El que abre una escuela, cierra una prisión


«El que abre una escuela, cierra una prisión» (Víctor Hugo).

El alma siempre desea manifestarse en nosotros mediante dos aspectos: la vida y la consciencia. Una se expresa y nace en el corazón, la otra en el cerebro. Una utiliza la corriente sanguínea para que la vida se expanda en nuestro cuerpo. La otra, el sistema nervioso y su entramado de conexiones.

Las escuelas del futuro enseñarán estas verdades y ofrecerán herramientas y entrenamiento para que la realidad del alma sea manifestada, de modo que nuestra existencia responda a la vida del alma y a su consciencia, y no a la prisión de nuestra personalidad, atrapada siempre en una realidad limitada y egoísta.

El reto es profundo, especialmente cuando se intenta de alguna forma crear un espacio donde se pueda hablar abiertamente de estas cosas, y encaminar todos los esfuerzos a crear un laboratorio, una primera escuela que ofrezca herramientas y entrenamiento para el contacto abierto con nuestra alma.

Abrir una escuela del alma para alejarnos de la prisión de nuestra personalidad será el gran reto. El año pasado dedicamos mucho tiempo a la creación de los planos de esa escuela. Este año tocará empezar su construcción. La parte material de la construcción será todo un reto. La parte pedagógica será aún de mayor complejidad.

Encontrar personas íntegras que hayan completado en sí mismas un adecuado entrenamiento es difícil. No tan solo un entrenamiento del dominio sobre la materia mediante algunas disciplinas físicas que pongan el énfasis en la alimentación o la higiene de los cuerpos mediante la ingesta de sustancias inocuas. Sino también personas que tengan pleno dominio de sus estados de ánimo, de sus emociones y de sus pensamientos, demostrando con ello que están preparadas para albergar la posibilidad de la vida plena y de la consciencia plena, es decir, la esperanza de que la vida del alma se manifieste completamente en nosotros.

Una escuela para el Alma debería tener en cuenta aquellos atributos y aspectos que hacen posible su manifestación en el plano de la forma. Dichos aspectos han sido recogidos en cierta manera en algunos tratados de filosofía espiritual. Esos aspectos son los que procuran una buena praxis, cultiva la belleza en todos los aspectos de la vida y potencian la voluntad de servir, actuando al final de todo proceso, de forma grupal.

El primer aspecto es el de Voluntad o Propósito.
El segundo aspecto es el de Amor-Sabiduría.
El tercer aspecto es la Inteligencia Activa.
El cuarto aspecto es la Armonía (atravesando el conflicto).
El quinto aspecto es el Conocimiento Concreto.
El sexto aspecto es la Aspiración (antiguamente llamado Devoción).
El séptimo aspecto es el Orden.

La consciencia y la vida son principios fundamentales de la realidad. Existe el mito de que es el cerebro el que produce dicha consciencia y sostiene con ello la vida. Pero realmente no es así, la consciencia y la vida son aspectos universales que se expresan en nosotros dependiendo del equilibrio que tengamos interiormente. El cerebro y todo nuestro cuerpo es un instrumento, una antena que sintoniza, dependiendo de su “frecuencia”, aspectos más o menos profundos de la vida y la consciencia. Tener una antena adecuada hará que la profundidad del mensaje sea más contundente. Crear Escuelas dónde se estudie las frecuencias adecuadas y el cuidado de la antena que somos hará que el ser humano avance hacia su progreso inevitable. Un progreso que versará en la expansión de la consciencia hacia nuevas realidades y visiones.

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Suzanne Powell: soñar con los muertos


Hoy tuve un bonito sueño con la amiga que se marchó hace unas semanas. Suzanne Powell aparecía con alguien más y me guiaban por sus estancias y moradas hasta llegar a un lugar donde estaban escribiendo juntas un libro titulado algo así como “Guía para ayudar a los Guías”. Suzanne Powell sirvió de guía a muchas personas. Dotó de esperanza a un gran número de seguidores y con su peculiar estilo, abrió las puertas de la espiritualidad a mucha gente. Alguna vez hablamos del futuro que creíamos lejano, y nos preguntábamos sobre quién guiaría a los guías de la especie humana, y sobre quién cuidaría de ellos cuando no tuvieran fuerzas o estuvieran agotados.

Hace unos días fallecía el maestro budista Thich Nhat Hanh. Fue cuidado y asistido en uno de sus monasterios gracias a los miembros de la Orden de Interser que él mismo había creado. A diferencia de Suzanne, Thich Nhat Hanh había entendido la necesidad de crear comunidades de vida conscientes donde unos cuidaran de los otros, y pudieran desde el esfuerzo grupal, practicar y compartir el Dharma. La espiritualidad comprometida o activista requiere no solamente hablar de espiritualidad, sino ponerla en práctica. La creación de comunidades de vida espiritual es una buena forma de hacerlo.

La joven y hermosa Alba murió recientemente, de forma abrupta e inesperada. Llegó hace unos años a este lugar haciendo el Camino de Santiago. Esa experiencia de peregrinaje interior le impactó. Su transformación espiritual la vivió con intensidad y cambió su vida para siempre. Para muchas personas, el peregrinaje a “tierras santas”, produce una transformación interior. Sentí un crujir interior cuando me enteré de su muerte. Tenía todo un camino por delante para convertirse en una buena guía para muchos. Estaba labrando su futuro de forma que su mundo transformaría también a parte del mundo. Alba venía de los confines de Rusia, alta, preciosa, alegre, profunda. Nunca pudo crear su Shanga, ni siquiera pudo inspirar a muchos en su breve vida, pero dejó una huella en la que de alguna manera la pudimos (re) conocer.

Soñar hoy con Suzanne me ha hecho repensar la muerte. La muerte y la vida, la fragilidad de nuestro devenir y peregrinar por este hermoso y único planeta. La muerte de Alba, de Thich Nhat Hanh o de Suzanne me han producido cierta alerta interior. Quizás Suzanne, con la que hablé mucho sobre ese tema en nuestros retiros y paseos, me ha querido decir algo con ese sueño. Algo así como “cuídate” y “cuida” a los guías que te rodean. A toda esa gente que frecuentamos y son fortaleza para nuestro espíritu. A toda esa gente que da su vida en una entrega suprema, en una constancia perseverante. Cuidar a los guías de la especie humana para que nos ayuden en nuestro tránsito, en nuestro peregrinar por el mundo. Cuidar a los que cuidan, cuidar a los que guían e inspiran.

Soñar con los muertos es como saberlos vivos al otro lado. Estoy convencido de que Suzanne, en su particular reset, ha podido ver todos sus errores y sus aciertos. Pero, sobre todo, ha podido ver todas las personas a las que pudo inspirar con su divina presencia. Confío en que esté bien al otro lado y confío en que pueda seguir obrando el bien desde el más allá. Su guía nocturna me ha servido para ver luz allí donde antes había sombras.

Dinámicas de lo Invisible


Los misterios del universo que la tecnología nos ayudará a revelar en un  futuro cercano - BBC News Mundo

¿Existe realmente el mundo que no vemos? No en nuestras mentes cegadas. Sabemos que la visión del mundo está condicionada por nuestras propias experiencias. Las personas que se ahogan en las preocupaciones diarias tienen una visión del mundo muy diferente a las personas que nadan sobre las mismas, y estas difieren de aquellas que vuelan sobre el mar de la incertidumbre ayudando a los demás como meta vital.

En el mundo invisible existen unas dinámicas que desconocemos, unas autopistas de fuerza y energía que jamás podríamos imaginar, un conocimiento inaccesible. Pensamos que la vida es tal cual la percibimos, pero jamás podríamos pensar que la vida no tiene nada que ver con nuestra percepción. ¿Os imagináis por un momento que aquello que nosotros vemos como feo u horrendo fuera realmente bello, profundo y hermoso para otras personas? Realmente eso es lo que ocurre. Vemos según nuestra percepción, una percepción condicionada por nuestros sentidos, nuestras experiencias y nuestro propio campo de visión.

El sustrato de las cosas, el funcionamiento del cosmos y la vida, la propia existencia de eso que damos por llamar inteligencia, son cosas que no podemos entender. Se escapa a nuestros sentidos, a nuestra percepción. Configuramos nuestros mundos de forma perfectamente igual a cómo estamos configurados por dentro. Vivimos, sin más, en el mundo que somos capaces de imaginar. Esa imaginación se alimenta de nuestros prejuicios, de nuestros miedos, de nuestras esperanzas. No acertamos a comprender cómo se manejan los hilos invisibles que generan la realidad. Y generamos realidad justamente condicionados por nuestra propia y limitada existencia. Una gran paradoja.

Un gato vive una realidad limitada a su condición gatuna. Una ameba vive una realidad condicionada a su mundo pequeño. Un ser humano, aún con su egoica percepción y sus aires de grandeza, es ridículamente pequeño ante la vastedad del universo. La dilatación de nuestra realidad es complejamente limitada. La expansión de nuestras consciencias está condicionada por la proyección que hacemos de la propia vida. Si por dentro se vive una vida miserable, por fuera se experimenta dicha vida. De todas las dimensiones posibles, apenas alcanzamos a vivir en un par de ellas, y siempre de forma penosa, arriesgada, indecible.

Uno de los misterios aún no resueltos por nosotros mismos es que somos capaces de aumentar la visión. Solo debemos ser conscientes de que todo cuanto se encuentra fuera, se encuentra dentro. Este relato es impresionante. Todo aquello que está más allá de nuestra realidad se encuentra oculto en alguna parte de nosotros. Encontrar los resortes, las llaves, las claves para acceder a esas realidades es un camino complejo. Conocer y entender las claves de las dinámicas de lo invisible es un camino angosto. Pero acercarnos a sus maravillas puede hacer que nuestras propias vidas se conviertan en algo extraordinario. Hay formas de entender y comprender esas dinámicas. Hay formas de transformar nuestra realidad en algo diferente y sorprendente. Hay formas de transmutar toda nuestra existencia.

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Comunidad de vida consciente


El secreto de toda buena comunidad está en conseguir que la cotidianeidad sea alegre y feliz. Thich Nhat Hanh

Uno de los retos más complejos de la sociedad es enfrentarnos a nuestro presente y futuro de forma esperanzadora. Los desafíos que vienen nos enfrentan a un mundo cada vez más cambiante, ajeno a nuestra esencia y aparentemente, más inhumano. Inhumano en cuanto a la necesidad cada vez mayor de aislarnos en frente de una pantalla (en el ocio y en el trabajo) y pronto, en frente de una inteligencia artificial que convertirá nuestras vidas solitarias, viciadas y aisladas en algo insulso y sin fundamento basadas en metaversos ficticios. La inteligencia artificial no tiene porqué ser algo bueno o malo, pero sí es cierto que el ser humano, al menos la tendencia de la mayoría de la población actual, está caminando hacia un aislamiento “inhumano”, hacia algo que nos aleja de la naturaleza y de nuestra propia esencia.

Si antes la vida estaba enmarcada en un contexto familiar y natural, donde la familia era algo extenso y múltiple, enriquecedor y experiencial, ahora cada vez nos estamos volviendo seres más individuales y aislados. Las personas se creen emancipadas y carecen de la necesidad de procrear o tener descendencia. Y aquellos que se atreven, no tienen más que un hijo, el cual termina creciendo en un entorno de padres separados, aislados entre telepantallas y “entretenimientos” virtuales. Esto es de una complejidad cada vez más preocupante, porque no sabemos a qué nos llevará en un futuro inmediato.

Una de las alternativas que en el futuro se gestará con mayor fuerza será la creación de comunidades de vida consciente. Uno puede preguntarse qué entendemos por comunidad y qué entendemos por vida consciente. Los conceptos pueden albergar múltiples significados. La vida en comunidad, en comunidad consciente, es algo complejo, porque requiere algo más que vivir juntos y buscar medios de subsistencia que permitan una vida material, emocional e intelectual lo más cómoda y sencilla posible. Más allá de esa triple dimensión del ser, debe existir una intención mayor, digamos, consciente, para vivir juntos. No se trata solo de compartir espacios y tiempos, subsistencia y desarrollo personal. Se trata de actuar activamente para generar un cambio positivo en nosotros y en nuestro entorno, más allá de nuestro aislamiento y ombligo. Es vivir conscientemente una vida plena, realizada, enfocada a ser útiles primero hacia nosotros mismos, luego hacia nuestra comunidad y también, con la mirada y la esperanza de ser útiles a todo el planeta.

La utilidad viene marcada por nuestro grado de consciencia en todo lo que hacemos grupalmente. En nuestros hábitos alimenticios, en nuestra dieta, en la construcción de nuestras viviendas, en nuestras relaciones interpersonales, en el trato al otro. Ser alegres y felices es fundamental para que la vida en comunidad sea posible. No podemos arriesgarnos a vivir cansados, malhumorados o en un enfado constante. El ser humano es frágil y delicado, y con esa fragilidad debemos tratar de hacer su vida más plena.

Vivir en comunidad no es la panacea perfecta, pero es un reto importante para salir de nuestro aislamiento, vivir una vida plena y sentir que somos partícipes de un movimiento global que busca y desea un cambio consciente para nuestras vidas y nuestro planeta. Los valores de la inofensividad, del cuidado de la tierra desde una forma respetuosa, de construcciones ecológicas basadas en la simplicidad voluntaria, de valores de cooperación y apoyo mutuo donde la tierra sea liberada y pertenezca a la generosidad del conjunto y no al egoísmo individual, son retos cada vez más posibles. La emancipación individual y grupal es posible en comunidades de vida consciente. Una vida que aspira a elevar la mirada y la visión más allá de nosotros mismos y crear el entorno posible para poder inspirar a más gente. Ese es el reto en el que nos hemos involucrado. Esta es la visión de la que deseamos aprender, crecer y compartir.

Planificación familiar en tiempos de colapso


 

Lo primero que mi hermana y su novia me preguntaron cuando llegué a las faldas del Montseny era si ya tenía novia. Entre risas empezamos a mostrar una posible lista de candidatas que podrían resultar idóneas para poder enfrentarnos a la difícil tarea de las relaciones parentales. Después de un año y medio de soltería, uno se siente feliz por disfrutar de este tipo de libertad extraña a la que no estaba acostumbrado, siempre tan entretenido en los últimos tiempos con parejas que duraban lo que dura un suspiro.

