Cerrado por vacaciones


Al perder la esperanza, hallé la libertad. Cada noche morimos, y cada nuevo día, tenemos la oportunidad de renacer a algo nuevo y diferente. Cuando apretamos nuestros pechos contra la vida, el corazón parece latir más fuerte. Se escucha su rugido, su urgencia, su necesidad. Se puede sentir el palpitar y el aleteo de su frecuencia cardiaca. Allí se deposita el chacra verde, uno de los hilos que conducen a la vida. El chakra del corazón regula y equilibra nuestras emociones, especialmente aquellas afines al amor propio, al amor hacia los demás, a la compasión, a la armonía en las relaciones y la conexión emocional con nuestro yo superior, con nuestra consciencia más profunda, con nuestra yo esencial.

Late, late fuerte cuando pierdes toda esperanza, cuando mueres cada noche, cuando al día siguiente, resucitas de nuevo. Hay siempre un pequeño rasguño en las grietas de todo cielo. Uno mira hacia arriba y ve de nuevo las nubes, el sol luminoso, las montañas a lo lejos. Y luego imagina el mar, sus orillas y playas cambiantes. En cada nuevo día, uno aspira a ser mejor persona, a amar con delicadeza a los demás, incluso abrazar el infortunio, ese que espera en cada esquina, tras cualquier árbol o reflejo.

Desde un punto de vista oriental, casi diría que budista tibetano, todos morimos poco a poco. Cada instante que pasa es un fugaz momento que desaparece. El tiempo es la única medida posible para perpetuar un recuerdo, un intervalo, un sentir. La esperanza de la mañana no es la misma que la esperanza de la noche. La libertad de saber que vamos a morir provoca esa urgencia, provoca ese deseo, esa angustia por correr hacia todas partes.

Aún no lo sabemos, pero estamos viviendo en un mundo de sucedáneos. Nuestra propia arrogancia y languidez nos aleja de lo auténtico. De hecho, lo auténtico, lo diferente, nos da pánico. Todo aquello que no esté a la moda o que no sea aceptado por el común de los mortales, es motivo de espanto. Cuando algo o alguien auténtico se nos acerca, huimos despavoridos. Todos somos copias exactas de otras copias de otras copias. Compramos y vestimos la misma ropa, bebemos las mismas cosas, comemos exactamente lo que come el vecino. Nuestra obsesión durante décadas fue comprar cosas para estar a la moda, al día, con lo último. Ahora nuestra obcecación es la de vivir somnolientos, apartados de la vida, siendo una copia, un sucedáneo sin consciencia, sin autonomía, sin libertad.

Por eso, de alguna manera, cuando uno pierde la esperanza por todo, inclusive por el ser humano, halla cierta libertad. La libertad de estar de vuelta, de ser auténtico, de no ser ninguna copia ni sucedáneo. La libertad de ser un Buda o un Baphomet, de ser crucificado como un Cristo o de ser condenado como un Lucifer. Ser auténtico implica estar condenado al ostracismo, a la indiferencia, al caos. La libertad, cuando carece de esperanza, tiene un coste muy alto.

Lo que poseemos acaba poseyéndonos. El trabajo, la hipoteca, el bienestar, los estragos rudimentarios de la normalidad. Cuando no posees nada, cuando lo has perdido todo, inclusive la esperanza, nace un sentimiento de plenitud absoluta. Cuando has sido despojado de toda atadura, inclusive aquellas que nos imponemos en nuestro imaginario urbano, te despides del mundo y abrazas la resurrección.

Nos perdemos buscando la perfección de las cosas y nos olvidamos del gran gozo y disfrute de lo imperfecto. Esa es la trampa de nuestro tiempo. Un cuerpo imperfecto, un alma imperfecta, una tierra cadente, un cielo gris, un verano frío y silencioso. Olvidamos que el mundo está hecho de pura imperfección, y de ahí nuestra frustración constante. De ahí nuestra esclavitud hacia las cosas perfectas, inabarcables, imposibles. No existe una relación perfecta, ni un amigo perfecto, ni una pareja perfecta. Los cuentos donde la perfección roza la agonía fueron fabricados como adormideras, como somníferos para nuestra alma. No existe una verdadera metamorfosis si antes no ha existido una verdadera autodestrucción.

Es por eso que nos da pánico lo verdadero, lo real, lo imperfecto. Es como rechazar los puntales básicos de cualquier civilización, de cualquier pensamiento ilustrado, de cualquier percepción inteligente. Es por eso que no somos libres. Pero al perder la esperanza en lo perfecto, de nuevo, la libertad. Solo cuando perdemos todo, cuando ya no anhelamos ningún tesoro ni perfección, somos libres para actuar, para vivir, para soñar…

Retablos


«La verdad es que, a pesar de las dificultades insuperables, todos nosotros siempre esperamos que algo extraordinario suceda». «Y las montañas hablaron», Khaled Hosseini

Me levanté perezoso a las seis. Un día largo me esperaba. Como llovía, tras acercar al bon home a la estación de tren, volví y me quedé en la oficina, en mi querido balneario. Desde hace tres semanas no paro de trabajar en la editorial, así tengo menos tiempo para pensar, para fugarme y huir a cualquier isla paradisiaca.

Como fue su cumpleaños, me invitó a comer pizza, pues sabe que es la mejor manera de sacarme de mi atolladero. Un alma cándida y noble, de belleza exquisita por dentro y por fuera. Si pudiera y quisiera tener hijos quizás le pedía santo matrimonio. Pero más allá de nuestra profunda amistad, no hay llama que nos acompañe. Así que pasamos un rato hermoso, compartiendo bromas a sabiendas de que en todo el valle somos los solteros de oro, solteros ya casi sin remedio, no sé si por nuestra edad o por nuestras propias exigencias a la hora de elegir pareja. Si tenemos que tirarnos a la piscina, por lo menos que sepamos que va a merecer a pena, dure lo que dure y ese precio es alto, muy alto, y así nos va.

Me llamó después de once años sin saber de él. Me tiene larga estima porque según sus propias palabras, le salvé la vida publicando su poemario. Era o editar un libro o tirarse por la ventana, me dijo agradecido. Nos pusimos al día después de tantos años ausente de tantas y tantas cosas. Me recordó a la bella maga, y me decía que no debía enseñar todos mis ramales mentales. La gente se asusta cuando nota un exceso de inteligencia, me decía congojado. Nunca encontrarás pareja si no escondes algo de esa luz. Como no tengo abuela, cuando alguien me echa algún piropo me retuerzo de alegría, porque todos deseamos que de vez en cuando nos rieguen los oídos con algo bueno y positivo. Lo contrario, aunque esté vestido de sinceridad, produce malestar y destrucción. Así que mejor aprender a decir cosas bonitas, y mejor guardar los torpedos autodestructivos solo para momentos de extrema urgencia. Por cierto, gracias querida Lola por las hermosas palabras de ayer, palabras que resucitan a un muerto.

El día de antes otra amiga me llamó diciendo que debía rebajar mi lista de exigencias. Que no podía ser tan inflexible en un tema tan fluido como es el amor. Me resulta difícil explicar esto sin ser excesivamente arrogante u orgulloso. A veces la soledad es mejor compañera que la necesidad, y por necesidad, no deseo arriesgarme a compartirme a cualquier precio. De ahí que la exigencia siga inmaculada. Desde hace muchos años ya no estoy en venta, ni en lo económico ni en lo profesional ni en lo emocional ni en lo espiritual. No soporto la gente que hace turismo emocional y se vende a cualquier precio, se entrega a cualquier suma o prostituye su cuerpo y su alma solo por búsqueda de placer placebo. Solo obedezco la voz de mi alma, cuando puedo escucharla, porque a veces, el ruido de la vida cotidiana te aleja de su llanto. Y nunca sabes por qué el alma te lleva de un lado para otro, de una persona a otra, pero sé que alguna poderosa razón tiene, y a ella obedezco.

A pesar de las dificultades insuperables, siempre espero que algo extraordinario suceda. Al fin y al cabo, la vida del alma siempre resulta extraordinaria. Incluso cuando nada ocurre, si estás mínimamente en diálogo constante con tu interior, con tu consciencia, con tu yo esencial, siempre ocurre algo extraordinario. El propio hecho de estar vivos, de respirar, de sentirte expandido en el hilo vital ya es motivo suficiente para experimentar la existencia como algo extraordinario. Ojalá este sentir pudiera ser compartido de forma estrecha, en un sempiterno abrazo, en una alianza cómplice y sentida llena de vida, amor y consciencia. Todo esto me lo repito una y otra vez para no olvidarlo. Especialmente ahora, en esta fragilidad que aún debe durarme un tiempo.

En fin, retablos de estos días, por eso de seguir sanando poco a poco. Al final del día uno termina comprendiendo de que no es el tiempo el que lo cura todo, sino la comprensión. Le prometí a mi querida M. que el día uno de julio guardaba mi calimero. Ahora que ya estoy medio bien, cargado de melancolía pero bien, espero poder hacerlo. Lo prometido es deuda. Ya tengo algo de comprensión, y ya ha pasado algo de tiempo. Y quien sabe, a lo mejor a partir de mañana algo extraordinario ocurra.

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Sueños de amor perdido


© @ingefotografie

Soy un triste juguete del destino, que dijo Shakespeare. ¡Ven, noche gentil, noche tierna y sombría! Ya no me interesa la fortuna ni el éxito de ese intrépido amanecer de la vida. Ahora solo pretendo que exista dulce poesía. Poesía y amor. Amor y aventura, amor por encima de todo. Ese amor capaz de derrumbar la vida, capaz de hacer explotar el mundo en mil pedazos, desquebrajando cada retablo e impostura. Un amor impetuoso e ingobernable, como un huracán cuyo ojo se derrama por mil océanos. Ese amor que te arruina y embelesa, que te esculpe en las montañas y te derrama como líquido ardiente en los valles. Amor ardiente, amor férvido y abrasador. Como esa llama añorada, llama de melancólica avenida. La llama, decíamos ayer. La llama que no se apaga ni se extingue, ahora secreta y tímida.

Nada se puede comparar a un día de verano donde la brisa agita y los corazones gritan desesperados. No hay verano sin beso, que decía aquel. Cómo podríamos desterrar de nuestro corazón el sentir hinchado. Todo se ensancha en los atardeceres, aguardando el infortunio desesperado de la noche, del sueño. El amor negado destruye el alma. Es un nuevo día, claman unos. ¡No! Es un nuevo mundo, dicen otros. Qué luz asoma en esa ventana, qué brillo despierta en ese rincón teñido. Qué insoportable espera, qué sofocante despertar cuando uno solo desea soñar, dormir y soñar.

Es el oriente el que nos despierta, con sus brisas y sus sabios, con sus rayos y su belleza. Es el oriente el que porta la luz al mundo y el que nos aleja de los sueños. Amanece pues sol y a la envidiosa luna mata, decía el poeta. Eso pretendo, que haya poesía y amor, y aventura, pero amor por encima de todo, y sueño, porque sueño, yo no lo estoy. Sueño, sueño alborotado, de noche y de día.

Quién eres tú que de nocturnas sombras, sorprende mis secretos. Quien eres que no dejas mi pensamiento, ni abandonas el pecho que alguna vez robaste de su aposento. Jurémonos los dos amor eterno, oh amor mío, amor mío, decía la canción. Corazón que inunda la aventura, que copia los versos de aquellos que lograron perpetuar la oda incluso en las noches donde el amor profundo se desnudaba frágil y trémulo. Porqué erramos y decidimos permanecer tan pobres, cuando nos sentíamos tan afortunados y ricos. ¡Ay amor mío, amor mío! Clamaba la canción. ¡Dónde quedaron los aullidos de la noche, los paseos de la manada, los lobos de esa estepa solitaria!

Siempre temí que al ser de noche solo fuera un sueño. Un sueño demasiado dulce y afable, profundo y perpetuo. Ser sensible es un poder, no una debilidad. Quien ama y sueña no pierde. Quien ama y sueña alcanza la inmortalidad. ¡Ven noche gentil, ven de nuevo! ¡Ven noche tierna y sombría!

Esa luz no es la luz de la mañana. Las crestas de los montes no hierven en niebla trémula. Es la nocturna expedición que parte hacia imposibles caminos. Hiende sus carnes en el grito solitario. Sacude la mirada, siempre perdida, en los océanos celestes. Por qué partir tan pronto. Quédate aquí, en el sueño, esa no es la luz de la mañana. Es la llama que incandescente ilumina nuestras noches cuando no sabemos qué camino tomar.

Oh triste paz, que nace con el día, de la que el sol no quiere ser testigo. La escena nocturna es para soñadores. Y ya veis todo lo que nos ha traído los sueños. Todo cuanto ocurrió fue obra nuestra, obra verdadera, sueño verdadero. Y ahora, bajado el telón, soy un triste juguete del destino. ¡Ven, noche gentil, noche tierna y sombría! ¡Ven, sueños de amor perdido! ¡Ven, llama mía!

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A veces un abrazo es la palabra exacta


© @adso.cc

«A veces un abrazo es la palabra exacta». Nerea Delgado

Uno a veces se arrepiente de algunas cosas. Por ejemplo, al calcular mal el ángulo de tangencia energética del bosón de Higgs o al asumir que la poesía fue creada solo para los poetas. O como aquella vez que mi amada aristócrata embajadora me invitó a una recepción con el Rey y yo me negué a asistir arguyendo mi postura republicana. O aquella otra vez que el tren cerraba sus puertas para siempre y no me atreví a subir al último vagón por miedo a… ¿a qué? Nunca olvidaré aquella escena de amor y lágrimas. O esa otra vez que, en vez de ofrecer palabras dulces, quizás por cansancio o por advertencia, salió un agravio malsonante que lo destruyó todo. O aquella otra vez que no abracé, cuando sabía que un abrazo era la palabra exacta, lo único que cualquier situación extraña requiere para redimirse.

Quienes conocen el significado profundo de dar un sentido abrazo saben de lo que hablo. Un abrazo verdadero, de esos que duran una eternidad porque son sentidos y engullen a cualquier alma, son realmente pura sanación. No requieren palabras, no requieren excusas ni argumentos: solo un sentido y prolongado momento de amor.

A los que no nos educaron en la cultura del abrazo nos faltó algo. Es difícil de explicar, pero crecimos faltos, carentes, o con un sentido menos desarrollado, por supuesto, un sentido anímico, emocional. La cultura del abrazo en la infancia debería ser una asignatura obligatoria, tanto en el ámbito familiar como en el escolar. Los abrazos cumplen con una función social amable, reconciliadora y esperanzadora. Ante cualquier disputa, un abrazo sentido podría sanar las diferencias, los puntos de vista errantes, las locuras que se cometen cuando uno pierde todo sentido y percepción de la realidad. Uno dejaría de perder la razón ante un sentido abrazo. Resolver la falta de cariño evitaría seguramente muchos males de nuestra sociedad.

Un abrazo nos sanaría de la falsedad y la mentira, porque ahí no se puede uno ocultar ni esconder. Un abrazo sentido te desnuda, por eso quizás no es algo bien permitido en una sociedad tan mediocremente mentirosa. Al abrazar, al mirar profundamente al otro desde la percepción extrasensorial del abrazo, uno ve lo que hay y descarta inmediatamente todo aquello que no existe. En un abrazo se nota cuando hay trasparencia. En un abrazo se difumina toda la duda.

Toco a diario el piano e improviso melodías mientras observo atento todo lo que ocurre en el bosque. La música siempre acompaña y de alguna manera abraza nuestros instintos, nuestra consciencia, nuestra intuición. La música es como un abrazo sentido porque te transforma, te aligera, te llena de vida y esperanza. Ahora imagino esas notas de piano que se despliegan por los árboles de este pequeño bosque de robles y blancos abedules y viajan hacia ese lugar donde habita lo milagroso. Y me imagino que cada nota abraza aquello que mis manos no pueden abrazar. Imagino que cada octava supura esa transparencia que siempre anhelamos.

A veces un abrazo es la palabra exacta, el sonido necesario, la música de nuestras vidas. Un abrazo, un almabrazo, como decimos y practicamos por aquí tras los cantos y las meditaciones. Un suspiro del alma que alienta a otra alma. Un alimento que pocos comprenden, tan aislados en sus soledades y enredos, en sus abismos, en sus oscuras travesías por desiertos interminables. Aún hay fuego en las almas que abrazan, y vida en los sueños que despiertan sin miedo cada mañana.

Un abrazo, en términos matemáticos, es la relación trigonométrica entre el lado adyacente y el lado opuesto de un triángulo rectángulo que contiene ese ángulo. Musicalmente es un Do sostenido atravesado por un Re mayor. Para un poeta, es la fusión de dos mundos atrapados por un isótopo de imposible tamaño. Como las puertas de aquel tren, o aquellas palabras que faltaron cuando no se podía decir nada más. Nuestra vida media es del orden de un zeptosegundo para el universo infinito. Abracemos cada instante. No hay tiempo para mucho más. Abracemos la vida, y sanemos con ello todo cuanto nos duela. Abracemos al próximo prójimo.

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Aguardo paciente el próximo milagro


© @olivierrobertphoto

«Espero que el amor verdadero y la verdad sean finalmente más fuertes que cualquier infortunio». Charles Dickens

Me levanto temprano y hace frío. Apenas ocho grados y bajando en las profundidades del bosque. Voy a la meditación, pero aún no dispongo de ánimo suficiente para acudir también a los cantos mañaneros. Poco a poco. Abrazo el dolor mañanero con mucha paz interior y mucho amor para ella, a la que le deseo el mejor de los caminos. Ha sido mi maestra y amiga estos meses, y se lo agradezco profundamente. Al fin y al cabo, de eso se trata. De ser maestros unos de los otros, el tiempo que determinemos y el grado de profundidad que seamos capaces de soportar. Maestros en el dolor y en la felicidad. Maestros en lo bueno y en lo malo. Maestros de nuestros amigos y de nuestros enemigos, para que así todos aprendamos a vivir, a experimentar, a relacionarnos algún día desde la paz, el respeto y el amor. Desde la verdad, lo original y lo esencial, hasta que nuestro verdadero maestro interior despierte y resplandezca.

Así que abrazo el dolor con cariño, sin exponerlo al sufrimiento constante. Duele, porque hubo amor. Duele porque hay amor. Duele porque habrá amor. Y ese amor infinito requiere esfuerzo y aprendizaje, requiere entrega y sinceridad, requiere proximidad y coraje. Duele, claro que duele, porque hubo amor y esperanza y deseo. Y eso ya no se olvida, permanece sempiterno a cada instante.

Y cuando el amor ya no se puede abrazar, ya no se puede estrujar entre las manos ni soportar entre las sábanas, entonces duele. Y es ahí cuando aprendes a amar en silencio, una de nuestras grandes especialidades cuando la falta de coraje y el temor vencieron la batalla. Amar callados, amar en algún rincón boscoso, bajo el roble, a su izquierda, en el frío de la mañana y la templanza de la tarde.

El viento de las horas barre los caminos. El tiempo pasa inexorable. Es algo en lo que pienso mucho últimamente. El pasar del tiempo, el ocaso de aquellos dioses que decidieron abrir el canal de la vida a un constante devenir. ¿Cuánto nos quedará realmente? ¿Días, semanas, meses, algunos años más? No lo sabemos, de ahí la siempre urgencia de vivir, de amar, de enloquecer a cada instante.

Por eso estoy eternamente agradecido. Sin tiempo de guardar ningún rencor, ni odio, ni resquicio. Solo amor, solo paz, solo deseos para que la vida le sonría y sane sus dolencias. El bosque es terapéutico. El manto verde, la piel de la tierra, los olores y el canto de los pájaros, la belleza de las flores, el susurro del aire, la brisa mañanera. Todo se balancea y abraza. Aquí no puede haber queja, solo agradecimiento infinito. También algo de espera, porque sabemos que la vida, cuando te abres a ella, siempre es milagrosa. Y aguardo paciente el próximo milagro.

El milagro de la metamorfosis. El milagro de la transformación. El milagro del cambio necesario para seguir adelante. Ya vendrá el amor, y el abrazo, y la sonrisa, y la complicidad. Ya vendrá todo aquello que dota de sentido al mundo. Porque un mundo sin amor se extingue, desaparece. El amor es la fuerza que brota de todos los resquicios. Empujada por la voluntad de vivir y guiada por la sabia consciencia, el amor emerge en cada rincón, desde cada cobijo. En el azul de la mañana, en el manto verde de la cálida tierra, en las montañas y en los ríos. Todo fluye y se expande gracias al amor. Los seres humanos vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser en este cálido y acogedor deseo amoroso. Amarnos a nosotros mismos y amar al otro. Hacer el amor por la mañana, y todo el día. No cabe otra posibilidad si realmente estamos vivos. De ahí que aguarde pacientemente al próximo milagro.

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¿Y ahora qué hacemos?


© @ccseyes

«Ponerse a querer a alguien es una hazaña. Se necesita una energía, una generosidad, una ceguera. Hasta hay un momento, al principio mismo, en que es preciso saltar un precipicio. Si uno reflexiona, no lo hace. Sé que nunca más saltaré». «La náusea», Jean-Paul Sartre

La madurez, decía John Houston, es la capacidad de aceptar la incertidumbre. Alguien también decía que la madurez era el comenzar a hacernos responsables de los hechos probables, de tomar decisiones y de comprometerse con sus resultados. Después de cuatro años huyendo de cierta realidad, hace cuatro meses decidí arriesgarlo todo a una y tomar una decisión arriesgada en medio de una gran incertidumbre. Al principio parecía que la decisión, el riesgo, había merecido la pena y había sido mágicamente acertado. Sentía que era justamente lo que tenía que suceder, casi diría que era algo inevitable, porque ya llevaba meses sintiéndolo. Pero al final resultó ser todo un auténtico fracaso, un auténtico fiasco, una de esas mentiras burdas de la vida.

Cuatro largos años esperando esta oportunidad para fracasar al primer intento después de descartar cientos de posibles oportunidades. He venido a pasar unas horas a la biblioteca de mi particular balneario porque hoy sentía que debía pensar sobre estas decisiones, sobre estas incertidumbres. ¿Debo ahora esperar otros cuatro años o debo apresurarme a vivir y salir a las calles en búsqueda de esa felicidad añorada? Desde que todo terminó hace casi tres semanas me han llovido todo tipo de ofertas, a cual más motivante. Podría elegir entre todas ellas alguna que pudiera distraer mi cabeza y mi corazón. Podría volver a arriesgar y ver qué pasa, o saltarme todas las reglas autoimpuestas y dejar de ser tan exquisito y pusilánime a la hora de elegir una u otra realidad.

Llega el verano y repaso uno por uno todos los sueños rotos en tan solo unos días. Sueños profundos, sueños locos, pero verdaderos. Los sueños rotos te crean una sensación extraña. Pensar que todo fue una fantasía o una mentira te crea de nuevo un escudo protector, una especie de defensa que te aleja de la vida.

Aún así, mi exigencia sigue en pie, y tiene que ver con el amor, la vida y la consciencia. ¿Cómo volver a retomar esa difícil tarea? Parecía todo tan fácil hace unas semanas. Y ahora, me parece todo tan complejo y difícil y arriesgado. Me dijo una amiga en un paseo reciente que cuando dejara de desearlo esa realidad se manifestaría. Pero a veces pienso que las cosas muchas veces suceden a base de desearlas. Que la realidad muchas veces se construye porque la imaginamos, porque la deseamos ardientemente, porque es algo que viene de un sentir profundo.

Intento sanar estas heridas distrayéndome con mil cosas. La experiencia me dice que es el tiempo el que lo cura todo. Pero ahora el tiempo apremia, porque uno ya no tiene veinte años, y sigo preguntándome porqué tardé cuatro años en dar estos pasos. ¿Qué me hizo esperar tanto, más allá de un dolor y un fracaso aún mucho más profundo que el actual? Interiormente siento que no puedo volver a esperar otros cuatro años.

La vida corre deprisa, y luego no habrá un después. Es ahora o nunca. Es hoy y no mañana. Es aquí y ahora. Así que supongo que, de nuevo la conclusión será, el volver a empezar, el volver a salir al mundo y no dejar pasar el tiempo. ¿Para qué esperar? Las heridas se irán sanando, pero hay que ponerse de nuevo el traje de guerrero y salir a esa batalla. Y lo que tenga que suceder, inevitablemente sucederá.

Dejar de mirar hacia atrás y hacia dentro y empezar a mirar hacia fuera y hacia adelante. Caminar, caminar, caminar siempre con fe y esperanza, acertemos o no. Así que adelante, sigamos nuestros sueños, una y otra vez, que las almas aguardan impacientes el momento de poder atravesar el portal de la vida, el amor y la consciencia. Sigamos, sin miedo, hacia adelante, porque no habrá un después. Saltemos a ese precipicio, ya no hay tiempo para otra cosa.

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Hacia una octava superior en la espiral


© @ninapapiorek

«Confié en ti… te dije mis debilidades, te mostré mis defectos, mis cicatrices, te conté mis recuerdos más dolorosos y tú… tomaste nota, y me golpeaste justo en esa herida que mil veces te dije cuánto me estaba costando sanar». Gilraen Earfalas

Nuestras vidas a veces se desarrollan en auténticos laberintos de los cuales no podemos escapar, o en auténticas espirales que nos impulsan cada día hacia una octava superior.

La sensación de estar en un laberinto sin salida es la de agobio, cansancio, desesperación, tristeza y agonía. A veces, cuando la situación es desesperante y tienes la intuición de que ese laberinto supera con creces tus fuerzas y expectativas, la vida te ofrece la posibilidad de torpedearlo. Cuando torpedeas un laberinto por su base de flotación todo se hunde de repente, y todo desaparece, descubriendo con ello que nada era real. Es doloroso, pero también nace una sensación de alivio y libertad. Un buen torpedo a tiempo hace que todo explote por los aires, y al hacerlo, algo se libera. Es punzante, sí, pero es necesario. La mentira, la ilusión y la fantasía, esas poderosas armas que nos llevan a laberintos sin salida que pueden durar semanas, meses o incluso años, requieren a veces de una implosión perfecta. Si esa implosión perfecta no produce ningún daño, es que era nuestra percepción la errónea, y todo permanece o se transforma para mejor.

Tener un momento de fuerza e iluminación nos permite romper con algo caduco, falso o innecesario en nuestras vidas. Ese instante de revelación a veces requiere destruir lo añejo para empezar a construir lo nuevo. Lo nuevo siempre revela la unicidad esencial que existe en todas las cosas. Es algo que nos conecta con el aspecto interno de la vida, del amor y de la consciencia, negando completamente la apariencia externa que nace de la separatividad. Cuando llegamos a este grado de comprensión en nuestras vidas, hacemos explotar y destruir todo aquello que ya no está en nuestra frecuencia de unidad, de amor, de vida, de consciencia. Trabajos que no nos aportan nada, relaciones tóxicas que nacen y se desarrollan en una continua mentira, situaciones de cualquier tipo que nos alejan de nuestra esencia y de nuestro ser…

Cuando ocurre ese momento de destello, logramos viajar y navegar lejos del laberinto, para subirnos a la ola de una nueva octava superior en la espiral de la vida. Nos agarramos con fuerza al hilo de Ariadna y buscamos a la tejedora que nos debe elevar hacia una nueva dimensión de experiencia y oportunidad. Si vencemos y aprendimos la lección, nos elevamos en la profundidad del ser y la experiencia vital. Si fracasamos, la experiencia volverá con mayor virulencia.

Este tipo de confusiones vitales, de laberintos de la vida, ocurren cuando no logramos separar el mero deseo de las cosas con respecto al profundo anhelo y propósito de nuestra alma. Cuando estamos con personas o en situaciones únicamente por la búsqueda de un deseo y su posibilidad de satisfacción, es posible que esto al final termine en un gran sentimiento de frustración. Si conseguimos lo deseado, nos vendrá una inevitable pregunta: ¿era esto lo que realmente deseaba nuestra alma, nuestra consciencia, o era tan solo un capricho, un deseo banal? Esa frustración nos conduce al laberinto del que hablamos, a una eventual pasividad en nuestras vidas, pareciendo todo depresivo o de una gran futilidad. La frustración nos puede llevar a una vida insulsa, sumisa, donde todo se acepta, incluso lo cruel o lo mentiroso. ¿Cuántas veces nos hemos sentido engañados, golpeados, maltratados cruelmente? Ahora cambiemos el sentido de la pregunta: ¿cuántas veces hemos dejado que nos engañaran, que nos golpearan, que nos maltrataran? ¿Y durante cuánto tiempo?

A veces esa frustración nos lleva a desesperantes caminos de escape, los cuales nos empujan a mundos ilusorios, de ensueño, mundos igualmente mentirosos y engañosos. Un encarnizado conflicto de esta naturaleza puede llevarnos a nuestra propia autodestrucción. Incluso el no querer ser moldeado por las circunstancias y el medio ambiente nacidos de ese deseo mal entendido pueden provocar una trágica ruptura con la vida.

Deseo estar con esa persona, deseo ese trabajo, deseo más dinero, deseo una vida tranquila, deseo una familia feliz… pero… ¿son esos deseos realmente reales, o son fruto de una fantasía, una necesidad o un trauma? ¿Cómo poder discernirlo?

Si nos hace sonreír, si nos aporta paz y alegría interior, ese es el camino, esa es la vía hacia una octava superior en la espiral de la vida, el amor y la consciencia. Somos expresión y existencia, actores dramáticos de una realidad increíble. Encontremos nuestra espiral, nuestra voz, nuestro camino y dejemos lejos de nosotros los laberintos sin salida. Absorbe, domina y utiliza toda tu fuerza para seguir avanzando y busca la felicidad merecida con situaciones merecidas y personas amables, sinceras, sanas y merecidas.

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El Sendero de Purificación


© @caetanophoto

“El que no se esfuerza cuando es el momento de esforzarse; el que, aún joven y fuerte, es indolente; el que es bajo en mente y pensamiento, y perezoso, ese vago jamás encuentra el Sendero hacia la Sabiduría”. Dhammapada, 277 – 282

“Hollamos el Camino de Purificación y, poco a poco, se nos despoja de todo lo que apreciamos: la codicia por la forma, el deseo de ser amado y el gran espejismo del odio y la separación”. AAB

Muchas almas se están preparando para tener pleno dominio de la materia antes de pasar a tener pleno dominio sobre sus estados de ánimo y sus emociones. Más tarde vendrá la ardua tarea de tener dominio también sobre los pensamientos y así poder anclar algún tipo de consciencia en sus vidas.

Antes de que todo esto ocurra, se debe atravesar lo que la tradición antigua llamaba “el sendero de purificación”. Es un periodo en la evolución humana donde mediante el empleo de algunas disciplinas, se consigue cierto autocontrol. En nuestra época moderna, dichas disciplinas físicas están asociadas a lo que ahora llamamos deporte. Antiguamente, todo lo relacionado con lo militar pretendía de alguna manera conseguir ese autocontrol. La disciplina militar en muchas épocas ha sido, en tiempos de paz, cambiada o transformada por la disciplina deportista.

Estas disciplinas han ayudado al ser humano a evolucionar hacia la consciencia de sí mismo. También se han sofisticado mediante dietas vegetarianas o métodos higienistas, la práctica del yoga o la propia meditación, herramientas o técnicas que pretenden crear un mayor dominio sobre nuestros cuerpos. Por suerte para todos los seres sintientes, las dietas vegetarianas o veganas están en boga en nuestro tiempo, y poco a poco se van consolidando como una alternativa sana y saludable en nuestras sociedades desarrolladas, no solo para nuestros cuerpos físicos y dolientes, sino también para la salud de todo nuestro planeta.

La inofensividad hacia otros reinos y la impersonalidad son pruebas imprescindibles en el sendero de purificación. Este sendero es imprescindible antes de empezar a hollar el sendero de probación y más tarde los llamados por la tradición antigua como el sendero del discipulado y el sendero de iniciación. Las complejidades de cada uno de estos senderos son difíciles de exponer si antes no se ha podido poner en práctica el abc del sendero de purificación: una dieta basada en la inofensividad y un cuerpo físico sano y equilibrado, libre de sustancias y abusos de todo tipo.

Realmente el sendero de purificación es complejo porque no se trata de atraer hacia nosotros ciertas disciplinas, sino, en términos más profundos, alinear todas nuestras dimensiones humanas, todos nuestros cuerpos tangibles e intangibles, para volverlos transparentes, dóciles y amables para la luz. Digamos que los antiguos entendían que cada cuerpo de la personalidad: el físico, el etérico, el emocional y el mental debían purificarse para que la luz de la consciencia o de nuestra alma pudiera atravesarlos y dirigirlos de forma correcta o clara. Entendamos el término de «luz» como una fuerza o energía que provoca en nosotros mayor visión, desarrollo interior y consciencia.

Cualquier distorsión en alguno de esos cuerpos provoca inevitablemente un atasco de esa consciencia, que de no ser tratada mediante la correcta acción o “purificación”, puede provocar trastornos (mentales o emocionales), enfermedades, dolencias de todo tipo o dificultades. Algunas enfermedades propias de este sendero están asociadas a problemas con el cerebro o la glándula tiroides. Los verdaderos buscadores encontrarán fórmulas adecuadas para equilibrar estos desequilibrios o contradicciones.

Los que hallan en la espiritualidad cierto consuelo y alivio, deben comprender que adentrarse en sus senderos requiere esfuerzo y disciplina, trabajo, preparación y perseverancia. Las bases de ese trabajo y esa preparación pasan inevitablemente por el sendero de purificación.

Men sana in corpore sano. Una mente sana en un cuerpo sano, que decían antaño. Una mente sana no es necesariamente una mente inteligente y audaz, sino una mente que basa su vida y actuación en la verdad, la consciencia y la disciplina. Un cuerpo sano no solo pide pan y deporte, también que ese pan sea inofensivo y ese deporte adecuado a nuestras limitaciones diarias.

Antes de enfrentarnos a cualquier tipo de progreso espiritual o de consciencia, el Morador del Umbral acechará para ver si hemos cumplido con nuestros propósitos nobles y con nuestra meta interior. La acrecentada sensibilidad hacia los reinos animales en los próximos tiempos será una de las pruebas que la humanidad en su conjunto deberá enfrentar. Mientras eso ocurre, la avanzadilla humana ya nos está indicando el camino a seguir: una vida más sana, equilibrada, impersonal e inofensiva.

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Litha, un momento para quemarlo todo



Dice la tradición que algunas enseñanzas secretas sobrevivieron al gran diluvio. Algunos tuvieron la responsabilidad de mantener y conservar el Arca de la Antigua Sabiduría a través de todos los ciclos y todas las mareas del tiempo. Esos servidores de la humanidad, llamados por los sufíes el “círculo interno de la humanidad”, enseñaban que toda la sabiduría es una sustancia que se puede recolectar y almacenar como la miel. Un fuego secreto de los dioses capaz de sobrevivir en el tiempo. El conocimiento de la ley del siete y la doctrina del mantenimiento recíproco son siempre conservadas por aquellos que leen y portan la antorcha de la luz que impera en los mundos tenebrosos y oscuros.

Según relata la tradición órfico-pitagórica, una vez es liberada el alma por la muerte, asciende y entra al cielo por la Puerta o Solsticio de Cáncer, desde donde desciende a sufrir una nueva encarnación en el mundo de las formas.

En las tradiciones paganas, Litha, la noche más corta del año, es precedida por el sabbat conocido como Beltane. Es un momento donde la trayectoria del Sol, vista desde nuestra perspectiva, se detiene antes de invertir su dirección. A lo largo de toda la historia humana, las escuelas de misterios y los mitos enseñaban sobre los ciclos vitales de la vida. Ciclos de nacimiento, vida, muerte y resurrección, ejemplarizando lo que ocurre en toda la naturaleza, primero desde nuestro infantil temor, y más tarde desde la exploración consciente más audaz hacia la luz de la sabiduría. Es la luz, el calor y el fuego lo que resalta todo rito como símbolo de nuestra vida interior, de nuestra alma, de nuestro verdadero rostro ante la realidad confusa.

En la tierra que me vio nacer, esta noche de verbena, la de San Juan, es quizás una de las noches más importantes del año. También lo es para esa otra tierra simbólica en la que nací dos veces, siendo el solsticio de San Juan un punto de referencia, llamándose incluso ellos discípulos directos de San Juan, aquellos que trabajan en las logias de San Juan. Es decir, aquellos que trabajan en la luz, para con ello ahuyentar las tinieblas.

Lo importante de esta noche, que casi suele coincidir normalmente con el solsticio de verano, la noche más corta del año, es que es un tiempo para quemar en la hoguera de la purificación todo lo añejo, todo lo antiguo, todo lo que ya no vale o ya no nos pertenece. Es llevar hacia la luz purificadora todo aquello que con el tiempo se ha vuelto oscuridad.

Esta noche he sido invitado a un sarao para celebrar la noche con unas meigas muy especiales. Además de celebrar la adquisición de una finca que servirá de punto de luz en esta tierra celta, danzaremos alrededor del fuego para purificar nuestras almas y para resaltar lo importante de volver a empezar.

Las fiestas del fuego siempre son purificadoras y protectoras. Las hogueras que se encienden, simbolizando la bóveda celeste y una llamada de atención a los dioses para que protejan las cosechas, son también momentos para quemar aquello que ya no sirve, aquello que hay que abandonar y enterrar, para que de sus cenizas retoñe lo nuevo. Encender hogueras es dar fuerza al sol para que, en su declive, en ese menguar hasta el próximo solsticio, nunca se apague. Simbólicamente ocurre lo mismo con nuestro sol interior, con nuestra alma, con nuestra consciencia. Dotar de fuerza a la misma para que en el devenir de los días y las pruebas que surjan a partir de ahora, sean asumibles y exitosas. Quemar la mentira, en resumen, para que surja lo verdadero.

Esta primavera ha sido una de las más hermosas, al mismo tiempo que una de las más duras y difíciles que recuerdo en mucho tiempo. Por eso hoy es un día muy especial. Un día para dar gracias por todo lo aprendido, por todo lo sembrado y recolectado, por todo lo compartido y soñado. Y un día para quemar aquello que debe volar hacia otro destino, hacia otro merecido lugar.

Nunca como en estos meses había estado tan cerca de la última Thule, como la describía nuestro Séneca. Nunca había estado tan cerca de cumplir con los últimos sueños, un sueño individual pero también grupal. Nunca, en tanto tiempo, el amor se había abierto de forma tan clara y sincera hacia el camino de la vida y la consciencia.

La fórmula geométrica y mágica (1+1=8/9) que tanto poder e influencia ha ejercido en mi en estos meses debe quemarse en los anales del no tiempo. Romper con el hechizo, romper con el sueño, con la fantasía, para empezar de nuevo, esta vez más atento, más consciente, más despierto, desde lo Real, que diría Gurdjieff, porque la vida es real cuando yo soy. Sí, quemarlo todo, y quemarlo bien, para volver a empezar, y ser, en esencia, lo que somos.

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Suerte con el examen de mañana…


 

Nunca. Más. Nos dice el miedo. Vale, dice el amor resignado. Y entre medias, ahí está la existencia para recordarnos algunas cosas. Dicen que en el devenir nada se conquista definitivamente. A veces tenemos la sensación de que estamos en una continua lucha como Sísifo, arrastrando la vida hacia arriba en una desesperante e inútil tarea cuesta arriba. Otros días nos sentimos agotados en esos infinitos trabajos herculianos o viajando hacia ninguna parte en una odisea donde, día sí y día no, nos convertimos en un heroico Ulises. Lo cierto es que todo son pruebas, exámenes, ensayos, intentos, tentativas, experiencias, aprendizajes.  No tan solo doce trabajos como los de Hércules, sino infinitas pruebas día y noche que pretenden hacer de personas buenas, personas mejores.

Mañana tendrás un examen importante. No lo dudes. Es importante porque este día marca una decisión que lleva consigo algunos sacrificios, algunas prioridades, algún discernir entre lo prioritario y lo secundario. La vida toma buena nota de todo. No es un examen formal, donde alguien te hace unas preguntas a cambio de unas respuestas. Te examina la vida porque ante ese hecho, tuviste que elegir unas cosas y sacrificar otras.

La vida siempre es así. Nos hace elegir constantemente para poner a prueba nuestra capacidad de discernimiento, de complejidad, de acierto, de visión en espiral, circular o lineal. La vida nos mira con lupa para luego cobrarse sus deudas. Una a una. Siempre. De ahí que cada examen vital tenga sus propias trampas, sus recovecos, sus ilusorias salidas. Todo un laberinto donde aprendemos y desaprendemos.

Por eso, en verdad, cada día es un examen. Un examen que nos ata o nos libera, una prueba en la que, al amanecer, damos gracias por seguir respirando, y al anochecer, nos inclinamos humildes por seguir vivos. Cada día es un bendito acontecimiento, un milagroso advenimiento que nos recuerda la urgencia de vivir.

¿Qué hemos elegido hoy sembrar para recolectar en el mañana? ¿Hemos sembrado amor o discordia? ¿Hemos sembrado generosidad o egoísmo? ¿Hemos sembrado empatía o narcisismo? ¿Hemos sembrado dolor o sanación? ¿Alegría o tristeza? ¿Coraje o temor? ¿Verdades o mentiras? He ahí el examen al que nos enfrentamos hoy, y mañana, y todos los días.

Pero el de mañana es especial, porque hoy ya estamos cansados, aturdidos, melancólicos. ¿Pero qué pasa con mañana? ¿Qué peculiaridad especial tiene el acontecimiento de despertar de nuevo como si hubiéramos vuelto a nacer? Cada día trae su afán, y es una buena oportunidad para enfrentarnos a una evaluación completa, atenta, generosa. ¿Obraremos el bien en esta nueva jornada? ¿Seremos dóciles pero justos? ¿Obedeceremos los mandatos de nuestra alma y su mediadora, el corazón, o nos dejaremos llevar por los ridículos análisis de nuestra mente, siempre divisora y excesivamente precavida, cobarde, mentirosa?

Mañana es un gran día. La vida te pone a prueba, te evalúa. Mucha suerte en tu examen. Mucha suerte en la vida. Que seas siempre feliz y abundante, generosa, real, auténtica, leal a tus sueños y a los tuyos, y siempre empática y cándida con el resto. Buena suerte, feliz vida.

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Ahí fallaste


“El que no ama siempre tiene la razón. Es lo único que tiene”. Antonio Gala

Las personas se definen por muchas cosas, especialmente por su manera de quedarse. Pero, sobre todo, por su manera de irse. Admitamos sin miedo que fallamos muchas veces. Sepamos reconocerlo, sin avergonzarnos, si al hacerlo somos capaces de perdonar y sentirnos perdonados. El cometer errores forma parte de nuestra existencia. Nos define como humanos, y define a los demás ante nosotros. Cada vez que cometemos un error, podemos ver en el otro su capacidad de amor, su incondicionalidad, su verdadero rostro. El equivocarnos es un test, una prueba, para saber quienes son los imprescindibles, esos que sabes que siempre estarán a tu lado, en lo bueno y en lo malo.

Ahí fallaste, como tantas otras veces haremos a lo largo de nuestra vida. Fallamos cada vez que nos encerramos en nuestro diálogo interno, sin apreciar el mundo externo. Fallamos cuando en vez de una sonrisa, ofrecemos tristeza y apatía. Fallamos cada vez que nos levantamos malhumorados, sin ganas de absolutamente nada, por el simple hecho de abrir los ojos. Fallamos cada vez que huimos sin enfrentarnos valientes y con coraje a los retos del día a día.

Fallamos al otro constantemente, sin saberlo, sin adivinarlo. Y ellos nos fallan constantemente, sin juzgarlos, sin pretender hacer cizaña de sus errores. Nos fallan día tras día cada vez que ante el dolor o el sufrimiento adolecen o desaparecen. Tan acostumbrados a estar en lo bueno, se vuelven invisibles en la decadencia y la enfermedad, ya sea esta del cuerpo o del alma.

Fallamos a nuestros cuerpos con la dejadez, con el descuido, con la falta de sensibilidad hacia esta máquina casi perfecta. La envenenamos todos los días con todo tipo de sustancias, con todo tipo de alimentación, sin importarnos lo más mínimo que efectos provocará en nuestro futuro. Cuando la máquina falla por mal mantenimiento, enfermamos y nos quejamos, olvidando los abusos pasados. Ahí fallamos, fallamos todos los días.

Fallamos en el amor porque no sabemos amar. Pensamos que el amor es algo que se da espontáneamente, pero fallamos cuando olvidamos que el amor, como cualquier tipo de fuerza o energía, requiere de un disciplinado cuidado. Se ama o no se ama, pero si se ama, hay que entregar el extra, en toda circunstancia, en todo momento. Tenemos el mejor ejemplo en el cuidado y la crianza de los hijos. No se pueden dejar de amar ni un instante, no se puede descuidar el amor hacia ellos ni un solo segundo del día. Esa incondicionalidad que aprendemos cuando hemos tenido que criar a un ser frágil, debemos aplicarla a todo tipo de amor: familiar, relacional, amistoso. El amor no es un objeto de usar y tirar, el amor es la más grande de las fuerzas del universo, y debemos honrarla como se merece. Si fallamos en el amor, fallamos en la vida.

