Matrix y la oreja de cerdo


Llegó desde México con toda su inocencia de artista, joven e iluminada, enamorada de su novio aztequense, con deseos de progresar en su profesión como cantante. Cosas de la vida, nada más aterrizar en su ciudad natal después de unos intensos años haciendo las Américas, terminó en estas montañas. Como cualquier otro que pasa por aquí, encintó paredes, trabajó en la huerta o buscó leña en los bosques. Como es joven deseaba trabajar y ganar algo de dinero. A las pocas semanas su simpatía pudo a la pandemia y bajo todo pronóstico encontró rápidamente un trabajo de camarera. Como no tiene coche, la llevo y traigo todos los días al matrix, como ella dice repetidamente. “Aquí, en las montañas, vivimos en la cuarta dimensión, exactamente igual que en la película de las nueve revelaciones”. Como si este fuera otro mundo para ella, todos los días nos describe sus experiencias en el otro lado, allí en el pueblo, en el valle, con las gentes.

Como ser sensible nacida en esta nueva era, no come animales. Hoy le tocó, con lágrimas en los ojos, cortar una oreja de cerdo y cocinarla. “Lloraba mientras lo hacía”, explicaba compungida. “¿Cómo puede haber gente que coma animalitos?”, decía totalmente estremecida. La miraba con cierta compasión mientras notaba su sensibilidad extrema, su aura diferenciada del resto, su belleza interior reflejada en ese anhelo por crear y transmitir la idea de un mundo diferente, donde la vida cobra un nuevo significado profundo.

En su conversación sentí que habitábamos en mundos diferentes. Ayer lo intentaba explicar mientras hablaba crípticamente sobre la vida de Bodhidharma. Está el valle, el mundo de la materia, el mundo donde toca experimentar la vida de forma a veces excesivamente tosca, a veces extraña y oscura. Un lugar donde la gente se alimenta de orejas de cerdo, ignorando por completo las leyes más simples de la compasión, del respeto hacia los seres sintientes, de aquello que, en el otro lado de las montañas, se asimila con normalidad.

Por la tarde llegaron los topógrafos para realizar la medición de la finca y poder situar correctamente la futura escuela de meditación, estudio y servicio, la escuela de dones y talentos donde intentaremos hacer pedagogía de este nuevo mundo, de este nuevo paradigma, de esta nueva sensibilidad que ya está calando poco a poco como agua fina. Fue una tarde muy larga donde tuvimos tiempo de hablar de mil cosas. Uno de los topógrafos compaginaba ese trabajo con el de terapeuta. Llegó sin mascarilla mientras que su compañero siguió los protocolos del “matrix”, de la tercera dimensión. Nosotros no llevamos mascarillas, ni hablamos de vacunas, ni de pandemia. Cuando viene gente alarmada y nos empieza a comentar todo lo que ahí fuera está pasando, nosotros nos miramos como si viviéramos realmente en otra dimensión, o en otro planeta.

A veces, sin malicia, nos vienen ideas inconexas. ¿Cómo no puede estar enferma una humanidad que se alimenta de orejas de cerdo? ¿Cómo no puede vivir en la oscuridad personas que no son capaces de experimentar en sus adentros un ápice de sensibilidad hacia nuestros hermanos animales? Y nunca lo decimos o pensamos desde ninguna superioridad moral, intelectual o espiritual. Lo decimos y lo pensamos con la misma naturalidad en la que ejercemos cierta consciencia crítica con respecto al esclavismo o la propia pena de muerte. La humanidad ha avanzado mucho en estos últimos cien años. La igualdad de género, la abolición de la esclavitud, el derecho a tantas y tantas cosas que hasta hace poco eran inimaginable.

Ahora la humanidad debe enfrentarse a un grado mayor de exigencia. Debe comprender que estamos entrando en una nueva época, en un nuevo paradigma, en un nuevo sentir, en un nuevo y más refinado grado de sensibilidad hacia la vida. Y en este nuevo mundo no se puede ser tibio. Con seguridad y afirmación rotunda, hay que decir claramente que no está bien el comer orejas de cerdo, ni ser cómplices de semejante aberración. Hay que levantarse y decirlo de igual manera que años antes otros lucharon por todo tipo de derechos que ahora, gracias a ellos, vemos con cierta normalidad. Hay que gritarlo una y otra vez, hasta la saciedad. Hasta que el comer orejas de cerdo deje de verse como algo normal. Hasta que toda la humanidad entera entienda que lo que ahora nos parece lo más normal del mundo, algún día deje de serlo.

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¿Por qué BodhiDharma se fue al Oriente? El ciprés en el patio. No tengas nada. Sé feliz.



En los días sombríos y lluviosos, siempre nos preguntamos lo mismo: ¿qué hay tras las montañas, bajando hacia el valle? Y la respuesta retumba entre los ecos del tiempo, más allá del umbral, junto a la puerta estrecha, en todos los recovecos: el mundo material. ¿Por qué hemos dejado el mundo material allí atrás? Porque en el mundo material no hay paz ni libertad para la mente. ¿Por qué? Debido a que la gente no tiene suficiente espacio para gobernar las cosas del alma, solo se preocupan en mantener las cosas del mundo de las formas. Todo su espacio está lleno de la idea del yo, abandonando por completo todo aquello que hay más allá de los valles. Las aficiones mundanas nos conducen a crear lazos y pasiones. Al final se pierde lo que amamos, por eso experimentamos el sufrimiento. Si dejas de tener apegos, dejas de tener dolor. Si vaciamos nuestra mente, si vaciamos nuestras vidas de cosas, podemos superar el sufrimiento.

En las montañas se tiene sed por liberar el alma. Primero, renunciando a uno mismo. Alejarnos del camino angosto del ego, donde se acumula el polvo y el hollín, para abrazar el mundo ilimitado del alma. El camino de la libertad absoluta requiere la absoluta negación del mundo material, el absoluto desapego hacia las cosas. Por ser eficaz, ¿no debe un faro estar lejos, en lo más alto? Inquebrantable, el faro permanece hasta descubrir bajo sus pies las raíces de la verdad, del camino, de la vida. Es allí, en lo alto, donde resplandece y guía. Es allí donde su propósito encuentra razón de ser. ¿Quién encerraría la luz de un faro entre el polvo y el hollín?

¿Hacia dónde va el maestro de mi ser? Se interroga la vida en las montañas, ausente y alejada del mundo material. Ferviente y perseverante, lejos de las distracciones e ilusiones, con el único fin de llegar al verdadero ser, a la verdadera unidad con el todo. La forma no difiere del vacío, ni el vacío de la forma. La forma es vacío, el vacío es forma. Uno va a las montañas para liberarse del polvo y la suciedad del mundo, de todo su ruido y aire impuro, buscando en la otra orilla un sopor de libertad. Pero todo esto es imposible si antes no has sido capaz de amar incluso la basura, el polvo del mundo y la angustia de la vida. La perfección solo puede alcanzarse abrazando todas esas cosas. Todo lo sucio, lo imperfecto, lo angosto, lo terrible. Alejarte de las cosas es entrar en un mundo de remordimiento, por eso, antes de subir a la montaña, hay que abrazar todas las cosas, hay que amarlas. A veces hay que volver al mundo, a la turbulencia de la vida, para encontrar el sentido verdadero.

Cuando los lazos que nos unen a este mundo se vayan cortando uno a uno, navegaremos entre dos orillas. La vida es para los que se quedan en el eterno fluir, la vida es para los que están vivos. El resto deambula confuso entre las tinieblas del deseo. Solo cuando no se tiene nada, se apaga el deseo, y solo cuando se apaga el deseo, se es feliz. Allí, en el patio, junto al ciprés, en lo alto de las montañas, mirando al oriente, ese lugar dónde se marchó BodhiDharma.

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Cómo romper con la figura del gurú


 “Porque en esto, ni hay docente, ni alumno, no hay líder, ni gurú, no hay maestro ni salvador. Tú mismo eres el profesor y el pupilo. Tú eres el maestro, el gurú y el líder…Tú lo eres todo. Y entender es transformar lo que existe”. Jiddu Krishnamurti

Es muy difícil hoy día no caer en la somnolencia producida por un gurú, un maestro o cualquier otro tipo de autoridad carismática. En muchas ocasiones, las necesidades no cubiertas de la infancia o las carencias que en ella se vivieron se reproducen de forma análoga en la inmediatez de la edad adulta. Hay muchas personas que encuentran en alguna ideología, creencia o dogma un sustituto perfecto para esos vacíos existenciales. Y si esas ideologías, creencias o dogmas vienen acompañadas de la mano de un ser carismático, el coctel es perfecto. Esto crea una dependencia emocional que a veces incluye una dependencia económica e intelectual, siendo guiados, sin darnos cuenta, hacia una nulidad de nuestra propia identidad y propósito personal.

Es muy frecuente que por la “Hermandad del Espíritu Libre” lleguen todo tipo de personas que van buscando ese tipo de figura. Por eso, cuando se identifica esa necesidad de dependencia personal, se rompe con el glamour de cualquiera que pudiera estar ejerciendo algún tipo de autoridad carismática. Estamos convencidos de que, en esta nueva era, la autoridad debe ser grupal, y nadie, por más que destaque, puede interferir en esa idea. De ahí nuestra insistencia en la emancipación personal y en la no afiliación a nada ni nadie, si no es expresamente realizada desde la más absoluta libertad, autonomía y emancipación.

Intentar “matar al Buda”, como dice el antiguo koan oriental, es imprescindible para poder ejercer nuestra libertad. Los cantos de sirena de unos y otros a veces nos hacen modificar nuestras vidas hacia los caprichos aleatorios de terceras personas que solo nos utilizan, la mayoría de las veces de forma inconsciente, para satisfacer sus propias necesidades de aceptación y admiración, reconocimiento y vacío. Nuestras brechas emocionales, nuestros anhelos incumplidos, nuestras decepciones vitales, nuestras rupturas o carencias son caldo de cultivo para caer en las redes invisibles de la dependencia, muchas veces encubierta y disfrazada de amabilidad, conocimiento o sensibilidad excesiva.

Cuando alguien se acerca con ese tipo de necesidades, mostramos todo nuestro abanico de imperfecciones, sacamos nuestra mejor versión del payaso que llevamos dentro y rompemos con cualquier tipo de autoridad que pudiera ejercerse de forma consciente o inconsciente. A continuación, llega repentinamente una gran decepción por parte de la persona que reclama a viva voz ser víctima de los tentáculos de cualquiera que se le cruce en el camino. Para nosotros, esa decepción es un acierto, porque de alguna manera deseamos insertar la idea de que las personas sean completamente libres, independientes y pensantes, autogobernadas y soberanas.

Muchas veces no somos del todo conscientes de esas redes de dependencia que creamos en otros, o que otros crean sobre nosotros. Están tan disfrazadas que resultan difícil poder reconocerlas. Son dependencias insanas, que a la larga provocan un colapso en la personalidad. Poseer poder, o carisma, es una responsabilidad que hay que administrar con sumo cuidado para no crear codependencia. Unos por necesidad de admiración y los otros por necesidad de estima. El ego no sujeto a los designios de la consciencia a veces es tentado y tentador. Romper ese fino hilo es tarea ardua.

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Como las fuerzas del mal ayudan a las fuerzas del bien


“Se mide la inteligencia de un individuo por la cantidad de incertidumbres que es capaz de soportar”. Immanuel Kant

La dualidad es algo humano. El mal solo es una energía mal situada. Realmente, no existe en los planos arquetípicos un “mal” consciente. Existen fuerzas mal situadas, energías mal situadas, errores en los procesos evolutivos, dualidades necesarias para que la creación mantenga dentro de sí todo su poder creador. Si nos fijamos con desapego de nuestra propia dualidad humana, de nuestra propia moral y nuestra ética, no podemos juzgar negativamente los ciclos, los procesos, la dualidad en la que vivimos y tenemos nuestro ser. La noche es consecuencia de la ausencia de luz. Podríamos juzgar todo eso como algo negativo, sin embargo, esa oscuridad nos permite descansar, reposar, reflexionar sobre las acciones del día. La dualidad noche/día tiene su propio sentido. Igual ocurre con los ciclos que compaginan los solsticios con los equinoccios. La vida se recrea con fuerza gracias a las estaciones. No es malo el invierno ni bueno el verano. Cada uno, a su manera, tiene una gran función creadora.

En el invierno todo muere. El propio ser humano vive sus ciclos invernales. La enfermedad y la muerte, el sufrimiento y el dolor, la pérdida y la decadencia, forman parte de la vida. Son fuerzas de regeneración, de renovación, de procreación. Lo viejo y añil muere para que lo nuevo pueda restablecerse. Recicla lo caduco, permite la nueva vida. Vemos la enfermedad como algo terrible y la muerte como un drama, pero desde la aceptación, podemos pensar que estamos ante el propio proceso de la vida y alinearnos con desapego a sus ciclos.

El mal que hemos sufrido nos ha ayudado a crecer. Si pensamos en todo el dolor que hemos soportado en nuestras vidas, nos damos cuenta que fortalecieron de alguna manera nuestras almas, nuestra presencia integradora, nuestra voluntad de ser útiles a la vida. No hay mal que por bien no venga. Es abrumador pensar que es así. Que todo lo padecido sirvió para algo. A veces algo que no logramos comprender, analizar, visionar. A veces tiene que ver con una enseñanza sutil, algo que nos permitirá desarrollar nuestros dones y talentos en un futuro, nuestra apuesta por generar riqueza para todos, para el mundo en su globalidad. Riqueza exterior que ayude a embellecer el mundo. Y también riqueza interior, que nos ayude a ser hermosos, sensibles, desapegados.

Las fuerzas del mal nos ayudan a ser mejores. Durante siglos hemos vivido en constantes guerras, pero la peor de ellas, la guerra mundial, nos hizo comprender que ya era hora de empezar a entendernos, a dialogar, a cooperar. La humanidad, en un momento de trauma colectivo, comprendió que debía apoyarse, hacerse amiga, valorar al otro. Eso se potenciará aún mucho más en cada crisis futura. El mal que ahora perdura nos ayudará a reinventar nuestra condición humana, a vaciar de contenido todo aquello que es perjudicial, y hará que cada día más, nuevos visionarios dibujen las líneas que deberán llevarnos hacia otro estado de cosas. Un estado amoroso, pacífico, cordial, amable, alegre. Un estado que nos hará vivir en paz y prosperidad continua.

Empecemos a pensar en cual será nuestro legado, aquello que haremos que este mundo sea más hermoso y pacífico cuando no estemos. Dejemos una hermosa huella. Hagamos que el mal que nos asola, haga de nosotros personas buenas y mejores. No luchemos contra el mal, aceptemos su enseñanza y utilicemos su fuerza mal situada para crear bien. Busquemos en el jugo de la vida todo aquello que debe ensalzar la vida. Alegres, diáfanos, fuertes, sigamos el curso del devenir.

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Gloria in excelsis Deo


Hoy contemplando la vida junto al antiguo monasterio de Samos

 

Miraba el reloj y parecía que no pasaban las horas allí justo en frente del antiguo monasterio. Junto al río, los árboles, ya brotados, ya verdes de nuevo, ya vestidos para la ocasión del renacer, miraban fijamente la escena. Allí no había tranvías ni ruidos. Solo una plácida brisa que se arremolinaba entre las copas. Nunca estuve en Dublín, por lo tanto nunca pude recorrer las estaciones de Blackrock ni Dalkey. Es curioso, porque una vez besé a una hermosa mujer irlandesa y recorrí casi todos los países europeos, pero siempre dejé para el final Irlanda. No es nada importante, pero hoy sentía como si de repente me hubiera mimetizado con los bosques y me hubiera convertido en una especie de elfo, o de duende/fauno, como hoy una conocida escritora me llamaba en el prólogo de un libro recién terminado. ¿Un duende/fauno? Quizás debería tocar alguna flauta y revelar el porvenir por medio de esas insospechadas voces que se escuchan en los bosques o a través de sueños.

Sí, las horas pasan. Los limpiabotas lo saben bien. Cada hora, cada instante, es un tapiz bermellón que se desgarra de nuestra cuenta vital. En ultramar tienen la costumbre de medir el tiempo de forma diferente. Pero si miramos a tientas el devenir, sabemos que estamos en una cuenta que se acaba, aunque no sepamos cuantos gramos de tiempo nos corresponden. En el fondo somos súbditos de todas esas limitaciones. Ya sabéis, el tiempo, el espacio y esa pequeña frustración por no sentirnos en todo momento libres. Siempre nos ata algo, algún reflejo, alguna emoción, algún pensamiento. Somos antorchas clavadas a una estaca en mitad de la noche. Un susurro imperceptible que ilumina centelleante en medio de una costosa nada. Como aquel estallido de sol que aparece al alba, para luego arrodillarse en el ocaso del día.

La irreparabilidad del pasado nos hace permanecer callados, contemplativos, silenciosos. Como si fuéramos responsables de todos nuestros errores y como si esos errores paralizaran toda nuestra vida. ¡Ay esos insensatos remordimientos! A cada nueva decepción, nos deprimimos aún más. En vez de gritar y liberarnos de esos grilletes que somos nosotros mismos, despejar la cuenta del mañana y saltar libres ante el indecoroso porvenir. Digo todo esto mientras escucho un canto en arameo, mientras tiro una moneda al aire y mientras bendigo la desigualdad de cada día, de cada pequeño fragmento de vida, recordando aún la tarde junto al monasterio.

Hoy es una noche extraña. Con voz baja y limitada intento comprender el aullido interior, la somnolencia de todo cuanto ocurre. Me he acordado de repente de Zoe. La vi solo una vez mientras cantamos salmos en una pequeña ermita. Su sonrisa era inolvidable, su alma exquisita. Era primavera en las altas planicies de Escocia, junto al mar, en la bahía. Aún hacía ese frío polar que arruga el alma, pero allí estaba su sonrisa inmortal. Bastaron veinte minutos de canto y cinco de paseo compartido para que su nombre y su mirada quedaran grabadas para siempre. A veces desearía tener ese poder sobre los otros. Un poder balsámico, complaciente, mágico. Sonreír y que ya nadie pudiera olvidarte, como ese evanescente reino de los olores que Jean-Baptiste Grenouille pudo crear alguna vez. A veces me pregunto si Zoe alguna vez existió, o fue producto de uno de esos inolvidables sueños. Veinte minutos de canto, cinco minutos de paseo. ¿Cómo te llamas? Le pregunté: Zoe, me respondió con esa inmortal sonrisa. Nunca más supe de ella, pero no importa, porque ella permanece.

También recordé aquel concierto donde la batuta parecía protagonista. Los recuerdos se amontonan en cada sintonía. Los tiempos han cambiado y ahora no sé cuando podré ir a Dublín. “Gloria in excelsis Deo”, era la canción. ¡Kyrie eleison!, me repito interiormente. La vida son instantes, instantes aquietados, de esos que van y vienen y se posan en tus rodillas para luego emprender el vuelo. No hay tiempo que perder, porque la cuenta sigue. Parece que no pasen las horas cuando te plantas en frente de los árboles. Pero algo nos dice que pronto o tarde, algún día, todo terminará. ¡Tu solus altissimus! ¡Cum sancto Spiritu!  Aún respiran las piedras del monasterio dentro de mí. Aún deseo vivir, y saberme inmortal, como Zoe.

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Los dioses mueren y resucitan


John Collier, Lady Godiva, 1898.

 

«Muchos de los que duermen en el país del polvo se despertarán; unos para la vida eterna; otros, para el oprobio, para el horror eterno. Los doctos brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a la multitud la justicia, como las estrellas por toda la eternidad» (Daniel 12:2-3).

Los que viven en el país del polvo tienen una vida difícil. Todo es gris y todo se relaciona fuera de los ciclos. No existe vida realmente, sino supervivencia para acondicionar cincuenta metros cuadrados de habitáculo, mantenerlo y desear que otros lo hereden. Es en verdad una vida llena de horror eterno, porque sin ciclos de vida, muerte y resurrección, nada tiene sentido. La oscuridad se cierne sobre ellos, y la vida deja de existir.

Aquellos que viven cerca de los ciclos, en la naturaleza, en el campo, en los valles, junto al río, en bosques perdidos o en las cumbres de las altas montañas, se asemejan a los dioses que mueren y resucitan, esos dioses invisibles pero reales que encarnan el poder de la fertilidad, que ante la muerte de cada año en el solsticio de invierno, despiertan y resucitan como el grano para reinar de nuevo en cada equinoccio primaveral. Como hicieron Atis, Tammuz, Baal, Adonis, Osiris y el mismo Jesús el Cristo. Murieron y renacieron, resucitaron a la vida eterna de la vida endiosada, de la vida de las esferas, de la vida intangible que aún somos incapaces de entender.

Es el patrón de la energía solar, como nos diría Charles-François Dupuis y en el que más tarde profundizaría Frazer, el patrón de la caída del hombre en el Génesis como una alegoría de las dificultades causadas por el invierno, y la resurrección de Jesús representando el crecimiento de la fuerza del sol en el signo de Aries, en el equinoccio de primavera, donde la vida resurge de nuevo con fuerza y vigor.

Sea como sea, es tiempo de que los dioses preparen su simiente, su siembra, su semen. La semilla entrará resucitada en la oscura tierra y desde allí buscará de nuevo el anhelo de la luz. Ocurre lo mismo con la procreación, con la creación de nuevas almas y nuevas vidas. El semen entra en la cueva, más allá del pubis, y allí se entierra anhelado para crear vida, vida que buscará resucitar a la luz en un ciclo mayor meses más tarde. Los mitos de antaño quieren recrear esa sensación de renovación, de expansión de lo vital, de fluir de los rayos del sol por toda la orbe de la existencia. El cosmos entero resucita una y otra vez en cada respiración profunda. Y así como es arriba, es abajo. De ahí la llamada, la fuga, el deseo de continuar con los ciclos.

En el mundo de las almas ocurre parecido. El propósito divino es siempre universal. Si aquí en la tierra el amor surge como expresión de renovación, también ocurre allí en los cielos. Si aquí nos tocamos, nos rozamos y nos compenetramos en el ciclo de la vida, allí arriba, en los cielos celestes, se regocijan ante el jolgorio y el cancionero primaveral. No solo las aves son capaces de expresar ese vigor. También la sabia de los árboles, los enamorados perdidos en prados y valles, sobándose ocultamente bajo la sombra de cualquier árbol, besando los labios como expresión de resurrección. El beso oculto no es más que la expresión más viva de todo aquello que resucita en nosotros.

Esa necesidad de abrazar de nuevo la vida, de volverla aliada, de conquistarla con deseo y belleza, con canto y desenfreno, en esa orquesta que reclama resucitar una y otra vez ante el espesor de la existencia, esa necesidad, hay que expresarla. Enamorarse de nuevo es resucitar a la vida de nuevo, es volver a reiniciar los ciclos, es sentir que todo tiene un sentido renovado, único, impermanente. Y es así, estando vivos, como brillaremos en el fulgor del firmamento.

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Impermanencia estética


Pero mientras uno mismo no alcanza la profunda convicción de que este mundo fenoménico es irreal, no puede comprender su naturaleza, ni por ende librarse del sufrimiento. Y esa profunda convicción, que algunos llaman realización, solo surge después de estudiar las escrituras con suma atención y diligencia hasta llegar a comprender que el mundo objetivo es una confusión entre lo real y lo irreal.
Yoga Vasishtha

Llega la primavera con fuerza y la vida se manifiesta de mil formas. El suelo se llena de miles de insectos que corren ajetreados de un lugar a otro. Los aires se expanden con el canto de los pájaros y las flores empiezan a retoñar un año más. Empecé la primavera con un fuerte dolor en el pecho, con un parto doloroso. Fui a urgencias y me recomendaron unas vacaciones. Por suerte no fue nada. Solo un susto primaveral. Llevo días mirando a ver dónde ir de vacaciones para descansar y seguir la prescripción médica, pero me doy cuenta de que nunca hice vacaciones, sin más. Mis viajes siempre tuvieron algún sentido o propósito, y en ese trajín, olvidé descansar, desconectar… ¿A dónde ir en plena pandemia?
Pensé en recorrer las islas Canarias las cuales no conozco, o marcharme en coche por toda la costa ibérica, o hacer el Camino de Santiago por cuarta vez… No sé aún a dónde ir, a qué lugar marcharme para descansar… Si es que eso es posible para mí, porque viendo la lista de tareas siempre pendientes y todo lo que hay siempre por hacer, me resulta difícil pensar en marcharme a algún lugar que me permita cierto silencio interior.
Al menos esta semana pude terminar el libro que llevaba escribiendo desde hacía dos años con Emilio Carrillo. Hoy escribí las últimas palabras de “La Gestión del Misterio”, con la esperanza de que su venta pueda ayudar a conseguir algún dinero para la construcción de la futura escuela. Siento cierta convicción interior en la necesidad, no personal, sino colectiva, de apoyar esta causa. Siento eso que algunos dan por llamar llamada, y siento la necesidad de sacrificio a la hora de hacerlo. Por eso me cuesta pensar en vacaciones, a pesar de que esta vez el cuerpo me empieza a avisar de que requiero ciertos reajustes y descanso.
Mirando interiormente, admito que ciertas ganas de aventura tengo, a pesar de la pereza que cualquier movimiento vital suponga. Aventura material, pero también emocional e intelectual. No sé si estoy preparado para volver a enamorarme, pero a veces no descarto esa descabellada idea. Al menos, el poder compartir algún tipo de locura, aventura o complicidad, aunque esta fuera tan sólo mística o intelectual. La primavera explota también en nuestros adentros y nos llena de vida y deseo. Forma parte de la experiencia humana y nos empuja a brillar de forma especial.
Por si acaso al final me marchara a caminar por los caminos, me corté el pelo al rape. Llevaba ya muchos meses con el pelo largo y tocaba renovación, cambio, impermanencia estética. Una forma de alejarnos radicalmente de lo irreal de las formas y empatizar con la convicción de lo profundo. Lo epidérmico también tiene sus cosas bellas. Pero lo profundo nos llena la vida. ¿Y cómo compartir, o con quién, el bagaje profundo? En ese sentido me siento algo huérfano, al mismo tiempo que privilegiado por haberme reconciliado por fin con la soledad y el deseo de abrirme de nuevo a lo que surja, si es que tiene que surgir algo, sin añoranzas, sin rencores pasados, sin arbitrariedad ni perspectiva ninguna. Estoy aprendiendo a sembrar sin esperar fruto ninguno de la siembra. Alejado del resultado, cultivo un huerto hermoso, interior, a la espera de que la vida y la verdad se expresen en todo el camino.

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El alma. Ese gran océano


© Olivier Robert

“Almas pasajeras, vais a comenzar una nueva carrera y a entrar en un nuevo cuerpo mortal. No será hado quien os escogerá (…) La virtud, empero no tiene dueño; cada quien participa de ella según la honra o la desprecia. Cada cual es responsable de su elección, porque Dios es inocente”. La República de Platón

La ley del servicio es muy clara en sus tres aspectos interiores. El primero es inofensividad, en actos, palabras y pensamientos. El segundo, es dejar que cada cual pueda servir según sienta. El tercer aspecto es permanecer y obrar desde la alegría, alejándonos de la crítica, la división y la tristeza.

Dicen que nos definen nuestras acciones, y no nuestras palabras. Nuestras acciones nos empujan a engrandecer nuestro ego o a volverlo transparente, casi invisible, para que el trabajo de la unidad cobre importancia. Dicen que si queremos cambiar el mundo, debemos empezar haciendo nuestra cama. ¡No os vayáis de la Tierra! Gritan a aquellos que creen que su misión ha sido cumplida y desean “volver a casa”. Dicen que la restauración de los misterios se hará a la luz del día, en un tiempo clamoroso, porque nadie verá. Dicen tantas cosas…

El egotismo es robusto. El orgullo nos invade. La gracia de todo es que en el fondo todo es gracioso. Todo se derrumba cuando la vida te estruja el pecho. Duele, crees morir, te desmayas de dolor hasta que de repente te levantas en un hospital y nada tiene sentido porque puedes partir en ese instante, dejando toda la obra inacabada, todo sin hacer, con todo aquello que pudo haber sido convertido en nada. El dolor te oprime y te reduce a cenizas toda ilusión, toda confusión, todo ardor. Te tumba y te pregunta si deseas seguir viviendo o, por el contrario, te rindes ante el sufrimiento, la pesadez, el tedio, y todo cesa.

¡Cuesta tanto recordar! ¡Cuesta tanto ver las vaporosas y sempiternas energías recorrer todos los cuerpos vivos! ¡Cuesta tanto rasgar el velo! ¿Cómo abandonar ahora? ¿Cómo retroceder una vez más? De nuevo el egotismo robusto.

Cuando la muerte acecha uno se rinde. Se arrodilla, se mezcla con el dolor y el karma mundial. Palidece, se ofusca. La renuncia material no es suficiente porque aún queda una renuncia aún mayor. La muerte del ego, y con ella, la resurrección del alma. El descubrimiento terrible es saber que el alma no es tuya. No hay un “yo” alma. El alma se fusiona en lo grupal, y el “yo” desaparece. De hecho, no existe realmente algo parecido a “un” alma, sino más bien al Alma, a la colectividad de Almas que conforman el Gran Espíritu, el gran océano que somos. Y allí no hay ego, ni personalidad, ni pensamientos ni emociones que uno pueda recordar amablemente. Allí nada es heredado, nada nos pertenece.

La cultura en la que vivimos nos intenta imponer la creencia de que el renacimiento incluye sobrevivir a cierta memoria. Es cierto que hay una memoria colectiva que prevalece en los genes materiales y psíquicos de la humanidad. Cuando recordamos supuestamente vidas pasadas, estamos recordando vidas pasadas de nuestros ancestros, cuyas memorias permanecen ocultas en nosotros, en nuestros propios genes, fruto vivo de su legado. Pero el alma no tiene memoria de vidas pasadas, ya que su aprendizaje es colectivo, grupal. Cuando uno de nosotros muere, lo hacemos de verdad, y al hacerlo, el alma colectiva y grupal se enriquece de nuestra experiencia y crece, se ensancha, se expande. La gota de agua que somos se fusiona en el gran océano de la vida, y al hacerlo, ensancha el río, el mar, pero no su individualidad, efecto de la gravedad, de una corta vida, de un instante de pesadez y gravitación. La gota desaparece en el gran océano, al igual que nosotros desaparecemos en el invisible mundo de las almas, del Alma océano.

La ley del servicio expresa esta realidad. Debemos disponer de una profunda inofensividad para comprender esta realidad. Debemos dejar que cada gota caiga allá donde haya sido requerida por la gravedad del instante y debemos integrarnos en el gran océano del espíritu desde la alegría de haber cumplido con nuestra parte. Al hacerlo, moriremos en la humildad más absoluta y nada, absolutamente nada, ni tan siquiera nuestra memoria, vendrá con nosotros, al Nosotros. Todo lo que es de la tierra, en la tierra queda, y aquello que pertenece a lo intangible, a lo incoloro, a lo invisible, allí rebrota anónimamente. Esa es la gran transfiguración, la gran renuncia, el gran sacrificio del que nadie habla. Esa es la inofensividad y la alegría a la que nos enfrentamos cuando hayamos cumplido libremente con nuestra parte. Realmente, aunque no lo creamos, “volver a casa” es volver a desaparecer, una y otra vez.

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Escritura en la naturaleza (Nature writing). Una relación original con el universo


 

Guarda bien tus momentos libres. Son como diamantes sin cortar. Deséchalos y su valor nunca será conocido. Mejóralos y se convertirán en las gemas más brillantes de una vida útil. Emerson

Fue el trascendentalista Ralph Waldo Emerson quien nos incitó a tener una relación original con el universo. Y fue Thoreau quien nos acercó de forma directa desde Walden a esa nueva relación. La intermediaria fue la naturaleza, los bosques, las montañas. Thoreau exprimió al máximo su aventura de dos años, dos meses y dos días en los bosques. Supo sacar jugo y supo entender, de forma directa, la relación estrecha del ser humano con la naturaleza. Aunque su relación fue breve, como una especie de amor primaveral, sirvió de inspiración a muchos otros osados creadores que de alguna manera querían imitar la bucólica imagen de vida paradisiaca en los bosques, escribiendo, creando, participando de la vida de forma estrecha.

Algunos amigos me llegaron a llamar el Thoreau español cuando con mucha modestia decidí vivir en los bosques, en una pequeña cabaña construida por mí mismo. Pensé ingenuamente que vivir en una cabaña sería fruto de inspiración, pero en el trayecto sacrifiqué una condición indispensable para toda obra creadora, sea artística, científica o espiritual: la soledad. Es cierto que mi relación con la naturaleza y el entorno fue completamente estrecha, pero quise hacerlo, a diferencia de Thoreau u otros escritores afines, en comunidad, en grupo, con más gente. Así que mi sueño bucólico de escritor viviendo en los bosques se tornó un fracaso. De hecho, en los siete años que llevo viviendo aquí, no he escrito ningún libro, después de más de una docena de libros escritos cuando vivía en soledad en otros páramos. ¡Qué gran paradoja!

Aprovechando que un fuerte dolor en el pecho me ha inmovilizado en la cama y observando la naturaleza en silencio desde esta pequeña cabaña, me surge la necesidad interior de volver a escribir como forma de transmitir ideas, visiones y nuevos paradigmas. El ejemplo pragmático de convertir esta tierra en un ideal, es un buen relato al que habría que ponerle letras, tiempo, esfuerzo y soledad. Ayer, cuando de nuevo volví a subir a los tejados para instalar una chimenea me volvía a preguntar interiormente qué hacía haciendo esas cosas. Me saltaban dudas, algunas profundas y primordiales, especialmente cuando sobre el tejado de repente me dio ese dolor que intentaba disimular para no asustar al personal. Supongo que la idea de perderlo todo de nuevo ha creado un estrés añadido en mi interior, y este se manifiesta de esta manera. Aunque psicológicamente me siento fuerte y preparado para afrontar la perdida, es evidente que la procesión va por dentro.

Quizás lleve sobre mí una carga excesiva de cosas. Quizás debería reposar, descansar, cuidarme, y pasar algunas horas sin hacer nada, o al menos, en soledad, haciendo lo que me gusta, escribiendo, paseando, observando la naturaleza desde una tranquilidad y reposo absoluto. Ayer por la tarde alguien se ofreció a darme un masaje en los pies para ayudar con el dolor. Estaba tan cansado que me quedé traspuesto tumbado en la hierba. Cuando desperté, estaba totalmente abrigado con mantas. No sé cuánto duró ese masaje, pero sentí que esos cuidados me habían beneficiado.

Por eso en el día de hoy pensaba que debía, como nos advertía Emerson, buscar una relación diferente con el universo. Me pasé todo el fin de semana trabajando en la huerta, sembrando mil cosas aprovechando que los días eran propicios. Cuando consigo robar algo de tiempo al tiempo intento poner orden en las cosas de la editorial, sufragando con ello los gastos que este proyecto requiere. Pero hoy solo me apetecía imbuirme en la escritura, en el diálogo con la naturaleza, sobre la naturaleza. Incluso retomar el libro que empecé hace siete años que trataba sobre mi vida en los bosques y que nunca pude terminar. Si lo hubiera terminado en ese tiempo hubiera creado escuela, pero ahora solo sería uno más en una tradición que ya se ha vuelto una moda: la nature writing, la escritura en la naturaleza, sobre la naturaleza, de la naturaleza.

Quizás debería descansar un largo tiempo, dedicarme a escribir desde esta hermosa cabaña, observando todo lo que transcurre en torno a este privilegiado lugar, dejándome imprimir en mí toda su grandeza y misterio. Dejando que el descanso y la contemplación sirvan de inspiración para crear cosas nuevas. Demasiadas cosas, demasiado estrés acumulado para lo que pretendía ser una vida bucólica en mitad de la nada. Iré a descansar, como decía el poeta, con la cabeza entre dos palabras, al valle de los avasallados. Toca descansar para afrontar los próximos días, que serán igualmente, difíciles.

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Shraddha


Krishna y Radha, la pareja cósmica… 

 

“Tu verdadera preocupación solo debe ser la acción del deber, no los frutos de la acción. Arroja de ti todo deseo y miedo por los frutos y lleva a cabo lo que es tu deber”. Krishna a Arjuna en el Bhagavad Gita.

Llega la primavera y dan ganas de enamorarse. Iríamos hasta el fin de la tierra si hiciera falta, hasta los límites de lo insospechado si se diera un solo resquicio de oportunidad. Pero luego recordamos en qué mundo vivimos y en la imposibilidad de mirarnos al espejo y no salir corriendo, y desistimos. Ya no vamos buscando por ahí una hembra exuberante como la que Bloom describía en el Ulises de Joyce. A ciertas edades, no se trata de belleza exterior lo que se busca. Más bien de complicidad, pero no de cualquier complicidad, ni a cualquier precio. La complicidad de la que hablamos tiene que ver con la shraddha oriental, la fe perfecta, la que practicaban los antiguos upāsakas y upāsikās. Es algo aún incomprensible, pero confiamos que alguna vez, tras el final de los tiempos, tras el final de la tierra, se dará.

La primavera tiene estas cosas. Ese impulso de vida exuberante, esa brillantez radiante en cada atardecer infinito. Los soles que adumbran una y otra vez en estas fechas traen consigo la resplandeciente esperanza de la vida. Añoramos aquel tiempo, ya casi pletórico, en el que la primavera era potencialmente significativa para el olfato, para el deseo, para la explosión vital. Desistir a la aventura, a sabiendas de las consecuencias finales, nos vuelve prudentes, casi diríamos que disidentes en cuanto a contingencias incontroladas. Sí, dan ganas de dejarse llevar por cualquier oportunidad volcánica, por cualquier erupción nocturna, hechicera, cargada de fuego y lava. Dan ganas de abrirse al despecho descontrolado y sofocar a base de agua y lagrimal todo cuando explote en las manos. Sí, llega la primavera y dan ganas de volver a enamorarse… pero esta vez con shraddha.

Pero luego, luego miramos el mundo… La ambiciosa meditación nos aparta de nuestra propia naturaleza y sus placeres. Nos aleja de la idea incomprendida aún de que quizás pudiéramos de nuevo enamorarnos o ser conquistados por la belleza extenuante de una ráfaga inmortal. Podríamos pensar que tras el velo de cualquier portal andará de nuevo la semilla esperando, el porvenir de la raza, el encanto de sabernos un dios al transmitir vida tras vida la inmortalidad. La saga imperecedera de la carne, interrumpida por este mundo actual, por estos tiempos, parece morir hambrienta. De forma contundente lo decía Daniel: “y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, estos para la vida eterna, aquellos para oprobio, para eterna ignominia”. Es una profecía zoroástrica sobre el fin de los tiempos, el fin de la tierra, la finisterra. Un tiempo en el que la primavera dejará para siempre de inocular vida, volcán y fuego en los amantes sempiternos, alejados para siempre de la shraddha.

Estamos de nuevo como en el final de una era caballeresca védico-aria. Un final de los tiempos donde el amor ha dejado de expresarse y de tener valor. Un momento de dolor, de cierre, de estreñimiento. Terminó la era del uncir, del verdadero yoga, del acoplar una cosa con la otra. Buda expulsó al testigo y nos llevó hacia la era del conocimiento puro, donde el amor primaveral ya no tiene sentido. El gran santo indio Ramakrishna contaba que una mujer se le acercó una vez para confesarle que había dejado de amar a Dios. “¿Entonces, no hay nada que usted ame?”, le preguntó él. Ella respondió que amaba a su pequeño sobrino, y él le respondió: “ahí, ahí está su Krishna, su ser amado. Al servir a esa criatura, estás sirviendo a Dios”. De igual forma cuenta la leyenda que el pequeño Krishna nos hizo venerar a las vacas, porque allí, en ellas, también estaba Dios.

Quizás en estos tiempos de confusión, de falta de primaveras, de volcanes y erupciones, tengamos que empezar amando lo sencillo. Todo aquello que nos rodee y produzca auténtica devoción. Y podríamos con ello pensar que, empezando de nuevo, como los antaños caballeros de la era védico-aria, quizás podamos aprender a amar, aprender a explosionar con la primavera, y llenar nuestras vidas, de vida, de shraddha.

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Profecías para el 2025. “Y en Tu luz veremos la luz”



“En ti está la fuente de la vida, y en tu luz veremos la luz”. Salmo 36-9

No sabemos nada relativo a la realidad del alma. No poseemos ninguna pista ni verdad sobre su existencia. Sin embargo, dicen las profecías que, a partir del año 2025, el cuarto rayo de armonía en el conflicto tomará forma en nuestro planeta, y con ello empezará a desgarrarse los velos que nos separan de la luz y todas sus manifestaciones. Cientos de miles de personas empezarán a prepararse para convertirse en agentes transmisores de la luz del alma. Esto ahora mismo es incomprensible y carece de importancia, pero cientos de personas se están preparando invisiblemente para este importante evento en la evolución humana, evento que se irá desarrollando en los próximos dos mil años.

La preparación es básica y compete a aquellos más avanzados, canales vivos de nuevas verdades, de nuevas visiones y realidades que en un futuro conformarán el devenir en la Tierra. Pronto las enseñanzas dejarán de versar en los axiomas fenomenológicos y versarán sobre la experiencia real del alma, sobre la posibilidad de un contacto seguro con la fuente, con sus fuerzas y energías, con su esplendor, con su luz.

Y será en esa nueva luz donde veremos la luz en toda su magnificencia. Una luz que llegó tímida a nuestro planeta bajo el formato nacido de la electricidad, pero que avanzará simbióticamente con igual rapidez en nuestro interior. La lámpara maravillosa se abrirá camino dentro de nosotros e iluminará todos los recovecos de nuestro aspecto inferior, tiñendo de luz pura todo nuestro ser.

Todo esto disipará los espejismos, hará que nuestra alma ejerza poder sobre el vehículo que somos, y hará que se manifieste una realidad mayor, vasta, increíble. Habrá en este tiempo una purificación mediante el fuego, un fuego que simbólicamente será aplicado a las aguas, creando un vapor, una neblina, una confusión profunda parecida a la que ahora padecemos. Las brumas y los espejismos aumentarán en este próximo tiempo creando confusión, hasta que consigamos salvar con éxito nuestras vidas entre nieblas.

Hasta el 2025 quedan unos años de confusión y crisis. De forma paralela vivirán dos mundos. Uno que representa lo antiguo, el viejo paradigma, lo añejo y oxidado. Y otro, muy reducido aún, que verá la luz en lugares remotos, casi inaccesibles, y que serán las semillas del futuro.

En esos lugares se aprenderá a anhelar, desear y planear cosas que tienen que ver con una dimensión diferente. En esos lugares se asestará un ansiado golpe al egoísmo innato y nacerá una determinación a la hora de pensar en términos más amplios e incluyentes, generosos y colaborativos. En esos lugares el grupo comenzará a significar para cada uno de nosotros, algo más amplio, extenso e importante que el uno mismo. En esos lugares empezarán a revelarse una visión más profunda, un enfoque superior, revelándose poco a poco nuestro lugar en el todo mayor. Se revelará una nueva creatividad y la vida ya no será nunca más la misma. Los más despiertos y lúcidos crearán o vivirán en esos lugares, y serán invisibles y anónimos para el que aún no haya despertado a la realidad del alma. Las semillas de la fuente de la vida serán plantadas, y nacerá en la nueva humanidad la luz revelada.

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Siete pasos seguros para la práctica de la Inofensividad


 

Magnum, o Asclepi, miraculum est homo (“Gran milagro es el hombre, ¡oh, Asclepio!”)
Cita de Hermes Trismegisto con la que comienza la Oratio Ioannis Pici Mirandulani Concordiae Contis.

 

El ser humano es un milagro que se encamina hacia un futuro hermoso, culminante de un proceso evolutivo que no terminará en él mismo, sino que continuará en estados más perfectos de consciencia, de evolución, de vida. Ese camino está marcado, y cada vez se estrecha a medida que la humanidad avanza de su estado más primitivo, salvaje y violento, a uno más armónico, evolucionado y pacífico. Para ello, el ser humano debe refinar sus cuerpos, sus vidas, su consciencia, y debe ser consecuente con su propia madurez interior. En ese trazado casi arquitectónico, el camino, los caminos, llevan inevitablemente hacia la inofensividad.

