¿Tan mal estamos?


© @digalakisphotography

Dicen los expertos que la generación milénica vive en un malestar constante. En una especie de ansiedad y depresión que gira en torno a una rueda de hámster de la que no se puede salir. La falta de perspectiva futura, de incertidumbre económica o la nula aplicación de valores fundamentales podrían ser alguna de las causas. Un narcisismo exagerado por las nuevas tecnologías, donde el yo ante una pantalla adquiere un protagonismo artificioso e irreal, exagerado, crea vacíos existenciales difíciles de rellenar con la purpurina de nuestro tiempo.

Tan mal estamos que estas nuevas generaciones no son capaces de apreciar la profundidad y la sencillez de un atardecer, de un paseo, de una canción, de una buena lectura. Esas pequeñas cosas que sumadas creaban antaño satisfacción, ahora son meros escenarios sin sentido, carentes de motivación. La grandeza de las pequeñas cosas, la belleza de la vida cotidiana desencarna para dar paso a una queja constante, una queja que se va sumando a malestares que arrastramos y que provocan un desequilibrio constante entre nuestra personalidad y nuestra vida circundante, creando incorrectas sinapsis en nuestras mentes cada vez más enfermas.

Salir de esa rueda de hámster es complejo, porque requiere de varios saltos cuánticos y de una gran renuncia y aceptación. Decir basta a la queja, a los traumas, al lamento constante y ponerse manos a la obra con nuestras vidas es algo para lo que no nos han preparado. Las antiguas generaciones, aquellas que habían sobrevivido a guerras y auténticas catástrofes, aprendieron a tener un sentido más optimista de la vida. Habían, de alguna manera, sobrevivido al horror, y eso les hacía disfrutar de ese sentido de supervivencia. Sin embargo, las últimas generaciones nacieron con un bienestar económico inimaginable hasta hace pocas décadas. No tienen ese sentido de supervivencia arraigado y por lo tanto, no tienen entusiasmo por absolutamente nada.

Nada les motiva, nada de lo que ocurre tiene sentido, excepto aquello que pueda engrosar las filas del ego, sumando un “me gusta” más a esa epidemia digital que nos tiene enganchados al maya, a la ilusión más obtusa de cuanto hemos vivido. ¿Qué motivación puede tener alguien que no ha sufrido la aparente pérdida? ¿Qué clase de epidermis puede tener una generación cuya única preocupación ha sido la de estar a la última en tecnología?

Hay una desorientación total a todos los niveles. Cuando lo material se impone a lo esencial, la distorsión provoca quiebra, ruptura y confusión. Al alejarnos de lo esencial y surfear constantemente en lo epidérmico, rompemos con el hilo conductor de la existencia. Sin darnos cuenta, enfermamos día a día por esa falta de conexión profunda con lo esencial de la vida. No damos importancia a algo tan sencillo y radical como el respirar, a algo tan profundo y único como un amanecer.

Más allá de las creencias que podamos albergar dentro de nosotros, podemos intentar ofrecer un estímulo superior a nuestras aspiraciones. Bucear en algún tipo de don o talento que nos haga conectar con el principio universal de ser útiles al mundo, a nosotros mismos, a nuestro entorno. Ser útiles como motivación especial. Ayudarnos a nosotros mismos en mejorar y perfeccionar nuestras vidas para ayudar con ello a los que nos rodean. Intentar hacer de un mundo bueno, un mundo mejor, primero en nosotros, inevitablemente, y luego en los demás.

Alejarnos de la queja como un mantra diario y cambiar esos postulados por positivas imágenes, “como sí” la vida tuviera un sentido más profundo que debemos alcanzar. Preguntarnos todos los días, ¿tan mal estamos? La ansiedad, el estrés y la depresión constante en la que vivimos nace precisamente de esa falta de conexión con nuestra esencia profunda. Y reconectar con esa esencia es reconectar con la simplicidad de la vida, con la belleza de lo cotidiano, con la suerte y la fortuna de estar vivos, de respirar, de tener la oportunidad de volver a empezar un día más. Recordemos día y noche, ¡estamos vivos! Al recordarlo, al conectar con la respiración, estamos reconectando inevitablemente con lo más esencial de la existencia. Y eso debería ser motivación suficiente para seguir adelante. Hagamos el bien, hagámoslo empezando por nosotros con ilusión y alegría, con estusiasmo y poderosa manifestación de lo que realmente somos.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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