Sale el Sol


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Hay un destino escrito, ineludible. Caen las hojas en otoño. También los frutos de temporada antes de que el frío los entierre en la noche oscura. Sale el Sol. Todos los días, uno tras otro. Y cuando sale, el mundo despierta a una vida extensa, todo respira hacia ese horizonte infinito que la luz transporta. Sale el sol y todo brilla radiante.
El avión me llevó taciturno hacia la gran capital. Allí pasé la noche porque el siguiente vuelo no salía hasta el día siguiente. No me importaba, dentro de mí había salido el sol. Y las penumbras de la noche sonreían ante la presencia de la magnificencia, ante el resucitar de la luz dentro de tanta oscuridad. Cogí el siguiente avión y llegué sano y salvo a mi destino, escrito, ineludible.

El autobús tardó más en hacer el recorrido que el avión. Me quedé dormido en el trayecto. Cuando desperté ya habíamos llegado y tras comer algo, empecé a caminar alegre, feliz, por el Camino, bajo el sol. Ella nunca lo sabrá, pero allí estaba, presente en cada caminar, en cada suspiro. Yo no existo para ella, pero no importa porque hay un destino escrito, ineludible. Y en esos pasos entre bosques y peregrinos que saludaban alegres, había una verdad flotante que embriagaba la escena.

Lo importante de todo realmente es lo que no se ve, aquello que es invisible, pero real. La fantasía, si es capaz de despertar en nosotros un mínimo de belleza, ya es real, y diría que necesaria. Hoy no era un día más. Sabré luchar, sabré guardar silencio sobre aquello que es capaz de reanimar el alma. Sabré guardar los secretos y respetar los tiempos de la ahora ya inexistente bahía. Hoy sale el Sol, y por ello estoy aquí, dejándome llevar por el pausado compás de la vida, por la suavidad fragmentada de la existencia.

A medio camino alguien vino a buscarme. Sentí pena porque hacía un día estupendo para seguir paseando, al pesar del anómalo calor, el cansancio acumulado y el sueño irremediable. Le invité a un helado y le dije que me había enamorado. ¿De una fantasía? Sí, precisamente esa es la grandeza. Poder enamorarse de un espejismo incierto, pero capaz de hacerte remover aquello que permanecía totalmente silenciado por el dolor y la incerteza. Me enamoré de la vida, y al hacerlo, resucité. Por eso, hoy más que nunca, sale el sol.

El otro día le decía a mi querida amiga allá en las ahora tan lejanas Tierras Altas de Escocia, que ya solo podría enamorarme de personas entregadas a la vida, de “surrenders” cuya única visión sea la de seguir la regla de oro de nuestra propia naturaleza. Ya solo me interesa ese tipo de seres capaces de abdicar ante la presencia de lo sublime y lo misterioso. Por eso es muy probable que termine en una soledad obligada, pero al mismo tiempo, con capacidad de amar en absoluto silencio. Así que dichosos los que aman sin esperar nada a cambio, recogidos, anónimos. Dichosos si por amar la vida les resulta más sencilla y hermosa.

Los ciclos se repiten una y otra vez, por eso puedo intuir lo que pasará a continuación. Entonces tendré la certeza de que hay un destino escrito, ineludible. De que las hojas caen inevitablemente de nuevo en cada otoño. Y por eso la llama revive. Sale el Sol, una y otra vez…

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Esperanza activa


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Amanecer en la Comunidad de Findhorn, esta mañana tras la primera meditación de las seis…

Saludo al sol por la mañana, al canto del grillo, a los cientos de gansos que estos días aterrizan en la suave bahía para descansar en su tránsito hacia tierras del Mediodía. La estrella flamígera aún posee cierto brillo al amanecer. Miré al cielo con nostalgia y lancé los últimos rezos y alabanzas a la misteriosa creación. Alabada la misericordia de todos los corazones dormidos, el latir de cada expresión de vida, el azar de encontrarme sumido en este espacio de luz y calor. No era una expresión peregrina, era el sabor puro de la vida respirada con intensidad, la adoración sublime a todo cuanto nos rodea, el agradecimiento por ser partícipe del concierto celeste. Todas las bóvedas y sus moradas producían un eco inextinguible. Todo cuanto flotaba en el verdor de la hierba, en la fresca crecida de los ríos, producía un sentir único e irrepetible, oculto, secreto.