La máquina de supervivencia en la que se encuentran nuestros genes es compleja. Richard Dawkins lo explicaba en su Gen Egoísta. La reproducción humana, en estos tiempos de colapso, parece no tener sentido. Las parejas se juntan, pero no por la necesidad imperiosa de reproducir la especie, sino más bien, por la necesidad de llenar algún tipo de vacío, o por estar acompañados, o por viajar juntos en esta nave o escuela planetaria. El móvil de estar juntos ya no es el gen y su perpetuidad, sino otros difíciles de cuantificar.

En mi caso ha ocurrido algo extraño y completamente inverso a la norma establecida. Lo que mis genes me demandan es una planificación familiar para poder procrear en un entorno privilegiado. En mis circunstancias personales esto es harto complejo. Primero por mi propia edad avanzada, rozando ya casi los cincuenta, aunque al parecer, nuestros cincuenta se parecen a los treinta o cuarenta de nuestros ancestros. Dicho así, parece que aún somos jóvenes para esto, pero con la experiencia suficiente para educar en otros valores más sofisticados y profundos. La otra circunstancia compleja es la propia configuración de mi vida. Vivir en los bosques no es aparentemente el fenotipo apropiado para una reproducción adecuada. Un gen egoísta descartaría enseguida mi condición de fenotipo extendido para la procreación y extensión de su supervivencia sino fuera porque algo está cambiando. Y es aquí donde entra la reflexión filosófica y genética.

Realmente ocurre que los bosques te alejan de la visión moderna de una sexualidad basada en la sensualidad y el placer y te acerca más a la visión “antigua” de practicar sexo para aumentar la prole y asegurar la supervivencia de la especie. Esto es una paradoja cuando, según algunos datos alarmantes, nos estamos aproximando a la sexta extinción global. Pero quizás de ahí parte el instinto primitivo, la posibilidad de que los más aptos se adapten a los peligros que posiblemente podamos enfrentarnos en el futuro. Un bosque-isla podría ser un perfecto refugio para una futura hecatombe mundial. Pero sin ser alarmistas, un bosque podría ser el lugar perfecto para que una nueva generación de seres sensibles pudiera crecer bajo el manto de valores de solidaridad y cooperación, de apoyo mutuo y amor a la naturaleza. Digamos que mis genes me exigen, de alguna manera, que ponga la posibilidad de que seres sensibles encarnen en una tierra amable y solidaria.

Supongo que los genes egoístas están buscando fórmulas cooperativas para sobrevivir, viendo e intuyendo el colapso al que nos estamos precipitando, especialmente en esa aberración llamada «gran ciudad». Realizar una planificación familiar en torno a esa idea de supervivencia de la especie, puede resultar fría y demoledora. Pero sin duda, resulta algo trascendente. Tener hijos en la ciudad es un patrón caduco que reproduce un modelo (el de la ciudad colapsada) igual de caduco. Crear vida en los bosques, bajo un modelo de convivencia diferente basado en valores diferentes, es quizás el futuro al que nos avocamos. Pasaríamos de un gen egoísta en los términos de Richard Dawkins a un gen colaborador o cooperativista, como más tarde sugirió. El gen cooperador daría paso a un gen inmortal, que desea sobrevivir en todos los medios, o que de alguna manera va proclamando la necesidad de poder adecuar nuevos cuerpos en nuevos entornos para que otras almas puedan encarnarse en un futuro.

Tener cuerpos sanos en entornos sanos donde se practica el yoga o la meditación, el estudio concienzudo y filosófico del ser humano y la vida y donde se realiza una amable práctica espiritual compartida quizás sea el entorno benévolo que los genes vayan buscando en un futuro. Buscar a consciencia alguien con estas ideas es sin duda una de las tareas más complejas para la futura planificación familiar. Querer tener hijos sanos en un entorno privilegiado y en un contexto espiritual quizás sea el modelo que muchos seguirán en los próximos años. El ser humano evoluciona hacia lugares de emancipación y consciencia mayores. Y eso requiere de entornos sanos adecuados para ellos. Los niños-ciudad se están convirtiendo cada vez más en niños-máquinas. Los genes reclaman una evolución diferente y lo hará en entornos donde los niños estén de nuevo reconectando con la naturaleza. Los niños-bosques serán en un futuro la esperanza para la supervivencia colectiva. Reflexionemos sobre esto…

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En las entrañas del Camino Medio


Esta mañana paseando por Madrid

Quedamos esta mañana a las nueve en punto en el Tavolo Verde, el lugar donde Casado le ofreció a Cayetana un prometedor futuro político. Tras el distendido desayuno y la alegría por el reencuentro, me llevó a su pequeña cueva. En el centro de la ciudad, junto a la embajada de Francia, existe una inquietante réplica de la cueva de San Ignacio. Es un lugar secreto, donde se accede por un parking en una de las zonas más caras de Madrid. Su guardián y morador es un gran amigo que organiza desde allí su vida material y espiritual.

Desgranar y ordenar esos mundos es complejo, por eso me ha fascinado poder ver cómo, de alguna manera, su forma de ordenar el complejo mundo de la materia le acerca a cierta espiritualidad, a cierta llamada a la que atender. Ser rico materialmente está bien, pero está mucho mejor si viene acompañado de cierta riqueza espiritual. Ahí está el Camino Medio de Buda. Lo material no está reñido con lo espiritual, sino que se complementan y se necesitan. Encontrar el justo equilibrio es la proeza, el reto, la praxis.

El Mesías opinaba de forma diferente, pero su mensaje siempre fue revolucionario y alternativo. El Reino de los Cielos debe encarnar en nosotros para poder desarrollar el Cielo en la Tierra. Una excelente complejidad más allá del mundo dual dónde nos movemos. Tras los días en Gandía, hice una parada para comer a las afueras de Madrid con unos buenos amigos. Llegué aliviado por estar de nuevo como en casa en el Jardín del Morya, un bello lugar cargado de energía Crística. Ese lugar es fascinante porque moran buenas personas, diría que personas que son de mi sangre espiritual, y que compartimos siempre desde esa alegría. Hablamos de política y me recordó mis tiempos en los que andaba embarrado en la misma. Estar en política es necesario. Quiero decir que es necesario que buenas personas estén en política para poder ofrecer ese Reino de los Cielos a un mundo tan oscuro y perverso como es el del “poder”. Animé a mi amigo a que lo hiciera desde la profunda convicción de que personas como él deberían guiar este mundo. Abrimos esa brecha, esa posibilidad, con el ideal de no posponerlo para otras vidas.

Seguí mi camino hasta Palacio. Siempre identifiqué Palacio a esos lugares que distan mucho de mi pequeña cabaña. Viví en ellos en un tiempo pasado, y ahora me gusta volver de vez en cuando para recordar ese Camino Medio, esa necesidad de no marcharme de un extremo a otro como antes hacía. Del Palacio a la Cueva/Cabaña y de allí de nuevo a Palacio. Me alegró mucho volver a ver a mi querida amiga, que ejercería de espontánea anfitriona mientras trabajábamos en su nuevo libro. Ha sido un encierro de fin de semana excepcional, hermoso, de mucho trabajo pero también de hermosa amistad y sueños futuros. Ha sido como estar en casa, como estar de nuevo con esa otra familia estrecha, cómplice. Meditábamos, cantábamos, hacíamos algo de yoga y al trabajo. Exactamente igual que en nuestra pequeña comunidad.

Este año me he propuesto ejercer de editor y me he estado preparando por dentro y por fuera. Herramientas nuevas, coche nuevo donde poder aparcar gratis gracias a su etiqueta cero emisiones y, sobre todo, la convicción de que volver a empezar desde la experiencia y sabiduría adquirida puede garantizar nuevos éxitos materiales. La diferencia con antaño es que esos éxitos ya no son para mi gozo personal, sino que serán compartidos. Ya no hay nada para mí que no sea lo estrictamente necesario para seguir adelante con ese propósito o misión que me conmueve por dentro. He tenido que hacer un profundo movimiento de discernimiento, y ahora toca ponerlo en práctica.

Ahora estoy viajando hacia el sur de Toledo. La idea es impulsar un nuevo libro que haremos con alegría y perseverancia, un libro que nos debe hacer brillar. Sonrío cuando pienso en la posibilidad de seguir escribiendo, de ayudar a otros a buscar sus dones y talentos y de poner en marcha proyectos que pueden traer al mundo un poco de luz. En el fondo, quizás eso sea lo más espiritual. Hacer brillar a personas para que el mundo se llene de esa luminiscencia tan necesaria. Encender el fuego, regenerar nuestra cultura, reponer el buen nombre de la vida humana e incluir en ella la llamada espiritual con todas sus consecuencias. Con energía crística, búdica o de cualquier otra índole, pero con impulso espiritual, es decir, con algo que nos pueda trascender.

Cuando terminemos todo esto, seguiré mi viaje hasta mi Barcelona natal. Allí estaré unos días buceando en el mapa que deberá guiar mi mundo en el próximo año. Se presentan dos viajes importantes si todo va bien: uno a Estados Unidos y otro a México. Ambos por motivo de trabajo: trabajo antropológico, editorial y espiritual. Este año vuelvo a ser un poco más yo. Empiezan las obras de la futura Escuela, y debo salir a los Caminos para conseguir todo tipo de recursos, ya sean humanos, materiales o espirituales. En el fondo, así se tejen los sueños. Saber dónde estamos, cual es nuestra realidad, y qué estamos dispuestos a cambiar para mejorarla o ampliarla. Este año será un año de ampliación, de cosecha, de preparación de una nueva tierra. Será un año de Camino Medio, un año de salir de mi cómoda cueva para que la luz nos guíe de nuevo y la Gran Obra continúe.

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Dejaos guiar por el espíritu


«Dejaos guiar por el Espíritu». (Gal 5,16)

La de ayer fue una mañana luminosa. Fuimos a meditar y al terminar apagué la luz de la vela como hacemos todos los días. Alguien molesta por el gesto me preguntó porqué había apagado la vela. No entendí la pregunta y no contesté. Así que volvió a preguntar por segunda vez. En esa segunda pregunta me sentí extraño y ajeno, como un forastero que llega a un lugar, comete alguna torpeza y no sabe como salir del lío. Fue algo anecdótico pero misteriosamente me cautivó durante toda la mañana. Tras la meditación y algunas gestiones cogí el pico y la pala y empecé a echar una mano, tras instalar una nueva tubería y un nuevo grifo, en la zanja. Hubo un momento que me sentí cansado, agotado, ofuscado por la pesadez de ese tipo de labores. ¿Qué hace un doctor en antropología cavando zanjas? Siempre la misma pregunta, y siempre la misma respuesta: construyendo en la Gran Obra. La Gran Obra es como los místicos antiguos llamaban a la construcción del Ser Humano Completo, el antiguo Opus Magnum de los alquimistas. Esa era, antiguamente, una de las gloriosas obras del Gran Arquitecto del Universo. Siempre incompleta, siempre inacabada, siempre desnuda.

Miré el cielo desnudo, limpio, azul, brillante. Alcé la mirada y capté una brisa del este. Me recordó la canción de Mary Poppins: “Viento del Este y niebla gris, anuncian que viene lo que ha de venir. No me imagino lo que va a suceder, más lo que ahora pase ya pasó otra vez”. Sentí que una nueva ola venía, una ola del zubuya, una nueva reminiscencia, y había que aprovecharla, subirse en ella y dejarse arrastrar hacia sus mágicas sincronías. ¡Era una oportunidad, un nuevo viento del este! Pensé entusiasmado.

Dejé la pala y el pico. Corrí hasta la cabaña. Envié un par de mensajes lanzando una moneda al aire etérico. Recibí una respuesta: había que viajar al Este. Hice una pequeña maleta, me cambié de ropa y de zapatos, dejando los harapos llenos de barro y sudor atrás y vistiendo algo decente. Dejé el légamo atrás, cogí el coche y a mediodía en punto, hora zulú, empezó el viaje.

En todo ejército que se precie, hay tres delitos condenables: el de insubordinación, el de cobardía y el de involución. Esa mañana había apagado ritualmente la vela. Como todas las mañanas, y recibí en mi cansada espalda tres delitos condenables. Eso me impulsó a buscar el viento, el aire fresco, el adelantar mi viaje, hasta llegar, a media noche en punto, a las playas mediterráneas.

Hoy ha sido un día lleno de señales, mágico, verdadero, “vora el mar”. Digamos que pudimos subir a la cresta de la ola. Las almas se reconocen, las viejas almas se reencuentran, se crea un hermoso egregor, y empiezan las señales, las sincronías. Era el cumpleaños de Grau, la cual me mandó dos audios que escuchaba desde el barrio de Grau, mientras atravesaba el colegio de Grau. Ayer noche llegó ella, la joven rebelde, la hermosa alma libre a la que tanto respeto le tengo por su ancianidad espiritual. Llegó a la misma playa, al mismo mar en el que yo había aterrizado, casi a la misma hora. Así que nos vimos para comer, junto a nuestro anfitrión amable, entrañable, “bon home”, posible futuro caballero de la luz, guerrero de la paz. Caminamos por la playa, disfrutamos de las sincronías que se iban desarrollando una tras otra. Reencuentro de magos, recuerdos de viejas aventuras, caballeros andantes, de alguna mesa redonda de antiguas Avalon. Anécdotas que perduran en el campo etérico, algo que ya pasó otra vez, y que solo tenemos que recordar.

El proceso de convertir lo solido en gaseoso en alquimia se llama sublimación. Se puede aplicar al sexo, a la vida, al espíritu. Apagar una vela puede ser para otros un estado sólido. Pero puede, mediante la transformación alquímica en el atanor conveniente, convertirse en un acto de sublimación. Hoy ha sido un día sublime. Gracias queridos A. y H. por este día entrañable e inolvidable. Las metas futuras de la especie humana están a salvo en vuestras manos. La Gran Obra está garantizada en vuestros corazones.

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«Come tu pan en silencio»



Vivo desde hace unos años en una pequeña cabaña con forma octogonal, que a su vez forma una triada orientada al septentrión junto con dos octógonos más. El octógono representa la cuadratura del círculo, el cielo conjugado con la tierra. Los pobres caballeros sabían de la magia de esa cuadratura circular, o al menos, de su simbología secreta. La geometría enlaza los poderes celestiales con los terrenales. Vivir en un octógono pequeño, en cuyo centro se guarda la piedra angular que rescatamos de Shamballa la resplandeciente, es solo un símbolo que a su vez conjuga un arquetipo. Cuatro triadas han de formarse para que la futura encomienda sea justa y perfecta. Y todo ello, junto al Camino, junto al mar de peregrinos que requieren auxilio y ayuda.

Toda persona ordenada, inclinada humildemente ante la espada que señala con tres toques el devenir futuro de entrega y rendición, comprende la profundidad de las palabras del salmista: “Puse a mi boca custodia y silencio”. Estar al orden con las cosas profanas requiere fortaleza para enfrentarse a posteriori al complejo mundo de lo sagrado. No puedes guiar el viento de la vida, pero puedes dirigir las velas de la consciencia hacia el ancho mar de la experiencia espiritual, y al hacerlo, conquistar sus misterios.

Antes de ser príncipes de la rosa y de la cruz, uno debe ser caballero espiritual, y antes de eso, uno debe ser maestro constructor. Antes de ser maestro debe ser compañero y antes de ser compañero, aprendiz. El maestro constructor ha aprendido a pulir su piedra, a ordenar la piedra cúbica en la pared del templo hasta poder así, con el tiempo, el esfuerzo y la perseverancia, servir para completar la Gran Obra en sí mismo. Una vez realizada, tras pasar por la disciplina de la meditación y el silencio siendo aprendiz, del conocimiento del arte real siendo compañero y del gran servicio a la obra siendo maestro, atraviesa el umbral del Arco Real y se convierte en caballero y príncipe. Allí complementa su peregrinaje hacia las fuentes, siempre bebiendo de aquellas que han sido transmitidas oralmente en un lugar consagrado, por personas igualmente consagradas. La transmisión inspirada por devas o susurros en la noche no se consideran dignas, porque el verdadero Arte Real solo puede ser transmitido desde el pozo ancho y profundo del origen.

El encuentro con la Tradición desprende una doble jerarquía, una oficial y otra secreta. Aquí se muestran ambas. La oficial llena de palabras, la secreta llena de insinuaciones. Por eso, el maestro constructor de sí mismo, atraviesa los ritos antiguos para convertirse en maestro secreto, lugar consciencial y evolutivo donde come su pan en silencio. La construcción de nuestro templo interior es imprescindible para completar la segunda construcción, aquella que es concebida para enseñar a la humanidad los secretos del espíritu. Las antiguas catedrales y templos querían de alguna manera mostrar al mundo no solo la casa de Dios, sino los secretos de su manifestación: el Universo. Un templo es la representación simbólica de ese Universo. El Universo en la Tierra, el hogar de los buenos humanos, el espacio sagrado por el cual cualquiera que haya bebido de las fuentes puede enfrentarse, desde la propia contemplación, al horizonte amplio, al cosmos profundo, al cielo descubierto de nuestra alma.

Toda esta construcción humana solo es posible desde una gnosis tolerante, profunda y velada. Comer el pan en silencio es una forma de aprender a callar aquello que, profundamente, requiere diligencia. Mientras, y al mismo tiempo, uno procura ir dejando migas por el Canino para que otros buscadores emprendan la conquista y la construcción de su templo interior. Todos los buscadores sinceros deben encontrar su grupo, su comunión, sus iguales. En la mesa redonda donde el pan se come en silencio, se crea la fuerza necesaria para seguir construyendo la Gran Obra. Solo de esa manera, desde un pequeño octógono que mira al septentrión, resplandecerá la llama grupal.

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La gran renuncia


Siddhartha Gautama renunció a su palacio y se dedicó a llevar una vida mendicante. Quizás sea uno de los primeros ejemplos de esa gran renuncia. 

Mi primera gran renuncia laboral ocurrió en 2005. Aún siendo muy joven, había conseguido todo lo que alguien puede aspirar a cierta edad: un bonito adosado con jardín, un bonito coche, un bonito trabajo y una excelente pareja. Ese año lo abandoné todo por perseguir un sueño, y no por reproducir aquello que según los estereotipos sociales debía alcanzar, continuar, sostener, conservar o reproducir. En 2014, casi diez años más tarde, experimenté otra gran renuncia personal y me fui a vivir a los bosques, a una pequeña cabaña desde la que ahora escribo. Rompí de golpe con una prometedora carrera basada en ese primer sueño del 2005 al darme cuenta de que algunos sueños están de igual manera condicionados y limitados por los anhelos de la personalidad, y no por los anhelos profundos de nuestra alma.

Al parecer, mucha gente está despertando a esta realidad. Muchas personas están volcando en sus vidas una gran renuncia. Es conocida también como la gran dimisión, o el gran reset colectivo, o en el plano más místico, la nueva era. Realmente todos los periodos históricos tienen algo de nueva era, de gran cambio, del esplendor y nacimiento de un nuevo gran paradigma universal. A cada periodo lo hemos llamado de alguna manera diferente. Ahora estamos viviendo uno de esos periodos de cambio, un great awakening, como llaman los antropólogos a un fenómeno que ocurrió en América en siglos pasados: un gran despertar.

Las noticias nos dicen que más de seis millones de personas han renunciado a su empleo tan solo en Estados Unidos. A este fenómeno lo han bautizado con el nombre poético de “la gran renuncia”. El académico estadounidense Anthony Klotz así lo bautizó. En plena pandemia, ha habido un abandono masivo y voluntario de puestos de trabajo rara vez visto en el mercado laboral, nos dicen los medios. Esa gran renuncia tiene que ver, posiblemente, con el despertar a un mundo absurdo, tan cargado de cosas, y tan vacío de vida.

Desde pequeños nos han inculcado la idea de que debemos ser prósperos y crecer materialmente hasta lo ilimitado. Llega una edad en el que asumes que ese compromiso prehistórico con el crecimiento encuentra un límite, y de ese límite nace una gran frustración que se va tejiendo poco a poco en nuestro interior. Nunca seremos ricos, nunca seremos excelentes ni totalmente prósperos, siempre navegaremos en un mundo cargado de cierta mediocridad e incertidumbre. El sentirnos mediocres sosteniendo una vida anodina, normalmente organizada bajo el mundo del entretenimiento (estamos entretenidos, estamos distraídos, no pensamos) y el ver que el embudo se estrecha en la escala social, nos hace replantearnos nuestras prioridades. Nace en nosotros, no en todos, un sentimiento de crisis, de profunda crisis interior que requiere respuestas profundas.

Las instituciones tradiciones, religiosas, familiares, nacionales y estamentales han fracasado. Las personas han entrado en un momento vital donde demandan emanciparse de creencias, de juicios, de condicionantes. Haber nacido en una sociedad segura les hace aspirar a mayores grados de libertad. La Inteligencia Global entiende que ese grado de emancipación es peligroso, porque un individuo pensante, no basado en la docilidad social, puede crear resortes y grietas en un sistema que pretende sobrevivir a toda costa. La pandemia, creada o fortuita, nos ha demostrado que el sistema puede provocar grandes dosis de docilidad. Ahora mascarillas, ahora encierros colectivos, ahora vacunas, ahora pasaporte pandémico. Nadie dice nada y todos asumimos dócilmente que esa marcada línea roja entre la salud pública y nuestra libertad individual es la correcta. Al mismo tiempo, se ha creado un subgrupo de divergentes que rechazan dichas directrices, dicha conformidad, y deciden rebelarse de alguna manera.

Esa rebeldía puede ser silenciosa, como esa gran revolución silenciosa que predijo el politólogo Inglehart hace ya unas décadas (parte de mi tesis doctoral fue basada en sus ideas). Estamos ante un cambio cultural caracterizado por la adopción de valores de auto-expresión, de emancipación y mayor libertad. Las utopías seculares, no solo individuales sino también grupales, están creando un caldo de cultivo donde el futuro requerirá respuestas complejas. La docilidad no puede ser permanente, y de alguna manera, el ser humano en su conjunto buscará grietas desde las cuales rebelarse. Construirá puentes que acerquen perpetuamente su mundo superficial hacia un mundo más profundo y cargado de significado. Una de ellas, la renuncia al empleo ordinario y la búsqueda de una vida más sencilla y simplificada ya está ocurriendo. Una vida basada en los dones de cada cual y no en la búsqueda de dinero o riquezas, sino en los talentos que nos hacen felices. Silenciosamente, esa gran renuncia es esa gran revolución sosegada y taciturna que buscará las grietas pertinentes. Busca tu grieta, actúa, sé libre.

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El mundo de la no forma


Krisna haciendo de auriga en la cuadriga de Arjuna durante la batalla de Kurukshetra.

Hay muchos mundos. De todos ellos, el mundo de la no forma es el que más seduce a los seres sensibles. No se deja atrapar en tanto es capaz de transmitir saberes manifestados plenamente desde una perfecta aletheia. Es una manifestación creadora, arquetípica y ejemplar. El mundo de la no forma se compone de manera universal. Es flexible, elástico, permeable. Seduce de forma transparente, potenciado por radares invisibles que detectan su existencia. En el mundo de la no forma cohabitan valores, sentimientos, energías, creencias, pensamientos. Es el mundo del que nace el amor, la voluntad, la sabiduría. Brota a raudales desde los sueños o la aura religiosa. Es la materia prima de lo que todo lo demás surge. De ella surgen los siete rayos que crean el universo local que ahora conocemos.

La historia del mundo explicada por los zalúes o la Teogonía de Hesíodo nacen de ese mundo. También el suicidio colectivo de los germanos, su peculiar ragnarök, el fin del mundo. Los cuentos, las fábulas, los mitos, las creencias, la cultura, lo espiritual, las historias sagradas con las que mecemos nuestras vidas, todo ello nace y se reproduce en ese campo etérico, o cuántico, como ahora dirían los modernos, del que todo fluye. El Gran Tiempo, el arcano Sephirot, todo se revela a sí mismo creando continuamente tanto el reino de la forma como la cadena infinita de reinos metafísicos superiores.

La canción de Dios se hace carne desde el reino de la no forma. Allí contempla sus mundos, los dota de fuerza, de poder, de vida. El mundo profano se inclina cada vez más hacia el tiempo sagrado. Sacralizar la vida es advertir la existencia del mundo de la no forma, el mundo del que emana todo. La vida profana es aquella que recrea el escenario perfecto para que confundamos lo real con lo irreal. Pensamos que la verdadera esencia de la existencia es el mundo de la forma. Ahí olvidamos, ante la hipnosis colectiva, que lo real se recrea en un lenguaje simbólico y arquetípico imposible de entender a no ser que cierta iniciación, entendida esta como despertar a una realidad superior, nos posea. Quedar preñados de ese lenguaje secreto, el lenguaje verde o el lenguaje de los pájaros, como lo llamaban los antiguos, es sabernos poseedores de cierta verdad revelada. Una revelación no como principio o verdad absoluta, sino como mera señal hacia un vasto campo de experiencia superior.

La vida fácil, la vida de la forma (tengo hambre, tengo frío, tengo miedo), es un espejismo que nos mantiene distraídos del verdadero propósito. Es la trampa del ego, del pequeño yo, ensimismado en sí mismo, en sus pequeños éxitos personales, en sus pequeñas glorias, olvidando para el mundo la verdadera Gloria mayor. Desgarrar el velo de maya, el velo de Isis, equivale a cierta curación. Darnos cuenta de que la vida se teje en la luz, y no en la forma, es acercarnos a una nueva medicina, a un nuevo sentir, a una forma diferente de entender la existencia. Si no somos ascetas aislados en nuestras realidades, protagonistas de nuestro propio maya, la pregunta se convierte en trágica y desgarradora: ¿qué somos?

El verdadero conocimiento que nos sana se basa en la memoria, en poder recordar realmente quienes somos. Como decía Vamadeva, autor de un célebre pasaje rigvédico, “hallándome en la matriz, conocí todos los nacimientos de los dioses”. En el fondo, ante la pregunta desgarradora, solo podemos encontrar respuesta en el recuerdo del sí mismo. Todo lo que sucedió al principio desde el mundo de la no forma es aquello que debemos recordar. Las antiguas hermandades pitagóricas insistían en el recuerdo, en ejercitar la memoria, la memoria ancestral de sabernos algo más grandes que aquello que aparentemente observamos de nosotros mismos. Reminiscencia, anamnesis, es aquello que conocemos mediante el recuerdo. El alma queda encerrada en el cuerpo, en el mundo sensible y todas sus fantasías. Algún día reconoceremos al verdadero auriga, y dejaremos de identificarnos con el carro o sus caballos. Algún día recordaremos el mundo de la no forma, y entonces, anclaremos nuestras vidas a un propósito mayor y verdadero.

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Epifanía de los magos


Creemos nuestro deber realizar diversas cosas: educar a los hijos, acumular un patrimonio, escribir un libro, descubrir una ley científica, pero solo hay una cosa que hacer: modelar nuestra vida, hacer de ella algo íntegro, racional, bueno». «Diario», León Tolstói

Sé que los magos de los que hablaba ayer existen. Desde hace centurias. Desde todos los tiempos. Disfrazados por mitos y leyendas, escondidos en castillos o en pequeños cobertizos en bosques lejanos, en míticas montañas. Magos que siguen la estrella como símbolo del mundo celeste. Que llegan al lugar elegido llenos de presentes para esa luz que nace año tras año. Magos capaces de ver y creer. Personas cuyo mérito reside en ser extremadamente generosos, pensando siempre en el otro, no importa quien sea el otro.

Los magos de las antiguas tradiciones eran aquellos poseedores de la tradición perenne. Son depositarios de lo sempiterno, de esa herencia que pervive gracias a la transmisión. La estrella móvil, paradójicamente, representa el mundo inmutable. El mundo que sobrevive a los tiempos. La estrella, representa siempre la vida del alma, lo celeste.

El mayor regalo que un mago puede ofrecer al niño que todos tenemos dentro es la oportunidad de poder conectar con nuestra propia estrella, con nuestra propia alma. Esa conexión requiere de un puente. Ese puente, ese fino e invisible triple hilo es aquello que nace de la inocencia, de la bondad, de la generosidad que se expresa en cada uno de nuestros actos.

Modelar nuestra vida, hacer de ella algo íntegro, racional y bueno, en palabras de Tolstói, es provocar la verdadera magia de nuestra existencia. Prepararnos todas las mañanas para ello es probablemente una de las misiones más difíciles. Levantarnos con el regalo de sabernos mejores, bondadosos, íntegros, es la consigna para empezar a construir el puente.

Las metas futuras de la especie humana tienen que ver con el trabajo diario personal de cada uno de nosotros. Si somos mejores cada día, si a cada mañana nos alumbra la estrella matutina de nuestra alma, habrá más posibilidades de que el mundo renazca mejor. Somos nosotros los que podremos resplandecer como esa luz en el pesebre, como esa lucidez en la cueva del corazón. Cada mañana deberíamos tener y ofrecer al mundo ese regalo. Convertirnos en luz, en magos, en bondad, en sabios. O al menos empezar sin hacer mucho ruido. Como aquellos sigilosos magos que hace algo más de dos mil años atravesaron la espesura de la noche en la infancia humana para regalar dones y talentos a esa luz naciente.

Cerremos esta noche los ojos con la ilusión de que mañana seremos mejores. Para nosotros mismos y para los demás. Sin dañar, sin desear mal, sin rabia, sin cabreo, sin angustia. Podemos ser mejores. Solo debemos recordar nuestra estrella y seguirla. Construir el puente de luz y poder, atravesar la puerta estrecha de nuestras pequeñas vidas y ansiar la vasta y extensa vida espiritual. Esa será nuestra mejor y mayor Epifanía. Ese será el mejor de los regalos.

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Practicar la magia desde las construcciones mentales


El aprendizaje de los seres humanos está íntimamente relacionado con el control y buen uso del plano mental y todas sus fuerzas y energías. Aunque no lo sepamos, somos constructores de gigantescas formas mentales que determinan nuestras vidas y las de los demás. Los pensamientos se acumulan, se recrean, se retroalimentan unos a otros creando formas vivas, y también realidades.

Un mago se diferencia del resto precisamente en un pequeño detalle: tiene consciencia del poder de esa construcción. Y al hacerlo, es capaz de movilizar esas fuerzas, esas energías que desempeñan un poder brutal sobre la vida de uno y la de los demás. Somos cocreadores, o estamos empezando a aprender a cocrear. Primero cocreamos nuestras vidas a nuestra imagen y semejanza, es decir, así como seamos capaces de imaginarla. Y luego, con el tiempo, uno se vuelve un mago. En esa transición entre la vida ordinaria y la vida extraordinaria, como se la llama desde tiempos antiguos, hay un pequeño umbral, un antes y un después, una llamada.

Un mago no es más que aquel que es capaz de dominar sus circunstancias y las ajenas desde cierto control mental. Es decir, tiene cierto dominio sobre su vida, y entrega parte de ese dominio a la construcción de su mundo anexo. Los pensamientos sobre nosotros mismos o sobre la vida y todo lo que nos rodea son energetizados por nuestros deseos. Nuestros deseos pueden ser benignos o malignos, sanos o insanos, dependiendo de si queremos convertirnos en magos blancos o en magos negros. La diferencia entre unos y otros tiene que ver con el grado de egoísmo o altruismo que pongamos en ellos. Si todo lo que hacemos, lo hacemos solo para nuestro beneficio, nos convertimos en magos negros. Pero revertimos la situación si todo aquello que hacemos para nosotros lo ponemos al servicio de los demás. Es decir, si cuidamos de que nuestro mundo esté ordenado para ayudar a ordenar otros mundos.

La generosidad que la vida muestre en nosotros dependerá del grado de generosidad que nosotros dispongamos hacia los demás. Pero esto último hay que verlo en perspectiva, es decir, en todo el conjunto de ciclos que un ser puede llegar a vivir. Uno puede estar sembrando hechos que repercutirán no de forma inmediata, si no en futuras experiencias.

Las formas mentales que construimos a veces pueden atraparnos, crear una realidad sobre nosotros inadecuada. Aquí el deseo tiene mucho que ver, especialmente el deseo inconsciente, las fuerzas ocultas que gobiernan nuestras vidas sin darnos cuenta. Traumas, creencias, dogmas, herencias familiares. La cárcel oculta puede ser infinita. Por eso, uno de los primeros trabajos de cualquier persona capaz de tener esa visión sobre el poder de la construcción mental, es desintegrar y disipar todo aquello que no le pertenece, sino que más bien ha sido heredado por traumas de la infancia, por creencias limitantes o legados ancestrales. La ruptura de esas cárceles conceptuales es traumática, pero necesaria para encontrarnos con nuestro verdadero yo, nuestro verdadero mago, con nuestra verdadera alma.

Practicar la magia tiene sus peligros. Primero porque hay leyes que son necesarias conocer. Uno debe saber el efecto que tiene sobre la magia (entiéndase magia como manejo de fuerzas y energías) todo aquello que maneja en su vida. Primero, debe conocer como afecta lo que uno deja entrar en su cuerpo, y de que manera unos alimentos (o cualquier tipo de sustancia) distorsiona o fomenta el buen empleo de fuerzas y energías. Luego debe profundizar en las fuerzas vitales que operan en los planos etéricos. Reconocerlas, entenderlas y manejarlas con soltura. Atravesado esa dimensión y dominada de alguna manera, viene el gran reto: la disipación de Maya, la desintegración de las formas que se han creado en el plano astral, en el mundo del deseo, la emoción, en ese vibrante mundo de confusión. ¿Cómo discernir entre un deseo y otro? En el discernimiento está la clave de cualquier éxito futuro.

Y ahí tenemos otro mundo, el mental en su doble vertiente, el mundo mental concreto y el mundo mental abstracto. Es ahí donde se empiezan a gestar y crear las formas mentales, los arquetipos, aquello que determinará que nuestras vidas sean de una u otra manera. El manejo de esas energías y su dominio es lento y arduo y requiere de mucho estudio, de mucha práctica, de mucha introspección interior. Uno puede encontrar mentores o escuelas avanzadas donde de alguna manera silenciosa y discreta se potencie el dominio oculto sobre nosotros mismos para luego beneficiar con ello a la humanidad. Uno puede aprender a rehacer su vida para hacerla más digna, y luego con ello potenciar la dignidad de los demás. Uno puede, con tesón y perseverancia, romper las cadenas de las construcciones mentales que nos aprisionan (propias, familiares, culturales y sociales) y vencer con ello la inercia de la vida, transformándola hacia un lugar más puro y brillante. Solo hay que sentir esa llamada para que nuestras vidas ordinarias empiecen a ser completamente extraordinarias, con todo lo que eso conlleva.

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Ante la ley del espejo, rompe el espejo


“Hay algo sagrado en las lágrimas. No son señal de debilidad sino de poder. Son las mensajeras de una pena abrumadora y de un amor indescriptible”. W.I

Empecé el año leyendo tarde y temprano el libro “Del Silencio”, del amigo Sergi Bellver. Quería empezar el año pensando en alguien que no fuera en mí mismo, y leyendo algo que fuera extraño para mi corto tiempo: una novela. Y qué mejor que una novela escrita por un amigo escritor al que aprecio especialmente, quizás porque empatizo con su vida errante, “sin techo”, y con mi sueño de construir algún día un refugio, un lugar, una escuela, un hogar donde poder acoger a todas esas almas errantes.

Una de ellas, aquella de las que os hablé hace un tiempo, “hombre mirando al sudeste”, lo llamaremos así para preservar su identidad, apareció unas horas antes de celebrar entre todos la nochevieja. Después de cinco meses acogido entre nosotros se marchó un día porque predecía para este año el fin del mundo. Llegó desorientado y mientras todos celebraban la fiesta lo vi pasar por entre la noche. Fui a buscarlo y lo saludé por su nombre: “ya no me llamo así, ahora me llamo Miguel, mejor dicho, Miguelito”. Estaba demacrado, con la cara desencajada, desorientado, no me reconocía, todo sucio y mal oliente. Le di un abrazo a pesar de su desconfianza. Lo llevé a la cocina y le ofrecimos algo de comer. Un primer plato, un segundo… creo que se quedó con ganas de un tercero, pero por pudor, no lo solicitó. Solo quería dormir. Le preparamos una habitación y se quedó dormido hasta las cuatro de la mañana. A esa hora la hospedera de turno le atendió y estuvo todo el día con él hasta que al mediodía me contó asustada que había intentado coger un hacha. Eso me puso en estado de alarma.

En los últimos treinta días habíamos atendido tres brotes psicóticos. Uno de ellos marchó porque un familiar se lo llevó. El segundo lo llevamos a su casa y avisamos a la familia. El tercero… el de Miguelito, este no tenía familia… Viendo que cada vez se mostraba más violento tomé la difícil decisión de llamar a una ambulancia. Llegaron en ella cinco personas del sistema sanitario, entre médicos y auxiliares. Ninguno de ellos pudo convencer a Miguelito de que entrara en el vehículo. Miguel, Miguelito, pala en mano, amenazaba al mundo y al sol que le perseguía. Me acerqué sin miedo a él, le pedí que me diera la pala y le susurré unas palabras desde lo más profundo de mi alma: “hazlo por ti, hazlo por nosotros”. En ese momento de frágil lucidez, sentí como Miguel dejaba paso al dueño legítimo de ese cuerpo, rompía con el espejo que le aprisionaba, se lanzaba a llorar y me acompañaba hasta la ambulancia.

Esa decisión creó en algunos cierta controversia, hasta el punto de generar pánico en un par de personas por no haber atendido mejor a ese pobre hombre. Así que tuvimos que atender a los demás con paciencia y calma, intentando explicar con lágrimas en los ojos que hicimos durante cinco largos meses todo lo que pudimos por él.

Hubo un momento en que todo me sobrepasó. La tensión de atender a tantas personas en momentos complejos, la rotura de las tuberías y el desembolso de más de cinco mil euros para que todo estuviera listo en estos días, las obras, todo por medio patas arriba, todo el caos antes de las fiestas… Tras el episodio y tras dar unos días de descanso a la hospedera me encerré en uno de los lavabos y me senté en el suelo a sollozar como hacía años que no lloraba. Me sentía superado por todas las circunstancias que en este último mes se habían acumulado una por una. El hecho de que me llamaran genocida por haber llamado a la ambulancia fue la gota que colmó un vaso que ya no podía más.

Me di cuenta del efecto purificador del llanto. Me volví a levantar, me fui a comer, luego a pasear y recuperé cierta fuerza vital, especialmente ayer que me tomé la tarde libre y me fui a los bosques con el amigo Geo, el cual nunca omite sobre nadie ningún tipo de juicio, y le puedes confesar con la mirada cualquier circunstancia sin juzgarte. Por la noche volví a la novela de Sergi, leyéndola despacio, esperando ver en la tragedia de la Segunda Guerra Mundial algún tipo de consuelo o esperanza ante nuestra pequeña tragedia contemporánea.

A pesar de haber empezado el año con dureza, veo lo bueno de haberlo emprendido con tanta hermosa compañía. Una compañía clandestina, pero la mejor de las compañías posibles. Así que hoy intentaré volver al optimismo, pensar que este año, a pesar de haberlo transitado con aspereza, será un año bueno. Romperé la ley del espejo, buscaré siempre en lo bueno dónde poder reflejarme. Seré paciente, seré perseverante hasta que un día pueda acoger al mayor número posible de almas errantes y pueda siempre susurrarles algo al espejo de su alma.

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Anno Lucis, el año de la Verdadera Luz


Impresión, sol naciente (1872). Claude Monet.

Cada año que pasa debería ser el año de la verdadera luz. Años florecidos por el renacimiento de nuestras almas, años llenos de paz interior, de equilibrio, de bienestar. Todos los años de nuestras vidas deberían estar llenos de luz, de inspiración, de sabiduría. Dicen los antiguos que el mundo se creó exactamente hace más de seis mil años. Los signos restantes de siglos pasados así lo atestiguan. El Anno Mundi o el Anno Lucis o el Anno Domini no importan realmente. Lo que importa es aquello que florece en cada época, en cada tiempo. De la oscuridad de esta era en la que ahora vivimos, nacerá algún día algo bello. Los campesinos que cultivan la tierra saben que, de sus entrañas, de su oscuridad, de su humedad y silencio, brotarán en primavera tallos verdes, flores exuberantes, frutos maduros que nacerán en verano. El año de la verdadera luz está relacionado con esos siglos oscuros, entrelazados y preparados para que de su tierra surjan auténticas joyas.

No pudo existir un Renacimiento histórico y las ideas del humanismo si no hubiera sido por los siglos de oscuridad medievales. Hay siempre una ruptura artística, cultural y espiritual en cada época. La nuestra propia vivirá un renacimiento futuro cuando descubramos que el reguetón y la adoración del becerro de oro no son más que productos de una época decadente. Y de esa decadencia, nacerá inevitablemente una era de luz, de verdadera luz.

¿Qué ha sido para nosotros este año que ya termina? Sin duda, para el colectivo mundial, ha sido un año difícil, complejo, decadente, oscuro. De nuevo el miedo y la división han provocado que toda la población mundial haya participado activamente de esa decadencia, de esa oscuridad. Sin embargo, bajo la tierra, en la oscuridad, algo nuevo está surgiendo. Un nuevo paradigma que eclosionará en un futuro no muy lejano. Una nueva era de libertad, de expresión, de arte, de renovación cultural, de espíritu libre. Un nuevo lugar del que aprender a expandirnos sin miedo y en vibrante amor. Un nuevo hogar humano.

¿Qué ha sido para mí este año que termina? No sabría decirlo. Normalmente, en estos días, suelo hacer balance del año y pienso en todo el aprendizaje recibido. No podría valorar si ha sido un año bueno o malo, más allá de apostillar que como casi todos los últimos años, ha sido un año duro. Al terminar sus días, siento un pequeño cosquilleo interior, algún tipo de corazonada que me dice que a partir de ahora pasarán cosas buenas, muy buenas, preciosas. Mi deseo es ese, transformar todos estos años pasados de oscuridad y dolor en un renacer interior, en una plasmación de la teoría de los ciclos, donde tras el frío invierno, la primavera resplandece. Siento de alguna forma que un ciclo de primavera se aproxima. Es inevitable, es esperanzador. Algunos brotes verdes he podido ver enfrascados en pequeñas reliquias. Algo puedo observar, ahora que la experiencia me enseñó a observar los ciclos, que algo nuevo y bueno nos espera.