Sí, fallamos a la vida cuando nos alejamos de nuestros sueños, cuando damos por supuesto que ya solo nos queda ir improvisando día tras día hasta que todo termine. Fallamos cada vez que nos alejamos de nuestro propósito vital, sea el que sea, y cuando por pereza o cansancio dejamos de hollar nuestro sendero, olvidando siempre el lazo que nos une a la existencia. Fallamos cuando nos alejamos de nuestra alma, de nuestra consciencia, de nuestro espíritu más profundo, y al hacerlo, nos alejamos, sin darnos cuenta, del misterioso devenir.

Fallamos cada vez que queremos tener la razón por encima de todas las cosas, y sí, tendremos o no razón, pero será lo único que nos quede. Tendremos razón en el hecho de que el otro nos falló, pero nos quedaremos solos con esa razón, porque el otro, ante el injusto o desproporcionado ataque, se marchará. Tendremos siempre razón en todo, pero será una razón que solo nos servirá a nosotros, porque al final de nuestros días, nos quedaremos a solas con ella.

Sí, fallamos en todo, todos los días. Y ahí está nuestra capacidad para volver a empezar. Para pedir disculpas cada vez que fallemos, para perdonar al otro cuando nos falle, para remendar lo roto, para reconstruir los sueños, para volver a empezar, una y otra vez. Sanar no es más que curar las heridas cada vez que fallamos, en lo material, en lo anímico, en lo emocional, en lo mental y en lo espiritual. Fallaremos, una y otra vez, pero podemos sanar, curar, restituir.

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Hieros gamos o el matrimonio sagrado. Las bodas alquímicas


© @aows

Y yo, Juan, vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. (Apocalipsis 21: 2)

Estamos en tiempos de fertilidad, en un momento en el que los dioses se consagran en un coito sagrado para fertilizar toda la tierra, los cielos y los mares. El hieros gamos hace presencia en todos los ritos de esta época, disfrazados con atávicos recuerdos que nos hacen reconocer la grandeza de la creación. Son tiempos de bodas sagradas, de bodas alquímicas, donde lo sublime engendra vida. Es tiempo de crear vínculos indestructibles, relaciones reales, amplias, de almas que se reconocen, más allá de cuerpos que se atraen.

El humano, en su progreso hacia la tecnificación, ha perdido el contacto con lo sagrado, y por lo tanto, la conexión con la vida. Las máquinas inundan nuestras vidas, también el comercio, el espectáculo, el entretenimiento, el trabajo esclavo y la mentira. Nos alejamos constantemente de lo sagrado porque ha dejado de ser entendible. Los parámetros de verdad, de mito, de simbología, de atracción hacia lo oculto y mistérico, ya no tienen razón de ser. Las máquinas gobiernan nuestro mundo mentiroso, y eso nos aleja de lo real.

Las bodas sagradas han dejado de existir. Resulta muy difícil encontrar a la pareja perfecta, aquella que es capaz de encajar armónicamente en la química sexual, en la alquimia energética y anímica, en el turbulento mundo emocional, en la mente e inteligencia y por último, en una relación álmica pura y sencilla, de recuerdo consciente y reconocimiento. Estos componentes han sido sustituidos por el interés, el mundo mentiroso o la engañifa. Cada vez cuesta más encontrar a alguien con la cual puedas complementarte a la perfección, y muchas veces ocurre que cuando la encuentras, son tantas las barreras o los miedos, que preferimos sabotear la relación o salir corriendo, por no sentirnos merecedores de la misma.

El fundamento principal de las bodas alquímicas, del matrimonio sagrado, del hieros gamos, es producir fertilidad y vida. El fundamento de la vida, campo de experiencia para todo tipo de seres, es un acto sagrado. Las personas que se acercan a esta visión están condenadas a la desesperación, la soledad o la humillación. ¿Quién hoy día tiene el coraje de esperar paciente a participar en una boda alquímica? ¿Quién desea realmente comprometerse de tal manera?

Es una pena que los valores de lo sagrado, del respeto, de la entrega y la sinceridad se hayan perdido en nuestro tiempo. Es una pena que venza la mentira o el engaño, que las relaciones de pareja estén basadas en tipos de interés o en esporádicos encuentros sexuales. Es una pena no poder encontrar un lugar donde poder retornar a lo sagrado de la entrega, a la relación espiritual entre dos seres que se reencuentran para emprender un camino de vida y consciencia.

Las damas y los caballeros de la piedra dorada han desaparecido. Desaparece la poesía, lo bello, lo tierno, lo frágil. Miramos en el espejo de este tiempo y todo es provisional, incierto, mentiroso. ¿Qué hay peor que la mentira? Sí, es cierto que la verdad a veces es dolorosa, pero nos hace libres, nos libera de las angustias del mundo ilusorio. Nos traslada a una realidad diferente.

Buscamos el elixir, lo sagrado, el encuentro de almas, pero el miedo nos atormenta, saboteando cualquier posibilidad de acierto. El coraje deja paso a la cobardía. Nos encerramos en bóvedas oscuras donde la luz no es capaz de atravesarnos. La vida muere porque no fuimos capaces de adentrarnos en la fertilidad de la primavera. Lo sagrado deja de tener sentido en un mundo deprimente y decadente. El verano se agota y ya no hay fruto.

Los que aspiran al matrimonio sagrado deben realizar la alquimia interior, progresar en la consciencia de uno mismo y enfrentarse a los avatares de nuestro tiempo con coraje y humildad. Y luego enfrentarse a la búsqueda inacabada del otro, de aquel que desee crear vida y consciencia desde el amor, la entrega y la verdad. Ojalá la mística de la unión vuelva algún día a tener sentido. Quizás eso nos salve como humanidad.

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Correspondencias con el ser humano que está despertando


© @victorrcostta

«La vida es todo eso a la vez: lucha e intriga, sabiduría y belleza. Y si ignoras alguno de esos aspectos, pierdes la oportunidad de comprenderla de forma global, y tu capacidad de influir en ella con algo que la oriente hacia un camino mejor». Naguib Mahfuz

Antes de que el ser humano fuera lo que es, dormía. Luego empezó a vivir un mundo de ensoñación y más tarde despertó a una realidad diferente, una realidad llamada por la tradición antigua individualización o humanidad. Está descrita en oriente como la batalla que Arjuna tuvo que enfrentar en el campo de Kurukshetra. Es la gran batalla entre los deseos de la personalidad y la realidad del alma, que intenta manifestarse y apropiarse de la vida unificada. Es un momento de crisis determinante entre la consciencia humana y su móvil inconsciente, ese que aún vive en las sombras del egoísmo y el mundo ilusorio.

Cuando ganamos esa batalla, la batalla de la consciencia contra la inconsciencia animal que muchas veces nos caracteriza, desarrollamos en nuestro interior tres tipos de consciencias: la consciencia sensitiva, la consciencia creativa y la consciencia mental. La paradoja de la evolución humana es que se acredita como algo que debe situarse en relación a sí mismo, a su familia humana y al orden cósmico establecido, es decir, a nuestra realidad como entidades que giran en torno a un astro llamado Sol dentro de un planeta menor llamado Tierra. Nuestra consciencia, siempre expansiva, debe alcanzar una visión y comprensión mayor de todo cuanto le rodea, cuestionándose a cada instante las experiencias que atrae hacia sí misma para su crecimiento y expansión.

Hay muchas oportunidades para hacer el bien en el mundo. Para poder hacer el bien se tiene que tener un tipo de consciencia moral, algo que imprima carácter a nuestra personalidad, y sea capaz de discernir y comprender la valiosa oportunidad de obrar en bondad, sencillez y delicadeza. La batalla de Arjuna trata de eso, de dejar de arrastrarnos por lo instintivo, asociados muchas veces al miedo y la protección, lo cual puede, en muchas ocasiones crear situaciones egoístas, dolorosas o violentas. Desterrar lo instintivo para abrazar lo intuitivo, aquello que nos acerca a la consciencia, al saber, a la voluntad de obrar el bien, al amor compasivo.

Lo que la antigua tradición llamaba alma no es más que un centro de consciencia. Al igual que nuestra mente, nuestras emociones, nuestra energía y nuestro cuerpo físico son un campo de experiencia. Una mente inteligente y analítica no sirve de nada si no tiene consciencia. Tampoco es un campo de experiencia útil si no tiene un corazón noble, una energía limpia y transparente y un cuerpo sano que pueda soportar el peso de toda existencia. Las ideas abstractas pueden ser llevadas a cualquier tipo de comprensión, pero de nada servirá esta comprensión si no puede ser llevada a la acción desde una perspectiva compasiva y amorosa. Es la praxis, y no las palabras, lo que determina nuestro destino.

Dicen que la finalidad de la vida es obtener experiencias para ir mejorando como seres. En el ser humano que está despertando, esas experiencias cada vez son más intensas, críticas y provechosas. De él dependerá su aprovechamiento y su crecimiento posterior. La experiencia se puede obtener de forma inconsciente, lo cual puede producir ensimismamiento en uno mimo y, por lo tanto, nulo aprovechamiento de la misma. Están aquellos que perciben tenuemente algún tipo de aprendizaje, adaptándolo prácticamente a sus modos de vida, normalmente de forma egoísta, sin mayor trascendencia que la de un aprovechamiento práctico. Y están aquellos que perciben la profunda finalidad y aprendizaje de la experiencia, aplicando el poder inteligente del discernimiento y la elección, para extraer con ello todo el beneficio posible, no solo para el crecimiento de su consciencia, sino también, para el crecimiento y expansión de la consciencia grupal.

En el arco ascendente de la vida, debemos observar si deseamos despertar a una consciencia mayor, o simplemente, nos conformarnos con ser meros espectadores de un mundo que, en muchas ocasiones, se nos queda grande, nos oprime o dejamos de corresponder. La vida una se manifiesta en nosotros, y en nosotros debe despertar el deseo de adquirir mayor experiencia para disponer de mayor aprovechamiento de esta oportunidad única e irrepetible de aprendizaje existencial. Todo despertar, todo crecimiento, conduce a crisis inevitables, a encuentros con seres notables que nos ayudarán en nuestro progreso, y momentos difíciles que nos harán recolocar nuestra vida, en la Vida. Podemos entender esta vida como una “prisión” o como una forma de “revelación”. De nosotros, y de nuestra consciencia, dependerá sentirnos de una u otra manera.

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Comprar galletas y alpiste


«No hay una vida completa. Hay sólo fragmentos. Hemos nacido para no tener nada, para que todo se nos pierda entre los dedos. Y, sin embargo, esta pérdida, este diluvio de encuentros, luchas, sueños… Hay que ser irreflexivo, como una tortuga. Hay que ser resuelto, ciego. Pues cualquier cosa que hagamos, incluso que no hagamos, nos impide hacer la cosa opuesta. Los actos demuelen sus alternativas, he aquí la paradoja. La vida, por tanto, consiste en elecciones, cada cual definitiva y de poca trascendencia, como arrojar piedras al mar». «Años luz” , James Salter

Esa era mi lista de la compra. Una definición absolutamente realista de mi momento vital. El alpiste para los pajarillos del bosque. Las galletas, para no pensar. Todo lo demás puede esperar. La lealtad, la honestidad, el turismo emocional, la reducción del apetito global por la prima de riesgo, los viajes, las aventuras, los libros. Todo son fragmentos, ahora ya no hay nada completo. Al menos así lo percibo en estos días tristes, solitarios, de pura dejadez.

Llegó por fin el gran diploma de doctor. No me hizo ninguna ilusión, ni siquiera la idea de tener que ir a recogerlo al sur. Tal y como está la gasolina, a uno se le quitan las ganas de ir al Ikea a comprar un gran marco para colgar, aunque solo sea este, algún diploma en la pared. No sé donde tengo todos los demás. Algunos aquí y otros allá, pero ninguno colgado. Hemos nacido para no tener nada, y un diploma más o menos no nos hará especiales, aunque ese diploma sea el de doctor en antropología. Ahora todos ellos me resultan absurdos. Como si todo se perdiera entre los dedos. ¿De qué ha servido todo eso? ¿Para qué, si a cada paso me alejo más de la consciencia y de la vida? Todo supura de forma extraña. Todo carece de sentido cuando te alejas de la creación, de su sentido, de su lógica, cuando el corazón se abandona en esa deriva incierta.

Esta mañana a una de las perritas le dio un síncope en el sendero de los castros. Yo no estaba, me lo contaron los de la casa de acogida. Iba deambulando buscando galletas y alpiste con la moto eléctrica y me paré a comer una cuña de pizza cuatro quesos en una carretera baldía. Allí me llegó la noticia. Por suerte pudieron reanimarla. La ola de calor y sus cosas. Me senté y miraba al infinito, a las montañas del fondo que dividen esta tierra celta del resto del mundo. Me imaginaba qué había más allá y la buscaba entre los mapas imaginados. Mi alma la busca y todo supura. Esta pérdida es como un diluvio de encuentros con la nada, de luchas, de sueños. Me pregunto cual ha sido la razón de conquistar el cielo para luego perderlo de inmediato, en un suspiro, sin motivo alguno, sin explicación alguna, sin oportunidad para remendar las paradojas. Un hola acompañado de un adiós, y todo se acabó.

Luego fui a esa exposición de piedra mineral. Excelentes trabajos, incluso cuando pude adivinar un tratado pitagórico puesto al revés. Me quejé a la autora y dijo que había sido Manolo, que debió ponerlo mal al no entender su significado profundo, esotérico y oculto. Me pareció una aberración, pero fingí que no me importaba y me fui a tomar un refresco. Alguien me hablaba mientras miraba al infinito, ausente. Vino al rato una hermosa mujer con su mismo nombre y se me revolvió toda la tripa. ¿Cómo es posible? Es un nombre tan extraño, ¿por qué se manifiesta en esta realidad de forma tan brusca?

Pues allí estaba, casi con su misma belleza, quizás algo más alta y esbelta. Cogí la moto y me marché corriendo, abatido, desesperado. Me encerré en la cabaña justo antes de las lluvias, cogí las galletas y me hice un gran vaso de leche con avena en polvo, para no pensar. Me sentía apático e irreflexivo como una tortuga. ¿Qué significado oculto tiene todo? ¿Por qué los umbrales me atosigan cuando la calma se derrama por cada avatar? No se puede dejar de amar, si has amado. ¿Cómo se deja de amar?

Me llamaron las antropólogas, la entrevista de hace cuatro meses, aquella que me causó contraer la enfermedad que me condujo a estar una semana en cama y gracias a eso poder conocerla, se había borrado casi entera. Vaya por Dios, pensé. De nuevo la entrevista. Quien sabe, a lo mejor es la señal de algo. Hay que ser resuelto, quizás algo ciego para no ver más allá del dolor. Sea como sea, cualquier cosa que hagamos, incluso que no hagamos, nos impide hacer la cosa opuesta. Yo diría que nos impide hacer la cosa correcta. ¿Qué sería en este caso lo correcto? ¿Vencer o morir, que diría Shakespeare? Morir es dormir… y tal vez soñar… Graciosa niña, espero que mis defectos no sean olvidados en tus oraciones. Ser o no ser, ese es el dilema. Mañana contesto la entrevista. Necesito escribir. Siempre fue mi terapia. Escribir alguna tontería para aliviar el alma. Sí, es terapéutico. Es sanador. Como subir a la montaña o nadar en un río de agua helada.

