fuertes en voluntad o despreciar todo cuanto nos rodea. Humillar la vida contemplando siempre nuestro pequeño mundo, nuestro ridículo y polvoriento ombligo, o, sin rendirnos jamás, seguir hacia adelante. La realización de un sueño requiere entrega, entrega absoluta. Y algo siempre hay que sacrificar en nosotros. A veces tiempo, a veces recursos, a veces una vida entera. Huir, siempre huir, es cosa de aquellos que nunca vivirán en la voluntad de algo mayor.

Somos lo que somos, pero también podemos ser algo más, algo mejor. Podemos estar en silencio, sin perturbar la paz del entorno, y con ello fortalecer nuestro coraje, o dar tumbos de aquí allá, empañando nuestra imagen, nuestra razón, nuestra dignidad. A veces perder es ganar, pero nunca sabemos qué es lo que verdaderamente perdemos y qué es lo que realmente ganamos. Todo es un riesgo, todo es una posibilidad.

A veces hay caminos que parecen una locura. El camino del Loco, que decían los herméticos antiguos. Pero en el fondo, el mundo avanza solo a base de riesgo, de locura, de heroicidades. La vida no avanza con aquellos que se quedan inmóviles al borde del camino, desoyendo la llamada, escuchando solo cantos de sirena como aquellos insensatos argonautas. El mundo avanza gracias al coraje y la valentía de esos locos que se embarcan en empresas arriesgadas, imposibles, osadas. La antigua cruz de Zoroastro lo decía de forma potente: Querer, Saber, Osar y Callar. Ese es el camino audaz, ese es el camino de los que están realmente vivos.

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Grandes esperanzas


© @britt1343

“La amé en contra de la razón, en contra de la promesa, en contra de la paz, en contra de la esperanza, en contra de la felicidad, en contra de todo desaliento que pudiera haber.” Grandes esperanzas, Charles Dickens

Qué nos queda más allá de la esperanza. Aún en contra de la razón, en contra de cualquier promesa, en contra de alcanzar algo de paz, en contra a veces incluso de nuestra propia felicidad y de todo desaliento que pueda existir. Si te aferras a la vida aún en tu último aliento, es porque siempre guardamos esa esperanza. A veces la esperanza a la vida eterna, otras al descanso eterno. Pero ahí andamos aferrados a ella. También en el amor. Aún cuando todos los cíclopes del mundo advienen en tu contra, te aferras a ese trozo, a esa brecha, a ese ápice de esperanza.

A veces la esperanza es dolorosa. Lo saben los soñadores, los románticos, los utópicos que creen que otro mundo es posible. Lo saben los que aman por encima de todas las cosas o los que viven incluso en momentos en los que solo se desea la muerte. La esperanza a veces es mansa, otras tumultuosa. A veces son pequeñas esperanzas como esas en las que esperamos que todo vaya bien, que no ocurra nada doloso, que la vida sea sencilla sin excesivos sobresaltos. Otras son grandes esperanzas sobre la paz mundial, sobre la felicidad de todos los seres sintientes o sobre que no se acabe el mundo ni la vida tal y como la conocemos.

No me sirve tan mansa la esperanza, decía el poeta. La esperanza tan dulce, tan pulida, tan triste, la promesa tan leve, no me sirve. Son fastidiosas esas promesas que nunca se cumplen. Esos brindis al sol que debilitan toda alma humana. La esperanza debe poseer algo de coraje, algo de osadía, algo de perseverancia, de integridad. Debe haber confianza en la esperanza. El ser humano tiene esperanza por todo.

Nos sirve cuando avanza la confianza. Pero todos sabemos lo fácil que es quebrarla. A cada instante tenemos esa lucha constante por ser íntegros, sanos, virtuosos. Pero a cada momento sabemos lo fácil que es dañar esa confianza en nosotros y en los demás. Cualquier dolor lástima nuestras carnes y la de los otros. Un dolor pausado, un dolor triste, enfermo, un dolor anestesiado.

Por eso a veces nos sirve el silencio franco, la mirada generosa y firme. La mano segura nos sirve, porque nos da fuerzas, aliento, apoyo. El calor, siempre el calor de la compañía amable, alegre, segura. Nos gusta agarrarnos a esa firmeza, sea nuestra o la del otro. Firmeza, valentía, riesgo. Ahí reside la fuerza de la esperanza, en su raigambre, en su compostura férrea, en ese enjambre de avenidas inmensas, en esos bosques oscuros en mitad de toda noche. El mundo no existiría sin esa perseverante esperanza. Y de todas ellas, la esperanza del amor. Tú y yo existimos porque alguien alguna vez pensó que el amor lo podría todo. Y eso dio vida, oportunidad, más esperanza.

Pd. Gracias querido Vicente, amigo del alma, por recordarme hoy la importancia de la esperanza. Gracias por acompañarnos con ese hermoso grupo. Gracias por tu amor y cariño, siempre fuerte, perseverante, sincero. 

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La vida es bella…


© @vesajuujarvi

Decía Oscar Wilde en su prólogo a “El retrato de Dorian Gray”, que el artista es el que crea cosas bellas. Nos decía que revelar el arte y ocultar al artista suponía el fin del arte. Esto es una gran paradoja porque uno siempre puede pensar que el artista es un mero instrumento, a veces más o menos egoico, para que al Arte se manifieste. La gente culta, o la gente de culto, es aquella que es capaz de ver la propia belleza en las cosas bellas. Pero también aquella que es capaz de sacar jugo, experiencia o hermosura a esas cosas que a veces nos parecen horrendas. Esto nos recuerda a relato de León Tolstói en el que nos habla de un Jesús caminando por el desierto, advirtiendo la belleza de la dentadura de aquel perro putrefacto y diciendo aquello de: mirad, sus dientes brillan como perlas.

Es cierto que ahí lo culto se transforma en devoción hacia la vida. Ver la belleza en todas partes, incluso en la fealdad, es solo para elegidos, para iniciados en otro tipo de universos. Atravesar un momento oscuro, terrible, y poder sacar lo mejor de nosotros es toda una maestría, como aquella tan hermosa relatada en la película “La vida es bella”, donde un optimista Roberto Benigni nos lleva a un mundo de posibilidades en momentos complejos. Esta es una historia sencilla, pero no es fácil contarla. Como en una fábula, hay dolor, y como una fábula, está llena de maravillas y felicidad… empezaba así la película. La vida en el fondo no es sencilla, está llena siempre de dolor, pero siempre encierra, para quien quiera verlo, maravillas y felicidad.

A veces sentimos rabia, como Calibán, al no ver nuestro rostro reflejado en el espejo de la vida. Nuestra parte más bruta nos ciega, nos llena de rabia y locura, nos aleja de lo sutil, de lo bello, de lo supremo. Así es difícil encontrarnos con el Ariel shakesperiano. A veces preferimos ser más ese rudo y salvaje Calibán que ese elevado y espiritual Ariel. De ahí que ver belleza donde no la hay es solo para iniciados, para sublimes maestros en el arte de la vida.

Todo arte, como todo amor, es a la vez superficie y símbolo. Hay un mapa, un terreno por explorar y un arquetipo invisible, una enseñanza, un conocimiento oculto. El arte, el amor, la belleza, pueden parecer inútiles, como defendía Oscar Wilde, pero sin embargo, pueden encerrar una gran valía. ¿Acaso es inútil la belleza de un atardecer, o el primaveral enamoramiento de dos personas? Podría, en términos materiales, parecerlo, pero nuestra vida, la vida humana, dispone de una dimensión mucho más elevada y profunda. Es ahí donde el artista concentra toda su fuerza, toda su esperanza. No se trata de pasar por la vida desde la superficialidad, ese lugar carente de dolor y sufrimiento. Se trata más bien de esforzarnos en el símbolo de lo profundo para así poder disfrutar de todas las mieles. La belleza no es solo un relato, es una experiencia. La vida es bella, a pesar de todo.

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Notas a pie de página


© @michaelschlegelphotography

Hay personas que sienten que la vida ha dejado de ser un capítulo importante y se limitan a vivir notas a pie de página. Es como si de repente desconectaran de su alma y se alejaran del verdadero sentido de todo. Es una sensación terrible. De vacío, de no continuidad, de pérdida. Es como una tiranía donde los impulsos más débiles dominan nuestra existencia.

Contra eso, poco se puede hacer excepto buscar belleza, equilibrio, armonía. La verdadera belleza termina donde nace algún atisbo de inteligencia, de expresión intelectual. La inteligencia es algo así como una exageración evolutiva, algo que destruye la armonía que nos da la estupidez o la fealdad. Hay algo de fatalidad y sufrimiento cuando alguien destaca por su belleza o inteligencia. Los feos y los estúpidos viven impasibles una vida modélica, ataviada de normalidad, alejados de toda victoria, y con razón, o por inercia, también de cualquier derrota. Impasibles, indiferentes, sin inquietudes, normalizando aquello que la vida les trae sin ningún tipo de motivación. En cambio, el talento, la belleza, son fruto siempre de sufrimiento y dolor. Ambas se emparejan con la inevitable decadencia, de ahí la sensación de ineludible pérdida. Todo se marchita, y lo decadente termina siendo fastidioso.

La verdad está siendo ahogada en un mar de irrelevancia. La mayor conquista de nuestra decadente época (qué época no ha tenido ese halo de decadencia) ha sido la indiferencia, el poder del entretenimiento, el cual nos adormece, nos atonta y nos ahoga en una apatía infinita. La pérdida de sentido está expuesta constantemente, pero deja de ser importante cuando andamos sumidos en un mundo que carece de gracia y valor. ¿Qué gracia y valor puede tener un mundo sin amor, sin vida, sin consciencia?

Vivimos una existencia narcisista, hedonista e hiperindividualizada. Lo falso y lo verdadero se entremezclan y ambos parecen irrelevantes. Se enzarzan de igual manera en un mundo irreal. Ahora a la preocupación y la devoción se las llama control, paranoia o cualquier otra infección del alma. La vanidad nos embelese, mientras que lo bello se marchita en una decadente sinfonía desarmónica. Estamos cautivados por nuestro ombligo, por nuestras necesidades, por nuestro pésimo amor propio. Las dimensiones de nuestros vacíos se ensanchan cada vez que nos perdemos. Todo lo que hay fuera de nosotros carece de interés. Ese ha sido el poder maléfico de nuestro tiempo: creer que lo único que importa somos nosotros, y aquello que hacemos para estar entretenidos en una vida vacía y carente de emoción, de vida, de consciencia, de sentido.

Nunca nos definen las palabras, ni los recuerdos, ni nuestros pensamientos más íntimos. Son nuestros actos, aquellas pequeñas cosas que hacemos todos los días, lo que define nuestra vida. Nuestra conducta siempre es superior a nuestro pensamiento, a nuestras creencias, a nuestras expectativas. Solo la conducta puede salvarnos de la duda. Solo aquel que arriesga en dignidad e integridad podrá tener un juicio justo al final de los tiempos. Las palabras solo son palabras. Los hechos serán los que terminen justificando nuestra vida, y de paso, determinando nuestra realidad.

En los lodazales de la existencia, puede ocurrir que perdamos el sentido de la realidad, aquello que nos conecta con la vida y su misteriosa ejecución. La muerte nos recuerda constantemente lo marchito de todo. Estos días he podido sentir la muerte de cerca, observarla, llorarla, adolecerla. Una muerte propia y otra ajena, pero no tan ajena, porque la mitad de la misma me pertenecía. Es algo insoportable. Algo terrible el no poder aceptar lo que podría haber sido vida, y terminó siendo muerte.

Es verdad que a veces no es suficiente con amar a alguien. Tiene que existir cierta compatibilidad para que la vida ordinaria sea dulce y tranquila, además de cariño y amor. También tiene que existir un proyecto común, ya sea tener una familia o tener una visión parecida sobre la vida y sus misterios. Además de todo eso, debe existir un trabajo constante, un compromiso diario, una responsabilidad con el otro. Por eso este siglo fracasará. El entretenimiento y el hedonismo del yo nos aleja del nosotros. No pueden amar los que solo se aman a sí mismos. Una gran paradoja para aquellos que creían eso de amar al prójimo como a uno mismo.

Disfrutad de la vida, es más tarde de lo que creéis, decían los romanos. Iniciar desafíos, guiados por la integridad y una voluntad incombustible es lo que nos hace realmente estar vivos. Tener integridad hoy día es complejo. Poseer una voluntad motora capaz de realizar aquello que nos proponemos es igualmente difícil. Hay personas que tienen una voz interna que les empuja a soñar. Hay otras que gracias a ese daimon consiguen alcanzar sus sueños, sus metas, sus ilusiones. Pero falta lo esencial: la integridad. Es una palabra compleja para nuestro siglo. Algo inaudible. Algo que no se expresa ni se entiende. Algo alejado de nuestro yo corrupto y decadente.

Pensamos que todo aquello que hacemos por el ego, dinero, fama, admiración, seguridad, tiene algún tipo de valor. Al final de los días, todo eso será algo vacío, algo que no sumará nada a nuestra cuenta álmica.

Sí, estamos entretenidos en nosotros mismos. Por eso este tiempo está falto de amor, de consciencia, de vida… lo único que realmente vale la pena.

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Los Templarios, nuevo libro de Emilio Carrillo


Tenemos la suerte de anunciar la edición del nuevo libro de Emilio Carrillo en nuestro sello editorial Nous: Los Templarios.

La indagación sobre asuntos tan apasionantes y poco analizados conforma el hilo conductor de las páginas que siguen, barajando hipótesis y planteando conclusiones que, sin duda, sorprenderán al lector, pero que se formulan con rigor, de manera fundamentada y acompañadas del examen de interesantes cuestiones relativas a la historia de la Orden Templaria, su sabiduría y sus secretos.

No en balde, el autor cuenta con un amplio bagaje de investigación sobre la misma, plasmada en libros como Los códigos ocultos (RD Editores, 2005), La Orden del Temple: un nuevo descubrimiento (Ituci Siglo XXI, 2009) y El último reino templario (Ediciones Guadalturia, 2012).

Ya se puede comprar en nuestra web editorial:

https://www.editorialdharana.com/catalogo/los-templarios?sello=nous

 

Featherstone


Letra de la canción de The Paper Kites, Featherstone

Despiértate con el sonido de tu corazón fugaz.
Despiértate con el sonido de tu corazón fugaz.
Cuando te marchas, lo que dejas es una obra de arte,
sobre mi pecho, sobre mi corazón.

Ella salió hacia el campo con la gracia de la mañana.
Salió y se perdió en un laberinto de setos altos.
¿A dónde fuiste? ¿A dónde fuiste?
¿Por qué abandonaste este lugar?
Sobre mi corazón, sobre mi rostro.

Y mi amor es tuyo pero tu amor no es mío,
así que me iré, pero sabemos que te veré más adelante.
Y odiaremos lo que hemos perdido,
pero amaremos lo que encontremos.
Y me siento bien,
hemos conseguido llegar a la costa.

Pasadas todas las señales del lento declinar,
vive como si tu amor no estuviera hecho para mí.
Ahora te has marchado,
ahora te has marchado a vivir una vida distinta.
Hasta el lado más solitario.

Despiértate con el sonido de tu corazón fugaz.
Despiértate con el sonido de tu corazón fugaz.
Cuando te marchas, lo que dejas es una obra de arte,
sobre mi pecho, sobre mi corazón

Y mi amor es tuyo pero tu amor no es mío,
así que me iré, pero sabemos que te veré más adelante.
Y odiaremos lo que hemos perdido,
pero amaremos lo que encontremos.
Y me siento bien,
hemos conseguido llegar a la costa.

The Paper Kites – Featherstone (en contraposición a heartstone)

(Ver video aquí: https://youtu.be/M0IDiVQxZYg)

Al tercer día…


Puerto de Malpica, ayer…

 

Amaneció un precioso día de primavera. Interiormente bullían interrogantes y miedos que requerían un momento de reflexión, distancia, autocontrol, disciplina, serenidad. A veces dan ganas de enviar todos esos enredos bien lejos y dejarse llevar por alguna especie de viaje interior hacia ninguna parte. Así que eso hice. Cogí el coche, metí dentro de él un colchón de viaje y un saco de dormir y me fui a dar un paseo. Además de escribir y leer, lo que más amo en la vida es viajar, hacia dentro y hacia fuera. Si la introspección es doble, es decir, es herméticamente hablando, como es arriba es abajo y como es adentro es afuera, el viaje se vuelve mágico, necesario, imprescindible. Eliade lo llamaría el vuelo mágico, por su doble dimensión.

La primera parada fue para comer y trabajar un rato en un lugar tranquilo en la amurallada ciudad de Lugo. La segunda la hice en el hermoso café Casino de Santiago, en la también hermosa rua del Villar. Pedí para merendar un muffin doble de chocolate y un vaso de leche con cacao. Atendió amablemente Jesús y acompañaba al piano unas extraordinarias manos que flotaban sobre el teclado. Fue un deleite escuchar música en directo mientras terminaba de hacer unas correcciones en la maqueta de un libro. Desde la ventana del café veía el bullicio de gente que paseaba y disfrutaba de esta excepcional tarde primaveral. Me daba paz la serenidad de esa ola humana silenciosa, altiva, que se dejaba llevar por la corriente del sudor ajeno. La catedral estaba llena de peregrinos que descansaban en la plaza del Obradoiro y miraban felices el final de su camino.

Había en mí cierta añoranza ante esa estampa peregrina. Camino, nacimiento, muerte, resurrección. Los ciclos, siempre los ciclos. Esos ciclos que a lo largo de la vida nos hacen nacer y morir una y otra vez. Y entre medias, en los estados liminares del ser, dolor, sufrimiento, desorientación. Si no hay dolor, no hay gloria, dicen los peregrinos. Y algo de razón tienen, porque cuando ejerces la profunda decisión de emprender el camino, ahí encontraremos de todo. Momentos de profunda felicidad y momentos de profunda quiebra. El río de la vida nunca se detiene. Nos muestra sus aguas bravas y sus remansos de calma. Así son los estados del ser. El magnetismo de la vida, las fuerzas que nos empujan y las energías que administramos configuran toda nuestra existencia. Si estás vivo y te mueves, la vida se despliega ante ti. Y la vida tiene tantos matices como estados del ser existan dentro de nosotros.

Tras ese momento de disfrute en el café y el paseo por esa añorada ciudad marché hacia la Costa da Morte con la intención de abordar en los próximos días el fin de la tierra. Es muy significativo que ese tiempo de muerte y resurrección coincida próximamente con mi próxima revolución solar. Así que algo tiene que morir, inevitablemente, para que algo nuevo renazca. Dormí en lugares inhóspitos, en playas infinitas donde no había ni un alma al amanecer. Viví atardeceres únicos, decorados excelsos, minutos de calma junto al mar, junto a ese océano de posibilidades. El rugir de las olas golpeando los acantilados pedregosos configuraron una orilla interior perpetua.

La luna llena de Aries (en Libra) la celebré frente a la costa de Muxía, pegado al muro de la Iglesia de la Virgen de la Barca, donde pude reencontrarme con las fuerzas de esta primera fiesta espiritual del año. La fuerza del mar bravo, junto al santuario y el pequeño faro que lo acompaña, fue un momento único, un lugar de muerte y resurrección. Había recorrido toda la Costa da Morte, desde Muros hasta Malpica, donde pasé el último día para despedirme de esta pequeña aventura interior. Terminé en estos días de silencio algunas maquetas de libros que esperaban. Trabajar en el coche, dormir en el coche, vivir en el coche, es una sensación que necesito oxigenar de vez en cuando. Me conecta con la futilidad de la vida, con el camino del Loco, con la esencia de lo que somos, motas de polvo en una gran mota de polvo en un universo local dentro de un gran cosmos inmensurable e incalculable. Así son a veces los caminos. Por fuera y por dentro. Inevitablemente. Dicen que al tercer día resucitó. Pues eso.

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El elefante no le anda diciendo a todos lo grande que es, él solo camina


A veces queremos brillar con palabras como estrellas y nos convertimos con nuestras acciones en simple escarcha. Decimos que amamos el mundo, pero los hechos nos alejan del mismo. Queremos abrazar la vida, pero vemos cómo la vida se separa de nosotros al no poder acercar un ápice de nuestro ser. Fijaos que hoy dijimos que nos levantaríamos para brillar, y ayer aún dormíamos entre sombras. La inconsciencia animal nos fascina, porque siempre parece estar atada a un sentimiento de permanencia. El pájaro canta, la hiedra sigue trepando mientras que las nubes, en su función vital, flotan irremediable entre los cielos.

El ser humano vive en la complejidad de su sentir. El vellocino de oro se convirtió, gracias a Jasón y sus argonautas, en la constelación de Aries. Es esa estrecha idea de perseguir la realeza y la legitimidad de nuestros deseos, en constante prueba con la realidad en la que vivimos. Creemos unas cosas, navegamos hacia ellas, pero en el camino, la realidad siempre se impone ante la flaqueza de nuestras acciones.

Saturarnos de ser es encontrar ese equilibrio exacto y puntual entre lo que decimos, deseamos y hacemos. Cuando cerramos los ojos y vemos un paisaje que nos hace sonreír, deberíamos navegar hacia él. Coger nuestra nave Argos y surcar los océanos y los mares hasta poder alcanzar esa meta. El vellocino nos espera, a pesar de las múltiples pruebas hercúleas que encontraremos en el camino. La vida no es un azar, es un devenir.

Y ahí debemos caminar como un elefante que no necesita presumir de lo grande que es. Simplemente camina y en su andar, todos se apartan. Cuando interiormente tenemos fijado nuestro camino, nada ni nadie nos puede detener. Ni nada ni nadie nos puede distraer. La certeza interior es el mayor armazón con el que podemos atravesar la vida. Es ella la que nos anima a seguir adelante a pesar de los obstáculos.

La coherencia es compleja. La flor crece y se expande y se hace flor. Los pajarillos se afanan estos días en construir nidos. Los vemos de un lado para otro cogiendo ramitas y todo tipo de materiales para labrar el nuevo hogar. Nuestro afán muchas veces cae en una ficción, o en un entretenimiento constante que nos aleja cada vez más de lo esencial. Vemos pasar las horas y los días y vemos cómo la vida pasa. Si la flor crece para ser flor y los pajarillos del bosque se afanan para ser pajarillos… ¿qué hacemos nosotros para ser nosotros?

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Sapiosexual. El eros narrativo, la inteligencia como seducción, la consciencia como camino


© @joelgrimesworkshops

La inteligencia está mal vista. Si, además, esa inteligencia es bondadosa, crea suspicacia, desconfianza y temor. En un mundo donde nos han acostumbrado a no pensar, a desconfiar del otro, a memorizar sin tener en cuenta un discurso crítico o una narrativa alternativa, los libres pensadores, las personas que pueden destacar por tener una consciencia diferente o divergente, suelen crear en nosotros cierta desazón.

Las personas inteligentes tienen problemas de adaptación si no encuentran herramientas capaces de convivir en un mundo normalmente ciego y carente de ideas. En la sociedad, en las relaciones, en la familia, pueden nacer conflictos si no se llega a encontrar una forma armoniosa de convivencia. Intentan asimilar algunas costumbres por pura adaptación, pero esto puede crear conflictos interiores al anteponer dicha adaptación a sus propias necesidades y lógicas. Quedar bien con la familia, con la sociedad, con el entorno, simplemente para no causar problemas de adaptación, suele acarrear algunos conflictos y frustraciones.

La inteligencia puede ser seductora solo para aquellos capaces de enamorarse, más allá de un cuerpo, de un cerebro pensante. Seducir con la inteligencia en vez de con un músculo o con dinero es una forma de entablar relaciones diferentes. El eros narrativo, inteligente, sabio, paciente, puede despertar en el otro una nueva forma de relación. La inteligencia se muestra y se despliega si encuentra un detonante que la anime, que la seduzca, que le invite a desnudar sutilmente aquello que le provoca lucidez.

Uno puede enamorarse de un cuerpo bonito, de una inteligencia emocional, de un cerebro pensante o incluso, en un nivel más profundo, de una persona consciente. Hablar de consciencia como un rasgo aún más llamativo y seductor, como algo que pueda suponer superar en calidad a una simple inteligencia, es entrar en terreno complejo. Hay personas que huyen de la inteligencia porque provoca miedo o desconfianza. De igual manera hay personas que se dejan atraer por la misma, pero que exigen además un detonante mayor, la posesión de consciencia. La antigua disputa entre seguridad y libertad también aparece en las relaciones.

Ser una persona consciente significa poseer un marcado índice de valores, una visión profunda de la vida, virtudes que puedan desbancar a sus defectos, de los cuales nadie se libra, y una mirada mayor ante los acontecimientos históricos, mundiales y globales, cuya preocupación va más allá de un simple análisis metódico. Enamorarse de una consciencia equivale, al mismo tiempo, ser conscientes, ser, de alguna manera, activistas de la consciencia. Dos personas que se aman desde esa profundidad requieren de grandes dosis de seducción y adaptabilidad a un entorno hostil y complejo. La falta de consciencia en nuestros días, incluso podríamos decir que la falta de sensibilidad, moral, ética e incluso inteligencia puede provocar escenarios complejos donde las dificultades pueden multiplicar el éxito de cualquier relación.

Una unión consciente que base su relación por encima de las necesidades físicas, emocionales y mentales sufrirá pruebas infinitas en su adaptabilidad al medio. Al mismo tiempo, esas dificultades serán un resorte poderoso para que la unión sea indestructible. El eros de la consciencia siempre es mayor que el eros circundante, de ahí que la profundidad de la relación sea compleja y desafiante. Enamorarse de un ser consciente será siempre complejo, al mismo tiempo que indescriptible, inenarrable, inolvidable. La consciencia, más allá de poseer una inteligencia seductora, será lo que realmente provoque en nosotros un profundo anhelo de unión, de compartir, de aventura existencial. Crear familias conscientes será el reto del futuro. Será la seducción futura que la vida atraerá en nosotros.

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Ethos ascético


© @kingsandsailors

“A veces me parece como si el Señor respirara sobre esta pobre brasa gris de la Creación y la volviera resplandeciente por un momento, o por un año o durante el lapso de una vida. Y luego se hunde de nuevo en sí misma, y al mirarla nadie sabría que tenía algo que ver con el fuego o con la luz… Dondequiera que vuelvas tus ojos, el mundo puede brillar como una transfiguración. No tienes que agregarle nada, excepto un poco de voluntad para ver”. Marilynne Robinson

He buceado un poco por las profundidades, por el abismo, pero he decidido subir hacia la luz, hacia la orilla, y de allí hacia la montaña. La vida me ha concedido la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar. Valor para cambiar las cosas que puedo. Sabiduría para saber discernir entre ellas, entre lo que no puedo cambiar y lo que sí se puede. La vida nos hace navegar entre aguas, por barrizales, precisamente para poder discernir dónde merece la pena caminar y qué estamos dispuestos a hacer para ello. Ya no soy como antes, donde todo se hundía bajo los pies. Ahora puedo caminar sereno entre el hundimiento abismal y la tierra firme.

Esta mañana amaneció lluviosa. No pegué ojo en toda la noche. Me levanté a otro ritmo. Decidí quedarme a solas en la pequeña cabaña, meditando con el sonido del agua. En silencio, observando los pajarilllos venir cada vez con más frecuencia al comedero. Entre nubes, de vez en cuando aparecía un rayo de luz. Me detuve en uno de ellos. Cuando todo el cielo está gris y golpea la llovizna, de repente aparece la luz.

Di de comer al gato vagabundo que se ha instalado en los bajos de la cabaña. Es tímido, pero ha aprendido a pedir comida cuando esta falta. Me da pena entender algo tan obvio, al mismo tiempo que cuesta entender toda la complejidad humana. Los humanos no solemos ser tan claros en nuestras peticiones. Enredamos, a veces mentimos, disimulamos, obviamos, nos enfadamos, gruñimos. Ayer me pasé todo el día gruñendo y ahora me da risa. Ayer no supe, no quise, aceptar aquello que no podía cambiar.

Nos cuesta hablar con transparencia y claridad, y cuando alguien lo hace, solemos huir, tan poco acostumbrados a la verdad, a la sinceridad absoluta, aunque esta duela. No nos gusta la gente clara y transparente. Preferimos las mentiras, los enredos, fantasear con cosas que no son y nunca serán. En la naturaleza todo es más simple. Unos piden y otros dan. Sin falsos añadidos. Ayer no supe verlo. No supe ver, no quise ver, no quería aceptar.

