La restauración espiritual en la Nueva Jerusalén


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“Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra habían dejado de existir”. (Apocalipsis 21:1)

Nuestros antepasados han invertido infinitos esfuerzos generación tras generación para mantener el estado de cosas en el que nos encontramos. El producto de ese titánico esfuerzo es lo que nos permite ahora mismo disfrutar de la tierra en la que vivimos. Para algunos, más bien pocos, esto no ha sido suficiente. La degradación a la que estamos sometiendo el planeta está conduciendo al mundo a un escenario apocalíptico. Los últimos incendios en grandes zonas de la Amazonia no es nada en comparación a lo que, globalmente, estamos condenando al planeta.

En el apocalipsis se habla siempre de dos ciudades antagónicas: Babilonia, la cual representaría la parte más grotesca del ser humano, y la Nueva Jerusalén, que representaría la parte más sublime, de gozo y alegría, de paz y amor. El problema de Babilonia y sus estímulos es que estamos enamorados completamente de la misma, de sus placeres, de sus encantos. Nadie por propia voluntad estaría dispuesto a abandonar ese lugar que provoca cierta seguridad. Como digo, demasiadas generaciones han invertido demasiado esfuerzo para su mantenimiento, y la hipnosis sobre esa idea es siempre colectiva. Luchamos y morimos por defenderla.

Son muy pocos los que piensan que debemos hacer algo para cambiar el escenario al que nos abocamos, a pesar de la hipnosis colectiva y la ceguera que la acompaña. Los antropólogos primitivistas norteamericanos de tendencia anarquista afirman que el único modo de encarrilar la humanidad es abandonando por completo el modelo de modernidad actual, la Babilonia apocalíptica en la que nos podemos encontrar dentro de poco si no regulamos nuestra forma de vida. Inspirados por el ensayo de Marshall Sahlins titulado “Economía en la Edad de Piedra”, estos teóricos de las ciencias sociales afirman que la auténtica revolución y liberación humana pasará por la vuelta al neolítico y por el abandono radical de nuestra actual forma de vida.

Dicho así, parece un imposible, si no fuera por esas pequeñas islas experimentales que de alguna forma intentan demostrar que otra forma de vida es posible. Es evidente que habrá dos formas de asumir el cambio: una por propia iniciativa individual cambiando nuestro modelo de vida y tomando, diría que heroicamente, las riendas de nuestras vidas hacia un estilo diferente, radicalmente diferente. La otra manera nacerá del inevitable cataclismo al que nos abocamos y que, en una, dos o tres generaciones a lo sumo, terminará con la vida humana tal y como ahora la conocemos. El primer escenario es esperanzador, pero aparentemente inútil. La gente solo reacciona ante la pérdida o el dolor, ante el sufrimiento de hechos inabarcables. Excepto en contadas ocasiones, que por rebeldía intelectual, moral o espiritual, deciden cambiar radicalmente. El segundo escenario ya se está dando. Sutilmente de momento, pero quizás de forma más desmedida a medida que pasen los años.

La nueva Jerusalén de la que habla el apocalipsis debe nacer en nosotros. Esto es una evidencia. Al menos parece una evidencia moral e intelectual clara. El problema es que esa evidencia no nos interesa porque no estamos por la labor de ningún tipo de restauración moral, intelectual o espiritual. Y sobre todo, porque no estamos dispuestos a derrumbar todo aquello que nuestros ancestros han construido generación tras generación. Romper con ese compromiso, con esa brecha generacional, con esa absurda reverencia hacia lo pasado será lo que cavará inevitablemente nuestra tumba social. Dicho así, el milenarismo ya ha llegado, y el apocalipsis va a llegar si no cumplimos con nuestra parte, si no radicalizamos nuestras vidas hacia un componente de cambio real, hacia una forma de entender la existencia totalmente diferente.

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Cuando la muerte roza las fronteras


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Balaguer es la capital de la comarca de la Noguera, en Lérida. En uno de esos hospitales concertados, de inversión privada, estaba el hermano de mi madre padeciendo una metástasis debido a un cáncer terminal de pulmón. Me sorprendió ver la lucidez de su mente en un cuerpo que afrontaba sus últimos suspiros. Me sorprendió ver cómo habían pasado tantos años sin saber el uno del otro y dándome cuenta de que la muerte no espera, está ahí, acechando a cada instante, en cada frontera y límite de nuestras vidas.

Y de repente me vi yo mismo en esa cama, tumbado, recibiendo a unos y a otros, despidiéndome, quizás con mis pesadas bromas cínicas, de aquellos que resistieron el paso del tiempo. Pero lo aterrador de la imagen era más bien la de todos aquellos que no estarían en ese futuro en esa cama, apoyando el último aliento, la última frontera.

Eso me hace pensar que todos los días morimos de alguna forma. Morimos para esas parejas que nos abandonan, para esos amigos que dejan un día de serlo, para esos conocidos que de repente viven unos instantes profundos a tu lado y luego desaparecen para siempre. La muerte está ahí, a cada instante, porque cada vez que alguien se va, alguien se marcha de nuestro lado, algo muere. Al mismo tiempo, cuando alguien que murió, de repente se pone en contacto contigo para saludarte o para preguntarte qué tal estás, algo revive, algo resucita. Desearía poder reconciliarme con todos aquellos que se fueron, que de alguna forma murieron en nuestras vidas. Recuerdo a los más recientes y me surge un gran deseo de abrazarlos, de besarlos.

Me marché de la sala del hospital silencioso. Deseaba discernir, aprender a discernir la delgada línea entre la vida y la muerte, entre la fe y la esperanza, entre el misterio y lo que se teje tras el velo que nos envuelve, entre lo que somos, lo que nos constituye, y lo que realmente deberíamos ser. El discernimiento es profundo y necesario para saber si nos estamos dejando llevar por las voces de nuestro ego o por, verdaderamente, una voluntad mayor. Dicen que existen algunas herramientas imprescindibles para saber si estamos en la senda correcta. La herramienta esotérica que utilizan en algunas escuelas se llama “COMO SÍ”. No somos perfectos, no somos puros, pero debemos esforzarnos “como si” realmente lo fuéramos. Pulir nuestra piedra, devastarla, como dirían los masones, para que encaje perfectamente en el edificio espiritual.

Si el camino emprendido nos hace sonreír desde lo más profundo del alma, esa también es una buena herramienta de discernimiento. La otra es aquella que beneficia al grupo. Si hacemos cosas para los demás (los cátaros lo llamaban la pura caridad), entonces sabemos que estamos en el Camino correcto. Es complejo el discernimiento, pero sabemos que hay una fuerza mayor, la fe, que nos arrastra hacia el mismo. Fe y esperanza como motores que nos arrastran cada día más hacia la vida profunda, hacia la ética viviente que nos acerca a la vida en mayúsculas.

Sólo se me ocurren estas cosas ante la inevitable tragedia. Discernir la vida, disfrutarla, vivirla de la mejor forma posible mientras dure esta parodia, este juego, este camino. Estos días muere un trozo de mi propia estirpe. Estos días la muerte roza todas las fronteras y eso requiere estar más atento a la vida. Si me lees y hace tiempo que algo mío murió en ti, quiero que sepas sobre mi deseo de resucitar en vida. Cuando me marche, cuando todos nos marchemos, la común unión será ya en el mundo del espíritu. Y quizás allí ya no seamos ni tú ni yo, y por lo tanto, quizás tampoco podamos reconocernos.

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Kénosis. De la hoguera o el exilio


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Ayer tarde en el Camp dels Cremats

Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme. (Mateo 19:21).

El 16 de marzo de 1244 más de 200 cátaros que no renegaron de su fe fueron arrojados a una enorme pira en Montsegur donde fueron quemados vivos hasta morir entre las llamas. Ayer a las seis de la tarde llegamos por fin a Montsegur tras una larga e intensa jornada de subidas y bajadas infinitas, de paisajes hermosos entre collados y gargantas llenas de historia y temblor, tras más de doscientos kilómetros surcando las montañas pirenaicas a pie. Tomamos un refresco al llegar por fin al pueblo y cada uno a su ritmo, hizo el último gran esfuerzo. El Camp dels Cremats y el castillo aguardaban arriba en la cima. Decidí subirlo en solitario, dejando ventaja a mi compañero y así intentando bucear dentro de mí las sensaciones que me producían ese lugar.

Subiendo la empinada cuesta que separa el hermoso pueblecito francés de la colina y el castillo me hacía una pregunta: “¿era de los que ardían en la hoguera o era de los que prendían la mecha?” Al llegar al Camp dels Cremats la propia pregunta me estremecía. Sentí que era quizás de un tercer grupo, de aquel que escapaba de ambas barbaries y se adentraba en los bosques, hacia el exilio, dirección el mediodía. El exilio y la herejía siempre me han perseguido, así que descartaba ser de los que encendían la mecha. Pero tampoco me sentía con fuerza y voluntad para ser de los que anhelaban, en nombre de la fe, ser quemado vivo. Mi pureza, mi perfección, no es tal. Por eso el exilio me atrae más que el fuego purificador.

A pesar de ello, sin duda la fe me persigue y sigo buscando la perfección, o al menos, el perfeccionamiento, que no es otra cosa que entregar tu vida a una causa mayor, dejando que tu pequeña voluntad se disipe, arda en la hoguera purificadora. No llegué a ese lugar, tras nueve noches a la intemperie y ocho días de constante caminata de luz a luz si no hubiera sido por fe. Mi cuerpo físico no tenía apetencia ni fuerza suficiente, pero mi espíritu me empujaba a seguir para comprender, a pesar de mis errores e imperfecciones, desde dentro, el profundo sentir de los tiempos, de la herejía, del pensar y creer diferente. De nuevo me vino el pensamiento radical por lo que aquellos hombres y mujeres perfectos, vegetarianos, extraños de su tiempo, fueron quemados: “No podéis servir a dos amos, a Dios y al Dinero” (Mateo 6:24). Esta frase es lapidaria y encierra un significado profundo. Los cátaros, en su purismo, conocían bien sus secretos, por ello se convirtieron en los mártires del puro amor cristiano y se alejaron convencidos de la epidérmica y corrupta espiritualidad de aquellos tiempos.

Existe un cierto paralelismo entre lo que ocurrió hace mil años y lo que ocurre ahora. La epidérmica espiritualidad está de moda y requiere de cierto purismo, de cierta vuelta a los orígenes. Ese purismo está intentando abrirse camino en los nuevos tiempos bajo el prisma profundo de lo que en teología se llama la kénosis, el vaciamiento interior para así poder llenarnos de algo diferente a nosotros mismos. En términos profundos, es el vaciamiento de la propia voluntad para llegar a ser completamente receptivos a una voluntad superior a la nuestra. Estamos hablando del desapego total que practicaban los cátaros. Desapego a los bienes terrenales, a los deseos, a los lugares, a la propia vida. Un desapego que pocos entienden, pocos practican, pocos llevan al extremo. “Hágase tu voluntad y no la mía”. Y si la voluntad es seguir ardiendo siglo tras siglo, que así sea. De todas formas, siempre nos quedará el exilio, siempre nos quedará el seguir practicando los caminos hasta que nuestra pequeña voluntad arda y deje paso a esa gestión del Misterio que ahonda en nosotros.

Pasamos la noche a los pies de Montsegur, de su historia y de su mensaje. Dentro de mí se abrió un silencio. También una llama. Muy temprano alguien nos recogió de los caminos entre la lluvia. Llegamos temprano a Barcelona. Algo de mí ha muerto. Una llama se ha prendido. Un fuego lapidario se abre en las brechas del camino. Seguimos peregrinando. Seguimos buscando el perfeccionamiento y la pureza, cueste lo que cueste, llama tras llama.

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Pasado el umbral


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Pasado el umbral del sufrimiento, todo transcurre como en una especie de hipnosis donde el estado de vigilia se transforma en estado de impermanencia. Ocurrió lo mismo cuando el año pasado atravesé esa gran crisis que derivó en depresión. Llegó un momento en el que ya el dolor formaba parte del paisaje, y por lo tanto, había dejado de tener importancia. Ahora ocurre lo mismo. El dolor se integra, forma parte de uno, y solo necesitas mirar concentradamente a cada paso para no cometer un error, no caer por un precipicio, en un río, o en cualquier lugar que pueda ser motivo de final del recorrido.

Me doy cuenta, ahora que estoy intentando reflexionar por última vez sobre lo ocurrido el año pasado, que el sufrimiento es incontrolable. Está ahí y a veces te puede hacer cometer cosas estúpidas. Durante los tres primeros días, antes de atravesar el umbral del dolor, a cada instante pensaba en abandonar esta aventura. Había, siempre lo hay, una fuerza que me arrastraba a seguir adelante. A partir del tercer día los paisajes cambiaron, el dolor se integró, hasta que llegamos al quinto día y todo se difuminó. Ahora, casi como un autómata, camino las sendas, subimos montañas imposibles, luego las bajamos, hasta que nos perdemos y tenemos que volver al punto de partida y los ánimos menguan, o hasta que nos quedamos sin comida o sin agua y tenemos que buscar la forma de sobrevivir.

Las jornadas, a diferencia del Camino de Santiago, donde a medio día ya estás descansando en algún ahora añorado albergue, son interminables. Nos levantamos a eso de las seis o las siete. Comemos algo tras recoger la tienda y tras estirar la espalda tras una noche, normalmente, fría e incómoda. Y luego caminar y caminar hasta que se pone el sol, con los pies molidos, la espalda curvada y el mundo todo por delante. Los Pirineos es duro, más duro de lo que llegué a pensar. Acostumbrado en mis tiempos mozos a caminar por lugares imposibles, noto el peso de la edad, y noto, sobre todo, el no tener un cuerpo en forma, ágil, fuerte. Voy a tener que ponerme a trabajar a partir de ahora en él, para él.

Hemos pasado el umbral. Ya solo quedan cuatro jornadas y seguir reflexionando sobre la herejía, el dolor y los Caminos… Los buenos hombres y las buenas mujeres seguirán en la memoria de todos. Sirva este camino para honrarla.

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Agitador de consciencias


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Ayer en el Pedraforca

Cuarta jornada. Hemos conseguido llegar hasta Bellver de Cerdanya. Aquí comeremos algún bocadillo y esta tarde seguiremos la subida que nos llevará hasta la frontera con Francia, la cual atravesaremos, si todo va bien, mañana. Estamos cansados y empiezan a mostrarse las debilidades del cuerpo físico. Dormir a la intemperie refugiados en una pequeña tienda de campaña no es lo ideal de travesía. Los huesos se resienten por la noche en esos suelos duros tupidos a veces por una fina capa de hierba. Los pies destrozados, la espalda doblada, la cabeza girando para todas partes cuando pega el sol…

Nos hacemos mayores para estas cosas, pero hay algo más fuerte que nosotros que nos empuja a seguir. El sufrimiento encuentra siempre algún tipo de justificación o recompensa. La vida se aprecia más, la existencia cobra otro sentido. La naturaleza, siempre tan impresionante, te hace vivir con humildad y agradecimiento. Nos cuestionamos todo nuestro campo vital en las largas travesías silenciosas. Por dentro todo se agita. Me doy cuenta de que este año mi campo emocional murió y dio paso a otro más amplio y maduro, pero ahora, con cierto temor, noto que también debe morir mi campo mental, al menos el mono que no para de hablar, que no para de pensar, que no para de dividir.

Ahora sé, que todo eso terminará también. Especialmente cuando, justamente ahora, me llegan los análisis genéticos que pedí a un laboratorio norteamericano y me confirman mis sospechas. Tengo un importante riesgo de enfrentarme en unos años a la enfermedad de Alzheimer. No es algo que me de miedo, pues sentía interiormente que mi cabeza nunca fue al ritmo normal del resto, pero ahora esto confirma las sospechas y me lleva al límite de todo. No sé, dicho así a voz de pronto, cuantos años de vida útil me quedan por delante. Es cierto que aún no he terminado eso que venía a hacer, esa misión tan mía y tan propia de agitar las consciencias. Pero intentaré estar alerta para que esa agitación vaya tomando fuerza a medida que la vida se vaya apagando. Seguramente eso provocará que la gente me aguante cada vez menos, porque eso de agitar no gusta. Nadie quiere estar al lado de un agitador de consciencias. No importa. Es lo que toca, es lo que debo hacer. Y en este viaje, me agitaré fuertemente, para seguir adelante…

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En la ruta cátara


 

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Acabamos de llegar a Bagà. Llevamos tres días de ruta. Estamos cansados. Por la noche, entre el frío y la lluvia, refugiados en una pequeña tienda de campaña, es difícil dormir. Por el día, subidas y bajadas infinitas. Lo único que nos anima es la introspección, el silencio y especialmente, los paisajes impresionantes de montañas infinitas. El mundo se reduce a los caminos, y los caminos siempre son infinitos. Los caminos del ser humano, los caminos de la naturaleza, los caminos inmortales del alma. A diferencia del Camino de Santiago, vagamos prácticamente solos en toda la jornada. A veces tropezamos con algún despistado que va buscando sendas perdidas. Pero haciendo la ruta, lo que es la ruta de los Cátaros, estamos solos. Es el precio de la herejía, de la de antes y la de ahora. Soledad.

De alguna forma me daba pereza hacer este viaje. Ahora a la pereza se le suma el cansancio. La soledad. La distancia hacia todas las cosas, hacia todos los rincones. Quizás mi cuerpo lo que necesitaba para estos días era una tumbona en alguna playa perdida, o ahora, con cierta añoranza, en algún jardín de alguna aldea perdida. Pero siempre esa manía mía de buscar en el sacrificio algún tipo de satisfacción. En este caso, la satisfacción de comprender la dureza de nuestros ancestros, especialmente de aquellos que huían de la tiranía o la incomprensión. Me niego a idealizar el pasado. Sólo siento pena por la extinción a fuego de aquellos “bons homes”, de aquellos que, siguiendo votos estrictos, dejaron de comer carne y dejaron de abrazar los bienes materiales. No quiero idealizarlos, pero fueron quemados por ser diferentes, y algunos pocos, huyeron por las montañas escarpadas en un tiempo donde no había rutas, ni señalizaciones, ni comida abundante como ahora, ni nada que se le parezca.

No sé como lo hacían, viendo mi cansancio, mi pereza, mis pocas ganas de seguir adelante si no fuera por esa especie de fuerza interior que a veces nos arrastra a realizar empresas complejas. Por algún motivo especial, en esta travesía, tengo muy presente el viaje a Israel de principios de año. Aquella aventura fue hermosa, profunda, inolvidable. Me refugio en ella, y me adelanto a los acontecimientos de intentar, quizás pronto, ese tipo de caminos. Ya sin sufrimiento, ya sin dolor en las piernas.

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Hacia el Camí dels Bons Homes


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El intento de conseguir una cabalgadura ha fracasado. Casi veinte mil euros de pérdidas el año pasado no dan para muchas alegrías. Y a los sórdidos de las finanzas tampoco provoca gran perspectiva de seguridad dichas situaciones inestables. Realmente no me importa. Ya casi nada me importa, al menos nada que tenga que ver con el mundo de la posesión material. En ese sentido estoy demostrando cada día más que la herejía me atraviesa como a los antiguos que vivían en la dualidad de vencer lo material para alcanzar lo divino, entendiendo, en la conclusión final, que ambas cosas forman parte de un mismo todo. Luchar por lo que es de uno sí, apegarse a ello no. Al final todos morimos, y al final nada permanece, excepto el cambio. La vida es pura impermanencia.

