Todo está entrelazado


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«La Fuerza es lo que le da al Jedi su poder. Es un campo de energía creado por las cosas vivientes. Nos rodea, nos penetra; y mantiene unida a la galaxia.» Obi-Wan Kenobi

“Al darnos cuenta de que nada existe independientemente, ni los átomos, ni las personas, ni las culturas… brota naturalmente la compasión”. Alan Wallace

 

La vacuidad es uno de los principios del budismo.  Todos los fenómenos y todas las cosas que existen están vacías, ya que no tienen una esencia independiente, nos cuenta el filósofo Alejandro Martínez. Para existir dependen de otra cosa y esa otra cosa depende de otra. Esto es conocido como originación dependiente. Lo anterior puede equipararse con la noción de la física cuántica, la cual nos dice que el estado definido de una partícula en el tiempo y en el espacio no existe hasta que no es observada, es decir, depende de otra cosa siempre, de tal forma que no podemos decir que exista por sí misma. Con esta visión, todo es interdependiente en el universo, y nada puede existir de forma independiente. Todo está entrelazado. Es el fenómeno conocido como entrelazamiento cuántico.

Cuando la física cuántica demostró que el observador modificaba lo observable, se abrió un nuevo campo de investigación en el conocimiento de la realidad. El relativismo se volvía entonces la madre superiora del convento científico y las respuestas epistemológicas, a partir de entonces, adquirían un cariz gallego a la hora de buscar soluciones, porque a partir de ese descubrimiento, todo “depende”. Es decir, siguiendo con la broma, puede que llueva o puede que no, depende. Esto añade dosis de complejidad a lo cognitivo, al conocimiento que hasta ahora se daba por válido, y la realidad, ahora moldeable y no tan sujeta a las antiguas leyes, se vuelve plástica y cambiante. Es como si el budismo y su principio de impermanencia empezara a ser explicado bajo el método científico.

Si la realidad es plástica y moldeable, también lo es el tiempo, nuestras vidas, nuestras rutinas psicológicas, nuestras emociones, en definitiva, nuestro destino humano. Siendo así, tenemos capacidad de dar un giro a nuestras vidas inesperado, saltar de una dimensión de la realidad a otra, sumergirnos en otro aspecto emocional y psíquico que se adapte mejor a nuestro nuevo sentir. Podemos, en definitiva, cambiar nuestra realidad a cada instante a sabiendas de que todo está entrelazado.

El problema de esta visión, de sabernos con el poder de cambiar nuestras realidades y entrar en otra dimensión de acontecimientos, en otras líneas de tiempo multidimensionales que se acoplan a nuestra realidad cambiante dependiendo de nuestra intención interior, es saber, nada más y nada menos, qué destino forjar. Elegir sabiamente un nuevo reto es la cuestión, el asunto. Aquí nos topamos con una realidad exigente. Podemos elegir ciegamente una nueva línea de tiempo, un nuevo destino, o podemos dotar a ese viaje de cierta dosis de saber que nos guíe por este espacio que se presenta vasto e inabarcable. Podemos convertirnos en los guionistas y arquitectos de la cuestión existencial entrelazada.

Es importante saber que tenemos libre albedrío para poder modificar nuestra realidad, nuestros pensamientos, nuestras emociones. Podemos elegir, sabia o ciegamente, un nuevo destino a cada instante. Podemos romper con eso que se espera de nosotros y voltear la realidad buscando aquello que realmente deseamos. Podemos incluso romper con nuestra rutina diaria, con nuestras propias perspectivas y anhelos para dar paso a algo radicalmente nuevo y diferente.

La realidad es como una autopista de muchos carriles que a su vez están interconectados con cientos de salidas cada cien metros que nos conducen a otras anchas autopistas con cientos de salidas cada poco tiempo que nos llevaran a lugares absolutamente diferentes a los habituales. Esta visión es impresionante porque dibuja un universo que se transforma a cada segundo de vida, que no es fijo sino cambiante y que nos invita a participar a cada instante en su plástica y moldeable realidad.