Quizás un año de verdadera luz, para todos, para el conjunto de la humanidad. Un año de volver a empezar, un tiempo de renovación y cambio, de transformación interior, de vida plena. Ese es mi mayor deseo para todos vosotros. Esa es mi mayor aspiración. A ti, que desde lo oculto lees estas letras, te deseo sinceramente, desde la más absoluta humildad y agradecimiento, que tengas un feliz año nuevo, un feliz tiempo nuevo, un año de la verdadera luz. Que la paz reine en vosotros, que la fuerza la sostenga, que la belleza la adorne y que la sabiduría nos guíe.

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En lo oculto


Himalayas, Nicholas Roerich.

No estaba oculto de ti mi cuerpo, cuando en secreto fui formado, y entretejido en las profundidades de la tierra. (Salmos 139:15)

En lo oculto y en lo secreto fuimos formados. Encendimos tres velas en la pequeña ermita. Llegaron las cenizas desde el santuario que ardió en las frías tierras del norte. Hermanados como estamos, a expensas del séptimo rayo, la sacerdotisa, recién venida, puso en nuestras manos algunos trozos del viejo santuario llegado desde la lejana Escocia. Hicimos un hermoso ritual y depositamos los restos en nuestro pequeño altar. En lo secreto, en lo oculto, resulta difícil de explicar. Algo se quema y algo renace. Así se renuevan los ciclos, y así es como los obreros del templo vivo experimentan la consagración hacia la Gran Obra.

Sobre el caballo había dos monjes guerreros. Subió un tercero. Dominamos el estrago animal y sus cuatro fuerzas inferiores. La nueva encomienda se está preparando para recibir las tres primeras luces renovadas. En toda construcción interior y exterior, tres maestros forman una logia simple, cinco una logia justa, y siete la hacen perfecta. Aún queda mucho para eso porque los maestros que antaño construían catedrales ahora duermen. La logia simple se formó, pero no la justa ni la perfecta. No sabemos cuándo eso ocurrirá, y no sabemos si ocurrirá en esta u otra vida. Al menos nos volvemos a reagrupar, aunque no todos puedan ver y entender, desde lo oculto, el significado profundo de la construcción, de las señales recibidas, de sus bendiciones.

Un buen constructor, un buen obrero, un buen maestro, un buen monje guerrero no debe poseer nada suyo. Todo es entregado a la Gloria del Gran Arquitecto, alejándose de todo vicio, de toda cultura que englobe la adoración de cualquier becerro de oro. El único medio para llegar a la virtud es entender que la ignorancia es perjudicial para nuestra felicidad. No debemos empacharnos de conocimiento vacío, sino, más bien, debemos conocer para discernir, para entrar en la era de la síntesis, ese lugar y ese tiempo donde dejan de existir los opuestos, y todo se equilibra desde la meditación y el servicio.

El celo que debemos mostrar marchando hacia aquel que nos ilumina debe ser cauto, sosegado y fortalecido por los designios del infortunio. El sempiterno camino nos guía hacia la luz, hacia ese lugar del cual nunca debimos partir. Es complejo comprender y recordar cada cosa que somos, que fuimos y que seremos. Nuestro linaje nos alimenta, aviva nuestros fuegos, nos empuja hacia el misterio inevitable.

Estos días llegaron muchos peregrinos. Buscan asilo, compañía, encomienda, templo, oración, algo de pan espiritual. Debemos lograr convertirnos nosotros mismos en piedras vivas antes de poder ofrecer agua de la fuente primordial. Debemos crear y recrear el templo interior en nosotros antes de poder purificar y recibir almas ajenas. Esta es la gran tarea, la gran encomienda asignada. Y algunos de esos peregrinos intuyen algo y se aproximan en sigilo para beber de la fuente. En lo oculto, algo de agua y pan reciben, algo entretejido en las profundidades de la tierra y en los espacios infinitos del cielo.

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Mañana un poquito más…


Día hermoso al mismo tiempo que difícil. Hermoso por el reencuentro de almas, especialmente por esa alma que un día el destino quiso unir para crear algo bello, único y diferente. Ha llegado desde muy lejos para estar un ratito con nosotros. Es verdad que solo será un ratito, pero será suficiente para renovar ciertos votos, cierto destino, cierto lazo místico.

Apenas tuve tiempo de atender a unos y a otros. Las llamadas se han acumulado, también los cientos de mensajes. Pero hoy quería prestar atención a ella. Estar con ella, pasear con ella, recordar con ella. Eso ha generado recelos, o celos, o enfados. Pero ya no me importa. Tan acostumbrado a las críticas, a estar en el punto de mira, a no hacer nada bien o a no estar a la altura de todas las expectativas, de verdad, ya no pienso en ello. A veces lo expreso así, a modo de desahogo, a modo de recapitulación vespertina, para que de alguna manera quede grabado en cierto éter. Pero no es como reproche, más bien es soltar una válvula de escape y dejar que la presión se airee.

Mañana un poquito más. Meditar, cantar, estirar, soportar los enfados de unos y otros, pero también las alegrías. Mirar con amabilidad a pesar de la dureza de cada situación, abrazar, seguir abrazando, perdurar en el cansancio acumulado, no desfallecer, saludar con amor incondicional primero a las perritas, luego a Geo, luego a las gallinas, a los gatos, a las ovejas, a los patos a los que siempre les gasto alguna broma. Luego llegas a la casa y ahí está el ser humano, con toda su complejidad. Noto que mi saludo es diferente.

El amor a los animales es inocente. El amor al ser humano es complejo. Y en esa complejidad está la prueba. Es fácil abrazar y amar a un animal, aunque algunos se los coman y esas cosas terribles que aún hacemos con ellos. Resulta fácil abrazar al pato sin comértelo, abrazar al cordero sin degollarlo e incluso jugar y hacer bromas con ellos. Ellos se sienten a salvo porque saben, en su inocencia, que hacemos lo posible por protegerlos. Pero luego llegas a la casa y sabes que todos te miran, te juzgan, porque hice aquello, porque no hice lo otro, porque dije tal o cual o omití decir tal o cual. ¡Es tan complejo amar al ser humano! Excepto cuando en algún recodo de humanidad, alguien te mira y te susurra al oído y te da las gracias de forma sincera. Entonces algo cambia, algo remonta dentro, algo se transforma. Esperanza y fe, solo con un pequeño susurro, con un pequeño agradecimiento.

Podría perfectamente coger mis cosas y marcharme a algún lugar tranquilo, alejado del ser humano, de su bullicio, de su egoísmo, de su rabia, de su enfado. Pero eso sería una trampa mortal para el alma. En la soledad, en el apagado brillo del retiro, no te puedes enfrentar a las pruebas que ensanchan el alma, el espíritu. Ahí en la guarida, en la cueva, ante los muros que nos protegen del otro, no podemos rasgar ni tan siquiera una pequeña grieta para que la luz nos penetre. Vivir solo te protege del dolor, del otro, pero al mismo tiempo, te impide crecer hacia la templanza, el dominio de nuestros demonios, la perseverancia. Todas esas cosas que de alguna manera te ensanchan, te expanden.

Mañana un poquito más. Mirar que a nadie le falte comida, ni agua, ni calor. Mirar que todo esté en orden y armonía. Observar si en el ambiente hay alguna distorsión de la personalidad e intentar aplacarla. Mirar las facturas, pagarlas. Comprar comida, herramientas, utensilios. Reparar lo que se rompe, que siempre se rompe algo. Respirar hondo en la meditación y prepararse para los problemas que llegaran, para los retos de cada día. Buscar fuerza, buscar mucha fuerza para sostener los procesos de unos y de otros. ¡Todo es tan frágil!

A veces siento que me romperé en cualquier momento. Lo noto en mi cuerpo cansado, fatigado por intentar llegar a todos, por intentar mostrar un poco de luz en tanta oscuridad. Alargo mi mano todo lo que puedo hasta que noto el dolor del brazo y su hueso roto. Alargo el corazón hasta los límites de su pulsar, entregando todo cuanto puedo. Miro en mis bolsillos para intentar acomodar cada moneda, cada ganancia, que siempre se transforma en algo para todos. Miro el suelo porque siempre hay algo que recoger. Miro los correos para ver cuántas respuestas aguardan día a día. Y luego miro el trabajo que me sustenta y me pregunto cuando podré atenderlo sin que nadie se enfade porque dedico un ratito para hacer facturas, maquetar algún libro o simplemente dar un paseo tranquilo a solas.

Sí, mañana un poquito más. Mañana todo será más fácil, me digo todas las noches. Mañana se obrará algún milagro que seguirá alimentando la entrega, la llamada, la vocación. Seguro que mañana, alguien, se acercará y susurrará algo al oído. Y ahí encontraré fuerza…

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Ante la vida absurda, vivir en clandestinidad


Sisyphus, por Tiziano, 1549.

“Además logró que a todos, grandes y pequeños, ricos y pobres, libres y esclavos, se les pusiera una marca en la mano derecha o en la frente, de modo que nadie pudiera comprar ni vender, a menos que llevara la marca, que es el nombre de la bestia o el número de ese nombre”. Apocalipsis 13: 16-18

Conseguí un pasaporte falso. Fui al cine a probar si funcionaba. La marca de la bestia, el QR, estaba dañado a propósito para no identificar al verdadero usuario, así que mi única esperanza era que no pasara la máquina lectora sobre el código. La película en la que basé mi pequeño delito de falsa identidad sanitaria era una paradoja: Matrix Resurrections. El revisor miró mi pequeño móvil de cuatro pulgadas. Me pidió ver el código QR. Acercó su mirada al minúsculo móvil y me dejó pasar.

Las monjas que vivían en monasterios en la edad media lamían con sus propias lenguas las heridas de los leprosos con la esperanza de que sanaran. Algún que otro milagro se le acuñó a la monja María Magdalena de Pazzi, que no tenía reparo en lamer las heridas de aquellos que padecían. De alguna manera nosotros hemos estado haciendo lo mismo en este tiempo, acogiendo a toda persona que buscara alojamiento en nuestra casa de acogida, sin preguntarle qué tipo de enfermedad padecía, si no, más bien, abrazando sus heridas todas las mañanas, tras las meditaciones y los cantos. Nunca hicimos caso de las restricciones, porque para nosotros lo más importante es el ser humano, su acogida, su consuelo, su arropo. No preguntamos nada sobre la peste de nuestro tiempo. Si la han padecido, o la padecen, nosotros seguimos acogiendo, y lamiendo cada herida, física o del alma.

Mientras tantos vemos con pena cómo los púlpitos se llenan de nuevos fariseos, como nos vuelven a dividir, como la espiritualidad se enlata en discursos vacíos y huecos, como la Matrix se vuelve una realidad cada vez más compleja. Me pregunto cuánto tiempo necesitaremos para liberarnos de la realidad irreal, de la mentira en la que vivimos, la mentira del miedo. Es posible que enfermemos, y es posible que algún muramos de alguna enfermedad. Pero no podemos escondernos, dividirnos, obligarnos a nada que coarte nuestra libertad. No vamos a permitir que nos pongan una marca en la mano derecha o en la frente, de modo que nadie pueda comprar ni vender, a menos que lleve esa marca. ¿Cómo es posible que hallamos normalizado tan abominable situación? Como decía Sartre, es verdad que el ser humano toma consciencia de su libertad ante la angustia. Y en este momento de angustia plena, de miedo, nos rebelamos.

Aquí no llevamos máscaras, ni utilizamos geles, ni nada parecido. Vivimos, se puede decir así, en cierta clandestinidad. Estamos en rebeldía, pero a la manera de Camus, dotando de sentido al ser. La peste de nuestro siglo nos ha vuelto, otra vez, seres absurdos, como en el mito de Sísifo, viviendo entre el hundimiento de una civilización que se suicida aceleradamente y la nada utópica, casi inalcanzable, existente entre las nieblas espesas de estas montañas ahora casi inaccesibles, clandestinas. Aquí reímos, cantamos, bailamos. Quizás sea una postura cínica para algunos. Para nosotros es tan solo una manera de rebeldía ante el absurdo de este tiempo. Nuestra rebeldía se basa en abrazarnos, en besar al desconocido, sin máscaras, sin miedo. De semejante universo sacamos nuestras fuerzas, y estas, hasta el momento, nos protegen. Ante el suicidio de la libertad, nos rebelamos. Como decía Píndaro, no te afanes, alma mía, por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible. En esas andamos: agotando hasta el último aliento.

El retorno de Cristo


 

Ha nacido un niño. Hemos sido guiados por una estrella. La antigua tradición nos dice que hay tres energías o atributos primarios en el universo. El ser humano, en su ignorancia, los llama de forma ambigua como “voluntad”, “sabiduría” y “amor”. La tradición cristiana llama a esos atributos, fuerzas o energías elementales como “Padre”, “Espíritu Santo” e “Hijo”. Esas tres energías primarias o atributos vienen acompañadas de cuatro fuerzas más que corresponden a cualidades diferentes. En total, siete de esas fuerzas confluyen de forma diferente en nuestro universo local.

La fuerza que más se celebra en la tradición cristiana es la del nacimiento del atributo del “amor”, esa cualidad que cohesiona mundos, personas y universos. En nuestra cultura, ese atributo se le denomina como Cristo o energía crística, representada o alumbrada en la personalidad de Jesús. La energía crística es una energía de síntesis, de unidad, alejada de los opuestos, de las contradicciones. Llena de aceptación hacia el prójimo, de reconciliación con nosotros mismos, con nuestros “pecados”, como lo llama la tradición cristiana. Esos “pecados” envueltos en culpa y sufrimiento encuentran la consagración necesaria con el nacimiento del amor en el mundo en forma de pequeño niño que nace en una pequeña y humilde cueva. La cueva representa nuestro corazón, un lugar oscuro que requiere ser iluminado por la fuerza del amor, representado por un niño inocente y cargado de de luz y amor.

Todo los años, por estas fechas, se celebra la resurrección del amor en nuestras vidas. Más allá de las divergencias, las fluctuaciones de la tradición y las distorsiones propias de la adoración del Becerro de Oro, el mensaje de esperanza y fe en ese nacimiento de la luz y el amor en nuestros pequeños corazones se renueva de forma constante. Cristo vive, anúncialo. Cristo retorna. Esta es su añorada venida simbólica, representada por un pequeño belén con sus pastorcillos y demás figuras decorativas.

