Destrúyete para conocerte


© @opa_firman

«Destrúyete para conocerte, constrúyete para sorprenderte, lo importante no es ser, sino transformarse». Franz Kafka

Destruirse una y otra vez es cansado, pero reconfortante. Uno se sorprende con cada nueva versión que hace de sí mismo. Con cada nueva vida que emprende, con cada momento de realización y transformación. La vida es pura impermanencia, pero también es esperanza, como la esperanza de sembrar la semilla de un grano de mostaza y que en el futuro crezca un gran árbol que de sombra. Podemos buscar la dualidad en las cosas, pero también la síntesis. Podemos ver los amaneceres y los atardeceres, los ciclos de la naturaleza, pero también la oscura luz brillante que ilumina todos los cielos de todos los mundos. La vida es contradicción y complejidad. Uno cierra los ojos y escapa a la posibilidad de entender la finitud de las cosas. Nos aferramos a personas, a ideas, a proyectos, a sentires, y es complejo destruirlo todo para volver a empezar. A veces la vida no es una línea, ni un círculo, no es cristianismo o budismo, a veces la vida puede ser espiral, una gran espiral que todo lo abarque.

¿Qué ocurre cuando te destruyes a ti mismo? ¿Qué residuo queda? ¿Qué sobrevive a esa purificación necesaria? Esto es revelador. Es sorprendente ver qué pocas cosas quedan cuando empiezas de nuevo, cuando todo se viene abajo, se derrumba, y de entre las cenizas, recoges algunas pequeñas perlas que sobrevivieron. En esa transformación inevitable algo permanece. Y siempre permanece lo mismo: lo sencillo, lo esencial.

Los derrumbes son necesarios. Nos ayudan a discernir lo verdadero de lo falso. Cuando alguien se derrumba, los que creíamos amigos desaparecen, las parejas desaparecen, todo lo falso e irreal desaparece. Es una buena purga, un punto necesario para enfrentarnos a lo real, y para comprobar qué o quién queda ahí. Lo real, lo esencial, sobrevive a todo tipo de terremotos, crisis, derrumbes, destrucciones.

La transformación es necesaria, imprescindible en nuestras vidas, siempre teniendo en cuenta qué cosas son aquellas que nos sujetan firmemente a la vida. Hay cosas que no se pueden negociar con el destino, con la vida, con la fortuna de los acontecimientos. Valores, situaciones, personas. Hay cosas imprescindibles, irrenunciables. Mientras que todo lo demás cae ante el primer derrumbe. La vida es un gerundio que camina, un siendo, eso es todo. Un presente continuo, un aquí y ahora, un carpe diem, algo ingobernable por su propia naturaleza impermanente. Pero la paradoja de todo es que se puede sembrar esa semilla de la que hablábamos, y tener esperanza.

En el pronaos del templo de Delfos aparecía el conocido nosce te ipsum. Destruirse es una forma de autoconocimiento. El autoconocimiento a veces nos pide soledad, travesías en el desierto inevitables, oscuras noches del alma. A veces se suceden trampas del ego que nos alejan de toda esencia. Luego viene la construcción, o la reconstrucción de lo que somos, de lo que vamos a ser tras la ampliación de las paredes de nuestro templo interior.

Conócete a ti mismo y conocerás a los dioses y los universos. Eso es una tarea hercúlea que puede durar cientos de vidas, miles de ciclos de existencia. Por eso puede ser ridícula en nuestra escala pensar que vamos a conseguir ni tan siquiera un gramo del reino de cualquier cielo. Por eso, quizás no debamos nublarnos ni agobiarnos pensando que en un futuro alcanzaremos algún día alguna ataraxia, algún bienestar superior o alguna sabiduría perenne. Podemos sembrar semillas, pero nunca sabremos cuál ni cuándo será la cosecha. De ahí el espíritu desapegado de cualquier agricultor. Lo importante es el día a día, lo que hoy tenemos, lo que hoy nos ofrece la vida con todas sus duras pruebas y toda su mágica existencia. Lo importante es aquello que permanece en la completa impermanencia en la que vivimos. El amor, la amistad, la familia, lo sencillo, lo esencial.

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