De ahí que surja la cuestión filosófica y existencial de poder cambiar nuestra realidad para acercarnos cada día más a la felicidad, a aquello que realmente esté en sintonía con nosotros y, por lo tanto, nos haga vibrar. Todo esto tiene que ver con eso tan manido de sabernos manejar en nuestros pensamientos. De que todo es mente, según los tratados más esotéricos y, por lo tanto, nuestros pensamientos tienen la capacidad innata de construir una u otra realidad, dependiendo de nuestro enfoque y atención. Un mundo hilozoista, entrelazado, permeable.

Nuestra capacidad imaginativa para diseñar nuevos escenarios delimitará o ampliará nuestro marco de realidad. Si la energía sigue al pensamiento, solo nos hará falta tener “la fuerza” y la capacidad suficiente para conseguir esa energía y adaptarla a nuestro diseño mental. Ese famoso “poder de la fuerza” tiene aquí un sentido claro a la hora de construir realidades. Ese poder está en nosotros y es posible, utilizándolo con sabiduría, transformar nuestras vidas hacia aquello que realmente deseamos. Por lo tanto, no tengamos duda, seamos sensibles a la fuerza, cambiemos nuestras vidas y que la fuerza nos acompañe en este mundo entrelazado.

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Hacia un mundo amoroso


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Cupido y Psique, de Jacques-Louis David

Si el hombre pudiera decir lo que ama, si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo como una nube en la luz; si como muros que se derrumban, para saludar la verdad erguida en medio, pudiera derrumbar su cuerpo, dejando sólo la verdad de su amor… (Luis Cernuda)

Me gusta esa imagen loca de un angelito medio desnudo lanzando flechas a diestro y siniestro esperando que la fortuna del amor enlace mundos hasta ahora serios y aburridos. Me gustan esas parejas enamoradas, locas de remate en las esquinas, besándose en los aeropuertos, metiéndose mano y lengua y de todo. Me encanta ese mundo acaramelado y ardiente en una tierra donde se ha perdido la razón y el sentido del cariño, la palabra honrada, la honestidad, la bondad, el detalle, el compartir, el cuidar, el amar. Me encanta esa imagen ñoña, casi de estampa, donde todo parece rosa y escarlata.

Todos los días del año deberían ser así, días de enamorados. Donde los partidos políticos se abrazaran mirándose cursis a los ojos, donde los enemigos de repente nos tiraran los tejos y se derritieran ante nuestras poses horteras, ante nuestros errores y nuestras sombras, perdonándonos como rezaba el Nazareno. Un mundo donde los soldados se volvieran soldadores y los gamberros cuidaran a las abuelitas en los parques mientras dan de comer a las palomas colipavas. Un mundo sin guerras donde hiciéramos el amor en los desiertos, bajo la luna llena o en cualquier acera.

Daría cualquier cosa por vivir siempre cargado de poesía, enamorado de la mujer, de la vida, de la montaña, de los animales, del bosque, del cielo, del mar. Incluso daría cualquier cosa por estar siempre en ese estado de enajenación donde la realidad parece plástica y manipulable, donde todo es posible, donde todo está bien y donde la vida es dulce y merece ser vivida. Ese estado que te hace atravesar medio mundo para dedicar un instante de paseo, para ofrecer una caricia, para mirar a los ojos de la amada aunque sea por tan solo un segundo y decir ese tan esperado “te quiero”. Daría cualquier cosa por ver a una pareja enamorada, entregada, alocada en el sentido más profundo del término, capaz de cualquier cosa por un beso, por un halago, por una sonrisa. Por verlos juntos bajo el roble, en el jardín, entre las flores y también en el barro, en el coche, en los balcones tímidos y callados.

Ojalá Cupido se volviera loco y empezara a atacar al mundo con un ejército angélico cargado de alta munición amorosa. Flechas que rebasaran los corazones, que explotaran en los días grises, que formaran un oasis de arcoíris omnisciente. Ojalá el dios del deseo amoroso volviera al mundo inteligentemente para demostrar que las fuerzas del bien y de la luz son más poderosas que la triste estampa del aburrido incapaz de amar. Ojalá volcara su furia rosa llena de pétalos en los cañones floridos de la primavera amorosa. ¡Sí, un mundo amoroso, ingenuo, bello, tierno, amable y excitante!

Este mundo está falto de besos, de caricias, de coqueteos, de guiños, de juego, de alegría, de felicidad, de ensoñación, de risas, de complicidad, de compenetración con los opuestos, de verdadero arrebato y pasión, de fogosidad, de pulsión, de exaltación por los altos ideales del amor. En un mundo frío, hipócrita y falso, es necesario volcar toda nuestra existencia en amarnos los unos a los otros. En secreto, a escondidas o en la calle, en los lavabos, en las portadas de las revistas, en las puertas del cine y en sus butacas, en las clases de antropología y en las comisarías, en los portales, en los hospitales entre bandolinas y en los mercados, en las aceras, en la cama, en el armario y en los campos. Sin miedo a ser juzgados de cursis o presumidos o tórtolos o corderos degollados o descarados. Que se besen los políticos y que se estrujen en abrazos los soldados. Que se amen los banqueros con los obreros y se expanda el amor entre el campo y los mercenarios. ¡Que el mundo se vuelva cursi y amable, que se vuelva loco de arrebato! ¡Ligad vuestro amorcillo con una cadena de perlas y llenaros las cabezas de fruta como hacían los dioses! ¡Preparad el lecho, derrumbad los cuerpos ungidos y amaros!

Así que felicidades a los que aún tienen capacidad de amor, de enamorarse, de volverse locos por sus compañeros, amigos, esposos y esposas, íntimos, mujeres y hombres, amantes y novios. Amaros con locura, con pasión, con deseo, con arrebato, con urgencia, con generosidad, con cariño, con desesperación. Cortejaros sin pudor, sin remedio. Volveros locos de idiotez, de ternura, de afección. Sed agradables al mundo para que el mundo se vuelva agradable. Llenad las plazas de cariño y simpatía y las calles de humor y afecto. Esto es lo más esotérico, lo más sublime, lo más acertado: el amor.

Que los serios y pomposos no arruinen vuestra alegría. Que los tristes y amargados no influyan en vuestra loca visión de la vida. Dejaros arrebatar por el delirio y amad amando. En gerundio, sin parar, con urgencia, porque el mundo urge de amor, de arrebato, de ternura. Sostened una paloma y bebed ambrosía. Vestiros de rosa y sed cursis, aunque solo sea por un día. Feliz día de los enamorados. Sed felices, y amaros.

Pd. Nuestro querido Joan Contreras ha tenido la amabilidad de ponerle voz a este post… Gracias querido por el gesto y el guiño. Me ha hecho mucha ilusión:

https://anchor.fm/joankontreras/embed/episodes/Podcast-92-feliz-post-dia-de-los-enamorados-poesa-en-prosa-e37cpp/a-aagu1t

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Mía es la voz antigua de la tierra…


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… tuya es la hacienda, la casa, el caballo y la pistola. Mía es la voz antigua de la tierra.  Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante por el mundo… más yo te dejo mudo… ¡mudo! … ¿Y cómo vas a recoger el trigo y a alimentar el fuego si yo me llevo la canción? (León Felipe)

Siempre me repito a mí mismo que en la vida hay que hacer aquello que te haga sonreír. Cerrar los ojos, imaginar varios escenarios y observar con atención cuál de los escenarios posibles te saca una sincera sonrisa. Lo cierto es que ayer por la mañana me levanté temprano, a eso de las cinco. Estuve trabajando un poco en algunos libros, luego fui a los cantos de Taizé, más tarde a la meditación y tras un corto paseo por la comunidad, volví tranquilo, observando este precioso paisaje invernal en las Highlands escocesas. Desayuné, me puse al trabajo y así hasta la hora de comer. En toda esta perfección cotidiana, había algo interiormente que me incomodaba. Me daba cuenta de que mi espíritu aventurero no soporta la levedad del ser por mucho tiempo. Eso de estar en un lugar cómodo en una situación perfecta es algo que por dentro desespera. La aventura está ahí fuera, siempre guiada por los impulsos del corazón errante y vagabundo. Miré al horizonte, con cierta nostalgia, y sentí que dentro había una nueva canción, una melodía que gritaba al mundo y dejaba mudo el paisaje.

Así que cerré los ojos a media tarde con esa calma propia de la certeza y había una imagen que me hacía sonreír. Busqué en el interior y vi que había un destino que me llevaba a otro lugar del mapa, a otro territorio aún por explorar. No es un territorio físico, más bien emocional y psicológico al que necesito enfrentarme con calma y sutileza. Al menos eso es lo que me dicta ese corazón en su locura de voltear siempre las situaciones para seguir con máxima profundidad en el aprendizaje. Llevo dos semanas aquí, la mitad del tiempo que me había propuesto, pero ha sido suficiente para que mi mente se alineara de nuevo y prepara los asientos del alma para que pronto, muy pronto, vuelva de nuevo a su lugar. Para los que somos algo sensibles, Findhorn sigue siendo un acelerador de procesos, y he sabido aprovecharlo al máximo. Misión cumplida. Mente en su sitio, corazón amable, energía limpia y renovada, cuerpo sano y vigoroso de nuevo. Tras el alineamiento inevitable del cuaternario, vendrá el anclaje necesario con la triada. Pronto, muy pronto el Ser volverá a sus aposentos.

Dentro late un nuevo destino de incertidumbre pero que interiormente me calma. No sé qué pasará a partir de ahora. El viaje a Israel ha sido determinante, o al menos, ha habido una inflexión interior positiva. Así que auguro buenos propósitos para lo que tenga que venir a partir de ahora. Y si no es así, pues tendré que enfrentarme de nuevo a la máscara de la experiencia y sortear todo aquello por lo que debo aprender. Ya no tengo miedo. He tocado fondo, he bajado hasta lo más profundo del ser y he visto la manera de poder salir poco a poco, despacio, hacia arriba. Toda una experiencia, toda una hermosa noche oscura del alma…

Ahora veo luz, siento paz, admiro la belleza del paisaje y contemplo con auténtico desapego toda la experiencia. No me ato a mis obras, ni a todo lo creado hasta ahora. No me arrepiento de mis errores y torpezas. No hay nada que provoque en mí un aleteo de remordimiento. Siento esa paz de los ancianos que miran con nostalgia tiempos pasados. Al mismo tiempo que me enfrento como un recién nacido al mundo por descubrir y explorar. Con curiosidad, con ganas, con vida. Tuya es la hacienda, mía es la canción y la voz antigua de la tierra. Gracias por haberme dejado tan rico, quedándote tú tan pobre. Desnudo y errante por el mundo, seguiré avivando fuegos…

Sobre el Camino del Medio


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© Yoel Amram

“La utopía es una forma de acción y no una mera interpretación de la realidad” Pierre Furter

Entre el crecimiento interior y la supervivencia pura y dura hay un largo trecho. No es lo mismo ganar en una tarde treinta mil euros o ganar un trozo de cielo en mil años. Lo primero te da porciones medidas de satisfacciones fisiológicas y algo de seguridad. Lo segundo, a muy largo plazo, algo de estima y autorrealización. Entre crecer exteriormente y hacerlo interiormente hay una sutil barrera difícil de discriminar. Una barrera que puede delatarse como cruel si no sabemos discernir entre las cosas verdaderas de la vida, esas que a largo plazo nos llenarán de satisfacción duradera, o esas otras pequeñas promesas que no sirven sino para sentir un pasajero sentimiento de placer y alivio.

A veces es posible el camino medio, ese que pretende, siempre y cuando no te distraigas fútilmente entre las diez mil cosas, crecer hacia fuera y hacia dentro al mismo tiempo. Pero esto requiere un poderoso sentido del equilibrio y la ecuanimidad, de compromiso y responsabilidad. Ser un auténtico malabarista de la voluntad, la intuición y la sabiduría puestas al servicio de la acción.

Siempre hay que ir con cuidado cuando pretendemos lanzarnos al universo del conocimiento y la sabiduría, porque a veces nos inunda ese miedo al saber, que no es otro que un miedo irracional al hacer. No se puede entender el uno sin el otro. Es decir, el verdadero saber te lleva inevitablemente a la acción. Y el hacer, la acción, requiere responsabilidad y compromiso, sobre todo cuando nos equivocamos y fracasamos ante los demás. Ese fracaso tiene que ver con el reconocimiento del que hablábamos y sobre la necesidad de satisfacer nuestros apetitos y anhelos exteriores. Interiormente no hay lugar para el fracaso. Todo reto, toda aventura, toda decisión y toda acción guarda dentro de sí una enseñanza oculta, un crecimiento interior, una expansión inevitable de consciencia. El desequilibrio exterior produce locura, aislamiento, soledad, ruptura, sufrimiento y muerte. El interior tan sólo un breve reguero de llanto y una nueva promesa de avance.

