Deseoso de estar vivo


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© Giuseppe Antonio Valletta

Los días son largos pero se me hacen muy cortos. Las mañanas empezamos con los rituales propios de la comunidad. Me suelo levantar perezoso a eso de las siete debido a que suelo acostarme tarde. Siempre arrastro alguna hora de sueño, por eso, cuando me invitaron a pasar el fin de semana en la playa de Viveiro el sábado me quedé muy maleducadamente dormido hasta las dos de la tarde. Me relajé tanto que al desconectar el despertador no fui capaz de levantarme hasta que mi hermosa anfitriona, delicada y dulce, me despertó con esa suavidad propia de las almas bellas, invitándome a comer alguna cosa que ella misma había preparado durante la mañana. Cuando desperté aprecié el regalo, y di las gracias por haberme permitido recuperar algo de ese cansancio acumulado. El cuidador cuidado, una sensación sin igual.

Las tardes las dedico a trabajar en la editorial. Al menos aquellas tardes en las que el día no se complica excesivamente. Hay momentos en los que hay que ir a comprar cientos de cosas para dar de comer a decenas de personas. Desayuno, almuerzo, merienda y cena. Si son veinte hay que multiplicarlo todo por veinte. Si son treinta, por treinta. Treinta piezas de fruta por día, treinta raciones de esto y de lo otro. A veces ni siquiera sabemos cómo podemos lograr multiplicar los peces y los panes, especialmente ante esta hermosa economía del don donde cada cual aporta lo que puede, y muchas veces, ese aporte siempre es simbólico. Por eso me esfuerzo doblemente en que la editorial vaya bien. Es el aporte vitamínico para que el proyecto nunca falle, para que todo esté siempre en armonía y nunca falte pan en la mesa. Es importante tener esa concentración presente.

Ir y venir una y otra vez a por gente a pesar de que estamos reduciendo el servicio de taxi gratuito que durante estos cinco años hemos ofrecido de forma generosa. Ni siquiera sé como puedo sostener este ritmo de vida, especialmente cuando miro las cuentas de la editorial y veo con cierto espanto que la cuenta de resultados es cinco veces menor que la del año pasado, que ya fue un año dramático. He tenido la fortuna de reducir mi deuda bastante en este primer semestre, pero no lo suficiente. Así que ahora debo seguir buscando fórmulas firmes e inteligentes para seguir en este modo de supervivencia. La vida de un empresario, por pequeño que sea, se asemeja a la vida de un guerrero. Nunca sabe si va a ganar o a perder, pero ahí está, firme en la batalla. Y el año pasado fue de pérdida total de casi todo. Otra vez. Y este año, veremos a ver como termina.

Lo bueno es que al no tener pareja tengo más tiempo para casi todo. Las emociones van a un ritmo tranquilo, los encuentros fortuitos con almas libres y hermosas no requieren un exceso de compromiso e interiormente no siento ningún deseo por entablar, al menos de momento, ningún tipo de relación que consuma un exceso de casi todo. Estoy bien así, a mi aire, a mis anchas. Ni siquiera observo dentro de mí una pizca de tristeza, melancolía o drama por el hecho de estar solo. Ni siquiera esa amanida soledad. Especialmente ahora que ando en esta fiesta tan llena de gente, tan agotadora por tener que ordenar una y otra vez los antojadizos destinos.

Lo asombroso es que la vida no espera. Todo sigue en su drama, en su belleza profunda, en su misterio. Este invierno promete mucha soledad. Ahora que ha habido estampida en el proyecto por eso de que la coherencia no gusta a todos por igual, quizás me quede estar solo de guardián en esas hermosas cuatro hectáreas de bosque, cuidando de las gallinas, de los gatos, de los peces y del amigo Geo. Será un invierno largo pero necesario para poder ordenar tantos y tantos acontecimientos acumulados. También será un buen momento para seguir imaginando mundos posibles. La tarea de crear el nuevo mundo es compleja. Imaginarlo, crear la visión para que otros se inspiren con nuevos y diferentes estímulos es una labor grata. El tiempo se agota, todo es finito. Me siento feliz por estar vivo y me siento agradecido por estar totalmente sano y deseoso de vivir. Siempre agradecido, a pesar de todo. Siempre amando la oportunidad que nos brinda el poder respirar.

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La eterna aventura


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© Ilias Varelas

 

Difícil esto de congregar a la gente. Los vi reunidos, seguramente en sus propias realidades. Ellos en sus memorias piensan que hice como hacían los espartanos con sus enemigos: arrojar implacablemente a la nada a los que tenían el pie cojo o el pecho estrecho. Realmente pasó que pedían coherencia, e intenté ser coherente. Pero ellos no querían coherencia para sí mismos, sino que la exigían a los demás. De hecho, ellos echaron al abismo a los que les molestaban, a los que depredaban su tiempo y sus intereses. Ahora la vida les pagaba con la misma moneda, pero solo porque ellos así lo han querido. Nadie echó a nadie, ellos se fueron solos, buscando mejor fortuna en otros abismos. Les deseo de corazón lo mejor. Para mí ha sido una lección de vida, y de paso, una liberación. Aprender a no odiar incluso al que te desprecia. Aprender a lidiar con esas circunstancias que tan a plomo te ponen cuando todo resulta excesivamente complejo.

Mientras hoy hacía cemento para recubrir una nueva obra, me desahogaba diciendo sencillamente eso tan manido de que no tengo ningún interés personal en permanecer aquí, en sostener este ambicioso proyecto. Podría ahora estar tranquilamente en mi casa, o en una playa paradisiaca o en cualquier paraíso tranquilo. A nivel personal, a mi edad, se puede decir que tengo la vida resuelta, tanto personal como profesionalmente. No necesito, de verdad, estar aguantando todo lo insufrible de estas semanas. Los insultos, las traiciones, la oscuridad humana, la cobardía, la amenaza.

Sin embargo, algo me tira al monte, no sabría decir el qué. Podría llamarlo propósito, karma, destino, un sino existencial, quién sabe. Tal vez esa sensación interior de aventura eterna, que se repite en las edades, por los siglos de los siglos, con diferentes disfraces, con diferentes escaramuzas y batallas, pero siempre la misma historia, centuria tras centuria. Como si la herejía resurgiera época tras época y tiempo tras tiempo vinieran las fuerzas a quebrantar su luz. Lo cierto es que una fuerza mayor a mi propia voluntad me arrastra a hacer cemento, a aguantar insultos y a recibir como paga diaria el desagradecimiento de viles y villanos, de personas que te quemarían vivo en cualquier hoguera si no fuera por los tiempos que corren. Al mismo tiempo, y quizás porque quiero pensar que ese ruido espurio es anecdótico, la fuerza del resto, el agradecimiento de los demás, que son legión en comparación a esa minúscula realidad, me hace seguir adelante.

También estoy aprendiendo a decir no, y a decir basta, basta ya. Si no te gusta esta casa, si no te gusta lo que aquí hacemos, no eres bienvenido. Basta ya de abusar hasta la médula y luego pagar con insultos y desprecios. Basta ya de crear fantasmas y mancillar el buen nombre de mucha gente. Basta ya de hipocresía, de cobardía, de injuria gratuita. Si no fuera porque por dentro me siento fuerte y feliz, desapegado de todo eso, cerraba de una vez por todas y de verdad, me iba a vivir mi vida, plácido, tranquilo, sin dar explicaciones a nadie. Si no fuera porque por dentro me siento libre de culpa, con la consciencia tranquila y la fortaleza suficiente para aguantar nuevos envites, me las piraba plácidamente a cualquier fin del mundo que mereciera la pena.

Así que seguiré a lo mío, con la precaución de no seguir dejando entrar a mi vida personas y personajes que restan, que viven en la queja constante o que mancillan a la mínima de cambio. Lo siento, no tengo tiempo para esas cosas. Seguiré andante por esta eterna aventura y que Dios, o quien sea, reparta suerte.

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Aprendiendo a amar los sueños


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O Couso es un experimento. Primero fue un vago sueño. Un sueño que se tejió hace muchos años. Luego fue un estudio que se prolongó durante años y ahora es una realidad compleja que crece a medida que el experimento va fraguando de una y otra manera. De alguna forma estamos tanteando la realidad que debería ser futura. Es como si buscáramos la fórmula adecuada para intentar que el ser humano entre en un estado de paz y de consciencia. Pero es difícil, complejo, arduo. Los grupos crecen, se consolidan y caen cuando la estructura que llevan dentro intenta imponerse a las sencillas bases de la esencia del mismo. El interés egoísta, o la interpretación de la realidad y esa manía nuestra de intentar impregnar a la misma con nuestra esencia, obviando la esencia de los demás, hace que los grupos caigan uno tras otro.

Por suerte, a diferencia de otros experimentos, de momento éste ha sobrevivido a todos los envites. Hay proyectos que nunca han sobrevivido porque estaban supeditados a la fragilidad de sus componentes. Este sobrevive a pesar de ella, a pesar de los errores cometidos una y otra vez, pero afianzado a la fuerza de unos pilares sencillos, pero inamovibles, que de momento han aguantado todos los terremotos. Si los pilares de un edificio permanecen intactos, se podrán caer las paredes, pero el edificio permanecerá. Por eso los guardianes del proyecto fijan su misión en proteger los pilares del mismo. Y la misión del resto es la de proteger a los guardianes para que estos no caigan a su vez. Si los guardianes caen, el proyecto cae por esa necesidad humana de transformarlo todo a nuestra imagen y semejanza. Pero si se mantiene firme y fuerte la base, y los propios guardianes se mantienen firmes y fuertes ante los envites, la supervivencia está garantizada y el experimento puede continuar.

¿Cuáles son las bases del experimento? Profundizar en algunos valores básicos como la convivencia fraternal, la experiencia de vivir libres sin exceso de ataduras y todos en igualdad de condiciones, partiendo de una base común que nace de la cooperación, el apoyo mutuo, la colaboración y el respeto hacia nuestros cuerpos, hacia los seres sintientes y hacia el entorno natural en el que vivimos. Todo ello con unas sencillas pautas de convivencia y con una actividad colaborativa que procura despertar en nosotros una nueva forma de entender y experimentar la vida

Parece, en teoría, algo sencillo, pero es una de las pruebas y experiencias más complejas que he experimentado nunca. De hecho, el modelo sigue siendo un auténtico fracaso. Los grupos humanos terminan autodestruyéndose, terminan minando todo cuanto se hace, ya sea mediante la crítica, ya sea mediante lo complejo de entrar en coherencia con el experimento, o ya sea simplemente por intereses espurios que nada tienen que ver con el proyecto y sí con un egoísmo que al final termina por afectar al conjunto. Pero a pesar del sonado fracaso aparente, estamos aprendiendo a amar el sueño. El sueño como algo vago y lejano, como un matiz de esperanza hacia la propia humanidad, como un acto de fe, o un salto de fe hacia aquello que debería unirnos.

En lo personal siento cierta decepción, pero también mucha alegría. Decepción por las continuas traiciones, por esa manía nuestra de criticar y mancillar lo logrado. Pero también alegría inmensa por todos aquellos que, a pesar de las complejidades y los desafíos, siguen creyendo en la utopía, en la esperanza, en la fe y en el ser humano. Por eso, interiormente, a pesar de las continuas decepciones, estoy aprendiendo a amar el sueño. Y al hacerlo, también estoy aprendiendo a buscar las mejores fórmulas para aprender con ello a amar al prójimo próximo, aunque éste, en algún momento, se vuelva un cómplice enemigo del cual, siempre, con paciencia y amor incondicional, seguir aprendiendo.

