Si tienes dudas, mira las estrellas


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© 521Gemini 

Cuando el cansancio nos invade, o a veces la desdicha, el infortunio o cualquier avatar que pone a prueba nuestras vidas, tenemos dudas, falta de fe y esperanza, desazón. Tras la triste muerte de Nina, tardé en acostarme. No podía dormir y a las tres de la mañana aún estaba mirando la temperatura exterior e interior. Fuera un estable cero grados. Dentro pasó de quince a diez y de diez a cinco en un par de horas. De vez en cuando miraba por la ventana a las estrellas. Es un privilegio tener la cabeza junto a un gran ventanal por un lado y una claraboya por el otro desde donde divisar con un mínimo alzamiento de mirada todo el cosmos infinito, toda la magnitud de la existencia.

Ayer lo hice durante varias veces y sentí un gran consuelo. Algo tan grande, tan infinito, tan misterioso, tiene que tener alguna razón de ser. Y en esa razón de ser, todo debe darse tejido por algún tipo de inteligencia, algún tipo de gobierno que organice tanta vida y espacio. Miraba cada una de las estrellas del trozo de bóveda celeste que me correspondía por latitud y posición y no podía creer lo que veía ante mí.

De repente sentí una gran paz, una tranquilidad extraña. Recordé que esta semana habíamos terminado por fin el patio, que pudimos afrontar el pago puntual y que, si todo va bien, también lo haremos la próxima. Más allá de eso todo es incógnita. Miré mi pequeña cabaña y sentí alivio por estar aquí, entre árboles que se mecían en el bosque. A mis pies andaba la gata Meiga y una planta capaz de dar flores incluso en invierno un poco a la derecha. Observaba, ante el insomnio, cada detalle, cada rincón, cada espacio visible e invisible. La chimenea, las ventanas, los seres nocturnos. Y ya no había dudas, ya no había crisis de fe, ya no había nada que se le pareciera. Solo la sensación de sentirme afortunado por estar vivo, por poder respirar y poder contemplar todas esas maravillas en ese invernal silencio.

Me desperté en paz, tranquilo. Nos pasamos todo el día limpiando la habitación que deberá ser para minusválidos. Hay que hacer un suelo, abrir una ventana en lo que antes era una cuadra y realizar toda la instalación para poder poner un lavabo completo. Los obreros trabajan rápido y la casa se verá transformada en poco tiempo. También hoy han limpiado toda la finca, desbrozado prados enteros que llevaban años abandonados. Ahora todo parece diferente. Todo cambia, todo es impermanencia.

Marché a la oficina tras un día agotador. Tenía que dejar preparado todo, o al menos un poco ordenado para que mañana puedan habitar este lugar durante unos meses. Necesito ayuda en la editorial y creo que vendrá bien poner orden en todos los compromisos adquiridos. Espero que todo vaya bien. Miro las estrellas, y las dudas desaparecen. Miro las estrellas y contemplo la vida en toda su inmensidad. Estoy vivo, estamos vivos, somos parte del Misterio.

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Viva la vida


 

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Nina, in memorian… 

Tuve un sueño bonito. No recuerdo nada pero era bonito, de esos sueños que no deseas que terminen nunca. Sonó el despertador a las siete. Miré la temperatura. Menos tres grados. No recuerdo nada más hasta que a las diez me llamaron para que fuera a calentar algo de agua. Los obreros estaban cuajados de frío y necesitaban algo caliente. Lo último que recuerdo fue el mirar la temperatura. El sueño me atrapó. Desayuné tarde y me marché a atender algunas urgencias de la editorial. Tenía que entregar hoy mismo algún libro a la imprenta. Encendí el fuego. Con frío no se puede trabajar, ni siquiera para teclear el ordenador.

A media mañana sonó el teléfono. Era alguien de Tele5. Querían que participara el sábado en un programa para hablar de algunas cosas. ¿Puedes venir el sábado a Madrid? El sábado no puedo, tengo que jurar el cargo de Gran Segundo Diácono de la provincia de Castilla, pensé para mis adentros. Ella insistía pero no podía explicarle con detalle que jurar un cargo como oficial provincial, abarcando la provincia media España, suponía un deber y una responsabilidad. ¿Quizás el siguiente sábado? Quizás, le dije. El siguiente sábado no tengo ningún compromiso, ni juramentos, ni cargos, ni responsabilidades. ¿Cómo has dicho que se llama el programa? Le pregunté curioso. “Viva la vida”. Desde que me vine a los bosques dejé de atender a los periodistas. Dejé de ir a la tele, a la radio. Hice alguna excepción con algún periódico, pero los focos del glamour desenfocan y me sentía con ganas de abordar lo ilusorio. Últimamente pienso que quizás puedo aportar algo de luz si consigo enfocar el debate o la cuestión, pero guardo mis dudas.

