La nube de las cosas cognoscibles


© Kazuya KATO

 

“Sin peso, sin huesos, sin cuerpo, he andado durante dos horas por las calles y he reflexionado sobre lo que he conseguido superar esta tarde escribiendo.” Franz Kafka

Cansado del sempiterno divagar, de la ceguera de esa nebulosa envolvente, de mis propios pensamientos, todos ellos inútiles y sin importancia, procuro extraer sabiduría de los recursos de la nube cognoscible y así precipitar, sobre la tierra y el alma, algo de la esencia creadora. Miro el puente y veo algo más que un puente. Veo las matemáticas que subyacen en su construcción, sus probabilidades, sus pesos y cargas, su latencia. Cuando miro hacia arriba, más allá de mi pequeñez, y mediante el silencio y la meditación conecto con la nube de las cosas cognoscibles, el mundo se vuelve parejo, múltiple, complejo. Ya no ves las preocupaciones diarias, solo ves la grandeza de toda la creación. De acuerdo con la fuerza, simplicidad y claridad de las cosas, puedo percibir un mundo diferente.

¿Qué late dentro de cada germen? ¿Qué subyace en el interior de cada vida? ¿Qué potencias y capacidades hay en cada producto final, en cada terminación de algo? Miro desde la nube y todo resulta ser la concepción de algo inmenso e invisible. Algo que supera cualquier tipo de capacidad imaginativa. Cada idea exteriorizada posee forma, pero también sustancia. Y ahí reside el misterio hilozoista de todas las cosas. Hay una idea encarnada, una emoción que la anima, una mente creadora. El arquetipo reside en cada holograma creado.

Siento que al escribir estas cosas me salva, una y otra vez. Como Kafka, consigo superar el devenir abstrayéndome de este tiempo pesado, aburrido, penoso, casi diría que sin sentido. Un nuevo confinamiento. Quizás una nueva oportunidad para volver a recolocarnos no se sabe dónde. Sin duda, otra oportunidad para observar con más detalle la nube de las cosas cognoscibles.

No quiero decir con esto que tengamos que huir de la realidad. Más bien quiero dar aliento para que entendamos que debemos modificar la realidad. Algo tendremos que hacer para que todo cambie. No sé, quizás volvernos inofensivos, creer en la inofensividad como premisa básica para compartir este mundo de todos. Y cuando digo de todos también incluyo ahí a los animales. Sí, a las mascotas, pero también a los otros animales. El mismo amor merecen, el mismo respeto, la misma inofensividad. Creo que esta reflexión es básica para cambiar el mundo. Inofensividad para todos y para todo.

Evidentemente algo deberemos cambiar. Por fuera pero especialmente por dentro. Para ello recordemos el puente del principio, el antakarana, aquello que nos une a lo más profundo de lo que somos. Por dar alguna pista, dicen los antiguos que hay dos hilos que mantienen con vida nuestra forma. Una especie de doble hélice invisible. Un hilo conecta nuestro espíritu con la cabeza y otro conecta nuestra alma con el corazón. A veces hay cortocircuitos entre ambos, y nos convertimos en seres sin mente, o, en seres sin corazón. Pero no debemos olvidar que ambos hilos de vida y consciencia están ahí para que podamos seguirlos y para que podamos remontar nuestras vidas hacia elevadas metas. Si entendemos este principio, si buceamos en esa realidad ignota que se despliega en nuestro interior, veremos la vida, a pesar de todo, de forma diferente. Inevitablemente desarrollaremos una hermosa sensibilidad, nos volveremos inofensivos y obraremos la posibilidad, conjuntamente, de transformar el mundo.

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Acabada la vida, empieza la supervivencia


Hoy hemos terminado por fin la construcción de la caseta que albergará el sistema de baterías. Un modelo de pura supervivencia y emancipación energética que nos ha ahorrado miles de euros en facturas de luz en estos últimos siete años. Ahora solo queda perfeccionar el modelo.

 

“El impacto de un modelo de distribución basado en tiradas, con un movimiento de abastecimiento y devolución continuo de millones de libros, genera ineficiencias económicas y daños medioambientales que solamente se sostienen porque nadie se atreve a romper con el modelo tradicional”. Manuel Gil, director de la Feria del Libro de Madrid.

 

Toda la crisis que se está gestando en este momento repercutirá inevitablemente en las próximas tres décadas. Las crisis, por muy dolorosas que sean, tienen un componente beneficioso a largo plazo, y tiene que ver con el reajuste de las viejas formas, pensamientos, paradigmas y estructuras al nuevo modelo emergente. Y el nuevo modelo emergente está en este momento basculándose sobre varios ejes: la tecnología digital, la inteligencia artificial junto a la robótica y la ecología, la llamada economía verde.

Esto repercutirá directamente en la forma que tenemos de relacionarnos con el mundo laboral. Las jornadas de 20 horas semanales flexibles, la búsqueda de trabajos autónomos y emancipados que no dependen de terceros, la renta universal para los más débiles del nuevo sistema que viene, el teletrabajo y la vida en el campo donde las hipotecas no puedan asfixiar en la nueva economía serán factores decisivos en el futuro.

Por hablar del sector que más conozco y de como está evolucionando, podemos decir que en la década de los noventa del siglo pasado, había alrededor de 500.000 títulos de libros impresos y disponibles que se podían comprar en cualquier librería. Cada nuevo libro publicado competía más o menos con medio millón de los existentes. Eran otros tiempos. Por suerte o por desgracia el fututo ha llegado al mundo editorial. En la actualidad, los títulos disponibles son de unos 18 millones de posibilidades únicas que aumentan cada día gracias a las nuevas tecnologías. Las librerías son cada vez más pequeñas en número y en tamaño, y resulta imposible para ellas poder tener físicamente un catálogo tan excesivo.

A cambio, el modelo exigente de rapidez e inmediatez que ofrecen gigantes como Amazon, el cual dispone de su propia imprenta a demanda, está destruyendo todo el sector. Esta inmediatez y rapidez está creando que clientes que antes esperaban pacientemente una semana para recibir el libro, ahora se quejen de que no lo han recibido en uno o dos días, devolviendo el dinero y comprando en Amazon, con todas las pérdidas que para editoriales pequeñas como la nuestra supone. Ni hablemos del daño que esto hace a las pequeñas librerías, las cuales mueren asfixiadas en estos tiempos de nula venta.

Nosotros, que somos una pequeña editorial independiente y poco o nada comercial, este año hemos sufrido varios cambios en nuestro modelo para intentar sobrevivir. En primer lugar, aprovechando la crisis, hemos traspasado la editorial a la fundación, dando de baja la sociedad limitada. Esto era algo que tenía que suceder tarde o temprano, ya que la editorial sirvió en los últimos siete años para alimentar los proyectos de la fundación y al Estado, a partes casi iguales, a base del pago de impuestos. Además, desde su creación, siempre ha funcionado más como una ONG que como una empresa con ánimo de lucro. Siempre hemos regalado más libros de los que hemos vendido, por eso, nuestro modelo económico chirriaba con la estructura que la soportaba. Lo vocacional siempre estuvo por encima de lo comercial.

Otro cambio importante tiene que ver con las tiradas. En los primeros años de creación nos basamos en el modelo antiguo de grandes tiradas y distribución a gran escala. Teníamos distribuidores en todas las regiones y las tiradas eran de entre mil y cinco mil ejemplares, dependiendo del libro. Este modelo se dio de bruces con la crisis del 2008 y pasamos cada vez a hacer tiradas más pequeñas. De mil pasamos a quinientos, de quinientos a trescientos y este año hemos pasado a hacer tiradas mínimas de cincuenta o cien ejemplares que se van reeditando a medida que se van vendiendo. Una especie de impresión casi a demanda, con algo de stock para los libros que más se venden. Esto mengua el beneficio por unidad, pero también mengua el almacenaje de cientos de miles de libros que nunca se terminan de vender. Al no haber tanto riesgo, tampoco hay tanto derroche de recursos y papel.

También hemos pasado a imprimir todos nuestros libros en papel reciclado. Era una cosa que hacíamos al principio, pero viendo la dificultad y el coste que eso suponía lo dejamos de hacer. Ahora, por fin, este año hemos retomado esta buena práctica, reduciendo con ello nuestro impacto ambiental. Esta era una espinita que teníamos clavada y ahora por fin no la hemos podido quitar. Ya podemos presumir de que somos una editorial algo más ecológica que, además, tiene su sede en un entorno de árboles y bosques que cuidamos y ayudamos a crecer.

También estamos repensando la distribución. Durante las diferentes crisis, muchos distribuidos fueron quebrando hasta que este año decidimos distribuir nosotros directamente a las librerías. A las que se consolidan como clientes fieles, les regalamos un lote de libros con todo nuestro fondo editorial para ayudarles en su labor. También intentamos tener descuentos apropiados para que todos ganen. Queremos hacer un gran esfuerzo para renovar la web, que se ha quedado anticuada, y así potenciar la venta por la misma. Fuimos pioneros, hace ahora más de quince años, del envío gratuito, cuando por aquel entonces los envíos rondaban los seis euros de gastos de embalaje y envío. Pero aún no somos capaces de competir con Amazon en rapidez.

A partir del año que viene, haremos una selección más estrecha de los títulos a publicar. Serán menos y más enfocados en la temática de la propia fundación. Hemos dedicado durante estos años grandes esfuerzos a editar autores noveles y amigos que nos pedían publicar sus obras. El año que viene intentaremos editar solo doce libros al año, muy seleccionados y con las mejores calidades posibles en todos sus aspectos.

Debemos adaptarnos a los tiempos y nos atrevemos a romper con el modelo tradicional, una vez más. Los dinosaurios se extinguieron porque hubo un momento que su gran tamaño no pudo adaptarse a los cambios. Los más pequeños y ágiles sobrevivieron. Esa fue una gran enseñanza para nosotros, por eso preferimos seguir siendo pequeños y ágiles para poder seguir adaptándonos a las diferentes crisis que van y vienen. Estamos empezando un ciclo de una nueva crisis. Tiempos difíciles nos esperan a todos. Como decía Seattle, el jefe indio Suquamish, acabada la vida, empieza la supervivencia. Esperemos que en la misma podamos ejercer de anfitriones de la templanza y la fortaleza ante la dificultad. Nosotros seguiremos cumpliendo con nuestra parte.

 

 

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¿Existe una Jerarquía invisible?


“Dios habla desde su elevado Cielo. Se produce un cambio. Oigo con atento oído y, escuchando, vuelvo la cabeza. Aquello que se visualiza y aunque visualizado no lo puedo alcanzar, está más cerca de mi corazón. Los antiguos anhelos retornan nuevamente y, sin embargo, se extinguen. Las viejas cadenas se rompen con estruendo. Me precipito hacia adelante”. Antiguo canto atlante

Supongamos, por decir algo, que hace 18 millones de años llegaron a nuestro planeta unos seres altamente evolucionados con la idea de desplegar en la Tierra no solo el aspecto vida de la creación, sino también el aspecto emocional, la inteligencia y la autoconsciencia. Supongamos además que hubo una gran evolución de las formas, y que una de ellas, nosotros, formamos parte de la quintaesencia de un plan o propósito que se fue desenvolviendo poco a poco. Imaginemos que esa evolución tuvo una antes y un después cuando, por mediación y/o manipulación, se insertó en nosotros el aspecto mente, esa sustancia que nos diferencia del resto de las criaturas. Fue justamente ese el momento en el que todos los relatos míticos coinciden. Hablan de la intervención de los “dioses” para que el homo-animal que en ese momento éramos, empezara a convertirse en ser humano completo, con mente, y por lo tanto, con alma individualizada.

Supongamos que existió un movimiento de divulgación de cierta Doctrina Secreta que empezó, como decíamos, hace dieciocho millones de años. Que de aquellos divulgadores iniciales, al menos cuatro de los originales permanecieran aún entre nosotros. Que en ese plan de ejecución hubiera una Jerarquía secreta, cuya tarea, impulsora y controladora de la especie humana, estuviera en manos de tres grupos de seres. Que esos seres fueran aquellos de nuestra humanidad terrestre que se han capacitado para ser útiles en ese impulso creador. Acompañados además de ciertas existencias que han venido de otros esquemas planetarios a nuestro esquema terráqueo y de un gran número de seres de evolución superhumana que nos apoyan diligentemente en nuestro progreso.

La implantación de la “chispa de la mente” está descrita en muchos mitos fundacionales, y en casi todas las culturas existentes. La interacción de los denominados muchas veces de forma infantil como “dioses”, ha sido expresada en muchos relatos  repetitivamente. En nuestra tradición occidental, el más conocido aparece en el Génesis, cuando se describe aquel hecho en el que los hijos de los dioses (los elohims), se enamoraron de las hijas de los hombres. Como digo, esta intervención aparece en todos los relatos religiosos, mitológicos y en diferentes creencias de todo tipo.

Dicho esto, que no son más que conjeturas imaginativas, podríamos seguir con el relato imaginando más cosas. Es evidente, o aparentemente evidente, que dicha Jerarquía creadora de la vida en la Tierra no tiene una manifestación física. Según algunas tradiciones orientales, su vida se desarrolla en los planos invisibles, más concretamente en el plano etérico que envuelve a la forma, y más concretamente aún, en un lugar que algunas tradiciones dan por llamar Shamballa.

Pero, si todo esto fuera cierto y no una hipótesis idealizada, ¿cómo prosigue el plan de vida y consciencia en nuestro planeta? Quiero decir, ¿a qué se dedica ahora, una vez implantada y profundamente estimulada la chispa de la mente, dicha Jerarquía? Dice la tradición que para estimular el crecimiento mental, y más tarde, espiritual del ser humano, se originaron a lo largo de todo el planeta diferentes escuelas ocultas derivadas todas ellas del primigenio templo de Ibez.

Dichas escuelas se han mantenido a lo largo de la tradición y la historia humana con la idea de implantar, de nuevo, la consciencia ya no solo de la chispa mental, sino de la chispa espiritual. Esta sería la tarea para los siguientes miles de años. Es decir, dotar al ser humano de la suficiente sensibilidad para que pueda ver el espectro verdadero de toda la creación, y no tan solo su aspecto físico-material. Dicho de otra manera, empujar al ser humano hacia los misterios que revelarían la verdadera naturaleza de toda la creación, mediante la estimulación continuada de la intuición y la razón pura bajo la base, ya trabajada, de la sustancia mental o chitta y la mente abstracta ya desarrolladas.

Otra pregunta que al curioso podría surgirle sería: si todo esto fuera cierto y no solo un mito o una creencia antigua, ¿sería posible contactar con dicha Jerarquía? El razonamiento indica que dicha pregunta ya es una forma de contacto y que, seguida de una estimulante imaginación, un oportuno discernimiento y una necesidad de indagación, podría, de alguna manera, no solo contactar con dicha Jerarquía sino empezar a formar parte de la misma, estimulando, con ello, no solo la mente y la consciencia humana, también la intuición que debe llevarnos hasta una visión mayor de todas las cosas. Esa parece ser la Gran Obra de la que nos habla la tradición, aún inacabada y aún a expensas de que aprendices, compañeros y maestros emprendan la labor de construcción apropiada, con cierto poder para influir, inducir, mantener y guiar a otros hacia al alcance de nuestro verdadero propósito humano. Mientras eso ocurre, recordemos aquel viejo canto: “A mi alrededor se mueven los cielos, y las estrellas giran en sus órbitas”…

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¿Qué ocurriría ante un gran apagón?


Una de nuestras primeras y rudimentarias instalaciones solares

 

Hoy tuve que ir al pueblo a cargar el ordenador. Desde que llegó el otoño y bajó el sol y llegaron las lluvias y las nubes y todo tomó un cariz gris, empezamos a tener problemas con las placas solares y el suministro de electricidad. A pesar de que habíamos aumentado la capacidad este verano, no ha sido suficiente. Llevaba tiempo observando la trayectoria del sol. Als estar rodeados de árboles sin mucho margen para colocar las placas, buscaba claros donde el sol incida directamente. El único lugar era el prado, pero estaba demasiado lejos de la casa.

Busqué por foros y pregunté a unos y a otros y me desaconsejaron alejar las placas de las baterías. Había la opción de comprar un cable lo suficientemente grueso para que llegara algo de electricidad al inversor y de ahí a las baterías. Compramos los cables y estos días desplazamos, entre lluvia y barro, las pesadas placas solares hasta el prado. Hicimos la conexión pero no funcionó, era demasiada distancia para tan pocas placas. La única solución que se me nos ocurrió es pensar en la manera de sacar las pesadas baterías de la casa y trasladarlas hasta las placas. Hemos comprado una caseta de jardín para instalarlas allí dentro y ver si con esta solución podemos tener algo de luz. Mientras llega la caseta y hacemos todo el traslado estaré unos días sin electricidad, y trabajando precariamente, como aquel que dice, cuando se pueda.

Claro que mi precariedad no tiene nada que ver con otro tipo de precariedades. Para nada me gustaría estar en una mina sacando carbón, o en el mundo fabril trabajando a destajo, o en la obra, aunque aquí no pare de trabajar, más por gusto que por obligación, en ese mundo de la construcción. Ni tampoco en una oficina cerrada con vistas a una pantalla durante horas y horas. No puedo quejarme de precariedad, aunque no tenga por unos días electricidad y todo funcione a medias. De hecho, los primeros años no teníamos, y trabajaba en las cafeterías del pueblo o recargando el ordenador y el móvil en las baterías del coche híbrido.

Así que estos días es como recordar viejos tiempos, y también sirven para cuestionarnos qué ocurriría si de repente hubiera un gran apagón. Si algún día cae internet o la electricidad todo se vendrá abajo. Al menos todo lo que viva de la mano del mundo digital. Mis vecinos, que aún viven en el mundo analógico, no echarían en falta muchas cosas. Su trabajo con las vacas, los prados y la huerta no requiere una gran sofisticación. Mi caso es todo lo contrario.

Editar libros requiere de programas complejos que se desarrollan en potentes ordenadores que requieren electricidad e internet para poder funcionar. Quizás por eso, inconscientemente, haya aprendido las técnicas más elementales del mundo de la construcción y ahora sienta mucho interés por la huerta y sus misterios. Cuando resuelva el asunto de las placas intentaré esforzarme un poco más en la supervivencia natural. Tal y como está todo, quizás sea necesario aprender a sobrevivir en el campo, aprender las artes del cultivo y rezar para que salga alimento abundante.

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Un gran avatar vendrá desde Sirio


© Anthony Lamb

Hoy es un día otoñal de lluvia y viento. Miro a mi alrededor y la estampa da frío. Los ruidos del bosque son estremecedores. Es como si sus partículas constituyeran fragmentos no diferenciados de la gran totalidad. Una gran totalidad que nuestra mente no logra comprender, pero que, de alguna forma, con una atenta mirada, lograra intuir. Y esos fragmentos, aún diferenciados entre sí, parecen querer desintegrarse en un baile extraño donde todo pueda fusionarse en una gran explosión.

Lo cierto es que estamos viviendo un tiempo estremecedor, diferente, insólito. La semana pasada tuve que dejar de escribir porque si los primeros días fueron duros, los siguientes aún se complicaron más. Así que, por no contaminar la atmósfera de mayores calamidades, decidí guardar silencio. No es que ahora tenga nada bueno que contar. Más bien diría que no tengo nada que contar, por no entrar de nuevo en la oscuridad del relato. Solo decir que las cosas están complicadas. Ya no solo por mí o para mí, sino por lo que veo en las noticias, complicadas para muchos.

Como anécdota y por compartir algo de esta historia de vida, puedo decir que hemos recogido muchas castañas y también estoy aprendiendo a diferenciar las setas comestibles. El otro día hicimos un risotto con una buena colección de las mismas, y hoy, antes de que llegaran las lluvias de nuevo, hacía una incursión en el bosque para recolectar alguna que sirviera de base para la comida. En tiempos difíciles hay que recurrir a la imaginación.

La parte positiva es que ha venido alguien a pasar aquí el invierno. Es positiva porque la soledad es mejor administrarla de forma cautelosa. Aquí los inviernos son duros y difíciles y requiere de mucha fuerza interior para poder soportarlos en las condiciones precarias en las que nos encontramos. Y si no se tiene de esa fuerza interior, o uno se hace fuerte y casi invencible o termina marchándose. Vamos a ver cual de las dos cosas ocurre primero.

El panorama no pinta bien y a veces tengo la sensación de que todo va a estallar por los aires. Vivimos en una tensión que pronto se hará insoportable y buscará formas de salida. De alguna manera, se están acumulando fuerzas y energías que explotarán por alguna parte. Quizás esta crisis efectúe el derrumbamiento de esa gran muralla separatista que es el individualismo. La misma que se manifiesta en el ser humano como egoísmo y en las naciones como nacionalismo. Pero no estoy tan seguro.

Por un lado, leo las noticias que hablan de que ya andamos de nuevo quemando iglesias, banderas, neumáticos. El sistema que tanto hemos protegido se resquebraja poco a poco y llegará un momento de crisis máxima en el que deberemos repensar nuestras vidas de forma profunda. Caen las iglesias. Caen las patrias. Caen las fábricas. Es como decir que cae el antiguo régimen mientras vemos en directo el declive de una civilización.

Por otro lado, escucho que un gran avatar vendrá desde Sirio para inaugurar una nueva era desde una nueva consciencia, en una hermandad completamente humana, que ignorará las diferencias raciales y nacionales y que nos alejará para siempre del egoísmo, la intolerancia y la falsedad. Al parecer, el cumplimiento total de esa fase de hermandad global durará mil años, así que tendremos que armarnos de mucha paciencia y paz interior para empezar tímidamente a construirla.

Los falsos profetas que reclaman el inmediato advenimiento de un mundo de paz y armonía deberán revisar sus profecías, siempre alentadoras, pero también alejadas de la realidad que vivimos. La Tierra, esa “pequeña hija, de un hijo largo tiempo extraviado”, como a veces se le llama a nuestro planeta en algunos libros ocultos, deberá sufrir pacientemente nuestro crecimiento hasta que, de alguna manera, nuestras consciencias se fusionen en un nuevo orden y una nueva humanidad.

Como este ha sido un mes catastrófico en todos los aspectos posibles, me estoy debatiendo estos días si seguir luchando por todo aquello que en estos momentos hace aguas o terminar de empujarlo todo para que caiga al precipicio de una vez, recogiendo mi vida en la simplicidad de esta pequeña cabaña, aislándome de una vez por todas de ese mundo atroz. Veremos qué ocurre en los próximos días, pero como digo, no pinta nada bien.

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Martes y trece. Otro día duro


© Moonglow

Cuando hace dos años aquella hermosa mujer se marchó, tendría que haber construido un digno puente de plata. Mi reacción fue, por lo atípico e irracional de la situación, bastante severa, extrema y ridícula. Perdí mi centro y al hacerlo, lo perdí todo. Fue una gran lección donde aprendí, en los extremos de la desesperación, a luchar por la vida.

En mi enclaustramiento obligado en aquel hermoso balneario que yo mismo construí para sanarme, intentando emular al balneario de Hesse, leí de un tirón la Odisea. No fue casual que en aquel tiempo conociera a mi propia Palas Atenea, la cual me condujo sabiamente por todas las pruebas que tuve que pasar en mi propia y personal Odisea y de paso, me salvara de un final terrible. Como un modesto Ulises, siempre sentí la protección de aquella ave que iba y venía, sin ningún tipo de apego, a cual diosa con forma de pigargo. Siempre estuve profundamente agradecido a pesar del dolor en cada una de sus partidas.

Hace unas semanas se marchó de nuevo e interiormente sentía que, esta vez sí, debía dejarla libre, sin ataduras emocionales y sin apegos, por más que me doliera y por más amor que sintiera por ella. Tocaba de nuevo amar en silencio. Uno sabe reconocer cuando alguien está enamorado, y ella nunca lo estuvo, a pesar del cariño mutuo. Para mí ella siempre fue como una diosa. Yo para ella, un balancín. O te gusta o no te gusta, que diría Dolores, y si te gusta, tienes que estar ahí, entregando siempre el extra, el fuá. Así que quedamos hoy en el bosque sagrado de Lug, el dios celta también conocido como Samildanach. Lloviznaba en un día gris, triste y extraño. Por la mañana recogí sus cosas, incluido su cepillo de dientes, que aguardó días y semanas el retorno que nunca se produjo, y lo envolví todo en unas sacas.

La melancolía era inevitable. Lo llevé hasta el coche, nos vimos en la borda de aquel buque semi sumergido, intentando no mirarla a los ojos para así disimular mi dolor. Cerramos algunos asuntos pendientes y triste, muy triste interiormente, me marché rápido de nuevo a casa. A pesar de todo, me alegró verla feliz. Empieza pronto una nueva revolución solar, con un radical cambio de vida acompañado de una mejora material que le hará mucho bien. Mi deber era no repetir ninguna escena, y crear, esta vez sí, un hermoso puente de plata para liberarla y desearle todo lo mejor en su nueva vida. Cerré por un instante los ojos mientras la abrazaba y le deseé interiormente la mayor de las fortunas. Misión cumplida, pensé. Siempre envidié su estilo de vida y su libertad que ahora intento emular. Y ella siempre añoró aquello que yo tenía, y que a mí tanto me ata a las diez mil cosas, que diría el Tao. Si al menos hubiéramos encontrado la manera de complementar nuestros deseos. ¡Ay la vida y sus paradojas!

Por decir algo, siempre se quejaba de que vampirizaba la realidad con mi escritura. Eso le creaba cierta incomodidad. Pero es lo difícil de vivir con un escritor. Si fuera un escritor cargado de imaginación no haría falta tirar de la vida cotidiana para describir todo tipo de hechos. Pero mi vida no tiene tregua, y casi no necesito imaginar nada porque la misma realidad supera la ficción. Al escritor Emmanuel Carrère le llueven las críticas y los halagos precisamente por eso mismo. Novela su propia vida, a sabiendas que la vida, por sí sola, no necesita muchos registros imaginativos. El recurso del diario, de la narrativa entre la realidad mágica y el mundo ordinario a veces no necesita mucho más, con todo los riesgos que ello conlleva. No se trata de desnudar la realidad y con ello a los personajes que la atraviesan. Solo se trata de describir algunos hechos objetivos, los mínimos, para sustraer de ellos la narrativa emocional e invisible que los acompaña. Pensamientos, reflexiones o ideas que puedan inspirar o ayudar al otro. Cuando uno recorre cierto camino, es bueno indicar donde está los obstáculos, retirando las piedras que puedan estorbar a los que nos precedan. Ese es deber de todo peregrino.

Así que hoy también fue un día duro y difícil, de afrontar interiormente de nuevo la soledad y el desapego, con todo lo que eso conlleva a cierta edad, y de quedarme sin un hermoso relato, siempre inspirador, motivador, alarmante y vivo. Es cierto eso que dicen sobre la existencia de personas que son como musas, que se acercan a tu vida y logran inspirar las más bellas melodías. Ella sin duda lo es, además de diosa, musa, soplo, sugestión, proeza. No pasa nada realmente en esta deriva inevitable. En la vida peregrina de todo guerrero siempre está la pérdida como moneda de cambio. Las batallas no están para ganarlas, sino para vivirlas en cada uno de los naufragios. Y siempre podré decir eso de que esta vida la viví, intensamente, aunque fuera en barca, o en esa inevitable tabla de naufrago.

El invierno aguarda, nuevas hogueras se encenderán, una nueva vida espera ahí fuera para ambos. Amar en silencio siempre fue hermoso a falta de abrazos y cucharas. Ahora el calor será interior, bullirá desde lo más profundo de ese lugar desde el que deberé realizar el verdadero trabajo mágico del alma. Nuevos aliados vendrán, nuevos caminos se andarán. Nuevos dioses aguardarán las sendas de la aventura. ¡Qué le vamos a hacer! A enemigo que huye, puente de plata, que diría Dolores. Pero esta vez desde el amor más absoluto, la paz interior, el duelo silencioso, el coraje necesario. ¡Buen Camino Palas Atenea! ¡Boa vida y boa onda!

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Solo fue un mal día…


Ayer domingo andaba corrigiendo un libro de seiscientas páginas de densa lectura místico-espiritual. A veces este tipo de lecturas te alejan de la realidad, y por lo tanto, del verdadero campo de experiencia interior. Los domingos son como un día cualquiera, y aprovecho para trabajar y adelantar todo lo atrasado, a poder ser, en cosas de buen agrado, como lo era este libro.

Me pasé todo el día en la cama, en pijama. Me quería dar el gusto de vivir un domingo laboral diferente. No desayuné, comí algo y a media tarde fui a echarle de comer a Meiga, que exigía su ración diaria, esta vez descuidada por mi placentero día. Cuando iba, qué se yo, por la página doscientos treinta o doscientos treinta y uno, vi aparecer tres figuras humanas que poco a poco se iban colando por el “circulo-no-se-pasa” de mi humilde cabaña. De nuevo, como en los viejos tiempos, una visita inesperada, sin aviso previo, sin concertar. Suele ocurrir demasiado a menudo, por eso estoy buscando la manera, no con mucho éxito, de esconderme cada vez más en el bosque y no sufrir este tipo de atropellos a la intimidad.

Resulta que era buena gente que querían hacerme una entrevista. Los llevé hasta la casa de acogida, porque siendo tan tarde, la entrevista era mejor hacerla al día siguiente. Y mientras les enseñaba las habitaciones, me topé al inquilino que excepcionalmente habíamos permitido pasar aquí el invierno a pesar de tener la casa cerrada, fumando porros. Se me vino el alma al suelo. Todo aquel que desea venir a este lugar por el cual no se paga nada si no se tiene o no se puede o no se quiere (de todo hay en la viña del Señor), se le hace firmar un papel de responsabilidad y compromiso en el cual está conforme con nuestros tres únicos acuerdos, y uno de ellos, el no fumar ni tomar alcohol ni tomar drogas es casi como un mandamiento sagrado para nosotros. ¿Por qué lo había hecho dentro de la casa, aprovechando mi día de descanso?

Debo decir que el tipo me caía bien. Joven, sensible, educado, trabajador, atento, virtuoso, divertido, con un pasado duro y un presente confuso. Le había cogido cariño y se lo demostraba en las tareas compartidas por la mañana y en la obligada partida a ping pong que hacíamos todas las tardes después de comer. Lo cuidaba casi como a un hermano, intentando respetar siempre sus tiempos y espacios y procurando que no le faltara de nada.

En la casa de acogida he visto prácticamente de todo en estos últimos siete años. Nunca expulsé a nadie, y a lo máximo que he llegado, cuando alguien se desmadraba demasiado, era invitarlo a que se fuera de vacaciones unos días. Muchos, por vergüenza torera nunca volvían. Pero esta vez la vida me estaba poniendo a prueba. Todos los que me conocen saben que no sé decir que no, que soy excesivamente permisivo y flexible con toda la gente, y que esa flexibilidad excesiva ha sido luego el fruto de cientos de abusos de todo tipo y problemas personales. “Tienes que aprender a decir que no”, “tienes que aprender a proteger lo que es tuyo”, “tienes que aprender a poner límites”… Esa es la canción diaria desde que fui al psicólogo en mi última crisis emocional hace ya dos años y el propio profesional me decía que tenía que luchar por lo mío y dejar de ir regalando mi tiempo y mi dinero a quien no lo merece.

Conté la anécdota con personas cercanas al proyecto y todas coincidían: “tienes que invitarle a que se marche. No está respetando el proyecto ni a ti como guardián del mismo”. Se me vino el mundo abajo. Como digo, el chico que me caía bien y le tenía cariño. Pero de alguna forma sabía que era mi prueba de fuego, mi graduado en decir “basta ya de tanto abuso”. Así que esta mañana temprano me fui a la ermita. Encendí la vela, toqué el gon tres veces al empezar y tres veces al terminar. Cogí aire, mucho aire, me fui a pasear a los perros con cierta tristeza y angustia interior. Volví, me puse a trabajar desbrozando el terreno de la futura escuela y cuando apareció con su cara inocente y de buena gente se lo dije.

Fue un momento terrible, doloroso, amargo. Sé que interiormente lo tenía que hacer. Sé que de alguna forma tenía que aprender a decir no, basta, hasta aquí. El chico, educado como es, lo entendió e hizo sus maletas, recogió sus animales y compartió una última comida juntos. Es un mundo muy complejo esto de las relaciones humanas. Pero aún es peor cuando intentas ayudar al otro, le abres las puertas de tu casa y de tu corazón y el otro te responde de esta u otra manera. A veces pienso sinceramente que debería dejar atrás este rol de buen samaritano, de dador, de hacedor, de intentar siempre ayudar al otro. A veces pienso que debería volverme un poco más gris, más solitario aún, más huraño y egoísta. A veces lo pienso, pero solo me sale decir: fue un mal día. Solo fue un día duro. Fue un día difícil. A todos nos pasa.

Hasta siempre amigo… buena suerte en tu peregrinar…

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Normalizar una vida anormal


Marzo de 2014 firmando libros en una terraza de bar en mi añorada Malasaña… había cierta normalidad en mi vida antes de venir a los bosques…

 

Ayer fui a comprar unos pastores para los caballos a la ciudad. Justo al entrar, instintivamente miré hacia la izquierda. Había una terraza y allí estaba, sentado, tomando un café y leyendo un libro. Paré el coche de golpe mirando que no hubiera nadie detrás. Me lo quedé mirando un buen rato. Casi se me hizo eterno. Una estampa normal, de alguien conocido tomando plácidamente el sol en una terraza de un bar mientras leía un libro y degustaba un café. Me pareció algo extraordinario y casi envidiable.

Intenté recordar la última vez que tuve la oportunidad de hacer algo así. O de vivir así, a mis anchas, sin dar explicaciones a nadie, sin mayores responsabilidades que las mías propias. Creo que fue hace siete u ocho años, antes de emprender este excesivamente ambicioso proyecto. Vivía en madrileño barrio de Malasaña, y allí me permitía, de vez en cuando, ese tipo de pequeños placeres. Especialmente en el café Ruiz, ahora ya tristemente desaparecido, y en el café de la Luz. ¡Qué tiempos aquellos!

Desde hace unos días pienso que de alguna forma me gustaría normalizar esta vida tan anormal. Quiero decir que me gustaría tener algo de tiempo para salir, tomar algo, cenar con alguien, ir al cine. Sí, ya se que con esto del Covid ahora todo eso es casi imposible. Pero incluso en estos días me impuse una necesidad aún mayor. Me gustaría ser más normal, tener una pareja, tener una relación estable con alguien e incluso tener hijos. No sé, algo normalito, aunque suene retro. Tanta vida extravagante, tanto ajetreo, tanto trabajar para ver tan pocos frutos, al final desanima. Y uno se vuelve mayor, y conservador de alguna manera, y desea, con la edad, hacer algo normal.