El camino del medio es un reto que asusta a los pensadores. Nadie quiere mojarse, nadie quiere hoy día enterrar los pies en el barro como hacen los hortelanos para sembrar la semilla. Nadie quiere esperar pacientemente los resultados y nadie quiere arriesgar las estaciones, los tiempos, los ciclos. Sembrar, cuidar lo sembrado y velar por ello requiere esfuerzo y grandes dosis de sacrificio personal. El camino del medio requiere esa ecuanimidad, ese equilibrio entre lo de dentro y lo de fuera. Esa responsabilidad, ese cuidado, ese compromiso en un mundo donde ya nadie se compromete ni se responsabiliza. Donde ya nadie tiene cuidado por las cosas importantes, tan distraídos que andamos con la superficie.

El camino del medio requiere trabajo, trabajo, trabajo. Disciplina, organización, reflexión, paciencia, prudencia y visión honda de las cosas. Lo fácil e inmediato no pertenecen al camino del medio. La superficialidad de las cosas se aleja del mismo. La acción y el esfuerzo constante, aún cuando fracasamos una y otra vez, es lo que nos permite reorientar nuestras vidas hacia un sentido profundo. Ningún extremo nos llevará a ninguna parte. Sólo a dar bandazos de aquí para allá hasta que algún día tomemos las riendas de nuestras vidas y empecemos a caminar de igual forma hacia dentro y hacia fuera, ecuánimes, equilibrados.

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Me alegra que la derecha se manifieste y salga a la calle


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Con tanto ajetreo interior, hacía ya demasiado tiempo que no opinaba (y subrayo la palabra) sobre política. Tanto mirar para adentro e intentar resolver asuntos personales me alejó de lo externo, de lo que irradia ahí fuera en algo tan importante y en estos tiempos, tan dramático, como es lo político. Pero ahora, ya más alegre y fortalecido, me atrevo a seguir avanzando desde el pensamiento en lo que nos atañe como grupo humano, como nación o como lo que queramos ser.

Ayer se manifestó eso tan abstracto como es la derecha española en la capital del reino (qué palabreja), apropiándose, una vez más, de la bandera y la patria. Algo así como lo que hacen unos dos millones de catalanes cuando se apropian de la bandera, la nación y las instituciones doblegando la voluntad de toda una ciudadanía (aún no sabemos qué pintamos los otros cinco millones en todo este tinglado patrio). Es como si las banderas y las naciones y las patrias solo fueran patrimonio de los más puros de entre los puros, los que son verdaderamente “el pueblo”. Los otros, los demás, los ciudadanos, solo somos “asociados”, un mal menor, algo que está “ahí”.

A pesar de ello, y aprovechando mi racha de alegría, en cierta forma, me alegra ver que las calles son de todos, y cuando digo todos es de todos mis vecinos, tanto de los puros como de los asociados (la “sociedad” no es más que la suma de socios, “asociados”, que interaccionan por interés, a diferencia de la “comunidad”, que está integrada por vecinos, familiares y amigos que desean colaborar en el bien común, y a diferencia del “pueblo”, siempre garante de las esencias). Me alegra ver que todos podemos manifestarnos libremente en un país con grandes dosis de libertad, a pesar de lo que se escucha y dice, y que puedes hacerlo, siempre bajo los parámetros de la convivencia que otorga eso tan concreto (y no abstracto) como es la ley, los principios generales del derecho y la costumbre. En el contrato social, ese marco de asociados, todos podemos abrir nuestros corazones para expresar lo que deseamos siempre desde el respeto a las reglas que nos hemos autoimpuesto, (dejaremos para otro exabrupto lo justo o no de esas leyes), y siempre bajo el prisma de la tolerancia y el respeto al que piensa diferente.

La polémica viene cuando los esencialistas de uno u otro lado se creen dueños de las calles o los representantes legítimos del conjunto. ¡Las calles siempre serán nuestras! Dicen unos. ¡Y las banderas! Dicen los otros, como si los demás no tuvieran derechos y obligaciones sobre las mismas o como si fuera algo ajeno a su esencia natural. A partir de ese grito de guerra, lo demás es una perfecta creencia sobre la pureza de las ideas, tachando de “fascista” o “golpista” al que no piensa como uno, cayendo de paso en la gran contradicción dialéctica de ver en el otro lo que uno realiza de forma alarmante ante la cerrazón de la idea. Si no eres como nosotros, si no piensas como nosotros, eres automáticamente mi enemigo, y por lo tanto, para simplificarlo todo y que todos podamos entenderlo, eres un facha o un golpista o un nazionalista, tanto monta. Así es la dialéctica en la que nos movemos, simple, llana, grotesca, intolerante. Y ante esa inteligencia que se cree poseedora de verdades absolutas que claman a lo natural del pueblo, las calles y todo lo demás que le vengan en gana, poco se puede hacer, excepto esperar a que la emoción se calme en nombre de la razón, la inteligencia y la lucidez.

No aplaudo los motivos que unos y otros representan. Mi visión ácrata sobre la tierra y las ideas no me permite simpatizar con unos o con otros. Me refiero a esa defensa ciega e inútil de la defensa de las esencias en un mundo de asociados, de uno u otro bando, a partes iguales. No puedo defender algo irracional y decadente como puede ser la adoración ciega a la patria o la nación o la bandera, sea la que sea. Ya no estamos en los tiempos de “todo por la patria” o “todo por el pueblo”. Pero sí celebro que los otros puedan también salir a la calle, tan acostumbrados a ver a los de la calle como “perroflautas” o algo peor. Celebro que todos salgamos con festividad y alegría a gritar lo que nos venga en gana, tengamos o no razón, derecho o simpatía. Si somos vecinos, y además tenemos que seguir siéndolo durante los siglos de los siglos, mejor que seamos claros y digamos lo que pensamos, y luego, dentro del marco de la convivencia, dentro del contrato social, podamos tal vez entendernos en lo mínimo soportable.

Sobre las cuestiones de fondo de porqué esta manifestación, no entraré de momento para no encender las llamas de nuevo. Solo quería decir que siento alegría por vivir en un país vivo, divertido y paradójico, además de bello y único, diverso, multicultural y apasionante e incluso tolerante, a pesar de esas minorías tan ruidosas. Sí, salgamos todos a las calles, para demostrar que somos diferentes, y que por eso debemos empezar a amar la diferencia, estrecharla, respetarla, abrazarla sin miedo. Y por favor, dejad de llamar al otro facha o perroflauta según seáis. Es algo de horteras. No fomentemos más el odio, veamos al otro con simpatía, veamos al otro como aquello que nos falta para comprender la totalidad de lo que somos.

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¿Debo abandonar a mi familia si me ilumino?


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© Deborah Sheedy

“El hombre santo, el hombre perfecto, es aquel que en la total espontaneidad de su amor creador y en cada uno de los tres reinos principales de la naturaleza, material, vital y social, cumple con todos sus deberes, desarrolla todas las verdades y conoce todas las bellezas, cada uno en su máxima potencialidad, en su yo natural”. Eros and Psyche, de Benchara Branford

La vida debería ser un juego alegre, divertido, cargado de humor, y no un constreñido aparato de seriedad pusilánime. Inclusive la vida espiritual, siempre encorsetada en estampas serias y reliquias fúnebres. Me gustaría hablar un poco de esta estrecha y angosta mirada, especialmente en aquellos que de repente se iluminan y miran al resto de la humanidad por encima del hombro, inclusive a su propia familia.

No quiero entrar en la reflexión de si debo abandonar a mi familia porque me he enamorado de otro u otra, o abandonar a la familia porque he encontrado un trabajo mejor o una oportunidad mejor de cualquier tipo. Esto, que ahora es tan frecuente y que se realiza de forma tan artificial e irresponsable, creo que no habría que discutirlo moralmente. En el mundo en el que vivimos, en el que todo vale y en el que las personas nos hemos convertido en objetos de uso, y no en sujetos sintientes, no vale la pena entrar en un debate estéril.

Pero hoy sí tenía ganas de comentar la cuestión, igual de problemática, de aquellos que de repente encuentran algún tipo de salvación o iluminación en alguna nueva creencia que entra en sus vidas como un huracán, arrasando a veces con todo, inclusive con la propia estabilidad económica y familiar. Una revelación, una nueva forma de ver las cosas, una iluminación interior, un descubrimiento, a veces rozando el puritanismo más atroz o la severidad más absurda o el ridículo más burdo. Esa grotesca imagen de una figura seria, estreñida entre recitales de mantras y entonaciones del om, entre serias meditaciones transcendentales o exóticos viajes a la India para adorar al gurú de turno, pero que carece de relación íntima con lo profundo. Una superficialidad como cualquier otra disfrazada de beatitud que deja de serlo en cuanto se vuelve seria, triste y amargada.

Quería hablar de aquellos que abrazan, iluminados, un dogma o una doctrina, un gurú o un maestro o cualquier cosa que de repente les hace sentir plenos y aparentemente reverentes, obviando todo lo que hasta ese momento era sus vidas. Por desgracia, he conocido a personas que de repente lo dejaban todo por abrazar su nueva fe o su nueva creencia, haciéndolo de forma inconsciente e irresponsable. Que destrozaban familias enteras porque de repente se veían o sentían superiores en conocimiento, verdad y creencia a los suyos. El azote de lo que muchos llaman el orgullo espiritual arrasaba con todo lo que hasta ahora era razonablemente sostenido.

El orgullo espiritual nos hace pensar que hemos sido elegidos especialmente para algún tipo de misión. El orgullo espiritual nos hace creer erróneamente que somos especiales y que, por lo tanto, debemos buscar personas especiales con las que desarrollar nuestro propósito. Nos aleja quizás de la tarea más espiritual de todas, que es la de amar a nuestra familia, a nuestros hijos, a nuestra pareja, estén o no “iluminadas”, sean o no sean como nosotros, piensen o no piensen como nosotros, desde la alegría, la broma y el buen humor. El orgullo espiritual nos aleja de unos de los trabajos más espirituales que existen en el mundo que es el de amar y respetar al prójimo, especialmente al prójimo familiar. La cantera de aprendizajes espirituales que desarrollamos en el entorno de la familia, el respeto, la comprensión, la empatía, la flexibilidad, la tolerancia, el amor incondicional, el compartir, la alegría y todo un cúmulo de valores y principios, jamás lo vamos a encontrar en el plano de las ideas o las creencias, siempre tan mustias y carentes de vida. El cúmulo de experiencias místicas que una familia te puede otorgar, jamás lo vamos a encontrar en el mayor de los credos.

El pensarnos o creernos iluminados, es lo que más nos aleja precisamente de esa iluminación. La arrogancia y el orgullo son escollos que solo desde el silencio y la humildad pueden superarse. No hay mayor iluminación que el abrazo a un hijo, que hacer el amor sincera y pasionalmente con tu pareja, que el pasear juntos y alegres por una vereda de experiencias en un campo en primavera. Jamás alcanzaremos ningún tipo de iluminación hasta que no abracemos con amor incondicional la experiencia humana que nos ha tocado vivir en nuestro entorno familiar e inmediato. Sanar nuestro árbol familiar, amar nuestras parejas y nuestra familia entera es lo más espiritual que podemos hacer. Jugar a la vida con alegría es lo más profundo que la vida nos pide. Porque la vida es juego, es diversión, es alegría si se enmarca realmente desde una perspectiva espiritual. Lo demás, inevitablemente, y posteriormente, vendrá por añadidura. Pero no antes, nunca antes. Como decía Eckhart, “Dios se conoce y se ama a Sí Mismo en nosotros”, no en nuestra idea de Dios, sino desde la manifestación en nuestra esencia y en nuestra vida ordinaria. Abrazar sinceramente esa nuestra vida ordinaria es lo más extraordinario que nos puede pasar. Es en la cotidianidad donde tenemos nuestro verdadero campo de experiencia espiritual.

