Gracias M. Antonia


Tú eres yo,y yo soy Tú. No es evidente que nosotros «inter-somos». Tú cultivas la flor en ti mismo, para que así yo sea hermoso. Yo transformo los desperdicios que hay en mí, para que así tú no tengas que sufrir. Yo te apoyo; Tú me apoyas. Estoy en este mundo para ofrecerte paz; Tú estás en este mundo para traerme alegría. Thich Nhat Hanh.

Terminé al año hablando de Vida, y empiezo el nuevo año hablando de muerte. De dos muertes que me han tenido en silencio pausado y delicado estos días. La primera me la guardo por lo difícil que me resulta hablar de ella. La dejaré desgarradora en mi intimidad, abrazada para siempre en el devenir futuro. Esas muertes silenciosas que nunca se cuentan, ni se mendigan, ni se comparten. Esas muertes anónimas que nunca vieron la vida.

La segunda me ronda desde hace unas semanas y duele, porque todas las muertes duelen. Se marchó nuestra querida M. Antonia, un ser alegre y excesivamente generoso para no tenerla en el recuerdo todos los días. Se marchó sin despedirse, sin decir adiós, en silencio. No quiso compartir su dolor, su cáncer, su espacio y su tiempo que se apagaban. Tan generosa, no quiso que nos lleváramos de ella un mal recuerdo, un sufrimiento innecesario.

En julio tenía programado venir con su hijo y su pareja a Galicia, para visitar el proyecto y pasar aquí unos días. Ese viaje nunca ocurrió. Ese mismo mes le diagnosticaron el principio del fin. Ahora me siento extraño y vacío. Como si alguien importante se hubiera marchado, alguien que de alguna manera sostenía un anhelo necesario y una esperanza futura, un hilo irreductible.

La conocí en Ginebra con la excusa de la edición de uno de los libros azules. Compañera de estudios de una de esas organizaciones que te enseñan a meditar, estudiar y ser útil al mundo, se empeñó en que juntos dedicáramos tiempo a revivir la obra de AAB. Así que tras el primer contacto, y durante muchos años, empecé a viajar a Ginebra, tres veces al año. Para mí esos viajes eran como unas pequeñas vacaciones que intercalaba entre el apartamento de los voluntarios en la bella Petit Lancy, en el margen izquierdo del Ródano, y las oficinas que había en la capital. Siempre obviaba el tranvía porque el paseo por el pequeño bosque que separa ambas ciudades merecía la pena. Luego llegaba a la oficina y siempre me esperaba M. Antonia con aquellos riquísimos chocolates de Ragusa que tanto me gustaban.

Nuestra complicidad era el chocolate, las risas y su mallorquín cerrado y gracioso que compartíamos en la sección española de la fundación durante horas. Entre risas y trabajo, iba sacando el avituallamiento de chocolates que preparaba cuando sabía de mi llegada a Ginebra. Los días y las semanas en aquel anónimo rincón del mundo cobraban significado gracias a esa bella alma que inspiraba confianza, cercanía, amistad y servicio compartido. Nunca pedía nada, nunca reclamaba nada, y siempre lo daba todo: presencia, alegría, generosidad y luz, mucha luz. Me encantaba verla con su pareja trabajar en el mismo sitio, cómplices y felices por saberse partícipes de una misma aventura. A veces me invitaban a su apartamento a cenar, o nos escapábamos para saborear alguna pizza o alguna tradicional fondue suiza por las calles ginebrenses.

Desde que M. Antonia se marchó, me ocurre lo mismo que me pasó con la pérdida de mi querido Pepe y mi querido Antonio en el 2016, ambos amigos y mentores malagueños. Tengo un sentimiento de orfandad, de abandono, de falta de algo importante en mi vida. Supongo que por la gran luz que desprendía M. Antonia, somos muchos los que nos sentimos así, abatidos, descolocados, huérfanos. La lloraré en silencio, con la esperanza albergada de que siga protegiendo todo el trabajo que emprendimos juntos, y todo el cariño que ambos nos teníamos.

Gracias M. Antonia por todo lo que dejaste, ahí, bien enterrado en los corazones sensibles que lograron abrazarte. Echaré de menos tu presencia, tus chocolates, tu sonrisa, tu abrazo siempre sincero, aquella mirada franca que atravesaba cualquier alma, aquellas cartas que siempre terminaban con tu hermoso «en amoroso servicio». Siempre en mí, siempre en ti, tú eres yo y yo soy tú. Nos vemos en el otro lado para seguir inspirando y protegiendo la sagrada luz.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: