El problema de la gente que nunca ha transgredido


© @umitulun

“Quien no ha experimentado esto de morir y nacer a la vida sin interrupción, siempre será un huésped sombrío sobre este valle de lágrimas terrestre”. Goethe

Walter Benjamín dividía los relatos en “relatos de navegantes” y “relatos de campesinos”. Los de navegantes narran “grandes descubrimientos de allende los mares: cosas extrañas e inauditas, hazañas”. Los de campesinos, “enseñanzas de lo cotidiano”, resultado de “alejar de la vista lo aparentemente familiar y así poder examinar de manera adecuada los misterios que esconden”. Nietzsche nos hablaba de la mentalidad del guerrero y la mentalidad del esclavo. Ambas narrativas, ambos relatos, nos ayudan a entender y situar nuestra psique, nuestra necesidad de aventura o nuestra necesidad de seguridad.

La gente que nunca ha transgredido, especialmente en la adolescencia, que es el momento de reconocimiento y anclaje de nuestro yo personal, arrastra con los años un problema de límites, un problema de no encontrar su lugar en el mundo por no haber contravenido el mundo que le vio nacer. Es frecuente a veces ver a personas de avanzada edad comportándose como adolescentes, transgrediendo una y otra vez, a veces rozando el ridículo, por no haberlo hecho cuando tocaba hacerlo.

Eso se traduce, con la edad, en una desubicación personal importante, ya que limita su mundo conocido, su tranquilo espacio de seguridad, a una incomodidad constante que le perseguirá para siempre. Esa incomodidad muchas veces se traduce en no saber hacia dónde dirigir la vida, hacia un vacío continuo y unas ganas de huir constante, ya sea mediante drogas, viajes, trabajo o distracciones hacia ninguna parte.

Transgredir en la adolescencia es importante, y los padres deberían comprender la necesidad de hacerlo, y su utilidad futura. Tiene que existir siempre un equilibrio entre la necesidad de autocontrol, la contención, y la necesidad de traspasar los límites, la transgresión. Muchos de los problemas mentales que la sociedad tiene en este tiempo derivan precisamente de no encontrar ese punto de equilibrio entre ambas fuerzas, lo cual deriva a su vez en no tener criterio a la hora de diferenciar entre salud, trastorno temporal y enfermedad mental.

Uno se puede pasar toda la vida corriendo buscando la belleza detrás de cualquier colina. Eso ocurre cuando de joven no se transgredió lo suficiente, buscando los límites acertados, y creando con ello adultos perdidos y desorientados que huyen constantemente de su realidad incómoda, de su yo no construido.

Los deseos adolescentes de huir, de búsqueda de libertad, no son compatibles con los deseos de un adulto sano, el cual tiene que cargar con eso tan poco apetecible como es la responsabilidad y la búsqueda de compromiso. La transgresión social y biológica que nuestra sociedad vive hace que los deseos biológicos de reproducción, lo cual conlleva una gran responsabilidad, sean mancillados a favor de esa modernidad que desprecia toda biología y prefiere huir hacia el ocio, el hedonismo o el narcisismo ombliguero de mirarse constantemente hacia sí mismo. Huir constantemente para no asumir responsabilidades ni compromisos. Ese es el sino de nuestro tiempo, el problema de toda una generación que nunca ha transgredido.

Las ansiedades claustrofóbicas y antisociales que muchas veces sentimos derivan de esa falta de transgresión adolescente. También deriva en la necesidad del viaje de aventura como huida de una realidad inconforme. Con el tiempo, esa inconformidad derivará en soledad y esa soledad en abatimiento y derrumbe del yo personal. Tanto la transgresión adolescente como el compromiso y la responsabilidad adulta tienen su propia línea divisoria, su propia edad liminal. Traspasar de un lado a otro forma parte de las crisis de reajuste constante que la personalidad vive a lo largo de su vida. Dejar de huir por falta de transgresión es asumir que el yo debe consolidarse a base de responsabilidad y compromiso hacia nosotros mismos y hacia el mundo en el que vivimos.

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