Así que acepto las cosas que no puedo cambiar. Miro el bosque, la primavera. Es maravilloso vivir aquí. Desearía poder compartir este lugar y crear aquí una familia. Me parece un milagro constante vivir en un sitio como este. Me entristece el egoísmo de no saber abrir las canillas del llanto para poder compartir aún más este paraíso. Aquí vivo en un ethos ascético y olvido que el mundo desea vivir en la abundancia constante. Aquí existe una conexión entre la metamorfosis y la teofanía, un rumor constante que consagra la vida en cada una de sus dificultades. Veo amplitud y profundidad cuando observo trepar la madreselva por los delgados abedules. El trinar de los pájaros es como un constante murmullo que nace de la profundidad de un cosmos incognoscible.

Quiero orientarme de nuevo para ser un instrumento de paz y de vida. No deseo más batallas, no deseo más ruido. Solo silencio, amor, serenidad. Agradezco la sabiduría para poder discernir. Para saber aquello que puedo y no puedo cambiar. Para aceptar con indulgencia los devenires de la existencia. No se puede forzar el amor, no se puede forzar la compañía, no se puede forzar los acontecimientos. Que lo inteligente atraiga a lo inteligente, y el amor, al amor. Todo discurre sin que tengamos que agregar nada, excepto un poco de voluntad para poder ver.

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El viaje más largo siempre es hacia uno mismo


© @henrylohmeyer

El viaje más largo siempre es el que atravesamos desde nuestro corazón a nuestra cabeza. Es un viaje pesado y angustioso que requiere mucha certeza, seguridad y fortaleza. A veces ese viaje se interrumpe por algún hecho, por alguna circunstancia. A veces eso resulta desquiciante. Es fácil dañarnos y dañar al otro. Es fácil provocar en nosotros un túnel de pérdida y sin sentido.

Estos días me he sentido algo desconectado de mí mismo. Mi corazón, por un lado, mi realidad por otra, mi cabeza más allá, mi alma ausente y alejada. Cuando entro en este caos interno tengo facilidad para dejar salir a mis demonios. El déspota, el niño abandonado, el narcisista que todos llevamos dentro, el controlador, el pequeño dictador, el frío y calculador ausente. Salen nuestros demonios y también los demonios de nuestros ancestros, que aprovechan la desconexión para provocar derrumbes importantes en nuestra vida. El caos y la destrucción campan a sus anchas.

La técnica infalible de desconectar la máquina de pensar a veces no es suficiente. Hay cosas insufribles como la derrota, la desesperación, el sufrimiento por la pérdida, la enfermedad. Hay cosas que están por encima de nuestras fuerzas y límites. Cosas de fuerza mayor como una guerra o como el derrumbe psicológico de todas nuestras creencias. Una persona amable y sincera es capaz de convertirse de repente en un monstruo descontrolado incapaz de razonar. Una persona poseída por sus demonios, que escupe azufre en cada palabra y hiere sin darse cuenta todo lo que toca. Así me he sentido estos días tan alejado de mí mismo.

A veces me da pena cuando pierdo el centro y siento como la deriva me absorbe sin ser capaz de remar lejos del abismo. Me da pena ver como todo se derrumba por no saber mantenerme inmóvil, en ese punto de quietud del que tanto he aprendido, pero del que tan lejano a veces me siento. Me da pena ver como el niño herido que todos llevamos dentro se apodera de situaciones que requieren de un adulto completo y firme.

No me importa la vulnerabilidad. La acepto, la acojo, y observo de nuevo como todo se derrumba. No me importa desnudarme tantas veces como haga falta si con eso me siento humanamente digno. La dignidad es lo que nunca deberíamos perder. Aferrarse a ella es aferrarse a lo poco que nos queda cuando lo perdemos todo. Nunca debemos perderla y nunca deberíamos hacerla perder al otro. Esa es aún mayor aberración. Por eso cuando detecto que rozo ese límite, me arrodillo, pido perdón e imploro suplicante redimirme. Nunca, nunca, nunca deberíamos hacer perder la dignidad al otro.

Perpetuar la Vida, el Amor y la Consciencia quizás sea una de las empresas más complejas que existan en este momento histórico. Los guardianes de este tiempo, que es un tiempo oscuro y perverso, están al acecho para impedir que la luz se manifieste. A pesar de haberme protegido durante años, en este tiempo he podido ver y comprender la fuerza del mal. De como es capaz de golpearnos sutilmente, inteligentemente, en los puntos más débiles de nuestra constitución humana. Saben cual es tu debilidad, tu vulnerabilidad, y allí golpean no una, sino tantas veces como puedan para así terminar exitosamente con tu destrucción.

Pero esos guardianes, aún en la aparente derrota, ignoran algo poderoso. Ignoran que el cáliz ya está preparado para la próxima anunciación, y que la fuerza que nos hace resistir a todos los envites es la misma fuerza que perpetuará la Vida en todas sus esferas. No podrán, por más que se empecinen, abortar la misión para la que hemos venido. No podrán frustrar los sueños por los que hemos vivido todo este tiempo.

Así que ahora estoy aquí, en este oscuro desierto, observando todos los demonios, cada uno con su rostro sin voz, acechando, esperando una nueva debilidad. Los observo impasible, viendo como alguno ha cosechado alguna victoria. Los miro paciente y respiro hondo. No voy a huir, no me voy a marchar lejos, voy a permanecer inmutable frente a mí, valiente, fuerte, poderoso luchando por lo que quiero y deseo profundamente, ardientemente, inevitablemente. No dejaré que ninguno de ellos pueda derrumbar el hilo de vida que me atraviesa. Seré paciente, hasta que el amor, la consciencia y la vida triunfen por fin. No huiré, no me marcharé, perseveraré.

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Cuando la herida es más grande que la perseverancia


© @vulture_labs

La cicatriz es el lugar por donde entra la luz. Rumi

Hoy en el viaje de cinco horas alguien me decía que cuando la herida es más grande que la perseverancia, entonces uno deja de perseverar. Rumi decía que cada cicatriz es el lugar por donde entra la luz. Ambos mensajes me llegaron casi al mismo tiempo por personas distintas.

Luego llegué a la ciudad y empezó a dolerme todo. El cuerpo, el alma, el corazón. La ciudad es gris, ruidosa. Veo a niños deambular tristes y agazapados. Los miro con compasión porque muchos de ellos ya se sienten rechazados, abandonados, tristes, incomprendidos. Es la gran herida de nuestra humanidad. Es esa brecha que nos aleja de la completa felicidad. Esos niños que nunca crecieron saludables, alegres, equilibrados. Esos niños perdidos que luego se convertirán en adultos perdidos.

El hotel es barato e incómodo, con sus paredes rotas y esa televisión que parece mirar tus vacíos con deseos de atraparlos. Mañana una reunión y de vuelta a las montañas. En la vuelta miraré la brecha, para ver si se ha hecho más grande, o más insoportable, y cuánta luz puede entrar en ella. A mayor luz, mayor claridad, mayor discernimiento, mayor dolor, pero también mayor certeza. A veces una herida nos recuerda que estamos vivos, y más vale vivos y dolidos que dormidos como hasta ahora, que decía el poeta.

Aquí me siento desubicado. Estoy viviendo una anomalía, una distorsión profunda. Uno se pierde en la gran ciudad, sumando a ese triple abandono una sensación extraña. Uno sabe que en condiciones normales no debería estar aquí, sino allí, en el otro lado, abrazando al sueño, anhelando el nuevo día, suspirando entre abrazos reales, tangibles, derramándose en ese sudor de más que tiñe las noches cuando no sabes qué camino de tu vida tomar.

Aquí no escucho el trino de los pájaros. Solo veo edificios horrendos, de esos de ladrillos rojizos realizados con prisa para albergar oficinas, talleres, fábricas. Antenas, tubos grises, esbeltas sombras que esconden miedos y fracasos. Una vez el ser humano perdió la conexión con la tierra y todo se volvió tibio y melancólico. Aquí no hay flores, excepto esas de plástico con su etiquetita dorada made in Hong Kong. Aquí todo es mentira, falsedad, artificio.

No sé si darle una oportunidad a la esperanza o cerrar los ojos hasta mañana. Creo que vine a una reunión, o quizás vine para ver. Para ver la herida, la realidad, a esos niños que deambulan rechazados, tristes, abandonados. Niños que nunca serán socorridos ni atendidos. Niños que crecerán solos, casi miserables, harapientos, siempre con sed y hambre de justicia. Quizás en el fondo solo vine para ver cuánto de grande es la herida, y dejar con ello penetrar su luz.

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Conmigo estás a salvo


© @kestermichael_

“La gente piensa que la intimidad tiene que ver con el sexo. Pero tiene que ver con la verdad. Cuando te das cuenta de que puedes contarle tu verdad a alguien, cuando puedes mostrarte a alguien, cuando te desnudas delante de alguien y su respuesta es conmigo estás a salvo. Eso es intimidad.” Los siete maridos de Evelyn Lugo, de Taylor Jenkins Reid

El cielo está gris. Suena música de fondo, violín, piano, susurro. No llueve, solo amenaza con cierto frescor y colapso de nubes. El ocaso es tenue, melancólico. La música siempre nos mece, nos calma, nos llena de cosas intangibles difíciles de describir. Los pajarillos agotan hasta el último momento para alimentarse en el comedero que construimos aquel verano. Todas las mañanas, al alba, el ritual siempre es el mismo. Me acerco, miro las ramas y observo cómo esperan su alimento.

El bosque está despertando a pesar del frío de última hora. Los brotes verdes empiezan a empujar fuertes y brillantes. La atmósfera se llena de las primeras flores. El sarmiento primaveral cubre la hierba que crece sobre los restos de la última estación. Entro en un momento de intimidad con todo lo que rodea este instante.

Hay cierta verdad en todo aquello que observamos cuando tenemos la capacidad de detener el tiempo, de aceptar los acontecimientos tal y como transcurren. Silencio más allá de lo aparente. Silencio profundo que nos traslada a ese pequeño paraíso que somos nosotros en nuestra soledad.