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Las variables de la realidad


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© Kevin Holliday 

“El mundo está tan lleno de opiniones como lo está de personas. Y usted sabe qué es una opinión. Uno dice esto, y algún otro dice aquello. Cada cual tiene una opinión, pero la opinión no es la verdad; por lo tanto no escuche una mera opinión, no importa de quien sea, sino descubra por sí mismo qué es lo verdadero. La opinión puede cambiar de la noche a la mañana, pero no podemos cambiar la verdad”. Jiddu Krishnamurti 

La realidad no encaja, la realidad florece. Para las estrellas, los fugaces somos nosotros. Vivimos en una corta y fugaz instantánea que florece a cada instante. Por eso es bien difícil realizar un mosaico certero de la realidad. Si miramos a nuestro alrededor, lo que vemos no es objetivo, sino una interpretación nacida de nuestro marcado interior, tan limitado y frágil, tan divertidamente fugaz. Ese interior es complejo, y nunca es igual de un día para otro, por lo tanto, la realidad es plástica. Si nuestro cerebro es exagerado, es porque nuestra inteligencia tiende a asfixiarse en los límites de la realidad. Esto ocurre porque la realidad es múltiple y variada, y no una fotografía fija, sin matices, sin tonos.

La realidad, en verdad, es una caricatura de nuestro yo interior. De ahí que no debemos tomarnos muy en serio todo cuanto ocurre en ella, especialmente todo aquello que al parecer nos daña, nos atemoriza o nos atosiga. Todo es pura impermanencia. Todo es verdaderamente un chiste, una broma, una escena limitada, impermanente, frágil.

La vida es una narrativa, un diálogo constante entre nosotros y el resto. Es algo plástico y discontinuo, incomprensible, exagerado, cambiante. Dar excesiva importancia a la realidad es no saber dónde habita realmente lo importante. Esa parece la trampa. Si fijamos excesivamente la atención en todo aquello que nos rodea, nos estimula, nos divierte, nos distrae, estamos perdiendo el verdadero enfoque de la propia existencia.

Las distracciones son excesivas, y casi todas ellas fantasías que nacen de alguna parte inconexa con todo lo que nos circunda. Aquellos que tienen una mente privilegiada y son capaces de ver y observar los vórtices de la realidad, viven en una especie de panóptico imposible donde cada cosa adquiere un exceso de significados. Son capaces de adelantarse a los acontecimientos porque pueden ver, en un grado de inteligencia superior, aquello que escapa al común de los mortales. Pero esto les crea una sensación de incertidumbre constante, y también de prisión hacia lo limitado de la experiencia.

La vida también es literatura. Digamos que somos como esos narradores que detallan su obra, los personajes, las anécdotas, el día a día. Hoy ha sido un día desagradable con un encuentro desagradable con uno de esos vórtices que han venido a enseñarme, a mantenerme firme y constante. Pensaba que mi manera de interpretar el encuentro no era algo fortuito. Las cosas, en el mundo donde uno se puede sentir guionista, no pasan nunca por casualidad. Las señales se repiten constantemente, especialmente cuando estás alerta a todo cuanto ocurre, y especialmente cuando ves que si algo se retrasa, es porque algo tiene que ocurrir más adelante.

Siendo así, uno se da cuenta de que la realidad tiene muchas variables, muchas interpretaciones. Por eso es fácil, ante estos hechos, cambiar de opinión constantemente, entrar en contradicción constante, alinearse con cada instante para que sea único y diferente al anterior. Muchas veces me dicen que cambio rápidamente de opinión. Es totalmente cierto, porque considero que la realidad no es algo rígido e inamovible. Cambio de opinión porque la vida cambia constantemente. De lo que no cambio es de convicciones. Ni de conducta arraigada en la fidelidad, el amor y la necesidad de expandir otro tipo de visión del mundo. Es cierto que al estar expuesto cometo más errores que la media. También entro en mayor dominio de la sinrazón, porque visto objetivamente, uno puede pensar que llevar este tipo de vida no resulta algo muy cuerdo. Es cierto. La cordura es algo rígido, la realidad, en toda su profundidad, es una auténtica locura. Bienaventurados entonces los profundos, porque suyo será el reino de todos los cielos. Y bienvenidos los locos que hacen de la “realidad” algo prácticamente inservible.

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Siendo joven me siento viejo


 

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© Rolandas Kugauda 

Ya no busco a Brahman en los paisajes imposibles de la India. Dejé de rezar a los dioses en las iglesias y hace tiempo que no viajo buscando fuera todo aquello que siempre termino encontrando aquí dentro. No deseo crecer, ni ser reconocido, ni tener éxito o dinero, ni poseer cosas ni tener a nadie que no quiera estar conmigo. Dejé de bucear en las entrañas del Ser para intentar, cada día un poquito, Ser, sin más. Ya no amarro, sino que estoy aprendiendo a soltar. Y cuando se van sonrío, deseando para ellos el mejor de los mundos posibles. He aprendido a decir adiós, sin que me cueste el alma. Ya no atosigo, sino que dejo que cada cual disponga de su tiempo, de su espacio, de sus creencias, de sus absurdos tan parecidos, en el fondo, a los míos propios.

Ya no busco el amor, ni lo espero. No busco el talento ni el aprecio ni el cariño como cuando mendigaba en cualquier esquina un trozo de alabastro luminiscente, aún pensando que eso calmaría mis angustias más dolientes. No quiero nada, de verdad. Quizás tal vez un poco de salud, y con ese poco, que me baste para vivir dignamente, sin molestar a nadie, el resto de mis días. Cuando muera, ojalá sea en silencio, sin hacer mucho ruido, por eso de no molestar ni siquiera en el último aliento. Y si molesto, desearé morir en paz, con esa sensación que me acompaña de que hice lo que pude, y de que, dado el instrumento asignado, no aspiraba a mucho más.

Por eso no quiero nada, excepto un poco de salud para pasear y contemplar el paisaje. Eso es suficiente. Abrazar a unos y a otros, especialmente a los animalillos, que no te juzgan ni te hieren. A esos los abrazo siempre. Estén tumbados en la hierba o corriendo de un lado para otro buscando algo para comer. Me acerco a ellos, les hago alguna de mis pesadas bromas, les sonrío y los abrazo. Abrazo a mi perro y a mis gatos, a las gallinas y algún humano que aún, humilde y sincero, dejó de juzgar.

A esta edad hablo ya como los viejos, y me refiero a los viejos de antes, porque los de ahora, con tanta cirugía y estado del bienestar no parecen viejos. Ni siquiera la palabra viejo está bien vista. Ahora nadie quiere ser viejo y a mí me gustaría llegar a viejo. Tener arrugas en la cara, sentarme bajo la sombra de algún árbol y mirar tranquilo la vida, sonriendo, contemplando los pajarillos, en paz. Un poco como ahora, que siendo joven me siento viejo. Sin ganas de batallas, sin ganas de explicaciones, sin ganas de pensar excesivamente la vida. Solo sentirla, apreciarla, vivirla en paz y en gerundio, siempre en gerundio. Me siento viejo y extraño, como si ya no habitara en mí, como si ya no habitara realmente en este mundo, que cada día admiro más y cada día que pasa lo observo con mayor asombro.

Los viejos son como los niños, se maravillan de las cosas sencillas. Y eso hago cuando doy de comer a los pajarillos en ese comedero que hicimos con los restos de madera justo en frente de la cabaña. O cuando cambio el agua a los peces mientras hacemos su nueva casa y observo cómo aletean entre mis dedos. ¡Son seres tan frágiles! Y aún así son consumidos como si fueran cosas. Admiro a todos los seres sintientes que en su sensibilidad superior defienden y protegen a esos animales frágiles. ¡Es tan hermoso este mundo! Fijaros en todas sus maravillas, alegraos por todo cuanto recibimos sin pedir nada a cambio, sin esperar nada a cambio. ¡Hay tanta riqueza, tantos dones! Ya hablo como un viejo. Como aquellos de antes que tenían la cara llena de arrugas y miraban desde la plaza todo cuanto acontecía. Eso hago ahora, respirar, observar la plaza, y ver qué ocurre.