Mientras hablaba con la periodista, de repente escuché un golpe seco en la ventana. Tras la llamada salí fuera. El golpe había sido seco y fuerte, y ante el temor de que con el viento de la borrasca que se aproxima hubiera caído un árbol encima de la cabaña, salí con precaución. No había sido un árbol, había sido un hermoso mirlo que se había estrellado contra la ventana y había muerto. Lo apreté entre mis manos. Puse los dedos en su pecho y le di un masaje cardíaco con la esperanza de que despertara y volviera a volar. Me arrodillé y estuve un rato a su lado pensando que podría obrar algún milagro. Nada. Ya no había vida en ese cuerpo. Solo un conjunto de nada.

Prometí a la periodista enviarle algún libro así que dejé al pájaro, me abrigué y salí hacia el pueblo. Los dos perros salieron a saludarme alegres por verme. Nina y Geo estaban especialmente contentos y radiantes. Hacía frío pero hacía sol. Querían jugar. Los acaricié, les miré con cariño y me marché. Ellos salieron corriendo hasta la puerta. En la curva les perdí la pista. Desde que tuve el accidente voy muy despacio. Miro atento a la carretera para evitar cualquier obstáculo. Concentro la mirada en todo cuanto ocurre para evitar más sustos. La vida nos va en ello. Cualquier descuido, cualquier torpeza, y todo acaba en un segundo como la vida del mirlo estrellado.

Llegué a la oficina sano y salvo. No había mucho hielo en la carretera, solo algo de gravilla que atravesé con suma precaución. Preparé los paquetes para la periodista de Tele5 mientras Carmen, la directora de la oficina, me entregaba algunos. Entre ellos estaba un libro que esperaba desde hacía tiempo: “Al otro lado del mar. Bergamín y la Editorial Séneca”. Una gravilla de fraternales cómplices, exiliados de la guerra, que dedicaron todos sus esfuerzos para crear la Editorial que da nombre a la nuestra. Volví a la oficina y mientras acariciaba el lomo del objeto de deseo, -amo los libros como si fueran hijos-, recibí una llamada de Joan. “Tengo una mala noticia”.

Geo y Nina, entusiasmados, me habían seguido hasta el pueblo. A Geo le encanta bajar al pueblo y codearse de igual a igual con la gente. A veces nos llaman de la gasolinera, o los tenderos o la propia Guardia Civil para advertirnos de que nuestro amigo anda de parranda en los aledaños. Esta vez la aventura tuvo un trágico final. Nina, nuestra querida y hermosa perra recién adoptada había sido atropellada trágicamente por un coche y había muerto en el acto. Joan se la encontró en la cuneta mientras volvía de su rehabilitación. Tuvo un accidente de moto hace unos meses y desde entonces va todos los días a rehabilitación mientras intenta buscar un sentido a su vida. “Nina está muerta”. No me lo podía creer. Hacía diez minutos que había estado con ella, con esa amorosa perrita, con ese ángel peludo.

Me quedé mudo, impasible. Desde que estoy viviendo en plena naturaleza me he acostumbrado a convivir de cerca con la muerte. Aquí comprendes que la vida es una, como dicen los místicos, y que está acompañada siempre de la muerte. Pero la muerte no es ausencia de vida, sino cambio de estado de algo que antes estaba animado y de repente deja de estarlo. Quizás por eso, cuando tuve el accidente y por un segundo pensé que iba a morir abracé ese momento con paz y serenidad. La vida es una, pensé, volveré a un nuevo estado. De la misma forma, con paz y serenidad, recibí la noticia de Nina. En un día había sido testigo de dos muertes. Pensé en las señales, pensé en los avisos, pero no me venía nada. Si no hubiera llamado la periodista no hubiera bajado al pueblo y no hubiera ocurrido la tragedia. Quizás era cuestión de tiempo. Nina siempre salía tras los coches y siempre pensamos que en cualquier momento podría ocurrir una desgracia. Nina, mi querida Nina. Nunca atendiste a nuestras advertencias. Ahora su cuerpo ya no está entre nosotros, su vida abandonó su peludo y hermoso cuerpo. Pero su alma siempre permanecerá aquí. Viva la vida, larga vida al Ser.

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Tolerancia, respeto y dignidad para la vida en toda su expresión y grandeza


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© Jan Bedoire

Me siento feliz cuando llego a casa. El frío se apodera de todo, pero por dentro arde un volcán de emociones. El calor de la ilusión por ver como todo avanza, por ver como todo mejora y como la obra va transformando el lugar es algo que te hace sentir vivo. No por el hecho en sí, sino por todo lo que ello conlleva, implica y significa.

Acabo de llegar tras un largo día con la sorpresa de que el gran patio está ya casi terminado. No me lo podía creer. Ya tenemos el dinero para afrontar una o dos semanas más y luego seguir buscando bajo las piedras para que la obra se culmine con éxito. Lo vamos a conseguir, cueste lo que cueste. Esta semana la hemos podido pagar gracias al grupo de Teamers que gracias a un euro al mes estamos moviendo montañas. Ya somos 95 y estamos deseosos de pasar la barrera psicológica de los cien. La pedagogía del apoyo mutuo y la cooperación está calando cada vez más. Os invito a que participéis en esta iniciativa que obra milagros:

https://www.teaming.net/proyectoocouso

A las siete de la mañana estaba de pie. Tenía que viajar junto al mar, en A Coruña, para atender la gestión del misterio. Paré a medio camino para ponerme el traje de gala que da solemnidad al momento que tocaba vivir. Prefiero hacerlo lejos del pueblo. Aquí están siempre acostumbrados a verme vestido de forma peculiar, siempre con esos harapos llenos de barro y cemento. No entenderían otra imagen que no fuera esa. No soportarían verme con traje y corbata dando conferencias en distinguidos lugares o codeándome con privilegios de todo tipo.

Para ellos soy el “jefe-hippie” o el cabeza visible de hippielandia. Por eso por dentro siempre sonrío cuando el juicio no deja de ser peculiar y sesgado. La imagen, que siempre es algo culturalmente construido dependiendo de cada visor particular y social, es totalmente un fragmento ridículo de la realidad. Por eso siempre me costó entender a las personas que viven de la imagen, o que construyen una imagen, siempre sesgada, del otro. El maya o la ilusión que eso provoca realmente es un fragmento que nace de la ignorancia, de ver siempre la vida de forma parcelada, y nunca en su dimensión más amplia y profunda. No puedo entender una vida sin espiritualidad, o una espiritualidad sin pensamiento, emociones, energía o materia. En la visión del conjunto está la verdadera magia del misterio en el que vivimos, nos movemos y tenemos nuestro Ser. Por eso es bueno no centrar nuestras vidas solo en los aspectos materiales, o emocionales, o intelectuales, o solo en los aspectos espirituales. La vida es mucho más rica cuando todo eso se integra en una unidad consciente.

Por eso nadie podría, en este contorno donde estoy tan estigmatizado, verme como un doctor en antropología, un editor o un pequeño empresario, un escritor o un filósofo existencial. El sesgo les impide verme de otra manera que no sea la que ellos han construido desde el estigma del extraño. Ese estigma hace el resto. Me daba cuenta cuando hace dos días fui al ayuntamiento a pedir el título de doctor y los permisos de la obra. Siempre esa mirada atenta, medio desconfiada y medio curiosa. Siempre ese matiz que hace peculiares a los extraños, a los forasteros, a los exóticos personajes que venimos de tierras lejanas y hablamos otras lenguas, bebimos de otras culturas o danzamos en otras arenas.

Todas esas cosas pensaba mientras conducía hacia A Coruña. Por suerte, en la mañana, el mallete sonaba fuerte sobre la mesa. No una, sino tres veces, indicando cómo la transmisión de la sabiduría perenne se realiza bajo la magia del sonido donado y bajo la cálida luz de unas velas, simbolizando la necesaria búsqueda de la verdad. Los trabajos fueron justos y perfectos. Fuimos al ágape y volví a casa, previa parada para cambiarme de trajes. Casi me siento un ser camaleónico, capaz de codearse con los más ricos y con los más pobres dependiendo del traje que me ponga. No deja de ser algo divertido y gracioso.

