El último guardián


La restauración de los misterios es algo complejo, difícil, diría que una empresa imposible en los tiempos decadentes en los que vivimos, en ese desprecio a la luz que transita por lo invisible a favor de la vulgaridad, de lo material, de aquello que llamaban lo positivo, el positivismo. Desdeñar la vida exclusivamente desde los sentidos es limitar el orbe de la existencia a una estúpida razón presumida, egoica, etnocéntrica, sin mayor visión que su particularidad experiencia material. Limitar la vida a ese sentido material de la existencia es dejar atrás el sentido profundo de todo lo que somos.

Recuerdan algunos aquella escena en el que el último guardián templario, el último de los tres hermanos, apenas sin fuerzas para sostener su gran espada, intentaba proteger el misterio que entrañaba el Santo Grial. El precio de la inmortalidad, del secreto, del misterio, es que la reliquia no podía traspasar el umbral del gran sello. Ese precio, ese óbolo, era la carga que el último guardián sostuvo durante mucho tiempo. Es la carga que los guardianes de nuestro tiempo sostienen ante la oscuridad y el materialismo, con ese atomismo de Demócrito tan vacío y yermo que arrasa con todo.

In Deo fiducia nostra, pensaba para mis adentros cuando el último guardián, el último de los tres hermanos, se marchaba entre columnas hacia esa inevitable travesía del desierto. Miraba el cielo lluvioso, el otoño de este tiempo, y me preguntaba cómo transcurrir entre esa necesidad de asaltar el misterio y esa otra de no morir en el intento, ni atropellar con ello nuestra existencia. La decadencia de nuestro tiempo, la decadencia materialista, nos amarra a la supervivencia espiritual en lo secreto, en lo mistérico, inevitablemente.

En el zénit de estos poderosos valles, fijaba la atención en la pesada carga que toda espada que intenta defender la pureza del misterio debe soportar. Lo iniciático y lo fraternal desaparece en las arenas temblorosas de nuestra época. Entre el orden y el caos inevitable, añadía a mi reflexión ese Deus Meunque Ius.

La práctica del servicio para producir cambios sustantivos en el avance de la Humanidad hacia lo Alto, es algo que sin duda se ha olvidado. Regodeados en lo material, nos alejamos de lo consciencial. Los Caballeros Kadosch y los Príncipes del Real Secreto desaparecen. Los Capítulos de Perfección menguan o se mercantilizan en meros adornos insustanciales, carentes de espíritu y de sentido del deber con la Gran Obra, carentes incluso de transmisión de lo perenne. Los Consistorios y las Grandes Cámaras carecen de valor, perdido el sustento espiritual que los sostenía antaño. El gran templo del Sol, escondido en las profundidades atlánticas, ya no es capaz de resolver la promesa del nuevo día. Ni siquiera la ciudad Resplandeciente orienta nuestros días.

Por eso, cuando hoy se marchaba el último guardián, me encomendaba al misterio para resolver la difícil ecuación. Las encomiendas, menguantes, requieren temple. Los hospitales de peregrinos, sus guardianes y cuidadores. La llama, toda llama que se valga, requiere un cuidadoso sustento etérico, pero también una constante consagración y entrega. Si nuestro tiempo sucumbe a la oscuridad, el mundo será acabado. Si la luz resplandece, si el reguero de laureles vuelve a verdecer, habrá esperanza. Aún no hemos sido irradiados ni hemos entrado en sueños. Aún sostenemos fuerte la espada. Aún la llama sigue protegida. Tras la noche, el alba, la siempre inevitable alborada. Seguiremos escondidos en la gestión del Misterio. Como siempre.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: