De tener casas a crear Hogar


Hoy cerrábamos la casa de Muxía, en la Costa da Morte, después de meses de periplos y aventuras. Fue un trueno y su luz cegadora lo que propició el adelanto de la mudanza, que estaba programada para de aquí a unos días. Cogimos las cosas, cerramos la puerta de la gran casa y nos fuimos. En el camino brillaba la luz del sol remojado en gotas de lluvia intermitente que creaba un continuo halo de arcoíris. Una temperatura inusual para este tiempo nos acompañó.

Atrás dejábamos unos meses duros, muy duros. Un limbo en el que nunca tendríamos que haber entrado, un laberinto que nos perdió y nos alejó aparentemente. Descargamos uno de los coches. Toda una vida condensada en cosas que vamos llevando de un lugar a otro cuando la vida nos invita a explorar, a partir hacia mil aventuras. Pero no solo estábamos descargando el coche, sino invitándonos a empezar de nuevo, a cocrear de nuevo desde el deseo y el amor, desde la consciencia y la vida. Hoy nacía una invitación, una propuesta, un estímulo para dar sentido a toda nuestra existencia.

La vida invita a otra cosa. Hemos cambiado casas, muchas casas en los últimos meses para ella y en los últimos años para mí, con la idea de formar hogar. Más que una idea, diría que es un deseo ardiente, algo interior, que nace en ambos con mucha fuerza. Coincide que ambos hemos cerrado ciclos de nuestras vidas y que ambos queremos forjar algo diferente y algo trasnochado para los tiempos que corren: crear familia. Se trata de poner y fijar un hogar, un fuego, un núcleo, una puerta adimensional para que otras almas encarnen y gocen de esta escuela, de esta oportunidad, de esta aventura del vivir. Eso que hacían los antiguos de unirse para crear Vida, añadiendo el componente de que nosotros también queremos apostar por crear Consciencia y Amor.

Casas podemos tener muchas. Algunos incluso osados nos hemos atrevido a compartirla veinticuatro horas y trescientos sesenta y cinco días con auténticos desconocidos. Un pequeño patrimonio, una casa, en el fondo son cuatro paredes que reclaman algo más. Puede ser un refugio, un cuartel general donde siempre volver, y también, puede ser un hogar.

El ignis de los antiguos, el fuego, tiene un componente místico y esencial. El fuego, el hogar, requiere algo más que cuatro paredes, algo más que una casa. El tránsito de tener vivienda a componer un hogar es muy sutil. Es casi un requerimiento místico o espiritual, si entendemos esto como algo etérico que va más allá del entendimiento material. Requiere fricción entre dos partes, roce, cariño, amor. Un abrazo, una desnudez nocturna, pero también una complicidad, un proyecto común, un anhelo de pertenencia y aplomo hacia una realidad compartida, a veces compleja, que se ensancha con el tiempo. Hogar, fuego, calor. Calor humano, imprescindible, calor compartido que, al conjugarse, provoca más calor, más vida, más unión, más profundidad, más complejidad.

Uno con los años, después de tantas casas, de tantos cambios, de tanta emigración constante, entiende que no es lo mismo tener cuatro paredes que tener hogar. También entiende que el ser humano, en su constitución, requiere, más allá de las perversiones de nuestro tiempo, crear familia. Ya lo dijo Jehová en el Génesis: no es bueno que el hombre esté solo. Y por eso creó a la mujer. Sabemos que estamos hablando en términos simbólicos y arquetípicos, pero esa conjunción natural, ahora tan desnaturalizada, es de una profundidad nada entendida. Hogar, familia, creación. Vida, amor, consciencia. Ahora, más allá de las cuatro paredes, el fuego se aviva. Podemos tener casas, muchas casas, pero crear Hogar y Familia es algo muy distinto.

4 respuestas a «De tener casas a crear Hogar»

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