Vocación misionera


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En la Pascua de 1992, en Siete Aguas, con el grupo de Barcelona. Aquí, con 18 añitos y ya con barbas. Por aquel entonces solía calzar espardeñas. 

Y les dijo: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura».
Evangelio de Marcos 16:15

Estaba repasando la previsión de ediciones para este año, que será pobre y escasa pero bien motivadora, cuando me llegó una noticia que me dio un vuelco el corazón. A principios de los años noventa, cuando rondaba los 17 o 18 años, solía ir con un grupo de amigos a una de las casas que las misioneras de Verbum Dei tenían en el barrio gótico de Barcelona. Eran tardes preciosas donde explorábamos con nuestra curiosidad la figura de Jesús, sus hechos, sus mensajes. Cantábamos y rezábamos al mismo tiempo. A veces hacíamos retiros espirituales en lugares como Piera, en la comarca de Anoia, en Barcelona, o Siete Aguas, en la comarca de la Hoya de Buñol, en Valencia, donde solíamos celebrar la Semana Santa junto a cientos de jóvenes venidos de todo el mundo. Sentíamos una gran admiración por la imagen de Jesús venida de las manos de esas misioneras de corazón limpio y puro. Había dos de ellas que dirigían nuestras vocaciones espirituales: Leire y Geni.

Treinta años después recibo noticias de Geni, la cual, por su franqueza y vocación, influyó positivamente nuestras mentes y corazones. Me llega de manos de un buen amigo que conocí en aquella época en la casa de retiros y que años más tarde, tal fue la influencia, bautizó a una de sus empresas con el nombre de Geeni. Esta feliz misionera se encuentra en la Amazonia desde hace ya unos años, atendiendo a los grupos indígenas de los Sateré-mawe y los Manaos, los Machineri y los Yaminahua, poblaciones que se encuentran en la zona fronteriza entre Bolivia, Brasil y Perú. Me ha sorprendido ver una foto suya aparecida en un artículo con su cara treinta años después. Me alegró de corazón saber que su vocación era real y continua viva. Hay personas que son auténticos héroes. Geni siempre lo fue para nosotros.

¿Qué fue de mi vocación? En uno de los retiros de Semana Santa, sufrí una llamada que abrió mi corazón de forma indescriptible. Sentí dentro de mí como si todo el amor del mundo hubiera atravesado mi pecho. La sed espiritual de aquellos tiempos hizo que la “gracia” se manifestara de forma profunda y verdadera. Sentí el apostolado como misión, sentí la necesidad de ir a las misiones. Tuve una profunda conversación con Geni que me alentó a tomar tierra. Sus sabias palabras le quitaron a ese joven de temprana edad el deseo apabullante e irracional de compartir la nueva buena sin apenas tener ningún tipo de experiencia en el mundo. De alguna forma, Geni hizo de barrera amorosa y comprensiva entre mi impulso, mi llamada y mi juventud. En aquellos tiempos en los que prefería ir a orar o leer la Biblia en vez de ir a la discoteca, aquella charla supuso una noticia que llevé durante años con cierta pena.

Un año después de aquello, en 1992, me marché a hacer el Camino de Santiago, intentando poner orden en mi batalla interior. Al terminar el Camino, y mientras descansábamos en el albergue del Seminario Menor de la ciudad compostelana, conocimos a dos jóvenes alemanas diez años mayores que nosotros, vegetarianas y con una profunda vocación espiritual. Mantuvimos una larga correspondencia durante años hasta que una de ellas me invitó a marcharme a vivir a una comunidad del Arca que había fundado Lanza de Vasto en Francia. Ante mi rechazo, de nuevo con la excusa de mi juventud y mis deseos de ir a la universidad, años más tarde aquella mujer me invitó a ir a otra comunidad en México, rechazando por segunda vez la invitación. Allí le perdí la pista. Sentía profundamente la llamada, pero el miedo a enfrentarla era mayor.