No tenemos que esperar una segunda venida. Cristo retorna a nosotros con su mensaje simbólico todos los años, todos los días (allí donde dos se reúnan en su nombre, en el nombre de Cristo, del Amor). El sol empieza su andadura celeste hacia la mayor luz. Los astros se conjugan en alineación para que la estrella del amor y la luz ilumine con mayor fuerza. El mensaje es claro, poderoso y contundente: que Cristo retorne a la Tierra. Y así lo hace, sellando la puerta donde se halla el mal mediante el Plan de Amor y de Luz.

El verdadero misterio de toda esta existencia, aquella cualidad que nos hace más humanos mediante la siembra de la semilla del amor, está incluida en un plan, en un propósito celeste cargado de significado. La continuidad de ese plan depende de nosotros, de nuestra capacidad de desterrar las semillas del egoísmo y la separación (personal o nacional), de obligarnos cada día a ser mejores personas, a pesar de nuestros “pecados”, de nuestras equivocaciones, de todo aquello que se aparta de lo correcto y lo justo.

Para los griegos, el pecado era llamado hamartia, que significa literalmente “fallo de la meta, no dar en el blanco”. Ese quizás sea el mayor pecado de todos, el fallar a la meta común, al código de humanidad que debemos alcanzar, al ser seres incluyentes, amorosos. Pero ahí tenemos la Navidad para recordarnos esa meta: el amor, la buena voluntad al bien, la sabiduría que se plasma en acciones que nos conducen al bien común.

Hoy es un día especial para recordar todo esto, y para renovar los votos de humanidad, de amor en el ser humano, empezando por nosotros mismos y extendiendo eso hacia todos los seres sintientes. Y en este nuevo tiempo de progreso consciencial y evolutivo, incluyendo a esos seres, a nuestros queridos hermanos los animales. Dejad que los niños se acerquen a mí, decía el Maestro. En estos tiempos de evolución de la consciencia quizás añadiría: y dejad que los animales se acerquen a mí. No los matéis, no los torturéis, no hagáis de ellos un mero consumo de placer instantáneo. Que el amor, por lo tanto, se extienda a todos los reinos, y comprendamos la importancia de renovar en este día tan especial, tan profundo significado.

¡Feliz Navidad a todos! ¡Feliz renacimiento del Cristo del Amor en vuestros corazones! Desde el lazo invisible que nos une, desde aquí, desde esta pequeña cabaña, os amo.

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Felices fiestas a todos…


Pasan los días con sus complejas enseñanzas, con sus amargos y dulces momentos, con sus sombras y sus luces, con sus nieblas, sus etéricas transformaciones, su sublime tempestad. Los ciclos se perpetúan, todo transcurre y se transforma. Estos meses han sido duros, complejos, de muchas pruebas. La vida parece tratarse de eso, de pruebas y más pruebas, como aquellos doce trabajos a los que acudía Hércules tras sentir la llamada de su alma. Algunas te hacen fuerte, otras humildes, y casi todas, encierran algún tipo de enseñanza inolvidable que te acercan a cierta sabiduría. Con todas las pruebas que nos da la vida se forja la voluntad, la humildad convertida en amor y la sabiduría que nace tras la experiencia.

En las últimas semanas, la casa de acogida ha vivido todo tipo de contrastes. Atendimos a algunos peregrinos del alma con serios problemas, acogemos a personas que deambulaban perdidas por el mundo y otras que se refugian del mismo, seres que intentan ver en estas utopías un consuelo, un hogar, una esperanza. Pero vivir la utopía es duro, porque abrir camino, especialmente ante lo desconocido, penetrar en los páramos despoblados, construir nuevos paradigmas y arquetipos, nunca es tarea fácil. El pago del pionero tiene un coste elevadísimo, un precio que solo se paga cuando una fuerza mayor te llama a ello.

Nada más llegar el otoño, estuvimos tres semanas sin luz, lo que nos obligó a reforzar el sistema eléctrico con un nuevo generador hasta que algún diga consigamos la plena autonomía eléctrica. Al mismo tiempo, y como si las puertas iniciáticas y sus duras enseñanzas se conjugaran en un mismo lugar, las tuberías de toda la casa reventaron. Hubo inundaciones en el recién estrenado cuarto de la hospedería, lo cual nos obligó a levantar todos los suelos mientras al mismo tiempo el pequeño tractor se averiaba de repente cuando preparábamos la huerta para el próximo año. Estamos cambiando todas las tuberías que van a la fosa séptica mientras hacemos arquetas nuevas y vaciamos de tierra un lateral de la casa, decidiendo tristemente el abatimiento de dos castaños centenarios, evitando con ello nuevas inundaciones y el derrumbe de una de las paredes laterales. Pruebas, ciclos, más pruebas. Así es la vida.

A pesar de todo ello, llega la fiesta solsticial y asumimos que la vida es así. Un renacimiento constante, un resucitar a cada prueba. Conseguimos llegar a la noche más larga para descubrir de nuevo cómo el sol se levanta en su cenit y renace de nuevo para aportar luz, más luz. El sol invictus nos llena de esperanza. La esperanza sostenida por una inagotable sensación de perpetuidad, de perseverancia a pesar de todas las dificultades. Cerramos este año confuso con mucha complejidad, pero también con muchas alegrías. Estas fiestas, a pesar de todo, la celebraremos con discreción, en familia, abrazados al calor fraterno del espíritu libre. Las luces interiores se encienden, y esta vez meditamos sobre la búsqueda de mayor luz, de mayor calor, de mayor alegría, de mayor esperanza compartida, fraterna, unidos a pesar de nuestras inevitables diferencias. Empieza la vocación y la consagración a reinar en este apartado rincón del mundo para crecer juntos, para trabajar juntos desde la tolerancia y el amor, venciendo nuestras dificultades, nuestras distorsiones. Al mismo tiempo que penetra el frío helado del norte, empieza también a surgir la clara luz de la visión primordial, la clara vocación de vida en comunidad fraterna, espiritual, consagrada al alto ideal.

En este tiempo llegaron para quedarse dos nuevas almas: Luna y Aura, dos perritas labradoras que buscaban un nuevo hogar y las acogimos con el cariño y la estima que el reino animal se merece. Dos nuevas adopciones que intentaremos amar incondicionalmente, como antes hicimos y hacemos con el resto de los amigos que nos acompañan desde el comienzo del proyecto. También celebramos la perseverancia de la nueva hospedera, que asume con un gozo en el alma la difícil tarea de acoger a toda persona que se acerca a este hogar compartido. Los tres meses de experiencia, la prueba de la humildad y el servicio incondicional, es algo difícil pero necesario para arrodillarnos ante la inmensidad del Misterio. La Casa de Acogida es nuestra particular puerta estrecha, nuestro espejo, nuestra primera prueba real.

Ha sido un año arduo y complejo para todos donde hemos visto cómo el becerro de oro se apodera cada vez más de nuestras vidas. Hemos pasado las pruebas de la pandemia y de todas las complejidades que nos han arrastrado hasta el lugar donde ahora nos encontramos. Aquí, en este pequeño sueño arquetípico, hemos creado un lugar de fortaleza, de esperanza, de humildad, de vocación y entrega renovada. Un lugar de ora et labora et sapientia. Un pequeño monacato vestido de modernidad. Un lugar de fe en el ser humano, a pesar de todo, desde la fraterna visión del espíritu libre.

Feliz fiesta solsticial. Feliz adviento. Feliz Navidad. Feliz año nuevo. Que las próximas doce pruebas nos acerquen cada vez más al espíritu que nos mueve. Que la vida del alma sea siempre la luz que nos guíe por esta senda sempiterna, la senda de la inevitable renovación interior. Que la luz, una vez más, renazca en la cueva de nuestros corazones y desde ahí, guíe nuestras vidas.

Mente solsticial. De la perpendicular al nivel


Los obreros se reúnen en los tiempos solsticiales. Tratan de construir tejiendo en la luz. Aprenden los oficios y lo enseñan como acto de servicio a la Gran Obra. En las logias de San Juan, de Oriente a Occidente y del Mediodía al Septentrión, se solicitan aumentos de salario cuando todos están satisfechos. Tejer en la luz requiere talento, esfuerzo, perseverancia, síntesis, compresión arquetípica. Hoy muere el sol, muere la luz, al mismo tiempo que resucita. Es solo un ciclo, pero está cargado de significado. Muerte y resurrección: el sol invictus.

Nos adentramos ante el periodo y la festividad de la renovación y el renacimiento. El nuevo sol vence a la oscuridad. A partir de ahora los días serán poco a poco más largos, hasta la siguiente festividad de San Juan, el siguiente solsticio.

Es difícil comprender la lógica de los símbolos, de los arquetipos. No deja de ser un misterio todo lo que es relativo a lo cíclico. Nuestro planeta es peculiar por muchos motivos. Tantos, que está cargado de sospecha.

Pasar de la perpendicular al nivel en un tiempo cíclico requiere un sumo grado de compromiso, de trabajo, de esfuerzo, de perseverancia. La mente solsticial bucea en el significado oculto. Nos preguntamos sobre nuestra finitud, y sobre la necesidad interior de perpetuarnos hasta el infinito. Por eso nos aferramos a los ciclos, pues estos sugieren siempre un cambio perpetuo, perenne, inmortal.

Lo sempiterno nos seduce, aún sin conocer del todo su sentido. ¿Cuál puede ser el sentido de ser eternos, y de qué manera semejante cosa puede ejecutarse más allá de las creencias de unos y de otros? ¿Ocurriría algo terrible en nuestras mentes si esa idea fuera descartada? En lo profundo de nuestra psique la sombra del velo se muestra perpetua. No sabremos nada hasta en el último instante. Ahí se desvelará el misterio y sabremos a ciencia cierta, más allá de nuestros estadios febriles, si la inmortalidad era algo real. Algo real como en los ciclos del sol. De ese sol que nunca muere, sino que resucita una y otra vez en cada fiesta solsticial.

En todo caso, celebremos el sol invictus, la fiesta de la luz que vence una y otra vez a la oscuridad de la ignorancia, de la ceguera, del martilleante proceso de la existencia. Nos quedan pocos alientos que compartir. Estrujemos cada meollo de vida, cada suspiro, cada instante, cada brote de esperanza. ¿Somos soles inmortales? Realmente no importa… contribuyamos con nuestro verso en la existencia… Sigamos apoyando la probabilidad de que tejer en la luz es un proceso necesario para corroborar nuestra perenne existencia. Sigamos construyendo en la Gran Obra, con rectitud en la acción, voluntad en la aplicación, discernimiento en la búsqueda, profundidad, precisión y bondad hacia todo.

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La espera vigilante



La cristiandad en su conjunto considera el Adviento como un tiempo de oración, silencio y reflexión el cual se caracteriza por la llamada espera vigilante, es decir, ese tiempo de esperanza, de observación, de ayuno, de vigilia, de arrepentimiento, de perdón y de alegría. Algunos encienden cuatro velas para recordar la importancia de profundizar en valores y virtudes que deben responder a la completa asunción del ser humano: la primera vela simboliza el amor; la segunda, la paz; la tercera, la tolerancia y la cuarta, la fe.

Esperamos inevitablemente. Nos pasamos la vida esperando. Los ciclos de la luz marcan las esperas. El sol invicto se aproxima. La llama se resguarda y se fija la meta para su resurrección, para su nuevo nacimiento, simbolizado por el niño rey. El niño rey representa la síntesis entre el Padre y el Espíritu Santo, entre el espíritu y la materia. La síntesis que viene cuando los opuestos existen.

En nuestra espera vigilante deberíamos buscar nuestra síntesis. La síntesis de nuestra vida, aquello por lo que realmente vivimos y nos movemos. ¿Qué es lo que nos impulsa? ¿Cuál es el motor de nuestras vidas? ¿Qué es aquello que dignifica nuestra existencia?

Observar y esperar. ¿Qué más estamos esperando de la vida? ¿Qué es aquello que deseamos encontrar ardientemente? ¿Una revelación? ¿Una causa? ¿Un amor? ¿Algo de dinero? ¿Algún tipo de experiencia mística que nos desvele los misterios de la vida y la muerte? Observemos con atención nuestra existencia y veamos qué es aquello que esperamos de ella.

Tal vez estemos ya en el atardecer de nuestras vidas. Quizás ya solo esperamos tranquilos el ocaso, el final, el último viaje. Esa espera es totalmente inquietante. Deseamos acercarnos a ella sin las tinieblas del miedo, con fe, con firmeza. Pero en el fondo sentimos un resquemor, como si supiéramos o intuyéramos que realmente hay un final real, una última etapa. Respiramos profundamente, suspiramos como si fuera ya el último aliento cuando pensamos en estas cosas. Podría ocurrir que mañana fuera nuestro último día. Es turbador pensar que no tenemos control sobre eso. Que todo podría acabar en cualquier momento y que todo terminara sin haber sido capaces de averiguar de qué trataba nuestra espera, nuestra fe, nuestro amor derrochado, nuestra profunda capacidad de observar y traspasar la vida y sus ramajes.

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Aspiración o vocación


El esfuerzo es el Sendero Inmortal – la pereza es el camino de la muerte.
Los que se esfuerzan viven siempre –los perezosos son como muertos.
Impermanentes son las tendencias –por lo tanto, libérense por medio del esfuerzo. Dhammapada Cap. V, pág. 21

Es fácil confundir la inocente aspiración de la personalidad con la verdadera vocación e intención espiritual. Muchas veces estamos tentados en construir algo o hacer algo pensando que lo hacemos para atender a la llamada del alma, pero en el fondo, se trata de una ilusión que nace confusa de nuestro pequeño ego. Enmarcamos cosas y temáticas espirituales, las maquillamos, para satisfacer cosas de nuestra personalidad. Nos pasa que, ante los fracasos de la vida cotidiana, queremos alzar una voz fuerte en la vida espiritual, confundiendo la intención espiritual con la aspiración de nuestra naturaleza más débil, por muy loable y “espiritual” que parezca. Esto es complejo, y forma parte de una de las pruebas del camino espiritual. La aspiración de la personalidad es un paso importante, pero no debemos agazaparnos a ella y volcar ese paso en satisfacer los deseos personales y egoístas.

Discernir entre la vida del alma y la vida de la personalidad es complejo. La vida del alma es exigente y solicita continuo esfuerzo. Ese es su sendero inmortal. La pereza es, sin embargo, el atolladero de la personalidad, el lugar donde nos gustaría vivir constantemente. No hacer nada, o hacer lo suficiente y justo para vivir una vida buena, es la bandera de la personalidad.