No busco fama ni gloria, ni siquiera tener mucho dinero. Las cosas vanas y materialistas nunca me llamaron la atención. Pero ahora, a mi edad, siento cierta curiosidad y deseo por tener una vida normal. Normal me refiero a unos mínimos de normalidad. Pero miro mi entorno, miro la obra que he ido construyendo estos años de excesivo trabajo y sacrificio y veo lo lejos que estoy de poder conseguir ni siquiera un ápice de vida ordinaria. Emocionalmente, entiendo que nadie podría fijarse nunca en alguien que ofrezca tan poca estabilidad material. Y menos aún que pueda comprender la complejidad de mi vida interior, de mis reflexiones, de mi moralidad o de mi forma de ver el mundo. “¿Qué no comes carne? Bueno, pero sí un vinito, ¿no? ¿Tampoco?” ¡¡Ufff!! Sí, lo sé, siempre fui un poco rarito y anormal. Y en la cama ni te cuento. Fetiches ninguno. Y de sexo, mejor ni hablar.

De poder hacer una selección, pocos, muy pocos, o ninguno quizás, sería capaz de entender el origen galáctico del comando Asthar, la honradez de los versos áureos pitagóricos, la diferencia entre el cuarto y quinto rayo, el significado profundo de la puerta estrecha, la necesidad de agacharse a la entrada de cualquier templo o el significado simbólico del Delta. Una conversación sobre ideales, valores o paradigmas vividos con intensidad es cada día más improbable. ¿Cómo explicar la diferencia entre ego y alma, y entre alma y espíritu, sin adentrarnos en los pormenores del plan, el propósito y la necesaria construcción del antakarana? ¿En qué terraza de bar podría yo buscar un interlocutor válido que se lanzara a la aventura de buscar leña, sembrar patatas y construir cabañas a la vez que hablamos de la hermandad blanca o los devas de la naturaleza mientras editamos al mismo tiempo libros de Dion Fortune o Bakunin?

No se me ocurre de qué manera podría vivir una vida normal, fuera de mis extravagancias y mis deseos incumplidos. ¿Qué clase de hijo, en la supuesta e imaginaria hipótesis de que encontrara a la que sabe volar, podría salir de padres tan volátiles? ¿Quién estaría dispuesta a pasar la prueba de sufrir un invierno encerrada entre nieves, silencio y sacrificio en una perdida cabaña en los bosques? ¿Quién podría entender la belleza de la rama dorada y la sutileza del arca lucis? Un casting muy difícil, casi imposible, al que ni yo mismo me atrevo a nombrar. Por eso sucumbo día tras día a la centrifugadora realidad. Lo siento querido mío, me digo a mí mismo. No hay normalidad que valga. Lo mío es anormalidad pura y dura. Lo mire por donde lo mire. Así que la imagen bucólica de verme en la terraza de un bar, meciendo el carrito de un recién nacido mientras releo las páginas de algún pesado libro deberé dejarla para próximas vidas. Es lo que hay… de momento…

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Paseo y bosque terapia, disciplinas para estar vivos


Hace dos años pasé por un mal momento y una buena amiga me recomendó tres cosas: comer bien, asearse todos los días y pasear, pasear mucho. Esas simples recomendaciones fueron la mejor terapia que recibí de todas las que probé. Estos días de complejidad máxima estoy volviendo a esa medicina. Intento alimentarme lo mejor que puedo. Hasta el punto de haber sustituido mis galletas por un rico guacamole en el desayuno, algo impensable en mí. También he cambiado mi rutina. Intento dormir todo lo que puedo, o todo lo que mi cuerpo me pide, a cambio de tres paseos diarios.

En estos paseos sanadores por el bosque he descubierto algo impresionante. Los paseos no duran más de veinte o treinta minutos cada uno. El primero después de la meditación y antes del desayuno. El segundo al mediodía, después de comer. Y el tercero, al alba, tras encerrar a las gallinas y los patos en su corral. Siempre los empiezo y los acabo con una corta pero intensa carrera de menos de un minuto. Es algo sensacional, y este es el descubrimiento, porque en ese pequeño maratón, siento como toda mi sangre empieza a fluir, a reconducirse, a volar por todo mi pequeño cuerpo de un lado para otro.

Es como si de repente se activara todo el cuerpo, provocando una explosión de energía y calor que quema todo tipo de sustancias estancadas, pensamientos estancados, emociones estancadas, ánimos estancados. Es como si se abrieran las compuertas de la vida y esta recorriera todo nuestro ser. Es una sensación maravillosa.

Al removerse la sangre, de alguna manera, se remueve también los estados de ánimo asociados a nuestro “chi”, a nuestro flujo de energía vital, a nuestro mundo etérico. Es como si todo ese cuerpo que nos envuelve con su radiación y energía, toda esa vida acumulada y radiante, se volviera más luminiscente y lúcida. Son como pequeños momentos centelleantes, de inspiración máxima, de sonrisa interior. No importa todos los avatares que por fuera estés sufriendo. Ese chute de energía vital aminora las preocupaciones, sean las que sean.

Recuerdo que cuando hace años estaba haciendo el master de pedagogía Waldorf en Madrid nos decían que si había un niño muy revoltoso, había que enseñarle a meditar para calmar su centro motor. Pero si había un niño excesivamente mental, como es mi caso, debía hacer todo tipo de deportes para equilibrar sus tres centros más importantes: el centro motor, el centro emocional y el centro mental. Estas semanas que han sido de mucho pensar, de mucha preocupación y alguna dosis deprimente, era necesario reordenar los cuerpos. Especialmente reorganizar las emociones, siempre tan convulsas.

Mi caso es privilegiado, porque vivir literalmente en un bosque es de por sí muy sanador. Una cabaña de madera rodeada de árboles y prados y montañas. Todo verde atlántico, todo belleza, color y vida salvaje. La sensación de vida, comparada a mis grises años en la oficina, es única e irrepetible. Es verdad que esta nunca será una buena carta de recomendación a la hora de entablar ningún tipo de relación afectiva, pero para mí es el mejor regalo que nunca haya recibido. Vivir en los bosques es vivir de verdad.

Así que apuntaros la fórmula, estéis donde estéis. Buena comida, a poder ser sin violencia añadida. Mucha agua, por fuera y por dentro. Paseos, muchos paseos con algo de tensión al principio y al final. Tres respiraciones conscientes y algo de meditación. Os aseguro que esto es sanador a todos los niveles. Especialmente ahora, que llega la falta de luz, las depresiones típicas de este tiempo y la falta de sentido al ver como todo lo que nos rodea se derrumba. Si a esto le podéis sumar la buena compañía de seres afines, o serafines, tanto monta, entonces ya no hay excusa para ser felices. No hay nada como la grata compañía de alguien capaz de leerte por dentro y descifrar todos tus secretos. No hay nada como la complicidad de almas que puedan descifrar tus códigos y abrazarlos como se abraza a algo tierno y delicado. Pero sí esto no estuviera, siempre nos quedará el bosque.

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A un mundo yermo


© Gobotoru Gobotoru

 

Vivimos en el drama postmoderno en el que lo ortodoxo se derrumba. La heterosexualidad, el matrimonio, la familia o la maternidad son sinónimos de algo antiguo. El trabajo asalariado y patriarcal donde una autoridad mayor, ya sea el Estado o el empresario, nos da trabajo para poder sobrevivir, se está convirtiendo cada vez más en un modelo caduco. También todo lo que tenga que ver con las antiguas instituciones. Hablar de Estado o Iglesia, de patria o nación, o incluso hablar de familia o relaciones continuadas es algo completamente añejo. Toda nuestra anquilosada civilización se está derrumbando frente a nosotros.

Lo nuevo no es muy esperanzador. En una de las eras más materialistas que se conoce, el derrumbe de todo tipo de valores se ve reforzado por un egoísmo cada vez más poderoso y extremo. El ser humano se está volviendo insensible, pero también inservible. En cuanto las máquinas se apoderen de todo, como ya lo están haciendo, y la inteligencia artificial crezca exponencialmente hasta límites aún no sospechados, el ser humano, dejará de tener sentido y utilidad.
Ni siquiera la poesía o el arte podrá ser algo exclusivo de nuestro drama. Ya no habrá encuentros con lo íntimo, ni siquiera con lo erótico. La sexualidad quedará relegada a la autogestión que en soledad padeceremos. Perderemos el sentido de las cosas. Volveremos a la oscuridad que nos pertoca por haber dado la espalda a los principios más básicos de solidaridad, fraternidad y consolidación de relaciones sanas y duraderas. Lo fluido matará a lo sólido, y lo sólido dejará de existir en todas sus dimensiones posibles.

Llegado el momento, el autosuicidio de una civilización entera será el mejor de los pronósticos. Este nace del hecho de que los seres están siendo educados para vivir aislados, basando sus relaciones ficticias en máquinas que reclaman atención continua, creando la ilusión de estar conectados a algo. Pero realmente ocurre todo lo contrario. Nos desconectamos de lo esencial, dejamos de tener relaciones basadas en la intimidad, en el tacto, en el placer continuo del abrazo, del tocar al otro, del mirar al otro, de pasar juntos una vida de riesgos continuos. Dejamos de amar y el verso se vuelve papel mojado, olvidado, arrojado al más oscuro de los vacíos.

¿Qué fue del roce, de la complicidad, del riesgo en el camino? Ya no queremos contaminarnos con el otro, contagiarnos de sus manías, de sus malos días, de sus tonos grises y sus oscuras noches. No queremos albergar la esperanza del mañana, ni de saltar de júbilo ante la gloriosa primavera. Ya perdimos la noción de estar vivos, porque nos conformamos con mirar una fría pantalla que satisface lo inmediato, lo epidérmico, lo estéril. Ningún fruto saldrá de esas relaciones encorsetadas y seleccionadas en la frialdad de la distancia. La tierra se volverá yerma.

El mundo, baldío, terminará muriendo. Ya nadie está dispuesto a mancharse las manos de barro y aprender a jugar a la vida. Ya nadie querrá quitarse nunca más la máscara que nos han puesto, la desconfianza que ahora albergamos hacia el otro, la distancia social impuesta bajo el mandato del miedo y la acritud. Cierran los bares, las plazas, las calles desiertas, el mundo vacío, triste, apagado. No, no es el virus. Somos nosotros, que en eso nos hemos convertido. Es el fruto de lo sembrado. Es la cosecha de nuestro más absoluto materialismo. Veremos qué sembramos ahora. Veremos qué cosechamos en el mañana, de haberlo.

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Teoría del egregor


© Vassilis Tangoulis

 

La Mente es el gran destructor de lo Real.
Destruya el discípulo al Destructor.
(H .P. Blavatsky.- La voz del silencio)

Un egregor puede ser muchas cosas, pero sobre todo, en terminología cristiana, es lo más parecido a una posesión. Son como especie de energías, emociones, pensamientos o entidades que se agregan a nosotros mismos, formando algo que no nos pertenece, pero nos acompaña e influye.

Hay varios tipos de egregor según su naturaleza. Puede ser un egregor genético, es decir, que corresponde a la información de nuestros antepasados, de ahí la importancia a veces de romper con tu árbol genealógico y separarte inevitablemente del mismo. ¿Cuántas veces dejamos de ser nosotros para complacer a nuestro clan? ¿Cuántas veces creemos que somos hijos de una familia, una tierra, una etnia o un grupo, olvidando que nuestra alma ha viajado por todas las tierras, por todas las etnias, por todos los grupos? Las creencias subjetivas sobre nuestra procedencia no debería ser más fuerte que nuestro yo real.

Existen egrégores energéticos, que se acoplan a nosotros para influir en nuestro estado de ánimo. A veces decaemos sin saber exactamente porqué. Simplemente nos cambia el ánimo, la fuerza vital, la energía que nos mueve, y nos sentimos apáticos, desanimados, sin alma. La energía que nos mueve es el halo vital del espíritu creador de todas las cosas, pero a veces tenemos la sensación de que esa presencia no está, y sí otra de naturaleza más extraña y desafiante. ¡Cuidado con los estados de ánimo que no nos pertenecen! No dejemos que nadie ni nada vampirice nuestra energía, nuestro chi, nuestro fuaaaa (os dejo el enlace para entender qué es el egregor de un viajero errante). 

También existen los egrégores emocionales, normalmente provenientes de eso que llaman el bajo astral, una especie de entidades que viven de vampirizar las emociones de otros, sobre todo de aquellas producidas por nuestra propia incapacidad para ordenar las emociones más destructivas. ¿No os pasado alguna vez que estáis irreconocibles ante acontecimientos insoportables? “Pareces poseído”, nos dicen las pobres almas que tienen que soportar nuestros ataques de ira, rabia o frustración, nuestras idas y venidas, nuestros desmanes y desplantes. ¿Cuántas relaciones no se han roto en momentos de auténtica posesión? “No te reconozco”… ¿Os suena?

Los egrérores mentales son más sutiles, pero están ahí. Son aquellos que viven en el plano mental y suelen inspirarnos ideas, a veces buenas, otras macabras. Muchos tipos de esquizofrenias y paranoias tienen que ver con esto. A veces perdemos la cabeza cuando hemos puesto al límite nuestra química interior. No debemos olvidar que nuestro cuerpo es una máquina que debe ser cuidada. Y cuando no lo hacemos, falla, y se bloquea hasta desfallecer. Cuidado con todo aquello que metemos en nuestro cuerpo, porque algún día este puede colapsar y podemos perder, literalmente, la cabeza.

También están los egregores asociados, aquellos que se crean cuando se pone en práctica un ritual grupal. Este egregor puede ser inducido o excitado, consciente o inconscientemente. También se pueden crear de forma consciente egregores que nos ayuden en algún tipo de tarea, pero esto estaría más cerca de la magia.

Lo importante es saber o determinar qué tipo de egrégores influyen en nuestras vidas y como evitar que esa influencia sea determinante. Tener autocontrol sobre nuestro yo no es siempre posible. A veces algunos malentendidos pueden ocasionar que se apodere de nosotros algo que no somos nosotros mismos. Los agregados psíquicos, los clones híbridos, la periferia de todo aquello que no somos, pero que de alguna forma nos influye hasta el punto de que, en ocasiones de pérdida de control, nos enajena.

La mente, así como los sentidos, distorsionan la realidad al mismo tiempo que la realidad distorsiona nuestro verdadero yo. Es algo complejo y difícil de entender. Pero si uno se observa a sí mismo, si encuentra su verdadero yo real y puede experimentar desde la observación todo aquello que no le pertenece, pero que de alguna forma le influye, puede discernir lo real de lo irreal, y puede llegar a destruir todo aquello que nace de lo ilusorio. ¿Queremos realmente a esa persona o queremos la imagen que hemos creado sobre ella? ¿Nos gusta realmente lo que hacemos o lo hacemos porque no somos capaces de imaginar otra realidad que la impuesta por la cotidianidad, el tedio o lo normalizado?

La frase del templo de Delfos no era ninguna broma: conócete a ti mismo. Eso es lo más complejo, pero también lo más esencial para entender quiénes somos, qué hacemos aquí y para qué hemos venido, en definitiva. Sí únicamente estamos viviendo la vida de los agregados psíquicos, de los egregores que no nos pertenecen o de los clones híbridos que simulan nuestra existencia sin ser esta real, entonces andamos perdidos en un mar de confusión, en una vida que se apaga y de la cual no somos capaces de extraer todo su jugo.

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Honrando a la apestosa desde el agregado psíquico


El aislamiento puede llevar al control. El control a la incertidumbre. Las palabras y la repetición del mensaje pueden llevar también a cierta manipulación emocional. Cuando todo esto se conjuga, puede llevar a un sistemático lavado de cerebro, siempre y cuando se tenga de eso, porque a veces tal lavado no es necesario. Simplemente, sucede. Sucede que nos manipulan, que nos atontan, que nos empujan a pensar o sentir de una u otra manera. Es algo muy sutil. Ocurre en los gobiernos, en la prensa, en la empresa, en las instituciones, pero también en las relaciones, especialmente en las relaciones.

Las sectas, los gurús, los dogmáticos, los líderes carismáticos, saben mucho de eso. Es muy fácil manipular las mentes de los que buscan respaldo y aceptación, amor o cariño, sentido de familia o admiración. Hay personas que se convierten en tiranas, a veces sin darse cuenta, cuando descubren que pueden ejercer cierto control sobre el otro. Cuando creen que tienen cierto dominio sobre sus vidas. Entonces se vuelven manipuladoras hasta que, de alguna manera, anulan la voluntad de su víctima.

A niveles más amplios y genéricos, ocurre lo mismo. Lo estamos viendo con la pandemia, pero también con los nacionalismos, con el fútbol o la identidad. Con todo aquello que te haga creer que estarás a salvo en cualquier rebaño, asumiendo lo que el líder de turno nos diga que tenemos que asumir. ¡Tendremos que sacrificarnos! Nos dicen algunos mientras por detrás se meten la vida padre. ¿No os suena de nada? Ese sacrificio no va con ellos. Forma parte del control mental necesario para que unos pocos, los de siempre, pues puedan seguir metiéndose la vida padre. Es todo un circo. Y nosotros, sus bestias.

Cuando no se tiene criterio propio, es fácil ser manipulado. Y cuando se tiene criterio, cuando se es crítico con la realidad, es fácil ser estigmatizado, señalado, insultado, abandonado o incluso envenenado. La inteligencia al servicio de la benevolencia no es sinónimo de paz y amor. Miren sino lo que le pasó a Jesús, el que llaman el Cristo. Uno puede acabar en cualquier cruz si se posiciona en contra del criterio unánime, que como digo, suele ser siempre manipulador, coercitivo, anulador de la voluntad individual.

Para eso se inventaron las modas, los partidos, las clases, las razas. Si no vas a la moda no eres aceptado públicamente, por poner un solo ejemplo. Es una forma de manipulación encubierta. Si no piensas como los demás y actúas como los demás te expulsan del rebaño. Normalmente, para confundir, se suelen dividir los rebaños en dos: los buenos y los malos. Los del Betis y los del Sevilla, los de izquierdas y los de derechas, los blancos y los negros, los nacionalistas y los patriotas. Pero esa es la trampa, la forma que tienen de manipular. Lo mismo ocurre en el colegio, en el instituto o en la universidad. Es algo que se reproducen siempre. La propia enseñanza nos dice que tienes que ser el mejor y sacar buenas notas. Es una forma de manipulación basada en el éxito. Si no tienes éxito, eres un mediocre, y ahí empieza el control, la manipulación.

Recuerdo en el colegio que había una niña que me parecía excepcional. Los niños, a veces malévolos, la llamaban la “apestosa”. Sus padres tenían un pequeño rebaño de cabras y ese olor característico impregnaba todas sus ropas. A veces traía para desayunar huevos recién cogidos de su corral que se comía crudos delante de todos. Los niños, incrédulos, la miraban con desconfianza y con cara de asco. A mí, sin embargo, su libertad, timidez y valentía me fascinaban. Fue una gran maestra, con la cual convivía en silencio, y de la cual aprendía atentamente. Daría cualquier cosa por saber qué fue de ella.

Los niños aislaban a “la apestosa”. Conmigo no llegaban a tal extremo, aunque también formaba parte del grupito de raritos que había que tener controlados y aislados. Nunca te invitaban a sus fiestas y nunca participabas de sus secretos. Eso creaba incertidumbre entre los más vulnerables, entre los que me encontraba, especialmente por frecuentar y defender siempre que podía a los más raritos o estigmatizados. Había una cruel repetición del mensaje estigmatizante que iba de uno a otro dependiendo de a quien le tocara turno para saciar la podredumbre humana. Sin embargo, había algo que no conseguían, y era el lavarnos el cerebro. En eso no nos ganaban, porque los raritos, al menos algunos, teníamos capacidad crítica, y sobre todo, teníamos formas de rebeldía, a veces rebeldía encubierta, pero rebeldía al fin y al cabo.

Lo cierto es que nunca me atreví a comer, a pesar de sus reiteradas invitaciones, aquellos huevos frescos recién cosechados de su pequeño corral, pero mi propia rebeldía me hizo ir más allá: tener mi propio corral. Comprendí que para ser aceptado socialmente debía anular por completo mi propio criterio, mi propia forma de ver y entender la vida. Si te sales del redil, si no actúas como se supone que debes actuar, te insultan y te señalan. Forma parte del control mental, de la manipulación social. Pero como le pasaba a esa niña encantadora, tímida y libre, nunca acepté del todo lo normativo. Y quizás por eso durante toda mi vida me vi forjado a ayudar a los estigmatizados, a los señalados, a los raritos, no importa si lo eran material, emocional, intelectual, social o espiritualmente. Ahí estaba yo, alineándome a esas fuerzas contrarias a la norma para echar siempre una mano. Y quiero resaltar ese pequeño “yo”, no como acto de falsa humidad, sino como acto de reconocimiento a todos esos “yoes” que tienen inteligencia y criterio propio para hacer lo que sienten en cada momento que tienen que hacer. Por supuesto, siempre desde la lealtad al principio de oro de no desear el mal a nadie.

Y bueno, debo decir que de alguna forma me he convertido en un pobre apestado, como aquella hermosa niña despeinada, de extrañas ropas, pero elegante figura y andar. Un apestado posmoderno que cría sus propias gallinas y vive a su manera, como un alma libre, a expensas de que la vida disponga y ejerza su soberanía más allá de modas y preámbulos. Y no lo digo despectivamente, al contrario, lo digo desde la dignidad más absoluta. Un apestado de pies a cabeza, especialmente ahora que no para de llover, hace frío y no funciona el agua caliente. ¿Y por qué todo este rollo? Porque llevaba meses sin comer huevos de las gallinas felices. Pero había muchos acumulados y se me ocurrió comer uno estrellado en el arroz. Y eso creó realidad. Y me vinieron recuerdos. Son los agregados psíquicos de los que habla mi añorada soñadora. Pues eso, un agregrado psíquico, sin más.

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Las órdenes esotéricas y su trabajo


 

Dada la crisis, cada vez resulta más complejo sacar un nuevo libro en nuestra editorial. Pero poco a poco vamos haciendo lo que podemos y editando alguna que otra novedad, como la que acaba de llegar justo hace un rato aquí a los bosques. Se trata de un libro que descubrí este mismo verano leyéndolo despacito y virtualmente con la amiga María, ella desde la comunidad de Findhorn y yo desde Galicia. María me recomendó su lectura y durante unas semanas lo leímos y lo estudiamos juntos, comentando, como si de una escuela de misterios se tratara, todos aquellos pasajes que nos habían resultado interesantes o dignos de mención. La verdad es que fue un verano hermoso, rico de lecturas, anómalo, silencioso, compartido. Ha sido un bonito tiempo cargado de emocionantes ideas futuras. Un tiempo de mucha siembra, más que de recolección. Y hoy mostramos algún fruto.

Como amante de las ciencias ocultas y el mundo esotérico, este libro me fascinó y decidí editarlo este mismo año. Lo he incluido en la colección Arca Lucis, ya que me parece un imprescindible para todos aquellos amantes del camino intelectual dentro de las creencias místico-esotéricas y especialmente de la Tradición Occidental y su Camino de la mano derecha. Si por mi fuera, dedicaría lo que me queda de vida a enriquecer la colección Arca Lucis, una colección que pretende recoger y recolectar las mieles que todos los tiempos ha ofrecido al sediento buscador. Una especie de Arca espiritual donde cualquiera pueda tener la certeza que encontrará lo que busca. Es un trabajo ingente, pero al mismo tiempo apasionante.

Después del libro “El Camino del Loco” y toda la obra de DK y AAB que con mucha paciencia estamos editando en nuestro sello Nous, quizás este libro sea de lo mejor que hemos editado en cuestiones de esta índole. Soy consciente que no son libros comerciales y que son muy de nicho, pero me veo obligado a hablar de ellos. Me parecen imprescindibles para entender un poco más todo lo concerniente al mundo de las órdenes esotéricas, la iniciación, el origen de los misterios, todo lo concerniente a los maestros y los iniciados, las escuelas ocultas, los rituales, etc… Además, Dion Fortune ofrece una visión fresca y renovada de toda la tradición teosófica, puliendo con un vocabulario sencillo cuestiones altamente complejas.

Os animo a que podáis comprarlo y podáis, a su vez, regalarlo a todos aquellos que se encuentren en la búsqueda espiritual desde una perspectiva más investigadora o intelectual. La venta de este libro nos ayudará a dar salida a los siguientes que están esperando en cola, como por ejemplo: Tratado sobre magia blanca, Las odas de Salomón, la edición especial de Poeta en Nueva York, La sabiduría de Jesús, Juan el Solitario, El lenguaje de los pájaros, Fama Fraternitis, etc… Libros que iban a ver la luz este mismo año pero cuya edición se está retrasando por la falta de ventas.

Si por la situación actual no pudieras comprar el libro pero sientes la llamada de su lectura, escríbeme sin compromiso y te lo haré llegar con ánimo y alegría. En el mundo editorial soy conocido por mi afán de regalar libros. Así me va… Regalo más que vendo. Pero todo sea por ayudar al sincero buscador a hallar las puertas de todo misterio.

Y si la vida te va bien y tienes recursos y te gustan estos temas, no dudes en comprar unos cuantos y regalar algunos o dejarlos olvidados en alguna parte. Seguro que alguien encontrará algo de luz en sus páginas. ¡Luz, más luz! Aquí otro punto de luz en la mente de Dios.

https://www.editorialdharana.com/catalogo/las-ordenes-esotericas-y-su-trabajo?sello=nous

 

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14.163


Esa es la ingente suma que el abogado de mi ex se llevará por diez minutos de trabajo. Ese es el precio, según el juez, que debo asumir por no enviar un fax a dicho abogado. Un diabólico festín, que diría Espronceda. Porque cómo es posible que la justicia funcione así, de esta manera, donde la parte rica demanda a la parte pobre para quedarse con todo y ser aún más rica y la parte pobre debe, ¡ay pobre diablo!, perder y pagar. Y después de semejante injusticia, aún hay gente, por llamarla de alguna manera, que duerme tranquila, con la conciencia tranquila.

Enjambre de vampiros y alimañas, mundo diabólico, materialista, egoísta, escuadrones taberneros que enjuagan la saliva relamiendo los trozos sobrantes. Y dígame usted, señor abogado, en qué posición queda uno, que es mísero, que vive en una triste cabaña de madera, cuando se le arrebata todo lo poco que tenía y además, una vez casi rematado, se le intenta chupar hasta la última gota de sangre. Dígame qué más sangre desean ustedes dos, el uno y el otro, que pueda satisfacer su insaciable avaricia.

¡Qué hartazgo! ¡En qué andaba yo pensando cuando dejé entrar en mi vida a tan semejante…! Qué fue lo que me atrajo hasta tan surrealista situación. Quizás los corceles mugientes, o los torrentes de lava. ¿Pero no se da cuenta que con ese dinero podría comprarme un habitáculo para vivir, aunque fuera una ruina? ¿No se da cuenta que el mundo se acaba y habrá que rendir cuentas? Supongo que no usted, que es un mandado, un pagado, sino quien le pagó tan traicionera demanda.

Pero el sapo siempre explota cuando su vientre no puede más. Y aquí explotarán todos, hasta el apuntador, que con sarna y suplicio reventó de tildes. A mí ya me tocó mi turno. Y así ando, que no levanto cabeza, aún. Ninguna lámpara sepulcral querrá alumbrar tan triste escena. Porque todos sabemos que hay otra justicia, esa ley que llaman karma, y que nadie escapa de ella. Y será ella, y no la toga estúpida y anacrónica, ciega y vapuleada, la que realmente ejerza su ley.

Ya le digo de antemano, a usted y a su ama, que no dispongo de ese dinero. Y que tendrán que echarme de esta cabaña para saciar su sed de venganza, y ponerse a vender en pública subasta mis libros, que es lo único que realmente poseo con celo y gracia. No habrá alaridos ni súplicas. Me lo tengo merecido por mi condición de hombre, excesivamente blandengue, que por no ver a una cría llorar, asumió sus caprichos y manías.

Eso sí, menuda bacanal montaré, cuando todo esto termine, porque si bien el dinero no es mi arma, lucharé con todas las palabras que hagan falta hasta que sacie mi desahogo. En eso no habrá tregua, entre otras cosas, para que la rabia acumulada vaya saliendo de alguna forma y no se enquiste en un mal mayor. No con pistolas ni duelos como se hacía antes, porque como eso del honor ya no es menester que se defienda, pues quedará al menos la libertad y el coraje del desahogo, aunque este sea sibilino, sagaz, mordaz, envenenado. Pero que fluya, que no se quede dentro, que salga todo. No quisiera morir de rabia, tan joven y con toda una vida por delante.

Y ahora a lo que iba. No se equivoquen los jóvenes enamorados. No confíen en la suerte ni en el mañana. En esta sociedad líquida, egoísta y enfermiza, ya no queda amor. Solo una suerte de pactos, entresijos, intereses, egoísmos y demás lista de desmanes que se rompen en cuanto una de las partes deja de ser interesante para la otra. Y cuando eso ocurre, uno de los dos caerá en desgracia. Su ruina está garantizada, ya no solo la material y la emocional, sino también la espiritual, porque entrando en sumo grado de locura, capaces son esos estúpidos en cometer las más atroces de las barbaridades.

Así que si inevitablemente se enamoran, háganlo con suma prudencia. No cometan la estupidez de aferrarse a algo tan efímero y fugaz como esa enajenación mental que a muchos llevan a la ruina. Desconfíen siempre de esa inmadurez, y atrévanse a amar desapegándose desde el minuto uno de cualquier lazo que conduzca a la locura. Amen, mejor, en silencio. Y si puede ser, a solas, que tal y como está el patio, mejor solo.

Catorce mil ciento sesenta y tres euros. Más la pérdida de salud durante nueve meses, más la ruina económica, más la pérdida de tres apartamentos y un coche nuevo recién comprado y no se sabe cuanto dinero más por el camino. Ese es el precio de la enajenación mental por enamorarnos siempre de la forma más estúpida ¡Que silbe Aquilón, y que el más bravo destino ponga orden en todo desmán! Que sea la vida, y no yo, quien juzgue. “No quiero hacerte daño”, fueron sus palabras tras el primer beso. ¡Ay! ¡Si es que hasta me avisó! ¡Ay, en qué andaba yo pensando!

Grupo Semilla Escuela. Cocreando la futura Escuela Dharana


 

Primer boceto de la Escuela creado por el arquitecto italiano Franco Anesi

 

Estimados amigos,

Estamos abrumados por la buena acogida que está teniendo la creación del Grupo Semilla para la creación de la futura Escuela Dharana. Como estamos recibiendo muchas solicitudes, queremos en este escrito puntualizar algunas cosas para no entrar en equívocos y que todos aquellos que sinceramente nos escriben para participar de este grupo, sepáis un poco qué es lo que vamos a hacer.

Cuando sentimos la llamada para crear el Proyecto O Couso, un grupo simiente de tres personas estuvimos durante un año meditando juntas, cocreando juntas e invitando a que el milagro de la manifestación del proyecto se manifestara. Tras un largo año de trabajo y proyección por fin vio la luz el Proyecto O Couso. Durante los siguientes años, grupos de meditadores llegados de muchos lugares de procedencia han hecho posible la creación de la Casa de Acogida.

Este proyecto está compuesto por tres fases de desarrollo de siete años cada fase. La primera fase (la ética del servicio puesto en acción) consistía en crear una familia subjetiva y una comunidad abierta en torno a la reconstrucción de la Casa de Acogida, una ruina del siglo XVI que ya está casi milagrosamente terminada gracias a la cooperación y el apoyo mutuo de cientos de personas que han pasado por este lugar.

La segunda fase (la ética del estudio y las ideas), la cual empezará en la próxima primavera, es más compleja. Trata de encarnar no solo un edificio, sino unos valores y una metodología pedagógica centrada en la búsqueda interior. Sostenida de forma grupal, deberá ser referente para futuras generaciones, estableciendo objetivos y estrategias a muy largo plazo que nazcan de nuestros tres pilares: la meditación, el estudio y el servicio. También será el soporte para la tercera fase (la ética viviente), la construcción de una comunidad basada en la Nueva Cultura Ética, la comunidad Simorg.

Para ello, estamos buscando doce personas que se comprometan a un mínimo de un año de voluntariado para cocrear dicho proyecto desde diferentes dimensiones, de forma holística, integral y multidisciplinar. Esas doce personas deberán convivir juntas en el proyecto y dedicar al menos tres horas de meditación/visualización grupal al día, cocreando desde la intención interior y grupal la futura escuela.

Como el reto es complejo y requerirá mucha disciplina y autocontrol, es necesario que los voluntarios que se postulen tengan algún tipo de experiencia en grupos y en la práctica meditativa. Tendremos un régimen vegano y no se permitirá el consumo de drogas, tabaco ni alcohol. Esto es muy importante para que las meditaciones puedan ser sostenidas con fuerza y vigor y para que el trabajo mágico del alma que se pretende realizar sea del todo posible. Las personas que participen deberán sostener el trabajo siempre desde la acción grupal y la más absoluta generosidad, y no desde una visión egoica, por ello es muy importante que los que deseen participar sea desde una fuerte y clara llamada interior, y no por una pérdida de sentido actual. Es importante que estemos totalmente integrados en esta idea para no dedicar la mayor parte del tiempo a la resolución de conflictos que surgen desde una personalidad no integrada.

El trabajo no se podrá hacer de forma virtual, sino que deberemos estar conviviendo en los espacios que se habiliten para ello de forma presencial, voluntaria y no remunerada, realizando profundas meditaciones grupales en el lugar habilitado para ello. Una vez formado el grupo simiente, cualquier persona interesada en colaborar en la distancia con las diferentes áreas de coordinación será bienvenida. La fundación Dharana pondrá todos los medios disponibles para que esto sea posible, tanto en la búsqueda de espacios individuales, el acomodo, la alimentación, el bienestar, etc. Las áreas en las que trabajaremos serán las siguientes:

Coordinación Grupal

Coordinación Planificación

Coordinación Tesorería / Recursos / Administración

Coordinación Comunicación

Coordinación Voluntariado

Coordinación Construcción Escuela

Coordinación Pedagogía y Trabajo Interior

 

Las fases se irán desarrollando durante los próximos siete años. En una primera fase, se realizará la selección del primer grupo semilla. Para ello, todos los participantes deberán haber realizado una Semana de Experiencia en el proyecto O Couso y 21 días de Experiencia antes del 21 de marzo de 2020. Con esto se pretende que la persona conecte con la tierra, el lugar y el grupo y tenga capacidad de discernir si la llamada es sincera y la fuerza de la misma se sostiene.

A partir del 21 de marzo, y ya empezando con la acción grupal, haremos una convivencia intensa de Tres Meses de Experiencia en la casa de acogida. Entraremos en la segunda fase, buscando espacios privados para las doce personas. Si no existen espacios suficientes habrá que construirlos o distribuirlos entre todos. Esta será la primera actividad grupal, que buscará evaluar nuestras capacidades y talentos, la convivencia, la organización grupal, nuestro grado de generosidad y la puesta a prueba de la cocreación del grupo formado.

Una vez el grupo esté totalmente integrado y detectadas sus fortalezas y debilidades, entraremos en una tercera fase de Seis Meses de Experiencia en la que se empezará a cocrear la escuela en sus formatos tangibles e intangibles, programando los siete años de trabajo posterior.

Metodología empleada:

  • Actividad grupal organizada según la sociocracia.
  • Meditación basada en los fundamentos del raja yoga y el agni yoga. Serán meditaciones de integración de la personalidad y cocreación mediante visualizaciones grupales. Tres horas diarias (dos grupales y una individual).
  • Círculos de consciencia, de familia y de sabiduría donde compartir los avances.
  • Posibilidad de hatha yoga y bhakty yoga.
  • Cuatro horas de actividad grupal por la mañana y resto de la tarde libre para el individuo de lunes a viernes. Sábados y domingos libres.

Recursos disponibles:

  • Habitación privada, cabaña, caravana o similar a partir del tercer mes.
  • Alimentación vegana. Desayunos y cenas libres, comidas grupales.
  • Lugares de trabajo para cada grupo según las infraestructuras disponibles.

Objetivos:

  • Crear una escuela de Meditación, Estudio y Servicio.
  • Crear una escuela de búsqueda de dones y talentos.
  • Construcción del edificio según las indicaciones del maestro tibetano DK.
  • Construcción de la metodología para una escuela del séptimo camino espiritual, también conocido como camino violeta, del séptimo rayo, camino del agni yoga, de la ética viviente, camino integral, de la nueva era, etc…
  • Construcción de las bases para la tercera fase del proyecto: la construcción de la comunidad Simorg, una comunidad de ética viviente.

Si estás interesado en participar en este hermoso proceso de cocreación, puedes escribirnos a info@dharana.org   Te enviaremos una serie de cuestionarios independientes para conocer vuestros roles y habilidades y así afianzar los grupos que se generen.

Gracias de corazón por coparticipar en la construcción del nuevo mundo…

Fundación Dharana. Cumpliendo con nuestra parte en el propósito de hacer de un mundo bueno, un mundo mejor. 

El operador laplaciano


«¡Qué locura!» Goya Lámina 68 de Los desastres de la guerra

 

“El odio es un lastre, la vida es demasiado corta para estar siempre cabreado.”
American history X (1998)

Bueno, cabrearse es humano. No siempre todo fluye de forma armónica. Como cuando hoy esa hermosa rubia, despampanante, casi perfecta, me ha invitado a no sé qué rollos de fruta y le he tenido que decir, “lo siento, odio la fruta, soy galletariano”. A veces uno tropieza, se enfada, se despeina, sufre accidentes, las cosas no funcionan. Hoy era uno de esos días. Empieza mal y termina mal. Es normal, está lloviendo, hace frío, la soledad es abrumadora. Te desahogas con tres paseos, uno por la mañana, antes del desayuno, otro después de la comida y el último antes de la cena. Intentas trabajar algo. Claro que es difícil concentrarse cuando todo sale mal. Son días grises, qué le vamos a hacer. Pero el odio es un lastre… ¿cómo es posible que no me guste la fruta?

Luego recapacitas. Empiezas a correr tras la sombra de tu amigo canino. Te cansas y te das cuenta de que ya tienes una edad. Rozar los cincuenta ya no es una broma. El corazón se acelera. Tengo que parar. Los mareos siguen ahí, hay que tener cuidado. Y los achaques, cuando no es una cosa es otra. Y eso que para algunas cosas parezco aún joven, adolescente diría. “Debería comer fruta”, pienso para mis adentros.

Odiar no odio a nadie, excepto a la fruta. Por suerte a las personas no. Hay gente que me cabrea porque hay gente estúpida e insolente. Pero de todas, las que especialmente me incomodan es la gente egoísta que solo piensa en sí misma y en sus emanaciones. Sobre todo si luego no atiende correctamente a las emanaciones. Pero esto es un problema de perspectiva. Cuando le he dado esquinazo a la rubia ni siquiera me ha intentado convencer de las delicias de la fruta. Se ha marchado ofendida. Los egoístas deberían estar solos y no juntarse con los otros. Solo saben manipular, distorsionar y embaucar al desprevenido para sacar algún tipo de interés o rédito. Sí, un problema de perspectiva y expectativa. No se puede tener expectativas sobre nadie. Por norma, la gente tiene vida propia, y tiende a fluir según capee el viento. Ya no hay principios sólidos, ni compromisos sólidos, ni respuestas sólidas cuando uno se equivoca. Lo siento querida, no me gusta la fruta, qué le vamos a hacer.

Y es cierto, la vida es demasiado corta para estar siempre cabreado. Por eso solo me cabreo de vez en cuando. Muy de vez en cuando. Es humano. No se puede evitar. No siempre los caminos son de rosa. Lo normal es que haya baches, curvas peligrosas, accidentes. Sobre todo si caminas. Si te quedas inmóvil al borde de la senda nada ocurre, pero nada aprendes, nada creces, nada mejora. Los que se equivocan son los que caminan, y cuando tropiezan, pues a veces se enojan. Porque si caes y caes mal te haces daño, y eso crea una reacción psicológica que produce primero dolor físico, y luego sufrimiento emocional o psíquico. Es el añadido, el extra al dolor. Podríamos evitarlo, pero no siempre es posible, porque a veces los dolores no solo son tangibles. Están los dolores que no se ven, que nadie ve, pero que están ahí.

Estos días de absoluta soledad me veo a veces hablando solo. Es lo bueno de no sentirte manipulado por nadie, ni por las noticias, ni por embaucadores vendedores o políticos de turno. Luego pienso que me estoy volviendo loco. Y luego me doy cuenta de que loco de remate ya estaba y que el hablar solo tampoco tiene nada de malo. Pero por si acaso apareciera alguien de repente y me viera hablando con las flores o con los árboles, intento disimular mis circunloquios echando unas charlas con el amigo Geo o con los patos o con las gallinas, que como no tienen gallo que las defienda, me toca a veces cacarear imitando cierta gallardía de la que no dispongo.

La verdad es que nunca me gustó la fruta y nunca fui un gallito. En el colegio los niños me pegaban cuando veía los tropezones de plátano que me escondía en los bolsillos disimuladamente. Aprovechaban que era un niño tonto para darme capones. Ocurrió lo mismo en el instituto. Por suerte esos garrulos no pasaron a la universidad, así que allí tuve cierto consuelo, y como las guerras eran más bien ideológicas, me vine arriba, porque en esas batallas casi nadie me ganaba. La logística de mi mente se hizo poderosa, y me di cuenta que, en el mundo de las ideas, podía tener cierto éxito. Y al darme cuenta, empecé a ligar algo, no mucho, pero algo. El rollo dandi intelectual atrae hasta cierto punto. Sobre todo si eres algo rarito, vegetariano, no tomas drogas ni alcohol y te codeas con gente extrañamente fuera de lo normal. Eso sí, cuando las mujeres descubren que no te gusta la fruta, desaparecen volando. Si no le gusta la fruta, algo esconde. No mola, da desconfianza. Lo sé. Una pena.

De todas formas, desde que estoy en los bosques ya no tengo ningún tipo de éxito. Ni social, ni intelectual, ni material ni varonil. He dejado de ser un macho delta (los alfas ya no están de moda) y me he convertido en un operador laplaciano, es decir, en una persona de segundo orden. En el fondo me encanta, porque es como volver a la infancia, cuando los niños más perversos te pegaban capones en el patio. Esos capones tuvieron el efecto de volverte fuerte por dentro, de hacerte inevitablemente más introvertido y por lo tanto, más espiritual. Ahora me pasa lo mismo. Me estoy volviendo más espiritual y más fuerte, aunque de vez en cuando me cabree con la gente que se empeña en darme fruta de postre. ¡Qué le vamos a hacer!

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Las fuentes de agua viva


© Vassilis Tangoulis

 

Llevo mucho retraso con las ediciones. Las reimpresiones también tienen que esperar. Hoy trabajaba afanosamente sobre la Crítica al programa Gotha. Lleva meses de retraso sobre la previsión de este año. El manuscrito de Marx me parece importante. La crítica al proyecto de programa y la carta a Bracke que la acompaña fueron enviados a Bracke en 1875, muy poco antes de celebrarse el Congreso de unificación de Gotha que daría como resultado uno de los partidos más antiguos que se conocen: el Sozialistische Arbeiterpartei Deutschlands, conocido actualmente como Partido Socialdemócrata Alemán, el SPD. El deseo era enviar esta crítica a Geib, Auer, Bebel y Liebknecht y más tarde se le devolviera a Marx para terminar de perfilarlo.

La historia no deja de ser apasionante. Cuanto más escarbas en sus avatares más puedes entender las consecuencias del presente. Desearía tener más tiempo para poder editar libros de política y economía, ensayos de cultura y ciencia, de sociología y antropología. Pero el tiempo es un recurso muy escaso hoy día, más cuando intentas abarcar todos aquellos frentes que sean posibles, que sean motivantes y, sobre todo, que sean urgentes. El activismo cultural y espiritual tiene muchos frentes abiertos y muy pocas las manos que los atienda.

Aún no sabemos del todo cual es la fuente de toda riqueza y de toda cultura. Los lassalleanos decían que era el trabajo, pero Marx, en su crítica, admitía el error como un desliz burgués, atribuyendo tal riqueza a la propia naturaleza, de la cual emanaban todas las cosas. La naturaleza siempre queda como algo abstracto. No somos capaces, ni desde la más pura superstición, ni desde la más lógica de las ciencias, de atribuirle más que mágicas conjeturas. Hablamos de ella como algo que está fuera de nosotros, olvidando, desde nuestro orgullo racial, que nosotros formamos parte de la misma. Todos los seres sintientes de alguna forma trabajan. La mayoría de ellos para abastecer sus necesidades más primarias, relacionadas todas con la obtención de calor. Nosotros, seres algo más complejos, ampliamos nuestras necesidades hasta el infinito, siendo la causa de nuestro mayor sufrimiento el no poder poner límites a nuestra ambiciosa necesidad. La mayoría de los seres abastecen el día a día. Nosotros deseamos abastecer el mañana. Somos omniabarcantes.

Las fuentes de la vida tienen una esencia misteriosa. No sabemos del todo hacia dónde se dirige el ciclo vital. Muchas veces miramos con atención nuestra existencia y no logramos captar del todo su más profunda amplitud. Vemos las orillas, los intereses que se mueven de un lado hacia el otro, de todas aquellas personas que nos rodean por puro interés o necesidad. Pero ignoramos tres cosas importantes: su origen, su profundidad y su destino. Así pasa la vida, casi sin percatarnos.

Leyendo la crítica de Marx veo como nuestra cultura ha degenerado. Sí, es cierto que tecnológicamente hemos avanzado casi de forma mágica. Ya nadie entiende cómo funcionan los píxeles o las ondas de radio. Vivimos en un mundo donde la tecnología nos ha superado, y pronto lo hará la robótica y la Inteligencia Artificial. Muy pronto. Pero culturalmente hemos involucionado hasta tal punto que lo más emocionante que nos ocurre al día es ver, pasmados, embelesados, lo que ocurre en las redes. ¡Qué nombre más apropiado el de redes! ¡Así estamos de atrapados!

El Estado Libre que añoraban los socialistas de antaño está muy lejos de ser conseguido. Primero porque nuestras condiciones de vida no han permitido liberarnos de la pesadez y esclavitud del sistema salarial. De hecho, la sociedad actual se ha aburguesado tanto, valga la paradoja, que sería impensable intentar buscar fórmulas de liberación masiva. La servidumbre se ha convertido en mansedumbre. Nadie estaría, en su sano juicio, dispuesto a pervertir ni un ápice el sistema actual. El precio todo lo sabemos. Oscuridad. Oscuridad cultural, oscuridad espiritual, oscuridad social. Un mundo oscuro iluminado tan solo por las telepantallas orwellianas. En el camino, hemos olvidado la luz, y de paso, la fuente de toda vida. Por eso esta civilización está espiritualmente muerta. Y por eso, seguramente, algo está ya agonizando. ¿Qué hacer entonces con tal moribundo? Poco. dejarlo morir mientras trabajamos de nuevo en la vida que está por nacer. De ahí la importancia de actuar hacia otro rumbo, hacia otro sentido, hacia otra dirección. Y siempre buceando en las fuentes de agua viva.

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Equinoccio. Lleva la barca más adentro.


El árbol nido, el primer árbol que apadrinamos en este lugar…

 

“Lleva la barca más adentro”. Lucas, 5,4

Hizo un día precioso. Me levanté temprano, cuando aún los cielos aparecen oscuros y los primeros trinos se escuchan tímidos en el bosque. Había un silencio especial, dulce, apacible. Fui al gallinero y saludé a las gallinas y los coquetos patos que salían a la carrera para disfrutar del estanque. Es un ritual mañanero hermoso. Es como ver la vida correr en búsqueda de experiencia, de sensación, de luz. Los patos tienen una inteligencia superior a las gallinas. Además, tienen siempre ese rostro sonriente. Me acerco a ellos. Me gusta sentir cómo palpan con sus picos curiosos los dedos de mi mano. Es un saludo cómplice, de amistad. Me alegra saber que aquí están a salvo de futuras potas, y que su muerte será natural, salvaje, libre.

Como estoy solo estos días organicé la jornada al gusto. Con tentempiés, saludos al sol e idas y venidas al bosque para ver cómo se desarrollaba el último día estival. Sin prisas, sin pausa, descansado, atávico. En pocas horas había que recibir el equinoccio, aquí, en el septentrión, el de otoño. Miraba los árboles. Los rozaba con suavidad, agradecido. Imaginaba sus raíces, todas entrelazadas unas sobre otras, y también su comunicación invisible. Miraba sus copas que ya desnudaban las últimas hojas y veía cómo la suave brisa las arrastraba de un lado para otro.

Este año tampoco habrá cosecha de castañas. Y ya es el tercero que no podemos disfrutar de ese sabroso fruto. Es como si la peste maldita que nos azota, también tuviera su réplica en los otros reinos. Sentado en la hierba y rodeado por gatos y patos, cerraba los ojos para intentar imaginar el mundo elemental y preocuparme por su estado. Elementos del agua, de la tierra, del aire, del fuego… Cada cual en su trajín por mantener el orden universal desde el mundo etérico. Cada cual en su tarea evolutiva que transcurre de forma independiente y paralela a la nuestra. Sin contacto alguno, sin posibilidad de admirar su reino, pero presentes en sus arquetipos, en sus trabajos invisibles y perfectos.

Llegaron las primeras cartas interesándose por el grupo simiente de la escuela. Eso me llenó de ánimo. Esta fase será muy diferente a la anterior. Más silenciosa, más organizada, más productiva, más armoniosa y tranquila. Quizás los representantes del mundo arquetipo deseen tocar el clarín en los corazones de aquellos que deberán pactar la construcción de este segundo lugar. Tras el éxito de la reconstrucción de la casa de acogida, no es tanto el edificio que se vaya a construir para albergar la escuela como el significado profundo de lo que allí se hará. Aún es pronto para desvelar todos sus secretos, para desplegar todo su potencial causal, pero ya se están sembrando las primeras bases, los primeros pilares de ese templo aún desconocido y misterioso. Hay mucho trabajo por delante y el tiempo pasa raudo. Hay una urgencia contenida porque el azar también juega su papel en el mundo de los ciclos.

En estos próximos siete años, tenemos que llevar la barca aún más adentro. Y el infinito océano marcará las pruebas. Y los horizontes la esperanza. El nuevo mundo solo podrá conquistarse por valerosos y pacíficos guerreros, ágiles y sin equipaje. Ligeros como plumas pero radiantes como antorchas. Cada cual preparando su viaje en tan diferentes puertos para luego encontrarnos en el ancho mar de la meditación, el estudio y el servicio. Siempre navegando hacia lo inevitable que no es otra cosa que la construcción de una ética viviente, una fase superior de la buena voluntad al bien.

Hoy empieza el equinoccio. Que la vida nos llene de esperanza, de ligereza. Los árboles se desnudan una vez más. Hagamos nosotros lo mismo. Dejemos caer lo viejo, lo añejo, lo caduco. Dejemos que nuestros cuerpos y nuestra alma se desnuden para entrar así en el reino del silencio. Llevemos la barca aún más adentro. La vida nos está esperando con entusiasmo y alegría.

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Acogida excepcional Equinoccio de Otoño


Es un error permanecer en silencio cuando es oportuno hablar.
Pero si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no hace falta que abras la boca. El silencio es el muro que rodea a la Sabiduría.
Aforismo sufí anónimo. ”99 aforismos”. Sabiduría Sufí

“No os olvidéis practicar la hospitalidad, porque
por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles”.
(Hebreos, 13-2)

Estimados amigos,

Ante todo, esperamos que estéis bien, en salud y armonía interior y con ganas de seguir progresando interiormente. Tras este largo periodo de silencio, tenemos la necesidad de comunicar que estamos recibiendo muchas llamadas de auxilio para intentar ayudar a aquellos que en estos tiempos difíciles están pasando por un mal momento. Por ello hemos decidido seguir con el proyecto cerrado hasta la próxima primavera, pero acoger excepcionalmente a todo aquel que esté pasando por alguna situación compleja o difícil. Si estas leyendo esto y ese es tu caso, no dudes en escribirnos para ver de qué manera podemos apoyar vuestra situación.

En estos meses de silencio, la casa de acogida ha avanzado mucho. Aún no está terminada ya que la crisis del Covid nos alcanzó en plenas obras. No sabemos cómo ni cuándo podremos continuar, ya que de momento lo tenemos todo paralizado. La falta de actividad no ha generado ningún tipo de recursos para poder continuar con grandes inversiones, así que estamos a la expectativa.

A pesar de ello, en este verano son algunos los Amigos de O Couso que se han acercado en turnos de no más de diez personas para echar una mano en las labores de mantenimiento y reconstrucción. Estamos realmente agradecidos por el impulso que esto ha supuesto y por la grata compañía. O Couso está cada día más hermoso y habitable gracias al esfuerzo de cientos de personas que han ayudado a su reconstrucción. Podemos decir con cierto orgullo que lo que hace casi siete años era una ruina, ahora ya es una casa habitable. Hemos podido con ello demostrar que el apoyo mutuo y la cooperación son fuerzas mucho mayores que el egoísmo y la competencia, y pueden obrar milagros colectivos cuando la buena voluntad al bien es lo que rige en nuestras vidas. Estar alineados con las fuerzas vitales de la naturaleza, de la tangible y la intangible, nos ayuda a explorar de forma equilibrada todos sus misterios, compartiendo con ello la alegría de cualquier hallazgo.

En la próxima primavera termina el primer ciclo de siete años, donde teníamos como objetivo terminar la Casa de Acogida, un objetivo casi alcanzado. Este próximo otoño lo vamos a dedicar a preparar el siguiente ciclo, que consiste en la construcción de la Escuela Dharana, un lugar que servirá para agrupar a grupos que deseen profundizar en el autoconocimiento y la exploración interior, realizando en habitaciones privadas e individuales y en un edificio construido expresamente para este propósito con fórmulas milenarias de geometría sagrada. Para ello estamos trabajando en una nueva web, además de estar preparando con un arquitecto los planos para pedir los permisos adecuados. El arquitecto tiene un coste de quince mil euros y estamos viendo cómo poder afrontar este paso. También tenemos un primer presupuesto de casi diez mil euros para hacer el vaciado de la planta sótano. Esto será lo primero que hagamos en cuanto consigamos ahorrar ese dinero. Una vez esté realizado el vaciado, empezaremos poco a poco y con un plazo máximo de siete años, la construcción de la escuela.

Dada la situación que estamos padeciendo, vamos a regular tanto la acogida como el voluntariado a partir de ahora, limitando la capacidad según los espacios disponibles y el reglamento que se vaya produciendo en los próximos meses a raíz de la crisis sanitaria. Para la construcción de la Escuela y la programación pedagógica de la misma, vamos a abrir un plazo de presentación de voluntariado para poder afrontar así este reto.

La idea es crear un pequeño grupo simiente de unas doce personas que puedan comprometerse durante un periodo largo para acometer el propósito de la organización de la construcción de la Escuela, tanto material como pedagógicamente. Por favor, si estás interesado en formar parte de este grupo, avísanos con la referencia “Grupo Semilla Escuela”. El resto de las plazas disponibles quedarán de la siguiente manera:

Programa de Peregrinos: 7 plazas.
Programa de Huéspedes: 7 plazas (a partir del 21 de marzo).
Programa de Voluntariado: 12 plazas (por favor preguntar disponibilidad).
Programa de Estudiantes: 3 plazas (solo para el programa de ‘21 días de experiencia’).
Programa de Grupos: 10 plazas (a partir del 21 de marzo).
Programa de Vida en Comunidad: 3 plazas (‘3 meses de experiencia’, ‘6 meses de experiencia’, ‘dos años de experiencia’).
Programa de Amigos de O Couso: 10 plazas (por favor preguntar disponibilidad).

Actualmente tenemos 50 plazas disponibles, pero los programas solo podrán solaparse hasta un máximo de 25 personas. Gracias por la comprensión y gracias siempre por vuestro apoyo. ¡Vamos a por el siguiente reto! ¡Feliz Equinoccio!

Aquí podéis apoyar a la Fundación Dharana en sus próximos retos:

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Su presencia


La persona que nos ha pedido hoy ayuda viaja con dos yeguas… 😦

 

“No os olvidéis practicar la hospitalidad, porque
por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles”.
(Hebreos, 13-2)

Entro en el cuarto y cierro la puerta. Leo las letras de una nueva llamada de auxilio. “Me quedé sin dinero y llueve y estoy un poco agobiado acampando por el monte y no sé muy bien a dónde ir… ¿podríais echarme una mano?” Cierro los ojos e intento buscar luz. Cierro los ojos y abro el corazón y noto su presencia. Es hora de hablar directamente con Deus.

El corazón acelerado, los secretos de la gente, la vida que se expresa. Tengo frío. Llega su presencia y tiemblo. En los montes hace frío. ¿Y qué comeré? ¿Y dónde dormiré? Ya no es él, ahora también soy yo. Porque llueve. Llueve, llueve mucho y hace frío. Lloro. Lloro ante la presencia, ante la impotencia, ante el dolor del otro, el sufrimiento. Cierro los ojos aún más. Abro el corazón. Es hora de hablar directamente con Deus.

Doblo las rodillas, me inclino. Siento su presencia. Junto las manos imitando a los que oran. No soy digno de que entres en mi casa, pero necesito Su presencia. No soy un santo, solo un mendigo más, un peregrino que necesita sanar. Pero las lágrimas vienen, el otro sufre, y yo aquí, buscando su presencia. No quiero oro ni plata. No quiero nada, excepto su presencia. Ya nada me importa. Me postro ante la grandeza y ante mi ridícula expresión. Amor, compasión… hace frío, mucho frío…

Salgo fuera, miro el cielo abriendo los ojos. Llueve, llueve mucho… Hace frío… entro en la habitación y cierro la puerta. Cierro todas las puertas para que se abra el alma, para que explote toda su grandeza, para que la compasión sea siempre gobernada por la justicia, la sabiduría y el buen obrar.

“Llueve y estoy agobiado”… No me detengo en la oración y en las lágrimas. El corazón acelerado requiere su presencia. Sin conocer sus secretos, sin poder acercar la mirada a lo más lumínico, pero sabiendo que una palabra bastará para sanarme. Su presencia es medicina. Abro el corazón, y al hacerlo, también abro el alma para que todo resplandezca en clara luz.

Y me levanto, conmovido. Abro la mano ardiente. La extiendo y abro las puertas de la casa. Todo se extiende, todo se multiplica. El frío se va, deja de llover. Sale el sol y los ángeles cantan en el coro celestial ese aleluya esperado. ¡Que vengan! ¡Qué vengan! Y que sea lo que Deus quiera…

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Una situación desesperante


El antes y el después de la Casa de Acogida

 

Estamos viviendo un tiempo complejo y seguramente a muchos nos hará cambiar la forma de ver el mundo. Pero más allá de eso, estamos viviendo un momento de mucha ansiedad, crisis y desesperación. La posibilidad de una segunda oleada de pandemia junto a las medidas que eso conlleve está removiendo a mucha gente que, de forma desesperada, busca una alternativa de vida.

En el proyecto estamos recibiendo decenas de peticiones, algunas incluso internacionales, para venir hasta aquí. Hoy alguien ha llamado por teléfono, con cierto tono de desesperación y tristeza que me ha conmovido poderosamente. Pedía auxilio, algo de comida y alojamiento a cambio de trabajo, algo de compañía desesperadamente. Casi como un robot, intentando alejarme emocionalmente de todos los que piden ayuda en estos tiempos, le he contestado con la retahíla habitual: estamos cerrados hasta el 21 de marzo, lo siento.

Pero tras colgar la llamada, me he sentido como un extraño para mí mismo. Llevo toda la vida ayudando a todo el que podía y egoístamente, he decidido ayudarme a mí mismo en estos meses de soledad y cierre. Sin embargo, he descubierto afanosamente, tristemente, que al alejarme del otro, me estaba inevitablemente alejando de mí mismo. Que al cuidarme y dejar de cuidar al otro, estaba volviéndome cada vez más inhumano, si es que esa palabra u hecho es posible, o si es que esa condición existe.

Esa voz desesperada ha removido algo dentro de mí que estaba cerrado a cal y canto. Me fui corriendo hasta la casa de acogida, ahora cerrada. Conté las camas que existen actualmente: cuarenta plazas. Miré la despensa vacía e hice un cálculo aproximado de qué costaría abrir de nuevo el lugar, acoger a todo el que pida auxilio y saltarme todas las normas anti-Covid, con sus consecuencias, y con el riesgo que ello conlleva para todos. La casa es habitable en verano pero no en invierno, aún no hemos conseguido la calefacción. Miré los espacios privados con posibilidad de calor y solo son tres, quizás para albergar cómodamente a unas seis personas en invierno. Puse en la balanza mi felicidad actual, mi paz, mi tranquilidad y mi bienestar en un lado, y en otro lado puse la desesperación del otro. Inevitablemente ganó la segunda.

Así que durante estos días voy a ver como puedo hacer, aunque sea de forma sigilosa, todo lo posible para volver a acoger al otro, abrir las puertas de este hermoso lugar y de paso también de mi corazón, y volver a retomar el amor en acción, la espiritualidad realmente válida de poder ofrecer al mundo algún tipo de paz y reposo, de esperanza y alivio, algún tipo de oportunidad e inspiración. Aún no sé como hacerlo, es algo complejo y difícil. Pero tengo que hacer algo, no puedo seguir regodeándome en este egoísmo e individualismo mientras haya gente sufriendo. No puedo seguir la senda de un mundo acabado. Debo esforzarme en construir una nueva, cueste lo que cueste. Un nuevo hogar, una nueva casa, una nueva esperanza renovada. Hay mucha gente que vive cómodamente vidas plácidas y tranquilas. Pero hay mucha otra que aún requiere cuidado y atención. Cumplamos con nuestra parte, sea la que sea…

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Pequeño tratado sobre pobreza práctica


O Couso hace unos años…

 

Sin duda hay muchos tipos de pobreza. No voy a hablar de la pobreza extrema que mucha gente padece, sino más bien de la nuestra, de la pobreza occidental, de esa de la que no se habla porque es compleja y difícil de tratar o aceptar. Somos pobres a muchos niveles, pero especialmente a nivel espiritual. No sabemos nada, ni nos interesa, sobre el más allá, sobre la gestión del universo, la creación, la resurrección de los muertos, los advenimientos espirituales de cada época, la sensibilidad hacia nuestros hermanos los animales, ni qué decir hacia nuestros hermanos bípedos. Nada queremos saber sobre la gestión del Misterio. Nada sabemos de nuestra constitución humana, de cuantos cuerpos tenemos, de cuantos egrégores nos dominan, de qué forma nos influye el alma-grupal al que pertenecemos y de cuantos componentes está clasificada toda nuestra cuenta karmática.

Sobre las leyes de causa y efecto, sobre las de atracción y genero, sobre aquellas que afectan a nuestro mundo atómico, pero también a nuestro mundo energético y astral, nada nos dicen. Hablamos de la mente pero no conocemos sus misterios. Tampoco nos interrogamos sobre la diferencia entre mente concreta y abstracta, y de las posibilidades de la imaginación o la intuición. No sabemos nada de telepatía, ni nadie nos cuenta como ejercer influencia en el mundo mediante la entrega pragmática hacia las fuerzas y energías de cada tiempo. Somos prisioneros de algo que llaman maya, glamour o ilusión, pero nadie nos explica como forjar nuestra liberación oportuna.

A nadie se le ocurre hablar de chohanes, de logos, de arquetipos, de ciudades más allá de la materia, o de sus habitantes, esos que antiguamente llamábamos santos o maestros, o de los discípulos de los mismos, que a veces se les conoce como adeptos y que puntualmente regresan a la tierra para echar una mano en cuanto avanzadilla espiritual. Nadie distingue correctamente un discípulo aceptado de un probacionista, porque las escuelas que imparten este conocimiento han sido vaciadas de inteligencia y ahora solo se dedican a buscar fama y dinero. Nadie nos habla del toque de clarín, y de como ello puede afectar a la necesaria travesía por el desierto, o a navegar por entre las aguas, que todo, a nivel simbólico y arquetípico, tiene una explicación velada.

Nuestra pobreza es tan grande que apenas distinguimos entre alguien que aspira a encontrar un trozo de luz y conocimiento y aquel que ha conseguido enfrentarse a sus primeras pruebas iniciáticas. Ya no se enseñan los ritos y la magia, ni se profundiza en el necesario contacto con la naturaleza, desde el respeto y la admiración que deberíamos sentir hacia esos seres que progresan y evolucionan de forma paralela a la nuestra en los mundos dévicos. Nada sabemos sobre los siete rayos, sobre los siete cuerpos o las siete dimensiones, ni nadie nos explica por que estamos en un mundo cíclico, dual o septenario.

Sobre los mundos invisibles, a penas podemos decir nada. Estamos tan pobres de verdades e intuiciones, de maestros y adeptos que nos puedan guiar, que jamás pensaríamos en la posibilidad, aunque fuera remota, de comprobar en nosotros mismos los velos, la alquimia y todo lo que provoca en nosotros el comer unos u otros alimentos, unas u otras energías, unos u otras emociones, unos y otros pensamientos. ¿Qué sabemos sobre el fuego cósmico? ¿Y sobre los efectos de la meditación en la construcción del antakarana?

Aún nadie nos dijo que posiblemente todo es más complejo, y dada la tamaña complejidad de todo, merecemos estar distraídos y pobres. Sería imprudente, de no haber madurez en ciertas ideas, cierta sensibilidad hacia otros reinos, cierta empatía hacia la vida, formular ideas y arquetipos que no correspondieran a nuestro nivel evolutivo. La imprudencia se podría resumir en catástrofe si, al no desarrollar cierta habilidad para las pruebas que se presentan, no tuviéramos las capacidades suficientes para avanzar. El camino es arduo, y estamos en la época de lo epidérmico y sensiblero. Nadie, en nuestros tiempos, desea riquezas que requieran embarrarse en los caminos enfangados. De ahí nuestra pobreza.

Y de ahí que estemos llenos de cosas, pero seamos pobres, al menos pobres interiormente, sin capacidad para contactar con ningún tipo de elemento que nos pudiera hacer sospechar lo más mínimo sobre la posibilidad de que existiera algo más de lo que podemos percibir desde el mundo de lo tangible. Las puertas se cierran para aquel que no quiere ver, y el mundo se torna pobre y nefasto para el que no desea avanzar más allá de sus propios límites. Como dice un viejo adagio: si queréis seguir los métodos del yoga, es necesario seguir igualmente la vida del yogui. ¡Así de pobres somos, ignorando las maravillas que nos aguardan!

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Una nota musical es un conjunto de frecuencias


 

Mirad la luz del otoño cercano. No cesa, pero es de un color diferente. Apagada, cristalina, quizás teñida por algún suspiro que se aproxima. Llueve y caen las primeras hojas, esas que durante un tiempo han absorbido pacientes la luz del sol y ahora convertirán el árido suelo en tierra. Así es como llega el sol a nosotros. La tierra fértil es la apropiación alquímica del sol mediante el mundo vegetal. Cada hoja que cae en otoño, fue un rayo de sol en primavera alimentado de agua y luz. Nada se desperdicia. Todo renace de alguna forma.

La frivolidad del mundo es de escasa utilidad cuando te enfrentas a sus verdaderas maravillas. No hay más que mirar alrededor para darse uno cuenta de que andamos inmersos en algún tipo de milagro. La sopa de miso con arroz que he comido en el almuerzo, las galletas de maíz para la merienda, las llamadas de amigos que desde México o la dehesa saludan. Hay una nota musical en todo cuanto pasa, un concierto aplaudido por el soñador, por el loco, por el peregrino, pero que se aleja de lo cotidiano, siempre inmerso en sus contradicciones. Hay algo que supera toda tristeza, cuando miras con otro tipo de ojos, cuando alzas la visión más allá de las aparentes formas. Las hojas dejan de ser hojas, la tierra deja de ser tierra, el mundo deja de ser mundo para desvelarse algo aún mucho más profundo y verdadero.

A pesar de la lluvia y el tronar hay una temperatura agradable. Compruebo en la aplicación que aún queda algo de batería, pero no mucha antes de que la oscuridad se cierna sobre todo y las placas solares dejen de funcionar. Por eso debo apresurarme ahora que aún queda algo de luz para escribir algo, para corregir algún libro o enviarlo a imprenta si ya estuviera listo. Las baterías se agotarán pronto y hay mucho por hacer.

El cúmulo de trabajo es infinito. Tenemos la suerte de que el Arquitecto, el Guionista, gratifica los tiempos que vivimos mediante el libro de la Naturaleza. Es un libro aparentemente abierto, pero cerrado para las mentes estrechas. Uno puede leer en sus páginas el Plan, el Propósito de toda la creación. Pero cada lectura le llena a uno de urgencia. Al parecer, estamos en las últimas páginas del capítulo final de algún tomo. Algo se cierra y es necesario convertirse en simiente de una nueva obra. Cambiaremos de octava, de nota musical, y hay que trabajar una por una en todas las frecuencias. Armonizarlas, hacerles entender que estamos juntos en este concierto y que debemos permitirnos la urgencia de actuar. Más allá de cada palabra, hay infinitos huecos entre ellas donde uno puede habitar. Más allá del ruido está la música imperceptible para el ciego. Y digo ciego y no sordo, porque hay sordos que ven y hay ciegos que no saben escuchar.

Encender nuestros nobles y elevados espíritus al entendimiento de la gran obra, de aquella que ha de perfeccionarnos como seres humanos, que ha de llevarnos a cuotas de mayor entendimiento, de mayor sabiduría. Caen las hojas ante mi ventana. El risueño sol ha desaparecido. Lloverá y la tierra mojada nos recordará una y otra vez la importancia de la resurrección de la vida… ¡Hay tanto por hacer a pesar de la luz y todas sus sombras! Y ahí está el libro, el nuevo libro, del cual ni siquiera sabemos su nombre. ¿Cómo entonces hacer su prólogo? No importa, ahí viene la Aurora, dorada como siempre, esperando que todas las frecuencias creen la apropiada nota.

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Comunidades utópicas en quiebra


En la Comunidad de Findhorn, octubre de 2019

 

Mientras preparamos pacientemente este lugar hermoso para dar acogida a partir de la próxima primavera, sigo muy de cerca las noticias de algunas comunidades en las que he vivido y convivido gracias a la tesis doctoral. Hoy recibía un preocupante comunicado de la comunidad de Findhorn, donde expresaban su preocupación y alarma por la crisis que estaban sufriendo a nivel interno, especialmente a nivel económico. Hacían una petición de algo más de seis millones de libras para poder afrontar con tranquilidad los próximos dos años y para ello requerían la ayuda de todos. En marzo de este mismo año, justo unos días antes de que cerraran los aeropuertos internacionales, andaba de visita por Findhorn. Unos días antes había muerto Dorothy, la última de las fundadoras. Interiormente sentía que cuando ella muriera, Findhorn entraría en una gran crisis. Al morir Dorothy, de alguna forma moría el hilo conductor de sus orígenes espirituales, y de alguna forma, moría también el sentido de su creación.

Siempre fui un enamorado de los orígenes de Findhorn y algo crítico, especialmente en la tesis doctoral, con su evolución posterior. Mi reflexión giraba en torno a la idea de que las comunidades que entraban en la rueda del crecimiento estaban desarrollando un modelo contradictorio con el ideal del decrecimiento, la simplicidad voluntaria, la cooperación y el apoyo mutuo, cercano, amistoso, familiar y profundamente ecológico. Una comunidad que crece excesivamente, como es el caso de Findhorn o Auroville en la India, ya es otra cosa, algo más complejo, un sistema alejado del ideal humano de sencillez, cercanía y vida espiritual.

Findhorn es un referente mundial en el mundo de las ecoaldeas, pero los británicos, inventores de la propiedad privada y de la expulsión de la vida tradicional del campo (en el norte de Escocia este fenómeno se conoció como las Highland Clearances), siempre han sentido debilidad por sacar jugo a todo lo que se cociera. Y la Nueva Era, en algunos aspectos, ha sido durante muchos años una gallina de los huevos de oro que potencialmente se ha explotado desde muchos ámbitos, incluidos las ecoaldeas.

Hay una ley de oro en el mundo espiritual que dice que no se puede mercadear con la espiritualidad. Esto es ineludible. Jesús lo ejemplarizó, látigo en mano, expulsando a los mercaderes del templo de Jerusalem. En lugares como Findhorn, se ha llegado a crear todo un supermercado espiritual donde la supervivencia de sus habitantes pasa inevitablemente por la venta de productos y servicios espirituales de todo tipo. Al mismo tiempo, la privatización de todos los logros que en un primer momento se consiguieron, han hecho insostenible la vida allí.

A pesar de esto, Findhorn sigue siendo un lugar inspirador, un lugar lleno de belleza que aporta fe y esperanza en la visión de un nuevo mundo. Los que de alguna manera amamos ese lugar, a pesar de que ese amor nos haga ver con recelo algunos aspectos del mismo, sentimos la necesidad de unirnos y apoyarlos interiormente para que resuelvan de la mejor manera su extrema situación. También sentimos la necesidad de ayudar en todo lo que se pueda, y aprender de los errores y flaquezas que como pioneros, inevitablemente, han tenido que pasar.

Supongo que una de las enseñanzas que sacamos es que deben nacer más comunidades, pero pequeñas, de no más de veinte miembros, donde la cercanía y un modelo de vida sana y compartido sea motivo de alegría común. Otra de las enseñanzas es que hay que volver a la vida simple y cercana, al decrecimiento y a la búsqueda de valores compartidos. En la vida comunitaria del futuro, la adquisición y el consumo de dinero deberán perder importancia en comparación con la realización a través de la orientación espiritual, la vida compartida y el empleo significativo de valores y experiencias. Inevitablemente, en un futuro, pasaremos de un individualismo extremo a un individualismo compartido, porque no se puede entender la vida espiritual sino es en comunión con el otro. Y aprenderemos del error del crecimiento descontrolado para poner bases sencillas y crear redes de cercanía.

Si conoces Findhorn y quieres echarles una mano, puedes hacerlo aquí: 

Donate to Findhorn Foundation

Los acechos de la televisión o de como hacerse rico espiritualmente


Con los amigos Geo y Gaia… verdadera riqueza…

 

Andaba por la mañana corrigiendo un libro de Dion Fortune que pronto editaremos. Estaba programado para abril, pero con toda esta crisis sufrimos un retraso en casi todo. El mundo editorial sigue desmoronándose poco a poco, y nosotros resistimos a todos los envites, especialmente al no ser una editorial comercial, sino más bien un reducido grupo de escribas que hacen lo que pueden para que no se pierda la llama de cierta cultura y espiritualidad.

Pues andaba en esos menesteres cuando me llamó la directora de la oficina de Correos, con voz temblorosa y cara, me la imaginaba, de asustada. “Hay aquí unos señores periodistas que están grabando con sus cámaras y preguntan por ti”, me dijo. Al parecer los periodistas eran de La Cuatro y andaban buscando noticias frescas para poder cumplir con su programación. Le di las gracias a la directora de Correos por no dar mi teléfono y les dije, con pocas ganas, que ya les llamaría.

Como no lo hice llamaron al teléfono de la editorial. Primero sentían curiosidad por ciertos autores que había editado. Me decían que seguramente estaría ganando mucho dinero dada la fama mediática de alguno de ellos. Justamente esta mañana miré las telarañas de las cuentas y el panorama era pésimo. Tras pagar con algún retraso todas las facturas mensuales, en mi cuenta personal había dos euros con ochenta y un céntimo. En la cuenta de la editorial quedaban unos catorce euros y en las cuentas de la fundación, unos ciento sesenta euros. Ningún tipo de ahorro y cientos de deudas que ahogan poco a poco cada mes. Increpé al periodista para que no imaginara realidades paralelas y le dije la verdad. Los editores, al menos cuanto conozco, estamos casi todos pelados, y yo, con nuestra peculiar aventura cultural y espiritual, no iba a ser menos. Todos los meses son una aventura de pura supervivencia. Así es la vida del pequeño empresario, del superviviente autónomo.

El periodista empezó a sentir más curiosidad sobre mis particulares y sinceras respuestas y me emplazó a una entrevista. La verdad es que nunca tuve buena relación con la prensa, siempre tan exagerada y manipuladora. Ayer mismo denegué una entrevista en la radio y pocas veces atiendo a los medios, ni siquiera para intentar con ello aumentar las ventas, como sería natural en una editorial comercial. La verdad es que nunca fui un buen vendedor de nada. Así que le dije la verdad, que no aceptaba entrevistas no concertadas y que, además, era la hora de comer y no podía atenderle. El periodista insistió, que no les importaba marchar hasta Monforte de Lemos, donde tenían otro reportaje, y volver a Samos para la entrevista. La verdad es que sentí cierta compasión.

En el fondo, los periodistas, algunos buenos y otros menos buenos, son profesionales y hacen su trabajo. Así que me rendí ante su tono, cruzando los dedos para que todo saliera bien y no imaginaran historias irreales o fantasiosas sobre mi peculiar modus vivendi. Aún recuerdo cuando hace más de una década salía mi nombre es las noticias, diciendo que había construido un imperio editorial junto a un importante banquero desde mi finca rodeado de caballos. ¡En fin!

Cuando llegaron los atendí como pude. Gasté algo de tiempo en afeitarme, ducharme y ponerme algo de ropa decente. Aquí en el campo uno va siempre un poco dejado de la mano de Dios. Ellos intentaban entresacarme realidades paralelas y yo intentaba, en un duelo casi a muerte, hablarles de las bondades de la vida en el campo, de la simplicidad voluntaria, del apoyo mutuo, de la cooperación. “¿Pero te has hecho rico con tal o con cual escritor?” Yo recordaba mis cuentas y no sabía donde meterme. “Sí, claro que me he hecho rico, rico espiritualmente”. Era cierto, mi forma de vida, o mi forma de entender la vida me había dado unas riquezas difíciles de vender, difíciles de traspasar, difíciles de que sean noticia. “¿Pero cuantos ejemplares ha vendido este autor? Ahora que es famoso seguro que se han vendido muchos”. Pues la verdad es que no, que no han sido muchos, pero su amistad, su compasión, su ayuda cuando lo pasé mal, ¿no es esa la mejor de las ventas? “Pero dime, ¿de qué canal sois?” Pregunté para cambiar de tema… “De la Cuatro”, contestaron aturdidos… Cómo decirles, pobres, que llevaba más de veinte años sin televisión… En fin, si me veis en alguna parte avisadme… A ver de toda la entrevista que corta y pega han sacado… Y haber si hablan de la verdadera riqueza que les he mostrado casi, creo, sin ellos darse cuenta. ¡Qué bonito sería el mundo si eso fuera noticia! ¡Qué diferente todo!

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Los caballeros guardianes de la terra ignota


Estatua del rey Arturo en los acantilados de Tintagel

“Puede llamarse filosofía a la iniciación en los pasmosos arcanos de los verdaderos misterios”. Mario Roso de Luna

Era un frío invierno escocés de hace mucho tiempo. Alguien alzó la espada y nos regaló la fórmula. “Por los poderes que me han sido otorgados, os instituyo, consagro y recibo como caballero, guardián y procurador del bien, el arte y la nobleza. Deberás defender el honor de las virtudes otorgadas con valor, justicia, misericordia, generosidad y fe”. Antes de que la espada fuera golpeada por tres veces con el mallete sobre mi cabeza, cerré los ojos y fui transportado hacia la puerta estrecha. Recordaba el largo viaje hasta llegar allí, las pruebas, las dificultades, la ceguera. Recordaba la muerte como símbolo iniciático, porque aquel día, algo moría realmente.

Era joven, muy joven para tan semejante honor, pero alguien me dijo que hacían falta guardianes para proteger el nuevo tiempo y la premura provocó un alistamiento sin igual. Muchos fueron los llamados. Pocos los elegidos. El templo estaba esculpido en lo más profundo de las cavidades de aquel inmenso castillo. Las aguas golpeaban fuertemente en el acantilado. La humedad y el frío lo atravesaba todo. Mi mentor había surcado océanos para poder acercarme hasta aquel lugar secreto. En mi ignorancia e ingenuidad, no sabía, ni por remota idea, que el grado de caballero aún se otorgaba en estos días. Allí, en la cámara de reflexión, estaban los elementos indispensables, el grano de trigo, el pan y el agua, la sal y el azufre, el mercurio vital, el testamento. En esa cámara comenzó la aventura que debía culminar en la gran sala.

Seguía con los ojos cerrados mientras el venerable caballero golpeaba el primer toque sobre la espada y mi cabeza. Un toque de clarín que me recordaba de nuevo la dramatización de los Misterios. La perfección que existe entre la expiración y la consiguiente resurrección. El guardián del templo se había cerciorado de que ninguna mente profana pudiera invadir aquel acto sagrado. La transmisión debía ser limpia, sin mácula, guiada por el maestro de ceremonias, por las tres luces del templo, por los hermanos invisibles que en ese momento de oscuridad no podía ver. La herencia, la cadena de transmisión, se realizaría de forma justa y perfecta.

En el segundo toque recordé de nuevo las cinco partes del rito: la inevitable purificación previa de todos los cuerpos; la admisión a la participación en los ritos secretos, dura prueba que no todo el mundo logra superar; la revelación epóptica de aquellos que han tocado directamente la verdad pura; la investidura o entronización en la que ahora me encontraba. La quinta, producto de todas estas, es la comunión interna con el Misterio, y el goce de la dicha que nace de las relaciones que a partir de ese momento conducirán hacia la gloria de ser caballero.

Tercer toque. Honor, pero también responsabilidad. Ser guardián, caballero de la terra ignota requiere mucho trabajo, disciplina y esfuerzo. La perfecta contemplación de las cosas que se conciben intuitivamente es un don que te empuja a actuar, a crear encomiendas, lugares de refugio, de inspiración, de acogida al peregrino del alma, de estudio, de meditación y contemplación, de servicio. Comunidades místicas, escuelas filosóficas, gnósticas y herméticas. ¿Cómo hacerlo en estos días de tanta oscuridad? La terra ignota es un “no lugar” exigente que reclama esparcir por la faz de la tierra y allende los mares, las nuevas fuerzas que deben regir el mundo. ¿Cómo hacerlo sin que se apague la llama, sin que se pervierta su verdadero resplandor?

Hacía mucho frío. Escocia es un lugar perdido en mitad de la nada. El castillo estaba rodeado por la neblina invernal, decorado con leves antorchas que iluminaban pasadizos y cámaras secretas. Antes de abandonar el lugar, alzando las espadas hacia el cielo nubloso, se escuchó en todas las salas la exclamación escocesa: ¡uzzé, uzzé, uzzé! Ahora, ya investidos caballeros, el vasto campo de la experiencia espiritual nos aguardaba. La creación de puntos de luz en la mente de Dios, rezaba el antiguo comentario. ¡Adiós Escocia! El vasto mar nos espera…

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La cofradía de los cobardes


Uno de los espacios recuperados a la antigua ruina, aún por terminar

 

Esta mañana hacía un recorrido por toda la finca para fotografiar los avances de este último año y redactar un pequeño informe con sus detalles, una especie de memoria de actuaciones y mejoras. Viendo las fotos y el informe, la verdad es que han existido muchos progresos este último año, a pesar de los obstáculos que hemos sufrido. Avances que no siempre están a gusto de todos, pero que, a mi parecer, han sido toda una proeza. Levantar una ruina sin medios económicos, entregados al esfuerzo de todos bajo la economía del don, ha tenido su mérito. Claro que cuando vienes por primera vez, acostumbrados a vivir en auténticos lujos asépticos, limpios y cuidados, la ruina en la que estamos trabajando puede echar para atrás a más de uno.

Hace unos días vino alguien a visitarnos. Quería quedarse unos días, pero nada más llegar empezó a disparar, a criticar sin ton ni son, que si esto está mal, que si aquello está peor, que si no hacéis bien las cosas, que todo lo que hacéis es un desastre… Estuvo un buen rato salpicando la atmósfera de negatividad, mientras yo, con una sonrisa condescendiente, construía paciente el tejado de una nueva cabaña y le decía alegre: al menos lo hemos intentado. Esa respuesta le desesperó aún más y se marchó como había venido. Por dentro realmente me sentía feliz y tranquilo por hacer lo que podía. Soy editor y antropólogo, no constructor. El mérito de todo es que dónde antes no había nada, ahora hay algo. Imperfecto, claro, pero algo.

Realmente sus críticas estaban totalmente justificadas. Admiro que tuviera el valor de hacerlas y que fuera capaz de ver todo tipo de defectos en el esfuerzo titánico que se ha hecho en estos últimos casi siete años. En un mundo de cobardes que se esconden, que no dan la cara, que hacen daño en sigiloso silencio, gusta la gente clara y valiente, abierta y sincera. Bueno, gusta hacia cierto punto, porque si no haces más que criticar, llega un momento que el mensaje cansa y la actitud aturde. Cierta crítica amable siempre es positiva, siempre que venga acompañada de una acción de cambio, de un contraste, de una disposición para echar una mano.

Por eso a veces uno piensa que esa valentía vacía, carente de acción, amor o compasión viene acompañada de cierta frustración. Porque el problema, por llamarlo de alguna forma, de hacer cosas, es que cuando haces, cuando construyes algo, te equivocas, casi inevitablemente, a no ser que seas una persona talentosa o un genio. Y el que no hace, y aquí hay otra segunda cobardía, nunca se equivoca, y puede degollar desde la crítica aséptica al que se atreve a mancharse de barro. El no hacer destruye mundos. El punto insalvable entre la crítica y el no hacer solo puede contraer destrucción.

A nivel social puede ocurrir lo mismo. No paramos de criticar al gobierno, a los empresarios, a los masones, a los iluminati, a los de aquí y más allá, pero realmente, poco hacemos nosotros para mejorar las cosas. Siempre queremos que los otros las mejoren para nuestro beneficio. Siempre esperamos con cierta desesperación y falso orgullo que un empresario nos de trabajo, que el gobierno mejore nuestras condiciones, que aquello y que lo otro. Pero realmente nada arriesgamos para ser nosotros los que cambiemos nuestra propia situación.