Aquellas fueron oportunidades claras de seguir mi vocación interior, pero a veces por miedo y otras por mil razones propias de la juventud, siempre rechacé la llamada. Durante todos estos años sentí siempre una necesidad de servicio y compartir. Desarrollé mi vocación interior haciendo trabajos de voluntariado con Cáritas o la Cruz Roja o cualquier organismo que se presentara ante mí y al que yo pudiera ser útil. Con los amigos de Verbum Dei trabajé algún tiempo colaborando en lo que podía con niños con síndrome de Down o personas con problemas múltiples. Después me hice trabajador social e intenté desde la profesionalidad ayudar a los otros. Estuve de trabajador social en una asociación del Raval, en Barcelona, que se llamaba L’Hora de Deu. Siempre había largas colas en aquel lugar porque corría la voz de que un nuevo asistente social ayudaba a todo el mundo sin excepción. Aquello fue agotador.

La vocación iba y venía y siempre buscaba la forma de ser útil. La última vez que hice el Camino de Santiago, en 2013, sentí de nuevo la llamada. Esta vez no me convertí en árbol de laurel y seguí la senda señalada. Desde entonces estoy aquí, en los bosques, buscando la forma de ser útil, pero, ¿qué pasó con la vocación? Ahí está, desplegándose ahora en silencio, sin necesidad de nada, orando en aquellos lugares donde solo Él puede hallarme.

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“Para nacer hay que destruir un mundo”


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Paisajes al ocaso, muy cerca de aquí

“Tienen mis deseos por término estas montañas y si de aquí salen, es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera”. El Quijote, Cervantes.

Para nacer, hay que destruir un mundo. Esta fue quizás una de las frases más conocidas de la obra Hesse, la cual aparecería en su libro Demian. No le faltaba razón. Ahora que he empezado la lectura compartida de su obra El Juego de los Abalorios, uno se da cuenta de la necesidad de morir a lo viejo para restaurar lo nuevo. Destruir un mundo, morir iniciáticamente a lo antiguo, siempre es necesario. En estos días sosegados, donde el síndrome de Stendhal se apodera de mi vida, disfruto plácidamente de todo tipo de lecturas.

Después de la práctica meditativa a eso de las ocho, el día se despliega con lecturas de Hesse, de Schlüter, de Dalio, de Dürckheim o Fortune. Voy alternando lecturas con trabajos manuales. Estamos haciendo una puerta nueva para la cabaña, sembramos aprovechando la luna algunas verduras, preparamos las vigas de la vieja casa para albergar la futura biblioteca y acomodamos nuevos espacios para algún día disfrute de todos. Es una conjunción hermosa, porque el trabajo manual, el labora en la tradición cristiana o el samu en la tradición budista o el karma yoga en la hinduista, compartido con la lectura y la oración, recrean en el ser un estado de profunda sintonía con la vida.

Por las tardes, un poco antes de invitar a las gallinas y patos al descanso nocturno, damos paseos en los que nos dejamos embriagar por toda la belleza primaveral de estos largos días. La hierba está alta y pronto formará parte de los silos de invierno. Toda la floresta embriaga por el cúmulo de flores que se expanden en las veredas de todos los caminos. A veces tenemos, ante el ansia exploratorio, que hollar sendas inexistentes, expandir nuestros pasos por remotas alamedas cargadas de agua y fango o disfrutar ante la sorpresiva belleza de lo inexpugnable.

Hemos acomodado alrededor de la cabaña algunos espacios para la lectura. Después de seis años de compartir intenso, me he dado cuenta de que no he sido capaz de disfrutar de ese bien preciado que llaman privacidad. La pandemia y la nula visita de peregrinos me está ayudando a reconciliarme con mi tiempo, a la vez que aprovecho para destruir las antiguas formas que en mi propia estructura había construido. Hemos sembrado algunos setos con la esperanza de que en el futuro la privacidad sea respetada.

Todo esto lo alterno con el trabajo en la editorial, mi otra pasión. Aunque la situación económica es compleja y difícil, no dejo de buscar ideas para seguir editando obras imprescindibles. Aún me toca lidiar con los restos del pasado, al mismo tiempo que perfilo en mi interior como serán las directrices y principios que gobernarán esta nueva vida. Ando creando el nuevo mapa, la nueva ruta ante la madurez de la vida.

Ayer hacíamos recuento de cuantas veces hemos renacido en esta vida, cuantas veces habíamos roto con nuestro pasado y habíamos vuelto a empezar en otros lugares, con otras personas, con otras culturas. En mi caso fueron siete grandes cambios. Andalucía, Barcelona, de nuevo Andalucía, Escocia y Alemania, Madrid y ahora Galicia. Rozando los cincuenta, no tengo más necesidad de exploración espacial. Me conformo con saber que seguiré viajando de un lugar a otro en pequeñas salidas al mundo, pero que siempre estará este lugar aguardándome. Sabemos que la vida da muchas vueltas, pero interiormente siento la necesidad de echar alguna raíz, aunque sea mínima, en este hermoso bosque.

Por eso el mundo que ahora destruyo es interior. Ya no existen movimientos vitales de un lugar a otro, ni vida nómada que valga. Hay algo dentro de mí que se quiebra para dejar nacer algo nuevo. Decía una amiga que me está costando vivir. Quizás vaya siendo hora de buscar en lo sencillo una forma de vida tranquila y desapasionada, dejándome arrollar por el éxtasis de la belleza sublime, por las sensaciones que uno percibe cuando contempla la bóveda celeste y se interroga por todos los misterios de la vida. Contemplar la hermosura del cielo. Aquí, donde la belleza es exuberante, no se necesita mucho más.

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El triunfo de los imbéciles


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© Vassilis Tangoulis 

Había en mi estantería un libro de Álvaro de Laiglesia que siempre me llamaba la atención por su peculiar título: “Dios le ampare, imbécil”. Siempre me consideré a lo largo de mi vida un poco imbécil por mi falta de inteligencia o habilidad. Decía Balzac que un imbécil que no tiene más que una idea en la cabeza es más fuerte que un hombre de talento que tiene millares. Hay muchas historias de imbéciles que tuvieron algún tipo de éxito en la vida, quizás precisamente por esa obstinación por llegar a alguna parte, con una sola idea fija en su cabeza.

A veces el éxito profesional viene de la mano del éxito personal, y entonces, la vida parece una feria plagada de alegrías y victorias. Por supuesto, no todos los imbéciles triunfan. Yo soy del grupo de los que siempre iban, de cara a los demás, a la cola en todo. De los que suspendían, de los que era mal estudiante, malo en los trabajos y un pésimo compañero sentimental. Mi vida social, profesional y personal siempre fue un desastre. Un completo imbécil que jamás triunfó en nada.

No es esta una sensación que me abrume. Hace años comprendí que nuestras limitaciones están ahí para ponernos a prueba, y lo mejor es, una vez puestas en consciencia, hacer lo que se pueda. Fracasar una y otra vez nos ayuda a mejorar cuando la inteligencia o la habilidad no da para mucho. La inteligencia es un recurso al que no todos podemos acceder. Y no pasa nada. Ser más o menos inteligente no es garantía de ningún éxito. He conocido a lo largo de mi vida decenas de personas excesivamente inteligentes cuyas vidas han sido siempre un continuo preludio de fracasos.

Ray Dalio, una de las personas más influyentes y ricas del mundo vivió una vida plagada de fracasos. Leyendo su autobiografía titulada “Principios”, me asombra que él mismo se considere un auténtico imbécil. Eso le honra. “Antes de empezar a contarte mis creencias, quiero dejar claro que soy un completo imbécil que ignora mucho de lo que necesita conocer”. Así empieza su libro de casi seiscientas páginas plagadas de vivencias, creencias y experiencias que le ayudaron a pasar del fracaso más absoluto a una vida de éxito y dinero. Me llamó la atención su biografía por la facilidad de explicar la economía, sus ciclos, sus crisis, pero especialmente, por su afición a la práctica de la meditación.

Dalio llega a un punto en la vida en la que ya no busca éxito. Deseo “transmitir estos principios porque me hallo en una etapa de la vida en la que quiero ayudar a que los demás tengan éxito, más que intentar buscarlo para mí mismo”, nos dice. Éxito es una palabra escurridiza. Para mí el mayor éxito existencial ha sido descubrir la profunda libertad que da el vivir en una cabaña situada en mitad de un pequeño bosque. No me siento exitoso por haber sacado dos carreras, o un doctorado, o haberme ganado la vida con una editorial bastante peculiar.