El viento es continuo. Deleita en su brisa los roces necesarios para mecer todo elemento flexible. Sus manos pacen como abanicos que despacio se abren ante la inmensidad del horizonte rojizo. Todo es poesía. El paseo entre árboles que lloran hojas otoñales, la sonrisa del mañanero meditador, los cantos nacidos de corazones alegres, deseosos de comunión, de divinidad, de anhelo. El milagro es continuo. Y los miedos se arrinconan entonces en un aleluya cargado de caridad, en una esperanza que renace de nuevo de forma mágica y generosa. La vida vuelve, la vida siempre retorna.

Qué difícil es expresar la vida cuando te contagia, cuando penetra en los albores del llanto y permanece por un instante, a veces ínfimo, dentro de nosotros. Es la coral universal, donde los astros tienen un instante de protagonismo, donde los bajos se interrelacionan con los altos, y estos con los tenores y los sopranos. Aparece un fino adagio que presagia el nuevo día, el despertar. Hay una fantasía en toda la gama de colores, cada uno con su inquietante significado arquetípico. Magia y milagro se mezclan en el continuo devenir de la vida.

No sabemos nada del futuro. No importa, realmente no importa cuando amaneces cargado de fe y esperanza. Nada importa cuando entregas tu vida entera a la misión de obrar no según tus inquietudes, miedos o fracasos, sino ante la grandeza del baile cósmico, del respirar de los dioses que nos inspiran confianza. Podemos sentir, en la presencia del silencio, único y verdadero valedor del omnipotente despertar, un clamor ardiente, una llama que reaviva los corazones, que nos hace sonreír. Nos unimos con canciones, con alabanzas, con sonrisas, con silencios. Todo lo demás es pura imaginación, puros mecanismos de defensa, miedos que nos atosigan y nos impiden caminar en la senda anhelada.

Somos protagonistas del instante único de la ocasión, del presente continuo, de la vida cargada de esperanza. Porque si la fe es la sustancia de aquellas cosas que no vemos, la esperanza es la llama que nos alerta de que todo en este maravilloso mundo es posible. Por eso el ser humano es capaz de hacer cosas, de crear cosas y potenciar la vida desde un estado superior de abstracta consciencia. Somos capaces de lo más bello, de lo más sublime, de lo más maravilloso. El amor es una muestra de ello, una metáfora de las fuerzas que mueven el universo entero. El amor expresado en silencio, con una sonrisa, con un paseo, con un guiño al infinito, es la poderosa herramienta que los cielos utilizan para mover cuanto requiere. La esperanza activa es aquello que nos empuja, que nos hace avanzar hacia nuestro destino inevitable. La esperanza siempre puede ser una llama que vuelve una y otra vez…

Me marcho cargado de esperanza, de fe, de anhelo… Me marcho feliz, sonriente… Me marcho maravillado por la belleza que desprende la vida cuando te abres a ella.

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La flama de la atención


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Foto: Momentos antes de la sonrisa… 

Prestad atención al recuerdo. Prestad atención a la risa, a la alegría, a la flama poderosa del amor. Recuerdo el primer encuentro que tuvo aquella hermosa ingeniera alemana con el que había sido un importante presidente de banco. Acabábamos de llegar de su inmensa granja de caballos en mitad de la Baja Sajonia y lo único que sabía en español fue una frase que le había enseñado y que se aprendió con un tono jocoso muy divertido, así que cuando vio al culto y honorable presidente del banco vestido de punta en blanco en aquel imponente palacete se la lanzó sin pudor alguno: “¡Qué pasa tío!” No paraba de reír por la escena propia de una película tragicómica, por aquella hermosa y ocurrente alemana que meses antes había conocido en la bahía de Findhorn, en Escocia.

Por suerte su excelencia era amigo, y por lo tanto, sabía de mis excentricidades y de la forma peculiar de comunicarme con el mundo, así que vio a aquella hermosa alemana de casi dos metros de altura como una de mis exóticas joyas antropológicas. La comida que hubo después no tuvo desperdicio y yo no paraba de reír por ver la cara de pasmo que su excelencia ponía ante las ironías de aquella bella dama sin pelos en la lengua que no sabía a quién se estaba enfrentando. El duelo de titanes quedó en empate, y en mi interior, se abrió una brecha infinita para entender que sin humor la vida no tiene sentido. ¿Cómo comunicarnos con la vida, alejados de las máscaras, con humor y sencillez, con sentido de alegría y bondad? Aquel día lo aprendí.

Es importante ver dónde ponemos la atención. Estos días de profunda meditación había una simpática inglesa que no paraba de sonreír. Me llamó la atención no tan sólo por su hermosura, sino porque me recordaba a aquella novia alemana que vivía la vida con la intensidad que la broma lo permite. La sonrisa es una impresionante forma de comunicación, es de una frescura e inmediatez sin límites.

Esta mañana rompíamos el hielo y nos intercambiamos algunas palabras. Se acercó, sonrío con esa belleza propia de diosas encarnadas y espetó cuatro palabras en un perfecto castellano. Está aquí, en la comunidad de Findhorn, haciendo un curso sobre “esperanza activa” y me atreví a preguntarle si guardaba esperanza. Fue un encuentro bonito propiciado por la sonrisa, por esa alegría interior que hace que las cosas se vean de forma diferente. El mundo destapa sus máscaras ante la alegría y el gozo, la vida suena a primavera aunque estemos adentrándonos poco a poco en el oscuro y frío invierno. La sonrisa es poderosa. Es como esa flama de atención ardiente que surge de lo más profundo de nuestras almas, como ese canto poderoso que nos previene de la tristeza y el dolor.

Por eso en estos momentos de mi vida deseo ardientemente fijar la atención en la llama del amor, de la alegría, del equilibro, de la broma, del buen humor. Por eso me encanta ver a este tipo de personas que te miran y te sonríen sin esperar nada a cambio, sin desear nada a cambio. Una inocente sonrisa y el mundo despierta a la vida, a la llama ardiente que arde en los corazones vivos.

Sin darme cuenta esa sonrisa había penetrado en mis sueños, me había destapado y sacado de la cama. A las seis de la mañana ya estaba en el santuario, meditando, y allí estuve feliz y despierto hasta los siguientes cantos, hasta la siguiente guía. La belleza de la simplicidad, la exquisita entrega hacia lo milagroso, hacia el profundo perfume de las flores en primavera, hacia el canto armónico de los pájaros en los cielos e incluso en el aullido del lobo que escapa de la noche entre los valles cubiertos de sombras. La sonrisa, puesta al servicio del amor, de la belleza, del clamor ardiente, de la sabiduría contemplativa. La sonrisa como punto y foco de atención de la flama. Esa y no otra es la auténtica presencia del misterio. Así que quedo agradecido a mi desconocida inglesa por hacerme creer de nuevo en la esperanza. En la esperanza y la fe en el ser humano, en el cariño, en la alegría y en el amor, última consecuencia de nuestras breves existencias. La vida se despliega de nuevo, la vida irrumpe con fuerza, la vida se expande con sonrisas dulces y amables. Bienvenida a la vida, bienvenida al mundo ardiente. Bienvenida esperanza activa.

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Desde la comunidad de Findhorn


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En 2005, en una absoluta prueba de desapego, vendimos nuestra hermosa casa de tres plantas con jardín en Barcelona, dejamos nuestra vida acomodada y nuestros trabajos y nos lanzamos a la aventura en un salto de fe basado en la persecución de nuestros sueños y anhelos. En lo particular, mi aventura trataba de una tesis doctoral que programaba terminar en tres o cuatro años para luego dedicarme a la docencia. Ayer recibí la buena noticia de que por fin, y tras casi quince años de duro trabajo, de aventuras y desventuras, a finales de noviembre defiendo ante el tribunal académico una tesis doctoral descomunal.

Al principio de toda esta aventura, gracias a la venta de la casa y a nuestros trabajos, teníamos ahorros suficientes para desplegar con calma nuestros sueños durante casi una década. Esa sensación de libertad y seguridad futura fue hermosa y excitante. En los primeros años asistía por las tardes a las clases de doctorado en Sevilla, mientras que por las mañanas me sacaba el título de profesor de instituto en la rama de historia bajo los auspicios del Curso de Adaptación Pedagógica que se hacía en Córdoba. Los fines de semana, como aún sobraba algo de tiempo, asistía en Madrid a un máster de pedagogía Waldorf. La primera escuela Waldorf se fundó en 1919 en Stuttgart, Alemania, hace ahora justamente cien años. En el segundo año dediqué gran parte del tiempo a dar docencia en prácticas en la universidad como profesor de antropología y en un instituto como profesor de historia. En los ratos libres, me dio tiempo de fundar con unos amigos la mítica Editorial Séneca, seguir viajando, que es mi otra pasión y volver a escribir de nuevo, después de unos años de silencio.

Dos años después, en 2007, hice un segundo salto de fe y decidí marcharme por uno o dos años al norte de Escocia, a la comunidad de Findhorn, desde donde ahora escribo. La idea era hacer mi trabajo de campo en esta comunidad y completar así mis estudios de doctorado en uno o dos años más. Así que por segunda vez me lancé a una nueva aventura. A los pocos meses de estar en Findhorn conocí a una simpática persona que me invitó a viajar a su país natal, Alemania, con la promesa de conocer otro tipo de comunidades y otra cultura. La aventura en Alemania duró dos apasionantes años que nunca podré olvidar, hasta que decidí volver a España.

Desde aquellos primeros años, nunca he dejado de venir a Findhorn y nunca he dejado de profundizar en la tesis doctoral, en las comunidades y en las utopías. Tuve la oportunidad de conocer a una de sus fundadoras, Dorothy, que inicialmente fundó la comunidad junto a Eileen y Peter Caddy. De ser generosos, tendríamos que agradecer la figura de Sheena Govan, que durante un tiempo fue maestra espiritual de los tres protagonistas y fundadores de la comunidad de Findhorn. También a las corrientes sufistas, teosóficas (Escuela Arcana), rosacruces y masónicas que influyeron en las bases de la construcción filosófica y espiritual del proyecto. A nivel visual, podría decir muchas cosas hermosas de Findhorn. Con el paso de los años se ha convertido en una importante ecoaldea que ha inspirado a cientos de proyectos. El trabajo de estos cincuenta años de historia ha merecido la pena y sigue siendo fuente de inspiración para miles de personas que acuden a este lugar.

A nivel interior, Findhorn nació con un propósito espiritual determinado. A pequeña escala, ese propósito, aunque persiste, se va difuminando en parte con el paso de los años. A veces siento cierta tristeza cuando veo cómo la genialidad humana es capaz de transformar los propósitos y los anhelos. Lo he visto en mi vida propia, resumida en los primeros párrafos anteriores. Ocurre también con los proyectos grupales. Cada vez entiendo mejor la necesidad humana de buscar seguridad material, reconocimiento y cierta necesidad de estatus e identificación, ya sea grupal, racial o nacional. Y como a veces esa necesidad arrasa con todo. Los anhelos puros a veces son arrastrados por inseguridades, por egoísmos, por ceguera, por fijaciones.

Findhorn, como muchos lugares, requiere una nueva reinterpretación. No me atrevería a decir que requiere de un nuevo revival. Quizás su papel ya terminó, quizás se trataba sólo de inspirar a otros hasta terminar convirtiéndose, por muerte natural, en una especie de cohousing para personas que desean vivir tranquilos. Pero entonces veo el ingente esfuerzo humano y espiritual aquí gastado y me pregunto de qué manera se puede poner en valor todo esto. Es una reflexión que me hago estando aquí, viendo lo que aquí ocurre desde hace más de una década de continuadas visitas y vivencias e imaginando cómo puede desarrollarse su futuro inmediato. Sea como sea, es un privilegio que este lugar siga existiendo y que otros vayan siendo inspirados por el mismo.

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La traición hacia lo que realmente somos


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Hermoso arcoíris visto esta tarde en Findhorn

Los paisajes son siempre evocadores. Ya sean paisajes interiores o exteriores, ya sean otoñales o primaverales. Hoy paseando por la bahía de Findhorn, en las Tierras Altas de Escocia, veíamos un espléndido arcoíris. Realmente el arcoíris había nacido desde dentro. Habíamos evocado desde nuestra conversación y desnudo interior, un bello reflejo ahí fuera. Las señales siempre son inequívocas, incluso aquellas que no sabemos del todo interpretar. Hay personas capaces de evocar y otras capaces de encarnar un propósito. Evocar y encarnar son formas sutiles de conectar realmente con aquello que es verdadero. La verdad de cada uno, tan diferente siempre entre nosotros, es la fuente que nos lleva hacia el camino de nuestras vidas. Evocar y encarnar con fuerza nuestra vocación, nuestro don o nuestro talento es la forma más fácil de llegar al estadio de perfección humana.

La confusión está ahí. Hace siglos que no veíamos unas tinieblas de confusión tan extensas. Incluso los guardianes y vigías de los puertos seguros andan despistados, abandonados a la falta de luz. Incluso aquellos que sienten claramente la llamada de clarín de su alma se abandonan al espacio mundo de lo ilusorio. Resulta complejo situarse al borde de toda esa confusión y con certera profundidad abocarse al destino común. La personalidad y sus caprichosos deseos nos arrastran de alguna forma a una vida estéril, sin ningún tipo de significado. La confusión es tal que ni siquiera aquellos que fueron llamados para salar el mundo saben distinguir el grosor o la cualidad de la misma sal.

Leía en alguna parte que hay dos momentos significativos en nuestras vidas: cuando nacemos y cuando nos damos cuenta para qué hemos nacido. Esto es crucial para entender la madeja de significados profundos que conviven en nuestra existencia. Uno puede hacer cosas, puede aprender sobre las cosas y puede sentir las cosas, pero en ese discurrir, puede terminar la vida sin darse cuenta, sin descubrir realmente para qué ha venido a la vida. Esto tiene mucho que ver con nuestro grado evolutivo. Es evidente que la función vital de una piedra no es la misma que la de una flor o una mariposa. Sin embargo, las flores parecen felices porque se comportan como flores y las mariposas parecen felices porque se comportan como mariposas. ¿Qué ocurre con nosotros? Simple y llanamente que somos incapaces de comportarnos como lo que realmente somos, y por eso la mayoría del tiempo somos infelices. No tenemos esa capacidad natural de ser lo que somos, sin más.

Ocurre en el ser humano: mayor responsabilidad contrae cuanto mayor es el riesgo de comprender la madeja y el telar en el que estamos. Pero no cabe duda de que esa comprensión nunca es suficiente. En estos tiempos de confusión, debemos anclar en nuestras vidas un dispositivo de seguridad, un fuerte convencimiento de que hemos venido a realizar algo útil y necesario y que, por lo tanto, todos los actos de nuestra vida están enfocados a esa realización personal.

Traicionamos constantemente lo que realmente somos. Unos por dinero, otros por placer, otros por creencias, otros por diversión, otros por distracción y otros por pura ignorancia. Cada vez que creemos haber dado un paso de fe hacia algo, terminamos seducidos por alguna de esas luces nefastas que nos alejan de nuestro propósito interior. Resulta difícil, ante la extensión de las tinieblas que nos asaltan, de los estímulos que constantemente confunden y distraen nuestras vidas, despertar de la ensoñación. Vivimos de la imagen, para la imagen, entre imágenes, alejándonos siempre de lo real, de lo poderosamente verdadero.

Lo aparatoso de todo es que no nos damos cuenta. Cedemos todo el poder de lo que realmente somos a lo epidérmico, a nuestro yo pequeño, a una personalidad dolida, completamente caprichosa, encasillada en creencias y dispuesta a vender su vida al diablo si con ello puede alargar un poco más la ilusión en la que vive. No tenemos el coraje suficiente para dejar que se manifieste realmente lo que somos. No tenemos la fuerza necesaria para ver más allá de nuestros límites. ¡Es tan importante esa rebeldía! ¡Es tan importante empoderar nuestras vidas desde lo que realmente somos! Es tan importante dejarnos de traicionar en pos del dinero, del estatus, del qué dirán, de nuestros dolores infantiles aún no superados, de todo aquello que nos aleja de nuestra verdadera esencia. Es tan importante despertar al siendo presente y determinante. Y por último, es tan importante dejar de traicionarnos una y otra vez.

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Visitando el Brockwood Park School


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Ora, lege, relege et labora. Potentia magna, sapientia est. Sapientia, fides et anima!

Este año el Brockwood Park School cumple cincuenta años de historia. Fue fundado por Jiddu Krishnamurti en 1969 y desde entonces intenta ofrecer una educación integral a jóvenes de entre catorce y diecinueve años. La idea de venir aquí era para inspirarnos en un modelo que lleva medio siglo de experiencia y el cual podría aportarnos ideas para nuestra futura escuela de dones y talentos. En Brockwood dan mucha importancia a los valores que nosotros queremos mostrar y compartir. En la escuela residen unos 75 alumnos que comparten una dieta vegetariana como algo normalizado, estudian sobre cooperación, desarrollo personal, creatividad, integridad y afecto. Paseando por las aulas y por el maravilloso edificio que alberga al alumnado podíamos entender el precio de la excelencia: casi veinticinco mil euros por alumno y año.

Democratizar este tipo de excelencia y nueva cultura ética es una de las misiones de la Fundación Dharana y su futura Escuela de Dones y Talentos. Poder ofrecer la oportunidad de vivir una experiencia única e inolvidable que pueda marcar positivamente la trayectoria de las personas que pasen por esa escuela, y todo ello bajo la economía del don, es el reto al que nos queremos enfrentar en los próximos años. La idea que barajamos es poder ofrecer en invierno un año de estudio integral a aquellos alumnos que acaban de terminar los estudios de secundaria y desean indagar desde la consciencia cual puede ser su verdadero don y por lo tanto, cómo desarrollar su talento en el mejor de los caminos curriculares y también en el mejor de los caminos interiores. Lo mismo, y ya en verano, poder ofrecer ese espacio para personas que, llegada a una madurez, desean dar un giro positivo a sus vidas y necesitan un espacio de reaprendizaje y reconexión con su interior para poder guiar sus vidas hacia un sentido más amplio, hacia una visión más profunda de la vida, participando activamente del flujo que nace de nuestro ser real.

Inculcar e inspirar los valores de la nueva cultura ética requiere un trabajo intenso, un espacio único y adaptado al nuevo ciclo de las cosas que están por venir, unos facilitadores sensibles a los nuevos requerimientos que nacen de la urgente necesidad de empezar a actuar como seres reales, y no únicamente como meras marionetas de un destino antojadizo. La libertad del verdadero ser sólo puede expresarse si damos oportunidad, mediante el silencio y la reconexión con la naturaleza, a ese verdadero propósito. De ahí que la pedagogía de la futura escuela estará centrada en poder elevar la frecuencia de nuestras vidas (materiales, vitales, emocionales y mentales) para poder así conectar con las fuerzas de lo que verdaderamente somos.

Las bases de la escuela serán las mismas que las bases del proyecto: un lugar donde se posibilite la meditación, el estudio y el servicio. La meditación como punto focal, de fuerza, de inclinación hacia una vida más integral y conectada en la frecuencia de nuestro ser más profundo. El estudio como medio para lograr esa conexión en una práctica metodológica, aplicando herramientas necesarias para que la integración de todos nuestros vehículos se consiga de forma correcta y adecuada. Y el servicio como única y verdadera expresión de aquello que somos. Servir desde nuestros dones y talentos es la mayor muestra de reconexión entre el mundo y nuestro mundo, entre lo tangible y lo intangible, entre lo aparente y el misterio envolvente.

La labor pedagógica que realiza el Brockwood Park School es imprescindible en este mundo que habitamos. Hacer de personas buenas personas mejores, despiertas, sensibles a la naturaleza y cocreadores del bien es una de las más bellas misiones a las que alguien se puede dedicar. Ayudar a que esto se realice no tan sólo en esta hermosa extensión de la campiña inglesa sino además en todos aquellos rincones que podamos alcanzar es una misión que merece la pena. Nosotros inclinamos nuestras vidas a ese propósito, y deseamos poder culminar esa bella frecuencia a los pies del Camino de Santiago, allá en el Proyecto O Couso, dónde se está creando en estos momentos una Casa de Acogida para peregrinos del alma (servicio), una Escuela de Dones y Talentos (estudio) y una comunidad espiritual (meditación). El Ora et Labora et Sapientia de los antiguos manifestado en un nuevo tiempo y una nueva era que se abre poco a poco ante nosotros. Quiero dar las gracias a las personas que han facilitado el que estos días pueda disfrutar de las enseñanzas de este hermoso lugar y quiero honrar la memoria de aquellos que lograron su existencia, tanto a los visionarios que captaron la luz del momento como los constructores que lo hicieron posible. Gracias especialmente a Jiddu Krishnamurti por tener el coraje y la voluntad de inspirar lugares así.

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Desde el Krishnamurti Centre


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Nuestra conciencia no es realmente suya o mía, es la conciencia de la humanidad evolucionada, desarrollada, acumulada a través de muchos, muchos siglos … cuando uno se da cuenta de esto, nuestra responsabilidad se vuelve extraordinariamente importante. Krishnamurti

Acabamos de llegar al Krishnamurti Centre, situado en el Brockwood Park, un lugar paradisíaco en el sur de Inglaterra dónde vamos a profundizar en la vida transpersonal e interior, en la consciencia de los nuevos tiempos y en todo aquello que pueda servir de inspiración para lo que ha de acontecer en nuestros propios proyectos vitales. Situado en la hermosa campiña de Hampshire, el lugar es precioso, limpio, hecho con ese refinado gusto inglés y plagado de detalles que lo hacen totalmente acogedor. Me ha tocado dormir en una de las habitaciones más bonitas y espaciosas, con un gran ventanal que asoma a la campiña y los bosques.

Hemos tardado casi dos horas desde el aeropuerto de Londres y hemos llegado justo para la cena, totalmente vegetariana y sabrosa, decorada con flores en un salón cálido y tranquilo. Me doy cuenta, cada vez más, de lo necesario de estos lugares, de la inmensa fortuna que tenemos aquellos que los hemos podido conocer y disfrutar. Me doy cuenta también de lo necesario, cada vez más, de que existan este tipo de espacios y que funcionen con la economía del don para que todo el mundo pueda disfrutar de islas de paz, amor y armonía sin ningún tipo restricción o barrera.

Los sueños se fortalecen ante la inspiración de estos centros. Observo cada detalle para luego intentar acomodar cada uno de ellos en la futura casa de acogida y en la futura escuela. El jarrón de flores en cada mesa, los productos ecológicos, la variedad de alimentos en la cena, todo vegetariano, la calidez de los lugares, la sensación de estar en un cálido hogar, el orden, el decoro, la exquisitez, la delicadeza de cada rincón, la sonrisa de los voluntarios, la amistad que me acompaña… Hay cientos de cosas que siempre se aprenden cuando tienes la mirada observante y deseas mejorar aquello que ya estás haciendo.

Es todo un regalo poder estar aquí diez años después de haber estado en el lugar donde Krishnamurti pasó sus últimos días, en Ojai, California. Seguir aprendiendo, especialmente a sabiendas que este fue también un lugar fundado por Krishnamurti y todo lo que lleva de carga, enseñanza y liberación, es algo que me emociona especialmente. Hay tanto que aprender siempre. El conocimiento es una herramienta útil que nos libera de la esclavitud de la ignorancia. Es una fortaleza imprescindible para que la inteligencia, acompañada de la correcta voluntad, de una fuerza comedida, produzca la belleza que este mundo necesita. En este lugar se perfila ese equilibrio. En este lugar se sembrará un trozo del milagro.

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