Hay una moda cada vez más fuerte y poderosa que dice todo lo contrario, que el camino espiritual debe ser un camino fácil, un paseo entre rosas en un jardín florecido de paz y armonía, de paisajes bucólicos y retiros resplandecientes. Realmente esto es una ilusión, unas adormideras para el alma. No conocemos en todo el universo un sol que no genere luz bajo el esfuerzo de su propia combustión. La vida espiritual es una vida transpersonal, es decir, una vida que nos supera, que va más allá de nosotros, una vida que nos reta, que nos pone frente a nuestros límites para ensancharlos y agrandarnos. A veces, más allá de nuestros esfuerzos, fuerzas y energías. La vida espiritual es una vida de pruebas constantes que emergen en lo ordinario, experiencias que ponen a prueba nuestra perseverancia, nuestro tesón, nuestro aplomo, nuestra rectitud, nuestra propia capacidad de acción y reacción, nuestra sabiduría y humildad.

En esa moda febril, la cultura del esfuerzo desaparece, y con ella, la profunda enseñanza del sacrificio. Estamos en el mundo del yo pequeño, y por lo tanto, cualquier cosa que requiera transportar nuestro yo más allá de nuestros límites carece de sentido. Únicamente las verdades forjadas individualmente en el crisol de la experiencia penetran realmente en la conciencia viviente y fructifican, decía un antiguo maestro. La purificación y la construcción del carácter requieren inevitablemente esfuerzo. La dispersión de la ilusión, la disipación del espejismo y la conquista del maya no se consigue desde la no acción. Ser espiritual no es sentarse en la posición del loto para decir cosas bonitas. Ser espiritual es mancharse los pies en el barro de la experiencia y aprender el gran mantra: Soy una sólida colina en la cual sopla libremente la brisa de Dios. Todo lo que soy y poseo, pertenece a otros, no a mí. Esta es la verdadera vocación de toda alma.

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«Unga-unga» o sobre la polémica del bilingüismo


En los tiempos protohistóricos, se mezclaban todo tipo de culturas y lenguas. Antes de que el popular «unga-unga« diera paso a lenguas más sofisticadas, en lo que ahora se llama Cataluña se mezclaban las lenguas íberas, especialmente la de los pueblos layetanos y lacetanos, con los protovascos de entonces, conocidos como los aquitanos, especialmente en la zona de los Pirineos y el Valle de Arán. Además de esas corrientes culturales, había minorías étnicas como las colonias griegas y fenicias que aportaban su dosis de complejidad lingüística. A todo esto había que añadir las influencias celtas y las del idioma sorotáptico que quedaría en el sustrato cultural de aquellos lejanos tiempos.

Luego llegaron los romanos y su gran imperio lingüístico, cultural y de asimilación con su latín de la región del Lacio. No deja de ser paradójico que lo que ahora llamamos castellano o catalán sean hijas bastardas de su lengua madre, la lengua de un imperio invasor. La paradoja es mayor cuando intentamos rasgarnos las vestiduras en cuanto a pureza cultural, pensando que nuestra lengua, sea la que sea, es más legítima que la otra. Pura paradoja dialéctica.

Cuando los romanos se marcharon y dejamos de hablar la lengua de la ahora llamada Italia, el latín degeneró en diferentes variantes, en parte por las nuevas invasiones y conquistas (especialmente germánicas y árabes) y en parte por la propia involución lingüística. Cataluña volvió a ser bilingüe entre árabes de la Cataluña Nueva, vascos y occitanos de la Cataluña Vieja y un cúmulo de mezclas que dieron origen a las actuales lenguas.

La historia lingüística se ha ido tejiendo, como ocurrió alguna vez con el latín, gracias al idioma de la calle, a lo que es conocido como la lengua viva y vulgar. Al igual que el latín se corrompió por la gente de los pueblos, transformándose en diferentes lenguas romances como el castellano, el catalán o el gallego, ocurre lo mismo hoy día. La lengua viva de la calle no es la que se impone en los colegios, en las instituciones o en los gobiernos (la lengua culta de todo imperio que se precie). Es la lengua que habla libremente la gente en sus barrios, con los suyos, en la intimidad. Esa cultura, ese sustrato, ese lenguaje, sea el que sea, tiene que convivir el uno con el otro, porque forma parte del espíritu de cada territorio, de cada pueblo cuya síntesis y unión no es la pobreza de una genuina lengua, sino la riqueza multicultural que siempre ha bañado nuestros valles y montañas. El alma de un pueblo siempre nace de sus paradojas complementarias, no de sus vergonzantes complejos.

Celtas, fenicios, griegos, cartaginenses, romanos, visigodos, árabes, occitanos… convivieron unos con los otros, hablando múltiples lenguas. Culturalmente hablando no puedo sentirme muy orgulloso por el hecho de hablar dos lenguas nacidas de una conquista extranjera como fue la romana, por eso me quedo atónito ante la guerra cultural que vivimos en nuestros días. Es como si un apache de Oklahoma se sintiera orgulloso de haber olvidado su lengua nativa kiowa y defendiera a capa y espada el inglés invasor y asimilado. Es cierto que como íberos hemos perdido nuestras raíces, si es que aún nos queda algo de eso, pero también es cierto que lo que nos queda, unas lenguas de asimilación, degeneradas de una lengua invasora, es lo que nos mantiene unidos.

Respecto a la polémica de Netflix, por mí como si quieren hablar en chino mandarín… nunca nadie podrá arrebatarnos la lengua de la calle, del pueblo, de la gente, sea la lengua que sea. Y en Cataluña, la gente, espiritualmente alineada con la cultura de los tiempos, como siempre ha sido, es y será bilingüe. Lo siento, pero la pureza cultural solo es posible en el imaginario colectivo de sectarios o totalitarios. Y solo cuando entendamos esto, podremos abrazar libremente la riqueza cultural que nos rodea sin juicio, sin prejuicio. Que cada uno hable lo que quiera y como quiera y que ninguna institución ni gobierno nos diga cómo tenemos que hablar. Y si no nos entendemos, siempre nos quedará el «unga-unga«.

Pd.

Según una encuesta realizada por la Generalidad de Cataluña en 2013, el castellano es la lengua materna del 57,58% de los ciudadanos censados mayores de 15 años, mientras que el catalán lo es de un 33,46%, incluyendo en ambos casos a los bilingües perfectos por lo que la suma supera el 100%. 

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El Asceta


El Asceta es un tratado de misticismo antiguo y perenne, entendiendo el misticismo, la Mística, como todo aquello relacionado con ese espacio de consciencia en el que la persona, el místico, percibe su naturaleza transpersonal o divina. Por ello El Asceta es también una historia de amor, y por lo mismo, una obra poética y, sobretodo, como consecuencia, una obra muy sencilla.

Bajo la misma perspectiva que los antiguos ascetas y ermitaños, el asceta de nuestra historia, heredero heterodoxo de una vieja tradición de buscadores solitarios, habla de sus vivencias, percepciones, experiencias internas y contactos con místicos e iluminados, los acaecidos a lo largo de los años transcurridos en las orillas del río Ganges en las cercanías de la milenaria ciudad india de Khasi, Benarés. El Asceta es una percepción de la realidad desde la perspectiva del Ser, un transmisor vivo de un antiguo mensaje: que es posible la Gracia, que hay un Dios inmanente y que hay un arduo camino por recorrer.

Un libro recién editado en Nous de recomendable lectura para aquellos que alguna vez hayan sentido dentro de sí la llamada al ascetismo. El segundo libro de Fernando Díez en nuestra editorial, un ser generoso y entrañable, practicante profundo de los Caminos espirituales.

 

https://www.editorialdharana.com/catalogo/el-asceta?sello=nous

 

 

El sueño de los magos y la transmisión iniciática


Sueño de los Magos, 1120-30, Catedral de Saint-Lazare, Autun, Francia.

 

Dice la antropología que la iniciación requiere de transmisión. Normalmente se transfiere fuerza, conocimiento y experiencia que vienen unidas a una tradición que se pierde en los claroscuros de todos los tiempos. En el punto liminal, aparecen las pruebas, el mentor, también llamado “hermano terrible” o el maestro de ceremonias. Alguien que aproxima al recipiendario hasta las puertas del templo. Alguien que le indica, ante su ceguera, como arrodillarse humildemente antes de que la espada del orgullo degüelle su personalidad. La iniciación, como modelo de transmisión de un conocimiento antiguo y oculto, solo puede ser realizado por otro iniciado, por alguien que ha pasado por las mismas pruebas que a su vez recibió de otros iniciados. Es así cómo se crea la cadena áurea, la cadena primordial de transferencia iniciática, la cadena de la sabiduría perenne.

A pesar de los tiempos complejos, esa cadena se amaga en lugares remotos, escarpados, de difícil acceso. Incluso a pesar del adormecimiento aparente que sufren los magos, aquellos que pretenden realizar el trabajo mágico del alma, aquellos que se entregan a la ley del servicio y desean ejercer control sobre la naturaleza inferior de su personalidad para ponerla al servicio de las necesidades del alma grupal, la vida iniciática prosigue su curso. Se realiza a través del surco invisible que otros hollaron, o incluso, mediante la necesaria resurrección de la puerta estrecha.

Es cierto que en esta época los magos están dormidos. No logran recordar la esencia de su propósito, olvidaron los conjuros necesarios para ejercer dominio sobre los estrechos canales de la personalidad. Ya no caminan sobre las aguas emocionales, ni son capaces de dominar los demonios etéricos que aparecen en todo desierto. Ni siquiera tienen fuerzas para subir a las ásperas cumbres, allí donde la mente fría debe obtener visión. Las pruebas siguen estando ahí, también la cadena áurea, y los hierofantes de antaño. Pero el mago, tan ataviado con la oscuridad de nuestro tiempo, duerme, envilece, se retrasa, aísla y enferma.

La regularidad de la transmisión espiritual es importante. La palabra “cadena”, en hebreo shelsheletk, en árabe silsilah y en la tradición del sánscrito paramparâ, quiere expresar la idea de una sucesión regular e ininterrumpida. La práctica desaparición de las iniciaciones reales, aquellas que antiguamente eran llamadas iniciaciones humanas y solares, es una de las grandes pérdidas de nuestro tiempo. Al perderse la regularidad, las organizaciones pseudo-iniciáticas cogen el relevo y pervierten, sin ellas saberlo, la transmisión.

Para que los ritos surjan efecto, deben ser organizados por aquellos que han sido cualificados para ello mediante la transmisión. Un verdadero mago debe haber recibido de otro mago los misterios y los orígenes espirituales transmitidos generación a generación, siempre con los tres toques de la espada flamígera. La vinculación iniciática, en el aspecto más humano (el aspecto solar habría que tratarlo aparte), requiere de esa regularidad en la transmisión y consagración sagrada de lo recibido. Solo de esa manera se puede hollar con certeza el camino espiritual, el terreno de la vasta experiencia que nos conduce al sutil desenlace de la actividad grupal.

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No fracases, haz bien las cosas, pero si fracasas, fracasa bien


Todos sabemos la complejidad que entraña hacer bien las cosas. Si estás expuesto a cierto público (clientes, pacientes, alumnos, admiradores o lo que sea), cualquier minúsculo error pude derivar en un tremendo prejuicio, rechazo o desavenencia. Nunca llueve a gusto de todos, pero en cuanto te expones, la máquina del juicio ajeno se dispara.

El supino talento de estar callados, aparecer inofensivos, tolerantes y desapegados es complejo. El hacer conlleva riesgos. También el decir, a no ser que tengas maestría sobre la palabra y el verbo, tan iguales y desprovistos de significado cuando se alecciona un ápice de tu alma en cada vocablo. Hacer, pensar o decir entraña riesgos si todo cuanto haces, piensas o dices está relacionado con el otro.

Hacer bien las cosas es difícil. No estamos acostumbrados a la cultura de la excelencia. Se nos enseña a cultivar el aprobado justo en todo lo que hacemos. Lo mediocre nos envuelve por todas partes. No se nos permite fracasar bien. El fracaso siempre me pareció bohemio y esplendoroso. Algo así como un destello de halo diferente, una luz cegadora.

Por eso, si fracasas, fracasa bien. No temas el juicio, el rencor, la culpa. Te van a señalar igual, tengas o no tengas éxito. Por eso, fracasa bien si no conseguiste tus metas, tus anhelos, tus propósitos. Si tienes que cerrar un negocio, hazlo con elegancia. Si te ves en la calle, sin nada, despojado de todo, no pierdas la dignidad. Busca tu mejor traje, tus mejores zapatos, y deambula como un peregrino digno.

Fracasa bien, no tengas miedo a hacerlo. Cuando te equivoques, si has dañado al otro, pide perdón. Si pasaron los años y el dolor se hizo insoportable, no temas, el perdón será el mejor alivio para tu alma, sin importar cómo el otro reciba ese alivio tuyo. Fracasa con franqueza, admitiendo el error, el daño, la pérdida. Levanta la cabeza, rebusca en tu dignidad, no permitas nunca perderla. En el fondo, el ser humano solo tiene eso: dignidad. Y jamás nadie debería perderla, ni permitir que nadie te la arrebatara. Fracasa bien, aún teniéndolo todo y aún perdiéndolo todo, mira el horizonte. Al final, en algún destello de entre la oscuridad, aparece un sol, un atardecer, un profundo anhelo de vida.

Cuando rompas una relación, hazlo de forma elegante, sincera, dañando lo más mínimo en ese desgargante fracaso. Cuando la enfermedad te abrace, vívela con dignidad, sin queja, sin lástima. Hacer bien las cosas es complejo. Cuando tengamos que morir, deberíamos hacerlo dignamente, morir bien, vivir bien, amar bien, cultivar nuestro ser con bondad y rectitud. Esa dignidad será la que nos impulse hacia la gentileza, la ternura, hacia lo bello. El amor, eso tan incomprendido, es una forma de belleza, de armonía entre los opuestos, de síntesis entre aquello que no comprendemos y aquello de lo cual tenemos alguna certeza.

