Cuando aprendas a volar hará falta cielo…


Primero volar lejos de nosotros mismos. Ausentarnos de nuestro cuerpo, observarlo con incredulidad, con desapego, a sabiendas de que algún día dejará de existir. Alejarnos de nuestros estados de ánimo, pero sin olvidar que el filo hilo de la vida se sostiene bajo la capa etérica de eso que diferencia la vida de la muerte. El ánimo, el ánima, la vida, aquello que nos anima, puede subir o bajar, pero mientras respiramos, es constante. Podemos estar bajo de ánimos, pero podemos también, bajo capa de descanso y cuidados, recuperarlo. El ánimo es lo que nos conecta a la vida, a lo más esencial y verdadero que une a todos los seres en ese hilozoísmo imperecedero. No somos nuestro ánimo, pero atención, lo necesitamos para manifestar nuestras riquezas interiores en el mundo. Lo necesitamos para tener ganas de vivir.

Volar lejos de nosotros mismos también es volar lejos de nuestras pesadas, cansinas y repetitivas emociones. Muchas de ellas basadas en traumas de nuestros primeros siete años de vida. Traumas, heridas, repetición de patrones que no nos pertenecen, y un sinfín de sentimientos que se agudizan dependiendo del estado de salud de nuestro cuerpo y de nuestro ánimo, y también viceversa. Cuidado con las emociones, con enroscarnos en ellas, con asumir que lo que somos, es ese caldo de cultivo feriante, esa noria perpetua que marea siempre que no está disciplinada y atendida.

Qué poderosa atención ejercen las emociones sobre nosotros. La culpa, la rabia, la melancolía, esas ganas terribles de huir de nosotros mismos porque no tenemos herramientas para gestionar nuestra infinita lista de imperfecciones. Volar lejos, volar alto, volar más allá de esas aguas revueltas, o caminar sobre ellas, como hicieron antaño aquellos que dedicaron eones de vidas a superar las tempestades. Caminar sobre las aguas sin dejar que a la primera de cambio las aguas salpiquen todo nuestro mundo, haciendo tambalear nuestros frágiles pilares existenciales.

Volar lejos, volar alto, volar en lo profundo, más allá, mucho más allá de nuestros diez mil pensamientos. ¡Ay ese remolino de viento que va y viene! ¡Ese mono loco indisciplinado y pasajero! ¡Qué tendríamos que hacer para volar alto de todo eso! Quizás meditar, entrar en silencio, no identificarnos con nada de lo que pensamos, con nada de lo que creemos, con nada de aquello que damos por sentado, como si de una verdad absoluta e inamovible se tratara. Quizás solo sentarnos y respirar vida, sentirnos partícipes de la Vida, estar completamente agradecidos a la existencia entera. Fijaros, estamos vivos, ¿por qué eso nunca es suficiente?

Nuestro cuerpo es un traje, nuestro ánimo un cinturón, nuestras emociones un perfume, nuestros pensamientos un complemento. Si pudiéramos comprender eso a cada instante, ¿por qué nos deberían afectar tanto nuestras pequeñeces?

Volar alto y volar lejos y volar profundo y volar hasta el cielo… Y es ahí cuando descubres, en lo más alto, que nos falta cielo, que nos faltan estrellas, que nos faltan mundos para saciar cada uno de nuestros descubrimientos. Cuando volamos lejos de nosotros, pero con nosotros, nos faltan universos a los que llegar en nuestra amplitud, en nuestro estruendo del alma.

El ser infinito tiene siete cuerpos… y los utiliza para cocrear este hermoso mundo… no se regodea en ellos, hace uso de ellos para seguir en el Camino, en eso que los místicos llaman la comunión del Espíritu. Vuela con ellos, como si fueran partes de un traje espacial, de una nave nodriza donde guardar todo tipo de tesoros. Explora mundos, aprende, crece, ensánchate, hasta que te quedes sin cielos. Recuerda a cada instante: estamos vivos. Eso ya es motivo suficiente para sentir plenitud.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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2 respuestas a «Cuando aprendas a volar hará falta cielo…»

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