Semidespiertos en la era del overthinking


© @richard_hunter_photography

«Las personas, más que las cosas, tienen que ser restauradas, renovadas, revividas, reclamadas y redimidas». Audrey Hepburn

Pensamos mucho, demasiado, excesivamente. Vivimos en la era del overthinking, la era del pensar demasiado en un mundo en el que hemos desconectado de las tareas y actividades que nos mantenían en contacto con la naturaleza. Todos sabemos que tenemos dos mentes, la concreta y la abstracta, y luego un punto de quietud entre ambas. La mente concreta es la que regula nuestra actividad diaria, aportando pensamientos que organizan nuestra cotidianidad, resuelve problemas y analiza posibilidades. Esa mente funciona constantemente, siempre está en movimiento, inclusive cuando dormimos. Es imposible parar su actividad, su laboriosidad, solo podemos ralentizarla, calmarla o dirigirla. Una de las cosas más complejas es poseer cierto autocontrol sobre la mente-mono, como la llaman en el budismo.

Esta mente produce estrés y ansiedad. Nuestra mente salta, como un mono, de pensamiento a pensamiento sin ningún tipo de control. Esto ocurre cuando perdemos la atención, la concentración, el dharana del budismo, sobre los claros objetivos de nuestra vida. Cuando no sabemos qué rumbo tomar, los pensamientos recurrentes nos invaden y nos arrastran a situaciones de ansiedad constante, creando con ellos sufrimiento y desorientación. Eso puede reflejar a posteriori estados de depresión o euforia que van cambiando dependiendo de cómo el mono suba y baje de una rama a otra.

Higienizar nuestra mente, limpiarla, aliviarla, repararla, restaurarla, no es tarea fácil. El punto de quietud del que hablábamos, que a veces se consigue mediante la meditación, el silencio, dando un paseo, contemplando una obra de arte o escuchando música, es una buena forma de salir de esa mente-mono y entrar en un estado diferente de consciencia. Es un puente para saltar de la mente concreta, la mente-mono, a la mente abstracta, esa mente más amplia y poderosa que nos permite creer y crear.

La mente abstracta tiene un sentido superior de las cosas. Está más cerca de nuestro ser esencial, de nuestra alma, de todo aquello que atraviesa la consciencia como algo misterioso en sí mismo, pero también como algo que nos permite agudizar nuestro ingenio humano. Es el lugar donde nos encontramos con los valores que dirigen nuestras vidas, con el timonel que marca el rumbo de lo que deseamos realmente, con nuestra misión y propósito vital. Es ahí donde deberíamos instalar nuestras fuerzas diarias, alejándonos de esa enfermedad del overthinking.

Los pensamientos circulantes nos llevan hacia círculos viciosos de los que es complejo salir. Al vivir de forma automatizada, atados a los pensamientos recurrentes, no podemos despertar a una realidad mayor, más amplia y más plena. Algunas tradiciones nombran esta condición como la vida de los semidespiertos, aquellos que sin poder despertar a una realidad mayor, empiezan a intuirla y desearla. No han despertado aún a la misma, no han conectado aún con su punto de quietud y no conocen las vías para adentrarse completamente al vasto campo de la experiencia de la mente abstracta, pero de alguna manera, lo anhelan. De ahí que, de alguna manera, las personas debemos ser restauradas, renovadas, revividas, reclamadas y redimidas. Necesitamos resetear nuestra mente-mono, dominarla y dirigirla desde el punto de quietud, el antakarana de la consciencia, hacia la plenitud de una vida abundante, plena y expansiva.

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