Inofensividad es una palabra incomprendida hoy día, devaluada, impertinente en un mundo que se rige principalmente por la ley violenta del más fuerte. Una ley acomodada a los tiempos, pero intransigente. Sin embargo, para crecer humanamente y acompañar nuestras vidas de un sentido más amplio, debemos profundizar en la inevitable inofensividad. Tratar de vivir inofensivamente, en pensamiento, palabra y acción, no es suficiente. Debemos examinar el efecto emocional que producimos al otro, de tal manera que ningún estado de ánimo, depresión ni reacción emocional puedan dañar al semejante. La violenta aspiración espiritual, a veces convertida y cristalizada como dogma o ciega obediencia, y el entusiasmo mal aplicado o mal orientado, pueden fácilmente herir a un semejante. Es por ello que debemos cuidar las tendencias erróneas que nos empujan a actitudes, a veces inconscientes, violentas. Debemos huir con precaución de la demostración de fuerzas concentradas en la autoimposición, el autoengrandecimiento y la autosatisfacción. La inofensividad se manifiesta en el pensamiento correcto, el cual está basado en el amor inteligente; en el hablar correcto, regido por el autocontrol; y en la acción correcta, fundada en la comprensión de la ley natural de todas las cosas.

La inofensividad permite limpiar nuestra casa interior y purificar nuestros centros de energía, atrayendo hacia nosotros una vida más amplia y sentida. La práctica de la inofensividad limpia nuestros canales obstruidos y permite la entrada de energías superiores las cuales nos llevan hacia el mágico mundo de la intuición, el cual se rige por leyes y mecanismos diferentes a los usualmente aceptados. Existen para ello siete pasos seguros para la práctica de la Inofensividad:

1. Inofensividad en la materia. Lo que hacemos en la vida cotidiana crea un campo magnético de resonancias que influyen en nuestro entorno. Todo aquello que hacemos desde la inofensividad crea campos positivos de acción global. Inofensividad en la vida cotidiana, especialmente en la alimentación, libran al mundo de la gran batalla astral, de la gran pandemia del dolor de nuestros hermanos animales. Inofensividad con nuestros cuerpos, con lo que comemos y bebemos, es un primer paso para crear cuerpos cada vez más libres, luminosos y sensibles a un nuevo mundo. La paz en nuestro planeta no llegará hasta que no comprendamos esta urgencia mundial. Uno de los grandes retos humanos de nuestro tiempo es alcanzar la inofensividad con nuestros hermanos animales.

2. Inofensividad en nuestros estados de ánimo, en nuestras energías y fuerzas, en aquello que crea en el entorno alegría y bienestar. Limpieza con agua abundante, dentro y fuera, baños de sol abundante y aire libre producen como resultado una energía limpia que acompañada por una dieta limpia, produce un campo áureo poderoso, inofensivo, radiante.

3. Inofensividad en nuestros deseos, en nuestras emociones, en nuestro torrente de sensaciones y palpitaciones emocionales. Esta es nuestra gran batalla actual. Debido a que los dos primeros escalones no están aún totalmente completos en cuanto a la inofensividad, sufrimos en exceso en el tercer y más problemático escalón: el mundo del deseo, las emociones y lo astral. Vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser en el mundo del deseo, la ilusión, el maya, el glamour.

4. Inofensividad en nuestros pensamientos, los cuales deben ser siempre inclusivos, armónicos, poderosamente positivos. Nuestra mente, aún en estado latente, está empezando a despertar a fuerzas poderosas, las cuales solo llegarán a nosotros cuando los tres primeros escalones de la inofensividad hayan sido completados. Empezaremos a crear mundos y realidades positivas cuando tengamos plenos control sobre la inofensividad de nuestro pensamiento brillante y poderoso.

5. Inofensividad en nuestra capacidad de conectar con la Inteligencia Activa del Universo. Sobre esto poco se puede decir, por ser un complejo estado del Ser que aún no hemos alcanzado del todo. Es a partir de aquí cuando se abre las puertas de los misterios y arquetipos. Es en este superior estado humano cuando la comprensión empieza a tejer nuestra realidad, creándose un compromiso verdadero con los arcanos de la creación.

6. Inofensividad en nuestra capacidad de amar desde una completa sabiduría. Esta capacidad está solo habilitada para aquellos humanos completos que han superado fases anteriores en los procesos evolutivos y que expanden e irradian el ideal del sacrificio de la personalidad para albergar el nacimiento del alma en sus vidas.

7. Inofensividad en nuestro poder, en nuestra voluntad y en nuestra capacidad de alentar a los dioses y los universos. Esta quizás sea la mayor de las pruebas y el mayor cuidado a la hora de practicar la completa inofensividad, poderosa, creadora de mundos, soles radiantes que sin quemar, protegen y alimentan mundos y vidas.

Todo esto carece de significado porque muchos confunden inofensividad con simple bondad o incluso atontamiento, flojera o debilidad. Para los que así piensen estas palabras no tienen sentido. Para los que creen en las fuerzas superiores, en la consciencia plena, en el despertar del ser humano completo e integral, el camino está marcado. La inofensividad es un estado del ser que se manifiesta a medida que nuestra alma gobierna nuestras vidas. Solo cuando esto ocurre nos conmueve de igual manera la vida de un animal que la explosión radiactiva de un astro cósmico. Dicha conmoción provoca un sentido enorme de responsabilidad y un compromiso activo con la vida y sus misterios, y una acción silenciosa que posibilita la irradiación de luz, poder y amor.

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Siembra


El sembrador, Jean-Francois Millet

 

Siembra antes de que la tierra se vuelva infértil. Cuida lo sembrado, no importa si siembras una familia, una causa, una soledad, una amistad, un porvenir. Riega de a poquito, sin excesos, pero que nunca falte el agua. Busca luz para tu siembra, algún día la necesitará, al igual que ahora te cuidaste de preparar la tierra, de abonarla pacientemente y de comprobar que las fases de la luna eran propicias para diseminar la semilla. Siembra un hijo, siembra un pensamiento, una idea, un libro, un árbol, un fruto. Siembra amor, al menos una sonrisa amable. Siembra una mirada sincera, una tierna caricia inesperada o ese profundo abrazo mañanero al primero que ose rodearse entre tus brazos. Siembra una burla, una broma, un cosquilleo, nunca sabes el bien que puede hacer.

Siembra una emoción dulce, un velo oculto, un misterio. Siembra duda allí donde la certeza se torna dogma. Siembra espíritu allí donde solo hay materia y siembra alma allí donde todo es inerte. Siembra vida en la roca, siembra ardor en lo tenue. Siembra melodía en el silencio y silencio en el ruido. Siembra rumor en la noche y suspiros cuando eches de menos a aquella persona que te dejó. No dejes nunca de sembrar, ni siquiera tan solo para tu causa. Siembra para otras causas sin esperar fruto. Siembra por todas partes aquello que puedas. A veces fuerza, a veces dinero, a veces apoyo, a veces simplemente un mensaje alentador. Siembra como el sabio que planta árboles, no para refugiarse en sus sombras futuras, sino con la esperanza de que las futuras generaciones lo hagan. Siembra lucidez, pasión, verso. Siembra poesía y siembra sed de justicia. Siembra esas semillas anónimas que recibes para que den buen fruto. Siembra en ellas intención y amor.

Siembra oración. Nunca sabemos qué habrá más allá, cuando todo palidezca y se marchite. Siembra esperanza y fe, no vaya a ser que luego hubiera otro amanecer, otro despertar, otra jornada nueva de cien años. Siembra siempre pensando no en el ahora, sino en el mañana, en los otros. Siembra a sabiendas que no todo germinará, y que muchas de las semillas caerán en tierra inerte, o serán arrasadas por las heladas nocturnas, o por la insoportable sequía de un mal año. Siembra a sabiendas que quizás en uno o diez años no cosecharás nada, porque hay fruto que tarda en madurar. Sé consciente de los ciclos, y sé consciente de aquello que siembras y para qué lo haces. Cuanto más desapegada sea la intención, mayor disfrute habrá el día de la cosecha.

¿Recuerdas aquellas tardes de plácido verano, cuando dormías plácida a media tarde y de fondo se escuchaba la música de la cosecha? Melodías inolvidables que indicaban que era tiempo de disfrute y sobre todo, de pensar en la nueva siembra. Aquellos paseos inolvidables por los campos dorados, aquellas risas felices de tiempo despreocupado. ¿Recuerdas cuando aún jóvenes, había deseos inmensos de vida, de aventura, de conocimiento? Sin darnos cuenta, el tiempo pasa, pero eso ya no importa. No olvidemos los ciclos. No olvidemos seguir sembrando, nunca se sabe qué frutos nos aguardan.

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Al margen del agua


Lu Zhishen arrancando de raíz un árbol, en el relato al Margen del agua, en el pasillo largo del Palacio de Verano. Siglo XIX.

 

El amor débil e incierto, que diría Tagore, nos expulsa del paraíso de la continuidad. Suplicamos abrazar las certezas mientras vemos como todo se escurre entre las manos del tiempo. Los deseos abordan nuestras vidas. Nos levantamos deseosos. Nos acostamos deseosos. Promulgamos deseos inconexos, sin sentido, abrazados a polos opuestos, divergentes. No somos capaces de honrar la sencillez, y menos aún de volvernos sencillos y dóciles a la vida. La soberbia, el glamour, la ilusión nos atrae mucho más que la propia vida. El camino se estrecha cada vez que intentamos aproximarnos a la puerta del misterio. Se estrecha y estrecha y vemos que no podemos entrar. Demasiado equipaje, demasiado peso.

Los reyes siempre nos son más propicios que los locos, los vagabundos o los payasos. El poder nos atrae más que la sencilla puesta de sol. Nos demoramos perezosamente cuando tenemos que arriesgar algo que para nosotros es valioso. Olvidamos la verdadera meta de la vida porque, tan distraídos como estamos, no somos capaces de comprender a qué hemos venido al mundo. Día a día, a base de continuos rechazos, nos apartamos de la existencia. El deseo nos puede, nos inunda, nos aparta.

Cuando la puerta se vuelve totalmente estrecha, debemos vigilar nuestro estómago, todo nuestro cuerpo. Es fácil verlo engordar cuando el deseo nos subyuga. Se crea una capa creciente que intenta apartarnos de todo lo real, y de paso, protegernos. Es una protección que deriva de nuestras propias contradicciones. Por eso, cuando vemos que el abdomen crece excesivamente o nuestras carnes se inflan hacia fuera, es importante perseguir la raíz del hinchazón. La propia sociedad engorda. Se protege, se esconde, se marchita. Adelgazar el cuerpo solo es posible cuando se adelgaza el alma, y eso solo es posible con sacrificio. Lo que uno come, lo que uno habla, lo que uno hace, deben estar siempre en sintonía. Nuestras acciones diarias deberían ser un campo de entrenamiento mucho más poderoso que aquellos que durante años ofrecían entrenamiento en duras condiciones.

Mencionan algunas crónicas que había un personaje llamado Lu Zhishen, también conocido como el Monje Loco. Era un monje apartado de la doctrina. Dejó de meditar, dejó de ofrecer servicio, dejó de practicar la enseñanza. Cometió tantas imprudencias que se vio obligado a ocultarse en los márgenes del monasterio de la montaña Wutai. Este monje que bebía vino, comía carne y al que le gustaba pelear vivía siempre al margen de las aguas del monasterio. Las crónicas mencionan abruptos relatos de muchos monjes que vivían al margen de los monasterios debido a que violaban una y otra vez las reglas y doctrinas elementales. Los discípulos que irrumpen e incumplen las reglas básicas de la iniciación viven siempre al margen, bajo el prisma del deseo, incumpliendo las reglas básicas de comportamiento iniciático, engordando con sus deseos y sus distorsiones. Sus cuerpos delatan sus hábitos, sus miradas serpentinas irrumpen con fuerza en la poderosa llama astral, atrayendo hacia sí divergentes líneas invisibles. Navegan entre la luz y la oscuridad, pero siempre fuera del templo.

Vivir al margen del agua requiere disciplina, reconocimiento de la antigua doctrina, silencio mental, silencio astral, silencio material, inofensividad. Cuando Lu Zhishen bebía vino y comía carne estaba despreciando el camino, estaba apartando la mirada de la inofensividad necesaria para hollar el sendero estrecho. Por eso lo apartaban del ashram, del monasterio, y por eso deambulaba perdido a las puertas del templo, ebrio, violento, cegado. El amor débil e incierto, que diría Tagore.

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Séptimo aniversario


Primeros días en O Couso

 

Hoy hace siete años tres locos ilusionados iniciaban un proyecto visionario. Los vecinos y vecinas dudaban, flipaban y todavía no entienden. Los que hemos tenido la suerte de descubriros y de compartir parte de estos años hemos sido tocados. La magia de o Couso toca, a algún nivel, en alguna dimensión… ¡pero no tengo duda de que toca y transforma! He visto más de un “milagro” inexplicable en este espacio físico y virtual que habéis ido creando y tejiendo. Nos unen lazos no visibles a los que hemos sido tocados por esta magia. Hay dificultades … y muchas, momentos de tristeza, dolor rollos, desencuentros …. nadie dijo que el trayecto sería fácil. ¡Y con todo ello, el proyecto sigue siendo mágico … y enamora a algunos de los que nos acercamos!  ¡¡¡¡Disfrutad mucho!!!! Un súper abrazo… M.

Hoy recibíamos estas bonitas letras de una amiga del alma que llegó hace siete años a este lugar casi de paso, y ya se quedó para siempre en nuestros corazones. Su hermoso testimonio forma parte de esa argamasa que ha hecho crecer este sitio, de ese lazo místico que se ha ido tejiendo entre unos y otros, de esa magia constante, sanadora, imprescindible. Hemos crecido gracias a la levadura de todas esas personas que han hecho de este espacio un milagroso lugar. Casi no tenemos palabras para poder expresar con efectiva claridad todo aquello que ahora nos bulle. Tampoco tenemos palabras para todos aquellos que se fueron y nunca más volvieron. Esos son especialmente los que más llevamos dentro, por la tristeza, por el ardor de no haber sabido cuidar de todos ellos, por no haber sabido atender con mayor amor a todos aquellos que vinieron para enseñarnos grandes lecciones y se fueron para siempre.

Después de haber conocido esta experiencia, la vida nos ha transformado, nos ha dado una visión diferente, y nos ha permitido crear lazos infinitos con cientos de personas que van y vienen, pero que siempre están aquí, dentro de nosotros. Estamos hablando de una comunidad no residente, de una comunidad viva que se expresa en este lugar y que está presente en todas nuestras meditaciones, en cada una de las piedras levantadas entre todos. Una comunidad de ética viviente que ha crecido y se ha expandido, y que en estos meses, empezará a recoger algunos de sus frutos.