Príncipe por la mañana y mendigo por la tarde, o también viceversa. Y dentro las dos partes como algo real. Siempre me gustó eso de ser peregrino, por aquello de no aferrarse a ningún tipo de creencia. A diferencia de un mendigo, el peregrino siempre va a alguna parte, a un centro espiritual que le motiva a caminar. Eso es lo que a mí personalmente me motiva. Hay un centro por el cual mis pasos en el Camino tienen un sentido claro, una voz, una llamada. Por eso cuando miro a alguien lo veo como otro peregrino, sin juicio, siempre profundizando en la tolerancia y el respeto al diferente. Toda gestión del misterio solo es posible si uno vive instalado en el trono de la dignidad hacia todos los seres sintientes. Esto incluye a humanos y no humanos. Tolerancia, respeto y dignidad para la vida en toda su expresión y grandeza. Algún día entenderemos esto en toda su singularidad y la vida gozará en toda su plenitud.

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Aprendiendo a Ser junto al Ser


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Las dos columnas que sostienen nuestro hogar: la fuerza y la sabiduría. Junto a ellas, a la derecha, casi invisible, espera la belleza. 

Acabo de encender la chimenea. He quemado en ella todos los virus de esta semana, algunos restos inidentificables, algunos manuscritos ya editados y cosas que uno encuentra ya sin valor. Me hubiera gustado mucho estar un poco más junto al fuego de la casa compartiendo conversaciones en inglés con la hermosa alemana y su hija que estos días nos acompañan. Pero no he querido cogerles cariño. Vienen con dos perros y se tienen que marchar en unos días. Es la ley. A pesar de que siempre intento ser flexible y hacer cientos de excepciones, es algo que no gusta. Así que intento no batallar, regirme al guion establecido sin mayor argumentación. El fuego en la casa ardía con fuerza, la conversación era amena, recordando viejos tiempos cuando vivía en el norte de Alemania, en la hermosa región de Wendland. Llueve como lo hacía en aquella añorada granja de caballos. Hace frío, pero el fuego arde.

Estoy feliz porque esta mañana hemos podido pagar una semana más a los tres obreros. Cada semana es un reto, y como dicen por aquí, haber si damos salido. Las obras avanzan deprisa y eso nos satisface. Personalmente no tengo fuerzas para seguir subido a tejados o haciendo cemento o poniendo suelos. Eso me ha envejecido demasiado. Ahora me siento torpe, casi sin energía, y la necesito para lo que ha de venir. Me declaro inútil, cansado e ineficaz para esas cosas de la materia densa. Casi seis años de grandes esfuerzos, de grandes sacrificios personales deben llegar a su fin. Prefiero endeudarme por un tiempo más que seguir sufriendo. Prefiero que por fin la casa se termine y que en los próximos años podamos dedicar nuestros esfuerzos al Jardín. Sí, como hacía Epicuro, y así convertirnos en los nuevos filósofos del Jardín, de un nuevo Jardín comprometido con nuestro tiempo, comprometido con el espíritu de esta época. Ya hemos pasado la fase en la que se ha podido construir la columna de la “fuerza”. Interiormente nos hemos llenado de fuerza y voluntad. Ahora toca construir la columna de la “sabiduría” para junto a la fuerza crear la tercera de las columnas de cualquier templo que se precie: la “belleza”. La belleza como símbolo inequívoco del amor.

Esa es la idea y comprendo que hacía falta esta pedagogía constructiva. Construir, cocrear entre todos era necesario plasmarlo en la acción, y no tan solo en el verbo. Uno puede hablar con mayor fuerza cuando ha experimentado la cosa en sí. Ya no habla en potencia, como muchos filósofos hacen, sino en acto, desde el acto, desde la acción. Cuando propongamos meditar desde la cocreación activa, sabremos de lo que hablamos. Habremos encontrado la fórmula para moldear la materia, para, como alquimistas, argumentar con suficiente detalle todo el proceso de transformación necesario.

La alquimia experimentada en los templos vivos, en la piedra viva, tiene mayor repercusión que la nominativa, la simbólica. El símbolo nos señala, pero el acto nos inicia. Uno puede pasarse toda la vida hablando de Dios, de la espiritualidad, pero esta tan solo se manifiesta inevitablemente en la acción: fuerza + sabiduría = belleza. La contemplación nos puede ayudar a comprender la necesaria tarea de transmitir, la urgente necesidad de ayudar allí donde haga falta. A veces al prójimo desconocido, como esa hermosa alemana y su hijo y sus dos perros que deambulan por el mundo sin un rumbo muy fijo, angustiados por los problemas que atraviesan. Me gustaría de nuevo saltarme a la tolera la ley y volver a hacer más excepciones. Pero eso crea desconcierto.
Así que antes de que se marchen intentaré, como hoy, dedicarles junto al fuego todo el tiempo que haga falta. Todo lo demás podrá esperar.