Es como una cofradía de cobardes que se esconden debajo del santo suplicando algún milagro que mejore sus vidas. El santo, que es de madera y no entiende el idioma cobarde, sigue paciente la procesión hasta su destino. En cambio, cuando alguien se atreve a rebelarse ante ese orden establecido, el suyo propio, el yugo muchas veces inconsciente, algo conspira a su favor. Deja tranquilo a los santos, a los dioses, al universo entero y se dispone a colaborar activamente con lo invisible. No le pide nada, solo da. No espera milagros, los obra. Se equivocará una y otra vez, fracasará una y otra vez, pero siempre podrá decir, complaciente: al menos lo he intentado.

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Un día cualquiera de vacaciones



Antes las vacaciones eran de treinta interminables días. Este año no he tenido vacaciones, excepto el día de ayer, donde pude condensar en algo más de 24 horas todo un mundo de experiencias. Pasé la noche perdido en un bosque, como en los viejos tiempos. Adentré el coche en una interminable frondosidad iluminada por una luna llena exuberante. Esa sensación de incertidumbre cuando te recoges en el colchón adaptado al pequeño recinto es siempre conmovedora. La aventura de dormir en cualquier parte, como un vagabundo o como el loco de las cartas del tarot no tiene precio.

La noche fue plácida, incluso cuando descubrí a menos de dos palmos de mi rostro a una hermosa ninfa blanquecina que hacía dibujos con el vaho condensado en los cristales. Primero sentí un temor vago y pasajero, luego me adentré en el mundo onírico confundiendo los ruidos propios del crepúsculo con el complejo mundo astral. Al alba estaba rodeado de una densa niebla que lo cubría todo. El coche estaba completamente sumergido en un mar blanquecino y espumoso. Pude salir del bosque de aquella manera y desayuné de lujo en la borda de un antiguo galeón. Diéronme una gran tostada de tomate y aceite junto con un gran zumo de naranja recién exprimido. Mentalmente seguía trabajando en las Odas de Salomón, pero materialmente vivía la experiencia de sentirme servido, de vacaciones. ¡Qué gozada! No cabía de contento en aquella amplia cubierta.

Tras salir del galeón llegué hasta la orilla del mar, busqué un gran acantilado y allí me di mi primer baño en dos años, si no tenemos en cuenta el chapuzón que en pleno invierno me di en tierras de Israel. El agua del Atlántico es bien fría, pero pude nadar entre las rocas de aquella paradisíaca cala totalmente anónima y recóndita durante una brevedad. Tomé el sol y ante mi cuerpo desnudo, me di cuenta de su blancura y deformidad. ¡Tengo que cuidar el body! Me decía interiormente mientras tocaba y retocaba mis chichas flotantes. Lo de bañarme era algo que no me permitía desde hacía excesivo tiempo. Siempre trabajando y atendiendo a los demás, me había descuidado en exceso. No es que yo sea un enamorado de la playa, y a pesar de que nací a las orillas del Mediterráneo, nunca sentí una gran atracción por el mar. Ni siquiera por su forma poética, la mar. Pero un día es un día, y además, ese era mi día de vacaciones, y había que disfrutarlo.

Cuando la marea alta empezó a engullir de repente la calita rocosa, tuve que abandonar rápidamente el lugar, instalarme en una roca con mayor altura y seguir plácidamente tostándome al sol. ¡Qué rojo me puse! Cuando pensaba que esto lo hacía mucha gente por semanas seguidas, me puse nervioso y marché rápidamente de allí. ¡Qué pérdida de tiempo! ¡Y las Odas aún sin terminar! ¿Cómo puede la gente pasarse horas y días y semanas enteras tostándose sin mayor provecho que ese?

A pesar de los remordimientos, no quise que esas ideas estropearan mis preciadas vacaciones. Aún así, cierta angustia me invadió, me entró hambre y a eso de las cuatro me atreví a mendigar una pizza en uno de esos lugares donde con la crisis, son capaces de hacerte de comer a cualquier hora. La pizza, que es una de mis comidas preferidas, estaba deliciosa. Como nunca suelo pedir refrescos, a sabiendas de que era mi día de vacaciones, pedí uno de cola con hielo y esa rodajita de limón más bien decorativa que funcional. ¡Está horrible, pero admito que refresca! Y ni pensar que hay gente que lo toma todos los días, o incluso esas malolientes bebidas de color turbio que recuerda a la orina, fermentadas con ese sabor amargo que llaman cerveza. ¿Cómo hay seres vivos que pueden disfrutar con eso? “¿Café o postre?” No, gracias”, dije amable. “La cuenta por favor”. Me marcho corriendo que es mi último (y primer) día de vacaciones y tengo que continuar, pensé para mis adentros.

Dejé una buena propina, como hacen los bañistas cuando van a los chiringuitos de la playa. Era mi forma de agradecer la excelencia de la pizza y las horas de atenderme. Así que el último cliente de la mesa salió pitando, reflexionando sobre el lípido y sus misterios, y se dispuso a hacer turismo, que es lo que se hace en las vacaciones.

Surqué parte de la costa norte, paraba aquí y allá. Hice fotos en un castro celta a la orilla de un acantilado. Menudos eran los castrenses. Todo un chalecito a los pies de la playa con dos mil años de antigüedad. Tuve tiempo de rescatar un caracol y recoger algunas plantas mientras miraba las vistas profundas. ¡Cuanta agua tiene el mar! Y no se pierde, ni se cuela hacia abajo, ni se desborda hacia arriba a pesar de que nuestro planeta gira a cientos de miles de kilómetros por hora. ¡Qué misterio! Pensaba mientras me acordaba de mis amigos los terraplanistas… ¡Mira que si tienen razón y todos los científicos del mundo, en púnica conspiración, nos tienen engañados! ¡Qué misterioso es todo! ¡Cuánta agua!

Seguí mi ruta turística. El día estaba dando mucho de sí. Terminé visitando un conocido mirador desde el que se divisa una hermosa ría y un pueblo costero con mucha vida. Todo era precioso. La gente paseando, las parejas bucólicas disfrutando. El mundo parecía pararse de repente. Así son las vacaciones. Postales de poesías pastoriles, campestres, silvestres, idílicas.

Bajé al pueblo mientras veía a los caris paseando de aquí para allá, cogidos de la mano, dándose cómplices besos en las esquinas. El verano y el calor nos regala esas imágenes, esos amores de verano que se alargan hasta el comienzo del otoño y luego desaparecen como la espuma. ¡Así es el amor efímero, epidérmico, estacional!

Me compré un helado y me quité la máscara en plena calle para disfrutar del paseo chupando el almendrado. Unas buenas vacaciones no lo serían sin un buen helado. Tras la visita turística, pensé que podría rematar el día visitando una conocida comuna hippie que había no muy lejos de allí, un poco adentrado en el monte, y así seguir con mis pericias utópicas, siempre tan inspiradoras. Así que cogí el coche y enderecé la ruta hacia un paradisíaco lugar entre curvas y montañas.

Aparqué el coche cerca del río y tímido yo, admito que me hice el remolón antes de entrar en la comuna. No me gusta llegar a los sitios sin avisar. O no me gusta ir a los sitios donde alguien se ve obligado a recibirte. Pero allí eran amables. Primero me saludó un holandés muy simpático y luego el encargado del lugar me hizo un recorrido generoso por todo el recinto, enseñándome los avances, las peculiaridades y todo lo que allí hacían. El horno antiguo, la capilla, el molino de agua, la casa grande, la huerta, las habitaciones, todas individuales… Le expliqué que yo también me había vuelto un poco hippie y que regentaba una comuna bastante parecida a esa, pero donde aún escaseaban los espacios de privacidad. Eso sí, en nuestra comuna no se permiten las drogas, ni el alcohol, ni la carne. ¡Qué inspirador ver un lugar colectivo con tanta privacidad y tan lleno de cervezas! ¿Una cervecita? Me dijo el encargado. No gracias, no soporto el lípido esponjoso con olor a orina, pensé yo siempre tan aguafiestas. ¡Qué gente más rara, de verdad! Qué manía esa de beber orina.

Como me atendió bien, dejé un generoso donativo en la caja común y me marché feliz y pitando de haber conocido ese lugar. Estaba desprendido en mi último (y único) día de vacaciones. ¡Ains! Qué felicidad la holgazanería de no hacer nada, de pasear sin rumbo, de dejar pasar las horas sin pensar (excepto en las Odas), disfrutando de la vida gozosa, despreocupada, vividor en un mundo ingenuo y espontáneo, colorido, pacífico, abstemio. Así son las vacaciones. Así ha sido mi día de vacaciones, no en julio ni en agosto, sino en septiembre. ¡Qué gozo, qué disfrute! Así hasta el año que viene, o quien sabe. Siempre fui un poco rarito.

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Del proletariado al precariado. Poner en valor la incertidumbre


Cuando se habla de precariado siempre se mira como si fuera algo horrendo, como si hubiéramos denigrado aún más aquella imagen del proletariado de siglos pasados. El precariado es la nueva clase social, aún mucho más baja que la clase media que tanto bien hizo por el bienestar del que ahora disfrutamos la mayoría.

Si alguien pudiera verme sin conocerme de nada pensaría que vivo una vida precaria. Pero mi precariedad es maravillosa. Me permite trabajar en libros alucinantes como las Odas de Salomón, al que le estamos dedicando estos días un tiempo de divertimento (por no utilizar la palabra trabajo), o jugar un rato con los patos del estanque, o construir modelos de cabañas que puedan servir para solucionar el gran problema de la propiedad, de la hipoteca y de la servidumbre que eso conlleva. En pocas palabras, la precariedad de mi vida me permite administrar el mayor bien preciado que el ser humano dispone: el tiempo. Y lo administro a mi antojo, haciendo de cada día una auténtica aventura tan radicalmente diferente al día anterior que siempre resulta algo emocionante.

Esta mañana trabajaba en una vivienda de lo más precario. Es mucho más pequeña que la precaria cabaña que ahora habito, que no supera los veinte metros cuadrados. Esta cabaña experimental en la que ahora estamos trabajando no debe llegar a los diez metros cuadrados, quizás algo menos. Pero la idea es increíble. Si la cabaña que habito tenía un coste aproximado de tres mil euros, esta nueva idea de cabaña no supera los trescientos euros. Es cierto que es muy precaria, pero al mismo tiempo, es una maravillosa oportunidad para ir desapegándonos de la idea de tener que vivir en auténticas mansiones, en lujosos apartamentos hermanados con el resto de conejeras o colmenas, en el mejor de los casos, y con la oportunidad de emancipar tu tiempo para aquello que realmente uno se ve capaz.

Digamos que sería cambiar un paradigma: vivir toda la vida trabajando en algo que no te gusta para pagar una hipoteca de una casa o apartamento que algún heredero, de tenerlos, se fundirá en cuatro viajes al Caribe, o gastarte el sueldo de un mes precario en crear un pequeño espacio donde tener lo mínimo para vivir, y a partir de esa pequeña base, ir progresando, si se desea, según las posibilidades o deseos.

Si pusiéramos en valor la precariedad, en vez de atosigarnos con esa manía del progreso, del ganar, del valorar las riquezas y las posesiones, viviríamos sin duda una vida más feliz. Hay otras soluciones menos precarias que las que señalo, por ejemplo, la vida en una autocaravana o en una tiny house. Pero como digo, para empezar, añadamos dosis de precariedad en nuestras vidas, y quizás nuestras vidas se resuelvan de forma diferente.

La incertidumbre de no tener nada tiene su parte positiva. Primero, uno se vuelve totalmente discípulo ardiente del Sermón de la Montaña, cuando se decía aquello de no preocuparse por el mañana, si hasta las flores del campo visten mejor que el rey Salomón. Ese mensaje es revolucionario, pero inconveniente para el sistema social que hemos creado. Sin embargo, ¿qué pasaría si un día dejáramos de preocuparnos y nos dedicáramos a hacer lo que realmente deseamos? ¿Para qué quieres ser un gran ejecutivo de una importante empresa si lo que más te gusta en el mundo es cosechar lechugas o hacer jabones naturales?

Pero resulta que la vida que nos han inculcado es absurda, y uno se pasa toda una existencia para darse cuenta de ello. ¡Pero ahí están los pioneros! ¡Atentos a aquellos que son capaces de dejarlo todo, vivir en una choza y demostrar que se puede vivir feliz con menos! ¡Atentos a los que empezaron a construir las casas con sus propias manos! Los que aprendieron nociones básicas de fontanería, de electricidad, de autoconsumo, de huerta, de albañilería y de todas esas cosas útiles que te permiten emanciparte de la ruidosa y exigente vida del tener. Atento a los que dejaron de ser prisioneros y liberaron su alma para ensalzar la vida hacia nuevas y diferentes metas.

Pero claro, la vida precaria no se lleva, no mola, no está bien vista. A nadie le gusta vestir mal, vivir mal, envejecer mal. Todos pensamos que la riqueza nos dará felicidad. Sí, claro que sí, siempre y cuando por dentro seamos felices. Pero cuando la riqueza, o la falta de la misma, nos da infelicidad, debemos girar nuestras mentes hacia otro tipo de cosmos, de valores y de visión. Hacia una radical y visionaria nueva forma de entender la vida y sus vínculos misteriosos.

Así que me levanto con cierto orgullo, tras llevar unos días construyendo una modesta cabaña de madera por menos de lo que vale un móvil de última generación y digo: claro, claro que se puede… La precariedad es maravillosa…

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¿Y si volviéramos a empezar?


 

© Gavin Dunbar
© Gavin Dunbar

 

Estoy rozando los cincuenta y puedo decir que a nivel personal, he logrado casi todos los éxitos que me había marcado en la adolescencia. Podría pensar que ya estoy disfrutando de una pronta jubilación y que estoy haciendo acopio de todo lo sembrado. Es cierto que uno siempre puede aspirar a más, pero a veces, lo inteligente es aspirar a menos. Para algunos esto podría ser síntoma de fracaso, o de fin de trayecto. Sin embargo, para mí es como volver a empezar desde otra base, desde otra ética, desde otra posición privilegiada, desde una generosidad diferente.

Leía hoy a alguien que decía que “hay que hacer buenos amigos, mantenerlos por el resto de la vida, y que sean personas a las que admiras y te agradan “. Esta mañana salía temprano de casa de una amiga que me agrada y a la que admiro profundamente. Es una de esas personas originales, difíciles de encontrar y más difícil aún de conocer. Tuve la suerte de poder entrar en su vida de forma sigilosa y admirar toda su existencia. Exteriormente pocos pueden entender su forma de vida, pero como decía, siento una profunda admiración por lo que es y representa.

Antes de coger la moto y volver a mi pequeño paraíso por la mañana temprano le mostraba con una sonrisa abierta ese agradecimiento. Me hizo una bonita foto junto al vehículo, una foto que no se puede mostrar por su incalculable valor, pero que representaba de alguna manera el amanecer brillante de esa sensación de que siempre se puede volver a empezar. Hacía seis grados de temperatura en todo el trayecto de casi cien kilómetros de un lado a otro, pero disfrutaba alegre de las vistas, de la niebla junto al río Miño y de los frondosos bosques que rodeaban todo el recorrido.

Esta semana es motivadora. Cuando hueles a septiembre, inevitablemente las neuronas se conjugan para retraerte a esos inicios de clase, a esa aventura de volver a empezar un ciclo con nuevos amigos, con nuevos relatos, con nuevas aventuras. Son momentos de contar como nos ha ido el verano, qué hicimos y cuales fueron los amores que vinieron y se fueron. Es tiempo de cierta nostalgia pero también es tiempo de volver a empezar.

Y uno puede empezar de nuevo a los cincuenta o a los sesenta o a los setenta o incluso a los ochenta. Siempre que se tenga ganas y motivación uno puede transmitir de nuevo ese entusiasmo por la vida. Debo admitir que durante unas semanas he tenido dudas sobre casi todo. Sentía cierta nostalgia y ganas de descansar de todos los avatares. Pero de repente, empiezan las campanadas de septiembre y uno se reactiva, se llena de vida y vigor, se expande interiormente. Es algo propio del otoño. Una especie de energía extra que nos prepara pacientemente para soportar el largo y frío invierno.

Uno se va haciendo mayor, y los amigos cada vez van siendo menos. Pero observo que los que quedan son verdaderos, y además, observo con cierta alegría interior que los que hay me agradan y admiro. Aprendo de ellos, son mejores que yo y por lo tanto siempre una fuente de aprendizaje. Me enseñan a ser pacientes, a ser austero, algo más social y amable. Me enseñan a bucear en la vida sencilla o a amar con pasión aquello que hago. También a hacer las cosas bien, aún a pesar de que uno siempre se equivoca. Me enseñan a ser mejor persona y a ver en la vida un verdadero significado profundo. Me enseñan a mirar desde mi ventana el misterio que rodea todo lo que vivimos y acontece. Ese misterio me recuerda que hoy puede ser un buen día para caminar de nuevo.

Sí, mañana es septiembre queridos. Así que quizás pueda ser un buen momento para volver a empezar. No importa la edad, no importa hacia dónde dirijamos nuestros pasos. Volver a empezar es la esperanza sobre el mañana, la alegría conmovedora de sentirnos vivos, la admiración secreta por la vida. No perdamos tiempo, aún podemos volver a empezar, aún podemos sentir el viento gélido en nuestro rostro mientras surcamos las nuevas veredas.

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