Para celebrar tan hermoso aniversario, esta mañana nos levantábamos temprano para empezar una larga meditación de tres horas en la pequeña ermita. A las seis de la mañana ya estábamos allí practicando el noble arte del silencio. Así estuvimos todo el día, a sabiendas de la importancia del cierre de este primer ciclo y la apertura del siguiente, la necesidad de honrar a todos aquellos que han  pasado  por aquí, todo el dolor, pero también toda la alegría derramada entre todos. Tres proyectos y siete años para cada uno de ellos. Terminamos la parte tosca y material, la reconstrucción de la casa de acogida, ahora ya con su fuego dentro y su calor conservado. Siete años muy duros, viviendo primero en caravanas y luego en pequeñas cabañas de madera sin ningún tipo de lujos o comodidades. Toda una prueba iniciática que nos ha dotado de cierta calma interior, de cierto anhelo para seguir adelante.

Y ahora el nuevo reto, siete años por delante para cocrear la parte vital del proyecto, la parte anímica, la parte etérica. Centraremos nuestras fuerzas en la creación del Jardín, la puesta en marcha de la Huerta y la construcción de la Escuela. Como símbolo de este cambio de edad, hoy hemos sembrado todo tipo de flores, árboles y productos de la huerta. Y mañana, acompañados de un reducido grupo de amigos, ritualizaremos este tránsito y celebraremos que el proyecto, siete años más tarde, sigue vivo y con mucha fuerza.

¿Qué ocurrirá a partir de ahora? Estamos trabajando con un grupo de arquitectos en la cocreación de la Escuela. Tendremos que buscar recursos para poder materializarla. Ese lugar ya reside en el plano etérico de esta finca, solo falta que lo milagroso permita que se manifieste. No dudes, si así lo sientes desde lo más profundo del corazón, en echarnos una mano para este segundo reto. Cada piedra conseguida es una prueba irrefutable de que estamos construyendo un nuevo mundo, un mundo milagroso.

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Desarrollando el ojo interior


Las tres crisis que el ente humano encarnado pasará a lo largo de su larga evolución son la crisis de la Individualización y el nacimiento de la personalidad, la crisis de la Iniciación y el nacimiento del Ego y la crisis de la Identificación con el advenimiento de la Mónada. Los antiguos lugares de culto como los tohua de las islas Marquesas servían para el rezo y profundizar en la vida sagrada pero también como lugares de reunión social. Las iglesias siempre desempeñaron ese papel de comunión entre las gentes de un pueblo, villa o comarca. Las parroquias crecieron abundantemente a medida que la socialidad requería de mayor argamasa psíquica, produciendo en su interior el crecimiento de la razón y el nacimiento de la personalidad individual. En la época de las seis dinastías los chinos buscaban mediante el taoísmo el elixir de la inmortalidad. Toda conquista del espíritu requería una interacción inevitable en templos, hasta que Descartes pronunció su célebre “Je pense, donc je suis”. Eso fue revolucionario porque por primera vez tuvimos consciencia de nuestro pensamiento autónomo e independiente, de nuestro “cogito ergo sum”. Estaba naciendo la consciencia individual, y por lo tanto, de alguna manera efectiva, la mirada interior.

Así que un día alguien se levantó y se dio cuenta de su propia existencia. Como expresa un antiguo verso berlinés, “estoy sentado en casa comiendo albóndigas, de repente llaman a la puerta. Me sorprendo, me extraño, me asombro, me dirijo a la puerta, abro y miro, ¿y quién está ahí afuera? ¡Yo!” A partir de ese instante, la vida cambia para siempre, el sujeto queda enfrentado al objeto, el individuo con el mundo y el mundo con el cosmos infinito. El poder de la razón socaba al poder de la socialización, la superstición y la creencia, y nace el individuo.

Pero ese individualismo que crea el dualismo tiene los días contados. Ese “yo” que ha dominado nuestras vidas durante decenios se asombra de nuevo ante una nueva realidad. El ojo interior se empieza a desarrollar, y al hacerlo, un nuevo descubrimiento se afianza entre nosotros, el Ego. ¡Ya no soy yo, ahora somos de nuevo nosotros, pero esta vez desde una posición más privilegiada, más aritmética, más intangible! No un nosotros supersticioso o social, sino más bien invisible, carente de identidad, forzado en el alumbramiento de una nueva cosmología. Más allá del gusto, del olor, del calor y el color, más allá de los obstáculos infinitos de la materia, con sus crisis, con sus diferentes grados de tensión, e incluso, más allá de las matemáticas, la lógica y la razón agrupados en la extensión, la figura, el movimiento y el número, subyace para la ávida inteligencia un sustrato superior. Eso provoca crisis, y por lo tanto nacimiento de algo nuevo.

La construcción del ojo interior crea un puente inextinguible entre el delicado yo y aquello que la tradición antigua llama alma o Ego. El alma, carente de limitaciones, se expresa desde una superioridad indefinida, sin ansias de poder, sin control, sin temor a una muerte violenta o a un sufrimiento indecible. Nace el sentimiento de haber sido iniciado en los misterios, los menores y los mayores, los cuales desencadenan en nosotros la construcción de algo que va más allá de los límites de la personalidad, del yo individual y el proceso de individualización.

Esa crisis crea una nueva crisis que Leibniz llama la mónada. Portador de fuerza, a este infinito átomo espiritual se la conoce de mil maneras. La claridad del reflejo de estas mónadas nacidas ante la inevitable construcción del átomo de vida, ante el poder sustancial de la mirada interior tejida en el silencio, la oración y la meditación concienzuda, provocan en el ser un apetito, un impulso, una actividad interna inconmensurable. Es la crisis de la identificación ya no con algo que somos nosotros, sino con algo que ya no nos pertenece, pero algo a lo que al mismo tiempo, formamos parte.

¿Qué miedo habremos de albergar cuando dicha construcción provoca en nosotros el nacimiento inevitable de un alma viva? ¿Qué clase de teodicea provocará en nosotros la comunicación directa con el mundo de las almas? ¿Qué clase de vía dolorosa dejaremos atrás, cuando venciendo aquellos miedos y angustias hayamos atravesado las puertas de la vida espiritual? El arte calma los deseos, decían los kantianos. Aparta el velo de la ilusión, descubriendo en nosotros, ante nuestra mirada interior, el mundo que gobierna las formas y arquetipos. El nirvana producido por el contacto profundo de nuestra alma supera los límites de toda circunstancia. Ya no hay miedo, ya no hay sufrimiento, solo entrega voluntaria a Su magnánima Voluntad. Es en ese instante de embriaguez cuando nace la entrega absoluta, la renuncia y el sacrificio en el altar monádico. No hay vida verdadera en la falsa, nos decía Adorno. Bienvenidos a la vida del alma, un alma construida con nuestra intensa mirada interior, un alma triunfante y viva, real.

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Truskun Puskun


 

No puedo descifrar el verdadero significado de estas palabras. Digamos que es secreto. O digamos que es algo encriptado, oculto, irrelevante para quien no pueda entenderlo. Pero se convirtió en grito de guerra en el consejo de ancianos, donde llegamos cansados y del que nos fuimos aún más cansados tras días inolvidables. Llevábamos credenciales pero a la vuelta, viajé con el pijama de rayas, porque era lo único limpio que me quedaba. Como vivimos en un tiempo extraño, la policía me dejó pasar ante la ocurrencia, y en las gasolineras donde paraba para repostar, ni siquiera notaban mi peculiar vestimenta. Fue hermoso ver África justo en frente, a pesar de las durezas de los mensajes que iban llegando a cuenta gotas.

Así que diez años después, como si de un maleficio se tratara, vuelvo a perderlo todo. Propiedades, coches, dinero. Todo en un conjunto, como si la vida me quisiera enterrar por tercera vez en vida. Pero esta vez con una diferencia circunstancial: Truskun Puskun. Un gran desapego que viene de la experiencia y un dolor que observo con cierto grado de inofensividad, a pesar de que como ser humano pueda sufrir ante lo que se avecine, irremediablemente. Al menos recibí la noticia lejos, en un largo viaje, rodeado de gente bonita y de abrazos hermosos que me hicieron olvidar la agonía. Mientas unos se empeñan en destruir el mundo, y en ese mundo me incluyo como parte del derribo, otros nos empeñamos en construirlo, en intentar basar nuestras vidas en formatos que carguen la existencia de esperanza, de aliento, de sensatez. Así son las tres grandes fuerzas del universo. Unos destruyen, otros construyen y otros mantienen y conservan lo construido hasta que vuelven una y otra vez esos destructores inagotables.

A pesar de todo, en las horas bajas, siempre me viene el primer verso que aprendí con dureza en las clases de teatro. Era de Shakespeare y decía aquello tan molido de ¡Ser o no ser, esa es la cuestión! ¿Qué es más noble para el espíritu, sufrir los golpes y dardos de la insultante fortuna, o tomar armas contra un océano de calamidades y, haciéndoles frente, acabarlas? Morir… dormir: no más… Y si se advierte que con sólo dormir ponemos fin al pesar del corazón y a los mil naturales conflictos de los que la carne es heredera, tal extinción resulta digna de ser devotamente deseada. Morir… dormir; dormir… ¡tal vez soñar! Sí, he ahí el obstáculo…

Y, sin embargo, aún cuando mi pobre personalidad se revuelve, lo recuerdo todo de otra manera: ¿qué es más noble para el corazón, dar los golpes recibidos o aguantarse y resignarse hasta morir? ¡Vencer, sufrir! Por eso respiro hondo a cada paso, y en el retorno, observo como llega la tenue primavera, aún gélida, pero con algunas florecillas que ya van naciendo en los campos. Y eso reconforta, y suspiro, y expreso el Truskun Puskun que me alivia como si se tratara de algo bueno. Así que ahora seré más libre aún para enfrentarme al fatal destino, porque no teniendo nada, despojado de toda riqueza otra vez, de todo afán, de toda posesión, mi alma vagará más ligera, aún a pesar de tamaña injusticia y aún a pesar de tamaño descalabro. De tenerlo todo a no tener nada, y todo, de nuevo, por un desamor. ¡O cómo llamar a esa región de cuyos oscuros confines ningún noble viajero retorna!

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Los guerreros que miran hacia la oscuridad


The Return of the Crusader, de Carl Friedrich Lessing

Has vivido en todos los fracasos y en todas las pasiones. No estabas muerto, podías respirar cada silbido de vida que corría en cada una de las montañas escaladas, en cada uno de los abismos recorridos, algunos sin final, algunos siempre tan oscuros. Incluso allí podías gritar vida. Si estabas preparado y una vez en la cumbre volvías tu rostro cansado hacia la luz, permaneciendo dentro de su esplendor, quedabas cegado para los asuntos humanos y “volvías a casa”, desapareciendo en la estela, en el sendero iluminado, en el gran centro de absorción. Muchos deciden hollar este sendero y desaparecer para siempre. Misión cumplida.

Sin embargo, aquellos que han vivido en todos los fracasos y en todas las pasiones, y escalado todas las montañas, mirando hacia lo alto, han sentido compasión por sus hermanos, por los asuntos humanos, retornan. Han hollado el sendero de la luz, allá en la alta cumbre, pero, renunciando al mismo, han girado sus pasos en sentido opuesto, han dejado el pedestal de la luz y, vaciando sus vidas, han vuelto hacia la oscuridad, en dirección opuesta, como ángeles caídos del cielo y su luz.

Han trazado un camino de retorno, vuelven hacia la oscuridad cargados de luz fusionada en sus siete centros, transmitiendo e irradiando luz hacia el exterior. Amando a los que se encuentran aún en el sendero oscuro, sacrifican su camino y caen de nuevo a la tierra, compartiendo su esplendor, ahora reducido, con aquellos que huellan en el sendero de la oscuridad. Para ellos, los que aún viven en la oscuridad, ahora el camino ya no es tan sombrío, encuentran consuelo y amor en los que retornan con su armadura cansada, pero luminosa. Han sido acogidos por los guerreros que, volviendo de las altas cumbres, penetran en el miedo y la desolación ayudando entre tinieblas y buceando en la esperanza, el servicio, el amor. Caballeros de luz, armados de compasión, cabalgan fructuosos para apoyar al otro, para guiarlo hacia sus propias cumbres donde la luz, el amor y la esperanza resplandecen para todos.

Detrás de los guerreros, entre la luz y la oscuridad, sigue palpitando el anhelo, la superior obra, la balanza y el deseo de seguir hollando hacia nuevas cumbres. Unos eligen seguir adelante, los otros, aquellos que en la tradición budista son conocidos como los bodhisattvas, los guerreros de la compasión que se fortalecen mediante las virtudes o pāramitās, retornan al mundo para obrar el bien entre todos sus hermanos. Fe y esperanza, susurran una y otra vez. Fe y esperanza.

Es por eso que los guerreros de la compasión, en el intervalo superior de la luna llena, en lugares necesariamente secretos, silenciosos, apartados del mundo y sus tinieblas, se reúnen una vez al mes para recoger fuerzas, para atraer más luz a sus siete canales de actividad y así poder servir y ayudar con mayor fuerza. Luz, amor y voluntad al bien son las fuerzas que atraen en silencio, en profunda meditación. Cuando la luna está amplia y colmada, estrechan su vínculo con el propósito superior, entonando su canto, su anhelo de fusión de grupo:

“Soy uno con mis hermanos de grupo, y todo lo que tengo les pertenece. Que el amor que hay en mi alma, afluya a ellos. Que la fuerza que hay en mi, les eleve y ayude. Que los pensamientos que mi alma crea, les alcancen y animen.”

Hacia la restauración de la dignidad animal


 

“Llegará un día en que los seres humanos conocerán el alma de las bestias y entonces matar a un animal será considerado un delito como matar a una persona. Ese día la civilización habrá avanzado”. Leonardo Da Vinci

Cada año, más de cincuenta mil millones de animales mueren en todo el mundo para satisfacer la demanda homo-animal: cerdos, vacas y reses de todo tipo, gallinas, pollos, peces, ovejas, conejos, y muchos otros difíciles de contar forman parte de nuestra cruel cotidianidad humana.

Hemos avanzado mucho en derechos y sensibilidades en estas últimas décadas, pero aún falta mucho por avanzar. Lo que ahora nos parece una normalidad, en las próximas décadas nos parecerá una aberración. Todo aquello que ahora forma parte de nuestra vida cotidiana, en no mucho tiempo será un trago amargo en la memoria histórica de nuestra especie.

En el nombre del placer y el nihilismo cometemos atrocidades diarias. Es normal, porque llevamos haciéndolo algo más de siete millones de años, desde que el primer homo decidió volverse sapiens, aunque esa sabiduría aún no haya explotado completamente, ni definido al ser humano completo. De hecho, tenemos más de homo-animal, en cuando que estamos más cerca de nuestros primos homínidos, que de seres humanos terminados.

Lo que realmente nos separa del resto de los animales es la plena consciencia, la complejidad de nuestra afirmación, lo que los antiguos llamaban alma. Sin embargo, esa alma habita en todos los seres, al igual que las teorías hilozoistas nos advierten de que la vida se expresa en todas partes, desde todas las cosas, animando todo cuanto existe en un invisible lazo inmortal. Siendo por lo tanto aún homo-animales, centrados en las necesidades de reproducción, alimentación y seguridad, es normal que nos comportemos de forma “animal”, brusca, insensible. Es por ello por lo que aún, tal y como nos advierte Da Vinci, no hayamos desarrollado la capacidad total de conocer y reconocer el alma que habita en los animales, y de paso, en todas partes.

Cuando algún día nuestra especie llegue a tal grado de conocimiento y/o sensibilidad, será una atrocidad perpetuar un asesinato en masa como el que ahora estamos ejerciendo hacia el reino animal. En un futuro no muy lejano veremos las terribles granjas de animales, explotados para el consumo humano, y nos aterrorizarán de igual forma que ahora nos aterroriza el ver ciertas imágenes del exterminio que se produjo en la Segunda Guerra Mundial. La supremacía humana hacia nuestros indefensos hermanos animales ha sido una de las peores pesadillas de nuestro planeta. De pasar hambre en décadas pasadas, hemos colmado el engorde de nuestra propia especie a costa del dolor de millones de animales que son sacrificados diariamente para nuestro disfrute y placer. La muerte industrializada es una de las mayores aberraciones de nuestro tiempo. Y algún día, nuestros nietos nos preguntarán qué hicimos para evitarla.

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Construyendo el paisaje interior


 

“Siento que bulle y que se agita, lleno de ideas y de anhelos de un vivir nuevo y fecundo, transparente y amplio un mundo hermoso, bello y noble en mí”. Alejandro Urrutia Cabezón, en Amanecer

Hoy he tenido una bonita conversación con la que fue mi primer amor, mi primera novia, mi primera locura emocional. Han pasado casi treinta años de aquella hermosa aventura y ahora nos queremos como hermanos, nos amamos como seres luminiscentes que se encuentran y reencuentran en el cariño y la amistad. Por suerte, son más las exnovias con las que tengo ese tipo de relación que con aquellas de las que nunca más volví a saber de ellas. Eso me da cierta pena y tristeza, porque dos personas que alguna vez se amaron y compartieron lo más íntimo que se puede ofrecer al otro, deberían, a pesar de los corazones rotos, inevitables, amarse de igual manera con el tiempo, aunque fuera en amor silencioso. Nunca nadie nos enseñó a dejar de amar, al menos yo no sé hacerlo, por eso mis mejores amigas en este tiempo son aquellas con las que alguna vez compartí una relación estrecha. Eso me enorgullece y me hace vivir en un mundo fecundo, transparente y amplio. Algo bello y noble, un paisaje hermoso que merece conservar y ser transitado.

El fracaso asociado a las relaciones, ya sean estas relaciones personales, de pareja, de familia, de comunidad o incluso de grupo o nación están estrechamente vinculadas al fracaso de la construcción del paisaje interior de cada persona. El deterioro de todas las relaciones humanas nace de la deconstrucción del individuo, de la propaganda destructiva, de la información sesgada, de la falta de visión y empatía hacia el otro o lo otro, de la falta de abrazos interiores, primero hacia uno mismo y luego hacia los demás. La falta de generosidad hacia el otro es lo que nubla nuestras vidas. Sin embargo, cuando somos humildes y generosos con el otro, la vida se dibuja con otros contornos. Solo hay que ser valientes y reconocer ese amor, expresarlo y compartirlo, sin miedo, sin aspavientos.

Si vemos que la sociedad se autodestruye es precisamente por eso, por falta de paisaje interior, por falta de generosidad. Basamos toda nuestra vida en una planificación exterior que no tiene como base una profunda y arraigada estructura interior. Falla la base, la profundidad, los cimientos, y cuando eso ocurre y algo falla en esa obscena vivencia de lo exterior, todo se derrumba. No hay pilares interiores, fuertes y maduros, que sostengan aquello que creamos fuera.

Lo vemos estos días en las calles, en la política, en la economía. No existen lazos sociales, no existe construcción real de algo que suponga comprensión, apoyo, valores, empatía. Nos invaden los mensajes por doquier que glorifican y endiosan lo superficial, lo material, lo epidérmico. Pero nos faltan referentes interiores, nos faltan abanderados de la dignidad, guías de la raza humana que indiquen el camino de la colaboración, la franqueza, la escucha y el afecto. Alguien que nos guíe hacia lo bello, inclusive en los peores momentos.

Por eso ha sido un día hermoso. De alguna manera siento que bulle y se agita un poderoso nuevo mundo cada vez que ocurre este tipo de reencuentros hermosos. Poder hablar un buen rato con aquella mujer que una vez me robó el corazón ha sido balsámico, alentador, hermoso. La amo con respeto, en silencio, con cariño. Y también a su actual pareja, con la que lleva casi veinte años compartiendo su vida y con el que hemos pasado muy buenos ratos. Nos queremos, porque tras el fracaso bien recibido, puede florecer la belleza de un amor amplio, generoso, puro. Son esas hermosas relaciones que, a pesar de sus crisis, luego resucitan para embellecer nuestras vidas y mejorarlas. Son las lecciones aprendidas junto a ellas las que nos hacen crecer y maravillarnos ante la vida. Son ellas las que construyen con su generosidad un hermoso paisaje interior, una florida y hermosa primavera en nuestros ocultos jardines.

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“La noche polar de helada oscuridad”. Algo sobre la jaula de oro, la jaula de hierro y la jaula de goma


 

Yin: Moriría por defender el sistema. Esa es la seguridad de mi noche polar, de mi helada oscuridad.

Weber describió la burocratización del orden social como “la noche polar de helada oscuridad“. El aumento de la racionalización de la vida social, algo que ocurre con dureza en nuestro tiempo, crea un sistema basado en la eficiencia teleológica, el control y el cálculo racional. Weber llamó a este proceso la jaula de hierro. Esta jaula, invisible pero real, ha creado desencanto en la sociedad despierta. Y el desencanto del desencanto es lo que el antropólogo Ernest Gellner denominó la jaula de goma. Jaula porque implica coacción y de goma porque a diferencia de lo que creía Weber, las condiciones de ahora son algo más flexibles, más elásticas, más líquidas, como diría Bauman. En esa flexibilidad entra en juego las crisis que padecemos en estos tiempos, normalmente fundamentadas en la automarginación, no como algo realmente disidente, sino como una forma de antisistemas que luchan por defender el sistema. Una paradoja que compramos, y a la que nos vendemos al mejor precio (un trabajo, un salario, cierta seguridad).

La verdadera disidencia, la real, sería marcharnos del sistema, no luchar, inclusive con piedras, para defenderlo. Esto es una paradoja de nuestros tiempos. Los que se automarginan y luchan en las calles no lo hacen para pervertir el status quo, sino para protegerlo. Es una indignación falsa, porque nace de la precariedad, de la desconfianza, del miedo a perder la burocratización del orden social establecido. No se lucha por alcanzar la libertad, sino por no perder los privilegios y la seguridad que el propio sistema, en época de bonanza, establece. O inclusive, en paradojas e iluminadas somnolencias, para mejorarlo.

Aquí es donde nace la jaula de oro, más allá de la jaula de hierro y la de goma. ¿Cómo ser disidentes de nosotros mismos, si hemos conseguido un estadio de bienestar inimaginable para nuestros abuelos? ¿Cómo destruir y desapegarnos de nuestro bienestar alcanzado? Tenemos agua caliente, una casa que nos protege, un trabajo, un vehículo, alimento en abundancia como nunca se ha tenido e incluso hospitales gratuitos donde nos atienden a la mínima de cambio. ¿Cómo renunciar a todo eso y marcharse a las montañas, a los bosques, fuera del sistema? Nadie en su sano juicio podría dar un paso de tal envergadura, ahora que hemos descubierto que el alma y sus ansias de expresión tiene un precio (repito, un trabajo, un salario, cierta seguridad).

Yang: Me marcho, libre, a la incertidumbre de los bosques, al día brillante de clara luz. Solo así podré construir mi paisaje interior y contribuir a un mundo bello y armónico.

Eso solo es posible ante una especie de revelación más allá de lo inmediato, lo cercano, lo material. Una revelación mística, si se quiere. Un indicio, un descubrimiento sobre algo que atañe al ser, y no a las cosas que rodean al ser. Una experiencia verdaderamente transformadora y reveladora. Uno no deja su jaula de hierro (conceptos, programas, cultura, educación, valores, herencia) ni su jaula de goma (ilusiones, futuro, progreso, bienestar) ni su jaula de oro (seguridad, dinero, trabajo) por una hipotética libertad fuera del sistema. Amamos el sistema, luchamos por el sistema. Cuando nos enfadamos porque el sistema no es capaz de dotarnos de lo suficiente, tiramos piedras y enrabiados rompemos cristales y escaparates. Realmente no deja de ser una engañifa, una queja de niños malcriados incapaces de plantarse ante el propio sistema y abandonarlo. Un acto cobarde, un desahogo primitivo, ancestral, infantil.

La verdadera disidencia no es romper un cristal. La verdadera disidencia es coger el báculo y danzar alegres hacia el camino de la incertidumbre. Alejados del ruido, de la contaminación, del dinero, del brillo del oro y sus placeres, cabalgar desnudos hacia los bosques. Abandonadas todas las jaulas y sus pesados juicios, volver al origen, a lo genuino, a la libertad verdadera.

 

Amar a la patria en tiempos de desolación. Amor tóxico, amor revuelto


«Oh Gran Patria mía, todos los tesoros tuyos Espirituales, todas tus bellezas inenarrables, toda la infinidad tuya, en todos los espacios vastos y en las cimas, lo vamos todo a defender. No se verá un corazón tan cruel como para decirme: no pienses en la Patria. A través de todo y por encima de todo encontraremos pensamientos para construir, y ellos, fuera del tiempo humano, fuera del egoísmo, -en conciencia auténtica- dirán al mundo: conocemos a nuestra Patria, estamos al servicio de ella y daremos las fuerzas nuestras para defenderla en todos sus caminos». Nicholas Roerich

Hoy no era precisamente un tiempo para celebrar. Quizás sí para recordar. Estas generaciones presentes no tienen tiempo para pensar en la patria. Algunos pierden el tiempo en intentar recomponer la “pequeña patria”, la nación, el atisbo rencoroso del prelado nocturno. El “todo por la patria” se ha convertido en “todo por mí mismo”. En esa incompleta definición, se olvida el sentido de permanencia y pertenencia. Y cuando se consigue, se distorsiona, creando enemigos para poder autorizar un amor perverso y tóxico hacia ese nuevo patriotismo que enarbola banderas en contra de otras.

En estos tiempos de desolación se confunden los términos, los símbolos y las imágenes. Patria lo achacan a primitivos modelos feudales. Lo asimilan a reyes, tricornios o banderas con aguiluchos perennes. Brazo en alto, cara al sol, dispuestos a romper con el patrimonio intangible cultural en nombre de la patria. Esa confusión arbitraria y atroz aleja al individuo de la comunidad, lo aísla, lo encierra, o lo adoctrina hacia otras patrias más permisivas y paternales, donde la patria buena lucha contra la patria mala, creando la somnolienta imagen, ahora débil pero atemporal, de un enemigo odioso.

Las patrias ya no están de moda. Ahora el espíritu de los tiempos es de proximidad. El clan cercano, lo mío, lo inexcusable. La superioridad de unos sobre otros, siendo lo propio verdadero y lo extraño motivo de destrucción. Aunque las patrias ya no tienen mucho sentido, luchar o morir por ellas se ha convertido en una estampa que renueva el ansia de revancha, la histórica y desnutrida manía de anular nuestra emancipación personal a costa de un ideal añejo, rancio, una protuberancia que en mil años se recordará con cierta extrañeza. La distorsión de nuestro tiempo sigue siendo el problema de las naciones. El no sabernos amigos del vecino, el no comprender la diversidad humana, el no querer asimilar la idea de que el otro no es mejor ni peor que uno mismo.

Como cada uno ama a su pequeña patria, a su pequeño país, a su pequeña nación, escondiendo bajo ese amor, siempre infecto, las pequeñeces de sus vidas. Uno se aferra a lo grande para disimular su ridiculez. No es un amor sano donde la patria podría sumar a otras patrias, donde lo común podría alinearse hacia el bien y la verdad. No se trata de eso. Se trata de amar algo odiando a otro algo. El amor a “mi” patria está basado en el odio hacia la “otra” patria. Es como si tuviéramos una pareja y la amáramos bajo la base de que hay que odiar a las otras, a los otros. Es un ridículo histórico que ha funcionado durante siglos, y que aún rememora atisbos viscerales nacidos en la oscuridad de los tiempos remotos.

Hace cuarenta años, unos que amaban su particular visión de la patria deseaban exterminar a la otra patria, a la díscola, a la democrática, que así la llamaban en aquel entonces. Hoy vuelve la paradoja de los tiempos, y una parte de esa patria desea autodeterminarse en contra de la otra patria. De nuevo el odio, pero ahora revestido y maquillado, asimilado como lo natural, al igual que lo natural hace cincuenta años era gritar ¡todo por la patria! con el brazo alzado. Ahora el brazo se alza con piedras, y la historia se repite, tristemente, por ese amor dañino hacia aquello que debería unirnos, a unos y a otros.

Algún día amaremos sanamente a todas las patrias, y entonces, ellas mismas desaparecerán en el inmortal lazo de una sola raza, una sola nación, un solo mundo. Un amor silencioso, que no requerirá expresión y cuyo deseo, íntimo y explosivo, correrá por esas alcobas pacíficas, ocultas, secretas, donde los amantes se expresan sagradamente en sus bellezas inanerrables.

Volver a la tribu


 

Cuando dejamos de ser tribus, la unidad se rajó. Creímos que la pareja, o el núcleo familiar iban a ser suficientes, mientras amistades y círculos de pertenencia nos daban las migajas de efímeras convivencias.

La tribu es mucho más que amigos, y hermanos de sangre. La tribu es la pertenencia espiritual a una hermandad que sostiene y nos invita a sostener. La tribu es donde los roles naturales se comparten, intercambian e interactúan.

Las madres hoy maternan solas sin el grupo de contención y apoyo. Los hijos tienen hermanos que son siempre los mismos, los de la sangre, y los hermanos espirituales que son muchos deberían estar jugando juntos, cocreando. Nos separamos en pequeñas propiedades privadas, corriendo de un lado al otro para buscar el sustento para el núcleo familiar.

Lo natural es agruparnos y mientras unos siembran, otros educan, otros construyen, algunos cocinan, y en el momento indicado nos juntamos a comer, a celebrar, a seguir tribando.

El amor que tanto buscamos, además del amor a sí mismo que se cultiva, no es el de pareja, hijos, familia, sino que al no tener tribu para practicar el amor en infinitas facetas, sobrecargamos la idea de que la pareja, los hijos, y la familia, nos darán el terreno para canalizar el amor.

Sin tribu es como un cuerpo humano desmembrado intentando funcionar, cada miembro por separado.

Tenemos que volver a las tribus donde los abuelos son dignificados y los tíos somos todos. El comercio, la propiedad privada, y el individualismo nos arrancó como ramas del tronco que nos une.