La fraternidad humana se construye a base de piedras vivas que arden junto al fuego, que comparten complicidades y futuros. Escuchar al otro, poder ofrecerle aunque sea por unos días algo de pan y cobijo, por muy distinto que sea, es una buena forma de espiritualizar el mundo, ya que de la escucha y el apoyo material y espiritual nace la empatía, la compasión, la fraternidad, la unidad, la cooperación. No podemos hablar de ser más humanos, de ser más espirituales si no aprendemos a estar con el otro, a ayudar al otro. De ahí el reto de crear comunidades abiertas, integrales. Es lo más espiritual que existe. Especialmente cuando te atreves a tener una casa abierta las veinticuatro horas del día y los trescientos sesenta y cinco días del año aprendiendo a Ser junto al Ser, aprendiendo a humanizarnos siendo cada vez más humanos. Y la humanidad, lo que nos hace verdaderamente humanos, solo puede ser entendido con el otro, junto al otro, junto el fuego, dando, siempre dando, como hace la llama, como hace el Sol y los cielos, sin esperar nunca nada a cambio.

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Relato de un príncipe


 

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© Joe _ Fotos 

Había recibido, como príncipe, el decreto en el cual se me nombraría en pocos días diácono provincial. Lo leía con cierta curiosidad, ya que cualquier tipo de responsabilidad añadida requiere una entrega extra, una disciplina y un honor que conservar, un relato que lleve la dignidad hasta donde se pueda. Lo leía mientras me dirigía a la cita con cierta curiosidad por ver cómo se desarrollaría el día.

Llegué puntual tras pasar un rato en el Museo Arqueológico. El servicio me abrió la puerta. “La señora está en su habitación”. Escuché una voz que me gritaba desde la otra parte de la casa. Acudí a su llamada. “Como hay confianza, siéntate en la taza del wáter mientras hablamos”. La situación me pareció surrealista, pero la belleza del momento requería improvisar. Tenía una entrevista en un par de horas y debía maquillarse para estar bella. Me senté, como un príncipe, en el trono propuesto. Le pregunté si alguna vez había sentado a un príncipe en la taza del wáter. No creo que entendiera la pregunta, pero sonreí ante la situación. Hablamos un rato mientras se retocaba la cara con esos productos que las mujeres utilizan para ponerse bellas. Siempre he pensado que las mujeres son bellas por naturaleza y lo son aún más cuando posan en natural estado. Pero admito que esos retoques siempre les sientan bien, como cuando vivíamos salvajes en los bosques y retocábamos nuestras caras para celebrar algún tipo de ritual.

Me habló de su último libro, de sus peculiares Navidades. Prometió enviarme el último capítulo y hablamos sobre mil cuestiones. Para ella resulta imposible entender mi estilo de vida. No comprende que un príncipe pueda vivir en una cabaña en mitad de un bosque perdido, pasando frío y quien sabe cuantas más calamidades, si con ello puede honrar la bandera que enarbola. Soy soberano de mi vida, y por lo tanto, tengo la libertad y el deber de ser el primero entre los primeros para defender la belleza y la virtud. Tengo una amiga que siempre me dice que tengo que aprender a vivir, que tengo que buscar la felicidad y pensar un poco en mí y no tanto en los otros. Bueno, eso de la felicidad es complejo. Te puedes sentir príncipe incluso encima de una taza de wáter.

Uno a veces es más feliz cuando no tiene nada que cuando tiene muchas cosas. Las cosas dejaron de tener sentido, excepto aquellas que puedan ser útiles o ahonden aún más en el sentido de libertad o virtud. Un móvil, un ordenador y un vehículo es por lo único que siento cierto apego. Del móvil podría prescindir sino fuera porque me da internet y con ello puedo comunicarme con cierto mundo. El ordenador es mi herramienta de trabajo y me permite escribir. Aun recuerdo con cierto dolor cuando no existían y el sustituto era la máquina de escribir. Requería mucho poder de concentración escribir a máquina para no equivocarte ni cometer erratas. El coche es algo que me da libertad. Viajar es de los pocos placeres que aún mantengo en secreto.