Visto con perspectiva, quizás mis pacientes maestros no hubieran dado ni un céntimo por esa carrera tan inusual en un imbécil que de pequeño no sabía distinguir las palabras unas de otras, quizás por alguna atípica dislexia no detectada a tiempo, o por una incapacidad mental para analizar y discernir los significados correctos del mundo envolvente. Mi futuro estaba condenado al trabajo fabril. Pero algo se torció gracias quizás a la práctica de la meditación o al consuelo de aceptar que no había nacido para adaptarme del todo a este mundo. Por eso, el éxito puede ser muy relativo, aunque la sociedad lo tenga muy determinado y marcado en cuestión de “tanto tienes, tanto vales”. Socialmente no valgo nada porque no tengo nada. Interiormente me siento rico por haber llegado a este pequeño estado de ataraxia. Vivir sin deseos y sin temores es lo más parecido a la felicidad. La lectura de un buen libro, un paseo, echar de comer a los pajarillos del bosque y disfrutar con su disfrute… No pido mucho más.

Ser una persona tímida y retraída me llevó a todo tipo de fracasos en las relaciones personales. Amigos que se fueron, otros que aguantaron por pura compasión y aquellos que perdieron la paciencia con mi peculiar forma de entender la vida y salieron cabreados de mi presencia. Con las parejas no tuve ningún éxito, en principio por mis propias rarezas, y en parte, por ser huraño hasta el extremo. Me rodee de personas maravillosas que terminaron hastiadas y cansadas de alguien tan extremadamente exhausto y perdido. No lo digo con ánimo de dar pena ni con intención de crear un sentimiento de martirio constante. Ser un desastre con las relaciones es fácil. Lo complejo es tener éxito con los demás sin rozar cierto grado de hipocresía constante.

Mi orgullo y excesivas dosis de narcisismo, esa creencia profunda de sentirte siempre un poco rarito ante los demás, viendo que los demás triunfan y uno simplemente se esfuerza para aparentar ser poco imbécil, me hace sentir de esta manera. Pero como digo, lo llevo con comodidad y cierto orgullo. Vivir en una cabaña de veinte metros cuadrados puede resultar un fracaso a la vista de la mayoría, pero para mí, y para mi pequeño ego vanidoso, es un gran triunfo.

Así que, de alguna manera, me considero personalmente un imbécil triunfante. Mis triunfos son modestos y muy personales, claro. Una pequeña cabaña, una estantería llena de libros para leer una y otra vez y la naturaleza. Quizás el mayor de los triunfos de mi vida haya sido precisamente descubrir la naturaleza en su estado “salvaje”, que sería como decir algo así como haber descubierto a Dios en su estado más puro y directo. En eso me siento triunfante y príncipe de mi pequeño reino. Y en estas andamos. Si te sientes un fracasado, “Dios te ampare, imbécil”. Pero no te lo tomes a mal, disfruta de la riqueza y la libertad de no tener nada.

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El mérito de estar callados


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© Laurent Baheux 

¨El Ser es lo que Es y no se perfecciona más que siguiendo las leyes reales del Ser. Observemos, no prejuzguemos; ejercitemos nuestras facultades, no la falseemos; ensanchemos el dominio de la vida; ¡veamos la verdad en la verdad! Todo es posible a aquel que quiere solamente lo que es verdadero. ¡Permaneced en la naturaleza, estudiad, sabed y después osad; osad querer y callaos!¨. Eliphas Levi

Los gnósticos de todos los tiempos asumían como suya la plegaria zoroastrista del saber, querer, osar y callar. El silencio siempre fue un signo de distinción entre los cultos, los elevados y los venerables de todos los tiempos. Los que se presentan con la frente erguida, la mayoría de nosotros, solemos ser personas ruidosas, extremamente estridentes. El silencio viene asociado a la humildad y junto a la belleza, suele ser un síntoma inequívoco de sabiduría.

Trabajar sin que la mano derecha vea lo que hace la mano izquierda, aunque esto a veces pueda resultar desagradable o pueda generar desconfianza, es algo complejo. Muchos confunden el trabajo del pequeño ego con el trabajo del Ser esencial, del Alma. Muchos confunden ambas dimensiones, cuando son disparatadamente diferentes hasta que la verdadera integración de una con la otra es real. La verdad de las cosas, desde lo subjetivo de lo que uno siente a lo objetivo de lo que otros opinan, varía en todos los sentidos posibles como una transfiguración de personajes y situaciones a veces irreconocibles. Por eso, hablar de la “verdad” siempre resulta osado, excepto para el dogmático, el fanático y el exaltado. La verdad sobre un elefante no es la pierna que en nuestra limitada capacidad, siguiendo con el conocido juego de la percepción, podamos ver o percibir. El elefante real, siempre será mucho más grande y majestuoso.