En la tribu todos los dones son bienvenidos, y los roles rotativos no crean aburrimiento ni saturación. En las tribus hay tantos hermanos y hermanas que el compartir es riquísimo y los modelos se alternan.

Ahora se empieza a usar el envejecer entre amigos, y eso es apreciar la tribu. Podemos empezar antes y darles a los niños el entorno saludable donde compartir es natural y donde hay muchos referentes de quienes aprender.

La tribu: Es para crear el amor.”

Texto de Laura Losada

La inmortalidad de la patata


A Lola, madre y abuela.

Nunca lo habíamos hecho, pero la sugerencia nos pareció tan ocurrente que lo intentamos. A las cinco y media de la mañana caminábamos hacia la ermita. Encendimos la vela que este año, como todos los años, habíamos cambiado justo después de las doce campanadas. Nos sentamos en la incomodísima postura del loto, no apta para occidentales, más acostumbrados a la postura del rey Salomón. Nos abrigamos ante el frío invernal con las mantas e hicimos tres respiraciones profundas.

Ritualísticamente tocamos el gong tres veces. Para los profanos, es importante hacerles entender que son tres los toques, no uno, ni dos, ni cuatro. Son tres las luces que hay en todo templo, tres las columnas y tres los malletes que golpean con fuerza el tablero. El sonido es un lenguaje, y cada sonido tiene una razón de ser. Así que para meditar, mejor tres invocaciones con el cuenco tibetano. En la meditación se crea, y para crear, siempre hay que conocer el lenguaje creador. Dejando una suave pausa entre cada sonido, que como ola de mar, va penetrando el pequeño y poco iluminado recinto, nos preparamos para meditar sobre la frase simiente: la inmortalidad de la patata, inspirada por nuestra querida Lola.

Cuando se es misionero o constructor (estamos hablando de la compleja construcción de templos espirituales), siempre hay que guardar un diezmo para poder satisfacer nuestras pequeñas necesidades diarias, y dedicar, con gran tesón, un noventa por cierto de nuestro esfuerzo a la Gran Obra. Esto pocos lo entienden y menos aún pocos lo practican. Algunos invierten la fórmula, pensando que ofreciendo un diez por ciento de su riqueza podrán entrar fácilmente por la puerta estrecha que todo templo resguarda. Es aquí cuando entra en juego la inmortalidad de la patata y su inconexa relación con el relato de hoy.

No es la cosa en sí (la patata) y su orden cósmico predeterminado (su inmortalidad), lo que nos interesa. El fruto de la meditación de tres horas seguidas acompañada de una cuarta justo al atardecer, en el mismísimo momento del ocaso, tenía que ver más bien con la profundidad de la originalidad de su procedencia. ¿Por qué esa patata había entrado esta mañana tan especial en nuestras meditaciones?

La meditación cocreadora es de suma importancia. Un arquitecto no puede consumar su obra sin antes pensarla. Nadie hace nada en la vida si primero no lo ha soñado. Un beso, un hijo, una puesta de sol, un abrazo, una empresa, una cena. Todo ha pasado antes por el registro de nuestra mente, o de nuestros sueños, o de la mente o un sueño de un Creador. Si uno piensa o imagina una patata y la posibilidad de que se haga inmortal, está creando una posibilidad. No sabemos cuál de ellas. Podríamos decir que, por el solo hecho de meditar sobre ello o de escribir sobre ello, esa patata ya es inmortal. Es decir, el sueño produce el acto.

Aquí de nuevo entra en juego el diezmo del constructor, que ha podido imaginar hoy mismo en la posibilidad de enamorarse de una bella dama solo por el hecho de que esta le invitara a patatas fritas. ¿Qué relación puede haber en todo esto? La hay, pero para tener la conexión precisa es necesario tener la visión precisa, para tener visión es necesario silencio, para tener silencio es necesario concentración, y para tener concentración, es necesario meditar. Lo decía Patanjali hace dos mil trescientos años.

Seguramente bajo ese conocimiento, podemos entender la simplicidad de las cosas, y la necesaria indagación en todo aquello que pensamos o imaginamos. ¿A qué dedicamos nuestras vidas? ¿A qué dedicamos nuestros sueños? ¿A qué dedicamos nuestros esfuerzo, traducido en trabajo, tiempo y dinero? ¿Cuál es nuestro diezmo y cual nuestra entrega? Siendo la patata inmortal, deberíamos reflexionar seriamente sobre todo esto y de paso, y porqué no, enamorarnos de todo su espectacular mensaje. No es la patata en sí, es todo lo que encierra cualquier pensamiento simiente, cualquier meditación, cualquier sueño. Pero la cuestión es aún más compleja: ¿qué sueño queremos realmente vivir, el nuestro, siempre pequeño y ridículo, o el sueño del que nos Sueña? ¿Es la patata inmortal algo inconexo o pertenece, sin aún saberlo, a un oculto mensaje de nuestro Soñador? Soñemos en la patata inmortal… y veamos hacia donde nos conduce…

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La perpetua adolescencia de las naciones y su destino


Las naciones tienen vida propia, pero también personalidad, carácter, ideales, doctrina, ambición egoísta o autoridad. También tienen un cuerpo al que llaman país o territorio y un alma al que llaman cultura. Hay naciones que tienen dentro de sí otras naciones, o hay territorios o países que albergan en su seno diferentes naciones, o diferentes personalidades. Hay naciones maduras y ancianas y otras adolescentes. Hay naciones sabias y otras ciegas. Hay naciones más devocionales y otras más intelectuales o ideológicas. Y hay un alma grupal en todas ellas que moviliza fuerzas y energías para su propia y particular evolución.

En la historia de todos los tiempos hemos visto diferentes versiones nacionales. Aquellas que nacieron mediante la aplicación de la violencia, la ambición egoísta y la autoridad. La mayoría de las naciones son fruto de batallas, guerras, conquistas y violencia. Aquellas otras que nacieron bajo ideas como el nazismo, el fascismo, el comunismo, el capitalismo o el socialismo. Suelen ser naciones donde lo prioritario son los Estados por encima de los individuos y los grupos que lo componen, los cuales pueden ser sacrificados para defender el llamado bien general. Luego, y aquí entran las naciones más desarrolladas, están las llamadas democracias modernas, donde, supuestamente gobierna el pueblo a partir de sus representantes. Los gobiernos, en condiciones de normalidad, una normalidad aún no alcanzada del todo, representan la voluntad del pueblo, de toda la nación.

En todo caso, las naciones, la mayoría de ellas, con o sin estado, viven en una perpetua edad adolescente, aún “marcando” territorio, deseando controlar la gobernabilidad o deseando anular las libertades en nombre del bien general o en nombre, últimamente muy recurrente, de la seguridad nacional. Esa adolescencia, esas luchas de egocentristas posiciones son el fundamento de las relaciones internacionales actuales. Pero esto no será así para siempre. La desintegración paulatina de las naciones está favoreciendo la implantación de un alto ideal, aún más intuido que razonado, sobre la unidad de toda la humanidad.

El futuro, siempre alentador, se encamina hacia un inevitable Estado mundial, un gobierno mundial dividido en secciones, en grupos, donde la división será tan solo algo del pasado, algo ilusorio. La madurez de las naciones nos llevará en un tiempo lejano a la muerte de las mismas, dejando paso a unas naciones unidas que velará por todos los pueblos en paz y consonancia, en libertad, igualdad y fraternidad. Y aún más lejano en el tiempo, mucho más lejano, llegará el gobierno de los sabios, de los maestros de la compasión, el gobierno añorado por aquellos que aman la belleza y la sabiduría por encima de todas las cosas. Un gobierno que no veremos en mil años, pero que, inevitablemente, será. Es así como se terminará con esta constante y cansina adolescencia perpetua de las naciones. Es así como los seres libres podrán disfrutar de todos los países, de todos los territorios, sin que nadie pueda decir este es mío o tuyo. Será el tiempo en el que no existirán fronteras, y los dogmas de la tribu, la construcción nacional, no se basará en mitos y leyendas del pasado, sino en vibrantes anhelos de fraternidad.

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Esperanza


“Vosotros ofrecéis un nido para los que están sin fuerza, sin amor, sin pensamientos positivos. Conseguimos recuperarnos y así después es posible volar otra vez con fuerza y el poder de un amor que no es de este mundo. Gracias”.

Esta es la nota que Anna nos dejó hace unos años. Cuando llegó abatida y sin fuerzas a nuestro hogar parecía derrotada por la vida. Como Anna, muchos encontraron en este lugar una oportunidad para volver a empezar. “Gracias a estos días de sanación he comprendido la importancia de la fe y la esperanza”, nos decía. Su testimonio fue suficiente para sentirnos útiles y satisfechos y para obrar el bien con mayor compromiso y responsabilidad. Para ver la delicada línea roja que separa el salir victoriosos de una tragedia o el enfrascarse en la ruina de una vida entera. No todo son éxitos aquí. Algunos se marcharon con el corazón roto. La convivencia siempre es compleja, las condiciones en las que nos encontramos son adversas, el mundo gira siempre rápido y los conflictos no cesan. Es complejo ahondar en la inofensividad sin errar en ella, pero somos persistentes, tenemos coraje y nada nos detiene a pesar de las dificultades que durante estos siete años hemos enfrentado.

Seguramente ahora en la calle hay muchas personas que no tuvieron la suerte de toparse con la madre fortuna que en un momento de crisis extrema abrazó a Anna. Que en vez de una mano tendida están encontrando el desprecio o la desconsideración de una sociedad que no puede hacerse cargo de situaciones límite y extremas. Y posiblemente la mala fortuna obre en muchos seres la desesperación y la desesperanza. En este momento de crisis, nos preguntamos cuál es nuestro verdadero rol, nuestro verdadero propósito, más allá de ofrecer un lugar de sanación y un punto de inspiración donde la generosidad sea el motor que nos impulse.

La profunda y radical transformación que la bondad y el bien pueden obrar en la vida nos acerca cada vez más a la tarea que nos ha sido encomendada como seres, como humanos, como almas errantes de este cosmos infinito. No podemos renunciar a la ayuda mutua, no podemos renunciar al don de colaborar con el bien, a instancias de que esa, y no otra, es nuestra mayor honra. Hacer el bien, motivar la bondad, profundizar en la compasión y en el amor desinteresado no es más que la puerta a nuestra verdadera función humana. Es complejo, es difícil. Incluso en lugares como este, cada vez más abundantes, donde se pone el énfasis en la transformación y el cambio, resulta extremadamente complejo.

Anna ya no está con nosotros, pero quedó para siempre en nuestros corazones. Nos alegró enormemente ser partícipes de esta hermosa transformación y de muchas otras que durante estos años han ocurrido en estas bellas montañas. La echamos de menos, es cierto, como a mucha otra gente que ahora es imposible ver por la pandemia, pero nos alegra que su destino se resolviera con fe y esperanza y nos alegra pensar que este duro invierno pasará y algún día volveremos todos a abrazarnos. La luz que arroja esa fuerza interior es capaz de hacernos volar lejos, muy lejos, y ser partícipes, con ello, de la cadena de unión y transformación humana.

No dudéis en ayudar al desamparado tanto como vuestras fuerzas os lo permitan. Los astros se alinean cada día para que podamos entender esa profunda enseñanza de empoderar al otro con la gracia y el don de la generosidad, a sabiendas de que el espíritu que nos anima es Uno con diferentes rostros. No dudéis en alejar de vosotros el miedo. La esperanza siempre es más fuerte y poderosa. No dudéis en dar la mano al otro, en ayudar al otro, en vencer y ser victoriosos con ello en el reino del amor.

Nosotros seguimos humildemente trabajando en silencio. La casa de acogida sigue mejorando día tras día, a pesar de la complejidad que entraña conservar una casa del siglo XVI. Una de las novedades de este invierno es que por fin tenemos calefacción en algunas habitaciones y por fin hemos podido ampliar el sistema fotovoltaico para no quedarnos sin luz a media tarde. Un pequeño grupo de amigos y voluntarios apoyan el lugar con las labores de mantenimiento, a la espera de que pronto llegue la primavera y podamos abrir el proyecto. Si las cosas van bien, esto ocurrirá el 21 de marzo, coincidiendo con nuestro séptimo aniversario y con el inicio del proyecto de la construcción material y pedagógica de la Escuela Dharana, una Escuela de Dones y Talentos, de Meditación, Estudio, Servicio y una Escuela de Misterios para poder interrogarnos sobre aquello que es más grande que todo lo que podamos abrazar o comprender.

El Grupo Simiente Escuela sigue avanzando. Ya se ha formado un grupo de coordinación y otro de construcción, a la espera de que el resto avance. Financieramente este será un año difícil, parecido al anterior, pero esperamos poder al menos mantener la llama vida, cargada de fe y esperanza, y consagrando nuestro modelo de economía del don, inclusive en tiempos difíciles. Todo un reto, toda una inspiración.

Si las cosas van bien, este año intentaremos solicitar los permisos de obras para la Escuela gracias al maravilloso trabajo que los arquitectos están realizando.  Si conseguimos esos permisos, la idea es que antes de que finalice este año, podamos haber realizado el vaciado de la planta sótano de la Escuela, y empezar así el año que viene con las obras. Este es el propósito y este es el plan.  Si todo va bien, pronto tendremos 24 habitaciones privadas para potenciar los programas pedagógicos de la Escuela, y cocrear así la alquimia necesaria para este nuevo tiempo. Un mundo nuevo está naciendo, y queremos ser partícipes del mismo para que, como Anna, mucha más gente vuele otra vez con fuerzas, junto al poder de un amor que no es de este mundo, un amor indestructible y compartido.

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La cadena áurea y su linaje espiritual


Accolade, Edmund Blair Leighton

 

Las distorsiones de la personalidad ya no pueden confundirnos, ni atraparnos, ni doblegarnos. Ahora tenemos ya la confirmación, el anhelo, la fuerza que nace de la visión de nuestras almas liberadas. En medio de todo ese ruido, en mitad de las necesidades de la personalidad y sus diez mil pequeñas cosas, cada vez se hace más fuerte la llamada al servicio, el inequívoco reencuentro del linaje, de la estirpe de aquellos que sobrevivieron al primer diluvio y anduvieron hacia las tres direcciones señaladas, siempre hacia el Oriente, conquistando grandes montañas y resguardando el Secreto.

Ya nacen de nuevo esas pequeñas albercas, esas fuentes de agua viva, esos pozos de Jacob con ese hermoso encuentro entre tan diferentes realidades. Ya pueden de nuevo verse esos nacimientos de agua viva: el que beba del agua que Yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que Yo le daré se hará en él una fuente de agua que brote para vida eterna, dijo el avatar, el más grande entre los grandes.