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La Casa del Pan


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Aquí estoy viviendo durante este mes…

El Gólgota está lleno de cuevas al igual que los demás lugares que visitamos por Palestina e Israel. La cueva era muy significativa en toda la tradición palestina, ya que en aquellos lugares semidesérticos, el poseer un lugar fresco suponía seguridad y arropo. Jesús nació en Belén, que significa la Casa del Pan. Nació en una cueva, ya que los pesebres, en aquel entonces, se cavaban en la roca para dar refugio a los animales. Lugares oscuros donde se podía conservar mejor cosas tan valiosas como el ganado. La Casa del Pan viene a significar la necesidad de poseer una vida material lo más abundante posible, ofreciendo al mundo todo aquello que pueda ser compartido. Todos necesitamos un sustento, una casa, un hogar. Es la base de la vida humana.

Ayer interaccioné por primera vez con el niño de la casa. No quería hacerlo, porque sé que los niños enseguida cogen cariño y yo a ellos. Pero tras casi una semana viviendo en este hermoso hogar, no pude obviar la hermosa evidencia de convivir con un niño de seis años. La interacción, aunque ambos hablamos diferentes idiomas, encontró su lugar en la risa y la broma, idioma universal por excelencia. La tarde de risas tuvo efectos devastadores. Hoy el niño no ha ido al colegio y quería jugar todo el rato con el invitado. Por la mañana temprano tocaba a la puerta, con esa cara que ponen los niños cuando demandan algo. Salí al salón y estuve un rato con él. Luego, disciplinadamente, le dije que tenía que marcharme a trabajar y así lo hice. Por la tarde volvió a tocar, esta vez para invitarme a cenar salchichas veganas cocinadas por él mismo. No pude con ambas tentaciones, así que pasamos un buen rato jugando a cualquier cosa tras devorar las sabrosas salchichas.

Encerrarme un mes en una casa desconocida en un lugar lejano tiene su propósito interior. Necesitaba discernir y de paso dejar espacio y tiempo para que otros lo hicieran. Discernir significa aislarnos de todo lo que nos seduce, de todo lo que nos tienta, de todo lo que la vida nos ofrece como prueba para que valoremos interiormente qué es lo que queremos y deseamos desde lo más profundo de nosotros. Así está ocurriendo. La vida nos ofrece motivos suficientes para elegir uno u otro camino, pero es necesario que nosotros discernamos desde dentro. Viéndolo con perspectiva, veo que todo ha pasado muy rápido, que he pasado del auténtico calvario a la tranquilidad interior de poder ver con claridad el siguiente paso.

Admito que un mes aquí encerrado, con frío polar ahí fuera, se va a hacer eterno, pero un mes es un tiempo prudente para tomar decisiones que puedan gobernar nuestras vidas durante los próximos tiempos. La primera prueba a la que me estoy enfrentado es precisamente esa. Vivir en una “Casa del Pan”, en un lugar materialmente cómodo, con una familia establecida que pone constantemente a prueba ese deseo humano que tengo desde hace unos años. Una mujer hermosa, inteligente, consolidada materialmente y sensible a la vida espiritual con un hijo especialmente cariñoso y capaz de robar el corazón a cualquiera. Una experiencia que ya viví en el pasado y que admito, es capaz de hechizar a cualquiera. Pero ahí está el discernimiento, la paradoja de enfrentarnos al mundo escénico desde la mirada interior con fuerza y determinación.

Conozco bien el rechazo a la llamada. Y no me refiero a la llamada a la vida cómoda. Me refiero en este caso a la llamada interior. Ahora puedo saber exactamente aquello que la vida nos pone para que acomodemos nuestra existencia a lo fácil, a lo material, creando así una hermosa vivencia en la Casa del Pan. Lo escribo en voz alta porque al hacerlo me reafirmo en la necesidad de seguir adelante con lo pactado internamente, con lo pactado con esas almas errantes y peregrinas que deambulan buceando en lo mistérico. Aquí solo puedo enfrentarme desde la quietud a la insinuación de la prueba. Esperar, quieto, tranquilo, desapegado, a que el tiempo transcurra y dejando paso a que todo se coloque en su justo lugar. Luego, desde el deseo más ardiente, andaremos y veremos.

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