Hablar de lo que no se habla, de aquello que a veces es tabú, sólo tiene mérito cuando nace de la voz de la maestría. A los demás, ya nos valdría estar callados, en silencio, sin hacer mucho ruido. Si no fuera por ese ser exacerbado, por esa continua necesidad de describir y escribir sobre la vida, mantendría un absoluto silencio.

Es cierto que, exceptuando estos veinte minutos de relato casi epistolar, el resto del día lo paso en silencio. No soy hombre de palabra. Prefiero la escucha o la contemplación, el pasear desnudo, sin mucho que decir, observante, pasivo ante los acontecimientos diarios. Estas palabras forman parte de un testimonio literario, a veces exagerado por la imaginación, a veces excesivamente descriptivo con los acontecimientos diarios. A veces simpático y otras desagradable. La vida misma, con sus norias, con sus vaivenes, con su misteriosa plenitud y expresión. Un trozo de pierna elefantina, sin más.

Suscribirse a los hechos no deja de ser una forma de mirar al mundo. Compartir esa mirada no deja de ser un acto de generosidad. Guste más o guste menos, el resultado no importa en absoluto. El filósofo Lessing se cuestionaba sobre la virtud de las creencias o del propio patriotismo. No hay patria ni creencia en todo cuanto aquí se relata. Sólo una expresión libre de los acontecimientos vividos subjetivamente. No hay mucho que esconder, ni mucho que relatar más allá de la deriva de mi propia imaginación, plasmada con anécdotas sin importancia. A veces hay deseos reprimidos que no encuentran palabras y otras, esos deseos son expresados atávicamente con el poder y la fuerza de un huracán encerrado en una botella que fuera lanzada al infinito océano de la sinrazón. Si esto ayuda a alguien, bienvenido sea. Si no ayuda, no pierdan el tiempo conmigo. No merece la pena.

Estar callados, en silencio, no es solo el dejar de hablar. Es también esa virtud de transmitir paz a los lugares y las personas que nos rodean. Esto es algo complejo, porque a veces, cierta incertidumbre nos apodera cuando vemos como las cosas requieren orden y perseverancia. El propio Jesús lo dijo de esta manera: “No creáis que he venido a traer paz a la tierra. No vine a traer paz, sino espada”. Más tarde, látigo en mano, sacudió a los mercaderes del templo diciendo: “¿Cómo se atreven a convertir la casa de mi Padre en un mercado?

El templo es un lugar de oración, de meditación, de contemplación, y por lo tanto, de silencio. Cuando el ruido se apodera del templo, cuando los mercaderes hacen de sus paredes sombra para cobijar sus bueyes y ovejas, entonces, hay que levantar el ánimo, látigo en mano, y expulsar el ruido. Es una tarea compleja, porque el ruido que está fuera suele ser una manifestación psíquica y cuántica del ruido que albergamos dentro. Pulir virtuosamente nuestro ruido es una forma franca de traer paz al mundo. Por eso el silencio es un mérito. Es la cosa más difícil del mundo, y solo los virtuosos venerables consiguen esa paz profunda.

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Alcanzar la plenitud de la manera más perfecta posible


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© Gabriel Guerrero Caroca 

“Las buenas influencias no existen, señor Gray. Toda influencia es inmoral; inmoral desde el punto de vista científico. Influir en una persona es darle la propia alma. Esa persona deja de pensar sus propias ideas y de arder con sus pasiones. Sus virtudes dejan de ser reales. Sus pecados, si es que los pecados existen, son prestados. Se convierte en eco de la música de otro, en un actor que interpreta un papel que no se ha escrito para él. La finalidad de la vida es el propio desarrollo. Alcanzar la plenitud de la manera más perfecta posible, para eso estamos aquí”. Oscar Wilde. El Retrato de Dorian Gray

Oscar Wilde decía que la vida no puede escribirse, solo puede vivirse. Escribía cuando no conocía la vida, y cuando entendió su significado, dejó de escribir. Me ocurre algo parecido. Escribo a modo de diario íntimo, una forma de recordar, ante mi falta de memoria, todos los acontecimientos e ideas vividas. Porque las ideas también se viven, no solo de pan vive el ser humano.

Alcanzar la plenitud de la manera más perfecta posible requiere dejar de influenciar al otro. Por eso, de alguna manera, me siento estos días liberado. No deseo seguir condicionando la vida de otros. A veces, imponiendo ciertas reglas que no son del todo integradas por otros, estoy cometiendo una inmoralidad. Resulta difícil encontrar el punto de equilibrio entre ese afán de intentar mejorar las cosas y ese otro de ejercer control sobre las mismas. Por eso el cierre de este lugar, aunque sea de forma temporal, es liberador. Es liberador porque deja de condicionar la vida de terceros. Es liberador porque esos terceros dejan de condicionar mi propia vida .

Realmente descubro con cierta decepción que cuando no hay obligación, nadie atiende a lo más mínimo. El mundo a veces requiere de normas, de estamentos, de obligaciones para que de alguna forma sobreviva. Las excepciones nacen cuando el sentir personal está por encima de cualquier norma, y por lo tanto, las cosas fluyen sin necesidad de forzarlas. Como digo, esto podría ser lo excepcional.

Ahora que todo ha cambiado, que los tiempos han cambiado y que de alguna forma nosotros hemos cambiado con ellos, me pregunto qué será lo siguiente a perfeccionar para dejar de influenciar y dejar que cada cual viva sus propias pasiones. Es algo difícil. Jesús decía aquello de que el candil había que ponerlo encima de la mesa. Que había que salar el mundo. Que, de alguna forma, tal y como decía el Buda, hay que practicar los caminos. Pero, ¿cómo hacerlo sin coartar la libertad del otro, sin influenciar ni prestar nada al otro? Aún no se me ocurre como hacerlo.

Alcanzar la plenitud es algo complejo. Todos deberíamos tener la oportunidad de poder hacerlo alguna vez en nuestras vidas. Siento que este año será muy revelador. De alguna forma, en este tiempo de contemplación y retiro, siento una gran paz interior. Solo deseo no deber nada a nadie, y espero que en los próximos años esto se haga una realidad.

 

 

Paz y silencio


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© Selvy Ngantung

Decisiones difíciles la de estos días, pero al mismo tiempo, liberadoras. Es complejo explicar todo el cúmulo de sensaciones. No sabría cómo ordenarlas. Tras conversaciones con unos y con otros, y viendo la dificultad de seguir los protocolos del Covid-19 y ajustarnos a las medidas de higiene mínimas, decidimos cerrar el proyecto O Couso durante al menos un año. Egoístamente, esa decisión me liberó. Me resultaba difícil entablar una comunicación real con el proyecto en las nuevas condiciones establecidas.

Entendí esta dificultad como una oportunidad de cambio, de transformación. Llevábamos días hablando de que la palabra “proyecto” ya no era necesaria. Efectivamente, el proyecto O Couso ya es una realidad, y había que encajarlo a su nueva dimensión y pasar, al mismo tiempo, a la segunda fase de toda la visión, de todo el conjunto.

Así que se nos presenta un año por delante, un año de reflexión, de movimientos, de cambios. O Couso pasa a ser una casa de acogida, y se le relega el protagonismo que hasta ahora había tenido para dárselo a la Escuela. Quizás se llame Escuela de Samos, sin más añadidos, un lugar dónde practicar la meditación, el estudio y el servicio pero ahora desde un compromiso mayor, desde una perspectiva diferente. Serán siete años para desarrollar esa Escuela, que pretende ser una Escuela de vivencia y experiencia, no tan solo de “estudio” intelectual. La experiencia espiritual solo tiene sentido si hay una práctica espiritual, especialmente una práctica que nace desde lo cotidiano, desde las ollas de la cocina, la huerta, la limpieza, el jardín.