Dan ganas de contar nuestra verdad a alguien. Ese alguien que en ocasiones se aproxima por detrás y te abraza sin fingir, desnuda delante y detrás, transparente, frágil en ocasiones. Me siento a salvo con esa imagen, con ese perfume que aún acompaña cada instante. Esa intimidad del abrazo es indescriptible.

Me imagino girando a escondidas, tan desnudo como desnudo es el día, tan límpido y cristalino como la mañana, con su azul, con sus ocres, con sus blancos, con su música celeste. Me imagino poesía, canción, pájaro, susurro, casi silencio. Hay un bosque de palomas y fragmentos de escarcha. Salones con mil ventanas y suspiros, suspiros, suspiros, suspiros.

La boca cerrada exclama frente a los espejos, con ecos de muerte de aquellos pianos azules que vencieron al mendigo tiempo. Tejados donde crecen fresas y donde viven los brazos que se alargan hasta el mar. Alguien me dijo: te quiero, te quiero amor mío, junto al desván donde juegan los niños, entre luces y rumores de tardes tibias. Ríos de nieve y silencios oscuros de cada frente, de cada sudor, de cada melancólica canción que suena al final de cada instante.

Una cintura quebrada se acerca desnuda, invisible en la lejanía de cada baile recordado. Un disfraz nos aleja de lo insoportable, de aquellos jacintos que recordamos entre piernas y amapolas, azucenas y ondas oscuras de cada andar, amor mío, amor mío, que decía la canción. Y al final de aquella añorada melodía, el susurro en el cielo azul diciendo que puedes contar conmigo, que conmigo, siempre estarás a salvo. Es simple, decía el otro poeta: quien quiere estar en tu vida, está en tu vida, sin excusas… Como la mañana, como el ocaso, como la música, como ese abrazo que aún perdura, invisible, persistente, tenaz. 

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La prueba del laberinto


«Es necesario reivindicar el derecho de soñar. Quizá pueda parecer un derecho sin importancia. Pero, si se reflexiona sobre ello, aparecerá como una gran prerrogativa. Si el hombre es capaz todavía de nutrir ilusiones ese hombre es aún un hombre libre».  Antonio Tabucchi

No importa lo que ocurra. Seguiré soñando. Ese factor es lo que me permite sentirme libre y dichoso. Podrán derrumbarse los mundos y podrán las trompetas tocar su último canto, pero nada dejará que deje de soñar.

Digamos que la vida humana es un laberinto lleno de pruebas. Hay cruces de camino, desvíos, equívocos, huidas, temblores y terremotos capaces de derrumbar lo más sublime. Ese laberinto tiene su propio centro. De allí pende un fino hilo sujetado por la tejedora Ariadna.

Uno puede prostituir su vida y traicionarla una y otra vez. Puede abandonar sus sueños, sus anhelos. Puede engordar su estrecha visión con el fin de olvidarse de sí mismo. Entonces se vuelve esclavo de la apariencia, del qué dirán, de los otros. Marioneta de cada circunstancia, de cada situación que desee pervertir nuestro devenir. Títere de cada una de las falsedades de la existencia.

Por eso es necesario reivindicar el derecho a soñar. Soñar es como atravesar ese laberinto humano sin importarnos nada la pérdida, la dureza de cada prueba, las iniciaciones oportunas que nos harán crecer en cada travesía, en cada recoveco, en cada vuelta cuando pensamos que verdaderamente estamos perdidos. Ese seguir soñando a pesar de todo nos hace libres y fuertes, personas llenas de sentido y autenticidad. Personas con anhelos de luz y lucidez. Amantes de lo verdadero, de la Verdad y su compañera la Justicia.

Soñar es reivindicativo porque de alguna manera te acerca al corazón, a aquello que grita fuerte desde dentro de nosotros. Te permite ver por encima del laberinto y agarrarte al hilo, al fino pero inquebrantable hilo de la esperanza. Al agarrarte a él hay algo que te eleva en una gran espiral. Esa espiral es impresionantemente maravillosa. Desde ella, los laberintos humanos se ven pequeños, ridículos, minúsculos. Como un retrato caprichoso de una sombra que mengua al atardecer. El vuelo mágico, tan preciado por magos y soñadores, se torna realidad al encontrar el centro, la gran prueba.

Pero ahí está el miedo. Ese terrible miedo que tanto nos aleja del amor, de nuestro corazón, de nuestro destino. Ese miedo atroz que es capaz de lo peor. Ese miedo que provoca guerras y sufrimiento innecesario por no querer afrontar lo verdadero que hay siempre en nosotros. Y eso verdadero siempre, siempre, siempre es bondadoso, dichoso, virtuoso, valiente, atrevido, osado. Lo que nuestro corazón encierra es el mayor tesoro jamás sembrado, cosechado, almacenado en la alacena del alma. El amor, eso que nos une al mundo, a los otros, a la vida del espíritu para aquellos que aún creen que la vida es tan misteriosa y extensa e inabarcable. Amor y consciencia y vida. Ese es el gran descubrimiento del hilo de Ariadna, tejido con tres cordeles que conectan nuestra vida, con la Vida.

No tengas miedo. Supera todas las pruebas del laberinto. Busca su centro que es tu centro. Sujeta con fuerza el triple hilo y déjate llevar por ese viento espiral que contempla el universo desde su visión amplia y sempiterna. Sé osada en cada prueba. Sé libre y soñadora. Sé, en definitiva, esa gran espiral que todo lo puede y atraviesa. Sé libre, no hay jaula que merezca nunca la pena.

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Llevo en la frente una estrella, y en los labios una música que cantar


Ayer le escribí una carta a Magalí pidiéndole disculpas. Sé que llevaba mucho tiempo esperando, aguardando para poder llegar por fin a su destino. Se abrió una grieta, una posibilidad, una oportunidad única. Ayudó en los preparativos, en los encuentros, en las sincronías para que pudiéramos tener visión de todo. Pero su esfuerzo fue aparentemente inútil. Los miedos, las inseguridades, la falsedad a veces y la confusión otras fueron más poderosas.

Sin embargo, Magalí es perseverante. Lo noto en la falta de desgarro, en su empeño por sujetar y apretar fuerte aquello en lo que cree. Mira el bosque a través de mis ojos, siente el verde de los prados a través de mi carne. Y no desespera. Aprieta fuerte el nudo para evitar que deshaga. Puedo notarlo, puedo sentirlo. Lleva haciéndolo centurias, lleva haciéndolo eones de tiempo.

El reino de la fantasía es bello. Alicia en el país de las maravillas solo fue un preludio que nos animaba a imaginar mundos, reinos, paisajes, posibilidades infinitas. La fantasía es una buena aliada para crear cosas, para perseguir sueños. Soñamos con estos prados, soñamos con un hogar en los bosques, soñamos con aquella familia consciente, salvaje, viva.

Pero cuando crees poder alcanzar los sueños, ahí están poderosos los guardianes del umbral. Cuanto mayor sea el sueño, cuanto mayor la esperanza, más poderosos serán esos guardianes. Nos pondrán pruebas, derrumbarán sueños y caminos, harán que todo tambalee bajo nuestros pies. Lo advirtió Kavafis en su hermoso poema: no temas a los lestrigones ni a los cíclopes ni al colérico Poseidón, seres tales jamás hallarás en tu camino, si tu pensar es elevado, si selecta es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.

Quizás ese fue el secreto de los dioses creadores. Advirtieron que el pensar elevado y la selecta emoción podría derribar cualquier obstáculo, cualquier muro, cualquier impedimento que nos apartara de nuestra misión-labor. Quizás nos faltó elevar aún más la visión, perseguir con mayor fuerza esa emoción pura y sencilla.

Por eso siento como si Magalí siguiera susurrando, siguiera sujetando fuertemente ese nudo, ese lazo que une almas viejas. Ella siempre se enfada y me susurra: no me llamo Magalí, me llamo Magari. Le guiño el ojo y suspiro profundamente. No importa el nombre, no importa la fantasía, no importa los guardianes del umbral, lo que tenga que suceder, inevitablemente sucederá.

Llevo en la frente una estrella, y en los labios una música que cantar. Así es el destino, así es la vida. Solo tenemos que seguir nuestra estrella y cantar la música que Dios nos otorgó profundamente, en susurro. Solo tenemos que recordar y perseguir nuestros sueños, aunque rezumen a fantasía. Solo debemos esperar a reencontrar en el laberinto humano, todo nuestro más puro centro. Y desde allí, perseverar.

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Amemos ahora, porque pronto moriremos


© @olivierrobertphoto

Fue desconcertante cuando aquella mañana de primavera desperté y vi que la cama yacía vacía, húmeda y doliente. En el susurro de la noche se escuchaban aquellos ecos: “Dame todo tu amor ahora, porque hasta donde sabemos, mañana podríamos estar muertos”. Y aquella mañana, realmente era como estar muerto. Vacío, lejos del sueño, perdido en la realidad de un mundo que carecía de sentido, un mundo engañoso, yermo, baldío, estéril, sin futuro.

No puedo seguir malgastando el tiempo añadiendo cicatrices al corazón porque todo lo que escucho es “que ahora no estoy lista”, decía aquella canción. Y así pasan las horas y los días y las semanas y todo se escurre por entre los dedos porque nunca estamos listos para nada. No estamos listos para amar, para vivir, para tener una familia, para crear proyectos, para volcar toda nuestra esencia en respirar la vida, en sentirla, en vivirla con urgencia. Nunca estamos listos ni preparados para enfrentarnos a la vida, por eso siempre estamos dispuestos a escondernos, a huir desesperadamente con cualquier excusa.

Y si no estamos listos para amar, ¿cómo vamos a estar listos para vivir? Si nunca tenemos tiempo para amar, ¿cómo vamos a tener tiempo para abrazar el elixir de la vida? La vida se nos vuelve a escurrir por entre los dedos, como arena fina, como agua de lluvia, como rocío de la mañana. La vida discurre y por miedo dejamos de hacer aquello para lo que estuvimos siempre consagrados. Preferimos huir a cada instante por miedo, por miedo al amor, por miedo a la verdad, por miedo a la vida. Preferimos sentarnos al borde del camino y ver cómo crecen las amapolas, en vez de convertirnos nosotros mismos en una flor radiante, en una flor viva. Y ahí en el camino, de alguna forma, parados, quietos, asustados, nos marchitamos.

No quiero juzgar lo que hay en cada corazón, pero, ¿cómo vamos a construir una vida plena si la llenamos de vacíos? Así que amemos plenamente, amemos fuerte, con desesperación, con urgencia, porque mañana, sí, mañana, podríamos estar muertos. Amemos ahora, porque pronto moriremos.

Decía aquel poeta que el amor no viene dado por la distancia entre la carne, sino por la posición del corazón. El mío, imitando aquel atardecer, estará siempre contigo…

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Entregando la vida al amor


© @poutge
«Quien ha visto la esperanza, no la olvida. La busca bajo todos los cielos y entre todos los hombres». «El laberinto de la soledad», Octavio Paz

 

Debo decir que en lo personal estoy feliz. Ayer apareció por fin, tras atravesar cientos de montañas, nieve y lluvia. Llegó radiante, plena, hermosa, con toda su luz y toda su luminosa aura. Unos amigos me habían ayudado a preparar concienzudamente el apartamento. Lo pintamos, lo limpiamos, lo arreglamos, lo llenamos de aroma, de flores, de cientos de detalles que solo podían ser vistos por el ambiente acogedor que desprendía cada rincón. Me sentí enamorado y primaveral al hacer todas esas cosas. Hacía tiempo que no sentía tanta emoción por recibir a alguien.

Me resultaría extraño describir la profundidad y el significado oculto del tan añorado encuentro. Solo ella y yo podríamos entender la envergadura de tamaña empresa, por todas las dificultades atravesadas y por toda la valentía y osadía por ambas partes. Pero por fin ocurrió como tenía que ocurrir, tal y como estaba trazado, a pesar de que en el laberinto humano tuvimos que dar algunas vueltas previas debido a ese libre albedrío que a veces, sujeto a miedos o equívocos, nos llevan hacia casas cuyos suelos terminan derrumbándose.

Ahora, desde ayer mismo, emprendemos un nuevo vuelo. Ambos sentimos que esta vez será diferente, que toda la trama estaba tejida en un aparatoso multiverso que quiso que nos uniéramos en uno de sus vértices, en uno de sus nodos. Un cruce de caminos, un paso de lobos. Sentimos que lo que nos destinaba la vida se ha manifestado, y que ahora depende de nosotros, y del buen uso de nuestro libre albedrío, el ceñirnos al guion trazado. Esto resulta complejo. Sentir que tenía que ser así y sentir que no puede ser de otra manera. Sentir, además, con cierta claridad meridiana, lo que va a suceder a partir de ahora. Los pasos a seguir, todo lo que la vida nos prepara y deberemos atender. Esto es de una emoción especial, selecta, hermosa.

Si algo hemos aprendido de esta historia es que el amor todo lo puede. Podemos sentir miedo en algunas ocasiones, equivocarnos y tirar la toalla, pero cuando dejas de distraerte, cuando centras todo tu afán en estar ahí en lo bueno y en lo malo, en la enfermedad y en la salud, en la riqueza y la pobreza, algo milagroso ocurre. Ya conocemos las fases de deseo, enamoramiento, querer y amor incondicional. Lo que nunca hubiéramos imaginado es que esas fases pudieran completarse íntegramente, como si de una espiral se tratara, en un mismo tiempo y en un mismo espacio. Ver la vida en espiral es poder comprender todas sus fases, todos sus ritmos, todos los ciclos de la existencia. Al hacerlo, uno sube a ese carrusel y es capaz de abrazar todos los mundos posibles.

Es muy difícil amar sin que te falte el aire, sin hacer de su vida, tu vida, que diría el poeta. El amor es como un pergamino de sueños a merced de las musas. Uno escribe una estrofa, el otro la interpreta. El amor es como un coro donde la música fluye entre el aroma de incienso, entre abrazos y sonrisas, guiños y complicidades. Enciendes unas velas, suena la música de fondo y te dejas llevar por el aroma de la vida. Ahora nos toca disfrutar del Sagrado Cotidiano, de la amabilidad de almas nobles, generosas y bellas, del afortunado reencuentro de seres que llevaban tiempo buscándose y por fin se han encontrado. Estamos felices, estamos dispuestos a superar todas las pruebas que la vida nos tenga preparada. Estamos deseosos de entregar nuestras vidas, a la Vida, a la Consciencia, al Amor. Tenemos fe y esperanza, tenemos fuerza y carácter, y tenemos el poder de resucitar, de entregarnos, en definitiva, el poder de dar el extra, amando.

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Yo soy tú hogar, tú eres mi hogar. De cómo volver a casa…


© @sejkko

Siempre hemos pensado que el hogar era un espacio físico. Dedicamos gran parte de nuestra vida, de nuestro trabajo, de nuestros ahorros, de nuestro dinero, a crear un espacio físico que consideramos nuestro hogar. Un día nos levantamos y descubrimos, quizás a raíz de un hecho traumático o alguna especie de iluminación interior, que el verdadero hogar es aquello que crea el fuego. El fuego interior, el fuego de una pareja, el fuego de una familia.

Aquellos que viven solitarios, crean su propia fogata, adornando sus vidas con espacios de silencio y soledad. Aquellos que viven en pareja saben y sienten que el hogar es el otro, es estar abrazados a un ser cuya energía desprende fuego, calor, hogar. Aquellos que tienen familia acomodan su vida al sentirse plenamente agradecidos por haber transmitido el fuego de los dioses a nuevas huéspedes. Crear una familia, aún sin saberlo, quizás sea lo más trascendente de nuestras vidas.

Somos forasteros que estamos de paso por este hermoso planeta. Aferrarnos a espacios físicos es olvidar nuestro peregrinar errante por la existencia. Nuestro ser vive y transmigra gracias a la chispa que los antiguos llamaban fuego cósmico. Cuando esa chispa encarna, el fuego se torna carne, calor. Es en ese calor donde encontramos nuestro hogar. Y cuando somos capaces de indagar en los misterios de la existencia, comprendemos que ese fuego debe ser compartido, transmitido. La llama que produce llama que produce llama. La transmisión de la luz, del calor, del fuego. En lo material y en lo iniciático. Luz, siempre más luz. Calor, fuego, amor.

Volver a casa es simplemente comprender este viejo arcano. Somos luz, somos chispa, somos fuego. Al entrar en ese pensamiento, en ese sentir, la vida fluye de forma diferente. Los diversos escenarios con los que nos encontramos ya no son relevantes. Ya hemos encontrado el fuego, ya somos conscientes de que somos fuego. Cuando eso nos penetra, cuando tomamos plena consciencia de ello, la vida se nos revela milagrosa.

Por eso no debe importarnos si vivimos en un palacio o en una pequeña cabaña en los bosques. Debemos preocuparnos por saber si hemos descubierto en nosotros y en el otro el fuego cósmico. Debemos emprender esa búsqueda, ese encuentro. Mirar al otro y ver en él la chispa que nos mueve, la unidad de todas las cosas. Ir hacia el otro, hacer del otro nuestro hogar, es comprender esa enseñanza profunda de volver al hogar.

Yo soy tú hogar, tú eres mi hogar. No hay mayor secreto para la verdadera felicidad que comprender eso. Cuando lo hacemos, integramos en nuestras vidas el espectro profundo de la existencia. Ya nunca te sientes solo. Ya nunca te sientes errante. Ya nunca te sientes desamparado en los ciclos vitales. Cuando descubres el fuego, descubres la vida, la consciencia infinita, el amor. Cuando descubres en el abrazo del otro ese fuego, todo se vuelve indestructible…

Bienvenida a casa. Bienvenida al Hogar…

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Abortar misión


 

© @allenkoppe

«Ciertamente hay satisfacción y dignidad al aceptar los errores que uno ha cometido en el curso de la vida». Kazuo Ishiguro

El domingo me desperté con una sensación extraña. Una voz interior, clara y contundente, me decía que no fuera, que no viajara al día siguiente. Nunca sabré los motivos reales ni la naturaleza de sentir dentro de mí esa contundencia, pero obedecí. Avisé a las personas con las que iba a viajar a la guerra y me disculpé ante ellos. Ese mismo domingo aborté la misión y volví al Balneario, en el que sigo en estos momentos. Aquí estuve en silencio, observando, analizando el motivo real de no haber ido hasta las fronteras con Ucrania.

Lo cierto es que estos días en Madrid sentí la despreocupación de unos y el nerviosismo de otros. Los que miraban para otro lado y los que no podían dejar de mirar lo que estaba sucediendo. Pensé en el mal que esta situación estaba ocasionando a nivel global y en lo inútil o frustrante que a veces resulta hacer el bien. Un buen amigo me puso el símil. Hay un hombre malvado, que recibe a la gente en una mesa larga y distante. Un hombre que decide unilateralmente cuántas personas van a morir en los próximos días. Y luego hay múltiples estados que se reúnen conjuntamente para intentar hacer fracasar al mal.

Vi claramente como las fuerzas del mal atacan el orden establecido. Decía alguien que el mal es una energía mal situada. Ocurre todos los días cuando nos enfadamos o sentimos rabia. No somos capaces de canalizar esa energía, esa frustración, y destruimos todo lo que vemos a nuestro paso en vez de situar correctamente esa energía, esa fuerza descontrolada. Tener conocimiento de las fuerzas oscuras nos debería preocupar, al menos. Debería hacernos trabajar en fórmulas propicias para poder equilibrar esas fuerzas cuando aparecen en nuestras vidas. De igual forma, de manera colectiva, deberíamos tener causes adecuados para que las fuerzas pudieran sostenerse desde el equilibrio, la quietud y la paz mundial.

Sea lo que sea, el mal existe. Existe cuando un loco de remate, por no decir otra cosa, decide aniquilar a todo un pueblo. Existe cuando perdemos los nervios en situaciones psicológicamente complejas y le damos un guantazo a un amigo (Oscar dixit). Existen en las relaciones, cuando de repente perdemos nuestro centro y huimos o abandonamos el barco del amor acudiendo al miedo. Todos los días, por miedo o por no saber controlar las fuerzas del mal, abortamos todo tipo de misiones hermosas.

Intentar no ocupar la vida en odiar y tener miedo, como decía Stendhal, quizás sea el camino más complejo de todos. Sanar todas esas heridas humanas, esas que afectan a nuestra psique desde que de muy pequeños unos y otros abusaran de nuestra fragilidad, es una vía difícil. Solo podemos hacer lo mejor, solo nos queda el camino del abrazo y el sentir. Abortar aquellas misiones que nazcan del miedo y la desesperación, de la frustración más profunda, y ahondar discretamente en el camino del amor. Hacer el bien, siempre hacer el bien, cueste lo que cueste.

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Subir a la montaña para bajar a los valles. Pequeña reflexión desde el Jardín del Morya


© @silverfineart_gallery

Las experiencias cumbre solo pueden servir para inspirar, para alentar, para indicar que más allá de la espesa bruma de los valles, allá, a lo alto, hay vistas inimaginables, visiones inalcanzables para la mente que orbita en la ceguera de lo cotidiano. Subir solo puede ayudarnos para bajar con mayor fuerza, decisión, empeño. Ocurre lo mismo cuando caemos en un turbulento pozo, oscuro y sombrío. Uno no se ahoga por caer al fondo del mar, sino por recrearse en sus profundidades. Emocionalmente hablando, bajar ocurre siempre que estamos ante un declive inevitable. Uno baja y baja y baja sin darse cuenta hasta que toca fondo, se recrea en las profundidades y advierte de repente que le falta el aire. Así le pasa también a la humanidad doliente.

Es el mundo que describía la vida de Arjuna, el mundo del dolor, pero también el mundo de la luz que brilla más allá de los valles, en las altas cumbres, en las montañas más allá del mundo conocido. Como en esta tarde lluviosa donde comparto con la familia espiritual un trozo de vida. Aquí, de nuevo en el Jardín del Morya, un remanso de paz y un lugar donde poder respirar tranquilos, compartir las tensiones del mundo e intentar elevar la mirada por encima de nuestros pequeños miedos. Aquí no hablamos, casi por estar prohibido, de cosas banales, vulgares o pedigüeñas. Hablamos del mundo, de las crisis por las que atraviesa la humanidad. Intentamos inspirarnos para no entrar en la apatía, en la tristeza. La situación mundial es compleja. Quizás estemos ante un nuevo abismo mundial sin saberlo, sin ni tan siquiera imaginarlo. Quizás estemos ante el final de una civilización, de un mundo conocido. O quizás no, quizás todo sea un tránsito tranquilo y amable hacia otro lugar. Miramos hacia arriba para buscar inspiración, luz, más luz.

Sea como sea, incluso en el Jardín del Morya sentimos cierto nerviosismo. Hay algo en el ambiente de preocupación. Este lugar está lleno de libros de historia leídos, subrayados y repasados una y otra vez. Todo se asemeja, nada parece haber cambiado. Los miedos atávicos permanecen. Las cicatrices de los pueblos están aún sin sellar. El mal campa aún por los valles agrestes. Por eso recordamos la inaplazable y profunda necesidad de mirar a las cumbres. No para abstraernos, sino para buscar luz y visión, para saber que la urgencia de actuar tiene que venir precedida de gnosis, de conocimiento, de sabiduría.

Descansar en este Jardín antes de ir a la batalla, a la batalla del drama, del dolor, de la pérdida, del sufrimiento de la humanidad doliente, es como entrar en una iglesia, en una pequeña ermita para rezar o pedir fuerzas. Aquello que hacían los antiguos, espada en mano, antes de entrar en combate. El combate ahora no es por una guerra, es por la humanidad. Es por sanar todas esas heridas que aún siguen abiertas. Todo ese dolor, toda esa rabia, todo ese sufrimiento innecesario. Aún estamos muy lejos de la fraternidad humana. Aún estamos muy lejos de conectar directamente con nuestra esencia primordial. Pero nuestra obligación es seguir mirando a esas cumbres, y luego volver a los oscuros valles para señalar el camino.

El lunes subiré a la cumbre de esa luz para que el dolor pueda ser sostenido. Elevaré la mirada ante la desgracia para poder sostener el tormento ajeno. Y cuando ese dolor llegue a nuestra casa, poder recordar la visión, la montaña, la cumbre, y ofrecer así luz y esperanza al mundo desvalido. Fuerza, mucha fuerza para la humanidad que viene. Luz, mucha luz. Y amor, mucho amor.

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A la guerra por amor


© @noarphotographie

Uno a veces cree que ama, sin saber amar. Uno a veces cree ser amado, sin recibir amor. Desde que empezó el conflicto con Ucrania algo se removió dentro de todos. Estamos acostumbrados a muchas guerras y a falta de amor. Las noticias están siempre plagadas de catástrofes y desgracias, de oscuridad y odio, y faltas de amor. Cuando las desgracias están cada vez más cerca, algo se remueve por dentro. Es normal. No debemos sentirnos mal por estar dando todo lo que podemos por Ucrania y muy poquito por el resto del mundo. Algo es algo. Es natural. Uno siempre siente más afecto por el vecino que por alguien que no conoce. No seamos hipócritas y nos rasguemos las vestiduras porque queramos acoger a una niña ucraniana y pongamos barreras a los niños sirios. Un corazón noble hace siempre lo mejor, un corazón amoroso ama a todos por igual, y un corazón inteligente, hace siempre lo que puede, lo que está en sus manos. No es un problema de distancia, es un problema de falta de amor.

Hace unas semanas me debatía entre el amor o la guerra. Mi impulso irracional, o quizás el más inteligente de todos los impulsos, me motivaba a ir hasta Ucrania para ser útil en todo lo que pudiera. Un ser amado me lo impidió. Me rogó que no fuera. Entonces pensé que quizás podría echar una mano desde aquí y eso hice. Pero no es suficiente. No siento que pueda ser suficiente mientras vemos cómo el mundo se desmorona ante nuestros ojos.

Comprendo a la mayoría que permanece sentada al borde del camino. No lo juzgo. Bastantes problemas tenemos mirando que no se acabe el aceite de girasol en el supermercado o viendo cómo la gasolina ha subido un poco más impidiendo con ello frecuentar con más asiduidad los periféricos centros comerciales. Tenemos siempre muchas cosas que hacer, muchas cosas en las que pensar, mucho ombligo al que mirar.

Pero otros no pueden. No pueden sentarse al borde del camino mientras todo se cae. Hoy comprendí varias cosas sobre el amor. Especialmente sobre el amor incondicional. Es algo que no se puede exigir, que no se puede mendigar. No podemos pedirle a Putin que ame a Ucrania. Es algo que se tiene o no se tiene. Y si se tiene, rebosa, se expande. Lo vemos en los enamorados, que son capaces de sacrificar toda una vida por estar juntos. Lo vemos en las madres con sus hijos. Lo vemos en la naturaleza con su siempre excesiva generosidad. El amor siempre es rebosante. Nunca pone límites, ni fechas, ni plazos, ni tamaños, ni formas, ni colores. Es expansivo, esa es su naturaleza. Y lo contrario al amor se retrae, se aísla, se comprime, engorda hacia sí mismo. Un enamorado sabe cuando la otra parte lo ama. Solo tiene que mirar a sus ojos y ver si rebosa entre el lagrimal esa expansión de luz y amor.

Podemos sentir amor por nuestra pareja, por nuestra familia, por nuestra comunidad. También podemos sentir amor por la humanidad. Ese amor expansivo hacia la humanidad es lo que me mueve a salir el próximo lunes dirección Ucrania para echar una mano. Una de las expresiones del amor es el servicio, el sentirse útil hacia los demás. Uno por amor puede sentir cariño, amabilidad, entrega. Pero si el amor se expande, y ves por las noticias a madres y niños desamparados, algo te tiene que mover. Lo mismo que mueve a un enamorado a atravesar medio mundo para ver a su amada y estar junto a ella, cueste lo que cueste. La misma fuerza, debe moverle a uno para ayudar a los demás siempre que sea posible, siempre que no estemos distraídos con nuestras cosas, que siempre son importantes.

Por eso el lunes voy a la guerra por amor. No sé qué me encontraré allí. No sé de qué manera podré ser útil. Pero no puedo quedarme sentado al borde del camino mientras el mundo se acaba para mucha gente. Hoy son ellos. Mañana podemos ser nosotros, o nuestros hijos en unos años. No podemos contraer el amor. Debemos expandirlo, y nosotros expandirnos con él.