Salí del trono y nos fuimos al hermoso salón. Pregunté por educación dónde quería sentarse la anfitriona. El plato que quedó para mí no me gustaba donde estaba situado. No me gusta dar la espalda al mundo, y menos aún a la persona que nos estaba sirviendo la comida. Así que lo cambié de lugar y me senté en un lugar que vi más apropiado. La anfitriona se asombró. “Nadie nunca se había atrevido a hacer algo así”. No era por descortesía, era por confianza. Si por confianza me había sentado en la taza del wáter, me veía con la misma libertad de cambiar el plato de lugar. Le recordé que era un príncipe, y que los príncipes, aunque su trono temporal sea una taza del wáter, tenemos potestad para sentarnos dónde queramos, normalmente cara al sol, para que los rayos celestes iluminen mejor los rostros.

Ya en la mesa instalados hablamos sobre la profundidad, o no, de los pensamientos vagos que vienen y van y condicionan nuestras vidas, con sus miedos y avatares complejos y enrevesados. Averiguar la naturaleza de esos pensamientos es un trabajo ingente, nos decíamos, ya que normalmente producen sufrimiento. Lo decía Buda y él mismo nos daba algunas pautas -el noble óctuple sendero- para atajar el sufrimiento, el dukkha, y así llegar al nirvana. Supongo que el Buda hizo un gran esfuerzo por actualizar las enseñanzas del yoga y el también óctuple sendero que ya Patanjali describió unos siglos antes. Sea como sea, últimamente intento pensar que lo mejor que se puede hacer con esos pensamientos es ignorarlos, y poner, siempre que se pueda, el enfoque en la luz, o en aquello que entendemos como luz, como expresión superior de nuestra naturaleza.

Nuestros miedos, inseguridades y pesadumbres siempre van a estar ahí, es inevitable, vivimos y tenemos nuestro ser en un cuerpo humano con todo lo que eso implica. Cargamos con el peso genético, físico y psíquico, de antepasados que han sufrido todo tipo de calamidades, guerras, asesinatos, violaciones, hambrunas y enfermedades. Es normal que de vez en cuando nos asalten esos genes y nos llene la vida de bloqueos, de miedos, de angustias, de sufrimiento.

Somos seres descontentos e insatisfechos, por eso siempre sufrimos. Haber nacido en un tiesto u otro no nos libra de sus defectos y debilidades. Mi anfitriona podría abastecer durante treinta o cuarenta generaciones una vida digna a sus descendientes. Pero ni siquiera ese tipo de riquezas nos liberan del miedo a la soledad, del miedo de no haber sido dignos de nuestra vida, de no haber hecho aquello por lo que fuimos llamados. Así que, con respecto a esos pensamientos locos, solo debemos abrazarlos humildemente entregando nuestra vida por completo al Ser, a aquello que nace del Logos, de la parte más sublime de toda naturaleza. Esto es complejo cuando nos sentimos siempre insatisfechos y no tenemos capacidad de elevar nuestra mirada hacia lo más sublime de la vida.

En pocos meses hará dos años que no tengo pareja. Ahora que lo pienso, creo que siempre he tenido pareja por miedo a estar solo. Pero ahora siento que la soledad puede ser una llama. No lo digo yo, lo dijo el poeta en un arrebato de soledad. Si vuelvo a tener pareja no será por necesidad de ella, sino por amor. Pero no cualquier amor, sino ese amor que se entrega en silencio sin esperar nada a cambio. Eso también puede ser una llama, una luz, y algo hermoso cuando es correspondido. No hay respuestas a las preguntas sobre el sufrimiento, sobre los pensamientos que nos atormentan. Solo podemos seguir caminando hacia nuestro inevitable propósito y confiar en que cuando lo hacemos, el horizonte se abre ante nosotros de forma diferente. Si hay algo contrario al sufrimiento debe ser el amor. El amor incondicional. Eso que uno siente cuando lo sientan en la taza de un wáter y sonríe amable ante la circunstancia. La virtud del momento es lo que nos hace príncipes. El amor, eso es lo que hace la vida bella y virtuosa.

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Los diseñadores invisibles


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© Marie-Claude Massouri

Me siento feliz y honrado si puedo ser útil a otras causas. Venir a Madrid para apoyar nuevos puntos de luz en la mente infinita del Inconmensurable no hace más que alentar el servicio hacia ese propósito vital. Puedo sentir la fuerza de la llamada, y entregar todo cuanto soy a la misma. Es algo irracional que no puedo explicar. Solo me entrego en silencio, creyendo con firmeza que la fe y la esperanza son inquebrantables cuando se unen a una misma misión.