Todas estas reflexiones se organizan con una necesidad de silencio exterior e interior. Por eso durante una temporada he decidido ausentarme de las redes, poner este blog en cuarentena privada, solo acto para amigos que tengan la paciencia o el cariño de poder leer estas reflexiones sin juicio, sin prejuzgar. No tengo más ganas de seguir recibiendo anónimos insultantes ni desprecios de ningún tipo. Necesito silencio. Paz interior. Un tiempo para pensar en mí, en mi bienestar, en mi descanso, en mi vida privada, que acabo de descubrir que durante estos últimos seis años he carecido de ella.

En fin, ganas de estar tranquilo, ganas de disfrutar de este hermoso lugar y ganas de seguir buscando fórmulas para que este espacio pueda seguir siendo compartido y disfrutado por todos. Vamos a ver qué se teje en los próximos meses. De momento, seguiré escribiendo como hasta ahora, a modo de recapitulación vespertina. Y seguiré mejorando en todo lo que pueda para ofrecer mi humilde impulso, mi pequeño y minúsculo servicio a la causa de la luz.

 

 

Cerramos O Couso por Covid-19


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Estimados amigos,

La próxima primavera cumpliremos siete años de vida. En estos años hemos atendido sin descanso, los 365 días del año, las 24 horas del día, a todo aquel que ha querido llegar hasta aquí. Nunca se pidió nada a nadie y siempre hicimos un gran esfuerzo por mantener viva la llama de este lugar.

Durante estos años hemos cometido muchos errores, hemos provocado mal sabor de boca en algunas personas de buena voluntad que venían hasta aquí buscando una utopía y se encontraban con una ruina y algunos pocos voluntarios sosteniendo el proyecto. Hubo decepciones y buenas personas que se marcharon contrariadas, tristes, desilusionadas. A todos ellos queremos pedir perdón por nuestras torpezas, por no saber como hacerlo mejor a pesar del ánimo que siempre pusimos, por no encauzar del todo bien los conflictos que se generaron en la convivencia. Nunca fue fácil, y a todos ellos les debemos un gran reconocimiento por hacernos entender la necesidad de cambio, la posibilidad de mejora y la fortaleza para continuar.

Se termina un ciclo, el del Proyecto O Couso, y empieza uno nuevo que durante estos meses vamos a dibujar para ver como podemos aprender de todos los errores realizados en estos años y perfilar un lugar donde reine la paz y la tranquilidad. A pesar de nuestros errores, hubo muchos aciertos, especialmente por esa gran red de amigos que se conocieron aquí, por todas las historias de amor que aquí se vivieron y por todo el bien inspirador que el proyecto generó en la vida de muchas personas. Por todo eso y mucho más, el lugar y el esfuerzo mereció la pena.

En estos días que todos estamos viviendo con cierta incertidumbre, un pequeño grupo de voluntarios ha intentado sostener el lugar a pesar de la tensión que en todo el mundo se está viviendo. Lo hemos hecho lo mejor que hemos podido, pero al leer las condiciones para albergues y casas de acogida que el gobierno de la nación impone a este tipo de lugares, nos vemos imposibilitados para poder atenderlas.

Esto nos obliga a anular todos los eventos programados hasta el 21 de marzo de 2021. Incluye la anulación del primer encuentro Utópico que íbamos a realizar en julio, todas las experiencias programadas y cualquier otro programa de voluntariado o acogida. A no ser que todo mejore antes, el proyecto permanecerá completamente cerrado hasta el 21 de marzo de 2021. El encuentro utópico se desplaza hasta el 9 de julio de 2021 y todos los programas quedan anulados hasta nuevo aviso.

Este cierre obligado nos ayudará a repensar el lugar, a dar por finalizada la fase del proyecto O Couso, que pasará simplemente a llamarse “Casa de Acogida O Couso”, y a mejorar todas nuestras instalaciones para que el próximo año la acogida sea más cómoda y llevadera. Será un año de silencio, de introspección, de búsqueda de visión, que dará pie al comienzo de la segunda fase del proyecto, la Escuela, la Huerta y el Jardín.

Agradecemos desde este momento la comprensión y el esfuerzo de todos los que en estos últimos meses han hecho posible el sostenimiento del lugar. Gracias a los amigos anónimos que han provocado el que tengamos este receso para repensar el lugar. Gracias de corazón a todos, y hasta pronto.