Llamó poco después mi hermana en el cumpleaños de mi madre y nos sorprendió con una nueva noticia. Que dice que se casa. Sentí una gran alegría por ellas, y una gran tristeza por mí. Me hubiera gustado casarme y tener hijos y vivir una vida normalizada. Pero no, tuve que venir a vivir a una cabaña en un precioso bosque donde ni las moscas se atreven a venir. A pesar de ello, no deja de ser curioso. Aún sigo mirando todos los días esperanzado por la ventana. Y veo el bosque, y el verde oceánico, y casi puedo escuchar el murmullo de duendes y elfos que susurran como si fueran niños. Niños que esperan, niños que tejen algo dentro, algo indestructible. Miro, no paro de mirar, no sé porqué. Pero miro y observo y recuerdo el aullido de aquellos lobos, como si fuera la primera vez. Los lobos, la entrevista de las antropólogas, el bosque, las montañas…

Una buena amiga me llama todos los días para ver como estoy y para recordarme que esto no es vida, que viviendo en un bosque jamás podré tener una vida normal, ni tener pareja ni familia. Tiene razón, pero después de haber vivido aquí, no podría vivir en ningún otro lugar, a pesar de todas las angustias pasadas por un mal pagado amor. La vida, por tanto, consiste en elecciones, cada cual definitiva y de poca trascendencia para el vasto universo, como arrojar piedras al mar, o comprar en un día cualquier galletas y alpiste. Si alguien en un infinito arrojadizo pudiera entender la trascendencia de todo esto, supondría un éxito para todo el ciclo amoroso. Por si acaso los astros cambiaran de posición, seguiré mirando por la ventana. Nunca se sabe. La vida siempre resulta extraña y milagrosa. La Vida siempre se abre camino de la forma más misteriosa posible.

Astrología Esotérica, de Alice A. Bailey


En este libro se describe a la Astrología como “la ciencia de las relaciones” –relación que existe entre todos los organismos vivos dentro del universo. No solo las cualidades de las energías de los rayos afectan a estos centros de consciencia, sino también a la cualidad y la energía de los planetas regentes y de los signos zodiacales.

La astrología, vista externa y exotéricamente, es un tema vasto, muy amplio y complejo. Interna y esotéricamente, aunque sigue siendo vasta, inclusiva y compleja, es también posible percibir el hilo que une y el diseño que prevalece a través de todo el sistema. Del gran diseño emerge, por lo tanto, una simplicidad básica que puede servir para interpretar el todo.

Los títulos de los principales capítulos de este libro proporcionan la secuencia de un estudio progresivo: 1. El zodiaco y los rayos; 2. La naturaleza de la astrología esotérica; 3. La ciencia de los triángulos; 4. Los planetas sagrados y los no sagrados; 5. Las tres constelaciones principales; 6. Las tres cruces; 7. Los rayos, las constelaciones y los planetas. Contienen además un apéndice que resume y clasifica muchos factores de fundamental importancia para el estudio de la astrología esotérica.

Se puede adquirir con gastos de envío gratis en el enlace de nuestra editorial:

https://www.editorialdharana.com/catalogo/astrologia-esoterica?sello=nous

Soy un gran admirador de tu Obra


© @bidam368

«Uno no puede sentarse a esperar el pasado. El tiempo y los ríos no corren para atrás”. “Lo bello y lo triste», Yasunari Kawabata

Tus cicatrices, tu talento. Hay algo de misterioso en todo. En la yedra, en el viento, en el páramo. Soy un gran admirador de tu Obra. Noto cómo respira, cómo crece, cómo se alimenta y expande. Veo en ella algo extraordinario, a la vez que temible. Siento miedo por la muerte, y siento miedo por la vida. Es como si cada gota de lluvia guardara algún secreto, y nadie, a pesar de sentirla todos los días, pudiera descifrarlo.

Cuando miro al cielo, cambiante y fijo a la vez, percibo algún tipo de halo. Gloria insigne cada vez que el sol se pone y sobreviene la oscuridad. Hay una calma extraña en la bóveda celeste, en sus rincones más remotos, en los remolinos misteriosos que se perciben a lo lejos en forma de espiral. Hay una música, una sonora voz ligada al silencio, a lo inaudible de nuestra pequeñez. En la aurora se percibe ese halo mistérico, ese arquetipo que nos llena de desesperación a cada instante de pura lucidez. Inteligencia, consciencia, misterio.

Desaparezco en la persona a la que amo. Soy como una membrana permeable que lo doy todo cuando me postro sincero ante la inmensidad, engullido siempre por la desesperación de mi ignorancia, sin recibir nunca nada a cambio. Tu Obra se derrama en lo grande y en lo pequeño. En el tacto suave de una caricia, en la levedad sincera de una lágrima, en los espacios cósmicos infinitos, en el inevitable recuerdo. Incluso en la inerte espera.

Suenas apabullante en los delfines aplaudiendo en un océano infinito. En las hojas otoñales cayendo a un suelo húmedo que también son como páginas de un libro nunca escrito. Flores que nacen y renacen cuando el sol refleja un espectro especialmente armónico y delicado. La Obra es perfecta, aunque dolorosa. Las nubes derraman sobre las montañas sus tesoros rociados mientras que el pajarillo escarba en la tierra en busca de alimento, sin importarle lo acuoso del momento. Canta igualmente, agradecido, llueva o haga sol. Canta cuando el amor inconsciente de su reino asoma en cada florecimiento. Canta como yo canto, a pesar del dolor, de la soledad, del silencio arrebatador.

Tu Obra es perfecta incluso cuando perdemos el apetito por la vida. Cuando dejamos de maravillarnos por todo. Cuando miramos al suelo melancólicos, en vez de saborear el tacto de las estrellas palpitantes. Es todo perfecto incluso en el error, en el fracaso, en la muerte de algo que podría haber sido. Incluso cuando la pasión desaparece y el aullido del lobo y de la tribu prescriben de los tambores interiores. Incluso ahí todo es admirable. Incluso en la ausencia, la mentira o la maldad cruel que derraman sobre nosotros.

En la Traviata o en Der holle rache, esa Aria de la reina de la noche de toda flauta mágica. Aún rotos los lazos con la naturaleza, el ímpetu de la vida se desarrolla incesante, arrebatadora. Es la dolce far niente de toda creación. El séptimo día donde se consigue el equilibrio atravesando todo conflicto. El día del descanso, de la plenitud, del gozo, de la música. En esa pureza inocente luce todo brillante. Después del esfuerzo, del duro trabajo, de la conquista o la pérdida, viene la tregua, el aliviado respiro. Ese desfile de promesas y sueños rotos. Esos amargos recuerdos de lo que nunca fue, y podría haber sido.

En tu gran Obra hay grietas y errores por donde también entra la luz. Es la mística de lo quebrado, de lo roto, de lo inaccesible. Es el llanto vaporoso del suspiro apagado. Es la soledad en una noche extinta, temblando de miedo, angustiado por el pavor que se aproxima a cualquier abismo. Siento admiración por ver como también te encuentras ahí, sigiloso, esperando a que nos levantemos del suelo, suplicantes por un mañana distinto. También ahí, te encuentras a mi lado, en ese telar que va tejiendo realidades, posibilidades, potencias infinitas. ¿Cuál de todas elegir sin temor a equivocarnos?

Como decía el Salmo, todas tus sendas me son familiares. Sobre cada bella herida, sobre cada ruina, construyes tu templo. Los vestigios son un regalo, son un camino hacia algún tipo de transformación, de cambio, de esperanza. ¿Estamos listos para caminar juntos y admirar tu gran Obra? ¿Estamos preparados para soportar esa adoración, ese afecto y culto hacia tu misterio? ¿Inclusive con sus errores, con sus fallas, con sus noches amargas y duras?

Nada es para siempre… excepto tu Gran Obra, por eso tu mandamiento siempre nos dice que debemos volver a creer en el amor. Perder el equilibrio con el amor, es parte de vivir en equilibrio. A pesar de las grietas, soy un gran admirador de tu Obra. No puedo evitar creer en ello después de lo que he vivido. Ojalá todo fuera cierto y ojalá tu sueño se volviera a manifestar en nosotros. Mientras la vida ocurre, crucemos todas las orillas y abracemos el infortunio, la tempestad, el amor.

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Mi alma tiene prisa


© @byondrej

«Hay personas inolvidables. Y no hay cura.» — Charles Bukowski.

«Mi alma tiene prisa. Conté mis años y descubrí, que tengo menos tiempo para vivir de aquí en adelante que el que viví hasta ahora. Me siento como aquel niño que ganó un paquete de dulces: los primeros los comió con agrado, pero cuando percibió que quedaban pocos, comenzó a saborearlos profundamente. Ya no tengo tiempo para reuniones interminables, donde se discuten estatutos, normas, procedimientos y reglamentos internos, sabiendo que no se va a lograr nada. Ya no tengo tiempo para soportar a personas absurdas que, a pesar de su edad cronológica, no han crecido.

Ya no tengo tiempo para lidiar con mediocridades. No quiero estar en reuniones donde desfilan egos inflados. No tolero a manipuladores y oportunistas. Me molestan los envidiosos, que tratan de desacreditar a los más capaces, para apropiarse de sus lugares, talentos y logros. Las personas no discuten contenidos, apenas los títulos.

Mi tiempo es escaso como para discutir títulos. Quiero la esencia, mi alma tiene prisa. sin muchos dulces en el paquete. Quiero vivir al lado de gente humana, muy humana. Que sepa reír de sus errores. Que no se envanezca con sus triunfos. Que no se considere electa antes de hora. Que no huya de sus responsabilidades. Que defienda la dignidad humana. Y que desee tan sólo andar del lado de la verdad y la honradez.

Lo esencial es lo que hace que la vida valga la pena. Quiero rodearme de gente, que sepa tocar el corazón de las personas. Gente a quien los golpes duros de la vida, le enseñó a crecer con toques suaves en el alma. Sí, tengo prisa por vivir con la intensidad que solo la madurez puede dar. Pretendo no desperdiciar parte alguna de los dulces que me quedan. Estoy segura que serán más exquisitos que los que hasta ahora he comido. Mi meta es llegar al final satisfecha y en paz con mis seres queridos y con mi conciencia. Tenemos dos vidas y la segunda comienza cuando te das cuenta de que solo tienes una».

Mario de Andrade

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Redención


© @gabrielevinci

«Todos mis días he anhelado por igual viajar por el camino correcto y tomar mi propio camino errante». Sigrid Undset

Siempre pensé, como buen soñador, que el mundo podría redimirse. Que el ser humano, en su naturaleza más pura, tenía capacidad de cambiar hacia una consciencia mayor. Me aferro a la redención, a la esperanza, hasta el último instante, hasta el último aliento. Quizás por ello me aferro a la utopía, intento crearlas, intento, a pesar del sufrimiento a veces irracional y gratuito, llevarlas hasta el último extremo. Me ocurre en la vida, me ocurre en el amor.

Es una especie de compromiso con el alma. Sabemos que nuestra naturaleza humana está errada, cargada de errores de fabricación, de piezas estropeadas por millones de años de involución perturbadora. Nuestros antepasados sobrevivieron a todo tipo de maldades, guerras, violaciones, hambrunas, enfermedades. Nosotros somos el resultado de todos esos traumas no sanados, traumas que de alguna manera impregnan nuestra naturaleza, nuestra propia herencia. De ahí nacen nuestra rabia, nuestra inquina, nuestra sinrazón, nuestras noches oscuras.

No importan los escenarios. Lo importante es intentarlo una y otra vez. Cambiamos de vida, cambiamos de trabajo, cambiamos de parejas, pero la esencia es la misma. La batalla no es contra los otros, sino contra nosotros mismos. Cuando descubrimos eso, también descubrimos que la batalla del otro es consigo mismo. De ahí la imaginaria y necesaria necesidad de redención. Redimirnos a nosotros mismos para redimir a su vez la naturaleza humana, y redimir al otro.

Cuando algo fracasa exteriormente es porque algo ha fracasado interiormente. Especialmente la visión errónea de creernos a salvo de todo ese trauma heredado. Lidiar con nuestras imperfecciones y encontrar a alguien capaz de lidiar con las suyas sin salir huyendo quizás sea lo más complejo de todo. He conocido personas felices que provienen de entornos felices que igualmente han padecido el sufrimiento humano. Y de igual manera, he conocido a personas desdichadas e infelices que en algún momento acariciaron la paz. Quizás fue un momento leve, mirando el verde de  una colina, un atardecer, abrazada a un ser querido, en una noche de pasión y afecto, pero ahí estaba la chispa, el anhelo de amor, el deseo de redención y esperanza. Una luz que brilla en todos nuestros caminos, un faro que desea alimentar nuestras vidas hacia un futuro digno y noble.

Debemos siempre perseguir lo que excede a nuestra comprensión. Somos limitados y la tribu, con sus modas y sus desmanes, intenta dirigir nuestras vidas hacia una premisa, hacia un destino común. Nuestro propio camino errante a veces difiere del camino correcto. A veces el dolor y el sufrimiento es la consigna que nos indica que estamos vivos, y que estamos caminando hacia alguna parte. Encerrarnos cobardes en los deseos del camino correcto, del camino que la tribu desea para nosotros, es abocarnos a la insensatez paralizante de huir de nosotros mismos, de nuestro centro, de nuestro corazón. ¿Qué reclama nuestra alma, cual es nuestro secreto deseo?

Estos días pasados he muerto de rabia y desesperación, de dolor y sufrimiento. He sentido una insoportable angustia. Por las noches, desnudo ante la inmensidad del infinito, me miraba, me abrazaba, y deseaba profundamente redimirme. No por mis errores, no por mis frecuentes exigencias inútiles, faltas, tropiezos, omisiones, deslices, o descuidos. La naturaleza humana, cuando se mueve y no se estanca, tiende al error, al caos. Deseaba redimirme para no perder la esperanza. Para seguir adelante en lo bueno y en lo malo. Para seguir soñando a pesar de todo, y seguir abrazando con fuerza la dulce y bella sonrisa de la alborada. No te rindas. No me rindo.

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Si es amor… entonces ama…


© Dianne Woods

“Conozco tu oscuridad, pero también en ella veo un montón de estrellas”. Ron Lorent

Abrazo su Biblia todas las noches, dejando caer sobre ella lágrimas pesadas como juicios. La tierra parece un desolado desierto que debo atravesar buscando las caras familiares. No hay que tener miedo a perder a quien no se siente afortunado de tenerte, a pesar de que pueda parecer una cara familiar. ¿Es posible pertenecer a alguien antes de conocerlo?

De qué sirven las ventanas si no tienen vistas en esta sofocante estructura jerárquica, en esta ahora cumbre borrascosa. El amor persigue al amor, y es por ello que persiste. Incluso en las tinieblas de la noche oscura. El amor siempre es más ancho que el cielo y, por lo tanto, siempre más vasto que toda nuestra limitada existencia. Se dilata hacia el infinito inconmensurable, y abarca todo cuanto late en su extensión desde algo que se está perdiendo: la relación. Entre el miedo y la tristeza, hay dentro de mí un amor invencible, un amor que desea relacionarse. El amor es luz, e ilumina todas las noches oscuras.

Estamos ahora a medias, porque el corazón lo tenemos en otra parte, en ese mar de barro turbio, angosto, distante. Siento como si la perspectiva de su vida, hubiera cambiado la mía para siempre. En su abrazo sentía sentirme seguro y a salvo, sabía quién era, hasta que desperté y todo desapareció. Terminó esa noche infinita, ese amanecer juntos, esa pasión eléctrica y sincera.

Recluido en mi pequeño balneario, ayer fui caminando hasta una de esas casas que vimos juntos. Me senté en alguna parte imaginando lo que podría haber sido, y era bello. Escuchaba los niños gritar, subidos a cualquier roble, cantando en los prados adyacentes. Era bello y esperanzador para este mundo que empuja en contra de todo. Me imaginaba allí, recordando cuando cogidos de la mano, volcábamos en ese prado nuestra última esperanza.

Hay un momento de redención en cada fracaso, en cada lágrima derramada, en cada sufrimiento y dolor. Hay un momento donde cada uno sujeta con fuerza el extremo del lazo y aprieta con sus manos ese límite impuesto, esa separación injusta. Es un acto a ciegas, es una acción desesperada. Lloro sobre su Biblia, lloro sobre sus últimas notas. “Espérame”, decía en un grito desesperado. “El amor es inevitable”.

Aquello que hay entre la razón y la locura es todo lo que nos une y nos separa. Es un verbo, una sílaba, una sinalefa, un pensamiento errante o una surtida promesa. Si es amor, ¿entonces qué? ¿Qué hacemos? Nos decíamos una y otra vez incrédulos mientras imaginábamos mundos posibles. Tantas cosas nos separaban al mismo tiempo que tantas cosas nos unían. “Sí, están ahí, esperando, empujando”, nos decíamos en la noche oscura y pasional, bajo el cuarto creciente que deambulaba entre las sombras de robles y abedules de ese bosque encantado. Abrazados íntimamente, desesperados, sentíamos que estaban ahí, esperando una oportunidad.

Estoy perdido, han sido unos días de constante pérdida. Esa pérdida que se desliza como un naufragio vacío y yermo en el páramo del alma. Ese quebranto que merma ante la presión y el miedo. Como una gracia anticipada, un perdón que aceptamos en aquel paraíso extraviado. A veces cuando nos apartamos, es cuando más nos necesitamos. Pero ahora hay un insoportable silencio. Ni siquiera en la pantalla aparece ese esperanzador “en línea”. No es tan solo la pérdida lo que acongoja nuestros corazones, es la necesidad de redención. Es como si a cada nuevo despertar, fuéramos conscientes de haber perdido no solo un aliento, sino seis más, o quizás siete. “Sí, están ahí, esperando, empujando”, pero ahora, totalmente desconcertados y desesperados al haber perdido el billete de retorno, del eterno retorno.

Lo he perdido todo, me repito por dentro. Todo se ha quebrado. Los niños, el bosque, la cabaña, el verde oceánico. Nada tiene sentido si no era dentro de aquel sueño lleno de vida y esperanza, de aquella posibilidad entre tantas. La diligencia y la constancia no fueron suficientes. Faltó quizás lo más importante, quizás lo que hace que la vida sea como es: delicadeza. Esa dulzura elegante, distinguida, refinada. Esa paciente espera fina, escrupulosa, cortés, amable. Siempre fui impaciente para todo, incluso para amar. ¿Cómo amar sin desesperación, sin urgencia en un mundo que se acaba, en un mundo agotado?

Vemos la vida en su totalidad, pero a cada instante escogemos ser lo que somos. Con nuestras victorias y nuestros fracasos, con nuestros intentos y nuestras rendiciones, con nuestros errores y torpezas, algunas pequeñas, pero fulminantes. Las naturalezas preponderantes se oponen entre sí. Lo elevado, lo realmente excelso, destacado y superior, siempre es delicado, tierno, frágil. Tan frágil y endeble que a veces se rompe y se quiebra en nuestras manos.

Si hay amor, puedes. Si cuando dos estrellas se miran hay amor, y hay perdón, toda la galaxia se conmueve. Esa es la delicadeza de las cosas. El amor persigue al amor, incluso en la noche oscura. Como dijo el poeta, quien ama nunca sabe lo que ama, ni sabe por qué ama, y qué es amar… Amar es la eterna inocencia, y la única inocencia, no pensar… El amor no se piensa. El amor es inevitable en nuestras vidas. Es, si perdura realmente, invencible.

Si es amor… entonces ama…

Ama y sigue viviendo…

Brindemos por las veces que ni dándolo todo, fue suficiente, decían los traficantes de sueños. Supongo, como decía el poeta, que al final somos de quienes se atreven a quedarse a nuestro lado sin importar lo difícil que se vuelva el camino. Eso es lo realmente invencible. Ahí están el montón de estrellas, esperando una oportunidad más.

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El alma reclama su propio camino


© @itsreuben

«Mejor que perdonar, es sanar la imaginaria herida, que el imaginario agravio abrió en el herido ego, del aparente yo». Aldous Huxley

¡Ay qué poca cosa somos! El mundo se desmorona, y nosotros tan apegados siempre a nuestros pequeños dolores, dolores que terminan, paradójicamente, convirtiéndose en todo un mundo. Y allí arriba las estrellas colapsan unas con otras, soportando el caos universal, mejorando en lo posible el misterio de las leyes de la termodinámica. Y nosotros viviendo en la queja, en la insoportable levedad de nuestro ridículo ser. Mientras que un poco más allá, no tan lejos, se extinguen especies, se contaminan los mares, se agotan los recursos, se masacra culturas y se aniquilan hermanos contra hermanos en guerras que nunca acaban.

¡Ay que ridículos que somos! Siempre padeciendo por cualquier cosa. Por un mal de amores, como es el caso, por una incertidumbre de ahora qué hacer, sin saber cómo sanar la imaginaria herida de ese imaginario agravio de ese pequeño y risible ego, del aparente yo.

Es cierto, lo admito, no tengo nada que perdonar. Nada me hicieron que no me dejara hacer. Ahora que amar se ha convertido casi en un delito, nada hice contra la nueva ley, esa ley social donde todo lo que es real es mentira, y todo lo que es mentira es real.

Y ahora que admito que ya no tengo nada que perdonar, y que por lo tanto, a mi pequeño ego herido lo puedo mandar a hacer puñetas, me dan ganas de salir al mundo y de buscar algo real, algo de carne y hueso, algo delictivo como es amar. Sí, no sé si porque llevo mucho tiempo durmiendo, algo ha nacido esta mañana, recién levantado, que me empuja a transgredir, a desobedecer el orden establecido, el orden de la mentira.

No sé qué me pasa, que ahora que siento haber vivido una gran mentira, tengo ganas de compensar viviendo una gran verdad. Salir al mundo, a los caminos, enamorarme de nuevo, furtivamente, quebrantando el duelo, sustituyendo la quimera y el disimulo por una gran historia real. Salir y encontrar a alguien que quiera vivir una gran aventura de amor. Alguien lo suficientemente cuerda y verdadera que desee alejarse del mundo mentiroso, que desee abrazar una vida bucólica en las montañas, viviendo en una humilde cabaña, creando una salvaje y filosófica familia. Estoy convencido de que ahí fuera hay alguien que desea vivir la vida buena, la vida feliz, la vida real. Estoy convencido que alguien sin miedo, será capaz de entregarse a la Vida, la Consciencia y el Amor en una nueva primavera humana…

Así que sanaré la imaginaria herida con dosis de realidad. Me lanzaré a cualquier aventura, a cualquier camino, y que sea lo que las estrellas en su maravillosa composición deseen para nosotros. La herida supurará, todo se sanará, el equilibrio se restablecerá, y lo que tenga que suceder, inevitablemente sucederá. Adiós aparente ego, ridículo yo. El alma reclama su propio camino, y a él me debo y me entrego. El camino del loco, que decían los antiguos, me espera. No habrá más duelos, amaré en silencio, como siempre, y dejaré que el sometimiento de la tribu mentirosa no pervierta nunca más mi propio camino…

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Hay que vivir esta vida


© @kristofobry

«Una cosa he aprendido: que hay que vivir esta vida. Esta vida es el camino, el más buscado, el camino hacia lo incomprensible, que llamamos divino. Yo encontré el camino correcto: me condujo hacia ti, mi alma… » Carl Gustav Jung

Sin duda no nos queda otro remedio que vivir la vida, a poder ser vivirla con intensidad, con drama, con pasión. La vida a veces es una odisea, una comedia, un infortunio, un ímpetu, un entusiasta ardor, una fogosidad, una exaltación sublime, un efervescente enardecimiento. La vida es una, al menos la vida que conocemos, la vida que encarnamos en este instante. Podemos poseerla o podemos ignorarla, podemos sentirla en toda su crudeza y esplendor o hacer como si no hubiera nada, como si solo hubiera una especie de melancólica rendición ante los hechos fortuitos del diario devenir. Podemos metamorfosear cada relación con la vida. Sentir esa posesión vital que nace del sol, de las estrellas, posiblemente de Alfa Centauro o Sirio o las Pléyades o más allá de todo el mundo conocido.

Hay que vivir esta vida porque no sabemos qué nos depara después. El eterno silencio o la esperanza de la resurrección, la parca oscura o el renacer en otro cuerpo, en otra circunstancia, en otra experiencia, en otra dimensión. Realmente no sabemos nada aunque nuestra razón se incline en atrapar esperanzas de futuros mañanas. Realmente vivimos como si fuéramos eternos, pero esta vida es una, limitada, reducida, atómica.

¿Cómo queremos vivir esta vida? En un perpetuo drama de tristeza o en un loco y apasionado arrebato de urgencia. Vivir es urgente, no lo neguemos. Mañana nos levantamos, o no. Mañana respiramos, o no. Mañana, mañana, mañana quizás no existamos porque algo falló, porque algo terminó, porque algo dejó de rendir cuentas al Absoluto. Es hoy cuanto realmente importa. Hoy respiramos, hoy amamos, hoy nos entregamos sin duda a la vida. ¿Qué podemos esperar de mañana, y de esas almas que siempre postergan todo a un futuro indefinido e incierto? Es hoy cuando debemos hacer el amor, cuando debemos gritar de pasión, cuando debemos correr tras los árboles para ver amaneceres imposibles en un acantilado verde.

No, no es mañana la vida, hay que vivir esta vida con prisa, con urgencia, con arrebato, con apremio y acelerada visión. En un mundo mitómano, psicópata y narcisista, ese mundo mentiroso que decían los antiguos, lo único válido y real es que la vida es aquí y ahora. Hay que vivir esta vida con verdad, con absoluta entrega, con urgencia, rindiéndonos a toda su grandeza y misterio.

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Hermosos rumores de tarde tibia


© @perahov

Llovió y salió el sol. En lo malo primero y en lo bueno después. En lo mojado y en lo seco. En lo húmedo, en lo esponjoso, en lo contingente. Amaneció como un día radiante, único, verdadero. La realidad se manifestó inevitablemente. Por la mañana y por la tarde. Hermosos rumores de tarde tibia, de momento desesperado, apasionado, vivo. Tocamos el cielo con la mirada, pero también con anhelado llanto. Esta vez de felicidad, de paz, de equilibrio, de sencilla expansión, hasta bien tarde la noche.

Los muchachos pasaban por el camino. En el bosque lleno de palomas había fragmentos de la mañana. La escarcha en la sombra y los ríos esperando. Hay momentos que son únicos, transformadores. Hay instantes que sabes que todo va a cambiar. Como cuando transitas un mundo secreto con la boca cerrada y mirando a los cuatro espejos del alma solo puedes contemplar los ecos de la mañana, los hermosos rumores de la tarde tibia, el fragmento nocturno de una noche soñada.

«Te quiero amor mío», me decía desde el desván entre aquellas viejas luces, con sus rumores de la tarde, tan lejos ya de la nieve. Desde las montañas, con los cristales empañados, mis manos en sus audacias y su mirada clavada en mi timidez, surcando los atardeceres, con sus rojos escarlatas, sus nubes terciopeladas y aquel grito susurrando entre los canales invisibles del alma.

Silencio oscuro de nuestras frentes, tomando el baile, acariciando la promiscua necesidad de quebrarnos desde la cintura hasta el infinito. Mojando nuestros labios en el mar, con sus lenguas marinas, tempestuosas batallas entre bailes y disfraces con cabezas de ríos. Orillas de amapolas entre las piernas y ondas oscuras en cada andar hacia el amor que corre bajo las tintas de cualquier vals.

Y el violín tocando con desesperada canción, mientras decimos ese “te quiero siempre”. Nos morimos mirando cada infinito, cada caricia, cada rostro sin voz, cada silencio inesperado. Cada susurro es una llamada. Cada abrazo una esperanza. Allí campea el futuro, siempre tan incierto, ahora nacido desde la necesidad, desde el arrebato, desde la pasión de crear en esos pasillos que surcan cada tramo de existencia.

Hermosos rumores de tarde tibia. Inolvidable momento. Innombrable e indescriptible cuando lo verdadero se manifiesta en lo real. ¿Para qué huir de lo verdadero? ¿Para qué contener lo que no se puede contener? Explotemos cuando nos sintamos vivos, y escapemos con urgencia de todo aquello que paralice la vida. Sintamos pasión por cada instante, decorosa virtud aquella que exprime el jugo de la vida. ¡Ven vida! ¡Ven y abracemos cada instante! ¡Ven, dice la tarde tibia con sus hermosos rumores! ¡Voy! ¡Voy! ¡Voy! Contesto yo desesperado.

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La vida está hecha para comenzar de nuevo


«La vida está hecha para comenzar de nuevo».
Hannah Arendt.

La última noche no dormimos. Las anteriores, solo tres horas al día, cuando podíamos, mientras nos turnábamos en el volante. Lo pasamos mal porque el cansancio acumulado nos jugaba malas pasadas, y la responsabilidad de llevar vidas humanas pesaba mucho. Por suerte, a pesar de algún susto, no pasó nada, y llegamos bien temprano al centro de acogida que el Gobierno ha habilitado en Madrid. Nos despedimos uno por uno de todos los refugiados, los cuales, ya habían entrado en los anales del recuerdo y de nuestro corazón. No parábamos de llorar unos y otros. Fue un momento muy conmovedor y entrañable. Misión cumplida.

Tras limpiar los coches y entregarlos fui a por el mío y regresé poco a poco a Galicia. Mi cuerpo y mi alma estaban completamente colapsados. No podía seguir, debía parar en alguna parte y lo hice en una hermosa iglesia, junto a un tejo centenario y un cementerio que guardaba el recuerdo inmortal de nuestras almas. Me tumbé en el portal de la iglesia, en alguna parte del Bierzo, en León.