No deja de ser paradójico ver como en el fondo hay almas despiertas trabajando para un mismo Jefe. Esa órbita está y las llamadas responden a un mismo sonido, tono y latitud. Los Jefes Ocultos están en todas partes, a veces disfrazados bajo símbolos arcangélicos y otras entre confundidos con halos de maestros ascendidos que laboriosamente tejen la madeja existencial.

No importa realmente la naturaleza de esas fuentes que dan agua al sediento. No importa los nombres que según la tradición pongamos a unos y a otros. Si partimos de que la vida es un auténtico Misterio, algo o alguien debe gestionarlo de alguna forma. Digamos que la vida campa bajo una arquitectura diseñada con esmero para que cada minúscula partícula encaje a la perfección. Desde nuestra ignorancia no podemos comprender esa perfecta armonía. Solo vemos caos y oscuridad. Pero algo vive en los mundos arquetípicos que produce Orden y Concierto. Algo sobrevive, más allá del aparente azar.

No se podría explicar sino tanto esfuerzo por sobrevivir. Desde hace millones de años que el primer homínido levantó la nariz verticalmente y oteó el horizonte de forma equilibrada hasta nuestros días, la supervivencia ha sido una constante. El deseo de vivir, de expandir la vida y con ella, de paso, y ahora más recientemente, también la consciencia. Es fascinante. Siento admiración por todo cuanto se ha creado. Cada detalle minucioso, cada minúscula expresión en los rostros de cientos de millones de seres sintientes que apremian para que la vida continue.

En el mar de dudas que nos asolan hay un misterio que nos da respuestas. La causa final de toda esta comedia aún no la percibimos del todo, pero sí podemos empezar a cuestionar que no estamos solos, que no vagamos a nuestro libre albedrío sin mayor desdén que la suerte o la fortuna. Hay algo que por su propia naturaleza invisible debe gobernar todo cuanto acontece. Algo mayor, más complejo a cuanto filósofos y místicos hayan nunca podido imaginar.

Esa creencia es la razón por la que la humanidad sobrevive a su propia autoconsciencia. Ya hemos dejado de ser seres meramente razonables. Ahora tenemos consciencia de que la vida es un reguero de fuerza imperecedera. Y de que, además, su manifestación es tan sólo un ápice de lo que somos capaces de apreciar realmente. La dimensionalidad de todo cuanto es se nos escapa.

Por eso es imposible que pueda vivir una vida ordinaria y corriente, y necesite, urgentemente, participar de esa cocreación arquetípica. En ese diseño, en ese plan, en ese propósito que los maestros conocen y sirven calladamente, uno puede intuir con cierta torpeza un halo de continuidad. Como si todo fuera una misma cosa que se manifiesta en mil formas para dotar de riqueza al conjunto de la existencia. Y siendo una forma divisible, ante el asombro de la propia verdad, uno se siente parte de algo mayor, indivisible, formalmente arrollador. Esa creencia permite cierta audacia, cierto agradecimiento constante, cierta valentía a la hora de afrontar los hechos que se presentan. Hay mucho por hacer, nos dicen los arquitectos del arquetipo, los diseñadores invisibles. Hay mucho por tejer desde todas las dimensiones a las que podamos rozar con nuestro aliento. Tengo sed de servicio, de entrega a ese oculto destino. Tengo sed de maniobrar como un testigo que lanza silenciosamente bocetos al mundo.

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Barcos de libertad


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A media noche hacía frío en la estación de tren. No había ningún pasajero, y a veces dudaba de que el tren llegara en algún momento. Miraba el reloj con insistencia. Cada segundo se hacía interminable. La soledad de invierno, el silencio de unas vías sin pasajeros, de una estación vacía, triste, desolada. Llegó el tren sinuoso con algunos minutos de retraso. Tenía el vagón número 25 pero la pesada máquina a gasoil solo traía dos vagones. No fue difícil averiguar cual me pertenecía. Entré en el vagón oscuro. Había unos siete pasajeros más. El revisor me pidió el billete, como si alguien más, quizás algún fantasma, se hubiera subido conmigo. Para ser un tren nocturno no parecía muy cómodo. Los asientos no se echaban para atrás, el vagón estaba sucio y era muy antiguo, quizás algún remanente sacado de algún cementerio de trenes. La imagen era desalentadora, diría que dantesca. Apoyé como pude la cabeza entre la ventana y el asiento y me dormí a ratos, despertando cada media hora por la incomodidad y el frío del lugar.