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Cuando los seres sintientes se convierten en objetos


© @miguelrphotography

Nuestra sociedad, en su degeneración paulatina, olvida las esencias primordiales de la existencia, los valores más esenciales. Se vuelve autómata, insensible, separada completamente de la pura existencia. Vivimos una época decadente, desconectados de la esencia espiritual y de todos aquellos vínculos que conformaban nuestra constitución humana. Las cosas subsisten por inercia, pero ya nadie cree en nada. Las viejas formas se aferran a un presente inútil y oscuro. Un tiempo trágico y sombrío. Y de alguna manera, un tiempo cómico que se aferra y subsiste.

La guerra, las guerras, nos recuerdan que el mundo está en ebullición, al borde de un colapso premeditado, quizás necesario. La señal de los tiempos es ineludible. Cuando los seres sintientes se convierten en objetos, en algo necesario para el consumo, el colapso está garantizado. Podríamos hablar de cosas bellas y mirar hacia otro lado mientras muy cerca de aquí niños y ancianos mueren bajo la metralla. Lo horrible no es esa guerra, si no todas las guerras minúsculas que producen las grandes guerras. Por eso el colapso de fuera es un colapso de valores que viene de dentro.

Las nuevas generaciones se están criando en un mundo virtual, desconectado de la realidad. No son capaces de enfrentarse a las crisis del mundo porque en el mundo virtual todo es bello, todo es fabuloso, todo es fantasía. Cuando intentan conectarse a la realidad esta les supera. No saben cómo actuar, no saben cómo aplicar las leyes básicas del comportamiento humano. Se esconden, se aíslan, desaparecen. Los seres sintientes, no importa si son animales o humanos, se convierten en objetos. Unos para ser sangrientamente consumidos. Los otros para ser manipulados, anulados, utilizados a cualquier antojo.

Eso de alguna manera crea monstruos. Monstruos que, en un futuro, quizás mañana, participaran autómatas de nuevas guerras, de nueva destrucción, de nueva miseria, de nuevos colapsos en futuras civilizaciones. Cuando hemos perdido la conexión con el mundo, el mundo nos golpea fuertemente. Nacen crisis de identidad, pensando que aquella fantasía virtual en la que creíamos (antes se llamaba patria y religión), era lo real, era el mundo verdadero. Pero el mundo verdadero requiere de contacto, de relación, de olores, de visiones compartidas en atardeceres boscosos. Requiere escuchar el aliento del otro, sus gemidos, su dolor, su miedo, su terror, y sanarlo con un abrazo, con una mirada, con un susurro.

La guerra, las guerras, solo nacen de nuestro interior. Una persona emancipada, inteligente, sanada por la vida, no podría entrar nunca a ninguna guerra. Observaría atento cómo poder ayudar en cada conflicto, pero nunca entraría él solo en ningún conflicto. Seguramente una persona que vive en paz, sería capaz de soportar todo tipo de insultos, mentiras e injusticias aplicando una sonrisa sincera. Comprendiendo que la naturaleza humana llega a la armonía a través del conflicto porque es en los momentos de tensión cuando realmente crecemos y aprendemos. Pero entendiendo que el conflicto debe ser siempre resuelto desde la paz, desde el amor, desde la fraternidad más sincera.

Cuando los seres sintientes se convierten en objetos la vida nos manda una señal. Es la señal de que un mundo se acaba, de que hay que empezar a trabajar en un nuevo mundo, en una nueva visión. Cuando el mundo se vuelve mentiroso, cuando todo es producto de una fantasía, de una mentira, es tiempo de volver a empezar de nuevo.

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Equinoccio de primavera. Muerte y resurrección


© @adele_spencer

El invierno es un momento de pausa, de muerte, de retorno al silencio. Algo muere en cada invierno. Algo muere inevitablemente para que se pueda regenerar la vida. Ahí está la gran paradoja de nuestro universo, de nuestro cosmos, de nuestra naturaleza. Muerte y resurrección vienen de la mano, y de ahí surge el ciclo vital de la Vida. Morir para nacer, nacer para morir.

Ayer algo murió, hoy, con el equinoccio, algo renace. Es hora de emprender la tarea de fecundar la madre tierra, de fecundar nuestras vidas desde la realización, desde la resurrección. Es hora de fecundar nuestros corazones y fertilizar el amor que está dentro de nosotros.

Son días para preparar la tierra, para seleccionar las semillas, esperando que la luna menguante nos ayude a utilizar el vigor y las mareas planetarias para que la vida pueda integrarse en la tierra y lograr así todos los beneficios posibles. Es momento de discernimiento, de emprender la tarea de la siembra y observar pacientes cómo la vida se abre paso desde la más absoluta oscuridad, siempre húmeda y doliente. Ahí de nuevo el milagro. La semilla muere, y con su muerte, permite la nueva vida. Así morimos nosotros simbólicamente. Algo muere en nuestra mente, en nuestro corazón, para poder renacer de nuevo y ofrecer más y más vida. Algo murió ayer, algo nace hoy.

La fecundación de la madre tierra, así como la fecundación de nuestras vidas, se convierte en un gran misterio, en algo que nos resulta indescifrable, enigmático y místico. Miramos la tierra preparada y abonada en invierno. Observamos como todo ese trabajo duro y pesado ahora requiere una atención diferente. Ahora requiere sembrar, sembrar, sembrar. El significado oculto de este acontecimiento genera en nosotros curiosidad, expectación, esperanza. De cada semilla, saldrán frutos. Quizás seis, quizás siete, quizás infinitos frutos futuros que sobrevivirán de generación a generación.

La consciencia humana ha aprendido a observar todo cuanto ocurre en la naturaleza. Aprende a regenerarse, a luchar por lo que quiere, a sobrevivir a todo tipo de tempestad. Los principios ocultos son claros: lo que muere debe nacer, lo que nace debe morir. Es un sistema profundo, una filosofía natural, algo que trasciende nuestra comprensión. En nuestras vidas ocurre y se manifiesta con el mismo principio. Todos los días algo muere y algo nace. Todos los días tenemos la oportunidad de mejorarnos, de pulir nuestras vidas con acciones valientes, con osadas manifestaciones de bondad y amor. Todos los días podemos ser una mejor versión de nosotros mismos, al igual que la naturaleza, en su majestuoso ejemplo y misterio, renace y se mejora en cada estación.

El fruto llegará. El fruto es la manifestación, el regalo, el don de una naturaleza agradecida cuando se ha cultivado la tierra, se ha seleccionado la semilla y se ha cuidado día a día, sin descanso, cada uno de sus crecimientos. Ese es el gran secreto de nuestra vida psicológica. Si preparamos nuestras vidas con esmero, si sembramos amor en ellas, si cuidamos de ese amor día a día, al final, nacen los frutos. Quizás seis, quizás siete, quizás infinitos generación tras generación.

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El reencuentro de las llamas


Esta tarde viajando por tierras de Babia y Astur

Gracias a la vida triunfó el amor sobre el miedo. Los astros se conjugaron, la voz del silencio nos guio y sin saber cómo, terminamos en mitad de unas escarpadas montañas, en el centro de la tierra astur. Tras unos días de movimientos, de silencios, de incertidumbre y desapego, llegó la última luna de este ciclo, la luna llena del gusano, la luna del deshielo, la luna de Virgo, la última luna del año astrológico. Es una luna que marca cambios y renovación, plenitud y realización. Es un momento especial para que los lobos se reencuentren en las montañas, para que las llamas iluminen con fuerza el cielo y la tierra.

Han pasado semanas de insomnio, de aprendizaje, de pulso a la vida y a los sueños. En dos días abrazaremos juntos la nueva primavera, la primavera soñada, esa que ya había brotado en nosotros en lo más profundo del invierno. Aquello que se sembró en Imbolc, Mazal y en la luna de Acuario, ahora, unas lunas más tarde, da sus frutos. Los nervios se nos adhieren al barro, a las paredes, que diría el poeta. El sueño se torna carne, las llamas se unirán esta noche, una noche eterna, esperada, ansiada, deseada, soñada, inspirada desde los límites de la bóveda celeste.

No son encuentros de cuerpos, ni encuentros fortuitos de emociones y deseos. Es el reencuentro de almas que habían tejido el sueño para germinar en él una realidad posible, amplia, consciente, de vida, de amor. Eso es lo fascinante, eso es lo increíble, eso es lo que nos mantiene vivos desde hace años, el hecho de ser conscientes de que el tejido fue trabajado en el gran obrador de lo sutil. Soñar con algo que por fin llega, que por fin se manifiesta, como si fuera ese mito maravilloso de la creación, esa trama oculta entre los hechos y las esencias.

Virgo, equinoccio, día del Padre… tres momentos significativos que conjugan con los primeros momentos. Todo en una sucesión de hechos que algún día serán descritos como imposibles, como conjugaciones propias de los cuentos y mitos de antaño. No puedo ahora contar nada, desvelar nada, pero estoy viviendo unas de las historias más increíbles y bonitas de mi vida. Una historia interior, exterior, profunda y onírica, algo susurrado desde los adentros más misteriosos.

Ahora toca abrazar el Sagrado Cotidiano, la milagrosa vida ordinaria, que se torna extraordinaria cuando el amor vence cualquier obstáculo, cualquier prueba, cualquier temor. Hoy es un día para el recuerdo, para el reencuentro, para la memoria, para la transformación de las almas, para la anunciación de ese mundo nuevo al que aspiramos.

La luna que vivimos, la noche de la certidumbre, de la evidencia palpable de que los sueños se pueden hacer realidad, de que el amor siempre puede triunfar si ponemos el coraje suficiente, la valentía de emprender el viaje sin miedo, la osadía de hacer que suceda aquello que inevitablemente estaba llamado a suceder. Ojalá el mundo se impregne de la supernova que hoy nacerá. Ojalá el mundo vuelva a la paz ahora que la misma llegó a nuestros corazones. Ojalá el amor triunfe siempre en los corazones humanos. Hoy es el gran día, el día del reencuentro de las llamas.

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