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Distopía, utopía, entropía


 

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© David Burdeny

Es medianoche en punto y debería estar ya durmiendo, pero hace una noche plácida, la gata Meiga no ha vuelto de su ronda nocturna y las baterías aún dan un poco más de luz en esta cabaña perdida en los bosques. Sentía una necesidad de decir algo en voz alta. Algo así como “lo estoy consiguiendo” o “ya me queda poco”. Venía a colofón porque al darme cuenta de que la segunda edición del librito que escribí en 2007 en la bahía de Findhorn está agotado, andaba preparando ya la tercera y releyendo sus páginas.

“Creando Utopías” fue un libro profético, como un mapa que me estaba escribiendo para indicarme el camino futuro. Aún no sé cómo en ese año, cuando sólo contaba treinta y tres años, podía divisar con tanta lucidez aquello por lo que tendría que luchar el resto de mi vida. Mi segunda decisión radical de dejarlo todo para perseguir mis sueños me costó muy caro. En ese momento aún no era consciente. Tenía ahorros suficientes para sobrevivir algunos años y nada sabía de la crisis que un año después pondría a prueba todas mis hipótesis. Ese libro fue premonitorio.

Releyendo sus páginas me doy cuenta de que ser coherentes con ciertos sueños tiene un coste relevante. Me doy cuenta de que esa obsesión mía por las utopías tiene también algo de distopía y de entropía. La utopía es compleja, requiere de un alto grado de sacrificio personal, de una alta idealización, a veces inteligente, otras torpe e ingenua. Requiere coraje, un añadido de locura y mucha fuerza para resistir a esa estructura que tanto describo en ese librito. Pero de alguna forma lo estoy consiguiendo. No en un estado puro ni absoluto porque la coherencia en este mundo tan complejo resulta casi una entelequia. Pero algo estamos andando.

Lo noto especialmente cuando veo que los “perros ladran”, como decía Sancho al Hidalgo Caballero. “Señal de que avanzamos”, respondía el gañán Quijote. Ahí está la sonrisa interior. Algo se está avanzando. Quizás algo minúsculo, casi ridículo, pero algo se mueve. Lo noto cuando la inteligencia está reñida con lo mediocre. Hay fuerzas mediocres que intentan una y otra vez arrebatar la lucidez, mancillarla, atosigarla con insignificantes pero puntiagudas agujas de dolor. Se clavan en la sien, en lo más profundo de ese lugar donde la luz alcanza a brillar. Es un dolor agudo que puede volverte loco si lo dejas excesivamente a su aire. Por eso ahora estoy aprendiendo a defenderme con cierta calma interior. No dejo que la estupidez o lo mediocre tenga fuerza. Simplemente lo ignoro, lo dejo pasar, esperando que la brillantez vuelva a relucir y a llenar el mundo con cierto colorido, alegría y amor. Eso sí, cuando la crítica se cierne de forma destructiva, la zanjo de forma drástica. Ya no tengo miedo al qué dirán, ya no temo, creo que nunca lo hice, a aquello que no gusta por el hecho de ser diferente y discordante al resto.

Si la rebeldía me ha servido para algo es para saber en cada momento que podía confiar en mí. Que no importaba cuantas veces me equivocara. Lo que importa del Camino es andarlo, sin prisa, y ver qué ocurre. Lo importante es caminar, practicar los caminos, abrir brecha sin miedo a equivocarse porque el equivocarse, el perderse, forma parte de la aventura del caminar. Hay algo de rebelde a estas horas, en este lugar. Es cierto que ahora tengo ciertas comodidades. Un tejado verde firme, una cama apoyada en ocho pilares, algo de luz. También la compañía de la gata Meiga que hoy ha decidido seguir su ronda nocturna. No hay mucho mérito en vivir en una cabaña en mitad de la nada. El mérito, el verdadero mérito es hacerlo porque realmente eso es lo que sientes y eliges libremente que debes hacer. La rebeldía, en un mundo de esclavos, consiste en poder elegir. Esa es la rebeldía, la utopía, la sensación sensata de poder construir lo que realmente percibes desde dentro. Y eso nadie me lo podrá negar, ni siquiera aquellos que ladran una y otra vez. Señal de que avanzamos, sin duda.

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Salto de fe


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Siempre hay un momento de angustia entre lo viejo y lo nuevo. Digamos que uno cierra los ojos, se lanza al vacío y siente como si de repente entrara en un estado donde no hay ni tiempo ni espacio, donde todo es calma entremezclada con un sentimiento de incertidumbre. Algo ocurre en ese estado liminal donde naces a una nueva vida, al menos, hacia una nueva percepción interior, una nueva consciencia, una nueva aventura vital. Eso debió pensar el voluntario que, tras catorce meses de vida comunitaria, ha decidido subir el grado de compromiso y responsabilidad con la vida utópica. Uno puede pensar que todos los compromisos tienden a atarnos a alguna cosa. Esas ataduras casi siempre son invisibles, pero están ahí. Elegir entre una cosa u otra siempre nos ata a una experiencia u otra.

Vivir en comunidad es dar un salto de fe. Digamos que renuncias a algunos aspectos importantes del individuo en sociedad. Para empezar, renuncias a vivir hacinado en un pequeño apartamento o habitación en esa colmena ruidosa y contaminada que llamamos ciudad para así poder abrazar la vida salvaje en plena naturaleza. Por más que nos cueste admitirlo, también renunciamos a la esclavitud, a cierta esclavitud, de vivir apresados a un trabajo, a un salario, a un horario, a unos jefes, a unas empresas con sus doctrinas, con sus exigencias, con sus normas, a cambio de vivir en un tiempo kairos, donde las cosas se miden por las experiencias, y no por los ritmos impuestos de la ciudad. A cambio, es cierto, en la ciudad recibimos algo de dinero que debemos repartir entre el Estado, el cual con ello garantiza algunos de nuestros derechos esenciales (educación y sanidad, por ejemplo) y nuestros gastos más elementales para sustentar nuestro cobijo, vestir, alimentación y placer. El placer es mínimo, pero está plagado de estímulos, tangibles e intangibles, y sobre todo de cosas, muchas cosas.

Una de nuestras mayores renuncias cuando elegimos vivir en comunidad es renunciar a cierto individualismo, a cierto egoísmo endémico que crece en nuestras vidas sociales. La comunidad exige un alto grado de compromiso con la vida en común, estrecha. Esto es una experiencia única que sólo los más fuertes o hábiles pueden soportar. La vida en comunidad es muy exigente y no todo el mundo está dispuesto a renunciar a las cosas buenas del mundo de la sociedad, por mucho que sea el grado de vasallaje que la misma nos exija. Cuando das el salto de fe hacia una vida diferente tienes que tener muy presente y hacer muy consciente qué es aquello a lo que renuncias y qué es aquello que ganas. La vida en comunidad, aparentemente, te ofrece más tiempo, más desapego hacia las cosas y una riqueza diaria de experiencias únicas e irrepetibles. Pero también un alto compromiso por el ideal, por la visión y el sentido que este tipo de vida requiere para ser soportada. ¿Merece la pena vivirla? Dependerá mucho de nuestros condicionantes, de nuestras aspiraciones interiores, de nuestra visión del mundo, de nuestro compromiso y responsabilidad a la hora de hacer de un mundo bueno, un mundo mejor.

Los experimentos utópicos que pretenden guiarnos hacia una visión más respetuosa para el planeta, hacia un mundo más virtuoso y agradable, tiene sus propios riesgos. Por eso hay que dar un salto de fe hacia este experimento vivo donde todos los días aprendemos algo nuevo que nos hace mejores. Por eso hay que creer, en cierta manera, en la necesidad urgente de actuar. Sólo desde la acción individual y comprometida lograremos que el mundo reviva hacia su propia salvación. Y esto no es un pensamiento mesiánico. Es una evidencia cada día más tangible. De ahí la urgencia de actuar. De ahí la necesidad de lanzarnos al vacío a golpe de fe y esperanza. Fe en seguir construyendo un mundo bueno y mejor todos los días y esperanza para que el futuro sea hermoso, sabio y llevadero.

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