Sí, fracasa en la vida, no importa, pero fracasa bien. Y tras la añorada frustración y el naufragio inevitable en el ancho mar de la experiencia, vuelve a los horizontes, vuelve a la vida, vuelve a intentarlo, una y otra vez. Sí, hazlo bien, siempre que el buen juicio te permita ver más allá de los caminos aparentemente inconexos. Observa lo pequeño e insignificante de cada uno de nuestros actos. Incluye esto a nuestros fracasos. Ya sabemos que en el fondo, estamos solos. Por eso, fracasa bien.

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Vidas posibles


Esta mañana pala en mano dando el extra. Gaia acompañándonos y dándonos ánimo…

 

Decía un amigo que los sueños te atrapan. Tener un sueño en la vida es como tener un corsé del cual no te puedes desprender ni escapar. Algo que te limita y te impide improvisar o dejar espacio para otras cosas. Mi vida ha estado llena de sueños, casi todos cumplidos. También de propósitos, algunos propios y otros más etéricos, de esos que uno piensa que pertenecen al común, al conjunto de lo que somos, más pertenecientes a lo intangible que a lo conmensurable. Cuando las cosas van bien uno no se plantea la calidad de los sueños. Simplemente fluye con ellos y espera ser útil a los mismos. Pero ya sabemos que la vida es un continuo discurrir entre diferentes epopeyas personales y ajenas.

Las gestas de estos últimos días me han dejado agotado. A pocos días de celebrar la Navidad en estas frías tierras, nos hemos quedado sin luz, sin agua, y con la casa inundada por múltiples factores. La primera inundación parecía que tenía que ver con las intensas lluvias de estos días. Hicimos, agotados, una gran zanja por un lateral de la casa. Parecía que todo empezaba a estar resuelto cuando hoy ha implosionado la tubería de los desagües generales, empapando todo el prado de…

Ahora toca buscar maquinaria pesada para que abran una gran zanja y podamos cambiar todas las tuberías… Todo esto con lluvia, con nieve, con viento y frío. Hoy hemos doblado la jornada hasta el anochecer para avanzar todo lo posible. Admito cierto cansancio y algo de frustración por todo lo ocurrido de repente. Tres semanas sin luz, unos días sin agua, inundaciones en la casa y ahora esto. Es como volver a empezar, cuando ya creía que este año habíamos terminado las grandes obras de la casa de acogida.

Hubo un momento, mientras cargaba las que parecían las últimas carretillas de tierra que sacábamos de la casa, que me paré exhausto bajo la lluvia, todo lleno de barro y agua. Miré los árboles otoñales que tenía en frente, el prado verde, las montañas. Alcé la mirada y me preguntaba, de todas las vidas posibles por las que podría haber transcurrido, porqué había elegido esta.

Admito que la respuesta es íntima y personal, compleja para ser explicada o confesada. Algo excesivamente transpersonal, espiritual o como se quiera llamar, como para dilucidarla en dos palabras. Cuando ya no podía más bajé al pueblo, a la sede de la editorial, para recargar móviles, ordenadores, lámparas de luz y demás objetos que en nuestro tiempo son necesarios para la supervivencia psicológica y profesional. Me senté en el sillón de mi despacho y miré mis títulos, todos los libros editados, todos los libros escritos. Ahí estaban todos mis sueños cumplidos tras tanto y tanto esfuerzo. Miraba también mi edad cronológica y me preguntaba cuánto tiempo realmente me quedaba por delante, y cuánto tiempo más iba a dedicar a apagar fuegos y más fuegos de este sueño tan complejo y difícil.

No encontré muchas respuestas. Podría morir en cualquier momento, somos así de frágiles. Incluso podría pensar en una vida más sencilla, donde pudiera ver la televisión, ir de vez en cuando al cine, incluso tener una pareja con la que pasear por algún centro comercial para comprar o simplemente ver a los demás hacerlo. Pero solo de pensar en esas cosas se me retorcía algo por dentro. De todas las vidas posibles, interiormente siento que esta es la que, a pesar de los avatares del día a día, me enriquece más.

Es como si pusiera en un lado de la balanza las necesidades de la personalidad (sus quejas, su cansancio, sus debilidades, sus sombras y distorsiones) y por otro lado las necesidades de eso que llamamos alma (con esa luz silenciosa que abraza toda incertidumbre) y ganara por absoluta mayoría la segunda. Y es ahí, cuando agotado, cansado y abatido, me levanto de nuevo y consigo llevar a cuestas el doble de carretillas que había arrastrado hasta ese momento.

Levanto la mirada, me cruzo de nuevo con el vuelo intangible del águila moradora, suspiro, y sigo adelante. No queda otra. Todas estas pruebas deben, de alguna manera, producir un efecto devastador en nuestro interior. Algo profundo debe ocurrir cuando la personalidad se inclina ante la inmensidad y el vasto dominio de la vida espiritual se presenta una y otra vez ante nosotros. Algo debe pasar cuando, ante la duda y la sospecha, se adquiere mayor fuerza y determinación. Mañana nos espera una jornada aún más dura que hoy. Seguiremos adelante. Esa es la consigna, ese es el aprendizaje de la tenacidad y la perseverancia. Ya disfrutarán otros de los frutos de tanto esfuerzo… No se trata de la reconstrucción de un edificio, se trata de un mensaje que, de alguna manera, quedará grabado en el mundo etérico.

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El incondicional. De como llega la llamada de la selva rozando los cincuenta


Es algo extraño, pero como todo está cambiando, pues la extrañeza casi se torna normalidad. Las relaciones cambian, el modelo de familia cambia, el amor cambia, todo cambia. También cambian las necesidades naturales, de haberlas. La biología está cambiando de igual manera. El tener hijos ya ha dejado de ser algo normal. Se podría decir que lo normal es no tenerlos, romper con la genética, con los ancestros, con la cadena que nos une a la historia de nuestro pasado, de nuestra familia, de nuestra especie. Esa ruptura se funda en la emancipación, principalmente, de la mujer. No solo la emancipación con respecto al hombre, sino también con respecto a los procesos biológicos. Cada vez son más las excepciones de mujeres que deseen tener pareja estable, familia o hijos.

Viendo lo que estoy experimentando en mí, a pesar de mi soltería y mi edad, quizás es que la biología se está retrasando. Todos los seres hemos nacido para expandir y perpetuar los genes. Eso es lo natural en la naturaleza. Se puede o no luchar contra ella, pero, de alguna manera, está latente en nosotros. La naturaleza se expande en el tiempo y en el espacio. Y para ello necesita que nosotros nos suframos cierta expansión. La naturaleza latente que albergo en mis entrañas se está despertando con fuerza ahora que ando rozando los cincuenta, y ahora, que uno podría decir que ya ha hecho de casi todo en la vida, es cuando tiernamente surge el deseo de expandirme, de tener descendencia, de cumplir con mi parte en la esencia natural de la evolución.

Ayer bromeaba con una amiga que llegó a llamarme el incondicional, por eso de que, quizás, sería capaz de albergar la esperanza de amar incondicionalmente siempre y cuando encontrara un atisbo de posibilidad. La broma iba a más cuando miraba mi carta de presentación y decía que sería un imposible el poder seducir a ninguna mujer dado mi estado actual de vida. “Hola, me llamo Javier, soy vegetariano, abstemio, un poco friki místico-espiritual y vivo en una pequeña cabaña en medio de un bosque”.

Este estilo de vida está totalmente reñido con cualquier tipo de alianza con la naturaleza y sus llamadas. Digamos que vivo una vida contranatura, al menos tal y como ahora se entiende la naturaleza. A estas alturas casi no me importa. No hay lucha contra la llamada natural. La vivo con cierta alegría sin más. Interiormente me siento completo, tranquilo, apaciguado.  Entiendo que sería una suerte dar la oportunidad a que otras almas se encarnaran en este proceso evolutivo tan especial, pero si no puede ser en esta, pues ya será en otras vidas.

Quizás por eso cuando vi a esos dos cachorritos no pude contenerme. Los adopte inmediatamente. Dos pequeños perritos pueden suplir esa necesidad biológica de procreación. Es un poco triste, pero quizás sea una respuesta natural ante la imposibilidad, dado los tiempos que corren, de ir más allá. Así que feliz por estas dos nuevas compañeras de viaje, Aura y Luna. Vamos a ver qué nos depara el destino con ellas. Bienvenidas a la cabaña. Prometo amaros incondicionalmente.

El Jesús de la Sabiduría


Si os gusta y os conmueve la figura histórica y espiritual de Jesús, os recomiendo la lectura de este libro recién salido del horno de Nous. Una imagen y una lectura por el Jesús de la Sabiduría Perenne, un relato diferente que nos aproxima a uno de los seres que más ha influenciado en la historia de la humanidad con un sencillo mensaje: amaros los unos a los otros. Que así sea. Os lo recomiendo como camino hacia el amor incondicional desde la sabiduría de Jesús.

Si dejas de lado todo lo que crees saber acerca de Jesús y te acercas a los Evangelios como si fuera la primera vez, sucede algo extraordinario: Jesús emerge como maestro de la transformación de la consciencia. Cynthia Bourgeault nos guía magistralmente hacia la profunda visión de Jesús y de las prácticas contemplativas tradicionales que puedes utilizar por ti mismo para experimentar el corazón de sus enseñanzas.

“Hay pocos maestros espirituales que nos brinden una visión genuinamente fresca, pero aún menos que nos brinden las herramientas para que podamos llegar a esas percepciones por nosotros mismos. Cynthia Bourgeault hace ambas cosas, ¡y las hace muy bien!”

—Richard Rohr, OFM, autor de Everything Belongs: The Gift of Contemplative Prayer

“Una obra magistral. Cynthia Bourgeault nos invita a seguir el camino del amor abnegado de Jesús y describe prácticas de sabiduría que los cristianos podemos utilizar todos los días para transformar nuestra propia mente para que nosotros también podamos ver con los ojos de Cristo”.

—Jim Marion, autor de Vestirse con la mente de Cristo

“Bourgeault centra su expansiva sabiduría en los dichos y la extraordinaria muerte de Jesús del evangelio mientras convierte la luz y las tinieblas en una poesía viviente de visión autovaciante”.

—Willis Barnstone, autor de The Other Bible y co-autor de La Biblia Gnóstica

 

Cynthia Bourgeault

Es una mística moderna, sacerdote episcopal, escritora y líder de retiros de renombre internacional. Divide su tiempo entre la soledad en su ermita junto al mar en Maine y un exigente itinerario viajando por todo el mundo para difundir la recuperación de los caminos cristianos contemplativos y de la Sabiduría. Es profesora emérita del Centro de Acción y Contemplación y directora fundadora de una red internacional de escuelas de Sabiduría, que une la enseñanza mística y monástica cristiana clásica con prácticas contemporáneas de atención plena y presencia encarnada. En 2021 ha sido honrada como una de las 100 personas vivas con mayor influencia espiritual.

https://www.editorialdharana.com/…/el-jesus-de-la…

Los lazos hilozoistas


Aquí en el año 2012, cuando me mudaba a Madrid y daba ya por muerto al entrañable amigo Priusito. Por suerte, resucitó… y dobló su vida útil.

He venido de nuevo al sur atraído por una especie de lazo hilozoista. No podía dejar abandonado, después de tantas aventuras juntos, a mi entrañable amigo Prius. El hilozoísmo es una antigua doctrina que nos dice que la vida y la sensibilidad son inherentes a todas las cosas en la naturaleza. Es algo así como pensar que todo lo que existe tiene vida propia, inclusive aquellas cosas que aparentemente parecen inertes. De ahí que después de tantos años, sienta cierto lazo de unión con mi viejo coche y no haga más que rescatarlo una y otra vez.

Aún no lo sabemos a ciencia cierta, pero todos los seres están unidos por lo que los antiguos llamaban el lazo místico. Ese lazo energético, de vida, une todas las cosas, desde las más sencillas a las más complejas. Los lazos se tejen y destejen, se agrandan o reducen dependiendo de muchas cosas. Cuando alguien nos abandona sentimos un gran desgarro en el estómago que nos deja sin aire. Ese desgarro viene provocado por la ruptura de aquellos lazos invisibles que nos unían. Hay un desgarro insoportable, un dolor. Ocurre lo mismo cuando muere alguien por el que sentías algo o tenías un vínculo especial. El dolor es provocado por esa ruptura invisible.

Ocurre también con los objetos, de ahí que muchas veces sintamos apego hacia ellos. Deshacernos de alguna cosa equivale a romper algún tipo de lazo. La práctica del desapego es compleja porque no siempre es efectiva. Siempre hay algo que nos une a lo otro, al otro. ¿Cómo olvidar a aquella persona que tanto querías? ¿Cómo se puede hacer eso si en algún tipo de plano etérico seguimos unidos, ya sea por recuerdos, por lazos de amor, por deseo, por una pasión o enamoramiento aún no apagado?

Cuando algo o alguien entra en tu vida con fuerza, es muy difícil deshacer esos lazos. Te pueden acompañar durante toda la vida, o incluso, podría decir que nos pueden acompañar durante vidas enteras, así, en plural, porque, ¿para qué vamos a limitar las experiencias sentidas al recuerdo de un instante? Esos lazos continuarán, se volverán a unir, volverán a pasar pruebas juntos. Por eso, cuanto antes logremos abrazar en paz al otro, antes podremos seguir avanzando.

Como ahora no tengo novias que rescatar ni amigos extraviados, pues, ¿por qué no rescatar un objeto vivo? La soltería tiene sus ventajas, y este año de soltería está dando muchos frutos. Llevo aquí unos días mirando el tiempo. Mañana no nevará y parece que saldrá algo el sol en el norte. Es un buen momento, antes de que empiecen las lluvias y las nieves, para subir al viejo Prius al septentrión. No podré reparar todas las averías que le han salido en estos últimos días, pero intentaré darle una pequeña vida junto a la cabaña, en agradecimiento por sus servicios, por sus viajes por tantos y tantos lugares. El lazo que nos une, ¿no es suficientemente importante para que nos demos otra oportunidad? ¡Ay ese empeño mío de rescatar siempre lo imposible! De intentarlo una y otra vez a pesar de todo, a pesar de los fracasos, de las rupturas, de las caídas. Uno siente una gran pena cuando mira las cosas y sabe que algún día perecerán. Todo, inclusive nosotros, dejaremos de latir, de caminar, de respirar, de existir. Pero ahí estarán los lazos, la vida que todo lo impregna, el sentir de que algo dejamos en este mundo. Mañana aventura. A ver si llegamos sanos y salvos.

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