Desnudo por la verdad no me siento triste, más bien distante ante los estímulos que el éxito o el fracaso pueda ocasionar en la psique. Acostumbrado a ganar y a perder batallas, esta es solo una más, otra que me aproxima siempre hacia la balanza de la bondad, del camino de la ausencia. Así que, sin cabalgadura, viajo ahora a lomos de un carruaje moderno y lleno de vasallos de la movilidad hacia tierras occitanas. El tren es lento pero placentero. Los paisajes, hasta hace poco verdes y frondosos, se han convertido en un secarral dorado, cubierto a veces por tímidos molinos de viento que ahora miro con cierta distancia y desazón, no como hace un año, que me parecían auténticos gigantes. Mi viaje es uno de los más largos, del extremo más occidental al más oriental, viendo como pasajeros suben y bajan constantemente mientras yo permanezco. Y de nuevo a Francia, para cerrar así una etapa ya no desde la rabia, sino desde el perdón, la reconciliación y el amor incondicional. Ahora que ya voló para siempre, amo esa mariposa libre, amo ese pequeño berberecho de los profundos océanos, y le deseo lo mejor de la vida. Hace un año, justamente un año, viajaba perdido por Francia, sin rumbo, sin tener dónde agarrarme, frágil, dolido. Ahora vuelo de nuevo fuerte y aferrado a la vida, indemne y capaz.

Si todo va bien, esta noche llegaré a Barcelona, mi tierra natal, dónde me nacieron, y mañana empezaremos la ruta cátara desde Berga, recorriendo a la inversa, desde el escarpado Santuario de Queralt hasta más allá del Castillo de Montségur toda la ruta de peregrinaje que siglos pasados hiciera la herejía de los “perfectos”. Siguiendo la senda del GR-107 por el Camí dels Bons Homes, enfilaremos los Pirineos hacia el norte por las comarcas de Berguedà, la Cerdanya, Alt Urgell y Arieja. Allí nos esperan las escabrosas montañas, el frío y la soledad hasta llegar al Mediodía francés, a tierras del Languedoc, en la histórica Occitania. Descansar en Montsegur y en el Prat dels Cremats será toda una reconciliación con el pasado hereje. Me han invitado a continuar hacia Marsella y de allí hacia Burdeos. Si las obligaciones profanas no me obligaran a retornar en breve, iría de sin duda en búsqueda de más aventuras.

A partir de mañana espera dificultad alta de montaña, con un desnivel acumulado de más de cinco mil metros, diez días de caminos y pernoctación en la intemperie o refugios de montaña si los encontramos. Me acompaña un amigo de la infancia, un hermano que ha sobrevivido a los lazos del afecto durante décadas. Hacía tiempo que no teníamos una aventura juntos y aprovechando que él se ha casado y yo soy soltero de hojalata, compartiremos aventura, noches estrelladas, dolores de todo tipo, sacrificio y satisfacción por conquistar cuantas cimas se nos presenten.

Siento cierta sensación de libertad interior, de que algo nuevo se abrirá tras las montañas, tras los caminos, tras el cierre y la renovación inevitable. Ya se está formando el consejo de siete sabios para respaldar a los tres ancianos bajo la custodia de los veintiún guardianes. Ya se están creando las bases de esa primavera que pronto resurgirá. Y este camino es solo un preludio personal para aquello que ha de venir aún. Herejes de todos los tiempos, hermanos del espíritu libre, sigamos caminando… practiquemos, en la medida de lo posible, los caminos…

Pd.- Si tengo cobertura, seguiré escribiendo y colgando algunas fotos en:

https://www.instagram.com/jxavierleongomez

 

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