El tren llegó a la estación de Chamartín. Ayer noche, antes de marcharme, vi que habían hecho un pedido que debía ser entregado en el Paseo de la Habana, muy cerca de la estación. El pedido lo habían hecho a eso de las once de la noche de un domingo y a eso de las nueve de la mañana del lunes ya había sido entregado. El libro en cuestión estaba siendo muy comprado por personas de extrema izquierda pero para mi sorpresa, fue entregado en una organización de extrema derecha. Supongo que por eso de conocer al enemigo. La persona que lo compró, un conocido defensor de valores ultracatólicos, alucinaría por la rapidez del servicio. Algo nunca visto. De qué manera explicarle que se lo había entregado el propio editor de la editorial que además había prologado el libro que había comprado. El Paseo de la Habana está cerca de Pio XII y de la calle Triana. Pasé por la puerta de la casa que antaño tanto frecuentaba. Miré la ventana de la que había sido mi habitación en muchas ocasiones. Sentía algún tipo de nostalgia, como si en estos años hubiera ganado muchas cosas que, a su vez, había perdido. Tanta gente que viene y que va. Me gustaría que nadie se fuera, que todos permanecieran de alguna manera. Pero la vida es pura impermanencia, solo quedan los valientes, los auténticos, los verdaderos.

Como no quería molestar a nadie con esta tos bronca que tengo desde hace casi un mes busqué el hotel barato que frecuento últimamente. En la periferia la gente es peculiar. Viven agotados, con caras cansadas, grises, desfiguradas, imbuidas entre pantallas y miradas perdidas. Me dio tiempo a asearme un poco, afeitarme y encaminarme hacia esos barrios de la alta alcurnia. En ambos me siento bien. No tengo apegos, ni sobre la riqueza ni sobre la pobreza. Puedo deslizarme de un lado para otro sin mayor complejidad. Ser rico o ser pobre es una cuestión de suerte. Sin embargo, la aristocracia y la nobleza interior es algo muy diferente. He conocido a auténticos mendigos con un halo aristócrata y a auténticos aristócratas que viven una vida miserable. La elegancia es algo que ennoblece el espíritu, pero no tiene porqué venir asociada a la riqueza o a la pobreza. Ser un príncipe nada tiene que ver hoy día con tener dinero o títulos. Especialmente para aquellos cuyos reinos no son de este mundo.

Antes de la reunión en la calle Serrano, en esa hermosa casa que me trae algún recuerdo lejano, comimos en la histórica Residencia de Estudiantes, lugar frecuentado por ilustres personajes que decoraron sus paredes a principios del siglo pasado alrededor del movimiento pedagógico que se creó en la Institución Libre de Enseñanza. No caí en la cuenta del lugar emblemático en el que nos encontrábamos hasta que nuestro anfitrión nos dio alguna pista. De repente me sentí acogido y abrazado por la historia, afortunado por estar allí, tantas y tantas veces, sin saber que estaba “allí”. Qué paradoja. A veces me pregunto todas las cosas que me estoy perdiendo por haber reducido mi vida a pervivir en una cabaña perdida en los bosques. A veces se me llena el alma de acción y desearía estar entre el ruido y las gentes haciendo “cosas”. Son ramalazos que me dan cuando vuelvo a estos lugares y recuerdo mi pasado de acción y acción en esas “cosas”. Ahora la vida me pide otras cosas. O eso creo yo. Aún ando revisando mi existencia y preguntándome, sin perder ni un ápice de fe, porqué me ha dado por esta vida tan radical.

Después de comer y antes de la reunión que teníamos a las cuatro nos dio tiempo de visitar una exposición sobre los barcos que llevaron hasta México a miles de exiliados españoles que huyeron de la Guerra Civil. Leer sus testimonios y ver sus caras era impresionante. Cuantas cosas se perdieron en esa guerra. Cuantas gentes se marcharon. Cuantas familias rotas. La vida y sus ciclos migratorios. La vida y sus complejas contradicciones. Hijo de emigrantes, apátrida como pocos, sentí cierta nostalgia por esos barcos de libertad. El no tener tierra ni raíces, terrestres y celestes, te hace vivir en una constante nostalgia cuyo horizonte siempre, inevitablemente, se halla en el infinito.

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