El colapso me ayudó a recobrar el sentido de la responsabilidad, de la osadía, del deseo, del amor. Pensé que esa excusa podría ser una puerta perfecta para equilibrar las energías, para transitar a un nuevo escenario de armonía, paz y amor. Arriesgar, quemar las últimas naves, darlo todo, dar el extra, dar la vida por algo en lo que se cree.

De estar casi una semana en la misma postura, me habían salido unas llagas y un dolor en las rodillas. Así que me tumbé en el pórtico con la idea de estar allí hasta recuperarme. Pero ocurrió el milagro. Algo cedió, el universo entero cedió, la vida cedió, y apareció como de la nada un ángel anunciador. Casi no podía creerlo, pero allí estábamos de repente, abrazándonos, amándonos, reconciliándonos desde lo más puro y sincero.

Sentí un gran alivio interior, un amor inmenso, una sensación de liberación, de sanación, de paz interior profunda. Sentí la oportunidad de empezar de nuevo, esta vez desde lo real, desde lo manifestado, desde aquello que se toca y se palpa y se transita de forma sincera y profunda.

El amor es una de las respuestas que el ser humano ha encontrado para mirar de frente a la vida. El amor es lo que nos llevó a recorrer casi ocho mil kilómetros para llevar medicamentos y comida a Ucrania y luego rescatar de aquel infierno a veinte almas que deberán, inevitablemente, comenzar de nuevo. El amor fue lo que me llevó hasta el pórtico de esa inolvidable iglesia para ser rescatado por amor, con pasión, con deseo. En ese momento, en ese mismo día, sentí que la vida estaba hecha para comenzar de nuevo. Que cada instante, que cada ocasión, era una oportunidad única para nacer otra vez.

Así que ahora siento que todo mereció la pena. El sufrimiento, el cansancio, la espera, la constancia, la pérdida de sentido y de razón. De alguna manera, siento que gracias a ello, algo murió inevitablemente y algo nuevo ha nacido. No sé aún el qué, aunque puedo intuir sus causas y todo lo que se desplegará de ahora en adelante. Quizás este momento sea la oportunidad única e irrepetible para que la Vida, en todo su esplendor, se manifieste. Ojalá.

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Camino hacia la esperanza


Seguimos viajando, hoy ya por tierras de Francia. Anoche de nuevo dormimos tan solo tres horas. Estamos todos completamente agotados, excepto los niños que no paran de jugar unos con otros, ignorando el periplo en el que están participando. No entienden de geopolítica. No entienden de invasiones ni de guerras. Solo juegan. Quizás de mayores recuerden nuestros rostros, el viaje, el exilio, el sentirse refugiados, el sentirse de ninguna parte. Eso es lo que ocurre cuando emigras, o cuando eres hijo de emigrantes. Eso es lo que sientes cuando pierdes de alguna manera todas tus raíces.

Hoy en la comida alguien puso el himno de Ucrania y todos pasaron un mal momento. La anciana del gato se marchó a llorar a una de las furgonetas. Le pedimos perdón por la torpeza. Se removió todo de repente. Lo que parecía una bonita comida compartida en mitad de la nada se convirtió en un momento agrio y complejo, triste, amargo. Tanto sacrificio, toda una vida, para perderlo todo de repente. Empatizo mucho con esa idea. La he vivido muchas veces en mis carnes y es una sensación de vacío tremenda, de pérdida de sentido, de muerte en vida.

Te esfuerzas por construir una vida, un espacio, una intimidad, y de repente todo eso desaparece. Por una guerra, por una ruptura emocional, por una crisis económica, por una enfermedad, por alguna torpeza existencial. La vida se muestra con esa crueldad a veces. Lo veo en los rostros de esta gente. Ahora no tienen nada, excepto su pequeña maleta con cuatro cosas y la esperanza de que todo irá bien en el futuro. Pero ahí está el miedo, la terrible sensación que les acompañará por el resto de sus vidas.

El miedo siempre es paralizante. El camino, los caminos, están llenos de peligros y amenazas. El corazón nos dice una cosa pero la mente recula y nos advierte. No hagas esto, no hagas lo otro, nos dice constantemente. Es paralizante, es su función: ordenar y advertirnos. Esta gente no ha tenido más remedio que salvar sus vidas más allá de salvar sus cosas. Quizás si se hubieran aferrado a las mismas ahora estarían muertos. La vida siempre es más importante. Las cosas se recuperan. La vida no.

Siento algo de pena por todo. Mañana ya no estaré con ellos. Les coges cariño, sientes compasión, brota amor, te vuelves humano y de alguna manera te olvidas de ti mismo para entregarte al otro. En el fondo, la vida, la verdadera vida, es algo parecido a lo que ahora siento. Una gran necesidad de entrega hacia el otro. A otro que no conozco, con el que tan solo hemos compartido un relato épico, un viaje, una salvación, unas horas cansadas de un trayecto agotador e interminable. Me gustaría poder verlos en el futuro y saber cómo les ha ido. Como aquella familia de refugiados sirios que conocí en la isla de Chios y a la que rescatamos de una lancha neumática en mitad de la nada. Nuestra labor fue atenderlas en el puerto, acompañarlas hasta el campo de refugiados, brindarles ese primer apoyo emocional y humano. Nunca olvidaré los rostros de aquellas personas, como nunca olvidaré la sonrisa y el corazón de estos ucranianos.

Esta experiencia, única e irrepetible, me recuerda lo impermanente que es todo. Queremos aferrarnos a la vida pero la vida nos suelta una y otra vez. El miedo, los miedos, nos recuerdan la dureza y los peligros del camino. El amor fortalece nuestra decisión de seguir adelante, a pesar de ellos. Si no hay miedo, hay camino. Si hay camino, hay esperanza. Si hay esperanza, hay vida, mucha vida por vivir. Siempre es así, una y otra vez. Cuando el miedo avanza, la vida se paraliza y muere. Cuando es la esperanza la que aviva nuestro sentir, el camino se abre, la experiencia humana se enriquece, todo se ensancha. Inevitablemente.

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Buscando refugio


Tras traspasar toda la mercancía en la frontera con Ucrania y ver en vivo la desesperación de la guerra llegamos a Cracovia, hermosa ciudad polaca, donde pudimos descansar durante tres horas. A las siete estábamos desayunando y acomodando a una veintena de refugiados en las furgonetas para regresar a lugar seguro.

Al principio las caras de los refugiados eran de susto y desconfianza. Dejaban todo, se subían en un coche con gente que nunca habían visto y dejaban toda su vida en nuestras manos. Conducir durante tantos kilómetros con tamaña responsabilidad es complejo. Agotados por el viaje de ida, ahora teníamos que afrontar el viaje de vuelta con el compromiso de que esas personas lleguen a un lugar seguro. La mayoría mujeres jóvenes, algunas con niños que jugaban, sin conocerse, entre ellos. Ajenos a la guerra, como si eso fuera un juego de mayores que no va con ellos. Ajenos también a lo que ese viaje de ida, y no se sabe si de vuelta, significará para toda su existencia.

Hablaba como podía con unos y con otros. A veces con señas, a veces en inglés, a veces con sonrisas, a veces de cualquier manera con tal de que se sintieran acompañadas y tranquilas. Dar seguridad al otro, apoyo, compromiso, responsabilidad, es algo complejo. Era muy consciente de que esas personas vulnerables necesitaban sentir seguridad. Por eso nuestras miradas y gestos estaban encaminados a que se sintieran protegidos. Con los niños es fácil conseguirlo. Con los adultos requiere de mayor paciencia y tacto. Tratar con personas vulnerables o en riesgo de exclusión es la tarea más difícil de todas. Sobre todo porque tratas con la dignidad del ser humano, lo único que merece la pena cuidar como lo más valioso de nuestras vidas.

Inés, una ucraniana que hablaba algo de español, nos decía que su viaje era de ida, pero no de vuelta. Con un hijo pequeño y un padre desaparecido, no tenía ninguna esperanza de volver a su país. “Me quedaré para siempre en España”, decía con una tristeza difícilmente descriptible. Algunos intentan tomarse el viaje como algo divertido, como una aventura, pero cuando se quedan a solas, mirando cabizbajos a la nada, descubres el pesar profundo de lo que les está pasando por dentro. Personas que hasta hace poco vivían una vida normal, muy parecida a la nuestra, y de repente lo pierden todo, absolutamente todo.

Ayer Helena, la bailarina, nos enseñaba las fotos de cuándo su vida era normal. Su perro, su casa, sus amigos, sus espectáculos en todo tipo de lugares. No paraba de abrazarnos agradecida por nuestro gesto, por nuestra pequeña épica de ayuda humanitaria. Su vida ya había terminado, al menos su vida de música y baile, al menos durante mucho tiempo. ¿Quién desea bailar y reír cuando otros mueren?

Victoria nos contaba que era abogada en su país, pero estaba estudiando pedagogía. Estaba cansada de ejercer el derecho y quería centrar su vida en la educación de los niños. Le han acogido en un camping de Málaga y allí estará un tiempo hasta que pueda viajar a Alemania, donde tiene amigos que la pueden acoger. Quizás durante mucho tiempo no podrá ejercer ninguna de sus profesiones. Ahora todo es volver a empezar en países lejanos, costumbres diferentes, gente diferente.

Hay una anciana que va con su gato. No se despega de él. Se la ve profundamente triste. Solo nos pregunta cuánto queda para llegar. A esas edades, perderlo todo y volver a empezar carece de sentido. No hay esperanza, ni sentido de continuidad, ni nada a qué agarrarse. Deambula sola, mirando a unos y otros, y quizás preguntándose qué será de ella en lo que le resta de vida útil. ¿Quién la cuidará? ¿Dónde? ¿Cómo? La miro y siento una gran ternura al mismo tiempo que una gran tristeza.

También por esa familia de dos hijos que intentan disimular ante ellos la gravedad del asunto. O esa joven hermosa, tímida, que no habla con nadie, que se encierra cabizbaja en sus pensamientos, en sus recuerdos, en sus añoranzas, en su vida truncada, con esos profundos ojos azules que esconde tras intensas caladas de tabaco. Observo a cada uno de ellos y saco una profunda enseñanza, una profunda sensación de humanidad. Hemos hecho lo que hemos podido. Simples mensajeros, chóferes por unos días, ojalá también que amanuenses de la esperanza, profetas de un mundo nuevo y bueno.

Inés se acercó porque me veía a veces ausente por mis propias inquietudes internas. Me hacía bromas porque no como carne y no fumo y no bebo alcohol. “Así siempre vas a estar solo”, me decía… “Tienes que comer carne y hacer algo para que las chicas se fijen en ti”… Me hacían gracia sus comentarios. Se ha puesto enferma en el viaje y he intentado cuidar de ella con compasión, jugar con su hijo, localizarle alguna pastilla para el malestar, darle conversación. La veo tan frágil, tan delgada, tan triste. “Eres buena gente, seguro que encuentras a alguien”. Me repetía una y otra vez, como si de alguna manera, su ser hubiera captado mi melancolía y quisiera ayudarme como yo la ayudo a ella. La miraba sonriendo y le decía que los vegetarianos somos fuertes y resistimos cualquier envite. Luego me marchaba a pasear en los descansos mirando el cielo y mirando con ternura a cada uno de estos refugiados que cargan en sus vidas una experiencia inenarrable.

Escribo desde el asiento del copiloto, en alguna parte del sur de Alemania. Es mi turno de descanso. Tengo a mi lado un cucurucho de plastelina que una de las niñas ucranianas ha hecho para mí. Lo miro con ternura mientras ella duerme a mis espaldas. Miro la carretera. Aún quedan muchas horas de viaje. Miro el cielo oscuro, tranquilo, apacible. Ayer dormimos tres horas, hoy esperemos que sean algunas más. Mañana será otro día. La vida sigue.

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Desde la frontera con Ucrania


 

Después de dos días conduciendo día y noche, pude dormir tres horas en la furgoneta mientras el otro conductor me relevaba. Atravesamos España, Francia, Alemania, República Checa y Polonia hasta llegar a Medika, en la frontera con Ucrania. La idea primera era llevar la ayuda directamente a Ucrania, pero al final nos quedamos en la frontera, donde nos esperaban algunas ONGs para poder recoger los medicamentos y la comida que hemos traído. Aquí hemos escuchado los testimonios de los voluntarios y la sensación de impotencia iba creciendo a medida que escuchábamos a unos y otros.

Justo ahora, detrás mía tenemos a una madre y su hijo junto a una voluntaria que nos acompaña en el coche hasta España. Dejamos comida y recogemos seres humanos cansados, desvalidos. Comparto con el niño algo de comida, ajeno a todo lo que está pasando, como si todo fuera un paseo o una aventura que no termina de entender.

Inés, la joven madre, nos cuenta su aventura, sus miedos, la angustia que ha vivido en todo este tiempo. Salen refugiados de Ucrania y entran los que se atreven a volver. Hay unas colas inmensas, de hasta cuatro días, nos cuentan, para poder entrar al país. Aparcamos junto a ellos, familias enteras que se atreven a regresar a sus casas, o a lo que quede de ellas. Cuatro días esperando en la intemperie, en un largo corredor humano. Nos sorprende ver también largas colas de camiones con coches. Nos dicen que son para restituir todos los que los rusos han destruido. Las voluntarias nos confiesan que en esa larga fila hay de todo, inclusive tráfico de armas.

Una de las voluntarias de origen ucraniano nos recibe con un soldado del ejército canadiense que está entrenando a milicias ucranianas, literalmente, para aprender a matar. Su relato nos conmueve. Enseñar a matar para defenderse de una situación que nadie esperaba, que nadie deseaba, que nadie imaginaba. Aprender a matar a jóvenes que también han sido entrenados para matar a otros jóvenes que no sabían que alguien alguna vez querrían matarlos.

Una de las voluntarias de una ONG paquistaní nos relata cómo escuchaba las bombas cuando iban a llevar alimentos al país invadido. Todos coinciden en que lo que más hace falta son alimentos. Los voluntarios españoles hacen incursiones diarias para llevar comida a todas partes. Una de ellas nos relata que van a menudo a las aldeas de la zona de Chernóbil para repartir alimentos. Todos necesitan comida y la comida no termina de llegar. Si no fuera por estos ángeles que ayudan de forma anónima la situación sería más crítica.

Viendo todo lo que vemos me doy cuenta de lo egoístas que somos. Aquí me doy cuenta de la existencia a veces miserable que llevamos en nuestras vidas… solo pensando en nosotros, en nuestros problemas… Cuando podemos ver estas realidades de frente, uno piensa que no tiene derecho a quejarse más… aquí las caras, los rostros tristes y desamparados lo dicen todo.

Son las once de la noche. Escribo desde el coche mientras escucho al niño jugar, un joven refugiado, que buscará una vida nueva con su madre en España. Aún tenemos que descargar la otra mitad de alimentos y medicinas a una cuarta ONG. Es tarde, estamos cansados. Me miro en el espejo interior y me siento miserable, abandonado en un mundo horrible de guerras y traición a la vida. Un mundo carente de compromiso, de amor, de responsabilidad. Un mundo que se acaba y termina, un mundo que huye hacia el final. Ese mundo desesperado, ya sin esperanza, sin vida, sin consciencia. Hoy siento que termina algo que hasta hace muy poco lo era todo. Hoy siento que la vida acaba, y empieza la supervivencia.