Y ahora de nuevo volvemos a despertar, no solo en esta luna de acuario, sino en todas las siguientes lunas, las cuales nos harán recordar nuestro linaje solar, nuestra armadura y lanzas, nuestras batallas una y otra vez con escudos solares, promulgando aquí y allá el nacimiento, época tras época, del alimento que brota de manantiales y fuentes. A pesar de las distorsiones de este tiempo de oscuridad, muchas empiezan a reconocer dentro de sí esa ascendencia y ese tributo para resucitar la cadena áurea.

Los testigos del conocimiento original despiertan inevitablemente de nuevo, protegiendo el Aula de Sabiduría que nació del arcano colegio invisible de sabios. Los dragones se reencuentran, los caballeros empuñan de nuevo la espada y la rosa y los monjes-guerreros reconstruyen con sus manos los templos que otros derribaron. Los Pobres Compañeros crean de nuevo sus encomiendas. Los observantes y frailes menores retoman sus hábitos, aún tímidos, y remueven la tierra con sus manos buscando fruto. Los discípulos e iniciados dan muerte al buey y prosiguen sigilosamente los caminos alentando a unos y a otros, gritando en silencio para que despierten, más allá de dónde canta el gallo, el resto de obreros. La rosa se reencuentra una vez más con los ciclos de la cruz, y el hermético secreto vuelve a florecer entre los llamados hierofantes y sus gnósticos acompañantes.

Es la Gracia de los tiempos, la barakah revelada, la anunciación que a grito de alma hace resucitar a los dormidos, a los dolientes, a los que nunca olvidaron su verdadero linaje. Despiertan las luces nocturnas, los guías de las razas, las almas libres llegadas de todos los confines. Suenan de nuevo las trompetas y se alza la mirada a los cielos esperando la nueva revelación. Ejércitos de miríadas renacen, se reconocen y se ponen manos a la Obra, a la Gran Obra. Hay mucho por hacer, y pocas las manos. No hay tiempo que perder, los Tiempos lo reclaman. La cadena, una vez más, continua en su dorado amanecer. ¡Despertad! ¡Reconoceros! ¡Hollad los caminos juntos!

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La innegable capacidad destructora


“Pero existe algo que el tiempo no puede, a pesar de su innegable capacidad destructora, anular: y son los buenos recuerdos, los rostros del pasado, las horas en que uno ha sido feliz”. Julio Cortázar

Es de consejo apropiado alentar a los que atraviesan malos momentos, sobre la necesidad de reactivar las energías que desprenden sus cuerpos abatidos a base de paseos y carreras. Algo tan simple y aparentemente nimio, puede salvar vidas. Así que hoy, tras la tregua entre tempestad y borrasca, con día soleado, corríamos por la senda larga, aquella que atraviesa la antigua aldea, el bosque de los ancianos, el prado de las hadas y algún que otro rincón secreto entre abedules, castaños y fuertes robles. El agua corría por todas partes gracias a las fuertes lluvias, y aunque aún es invierno y hace frío, podíamos ver los primeros tímidos brotes verdes en las delgadas ramas que rozaban nuestros cuerpos.

Interiormente nos encontrábamos ante dos difíciles noticias. Ambas capaces de destronar al más fuerte de los reyes, al más astuto de los héroes y al más intrépido de los generales de cualquier batalla. Así que respirábamos profundamente, cerrando los ojos y atravesando la puerta estrecha de este momento con prudencia, en silencio, con lealtad a los propósitos que a este año habíamos ofrecido. Todo son enseñanzas, todo son ajustes, todo es necesario.

Minutos antes, mientras salíamos de la cabaña, observábamos despacio cada detalle del paisaje. Los patos, las gallinas, los árboles, la frondosa hierba… Un poco más arriba, los bosques, las montañas aún nevadas y el agua por todas partes. La innegable capacidad destructora del tiempo no había anulado la esperanza y la fe en poder conciliar todo lo que en este instante se había roto. Imaginábamos poder abrazar a los enemigos, a los que nos odiaron, a los que nos maldicen en las noches oscuras. Nos obligábamos a redimir todo aquello que había causado mal, y a mitigar en el futuro la fatiga del necesitado, del hambriento, del que, desconfiadamente, había situado el mal en un lugar equivocado.

En el paseo anocheció. El frío era compensado por la belleza que colmaba cada imagen, cada relato, cada paso dado. No ocurrió nada especial, excepto que llegamos al mismo punto de partida. Los patos y las gallinas esperaban que cerráramos las puertas. Volvimos a la cabaña, y solos, mi alma y yo mismo, cerramos los ojos para escuchar la travesía del tiempo, la escaramuza de las horas, el porvenir incierto, la flaqueza del pasado, los errores que aún deberemos cometer, y ese sin fin de relatos que nacen cuando el alma te arrastra a pasear y, con ese plural corporativo, no tienes más remedio que envejecer juntos.

Miramos las manos frías y agrietadas, el rostro cansado tras las siembras del último día menguante, el trabajo aún por hacer. Queda poca leña y algo de invierno. Aquella mujer nos salvó del frío, pero al mismo tiempo, nos llevó hasta la noche helada. La recordamos con cierta melancolía mientras cerramos las canillas al llanto, en la bruma nocturna, esperando aún inocentes el cándido aroma a hogar añorado que nunca fue. Nos sentamos en el sillón que llamamos de los buenos ratos, porque es ahí, junto al fuego, donde calentamos el trozo de vida merecedora. Y es ahí donde contemplamos el mundo desde un aleph borgiano diferente, desde una visión altanera, compacta, sensoria, escudriñando siempre el lejano horizonte, su infinito. Es ahí, en ese lugar, donde todo parece perecer, donde el mundo deja de girar y el universo entero se contempla entre suspiro y aliento. Es en la trémula noche de invierno cuando la esperanza equinoccial se presenta cada día más posible y soportable. Seguiremos, alma y ego, solos, apartados del mundo, sigilosos e invisibles. Seguiremos paseando porque es un consejo apropiado, una necesidad para reactivar la parte más etérica de nuestros cuerpos, esa que nos conecta con el principio vida a base de movimiento, ritmo y cadencia. Algo tan pequeño puede salvar vidas. Algo que nos lleva a los buenos momentos, a los rostros pasados, al punto en el que la leña se acumuló y las ausencias helaron esta estancia. Sí, seguiremos paseando, recordando las horas en las que por un instante, fuimos felices.

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Construyendo el conciliábulo secreto


Antiguamente, fueron transmitidos los más profundos secretos. Desde tiempos inmemoriales se entregaron en sociedades secretas arcanos misterios. Tan solo aquellos que habían pasado por una dolorosa iniciación, eran verdaderos recipiendarios de los mismos. Ahora ese dolor sigue igual de agudo, estrecho, penetrante, pero más oculto si cabe. Los escuchamos en la canción de cuna nórdica. En los aullidos de lobos lejanos, en la nieve, el fuego, en el temblor de los árboles mecidos por la inclemente tempestad, y en los suaves pasos de peregrinos que incesantes, se reúnen una y otra vez en los bosques.

Todo se conjuga por fuera como un momento de destrucción desolada, acompañado, paradójicamente, por un momento de eterna calma en el interior, junto al fuego. La soledad se hace aguda, pero ahora es llevadera, incluso agradable ante las sombras del ímpetu. Hay un punto de quietud donde la necesidad desaparece y donde los ritmos se vuelven calmos, atrayentes, simpáticos. Por fuera todo se cae, mientras que por dentro todo se reconstruye. Es una sensación hermosa, que nace de otro lugar, de otro tiempo, más cercanos a los aullidos de los lobos lejanos y la nieve, más próximos a la ocultación del misterio y, por lo tanto, a su protección inevitable, una y otra vez, por los siglos de los siglos.

Es cierto que la fragua y el cobertizo han cambiado, pero solo es una ilusión. Son la misma fragua y el mismo cobertizo de todos los tiempos. Unos pasos más allá, junto a la logia ahora de piedra antigua, se encuentra el conciliábulo, aún por construir. Será secreto, y tal vez, su masa crítica será invisible para los ojos profanos. Pocos comprenden la necesidad de dicha construcción. La piedra es un símbolo, pero también es un proceso, un receptáculo, una gorra mitraica para los misterios. Los antiguos conocían el secreto de construir con piedras vivas, que sirven, en otros planos, como imanes o antenas que atraen las fuerzas cósmicas que resplandecen desde los siete rayos de aspecto y atributo. Los siete constructores creadores no son herejes ni cismáticos, pero es cierto que se reúnen en secreto, y en el futuro conciliábulo, en la gran casa común, encontrarán refugio para la adoración en común de sus dioses especiales. Allí habrá un pequeño altar y también la incomprensible cámara del medio, protegida siempre por tres luces.

Para que todo sea efectivo, debe tratarse con discreción. Se debe recordar el arte de construir la gran casa de todos sin ofender a los espíritus de los árboles abatidos. El arte de forjar metales para poder conciliar a los espíritus hostiles. Los secretos de los alimentos y los de las ceremonias que aseguren su éxito. El arte de enseñar el origen de los misterios y la manera secreta de mantener a raya la naturaleza oscura de los que transitan por el lado tenebroso. Todas aquellas cosas que fueron en el pasado remoto artificios y oficios que requerían del secreto para ser efectivos, ahora deben tratarse aún con mayor cuidado y recelo, pues estamos en los tiempos de la tribulación, y la destrucción creará confusión y un profundo sentido de desorientación.

Todo se destruye ahí fuera, excepto el calor del fuego remoto, perdido en los bosques. Los arcanos misterios resuenan temblorosos en los arrullos de las largas noches. Pacientes, se espera el momento para poner la primera piedra, la que llaman angular. Ella guardará a aquella rosada misteriosa, escondida ahora en lugar secreto, protegida. Tierra, cimientos, estructura, vacío. Todo para cobijar el misterio. Todo para dar espacio a la luz cubierta, al fuego, al aullido, al canto cósmico creador.

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Los tipos de consciencias en la evolución humana


Hay diferentes tipos de consciencias, diferentes modos de ser, diferentes realidades y diferentes vías de evolución. El tipo de consciencias se pueden dividir en siete, dependiendo del poder de adaptación consciente a las circunstancias que nos rodean y de nuestra capacidad de ver más allá de las formas que nos aprisionan en la materia.

1. La primera consciencia tiene que ver con la adaptación inconsciente al medio ambiente. Estamos hablando aquí de la consciencia básica del homo-animal que se rige aún únicamente por el instinto más primitivo. Son personas que viven solo para la subsistencia material y la reproducción, basando sus vidas en ello, sin ninguna otra motivación.

2. En esta segunda etapa, nace la consciencia en el ser humano que empieza a tener ciertos destellos de percepción inteligente y alguna actividad mental más allá de la propia adaptación al medio. Aquí estamos hablando del primer contacto con el egoísmo y el amor propio. Existe mayor consciencia del “yo”, y por lo tanto, una mayor independencia, habilidad y astucia para ver aspectos del ser más allá de la pura subsistencia.

3. A partir de aquí, pasamos a la etapa de la consciencia puramente egoísta. El ser humano empieza a tener móviles más allá de la pura subsistencia, pero se rige exclusivamente por el deseo de tener comodidad en todos los sentidos, material, emocional e intelectual. Se lleva bien con todos y se adapta a todas las circunstancias, pero desde la consciencia egoísta, sin mayor implicación que esta.

4. En este tipo de consciencia empieza a nacer la consciencia grupal no instintiva. Existe el reconocimiento de grupo más allá de los puros egoísmos personales y un primer reconocimiento de los derechos y sensibilidades de los otros. Es donde empezamos a interactuar con los otros de una forma más desapegada hacia los resultados.

5. A partir de esta fase evolutiva nace la consciencia del ser humano realmente bueno, que intenta adaptarse a las relaciones y responsabilidades grupales desde la inofensividad y el trato constructivo. Ya no basa únicamente su vida en actitudes egoístas, sino que va explorando poco a poco posibilidades de ayuda mutua y cooperación grupal.

6. Aquí tenemos a los aspirantes de aquellos que anhelan realizar un trabajo más profundo sobre su propia consciencia. Están completamente entregados al trabajo grupal en sus diferentes aspectos y siente la necesidad de ser completamente útiles a esta labor. Es cuando nace la necesidad de realizar un trabajo consciente para disciplinar la naturaleza inferior, instintiva, egoísta y de supervivencia para poder aspirar a un trabajo de mayor responsabilidad y compromiso. Se puede decir que es a partir de aquí cuando el ser humano empieza a tener cierta consciencia “espiritual”, es decir, consciencia de pertenecer a algo superior a sí mismo. Es cuando empieza un verdadero entrenamiento para acceder a sus poderes latentes con la intención de poner dichos poderes al servicio grupal. Nace entonces cierta llamada, aún confusa y débil, que lo guía en la búsqueda de este nuevo sentido más allá de sí mismo.

7. En este tipo de consciencia tenemos a los que en la tradición antigua se denominaban discípulos e iniciados. Son los que han alcanzado cierto grado de evolución significante y su interés ha dejado de ser personal, dedicando sus vidas al desarrollo, necesidad, propósito y evolución grupal. Enfocan su atención mental en la vida “espiritual” y en el aún desconocido mundo de las almas. Son aquellos que conocen la Gran Obra, y disciplinan sus vidas personales para ser unos perfectos constructores de la misma. Intuyen y conocen el Plan, actuando en cada momento y época según las necesidades del mismo. Es la consciencia de los llamados hermanos mayores de nuestra raza humana o también conocidos como los grandes compañeros, los guías que con su trabajo silencioso y su ejemplo debe acompañar al resto desde la inconsciencia a la consciencia de lo que realmente somos. Son los que unifican y no dividen, los que integran y no destruyen. Son los verdaderos constructores de la raza humana.

Sintetizando podríamos decir que hay dos caminos bien definidos, los caminos de la personalidad y sus necesidades, y los caminos del alma y sus propósitos. Ese que llaman el camino del alma es lo que algunos conocen como el camino del corazón, porque da respuestas a algo que nos supera como personalidades. Ya no servimos, de alguna manera, a los intereses egoístas que todo individuo posee, sino que nos aferramos a una causa mayor que en la mayoría de los casos, por nuestra falta de visión, no podemos ver ni entender en su conjunto. Pero ahí está el alma, susurrando a nuestro corazón, para que tomemos ese difícil camino, inevitablemente, a medida que nuestra propia consciencia se va expandiendo. Algunos lo llaman el toque de clarín, otros la llamada, y una vez sentido, dejamos de ser esclavos de las necesidades de la personalidad y nuestros inconscientes egoísmos y sentimos la liberación que este tipo de consciencia nos ofrece para evolucionar.

En el mundo de los arquetipos, esto es conocido con el nombre del “secreto de traslación”, relacionado muchas veces con el poder de elevación y libertad que ejerce la aspiración espiritual. No hablamos aquí de una ciega y a veces inútil aspiración emocional, sino más bien de un proceso evolutivo que tiene que ver con nuestras conciencias y nuestra cada vez mayor evolución como seres humanos. Esta transfiguración es una liberación, subordinando nuestras vidas a la expansión ininterrumpida de la consciencia grupal.

 

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