Los Estados Unidos de Europa, hacia la fraternidad humana


“¡Un día vendrá en el que las armas se os caigan de los brazos, a vosotros también! Un día vendrá en el que la guerra parecerá también absurda y será también imposible entre París y Londres, entre San Petersburgo y Berlín, entre Viena y Turín, como es imposible y parece absurda hoy entre Ruan y Amiens, entre Boston y Filadelfia. Un día vendrá en el que vosotras, Francia, Rusia, Italia, Inglaterra, Alemania, todas vosotras, naciones del continente, sin perder vuestras cualidades distintivas y vuestra gloria individual, os fundiréis estrechamente en una unidad superior y constituiréis la fraternidad europea, exactamente como Normandía, Bretaña, Borgoña, Lorena, Alsacia, todas nuestras provincias, se funden en Francia. Un día vendrá en el que no habrá más campos de batalla que los mercados que se abran al comercio y los espíritus que se abran a las ideas. – Un día vendrá en el que las balas y las bombas serán reemplazadas por los votos, por el sufragio universal de los pueblos, por el venerable arbitraje de un gran senado soberano que será en Europa lo que el parlamento en Inglaterra, lo que la dieta en Alemania, ¡lo que la Asamblea Legislativa en Francia! (Aplausos). Un día vendrá en el que se mostrará un cañón en los museos como ahora se muestra un instrumento de tortura, ¡asombrándonos de que eso haya existido! (Risas y aplausos). Un día vendrá en el que veremos estos dos grupos inmensos, los Estados Unidos de América y los Estados Unidos de Europa (Aplausos), situados en frente uno de otro, tendiéndose la mano sobre los mares, intercambiando sus productos, su comercio, su industria, sus artes, sus genios, limpiando el planeta, colonizando los desiertos, mejorando la creación bajo la mirada del Creador, y combinando juntos, para lograr el bienestar de todos, estas dos fuerzas infinitas, la fraternidad de los hombres y el poder de Dios”. (Víctor Hugo)

La utopía hugoliana de una Europa unida se puede resumir en esta frase: “se llamará Europa en el siglo XX y, en los siglos siguientes, más transfigurada entonces, se llamará Humanidad”. Resulta hermosa la idea de una Europa unida que aspira con los siglos a una humanidad unida. Un ejemplo de cómo las naciones pueden convivir en paz y equilibrio, tal y como ocurre en España, donde pueblos singulares han sido capaces de convivir durante siglos. Es cierto que esta convivencia, como ha ocurrido en Europa, a veces ha sido dramática, de ahí que el reto de las próximas generaciones sea encontrar un encaje positivo en la convivencia unida de los pueblos, cada uno con su idiosincrasia, cada cual con su propia manera de entender la existencia. Pero unidos para el bien mayor, el de la fraternidad entre los pueblos, en el amor y respeto de las singularidades.

Unidos también en Europa, donde los egoísmos nacionales y los orgullos patrios dejan paso a la fraternidad que algún día aspira a ser planetaria. Es cierto que aún estamos lejos de esa unidad fraternal, pero esa es la gran utopía. La vida singular en un planeta unido, libre de fronteras donde todo ser humano pueda vivir fraternalmente más allá de sus creencias, sus naciones y sus patrias. La aspiración está ahí, debemos dar pequeños pasos hacia esa idea fraterna y convivir bajo esa esperanza de paz y amor fraternal.

Todo aquello que divide nos aleja de ese anhelo. Por eso, ante los retos que se presentan, especialmente los retos climáticos y ecológicos, es necesario unirnos en poderosa fraternidad para afrontar juntos cada uno de los problemas que la humanidad arrastra desde hace siglos, y especialmente, aquellos que ahora hacen peligrar la vida en el planeta. No podemos seguir perdiendo el tiempo mirando nuestro particular ombligo, nuestro peculiar orgullo nacional. Llega el tiempo de ceder en amistad, en amor hacia el otro, en cariño hacia la diferencia para lograr esculpir esa humanidad unida que todos anhelamos. El discurso del político belga Verhofstadt que aquí se acompaña nos da pista de hacia dónde dirigir nuestros pasos.

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Qué valiente te ves temblando de miedo


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© Ilias Varelas 

“Qué valiente te ves temblando de miedo, pero arriesgándote a vivirlo” J. Guerrero

Me estoy acostumbrando a perder. A perder amores, a perder amigos, a perder cosas, muchas cosas, a perder dinero, a perder honores, a perder credibilidad, a perder verdades, a perder cariño, sensibilidad, orgullo, a perder, sobre todo, vida, mucha vida. Cada vez me cuesta menos perder. Miro las pérdidas y veo que son siempre mayores que las ganancias. Intento preguntarme por qué algo que debería multiplicar, cualquier cosa, últimamente está entrando en receso. Quizás tenga que ver con esa arriesgada mirada hacia la vida, con esa necesidad de vivirla en toda su profundidad manifiesta. Realmente tiemblo de miedo cuando me tengo que enfrentar a tanta pérdida. Una tras otra, acumuladas en una montaña que cada vez se hace más pesada, más tremenda y temeraria. Hay personas que tienen la facilidad de multiplicar y otras que tenemos la facilidad de perder. Hay magos de la pérdida, auténticos aventajados del quebranto, de la merma, hay valientes que arriesgan tanto que tiemblan de miedo.

Así me encuentro ahora, con necesidad de seguir arriesgando vida, a sabiendas, y lo digo temblando de miedo, que habrá muchas más posibilidades de pérdida que de ganancia. Pero lo intento una y otra vez, me tiro al fango, disfruto de la suciedad que cualquier camino acumula en las botas. Produzco sueños imposibles e intento avanzar hacia ellos. Sí, seguramente todo será pérdida, pero qué gran ganancia supone el haberlo intentando, una y otra vez, sin miedo a perderlo todo. Intentar cosas una y otra vez es fracasar una y otra vez, pero el fracaso encierra siempre algo de verdad, algo de ternura, algo de ganancia. Uno puede temblar de miedo, pero no dejar de intentarlo. Y si lo intenta es porque guarda interiormente la fe y la esperanza de que pueda ocurrir algo milagroso, algo diferente, algún tipo de conquista interior.

La valentía consiste en eso, en ser osados, en arriesgar, aunque por dentro sientas auténtico pavor. Es mirar el horizonte, otear el destino sintiendo la vida recorrer nuestro interior más profundo. Uno nunca sabe cuando será la hora de la extinción. Hacemos planes con cierto optimismo, como si en verdad fuéramos eternos y la partida en la que nos encontramos fuera a durar toda la existencia. Pero los valientes que por dentro tiemblan saben que en cualquier momento puede llegar el final. El final de todo, o el final de algo. En eso consiste la pérdida, en terminar algo, en acabar algo, en arrodillarnos, cuanto más crecemos hacia lo alto, con humilde inclinación.

Es la enseñanza del bambú. Cuanto más crece, mayor es su inclinación humilde. Uno puede crecer y acometer retos, pero mayor deberá ser su humildad para que los vientos no terminen por quebrar la obra. De ahí el miedo valiente, de ahí la osada predisposición a seguir adelante. Sí, seguiremos perdiendo, pero al hacerlo, algo quedará dentro, alguna enseñanza, algún amor, algún abrazo sentido y sincero. Algo quedó de todo, de ahí mi mayor agradecimiento a todas las pérdidas sufridas. De ahí mi ganancia.

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Un mundo en espiral


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Llega un momento en que es necesario abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo y olvidar los caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares. Es el momento de la travesía. Y, si no osamos emprenderla, nos habremos quedado para siempre al margen de nosotros mismos. (Fernando Pessoa)

Ese momento está llegando. La travesía espera conmovida los pasos que deberán llevarme hacia otros lares, hacia otras perspectivas y otras visiones. Me di cuenta en el último viaje al que me invitaron tras aterrizar de Ginebra. Hacía mucho tiempo que nadie me invitaba a viajar sin que tuviera que preocuparme de nada. Lo vi como una señal cuando no tuve que pensar ni adivinar hacia dónde nos llevaría la vida. Sólo subir al coche y disfrutar de los paisajes, de los nuevos caminos. No tenía que cavilar ni organizar, no tenía que detenerme sobre los detalles ni sobre el coste del mismo. Sólo buscar a ese niño interior y dejarlo disfrutar de todo cuanto ocurriera. Así lo hice. Fue tal el olvido que solo me acordé de meter en la mochila un saco de dormir y un pijama de franela. Olvidé el cepillo de dientes y la linterna. Olvidé incluso quién era y hacia dónde iba. Me olvidé de todo hasta el punto de que parecía otro.

Los campos verdes estaban protegidos por decenas de montañas que se entreabrían a nuestro caminar. Pronto llegamos a la frontera con Portugal y de allí seguimos algo más hacia el sur siguiendo las indicaciones. Allí estaba la Ecoaldea Espiral, un paraíso lleno de montañas, cascadas impresionantes, ríos con pozas cristalinas, arroyuelos que descargaban agua por todas partes. Plantas y árboles de mil formas y colores, animalillos que se cruzaban por las decenas de senderos que afanosamente cuidaban para que la naturaleza no engullera sus direcciones. Unos amables duendes cuidaban de toda esa exuberante belleza. Se habían convertido en guardianes del lugar, en protectores de un hermoso jardín que crecía asilvestrado por la fuerza del sol, del agua, de la tierra y del aire que golpeaba cada surco de realidad.

Es tanto el olvido hacia mí mismo que hacía tiempo que no escribía, que no me acordaba de seguir adelante con la aventura, con el espectáculo vital de la existencia. Pero en ese olvido ocurre el milagro del recuerdo del otro lado del nosotros, de ese halo invisible que resulta del contacto de nuestra alma con nuestra naturaleza más prístina. En ese recuerdo nos sentábamos junto al río, cerca de las pozas cristalinas, observando cada detalle de ese paisaje sublime. Luego cerrábamos los ojos y nos tumbábamos en cualquier roca labrada por el cincel invisible del agua chocando en la roca. El canto de los pájaros era pura poesía. El verde del musgo, la brisa recorriendo las minúsculas partículas de vida, el fuego que se aviva cuando emprendes la promesa de un mundo nuevo. Sólo debíamos dejar que la vida nos atravesara, sin intervenir, sin juzgar, sin pensar. Sólo dejar que los sentidos se deleitaran por un instante, sintiendo el placer de estar vivos, de estar despiertos al esplendor de la existencia. Siendo, sin hacer.

Era el momento de dejar allí las ropas antiguas. De olvidar el rencor, la miseria, la discordia, lo que quedara de rabia y desconfianza. Era el momento de emprender desnudo un nuevo viaje cargado de desapego, de disfrute, de alegría, de pasión, despreocupado. Era el momento de mirar hacia otra parte, de mecernos hacia un mundo desconocido pero nuevo. Se olvidaron los márgenes y osamos emprender el camino. El nuevo mundo se abre ahora a la aventura. Caminar, emprender, disfrutar. Ser en ese mundo de espiral que nos lleva de un lado para otro inevitablemente.

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De vuelta a casa


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La semana ha pasado rápida. Trabajar tres veces al año en una oficina de ambiente internacional son mis verdaderas vacaciones. Es paradójico, pero es como tener un contacto directo con el otro mundo, con ese al que me costaría mucho volver si tuviera que hacerlo. Horarios, jefes, sueldos, comida rápida, todo el día inmovilizado en un espacio cerrado sin poder hacer otra cosa que trabajar. Sí, es extraño, pero son mis vacaciones y las disfruto, porque al volver al bosque siento profundamente que la vida que llevo no tiene precio, aunque a veces roce la marginalidad y la penuria.

Ginebra es un bálsamo interior. Me reconduce a mi esencia de alma libre y peregrina, y sé que mis límites están para no sobrepasarlos. Más de una semana en esa oficina sería asfixiante. Pero esos días que estoy trabajando como editor, en un ambiente agradable y con gente bonita me hace feliz, me convierte en un ser privilegiado que puede elegir, cueste lo que cueste, sobre su propio destino. También me pone alerta sobre cuestiones principales de la existencia. Como esas tentadoras ofertas de trabajo que me incitan a tener que elegir un destino u otro. La última nada más y nada menos que en Bruselas, en un ambiente político con suculentos privilegios. Pero solo pensar en esa posibilidad me pervierte interiormente, y me anula en mi experiencia actual. De momento deseo tener control sobre mi destino, o al menos, me gusta esa sensación de saber que lo que estoy haciendo es realmente lo que deseo. Eso me da fuerza y valor para seguir adelante, cueste lo que cueste.

Esta madrugada, cuando a las cuatro venía el taxi a recogerme para trasladarme al aeropuerto, sentía bajo los pies de los Alpes que se entreveían a lo lejos esa sensación de fortuna. El taxista, hijo de emigrantes gallegos, hablaba con cierta emoción de lo bien que vivimos en España. Suiza es un buen país para ganar dinero y prosperar en el plano material, pero falta cariño, emoción, amor. Escuchaba atento a este hijo del destino que se sentía totalmente suizo, pero que en cierta forma añoraba nuestro estilo de vida.

En dos horas ya estaba en España. Vista desde los aires es un país hermoso. A vuelo de pájaro puedes comprobar la privilegiada naturaleza que nos envuelve, su clima, sus gentes, su música, sus culturas. Aún puedes encontrar bosques donde habitar una cabaña y llevar una vida simple. Este fin de semana me han invitado a disfrutar de unos días en la playa. Mientras espero en el aeropuerto, me gusta la idea de poder desconectar del mundo en un ambiente diferente. Pasear con buena compañía, disfrutar de unos paisajes que prometen belleza y paz. Estoy feliz por los regalos que estoy recibiendo. Ya tocaba un poco de paz. Me alegra saber que más allá de toda tormenta puede venir cierta calma. Especialmente esta calma interior que ahora siento. Me gusta el poder permitirme el cuidar de mi niño interior y alimentar con ello sus ganas de vivir y aprender.

Buen trabajo en Ginebra, feliz por todo lo compartido allí y por el trabajo que suma para traer lucidez al mundo. Ahora de nuevo a la aventura del vivir. Me espera un bonito fin de semana que espero disfrutar al máximo en esa playa perdida.

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La luna, un mundo moribundo y decadente


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Oh Tú, sustentador del Universo,
De Quien todas las cosas proceden,
A Quien todas las cosas retornan,
Revélanos el rostro del verdadero Sol Espiritual,
Oculto por un disco de luz dorada,
Para que conozcamos la verdad,
Y cumplamos con todo nuestro deber,
Mientras nos encaminamos hacia Tus sagrados pies.
(Gayatri)

Hay muchas personas que centran su atención en la luna. De hecho, hay muchos lunáticos que la defienden a capa y espada, que la adoran, que subyacen a su encanto poderoso y lumínico aferrándose a esa temeridad de entregar nuestras consciencias a lo desconocido. En ese arrebato de sincera entrega, olvidan la naturaleza propia de la luna, un astro moribundo y decadente, un lugar habitado por la muerte y lo oscuro. Esa fijación por adorar a la luna tiene mucho que ver con cierto mundo moribundo y decadente que vive entre nosotros. Me refiero al mundo materialista, al mundo egoísta donde lo que más importa, o diría que, lo único que importa, somos nosotros.

Olvidamos en estas añoranzas nocturnas todo lo que la Tierra y el Sol ofrecen de forma generosa, irradian de forma altruista y desprendida. La primera no sólo sostiene nuestras vidas, sino que las alimenta con alegría y las mantiene de forma extremadamente magnánima. Si nos fijamos, la Tierra entera es rica en todo tipo de suculentos manjares, vida y color. Ocurre lo mismo, a otro nivel, con el Sol, dador de vida, luz y calor. ¿Qué podemos decir sobre ese ser que ilumina a todos por igual, de forma totalmente incondicional, sin fijar su atención sobre nuestras miserias humanas? ¿Acaso no es ejemplo de mayor y superior generosidad? ¿Entonces por qué nos aferramos a mirar lo que está muerto?

Esto es solo una disección arquetípica. Si fijamos la atención en nuestra vida cotidiana, siempre damos importancia a cosas que están muertas, que carecen de vida, que no construyen nada positivo en nosotros. La lista sería interminable y no queremos entrar en detalles. Pero sí deberíamos, con suma atención, mirar donde condensamos nuestras energías, nuestras fuerzas. Más allá de nosotros mismos, hay un mundo por explorar que muchas veces reducimos a lo inmediato y lo cotidiano. Pero hay algo mayor a nosotros mismos, algo que viene de las entrañas de la propia vida, ese verdadero Sol Espiritual del que nos habla el Gayatri.

¿Qué tiempo dedicamos a esa verdad? ¿Qué tiempo de nuestras vidas dedicamos a observar algo que no sea nuestro propio ombligo? Hagamos la prueba desde que nos levantamos hasta que nos acostemos. Fijemos la atención. ¿Cuánto tiempo dedicamos, por poner algún torpe ejemplo, a mirar una flor, a hacer el bien a un desconocido, a abrazar lo que más amamos, a pararnos a escuchar música o simplemente a leer algún libro que nos ilumine algún tipo de curiosidad por algo superior o diferente?
Si nos observamos con detalle, solo pensamos en nosotros mismos. Nuestras conversaciones giran en torno a qué será lo próximo que vamos a comprar, o lo próximo que vamos a comer o vestir. Más allá de ese ámbito cotidiano, nuestras mentes cavilan, y para ordenar y comprender la vida reducida a ese mandato, miramos perturbados a la luna.

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Post Tenebras, Lux


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Aprende en el espacio de luz”, se nos dice con frecuencia. “Después de la oscuridad, espero luz“, me repito interiormente, como la frase latina que da lema a la ciudad de Ginebra, donde ahora me encuentro. Esto tiene que ver con la cualidad de nuestro interior, con aquello que brilla dentro de nosotros. Hoy paseaba por la hermosa rue de Marché y a la altura de la Place du Molard, junto al café de Longchamp, me detenía para observar al mundo. Me sentía como algo invisible, conservando la tenue luz que brilla dentro de mí, y observando detenidamente la luz brillante de los demás. Hay un farolillo dentro de nosotros. Esto es fácil de comprender si sopesamos aquello que nos diferencia con frecuencia de otros reinos. La consciencia nos hace discernir, pero también crear, reflexionar sobre la propia existencia, iluminar más allá de cualquier oscuridad. Esto es considerablemente una puerta hacia algo mayor.

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En la pequeña bahía del lago Lemán, frente a la pequeña isla de Rousseau, navegaba un hermoso barco de época, el Savoine. Puedes degustar un sabroso menú mientras surcas las orillas del gran lago suizo. Me hubiera gustado subir y flotar sobre las aguas dulces y transparentes. En Ginebra todo parece idóneo. Las gentes visten bonitas ropas, llevan suculentos vehículos y miran constantemente en los espejos de móviles de última generación. Parecen felices en este espejismo glamuroso del tener cuando tras una larga jornada deciden parar para tomar algo junto al lago. Sus rostros parecen perfectos mientras fuman algún pitillo. Son ideales en cuanto a la exquisitez material. Pero miraba sus lámparas escondidas y éstas brillaban tenuemente, de forma parpadeante. Lo idóneo exterior enterraba la luz interior. Por eso la meta-idoneidad tiene que venir en un sentido de justicia y equilibrio, debe abordar todos los aspectos humanos sin descuidar ninguno de ellos. La perfección material debe venir acompañada de una perfección moral en el cuidado de la vida, de las emociones, de los pensamientos, también de nuestra naturaleza superior, esa que nos conecta inevitablemente con el Misterio, con lo inalcanzable. De esa manera, la consciencia se siente calma, pero sobre todo, útil.

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Continué el paseo de un lado para otro, observando toda la belleza exterior e inundando mi mirada de aquellas montañas que se veían verdes al fondo. Mantener los pensamientos puros es el mejor desinfectante y el mejor tonificador para una vida dulce y amable. Mirar las montañas, respirarlas, forma parte de esa depuración. Un corazón noble pide ansiosamente dar un paseo por entre bosques y ríos. Por eso apresuré mi marcha hacia el bosque que separa las oficinas del apartamento donde ahora resido. En el bosque paré un rato, respirando profundamente el mantra de la naturaleza. Mi cuerpo sentía cierto equilibrio, cierta salud al penetrar la belleza natural. En la naturaleza uno puede predecir mejor su destino. Y el mío está interconectado con muchos lugares verdes, con bosques, ríos y montañas. Es el destino de todo peregrino del alma, de todo aquel que más allá de las formas y las distracciones, enfoca parte de su vida hacia las cosas de la lámpara maravillosa, de la vida milagrosa, del arte de vivir en paz con la consciencia que dicta convencimiento y aspiración.

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Tras las tinieblas viene la luz. Es el lema de esta ciudad. Es hermoso entenderlo cuando atraviesas un momento de oscuridad y de repente ves el mundo lleno de luz y esperanza. Me siento así, en esta hermosa metanoia que está cambiando positivamente mi vida. Ginebra me recuerda ese paseo doloroso por las tinieblas más oscuras, pero también me anima a seguir trabajando en pos de un mundo mejor. La música de los pitagóricos al amanecer renace de nuevo. La luz se manifiesta de forma consistente en todo aquello que atraviesa los nuevos jardines humanos. La luz siempre vence. La luz siempre nos alcanza. Luz, más luz, se reza en todos los templos. Y Goethe lo reclamó antes de morir. Y así lo reclaman los que mueren dos veces en vida. Luz, más luz, siempre luz.

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¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?


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“Estad atentos y vigilad, porque ignoráis cuándo será el momento. Al igual que el hombre que se ausenta: deja su casa, da atribuciones a sus siervos, a cada uno su trabajo, y ordena al portero que vigile. Velad, por tanto, ya que no sabéis cuándo viene el dueño de la casa, si al atardecer o a media noche, o al cantar el gallo o de madrugada. No sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos. Lo que a vosotros digo, a todos digo: ¡Velad!”. Mc. 13, 33-37.

Decían los antiguos que la primera iniciación era claramente identificable. La alcanzaban de forma real todos aquellos que de alguna forma tenían pleno dominio sobre la materia y el cuerpo. No les era difícil renunciar a todo, practicar profundamente el desapego y vivir una vida completamente desarraigada. Los votos de castidad, pobreza y obediencia eran algo común en ellos. Tenían pleno dominio sobre aquellos aspectos de la vida que al común de los mortales les mantenían distraídos, atrapados, cegados en la caverna del tener. Por eso en la simbología, el nacimiento en la cueva quiere expresar este aspecto de dominio sobre lo tosco y lo oscuro. El Camino Rojo empieza aquí su andadura, atrayendo a las mieles del desapego y al amor por la naturaleza como principio resultante de la búsqueda de lo sutil, de lo etéreo, del aspecto vida.

Desde las profundidades del Camino Rojo vino un ser de la tierra. Se les reconoce porque hablan muchas lenguas y allí, junto a las aguas del Jordán y del Mar Muerto, entre Galilea y el Desierto, vino a mi rescate. Con su mano arraigada penetró lo más oscuro y me alzó hasta un lugar seguro. Ese ser que habla las lenguas, hija del Camino Rojo, aquellos que aún adoran los dioses lunares, me sacó de la oscuridad y me llevó frente a la estrella flamígera. Refulgente, llameante, me marché del desierto. La primera prueba, la de la oscura tierra había terminado, y rodeado de mares, tocaban las siguientes.

La sacerdotisa del Camino Rojo, el Camino de la Tierra, desapareció. Se la tragó la oscuridad del bosque y no volví a saber más de ella. El inframundo del que venía la atrapó en su calendario lunar y allí encontró la luz ilusoria donde las tinieblas se pueden fácilmente apoderar de uno. Ella me rescató, cumplió con su parte del plan y se marchó. Así que, abandonando el desierto, cubrí con mi capa la invisible enseña y fui a por la siguiente prueba. Llegué hasta las frías tierras del Norte y allí me esperaba la segunda sacerdotisa, esta vez, miembro activo del Camino Naranja, el Camino del Aire, de la vida, de lo etérico.

Con ungüentos de flores y plantas estabilizó mi campo etérico. Con sus cuidados y en las profundidades del hogar consiguió calmar esa vida que reclamaba paz y serenidad. Encontré cierto equilibrio en la prueba del aire hasta que decidí volver al Mediodía.
Anduve por el Camino durante días y noches hasta que la muerte iniciática me sobrevino en algún lugar. Muerte y resurrección. En ese instante el silencio se apoderó de mí mientras las aguas se calmaron. La tierra, el aire y el agua, consolidadas y rescatadas, me pedían silencio, y así lo hice hasta que apareció la tercera sacerdotisa, la del Camino Amarillo, la del Camino del Agua, y la segunda iniciación tuvo lugar.

Descendiente de la tribu de los Esenios y discípula directa de aquel que bautizaba a los ungidos, decidió llevarme hasta la cascada y el río para purificarme con esta tercera prueba. La prueba del agua fue hermosa y profunda. Caminé sobre ellas tras desprenderme del tedioso fango. Tras el bautismo, la calma y la serenidad, el equilibrio y la armonía volvieron a reinar dentro de mí. El campo de deseos y las emociones volvieron a su centro y todo empezó a integrarse en su correcto lugar.

Tras un largo mes de silencio, vuelvo de nuevo para seguir cumpliendo con mi parte, para seguir llevando de la mano a ese niño dorado que espera la luz del nuevo día. Me adentro en el Camino Verde cargado de paciencia, humildad y paz. Muerte hermosa y resurrección. El Camino será largo, pero ahora el caminar será bello, fuerte y sabio. En la serenidad de Ginebra, desde donde ahora escribo, me encuentro feliz y recuerdo aquellas palabras: La muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?

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