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Viaje en son de paz a Ucrania


Llegué tarde a Carranque, al primer lugar de encuentro. Me acomodaron en una hermosa sala de meditación y yoga, toda forrada de madera, con forma circular y con vistas al infinito. Dormí poco junto a la figura de yoguis de la India, quizás un par de horas, pensando todo el rato en la llama… Sí, en esa llama que me da vida y me enciende cuando no sé qué camino de mi vida tomar. Sentí que flotaba. Tres o cuatro horas después ya estábamos despiertos, empujando dentro de la furgoneta los últimos medicamentos para Ucrania. A las cuatro de la madrugada salimos. Nos encontramos con el resto del convoy en Madrid y de ahí subimos dirección a Francia.

Alistarse a las milicias de voluntarios de ayuda urgente para Ucrania puede resultar épico y valiente. Supongo que es de las pocas cosas épicas que uno puede hacer hoy día por los demás. Más allá de mirarnos nuestro ombligo, de pasearnos por nuestras preocupaciones, de visitar frecuentemente nuestros anhelos y frustraciones, de ir cabizbajo porque nuestra vida es así o asá, siempre en la queja, siempre en lo mal que va todo. Bueno, ahí está la humanidad, la doliente humanidad que en unos días veremos de cara, frente a frente. Hoy atravesamos toda Francia, mañana Alemania, Checoslovaquia y Polonia hasta llegar el miércoles a la frontera con Ucrania. Por turnos, sin dormir, sin descansar hasta nuestro destino.

Conduciremos toda la noche y todo el día. Dos chóferes por furgoneta. Cuatro furgonetas en total cargadas con todo tipo de cosas urgentes y necesarias. Para los soldados, para orfanatos, para los heridos… Pensábamos en un momento llegar hasta Leopolis, pero hace unos días bombardearon esa ciudad y por prudencia, hemos quedado con nuestros contactos en la frontera. Allí descargaremos toda la mercancía e iremos a Cracovia a recoger a los refugiados. Nos dicen que hay lista de espera, que la gente quiere marcharse de allí. Tenemos pocas plazas, así que suponemos que habrá algo de tensión en la recogida.

Todos los que vamos somos voluntarios. Conducimos gratis y nos hacemos cargo de los gastos que supone este tipo de hazañas (gracias y bienvenidos a los que quieran echar una mano). No sabemos muy bien qué es lo que nos mueve. A veces un poco el ego, a veces otro poco la necesidad de huir, otras las ganas de ayudar, el humanismo en ciernes, nunca se sabe. Quizás una mezcla de todo, porque uno nunca sabe qué hacer cuando el mundo se desmorona y cuando todo carece de sentido.

Mientras conducía se avivó la llama. No puedo describir exactamente el significado profundo de lo que esa llama desea, transfiere en mi ser, aviva en mi alma. La llama que aflora desde dentro, la llama que aviva el fuego doliente del alma que grita. La llama que une corazones y abraza el amor sempiterno, ese que trasciende las edades, ese que reclama su posicionamiento en el ciclo de la Vida. La llama aflora en este viaje con fuerza, y recuerdo, o más bien me imagino, aquella incombustible pareja que durante un año se separó, uno en Alemania, otro en la llanura castellana, esperando el momento, esperando la unión que diera sentido a sus vidas. La llama… es el verdadero anhelo de la Vida que quiere expresarse… ¡Dad paso a la vida! Decía el poeta…

La épica del héroe de nuestros días, decíamos ayer. Ahora siento que la épica más profunda es aquella que roza lo ordinario y hace de ello algo extraordinario. No hay epopeya más grata que la balada de un simple abrazo, de esos sentidos, de esos anhelados. Un abrazo hacia uno mismo, un abrazo hacia el otro, un abrazo hacia el mundo. Como este viaje, un pequeño gesto que recibirá la ovación y el agradecimiento de un puñado de almas salvadas de una pesadilla terrible. Sí, vamos a la guerra, pero en son de paz, en son de amor, con el deseo de que la llama de la virtud sucumba en todos. A Ucrania por amor, ahora sí.

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Si la causa es buena, persevera


© @huseyintaskin

«La aparente derrota de hoy es el punto de arranque del triunfo de mañana. Si la causa es buena, no hay más que perseverar contra viento y marea». Victoria Ocampo

Intentar mantener la compostura en un viernes trece con Mercurio retrógrado es complejo. La comunicación debería ser sensible, y nunca violenta o desagradable. Pero a veces los astros, o las circunstancias, tanto monta, ejercen una penosa influencia en nuestros actos, palabras y decisiones. Pequeñas pruebas que pretenden alinearnos correctamente con nuestro sentir, y ver si lo que sentimos es verdadero o un mero capricho primaveral.

Ahora que escribo desde algún lugar junto al mar, la serenidad de las olas me recuerda que en todo camino siempre hay baches, y que uno no debería apartarse al borde del mismo cada vez que se tropieza con una piedra o con un socavón. Todo trayecto que se precie estará lleno de aventura, de contratiempos, de inventiva. Solo tenemos que medir desde dentro si el camino emprendido es realmente profundo y necesario, si es, en definitiva, nuestro Camino. Por eso en el camino del héroe que tan bien nos describía Cambpell, los guardianes del umbral ejercen un poderoso propósito: comprobar si estamos preparados, si nuestro caminar es real o sincero.

La aparente derrota de cada tropiezo no debería desviarnos del sendero. Cada derrota, cada contratiempo, puede ser el punto de arranque hacia el triunfo del mañana. Levantarse a cada descalabro es lo que diferencia el triunfo de toda empresa de aquellas que nunca llegan a nacer. Si la causa es buena, uno debería levantarse tantas veces requiriera dicha causa. Si la causa merece la pena, por su profundidad, por su envergadura, por su copioso propósito, habría que perseverar contra viento y marea. En la película «El día de la marmota», el protagonista se despierta todos los días con el propósito de mejorar, hasta conseguir sus sueños, después de innumerables pruebas, a cual más compleja.

Los artífices, los magos, los creadores, los que se entregan a una causa para llevarla a cabo, a diferencia de los genios, se manchan las manos de barro. Moldean, se ensucian, se equivocan, se empapan de sudor. A cada paso que se da, uno debe tener presente cuántos baches habrá en el Camino, cuántos errores, cuántas flaquezas, cuántas ganas de tirar la toalla por aburrimiento, extenuación o agotamiento extremo. El no te salves de nuestro poeta, el no te quedes inmóvil al borde del camino, es de una significación profunda.

Por eso, en nuestro afán de discernimiento, debemos sentir si la causa es buena, si merece la pena, si el sueño, por muy loco que parezca, merecerá ser buscado, hollado, abrazado. Uno sabe de corazón cuando algo está ahí como un reto para ser alcanzado. Y como todo reto, uno sabe que a mayor sea la envergadura del mismo, mayores las pruebas para alcanzarlo. Cada derrota, cada equivocación, puede servir de empuje para llegar más lejos. Cada acto valiente de entrega es un paso hacia nuestra particular y silenciosa victoria. Por eso, si la causa es buena, persevera. Al final, merecerá la pena.

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El arte de la huida


© @byondrej
“No te tomes la vida tan en serio, al fin y al cabo, no saldrás vivo de ella”.
– Les Luthiers…

 

En agosto de hace tres años hablaba del “arte de la fuga” y unos meses antes había escrito sobre “la gran huida”. Hoy leía un bonito texto de una persona a la que estimo que habla del arte de la huida y me reconfortaba su lectura por ser tan parecida a mis propias reflexiones sobre este tema, tan recurrente en mi vida. Esta mañana había huido y llevaba días huyendo sin parar por miedo al dolor, por miedo a la pérdida, por miedo a que los sueños más profundos y verdaderos sean aplastados por una realidad incómoda. Luego miré un poco hacia atrás, cuando me tumbé abatido en la pequeña y sanadora biblioteca, y me di cuenta de que mi vida siempre había sido una continua huida. Huida de personas, de relaciones, de lugares, de trabajos, de responsabilidades, de compromisos. Me di cuenta de que, si en algo era especialmente bueno, era en el arte de huir. En huir y en sabotear lo bueno, lo merecido, lo verdadero.

En un par de días me marcho a Ucrania para llevar medicamentos y traer refugiados, pero sé que esta vez no lo hago para salvar vidas, ni para ayudar en algo como otras veces, sino para huir. Huir de mí mismo, huir de mi dolor, huir de mis fracasos, huir de la frustración, de la rabia, de la pena, de la tristeza, del intentar controlar casi de forma paranoica una realidad que no me pertenece, o de la que no me siento merecedor. De ahí la gran frustración de querer abrazar algo dentro del sentir del no merecimiento. ¿Por qué esa manía de no sentirnos merecedores de felicidad?

De lo que más huyo es de la sensación de vacío que produce la escapada libre. Uno de los deportes que más me gustan es el parapente. En el fondo es una huida hacia arriba, hacia lo alto, porque cuando estas volando, estás solo ante el mundo, estás huyendo hacia un imaginario imposible que se traduce en auténtica soledad, en auténtico vacío ante la inmensidad del cielo y las fuerzas de los vientos que te arrastran de un lado para otro siempre en bravío silencio. Volar es como flotar entre dos mundos, sin saber muy bien a cuál de ellos perteneces. Esa es la sensación que siempre me ha acompañado. Y quizás ese sea el motivo por el que un día decidí huir a las montañas. Aquí estoy cerca de lo verde y lo celeste, como entre dos mundos, abrazando el cielo liberador de las mañanas y aterrizando en la tierra doliente por las tardes. Vivir en los bosques, aunque me empeñe en decir lo contrario, es una forma de huir.

Los héroes de la antigüedad realmente eran unos temerosos que huían de su realidad. Les aburría la vida ordinaria y organizaban viajes épicos, auténticas huidas con todo tipo de peligros y purificaciones morales. La épica del héroe es la épica de la huida. Como la épica del hombre ordinario es huir al bar, a echar la partida, a beber una cerveza o un vino y medio borracho, volver a casa olvidando todas sus responsabilidades y compromisos. O huir a las discotecas, al baile, a los centros comerciales, porque esa será nuestra única y gran épica diaria. La otra gran épica, las vacaciones de verano, es aplastante.

De igual manera, el vuelo mágico de los místicos es también una huida. Algo que se contrapone al dominio ascético, a aquello que nos enfrenta a un mundo que nos desagrada. El fuga mundi de los antiguos tenía algo de verdadero y escambroso: adolecer ante el mundo mentiroso, huir de alguna manera hacia lo invisible, saturados de un mundo tangible abominable, cruento, monstruoso.

Mi huida actual sigue siendo psicológica y emocional. No pretende sanar nada porque todo estaba sanado. Requiere, quizás tal vez, restituir lo acordado, abrazar lo abrazado, emprender el sueño y ver hasta dónde llega su profundidad, su compromiso, su lealtad. Es una huida cansada, quizás porque por primera vez, sentí deseos de no huir, de estar ahí, de darlo todo, de entregar en rendición mi vida, en su vida. Ahí viene la gran paradoja. Ahora que no quería huir, como si el universo me ofreciera atrevido esta singularidad, huyo de la propia huida. Como decía el poeta, iré a descansar, al valle de los avasallados, y allí, como no me falta sentido del humor, reiré y reiré. No podemos tomarnos la vida tan en serio. No merece la pena.

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Responsabilidad afectiva


«Tengo mucho miedo.» Y yo le pregunté: «¿Por qué?», y ella respondió: «Porque soy profundamente feliz. Una felicidad así asusta.» Le pregunté por qué y dijo: «Solo te permiten ser así de feliz cuando están preparándose para llevarse algo de ti». «Cometas en el cielo», Khaled Hosseine

 

Dicen los expertos que la responsabilidad afectiva es poder comunicar nuestras expectativas y sentimientos sobre una relación de forma clara y transparente. Es tener como pilar básico una buena comunicación, sobre todo cuando se tocan puntos álgidos o delicados, especialmente al inicio de cualquier tipo de relación donde es importante que las partes se conozcan, se aprecien y se tengan en consideración para ver si es posible algún tipo de compatibilidad afectiva. Para ello hay que colocar delante siempre el respeto y la comunicación clara y transparente basada en la verdad y la sinceridad.

Cuidarse mutuamente y comprender que todas nuestras acciones tienen repercusiones sobre el otro es fundamental. A veces, tan egoístas que somos, decimos cosas y actuamos sin tener en cuenta al otro, sin hacer o decir las cosas de forma delicada y amable para no dañar la sensibilidad ajena.

En definitiva, es tener en cuenta a la otra persona. Es decir, empatizar con el otro, tenerlo presente en nuestras decisiones, incluirlo en nuestra vida y fortalecer con ello nuestros lazos y vínculos. Crear espacios de seguridad, de confianza, quizás sea lo más complejo en toda relación. Ser conscientes del impacto que generamos en los demás o incluir al otro en nuestras decisiones son cosas que muchas veces las pasamos por alto.

El cuidado que pones en transmitir las decisiones que tomas a las personas que tienes en tu vida es importante para que el otro no se sienta aplastado por un tractor. A veces hay relaciones donde una de las partes se empeña en podar al otro, en dejar de regarlo, en dejar de cuidarlo, hasta que dicha relación se marchita por falta de tacto, cuidado, atención.

Sentirte seguro, tranquilo, participe, cuidado, no es algo baladí en cualquier tipo de relación. El equilibrio siempre es complejo, porque los seres humanos somos altamente complejos. Pero con un poco de esfuerzo y tacto, es posible mantener relaciones saludables, sanas, consensuadas, amplias, conscientes.

Debemos en todo momento ser capaces de expresar nuestras necesidades y emociones siendo respetuosos con las emociones del otro. Esto requiere claridad, no enredar al otro, no confundirlo a cada instante con cambios en el relato, en la narración de nuestras vidas. Eso crea inseguridad, decepción y apatía. El amor no se puede organizar, no tiene plazos, ni fechas en el calendario. Es pura entrega. O se ama, o no se ama, pero si uno ama, se entrega. Y esa entrega, siempre sincera y amorosa, requiere de afectividad y cuidado, inevitablemente.

Debemos ser responsables con las relaciones que establecemos. Tener mucho cuidado de no jugar nunca con los sentimientos y expectativas del otro. Una relación siempre va más allá de uno mismo. El egoísmo es antagónico de cualquier relación. La empatía, el pensar en el otro, el comprender al otro, forma parte necesaria de cualquier tipo de acercamiento. Uno se puede casar consigo mismo y hacer como hacía Woody Allen, estar en continua búsqueda de sí mismo, en continuo conflicto con uno mismo. Pero si queremos crecer más allá de nosotros mismos, ahí tenemos las relaciones y al otro. Y al asumir ese crecimiento, debemos asumir un gran compromiso y una gran responsabilidad. Simpleza y objetividad. Amor y cariño siempre. Cuidado, tacto, amabilidad, respeto, entrega.

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